Comentarios y sermones · Martín Lutero
Mateo 28: comentario de Martín Lutero
Sermón para el Domingo de Pascua: el fruto y el poder de la resurrección de Cristo; Marcos 16:1-8
El fruto y el poder de la resurrección de Cristo
1 Así como oímos, al explicar el sentido de la pasión de Cristo, que no bastaba conocer su mera narración e historia, tampoco basta aprender solamente cómo y cuándo resucitó de los muertos Cristo nuestro Señor; debemos también predicar y entender el beneficio y el provecho tanto de los sufrimientos como de la resurrección de Cristo, a saber, lo que con ello adquirió para nosotros. Porque si predicamos solo su historia, es un sermón sin provecho, que Satanás y los impíos conocen, leen y entienden tan bien como los verdaderos cristianos; pero cuando predicamos para qué sirve, se vuelve provechoso, saludable y consolador.
2 El propio Cristo señaló el beneficio de sus sufrimientos y de su resurrección cuando dijo a las mujeres en Mt 28:10: «No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán». Estas son las primerísimas palabras que oyeron de Cristo después de su resurrección de los muertos, con las cuales confirmó todas sus declaraciones anteriores y las obras de amor que les mostró, a saber, que su resurrección vale en favor nuestro, de los que creemos, de modo que por eso se anticipa y llama sus hermanos a los cristianos que lo creen, y que sin embargo no son testigos de su resurrección como los apóstoles.
3 El Cristo resucitado no espera a que le pidamos o le invoquemos para hacernos sus hermanos. ¿Hablamos aquí de mérito, por el cual merezcamos algo? ¿Qué merecieron los apóstoles? Pedro negó a su Señor tres veces; los demás discípulos huyeron todos de él; se quedaron con él como el conejo con sus crías. Él habría debido llamarlos desertores, sí, traidores, réprobos, cualquier cosa menos hermanos. Por eso esta palabra les es enviada por medio de las mujeres por pura gracia y misericordia, como los apóstoles experimentaron vivamente entonces, y como también nosotros la experimentamos cuando estamos hundidos en nuestros pecados, tentaciones y condenación.
4 Estas son palabras llenas de todo consuelo: que Cristo recibe a desesperados bribones como tú y yo y nos llama sus hermanos. Si Cristo es realmente nuestro hermano, quisiera saber entonces qué nos puede faltar. Como sucede entre hermanos naturales, así es también aquí. Los hermanos según la carne disfrutan de los mismos bienes, tienen el mismo padre, una sola herencia; de otro modo no serían hermanos: así nosotros disfrutamos con Cristo los mismos bienes, y tenemos en común con él un solo Padre y una sola herencia, que nunca disminuye por repartirse, como otras herencias, sino que crece más y más; pues es una herencia espiritual. Pero una herencia terrenal disminuye cuando se reparte entre muchas personas. El que tiene una parte de esta herencia espiritual, la tiene toda.
5 Ahora bien, ¿cuál es la herencia de Cristo? Su heredad es la vida y la muerte, el pecado y la gracia, todo lo que hay en el cielo y en la tierra, la verdad eterna, el poder, la sabiduría, la justicia; él gobierna y rige sobre todo, sobre el hambre y la sed, sobre la fortuna y la desgracia, sobre todo lo imaginable, ya sea en el cielo o en la tierra, no solo en los asuntos espirituales sino también en los seculares; y la suma de todo es que tiene todas las cosas en su mano, sean eternas o temporales. Ahora bien, si creo en él, llego a ser copartícipe con él de todos sus bienes, y obtengo no solo una parte o un trozo, sino que, como él, lo obtengo todo: justicia eterna, sabiduría eterna, fortaleza eterna, y llego a ser señor y reino sobre todo. El estómago no tendrá hambre, los pecados no me oprimirán, ya no temeré a la muerte ni me aterrará Satanás, y nunca careceré de nada, sino que seré como el mismo Cristo el Señor.
6 A la luz de esto entendemos ahora fácilmente los dichos que aparecen aquí y allá en los profetas y especialmente en los Salmos; como cuando David dice en Sal 34:10: «Los leoncillos (los ricos) necesitan, y tienen hambre; pero los que buscan a Jehová no tendrán falta de ningún bien». Y en otro Salmo: «Conoce Jehová los días de los perfectos, y la heredad de ellos será para siempre. No serán avergonzados en el mal tiempo, y en los días de hambre serán saciados». Sal 37:18-19. E inmediatamente después, en el v. 25: «Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan». Todo esto viene de suyo del hecho de que somos y se nos llama hermanos de Cristo; no por nuestra dignidad, sino por pura gracia de Dios. Sí, si Dios nos diera esto en el corazón, de modo que lo experimentáramos, entonces estaríamos salvos; pero nos entra por un oído y nos sale por el otro. Y esto es lo que Pablo alaba tan alta y fuertemente ante los romanos cuando dice: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados». Ro 8:14-17.
7 El título de ser hermanos de Cristo es tan alto que el corazón del hombre no puede entenderlo. Si el Espíritu Santo no concede esta gracia, nadie puede decir: Cristo es mi hermano. Porque la razón no es lo bastante osada para decirlo; aunque uno pueda decirlo con la lengua, como los espíritus de los tiempos modernos. No se dice de este modo; es necesario que el corazón lo experimente; de lo contrario es pura hipocresía. Si de verdad lo experimentas en tu corazón, será algo tan grande que preferirás con mucho callar antes que hablar de ello; sí, ante la magnitud de esta herencia dudas y vacilas fácilmente sobre si es realmente verdad o no. Los que solo gritan: ¡Cristo es mi hermano! ¡Cristo es mi hermano!, no son verdaderos cristianos. Un cristiano obra de manera muy distinta, y es algo muy admirable, de modo que la carne se estremece ante ello y no se atreve ni a hablar de ello ni a confesarlo.
8 Deberíamos esforzarnos por oír esto, no solo con el oído natural, sino experimentándolo también en nuestro corazón, porque entonces no seríamos tan atrevidos e impertinentes, sino que quedaríamos sorprendidos y asombrados. Los cristianos verdaderos y piadosos van por la vida despreciándose a sí mismos y con temor; piensan así: Ah, ¿he de ser yo, pobre y miserable persona sumergida en el pecado, tan exaltado que el Hijo de Dios se haga mi hermano? Ay, ¿cómo es que yo, pobre y miserable criatura, soy así honrado? Al instante me confundo ante ello y me alimento de ello; pues realmente se requiere un gran esfuerzo para creerlo; sí, cuando uno lo experimenta así, tal como es en verdad, debe morir desde esa hora; porque el hombre, siendo carne y sangre, no puede entenderlo. Aquí, en esta vida, el corazón del hombre está en demasiada estrechez para asirlo; pero después de la muerte, cuando el corazón se hace más grande y más ancho, experimentamos lo que hemos oído por la Palabra.
9 En el Evangelio de Juan Cristo dice a María Magdalena el beneficio y provecho de su muerte y resurrección todavía más claramente, cuando dice: «Ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios». Jn 20:17. Este es uno de los grandes y consoladores pasajes en los que podemos aventurarnos y de los que nos atrevemos a gloriarnos. Es como si Cristo hubiera dicho: Ve de aquí, María, y di a mis discípulos, que me han abandonado en el campo de batalla y que bien han merecido castigo y condenación eterna, que mi resurrección ha tenido lugar para su beneficio; es decir, que por mi resurrección he logrado que mi Padre sea su Padre y mi Dios sea su Dios. Estas son pocas palabras y muy breves; pero encierran un gran pensamiento, a saber, que tenemos en Dios tanta confianza y refugio como el mismo Cristo su Hijo. ¿Quién puede abarcar tan extremo gozo, a menos que hable uno de sí mismo, cuando dice que un pobre y corrompido pecador puede y le es lícito llamar a Dios su Padre y su Dios, igual que el propio Cristo?
10 El autor de la Epístola a los Hebreos ha captado las palabras del Sal 22:22 y las ha tomado muy a pecho cuando dice de Cristo: «Por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos, diciendo: Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la congregación te alabaré». He 2:11-12. Si algún señor del mundo se rebajara tanto como para decir a un ladrón, o a un asesino, o a un individuo francés de baja estofa: Tú eres mi hermano; sería algo grande y todos se asombrarían de ello; pero que este Rey, que en su gloria está sentado a la diestra de Dios, su Padre, diga a un pobre pecador: Tú eres mi hermano, eso nadie lo toma a pecho, nadie lo recibe en serio, y sin embargo de ello depende nuestro mayor consuelo y ánimo contra el pecado, la muerte, Satanás, el infierno, la ley y contra toda desgracia, tanto del cuerpo como del alma.
11 Puesto que somos carne y sangre, y estamos sujetos a toda clase de aflicciones, se sigue que así debe ser también con nuestro hermano; o no sería semejante a nosotros en todo. Por eso, al hacerse semejante a nosotros, gusta de todo lo que nosotros, para ser nuestro verdadero hermano y salvarnos, a fin de que nosotros, por nuestra parte, seamos hechos semejantes a él. Esto lo pinta y lo expone muy hermosamente la Epístola a los Hebreos cuando dice: «Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados». He 2:14-18.
12 San Pablo condensó de una manera muy hermosa el beneficio y el provecho tanto de los sufrimientos de Cristo como de su resurrección en un breve pasaje, como en una cáscara de nuez, cuando dice a los romanos: «El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación». Ro 4:25.
Pero sobre este tema ya se ha dicho bastante por ahora; quien lo desee puede meditarlo con provecho; se escribe más sobre ello en la Postila; quien lo desee, que la consiga y la lea. Ahora trataremos otro asunto. Puesto que en muchos lugares la gente sigue aferrada a los abusos papales, de modo que acuden en tropel al sacramento de la Cena del Señor en Pascua, y esta costumbre está tan hondamente arraigada en ellos que es muy difícil desarraigarla en todas partes, queremos dar alguna instrucción a la gente sencilla y llana sobre cómo debe participar en la actualidad del sacramento de la Cena del Señor. (Ed. de Rodt, 1525.) De esto habla claramente el siguiente sermón.
Sermón para el Domingo de Pascua: la resurrección de Cristo y sus beneficios; Marcos 16:1-8 (2.º sermón)
De la resurrección de Cristo
I. LA HISTORIA DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO.
1 En primer lugar examinaremos brevemente el texto de esta narración, y después hablaremos de los beneficios de la resurrección de Cristo y de cómo debemos edificar sobre ella. El texto dice: V.1. «Pasado el día de reposo». Aquí debemos recordar que Marcos escribe del sábado según la costumbre de los hebreos, pues según el cómputo judío el día comenzaba por la tarde y duraba hasta la tarde del día siguiente, como dice el primer capítulo de Génesis: «Y fue la tarde y la mañana un día», «el día segundo», «el día tercero», y así sucesivamente. Así, el primero y más grande sábado comenzó en la tarde del día en que Cristo fue crucificado, es decir, a la puesta del sol del viernes por la tarde. Nuestro cómputo transmite un sentido equivocado. Ayer fue el gran sábado, cuando Cristo yacía en el sepulcro; además de esto, los judíos tenían siete días completos que celebraban y a todos los cuales llamaban sábados, contándolos desde la primera fiesta después del gran sábado y llamándola prima sabbathorum (primero de los sábados), y la tercera fiesta secunda sabbathorum (segundo de los sábados), y así sucesivamente. En esos días comían solo hostias y pan sin levadura, por lo cual el Evangelista los llama también días de los panes sin levadura. De esto debemos concluir que Cristo resucitó antes de la salida del sol y antes de que el ángel descendiera en el terremoto. Después el ángel solo vino a abrir el sepulcro vacío, etc., como lo han descrito claramente los evangelistas.
2 Surge ahora la pregunta: ¿Cómo podemos decir que resucitó al tercer día, si solo yació en el sepulcro un día y dos noches? Según el cómputo judío fue solo un día y medio; ¿cómo, pues, vamos a persistir en creer que fueron tres días? A esto respondemos que estuvo en estado de muerte al menos durante una parte de los tres días. Porque murió hacia las dos de la tarde del viernes y por consiguiente estuvo muerto unas dos horas el primer día. Después de esa noche yació en el sepulcro todo el día, que es el verdadero sábado. Al tercer día, que ahora conmemoramos, resucitó de los muertos y así permaneció en estado de muerte una parte de este día, como cuando decimos que algo ocurrió el día de Pascua aunque suceda por la tarde, solo una porción del día. En este sentido Pablo y los evangelistas dicen que resucitó al tercer día.
3 Por este período y no más había de yacer Cristo en el sepulcro, para que supongamos que su cuerpo permaneció naturalmente incorrupto y que la descomposición aún no había comenzado. Salió del sepulcro tan pronto que podemos presumir que la corrupción aún no se había producido según el curso de la naturaleza; pues un cadáver no puede yacer más de tres días sin comenzar a descomponerse. Por eso Cristo había de resucitar al tercer día, antes de ver corrupción.
4 Debe notarse también particularmente el gran anhelo y amor de las mujeres por el Señor, de modo que, sin consejo y solas, van temprano al sepulcro, sin pensar en la gran piedra que había sido puesta delante de la tumba. Podrían haberlo pensado y haber llevado consigo a un hombre. Pero obran como personas tímidas y afligidas, y por eso siguen su camino sin pensar siquiera en lo más necesario. No piensan siquiera en los guardias vestidos de armadura, ni en la ira de Pilato y de los judíos, sino que audazmente se arriesgan con libertad y solas se aventuran en su camino. ¿Qué impulsó a estas buenas mujeres a arriesgar vida y cuerpo? No fue sino el gran amor que tenían al Señor, que se había hundido tan hondo en sus corazones que por él habrían arriesgado mil vidas. Tal valor no lo tenían por sí mismas, sino que aquí se reveló el poder de la resurrección de Cristo, cuyo Espíritu hace a estas mujeres, tímidas por naturaleza, tan audaces y valientes que se atreven a hacer cosas que habrían intimidado a un hombre.
5 Estas mujeres nos muestran también un hermoso ejemplo de un corazón espiritual que emprende una tarea imposible, de la cual todo el mundo desesperaría. Sin embargo, un corazón así se mantiene firme y la cumple, sin pensar que la tarea sea imposible. Tanto decimos por ahora sobre esta narración, y veamos ahora cuáles son los frutos y beneficios de la resurrección de Cristo.
II. LOS FRUTOS Y BENEFICIOS DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO.
6 San Pablo escribe en Ro 4:25 lo siguiente: «Cristo fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación». Pablo es ciertamente el hombre que exalta a Cristo de manera magistral, diciéndonos exactamente por qué y para qué padeció y cómo debemos conformarnos a sus sufrimientos, a saber, que murió por nuestros pecados. Esta es una interpretación correcta de los sufrimientos de Cristo, de la cual podemos sacar provecho. Y así como no basta conocer y creer que Cristo ha muerto, tampoco bastará conocer y creer que resucitó con un cuerpo transfigurado y está ahora en estado de gozo y bienaventuranza, ya no sujeto a la mortalidad, pues todo esto no me aprovecharía nada o muy poco. Pero cuando llego a entender el hecho de que todas las obras que Dios hace en Cristo son hechas para mí, más aún, me son otorgadas y dadas, siendo el efecto de su resurrección que yo también resucitaré y viviré con él, eso me hará regocijarme. Esto debe llevarse a nuestros corazones, y no debemos meramente oírlo con los oídos de nuestro cuerpo ni meramente confesarlo con nuestra boca.
7 Han oído en la historia de la pasión cómo Cristo es presentado como nuestro ejemplo y ayudador, y que quien lo sigue y se aferra a él recibe el Espíritu, que le capacitará también para sufrir. Pero las palabras de Pablo son más cristianas y deben llegar más a nuestros corazones y consolarnos más, cuando dice: «Resucitado para nuestra justificación». Aquí se revela verdaderamente el Cordero de quien testifica Juan el Bautista cuando dice en Jn 1:29: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Aquí se cumple lo que fue dicho a la serpiente: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza», lo cual significa que para todos los que creen en él, el infierno, la muerte, el diablo y el pecado han sido destruidos. De la misma manera se cumple hoy la promesa que Dios dio a Abraham cuando dijo en Gn 22:18: «En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra». Aquí se alude a Cristo, que quita nuestra maldición y el poder del pecado, la muerte y el diablo.
8 Todo esto se hace, digo, por la fe. Porque si crees que por esta simiente la serpiente ha sido muerta, entonces ha sido muerta para ti; y si crees que en esta simiente serán benditas todas las naciones, entonces tú también eres bendito. Pues cada uno individualmente habría debido aplastar la serpiente bajo sus pies y redimirse de la maldición, lo cual habría sido demasiado difícil, más aún, imposible para nosotros. Pero ahora se ha hecho fácilmente, a saber, por Cristo, que ha aplastado la serpiente una vez, que es el único dado como bendición y benedicción, y que ha hecho publicar este Evangelio por todo el mundo, para que quien cree, lo acepta y se aferra a él, esté también en posesión de él y tenga la seguridad de que es como cree. Porque en el corazón de tal hombre la Palabra se vuelve tan poderosa que vencerá la muerte, el diablo, el pecado y toda adversidad, como el propio Cristo lo hizo. Tan poderosa es la Palabra que el mismo Dios preferiría ser vencido antes que su Palabra fuera conquistada.
9 Este es el sentido de las palabras de san Pablo: «Resucitado para nuestra justificación». Aquí Pablo aparta mis ojos de mis pecados y los dirige a Cristo, porque si miro mis pecados, me destruirán. Por eso debo mirar a Cristo, que ha tomado mis pecados sobre sí, ha aplastado la cabeza de la serpiente y se ha hecho la bendición. Ahora ya no cargan mi conciencia, sino que descansan sobre Cristo, a quien desean destruir. Veamos cómo lo tratan. Lo arrojan al suelo y lo matan. ¡Oh Dios! ¿Dónde está ahora mi Cristo y mi Salvador? Pero entonces aparece Dios, libra a Cristo y lo hace vivir; y no solo lo hace vivir, sino que lo traslada al cielo y le deja regir sobre todo. ¿Qué ha sido ahora del pecado? Ahí yace bajo sus pies. Si entonces me aferro a esto, tengo una conciencia alegre como Cristo, porque estoy sin pecado. Ahora puedo desafiar a la muerte, al diablo, al pecado y al infierno a que me hagan algún daño. Como soy hijo de Adán, ciertamente pueden lograr que yo muera. Pero puesto que Cristo ha tomado mis pecados sobre sí, ha muerto por ellos, se ha dejado matar a causa de mis pecados, ya no pueden dañarme; porque Cristo es demasiado fuerte para ellos, no pueden retenerlo, él irrumpe y los vence, asciende al cielo (lleva cautivos el pecado y la aflicción, Ed. 1531), y reina allí sobre todo por la eternidad. Ahora tengo una conciencia limpia, estoy gozoso y feliz y ya no temo a este tirano, porque Cristo me ha quitado mis pecados y los ha hecho suyos. Pero no pueden permanecer sobre él; ¿qué es entonces de ellos? Deben desaparecer y ser destruidos. Este es, pues, el efecto de la fe. Quien cree que Cristo ha quitado nuestro pecado, está sin pecado, como el mismo Cristo, y la muerte, el diablo y el infierno están vencidos en cuanto a él, y ya no pueden dañarlo.
10 Aquí nos referimos también al pasaje de Os 13:14, que Pablo cita en relación con la victoria que Cristo ha ganado por su resurrección y por la cual ha vencido el pecado, la muerte, el infierno y todos nuestros enemigos. Pablo dice que la muerte es sorbida en esta victoria, y desafía a la muerte con estas palabras: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?», como si Pablo dijera: Oh muerte, ¿dónde están tus dientes? Ven, arráncame un dedo de un mordisco. Antes tenías una lanza, ¿qué ha sido de ella ahora? Cristo te la ha quitado. Muerte, ¿dónde está ahora tu lanza?, etc. Pecado, ¿dónde está ahora el filo de tu espada y tu poder? Pablo dice que el poder del pecado es la ley. Cuanto más claramente entendemos la ley, tanto más nos oprime y nos punza el pecado. Por eso dice Pablo que Cristo ha destruido y aniquilado por completo la lanza y la piedra de afilar de la muerte. Ahora bien, este Evangelio no se lo llevó consigo al cielo, sino que hizo que se predicara por todo el mundo, para que para el que cree en Cristo, la lanza y la piedra de afilar, más aún, el pecado y la muerte, sean destruidos. Este es el verdadero Evangelio, que da vida, fuerza, poder y médula, y del cual hablan todos los pasajes de la Escritura.
11 Por eso busca y aprende a conocer a Cristo rectamente, porque toda la Escritura nos confiere la justicia del verdadero conocimiento de Cristo. Pero esto debe ser obrado por el Espíritu Santo. Oremos, pues, a Dios para que su Evangelio prospere, para que todos aprendamos a conocer verdaderamente a Cristo y así resucitemos con él y seamos honrados por Dios como él fue honrado.
12 Surge ahora la pregunta: Si Cristo ha quitado la muerte y nuestros pecados por su resurrección y nos ha justificado, ¿por qué entonces sentimos todavía la muerte y el pecado dentro de nosotros? Porque nuestros pecados aún nos atormentan, nos punza la conciencia, y esta mala conciencia produce el temor del infierno.
13 A esto respondo: He dicho a menudo antes que sentir y fe son dos cosas distintas. Es propio de la fe no sentir, dejar de lado la razón y cerrar los ojos, someterse absolutamente a la Palabra y seguirla en la vida y en la muerte. El sentimiento, en cambio, no se extiende más allá de lo que puede ser aprehendido por la razón y los sentidos, lo que puede oírse, verse, sentirse y conocerse por los sentidos exteriores; por eso el sentimiento se opone a la fe y la fe se opone al sentimiento. Por eso el autor de la Epístola a los Hebreos escribe de la fe: «Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve». Porque si viéramos visiblemente a Cristo en el cielo, como el sol visible, no necesitaríamos creerlo. Pero puesto que Cristo murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación, no podemos verlo ni sentirlo, ni tampoco comprenderlo con nuestra razón. Por eso debemos desatender nuestro sentimiento y aceptar solo la Palabra, escribirla en nuestro corazón y aferrarnos a ella, aunque parezca que mis pecados no me han sido quitados, y aunque aún los sienta dentro de mí. No hay que considerar nuestros sentimientos, sino que debemos insistir constantemente en que la muerte, el pecado y el infierno han sido vencidos, aunque yo sienta que estoy todavía bajo el poder de la muerte, el pecado y el infierno. Porque aunque sintamos que el pecado está todavía en nosotros, solo se permite para que nuestra fe se desarrolle y se fortalezca, para que a pesar de todos nuestros sentimientos aceptemos la Palabra, y unamos más y más nuestros corazones y conciencias a Cristo. Así la fe nos conduce quedamente, contra todo sentimiento y comprensión de la razón, a través del pecado, a través de la muerte y a través del infierno. Entonces veremos la salvación ante nuestros ojos, y entonces sabremos perfectamente lo que hemos creído, a saber, que la muerte y toda aflicción han sido vencidas.
14 Toma como ilustración los peces en el agua. Cuando están atrapados en la red, la llevas quedamente, de modo que se imaginan que todavía están en el agua; pero cuando los arrastras a la orilla, quedan expuestos y empiezan a debatirse, y entonces por primera vez sienten que están atrapados. Así sucede también con las almas atrapadas por el Evangelio, que Cristo compara con una red, Mt 13:47. Cuando el corazón ha sido vencido, la Palabra une este pobre corazón a Cristo y lo conduce suave y quedamente fuera del infierno y del pecado, aunque el alma siente aún el pecado e imagina estar todavía bajo su poder. Entonces comienza un conflicto: los sentimientos luchan contra el Espíritu y la fe, y el Espíritu y la fe contra nuestros sentimientos; y cuanto más crece la fe, más disminuyen nuestros sentimientos, y viceversa. Tenemos aún pecados dentro de nosotros, como por ejemplo soberbia, avaricia, ira y así sucesivamente, pero solo para llevarnos a la fe, de modo que la fe aumente de día en día, y el hombre llegue finalmente a ser un cristiano cabal y guarde el verdadero sábado, consagrándose enteramente a Cristo. Entonces la conciencia debe aquietarse y quedar satisfecha, y todas las olas agitadas del pecado se aplacan. Porque, así como en el mar una ola sigue a otra y la golpea, como si quisieran destruir la orilla, y sin embargo deben desaparecer y destruirse a sí mismas, así también nuestros pecados luchan contra nosotros y querrían llevarnos a la desesperación, pero al fin deben desistir, cansarse y desaparecer.
15 En segundo lugar, la muerte está todavía a nuestro lado. También ella sirve para ejercitar la fe del que cree que la muerte ha sido muerta y todo su poder quitado. Ahora bien, la razón siente que la muerte sigue a nuestro lado y nos turba continuamente. Quien sigue sus sentimientos perecerá, pero quien se aferra a la Palabra con su corazón será librado. Ahora bien, si el corazón se aferra a la Palabra, la razón lo seguirá también; pero si la razón sigue, todo seguirá: el deseo, el amor y todo lo que hay en el hombre. Sí, deseamos que todos lleguen al punto en que consideren que la muerte está muerta y sin poder. Pero esto no puede suceder hasta que el hombre viejo, es decir, el viejo Adán, sea enteramente destruido, y mientras tanto ha estado en marcha el proceso del que habla Cristo en Mt 13:33, donde compara el reino de Dios con la levadura que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina. Porque aunque haya comenzado la amasadura, la masa aún no está completamente leudada. Así es aquí. Aunque el corazón se aferre a la creencia de que la muerte y el infierno están destruidos, la levadura no ha obrado todavía por completo en él. Pues debe penetrar e impregnar todos los miembros del cuerpo, hasta que todo quede leudado y puro, y no quede nada sino una fe pura. Esto no se logrará antes de que el hombre viejo sea enteramente destruido; entonces todo lo que hay en el hombre será semejante a Cristo, del centro a la circunferencia.
16 Estas dos cosas, el pecado y la muerte, permanecen, pues, con nosotros hasta el fin para que cultivemos y ejercitemos nuestra fe, a fin de que se haga más perfecta en nuestro corazón de día en día y finalmente irrumpa, y todo lo que somos, cuerpo y alma, se haga más semejante a Cristo. Porque cuando el corazón se aferra a la Palabra, los sentimientos y los razonamientos tienen que fallar. Entonces, con el tiempo, también la voluntad se aferra a la Palabra, y con la voluntad todo lo demás, nuestro deseo y amor, hasta que nos entregamos enteramente al Evangelio, somos renovados y dejamos atrás el viejo pecado. Entonces viene una luz distinta, sentimientos distintos, un ver distinto, un oír, obrar y hablar distintos, y también un flujo distinto de buenas obras. Ahora bien, nuestros escolásticos y papistas han enseñado una piedad externa; querrían mandar a los ojos que no vean y a los oídos que no oigan, y meter la piedad en nuestros corazones desde fuera. ¡Ah, cuán lejos está esto de la verdad! Pero viene de este modo: cuando el corazón y la conciencia se aferran a la Palabra en fe, rebosan en obras, de modo que, cuando el corazón es santo, todos los miembros se vuelven santos y las buenas obras siguen naturalmente.
17 Esto lo significa el sábado que debía santificarse y en el cual el Señor yació quedamente en el sepulcro. Significa que debemos descansar de todas nuestras obras, no movernos, más aún, no permitir que se mueva pecado alguno dentro de nosotros, sino creer firmemente que la muerte, el infierno, el pecado y el diablo están destruidos por la muerte de Cristo, y que somos justos, piadosos, santos y por tanto contentos, sin experimentar ya ningún pecado. Entonces todos los miembros están calmos y quietos, convencidos de que el pecado y la muerte están vencidos y postrados. Pero esto no puede lograrse, como he dicho, hasta que este cuerpo impotente y miserable y el viejo Adán sean destruidos. Por eso es realmente necesario que se nos exija guardar este sábado. Porque, así como Cristo yace en el sepulcro en el sábado, nunca siente ni se mueve, así ha de ser con nosotros, como hemos oído: nuestros sentimientos y acciones deben cesar. Y digo de nuevo que esto no puede cumplirse antes de que el viejo Adán sea aniquilado. Sin embargo, todavía experimentamos el pecado y la muerte dentro de nosotros, luchamos con ellos y combatimos contra ellos. Puedes atar a un cerdo todo lo bien que quieras, pero no puedes impedir que gruña (hasta que sea estrangulado y muerto, Ed. 1530). Así sucede con los pecados en nuestra carne. Como aún no están enteramente vencidos y muertos, todavía están activos, pero cuando llegue la muerte, también ellos deben morir, y entonces somos cristianos perfectos y puros, pero no antes. Esta es la razón por la cual debemos morir, a saber, para ser enteramente librados del pecado y de la muerte. Estas palabras sobre los frutos de la resurrección de Cristo pueden bastar por ahora, y con ellas concluiremos. Pidamos a Dios gracia para entenderlas y aprender a conocer rectamente a Cristo.
Sermón para el Domingo de Pascua; Marcos 16:1-8 (3.º sermón)
LA RESURRECCIÓN DE CRISTO
I. LA HISTORIA DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO
1 Esta lección del evangelio forma parte del relato general y es el primer anuncio de la resurrección de Cristo, hecho por el ángel a las mujeres que fueron temprano al sepulcro para ungir el cuerpo muerto del Señor, antes de que Cristo se mostrara a ellas y hablara con ellas; pues quiso dar a conocer su resurrección por medio de la Palabra, aun antes de que lo vieran y experimentaran el poder de su resurrección.
2 Y así como dijimos que hay dos maneras de considerar la pasión y la muerte de Cristo y las demás doctrinas de Cristo, también hay dos cosas acerca de la resurrección del Señor que debemos conocer y entender. Primero, la historia, que relata los hechos tal como ocurrieron, junto con las diversas circunstancias y la manera en que se mostró vivo en distintas apariciones; para que tengamos un registro y un testimonio seguros de todo ello, como fundamento y apoyo de nuestra fe, ya que este artículo de fe sobre la resurrección es el principal, aquel en que se funda en último término nuestra salvación, y sin el cual todos los demás serían inútiles y del todo infructuosos.
Ahora bien, lo que uno debe saber acerca de los acontecimientos históricos, a saber, en qué orden ocurrieron estos dos hechos, la aparición del ángel —de la cual este evangelio informa en parte— y la manifestación del Señor, eso ha de tratarse junto con el relato completo, compilado y ordenado a partir de todos los evangelistas; por eso trataremos la parte mencionada en este evangelio en conexión con ese relato.
II. EL PROVECHO Y EL CONSUELO DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO
3 El segundo punto, que es más importante y necesario, y por causa del cual se ha registrado y se predica la narración, es el poder, el provecho y el consuelo de la gozosa resurrección del Señor, y el uso que debemos hacer de esa misma fe. Acerca de esto Pablo y todos los apóstoles y la Escritura entera enseñan y predican de manera gloriosa y rica; pero con la mayor gloria de todos predicó Cristo el Señor mismo, cuando se manifestó primero a las mujeres. Por eso, para que también nosotros oigamos y recojamos de ello algo provechoso, consideremos las palabras que Cristo dijo a María Magdalena, según se registra en el Evangelio de Juan 20:17: «No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.»
4 Este es el primer sermón que nuestro Señor pronunció después de su resurrección y, sin duda, también el más consolador; aunque en palabras muy breves, es sumamente bondadoso y tierno, y fue dicho primero a su amada María Magdalena, y por medio de ella también a sus discípulos, después de su profunda aflicción, dolor y tristeza, causados por su partida y su muerte, para consolarlos y alegrarlos con su resurrección. Y como esta María se preocupa mucho más profunda y tiernamente por el Señor que los demás, y es la primera en llegar al sepulcro para ungir el cuerpo de Cristo con costosas especias; y sobre todo porque, al no encontrarlo, se asusta y se turba, muy angustiada y en lágrimas, suponiendo que se lo han llevado; por eso él le permite gozar de esta prueba de su amor, apareciéndose primero a ella, consolándola en sus temores y predicándole este hermoso sermón, que ahora vamos a considerar.
5 En primer lugar, cuando Jesús se le manifiesta no lejos del sepulcro, antes de que él le hable, ella lo toma por el hortelano; pero cuando la llama por su nombre y dice «María», reconoce enseguida la voz y se vuelve de inmediato con aquel nombre en los labios con que ella, como los demás discípulos, solía dirigirse a él en su lengua, a saber, «Raboni», es decir: ¡Oh, querido Maestro, o querido Señor!, pues ellos decían Maestro, mientras que nosotros por lo común decimos Mi Señor; e inmediatamente, como acostumbraba, se echa a sus pies para tocarlo. Pero él la detiene y dice: «No me toques», como si quisiera decir: Bien sé que me amas, pero todavía no puedes mirarme ni tocarme rectamente, como debieras mirarme y tocarme.
Pues su alegría no es más alta ni mayor que el simple placer corporal y carnal de tener otra vez vivo a su Señor como lo tenía antes; aferrada así solo al hecho de su regreso, y pensando que estará de nuevo con ellos como antes, para comer y beber con ellos, para predicar y hacer milagros; y pretendiendo, por tanto, mostrarle con su servicio y con el toque de sus pies aquel amor que le había mostrado antes, cuando lo ungió en vida y en muerte.
6 Pero ahora no permite que lo toquen de esta manera, porque quiere que ella se detenga, escuche y aprenda lo que todavía no sabe; a saber, que él rehúsa que lo toquen y lo unjan o que le sirvan y le atiendan como ella había hecho hasta entonces; y dice: «Te diré algo diferente y nuevo». No he resucitado para andar y permanecer con ustedes de manera corporal y temporal, sino para subir a mi Padre; por eso no necesito ni deseo tal servicio y atención, ni conviene mirarme como se mira a Lázaro y a otros que todavía viven en el cuerpo. Porque no es aquí donde pienso habitar y permanecer; sino que quiero que crean que voy al Padre, donde reinaré y gobernaré con él eternamente, y adonde también los llevaré a ustedes, sacándolos de su muerte y de su tristeza. Allí me tendrán, en verdad, visible y palpable con ustedes, y se regocijarán para siempre en la comunión eterna conmigo y con el Padre.
Por eso quiere decir: Abstente de ahora en adelante de todo servicio y reverencia corporal, y ve más bien y hazte mensajera, y proclama lo que te digo a mis queridos hermanos: que ya no estaré ni permaneceré aquí en forma corporal, sino que he dejado este estado mortal para entrar en una existencia diferente, donde ya no podrán tocarme ni palparme, sino que solo por la fe me conocerán y me poseerán.
7 Aquí usa un lenguaje enteramente nuevo cuando dice: «Ve y di a mis hermanos», tomado del Salmo 22:22, que trata por completo de Cristo, y en el cual habla tanto de su pasión como de su resurrección, diciendo: «Anunciaré tu nombre a mis hermanos, etc.». Nunca antes había hablado así a sus apóstoles. Pues en la celebración de la Cena del Señor los llama, sí, sus «hijitos» y sus «amigos», Jn 13:33; Jn 15:14; pero ahora emplea el nombre más afectuoso y glorioso posible y los llama sus «hermanos». Y le importa mucho; pues no se demora, sino que, tan pronto como resucita, su primer cuidado es que se les diga lo que se propone hacer y por qué ha resucitado de los muertos.
8 Y, en verdad, esto se dice de una manera amable y dulce más allá de toda medida, de modo que quien desee creer tiene razón suficiente para creer, toda su vida y mientras dure el mundo, que estas cosas son verdaderas; así como los queridos apóstoles mismos hallaron en ellas aliento suficiente, y más que suficiente, para creer. Pues el consuelo es demasiado grande, el gozo demasiado glorioso, y el corazón del hombre demasiado pequeño y estrecho para haberlo alcanzado.
9 Los apóstoles estaban agazapados tras puertas cerradas, no solo desanimados y acobardados, como ovejas dispersas sin pastor, sino también turbados en su conciencia. Pedro había negado y renegado de su Señor con juramento, y se había maldecido a sí mismo; y los demás habían huido todos y se habían mostrado desleales. Fue, ciertamente, una caída tan profunda y terrible que bien podían pensar que nunca serían perdonados por haber negado al Hijo de Dios y haber abandonado tan vergonzosamente a su querido Señor y fiel Salvador. ¿Cómo pudo pasar por su corazón que Cristo les enviaría un saludo tan afectuoso y unos buenos días tan amables, a ellos, que le habían sido tan desleales y lo habían negado, y que no solo lo perdonaría todo, sino que además los llamaría sus queridos hermanos? ¿O quién puede creerlo y captarlo hoy? Yo mismo quisiera creerlo a veces, pero no logro meterlo en mi corazón tan por completo que me atreva a apoyarme del todo en ello y a tenerlo por realmente verdadero. Sí, si tan solo pudiéramos, ya estaríamos en la bienaventuranza del cielo en esta vida, y no temeríamos ni a la muerte, ni al diablo, ni al mundo, sino que nuestros corazones saltarían continuamente de gozo y cantarían a Dios un eterno Te Deum Laudamus, es decir: A ti, oh Dios, te alabamos.
10 Pero, ¡ay!, en la tierra no es así; nuestro miserable saco de mendigo, este viejo pellejo nuestro, es demasiado estrecho. Por eso el Espíritu Santo tiene que venir en nuestro auxilio, no solo para predicarnos la Palabra, sino también para ensancharnos e impulsarnos desde dentro, sí, incluso para valerse del diablo, del mundo y de toda clase de aflicciones y persecuciones con este fin. Así como a una vejiga de cerdo hay que frotarla con sal y trabajarla a fondo para que se dilate, así este viejo pellejo nuestro tiene que ser bien salado y atormentado hasta que pidamos ayuda y clamemos a gritos, y así nos estiremos y nos ensanchemos, tanto por el sufrimiento interior como por el exterior, para que por fin logremos y alcancemos este corazón y este ánimo, este gozo y este consuelo, por la resurrección de Cristo.
11 Porque consideremos por un momento qué clase de palabras son estas que Cristo usa aquí; y no pasemos sobre ellas a la ligera, como se ha hecho hasta ahora y se sigue haciendo en todo el papado, donde las hemos leído, oído y cantado hasta el cansancio; y sin embargo hemos pasado de largo junto a ellas, como una vaca pasa junto a un santuario; de modo que es pecado y vergüenza haber oído y conocido tales palabras y aun así dejarlas yacer, frías y muertas, fuera del corazón, como si hubieran sido dichas y escritas del todo en vano; y que incluso los mismos cristianos, aunque no las desprecian como otros, sino que las usan a diario, ni las aprecian tanto ni las creen tan firmemente como quisieran.
12 Porque considera, digo, lo que estas palabras contienen y ofrecen: Ve, mi querida hermana —pues así se dirigiría sin duda a estas mujeres, ya que se apareció primero a ellas—, y diles a los discípulos que lo negaron y fueron desleales que son llamados, y serán, mis queridos hermanos. ¿No es esto, en una palabra, incluirnos y ponernos con Cristo en la plena posesión y herencia del cielo y de todo lo que Cristo tiene? Ricos y bienaventurados han de ser, en verdad, los hermanos y hermanas que pueden gloriarse de este Hermano, que ya no cuelga de la cruz ni yace en el sepulcro bajo el poder de la muerte, sino que es un Señor poderoso sobre el pecado, la muerte, el infierno y el diablo.
13 Pero ¿cómo llegaron estos pobres discípulos, asustados y desanimados, a tal honor y gracia, y en qué merecieron tal hermandad? ¿Acaso por la vergonzosa negación de Cristo por parte de Pedro y por la deslealtad de todos los demás hacia él? ¿Y cómo lo he merecido yo y otros para aplicarlo también a nosotros? ¡Yo, que leí la misa idólatra durante quince años, blasfemando contra Dios y ayudando cada día a crucificar de nuevo a Cristo! Buen mérito este, en verdad: cabalgar hacia el infierno al servicio del diablo y buscar otras hermandades —las del diablo y su pandilla, que llevan los nombres de santos muertos, san Antonio, san Francisco, san Sebastián, san Cristóbal, san Jorge, santa Ana, santa Bárbara, de algunos de los cuales no se sabe si fueron santos, es más, si siquiera vivieron—. ¡Qué vergüenza! ¡Qué pecado y qué deshonra para nosotros, que nos llamamos cristianos, haber tenido esta hermandad de Cristo el Señor, tan graciosamente ofrecida, y luego despreciarla y rechazarla, y caer en tal ceguera profunda que nos hicimos inscribir en la hermandad pícara de los vergonzosos monjes y de toda la manada del papa, y predicar y alabar esto como si fuera cosa preciosa!
Pero eso es lo que merece el mundo. ¿Por qué no apreciamos la Palabra de Dios que se escribía, se pintaba, se tocaba, se cantaba y se hacía sonar ante nuestros ojos y oídos? Y aun ahora, cuando la misma Palabra de Dios lo señala y nos reprende, no cesamos de blasfemar y de perseguir; cuando deberíamos dar gracias y alabar a Dios por habernos librado tan graciosamente, sin mérito alguno de nuestra parte y contra todo mérito, de tal ceguera y blasfemia, y por habernos concedido la gracia de reconocerlo.
14 Ahora crea quien pueda creerlo. Pues, lo creamos o no, es la verdad de todos modos. Esta hermandad está fundada entre nosotros, y no es una hermandad como nuestro disoluto Kaland y la hermandad de los monjes, sino la de Cristo, en la cual Dios es nuestro Padre y su propio Hijo nuestro hermano, y donde se nos otorga tal herencia que nos asegura no meramente cien mil táleros, uno o varios reinos, sino en la cual somos redimidos de la comunión con el diablo, del pecado y de la muerte, y obtenemos la herencia y posesión de la vida eterna y de la justicia eterna; y aunque en otro tiempo estuvimos en pecado, dignos de muerte y de condenación eterna, y lo estamos aun ahora, debemos saber que esta hermandad es mayor, más poderosa, más fuerte y superior al diablo, al pecado y a todas las cosas. No hemos caído tan hondo, ni las cosas están tan mal y arruinadas, que esta hermandad no pueda arreglarlo y restaurarlo todo de nuevo, puesto que es eterna, infinita e inagotable.
15 Pues ¿quién es el que ha instituido esta hermandad? El Hijo único de Dios y Señor todopoderoso de todas las criaturas, de modo que por sí mismo no necesitaba sufrir ni morir. Pero todo esto lo he hecho, nos dice, por ustedes, como su querido Hermano, que no podía soportar ver que ustedes, separados eternamente de Dios por el diablo, el pecado y la muerte, perecieran tan miserablemente; por eso me puse en su lugar y tomé sobre mí su miseria, di mi cuerpo y mi vida por ustedes para que fueran librados; y he resucitado para proclamarles e impartirles esta liberación y victoria, y para recibirlos en mi hermandad, a fin de que posean y disfruten conmigo todo lo que yo tengo y poseo.
16 Ves así que a Cristo no le basta con que el hecho histórico haya ocurrido y que, en lo que a él toca, todo esté cumplido; lo infunde en nosotros y crea de ello una hermandad, para que llegue a ser posesión y herencia común de todos nosotros; no lo pone in praedicamento absoluto, sino relationis, es decir, no lo ha hecho para sí mismo personalmente ni por causa propia, sino como nuestro Hermano y únicamente para nuestro bien. Y no quiere ser considerado ni conocido de otra manera que como nuestro, con todos estos bienes, y que nosotros, por nuestra parte, somos suyos; y que por eso estamos tan estrechamente unidos que no podríamos estar más íntimamente emparentados, teniendo un Padre común, disfrutando de una herencia igual, común e indivisa, y autorizados a usar todo su poder, honor y patrimonio, a gloriarnos de ello y a consolarnos con ello como si fuera nuestro.
17 ¿Quién puede comprender esto plenamente? ¿Y qué corazón puede creer lo bastante que el Señor es tan completamente nuestro? Porque, en verdad, es cosa demasiado grande e indecible que nosotros, pobres y miserables hijos de Adán, nacidos y envejecidos en el pecado, seamos los verdaderos hermanos de la suprema Majestad, coherederos y cogobernantes en la vida eterna; como lo declara san Pablo tan gloriosamente, Ro 8:17; Gá 4:7: «Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, etc.». Pues todo esto se sigue por orden: si somos llamados hijos de Dios, entonces tenemos que ser también verdaderamente sus herederos, y hermanos y coherederos de Cristo el Señor, que es el único Hijo esencial de Dios.
18 Por eso, quien pueda, aprenda a comenzar a rezar bien el Padrenuestro; y a saber qué significa para mí llamar Padre a Dios, y para mí considerarme, con toda verdad y plenitud, su querido hijo y hermano de Cristo el Señor, que ha compartido conmigo todo lo que tiene y me ha puesto en posesión de sus tesoros eternos. Examina aquí tu propio corazón y pregúntale si, sin duda ni vacilación, puedes decir así desde el fondo del corazón: «Padre nuestro»; si estás firmemente cimentado y puedes estar seguro ante Dios: Me considero tu querido hijo, y a ti mi querido Padre, no porque lo haya merecido ni pudiera merecerlo jamás, sino porque mi querido Señor quiere ser mi Hermano, y por su propia voluntad lo ha proclamado y me ha invitado a considerarlo mi Hermano, y ha dicho que él también me consideraría así.
Solo comienza esto, digo, y verás cómo te va en la tarea; y pronto descubrirás qué bellaco incrédulo se esconde en tu pecho y que tu corazón es demasiado torpe para creerlo. Ay, soy un pobre pecador, exclama la naturaleza, ¿cómo me atrevo a ensalzarme tan alto, a sentarme en el cielo y a jactarme de que Cristo es mío y yo su hermano? Porque esta grandeza y gloria es tan sumamente alta, más allá de todo sentido, corazón y pensamiento humanos, que no podemos abarcarla; como también confiesa el mismo Pablo en Fil 3:12, que prosigue para alcanzarla, pero que aún no la ha alcanzado. Sí, el hombre se asombra y se aterra de sí mismo por atreverse a recibir y a gloriarse de tal honor y gloria.
19 Pero ¿qué haremos? Ciertamente tenemos que decir, y es verdad, que somos pobres pecadores y que, con san Pedro, hemos negado a nuestro Señor (yo especialmente más que otros). Pero ¿qué haremos al respecto? Ya es bastante, y más que bastante, lo que hice contra él al apartarme de él y hacerme un bellaco. ¿Debería, además, hacerlo a él mentiroso y bellaco, y negar este anuncio consolador, y blasfemar? ¡Dios me libre!
20 Sí, dice el diablo, por mi carne no eres digno de esto. Ay, es verdad; pero si no quisiera creerlo ni aceptarlo, tendría que hacer a mi Señor mentiroso y declarar que no es verdad cuando me dice que es mi Hermano. Dios me libre de hacer esto, pues sería rechazar a mi Dios y toda mi salvación y bienaventuranza eterna, y pisotearla.
21 Por eso diré esto: Sé muy bien que soy un ser indigno, digno de ser hermano del diablo, no de Cristo y de sus santos; pero ahora Cristo ha dicho que yo, por quien murió y resucitó, así como por san Pedro, que como yo fue pecador, soy su hermano; y con toda seriedad quiere que le crea, sin duda ni vacilación, y no quiere que considere que soy indigno y estoy lleno de pecado, porque él mismo no lo considerará ni lo recordará así, aunque bien podría hacerlo, teniendo sobrada causa para pagar a sus seguidores y hacer recaer sobre ellos lo que cometieron contra él. Pero todo está olvidado y borrado de su corazón; sí, lo ha matado, cubierto y sepultado; y ahora no sabe decir de ellos sino lo que es bondadoso y bueno, y los saluda y les habla afectuosamente como a sus fieles y queridísimos amigos e hijos piadosos, como si no hubieran hecho mal alguno ni lo hubieran afligido, sino que solo le hubieran hecho bien; para que sus corazones no estén inquietos ni preocupados con el pensamiento de que él lo recordaría y se lo echaría en cara o lo haría recaer sobre ellos. Puesto que él no quiere que se recuerde, sino que quiere que esté muerto y sepultado, ¿por qué no habría yo de dejarlo así, y dar gracias, alabar y amar de todo corazón a mi querido Señor por ser tan clemente y misericordioso? Aunque esté cargado de pecado, ¿por qué habría de seguir y tachar de falsedad esta palabra de gracia que oigo hablar a él mismo, y rechazar deliberadamente la hermandad que me ofrece? Si no lo creo, no recibiré sus beneficios; pero eso ni la hace falsa ni prueba que algo falte en Cristo.
22 Si alguien quiere ahora cargarse de nuevos pecados y no quiere que se olvide lo que él ha olvidado, que peque entonces de tal modo que nunca se olvide y nunca pueda ser ayudado; como leemos en la Epístola a los Hebreos, He 6:4-6 y He 10:26, acerca de los que han pecado apartándose de la Palabra de Dios y reprochándola como mentira. Este es el pecado contra el Espíritu Santo y se describe como crucificar de nuevo al Hijo de Dios y exponerlo a vituperio, y hacer afrenta al Espíritu de gracia. De esto guarde Dios a todos los que desean ser cristianos.
¡Ay, hay demasiada de la vieja ceguera y necedad en la que hemos estado envueltos hasta ahora! Esto debería perecer y ser olvidado, ahora que nos hemos hecho sus hermanos, con tal que lo aceptemos. Si no podemos creer tan firmemente como debemos, comencemos, como niños pequeños, a beber al menos una cucharadita de esta leche, hasta que seamos más fuertes, y no la rechacemos del todo.
23 Por eso, aunque tu propia indignidad te reprenda cuando te pones a orar, y aunque pienses: Ay, mis pecados son demasiados y temo no poder ser hermano de Cristo, sacude lo que te rodea y defiéndete como mejor puedas, para que tales pensamientos no encuentren lugar en tu mente. Porque aquí corres gran peligro de cometer el pecado contra el Espíritu Santo. Con toda confianza y osadía responde a tales pensamientos del diablo: Sé muy bien lo que soy, y no necesitas decírmelo ni enseñármelo, pues no te toca a ti juzgar este caso; ¡fuera, pues, espíritu mentiroso! No quiero ni debo escucharte. Aquí está mi Señor Jesucristo, el único Hijo de Dios, que murió por mí y resucitó de los muertos; él me dice que todos mis pecados están olvidados, y que será mi Hermano, y que yo igualmente he de ser su hermano; y es su voluntad que yo crea esto de corazón, sin vacilar.
24 Un bellaco y un canalla, es más, un hermano del miserable diablo mismo ha de ser quien no quiera aceptar esto. Aunque yo no sea digno de ello, con todo lo necesito grandemente; y aunque no fuera así, Dios al menos es digno de que yo lo honre y lo tenga por el Dios verdadero. Pero si no creyera, añadiría, sobre todos los demás pecados, y de la peor manera posible, deshonra contra él, en violación del primer mandamiento, haciéndolo mentiroso y un Dios vano. ¿Qué mayor maldad y blasfemia ha oído o proclamado hombre alguno?
Más bien haz esto: cuando sientas que te resulta demasiado difícil creer, postrate de rodillas y quéjate a Dios de tu incapacidad; y di con los apóstoles: «Señor, auméntanos la fe.» Lc 17:5. De corazón te tendría gustosamente por mi queridísimo Padre, y a Cristo por mi Hermano, pero mi carne, ay, no se somete; ayúdame, pues, en mi incredulidad, para que honre tu nombre y tenga tu Palabra por verdadera.
25 Ves, de esta manera experimentarás por ti mismo qué gran combate se requiere para creer la Palabra de Dios y para rezar bien el Padrenuestro; no porque esta Palabra en sí misma no sea lo bastante segura, firme y fuerte, sino porque nosotros somos tan débiles, sí, tan semejantes al miserable e inestable azogue, que no podemos sostener lo que bien merece ser sostenido con manos y corazones de acero y de diamante.
26 Antes, cuando nos extraviaban y engañaban con mentiras y falso culto, podíamos aferrarnos y consolarnos con una fe firme, aunque falsa, en todos los santos y en las hermandades de los monjes; y decíamos con alegría: ¡Ayúdame, querido señor san Jorge, o san Antonio, y san Francisco, y déjame gozar del beneficio de tus intercesiones! No había entonces duda ni oposición; esta ocupación nos era grata, y teníamos puños y fuerza de hierro para creer. Pero aquí, donde Cristo, la Verdad misma, nos ofrece su comunión, y hasta nos invita e insta de la manera más afectuosa, diciendo: Amados, recíbanme como su Hermano, no logra llevarnos a creerlo y aceptarlo. Con tanto poder se resisten y se oponen a ello la carne y el diablo.
27 Por eso, digo, lo mejor para cada uno, cuando entra en su aposento y comienza a orar, es esforzarse por entender lo que dice y sopesar debidamente dos palabras: «Padre nuestro». Por ejemplo: Amigo mío, ¿qué estás rezando? ¿Qué responde tu corazón? ¿Tienes de veras a Dios por tu Padre, y a ti mismo por su querido hijo? No, en verdad, dice el corazón, no lo sé; ¿cómo puedo atreverme a atribuirme cosa tan grande y gloriosa? Entonces, ¿por qué no dejas de orar, si con los labios llamas Padre a Dios, mientras tu corazón desmiente a ti mismo y a él tal como se ha revelado en su Palabra? Más bien confiesa tu debilidad y di: Yo, en verdad, te llamo mi Padre, y debo llamarte así, según tu Palabra y mandamiento; pero temo que mi corazón esté mintiendo como un bellaco. Y lo peor no es que yo solo esté mintiendo, sino que también a ti te acuso de falsedad. Ayúdame, querido Señor y Padre, para que no te haga mentiroso; porque yo no puedo hacerme mentiroso a mí mismo sin haberte hecho mentiroso antes a ti.
28 Por eso, aunque advierto y experimento, ay, que no puedo decir «Padre nuestro» con todo mi corazón, como en verdad ningún hombre en la tierra puede plenamente, pues de otro modo ya estaríamos en la bienaventuranza del cielo, con todo haré un intento y comenzaré, como un niño pequeño empieza a mamar del pecho de su madre. Si no puedo creerlo por completo, con todo no lo tendré por falsedad ni diré que no. Aunque no pueda jugar el juego como corresponde, me guardaré de jugar en contra, como hacen los monjes y los corazones desesperados, que no consideran a Cristo su Hermano, sino su enemigo y capataz; pues eso sería convertirlo en el mismísimo diablo. Más bien deletrearía cada día las letras, hasta que pueda repetir «Padre nuestro» y este sermón de Cristo tan bien o tan mal como pueda. Conceda Dios que, aunque balbucee, tartamudee o cecee, lo logre al menos en algún grado.
29 Porque, como ya se dijo, este es el pecado de todos los pecados: que cuando Dios es misericordioso y quiere que todos nuestros pecados sean perdonados, el hombre, por su incredulidad, rechaza la verdad y la gracia de Dios, y la arroja lejos de sí, y no deja que la muerte y la resurrección de Cristo el Señor le aprovechen. Porque, en verdad, no puedo decir que esta hermandad, que nos trae el perdón de los pecados y toda bendición, sea obra mía ni de hombre alguno, ni que alguien se haya afanado o la haya buscado. Pues esta resurrección ocurrió y se cumplió antes de que hombre alguno supiera nada de ella; y que se nos proclame y predique tampoco se hace por la palabra del hombre sino por la de Dios; por lo cual no puede fallar ni mentir. Puesto que es únicamente la verdad y la obra de Dios, nos corresponde, bajo pena de la extrema ira y desagrado de Dios, aceptarla como proveniente de Dios y sostenerla por la fe, para que no caigamos en el pecado que no tiene perdón.
30 Pues cualesquiera otros pecados que haya, contrarios al mandamiento y a la ley de Dios, la cual consiste en todo lo que hemos de hacer y que Dios exige de nosotros, todos estos quedan cubiertos por el perdón, ya que nunca estamos enteramente libres de ellos en toda nuestra vida; y si Dios tuviera que ajustar cuentas con nosotros según nuestra vida y conducta, nunca podríamos ser salvos. Pero quien no quiera creer la Palabra de Cristo ni aceptar su obra, peca cien mil veces más; porque lucha contra la gracia y se priva a sí mismo del perdón. Pues es la gracia la que dice: La ley no te dañará ni te condenará, aunque hayas pecado gravemente contra ella, sino que estos pecados serán todos perdonados y quitados por Cristo; ya que para eso murió por ti y resucitó, y ahora te presenta todo esto por medio de este anuncio de su hermandad.
Ahora bien, si no quieres creer ni aceptar esto, sino que obstinadamente te empeñas en oponerte y dices: No quiero gracia, ¿qué te ayudará entonces? ¿O qué buscarás además para obtener el perdón y ser salvo? Sí, seré fraile cartujo, iré descalzo a Roma y compraré una indulgencia, etc. Muy bien, sigue adelante como quieras, no en el nombre de Dios, sino en el del miserable diablo; porque con esto has negado no solo la gracia, sino también la ley, y has caído por completo de Dios, puesto que buscas obras y santidad que Dios no ha mandado, es más, que ha prohibido.
31 ¿No debería Dios airarse y castigarnos por parlotear, cantar y leer a diario el Padrenuestro y el Credo sin entendimiento, sin fe y sin corazón, y por no pensar nada no solo en Cristo, sino tampoco en la ley de Dios; jactándonos en cambio y presentando ante Dios solo nuestros propios esfuerzos y falsa espiritualidad, por encima de su gracia y mandamiento y en contra de ellos, esperando con ello reconciliarlo y ganarle el cielo? Esto es lo que merecemos por despreciar la Palabra de Dios y este glorioso y consolador anuncio de Cristo: ser vergonzosamente cegados y engañados por el diablo, y castigados y plagados por el papa; como si Dios dijera con ello: Muy bien, si no quieren a mi Hijo por Hermano ni a mí por su querido Padre, tomen entonces al papa con sus monjes, que los alejan del evangelio, del Credo y de los Diez Mandamientos hacia sus cogullas raídas y hediondas y la hermandad del diablo.
32 Porque, puesto que no quisieron que Cristo fuera y permaneciera nuestro Hermano sin nuestro mérito y dignidad, y que nos trajera la gracia de Dios y el perdón del pecado, ¿qué es esto sino negar real y efectivamente la fe en Dios y en su Hijo, como dice san Pablo, Tit 1:16, aunque lo confiesen con los labios? Como hice yo también en mi antigua ceguera, cuando ayudaba a cantar y leer estas palabras con otros, y sin embargo estimaba mucho más mi vida de monje y mis propias obras.
Pues si hubiera aceptado como verdadero y cierto lo que dice san Pablo en Ro 4:25, que Cristo fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación, a fin de que llegáramos a ser sus hermanos, entonces habría aprendido con ello que mis propias obras y mi capucha de monje no podían obtenérmelo. De otro modo, ¿qué necesidad habría habido de que Cristo fuera y tomara sobre sí mis pecados y la ira de Dios en su cruz y muerte, y por su resurrección me pusiera en la herencia del perdón de los pecados, de la salvación eterna y de la gloria?
33 Pero ahora, puesto que se aferran a su vida monástica y buscan la gracia de Dios por sus propios méritos, queriendo con ello librarse de sus pecados y expiarlos, dan testimonio contra sí mismos de que no creen lo que dicen con los labios: Creo en Jesucristo, que murió por mí y resucitó, etc.; sino que creen, al contrario, en la cogulla y el cordón de los monjes descalzos, en santa Ana, en san Antonio y en el diablo (perdónenme), en su trasero. Porque es imposible que quien conoce a Cristo en esta hermandad se ocupe de tales necedades como las que se enseñan y observan no solo sin fe y contra ella, sino también contra los mandamientos, y que son verdaderos pecados diabólicos, los pecados de todos los pecados.
34 Por eso, frente a todo esto, un cristiano debe adquirir la costumbre de rezar el Padrenuestro, santiguándose con firmeza y diciendo en su pensamiento: Guárdame, querido Señor, del pecado contra el Espíritu Santo, para que no caiga de la fe y de tu Palabra, ni me haga turco, judío o monje y santo papista, que creen y viven contra esta hermandad; sino que me aferre a un pequeño fleco del manto de esta hermandad. Bástenos con haber creído y vivido contra ella durante tanto tiempo; ahora es hora de orar a Dios que haga firme y estable esta fe en nosotros.
Pues si tenemos esta fe, entonces estamos sanados y librados del pecado, de la muerte y del infierno, y podemos probar todos los demás espíritus, discernir y rechazar todo error, engaño y falsa fe, y pronunciar la sentencia: Quien se pone la cogulla y se rapa la cabeza para hacerse santo, o ingresa en la hermandad de los monjes, es un necio loco y sin sentido, es más, una criatura ciega, miserable, desdichada y desesperada; quien se tortura con mucho ayuno y disciplina, como los frailes cartujos o los santos turcos, ya está separado de Dios y de Cristo y condenado al infierno.
Porque todo esto no es sino blasfemia y contradicción de la bendita hermandad celestial de Cristo. Podrán, sí, rezar y leer mucho acerca de ella, como dice Is 29:13: «Este pueblo se acerca a mí con su boca», viene ante mi rostro en las iglesias con cantos y campanas, «pero su corazón está lejos de mí». ¿Qué placer, piensan ustedes, puede tener él en tales santos, que por fuera actúan como si fueran verdaderos hijos de Dios, leyendo y cantando el evangelio, empleando las palabras más hermosas y celebrando una gloriosa fiesta de Pascua en procesiones, con estandartes y velas, y sin embargo no procuran entenderlo ni creerlo, sino que más bien se oponen a él con su doctrina y su vida?
35 Porque si lo entendieran y lo creyeran, no se aferrarían a sus farsas y vanidades, sino que pisotearían de inmediato sus cogullas y cordones, y dirían: ¡Vergüenza sobre esta hermandad infame! ¡Al miserable diablo con ella, por oponerse a la hermandad que me enseñan el Credo y el Padrenuestro! Pues no merece atención ni cuidado.
Así Pablo, en Fil 3:5, pronuncia juicio sobre su propia vida santa en el judaísmo: Yo era, dice, un hombre piadoso e irreprensible, no solo en mi vana estimación, sino según la ley de Moisés; pero cuando llegué a conocer a Cristo, estimé como pérdida toda mi justicia bajo la ley, es más, no solo como pérdida, sino que la tuve por basura y por inmundicia. En verdad pensaba que era un gran santo, que había guardado la ley estrictamente y con toda diligencia, y tenía esto por mi mayor tesoro y mi mayor ganancia; pero cuando oí de esta hermandad y herencia del Señor Jesucristo, ¡oh, cómo me abandonaron mi orgullo y la jactancia de mi propia justicia, tan por completo que ahora me estremezco ante ello y ni siquiera quiero pensar en ello!
36 Ves, él exalta la justicia que esta hermandad nos trae de tal manera que rebaja y desprecia por completo la vida y la santidad de todos los hombres, aun en su mejor estado según la ley de Dios, ley que ciertamente debe guardarse y que, en verdad, no hay nada más digno de alabanza y mejor en la tierra. Y con todo, por ser todavía nuestro propio esfuerzo y vida, no puede ni debe tener el honor y la gloria de hacernos hijos de Dios y de adquirir el perdón de los pecados y la vida eterna; sino que esto se logra cuando oyes la palabra de Cristo, que dice: Buenos días, mi querido hermano; en mí tu pecado y tu muerte están vencidos, porque todo lo que he hecho, lo he hecho por ti, etc.
37 Este es el fundamento del desafío de san Pablo al pecado y a la muerte: «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde, oh muerte, tu aguijón?» 1 Co 15:55 y Os 13:14. Como si quisiera decir: En otro tiempo fueron enemigos poderosos y terribles, ante los cuales todos los hombres, por santos y piadosos que fueran, tenían que temblar y desesperar; pero ¿dónde están ahora? ¿Cómo los perdí tan por completo? Pues, responde, todo ha sido sorbido y ahogado por completo en una victoria. Pero ¿dónde está la victoria, o de quién es la victoria? «Gracias sean dadas a Dios», responde en el v. 57, «que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo».
38 Esto es, ciertamente, una osadía gloriosa y grande, posible, sin embargo, solo para una fe como la de san Pablo; la cual, como él mismo lamenta, no era tan fuerte como él deseaba; con todo, ciertamente la tenía, y pudo mantenerla contra la ira y el poder del diablo. Que nosotros no podamos hacer lo mismo y todavía estemos tan temerosos y aterrados ante la muerte y el infierno es prueba de que aún tenemos muy poca fe. Por eso tenemos tanta más razón para impulsarnos a invocar a Dios y orar, y también a pedir con ese fin las súplicas de nuestros hermanos, y a meter cada día la Palabra en nuestro corazón, hasta que también nosotros, en algún grado, obtengamos esta seguridad.
39 Que nuestros adversarios se burlen de nosotros y digan con escarnio que no sabemos enseñar nada sino la fe, y que griten que debemos subir mucho más alto y hacer mucho más. Pero si tuviéramos fe suficiente, pronto atenderíamos todo lo demás. Porque lo principal y más necesario, de lo cual ellos no saben nada, es cómo librarse del terror del pecado, de la muerte y del infierno, y cómo adquirir una conciencia en paz delante de Dios, para que podamos orar verdadera y sinceramente «Padre nuestro». Donde esto no se ha hallado, todo lo demás es en vano, aunque nos torturemos hasta la muerte con nuestras obras. Pero puesto que todos se quedan cortos en esto, no debemos avergonzarnos de aprenderlo y de preocuparnos de estas cosas cada día, como lo hacemos por nuestro pan de cada día, y además debemos pedir a Dios que nos dé poder y fuerza. Amén.
Sermón para el Día de la Ascensión de Cristo; Marcos 16:14-20
1 Hoy hemos de considerar el artículo de fe en que decimos: «Creo en Jesucristo, que subió al cielo y está sentado a la diestra de Dios Padre». Nuestra lección del evangelio repasa brevemente la historia de esta ascensión. Pero Lucas trata el asunto con más amplitud y escribe que el Señor reunió a todos los discípulos, unos cuarenta días después de su resurrección, así como se les había mostrado a menudo, y hablaba con ellos y les daba mandamiento de lo que debían hacer; y estando ellos reunidos y hablando con él fuera, en Betania, adonde los había llevado, algunos le preguntaron: «Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?» Y él les dijo: «No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra». Y cuando hubo dicho estas cosas, los bendijo, les dio las buenas noches y se apartó de ellos, y fue elevado mientras ellos miraban, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos. Y estando ellos allí, mirándolo fijamente, con la boca abierta hacia los cielos, he aquí que se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales dijeron: «Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo». Entonces volvieron de Betania, del monte de los Olivos, a Jerusalén, y se reunieron en el aposento alto de la casa donde se alojaban, y perseveraban unánimes en oración, con las mujeres, y con María la madre de Jesús. Esta es la historia de la ascensión de nuestro Señor Jesucristo. Consideremos ahora el evangelio.
2 En primer lugar, hay en este evangelio dos partes: una en que el Señor manda a los apóstoles predicar el evangelio en todo el mundo; la otra, que trata de su ascensión. Pasaremos por alto el comienzo del texto, donde el Señor reprende su incredulidad y dureza de corazón, y tomaremos la parte donde dice: V.15. Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. Aquí tienes, en lengua vulgar, lo que el evangelio es en realidad, a saber: V.16. El que creyere y fuere bautizado, será salvo. En estas palabras todo está comprendido; quien las tiene, tiene el evangelio.
I. LA COMISIÓN MISIONERA DE CRISTO A SUS DISCÍPULOS PARA PREDICAR EL EVANGELIO
3 Hemos dicho a menudo hasta ahora que el evangelio, hablando con propiedad, no es algo escrito en libros, sino una proclamación oral, que ha de oírse en todo el mundo y que ha de gritarse libremente ante todas las criaturas, de modo que todas tendrían que oírlo si tuvieran oídos; es decir, ha de predicarse tan públicamente que predicarlo más públicamente sería imposible. Porque la ley, que existió de antiguo, y lo que predicaron los profetas, no se proclamó en todo el mundo ante todas las criaturas, sino que los judíos la predicaban en sus sinagogas. Pero el evangelio no ha de quedar así encerrado; ha de predicarse libremente a todo el mundo.
4 No hay necesidad, pues, de comentar el texto como han hecho algunos, diciendo que omnis creatura (toda criatura) significa el hombre. Porque nada indica en estas palabras que el evangelio haya de predicarse solo a los hombres, sino que ha de proclamarse ante toda la creación, de modo que la tierra no tenga rincón ni recoveco en que no penetre antes del último día. Tal es el consejo de Dios, en el cual ha decretado que aun los que no saben leer y no han oído a Moisés ni a los profetas oigan, sin embargo, el evangelio.
5 ¿Qué es el evangelio? Son estas palabras que el Señor dice: V.16. El que creyere y fuere bautizado, será salvo. Hemos dicho a menudo —y creo que ya deberíamos entenderlo a fondo— que el evangelio no puede permitirnos predicar obras, por buenas y grandes que sean; porque procura arrancarnos de nuestra presunción y ponernos y plantarnos únicamente sobre la misericordia de Dios, para que solo su obra y su gracia sean ensalzadas. Por eso no permite que confiemos en nuestras obras. Porque una de estas dos cosas tiene que perecer: si me afirmo en la gracia y misericordia de Dios, no me afirmo en mi mérito y mis obras; y, a la inversa, si me afirmo en mis obras y mérito, no me afirmo en la gracia de Dios. Porque, «si por gracia, ya no es por obras», dice san Pablo, Ro 11:6, «de otra manera la gracia ya no es gracia». No puedo decir que Dios me deba una recompensa, sino que debo confesar que me la ha dado enteramente como un don gratuito.
6 Por eso, quien quiera predicar el evangelio debe desechar todas las obras que pretenden hacer justos a los hombres y no dejar subsistir nada sino la fe; es decir, debo creer que Dios, sin mérito alguno mío y sin tener en cuenta todas mis obras, me ha concedido su gracia y la vida eterna, de modo que me veo obligado a darle gracias y a decir: Me regocijo, alabo y doy gracias a Dios porque libremente y por pura gracia me ha dado este don excelentísimo. Igualmente, que el evangelio es, como dice la Escritura, ni más ni menos que una declaración del honor, la alabanza y la gloria de Dios. Como leemos en Sal 19:1-2: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría». Por eso debemos predicar de manera que la gloria y la alabanza se den a Dios y no a nosotros. Ahora bien, no hay mayor alabanza y gloria que podamos dar a Dios que esta: confesar que él, por pura gracia y misericordia, quita de nosotros el pecado, la muerte y el infierno, y da a su amado Hijo por nosotros y todos sus tesoros a nosotros. Tal confesión debe dar gloria, honor y alabanza solo a él.
7 Y este es el sentido de todos aquellos pasajes de los profetas donde Dios se gloría de que establecerá una predicación que manifestará su alabanza; como cuando dice en Is 43:21: «Este pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará». Como si dijera: Ustedes, hipócritas, no hacen más que alabarse a sí mismos en sus corazones, y así mi alabanza tiene que perecer; pues me hacen un juez severo y un Dios poco amigable, de modo que en secreto el pueblo me odia y piensa para sí: ¡Ah, si tuviéramos otro Dios, uno que no exigiera tanto de nosotros; a ese sí lo amaríamos! Por eso formaré para mí otro pueblo, que me conozca y me ame. Cuando vean que no tendré en cuenta sus obras, sino que les daré libremente toda cosa buena, sus corazones rebosarán de gozo y nunca se cansarán de mi alabanza.
8 Por eso, guárdate de glosar el texto y de intentar mejorar las palabras de Cristo. Nuestros doctores y universidades han intentado mejorarlas y han dicho que estas palabras deben entenderse así: «El que creyere» (entiéndase: y hiciere buenas obras), «será salvo». ¿Quién los autorizó a hacer esa inserción? ¿Piensan que el Espíritu Santo era demasiado estúpido para hacerla? Así han oscurecido por completo, es más, pervertido, esta preciosa afirmación con su inserción. Por eso, ten cuidado y no dejes que nadie haga una inserción por ti, sino atente al texto tal como dice y entiéndelo así: «El que creyere será salvo», sin su mérito, sin obra alguna. ¿Por qué? Por esta razón: porque Dios ha hecho que se nos predique y proclame que hizo venir a su Hijo Jesucristo para quitar el pecado y todo mal. Pues vio que no éramos capaces de hacerlo, que nos era imposible borrar el pecado con nuestras obras y fuerzas. De otro modo, se habría ahorrado la molestia y el costo de entregar a su propio Hijo para sufrir y morir; y hace que esto se nos predique en el evangelio.
9 Ahora bien, ¿qué exige tal predicación? Exige esto: que yo crea en ella, porque de ningún otro modo puedo captarla. Si la escribes en un libro, de nada servirá a hombre alguno, aunque te entregues a pensar mucho en ella. Asimismo, puedes predicar y hablar de ella, u oírla; será en vano. Tienes que creerla y confiar firmemente en que la cosa es como dice el evangelio, que no tus obras sino la muerte y resurrección del Señor Jesucristo quita tu pecado y tu muerte. A esto no puedes llegar sino por la fe.
10 Además, Cristo dice: V.16. El que no creyere, aunque esté bautizado, será condenado. Estas palabras también debes dejarlas tal como están. Porque no dice así: El que no creyere y además hiciere malas obras; sino que sin barniz alguno dice: Aunque tuvieras la castidad de todas las vírgenes, los sufrimientos de todos los mártires y, para abreviar, todas las obras que jamás hicieron todos los santos —aunque tuvieras todo esto en un montón—, si faltara la fe, todo se perdería.
11 Por eso este es el pasaje con que se derriba todo el claustro, el sacerdocio, la vida monástica y las monjas; pues es causa perdida. Haz lo que quieras, la sentencia ya está dictada y el decreto ya ha salido: Si no crees, ya estás condenado. Así de pesada y poderosamente embisten estas dos sentencias contra toda doctrina y obra fundadas en las obras y fuerzas del hombre.
12 Ahora pon las dos lado a lado y podrás concluir con razón: Donde hay fe, no puede haber tantos pecados que no sean ciertamente absorbidos y exterminados por la fe; donde hay incredulidad, nunca podrás hacer obras buenas suficientes para borrar el más pequeño pecado. Así, pues, como el pecado no puede subsistir en presencia de la fe, tampoco pueden las buenas obras subsistir con la incredulidad. Por lo tanto, para hacer buenas obras no se necesita nada sino la fe; y para hacer pecado y malas obras no se requiere nada más que la incredulidad. De ahí se sigue que quien cree no tiene pecado y no hace sino buenas obras; en cambio, quien no cree, en verdad no hace obra buena alguna, sino que todo lo que hace es pecado.
13 Por eso digo, sin embargo, que no puedes haber cometido tantos pecados, ni es Satanás un enemigo tan invencible tuyo, que todo no sea quitado y perdonado tan pronto como empiezas a creer. Porque por la fe tienes a Cristo como tesoro propio, que te fue dado precisamente para quitar el pecado; y ¿quién será tan osado como para condenar a Cristo? Por esta razón no pueden quedar pecados, por grandes que sean, si crees. Así eres entonces hijo querido de Dios, y todo está bien, y todo lo que hagas está bien. Si no crees, estás condenado, por más que hagas en contrario; pues, como no tienes a Cristo, te es imposible borrar un solo pecado.
14 Ahora bien, puesto que no hay otro medio de quitar el pecado sino Cristo, podrías preguntar: ¿Cómo es, entonces, que aun así se nos exige hacer buenas obras, si, como dices, todo depende de la fe? Respondo: Donde la fe es genuina, no puede existir sin buenas obras. Así como, por otra parte, donde hay incredulidad no puede haber obra buena. Por eso, si crees, de tu fe tienen que seguirse necesariamente solo buenas obras. Porque, así como la fe te trae salvación y vida eterna, así también te trae buenas obras; no pueden ser contenidas. Así como una persona viva no puede dejar de moverse, de comer y beber y trabajar, siendo imposible que tales actividades cesen mientras viva, y nadie necesita mandarla e impulsarla a hacer tales obras sino que —déjale la vida y las hará—; así como todo esto es verdad en la vida física, tampoco se requiere nada más, para que se hagan buenas obras, que la fe. Solo cree, y lo harás todo por ti mismo.
15 Así, no hay necesidad de que exijas buenas obras a quien cree, pues la fe le enseña todo eso; y, hechas en la fe, todo lo que hace está bien hecho y todas son obras buenas y preciosas, por insignificantes que parezcan. La fe es una cosa tan noble que ennoblece al hombre entero. Ahora bien, no es posible que un hombre viva en la tierra y no tenga nada que hacer. Por eso todas las obras que se hacen por la fe son obras preciosas. En cambio, donde hay incredulidad, el hombre tampoco puede estar sin obras; por eso tales obras son igualmente todas pecado. Cristo no está allí, por lo tanto todo está perdido. De ahí la afirmación de san Pablo a los Romanos, 14:23: «Todo lo que no proviene de fe, es pecado». Como si dijera, a la inversa: Todo lo que proviene de la fe es toda gracia y justicia; eso es una conclusión obvia. Por eso no hay necesidad de preguntar si se han de hacer buenas obras, pues vienen por sí mismas, sin que se pidan. Tal es también el sentido del salmista, Sal 25:10: «Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad». Es decir, cuando Dios obra y crea la fe en nosotros, todo lo que hacemos es misericordia y todo es verdad; esto es, todo se hace con sinceridad y no por hipocresía. De ello se sigue, sin embargo, por otra parte, que todos los caminos de los hombres no son misericordia sino pura ira, no verdad sino mera apariencia e hipocresía, porque brotan de la incredulidad.
16 Guárdate, pues, de glosar el texto en ninguna circunstancia y de decir: La fe sola no basta; también las obras son necesarias para justificar. Porque de lo que hemos dicho es suficientemente claro que las obras nada contribuyen a este fin. Nada daña sino la incredulidad. Las obras no bastan. Si la fe estuviera presente, todo estaría bien. Por eso, así como las obras nada contribuyen al mal que hay en la incredulidad, tampoco contribuyen nada al bien que hay en la fe; sino que solo la incredulidad corrompe todas las obras y la fe hace buenas todas las obras.
17 Pero todavía hay aquí una cosa más, que Cristo dice: V.16. El que creyere y fuere bautizado, será salvo. Aquí podrías decir: Percibo, entonces, que también se requiere el bautismo. Ciertamente se requiere, pero el bautismo no es una obra que nosotros hagamos. Ha de unirse, sin embargo, con la fe, porque Dios no quiere que la fe permanezca oculta en el corazón, sino que estalle y se manifieste al mundo. Por eso instituyó tales señales externas, por medio de las cuales cada uno pueda mostrar y confesar su fe, a fin de que lleguemos a la santa cruz. Porque, si la fe se guardara en secreto, oculta en el corazón, estaríamos bastante seguros de no tener que llevar la cruz ni seguir a Cristo; si el mundo no supiera que creemos, no seríamos perseguidos.
18 En segundo lugar, nunca seríamos medio para llevar un alma al arrepentimiento y a la fe si no confesáramos abiertamente el evangelio y no observáramos una señal externa por la cual los hombres pudieran saber quiénes y dónde están los cristianos. Ahora bien, Dios ha dispuesto que nuestra fe se manifieste ante los paganos; por eso, quien es cristiano y ha recibido el bautismo corre peligro de su vida entre los paganos e incrédulos. Es necesario que recibamos el bautismo si somos cristianos; o, si eso está fuera de nuestro alcance, que digamos al menos: Deseo sinceramente ser bautizado.
19 Además, la señal del bautismo se nos da también para mostrar que Dios mismo nos ayudará, y que debemos estar seguros de su gracia, y que cada uno pueda decir: Para esto me dio Dios una señal, para que yo esté seguro de mi salvación, que me ha prometido en el evangelio. Porque nos ha dado la Palabra, es decir, el documento escrito; y junto a la Palabra, el bautismo, que es el sello. Así la fe, que capta la Palabra, puede ser fortalecida por la señal y el sello.
20 Pero ves que en este asunto no hay obra alguna del hombre; porque el bautismo no es obra mía sino de Dios. El que me bautizó está en lugar de Dios y no hace la obra de un hombre, sino que es la mano y la obra de Dios. Dios es el verdadero obrador. Por eso puedo y debo decir: Dios, mi Señor, me bautizó él mismo, por mano de un hombre. De esto puedo gloriarme, y en esto debo confiar, y decir: Dios, que no quiere ni puede mentir, me ha dado esta señal para asegurarme que es benigno conmigo y quiere salvarme y me ha dado, por medio de su Hijo, todo lo que tiene. Así, de nuestra parte no hay nada sino la fe sola; y de su parte, solo la Palabra y la señal. Pero nos hemos detenido en este asunto bastantes veces y no hace falta extenderse ahora sobre él.
21 La siguiente porción de nuestro texto habla de las señales que seguirán a los que creen. Tampoco las trataremos ahora, sino que pasaremos a la otra parte que hemos escogido considerar, y que trata de la ascensión de Cristo.
22 De paso, sin embargo, sea dicho: No debemos suponer que las señales aquí mencionadas por Cristo son todas las señales que harán los creyentes, ni debemos imaginar que todos los cristianos las harán; sino que Jesús quiere decir: Todos los cristianos pueden y les es lícito hacer las señales. O, si creo, entonces puedo hacerlas; tengo el poder. Por la fe obtengo tanto que nada me es imposible. Si fuera necesario y conducente a la propagación del evangelio, podríamos hacer las señales con facilidad; pero como no es necesario, no las hacemos. Porque Cristo no enseña que los cristianos practiquen lo espectacular, sino que dice que tienen el poder y pueden hacer estas cosas. Y tenemos muchas promesas semejantes a lo largo de las Escrituras; por ejemplo, en Jn 14:12, donde Cristo dice: «El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará». Por eso debemos dejar que estas palabras permanezcan y no glosarlas para eliminarlas, como han hecho algunos que dijeron que estas señales eran manifestaciones del Espíritu al comienzo de la era cristiana y que ahora han cesado. Eso no es correcto; porque el mismo poder está todavía en la iglesia. Y aunque no se ejerza, eso no importa; tenemos aún el poder de hacer tales señales.
II. LA ASCENSIÓN DE CRISTO AL CIELO
23 Ahora debemos considerar la ascensión del Señor Jesucristo. En primer lugar, es fácil decir y entender que el Señor subió al cielo y se sienta a la diestra de Dios. Pero son palabras muertas para el entendimiento si no se captan con el corazón.
24 Debemos, pues, concebir su ascensión y su señorío como algo activo, enérgico y continuo, y no debemos imaginar que él está sentado arriba mientras nosotros llevamos las riendas del gobierno aquí abajo. No; subió allá precisamente porque allí puede hacer mejor su obra y ejercer dominio. Si hubiera permanecido en la tierra en forma visible, ante la gente, no habría podido obrar con tanta eficacia, pues todo el pueblo no habría podido estar con él ni oírlo. Por eso inauguró un recurso que le hizo posible estar en contacto con todos y reinar en todos, predicar a todos y ser oído por todos, y estar con todos. Por eso, guárdate de imaginar dentro de ti que se ha ido y ahora está lejos de nosotros. Lo contrario es lo verdadero: mientras estuvo en la tierra, estaba lejos de nosotros; ahora está muy cerca.
25 La razón no puede comprender cómo puede ser esto. Por eso es un artículo de fe. Aquí hay que cerrar los ojos y no seguir a la razón, sino aferrarse a todo por la fe. Porque ¿cómo puede la razón captar la idea de que haya un ser como nosotros, que lo ve todo y conoce todos los corazones y da a todos los hombres la fe y el Espíritu; o que se sienta arriba en el cielo y, sin embargo, está presente con nosotros y en nosotros y gobierna sobre nosotros? Por eso, no te afanes en comprender, sino di: Esto es Escritura y esta es la Palabra de Dios, que está inmensamente por encima de todo entendimiento y razón. Deja tus razonamientos y aférrate a las Escrituras, que testifican de este ser: cómo subió al cielo y se sienta a la diestra de Dios y ejerce dominio. Examinemos algunos pasajes de la Escritura que tratan de este asunto.
26 En primer lugar, Sal 8:4-6 dice de Cristo: «¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies». Aquí el profeta habla a Dios acerca de un hombre y se maravilla de que Dios humillara por un tiempo a ese hombre, cuando permitió que muriera, lo humillara hasta el punto de que parecía que Dios no estaba con él. Pero al cabo de poco tiempo Dios lo exaltó, de modo que todas las cosas le tienen que obedecer, tanto en el cielo como en la tierra. A estas palabras debemos atenernos, a estas palabras debemos aferrarnos, en estas palabras debemos creer; pues la razón no se someterá ni se adaptará a ellas, sino que dice que son mentiras. Ahora bien, si todas las cosas han de estar sujetas a este ser y caer a sus pies, él debe sentarse donde pueda mirar todo el mundo, el cielo y el infierno y todo corazón; donde pueda ver todo pecado y toda justicia, y no solo ver todas las cosas, sino gobernar conforme a ello.
27 Por eso estas son palabras majestuosas y poderosas. Dan al corazón gran consuelo, de modo que quienes creen esto se llenan de gozo y de ánimo, y dicen con desafío: Mi Señor Jesucristo es Señor sobre la muerte, Satanás, el pecado, la justicia, el cuerpo, la vida, los enemigos y los amigos. ¿A qué temeré? Porque mientras mis enemigos están ante mi misma puerta y planean matarme, mi fe razona así: Cristo ha subido al cielo y se ha hecho Señor de todas las criaturas, por tanto mis enemigos también deben estar sujetos a él y así no está en su poder hacerme daño. Los desafío a levantar un dedo contra mí o a dañar un cabello de mi cabeza contra la voluntad de mi Señor Jesucristo. Cuando la fe capta este artículo y se afirma en él, se mantiene firme y se vuelve osada y desafiante, hasta el punto de decir: Si mi Señor quiere que mis enemigos me maten, bienaventurado soy; con gusto me voy. Así verás que subió al cielo, no para permanecer indiferente, sino para ejercer dominio; y todo para nuestro bien, para darnos consuelo y gozo. Este es un pasaje.
28 Además, en el Salmo segundo, vv. 7 y 8, leemos que Dios dice a Cristo: «Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra». Aquí ves de nuevo que Cristo es constituido por Dios Señor sobre toda la tierra. Ahora bien, si él es mi amigo y estoy persuadido de que murió por mí y me dio todas las cosas y por mi causa está sentado en el cielo y vela por mí, ¿quién, entonces, puede hacerme algo? O si alguien me hiciera algo, ¿qué daño podría venir de ello?
29 Además, David dice de nuevo en el Salmo 110, v. 1: «Dijo Jehová a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies». Y más adelante, en los vv. 5, 6, 7: «El Señor está a tu diestra; quebrantará a los reyes en el día de su ira. Juzgará entre las naciones, los llenará de cadáveres; quebrantará las cabezas en muchas tierras. Del arroyo beberá en el camino, por lo cual levantará la cabeza».
30 Otra vez, en otro salmo, dice David (Sal 68:18): «Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad, tomaste dones para los hombres, y también para los rebeldes, para que habite entre ellos JAH Dios». Y todos los profetas se esforzaron mucho por describir la ascensión de Cristo y su reino. Porque, así como sus sufrimientos y muerte están profundamente fundados en las Escrituras, así también lo están su reino, su resurrección y su ascensión. De esta manera debemos considerar la ascensión de Cristo. De otro modo no nos dará ni placer ni provecho. Porque ¿de qué te servirá predicar meramente que subió al cielo y allí está sentado con las manos cruzadas? Esto es lo que el profeta quiere decir en el salmo: Cristo ha subido a lo alto y ha cautivado la cautividad. Es decir, no solo está sentado allá arriba sino que también está aquí abajo. Y con este propósito subió allá: para estar aquí abajo, para llenar todas las cosas y estar presente en todas partes; lo cual no habría podido hacer si hubiera permanecido en la tierra, pues aquí, en el cuerpo, no habría podido estar presente con todos. Subió al cielo, donde todos los corazones pueden verlo, donde puede tratar con todos los hombres, para llenar toda la creación. Está presente en todas partes y todas las cosas están llenas de su plenitud. Nada hay tan grande, sea en el cielo o en la tierra, que él no tenga poder sobre ello, y que no deba estar en perfecta obediencia a él. No solo gobierna y llena toda la creación (eso no ayudaría en nada a mi fe ni quitaría mis pecados), sino que también ha cautivado la cautividad.
31 Esta cautividad, algunos la han interpretado como que él libró a los santos patriarcas de la fortaleza del infierno; pero esa interpretación tampoco beneficia en nada a nuestra fe, pues no es particularmente edificante para la fe. Por eso debemos entender el asunto simplemente así: que se refiere a aquella cautividad que nos captura y nos tiene cautivos. Soy hijo de Adán, lleno de pecado y sucio de manera asquerosa; por eso la ley me ha tomado cautivo, de modo que estoy encadenado en la conciencia y sentenciado a muerte.
32 De esta cautividad nadie puede librarse a sí mismo, salvo únicamente aquel hombre, Cristo. ¿Qué hizo? Hizo del pecado, de la muerte y de Satanás sus deudores. El pecado se abalanzó sobre él como si fuera a vencerlo, pero perdió la jornada; él devoró el pecado. Y a Satanás, la muerte y el infierno les fue igual. Pero nosotros no podemos hacer esto si él no está presente para ayudarnos. Solos, tendríamos que perecer. Pero él, puesto que no había cometido pecado y estaba lleno de justicia, pisoteó a Satanás, la muerte y el infierno, y los devoró, y tomó cautivo todo lo que quería capturarnos, de modo que el pecado y la muerte ya no pueden hacer daño.
33 Este, pues, es el poder que hace predicar: que todos los que creen en él son liberados de la cautividad. Creo en aquel por quien el pecado, la muerte y todas las cosas que nos afligen fueron llevados cautivos. Es un discurso agradable y lleno de consuelo cuando se nos dice que la muerte ha sido quitada y muerta, de modo que ya no se siente. Sin embargo, solo da placer y consuelo a quienes lo creen. No hallarás liberación de la cautividad en tus obras, ayunos, oraciones, mortificaciones, tonsuras y hábitos, ni en cuanto más hagas; sino solo en el lugar donde Cristo se sienta, adonde subió y adonde llevó consigo la cautividad. Por eso, quien quiera ser libre del pecado y librado de Satanás y de la muerte debe venir allí donde está Cristo. Ahora bien, ¿dónde está? Está aquí con nosotros, y con este fin se sentó en el cielo: para estar cerca de nosotros. Así, nosotros estamos con él allá arriba y él está con nosotros aquí abajo. Por la palabra desciende él, y por la fe ascendemos nosotros.
34 Así vemos por todas partes en las Escrituras que la fe es algo tan indeciblemente grande que nunca podemos predicar suficientemente sobre ella ni alcanzarla con palabras. No se puede oír ni ver, por eso hay que creerla. Tal es la naturaleza de la fe: que no siente nada en absoluto, sino que solo sigue las palabras que oye y se aferra a ellas. Si crees, tienes; si no crees, no tienes. De esta manera debemos entender este artículo de fe: que Cristo ha subido al cielo y está sentado a la diestra de Dios.
Sermón para el Día de la Ascensión de Cristo; Marcos 16:14-20 (2.º sermón)
1 En el evangelio de hoy se nos presenta de nuevo la esencia de la vida cristiana, a saber, la fe y el amor; justamente lo que oyes constantemente en todas las lecciones del evangelio. Puesto que el evangelio te pone siempre delante este tema, debemos predicarlo y tratarlo continuamente; pues Jesús dice a sus discípulos: V.15, 16. Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo. Consideraremos por orden los pensamientos de este texto del evangelio.
I. CRISTO REPRENDE A SUS DISCÍPULOS POR SU INCREDULIDAD.
2 Primero, Cristo reprende a sus discípulos por su incredulidad y dureza de corazón, los censura por ello y les muestra sus faltas. No los rechaza ni los trata con demasiada severidad, sino que los reprende; tal como diríamos a una persona: ¿No te da vergüenza haberte atrevido a hacer tal cosa? Con ello queremos llevarla a conocerse a sí misma y hacerla sonrojarse de vergüenza, para que desista de su mala intención o de su mala obra, aunque no la rechacemos ni apartemos de ella nuestro amor.
3 Sin embargo, no es asunto de poca importancia que el Señor reprendiera aquí a los discípulos; pues la incredulidad es el mayor pecado que pueda nombrarse. Cristo les dice la causa de su incredulidad cuando dice que sus corazones están endurecidos, y aun así los trata con dulzura y suavidad.
4 Esto se nos da a todos para nuestro consuelo, a fin de que no desesperemos cuando, faltos de fe, dudamos, tropezamos y caemos; es para ayudarnos a levantarnos otra vez, para fortalecer nuestra fe y elevar nuestros corazones a Dios, de modo que echemos mano de la confianza en Dios y la retengamos firme: él no nos trata con severidad, sino que sabe soportarnos y pasar por alto mucho. Y quien lo cree así, así lo hallará; si lo tenemos por un Dios misericordioso, él se deja hallar misericordioso y se muestra así con nosotros; pero una mala conciencia y un corazón incrédulo no tienen tal confianza en Dios, sino que huyen de él y lo consideran un Juez duro, y así, en efecto, lo encuentran.
5 Así debemos tratar también a nuestro prójimo. Si lo vemos caer de la fe, o errar y pecar, no debemos fortalecerlo en su maldad ni justificar su causa, sino amonestarlo y reprender sus faltas con mansedumbre, sin guardarle enemistad ni apartar de él nuestro amor. Así habla san Pablo a los gálatas: «Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre.» Gá 6:1. Pero nuestro señor el papa, los obispos, sacerdotes, monjes y monjas no permiten que nadie los reprenda cuando hacen el mal; nunca están dispuestos a reconocer que alguna falta sea suya, sino siempre de sus súbditos, y su política hacia los súbditos es de rigor y severidad.
6 En suma: debemos poner al descubierto y reprender lo que está mal, y ejercer la verdad y el amor hacia todos; debemos hablar con franqueza, sin dejarnos acallar, pues ninguno de nosotros, siendo carne y sangre, vivirá de tal modo que sea hallado sin culpa en todo. Yo en esto, tú en aquello. Todos vemos que hasta los apóstoles fallaron en lo principal, y sin embargo eran piedras angulares, los cimientos y lo mejor de la cristiandad.
7 Pero que nadie piense que los apóstoles eran del todo incrédulos; creían lo que estaba escrito en la Ley y los profetas, aunque su fe no era todavía perfecta. Había allí una fe y sin embargo no la había; aún no creían todas las cosas, aunque creían que Dios creó los cielos y la tierra y era el Hacedor de toda criatura. Así, los apóstoles no carecían por completo de fe, pues tenían fe en parte. La fe es algo que siempre crece. Sucede con la fe como con un hombre enfermo que empieza a sanar y va ganando fuerzas. Por eso el Señor muestra en qué no creían y qué les faltaba: no creían la resurrección de Cristo de entre los muertos. Aunque creían las demás cosas, en esto todavía les faltaba. Sostengo que creían tener un Dios misericordioso. Pero esto no bastaba; debían creer también la resurrección de Cristo. El Señor les reprochó su incredulidad, los reprendió y les dijo que, a pesar de todo lo que habían visto, no creían, y que todavía les faltaba un cierto artículo de fe, a saber, el artículo sobre la resurrección. De ahí las palabras de Cristo en la Última Cena: «Creéis en Dios, creed también en mí.» Jn 14:1.
8 ¿Qué significa, pues, creer la resurrección de Cristo, esto que es tan importante, y a causa de lo cual los discípulos fueron llamados incrédulos y faltos de fe, y sin lo cual de nada les serviría todo lo demás que creían? Creer la resurrección de Cristo no es otra cosa que creer que tenemos un Mediador ante Dios, que es Cristo, quien nos hace santos y aceptos a Dios el Padre. Pues lo que el hombre posee por nacimiento y naturaleza no es sino pecado y corrupción, con lo cual atrae sobre sí la ira de Dios. Pero Dios es justicia y pureza eternas y por eso, por su misma naturaleza, aborrece el pecado. De ahí que siempre haya enemistad entre Dios y el hombre natural, y no puedan ser amigos ni estar de acuerdo el uno con el otro.
9 Por esta causa Cristo se hizo hombre y tomó sobre sí nuestros pecados y también la ira del Padre, y ahogó ambos en sí mismo, reconciliándonos así con Dios el Padre. Sin esta fe somos hijos de ira, incapaces de hacer obra buena alguna que agrade a Dios, y nuestras oraciones tampoco pueden ser aceptas ante él. Pues así está escrito en Sal 18:41: «Clamaron, y no hubo quien los salvase; aun a Jehová, pero no les oyó.» Sí, aun nuestras obras más nobles, con las cuales pensábamos obtener de Dios misericordia, ayuda y consuelo, se nos cuentan como pecado; como dice el profeta en Sal 109:7: «Su oración sea para pecado»; pues Dios no podía ser reconciliado con todas nuestras fuerzas, ya que en verdad no hay fuerza alguna en nosotros.
10 Por eso Cristo tenía que venir, para presentarse ante el rostro del Padre, reconciliarnos con él y conseguirnos todo lo que nos faltaba. Por medio de este mismo Cristo debemos pedir a Dios todo lo que necesitamos. Ustedes oyeron en el evangelio del domingo pasado que el Señor dice: «Todo cuanto pidáis al Padre en mi nombre, os lo dará.» Todo lo que obtengamos de Dios, debemos recibirlo por medio de este Cristo, que nos ha ganado un Padre misericordioso. Porque Cristo es nuestro apoyo y refugio, donde podemos escondernos, como los polluelos se esconden bajo las alas de la gallina. Solo por él es aceptada nuestra oración ante Dios y solo por él es respondida, y obtenemos el favor y la misericordia del Padre; pues Cristo ha hecho expiación por nuestros pecados, y a un juez airado lo ha cambiado en un Dios benigno y misericordioso. Creer en la resurrección de Cristo significa, pues, creer, como dije, que Cristo ha tomado sobre su cabeza nuestros pecados y los pecados de todo el mundo, y también la ira del Padre, y así los ha ahogado a ambos en sí mismo, por lo cual hemos sido reconciliados con Dios y hechos enteramente justos.
11 Ahora vean ustedes mismos cuán pocos cristianos hay que tengan esta fe, por la cual sola el hombre es librado de sus pecados y llega a ser enteramente santo; pues no creen en la resurrección de Cristo, en que sus pecados son quitados por medio de Cristo, ya que intentan hacerse santos por sus propias obras. Este corre a un claustro, aquella se hace monja, uno hace esto, otro aquello, para quedar libres de pecado; y sin embargo siempre dicen que creen en la resurrección de Cristo de entre los muertos, a pesar de que sus obras prueban lo contrario.
12 Los apóstoles han insistido en este artículo y lo han predicado más que ningún otro; así habla san Pablo a los corintios: «Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.» 1 Co 15:14. Y poco después, en el versículo 17, dice: «Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados.» ¿Qué clase de conclusión es esta? ¿Cuál es su análisis lógico? Este: si Cristo no ha resucitado de entre los muertos, entonces el pecado y la muerte lo han devorado y aniquilado, y nosotros no podemos librarnos de nuestros pecados por nosotros mismos. Jesucristo los tomó sobre sí para pisotear el pecado, la muerte y el infierno, y hacerse su señor. Pero si no ha resucitado, entonces no ha vencido el pecado, sino que ha sido vencido por el pecado. Y también, si ha sido vencido por el pecado, entonces no ha resucitado; si no ha resucitado, entonces no te ha redimido; entonces todavía estás en tus pecados. Asimismo habla Pablo a los romanos: «Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.» Ro 10:9. En esto concuerdan todas las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento.
13 Ahora bien, no basta con que creamos el hecho histórico de la resurrección de Cristo; pues eso lo creen todos los impíos; sí, hasta el diablo cree que Cristo ha padecido y ha resucitado. Pero debemos creer también su sentido, el significado espiritual de la resurrección de Cristo, comprendiendo su fruto y sus beneficios, lo que hemos recibido por ella, a saber, perdón y redención de todos los pecados; debemos creer que Cristo ha sufrido la muerte y con ello ha vencido y pisoteado el pecado y la muerte, sí, todo lo que puede dañarnos, y está sentado a la diestra del Padre en el cielo como Señor todopoderoso sobre el pecado y el diablo, la muerte y el infierno y todo lo que nos daña, y que todo esto sucedió para nuestro bien. Esto no lo creen los impíos.
14 Ven cuánto depende de este artículo de fe sobre la resurrección. Podemos prescindir mejor de todos los demás artículos que de este. ¿De qué serviría creer todos los demás artículos, como que Cristo nació de la virgen María, murió y fue sepultado, si no creyéramos que resucitó? A este asunto se refiere Dios en Hab 1:5, cuando dice: «Yo hago una obra en vuestros días, que aun cuando se os contare, no la creeréis.»
15 La importancia de este asunto es también la razón por la que Pablo lo ha urgido y predicado, y en todas sus epístolas no ha tratado de ninguna obra o milagro de Cristo con tanta frecuencia como de su resurrección. Calla sobre las muchas obras y maravillas de Cristo, y predica y enseña con énfasis el beneficio y el significado de la resurrección de Cristo, lo que hemos recibido de ella. Ningún otro apóstol nos ha retratado a Cristo a la luz en que lo ha hecho Pablo. No sin razón dijo Cristo de él a Ananías: «Instrumento escogido me es este, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre.» Hch 9:15-16.
16 Ahora bien, ninguna obra buena ayudará a los que no tienen esta fe en la resurrección, por mucho que finjan ser hipócritas. A las vírgenes no les sirve su virginidad o pureza; ni a los monjes sus largas oraciones. Aquí de nada vale predicar sobre obras; ni siquiera se nombran; sino que todo debe obtenerse de Dios por medio de Cristo, como han oído. Así oró David en Sal 84:9: «Mira, oh Dios, escudo nuestro, y pon los ojos en el rostro de tu ungido.» Esto basta sobre la primera parte de este evangelio. Ahora siguen en el texto las palabras:
V.15. Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.
II. LA COMISIÓN MISIONERA QUE CRISTO DA A SUS DISCÍPULOS.
A. El contenido de esta comisión.
17 ¿Qué han de predicar? Nada más, dice, que justamente esto: que he resucitado de entre los muertos y he vencido y quitado el pecado y toda miseria. El que cree esto, será salvo; la fe sola basta para su salvación. Por tanto, el evangelio no es otra cosa que la predicación de la resurrección de Cristo: V.16. El que creyere será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Aquí quedan abolidas todas las obras. Aquí ven también la naturaleza y el carácter de la fe. La fe no obligará a nadie a aceptar el evangelio, sino que deja su aceptación libre a cada uno y la hace un asunto personal. El que cree, cree; el que viene, viene; el que se queda fuera, se queda fuera.
18 Así ven que el papa se equivoca y comete una injusticia con el pueblo al atreverse a empujarlo a la fe por la fuerza; pues el Señor no mandó a los discípulos nada más que predicar el evangelio. Así lo hicieron también los discípulos: predicaron el evangelio y dejaron su aceptación a quienes quisieran recibirlo, y no dijeron: Cree, o te mataré.
19 Sobre este pasaje surge una pregunta, V.15. Id por todo el mundo, acerca de cómo ha de entenderse, ya que los apóstoles ciertamente no visitaron todo el mundo. Ningún apóstol vino aquí a nosotros; y desde entonces se han descubierto muchas islas paganas donde nunca se ha predicado el evangelio. Y sin embargo dice la Escritura: «Por toda la tierra ha salido su voz.» Ro 10:18. Respuesta: su predicación salió por todo el mundo, aunque todavía no ha llegado a todo el mundo. Esta salida ha comenzado y continúa, aunque todavía no está completa; el evangelio, sin embargo, será predicado cada vez más lejos y más ampliamente hasta el día del juicio. Cuando esta predicación haya alcanzado todas las partes del mundo y haya sido oída en todas partes, entonces el mensaje estará completo y su misión cumplida; entonces estará también cerca el último día.
20 La predicación de este mensaje puede compararse a una piedra arrojada al agua, que produce ondas que se extienden en círculos a partir de ella, las olas avanzando siempre y siempre, una empujando a la otra, hasta llegar a la orilla. Aunque el centro se aquiete, las olas no descansan, sino que siguen adelante. Así sucede con la predicación de la Palabra. Fue comenzada por los apóstoles y avanza constantemente, empujada más y más lejos por los predicadores, llevada de aquí para allá por el mundo, dándose a conocer siempre a quienes nunca la habían oído, aunque sea detenida en medio de su curso y condenada como herejía. Como decimos, cuando alguien envía un mensaje, el mensaje ha partido aunque todavía no haya llegado a su destino, sino que aún va en camino; o como decimos que el mensaje del emperador se ha enviado a Núremberg o al turco, aunque todavía no haya llegado: así hemos de entender la predicación de los apóstoles.
B. La promesa unida a esta comisión.
21 Pero aquí surge otra pregunta a partir de este pasaje del evangelio de hoy, V.16. El que creyere, será salvo: si la fe basta para la salvación y sola salva, o si debemos hacer también buenas obras para ser salvos. Aquí nuestros doctísimos doctores han querido gobernar al Espíritu Santo, afilarle la lengua y ponerle un palito bajo la lengua, como si no pudiera hablar claro, y han forzado y torcido este pasaje, y lo han gastado y desgarrado tanto que no le queda ni médula ni vida. Han dicho que las buenas obras son necesarias para la fe y que la fe no basta para la salvación. Esto no es verdad. La fe sola, por sí misma, sin obra alguna, como la Palabra de Dios dice aquí con claridad, nos trae la salvación, y las obras no ayudan en absoluto a la justicia ni a la salvación. Debemos dejar este pasaje desnudo y sin adulterar, sin añadidura alguna. Si el Espíritu Santo lo hubiera querido, fácilmente habría podido decir otras palabras: «El que creyere y hiciere obras, será salvo.» Pero no lo hizo; por eso debemos y queremos dejarlo como está.
22 Esto lo digo para que se fortalezcan con tales pasajes, aferrándose al verdadero sentido de las palabras. Aunque hay muchos pasajes en la Escritura que enseñan que la fe sola salva, han sido tan cubiertos y oscurecidos, tan sacudidos en pedazos y estirados por los sofistas y escolásticos, que su recto sentido ha sufrido. San Pablo dice a los gálatas: «Si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.» Gá 2:21. Es decir: si podemos ser salvos de algún otro modo o labrar nuestra salvación, entonces Cristo ha muerto en vano; pues presumir de ser justificado por la ley significa pensar que el hombre puede hacerse justo por sus obras.
23 Por tanto, para concluir: la justicia principal es la fe; la maldad principal es la incredulidad. Tampoco hay pecado tan grande que pueda condenar al hombre; solo la incredulidad condena a todos los que son condenados. Y otra vez, solo la fe salva a cada uno; pues solo la fe trata con Dios, ninguna obra puede comparecer ante él. Porque las obras tienen que ver solo con el hombre, y el hombre deja que se haga uso de sus obras como él ha hecho uso de Cristo. No hacen santo a nadie; son solo las señales distintivas de un hombre que ya se ha hecho justo por la fe, la cual sola purifica el corazón.
24 Fácilmente puedo asentir al dicho: las obras no te hacen piadoso, sino que muestran que lo eres; o cuando oigo decir: el que cree sirve a su prójimo, admito que así es. Pero que la explicación de este texto deba ser: la fe no basta para la salvación, debemos hacer también el bien, esta es una libertad que el texto puede soportar tan poco como esta iglesia podría soportar que yo derribara sus columnas. Sigue luego en el texto:
V.16. El que creyere y fuere bautizado, será salvo.
25 Dios siempre ha acompañado su Palabra con una señal exterior para hacerla más eficaz para nosotros, a fin de que fuéramos fortalecidos en el corazón y nunca dudáramos de su Palabra ni vaciláramos. Así dio a Noé el arco iris en el cielo como señal segura de que cumpliría su promesa y no destruiría el mundo con otro diluvio. El arco iris es, por decirlo así, un sello o señal para Noé y para todos nosotros, tal como un sello sobre una carta certifica el documento. Y así como un noble tiene su propio escudo de armas de un cierto emblema o color por el cual es conocido, así ha acreditado Dios sus palabras para nosotros con señales, como con un sello, para que nunca dudemos. A Abraham le dio el rito de la circuncisión, para mostrar que Cristo vendría y bendeciría al mundo. Así ha hecho aquí, añadiendo a esta promesa suya —«El que creyere y fuere bautizado, será salvo»— una señal exterior, a saber, el bautismo, y también el sacramento del pan y del vino, que fue instituido especialmente para usarse en tiempos de tentación y cuando se acerca la muerte, para que por él fortalezcamos nuestra fe, y recordemos a Dios su promesa, y lo mantengamos en ella.
26 Un hombre puede creer aunque no sea bautizado; pues el bautismo no es más que una señal exterior que ha de recordarnos la promesa divina. Si podemos tenerlo, está bien; recibámoslo, pues nadie debe despreciarlo. Si, en cambio, no podemos recibirlo, o se nos niega, no seremos condenados con tal que creamos el evangelio. Porque donde está el evangelio, allí está también el bautismo y todo lo que un cristiano necesita. La condenación no sigue a ningún pecado sino al pecado de incredulidad. Por eso dice el Señor: V.16. El que no creyere, será condenado; no dice: el que no sea bautizado. Calla sobre el bautismo; porque el bautismo no vale nada sin la fe, sino que es como sellos puestos en una carta en la que no hay nada escrito. El que tiene las señales que llamamos sacramentos y no tiene fe, tiene solo sellos sobre una carta de papel en blanco.
27 Aquí ven también cuál es el oficio de los apóstoles, al cual deberían conformarse todos los obispos y quienes se llaman ministros, ya que se jactan de ser los sucesores de los apóstoles en la predicación del evangelio. Pues el Señor dice aquí, V.15. Id por todo el mundo y predicad el evangelio. Por tanto, no debemos escuchar a los que no predican el evangelio. Ahora vienen nuestros papistas y citan el pasaje de Lc 10:16: «El que a vosotros oye, a mí me oye.» Este versículo ha sido hasta ahora la espada del papa, con la cual ha dominado a todo el mundo, y nadie ha entendido correctamente este pasaje, que significa que los maestros han de ser obedecidos solo cuando predican el evangelio. Así el Señor inspira aquí a los apóstoles a hablar el evangelio, que es su Palabra. Solo a Cristo se ha de oír, y los apóstoles no son sino mensajeros e instrumentos para esta palabra de Cristo. Por eso aquí de nuevo quedan condenados el papa, los obispos, los monjes y sacerdotes, y todos los que predican algo distinto del evangelio.
28 Pero ¿qué se quiere decir cuando el Señor dice: V.15. Predicad el evangelio a toda criatura? ¿He de predicar también a los árboles y las piedras, a los montes y las aguas? ¿De qué serviría? San Gregorio predicó sobre este texto y dijo que «toda criatura» significa el hombre; que el hombre es uno con todas las criaturas: con los ángeles en el entendimiento, con los animales en los sentidos y con los árboles en el crecimiento. No debemos, pues, abusar del texto ni hacer su sentido demasiado literal, porque así lo tergiversaremos. El sentido es que el evangelio debe ser predicado pública y universalmente, dado a todos; no debe esconderse en ningún rincón, sino predicarse libremente en todos los lugares, como está escrito en Sal 19:3-4: «No hay lenguaje, ni palabras, ni es oída su voz. Por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras.» El comienzo y la salida han sido cumplidos por los apóstoles, pero la obra no está aún terminada; el evangelio no ha llegado todavía a su límite, pues no sé si Alemania ha oído alguna vez la Palabra de Dios. La palabra del papa, esa sí la hemos oído.
29 El Señor dice aquí a los apóstoles: V.15. Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura, con el fin de que este evangelio sea publicado a todos, de modo que hasta los árboles y las piedras, si tuvieran oídos, oyeran y pudieran dar testimonio de que hemos oído el evangelio; y que aquella columna de allí pudiera decir: He oído que se te predicaba el evangelio. Así de general y públicamente ha de ser proclamado y predicado en todo el mundo, sin negarse a nadie, hasta llegar a los confines del mundo, como registra el Salmo. Así ha llegado ahora a nosotros, que habitamos en el extremo del mundo, pues vivimos cerca del mar. Esto tiene en mente Pablo cuando dice a los efesios: «Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios.» Ef 4:11-13. A continuación, el texto habla de las señales que seguirán a la fe, y nombra cinco señales, una tras otra, así:
V.17, 18. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.
30 ¿Cómo hemos de proceder aquí para conservar la verdad del pasaje: el que cree tendrá también poder y podrá mostrar estas señales? Pues el Señor dice que todas estas señales acompañarán a los que creen. Ahora bien, sabemos que los apóstoles no presentaron todas las señales, pues no leemos que ningún otro bebiera veneno sino Juan el Evangelista, y no hay otros casos individuales. Si el pasaje ha de entenderse literalmente, pocos creyentes serán absueltos y pocos santos tendrán derecho al cielo; pues estas señales, todas y cada una, no los han acompañado, aunque hayan tenido poder para obrar señales y hayan mostrado algunas de ellas.
31 Algunos se lanzan aquí y explican estas señales como espirituales, para conservar el honor de los santos; pero no conviene forzar las palabras. No llevan tal sentido, por eso no soportarán tal explicación. Eso nos impone sobre las Escrituras una interpretación incierta.
32 Otros, con igual ligereza, dicen que aunque no todo individuo tiene el poder y hace las maravillas mencionadas, sí las tiene la iglesia en su conjunto, la multitud de la cristiandad; uno puede echar fuera demonios, otro sanar enfermos, y así sucesivamente. Por eso, dicen, tales señales son una manifestación del Espíritu; donde están las señales, allí está también la Iglesia cristiana, y así por el estilo.
33 Pero estas palabras no se refieren a la Iglesia como un todo, sino a cada persona por separado. El sentido es: si hay un cristiano que tiene fe, tendrá poder para hacer estos milagros que acompañan, y lo seguirán, como dice Cristo en Jn 14:12: «De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará», porque un cristiano tiene igual poder que Cristo, es una congregación y se sienta con él en copropiedad. El Señor ha dado poder a los cristianos, como está escrito en Mt 10:8, también contra los espíritus inmundos, para que los echen fuera y sanen toda enfermedad. Así está escrito en Sal 91:13: «Sobre el león y el áspid pisarás; hollarás al cachorro del león y al dragón.»
34 Leemos también que esto se ha cumplido. Hubo una vez un patriarca en el desierto que, al encontrarse con una serpiente, la tomó con ambas manos y la partió en dos, y no pensó más en ello, sino que dijo: ¡Oh, qué buena cosa es tener una conciencia limpia y sin culpa! Así, donde hay un cristiano, hay todavía el poder de obrar estas señales si es necesario. Pero nadie debe intentar ejercer este poder si no es necesario o si la necesidad no obliga. Los apóstoles no lo ejercieron siempre, sino que solo hicieron uso de él para probar la Palabra de Dios, para confirmarla con los milagros; como está escrito aquí en el texto: V.20. Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían.
35 Pero ahora que el evangelio se ha esparcido y ha sido dado a conocer a todo el mundo, no hay necesidad de obrar milagros como en tiempo de los apóstoles. Si surgiera la necesidad, y los hombres denunciaran y combatieran el evangelio, entonces en verdad tendríamos que emplear el obrar maravillas antes que permitir que el evangelio fuera escarnecido y sofocado. Pero espero que tal camino no sea necesario y que tal contingencia nunca surja. Otro ejemplo: que yo hable aquí en nuevas lenguas no es en absoluto necesario, puesto que todos ustedes pueden oírme y entenderme bien; pero si Dios me enviara adonde la gente no pudiera entenderme, fácilmente podría concederme su habla o lengua, para que yo fuera entendido.
36 Entonces, que nadie, sin necesidad apremiante, emprenda obrar maravillas. Pues leemos de los hijos de los patriarcas que una vez trajeron gran cantidad de serpientes en sus capas y las sacudieron a los pies de sus padres; ante lo cual sus padres los reprendieron por tentar a Dios sin necesidad. De igual modo leemos de muchas señales que han hecho los creyentes. Sucedió una vez que uno de los padres, por casualidad, atrapó un basilisco. Lo miró, y exclamó: ¡Oh Señor, o muero yo, o muere este reptil!, pues el basilisco mata con la mirada. Al instante reventó y salió volando en pedazos.
37 No sé qué decir de los que se atreven a hacer señales donde no son necesarias. Por ejemplo, algunos echan fuera demonios. Pero sé que es una empresa peligrosa. El diablo, en efecto, se deja echar fuera, pero no piensa sufrir por ello; lo permite solo para fortalecer en tal error al que obra la señal. Yo no querría fiarme de él. Tenemos muchos casos así en nuestros tiempos. Sé también de muchos que ocurrieron no hace mucho.
38 Hubo un sacristán que quiso aprender alquimia del diablo, es decir, el arte de separar el oro de la arena y de hacer oro de otros metales. El diablo acordó ir a verlo a la hora de las once, pero el sacristán debía llevar puestos una túnica y una casulla. ¡Miren con qué necedades anda el diablo! Como si le importara mucho la casulla. El sacristán fue, dio vuelta al reloj de arena y anotó la hora. A las once se puso la casulla. El diablo vino y llamó a la puerta. El sacristán se asustó y preguntó quién era. El diablo dijo que el sacristán debía ir de inmediato al párroco y asistir al Sacramento. El sacristán se quitó la casulla y salió corriendo de prisa, pero no encontró a nadie. Entonces el diablo le pidió por segunda vez al sacristán que saliera. La tercera vez el diablo vino y dijo que el párroco lo esperaba con impaciencia; que debía ir sin demora. El sacristán salió entonces, pero para entonces la hora había pasado y el sacristán no llevaba puesta la casulla. Entonces el sacristán vio por primera vez que era el diablo, y quiso volver de prisa a la casa por la casulla. Pero el diablo no se lo permitió, sino que dijo: No, mi buen amigo, el tiempo ha pasado. Agarró al sacristán, le rompió el cuello y lo arrojó al suelo. Tales ocasiones busca el diablo, y así obra. Baste con esto sobre este evangelio.
Sermón para el Día de la Ascensión de Cristo; Marcos 16:14-20 (3.º sermón)
I. LA DUREZA DE CORAZÓN DE LOS DISCÍPULOS.
1 En pocas palabras, san Marcos resume en este evangelio todo lo que Cristo hizo durante los cuarenta días después de su resurrección hasta que ascendió al cielo. No todas las palabras de Cristo, tal como aquí se registran, fueron dichas al mismo tiempo. Algunas personas han dudado de la autenticidad de este capítulo porque no parece concordar con los otros evangelios. Relata el incidente en que el Señor reprende a los discípulos por su incredulidad y aquel en que les manda predicar el evangelio, como si ambas declaraciones hubieran sido hechas al mismo tiempo, mientras que los otros evangelistas nos informan de muchas cosas ocurridas entre estos dos incidentes. Nos dicen que se apareció a todos sus discípulos, no solo una vez, sino a menudo, y que durante estos cuarenta días comió y bebió con ellos para que ya no dudaran de su resurrección. La reprensión a los discípulos tuvo lugar poco después de su resurrección, entre la Pascua y el octavo día siguiente. Después de que todos vieron al Salvador resucitado, él se despidió de ellos, ascendiendo desde el monte donde les había mandado que se reunieran con él.
2 Al reprender a los discípulos por su incredulidad y dureza de corazón, Cristo les imputa no poca debilidad. Les dice que no solo son incrédulos, sino también tercos, hasta el punto de dudar obstinadamente de lo que han oído de testigos oculares, a saber, que el Señor ha resucitado. Por otra parte, Cristo muestra gran paciencia y bondad hacia quienes no solo no creen, sino que incluso son obstinados. No los rechaza ni los desprecia por su dureza, sino que es paciente con ellos. Al final los hace predicadores de aquello que ellos mismos, hasta entonces, no creían. Sabe que, precisamente por eso, su testimonio de él será más firme. Ellos mismos habrían de experimentar lo que es predicar no solo a los ignorantes e incrédulos, sino también a los endurecidos, e incluso a sus perseguidores. Así, por su propia experiencia, aprenderían a soportar a otros que fueran igualmente tercos, aunque no a los que se enfurecieran deliberada y maliciosamente contra la verdad reconocida.
3 Los amados discípulos tenían, sin embargo, motivo para su dureza de corazón, que otros nunca podrían tener. Eran judíos, y la enseñanza judía era que solo en Jerusalén sería fundado aquel reino que se llama el reino de Dios y de Cristo. Para esta creencia pensaban tener prueba y evidencia en los profetas, donde se decía, en muchos pasajes, que Cristo reinaría para siempre en Jerusalén, en la casa y sobre el trono de David. Los gentiles no tenían promesa alguna de tal reino.
4 Por eso a los judíos les parecía ridículo e increíble, sí, hasta escandaloso, que Cristo desatendiera a Jerusalén, al sacerdocio y todo lo que pertenecía a la nación judía, y, olvidándose por completo de ello, enviara al mundo a predicar a unos pocos pobres discípulos que no tenían nombre ni fama, con la intención de cumplir así la gloriosa profecía de casi todos los profetas, de que, como dice Sal 68:11, de Jerusalén saldrían el gran mensaje y las grandes huestes de mensajeros del evangelio por todo el mundo. Esto tenía que cumplirse y hacerse verdad. Como el mismo Cristo, al despedirse de ellos, encargó a sus discípulos que no se fueran de Jerusalén, sino que esperaran la promesa del Padre, como dice san Lucas en Hch 1:4-8, «hasta que seáis investidos de poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo». Y hace poco, en la Pascua, Cristo dijo: «Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén.» Lc 24:46-47. Se creía universalmente que cuando llegara el tiempo en que Cristo proclamara su mensaje para traer el mundo a su reino, ciertamente consultaría a los grandes, a los sumos sacerdotes, a los gobernantes y al consejo de Jerusalén, y no haría nada sin ellos; pues ¿no era por la Ley de Moisés que la nación tenía su misma existencia? Pero Cristo ignora con serena seguridad a los jefes representativos de la nación, y llama a sí a un puñado de extraños y mendigos, los lleva a Jerusalén y les encomienda hacer estas cosas. Eso era bastante escandaloso para los judíos en general, e incluso para los discípulos; parecía increíble que Cristo empleara medios tan humildes para un fin tan elevado y con tal indiferencia hacia las opiniones, el saber y la ayuda de los funcionarios judíos.
5 Sin embargo, los discípulos sabían, o podían haber sabido por las Escrituras, que Cristo no vendría del sacerdocio, sino de la casa de Judá; de modo que los jefes religiosos de Jerusalén no tenían por qué mirar a las filas sacerdotales. Ni mencionaban las Escrituras a algún ciudadano, ya de Jerusalén, ya de Belén, de quien Cristo hubiera de ser hijo. Por eso los judíos debieron dar la honra a Dios y pensar: debemos esperar que venga no de nuestra propia tribu ni de otra tribu que la de Judá, de la casa de David. Conocían bien la profecía y sobre ella habían basado sus registros y cálculos. Leemos que el ciego junto al camino (Lc 18:39) y la mujer cananea (Mt 15:22) gritaron diciendo: «Ten misericordia de mí, Señor, Hijo de David.» ¿Cómo sabían este pobre mendigo y esta mujer extranjera que Cristo era el hijo de David, si no hubiera sido bien sabido entre todo el pueblo que el Mesías no vendría de otra casa que la de David?
6 Aunque Cristo no pertenecía a la casa que entonces reinaba en Jerusalén, los judíos sabían sin embargo que pertenecía a la casa de David y que se había criado en Nazaret, y por eso debieron haberlo aceptado, sobre todo al oír sus enseñanzas y ver sus milagros. Pues todos tenían que confesar que nadie más podía predicar con tal poder y hacer obras tan poderosas como él. Sabían también que el tiempo al que apuntaban los profetas estaba cerca. El profeta Zacarías había dicho claramente que Cristo sería humilde, es decir, de las filas del pueblo común, sin gran pompa y poder, honra y riqueza.
7 Pero como ellos desatienden todo esto y no quieren ni oírlo ni conocerlo, él procede a cumplir la Escritura. Reúne un pequeño rebaño y establece su reino por medio de él, sin que ni los sacerdotes ni el consejo de Jerusalén se enteren. Quedan, por así decirlo, mirando con la boca abierta y pensando que, cuando Cristo viniera y estableciera su reino, sin duda los haría a ellos sus principales instrumentos. Esto no lo hace. Establece su reino en Jerusalén y manda a los discípulos que permanezcan allí hasta que el Espíritu Santo sea enviado sobre ellos, quien continuaría la misma obra entre ellos, convenciéndolos y obligándolos a creer que las predicciones de los profetas se han cumplido.
8 Pero los apóstoles son débiles y tardos para creer esto; no comprenden que Cristo ha aparecido justamente de la manera en que ellos y todos los judíos habían esperado y deseado. Los discípulos se preguntaban por qué, si de verdad era el Cristo —como ellos lo consideraban—, no convencía así a todo el pueblo en Jerusalén y no organizaba, preparaba, establecía y confirmaba su reino de modo que toda la nación acudiera a él, y el mundo entero cantara y proclamara el gran poder y la gloria de este rey por medio del cual toda la humanidad sería honrada y obtendría riqueza y salvación. Puesto que procede de manera tan contraria a sus expectativas, se deja crucificar y muere en la cruz, y después de su resurrección se muestra solo a unas pocas personas, nunca pueden creer que por medio de él se cumplan las cosas maravillosas del nuevo reino, aquellas que habían aprendido de los escritos de los profetas.
9 Cristo tiene que soportar en ellos tal dureza de corazón, aunque los reprende e instruye su ignorancia. Estando ellos reunidos y a punto de partir él de su lado, les dice cómo se ha de entrar en su reino y cómo llevará a cabo su comienzo por medio de ellos. No será con la ayuda y el consejo de los funcionarios de Jerusalén ni con su conocimiento. No será con fuerza ni poder temporal, sino que se hará sentir únicamente por el mensaje y la comisión del ministerio que les encarga, diciendo:
V.15, 16. Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.
II. LA COMISIÓN MISIONERA DE CRISTO A SUS DISCÍPULOS: PREDICAR EL EVANGELIO A TODA CRIATURA.
I. La comisión misma.
10 Estas son palabras del Soberano, palabras que convienen a su majestad: encargar a estos pobres mendigos que salgan y proclamen este nuevo mensaje, no solo en una ciudad o país, sino en todo el mundo, en principados y reinos, y que lo proclamen pública y alegremente; que hablen ante todas las criaturas, para que toda la humanidad oiga el mensaje. Eso ciertamente significa extender los brazos y reunir para Cristo una gran multitud. En verdad, es una comisión tan poderosa que nunca se dio otra semejante en el mundo.
11 El mandato de un gobernante temporal no va más allá de los confines de su propio reino; asimismo el de un padre, a su propia casa; pero esta comisión de Cristo concierne a todos los reyes, príncipes, países y pueblos, grandes y pequeños, jóvenes y viejos, sencillos y sabios, pecadores y santos. Con este solo mensaje reclama todo dominio y poder, toda sabiduría, santidad, majestad y el derecho de gobernar en la tierra con autoridad ilimitada. ¿Qué otra cosa puede pensar y decir el mundo al respecto sino esto: ¡Cómo! ¡Este hombre y sus once pobres mendigos se atreven a asumir autoridad sobre Moisés y todos los profetas, sí, incluso sobre todos los pueblos! Hasta Moisés fue enviado solo a Faraón y a su pueblo en Egipto. ¿Ha de tener este hombre, entonces, el mundo entero por campo? ¡No es en relación con él más que un jornalero cualquiera!
12 Tiene que ser un señor de no poca autoridad el que se atreve a ejercer el derecho de enviar mensajeros no solo a una o varias cabezas coronadas, sino a todos los gobernantes del mundo entero. Cristo hace todo esto como si poseyera pleno poder y autoridad sobre ellos como sus súbditos, encargando a sus discípulos que no teman a nadie, por grande y poderoso que sea, sino que salgan alegremente, avanzando hasta las partes más remotas del mundo, y prediquen el evangelio, con la seguridad de que no podían dejar de ser oídos y de que nadie podría impedírselo.
13 Así se cumplió. «Comenzando desde Jerusalén», el reino alcanzó al mundo entero. Ningún otro reino tuvo jamás tal poder. Nunca vivió gobernante que lograra la supremacía ni siquiera sobre la mitad del mundo. ¿Cómo es, entonces, que desde Jerusalén hasta los rincones más remotos de la tierra todos los hombres conocen a este rey que se llama Cristo? Y todo esto se logró sin un solo golpe de espada y sin poder militar; simplemente por medio de estos pobres mendigos, a quienes Cristo envió a tantos reinos y principados que les resistieron con la espada, con fuego y agua y con todas sus fuerzas. Si los apóstoles hubieran dependido de su propio poder, habrían fracasado miserablemente antes de cruzar sus propios umbrales. Habían tenido miedo de su propio pueblo, los judíos, y se habían escondido tras puertas cerradas con cerrojo. Pero más tarde, apoyados en la fuerza de esta comisión, salieron con audacia, no solo entre su propio pueblo, sino en todos los reinos, por todos los principados y frente a todos los poderes y la resistencia del mundo y del diablo.
14 ¿De dónde sacaron tal valor y fuerza? Ciertamente no de algún rey de Persia ni de un emperador de Roma, de Turquía o de Tartaria. No; fue del Señor solo, que ascendió al cielo y les mandó ir y predicar a toda criatura. Y así como Cristo comenzó a establecer su reino, así continuará hasta el fin del mundo. Ciertamente no es Señor en sentido temporal. Es aquel a quien toda potestad en el cielo y en la tierra le es dada, como él mismo declara en Mt 28:18. A él deben estar sujetos tanto ángeles como hombres, y todas las criaturas, como Dios también le dice en Sal 2:8: «Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra.» Esta es la razón por la cual lo conocemos y creemos en él. Solo Cristo pudo lograr que el mundo en todas partes creyera en alguien que aparentemente era un simple judío.
15 Estas palabras de su mandato son maravillosamente poderosas. En ellas muestra que es mayor que todos los emperadores, reyes y gobernantes de la tierra, sujetando a sí, por su propio poder, a todas las criaturas. No encarga a sus discípulos que lleven sus saludos o pidan favores a ciertos gobernantes de la tierra, sino que con plena autoridad da a todos los gobernantes la orden de que acepten su mensaje y obedezcan sus mandatos. Es evidente también que este que manda es más poderoso que cualquier ángel. Los ángeles son, en efecto, seres poderosos y fuertes, enviados por Dios a cumplir su voluntad con respecto a ciertos siervos suyos; como, por ejemplo, vemos que Moisés saca a su pueblo de Egipto por medio de un ángel. Pero Cristo da su propia orden, que ha de alcanzar a todo el mundo, sí, a todas las criaturas, dando a entender que todo le pertenece. Tal autoridad no se da a ningún otro sino a este hijo nacido de la Virgen. Debe ser, por tanto, el único Señor sobre todas las cosas, sobre ángeles y hombres, el único Dios y Hacedor de todas las criaturas.
III. La predicación del evangelio ordenada en este mandato.
A. La predicación del evangelio en sí misma.
16 Esta es, pues, la comisión: V.15. Id y predicad el evangelio a toda criatura. Cristo mira lejos hacia el futuro. No quiere que su mensaje quede escondido en un rincón. No quiere que tengan miedo alguno por causa de él, ni que vayan a hacerlo en secreto ni con engaño. Lo quiere proclamado tan públicamente que hasta el sol en los cielos, sí, los bosques y las piedras, lo oyeran si tuvieran oídos. Y así ha sido proclamado, aunque el mundo se ha opuesto a él durante tantos siglos. Ha avanzado sin cesar. Nunca ha habido en el mundo una fuerza y un poder semejantes; nada de igual influencia y autoridad. Este mensaje, pues, tiene que ser de poder divino. No trata de las cosas insignificantes, vanas o pecaminosas del mundo, como robar, hurtar, mentir, engañar, matar, violencia, opresión y tiranía, sino de cosas puras, celestiales y divinas. Por tanto, no puede ser de origen humano, sino que es el mensaje propio de Dios. Palabra y obra, entonces, concuerdan y testifican abiertamente la autoridad de Cristo ante todas las criaturas bajo el cielo, en tierra y mar.
17 Cristo, pues, no envía un decreto para levantar rebelión en el mundo ni para derribar el poder legal de reyes, príncipes u otra autoridad temporal, sino que simplemente pone su palabra y su mandato en la boca de los discípulos para que lleven a efecto su propio poder mediante su palabra y su ministerio. No hablarán de instituciones mundanas, autoridad mundana o riquezas terrenales, ni de la gloria del pueblo judío, sus leyes, ritos religiosos y sacerdocio —aunque todos los judíos esperaban que estos fueran honrados por el mundo—, sino que el sentido del mensaje será enseñar cosas más nobles, a saber, cómo podemos ser reconciliados con Dios, cómo ser redimidos del pecado, de la muerte y de todo mal, y ser salvos; cómo obtener justicia, vida y gloria eternas.
18 Este era, en verdad, un mensaje nuevo, del cual el mundo nada sabía. Difiere mucho de toda otra predicación y enseñanza. Sí, el cielo lo eleva por encima de todo lo que puede enseñarse en la tierra. Toda otra enseñanza tiene que ceder ante él, porque solo él suministra el poder para ser salvo. Cuando Cristo dice, V.15. Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura, no desea que nadie quede excluido; pero muestra que el mundo entero nada sabe de su doctrina: a pesar de toda su sabiduría, está ciego respecto de estas cosas, por más instruido y santo que pretenda ser. Su propio pueblo, los judíos, aunque no tienen la luz y el conocimiento de la salvación a los que se refiere el profeta Zacarías en su Benedictus, Lc 1:77: «Para dar conocimiento de salvación a su pueblo, para perdón de sus pecados.» Si los judíos hubieran sabido esto antes, o pudieran haberlo descubierto por sí mismos, no habría sido necesario predicárselo. Cristo no habría tenido que descender del cielo y enviar a sus siervos por todo el mundo con el mensaje.
19 Aquí todo el mundo es enviado a la escuela, para oír y aprender del reino de Cristo y confesar que no sabía nada de él. Los hombres pueden saber bien cómo construir, cómo cuidar de sus bienes, gobernar, ser exteriormente piadosos y llevar una vida decente y honrada, y pueden ser capaces de enseñar a otros lo que saben; pero de las cosas pertenecientes al reino de Dios, y de cómo escapar del pecado y de la muerte, nada saben. Cristo deja a un lado todas las enseñanzas, incluso la de Moisés y la de los diez mandamientos. Se da a los discípulos la orden de salir y decir a todos los hombres lo que no saben: que todos deben oír y aceptar este mensaje, por mandato de Dios, si quieren ser salvos.
20 Cristo muestra claramente el significado de este mensaje. En primer lugar, le da un nombre digno, llamándolo predicación del evangelio. Sin duda le da este nombre nuevo y peculiar por una razón especial, para distinguirlo de toda otra enseñanza y predicación. Es algo distinto de la Ley de Moisés y de las enseñanzas de los hombres. Un nombre nuevo se grabaría en la mente de los discípulos. Porque la palabra «evangelio» significa un mensaje nuevo, un buen mensaje que trae alegres noticias, que anuncia algo que uno oye con gusto y con avidez. No una ley ni un mandamiento que nos fuerza o exige y nos amenaza con castigo y condenación si no lo obedecemos. Tal mensaje a nadie le gusta oírlo. Aun si enseñamos y obedecemos la ley con todas nuestras fuerzas, ningún consuelo ni gozo resultará de ello; porque nunca podemos cumplir sus exigencias tan perfectamente que deje de herirnos y acusarnos. Por tanto, para ser rescatados, Dios tenía que enviarnos, por medio de su Hijo, un mensaje distinto de la Ley, del cual sacar consuelo y paz.
21 Lo que es el evangelio y la diferencia entre la Ley y el evangelio, ya se ha dicho bastante. Sin embargo, observamos aquí cómo el mismo Cristo da la definición y muestra lo que enseña el evangelio, diciendo:
V.16. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.
22 Este es, en verdad, un mensaje bondadoso, amistoso y consolador, y con razón se llama evangelio; aquí, en una sola palabra, oyes salvus erit, es decir, será salvo: las puertas del cielo abiertas, el infierno cerrado, la Ley y el juicio puestos a un lado, el pecado y la muerte destruidos, y la vida y la salvación concedidas a todo el mundo con tal que crean el mensaje. ¡Oh, si uno pudiera aprender a fondo estas palabras: Cree y sé salvo! Se deletrean con pocas letras, y sin embargo son una predicación de tal poder que el mundo no puede captar la gloriosa gracia y el inefable tesoro que se nos da por medio de este mensaje. Y todo esto sin mérito alguno de nuestra parte, pues no hemos hecho absolutamente nada para ganarlo, ni siquiera sabíamos nada de ello. Si el mundo lo hubiera creído de veras, estoy convencido de que, por puro amor, habría abrumado a los predicadores del evangelio, en particular a los apóstoles, y habría venido en grandes multitudes a besarles los pies con alegría y a llevarlos en las palmas de las manos, alabando y dando gracias a Dios por haber vivido para oír a un predicador cristiano del evangelio.
23 El evangelio se enseña y se practica fielmente en nuestro día, y sin embargo seguirá siendo necesario, como aquí, que Cristo reprenda a sus discípulos por su incredulidad y dureza de corazón. La incredulidad es todavía demasiado fuerte en nosotros, y nuestros corazones son demasiado estrechos y débiles para captar estas maravillosas palabras. Nos dejamos dominar demasiado por nuestros propios deseos y sentimientos cuando el pecado nos turba y la ira de Dios nos sobresalta y nos aterra, aunque deseamos ser salvos. Buscamos y nos esforzamos por descubrir cómo podemos salvarnos por nuestras propias obras; tratamos de hallar en nosotros mismos aquello con lo cual justificarnos ante Dios.
24 Debemos, por tanto, aprender, predicar y exhortar constantemente acerca de este mensaje de salvación, aunque no pueda entrar de una vez en el corazón de los hombres; eso es imposible. Pero día tras día, año tras año, el evangelio puede ser captado más y más, hasta el límite de nuestra comprensión aquí en la tierra. La promesa depende de la condición. No podemos separar estas dos cosas; deben permanecer juntas tal como Cristo las une y dice: «El que creyere será salvo.» En cuanto a una parte, a saber, será salvo, en verdad nada falta ni hay incertidumbre; esta es ciertamente una promesa en la Palabra, que es la verdad inmutable de Dios. Pero en cuanto a la otra parte, nuestro creer, en verdad falta mucho. No creemos firmemente; no aceptamos ni nos aferramos a la palabra de promesa de Dios. Como he dicho, la gracia y los tesoros espirituales ofrecidos son tan grandes que el corazón humano se asombra y se abruma al darse cuenta de que la alta y eterna majestad abre tan ampliamente las puertas del cielo, y hace resplandecer su gracia y misericordia sobre todos los pecados y miserias del mundo entero, y que esta gran provisión de gracia y riquezas espirituales se nos da solo por la Palabra.
25 Sin embargo, este pasaje está aquí y declara tanto lo que es el evangelio —un mensaje acerca de la fe en Cristo— como el poder que tiene, a saber, salvar al que cree. Los judíos han esperado hasta hoy la venida de su Mesías para restaurar la ciudad de Jerusalén y su templo, y para exaltar la Ley de Moisés de modo que sea aceptada por todo el mundo. ¿Pero qué sucede? Justo en el lugar y en el tiempo en que sus servicios del templo son más gloriosos, y sus hombres mejores, más nobles y más sabios observan con mayor empeño la Ley, el Hijo de Dios mismo pronuncia juicio sobre ellos, mandando a sus discípulos que vayan y prediquen por toda Judea y todo el mundo que no salvará el servicio del templo ni el sacerdocio levítico, ni la circuncisión ni la Ley y su observancia, que Dios ciertamente les había dado, sino que el que creyere será salvo, sea judío o gentil. No hay diferencia (Ro 3:23), ni nadie que posea privilegios especiales. Este evangelio ha de ser predicado a toda criatura.
26 Esto, sin duda, era abrir un tremendo boquete en las expectativas e ideas de los judíos: proclamarse como el único que tiene autoridad y a quien todos deben someterse, pues ni Moisés ni ninguno de los profetas se habría atrevido a hacerlo. Todos tenían que ser circuncidados y observar la Ley bajo pena de perder cuerpo y alma. Y ahora este hombre Jesús interviene con plena autoridad, e incluso pone a un lado la Ley con indiferencia, como si nada supiera de ella. Manda a sus discípulos, en pocas y sencillas palabras, así: No dirán al mundo, en cualquier parte de él donde estén, que la gente debe ir a Jerusalén o guardar la Ley de Moisés, etc., sino que les dirán a todos que si quieren ser salvos, lo cual todos desean (especialmente los judíos de entonces), entonces deben creer este mensaje mío y luego ser bautizados, etc. Comiencen esta clase de predicación entre mi pueblo, que desea ser salvo por su Ley y su servicio del templo, y salgan por todo el imperio romano y hasta todos los rincones del mundo. A los que confían en sus ídolos, repréndanlos y condénenlos, a todos sin excepción, y díganles que este es el mandato que yo, el Señor del cielo y de la tierra, les doy: que crean en mí. Este es mi mensaje; irá por todo el mundo sin estorbo y sin molestia. No importa que los judíos no crean y se escandalicen por él, y los pongan a ustedes bajo anatema entregándolos al diablo, y no se inquieten si los paganos procuran suprimirlo por la fuerza.
27 Este es también un mensaje consolador para nosotros, porque también nosotros estamos incluidos en estas palabras de Cristo cuando dice: V.15. Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. Aquí quedan encerrados todos los que oyen este mensaje, dondequiera que vivan, sean pocos o muchos. «Todo el mundo» no significa una o dos partes de él, sino todas partes donde habiten personas. Por eso el evangelio tenía que ser proclamado conforme al mandato, como todavía se proclama hoy. Aunque no triunfa de manera constante en todo lugar, está destinado a llegar hasta los confines de la tierra y a resonar en todos los lugares y rincones del mundo. Así como es un mandato general predicar el evangelio en todas partes, a todos los hombres, así es también una orden general y un mandato del Señor que todos crean este mensaje.
28 Era esencial que Cristo, en su mandato, recalcara «todo el mundo». Los judíos, que querían así acallar al resto de la humanidad, se jactaban de que solo ellos eran el pueblo de Dios, a quienes fueron dados los padres y los profetas, y de cuya descendencia estaba prometido que vendría Cristo. Esta jactancia tuvo que matarla Cristo; de otro modo nos habrían vencido a nosotros los gentiles y nos habrían obligado a hacernos judíos y aceptar la circuncisión. Directamente opuesto a su pretensión es el hecho de que Cristo mandó que el evangelio se predicara a todas las criaturas. Cristo dice: El que cree pertenece al pueblo de Dios y es salvo, sea judío o gentil, griego o bárbaro, sacerdote o laico, varón o mujer, etc. Es verdad que Dios no dio a ninguna otra nación sino a su pueblo escogido, los judíos, aquellos honores y bendiciones especiales que fueron suyos en sus poderosos caudillos dados por Dios y en los milagros que obró por ellos, y en el hecho de que a ellos fueron dadas primero las promesas divinas y las Escrituras.
29 Pero ahora hemos sido hechos un solo pueblo a la vista de Dios. Nadie tiene preferencia ni privilegio de que jactarse. Cristo no quiere que nadie sea despreciado ni rechazado. El mandato dice: a todas las criaturas los discípulos lo predicarán y proclamarán. La persona más grande, más poderosa, de más noble cuna, más instruida y más santa no es ni un ápice mejor que la más humilde, más sencilla y más despreciada de la tierra. Todos son reunidos en una sola compañía y comunión. Nadie es preferido sobre otro. No se muestra parcialidad. Nadie es señalado ni apartado para un honor o ventaja especial; sino que todo depende enteramente de «El que creyere». No importa qué pueblo, nación, rango o posición ocupen en el mundo. Ha de haber, por supuesto, una diferencia en la vida física de los diversos habitantes de la tierra, así como las criaturas son y se llaman cada una según su naturaleza y cada una es distinta de la otra: el sol de la luna, el hombre de la mujer, el señor del siervo.
30 Por tanto, así como en el mundo cada país y pueblo tiene sus propias leyes, derechos y costumbres, así, como en las disposiciones temporales externas, también tiene que haber una diferencia en la predicación. Cada estado y cada oficio debe rendir cuentas y ser enseñado en su esfera señalada. Pero aunque el deber se cumpla hermosa y fielmente, aunque todos los judíos sean perfectos en el servicio del templo, todo el gobierno temporal se administre sin falta, y toda disciplina y obediencia se observe y se preste en materia de leyes y costumbres, todo esto no basta para asegurar la salvación a quien lo hace. En este reino de Cristo toda la humanidad es llevada al mismo lugar; todos son hechos un solo pan (kuchen); todos deben cumplir la única condición. No será salvo este o aquel que viva de cierta manera y haga cierta cosa, sino: «El que creyere será salvo.» Aquí lo tienes todo. No importa que seas judío o gentil, señor o siervo, virgen o casado, monje o laico: si crees, dice Cristo, estás en mi reino, salvo y redimido del pecado y de la muerte.
31 Por este mensaje el reino de Cristo se distingue claramente de todos los demás reinos del mundo. En los reinos terrenales, el que obedece las leyes y preceptos, no roba, no hurta y no mata, no será castigado, sino que será elogiado, honrado y protegido como ciudadano obediente del reino. No sirve decir: el que cree tendrá honra y riquezas en este reino temporal. Tal honra y riquezas significarían un beneficio temporal y visible. El que es piadoso y bueno a los ojos del mundo y lleva una vida perfecta no está por eso en el reino de Dios. Se necesita algo más alto y mejor. Debe creer en Cristo, que ascendió al cielo y está sentado a la diestra de Dios. Un reino temporal nada sabe de las cosas espirituales de la fe. No trata de ellas ni las gobierna. Y sin embargo el mundo ciego se atreve a intentar lo que no es capaz de entender ni de juzgar con acierto.
32 Por otra parte, el reino de Cristo nada tiene que ver con los reinos de los hombres. Les permite continuar en sus propias observancias. Cristo manda que los discípulos prediquen el evangelio a todas las criaturas. Las criaturas existían antes de que el evangelio llegara a ellas. Los gobiernos son instituidos y las leyes formadas por los hombres, mediante la razón y sabiduría dadas por Dios. San Pedro las llama ordenanza humana en 1 P 2:13. También se llaman ordenanza de Dios en Ro 13:2. En tales cosas Cristo no quiere establecer cambio alguno; permite que permanezcan como están, de hecho y de nombre. Pero instruye al mundo acerca de su propio reino eterno: cómo es posible que uno sea librado del pecado y de la muerte eterna, cómo todos, sin diferencia, le estarán sujetos y lo reconocerán, por la fe, como su Señor.
33 Debemos examinar y entender rectamente las palabras «El que creyere», para no pervertirlas ni estropearlas con añadiduras y glosas. Con ellas los papistas nublan y anulan este pasaje sublime y poderoso, agregándole sus sermones y diciendo que aquí hay que entender «buenas obras» junto con la palabra «fe», de modo que deba leerse: el que creyere y además hiciere buenas obras, será salvo. Estos son los maestros doctísimos que llevan a Cristo a la escuela, corrigen su lenguaje y le enseñan cómo hablar, balbuceando en su ceguera lo que se les antoja, aunque no saben qué dicen ni de qué hablan respecto de estas cosas sublimes. Pero nosotros haremos a Cristo el honor de guardar su Palabra pura y sin mancha. Él sabía bien cómo expresar estas cosas y qué quería que los discípulos hablaran cuando les mandó predicar su mensaje a todo el mundo.
34 Cristo hizo intencionalmente la declaración tan clara: V.16. El que creyere y fuere bautizado, etc., para corregir los engaños y pretensiones de los judíos y de todo el mundo respecto de la salvación por las propias obras del hombre. Sobre la fe y el bautismo, no sobre nuestras obras sino sobre las suyas, lo funda todo. En oposición, los judíos, y el mundo en general, quieren atender a su propio orgullo y gloria. Se jactan de su propia santidad, sin querer ser censurados ni condenados en cuanto a ella. Los judíos, porque observan la circuncisión, la Ley y muchos servicios del templo, cosas que, a su propio juicio, bastan para asegurarles la salvación, no consentirán por eso que los paganos, que no observan ninguna de ellas, sean considerados sus iguales, se llamen pueblo de Dios y sean salvos, hasta que se conformen también a estas prácticas y se hagan judíos. Así también los falsos apóstoles, y muchos de los que se hicieron cristianos, con gran ostentación pelearon por estas cosas y argumentaron contra las enseñanzas de los apóstoles.
35 ¿Qué han hecho jamás por sí mismos los paganos, que no tenían la Palabra de Dios ni el verdadero conocimiento de él? Y sin embargo no querían ni oír ni aceptar el evangelio, precisamente porque no querían abandonar su idolatría. Alegaban que también ellos servían al Dios verdadero con sus ofrendas y ritos religiosos. No querían escuchar la condenación de estas cosas.
36 Todos los que dependen de las buenas obras y enseñan al pueblo la salvación por ellas están igualmente en el error. No soportan que se desprecien sus obras en el asunto de la salvación. No pueden aprobar una doctrina como la que Cristo declara aquí verdadera: «El que creyere será salvo», etc. Aunque reciben el evangelio y quieren ser cristianos, como nuestros papistas, no aceptarán esta doctrina en su pureza, sino que tienen que mancharla con sus añadiduras y glosas, alegando que debe entenderse así: el que cree y hace además buenas obras, será salvo. Su interpretación significa que uno obtiene la salvación no por la fe sola, sino también por las buenas obras. Así también los falsos apóstoles y discípulos de entre los judíos añadieron a esta doctrina, pretendiendo que no la fe sola asegura la salvación, sino que también debe guardarse la ley de Moisés. Decían: «Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos.» Hch 15:1. Así confundieron a los verdaderos discípulos y cristianos, y los apóstoles de Jerusalén tuvieron que rechazar públicamente esta afirmación.
37 Pero dirás: Ciertamente tú mismo enseñas que un cristiano debe hacer buenas obras; Dios mismo mandó hacerlas, ordenando guardar la Ley, y Cristo también dice: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.» Mt 19:17. Ahora bien, la fe sola no justifica ni salva. Este mensaje ha de entenderse como que no excluye las buenas obras; pero Cristo exige aquí, además y más allá de las buenas obras, también la fe, que los judíos y los paganos no ejercían. Nuestros papistas sostienen también que las buenas obras no bastan para la salvación de los que no tienen fe, sino que fe y buenas obras deben ir juntas. Ni entienden por «obras» la observancia de la ley de Moisés, de la circuncisión y del servicio del templo judío, que ahora están caducos; sino que se refieren a las obras que exigen los diez mandamientos, que enseñan la obediencia que todos los hombres deben a Dios.
Y para probar que estas palabras deben entenderse así, los papistas se remiten a Mt 28:19-20: «Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos», etc., y «enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado». Estas últimas palabras, dicen, pertenecen también al mandato que Cristo dio aquí a los discípulos; por tanto, este texto debe interpretarse en el sentido de que exige no la fe sola, sino también las buenas obras.
38 Respondemos: todo esto, como ya he dicho, es puro balbuceo, comentario falso y pervertido de sofistas ciegos que nada entienden de este texto ni de la gloriosa doctrina del evangelio. No saben lo que dicen, ni de la fe ni de las buenas obras, ni saben cómo distinguir debidamente entre ambas. Nosotros también confesamos, y siempre hemos enseñado, mejor y con más fuerza que los papistas, que las buenas obras deben hacerse; que deben seguir a la fe, y que la fe está muerta si faltan las buenas obras. Por tanto, esta doctrina de la fe no denuncia las buenas obras; no enseña que no deban practicarse. Ni se trata aquí de si las buenas obras son o no indispensables. Pero la fe y las buenas obras difieren, y hay que enseñar con discernimiento cuál es el valor de cada una en sí misma y por sí misma. Cada una debe considerarse en sus debidas relaciones para que entendamos tanto lo que la fe logra y recibe como por qué son necesarias las buenas obras. Esta distinción se enseña en todas partes en el evangelio y fue predicada por los apóstoles. Es, pues, ceguera, si no malicia intencional, que estos sofistas papales, sin hacer aquí distinción alguna, tergiversen y pervirtan estos pasajes como cerdos, de modo que ninguno de los dos pueda entenderse con claridad.
39 Insistimos, por tanto, en que estos dos pasajes —este y el escrito en Mateo— sean interpretados correctamente a la luz de su redacción y disposición reales. En nuestras enseñanzas es justo que instruyamos a los hombres a guardar todo lo que Cristo mandó. Pero no podemos desatender lo que Cristo dice aquí acerca de la fe. Debemos observar siempre el lugar y el orden que Cristo da a sus palabras. Ahora bien, hallamos en este texto, Mt 28:19-20, que Cristo manda primero a los once que vayan y hagan discípulos a todas las naciones, y que las bauticen en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es decir, han de predicarles la enseñanza del evangelio, cómo deben ser salvos —lo cual, hasta entonces, ni los judíos ni los paganos sabían—, y en este conocimiento bautizarlos, haciendo discípulos o cristianos a las gentes. Estas son las primeras cosas esenciales, y a ellas concuerdan las palabras: «El que creyere y fuere bautizado», etc. Luego viene la otra parte, que debe seguir a las enseñanzas del evangelio, a saber, lo que han de hacer los que creen y son bautizados. A estos, dice Cristo, les enseñarán a guardar todas las cosas que yo les he mandado, de modo que todo sea conforme a mi Palabra, y no conforme a la ley y las ceremonias judías, ni a leyes inventadas por hombres acerca de obras o servicios religiosos escogidos por uno mismo.
40 Por eso estas dos cosas, la fe y las buenas obras, no deben confundirse. Deben distinguirse claramente una de otra. La fe y el bautismo, como parte principal y fundamento de nuestra salvación, deben ir primero. La otra parte sigue. Ambas deben enseñarse, pero cada una en su debida relación. Como he dicho a menudo, y como es también evidente de suyo, hay una inmensa diferencia entre la eficacia de nuestras propias obras y la de lo que Cristo ha cumplido por nosotros. En nuestra enseñanza, esto último debe ser exaltado y hecho infinitamente superior a lo primero. Ahora bien, en estas palabras de Cristo: «Id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolas», etc.; y «El que creyere y fuere bautizado», es evidente que él nos pone delante no nuestras obras indignas y las exigencias de la Ley, sino sus propios méritos y su don; estos no podemos aceptarlos de ningún otro modo que por la fe. Estos son los tesoros por los cuales somos salvos, que ni fueron ganados ni procurados por nosotros, sino que nos fueron presentados por él de pura gracia. Pues nunca podemos atrevernos a jactarnos de que merecemos el don de Cristo, en quien creemos, o de que el bautismo que recibimos en su nombre es obra nuestra o ha sido instituido por algún ser humano.
41 Para probar mis afirmaciones, consideren esto: Cristo dice llana y claramente, V.16. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; como si dijera: si quieres saber cómo puedes ser salvo, entonces esta ha de considerarse la condición principal y esencial: creer y ser bautizado. La cuestión no es si debemos o no hacer buenas obras. No hay disputa sobre eso. Pero hay algo más importante. El punto no es qué hacemos nosotros mismos, sino dónde hemos de buscar, con la certeza de que lo hallaremos, aquello por lo cual podemos ser salvos del pecado y de la muerte y obtener vida y salvación. Aquí Cristo explica claramente cuál ha de ser la doctrina principal del evangelio. La funda enteramente en la fe y el bautismo, concluyendo que seremos salvos por la sola razón de que tenemos a Cristo por la fe y el bautismo.
42 Creer significa: tener por verdadero, y depender de ello con todo el corazón, lo que el evangelio y todos los artículos de la fe dicen acerca de Cristo; que Dios el Padre nos lo ha enviado, que padeció, murió, resucitó y ascendió al cielo por la sola razón de que obtengamos de Dios el Padre, en su nombre, perdón de pecados y vida eterna. Para que nuestra fe capte y retenga esto con más firmeza, nos da el santo bautismo, para probarnos por esta señal visible que Dios el Padre nos aceptará y nos dará sin falta lo que se nos ofrece en el evangelio.
43 Ahora bien, si he de creer esto, entonces no debo adulterar mi fe con la confianza en mis propias obras. No debo depender de mis propios méritos ni atreverme a ofrecérselos a Dios, como hacen los monjes y los judíos que se creen justos. Hay dos doctrinas que no concuerdan y que nunca pueden mantenerse combinadas, a saber, la creencia de que nosotros, por causa de Cristo y sin nuestros méritos, obtenemos la gracia de Dios, y la creencia de que obtenemos la gracia de Dios por nuestras propias obras. Porque si pudiéramos obtener esta gracia por nuestros propios méritos, no necesitaríamos además a Cristo. No se puede tolerar tal confusión y detestable remiendo de los sofistas, que afirman que Cristo, en efecto, expió los pecados originales y los pecados cometidos antes y que abre la puerta del cielo, pero que nosotros mismos, por nuestras propias buenas obras, debemos ahora también expiar los pecados y merecer la gracia para obtener plenamente la salvación. Esto es robar a Cristo su honra; sí, es poner a un lado a él, su muerte, resurrección y ascensión, como si su mérito no nos bastara y como si sus padecimientos y su sangre no pudieran expiar los pecados. Pero san Juan dice que él es la propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo. 1 Jn 2:2.
44 Y que el pasaje que consideramos y otros semejantes deben entenderse así, lo enseña san Pablo en sus epístolas, especialmente en la dirigida a los romanos, donde prueba que somos justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre. Ro 3:24-25. Aquí menciona claramente la palabra gratis, es decir, gratuitamente, sin nuestros méritos y no por causa de nuestras obras. Así podemos tener un consuelo seguro y no dudar de la gracia de Dios y de la salvación aunque en verdad seamos indignos y todavía tengamos restos de pecado en nosotros. Si se enseña al pueblo así: si deseas perdón de pecados y un Dios misericordioso, debes hacer suficientes buenas obras y poseer méritos suficientes para vencer y quitar tus pecados, entonces la fe ya queda anulada. Cristo no tiene entonces eficacia alguna, la conciencia es despojada de todo consuelo y el hombre es empujado a la desesperación, porque busca ayuda por sí mismo y en sí mismo, y se atreve a intentar cumplir él mismo aquello para lo cual Cristo fue enviado y que solo él podía hacer por nosotros. Cristo vino a cumplir la Ley y a ganarnos, por su obediencia, gracia y vida eterna.
45 Así, nuestro pasaje sobre la fe, y otros como él, deben entenderse a esta luz; no pervertirse ni estropearse con comentarios y añadiduras engañosos con el propósito de menospreciar la fe y contradecir el sentido de Cristo. Tal error resultará sin duda si se confunde la enseñanza de las buenas obras con la de la fe; si no se distingue entre la doctrina principal del evangelio de Cristo, la apropiación por la sola fe, y la enseñanza de la Ley acerca de las buenas obras. Como dije arriba, estas dos doctrinas no pueden estar una junto a la otra; son directamente contradictorias. Creer que solo por Cristo se conceden la gracia y la vida eterna, y al mismo tiempo buscar y pretender obtenerlas por nuestros propios méritos, es absurdo.
46 Repito: Cristo quería con estas palabras condenar las pretensiones de los judíos y de todo el mundo, su jactancia de su ley y sus obras, y declarar que nadie será salvo por obras, sino solo por la fe en el Señor. Está escrito que solo Cristo ha vencido el pecado y la muerte y ahora está sentado a la diestra de Dios, etc.
47 Por toda esta explicación pueden ahora distinguir claramente entre estos dos pasajes de Mateo y Marcos, que los papistas, por su ignorancia, confunden entre sí, de modo que ambos quedan vindicados. Por el texto: «El que creyere y fuere bautizado», etc., nuestras propias obras y quehaceres, en cuanto se consideran un mérito, no se toman en cuenta junto con la fe, sino que quedan excluidos cuando hablamos de la justificación y salvación del hombre ante Dios. No es que las buenas obras no tengan lugar en el credo del creyente, sino que este debe tener conciencia de que por su propio mérito no puede ser salvo, de que sus propias obras y hechos no le merecen gracia y vida eterna; de que esto le ha sido merecido solo por Cristo, concedido por causa de Cristo, y debe ser aprehendido por la fe. Entonces se entiende rectamente este texto: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo.»
48 Cuando uno entiende y cree este texto, entonces debe seguir la enseñanza del otro texto, a saber, que debemos hacer también buenas obras. Pero las buenas obras deben acompañar a la fe y depender de la fe, que siempre se aferra a Cristo y suplica ante Dios que acepte con gracia, por causa de Cristo, la vida y las obras del suplicante y se complazca en ellas, y no le impute lo que pudiera haber de imperfecto y pecaminoso en él. A esto sigue debidamente el texto de Mt 28:20: «Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado.» No dejen de observar la primera y esencial condición; porque si falta la fe, todas nuestras buenas obras y vida recta no cuentan para nada ante Dios. En verdad, no es posible hacer obras verdaderamente buenas sin fe. Cristo dice en Jn 15:5: «Porque separados de mí nada podéis hacer», etc.
49 Observen que haciendo esta distinción pueden entender rectamente este pasaje. Aprendan a aplicarlo y a sacar de él consuelo en la lucha con una conciencia aterrada por el pecado y la muerte. Solo en la experiencia de tal agonía puede uno conocer el poder de la fe. Esta verdad es evidente aun entre los papistas y todos los sectarios, pues también ellos predican estas palabras, aunque de manera superficial e indiferente, como si no tuvieran importancia. Muestran así, con sus añadiduras embarradoras, que nada entienden del asunto. ¡Ay!, exclaman los papistas, que no predicas más que la fe, aunque no somos ni incrédulos ni turcos. Pues bien, mi buen hombre, si es tan fácil, inténtalo una vez y verás cómo te va en la hora en que te alcance la muerte, o cuando Satanás te aterre y te desanime, y cuando tu razón y todos tus sentidos no sientan sino la ira de Dios y la angustia del infierno.
50 Si eres cristiano, como afirmas, entonces debes, en verdad, creer y nunca dudar la afirmación de que Cristo murió por ti, y por su resurrección y ascensión venció por ti el pecado, la muerte y el infierno; sí, los destruyó y los tragó. ¿Cómo es, entonces, que todavía temes a la muerte, huyes de Dios y te espanta su juicio? Esta es ciertamente una señal inequívoca de que te falta fe, pues el que tiene fe no puede ser turbado ni aterrado por la muerte ni por el infierno. Donde hay fe, esta fortalece el corazón y lo libra del temor, de modo que podemos decir alegremente: ¿Qué me importan el pecado, la muerte y los terrores de Satanás, si tengo un Señor y Salvador que está sentado en el cielo a la diestra de Dios el Padre, y gobierna sobre todo en el cielo y en la tierra, y me da su justicia y su vida? ¿Puedes aprender a fondo el arte de hacer esto? Entonces diré que eres doctor de todos los doctores. Sin embargo, sin duda experimentarás, como todos los demás, aun los más grandes santos, que eres lamentablemente deficiente a la hora de una verdadera prueba y tentación.
51 La razón por la que el mundo no se preocupa en absoluto por la predicación de la fe es que vive en falsa seguridad y en descuido, sin tener ni conocimiento ni experiencia de los terrores del pecado y de una conciencia turbada. Pero cuando la muerte y sus horrores lo alcanzan, entonces no sabe de ayuda alguna y se hunde de repente en la desesperación. Entonces, en efecto, habiendo esperado demasiado, comprenderá lo que es tener fe, de lo cual hasta entonces nada sabía. Aprenderá que la fe no es letra muerta, ni meras palabras de la lengua, una idea vaga o una simple imaginación, que es lo que los papistas llaman fe, sino un ánimo intrépido y fuerte que, con toda osadía de corazón, descansa en Cristo, desafiando al pecado, la muerte y el infierno.
52 En tales momentos, hasta los mejores de los hombres santos deploran su debilidad y tienen que confesar que su fe todavía es insuficiente, porque están tristes y turbados por el temor y la angustia. En cuanto a estas palabras, «El que creyere será salvo», etc., no hay, en verdad, duda alguna de que por ellas se cierra el infierno, se abre el cielo y se conceden vida eterna y gozo. Pero aquí falta lo principal, a saber, que todavía no eres la persona qui credit, es decir, que cree, o que todavía eres débil en la fe. Sin embargo, aunque no seas fuerte, con tal que te aferres a Cristo obtendrás el consuelo, el poder y la fuerza que vence todo terror de la muerte y del infierno, lo cual no pueden lograr todo el poder, las obras y los méritos humanos.
53 Aquí tu conciencia, cargada por las exigencias de la Ley, dirá: Todavía tienes pecado y no has guardado los mandamientos de Dios, que bajo amenaza de condenación eterna estás obligado a guardar. Responde: Todo esto lo sé, ¡ay!, demasiado bien, y no debes hablarme de ello. Espera con tus exigencias de la Ley sobre lo que debo hacer, hasta que yo posea primero esta parte principal de mi salvación, a saber, a Cristo y su justicia, a Cristo que vence por mí el pecado y la muerte. Esto, solo esto, quiero oír ahora, y ha de superar a lo otro en importancia tanto como los cielos son más altos que la tierra. Porque por ahora la cuestión no es cómo debo vivir y qué debo hacer, sino cómo puedo vencer el pecado y la muerte, o, como dice aquí Cristo, ser salvo. Pero, después de haber alcanzado todo esto y de estar, a pesar de todo lo que se llama pecado, muerte, infierno, ira de Dios, Ley y obras, justificado y salvo en Cristo, y hecho heredero de la vida eterna, entonces quiero saber también cómo debo vivir aquí en la tierra. Entonces puedes venir y enseñarme y amonestarme, como un fiel maestro de escuela, cuanto puedas, pero sin ir nunca más lejos con tu Moisés de lo que es justo y necesario; sin enseñarme que por ello puedo ser salvo o vencer el pecado y la muerte.
54 Ahora bien, este es el mensaje que Cristo manda predicar a todas las criaturas. Pero para que sepamos que en su reino quiere que este mensaje sea supremo, de modo que nunca dudemos de él ni esperemos otra cosa, sino que dependamos enteramente de él y sepamos que ha de permanecer como declaración irrevocable de este Señor de toda la creación, Cristo repite el mensaje una vez más, haciéndolo todavía más fuerte en forma negativa, diciendo:
V.16. Mas el que no creyere, será condenado.
55 Aquí tienes el juicio final contra el orgullo jactancioso y el autoelogio de los judíos y de todo el mundo. Así como la primera parte del texto con una sola palabra abre el cielo, cierra el infierno y deja a un lado a Moisés y las amenazas de la Ley para los que creen, así Cristo aquí con una sola palabra cierra el cielo, deja abiertas las fauces del infierno, permite que la muerte reine y que Moisés sea un tirano insoportable para todos los que no creen. Para esto no hay ni habrá ayuda, aunque tú, como los judíos, te atormentes hasta la muerte guardando la Ley, torturándote y cargándote incluso, y diciendo: ¿No hice muchas buenas obras y hasta sufrí mucho? ¡Ay!, aquí tienes la decisión: «El que no creyere, será condenado.»
56 Aunque el hombre logre todo lo que le es posible, sin Cristo todo ya está encerrado bajo pecado y bajo la ira de Dios; como oímos en el evangelio de san Juan, que el Espíritu Santo convencerá al mundo de pecado, por cuanto no creen, etc. Jn 16:8. Aquí, en el texto que consideramos, el juicio de condenación ya está pronunciado sobre el mundo, junto con toda su justicia de la Ley y su servicio religioso. Nadie en la tierra puede escapar de este juicio ni ser rescatado de la condenación, sino oyendo y creyendo este mensaje, que dice que los que creen en este Señor y Salvador no serán condenados por causa de sus pecados, sino que, por causa de él, tendrán perdón de pecados y vida eterna.
Cristo dice, en Jn 3:16, que «de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda», etc. «Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.» Jn 3:17. Por tanto, «el que en él cree, no es condenado», pero «el que no cree», dice, «ya ha sido condenado». Jn 3:18. Este juicio de condenación permanece sobre él a causa de su incredulidad, imputándole todos los pecados, que no pueden ser perdonados. Así aumenta su pecado y hace más fuerte su condenación; además de todos los otros pecados, desprecia también a Cristo al no creer en él.
B. Las señales que Cristo señaló para acompañar esta predicación.
57 Cuando Cristo añade el bautismo a la primera parte, «El que creyere», tiene a la vista el rito establecido entre el pueblo cristiano. Leemos en Mt 28:19, donde junta ambas partes: «Haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos», etc. Muestra así, primero, que la fe que el evangelio predica no debe quedar oculta; no basta con que cada uno siga su propio camino y crea para sí mismo, después de haber oído este mensaje del evangelio, juzgando que no es necesario confesar su fe ante otros. Al contrario, para que se haga evidente, no solo dónde se predica este evangelio, sino también dónde es aceptado y creído, es decir, dónde puede estar la iglesia y el reino de Cristo en este mundo, Cristo quiere unirnos y mantenernos juntos por virtud de esta señal divina, el bautismo.
Si los cristianos no tuvieran tal ordenanza, si no tuvieran un vínculo común en forma de sello o señal, la organización ni se extendería ni se conservaría. Cristo quiere atarnos juntos por una comunión divina, para favorecer la propagación del evangelio, a fin de que otros, por nuestra confesión, sean traídos al redil. Por eso el bautismo es un testimonio público de la enseñanza del evangelio y de nuestra fe, por el cual el mundo puede saber dónde y dentro de quiénes reina el Señor.
58 En segundo lugar, Cristo ha ordenado especialmente esta señal a fin de que, por el oficio de la Palabra y del bautismo, seamos conscientes de la obra de Dios y de su poder en su iglesia; que el cristiano, al aceptar el bautismo, sepa que, siendo el mismo Cristo testigo, es aceptado por Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Eso es lo que significa ser bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en obediencia al mandato de Cristo. Así, el bautismo es una señal y un sello, además de la Palabra o promesa, de que hemos sido llamados y traídos al reino de Cristo, hemos llegado a ser hijos de Dios y herederos de la vida eterna, si por la fe nos aferramos a Cristo. Esto lo hemos enseñado a menudo en otros lugares con referencia al bautismo.
59 Es, en verdad, sabiamente ordenado por Cristo que en su reino, que se extenderá por todo el mundo y entre todas las naciones, no instituyera muchas ceremonias, como era costumbre entre los judíos, ni una diversidad de formas entre los diversos países y naciones, pueblos y lenguas; sino que ordenó solo la señal más sencilla y ordinaria; en todas partes se observa de la misma manera, así como la predicación del evangelio es igual en todos los lugares, haciendo a todos, adultos y niños, ricos y pobres, grandes y humildes, a todos y cada uno en el mundo, iguales ante Dios. De ahí que, si un cristiano de los confines del mundo viniera a nosotros y observara nuestras formas, tendría que decir: Es la misma Palabra y la misma señal que yo he aprendido y recibido.
60 Entre los diversos habitantes que pueblan nuestra tierra, cada individuo y cada nación tiene sus propias características. Pero los cristianos en todas partes pueden distinguirse por su única doctrina, su única lengua, su única señal, así como tienen una sola fe y una sola confesión. En verdad, el reino de Cristo es en todas partes un reino de amor, unidad y paz. Pero le sería imposible resistir siempre, firme y unido, a los demonios y sus astucias, si Cristo, por su poder divino, no lo preservara y protegiera.
Sin embargo, vemos que aunque Satanás hace surgir muchas sectas y facciones, pronto luchan entre sí y desaparecen otra vez. ¡Cuántas camarillas y tiranos fanáticos innumerables ha producido Satanás para oponerse al evangelio durante estos mil quinientos años, procurando desgarrar y destruir el reino de Cristo! Y sin embargo permanece hasta hoy un mismo mensaje del evangelio, una fe, un bautismo y todo; de modo que hasta el mundo, si no estuviera voluntariamente ciego y endurecido, podría ver y sentir la fuerza y el poder de este Señor.
61 A Cristo le parece suficiente decir, en la primera parte de nuestro texto: V.16. El que creyere y fuere bautizado, y en la otra parte: Mas el que no creyere, etc., sin mencionar más el bautismo. La razón, por supuesto, es que la primera parte encarga suficientemente la ordenanza y que el bautismo se manda en otro lugar, a saber, en Mt 28:19: «Haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre», etc. Por tanto, no tenemos autoridad en estos pasajes para omitir el bautismo; ni razón para sostener que porque uno tiene fe no necesita bautismo. Si uno se hace cristiano y cree de verdad, sin duda aceptará también con gusto esta señal. Querrá tener este testimonio divino y confirmación de su salvación, para fortaleza y consuelo durante toda la vida, y también para confesar públicamente su fe ante el mundo. San Pablo deja claro el deber del cristiano cuando dice: «Con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.» Ro 10:10. Es verdad que es posible que uno crea sin estar bautizado; y a la inversa, que algunos reciban el bautismo aunque no crean.
62 Este texto, sin embargo, debe entenderse como mandando y confirmando el bautismo: nadie ha de despreciar la ordenanza, sino que, como se ha dicho, es deber de todos aceptarla. Pero no deben trazarse las líneas tan estrechas como para que alguien sea condenado y perdido por no haber recibido el bautismo, si no pudo obtenerlo.
Mateo 28:20
63 En resumen, de este texto derivamos las siguientes proposiciones:
Unos creen y son bautizados, lo cual está de acuerdo con el mandato general de Cristo, la regla que ha de enseñarse y observarse. Otros creen, pero no son bautizados. Otros no creen, y sin embargo son bautizados. Otros no creen y tampoco son bautizados.
64 Esta distinción la hace el propio texto. (A los dos primeros puntos pertenece, como hemos dicho, aquella parte de este pasaje que afirma y promete la salvación, a saber: «Será salvo». Ed. 1546). Siempre se ha creído unánimemente que quien muere creyente no se pierde, aunque no haya sido bautizado; pues puede suceder que un verdadero creyente sea sorprendido de repente por la muerte antes de poder recibir el bautismo que deseaba. (También ocurre que los niños pequeños a veces mueren antes, durante o inmediatamente después de nacer. A estos, ya encomendados al Señor por la fe y las oraciones de los padres o de otros cristianos, Cristo sin duda los recibirá, según sus palabras: «Dejad a los niños venir a mí». Pero en cuanto a los otros dos puntos, a saber, los que no creen, sea que Dios permita que se bauticen o no, sobre ellos se pronuncia sentencia de condenación. Ed. 1546). Sobre esto no es necesario hablar más.
65 Pero las molestas sectas anabaptistas hablan con desprecio del santo bautismo, afirmando que nadie debe ser bautizado si antes no cree. Su propósito es abolir el bautismo de los niños. Pero como ya se ha escrito bastante contra este error de los anabaptistas en postillas anteriores y en otros lugares, no nos detendremos ahora en este asunto. Basta saber que Cristo y los apóstoles distinguen entre estos dos puntos, a saber, enseñar y bautizar. El bautismo se administra una sola vez. Necesitaríamos muchos que realizaran la ceremonia si el bautismo hubiera de administrarse tantas veces como predicamos y enseñamos. La enseñanza y la predicación son lo más importante y deben hacerse constantemente.
66 Aquí no se dice si el bautismo debe administrarse antes o después de la enseñanza, pero quiera Dios que el oficio de predicar se ejerza por encima de todo; entonces los bautismos vendrán después. Es evidente que quien recibe el bautismo una vez no necesita de nuevo esta señal. Pero la enseñanza de la Palabra, por la cual la fe se enciende, se fortalece y se conserva, la necesitamos continuamente. Por eso, observamos, el oficio de bautizar fue encomendado a personas de condición mucho más humilde que el oficio de predicar. Cristo mismo no bautizó a nadie, como leemos en Jn 4:2, sino que mandó a sus discípulos que lo hicieran. San Pablo dice que fue enviado, no a bautizar, sino a predicar el evangelio, 1 Co 1:17, y que él mismo bautizó a pocas personas, aunque predicó el evangelio entre todos los gentiles.
67 La suma y sustancia de la lección es, por tanto, que prestemos atención a la Palabra y a la enseñanza, y que no juzguemos si alguien cree de verdad o no. Donde está la Palabra, allí administraremos también el bautismo, sean jóvenes o viejos. Porque no se nos manda hacer lo imposible, que es mirar dentro del corazón de un hombre para juzgar si cree o no. Esto debe dejarse a Cristo solo. Tampoco se nos manda, en nuestro oficio de predicar, procurar saber cómo cree cada uno, o quién acepta la Palabra y quién no. No te sirve de nada decir que solo predicarías a aquellos de quienes pudieras saber de antemano que están dispuestos a creer y aceptar la Palabra. En ese caso nunca te atreverías a predicar. Lo mismo vale para el bautismo. No debes esperar hasta estar seguro de quién cree y quién no, sino atender a esto: dondequiera que se predica y se oye la Palabra, y se desea el bautismo, allí se te manda administrar el bautismo, tanto a jóvenes como a viejos. Donde la Palabra, lo más importante, se predica rectamente, lo demás vendrá naturalmente. Y, por otra parte, donde la enseñanza de la Palabra está en error, todo lo demás es en vano; porque allí no hay ni fe ni Cristo. Es la Palabra la que nos trae todo: los sacramentos con su poder, la paz de la conciencia e incluso al mismo Cristo; pues ella es su poder y su fuerza, o, como la llama David: «La vara de tu poder enviará Jehová desde Sion», Sal 110:2; o, como dice san Pablo: «El poder de Dios para salvación a todo aquel que cree», Ro 1:16.
68 La predicación es, pues, la obra principal que Cristo y todos los apóstoles realizaron y nos mandaron hacer. Cristo da la comisión: V.15. Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura, etc. La otra obra, siendo de menor importancia, puede ciertamente ser realizada por quienes no tienen a su cargo la mayor responsabilidad de predicar. Se recordará que tanto Cristo como los apóstoles enviaron a muchos a imponer las manos sobre los enfermos. Podemos suponer con seguridad que, cuando por la predicación de los apóstoles en Pentecostés y después, el número de los creyentes que recibieron la Palabra y fueron bautizados aumentó a cinco mil, no toda esta multitud fue bautizada solo por los apóstoles. Los apóstoles tenían que atender su oficio de predicar, como se les había mandado. Los bautismos se realizaron con la ayuda de otros que acompañaban a los apóstoles. San Pablo, aunque ya había sido llamado al apostolado, fue bautizado por el discípulo Ananías. Hch 9:18.
69 Por eso, no depende de la persona, quienquiera que sea, que administra el bautismo o lo recibe; ni de quien predica la Palabra o la oye. Pueden ser santos o pecadores, creyentes o incrédulos; con tal que la Palabra se predique y se enseñe en su pureza, el ministerio también es recto, sea quien sea el ministro. Observado primero el oficio de predicar, entonces Cristo nos habla a ti y a mí, que oímos la Palabra y deseamos ser cristianos, amonestándonos con este pasaje: V.16. «El que creyere y fuere bautizado, será salvo».
70 A los cristianos que ocupan este oficio y poseen el talento que debe dar interés se les manda predicar dondequiera que sea posible y, junto con la predicación, administrar también el bautismo. Pero en cuanto a quién creerá o no creerá, esto debes encomendarlo al mismo Cristo, pues no está en el poder del predicador salvar ni condenar, sino solo en el poder de Cristo. Él es Señor de la vida y de la muerte, y puede, por tanto, concederla o negarla a quien quiera.
71 Sin embargo, Cristo no calla sobre este punto, a quién concederá la salvación. Dice: V.46. «El que creyere y fuere bautizado, será salvo». Y de nuevo: «El que no creyere, será condenado». Nada más puede ayudar ni estorbar; de nada vale diferencia alguna de persona o de posición; un ser le es tan querido como otro. Solo el que cree y desea el bautismo valdrá para ser salvo. Todos los que son discípulos u oyentes de este mensaje deben aprenderlo así.
72 Los predicadores y maestros deben cuidar de predicar y enseñar fielmente y, como dice san Pablo, no rehuir el declarar todo el consejo de Dios, Hch 20:27, para que los oyentes sepan lo que Dios exige y ha decretado acerca de ellos. Todo el mundo ha deseado, investigado y procurado siempre saber esto, pero nadie alcanzó jamás tal conocimiento, hasta que fue revelado desde el cielo por medio de Cristo. Está contenido en este mensaje. Ya no debemos buscar ni esperar ninguna otra revelación. Aquí se puede percibir claramente que el evangelio mismo da testimonio de que la Palabra de la predicación y los sacramentos son los medios por los cuales puedes conocer el decreto de Dios acerca de ti. Si crees el mensaje, serás salvo. Pero si no crees, también está decretado que caerás bajo la sentencia de condenación, por más seriamente que hayas procurado obtener la salvación mediante tus obras y hechos. Aunque hubieras realizado todas las obras y maravillas de los ángeles y de los hombres, sería inútil. Todo el mundo queda así dividido en dos clases, completamente separadas una de otra, la una para el cielo y la otra para el infierno. En el último día no se pronunciará otro juicio que el conforme a este mensaje, a saber, la recompensa de la fe o de la incredulidad.
73 Por tanto, debemos dar gracias a Dios de que pertenecemos a los que serán salvos. Pues estamos entre los llamados criaturas de Dios, a quienes él manda que se predique este mensaje. Y también, gracias a Dios, hemos sido bautizados en Cristo, y lo hemos predicado y confesado delante del mundo como el Señor que está sentado a la diestra de Dios Padre y gobierna sobre todo el mundo. Nuestra predicación, fe y confesión son ciertamente puras y verdaderas; quiera Dios que nuestra vida esté de acuerdo con nuestra fe y confesión.
Todo esto se dice acerca de la predicación del evangelio, el cual Cristo mandó proclamar en todo el mundo después de su ascensión al cielo. Ahora sigue la última parte, a saber:
V.17. «Y estas señales seguirán a los que creen».
74 Aquí los sectarios se han devanado los sesos con la cuestión de las señales, preguntando en vano por qué no acompañan nuestra predicación y si ya no se pueden esperar. Basta saber que estas señales siguieron como testimonio y confirmación pública de este mensaje del evangelio. Eran especialmente necesarias al principio, para fomentar la propagación del evangelio. Pero una vez cumplida la predicación de la Palabra en todas las tierras y lenguas, su frecuencia disminuyó y su testimonio fue menos necesario.
75 Sin embargo, es cierto que el mismo poder y eficacia de Cristo permanece en la cristiandad. Si fuera necesario, tales señales podrían realizarse aun ahora. Con frecuencia ocurrió, y ocurre todavía, que se echaron fuera demonios en el nombre de Cristo; igualmente los enfermos son sanados por la oración en su nombre, y muchos reciben ayuda en grandes aflicciones del cuerpo y del alma. El evangelio se predica ahora en nuevas lenguas, donde antes era desconocido. Las señales se dan a toda la cristiandad, como dice Cristo, a los que creen. Es verdad que no siempre observamos este don en cada creyente cristiano, y ni siquiera los apóstoles hicieron estas maravillas con igual poder.
76 Estas señales son inferiores y muy insignificantes en comparación con las verdaderamente grandes maravillas que Cristo realiza sin cesar en el mundo mediante su omnipotencia divina. Él hace frecuentes alusiones a ellas. Estas son verdaderamente grandes maravillas: que la cristiandad sea defendida y preservada en la tierra; que la Palabra de Dios y la fe, o incluso un solo creyente cristiano, permanezca en la tierra a pesar del diablo y sus ángeles; que él nos proteja contra tantos tiranos y sectas, contra tantas personas falsas e ingratas entre los cristianos, sí, incluso contra nuestra propia carne y sangre, todos ellos enfurecidos contra el reino de Cristo. Y sin embargo el diablo, con todo su poder y la ayuda de todos sus siervos, nunca podrá (aunque lo ha intentado en su gran ira y todavía lo intenta por medio del papa, el turco y todas sus huestes) quitar de la iglesia la pila bautismal, el evangelio del púlpito, extirpar el nombre de Cristo ni destruir, fuera de su reino en el mundo, al pequeño rebaño que se aferra a él. Esta gran maravilla, el poder de Cristo, es profetizada y alabada en Sal 110:2: «Domina en medio de tus enemigos», que están ciertamente tan airados y amargados que, si pudieran, en un momento pervertirían y derribarían todo lo que vive y se mueve en la cristiandad. Y sin embargo un solo creyente cristiano, con su predicación y oración, puede ser el medio de salvación para incontables multitudes. A pesar del odio de Satanás y de su deseo de estorbar, muchas personas oyen el evangelio, reciben el bautismo y llegan a ser maestros de la fe; y por la influencia del evangelio se preserva la santidad del hogar y de la patria.
77 Esta buena obra puede llamarse muy bien, por los cristianos que creen, echar fuera demonios, tomar en las manos serpientes y hablar nuevas lenguas. Aquellos prodigios visibles eran solo señales para los incrédulos ignorantes, como dice Pablo en 1 Co 14:22, y tenían el propósito de llevarlos a Cristo. Pero ¿por qué habríamos de necesitar tales señales nosotros, que sabemos esto y creemos el evangelio? Y si fueran necesarias, fácilmente podemos creer que se hicieron. Vemos que por medio de Cristo se hacen entre nosotros maravillas mayores; el poder de Satanás y los terrores del pecado y de la muerte son vencidos en nuestros corazones, y muchos cristianos, jóvenes y viejos, mueren alegremente en Cristo y por su fe pisotean a Satanás. El maravilloso poder del reino de Cristo es constantemente el tema de san Pablo y de los demás apóstoles, y el mismo Cristo lo elogia por encima de todas las demás señales y maravillas en Lc 10:19-20, diciendo: «He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará», etc. «Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos», etc.
78 Así, aun en nuestros días, hay grandes señales y maravillas sobre maravillas. Aquí hay un ejemplo: en una gran ciudad, un pequeño rebaño de cristianos se mantiene en el conocimiento de Dios y en la verdadera fe, a pesar de que más de cien mil demonios se han soltado contra ellos y el mundo está lleno de sectas, de bribones y de tiranos. A pesar de la oposición de todos estos, el evangelio, el bautismo, la Cena del Señor y la confesión de Cristo se conservan todavía. Podemos ver que, para los paganos, eran necesarias señales exteriores y tangibles. Los cristianos, en cambio, contemplan señales espirituales, en comparación con las cuales las primeras son solo terrenales. No debemos, pues, extrañarnos de que ya no se vean ahora que el evangelio reina por todo el mundo y entre aquellos que antes no podían comprender a Dios hasta que él los hubo llevado al redil por señales visibles, así como a los niños pequeños se les persuade con manzanas y peras.
79 Además, debemos maravillarnos y ensalzar los grandes y gloriosos milagros que Cristo realiza diariamente en su cristiandad, en la cual los cristianos vencen el poder del diablo y arrebatan tantas almas de las fauces de la muerte y del infierno. Contra su obra batalla el diablo diariamente en el mundo y rabia en su terrible ira y rencor. Y sin embargo debe huir del cristiano. ¿Qué importa que sea expulsado de un pobre corazón en el que ha estado enfurecido? El mundo entero sigue estando indefenso bajo su poder, a menos que sea llevado al conocimiento de Cristo. Pero dondequiera que un cristiano, a pesar de los terrores del pecado, de la muerte y del infierno, muere con corazón alegre en Cristo, allí Satanás ha sido verdaderamente expulsado de su morada y privado de su poder y de su reino.
80 El mundo malvado no verá ni prestará atención a tales señales y maravillas, sino que con ojos abiertos y corazones endurecidos pasará de largo y las blasfemará, así como siempre desprecia las obras de Dios, blasfemando incluso los milagros públicos e indiscutibles de Cristo y de los apóstoles. El mundo despreciaría aún más tales señales si las hiciéramos nosotros. Dios debe retenerlas, puesto que el evangelio está ahora revelado por todas partes, dando al mundo solo aquellas otras señales, por las cuales se escandaliza y por eso es derribado y destruido por el poder de Dios. Así les sucedió a los judíos cuando despreciaron las señales por las cuales Cristo manifestaba la ayuda y las bendiciones que les ofrecía. Buscaban y exigían otras señales. Entonces él se abstuvo y no quiso darles otra señal que la señal de Jonás, quien yació, después de su crucifixión, tres días en el sepulcro, en debilidad y muerte. Después salió de la muerte y del sepulcro, demostrando su poder con su resurrección y ascensión. Ahora gobierna poderosamente sobre todo el mundo, y lo derribará y destruirá, junto con todo su poder y su gloria.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.