Comentarios y sermones · Martín Lutero

Mateo 22: comentario de Martín Lutero

Sermón para el vigésimo domingo después del Domingo de la Trinidad; Mateo 22:1-14

PARÁBOLA DEL REY QUE HIZO FIESTA DE BODAS A SU HIJO.

1 Este evangelio nos presenta la parábola de las bodas; por eso estamos obligados a entenderla de otra manera que como suena y aparece al oído y al ojo naturales. Por tanto, atenderemos al sentido espiritual de la parábola y después veremos cómo se ha desgarrado y pervertido el texto.

2 Primero, el Rey que preparó la fiesta de bodas es nuestro Padre celestial. El esposo es su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. La esposa es la Iglesia cristiana, nosotros y todo el mundo, en cuanto creemos; de lo cual oiremos más adelante.

3 Dios envió primero a sus siervos, los profetas, para invitar a los convidados a estas bodas; ellos debían convidarlos, es decir, predicar, y predicar solamente la fe en Cristo. Pero los invitados no quisieron venir; eran los judíos, a quienes fueron enviados los profetas, y no quisieron oír ni recibir a los que les eran enviados. En otro tiempo envió a otros siervos, los apóstoles y los mártires, para invitarnos a venir y para decir a los convidados: V.4. “He aquí, he preparado mi comida; mis toros y animales engordados han sido muertos, y todo está dispuesto; venid a las bodas.”

4 Estas palabras nos pintan y enseñan hermosamente cómo debemos aprovechar la vida de los santos; es decir, para traer ejemplos con los cuales se confirme la doctrina del evangelio, de modo que, con la ayuda de tales ejemplos y vidas, meditemos mejor en Cristo y nos alimentemos de él y nos deleitemos en él como en animales cebados y bueyes bien alimentados. Por eso los llama animales engordados. Toma un ejemplo: Pablo enseña en Ro 3:23 y siguientes que la esposa está llena de pecado y debe ser rociada solamente con la sangre de Cristo, o permanecerá inmunda; es decir, solo debe creer que la sangre de Cristo fue derramada por sus pecados, y que no es posible ninguna otra salvación. Entonces introduce hermosamente el ejemplo de Abraham y confirma la doctrina de la fe con la fe y la vida de Abraham, y dice en 4:3: «Y creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia.» Ese es un verdadero buey, está debidamente sacrificado, nos alimenta, de modo que nos afirmamos y fortalecemos en nuestra fe por el ejemplo y la fe de Abraham. Otra vez, poco después Pablo nos pone delante un excelente animal cebado, cuando cita a David, profeta de Dios, y prueba por él que Dios no nos justifica por virtud de nuestras obras sino por la fe, al decir en Ro 4:6-8: «Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras», diciendo en Sal 32:1-2: «Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el hombre a quien el Señor no inculpa de pecado.» Mira, eso es engordar y nutrir en el verdadero sentido: cuando usamos el ejemplo y la doctrina de los santos piadosos para confirmar nuestra propia doctrina y fe. Y esta es la verdadera honra que podemos dar a los santos. Sigamos ahora adelante en este evangelio:

5 V.5, 6. “Mas ellos no se cuidaron, y se fueron, uno a su labranza, otro a sus negocios; y otros, tomando a los siervos, los afrentaron y los mataron.” Estas son las tres barreras que nos impiden venir a la fiesta de bodas. La primera, o la labranza, significa nuestra honra; es un gran estorbo que no pensemos en Cristo ni creamos en él; tememos tener que sufrir vergüenza y ser deshonrados, y no creemos que Dios pueda protegernos de la vergüenza y conservarnos en honra. Los segundos se van a sus ocupaciones, es decir, caen con el corazón en sus asuntos mundanos, en la avaricia, y cuando deberían aferrarse a la Palabra, se angustian por si perecen y les falta el sustento; no confían en que Dios los sostenga. La tercera clase es la peor: son los altos, sabios y prudentes, los espíritus encumbrados, que no solo desprecian sino que martirizan y destruyen a los siervos; para conservar su propia honra y alabanza, sí, para ser algo. Porque el evangelio tiene que condenar su sabiduría y su justicia y maldecir su presunción. Esto no lo pueden soportar; por eso siguen adelante y matan a los siervos que los invitaron a la comida y a las bodas. Eran los fariseos y escribas, que dieron muerte tanto a Cristo como a sus apóstoles, como sus padres hicieron con los profetas. Estos son mucho peores que la primera y la segunda clase, los cuales, aunque despreciaron y rechazaron la invitación, sin embargo se fueron, y no condenaron ni destruyeron a los siervos.

6 Además, dice el evangelio: V.7. “Al oírlo el rey, se enojó; y enviando sus ejércitos, destruyó a aquellos homicidas, y quemó su ciudad.” Eso les sucedió a los judíos por medio de los romanos bajo Tito y Vespasiano, que quemaron Jerusalén hasta arrasarla, hasta sus mismos cimientos. Sin embargo, prefiero que se entienda espiritualmente, puesto que todo el evangelio ha de explicarse espiritualmente. Así, esto sucedió cuando Dios destruyó por completo y quemó hasta los cimientos la sinagoga de Jerusalén, la abandonó enteramente la fe, dispersó al pueblo de aquí para allá, de modo que ninguno quedó junto a otro, y fueron despojados tanto de su sacerdocio como de su reino; de manera que ahora no hay en la tierra un pueblo más pobre, más miserable y abandonado que los judíos. Tal es el fin de los que desprecian la Palabra de Dios.

7 Sigue ahora: V.8. “Entonces dijo a sus siervos: Las bodas a la verdad están preparadas; mas los que fueron convidados no eran dignos.” Esto también ha sucedido; pues los judíos no han querido saber absolutamente nada de Cristo; lo mataron a él, y también a los profetas y apóstoles, y desde entonces hasta hoy no han sido dignos de oír una palabra acerca de Cristo.

8 Además: V.9. “Id, pues, a las salidas de los caminos, y llamad a las bodas a cuantos halléis.” Así salieron a los caminos, es decir, a nosotros los gentiles, y nos reunieron desde los confines del mundo en una congregación en la cual hay buenos y malos.

9 Entonces el Rey entra a ver a los convidados. Esto tendrá lugar en el día del juicio, cuando el Rey se deje ver.

10 Entonces hallará a uno, no solo a una persona, sino a una gran compañía que no está vestida de boda, es decir, de fe. Estos son gente piadosa, mucho mejores que los anteriores; pues has de considerar que son los que han oído y entendido el evangelio, pero se aferraron a ciertas obras y no se metieron por completo en Cristo; como las vírgenes insensatas, que no tenían aceite, es decir, no tenían fe.

11 A ellos el Rey les dirá: V.13. “Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera”, es decir, condena sus buenas obras, para que ya no valgan nada; pues las manos significan sus obras, los pies su andar en la vida, y entonces los echará en las tinieblas de afuera.

12 Ahora bien, estas tinieblas de afuera se oponen a la luz de adentro, puesto que solo la fe debe ver dentro del corazón. Allí nuestra luz, nuestra razón, debe cubrirse y callar, y solo la fe alumbrarnos. Porque si una persona quiere obrar según la razón y la abre, no hay ante sus ojos sino muerte, infierno y pecado. La razón se considera entonces candidata a la muerte; y sin embargo no halla ayuda en criatura alguna, todo es desierto y oscuridad. Por eso la razón debe ser excluida aquí, o tendrá que desesperar y rendirse cautiva a la luz de la fe sola. Esa misma luz ve entonces que es Dios en el cielo quien se interesa por nosotros, quien cuida de nosotros, en quien el corazón puede meditar, quien rechaza toda ayuda de la razón y no depende de criatura alguna; entonces el hombre será sostenido. Ahora bien, este es el sentido de las palabras: que los así echados a las tinieblas de afuera serán despojados de la fe, y así arrojados. Como no se aferran solo a la misericordia de Dios por la fe, tienen que desesperar y ser condenados.

13 Veamos ahora brevemente qué nos enseña esta fiesta de bodas. Primero, esta fiesta de bodas es una unión de la naturaleza divina con la humana. Y el gran amor que Cristo nos tiene se nos presenta en esta figura de la fiesta de bodas. Porque hay muchas clases de amor, pero ninguno tan ardiente y fervoroso como el amor de una esposa, el amor que una recién casada tiene a su esposo, y a su vez el amor del esposo a la esposa. El verdadero amor no mira a los placeres ni a los regalos, ni a las riquezas, ni a los anillos de oro y cosas semejantes, sino que se preocupa solo por el esposo. Y si él le diera todo lo que tiene, ella no haría caso de ninguno de sus regalos, sino que diría: Te quiero solo a ti. Y si por el contrario él no tiene nada en absoluto, a ella no le importa, y a pesar de todo lo deseará. Esa es la verdadera naturaleza del amor de una esposa. Pero donde se mira al placer, es amor de ramera; ella no se preocupa por él, sino por el dinero; por eso tal amor no dura mucho.

14 Este verdadero amor de esposa nos lo presentó Dios en Cristo, al permitir que se hiciera hombre por nosotros y se uniera con nuestra naturaleza humana, para que así percibiéramos y apreciáramos su buena voluntad hacia nosotros. Ahora bien, como la esposa ama a su prometido, así también nos ama Cristo a nosotros; y nosotros, por nuestra parte, lo amaremos a él, si creemos y somos la verdadera esposa. Y aunque nos diera el cielo mismo, la sabiduría de todos los profetas, la gloria de todos los santos y ángeles, no los estimaríamos si no nos diera a sí mismo. La esposa no puede quedar satisfecha con nada, es insaciable, lo único que quiere es al esposo mismo; como dice en el Cantar de los Cantares 2:16: «Mi amado es mío, y yo suya.» No puede descansar hasta tener al amado mismo. Así también Cristo está dispuesto hacia mí: me quiere solo a mí, y nada más. Y si yo le diera todo lo que pudiera, de nada le serviría; no haría caso de ello, aunque yo vistiera todas las capuchas de todos los monjes. Quiere mi corazón entero; pues las cosas externas, como las virtudes externas, son solo criadas; él quiere a la esposa misma. Exige que yo diga desde el fondo de mi corazón: Soy tuya. La unión y el matrimonio se realizan por la fe, de modo que yo confíe plena y libremente en él, en que es mío. Si solo lo tengo a él, ¿qué más puedo desear?

15 Ahora bien, ¿qué le damos nosotros? Una esposa impura, una marginada sucia, vieja y arrugada. Pero él es la sabiduría eterna, la verdad eterna, la luz eterna, un joven de excepcional hermosura. ¿Qué nos da él entonces? A sí mismo, entera y completamente. No corta un pedazo para mí ni me da un bocadito, sino toda la fuente de la sabiduría eterna, no un arroyuelo. Si yo soy así suyo y él mío, tengo vida eterna, justicia y todo lo que le pertenece. Por tanto soy justo, salvo, y en tal sentido que ni la muerte, ni el pecado, ni el infierno, ni Satanás pueden dañarme. Si me diera solo una parte de su sabiduría, justicia y vida, yo diría: Eso no me sirve de nada, sino que te quiero a ti; sin ti nada es real y verdadero. Cuando me da a sus siervos, a sus profetas, me da solo una parte y un bocado; los dones son solo concubinas, entre las cuales solo hay una que es la verdadera esposa. Se distinguen así: hay muchas almas a quienes se hacen dones, como sabiduría, amor y cosas semejantes; pero no son las verdaderas esposas, porque no dicen: Tú eres mío; sino que cortejan tu bolsa a un lado, porque aman los dones. Pero la verdadera esposa dice: A ti solo quiero, tú eres mío, y no el anillo, ni la joya, ni el regalo. Todo lo anterior se ha dicho acerca del amor.

16 Ahora bien, ¿qué le traemos nosotros? Nada sino todos nuestros dolores de corazón, todas nuestras desgracias, pecados, miseria y lamentos. Él es la luz eterna, nosotros las tinieblas eternas; él la vida, nosotros la muerte; él la justicia, nosotros el pecado. Es un matrimonio muy desigual. Pero ¿qué hace el esposo? Es tan exigente que no habitará con su esposa hasta haberla adornado primero en sumo grado. ¿Cómo se hace eso? El apóstol Pablo lo enseña cuando dice en Tit 3:5-6: “Entregó su tierno cuerpo a la muerte por ellos y los roció con su santa sangre y los limpió por el lavamiento de la regeneración y por la renovación del Espíritu Santo.” Instituyó un lavamiento; ese lavamiento es el bautismo, con el cual la lava. Más aún, le ha dado su Palabra; en ella cree ella y por su fe llega a ser esposa. El esposo viene con todos sus tesoros; pero yo vengo con todos mis pecados, con toda mi miseria y mis penas de corazón. Pero como esto es un matrimonio y una unión, en el sentido de que llegan a ser una sola carne, Gn 2:24; Mt 19:5, y dejan padre y madre y se unen el uno al otro, deben abrazarse y no repudiarse, aunque uno esté un poco enfermo y torpe; porque lo que toca al uno, el otro también debe soportarlo.

17 Por eso la esposa dice: Soy tuya, tienes que tenerme; entonces él debe tomar sobre sí al mismo tiempo toda mi desgracia. Así pues, mis pecados son justicia eterna, mi muerte vida eterna, mi infierno cielo; porque estos dos, pecado y justicia, no pueden existir juntos, ni el cielo y el infierno. Si hemos de juntarnos, uno debe consumir y fundir al otro para que seamos unidos y lleguemos a ser uno. Ahora bien, su justicia es verdaderamente incomparablemente más fuerte que mis pecados, y su vida inmensurablemente más fuerte que mi muerte; pues él es la vida misma, donde toda vida debe ser encendida. Por eso mi muerte se desvanece así en su vida, mis pecados en su justicia y mi condenación en su salvación. Aquí mi pecado es metido a la fuerza entre el martillo y el yunque, para que perezca y se desvanezca. Pues ahora, habiendo sido quitado mi pecado, mi inmundicia, él debe adornarme y vestirme con su justicia eterna y con toda su gracia hasta que yo llegue a ser hermosa; porque soy su esposa. Así, pues, me apropio de todo lo que él tiene, como él toma para sí todo lo que yo tengo; como dice el profeta Ezequiel 16:6 y siguientes: «Pasé junto a ti, y estabas desnuda, y tus pechos se habían formado y estabas en edad de casarte; entonces extendí mi manto sobre ti y cubrí tu desnudez, te di mi Palabra y te puse hermosos zapatos rojos.» Aquí cuenta muchos actos de bondad que hizo por ella; y luego se queja en el v. 15 de cómo ella se hizo ramera. Nos dice todo esto para que sepamos que nos vistió con sus riquezas y que nosotros de nosotros mismos nada tenemos. Quien no se aferre aquí a esto como cierto, a que de sí mismo nada tiene sino solo las riquezas de Cristo, y no pueda decir sin duda: Tú eres mío, todavía no es cristiano.

18 Ahora bien, puesto que Cristo es mío y yo soy suyo: si Satanás se enfurece, tengo a Cristo, que es mi vida; si el pecado me inquieta, tengo a Cristo, que es mi justicia; si el infierno y la perdición me atacan, tengo a Cristo, que es mi salvación. Así, aunque dentro se enfurezca lo que quiera, si tengo a Cristo, puedo mirar a él, de modo que nada me pueda dañar. Y esta unión de lo divino con lo humano se señala aquí en la figura de la fiesta de bodas, y el excelso amor que Dios nos tiene, en el amor de la esposa.

19 Ahora bien, el vestido de boda es Cristo mismo, del cual nos revestimos por la fe, como dice el apóstol en Ro 13:14: «Vestíos del Señor Jesucristo.» Entonces el vestido resplandece por sí mismo, es decir, la fe en Cristo da fruto por sí misma, a saber, el amor que obra por la fe en Cristo. Estas son las buenas obras, que también brotan de la fe, y salen enteramente de balde, y se hacen solo para el bien de nuestro prójimo; de lo contrario son obras paganas, si no fluyen de la fe; después serán reducidas a nada y condenadas, y echadas en las tinieblas de más afuera.

20 Esto se indica aquí en el atar sus manos y pies. Las manos, como se dijo, son las obras, los pies la manera de vida en que confió y así dejó de aferrarse solo a Cristo. Porque le reprochamos que no tenía el vestido de boda, es decir, a Cristo; por eso debe perecer con sus obras; pues no resplandecieron desde la fe, desde el vestido. Por tanto, si quieres hacer buenas obras, cree primero; si quieres dar fruto, sé primero un árbol, luego el fruto seguirá por sí mismo.

21 Aquí también se observa fácilmente el error con el cual muchos han pervertido el evangelio, al decir: Aunque el papa y su séquito sean malvados, sin embargo debemos obedecerle y reconocerlo como cabeza de la cristiandad. Que haga lo que quiera, y sin embargo no puede errar, y aunque no tenga el vestido de boda, no obstante está en la congregación. Pero no son tan buenos que se los pueda comparar con el que no tenía vestido de boda. Son los villanos y homicidas que mataron a los siervos del Rey; y aun si fueran dignos de compararse con él, el evangelio en esta parábola no nos enseña a seguirlos, sino a echarlos fuera y a protegernos contra ellos. Porque quien no tiene el vestido de boda no pertenece a la congregación, es inmundicia, como la baba, el pus y las úlceras en el cuerpo; están ciertamente en el cuerpo, pero no son parte del cuerpo sano. Entre el dinero hay falsificaciones, pero no son dinero; entre el trigo hay paja, pero no es trigo; así estos están entre los cristianos, pero no son cristianos. Esto basta sobre el evangelio de hoy. Pidamos a Dios gracia, para que ninguno de nosotros venga sin vestido de boda a tan precioso y glorioso banquete de bodas.

Sermón para el vigésimo domingo después de la Trinidad; Mateo 22:1-14 (segundo sermón)

LA FIESTA DE BODAS DEL REY PARA SU HIJO Y EL VESTIDO DE BODA; O ACERCA DEL REINO DE CRISTO.

EL REINO DE CRISTO.

1 Este evangelio es una amonestación muy seria, como la epístola de hoy, a aprovechar bien el tiempo del evangelio; y una terrible amenaza del espantoso castigo que caerá sobre las cabezas seguras y soberbias que desprecian el tiempo del reino de gracia y persiguen la predicación del evangelio, y sobre los espíritus falsos y frívolos que llevan el nombre del evangelio y de Cristo por aparentar y no lo dicen en serio. Y en este evangelio se pinta bien y se aclara qué son las multitudes que se llaman pueblo de Dios o iglesia y poseen su Palabra, y cómo son y obran tanto en su naturaleza interior como en su apariencia exterior.

2 Primero, Dios edifica su cristiandad de tal manera que la llama, y lo que pertenece a su gobierno, el reino de los cielos; para significar que ha llamado y separado del mundo un pueblo para sí aquí en la tierra por la Palabra de su evangelio; no para que se organice y disponga, como el gobierno externo y civil, con dominio temporal, poder, posesiones, gobierno y mantenimiento de la justicia externa mundana, disciplina, defensa, paz, etc. Porque todo esto ya fue ordenado antes abundantemente, y se mandó y se puso en el hombre que gobernara en esta vida lo mejor que pueda; aunque esto también está debilitado y echado a perder por el pecado, de modo que no es como debería ser, y es un gobierno pobre, miserable y débil, tan débil y pasajero como el cuerpo humano, y no puede llegar más lejos, en su mejor estado, que el estómago, mientras el estómago cumpla sus funciones. Pero por encima de eso Dios ha dispuesto e instituido su propio gobierno divino, después de revelar su insondable gracia y dar su Palabra para preparar y reunir un pueblo, al cual redimió de su ira, de la muerte eterna y del pecado, por el cual cayeron en tal miseria, y del cual no podían ayudarse con ninguna sabiduría, consejo o poder humano, y le enseñó a conocerlo rectamente y a alabarlo y ensalzarlo para siempre.

3 Cristo llama aquí a su reino el reino de los cielos, donde no gobierna de manera temporal ni trata de las cosas de esta vida; sino que fundó y desarrolló un reino eterno e imperecedero, que comienza en la tierra por la fe, y en el cual recibimos y poseemos las riquezas eternas: el perdón de los pecados, el consuelo, la fortaleza, la renovación del Espíritu Santo, la victoria y el triunfo sobre el poder de Satanás, de la muerte y del infierno, y finalmente la vida eterna de cuerpo y alma, es decir, la comunión y bienaventuranza eternas con Dios.

4 Tal reino divino solo puede ser gobernado, edificado, protegido, extendido y mantenido por medio del oficio externo de la Palabra y de los sacramentos, por los cuales el Espíritu Santo es poderoso y obra en los corazones, etc., como he dicho a menudo al hablar sobre este tema.

5 Pero de la manera más amable y consoladora nos lo pinta aquí Cristo nuestro Señor, al compararlo él mismo con una fiesta real de bodas; cuando se daba una esposa al hijo del Rey, y todos estaban llenos de la más alta alegría y gloria, y muchos eran invitados a estas bodas y a su gozo. Porque esta es, entre todas las parábolas y figuras con que Dios nos presenta el reino de Cristo, una escogida y hermosa: que la cristiandad o el estado cristiano es una fiesta de bodas o una unión matrimonial, donde Dios mismo escoge en la tierra una iglesia para su Hijo, que toma para sí como esposa. Dios quiere darnos a conocer aquí, por nuestra propia vida y experiencias, y reflejar como en un espejo lo que tenemos en Cristo; y también por el estado común del matrimonio en la tierra, en el cual nacimos, fuimos criados y ahora vivimos, nos predica cada día un sermón y una amonestación para que recordemos y consideremos este gran misterio (pues así lo llama san Pablo en Ef 5:32), a fin de que la vida conyugal de un hombre y una mujer, instituida por Dios, sea una señal grande, hermosa y admirable, y una figura tangible y sin embargo espiritual, que señala y explica algo especial, excelente y grande, oculto e inconcebible para la razón humana, a saber, Cristo y su iglesia.

6 Porque esto acompaña al estado matrimonial, donde es digno del nombre y puede llamarse una vida verdaderamente matrimonial, donde marido y mujer viven de veras juntos: primero, verdadera confianza de corazón el uno en el otro por ambas partes, como Salomón en Pr 31:11, entre otras virtudes de una mujer piadosa, alaba también esta: «El corazón de su marido está en ella confiado»; es decir, le confía su cuerpo y vida, su dinero, sus bienes y su honra. Asimismo, por otra parte, el corazón de la mujer se aferra a su marido, que es su tesoro más alto y querido en la tierra; porque espera y tiene en él honra, protección y ayuda en todos los tiempos de su necesidad. Una confianza y un afecto tan completamente armoniosos, iguales y eternos no se encuentran entre otras personas y estados de la vida, por ejemplo entre amo y criado, señora y criada, sí, ni siquiera entre hijos y padres. Porque allí el amor no es así de igual, fuerte y perfecto de unos a otros, y no perdura una unión eterna como en el estado matrimonial, instituido por Dios; como dice el texto de Gn 2:24: «Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.»

7 De tal amor y confianza de corazón se sigue también la comunión en todo lo que tienen en común el uno con el otro o en todo lo que les sucede, bueno o malo; de modo que cada uno debe aceptarlo como propio, y añadir y prestar ayuda al otro con sus medios, y ambos sufren y gozan, se alegran y se afligen juntos, según les vaya bien o mal.

8 Esto debe ser, pues, una parábola o señal de la grande, misteriosa y admirable unión de Cristo y su iglesia, de la cual somos miembros todos los que creemos en él, y, como dice san Pablo en Ef 5:30, de su carne y de sus huesos, como en la creación la mujer fue tomada del hombre. Ciertamente debe ser un amor de Dios hacia nosotros grande, insondable e inexpresable, que la naturaleza divina se una así con nosotros y se hunda en nuestra carne y sangre, de modo que el Hijo de Dios verdaderamente se haga una carne y un cuerpo con nosotros, y nos reciba con tanto amor que no solo está dispuesto a ser nuestro hermano, sino también nuestro esposo, y se vuelve a nosotros y nos da como propios todos sus tesoros divinos, sabiduría, justicia, vida, fuerza, poder, para que en él seamos también partícipes de su naturaleza divina, como dice san Pedro en 2 P 1:4. Y es su placer que creamos esto, para que seamos puestos en posesión de esta honra y de estas riquezas; entonces podemos regocijarnos y con toda seguridad consolarnos en este Señor, como una esposa en las riquezas y la honra de su prometido. Y así su cristiandad es su esposa y emperatriz en el cielo y en la tierra, pues se llama la esposa de Dios, que es Señor de todas las criaturas, y se sienta en lo más alto de su gloria y poder sobre el pecado, la muerte, Satanás, el infierno, etc.

9 Mira, esto nos lo muestra en la figura cotidiana de la fiesta de bodas o del estado matrimonial, donde vemos el amor y la fidelidad de los casados piadosos; también en la fiesta de bodas, en la alegría y las riquezas de la esposa y del esposo; para que aprendamos a creer esto y pensemos también que el corazón y la mente de Cristo están verdaderamente así dispuestos hacia su esposa la iglesia; pero con amor, fidelidad y gracia mucho mayores. Esto nos lo muestra claramente en su Palabra del evangelio y por el Espíritu Santo, a quien da a su iglesia; y prepara la gloriosa y gozosa fiesta de bodas, en la cual se desposa con su esposa y la toma para sí, y, para hablar a nuestra manera infantil y humana, lleva a su esposa al baile como con flauta y tambor, y la toma en su brazo; y también la honra y adorna con todas sus galas, esto es, con el borrar y lavar los pecados, con la justicia y el don del Espíritu Santo, y con su luz, conocimiento, fuerza y todos los dones que pertenecen a esa vida. Estas son cadenas, anillos, terciopelo, seda, perlas, tesoros y joyas distintos de los terrenales, que son solo una imagen muerta de aquellos tesoros celestiales.

10 Por eso, dondequiera que veas u oigas a novia y novio, o el gozo y la hermosura de una fiesta de bodas, allí abre tus ojos y tu corazón, y mira lo que tu amante Señor y Salvador te presenta y muestra, que prepara para ti, su amada esposa, miembro vivo si crees en él, una gloriosa fiesta real de bodas. En ella hay gozo eterno, buen ánimo, cantos y saltos, adornos eternos, y todas las riquezas y la plenitud de todo bien.

11 Por eso debe crecer y aumentar en ti una confianza de corazón en él, de que te llamó y escogió por el bautismo a su comunión por su inexpresable y entrañable amor y te recibió, para librarte del pecado, de la muerte eterna y del poder de Satanás, y te comunicó su cuerpo y vida, y todo lo que tiene; sí, se entregó tan completamente a ti, que no solo puedes gloriarte de lo que hizo por ti y te dio, sino que puedes gloriarte confiada y gozosamente en él como siendo tuyo. Y así como una esposa descansa con confianza de corazón en su esposo y tiene el corazón del esposo como su propio corazón, así descansa tú desde lo profundo de tu corazón en el amor de Cristo, y no albergues duda de que él no está dispuesto hacia ti de otra manera que como tu propio corazón.

12 Pero a esto se opone sobremanera en nosotros nuestro viejo Adán, nuestra carne y sangre, nuestra ceguera y la dureza endurecida de nuestros corazones, que no nos permite verlo ni creerlo; sobre todo si vemos y experimentamos en nosotros mismos y en esta vida miserable otras cosas ante nuestros ojos y sentidos. Porque la razón ve y entiende bien que la fiesta de bodas y el amor nupcial son en sí mismos una figura amable y alegre, y se puede enseñar que Cristo es un esposo hermoso, noble, piadoso y fiel, y su iglesia una esposa gloriosa y bienaventurada. Pero las cosas se detienen después, cuando cada uno ha de creer por sí mismo que también es de Cristo y miembro de su cuerpo y que Cristo tiene tal corazón y amor hacia él. La razón es que yo no veo en mí tan excelente gloria, sino al contrario mi debilidad e indignidad, y no siento sino pena, tristeza y toda clase de sufrimiento, y aun la muerte, el sepulcro y los gusanos que están por consumirme.

13 Pero frente a esto debes aprender a creer la Palabra que Cristo mismo te dice y que Dios te manda creer, que es verdad (a menos que quieras hacer mentiroso a Dios), sin importar lo que sientas en tu corazón. Porque si has de creer, no debes aferrarte a lo que te dicen tus pensamientos y sentimientos, sino a lo que dice la Palabra de Dios, por poco que experimentes de ella. Por tanto, si eres una persona que siente su necesidad y miseria y desea de corazón participar de este consuelo y amor de Cristo, inclina entonces tus oídos y tu corazón hacia Cristo, y aférrate a esta figura consoladora que te presenta, con la cual muestra que quiere ser conocido y creído por ti, que tiene en su corazón un amor mucho más cálido y una fidelidad más leal hacia ti que cualquier esposo hacia su amada esposa. Y por otra parte tú debes tener una confianza y un gozo mucho más sinceros y mayores en él que cualquier esposa en su esposo. De modo que aquí puedas justamente reprenderte por tu incredulidad, y decir: Mira, ¿puede el amor nupcial causar tal confianza y gozo de corazón entre la esposa y el esposo, que es todavía de orden bajo y pasajero? ¿Por qué no me regocijo mucho más en mi santo y fiel Salvador Cristo, que se entregó por mí y a mí enteramente como propio? ¡Vergüenza me dé por mi incredulidad, que mi corazón no esté aquí lleno de risa y de gozo eterno, cuando oigo y sé cómo me dice por su Palabra que quiere ser mi amado esposo! ¿No debería yo tener aquí más bien otro gozo, más alto, y mis ojos, pensamientos, corazón y toda mi vida aferrarse más a mi amado Salvador que una esposa a su esposo, la cual, si es una esposa piadosa y fiel, no ve ni oye ciertamente nada con más gusto que a su cónyuge? Sí, aun cuando no lo ve y él está ausente de ella, su corazón se aferra a él, de modo que no puede sino pensar en él.

14 Sin embargo, como dije, es nuestro viejo Adán, la naturaleza corrompida, la que no permite que el corazón se aferre a este conocimiento, gozo y consuelo. Por eso es y sin duda seguirá siendo, como lo llama san Pablo en Ef 5:32, un misterio, algo secreto, profundo, oculto, incomprensible, y sin embargo algo grande, excelente y admirable. No solo para el mundo ciego y necio, que nada puede pensar ni entender de estas altas cosas divinas; sino también para los amados apóstoles y los cristianos avanzados, que en esto tienen bastante que aprender y creer, y ellos mismos se ven obligados a confesar cuánto trabajaron en ello, predicaron sobre ello, se esforzaron por alcanzarlo, y para ellos sigue siendo todavía un misterio en esta vida.

Pues san Pablo mismo se quejaba a menudo de que no obraba en él tan poderosamente, a causa de su carne y sangre, como debería obrar si fuera plenamente entendido y comprendido como debe; porque él y otros santos no habrían estado tan angustiados, tristes y aterrados como él lo estuvo a menudo, y como también el profeta David se lamentó en muchos salmos; sino que sus corazones se habrían elevado en puro gozo. Sin embargo, estarán libres de todo esto en la vida venidera, donde verán sin ningún velo ni oscuridad en la vista, y serán llenos de gozo y vivirán para siempre. Por ahora sigue siendo una fiesta de bodas misteriosa, oculta, espiritual, que no se ve con los ojos ni se capta con la razón; sino que solo la fe puede captarla, pues la fe se atiene solo a la palabra que oye acerca de ella, y aun así la capta muy débilmente a causa de nuestra carne perversa.

15 Porque esta fiesta de bodas es tan totalmente ajena a la razón, que esta se aterra cuando piensa cuán grande es. Hablo todavía de los cristianos; pues los otros no llegan a ella, la tienen simplemente por imposible, sí, por mera charla de necios y una fábula, cuando oyen que Dios se hace esposo del hombre; pero los cristianos que han comenzado a creerlo, tienen que quedar conmovidos y asombrados ante su grandeza: Dios mío, ¿cómo me exaltaré tan alto como para jactarme de ser esposa de Dios, y del Hijo de Dios mi esposo? ¿Cómo llego yo, un pobre y ofensivo gusano del polvo, a esta honra, que nunca les tocó a los ángeles en el cielo, que la eterna Majestad se abaje tan profundamente hasta mi pobre carne y sangre y se una a mí tan a fondo que quiera ser un solo cuerpo conmigo, y yo, sin embargo, desde la planta del pie hasta la coronilla estoy tan completamente lleno de inmundicia, lepra, pecado y hedor delante de Dios; cómo seré entonces considerada la esposa de la alta, eterna y gloriosa Majestad y seré un solo cuerpo con él?

16 Pero oye bien que Dios quiere que así sea. En Ef 5:25-27 dice: Yo vestiré y presentaré ante mí una esposa, que será mi iglesia, gloriosa, de la gloria que yo mismo tengo y que no tenga mancha ni arruga, sino santa y sin mancha, etc., tal como yo soy. No habla de una esposa que encuentre en este estado, pura, santa, irreprensible, sin mancha, etc.; tal esposa no debería buscarla en la tierra, sino que debería haberse quedado entre sus ángeles en el cielo para encontrarla allí. Pero se reveló a los hombres por su Palabra, ciertamente no por el bien de esta vida, sino para ser alabado eternamente por medio de ella; y por eso debió de tener en mente algo mayor que hacer con ella y por medio de ella. El gran misterio es que no tomó sobre sí la naturaleza de los ángeles, sino que se unió con la naturaleza humana.

17 Aquí en la tierra no encuentra sino una esposa corrompida, sucia, desvergonzada, condenada, de Satanás, que se ha vuelto infiel a Dios, su Señor y Creador, y ha caído bajo su ira y maldición eternas. Si ahora ha de conseguir aquí una esposa o congregación, que ciertamente debe ser también pura y santa, pues de otro modo no podría haber aquí unión, entonces debe primero y en sumo grado mostrar su amor, aplicando su pureza y santidad a los pecados y a la condenación de ella, y así la limpia y santifica. Esto lo hizo, como dice san Pablo en Ef 5:25-26, al entregarse a sí mismo por ella y comprarla con su sangre para santificarla para sí, y además limpiarla y lavarla con el bautismo de agua; y añade una Palabra que se oye. Por medio de la misma Palabra y bautismo la prepara para ser su amada esposa, y la alaba y la declara pura de pecado, de la ira de Dios y del poder de Satanás; además desea que ella se estime también como una amada, hermosa, santa y gloriosa esposa del Hijo de Dios.

18 Aquí nadie ve cuán excelente obra se realiza así oculta y secretamente por la Palabra de Dios, el bautismo y nuestra fe; y sin embargo por ella se logra el resultado de que esta compañía de pobres hombres pecadores, que no eran dignos de contemplar a Dios ni de lejos por su gran inmundicia, son hechos, mediante este baño y lavamiento, limpios, hermosos y santos, de modo que agradan a Dios como esposa de su amado Hijo y como su amada hija; y esta purificación comenzada en esta vida, la desarrolla y continúa constantemente en ella hasta que le sea presentada más pura y hermosa que la luz y el resplandor del sol.

19 Por eso un cristiano debe aprender a creer esto, para que en adelante no se considere a la luz de su primer nacimiento, como nació de Adán; sino como es llamado a Cristo y bautizado en él, y como todos los cristianos confía en él y está unido con él; así deben aferrarse a él como a su esposo, que por el mismo lavamiento de la regeneración y la renovación del Espíritu Santo, mientras todavía están inmundos, los purifica y adorna continuamente hasta el día en que presente su iglesia a sí mismo, no solo sin mancha ni defecto, sino también sin arruga, muy hermosa, lozana y perfecta, como una juventud fresca.

20 Por tanto, no te aterres si te sientes demasiado indigno e impuro; porque si tus pensamientos se fijan en eso, olvidarás y perderás esta confianza y seguridad en Cristo. Pero debes atender a la Palabra que Cristo te dice: Aunque estés lleno de pecado, muerte y perdición, sin embargo aquí tienes mi justicia y vida, que te aplico y te doy. Si estás impuro y sucio, aquí tienes el lavamiento del bautismo y de mi Palabra, por el cual te lavo y te declaro limpio, y te limpiaré constantemente por los siglos de los siglos hasta que te presentes ante mí y ante todas las criaturas perfectamente hermoso y puro.

21 Esto no solo nos lo dice por su Palabra; sino que, para que no nos quejemos de haber quedado sin amonestación y predicación, nos lo presenta en tantas figuras y parábolas cotidianas del amor matrimonial, sí, del primer calor y fervor entre una novia y un novio; cuando vemos cómo ambos corazones se aferran el uno al otro y uno tiene gozo y placer en el otro. Aquí la novia no teme en lo más mínimo que su novio le cause sufrimiento o daño o la deseche; sino que con entrañable afecto confía en él y no duda de que la tomará en sus brazos, se sentará con ella a la mesa y le dará como propio todo lo que tiene. También en esto debemos conocer verdaderamente el corazón de Cristo, y no permitir que nos lo figuremos de otro modo que como lo oímos y vemos tanto en su propia Palabra como en las parábolas y señales que nos lo presentan, para que verdaderamente jamás nos atrevamos a quejarnos, sino de nosotros mismos y de nuestro viejo Adán que nos estorba en nuestro hermoso gozo.

22 Pues ¿no se haría el hombre su propio enemigo, y desearía solo que la muerte pronto acabara con él, por la razón de que no se conoce a sí mismo y no puede, como debería, gustar y disfrutar rectamente su gran tesoro, gozo y bienaventuranza? Y así quizá sería lo mejor para nosotros, salvo que esta vida con sus tentaciones, cruz y sufrimientos ha de ser la escuela en la cual siempre y cada día aprendemos más y más a conocer lo que él es en nosotros y nosotros en él, y en la cual por eso también trabajamos para asirlo, así como él corrió tras nosotros y nos asió, al buscarnos y ganarnos para sí con su sudor y sangre. ¡Ay, sin embargo, que somos demasiado débiles, perezosos y lentos para correr así tras él en esta vida!

23 Mira, tal es la gloriosa boda real en este reino, que Cristo llama el reino de los cielos, y a la cual nosotros, todos nosotros, convidados y no convidados, judíos y gentiles, venimos por medio del evangelio que resuena en todo el mundo, llamados como por flautas y tambores que, al modo de las Escrituras, se llaman las voces del esposo y de la esposa. Es decir, una voz o sonido y tono nupcial, que es señal de las bodas y de los gozos, y ha de anunciar a todos tal gozo y llamarnos a él.

24 Pero considera ahora además cómo le va a esta fiesta de bodas en el mundo, y cómo se porta el mundo hacia ella cuando ha de hacerse partícipe de este bienaventurado reino. Acabamos de oír cuán difícil es esto, a causa de su carne, aun para los cristianos, aunque se esfuercen por alcanzar este reino de Dios y busquen su consuelo en Cristo. Pero ahora se muestra además cómo el otro reino adverso, el del diablo en el mundo, como en su imperio (a quien Cristo en Jn 12:31 llama príncipe de este mundo, y san Pablo, Ef 6:12, señor del mundo), lucha contra el reino de Dios y empuja y persigue a la gente, para que no acepte ni oiga la alegre y consoladora palabra acerca de estas bodas y este gozo en Cristo, sino que, a sabiendas y con conocimiento, lo desprecie, sí, se oponga a él, aunque sean llamados y convidados a él.

25 Esto se dice especialmente del pueblo judío, que son los primeros convidados a quienes Dios envió a sus siervos, primero los patriarcas y profetas, después también los apóstoles, haciendo que se les rogara y amonestara que no descuidaran el tiempo de su bienaventuranza y salvación. Ellos, sin embargo, no solo desprecian esto, sino que se lanzan contra los siervos de Dios, que les ofrecen tal gracia, para matarlos a golpes; ni quieren escuchar ni tolerar que se les diga más de estas bodas.

No son gente común y corriente, sino los mejores, más sabios y santos de todos, que están ocupados en cosas mucho más elevadas y necesarias que en dejarse persuadir de venir a estas bodas, a recibir bienes de balde y ser ayudados a entrar en el cielo. Saben mucho mejor por sí mismos cómo, por su propia preciosa vida, llevar a cabo grandes obras, la santidad de la ley y el servicio de Dios. De esto se dice más en la historia evangélica de la gran cena (Lc 14), acerca de los que se excusan y no quisieron venir.

26 Semejantes a estos son también todos los que son llamados por el evangelio a la fe y al conocimiento de Cristo, pero no quieren oírlo ni aceptarlo. Estos son siempre la mayor y mejor parte del mundo, que, como sabemos, quieren llamarse pueblo de Dios e iglesia. También ellos tienen que atender a cosas mucho mayores y mejores: cómo mantener su hermoso y glorioso estado y condición, que llaman el gobierno y la gloria de la iglesia. De eso no quieren oír, y lo estiman una innovación y un cambio del buen y loable orden antiguo, etc. Y cuanto más se les insta a obedecer el evangelio, menos lo escuchan, y con más amargura lo persiguen, como lo tenemos siempre ante nuestros ojos en el mundo.

27 Pues bien, debemos por tanto honrar en su fiesta de bodas al Rey y Señor de gloria, y darle gracias por su abundante gracia y por el bien al cual nos ha llamado y del cual nos hace dignos, siempre que nos juzguemos dignos de la vida eterna, como dice san Pablo en Hch 13:46. Y cualquiera que fuera lo que los hombres ganaran con ello, Cristo se lo ha predicho con esto. Así lo han experimentado ellos mismos y la creencia, por así decir, ha llegado a sus manos, de que no les contó una historia falsa, sino que se ha comprobado sobradamente que el rey envió su ejército y mató a estos homicidas, lo cual la experiencia de ya 1.500 años ha confirmado, a saber, que este juicio no ha sido quitado, y que así finalmente la ira ha venido sobre ellos y quedarán reducidos a nada. Porque él mismo muestra que nunca se ha arrepentido de ello, pues inmediatamente después dice a sus siervos: V.8. “Las bodas a la verdad están preparadas; mas los que fueron convidados no eran dignos”, etc.

28 Lo cual es también, para otros despreciadores y perseguidores, una terrible señal y ejemplo de la ira final resuelta contra ellos y de tal castigo con el cual acabará también del todo con ellos, porque no quisieron participar ni disfrutar de esta fiesta: como ya ha sucedido a Grecia y a Roma, y sucederá igualmente a nuestros blasfemos y perseguidores, a menos que venga entre tanto el día del juicio.

29 Estos, pues, han recibido su juicio como lo quisieron. Pero para que Cristo consiga todavía gente para su fiesta de bodas, sus siervos deben seguir continuamente con su predicación, e invitar y llamar a cuantos hallen, hasta reunir tantos que las mesas estén llenas, no ciertamente de los grandes, de los hombres santos y poderosos (que fueron invitados primero pero no quisieron venir). Antes bien, los pobres, los mancos y los cojos, como dice en otro lugar, deben alegrarse de que se les permita venir a esta fiesta; es decir, los gentiles, que no se cuentan entre el pueblo de Dios y no tienen nada de qué enorgullecerse.

Pero entre esta compañía que aquí está sentada a la mesa, se halla también un pícaro, a quien el rey, al pasar revista a los convidados, reconoce pronto y juzga que no tiene vestido de boda, y que ha venido no en honor de las bodas, sino deshonrando al esposo y al señor que lo ha invitado. Ahora bien, estos son los que también se dejan contar entre los verdaderos cristianos, oyen el evangelio, están en la comunión externa de la iglesia verdadera y hacen ante la gente como si también fueran del evangelio, y sin embargo no lo toman en serio.

30 Con esto Cristo muestra quiénes son en la tierra esa comunidad que se llama la iglesia, a saber, no los que persiguen la Palabra de Dios y a sus siervos del evangelio. Porque estos ya están totalmente excluidos y apartados por su juicio final; sí, han derramado su propia leche por su acto público y confesado de no aceptar ni tolerar esta predicación del evangelio, y no deben ni pueden ser considerados entre los cristianos miembros de la iglesia, porque no tienen su doctrina ni su fe. Tan poco como se puede considerar iglesia o miembros suyos a los paganos declarados, a los turcos y a los judíos.

Tal juicio debemos ahora también pronunciar sobre nuestros perseguidores y blasfemos del evangelio, como por ejemplo el papa y su séquito, y separarnos enteramente de ellos, pues no pertenecen en absoluto a la iglesia de Cristo, sino que están condenados por su propio juicio; de lo cual dan testimonio al habernos expulsado como proscritos y desterrados. Pero la iglesia en la tierra, si hablamos de la comunidad externa, es una reunión de los que oyen, creen y confiesan la doctrina recta del evangelio de Cristo, y tienen consigo al Espíritu Santo que los santifica y obra en ellos por la Palabra y los sacramentos. Sin embargo, entre estos hay algunos falsos cristianos e hipócritas, que no obstante están de acuerdo con ellos en la misma doctrina y también participan de la comunión en los sacramentos y en los demás oficios externos de la iglesia.

31 Sí, a tales personas los cristianos tienen que soportarlas en su congregación y no pueden, tal como son los hombres, evitarlo ni impedir que estén entre ellos, ni pueden quitarlas o expulsarlas de su congregación. No pueden, en efecto, juzgarlas y reconocerlas a todas, sino que tienen que sobrellevarlas y tolerar su compañía, pero solo hasta que Dios mismo venga con su juicio, de modo que se manifiesten y se delaten por su vida perversa o su falsa creencia y espíritu de herejía como no siendo verdaderos y sinceros cristianos. De esto habla san Pablo en 1 Co 11:19: «Es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados», y por otra parte también los que no son aprobados.

32 Así entra aquí el Rey, para ver él mismo a los convidados, y pone de manifiesto al que no tiene el vestido de boda. Y ahora que se ha manifestado y sin embargo, hipócrita como es, impenitente, obstinado y mudo, hace que lo aten de pies y manos y, para que no goce de la fiesta, sea echado de la reunión festiva, donde no hay sino luz y gozo, a las tinieblas, donde no hay consuelo ni bienaventuranza, sino solo llanto y crujir de dientes. Esto, pues, se hace igualmente en la iglesia, por lo cual tales pecadores impenitentes, convictos y vencidos, son también mostrados públicamente fuera de la congregación y declarados públicamente desterrados del reino de Dios.

33 Por eso los cristianos, que son los verdaderos y queridos convidados a estas bodas, tienen en todo tiempo este consuelo: que los otros que no pertenecen a ellas, es decir, tanto perseguidores como falsos hermanos, no las disfrutarán. Porque así como los primeros, los perseguidores, se manifiestan como no siendo miembros de la iglesia, al excluirse a sí mismos y apartarse; así también los otros, que por un tiempo se han colado y falsamente han buscado cobijo bajo el nombre y la apariencia de verdaderos cristianos, también finalmente se manifestarán. Esto también lo dice san Pablo, 1 Ti 5:24-25: «Los pecados de algunos hombres se hacen patentes antes que ellos vengan a juicio; mas a otros se les descubren después. Asimismo se hacen manifiestas las buenas obras; y aunque no lo sean, no pueden permanecer ocultas.»

34 Y de aquí se entiende fácilmente qué se quiere decir con que este hombre estuviera sin vestido de boda, a saber, sin el nuevo adorno con que agradamos a Dios, que es la fe en Cristo, y por tanto también sin buenas obras verdaderas. Permanece en los viejos andrajos y harapos de su propia presunción carnal, incredulidad y seguridad, sin penitencia ni entendimiento de su miseria. No busca de corazón consuelo en la gracia de Cristo, ni mejora su vida por ella, y no busca en el evangelio más de lo que su carne codicia. Porque este vestido de boda debe ser la nueva luz del corazón, encendida en el corazón por el conocimiento de la bondad de este esposo y de su fiesta de bodas. Así el corazón se aferrará enteramente a Cristo y, traspasado por tal consuelo y gozo, vivirá y obrará de tal modo como sabe que le agrada a él, como una esposa hacia el esposo.

35 A esto llama san Pablo «vestirse del Señor Cristo» (Gá 3:27; Ro 13:14), también «estar vestidos, para que no seamos hallados desnudos» (2 Co 5:3); lo cual ocurre especialmente por la fe, por la cual el corazón es renovado y purificado, y de la cual después también siguen y se comprueban los frutos, siempre que sea la fe verdadera. Por otra parte, donde no hay fe, tampoco está el Espíritu Santo, ni tales frutos que agradan a Dios. Porque quien no conoce a Cristo por la fe y no lo tiene en su corazón, también se preocupará poco por la palabra de Dios, ni pensará en vivir según ella; seguirá siendo soberbio, insolente y terco, aunque exteriormente, con falsa apariencia, practique la hipocresía y el engaño.

Sermón para el vigésimo tercer domingo después del Domingo de la Trinidad; Mateo 22:15-22

1 En este evangelio se nos pinta cómo la alta razón y la sabiduría humana concuerdan con la sabiduría divina, y cuán desvergonzadamente atacan aun cuando quieren ser las más prudentes; como sucede aquí con los fariseos, que eran la mejor y más inteligente gente entre los judíos, como ellos mismos lo demuestran; y sin embargo su sabiduría tiene que convertirse en necedad. No podían atrapar a Cristo en sus sermones ni en sus obras; y sin embargo habrían querido gustosamente hallar un motivo para darle muerte. Por eso pensaron apresarlo del modo más sutil, y le propusieron un silogismo agudo, tan agudo que la razón humana no habría podido idear uno más agudo; y le dijeron:

V.16, 17. “Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y enseñas el camino de Dios con verdad, y no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres. Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no?”

2 Se imaginaban así: ahora lo vamos a atrapar, porque tiene que responder sí o no. Si dice que sí, lo hemos vencido; si dice que no, también queda atrapado. Al decirle «Maestro», pretenden obligarlo a responder y a estar de acuerdo con ellos como es debido; y al decirle «sabemos que eres amante de la verdad», le recuerdan su oficio. ¿Adónde huiría Cristo? Todas las puertas estaban cerradas para él. Pero no quiso escapar por la abertura que ellos habían hecho.

3 ¿No era esto un ardid sutil? ¿No demuestran suficientemente que eran gente prudente? De cualquier modo que su Señor respondiera, habría sido apresado. Sí, ¿no obraron con suficiente sagacidad al traer consigo a los siervos de Herodes? y pensaron, en verdad, lograr su fin por estratagema, para que no escapara. Pensaban así: Espera, ahora lo aconsejaremos; si dice que no, están presentes los siervos de Herodes y lo matarán como revolucionario y como quien se opone al gobierno romano. Si dice que sí, entonces hablará contra la independencia del pueblo judío, y nosotros alborotaremos al pueblo contra él. Porque los judíos quieren ser un pueblo libre y tener su propio rey, de su propia sangre, como Dios se lo prometió por medio de Moisés cuando escribió en Dt 17:15: «Ciertamente pondrás por rey sobre ti al que Jehová tu Dios escogiere; de entre tus hermanos pondrás rey sobre ti; no podrás poner sobre ti a hombre extranjero, que no sea tu hermano.» Y no sabían otra cosa sino que el mismo reino debía permanecer hasta el tiempo del verdadero rey, hasta el tiempo de Cristo; como el patriarca Jacob predicó acerca de ello y dijo: «No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh», Gn 49:10. Y con este fin Dios escogió también especialmente a este pueblo y formó de él un reino solo por causa de Cristo. Tenían muchos otros dichos para que no sirvieran a nadie, para que fueran la cabeza y no la cola, etc., Dt 28:44. Esto y otros pasajes semejantes movían a los fariseos y escribas entre el pueblo, y ellos se jactaban de ello; como ahora se les machaca a las gentes que la Iglesia no puede errar. Por eso pensaron así: Si dice que sí, blasfema contra Dios y es digno de muerte como blasfemo de Dios, y el pueblo lo apedreará; porque Dios prometió y acordó dar libertad a este pueblo, y en todo tiempo fueron el pueblo de Dios, aun en medio de su cautividad.

4 Sin embargo, en aquel tiempo, como al presente, no tenían rey, y por eso surgió entre el pueblo en general un gran murmullo, facción e insurrección. Porque este pueblo fue educado por la ley para que tuviera un rey de su propia carne y sangre, como dije; por eso no cesaban de oponerse a reyes y gobernantes extranjeros hasta que fueron destruidos y muchos, por consiguiente, sufrieron la muerte. Y esto sucedía con frecuencia; porque eran un pueblo de dura cerviz, rudo y endurecido; por eso los romanos, que en aquel tiempo tenían el gobierno y la autoridad sobre ellos, protegían bien el país y tuvieron que dividirlo en cuatro provincias, y en todas partes tomaron posesión a fondo por medio de príncipes y tetrarcas; para que ellos, así divididos, no se juntaran tan pronto y provocaran revolución, de modo que pudieran mantenerlos mejor sujetos donde quisieran rebelarse contra el imperio romano. Por eso Pilato era un gobernador puesto por Roma en el país de los judíos; Herodes, tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe, tetrarca de la región de Iturea y de Traconite, y Lisanias, tetrarca de Abilinia, como relata Lucas en 3:1, y todo con el propósito de hacer súbditos de Roma a los judíos. Por eso los judíos se volvieron airados, furiosos y necios, y especialmente en tiempo de Cristo, cuando deseaban grandemente tener su propio rey.

Por consiguiente, los fariseos idearon ahora este plan y pensaron así: Espera, los romanos quieren tener la autoridad y el gobierno; si responde que no a nuestra pregunta, entonces el tetrarca está a mano y lo decapitará; si dice que sí, entonces el pueblo en masa se levantará contra él y lograremos nuestro fin. Quieren así, según piensan, hallar motivo para dar muerte al Señor, o suprimir para siempre su doctrina y su obra entre el pueblo.

5 Como hacen aquí los judíos, así sucede en todas partes: que se pasan por alto las cosas principales y nos preocupamos por otros asuntos innecesarios. Así los fariseos toman aquí a su cargo y se ocupan de si son libres o no, viendo que tenían en la ley y en la Palabra de Dios la promesa de que no estarían sujetos a nadie más que a su propio rey, y sin embargo ahora están sujetos al emperador romano. Aprendieron en sus Escrituras cómo debían honrar a Dios y amar a su prójimo; eso lo dejaron y se ocupan de otros asuntos. Tenían la promesa de que si obraban conforme a la Palabra y al mandamiento de Dios serían un pueblo libre. De hacer esto no se preocupaban, y sin embargo querían ser libres y tener su propio rey. Nosotros obramos también exactamente de la misma manera. Queremos gozar de la libertad cristiana e imaginamos que si destruimos imágenes o desobedecemos al gobierno somos por eso cristianos, y así pasamos por alto la fe y el amor.

6 Pero ¿qué hace Cristo cuando los fariseos lo atrapan tan astutamente? Los mata con sus propias palabras y los atrapa con su propio consejo, con el cual pensaban atraparlo a él: no dice ni sí ni no; como escribe el evangelista y dice:

V.18-21. “Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario. Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? Le dijeron: De César.”

7 Aquí ves la jugada maestra que usa el Señor. Les pide que le entreguen la moneda del tributo y pregunta de quién es la imagen y la inscripción que lleva. Entonces le responden: De César. Él concluyó entonces libremente que estaban sujetos a César, a quien estaban obligados a pagar impuesto y tributo. Como si dijera: ¿Han permitido así que César venga entre ustedes, de modo que acuñe su moneda y su dinero circule y goce de favor entre ustedes? Entonces él ha triunfado en el juego; como si dijera: ustedes tienen la culpa de que César sea su gobernante. ¿Qué debían hacer ahora ante esta respuesta? Se maravillaron y se fueron; pensaban vencerlo de manera magistral, pero su sabiduría y astucia los engañaron.

8 Esto está escrito para nuestro consuelo, para que nosotros, que creemos en Cristo, sepamos que tenemos una sabiduría que sobrepasa con mucho toda otra sabiduría; una fortaleza y justicia que no se pueden comparar con ninguna fortaleza o justicia humana; porque contra el Espíritu Santo ningún consejo puede prevalecer. Tenemos el poder, por medio de Cristo, de pisotear el pecado bajo nuestros pies y de triunfar sobre la muerte, y también una sabiduría que supera la sabiduría de todo el mundo. Si Cristo vive en nosotros por la fe, entonces poseemos al que establece esto en nosotros; pero no se experimenta sino en tiempos de tentación y oposición: por eso, si hago uso de ello, entonces él viene y me da el poder para abrirme paso vigorosamente por todas las dificultades hasta la victoria.

9 De igual manera no debemos preocuparnos de que nuestra doctrina fracase y sea puesta en vergüenza. Porque aunque se levanten juntos todos los sabios y prudentes del mundo contra la Palabra de Dios, pasan por alto la broma de que se opusieron a ella, de que sucedió por causa de ellos. Bien puede suceder que aúllen, muerdan y ladren contra ella, de modo que la gente piense que el evangelio va a fracasar; pero cuando se oponen a ella y quieren derribarla, entonces es cierto que son débiles, y por la misma treta con que quisieron apresar y tomar a Cristo, ellos mismos quedan finalmente atrapados. Como vemos en este evangelio, y aquí y allá en los escritos de Pablo, y especialmente en la historia de san Esteban, vemos cómo no citaron rectamente las Escrituras, sí, que lo que citaron se usa contra ellos, pues los judíos acusaron a Esteban de que hablaba contra el templo, Hch 6:7, y también contra Dios, que les mandó edificar el templo; presentaron pasajes de la Escritura con los cuales trataron de suprimirlo y vencerlo; pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, les mostró con un pasaje de la Escritura tras otro cómo Dios no habita en templos hechos por manos de hombres. David quiso edificarle una casa, pero él no lo deseó. ¿Cuál fue la razón? Dios había habitado mucho tiempo antes de los días de David entre su pueblo; ciertamente debe ser un pobre Dios el que necesita una casa para su morada. Y así por muchas historias prueba que Dios no habita en casas hechas por el hombre. ¿Qué debían hacer los judíos? Tienen claramente ante sus ojos el pasaje que citaron contra Esteban (que testificaba contra ellos mismos).

10 De igual manera todos los que se levantan contra esta sabiduría divina y la Palabra de Dios tienen que llegar a la vergüenza y ser derribados. Por lo tanto nadie debe temer aunque toda la sabiduría y el poder del mundo se opongan al evangelio, sí, aunque planeen suprimirlo derramando sangre; porque cuanta más sangre se derrame, más cristianos habrá. La sangre de los cristianos, como dice Tertuliano, es la semilla de la cual crecen los cristianos. Satanás tiene que ser ahogado en la sangre de los cristianos; por lo tanto no hay arte que pueda suprimir el evangelio por la fuerza. Con el evangelio sucede como con la palmera, que tiene la naturaleza y el carácter de florecer en lo alto, y se la puede cargar tan pesadamente como se quiera; y especialmente si se la usa como viga o soporte, no se debilita bajo ninguna carga, sino que se eleva a pesar de la carga. Tal es también la naturaleza del evangelio: cuanto más se le opone uno, con más fuerza nos aferra, y cuanto más se le carga, más crece.

11 Por eso no debemos tener miedo de los poderes. Pero sí debemos temer nuestra prosperidad y nuestros buenos días, que nos causan más daño que nuestra angustia y persecución; y no debemos tener miedo ante la sabiduría y la astucia del mundo, pues no pueden hacernos daño. Sí, cuanto más se opone la sabiduría del mundo a la verdad, más pura y clara se vuelve la verdad; por consiguiente, el evangelio no puede experimentar nada mejor que el que el mundo se levante contra él con toda su fuerza y sabiduría; sí, cuanto más me atacan mi conciencia, el pecado y Satanás, más fuerte se vuelve mi justicia. Porque los pecados que me preocupan me duelen; entonces persevero más y más en la oración y en mi clamor a Dios; entonces la fe y la justicia se hacen más y más fuertes. Esto es lo que quiere decir san Pablo cuando dice en 2 Co 12:9: mi poder se perfecciona en la debilidad. Ahora bien, puesto que poseemos tal tesoro que se fortalece por virtud de la prueba y la oposición, no debemos temer, sino tener buen ánimo y regocijarnos en la tribulación; como dice san Pablo a los romanos, Ro 5:3: y como los apóstoles, que salieron de la presencia del concilio gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre, Hch 5:41. Si Satanás fuera tan prudente como para callarse y dejar que se predicara el evangelio, recibiría menos daño de él; porque si no se ataca al evangelio, se oxida por completo y no tiene ocasión ni motivo para manifestar su poder e influencia.

12 Así estamos aquí todavía seguros, nadie nos ataca; como resultado seguimos siempre tal como éramos, sí, nos volvemos peores. Cuando ciertos enemigos nos atacan con las Escrituras, ganan muy poco. Al tomar la pluma contra nosotros, no logran más que si soplaran sobre el fuego; pero si nos hubieran echado al fuego o nos hubieran golpeado la cabeza, habría ciertamente más cristianos por causa nuestra.

13 Por eso tenemos aquí un consuelo, cuando somos atacados: que Cristo está en nosotros y mantiene por medio de nosotros el campo de la victoria. Cristo está tan cerca de nosotros que triunfamos en todo tiempo por medio de él, porque permanecemos en Cristo. Mientras no tengamos oposición que nos tome por el cuello, él no hace nada; pero cuando somos atacados y vencidos, entonces está a mano y pone en vergüenza a todos nuestros enemigos.

14 Aquí podemos aprender también la lección de que los que son un poco más que otras personas, más brillantes, más fuertes y dotados de dones especiales de razón, naturaleza y fortuna, que son más artistas, instruidos e inteligentes que otros, que en verdad tienen el don de la palabra y talento para dirigir a otras personas y son capaces de gobernar y ordenar todo de la mejor manera, esos son los que más se oponen a Dios y a la fe, y confían más en su propia fuerza y razón que en Dios. Porque la naturaleza, envenenada como está, los lleva al punto de que no pueden ni quieren usar sus dones de la mejor manera, para el bienestar y la edificación de su prójimo; porque confían en sus dones, y piensan que obtendrán ora esto, ora aquello, y nunca recuerdan que también necesitan la ayuda y la fuerza de Dios para ello. Como hacen aquí los fariseos y escribas, que están tan seguros, según piensan, de que si así echan mano de Cristo, lo tomarán cautivo, pues no es posible, dicen, que escape, lo hemos enredado, diga que sí o que no.

15 ¡Mira cuán astuta y perversa es la naturaleza humana! Me parece que aquí está bien pintado. Sí, no hay en el hombre sino maldad, mentira y engaño, astucia y toda clase de maldad. En verdad, por su misma naturaleza el hombre no es otra cosa que un mentiroso, Sal 116:11. No se puede confiar nada al hombre. No te imagines que alguien te dice la verdad; el hombre miente en todo lo que habla. ¿Y por qué? La fuente es mala, es decir, el corazón no es bueno; por eso tampoco pueden ser buenos los ríos que fluyen de ella. Por eso el Señor llama a menudo a los hombres generación de víboras y camada de serpientes, Mt 22:34. ¿No es un hermoso título para el hombre? ¡Ve, pues, y jáctate de tu piedad, de tu fuerza o de tu libre albedrío! Ante el mundo, en verdad, uno puede ser fino y piadoso, brillando de santidad; pero en el fondo no se hallará sino una generación de víboras y una camada de serpientes, y eso sobre todo en las personas más dignas, más estimables, inteligentes y sabias. Si repasas la historia de griegos, judíos y romanos, hallarás que los mejores y más sabios gobernantes, que según el juicio de los hombres gobernaron bien, no han pensado en Dios, sino que han confiado solo en sí mismos; al poder de Dios no le han atribuido nada.

16 De esto se sigue que cuanto menos diestra es una persona ante el mundo, menos hará contra Dios; y los que son ingeniosos y honrados en el mundo mienten y engañan más que los otros, pensando encubrir su engaño y malicia con actos falaces y astutos. Es verdad que pueden encubrirlo muy bien; el Espíritu Santo, sin embargo, tiene un ojo agudo y los conoce sobremanera bien. Por eso la Escritura llama a menudo a tales sujetos leones, lobos, osos, cerdos y fieras, a saber, los que se enfurecen, comiendo y devorándolo todo con su engaño. Por eso en el Antiguo Testamento se prohibió a los judíos comer algunos animales, por inmundos —los que se enumeran y otros—, por ninguna otra razón sino para indicar así que hay algunas personas fuertes, poderosas, ricas, diestras, instruidas, inteligentes y sabias, personas de quienes hay que guardarse y huir como de algo inmundo; personas que extravían y engañan a otros por su apariencia, su poder y sabiduría. Porque la gente no las considerará como tales, ni creerá que son hombres que planean cosas malas y se atreven a llevarlas a cabo. Por lo tanto, no se debe confiar en ningún hombre ni creerle. No creas a nadie: te extraviará dondequiera que pueda. Sí, si en verdad confías en alguien, obrarás contra Dios, no confiando en él. Porque escrito está, Jer 17:5-7: «Maldito el varón que confía en el hombre; bendito el varón que confía en Jehová.»

17 Ahora bien, alguien podría objetar: ¿Qué hay que hacer? ¿No debemos tener trato y negocios unos con otros; y cómo podría de otro modo continuar la vida humana? ¡Seguramente tenemos que comprar, vender y comerciar nuestros bienes entre la gente! Si nadie creyera ni confiara en el otro, ¡todos los tratos humanos llegarían a su fin! Respondo: Es verdad que uno debe tratar con el otro, y uno necesita la ayuda del otro. Pero esto exijo: en lo que sea que trates entre los hombres, comprando o vendiendo, has de considerarlo como algo incierto, en lo cual no se debe confiar ni creer. Porque cierto es que si confías en algún hombre, ya estás engañado, pues la naturaleza humana, en sí misma, no puede sino mentir y engañar. Todo es incierto entre los hombres, sus obras y palabras son inestables; eso bien puedes creerlo.

18 Por eso debemos poner toda nuestra confianza solo en el Señor, y decir: Oh Señor, tú eres mi vida, mi alma y cuerpo, mis bienes y posesiones, y todo lo que es mío. Dirígelo y ordénalo todo según tu voluntad divina. En ti confío, en ti creo. Ciertamente no me abandonarás en tan peligrosa empresa con tal y tal hombre, en quien no confío. Si sabes que es bueno para mí, entonces procura que sea fiel conmigo; si no ves que me vaya a servir, entonces no dejes que cumpla su palabra. Estoy contento, hágase tu voluntad.

19 Sin embargo, en cuanto piensas que un comprador es un hombre honrado que cumplirá su palabra, y de quien estás seguro de que no te engañará, en ese momento has caído lejos de Dios, has orado a un espectro y has puesto tu confianza en un mentiroso. Por eso, al tratar con un hombre, piensa así: Si es veraz, bien; si no, pues en el nombre de Dios, que sea; no puede hacer otra cosa que mentir y engañar. Lo dejaré todo a Dios; él lo arreglará todo bien.

20 De tal confianza falsa y mala puesta en el hombre se ha colado en la cristiandad el abuso del culto a los santos. Por esto la iglesia cristiana, es decir, la verdadera asamblea de los fieles, ha sufrido notable decadencia y daño. ¿Qué otra cosa ha sido el culto a los santos sino algo puramente diabólico? Porque así ha razonado la gente: Tal y tal hombre fue santo; tales cosas dijo e hizo; por eso lo seguiremos, y enseñaremos y haremos lo mismo. San Jerónimo, san Agustín y Gregorio hicieron esto; por eso es correcto, y lo creeré. San Francisco, Benito, Domingo y san Bernardo vivieron así, hicieron tal y tal cosa; por eso también viviré yo así y haré como ellos hicieron. Además, san Agustín se salvó por tal regla. ¡Ay, qué cosa tan pobre, inestable y miserable es esta, nada sino mentiras y sueños del hombre! Yo condenaría a san Agustín y su regla, si la hubiera establecido con el propósito de salvarse por ella. Tan ciega y necia es nuestra razón que acepta hasta un espectro y una ficción, siendo que solo la Palabra de Dios ha de aceptarse en asuntos de salvación. Si, por ejemplo, Herodes, Pilato, Caifás y Anás predicaran el evangelio, tendría que aceptarlo. Y, por otra parte, si los que son considerados santos se levantaran y predicaran mentiras acerca de reglamentos, capuchas y hábitos, tonsuras, ceremonias y otras invenciones del hombre, yo no debería aceptarlos. Porque en tales casos no se han de considerar las personas, sino lo que predican.

21 Ahora bien, alguien podría decir: Mira, ¿serías tú más sabio que todos los padres de la iglesia y santos, que todos los obispos y gobernantes del mundo entero? Lejos de mí. No pretendo ser más sabio que ellos. Pero esto es verdad: es imposible que lo que es sabio, prudente, grande, hermoso, poderoso y potente ante el mundo concuerde con la Palabra de Dios. Porque así está ordenado por Dios, que tales personas tengan siempre que perseguir el evangelio; si no fueran así, el evangelio no resplandecería ni triunfaría como lo hace. Los emperadores romanos Adriano, Trajano y Diocleciano fueron los más sabios de los gobernantes, y reinaron tan bien que todo el mundo alababa su gobierno. Sin embargo, persiguieron el evangelio y no pudieron tolerar la verdad. Asimismo leemos de reyes judíos, Acaz y otros, que gobernaron bien, que despreciaron la Palabra de Dios y obraron contra la voluntad de Dios. En nuestros tiempos nunca ha habido emperadores, príncipes u otras personas comparables a aquellos. Pero tenía que suceder que Dios pusiera en vergüenza toda la sabiduría de este mundo por medio de la necedad de la predicación, 1 Co 1:21.

22 Todo esto se nos muestra en este evangelio, que, aunque aparentemente sencillo y ordinario, es sumamente rico y abarca muchas cosas. ¿Cómo trata, pues, finalmente el Señor a los fariseos después de que le mostraron la moneda del tributo y respondieron que la imagen y la inscripción eran de César? El evangelista nos dice que respondió así:

V.21. “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.”

23 Aunque no lo merecían del Señor, él les enseña el camino recto. Y con estas palabras confirma también la espada o gobierno mundano. Ellos habían esperado que lo condenara y hablara contra él; sin embargo, no lo hace, sino que alaba el gobierno terrenal y manda rendirle lo que le es debido. Es, pues, su deseo que haya magistrados, príncipes y señores, a quienes debemos obedecer, sean lo que sean y hagan lo que quieran; ni debemos preguntar si poseen y ejercen el gobierno y la autoridad con justicia o con injusticia. Solo debemos atender a ese poder y autoridad que es bueno, pues está ordenado e instituido por Dios, Ro 13:1: no se te permite reprochar al gobierno, cuando a veces eres oprimido por príncipes y tiranos que abusan del poder que tienen de Dios: algún día ciertamente tendrán que responder por ello. El abuso de una cosa no la hace mala, si en sí misma era buena. Una cadena de oro es buena, y no se hace peor por llevarla al cuello de una ramera; o si alguien me destruyera un ojo con ella, ¿debería yo por eso culpar a la cadena? En verdad que no.

24 Así también hay que soportar la autoridad del gobernante. Si abusa de ella, no por eso he de guardarle rencor, ni vengarme de él ni castigarlo con mis manos. Hay que obedecerle únicamente por amor a Dios, pues está en lugar de Dios. Que impongan impuestos tan intolerables como quieran: hay que obedecerles y sufrir todo con paciencia, por amor a Dios. Si obran bien o no, eso se atenderá a su debido tiempo. Si, pues, los que están en el poder te quitan tus posesiones, sí, tu vida y cuanto tienes, entonces has de decir: Se lo doy de buena gana, los reconozco como mis señores, gustosamente les seré obediente. Si usan bien o mal el poder que Dios les ha dado, ese es asunto suyo.

25 Pero ¿y si quisieran quitarnos el evangelio o prohibirnos predicarlo? Entonces has de decir: El evangelio y la Palabra de Dios no se los entregaré. Esto no está en su poder, porque su gobierno es un gobierno temporal, sobre asuntos mundanos; pero el evangelio es un tesoro espiritual, celestial, y por eso su autoridad no se extiende sobre el evangelio ni sobre la Palabra de Dios. Reconocemos al emperador como señor de los asuntos temporales, no de la Palabra de Dios; esto no permitiremos que nos sea arrebatado, porque es poder de Dios, Ro 1:16, contra el cual ni siquiera las puertas del infierno prevalecerán.

26 Por eso el Señor resume hermosamente estas dos cosas, y en un solo dicho las distingue una de otra: «Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.» Esta honra se debe a Dios: que lo tengamos por un Dios verdadero, todopoderoso y sabio, y le atribuyamos todas las cosas buenas que se puedan nombrar. Y aunque yo no le rinda esta honra, él la conserva; nada se le añade ni se le quita. Pero en mí él es veraz, todopoderoso y sabio, si lo considero como tal y creo que es tal como él mismo se proclama. Al emperador, en cambio, y a todos los que están en el poder, se les debe reverencia, impuestos, rentas y obediencia. Dios quiere el corazón; el cuerpo y las posesiones son del gobierno, que ha de regirlos en lugar de Dios. Esto lo dice san Pablo a los romanos en palabras rotundas y claras, Ro 13:1-7: «Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo. Por lo cual es necesario estarles sujetos, no solo por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia. Por esto pagáis también los tributos, porque son servidores de Dios que atienden continuamente a esto mismo. Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra.»

27 Y por esta razón también ha sido ordenado por Dios el gobierno: para que mantenga la paz general, cosa que por sí sola no puede pagarse con todo el dinero del mundo. Acabamos de notar algunas cosas en el levantamiento de los campesinos: qué daño, miseria y dolor causan la rebelión y la ruptura de la paz. Dios conceda que las cosas no vayan más lejos y que no experimentemos más. Basta lo dicho sobre este evangelio. Del gobierno temporal hemos escrito un librito especial. Quien desee leerlo, puede hacerlo. Allí hallará más sobre este tema.

Sermón para el vigésimo segundo domingo después del Domingo de la Trinidad; Mateo 22:15-22 (2.º sermón)

EL CONSEJO DE LOS FARISEOS, REDUCIDO A NADA.

1 Este evangelio es en sí bastante claro y fácil de entender. Su contenido es digno de atención, sobre todo por la respuesta de Cristo a una pregunta práctica y por su doctrina. Ante todo se nos llama la atención sobre la persecución sumamente perversa, amarga y venenosa contra Cristo y su Palabra por parte de los judíos, quienes maquinaban atacarlo con preguntas astutas y engañosas. Porque esos bribones y gente vil lo habrían matado gustosos, como a alguien que los había cansado hasta lo insoportable y que debía ser quitado de en medio, aunque no podían hallar motivo alguno para impugnar ni su doctrina ni su vida, por más que lo buscaban con ahínco. Estudiaron toda clase de artimañas y maneras de atraparlo en sus palabras y condenarlo, y así siguieron hasta que Dios les permitió desahogar su rencor y crucificarlo. Esa clase de gente conseguirá lo que persigue, aun para su propio daño. Tuvieron su tiempo de prueba y pudieron haberse arrepentido cuando el Hijo de Dios apareció en medio de ellos, pero se negaron rotundamente a recibirlo, y Dios los dejó seguir su camino y colmar la medida de su pecado hasta el extremo, pues mataron al que venía a salvarlos. Su fin fue la destrucción y la desaparición como nación. Los enemigos del evangelio no son mejores en nuestro tiempo. Quitarían de en medio a Cristo si pudieran, y así será hasta el fin de los tiempos, con el mismo resultado. Amén.

2 Miren ahora cómo traman y cómo tienen éxito. Los jefes más sabios y más instruidos se reúnen, juntan sus cabezas y deciden por uno de los muchos planes astutos con que causar la muerte de Cristo. Su sabio consejo es este: Si sopesamos y calculamos la situación, hallamos dos maneras de apresarlo y acusarlo. Primero, si se opone al César, se lo puede acusar de conspiración; y si se lo considera conspirador, lo tendremos en nuestro poder como culpable, como un ladrón y salteador que despojaría al emperador de su majestad y de su corona, y que es digno de muerte, con la cual la ley castiga tal delito. Si este plan fallara, podemos recurrir a otro, a saber, probar que es culpable de robar a Dios y hacerlo condenar como blasfemo. Se consideraría un crimen todavía mayor demostrar que roba a Dios la honra que se le debe y que descarría al pueblo bajo el manto de servirle. Porque si dijera: Debemos pagar tributo al César y reconocerlo como nuestro soberano, restaría a Dios, que solo quiere ser el soberano de esta nación y que nos ha escogido entre todas las razas para no tener más rey que él. Esto también lo condenaría a muerte. De cualquier manera que responda, pues, será atrapado y caerá en nuestras manos. Si favorece al César, roba a Dios; y si se decide a favor de Dios, se declara contra el César y se hace a sí mismo conspirador.

3 Tal es el consejo de esos sabihondos y santurrones que resolvieron apoderarse de Cristo con toda la ley y la autoridad, como enemigo de Dios o del César. No es que se preocuparan tanto por el uno o por el otro, sino que querían salirse con la suya. Es cierto que estaban bien ansiosos de librarse del yugo del poder romano, y provocaban frecuentes insurrecciones y atraían sobre sus propias cabezas ejecuciones más que merecidas, por centenares y por millares, hasta sufrir por último la destrucción completa como nación.

De igual modo eran ante Dios ladrones y malhechores, pues corrompían su Palabra y perseguían su doctrina pura. Estaban tan sumergidos en estos dos vicios que se habían hecho doblemente dignos de muerte, ante Dios y ante el César; manifestaban además su maldad al intentar atrapar a un hombre inocente como si fuera culpable de su propio pecado, fingiéndose santos piadosísimos ante Dios y súbditos lealísimos del César.

4 Los judíos estaban acostumbrados a esto desde tiempo inmemorial; habían tratado de manera semejante a sus profetas y a muchos maestros piadosos, y después hicieron lo mismo con los apóstoles, de modo que no es de extrañar que nos traten a nosotros de la misma manera. ¿Y de qué tenemos que quejarnos en particular los apóstoles o nosotros, si no perdonaron ni a su Señor y Dios? El mundo no puede hacer otra cosa. Está bajo el dominio del diablo, se regodea en el robo y la rebelión, y al mismo tiempo imputa esos crímenes a los cristianos, como si fueran pecadores por encima de todos los pecadores.

5 Y vean además cómo hacen su treta y procuran enredar al Señor para no fallar en sus planes. No hacen la pregunta de golpe, sino que se le acercan con una bonita introducción de adulación, como si tuvieran las mejores intenciones y hablaran de veras en serio. Lo alaban y lo halagan con palabras suaves; pues piensan que es un hombre y un predicador como ellos, a quien le gusta oír tales lisonjas y alabanzas, y dicen: Eres un verdadero maestro y un hombre íntegro, lo que dices y haces es justo y bueno, etc., etc. Con tal alabanza podría extraviarse un joven necio y predicar lo que la gente quiere oír, como hacen casi todos los falsos profetas, que buscan la aprobación de los hombres antes que la de Dios. Aceptan honra y predican lo que se les paga; donde se acaba su paga, allí también se acaba su predicación. Eran de la clase que Cristo describe cuando dice de ellos que les gusta que los llamen Rabí, etc., Mt 23:7. Como son tan necios, piensan que a él también le gusta que le hagan cosquillas y que se lo puede engañar con adulaciones serviles, de modo que se entregue a sus dos puntas y a sus estocadas mortales antes de darse cuenta de peligro alguno.

6 Pero es verdad el dicho: «El Señor se burlará de ellos». No es raro que un hombre engañe a otro, pero ninguna treta sirve con Cristo. Él entiende las artimañas de los hombres y puede atraparlos en sus propias invenciones. Así aquí: obliga a esos hipócritas a decir la pura verdad, aunque tengan en el corazón muchas otras cosas, y así los avergüenza por completo. Es cierto que enseña el camino de Dios con rectitud y no teme a nadie, mientras que ninguno de sus enemigos habla de corazón. Los labios pueden proferir una verdad que no equivale sino a mentira. Las palabras de Cristo son verdaderas, por más que ellos las tuerzan. Lo juzgan por sí mismos y lo presentan como un perturbador de la paz, que quitaría al César su dinero del tributo y reuniría al populacho a su alrededor para la rebelión, pero que teme declararlo en público. Ese es su designio y su plan, pero lo velan bajo las palabras: V.16. Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y enseñas el camino de Dios con verdad, alabanza que no ha de condenarse hasta donde alcanza.

El sumo sacerdote Caifás obró de igual manera, Jn 11:48-50, cuando dijo: «Nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca. Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar y nuestra nación». Aquella fue una declaración verdadera, que les cuadraba, aunque disimulaban los sentimientos de su corazón. No creían que los romanos vendrían, sino que estaban resueltos a quitar de en medio a Cristo, pensando que después les iría mejor. Y sin embargo les sucedió tal como ellos habían profetizado: Cristo tuvo que morir por el pueblo, y los romanos los despojaron de su tierra y de su nación.

7 Esa es la suerte de quienes quieren engañar y burlarse de Dios: se burlan de sí mismos y acaban mal. Buscan un maestro de verdad, y lo hallan en él, contra su deseo, pues los golpea en la cabeza con la verdad de tal modo que los deja tambaleándose en su confusión. Quieren plantearle una pregunta enredada, no sobre la ley y las cosas de la salvación, sino una innecesaria y insidiosa. Pasan por alto todo el Pentateuco y lo que toca a la Palabra de Dios y a su camino de verdad, y se agarran de algo calculado para confundirlo. Moisés no nos ha instruido acerca de dar tributo, ni Cristo tenía nada que ver con eso.

8 Ahí, piensan ellos, lo tenemos seguro, como entre dos lanzas. Si dice que sí, lo acusamos como quien robaría a Dios, como quien sostiene herejía y, como judío apóstata, enseña contra Moisés y los profetas; si, por el contrario, dice que no, sabremos qué hacer, pues los servidores de Herodes están a la mano. Tiene que caer en manos de estos tentadores o en las de la chusma; en cualquier caso está perdido; más aún, tiene que caer en manos de ambos y morir sin remedio, pues no hay escape posible ni en el sí ni en el no, representados por las dos clases de gente, judíos y gentiles. ¿No estaba eso planeado con bastante astucia? ¿Quién podría escapar de tal dilema con guanteletes a ambos lados? Ellos mismos no habrían logrado salir de un apuro semejante.

9 Pero los sabios se toparon con una sabiduría que ni conocían ni esperaban; era la sabiduría divina. Cristo toma la lanza y el garrote de sus manos y vuelve sus armas contra ellos mismos, sin responder ni sí ni no, sino obligándolos a dar una respuesta que los acusa a ellos mismos. Ahí es el Maestro, como ellos lo habían saludado; demuestra que puede responder a su resbaladiza interrogación por medio de ellos mismos. Así se ven obligados a pasar entre las filas de los que golpean, y quedan atrapados en la red con la que habían planeado atraparlo.

10 Como en tono de juego, Cristo les hace mostrarle primero la moneda del tributo, y pregunta de quién es la imagen y la inscripción que lleva. De esa manera infantil pudo haber dado la impresión de que no lo sabía, o de que no era capaz de leer, de modo que ellos concluyeron: Ya lo tenemos seguro; tiene miedo y quiere disimular a favor del César, sin atreverse a decir una palabra contra él, etc. En lugar de eso les quita la palabra de los labios y les hace admitir que están atrapados. Tienen que confesarlo, y no pueden sino decir: Es del César. Con esa respuesta vuelve la conclusión contra ellos: Si la moneda y su imagen son del César, y también la inscripción, entonces les agradezco que ustedes mismos hayan dicho sí a la pregunta que me hicieron. ¿Por qué necesitan molestarme con un asunto que pueden resolver tan fácilmente? Esto es verdaderamente cavar un hoyo para otros y caer en él uno mismo; tender una trampa y quedar preso en ella.

11 Cristo se sirve de la misma dialéctica al responder a otros que quieren impugnar su carácter, y los atrapa donde ellos pensaban atraparlo a él. Así en Lc 19:21-22, donde un siervo había enterrado en un pañuelo la mina que se le confió, diciendo: «Porque tuve miedo de ti, por cuanto eres hombre severo, que tomas lo que no pusiste, y siegas lo que no sembraste». Le dice: «Por tu propia boca te juzgo, siervo malvado», etc. Es decir: sea como has dicho. Porque me considerabas hombre severo, que toma lo que no puso, por eso es justo que se te trate de esa manera, y que se te quite tu mina como a quien me obliga a ser severo y estricto con él. Doy esto como advertencia, para que la gente aprenda a cuidarse y a no jugar con las cosas santas. Porque a los hombres se los puede engañar, pero los que tratan de engañar a Dios se engañan a sí mismos.

12 He dicho a menudo que Dios obra con el hombre según la disposición del hombre; como tú piensas y crees de él, así es él para ti. El siervo del que hablamos no tenía por amo a un hombre austero y severo; al contrario, fue tratado con bondad y justicia; pero como se lo imaginó así, tuvo que aprender lo que se siente. Lo mismo pasa con nuestra fe o nuestra incredulidad. Si nuestro corazón se lo figura benigno o airado, amable o duro, así lo tenemos. De Dios no se ha de hacer burla. Los que lo consideran airado contra ellos lo hallarán así; pero quien pueda decir: Sé que será para mí un Padre benigno y me perdonará mis pecados, esos tendrán esa experiencia con él. Con todo, no debe haber hipocresía ni disimulo, como si los labios dijeran una cosa y el corazón pensara lo contrario.

13 Puesto que, entonces, esta gente lo llama Maestro y maestro de la verdad, aunque no creen lo que dicen y solo tratan de atraparlo y engañarlo en sus palabras, él vuelve el asunto para su confusión y les da una prueba inesperada de lo que profesan sus labios. Es como si nosotros, considerando erróneamente a Dios como un Dios sin gracia y airado, lo experimentáramos así, pues es como él dice: «Por tu propia boca te juzgo»; y también: «Por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado», Mt 12:37. Eso nos estaría bien y sería justo. ¿Por qué no lo miras de frente a los ojos y lo juzgas como lo que es, o crees en él tal como se revela en su Palabra, a saber, como maestro y salvador de todos los que están cargados de pecado y desean ser piadosos? Si semejante ideal no te conviene y te formas otro distinto, tendrás que aceptar lo que te has provisto a ti mismo.

14 Esta es la experiencia que hacen estos conspiradores. Sus palabras lo declaran maestro de la verdad, pero en su corazón son falsos; sin embargo, él es un verdadero maestro para ellos y pone al descubierto su bellaquería e hipocresía. Cristo es un buen médico. A los médicos que entienden claramente la enfermedad hay que elogiarlos; pueden ayudar mucho mejor a un paciente que quien simplemente experimenta con el caso. Pronto se da cuenta de qué bribones son; pero como lo llaman Maestro, como si quisieran aprender de él, tienen que oír lo que no esperan, a saber: «Si soy maestro y enseñador de la verdad, les diré con verdad lo que ven y buscan: A mi juicio, son hipócritas». Dicho en lenguaje llano, esto significa: «Son gente engañosa». Lo merecen, primero, porque no son piadosos en absoluto; segundo, porque encubren y adornan su falsedad haciendo ante el pueblo una fachada de virtud. «Son doblemente hipócritas; no buscan el camino de Dios ni la verdad, y sin embargo me adulan como a quien enseña tales cosas para parecer santos ustedes; y porque no quieren oír la verdad que podría salvarlos, tienen que oír una verdad que ponga al descubierto su hipocresía y la condene. Porque yo soy, como dicen, maestro de la verdad. Para unos eso significa vida, para otros muerte y condenación, según sea su fe y su corazón. Por tanto les digo claro y verdadero lo que son por dentro, a saber, hipócritas y pícaros desesperados que no tienen remedio ni consejo y que pertenecen al diablo. Pero a los que son piadosos y quisieran serlo, a ellos les digo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”», Mt 11:28.

15 Vean, así hallan al verdadero maestro de la verdad, no para su salvación, sin embargo, que no buscan, sino para su condenación. Son enemigos de la verdad y no gustan de oír tal predicación; y con todo tienen que oírla, como de sus propios labios, respondiendo ellos mismos a su pregunta, para su propia exposición; como se explicó arriba.

16 Después de esta exposición y reprensión de su descaro, dejándolos callados con su propia respuesta, el Maestro continúa: V.21. Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. Que se bautice al niño para que se conozca su nombre. En otras palabras: «Ustedes quieren quitar al César lo que es suyo, y ya han quitado a Dios lo que es de Dios. Por tanto, son rebeldes y blasfemos. Toman y retienen, y ni siquiera ponen en duda su propia deshonestidad, ni manifiestan propósito de hacer lo que es justo. Eso se llama con razón y con toda verdad deslealtad: negarse a dar al César lo que puede reclamar como suyo.

17 Esta verdad tienen que oírla de este maestro de la verdad, por más que les desagrade ser reprendidos tan severamente. Odian que los llamen ladrones y salteadores, como si estuvieran dispuestos a despojar al emperador (César) de su autoridad y de sus bienes y a usurpar los derechos de sus superiores bajo pretexto de justicia, por lo cual merecían castigo en el cuerpo y en los bienes como rebeldes por partida doble. Este es el primer pensamiento.

18 Segundo. Así como se ha demostrado que son ladrones y salteadores para con el Estado, son igualmente culpables de robar a Dios. Retienen lo que es de Dios y hasta pretenden tener razón al hacerlo. El profeta Jeremías, 23:11, llama «profanos» a los que no predican la Palabra de Dios en nombre de Dios, porque se la retienen al pueblo para el cual fue dada; roban y toman, no a Dios en el cielo, sino al pueblo a quien Dios la envió y mandó que se diera, y en lugar de ella le dan otra cosa. Así profanan y roban a Dios, negándole la honra y la obediencia que le deben. ¡Tales frutos son estos santos listos, que quisieron cubrir de oprobio a Cristo! Por eso tienen que oír las reprensiones que se les administran y ser puestos al descubierto como ladrones de Dios que merecen la pena capital.

19 Prestemos ahora atención a los hipócritas de nuestro tiempo: esos pietistas remilgados, los obispos y toda la camarilla de clérigos del papa, que persiguen a Cristo y a sus seguidores porque rechazan y condenan su Palabra y la verdad reconocida del evangelio. Cristo los llama con razón salteadores y profanadores de Dios y del César. No obedecen ni a Dios ni a la verdadera iglesia cristiana; ni al Estado ni a autoridad alguna constituida, sino que quieren ser señores ellos mismos y vivir y hacer como les plazca, sin que nadie se atreva a oponérseles. Son desobedientes en persona, y además asaltan a cristianos inocentes, devoran y matan a quien pueden y destruirían por completo el reino de Dios; y sin embargo quieren ser bien hablados, como quienes tienen razón, son obedientes, piadosos y pacíficos, y nos consideran herejes y pecadores contra Dios y la cristiandad y contra las potestades superiores, y por eso dignos de muerte. Exactamente como estos del evangelio, que no querían dar ni a Dios ni al César; fingen gran piedad mientras buscan quitar de en medio a Cristo como a quien enseña lo que se opone a la religión y al patriotismo.

20 Pero ¿qué pasaría si la rueda diera la vuelta y echara sobre sus propias cabezas la culpa que ahora amontonan sobre nosotros los cristianos, de modo que recibieran la paga debida a rebeldes abiertamente condenados y ladrones de Dios, que profanan la majestad del derecho divino y del humano? Es verdad que ni el evangelio ni el mismo Cristo hacen uso del castigo físico, pero deben cuidarse de que no vengan otros (y temo mucho que así será) que los traten con rudeza y les enseñen, como se ha enseñado a otros, que deben dejar de perseguir a los cristianos. Esto sería tratarlos a su propia manera. El papa, con todos sus apóstoles, discípulos, juristas y teólogos, enseña: No hay que soportar la violencia, sino que vim vi repellere licet, es decir, la violencia abierta puede repelerse con la fuerza. Dicen que lo que Cristo enseña, Mt 5:39, no es un deber sino un simple consejo, y que nadie está obligado a él, a saber: «Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra», etc. Su interpretación de esto cuenta con la aprobación de todas las universidades, instituciones y monasterios; se encuentra en todos sus libros, y no dudan en alabarla y justificarla, sosteniendo que nadie está obligado a soportar agravio ni siquiera del emperador, sino que es lícito resistir al mal y devolver el golpe en defensa propia, caiga sobre el César o sobre quien caiga.

21 No sería, pues, injusto, según su propia enseñanza, resistir por la fuerza tan insufrible injuria; y yo no lamentaría demasiado si, como castigo de Dios, sucediera por medio de algún predicador falso o cabecilla de la chusma que tales tiranos fueran muertos. Porque ellos están empeñados en el desorden; sus enseñanzas y obras instigan levantamientos y guerra, mientras echan la culpa a nosotros que enseñamos justicia, tenemos en honor al gobierno y nos oponemos a la conspiración de palabra y de obra. Nos matarían gustosos, y aunque faltan a la lealtad, quieren ser honrados y resguardados en su maldad para que ningún daño les sobrevenga. Los papas con sus séquitos no solo han enseñado así, sino que también lo han practicado con sus actos, oponiéndose a reyes y emperadores según les convenía, despreciando toda autoridad y pisoteando la ley, y hasta alegando derecho divino para lo que hacían. Harían lo mismo ahora, si pudieran, jactándose de que están en la suprema autoridad y de que no deben obediencia a ningún gobernante.

22 Si ahora permitieran que se predicara entre ellos tal doctrina, como podría hacerlo yo mismo si estuviera dispuesto a vengarme (Dios no lo permita), o si el público tomara tales enseñanzas de sus libros y estatutos, y sobreviniera un levantamiento general, ¿a quién tendrían que culpar, y quién podría razonar otra cosa sino que les estuvo bien empleado? ¿Por qué son tan desesperados y perversos que reprochan a Cristo sus enseñanzas como sediciosas y blasfeman de quien es su Señor, mientras ellos mismos son rebeldes y profanadores de Dios? Difunden y defienden esas enseñanzas impías y sediciosas, y persiguen a los que predicamos el evangelio puro, como bien lo saben, y con todos los fieles resistimos y predicamos contra la deslealtad y el desorden. Ellos mismos tendrían que reconocer, si quisieran o pudieran hacerlo en su malicia encubierta, que a ninguna otra fuente deben sino a nuestra predicación el haber estado y estar aún tanto tiempo a salvo de la rebelión, pues si no hubiera sido por nosotros quizá habrían tenido experiencias distintas. Con su enseñanza no podrían mantener ni imponer la paz, pues favorece los levantamientos, y si yo pudiera aprobarla, no me atrevería a defender, o al menos a tolerar, cualquier resistencia por la fuerza de sus partidarios en defensa propia.

23 Pero nosotros ni enseñaremos ni permitiremos que las palabras de Cristo sean nada más que un consejo; enseñamos que los cristianos deben sufrir el agravio, si es necesario, y dejar la venganza a Dios. Han de ser lo que las Escrituras los llaman en el Salmo 44:22: «ovejas de matadero», que pueden esperar la muerte a toda hora del día. Los papistas saben muy bien que están seguros en nuestra presencia; muestran su gratitud persiguiéndonos, devorándonos y asesinándonos sin cesar, hasta que acaben con nosotros por completo. ¿Pero no puede suceder también que, al hacerlo, se topen con quienes defiendan contra ellos sus derechos y les den lo que tan ampliamente merecen, pagando así el daño que han hecho al evangelio y a nosotros? Su condenación está sellada. Por ahora debemos sufrir, y dejar a Dios cómo y cuándo nos vengará. El castigo que merecen está en la mano de Dios para ser aplicado a su tiempo y a su manera. Aunque fingen tenernos miedo, no les haremos ningún daño, y les permitiremos imitar a los fariseos frente al pueblo común que se adhiere a Cristo. Otros les darán lo que temen de nosotros, como hicieron los romanos con los que se opusieron a Cristo y sospecharon de él y de sus seguidores, dándoles su pago completo cuando se creían seguros.

24 Así les irá a estos con el tiempo. Tienen miedo, aunque saben que nada hemos intentado ni intentamos ahora en su perjuicio; les ofrecemos paz y sostenemos la paz, exhortando y enseñando a nuestra gente y al público en general a abstenerse de actos desleales. No mancharemos nuestras manos con su sangre. No queremos ser culpables de eso. Nos gloriamos de nuestra inocencia frente a ellos ante todo el mundo, y no nos implicaremos en su caída. Pero se levantarán otros que descargarán sobre ellos lo que la Biblia dice de esa clase de gente, como, por ejemplo, en Pr 10:24: «Lo que el impío teme, eso le vendrá». Y como lo expresa Cristo en Mt 12:37: «Porque por tus palabras serás justificado». Te quejaste de deslealtad; deslealtad será tu porción. Diremos entonces: Amén, y deo gratias, gracias a Dios, además.

25 Baste lo dicho sobre este texto a los que quieren reprochar a Cristo para promover su propia reputación y posición, para que vean y aprendan qué clase de maestro de la verdad es él, que pone al descubierto sus mentiras y falsedad y les endosa lo que a ellos les gusta acusarle, como verdaderos mentirosos y asesinos, o descarriadores y rebeldes; se empeñan en ese camino, pero procuran echar la sospecha sobre Cristo y sus seguidores, a pesar de que estos son y enseñan todo lo contrario.

26 Pero debemos tener esta Palabra delante de nuestros ojos; es nuestra regla de conducta para con los dos reinos, el de Dios y el del César, para que demos a cada uno la honra debida, pues ambos son de orden y ejemplo divinos. Que en ambos hay muchos que no temen a Dios, que abusan del encargo y del puesto que se les ha confiado, especialmente contra los cristianos, persiguiéndonos como desobedientes y desleales, lo admitimos, pero no nos perturba. Debemos y estamos dispuestos a sufrir esto, y al mismo tiempo mantenemos nuestro derecho de castigarlos de palabra, diciéndoles la verdad y devolviéndoles las acusaciones que se amontonan sobre nosotros. Al hacerlo satisfacemos la justicia y cumplimos nuestro deber; lo demás lo encomendamos a Dios, cómo y por quién quiera vengarnos.

27 Hemos dicho mucho sobre la enseñanza de la respuesta de Cristo; pues es la doctrina en la que insistimos, que los dos poderes o gobiernos, el de Dios y el del César, o los reinos espiritual y temporal, deben mantenerse separados, como lo hace Cristo aquí en una declaración clara y breve, no solo haciendo la distinción, sino ilustrando además muy bien cómo ha de constituirse y administrarse cada uno. Cuando dice V.21. Dad, pues, a César lo que es de César, se refiere a la relación de los súbditos con sus gobernantes; la otra parte, V.21. y a Dios lo que es de Dios, está destinada especialmente a los que están en autoridad.

28 Pues así lo ha ordenado Dios: que los súbditos deben y han de dar a sus gobernantes lo que necesitan; cuando les manda dar, se da a entender que estos pueden tomar; y donde hemos de dar lo que se debe, de ahí inferimos que les debemos algo, de modo que el lenguaje podría ser «devolver» en vez de simplemente dar o entregar. Eso es lo que toca a los súbditos bajo la autoridad civil.

29 Por otra parte, se ponen restricciones a los gobernantes para que gobiernen con el mismo espíritu, y no tomen de sus súbditos lo que no se les debe; sino que recuerden dar y hacer también lo que están obligados a hacer en virtud de presidir países y naciones, para que estos crezcan y prosperen. Por eso los elevó Dios a sus respectivos puestos de honor, no para que se sienten allí simplemente como usurpadores de puestos, haciendo lo que les plazca.

30 Pero si esto se subrayara, se vería que el mundo está lleno de verdaderos ladrones y pícaros, tanto gobernantes como súbditos, y que sería en verdad pequeño el número, del más alto al más bajo, de los que obedecen y hacen lo que es justo. Por lo general los súbditos están dispuestos a engañar a su gobernante y a apropiarse para su propio uso de lo que es de este, dondequiera que puedan, por no hablar de dar con alegría, aunque vacilen en admitirlo. Los príncipes y funcionarios quieren tener el nombre de cristianos y de súbditos obedientes del emperador, y sin embargo hacen solo lo que les conviene y, si pudieran, usurparían gustosos los puestos de sus superiores.

31 Lo mismo ocurre con los caballeros que sirven y asisten a los príncipes; si pudieran, gustosos lo confiscarían todo, despojarían a sus jefes de lo que tienen y los pisotearían; en cambio se apoderan de aldeas y castillos, se deleitan en que los llamen «queridos súbditos», aconsejan y gobiernan en su propio interés, y así se regodean, oprimen y atormentan tanto a señores como a súbditos, a su dulce voluntad. Por cierto, ¿cuántos príncipes y funcionarios hay ahora en puestos elevados que puedan alegar que dan al César lo que es del César? ¿No preferirían todos llenar sus propios cofres, bolsas y bolsillos? Esto todos lo pueden hacer; pero dar al César lo que le pertenece es difícil de hallar; tomarle y robarle es mucho más común.

32 Hay un estado de cosas semejante en todas las demás situaciones y oficios. Los criados engañan y estafan a sus amos, las criadas a sus amas, los jornaleros y artesanos a aquellos para quienes trabajan. Así es en el trato diario, en el mercado y en otras partes; robar y hurtar, incluso con descaro y a la vista de todos, es la práctica común. De ese modo van las cosas entre grandes y pequeños, de suerte que no hay residencia real, ni ciudad, ni casa que no esté llena de bribones y ladrones. Si el mundo estuviera plagado solo de este pecado, ya sería demasiado y merecería haber sido destruido hace mucho; y sin embargo nadie quiere ser acusado ni castigado por robo, y los malhechores prefieren reclamar honra por su mala conducta; especialmente es así con los señores de la nobleza que se pasean orgullosos con cadenas relucientes. Pero si se los tratara como merecen, no se les permitiría llevarlas por las calles, sino que se los trataría como a los que robaron cinco o seis táleros. Aquí vale el dicho: «A los ladrones pequeños se los cuelga con cadenas de hierro; a los grandes ladrones públicos se les permite pasearse con cadenas de oro».

33 No debería ser así, sino que cada cual ha de respetar su estado y posición y hacer lo que le corresponde. Sí, dices tú, ¿no basta con que yo no tome nada de nadie? Sí, ciertamente; pero hay muchas maneras de tomar; no solo por debajo del banco, donde no hay nada que te pertenezca, ni de la bolsa o el arca de otro, sino también donde eres infiel a tu patrón y permites que se produzca daño por negligencia o malicia, más bien que por un error. Como, por ejemplo, cuando un ciudadano o vecino cobra de más a otro, y el noble hurta y exprime. Según el séptimo mandamiento, todo ese trato abusivo se llama robar y hacer mal; los que lo practican son ladrones a quienes no importa una conciencia turbada, y la máxima «Dad a César lo que es de César» se vuelve un ave rara. Todo el mundo está lleno de la perversidad de «quitar al César lo que es del César», de abajo hacia arriba; del criado hasta los caballeros y príncipes, de modo que no hay estado en la tierra tan plagado de ladrones y pícaros como el del emperador y del gobierno.

34 También hay que decir al gobierno cómo ha de portarse con sus súbditos. Los que están en autoridad también roban y toman lo que no es suyo, y bajo la responsabilidad de sus superiores. Como cuando un emperador o príncipe sigue atormentando tierras y pueblos con impuestos innecesarios y otras cargas. En ese caso tú también debes oír tu texto. Si deseas que los súbditos pongan en práctica su lección y sean honrados contigo, tú también debes evitar quitarles lo que no es tuyo. Porque Cristo no dice aquí: Dad al César lo que quiere y le agrada, sino que le señala límites, hasta dónde puede llegar, es decir: «Lo que es de César», o aquello a lo que tiene derecho con justicia.

35 Por tanto, tierras, ciudades y hogares no han de gobernarse como le plazca al que tiene autoridad sobre ellos, como si un patrón pudiera tratar a sus empleados a su antojo, contra la justicia del Señor. No, diría el empleado: Te debo lo que es tuyo, no lo que quieras tener. Alguien podría exigir tanto como mi cabeza o mi puño, o no me pagaría salario ni comida ni vestido, y así me despojaría y atormentaría hasta no dejarme un trapo sobre el cuerpo. Eso sería quitar al siervo sus derechos y a la sierva su propiedad.

36 Así también si un burgomaestre, gobernante o funcionario obligara y atormentara al pueblo para servir a sus caprichos, eso no podría considerarse un derecho señorial, sino robo y maldad, tanto como si un conciudadano les robara. Sin embargo, no hay hoy posición tan insignificante cuyo ocupante no desee tener el derecho y el poder de hacer y mandar lo que le plazca, estudiando cómo oprimir al pueblo y sosteniendo que su autoridad lo faculta para exprimir, empujar y atormentar a todos como le guste. Como sucede ahora más especialmente con los pobres clérigos y predicadores, de modo que hay peligro en todos los estados, especialmente en los más altos, pues en ellos se hallan los verdaderos grandes ladrones. Un criado puede empobrecer a un padre de familia por su deshonestidad; pero un noble puede robar algo que sí vale, a saber, todo un principado, tierra y gente.

37 Por eso debemos decirles cómo Cristo ha limitado sus prerrogativas en este texto, para que no hagan lo que personalmente quisieran. Iría demasiado lejos, y entraría en vigor la regla del papa, siendo azotados por sus súbditos; pero nosotros ni enseñamos ni aprobamos tal práctica. Cristo no habla de facto, sino de jure, no de hecho, sino de derecho; es decir, enseña lo que cada hombre debe hacer, a saber, los súbditos deben dar, y el gobierno no debe tomar más de lo que se le debe; pero quién ha de castigar donde ambas partes pecan contra la ley, no se dice.

38 Cristo no hace como enseña el papa, que uno debe devolver el golpe, ni permite que nadie se vengue, ni el patrón ni su empleado; el ejercicio del castigo y del juicio lo reserva para sí como Señor y Dios supremo. «Mía es la venganza», dice Dios, Dt 32:35. El que no preste atención a esta enseñanza experimentará este juicio. Si Dios no castiga por medio de las autoridades ordinarias, lo hará por peste, guerra, revoluciones y otras plagas; pues puede castigar a los gobernantes lo mismo que a sus súbditos. Por tanto, a ambos se les instruye en cuanto a su deber, y nosotros nos atendremos a su declaración. No debemos ni queremos obligar a nadie con medidas violentas, sino decir solo lo que es justo y resistir la maldad de palabra. Al que no haga caso de eso, lo excomulgamos conforme a la enseñanza de Cristo, diciéndole que pertenece al diablo, y lo dejamos ir. Que otros castiguen al papa y a sus seguidores, que no quieren atenerse a la Palabra de Dios, sino que recurren a la violencia.

39 Esta es una breve exposición sobre el primer estado o gobierno, en sus funciones tanto superiores como inferiores, para mostrar cuán lejos estamos de nuestra verdadera posición y cuán lleno de robo está el mundo por todas partes. Pero estos asuntos son los peores de todos si uno ha de exponer este pasaje (Dad a Dios lo que es de Dios) y hablar de los ladrones de Dios en el gobierno espiritual de la cristiandad, en el cual estoy yo y los de mi clase. Porque tan alto como el cielo está sobre la tierra, tan peligroso y difícil es este oficio en comparación con los puestos seculares o imperiales, que ciertamente también son peligrosos cuando sus ocupantes no invocan la ayuda de Dios para desempeñar debidamente sus deberes y sin daño de sus súbditos. Pero si ministros o predicadores infieles llegan a su oficio, no serán ladrones de pan, carne o vestido, con que se alimenta el cuerpo y de los cuales se ocupan los juristas, que no enseñan nada más que lo que sirve al vientre y tratan de frenar esa clase de robo; sino los que ocupan el oficio que debe dar el pan de vida eterna a las almas y, en cambio, les causan sed, hambre y desnudez eternas, quitándoles la palabra por la cual el hombre es alimentado de muerte a vida; tales no son simplemente ladrones de vientres, sino ladrones de Dios y del reino celestial.

40 Tal es ahora el papa con sus obispos y todo su séquito, que no predican al pueblo, sino que le impiden recibir la Palabra de Dios y lo que ella da y ofrece; haciendo lo peor que pueden en su maldad cuando prohíben y estorban que se administre el sacramento bajo las dos especies, como lo instituyó Cristo, y ellos bien lo saben, por pura violencia y sed blasfema; no se los puede llamar con razón otra cosa que sacrílegos, ladrones públicos de Dios, salteadores de su Palabra y sacramento.

41 Hay también entre nosotros algunos que oprimen y presionan a los pobres pastores con hambre y con cuidados, de modo que no pueden hacer bien su trabajo; algunos también rebajan su vocación para alcanzar las cosas celestiales y al mismo tiempo ansían los bienes carnales, como lo hacen también las camarillas de papa y sacerdotes, a quienes se encargan las cosas espirituales, pero ni las predican ni permiten que se prediquen. Practican las dos clases de robo y merecen un castigo tanto más severo. Con todo, el mundo está tan lleno de esta miserable deshonestidad como de la secular, y son ladrones de parte a parte, de arriba abajo, del menor al mayor.

42 Pero ¿cómo será al final, cuando llegue el juicio final? ¿Qué significa que Dios deba seguir llamando y predicando: «Den ambas cosas, a Dios y al César», pero todo en vano, y que así se burlen de él y su Palabra sea pisoteada? ¿No hemos de esperar que al fin llueva sobre el mundo un diluvio con truenos, relámpagos y fuego del infierno? No puede ni debe ser de otro modo, porque la transgresión del derecho de Dios y del César continúa con tanto atrevimiento y tanto empeño y convierte el robo simple en doble, defendiendo siempre su camino y resistiendo su castigo. Dios no querrá ni podrá soportar eso para siempre. ¡Quisiera que nos llevara a nosotros y a los nuestros en su misericordia, para que se nos ahorre la calamidad que viene! La maldad es tan grande, y tan múltiple en todo el mundo, que excede en número a las hojas de los árboles y a las briznas de hierba sobre la tierra. Que Dios nos guarde y nos libre de esta angustia, y nos conceda la gracia de aferrarnos con seriedad a su Palabra y de ser librados de tal mal. Amén.

Sermón para el decimoctavo domingo después del Domingo de la Trinidad; Mateo 22:34-46

1 Este evangelio consta de dos preguntas. En la primera, el doctor de la ley pregunta a Cristo, en nombre de los demás fariseos: ¿Cuál es el gran mandamiento de la ley? En la segunda, el Señor pregunta a los fariseos y al doctor de la ley: ¿De quién es hijo David? Estas dos preguntas conciernen a todo cristiano, pues quien quiere ser cristiano debe entenderlas a fondo. Primero, qué es la ley y qué propósito cumple; y segundo, quién es Cristo y qué podemos esperar de él.

2 Cristo explica aquí la ley a los fariseos, diciéndoles cuál es la suma de toda la ley, de modo que quedan completamente callados, tanto por su respuesta como por su pregunta, y saben menos que nada de lo que es la ley y de quién es Cristo. De aquí se sigue que, aunque la incredulidad pueda parecer sabiduría y santidad ante el mundo, es sin embargo necedad e injusticia ante Dios, sobre todo donde falta el conocimiento de las dos preguntas mencionadas.

Porque quien no sabe cómo está ante la ley, ni qué puede esperar de Cristo, ciertamente no tiene la sabiduría de Dios, por muy sabio y prudente que pretenda ser. Consideremos, pues, la primera pregunta, a saber: qué es la ley, qué manda y cómo se ha de interpretar espiritualmente.

3 Cuando el doctor de la ley preguntó a Cristo cuál era el gran mandamiento de la ley, el Señor le dijo:

V.37-40. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.

4 Es como si el Señor dijera: Quien posee el amor a Dios y el amor al prójimo lo tiene todo y, por tanto, cumple la ley; porque toda la ley y todos los profetas apuntan a estos dos temas, a saber: cómo han de ser amados Dios y nuestro prójimo.

5 Ahora alguien podría preguntar: ¿Cómo concilias esta afirmación, de que todo queda comprendido en estos dos mandamientos, siendo que a los judíos se les dio la circuncisión y muchos otros mandamientos? Para responder, veamos en primer lugar cómo explica Cristo la ley, a saber, que debe cumplirse con el corazón. En otras palabras, la ley debe entenderse espiritualmente; porque quien no abraza la ley con el corazón y con el Espíritu ciertamente no la cumplirá. Por eso el Señor da aquí al doctor de la ley el fundamento y la sustancia verdadera de la ley, y dice que estos son los mayores mandamientos: amar a Dios con el corazón y a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

De aquí se sigue que quien no está circuncidado, quien no ayuna ni ora, no lo hace de corazón; aunque cumpla actos externos, no hace nada ante Dios, porque Dios mira el corazón, y no nuestros actos, 1 S 16:7. De nada le aprovechará al hombre cualquier obra que realice, si su corazón no está en ella.

6 De aquí surge otra pregunta: Si las obras no aprovechan nada al hombre, ¿por qué dio Dios tantos mandamientos a los judíos? A esto respondo que estos mandamientos fueron dados para que tomáramos conciencia de si de veras amamos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas, y además a nuestro prójimo como a nosotros mismos; porque san Pablo dice en Ro 7:7 (3:20) que la ley no es sino un conocimiento y una revelación del pecado. ¿Qué sabría yo del pecado, si no hubiera una ley que me lo revelara?

Aquí está, pues, la ley que dice: Amarás a Dios con tu corazón y a tu prójimo como a ti mismo. Esto lo cumplimos si hacemos todo lo que la ley exige; pero no lo estamos haciendo. Por eso nos muestra en qué fallamos, y que, aunque deberíamos hacer algo de verdad, no estamos haciendo nada.

7 Que los judíos tuvieran que practicar la circuncisión era, ciertamente, una ceremonia necia; más aún, un mandato que ofende a la razón, aunque fuera dado por Dios, como aún hoy. ¿Qué servicio era para Dios cargar a su pueblo con este mandamiento tan penoso? ¿Qué provecho le traía a él, o qué servicio a un prójimo? Más aún, tampoco le aprovechaba al judío que era circuncidado. ¿Por qué, entonces, dio Dios el mandato? Para que este mandamiento y esta ley les mostraran si de verdad amaban a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con toda su mente, y si lo hacían de buena gana o no. Porque si hubiera un corazón piadoso, diría: En verdad no sé por qué Dios me dio la circuncisión, pues no aprovecha a nadie, ni a Dios, ni a mí, ni a mi prójimo; pero como agrada a Dios, la haré de todos modos, aunque se la tenga por un acto insignificante y despreciado. Así, la circuncisión era un ejercicio del mandamiento: Amarás a Dios con todo tu corazón.

8 También fue un mandato necio el que Dios dio a Abraham, de matar a su hijo, Gn 22:2. Pues si la razón hubiera sido el juez en esto, tanto ella como todos los hombres no habrían llegado a otra conclusión que esta: Es un mandato hostil y despiadado, ¿cómo puede venir de Dios, si el mismo Dios dijo a Abraham que multiplicaría su descendencia por medio de este hijo, y que llegaría a ser innumerable como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar? Por tanto, era un mandamiento necio, un mandamiento penoso, duro e insoportable. Pero ¿qué hizo Abraham? Cierra sus sentidos, lleva cautiva su razón y obedece la voz de Dios, va y hace lo que Dios le mandó.

Con esto probó que obedecía de corazón; de otro modo, aunque hubiera dado muerte a su hijo cien veces, a Dios no le habría importado; pero a Dios le agradó que el hecho viniera de su corazón y se hiciera en verdadero amor a Dios; sí, venía de un corazón que debió de pensar: Aunque mi hijo muera, Dios es todopoderoso y fiel, cumplirá su palabra, hallará caminos y medios más allá de lo que yo pueda idear; solo obedece, no hay peligro. Si no hubiera tenido esta osadía y esta fe, ¿cómo habría podido su corazón de padre matar a su hijo único y muy amado?

9 Más tarde los judíos quisieron seguir este ejemplo y, como Abraham, ofrecieron a sus hijos a Dios, esperando con ello prestarle un servicio agradable; pero estaban muy lejos de ello. Estas pobres gentes concluyeron: El servicio de Abraham agradó a Dios, por tanto también agradará el nuestro; y así mataron a un hijo tras otro. ¡Oh, cuántos niños sanos, nobles y hermosos perecieron! Los profetas protestaron contra este servicio, predicaron, advirtieron y escribieron contra él, diciendo al pueblo que era un engaño, pero todo fue en vano. Es más, más de un profeta perdió la vida por esto, como muestra la historia en los libros de los reyes.

10 Pero ¿por qué desagradó a Dios este servicio de los judíos? Porque no procedía de su corazón ni se hacía por amor a Dios; sino que simplemente miraban el servicio y lo hacían sin mandato ni palabra de Dios; pero Dios dice: Mis queridos señores, a mí no me importaba que Abraham ofreciera a su hijo, sino que con ese acto probó que me amaba con todo su corazón. Primero debe haber amor en el corazón, y luego sigue el servicio que agrada a Dios; porque todas las obras de la ley tienden a probar con ellas nuestro amor a Dios, que está en el corazón; amor que la ley exige y quiere por encima de todo.

11 Debemos notar también aquí que todas las obras de la ley no se mandan solo para que las cumplamos sin más; no, no; porque si Dios hubiera dado aún más mandamientos, no querría que los guardáramos en perjuicio y destrucción del amor. Es más, si estos mandamientos se oponen al amor del prójimo, quiere que los dejemos y anulemos. Toma el ejemplo que les di hace poco: Moisés sacó de Egipto a los hijos de Israel y los condujo por el desierto durante cuarenta años, y ninguno de ellos fue circuncidado, aunque les estaba mandado. ¿Dónde estaba su obediencia al mandamiento? ¿No estaba Dios airado con ellos porque no obedecían su mandamiento? No, había entonces un mandamiento superior en vigor, a saber, que debían obedecer a Dios, quien les mandó salir de Egipto de prisa hacia la tierra prometida. Con su marcha obedecían cada día a Dios, y Dios lo aceptaba como obediencia; de otro modo se habría airado porque no guardaban sus mandamientos. Estaban presentes tanto la necesidad como el amor, que dejaban a un lado todos los mandamientos, pues habría sido insoportable sufrir el dolor de la circuncisión y al mismo tiempo la carga del viaje. Por eso el amor ocupó el lugar del mandamiento de la circuncisión, y así deben guardarse todos los mandamientos: en amor, o no guardarse en absoluto.

12 Del mismo modo Cristo excusó a sus discípulos, como se registra en Mt 12:3-4, cuando los judíos los acusaron de transgredir la ley, de hacer en sábado lo que no era lícito hacer en sábado, cuando arrancaron espigas y las comieron. Entonces el Señor les dio a entender que no hacían nada malo, como si dijera: Aquí no hay sábado; porque el cuerpo necesita alimento, la necesidad lo exige; tenemos que comer, aunque sea en sábado. Por eso el Señor citó el ejemplo de David, que puso ante los judíos, y dijo: «¿No habéis leído lo que hizo David, cuando tuvo hambre, él y los que con él estaban; cómo entró en la casa de Dios, y comió los panes de la proposición, que no les era lícito comer ni a él ni a los que estaban con él, sino solamente a los sacerdotes?» 1 S 21:3s. Entonces David comió el pan, aunque no era sacerdote, porque el hambre lo apremiaba. Tampoco el sacerdote Ahimelec violó la ley al dar el pan a David, pues estaba presente el amor y lo movió a darlo. Así, hasta toda la ley habría tenido que servir a David en su necesidad.

13 Por tanto, cuando la ley empuja a alguien contra el amor, cesa y ya no debe ser ley; pero donde no hay obstáculo en el camino, el cumplimiento de la ley es una prueba del amor, que yace oculto en el corazón. Por eso ustedes necesitan la ley, para que el amor se manifieste; pero si no puede cumplirse sin daño para nuestro prójimo, Dios quiere que la suspendamos y la ignoremos.

14 Así han de regular ustedes su vida y su conducta. Hay en nuestros días muchas costumbres, muchas órdenes y ceremonias con las que falsamente pensamos merecer el cielo; y sin embargo hay solo este principio, a saber: el amor al prójimo, que incluye en sí todas las buenas obras. Les daré un ejemplo que oímos hace poco. Aquí hay un sacerdote o monje que debe leer sus oraciones o las reglas de su orden, o celebrar misa, o rezar una penitencia. En ese momento llega a él un pobre hombre o una pobre mujer que necesita su ayuda y consejo. ¿Qué hará este sacerdote o monje? ¿Cumplirá su servicio, o socorrerá al pobre? Debería, pues, obrar con prudencia y pensar: Es verdad que se me exige leer mis oraciones, celebrar misa o rezar la penitencia; pero por otra parte aquí hay un pobre; necesita mi ayuda y debo acudir en su auxilio. Dios me mandó esto; lo otro lo idearon e instituyeron los hombres. Dejaré los mandatos de los hombres y serviré a mi prójimo conforme al mandamiento de Dios.

15 Sin embargo, muy rara vez pensamos que el precioso servicio de celebrar misa y leer oraciones deba pasar a segundo plano, y que un servicio tan humilde, como ustedes lo consideran, deba tener preferencia. Pero ¿cuál es la razón? La razón es que estos predicadores soñadores, que no tienen otra cosa que presentarnos sino las ordenanzas de los hombres, nos han vuelto tan tímidos y temerosos que llegamos a la conclusión de que, si no nos regulábamos en todo según su predicación, el cielo mismo se caería. Más aún, preferirían dejar que diez pobres se murieran de hambre antes que dejar de decir una misa. Aún hoy encontramos a muchos monjes o sacerdotes que prefieren dejar que un pobre se hiele antes que violar sus estatutos y ordenanzas. Tan lamentable y miserablemente han sido engañados por sus predicadores y maestros impíos, y por sus superiores, que con sus estatutos y ordenanzas diabólicas los han apartado, y siguen apartándolos, cada vez más de la ley de Dios hacia nuestras propias ocurrencias.

16 Estos son los frutos principales de la incredulidad y de la impiedad, que, como declaran las Escrituras, provocan a Dios. ¿No debería Dios airarse conmigo si me manda mostrar amor a mi prójimo y yo voy y sigo mis propios sueños o los de otros? Es como si un amo dijera a su siervo: Ve y trabaja en el campo, y el siervo fuera y se pusiera a lavar los platos. ¿No tendría el amo razón para airarse con tal siervo? Así es también con Dios. Quiere que guardemos sus mandamientos, y que los estimemos más que los mandamientos de los hombres, y que todos los mandamientos estén subordinados al amor, de modo que todo quede comprendido en estos dos mandamientos de los que el Señor habla aquí en este evangelio: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.»

17 ¿Quieres hacer algo que agrade a Dios? Hazlo entonces por genuino amor. Que los judíos practicaran la circuncisión, ayunaran mucho, oraran mucho y realizaran otros servicios semejantes no agradaba a Dios, porque no procedía del corazón, como exige este mandamiento: Amarás a Dios con todo tu corazón. Así será también contigo, aunque pertenecieras a los frailes cartujos, o a una orden aún más rigurosa; todo sería en vano si no tuvieras el amor de Dios. De aquí debes concluir que todas las obras que no nacen del amor, o que van contra el amor, no son nada. Ningún mandamiento debe estar en vigor, excepto aquellos en los que se pueda ejercer la ley del amor.

18 De aquí se ve ahora cuán engañosa es la vocación de los monjes y sacerdotes, pues quieren merecer el cielo solo por sus obras, y además obligan al pueblo a hacer buenas obras para merecer con ellas el cielo, lo cual es un servicio maldito e impío. Por eso, como ya se dijo, la ley ha de ser solo un ejercicio para probar nuestro amor; fuera del amor, Dios nunca pregunta por las obras, por excelentes que sean.

19 Ya pueden ver cuántos saben lo que significa la ley: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y a tu prójimo como a ti mismo. Ciertamente son pocos los que lo saben, y aún menos los que lo guardan. ¿Cómo pueden guardar lo que no conocen? Somos ciegos, y nuestra naturaleza es totalmente ciega, y así también la razón humana. No conoce nada tan imperfectamente como lo que la ley de Dios exige.

20 Ahora bien, aquí Cristo muestra a los fariseos y a los escribas una doble bondad. En primer lugar, disipa su ceguera y les enseña qué es la ley. En segundo lugar, les enseña cuán imposible les es guardar la ley. Disipa su ceguera enseñándoles lo que es la ley, a saber: que el amor es la ley. La razón humana no puede comprender esto hoy más que los judíos entonces, pues si hubiera sido posible que la razón humana lo comprendiera, los fariseos y escribas, que en aquel tiempo eran los mejores y más sabios del pueblo, habrían podido entenderlo; pero pensaban que consistía solo en cumplir las obras externas de la ley; en dar a Dios, ya fuera de buena gana o a la fuerza; pero su ceguera interior, su codicia y su corazón endurecido no podían verlos, y pensaban que entendían perfectamente la ley y que eran gente estupenda, santa y piadosa; pero se hacían sombra a sí mismos. Porque nadie puede guardar la ley a menos que su naturaleza sea renovada por completo.

21 Por tanto, ten por cosa establecida que la razón nunca puede entender y cumplir la ley, aunque conozca el sentido de la ley. ¿Cuándo haces a otro lo que quieres que él te haga a ti? ¿Quién ama de corazón a su enemigo? ¿A quién le gusta morir? ¿Quién sufre de buena gana la deshonra y la vergüenza? Querido señor, ¡muéstrame a un hombre que goce de tener mala fama o de vivir en pobreza! Porque la naturaleza y la razón humana huyen por completo de esto, se asustan, se aterran y se espantan; y si fuera posible, en cuanto estuviera en su poder, nunca sufrirían tal desgracia. La naturaleza humana por sí sola nunca podrá cumplir lo que Dios exige en este mandamiento, a saber, que sometamos nuestra voluntad a la voluntad de Dios, de modo que renunciemos a nuestra razón, a nuestra voluntad, a nuestra fuerza y poder, y digamos de corazón: Hágase tu voluntad. Y en verdad, en ninguna parte hallarás a una persona que ame a Dios con todo su corazón y a su prójimo como a sí misma. Bien puede ocurrir que dos compañeros vivan amigablemente juntos; pero aun ahí se esconde la hipocresía, que continúa hasta que te hiere; entonces verás cómo lo amas, y si eres carne o espíritu. Este mandamiento me exige, pues, ser amable de todo corazón con quien me ha ofendido; pero ¿cuándo lo hago?

22 Así Cristo quiere mostrarnos que predicamos la ley correctamente solo cuando aprendemos de ella que no podemos cumplirla y que somos propiedad del diablo. Esto lo aprendemos por experiencia, y se muestra de vez en cuando en las Escrituras, especialmente por san Pablo cuando dice en Ro 8:7-8: «Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden», y sigue que los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.

23 Por eso, toma para ti este mandamiento: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y piensa en él, contémplalo y examina qué clase de ley es; cuán lejos estás de cumplirla; más aún, cómo ni siquiera has hecho todavía un comienzo en sufrir y hacer de corazón lo que Dios te pide. Es pura hipocresía que alguien quiera meterse en un escondite y pensar: ¡Oh, yo amaré a Dios! ¡Oh, cómo lo amo, es mi Padre! ¡Qué bondadoso es conmigo!, y cosas por el estilo. Sí, cuando Dios nos complace, entonces fácilmente podemos decir tales cosas; pero cuando envía desgracia y adversidad, ya no lo consideramos nuestro Dios ni nuestro Padre.

24 El verdadero amor a Dios no obra así, sino que en el corazón piensa y con los labios dice: Señor Dios, soy tu criatura; haz conmigo como quieras; no me importa. Siempre soy tuyo, eso lo sé; y si lo deseas, moriré en esta misma hora o sufriré cualquier gran desgracia; lo haré con alegría de corazón. No estimaré mi vida, honra y bienes, y todo lo que tengo, más alto ni más grande que tu voluntad, que será mi placer todos mis días. Pero nunca hallarás a una persona que se regule constantemente según este mandamiento; pues toda la vida que vives en el cuerpo, en los cinco sentidos, y todo lo que haces en tu cuerpo, debería estar regulado de modo que se haga para la gloria de Dios, conforme a las normas de este mandamiento, que dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente.» Es como si Cristo dijera: Si amas a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, entonces nada te faltará; lo experimentarás en tu vida diaria, a saber: cuando todo lo que hagas, ya sea que veles o duermas, que trabajes o descanses, que comas o bebas, sea dirigido y hecho por amor a Dios desde el corazón. Del mismo modo tu mente y tus pensamientos se dirigirán también total y enteramente a Dios, de modo que no aprobarás nada de lo que no estés seguro de que agrada a Dios. Sí, ¿dónde están los que hacen esto?

25 Y esta parte donde dice: «Con toda tu mente», argumenta con fuerza contra los escritos y enseñanzas de los hombres, de los cuales él depende especialmente, y piensa obtener con ellos un Dios misericordioso y merecer el cielo. Tal imaginación de la razón humana nos aparta de modo admirable de este mandamiento, de manera que no amamos a Dios con toda la mente, como se ha hecho hasta ahora y aún se hace hoy. Pues estos sacerdotes y monjes no piensan otra cosa sino que Dios se mueve por la misa y por otras invenciones humanas; pero él lo aborrece y no lo desea, como se dice en Is 29:13: «En vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.» Mt 15:8-9. El mandamiento te exige aquí que no tengas por bueno nada que sea contra Dios y contra todo lo que él ha mandado o prohibido. Así te exige entregarte total y enteramente a él en toda tu vida y conducta.

26 De aquí puedes concluir que no hay ser humano que no esté condenado, pues nadie ha guardado este mandamiento, y Dios quiere que todos lo guarden. Ahí estamos, en medio del temor y la angustia, sin poder ayudarnos a nosotros mismos, y el primer conocimiento de la ley es que vemos que nuestra naturaleza humana es incapaz de guardarla; porque le falta el corazón, y si no se hace con el corazón, de nada vale ante Dios. Bien puedes hacer las obras por fuera, pero Dios no se satisface así, cuando no se hacen de corazón, por amor; y esto nunca se hace a menos que el hombre nazca de nuevo por el Espíritu Santo. Por tanto, Dios no pretende lograr con la ley nada más que esto: que seamos forzados así a reconocer nuestra incapacidad, fragilidad y enfermedad, y que con nuestros mejores esfuerzos no podemos cumplir ni una letra de la ley. Cuando te das cuenta de esto, la ley ha cumplido su obra. Esto es lo que Pablo quiere decir cuando afirma en Ro 3:20: «Por medio de la ley es el conocimiento del pecado.»

27 De esto se ve claramente que todos somos iguales, y somos uno en la maldad interior del corazón, que la ley revela cuando la miramos rectamente. Por eso bien podríamos decir: Si uno es bueno, todos son buenos. Por tanto, nadie debe acusar a otro. Es verdad que en los pecados públicos y groseros hay un pecado más hondo; pero el corazón es igualmente malo, a menos que sea renovado por el Espíritu Santo. Pero ¿qué haré cuando haya reconocido mi pecado? ¿De qué me sirve? Me sirve muchísimo, porque cuando he llegado hasta aquí, no estoy lejos del reino; como dice Cristo a un escriba en Mr 12:34, que también sabía que las obras de la ley eran nada sin amor.

28 Pero ¿qué haremos para librarnos de nuestra mala conciencia? Aquí sigue ahora la otra parte de este evangelio, a saber, quién es Cristo y qué podemos esperar de él. De él debemos recibir y asegurar la libertad de una conciencia mala, o permaneceremos en nuestros pecados eternamente, porque para esto Cristo fue dado a conocer y entregado por el Padre, para librarnos del pecado, de la muerte, de una conciencia mala y de la ley.

29 Ya hemos oído qué es la ley y cómo por la ley llegamos al conocimiento del pecado; pero esto no basta, otro tiene aquí una obra que hacer, cuyo nombre es Cristo Jesús; aunque la primera, la ley, debe ciertamente permanecer; más aún, es necesaria. Porque si no tengo sentido de mis pecados, nunca preguntaré por Cristo; como hacen aquí los fariseos y escribas, que pensaban haber hecho todo lo que la ley mandaba y estaban dispuestos a hacer aún más; pero de Cristo no sabían nada. Por tanto, ante todo, cuando la ley es conocida y el pecado revelado por la ley, es necesario entonces que sepamos quién es Cristo; de otro modo el conocimiento del pecado de nada nos sirve.

30 Pero la ley es conocida cuando aprendo de ella que estoy condenado, y veo que no hay esperanza ni consuelo en ninguna parte para mí, y que ni siquiera puedo ayudarme a mí mismo, sino que necesito que otro me libre. Entonces es hora de que busque a quien puede ayudar, y ese es Cristo Jesús, que para esto se hizo hombre, y se hizo semejante a nosotros, para sacarnos del lodo en que hemos caído. Él amó a Dios con todo su corazón y a su prójimo como a sí mismo, y sometió su voluntad a la voluntad de su Padre, cumplió la ley en todo respecto; esto yo no podía hacerlo y sin embargo se me exigía. Por eso él lo acepta a él; y lo que él cumplió en la ley, me lo ofrece a mí. Me da gratuitamente su vida con todas sus obras, para que yo pueda apropiármelas como una posesión que es mía y me es otorgada como don gratuito. Nos libra de la ley, pues cuando la ley dice: Ama a Dios con todo tu corazón y a tu prójimo como a ti mismo, o serás condenado, entonces yo digo: No puedo hacerlo. Entonces Cristo dice: Ven a mí, tómame y aférrate a mí por la fe; entonces quedarás libre de la ley.

31 Ahora bien, esto se realiza de la siguiente manera: Cristo, mediante su muerte, nos ha asegurado el Espíritu Santo; y él cumple la ley en nosotros, y no nosotros. Porque ese Espíritu, que Dios envía a tu corazón por causa de su Hijo, hace de ti un hombre enteramente nuevo, que hace con gozo y amor de corazón todo lo que la ley exige, lo cual antes te habría sido imposible hacer. Este hombre nuevo desprecia la vida presente y desea morir, se regocija en toda adversidad y se somete total y enteramente a la voluntad de Dios. Todo lo que Dios hace con él le agrada. Este Espíritu no puedes merecerlo tú mismo, sino que Cristo lo ha asegurado y merecido. Cuando creo de corazón que Cristo hizo esto por mí, recibo también ese mismo Espíritu Santo que me hace un hombre enteramente nuevo. Entonces todo lo que Dios manda es dulce, amable y agradable, y hago todo lo que desea de mí; no con mis propias fuerzas, sino con la fuerza de aquel que está en mí, como dice Pablo en Fil 4:13: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.»

32 Pero debes cuidarte de no emprender el conseguir esta fe en Jesucristo por tus propias obras o poder, ni de tomar a la ligera este asunto; porque es imposible para el hombre natural; el Espíritu Santo debe hacerlo. Por eso guárdate de los predicadores de la justicia propia, que simplemente parlotean y dicen: Debemos hacer buenas obras para ser salvos. Pero nosotros decimos que la fe sola basta para este fin. Nuestras buenas obras tienen otro propósito, a saber, probar nuestra fe, como ya han oído de mí con frecuencia.

33 Ahora bien, este es el propósito de la pregunta que el Señor hizo a los fariseos: ¿Qué piensan del Cristo? ¿Quién es y de quién es hijo? Pero a su respuesta, cuando dicen que es hijo de David, el Señor la rechaza y la oscurece, y remite a un pasaje del Salmo, para dejarlos en la duda; de modo que nadie pudo responderle palabra.

34 Sin embargo, cuando David llama a Cristo su Señor, al decir en el Salmo 110: «Dijo Jehová a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies», ha de entenderse que David habla de él tanto como Dios que como hombre, pues solo según la carne era hijo de David. Pablo también une estas dos cosas cuando dice en Ro 1:1-4: «Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, acerca de su Hijo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos.» Pero algo es saber que Cristo es Señor; porque esto tiene fuerza y poder y consuela especialmente en el tiempo de la aflicción. Pero sobre esto he dicho más en otro lugar, y por eso ahora concluyo, y ruego a Dios gracia.

Sermón para el decimoctavo domingo después de la Trinidad; Mateo 22:34-46 (segundo sermón)

LA DOCTRINA ACERCA DE LA LEY Y EL EVANGELIO; O EL MAYOR MANDAMIENTO Y CRISTO.

1 En este evangelio Cristo responde a la pregunta que le hicieron los fariseos: ¿Cuál es el mayor mandamiento de la Ley? y a su vez les hace la pregunta: ¿Qué piensan del Cristo? ¿De quién es hijo? Así, este evangelio nos presenta lo que oímos continuamente y debemos oír, de modo que estos dos sermones deben seguir predicándose en la cristiandad, a saber: el primero, la enseñanza de la Ley o de los diez mandamientos, y el segundo, la doctrina acerca de la gracia de Cristo. Porque si cualquiera de los dos cae, arrastra consigo al otro; mientras que, por el contrario, dondequiera que el uno permanece firme y se pone fielmente en práctica, trae consigo al otro.

2 Y Dios ha ordenado que estos dos temas se prediquen para siempre en la Iglesia cristiana; más aún, siempre, desde el principio del mundo, se han acompañado el uno al otro; fueron dados a nuestro padre Adán cuando aún estaba en el Paraíso, y más tarde confirmados por medio de Abraham, Moisés y los Profetas.

Porque son requeridos por las necesidades de la humanidad, caída como está bajo el poder de Satanás, de modo que vivimos y nos movemos en pecado y somos dignos de muerte eterna. Adán sintió y lamentó el pecado y sus daños; pero luego el sentido del pecado pronto se debilitó y fue descuidado, de modo que los paganos no lo consideraban pecado, aunque ciertamente sentían en sus cuerpos mala concupiscencia y deseo; pero imaginaban que todo eso pertenecía al carácter y naturaleza del hombre. Aun así, enseñaban que el hombre debía refrenar tales concupiscencias y deseos y no permitir que fueran demasiado lejos; pero esta naturaleza en sí no la condenaban.

3 Por eso Dios dio esta única y sencilla enseñanza que revela lo que el hombre es, lo que ha sido y lo que debe llegar a ser de nuevo. Esta es la doctrina de la Ley, que Cristo cita aquí: V.37. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, etc. Es como si dijera: Así has sido, y así debes seguir siendo y llegar a ser. En el Paraíso estabas en posesión del tesoro, y fuiste creado de modo que amabas a Dios con todo tu corazón; esto lo has perdido; pero ahora debes llegar a ser de nuevo como eras, o nunca entrarás en el Reino de Dios. De igual modo habla clara y llanamente en otros lugares, Mt 19:17: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.» Asimismo, Lc 10:28: «Haz esto, y vivirás, etc.» Esto debe guardarse, en suma; y que queramos disputar tanto sobre ello no sirve de nada, como si uno pudiera salvarse sin ello, es decir, sin lo que se llama amar a Dios con todo el corazón y a tu prójimo como a ti mismo. Esta ley divina debe ser cumplida por ti tan pura y completamente como la cumplen los ángeles en el cielo.

4 Por eso es erróneo y no debe permitirse lo que algunos dijeron en la antigüedad y lo que ahora dicen algunos espíritus necios: Aunque no guardes el mandamiento, y no ames a Dios ni a tu prójimo, es más, aunque seas adúltero, eso no importa, si solo crees, entonces serás salvo. No, querido mortal, eso no vale nada; nunca ganarás así el cielo; tiene que llegar a que guardes los mandamientos y permanezcas en amor hacia Dios y hacia tu prójimo. Pues ahí está brevemente determinado: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.» Y de nuevo, a los Gálatas, Gá 5:19-21: «Y manifiestas son las obras de la carne, que son… acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios, etc.»

5 Y Cristo quiere que los cristianos observen esta doctrina para que sepan lo que han sido, lo que todavía les falta y lo que deben llegar a ser de nuevo, para que no continúen en la miseria e inmundicia en que ahora se hallan; pues si continúan, deben perderse.

Cristo habla llanamente en Mt 5:17-18: «No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo» que la Ley debe enseñarse y observarse de tal modo que ni una jota ni una tilde de ella pasará de ningún modo, hasta que todo se haya cumplido. Y de nuevo dice Cristo en Mt 12:36: «Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.» Y san Pablo en Ro 8:4: Dios envió a su Hijo en carne, «para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros». Y en Ro 3:31: «¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley.» Es decir, precisamente por esto enseñamos la fe, por la cual se cumple la ley.

6 Porque esta es ciertamente una doctrina gloriosa que enseña lo que hemos de llegar a ser; pero para que también se realice y no siga predicándose en vano, debe añadirse la otra doctrina, a saber, cómo y por qué medios podemos volver de nuevo a nuestro estado anterior. Volvemos cuando oímos lo que perdimos en el Paraíso; cuando Adán vivía en pleno amor a Dios, y en puro amor a su prójimo, y en perfecta obediencia sin mala concupiscencia, y que si hubiera permanecido así, nosotros seguiríamos siéndolo; pero ahora, como por el pecado cayó de este mandamiento, también nosotros yacemos en la misma miseria, llenos de pecado y desobediencia, bajo la ira y la maldición de Dios, y caemos de un pecado a otro, y la Ley está ahí, nos tiene por culpables, nos urge y exige que seamos piadosos y obedientes a Dios.

7 ¿Qué haremos entonces aquí, si la Ley manda y nos apremia continuamente, y nosotros carecemos de fuerza? Porque aquí mi propia conciencia argumenta siempre contra mí: Puesto que debo amar a Dios con todo mi corazón y a mi prójimo como a mí mismo, y no lo hago, debo por tanto ser condenado, y Dios aprueba y confirma la sentencia de condenación. ¿Quién me aconsejará en este caso? No sé qué aconsejarte, dice la Ley; pero decreta y exige llanamente que seas obediente.

Aquí vienen ahora los Profetas y predican a Cristo, y dicen: Viene uno que dará consejo sobre cómo el hombre puede recuperar lo que perdió y entrar de nuevo en el estado del que cayó, al cual la Ley lo señala. Este es el otro sermón que debe y tiene que predicarse hasta el día del juicio, a saber, la ayuda contra el pecado, la muerte y Satanás, y la restauración de nuestros cuerpos y almas, para que lleguemos al estado en que amemos a Dios y a nuestro prójimo de corazón. Esto se hará plena y perfectamente en la vida futura, pero aquí en esta vida debe comenzarse.

8 Porque en la vida venidera ya no habrá fe, sino amor perfecto, y todo lo que la Ley exige lo haremos con todo nuestro corazón. Por eso debemos predicar ahora lo que debemos llegar a ser y seguir siendo para siempre, a saber, que hemos de amar a Dios y a nuestro prójimo con todo nuestro corazón. Esto lo comenzaré yo, dice Cristo, y lo completaré, no solo en cuanto a mi propia persona, sino que los ayudaré a hacer un comienzo, y a continuar siempre en ello, hasta que lleguen adonde también lo cumplirán perfectamente.

9 Ahora bien, esto ocurrirá así. Como no podemos guardar la Ley y es imposible para el hombre natural, Cristo vino y se puso entre el Padre y nosotros, y ruega por nosotros: Amado Padre, sé misericordioso con ellos y perdónales sus pecados. Yo tomaré sobre mí sus transgresiones y las llevaré; yo te amo con todo mi corazón, y además a todo el género humano, y esto lo probaré derramando mi sangre por la humanidad. Además, yo he cumplido la Ley, y lo hice por su bien, para que participen de mi cumplimiento de la Ley y así vengan a la gracia.

10 Así se nos da primero, por medio de Cristo, el sentido de que no cumplimos la Ley y de que el pecado es perdonado plena y completamente; sin embargo, esto no se concede de manera ni para el fin de que en el futuro no tengamos que guardar la Ley y podamos seguir pecando para siempre, ni de que debamos enseñar que, si tenemos fe, ya no necesitamos amar a Dios y a nuestro prójimo. Antes bien, se nos concede el sentido de que el cumplimiento de la Ley puede ahora, por primera vez, intentarse con éxito y realizarse perfectamente, y esta es la voluntad eterna, fija e inmutable de Dios. Para este fin es necesario predicar la gracia, para que el hombre halle consejo y ayuda para llegar a una vida perfecta.

11 Pero la ayuda que se nos ofrece es que Cristo ruega al Padre que nos perdone nuestros pecados contra esta Ley y no impute lo que aún debemos. Luego promete también dar el Espíritu Santo, con cuya ayuda el corazón comienza a amar a Dios y a guardar sus mandamientos. Porque Dios no es bondadoso y misericordioso con los pecadores para que no guarden su Ley, ni para que permanezcan como eran antes de recibir gracia y misericordia; sino que perdona y remite tanto el pecado como la muerte por causa de Cristo, quien ha cumplido toda la Ley para endulzar así el corazón y, por el Espíritu Santo, encenderlo y moverlo a comenzar de nuevo a amar de día en día más y más.

12 Así comienza en nosotros no solo el amor, sino también la verdad, es decir, un carácter verdadero, como la Ley lo exige; como dice san Juan en Jn 1:17, que Cristo está lleno de gracia y de verdad, y por medio de él crecen en nosotros la gracia y la verdad, que ni Moisés ni la ley pueden darnos. Porque la Ley no queda abolida por la gracia de modo que la verdad haya de pasarse por alto y no debamos amar a Dios; sino que por medio de él experimentamos que no guardamos la Ley tan perfectamente como debiéramos en el reino del perdón o de la gracia. Pero además se nos da el Espíritu Santo, que enciende en nosotros una llama o fuego nuevo, a saber, amor y deseo de cumplir los mandamientos de Dios. En el reino de la gracia esto debe comenzar y crecer siempre hasta el día del juicio, cuando ya no se llamará gracia ni perdón, sino pura verdad y perfecta obediencia. Entretanto él sigue dando, perdonando, soportando y sobrellevando, hasta que seamos puestos en nuestras tumbas.

13 Ahora bien, si así perseveramos en la fe, es decir, en lo que el Espíritu Santo da y perdona, en lo que comienza y acaba, entonces el fuego del día del juicio, con el cual todo el mundo será consumido, nos limpiará y purificará, de modo que ya no necesitaremos este dar y perdonar, como si hubiera algo inmundo y pecaminoso en nosotros, como realmente lo hay ahora; seremos ciertamente como el resplandor del querido sol, sin mancha ni defecto, llenos de amor, como fue Adán al principio en el Paraíso.

Así se dirá entonces con verdad que la Ley es confirmada y cumplida, Ro 3:31. Porque entonces ya no nos culpará ni reprenderá; sino que la Ley se dará por satisfecha y la deuda por pagada, incluso por nosotros mismos; puesto que todo está ya cumplido, no por nosotros, y sin embargo por ella somos libres y salvos, de modo que nos guarecemos bajo el manto y las alas de Cristo, que hace satisfacción por nosotros hasta que yazcamos bajo la tierra y luego salgamos de nuevo del sepulcro con un hermoso cuerpo glorificado, que será pura santidad y pureza, con un alma limpia llena del amor de Dios. Entonces ya no necesitaremos su manto ni sus oraciones, sino que estaremos todos allí perfectos y completos, como debemos ser. Ahora, como creo en él, mis pecados son perdonados y soy llamado hijo de la gracia. Y además, también debe surgir en mí la verdad, es decir, un carácter nuevo y justo, que continuará hasta perfeccionarme; puesto que Cristo, la verdad, ha venido no para abolir la Ley, sino para confirmarla, no solo en sí mismo, lo cual se hizo hace mucho, sino en mí y en todos los cristianos.

14 Estas son las dos doctrinas que deben acompañarse la una a la otra, ya que van juntas o la una está en la otra, y deben ir siempre juntas mientras vivamos aquí, por las cuales la Ley o mandamiento de Dios puede comenzar a obrar en los cristianos, de modo que las personas malvadas y desobedientes del mundo sean refrenadas y castigadas. Como no temerán ni amarán a Dios como los cristianos y creyentes, están obligadas a temer el fuego eterno, la perdición y otros castigos. Otros, en cambio, aprenderán por ella de qué han caído y cuán gravemente y por completo han heredado el pecado.

15 Porque cuando comparo mi vida con la Ley veo y experimento siempre lo contrario de lo que la Ley ordena. Debo confiar a Dios mi cuerpo y mi alma, y amarlo con todo mi corazón; y sin embargo preferiría tener un florín en mi arca que diez dioses en mi corazón, y estoy más contento cuando sé cómo ganar diez florines que cuando oigo todo el Evangelio. Que un príncipe dé a una persona un castillo o varios miles de florines, ¡qué brincos y qué regocijo produce! En cambio, que una persona sea bautizada o reciba la comunión, que es un tesoro celestial y eterno, no hay ni la décima parte de regocijo. Así somos por naturaleza; no hay quien se regocije tan de corazón por los dones y la gracia de Dios como por el dinero y los bienes terrenales; ¿qué significa eso sino que no amamos a Dios como debemos? Porque si confiáramos en él y lo amáramos, nos alegraríamos más de que nos diera el sentido de la vista que de poseer el mundo entero. Y la palabra de consuelo que me habla por el Evangelio debería darme mayor gozo que el favor, el dinero, la riqueza y el honor de todo el mundo. Pero que no sea así, y que diez mil florines puedan hacer más felices a las personas que toda la gracia y los bienes de Dios, prueba qué clase de fruto somos y en qué caída tan angustiosa y horrible yacemos. Y sin embargo no lo veríamos ni lo comprenderíamos si no se nos revelara por la Ley, y tendríamos que permanecer en ella para siempre y perdernos, si no fuéramos sacados de ella de nuevo por Cristo. Por tanto, la Ley y el Evangelio se dan para que aprendamos a conocer tanto cuán culpables somos como a qué debemos volver.

16 Esta es, pues, la enseñanza y la predicación cristiana, que, alabado sea Dios, conocemos y poseemos, y no es necesario por ahora desarrollarla más, sino solo ofrecer la exhortación de que se mantenga en la cristiandad con toda diligencia. Porque Satanás la ha atacado continuamente, con dureza y fuerza, desde el principio hasta el presente, y de buena gana la extinguiría por completo y la pisotearía. Pues no soporta que la gente persevere en ella y se conduzca rectamente, y busca cien mil artes y astucias solo para aplastarla. Por eso la predico con tanto gusto, pues es muy necesaria; porque hasta el presente nunca fue oída ni conocida en el papado.

17 Porque yo mismo fui un doctor erudito en teología y sin embargo nunca entendí rectamente los diez mandamientos. Más aún, había muchos doctores muy celebrados que no sabían si había nueve, diez u once mandamientos, y mucho menos conocíamos el Evangelio y a Cristo. Lo único que se enseñaba y defendía era: Invoquen a la Virgen María y a otros santos como sus mediadores e intercesores; ayunen a menudo y oren mucho; hagan peregrinaciones, entren en los claustros y háganse monjes, o paguen por el rezo de muchas misas y obras semejantes. Y así imaginábamos que, cuando hacíamos estas cosas, habíamos merecido el cielo.

18 Aquel fue el tiempo de la ceguera, cuando no sabíamos nada de la Palabra de Dios, sino que nos conducíamos a nosotros mismos y a otros a la miseria con nuestra propia charla ociosa y nuestros sueños. Y yo fui uno de los que se bañaron en este sudor o en este baño de angustia. Por eso pongamos atención para captar y retener a fondo esta doctrina, por si otros fanáticos y falsos espíritus quieren atacarla, de modo que estemos prevenidos y aprendamos mientras tenemos tiempo y el querido sol nos ilumina de nuevo, y compremos mientras el mercado está a nuestra puerta. Porque llegará el día en que, cuando estas luces que Dios ahora da hayan partido, Satanás no tomará vacaciones hasta levantar otros espíritus fanáticos para hacer daño; como ya ha comenzado a hacer en muchos lugares durante nuestra generación. ¿Qué ocurrirá cuando nosotros ya no estemos?

19 Por tanto, aprenda quien pueda aprender, y aprenda bien, para que sepamos, primero, los diez mandamientos, lo que debemos a Dios. Porque si no sabemos esto, entonces no sabemos nada y no preguntaremos en lo más mínimo por Cristo. Igual que hacíamos los monjes, que o tenían a Cristo por un juez airado o lo despreciaban por completo ante nuestra santidad imaginaria. Nos figurábamos que no estábamos en pecado, lo cual muestran y castigan los diez mandamientos; sino que teníamos la luz natural de la razón y el libre albedrío, y si vivíamos conforme a eso, en cuanto podíamos, entonces Dios tendría que concedernos su gracia, etc. Pero ahora, si hemos de conocer a Cristo como nuestro ayudador y Salvador, primero debemos saber de qué puede ayudarnos, no del fuego ni del agua, ni de otra necesidad y peligro corporal, sino del pecado y del odio de Dios. Pero ¿de dónde sé que yazgo ahogado en la miseria? De ninguna otra fuente que de la Ley, que debe mostrarme cuál es mi pérdida y mi enfermedad, o nunca preguntaré por el médico y su ayuda.

20 Así tenemos las dos partes de la ayuda de Cristo: la una, que debe representarnos ante Dios y ser un manto que cubra nuestra vergüenza, como quien toma sobre sí nuestros pecados y deshonra; un manto, digo, para nosotros, como quien toma sobre sí nuestros pecados y vergüenza, pero ante Dios un trono de gracia en quien no hay pecado ni vergüenza, sino solo virtud y honor. Y como una gallina extiende sus alas contra el gavilán, el diablo con su pecado y su muerte, de modo que Dios, por causa de él, lo perdona todo, y a nosotros no puede hacernos daño. Pero con la condición de que permanezcas bajo estas alas. Porque mientras estés bajo su manto y protección y no salgas de debajo de él, el pecado que aún está en ti no debe ser pecado por causa de aquel que te cubre con su justicia.

21 Luego, en segundo lugar, Cristo no solo nos cubre y protege así, sino que también nos nutrirá y alimentará como la gallina a sus pollitos, es decir, nos da el Espíritu Santo y fuerza para comenzar a amar a Dios y a guardar sus mandamientos. Y esto continuará hasta el último día, cuando cesarán la fe y este manto de vergüenza, de modo que veamos al Padre sin medio ni cobertura alguna, y nosotros mismos estemos ante él, y ya no habrá pecado en nosotros que perdonar; sino que todo será restaurado de nuevo y devuelto o perfeccionado, como dice san Pablo en Hch 3:21, purificado y perfecto, lo que Satanás desde el principio perturbó y arruinó.

22 Ahora bien, Cristo quiere enseñar esto con su respuesta y con la pregunta con que a su vez reprendió a los fariseos. Es como si dijera: No saben más que hablar de la Ley, que les enseña que deben amar a Dios y a su prójimo, y sin embargo no la entienden; porque se imaginan haberla cumplido, aunque están aún lejos de hacerlo. Como aquel de Mt 19:20-21, que se jacta de haber guardado todos los mandamientos desde su juventud; pero Cristo le dice: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres.» Es como decir: Quien ame a Dios rectamente y guarde sus mandamientos debe poder sacrificar sus bienes, su cuerpo y su vida. Por tanto, dirá Cristo, otra cosa es necesaria para que ustedes la sepan, a saber, que conozcan y posean al hombre llamado Cristo, que nos ayuda para que esta doctrina de la Ley sea confirmada y perfeccionada en ustedes.

23 Pero ¿qué significa conocer a Cristo rectamente? Esto no lo saben los fariseos ni los escribas; porque no lo consideran más que hijo de David, es decir, el que ha de sentarse en el trono de David (como nacido de su carne y sangre) y es señor y rey, también mayor y más poderoso que David, y aun así solo un gobernante temporal que hará de su pueblo los señores del mundo y pondrá a todos los paganos bajo su dominio, etc. Pero que lo necesitaran en su estado perdido, para ayudarlos a salir del pecado y de la muerte, de eso no sabían nada. Por eso el Espíritu Santo debe enseñar que no era solo hijo de David, sino también Hijo de Dios, como se enseñó después de su resurrección.

24 Ahora bien, aquí Cristo no explica esto, sino que solo plantea que David, en el Salmo 110:1, llamó a Cristo su Señor: V.43. ¿Cómo, pues, David en el Espíritu le llama Señor? No suena bien y es contra la naturaleza que un padre llame señor a su hijo, y le esté sujeto y lo sirva. Pues bien, David llama a Cristo su Señor, y un Señor a quien Jehová mismo dice: V.44. Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies, es decir, sé como yo, reconocido y adorado como el Dios verdadero y cierto; porque a ningún otro conviene sentarse a su diestra; él es en verdad tan celoso que no permite que nadie fuera de él mismo se siente igual a él, como dice en la profecía de Is 48:11: «Mi gloria no la daré a otro.» Puesto que Jehová coloca ahora a Cristo igual a sí mismo, debe ser más que todas las criaturas. Por eso les propone una gran pregunta, pero los deja así atascados; porque no la entendieron y aún no era el tiempo de darlo a conocer públicamente. Pero el sentido es el que nuestros artículos de fe nos enseñan a creer: que Cristo era tanto el verdadero hijo natural de David, de su sangre y carne, como también el Señor de David, a quien David mismo debía adorar y tener por Dios. Sin embargo, era imposible armonizar estas afirmaciones, como aún lo es para la razón humana, donde el Espíritu Santo no lo revela, cómo pueden ser ambas cosas a la vez en un solo Cristo: que fuera verdaderamente descendiente de David e Hijo de Dios por naturaleza.

25 Ahora bien, Cristo propuso esta pregunta para enseñar que no basta tener la Ley, que es lo único que muestra de qué estado hemos caído; sino que quien quiera volver a él y ser renovado, eso lo debe hacer Cristo mediante el conocimiento de él, que en verdad nació de David y es su carne y sangre, pero no nacido en pecado, como nacen David y todos los hombres, sino que tuvo que nacer sin varón, de una gota de la sangre pura de una virgen, santificada por el Espíritu Santo, de modo que nació verdadero y auténtico hombre sin pecado alguno.

26 Él es el único hombre que ha podido guardar y cumplir la Ley; semejante a todos los demás hombres por naturaleza, y sin embargo no en la misma culpa, sino criado sin pecado ni ira de Dios. Este tuvo que interceder en nuestro favor ante Dios y ser nuestra diestra y protección, ser para nosotros lo que la gallina es para sus pollitos, en quien tenemos perdón de pecados y liberación de la ira de Dios y del infierno. Y no solo esto, sino que también nos da el Espíritu Santo para seguirle, y aquí comienza a extinguir y matar el pecado, hasta que vengamos a él y seamos como él, sin pecado alguno y en perfecta justicia; porque fue resucitado de entre los muertos a la diestra del Padre para abolir totalmente el pecado, la muerte y el infierno y llevarnos a la nueva justicia eterna y a la vida eterna. Amén.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.