Comentarios y sermones · Martín Lutero
Mateo 5: comentario de Martín Lutero
Comentario al Sermón del Monte
EL QUINTO CAPÍTULO DE SAN MATEO
V.1, 2. Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos. Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo:
AQUÍ el evangelista, con un prefacio formal y solemne, declara cómo se dispuso Cristo para el sermón que estaba a punto de pronunciar: que subió a un monte, se sentó y abrió su boca; de modo que vemos que iba en serio. Estas son las tres cosas que, según se dice comúnmente, distinguen a un buen predicador: primero, que ocupe su lugar; segundo, que abra la boca y diga algo; tercero, que sepa cuándo callar.
Ocupar su lugar significa que asuma una posición como maestro o predicador que puede y debe hacerlo, como uno llamado para este fin y que no viene por su propia cuenta, sino para quien es cosa de deber y de obediencia; de modo que pueda decir: «Vengo, no empujado hasta aquí por mi propio propósito y preferencia, sino que tengo que hacerlo en virtud de mi oficio».
Esto se dice contra los que hasta ahora nos han causado tanta molestia y tribulación, y en verdad todavía lo hacen, a saber, los espíritus facciosos y fanáticos, que andan de aquí para allá por el país envenenando a la gente antes de que los pastores o los que están en el oficio y la autoridad se enteren, y así ensucian una familia tras otra hasta envenenar una ciudad entera, y desde la ciudad un país entero. Para guardarse de tales renegados solapados, no se debe permitir predicar a nadie que no haya sido debida y oficialmente nombrado. Tampoco debe nadie atreverse, aunque sea predicador, si oye a un predicador mentiroso en una iglesia papista o de otra clase que está extraviando al pueblo, a predicar contra él; ni debe nadie andar por las casas organizando predicaciones privadas, sino quedarse en casa y atender a su propio oficio, o callar, si ni quiere ni puede ocupar públicamente su lugar en el púlpito.
Porque Dios no quiere que andemos vagando con su palabra, como si fuéramos impulsados por el Espíritu Santo y tuviéramos que predicar, buscando así lugares y rincones para predicar, casas o púlpitos, donde no hemos sido oficialmente llamados. Porque aun san Pablo mismo, aunque llamado por Dios como apóstol, no quiso predicar en los lugares donde los otros apóstoles habían predicado antes. Por eso se nos dice aquí que Cristo sube con valentía y públicamente al monte cuando comienza su ministerio oficial, y poco después dice a sus discípulos: «Vosotros sois la luz del mundo»; y: «Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa». Porque el oficio del ministerio y la palabra de Dios han de brillar, pues, como el sol, y no andar a hurtadillas y tramando en la oscuridad, como en el juego de la gallina ciega; sino que todo tiene que hacerse a plena luz del día, para que se vea claramente que tanto el predicador como el oyente están seguros de que la enseñanza se imparte rectamente y de que el oficio ha sido conferido rectamente, de modo que no hay necesidad de ocultarse. Haz tú lo mismo. Si estás en el oficio y tienes encargo de predicar, ocupa tu lugar abiertamente y no temas a nadie, para que puedas gloriarte con Cristo: «Yo públicamente he hablado al mundo; […] y nada he hablado en oculto», Jn 18:20.
Pero dices: «¿Cómo? ¿Entonces nadie ha de enseñar nada si no es en público? ¿O no ha de enseñar el padre de familia a sus criados en su casa, o tener consigo a un estudiante o a alguien que le recite?». Respuesta: Ciertamente, eso está muy bien, y todo en su lugar. Porque todo padre de familia tiene el deber de enseñar a sus hijos y criados, o de hacer que se les enseñe. Porque en su casa es como un pastor u obispo sobre su familia, y se le manda velar por lo que aprenden, y es responsable de ellos. Pero está muy mal que hagas esto fuera de tu propia casa y te metas a la fuerza en otras casas o en las de los vecinos; y no debes permitir que ningún solapado así venga a ti y lleve a cabo en tu casa una predicación especial para la cual no tiene autorización. Pero si alguien llega a una casa o a una ciudad, pídasele la prueba de que es conocido, o que muestre con carta y sello que ha sido debidamente autorizado. Porque no se debe confiar en todos los vagabundos que se jactan de tener el Espíritu Santo y con ello se insinúan aquí y allá en los hogares. En resumen, significa que el evangelio, o su predicación, no debe oírse en un rincón, sino arriba en un monte, y abiertamente a la libre luz del día. Esta es una cosa que Mateo quiere mostrar aquí.
Lo siguiente es que abre su boca. Esto pertenece también (como se dijo arriba) a un predicador: que no tenga la boca cerrada, y que no solo desempeñe públicamente su deber oficial, de modo que todos tengan que guardar silencio y dejarle ocupar su lugar propio como quien está divinamente autorizado y mandado, sino también que abra la boca con viveza y confianza, es decir, para predicar la verdad y lo que se le ha encomendado; que no calle ni se limite a murmurar, sino que dé testimonio sin miedo ni espanto y diga la verdad con franqueza, sin mirar ni perdonar a nadie, no importa a quién o a qué alcance.
Porque estorba mucho a un predicador mirar a su alrededor y preocuparse por lo que a la gente le gusta o no le gusta oír, o por lo que podría acarrearle desfavor, daño o peligro. Sino que, así como está en lo alto, sobre un monte, en un lugar público, y mira libremente a su alrededor, así también ha de hablar libremente y no temer a nadie, aunque vea muchas clases de gente; y no ha de ponerse una hoja delante de la boca, ni mirar a señores e hidalgos, sean benévolos o airados, ni al dinero, las riquezas, la honra, el poder, ni a la deshonra, la pobreza o el perjuicio, y no ha de pensar en otra cosa que en decir lo que su oficio requiere, es decir, aquello para lo cual está donde está.
Porque Cristo no instituyó ni estableció el oficio del ministerio para que sirviera para ganar dinero, posesiones, favor, honra, amistad, ni para que uno buscara por él su propio provecho, sino para que se proclame abierta y libremente la verdad, se reprenda el mal y se publique lo que pertenece al provecho, la seguridad y la salvación de las almas. Porque la palabra de Dios no está aquí para enseñar cómo una criada o un criado ha de trabajar en la casa y ganarse el pan, ni cómo un burgomaestre ha de gobernar, ni cómo un campesino ha de arar o hacer heno. En resumen, no da ni muestra los bienes temporales con que uno sustenta esta vida, porque la razón ya le ha enseñado todo esto a cada uno; sino que su propósito es enseñar cómo hemos de alcanzar aquella vida, y te enseña a usar la vida presente y a alimentar aquí el vientre mientras dure; pero de modo que sepas dónde has de permanecer y vivir cuando esto tenga que llegar a su fin.
Ahora bien, si llega el momento de predicar otra vida de la que hemos de preocuparnos, y por la cual no hemos de considerar esta como si quisiéramos quedarnos aquí para siempre, entonces comienzan la contienda y la lucha, de modo que el mundo no lo soporta. Si entonces un predicador se preocupa más por su vientre y por su vida mundana, no cumple con su deber; se pone de pie, en verdad, y parlotea en el púlpito, pero no predica la verdad, no abre realmente la boca; si parece que se avecinan problemas, se queda callado y evita golpear a nadie. Fíjate: por eso Mateo antepone a su relato la afirmación de que Cristo, como verdadero predicador, sube al monte y abre con alegría su boca, enseña la verdad y reprende tanto la falsa enseñanza como la mala vida, como oiremos en lo que sigue.
Mateo 5:3
V.3. Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Este es un comienzo encantador, dulce y amable de su sermón. Porque no viene, como Moisés o un maestro de la ley, con exigencias que espantan y amenazan, sino de la manera más amistosa, con incentivos, atractivos y promesas agradables. Y en verdad, si esto no se hubiera escrito así, y si no se nos hubieran dado a todos las primeras y preciosas palabras que pronunció el Señor Cristo, la curiosidad tentaría y empujaría a todo el mundo a correr tras ellas hasta Jerusalén, sí, hasta el fin del mundo, con tal de oír aunque fuera una sola palabra. Entonces sobraría dinero para construir un buen camino, y cada uno se jactaría y se gloriaría de haber oído o leído las mismísimas palabras que el Señor Cristo habló. ¡Oh, qué hombre tan maravillosamente dichoso se tendría al que lo lograra! Así sería, sin duda, si no tuviéramos escrita ninguna palabra de nuestro Salvador, aunque otros hubieran escrito mucho; y cada uno diría: «Sí, oigo lo que enseñaron san Pablo y los demás apóstoles, pero preferiría mucho más oír lo que él mismo dijo y predicó». Pero ahora que es tan común, que cada uno lo tiene escrito en un libro y puede leerlo a diario, nadie lo tiene por algo especial y precioso. Sí, nos cansamos de esas palabras y las descuidamos, como si no las hubiera pronunciado la alta Majestad del cielo, sino algún zapatero. Por eso recibimos el castigo que merecen nuestra ingratitud y nuestro desprecio de estas palabras: sacamos bien poco de ellas y nunca sentimos ni gustamos qué tesoro, qué fuerza y qué poder hay en las palabras de Cristo. Pero quien tiene la gracia de reconocerlas como palabras de Dios y no de hombre, sin duda las tendrá por más altas y preciosas, y nunca se cansará ni se hartará de ellas.
Tan amable y dulce como es este sermón para los cristianos, que son discípulos de nuestro Señor, igual de molesto e insoportable es para los judíos y sus grandes santos. Porque ya desde el comienzo les asesta un duro golpe con estas palabras, rechaza y condena su doctrina y predica exactamente lo contrario; sí, pronuncia ayes contra su manera de vivir y de enseñar, como se ve en el capítulo 6 de Lucas. Porque la sustancia de su enseñanza era esta: si a un hombre le va bien aquí en la tierra, es dichoso y está bien; eso era todo lo que buscaban, que Dios les diera bastante en la tierra si eran piadosos y le servían, como dice David de ellos en el Salmo 144: «Nuestros graneros llenos, provistos de toda suerte de grano; nuestros ganados, que se multipliquen a millares y decenas de millares en nuestros campos; nuestros bueyes estén fuertes para el trabajo; que no tengamos asalto, ni que hacer salida, ni grito de alarma en nuestras plazas». A estos los llaman pueblo bienaventurado, etc.
Contra todo esto Cristo abre su boca y dice que se necesita algo más que tener bastante aquí en la tierra; como si dijera: «Queridos discípulos, cuando vayan a predicar entre la gente, encontrarán que todos enseñan y creen así: el que es rico, poderoso, etc., es completamente dichoso; y, al contrario, el que es pobre y miserable está rechazado y condenado delante de Dios». Porque los judíos estaban firmemente aferrados a esta creencia: si a un hombre le iba bien, eso era prueba de que Dios le era propicio; y lo contrario. Esto se explica porque tenían muchas y grandes promesas de Dios acerca de bienes temporales y corporales que él daría a los piadosos. Se apoyaban en ellas y creían que, si tenían eso, estaban bien. Esta es la idea que está detrás del libro de Job. Porque sobre esto disputan y contienden contra él sus amigos, e insisten con fuerza en que él debe de haber cometido a sabiendas algún gran crimen contra Dios, ya que era castigado tan duramente. Por eso debía confesarlo, convertirse y hacerse piadoso; entonces Dios le quitaría otra vez el castigo, etc.
Por eso era necesario que su sermón comenzara derribando esta falsa idea y arrancándola de sus corazones, como uno de los mayores estorbos para la fe, que fortalece en el corazón al verdadero ídolo, Mamón. Porque de esta enseñanza no podía seguirse otra cosa sino que la gente se volviera avara, y que cada uno solo se preocupara por tener abundancia y pasarlo bien, sin necesidad ni incomodidad; y cada uno tendría que concluir: «Si es dichoso el que prospera y tiene abundancia, tengo que procurar que no me dejen en la estacada».
Esta es todavía hoy la creencia común del mundo, especialmente de los turcos, que se apoyan en ella total y completamente, y de ahí concluyen que no sería posible que tuvieran tanto éxito y tantas victorias si no fueran el pueblo de Dios y él no les fuera propicio por encima de todos los demás. También entre nosotros todo el papado cree lo mismo, y su enseñanza y su vida se basan en que solo ellos tengan bastante y, además, se hayan asegurado toda clase de bienes mundanos, como cualquiera puede ver. En resumen, esta es la creencia religiosa más grande y más extendida sobre la tierra, en la que se apoyan todos los hombres que no son más que carne y sangre, y no pueden tener por dicha ninguna otra cosa.
Por eso él predica aquí a los cristianos un sermón nuevo y completamente distinto: que si no les va bien, si sufren pobreza y tienen que prescindir de riquezas, poder, honra y buena vida, aun así han de ser bienaventurados y tener, no una recompensa temporal, sino otra, eterna; que tienen bastante en el reino de los cielos.
¿Dices ahora: «¿Cómo? ¿Entonces todos los cristianos tienen que ser pobres, y nadie puede tener dinero, bienes, honra, poder, etc.? ¿O qué han de hacer los ricos, como los príncipes, señores y reyes? ¿Tienen que renunciar a todos sus bienes, honra, etc., o comprar el reino de los cielos a los pobres, como algunos han enseñado?»
No; no se dice que hayamos de comprárselo a los pobres, sino que nosotros mismos hemos de ser pobres y hallarnos entre esos pobres, si hemos de tener el reino de los cielos. Porque se dice clara y llanamente: «Bienaventurados los pobres»; y sin embargo hay otra palabrita junto a esa, a saber, pobres en espíritu, de modo que no se logra nada con que alguien sea pobre en lo corporal y no tenga dinero ni bienes. Porque tener exteriormente dinero, bienes y gente no es malo en sí mismo, sino don y disposición de Dios. Nadie es bienaventurado, pues, por ser mendigo y no tener nada propio en ninguna parte; la expresión es: pobres en espíritu. Porque ya dije al principio que Cristo no trata aquí en absoluto del gobierno y el orden seculares, sino que habla solo de lo espiritual: cómo se ha de vivir delante de Dios aparte de lo exterior y por encima de ello.
Al gobierno secular le corresponde tener dinero, bienes, honra, poder, tierras y gente, y sin eso no podría existir.
Por eso un señor o un príncipe no debe ni puede ser pobre, porque tiene que tener toda clase de bienes que correspondan a su oficio y a su rango. Así que no se quiere decir que uno tenga que ser pobre y no tener absolutamente nada propio. Porque el mundo no podría subsistir si todos fuéramos mendigos y no tuviéramos nada. Ningún padre de familia podría sustentar a su familia y a sus criados si él mismo no tuviera absolutamente nada. En resumen, ser pobre en lo corporal no decide nada.
Porque encontramos muchos mendigos que reciben pan a nuestra puerta y son más orgullosos y malintencionados que cualquier rico, y muchos campesinos avaros con quienes es más difícil entenderse que con cualquier señor o príncipe.
Por tanto, sé pobre o rico en lo corporal y exterior, según te toque; Dios no pregunta por eso; y él sabe que cada uno tiene que ser pobre delante de Dios, es decir, en el espíritu y en su corazón; esto es, no poner su confianza, consuelo y seguridad en los bienes temporales, ni fijar en ellos su corazón y hacer de Mamón su ídolo. David fue un rey excelente y tenía, en efecto, la bolsa y el cofre llenos de dinero, los graneros llenos de grano, el país lleno de toda clase de bienes y provisiones; y sin embargo, con todo eso, tenía que ser en espíritu un pobre mendigo, como canta de sí mismo: «Soy pobre, forastero y advenedizo, como todos mis padres». Fíjate: el rey que está sentado en medio de tales bienes, señor de tierras y gente, no se atreve a llamarse otra cosa que forastero o peregrino que va por el camino y no tiene un lugar donde quedarse. Eso significa un corazón que no se aferra a los bienes y las riquezas, sino que, aunque tiene, es como si no tuviera, como san Pablo se gloría de los corintios, 2 Co 6:10: «como pobres, mas enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo».
El sentido de todo lo dicho es que uno ha de usar todos los bienes temporales y las necesidades corporales, mientras vive aquí, no de otra manera que como un forastero en tierra extraña, donde pasa la noche y se marcha por la mañana. No necesita más que comida y alojamiento, y no se atreve a decir: «Esto es mío, aquí me quedaré», ni se atreve a adueñarse de los bienes como si le pertenecieran por derecho; si no, pronto oiría al posadero decirle: «Amigo, ¿no sabes que aquí eres un huésped forastero? Sigue tu camino, adonde perteneces». Así también aquí: que tengas bienes mundanos es un don de Dios para ti en esta vida, y él te permite usarlos y llenar con ellos el saco de gusanos (Madensack) que llevas colgado al cuello; pero no que fijes y cuelgues de ellos tu corazón como si fueras a vivir para siempre, sino que siempre has de ir más allá y pensar en otro tesoro, más alto y mejor, que es tuyo y ha de durar para siempre.
Esto se dice a grandes rasgos para el hombre común, para que se aprenda a entender (hablando según las Escrituras) qué significa ser pobre en espíritu o pobre delante de Dios: no hacer la cuenta según lo exterior, según el dinero y los bienes, o según la escasez o la abundancia, ya que vemos (como se dijo arriba) que los mendigos más pobres y miserables son los peores y más desesperados bribones, y se atreven a cometer toda clase de picardías y malas mañas de las que no son culpables las personas decentes y honradas, los ciudadanos ricos o los señores y príncipes; y, por otro lado, también muchas personas santas han tenido abundancia de dinero, honra, tierras y gente, y sin embargo, con tantos bienes, han sido pobres. Hay que hacer la cuenta según el corazón: que no ha de preocuparse mucho de si tiene algo o nada, mucho o poco, y siempre ha de tratar lo que tiene como si no lo tuviera, y ha de estar listo en cualquier momento para perderlo, manteniendo siempre el corazón fijo en el reino de los cielos.
A la inversa, según las Escrituras, se llama rico a aquel que, aunque no tenga bienes mundanos, sigue arañando y rascando tras ellos, de modo que nunca tiene bastante. Estos son precisamente los que el evangelio llama panzas ricas, que en medio de grandes bienes tienen lo mínimo y nunca se sacian con lo que Dios les da. Porque el evangelio mira el corazón, que está atiborrado de dinero y de bienes mundanos, y juzga en consecuencia, aunque no haya nada en la bolsa ni en la caja. Y a la inversa, juzga pobre de corazón al que tiene el cofre, la casa y el hogar llenos. Así la fe cristiana va derecho adelante: no mira ni la pobreza ni la riqueza; solo pregunta cómo está el corazón. Si hay allí una panza avara, se dice que ese hombre es rico en espíritu; y, al contrario, es pobre en espíritu el que no se aferra a tales cosas y puede vaciar de ellas su corazón, como dice Cristo en otro lugar: «El que deje casas, tierras, hijos, mujer, etc., recibirá cien veces más, y además la vida eterna», para apartar sus corazones de los bienes terrenales, de modo que no los tengan por su tesoro, y para consolar a los suyos, que tienen que dejarlos, con que recibirán mucho más y mejor, aun en esta vida, que lo que dejan.
No es que hayamos de huir de los bienes, la casa, la mujer y los hijos, y andar vagando por el país siendo una carga para otros, como hace la turba anabaptista, que nos acusa de no predicar bien el evangelio porque conservamos nuestra casa y nos quedamos con mujer e hijos. No, él no quiere santos tan chiflados; el verdadero sentido es este: que un hombre sea capaz de dejar en su corazón su hogar terrenal, su mujer y sus hijos, aunque se quede en medio de ellos, sustentándose junto con ellos y sirviéndoles por amor, como Dios lo ha mandado, y sin embargo sea capaz, si fuera necesario, de dejarlos en cualquier momento por causa de Dios. Si estás así dispuesto, lo has dejado todo de tal manera que tu corazón no está cautivo, sino que permanece limpio de avaricia y de aferrarse a otras cosas para su consuelo y confianza. Un rico puede llamarse con propiedad pobre en espíritu, y no por eso necesita tirar sus bienes terrenales, a menos que tenga que dejarlos; entonces que lo haga en el nombre de Dios, no porque prefiera estar lejos de su mujer, sus hijos y su casa, sino que más bien los conserve mientras Dios se lo conceda y se le sirva con ello, y sin embargo esté dispuesto si él quiere quitárselos otra vez. Así ves qué significa ser pobre en espíritu y delante de Dios, o no tener nada en espíritu y dejarlo todo.
Mira ahora también la promesa que Cristo añade, cuando dice: «porque de ellos es el reino de los cielos». Esta es en verdad una promesa grande, excelente y gloriosa: que hemos de tener en el cielo una posesión hermosa, gloriosa, grande y eterna, ya que aquí somos pobres de buena gana y no hacemos caso de los bienes terrenales.
Y como aquí renuncias a una cosa muy pequeña, que con gusto seguirías usando mientras y cuanto pudieras tenerla, en su lugar alcanzarás una corona, para que seas ciudadano y señor en el cielo.
Esto debería movernos, si quisiéramos ser cristianos y si tuviéramos por verdaderas sus palabras. Pero a nadie le importa quién es el que dice esto, y mucho menos lo que dice; lo dejan pasar por los oídos de tal manera que nadie vuelve a ocuparse de ello ni lo toma a pecho.
Pero con estas palabras muestra que nadie entiende esto si no es ya un verdadero cristiano. Porque este rasgo y todos los demás que siguen son simplemente frutos de la fe que el Espíritu Santo mismo tiene que obrar en el corazón. Ahora bien, donde no hay fe, allí faltará también el reino de los cielos, y no seguirán la pobreza en espíritu, la mansedumbre, etc., sino solo un sórdido rastrillar y raspar, reñir y pelear a gritos por los bienes mundanos. Por eso todo esfuerzo se pierde con tales corazones mundanos, de modo que nunca aprenden ni saben qué es la pobreza en espíritu, ni creen ni les importa lo que él dice y promete acerca del reino de los cielos; aunque, por causa de ellos, él lo ordena y dispone de tal manera que quien no quiera ser pobre en espíritu en el nombre de Dios y por causa del reino de los cielos, tenga que ser pobre de todos modos en el nombre del diablo, y sin que se lo agradezcan. Porque Dios ha colgado a los codiciosos de su panza de tal manera que nunca se sacian de los bienes que han ganado con codicia, ni pueden jamás estar contentos. Porque el señor Codicia es un huésped tan alegre que no deja descansar a nadie; busca, empuja y caza sin cesar, de modo que no se atreve a disfrutar de su querido tesoro ni una hora; como también Salomón, el Predicador, se asombra y dice: «El hombre a quien Dios da riquezas y bienes y honra, y nada le falta de todo lo que su alma desea; pero Dios no le da facultad de disfrutar de ello, sino que lo disfrutan los extraños. Esto es vanidad, y mal doloroso». Siempre tiene que estar temeroso y angustiado por cómo conservar lo que tiene y cómo aumentarlo, para que no se pierda ni disminuya; y está tan completamente atado que no se atreve a gastar alegremente ni un centavo. Pero si hubiera un corazón que pudiera estar contento y satisfecho, tendría descanso y además el reino de los cielos; de lo contrario, junto con grandes bienes, o más bien con su codicia, tiene que tener aquí el purgatorio y allá además el fuego del infierno, y, como dicen: «Viajar aquí con la carretilla y allá con la rueda»; es decir, tener aquí trabajo y angustia, y allá amargo dolor.
Fíjate: Dios siempre lo dispone de tal manera que su palabra tiene que seguir siendo verdad, y nadie se salva ni se sacia sino los cristianos; y los demás, aunque lo tengan todo, no están mejor por ello —más aún, no están tan bien— y siguen siendo pobres mendigos en lo que toca al corazón; solo que aquellos son pobres de buena gana y esperan una posesión imperecedera y eterna, es decir, el reino de los cielos, y son hijos bienaventurados de Dios; mientras que estos tienen codicia de bienes mundanos y aun así no consiguen lo que quieren, y además tienen que ser todo el tiempo mártires del diablo.
Y en resumen, no hay diferencia entre un mendigo a la puerta y un miserable tragón codicioso como ese, salvo que el uno no tiene nada y se le puede despachar con un mendrugo de pan, mientras que al otro, cuanto más tiene, más difícil es llenarlo, aunque recibiera todo el dinero y los bienes del mundo en un montón.
Por eso este sermón, como dije, no vale nada para el mundo ni le sirve de nada; porque el mundo insiste en estar seguro de lo suyo y no quiere aceptar nada por fe, sino que tiene que verlo y palparlo, y dice: «Más vale un gorrión en la mano que quedarse boquiabierto mirando una grulla en el aire». Por eso Cristo los deja ir; no quiere forzar a nadie ni arrastrarlo hacia sí de los pelos; pero da su amable consejo a todos los que quieran dejarse aconsejar, y nos presenta la promesa más preciosa. Si quieres, tienes aquí paz y descanso en el corazón, y allá para siempre lo que tu corazón desee. Si no quieres, entonces sigue tu camino y ten más bien aquí y allá toda clase de miseria y desgracia. Porque vemos y sabemos que todo depende de estar satisfecho y no aferrarse a los bienes mundanos; como les pasa a muchos cuyo corazón Dios puede llenar, aunque solo tengan un pedazo de pan, de modo que están más alegres y más contentos que cualquier príncipe o rey. En resumen, un hombre así es un rico señor y emperador; no necesita tener preocupación, fatiga ni pena.
Esta es la primera parte de este sermón: el que quiera tener bastante aquí y allá, que se cuide de no ser codicioso y avaro, sino que acepte y use lo que Dios le da, y gane su pan de cada día en fe; entonces tendrá aquí su paraíso y aun el reino de los cielos, como dice Pablo, 1 Ti 4:8: «la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera».
Mateo 5:4
V.4. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.
Así como comenzó este sermón contra la enseñanza y la fe de los judíos (y en verdad no solo de ellos, sino de todo el mundo, aun donde está en su mejor momento, que se aferra a la idea de que está bien con tal de tener bienes, honra y su Mamón, y sirve a Dios solo con ese fin), ahora continúa y muestra la necedad de lo que ellos tenían por la vida mejor y más dichosa sobre la tierra, a saber, tener días buenos y tranquilos y no sufrir ninguna incomodidad, como se describe a algunos en el Salmo 73: «No pasan trabajos como los otros mortales, ni son azotados como los demás hombres».
Porque eso es lo principal que los hombres desean: tener gozo y placer y no tener problemas. Ahora Cristo da vuelta a la hoja, dice exactamente lo contrario y llama bienaventurados a los que tienen tristeza y sufrimiento; y así, de principio a fin, todas estas declaraciones van directamente contra la manera de pensar del mundo, tal como a él le gustaría que fuesen las cosas. Porque el mundo no quiere sufrir hambre, problemas, deshonra, desprecio, injusticia y violencia, y a los que pueden verse libres de todo eso los tiene por dichosos.
Así que quiere decir aquí que tiene que haber otra vida distinta de la que ellos buscan y procuran, y que un cristiano tiene que contar con ser en esta vida alguien que sufre y carga con tristezas. El que no quiera esto podrá pasarlo bien aquí y vivir conforme a todos los deseos de su corazón, pero tendrá que sufrir para siempre en el más allá, como dice Lucas, 6:25: «¡Ay de vosotros, los que ahora reís! porque lamentaréis y lloraréis». Así le fue al rico de Lc 16, que cada día hacía banquete con esplendidez y alegría, vestido de púrpura y de lino fino, y se creía un gran santo y bien visto delante de Dios porque le había dado tantos bienes, mientras al mismo tiempo dejaba al pobre Lázaro tendido cada día ante su puerta, lleno de llagas, con hambre, angustia y gran miseria. Pero ¿qué clase de sentencia oyó al final, cuando estaba en el infierno? «Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora este es consolado aquí, y tú atormentado», etc. Mira, ese es exactamente nuestro texto: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación»; y a la inversa, es como decir: los que aquí buscan y tienen solo gozo y placer llorarán y aullarán para siempre.
¿Preguntas otra vez: «Entonces, ¿qué hemos de hacer? ¿Han de condenarse todos los que ríen, cantan, bailan, se visten bien, comen y beben? Porque leemos de reyes y personas santas que estaban alegres y vivían bien. Y especialmente Pablo es un santo admirable, que insiste en que estemos siempre alegres, Fil 4:4, y dice, Ro 12:15: “Gozaos con los que se gozan”, y también: “llorad con los que lloran”. Fíjate, eso parece contradictorio: gozarse siempre y a la vez llorar y lamentarse con otros»?
Respuesta: Tal como dije antes que tener riquezas no es pecado ni está prohibido, así también estar alegre, comer y beber bien no es pecado ni cosa condenable; del mismo modo, no es malo tener honra y buen nombre; y sin embargo he de ser bienaventurado si no tengo esto, o puedo prescindir de ello, y en su lugar sufro pobreza, miseria, deshonra y persecución.
Así que aquí están, y tienen que estar, ambas cosas: llorar y estar alegre, comer y pasar hambre, como Pablo se gloría de sí mismo, Fil 4:11 ss.: «he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad». También 2 Co 6:8 ss.: «por honra y por deshonra, por mala fama y por buena fama; […] como moribundos, mas he aquí vivimos; […] como entristecidos, mas siempre gozosos», etc.
Por tanto, el sentido es este: así como no se llama pobre en espíritu al que no tiene dinero ni nada propio, sino al que no lo codicia ni pone en ello su confianza como si fuera su reino de los cielos, así tampoco se dice que llora el que siempre anda exteriormente con el rostro abatido, con aspecto sombrío y sin reír nunca, sino el que no se consuela con pasarlo bien y vivir espléndidamente, como hace el mundo, al que no le importa nada más que tener gozo y placer constantes, se revuelca en ello y no piensa ni se preocupa de cómo van las cosas con Dios o con la gente.
Así, muchas personas excelentes y grandes, reyes y otros que eran cristianos, han tenido que llorar y cargar con problemas, aunque vivían con esplendor ante el mundo; como David, que por todas partes en los Salmos se queja de su llanto y su tristeza. Y también ahora podría fácilmente dar ejemplos de personas grandes, señores y príncipes, que han pasado por la misma amarga experiencia a causa del precioso evangelio; como ahora en la reciente dieta de Augsburgo y en otras ocasiones: aunque exteriormente les iba muy bien y vestían al estilo principesco, de seda y oro, y en apariencia eran como los que andan sobre rosas, tenían que estar cada día justo en medio de serpientes venenosas, y tenían que soportar en el corazón una arrogancia, una insolencia y una vergüenza inauditas, tantas malas mañas y palabras de los vergonzosos papistas, que se complacían en amargarles el corazón y en impedirles, en cuanto podían, tener una sola hora alegre, de modo que tenían que rumiar su miseria interior y no hacer otra cosa que lamentarse delante de Dios con suspiros y lágrimas. Tales personas saben algo de lo que significa llorar y estar tristes, aunque no lo muestren enseguida, sino que coman y beban con otros, y a veces con risas y bromas, para ocultar su tristeza. Porque no has de pensar que llorar significa solo llorar a lágrima viva y lamentarse, o gemir, como los niños y las mujeres; eso todavía no es el dolor verdadero y profundo, cuando ha llegado al corazón y se derrama por los ojos; sino que lo es cuando vienen los golpes verdaderamente duros que hieren y aplastan el corazón, de modo que uno no puede llorar ni se atreve a quejarse ante nadie.
Por eso el llanto no es una planta rara entre los cristianos, aunque no haga ningún alarde exterior, aun cuando con gusto estarían alegres en Cristo, y también exteriormente cuanto pueden. Porque cuando miran al mundo, tienen que ver cada día, y tomar dolorosa conciencia de ello, tanta maldad, arrogancia, desprecio y blasfemia contra Dios y su palabra, y además tanta miseria y desgracia que causa el diablo, tanto en la iglesia como en el Estado, que no pueden tener muchos pensamientos alegres, y su gozo espiritual es muy débil. Y si miraran tales cosas todo el tiempo y no apartaran a veces la vista, nunca podrían estar alegres en absoluto; basta con que esto suceda de hecho con más frecuencia de la que quisieran, de modo que no necesitan ir lejos a buscarlo.
Por tanto, solo comienza a ser cristiano y pronto aprenderás lo que significa llorar. Si no puedes hacer algo mejor, toma esposa, establécete y gánate la vida en fe, de modo que ames la palabra de Dios y hagas lo que corresponde a tu vocación; entonces pronto aprenderás, tanto de los vecinos como en tu propia casa, que las cosas no irán como quisieras, y por todas partes estarás estorbado y cercado, de modo que tendrás bastante que sufrir y tendrás que ver lo que te entristecerá el corazón. Pero especialmente los queridos predicadores tienen que aprender esto a fondo y ejercitarse en ello cada día, de modo que tienen que tomar a pecho toda clase de envidia, odio, burla y escarnio, ingratitud, y además desprecio e injurias, de manera que están traspasados por dentro y atormentados sin interrupción.
Pero el mundo no quiere nada de este llanto; por eso busca aquellas vocaciones y maneras de vivir en las que pueda pasarlo bien y no tenga que sufrir nada de nadie, como solía ser la vocación de los monjes y los sacerdotes. Porque no puede soportar tener que servir a otras personas en una vocación dada por Dios con constante cuidado, fatiga y trabajo, y no recibir por ello más que ingratitud y desprecio y otros malos tratos como recompensa.
Por eso, cuando las cosas no le salen como quiere y uno lo mira con malos ojos, no saben hacer otra cosa que arremeter con maldiciones y juramentos, sí, y además a puñetazos, y están dispuestos a sacrificar bienes y reputación, tierras y gente. Pero Dios lo dispone de tal manera que aun así no se escapan tan fácilmente como para no tener que ver ni sufrir ninguna miseria; y como recompensa por tratar de evitarla, les asigna que de todos modos tengan que sufrir, y aun que lo hagan doblemente mayor y más pesado con su ira e impaciencia, y no puedan tener ningún consuelo ni buena conciencia. Pero los cristianos tienen esta ventaja: aunque lloran, recibirán consolación y serán bienaventurados aquí y allá.
Por tanto, el que no quiera ser mundano de pies a cabeza, sino tener parte con los cristianos, que se cuente entre los que ayudan a suspirar y a llorar, para que sea consolado, como dice esta promesa. Leemos un caso así en la profecía de Ezequiel, capítulo 9: cómo Dios envió a seis hombres con armas destructoras contra la ciudad de Jerusalén. Pero a uno de ellos le encargó pasar por en medio de la ciudad con «un tintero de escribano» a su cintura, y «poner una señal en la frente a los hombres que gimen y que claman a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de ella». Los así marcados habían de quedar con vida, pero a todos los demás había que matarlos. Mira, esta es la ventaja de los cristianos: aunque en el mundo tengan que ver solo tristeza y miseria, al final sucede que, cuando el mundo está más seguro y avanza en pleno disfrute, la ruedecita gira y de repente les sobreviene una desgracia en la que estos tienen que quedarse y perecer, mientras los otros son arrebatados de ella y librados, como en el caso del querido Lot en Sodoma, después de que por mucho tiempo le habían afligido el corazón (como dice san Pedro) «con su nefanda conducta». Por tanto, que el mundo ría ahora y viva en la juerga, conforme a su concupiscencia y desenfreno. Y aunque tú tengas que llorar y lamentarte, y veas cada día lo que aflige tu corazón, sométete y aférrate a la palabra [de nuestro texto], para que te des por satisfecho y te consueles con ella, y también exteriormente te reanimes y estés tan alegre como puedas.
Porque los que así lloran pueden con toda propiedad tener y tomar gozo cuando pueden, para no hundirse del todo en la tristeza. Porque Cristo también añadió precisamente estas palabras y prometió este consuelo, para que no se desanimen en su tristeza ni dejen que se les quite y se les apague del todo el gozo del corazón, sino que mezclen este llanto con consuelo y alivio; de lo contrario, si nunca tuvieran consuelo ni gozo, tendrían que consumirse y marchitarse. Porque ningún hombre puede soportar nada más que llanto, pues chupa los mismos jugos del cuerpo, como dice el sabio: «La tristeza ha matado a mucha gente». Y también: «El espíritu sombrío seca la médula de los huesos». Por eso no solo debemos evitar esto, sino que debemos recomendar e instar a tales personas a que estén alegres a veces, si es posible, o al menos a que moderen su dolor y lo olviden en parte.
Por eso Cristo no quiere que aquí no haya más que llanto y tristeza, sino que advierte contra los que no quieren llorar en absoluto, que solo quieren pasarlo bien y tener aquí todo su consuelo; y quiere enseñar a sus cristianos, si les va mal y tienen que llorar, que sepan que esa es la buena voluntad de Dios, y que también debe ser la de ellos, y que no han de maldecir, ni enfurecerse, ni desesperar, como si su Dios no tuviera misericordia. Cuando es así, el traguito amargo ha de mezclarse con miel y azúcar, y hacerse así menos repugnante; ese es el propósito de esta promesa: que esto le agrada a él, y que los llama bienaventurados, además de que los consuela aquí, y allá quedarán completamente libres de tristeza.
Por tanto, despidámonos del mundo y de todos los que nos hacen daño, en el nombre de su señor, el diablo, y cantemos este canto y estemos alegres, en el nombre de Dios y de Cristo. Porque con ellos no terminará, sin duda, como quieren; sino que, aunque ahora se alegran de nuestra desgracia y hacen mucho por dañarnos, nosotros mantendremos el buen ánimo, y viviremos para ver que ellos tendrán que llorar y lamentarse cuando nosotros seamos consolados y felices.
Mateo 5:5
V.5. Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.
Esta bienaventuranza sigue admirablemente a la primera, cuando dijo: «Bienaventurados los pobres en espíritu», etc. Porque así como allí prometió el reino de los cielos y una herencia eterna, así aquí añade una promesa de esta vida presente y de los bienes de aquí en la tierra.
Pero ¿cómo concuerda esto? ¿Ser pobre y poseer la tierra? Me parece que el predicador ha olvidado cómo empezó. Porque si uno ha de poseer la tierra y los bienes mundanos, no puede ser pobre. Pero no quiere decir aquí que poseer la tierra y tener toda clase de bienes aquí en la tierra signifique que cada uno haya de poseer un país entero; si no, Dios tendría que crear más mundos. Se refiere más bien a las bendiciones que Dios da a cada uno: que a uno le da esposa, hijos, ganado, casa y hogar, y lo que esto implica, para que pueda permanecer en la tierra (donde vive) y disponer de sus bienes mundanos, como suelen hablar las Escrituras, y como se dice repetidas veces en el Salmo 37: «los que esperan en Jehová, ellos heredarán la tierra»; y también: «los benditos de él heredarán la tierra», etc. Por tanto, él mismo añade aquí la glosa de que ser pobre en espíritu, de lo cual habló antes, no significa ser mendigo ni tirar el dinero y los bienes. Porque aquí enseña que han de quedarse y habitar en la tierra y tener que ver con los bienes terrenales, como oiremos enseguida.
Ahora bien, ¿qué significa ser manso? Aquí hay que recordar de nuevo, en primer lugar, que Cristo no habla en absoluto del gobierno y de su autoridad oficial; porque a este no le corresponde ser manso (sanftmüthig, como usamos en alemán la palabra Sanftmuth), ya que empuña la espada para castigar a los malos, y tiene una ira y una venganza que se llaman ira y venganza de Dios. Habla solo de las personas individuales: cómo ha de comportarse cada uno con los demás, aparte de su cargo y su autoridad; como el padre y la madre cuando no viven como padre y madre con sus hijos ni cumplen su deber oficial de padre y madre, es decir, con los que no los llaman padre o madre, como los vecinos y otros. Porque en otro lugar he dicho muchas veces que hemos de hacer una gran diferencia entre estas dos cosas: el oficio y la persona. El que es conocido como Juan o Martín es un hombre muy distinto del que es llamado Elector, o Doctor, o Predicador.
Porque aquí tenemos dos personas distintas en un solo hombre. Una, aquella en la que somos creados y nacemos, según la cual todos somos iguales: hombre, mujer, niño, joven, viejo, etc. Pero una vez nacidos, Dios hace de ti otra persona: a ti te hace hijo, a mí padre; a uno amo, a otro criado; a este príncipe, a aquel ciudadano, etc. Esa es entonces una persona divina, que ejerce un oficio divino y anda revestida de su propia dignidad, y no se llama simplemente Juan o Nicolás, sino príncipe de Sajonia, o padre y amo. Aquí no dice nada de estas, sino que las deja seguir en su oficio y rango, como él lo ha ordenado; habla de la persona escueta, individual y natural: lo que cada uno ha de hacer por sí mismo, como hombre, con los demás. Por tanto, si ocupamos un cargo oficial y con autoridad, tenemos que ser estrictos y rigurosos, airarnos y castigar, etc. Porque aquí tenemos que hacer lo que Dios pone a nuestro alcance y nos manda por su propia iniciativa.
Fuera de esto, en lo que no es oficial, que cada uno aprenda por sí mismo a ser apacible con todos, es decir, a no tratar a su prójimo sin razón, con espíritu de odio o de venganza, como los que se precipitan de cabeza, que nunca quieren soportar nada ni ceder un palmo, sino que ponen el mundo patas arriba, nunca escuchan a nadie ni le disculpan nada, sino que enseguida cargan con todo el fardo y nunca se detienen a pensar, salvo en cómo vengarse y devolver el golpe. Con esto no se prohíbe a los gobernantes castigar y ejecutar el justo pago por autoridad divina; pero tampoco se concede aquí licencia a un juez, burgomaestre, señor o príncipe que sea un villano y confunda las dos personas, y vaya más allá de su autoridad oficial por malicia personal, o por envidia, odio y enemistad (como sucede a menudo), bajo el manto del cargo y del derecho legal, como si nuestros vecinos, bajo el nombre de la autoridad, quisieran llevar a cabo contra nosotros algo que de otro modo no podrían lograr.
Y especialmente habla aquí otra vez con sus judíos, como había comenzado, que siempre insistían en que no tenían que sufrir nada de un pagano ni de un extranjero, y en que siempre tenían razón si se vengaban sin vacilar; y para eso citaban las palabras de Moisés, como Dt 28:13: «Te pondrá Jehová por cabeza, y no por cola; y estarás encima solamente, y no estarás debajo», etc., lo cual estaría muy bien. Pero el sentido es: si Dios mismo lo hace, entonces está bien hecho. Porque es algo muy distinto si él lo ordena y dice: «Yo lo haré», y si lo hacemos nosotros mismos, sin autoridad. Lo que él dice, eso se hará y tiene que hacerse. Lo que decimos nosotros, eso sucede si puede, o quizá no sucede en absoluto. Por tanto, no tienes derecho a aplicarte esta promesa y a sacar de ella confianza cuando quieres hacer algo que le corresponde hacer a él, y no quieres esperar hasta que él te diga que lo hagas.
Fíjate: Cristo reprende aquí a esos santos salvajes que piensan que cada uno es amo del mundo entero y tiene pleno derecho a no soportar ningún sufrimiento, sino solo a armar alboroto y fanfarronear, y a defender lo suyo con violencia; y nos enseña que el que quiera gobernar y poseer en paz lo suyo, sus bienes, su casa, etc., tiene que ser manso, de modo que pueda pasar por alto las cosas y obrar con razón, y sufrir cuanto pueda. Porque no puede ser de otra manera: tu prójimo a veces se aprovechará de ti o te hará daño, ya sea por accidente o por malicia. Si fue por accidente, no lo arreglas en nada de tu parte si no puedes ni quieres soportar nada. Si fue por malicia, solo lo provocas más arañando y golpeando, mientras él se ríe de ti y se divierte de que te está fastidiando y molestando, de modo que aun así no puedes tener paz ni disfrutar tranquilamente de lo tuyo.
Así que elige una de las dos cosas, la que quieras: o vivir con mansedumbre y paciencia entre la gente y conservar lo que tienes con paz y buena conciencia, o perder lo tuyo con alboroto y bullicio y además no tener paz. Porque esto está decidido: los mansos recibirán la tierra por heredad. Y mira tú mismo a esos tipos raros que siempre están riñendo y disputando por bienes y otros asuntos, y no ceden ante nadie, sino que están decididos a imponerlo todo a la fuerza: ¿no despilfarran riñendo y contendiendo más de lo que jamás podrían ganar, y al final pierden tierras y gente, casa y hogar, y además con inquietud y mala conciencia? Y Dios añade a eso su sanción, que dice: «No seas manso, entonces, para que no conserves la tierra ni disfrutes en paz de tu blanca». Pero si quieres vivir bien y tener descanso, deja que la malicia y la enemistad de tu prójimo se ahoguen y se apaguen solas; de lo contrario, no puedes agradar más al diablo ni hacerte más daño a ti mismo que armando un alboroto de ira. ¿Tienes un gobierno por encima de ti? Denuncia el caso y deja que ellos se ocupen. Porque es asunto del gobierno no permitir que el inocente sea muy oprimido; y Dios también lo dispondrá de tal manera que su palabra y su ordenanza permanezcan, y tú, conforme a esta promesa, llegues a poseer la tierra. Así tendrás paz y bendición de Dios, mientras que tu prójimo tendrá inquietud, junto con el desagrado y la maldición de Dios.
Pero este sermón está dirigido solo a los que son cristianos, y creen, y saben que tienen su tesoro en el cielo, que les está asegurado y no se les puede quitar; por eso tienen que tener bastante también aquí, aunque no tengan cofres y bolsillos llenos de ducados rojos. Ya que sabes esto, ¿por qué dejas que te perturben y te quiten el gozo? Sí, ¿por qué te causas inquietud a ti mismo y te robas esta excelente promesa?
Fíjate: ya tienes tres puntos con tres ricas promesas, de modo que el que es cristiano tiene que tener bastante, tanto en lo temporal como en lo eterno, aunque aquí tenga que sufrir mucho, tanto por dentro, en el corazón, como por fuera. En cambio, los mundanos, como no quieren soportar pobreza, ni problemas, ni violencia, no tienen ni disfrutan con paz y tranquilidad ni el reino de los cielos ni los bienes mundanos. Puedes leer más sobre esto en el Salmo 37, que es el verdadero comentario de este pasaje y describe ricamente cómo los mansos heredan la tierra y los impíos han de ser cortados.
Mateo 5:6
V.6. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
La justicia no ha de entenderse aquí como la justicia cristiana en general, por la cual la persona llega a ser piadosa y acepta delante de Dios. Porque ya he dicho antes que estas ocho bienaventuranzas no son otra cosa que una enseñanza sobre los frutos y las buenas obras de un cristiano, a las que tiene que preceder la fe, como el árbol y el tronco principal o la suma de su justicia y bienaventuranza, sin ninguna obra ni mérito; de ella tienen que brotar y seguir todas estas bienaventuranzas. Por tanto, entiende aquí la justicia exterior ante el mundo, la que guardamos entre nosotros con los demás, de modo que el sentido de estas palabras, breve y sencillo, es este: es un hombre verdaderamente bienaventurado el que con perseverancia y diligencia se esfuerza por promover el bien común y la conducta recta de cada uno, y ayuda a mantener y llevar a cabo esto con palabras y hechos, con consejo y acción.
Esta es también una excelente bienaventuranza, que abarca muchísimas buenas obras, pero que de ningún modo es común. Por ejemplo, para ilustrarlo: si un predicador quiere ser contado entre los que tienen hambre y sed de justicia, tiene que estar dispuesto a instruir y ayudar a cada uno en su vocación, para que la desempeñe como es debido y haga lo que le corresponde; y cuando ve que falta algo y las cosas no van bien, tiene que estar presente, advertir, reprender y corregir lo mejor que pueda y por los medios que pueda. Así, que yo como predicador sea fiel a mi oficio, y otros al suyo, que sigan mi enseñanza y mi predicación, y así se haga lo recto por ambas partes. Donde hay personas así, que se interesan de manera especial y seria en hacer con gusto lo recto, o en que se las encuentre trabajando como es debido, de ellas puede decirse que tienen hambre y sed de justicia. Si así fuera, no habría picardía ni injusticia, sino completa justicia y bienaventuranza en la tierra. Porque ¿qué otra cosa es la justicia del mundo sino que cada uno haga en su vocación lo que le corresponde? Eso significa que se respeten debidamente los derechos de cada uno: los del hombre, la mujer, el niño, el criado y la criada en la familia, el ciudadano o la ciudad en el país; y todo se resume en que los que han de supervisar y gobernar a otras personas ejerzan este oficio con diligencia, cuidado y fidelidad, y que los demás también les rindan fiel y voluntariamente el servicio y la obediencia debidos.
Y no sin razón usa la expresión: «tener hambre y sed de justicia»; con ella quiere indicar que para alcanzarla hace falta gran seriedad, un anhelo ardiente y una diligencia incesante, y que donde falta esta hambre y sed, todo quedará en nada. La razón es esta: porque hay demasiados y grandes estorbos, tanto de parte del diablo, que por todas partes cierra el camino, como de parte del mundo (a saber, sus hijos), que es tan malvado que no puede soportar a un hombre piadoso que quiere obrar rectamente o ayudar a otros a hacerlo, sino que lo molesta y lo fastidia tanto que al final pierde la paciencia y se malhumora por ello. Porque es doloroso ver con qué vergüenza actúa la gente, y cómo paga la bondad de todo corazón con ingratitud, desprecio, odio y persecución. De ahí que también muchas personas que no podían soportar presenciar esta conducta vil acabaron desesperando de ello y se refugiaron en el desierto, huyendo de la sociedad humana y haciéndose monjes, de modo que muchas veces se ha cumplido el dicho: «La desesperación hace al monje»; ya sea que uno no confía en ganarse la vida y corre a un monasterio por su estómago, como ha hecho la gran multitud, o que desespera del mundo y no confía en seguir siendo piadoso en él ni en ayudar a otras personas.
Pero esto no es tener hambre y sed de justicia. Porque el que quiere predicar o gobernar de tal manera que se deja cansar e impacientar y se escabulle a un rincón, será lento para ayudar a otras personas. No es tu deber meterte en un rincón o en el desierto, sino salir con brío, si estabas allí, y ofrecer tus manos y tus pies y todo tu cuerpo para que se usen, y arriesgar todo lo que tienes y puedes; y has de ser un hombre capaz de ser duro contra lo duro, que no se deje espantar ni dejar pasmado, ni vencer por la ingratitud o la malicia del mundo, sino que siempre siga adelante y persevere en cuanto sea posible. En resumen, has de tener tal hambre y sed de justicia que nunca disminuya ni cese ni pueda saciarse, de modo que no te importe ninguna otra cosa sino lograr y mantener lo recto, despreciando en cambio todo lo que quiera estorbarte. Si uno no puede hacer piadoso al mundo entero, que haga lo que pueda. Basta con que haya cumplido su propio deber y haya ayudado a algunos, aunque sea a uno o dos. Si los demás no quieren seguir, que se vayan, en el nombre de Dios. No hay que salir corriendo por causa de los malvados, sino concluir: no se emprendió por causa de ellos, ni por causa de ellos se abandonará; quizá con el tiempo algunos de ellos entren en razón, o haya menos, y mejoren un poco.
Porque aquí tienes una promesa consoladora y cierta con la que Cristo atrae y seduce a sus cristianos: que los que tienen hambre y sed de justicia serán saciados; es decir, que serán deliciosamente recompensados por su hambre y su sed al ver que no han trabajado en vano, y que al final se ha alcanzado a algunos que han sacado provecho; y esto se verá no solo aquí en la tierra, sino todavía más en el más allá, cuando cada uno vea lo que tales personas han logrado con su diligencia y perseverancia, aunque ahora las cosas no vayan como quisieran y casi hayan perdido el ánimo; como cuando un predicador piadoso ha arrebatado tantas almas de las fauces del diablo y las ha llevado al cielo, o un gobernante piadoso y fiel ha ayudado a muchas tierras y gentes, que dan de él este testimonio y lo alaban ante todo el mundo.
Todo lo contrario son los santos de apariencia que, por su gran santidad, abandonan el mundo y corren al desierto, o se esconden en los rincones, para escapar de las molestias y preocupaciones que de otro modo tendrían que soportar, y no hacen caso de lo que pasa en el mundo; ni una sola vez piensan que deberían ayudar o aconsejar a otras personas con doctrina, instrucción, exhortación, reprensión y corrección, o al menos con oración y súplica a Dios. Sí, les disgusta y les duele que otras personas se hagan piadosas, porque quieren que se los tenga por los únicos santos, de modo que el que quiera llegar al cielo tenga que comprarles sus buenas obras y su mérito. En resumen, están tan llenos de justicia que miran con desprecio a los demás pobres pecadores, igual que el gran santo fariseo de Lc 18, ebrio de suficiencia propia, suelta su desprecio por el pobre publicano y se deshace en felicitaciones a sí mismo, de modo que presenta sus respetos a Dios y le da gracias porque solo él es piadoso y los demás son malos.
Fíjate: estas son las personas contra las que habla Cristo aquí, los espíritus orgullosos y autosuficientes que se hacen cosquillas y encuentran gozo y placer en que otras personas no sean piadosas, cuando deberían compadecerse de ellas, tenerles lástima y ayudarlas; no saben hacer otra cosa que despreciar, murmurar, juzgar y condenar a todo el mundo, y todo tiene que ser hedor e inmundicia excepto lo que ellos mismos hacen. Pero ir a instruir y hacer bien a un pobre pecador lleno de faltas, eso lo evitan como evitarían al diablo. Por eso tendrán que oír de nuevo cómo Cristo exclama acerca de ellos, Lc 6:25: «¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! porque tendréis hambre». Porque así como serán saciados los que ahora tienen hambre y sed, así tendrán que tener hambre para siempre los que ahora están tan llenos y saciados, y de quienes, sin embargo, nadie puede sacar ningún bien ni jactarse de que alguna vez hayan ayudado a alguien o lo hayan guiado por el buen camino. Ahí tienes, en una palabra, el sentido de esta bienaventuranza, que (como se dijo arriba) abarca muchas buenas obras, sí, todas las buenas obras, con las cuales cada uno puede vivir rectamente entre la gente y ayudar a que prosperen toda clase de oficios y vocaciones, como he mostrado muchas veces en otros lugares.
Mateo 5:7
V.7. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Este es también un excelente fruto de la fe, y sigue bien a lo anterior: el que ha de ayudar a otros y contribuir al bienestar y la prosperidad comunes, debe ser también bondadoso y misericordioso; es decir, no ha de estar listo para armar alboroto y provocar disturbios si falta algo y las cosas no van como deberían, mientras todavía hay esperanza de mejora. Porque una de las virtudes de la santidad aparente es que no sabe tener compasión ni misericordia de los falibles y débiles, sino que insiste en el rigor más extremo y en la selección más escrupulosa, y en cuanto hay la más mínima falta, se acaba toda misericordia y no hacen otra cosa que echar humo y rabiar; como también san Gregorio muestra cómo reconocerlo, y dice: Vera justitia compassionem habet, falsa indignationem: la verdadera santidad es misericordiosa y compasiva, pero la falsa santidad no sabe hacer otra cosa que airarse y enfurecerse; y sin embargo dicen: Pro zelo justitiae (como se jactan), es decir, lo hacemos por amor y celo de la justicia.
Porque todo el mundo empieza a ver que han llevado a cabo sus maldades y sus artimañas escandalosas bajo la hermosa y excelente apariencia y cobertura de que lo hacían por causa de la justicia. Así como hasta ahora han mostrado, y siguen mostrando, su hostilidad y su traición contra el evangelio bajo el nombre de proteger la verdad y exterminar la herejía, y pretenden merecer con ello que Dios los corone por esto y los eleve al cielo, como quienes por gran sed y hambre de justicia persiguen, estrangulan y queman a sus santos. Porque pretenden, claro está, tener aún más que los verdaderos santos el nombre de los que tienen hambre y sed de justicia, y se ponen una apariencia tan santurrona y usan palabras tan admirables, que piensan que ni Dios mismo sabrá distinguir.
Pero al árbol noble se le conoce por sus frutos. Porque cuando deberían insistir en la justicia, para que los asuntos espirituales y temporales se lleven como es debido, no lo hacen, no piensan en instruir ni mejorar a nadie, ellos mismos viven en vicio constante, y si alguien reprende su conducta, o no la alaba ni hace lo que ellos quieren, tiene que ser un hereje y dejarse condenar al infierno. Mira, exactamente así es, sin duda, todo santo aparente. Porque su justicia propia lo hace tan orgulloso que desprecia a todos los demás y no puede tener un corazón bondadoso y misericordioso. Por eso es necesaria esta advertencia contra estos santos abominables, para que cada uno tenga cuidado, si tiene que ver con su prójimo, al que debe ayudar y enderezar en su manera de vivir, de seguir siendo capaz de ser misericordioso y de perdonar, para que se vea que buscas sinceramente la justicia y no quieres satisfacer tu propia malicia e ira, y que eres tan justo que tratas amistosa y suavemente al que está dispuesto a dejar la injusticia y hacerse mejor, que soportas y aguantas su falta o su debilidad hasta que entre en razón. Pero si intentas todo esto y aun así no encuentras esperanza de mejora, entonces puedes dejarlo y entregarlo a aquellos a quienes corresponde castigarlo.
Este es, pues, un lado de la misericordia: complacerse en perdonar a los pecadores y a los que han faltado. El otro es ser benéfico también con los que están en necesidad exterior o requieren ayuda, lo que llamamos obras de misericordia, según Mt 25:35. Tampoco de este rasgo sabían nada los ostentosos santos judíos. Porque en ellos no había más que hielo y escarcha, sí, un corazón duro como un tronco o una piedra, y ni una gota de sangre afectuosa que hallara placer en hacer bien al prójimo, ni misericordia para perdonar el pecado; solo cuidaban y planeaban para su propia panza, aunque otro muriera de hambre; de modo que hay mucha más misericordia entre los pecadores manifiestos que en un santo así; como no puede ser de otra manera, ya que solo se alaban a sí mismos y se tienen por santos, desprecian a todos los demás como si no valieran nada, y suponen que todo el mundo tiene que servirles y darles abundancia, pero que ellos no tienen obligación de dar nada a nadie ni de servir a nadie.
Por eso este sermón y esta exhortación son despreciados y no valen nada entre tales santos, y no encuentran alumnos sino entre los que ya se aferran a Cristo y creen en él, que no conocen ninguna santidad propia, sino que, como ya se ha descrito, son pobres, miserables, mansos, que de verdad tienen hambre y sed, y están dispuestos de tal manera que no desprecian a nadie, sino que se compadecen con simpatía de la necesidad de todos los demás. A estos se aplica ahora la consoladora promesa: «Bien les va a ustedes los misericordiosos, porque volverán a encontrar abundante misericordia, tanto aquí como en el más allá, y una misericordia tal que supera indeciblemente todos los beneficios y toda la misericordia humanos». Porque no hay comparación entre nuestra misericordia y la de Dios, ni entre nuestros bienes y los tesoros eternos del reino de los cielos; y a él le agradan tanto nuestros beneficios al prójimo que nos promete por un centavo cien mil ducados, si nos hicieran falta, y por un vaso de agua el reino de los cielos.
Ahora bien, si alguien no se deja mover por esta excelente y consoladora promesa, que dé vuelta a la página y oiga otra sentencia: «¡Ay de los que no tienen misericordia, y malditos sean, porque no se les mostrará misericordia! Como ahora el mundo está lleno de gente así, entre los nobles, los ciudadanos y los campesinos, que pecan tan asombrosamente contra el querido evangelio que no solo no dan nada a los pobres pastores y predicadores, sino que además quitan y atormentan donde pueden, y actúan exactamente como si quisieran matarlo de hambre y echarlo del mundo, y con todo siguen adelante muy seguros, pensando que Dios tiene que callarse y dejarles hacer lo que quieran». Pero algún día les caerá el golpe, y temo que vendrá alguien que hará de mí (que ya he advertido bastante) un profeta, y los tratará con total crueldad, y además les quitará la reputación y los bienes, el cuerpo y la vida, para que la palabra de Dios siga siendo verdad, y experimente una ira sin atenuantes y un desagrado eterno el que no quiera mostrar ni tener misericordia, como dice Santiago: «Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia».
Por eso también Cristo, en el día final, presentará esta falta de misericordia como el peor agravio hecho contra él mismo, todo lo que hayamos hecho por falta de caridad, y él mismo pronunciará la maldición: «Tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber, etc. Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno», etc. Él nos advierte y nos exhorta fielmente por pura gracia y misericordia. El que no quiera aceptar esto, que escoja lo peor y la condenación eterna. Considera al rico de Lc 16:19 ss., que, aunque veía cada día al pobre Lázaro tendido a su puerta lleno de llagas, no tuvo caridad suficiente para darle un haz de paja ni dejarle las migajas que caían de su mesa. Pero mira qué terriblemente le fue pagado: en el infierno con gusto habría dado cien mil ducados si tan solo hubiera podido jactarse de haberle dado un hilo.
Mateo 5:8
V.8. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.
Esta bienaventuranza es algo oscura y no tan fácil de entender para nosotros, que tenemos corazones y mentes tan groseramente carnales; y está oculta también a todos los sofistas, que deberían ser los más doctos, de modo que ninguno de ellos sabe decir qué significa tener un corazón limpio, y mucho menos qué significa ver a Dios; se ocupan de puros sueños y malos pensamientos, de asuntos de los que ellos mismos no saben nada por experiencia.
Por eso tenemos que mirar estas palabras conforme a las Escrituras y aprender a entenderlas correctamente. Ellos se imaginan que un corazón limpio significa que un hombre se aparta de la comunidad y se va a un rincón, a un monasterio o al desierto, y no piensa en el mundo ni se ocupa de asuntos y negocios mundanos, sino que se entretiene solo con pensamientos celestiales. Con esta enseñanza fantasiosa no solo se han engañado a sí mismos y a otras personas y las han extraviado peligrosamente, sino que han cometido la falta asesina de tener por impuro el hacer cosas y ocupar cargos en la sociedad que son inevitables en el mundo y que, de hecho, Dios mismo ha establecido.
Pero la Escritura habla de este corazón y esta mente limpios de tal manera que es perfectamente compatible con ellos que uno sea esposo, ame a su mujer y a sus hijos, piense en ellos y los cuide, y se ocupe de otros asuntos que pertenecen a tal relación. Porque todo esto lo ha ordenado Dios. Y lo que Dios ha ordenado no puede ser impuro; sí, es la misma limpieza con la que vemos a Dios. Así, cuando un juez actúa en el ejercicio de su cargo y condena a muerte a un criminal, ese no es su oficio y su obra, sino de Dios. Por eso es una obra buena, limpia y santa (si él es de veras cristiano), que no podría hacer si no tuviera ya un corazón limpio. Asimismo, ha de llamarse obra limpia y corazón limpio aunque un criado o una criada de la casa haga una tarea sucia e inmunda, como acarrear estiércol o lavar y limpiar a los niños.
Por eso es una vergonzosa perversión que se preste tan poca atención a las relaciones que abarcan los diez mandamientos y se ande boquiabierto tras otras obras especiales y vistosas; como si Dios no tuviera una boca u ojos tan limpios como nosotros, o un corazón y una mano tan limpios cuando hace al hombre y a la mujer. ¿Cómo habrían de hacer impuro un corazón tales obras o pensamientos? Pero así han de volverse ciegos y necios los que desprecian la palabra de Dios y miden la limpieza solo por la máscara exterior y la exhibición de obras, y entretanto tienen que hacer travesuras con sus propios pensamientos errantes, y se quedan boquiabiertos queriendo trepar al cielo y palpar a Dios, hasta que en el intento se rompen el cuello.
Por tanto, entendamos bien lo que Cristo quiere decir con un corazón limpio; y fíjate otra vez en que este sermón iba dirigido principalmente, y con dureza, contra los judíos. Porque así como no querían sufrir nada, sino que codiciaban una vida de comodidad, placer y gozo, y no querían tener hambre ni ser misericordiosos, sino estar satisfechos de sí mismos y ser los únicos piadosos, y además juzgar y despreciar a los demás, así también su santidad consistía en tener que estar limpios por fuera, en el cuerpo, la piel, el pelo, la ropa y la comida, de modo que no se atreviera a haber ni una manchita en su ropa. Y si alguien tocaba un cadáver, o tenía sarna o picor en su persona, no se atrevía a acercarse a otras personas; eso tenían por limpieza. «Pero no es eso lo que hace a uno limpio», dijo él; «yo alabo a los que se esfuerzan por tener un corazón limpio», como dice en Mt 23:25: «limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia». Y también: «sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia»; tal como sucede actualmente con nuestro clero, aunque exteriormente lleva una vida decente y celebra el culto público con tal formalidad y ostentación que es algo hermoso de ver. Pero él no pide tal limpieza, sino que quiere tener limpio el corazón, aunque sea de uno que por fuera es un pinche de cocina, negro, tiznado y mugriento, y hace toda clase de trabajos sucios.
Entonces, ¿qué es un corazón limpio?, ¿o en qué consiste? Respuesta: Es fácil de decir, y no necesitas trepar al cielo ni correr a un monasterio tras él y deducirlo con tus propios pensamientos; más bien guárdate de todos esos pensamientos que llamas tuyos como de otro tanto barro e inmundicia, y sabe que un monje en el monasterio, cuando está sentado en su más profunda contemplación y piensa en su Señor Dios tal como él se lo pinta y se lo imagina, está sentado (con perdón) en el estiércol, no hasta las rodillas, sino hasta por encima de la cabeza y las orejas. Porque sigue sus propias ocurrencias, sin palabra alguna de Dios, lo cual es pura mentira y engaño, como lo atestiguan las Escrituras por todas partes. Pero corazón limpio es el que siempre está atento a la palabra de Dios y la toma en lugar de sus propios pensamientos. Porque solo ella es limpia delante de Dios, sí, la limpieza misma, por la cual todo lo que entra en contacto con ella y le pertenece es y se llama limpio. Así pasa con un artesano común y rudo, un zapatero o un herrero, que está sentado en su casa, aunque personalmente esté sucio y tiznado, o huela mal por estar ennegrecido y manchado, y piensa: «Mi Dios me ha hecho hombre y me ha dado casa, mujer e hijos, y me ha mandado amarlos y sustentarlos con mi trabajo», etc. Fíjate ahora: hace de ello un asunto del corazón con Dios, y aunque por fuera apeste, por dentro es perfectamente fragante delante de Dios. Pero si llega a ser muy limpio, de modo que también abraza el evangelio y cree en Cristo (sin lo cual esa limpieza no puede existir), entonces es limpio de arriba abajo: por dentro, en el corazón, para con Dios, y por fuera, para con todo lo que está bajo él en la tierra, de modo que todo lo que es y hace, ya sea que ande, esté de pie, coma y beba, etc., le es limpio, y nada puede hacerlo impuro; así cuando mira a su propia mujer o juega con ella, como el patriarca Isaac, Gn 26:8, lo cual a un monje le resulta repugnante y lo hace impuro. Porque ahí tiene la palabra de Dios y sabe que Dios se la ha dado.
Pero si abandonara a su mujer y tomara otra, o descuidara su oficio o su cargo y dañara o molestara a otras personas, ya no sería limpio; porque eso iría contra el mandamiento de Dios.
Pero mientras sea fiel en estos dos puntos, a saber, en la palabra de la fe para con Dios, por la cual el corazón se vuelve limpio, y en la palabra del conocimiento de lo que ha de hacer por su prójimo en su vocación, todo le es limpio, aunque con sus puños y todo su cuerpo esté ocupado en la suciedad. Una pobre criada, si hace lo que debe y además es cristiana, es delante de Dios en el cielo una doncella hermosa y limpia, de modo que todos los ángeles la aplauden y les encanta mirarla. En cambio, el cartujo más estricto, aunque ayune y se mortifique hasta la muerte, no haga otra cosa que llorar de pura devoción y nunca piense en el mundo, si está sin fe en Cristo y sin amor al prójimo, no es más que hedor e inmundicia, por dentro y por fuera, de modo que tanto Dios como los ángeles lo abominan y sienten asco de él.
Así ves cómo todo depende de la palabra de Dios, de modo que lo que está comprendido en ella y se mueve con ella ha de llamarse todo limpio, puro y blanco como la nieve ante Dios y ante los hombres. Por eso dice san Pablo, Tit 1:15: «Todas las cosas son puras para los puros», y también: «mas para los corrompidos e incrédulos nada les es puro».
¿Por qué? Porque «hasta su mente y su conciencia están corrompidas». ¿Cómo puede ser eso? Porque «profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan»; porque son precisamente ellos los abominables a los ojos de Dios, etc. Fíjate cómo el apóstol los pinta con colores horribles y cómo denuncia a los grandes santos judíos. Porque toma como ejemplo a un monje cartujo, que piensa que, si vive según su regla estricta, en obediencia, en pobreza, sin casarse, apartado del mundo, es limpio en todos los aspectos. ¿Qué otra cosa es eso sino su propia manera de pensar, al margen de la palabra de Dios y de la fe, nacida de su propio corazón? De esta manera se consideran los únicos limpios, y a las demás personas impuras. Eso es lo que san Pablo llama una mente impura, es decir, todo lo que piensan e imaginan.
Ahora bien, como esta idea y este pensar son impuros, también todo lo que hacen conforme a ellos tiene que serles impuro; y como es su mente, así es también su conciencia, de modo que, aunque deberían y podrían ser útiles a otras personas, tienen una conciencia que toma el color de su manera de pensar y está atada a sus capuchas, claustros y reglas: piensan que si por un minuto descuidaran esta rutina para servir a su prójimo y tener algo que ver con otros, habrían cometido el pecado más atroz y se habrían contaminado por completo. Todo eso viene de no reconocer la palabra de Dios y sus criaturas, aunque, como dice san Pablo, «profesan» con la boca que lo hacen. Porque si supieran cómo y para qué los ha creado Dios, no despreciarían estas vocaciones en la sociedad ni pondrían tan alto su propia medida, sino que las reconocerían como obras y criaturas de Dios, limpias, y las honrarían, y ellos mismos permanecerían en ellas con gusto y serían útiles a su prójimo. Eso sería entonces conocer bien a Dios, tanto en su palabra como en sus criaturas, y mantener limpios el corazón y la conciencia, que así cree y razona: «Lo que Dios hace y ordena tiene que ser limpio y bueno, porque él no hace nada impuro, y lo santifica todo por la palabra que ha puesto en todas las vocaciones y criaturas».
Por tanto, guárdate de todos tus propios pensamientos, si quieres ser limpio delante de Dios, y procura que tu corazón esté asentado y fijo en la palabra de Dios; entonces serás limpio por encima de todos los cartujos y santos del mundo. Cuando yo era joven, se gloriaban de este proverbio: «Ama estar solo y tu corazón se mantendrá limpio»; y citaban como prueba un dicho de san Bernardo, que decía que cada vez que estaba entre la gente se ensuciaba; como leemos en las vidas de los padres acerca de un ermitaño que no quería que nadie se le acercara ni hablar con nadie, y decía: «Los ángeles no pueden venir al que anda entre los hombres». Leemos también de otros dos que no querían que su madre los viera; y como ella a menudo acechaba la ocasión y una vez los tomó por sorpresa, enseguida cerraron la puerta y la dejaron fuera largo rato llorando, hasta que finalmente la convencieron de que se fuera y esperara a que se vieran en la vida futura.
Mira, eso se llamaba una hazaña noble, la cumbre de la santidad y la limpieza más perfecta. Pero ¿qué era? Ahí está la palabra de Dios: «Honra a tu padre y a tu madre». Si la hubieran tenido por santa y limpia, habrían mostrado a su madre y a su prójimo toda honra, amor y amistad; en cambio, siguiendo sus propias ocurrencias y su santidad escogida por ellos mismos, se apartaron de ellos, y con su mismo intento de ser los más limpios se ensuciaron de la manera más vergonzosa delante de Dios; como si los bribones más desesperados no pudieran tener tales pensamientos y adoptar tal apariencia que uno tuviera que decir: «Estos son santos vivientes, que saben despreciar el mundo y tratar solo con espíritus»; sí, con espíritus del fondo del infierno. A los ángeles nada les gusta más que cuando manejamos con familiaridad la palabra de Dios; con tales personas les encanta morar. Por tanto, deja a los ángeles tranquilos allá arriba en el cielo, y búscalos aquí abajo, en la tierra, en tu prójimo, tu padre y tu madre, tus hijos y otros, para que hagas con ellos lo que Dios ha mandado, y los ángeles no estarán lejos de ti.
Hablo así para que en este asunto de la limpieza uno aprenda a ordenarse bien, y no vaya tan lejos a buscarla como hacen los monjes, que la han echado totalmente fuera del mundo y la han metido en un rincón o en una capucha, todo lo cual es hedor e inmundicia y el verdadero refugio del diablo; sino que la deje donde Dios la ha puesto, a saber, en el corazón que se aferra a la palabra de Dios y usa su vocación y todas las criaturas conforme a ella, de tal manera que en ella se abrace toda la limpieza de la fe para con Dios, y se muestre también exteriormente en esta vida, y todo se haga en obediencia a la palabra y al mandamiento de Dios, sea limpio o sucio en lo corporal. Así lo dije arriba acerca de un juez que tiene que condenar a muerte a un hombre, y así derramar sangre y mancharse con ella, lo cual un monje tiene por obra abominablemente impura; pero la Escritura llama a esto servir a Dios, como san Pablo, Ro 13:1-4, llama a «las autoridades superiores», que «llevan la espada», «servidor de Dios»; y no es obra y mandato de ellos, sino de él, que él les impone y les exige. Ahí tienes el sentido de un corazón limpio que obra conforme a la palabra de Dios, limpia y pura.
Pero ¿cuál es su recompensa, o qué les promete? Esto: que verán a Dios. ¡Un título glorioso y un tesoro espléndido! Pero ¿qué significa ver a Dios? Aquí los monjes tienen otra vez sus sueños: que significa estar sentado en las celdas y meditar hacia el cielo, y llevar una vida contemplativa —así la llaman, y han escrito muchos libros sobre ello—. Pero de ningún modo puede llamarse ver a Dios eso de venir con la cantinela de tus propias ocurrencias y trepar hacia el cielo, como los sofistas y nuestros espíritus sectarios y santos chiflados insisten en medir y dominar a Dios y su palabra y sus obras con su propio cerebro; sino que es esto: si tienes una fe verdadera en que Cristo es tu Salvador, etc., entonces ves enseguida que tienes un Dios misericordioso. Porque la fe te lleva hacia arriba y te abre el corazón y la voluntad de Dios, donde no contemplas otra cosa que gracia y amor sobreabundantes. Eso es exactamente lo que significa ver a Dios: no con los ojos del cuerpo (porque con ellos nadie puede verlo en esta vida), sino con la fe, que contempla su corazón paternal y amistoso, en el cual no hay ira ni desagrado. Porque el que lo tiene por airado no lo ve bien, sino que ha corrido un velo y una cubierta, sí, una nube oscura, sobre su rostro. Pero contemplar su rostro, como lo expresa la Escritura, significa reconocerlo bien como un Padre misericordioso y benévolo, en quien uno puede confiar para todo lo bueno; y esto viene solo por la fe en Cristo.
Asimismo, si vives en tu vocación conforme a la palabra y el mandamiento de Dios, con tu esposo, tu esposa, tus hijos, tu prójimo y tu amigo, puedes ver cuál es la mente de Dios respecto de estas relaciones, y puedes concluir que a él le agrada, puesto que eso no es tu propio sueño, sino su palabra y su mandamiento, que nunca nos miente ni nos engaña. Ahora bien, es cosa excelentísima, y un tesoro por encima de todo lo que uno pueda pensar o desear, saber que uno está y vive rectamente ante Dios; de tal manera que no solo el corazón puede consolarse con la seguridad de su gracia y gloriarse en ella, sino que uno puede saber que su andar y su conducta exteriores le son agradables a sus ojos; de donde se sigue que puede hacer y sufrir todo alegremente y de corazón, y no dejar que nada lo alarme ni lo desanime. Nada de esto pueden hacer los que no tienen esta fe y un corazón limpio que se guía solo por la palabra de Dios; como todos los monjes han enseñado abiertamente que nadie puede saber si está en estado de gracia o no; y les está muy bien merecido que, por despreciar la fe y las verdaderas obras piadosas y buscar una limpieza inventada por ellos mismos, nunca puedan ver a Dios ni saber cómo están con él.
Porque si le preguntas a alguien que ha guardado con la mayor diligencia sus horas de oración, ha celebrado sus misas a diario y ha ayunado, si también está seguro de que a Dios le agrada esto, tiene que decir que no lo sabe y que lo hace todo a la ventura: si sale bien, que salga bien. No es posible que nadie diga otra cosa. Porque nadie puede decir jactándose: «Dios me dio esta capucha, o me mandó llevarla; me mandó celebrar esta misa», etc. Todos hemos andado a tientas en esta ceguera hasta ahora, cuando hacíamos tantas obras llamadas buenas, dábamos contribuciones, ayunábamos, rezábamos rosarios, y sin embargo nunca nos atrevimos a decir: «Esta obra le agrada a Dios; de esto estoy seguro, y moriré en ello». Por eso nadie puede decir que en todo su hacer y vivir haya visto jamás a Dios. O si alguien presuntuosamente glorificara tales obras y pensara que Dios tiene que mirarlas con agrado y recompensarlas, eso significaría ver, no a Dios, sino al diablo en lugar de Dios. Porque para eso no hay palabra de Dios, sino que todo es invención de los hombres, brotada de su propio corazón. Por eso jamás puede dar seguridad ni satisfacción a ningún corazón, sino que queda escondida bajo la presunción hasta que llega la última hora, cuando todo se desvanece y empuja a la desesperación; y así nunca sucede que uno vea el rostro de Dios.
Pero el que se aferra a la palabra de Dios y permanece en la fe puede mantenerse en pie delante de Dios y mirarlo como a su Padre misericordioso, y no necesita temer que Dios esté detrás de él con un garrote; está seguro de que Dios lo mira con gracia y sonriendo, junto con todos los ángeles y santos del cielo. Mira, eso es lo que Cristo quiere decir con esta palabra: que solo ven a Dios los que tienen este corazón limpio; con lo cual corta y deja de lado toda otra clase de limpieza, de modo que donde no hay esta, aunque todo lo demás sea limpio en un hombre, no vale nada delante de Dios, y él nunca puede ver a Dios. En cambio, si el corazón es limpio, todo es limpio, y no importa que por fuera todo sea impuro, sí, aunque el cuerpo esté lleno de llagas, sarna y lepra por todas partes.
Mateo 5:9
V.9. Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Aquí el Señor honra con un alto título y una alabanza excelente a los que se complacen en procurar diligentemente la paz, no solo en lo que a ellos mismos toca, sino también entre otras personas, para ayudar a arreglar disputas feas y enredadas, soportar las contiendas, y evitar y prevenir la guerra y el derramamiento de sangre; lo cual es en verdad una gran virtud, pero muy rara en el mundo y entre los santos aparentes. Porque los que no son cristianos son mentirosos y homicidas, como su padre, el diablo. Por eso no sirven para otra cosa que para crear discordia, contienda, guerra, etc.; como ahora apenas encontramos entre los sacerdotes, obispos y príncipes otra cosa que sabuesos sanguinarios, que por muchas señales han mostrado abundantemente que no hay nada que les gustaría más ver que a todos nosotros nadando en sangre. Así, si un príncipe se enoja, enseguida piensa que tiene que empezar una guerra; entonces inflama e incita a todo el mundo, hasta que ha habido tanta guerra y tanto derramamiento de sangre que empieza a arrepentirse y da mil ducados por las almas de los que fueron muertos. Estos no son más que sabuesos sanguinarios; no pueden descansar hasta haberse vengado y saciado su furia, hasta haber arrastrado a su tierra y su gente a la desdicha y la miseria; y sin embargo quieren que los llamen príncipes cristianos y tener una buena causa.
Para empezar una guerra hace falta más que tener una buena causa. Porque aunque aquí no se nos prohíbe hacer la guerra, como se dijo arriba —que Cristo no quiere aquí quitar nada a las autoridades establecidas ni a su autoridad oficial, sino que enseña solo a las personas individuales que quieren llevar para sí una vida cristiana—, no está bien que un príncipe decida hacer la guerra a su vecino, aunque (digo) tenga una buena causa y su vecino esté en falta; sino que el sentido es: «Bienaventurados los pacificadores»; de modo que el que quiera ser cristiano e hijo de Dios no solo no empieza la guerra y la discordia, sino que ayuda y aconseja a favor de la paz dondequiera que pueda, aunque hubiera razón y causa suficiente para ir a la guerra. Basta con que, si uno ha hecho todo lo posible por la paz y nada sirve, actúe a la defensiva para proteger su tierra y su gente.
Por tanto, no han de llamarse cristianos, sino hijos del diablo, los pendencieros que corren a sus estoques y sacan la espada de la vaina por una palabra; y mucho más los que ahora persiguen el evangelio y hacen quemar o asesinar inocentemente a sus predicadores, que no les han hecho ningún daño, sino solo bien, y les han servido con cuerpo y alma. Pero de estos no decimos nada ahora, sino solo de los que sostienen que tienen razón y una buena causa, y piensan que ellos, como personas altas y principescas, no tienen por qué sufrir, aunque otras personas sí sufrirían.
También se quiere decir aquí que, si se te hace injusticia y violencia, no está bien que consultes a tu propia cabeza necia y empieces enseguida a vengarte y a devolver el golpe; sino que has de pensarlo y tratar de soportarlo y tener paz. Si eso no basta y no puedes soportarlo, tienes la ley y la autoridad gubernamental en el país, donde puedes buscar remedio por la vía regular. Porque las autoridades establecidas están ordenadas para guardar contra esta injusticia y castigarla. Por eso el que te hace daño no peca solo contra ti, sino más bien contra la autoridad misma, porque a ella, y no a ti, se le dio el orden y el mandato de guardar la paz. Por tanto, deja que tu juez, a quien corresponde, vengue y castigue esto, porque es contra él contra quien tu adversario ha hecho el mal. Pero si tomas la venganza en tus propias manos, haces un mal todavía mayor, porque te haces culpable del mismo pecado que el que peca contra las autoridades establecidas y se entromete en su oficio; y al hacerlo pones en falta tu propia buena causa. Porque el dicho común es: «El que devuelve el golpe está en falta, y devolver el golpe hace la riña».
Fíjate: esta es una cosa que Cristo exige aquí contra los vengativos y alborotadores; y llama pacificadores, en primer lugar, a los que ayudan a hacer la paz entre la gente, como los príncipes piadosos, los consejeros o juristas y las personas con autoridad, que ocupan su puesto de gobierno por causa de la paz. En segundo lugar, a los ciudadanos y vecinos piadosos que con su consejo bueno y saludable ajustan, armonizan y arreglan la contienda y la discordia (ocasionadas por lenguas malas y venenosas) entre marido y mujer, o entre vecinos; como san Agustín se gloriaba de su madre, Mónica, que cuando veía a dos enemistados siempre hablaba lo mejor de ambas partes, y todo lo bueno que oía de una parte se lo llevaba a la otra, pero todo lo malo que oía lo callaba, o lo suavizaba cuanto podía, y así a menudo lograba una reconciliación. Porque es particularmente entre las mujeres donde prevalece el vergonzoso vicio de la calumnia, de modo que a menudo se ocasionan grandes males por una mala lengua. A esto contribuyen en gran parte esas amargas y venenosas novias del diablo que, si oyen una palabra sobre alguien, le sacan punta y filo, y una amargura intensa contra otros, de modo que a veces el resultado es desdicha y asesinato.
Todo esto viene de que naturalmente llevamos pegada la vergonzosa inmundicia diabólica de que a cada uno le gusta oír y contar lo peor de su prójimo, y le hace cosquillas ver una falta en otro. Si una mujer fuera tan hermosa como el sol y tuviera en el cuerpo una marca o una manchita, uno olvidaría todo lo demás y solo buscaría la mancha y hablaría de ella. Así, si alguna fuera la más renombrada por su honra y su virtud, aun así vendrá una lengua venenosa y dirá que una vez la vieron riendo con alguien, y la difamará de tal manera que eclipse toda su alabanza y su honra. Esas son verdaderas arañas venenosas, que no saben chupar de una rosa hermosa y preciosa otra cosa que veneno, y echan a perder la flor y la savia, mientras que una abejita no chupa de ella más que miel y deja las rosas intactas.
Así actúan los que no disciernen nada en otras personas a menos que haya en ellas algo defectuoso o impuro que puedan censurar; en cambio, lo que hay de bueno en ellas no lo ven. Porque los hombres tienen muchas virtudes que el diablo no puede destruir, y sin embargo él las esconde o las desfigura para que no se vean. Así, en el caso de una mujer, aunque esté muy llena de faltas y no tenga ninguna otra virtud, es sin embargo una criatura de Dios, y al menos sabe acarrear agua y lavar pañales; y no hay persona en la tierra tan mala que no haya en ella algo que haya que alabar. ¿Cómo es, entonces, que dejamos de lado lo bueno y recreamos la vista en lo impuro, como si nos deleitáramos (con perdón) en mirar solo el trasero de un hombre, cuando Dios mismo ha cubierto las partes menos decorosas del cuerpo y (como dice Pablo, 1 Co 12:24) ha dado «más abundante honor al que le faltaba»? Y somos una gente tan inmunda que solo buscamos lo que está sucio y apesta, y nos revolcamos en ello como cerdos.
Mira, esos también son verdaderos hijos del diablo, que recibe su nombre precisamente de hacer eso, pues se le llama diabolus, es decir, difamador y calumniador, que se complace en avergonzarnos por completo y en amargarnos unos contra otros, para ocasionar solo asesinato y miseria, y no permitir paz ni concordia entre hermanos y vecinos, marido y mujer.
Una vez oí de un caso así: dos esposos vivían juntos en tanto amor y armonía que eran la comidilla del pueblo; y como el diablo no podía impedirlo de ninguna manera, envió a una vieja bruja a la mujer, que le dijo que su marido andaba con otra mujer y pensaba matarla; así le amargó el corazón contra su marido y le aconsejó que escondiera un cuchillo sobre su persona para adelantársele. Cuando logró esto, fue al marido y le dijo lo mismo de ella: que ella pensaba asesinarlo, y como prueba de ello (dijo) encontraría por la noche un cuchillo junto a ella en la cama. Él lo encontró, y con él le cortó la cabeza. Sea esto verdad o no, muestra en todo caso lo que pueden hacer las lenguas malvadas y venenosas, aun entre los que se aman de corazón, de modo que con propiedad pueden llamarse bocas del diablo o diablas, como él, el diablo, diabolus, no significa otra cosa que una boca amarga, venenosa y mala.
Por tanto, guárdate de gente así, no les hagas caso, y aprende a dar la mejor interpretación, o incluso a ocultar, lo que oigas de tu prójimo, para que hagas y mantengas la paz y la armonía; entonces podrás ser llamado con toda honra hijo de Dios ante todo el mundo y los ángeles del cielo. Deberías dejarte atraer y seducir por esta honra; sí, deberías correr tras ella, si te fuera posible, hasta el fin del mundo, y dar con gusto por ella todo lo que tienes. Ahora la tienes aquí ofrecida y puesta delante de ti gratis; no necesitas hacer ni dar nada por ella, excepto que, si quieres ser hijo de Dios, también te muestres como tal y hagas las obras de tu Padre para con tu prójimo. Porque así hizo nuestro Señor Cristo por nosotros cuando nos reconcilió con el Padre y nos aseguró su favor, y todavía cada día intercede por nosotros y defiende nuestra causa. Haz tú lo mismo, para que seas pacificador y mediador entre tus vecinos, y lleves lo mejor a ambas partes, pero retengas lo malo que el diablo ha inspirado, o lo expliques lo mejor que puedas. Si vas a ver a Margarita, haz como se dijo de Mónica, la madre de Agustín, y di: «Oh, querida Margarita, ¿por qué estás tan amargada? Seguro que ella no lo dice con mala intención; no veo en ella otra cosa sino que le gustaría ser tu querida hermana», etc. Del mismo modo, si te encuentras con Catalina, haz lo mismo con ella. Entonces, como verdadero hijo de Dios, habrías logrado la paz por ambas partes, en cuanto pudieras.
Pero si quieres o tienes que hablar de lo malo, entonces haz como Cristo te ha enseñado.
No lo lleves a otros, sino ve al que ha hecho el mal y exhórtalo a hacerlo mejor; no de tal manera que hagas alarde de ello cuando llegues y expongas a la persona en cuestión, que hables cuando deberías callar y calles cuando deberías hablar. Esta es una manera, y la primera: que lo trates a solas entre tú y tu prójimo. Pero si tienes que decírselo a otros, si lo otro no da resultado, díselo a aquellos a quienes corresponde castigar: padre y madre, amo o ama, burgomaestre y juez, etc. Ese es el camino recto y regular que hay que seguir, para que lo malo se quite o se castigue. De lo contrario, si lo difundes entre otras personas, la persona queda sin provecho y el mal sin reprensión, y además tú mismo y otros lo irán contando por ahí, de modo que andará en boca de todos.
Fíjate en lo que hace un médico piadoso con un niño enfermo: no anda corriendo entre la gente pregonándolo, sino que va al niño y le examina el pulso, o lo que sea necesario, no para darse el gusto a costa del niño ni para burlarse de él, sino con la buena y bondadosa intención de ayudarlo. Así leemos del santo patriarca José, Gn 37:2, 10, que estaba con sus hermanos junto al ganado, y cuando se hablaba mal de ellos, fue y se lo dijo a su padre, como a su amo, a quien correspondía examinar el asunto y castigarlos, porque a él no querían oírlo.
Pero dirás: «Entonces, ¿por qué tú mismo atacas públicamente al papa y a otros, y no guardas la paz?». Respuesta: Uno tiene que aconsejar y ayudar a la paz cuanto pueda, y callar lo mejor que pueda. Pero cuando el pecado es público y se extiende demasiado, o causa daño público (como la enseñanza del papa), entonces ya no está bien callar, sino protestar y reprender, especialmente para mí y para otros que ocupamos un cargo público, cuyo deber es enseñar y advertir a todos. Porque se me ha impuesto el mandato y el deber, como predicador y doctor, de velar para que nadie sea extraviado, de modo que pueda dar cuenta de ello en el juicio final. Así san Pablo, Hch 20:28, manda a los predicadores velar y guardar todo el rebaño contra los lobos que aparecerían entre ellos, etc. Así me corresponde reprender a los que pecan públicamente, para que se enmienden, igual que un juez tiene que condenar y castigar públicamente a los malhechores en virtud de su cargo. Porque ya hemos dicho bastantes veces que Cristo no habla aquí de un cargo público, sino de todos los cristianos en general, en cuanto todos somos iguales delante de Dios.
Mateo 5:10
V.10. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Ya dije antes que todas estas sentencias y promesas deben entenderse como asuntos de fe, dichas acerca de cosas que no se ven ni se oyen, y que no se refieren a las apariencias exteriores. Porque ¿cómo podría llamarse próspero y bienaventurado, en lo exterior, a quien es pobre y llora, y además tiene que sufrir toda clase de persecución? Todo eso el mundo entero y la razón lo llaman adversidad, y enseñan a evitarlo. Por eso, quien quiera tener la bienaventuranza y los bienes de los que Cristo habla aquí, tiene que levantar su corazón por encima de todos los sentidos y de la razón, y no juzgarse según lo que siente, sino razonar así: ¿Soy pobre? Entonces no soy pobre. Pobre soy por fuera, según la carne, pero delante de Dios, en la fe, soy rico. Del mismo modo, cuando se siente triste, abatido y afligido, no debe juzgar por eso y decir que es un hombre desdichado, sino darse vuelta y decir: Siento tristeza, sí, miseria y dolor interior, pero aun así soy bienaventurado, alegre y estoy bien asentado sobre la palabra de Dios. Y en el mundo sucede exactamente lo contrario: los que se llaman ricos y dichosos no lo son. Porque Cristo pronuncia su «¡ay!» contra ellos y los llama desdichados, aunque parezca que les va bien y que prosperan de maravilla. Por eso deberían elevar sus pensamientos por encima de las riquezas y de la buena vida que disfrutan, y decir: Es cierto que soy rico y vivo entre placeres, ¡pero ay de mí si no tengo nada más que esto! Porque en medio de todo esto tiene que haber, sin duda, abundante miseria, desgracia y dolor, que me alcanzarán antes de que me dé cuenta. Lo mismo vale para todas estas sentencias: cada una de ellas tiene ante el mundo un aspecto distinto del que tiene según estas palabras.
Hasta aquí hemos tratado casi todas las partes de la vida cristiana y los frutos espirituales de la fe en estos dos aspectos. Primero, en cuanto a su persona: que es pobre, triste, miserable, pasa necesidad y hambre. Y junto con esto, respecto a los demás: que es un hombre útil, bienhechor, misericordioso, pacífico, y que no hace más que buenas obras. Aquí añade ahora lo último: cómo se le trata por todo eso. Aunque esté lleno de buenas obras, aun hacia los enemigos y los malvados, tiene que recibir del mundo esta recompensa: que se le persiga, y que pierda por ello el cuerpo, la vida y todo lo demás.
Por eso, si quieres ser cristiano, considéralo bien, para que no te aterres ni pierdas el ánimo o la paciencia por esa causa, sino que estés alegre y contento con todo, y sepas que no te va mal cuando esto te sucede. Porque lo mismo le sucedió a él mismo y a todos los santos (como se dice enseguida), y a los que quieren ser cristianos se les anuncia de antemano, precisamente por eso, que han de padecer persecución y que tienen que padecerla. Por lo tanto, tienes que elegir. Tienes dos caminos delante de ti: o hacia el cielo y la vida eterna, o hacia el infierno; o con Cristo, o con el mundo. Pero tienes que saber esto: si vives de modo que lo pases bien aquí y sin persecución, no llegarás al cielo con Cristo; y al revés. En suma, o dejas ir a Cristo y al cielo, o eliges esto: sufrir en el mundo toda clase de persecución y malos tratos. En una palabra: el que quiera tener a Cristo tiene que renunciar a su comodidad, a su vida, a sus bienes, a su honra y al favor del mundo, y no asustarse del desprecio, de la ingratitud ni de la persecución. La razón es esta: el diablo es un espíritu malvado y furioso, que no puede ni quiere soportar que un hombre entre en el reino de Dios. Si alguien se lo propone, se le cruza en el camino, y despierta y ensaya contra él toda la oposición que puede.
Por eso, si quieres ser hijo de Dios, prepárate para la persecución, como dice el sabio, y Pablo en 2 Ti 3:12: «Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución». Y Cristo mismo: «El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán». No puede ser de otra manera; por eso se dice: «Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia», para que uno sepa con qué consolarse. Porque de otro modo, mirado por fuera, es una condición dura y desdichada, y hace mal efecto estar siempre en peligro del cuerpo y de los bienes. Pero cuando la fe se aferra a esto, uno puede elevarse por encima de todo y pensar: Cristo ha dicho, sin embargo, que soy bienaventurado y que me va bien. Porque él lo ha dicho, dejo que esto sea mi consuelo, y me da gran alegría. La palabra me ensanchará el corazón, sí, lo hará más grande que el cielo y la tierra. Porque ¿qué son todos los que me persiguen comparados con este hombre o con su palabra? ¿Son uno o dos los que nos persiguen? Los que están de nuestro lado, los que nos animan, nos consuelan y nos felicitan, son muchos más: sí, diez mil ángeles por cada uno de ellos, junto con todos los santos, que están del lado de Cristo y de Dios mismo. Por eso no debemos dejar esta palabra tan fría y simple, sino inflarla bien y engrandecerla, y ponerla frente a toda persecución. Así veremos y aprenderemos que todo nuestro sufrimiento debe despreciarse como nada, comparado con este gran consuelo y esta bienaventuranza eterna.
Pero añade, con toda intención, esta expresión: «por causa de la justicia», para mostrar que no basta con ser perseguido si esto falta. Porque también el diablo y la gente mala tienen que soportar persecución, y un bribón a menudo riñe con otro, y no son amigos entre sí; como un asesino persigue a otro, o un turco le hace la guerra a un tártaro. Pero no por eso son bienaventurados; esto vale solo para los que son perseguidos por causa de la justicia. Así lo dice también Pedro en 1 P 4:15: «Ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor», etc.
Por eso no sirve de nada que alguien sin esto [es decir, sin la justicia] se jacte y haga alboroto de grandes sufrimientos. Así engañaron los monjes sin gracia a la pobre gente que acompañaban al castigo por sus malas obras, diciéndoles para consolarlos que con su muerte pagaban su pecado. Pero tú guárdate de la muerte que ha de expiar tu pecado. Porque esa pertenece al fondo del infierno.
Primero tienen que estar la justicia y la muerte de Cristo el Señor.
Por eso, procura tener en primer lugar una causa verdaderamente divina por la que tengas que sufrir persecución, y estar realmente seguro de ella, de modo que tu conciencia pueda descansar tranquila en ella, aunque el mundo entero estuviera en tu contra. Por eso, ante todo, hay que aferrar la palabra de Dios con confianza y firmeza, para que de allí no pueda surgir ninguna duda ni vacilación. Por ejemplo, si ahora el emperador, los obispos o los príncipes quisieran prohibir el matrimonio, la libertad de comer, el uso de ambas especies en el sacramento, etc., y te persiguieran por eso, entonces procura que tu corazón esté seguro del asunto y firmemente convencido de que la palabra de Dios ha dejado estas cosas libres y no prohibidas; más aún, nos manda tomarlas en serio y arriesgar incluso la vida por ellas. Así podrás decir con confianza: Esta causa no es mía, sino de mi Señor Cristo. Porque no la inventé con mi propia cabeza, ni la emprendí ni la comencé por mi cuenta, ni por consejo o sugerencia de nadie, sino que la recibí de la boca de Cristo, traída y anunciada desde el cielo. Él nunca me miente ni me engaña, sino que es él mismo la pura verdad y la justicia. Sobre la palabra de este hombre me arriesgaré a sufrir, a hacer y a dejar de hacer lo que corresponda; y su palabra sola ha de valer más para consolar y fortalecer mi corazón que el furor y las amenazas de todos los diablos y del mundo para aterrarme.
Porque ¿qué importa que un príncipe o un emperador se enfurezca neciamente en su rabia y amenace con la espada, el fuego o la horca, si mi Salvador, en cambio, habla amigablemente con mi corazón y me consuela con estas seguridades: que soy bienaventurado y que estoy en íntima comunión con mi Dios en el cielo, y que toda la hueste celestial y los seres santos me llaman bienaventurado? Si mi corazón y mi ánimo están en tal estado que puedo sufrir por causa de su palabra y de su obra, ¿por qué habría de dejarme asustar por esta gente miserable, que ciertamente se enfurece y echa espuma contra Dios, pero que de repente se desvanece como el humo o como pobres pompas de jabón? Como dice el profeta Isaías, 51:12 ss.: «Yo, yo soy vuestro consolador. ¿Quién eres tú para que tengas temor del hombre, que es mortal, y del hijo de hombre, que es como heno? Y ya te has olvidado de Jehová tu Hacedor, que extendió los cielos y fundó la tierra», etc. Es decir: el que te consuela y se complace en ti es eterno y todopoderoso; cuando todos ellos hayan desaparecido, él seguirá sentado allá arriba, y tú también. ¿Por qué, entonces, te importarán más las amenazas y los humos de un miserable y hediondo saco de gusanos que este consuelo y esta aprobación divinos? Más bien deberías dar gracias a Dios y alegrarte de corazón de ser digno de sufrir así, como los apóstoles salieron (Hch 5:41) «gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre».
Mira, ¿no somos ahora altamente bienaventurados con estas palabras, si tan solo las aceptamos con amorosa gratitud? Porque persecución no nos falta. Y tenemos además la gran ventaja de que nuestros propios enemigos no pueden condenar nuestra causa, y tienen que confesar (sin que haya que agradecérselo) que es justa y verdadera. Lo único que le reprochan es que seamos nosotros quienes la enseñamos, porque no quieren aprender ni aceptar de nosotros lo que nunca antes había sucedido ni se había oído. Por eso, lo que sufrimos por esta causa es un sufrimiento santo y bienaventurado, como ellos mismos tienen que atestiguar. Y ya no es una persecución humana, sino verdaderamente diabólica, pues dicen que no debemos ni podemos llamarla palabra de Dios, sino que tenemos que callarnos y no predicar, a menos que primero vayamos a echarnos a los pies del papa y nos sometamos a ser juzgados como le plazca a él y a sus secuaces.
Por eso suframos, tanto más de buena gana y con alegría, todo lo que puedan hacer contra nosotros, porque tenemos el consuelo fuerte y seguro, y la grande y gloriosa satisfacción, de que nuestra doctrina y nuestra causa quedan confirmadas por su propia boca. Además, oímos en este lugar la excelente y encantadora promesa de que seremos bien recompensados en el cielo, y de que hemos de gozarnos y alegrarnos en ello, como quienes no necesitan esperar el cielo, sino que ya lo tienen. Y ellos, con su persecución, no hacen más que ayudarnos a llegar allá; sí, literalmente nos empujan hacia el cielo. Ahora mira si estas palabras sencillas y breves no pueden dar tanto valor como el mundo entero, e infundir más consuelo y alegría que todo el sufrimiento y tormento que nuestros enemigos puedan infligirnos, con tal que no las pasemos por encima a la ligera, sino que nos las apropiemos de corazón y las consideremos como es debido.
Esto es lo que tenemos que decir sobre la persecución que se lleva a cabo con verdadera violencia y afecta a la persona o a los bienes, cuando los cristianos son apresados y torturados, quemados, ahorcados y masacrados, como sucede ahora y ha sucedido antes. Además de esta, hay otra clase de persecución que se llama difamación, deshonra, afrenta, y que afecta a nuestra honra y buen nombre. De esta manera los cristianos, más que todos los demás, tienen que sufrir. De esto trata ahora Cristo a continuación.
Mateo 5:11
V.11. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.
También esta es una persecución grande y dura, y (como dije antes) el verdadero sufrimiento de los cristianos: que se les calumnie y difame de la manera más amarga y venenosa. Porque, aunque también otras personas tienen que sufrir persecución, de modo que se las trata con violencia e injusticia, la gente se conforma con dejarles conservar su honra y su buen nombre. Por eso esto todavía no es un verdadero sufrimiento cristiano. Porque para eso no basta con que se les impongan toda clase de torturas y tormentos, sino que además su nombre tiene que ser escupido y calumniado de la manera más vergonzosa. Así el mundo se jacta a gritos, cuando asesina a los cristianos, de haber ejecutado a los peores bribones, a quienes la tierra ya no podía soportar, y de haberle rendido a Dios el mayor y más agradable servicio, como dice Cristo en Jn 16:2. De modo que no hay nombre sobre la tierra tan calumniado y deshonrado como el de cristiano, ni pueblo tan amargamente combatido y atacado por lenguas tan maliciosas y venenosas como los cristianos.
Esto lo muestran ahora a fondo en su trato con el querido evangelio y sus predicadores: con tales injurias calumniosas, mentiras, engaños, malas artimañas y tergiversaciones maliciosas, que uno preferiría morir muchas veces antes que soportar estos dardos venenosos y malignos. Aquí viene el papa lanzando sus rayos y condenándonos a nueve infiernos, como hijos del peor de los diablos. Del mismo modo sus secuaces, obispos y príncipes, rabian y rugen con tan abominables vituperios e injurias que atraviesan a uno de parte a parte. Al final uno tendría que cansarse y no podría soportarlo más, si no tuviéramos un consuelo más fuerte y poderoso que toda su malicia y su furia. Por eso los dejamos rabiar y difamar, para que se atormenten a sí mismos y se consuman en su miseria con su odio y su envidia venenosos e insaciables. Pero nosotros estamos bien satisfechos y de buen ánimo. Si ellos están decididos a enojarse mucho y a rabiar, nosotros, en cambio, podemos reír y estar alegres.
Por eso digo otra vez: el que quiera ser cristiano sepa que tiene que esperar sufrir tal persecución de lenguas venenosas, malvadas y calumniadoras, sobre todo donde no pueden hacer nada con los puños. Que deje que todo el mundo afile la lengua contra él, le apunte, lo pique y lo golpee; y él, por su parte, que lo desprecie todo con desafío y, además, se ría en el nombre de Dios, y los deje rabiar en el nombre de su dios, el diablo. Y esto con la tranquila seguridad (como dije antes) de que nuestra causa es justa y es la causa propia de Dios, lo cual ellos mismos tienen que confirmar: ciertamente nos condenan, y sin embargo dicen que es la verdad. Además, nuestro corazón y nuestra conciencia están seguros delante de Dios de que enseñamos correctamente. Porque no enseñamos a partir de nuestra propia cabeza, razón o sabiduría, ni buscamos con ello nuestra propia ventaja, bienes u honra ante el mundo, sino que predicamos y alabamos solamente la palabra de Dios y sus obras.
En cambio ellos, nuestros enemigos, no se glorían en otra cosa que en sus propias obras, méritos y santidad, y a nosotros, que no practicamos esas cosas con ellos, nos persiguen por eso. Porque no nos persiguen como si fuéramos adúlteros, ladrones o salteadores, etc.; entre ellos pueden tolerar muy bien a los bribones y canallas más desesperados. Pero levantan un terrible griterío porque no queremos aprobar su doctrina ni su vida, y alabamos solamente el evangelio, a Cristo, la fe y las obras verdaderamente buenas; y así no sufrimos por nosotros mismos, sino todo por causa de Cristo el Señor. Por eso les cantaremos toda la canción, y les mostraremos que nuestra cabeza es más dura que la suya. Porque, en una palabra, tendrán que dejar en paz a este hombre, les guste o no.
Mateo 5:12
V.12. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos.
Estas son, sin duda, palabras dulces y consoladoras, que deberían hacer nuestro corazón alegre y valiente frente a toda clase de persecución. ¿No debería uno tener por más querida y de más valor la palabra y el consuelo del amado Señor que la de un impotente saco de gusanos, o que el furor, las amenazas, las excomuniones, las maldiciones y los truenos del abominable papa, aunque derramara sobre nosotros, como un aguacero, las mismas heces y todo el infierno de su ira y de su maldición? Porque oigo que Cristo mi Señor se complace tan de corazón, y me manda estar yo mismo contento con ello. Además, me promete una recompensa tan excelente: que el reino de los cielos será mío, y todo lo que Cristo tiene, junto con todos los santos y toda la cristiandad. En suma, un tesoro y un consuelo tales que no debería cambiarlos por todos los bienes, las alegrías y la música del mundo, aunque cada hoja y cada brizna de hierba fueran una lengua que cantara mis alabanzas. Porque aquí no es un cristiano el que lo llama a uno bienaventurado, ni siquiera un ángel, sino el Señor de todos los ángeles, a cuyos pies tanto ellos como todas las criaturas tienen que postrarse y suplicar. Por eso ellos, junto con todas las demás criaturas, hasta las mismas hojas y la hierba, tienen que unirse con alegría a cantar acerca de mí y a danzar en mi alabanza.
¿Y qué son, en cambio, los que me calumnian y me maldicen, sino meras liendres y piojosos (con perdón de la expresión), y aun mucho más infames de lo que se puede decir? Aunque todas las criaturas, las hojas y las briznas de hierba del bosque y los granos de arena de la orilla del mar, fueran otras tantas lenguas para reprenderlos y aniquilarlos, ¿qué sería todo eso comparado con una sola palabra de este hombre? Porque su voz suena tan clara que el cielo y la tierra tienen que llenarse de ella y resonar con ella, mientras que el babeante y ronco carraspear y toser de sus enemigos ya no se oye.
Mira, así deberíamos aprender un poco a usar y aprovechar estas palabras, que no están aquí en vano, sino que fueron dichas y escritas para fortalecernos y consolarnos. Con ellas él, como nuestro querido Maestro y fiel Pastor u Obispo, nos equipa para que estemos sin temor y bien preparados para sufrir, si por su causa nos imponen toda clase de tormento y desgracia, tanto de palabra como de obra, y para que despreciemos todo lo que nos ofende y lo condenemos a pesar de nuestra razón y de nuestro corazón.
Porque, si nos dejamos guiar por nuestros propios pensamientos y sentimientos, lo pasamos mal, y duele que uno sirva, ayude, aconseje y beneficie al mundo y a todos, y no reciba por ello más agradecimiento que el odio peor y más amargo y lenguas malditas y venenosas. Si la carne y la sangre gobernaran aquí, pronto dirían: Si no voy a recibir otra cosa por esto, que se aferre al evangelio y sea cristiano quien quiera, y que de aquí en adelante el diablo ayude al mundo, si así lo quiere. Por eso también todo el mundo se queja ahora y grita: el evangelio causa mucha discordia, contienda y alboroto en el mundo, y todo está peor desde que se ha publicado que antes, cuando todo marchaba tranquilamente, no había persecución y la gente vivía junta como buenos amigos y vecinos.
Pero esto es lo que significa: si no quieres tener el evangelio ni ser cristiano, entonces ve y sé un hombre del mundo, y nadie te perseguirá, y serás amigo del mundo. Pero si quieres tener el evangelio y a Cristo, entonces tienes que esperar problemas, contiendas y persecución dondequiera que vayas.
La razón: porque el diablo no permite que sea de otro modo, ni deja de azuzar a la gente contra el evangelio, de modo que todo el mundo está enfurecido contra él; como ahora los campesinos, los ciudadanos, los nobles, los príncipes y los señores, que son hostiles al evangelio por pura insolencia, y ni ellos mismos saben por qué.
Por eso les respondo esto a esos charlatanes y murmuradores: no puede ni debe haber un estado de cosas pacífico y tranquilo. Porque ¿cómo podría haberlo donde gobierna el diablo, que es enemigo mortal del evangelio? Y esto no sin razón, porque el evangelio lo hiere en su reino, de modo que lo siente; y si lo dejara avanzar sin estorbo, su reino pronto quedaría totalmente destruido. Pero si ha de resistirlo y estorbarlo, tiene que reunir todo su arte y su poder, y levantar contra él todo lo que pueda. Por eso no esperes paz ni tranquilidad mientras Cristo y su evangelio estén en medio del reino del diablo. ¡Y ay de aquel tiempo agradable y cómodo que había antes, y de los que ahora quieren tenerlo de vuelta! Porque esa es una señal segura de que el diablo gobierna con gran poder y de que Cristo no está allí. ¡Ay!, yo temo que vuelva a ser así, y que el evangelio nos sea quitado a nosotros los alemanes demasiado pronto; que es precisamente aquello por lo que luchan estos alborotadores.
Pero tenemos esta seguridad: no es culpa nuestra que las cosas no vayan bien. Porque nos alegraríamos de corazón si todo marchara bien, y hemos hecho nuestra parte enseñando, exhortando, rogando, suplicando y cediendo, aun con nuestros enemigos, ofreciéndoles la paz y todo lo que debemos hacer. Y sin embargo no logramos nada, sino que nos persiguen, nos calumnian y nos injurian de la manera más vergonzosa, y no pueden parar hasta enfriar su furia en nuestra sangre. Como no ha de ser de otro modo, al final los dejamos seguir con sus amenazas, su furia y su difamación, y tomamos para nosotros el consuelo que hemos oído, seguros de que no pueden lograr lo que desean a menos que primero hayan arrojado a Cristo del cielo y lo hayan hecho mentiroso, a él y todo lo que ha dicho. «Porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros». No estás solo (quiere decir) en sufrir así. Mira a tu alrededor y cuenta hacia atrás a todos los santos padres que vivieron antes que tú, y verás que a ellos los trataron de la misma manera. ¿Qué trato especial esperas? ¿Tiene él que cambiar su plan por causa tuya? Tuvo que permitirlo en el caso de sus queridos patriarcas y profetas: que fueran perseguidos y muertos, además de ser perseguidos y difamados por todos y convertidos en la burla del mundo. Así lo vemos en las Escrituras: era un refrán común que, si uno quería nombrar a un profeta, les nombraba a un loco. Como en la historia de Jehú, en 2 R 9:11, dijeron de un profeta: «¿Para qué vino a ti aquel loco?». E Isaías muestra, en 57:4, cómo «ensancharon la boca y alargaron la lengua» contra él. Pero ¿qué ganaron con eso? Porque ahora los queridos profetas y santos tienen honra y alabanza en todo el mundo, y además reinan para siempre con Cristo el Señor; en cambio aquellos son un hedor abominable y están malditos. Esto es lo que ustedes han de esperar para sí mismos (dice Cristo) con toda seguridad: que serán recompensados como ellos, solo que más abundante y gloriosamente de lo que pueden creer, o aun de lo que se atreven a desear. Porque pertenecen a la misma compañía.
Mira, este es sin duda un Predicador excelente y precioso, y un Maestro fiel, que no omite nada de lo que sirve para fortalecer y consolar, tanto con la palabra y la promesa como con el ejemplo y el testimonio de todos los santos y de sí mismo; y con esto concuerdan todos los ángeles del cielo y todas las criaturas. ¿Qué más, entonces, deberíamos tener y desear? ¿No deberíamos, en vista de tal consuelo, soportar con paciencia por su causa la ira y la insolencia del mundo y del diablo? ¿Qué haríamos si no tuviéramos una causa justa y divina, y seguridades tan excelentes, y aun así tuviéramos que sufrir como otras personas que no tienen consuelo? Porque en el mundo no puede ser que uno no tenga que sufrir nada; y tiene que haber (como dije antes) algún sufrimiento por causa del evangelio, para que los piadosos sean probados con él y ayudados a llegar a su consuelo, alegría y bienaventuranza prometidos, y los impíos, los que desprecian el evangelio o son sus enemigos, sean castigados y condenados.
Así ha preparado e instruido Cristo hasta aquí a sus cristianos: cómo han de vivir y sufrir en el mundo, y en especial los que han de ejercer un cargo público en la iglesia. Aunque, aun fuera de esto, todo cristiano debería estar siempre dispuesto a mantenerse firme por sí mismo, donde sea necesario, para confesar a su Señor y defender su fe, y estar siempre armado contra el mundo, el diablo, la plebe y todo lo que pueda alzarse contra él. Ahora va más allá, y quiere encomendarles el oficio y enseñarles a ejercerlo; y después también ponerles en los labios qué y cómo han de predicar. Porque con estas características un cristiano es completamente perfecto: si en lo personal vive rectamente y sufre por ello de diversas maneras, y si además ejerce debidamente su oficio, en el cual ha de servir y ayudar a otros. Así añade ahora:
Mateo 5:13
V.13. Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.
Con la palabra «sal» indica (como dije antes) cuál ha de ser su oficio.
Porque la sal no es sal para sí misma; no puede salarse a sí misma. Su uso es este: con ella se sala la carne y otras cosas que se necesitan en la cocina, para que conserven su sabor, se mantengan frescas y no se pudran. Así, dice él, también ustedes son sal; no la que pertenece a la cocina, sino aquella con la que se ha de salar esta carne, que es el mundo entero. Este es ciertamente un oficio glorioso, y una honra grande y excelente: que Dios los llame su sal, y añada que han de salar todo lo que hay sobre la tierra. Pero para serlo se necesita un hombre que esté dispuesto, como Cristo ha enseñado hasta aquí, a ser pobre, miserable, sediento, manso, etc., y a sufrir toda clase de persecución, injuria y difamación. Si esto falta, ese hombre nunca será un predicador que sale como es debido, sino una sal desvanecida, que no sirve para nada.
Porque es pedir mucho, y cargar la mano demasiado, que unos pobres pescadores o cualquier pobre hombre despreciado sean llamados delante de Dios sal de la tierra, y emprendan la tarea de agarrar y salar todo lo que es de linaje humano sobre la tierra. La razón y la naturaleza no pueden hacerlo; se cansan de ello, y no pueden soportar que no reciban de ello más que deshonra, vergüenza y desgracia, y pronto dirían: Que el diablo sale el mundo por mí.
Por eso nuestros santos padres, obispos, monjes y ermitaños actuaron con astucia al descuidar la predicación y ocuparse de otras cosas, o al retirarse del trato con la gente. Veían que cuesta demasiado estar sentado en peligro constante de perder la honra, los bienes y la vida, y pensaron: Se lo dejaremos a otros, y mientras tanto nos meteremos en los rincones a servir a Dios, pasándolo bien. Por eso es cosa difícil ser apóstol o predicador y desempeñar tal oficio; sí, imposible, si se juzga según la carne y la sangre. Pero tiene que haber gente que lo haga de buena gana por amor de Dios y de Cristo el Señor, que no quiere forzar a nadie a ello ni empujarlo con mandatos. Porque ser cristiano exige un corazón dispuesto; el que no lo desea de corazón, mejor que lo deje.
Pero nuestra confianza alegre y desafiante, cuando estamos en apuros, cuando el mundo y el diablo nos miran de reojo y nos hacen todo el daño que pueden, es esta: que él nos dice: «Vosotros sois la sal de la tierra». Cuando esta palabra brilla en el corazón, de modo que un hombre puede apoyarse en ella y estar absolutamente seguro de que es sal de Dios, entonces que se enoje y se enfurezca el que no quiera reír. Yo puedo estar más confiado y gloriarme más en su sola palabra que ellos en todo su poder, sus espadas y sus cañones. Porque, ya que él me reconoce como tal y da testimonio de ello por su palabra, todos los ángeles del cielo, sí, el sol y la luna, junto con todas las criaturas, tienen que confirmarlo y estar de nuestro lado contra el mundo y el diablo. Y aunque así no fuera, todavía tendríamos bastante con su sola palabra, con que él nos nombre y nos bautice así. Eso tendrán que dejarlo en pie, y ciertamente estaremos por delante de ellos en honra mientras perduren Cristo y su palabra.
Ahora es fácil entender cómo es este salar: hay que ponerse de pie y decir que todo lo que nace y vive sobre la tierra no vale nada, que está podrido y corrompido delante de Dios. Porque él dice llana y claramente que ellos han de ser sal de la tierra, es decir, de todo lo que el mundo es. Entonces tiene que seguirse que todo lo que hay en el mundo, y se llama carne o género humano, tiene que ser reprendido y salado a fondo; de modo que condenemos la santidad, la sabiduría y el culto divino de todo el mundo, inventados por su cuenta, aparte de la palabra de Dios, como cosas que vienen del diablo y pertenecen al abismo del infierno, si no se aferran solo a Cristo. Esta es, pues, una manera dura de predicar: nos hace desagradables para el mundo, y merece que la gente se enoje con nosotros y nos golpee en la boca. Porque el mundo bien podría soportar que prediquemos correctamente acerca de Cristo y de todos los artículos de la fe. Pero si queremos agarrarlos a ellos y salarlos, mostrando que su sabiduría y su santidad no valen nada, más aún, que son ciegas y condenadas, eso no lo puede ni lo quiere soportar. Y acusa a los predicadores de no saber hacer otra cosa que regañar y morder; nos culpa de haber perturbado la sociedad y sembrado discordia, de haber difamado al clero y las buenas obras.
Pero ¿qué podemos hacer? Si hemos de salar, tiene que picar. Y aunque nos denuncien como mordedores, sabemos que así tiene que ser; Cristo lo ha ordenado, y quiere que la sal sea picante y muerda, como oiremos. Así lo hace también san Pablo constantemente: reprende al mundo entero y denuncia todo su vivir y su obrar si no hay fe en Cristo. Y Cristo dice en Jn 16:8: «Cuando él venga, convencerá al mundo de pecado», etc. Es decir: atacará todo lo que encuentre en el mundo, sin excepción ni diferencia; no reprenderá a unos y alabará a otros, ni castigará solo a los ladrones y bribones, sino que agarrará a todos, a todos en montón, a unos con otros, sea uno grande, pequeño, piadoso, sabio, santo o lo que sea; en suma, todo lo que no es Cristo. Porque el Espíritu Santo no necesita venir al mundo ni enviar predicadores al mundo para exhibir y castigar los pecados exteriormente groseros, el adulterio, el homicidio, etc., que el mundo mismo puede conocer y castigar muy bien, sino aquello que el mundo tiene por lo más precioso, aquello en que está en su mejor momento, pretendiendo ser piadoso y santo y queriendo con ello servir a Dios.
Por eso está completamente equivocado lo que algunos afirman ahora con sofismas: que basta con que el predicador le diga a cada uno lo que es recto y predique simplemente el evangelio, pero que no se atreva a tocar al papa, a los obispos, a los príncipes y a otros estados o personas, porque con ello se ocasionan mucha discordia y contienda. El verdadero sentido es este: si quieres predicar el evangelio y ser útil a la gente, tienes que ser picante y frotar la sal en las heridas; es decir, tienes que mostrar lo contrario y reprender lo que no está bien, como ahora la misa, el monacato, las indulgencias, etc., y todo lo que va unido a ellos, para que se quiten estos escándalos y nadie sea engañado por ellos. Por eso tenemos que seguir salando aquí, para protestar y no dejar lugar a que vuelvan o se introduzcan a escondidas. Porque eso sucederá si no se mantiene diligentemente el salar, como solía ocurrir en la cristiandad, donde la miserable y podrida doctrina humana gobernó y arruinó todo; lo cual no habría sucedido si la sal hubiera permanecido.
Porque no habría faltado la sana doctrina, ya que por la gracia de Dios todavía permanecían en la iglesia las Escrituras, el evangelio, los sacramentos y los púlpitos, con tal que los obispos y predicadores se hubieran ocupado de esto y hubieran empleado estos medios para salar con ellos todo lo que es del viejo Adán.
Por eso Cristo exhorta y advierte aquí con tanta diligencia a los discípulos que procuren que este salar se atienda siempre, y dice: «Si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada?». Sal desvanecida quiere decir la que ha perdido su fuerza y su picor, y ya no sazona ni muerde. Es decir, cuando el oficio en la cristiandad se deteriora hasta el punto de que se deja de reprender a la gente, no se le muestra su miseria y su incapacidad, ni se insiste en el arrepentimiento y el conocimiento de sí mismo; se la deja vivir como si fuera piadosa y estuviera bien, y así se permite que prevalezcan sus falsas ideas de justicia propia y de culto elegido por ellos mismos, hasta que la verdadera doctrina de la fe queda completamente arruinada, Cristo se pierde y las cosas llegan a tal punto que ya no hay remedio.
Esto lo previó, como aquí se insinúa, y predijo el peligro futuro, más aún, el daño y la corrupción de la cristiandad: que se descuidaría este salar o reprender propio del oficio, y en su lugar surgiría un enjambre de partidos y sectas, en que cada uno pregonaría su propia manía como verdadera doctrina y culto. Y todo eso no es otra cosa que ideas mundanas y carnales, nacidas de nuestra propia cabeza y razón, con las que nos hacemos cosquillas a nosotros mismos y así realmente nos pudrimos en ellas, como en una masa de carne natural, hedionda y podrida, sobre la cual el salar y el reprender se desperdician. De aquí ves cuánta importancia tiene este asunto, de modo que Cristo, con buena razón, lo trata aquí antes que todo lo demás y lo encomienda con tanta seriedad. Porque sin esto la cristiandad no puede existir, Cristo no puede permanecer, ni puede haber un recto pensar ni vivir. De manera que no hay, en verdad, gran daño ni corrupción de la cristiandad sino donde la sal, con la que todo lo demás debería sazonarse y salarse, se ha desvanecido.
Y esto sucede con tanta facilidad. Porque es un veneno de tal clase que resulta agradable de tomar y le viene justo al viejo Adán. Porque a él no le gusta estar en tal peligro, arriesgar la vida y el cuerpo, ni sufrir persecución, deshonra y difamación.
Por eso nuestros obispos y nuestro clero son en esto la gente más astuta de la tierra (aunque no son lo bastante buenos para llamarse sal desvanecida, sino que son el mismísimo diablo, porque no atienden en absoluto su oficio de obispos, sino que ellos mismos son los peores perseguidores). Predican de tal manera que se mantienen fuera de peligro y tienen dinero y bienes, además de honra y poder. Porque el que tiene que reprender al mundo entero, a emperadores, reyes, príncipes, sabios y doctos, y decir que su manera de vivir está condenada delante de Dios, tiene que dejar que le corten la cabeza. Pero si hago el hipócrita delante de ellos y digo que están bien, salgo libre, conservo su favor y mi honra, etc., y mientras tanto me halago pensando que, con todo eso, quiero predicar el evangelio. Pero a pesar de todo me he vuelto sal desvanecida. Porque así dejo a la gente metida en su vieja locura y en su carnalidad, de modo que se van al diablo, y yo a la cabeza de ellos.
Así este oficio encuentra muchas tentaciones y estorbos, tanto a la derecha como a la izquierda, de modo que muchos callan, o por miedo al peligro del daño y la persecución, o por la honra, los bienes o el placer.
Además, somos débiles, perezosos y reacios a este deber, de modo que fácilmente nos dejamos llevar a descuidarlo y nos cansamos cuando vemos que las cosas no salen como queremos, que parece que no sirve de nada y que la gente responde con desprecio; sí, que se vuelve peor cuanto más la reprendemos.
Por eso tenemos que plantarnos firmes contra todo esto y mirar solamente el mandato de Cristo, que nos impone este oficio y quiere que abramos la boca con prontitud y reprendamos lo que haya que reprender, sin prestar atención a nuestro propio peligro, incomodidad, ventaja o placer, ni a la malicia y el desprecio de otras personas; y consolarnos con que él nos hace su sal y nos sostendrá en el cumplimiento de nuestro deber. Y nos manda salar con confianza, sin preocuparnos ni dejarnos alarmar por si el mundo no lo soporta y, en consecuencia, nos persigue; y tampoco debemos desesperar aunque, según nos parece, no logremos nada. Porque lo que él nos manda hacer debe agradarnos y contentarnos, y dejemos que él decida qué y cuánto ha de lograr por medio de nosotros. Si la gente no quiere oírlo ni aceptarlo, nosotros somos igualmente sal y hemos cumplido el deber de nuestro oficio. Entonces podremos, con toda honra y alegría, presentarnos ante el tribunal de Dios y testificar que le hemos dicho fielmente a cada uno su deber y no hemos escondido nada debajo del banco, de modo que no tienen excusa, como si no hubieran entendido o no se les hubiera dicho.
Pero los que se dejan asustar y callan por el favor, la honra o los bienes del mundo, tendrán que oír en el día final que se diga de ellos: Este era nuestro predicador, y no nos lo dijo. Y él no los excusará, aunque digan: Señor, no querían oír. Porque Cristo les responderá: ¿No saben que les mandé salar y les advertí diligentemente que lo hicieran? ¿No deberían haber temido mi palabra más que a ellos? Esto debería, en toda conciencia, alarmarnos. Porque aquí oyes la sentencia que él pronuncia sobre toda sal desvanecida semejante, cuando dice:
V.13. «No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres».
Es como decir: ni siquiera aquí en la tierra lo pasarán bien, sino que serán completamente rechazados por Cristo como quienes ya no le pertenecen, y nunca serán sus predicadores ni pertenecerán a la cristiandad; totalmente echados fuera y despojados de toda comunión en el cielo y con todos los santos. Y esto aunque conserven el nombre y la gente los tenga en gran honra como los mejores predicadores y la gente más santa de la tierra. Así ocurrió en el papado en el tiempo en que era más piadoso y santo (no como ahora, que se ha convertido en un imperio mundano y en un gobierno espiritual de diablos): cuando el mismo papa predicaba y gobernaba las iglesias, y lo tenía todo admirablemente ordenado y sometido a reglas y normas fijas (como lo hizo san Gregorio, y algunos antes y después de él). Todo el mundo tenía aquello por el mejor gobierno y la forma de culto más santa que pudiera establecerse sobre la tierra, y sin embargo no valía nada.
Porque allí no había sal con la que eso se sometiera a la prueba de la palabra de Dios y se reprendiera como santidad nuestra, inventada por nosotros mismos. Al contrario, todo el mundo lo alababa y lo aprobaba, y así daba ánimo a los que eran arrogantemente presuntuosos y confiaban en ello, como si llevaran una vida verdaderamente bienaventurada y fueran un estado santo. Así también alaba y exalta al mismo san Gregorio: aunque era un hombre santo (así lo considero yo), no logró ningún bien con su doctrina, y sin embargo tenía tan hermosa apariencia que nadie puede encontrarle falta. De modo que, si ahora pudieran hacer volver las cosas y restaurarlas a lo que eran, nadie se atrevería a decir una palabra en contra, o tendría que ser llamado el hereje más vil que jamás haya existido.
Esta es, pues, una parte de la advertencia: si la sal se desvanece, ya no sirve para nada. La otra parte suena todavía más terrible, cuando pronuncia sobre ella la sentencia de que hemos de dejar que sea «echada fuera y hollada por los hombres». Si ha desaparecido la verdadera sal, es decir, la verdadera interpretación de la Escritura, con la cual el mundo entero debería ser reprendido y que no debería dejar valer nada sino solo la simple fe en Cristo, entonces todo ha terminado, y toda nuestra enseñanza y nuestra reprensión ya no sirven de nada.
Porque Dios ya ha rechazado y condenado tanto la enseñanza como la vida, al maestro y al discípulo.
En suma, si no se insiste en este punto acerca de Cristo, que somos justificados y salvados solo por él, y si no tenemos por condenado todo lo demás fuera de él, se acaba toda resistencia y todo freno; sí, no hay medida ni límite para toda herejía y error, para todas las sectas y partidos, cuando cada uno inventa y esparce algo propio. Así solía suceder entre nosotros bajo el papa: ningún monje podía tener un sueño sin arrastrarlo al púlpito y hacer de él un culto especial, y no había mentira tan vergonzosa que no se aceptara, con tal que alguien se atreviera a llevarla al púlpito. Hasta que al final las cosas llegaron tan lejos que no solo se perdió Cristo, sino también Dios, y ellos mismos ya casi no creían ni un solo artículo de la fe. Tanto que puedo decir que en cien años hubo pocos papas que creyeran un solo artículo. Así sucede ahora en las tierras alemanas entre aquellos en quienes ha desaparecido el artículo acerca de Cristo, y ha surgido un partido faccioso y un error tras otro: uno niega el sacramento, otro el bautismo y otros artículos, y muchos se vuelven del todo epicúreos, que no creen absolutamente nada, igual que los papas y sus cardenales en Roma; y así al final no llegan a ser más que cerdos y vacas, y mueren como ellos.
Por eso siempre he exhortado, igual que Cristo lo hace aquí, a que la sal siga siendo sal y no se desvanezca; es decir, a que insistamos con urgencia en el artículo principal de la fe. Porque si este se descuida, ninguna parte puede permanecer como es debido, y todo se pierde; ya no hay fe ni entendimiento, de modo que nadie puede dar instrucción ni consejo correctos. En suma, uno tiene que dejar que todos lo pisoteen; es decir (como dije antes), no hay bacante ni burro tan despreciable que, con tal que pueda inventar algo nuevo, no corran todos tras él y le crean. Porque ¿qué no se han atrevido hasta ahora a predicar descaradamente los abominables monjes, embaucando a la gente con sus cofradías, sus oracioncitas, sus rosarios, sí, con sus capuchas sarnosas, que ponían sobre los muertos, prometiéndoles con ellas el cielo? ¿Qué es eso sino dejar que todos te pisoteen y quedar a merced de cualquier predicador de mentiras? Esto viene de que el diablo se apodera del corazón y lo arruina por completo con sus doctrinas podridas y condenables y su superstición, de modo que Cristo desaparece y se pierde el conocimiento de él.
Porque si me aferro a esto, a que solo Cristo es mi justicia y mi santidad, ningún monje me persuadirá ni me extraviará jamás con su capucha, su rosario, esta o aquella obra y ocurrencia humana infantil. Porque por la fe soy juez de todos los estados y maneras de vivir imaginables, de modo que puedo condenar todo lo que se ofrezca a mostrarme alguna otra cosa que haya de valer delante de Dios. Pero si descuido esto, dejo ir el tesoro y me enseñan a buscar en otra parte y de otra manera cómo ser piadoso, aplacar a Dios y expiar el pecado, entonces ya estoy preparado para toda clase de lazos y redes del diablo, y para dejarme llevar como a él le plazca. Entonces enseguida viene alguien que me predica: Si quieres ser piadoso y servir a Dios, ponte una capucha, reza cada día tantos rosarios, enciende tantas velitas a santa Ana. Y yo caigo en ello como un ciego, como el necio y prisionero de todos, y hago todo lo que me dicen, tan completamente que no puedo defenderme ni del error más insignificante.
Mira, Cristo mismo lo predijo aquí y advirtió que así sucedería; y nunca ha vivido nadie que supiera exactamente cómo guardarse de ello. Y si ahora no estamos bien despiertos y no cuidamos mucho de sostener firmemente este artículo, nos sucederá también a nosotros que no mantendremos ningún artículo de manera correcta y pura, ni dejaremos de errar y de formar partidos facciosos hasta que todo termine, y ninguna predicación ni enseñanza servirá ya de nada, sino que nos quedaremos como cerdos y vacas; como ya sucede, ¡ay!, entre la gran masa, porque despreciamos el evangelio y somos ingratos con él.
Mateo 5:14-15
V.14, 15. Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.
Esta es la otra parte del oficio que encomienda a los queridos apóstoles: que han de ser llamados y ser luz del mundo, es decir, instruir a las almas y señalarles la vida eterna. Con esto somete el mundo entero a los apóstoles, de modo que ha de ser y tiene que ser iluminado por medio de ellos, y concluye que todo él, con todo lo que puede hacer, no es más que tinieblas y ceguera. Porque si sin esto tuviera una luz que pudiera iluminarlo (como de hecho cree tenerla), ¿para qué necesitaría él a los apóstoles? Mira, pues, si no es este un oficio alto y excelente, y una honra por encima de toda honra: que todos en el mundo, llámense reyes, príncipes, señores, doctos, sabios o santos, tengan que sentarse, y los apóstoles ponerse de pie; y que todos tengan que dejar que su sabiduría, su santidad, etc., sean reprendidas y condenadas, como quienes no saben qué enseñar, ni cómo vivir, ni cómo están delante de Dios.
Pero aquí viene el maestro papa con sus feos obispos, que quieren llamarse vicarios de Cristo y de los apóstoles, y que emprenden la tarea de enmendar la palabra de Cristo y desprecian a los apóstoles cuando babean que no bastó con que los apóstoles predicaran y que el Espíritu Santo enviara luz por medio de ellos, sino que tenemos que oír y atender los concilios de los santos padres y las ordenanzas de los papas, que han enseñado mucho más y mejor. Pero hemos de saber que Cristo no es un prestidigitador que habla con medias palabras. Porque los llama luz del mundo, su enseñanza sola tiene que valer y bastar para iluminar a todo el mundo, de modo que no se necesita otra luz; sí, lo que está fuera de su enseñanza no es más que tinieblas. Aunque ellos alumbren mucho tiempo con su linterna, al fin y al cabo no son más que leyes inventadas por hombres acerca de cosas externas, que todo el mundo entiende sin su ayuda y que podría fácilmente descubrir y hacer por sí mismo. De modo que, en realidad, habría que llamarlos no lux mundi [luz del mundo], sino lex Dei [ley de Dios], como quienes emprenden gobernar a Dios mismo y a su cristiandad con sus leyes, como si fueran mucho mejores que los apóstoles. Así oscurecen la luz de los apóstoles con su doctrina ciega, con la cual no pueden reprender ni instruir debidamente la conciencia de nadie, como vemos en todos los libros del papa y de todas las universidades; y por eso no pueden llamarse ni sal ni luz. Porque, cuando hacen lo mejor que pueden, reprenden las cosas groseras y externas que ya han sido condenadas por la ley civil y por la luz de la razón. Pero los nudos verdaderamente duros y las cosas principales, como la incredulidad y la falsa santidad, no los toman en cuenta; más aún, ellos mismos están metidos en ellos hasta las orejas. Por eso su enseñanza es puro disparate, y además tinieblas y ceguera: no poder ver nada más alto que salar e iluminar que cómo se ha de comer carne o pescado, o vestirse y comportarse de esta o de aquella manera.
Por eso es y sigue siendo, sin duda, oficio exclusivo de los apóstoles tanto reprender como es debido los verdaderos vicios interiores como, a su vez, sanar, consolar y alegrar a todas las pobres conciencias afligidas, y no dejar a nadie sin reprensión en el mal ni sin instrucción y aliento en el bien. Por eso Cristo también aquí los designa y consagra como predicadores, para que los oigamos solo a ellos, como debemos, y no admitamos a otros espíritus facciosos que el diablo introduce junto a ellos. Estos pretenden ser la sal y la luz, sí, incluso enseñorearse de Cristo, y gritan: La doctrina de la fe no vale nada; hay que apuntar más alto y afligirse de otra manera, para sufrir y mortificarse. Y eso, si se mira por todos lados, no es otra cosa que ser enseñado acerca de nuestro propio hacer; y nunca llega a mostrar qué es la incredulidad ni a reprender los verdaderos vicios arrogantes que están metidos en esa misma doctrina, con la cual se erigen en sal y luz. No se atienen al llamamiento y al mandato que él da aquí a los apóstoles cuando dice: «Vosotros sois la luz». Nosotros apuntamos solo a esto: a estar seguros de ello y decir con confianza que Cristo nos ha consagrado para esto, y ha hecho deber de los cristianos salar y alumbrar en virtud de nuestro oficio y por mandato divino.
Porque esto es necesario también por esta razón: Cristo quiere que este oficio se ejerza no en secreto ni en un solo lugar, sino abiertamente, por todo el mundo. Y les muestra con bastante claridad lo que tienen que esperar del mundo, cuando dice: «Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud», etc. Es como decir: el que quiera ser luz tiene que procurar no meterse en un rincón, sino presentarse públicamente y no tener miedo. Porque así sucede, como dijimos antes: los que son llamados a ser apóstoles y a alumbrar no quieren salir al frente; se dejan espantar por amenazas, peligros y persecución, o se dejan embaucar con amistad, favor, honra y bienes del mundo, de modo que no se presentan ni abren la boca, sino que se meten en los rincones, se esconden detrás de los montes y se callan la flauta.
Así sucede con nuestro clero, que está sentado en el oficio. Se le ordena ponerse de pie ante la cristiandad y alumbrar públicamente con su enseñanza, pero la esconde debajo del banco. Sí, se ha vuelto peor que eso, porque son ellos precisamente los que persiguen la palabra y quieren apagar la luz, y no hacen más que levantar contra ella a emperadores, reyes y al mundo entero. Al mismo tiempo están sentados en la casa y quieren gobernar ellos solos la iglesia, tener en su poder el púlpito, el bautismo, el sacramento y todo lo que pertenece al llamamiento y al oficio.
Pero esto es lo que predijeron los apóstoles: que los pastores se volverían lobos, y que el Anticristo se sentaría en el templo de Dios y se exaltaría sobre todo lo que se llama Dios o es objeto de culto.
Frente a estos están los otros espíritus facciosos, que no tienen llamamiento para este oficio y bien podrían quedarse en casa, en su rincón. Quieren meterse en todas partes y ser los únicos que alumbran, de modo que todos tengan que oírlos y mirarlos a ellos. Pero también estos buscan con ello solo su propia honra, y predican solo mientras la gente se les pega y no tienen que temer ningún peligro. Pero si tuvieran que mantenerse como verdaderos predicadores a quienes se ha encomendado el oficio, y alumbrar con constancia en público, sin dejar que ningún viento ni tormenta los asuste o los haga callar, pronto desaparecerían y no se dejarían encontrar en casa. Así el querido oficio del ministerio tiene que ser maltratado por ambos lados: o lo descuidan los que deberían ejercerlo, o quieren ejercerlo los que no han sido llamados a él. Y así nunca se atiende debidamente, salvo cuando Cristo provee personas como las que aquí describe y ha preparado de antemano, como se dijo arriba.
Lo que quiere decir aquí es esto: Si quieren ser mis predicadores, tienen que estar realmente preparados para ocupar su lugar públicamente y ponerse de pie ante el mundo, como sobre un monte alto, para ser vistos con facilidad y oídos abiertamente, sin ocultar ni esconder debajo del banco nada de lo que deben predicar, sin callar ni hablar por amor a nadie; sino que, ya que son la luz, alumbren abierta y libremente, sin mirar honra ni vergüenza, riqueza ni pobreza, odio ni favor, muerte ni vida; y sepan que me sirven a mí, que los he designado para ser la luz. Esa sería entonces la gente como debe ser, que no se deja doblar ni a un lado ni al otro; como dice el Sal 45 acerca del oficio del ministerio: «Cetro de justicia es el cetro de tu reino. Has amado la justicia y aborrecido la maldad», etc.
Esta es la virtud y la gloria del evangelio y de sus predicadores. Porque todas las demás enseñanzas están libres de peligro: todas predican lo que la gente quiere oír y lo que agrada a la razón, y no tienen que temer que nadie las persiga. Pero esta enseñanza encuentra oposición en todas partes, porque quiere salir al frente y mostrar que la luz y la enseñanza del mundo no valen nada. Entonces procuran de todas las maneras oscurecernos esta luz, empujarla a un rincón o echarla debajo del almud, para que abandonemos nuestra enseñanza, o nos retractemos y nos dejemos doblar e interpretar como a ellos les plazca. Pero no nos dejaremos sacar de nuestra posición, sino que seguiremos siendo una ciudad sobre un monte, y la luz sobre el candelero en la casa. Porque el que nos ha hecho luz sin duda nos mantendrá como tal. Por eso concluye ahora:
Mateo 5:16
V.16. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.
Mira con cuánta seriedad insiste en la exhortación; no tendría necesidad de hacerlo si no hubiera gran peligro y motivo para ello. Es como decir: Tratarán de oscurecer su luz y no la soportarán; pero ustedes sean valientes y tengan buen ánimo frente a ellos, de modo que logren al menos esto: no meterse debajo del almud, sino cumplir honradamente los deberes de su oficio. Entonces yo me encargaré de que no la oscurezcan de ese modo. Porque esto es seguro: mientras un predicador cristiano se mantenga en su puesto, cumpla su deber y pueda despreciar las injurias y la persecución del mundo, también el oficio tiene que permanecer, y el evangelio no puede caer, porque todavía quedan quienes se aferran a él; como siempre tiene que haber algunos que permanezcan, hasta el último día.
Ahora bien, lo que dice: «Para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos», está dicho a la manera de san Mateo, que acostumbra hablar así de las obras. Porque él, junto con los otros dos evangelistas, Marcos y Lucas, no trata en su evangelio el gran tema de Cristo tan plena y profundamente como san Juan y san Pablo. Por eso hablan y exhortan mucho acerca de las buenas obras; como ciertamente en la cristiandad hay que insistir en ambas cosas, pero cada una en proporción a su naturaleza y dignidad: primero y ante todo hay que presentar la fe y a Cristo, y después inculcar las obras. Ahora bien, ya que el evangelista Juan ha tratado el tema principal de la manera más completa y poderosa, y por eso se le considera con razón el más alto y principal de los evangelistas, Mateo, Lucas y Marcos han tratado e inculcado con fuerza el otro lado, para que no se olvidara. De modo que en este punto ellos son mejores que Juan, y él a su vez en el otro. Pero no debes mirar lo que se dice y enseña acerca de las obras de tal manera que separes de ellas la fe, como las mutilan nuestros maestros ciegos, sino que siempre debes unirlas con la fe, de modo que queden incorporadas a ella, broten de la fe y se muevan con ella, y sean alabadas y llamadas buenas por causa de ella, como he enseñado muchas veces. Así también aquí, cuando dice: «para que vean vuestras buenas obras», no debes considerarlas como meras obras insignificantes, sin fe, como han sido hasta ahora las buenas obras de nuestro clero, sino como obras que la fe realiza y que no pueden hacerse sin fe. Porque con «buenas obras» se refiere aquí a practicar, ilustrar y confesar la enseñanza acerca de Cristo, y a sufrir por hacerlo. Porque habla de aquellas obras con las que alumbramos. Y alumbrar es el oficio propio de la fe o de la enseñanza, con la que ayudamos también a otros a creer.
Por eso son obras del carácter más alto y mejor, precisamente aquellas de las que tiene que seguirse necesariamente, como él dice aquí, que nuestro Padre celestial sea honrado y alabado. Porque esta enseñanza o predicación nos quita todo el brillo de la santidad y dice que no hay nada bueno en nosotros de lo que podamos jactarnos. Y además se ocupa de la conciencia, de cómo ha de tratar con Dios; le muestra la gracia y la misericordia de Dios, y a Cristo entero. Es decir, revela y alaba verdaderamente a Dios, y ese es también el verdadero sacrificio y culto.
Estas obras han de ser las primeras y las más importantes. A ellas siguen también las que se llaman obras de amor, en la vida diaria y en el trato exterior con el prójimo. También estas alumbran, pero solo en la medida en que se comienzan y se llevan adelante en la fe.
Ahora puedes concluir tú mismo que aquí no hay que entender a san Mateo como si hablara de las obras comunes que cada uno ha de hacer por amor hacia su prójimo, de las que habla en Mt 25, sino principalmente de la verdadera obra cristiana: enseñar correctamente, insistir en la fe y mostrar cómo fortalecerla y conservarla, con lo cual testificamos que somos verdaderos cristianos. Porque las otras no son tan seguras, ya que también los falsos cristianos pueden adornarse y esconderse bajo grandes y hermosas obras de amor. Pero enseñar y confesar a Cristo verdaderamente no es posible sin fe, como dice san Pablo en 1 Co 12:3: «Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo». Porque ningún falso cristiano ni espíritu faccioso puede entender esta doctrina; ¿cuánto menos podrá predicarla y confesarla como es debido, aunque use las palabras y las repita como eco, y sin embargo no se atenga a ellas ni las deje ser claras? Predica siempre de tal manera que se ve que no la entiende, y unta encima su baba, con la que le roba la honra a Cristo y se la apropia a sí mismo.
Porque esta sola es la obra más segura de un verdadero cristiano: alabar y predicar a Cristo de tal modo que la gente aprenda que ellos no son nada y Cristo lo es todo. En suma, es una obra que no se hace respecto de uno o dos, quedando escondida como otras obras, sino públicamente ante el mundo entero, para alumbrar y dejarse ver; y solo por esta razón es también perseguida (porque las otras obras las pueden soportar muy bien). Por eso con razón se la llama una obra por la cual nuestro Padre es reconocido y alabado.
A esto no pueden llegar las otras obras menos importantes, que tienen que ver solo con nuestro prójimo y pertenecen a la segunda tabla de la ley. Estas otras tienen que ver con los tres primeros grandes mandamientos, que se refieren a la honra, el nombre y la palabra de Dios. Y además tienen que ser bien probadas y purificadas por la persecución y el sufrimiento, para que perduren; también ser difamadas ante el mundo, para que se mantengan libres del deseo de la honra propia y de la arrogancia, y sean tanto más alabadas delante de Dios cuanto más se ataca con ello su honra y alabanza [es decir, mediante obras que buscan la alabanza propia, la honra personal, etc.]. Por eso también se mantienen con la mayor seguridad, de modo que Dios las defiende con más vigor y las hace eficaces frente a las violentas persecuciones del mundo. Por eso deberíamos dar a estas obras una clara preferencia, como con mucho las más importantes, y después hacer también las otras entre nosotros y nuestro prójimo, para que ambas reciban lo que les corresponde: que primero que todo enseñemos e insistamos constantemente en la fe, y luego vivamos conforme a ella, y así todo lo que hagamos sea de fe, como siempre he enseñado.
Mateo 5:17
V.17. No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir.
Después de haber confiado a los apóstoles el oficio y de habérselo encomendado con fuerza, Cristo el Señor va ahora más allá y comienza él mismo a salar y a alumbrar, como ejemplo para ellos, para que sepan qué han de predicar. Ataca tanto la enseñanza como la vida de los judíos, para reprender y reformar sus falsas ideas y sus obras. Aunque aquí, como he dicho, no trata la gran doctrina principal de la fe, sino que comienza primero por abajo y explica y ensalza correctamente la ley, que sus fariseos y escribas habían oscurecido y pervertido mucho. Porque también es un asunto muy importante que se aclare la enseñanza de los mandamientos de Dios y se expongan correctamente.
Pero es una sal picante e insoportable que ataque y condene a esta gente como si no enseñara ni viviera correctamente, y que les encuentre falta en todo, siendo como eran los mejores y los más santos, que enseñaban a diario los mandamientos de Dios y se ejercitaban en el culto santo, etc., de modo que nadie podía reprenderlos. Con esto les dio ocasión para clamar furiosamente contra él y acusarlo de querer socavar y destruir la ley que Dios había dado, etc.; igual que el papa y su tropa claman contra nosotros y nos denuncian como herejes que prohíben hacer buenas obras. Así que previó muy bien que se le acusaría de esto y que su enseñanza se interpretaría de esta manera. Por eso se adelanta con un prefacio y una explicación: no es su intención socavar la ley, sino que está aquí precisamente para enseñarla correctamente y confirmarla frente a los que la debilitarían con su enseñanza.
Porque sin duda hacía falta tal declaración, por la gran reputación que tenían y en vista de la excelente apariencia que sabían dar y aderezar: que solo ellos eran el pueblo de Dios, que tenían tantos profetas y santos padres. De modo que el que se atreviera a reprenderlos tendría que oír enseguida: ¿Quién eres tú, que quieres ser el único sabio y culpar a todos, como si nuestros padres y nosotros hubiéramos estado todos en error, nosotros que tenemos la palabra de Dios y la predicamos? Igual que ahora todo el mundo nos aúlla y dice que condenamos a los santos padres y a toda la iglesia, que ciertamente no puede errar porque la gobierna el Espíritu Santo, etc. Ya que culpas nuestra doctrina y nuestra vida, es señal de que condenas tanto la ley como los profetas, los padres y todo el pueblo. A esto responde ahora Cristo: No, de ningún modo destruiré la ley ni los profetas, sino que los tengo en honra e insisto en su observancia con más seriedad y diligencia que ustedes; sí, con tanta seriedad que antes pasarán el cielo y la tierra que yo permita que perezca una letra o la tilde más pequeña, o que haya sido escrita en vano. Más aún, diré todavía que cualquiera que desprecie el más pequeño de los mandamientos o enseñe otra cosa será rechazado en el reino de los cielos por esa cosa tan pequeña, aunque haya guardado bien todo lo demás. Por eso estamos de acuerdo en este punto: que hemos de enseñar y observar estrictamente a Moisés y a los profetas. Pero la cuestión ahora es esta: ya que ambos estamos obligados a enseñar la ley y queremos hacerlo (como también ahora ambos partidos, es decir, el papa junto con las demás tropas, y nosotros, apelamos a las mismas Escrituras y exaltamos al mismo tiempo el único evangelio y palabra de Dios), hay que estar seguro de cuál de los dos lados sostiene e interpreta correctamente las Escrituras o las leyes de Dios, y cuál no. Sobre esto hay disputa. Aquí tengo que salar y reprender. Porque los judíos, con sus glosas, han pervertido y corrompido la ley, y yo he venido a enderezar de nuevo las cosas; igual que nosotros hemos tenido que atacar las predicaciones del papa, que nos han corrompido las Escrituras con su hedor y su inmundicia.
Con esto no niega que ellos sean el pueblo de Dios y que tengan la ley, los padres y los profetas; igual que nosotros no negamos ni condenamos a los cristianos, el bautismo y el evangelio que había bajo el papa, sino que decimos que es el bautismo verdadero, el evangelio, etc., que tenemos nosotros. Pero luchamos contra aceptar lo que ellos les han embadurnado encima, y contra aprobar la manera en que los interpretan y pervierten, y han ensuciado la doctrina pura con su asqueroso, agusanado, sí, diabólico añadido de capuchas, tonsuras, indulgencias, purgatorio, misas de sacrificio, etc. Aquí tenemos que salar y trabajar, para limpiar este hedor y dejar las cosas limpias. Así resulta que precisamente los que realmente destruyen la ley y las Escrituras se adornan con el hermoso nombre de las Escrituras, del evangelio, de la iglesia cristiana, etc., y con este pretexto meten sus gusanos, y han corrompido la iglesia hasta quitarle su valor; y luego arman un escándalo contra nosotros, diciendo que atacamos a la iglesia cristiana, a los santos padres, las buenas obras, etc.
Ahora dice: «No he venido para abrogar la ley, sino para cumplirla». Es decir: no traeré otra ley ni una nueva, sino que tomaré las Escrituras que ustedes tienen, las ensalzaré como es debido y las explicaré de tal manera que sepan cómo hemos de conducirnos. Porque el evangelio o la predicación de Cristo no trae una doctrina nueva que anule o cambie la ley, sino precisamente aquello (como dice san Pablo) que antes fue prometido en las Escrituras y por los profetas. Por eso aceptamos, de los que están con nosotros, las mismas Escrituras, bautismo, sacramentos, etc., que ellos tienen, y no queremos proponer nada nuevo ni mejor. Pero esto lo hacemos con el único propósito de que eso mismo se predique y se trate correctamente, y de que se quite de en medio todo lo que no concuerde con ello.
San Agustín explica la palabra «cumplir» de dos maneras: primero, que cumplir la ley significa añadirle lo que le falta; y segundo, cumplirla obrando y viviendo. Pero la primera explicación es errónea. Porque la ley es en sí misma tan rica y perfecta que no hay que añadirle nada. Porque los mismos apóstoles tuvieron que probar el evangelio y la predicación acerca de Cristo a partir del Antiguo Testamento. Por eso nadie, ni siquiera Cristo mismo, puede mejorar la ley. Porque ¿qué se puede idear o enseñar más alto que la enseñanza del primer mandamiento: «Amarás a Dios con todo tu corazón», etc.? Lo que sí hace es dar, además de la ley y la doctrina, su gracia y su Espíritu, para que uno pueda hacer y cumplir lo que la ley exige; pero eso no significa añadirle nada a la ley.
Y así aquí no habla de eso, sino del cumplir que se hace enseñando; igual que define el abrogar no como obrar contra la ley con las obras, sino como quitarle algo a la ley con la enseñanza. Por eso tenemos aquí la misma verdad que dice san Pablo en Ro 3:31: «¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley». Es decir, no quiere traer otra doctrina, como si la anterior ya no hubiera de valer, sino que quiere predicar y ensalzar esa misma como es debido, mostrar su verdadero meollo y sentido, para que aprendan qué es la ley y qué exige, frente a las glosas de los fariseos, que ellos habían introducido, predicando solo las cáscaras o vainas de ella. Igual que podemos decirles a nuestros amigos papistas: No queremos abolir su evangelio ni predicarlo de otra manera, sino limpiarlo y pulirlo, como un espejo empañado y ensuciado por su inmundicia, de modo que no ha quedado más que el nombre del evangelio y nadie podía ver en él nada como es debido. Así también los maestros judíos conservaban el texto de la ley, pero con sus añadidos lo corrompieron tanto que no podía quedar de él ningún entendimiento ni uso correcto.
Mateo 5:18
V.18. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.
Es decir: insisto en que todo tiene que enseñarse y mantenerse puro y entero, y que no se suprima ni la más mínima parte. Con esto muestra que lo encontró muy de otra manera, es decir, que ni la doctrina ni la vida se habían llevado correctamente. Por eso tiene (como sigue aquí) que tomar en sus manos ambas cosas y salarlas a fondo, para que haya una purificación. Así también nosotros tenemos que enseñar que no permitimos que se desprenda ni una letra del evangelio, sino que decimos:
Todo tiene que enseñarse, creerse y mantenerse con pureza. Así da a entender que está a punto de predicar un sermón picante, y que no se quedará bajo la acusación de querer destruir la ley, sino que desviará el ataque de sí mismo hacia ellos y probará cómo ellos han debilitado y destruido la ley, y para eso la han embadurnado con sus glosas. Igual que han hecho nuestros vecinos papistas con el evangelio y las Escrituras, cuando pasaron por alto por completo el tema más importante, la justificación por la fe. También han quitado una especie del sacramento y han ocultado las palabras del sacramento. Sí, lo han tergiversado tan groseramente que han predicado estos mandamientos que Cristo anuncia aquí no como estatutos necesarios, sino como meros buenos consejos, directamente en contra de estas palabras y estipulaciones: que antes han de pasar el cielo y la tierra que dejar de observarse uno de estos más pequeños. Enseguida pronuncia una seria sentencia sobre tales predicadores, como sigue:
Mateo 5:19
V.19. De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, este será llamado grande en el reino de los cielos.
Voy a ser tan firme acerca de ellos (dice) que no solo no quebrantaré ninguno, sino que el que sea predicador y anule o pase por alto la parte más pequeña, sepa que no es predicador mío, sino que está condenado y será echado del cielo. Porque lo que dice, «muy pequeño será llamado en el reino de los cielos», no es otra cosa que decir que no estará en el reino de los cielos. Así como él tiene por cosa pequeña despreciar el mandamiento de Dios, así también será despreciado y rechazado.
Todos los predicadores del evangelio también tienen que estar preparados para hacer la misma afirmación ante todo el mundo; como nosotros podemos desafiar con confianza a nuestros adversarios a que nos muestren un pasaje o un artículo de las Escrituras que suprimamos o no prediquemos correctamente. Porque ellos mismos tuvieron que testificar en la Dieta de Augsburgo que nuestra confesión es puramente bíblica y que no se opone a ningún artículo de la fe. Pero arman un gran escándalo solamente por esto: porque no sostenemos también sus ocurrencias particulares que los concilios y los papas han sancionado; y nos han de condenar porque no nos gustan sus asquerosos gusanos y sus podridas bagatelas humanas.
Aunque siempre nos hemos mostrado dispuestos a colaborar con ellos, y de hecho todavía podríamos hacerlo, si nos concedieran la libertad y la diversidad de que no es necesario para la salvación ni contrario al evangelio que uno omita algo o participe en ello por complacerlos, como en cualquier otra cosa libre e innecesaria, que ni nos ayuda ni nos estorba; como cuando, por ejemplo, en tiempo de carnaval uno participa en las mascaradas. Pero esto no lo quieren admitir. Y así no podemos hacer otra cosa, ni abandonar a Cristo nuestro Salvador (que nos ha mostrado y concedido más bondad por su amado sufrimiento y muerte que el papa, Francisco, Domingo o cualquier santo) por causa de sus ocurrencias podridas, que no pueden beneficiar ni ayudar a nadie. Si nos concedieran esta libertad, procuraríamos observar con ellos todo lo que nos exigen, y aun mejor que ellos mismos.
Pero como no se contentan con esto, sino que quieren obligarnos a abandonar a Cristo y la doctrina pura, a la que ellos mismos no pueden encontrarle falta, los despreciamos como condenados y rechazados por Cristo, con su doctrina y su vida, como quienes no solo corrompen, sino que anulan del todo una palabra o un mandamiento de Dios. Porque enseñan descaradamente que no es necesario amar a Dios con todo el corazón; también, que uno honra a sus padres si quiere entrar en un monasterio o dar a la iglesia el dinero con que podría mantener a sus padres; y del mismo modo, que cualquiera puede abandonar a su prometida para entrar en un monasterio. En suma, todo lo que el Señor exige aquí según el mandamiento de Dios, ellos lo han declarado innecesario, como si fuera solo un buen consejo u obras de supererogación, etc. De aquí ves qué excelente clase de maestros cristianos y de gente santa son: se atreven a anular y destruir temerariamente todos los mandamientos de Dios, y sin embargo quieren salir libres, y se atreven a exigirnos —sí, con amenazas y fuerza intentan obligarnos— que tengamos por necesarios sus disparates humanos; y si no los aceptamos ni los alabamos, nos atacan con edictos horribles y con toda clase de furia rabiosa. Calcula ahora tú mismo qué dirá Cristo de esto, ya que aquí pronuncia una sentencia tan severa: que no tendrá parte en su reino el que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, aunque enseñe y guarde exactamente todos los demás. ¿Dónde crees que está el lugar para ellos, sino en el fuego ardiente del infierno, allí donde es más profundo? Porque nunca se ha levantado sobre la tierra un pueblo tan vergonzoso, que tratara con tanto descaro la palabra de Dios, sabiendo que es verdadera, y que aun así quiera ser tenido en honra como cristianos que son guías. Por eso guárdate de ellos, y que nadie se asuste por sus condenaciones, su persecución y su furia. Porque aquí tenemos el consuelo de que los que enseñan con pureza y verdad la palabra de Dios, y se atienen a ella, serán grandes con Cristo en el reino de los cielos, aunque esa tropa los maldiga hasta el fondo del infierno.
Omito, sin embargo, decir aquí cómo ha de cumplirse la ley, de modo que no pase de ella ni una letra ni una tilde, etc., mientras nosotros enseñamos que ningún hombre puede cumplirla. Porque he dicho que Cristo habla aquí en particular no acerca de la vida, sino acerca de la doctrina, y no trata el gran tema de qué es él y qué nos da: que no podemos ser justificados ni salvados por las obras de la ley, sino que por ella solo llegamos al conocimiento de nosotros mismos, de cómo no somos capaces de cumplir por nosotros mismos como es debido ni una tilde de ella.
Y aunque, después de haber llegado a ser cristianos por el bautismo y la fe, hagamos todo lo que podamos, aun así nunca podremos sostenernos por ello delante de Dios, sino que siempre tenemos que buscar humildemente el camino hacia Cristo, que lo ha cumplido todo con la mayor pureza y perfección, y se nos da a sí mismo con ese cumplimiento suyo, para que por medio de él podamos estar de pie delante de Dios, y la ley no pueda tenernos por culpables ni condenarnos. De modo que es verdad que todo tiene que suceder y cumplirse hasta la tilde más pequeña, pero solo por este único hombre; de lo cual se habla bastante en otros lugares.
Mateo 5:20
V.20. Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Aquí ves cómo se lanza y se enfrenta no con gente común, sino con los mejores de toda la nación, que eran el verdadero meollo y la quintaesencia, y brillaban ante los demás como el sol. No había entre el pueblo estado más estimado ni nombre más honorable que el de los fariseos y escribas; y si uno quería nombrar a un hombre santo, tenía que nombrar a un fariseo, como entre nosotros se nombraba a los cartujos o a los ermitaños. Sin duda los mismos discípulos de Cristo creían que no se podía hallar mayor santidad que entre ellos, y lo último que esperaban era que él atacara a esta gente. Y no se aventuró a mencionar enseguida nombres ni a culpar a ciertas personas entre ellos, sino a toda la clase. Y tampoco reprende ciertas malas prácticas o pecados, sino su justicia y su vida santa; y tan por completo, en verdad, que les niega y les cierra el reino de los cielos, y los condena enseguida al fuego del infierno. Es como si dijera ahora: todos los sacerdotes y monjes, y todos los que se llaman espirituales, sin excepción, están condenados eternamente al infierno, con todo su sistema, aun en lo mejor que tiene. ¿Quién podría oír o soportar tal sermón? Esto es, pues, una cosa que él reconoce: que tienen una justicia y llevan una vida correcta y honorable; y sin embargo la rechaza tan por completo que, si no es mejor que eso, ya está condenada, y está perdido todo lo que uno pueda lograr con ella.
En segundo lugar, observa que trata de los que quieren llegar al cielo y piensan seriamente en otra vida; cosa que la otra gran masa grosera no toma en cuenta, pues no pregunta por Dios ni por su palabra, y a ella todo lo que decimos acerca del evangelio se le predica en vano. Pero a aquellos se les predica para que sepan que tal justicia es falsa, y que hay que salarla y reprenderla como aquella con la que se engañan a sí mismos y a otros y los llevan al infierno, apartándolos del camino recto; y para que consideren, en cambio, cuál es la verdadera piedad que la ley exige, como Cristo mostrará enseguida.
Mateo 5:21
V.21. Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio.
Aquí toma varios de los Diez Mandamientos para explicarlos como es debido, y muestra cómo los fariseos y escribas no daban de ellos ninguna explicación más allá de las meras palabras, ni les atribuían más significado que el que referido a las obras externas y groseras. Así, en primer lugar, en este quinto mandamiento no veían nada más que la palabra «matar», que significa dar muerte con la mano. Y dejaban que la gente se quedara ahí, como si aquí no se prohibiera nada más, y como si además se hubiera provisto un escudo cómodo para no ser culpables de la muerte aunque entregaran a otra persona a la muerte. Así, cuando entregaron a Cristo al pagano Pilato, no quisieron mancharse las manos con sangre, para seguir siendo puros y santos. Y eran tan estrictos que ni siquiera querían entrar en el pretorio del juez; y sin embargo fueron solo ellos los que causaron su muerte, y obligaron a Pilato contra su voluntad a tener que matarlo. Aun así se comportaron como si estuvieran completamente limpios e inocentes, de modo que incluso culparon de ello a los apóstoles y dijeron: «Queréis echar sobre nosotros la sangre de ese hombre»; como si dijeran:
No fuimos nosotros, sino los paganos, los que lo mataron. Así leemos del rey Saúl en 1 S 18:25. Le tenía aversión a David y con gusto lo habría matado; pero como quería ser santo, pensó que no lo mataría él mismo, sino que lo enviaría entre los filisteos para que lo mataran allí, y su mano no se manchara con su sangre.
Mira, esa es la hermosa santidad farisaica, que puede hacerse limpia y seguir siendo piadosa con tal de no matar con su propia mano, aunque el corazón esté repleto de ira, odio y envidia, y de secretos designios malos y asesinos, y la lengua además llena de maldición y blasfemia. Así sucede con la santidad de nuestros papistas, que se han vuelto verdaderos maestros en este negocio. Y para que su santidad no sea reprendida ni ellos queden atados por las palabras de Cristo, han acudido muy lindamente en su ayuda y han sacado de sus palabras doce consejos: que Cristo no mandó todo esto como necesario, sino que lo dejó a elección de cada uno, para que lo observe como buen consejo quien quiera merecer algo especial por encima de los demás; que es una instrucción del todo superflua, de la que se puede prescindir fácilmente.
Pero si les preguntas por qué razón inventaron estos consejos, o cómo los prueban, dicen: Pues, si se enseñara así, eso sería nimis onerativum legis christianae, es decir, el pueblo cristiano estaría demasiado cargado; como los de París han escrito abierta y atrevidamente contra mí. ¡Sí, de veras, hermosa razón y pesada carga: que un cristiano sea amable con su prójimo y no lo deje pasar necesidad, como cada uno quiere ser tratado! Y como les parece demasiado gravoso, no ha de decirse que fue mandado, sino dejarse a elección de cada uno hacerlo o no, según quiera; y el que no pueda o no quiera hacerlo no ha de ser cargado con ello. Así hemos de torcerle la boca a Cristo, enmendar sus palabras y hacer de ellas lo que nos plazca. Pero él no se dejará engañar de esta manera, ni revocará la sentencia que ha pronunciado aquí cuando dice: el que no tenga una piedad mejor encontrará el cielo cerrado y será condenado. Y como sigue después, también será reo del fuego del infierno el que le diga a su hermano: «Fatuo». De ahí podemos concluir fácilmente si fue aconsejado o mandado.
Y aquí también han descubierto una pequeña glosa para ayudar a sus mentiras. Dicen así: ciertamente se mandó abstenerse de la ira y del rencor en el corazón, pero no de las señales de la ira. Es decir, como decimos en alemán, perdonar, pero no olvidar; tener la idea de que no te enojarás ni harás nada malo, y sin embargo negarle a tu prójimo toda bondad y no darle ninguna buena palabra ni señal de amistad. Aquí pregúntale a Dios mismo y a Cristo por qué no les negó esta bondad a los que lo crucificaron, lo injuriaron y lo blasfemaron de la manera más vergonzosa, sino que oró por ellos y dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen», aunque eran los villanos más desvergonzados y merecían la ira y el castigo más feroces. Sí, si él se hubiera enojado de esa manera con nosotros, que éramos sus enemigos y practicábamos toda clase de idolatría e impiedad, habría tenido que quedarse allá arriba en el cielo, sin derramar su sangre ni morir por nosotros, sino diciendo a la manera de esta pequeña glosa: Perdonaré, sí, pero no olvidaré. Mientras tanto todos habríamos seguido siendo propiedad del diablo, y ningún hombre habría podido escapar de ir al infierno. En suma, es una glosita absolutamente vergonzosa y maldita, y de hecho un pecado y una vergüenza que alguien en la cristiandad se haya atrevido a enseñar esto frente a un texto tan claro y abierto. Y sin embargo han embadurnado todos sus libros de estas mentiras, y ahora además tratan de defenderlas descaradamente. Pero en esto hemos de ver y reconocer a nuestros fariseos e hipócritas, con su gran santidad, que profesan con muchas obras especiales, mientras al mismo tiempo transgreden sin vacilar los mandamientos de Dios y enseñan también a otros a hacer lo mismo, como Cristo los pinta aquí y en otros lugares.
Es cierto, ciertamente, que hay que enojarse, si lo hacen aquellos a quienes les corresponde, y si la ira no va más allá de reprender el pecado y lo malo; como cuando uno ve pecar a otro, lo amonesta y le advierte para que se abstenga de ello, etc. Esa es una ira cristiana y fraternal, sí, paternal. Porque ves en los padres piadosos que no castigan a sus hijos con la intención de hacerles daño o perjuicio, sino para que se reprima la maldad y se evite el mal; así también las autoridades han de airarse y castigar. Aquí es ciertamente correcto que uno no tenga ira en el corazón, y sin embargo tenga que mostrar señales y muestras de ira, pues tanto la palabra como el puño son ásperos y duros, pero el corazón sigue siendo dulce y amigable y no conoce el rencor. En suma, es la ira del amor, que no le desea mal a nadie, sino que es amiga de la persona y enemiga del pecado, como la misma naturaleza puede enseñárselo a cualquiera. Pero no sirve abusar de esto como escudo, y esconder y disfrazar bajo él el rencor y la envidia del corazón contra nuestro prójimo, como hacen y enseñan esos santos bribones.
Así toma Jesús ahora este mandamiento y quiere decir esto: Ustedes han oído de los fariseos cómo mandó Moisés, y que antiguamente se enseñaba así: «No matarás», etc. Con eso ustedes se hacen cosquillas y se adornan, se dan aires como quienes enseñan con diligencia y observan las leyes de Dios tal como se enseñan desde Moisés y fueron recibidas por los antiguos. Se plantan e insisten: Ahí está Moisés; él dice: «No matarás». Se aferran a esa palabra y no quieren que signifique otra cosa que lo que suena en el sentido más llano, de modo que los sencillos tienen que decir: «Es verdad; así está en el libro». Así oscurecen la palabra con su continuo vocerío y sus glosas inmundas, de modo que no se ve lo que las palabras realmente contienen y significan. Porque ¿creen que habla solo del puño cuando dice:
«No matarás»? ¿Qué quiere decir con «tú»? No solo tu mano, tu pie, tu lengua o cualquier otro miembro aislado, sino todo lo que eres, cuerpo y alma.
Igual que cuando le digo a alguien: No harás esto, no hablo con el puño, sino con toda la persona. Sí, aunque dijera: Tu puño no lo hará, no me refiero solo a la mano, sino a toda la persona a la que pertenece la mano; porque la mano sola no haría nada si todo el cuerpo con todos sus miembros no cooperara.
Por eso, «No matarás» es como decir: puedes encontrar tantas maneras de matar como miembros tienes en el cuerpo: con la mano, con la lengua, con el corazón, con señas y gestos, mirando a alguien con ira, envidiándole la vida, con los ojos y aun con los oídos, si no te gusta oír que se hable de él. Todo eso es matar. Porque entonces tu corazón y todo lo que hay en ti está dispuesto de tal manera que te alegrarías si él ya estuviera muerto; y aunque mientras tanto tu mano esté quieta, tu lengua calle, tus ojos y oídos estén tapados, tu corazón está lleno de homicidio y asesinato.
Mateo 5:22
V.22. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego.
Miren, esta es la luz verdadera, que muestra el verdadero sentido de este mandamiento y que avergüenza su sucia glosa, como una linterna oscura frente al sol resplandeciente. Y ahora brilla con un aspecto tan distinto, que en seguida se quedan asombrados y dicen: Esto es enseñar con autoridad, y no como sus escribas. Aunque esta explicación es bastante clara y en otras partes se ha tratado a menudo, debemos aquí, por causa del texto, ampliar un poco las palabras. En primer lugar dice: El que se enoja contra su hermano es culpable de juicio; es decir, ha merecido el mismo castigo que se impone a un homicida, a saber, que sea condenado a muerte. Porque repite las mismas palabras que están en el texto de Lv 24:17 (que él mismo acaba de citar): «El hombre que hiere de muerte a cualquier persona, que sufra la muerte». Ahora bien, como el que se enoja contra su hermano cae bajo la misma sentencia, con toda razón se le llama también homicida. En la segunda y en la tercera frase: Cualquiera que diga a su hermano: Raca, o: Fatuo, es culpable ante el concilio y ante el fuego del infierno, quiere decir lo mismo que ser culpable de juicio, a saber, que está en peligro de que le den muerte.
Pero menciona tres grados, para mostrar cómo el castigo se hace mayor y más severo cuanto más persiste el pecado y más se manifiesta. Porque habla como de un proceso ante el tribunal cuando hay que castigar a un malhechor. Así, cuando alguien ha cometido un homicidio, es culpable de juicio, es decir, lo llevan ante el tribunal, lo acusan y se presenta contra él un cargo como a quien ha causado una muerte. Ese es el primer grado o paso hacia la muerte; pero todavía no se ha dictado la sentencia, de modo que aún puede tener ocasión de justificarse y ser absuelto. En segundo lugar, cuando ya se ha dictado la sentencia de que debe morir, entonces es culpable ante el concilio: se delibera acerca de él, qué clase de castigo se le ha de aplicar; entonces está otra vez más cerca de la muerte, de modo que no puede escapar. En tercer lugar, cuando ya se ha pronunciado la sentencia de muerte y todo está decidido, se le entrega al verdugo para que se lo lleve y cumpla su oficio. Así indica con estos pasos cómo uno se hunde cada vez más en el castigo, como el que va a ser ejecutado se acerca cada vez más a la muerte. Por tanto, es como si dijera: El que se enoja en su corazón ya merece la muerte delante de Dios; pero el que va más allá y dice: Raca, o: Fatuo, ya tiene pronunciada su sentencia, etc. En suma, ya está condenado al fuego del infierno el que se enoja contra su hermano. Pero el que dice Raca merece hundirse todavía más hondo en el infierno; y todavía más hondo el que mata también con palabras y con el puño. Así, el castigo y la condenación son del todo una y la misma cosa, y sin embargo se vuelven más pesados y severos a medida que el pecado avanza y estalla con más furia.
En cuanto al significado de Raca, se nos dice que significa toda clase de señales que muestran nuestra ira contra el prójimo: como cuando uno ni le habla ni lo mira; o cuando uno se complace y se alegra en secreto de que le vaya mal; o cuando de cualquier modo uno deja ver que de verdad se alegraría si el prójimo se arruinara del todo. Así hay ahora muchas de estas criaturas venenosas y miserables, que se levantan contra nosotros con la mayor amargura, tanto en público como con prácticas secretas y traicioneras, como quienes con el mayor gusto oirían que todos nosotros hemos sido exterminados; y sin embargo se presentan como gente cristiana y santa.
La otra expresión, Fatuo, significa no solo las diversas señales [ya mencionadas], sino todas las palabras que salen de un corazón malo y venenoso, hostil a su prójimo. De otro modo, si salen de un corazón bondadoso y maternal, no hay pecado. Porque uno bien puede reprender y regañar con palabras, como san Pablo llama necios a sus gálatas, y Cristo dice a sus discípulos: «¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer!». Sí, no solo esto, sino que también debemos enojarnos y mostrar un semblante severo y adusto. Porque todo esto es una ira piadosa y un disgusto contra el mal, no contra la persona, sino para el bien del prójimo. En suma, es una ira necesaria, de la que no se puede prescindir en ninguna casa, en ninguna ciudad ni gobierno, sí, en ningún púlpito. Porque si el padre, la madre, el juez y el predicador recogieran la boca y el puño, y no reprendieran ni refrenaran el mal, el gobierno, la cristiandad y todo se irían a la ruina por la maldad del mundo. De modo que el sentido aquí es: odia la causa, pero ama a la persona; como muy bien dicen los juristas, con tal de que lo usaran bien.
Mateo 5:23-24
V.23, 24. Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.
Hace un largo sermón sobre este mandamiento, que parece en verdad un texto fácil; pero el vicio [que aquí se reprende] está muy extendido y es muy común, sobre todo entre la gente alta, poderosa y sabia, como en las cortes de reyes, señores y príncipes. Los que son algo o pueden lograr algo en la tierra son los que más hondamente están metidos en él, y sin embargo no se les puede echar la culpa. Porque tiene una apariencia muy engañosa, y nada puede vestirse tan hermosamente ni adornarse con apariencia de santidad; con eso muchos se engañan a sí mismos y a otros. No ven cómo en su corazón son hostiles a su prójimo o le guardan un rencor secreto, y sin embargo quieren ser piadosos, servir a Dios y, como aquí dice, ir al altar y presentar un sacrificio, creyendo que todo está bien con ellos.
Así sucede: se ponen una hermosa apariencia y se amparan bajo lo que se llama zelus justitiae [celo por la justicia], una virtud que ama la justicia, se indigna contra el mal y no lo puede tolerar; así como la espada y la autoridad están puestas para administrar la justicia y castigar la maldad; como también el padre y la madre, el amo y el ama, deben enojarse y castigar. Aquí viene ahora el piadoso bribón, se pone su tuniquita y dice que lo hace por amor a la justicia, y que tiene causa buena y razonable para lo que hace. Así ahora los príncipes y otros están rebosantes de veneno, odio y envidia contra nuestra gente, viven en ese espíritu, no tienen escrúpulo de ello, y todo el asunto no es más que «indulgencias» y «reliquias». Porque se cubren con la hermosa excusa de decir que son hostiles a la herejía, y hacen de ello una gran virtud, un santo celo y amor a la verdad; y en el fondo no hay nada más que un odio y un rencor vergonzosos y venenosos, que no pueden mostrarse ni satisfacerse de otra manera.
Porque yo sé, y bien puedo decirlo, que todos nuestros adversarios (excepto nuestro querido señor el Emperador, en persona, que no ha sido bien informado acerca de nosotros) no tienen ni conocen otra razón para odiarnos y sernos hostiles que pura envidia y malicia. Porque no nos acusan de ningún mal proceder, ni de que seamos pícaros o canallas, ni de haberles hecho daño alguno; saben también, y han tenido que confesarlo, que nuestra doctrina es la pura verdad; y sin embargo están tan llenos de veneno que soportarían un mundo lleno de nada más que villanos desesperados antes que a nosotros y a los nuestros.
Así hay muchas personas excelentes, honorables, doctas y por lo demás rectas, que están tan llenas de ira, envidia y odio, y tan amargadas por ello, que no se dan cuenta, y están del todo convencidas de que lo hacen en virtud de su oficio o por causa de la justicia.
Porque su excusa es demasiado plausible y tan engañosa, que nadie se atreve a acusarlos de ser otra cosa que gente recta y piadosa. Así, al final su corazón se endurece; se afirman y se endurecen en ese vicio venenoso, y pecan contra el Espíritu Santo. Porque es una maldad doble: primero, que el corazón está lleno de ira, odio y envidia; segundo, que no se reconoce como pecado o mal, sino que se ha de llamar virtud, lo cual equivale a golpear a Dios en la boca y hacerlo mentiroso.
Fíjense: por esta razón Cristo advierte con tanta diligencia que cada uno tenga especial cuidado en este punto, no sea que lo engañen esta hipocresía y esta falsa apariencia. Porque nadie cree que una frase tan sencilla pueda ir tan lejos y tocar a gente tan grande. Porque con estas palabras, cuando dice: «Si traes tu ofrenda al altar», muestra claramente que habla de los que sirven a Dios, pretenden ser los verdaderos hijos de Dios y son tenidos por los mejores de todos. ¿Qué tienen de malo, entonces? Nada, sino que su corazón está repleto de odio y envidia. Querido amigo, ¿de qué sirve que ayunes y ores sin cesar, que des todo tu dinero por amor de Dios, que te castigues hasta la muerte y hagas muchísimas obras buenas, más que todos los cartujos, si al mismo tiempo pasas por alto el mandamiento de Dios, que él quiere que se obedezca?
¿Que no tengas escrúpulo en injuriar y calumniar a otros, y aun así quieras presentar un gran sacrificio? Es como si alguien hubiera provocado guerra y muerte y derramado mucha sangre, y después pagara mil ducados para que se dijeran misas por los que murieron; o si alguien hubiera robado una gran suma de dinero y luego quisiera dar limosna por amor de Dios. Así engañan a Dios (sí, a sí mismos) con el lindo pretexto de que ahora él tiene que considerarlos auténticos santos vivientes.
Por eso dice ahora: ¿Quieres servir a Dios y presentar una ofrenda, y has hecho daño a alguien, o guardas ira contra tu prójimo? Entonces sabe en seguida que Dios no aceptará tu ofrenda; déjala ahí mismo, suéltalo todo y ve primero a reconciliarte con tu hermano. Con esto se refiere a todas las obras que uno puede hacer para servir o alabar a Dios (porque en aquellos días no había obra mejor que ofrecer sacrificio); y la rechaza por completo, y manda dejarla en seguida, a menos que tu corazón te asegure primero que estás reconciliado con tu prójimo y que no sabes que guardes mala voluntad alguna. Si esto se ha hecho, entonces ven (dice) y presenta tu ofrenda. Esto lo añade para que nadie piense que quiere rechazar o despreciar tal ofrenda. Porque no era un acto malo, sino ordenado y mandado por Dios; pero lo malo, lo que lo echa todo a perder, es que desatienden los mandamientos más altos de Dios y los desprecian.
Eso es abusar de los sacrificios contra tu prójimo.
Hay también un abuso en este asunto que es de mayor peso: que uno busque con ello ser salvo, expiar el pecado, y apoyarse en ello y tener confianza ante Dios; de esto tratamos en otra parte. En sí misma es una buena obra, así como todas las demás obras del culto público, como orar y ayunar, no han de despreciarse ni descuidarse cuando su intención y su uso son correctos: es decir, que uno no las haga para merecer el cielo, y que el corazón esté bien con el prójimo, y así tanto la fe como el amor sean puros y rectos. Pero si oras y ayunas, y junto con eso hablas mal de tu prójimo, difamas y calumnias a la gente, tu boca ciertamente dice palabras santas y no come nada; pero entretanto se contamina y se ensucia con tu prójimo, contra el mandamiento de Dios.
Por eso reprende y prohíbe tal ayuno en Is 58:3, con el que mortificaban sus cuerpos y aparentaban gran devoción, y dice: «He aquí que en el día de vuestro ayuno buscáis vuestro propio gusto, y oprimís a todos vuestros trabajadores. He aquí que para contiendas y debates ayunáis, y para herir con el puño inicuamente; no ayunéis como hoy, para que vuestra voz sea oída en lo alto», etc. Y enseña además cómo hemos de ayunar debidamente: «¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados?», etc. «¿No es que partas tu pan con el hambriento… que cuando veas al desnudo, lo cubras?», etc. Aquí ves cómo le interesa sobre todo nuestro amor al prójimo.
Mateo 5:25-26
V.25, 26. Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante.
En el texto anterior predicó al que había ofendido a su prójimo o estaba enojado con él; pero aquí dice cómo ha de proceder el ofendido. Y desarrolla la figura que había introducido, a saber, el curso habitual ante un tribunal, cuando dos partes se enfrentan, una acusando y la otra acusada, y el juez dicta sentencia y castiga al culpable. Y solo quiere decir que el que ofende a otro debe reconciliarse pacíficamente con él; pero que el otro debe consentir en reconciliarse y perdonar de buena gana. También este es un punto delicado, y aquí muchos saben cubrir y adornar muy lindamente su bellaquería, diciendo que con gusto perdonarán, pero no olvidarán.
Porque siempre está a mano el pretexto del que he hablado: que la ira contra el agravio es razonable; y creen que obran con buena razón y que todo está bien y como debe ser.
Por eso advierte aquí de nuevo, y muestra que en este mandamiento no solo se prohíbe la ira, sino que también se manda que perdonemos y olvidemos de buena gana el daño que se nos ha hecho, como Dios ha hecho y sigue haciendo con nosotros cuando perdona el pecado: lo borra por completo del registro y no se acuerda más de él. Pero no de modo que uno tenga que olvidarlo, o pueda olvidarlo, hasta el punto de no atreverse nunca a pensar en ello otra vez; sino de tal manera que puedas tener un corazón tan amistoso hacia tu prójimo como antes de que te ofendiera. Pero si queda el tocón en tu corazón, de modo que no eres tan amistoso y bondadoso con él como antes, entonces no se puede decir que hayas olvidado, ni siquiera que hayas perdonado de corazón; y sigues siendo el bribón que se presenta ante el altar con su ofrenda y pretende servir a Dios, mientras su corazón sigue repleto de ira, envidia y odio.
Pero muy poca gente presta atención a esto; todos llevan la hermosa máscara, y no ven cómo está su corazón con respecto a este mandamiento, que en suma no tolera ira ni mala voluntad alguna contra el prójimo.
Es verdad, como se dijo arriba, que la ira tiene que haberla y debe haberla; pero cuida de que se aplique debidamente, y recuerda que se te manda no enojarte por tu propia causa, sino por causa de tu oficio y de Dios, y que no debes confundir las dos cosas, tu persona y tu oficio. Por tu propia persona no debes guardar ira contra nadie, por mucho que te hayan ofendido; pero donde tu oficio lo exige, allí debes enojarte, aunque a tu persona no se le haya hecho ningún daño. Así, un juez piadoso se enoja con un criminal al que no le desea ningún mal por su propia persona, y al que preferiría dejar sin castigo; y su ira procede de un corazón en el que no hay más que amor al prójimo, y solo la mala obra que debe castigarse es la que tiene que cargar con la ira. Pero si tu hermano ha hecho algo contra ti y te ha enojado, y te pide perdón y deja de hacer el mal, entonces también la ira debe calmarse. ¿De dónde viene, pues, el rencor secreto que sigues guardando en tu corazón, cuando la causa y la ocasión de la ira han desaparecido, y en su lugar aparecen otras obras que muestran que el hombre se ha convertido y es un hombre totalmente distinto, que se ha hecho un árbol nuevo, con frutos nuevos, que ahora te ama y te honra en extremo, de modo que se culpa y se reprende a sí mismo por causa tuya? Tendrías que ser, delante de Dios y de todo el mundo, un hombre perdido si no te mostraras de nuevo así con él y no lo perdonaras de corazón; de modo que con toda justicia se pronuncia contra ti la sentencia con que aquí se amenaza.
Mateo 5:27-30
V.27-30. Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.
Esto es un poco de sal contra la enseñanza de los fariseos; trata en ello de dos cosas: primero del adulterio, luego del cortar. En cuanto al adulterio, ellos habían dado al quinto mandamiento el sentido literal, y enseñaban así: No hay nada más prohibido que el acto mismo del adulterio. Y no tenían por pecado estar en su corazón encendidos de lujuria y mal deseo hacia otra, y mostrarlo además por fuera con palabras feas y gestos deshonestos; y eso no dañaba en nada su santidad, con tal de que por lo demás hicieran buenas obras, sacrificaran y oraran con diligencia, etc. Eso no era enseñar los mandamientos de Dios, sino pervertirlos; no era hacer piadosa a la gente, sino solo peor; era dar lugar y permiso a toda clase de pecado e impureza. Pero aquí oyes a otro maestro, que muestra que la santidad de ellos es pecado y vergüenza, y arroja luz verdadera sobre este mandamiento, y resuelve que el adulterio se comete también con los ojos, los oídos, la boca, sí, sobre todo con el corazón: como cuando uno mira a una mujer, o juguetea con ella, sí, piensa en ella con lujuria.
Mira ahora cómo debían de estar las cosas en ese pueblo, y con qué clase de gente tenía que tratar Cristo, cuando no solo la gran multitud común, sino los que estaban por encima de los demás y debían enseñarlos y gobernarlos, no solo permitían tales cosas, sino que las hacían ellos mismos y aumentaban la ocasión de adulterio; y aun así querían ser tenidos por piadosos con tal de que no cometieran de hecho adulterio. Aunque es fácil calcular cuán piadosa y casta puede ser la gente en cuanto a las obras, si se les consiente tanto, y pueden llegar tan lejos como para tener el corazón lleno de lujuria ardiente, que además se deja ver en toda clase de señales, palabras y gestos entre unos y otros.
¿Qué otra cosa puede seguirse entonces sino el acto mismo, si se presenta la ocasión? O, ¿en qué es por eso tanto más piadoso, aunque no pueda llevar a cabo la obra que querría realizar y la codicie sin cesar en su corazón? Así como un miserable puede desear ver muerto a su amo aunque él mismo esté preso, y querría matarlo con sus propias manos si tan solo pudiera alcanzarlo: ¿no lo llamaremos por eso homicida, o incluso lo tendremos por piadoso?
Pero dices: Si es verdad que también con una mirada se puede cometer adulterio, ¿qué hemos de hacer entonces? Hombres y mujeres tienen que vivir juntos y tratarse a diario. ¿O vamos a salir huyendo del mundo, o reventarnos oídos y ojos, y hacernos arrancar el corazón? Respuesta: Cristo no prohíbe aquí que vivamos juntos, comamos, bebamos, sí, incluso que riamos y estemos alegres; todo eso sigue estando libre de daño, con tal de que falte una sola cosa, a saber, codiciarla. Es verdad que los judíos intentan salir del paso de esta manera, diciendo que no hay pecado si uno ama a otra con pensamientos y señales; así como no tienen por pecado enojarse con el prójimo y serle hostil en el corazón, para que no haya que condenar a toda la nación y a tanta gente santa, como si todos fueran homicidas y adúlteros. Por eso tienen que disculpar estos mandamientos, diciendo que no hay que interpretarlos tan estrictamente; sino, como han dicho nuestros doctos: Estos pueden ser buenos consejos para los perfectos, pero nadie está obligado por ellos. Y en este asunto han llegado tan lejos que ha habido gran disputa y duda sobre si la mala conducta con una ramera, fuera del matrimonio, es siquiera pecado; y de hecho ahora en Italia, entre gente respetable, se tiene por un honor, de modo que casi se considera santos a los que no pasan de ahí. Por otra parte, en cambio, hay quienes lo han estrechado demasiado, y quieren ser tan santísimos que prohíben incluso mirar a nadie, y han enseñado que hay que evitar todo trato entre personas de uno y otro sexo.
De ahí vienen los excelentes santos que han huido del mundo al desierto y a los monasterios, para encerrarse lejos de todo ver y oír, de todo trato y comunión con el mundo.
Pero Cristo afirma lo contrario de ambos extremos: no permite que el mandamiento de Dios se tuerza así, ni que en el asunto se dé un consejo tal que suelte las riendas a la impureza y a la bellaquería. Porque dice con palabras llanas y claras que el que mira a una mujer con mal deseo es adúltero, y además lo sentencia al fuego del infierno, cuando dice que mejor es que uno se saque el ojo que no que todo el cuerpo sea echado al infierno. Y tampoco quiere santos de esos que huyen de los hombres. Porque si esa hubiera de ser la regla, los diez mandamientos no harían falta en ninguna parte. Porque si estoy en el desierto, separado de todos los demás, nadie tiene que agradecerme que no cometa adulterio, ni mate ni robe; y entretanto puedo seguir creyendo que soy santo y que no he violado ninguno de los diez mandamientos, los cuales, sin embargo, Dios los dio precisamente para enseñarnos cómo hemos de vivir rectamente en el mundo con respecto a nuestro prójimo.
Porque no estamos hechos para huir unos de otros, sino para vivir juntos y compartir lo bueno y lo malo. Porque, siendo hombres, debemos también ayudar a llevar toda clase de desgracias humanas y la maldición que ha caído sobre nosotros, y prepararnos para poder vivir entre gente mala, de modo que cada uno pruebe allí su santidad y no se deje impacientar hasta el punto de huir. Porque tenemos que vivir en la tierra entre espinos y cardos, en un estado de cosas que abunda en tentación, oposición y aflicción. Y no te has ayudado en lo más mínimo aunque hayas huido de la multitud, si llevas contigo al mismo mal compañero, que es la lujuria y la mala pasión que se pega a la carne y a la sangre. Porque no puedes negar a tu padre y a tu madre aunque estés solo y encerrado, ni puedes arrojar de ti tu carne y tu sangre y dejarlas tiradas. El mandamiento no es levantar el pie y salir corriendo, sino permanecer en tu condición, estar firme con valentía y luchar contra toda clase de tentación, abrirte paso con paciencia y vencer.
Por eso Cristo es un verdadero Maestro, que te enseña no a huir de la gente ni a cambiar de lugar, sino a poner las manos sobre ti mismo y echar de ti el ojo o la mano que te hace caer; es decir, quitar la ocasión de pecar, que es la mala lujuria y el mal deseo que se pega a ti mismo y sale de tu corazón. Si eso se quita de en medio, puedes fácilmente estar entre la gente sin pecado y tratar con todo el mundo.
Por eso dice claramente (como se dijo arriba): Si miras a una mujer para codiciarla, ya adulteraste con ella en tu corazón. No te prohíbe mirarla; porque habla a los que tienen que vivir en el mundo entre la gente, como lo muestra de sobra toda la enseñanza anterior de este capítulo y también la que sigue. Pero quiere decir que hemos de separar una cosa de la otra: el mirar y el codiciar.
Puedes mirar, ciertamente, a cualquier mujer o a cualquier hombre; pero cuida tan solo de que no haya codicia. Porque para esto ha dispuesto Dios que cada uno tenga su propia mujer, o cada una su propio marido, para que cada cual pueda satisfacer debidamente tanto su deseo como su apetito. Si no pasas de ahí, tienes su aprobación, y él añade su bendición y está contento con ello, como ordenanza y criatura suya. Pero si pasas de ahí, y no te contentas con lo que Dios te ha dado, sino que andas codiciando y mirando con la boca abierta a otras, entonces ya has ido demasiado lejos y has confundido las dos cosas, de modo que el mirar queda echado a perder por el codiciar.
Esta es también la causa principal del adulterio, que siempre está a punto de ocurrir cuando uno no mira a su mujer según la palabra de Dios, como la que Dios le da y bendice, sino que al mismo tiempo clava la mirada en otra mujer; entonces pronto el corazón va tras los ojos, de modo que se añaden también la lujuria y el deseo que yo debería tener solo por mi mujer. Aparte de esto, la carne y la sangre son demasiado curiosas, de modo que pronto están descontentas y cansadas de lo que tienen y andan boquiabiertas tras otra cosa; y el diablo añade sus incitaciones, de modo que uno no ve en su mujer más que defectos, y deja de ver lo que es bueno y digno de alabanza. De ahí sucede que cualquier otra mujer es más hermosa y mejor a mis ojos que la mía; sí, más de uno que tiene una mujer realmente hermosa y piadosa se deja cegar tanto que le toma aversión y se apega a una pieza fea y vergonzosa.
Por eso, este sería el verdadero arte y la más fuerte salvaguarda contra este pecado (como lo he explicado más ampliamente en otra parte, al tratar del matrimonio y de la vida conyugal): que cada uno aprendiera a mirar rectamente a su cónyuge según la palabra de Dios, que es el tesoro más precioso y el adorno más hermoso que se puede hallar en un hombre o en una mujer, y que se mirara en ella como en un espejo. Entonces amaría y estimaría a su cónyuge como don y tesoro divino, y si viera a otra (aunque fuera más linda que la suya) pensaría así: ¿Es linda? Bueno, no es tan linda; y aunque fuera la más linda de la tierra, yo tengo en casa un adorno más hermoso en mi mujer, que Dios me ha dado y ha adornado con su palabra por encima de todas las demás, aunque no sea hermosa de cuerpo o tenga otros defectos. Porque si miro a todas las mujeres del mundo, no encuentro ninguna de la que pueda gloriarme, con buena conciencia, como de la mía: A esta me la ha regalado Dios y la ha puesto en mis brazos, y sé que él y todos los ángeles se complacen de corazón si me apego a ella con amor y fidelidad. ¿Por qué habría, pues, de despreciar este precioso don divino y entregarme a otra, en la que no encuentro tal tesoro ni tal adorno?
Mira, yo podría fácilmente mirar a todas las mujeres, hablar con ellas, reír y estar alegre, de tal manera que aun así no hubiera lujuria ni deseo de mi parte; y no dejaría que ninguna me pareciera tan hermosa o deseable como para obrar contra la palabra y el mandamiento de Dios. Y aunque la carne y la sangre me tentaran, no tendría que consentir ni dejarme vencer, sino que tendría que luchar valientemente contra ello y vencer por medio de la palabra de Dios, y vivir en el mundo de tal modo que la maldad de nadie pudiera hacerme malo, ni ninguna seducción pudiera hacerme adúltero. Pero como uno no ve ni atiende esta palabra de Dios, ha sucedido fácilmente que uno se cansa de su cónyuge y le toma aversión, y prefiere a otra, y no puede resistir la lujuria y el deseo. Porque no conoce el arte de mirar rectamente a su cónyuge según la belleza y el adorno con que Dios la ha vestido para él; no ve más allá de lo que ven los ojos: que su mujer le parece mal formada o defectuosa, y otra más linda y mejor. Así entiendes cuándo mirar a una mujer es pecado y cuándo no lo es: a saber, que uno no ha de mirar a otra como cada uno ha de mirar a su propia mujer.
Sin embargo, no hemos de tensar aquí demasiado el arco, como si uno hubiera de condenarse porque, al ser tentado, siente que comienza a surgir en él esta lujuria y este deseo hacia otra. Porque he dicho a menudo que es imposible vivir en carne y sangre sin inclinación pecaminosa y mala, no solo en este asunto, sino también contra cada uno de los mandamientos. Por eso los moralistas han hecho esta distinción, con la que estoy de acuerdo: que un mal pensamiento, sin consentimiento, no es pecado mortal. No es posible, si alguien te ha ofendido, que tu corazón no lo sienta, o no se conmueva y comience a agitarse para tomar venganza.
Pero eso todavía no es criminal, con tal de que no se decida ni pase a hacer daño, sino que resista esa inclinación. Así también en este caso: no es posible impedir que el diablo dispare al corazón malos pensamientos y lujuria. Pero entonces cuida de no dejar que esas flechas se queden clavadas allí y echen raíces; arráncalas y tíralas, y haz como enseñaba hace mucho uno de los antiguos, que decía: «No puedo impedir que un pájaro vuele sobre mi cabeza; pero bien puedo impedir que haga nido en mi pelo o que me arranque la nariz de un picotazo». Así no está en nuestro poder impedir esta o alguna otra tentación, de modo que no se nos ocurran pensamientos; con tal de que nos quedemos en que se nos ocurran, sin admitirlos, aunque llamen a la puerta, e impidamos que echen raíz, no sea que lleven al consentimiento y al propósito de pecar. Pero con todo sigue siendo pecado, aunque queda incluido en el perdón común, porque no podemos vivir en la carne sin cometer muchos pecados, y cada uno tiene que tener su diablo; como también san Pablo se queja del pecado que mora en él (Ro 7:17), y dice que en su carne no mora el bien, etc.
Pero que algunos hayan planteado aquí la cuestión, y preguntado con toda intención si es pecado que un hombre desee casarse con una mujer o una mujer casarse con un hombre, es una tontería, y ambas cuestiones van contra la Escritura y contra la naturaleza. Porque ¿cuándo se casaría la gente si no tuvieran deseo y amor el uno por el otro? Sí, esa es la razón por la que Dios ha dado este ardiente deseo a la novia y al novio; de otro modo, todos huirían del matrimonio y lo evitarían. Así también ha mandado en las Escrituras que ambos, hombre y mujer, se amen, y muestra que se complace mucho cuando marido y mujer se llevan bien. Por tanto, este deseo y este amor no deben faltar, por cierto, y es una gran dicha y algo muy grato si tan solo dura largo tiempo. Porque sin esto vienen los problemas: por un lado de la carne, que pronto se cansa de este estado y no quiere soportar las incomodidades que trae consigo; y por otro del diablo, que no soporta ver a dos casados tratarse con verdadero cariño, y no descansa hasta dar ocasión a la impaciencia, la contienda, el odio y la amargura entre ellos. De modo que amar debidamente a la propia mujer o al propio marido, soportando los defectos del otro y toda clase de desgracias de la carne, es un arte no solo necesario, sino también difícil, y propio de los cristianos. Al principio todo va muy bien, de modo que de puro amor (como se dice) están dispuestos a comerse el uno al otro; pero cuando pasa la novedad, viene el diablo con el hastío, y trata de quitarte demasiado el deseo por este lado y de excitarlo demasiado por otro.
Baste esto sobre el tema de la lujuria y el deseo. Pero ¿qué diremos de cómo tensa Cristo el arco cuando dice que hemos de sacarnos el ojo y cortarnos la mano si nos hace caer? ¿Vamos entonces a mutilarnos, a hacernos cojos y ciegos? Entonces tendríamos que quitarnos la vida, y cada uno se volvería su propio asesino. Porque si tenemos que tirar todo lo que nos hace caer, lo primero que tendríamos que arrancarnos es el corazón. ¿Y qué otra cosa sería eso sino destruir toda la naturaleza y las criaturas de Dios? Respuesta: aquí ves claramente que Cristo en este capítulo no habla en absoluto de asuntos meramente mundanos, y que todas esas expresiones que aparecen aquí y allá en el evangelio (como negarse a sí mismo, aborrecer su alma, dejarlo todo, etc.) no pertenecen en absoluto a la esfera de los asuntos seculares o del gobierno civil, ni han de entenderse según los estatutos de los antiguos sajones, como los llaman los juristas: sacar ojos, cortar la mano y cosas semejantes. ¿Cómo podrían, si no, subsistir esta vida y el gobierno civil? Sino que habla aquí de la vida espiritual y de los asuntos espirituales, en los que uno no tira su ojo o su mano de manera externa, corporal y a la vista del mundo, ni se niega a sí mismo y lo deja todo de ese modo, sino en su corazón y a los ojos de Dios. Porque no enseña cómo usar el puño o la espada, ni cómo gobernar la vida y los bienes, sino solo el corazón y la conciencia delante de Dios. Por eso no hemos de aplicar en absoluto sus palabras en el sentido de los términos jurídicos o de los del gobierno secular.
De esta manera habla también en Mt 19:12 acerca de castrar, donde alude a tres clases de castrados o eunucos. La primera y la segunda son los que son eunucos por naturaleza o han sido hechos tales por mano de hombres; a estos el mundo y los juristas los llaman castrados. Pero la tercera clase son los que se han hecho eunucos a sí mismos por causa del reino de los cielos; a estos se les llama castrados no por fuera, en su cuerpo, sino en el corazón o espiritualmente; no en sentido o manera mundana, sino (como él dice) por causa del cielo. Porque con los asuntos mundanos él no tiene nada que ver. Así también aquí hemos de arrancarnos espiritualmente ojos, mano, corazón, y dejarlo todo, para que no nos haga caer; y sin embargo vivir en este mundo, donde no podemos prescindir de ninguna de estas cosas.
Esto es, pues, lo que aquí se quiere decir: Si sientes que miras a una mujer con mal deseo, arráncate ese mismo ojo o esa mirada (como prohibidos por Dios), no del cuerpo, sino del corazón, de donde viene el deseo lujurioso; entonces te lo habrás sacado como es debido. Porque si el mal deseo está fuera del corazón, el ojo no pecará ni te hará caer, y ahora mirarás a esa mujer con los mismos ojos corporales, pero sin deseo; será como si no la hubieras visto. Porque el ojo del que habla Cristo, que antes estaba allí y se llama el ojo de la lujuria o del deseo, ya no está, aunque el ojo corporal siga intacto. Así habla también de los castrados. Si el corazón ha resuelto vivir castamente sin matrimonio (si tiene la gracia), entonces se ha hecho eunuco por causa del reino de los cielos, y no necesita dañar ningún miembro del cuerpo. En suma, es un castrar y un arrancar tales que no los puede hacer ni un puño ni un verdugo, sino la palabra de Dios en el corazón.
Por eso son necios los que trasladan estos dichos y otros semejantes de la esfera espiritual a la secular, como si Cristo hubiera enseñado algo contrario al gobierno secular, sí, contrario al orden natural de las cosas. Así, algunos han hecho tal necedad que, por impaciencia y desesperación de poder luchar contra la carne y la sangre, han llegado al extremo de ayudarse [es decir, castrarse] a sí mismos, de modo que los obispos en los concilios tuvieron que prohibir esa práctica. Todo eso viene de un malentendido: no distinguen entre el gobierno y la doctrina de Cristo y los del mundo; se quedan en la noción burda de la castración, de modo que no piensan más allá de cómo el mundo la designa y la entiende en su esfera. Mientras que Cristo mismo excluye ese entendimiento y lo quita, y distingue a los castrados por naturaleza o por manos humanas (sean las propias o las de otros) y los contrapone a los que no están castrados ni por manos de hombres ni por naturaleza. Con eso muestra claramente que habla solo de la castración espiritual, puesto que el cuerpo con todos sus miembros está entero e intacto, y sin embargo no tiene el deseo sexual que tienen otros; deseo que no se puede extirpar de la carne y la sangre aunque uno se privara de sus miembros naturales. Como ellos mismos dicen, tales eunucos o castrados tienen más deseo o amor por las mujeres que cualquier otro; por eso también grandes reyes (o reinas) han preferido a tales personas como camareros, a causa de la gran fidelidad y amor que tienen a las mujeres.
Pero parece también que Cristo usó a menudo en otras ocasiones esta expresión: «Si tu ojo, o tu mano, o tu pie te es ocasión de caer». Porque en otros lugares del evangelio se aplica también a otros asuntos, de modo que la usaba como un dicho común y la aplicaba como una comparación general a toda clase de pecados: que uno no ha de ceder a la ocasión ni a la inclinación de pecar. Aquí, sin embargo, se aplica con toda intención a un caso particular, a saber, al adulterio, de modo que el mandamiento es arrancar el ojo que está a punto de hacernos caer por el mal deseo; porque el adulterio suele ocasionarse por el mirar, y entra en el corazón por los ojos si uno no resiste la tentación. Así emplea las mismas palabras con referencia a otro modo de hacer caer (Mt 18:8 ss.), de modo que llama ojo o mano que hace caer a un predicador y maestro, o a un señor y tirano, que busca apartarte de la verdad y de la verdadera doctrina; y te manda arrancarlo y echarlo de ti, de modo que puedas decir: Es verdad que tú eres mi ojo o mi mano, mi maestro o mi gobernante; pero si quieres apartarme de la verdad a una fe falsa, u obligarme a hacer el mal, no te seguiré, etc.
Mateo 5:31-32
V.31, 32. También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio. Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio.
Aquí vemos claramente cómo retorcían este mandamiento, dando lugar y libertad de sobra para violarlo, y aun así no tenían su conducta por pecaminosa con tal de que no la exhibieran de un modo demasiado escandaloso con un adulterio público. Porque se les permitía que, si a uno le desagradaba su mujer y quería librarse de ella, y se había encariñado con otra, la dejara y cortejara a otra que le agradara más; y aunque esta tuviera otro marido, podían fácilmente inducirlo a despedir a su mujer, de modo que él tuviera que repudiarla, y sin embargo no se dijera que se la habían quitado por la fuerza. Así, también era cosa de poca monta entre ellos que uno hubiera tenido trato carnal con otra mujer, de modo que con ello la tomaba por esposa; como de todos modos querían tener más de una mujer. Y en verdad habían llevado las cosas a tal punto que cada uno, sin escrúpulos de conciencia, obraba en materia de matrimonio y divorcio como le daba la gana. Por eso Jesús toma también este asunto del divorcio, reprende y condena su bellaquería y su abuso del divorcio permitido, para instruir sus conciencias acerca de cómo se ha de proceder debidamente en este asunto, de modo que uno no vaya demasiado lejos ni obre contra el mandamiento. Aquí, sin embargo, lo toca solo con pocas palabras; porque después, en el capítulo diecinueve, lo trata más ampliamente.
Pero ¿cómo hemos de proceder ahora en los asuntos del matrimonio y del divorcio? He dicho que hemos de dejar esto en manos de los juristas y encomendarlo al gobierno secular, porque el matrimonio es una cosa del todo secular y externa, como la mujer, los hijos, la casa y el hogar, y otras cosas que pertenecen a la autoridad del gobierno, ya que todo esto está sujeto por completo a la razón (Gn 1). Por tanto, lo que la autoridad civil y la gente sabia determinen y dispongan sobre este asunto conforme al derecho y la razón, con eso debemos contentarnos. Porque tampoco Cristo establece ni ordena aquí nada como jurista o gobernante en los asuntos externos; sino que solo como predicador instruye las conciencias, para que usemos rectamente la ley del divorcio, no para la bellaquería y el capricho personal, contra el mandamiento de Dios. Por tanto, aquí no iremos más allá de ver cómo estaba el asunto entre ellos y cómo deben conducirse los que quieren ser cristianos; porque con los que no son cristianos no tenemos nada que ver (como quienes han de ser gobernados no con el evangelio, sino con coacción y castigo), para mantener puro nuestro oficio y no echar mano de más de lo que se nos ha encomendado.
En Dt 24:1 y 4 leemos: «Cuando alguno tomare mujer y se casare con ella, si no le agradare por haber hallado en ella alguna cosa indecente, le escribirá carta de divorcio, y se la entregará en su mano», etc.; pero en seguida se añade una prohibición: que el mismo hombre (si después quisiera tenerla otra vez) «no podrá volverla a tomar para que sea su mujer», etc. Ahora bien, esta ley la aprendieron pronto y abusaron de ella a sus anchas, de modo que cada uno desechaba y despedía fácilmente a su mujer cuando se cansaba de ella y suspiraba por otra (aunque Moisés permitía tal despido solo cuando hallaba en ella «alguna cosa indecente», por la cual no podían seguir bien juntos). Y se tomaban tales libertades en esto, que ellos mismos veían que su costumbre era censurable y demasiado desenfrenada; por eso preguntaron a Cristo, en Mt 19:3: «¿Es lícito al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa?». Él les da también una respuesta, y además les lee un texto severo que nunca habían oído, y concluye igual que aquí: que tanto el que da carta de divorcio (salvo por fornicación) y se casa con otra comete adulterio, como también comete adulterio la que se casa con otro. (Porque de otro modo ella no podría cometer adulterio si permaneciera sin casarse).
Con ello no solo los reprende por obrar con desenfreno en el asunto del divorcio, sino que enseña que no deben practicar el divorcio en absoluto; o, si lo hacen, que ambas partes permanezcan sin casarse; y concluye que el divorcio es siempre causa de adulterio.
A su pregunta: «¿Por qué, pues, mandó Moisés dar carta de divorcio?», responde: «Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres». No que fuera algo loable o bien hecho; sino que ustedes son gente tan vil y ruda, que es mejor permitir esto que no que hagan cosas peores, causen desdicha o muerte, o vivan juntos en perpetuo odio, discordia y enemistad. Así como todavía podría ser aconsejable (si las autoridades temporales así lo dispusieran), a causa de algunas personas raras, obstinadas y tercas, que nunca están contentas con nada y no son en absoluto aptas para la vida matrimonial, que se les permita separarse. Porque el gobierno no se puede llevar de otro modo; a causa de la maldad de la gente, a menudo hay que ceder en algo, aunque no esté bien hecho, para que no suceda algo peor.
Así queda ahora establecido que los que quieren ser cristianos no han de divorciarse, sino que cada uno ha de conservar a su cónyuge y soportar y vivir con él lo bueno y lo malo, aunque sea extraño, raro y lleno de defectos; o, si hay divorcio, que las partes permanezcan sin casarse. Y que no se puede hacer del matrimonio algo libre, como si estuviera en nuestro poder hacer con él lo que queramos, cambiando y trocando a gusto; sino que es tal como dice Jesús: «Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre».
Porque el problema aquí se debe solamente a que los hombres no miran el matrimonio según la palabra de Dios como obra y ordenanza suya; no prestan atención a su voluntad, a que él ha dado a cada uno su cónyuge para que lo conserve y soporte por amor de él las incomodidades que la vida matrimonial trae consigo; lo consideran nada más que un asunto puramente humano y secular, con el cual Dios no tiene nada que ver. Por eso uno se cansa pronto de él, y si no va como queremos, pronto empezamos a separarnos y a cambiar. Pero Dios lo dispone de tal manera que con eso no lo mejoramos; como suele suceder cuando uno quiere cambiar y mejorar las cosas, y nadie quiere llevar su cruz, sino tenerlo todo perfectamente cómodo y sin molestias: le toca un cambio en el que encuentra el doble o diez veces más molestias, no solo en este asunto sino en todos los demás.
Porque no puede ser de otro modo en la tierra: tiene que haber a diario mucha incomodidad y molestia en toda casa, ciudad y país; y no hay condición en la tierra en la que uno no tenga que soportar mucho de doloroso, tanto de parte de los suyos, como la mujer, los hijos, los criados, los súbditos, como de fuera, de los vecinos y de toda clase de desgracias fortuitas. Cuando uno ve y siente esto, pronto se cansa de su condición y está descontento con ella, o estalla en impaciencia, riñas y maldiciones; y si no puede evitar ni quitarse de encima esta molestia, quiere cambiar de condición, piensa que la condición y el estado de cualquier otro son mejores que los suyos; y cuando ha estado cambiando mucho tiempo, descubre que cuanto más lejos ha ido, peor le ha ido. Porque cambiar se hace pronto y con facilidad; pero mejorar es incierto y raro. Así les pasaba también a los judíos con sus cambios de matrimonio y sus divorcios.
Por tanto, en este asunto debemos hacer como siempre hemos enseñado y exhortado: si uno quiere emprender algo que desea que sea bendecido y tenga éxito, también en los asuntos temporales, como casarse, quedarse en casa, aceptar un puesto, etc., que acuda a Dios y busque consejo en aquel que ha de darlo y a quien pertenece. Porque no es un don pequeño de Dios que uno consiga una mujer piadosa y razonablemente buena: ¿por qué, entonces, no le habrías de pedir que haga que salga bien? Porque el primer deseo ardiente y curioso no logrará esto ni le dará permanencia si él no añade su bendición y da éxito, y ayuda a soportar las molestias ocasionales. Por eso, los que no hacen esto, sino que se lanzan a las cosas por su propia cuenta, como si no necesitaran ninguna ayuda de Dios, y no aprenden a adaptarse a las circunstancias, con toda justicia experimentan en ellas un verdadero purgatorio y tormento infernal, sin ayuda del diablo. Y como no soportan ninguna aflicción con paciencia, sino que han escogido justo lo que mejor les convenía, y quieren dejar de lado y pasar por alto el artículo que se llama el perdón de los pecados, tienen por recompensa un corazón inquieto e impaciente; y así tienen que sufrir doble desgracia y no reciben ningún agradecimiento por ello. Pero de esto ya hemos dicho bastante en otra parte.
Pero preguntas: ¿No hay, pues, ninguna razón por la que pueda haber separación y divorcio entre marido y mujer? Respuesta: Cristo menciona aquí y en Mt 19:9 solo esta, que se llama adulterio, y la toma de la ley de Moisés, que castiga el adulterio con la muerte. Ahora bien, como solo la muerte disuelve el matrimonio y libra de la obligación, un adúltero ya está divorciado, no por el hombre, sino por Dios mismo; y no solo separado de su cónyuge, sino de esta vida. Porque con el adulterio se ha divorciado él mismo de su mujer y ha disuelto el matrimonio, cosa que no tiene derecho a hacer; y con ello se ha hecho digno de muerte, de tal modo que ya está muerto delante de Dios, aunque el juez no le quite la vida. Ahora bien, como aquí es Dios quien divorcia, la otra parte queda plenamente libre, de modo que no está obligada a conservar al cónyuge que ha resultado infiel, por mucho que lo desee.
Porque nosotros no ordenamos ni prohibimos este divorciar, sino que pedimos al gobierno que actúe en este asunto, y nos sometemos a lo que las autoridades seculares dispongan al respecto. Sin embargo, nuestro consejo a los que pretenden ser cristianos sería que es mucho mejor exhortar e instar a ambas partes a permanecer juntas, y que la parte inocente se reconcilie con la culpable (si está humillada y enmendada) y ejerza el perdón en amor cristiano; a menos que no se pudiera esperar ninguna enmienda, o que la persona culpable que ha sido perdonada y vuelta a la gracia persistiera en abusar de esta bondad, y siguiera llevando una vida pública y disoluta, dando por sentado que hay que seguir teniéndole consideración y perdonándola. En tal caso yo no aconsejaría ni mandaría que se tuviera misericordia, sino que más bien ayudaría a que tal persona fuera azotada o encarcelada. Porque dar un mal paso una vez todavía ha de perdonarse; pero pecar abusando de la misericordia y del perdón no se puede tolerar. Porque, como se dijo antes, ya sabemos que no es justo obligar a uno a recibir de nuevo a una ramera o adúltera pública, si no quiere hacerlo o si por asco no puede. Porque leemos de José, en Mt 1:18 ss., que aunque era un hombre piadoso, no quería recibir a María su mujer (cuando vio que estaba encinta); y se le alaba porque «quiso dejarla secretamente», y no presentar queja contra ella y hacerla ejecutar, como bien podría haberlo hecho.
Además de esta causa de divorcio hay todavía otra: si uno de los esposos abandona al otro, como cuando uno, por pura petulancia, deserta del otro. Así, si una mujer pagana estuviera casada con un cristiano, o, como ahora sucede a veces, que una de las partes es evangélica y la otra no (de lo cual habla Pablo en 1 Co 7:13), ¿sería justo el divorcio en tal caso? Allí concluye Pablo: Si una de las partes está dispuesta a quedarse, la otra no debe romper el compromiso; aunque no sean de una misma fe, la fe no debe disolver el vínculo matrimonial. Pero si sucede que la otra parte de ninguna manera quiere quedarse, entonces que se vaya; y tú no estás bajo ninguna obligación de seguirla. Pero si un sujeto abandona a su mujer sin que ella lo sepa ni lo consienta, deja casa, hogar, mujer e hijos, se ausenta dos o tres años, o todo el tiempo que le place (como ahora sucede a menudo), y cuando ha terminado su carrera de juerga y ha derrochado sus bienes, quiere volver a casa y ocupar su antiguo lugar, ¿habrá de estar la otra parte obligada a esperarlo todo el tiempo que él quiera y luego volver a juntarse con él? A tal sujeto no solo habría que prohibirle la casa y el hogar, sino desterrarlo del país; y la otra parte, si el renegado ha sido citado y se le ha esperado lo suficiente, debería ser declarada libre de todo corazón.
Porque uno así es mucho peor que un pagano y un incrédulo, y es menos tolerable que un miserable adúltero, que, aunque cayó una vez, todavía puede enmendarse y ser fiel a su mujer como antes. Pero este trata el matrimonio como le da la gana, no se siente obligado a permanecer como marido y padre con su mujer y sus hijos y a cumplir su deber para con ellos, sino que se da por seguro de ser bien recibido si se le antoja volver. Pero así están las cosas: el que quiere tener mujer e hijos tiene que quedarse con ellos y compartir con ellos lo bueno y lo malo mientras viva; y si no quiere, que le enseñemos que tiene que hacerlo o quedar del todo separado de mujer, casa y hogar. Pero donde no existen estas causas, los demás defectos y faltas no han de contarse como impedimento ni llevar al divorcio, como las riñas u otros contratiempos. Pero si las partes se divorcian (dice san Pablo), que ambas permanezcan sin casarse.
Baste esto sobre lo que se dice acerca de este tema en el texto, porque en otra parte he escrito bastante al respecto. La principal salvaguarda contra tal divorcio y otros problemas domésticos es (como he dicho) que cada uno aprenda a soportar con paciencia los defectos y contratiempos comunes de su condición y de su entorno, y a pasarlos por alto en su mujer, y a estar seguro de que no podemos tenerlo todo tan perfecto como querríamos. Si ni siquiera en tu propio cuerpo puedes tenerlo de otro modo ni mejor, y tienes que aguantar toda clase de suciedad y molestias que te causa a diario; de modo que si quisieras tirar todo lo que hay de inmundo en él, tendrías que empezar por el vientre que te alimenta y tiene que mantenerte vivo.
Ahora bien, si puedes soportar esto en tu cuerpo, que te despide mal olor antes de que te des cuenta, o empieza a supurar y a llagarse, de modo que no hay limpieza en tu piel, y todo eso lo disculpas; sí, le muestras tanto más cuidado y amor atendiéndolo, lavándolo, soportándolo y ayudando donde falta algo; ¿por qué no habrías de hacerlo aquí con tu propio cónyuge, que Dios te ha dado, en quien tienes un tesoro todavía mayor y a quien tienes más motivo para amar? Porque entre los cristianos debería haber un amor como el de cada miembro del cuerpo hacia todos los demás (como a menudo señala san Pablo), cuando uno mira con bondad las faltas del otro, se compadece de ellas, las soporta y las quita, y hace todo lo que puede para ayudar a su prójimo.
Por tanto, nuestro deber principal no es otra cosa que el sencillo perdón de los pecados, tanto en nosotros mismos como hacia los demás; de modo que, así como Cristo en su reino soporta y perdona sin cesar toda clase de faltas, así también nosotros entre nosotros soportemos y perdonemos en todas las condiciones y en todas las cosas.
Al que no quiera hacer esto, quiera Dios darle que nunca tenga descanso, y que su única desgracia o plaga se le vuelva diez veces peor.
Mateo 5:33-37
V.33-37. Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos. Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.
Este texto se ha estirado con muchas glosas, y de él se han sacado muchas ideas raras y muchos errores, de modo que muchos grandes doctores se han atormentado con él y no podían conformarse con la prohibición tajante de que «no juréis en ninguna manera», sino que «sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no». Así, algunos han estirado tanto su conciencia que uno duda si se debe prestar juramento solemne de no vengarse al ser puesto en libertad de la cárcel, o si hemos de hacer la paz y un tratado con los turcos o con los incrédulos mediante juramento, etc. Ahora bien, no podemos negar que Cristo mismo y san Pablo juraron a menudo; además, se dice en las Escrituras que son alabados los que juran por su nombre; de modo que también aquí tenemos que hacer una distinción para entender rectamente el texto.
Pero se nos ha dicho suficientemente que Cristo no quiere aquí inmiscuirse en la autoridad y la ordenanza secular, ni quitar nada a las autoridades establecidas; sino que predica aquí solo para los cristianos individuales, sobre cómo han de conducirse en su vida ordinaria.
Por tanto, hemos de tener el jurar por prohibido exactamente en el mismo sentido que arriba el matar y el mirar o desear a una mujer.
Matar es justo, y sin embargo también es injusto; desear a un hombre o a una mujer es pecado y no es pecado; pero de esta manera: que distingamos rectamente ambas cosas, a saber, que a ti y a mí se nos dice: si matas, haces mal; si miras a una mujer para desearla, haces mal. Pero a un juez le dice: Si no castigas y matas, tú mismo serás castigado; y del mismo modo a un hombre o a una mujer casados: Si no te unes a tu cónyuge, haces mal. Así, ambas cosas son justas: que uno ha de matar y no matar, estar y no estar con una mujer; es decir, que no te aíres ni mates, ni mires con amor a una mujer, a menos que la palabra o el mandamiento de Dios te autoricen especialmente a hacerlo. Pero si te aíras cuando Dios te lo manda, o si tienes mujer según la palabra de Dios, entonces una y otra cosa están bien; porque lo que Dios dice y manda es algo muy distinto de lo que tú haces por tu propia cuenta.
Así como has entendido eso, entiende también esto: que la prohibición aquí es «No juréis en ninguna manera», así como ha prohibido del todo matar, para que no haya ira en el corazón; y del mismo modo, que nos mantengamos tan apartados del hombre y de la mujer que no los miremos ni pensemos en ellos para desearlos. Y sería un sermón peligroso si lo aplicáramos al ejercicio de la autoridad del gobierno o a la vida matrimonial, y dijéramos al juez: No te indignarás ni darás prueba práctica de ira; o a los esposos: No mirarás ni amarás a tu mujer o a tu marido. Sino que aquí tenemos que dar la vuelta y enseñar lo contrario, diciendo: Tú, juez, te enojarás y castigarás; y cada uno tendrá y amará a su cónyuge. ¿Cómo dice entonces Cristo que uno no ha de desear a ninguna mujer ni tener ira en su corazón? Respuesta: como se dijo arriba, habla de la mujer que Dios no te ha dado y de la ira que no se te pide, que no debes tener. Pero si se te pide, entonces ya no es tuya, sino que es la ira de Dios; y ya no es tu deseo, sino lo que Dios ha dado y ordenado; porque tienes la palabra de Dios de que amarás a tu cónyuge y no desearás a ninguna otra. Así también en cuanto al jurar: tenemos que mirar si tenemos para ello la palabra de Dios o no.
Que insista tanto aquí en la prohibición lo hace también en oposición a sus falsos maestros, que predicaban de esta manera: que prestar juramento y jurar, aunque se hiciera sin necesidad y sin la palabra de Dios, no era pecado. Sí, habían hecho una distinción (como Cristo muestra aquí) acerca de cómo se podía jurar libremente, y qué juramentos debían valer o no: como que uno podía jurar tranquilamente por el cielo, o por Jerusalén, o por su cabeza; que esos eran juramentos pequeños y no tenían mucha validez, con tal de que no se invocara el nombre de Dios. Al final lo habían llevado tan lejos que un simple sí o no no valía nada, y sostenían que no importaba nada si no hacían algo que no habían jurado hacer. Así como habían enseñado respecto al matar, que no había que considerar pecado una ira y un rencor secretos; y lo mismo si uno era hostil a su mujer, no tenía deseo ni amor por ella, sino que deseaba a otra y lo demostraba mirándola, jugueteando con ella y con otras señales.
Contra tales santos impuros comenzó a predicar, y dice: Si no se vuelven distintos y más piadosos, no entrarán en el reino de los cielos.
El asunto del jurar no ha de tratarse como ustedes lo hacen, que lo hacen justo y válido donde y cuando les place; sino que el mandamiento es: No has de jurar en ninguna manera, ni por el templo, ni por Jerusalén, ni por tu cabeza, como tampoco por Dios mismo; sino que su trato mutuo sea sí y no, y aténganse a eso. Porque es un abuso del nombre de Dios añadir al sí o al no juramentos y votos, como si un simple sí y no no fueran válidos ni obligaran a menos que se añadiera el nombre de Dios. Hay además otro abuso: que la gente jura tan a la ligera, como ahora se hace tan comúnmente, cuando usan el nombre de Dios casi a cada palabra.
Todo eso debe prohibirse estrictamente; como también la maldición que se hace en nombre de Dios cuando no se debe hacer.
Porque maldecir es igual que jurar: ambas cosas son buenas y malas. Porque leemos en la Escritura que a menudo gente santa ha maldecido: así Noé maldice a uno de sus hijos, Cam, y el patriarca Jacob pronunció una mala bendición y una maldición sobre tres de sus hijos, Rubén, Leví y Simeón; también Moisés contra Coré. Sí, Cristo mismo maldice con amargura en el Salterio a su Judas, y en el evangelio a los falsos maestros; y Pablo, en Gá 1:9, maldice a todos los maestros que predican otra cosa (aunque fuera un ángel del cielo), para que sean anatema, es decir, condenados y malditos por Dios; como si dijéramos: Que Dios se les oponga y los destruya del todo, y no les dé misericordia ni buena fortuna. Así puede llegar el momento en que uno tenga que maldecir, o si no, hará mal.
Así, que ahora pidamos la bendición de Dios para el papa, los obispos y los príncipes y les deseemos éxito, mientras ellos con maquinaciones maliciosas e intrigas perversas buscan derramar la sangre de gente piadosa y sumir a Alemania en la confusión, eso no deben hacerlo los cristianos; sino que deben y tienen que decir al respecto: Amado Señor, maldice y arroja todas sus maquinaciones al fondo del infierno. Por eso nadie puede orar rectamente el padrenuestro sin incluir una maldición. Porque cuando ora: Santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad, etc., tiene que juntar en un montón todo lo que se le opone y decir: Malditos, execrados, deshonrados sean todos los demás nombres; desgarrados y destruidos sean todos los reinos que se te oponen; arruinados sean todos los planes, sabiduría y propósitos enemigos, etc.
Esta es, sin embargo, la distinción: por sí mismo nadie ha de maldecir ni jurar, a menos que tenga la palabra de Dios de que debe maldecir o jurar. Porque, como se dijo arriba, donde se hace conforme a la palabra de Dios, entonces está bien jurar, enojarse, desear a la propia mujer, etc. Y es conforme a la palabra de Dios si él me manda hacerlo en virtud de mi oficio y por causa de él, o lo exige por medio de los que están en el oficio. Así, para entenderlo con un ejemplo: si sucediera que estás preso y en manos de las autoridades, y te exigieran juramento de no buscar venganza contra ellas; o si un príncipe exige juramento de fidelidad; o un juez exige juramento a un testigo; entonces es tu deber prestar el juramento. Porque allí está la palabra de que obedecerás a las autoridades establecidas. Porque Dios ha ordenado y establecido el gobierno de tal manera que uno tenga que estar obligado a otro, de modo que todos los asuntos dudosos puedan ajustarse, decidirse y resolverse mediante el juramento, como enseña la epístola a los Hebreos.
Pero dices: Sí, pero aquí hay otra palabra, la que dice Cristo:
No jurarás. Respuesta: como se dijo arriba acerca del matar y del enojarse: Tú, tú no lo harás por tu cuenta. Aquí, sin embargo, no eres tú quien jura, sino el juez que te manda hacerlo, y equivale a que lo hiciera él mismo; tú eres ahora la boca del juez. Ahora bien, Cristo aquí ni manda ni prohíbe nada al gobierno, sino que lo deja seguir su curso como está obligado a hacerlo; pero te prohíbe jurar por tu cuenta, arbitrariamente o por costumbre; así como prohíbe desenvainar la espada, y sin embargo no te impide con ello obedecer al gobierno si tu príncipe necesitara tus servicios o te llamara a ir a la guerra. Porque entonces estás obligado a entregarte de corazón a la obra de la guerra, y ya no es tu mano ni tu espada, sino las del gobierno; y no lo haces tú mismo, sino tu príncipe, a quien Dios lo ha encomendado. Así hablamos también en casos semejantes. Como, si sucediera que hiciéramos un tratado y un acuerdo con nuestros enemigos o con los turcos, entonces el emperador y los príncipes podrían tanto dar como recibir juramento, aunque el turco jure por el diablo o por su Mahoma, a quien tiene y adora como su dios; pero nosotros adoramos a nuestro Señor Cristo y juramos por él. Así tienes ahora una causa por la cual es justo jurar, a saber, la necesidad de prestar juramento por obediencia al gobierno, para confirmar la verdad o para soportar las cosas por causa de la paz y la concordia.
La otra razón es el amor, aunque no lo exijan las autoridades establecidas, sino que se hace por bondad hacia el prójimo, etc.; así como también el amor se enoja y reprende cuando ve al prójimo pecar o extraviarse, como enseña Cristo en Mt 18:15. Porque no puede reírse de eso ni alabar lo que es malo. Así, bien puedo mostrar amor a la mujer de otro hombre si está en necesidad o aflicción, para ayudarla a salir de ella; eso no es un amor carnal y prohibido, sino cristiano y fraternal, que no brota de mi propia lujuria o imprudencia, sino de la necesidad de mi prójimo; y tiene la aprobación de la palabra de Dios, que dice: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
De acuerdo con esto, si veo a alguien en necesidad y peligro espiritual, débil en la fe, o temeroso en su conciencia, o seriamente dudoso, etc., entonces no solo he de consolarlo, sino además afirmarlo con juramento, para fortalecer su conciencia diciendo: Tan cierto como que Dios vive y Cristo murió, así de cierto es esto la verdad y la palabra de Dios. Allí un juramento es tan necesario que no podemos prescindir de él.
Porque con ello se establece la verdadera doctrina, se instruye y consuela la conciencia extraviada y temerosa, y se la libra del diablo. Por eso, en tal caso puedes jurar con toda la fuerza que puedas. Así juraron Cristo y Pablo, y pusieron a Dios por testigo. Así, un juramento conviene a toda amenaza o promesa que predica un predicador cristiano, tanto para alarmar a los pecadores endurecidos como para consolar a los temerosos.
Del mismo modo, si uno ha de defender a su prójimo o salvar su honra frente a lenguas malas y maliciosas, puede también decir: Delante del amado Dios lo acusas injustamente, etc. Porque esto es usar bien el nombre de Dios, para la honra de Dios y de la verdad, y para el bien y la salvación de nuestro prójimo. Porque en tal caso tienes sobre ti la palabra y el mandamiento que te ordena amar a tu prójimo, reprender a los desordenados, consolar a los tristes, etc.; y como está mandado, no puede ser malo; sí, incluso te impulsa a jurar, y haces mal si dejas de hacerlo.
En suma, si tienes la palabra de Dios [de tu parte], entonces que Dios te dé gracia en seguida para jurar, reprender, enojarte y hacer todo lo que puedas. Pero en todo lo que está fuera de esto, lo que no está mandado ni es para necesidad o provecho de tu prójimo, no debes hacer ninguna de estas cosas. Porque Dios no quiere en absoluto nada que hagas por tu propia ocurrencia, sin su aprobación, sea lo que sea, aunque uno pudiera resucitar muertos.
Mucho menos tolerará que uno abuse de su nombre, apelando a él cuando no hay necesidad ni ocasión, o que a diario, en casa y en todas partes, lo use indebidamente, como se hace ahora, cuando la gente jura en todo lo que dice, sobre todo en las cervecerías; de modo que sería bueno que esto se prohibiera y castigara estrictamente. Así tienes un entendimiento correcto y claro de este asunto, para que uno no tenga que atormentarse en vano con este texto y hacer de él un purgatorio donde no lo hay.
Ahora dice Cristo: Yo os digo: No juréis en ninguna manera, ni por el cielo, ni por la tierra, ni por Jerusalén. Aquí vemos que la ciudad era tenida en gran estima y honra, de modo que juraban por ella; y él lo confirma, y la llama ciudad de Dios; y en otros lugares también se la llama la ciudad santa. Pero era santa por esta razón: porque la palabra de Dios estaba allí, y por medio de ella Dios mismo habitaba allí. Y era una buena costumbre, sin duda iniciada por gente buena, que la ciudad fuera tan estimada (como también el profeta Isaías la alaba gloriosamente), no por sí misma, sino a causa de la palabra.
De acuerdo con esto, bien podemos llamar santa a toda ciudad que tenga la palabra de Dios, y gloriarnos de que Dios está verdaderamente allí.
Pero lo que dice: No jurarás por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello, lo dice de su criatura, no del uso que hacemos de ella. Porque no quiere decir que no podamos empolvarnos el cabello para que se vuelva negro o de otro color; sino que no está en nuestro poder hacer salir un cabello blanco o negro, ni podemos impedir que salga de una manera o de otra. Pero cuando ha crecido, entonces podemos cortarlo del todo o quemarlo; así como podemos en cierta medida cambiar una cosa creada por medio de otra, pero no podemos tener parte alguna en que sea creada así o de otra manera. Así hace de nuestra propia cabeza un santuario, como algo que no es obra ni poder nuestro, sino don y criatura de Dios.
Lo que concluye ahora: «Sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no», etc., lo dirige claramente a los que no tienen mandamiento ni ocasión para jurar.
Porque (como se dijo) por su propia cuenta nadie debe jurar en absoluto. Pero cuando se añaden estas dos cosas, el mandamiento o la necesidad, entonces no se te pide que jures por ti mismo; porque no lo haces por tu propia cuenta, sino por causa de aquel que te lo exige, a saber, tu autoridad de gobierno, o la necesidad de tu prójimo, o el mandamiento de Dios.
Mateo 5:38-42
V.38-42. Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses.
También este texto ha dado ocasión a muchas preguntas y errores a casi todos los maestros, que no han sabido distinguir bien entre lo secular y lo espiritual, entre el reino de Cristo y el del mundo. Porque cuando estas dos cosas se mezclan y no se separan con claridad y precisión, jamás se podrán entender correctamente en la cristiandad, como he dicho y mostrado muchas veces. Hasta aquí no hemos oído otra cosa sino que Cristo dirigía su enseñanza contra los fariseos, que extraviaban al pueblo tanto con su doctrina como con su manera de vivir, y torcían y pervertían el mandamiento de Dios de tal modo que el resultado no era más que santos fingidos, como sucede hasta hoy. Porque siempre encontramos entre los predicadores algunos (si no la mayoría) de estos santos judíos, que no enseñan más que acerca del pecado y la piedad en obras externas.
Así como en los pasajes anteriores reprendió y rechazó su doctrina y su falsa interpretación, aquí también toma el pasaje que está escrito en la ley de Moisés para aquellos a quienes se había encomendado la autoridad de gobierno y que debían castigar con la espada: que debían y tenían que tomar ojo por ojo y diente por diente. Y esto de tal manera que pecaban tan gravemente si dejaban de usar la espada y el castigo ordenados, como los otros que empuñaban la espada y se vengaban por sí mismos, sin mandato. Lo mismo que en los pasajes anteriores: el que no vivía ni permanecía con la mujer con la que se había casado pecaba tanto como el que vivía sin casarse con otra mujer. Esto lo habían pervertido y confundido, de modo que se aplicaban a sí mismos este texto, que era solo para las autoridades, y lo interpretaban de tal manera que cualquiera pudiera vengarse por su propia cuenta y tomar ojo por ojo, etc. Del mismo modo habían confundido las cosas en otros pasajes: se aplicaron a sí mismos el enojo, que pertenece y fue encomendado a las autoridades; también habían arrancado el deseo carnal de su relación con la vida matrimonial; y del mismo modo habían pervertido el juramento, apartándolo de su uso propio en tiempo de necesidad y por causa del amor, para convertirlo en una costumbre frívola y en otros abusos.
Ahora viene Cristo y derriba esta opinión y teoría pervertida y falsa. Da a las autoridades lo que les corresponde, pero enseña a sus cristianos, de modo muy claro, como individuos, aparte de todo cargo oficial y autoridad, cómo han de vivir personalmente: que no deseen venganza y que estén dispuestos de tal manera que, si alguien los hiere en una mejilla, estén preparados, si es necesario, para volverle también la otra; y no solo que se abstengan de vengarse con el puño, sino también con el corazón, con sus pensamientos y con todas sus facultades. En resumen, pide un corazón que no sea impaciente, vengativo ni inclinado a romper la paz.
Esta es una justicia muy distinta de la que ellos enseñaban y sostenían. Y sin embargo querían adornarse con textos de Moisés, diciendo que uno podía vengarse fácilmente y oponer resistencia si era atacado con violencia, porque está en el texto: Ojo por ojo, diente por diente, etc.
Muchas personas han tropezado en este dicho, y no solo los judíos, sino también los cristianos. Porque les parecía demasiado estricto y duro que uno no deba resistir en absoluto al mal, ya que entre nosotros tiene que haber ley y castigo. Y algunos han alegado en contra el ejemplo de Cristo en Jn 18:23: cuando fue herido en una mejilla delante del sacerdote Anás, no ofreció la otra, sino que afirmó su inocencia y reprendió al siervo del sacerdote, lo cual parece contradecir este texto.
Por eso dijeron que no era necesario volver la otra mejilla al que golpea, y salieron en auxilio del texto de este modo: que basta con estar dispuesto de corazón a ofrecer también la otra. Esto no se dice sin verdad, pero no se entendía bien. Porque suponen que ofrecer la otra mejilla al que golpea significa que hay que decirle: Mira, aquí tienes también esta mejilla, pégame otra vez; o que debemos arrojarle la capa al que quiere quitarnos la túnica. Si ese fuera el sentido, al final tendríamos que entregar casa y hogar, mujer e hijos. Por eso decimos que aquí no se quiere decir más que esto: a todo cristiano se le enseña que debe estar dispuesto y ser paciente para sufrir lo que sea necesario, y no buscar venganza ni devolver el golpe.
Pero aún queda aquí la pregunta y la disputa de si uno ha de soportar toda clase de cosas de todo el mundo y no oponer resistencia en ningún caso; y también si no hemos de litigar ni quejarnos ante el tribunal, ni reclamar o exigir lo que es nuestro. Porque si esto estuviera absolutamente prohibido, se llegaría a una situación extraña: uno tendría que someterse al capricho y la insolencia de todos, nadie estaría seguro frente a otro ni podría conservar nada, y al final no habría gobierno alguno.
Para responder a esto, tienes que observar siempre este punto principal: Cristo predica solo para sus cristianos y quiere enseñarles qué clase de personas han de ser, en contraste con las ideas y pensamientos carnales que entonces todavía se aferraban a los apóstoles. Ellos suponían que él establecería un nuevo gobierno e imperio y les daría puestos en él, para que gobernaran como señores y sometieran a sus enemigos y al mundo malo. Así busca y desea siempre la carne y la sangre en el evangelio: tener su dominio, honra y provecho, y no tener nada que sufrir. Tras esto también ha andado ansioso el papa, y ha llegado a gobernar de tal manera que su institución se ha convertido en un mero gobierno secular, y tan temido que el mundo entero tiene que estarle sometido.
Así vemos también ahora que todo el mundo busca lo suyo en el evangelio [usa el evangelio egoístamente], y por eso surgen tantas sectas y partidos, que no buscan otra cosa que abrirse paso, hacerse señores y aplastar a los demás; como comenzó Münzer con sus campesinos, y como lo han mostrado otros que imitaron su ejemplo. Y aun los verdaderos cristianos son tentados del mismo modo cuando ven que las cosas van tan mal en el mundo, incluso en su propio ámbito, de modo que sienten ganas de echar mano y arreglar las cosas. Pero no debe ser así, y nadie debe pensar que Dios quiere que gobernemos y mandemos con ley y castigo seculares. La conducta de los cristianos debe ser totalmente distinta: no han de tener nada que ver con tales cosas ni preocuparse por ellas, sino dejar que aquellos a quienes se les han encomendado se ocupen del reparto de los bienes, del comercio, de castigar, de proteger, etc., y estar contentos con lo que ellos dispongan; como enseña Cristo: «Dad, pues, a César lo que es de César». Porque hemos sido trasladados a otro ámbito más alto, que es un reino divino y eterno, donde no necesitamos nada de lo que pertenece al mundo, sino que cada uno es en Cristo señor por sí mismo, tanto sobre el diablo como sobre el mundo, como se ha dicho en otro lugar.
Los que forman parte de esta administración secular tienen que ocuparse necesariamente del derecho y del castigo, y observar la distinción de rangos y de personas, disponer y repartir los bienes, para que todo esté bien ordenado y cada uno sepa lo que ha de hacer y tener; y que nadie se entrometa en el oficio de otro, ni se aproveche de otro, ni le quite lo que es suyo. Para estas cosas tenemos a los juristas, que han de enseñarlas y administrarlas. Pero el evangelio no tiene nada que ver con tales cosas, sino que enseña cómo ha de estar el corazón delante de Dios; y en todos estos asuntos debe estar dispuesto de tal modo que permanezca puro y no tropiece con una falsa justicia. Esta distinción obsérvala y guárdala con cuidado, como el principio fundamental con el cual podemos responder fácilmente a tales preguntas. Así verás de qué habla Cristo y quiénes son las personas a las que predica: habla de asuntos y de la vida espiritual, y para sus cristianos, de cómo han de vivir delante de Dios y en el mundo, y comportarse de modo que su corazón se aferre a Dios y no se preocupe por el gobierno mundano, la autoridad, el poder, el castigo, el enojo, la venganza, etc.
Si alguien pregunta ahora si un cristiano puede ir a juicio o defenderse, etc., responde simplemente: No. Porque un cristiano es una persona que no tiene nada que ver con tales asuntos y leyes mundanos, y pertenece a un reino o gobierno en el que la única regla vigente es, como oramos: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores». Aquí no debe haber más que amor y servicio mutuo, aun hacia los que no nos aman, sino que nos son hostiles y nos causan daño y perjuicio, etc. Por eso les dice a tales personas que no resistan al mal, y que ni siquiera busquen venganza, sino que vuelvan la otra mejilla al que los golpea, etc.
Y luego hay otra pregunta: si un cristiano puede ocupar una posición secular y ejercer el oficio y la obra de gobernante o juez, de tal manera que las dos personas o las dos clases de oficio se unan en un solo hombre, y sea así cristiano y a la vez príncipe, juez, señor, siervo o criada, que son personas meramente mundanas, porque pertenecen al ámbito del mundo. A esto respondemos: Sí. Porque Dios mismo ha ordenado y establecido este ámbito mundano y estas distinciones, y además los ha confirmado y alabado con su palabra. De otro modo esta vida no podría subsistir; y nosotros estamos incluidos en ellos, sí, nacimos en ellos antes de hacernos cristianos. Por eso tenemos que permanecer también en ellos mientras estemos aquí en la tierra, pero solo en lo que toca a nuestra vida y condición externa y mundana.
Por tanto, no es posible desentenderse de estas relaciones seculares, porque un cristiano tiene que ser alguna clase de persona mundana, ya que, al menos en cuanto al cuerpo y los bienes, está bajo el emperador. Pero en cuanto a su propia persona, según su vida espiritual, está solo bajo Cristo, y no bajo la autoridad del emperador ni de ningún hombre. Y sin embargo, exteriormente le está sujeto y obligado, en cuanto ocupa una posición u oficio civil, tiene casa y hogar, mujer e hijos; porque todas estas cosas son del emperador.
Por eso tiene que hacer necesariamente lo que él le manda y lo que exige esa vida externa; y hace mal si tiene casa, mujer, hijos y criados, y no quiere alimentarlos ni protegerlos cuando es necesario. No le bastaría decir que es cristiano y que tiene que abandonarlo todo o dejar que se lo quiten, etc.; sino que hay que decirle:
Ahora estás bajo el dominio del emperador, donde no cuentas como cristiano, sino como padre, señor, príncipe, etc. Cristiano lo eres en cuanto a tu propia persona; pero en cuanto a tu siervo eres otra persona, y estás obligado a protegerlo.
Mira, ahora hablamos de un cristiano en relación con otros; no de él en cuanto cristiano, sino en cuanto está ligado en esta vida a otra persona que tiene debajo, encima o también a su lado, como señor, señora, esposa, hijo, vecino, etc., cuando uno está obligado a defender, amparar y proteger a otro, si puede.
Por eso no sería correcto enseñar aquí que hay que volver la otra mejilla y tirar la capa después de la túnica. Eso sería hacer el necio, como se contaba de un santo extravagante que dejaba que los piojos lo mordieran y no quería matar ninguno por causa de este texto, afirmando que hay que sufrir y no resistir al mal.
¿Eres príncipe, juez, señor, señora, etc., y tienes gente bajo tu cargo, y quieres saber lo que te corresponde? Entonces no necesitas preguntarle a Cristo, sino consultar la ley del emperador o de tu país, que pronto te dirá cómo has de comportarte con tus subordinados y protegerlos. ¿Qué clase de madre necia sería la que no defendiera a su hijo de un lobo o de un perro ni lo librara, y luego dijera: Un cristiano no debe defenderse? ¿No habría que enseñarle con una buena azotaina y decirle: ¿Eres madre? Pues cumple el deber de madre que se te ha encomendado, y que Cristo no ha abolido, sino más bien confirmado?
Así leemos de muchos santos mártires que, bajo emperadores y señores incrédulos, salieron a la guerra cuando fueron llamados, y con toda buena conciencia golpearon a diestra y siniestra y mataron igual que los demás, de modo que en este aspecto no había diferencia entre cristianos y paganos; y sin embargo no hicieron nada contrario a este texto. Porque no lo hicieron como cristianos, por su propia persona, sino como miembros y súbditos obedientes, obligados a una persona y autoridad secular. Pero si eres libre y no estás obligado a tal autoridad secular, entonces tienes aquí otra regla, como otra persona.
Por tanto, aprende solamente la diferencia entre las dos personas que un cristiano tiene que llevar a la vez sobre la tierra, porque vive entre otras personas y tiene que usar los bienes del mundo y del emperador igual que los paganos. Porque tiene la misma sangre y carne que debe sustentar, no mediante la autoridad espiritual, sino mediante la tierra y el suelo que pertenecen al emperador, etc., hasta que sea sacado corporalmente de esta vida del todo y llevado a otra. Si se distingue bien esto, hasta dónde llega la persona del cristiano y hasta dónde la del hombre del mundo, podrás explicar muy bien todos estos dichos y aplicarlos correctamente donde corresponden, para que no se mezclen ni confundan entre sí, como lo ha hecho el papa con su doctrina y su gobierno.
Esto es lo que tenemos que decir de la persona que está obligada hacia otras personas bajo el gobierno secular, que se llama de padre, madre, señor y señora, etc. Pero ¿qué pasa si solo se trata de tu propia persona, de modo que el daño o la injusticia se te hace a ti mismo? ¿Es lícito entonces oponerse a ello con violencia y defenderse?
Respuesta: No. Porque aquí incluso los principios del mundo y del emperador enseñan: devolver el golpe provoca pleitos, y el que devuelve el golpe se busca el daño. Porque al hacerlo se hace culpable ante la autoridad judicial y pierde su derecho; igual que en otros casos: si alguien te roba o te hurta, tú no tienes derecho a hurtarle o robarle a él, ni a quitarle nada por la fuerza. Pero por lo general estamos inclinados a vengarnos enseguida, antes de que uno tenga tiempo de mirar a su alrededor. Pero esto no debe ser así.
Pero si no quieres o no puedes soportarlo, entonces puedes ir con él ante el juez y allí defender tu causa. Porque él permite que, por la vía ordinaria, reclames y obtengas tu derecho, pero de modo que te cuides de no tener un corazón vengativo. Así, un juez puede con justicia castigar y dar muerte, y sin embargo le está prohibido tener odio o espíritu de venganza en su corazón; como sucede a menudo que uno abusa de su oficio para satisfacer su propio capricho. Pero si esto no ocurre, y tú solo buscas protegerte y defenderte debidamente contra la violencia y el abuso, no vengarte ni dañar a tu prójimo, entonces no haces nada malo; porque cuando el corazón es puro, todo está bien y bien hecho. Pero aquí hay peligro, porque el mundo, junto con la carne y la sangre, es malo y siempre busca lo suyo, y sin embargo lleva una apariencia plausible y oculta al bribón.
Así que no está prohibido ir a juicio y presentar queja contra la injusticia, la violencia, etc., con tal que el corazón no esté viciado, sino que sea tan paciente como antes, y que uno lo haga solo para mantener lo justo y no dar lugar a lo injusto, y por sincero amor a la justicia. Así lo ilustré antes con el caso del santo José, que se quejó de sus hermanos ante su padre cuando habían hecho algo malo y había corrido un mal informe sobre ellos. Y se le alaba por ello, porque no lo hizo con mal corazón, queriendo traicionarlos o crear discordia, como ellos lo consideraron, por lo que se volvieron hostiles hacia él; sino que lo hizo con corazón amistoso y fraternal, para su bien. Porque no le gustaba ver que fueran objeto de un mal informe; de modo que no se podía decir que buscara venganza o quisiera hacer daño, sino que lo hizo por su bien, y sufrió por ello, pues ellos lo acusaban de malicia.
Esto lo leemos también en el evangelio, en Mt 18, en la parábola del siervo a quien su señor perdonó toda la deuda, y él no quiso perdonar a su consiervo una deuda pequeña. Los otros siervos se entristecieron mucho y se lo contaron a su señor; no porque fueran vengativos o se alegraran de su desgracia, sino que mantuvieron quietos el puño, el corazón y la boca, de modo que no juraron ni llevaron chismes calumniosos a otros, sino que presentaron el asunto a su señor, a quien correspondía castigar. Buscaron lo justo, pero con un corazón verdaderamente cristiano, como quienes estaban obligados a ser fieles a su señor. Porque así debe ser necesariamente, sea en una casa o en una ciudad: si un siervo o súbdito piadoso y fiel ve que otro hace mal o daño a su señor, debe informárselo y protegerlo del perjuicio; del mismo modo, un ciudadano piadoso, si ve que se hace violencia y daño a su prójimo, debe ayudarlo y defenderlo. Todos estos son asuntos seculares que Cristo no ha prohibido, sino más bien aprobado.
Porque de ninguna manera debe ser que demos lugar y ocasión al capricho de cualquiera y nos sometamos en silencio sin hacer nada, si por la vía ordinaria podemos lograr defendernos; aunque, por lo demás, tenemos que sufrir necesariamente cuando se nos hace injusticia y violencia. Porque no debemos aprobar lo que está mal, sino dar testimonio de la verdad, y podemos con justicia apelar a la ley contra la violencia y el ultraje; como Cristo mismo, ante el sumo sacerdote Anás, apeló a la justicia, y sin embargo se dejó golpear, y no solo ofreció la otra mejilla, sino todo su cuerpo.
Mira, así tienes una exposición excelente y clara de cómo has de proceder en ambos casos, de modo que no necesitamos las glosas prolijas y peligrosas que antes se buscaban. Solo hay que mantener las cosas separadas y no mezclarlas, para que cada una se mueva en su propio ámbito y sin embargo ambas sean eficaces. Es decir, de tal manera que un cristiano pueda, sin pecado, llevar toda clase de negocios mundanos, pero no como cristiano, sino como persona mundana, y sin embargo su corazón permanezca puro en su cristianismo, como Cristo exige. Esto el mundo no lo puede hacer, sino que abusa de todas las ordenanzas y leyes mundanas, sí, de todas las criaturas, contra el mandamiento de Dios.
Así, si un cristiano va a la guerra, o se sienta y actúa como juez, y castiga o demanda a su prójimo, esto no lo hace como cristiano, sino como soldado, juez, jurista, etc.; pero conserva un corazón cristiano, que no desea dañar a nadie y lamenta que un mal tenga que sobrevenirle a su prójimo. Y así vive a la vez como cristiano hacia todos, sufriendo toda clase de cosas en lo que toca a su propia persona en el mundo; y sin embargo, junto con esto, como persona mundana, mantiene, usa y hace todo lo que exige la ley del país, de la ciudad o de la familia. En resumen, un cristiano, en cuanto cristiano, no vive para ninguna de las cosas que se ven en él en esta vida exterior. Porque todo esto pertenece al gobierno del emperador, el cual Cristo no quiere derribar, ni enseñar que huyamos de él y abandonemos el mundo o nuestro oficio o lugar en la sociedad. Sino que hemos de servirnos de este gobierno y orden establecido y permanecer bajo nuestra obligación hacia él, y sin embargo vivir interiormente bajo otro gobierno que no tiene nada que ver con aquel, pero tampoco lo estorba, sino que soporta de buen grado su presencia a su lado.
Así abordamos ahora el texto con esta distinción [a la vista] y hacemos todas estas aplicaciones: un cristiano no ha de resistir a ningún mal; en cambio, una persona mundana ha de oponerse a todo mal, en cuanto su cargo oficial lo exija. Así como el cabeza de familia no debe permitir que sus siervos se le opongan o se maltraten entre sí, etc., así también un cristiano no ha de tener disputa con nadie, sino entregar tanto la túnica como la capa cuando se las quiten. Pero una persona mundana ha de protegerse y defenderse apelando a la ley, si puede, contra la violencia y el ultraje. En resumen, en el reino de Cristo la ley exige soportarlo todo, perdonar y pagar con bien el mal. En cambio, bajo el gobierno del emperador no debemos soportar ninguna injusticia, sino prevenir el mal y castigarlo, y ayudar a defender y mantener el derecho, según lo exija el oficio o la posición de cada uno.
Pero si dices: Sí, pero Cristo dice aquí con palabras claras: «No resistáis al que es malo»; eso suena tan tajante como si estuviera absolutamente prohibido. Respuesta: Sí, pero mira a quién se lo dice. Porque no dice que no deba haber resistencia al mal, pues eso sería derribar por completo todo gobierno y autoridad; sino que habla así: Ustedes, ustedes no lo harán. ¿Quiénes son esos «ustedes»? Son los discípulos de Cristo, a quienes enseña cómo han de vivir en cuanto a sí mismos, aparte del gobierno mundano. Porque ser cristianos es una cosa distinta (como ya se ha dicho suficientemente) de ocupar y ejercer un oficio o vocación mundana. Por eso quiere decir: El que está revestido de autoridad mundana, que resista al mal, administre justicia, castigue, etc., como enseñan los juristas y las leyes. Pero a ustedes, como discípulos míos, a quienes no enseño cómo han de ordenarse exteriormente, sino cómo han de vivir delante de Dios, les digo: No resistan al mal, sino sufran toda clase de cosas, y tengan un corazón puro y amistoso hacia los que les hacen injusticia o violencia; y si alguien les quita la túnica, no busquen venganza, sino más bien déjenle también la capa, si no lo pueden impedir, etc.
Menciona dos maneras en que uno sufre injusticia o se le quita lo suyo. En primer lugar, por pura violencia y ultraje, como cuando a uno le pegan en la boca o le roban abiertamente, sin ningún amparo de la ley; eso significa golpear en una mejilla. En segundo lugar, cuando no es violencia abierta, sino que se hace bajo la apariencia y con ayuda de la ley; como cuando alguien busca ocasión contra ti ante la ley, como si tuviera una reclamación contra ti, para obligarte a entregar lo tuyo. A esto llama Cristo quitarte la túnica por pleito: cuando a uno le niegan el derecho a lo suyo, y tienes que sufrir inocentemente la injusticia y además ser tenido por culpable, como si tú fueras el que obró mal, etc. No es que sufras daño o violencia por la ley, que está establecida para defender a los piadosos; sino que se sientan como jueces y en los cargos pícaros y bribones, cuyo oficio es administrar justicia, y sin embargo, si no pueden atraparte con la violencia, tuercen y retuercen la ley y abusan de ella según su capricho. Así lo hace el mundo, astutamente y cada día, de modo que ahora nada es tan común como hacer de lo justo injusto, y de lo injusto justo, con toda clase de recursos repentinos y trucos raros.
Pero esto les sucede con mayor frecuencia a los cristianos piadosos, a quienes el mundo de todos modos es hostil y se complace en atormentar. Por eso Cristo se lo anuncia de antemano: que deben esperar esto en el mundo y someterse al sufrimiento, especialmente si les sucede por ser cristianos, es decir, por causa del evangelio y del gobierno espiritual; de modo que por su causa esperen el maltrato y dejen que todo siga su curso.
Porque de todos modos tenemos que sufrir, ya que como personas individuales no podemos hacer nada ni defendernos contra las autoridades si se ponen en contra nuestra. Pero si no es así, y puedes defenderte y protegerte por medio de la ley, de modo que se haga justicia a ti o a los tuyos, entonces haces bien, y debes hacerlo.
V.42. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses.
Indica tres cosas que los cristianos han de soportar en las cosas temporales: que dejen que se les quiten las cosas, que sufran de buena gana y que den con liberalidad. En esto ellos (los escribas) no enseñaban más allá de lo que alcanza la ley del mundo y del emperador, que no te manda dar lo tuyo a otro ni dejar que te lo quiten, sino que te enseña cómo administrar y manejar tus bienes, de modo que obtengas un equivalente por ellos comprando, vendiendo, intercambiando, etc. De esto Cristo no tiene nada que decir, sino que deja que las cosas sigan su curso, como enseña la razón, en cuanto a cómo repartir los bienes, comerciar, etc. Pero muestra lo que un cristiano debe tener además de todo esto, a saber, estas tres cosas: que deje que le quiten las cosas, sea por la violencia o con apariencia de derecho; también, que dé con alegría, y que también preste con alegría.
Por tanto, aquí debemos distinguir de nuevo entre la ley secular y la enseñanza de Cristo. Según la ley secular puedes usar legítimamente tus posesiones, comerciar con ellas, comprar y vender; como leemos de los santos patriarcas, que manejaban dinero y bienes como los demás, tal como tiene que ser si queremos vivir entre la gente, alimentar a mujer e hijos, etc. Porque todo esto pertenece a esta vida, de modo que el vientre pueda reclamar lo suyo, y es tan necesario como comer y beber.
Pero además de esto, Cristo te enseña que en todas estas cosas debes estar dispuesto de buena gana a dejar que te quiten las cosas, a hacer el bien o dar, y también a sufrir, si puedes, y a soportar la violencia, no solo con tus bienes, sino también con tu vida, como se ha explicado en el texto anterior. Y todo esto especialmente por causa del Señor Cristo, si alguien trata de atraparte por causa del evangelio, de modo que en ese caso estés dispuesto a entregar no solo la túnica sino también la capa, no solo bienes y honra, sino también tu misma vida. Porque en tal caso no puede haber duda, y en verdad difícilmente puede darse otro caso. Porque en los demás casos, que pertenecen a los asuntos y al gobierno del mundo, tienes jueces y ley, si se te hace injusticia o violencia, a los que puedes apelar y en los que puedes hallar ayuda. Pero si no puedes obtener justicia ni protección, entonces tienes que sufrir; como tienen que sufrir incluso los que no son cristianos.
Pero aquí debemos cuidar de no dar ocasión a pícaros y bribones para aprovecharse de la doctrina y afirmar: Los cristianos tienen que sufrir de todas las maneras; por tanto, podemos meternos confiadamente con sus bienes, tomarlos y robarlos; y un cristiano tiene que resignarse a estar sentado con todo lo que tiene delante de cualquier bribón desesperado, de modo que todo le esté abierto, y hay que darle o prestarle cuanto quiera y no reclamárselo, etc. Así se burló de este texto el miserable emperador apóstata Juliano, que tomaba de los cristianos lo que quería, diciendo que quería pagarles con su propia moneda. No, querido amigo, así no es. Es verdad que los cristianos han de estar dispuestos a soportar toda clase de sufrimientos; pero si tú vas a parar ante el juez o caes en manos del verdugo, entonces cuídate de lo que él te hará sufrir. Un cristiano tiene que esperar sufrir lo que le hagan tú y todos los demás; pero no es su deber dar rienda suelta a tu capricho, si puede impedirlo apelando a la ley y con la ayuda de las autoridades.
Y aunque las autoridades no quieran protegerlo, o incluso ellas mismas obren con violencia, no por eso ha de pasar por alto el trato recibido como si lo aprobara.
Así también aquí: aunque debe prestar y dar a todo el que le pida, si sabe que es un bribón, no es su deber darle.
Porque Cristo no me exige que dé lo mío a cualquier pícaro y se lo niegue a los míos y a otros que lo necesitan, a quienes además estoy obligado a ayudar, y que luego yo mismo pase necesidad y sea una carga para otros. Porque no dice que hemos de dar y prestar a todo el mundo, sino al que nos pide, como quien está en necesidad, etc.; no al que caprichosamente quiere arrancarnos algo por la fuerza, como los que ya tienen bastante o quieren alimentarse sin trabajar abusando de otras personas.
Por eso debemos mirar y saber qué clase de gente tenemos en cada lugar, quiénes son pobres y sin bienes, y quiénes no lo son, y no fomentar a cualquier pícaro o vagabundo que no tiene necesidad y podría muy bien mantenerse a sí mismo. Porque ahora anda por el país mucha de esa basura, que quiere valerse de esta enseñanza y, amparándose en ella, darse la gran vida con los bienes ajenos, derrocharlo todo e ir así de un lugar a otro. A tales tipos habría que entregarlos al alguacil y dejar que les enseñen otra cosa: que no deben engañar a la gente piadosa con sus extravagancias.
San Pablo enseña esto en 2 Co 8:13, donde él mismo pide una colecta a los corintios para los cristianos pobres en la hambruna, para que no se diera con la intención de que otros tuvieran holgura y ellos estrechez; es decir, que ellos tuvieran fatiga y trabajo y sufrieran necesidad, para que los otros quedaran contentos con sus dones. Y en 2 Ts 3:6 manda a los cristianos que se aparten de los que andan desordenadamente, sino que cada uno trabaje sosegadamente, coma su propio pan y no sea una carga para los demás; y concluye que el que no quiere trabajar, tampoco coma. Por tanto, el que puede trabajar debe saber que es mandamiento de Dios que haga algo para mantenerse y no ser gravoso a otros. Porque aún quedan bastantes que lo necesitan, de modo que además tenemos suficiente a quién prestar y dar, como dice la Escritura en Dt 15:11: «Porque no faltarán menesterosos en medio de la tierra». Por tanto, no hemos de prestar y dar de tal manera que tiremos nuestros dones al viento y no miremos a quién los damos; sino que primero debemos abrir los ojos para ver quién es, si es petens (como dice Cristo), es decir, si está en necesidad y pide como corresponde, o si es un engañador o un pícaro.
En este caso tienes que actuar como persona mundana, para ser prudente, puesto que vives entre la gente, y conocer a los pobres, y ver con qué clase de gente tratas, y a quién debes dar y a quién no. Si ves entonces que es uno que pide honradamente, abre tu mano y préstale, si puede devolvértelo. Pero si no puede, entonces regálaselo y da la cuenta por saldada. Porque hay gente piadosa que de buena gana trabajaría y se mantendría con su mujer e hijos, y sin embargo no logra salir adelante, sino que de vez en cuando cae en deudas y apuros. Para estos, cada ciudad debería tener su caja común y sus limosnas, y oficiales de la iglesia que averigüen quiénes son estas personas y cómo viven, etc., para no fomentar a vagabundos perezosos ni cargar a la comunidad.
Mateo 5:43-48
V.43-48. Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?
Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los publicanos? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.
Este dicho que Cristo cita aquí no está en un solo lugar del Antiguo Testamento, sino aquí y allá en Deuteronomio, acerca de sus enemigos, los paganos que los rodeaban, como Moab, Amón y Amalec. Y aunque no se dice expresamente que hayan de aborrecer a sus enemigos, se sigue de estas declaraciones, como dice en Dt 23:6, que nunca han de mostrar favor alguno a los amonitas y moabitas ni a sus otros enemigos, y tampoco felicitarlos ni desearles prosperidad.
Esto era en verdad hacer a los judíos una concesión generosa y abrirles una puerta ancha, y ellos también la aprovecharon bien. Pero, como en otras cosas, tampoco entendieron esto correctamente, sino que lo llevaron demasiado lejos y abusaron de ello para satisfacer su propio capricho. Por eso Cristo lo explica de otra manera y les muestra el verdadero sentido de la ley, que ellos pasaban por alto, destacando los dichos que parecían sonar a su favor, para encontrar en ellos apoyo para su torcedura.
Nota aquí otra vez la distinción: en primer lugar, que habla solo de lo que los cristianos, en cuanto cristianos, han de hacer, especialmente por causa del evangelio y de su cristianismo. Así, si alguien me aborrece, me envidia, me calumnia o me persigue por causa de Cristo y del reino de los cielos, yo no he de aborrecerlo, perseguirlo, calumniarlo y maldecirlo a mi vez, sino amarlo, hacerle bien, bendecirlo y orar por él. Porque un cristiano es un hombre que no conoce odio ni animosidad alguna contra nadie, no tiene enojo ni venganza en su corazón, sino solo amor, mansedumbre y beneficencia; tal como es nuestro Señor Cristo y nuestro Padre celestial mismo, a quien él también toma aquí como modelo.
Ahora surge la pregunta: ¿Qué hemos de decir de que en la Escritura leemos a menudo que personas santas maldijeron a sus enemigos, y aun Cristo y sus apóstoles hicieron lo mismo? ¿Es eso amar y bendecir a los enemigos? O ¿cómo puedo yo amar al papa, a quien cada día injurio y maldigo, y además con buena razón? La respuesta sencilla es la que he dado a menudo: el oficio del ministerio no es oficio nuestro, sino de Dios. Y lo que es de Dios no lo hacemos nosotros, sino él mismo, por medio de su palabra y de su oficio, como su propio don y obra (o criatura) [Geschaft, en algunas copias Geschopffe]. Ahora bien, está escrito en Jn 16:8 que es oficio y obra del Espíritu Santo convencer al mundo; pero si ha de convencerlo, no debe hacerse el hipócrita ni el adulador y decir lo que al mundo le gusta oír, sino que debe reprenderlo y atacarlo con dureza. Así Cristo pronuncia ayes contra sus fariseos, y Pablo le dice a Elimas en Hch 13:10: «¡Oh, lleno de todo engaño y de toda maldad, hijo del diablo!», etc.; y Esteban, en Hch 7:51-53, les da a los sumos sacerdotes una lección dura y cortante; y especialmente San Pablo, en Gá 1:8, lo junta todo en una sola condena y llama anatema, es decir, excomulgados y malditos y arrojados al fondo del infierno, a todos los que no enseñan la doctrina pura de la fe.
Mira, así pide cuentas la palabra de Dios al mundo entero, agarra con rudeza tanto a señores como a príncipes y a todos los demás; denuncia y maldice toda su manera de vivir. Eso no nos corresponde ni a ti ni a mí hacerlo, a menos que sea nuestro deber oficial. David hizo bien en proceder así en el salmo segundo, diciendo a todos los reyes y señores que reflexionaran, se humillaran y se sometieran a la doctrina acerca de Cristo, para ser reprendidos y mejor enseñados, o de lo contrario serían condenados sin más y entregados al diablo. Yo no me atrevería a hacer eso; pero la palabra de Dios avanza así: truena y relampaguea, y embiste contra los montes grandes y poderosos, y golpea de tal modo que humean; hace pedazos todo lo que es grande, soberbio y desobediente, como se dice en Sal 29:3; y en cambio rocía y humedece, planta y fortalece lo débil y enfermizo, como a pobres plantas resecas.
Si ahora alguien quiere lanzarse a mordiscos y gruñidos, maldiciendo y reprendiendo, no como maestro y predicador a quien se le ha confiado la administración de la palabra de Dios, hace mal. Pero el que ha recibido este oficio tiene que ejercerlo; y también hace mal si lo descuida o por miedo no abre la boca ni reprende lo que hay que reprender, sin acepción de personas. Así ahora tenemos que decirles a nuestros obispos que son tiranos y bribones, que obran abiertamente con toda injusticia y capricho contra Dios y el derecho. Porque esto no lo hago por mí mismo, sino en razón de mi oficio; por lo demás, en cuanto a mi propia persona, no debo desear mal a ninguna persona sobre la tierra, sino al contrario, desear el bien y hablar y obrar amablemente con todos. Porque no soy hostil en ese sentido al papa, a los obispos y a todos los enemigos que nos persiguen y nos atormentan tanto. No les envidio en absoluto ninguno de los bienes temporales, el poder y la honra que Dios les da; al contrario, con gusto los ayudaría a conservarlos; sí, me alegraría mucho más si fueran también tan ricos en bienes espirituales como nosotros y no les faltara nada. Y sería la alegría de nuestro corazón si pudiéramos, con el sacrificio de nuestra propia vida, llevarlos a eso y arrancarlos y salvarlos de su ceguera y del poder del diablo.
Pero como ellos de ningún modo quieren esto, ni pueden soportar ni aceptar nada bueno de lo que les ofrecemos, tenemos que dejarlos seguir su camino y decir: Si tiene que ser que perezca uno de los dos, la palabra de Dios y el reino de Cristo, o el papa con toda su turba, entonces que se vaya él más bien al fondo del infierno, en el nombre de su dios, el diablo, con tal que permanezca solo la palabra de Dios. Si tengo que bendecir y alabar, o maldecir y condenar, a uno de los dos, entonces bendeciré la palabra de Dios y los maldeciré a ellos con todo lo que tienen. Porque tengo que poner la palabra de Dios por encima de todo lo demás, y arriesgar cuerpo y vida, el favor del mundo, bienes, honra y toda cosa preciosa, para conservarla y aferrarme a Cristo como mi tesoro supremo en el cielo y en la tierra. Porque una de estas dos cosas tiene que suceder: o que la palabra de Dios permanezca y ellos se sometan a ella; o, si no quieren aceptar la misericordia, la bondad y toda felicidad, entonces que no la supriman [la palabra de Dios].
Así puede un cristiano acomodarse fácilmente a la situación, de modo que se comporte debidamente tanto con enemigos como con amigos, y ame, bendiga, etc., a todos, en cuanto toca a la persona de su prójimo; pero a la vez, en cuanto toca a Dios y a su palabra, que no permita que sean atropellados, sino que ponga esto por encima y delante de todo lo demás, y haga que todo se doblegue ante ello, sin mirar a nadie, amigo o enemigo, puesto que esta no es causa nuestra ni de nuestro prójimo, sino de Dios, a quien es nuestro deber obedecer antes que a todo. Por eso digo a mis peores enemigos: En cuanto a mi persona, con muchísimo gusto te ayudaré y te haré todo el bien posible, aunque seas mi enemigo y no me hagas más que daño. Pero en cuanto a la palabra de Dios, ahí no esperes amistad ni amor, si me pides que haga algo contra ella, aunque fueras mi amigo más cercano y mejor. Y si no quieres soportar esto, oraré por ti y te bendeciré de tal manera que Dios te arroje por tierra [en algunas copias: «que Dios se te oponga y te cubra de vergüenza»]. Con gusto te serviré, pero no para que derribes la palabra de Dios; para ese fin jamás conseguirás que te dé ni siquiera un vaso de agua. En resumen, a los hombres hemos de amarlos y servirlos, pero a Dios por encima de todo; de modo que, si se nos pide estorbar o contrariar esto, entonces ya no hay lugar para el amor ni el servicio. Porque el mandamiento es: Amarás a tu enemigo y le harás bien; pero de los enemigos de Dios tengo que ser también enemigo, para no ir con ellos contra Dios.
Así ha refutado también esta posición, contra la necia opinión de los judíos, que daban una falsa interpretación a la Escritura, como si les estuviera permitido ser hostiles a sus enemigos. Y explicó la ley de tal modo que no debían tener ningún enemigo al que ser hostiles; aunque Moisés había dicho que no debían tener ni hacer amistad con ciertos paganos extranjeros, a quienes no ellos, sino Dios mismo, había señalado especialmente como enemigos suyos. Pero que ellos mismos tuvieran por enemigos a quienes quisieran, y los maldijeran, persiguieran y atormentaran, esa no era la intención de Moisés. Porque también Salomón, que entendió y explicó bien a Moisés, habla así: Si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; dicho que también cita San Pablo en Ro 12:20. Porque aborrecer al enemigo es rasgo de una persona corriente y pertenece a un oficio de institución divina; pero el mandamiento «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» se aplica a toda la comunidad y a cada individuo en particular.
Pero mira qué alto pone la medida: no solo reprende a los que hacen mal a sus enemigos, sino que también niega la piedad de los que dejan de hacerles bien cuando lo necesitan. Porque dice primero: «Amad a vuestros enemigos». Y amar significa tener buen corazón y abrigar los mejores deseos, con cordial compasión, y ser especialmente amable con todos, y no burlarse de su miseria o desgracia.
Quiere decir también que hemos de mostrar el mismo sentimiento con nuestras palabras, cuando dice: «Bendecid a los que os maldicen», etc.; de modo que no hemos de pronunciar una mala palabra contra ellos, aunque nos maltraten, calumnien, injurien y maldigan con la mayor violencia, sino hablarles con bondad y desearles el bien. De aquí viene esa hermosa expresión cristiana que usan algunas personas piadosas cuando oyen que alguien les ha hecho injusticia o les ha jugado una mala pasada; dicen: ¡Dios los perdone!, como movidos por una compasión llena de piedad, sin desear otra cosa sino que no les venga ningún mal de parte de Dios por ello. Eso significa una lengua buena frente a otras lenguas malas, de modo que tanto el corazón como la boca no muestren más que amor.
Luego, en tercer lugar, quiere decir que este corazón [amoroso] debe mostrarse también con hechos y con toda clase de actos amistosos, diciendo: «Haced bien a los que os aborrecen». Pero esta es una virtud muy rara, y una doctrina que no le cuadra en absoluto al mundo; y es del todo imposible para la naturaleza devolver solo bien por toda clase de males, y no dejarse vencer por la malicia y la vergonzosa ingratitud, sino vencer con el bien el mal, como dice San Pablo. Por eso había dicho antes que el que quiera ser discípulo de Cristo y llegar al cielo tiene que tener otra justicia, mejor que la de los fariseos y santos judíos.
Pero el cuarto punto, «orad por los que os ultrajan y os persiguen», toca más directamente nuestra doctrina y fe que nuestra persona y vida. Porque el que nos persigan sucede por causa de la palabra de Dios: ellos pretenden tener razón y que nosotros estamos equivocados. Cuando esto sucede, nuestro deber es orar y encomendar el asunto a Dios, porque no tenemos a nadie en la tierra a quien apelar para que nos haga justicia. Y como vemos que los que nos persiguen no van contra nosotros, sino contra Dios mismo, y estorban su reino, y le hacen el mayor daño no a nosotros sino a él mismo, y se han hecho reos de su ira y condenación, debemos más bien tener compasión de ellos y orar por ellos, para que sean sacados de su ceguera y de su terrible destino.
Porque nadie nos puede hacer ningún daño sin habérselo hecho antes a un Señor mucho mayor, a saber, a la alta Majestad del cielo.
Pero esto también solo en cuanto se hace fuera de la responsabilidad oficial y no interfiere con ella. Así que, como siempre he dicho, hemos de distinguir con cuidado la enseñanza que se refiere en general a cada persona individual de la enseñanza que pertenece a los que están en un cargo, sea espiritual o temporal, cuya obra es castigar y resistir al mal. Por eso, aunque ellos en sí mismos sean bondadosos, el derecho y el castigo, como su obra oficial, tienen que seguir su curso; y no estaría bien que lo descuidaran como por compasión, porque eso sería ayudar, fortalecer y animar al mal. Sería como si yo dijera a nuestros enemigos, el papa, los obispos, los príncipes y quienes sean, que persiguen y pisotean el evangelio y a la pobre gente que se adhiere a él: Queridos señores, que el buen Dios se lo pague, ustedes son gente piadosa y santos padres, etc.; o como si me callara y los adorara o les besara los pies. No, querido hermano, lo correcto es que yo diga: Soy un predicador que tiene que tener dientes en la boca, que debe morder y salar, y decirles la verdad; y si no quieren oír, tengo que excomulgarlos, cerrarles el cielo, entregarlos al fuego del infierno y dejarlos en manos del diablo, en el nombre de Dios, etc.
Quien tenga ahora este oficio de reprender, de censurar, etc., que lo haga; pero fuera del oficio, que cada uno siga esta enseñanza: no injuriar ni maldecir, sino obrar con bondad y amistad, aunque otros obren mal; y así apartar de ti el castigo y dejarlo a aquellos cuyo oficio es. Porque el malhechor bien encontrará su juez, que no lo perdonará, aunque tú no te vengues ni lo intentes. Porque Dios no dejará sin castigo ninguna injusticia, sino que él mismo tomará venganza de nuestros enemigos y les devolverá lo que han merecido por el trato que nos dieron; como él mismo dice: «Mía es la venganza, yo pagaré». Por eso San Pablo exhorta a los cristianos en Ro 12:19: «No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios». Con estas palabras no solo enseña, sino que también consuela, como si dijera: No pretendan tomar venganza unos de otros, ni maldecirse ni desearse el mal; porque el que te hace daño o perjuicio se entromete en un oficio que no es suyo, pretendiendo castigarte o dañarte sin mandato, sí, contra el mandamiento de Dios. Si ahora tú haces lo mismo, entonces te entrometes en el oficio de Dios y pecas contra él tanto como él ha pecado contra ti.
Por tanto, contén tu puño y deja lugar a su ira y a su castigo, y deja que él se encargue, que no lo dejará sin venganza y que castiga con más severidad de lo que tú desearías. Porque aquel no te ha atacado a ti, sino mucho más a Dios mismo, y ya ha caído bajo su desagrado; no puede escapar de él, como nadie ha escapado jamás. ¿Por qué, pues, te enojas, si la ira de Dios, que es inmensamente mayor y más severa que la ira y el castigo del mundo entero, ya ha caído sobre él y ya ha tomado mayor venganza de la que tú podrías tomar; y además, él no te ha hecho ni la décima parte del daño que le ha hecho a Dios? ¿Por qué, pues, quieres maldecir con dureza y tomar venganza, si ves que está bajo esta severa condenación? Más bien deberías compadecerte de su miseria y orar por él, para que escape de ella y se enmiende, etc.
Y para confirmar e inculcar esta enseñanza presenta dos ejemplos. El primero, cuando dice: «Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos»; como si dijera: Si quieren ser llamados verdaderos hijos de su Padre que está en los cielos, entonces que su ejemplo los mueva a vivir y obrar también como él. Él hace salir su sol cada día y hace llover tanto sobre los piadosos como sobre los malos. Aquí ha incluido en pocas palabras todos los beneficios terrenales que Dios concede al mundo, al mencionar estas dos cosas, el sol y la lluvia. Porque si faltaran estas, o aunque fuera una sola de ellas, el mundo entero hace mucho que se habría vuelto un desierto y habría perecido. Si el sol no saliera cada día, nunca se podría trabajar, sino que todos los animales, junto con todos los árboles, hortalizas y pastos, perecerían de frío. Así que el sol solo trae la bendición de la que está lleno el mundo, y que el mundo no puede pagar: que todos, animales y hombres, puedan buscar su alimento; y además da calor y abrigo, para que todo se mantenga vivo, crezca, aumente y no perezca. En resumen, no es posible enumerar los beneficios que Dios concede a cada hora y a cada momento por medio del sol. Sí, ¿dónde está el hombre que reconozca esto o lo agradezca?
Pero aunque Dios da, produce y conserva todo por medio del sol, también necesitamos la lluvia. Porque si el sol brillara constantemente, todo acabaría por secarse y consumirse de calor, y no podría crecer forraje ni grano para hombres ni bestias. Por eso lo ha templado con la lluvia, para que todo pueda revivir y conservar su humedad y su fuerza. En estas dos cosas se comprenden las cuatro que pertenecen a la vida, que los filósofos llaman primas qualitates: frío, calor, seco y húmedo, de modo que no puede haber una sin la otra. Porque si no hubiera más que frío, o al contrario no más que calor, no podría haber vida. Ahora bien, el sol trae dos de ellas, el calor y la sequedad; la lluvia trae también dos, pues es fría y húmeda. Así da Dios cada día al mundo entero, con suma abundancia y gratuitamente, a sus enemigos igual que a sus amigos, la vida con todo lo necesario para su uso y provecho. Sí, hace llover más en un bosque desierto y salvaje y en el océano, donde no sirve de nada, y da apenas unos escasos chubascos donde vive la gente piadosa. Sí, da los mejores reinos, países, gentes, dinero y bienes a los peores bribones; en cambio, a los piadosos apenas pan suficiente para comer.
Puesto que Dios nos presenta estos ejemplos en todas partes del ancho mundo, como si quisiera exhortarnos y decirnos: Si no saben qué clase de persona soy y cómo les hago bien, pregúntenle al sol, a la luna y a la lluvia, y a todo lo que es frío, húmedo, caliente o seco; entonces verán no solo los innumerables beneficios que muestro a mis cristianos, sino muchos más a los impíos, que no me muestran gratitud alguna, sino que me pagan persiguiendo del modo más vergonzoso a mi Hijo y a los cristianos piadosos. De modo que te tendría que dar vergüenza mirar al sol, que cada día te proclama esto; vergüenza aun de mirar una florecilla o la hoja de un árbol. Porque está escrito en todas las hojas y en la hierba, y no hay pajarillo, sí, ni fruto insignificante, ni baya, ni granito tan diminuto que no te lo muestre y te diga: ¿Para quién doy yo mi fruto o mi baya?
Para los canallas y bribones más viles de la tierra. ¿De qué te acusas entonces a ti mismo, por no tener ningún amor a Dios ni benevolencia hacia tu prójimo, y por no mostrar al menos alguna bondad a los demás, cuando él te hace tanto bien, sin cesar, por medio de todas sus criaturas?
Ciertamente no hay hombre en la tierra que sufra de los malvados la centésima parte de lo que él tiene que sufrir cada día. No solo en que los hombres abusan de sus bienes y de todas sus criaturas para el pecado y la vergüenza, sino mucho más en que precisamente los que más tienen de estos bienes, como reyes, señores y príncipes, son tan hostiles a él y a su palabra como al diablo mismo, de modo que con gusto la destruirían de inmediato si pudieran. Se enfurecen y arremeten contra ella con toda clase de injurias, maldiciones y ultrajes, y además con violencia real, de modo que no hay nadie en la tierra contra quien se muestre más odio y envidia, junto con toda clase de bellaquerías y engaños, que contra sus cristianos. Pues bien, esto es lo que él tiene que soportar cada día de todo el mundo; y sin embargo es tan bueno que cada día hace brillar el sol, y deja que disfruten abundantemente de sus bendiciones los que más bien merecerían no tener ni una brizna de hierba ni un momento de sol; sino que merecen más bien que él hiciera llover sobre ellos sin cesar nada más que fuego infernal, y les arrojara rayos, granizo, lanzas y balas. Pero hay que llamar Padre muy bueno al que concede a tales bribones desesperados tantos bienes, tierras, gentes, frutos y buen tiempo, y les deja señorear de todas las maneras sobre su dominio, de modo que el sol, la luna y todas las criaturas tienen que servirles y dejarse maltratar al servicio de todo su capricho y maldad contra Dios. Si queremos ahora ser hijos de este Padre, debemos dejar que estos ejemplos tan llamativos nos muevan a vivir conforme a ello.
El otro ejemplo está tomado de los malvados y asesinos entre sí. También ellos entienden el arte de mantenerse unidos y tratarse bien unos a otros; sí, hacen causa común entre sí, y sin embargo todo su propósito es dañar a otras personas, robar y matar, y esto solo por un provecho temporal e incierto.
Por tanto (quiere decir), ciertamente deberías avergonzarte, tú que te llamas cristiano e hijo de Dios, y quieres llegar al cielo, y tienes un Padre tan bueno y fiel que te promete y te da todo lo bueno; y sin embargo no eres mejor que los ladrones y asesinos, y eres como todos los malvados de la tierra. Porque nunca ha habido ninguno tan malo que no guardara bondad y amistad con los suyos; ¿cómo podrían si no arreglárselas? Porque ni siquiera los demonios del infierno pueden combatirse entre sí, o su reino sería pronto destruido, como dice Cristo mismo.
Mira, pues, ¿qué tan bueno eres si solo eres amable y benévolo con tus amigos? Eres tan bueno más o menos como los ladrones y pícaros, las rameras y los bribones, sí, como el diablo mismo. Y sin embargo te das aires, estás seguro, crees que todo está bien contigo y puedes presumir con grandes jactancias como si fueras un ángel; como ahora nuestros espíritus facciosos se jactan del gran amor que se tienen unos a otros, de modo que hay que ver en ello que el Espíritu Santo está con ellos. Pero ¿qué es lo que hacen? Aman a su propia chusma alborotadora; y junto con eso están llenos de un odio mortal y asesino contra nosotros, que nunca les hemos hecho ningún daño. Así podemos ver muy bien qué clase de espíritu tienen; y sin embargo bien pueden jactarse de que tienen tanto amor como los pícaros, los bribones y los asesinos, tanto, en verdad, como los demonios entre sí. A este paso no habría ningún hombre malo en la tierra. Porque no hay nadie tan desesperadamente malo que no necesite tener a alguien por amigo; ¿cómo podría vivir si no entre la gente, si anduviera gruñendo y mordiendo a todo el mundo? Si ahora quisieras concluir: Ama a sus amigos, luego es bueno y santo, entonces al final tendrías que hacer bueno y piadoso al diablo con todos los suyos.
Por eso Cristo quiere concluir aquí contra los santos fariseos que lo que enseñan acerca del amor, etc., es pura bellaquería; y les enseña a dar vuelta a la hoja y mirar bien la Escritura, si quieren ser el pueblo de Dios, para que vean y muestren amor hacia sus enemigos. Con ello podrían demostrar que tenían un amor verdadero y que eran hijos de Dios, así como él muestra su amor a los enemigos y a los ingratos. Porque Moisés mismo lo dijo también claramente, como en Éx 23:4-5: «Si encontrares el buey de tu enemigo o su asno extraviado, vuelve a llevárselo»; y también: «Si vieres el asno del que te aborrece caído debajo de su carga, ¿le dejarás sin ayuda? Antes bien le ayudarás a levantarlo», etc.
Aquí deberían haber encontrado que estaban obligados a amar a sus enemigos, si hubieran mirado bien el texto y no le hubieran echado solo una ojeada, como nuestros maestros ciegos pasan por encima de la superficie de la Escritura. Porque si aquí les manda devolver y ayudar a levantar un asno o un buey que pertenece a un enemigo, quiere decir que tanto más deben hacerlo cuando el enemigo mismo está en peligro en su persona, bienes, mujer, hijos, etc. Y viene a decir esto: No desearás el daño de tu prójimo, sino que lo impedirás y, si puedes, lo ayudarás y promoverás su provecho. Con ello podrás finalmente conmoverlo, y vencerlo y ablandarlo con bondad, de modo que no pueda sino amarte, porque no ve ni experimenta nada malo en tu trato, sino solo amor y pura bondad.
Así termina Cristo ahora este capítulo con esta enseñanza y estos ejemplos, y dice: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto». Aquí nuestros sofistas han soñado mucho acerca de la perfección y lo han aplicado todo a sus órdenes y estados, como si solo los pastores y los monjes estuvieran en el estado de perfección, y uno más alto que otro: los obispos más altos que los demás, y el papa el más alto de todos. De este modo se le arrebata por completo esta palabra al estado común de los cristianos, como si ellos no pudieran ser llamados perfectos ni serlo. Pero ya oyes que Cristo no habla aquí a obispos, monjes y monjas, sino en general a todos los cristianos que son sus discípulos y que quieren ser llamados hijos de Dios, no como los publicanos y la gente vil, como son los fariseos y nuestros eclesiásticos.
Pero ¿cómo han de ser perfectos? Respuesta breve, porque en otro lugar lo he tratado más ampliamente: no hemos de ser ni llegar a ser perfectos en el sentido de no tener ningún pecado, como ellos sueñan acerca de la perfección. Ser perfecto significa, aquí y en toda la Escritura, en primer lugar, que la doctrina [que sostenemos] sea enteramente correcta y perfecta, y luego que también la vida se dirija y se mueva conforme a ella. Como aquí la doctrina es que hemos de amar no solo a los que nos hacen bien, sino también a nuestros enemigos. El que enseña esto y vive según esta enseñanza, ese enseña y vive perfectamente.
Pero la enseñanza y la vida de los judíos eran ambas imperfectas y equivocadas, porque enseñaban a amar solo a sus amigos, y vivían también conforme a ello. Porque ese es un amor parcial y dividido, solo medio amor. Pero él exige un amor entero, redondo, indiviso, de modo que uno ame y haga bien a su enemigo igual que a su amigo. Así se me llama un hombre verdaderamente perfecto, uno que tiene y mantiene la doctrina en su totalidad. Pero si la vida no concuerda plenamente con ella, como en verdad no puede, puesto que la carne y la sangre la estorban constantemente, eso no quita la perfección; con tal que nos esforcemos por alcanzarla y avancemos en ella cada día, de tal manera que el espíritu sea señor sobre la carne y la tenga a raya, la sujete y la refrene, para que no tenga ocasión de obrar contra esta enseñanza; de tal manera que yo deje que el amor se mueva en el verdadero término medio, de modo uniforme hacia todos, sin excluir a nadie. Entonces tengo la verdadera perfección cristiana, que no tiene su lugar en oficios o estados especiales, sino que es y ha de ser común a todos los cristianos, y se forma y modela según el ejemplo del Padre celestial, que no reparte ni fracciona su amor y sus buenas obras, sino que deja que todos los hombres de la tierra los disfruten por igual, por medio del sol y la lluvia, sin excluir a ninguno, bueno o malo.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.