Comentarios y sermones · Martín Lutero
Mateo 7: comentario de Martín Lutero
El capítulo séptimo.
V.1, 2. No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.
En el capítulo anterior oímos cómo el Señor Cristo, conforme a la doctrina de las obras verdaderamente buenas, pronunció un largo sermón como advertencia contra la avaricia, por ser algo que estorba mucho el reino de Dios, tanto en la doctrina como en la vida, y que hace un daño mortal en la cristiandad. Aquí comienza ahora a advertir además contra otra cosa que es también un vicio grande y ruinoso, y que se llama sabiduría propia y presuntuosa, que juzga y censura a todos. Porque donde estos dos vicios gobiernan, allí no puede permanecer el evangelio.
Pues el efecto de la avaricia es o que los predicadores callen, o que los oyentes no hagan caso del evangelio, que así, por desprecio, es desatendido. Pero si a la avaricia se une la sabiduría propia, entonces cada uno pretende ser el mejor predicador y el maestro él mismo; nadie quiere oír ni aprender de otros. Entonces vienen las sectas y los partidos que falsifican y corrompen la palabra de modo que no puede permanecer pura, y así de nuevo se socava el evangelio con sus frutos. Esto es lo que aquí llama juzgar o dictar sentencia, cuando cada uno se contenta solo con lo que hace él mismo, y todo lo que hacen los demás tiene que apestar. ¡Una virtud hermosa y agraciada! Y el hombre por excelencia a quien llamamos el señor Engreído, a quien ni Dios ni el mundo quieren, y que sin embargo se encuentra en todas partes.
Pero, para que no tropecemos con esta predicación y la malentendamos, como si con ella se prohibiera del todo juzgar y dictar sentencia, es claro por lo que se ha dicho a menudo más arriba que Cristo predica aquí solo a sus discípulos, y no habla en absoluto del juicio o castigo que debe darse en el mundo; como el padre y la madre en casa, entre los hijos y los criados, tienen que juzgar, reprender y también castigar, si no quieren obrar bien.
Así, un príncipe o un juez, si piensa cumplir debidamente su deber, no puede hacer otra cosa que juzgar y castigar. Eso pertenece al gobierno secular, que no tiene que ver con nosotros. Por eso no nos meteremos en cómo deban ir las cosas en ese ámbito. Pero aquí hablamos de otro reino, que ciertamente no debilita ni anula al otro, a saber, la vida y el ser espiritual entre cristianos; aquí se prohíbe que uno juzgue y condene a otro. Porque allí sucede que el diablo siempre se entromete y ejerce su oficio, de modo que cada uno piensa bien de sí mismo, y cree que solo su manera debe valer y ser la mejor, y censura y anula todo lo que no se mide con su vara.
Ahora bien, en los asuntos seculares esto es una necedad suprema, y puede tolerarse, aunque es malo, pues es tan grosero que todos lo entienden; como cuando una ramera se imagina más bonita que todas las demás y lo que ve en otras no le agrada; o cuando un joven necio se cree tan guapo y listo que no conoce a su igual; y luego, entre los sabios y letrados, donde esto está muy de moda, de modo que nadie admite el valor de nada que otro sepa o haga, y cada uno pretende ser el único que puede hacerlo todo mejor, y halla defectos en todos. Todos ven y entienden esto muy bien; y sin embargo por todas partes está este señor Engreído, que se sabe tan listo que puede embridar el caballo por la cola, cuando todo el resto del mundo tiene que embridarlo por la boca.
Pero cuando esto sucede entre nosotros en los asuntos espirituales, y el diablo siembra su semilla en el reino de Cristo, de modo que alcanza tanto a la doctrina como a la vida, entonces vienen serios problemas. En cuanto a la doctrina, el resultado es que, aunque Dios haya dado y confiado a alguien la predicación del evangelio, se hallan otros, incluso entre los discípulos, que presumen de saberlo diez veces mejor que él, y el evangelio tiene que sufrir la molestia y la desgracia de ser juzgado por todos, y cada uno se hace doctor y pretende ser él mismo maestro en la doctrina; tal como le sucedió a Moisés, Nm 16, cuando Coré con su gente se levantó contra él y dijo: «¡Basta ya de vosotros! Porque toda la congregación, todos ellos son santos… ¿Habla Dios solo por medio de Moisés y Aarón?» Justo como dicen ahora: ¿No hemos de tener también nosotros el Espíritu y entender las Escrituras tan bien como otros? Entonces enseguida se sirve otra doctrina y se fundan sectas, y comienzan el juzgar y el denunciar, y sobre todo la vergonzosa calumnia, de modo que un partido censura y tergiversa al otro con la mayor amargura; como aprendemos ahora muy bien por experiencia. De ahí se sigue el daño mortal de que la cristiandad se divide y la doctrina pura naufraga por todas partes.
Esto lo temió Cristo, y no solo lo temió, sino que también predijo que así sería. Porque del mundo no se puede hacer otra cosa, aunque nos muriéramos predicando. Por eso, dondequiera que florece el evangelio, allí tienen que seguir partidos y sectas que de nuevo lo echan a perder y lo frenan.
La razón es esta: el diablo tiene que sembrar su semilla entre la buena semilla, y donde Dios edifica una iglesia, él edifica al lado una capilla o un tabernáculo.
Porque Satanás quiere estar siempre entre los hijos de Dios, como dicen las Escrituras. Por eso Cristo quiere con esto advertir a sus apóstoles y a los predicadores sinceros que se guarden con diligencia de este vicio, y que velen por no dejarlo entrar para causar separación y desunión, especialmente en la doctrina; como si quisiera decir: Si quieren ser mis discípulos, entonces que su entendimiento y sus opiniones en la doctrina sean iguales y de una misma clase, para que nadie quiera ser maestro y saber algo nuevo o mejor, y juzgar o condenar a los demás; y no hagan acepción especial de personas, sino que se atengan a lo que les mando predicar, y estén de acuerdo, de modo que uno no desprecie al otro ni comience algo nuevo.
Pero entiéndase así: que sin embargo no se prohíbe a quien ha sido oficialmente designado para predicar que juzgue en cuanto a la doctrina, y también en cuanto a la vida. Porque es su deber oficial reprender públicamente lo que no está conforme con la verdadera doctrina, precisamente para no permitir que entren y surjan sectas; asimismo, cuando ve que alguien no vive rectamente, que también reprenda y advierta. Porque está allí para mirar por esto, y tendrá que responder por ello. Más aún, todo cristiano, si ve a su prójimo obrar mal, está obligado a reprenderlo y ponerlo en guardia. Y esto no se puede hacer sin juzgar. Pero todo esto se hace en virtud del oficio o de la autoridad, de lo cual Cristo no habla aquí; como se ha dicho suficientemente.
Lo que se prohíbe es que cada uno siga su propio camino y haga una doctrina y un espíritu propios, y se imagine ser el señor Sabelotodo y emprenda dominar y reprender a todos, sin que nada de ello le haya sido encomendado. Estos son los que Cristo reprende aquí. Porque quiere que nada se emprenda ni se haga por ocurrencia propia sin haber sido mandado, especialmente en cuanto a juzgar a otras personas.
A esto lo llamo ahora juzgar en la doctrina, uno de los vicios más altos, más vergonzosos y peligrosos sobre la tierra, del cual han surgido todos los espíritus sectarios, y del cual hasta ahora fueron culpables los monjes, los sacerdotes y todos los que estaban en el papado, cuando cada uno afirmaba que su asunto era el mejor y denunciaba a los demás; de lo cual no hace falta hablar ahora.
La otra clase de juzgar es la que se refiere a la vida, cuando uno censura y condena la vida y las obras de otro, y no le agrada nada de lo que hacen los demás; ese sí es un vicio muy extendido y común. Ahora bien, tenemos una orden estricta, de modo que, así como en cuanto a la doctrina hemos de ser de un mismo sentir y entendimiento o fe, así también hemos de estar dispuestos de igual manera y tener la misma clase de corazón en la vida exterior, aunque esta no puede ser toda de la misma clase, como en el caso de la fe. Pues, como hay muchas clases de vocaciones, las obras de ellas tienen que ser desiguales y de varias clases. Además, en esta vida, que es en sí de varias clases, hallamos también faltas de muchas clases, como personas muy extrañas, irascibles, impacientes; como no puede dejar de haber entre gente cristiana, pues nuestro viejo Adán aún no ha muerto y la carne siempre lucha contra el espíritu.
Aquí entra en juego una virtud que se llama tolerantia y remissio peccatorum, de modo que uno soporta al otro, tiene paciencia con él y lo perdona; como enseña tan hermosamente san Pablo en Ro 15:1: «Los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos»; tal como dice aquí Cristo: No juzguéis, etc., de modo que los que tienen dones altos y mejores en la cristiandad (como algunos tienen que tenerlos, especialmente los predicadores) no se den, sin embargo, aires distintos ni se crean mejores que los que no los tienen: de modo que en lo espiritual nadie se enseñoree de los demás. Exteriormente tiene que haber diferencia: un príncipe más alto y mejor que un labrador, un predicador más docto que un artesano común; así un amo no puede ser criado, una señora no puede ser criada, etc., pero sin embargo, en esta distinción los corazones han de estar dispuestos de igual manera y no fijarse en esa desigualdad.
Esto se cumple si soporto a mi prójimo, aunque sea de rango inferior y tenga menos dones que yo, y su obra me agrada tanto, atendiendo como criado mío a mi caballo, como la mía, siendo yo predicador o gobernante de tierra y gente, aunque la mía sea mejor y de más importancia que la suya. Porque no debo mirar las máscaras exteriores, sino que él vive en la misma fe y en Cristo, y tiene tanto como yo de la gracia, del bautismo y del sacramento, aunque yo tenga otra obra y oficio más alto.
Porque Dios es exactamente el mismo, el que hace y da todo esto, y se agrada tanto de lo más pequeño como de lo más grande.
En contraste con esto, reina en el mundo la elogiada y hermosa virtud de la que habla san Pablo: que cada uno se agrada a sí mismo, como si un hombre llegara en nombre del diablo y no pudiera mirar sus propios vicios, sino solo los de los demás; lo cual se nos pega a todos por naturaleza y de lo cual no podemos librarnos, aunque estemos bautizados, de modo que nos gusta embellecernos y adornarnos y ver lo bueno que hay en nosotros, y adularnos con ello como si fuera nuestro; y, para ser los únicos hermosos, no miramos lo bueno que hay en nuestro prójimo; sino que, dejando eso fuera de vista, si notamos un granito, nos llenamos los ojos con él y lo hacemos tan grande que por su causa no vemos nada bueno, aunque tenga ojos de halcón y rostro de ángel. Como si yo viera a alguien con un vestido de oro, y hubiera quizá una costura o un hilo blanco que lo atravesara, y por eso me quedara mirando asombrado, como si por ello hubiera de ser despreciado, y yo, en cambio, me felicitara por mi burda blusa con un remiendo de oro.
Así no miramos nuestros propios vicios, de los que estamos llenos, y sin embargo no podemos ver nada bueno en las demás personas. Si este mal hábito natural se abre paso entre los cristianos, entonces comenzamos a juzgar, de modo que fácilmente desprecio y condeno a otro si tropieza un poco o tiene una falta, y él a su vez hace lo mismo conmigo, me mide con la misma medida (como dice aquí Cristo), y busca y reprende también solo lo peor que puede encontrar en mí.
Con ello el amor queda enteramente sofocado, y solo queda un morderse y devorarse unos a otros hasta que se coman por completo y pierdan del todo su cristianismo.
Lo mismo ocurre si uno mira la vida de otro y no quiere mirarse a sí mismo: pronto encuentra algo que le desagrada; otro encuentra lo mismo en nosotros; tal como los paganos se quejan de los asuntos entre ellos: que nadie ve lo que lleva sobre su propia espalda, pero el que viene detrás lo ve muy bien; es decir, nadie ve dónde le falta a él mismo, pero pronto lo ve en otro. Si se mira así a los demás, el único resultado es un calumniarse y juzgarse unos a otros. El diablo instiga esto entre los cristianos y lo lleva a tal extremo que no queda entre ellos nada sino un juzgar áspero en cuanto al modo de vivir, como también en cuanto a la doctrina; de modo que el reino de Cristo (que es un reino armonioso y pacífico, tanto en la doctrina como en la vida) se divide, y en su lugar prevalece el espíritu de secta, la arrogancia y el desprecio.
Por eso es sumamente necesario que se nos advierta, para que aprendamos y nos acostumbremos a soportar, cubrir y adornar las faltas de nuestro prójimo, si hemos atendido nuestro propio deber oficial, sea predicar y reprender públicamente, o exhortar fraternalmente (de lo que enseña Mateo 18); y si veo algo en mi prójimo que no me agrada del todo, que me vuelva y me mire a mí mismo, y entonces hallaré también mucho que no agrada a otras personas y que yo desearía que se disculpara y se soportara; así pronto cederá la comezón que se hace cosquillas y se divierte con las faltas de otros, y el señor Engreído se irá corriendo y dejará su juzgar. Más aún, se alegrarán, de modo que pronto podrán arreglar el asunto con su prójimo y decir ante todo: Señor, perdóname mi deuda; y luego decir a su prójimo: Si has pecado contra mí, o yo contra ti, perdonémonos ahora el uno al otro.
Pero si ves que es demasiado descortés y no cesará sin que lo reprendas, entonces ve y díselo a él mismo, como ahora y muchas veces se ha dicho (Mateo 18), para que se enmiende y desista. Eso no es juzgar ni condenar, sino exhortar fraternalmente a mejorar, y de este modo la exhortación se haría por vía pacífica, conforme al mandato de Dios. De lo contrario, con tus cosquilleos, burlas y mofas, solo amargas a tu prójimo contra ti y lo endureces, y tú mismo te haces mucho peor que él y pecador dos veces mayor, al retirarle tu amor y complacerte en su pecado, y además te expones al juicio de Dios y condenas a quien Dios no ha condenado, y así atraes sobre ti un juicio tanto más pesado, del cual Cristo advierte aquí, y mereces que Dios te condene con tanta más certeza.
Miren, todo este vergonzoso mal viene, como dice san Pablo, de que nos agradamos a nosotros mismos, jugando y enredando con nuestros dones como si fueran nuestros; pero sin ver nada en otro salvo donde es defectuoso, y así quedando enteramente ciegos, de modo que no vemos rectamente ni a nosotros ni a nuestro prójimo.
Cuando deberíamos mirar en nuestro propio seno y ver primero en qué fallamos, eso no lo hacemos; sino que tenemos una nube ante los ojos, de modo que nos creemos de buen parecer si observamos en nosotros un don que nuestro prójimo no tiene, y por eso mismo nos echamos a perder, y tampoco vemos en nuestro prójimo lo bueno que hay en él, pues siempre deberíamos hallar de ello tanto como ahora vemos de sus faltas. También deberíamos agradarnos de lo bueno que hay en él y hacer la debida concesión, si hay alguna falla en ello; como nos agradamos a nosotros mismos y fácilmente nos disculpamos.
En suma, es el peor vicio y una soberbia diabólica que estemos satisfechos de nosotros mismos y alegres si vemos o sentimos en nosotros un buen rasgo, y no demos gracias a Dios por él, sino que nos envanezcamos, y despreciemos a otros, y tengamos los ojos tan llenos de ello que no nos importe qué más hagamos, pensando que estamos bien: así despojamos y robamos a Dios de su honra, hacemos un ídolo de nosotros mismos, y no vemos la desgracia que con ello ocasionamos; pues tendríamos ya bastante sobre nosotros, si lo mirásemos rectamente, como dice Ap 3:17 a un obispo que se creía más docto que los demás: «Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de nada tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo». Porque aunque es verdad que tu don es mayor que el de otro, como debe ser, pues tu oficio es diferente, más alto y mayor: con el vergonzoso añadido de que te exhibes en él y así te agradas a ti mismo, lo arruinas por completo, y haces que el mismo alto adorno sea más vil que las faltas de todos los demás.
Porque cuanto mayores son los dones, más vergonzosamente se pervierten si haces de ellos un ídolo, como si mezclaras veneno con excelente vino malvasía. Así has acertado admirablemente: que juzgas a otro por una falta pequeña, y caes tú mismo con tu amor propio en el pecado grave; que eres ingrato con Dios, más aún, te entronizas en su lugar en tu corazón e interfieres en su jurisdicción, donde un solo pecado pesa más que los de todos los demás hombres; además te vuelves insolente con tu prójimo y tan completamente ciego que ya no puedes conocer ni mirar a Dios, a tu prójimo ni a ti mismo.
¿Qué otra cosa logras con este juzgar sino atraer el juicio de Dios contra ti? De modo que él con razón tiene que decirte: Yo no te di estos dones para que despreciaras a tu prójimo y te sirvieras de ellos, sino para que sirvieras a tu prójimo, que es pobre y frágil, y a mí. Pero tú sigues adelante y ni una vez me das gracias por ellos, como si todo hubiera brotado de tu propio corazón, y empleas mi propio don contra mí y contra tu prójimo, y te haces tirano, carcelero y juez contra tu prójimo, a quien deberías en amor soportar, mejorar y levantar si cayera. ¿Qué responderás entonces cuando él te hable así (como aquí te avisa a tiempo), sino que esta sentencia se pronuncia justamente contra ti: que haces, no de una paja, como quizá ves en el ojo de tu prójimo (como dice aquí Cristo), sino de una pequeña paja una gran viga?
No diré nada del hecho de que, con este miserable juzgar, no eres culpable solo por el acto mismo; sino que suele suceder que el que así juzga es él mismo mayor pecador que otros; de modo que, si volviera atrás y leyera su propio expediente y registro, cómo ha vivido desde su juventud, oiría una historia que lo haría estremecerse y que gustosamente querría que otras personas no notaran.
Pero ahora cada uno da por sentado que es piadoso, y quiere olvidar todo el pasado, y censurar y condenar a un pobre hombre que una vez ha pecado.
Así se ve envuelto en una doble calamidad: que desatiende su primera vida y olvida lo que fue; no piensa cuánto le habría dolido si se hubieran burlado de él y lo hubieran condenado. Ese es un pecado: que es ingrato y ha olvidado el perdón de los pecados, la gracia y toda la bondad de Dios. El otro: que pierde su piedad y pone en formación contra sí todos sus pecados anteriores, por el mero hecho de exhibirse en su piedad, y se hace siete veces peor que antes.
Porque ¿no piensas que Dios puede ponerte una lista delante de las narices, y presentar no solo tus crímenes y los pecados de tu juventud, sino también toda tu vida que has considerado excelente? Como ahora la vida de reclusión de los monjes; ¿cómo te sostendrás entonces y responderás por blasfemar y crucificar cada día a su Hijo con tus misas y demás idolatrías? Así es como va: si olvidamos lo que hemos sido, bien podemos juzgar a otros. Pero la orden es: Juan, cógete tú mismo de tu propia nariz y mete la mano en tu propio seno; si quieres buscar y juzgar a un bribón, hallarás al mayor bribón de la tierra, de modo que fácilmente olvidarás a los demás y te alegrarás enseguida de dejarlos en paz. Porque nunca hallarás en otro tanto pecado como en ti mismo.
Pues si ves mucho en otro, ves solo un año o dos; en ti mismo, en cambio, toda tu vida, sobre todo las manchas oscuras de las que otros no saben nada, de modo que tienes que avergonzarte de ti mismo. Miren, esa sería una buena cura para el vergonzoso vicio: que no te agrades a ti mismo, sino que ruegues a Dios que te perdone a ti y a los demás.
En segundo lugar, que, aunque veas algo malo en tu prójimo, no por eso has de despreciarlo y condenarlo; sino, por el contrario, ver sus cosas buenas, y con tus propias cosas buenas y dones ayudarlo, cubrirlo, adornarlo y aconsejarlo; y debes saber que, aunque fueras el más santo y piadoso, te volverías el peor de todos si juzgas a otro. Porque tus dones no te fueron dados para que te hagas cosquillas con ellos, sino para que con ellos ayudes a tu prójimo, si lo necesita, de modo que con tu fuerza soportes su debilidad, y cubras y adornes su pecado y vergüenza con tu piedad y honra, como Dios por medio de Cristo lo ha hecho contigo y aún lo hace cada día. Si no quieres hacer eso, y quieres hacerte cosquillas con ellos y despreciar a otros: entonces sabe esto: si otro en tu presencia tiene una paja en el ojo, tú, respecto a él, delante de Dios, tienes una viga en el tuyo.
Así ven por qué Cristo habla tan duramente contra este vicio y pronuncia la estricta sentencia: El que juzga, será juzgado; como también es razonable.
Porque, puesto que te entrometes en el juicio de Dios y condenas a aquellos a quienes Dios no ha condenado, le das motivo para que de nuevo te condene al infierno con toda tu vida, aunque hubieras sido siempre tan piadoso, y para que eleve a honra al prójimo a quien juzgaste y condenaste, y además lo haga juez sobre ti, y haga que encuentre en ti diez veces más para condenar de lo que tú hallaste en él. Así has hecho un buen lío: has provocado la ira contra ti tanto de Dios como de tu prójimo; y así pierdes a la vez la gracia de Dios y la vida cristiana, y te haces peor que un pagano, que nada sabe de Dios.
Mateo 7:3-5
V.3-5. ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.
Para advertirnos con más diligencia que nos guardemos de este vicio, usa una comparación sencilla y nos la pone claramente delante, diciendo que todo el que juzga a su prójimo tiene una gran viga en su ojo, mientras que el que es juzgado tiene solo una paja; que aquel es diez veces más digno de juicio y condenación, precisamente porque condena a otros. Esta es en verdad una sentencia terrible, espantosa. ¿Dónde están ahora los espíritus sectarios y los señores Sabihondos, que son grandes en dominar la Biblia y hallarle defectos, y no saben hacer otra cosa que juzgarnos a nosotros y a otros? Cuando todavía no hay nada que censurar, o quizá descubren en nosotros una paja, por la cual nos acusan con amargura; como ahora injurian los papistas. Cuando hacen lo mejor que pueden y aducen grandes razones para juzgarnos y condenarnos, esta es la mayor: que algunos de los nuestros poseen bienes eclesiásticos; o nos acusan de no ayunar, y de cualquier otra cosa que tenga alguna apariencia de involucrar faltas. Pero no pueden advertir su viga: que persiguen el evangelio, asesinan por causa de él a los inocentes, siendo ellos mismos los grandes arquisalteadores y ladrones de los monasterios y de los bienes de la iglesia.
Porque ¿qué robos no cometen ahora el papa, los obispos y los príncipes? Hacen lo que les place con todas las fundaciones espirituales; pero [sostienen] que ningún otro es verdadero obispo, ni tiene lo suyo con Dios y con honra, y ocupa su sede como un ladrón y salteador: y sin embargo todo [entre ellos] tiene que ser excelente y no llamarse robado ni saqueado. Pero que nosotros no ayunemos, o no observemos tan estrictamente su estilo de justicia, que ellos mismos tampoco observan, esto tiene que ser solo malo, y todo su pecado y vergüenza, piadoso y honorable. Así es en todo el mundo: en todas partes una viga juzga a la paja, y un gran bribón condena a uno pequeño.
Ahora bien, es verdad que no estamos sin faltas; más aún, ningún cristiano llegará tan lejos que esté sin paja. Ni siquiera san Pablo pudo, como se queja en Ro 7; y toda la cristiandad tiene que orar cada día:
Perdónanos nuestras deudas, y así confiesa el artículo del Credo que se llama el perdón de los pecados. Pero estos portadores de vigas y juzgadores de pajas no soportarán este artículo, y quieren que todo sea tan puro que no haya en ello falta ni defecto; y en cuanto ven algo de esta clase, se ponen a juzgar y condenar, como si fueran tan santos que no necesitaran perdón de pecados ni oración alguna; quieren reformar el Padrenuestro y borrar el artículo principal del Credo, estando ellos completamente llenos de ceguera y de demonios, y sintiendo dolor de corazón por las pajas de otras personas; y entre nosotros mismos, si también nosotros nos volvemos necios, los que están llenos de vicios y maldad no pueden dejar de mirar y condenar los pequeños vicios de otros, de modo que la viga es señora y juez de la paja.
Pero el que es cristiano debe saber (y ciertamente lo sentirá él mismo) que no podemos andar tan sin faltas, sin la paja, y que el artículo del perdón de los pecados debe reinar cada día en nosotros. Por eso uno puede disculpar fácilmente las faltas de otras personas, e incluirlas en el Padrenuestro, cuando dice: Perdónanos, como también nosotros perdonamos, etc., sobre todo si ve que alguien ama y estima la palabra y no la desprecia ni abusa de ella. Porque donde eso ocurre, allí está el reino de Cristo y el perdón pleno, con el cual la paja se consume. Por eso no debemos despreciar ni condenar a nadie, si observamos esto; o haremos también de nuestra propia paja una viga, de modo que tampoco nosotros recibiremos perdón, porque no estamos dispuestos a perdonar a otros.
Así dirás: ¿Entonces no he de reprender si veo que se hace mal, o he de llamarlo bueno y aprobarlo? ¿O he de alegrarme de que se apoderen de los bienes monásticos, o vivan tan groseramente, no oren, ni ayunen, etc.? No; no es eso lo que quiero decir. Porque él confiesa aquí que hay una paja, y que debe quitarse. Pero te enseña cómo proceder debidamente. Debo decir que ciertamente no es agradable la paja en el ojo; pero que debo procurar ante todo no tener una viga en mi propio ojo y sacar primero esa.
Haz primero piadoso al bribón que llevas en tu propio pecho, luego procura que también el pequeño se haga piadoso. Porque no cuenta que los grandes ladrones cuelguen a los pequeños (como decimos), y que los grandes bribones condenen a los pequeños.
Si el papa con los suyos comenzara por aquí y primero barrieran delante de su propia puerta, para no ser ellos mismos arquiladrones y canallas, tendríamos también nosotros que seguir su ejemplo, o padecer por ello. Pero ahora no quieren soltar su viga, y quieren que quede sin reprensión, y nos condenan porque todavía tenemos una paja y no nos mantenemos tan puros como debiéramos; y el resultado es que el gran hereje, el papa, condena a los otros pequeños herejes, y los grandes ladrones, que abierta y continuamente roban y saquean, tienen que hacer piadosos a los pequeños ladrones, y colgarlos y pagar por ellos.
Este asunto pervertido no existirá en mi reino (dice Cristo), sino que [será] así: que primero hagas piadoso al gran bribón que hallarás en tu propia piel, si te miras debidamente; después, si has logrado esto, podrás hacer piadoso fácilmente a un pequeño bribón. Pero te asombrarás del trabajo que hallarás con el gran bribón, de modo que yo puedo fácilmente ser fiador tuyo y dar mi cabeza en prenda de que nunca llegarás tan lejos como para quitar la paja del ojo de otro, y tendrás que decir: ¿He de tratar primero con otras personas y hacerlas piadosas? Pero si ni siquiera puedo hacerme piadoso yo, ni librarme de la viga; y así la paja de tu hermano no será probable que sea molestada por ti. Miren, esto es lo que Cristo quiere decir: que uno debe perdonar de buena gana a otro y soportarlo con paciencia, y todos deben mostrar humildad unos hacia otros; como sería necesariamente si obedeciéramos esta enseñanza. Así todo marcharía bien en la cristiandad, en verdadera armonía, y Dios estaría con nosotros. Pero el diablo impide que se llegue a esto por medio de sus seguidores y de su espíritu rebelde.
Y debería hacernos temer este vicio que nos ponga delante una decisión tan terrible, como he dicho: que siempre el que juzga tiene ante Dios una viga en su ojo; y el otro, que es juzgado, solo una paja. Ahora bien, la viga es un pecado inmensamente mayor que la paja, es decir, un pecado tal que nos condena por completo y para el cual no hay misericordia. Porque por grandes que sean por lo demás nuestros pecados y faltas, él puede perdonarlos todos; como muestra con esto, que llama paja al pecado del prójimo. Pero este es el vergonzoso añadido y la vileza que lo arruina todo: que juzgas y condenas a otro por sus faltas y no perdonas como deseas que Dios te perdone a ti; vas adelante y no quieres ver esta viga, pensando que estás sin pecado.
Pero si te conocieras a ti mismo (como se dijo), evitarías también juzgar a tu prójimo, y así también tu viga sería pequeña y se llamaría paja, y alcanzaría perdón del pecado, y tú también perdonarías, soportarías y disculparías de buena gana la paja de otro, considerando que Dios te perdona y te disculpa tu viga.
Pero con razón se llama viga en el ojo, la que deja al hombre completamente ciego como piedra y con cataratas, y que el mundo no puede ver ni juzgar. Más aún, está adornada con tal apariencia que el mundo la supone un asunto espléndido y gran santidad; y así como Cristo dijo antes acerca del ojo malo, que los avaros se encienden una luz e imaginan un pensamiento feliz: que no debe llamarse codicia, sino culto divino; así es también aquí: que los que tienen la viga no quieren, por supuesto, tener viga ni ser reprendidos como gente ciega y miserable, sino ser alabados como los que con verdadera intención cristiana juzgan la doctrina y la vida de otros: como los espíritus sectarios pueden admirablemente jactarse y jurar que no enseñan de otro modo por soberbia ni envidia alguna, sino que buscan solo la gloria de Dios y el bien de su prójimo; lo hacen tan hermoso y claro, y su humildad y su celo por la honra de Dios son tan grandes, que no ven otra cosa que eso. Así es también en la vida, si la gente comienza a juzgarse y censurarse unos a otros; entonces vemos el mismo encubrimiento y la misma jactancia: no lo hago por enemistad contra la persona, sino por amor a la justicia. A la persona le soy favorable, pero me opongo a la causa. Eso hace cosquillas tan suavemente bajo la hermosa apariencia, que uno nunca se da cuenta de viga alguna.
Pero está del todo mal que tú juzgues y decidas por ti mismo, como quieras, sin la palabra y el mandato de Dios, y luego lo llames honra y justicia de Dios; es un añadido diabólico, que se adorna con tal cobertura y se embellece. Porque aquí oyes que Dios no permitirá que emprendamos ser jueces, ni en la doctrina ni en la vida; sino que donde es necesario juzgar o reprender, lo hagan aquellos a quienes se ha mandado oficialmente hacerlo: los predicadores, los pastores en los asuntos espirituales, y las autoridades civiles en el gobierno mundano; o un hermano con un hermano, solo por amor fraternal, que soporta y corrige las faltas de nuestro prójimo.
Mateo 7:6
V.6. No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.
El Señor Cristo ha terminado ya casi sus instrucciones acerca de los frutos y obras que siguen a su enseñanza, y comienza ahora una advertencia o exhortación para ponernos en guardia contra otra enseñanza; como exhorta también a sus apóstoles, cuando los envía a predicar, y dice: He aquí, yo os envío como ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas. Porque un cristiano, que ha de ministrar la palabra de Dios y predicar, y confesarla en su vida, vive en verdad en una vocación peligrosa, por causa de la gente, y tiene gran motivo de impaciencia, pues el mundo es tan terriblemente malo, y él vive en él como entre serpientes y toda clase de sabandijas. Por eso dice: Cuidado con echar sus cosas santas delante de cerdos y perros. Porque podrían pisotearlas, o volverse contra ustedes y despedazarlos; queriendo con ello mostrarles y enseñarles que dondequiera que vengan y prediquen en público ante las multitudes, hallarán también perros y cerdos, que no hacen otra cosa que pisotear el evangelio y luego perseguir además a los predicadores.
¿Quiénes son, pues, los que pisotean nuestras cosas santas y se vuelven contra nosotros?
Esto sucede ahora de nuevo en dos cosas: la doctrina y la vida. Pues primero lo hacen los falsos maestros, que toman y aprenden de nosotros nuestro evangelio y así obtienen nuestra joya y precioso tesoro, en el cual hemos sido bautizados, vivimos y nos gloriamos, etc., y luego se van a sus propias guaridas y comienzan a predicar contra nosotros, y vuelven sus hocicos y dientes contra nosotros; como ahora nuestro enjambre de sectarios, que antes permanecían muy quietos cuando el papa rabiaba y dominaba, de modo que no se les oía ni un pío; pero ahora, desde que nosotros abrimos el camino y con gran peligro para nosotros mismos los libramos de la tiranía del papa, y han oído nuestra doctrina y pueden imitarnos en el predicar, van y se vuelven contra nosotros y son nuestros peores enemigos sobre la tierra, y nadie ha predicado tan mal como nosotros, sin los cuales no habrían sabido nada de ello.
En segundo lugar, en cuanto al vivir, es todo lo mismo, especialmente entre nosotros, donde la gente desprecia el evangelio o se ha cansado de él, y ya se ha llegado tan lejos que apenas sostendrán ya a un predicador; sobre todo el señor Avaro en el campo, que acapara toda la propiedad y sostiene a los predicadores de tal manera que pierden todas las ganas de predicar, y hace de ellos criados, de modo que tienen que predicar y hacer lo que él quiere. Le sigue el señor Tacaño en la ciudad, y el señor Cualquiera, que actúan como si no quisieran tener evangelio ni palabra de Dios alguna, y sin embargo nos deben su libertad de la tiranía del papa y todas las demás cosas buenas que tienen. Pero ahora quisieran echarnos del país junto con el evangelio, o dejarnos morir de hambre.
Bien, no podemos hacerlo de otra manera; tenemos que soportar que estas serpientes, perros y cerdos anden a nuestro alrededor, abusando del evangelio, tanto en la enseñanza como en la vida; y donde hay predicadores del tipo recto, siempre tienen que ser tratados de este modo. Porque esta es la suerte del evangelio en el mundo; y si alguna vez sucede de nuevo (como he predicho muchas veces, y temo que pueda suceder demasiado pronto) que reinen gente como los papas y los obispos, entonces será completamente quitado de en medio y pisoteado, y sus predicadores desaparecerán. Porque el evangelio tiene que ser el felpudo de todos, para que todo el mundo lo pise y lo pisotee, junto con sus predicadores y discípulos.
¿Qué hemos de hacer ahora al respecto? No lo echen (dice Cristo) delante de cerdos y perros. Sí, querido Señor, ya lo tienen. Porque, como se predica públicamente, no podemos impedir que se topen con él y se apoderen de él. Pero todavía no lo tienen realmente, y les impediremos (¡gracias a Dios!) que obtengan lo santo; las cáscaras y el salvado pueden tenerlos, es decir, la libertad carnal; pero que ninguno de ellos, sea perro o cerdo, avaro o tacaño o campesino, obtenga una letra del evangelio, aunque lea todos los libros y oiga todos los sermones y tenga la idea de que lo entiende a fondo.
Por eso lo correcto para nosotros, como Cristo enseña aquí, es que, cuando veamos delante de nosotros a tal cerdo o perro, nos apartemos de él como nos apartamos de estos espíritus sectarios, y no tengamos comunión con ellos, y no les administremos sacramento alguno, no les impartamos consuelo del evangelio, sino que les mostremos que no han de disfrutar nada de Cristo: nuestro tesoro. Si hacemos esto, les hemos negado por completo las perlas y lo santo. Porque ningún tacaño ni patán, fanático ni espíritu capcioso obtendrá de mí el evangelio y a Cristo, a menos que antes me pregunte por ello y coincida conmigo, de modo que yo, o cualquier predicador debido, pueda decir sí a ello. Pues quien tiene el evangelio rectamente tiene que sostenerlo con nosotros y ser de un mismo sentir, en caso de que estemos seguros de antemano de que tenemos el verdadero evangelio y las perlas. Por eso ciertamente no debe pisotearnos como el señor Avaro, ni condenarnos como los sectarios, ni despreciarnos como los campesinos en pueblos y aldeas; sino tener en honra la querida palabra, así como a todos los que la predican y gustosamente la oyen. Si no, tengámoslos por cerdos y perros, y digámosles que no obtendrán nada de nosotros; mientras tanto que lean y oigan y se llamen evangélicos, si quieren, como tengo que tratar con algunos tacaños y ciudades. Porque esto es cierto: quien desprecia el ministerio no tendrá mucho aprecio por el evangelio.
Puesto que pisotean a los predicadores y pastores, y los tratan más vergonzosamente que los campesinos a sus cerdos, retomamos para nosotros nuestras perlas, y veremos qué tendrán del evangelio sin gratitud alguna hacia nosotros. Si puedes pisotear la palabra de Dios y a sus predicadores, él puede pisotearte también a ti.
Esto es lo que Cristo quiere decir: Si ven que la gente despreciará su predicación y la pisoteará, no tengan comunión con ellos y aléjense de ellos; como dice también en Mateo 18: «Y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano»; de manera que les decimos que no son cristianos, sino paganos condenados, y no queremos que se les predique nada ni que tengan parte alguna de nuestros bienes, como Pedro, en Hch 8, dice a Simón el mago. Así hago yo, y todos los que predican el evangelio en serio, para no hacernos partícipes de sus pecados. Porque Dios no quiere que hagamos de este modo el hipócrita con nuestros sectarios, como si tuvieran razón en su enseñanza; sino que debemos tenerlos por enemigos, como separados de ellos con evangelio, bautismo, sacramento y toda su manera de enseñar y vivir. Así también debemos decir a los nuestros, si quieren tener parte en el evangelio, que en todas partes no deben despreciarnos, sino dar prueba práctica de que van en serio con él, y al menos que tienen en honra la palabra y el sacramento y se someten a ella con humildad.
Sí, (dicen,) de este modo quieren volver a tomar el poder y ponerse de nuevo en una posición de autoridad, como la que hasta ahora ocupó el papa; esto sería insoportable, y más nos habría valido quedarnos bajo el papa. Respuesta: Sí, ciertamente, yo mismo me he preocupado mucho de que pueda ser ese el resultado. Pero el camino que están tomando, despreciando y pisoteando a [los predicadores de la palabra], no es el camino para lograr lo que pretenden, a saber, impedir la tiranía de los pastores, sino justamente el comienzo adecuado para producirla. Porque si quitan de en medio a estos, a quienes han pisoteado y echado, no podrán sin embargo estar sin pastores ni predicadores. Porque Cristo mantendrá su dominio en el mundo, de modo que su evangelio, bautismo y sacramento tienen que permanecer.
Aunque ningún príncipe quisiera protegerlo, él lo hará, pues el Padre lo ha puesto a su diestra y quiere que sea Señor. Aunque ahora echen a todos los pastores, no arrojarán a Cristo de su trono.
Por eso les sucederá esto: como no quieren ni soportan a los predicadores rectos y piadosos, Dios les dará otros que los forzarán y tiranizarán, peor que antes.
Por eso van por buen camino nuestros señores Avaros y otros, que juntan sus cabezas y piensan que nos callarán y nos obligarán a someternos a ellos, sin saber que otro está sentado allá arriba, que reina supremo, y dice: Si no quieren predicadores rectos, entonces tengan al diablo con sus predicadores, que les predican mentiras; a estos tendrán que aceptar, y además ser gobernados y atormentados por ellos; como ya sufren ahora aquellas partes de nuestra Alemania donde no solo rechazan el evangelio sino que lo persiguen, de modo que tienen todos sus rincones llenos de sectarios, fanáticos y anabaptistas, y no pueden impedirlo.
Pero el camino recto para impedirlo es abrazar el evangelio con seriedad y fidelidad, rogar a Dios que envíe obreros verdaderos y fieles a su mies; entonces no hay que temer. Porque estos predicadores no nos oprimirían ni forzarían, ni nos harían daño alguno en cuerpo ni en alma, sino que ayudarían a todos y harían todo el bien posible; como se ha aprendido de nosotros mismos, que bien podemos gloriarnos ante Dios y el mundo de que no hemos buscado para nosotros autoridad ni provecho alguno, sino que hemos servido a todo el mundo con nuestro cuerpo y vida; no hemos gravado ni dañado a nadie, sino que hemos ayudado de buena gana a todos, también en lo temporal, y además hemos padecido por ello múltiples peligros, violencias y persecuciones. Pero, puesto que ya no nos quieren, quiera Dios que vengan después de nosotros otros que los traten de otra manera, que los opriman, atormenten y desuellen, para que vean lo que tenían en nosotros, y tengan que sufrirlo de aquellos a quienes ahora no miran y no quisieran tener ni como mozos de cuadra. Porque no merecen nada mejor que tener a estos tiranos a quienes deben temer, como tuvieron al papa; él era el gobernante adecuado para ellos. También nuestros príncipes caprichosos ya lo han aprendido, y piensan que les gustaría librarse de la coacción y no temer ya al papa; comienzan a proteger a los sacerdotes, pero no por causa de ellos, sino para forzarlos a someterse a ellos mismos, para vivir de su favor, y los protegen de tal manera que más bien deberían pasarse a nosotros, a quienes consideran enemigos, que dejarse desplumar por ellos bajo el nombre de protección. Pero no puede ser de otra manera, y a ambos se les sirve como merecen.
Pero entre cristianos no debe ser así, sino que la gente recta y piadosa debe tener a sus pastores y predicadores en alta honra, con toda humildad y amor, por amor de Cristo y de su palabra, y tenerles gran aprecio como a un don precioso y joya concedida por Dios, mejor que todos los tesoros y posesiones mundanos; de igual manera también los predicadores verdaderos y piadosos no buscarán con toda fidelidad otra cosa que el provecho y bienestar de todas las personas, sin cargarlas en absoluto ni en sus conciencias, ni siquiera exteriormente en los asuntos temporales o corporales. Pero el que los desprecia sepa que no es cristiano, y que de nuevo ha perdido el tesoro. Predicamos y exhortamos a todos los que quieran prestar atención y unirse a nosotros; pero a los que no quieren y sin embargo, con la apariencia y el nombre del evangelio o de la comunión cristiana, nos desprecian y quieren pisotearnos, contra estos empleamos el artificio de dejarles la apariencia, pero de hecho retomando todo para nosotros, de modo que no les quede nada en absoluto. Porque se nos manda apartarnos de ellos, aunque no lo hacemos con gusto y preferiríamos que se quedaran con nosotros; pero como no quieren, tenemos que dejarlos ir, y no dejar que por causa de ellos nuestro tesoro perezca o sea pisoteado por ellos.
Mateo 7:7-11
V.7-11. Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué hombre hay de vosotros que, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?
Después de que el Señor Cristo hubo enseñado a sus discípulos y establecido el oficio del ministerio, para que supieran qué habían de predicar y cómo habían de vivir, añade aquí una exhortación a la oración; quiere enseñar con ello que la oración, junto a la predicación, es la obra principal de un cristiano, como algo que pertenece siempre a un sermón; y mostrar que nada es más necesario en la cristiandad (porque tenemos tantas tentaciones y estorbos) que perseverar sin cesar en la oración, para que Dios dé su gracia y su Espíritu, para que el evangelio se haga eficaz y sea de uso constante por nosotros mismos y por otros. Por eso Dios prometió en el profeta Zacarías (como se citó arriba) que derramaría sobre los cristianos un espíritu de gracia y de oración; comprende así en estas dos cosas todo el cristianismo.
Así quiere decir ahora: Yo los he instruido para que sepan cómo deben vivir rectamente y de qué deben guardarse.
Ahora bien, parte necesaria de esto es que también oren, y perseveren con confianza en buscar y llamar, sin volverse perezosos ni cansarse de ello. Porque habrá necesidad de pedir, buscar y llamar. Pues aunque la doctrina y la práctica hayan comenzado rectamente, no faltarán sin embargo faltas y escándalos que cada día nos estorban y obstruyen, de modo que no podemos avanzar, y contra los cuales luchamos continuamente con todas nuestras fuerzas, pero sin más defensa más fuerte que la oración, de modo que, si no la usamos, no nos es posible mantenernos firmes y seguir siendo cristianos; como podemos ver muy claramente ahora qué clase de estorbos resisten el avance del evangelio; pero vemos también que no hacemos mucho caso de la oración, y damos por sentado que esta advertencia y exhortación no se aplica a nosotros, y que ahora no necesitamos orar, puesto que ha cesado el inútil parloteo y murmullo de rosarios y otras oracioncitas idólatras; lo cual no es buena señal, y es de temer que nos sobrevenga mucha desgracia que habríamos podido impedir.
Por eso todo cristiano debe atender esta exhortación, primero, como un mandato, tanto como es un mandato lo dicho antes: No juzguéis, etc., y debe saber que está obligado por deber a practicar esta obra cristiana, y no hacer como aquel campesino que decía que daba grano a su predicador para que orara por él; como algunos piensan: ¿Qué importa mi oración? Si yo no oro, otros lo hacen; de modo que no debemos pensar que no nos concierne o que depende de nuestra elección, sobre lo cual he tratado más ampliamente a menudo en otros lugares.
En segundo lugar, tienen aquí la promesa consoladora y la rica seguridad que añade acerca de la oración, para que se vea que le importa, y aprendan a considerar nuestra oración clara y preciosa ante Dios, pues nos exhorta con tanta seriedad a dedicarnos a ella, nos invita con tanta bondad y promete que no pediremos en vano; y si no tuviéramos otra causa ni incentivo que esta palabra amistosa y rica, esto debería bastar para empujarnos a hacerlo. Callo cuán seriamente exhorta y manda [que lo hagamos] y cuán de corazón la necesitamos.
Además, como si esto no bastara, para que aparte de esto, por nuestra propia gran necesidad, nos dediquemos nosotros mismos a ella, añade una comparación hermosísima (para estimularnos más) de todo padre con respecto a su hijo, el cual, aunque sea un miserable sin valor, si le pide un pescado no le dará una serpiente, etc. De ahí infiere esta palabra consoladora: Si ustedes pueden hacer esto, que no son de buena clase y no tienen en ustedes una vena buena para con Dios, ¿cómo no habría de dar también Dios, su Padre celestial, cuya naturaleza es enteramente buena, lo bueno que le pidan? Este es el más alto llamamiento con el cual puede o debe persuadir a alguien a orar, con tal que miráramos estas palabras y las tomáramos a pecho.
Ahora bien, cuál es la necesidad por la que da esta exhortación y que debe impulsarnos a orar, ya se ha mencionado: que, si tenemos la palabra de Dios y hemos hecho un buen comienzo, tanto en la doctrina como en la práctica, entonces no puede dejar de haber tentación y oposición, no de una sola clase, sino de miles de clases. Porque en primer lugar está nuestra propia carne, el viejo saco podrido, que pronto se vuelve apática, desatenta y reacia a la palabra de Dios y a una vida buena, de modo que siempre nos falta sabiduría y palabra de Dios, fe, amor, paciencia, etc. Este es el primer enemigo que cuelga cada día de nuestro cuello con tanto peso que siempre nos arrastra en esa dirección.
Luego viene el otro enemigo, el mundo, que nos envidia la querida palabra y la fe, y no tendrá paciencia con nosotros, por débiles que seamos; cae sobre nosotros y nos condena por lo que hacemos, procura quitarnos lo que tenemos, de modo que no podemos tener paz con él. Estas son ya dos grandes tentaciones que interiormente nos estorban y exteriormente procuran echarnos.
Por eso no tenemos otra cosa que hacer que clamar siempre a Dios, para que fortalezca y promueva su palabra en nosotros y contenga a los perseguidores y sectarios, para que no sea sofocada.
El tercer enemigo es ahora el más fuerte de todos, el mismo diablo, que tiene la gran doble ventaja de que no somos buenos por naturaleza, y además somos débiles en la fe y en el espíritu; así entra dentro de mi propio castillo y combate contra mí; tiene además al mundo para ayudarlo, de modo que levanta contra mí multitudes feas, por medio de las cuales lanza sobre mí sus dardos ponzoñosos y ardientes, para cansarme, de modo que la palabra en mí sea de nuevo sofocada y extinguida, y él reine otra vez como reinó antes, y para evitar ser expulsado. Miren, estas son tres desgracias que nos oprimen bastante pesadamente y yacen sobre nuestro cuello, y no cesarán mientras tengamos vida y aliento. Por eso tenemos constantemente motivo para orar y clamar. Por eso añade estas palabras: Pedid, buscad, llamad; para mostrar que todavía no lo tenemos todo, sino que estamos en tal condición que hay falta y carencia por todas partes. Porque si lo tuviéramos todo, no necesitaríamos pedir ni buscar; si ya estuviéramos en el cielo, no necesitaríamos llamar.
Ahora bien, estas son las tentaciones principales en cuanto al servicio de Dios y a la guarda de su palabra. Luego tenemos la necesidad común y temporal de esta vida sobre la tierra; como que hemos de orar para que nos conceda paz misericordiosa, buen gobierno, y nos proteja de toda clase de aflicción, enfermedad, peste, hambre, derramamiento de sangre, tormentas, etc. Porque todavía no han salido del alcance de la muerte, ni se han comido todo su pan cotidiano, de modo que no necesiten orar para que él se lo dé cada día. Así también tienen que orar por la autoridad secular, y contra toda clase de vicios, para que la gente no se robe y se hurte tanto unos a otros, pues tienen que ver cada día que por todas partes abunda tal conducta vergonzosa. Además de todo esto tienen en casa a su esposa, hijo y criados que gobernar; allí tendrán las manos llenas. Porque quien tiene que observar y cumplir en toda su vida tanto la justicia cristiana como la civil, ha emprendido más que la obra y capacidad de un solo hombre.
¿Qué haremos ahora? Aquí estamos envueltos en tan múltiples y grandes necesidades y estorbos que no podemos escapar, aunque les cerráramos la puerta con violencia. ¿Cómo puedo impedir mi muerte, yo que soy tan perezoso e indiferente a la palabra de Dios y a todo lo bueno? ¿O impedir que el mundo arme tal alboroto y estruendo, y que el diablo se enfurezca? ¿Y cómo impedir que haya tanta aflicción y desgracia? Ahora bien, el querido Señor Cristo lo sabe muy bien. Por eso quiere mostrarnos un remedio precioso y bueno, como médico bondadoso y fiel, y nos enseña qué hemos de hacer al respecto, como si dijera: El mundo está tan loco, y emprende librarse de esto con sabiduría y razón; busca tantos medios y caminos, ayuda y consejo, para escapar de estos apuros. Pero este es el único camino más corto y más seguro: que entres en un cuartito, o en un rincón, y allí abras tu corazón y derrames [tus] deseos ante Dios con lamento y suspiro y confianza segura en que él, como tu fiel Padre celestial, ayudará y aconsejará en tales apuros; tal como leemos en Is 37 acerca del rey Ezequías: cuando el enemigo con un gran ejército estaba delante de la ciudad, y él estaba tan sitiado y en tal inferioridad numérica que, a juicio humano, no se podía esperar ayuda ni consejo alguno, y además el enemigo lo desafiaba con la mayor insolencia, y se burlaba de su desgracia, y le escribió una carta llena de blasfemia, de modo que casi desesperó; entonces el piadoso rey no hizo otra cosa que subir al templo, poner la carta delante del altar, postrarse y orar de corazón. Entonces pronto fue oído y ayudado.
Pero nosotros nos preocupamos y nos inquietamos y tenemos la mayor dificultad para decidirnos a hacerlo, y nos confundimos miserablemente, haciéndonos mártires con nuestro afán y pensar, tratando de sacar nuestro cuello del yugo y librarnos de él. Porque es un diablo malo y astuto el que me cabalga a mí como a otros, y a menudo me ha jugado estas malas pasadas, cuando estaba tentado o preocupado, fuera en asuntos espirituales o seculares. Enseguida se entromete y hace que uno se consuma con su aflicción; con ello nos aparta de la oración y nos confunde hasta tal punto que uno no piensa en ella, y antes de empezar a orar, uno ya se ha medio matado de preocupación. Porque sabe muy bien lo que la oración puede lograr, y por eso nos frena y perturba cuanto puede, para que no recurramos a ella en absoluto.
Por eso debemos aprender a tomar rectamente a pecho estas palabras y acostumbrarnos a ello: en cuanto aparezca alguna aflicción y necesidad, caer enseguida de rodillas y poner la necesidad delante de Dios, conforme a esta exhortación y promesa; entonces seremos ayudados, de modo que no necesitamos atormentarnos con nuestros propios pensamientos acerca de buscar ayuda. Porque es un remedio preciosísimo, que ciertamente ayuda y nunca falla, con tal que solo se aplique.
Pero cómo orar rectamente se ha mostrado arriba y en otros lugares suficientemente.
Porque aquí hablamos solo del poder de la oración y de lo que debe impulsarnos a ella. Lo más importante es que primero mires solamente la palabra de Dios, que pueda instruirte en lo que has de creer de corazón, de modo que estés seguro de esto: que tu fe, evangelio y Cristo son rectos, y que tu vocación agrada a Dios; entonces verás pronto al diablo contra ti, y sentirás que falta algo por todas partes, interiormente en la fe y exteriormente en tu vocación, que todo amenaza con salir mal, y las tentaciones pululan por todos lados: si sientes esto, entonces sé sabio y persuade a tu corazón de que comience enseguida a orar y decir: Querido Señor, yo ciertamente tengo tu palabra, y estoy en la vocación que te agrada, eso lo sé.
Ahora ves cuánto necesito por todas partes, de modo que no conozco ayuda sino en ti; ayuda tú, pues, ya que has mandado que oremos, busquemos y llamemos, y entonces ciertamente recibiremos, hallaremos y tendremos lo que deseamos.
Si lo aceptas así y te acostumbras a orar con confianza, y no recibes, entonces ven y llámame mentiroso. Si no da al instante, te dará sin embargo tanto que mientras tanto tu corazón experimentará consuelo y fuerza, hasta el tiempo en que dé más abundantemente de lo que habrías esperado. Porque esta es también una buena característica de la oración, si uno la practica habitualmente y así medita en la palabra que ha prometido: que el corazón se hace continuamente más fuerte, y confía más firmemente, y finalmente obtiene mucho más que de otro modo.
Esto podría probarlo claramente con mi propio ejemplo y con el de otras personas piadosas. Porque yo también lo probé, y mucha gente conmigo, especialmente en el tiempo en que el diablo quería devorarnos, en la Dieta de Augsburgo, y todo estaba bastante mal, y en tal confusión que todo el mundo suponía que las cosas se pondrían patas arriba, como algunos habían amenazado insolentemente, y ya se habían desenvainado las espadas y cargado los fusiles.
Pero Dios ayudó de tal manera por nuestras oraciones, y abrió el camino, que aquellos gritones, con sus arañazos y amenazas, quedaron completamente avergonzados, y se nos dio una buena paz y un año favorable, como no había habido desde hacía mucho tiempo y como no habríamos podido esperar. Si surge ahora otro peligro y necesidad, oraremos de nuevo y él tendrá que ayudar y librar de nuevo, aunque nos deje mientras tanto sufrir un poco y ser oprimidos, para fortalecernos más y para que seamos impulsados con más seriedad a orar. Porque ¿qué clase de oración sería, si la necesidad no estuviera aquí y no nos oprimiera hasta que la sintiéramos? Que uno sienta rectamente su necesidad ayuda a hacer más fuerte su oración. Por eso aprenda cada uno a no despreciar de ningún modo su oración, sin dudar de que ciertamente será oída, y a su debido tiempo recibirá lo que desea.
Pero por qué Cristo usa tantas palabras, que lo pone de tres maneras: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá, cuando bastaba usar una; es fácil ver (como se ha dicho) que con ello quiere exhortarnos con más fuerza a orar.
Porque sabe que somos tímidos, y tememos presentar nuestra necesidad a Dios, como indignos, no aptos, etc.; sentimos la necesidad, sí, pero no podemos expresarla; pensamos que Dios es tan grande y nosotros tan insignificantes que no nos atrevemos a orar, lo cual es también un gran estorbo del diablo que hace gran daño a la oración. Por eso nos atrae lejos de esa timidez y vacilación, para que no dudemos en absoluto, sino que nos acerquemos con confianza y osadía.
Porque aunque soy indigno, soy sin embargo su criatura; y porque él me ha hecho digno de ser su criatura, soy también digno de tomar lo que me ha prometido y tan libremente ofrecido. En suma, si yo soy indigno, él y su promesa no son indignos. Sobre esto, atrévete solo enseguida y con confianza, y ponlo con toda alegría y seguridad en su regazo. Pero ante todo procura creer verdaderamente en Cristo y estar en tu lugar debido, que agrada a Dios, no como el mundo, que no hace caso de su lugar y solo planea día y noche practicar sus vicios y sinvergüenzadas.
Se podrían interpretar sin embargo las tres declaraciones de esta manera: que repite lo mismo en otras palabras para indicar perseverancia en la oración, sobre la cual exhorta san Pablo en Ro 12:12: «Constantes en la oración»; como si dijera: No basta con comenzar y dar un suspiro, y decir la oración y luego seguir tu camino: sino que, así como es la necesidad, así debe ser la oración. Porque no te agarra una sola vez y luego se va, sino que se aferra y de nuevo se te cuelga al cuello y no te suelta.
Haz lo mismo tú también, de modo que ores siempre, y además busques y llames, y no sueltes; tal como enseña el ejemplo de la viuda en Lc 18, que no soltaba a su juez, con ruego perseverante, y tan tenazmente que él quedó vencido y tuvo que ayudarla de mala gana. ¡Cuánto más (infiere allí Cristo) nos dará Dios si ve que no cesamos de orar, sino que seguimos llamando y llamando, de modo que tiene que oír; especialmente porque lo ha prometido, y muestra que se complace en tal perseverancia! Por eso, así como la necesidad llama siempre, continúa tú llamando, y no ceses, porque tienes su palabra; así él tendrá que decir: Bien, pues ve, y ten lo que deseas. De esto dice Santiago en su epístola que la oración eficaz del justo puede mucho, si se insiste en ella con seriedad, y cita para ello el ejemplo del profeta Elías de las Escrituras, etc. Así también lo hace Dios, por la razón de que te impulsa no solo a orar simplemente sino a llamar, pues quiere probar si puedes mantenerte firme, y enseñarte que tu oración no por eso es desagradable ni queda sin respuesta, aunque tarde y te deje buscar y llamar a menudo, etc.
Mateo 7:12
V.12. Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas.
Con estas palabras concluye ahora su enseñanza, dada en estos tres capítulos, y la reúne toda en un pequeño atado en el que uno puede encontrarlo todo, y cada cual puede ponerlo en su seno y guardarlo bien; como si dijera:
¿Quieren saber qué he predicado, y qué les enseñan Moisés y todos los profetas? Pues se lo diré en muy pocas palabras, y lo expresaré de modo que no se atrevan a quejarse de que es demasiado largo o difícil de cumplir. Porque es un sermón tal que se puede extender a lo largo y a lo ancho, y también hacerlo corto; y toda enseñanza y toda predicación brotan de él y se esparcen, y aquí vuelven a reunirse. ¿Cómo podría expresarse con mayor brevedad y claridad que con estas palabras? Solo que el mundo y nuestro viejo Adán nos impiden captar su sentido y contrastar nuestra vida con esta enseñanza; la dejamos entrar por un oído y salir por el otro. Si la mantuviéramos siempre frente a nuestro vivir y obrar, no viviríamos de manera tan grosera ni seríamos tan descuidados, sino que siempre tendríamos bastante que hacer, nos volveríamos nuestros propios maestros y enseñaríamos lo que debemos hacer, de modo que no tendríamos necesidad de correr tras una vida santa y obras, ni necesitaríamos para ello tantos juristas y libros de leyes. Porque está dicho brevemente y se aprende con facilidad, con tal que fuéramos diligentes y serios en hacerlo y en vivir conforme a ello.
Así, para que lo veamos en ejemplos sencillos: seguramente no hay nadie a quien le guste que le roben, y si consulta a su propio corazón, tiene que decir que en verdad no le gustaría. ¿Por qué entonces no concluye que no debe robar a otro? Por ejemplo, si ves en el mercado que cada uno pone a sus mercancías el precio que quiere, que quiere dar por treinta centavos lo que no vale diez, y le preguntas: Amigo mío, ¿te gustaría que te trataran así?, entonces no puede ser tan grosero e irrazonable, sino que tiene que decir: Yo lo compraría por su valor de mercado, y por lo que fuera razonable y justo, para que no me estafen. Mira, ahí está tu corazón, que te dice con verdad cómo quisieras ser tratado, y tu conciencia, que concluye que también tú debes hacer así con los demás; y ella puede enseñarte rectamente cómo has de tratar a tu prójimo al comprar y vender y en toda clase de tratos; todo lo cual pertenece al séptimo mandamiento: No hurtarás.
Lo mismo en cuanto a los demás mandamientos: si tienes esposa, hija o criada, no querrías verla deshonrada ni que hablaran mal de ella, sino que quieres que todos la honren, la traten bien y hablen bien de ella. ¿Por qué entonces eres tan perverso que codicias la mujer de otro y tú mismo la avergüenzas; o que dejas de honrarla cuando deberías hacerlo, y te complaces en difamar y calumniar? Además, no querrías que nadie te hiciera daño, ni que hablaran mal de ti, ni nada semejante; ¿por qué no te atienes tú aquí a la regla y la medida que exiges y quieres recibir de los demás, y por qué juzgas enseguida, culpas y condenas a otro si no lo hace contigo, y sin embargo tú mismo no quieres obrar conforme a tu propia regla? Recorre así todos los mandamientos de la segunda tabla, y hallarás que esta es la verdadera suma de toda la predicación que podemos hacer; como él mismo dice aquí.
Por eso se llama bien un sermón corto; pero, por otra parte, si lo extendiéramos por todas sus aplicaciones, es de tan largo alcance que no tendría fin; porque no podemos contar todo lo que se hará sobre la tierra hasta el último día; y es un excelente maestro el que puede comprimir y abarcar en un resumen un sermón tan largo y difuso, de modo que cada cual pueda llevárselo a casa y recordárselo a diario, como escrito en su propio corazón, sí, en todo su vivir y obrar (como oiremos más adelante), y ver en qué ha faltado en toda su vida.
Y creo también que se sentiría su fuerza y se verían sus frutos si tan solo nos acostumbráramos a recordarlo y no fuéramos tan perezosos y descuidados. Porque no pienso que haya nadie tan grosero, ni tan malvado, que si tuviera esto presente todavía lo rehuyera o se ofendiera por ello; y es sin duda un sabio recurso el de Cristo, que lo propone de tal manera que no toma otro ejemplo sino a nosotros mismos, y lo aplica de la manera más cercana posible, poniéndolo sobre nuestro corazón, cuerpo y vida, y todos nuestros miembros, de modo que nadie necesite ir lejos a buscarlo ni gastar mucho esfuerzo o dinero en ello; sino que él ha puesto el libro en tu propio seno, y además tan claro que no necesitas anteojos para entender a Moisés y la ley, de modo que eres tu propia Biblia, maestro, doctor y predicador. Te da tales indicaciones que solo necesitas mirarlas para ver cómo el libro alcanza a todos tus quehaceres, palabras, pensamientos, corazón, cuerpo y alma. Regúlate solamente según eso, y serás bastante sabio y entendido, por encima de todos los juristas, del arte y de los libros.
Así, para tomar un ejemplo grosero: ¿eres artesano? Encuentras la Biblia tendida en tu taller, en tu mano, en tu corazón, que te enseña y te predica cómo has de tratar a tu prójimo. Mira solo tu herramienta, tu aguja, tu dedal, tu barril de cerveza, tus mercancías, tu balanza, tu vara de medir, y leerás este lema escrito en ellos; de modo que no puedes mirar en ninguna dirección sin que te esté mirando fijamente, y no hay cosa tan pequeña con la que trates a diario que no te diga esto constantemente, si quieres oírlo, y no falta predicación. Porque tienes tantos predicadores como tratos, mercancías, herramientas y demás enseres hay en tu casa y hogar. Todo eso te está llamando siempre:
Querido amigo, trata conmigo hacia tu prójimo tal como quisieras que tu prójimo tratara contigo en su oficio.
Mira, así estaría escrita esta enseñanza sobre todo lo que miramos, y grabada en toda nuestra vida, si tuviéramos oídos dispuestos a oír y ojos dispuestos a ver; y se nos predica tan ricamente que nadie puede excusarse diciendo que no lo sabía o que no se lo dijeron ni predicaron lo suficiente. Pero somos como las víboras que tapan sus oídos y se vuelven sordas si intentamos encantarlas; no queremos ver ni oír lo que está escrito en nuestro propio corazón y pensamientos, y nos lanzamos adelante temerariamente: ¡Ja, qué me importan los demás! Puedo hacer con lo mío lo que quiera, y vender mis mercancías tan caras como pueda; ¿quién me lo va a impedir?, etc.; como hacen en el mercado los señores Avaro y Tacaño; y si uno los reprende y amenaza con la palabra de Dios, no hacen más que reírse y burlarse y solo se endurecen en su maldad. Pero nosotros no predicamos a estos, ni tampoco Cristo, y él no quiere tener nada que ver con ellos, y los desprecia tan por completo como ellos lo desprecian a él, y los dejará irse al diablo.
Pero los que quieren ser piadosos, y todavía temen a Dios y piensan cómo van a vivir y obrar, deben saber que no han de tratar ni manejar sus bienes como se les antoje, como si fueran ellos dueños de todo; sino que están obligados a hacer lo que es justo y ordenado, por lo cual tenemos leyes del país y de la ciudad. Porque así desea cada uno ser tratado por su prójimo; por lo tanto, debe hacer lo mismo, tanto al tomar como al dar buenas mercancías. Este es su mandato dado en serio, y no permitirá que se haga de él una libertad o arbitrariedad, como si se pudiera cumplir o no sin pecado; y insistirá en ello, por más que el mundo lo tenga por un insulto y lo desprecie. Si no lo cumples, él te tratará conforme a tu propia medida, y recaerá sobre ti, de modo que no tendrás bendición en lo que hayas ganado contra esta enseñanza, sino todo trabajo y tristeza, y tus hijos después de ti. Porque él quiere que se guarde su mandamiento, o no se gozará de bien ni de éxito.
En segundo lugar, no solo se nos acerca tanto (como se ha dicho) que tenemos que verlo en todo lo que ocurre, sino que además se presenta de tal manera que uno tiene que sonrojarse de su propia conducta. Porque no hay nadie a quien le guste hacer una acción baja de modo que otras personas la vean, y nadie está tan dispuesto a pecar públicamente ante la gente como cuando ocurre en secreto, de modo que nadie lo ve. Así, Cristo quiere ponernos aquí como testigos contra nosotros mismos, y hacer que nos temamos a nosotros mismos, de modo que si obramos mal nuestra conciencia nos oponga este mandamiento, como testigo perpetuo, y diga: Mira, ¿qué haces? Esto debes venderlo a tal precio, según el uso común y justo; ahora pides demasiado. Además, estas mercancías tú no querrías tomarlas de otro, pues las estás depreciando o presentando falsamente, etc. ¡Cómo te enojarías si alguien te diera por un florín lo que vale apenas diez groschen! De modo que, si tienes una gota de sangre honrada en el cuerpo, deberías avergonzarte de ti mismo. Porque si otro lo hiciera, lo llamarías ladrón y canalla. ¿Por qué, entonces, no te avergüenzas de ti mismo, si no es otro sino tú mismo quien tiene que culparse así, condenado por tu propia conciencia? Pero eso está muy bien para una frente dura y descarada, que no siente vergüenza ante la gente, ante sí misma, y mucho menos ante Dios. En cambio, si otro te lo hace a ti, entonces puedes gritar fácilmente: ¿No es esto un pecado y una vergüenza, y astutamente sacado de la bolsa a hurtadillas? Fácilmente ves a un ladrón y canalla en otro; pero al que se esconde en tu propio pecho, y al que puedes atrapar y sentir con facilidad, a ese no quieres verlo.
¡Oh, cuántos hay así en todos los oficios y ocupaciones, que viven tranquilos engañando y estafando a la gente dondequiera que pueden, y sin embargo no quieren que los cuenten por ladrones y canallas, con tal que lo hagan en secreto y con astucia! Pero si cada cual devolviera lo que ha hurtado y robado en su negocio o trato, pocos conservarían algo; y sin embargo viven como gente piadosa, porque no se les puede acusar y castigar públicamente, e imaginan además que no han pecado; y si miran a su alrededor, cada rincón de la casa y del hogar está lleno de robo, y Dios es testigo de que no tienen en casa un florín o dos que no hayan sido robados; y con todo, a esto no se le debe llamar robar.
Sí, ¡si fuera solo robo, y no también homicidio! Porque con mercancías, comida o bebida malas y dañinas se debilita y enferma a la gente, etc., y no solo se le roba su dinero, sino también su salud, de modo que muchos comen y beben de tal manera que después tienen que consumirse y a menudo morir a causa de ello. Mi buen amigo, ¿no es eso exactamente lo mismo que si irrumpieras en su casa o su arca, o le dieras una herida mortal? Solo que se le llama con otro nombre.
Si no fueras tan malvado y descarado, deberías avergonzarte de ti mismo cuando tu conciencia te dice esto y te pone delante este dicho de modo que tengas que reflexionar; sí, te llenaría de tal temor que no podrías quedarte en ningún lugar a causa de ello. Porque es una carga que siempre oprime y perturba, sí, que siempre condena, como testigo perpetuo contra nosotros mismos, de modo que es imposible soportarla.
Eso te enseñaría pronto que debes dejar de saquear y robar, y cosas tales que no querrías que otro te hiciera a ti, etc. Acostúmbrate, pues, a mirar un poco este dicho y a practicarlo contigo mismo; entonces tendrás un predicador diario en tu corazón, sea cual sea la manera en que trates con tu prójimo; así podrás aprender fácilmente a entender cada mandamiento y toda la ley, y a gobernarte y conducirte en tu trato con otros, de modo que puedas decidir bien conforme a ello qué es justo e injusto en el mundo.
Pero dirás: ¿Cómo dice que esto es la ley y los profetas? Las Escrituras de la ley y los profetas contienen mucho más que esto. Porque las Escrituras tienen la doctrina de la fe y las promesas, de las cuales aquí no se dice nada. Respuesta: Cristo nombra aquí la ley y los profetas en directo contraste con el evangelio o la promesa. Porque no predica aquí sobre el artículo importante, a saber, la fe en Cristo, sino solo sobre las buenas obras. Pues son dos clases distintas de predicación; debemos predicar ambas, pero cada una en su tiempo y lugar. Eso lo ves también claramente en el texto, en las palabras donde dice: Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos. Con ello muestra que su predicación no se extiende ahora más allá de los tratos que la gente tiene con nosotros y nosotros con ella, y no dice nada sobre la gracia de Cristo que recibimos de Dios. Por eso quiere decir ahora: Si se ha de predicar sobre la buena vida y las obras que hemos de practicar en el trato con el prójimo, entonces no hallarás en toda la ley y los profetas nada distinto de lo que te enseña este dicho. Por eso usa las palabras: los hombres, y: haced vosotros con ellos, etc., para indicar que habla solamente de los mandamientos de la segunda tabla.
Y lo mejor del dicho es esto: que no dice: Otros lo harán contigo; sino: Ustedes lo harán con otros. Porque cada uno querría que los demás le hicieran bien, y hay muchos canallas y malos sujetos a quienes no les importaría que otros fueran buenos y les hicieran bien; pero ellos no quieren hacerlo con nadie: como nuestros campesinos ahora imaginan que es malo y una gran opresión tener que dar la medida justa; y sin embargo pueden gritar y quejarse en voz alta de que los roban o los gravan con impuestos. Pero estos no son sino viles reptiles. Algunos, sin embargo, son un poco mejores, y dicen: Yo cumpliría mi parte y haría gustoso lo que debo, si los demás lo hicieran primero conmigo. Pero este dicho lo plantea así: Haz tú lo que quisieras recibir de otro. Tú has de comenzar y ser el primero, si quieres que otros lo hagan contigo; o, si no quieren, hazlo tú de todos modos. Porque si no quieres ser bueno y hacer el bien antes de verlo en otro, nada saldrá de ello. Si otros no quieren, tú no estás menos obligado a hacerlo, según la ley y lo que se reconoce como justo, como te gustaría que se hiciera contigo. El que quiere ser bueno no debe fijarse en el ejemplo de otros; y no te sirve decir: Él me engañó, y yo tengo que ensuciarlo a él de nuevo; sino que, porque tú no quieres eso, no se lo hagas a él, y comienza por lo que deseas que se te haga a ti. Así podrás entonces influir en otras personas con tu ejemplo, de modo que te hagan bien de nuevo, aun quienes antes te hicieron daño. Pero si tú mismo no lo haces, tienes como recompensa que nadie te hace bien; y te sirven como mereces, ante Dios y ante los hombres.
Mateo 7:13-14
V.13, 14. Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.
Nuestro querido Señor ha terminado ya su sermón, y concluye finalmente ese mismo sermón con varias advertencias para equiparnos contra toda clase de estorbos y escándalos, tanto en la doctrina como en la vida, que encontramos en el mundo. Porque, en verdad, la enseñanza ha sido hermosa y preciosa, a la vez ampliamente desplegada y también condensada con suficiente brevedad en una sola palabra, de modo que puede contarse y entenderse con facilidad; pero luego vienen la dificultad y el trabajo de ponerla en práctica; y ciertamente es una vida difícil y dura la de ser cristiano o piadoso, pues eso no nos será dulce; como decía aquella buena muchacha: Mucho se requiere para el honor; sí, por cierto, y todavía mucho más para una vida cristiana. Esto es lo que nuestro querido Señor tiene aquí en mente, para que a algunos les parezca deseable y se les ocurra: Ciertamente me gustaría vivir de esa manera; pero se requiere para ello muchísimo. Sí, yo también lo digo (dice él), por eso les advierto: tengan cuidado, y no se preocupen si es un poco amargo y difícil; porque no puede ser de otro modo en el mundo.
Esto debe saberlo un cristiano, y debe estar preparado para ello, de modo que no se deje estorbar ni escandalizar si todo el mundo vive de otra manera, y de ninguna manera debe acomodarse al curso de la gran masa, como ya lo prohibió también Moisés en Éx 23:
«No seguirás a los muchos para hacer mal», etc., como si dijera:
Siempre hallarán escándalos existiendo en el mundo; como también Cristo dice aquí: El camino de la perdición es ancho y muchísimos andan por él; y la puerta es muy amplia, de modo que las multitudes pasan por ella.
Ese es el gran escándalo que sobresalta a muchísima gente y la hace apostatar; sí, ha desconcertado mucho a los profetas y a los santos; como David lamenta a menudo en los Salmos, sobre todo extensamente en el Salmo 73: «Porque tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los impíos. Porque no tienen congojas por su muerte, pues su vigor está entero.
No pasan trabajos como los otros mortales, ni son azotados como los demás hombres». En suma, dice, son afortunados sobre la tierra y se enriquecen, tienen la casa y el hogar llenos, viven en el lujo y hacen justo lo que les place. ¿Pero yo qué hago, en cambio? Tengo que ser piadoso y sufrir, y soy azotado todos los días y castigado cada mañana; es decir, si transgredo un poco, enseguida tiene la vara detrás de mí. Eso es lo que saco de ello. Allí todo es honra y alegría; por eso todo el mundo se pone de su parte, todos alaban y felicitan. Como vimos bajo el papado: si alguien simplemente se ponía una vestidura de sacerdote, todo el mundo tenía que alabarlo y honrarlo; todos contribuían a ello, y feliz era la madre que lo había dado a luz.
Y es exactamente igual ahora: el que simplemente es enemigo nuestro es tenido entre ellos en gran honra y estima, viva como viva. Eso era una gran cruz para los queridos padres, que tuvieran que ver este éxito y esta maldad en el mundo, de modo que todos lo estimaban mucho y corrían tras ello, y ellos debían ser piadosos y no tener con ello más que desgracia, y sufrir desprecio y persecución de parte de todos.
Cristo quiere mostrar esto también, y advertir a los suyos que cada uno debe vivir en el mundo como si estuviera solo, y considerar su palabra y su predicación como lo más grande que hay sobre la tierra, de modo que piense así:
Aunque veo que mi prójimo y toda la ciudad, sí, todo el mundo vive de otra manera, y todos los grandes, nobles, ricos, príncipes y señores están de su parte, yo tengo sin embargo un compañero que es mayor que todos ellos, a saber, Cristo y su palabra. Por tanto, aunque estoy solo, no estoy solo. Porque, como tengo la palabra de Dios, tengo conmigo a Cristo, junto con todos los queridos ángeles y todos los santos desde el principio del mundo; de modo que en realidad hay a mi alrededor una multitud mayor y un cortejo más glorioso del que podría haber ahora en todo el mundo; solo que no es visible a ojos mortales, y tengo que ver y soportar el disgusto de que tantas personas se aparten de mí, o vivan y obren en hostilidad hacia mí.
Debes aferrarte firmemente a esto, si esperas perseverar; de lo contrario este escándalo te arrastrará, si te influye cómo viven y creen los demás. Pues de ahí concluyen los turcos, como su argumento más fuerte contra nosotros: ¿Piensan que Dios es tan cruel como para condenar a un mundo tan grande? De igual modo también los papistas: Sí, ¿creen que lo que sacan de su rincón es lo único correcto, y que todo el mundo está condenado? ¿Habrían errado todos juntos tantos papas, obispos, santos padres, reyes y príncipes?, etc. Insisten tan obstinadamente en esto que ningún hombre puede arrancarlos de ello, y concluyen con toda seguridad que nuestra doctrina no es recta; y su único argumento es: Nosotros somos muchos, ellos son pocos; nosotros somos piadosos, doctos, sabios, pueblo de Dios, ocupamos la sede de los apóstoles, etc.; por tanto, no podemos estar en error. Cristo ciertamente no ha abandonado a su iglesia ni Dios a su pueblo. No es posible que Dios condene a tanta gente por causa de unos pocos; porque no ha creado el cielo en vano.
Pero contra todo esto Cristo enseña así: Sáquense los ojos, o vuélvanlos hacia el otro lado, para que de ningún modo miren a la gran multitud sino solo a la palabra de Dios; y estén seguros de que no puede ser de otra manera sino que el camino de la perdición sea ancho, y la puerta amplia, y muchos vayan por él; y, por otra parte, que la puerta a la vida sea estrecha y el camino angosto, y poquísimos vayan por él. Por eso de nada sirve que el turco y el papa se jacten de los de su fe: Somos muchos y hace mucho tiempo que creemos como creemos; por tanto, debe de ser lo correcto. Porque Cristo afirma francamente lo contrario, y llama camino de perdición al que es ancho y muy transitado, y advierte que no debemos inquietarnos porque seamos tan pocos y la otra multitud sea tan grande. Pero es muy difícil digerir este pequeño bocado, si uno lo siente de veras, de modo que yo mismo me he atragantado con él muchas veces, y he pensado:
Somos una compañía tan pequeña y pobre, despreciada y condenada por todo lo alto y grande de la tierra; ¿debemos entonces ser jactanciosos y desafiantes contra todo el mundo, afirmar que solo nuestro bando tiene razón, y decidir respecto de todos ellos que el papa, los obispos y todos los que los siguen pertenecen al diablo? Sin embargo, tenemos que superar esto, y concluir: Sé que mi causa es justa, aunque todo el mundo hable de otro modo.
¿Cómo debió de sentirse la querida virgen María cuando vino el ángel y le trajo el mensaje de que sería madre del Altísimo? ¿Quién estaba entonces a su lado que creyera esto o la acompañara? ¿Debía ella haber tomado en cuenta que allí había hijas de tantos ricos, nobles, grandes señores y príncipes, y que Dios no habría sabido encontrar a otra para este alto deber, al cual ninguna virgen había sido llamada sino ella, una doncella pobre, desconocida y despreciada? Asimismo, ¿cómo obró el patriarca Abraham cuando tuvo que salir de Caldea y viajar solo, como si él solo fuera cristiano y todo el mundo estuviera condenado? Pero no debía preocuparse por ello ni mirar a su alrededor a los demás, sino que debía decir así: «Cómo obre Dios con todo el mundo, se lo dejo a él; pero yo me atendré a su palabra y la seguiré, aunque vea a todo el mundo ir por otro camino»; y María también debió de pensar: «Lo que Dios haga con los demás, se lo dejo a su cuidado; pero yo me atendré a la palabra que oigo, y que me dice lo que hará conmigo». Así también nosotros debemos concluir:
Veo que el papa, los obispos, los príncipes, los sectarios, los juristas y los campesinos hacen como les place, nos desprecian y se burlan de nosotros con la mayor seguridad, de modo que podría decir: ¿Piensas entonces que solo tú tienes razón contra todos ellos?
Pero sigan su camino, papa, príncipes, doctos y todo el mundo; yo sé que la doctrina es recta y que es la palabra de Dios: me atendré a ella, suceda lo que suceda.
Así quiere decir ahora Cristo: Les he dado esta instrucción para que vean cuán extremadamente pocos concuerdan con ustedes, y cuántos enseñarán y vivirán al contrario, de modo que los desconcertará mucho; pero manténganse firmes, y no dejen que los inquiete, y sepan que no puede ser de otra manera, y recuerden que les dije de antemano que la puerta de la vida es estrecha y el camino angosto; pero el otro, ancho y espacioso, etc. Por eso no le hagan caso a eso, sino oigan lo que les digo y síganme. Porque yo, con todos los santos, he tomado el camino angosto; ustedes también deben tomarlo, si quieren llegar a mí; dejen que los otros vayan por su camino ancho. Porque verán cuán estrecho será el pozo al que tendrán que entrar; en cambio ustedes, que ahora tienen que ir por el camino angosto a través de la puerta estrecha, entrarán en un hermoso espacio, tan grande y amplio como el cielo y la tierra.
Ahora bien, ¿qué hace entonces el camino tan estrecho y pequeño? Nadie sino el mismísimo diablo, el mundo y nuestra propia carne, que es perezosa, se resiste y se niega, y no quiere avanzar, confiar en Dios y apoyarse en su palabra, no puede soportar el desprecio del mundo, la pobreza, los peligros, etc. En suma, también le gusta viajar por el camino ancho; por eso nos hace amargo y difícil este sendero.
Luego viene el mundo, que nos persigue, ahorca, mata, quema y ahoga, porque no queremos ir con él por el camino ancho; y si no puede hacer nada peor, nos calumnia y nos injuria con el mayor veneno, nos expulsa con espada, fuego y agua: de modo que es una dura batalla estar allí y luchar contra nuestra propia carne, para poder confiar en Dios, amar al prójimo, vivir castamente y permanecer en la propia suerte; y si hacemos todo esto en una dura lucha, entonces el mundo tiene que venir también con su persecución y sus injurias, tratándonos como a los peores criminales de la tierra, solo para hacernos dura la vida.
Junto con esto viene el mismo diablo y atormenta el corazón con malos pensamientos, incredulidad, temor, espanto, desesperación, hace de nuestras buenas obras pecado y vergüenza, y sin embargo tenemos que permanecer entre estos enemigos y expuestos a sus asaltos. En tales circunstancias uno puede irritarse y sentirse tentado a apostatar y decir: Veo ciertamente que aquellos tienen descanso y buena vida, pasan sus días en quieta paz, y tienen la misma gloria y honra de ser verdaderos siervos de Dios: ¿por qué habría de permitir yo solo que me persigan, me molesten y me maltraten tan miserablemente? Donde ellos se queden, allí me quedaré yo también.
Los antiguos lo describieron admirablemente en la leyenda del caballero Tondalo (salvo que no lo aplicaron correctamente, y lo interpretaron del purgatorio o del castigo de las almas después de esta vida), cómo tuvo que pasar por un pequeño puente apenas tan ancho como una mano, con una carga a la espalda, y debajo de él una laguna sulfurosa llena de dragones, y además venía uno hacia él a quien tenía que ceder el paso. Eso coincide bien con este pasaje. Porque un cristiano lleva una vida tan dura como si caminara por un sendero angosto, sí, por nada sino navajas; así el diablo está debajo de nosotros en el mundo, y sin cesar nos muerde con sus fauces para empujarnos a la impaciencia, a la desesperación y a murmurar contra Dios; además el mundo se nos opone y ni cede ante nosotros ni nos deja pasar, y nuestra carne cuelga de nuestro cuello; de modo que somos apretados por todos lados, y el camino en sí es tan estrecho que por sí solo habría dificultad más que suficiente aunque no hubiera peligro ni estorbo en el camino; y sin embargo tenemos que pasar o caer en manos del mundo y del diablo.
Por tanto, reflexiona y obra en consecuencia: si quieres ser cristiano, que así sea.
Porque las cosas seguirán como están: no harás el camino más ancho, y debes advertir que unos pocos van por aquí, y la gran multitud por allá. Pero que este sea tu consuelo: primero, que Dios está contigo; luego, que después de haber pasado llegarás a un lugar hermoso y espacioso. Porque si solo te atienes a la palabra y obras según ella, no según la vista, entonces él está ciertamente contigo, y con tanta eficacia que tu espíritu vencerá a la carne, al mundo y al diablo, de modo que este nada podrá lograr por medio de tu carne, ni por medio del mundo, ni por sí mismo. Porque la palabra en que confías por la fe es demasiado fuerte para él, aunque parezca pequeña y no la veamos. Pero él sabe muy bien lo que puede, pues la ha probado a menudo y ha sentido qué fuerza y poder es, si uno cree en ella.
Por eso el profeta se jacta con tanta confianza en el Salmo 118: «Jehová está conmigo; no temeré lo que me pueda hacer el hombre. Me rodearon como abejas; fueron apagados como fuego de espinos; en el nombre de Jehová yo las destruiré. Me empujaste con violencia para que cayese, pero me ayudó Jehová», etc. Mira, él tampoco tiene otra cosa que la palabra y la fe, de que el Señor está con él, a quien todavía no ve; pero siente ciertamente el mundo y la carne, que le estrechan el camino y le amargan la vida. Sin embargo, permanece firme, encuentra su contentamiento en que el Señor está con él y aprueba su camino, y está seguro de que estará del lado del Señor y vencerá, aunque todo el mundo se le oponga.
También nosotros debemos valernos de este consuelo, para aprender a hacer de la puerta estrecha y del camino angosto un amplio espacio, y de la pequeña compañía una gran multitud, de modo que no nos quedemos mirando fijamente lo que vemos, sino que por la fe y la palabra miremos lo invisible, a saber, que Cristo mismo y todo el ejército celestial están conmigo, y han ido por el mismo camino, y en un hermoso y largo cortejo me han precedido al cielo, y que toda la cristiandad hasta el último día sigue viajando por el mismo camino. Porque donde él va y permanece, allí tienen que ir y permanecer todos. Así nuestro camino se vuelve ligero y fácil, de modo que pasamos con confianza; como Cristo también invita allí y dice: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga»; como si quisiera decir: No se aflijan por lo que les impongo en el mundo.
Porque es un yugo y una carga para la carne, y se llama camino angosto y puerta estrecha; pero ustedes solo aférrense a mí y yo se lo haré muy fácil y agradable, y les daré tanta fuerza que podrán andar fácilmente ese camino; y no solo eso, sino que experimentarán que se les hará amable y dulce.
Porque esto es ciertamente verdad, si miramos bien ambos lados: que los creyentes llevan ventaja, de modo que no deberían cambiar de buena gana con los impíos. Aunque estos vivan en el lujo y aquellos tengan que sufrir mucho, estos se afligen y se preocupan diez veces más que nosotros, con su odio venenoso e inquieto, y con tantos planes infructuosos de cómo podrían hacernos daño, y toda clase de prácticas y artimañas malas, con las que se incriminan a sí mismos, de modo que aun así no tienen buena conciencia ni una hora verdaderamente alegre, y son su propio diablo aquí sobre la tierra; y sin embargo no logran con ello contra nosotros más que ensuciarnos y oprimirnos algo, en cuanto Dios se lo permite.
Pero los que creen en Cristo no necesitan estos cuidados y aflicciones, y pueden tener con todo un corazón y una conciencia alegres. Aunque estemos algo angustiados y el diablo nos moleste, él tiene que volver a abstenerse, y somos refrescados por la palabra, de modo que nuestra carga y angustia se vuelven dulces y tenemos solo la mitad del tormento, exteriormente en el hombre exterior; pero ellos son doblemente atormentados por el diablo, tienen su infierno tanto aquí como allá, con perpetuo tormento e inquietud de conciencia, de homicidio y de sangre, de modo que no pueden tener pensamientos alegres y buenos hacia Dios, aunque exteriormente tengan un poco de gozo y placer. Así se les paga como merecen, como dice la Escritura: Duplici contritione conteres eos Domine: «Quebrántalos, Señor, con doble quebrantamiento».
Mira, así quiere el Señor con toda fidelidad advertirnos y consolarnos, para que no nos importe que nuestra vida se amargue, y que tengamos que ver y sentir tanto disgusto en el mundo, porque, si lo miramos bien, solo está amargada a medias, y por medio de Cristo, en quien creemos, todo en nuestro corazón se vuelve dulce y conduce a la vida y al gozo eterno. ¿Qué daño hace entonces que el viejo Adán se preocupe algo por ello?
Mateo 7:15
V.15. Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.
Hasta aquí el Señor ha presentado correctamente tanto la doctrina como la vida, y ha advertido contra lo que se les opone y que daña o estorba. Además de eso, añade ahora también una advertencia, para que nos guardemos de que, mientras todo está recto tanto en la doctrina como en la práctica, surjan en secreto entre nosotros maestros que, bajo el nombre y la apariencia de predicadores genuinos y de los evangelios, introduzcan algo distinto y pervirtan y arruinen tanto la doctrina como la vida.
Porque no puede ser de otra manera sino que la enseñanza verdadera y pura del evangelio sea atacada por todas partes por el diablo de toda clase de maneras, tanto externa como internamente, como Cristo enseñó desde el comienzo de este sermón: que el que quiera ser cristiano debe considerar esto; que tendrá como enemigos, primero, a los que están fuera de la cristiandad, que se le opondrán, lo odiarán y le harán daño, golpeándolo y estrangulándolo, o al menos injuriándolo, maldiciéndolo y condenándolo; y es cosa segura que el que no tiene quien lo odie, injurie y persiga no es cristiano, o al menos no ha probado todavía su cristianismo con obra y confesión externas. Porque, en cuanto hace profesión, el mundo se vuelve su enemigo, y si puede, ciertamente lo matará por ello. Estos son enemigos abiertos y de fuera de la cristiandad, que todos pueden ver y sentir fácilmente.
Pero además de estos (quiere decir Cristo aquí), tendrán otra clase de enemigos que no están fuera y niegan la doctrina, sino que crecen entre ustedes, llevan y se jactan de su nombre; estos, ante todo, hacen el gran daño. Porque los otros, aunque hagan gran alboroto, no pueden hacer más que tomar cuerpo y bienes; pero mi corazón y mi fe no pueden quitármelos por la fuerza. Pero estos no van tras el cuerpo y los bienes, sino que me dejan conservar lo que tengo; astutamente alargan la mano hacia la doctrina, para sacar de mi corazón el tesoro mismo, a saber, la querida palabra, por causa de la cual sufrimos persecución de parte de aquellos enemigos. Es ciertamente un asunto lamentable que los que se llaman nuestros hermanos, y profesan también la doctrina cristiana, se levanten contra nosotros y bajo el mismo nombre echen a un lado la doctrina verdadera e introduzcan otra; como San Pablo advierte también a los efesios y predice (Hch 20): «De entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas», etc. Eso es (digo) especialmente lamentable: que lo hagan los que están entre nosotros y son de los nuestros, a quienes tenemos por rectos, y contra quienes no podemos protegernos hasta que han comenzado a hacer daño.
Esta es la persecución en la cristiandad que fue predicha a lo largo de las Escrituras, y ha durado de hecho desde el principio del mundo. Porque así sucedió con Moisés entre su pueblo, sí, con Jacob, Isaac y Abraham en sus familias, y con Adán, que solo tuvo dos hijos, y sin embargo uno de ellos tuvo que instigar la maldad.
Y pienso que ya hemos tenido suficiente experiencia de ello nosotros mismos. ¿Cuántos hubo que al principio estuvieron con nosotros y comenzaron a seguir el evangelio contra el papa, de modo que parecía que íbamos a tener a todo el mundo con nosotros? Pero justo cuando estábamos por arrollarlo todo, los nuestros se ponen a la obra y nos hacen más daño que el que habrían podido hacernos todos los príncipes, reyes y emperadores. Bien, ¿qué haremos al respecto?
Nos hacen gran daño, y además fortalecen contra nosotros a nuestros enemigos, que gritan: Ahí se puede ver cuál es nuestra enseñanza, pues no somos uno entre nosotros, y el Espíritu Santo no puede estar con nosotros, puesto que nosotros mismos nos perseguimos, maltratamos e injuriamos unos a otros, etc. Tenemos que soportar esto: que los enemigos se fortalezcan con este escándalo, y nosotros seamos debilitados e injuriados, y así tengamos en contra a la vez a nuestros enemigos y a nuestros hermanos, de modo que de hecho no hay mayor tribulación en la cristiandad, en cuanto a lo externo, por lo que toca a nuestra enseñanza.
Puesto que ahora debemos esperar siempre esto, y no podemos evitarlo, Cristo nos da junto con este sermón un consuelo y una advertencia. El consuelo es que no debemos alarmarnos ni angustiarnos hasta la muerte por esta miserable tribulación, tal como la vemos y sentimos, de que los que confesamos la palabra de Dios no somos uno entre nosotros; sino que, enseñados por su palabra, digamos así en respuesta: Eso lo sabía muy bien de antemano, cuando quise ser cristiano, que sería tal como mi Señor Cristo predijo de antemano, que tendría dos clases de enemigos, tanto de fuera como de dentro, de mis más queridos amigos y hermanos. Por tanto, esto no me asustará ni me hará apostatar de la doctrina, como si fuera falsa por el hecho de que se me opongan los que han sido mis hermanos. Pues Cristo mismo tuvo consigo a Judas, su traidor, y lo que enseñó e hizo no era falso ni erróneo porque su discípulo más querido lo abandonara e hiciera el daño. Por tanto, no debemos hacer caso de nuestros Judas.
Pero la advertencia es que ciertamente debemos esperar esto y cuidar diligentemente y estar en guardia para que estos partidos no nos engañen, sino que debemos armarnos contra ellos y aprender a conocerlos. Porque al decir:
Guardaos, quiere enseñar que no debemos ser dóciles ni impacientes, sino abrir los ojos, estar despiertos, cautos y sabios. Porque contra aquellos enemigos externos no necesitamos nada más que paciencia, para sufrir lo que nos impongan y mantenernos firmes; pero aquí no sirve sufrir ni ceder, sino guardarse y ver que no confíe ni una palabra, ni siquiera a mi hermano, en confianza, sino mirar con ojos agudos y despiertos solo la palabra, y no fiarme de ningún hombre que ahora está conmigo, que hoy puede predicar conmigo pero mañana quizá contra mí. Y nadie debe creerse seguro, como si no necesitara esta exhortación. Porque es una tentación tan peligrosa y sutil que aun los más espirituales tienen bastante trabajo para no ser engañados por ella. Pero los demás, que están seguros y descuidados, no pueden en absoluto impedir ser extraviados. Por eso no sin razón añade la palabra: Guardaos. Porque la apariencia y el nombre son demasiado atractivos, de modo que nadie puede reconocerlo (como oiremos) si no tiene el recto entendimiento de la palabra de Dios, y además le presta atención con toda diligencia y hace de su mayor cuidado mantenerla pura y sin mezcla.
Porque mira cómo los describe, a los falsos maestros, según su aspecto y apariencia. En primer lugar da el nombre: que se llaman y son profetas, es decir, maestros y predicadores; y se enorgullecen de que no se les llame ni considere de otro modo, tienen el mismo oficio ministerial, las mismas Escrituras y el mismo Dios del que se jactan como los otros; y sin embargo son falsos profetas. Porque habla aquí de los que predican en virtud de su oficio. Pues los otros, que obran sin autoridad oficial, no merecen llamarse falsos profetas, sino vagabundos y bribones, que deben ser entregados a la plebe y no han de ser tolerados (aunque enseñen rectamente) cuando quieren inmiscuirse en el oficio y ámbito de otros, violando el orden establecido; o deslizarse en secreto y como ladrones en rincones donde nadie sin autorización debe ofrecer un sermón propio, o insinuarse, aunque oiga y sepa que la predicación pública es falsa, pues él no es responsable de eso. Porque Dios estableció este oficio, como otros, de modo que no hemos de obrar contra él; pero el que no lo desempeña rectamente tendrá que responder por sí mismo, y ciertamente hallará a su juez.
En segundo lugar, dice, que vienen con vestidos de ovejas, de modo que no se les puede culpar ni distinguirlos exteriormente de los otros predicadores verdaderos.
Estas dos cosas son las que hacen daño: que ocupan el oficio verdadero, y además vienen con un atuendo y una apariencia tan hermosos que no se puede decir otra cosa sino que son predicadores verdaderos y piadosos, que buscan el bien de todos; como lo profesan encantadoramente, y pueden jurarlo, manejando solo el nombre y la palabra de Dios. Esto se propaga muy rápidamente y arrastra violentamente a la gente, como una riada, de modo que no se le puede resistir. Porque ¿quién hay entre la plebe que pueda o se atreva a oponerse a estos y reprenderlos? Sí, ¿quién sabe cómo guardarse de ellos, puesto que vienen con el nombre y la palabra de Dios (como se jactan)?
Pero Cristo nos advierte con esto contra ambas cosas, para que no nos dejemos influir por el hecho de que ocupen el oficio, aunque esto es necesario y pertenece a un predicador; pero nadie tiene por ello la seguridad de que deba creerle, como si en el oficio no pudiera ser un canalla; como no es raro en el mundo que en todos los oficios y estamentos haya muchos bribones y gente baja que abusan de su posición. Pueden llamarse profetas, en efecto (dice Cristo); pero guárdense, y velen para que no sean falsos profetas. Del mismo modo, no se dejen extraviar si vienen con vestidos de ovejas, con el precioso nombre y apariencia. Porque aquí se les dice que bajo eso puede haber oculto un lobo rapaz. Por tanto, guárdense de nuevo de que el vestido de oveja no los engañe. Porque todos ellos tienen que llevar esa hermosa cubierta y apariencia si han de engañar a la gente.
Y esta es justamente la diferencia entre estos enemigos secretos y los otros abiertos. Porque estos últimos se lanzan entre nosotros abiertamente, de modo que todos los conocen fácilmente; pero estos vienen entre nosotros en el mismo oficio que tenemos, emplean también las mismas Escrituras y palabras por las apariencias; pero vienen (dice Cristo) por cuenta propia; es decir, aunque tienen el oficio, traen sin embargo la palabra y la doctrina que Dios no les ha confiado, ni los envió para eso, sino sus propios sueños y doctrina del diablo, adornada con el nombre de Dios. Por eso estén especialmente advertidos contra el vestido de oveja, de modo que no confíen en nadie, por más ostentación que haga, sino miren solo la palabra, si la maneja rectamente o si bajo su cubierta vende sus propias mercancías.
Mira, si aceptáramos ahora esta advertencia y nos reguláramos según las palabras de Cristo, podríamos guardarnos fácilmente de todos los falsos profetas y predicadores. Pero que se multipliquen tan rápidamente se debe a que nosotros, que oímos el verdadero evangelio, no lo aceptamos con seriedad, no cuidamos de tenerlo y sostenerlo de verdad; avanzamos de manera tan soñolienta y perezosa, como si no pudiéramos extraviarnos. Esa es la razón por la que somos engañados por esta excelente ostentación y apariencia antes de darnos cuenta. Porque en cuanto viene otro maestro nuevo y comienza, se olvida la palabra: attendite, guardaos, con la que deberíamos estar equipados, y deberíamos oír a cada uno como si no lo oyéramos, sino mirando y atendiendo solo a la palabra. Son espíritus frívolos e inconstantes los que solo miran la boca de los predicadores y corren de pronto tras ellos, por una curiosidad que los hace ansiosos de novedades, de modo que piensan: Ah, a aquel ya lo oí, ahora tengo que oír también a este, es un hombre fino, docto, santo, etc. Ahí el diablo ya ha ganado terreno, y los ha enredado antes de que se den cuenta, los empuja y conduce como quiere, de una conspiración a otra; como dice San Pablo de estos (Ef 4:14) que son como una caña, sacudidos de aquí para allá y llevados por doquiera de todo viento de doctrina. Si hoy o mañana aparece algún otro, corren tras él y lo escuchan.
La razón es que no tienen en su corazón ningún entendimiento cierto de la palabra de Dios, y además hacen poco caso del evangelio; piensan que, si lo han oído una o dos veces, ya lo conocen y ahora lo tienen todo: pronto se cansan de él, abren los ojos y los oídos si viene alguien que trae algo nuevo; y les ocurre como a Adán y Eva, extraviados por la serpiente; quienes contemplaron el árbol prohibido e imaginaron estos hermosos pensamientos contra la palabra de Dios: ¿Por qué no habríamos de comer justamente de este árbol?, porque, ansiosos y curiosos así, se cansaron de todos los demás árboles de todo el Paraíso y miraron solo este, etc.
Pero si el evangelio fuera para nosotros un asunto serio, y viviéramos con cuidado para mantener el tesoro puro y limpio, no seríamos engañados tan fácilmente. Porque espero ciertamente que ningún espíritu faccioso me derribe tan fácilmente, porque sé que el evangelio es verdadero, y no quisiera perderlo. Pero si viene alguien con hermosos vestidos de oveja, no miraré su máscara, como si quisiera oír algo distinto o nuevo, sino si concuerda con mi evangelio. Si no, entonces, gracias a Dios, tengo plena certeza de que es un falso profeta y un lobo rapaz bajo su vestido de oveja.
Así, los espíritus diabólicos tienen la doble ventaja de que nosotros somos gente tan descuidada, confiada y frívola, y de que ellos pueden adornarse con la hermosa lana de las ovejas. Porque por vestido de oveja no entiende la mala conducta y el pecado grosero, como el de los paganos y la gente no cristiana; sino el excelente nombre y reputación de verdaderos cristianos, que tienen el santo bautismo, el sacramento, a Cristo y todo lo que pertenece a Cristo. Todo esto tienen que traerlo consigo. Porque nadie debe venir y decir: Esto digo yo; sino así:
Queridos amigos, esto dice Cristo, aquí tienen la palabra de Dios y las Escrituras, esto deben creer, si quieren ser salvos; el que enseña otra cosa los engaña, etc.; se valen del precioso nombre de Cristo y de Dios, y de las terribles y grandes palabras: honra de Dios, verdad, salvación eterna, y cualesquiera otras palabras como estas que a ello pertenecen. Si alguien oye ahora estas excelentes palabras, y se le exhorta tan seriamente en vista de la salvación y perdición de su alma, se alarma y se rinde enseguida, si no está bien provisto y decidido contra ello. Porque corta como una navaja afilada, y atraviesa cuerpo y alma. Eso es parte del vestido de oveja.
Además, se adornan con obras y modos admirables, andan con túnicas grises, ponen cara sombría y llevan una vida dura y estricta con ayunos, mortificaciones del cuerpo, duros lechos, etc., y no viven en absoluto como otra gente común. Eso causa de nuevo gran impresión y cautiva admirablemente a la gente, de modo que caen en multitudes; y un canalla así con un solo sermón puede extraviar a toda una ciudad que ha tenido la palabra de Dios por mucho tiempo, y hacerle olvidar en una hora lo que ha oído durante diez años; de modo que aun yo, si quisiera, emprendería fácilmente, en dos o tres sermones, hacer volver a mi gente al papado con mi predicación, y organizar nuevas peregrinaciones y misas, mediante esta ostentación y esta santidad especial. Porque la plebe, como se dijo, es fácilmente persuadida con ello, y en todo caso es curiosa y ansiosa de oír lo nuevo.
Mira, así tienen que adornarse, tanto en la doctrina como en la práctica, de modo que emplean las mismas palabras que oímos, y junto con esto llevan una vida hermosa y atractiva; como ahora nuestros sectarios anabaptistas extravían de hecho a mucha gente gritando que no tenemos el verdadero evangelio, porque se ve que no da fruto y la gente sigue siendo mala, soberbia, avara, etc.; que tiene que haber algo más que la mera palabra y la letra: el Espíritu debe hacerlo, y ellos deben esforzarse honradamente por vivir mejor; si fuera la palabra de Dios, ciertamente produciría también fruto. Luego siguen y dicen que ellos tienen el verdadero entendimiento, y los frutos y la vida correctos. Si un hombre sencillo e inexperto oye esto, dice: ¡Ah, es verdad de veras! y se deja llevar así por las palabras seductoras: Espíritu, y frutos del Espíritu. Luego van más lejos y dicen: El que quiere ser cristiano no debe participar en la autoridad civil, ni llevar espada, ni tener nada propio, como es entre nosotros; sino que es verdadero cristiano el que lo prueba con sus obras, lo abandona todo, no acepta ninguna autoridad ni gobierno secular; se viste de túnica gris; sufre hambre y pesar, etc. A esto llaman frutos del Espíritu. Mira, esto no es sino vestido de oveja; con esto arrastran multitudes de pobre gente.
¿Quién puede ahora reconocer al lobo bajo esto y guardarse de él?
Respuesta: No conozco otro consejo sino, como he dicho, que cada uno vea primero que esté seguro de su causa y de la doctrina, y la tenga tan asentada en su corazón que pueda mantenerse en la doctrina aunque vea a todos en la tierra enseñando y viviendo de otro modo. Porque el que quiere andar con seguridad no debe mirar en absoluto ninguna marca externa en la cristiandad ni moldear su curso según ellas, sino que debe mirar solo a la palabra, que muestra la verdadera manera de vivir que vale ante Dios. Como, por ejemplo, el tema principal y la suma de la doctrina cristiana es este: que Dios ha enviado y dado a su Hijo, Cristo, y solo por medio de él nos perdona todos nuestros pecados, nos justifica y nos salva. A eso debes aferrarte, y a nada más. Entonces, si miras a tu alrededor, verás una gran variedad de personalidades y modos de vida distintos: que uno es hombre, mujer, amo, siervo, príncipe, súbdito, rico, pobre, representando las diversas vocaciones u oficios que hay en el mundo, y todos tan mezclados que no veo en ninguno nada de apariencia peculiar. Pero como estoy así asentado en mi mente, y conozco ese tema principal en el que tengo todo resumido, mi corazón concluye así: Supongamos que veo a un marido o a una muchacha, a un amo o a un siervo, a un docto o a un laico, vestido de gris o de rojo, ayunando o comiendo, con gesto grave o riendo; ¿qué tengo yo que ver con eso? En suma, cualquiera que sea esa diferencia que veo en ellos, todo me da igual. Porque entiendo esto: que una criada con vestido rojo, o un príncipe con su vestidura dorada, puede ser tan buen cristiano como un mendigo con túnica gris o un monje con camisa de lana o de cilicio; y con tal entendimiento estoy seguro contra toda clase de máscaras externas.
Pero el que no sostiene esta verdad principal, ni sabe regularlo todo por ella, no puede evitar ser engañado por estas máscaras, cuando ve a uno feliz con su esposa e hijos, o espléndida y ricamente vestido, etc., y a otro con aire recatado, ayunando mucho, descalzo y con cogulla gris, y concluye enseguida: ¡Ah, este es un hombre santo! los otros no valen nada; y así sigue boquiabierto tras las máscaras, malhumorado; no es lo bastante listo para decir: ¿No podrá haber un bribón escondido bajo la túnica gris? como un cristiano puede concluir y decir: Querido monje, si llevas tu túnica gris no por necesidad, sino con la idea peculiar de que los demás te tengan por algo especial, entonces eres un desesperado y doble canalla, que hace que la gente se quede boquiabierta con tu santidad fingida; de otro modo tendrías que decir: Si un labrador que está arando o abonando su campo es tan buen cristiano como yo, y llegará al cielo, ¿qué quiero yo con mi manera peculiar de vivir?
Pero, como he dicho, la gran masa común anhela estas máscaras que les llenan los ojos y hacen una exhibición especial, de modo que no sirve de nada predicar largamente contra ellas. Y además somos por naturaleza inclinados a esta doctrina y a estas obras. Porque es muy grata a la razón, que siempre quiere tratar con Dios por medio de sus propias obras. Así sucede que el diablo, por medio de estos maestros, empuja y agita hasta que nos ha persuadido del todo.
Pero nosotros, que queremos andar con seguridad, debemos antes que nada ver, como siempre he enseñado, que estemos firmemente arraigados en nuestro punto principal, acerca de Cristo; entonces podemos juzgar correctamente sobre todas las máscaras y modas externas, y el Espíritu nos enseñará y guiará debidamente. Así cada uno hallará suficientes buenas obras verdaderas que hacer en su vocación, si quiere ser piadoso, de modo que no necesite buscar nada especial.
Porque, ¿eres príncipe, juez, marido, siervo, criada, etc., y has de ejercitar y probar tu fe, ocupar debidamente tu lugar y vocación y hacer lo que es justo? Entonces ciertamente tendrás tanto que hacer y en qué trabajar que ningún cartujo tendrá una regla más dura de cumplir que la tuya. Porque ¿qué gran trabajo y dura labor es para él llevar una túnica gris o capucha, o andar con zuecos, o mortificar un poco su cuerpo, si es algo estricto, y con todo eso vivir sin cuidado ni preocupación, y tener bastante para glotonear y beber a saciedad?
Pero este otro tiene que comer su pan de cada día con el sudor de su rostro y con dura labor, y tiene que dejar que no solo su cuerpo sino más bien su corazón sea atormentado por el mundo malo y por sus prójimos, y esperar y soportar toda desgracia, discordia y aflicción; de modo que la vocación de un verdadero ciudadano, conducida de manera cristiana, es más que una orden cartuja multiplicada por diez; solo que no hace exhibición, como el monje, que lleva capucha, está separado de la gente, etc.; y sin embargo, si abrimos los ojos y comparamos bien las dos, hasta la razón tiene que llegar a la misma conclusión. Así también un príncipe, aunque lleve cadenas de oro y un manto de piel de marta, si es piadoso es, bajo el manto de marta, un hombre tan atormentado y miserable que no se hallará su igual en ningún monasterio. Recorre así todos los oficios y vocaciones. Si hallas un hombre o una mujer piadosos, no necesitas buscar allí un monje o una monja; porque él o ella ya es monje o monja de sobra, y vive en una orden más dura que todos los que llevan capucha y tonsura; sí, ante Dios todo es tontería en todos los monjes y ermitaños, en contraste con un hijo, siervo o criada piadosos que cumplen obedientemente con su deber. Haz solamente lo que debe hacer un hombre o una mujer piadosos, y ahí tienes una regla más difícil de seguir que las reglas, capuchas y tonsuras de San Francisco y de todos los monjes, que cubren más bien a un canalla que a un cristiano piadoso.
Pero la razón soberbia no quiere mirar esto, sino que lo desprecia y piensa: ¡Ah, eso es cosa común, que todos pueden tener en casa! se queda boquiabierta tras algo distinto que sea extraño y raro, mira con asombro, sigue el continuo griterío; todo lo cual es pura falsa apariencia, con la que vienen y así adornan su frívola manera de vivir como para despreciar todo lo demás que son ordenanzas y vocaciones de Dios, como si no valieran nada. Pero todo se debe a que no tomamos la palabra de Dios con verdadera seriedad, pues si no, diríamos pronto: Que vengan los cartujos, y los anabaptistas, el mismo diablo o su madre; no podrían hacer mejores vocaciones ni modos de vida que los que Dios ha hecho.
Por eso debemos tener por excelente, alta y divina toda vocación, sea la de un marido piadoso, un siervo, una criada o un obrero fiel, y así podríamos juzgar rectamente según la palabra acerca de todas las obras y vocaciones, y cada uno podría enseñar y vivir rectamente, y todo marcharía espléndidamente. Esas serían las vocaciones correctas, las que Dios ha ordenado y establecido, y que él aprueba; y si Dios nos concediera lograr que una ciudad tuviera muchos de estos ciudadanos, mujeres, hijos, amos, siervos y criadas piadosos, tendríamos el cielo sobre la tierra, y no necesitaríamos monasterios, ni tendríamos necesidad de ayunar, ni de orar y cantar todo el día en las iglesias, sino simplemente de hacer lo que sus diversos oficios y vocaciones requieren.
Así ves cuáles son los vestidos de oveja con los que hacen que la gente se quede boquiabierta. Pero ¿qué son por dentro y en realidad? Nada más (dice Cristo) que lobos rapaces. Eso es lo que buscan, los desesperados bribones: que con una hermosa apariencia de doctrina y de vida puedan arruinar y destruir almas. No externamente, como los tiranos y perseguidores, que destruyen la vida y los bienes; tampoco como los predicadores que predican públicamente contra nosotros y condenan nuestra doctrina, etc.; sino por dentro, arrancando en secreto el tesoro de nuestro corazón, que ha llegado a ser el trono o reino y morada de Dios. Es decir, toda su canallería, que adornan así con doctrina y vida, apunta a destruir la fe y el artículo fundamental acerca de Cristo; como ahora los anabaptistas llevan externamente nuestro nombre, y reconocen incluso que tenemos el evangelio, con la palabra y la predicación; pero no sigue (dicen) ningún fruto. Justo con esta palabra: Ningún fruto, desvían la atención de la gente de la fe a las obras, y echan a un lado lo principal, que es la fe en Cristo, y nos apartan para que miremos solo los frutos; si estos aparecen, entonces es el verdadero evangelio, y viceversa; y toda su enseñanza no es otra cosa sino que uno debe hacer todo lo posible y hacer exhibición con los frutos, no tener propiedad privada, abandonarlo todo, etc.; recaer de nuevo en sus obras, y poner su confianza en ellas, para ser salvos así. Y lo peor es que no enseñan los verdaderos frutos, que el evangelio enseña y exige después de la fe, sino lo que sueñan e imaginan; no dicen nada sobre cómo cada uno ha de seguir su vocación debida y fielmente, y permanecer en ella, sino justo lo contrario; apartan a la gente de estas vocaciones, les enseñan a abandonarlas como mundanas y a huir de ellas, y a mirar algo peculiar; ponen cara sombría, viven con severidad, dejan de comer, beber y vestirse como los demás, se dejan torturar y matar voluntariamente y cuando no se requiere. De otro modo (dicen) el evangelio no da fruto en ti, y todavía no eres cristiano, aunque hace mucho que creas, etc.
Y estos sueños suyos los adornan con las Escrituras y citas del evangelio, aunque Cristo nunca enseñó ni exigió esto, ni con palabra ni con ejemplo: que hayamos de huir de la comunidad, abandonarlo todo, no tener nada propio, salvo cuando se vuelve necesario que o hagamos esto o abandonemos su palabra. Por eso no deben abandonar estas cosas antes de que él se lo ordene, o de que se vean forzados a hacerlo. Si se llega a eso, entonces digan: Antes que abandonar a Cristo y el evangelio, que se vayan esposa, hijo, cuerpo y bienes, sol, luna y todas las criaturas. Pero fuera de la necesidad tienen el mandamiento de Dios de que han de amar a su prójimo, servirle y ayudarle con cuerpo y bienes, y de igual modo amar y gobernar a su esposa, hijo y servidumbre, no huir de ellos ni abandonarlos, como hacen estos [fanáticos], contra la palabra y ordenanza de Dios, del todo sin necesidad, y sin embargo quieren jactarse de los grandes frutos del evangelio, como santos especiales.
Aprendan así a reconocer a estos espíritus, que bajo el vestido de oveja devoran por dentro, y quitan la fe, los apartan de Cristo para devolverlos a sí mismos, y llaman a esto frutos del evangelio, que ellos mismos imaginan, con lo cual destruyen los verdaderos frutos. Eso son estos lobos rapaces con vestidos de ovejas que siempre han estado dañando a la cristiandad. Hasta ahora se han llamado monjes; ahora son anabaptistas, como una nueva clase de monjes; en los tiempos antiguos eran pelagianos, ismaelitas, esaucitas, cananeos.
Porque esta fe ha continuado desde el principio del mundo; y aunque estos anabaptistas se aparten del camino, ciertamente vendrán otros.
En suma, la monjería durará mientras el mundo permanezca, aunque con otros nombres y métodos nuevos. Porque todos los que se dedican a inventar algo peculiar, más allá de la fe y de las vocaciones ordinarias, estos son y siguen siendo monjes, aunque no usen la misma clase de estilo, vestido o métodos. Es verdad que podemos guardarnos fácilmente de estos que andan con capucha y tonsura; pues ya están suficientemente marcados, de modo que todos los conocen. Pero guárdense de los nuevos monjes, que no llevan capuchas, pero sin embargo empiezan otras nociones extrañas, aparentan gran devoción y santidad, con aire recatado, túnicas grises y un modo de vida estricto; dicen que no se debe llevar raso ni seda, ropa roja ni de colores, tal como también enseñaron aquellos monjes, de modo que sigue siendo monjería igualmente, solo que con otra máscara. Por eso los artistas han dado exactamente en el clavo cuando pintan al diablo con capucha de monje y con sus garras de diablo asomando por debajo. Porque él no ha hecho otra cosa desde el principio del mundo que extraviar al mundo con la monjería.
Mateo 7:16-20
V.16-20. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis.
Puesto que el Señor Cristo ha advertido a sus seguidores que se mantengan firmes en su doctrina y se guarden de ser extraviados por otros que bajo vestido de oveja son lobos rapaces, les instruye ahora también, como advertencia adicional, cómo han de reconocerlos por sus frutos, y usa una ilustración con palabras sencillas y llanas que hasta un niño puede entender. Porque nadie es tan simple que no sepa que un zarzal no da higos ni uvas, etc. Pero por sencillas que sean las palabras, nadie ve cuánto significan si no considera diligentemente la palabra de Dios. Pero todo depende de que entendamos qué quiere decir con un árbol o fruto bueno o malo. Porque fácilmente se dice: Esto es una higuera o un cardo, una buena manzana o una agria ciruela silvestre, y con los ojos y la razón se puede ver y entender fácilmente; pero como Cristo lo usa aquí, no hay otro modo de explicarlo que por comprensión espiritual, según la palabra de Dios. Porque oímos antes cómo estos mismos falsos maestros emplean tales apariencias y palabras suaves que la razón no puede juzgarlas ni guardarse de ellas. Sí, es precisamente esa clase de doctrina y de vida la que brota de la razón y le conviene, y nos agrada naturalmente, porque enseña acerca de nuestro propio hacer y obrar, que entendemos y podemos hacer.
Por buen árbol que da buenos frutos se entiende, en suma, el que vive y conduce su andar y conversación conforme a la palabra de Dios, pura y simple. Porque quiere hablar más adelante también de muchos que han oído la palabra de Dios, y dicen también: Señor, Señor, y además han hecho muchas obras maravillosas, y sin embargo son falsos e hipócritas. Por eso debemos aquí acallar por completo a la razón y seguir solo la palabra de Dios, y luego inferir, si queremos juzgar acerca de la vida y las obras, para que sepamos lo que la palabra de Dios llama un buen árbol o buenos frutos. Porque esto es demasiado para la razón (como dije): si ve a un hombre que no lleva sino una túnica gris, ayuna cada semana, como el fariseo del evangelio, sí, que además hace obras maravillosas y milagros, que no sea un buen árbol con buenos frutos. Porque no puede mirar más alto, ni pensar y entender mejor, y queda mal atrapada por ello, de modo que concluye que el que lleva una vida distinta de la de otras personas tiene que ser un hombre peculiar y santo; no ve, la necia ciega, que estas obras están todavía muy, muy lejos de la palabra de Dios.
Y si ahora preguntas: ¿De dónde sabes que estas obras son tan preciosas como dices?, no puede dar otra respuesta que: Yo pienso que sí. ¡Ahí, vete a los perros con tu pensar, si he de confiar en ello la salvación de mi alma! La regla es: debes saber, y no imaginar ni pensar, y debes tener una base y evidencia seguras de la palabra de Dios, de modo que él quede satisfecho, y puedas decir: La obra está bien hecha, la vocación agrada a Dios, eso lo sé; no según mi propia luz o estrella, de modo que me parezca buena o mala; sino que eso lo decide la palabra y el mandamiento de Dios. No me parece que un marido, o una esposa, o un príncipe, o un juez sea tan santo como uno que se mete en rincones o se va al desierto; pero no sirve decidir según mi pensar; y aunque alguien exorcizara demonios e hiciera todos los milagros que hicieron los apóstoles, preferiría ser siervo de un zapatero o lavaplatos según la palabra de Dios, y consideraré esta vocación superior a tu pensar, aunque pudieras resucitar a los muertos. Por tanto, aférrate a que dar buenos frutos significa esa clase de vida y buenas obras que están en la línea de la palabra y el mandamiento de Dios.
Así, estas palabras, por sus frutos los conoceréis, se dan como una señal y se ponen como un signo por el cual se los puede juzgar y reconocer. Si somos engañados, no es culpa de nadie sino nuestra. Porque no nos ha dejado en duda, sino que ha trazado el cuadro claro y distinto. Si no pueden juzgarlos (dice) a causa de su vestido de oveja, entonces observen sus frutos y obras, si son rectos y buenos.
Sí (dices), ¿cómo he de reconocerlos? Ellos mismos pueden ser engañosos. Respuesta: Ciertamente sabes cuáles son los mandamientos de Dios; entonces mira si concuerdan con ellos. Porque te garantizo con seguridad que ningún espíritu capcioso vendrá sin dejarlo perfectamente claro y sin dejar tras sí un hedor por el que se vea que el diablo ha estado allí; y nunca ha aparecido todavía una falsa doctrina o herejía sin traer consigo la marca característica que él indica aquí: que ha propuesto otras obras que las que Dios ha mandado y ordenado. Que el mundo sea ahora extraviado se debe enteramente a que sigue a la razón salvaje y descuida la palabra de Dios, sin prestar atención a lo que él manda y quedándose boquiabierto tras los aparentadores, con tal que vea algo extraño.
El que quiera juzgar rectamente aquí, que haga como Cristo enseña, y ponga ante sí sus obras y frutos, y los contraste con la palabra o mandamiento de Dios, y pronto verá cómo coinciden. Mira al más santo monje cartujo con su orden estricta, y por otra parte a San Pablo con los diez mandamientos, y verás que San Pablo predica en este estilo: Si tienes a Cristo por la fe, entonces que cada uno sea obediente y sujeto a las autoridades, y ejerza el amor unos hacia otros en todas las vocaciones. Mira, ahí tienes un verdadero espejo de una vida cristiana, según el mandamiento y ordenanza de Dios. En contraste con esto viene ese espíritu faccioso y dice: ¡Oh, eso no vale nada! Hay muchas malas personas en las [diversas] vocaciones, y todo es cosa mundana, etc.; ah, debemos buscar algo mejor. Así sigue adelante y hace algo peculiar y raro, viene desfilando con capucha o túnica gris; eso tiene que ser ahora una vida grande y una vocación perfecta.
Pero si estás firmemente arraigado en la palabra de Dios, pronto podrás juzgar y decir:
¿Dónde te ha mandado Dios adquirir vocaciones y obras especiales en oposición a las vocaciones comunes que él ha ordenado? Sé muy bien que hay muchos malos y personas piadosas en todas las vocaciones; pero ¿qué me importa a mí cómo abusan de ellas? Yo me atendré a la palabra que me enseña que tales vocaciones son buenas, aunque haya en ellas gente mala. Eso es lo que miro y por lo que me regulo; y como la vocación es buena, las obras y frutos, realizados según la palabra de Dios, tal como la vocación lo exige, también deben ser rectos y buenos. Pero como tu vocación no tiene palabra de Dios que la respalde, las obras hechas en ella no pueden ser buenas, y tanto el árbol como el fruto están podridos y no sirven para nada.
Así tienes un juicio seguro, que no puede engañarte, como Cristo te enseña, para conocerlos por sus frutos. Porque yo también he leído acerca de todos los herejes y fanáticos, y he hallado que todos y cada uno de ellos, cada vez, sacaron algo distinto de lo que Dios había ordenado y mandado, uno sobre este tema y otro sobre aquel. Uno prohibió comer toda clase de alimentos; otro, el matrimonio; el tercero denunció la autoridad civil; y cada uno tomó algo peculiar suyo, de modo que todos tienen que andar por esta huella.
Por eso todo consiste (como he dicho) en que uno conozca y sostenga debidamente la definición de lo que Cristo llama buenas obras o frutos, a saber, que una buena obra es la que es ordenada o mandada por la palabra de Dios y está cubierta por ese mandamiento. Como una mujer casada que es piadosa y se comporta rectamente puede decir esto y jactarse de que su vocación es mandada por Dios y tiene la palabra de Dios recta, pura y sin adulterar, y agrada de corazón a Dios. Por tanto, sus obras son todas buenos frutos; de modo que uno ha de juzgar y decidir que una cosa es buena no porque nosotros lo pensemos, sino porque Dios lo dice y la declara buena. Aférrate a esto y no podrás extraviarte como ellos tienen que hacerlo. Porque el juicio se mantiene: que no pueden enseñar ningún fruto propio. Dios piensa también lo mismo acerca de esto, de modo que no tienen que predicar otra cosa que puras charlatanerías inventadas; y, porque desprecian los frutos y obras verdaderos, por no tener ninguna exhibición especial, él también desprecia sus sucias obras que presentan con gran ostentación, y que presumen hacer mejor de lo que él lo ha hecho.
Es un proverbio, inventado por los sacerdotes, y pienso que el mismo diablo se burló de ellos con él: Cuando nuestro Señor Dios hizo un sacerdote, el diablo estaba mirando, y quiso imitarlo, e hizo la tonsura demasiado ancha y salió un monje; por eso son criaturas del diablo. Eso se dice en broma, pero es sin embargo pura verdad. Porque donde el diablo ve que Dios ordena obediencia y amor unos a otros, y constituye una excelente y espiritual asambleíta, no puede abstenerse de edificar su capilla o cervecería al lado de la iglesia, y también luego de enseñar su monjería, pobreza, túnicas grises, etc.; de modo que siempre los monjes son los sacerdotes del diablo; porque predican doctrina de demonios (como Pablo también la llama) elaborada con sus propias imaginaciones, y pretenden ser más sabios que Dios y hacer su obra mejor que él.
Por eso Cristo quiere decir ahora: Si quieren conocerlos y juzgarlos, atiéndanse a la pura palabra de Dios, para que estén seguros de cuáles son los frutos verdaderos y vean cómo concuerdan con ellos: así hallarán ciertamente que enseñan y practican de otro modo que como Dios ha mandado; por eso podrán también probar ciertamente el árbol, que no es bueno; y ellos consideran esto una comparación grosera e infantil. ¿Se pueden recoger uvas de los espinos o higos de los abrojos? Sí, muy bien (piensan), ¿acaso no podemos hacerlo nosotros?
Pues de ellos se puede recoger puro azúcar. Porque estas obras valen, según su noción, mucho más que las que Dios ha ordenado. Pero miren las dos clases de árboles: la vid o la higuera, y en contraste el zarzal o el cardo. Los cardos y espinos también pueden florecer, pero ¿qué clase de fruto producen? En cambio la higuera es un árbol tan sencillo, no se jacta de sus frutos ni de sus hojas, no echa hojas antes de que el fruto esté a mano, sino que, antes de que te des cuenta, produce fruto. Así también la vid: está más completamente desprovista de apariencia y gloria que cualquier otro árbol, mera madera delgada y débil; sin embargo da las uvas más dulces, mejores que cualquier otro cultivo, mientras que otros árboles se ufanan de sus hojas y flores, de modo que uno pensaría que darían puro azúcar; y sin embargo no producen sino esos frutos agrios que no sirven para nada. Así también aquí estos tienen la apariencia y arman alboroto con su jactancia de obras especiales, como si solo ellos las hicieran; y cuando pasa la flor, no hay sino nísperos llenos de huesos, que ni nutren ni alimentan a nadie, o cabezas de cardo que solo pinchan o arañan si uno las toma. Porque si se contrasta con ellos el mandamiento de Dios, si Dios ha mandado y ordenado estas obras, y si se han hecho para el servicio y beneficio del prójimo, se ve que no valen nada y solo estorban las verdaderas buenas obras. En cambio, las otras vocaciones no hacen exhibición, no brillan ni relucen, y sin embargo dan los frutos más finos y mejores, y causan el mayor beneficio sobre la tierra, pero [esto lo hacen] ante Dios, y ante los que son iluminados por ojos espirituales, de modo que pueden mirar y juzgar rectamente el asunto.
Por eso habla ahora así: ¿Se pueden también recoger higos de los espinos? Como si dijera: Puede florecer hermosamente, pero esperen un poco, y vean qué hallarán cuando llegue el tiempo de recoger el fruto. Porque no saldrá de ello nada más que engaño para los que han estado esperando un fruto grande y valioso, y sin embargo no hallan nada con que ellos u otros puedan consolarse o disfrutar; además se hace el daño de que aun la razón más elevada es engañada y extraviada por este fantasma, montado por el diablo, que no tiene la palabra de Dios ni sano entendimiento, sino que sigue su propia noción y devoción y supone que si esto le agrada a ella, también debe agradar a Dios; pero debería volverse al revés, de modo que me alegre de oír lo que a él le agrada, aunque haya cosas molestas en todas las vocaciones de Dios, y además haya en ellas muchas malas personas que dañan estos frutos, como miserables gusanos.
Y concluye esta comparación con un dicho común que le gustaba usar en otros lugares: Todo buen árbol da buenos frutos, y el árbol malo da frutos malos. Pero ¿qué necesidad hay de enseñar esto con tantas palabras? ¿Quién no lo sabe ya? Hasta un ciego podría decirlo por el arbusto; ¿y nos tiene por tan necios que no sepamos esto? Bien, el que lo sabe, que lo sepa; pero nosotros estamos dispuestos a aprenderlo y a seguir siendo discípulos de Cristo. Porque, como se dijo, no es un arte tan fácil decidir respecto de este hacer del que Cristo habla. Pero este dicho sirve para consolar y fortalecer a los que están en aquellas vocaciones que la razón no considera deseables ni respetables, de modo que hay mucho disgusto en ellas y se hace mucho mal en ellas, con lo cual muchos se sobresaltan, de modo que se las considera peligrosas, como si uno no pudiera servir fácilmente a Dios en ellas, etc.; con esto San Agustín se preocupó y atormentó mucho, aun cuando ya era un gran doctor, de modo que habría visto con gusto que todo fuera recto, y separar de las vocaciones lo malo; y los herejes pelagianos le dieron mucho trabajo con este asunto: pues casi todos los herejes han pretendido hacerlo todo perfectamente puro y (perdón por la expresión) lo han ensuciado por completo.
Pero ¿para qué ir lejos a buscarlo? Aquí está admirablemente expuesto, y en pocas palabras: la vocación que Dios ha creado y ordenado, y el hombre que se mueve y vive en esta vocación según la palabra de Dios, no puede producir sino buenos frutos. Con eso puedes consolar tu corazón contra estos pensamientos: ¡Ay, fulano o mengano me ha metido en esta vocación!
¡No hay en ella sino disgusto y trabajo! Esto me ha asaltado a menudo respecto de mi oficio, y todavía lo hace, de modo que, si no fuera por la palabra de Dios, hace mucho que habría renunciado a predicar un sermón, y me habría despedido del mundo, como solían hacer los monjes. Pero esa es obra del mismo diablo, que hace que la vocación de cada uno le sea tan onerosa, y ciega tanto a la razón soberbia que no puede reconocer el oficio y la obra que Dios nos asigna y que le agrada de corazón, y así arruina su propia vocación y frutos. Porque ciertamente sería un buen árbol y una buena vocación; pero la razón no lo ve y se pone en su propia luz, de modo que no puede dar buenos frutos.
Por eso aprende a mirar así tu vocación según este dicho, para que de ahí concluyas: Ahora sé, gracias a Dios, que estoy en una vocación buena y feliz, que agrada a Dios; aunque sea molesta para la carne, tenga mucho trabajo y descontento, todo eso lo soportaré alegremente. Porque aquí tengo el consuelo de que Cristo dice: Todo buen árbol da buenos frutos, en todas las vocaciones comprendidas en la palabra de Dios, aunque sean despreciadas y menospreciadas por el mundo y por los santos especiales. Por otra parte, oigo la decisión de que todo árbol malo da frutos malos: de modo que cuando veo al más santo cartujo, veo un árbol malo y sin valor, aunque haga bella exhibición y no tenga tanta preocupación ni oposición. Porque el diablo no lo amarga ni lo carga como hace con las verdaderas vocaciones divinas. Por eso con esas vocaciones y obras están muy contentos.
Pero tan poco como yo puedo ver en mi vocación que mi fruto es bueno, así de poco puede él ver que su vocación y fruto es malo y sin valor; y este dicho debe invertirse entre ellos, y leerse así: El árbol malo da frutos buenos, y el árbol bueno da frutos malos; de modo que, en suma, aquí la razón no puede juzgar, ni ver la bondad de su vocación y de sus obras, ni derivar de ellas alegría o placer; sino que alaba lo contrario. Porque, si pudiéramos verlo, avanzaríamos en constante gozo, y sufriríamos y soportaríamos con corazón alegre todo lo que Dios nos impone, seguros de que, porque el árbol es bueno, sus frutos también deben ser buenos; de modo que si un piadoso mozo de labranza lleva a acarrear una carreta de estiércol al campo, está llevando una carga de valiosos higos y uvas; pero [esto lo hace] a los ojos de Dios, no a nuestros ojos, que no creemos, por lo cual cada uno se cansa de su vocación y se queda boquiabierto tras otra.
Eso es, pues, lo que Cristo quiere decir cuando concluye tan francamente y sin rodeos:
El buen árbol da buen fruto, y lo contrario; y, para hacerlo aún más fuerte, añade con aparente superfluidad, y dice: No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. ¿Cómo? ¿No puede un siervo o una criada ser un canalla? ¿No puede un hombre o una mujer cometer adulterio? ¿No puede un príncipe ser tirano, o un predicador ser impostor? Tú mismo lo has dicho. ¿Dónde hemos de buscar bribones y canallas sino en los diversos oficios y vocaciones? Respuesta: Sí, eso es demasiado cierto; pero en ese caso ya no es un buen árbol, porque va más allá de su vocación y vive en oposición al mandamiento de Dios. Pero si permanece en su vocación u oficio, y hace lo que esta exige, no puede ser un árbol malo. Por eso dice: Procura solo permanecer buen árbol y te garantizo que lo que hagas no puede ser malo. Porque las obras que Dios ha ordenado deben tener este elogio: que no pueden llamarse malas.
¿Qué cosa mejor podríamos desear ahora que tener este elogio y testimonio del mismo Cristo, contra todos los espíritus facciosos y los que hacen pretensiones especiales de santidad: que sabemos que estamos en una vocación en la cual no podemos hacer mal, si vivimos conforme a la palabra de Dios y hacemos lo que es nuestro deber? Sí, aun si algo malo se interpusiera, si nos excedemos no a propósito ni voluntariamente, sino por ignorancia o debilidad, eso también debe ser bueno y perdonado. En suma, no puedes echarlo a perder, porque estás en el oficio y la palabra divinos; permanece solo en eso y no puede ser malo; o, aunque de otro modo sería pecado, sin embargo no debe llamarse malo, sino ser cubierto y perdonado; tan ricamente serás bendecido por medio de la palabra de Dios. Así como una higuera u otro árbol, aunque a veces dé un fruto carcomido por gusanos, sin embargo ese sigue siendo un buen fruto, según su especie, sin púa ni espina; sí, antes que no dar fruto alguno, tiene que dar fruto carcomido, pero inocentemente; así todas las obras de un cristiano son de buena clase, porque el árbol es bueno, y vive de modo que gustosamente daría solo buen fruto, aunque a veces, por la debilidad de la carne o algún otro estorbo, se cuela algo malo.
Por otra parte, esos zarzales y cardos, aunque hicieran todo lo posible, no pueden dar ningún buen fruto que pueda llamarse buena manzana o higo. Y ningún cartujo ni monje descalzo, aunque orara y se torturara hasta morir, podría decir un Padrenuestro que Dios llamara bueno o hacer una buena obra; sino que cuanto más hiciera, y se afanara por hacer buenas obras, peor lo haría. Porque está decidido: un cardo no da higos, y un zarzal no da uvas; y en suma: un árbol malo no puede dar buen fruto. Eso suena como una severa y estricta denuncia de todas las órdenes y vocaciones que uno mismo se constituye, de que no pueden hacer ni una sola buena obra; y, por otra parte, como un admirable consuelo para nosotros, que vivimos según la palabra de Dios, de que no podemos hacer mal.
Con eso concluye ahora: Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Ahí tienes expuesta la sentencia que ha de proclamarse respecto de todos los que enseñan y sostienen sus propias obras, aparte de la palabra de Dios, que pretenden lograr y conseguir que su causa permanezca siempre y piensan que Dios debe perdonarlos, como árboles y plantas valiosos, cercarlos y cuidarlos de la mejor manera; pero no perciben qué sentencia se ha pronunciado contra ellos, de modo que él ya ha detectado la clase y la ha marcado en el árbol, como Cristo dice en otro lugar, y que no sirven para nada sino para el fuego del infierno. Porque está escrito: «Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada», etc.
Esto lo ha dicho ahora por medio de comparaciones, y como in parabolis o palabras oscuras. Ahora avanza y quiere explicar lo que quiso decir con ello, y añade el comentario correcto, con palabras claras y llanas, y dice:
Mateo 7:21
V.21. No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
Es decir: justamente los que me sirven, y tienen su manera de culto por la mejor de todas, y se preocupan seriamente por entrar en el reino de los cielos, y piensan tenerlo antes que todos los demás, contra esos cerraré el cielo. Esa es una decisión terrible: que nadie está más abajo en el infierno que los mayores devotos, es decir, los monjes más santos; como el diablo también ha hecho un proverbio, y se ha burlado él mismo de sus santos, como un canalla que no puede ocultar su villanía, de modo que se dice: El infierno está pavimentado con las tonsuras de sacerdotes y monjes. Eso es justo lo que dice aquí: que los que pretenden ser los mayores santos no entrarán en el reino de los cielos.
¿Por qué? Porque dicen: Señor, Señor (dice él), pero no hacen la voluntad de mi Padre que está en los cielos. ¿Cómo es esto? ¿No hacen la voluntad de Dios, cuando sirven a Dios noche y día, y además hacen milagros, como se dice enseguida? ¿Qué será de la otra gran multitud si estos no han de ser salvos? Respuesta: Oyes muy claramente que él dice No a esto, y hace una distinción entre decir: Señor, Señor, y hacer la voluntad de su Padre; y dice: No quiero a los que gritan solemnemente:
Señor, Señor, y vienen con su gran devoción, como si yo tuviera que elevarlos al cielo; sino que quiero a los que hacen la voluntad de mi Padre. Ellos esperan y presumen que no solo llegarán al cielo, sino que también con su mérito harán entrar a otros, y tendrán asientos altos y recibirán coronas especiales, etc.; como se jactan con confianza: ¿No merecerá más un cartujo, y tendrá un grado más alto en el cielo que un simple laico o una mujer casada? Si no, ¿qué gana él en el monasterio con sus estrictas disciplinas, etc.? Pero no es así:
No entran al cielo los cartujos ni los siervos de Dios, sino los que hacen la voluntad de Dios.
Porque hacer la voluntad de Dios no significa ponerse capuchas ni llevar túnicas grises, ni huir de la comunidad a los monasterios, etc.; pues las Escrituras no dicen una palabra sobre eso; sino que significa esto que Cristo ha predicado y enseñado, a saber: que creamos en Cristo, y seamos hallados en aquella vocación que tiene [la aprobación de] la palabra de Dios, y hagamos en ella lo que él ha mandado. Vuélvete a los diez mandamientos y mira cómo San Pablo, a partir de ellos, enseña a los que están en todas las vocaciones cómo los inferiores han de rendir fidelidad y obediencia a los superiores, los otros amarse y servirse unos a otros, etc., y cada uno ser fiel en su oficio. Ahí no hallas nada sobre sacerdocio ni monjería, túnicas grises, u otras peculiaridades. El que ahora vive de esta manera, hace la voluntad de Dios, que él mismo ha indicado. Estos son aptos para el cielo, no los que descuidan la palabra de Dios, y sin embargo han pretendido servir a Dios con gran seriedad y devoción, de modo que dicen una y otra vez: Señor, Señor, mientras que el resto de nosotros apenas lo decimos una vez.
Porque estas mismas personas están siempre más ocupadas y más vivas en su culto que los verdaderos cristianos; pero puesto que han hecho su propia voluntad, pueden buscarse también otro Señor que los oiga y les abra el cielo.
Por eso quiere advertirnos con esto de nuevo que tengamos cuidado de no ser extraviados por estos que ofrecen tan grande y espléndido culto (aunque incluso hagan milagros); sino que nos contentemos con lo que él llama bueno, de modo que todo se haga conforme a su mandamiento, aunque no haga exhibición ni agrade a la razón, porque tenemos la prueba de que ningún espíritu faccioso puede contentarse con eso, ni enseñar ni dar buen fruto, sino que están ocupados meramente con sus propios pensamientos, tejidos de su propia cabeza. Estos son, pues, los primeros a quienes Cristo rechaza: los que vienen y llenan el mundo de formas de culto; como predijo acerca de ellos en Mt 24:23: «Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí, no lo creáis. Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas», y engañarán a muchos. Luego vendrán otros que no solo dicen: Señor, Señor, sino que también hacen grandes prodigios y señales. Acerca de esto añade ahora:
Mateo 7:22-23
V.22, 23. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.
Estos son ahora gente elevada y excelente, y sin embargo están vergonzosamente engañados y van al infierno de manera del todo inesperada. Los otros de quienes acaba de hablar van al mismo lugar como una multitud alegre, a menos que se conviertan en el último momento; así espero que, con todo, muchos de ellos se hayan salvado en su lecho de muerte, convertidos de aquel error. Pero estos pretenden tener asegurado el cielo, empiezan a pedirle cuentas a Dios y dicen: ¿Acaso no vamos a ser salvos? Ciertamente hemos predicado en tu nombre y hecho tantas obras maravillosas.
¿Cómo puede ser esto, que hagan obras maravillosas, y además en el nombre de Cristo, y sin embargo puedan ser contados entre los falsos cristianos y ser gente impía y condenada? Yo siempre pensé, como también es verdad, que Dios no da señal ni testimonio para confirmar mentiras, como dice Moisés en Dt 18:20, etc.: «El profeta que presuma de hablar palabra en mi nombre, a quien yo no le haya mandado hablar… Y si dices en tu corazón: ¿Cómo conoceremos la palabra que Jehová no ha hablado? Cuando el profeta hablare en nombre de Jehová, y no se cumpliere lo que dijo, ni viniere a suceder, es palabra que Jehová no ha hablado.»
Y aquí, sin embargo, se dice lo contrario: que hacen milagros en su nombre y, con todo, son gente falsa e impía.
En primer lugar, una respuesta podría ser que ellos fueron alguna vez verdaderos cristianos y de veras predicaron e hicieron obras maravillosas, pero después se volvieron apóstatas. Porque esta es precisamente [obra] del diablo (contra la cual también san Pablo previene a sus corintios): que un cristiano comience a sentir que va por delante de los demás y que tiene entendimiento, sabiduría y otros dones superiores, de modo que se complace en sí mismo y se vuelve orgulloso, y acaba siendo un hombre que se desgrana a sí mismo y no queda nada sino la cáscara vacía; con todo, piensa que es piadoso y que está bien; como ha habido muchos así, y todavía hay muchos. Porque es cosa sumamente peligrosa que, si Dios dota a un hombre de dones elevados y excelentes, no se vuelva orgulloso sino que permanezca humilde. Así leemos de un antiguo padre del desierto que tenía un don particular para exorcizar demonios y ayudó a muchas personas, de modo que todo el mundo corría tras él y lo tenía casi por un dios. Entonces comenzó a ser tentado por la vana honra, y cuando lo sintió, rogó a Dios que lo guardara y no lo dejara caer en [el pecado de] soberbia. Entonces Dios permitió que el diablo lo poseyera y lo atormentara durante cuatro semanas, de modo que perdió toda su fama, y todos decían: ¡Miren, ayudaba a otros, y ahora ahí yace y no puede ayudarse a sí mismo! Así se libró de la tentación y permaneció humilde. Doy esto como ejemplo, para mostrar cuán peligroso es tener dones grandes y elevados, y cómo la soberbia tiende siempre a pegarse a ellos; como vemos también en cosas externas y toscas, sí, en el bastón de mendigo de los bienes temporales y de la autoridad. En suma, los dones de Dios son tan grandiosamente nobles, pero nosotros estamos tan manchados, que no podemos evitar volvernos soberbios y darnos aires si somos conscientes de ellos; y, por otra parte, desesperarnos si no los tenemos.
Esa sería (digo) ciertamente una respuesta, pero no vamos a insistir en ella aquí, aunque sea justa. Porque la idea principal es que aquí habla de falsa profecía y de falsos milagros, como dice también en Mt 24:24: «Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos»; y san Pablo dice del Anticristo, en 2 Ts 2:9: «inicuo cuyo advenimiento es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos», etc.; de manera que ciertamente tienen que realizarse falsos milagros en la cristiandad, y los falsos cristianos tienen que tenerlos por milagros verdaderos y reales.
Ahora bien, eso se ha verificado abundantemente en el papado; aunque en Turquía hay muchos de esos sacerdotes y santos peculiares. Basta leer sus libros y leyendas, en especial los escritos por los monjes: ¡qué revoltijo, rebosante de maravillas!, que no son sin embargo sino mentiras y bellaquerías. ¡Cómo se ha engañado a la gente en nuestros días con tantas peregrinaciones al valle de Grimma, a Eichen, a Tréveris, etc.!, y yo mismo he visto a algunos monjes, tipos descarados, malos y temerarios, que sin embargo exorcizaban al diablo y jugaban con él como con un niño.
Pero ¿quién podría contar todas las bellaquerías y la invocación del diablo que se han practicado bajo el santo nombre de Cristo, de María, de la santa cruz, de san Cipriano, etc., todo lo cual los monjes han llevado adelante con vigor, y todo el mundo se ha plegado a ellos y nadie se atrevía a chistar en contra? No había papa ni obispo que predicara contra ello, sino que todos lo fomentaban; y si alguno se resistía, era arrollado y silenciado con violencia; como no hace mucho el obispo Ernesto, de Sajonia, derribó una vez una capilla del diablo semejante; pero tuvo que padecer por ello, de modo que cayó enfermo a consecuencia de esto y se alegró de volver a edificarla. Junto con este negocio de invocar al diablo se han iniciado y confirmado ahora el purgatorio, las misas por los muertos, el culto a todos los santos, las peregrinaciones, los monasterios, las iglesias y las capillas. Sí, muchos han profetizado también sobre los tiempos futuros, como Lichtenberger y otros; pero todo esto lo ha hecho el diablo, para respaldar sus abominables mentiras, hechizar al pueblo y mantenerlo cautivo en el error, de modo que nadie pudiera escapar de él.
Porque para el diablo es poca cosa dejarse expulsar, si quiere, por un mal sujeto, y sin embargo permanecer sin ser exorcizado; pues precisamente con esa actuación posee y enreda más plenamente a la gente con el vergonzoso engaño. Así puede también adivinar lo que es futuro, como espíritu astuto y experimentado; aunque por lo común se burla de la gente con su profetizar, y hace juegos de manos de tal modo que se le pueda interpretar de varias maneras, y salga como salga, siempre ha acertado; como solía hacer en la antigüedad por medio de sus sacerdotes paganos. Así entonces la gente queda embobada y se lanza: ¡Oh, aquí vive Dios! ¡Aquí se ven y se tocan los milagros y las señales! No pueden calcular que el diablo lo hace solo con el fin de engañar y extraviar a la gente; y no piensan, los necios, que Cristo predijo claramente todo esto y nos advirtió fielmente contra ello por sí mismo y por medio de sus apóstoles. Pero tenía que ser así, y se nos ha tratado como merecíamos, porque despreciamos la palabra de Dios y no tomamos en cuenta que teníamos que perder a Cristo y aceptar los milagros del diablo; y fue un verdadero juego para el diablo, con el cual gobernó con pleno poder en la cristiandad, como procuraba hacer.
Puesto que ahora hemos visto esto y, por desgracia, hemos experimentado demasiadas veces cuánto daño ha hecho el diablo mediante estos espíritus mentirosos y falsos milagros, deberíamos volvernos sabios y no (como han hecho los que nos precedieron) dejar que la palabra de Cristo yazga y sea dicha en vano, para que no nos suceda lo que a ellos. Porque es un sermón, sí, una predicción, escrita como advertencia; pero, por desgracia, demasiado tarde para los que vivieron antes de nosotros; aunque a tiempo para nosotros, si solo le prestamos atención, de modo que no nos importe cómo se jactan de las señales y prodigios que María y otros santos han hecho, y los adornan hermosamente para apartarnos de la palabra; sino que seamos tan sabios, ya que oímos esta advertencia de que estos falsos milagros tienen que ocurrir, que no creamos en ningún milagro por sí solo.
Porque él advirtió fielmente y con seriedad, cuando hablaba de estas obras maravillosas, en Mt 24:25: «Ya os lo he dicho antes»; como si dijera: Cuídense y presten atención a mi advertencia; de lo contrario, ciertamente serán extraviados. Porque tienen mi palabra, con la cual saben cuál es la voluntad de mi Padre. Pongan ambas cosas frente a frente. Aquí tienen mi doctrina, que les muestra cómo deben vivir y obrar; allí ven los milagros que se oponen a esta doctrina, de modo que pueden decidir así: Puesto que veo allí señales tan excelentes, y en cambio tengo aquí la doctrina y además la advertencia, primero veré a qué tienden los milagros, y examinaré con cuidado si de verdad sirven para fortalecer mi fe en la palabra, a saber, que Cristo murió por mí, que yo por medio de él llegue a ser piadoso delante de Dios y sea salvo; luego, que siga mi vocación y la atienda fielmente. Así aprendo el hecho contrario: que con ellos quieren fortalecer y confirmar su necia idea, y enseñan así: Corre a este o aquel santo, métete en una cogulla, etc.; allí ocurren a diario tantos milagros y prodigios, hay una orden tan santa, etc. Eso significa ser apartado de Cristo, de mi iglesia, de mi púlpito, del bautismo y del sacramento, a los cuales debo adherirme, y también de mi vocación y de las obras que se me piden.
Por eso no quiero oírlo ni saber de ello, aunque un ángel viniera del cielo y resucitara a los muertos delante de mis ojos. Porque Cristo me ha enseñado y advertido así: Aférrate a mi palabra, a mi púlpito y a mi sacramento; donde esto está, allí me encontrarás. Permanece allí, no necesitas ir ni buscar más lejos; no vendré más cerca de ti que donde está mi evangelio, el bautismo, el oficio del ministerio, por el cual entro en tu corazón y hablo contigo. También dice: Sé padre o madre, príncipe, amo, súbdito y obediente, etc., y permanece en tu vocación; allí me oyes hablar, y presente en persona. ¿Por qué entonces sigues corriendo, como hombre insensato, tras palos y piedras donde no se predica palabra de Dios, y aun así, mediante los milagros del diablo, abres bien los ojos como si Cristo estuviera allí donde no está su palabra!
Miren, así debieron haber hecho contra los papistas, que vienen apiñándose con su costumbre, padres, concilios y tantas maravillas y milagros, con los cuales quieren confirmar su causa, y debieron haber respondido solo en pocas palabras: Bien, pongamos las dos cosas frente a frente; allí tengo la palabra de Cristo, de eso estoy seguro, y está poderosísimamente confirmada por todo el mundo; y ustedes me muestran en cambio su doctrina y milagros, que llevan a los rosarios, las peregrinaciones, el culto a los santos, las misas, el monaquismo y otras obras peculiares de elección propia. No hay nada acerca de Cristo, ni de la fe, el bautismo, el sacramento, la obediencia y las buenas obras que debo hacer en mi vocación para con mi prójimo, como Cristo me enseña; sino justo lo contrario. Por lo tanto, no pueden ser milagros verdaderos, sino que tanto la doctrina como los milagros son un engaño del diablo.
Así podríamos conocer y juzgar fácilmente todos los falsos milagros, y decir: Milagros para acá, milagros para allá, no me importan, aunque resucitaran a los muertos delante de mis ojos. Porque todo eso puede ser engañoso; pero la palabra de Dios no me engaña. Porque el diablo puede fácilmente engañar y hechizar a la gente, de modo que retenga a un hombre por un tiempo como muerto y luego lo deje volver en sí, como si despertara de entre los muertos; o puede arruinar el ojo u otro miembro de alguien y luego restaurarlo, de modo que se piense que fue hecho por un milagro. Así también Dios decreta que puedan ocurrir milagros verdaderamente reales como castigo de los que no hacen caso de la verdad, como dice san Pablo, y como advertencia para otros. Porque hay un desprecio tan excesivo por su palabra y una ingratitud tal, que ninguna ira es suficiente para castigarlo; como sucederá de nuevo con nosotros, si el mundo dura mucho, pues hemos pecado hasta tal punto que tiene que empeorar mucho más con toda clase de errores y prodigios.
Porque, puesto que el mundo absolutamente quiere despreciar la palabra y no oírla, y quedarse boquiabierto tras otra cosa, él le enviará lo suficiente para que sea extraviado hasta lo profundo de todo error; como fue hasta ahora, cuando en todas las iglesias, monasterios y escuelas no se predicaba ni enseñaba otra cosa, todos los libros estaban repletos de estos milagros mentirosos, y sin otra razón que la de que estos milagros habían ocurrido; como si no se hubiera predicho suficientemente que esto sucedería y que la gente sería engañada con ello, de modo que aun los escogidos apenas se salvarían del error; y se les trata como merecen a los que tan fácilmente se dejan extraviar y no quieren hacer caso de esta advertencia. Porque él dio la palabra, cómo hemos de creer y vivir, y además la confirmó con milagros suficientes. Quiere que eso baste, y detenerse ahí, y no hacer nada más; pero ellos quieren montar una doctrina nueva y distinta, y vocaciones mejores, contra la palabra de Dios y los milagros verdaderos.
Por eso Cristo dice ahora: No haré caso de ello, aunque se jacten:
Señor, ¿no hicimos en tu nombre muchos milagros?; sino que pronunciará esta sentencia sobre ellos: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad, etc. ¿Cómo así, querido Señor? ¿No están aquí las señales y prodigios, de modo que no podemos negarlo? Sí (dirá él), ¿por qué entonces han descuidado mi palabra, confirmada por mis milagros, y han inventado otra cosa de la que yo no sé nada, y han gobernado el mundo según su parecer y han seguido eso? Puesto que entonces han despreciado mi palabra y no han hecho la voluntad de mi Padre, tampoco los conoceré ni tendré misericordia. Ellos se equivocan ahora en la tierra, suponiendo que estarán más cerca de Dios; pero lo descubrirán demasiado de repente. Este es ahora el recto sentido de este texto: que habla de falsos milagros, que los falsos maestros realizan para establecer su doctrina, a quienes él no conocerá, ni con sus milagros ni con su profetizar, etc.
Pero en cuanto a esto se sostiene ahora con seriedad (y no sé si este es el lugar apropiado para tratarlo) que Dios permite a veces que gente mala realice milagros verdaderos, que Dios hace por medio de ellos; como Caifás, el sumo sacerdote, profetizó, Jn 11:50, y Balaam, Nm 24:17, quien pronunció el más hermoso anuncio acerca de Cristo, como dice el mismo Moisés, que el Espíritu Santo entró en él y tuvo que profetizar contra su voluntad, como también Caifás; y no se puede negar que también Judas, como apóstol de Cristo, hizo muchos milagros, lo mismo que los otros apóstoles y discípulos. ¿Qué diremos a esto? El mismo san Juan responde, cuando dice acerca de Caifás: Por ser sumo sacerdote aquel año, profetizó. Porque fácilmente puede suceder que una persona así, estando en un cargo público, o siendo una persona que gobierna, profetice o haga milagros y haga mucho bien, llevando a muchas personas a Dios; y sin embargo la persona misma puede no ser piadosa e ir camino del diablo. Así, un predicador está en una vocación pública y es una persona oficial, y si lo miramos rectamente, tal persona realiza la mayor obra, milagro y prodigio que ocurre sobre la tierra. Porque mediante su oficio, la palabra y el sacramento que te aplica, te lleva a la fe, te salva del poder del diablo y de la muerte eterna, y te conduce al cielo y a la vida eterna; lo cual está muy por encima de todas las señales y prodigios externos, y sin embargo él mismo puede ser todavía un hombre incrédulo y malo.
Por eso, en este asunto debemos mirar siempre a la palabra de Dios y juzgar conforme a ella, no conforme a la persona. Ahora han oído más arriba acerca de aquellos milagros que se realizan para confirmar algo distinto de la palabra de Dios, de lo cual no hay nada en las Escrituras. Pero aquí están los milagros que se refieren a algo que Dios ha hablado y confirmado. Así, la profecía del sumo sacerdote Caifás anunció que Cristo con su muerte redimiría al mundo, etc. Esta fue una profecía verdadera y preciosa, aunque su motivo era venenoso y malo.
Así también el profeta Balaam, aunque era un malvado, predice sin embargo verdaderamente, como profeta, acerca del pueblo de Dios y de Cristo, y Dios habla por medio de él. Si ahora un predicador administra debidamente su oficio, y en virtud de él realiza milagros, debemos oírlo. Pero si quisiera salirse del camino e ir por otro, para comenzar otra cosa fuera de su oficio, ya no sería un profeta verdadero sino falso. Así también, si el apóstol Judas predicó y realizó milagros, siendo del diablo, como dice Cristo, fue hecho en virtud del oficio apostólico, para dar testimonio de Cristo, de modo que por ello la gente creyera en él.
Conforme a esto, juzguen acerca de todos los que tienen un oficio en la cristiandad. Porque no todos los que están en el oficio y predican son cristianos o personas piadosas. Dios no pregunta por eso; sino que sea la persona como fuere, el oficio es de todos modos recto y bueno, y no pertenece al hombre sino al mismo Dios. Así, Caifás no profetiza como Caifás, un asesino y mal sujeto, sino como sumo sacerdote. Así, el pastor o predicador bautiza y lleva a la vida eterna, no como el señor Juan Pommer, sino como pastor. Porque para honrar y confirmar el oficio Dios hace que esto se cumpla. Puesto que ahora Judas está en el oficio público debido, que Cristo ha establecido, por eso el oficio es honrado en él, no la persona.
Porque esto es también así en los asuntos del mundo, como dice Salomón en Pr 16:10: Divinatio in labiis regis, una sentencia divina está en los labios del rey; es decir, todo lo que las autoridades ordenan es recto, y Dios lo confirma.
Por eso, si condenan a los criminales y los castigan oficialmente, ese es el juicio de Dios, que él pronuncia en lo alto del cielo y quiere que se ejecute, aunque de otro modo, fuera del oficio, esté prohibido. Así las Escrituras hacen profetas o adivinos a todos los que están en el oficio sagrado, aunque personalmente sean con frecuencia malvados y tiranos; como dice Salomón otra vez, 8:15: «Por mí reinan los reyes»; es decir, su ley y sentencia son mi ley y sentencia, y todo lo que hacen oficialmente, si gobiernan rectamente; y sin embargo, con todo, en el mundo hay entre ellos por lo general grandes canallas que abusan descaradamente de su posición y poder; con todo, si permanecen en su oficio y hacen lo que el derecho exige, todo es asunto de Dios. Es exactamente igual, por usar una comparación humilde, que cuando un príncipe o señor da órdenes a un siervo, o envía a sus embajadores, y se les oye y honra aunque sean malos sujetos: no por ellos mismos, sino por causa de su señor, cuyo oficio y mandato traen consigo, etc.
Puesto que Dios hace esto en los asuntos seculares, mucho más insistirá en ello en los espirituales, para que su oficio y servicio sea eficaz y efectivo. Por eso, como se dijo, es un acontecimiento puramente milagroso que un pastor predique o bautice, en cuanto administra debidamente el evangelio y el bautismo, sea piadoso o malvado; y si él mismo, por no ser cristiano, no tiene el tesoro, lo recibe sin embargo el que acepta la palabra y cree. Si ahora estos milagros y prodigios se realizan mediante el oficio ministerial, de modo que por ellos las almas son redimidas del pecado, de la muerte y del diablo, ¡cuánto más se puede hacer con milagros pequeños y externos, en cosas corporales, que no afectan al alma!
Por eso debemos también aquí distinguir cuidadosamente las dos cosas, oficio y persona, para no rechazar el oficio por causa de la persona, como sucede comúnmente: si uno es piadoso, hay veinte de ellos malvados; sino que debemos indagar con cuidado si el oficio y el milagro tienden y sirven a alabar y confirmar la doctrina, de modo que se crea en Cristo, y si concuerdan con lo que él ha hablado, mandado y establecido; si ves eso, entonces di: Este sermón es recto, aunque la persona no valga nada. El milagro lo aceptaré, pero por la persona no preguntaré, etc. Si no es así, no debes aceptarlo ni creerlo, por grande que sea el milagro y por santa y excelente que sea la persona. Pero aquí hay también muchos obispos, predicadores y otros en otros oficios que suponen que Dios debe tener en cuenta sus personas, y por ello son extraviados, como dije antes. Por eso de nada les servirá jactarse en el último día y decir: Señor, ciertamente hemos hecho obras maravillosas en tu nombre. Porque Dios no les concedió esto por causa de su persona, sino de su oficio, y él hizo las obras no por causa de ellos personalmente, sino en vista de su oficio, para confirmarlo. Esto se dice ahora acerca de los oficiales públicos, por quienes se realizan señales y prodigios, algunos de los cuales son piadosos y otros malvados, lo cual ni quita nada al oficio ni le añade.
Pero ¿qué dices de los que hacen milagros y profetizan y no están, sin embargo, en oficio? Como leemos en Lc 9 de algunos que hacían milagros y no eran discípulos de Cristo, de modo que los apóstoles se lo dijeron a Cristo y dijeron: Maestro, vimos a uno que echaba fuera demonios en tu nombre, y se lo prohibimos, porque no nos sigue. Pero él respondió: No se lo prohíban; porque el que no es contra nosotros, por nosotros es, etc. Ahora bien, ese era una sola persona a quien Cristo no había confiado el oficio, y sin embargo dice que no deben impedírselo, y añade la razón, Mr 9:39:
«Ninguno hay que haga milagro en mi nombre, que luego pueda decir mal de mí.» Respuesta: Eso es verdad, como he dicho, que Dios no permite que gente mala haga milagros, a menos que esté en oficio público; porque Dios no da milagros por causa de su persona, sino de su oficio.
Pero si una persona individual hace milagros verdaderos, esa persona ciertamente tiene que ser piadosa, como lo son algunos que tienen revelaciones especiales, por medio de sueños, visiones, etc.; pero estos milagros deben tender a alabar y promover a Cristo y el evangelio.
Así tienen dos clases de milagros que son buenos y honestos: primero, los que hacen personas piadosas que son cristianas; luego también los que hacen personas malvadas que, sin embargo, están en oficio y enseñan correctamente; pero que siempre hemos de juzgar conforme a esta prueba segura, que ha de aplicarse a toda clase de personas, piadosas o impías, en oficio o fuera de oficio: si los milagros tienden a alabar a Cristo y a fortalecer tu fe. Pero si descubres que te señalan en otra dirección, como ir en peregrinaciones, orar a los santos, sacar almas del purgatorio y, en suma, confiar en tus obras y establecer una justicia propia, entonces di: Si realizaras todos los milagros por mí, de modo que yo pudiera verlos y estar seguro de ellos, aun así no te creería; porque Cristo me ha advertido suficientemente contra eso.
Esta regla la enunció Dios mismo por medio de Moisés en Dt 13:1-3: «Cuando se levantare en medio de ti profeta, o soñador de sueños, y te anunciare una señal o prodigio, y si se cumpliere la señal o prodigio que él te haya dicho, y dijere: Vamos en pos de dioses ajenos, que no conociste, y sirvámosles; no darás oído a las palabras de tal profeta, ni al tal soñador de sueños», etc. Allí enunció también la causam finalem, por la cual se les puede reconocer y proceder rectamente. Si tratan de persuadirte de establecer un culto divino distinto, es decir, de no adherirte a la única doctrina pura, sino de comenzar otra cosa junto a ella, entonces no hemos de creer, aunque nieve milagros. Y lo explica más adelante, y dice: «porque Jehová vuestro Dios os está probando, para saber si amáis a Jehová vuestro Dios con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma.» Como si dijera: Quiere ponerte a prueba, para ver cuán firmemente te aferras a la doctrina que ya ha sido establecida y está en vigor.
En suma, nuestras órdenes son no aceptar ningunos prodigios ni milagros, por grandes y numerosos que sean, que se opongan a la doctrina bien establecida. Porque tenemos el mandato de Dios, que lo ha dado desde el cielo:
«A él oíd»; a Cristo solo han de oír. Además tenemos también esta advertencia: que vendrán falsos profetas y harán grandes milagros, pero todos ellos llevan por mal camino, de Cristo a otra cosa. Por lo tanto, no hay otra manera de evitarlo que estar bien fundado en la doctrina y tenerla constantemente a la vista; así podemos juzgar debidamente todo conforme a ella, si lo enseña el evangelio o tu fe, que repites cada día, la cual declara: Creo en Cristo solo, que murió por mí, etc., o lo que sea.
Ahora bien, hemos sido advertidos suficientemente, el que esté dispuesto a prestar atención. Pero, con todo, sirve de poco con la gran masa, como sirvió de poco hasta ahora; y de veras creo que si alguien se levantara hoy aquí y realizara un solo milagro, grandes multitudes se plegarían a él. Porque así es el modo de la multitud insensata: cuando se le presenta algo nuevo y se la hace quedarse mirando, lo deja todo, palabra y doctrina, y se queda boquiabierta tras eso, aunque uno se desgañite gritando en contra; como se ha dejado hasta ahora engañar y llevar de la nariz con mentiras toscas y palpables y con fraudes descarados, cada vez que ha aparecido un malvado y ha mentido acerca de una nueva reliquia, nuevas peregrinaciones, etc., y ha corrido tras estas cosas como loca. Esto viene de la vergonzosa curiosidad excesiva y del hartazgo de nuestra carne y sangre, junto con el mismísimo diablo, de modo que siempre las señales y prodigios, en especial los falsos, resultan más atractivos que aun los genuinos. Porque que Cristo y sus apóstoles y otros hayan hecho milagros, eso no se ve ni se aprecia; pero que alguien eche fuera un demonio, eso lo supera todo. Bien, el que no quiera tomar advertencia y quiera ser engañado, no puede echarnos la culpa a nosotros.
Mateo 7:24-27
V.24-27. Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina.
Esa es la conclusión y el final, de lo cual todo depende: el que no solo oye este sermón con sus oídos, sino que lo hace, ese es un hombre prudente.
Porque la doctrina es ciertamente buena y excelente, pero no se predica para ser oída, sino para que se aplique a la vida práctica; y en especial porque estamos siempre expuestos al peligro de los falsos profetas y hacedores de prodigios, para que reflexionemos y aceptemos esta doctrina y advertencia, puesto que la oímos y la tenemos, tanto maestros como discípulos. Porque si alguien quiere posponerla hasta que llegue la hora en que la muerte y el diablo irrumpan sobre nosotros con sus aguaceros y tempestades, entonces se ha dejado para demasiado tarde. Por eso no se nos manda solo oír y volvernos capaces, sino hacer y luchar.
También lo oyen los que dicen: Señor, Señor, como hasta ahora lo han oído el papa, los obispos y los reyes y todo el mundo, y los sacerdotes de misa y los monjes lo han leído, cantado y entonado a diario; pero ninguno lo ha hecho ni lo ha predicado; sino que se han aferrado a su falso culto y a sus falsos milagros, y han animado a otros a hacer lo mismo. Por lo tanto, aunque han oído mucho, y han hecho también milagros, no han hecho la voluntad de Dios. Porque no permanecen en la doctrina de Cristo y en las verdaderas buenas obras, sino que recaen en sus propias obras, hechas sin fe y sin amor, de modo que entre todos los monjes y sacerdotes no se encuentra una sola obra genuina. Porque ninguno de ellos hace nada para servir o ayudar a su prójimo, sino que solo buscan con ello lo suyo, y así están enteramente sin fe, amor y paciencia. Por eso entre ellos no se hace nada en absoluto, como dice Cristo, aunque oigan la doctrina verdadera; pues no echa raíz en ellos, porque sus corazones no son sino pura arena.
Pero, con todo (como se dijo), tienen mucho que hacer y que enseñar, aún más que los verdaderos predicadores y cristianos; también con esto extravían a la gente. Porque un ermitaño o un cartujo parece hacer mucho más, con su estricto vivir y obrar espiritual, que san Pablo o cualquier verdadero predicador o cristiano. Porque las máscaras externas de obras especiales y de culto divino hacen que la gente se quede mirando, de modo que la vida cristiana ordinaria no hace ningún alarde en comparación. Por eso no les falta hacer, enseñar ni creer. Pero aquí está la diferencia (dice Cristo): oyen mi enseñanza, ciertamente, pero no harán nada excepto lo que ellos mismos han inventado; por ese camino no puedo retenerlos para que hagan lo que les enseño. Si nosotros los cristianos fuéramos tan diligentes en nuestras obras como ellos en las suyas, seríamos del todo santos. Pero ninguno de los dos bandos vale nada. Nosotros somos perezosos y ociosos; ellos hacen demasiado, pero de las obras verdaderas no hacen ninguna. Así que aún tenemos la ventaja (¡gracias a Dios!) de que hemos comenzado un poco a creer y amar, y estamos en el camino recto, por lento que avancemos.
Ahora lo cierra con una hermosa comparación de cómo será finalmente con ambos: el que oye y practica mi enseñanza es un constructor excelente y prudente, que no edifica sobre la arena, sino que busca primero una roca firme como fundamento. Si la tiene, edifica sobre ella, para que se mantenga firme y dure. Cuando luego vienen tormentas y aguaceros, alrededor y por encima, y aguas por debajo (mientras el viento aúlla) que procuran ablandar la tierra y derribar el edificio, este se mantiene inmóvil frente a ellos, como desafiándolos a todos. Pero el que pone su edificio sobre arena verá que este se mantiene solo hasta que las aguas lo arrastran y el viento lo derriba, de modo que queda en un montón o se viene abajo por sí mismo.
Con esta comparación quiere advertirnos fielmente, para que tengamos mucho cuidado de aferrarnos con firmeza a su doctrina y no dejar que Cristo sea quitado de nuestro corazón como nuestro único fundamento seguro y piedra angular de nuestra salvación, como lo llaman san Pablo y san Pedro (de Is 28). Si estamos fundados y edificados sobre eso, ciertamente permaneceremos inconmovibles, y podemos dejar que el mundo y el diablo, con todos los falsos maestros y espíritus capciosos, derramen sobre nosotros granizo y escoria, y nos acosen y asalten con toda clase de peligro y aflicción.
Esta confianza y seguridad no pueden tenerla esa gente miserable y necia.
Porque no están sobre la roca, es decir, sobre la doctrina acerca de Cristo, sino sobre la arena movediza de sus propias imaginaciones y sueños. Por eso, cuando viene la aflicción, de modo que tienen que luchar con el diablo y la muerte, sienten cómo han apoyado su confianza sobre arena suelta, y sus vocaciones y obras no pueden resistir; como yo mismo he visto y conocido a muchos de estos pobres, en especial en los monasterios, que lo han sentido profundamente, de modo que al final enloquecieron por el espanto y la timidez de conciencia, ¡y algunos permanecieron en perpetua desesperación! La razón era que habían edificado sobre su propio hacer, devoción y buenas intenciones, y no sabían nada de Cristo. Esa era justo la clase de estructura para el diablo, que podía derribar con alegría y echar todo en un montón.
El mismo san Bernardo tuvo también que sentir y reconocer esto, él que sin embargo había llevado una vida estrictísima, con oración, ayuno, mortificación del cuerpo, etc., de modo que no le faltaba nada y servía de ejemplo a todos los demás, tanto que no conozco a ninguno entre los monjes que escribiera o viviera mejor que él. Sin embargo, cuando llegó a morir, tuvo él mismo que pronunciar este juicio sobre toda su santa vida: ¡Oh, viví una vida condenable, y gasté mi vida vergonzosamente! Ah, ¿cómo así, querido san Bernardo? Ciertamente fuiste un monje piadoso toda tu vida. ¿No es entonces admirable la castidad, la obediencia, tu predicación, el ayuno, la oración? No (dice él), todo está perdido y pertenece al diablo. Ahí vienen el viento y la lluvia, y echan en un montón fundamento, base y edificio, de modo que habría tenido que ser eternamente condenado, según su propio juicio, si no se hubiera vuelto, y, hecho más sabio por su pérdida, abandonado el monaquismo, echado mano de otro fundamento y aferrádose a Cristo, y sido guardado en la fe que los niños usan en sus oraciones, cuando dijo: «Aunque no soy digno de la vida eterna, ni puedo alcanzarla por mi propio mérito, con todo mi Señor Cristo tiene doble derecho a ella: una vez como Señor y heredero de ella, heredada desde la eternidad; y en segundo lugar, alcanzada mediante su sufrimiento y muerte. Lo primero lo retiene para sí; lo otro me lo concede a mí», etc.
Así todos los monjes y sacerdotes, y todos los que pretendían ser santos, que alguna vez se salvaron, tuvieron que arrastrarse fuera de sus cogullas y de todas sus obras, y aferrarse a Cristo; aunque les resultó muy duro. Porque es muy difícil para un hombre que ha pasado toda su vida en esta santidad de hechura propia, y ha dependido de ella, desprenderse de ella en una hora y arrojarse sobre Cristo. Por eso nos advierte y exhorta a tomar y practicar su enseñanza mientras tengamos tiempo, antes de que nos alcancen las últimas agonías.
Así nuestro querido Señor ha completado ahora este hermoso sermón. Ahora el evangelista declara en conclusión cómo todo el mundo tuvo que testificar que este era un estilo de predicar muy distinto de cualquier otro que hubieran oído antes y al que estaban acostumbrados.
Mateo 7:28-29
V.28, 29. Y cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.
Con ello el evangelista muestra qué clase de predicadores y maestros habían sido los escribas, a saber, que [su enseñanza] había sido mera charlatanería fría, vana y ociosa; que no habían urgido ni insistido en los mandamientos de Dios con seriedad ni energía; tal como nuestros lavatrapos han estado hasta ahora en el púlpito parloteando sobre nada más que el purgatorio, las indulgencias, las cogullas, los rosarios y el encender velas. Pero él se ocupó de manera muy distinta: mostró lo que nunca habían oído, la doctrina y la vida verdaderas, y reprendió los vicios de tal modo que todos sintieron que este hombre enseñaba con autoridad, y todo tenía vida y voz, como si tuviera manos y pies, y tuvieron que decir que esto era predicar con autoridad, mientras que lo de los otros era vano, vacío, sí, pura agua chirle y muerta. Por eso nuestros papistas actúan ahora con astucia en cuanto que se avergüenzan de sus trapos sucios, y guardan silencio [respecto de aquellos otros temas] y empiezan también a predicar un poco, siguiéndonos a nosotros y a nuestros libros, acerca de la fe y las buenas obras; aunque todavía la tuercen y descuartizan, como quienes no se toman de veras en serio el predicar rectamente, ni tienen la gracia para poder entenderla.
Queda todavía al final una cuestión por tratar, porque en este sermón oímos que Cristo insistió tan fuertemente en las obras, cuando dice: Los pobres heredarán el reino de los cielos; los misericordiosos alcanzarán misericordia; también serán recompensados en el cielo los que sufren persecución por causa de él; y lo que se dice sobre esto al final del capítulo 5: Si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis?; y en el capítulo 6 acerca de la limosna, el ayuno y la oración: Tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público, etc.; de cuyas palabras los predicadores falsos e insensatos concluyen que llegamos al cielo y nos salvamos por nuestro propio obrar y hacer, y sobre eso edifican sus fundaciones, monasterios, peregrinaciones, misas, etc.
Aunque, sin embargo, esta cuestión es algo aguda y pertenece más a la universidad, entre los doctos, que al púlpito, ante gente común y sencilla, con todo, como aparece tantas veces en nuestro texto, no debemos pasarla del todo por alto, sino que debemos tener algo que decir sobre ella. Porque es muy necesario que cada uno tenga alguna idea de la diferencia entre gracia y mérito. Porque las dos cosas no concuerdan entre sí. Si uno predica la gracia, ciertamente no puede predicar el mérito; y lo que es gracia no puede ser mérito, de lo contrario la gracia ya no sería gracia, dice san Pablo en Ro 11:6. Sobre eso no hay duda. Por eso, el que confunde estas dos cosas confunde al pueblo y extravía tanto a sí mismo como a los que lo oyen.
Bien, dejaremos por ahora de lado la respuesta aguda y trataremos esta cuestión de la manera más llana que podamos; y en primer lugar debemos recordar claramente esto: que hay una gran diferencia entre la fe, o el cristianismo esencial, y sus frutos, como he dicho a menudo. Porque, según el nombre y la naturaleza cristianos, uno no es diferente de otro; todos tienen a la vez el mismo tesoro y la misma clase de posesiones. Porque san Pedro no tiene un bautismo distinto ni mejor que san Pablo, y un niño nacido ayer no tiene un bautismo inferior al de Juan el Bautista o de san Pedro y todos los apóstoles; así tampoco tienen otro Cristo, mejor, que el más pequeño de los cristianos.
Si miramos esto ahora, no vale ningún mérito ni diferencia. Porque el más pequeño de los cristianos recibe tan bien como cualquiera el mismo cuerpo y sangre de Cristo en el sacramento, y cuando oye el evangelio oye exactamente la misma palabra de Dios que Pedro y Pablo oyeron y predicaron. Tampoco ningún santo puede rezar otro o mejor padrenuestro, ni pronunciar y confesar un credo y diez mandamientos distintos de los que rezo cada día yo y cada niño.
Eso es tan llano que todos pueden entenderlo fácilmente; de modo que en aquello que nos da derecho a ser llamados cristianos no hay desigualdad ni preferencia de personas, sino que uno es igual que otro: hombre, mujer, joven, viejo, docto, indocto, noble, plebeyo, príncipe, campesino, amo y siervo, santo grande y pequeño, pues hay una sola clase de Cristo y de credo: así como el sol en los cielos es de una sola clase para todos, brilla sobre un campesino igual que sobre un rey; sobre un ciego igual que sobre uno que ve bien; sobre la puerca en la calle igual que sobre la más hermosa mujer de la tierra, y brilla tan de buena gana sobre una espina como sobre una rosa, sobre la inmundicia como sobre la púrpura, y es exactamente el mismo sol el que brilla sobre el más pobre mendigo y sobre el más grande rey o emperador.
Pero luego, si comenzamos a considerar las cosas externas y lo que hacemos, como que yo, que soy cristiano y bautizado, soy además de esto también predicador, cuando podría ser cristiano sin eso; entonces comienza la desigualdad, y se extiende a las diversas distinciones entre cristianos; no como cristianos, ni en cuanto a la naturaleza del cristianismo, sino en cuanto a sus frutos. Así yo soy predicador, es decir, un cristiano tal que ha de presentar la palabra al pueblo, consolar a los afligidos, instruir a los que yerran y a los ignorantes, etc. Y este otro es cabeza de familia o artesano, que ha de gobernar su casa, atender su negocio y proveer para su mujer e hijos.
Ahí hay un hombre distinto de ti y de mí; y sin embargo debo decir: es tan cristiano como yo, y recibe tanto del bautismo, de la gracia de Dios y de la vida eterna como yo y todos los demás, y no está menos en Cristo que yo; y aquí no hay diferencia entre mujeres u hombres, etc. Con todo, la obra de la mujer es distinta de la del hombre, la de un siervo de la de su amo, la de un predicador de la de un civil; asimismo, la de un hijo comparada con la de su padre, la de un alumno o discípulo con la del maestro, teniendo cada uno su propia obra o frutos; y así en todas partes hay diferencia en las circunstancias externas, siendo sin embargo todos a la vez cristianos y uno según la vida interior. Porque no hay más que un solo cristianismo y una sola condición natural de todos los hombres. Eso lo vemos también en los cielos (dice san Pablo, 1 Co 15:41): que hay tantas clases de estrellas, y diferentes unas de otras, una grande, otra pequeña, una que brilla claramente, otra tenuemente, y sin embargo no hay más que un sol en nuestros cielos. En esto son todas iguales: que todas están en un cielo y tienen una misma clase de sol; y sin embargo son desiguales en tamaño y brillo. Así es también en la tierra (dice san Pablo además): «No toda carne es la misma carne, sino que una es la carne de los hombres, otra la carne de las bestias, otra la de los peces, y otra la de las aves.» En cuanto son carne son todas iguales, y uno tiene sus miembros, cabeza, corazón, estómago, etc., tan bien como los demás; y sin embargo hay una gran diferencia entre hombres, bestias, aves y peces.
Si ahora quieres hablar de un cristiano, o describirlo, debes pintarlo de modo que en nada sea diferente de los demás, y uno debe ser en todo respecto como los otros. Porque no debes describirlo como hombre o mujer, predicador o laico, príncipe o mendigo, artesano o monje cartujo. Porque estas distinciones no tienen nada que ver con él; sino que, en cuanto a su carácter esencial, es tan bueno y santo como Pedro y Pablo, y nadie es más ni mejor que él. Porque si san Pedro fuera mejor que yo en lo verdaderamente esencial del cristianismo, tendría que tener un Cristo, evangelio y bautismo mejores que los míos. Pero porque el gran tesoro que tenemos es del todo uno y el mismo, en este respecto tenemos que ser todos iguales y nadie debe ser elevado sobre otro. Bien puede ser que uno haga más y mayores cosas que otro, como que san Pedro resucitó personas de entre los muertos. Pero por el hecho de que hace milagros que yo no hago, es ciertamente una estrella mayor y más brillante que yo en los cielos, pero no una estrella de otra clase, y no tiene otros cielos. San Pablo hizo y trabajó más que todos los otros apóstoles; pero no por eso tuvo un oficio apostólico mejor, ni predicó un Cristo distinto y mejor.
Esto es lo que decimos ahora sobre el mérito. Si hablamos de aquello que concierne a la esencia del cristianismo [o de la vida cristiana], según la cual todos somos iguales, cómo llegamos a ser piadosos delante de Dios y alcanzamos el perdón de los pecados y la vida eterna, aquí todo mérito nuestro queda totalmente excluido, y no debemos oír ni saber nada de él.
Porque no has merecido en absoluto el evangelio, ni a Cristo, ni el bautismo, sino que es una pura concesión, dada gratuitamente; de modo que nuestros pecados son perdonados de balde, llegamos a ser hijos de Dios y se nos asigna el cielo sin que hagamos nada para ello.
Y aquí combatimos contra la abominación de los sofistas, que exaltan tanto nuestras obras que con ellas aseguramos un Dios propicio y merecemos el cielo. Sí, se atreven descaradamente a decir que un hombre, aun en pecados mortales, puede hacer tanto por sí mismo, y realizar tales actos de devoción o cumplir tales buenas obras, que con ello pueda aplacar y propiciar la ira de Dios. Eso significa arrojar el techo por tierra, trastornar por completo el fundamento, edificar la salvación sobre nada sino agua, echar del todo a Cristo de su trono y poner en su lugar nuestras obras. Porque de eso se sigue que no tenemos ninguna necesidad del bautismo, de Cristo, ni del evangelio, ni de la fe, porque aun estando en pecado mortal encuentro en mí tanta virtud y poder que puedo salir por mis propias obras y merecer el perdón de él y la vida eterna. De esto ven que Dios es calumniado y blasfemado con todo lo que desvarían sobre el mérito, en el asunto sobre el cual ahora disputamos: cómo y por qué medio hemos de alcanzar la gracia de Dios y la vida eterna. Sin embargo, no se contentan con enseñar esta vergonzosa blasfemia contra Dios; sino que combaten realmente por ella y nos denuncian como herejes a causa de ella.
Esto todos pueden entenderlo ahora fácilmente: que una de estas dos cosas tiene que ser falsa: o bien que no podemos merecer la gracia con nuestro hacer, o bien Cristo con su bautismo tiene que ser de ningún valor y nada; y Cristo habría actuado como un necio al dejarse martirizar y derramar su sangre tan caramente, y al haber soportado tanto, para adquirir y otorgarnos lo que no era en absoluto necesario y lo que ya tenemos por nosotros mismos. Por eso, aunque nos injurian como herejes por esto, porque no estamos de acuerdo con ellos en este mérito de las obras, con gusto nos sometemos a que nos llamen herejes y dejamos el asunto en manos de Dios, nuestro juez; pero resistimos tanto más firmemente y les respondemos que ellos no son herejes, sino los peores blasfemos de Dios sobre los que jamás brilló el sol, que del modo más vergonzoso niegan y maldicen a Cristo, como Pedro profetizó acerca de ellos, y como dice la epístola a los Hebreos: golpean a Cristo en la boca y lo pisotean, con su bautismo, sacramento y todo el evangelio, y lo que Dios nos ha dado por medio de él.
Y de veras me gustaría oír qué podrían decir a esto, esa gente miserable: si sostienen que nosotros por nuestras obras podemos comenzar asegurando la gracia, y cuando esto está hecho y se ha merecido tanto que nosotros, por encima de la primera gracia (como la llaman), merecemos además el reino de los cielos y la salvación eterna; ¿qué se merece entonces con las demás obras posteriores?
Porque supondré que un papista ha hecho su misa u otra obra en gracia, y con ello ha merecido el reino de los cielos, como obra tan excelente que es digna de la vida eterna, lo cual llaman meritum de condigno; ¿qué merecerá entonces con las obras y misas que haga al día siguiente y después en la misma gracia? Entonces empiezan (como no saben qué otra cosa decir) y hacen un essentiale y accidentale premium, y dicen: Estas obras siguientes hacen que uno pueda merecer algo adicional, como un regalito por añadidura, que Dios nos da además de la vida eterna. ¿Es esto verdad? Entonces debo entender que las primeras obras son las mejores, pero las otras no son tan buenas. De lo contrario tendrían que merecer exactamente lo mismo; sin embargo, por lo común las obras siguientes suelen ser mejores, porque ya se practican con más diligencia.
Puesto que las últimas obras no merecen el reino de los cielos, las primeras tampoco deben merecerlo; o, si son igualmente buenas y toda obra puede merecerlo, entonces Dios tendría que construir tantos cielos como buenas obras se hacen; ¿y de dónde sacaría al fin nuestro Señor Dios tantos cielos para pagar cada buena obra? Esa sí que es gente lista, que sabe medirlo tan lisa y exactamente. Pero ¿qué diremos? Todo lo que dicen no es sino mentira y engaño, porque no hay en ello una palabra de verdad; primero, que alguien pueda merecer la gracia con cualquier obra suya, mucho menos si yace en pecado mortal; y luego, que aunque un hombre estuviera en gracia por obras (como dicen), estas obras, hechas en gracia, fueran tan preciosas como para merecer el reino de los cielos. Porque ahí está Cristo, que afirma lo contrario con palabras claras y llanas. Lc 17:10: «Cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos.»
Por eso debemos mantenernos firmes en nuestra doctrina, de modo que nunca permitamos que obra alguna reclame el derecho de asegurar el favor y la gracia de Dios, librar del pecado y dar derecho al cielo. Para esto, en suma, mi mérito ha de ser nada; y si alguien quisiera usarlo de esa manera, tengo que pisotearlo y condenarlo al mismo diablo en el infierno, como algo que estorbaría mi fe y me llevaría a negar a Cristo. Porque aquí está la verdad: que Dios ha otorgado todo esto gratuitamente, por pura gracia, al enviar a su Hijo y dejarlo morir por mí, y anunciarme y darme esto, mandándome solamente creerlo y ser bautizado en ello. Mis obras no tienen nada que ver con esto, sino que es un puro don, concedido desde el cielo y traído a mí por Cristo. Por lo tanto, sea desechado por completo todo mérito en este asunto, y concluyamos que no se puede asegurar la gracia y el perdón del pecado de ninguna otra manera, modo o medida que por la palabra de Dios acerca de Cristo, recibiéndola por la fe. Y para que Dios nos oiga, ¿por qué habríamos de jactarnos de nuestro mérito, si ellos mismos y todos los santos tienen que orar cada día, en el padrenuestro, mientras vivamos: Perdónanos nuestras deudas, etc.? ¡Y los desesperados santos se atreven a decir sin sonrojarse que un hombre, aunque yazca en pecado mortal, puede prepararse para la gracia y luego merecer también la vida eterna!
Pero ¿cómo se explica que haya tantos pasajes sobre mérito y recompensa? A esto respondemos ahora, para provecho de los sencillos, que estos son meramente para consuelo de los cristianos. Porque si ahora ya te has hecho cristiano, y tienes un Dios propicio y el perdón de los pecados, tanto de los pasados como de los que cometes a diario, [te digo] que tendrás que hacer y sufrir mucho a causa de tu fe y de tu bautismo. Porque el mismo diablo, junto con el mundo y la carne, te asediará y te atormentará por todos lados, como se ha mostrado abundantemente en estos tres capítulos, de modo que sientas como si el mundo fuera demasiado estrecho para ti. Ahora bien, si [nuestro Salvador] nos permitiera quedar así perplejos, sin palabra ni consuelo, seríamos llevados a la desesperación y a decir: ¿Quién quiere ser cristiano, predicar o hacer buenas obras? Él ve ciertamente cómo les va a ellos, y el mundo los pisotea, los injuria y maltrata, los trata con astucia y maldad, y por último les roba la honra, los bienes y la vida misma; y él [mi Salvador] no me llama sino pobre, angustiado, hambriento, de corazón blando, pacífico, afligido y perseguido: ¿va a ser siempre así, y nunca de otro modo?
Entonces él tiene que hablar claro, animar y consolar, y decir: Ustedes están ahora en gracia y son hijos de Dios; aunque ahora tengan que sufrir por ello en el mundo, no se alarmen por eso, sino aguanten, y no se dejen cansar ni debilitar por nada de lo que vean, sino que cada uno haga justo lo que debe. Si sufre por ello, no le hará daño, y puede saber que el reino de los cielos es suyo, y será ricamente recompensado. Ah, ¿cómo recompensado? Pues si ya lo tenemos, por medio de Cristo, sin nuestro hacer y antes de todo él. Así, como dice san Pablo, Dios hará de ustedes una estrella grande y brillante, y les concederá un don especial, aun en esta vida. Porque un cristiano puede lograr aun aquí en la tierra tanto con Dios por sus oraciones y obras, que puede perdonar a toda una tierra, impedir guerras, hambres, pestilencias, etc.; no porque la obra por su dignidad sea tan valiosa, sino por esta razón: que él lo ha prometido, para nuestro fortalecimiento y consuelo, a fin de que no pensemos que nuestras obras, plagas y miserias están perdidas y olvidadas.
Ahora bien, aquí no hay mérito por el cual hayamos de ganar la gracia, o nuestro bautismo, a Cristo y el cielo (de lo cual hablan cuando hablan de mérito); sino que todo se refiere a los frutos del cristianismo. Porque Cristo dice también (como hemos visto) en este sermón nada acerca de cómo llegamos a ser cristianos, sino solo acerca de las obras y frutos que nadie puede hacer a menos que ya sea cristiano y esté en gracia; como prueban las palabras, que tienen que soportar pobreza, miseria y persecución justamente por ser cristianos y tener el reino de los cielos, etc. Si hablamos ahora de aquellos frutos que siguen al estar en gracia y tener el perdón del pecado, podemos consentir en hablar de un mérito y de una recompensa; pero nos oponemos a llamar a esas obras nuestras el bien principal, siendo que tienen que estar ahí de antemano, y sin lo cual no podrían realizarse ni ser agradables a Dios. Si solo insistimos en este punto, que no hay mérito sino pura gracia [por la cual somos salvos], entonces no nos opondremos a dar ese nombre a los frutos que siguen; pero de modo que no se tuerzan falsamente aquellos pasajes ni se refieran, contra las Escrituras, a nuestro merecer la gracia, sino que se interpreten debidamente, como se pretende, para consolar a los cristianos, especialmente en medio del sufrimiento y la hostilidad, cuando se siente y parece que nuestra vida, sufrimiento y obrar son en vano y no logran nada; como las Escrituras consuelan en todas partes donde exhortan a perseverar en las buenas obras, como en Jer 31:16: Est merces operi tuo, «salario hay para tu trabajo»; también san Pablo, en 1 Co 15:58: Labor vester non est inanis in domino, «vuestro trabajo en el Señor no es en vano». Porque, si no tuviéramos este consuelo, no podríamos soportar esta miseria, persecución y desgracia, de que hagamos tanto bien y dejemos que nuestra enseñanza y predicación sean pagadas con pura ingratitud y deshonra; y tendríamos al fin que cesar de hacer y sufrir lo que claramente era nuestro deber. Pero Dios quiere despertarnos y afirmarnos con esta hermosa promesa, para que no hagamos caso de la ingratitud, el odio, la envidia y el desprecio del mundo, sino que miremos al que dice: «Yo soy tu Dios. Si el mundo no te lo agradece, y por ello te roba la honra, los bienes y aun la vida, entonces aférrate a mí y consuélate con esto: que tengo un cielo, y tanto en él, que puedo fácilmente recompensarte, y diez veces más de lo que ahora se te puede quitar»; de modo que podamos tener esta respuesta para el mundo: Bien, si no quiere tratarnos con favor, que se vaya con su favor y todo lo que tiene; yo no comencé nada por causa de él, y en adelante no haré ni omitiré nada por causa de él. Sino que haré y sufriré todo por amor de aquel que me da tan ricas promesas, y dice:
Aunque ya tienen, aparte de esto, todo tesoro en el cielo por medio de Cristo, y más que suficiente; sin embargo les daré todavía más, como añadidura, para que tengan el reino de los cielos plenamente revelado, y contemplen visiblemente a Cristo en gloria y gozo eternos (a quien ahora tienen por la fe), tanto más cuanto más sufran y trabajen ahora.
Aquí se aplican los encantadores pasajes y exhortaciones, como He 10:35: Magnum habetis remunerationem, etc. «No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón»; y Cristo, en Mt 19:29: «Y cualquiera que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, mujer, hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna.» Así habla también aquí: Merces vestra magna est in coelo, «vuestro galardón es grande en los cielos»; con lo cual muestra que ya tienen el reino de los cielos, y sin embargo lo tendrán tanto más glorioso cuando ahora sea revelado.
Vean, si volvemos estos pasajes en esta dirección, están rectamente usados, de modo que no se refieren a que confiemos en nuestras obras contra la fe, sino al consuelo de los cristianos y creyentes; y si los sofistas hubieran dirigido en esta dirección su hablar sobre el mérito, habría estado todo bien.
Pero ellos fundaron sobre él su propia santidad de obras y monaquismo, para que Dios por ello los considerara santos peculiares, y vender el cielo por estas cosas, y que les diera los asientos más altos, como a aquellos con quienes los cristianos comunes no se podían comparar; y en verdad no obraron sin sabiduría en el asunto, pues eso no trajo pobreza, miseria, luto ni persecución, sino dinero, bienes y honra, y no se estableció orden alguna con el propósito de usar en ella la palabra de Cristo, el sacramento, la fe, el amor y la paciencia; sino que solo con sus cogullas y su rígido y peculiar modo de vivir quieren ser muy estimados y exaltados delante de Dios, como quienes no necesitan a Cristo ni la fe.
De esta manera admitimos ahora que los cristianos tienen mérito y recompensa con Dios; no con el propósito de llegar a ser hijos de Dios y herederos de la vida eterna, sino para consuelo de los creyentes que ya tienen esto, para que sepan que él no dejará sin recompensa lo que sufren aquí por amor de Cristo; sino que, si sufren y trabajan mucho, entonces los adornará especialmente en el último día, más y más gloriosamente que a otros, como estrellas especialmente grandes en comparación con otras. Así san Pablo resplandecerá brillante y claro sobre otros de la manera más espléndida. Eso no significa perdón de pecados, ni merecer el cielo, sino compensación por el sufrimiento con tanta mayor gloria.
Pero no toleraremos que el asunto quede donde ellos lo ponen; porque eso es calumniar y blasfemar a Cristo, a Dios y al Espíritu Santo, y todo lo que Dios nos ha dado por medio de ellos, y preferimos ser denunciados como herejes y canallas, y ser quemados con fuego, antes que abandonar o negar este tesoro; pero insistiremos también en este consuelo aunque tengamos que sufrir por ello toda aflicción, vergüenza y persecución. Porque esto será el resultado en cualquier caso. El diablo no consentirá en esto, ni estará de acuerdo con nosotros; sino que quiere mantener la doctrina del papa y llevarnos a creer como él cree; y como ve que no lo haremos, se lanza contra nosotros con todas sus fuerzas. Porque sabe muy bien que, si este punto queda resuelto, que Cristo y el perdón de los pecados son un don perfectamente gratuito, cualquiera puede contarlo con los dedos y concluir que el papado con sus misas, monaquismo, purgatorio, culto a los santos, etc., tiene que ser nada, y todo se vendrá abajo por sí mismo.
Aprendan ahora a responder de esta manera acerca de aquellos pasajes que se refieren a mérito y recompensa. Oigo ciertamente que Cristo dice: Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos; y: Bienaventurados sois cuando padezcáis persecución por mi causa; porque grande es vuestro galardón en los cielos, etc. Pero con ello no me enseña a descansar mi salvación en eso, sino que me da una promesa que ha de ser un consuelo para mí en mis sufrimientos y en mi vida cristiana. No deben confundirme estas cosas ni mezclar las dos, ni hacer mi mérito de lo que Dios me da en Cristo por el bautismo y el evangelio. Porque aquí no se nos dice que podamos merecer eso, y que no necesitemos a Cristo ni el bautismo para ello; sino que aquellos que son discípulos de Cristo, a quienes él ha predicado aquí, y que tienen que padecer toda clase de sufrimiento por amor de él, sepan cómo han de consolarse, porque lo pasan mal en la tierra: a saber, que por esto tendrán todo tanto más abundantemente en el cielo; y el que más hace y sufre será tanto más gloriosamente recompensado.
Porque aunque (como dije) en Cristo todos son iguales, y la gracia se otorga igualmente a todos, y trae plena salvación a cada uno, como la posesión más alta y más común, de modo que el que tiene a Cristo lo tiene todo: sin embargo habrá diferencia en el brillo y la gloria con que seremos adornados y resplandeceremos; así como en esta vida hay diferencia en los dones, de modo que uno trabaja y sufre más que otro; pero en aquella vida todo será manifiesto, de modo que todo el mundo verá lo que cada uno ha hecho, y tendrá tanta mayor gloria, con la cual se regocijará toda la hueste celestial. Baste esto sobre ello.
Dios nos conserve en su gracia, revelada en Cristo. Amén.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.