Comentarios y sermones · Martín Lutero
Mateo 6: comentario de Martín Lutero
El capítulo sexto de san Mateo.
V.1-4. Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.
Hasta aquí el Señor Cristo reprendía las falsas doctrinas e interpretaciones de la Escritura, por las cuales se había llevado al pueblo solo a evitar pecar con el puño, mientras el corazón seguía por dentro completamente impuro; y mostró y expuso claramente el verdadero sentido de la Escritura y de la ley. Ahora, después de denunciar su doctrina, ataca su manera de vivir y reprende sus buenas obras, y muestra que no tienen nada bueno, ni en la doctrina ni en las obras. Y eso aunque enseñaban y hacían buenas obras cada día, como gente santa, de modo que se les consideraba la mejor médula de todo el pueblo judío y los más santos de la tierra, y el mundo entero tenía que mirarlos como su espejo y modelo, según el cual debía vivir. Así nosotros, hasta ahora, no sabíamos buscar la verdadera doctrina y la vida en ningún otro lugar que entre nuestros pastores espirituales y los monjes; y sin embargo ahora estos son reprendidos por el evangelio, de modo que todos ven que no han enseñado ni vivido bien, sino que se han extraviado y engañado a sí mismos y al pueblo.
Es en verdad una predicación mortificante la que viene al mundo de tal manera que no deja a estos santos ningún derecho a nada justo o bueno; por lo cual merecerá que se le oponga resistencia y no se la tolere en el mundo. Pero el Espíritu Santo no retrocede por eso, sino que sigue adelante, como es su oficio dondequiera que llega, reprendiendo ambas cosas; como en verdad ambas necesitan ser reprendidas.
Porque esto es cierto: donde la doctrina no es correcta, es imposible que la vida, que tiene que ser dirigida y gobernada por ella, sea correcta y buena. Lo que se hace conforme a ella son atajos y desviaciones, y tanto peores cuanto que a la vez permanece la apariencia y la idea de que es la verdadera doctrina divina que señala y conduce al cielo, y las obras tienen fama de buenas; y sin embargo no miran más allá del puño. Así suponían que bastaba y estaba bien hecho si solo hacían las obras, daban muchas limosnas, ayunaban y oraban, sin importar cómo estuviera su corazón delante de Dios. Y además estaban manchados por el rasgo vergonzoso de que lo hacían todo solo para ser vistos por la gente y obtener de ella honra y gloria. Por eso Cristo lo reprende aquí y lo rechaza por completo.
Y ante todo reprende su limosna, que sigue siendo la mejor de todas las obras externas. Porque no significa otra cosa que ayudar a los pobres y necesitados; y abarca no solo dar un pedazo de pan a un mendigo ante la puerta, sino toda clase de actos bondadosos y todas las buenas obras hechas al prójimo.
Porque la palabrita «limosna» viene de la palabra griega ἐλεημοσύνη, que significa misericordia; como también las llamamos generalmente obras de misericordia. Por eso también la Escritura alaba estas obras por encima de todas las demás, incluso las que se hacen hacia Dios, como sacrificar, orar, etc.; como dice Cristo mismo por medio del profeta Oseas: «Misericordia quiero, y no sacrificio». Así también en Is 58 reprocha que lo afligen con ayunos y flagelando sus cuerpos, y exige estas obras: que hagan bien a los pobres, den de comer al hambriento, vistan al desnudo, etc. ¿Cómo es, pues, que aquí reprende a los fariseos por una obra tan buena? Respuesta: No reprende la obra, sino su propósito y fin al hacerla. Porque la obra sería buena en sí misma, pero la echan a perder untándole su inmundicia, porque con ella solo buscan su propia gloria y honra delante de la gente, y no la hacen por causa de Dios ni del prójimo. Por eso pronuncia un juicio breve y tajante: que todas esas limosnas, por grandes, numerosas y costosas que sean, son en vano y no cuentan para nada.
Pero ¿quién cree que este vicio y esta falta sean tan comunes en el mundo, y especialmente en los mejores, y qué pocos son los que hacen buenas obras sin buscar con ellas honra o favor mundanos?
Toma todas las limosnas dadas en todo el papado, y cuenta cuántas puedas encontrar que no se hayan dado con esta intención. Sí, el mundo nunca llegará a entender lo que realmente significa dar limosna. Porque todos estamos inclinados a eso: si la gente no empezara a alabarnos o a mostrarnos honra, gratitud o favor, cada uno retiraría pronto la mano. Porque si el papa les hubiera dicho a los príncipes y fundadores [de monasterios, etc.]:
Señores, no les daré ni un centavo por todas sus fundaciones y limosnas, etc., ¿qué creen que habrían dado para iglesias y otras instituciones? No habrían hecho acarrear ni colocar ni una piedra. Como vemos ahora: porque enseñamos correctamente y exhortamos a estas obras, de modo que hemos de dar por amor de Dios, con un corazón puro y sencillo, sin buscar nuestra propia honra o mérito, etc., ahora nadie quiere dar ni un céntimo.
Pero hasta ahora, cuando por ello recibían alabanza y honra, nevaban las limosnas, las dotaciones y los testamentos. Y aunque algo tenía que ver con ello que la gente creía merecer así el cielo, esa no era la verdadera razón, sino justamente lo que Cristo dice aquí: que era una gran cosa a los ojos de la gente y se alababa. De otro modo no les habría importado hacerlo por causa de Dios y del reino de los cielos.
Esto lo podemos entender fácilmente por el hecho, como se dijo antes, de que aunque persuadimos e instamos a la gente con la mayor seriedad a hacer tales buenas obras, y lo presentamos del modo más atractivo que podemos, como algo que agrada de corazón a Dios junto con todos los ángeles del cielo, y que Dios lo recompensará cien veces, aun así nadie lo toca. ¿Qué defecto tiene nuestro alegato? Simplemente este: que ya no se obtiene por ello alabanza y honra, gratitud y elogio ante el mundo. Como se ha cortado la cabeza, el cuerpo ya no sigue. Pero si la cabeza volviera a la vida, pronto todo volvería a marchar como antes, cuando las cosas iban así. Si un príncipe rico daba tanto a un monasterio, todos venían y decían: Deo gratias!, y prometían merecérselo [el favor de Dios] con sus oraciones y su culto divino. Eso tenía que proclamarse en todos los púlpitos, y todo el mundo tenía que decir: ¡Oh, qué obra tan espléndida! Así se hacía en todas partes en todo el papado, aunque puede haber habido unos pocos a quienes Dios encontró sinceros. Mira, esto es una señal segura de que se hacía solo para merecer con ello gratitud, honra y alabanza.
Además de esto tienes también esta prueba: que estos santos pronto se enojan y retienen sus dones si experimentan ingratitud o desprecio. Porque si no lo hicieran por la razón dicha, no se enojarían por eso ni dejarían de hacerlo por ese motivo, sino que continuarían y dirían: No lo empecé con ese fin, y por eso no lo dejaré; sino que lo haré para honra y agrado de Dios, aunque nadie me dé una buena palabra por ello. Pero si vienes rascándote de esta manera: He hecho tanto por él, y ya está olvidado, y no hay gratitud en la gente, etc.; con gusto me sacaría el corazón y se lo daría a alguien; pero como veo que tiene que perderse, y él se muestra tan ingrato, y todo mi trabajo y esfuerzo no sirven de nada, que se lo lleve el fuego del infierno antes de que yo le dé un centavo o un mendrugo de pan; mira, ahí asoma el pícaro, y muestras con tus propias palabras por qué lo haces: para que la gente te adore y te celebre y te honre como a un dios. Así lo vemos ahora en algunos grandes obispos avaros, cómo pueden enfurecerse y reñir si no se les está dando gracias siempre o diciendo lo que les gusta oír, de modo que con ello insultan aun a príncipes y señores y quieren echarle la culpa a todo el mundo.
Mira, esta es la vergonzosa perversión de las buenas obras y la falta común en todo el mundo: que nadie hace nada bueno sin tal propósito.
Porque el mundo no puede librarse de esa idea loca, ni tolerar y vencer la ingratitud. De ahí vienen los monjes, que huyeron al desierto porque eran demasiado débiles para soportar esto: estar en el mundo, ayudar y hacer bien a todos, y no recibir como recompensa más que desprecio, daño, deshonra e ingratitud. Pero ¿qué diablo te manda hacer una buena obra con la expectativa de merecer la honra y el favor del mundo, que es incierto y pronto puede desaparecer y cambiar, y no tener a la vista un fin mejor, a saber, a Dios? Porque entonces no puede perderse, ya que él te recompensará ricamente, ahora y en el más allá.
Y te está muy bien empleado: puesto que eres tal bribón y no buscas otra cosa que ser adorado por la gente y hacerte un dios, él bien puede dejar que el mundo y el diablo se encarguen de ti, para quitarte tu divinidad y arrojarla al barro, donde debe estar. Porque, así como tratas de sentarte en el trono de Dios y apropiarte la honra que le pertenece a él, él con toda razón te vuelve a derribar, de modo que la deshonra completa es todo el agradecimiento que recibes por la honra robada.
Por tanto, es un asunto miserable en cuanto al mundo [en su relación con la limosna]: sea que se profese piadoso o que sea malvado, en ambos casos no vale nada. Porque o será un diablo manifiesto, con malas obras, o será Dios mismo, con buenas obras. En ambos casos es intolerable. Por eso nadie puede hacer una buena obra si no es cristiano. Porque si la hace como hombre, entonces no la hace para honra de Dios, sino de sí mismo y para su propio provecho; o, si pretende que es para honra de Dios, esa es una mentira que apesta.
Así quiere Cristo enseñar ahora cómo se ha de dar limosna correctamente, y dice:
Si das limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti ni la hagas pregonar a los cuatro vientos, de modo que toda una ciudad tenga que saberlo y hablar de ello; como entre nosotros, cuando se hace un reparto de caridad, se tocan todas las campanas. Sino que, si das limosna, hazlo de modo que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha. Eso es justamente lo que dice San Pablo en Ro 12:8 y en otros lugares: «El que reparte, con liberalidad». Y dar con sencillez significa que uno no busca con ello su propia honra, favor, gratitud o recompensa, y no se deja influir por nadie, sea ingrato o no; sino que da libremente lo que quiere dar; así como Dios da cada día y hace brillar su sol sin mirar a agradecidos o ingratos, como si no viera a nadie. Ese es un corazón y una intención sencillos, que no buscan ni desean otra cosa que solo la voluntad y la honra de Dios.
Estas limosnas sencillas no las encontramos entre los mundanos. Porque su dar es de tal índole que la mano derecha da, pero la izquierda toma. A eso se le llama «dadores, tomadores», como se llaman burlonamente los niños unos a otros; sí, se da de tal manera que uno toma diez veces más de lo que da, como quien da una gota de agua y toma un tonel de vino. Porque el mundo da de tal manera que quiere tener la honra, que vale inmensamente más que todo el dinero y los bienes, y te compra con una baratija para tenerte como cautivo perpetuo, con cuerpo y vida y todo lo que tienes, sí, y además a Dios mismo.
Por eso dice Cristo: Si das limosna con la mano derecha, cuídate de no buscar tomar más con la izquierda; sino tenla detrás de ti y no dejes que sepa nada de ello; de modo que sea un dar con sencillez, y no un tomar, ni un dar de tal manera que te tengan que deber diez veces más y celebrarte y adorarte como a un ídolo. Así lo hacen ahora nuestros hidalguillos: si han servido a alguien con uno o dos ducados, quieren tenerlo tan comprado y tan obligado que tenga que dar por oro todo lo que ellos dicen y hacen, y no se atreva a decirles una palabra, salvo lo que les gusta oír. Mi buen amigo, si puedes vender tus monedillas a ese precio, no eres de ningún modo un comerciante pobre.
Por eso, que cada uno sepa guardarse de este vicio y se vigile de cerca, para no hallarse también entre estos. Porque son muy pocos los que se dan cuenta de ello, y engaña también a los que se creen muy piadosos y llenos de buenas obras, y que sin embargo de este modo son el doble de malos que los demás. Por eso Dios es especialmente hostil a este vicio, y puede soportarlo menos que el que uno robe abiertamente a su prójimo y le haga injusticia, que el dar de esta manera y echar a perder tan vergonzosamente la buena obra, de modo que te haces un ídolo y atas y sujetas a tu prójimo con más firmeza que cualquier otro. Pero así van las cosas: donde la verdadera doctrina yace postrada y sin embargo todo el mundo profesa gran piedad, allí siguen estas buenas obras que no tienen más que una vana apariencia y hacen el doble de daño que las malas obras manifiestas.
Pero alguien podría decir: ¿Qué hay de eso que dice, que la limosna ha de ser en secreto? ¿Es censurable que uno deje que se anuncie y se muestre a los que han de tomarla y recibirla? Respuesta: No; tienes que ver lo que Cristo tiene a la vista, porque él mira el corazón y la intención. Es decir: si se da o se concede de modo que con ello se busca honra y gloria, entonces no tiene ningún valor delante de Dios, aunque con ello se ayude a muchos pobres. Pero dar limosna en secreto significa que el corazón no se expone ni busca con ello honra y nombre, sino que está dispuesto de tal manera que da libremente, sin mirar si tendrá alguna apariencia o alabanza delante de la gente; sí, aunque además sea despreciado y maltratado por todos. Así se llama secreta y hecha solo delante de Dios, aunque suceda abiertamente ante todo el mundo. Porque queda cubierta por esta sencillez del corazón, que no pregunta ni se preocupa por el resultado: que Dios decida, venga de ello gratitud o ingratitud, bien o mal. Porque así yo no lo veo, aunque otros lo vean. Así tenemos que hacer yo y otros en nuestro oficio de predicadores: no preocuparnos de si con ello agradamos a la gente o no; sí, más bien tenemos que esperar por ello desprecio, ingratitud, persecución y toda clase de desgracias. Porque toda buena obra tiene que esperar esto, y ser probada y acrisolada por ello, para que perdure y se halle recta; lo cual no sucede con la otra obra hipócrita y fingida.
En resumen, el que quiera ser cristiano no debe querer hacer ni dejar de hacer ninguna buena obra por consideración a otros, sino solo para servir a Dios con su oficio, vocación, dinero, bienes o lo que tenga o pueda, y honrarlo en cuanto pueda, aunque nunca merezca con ello ningún agradecimiento en la tierra. Porque también es imposible que un hombre piadoso sea recompensado aquí por la más pequeña obra que hace, aunque lo coronaran de oro y recibiera un reino entero. Por eso no debe esperar más que ganar con ello su pan con mantequilla, y no esperar recompensa del mundo, que no es digno de recompensar una buena obra, ni siquiera de reconocer y honrar a un verdadero cristiano; y aunque lo conozca, no es tan bueno como para darle las gracias. Por tanto, puesto que no se emprende por consideración al mundo, tampoco debe dejarse por su causa, sino encomendarse a Dios, que la recompensará abundantemente; no en secreto, sino públicamente, ante el mundo entero y todos los ángeles.
Si no lo entendemos y sentimos así en este asunto, no podemos hacer ninguna obra realmente buena, sino que nos volvemos impacientes y descontentos, y nos dejamos vencer por la vergonzosa ingratitud del mundo, de modo que con ello esta buena obra se arruina y se pierde; y entonces se ve que no queríamos hacerla por causa de Dios, sino por causa de la gente. Y en cuanto a mí, hace mucho que habría despedido al mundo con cajas destempladas y lo habría dejado irse al diablo, antes que dejarle oír una palabra mía. Pero no se trata de él, sino de nuestro querido Padre que está en los cielos. Por amor a él, y para su alabanza y honra, predicaremos y haremos el bien, porque todo lo demás en el mundo le es hostil, lo desprecia e injuria del modo más vergonzoso y hace todo lo que puede para oponérsele y molestarlo. Y nos consolamos con que él sigue vivo aunque perezca todo el mundo; y como ha declarado y prometido que lo recompensará y pagará debidamente, ciertamente no nos mentirá. Pruébalo, pues, y verás que no te fallará. Esto es, en primer lugar y de modo general, lo que tenemos que decir acerca de la limosna y de todas las demás buenas obras: cómo ha de estar dispuesto el corazón del cristiano respecto a ellas, etc.
Mateo 6:5-6
V.5, 6. Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres.
De cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.
Junto con la limosna, es decir, hacer el bien al prójimo, también es nuestro deber cristiano orar. Porque así como las necesidades de la vida presente exigen que hagamos el bien al prójimo y nos compadezcamos de él en su necesidad (pues para eso vivimos juntos en la tierra, para que uno sirva y ayude al otro), así también, puesto que en esta vida estamos expuestos cada día a toda clase de peligros y necesidades que no podemos evitar ni esquivar, debemos invocar siempre a Dios y buscar su ayuda, tanto para nosotros mismos como para todos los demás.
Pero la verdadera limosna es cosa rara en el mundo. No solo por el robo y el hurto comunes que abundan en él, pues nadie hace el bien a su prójimo, cada cual escarba en su propio estercolero y no pregunta cómo le va a su vecino; sino también porque, cuando hacen una buena obra, buscan con ella solo su propio interés. De modo que el mundo no es otra cosa que una banda de ladrones y salteadores, a derecha e izquierda, en lo corporal y en lo espiritual, en las malas obras y en las buenas. Pues lo mismo pasa ahora con la oración: es cosa rara, que nadie hace sino los cristianos. Y, sin embargo, era algo tan común en el mundo, sobre todo entre los judíos, como Cristo muestra aquí, en las sinagogas y en las esquinas de las calles; y ahora en tantas iglesias, monasterios, conventos de monjas, etc., murmurando y vociferando día y noche con cantos y lecturas, de modo que el mundo está lleno de ello por todas partes y no falta esta obra; y, sin embargo, todo junto no vale un centavo.
Porque si Cristo reprende y rechaza aquí toda la oración de ellos, que sin embargo la practicaban con tanta diligencia, solo porque lo hacían para ser vistos de los hombres y obtener gloria, ¡cuánto más hay que condenar la oración de nuestros eclesiásticos, que con ella no buscan otra cosa que llenarse la panza! Ninguno de ellos rezaría un pater noster si no le pagaran por ello. Y cuando han hecho lo mejor que pueden, han mascullado un costal de palabras, o las han entonado, sin corazón, sin sentido y sin fe, igual que campanas u órganos. Con ello se han ganado la honra y la gloria de ser los únicos que oran, mientras que los demás, ocupados en asuntos mundanos, no pueden orar ni servir a Dios; y ellos tienen que orar en nuestro lugar, para que con nuestro dinero y nuestros bienes los hagamos señores.
Cuán necesaria es la oración no hace falta decirlo aquí; nosotros mismos deberíamos sentirlo, pues vivimos en carne y sangre llenas de toda clase de malas inclinaciones. Además, tenemos el mundo a nuestro alrededor y en contra nuestra, que nos causa mucha miseria, aflicción y toda clase de dificultades. Y, por si fuera poco, el diablo está por todas partes a nuestro alrededor, origina innumerables sectas, partidos y herejías, y nos empuja a la incredulidad, a la desesperación, etc., de modo que esto no tiene fin y no tenemos descanso, porque estamos rodeados de estos enemigos, que no cesan hasta derribarnos; pues nosotros, pobres hombres solos, somos demasiado débiles para tantos enemigos. Por eso dice Dios por el profeta Zacarías (Zac 12:10) que dará a los suyos «espíritu de gracia y de oración», con el cual puedan sostenerse mientras estén así expuestos, y guardarse y defenderse contra el espíritu maligno y dañino. Por eso es obra propia de los cristianos, que tienen el Espíritu de Dios, no cansarse ni estar ociosos, sino orar sin cesar, como Cristo enseña en otro lugar.
Pero ahora viene la prueba: que sea una oración genuina y no hipócrita, como era la de ellos y como ha sido hasta ahora la nuestra. Por eso Cristo comienza enseñándoles a orar como es debido, y les muestra cómo deben hacerlo: que no se pongan de pie a orar públicamente en las calles, sino que oren en casa, a solas, en su aposento, en secreto, etc. Es decir, que ante todo dejen de lado el falso deseo de orar por la apariencia y la reputación, o por cualquier cosa semejante. No es que se nos prohíba orar en la calle o en público, pues el cristiano no está atado a ningún lugar y puede orar en cualquier parte, en la calle, en el campo o en la iglesia. Solo se prohíbe que se haga mirando a la gente, para obtener de ella honra y provecho; igual que prohíbe tocar trompeta o campanas al dar limosna. No lo prohíbe por el lugar, sino que reprende el añadido y el falso motivo con estas palabras: «para ser vistos de los hombres».
Así tampoco se manda como algo necesario que tengamos que entrar en un aposento y cerrar la puerta; aunque conviene estar a solas cuando uno quiere orar, para poder derramar su oración ante Dios libre y sin estorbo, y usar palabras y gestos que no podría usar delante de otros. Porque aunque la oración puede darse en el corazón sin palabra alguna ni señal exterior, esto ayuda a despertar y encender el espíritu. Pero el corazón, aparte de esto, debe estar orando casi sin interrupción. Pues el cristiano (como se dijo antes) tiene siempre presente en sí el espíritu de oración, de modo que su corazón está continuamente ocupado en súplica y oración a Dios, ya sea comiendo, bebiendo, trabajando, etc. Porque toda su vida está dedicada a extender el nombre, la honra y el reino de Dios, de modo que todo lo que hace tiene que contribuir a ello.
Pero además de esto (digo) debemos orar también exteriormente. Primero, cada uno por su cuenta: que cada persona diga una bendición, o un Padrenuestro, o el Credo, o un salmo, por la mañana, por la noche, en la mesa y cuando tenga tiempo. Y también en común, cuando se reúnen, tratan la palabra de Dios y luego le dan gracias y lo invocan por la necesidad común.
Esto tiene que hacerse públicamente, y para ello se apartan un tiempo y un lugar en que el pueblo se congrega. Es una manera preciosa de orar y una fuerte defensa contra el diablo y sus artimañas, porque entonces toda la comunidad cristiana se une de común acuerdo; y cuanto más ferviente es el empeño, tanto antes es oída la oración y tanto más eficaz es. Como aún ahora está haciendo mucho bien, apartando e impidiendo muchas artimañas del diablo que de otro modo emplearía por medio de sus agentes; de modo que, sin duda, lo que ahora queda a salvo, tanto en los asuntos eclesiásticos como en los seculares, se conserva por la oración.
Cuáles son los elementos y rasgos necesarios para que haya una verdadera oración lo he dicho y tratado a menudo en otros lugares. Para repetirlo en una palabra: nos impulsa a ella, primero, el mandamiento de Dios, que nos ha ordenado estrictamente orar; luego, su promesa, en la que nos asegura que nos oirá; en tercer lugar, la consideración de nuestra necesidad y miseria, que tanto nos oprime y agobia que tenemos gran necesidad de llevarla derecho a Dios y derramarla delante de él, como él lo ha mandado; en cuarto lugar, que oremos sobre esta palabra y promesa de Dios con verdadera fe, con plena confianza en que nos oirá y nos ayudará. Y todo esto en el nombre de Cristo, por quien nuestra oración es acepta al Padre, y por cuya causa él nos da toda gracia y bendición.
Esto lo muestra Cristo también aquí con las palabras: «ora a tu Padre que está en secreto», etc., y después más claramente, donde dice: «Padre nuestro que estás en los cielos», etc. Porque esto equivale a decir que nuestra oración debe dirigirse a Dios como a nuestro Padre bondadoso y lleno de gracia, no como a un tirano o a un juez airado, etc. Pero nadie puede hacer esto si no tiene la palabra de Dios de que él quiere que lo llamemos Padre, y de que como Padre ha prometido oírnos y ayudarnos; y si no tiene esta fe en su corazón, de modo que se atreva gozosamente a llamar a Dios su Padre, ore con confianza de corazón, se apoye en esa oración como ciertamente oída y espere la ayuda.
Pero en aquella oración farisaica no había ninguno de estos elementos, pues no pensaban más allá de cómo hacer la obra para ser tenidos por gente santa a la que le gusta orar; o, como nuestros monjes y sacerdotes, para llenarse la panza con ello. Sí, están tan lejos de sostener que se deba orar con tal fe, que han considerado una locura y una presunción que alguien se felicite de la certeza de que su oración es acepta a Dios y oída por él. Y así, aunque oraban, lo tenían todo por pura aventura, y con ello enojaban gravemente a Dios por su incredulidad y por el abuso de su nombre, contra el primero y el segundo mandamiento.
Por tanto, aprende aquí que no puede hacerse ninguna oración verdadera sin esta fe.
¿Te sientes, sin embargo, débil y temeroso, como si no fueras digno ni apto ni capaz de orar en serio? Porque la carne y la sangre siempre estorban la fe. ¿O dudas de si Dios te ha oído, porque eres pecador? Entonces aférrate a la palabra y di: «Aunque soy pecador e indigno, tengo el mandamiento de Dios, que me dice que ore, y su promesa de que me oirá con gracia, no por mi dignidad, sino por causa del Señor Cristo». De este modo puedes ahuyentar los pensamientos y las dudas, y arrodillarte gozosamente a orar, sin mirar tu dignidad o indignidad, sino tu necesidad y su palabra, sobre la cual él te dice que edifiques. Sobre todo porque él te ha puesto delante y en la boca las palabras de cómo y por qué has de orar (como sigue), para que eleves gozosamente estas oraciones por medio de él y puedas depositarlas en su seno, a fin de que él las presente con su propia dignidad delante del Padre.
Mateo 6:7-13
V.7-13. Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis. Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.
Antes reprendió su intención torcida en la oración, pues buscaban su propia honra y provecho ante la gente incluso al hacer aquello que se dirige solo a Dios: invocarlo y suplicarle ayuda en nuestra necesidad y tentación. Aquí reprende esta otra perversión de la oración: que creen que orar es usar muchas palabras y vanas repeticiones. Y lo llama un modo pagano, una cháchara vana e inútil, como la de quienes creen que de otro modo no serán oídos. Porque él veía muy bien que así ocurriría, y que semejante abuso continuaría en la cristiandad, como ya existía entre ellos en aquel tiempo: que la oración se convertiría en una mera obra, que se valoraría según su tamaño y su longitud, como si con eso estuviera admirablemente hecha. Y así, en lugar de una verdadera oración, había una mera cháchara y parloteo del que el corazón no sabía nada.
Así, como vemos, se hacía en los monasterios, en los conventos de monjas y en toda la multitud eclesiástica, que parecía no tener en su vocación otra cosa que hacer que cansarse cada día tantas horas, y además por la noche, cantando y leyendo sus Horas; y cuanto más podían hacer de esto, tanto más santo y mayor culto lo llamaban. Y, sin embargo, entre todos ellos no había uno solo que pronunciara una verdadera oración de corazón. Todos estaban llenos de la idea pagana de que hay que cansar a Dios y cansarse uno mismo con gritos y murmullos, como si de otro modo él no pudiera ni quisiera oír. Y con su oración no han logrado otra cosa que perder el tiempo y castigarse como asnos.
Por eso ellos mismos han dicho que no hay obra más dura que orar; y en efecto es verdad, si pretendes hacer de tu oración una obra o un trabajo, imponiendo a tu cuerpo leer o cantar tantas horas seguidas. Cualquier jornalero preferiría trillar un día entero antes que solo mover la boca dos o tres horas seguidas, o mirar fijamente un libro. En resumen, su oración no era un suspiro ni un deseo del corazón, sino un mero trabajo forzado de la boca o de la lengua; de modo que si un monje ha estado leyendo o murmurando sus Horas durante cuarenta años, en todo ese tiempo no ha orado de corazón ni una hora. Porque en sus oraciones nunca piensan en presentar sus necesidades delante de Dios, sino que solo piensan que tienen que hacerlo y que Dios tiene que tomar en cuenta esta molestia y este esfuerzo.
Pero la oración del cristiano, que se hace con fe sobre la promesa de Dios y presenta de corazón delante de él su necesidad, es fácil y no cuesta trabajo. Porque la fe dice pronto lo que quiere; sí, con un suspiro que el corazón exhala y que no puede alcanzarse ni expresarse con palabras, como dice Pablo. El cristiano ora, y como sabe que Dios lo oye, no necesita parlotear eternamente. Así oraron los santos en las Escrituras, como Elías, Eliseo, David y otros, con palabras breves, pero fuertes y poderosas; como vemos en los Salmos, entre los cuales apenas hay uno que tenga una oración de más de cinco o seis versículos. Por eso los antiguos padres dijeron con mucha razón que las oraciones largas y numerosas no sirven de nada, y alaban las oraciones breves, jaculatorias, en las que uno eleva un suspiro al cielo con una o dos palabras; lo cual puede hacerse muy a menudo mientras se lee, se escribe o se hace cualquier otro trabajo.
Pero los otros, que solo hacen de ello un enorme trabajo, nunca pueden orar con gusto ni con devoción, sino que se alegran cuando han terminado su parloteo. Y así tiene que ser: si uno ora sin fe y sin sentir necesidad alguna, no puede haber corazón en ello. Y si el corazón no está en ello y el cuerpo tiene que hacer el trabajo, entonces se vuelve difícil y fastidioso. Como vemos también en el trabajo secular: ¡qué difícil y desagradable es lo que uno hace de mala gana! En cambio, si el corazón está alegre y dispuesto, ni se da cuenta del trabajo. Así sucede también aquí: si uno va en serio y se deleita en la oración, no conoce ni siente trabajo ni molestia alguna, sino que solo mira su necesidad, y ha terminado de cantar u orar las palabras antes de darse cuenta. En resumen, hay que orar brevemente, pero a menudo y con fuerza; porque Dios no pregunta cuánto ni cuán largo se ha orado, sino cuán buena es la oración y cómo sale del corazón.
Por eso dice ahora Cristo: «vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis»; como si dijera: ¿Qué pretenden, que piensan abrumarlo con su largo parloteo para que les dé lo que necesitan? No necesitan convencerlo con palabras ni instruirlo largamente, porque él sabe de antemano mejor que ustedes mismos lo que necesitan. Es como si ustedes se presentaran ante un príncipe o un juez que conociera su caso mejor de lo que ustedes podrían describírselo, y se pusieran a contarle una larga historia para informarle: con razón se reiría de ustedes, o más bien se ofendería. Sí, «qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos», dice san Pablo; de modo que, si él nos oye y nos da algo, lo da por encima de lo que podemos entender o esperar. Por eso a veces nos deja pedir algo que no da pronto, o que no da en absoluto, como quien sabe muy bien lo que necesitamos o lo que nos sería útil o no, cosa que nosotros mismos no vemos; y al final tenemos que confesar nosotros mismos que no nos habría sido bueno si nos hubiera dado conforme a nuestra oración. Por eso no necesitamos enseñarle ni prescribirle con nuestro largo parloteo qué y cómo ha de darnos; porque él dará de tal manera que su nombre sea santificado y su reino y su voluntad avancen y prosperen, etc.
Pero dices: ¿Por qué, entonces, nos hace orar y presentarle nuestra necesidad, y no nos lo da sin pedirlo, puesto que conoce y ve toda nuestra necesidad mejor que nosotros? Ciertamente da cada día a todo el mundo gratuitamente tantos bienes, como el sol, la lluvia, el grano, el dinero, el cuerpo, la vida, etc., que nadie pide ni agradece, pues sabe que no pueden vivir un solo día sin luz, sin comer y sin beber. ¿Por qué, entonces, nos dice que oremos por estas cosas?
Respuesta: No lo exige, por cierto, para que le enseñemos con nuestra oración qué ha de darnos, sino para que reconozcamos y confesemos qué clase de bienes nos está concediendo, y cuánto más puede y quiere darnos; de modo que con nuestra oración nos instruimos más a nosotros mismos que a él. Porque con ello yo soy cambiado, de modo que no ando como los impíos, que nunca reconocen esto ni dan gracias por ello; y así mi corazón se vuelve a él y se despierta, de modo que lo alabo y le doy gracias, y acudo a él en tiempo de necesidad y espero de él la ayuda. Y el fruto de todo esto es que aprendo cada vez más a reconocer qué clase de Dios es él; y como le dirijo mis súplicas, él está tanto más dispuesto a responderme abundantemente.
Mira, este es ahora un verdadero suplicante, no como aquellos otros habladores inútiles, que parlotean mucho, pero nunca reconocen esto. Él, en cambio, sabe que lo que tiene es don de Dios, y dice de corazón: «Señor, sé que por mí mismo no puedo producir ni conseguir un pedazo de mi pan de cada día, ni protegerme de ninguna clase de necesidad o desgracia; por eso lo esperaré y te lo suplicaré a ti, como tú me enseñas y prometes dármelo, tú que estás dispuesto a hacer favores sin esperar a mis pensamientos y que te adelantas a mi necesidad».
Mira, tal reconocimiento en la oración agrada a Dios, y es el culto verdadero, más alto y más precioso que podemos rendirle; porque con él se le da la honra y la gratitud que se le deben. Esto no lo hacen los otros, sino que agarran y devoran todos los dones de Dios igual que cerdos; se apropian de un país, una ciudad, una casa tras otra; nunca piensan en tomar en cuenta a Dios; y mientras tanto quieren ser santos con sus grandes entonaciones y su parloteo en las iglesias. Pero un corazón cristiano, que aprende de la palabra de Dios que lo tenemos todo de Dios y nada de nosotros mismos, acepta esto con fe y se familiariza con ello, de modo que puede mirarlo a él para todo y esperarlo todo de él. Así nos enseña la oración, de modo que nos conocemos a nosotros mismos y a Dios, y aprendemos qué necesitamos y dónde hemos de buscarlo y obtenerlo. Así se forma un hombre excelente y sensato, que puede adaptarse fácilmente a todas las circunstancias.
Habiendo reprendido y rechazado así estas oraciones falsas e inútiles, Cristo pasa a dar él mismo una forma breve y excelente de cómo y qué hemos de orar, que abarca toda clase de necesidades que deben impulsarnos a la oración, para que podamos recordarlas cada día con palabras tan breves, y nadie pueda excusarse como si no supiera cómo ni qué ha de orar. Y es una práctica muy buena, especialmente para la gente sencilla, los niños y los criados de la casa, orar cada día el Padrenuestro entero, por la mañana, por la noche y en la mesa, y también en otros momentos, para presentar en él a Dios todas nuestras necesidades en general. Pero como el Padrenuestro está suficientemente expuesto en el Catecismo y en otros lugares, no añadiré por ahora más comentarios.
Sin embargo, como se ha dicho a menudo, es sin duda la mejor oración que jamás se haya pronunciado sobre la tierra o que nadie pudiera concebir, puesto que Dios Padre la dio por medio de su Hijo y la puso en sus labios; de modo que no debemos dudar de que le agrada en extremo. Desde el comienzo mismo nos recuerda tanto su mandamiento como su promesa, con la palabra «Padre nuestro», etc., como quien nos pide esta honra: que le pidamos a él como un hijo a su padre. Y quiere que tengamos la confianza de que nos dará con gusto lo que necesitamos. Y a esto pertenece además que nos gloriemos de ser sus hijos por medio de Cristo. Y así venimos conforme a su mandamiento y promesa, y en el nombre del Señor Cristo, y comparecemos delante de él con toda confianza.
Ahora bien, la primera, la segunda y la tercera petición se refieren a los bienes más altos que recibimos de él. Primero, puesto que es nuestro Padre, que reciba de nosotros su honra y que su nombre sea tenido en alta honra en todo el mundo.
Con esto reúno en un solo montón toda clase de falsa creencia y falso culto, todo el infierno, todo pecado y blasfemia, y pido que ponga fin a la abominable creencia del papa, de los turcos, de los espíritus sectarios y de los herejes, que todos profanan y abusan de su nombre, o bajo su nombre buscan su propia honra. Son, en efecto, pocas palabras, pero su sentido es tan ancho como el mundo, contra toda falsa doctrina y toda falsa vida. En segundo lugar, una vez que tenemos su palabra y la verdadera doctrina y culto, que también su reino esté y permanezca en nosotros; es decir, que nos gobierne en esta doctrina y en esta vida, y con ello nos proteja y preserve contra todo el poder del diablo y de su reino, y que todos los reinos que se enfurecen contra él vayan a la ruina, para que este reino permanezca en pie. Y, en tercer lugar, que no se haga nuestra voluntad ni la de ningún hombre, sino solo la suya, y que lo que él piensa y aconseja prospere, en contra de todos los designios y empresas del mundo y de todo lo que se oponga a esta voluntad y consejo, aunque el mundo entero se junte y luche por sostener su causa contraria. Estos son los tres temas más importantes.
En las otras cuatro peticiones nos encontramos frente a la necesidad que cada día nos sale al paso por nuestra propia cuenta, en lo que toca a esta pobre, débil vida temporal. Por eso pedimos, en primer lugar, que nos dé nuestro pan de cada día, es decir, todo lo que es necesario para conservar esta vida: alimento, un cuerpo sano, buen tiempo, casa, hogar, mujer, hijos, buen gobierno, paz; y que nos guarde de toda clase de calamidades, enfermedades, pestes, carestías, guerras, insurrecciones, etc. Luego, que nos perdone nuestras deudas y no tome en cuenta el vergonzoso mal uso que hacemos de los bienes que cada día nos concede tan ricamente, ni nuestra ingratitud por ellos; y que no nos los niegue ni nos los quite por esta causa, ni nos castigue con el desfavor que merecemos, sino que nos perdone con gracia, aunque nosotros, que nos llamamos cristianos e hijos suyos, no vivimos como deberíamos.
En tercer lugar, puesto que vivimos en la tierra, en medio de toda clase de tentaciones y aflicciones, donde somos asaltados por todas partes y estorbados, y somos tentados no solo por fuera por el mundo y el diablo, sino también por dentro por nuestra propia carne, de modo que no podemos vivir como deberíamos, ni podríamos resistir un solo día en medio de tanto peligro y tentación, pedimos por tanto que en medio de este peligro y necesidad nos sostenga, para que no seamos vencidos ni arruinados por ello. Y, por último, que finalmente nos libre por completo de todo mal, y que cuando llegue el tiempo de partir de esta vida, nos conceda una hora de la muerte llena de gracia y bienaventurada. Así hemos depositado brevemente en su seno toda nuestra necesidad corporal y espiritual, y en pocas palabras hemos reunido un mundo de sentido.
Pero en el texto hay un pequeño apéndice que cierra la oración, como con una confesión común de gratitud, que es este: «porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos». Estos son los títulos y nombres propios que pertenecen solo a Dios. Porque estas tres cosas se las ha reservado para sí: gobernar, juzgar y gloriarse. Nadie tiene derecho a gobernar ni a tener supremacía sino solo Dios, o aquellos a quienes él se lo ha confiado, por medio de los cuales, como siervos suyos, ejerce el gobierno. Asimismo ningún hombre tiene derecho a juzgar a otro, ni a enojarse y castigar, sino quien ocupa el cargo por designación divina. Porque no es un derecho natural de los hombres, sino un derecho dado por Dios.
Estas son las dos cosas que aquí llama el reino, o la soberanía, para que toda autoridad sea suya; y luego el poder, es decir, la ejecución de lo decidido, exsecutio, para que pueda castigar, mantener sometidos a los malvados y proteger a los piadosos. Porque quien castiga lo hace en lugar de Dios, y todo se debe a su poder cuando alguien administra justicia, protege y sostiene.
Por tanto, que nadie se vengue ni castigue por su cuenta, porque no es su oficio ni su esfera, y no sirve de nada; como él dice: «Mía es la venganza, yo pagaré»; y en otro lugar amenaza: «todos los que tomen espada, a espada perecerán».
Así también la gloria, o la honra, es solo de Dios, de modo que nadie puede gloriarse de nada, de su sabiduría, santidad o capacidad, sino por él y de él. Porque si honro a un rey o a un príncipe y lo llamo «Señor clemente», o doblo la rodilla ante él, no lo hago por su persona, sino por causa de Dios, pues está sentado en majestad en lugar de Dios. Así, cuando muestro honra a mi padre y a mi madre, o a quienes están en su lugar, no se la muestro al hombre, sino al oficio divino, y en ellos honro a Dios. Así, donde hay autoridad y poder, a eso se le debe honra y gloria.
Y así su reino, su poder y su gloria prevalecen en todo el mundo, de modo que solo él gobierna, castiga y es glorificado en los oficios y estados divinos, como padre, madre, amo, juez, príncipe, rey, emperador, etc., aunque el diablo, por medio de sus agentes, se le opone y pretende retener la autoridad y el poder, ejercer venganza y castigo y acaparar toda la gloria. Por eso pedimos también especialmente por su nombre, su reino y su voluntad, como los únicos que deben prevalecer, y que todos los demás nombres, reinos, poderes y voluntades vayan a la ruina. Y así confesamos que él es el más alto en estos tres aspectos, y que los otros son sus instrumentos, por medio de los cuales él actúa y lleva a cabo estas cosas.
Mateo 6:14-15
V.14, 15. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
Es un añadido notable, pero muy precioso; y cualquiera puede preguntarse con razón cómo es que añade semejante apéndice precisamente a esta petición: «Perdónanos nuestras deudas», etc., cuando igualmente podría haber añadido un fragmento así a alguna de las otras y haber dicho: «Danos nuestro pan de cada día, como nosotros damos a nuestros hijos»; o: «No nos metas en tentación, como nosotros no tentamos a nadie»; «Líbranos del mal, como nosotros rescatamos y libramos a nuestro prójimo». Y, sin embargo, ninguna petición tiene nada añadido, excepto esta. Además, parece como si el perdón de los pecados se ganara y se mereciera con nuestro perdonar. ¿Qué sería entonces de nuestra doctrina de que el perdón viene solo por Cristo y se recibe por la fe? A lo primero respondo: quiso formular esta petición de un modo especial y ligar el perdón del pecado a nuestro perdonar, para obligar con ello a los cristianos a amarse unos a otros, y a hacer de esto su deber principal y primero, después de la fe y de recibir el perdón: perdonar constantemente al prójimo. De modo que, así como vivimos en fe hacia él, vivamos también en amor hacia el prójimo; que no molestemos ni dañemos a otros, sino que pensemos en perdonar siempre, aunque seamos dañados (como tiene que suceder a menudo en esta vida); o, de lo contrario, sepamos que tampoco nosotros somos perdonados. Porque si hay ira y rencor, eso echa a perder toda la oración, de modo que uno no puede pedir ni desear ninguna de las peticiones anteriores. Mira, esto es hacer un lazo firme y fuerte que nos mantenga unidos, para que no nos desunamos ni creemos divisiones, partidos y sectas, en vez de presentarnos ante Dios a orar y obtener lo que necesitamos; sino que nos soportemos unos a otros en amor y permanezcamos unánimes. Si así es, el cristiano es perfecto, pues cree y ama como es debido. Las demás faltas que tenga quedan consumidas en la oración, y todo queda perdonado y cancelado.
Pero ¿cómo es que en estas palabras liga el perdón a nuestro hacer, cuando dice: Si perdonas a tu prójimo, serás perdonado, y lo contrario, etc.?
¿No hace eso depender el perdón de otra cosa que de la fe? Respuesta: El perdón del pecado, como he dicho a menudo en otros lugares, se da de dos maneras. Primero, por el evangelio y la palabra de Dios, que se recibe interiormente en el corazón delante de Dios, por la fe. Segundo, exteriormente, por las obras, de las cuales dice 2 P 1:10, cuando enseña acerca de las buenas obras: «Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección», etc. Aquí quiere decir que debemos hacer firme esto, que tenemos la fe y el perdón del pecado; es decir, que mostremos las obras, para que se conozca el árbol por sus frutos y se haga manifiesto que es un árbol bueno y no malo. Porque donde hay verdadera fe, allí seguirán ciertamente las buenas obras. De este modo el hombre es piadoso y recto por dentro y por fuera, delante de Dios y de los hombres. Porque este es el resultado y el fruto con el cual me aseguro a mí mismo y a otros de que soy un verdadero creyente; cosa que de otro modo no puedo saber ni ver.
Así también aquí el perdón exterior que muestro en la práctica es una señal segura de que tengo el perdón divino de mis pecados. Y, al contrario, si no lo muestro hacia mi prójimo, tengo una prueba segura de que no estoy perdonado delante de Dios, sino que sigo en la incredulidad. Mira, este es el doble perdón: uno interior en el corazón, que se aferra solo a la palabra de Dios; y otro exterior, que brota hacia afuera y nos asegura que tenemos el interior.
Así distinguimos las obras de la fe, como una justicia interior y otra exterior; pero de tal modo que la interior está primero, como la raíz y el tronco de los que deben crecer las buenas obras como fruto; y la exterior es su testimonio y, como dice Pedro, certificatio, una garantía de que la otra está ciertamente allí. Porque quien no tiene la justicia interior no hace ninguna de las obras exteriores. Y, al revés, si faltan las señales y pruebas exteriores, no puedo estar seguro de la primera, sino que me engaño a mí mismo y a otros. Pero si veo y siento que perdono de buena gana a mi prójimo, entonces puedo concluir y decir: «Esta obra no la hago por naturaleza, sino que me siento, por la gracia de Dios, dispuesto de otra manera que antes».
Esta es una breve respuesta a la palabrería de los sofistas. Pero también es verdad que esta obra, como aquí la llama, no es una mera obra como otras que hacemos por nosotros mismos, pues con ella no se deja de lado la fe. Porque él toma esta obra y le planta encima una promesa, de modo que con toda honradez podría llamársela sacramento, para fortalecer con ella la fe. Así como también el bautismo ha de considerarse una obra que yo hago, cuando bautizo o soy bautizado; pero como la palabra de Dios está unida a él, no es una mera obra que por sí misma valga o produzca algo, sino una palabra y señal divina sobre la cual descansa la fe.
Así también nuestra oración, como obra nuestra, no valdría ni produciría nada; su eficacia viene de que se hace conforme a su mandamiento y promesa, de modo que bien puede considerarse un sacramento, y más una obra divina que una obra nuestra.
Digo esto porque los sofistas miran las obras que hacemos solo en sí mismas, aparte de la palabra y la promesa de Dios. Por eso, cuando oyen y leen estos pasajes que se refieren a las obras, tienen que decir, claro está, que el hombre merece esto con su hacer. Pero las Escrituras enseñan así: que no hemos de mirarnos a nosotros mismos, sino a la palabra y promesa de Dios, y aferrarnos a ella por la fe; de modo que si haces una obra movido por la palabra y la promesa, tienes una prueba segura de que Dios te es propicio; de tal manera que tu propia obra, que Dios ha tomado ahora para sí, sea para ti una prueba segura del perdón, etc.
Ahora bien, Dios ha provisto diversos caminos, modos y maneras por los que obtenemos la gracia y el perdón de los pecados: primero, el bautismo y el sacramento; también (como acabo de decir) la oración; también la absolución; y aquí nuestro perdonar. De modo que estamos ricamente provistos y podemos hallar gracia y misericordia en todas partes. Porque ¿dónde la buscarías más cerca que en tu prójimo, con quien vives cada día y tienes cada día ocasión de practicar este perdón? Porque no puede ser que no seas ofendido mucho y a menudo. Así tenemos, no solo en la iglesia o con el sacerdote, sino en medio de nuestra vida, un sacramento o bautismo diario, un hermano con otro, y cada uno en su casa. Porque si te aferras a la promesa por medio de esta obra, tienes exactamente lo mismo que recibes en el bautismo. ¿Cómo podría Dios sernos más ricamente propicio que colgándonos al cuello un bautismo tan común y atándolo al Padrenuestro, bautismo que cada uno experimenta en sí mismo cuando ora y perdona a su prójimo? Así nadie tiene motivo para quejarse ni excusarse diciendo que no puede llegar a ello, que le queda demasiado alto y lejos, o que es demasiado pesado y caro; pues se le lleva a casa, a él y a su prójimo, justo delante de su puerta; sí, se le pone en el seno.
Mira, si lo consideras no en cuanto a la obra misma, sino en cuanto a la palabra que va unida a ella, hallarás un tesoro excelente y precioso, de modo que ya no es obra tuya, sino un sacramento divino. Y es un consuelo poderoso que puedas alcanzar la gracia perdonando a tu prójimo, aunque no puedas acudir a otros sacramentos. Esto debería moverte a hacer esta obra de buena gana y de corazón, y a dar gracias a Dios de que eres digno de esta gracia. Deberías, por cierto, correr tras ella hasta el fin del mundo y gastar en ella todos tus bienes, como solíamos hacer por las indulgencias inventadas. Quien no quiera recibir esto tiene que ser un hombre vergonzoso y maldito, sobre todo si oye hablar de esta gracia y la reconoce, y aun así sigue tan torcido y obstinado que no quiere perdonar; con lo cual pierde de un golpe el bautismo, el sacramento y todo lo demás. Porque todos están unidos entre sí, de modo que quien tiene uno debe tenerlos todos, o no conserva ninguno. Quien ha sido bautizado debe también recibir el sacramento; y quien recibe el sacramento debe también orar; y quien ora debe también perdonar, etc. Si no perdonas, tienes aquí una sentencia terrible: que tampoco tus pecados serán perdonados, aunque estés entre cristianos y disfrutes del sacramento y de otros bienes; pero estos te serán tanto más dañinos y condenatorios.
Y para incitarnos más a hacerlo, Cristo ha usado palabras amables y amistosas, diciendo: «si perdonáis a los hombres sus ofensas», etc. No dice: su maldad y su bellaquería, o su perversidad y su vicio, etc. Porque por ofensa entiende un pecado que se comete más por debilidad o ignorancia que por malicia. ¿Por qué empequeñece y reduce así el pecado de nuestro prójimo, cuando a menudo vemos que muchos pecan deliberadamente, por pura maldad y mala voluntad? Lo hace porque quiere calmar tu ira y ablandarte, para que perdones de buena gana; y le importa más hacer tu corazón dulce y amistoso que presentar el pecado tan grande como es en sí mismo.
Porque delante de Dios es, y tiene que ser, tan grande que merece la condenación eterna y excluye del cielo, aunque sea un pecado pequeño y solo una falta, si uno no lo reconoce y no te pide perdón por él.
Pero no quiere que el pecado lo consideremos así tú y yo, a quienes no nos corresponde castigar el pecado, sino perdonarlo; de modo que pienses así: «Aunque mi prójimo haya hecho algo contra mí por malicia, sin embargo está engañado, cautivo y cegado por el diablo».
Por tanto, deberías ser tan piadoso que más bien lo compadezcas, a él que ha sido vencido por el diablo; de modo que se llame un pecado grande e imperdonable por parte del diablo, que lo ha instigado, pero por parte de tu prójimo, un desliz y una falta. Como también hizo Cristo mismo con nosotros, cuando oró en la cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Eso fue hacer pequeño y de poca monta nuestro pecado, que sin embargo es en sí mismo el mayor que jamás se haya cometido en la tierra. Porque ¿qué pecado mayor puede cometerse que torturar y matar de la manera más vergonzosa al unigénito Hijo de Dios?
Sin embargo, tienes que entender este error y esta falta de modo que tu prójimo que ha pecado contra ti lo reconozca, pida perdón y desee enmendarse. Porque he dicho en otro lugar que hay dos clases de pecado: uno que se confiesa, y que nadie debe dejar sin perdonar; y otro que se defiende, y ese nadie puede perdonarlo, porque no quiere ser tenido por pecado ni aceptar el perdón. Por eso también Cristo, en Mt 18:18, donde habla del perdón o de las llaves, pone ambas cosas lado a lado, atar y desatar; para mostrar que no se puede absolver el pecado que uno no quiere reconocer como pecado ni que se le perdone, sino que hay que atarlo en lo profundo del infierno; pero, en cambio, los que se confiesan hemos de absolverlos y elevarlos al cielo, etc.
Como sucede con el oficio de las llaves, así sucede también con cada cristiano en relación con su prójimo. Aunque debe estar dispuesto a perdonar a todo el que lo dañe, si alguno no quiere reconocer el pecado ni apartarse de él, sino que además quiere seguir en él, no puedes perdonarlo; y esto no por causa tuya, sino por causa de él, porque no quiere el perdón. Pero tan pronto como reconoce su culpa y pide perdón, todo tiene que concederse, y la absolución debe seguir enseguida. Porque si él se reprende a sí mismo y abandona sus pecados, de modo que ya no se le pega ningún pecado, con mayor razón debo yo pasarlos por alto. Pero si él mismo se aferra a ellos y no quiere abandonarlos, no puedo quitárselos, sino que tengo que dejarlo tendido en ellos, mientras él hace de un pecado perdonable uno imperdonable. En resumen, si no quiere reconocerse, tenemos que cargar su conciencia lo más pesadamente posible y no mostrar misericordia, pues él quiere perversamente ser del diablo. En cambio, si confiesa su pecado y busca tu perdón, y tú te niegas a perdonar, entonces lo has cargado sobre ti mismo, de modo que te condenará también a ti.
Así, Cristo quiere también que el pecado se confiese, puesto que todavía lo llama ofensa. No pretende negar que sea algo malo, ni imponerte que lo apruebes como bien hecho, ni que lo trates como justo o bueno; sino solo que, cuando se haya vuelto perdonable y de tan poca monta que se llame solo una falta, digas entonces a tu prójimo: «Aunque no puedo alabarlo, y está mal, sin embargo, puesto que reconoces tu error, tu corazón ha cambiado ahora y no tienes mala voluntad contra mí, yo también lo pasaré por alto de buena gana como una falta y un descuido, y olvidaré mi enojo».
Si ahora estás así dispuesto hacia tu prójimo, Dios se mostrará también a su vez hacia ti con un corazón dulce y amistoso, y hará de tan poca monta tu pecado grande y pesado que has cometido contra él, y que aún sigues cometiendo, que lo llamará solo una falta, si lo reconoces y pides perdón; pues él está más inclinado a perdonar de lo que podemos esperar. Por un corazón así deberías ofrecer a Dios tu cuerpo y tu vida, y buscarlo hasta el fin del mundo, como solían buscarlo en el papado, atormentándose por él con muchas clases de obras. Ahora se te ofrece aquí un corazón así, presentado y dado enteramente gratis, igual que el bautismo, el evangelio y todos sus bienes; y recibes más de lo que podrías adquirir con todas tus obras y las de todos los hombres. Porque aquí tienes la promesa segura, que no puede mentirte ni engañarte, de que todos tus pecados, por muchos o grandes que sean, serán delante de él tan pequeños como las debilidades humanas de cada día, que él no contará ni recordará, en tanto tengas fe en Cristo. Porque así como los otros sacramentos tienen su origen en el Señor Cristo y obran por él, así también que nuestra oración sea oída y que tengamos perdón cierto: no lo hemos merecido, sino que todo ha sido adquirido por él y se nos concede a nosotros; de modo que él sigue siendo siempre el único Mediador, por quien lo tenemos todo, y así también el perdón fundado en esta obra vale solo por él.
Ves, pues, ahora por qué Cristo añadió este apéndice a la oración: para unirnos con él más estrechamente y conservar a sus seguidores en la unidad del espíritu, tanto en la fe como en el amor, a fin de que no nos dejemos separar por ningún pecado ni falta, y no perdamos la fe y todo lo demás. Porque no puede ser de otro modo sino que cada día ocurran entre nosotros muchas ofensas, en todas las vocaciones y clases de negocios, al decirnos y hacernos unos a otros lo que a nadie le gusta oír ni soportar, dando ocasión a la ira y a la contienda. Porque todavía tenemos nuestra carne y sangre, que actúa a su manera y fácilmente deja escapar una mala palabra, o un gesto o un hecho airado, con lo que se hiere el amor; de modo que tiene que haber mucho perdón entre los cristianos. Como también nosotros necesitamos sin cesar el perdón de Dios, y tenemos que aferrarnos siempre a la oración: «Perdónanos, como nosotros perdonamos»; a menos que seamos gente tan impía que siempre vemos más fácilmente la paja en el ojo del prójimo que la viga en el nuestro, y echamos nuestros pecados a la espalda. Porque si nos miráramos a nosotros mismos cada día de la mañana a la noche, hallaríamos tantos pegados a nosotros que nos olvidaríamos de los demás y nos alegraríamos de poder dedicarnos a la oración.
Mateo 6:16-18
V.16-18. Cuando ayunéis, no seáis austeros, como los hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.
Así como reprendió su limosna y su oración, reprende aquí su ayuno. Porque estas son más o menos las tres buenas obras que abarcan todas las demás: la primera, toda clase de buenas acciones hacia el prójimo; la segunda, que nos preocupemos por toda clase de necesidades, tanto ajenas como propias, y las llevemos delante de Dios; la tercera, que mortifiquemos nuestro cuerpo.
Pero así como habían abusado vergonzosamente de la limosna y de la oración, buscando con ellas no la honra de Dios sino su propia gloria, así también abusaron del ayuno y lo pervirtieron: no para mantener su propio cuerpo sujeto y en disciplina, ni para alabar y dar gracias a Dios, sino para ser vistos de los hombres y tener fama, de modo que la gente tuviera que asombrarse y decir: «¡Oh, estos sí que son santos excelentes, que no viven como la demás gente común, sino que andan con hábitos grises, cabizbajos, tristes y pálidos!», etc. «Si estos no llegan al cielo, ¿qué será de nosotros?».
Pero no quiere que el ayuno en sí mismo sea rechazado ni despreciado, como tampoco rechaza la limosna y la oración, sino que más bien las confirma y enseña a usarlas como es debido. Así quiere restaurar el ayuno como corresponde, para que se use bien y se entienda correctamente, como debe ser con una buena obra.
Tuvo su origen entre los judíos, cuando Moisés les mandó ayunar unos catorce días seguidos, en otoño, en la fiesta de la expiación. Ese era el ayuno común, que todos guardaban al mismo tiempo. Además, los fariseos tenían sus ayunos especiales, para hacer algo más y ser tenidos por más santos que los demás. Porque aquel ayuno no estaba ordenado para que con él fueran vistos y observados por otros, pues lo guardaba todo el pueblo; y con lo que es común a todos nadie puede distinguirse especialmente. Por eso tenían que emprender muchos ayunos especiales, para ser vistos como mucho más elevados y espirituales que la gente común. De ahí que también se jacten en el evangelio contra Cristo: «¿Por qué los discípulos de los fariseos ayunan muchas veces, y tus discípulos no ayunan?», etc.
Además, adoptaban actitudes y señales distintivas por las que se supiera cuándo ayunaban: demudaban sus rostros, de modo que no se lavaban ni se ungían, sino que se veían tristes y sombríos, y ponían una seriedad tan admirable que la gente tenía que hablar y cantar de ello, etc.
Ahora viene Cristo, derriba este ayuno, enseña exactamente lo contrario y dice: Si quieres ayunar, ayuna de tal manera que no tengas un semblante triste; sino lava y unge tu rostro, para que parezcas alegre y contento, como en un día de fiesta, de modo que no se note ninguna diferencia entre tu ayunar y tu guardar fiesta. Porque era costumbre entre los judíos rociarse el cuerpo con agua aromática y ungirse la cabeza, de modo que toda su persona estuviera perfumada cuando guardaban una fiesta o querían estar alegres. Si ayunas así, solo entre tú y tu Padre, entonces has ayunado bien, de modo que a él le agrada. Pero no como si en un día de ayuno estuviera prohibido llevar ropa pobre o ir sin lavarse; lo que se rechaza es la idea de que se haga por la reputación y para que la gente abra los ojos ante tu peculiar manera de hacerlo. De hecho, leemos a menudo cómo ayunaban vistiéndose de cilicio y echándose ceniza sobre la cabeza, como en el caso del rey de Nínive y de toda la ciudad. Pero ese era otro tipo de ayuno, que les enseñaban su necesidad y su miseria.
Ahora bien, nosotros copiamos de los judíos nuestra gran temporada de ayuno, y al principio guardábamos catorce días. Luego nos volvimos más santos y lo alargamos a cuatro semanas, hasta que al fin se extendió a cuarenta días. Pero, no contentos con eso, apartamos además dos días de cada semana durante todo el año para ayunar, el viernes y el sábado; y finalmente los cuatro ayunos áureos u obligatorios. Todos estos eran todavía ayunos comunes o generales. Además de esto, el tiempo de Adviento halló algunos santos especiales que hicieron de él un ayuno, aparte de lo que guardaban los monjes en los monasterios. Y luego cada uno escogía algunos santos especiales además de los ayunos generales, hasta que el resultado fue que todo esto no valía nada si cada uno no se hacía su propio ayuno.
Pues bien, semejante ayuno, todo junto, no vale un centavo. Porque los padres primitivos bien pudieron tener buena intención y guardar los ayunos como es debido; pero pronto se exageró y se echó a perder con la inmundicia, de modo que no valía nada. Y recibió lo que merecía. Porque así como esta maravillosa multiplicación de ayunos era un mero juego humano, así pronto degeneró en un abuso vergonzoso. Porque puedo decir con toda honradez que nunca vi un verdadero ayuno en el papado, en lo que ellos llaman ayunar. Porque ¿qué clase de ayuno es ese para mí, cuando al mediodía preparan una comida de pescado costoso, excelentemente condimentado, más y mejor que para otras dos o tres comidas, y además la bebida más fuerte, y pasan en ello una hora o tres, hasta llenarse la panza? Y eso era cosa común y una nimiedad aun entre los monjes más estrictos. Pero los santos padres, los obispos, abades y otros prelados lo hacían en serio desde el principio, con diez y veinte platos, y por la noche tomaban tanto refrigerio que varios trilladores podrían haberse alimentado con ello tres días. Bien puede ser que algunos presos, o gente pobre y enferma, hayan tenido que ayunar por pobreza; pero no conozco a nadie que ayunara por devoción, y menos todavía ahora. Pero ahora estos, mis queridos papistas, se han vuelto todos buenos luteranos, de modo que ninguno piensa ya en ayunar; mientras tanto, dejan que nuestros pobres pastores pasen hambre y apuros y guarden en su lugar un verdadero ayuno diario.
Así pues, este ayuno ha resultado mucho peor que el de los judíos y fariseos, que ayunaban honesta y verdaderamente, solo que buscaban con ello su propia honra; pero el nuestro, bajo el nombre de ayuno, se ha convertido en un mero banquete, y no es ayuno, sino una burla de Dios y de la gente. Tiene además el vergonzoso añadido de hacer distinción entre las clases de alimentos y prohibir el uso de algunos, de modo que solo llaman ayuno a abstenerse de carne, mientras tanto comen el mejor pescado con excelentes condimentos y especias y el vino más fuerte. Por eso he aconsejado, y aconsejo todavía, que pisoteemos semejante ayuno como una abominable burla de Dios; de modo que me indigna que los hombres practiquen y toleren esta blasfemia en la cristiandad, y engañen a Dios con la máscara de llamar ayuno y buena obra a esa vida de buen comer y de llenarse la panza.
Este es un engaño grosero, desvergonzado y vergonzoso, que no necesita las Escrituras para ser reprendido, sino que cualquier campesino, sí, un niño de siete años, puede comprenderlo y entenderlo. Pero además le han añadido el abuso todavía más vergonzoso (que arruina incluso el verdadero ayuno) de buscar con él un gran mérito delante de Dios, como si con ello expiaran el pecado y aplacaran a Dios; por eso imponen este ayuno como penitencia en la absolución. Eso es en verdad ayunar en nombre de todos los diablos, golpear a Cristo en la boca y pisotearlo. De modo que, en cuanto al abuso, si hay que hacer algo malo, preferiría permitir que uno se atiborrara hasta hartarse; y si tengo que mirar inmundicia, prefiero ver una cerda ahíta que a un santo así, que ayuna con la mayor rigurosidad a pan y agua.
La enseñanza y los libros de todos los monjes, las bulas papales, todos los púlpitos, están todavía llenos de esta abominación, de modo que no saben de ningún otro ayuno cuando hacen lo mejor que pueden. No diré nada de cómo engrandecen los ayunos groseros, vergonzosos y mentirosos de que hemos hablado, ni de cómo con ellos establecen y confirman el culto a los santos; y no se ha hallado a nadie que diga una palabra contra estos abusos. Por eso sigo afirmando que en toda mi vida nunca vi en todo el papado un ayuno que fuera verdaderamente cristiano, sino solo ayunos vergonzosos y banquetes en lugar de un verdadero ayuno, y junto con eso pura idolatría e hipocresía, con las que se insultaba a Dios y se engañaba a la gente. Por tanto, aprendamos aquí lo que significa ayunar como es debido.
Hay dos clases de ayuno que son buenas y dignas de alabanza. Uno puede llamarse ayuno secular o civil, ordenado por el gobierno, como cualquier otra ordenanza o mandato de las autoridades, no exigido como buena obra ni como culto divino. Porque me gustaría ver, y aconsejaría y ayudaría a lograrlo, que el emperador o el príncipe ordenaran que uno o dos días a la semana no se comiera ni se vendiera carne, como una ordenanza buena y útil para el país, para que no se lo engulla todo, como se hace ahora, hasta que al fin tengan que venir tiempos de carestía y no haya nada que conseguir. Además, me alegraría que en ciertos tiempos, una vez por semana, o como mejor pareciera, la gente no cenara por la noche, salvo un pedazo de pan y una bebida, para que no se consuma todo con el incesante comer y beber sin medida, como hacemos los alemanes, y aprendiéramos a vivir con templanza, sobre todo la gente joven, robusta y fuerte. Pero eso debería ser un asunto enteramente secular, sujeto a la autoridad temporal.
Además de esto, debería haber también un ayuno espiritual general, que los cristianos deberíamos guardar; y sería un buen arreglo tener un ayuno general unos días antes de Pascua, Pentecostés y Navidad, y así distribuir los ayunos a lo largo del año. Pero de ningún modo con el propósito de hacer de ello un acto de culto, para merecer algo con él o para aplacar a Dios; sino como una disciplina y un ejercicio cristiano exterior para los jóvenes y la gente sencilla, para que aprendan a adaptarse a los tiempos y a hacer las distinciones necesarias a lo largo del año; como hasta ahora hemos guardado las cuatro semanas de témporas, por las que todos se guiaban. Porque para la gente común y ruda tenemos que distinguir y señalar ciertos tiempos, como días de ayuno y de fiesta, para predicar y conmemorar los principales acontecimientos de la vida de Cristo; de tal manera que con ello no se pretenda ningún culto especial, sino solo un día de memoria, con el que se pueda dividir todo el año y saber qué tiempo especial es. Así que no tendría objeción en que la gente ayunara todos los viernes por la noche durante todo el año, apartándolo como un día que se distinga claramente. Pero semejante ayuno ni puedo ni quiero instaurarlo, a menos que antes se hubiera acordado unánimemente. Mira, así la Iglesia cristiana tendría ayuno de sobra, de modo que no podrían reprocharnos que despreciamos el ayuno y lo rechazamos por completo.
Pero tampoco es este todavía el verdadero ayuno cristiano que Cristo tiene en mente, que se refiere especialmente a cada persona en particular, y que, si ha de merecer el nombre de verdadero ayuno cristiano, tiene que hacerse así: no solo no cenando por la noche, que es solo una parte de él, y la más pequeña, sino que consiste en que disciplines y refrenes tu cuerpo.
Esto no se refiere solo a comer, beber, dormir, etc., sino también a estar ocioso, a entregarse a los juegos y a todo lo que agrada y mima al cuerpo.
El verdadero ayuno consiste en dejar y abstenerse de todas esas cosas, y solo con el fin de refrenar y humillar la carne; como las Escrituras inculcan el ayuno y lo llaman affligere animam, mortificar el cuerpo, etc., para que renuncie a la voluptuosidad, al buen vivir y al placer. Este era el ayuno de los padres primitivos: no comían nada en todo el día, andaban afligidos y negaban al cuerpo todo, hasta donde la naturaleza lo permitía.
Este ayuno lo encontramos hoy raras veces, sobre todo entre nuestros monjes y sacerdotes espirituales. Porque los cartujos, que pretenden llevar la vida más estricta, no lo practican, aunque aparentan hacerlo vistiendo un hábito de cilicio; pero con todo se atiborran y se llenan la panza de la mejor comida y bebida, y viven sin preocupación alguna del modo más lujoso.
No; no se trata de andar con sutilezas y engaños, sino que exige mortificar el cuerpo y negarle todo lo que le agrada y lo satisface. Y aunque de verdad ayunaran como es debido, todavía harían de ello un abuso diabólico, fundando en ello su santidad y pretendiendo obtener con ello algo especial de Dios, etc. Por eso no debemos edificar nada sobre él, aunque nuestro ayuno sea de la mejor clase. Porque detrás de él puede esconderse un bribón secreto, contra la fe o contra el amor; como también el profeta Isaías (Is 58:3) (como se citó antes) reprende el ayuno con el que mortificaban sus cuerpos, mientras al mismo tiempo defraudaban y oprimían a sus deudores, etc. Así también Cristo rechazó el ayuno de los fariseos; no porque no ayunaran de verdad, sino porque buscaban con ello su propia gloria y honra, etc.
Por eso hace falta mucho para que el ayuno sea una obra verdaderamente buena y agradable a Dios. Porque él no puede soportar en absoluto que le hagas la corte con tu ayuno como un gran santo y al mismo tiempo abrigues odio e ira contra tu prójimo, etc. Si quieres ayunar como es debido, ten presente que primero has de ser un hombre piadoso y tener verdadera fe y verdadero amor. Porque este asunto no tiene que ver con Dios ni con nuestro prójimo, sino con nuestro propio cuerpo, etc. Pero nadie quiere hacerlo.
Por eso bien puedo decir que nunca he visto un verdadero ayuno. Porque no ha habido más que un ayuno a medias y fragmentario, y un miserable engaño, cuando por apariencia suprimen una comida, pero con todo halagan cada día al cuerpo. Salvo ahora en el caso de algunos predicadores y pastores piadosos en las aldeas y en otras partes, que tienen que hacerlo por necesidad y además sufren oprobio, burla y toda clase de molestias, y no reciben de nadie ni un pedazo de pan. En ellos no hay ni placer, ni ostentación, ni vida cómoda; estos son los que andan errantes por el mundo, a quienes nadie conoce, «de los cuales el mundo no era digno» (como se dice en la epístola a los Hebreos, He 11:38). Pero a los monjes cartujos y a nuestra chusma sediciosa, con sus hábitos de cilicio y sus sayos grises, a esos hay que mirarlos con asombro y decir: «¡Oh, qué gente tan santa es esta! ¡Qué duro les resulta andar tan pobremente vestidos!»; y, sin embargo, siempre están tragando y bebiendo hasta llenarse la panza.
Mira, a esto llamo yo el verdadero ayuno de los cristianos: que uno mortifique todo el cuerpo y lo obligue, con sus cinco sentidos, a dejar y prescindir de todo lo que sirve a su comodidad, ya sea de buena gana o por obligación (con tal que uno lo acepte de buena gana y lo soporte), coma pescado o carne; pero nada más de lo que exige la pura necesidad, para que el cuerpo no se dañe ni quede incapacitado, sino que se mantenga sujeto y trabajando, de modo que no se vuelva ocioso, perezoso y lascivo. Pero un ayuno así no me atrevo a exigirlo, ni quiero imponérselo a nadie. Porque aquí cada uno tiene que mirarse a sí mismo y juzgar lo que siente, pues no todos somos iguales, de modo que no puede establecerse una regla general. Cada uno, en la medida en que es fuerte y siente lo que su propia carne necesita, en esa misma medida debe afligirla o aliviarla. Porque la intención aquí es combatir la concupiscencia y la excitación de la carne, y no la naturaleza misma; y no está limitada por ninguna regla ni medida de tiempo o lugar, sino que ha de aplicarse de continuo, si es necesario, para mantener el cuerpo a raya y acostumbrarlo a soportar incomodidades cuando haga falta. Y ha de usarse según el criterio de cada uno, de modo que nadie pretenda medirla con reglas, como ha hecho el papa. Así como no podemos medir las oraciones, sino que las dejamos libres cuando la devoción de alguien las sugiere o las pide; ni podemos aplicarlo a la limosna, a quién, cuándo o cuánto hemos de dar, como forzados por la necesidad y la ley.
Hasta aquí llega la ley general para todos los cristianos, y se recomienda que cada uno viva con templanza, sobriedad y discreción, no un día o un año, sino cada día y continuamente, lo que las Escrituras llaman sobrietatem, vivir sobriamente. De modo que, aunque no puedan guardar todos los ayunos principales, hagan por lo menos esto: ser moderados en el comer, el beber, el dormir y en todas las necesidades del cuerpo, para que se atienda a lo necesario y no a lo superfluo y caprichoso, y no vivamos aquí como si solo tuviéramos que comer y beber, bailar y divertirnos. Pero si alguna vez, por debilidad, caemos en algún exceso, eso tendrá que contarse bajo el perdón de los pecados, como las demás faltas de cada día.
Pero ante todo procura ser de antemano piadoso y verdadero cristiano, y no pienses prestar a Dios un servicio con este ayuno. Servir a Dios tiene que ser sencillamente la fe en Cristo y el amor al prójimo, de modo que hagas justo lo que es tu deber. Si no es así contigo, entonces más vale que dejes el ayuno. Porque el ayuno solo sirve para imponerse al cuerpo, para cortar exteriormente su concupiscencia y las ocasiones de concupiscencia; así como la fe hace lo mismo interiormente en el corazón. Baste con esto sobre el ayuno.
Ahora debemos mirar también las palabras que Cristo añade a todas estas cosas, la limosna, la oración y el ayuno: que han de ser en secreto, y entonces nuestro Padre, que ve en lo secreto, nos recompensará en público. Porque es una garantía consoladora y necesaria para los cristianos que hacen estas obras con rectitud, puesto que en el mundo sus obras son calumniadas y tan cubiertas y ocultas que ningún impío puede verlas; y aunque las vea, con los ojos abiertos no las reconoce. Así, tomémonos a nosotros mismos como ejemplo: el bien que hacemos por la gracia de Dios nadie lo ve, y todo el mundo nos denuncia como gente que no ora ni ayuna, que desprecia y prohíbe todas las buenas obras y que solo ocasiona desgracia y discordia. Pero cómo oramos, en público y en secreto, eso no han de verlo, aunque lo oigan y estén a nuestro lado; y les gustaría atacarnos públicamente, mientras nosotros ayudamos a mantener la paz y hacemos el bien, etc. Porque Dios lo ha dispuesto así, como dicen las Escrituras, que ningún impío vea la gloria de Dios, es decir, todo lo que Dios dice y hace; como también dice Isaías (Is 6:10): «Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, ni se convierta», etc.
Y así sucede con nosotros, tanto en nuestra doctrina como en nuestra vida. Porque supongo que nuestro evangelio no está oculto en sí mismo, sino tan divulgado que todos lo ven y lo oyen; de lo contrario no se enfurecerían tanto contra él. Y, sin embargo, no pueden verlo, y entre ellos no ha de llamarse evangelio, sino herejía condenable. Así tampoco ven sus frutos en nosotros, ni nuestras buenas obras que mostramos hacia ellos, nuestros enemigos: nos humillamos por completo ante ellos, les ofrecemos la paz y todo lo bueno, y además oramos fielmente por ellos. Pero no son dignos de reconocerlo, sino que precisamente por eso tienen que perseguirnos de manera tanto más horrible. Así tampoco ven nuestro ayuno, cómo nuestros predicadores soportan de buena gana el hambre y los apuros para servir a la gente, etc. Pero cuando ellos ayunan con una buena y abundante colación y tres o cuatro platos, eso es una hazaña espléndida y una gran santidad; así como nuestra oración ha de tenerse por nada frente a su parloteo y sus aullidos en las iglesias.
Mira, así toda la vida cristiana tiene que estar y permanecer escondida, y no puede alcanzar notoriedad ni tener lucimiento ni ostentación ante el mundo.
Por tanto, date por satisfecho y no te preocupes, aunque esté oculta, y aun cubierta y sepultada, de modo que nadie la vea ni la tome en cuenta; conténtate con que tu Padre allá arriba en el cielo la ve. Él tiene ojos agudos y puede ver muy lejos, aunque esté cubierta por grandes y oscuras nubes y enterrada en lo profundo de la tierra; de modo que la vida de todos los cristianos está destinada solo a los ojos de Dios. Porque en todo caso este es el resultado de todo: podemos vivir como queramos y obrar lo mejor que podamos, pero aun así no podemos agradar al mundo ni hacer lo que a él le parezca justo o digno de alabanza; y en realidad no merece que se le ayude ni se le haga bien.
Por eso nosotros también tenemos que despedirlo a su vez y mandarlo a casa con el diablo, y desafiarlo confiadamente con rimas como esta: «Deja ir al mundo, que poco vale», etc. Basta con que obremos para agradar a aquel que ve lo que hacemos; y no haremos ni dejaremos de hacer nada por agradarles a ellos, con la ayuda de Dios, ya nos lo agradezcan o nos insulten, se enojen o se rían; de todos modos no haremos que sea distinto de lo que siempre ha sido.
¿Por qué, entonces, habríamos de esforzarnos por una honra o una gratitud que no pueden obtenerse? No; se la dejaremos a los bribones que llevan rosarios al cuello, braman día y noche en el coro, se atiborran de nada más que pescado y aceite apestoso, etc., y no hacen más que obras perdidas. Que esos se ganen la honra y la gloria del mundo, pues las merecen las dos, y van juntas como el ganado y el establo, con el diablo detrás. Porque como son las obras, así serán también los sacerdotes, para que un villano alabe a otro.
Esta es una parte del consuelo: saber que el mundo no es digno de nosotros, pero que tenemos a Otro en el cielo que nos mira a nosotros y nuestras obras. La otra parte es que dice: «tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público»; que no solo será visto, sino también recompensado; y no en secreto, sino en público, para que todo el mundo lo vea, para su propia vergüenza perpetua. Por tanto, deja que él disponga; él lo sacará a la luz, para que no quede en la oscuridad, y lo hará en la tierra y delante de la gente. Como también el Salmo 37 enseña consoladoramente: «Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará. Exhibirá tu justicia como la luz, y tu derecho como el mediodía» (Sal 37:5-6). Mira cómo los amados mártires fueron asesinados tan vergonzosamente, y sin embargo ahora brillan de tal modo que todo el mundo a su lado es mera hediondez. Así, antes de nuestros días, Juan Hus fue condenado con una brutalidad inaudita, y su nombre (según creían) quedó borrado para siempre; y, sin embargo, ahora brilla con tal honra que su causa y su enseñanza tienen que ser alabadas ante todo el mundo, y el asunto del papa yace en el lodo de la manera más ignominiosa.
Dejemos, pues, que ahora nos entierren a paladas y quedemos escondidos; llegará el tiempo en que Dios nos sacará, de modo que nuestra causa tenga que brillar ante los ojos de todo el mundo, aun en esta vida, pero todavía más gloriosamente en aquel día, cuando algún pobre hombre se presente con sus frutos y buenas obras y avergüence a todo el papado y al mundo, de modo que su causa sea luz y claridad perfectas, y la de ellos no sea más que inmundicia. Con tal que nos aferremos a la palabra de Cristo y no nos importe ni nos preocupe que ahora se nos ensucie y se nos arroje a la oscuridad ante el mundo, sino que lo miremos a él y lo hagamos todo por su causa. Porque la obra y la palabra de Dios no pueden quedarse atrás, sino que tienen que salir a la luz, por profundamente que estén cubiertas y enterradas. De modo que yo mismo me he maravillado a menudo, al mirar el papado, de cómo el diablo, por medio de las abominaciones del papa, había arrojado el amado evangelio a un estercolero y a un charco, y lo había cubierto tan por completo que pensé que no sería posible que la verdad volviera a salir en medio de tales perversiones de misas, purgatorio e innumerables otras abominaciones. Y, sin embargo, tuvo que salir, justo cuando yacía más hondo y ellos pensaban que habían zanjado el asunto para siempre.
Lo mismo le sucedió a Cristo mismo: cuando lo habían puesto bajo tierra y creían haberlo cubierto tan hondo que nadie volvería a mencionarlo jamás, entonces él irrumpe y brilla por su palabra tan resplandecientemente que todos ellos tuvieron que hundirse para siempre. Por eso también nosotros debemos sentirnos seguros, pues tenemos su palabra, de modo que nuestra doctrina y nuestras obras tienen que salir a la luz y ser alabadas ante los ojos de todo el mundo, aunque ahora estén ocultas; a menos que Dios mismo tenga que quedarse en la oscuridad. Mira, esta es la garantía consoladora que se nos da como exhortación: que nos ejercitemos en obras verdaderamente buenas y no nos preocupemos porque el mundo no las vea, pues es demasiado ciego. Tan poco como reconoce a Dios, igual de poco reconoce su palabra y sus obras; y nunca llegará a ver qué cosa tan grande es ser un niño bautizado, o un cristiano que recibe la Cena del Señor y oye con gusto la palabra de Dios, sino que tiene que verlo como un mero baño de agua, un pedazo de pan y una charla inútil. Así tampoco ve lo que hace quien ayuna u ora como es debido. Por eso se lo encomendamos a aquel que puede verlo, y esperamos que él avergüence a los santos ciegos y locos, con su pomposa e hipócrita ostentación, con la que ahora oscurecen la vida y las obras de los cristianos.
Mateo 6:19-21
V.19-21. «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón».
Hasta aquí ha estado reprendiendo sus falsas interpretaciones de los diez mandamientos, purificando y limpiando la doctrina que habían ensuciado y oscurecido. Luego enseñó cuáles son las verdaderas buenas obras, en contraste con sus falsas y fingidas buenas obras, de modo que entendamos bien los diez mandamientos y hagamos obras realmente buenas. Ahora comienza a advertir contra las tentaciones que asedian esta doctrina, y sigue en esa línea casi hasta el capítulo octavo. Quiere exponer todo el asunto de manera admirable, como un maestro experto que no omite nada de lo que pueda servir para mantenernos en la verdadera doctrina y en la verdadera vida.
Ante todo aborda ese hermoso y gran vicio que se llama avaricia. Porque estas son más o menos las dos peores plagas que siempre aparecen cuando predicamos el evangelio y procuramos vivir conforme a él: primero, los falsos predicadores, que corrompen la doctrina; luego, el señor don Avaricia, que estorba el vivir rectamente. Lo vemos ahora: desde que el evangelio se predica de nuevo, la gente se ha vuelto mucho más avara que antes. Rastrillan y raspan como si estuvieran a punto de morirse de hambre. Antes andaban a tientas en la ceguera, como aturdidos; escuchaban la predicación de soñadores irresponsables y daban a montones lo que se les pedía, de modo que ni veían ni sabían lo que se les quitaba. Pero ahora, cuando se les han abierto los ojos y saben cómo deben vivir y hacer obras verdaderamente buenas, cuidan tanto sus centavos y son tan avaros como si cada uno quisiera acaparar todos los tesoros del mundo. No sé explicarlo de otra manera ni decir de dónde viene, sino que debe ser una tentación del mismísimo diablo, que siempre mete este vicio abominable junto con la luz del evangelio, para estorbarlo. Porque el evangelio nos da el consuelo de que no solo viviremos allá para siempre, sino que también aquí tendremos suficiente para comer, como leemos en el Salmo 8: que Cristo ha de ser Rey y Señor sobre todo el mundo y tener en su mano todas las ovejas y los bueyes y todas las bestias de la tierra, de modo que no nos dejará morir de hambre. Esto lo sabemos; y sin embargo nosotros mismos estamos mucho más hundidos que antes en la avaricia y en la preocupación por el pan de cada día. Siempre andamos cortos de fondos y con los bolsillos vacíos, y no podemos dar para la gloria de Dios ni la décima parte de lo que antes le metíamos al diablo por la garganta.
Cristo enseñó lo mismo en muchos otros lugares y lo anunció de antemano. Así, cuando envió a sus apóstoles a predicar, su principal cuidado y exhortación fue que se guardaran de estas dos cosas: la falsa enseñanza y la avaricia. Les mandó estrictamente que no llevaran provisiones para el camino ni se preocuparan por lo que habían de comer y beber. Porque (como se dijo arriba) las dos cosas más dañinas para la cristiandad, por las cuales se pervierte gravemente, son: en lo espiritual, la fe, por la falsa doctrina; en lo corporal, los frutos, por la avaricia. Por eso hace falta aquí predicar y advertir: una vez establecidas la doctrina y la vida, debemos tener el debido cuidado de aferrarnos a ellas y no dejarnos desviar por falsas interpretaciones de la Escritura; y luego guardarnos de la avaricia, para que no nos atrape y se apodere de nosotros en secreto, y no apuntemos solamente a lo temporal, a tener suficiente aquí, como si eso fuera todo.
Porque es un vicio peligroso e insinuante, que sabe ponerse una apariencia atractiva y despertar pensamientos hermosos, de modo que engaña incluso a los cristianos, y nadie puede estar seguro de estar a salvo de él. Cuando ven lo mal que les va en el mundo, que siempre se aprovecha de ellos y les escatima hasta un pedazo de pan, de modo que por su causa casi tienen que morirse de hambre; cuando ven cómo a los pobres predicadores se les deja ahora pasar apuros y necesidad, son tentados de tal manera que piensan cómo podrán conseguir y juntar algo para poder quedarse en el mundo. Al final acaban realmente enredados en el afán mundano y en la avaricia, y por ello dejan caer y abandonan su oficio de ministros, y algunos incluso abandonan del todo el evangelio.
Mira, por esta razón Cristo comienza ahora con muchas palabras a predicar contra el gran ídolo Mammón, y lo pinta con los colores más detestables, para que uno se guarde de él a toda costa. Y dice, en primer lugar: «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan», etc. Aquí les asigna a los tesoros de la tierra tres zapadores: el orín, la polilla y los ladrones. ¡Vergonzosos guardianes son estos cuando se les pone a cuidar tesoros! Dios ha dispuesto sabiamente que donde hay un tesoro tenga que haber tales sujetos que lo vigilen, igual que comúnmente los gorriones, o las ratas y los ratones, están con el grano.
Porque no merece nada mejor, ya que no usamos bien el dinero y los bienes, sino que por pura avaricia los amontonamos para nosotros mismos, y nadie da ni concede nada a otro.
Pero esto no se refiere solo a las polillas y al orín que devoran la ropa o el hierro y el bronce; ni a los ratones y las ratas, que se pueden atrapar con trampas; ni tampoco solamente a los ladrones que vacían los cofres a escondidas. Se refiere también a las grandes polillas vivientes y a los ladrones públicos, como los grandes corruptores y derrochadores de la corte, que son capaces de vaciarle a un príncipe los graneros y la bolsa, y al final despojarlo de todo lo que tiene. Así también en las ciudades: no solo los que se meten a escondidas en la casa de un ciudadano, sino los que con astucia secreta le chupan a la ciudad sus recursos mediante la usura y la extorsión en el mercado y dondequiera que pueden. En resumen, dondequiera que hay dinero y bienes, tiene que haber también polillas y ladrones ávidos de ellos, y todo en el mundo está lleno de estas ratas y ratones, dondequiera que la gente vive junta. Porque ¿qué otra cosa es sino tal orín o polilla un consejero infiel en la corte, o un funcionario que no hace más que roer el dinero o los bienes de un príncipe mientras duren? Como hay ahora muchos de estos hipócritas que, con gastos diarios, pesados, innecesarios e inútiles, empobrecen a los príncipes, y a quienes no les importa si un príncipe prospera o va a la ruina, con tal de ser dueños de su dinero y manejar las cosas a su antojo. Así también en todas las ciudades y aldeas encontramos todo lleno de ratas y polillas, grandes y pequeñas, secretas y públicas: zapateros, remendones, sastres, carniceros, panaderos, cerveceros y taberneros, y otros oficios, obreros y jornaleros. Sí, en cada casa, el que tiene un criado o una criada perezosos e infieles, ¿qué otra cosa tiene sino un gorgojo que le devora más que si tuviera el suelo lleno de ratas y ratones? Mira ahora qué dios tan fino es Mammón, que no tiene mejores protectores ni cortesanos a su alrededor que puras polillas y orín. De modo que, aunque uno haya estado juntando tesoros durante mucho tiempo, tiene que haber tanto devorar por parte de esta clase de parásitos que nadie que debiera disfrutarlos se alegra ni se complace en ellos. No muchos tesoros de grandes señores y príncipes se han invertido jamás bien; por lo general se han malgastado en guerras, o los han devorado estos miserables gusanos, o se han despilfarrado o destruido inútilmente de alguna otra manera.
Por eso los que mejor están son los que no tienen muchos tesoros, porque no tienen muchas ratas que alimentar ni necesitan temer a los ladrones.
Entonces, ¿no hemos de tener ningún tesoro en absoluto? ¿Quedan condenados aquí todos los que juntan tesoros en la tierra? Ciertamente no puede ser así. Porque si todos hicieran como tú y yo, mañana nadie tendría nada en su casa y hogar. Los señores y príncipes tienen que adquirir y tener provisión para su tierra y su gente. Para eso creó Dios el oro y la plata y les dio minas. Así leemos en las Escrituras que Moisés enseñó que el rey no debía tener demasiados caballos, ni demasiado oro y plata, etc. Con ello admite que puede juntar tesoros con moderación; como también el mismo rey Salomón se jacta [de haber juntado tesoros], y el patriarca José juntó tanto que hizo de todo Egipto propiedad del rey, con su grano, su dinero, sus bienes, su ganado, y además los cuerpos mismos de la gente, como vasallos completos. Así también Abraham tenía muchas ovejas y mucho oro y plata con los que comerciaba. ¿Qué diremos, pues, a esto de que aquí nos prohíba tan claramente juntar tesoros? Él mismo (si quisiéramos pedirle cuentas) tenía un fondo, porque Judas llevaba la bolsa, y sin embargo siempre había un saldo disponible, de modo que nunca les faltó nada cuando envió a los discípulos, como ellos mismos dijeron. ¿Por qué, entonces, prohíbe aquí esto y dice que no lleven dinero, ni alforja, ni calzado?
Respuesta: Se ha dicho arriba con suficiente frecuencia que Cristo, en este sermón, enseña a la persona individual, al hombre cristiano, y que al hombre del mundo y al cristiano hay que mantenerlos bien distintos. Porque «cristiano» no significa varón o mujer, joven o viejo, señor, siervo, emperador, príncipe, campesino, ciudadano, ni nada que sea parte del mundo y pueda conocerse por un título mundano. No tiene persona ni máscara, y no debe tener ni conocer nada en el mundo, sino contentarse con su tesoro en el cielo. El que no hace bien esta distinción no puede entender correctamente estos dichos, como nuestros sofistas y fanáticos, que mezclan y confunden estas cosas.
Un príncipe puede muy bien ser cristiano, pero en cuanto cristiano no ha de gobernar; y en la medida en que gobierna, no se le llama cristiano, sino príncipe. La persona es cristiana, pero el oficio o principado no tiene nada que ver con su cristianismo. Porque, en cuanto es cristiano, el evangelio le enseña que no ha de dañar a nadie, ni castigar ni vengarse, sino perdonar a todos y soportar cualquier daño o injusticia que se le haga. Esa es (digo) la lección del cristiano. Pero eso no constituiría un buen gobierno, si le predicaras así al príncipe. Él tiene que hablar así: «Mi cristianismo es algo entre Dios y yo, que tiene sus propias reglas sobre cómo he de vivir en relación con él; pero además de eso tengo en el mundo otro oficio o rango: soy príncipe. Esta persona no está en relación con Dios, sino que la relación es entre yo y mi tierra y mi gente», etc.
En este aspecto la cuestión no es cómo has de vivir para con Dios, ni qué has de hacer y sufrir por ti mismo; deja eso para tu persona en cuanto cristiano, que no tiene nada que ver con tierra ni gente. Pero tu persona de príncipe no ha de hacer ninguna de esas cosas ni tener nada que ver con ellas, sino pensar cómo administrar el gobierno, mantener y proteger la justicia y la paz, y castigar a los malvados.
Mira, de esta manera ambos rangos u oficios quedan bien divididos, y sin embargo en una sola persona. Son, por así decirlo, contradictorios: una misma persona ha de sufrirlo todo y a la vez no sufrir. Pero de tal manera que a cada oficio se le aplica lo que le corresponde. Es decir, como se dijo arriba: si me afecta en cuanto cristiano, entonces he de soportarlo; pero si me afecta en cuanto persona secular, que no está entre Dios y yo, sino ligada a tierra y gente (a quienes se me manda ayudar y proteger, y para eso se me ha puesto la espada en la mano), entonces no se pide sufrir, sino lo contrario. Así, todo hombre sobre la tierra tiene dos personas: una para sí mismo, ligada a nadie sino solo a Dios; y aparte de esa, una secular, con la que está ligado a otros. Porque en esta vida tenemos que estar mezclados, como un esposo o padre de familia con su esposa e hijos. Aunque sea cristiano, no ha de tolerar que los que dependen de él cometan bribonadas o se comporten con desenfreno en la casa, sino que debe resistir y castigar el mal, para que se conduzcan como es debido, etc. Si captas bien esta diferencia, es fácil entender la enseñanza de Cristo. Porque él no habla aquí, ni en ninguno de sus sermones, de cómo ha de obrar y vivir una persona secular, sino de cómo has de vivir rectamente para con Dios como cristiano, que no ha de ocuparse del mundo, sino solo de la vida venidera.
Así digo también respecto de este texto: mi persona, que se llama cristiana, no ha de afanarse por el dinero ni atesorarlo, sino entregarse de corazón solo a Dios. Pero exteriormente puedo y debo usar los bienes temporales para mi cuerpo; y en cuanto a otras personas, en lo que toca a mi persona secular, puedo juntar dinero y tesoros. Pero no demasiado, para no hacer de mí mismo un vientre avaro que solo se cuida a sí mismo y nunca se sacia. Porque una persona secular tiene que tener dinero, grano y provisiones para su tierra, su gente u otros que le pertenecen. Así, si uno pudiera gobernar como el patriarca José en Egipto, de modo que todos los graneros y recipientes estuvieran llenos de alimento, y pudiera administrar el país de tal manera que se proveyera a todas sus necesidades, y de esa provisión se pudiera ayudar a la gente, adelantarle y repartirle si fuera necesario, eso sería un tesoro excelente y un uso admirable y cristiano de los bienes del mundo.
Porque lo que un príncipe junta, no lo junta para sí, sino como persona que pertenece a todos; sí, como padre común de toda la tierra. Porque no todos hemos de ser mendigos, sino que cada uno debe proveerse lo suficiente para poder mantenerse sin ser una carga para otros; y además debe ayudar a otros, y así cada cual debe contribuir para los demás cuando sea necesario.
Así, toda ciudad debería guardar cuanto pueda para la necesidad común; sí, toda parroquia debería tener un cofre común para los pobres. Eso no sería injusto, sino que debería llamarse atesorar tesoros cristianos. Porque no es un tesoro que sirve a la avaricia y a la codicia, como hace el mundo y como nuestros curas han juntado dinero hasta ahora, sin otro propósito que darse placer con él y jugar con los florines como las niñas con sus muñecas. Pero cuando la necesidad lo exige, cuando hay que ayudar a otros, entonces no hay nadie en casa. Estos son los tesoros del diablo, contra los cuales habla aquí Cristo: que no nos hagamos tesoros en la tierra, es decir, para uno mismo y para su propio placer, de tal manera que el corazón se vuelva avaro y se aferre al Mammón temporal, en vez de buscar y atesorar otro tesoro en el cielo. Pero exterior y secularmente puedes atesorar cuanto puedas, con Dios y con honra; no para tu propia satisfacción y avaricia, sino para la necesidad de otras personas. El que acumula de esta manera tendrá además bendición e indulgencia, como un cristiano piadoso.
Pero a los que amontonan así con avaricia, de modo que no pueden parar y sin embargo no dejan que nadie lo disfrute, ni se atreven ellos mismos a usarlo con alegría, les sucederá lo que aquí se dice: la polilla, el orín y los ladrones lo consumirán, de modo que como vino, así se irá. Aunque también sucede a menudo, por otra parte, que incluso lo que se ha juntado como es debido se consume de esta manera.
Porque en la tierra no puede esperarse mejor trato para los bienes temporales. Si esto les sucede a los que atesoran rectamente, ¡cuánto más a los que no buscan otra cosa que el dinero, y no el uso, el provecho y el fruto del dinero! Porque aquí se le condena de tal manera que la polilla y el orín tienen que atacarlo y consumirlo, y ha de ser robado, de modo que nadie que amontona y raspa con avaricia pueda prosperar. Y aunque un campesino haya juntado mucho, aun así no ha de usarlo —eso no le corresponde—, sino que tiene que enterrarlo, para que no le aproveche ni a él ni a nadie. De lo contrario, los gusanos lo roen y lo muerden, o cae en manos de los servidores públicos o de los canallas de la corte, para que no se gaste mejor.
Así, con estas palabras Cristo intenta ahora quitarnos de la cabeza la idea de agarrar con avaricia a Mammón, y habla de él con tanto desprecio que no podría hacérnoslo más odioso. Porque ¿qué clase de dios es ese, que ni siquiera puede defenderse de la polilla y el orín, sino que tiene que dejarse roer y consumir cada día, y quedar tirado para que todos lo saqueen, de modo que todo lo que pasa se da un banquete con él y cualquier ladrón lo roba, etc.? ¡Qué fastidio tener un dios tan indefenso, sujeto a la polilla, al orín y a los ladrones, y que sin embargo gobierna el mundo entero! Por eso deberíamos avergonzarnos de ser gente tal que se aferra a un tesoro apolillado y pone en él toda su confianza. «Puesto que sabes esto —quiere decir—, no pongas en él tu corazón, haciéndote tesoros en la tierra; sino conténtate con lo que Dios te da aquí, y tenlo como algo que puede perderse o serte quitado». Porque eso es todo lo que se puede esperar; sobre todo si quieres ser cristiano y confesar o predicar a tu Señor, tienes que estar siempre esperando que te muerdan y te echen fuera, como quien ha desafiado al mundo y a todos los diablos. Si has de ser realmente consecuente, tienes que tener el valor de despreciar todos sus tesoros y bienes, y estar seguro de otro tesoro mejor.
Por eso dice: «Haceos tesoros en el cielo»; es decir, dejen que el mundo tenga sus tesoros apolillados, expuestos al saqueo y al robo, que no valen más que para que el mundo encuentre en ellos placer y consuelo. Pero ustedes, que no son del mundo, sino que pertenecen al cielo y han sido comprados para el cielo con mi sangre, para que tengan otro tesoro eterno preparado y destinado para ustedes, no dejen que su corazón quede atrapado aquí. Y si su oficio y su vocación en el mundo son tales que tienen que ocuparse de tesoros terrenales, no se aferren a ellos ni les sirvan, sino que su meta sea ganar esos tesoros que les están guardados en el cielo. Porque esos son los verdaderos tesoros, a los que no alcanzan ni la polilla ni el orín, y están del todo a salvo de todo lo que pueda devorar o robar. Porque están depositados de tal manera que siempre permanecen enteros y dispuestos, y están tan guardados que nadie puede minar para llegar a ellos.
El que quiera ser cristiano, aplíquese ahora este aguijón y este razonamiento. Porque a un avaro debería agradarle y hacerle reír el corazón que alguien le mostrara un tesoro tal que ningún orín puede corromper ni ningún ladrón robar. Pero se dice que el mundo no hace caso de esto, porque ni lo ve ni lo busca a tientas, sino que sigue aferrado al oro y a la plata que ve brillar, aunque sabe y ve que no están seguros ni por una hora contra el orín y los ladrones. Pero no les predicamos a esos. El que no quiera adherirse a Cristo ni orientar su camino hacia el tesoro invisible, que se vaya por su camino; no vamos a arrastrar a nadie hasta aquí a la fuerza. Pero fíjate: cuando te llegue la hora de partir de aquí, invoca entonces a tu tesoro que has atesorado y en el que has confiado para tu consuelo, y mira qué tienes en él y en qué puede ayudarte.
Pero sucede lo que está escrito en el Salmo 76 (v. 5): Dormierunt somnum suum omnes viri divitiarum, et nihil invenerunt in manibus suis: los ricos de vientre lleno que sirvieron a Mammón no encontraron absolutamente nada cuando tuvieron que morir. Es verdaderamente algo terrible que los que han servido a Mammón toda su vida, y por su causa han hecho injusticia y daño a muchos, y han despreciado la palabra de Dios, en la hora de la necesidad no puedan tener ni un pelo de disfrute. Entonces, por primera vez, se les abren los ojos para mirar hacia otro mundo, y andan a tientas buscando lo que han juntado como provisión, pero no encuentran nada y tienen que irse vacíos y avergonzados. Entonces se ponen tan angustiados y temerosos que olvidan lo que han atesorado, y tampoco encuentran nada en el cielo. Y les sucede exactamente lo que Cristo dice en Lc 12:19 acerca del rico que una vez tuvo una cosecha grande y buena, de modo que quiso derribar sus graneros y edificarlos mayores, y pensó darse buena vida, y dijo: «Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate». Fíjate, esa es la cancioncita de los campesinos, la que cantan todos los vientres codiciosos; pero ¿qué sigue? «Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?». Así pierde este tesoro [su alma], y tiene que ser despojado de los bienes que juntó, y de manera tan vergonzosa que no sabe quién se quedará con ellos.
Porque así es el mundo: rara vez se ven grandes tesoros juntados de manera piadosa, de modo que [los que los juntan] no se atreven a gastarlos como quisieran ni a hacer que beneficien a alguien, sino que tienen que dispersarse de tal manera que nadie sabe qué ha sido de ellos. Así lo he observado ya muchas veces, sobre todo en el caso de grandes curas ricos e ignorantes que dejaron grandes posesiones, las cuales, sin embargo, desaparecieron pronto después de su muerte, o cayeron en manos de quienes no se lo agradecieron, sino que las derrocharon temerariamente y las destruyeron vergonzosamente. Y sobre todo si estalla una guerra, entonces el diablo hace lo que quiere, y van a parar a manos de los matones, para quienes nunca fueron destinadas, y que además por causa de ellas amontonan sobre la gente toda clase de miseria.
Por eso, si alguien ha estado atesorando durante mucho tiempo y uno le pregunta quién se quedará con ello, tiene que decir que no lo sabe; y por lo general no resulta como él esperaba. Por eso es un gran necio: arriesga en ello toda su comodidad y bienestar, y se atormenta con grandes afanes y ansiedades toda su vida, y sin embargo no sabe para quién lo ha juntado. Pero nadie lo considera. Porque la ceguera y la maldad del hombre son demasiado grandes, y el mundo seguirá siendo mundo y cargará con la molestia de servir al tesoro apolillado. Y si ha servido mucho tiempo y ha enojado a Dios, entonces tiene que recibir como recompensa que Dios al final no pueda ayudarlo y lo deje con el desengaño, unido al insulto y al daño. Eso no lo puede evitar, como tampoco se puede impedir que el fuego queme o que el agua apague. Por eso, que se vayan por su camino. Y tú sabe que se te enseña, como cristiano, a pensar dónde debes tener y encontrar tu tesoro, dónde está seguro para ti y permanece siempre, y no puede ser removido ni pasar a ser de otro. Y mientras tanto, usa los bienes de este mundo y sácales el mejor provecho, como una posesión pasajera. Y si así juntas tesoros con Dios y con honra, él también se encargará de que permanezcan, si deben permanecer, de modo que no se pierdan, sino que se usen bien y se haga mucho bien con ellos.
Cristo termina ahora esto con un proverbio, y dice: «Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». Es tanto como decir lo que los alemanes decimos de un vientre codicioso: «El dinero es su corazón»; es decir, con tal de tener dinero, ese es su gozo y su consuelo; en resumen, su Dios. Al revés, si no tiene nada, esa es su muerte: ya no hay corazón, ni gozo, ni consuelo. Por eso quiere decir: «Cuidado, examina tu propio corazón y sabe con certeza que tu corazón estará donde esté tu tesoro». Como también solemos decir: lo que le es querido a un hombre, eso es su Dios. Porque su corazón lo arrastra hacia allá, se ocupa de ello día y noche; duerme y despierta con ello, sea dinero y bienes, placer u honra, etc. Por eso observa tu propio corazón, y pronto encontrarás qué tiene clavado dentro y dónde está tu tesoro. Porque esto se nota fácilmente: si tienes tanto placer y diligencia en oír la palabra de Dios y vivir conforme a ella, y en asegurar esa vida, como los tienes en juntar y guardar dinero y bienes.
Porque si mi corazón está dispuesto de tal manera (y lo demuestra también, donde puede ser puesto a prueba) que prefiero perder no solo el dinero y los bienes, sino también el cuello, antes que abandonar o despreciar el evangelio, o hacerle injusticia o violencia a mi prójimo para mi propio provecho, puedo concluir que el dinero y los bienes no son el tesoro de mi corazón, aunque también junte y ahorre. Al contrario, habiéndolos expuesto libremente al peligro y al riesgo, lucho por otro tesoro, en el cielo, a saber, el que está escondido en la palabra de Dios.
Pero, por el contrario, si te pasa que dejas que otros prediquen, enseñen y exhorten como quieran, y tú sigues adelante pensando que tienes suficiente y vives a lo grande; nunca preguntas si le haces bien o mal a tu prójimo, con tal de tener lo tuyo; y haces tus cuentas de modo que con un centavo puedas juntar dos, sí, diez; y no te preocupas por la palabra de Dios ni por los predicadores, ni por el mundo con sus leyes, entonces también puedes entender que tu tesoro no está arriba en el cielo, sino que se queda con la polilla y el orín. Y tan del todo, que preferirías enojar a Dios y al mundo antes que perder un centavo y renunciar a algo por su causa. Así hablan y viven hoy desvergonzadamente campesinos, ciudadanos y nobles por todas partes, que por un centavo se atreven a desafiar el gobierno de Dios en la iglesia y en el mundo, de modo que este dicho sigue siendo verdad y los convence en la práctica, ya que no quieren oír ni ser instruidos. Porque no puede ser de otra manera, aunque nos preocupemos mucho por ello y quisiéramos verlo de otro modo. Por eso lo mejor es que, una vez que se lo hemos dicho, los dejemos ir por su camino, y los despreciemos y nos riamos de ellos tanto como ellos de nosotros. Porque Dios dice en el Salmo 2 que él también sabe reír, y reír de tal manera que ellos tendrán amargo llanto; es decir, que les hablará en su ira y los turbará con su ardiente enojo.
Mateo 6:22-23
V.22, 23. «La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?».
Esta es una advertencia: no debemos dejarnos engañar por el hermoso color y la apariencia con que la avaricia sabe adornarse y ocultar al canalla. Porque, como he dicho, no hay vicio entre todos los vicios naturales que engañe más fácilmente a la gente y haga mayor daño tanto al evangelio como a sus frutos. Estorba dondequiera que puede que el evangelio se predique y se conserve entre la gente. Y aunque el evangelio se predique, los predicadores que han caído bajo el poder de la avaricia no valen nada, de modo que ambos salen dañados: la gente que ha de oírlo y los que deberían predicarlo. Los que sí tienen [bienes] no quieren sostener a los predicadores, y por ellos los dejarían morir de hambre; y cuando los predicadores ven esto, ponen especial empeño en no vivir a merced de la gente. Estos son entonces enemigos más peligrosos que los otros. Porque, aunque un campesino se vuelva avaro y no dé nada para sostener el evangelio, todavía se puede proveer para un predicador, aunque su sustento sea muy escaso. Pero cuando los mismos predicadores se enredan en ella, el evangelio ya no es de su gusto como para sufrir o arriesgar algo por su causa. Harán sus planes de modo que no le falte nada a su vientre, y predicarán lo que agrade a la gente y traiga el dinero.
Por eso san Pablo llama a esto un vicio peculiar, un culto a los ídolos o idolatría, que está en oposición directa a la fe, la cual es el verdadero culto u honra de Dios. Porque hace de Mammón y del impotente centavo su Dios y Señor: lo que este quiere, eso hace el hombre. Así vive y así predica, y está completamente poseído y cautivo de él, de modo que ya no pregunta por la palabra de Dios ni arriesga un centavo por su causa.
Ahora bien, Cristo no puede hacer contra todo esto más que reprender este vicio y advertir contra él a los que están dispuestos a ser advertidos; y esto es verdaderamente necesario. Porque aun los piadosos difícilmente pueden evitar ser engañados por él.
Pero otros siguen adelante tranquilos, como si se los hubiera tragado por completo, a pesar de lo que predicamos y declaramos. Los judíos también eran gente así, hundidos en su avaricia, por eso él tenía que estar reprendiéndolos todo el tiempo. Y todos los profetas, cuando hablaban de la fe, reprendían y denunciaban continuamente la avaricia, tanto de sus predicadores y falsos profetas como de la masa del pueblo. Pero no sirvió de nada, salvo en el caso de unos pocos que se dejaron influir por ello. Por causa de estos, Cristo y todos nosotros tenemos que seguir predicando, y dejar que los demás se vayan por su camino, ya que serán del partido del diablo.
Ahora bien, Cristo usó este dicho más de una vez como un refrán común, no solo en relación con la avaricia, sino también con otras cosas, especialmente con la doctrina. Porque en materia de doctrina sucede que los espíritus sectarios y los predicadores mentirosos pretenden estar sincera y verdaderamente convencidos, y buscar la honra de Dios y la salvación de las almas, de modo que nadie se jacta y asevera con tanto vigor como ellos. A estos les dirige la advertencia:
Cuidado: que tu ojo sea sencillo y no maligno; es decir, que tu manera de pensar y tu jactancia sean rectas, y no malignas en secreto, y que no se estén engañando ustedes mismos con falsas ideas y pensamientos.
Porque comúnmente a esta gente es a la que el diablo embruja. Es como cuando un hombre está en un sueño o dormido, y está tan completamente aturdido que no puede ver que está soñando; no piensa ni sabe otra cosa sino que realmente está sucediendo así, y está tan seguro de ello que no podría sentir nada más seguro. Y sin embargo no es más que un sueño, que pronto se desvanece, y cuando despierta todo se ha ido. Y aunque a veces le parezca que es un sueño, o que sueña que sueña, está enredado, de modo que no puede librarse ni volverse dueño de sus sentidos. Así también está enredada esa gente que insiste con tanta seguridad en que su causa es la pura verdad, de modo que lo juraría todo por ella, y sin embargo no es más que sueños y pensamientos de gente de cerebro rajado. Por eso es cosa peligrosa no aferrarse estrecha y sencillamente a la palabra de Dios, y dejarse apartar de ella hacia pensamientos de hombres que tienen una apariencia excelente y cautivan pronto, de modo que el que cae bajo su influencia no puede después librarse. Porque no sabe otra cosa sino que es la verdadera palabra de Dios, y se aferra a ella tan firmemente que no se le puede convencer de ceder ni una jota ni una tilde; como vemos que algunos han perdido el cuello por ello.
Pero este no es el lugar para desarrollar este pensamiento. Porque aquí él aplica el dicho al vicio común de la avaricia. Aunque es grosero y exterior, no hay vicio, ni siquiera en materia de doctrina, que sepa adornarse tanto y llevar un disfraz tan hermoso, de modo que no se le llame avaricia, sino que se le vea y se le alabe, como si uno se opusiera de corazón a ese vicio y nadie fuera tan manso, amable y misericordioso. Y sin embargo, él mismo no ve que su corazón lo engaña y que está completamente hundido en la avaricia.
Por eso tenemos que examinar el texto un poco más y mostrarlo claramente con ejemplos, aunque no es posible abarcar de cuántas maneras el ojo maligno sabe retorcerse y arreglárselas; [lo hacemos] para que uno aprenda a estar en guardia contra tales influencias. Porque también esta es una tentación común entre los cristianos, tanto que nadie cree lo pocos que están libres de ella; los paganos y otros la cometen en sus formas más groseras, de modo que se la reconoce fácilmente.
Cuando Cristo dice ahora: «La lámpara del cuerpo es el ojo», se refiere al cuerpo natural. Si no tuviera ojo, ningún sol le serviría de nada, aunque brillara cien veces más. Por eso el cuerpo no tiene otra luz que lo guíe y lo dirija que el ojo. Como uno puede ver con él, no hay que temer que se vaya con el carro por un lado del puente y caiga al Elba, o que se meta entre setos y matorrales, o se lance al fuego o entre las lanzas; porque la luz lo guarda del peligro y del daño. Pero el que no tiene ojo tiene que avanzar y tropieza con palos y piedras hasta que cae y se rompe el cuello o se ahoga en el agua; porque allí no hay luz, sino oscuridad total.
Así —quiere decir— sucede en el asunto del cristianismo, especialmente con la avaricia. Aquí cuida de que tu cuerpo espiritual tenga un ojo, es decir, una intención y un entendimiento rectos y buenos, para que sepas cómo crees y vives, y no te engañes con falsas ideas y tinieblas. Así, por ejemplo, si razonas de esta manera: «Voy a trabajar y hacer algo para ganar algo y mantenerme con mi esposa e hijos, con Dios y con honra; y si Dios concede que con ello también pueda servir y ayudar a mi prójimo, lo haré con gusto». Mira, esa es la luz o el ojo espiritual, sacado de la palabra de Dios, que te muestra lo que corresponde a tu vocación y te indica cómo has de cumplirla y vivir en ella. Porque esto es correcto y tiene que ser así, ya que el cuerpo vive aquí, de modo que cada uno haga algo para sostenerse y llevar su casa.
Pero cuida ahora de que este ojo no se vuelva maligno y te engañe; que hagas esto con una intención sencilla, y que tengas solo este propósito: trabajar y hacer lo que tu vocación requiere para satisfacer tus necesidades y las de tu prójimo, y no buscar con este pretexto otra cosa, a saber, cómo satisfacer con ello tu avaricia. Porque la carne y la sangre son maestras en abusar de esta luz y usarla como pretexto. Así, si sucede que te has procurado algún medio de vida que te gusta, y solo te preocupa cómo conservarlo y aumentarlo, y si tienes un florín, quisieras tener diez más: mira, aquí se cuela el ojo maligno, que no mira solo el medio de vida y la posesión necesaria, sino también su avaricia. Y aún sabe adornarse [con el pretexto] de que no busca la avaricia, sino que hace lo que Dios le ha ordenado y acepta lo que Dios le da.
Pues bien, aquí nadie puede mirar dentro de tu corazón y juzgarte; pero cuídate tú mismo de que tu ojo no sea maligno. Porque sucede muy fácilmente, y hay una fuerte inclinación a ello, sobre todo cuando uno ve lo provechoso que es. El amor [al dinero] tiene sed y nunca se sacia, y además la naturaleza está fuertemente inclinada en esa dirección. Así se juntan la ramera y el canalla, y las cosas salen como tienen que salir, como decimos: Occasio facit furem, la ocasión hace al ladrón; el dinero hace villanos. Por eso Cristo advierte a los suyos con tanta diligencia. Porque el mundo es un gran burdel, del todo sumergido en este vicio; y nosotros mismos tenemos que vivir en él, y estos ejemplos e incitaciones nos tientan, de modo que estamos en gran peligro y tenemos que estar muy en guardia para no dejar que el diablo nos cabalgue.
Si tu ojo es sencillo —dice Cristo—, todo tu cuerpo es luz. Es decir, todo lo que haces y vives en tu conducta exterior, conforme a tu oficio y vocación, es recto y se mueve conforme a la palabra de Dios, con la debida intención, de modo que brilla como el sol delante de Dios y de los hombres, y queda bien ante todo el mundo. Todo lo que haces es excelente, y puedes usar los bienes del mundo con buena conciencia, como adquiridos honrada y piadosamente, etc. Al revés, si tu ojo es maligno, de modo que no actúas en estas cosas como Dios y tu oficio lo requieren, sino que te sales del camino y solo te preocupa satisfacer tu codicia y tu amor al dinero, entonces todo tu cuerpo está en tinieblas, y todo lo que haces está condenado por Dios y perdido, aunque ante el mundo te llamen hombre piadoso. Porque el cuerpo, con todo su movimiento y su vida exterior, se deja guiar como un ciego, y no puede andar ni vivir de otra manera que como el ojo lo dirige.
Así quiere advertirnos y encargar a cada uno que mire concienzudamente cómo están dispuestos su mente y su corazón, para no halagarse con la idea hermosa pero falsa de que tiene una razón buena y honrada, y un derecho verdaderamente bueno, para rastrillar y raspar de esta manera, y engañar a Dios, de modo que no se note al canalla. Como si dijera: «Puedes adornarte como quieras; pero si engañas a Dios, entonces has engañado a un hombre sabio, astuto y además experimentado. Pero cuida de no estar engañándote a ti mismo, y de que tu luz no se convierta en un ojo maligno que haga toda tu vida oscura y abominable a los ojos de Dios; porque él tiene una vista clara y aguda, y no se dejará engañar por tu capa extra de pintura». Y concluye esta advertencia con una amenaza para asustar, a fin de que no nos valgamos tan fácilmente de esa idea plausible e inventada, y dice: «Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?».
Es decir: aunque inventes ideas tan plausibles como que no pretendes acumular por avaricia, como los demás, sino hacerlo de tal manera que puedas defenderlo delante de Dios y del mundo, de modo que no se le llame avaricia; y sin embargo vives exactamente igual, y así te fabricas en tu corazón una luz propia; mira precisamente aquí que esta luz no sea también tinieblas. No solo que haya pura avaricia en tu corazón, sino también que pretendas ocultarla como con la luz, para que no se la llame avaricia; y así hay una doble oscuridad, mucho mayor que antes.
Así como fue una gran oscuridad bajo el papado, que apagó por completo la luz de la doctrina cristiana, de modo que no enseñaban otra cosa que quitar el pecado y ser salvos por las obras, etc. Pero cuando además defendieron esto enseguida y se jactaron de que era la verdadera doctrina divina, y de que el que lo negaba era hereje y prohibía el culto a Dios y todas las buenas obras, etc., entonces hubo negrura de tinieblas: adornaron esta oscuridad y este error con el nombre de verdad, y así hicieron mayor la oscuridad con la luz añadida. Es como si uno conoce al diablo, sabe que es el diablo, y hace de él un dios. Eso es cubrir tinieblas con tinieblas y sin embargo pretender que es claro y luminoso, sí, el mismísimo sol.
Así concluye ahora Cristo: si la opinión y la doctrina que uno tiene por luz es ella misma tinieblas, ¡cuán grandes tienen que ser las otras tinieblas que esta trae consigo!, a saber, que uno practica esta doctrina y vive conforme a ella. Así aquí: aquel a quien la avaricia ha dominado, de modo que rastrilla y raspa, ya tiene una oscuridad en su corazón. Pero si sigue adelante y se halaga pensando que eso no ha de llamarse avaricia, y acalla su conciencia para no ser reprendido, eso es ya una oscuridad verdadera, espesa y doble. Así como a un necio que pretende ser sensato y no tener nada de necio se le llama con razón un necio grande y gordo; o una ramera fea que pretende ser bonita y se adorna con sus sucias baratijas: eso solo hace las cosas más negras y peores. Y de hecho todos los hombres están dispuestos así: nadie quiere que se le reprenda su pecado, sino que todos tratan de borrar sus huellas para recibir aprobación y alabanza, y así de un pecado malo hacen dos.
Ahora bien, cuando esto sucede en asuntos espirituales, entonces se hace el gran daño asesino. Porque los que están en esta vocación no saben hacer las cosas con moderación; cuando se trata del evangelio, tienden a excederse con sus limosnas. Al revés, si apostatan del evangelio, su avaricia no tiene fin. Así sucedía hasta ahora: cuando empezaban a dar, llovían —más bien nevaban— los donativos para iglesias, cultos y fundaciones eclesiásticas; como en tiempos antiguos los emperadores y príncipes, con buena intención, dieron comarcas enteras para tales fines y dotaron tales instituciones. Pero ahora, en cambio, apenas alguien da un centavo, y lo engullen todo con avaricia, como si tuvieran miedo de morirse de hambre.
Así solían hacer los monjes, los curas y los prebendados, a quienes nadie podía saciar con donativos. Si uno había juntado dos, tres o cuatro feudos, quería tener otros tantos; y sin embargo todos llevaban la misma máscara:
«Aunque me bastaría con una prebenda, una parroquia o un obispado, hace falta algo más para ocupar honrosamente mi posición de príncipe, de noble o de algún otro prelado». Entonces se vale de todos los medios posibles para rastrillar y raspar todo lo que puede conseguir, y todo con el propósito de ocupar honrosamente su puesto. Y así se enciende la luz [ahora se pretende] de que no ha de decirse que actúa con avaricia, sino que lo hace todo para mantener su rango. Tan fácilmente se encuentra una pequeña glosa con la que encenderle una luz al diablo. Y si uno no tiene otro recurso, tendrá que ser este, decir: «Voy a juntar mi dinero de tal manera que después pueda fundar misas y cultos, o dar limosnas para el sustento de los pobres», etc. Eso es encender una luz grande y hermosa. Entonces un hombre puede afanarse hasta la muerte y decir siempre: «Mi intención es buena; y el hombre sencillo, nuestro Señor Dios, queda magníficamente engañado, de modo que no puede ver ni notar estos trucos astutos, y yo me meteré en su cielo antes de que se dé cuenta». Pero también he visto a muchos que atesoraron así, de modo que tenían florines guardados por miles; pero después se murieron con sus bienes, de modo que nadie supo qué había sido de ellos. Porque fueron ganados con avaricia, tuvieron que quedarse en la avaricia, devorados por la polilla y el orín, y nunca se usaron como es debido.
Esto lo menciono como ejemplo para que se vea con cuánta habilidad sabe el señor don Avaricia adornarse y darse aires de piedad cuando le hace falta; y sin embargo, en realidad, es un canalla y mentiroso por partida doble. Porque ¿qué le importa a Dios que tú quieras llevar una vida espléndida y caballeresca, como para que le agrade que actúes con avaricia, en contra de su mandamiento, y vivas como si quisieras conseguirlo todo para ti, para lucir tu esplendor y tu orgullo, y después digas que lo haces por amor de Dios y para honra de la iglesia, y pretendas pagarlo con beneficios y oficios religiosos? Es como si alguien entrara a robar en tu casa, abriera tus cofres y se llevara lo que encontrara, y después dijera que piensa dar parte de ello como limosna: ¡ah, qué hermoso sacrificio sería ese!
Lo correcto es esto: si quieres darle a Dios, dale de lo que es tuyo; porque él dice: «Aborrezco el sacrificio que viene del robo». Si tienes, da lo que quieras; si no tienes, estás excusado. Pero si amontonas con avaricia para poder dar, y pretendes que lo haces con esa intención, entonces no hablas en serio: es una luz que tú mismo has sacado de la linterna sorda para engañar a Dios y a la gente.
Así podría recorrer todos los rangos y condiciones, y mostrar cómo los hombres se disfrazan de modo que la avaricia toma el nombre de una virtud, y a Mammón se le alaba y honra como a un dios. Pero ¿quién va a contar todo lo que hacen por todas partes los campesinos en el mercado, los ciudadanos en las ciudades, el noble en su cargo y en su hacienda? El único ejemplo que he dado basta para mostrar clara y distintamente la oscuridad, tan espesa que se puede palpar, y para juzgar a los demás conforme a él. ¿Qué hemos de pensar ahora de la gran masa de la nobleza, que ahora se mete a negociar en casi toda clase de negocios, hasta con hierro y clavos? No debemos llamar a todo esto avaricia, sino que, como Dios lo ha dado, cada uno puede buscar su medio de vida lo mejor que pueda, para ocupar honrosamente su posición, etc. Esa es también una lucecita que los vuelve ciegos como un tronco, de modo que les impide ver absolutamente nada. Y sin embargo, aun en la justicia mundana ordinaria está ordenado que cada uno pueda llevar su negocio y su oficio de modo que su prójimo también tenga ocasión de salir adelante y mantenerse. Pero ahora nadie puede hacer nada frente a estos grifos y leones que acaparan toda clase de negocios, y que además quieren que se les llame gente piadosa y honorable.
Pero (como se dijo) ¿quién puede imaginar cuántos de estos trucos se emplean ahora en todos los rangos y oficios? Porque ¿qué es el mundo sino un gran mar ancho de toda maldad y bribonería, oculta bajo una capa y un color de bien que no se puede entender? Sobre todo ahora, en esta última edad, lo cual es señal de que no puede durar mucho y va hacia la destrucción. Porque la tendencia es, como decimos: cuanto más viejo, más tacaño; cuanto más tiempo, peor. Y todos se vuelven tan avaros que casi nadie puede conseguir de comer y beber por causa de los demás, aunque Dios lo da todo en abundancia. Pero esa es la recompensa de la ingratitud y el desprecio que se muestran hacia el evangelio, como he dicho: el que apostata del evangelio tiene que estar tan poseído por el diablo que no puede ser lo bastante avaro; así como, por el contrario, el que tiene el evangelio en su corazón se vuelve manso, de modo que no solo deja de rastrillar y raspar, sino que da y arriesga todo, cuanto debe y puede.
Pues bien, tenemos que dejar que el mundo siga siendo mundo; y aunque durante mucho tiempo lo junte todo para sí con avaricia, al final tendrá que volverse contra sí mismo y dejárnoslo todo a nosotros. O si aun así tenemos que sufrir pobreza y apuros en medio de él, no tenemos una mala porción, como Isaac y Jacob entre sus hermanos. Por medio de nosotros han ganado bienes mundanos y plena libertad de la opresión y las cargas del papado, de modo que pueden hacer lo que quieran. Esa es la porción de Ismael, un odre de agua que Abraham le colgó al cuello, y lo dejó ir. Pero nosotros tenemos otra porción, que se llama bien espiritual y bendición celestial, y así estamos bien provistos. Sus grandes posesiones renunciamos a ellas con gusto, y no las querríamos aunque nos las tiraran detrás; por su parte, ellos no quieren las bendiciones espirituales que nosotros tenemos. Así que nosotros conservaremos la posesión del verdadero territorio y la herencia que es nuestra para siempre, y los dejaremos jactarse de su porción, que pronto se marchitará, y privarse por su causa de nuestra herencia, que aún compartiríamos gustosos con ellos. Y si nos privan de su porción, siempre tenemos tanto que fácilmente podemos reponernos de la pérdida.
Pero guardémonos de esto: de no caer, junto con el mundo, en la falsa luz, que es el ojo maligno, que apaga la verdadera luz y la convierte en doble oscuridad. Y cuida de que la avaricia no te confunda con esa idea dulce y ese hermoso colorido de que quieres llevarte a ti o a tus hijos a una posición alta y honorable, y darles mucho solo para mejorar y elevar su posición. Porque así la avaricia, cuanto más tiempo, menos satisfecha está, y siempre se estira hacia algo más alto y más allá, y nadie está contento con su lugar: el que es ciudadano quisiera ser caballero; un noble quisiera ser príncipe, y así sucesivamente; un príncipe quisiera viajar como el emperador. Pero ¿quieres tú viajar como cristiano? Entonces guárdate de esta idea como de la peor oscuridad, y lleva tus negocios de tal manera —si Dios, por su bendición, te da éxito— que tu prójimo, a tu lado, pueda también proveerse y tener gusto en ti, de modo que puedas echarle una mano.
Porque si dejas que el ojo maligno te engañe, entonces ya has perdido la palabra de Dios, expulsada por esa luz, y una espesa oscuridad se añade a la otra, que te vuelve totalmente ciego y obstinado, de modo que ya no se puede hacer nada por ti.
Mateo 6:24
V.24. «Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas».
Aquí pronuncia una sentencia terribilísima contra los avaros. Ante todo contra sus judíos, que eran verdaderos vientres avaros y sin embargo querían ser santos y muy devotos, como nuestros curas y eclesiásticos. Quiere decir: «Ustedes creen que están bien y que sirven a Dios con gran seriedad, y sin embargo, junto con eso, son unos canallas avaros, de modo que hacen todo esto por causa de Mammón, aunque también sirven a Dios». Pero esta es la sentencia: nadie puede servir a dos señores a la vez. Si quieren ser siervos de Dios, no pueden servir a Mammón. Aquí se refiere a dos señores opuestos entre sí, no a los que gobiernan uno junto con el otro. Porque no es contradictorio servir a mi príncipe o al emperador y además a Dios; porque se pasa ordenadamente de uno al otro, de modo que si obedezco al más bajo, obedezco también al más alto. Así como el padre de familia envía a su esposa o a sus hijos a los criados y, por medio de ellos, les manda lo que han de hacer: no hay multiplicidad, sino que todo es un solo señor y viene de un solo amo. Pero Dios y el diablo son dos señores que se oponen entre sí y dan órdenes contradictorias.
Dios dice: «No serás avaro ni tendrás otro Dios»; pero el diablo, al contrario, dice: «Puedes ser avaro y servir a Mammón».
La razón misma enseña esto: que no es tolerable servir a la vez a dos señores enemigos, aunque el mundo sabe hacerlo con habilidad. En alemán a esto se le llama llevar el árbol sobre los dos hombros, y soplar frío y caliente con la misma boca. Como cuando un noble sirve a un príncipe y recibe paga de él, y lo traiciona y lo vende a otro, y recibe dinero también allí, y observa qué tiempo promete hacer: si va a llover aquí, para que el sol brille allá; y así traiciona y comercia con ambos. Pero en todo esto no hay servicio alguno, y aun la razón tiene que decir que tales personas son traidores y canallas. Porque ¿qué te parecería tener un criado que recibiera tu salario y estuviera mirando con un ojo hacia otro, sin preocuparse en absoluto por tus asuntos; y si algo saliera mal hoy o mañana, se escabullera hacia el otro y te dejara en la estacada?
Por eso es correcto decir: el que es buen criado y quiere servir fielmente no debe aferrarse a dos señores, sino hablar así: «De este señor recibo mi sustento; a él serviré mientras esté con él, haré lo mejor que pueda por él y no me preocuparé de nadie más». Pero si quiere sisar aquí y robar allá, entonces está listo para el verdugo. Porque hay que matar a las gallinas que comen en casa y ponen los huevos en otra parte. Así hacían también los judíos: suponían que Dios debía tenerlos por grandes santos y quedar muy satisfecho si ofrecían sacrificios en el templo y degollaban sus becerros y vacas, aunque mientras tanto obraban con avaricia dondequiera que podían, hasta llegar a hacer sus negocios delante del templo y dentro de él, y a instalar sus mesas de cambistas, para que se pudieran proveer prontamente los materiales y nadie se fuera sin sacrificar.
Contra estos pronuncia ahora Cristo esta sentencia, para que nadie pretenda ser siervo de Dios y de Mammón. No es posible mantener el servicio que él ha establecido si estás resuelto a correr con avaricia tras Mammón. Porque el culto a Dios significa que te aferras solo a su palabra y haces que todo se doblegue ante ella. El que quiera vivir conforme a ella, y ser consecuente, tiene que renunciar enseguida a Mammón. Porque esto es seguro: tan pronto como un predicador o pastor se vuelve avaro, ya no sirve para nada y no puede predicar nada bueno. Porque tiene que andarse con cuidado y no se atreve a reprender a nadie; se deja tapar la boca con regalos, para dejar que la gente haga lo que quiera; evita enojar a nadie, sobre todo a los grandes y poderosos; y así descuida su deber y su oficio, que le exige reprender a los malvados. Así también, si un burgomaestre o juez, o cualquiera que tenga un cargo, ha de ejercer su oficio y cuidar de que se administre bien, no debe preocuparse mucho por cuánto se enriquecerá ni por el provecho que sacará de él. Pero si es siervo de Mammón, se deja sobornar con regalos, de modo que se vuelve ciego y ya no ve cómo vive la gente.
Porque piensa: «¿He de castigar a este o a aquel? Entonces me haré enemigos y quizá pierda con ello lo que es mío», etc. Y aunque tenga un servicio excelente y ocupe el oficio que Dios le ha ordenado y dado, aun así no puede administrarlo ni ejercerlo. Esta es la obra de Mammón, que se ha apoderado de su corazón.
Así sucede ahora en el mundo por todas partes: cree que en cuanto a Mammón es asunto pequeño y sin gran peligro, y se halaga con el pensamiento hermoso y dulce de que aún puede servir a Dios. Pero este es un engaño miserable con que el diablo ciega a una persona, de modo que ya no atiende a su deber oficial y queda absorbida por la avaricia; y esto solo porque teme no recibir honra, dádivas o regalos.
Por eso Cristo (como se dijo arriba) pronuncia una sentencia severa: que nadie se engañe con tales pensamientos ni tenga esto por cosa pequeña. Sepa más bien que al que, por causa de Mammón, del dinero o del placer, o de la honra o del favor, no administra su oficio como debe, Dios no lo reconocerá como su siervo, sino como su enemigo, como oiremos. Pero el que quiere ser hallado en el servicio de Dios y ejercer su oficio como es debido, ha de pensar con corazón varonil que puede despreciar al mundo con su Mammón. Pero no como fruto de su propio corazón malvado, sino como un don del cielo, con oración para que Dios, que te ha dado este oficio, te dé también gracia para administrarlo, y te capacite para creer que no tienes ni puedes hacer nada más noble y mejor en la tierra que el servicio que has de prestarle a él, y para no preocuparte mucho de si sufres daño por ello o te metes en problemas. Y consuélate con esto: que sirves a un gran Señor, que fácilmente puede hacer que disfrutes tu pérdida; lo cual es mejor que perder el tesoro eterno por causa del pequeño bien temporal que, de todos modos, no puede ayudarte. Porque si tienes que escoger un señor, ¿no preferirías mil veces servir al Dios vivo antes que al bribón muerto e impotente?
Mira, así hace todo cristiano que tiene la palabra de Dios: la honra y la guarda, y no le importa si el mundo se irrita por ello o deja de sacarle algún provecho. Sino que piensa así: «Aquí están la bolsa y el bolsillo, la casa y el hogar, etc.; allá está mi Cristo. Si ahora tengo que dejar y renunciar a uno, dejaré ir todo aquello para poder conservar a mi Cristo». Eso es lo que Cristo quiere decir cuando dice que no se puede servir a dos señores. Porque tarde o temprano sucederá que entrarán en conflicto, y uno tendrá que ceder ante el otro. Por eso no te sirve de nada halagarte pensando que vas a conservar a los dos como señores; tienes que decidirte pronto a dejar a uno o al otro.
Por eso el acento está aquí en la palabrita «servir». Tener dinero y bienes, esposa, hijos, casa y hogar, no es pecado; pero no debes dejar que eso sea tu señor, sino hacer que te sirva, y tú ser su señor. Como decimos de un hombre honrado, excelente y bien dispuesto: «Es dueño de su dinero»; no tan sometido a él y cautivo de él como un tacaño vientre codicioso, que preferiría dejar ir la palabra de Dios y todo lo demás, reteniendo mano y boca, antes que correr algún riesgo con su dinero.
Ese es un corazón mujeril, infantil y servil, que desprecia y descuida el tesoro eterno por causa del Mammón escamoso, que no puede usar ni disfrutar. Y sin embargo vive seguro mientras tanto, cree que puede atender a la palabra de Dios en cualquier momento, sigue acumulando todo lo que puede para no perder un centavo por amor de Dios, hasta que se hunde más y más en la avaricia, se aleja más y más de la palabra de Dios y finalmente se opone a ella del todo.
Porque Cristo usó palabras duras y habló muy claramente cuando dijo: «O aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro». Es tanto como decir: el vergonzoso amor a Mammón hace enemigos de Dios. Como dicen públicamente algunos de nuestros curas: «Esa sería ciertamente una manera excelente de enseñar, pero hace daño; por eso se la rechaza», y no sin razón (según piensan), porque da ocasión a problemas. «Pero Mammón es un dios estupendo: no hace ningún daño en la cocina ni en la bolsa». Por eso aquí el amor y la amistad se deciden en estas palabras: «aborrecerá al uno y amará al otro». Porque hay dos señores que se oponen entre sí y no pueden habitar en paz juntos en un solo corazón, como tampoco dos dueños en una sola casa. De modo que cuando llega la prueba de que uno tiene que servir y aferrarse a uno, entonces tiene que enojar al otro o dejarlo. Así uno se vuelve enemigo de Dios, como cosa natural, porque ama el dinero y los bienes.
Este es el precioso fruto del servicio a Mammón, como se puede ver sobre todo ahora, cuando la avaricia se ha adueñado de todo de tal manera que hay una verdadera lepra de avaricia entre los nobles, los campesinos, los ciudadanos, los curas y los laicos. ¿No es un gran ejemplo de santidad y una hermosa virtud quitarle a Dios la mejor parte del hombre y dársela a Mammón? Porque ciertamente ese es el servicio más alto: aquel al que el corazón está sinceramente entregado, tras el cual anhelan todo el cuerpo y todos los miembros; como dijo Cristo arriba: «Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». Porque lo que uno ama, tras eso correrá sin duda, de eso hablará con gusto, eso tiene todo su corazón y sus pensamientos. Por eso dice también Agustín: «Deus meus, amor meus»: lo que amo, eso es mi dios. De aquí ves qué clase de gente son aquellos a quienes Cristo aplica este título: que son enemigos de Dios, aunque aparentan con tanto despliegue servirle, como sus mejores amigos. Pero en el fondo del corazón no son otra cosa que verdaderos santos del diablo, que aborrecen y persiguen de corazón a Dios y su palabra y su obra.
Porque eso es verdaderamente aborrecer a Dios: aborrecer su palabra. Así sucede: si uno reprende a un hombre por su avaricia e incredulidad, y le pone delante el primer mandamiento: «No tendrás dioses ajenos delante de mí», es decir, no inclinarás tu corazón, tu deseo y tu amor a ningún otro fuera de mí; y él no quiere oír ni soportar esa reprensión, sino que comienza a rebelarse y a enfurecerse contra ella, hasta que se amarga del todo en su corazón, con un odio enconado contra la palabra y sus predicadores. Por eso hay en el texto de los diez mandamientos una palabra de amenaza como esta: «Yo soy... Dios... celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos... de los que me aborrecen», etc. Con esto se refiere precisamente a estos vientres codiciosos y servidores de Mammón, ya que las Escrituras llaman a la avaricia idolatría o culto a los ídolos. Y sin embargo quieren (como se dijo arriba) que se les alabe como los más grandes santos y como enemigos de la idolatría y de los herejes, y de ninguna manera que se diga de ellos que aborrecen a Dios. Pero esta es la prueba contra ellos: no pueden oír ni ver la palabra de Dios cuando ataca su avaricia, y quieren quedar del todo sin reprensión; y cuanto más se les reprende y amenaza, más se ríen y se burlan, y hacen lo que quieren contra Dios y contra todos.
Mira ahora: ¿no es este un mal vergonzoso y un pecado abominable, que debería alarmarnos y hacernos enemigos de corazón de Mammón, pedirle a Dios que nos proteja de él y huir de él como del diablo? Porque ¿quién no temería caer en él y oír sobre sí esta sentencia: que ha de ser llamado enemigo de Dios, alguien que no solo lo desprecia, sino que desearía que Dios y su palabra no existieran, para tener solo su libre placer y voluntad, para disgusto y fastidio de Dios? Calcula tú mismo lo que le sucederá a tal hombre y qué clase de persona está cargando sobre sí, hasta que al final le resulte demasiado pesada.
Y en verdad están muy bien castigados (como dice el texto) por el hecho de ser gente tan miserable, que su corazón, su deseo, su amor y su placer están puestos en el retrete, cuando deberían estar en el cielo y puestos en lo que es de Dios. ¿Cómo podría un hombre deshonrarse más completamente que apartando su consuelo de Dios, que le da todo lo bueno y bien merece nuestra buena voluntad, para ponerse detrás del diablo y deleitarse en su hedor y en su infierno, y aun volverse tan infernalmente malvado que no solo desprecia la palabra de Dios, sino que se opone a ella de manera tan asesina que desearía que no hubiera Dios? Esa es la gratitud que recibe de estos vientres codiciosos, a quienes da cada día la vida corporal, el sol y la luna y los tesoros que tienen. Pero ya descubrirán lo que ganan con ello, y en parte ya lo tienen, pues tienen que estar devorando continuamente el hedor y la inmundicia del diablo.
Esa es una parte del texto, dicha de Mammón: «O aborrecerá al uno y amará al otro». La otra es: «o estimará al uno (es decir, a Dios) y menospreciará al otro». Aquí no dice simplemente: «amará al uno», sino que muestra el hecho y la obra del amor con la palabra «estimará», es decir, se aferrará a él.
Porque al que ha de amar a Dios y su palabra no le resultará cosa tan pequeña, sino a menudo muy difícil, y el amor se volverá tal que el diablo muchas veces lo hará agrio y amargo. Por eso es necesario que podamos aferrarnos y colgarnos firmemente de la palabra de Dios, y no dejarnos arrancar de ella, aunque nuestra propia carne y el ejemplo del mundo entero, y además el diablo, se opongan y procuren quitárnosla. Tiene que ser un hombre, con valor de caballero, el que pueda resistir a tantos enemigos. Sí, tiene que haber un gran celo ardiente de amor, que arda con tal fuerza que uno pueda renunciar a todo —casa y hogar, esposa e hijos, honra y bienes, cuerpo y vida—, sí, también despreciarlo y pisotearlo, con tal de conservar el tesoro que todavía no ve, y que en el mundo es despreciado, sino que solo se ofrece en la mera palabra y se cree en el corazón.
Pero no quiere decir con esto que no hayamos de tener dinero ni bienes, o que, si los tenemos, los tiremos, como han enseñado y hecho algunos necios entre los filósofos y algunos santos chiflados entre los cristianos. Porque él concede que puedes ser rico, pero no quiere que pongas tu amor en eso, como enseñó David y lo demostró con su propio ejemplo: «Si se aumentan las riquezas, no pongáis el corazón en ellas» (Sal 62:10). Esa es una disposición del ánimo que, en medio del dinero y los bienes dados por Dios, sabe mantener libre el corazón (cosa que el mundo no puede hacer). Y si [la riqueza] trata de atraer el corazón hacia sí (como sonríen seductoramente los hermosos florines y las relucientes copas de plata y las joyas) y apartarlo de Dios, entonces puede pisotearla y despreciarla tan del todo como el mundo se aferra a ella y, al contrario, desprecia el tesoro celestial. En resumen, el hombre tiene que ser el señor de Mammón, de modo que este tenga que yacer a sus pies; pero él no ha de estar sujeto a nadie ni tener a nadie por señor sino a la palabra de Dios. Pero esto se predica a la manada pequeña que cree en Cristo y tiene su palabra por verdadera; con los demás no sirve de nada.
Mateo 6:25
V.25. «Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?».
El Señor se extiende aquí en una fuerte denuncia de este vicio ruinoso, porque (como se dijo arriba) comúnmente se abre paso con violencia junto con el evangelio, y ataca con fiereza no solo al mundo, sino también a los cristianos. Sobre todo, sin embargo, a los que han de predicar la palabra de Dios y exponerse por ella a toda clase de peligros, que son despreciados y oprimidos por el mundo, de modo que, en lo que toca a la carne, tienen buenas razones para inquietarse. Porque el que quiere ser cristiano y confesar a su Señor se hace enemigo del diablo, que es príncipe del mundo.
Por eso [el diablo] lo ataca y lo agarra, no por medio de la palabra y la fe, sino por medio de lo que está bajo su reino y su poder. Ahora bien, nuestro cuerpo miserable, la carne y la sangre, sigue estando en su reino; a ese sí puede atormentarlo, echarlo en la cárcel, privarlo de comida, bebida y ropa, de modo que nosotros, con todo lo que tenemos, siempre tenemos que estar en este peligro. La carne y la sangre, por otra parte, piensan cómo arreglárselas también para mantener su lugar con seguridad y escapar del peligro. Así surge la tentación que se llama afán por el sustento. Aunque el mundo no lo considera tentación, sino más bien virtud, y alaba a esa gente que sabe maquinar para conseguir grandes bienes y honra, etc.
Y aquí aprendes qué significa servir a Mammón: afanarse por la vida y por nuestro cuerpo, por lo que hemos de comer y beber, tener a mano y vestir; es decir, pensar solo en esta vida, en cómo hacernos ricos aquí, juntar y amontonar dinero y bienes, como si fuéramos a quedarnos aquí para siempre. Porque no es pecado, ni es servir a Mammón, que comamos, bebamos y nos vistamos, como lo requieren las necesidades de esta vida y del cuerpo, para que tenga su comida y su ropa. Tampoco es pecado buscar y ganar el alimento; pero [sí es pecado] afanarse por ello, es decir, poner en ello el consuelo y la confianza del corazón. Porque el afán no está en la ropa ni en la comida, sino precisamente en el corazón, que no puede soltarlo, sino que anhela tras ello; como decimos: «Los bienes dan valor», etc. De modo que afanarse significa anhelar tras ello con el corazón. Porque lo que el corazón no pretende ni ama, eso no me preocupa; y al revés, aquello por lo que me afano, a eso tengo que tenerle el corazón puesto.
Pero no debes forzar demasiado el texto, como si quisiera prohibir el preocuparse por cualquier cosa. Porque todo oficio o vocación lleva consigo el deber de cuidar de lo que le corresponde, sobre todo donde uno está puesto sobre otros, como dice san Pablo en Ro 12:8 acerca de los oficios espirituales en la cristiandad: «el que preside, con solicitud». Así, el padre de familia tiene que cuidar de sus hijos y criados, que estén bien educados y hagan lo que deben; y si descuida esto, hace mal. Del mismo modo, es el cuidado del predicador o pastor que la predicación y los sacramentos se atiendan como es debido; que consuele a los afligidos y enfermos, reprenda a los malvados, ore por toda clase de necesitados, etc. Porque se le ha mandado atender y dirigir las almas. Así, un príncipe y otras personas en autoridad tienen que cuidar del gobierno secular, que se administre bien, como su oficio lo requiere. De igual manera, los súbditos han de cuidar de prestar y cumplir fielmente su obediencia; los criados y criadas, de servir bien a sus amos y velar por sus intereses, etc.
Cristo no habla aquí de esta clase de cuidado. Porque hay un cuidado del oficio que hay que distinguir cuidadosamente de la avaricia. Ese no se preocupa por sí mismo, sino por su prójimo; no busca lo suyo, sí, incluso descuida lo suyo y le es indiferente, y sirve a otro; de modo que se llama cuidado del amor, que es divino y cristiano. No es el del egoísmo o de Mammón, que va contra la fe y contra el amor, y es precisamente lo que estorba el cuidado del oficio. Porque el que está enamorado de su dinero y se afana por su propio provecho no prestará mucha atención a su prójimo ni a su oficio, que tiene que ver con su prójimo. Como vimos hasta ahora en nuestros eclesiásticos, a quienes no les preocupaba en absoluto cuidar bien de las almas, sino que toda su meta era que el mundo les contribuyera lo suficiente; y lo que no les traía dinero, eso lo descuidaban, de modo que ninguno de ellos rezaba siquiera un Pater noster por otro sin paga. Pero un pastor piadoso solo se preocupa de esto: de administrar bien su oficio, para que las almas se beneficien de él. No le preocupa no ganar mucho con ello, sí, tener que sufrir mucho por ello, morderse con serpientes, tener al mundo y al diablo por enemigos; deja que Dios se encargue de que tenga suficiente para comer, etc. Pero se consuela con otro tesoro (por cuya causa hace todo esto) en aquella vida, que es tan grande que todo lo que sufre aquí es demasiado pequeño en comparación, etc.
Como ha prohibido ahora este afán de la avaricia y del culto a Mammón por ser idolátrico y hacer a los hombres enemigos de Dios, continúa añadiendo muchos ejemplos y comparaciones, para hacernos la avaricia tanto más odiosa. Procura pintarla con colores tan aborrecibles que nos den ganas de escupirle, y dice, ante todo: «¿No es la vida más que el alimento?». Es decir, puedes y tienes que confiarle a Dios tu vida, la del cuerpo y la del alma, y no está en tu poder prolongarla ni una sola hora. ¡Qué necios son, entonces, que no quieren confiarle el sustento de su cuerpo, para que él les procure la comida y la bebida! Porque ¿qué mayor necedad puede imaginarse que afanarse penosamente por conseguir comida y bebida, y no preocuparse por conseguir el cuerpo y la vida ni por conservarlos una hora? Es como si uno se esmerara en adornar hermosamente su casa y no supiera quién va a vivir en ella; o en preparar mucha y excelente comida en la cocina, y no tuviera a nadie que fuera a comerla. Así mismo obramos nosotros con nuestra avaricia: nos afanamos por lo mínimo y nunca pensamos en lo más importante. Ese es un afán realmente innecesario y superfluo, sí, necio. Y aunque nos afanáramos mucho por nuestra vida corporal, no ganaríamos nada con ello, porque no está en nuestro poder ni por un momento; tan poco como si alguien se atormentara hasta morir pensando cómo ha de crecer el grano en un campo que él no ha sembrado, o dónde ha de estar la plata en la mina, que él no ha puesto allí.
Puesto que en todo el asunto de nuestra vida tenemos que dejar el afán, y esta, sin que pensemos ni hagamos nada al respecto, es sostenida por Dios hora tras hora, ¿por qué habríamos de preocuparnos por cosas pequeñas, como si él no pudiera ni quisiera darnos alimento y abrigo? Deberíamos avergonzarnos de que alguien dijera de nosotros que somos culpables de tal necedad. Y sin embargo nuestra conducta, sobre todo la de los grandes vientres ricos, no es otra cosa que la de los necios que siempre se afanan solo por tener llenas sus cocinas y provista la abundancia, y sin embargo no tienen mesa ni invitados; o que tienen preparadas muchas camas lujosas y no tienen a nadie que las ocupe. Es como si un zapatero no hiciera otra cosa en toda su vida que llenar su taller de hormas, y nunca pensara de dónde sacaría el cuero para hacer un zapato: ¿no deberíamos echarlo del país como a un chiflado y un necio?
Mira, así nos muestra Cristo qué gente tan necia somos, como para escupirnos a nosotros mismos. Y sin embargo seguimos viviendo en esta ceguera, aunque es perfectamente claro que no podemos encargarnos de nuestra vida corporal. Y si nos preocupáramos por eso, precisamente por ello tendríamos que volvernos cristianos y pensar: «Mira, ni siquiera tengo mi propia vida en la mano por un momento. Puesto que tengo que confiarle a Dios mi vida corporal, ¿por qué he de dudar y afanarme por cómo se alimentará el vientre por un día o dos?». Es como si yo tuviera un padre rico que me regalaría con gusto mil florines, y yo no confiara en que me daría un centavo cuando lo necesite.
Mateo 6:26-27
V.26, 27. «Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?».
Aquí añade a la exhortación un ejemplo y una comparación, en burla, escarnio y desprecio de la miserable avaricia y del afán por el vientre, para apartarnos de ellos y recordarnos lo que somos nosotros mismos, de modo que nos avergoncemos de corazón. Porque somos mucho más nobles y mejores que las aves, ya que somos señores no solo de las aves, sino de todas las criaturas vivientes, y todas las cosas nos han sido dadas para nuestro servicio y creadas por causa de nosotros. Y sin embargo no tenemos fe suficiente para confiar en que podremos sostenernos con todas estas cosas que Dios nos ha dado y provisto. Mientras tanto, él da cada día su comida y su sustento a los pajarillos más pequeños, sí, a los gusanos más diminutos, que son nuestros siervos, sin que ellos se afanen ni piensen en absoluto en ello. Y sin embargo no juntan nada ni guardan en depósito: ni siembran, ni, aunque se sembrara, podrían recogerlo.
¿No es una vergonzosa deshonra que nosotros, para quienes Dios ha dado y provisto todas las criaturas, y para quienes hace crecer tanto cada año que tenemos suficiente para sembrar y mucho más para cosechar, no podamos confiarle nuestro vientre sin afán ni avaricia? Porque si alguien tuviera que afanarse y juntar, deberían hacerlo los pajarillos. Ya que ellos no pueden hacerlo, bien podrían pensar cuando se acerca el verano: «Mira, ahora todo el mundo siembra su grano para volver a recogerlo en verano; ahora, o en la cosecha, todos cosechan y acumulan. Y como nosotros no tenemos ni un granito que sembrar o recoger, ¿de dónde sacaremos algo para comer a lo largo del año, sobre todo en el frío invierno, cuando todo esté guardado bajo techo y no quede nada en los campos?». ¿Qué haríamos nosotros los hombres si durante un solo verano no tuviéramos nada que sembrar? Sí, si no supiéramos de provisiones para quince días, ¡cómo se desesperaría entonces todo el mundo, como si todos tuviéramos que morirnos de hambre! Ahora bien, los pajarillos vuelan por el aire verano e invierno, cantan y están contentos, nunca se inquietan ni se afanan en absoluto, aunque no saben de dónde sacarán la comida mañana. Y nosotros, miserables vientres codiciosos, nunca dejamos de afanarnos, aunque tenemos los graneros y los almacenes llenos y vemos crecer el grano en los campos con tanta abundancia.
Mira, así hace de las aves maestras y doctoras, de modo que un débil gorrioncito tiene que figurar en el evangelio, para nuestra gran y duradera vergüenza, como maestro y predicador del hombre más sabio, y ponernos esto cada día ante los ojos y los oídos. Como si quisiera decirnos: «Mira, hombre miserable: tienes casa y hogar, dinero y bienes, y cada año tu campo lleno de grano y de toda clase de cosechas, más de lo que necesitas; y sin embargo no tienes paz, y siempre te afanas por miedo a morirte de hambre. Y si no ves la provisión y no sabes que la tienes delante, no puedes confiar en Dios, en que te dará comida para un día. Mientras que nosotros somos tantísimos, y ninguno de nosotros se inquieta ansiosamente en toda su vida, y sin embargo Dios nos alimenta cada día». En resumen, tenemos tantos maestros y predicadores como pajarillos hay en el aire, que nos avergüenzan con su ejemplo vivo, de modo que deberíamos sonrojarnos y no atrevernos a levantar los ojos cuando oímos cantar a un pájaro que proclama hacia el cielo la alabanza de Dios y nuestra vergüenza. Y sin embargo somos tan obstinados que no le prestamos atención, aunque oímos esto predicado y cantado cada día por todas partes.
Sí, mira qué más hacen los queridos pajarillos: cuán libres de afán viven, y esperan su comida solo de la mano de Dios. Si los enjaulamos para que canten y les damos comida en abundancia, de modo que deberían pensar: «Ahora tengo suficiente, así que no necesito preocuparme de dónde sacaré algo para comer; porque ahora tengo un amo rico, y mis graneros están llenos», etc., no lo hacen así. Prefieren mil veces estar libres en el aire; allí están también más gordos, y cantan mejor y más dulcemente sus Laudes y maitines temprano por la mañana, antes de comer. Y sin embargo ninguno de ellos sabe de un granito guardado; hacen un Benedicite largo y hermoso, y dejan que nuestro Señor Dios se preocupe, aun cuando tienen polluelos que alimentar. Por eso, cuando oyes a un ruiseñor, oyes al predicador más gracioso, que te recuerda este evangelio, no con pobres palabras solamente, sino con el hecho y el ejemplo vivos. Porque canta toda la noche y grita casi hasta morir, y está más alegre en la arboleda que encerrado en una jaula, donde tenemos que atenderlo con toda diligencia y donde rara vez prospera o sigue con vida. Como si dijera: «Prefiero mil veces estar en la cocina del Señor que ha hecho el cielo y la tierra, y que es él mismo cocinero y anfitrión, y cada día alimenta y sustenta de su mano a innumerables pajarillos, y no tiene solo un saco lleno, sino el cielo y la tierra llenos de granitos».
Así habla ahora Cristo: «Puesto que ven cada día cómo su Padre celestial alimenta a los pajarillos del campo sin que ellos tengan ningún afán, ¿no pueden entonces confiar en él lo suficiente como para creer que también los alimentará a ustedes, puesto que es su Padre y los llama sus hijos? ¿No habría de cuidar mucho más de ustedes, a quienes ha hecho sus hijos y a quienes da su palabra y todas las criaturas, que de los pajarillos, que no son sus hijos, sino sus siervos de ustedes?». Y sin embargo los tiene en tan alta estima que los alimenta cada día, como si solo tuviera que cuidar de ellos; y se complace en que vuelen y canten sin ningún afán, como si dijeran: «Canto y estoy alegre, y sin embargo no sé de un granito que haya de comer; mi pan todavía no está horneado, mi grano todavía no está sembrado. Pero tengo un amo rico que cuida de mí mientras canto o duermo; él puede darme más de lo que todos los hombres y yo podríamos conseguir con nuestros afanes».
Puesto que las aves entienden el arte de confiar tan completamente en él y de echar de sí su afán sobre Dios, nosotros, que somos sus hijos, deberíamos hacerlo mucho más. Por eso es un ejemplo excelente, que nos avergüenza a todos: que nosotros, que somos personas dotadas de razón y además tenemos a mano las Escrituras, no tengamos la sabiduría suficiente para imitar a las aves, y tengamos que oírnos deshonrados cada día delante de Dios y de la gente, cada vez que oímos cantar a los pajarillos. Pero el hombre se ha vuelto loco y necio desde que se apartó de la palabra y el mandamiento de Dios, de modo que desde entonces no hay criatura viviente que no sea más sabia que él; y un pinzoncito, que no sabe hablar ni leer, es su maestro y doctor en las Escrituras, aunque él tiene toda la Biblia y su razón para ayudarle.
Este es el primer ejemplo. A él añade un dicho tomado de nuestra propia experiencia, y muestra que nuestro afán es inútil y no logra nada:
«¿Quién de ustedes —dice— puede añadir un codo a su estatura, aunque se afane por ello?». Si un hombre no llegara nunca a su tamaño completo sino por su propio afán, ¿qué tan grandes llegaríamos a ser? ¿O de qué le serviría a un enanito atormentarse hasta la muerte pensando cómo hacerse más grande? ¿Qué logras con afanarte por dónde sacarás la comida y la ropa? Como si estuviera en tu poder hacer tu cuerpo tan robusto y tan alto como quisieras. Tu cuerpo, con todos sus miembros, tiene un tamaño determinado, y tiene su largo y su ancho, de modo que no puedes hacerlo de otra manera, y te desafío a hacerlo un pelo más alto. ¡Qué necio eres, entonces, que te afanas por lo que no está en tu poder y que ya está limitado tanto en el tiempo como en la extensión, a saber, cuánto ha de durar tu vida corporal, y no puedes confiar en que él te procurará también la comida y el vestido mientras tengas que vivir aquí, etc.!
Mateo 6:28-30
V.28-30. «Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?».
Aquí tienes otro ejemplo y comparación, en que las florecillas del campo, que el ganado pisotea y come, tienen también que convertirse en nuestras maestras y doctoras, para que nuestra vergüenza sea todavía mayor. Porque mira cómo crecen, tan hermosamente adornadas de colores, y sin embargo ninguna de ellas se afana ni piensa cómo ha de crecer, ni qué clase de color ha de tener, sino que deja que Dios se preocupe de eso. Y sin ningún afán ni esfuerzo de su parte, Dios la viste con colores tan hermosos y encantadores que Cristo dice que ni Salomón con toda su gloria fue tan hermoso como una de ellas; sí, ni ninguna emperatriz con todo su séquito, con todo su oro, sus perlas y sus joyas. Porque no puede nombrar a ningún rey que fuera más rico, más glorioso y más espléndidamente adornado que Salomón; y sin embargo el rey, con toda su gran ostentación y esplendor, no es nada en comparación con una rosa, un clavel o una violeta del campo. Así sabe nuestro Señor Dios adornar a quien quiere adornar, de modo que merezca llamarse adornado; y ningún hombre puede hacer ni pintar tal color, ni desear o conseguir otro adorno aún más hermoso. Y si quisiéramos embellecerlas con oro y raso, todavía dirían: «Prefiero que me adorne mi Señor allá arriba en el cielo, que adorna a los pajarillos, antes que todos los sastres y bordadores de la tierra».
Puesto que él viste y adorna a tantas flores con colores tan variados, y cada una tiene su propio vestido y supera con él todo el esplendor del mundo, ¿por qué no podemos confiar en que también nos vestirá a nosotros? Porque ¿qué son las flores y la hierba del campo en comparación con nosotros? ¿O para qué fueron creadas sino para estar allí un día o dos y lucirse, y luego marchitarse y volverse heno; o, como dice Cristo, para ser echadas en el horno, para quemarlas y calentar el horno? Y sin embargo nuestro Señor Dios estima tanto estas cosas perecederas e insignificantes, y gasta tanto en ellas, que las adorna más espléndidamente que a cualquier rey de la tierra, aunque no necesitan este adorno y hasta se desperdicia en ellas, ya que pronto perecen junto con la flor. Pero nosotros, sus criaturas más altas, por cuya causa ha hecho todo lo demás, a quienes lo da todo, y que valemos tanto para él que esta vida no ha de ser nuestro fin, sino que después de esta vida quiere darnos la vida eterna, ¿no habríamos de tener tanta confianza en él como para creer que nos vestirá, como viste a las flores del campo y a las aves del cielo con múltiples y hermosos colores y plumas? Eso es presentar el caso de manera tan deshonrosa para nosotros, y pintar nuestra incredulidad tan vergonzosa, que no podría hacerla más despreciable.
Pero es [culpa del] miserable diablo y de la terrible caída que sufrimos que tengamos que ver el mundo entero lleno de estos ejemplos de las aves en contra nuestra, que con su ejemplo y su apariencia reprenden nuestra incredulidad y se convierten en nuestros más altos Doctores; nos cantan y nos predican, y nos sonríen con tanto amor para que solo creamos. Y sin embargo seguimos viviendo, dejamos que nos prediquen y nos canten, y seguimos amontonando con avaricia. Pero [es] para nuestra eterna vergüenza y deshonra que cada florecilla testifica contra nosotros y condena nuestra incredulidad delante de Dios y de todas las criaturas hasta el día del juicio. Por eso concluye ahora este sermón ante sus cristianos.
Mateo 6:31-32
V.31, 32. No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.
Ya que ven cada día estos ejemplos en todo lo que vive y crece de la tierra, cómo Dios lo nutre y lo alimenta, y lo viste y adorna de la manera más hermosa, déjense mover a abandonar el afán y la incredulidad, y consideren que son cristianos y no paganos. Porque ese afanarse y esa avaricia son propios de los paganos, que no conocen a Dios ni preguntan por él, y es verdadera idolatría, como dice san Pablo y como se dijo también más arriba, donde lo llama servir a mammón.
Por eso ningún vientre codicioso es cristiano, aunque haya sido bautizado; ha perdido a Cristo sin remedio y se ha hecho pagano. Porque ambas cosas no pueden soportarse: ser avaro y lleno de afán, y creer; una tiene que excluir a la otra. Ahora bien, no hay nada más vergonzoso ante Dios y ante todas las criaturas, para cristianos que oyen y conocen la palabra de Dios, que el que se pueda decir de ellos que son como los paganos, que no creen que Dios los alimenta y les da todo, y así se apartan de Dios, niegan la fe y no hacen caso ni de su palabra ni de estos ejemplos tan manifiestos. Esta es una sentencia dura que con razón debería alarmar a todos. Porque la conclusión es inmediata: quien se dice cristiano, o reflexiona y deja de afanarse con avaricia, o sepa que no es cristiano, sino diez veces peor que un pagano.
Además (dice), puesto que son cristianos, no deben dudar de que su Padre sabe muy bien que necesitan todo esto; a saber, que tienen un vientre que necesita comer y beber, y un cuerpo que necesita vestido. Si él no lo supiera, tendrían motivo para afanarse y pensar cómo podrían alimentarse; pero ahora que él lo sabe, no los descuidará. Porque es tan bondadoso que se ocupa de ello de buena gana, y sobre todo por ustedes los cristianos, pues (como se dijo) cuida también de las aves del cielo.
Por eso dejen el afán, pues de todos modos no ganan nada con él. No depende de que ustedes se afanen, sino de que él sepa y cuide. Si nada creciera en el campo antes de que nos afanáramos por ello, todos habríamos muerto en la cuna, y nada podría crecer durante la noche mientras dormimos; más aún, aunque todos nos mataran las preocupaciones, no crecería una sola espiga en el campo por nuestro afán; nosotros mismos tenemos que ver y comprender que Dios lo da todo sin que nos afanemos por ello; y sin embargo somos gente tan impía que no queremos dejar nuestro afán y nuestra avaricia, ni permitir que solo Dios tenga el cuidado, a quien solo le corresponde, como a un padre respecto de sus hijos.
Mateo 6:33
V.33. Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.
El Señor vio muy bien, como dije, que entre los vicios exteriores y groseros ninguno contradice tan escandalosamente al evangelio y estorba [el avance del] reino de Dios como la avaricia. Porque en cuanto un predicador hace planes para enriquecerse, ya no administra rectamente su oficio; pues su corazón queda atrapado por el cuidado del sustento, como en una red, según la llama san Pablo, de modo que ya no puede enseñar y reprender como y donde debería; temeroso de perder el favor y la amistad de aquellos de quienes puede obtenerlos, se deja desviar, de modo que calla y desvía también a otras personas; no por herejía, sino por su propio vientre, que es su ídolo. Porque quien quiere ser la clase de predicador que debe ser, y cumplir fielmente su deber, tiene que conservar y defender su libertad para decir la verdad sin temor, sin acepción de personas, reprendiendo si es necesario a grandes y pequeños, ricos, pobres, poderosos, amigos y enemigos. Esto la avaricia no lo hace.
Porque teme que, si ofendiera a mucha gente o a buenos amigos, se vería sin pan. Por eso recoge sus silbatos y guarda silencio.
De la misma manera también la masa del pueblo, que no son predicadores, sino que deben oír la palabra de Dios y ayudar a promover el reino de Dios, cada uno en su estado y modo de vida, no quieren correr ningún riesgo ni prepararse para soportar escasez alguna por causa del evangelio; sino que, ante todo, procuran tener suficiente y que su vientre esté provisto, sin importar si el evangelio se mantiene o decae; así van, rastrillando y raspando como pueden, sin dar nada a los predicadores, y además quitándoles lo poco que puedan tener.
Así sucede conforme a los deseos del diablo, de modo que nadie quiere ya predicar ni oír, y así desaparecen tanto la doctrina como sus frutos en el corazón de la gente, y el reino de Dios cae por completo.
Esto es obra exclusiva del abominable y diabólico mammón. Miren, esa es la razón por la cual el Señor Cristo advierte tan fielmente a los suyos contra él con un sermón tan largo.
Y para que podamos guardarnos mejor de él, prescribe en estas palabras un remedio muy poderoso, cómo hemos de tratarlo, para que no tengamos que afanarnos; y para que aun así tengamos suficiente, más aún, un tesoro mucho mayor y más excelente del que mammón puede darnos y del que podemos conseguir con nuestro afán; y este remedio es buscar el reino de Dios.
Pero es de suma importancia que quede profundamente grabado en nuestro corazón qué es el reino de Dios y qué nos concede. Porque si pudiéramos llegar a entenderlo, de modo que lo captáramos rectamente y pudiéramos medir y pesar en nuestro corazón cuán grande y precioso tesoro es en contraste con mammón o con el reino del mundo, es decir, con todo lo que hay sobre la tierra, entonces escupiríamos a mammón. Pues ¿qué más tendrías, aunque poseyeras los bienes y el poder del rey de Francia, y además los del emperador turco, de lo que tiene con sus migajas un mendigo a la puerta? Porque lo único que tenemos que hacer es llenar cada día el vientre; con todos nuestros bienes y gloria mundanos no podemos hacer nada más; y el mendigo más pobre tiene de esto tanto como el emperador más poderoso; más aún, sus sobras le saben mucho mejor y le hacen más provecho que al otro la espléndida comida real. Eso es todo, y nadie obtiene más de ello, y en poco tiempo tendremos que despedirnos de todo, y no podemos prolongar nuestra vida con ello ni una sola hora cuando llegue el momento.
Por tanto, es un reino pobre, miserable, más aún, un reino asqueroso y hediondo.
Pero ¿qué es, por el contrario, el reino de Dios, o del Señor Cristo? Cuéntalo tú mismo, y di: ¿qué es la criatura en comparación con el Creador, y el mundo en comparación con Dios? Porque si todo el cielo y la tierra fueran míos solos, ¿qué tendría frente a Dios? Ni tanto como una gotita de agua o una partícula de polvo en comparación con todo el océano; además, es un tesoro que no puede cesar ni disminuir ni hacerse menor; de modo que, tanto por su grandeza como por su duración, no puede ser medido ni comprendido por ningún corazón ni sentido humano; ¿y voy yo a rechazar y abandonar tan vergonzosamente a Dios y su reino, para preferir este sucio y mortal reino del vientre al divino e imperecedero que me da vida eterna, justicia, paz, gozo y salvación? Y todo lo que aquí en el tiempo busco y deseo, lo tendré en este eternamente, y todo inmensamente más glorioso y abundante que lo que puedo obtener aquí en la tierra con gran dificultad, afán y trabajo; y antes de que pueda conseguirlo y lograr lo que quiero, tengo que irme y dejarlo todo. ¿No es una gran y vergonzosa necedad y ceguera que no veamos esto? ¡Sí, una obstinada maldad del mundo, poseído por el diablo, que no se deja instruir ni presta atención cuando le predicamos esto!
Por eso Cristo quiere con estas palabras despertarnos y decir: si quieren estar debidamente cuidadosos y solícitos de tener siempre suficiente, busquen aquel tesoro que se llama el reino de Dios. No se preocupen por el tesoro temporal y perecedero que la polilla y el orín destruyen, como dijo antes. Ustedes tienen un tesoro muy distinto en el cielo, el cual les señalo; afánense y busquen ese, y contemplen lo que tienen en él, y olvidarán fácilmente lo otro. Porque es un tesoro tal que los sustentará para siempre y no puede perderse ni quitarse, de modo que, siendo el tesoro duradero y estando ustedes aferrados a él, también ustedes tienen que durar, aunque no tengan ni un centavo del mundo.
Se ha dicho muchas veces qué es el reino de Dios; a saber, dicho brevísimamente, que no consiste en cosas exteriores, comer y beber, etc., ni en otras obras que podamos hacer; sino en esto: que creamos en Jesucristo, que es la cabeza y el único rey en este reino, en quien y por quien tenemos todo, de modo que ningún pecado, muerte ni desgracia puede dañar al que permanece en él [el reino], sino que tiene vida eterna, gozo y salvación, que aquí comienzan en esta fe, pero en el último día serán revelados y completados eternamente.
¿Qué significa, pues, buscar este reino? ¿O cómo llegamos a él?
¿Qué camino debemos tomar? Uno señala en esta dirección, otro en aquella.
Así, el papa enseña: Ve a Roma y consigue una indulgencia, confiésate y haz penitencia, lee u oye misa, ponte una cogulla, y practica largos cultos públicos y una vida severa y estricta. Ese es el camino por el que siempre corríamos, tal como nos lo decían, como gente simple y necia, y todos queríamos encontrar el reino de Dios; pero encontramos justamente el reino del diablo. Porque aquí hay muchos caminos, pero todos y cada uno están al margen del único [verdadero], que es creer en Cristo y aplicar y usar diligentemente el evangelio, sobre el cual descansa la fe, con la predicación, el oír, el leer, el cantar, el meditar y por todos los medios posibles, de modo que uno vaya siempre creciendo y fortaleciéndose de corazón, y dé evidencia exterior por sus frutos, para que siempre lo promueva y lleve a muchos otros a él; como (gracias a Dios) estamos haciendo ahora, y hay todavía muchos más, tanto predicadores como otros cristianos, que con toda diligencia lo urgen con empeño, de modo que subordinan todo lo que tienen, y estarían dispuestos a perderlo todo antes que soltar la palabra.
Ningún monje, monja ni sacerdote hace o entiende esto, aunque se jactan de ser siervos de Dios y esposos de Cristo. Porque todos ellos yerran el único camino recto e ignoran el evangelio; no conocen ni a Dios ni a Cristo ni su reino. Porque quien quiere conocerlo y encontrarlo no debe buscarlo según su propia ocurrencia, sino oír su palabra, como el fundamento y la piedra angular, y ver hacia dónde te dirige y cómo la interpreta. Ahora bien, su palabra acerca de su reino es esta: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo». Esta palabra no fue urdida en nuestras cabezas ni brotó del corazón de hombre alguno; sino que descendió del cielo y fue proclamada por la boca de Dios, para que estemos perfectamente seguros y no erremos el camino recto.
Donde ahora se practica esto, tanto entre predicadores como entre oyentes, de modo que la palabra y los sacramentos se emplean con diligencia, donde los hombres viven conforme a ello y perseveran en hacerlo, de modo que se da a conocer entre la gente y los jóvenes son atraídos y enseñados: eso es lo que entendemos por buscar, promover y preocuparse debidamente por el reino de Dios.
¿Qué significa que añada: Y su justicia? El reino tiene también una justicia; es, sin embargo, una justicia distinta de la del mundo, como también es un reino distinto. Esto significa, pues, la justicia que es por la fe, que es eficaz y activa mediante las buenas obras; de este modo: que el evangelio sea para mí un asunto muy serio, y lo oiga y practique diligentemente, y viva realmente conforme a él, y no sea un charlatán frívolo ni un hipócrita que lo deja entrar por un oído y salir por el otro; sino que sea uno que da prueba práctica de que el reino está aquí, como dice san Pablo en 1 Co 4:20: «Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder». A eso llamamos el evangelio con sus frutos, es decir, hacer buenas obras, atendiendo con diligencia y fidelidad a su negocio u oficio, y padeciendo diversamente por ello. Porque llama justicia, en general, a toda la vida de un cristiano con respecto a Dios y a los hombres, como el árbol con sus frutos; pero no queriendo decir que sea por ello enteramente perfecta, sino siempre mejorando; como aquí manda a sus discípulos que busquen siempre, como quienes todavía no lo han alcanzado realmente ni lo han aprendido y vivido ya por completo. Porque en el reino de Cristo, en nosotros hay mitad pecado y mitad santidad. Pues todo lo que hay en nosotros de fe y de Cristo es enteramente puro y perfecto, como no siendo nuestro, sino de Cristo, que por la fe es nuestro, y vive y obra en nosotros. Pero lo que todavía es nuestro es enteramente pecado, aunque bajo Cristo y en Cristo cubierto y borrado mediante el perdón del pecado, y además mortificado cada día por la misma gracia del Espíritu, hasta que muramos por completo a esta vida.
Miren, a la justicia de este reino pertenece que sea recta y no hipocresía. Porque se opone a los que hablan y se jactan del evangelio, pero no tienen nada de él en su vida. Pues en verdad es cosa dura predicar la palabra de Dios y hacer bien a todos y sufrir además toda clase de desgracias; pero por eso se llama la justicia de Dios. Porque al mundo no le agrada que haga lo recto y sufra daño por ello; esto no forma parte de su manera de gobernar. Pues allí no es justo que el que hace lo recto sea castigado o sufra violencia, sino que reciba gratitud y algún bien como recompensa. Pero nuestra recompensa no está guardada para nosotros en la tierra, sino en el cielo: allí la encontraremos.
Ahora bien, quien sabe esto y quiere obrar conforme a ello tendrá bastante que hacer, de modo que no necesita buscar otros caminos; y probablemente olvidará también la avaricia y los afanes de mammón. Porque el mundo se lo pondrá tan amargo que no se preocupará mucho de la vida y de los bienes temporales, sino que se cansará tanto de ella que tendrá que estar a cada hora mirando y esperando la muerte.
Esta es la exhortación con la que nos aparta de los bienes temporales hacia el tesoro eterno, para que no estimemos estos bienes en comparación con el que tenemos en el cielo, etc. Junto con esto da también una promesa y un consuelo, para que no pensemos que por eso no nos dará nada en absoluto en la tierra y nos dejará morir de hambre, porque tenemos que sufrir tanto del mundo, que ni da ni desea darnos nada, y a cada hora esperamos que se nos quite todo lo que tenemos; sino que debemos saber que aun aquí hemos de tener lo que necesitamos para las exigencias de esta vida. Por eso dice: Busquen primero el reino de Dios, entonces todas estas cosas les serán añadidas; es decir, tendrán además qué comer, qué beber y qué vestir, como un añadido, sin afán alguno de su parte, más aún, precisamente para que no se afanen por esas cosas y por amor de Dios lo arriesguen todo; y les llegará sin que sepan de dónde viene, como nos enseña nuestra experiencia diaria. Porque Dios todavía tiene tanto en el mundo que puede alimentar también a los suyos, pues alimenta a todos los pajarillos y gusanos, y viste los lirios del campo, como hemos oído, más aún, pues da y hace crecer tanto para nosotros, gente malvada: de modo que el mundo, sin embargo, tiene que dejarnos comer y beber con él, aunque esto lo moleste.
¿Qué más hemos de desear, si sabemos esto, si tenemos y manejamos la palabra de Dios, y cada uno hace como debe, de modo que tenemos suficiente para comer, beber y vestir, y conseguimos tanto como un rey o emperador, a saber, que alimentamos nuestro vientre, salvo que él, para acomodarse a su rango, tiene que tener más cosas y más suntuosas, pero aun así no disfruta de nada más; y mi pan me alimenta tan bien, y mi ropa me cubre y me abriga tan bien como su comida real y sus piezas de oro y plata? Porque ¿cómo sería posible que muriera de hambre el que sirve fielmente a Dios y promueve su reino, siendo que él da con tal sobreabundancia a todo el mundo? Tendría que dejar de haber pan en la tierra, o no poder ya los cielos hacer llover, para que un cristiano muriera de hambre; sí, el mismo Dios tendría que haber muerto antes de hambre.
Puesto que él ha estado creando y dando con tal sobreabundancia, y además ha prometido con tanta certeza que dará lo suficiente y lo dará antes de que lo busquemos o sepamos: ¿por qué, entonces, te atormentas con ese odioso afán y avaricia? Ciertamente las Escrituras (especialmente los Salmos) están llenas de tales pasajes, de que alimentará a los piadosos en tiempo de hambre, y nunca ha «visto a su descendencia mendigar pan». No resultará mentiroso en tu caso, con tal que puedas creer. Si ahora el mundo, tal como es, nobles, campesinos y ciudadanos, no lo hace, él encontrará todavía gente u otros medios por los cuales pueda dar, y más de lo que ellos pueden ahora quitarte.
Mateo 6:34
V.34. Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.
Afánate por esto (quiere decir), por cómo conservar contigo el reino de Dios, y renuncia tan por completo al otro afán que no te preocupes por el día de mañana. Porque cuando llegue el mañana traerá su propio afán; como decimos: Viene el día, viene también el consejo. Porque de todos modos nuestro afán no logra nada, aunque me afane solo por un día; y la experiencia enseña que a menudo se nos escapan dos o tres días más rápido que el de hoy; y aquel a quien Dios favorece y da éxito puede a menudo, sin trabajo ni afán, lograr más en una hora que otro en cuatro días enteros con gran trabajo y afán; y si uno ha estado mucho tiempo trabajando y se ha esforzado mucho, haciéndosele fatigoso, otro podría haberlo logrado en una hora; de modo que nadie puede hacer nada sino cuando llega el tiempo que Dios da, concedido sin que nos afanemos; y en vano intentas anticiparte y hacer, por tu afán (según supones), grandes cosas.
Porque nuestro Señor Dios entiende el arte de acortar y alargar el tiempo para nosotros en secreto, de modo que para uno una hora puede volverse quince días, y de modo también que uno con largo trabajo y fatiga no gane más que otro con trabajo breve y fácil; como se puede ver claramente cada día que hay muchos que con trabajo duro y constante apenas ganan su pan cotidiano, y otros sin trabajo especial han dispuesto y ordenado sus asuntos de tal manera que todo marcha con facilidad y les va bien. Dios hace todo de tal manera que nuestro afán no lleva necesariamente la bendición. Porque no queremos esperar a que estos bienes nos lleguen de Dios, sino que queremos encontrarlos nosotros mismos antes de que llegue el don de Dios.
Miren cómo es en las minas, donde los hombres cavan y buscan con empeño; sucede a menudo que donde se espera hallar más mineral, y donde parece que todo va a convertirse en oro, allí no se encuentra nada, o se corta de repente y desaparece. En cambio, en otros lugares que se consideran fracasos y se descuidan, hay inesperadamente los más ricos resultados; y uno que ha invertido allí toda su hacienda no obtiene nada; otro de mendigo se hace señor; y después, los que han acumulado muchos miles de florines, antes de que pasen diez años vuelven a ser mendigos, y no sucede a menudo que estas grandes posesiones lleguen hasta el tercer heredero.
En suma, el lema debe ser: No buscado, sino concedido; no hallado, sino providencial, si el éxito y la bendición han de acompañarlo. Pero nosotros quisiéramos hacer que viniera como lo planeamos; eso no vale nada; pues él piensa, por su parte: No lo obtendrás así, o al menos no lo conservarás mucho tiempo ni lo disfrutarás. Porque yo mismo he conocido a muchas personas que metían la mano en bolsillos llenos de florines y los groschen no merecían su atención; pero después se habrían alegrado si hubieran podido encontrar otros tantos centavos.
Ya que ven, pues, que no sirve de nada y que su afán no aprovecha, ¿por qué no lo dejan y vuelven sus pensamientos a tener el reino de Dios? Porque él les dará; pero no a causa de su afán, aunque trabajen. Pues tal afán no logra nada; pero sí cumple con su cuidado el que pertenece a su oficio; y al reino de Dios pertenece que hagas lo que se te manda, prediques y propagues la palabra de Dios, sirvas a tu prójimo según tu vocación y tomes lo que Dios te da. Porque los mejores bienes son los que no se piensan, sino que se conceden y son providenciales; y lo que hemos adquirido con nuestro afán o nos proponemos conservar, será probable que sea lo primero en faltarnos y arruinarse, como sucede a menudo a los vientres ricos, cuyo grano y demás provisiones muchas veces se echan a perder por su gran afán; y es una gran gracia que Dios no nos deje afanarnos por cómo crece el grano en el campo, sino que nos lo dé mientras estamos acostados durmiendo; de lo contrario lo arruinaríamos nosotros mismos con nuestro afán y no obtendríamos nada.
Por eso dice ahora: ¿Por qué quieren preocuparse por más que el día presente y cargarse con el trabajo de dos días? Conténtense con lo que el día presente les impone; el mañana traerá otra cosa para ustedes. Porque llama mal o plaga a que nos veamos obligados a sustentarnos con el sudor de nuestra frente, y a que tengamos otros afanes cotidianos providenciales, desgracias y peligros; como, si te roban algo o te sobreviene algún otro daño; también, si te enfermas tú o los de tu casa, etc., como sucede en esta vida, que cada día tenemos que esperar y ver tales aflicciones. Soporta este mal, esta aflicción y desgracia, y date por contento con ello, que eso es bastante para que lo lleves; y deja la ansiedad, con la cual solo haces la aflicción mayor y más pesada de lo que es en sí; y miren estos ejemplos: que Dios nunca hizo rico a nadie por su afán ansioso, mientras que muchos de ellos se afanan con la mayor ansiedad y sin embargo no tienen nada. Pero esto sí lo hace: si ve que uno atiende con diligencia y fidelidad a su deber, y procura cumplirlo de modo que agrade a Dios, y deja a Dios el cuidado de su éxito, a ese lo bendice abundantemente. Porque está escrito en Pr 10:4: «La mano de los diligentes enriquece». Pues no quiere a ninguno de los que ni se afanan ni trabajan, como los vientres glotones y perezosos, como si no tuvieran más que sentarse y esperar a que él les envíe un ganso asado a la boca; sino que su mandato es que echemos mano honradamente y trabajemos, entonces él estará presente con su bendición y dará lo suficiente. Que esto baste acerca de este sermón.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.