Comentarios y sermones · Martín Lutero
Romanos 12: comentario de Martín Lutero
Sermón para el primer domingo después de Epifanía; Romanos 12:1-5
LOS FRUTOS DE LA FE.
1 En los sermones anteriores he tratado suficientemente de la fe y del amor, y de las cruces y aflicciones, promotoras de la esperanza. La fe, el amor y la aflicción delimitan la vida del cristiano. No es necesario que discurra más sobre estos temas. Cuando ellos —o cualquier cosa que pertenezca a la vida del cristiano— se presenten, se puede recurrir a aquellas postillas anteriores. Mi propósito ahora es dejar en claro, brevemente, que la suma de toda la doctrina divina es sencillamente Jesucristo, como hemos oído muchas veces.
2 Esta lección de la epístola no trata de la fe, sino de los frutos de la fe: el amor, la unidad, la paciencia, la abnegación, etc. Entre estos frutos, el apóstol considera primero la disciplina del cuerpo, la mortificación de los malos deseos. Trata el asunto aquí de un modo completamente distinto del que emplea en otras epístolas. En Gálatas habla de crucificar la carne con sus pasiones; en Hebreos y en Colosenses, de despojarse del viejo hombre y mortificar los miembros que están en la tierra. Aquí menciona presentar el cuerpo como un sacrificio; lo dignifica con los términos más elevados y sagrados. ¿Por qué lo hace así?
En primer lugar, al hacer gloriosos los términos, quiere exhortarnos con más fuerza a rendir este fruto de la fe. El mundo entero considera el oficio del sacerdote —su servicio y su dignidad— como la cumbre de la nobleza y la exaltación; y así es en verdad. Ahora bien, si alguien quiere ser sacerdote y ser exaltado delante de Dios, que se ponga a esta obra de ofrecer su cuerpo a Dios; es decir, que sea humilde, que no sea nada a los ojos del mundo.
3 Dejo que cada uno decida por sí mismo la diferencia entre el sacerdocio exterior, de carácter deslumbrante, y el sacerdocio interior, espiritual. El primero se limita a muy pocas personas; el segundo lo comparten comúnmente los cristianos. Uno fue instituido por los hombres, con independencia de la Palabra de Dios; el otro fue establecido mediante la Palabra, sin tener en cuenta las invenciones humanas. En aquél, la piel se unta con aceite material; en éste, el corazón es ungido interiormente con el Espíritu Santo. Aquél aplaude y ensalza sus obras; éste proclama y engrandece la gracia de Dios y su gloria. Aquél no ofrece el cuerpo con sus deseos, sino que más bien fomenta los malos deseos de la carne; éste sacrifica el cuerpo y mortifica sus deseos. El primero permite que se le ofrezcan a él oro y bienes, honra, ociosidad y placer, y toda clase de deseos terrenales; el segundo renuncia a estas cosas y acepta solamente el reverso del homenaje. Aquél, además, sacrifica a Cristo en sus horribles perversiones; éste, satisfecho con la expiación hecha una vez por Cristo, se ofrece a sí mismo con él y en él, haciendo sacrificios semejantes. En realidad, los dos sacerdocios concuerdan más o menos como Cristo y Barrabás, como la luz y las tinieblas, como Dios y el mundo. Así como untar y rapar no tuvieron parte alguna en el sacerdocio de Cristo, tampoco procurarán a nadie de ese modo el sacerdocio cristiano. Sin embargo, Cristo, con todos sus cristianos, es sacerdote. «Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec.» Sal 110:4. El sacerdocio cristiano no admite nombramiento. El sacerdote no se hace. Debe nacer sacerdote; debe heredar su oficio. Me refiero al nuevo nacimiento: el nacimiento de agua y del Espíritu. Así todos los cristianos llegan a ser sacerdotes, hijos de Dios y coherederos con Cristo, el Sumo Sacerdote.
4 Los hombres consideran universalmente el título de sacerdote glorioso y honroso; a todos les resulta agradable. Pero los deberes y el sacrificio del oficio rara vez se aceptan. Los hombres parecen sentir aversión por estos últimos. El sacerdocio cristiano cuesta la vida, los bienes, la honra, los amigos y todas las cosas del mundo. A Cristo le costó lo mismo en la santa cruz. Nadie elige de buen grado la muerte en lugar de la vida, ni acepta el dolor en lugar del placer, la pérdida en lugar de la ganancia, la vergüenza en lugar de la honra, los enemigos en lugar de los amigos, según el ejemplo que Cristo nos dejó en la cruz. Y además, todo esto ha de soportarse, no para provecho propio, sino para beneficio del prójimo y para honra y gloria de Dios. Pues así ofreció Cristo su cuerpo. Este sacerdocio es glorioso.
5 Como he dicho con frecuencia, el sufrimiento y la obra de Cristo han de considerarse bajo dos luces. Primero, como gracia que se nos concede, como una bendición otorgada, que requiere el ejercicio de la fe de nuestra parte y que aceptemos la salvación ofrecida. Segundo, hemos de considerarlos un ejemplo que debemos seguir; hemos de ofrecernos a nosotros mismos para beneficio de nuestro prójimo y para honra de Dios. Esta ofrenda es el ejercicio de nuestro amor: repartir nuestras obras en beneficio de nuestros prójimos. El que así lo hace es un cristiano. Llega a ser uno con Cristo, y la ofrenda de su cuerpo es idéntica a la ofrenda del cuerpo de Cristo. Esto es lo que Pedro llama ofrecer sacrificios aceptables a Dios por medio de Cristo. Describe el sacerdocio y la ofrenda con estas palabras: «Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.» 1 P 2:5.
6 Pedro dice «sacrificios espirituales», pero Pablo dice que nuestros cuerpos han de ser ofrecidos. Aunque es verdad que el cuerpo no es espíritu, su ofrenda se llama sacrificio espiritual porque se sacrifica libremente por medio del Espíritu, sin que el cristiano sea influido por las coacciones de la Ley ni por el temor del infierno. Tales motivos, en cambio, mueven a los eclesiásticos, que se han amontonado tormentos encima mediante ayunos, vestiduras incómodas, vigilias, camas duras y otras prácticas vanas y penosas, y sin embargo no han logrado alcanzar este sacrificio espiritual. Más bien se han apartado más lejos de él por haber descuidado la mortificación de su vieja naturaleza adámica. Sólo han aumentado en presunción y maldad, pensando que con sus obras y méritos se elevaban en la estima de Dios. Sus penitencias no tenían por objeto la mortificación de sus cuerpos, sino que eran obras que les merecían asientos superiores en el cielo. Con razón, pues, sus esfuerzos pueden considerarse un sacrificio carnal de sus cuerpos, inaceptable a Dios y sumamente aceptable al diablo.
7 Pero los sacrificios espirituales, nos dice Pedro, son aceptables a Dios; y Pablo enseña lo mismo (Ro 8:13): «Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.» Pablo habla de mortificar por medio del Espíritu; Pedro, de un sacrificio espiritual. La ofrenda debe ser primero inmolada. El pensamiento de Pablo es: «Si ustedes mortifican las obras del cuerpo por sus propios caminos escogidos, sin el impulso del Espíritu ni de su propio corazón, simplemente por miedo al castigo, esa mortificación —ese sacrificio— será carnal; y no vivirán, sino que morirán con una muerte tanto más terrible.» El Espíritu debe mortificar sus obras; debe hacerse espiritualmente, es decir, con verdadero gozo, sin que los mueva el temor del infierno, voluntariamente, sin esperar merecer honra o recompensa, ni temporal ni eterna. Esto, fíjense bien, es un sacrificio espiritual. Por muy exterior, tosca, física y visible que sea una obra, es enteramente espiritual cuando la realiza el Espíritu. Aun el comer y el beber son obras espirituales si se hacen por el Espíritu. En cambio, todo lo que se hace por la carne es carnal, por muy secreto deseo del alma que sea. Pablo (Gá 5:20) llama obras de la carne a la idolatría y a las herejías, aunque son impulsos invisibles del alma.
8 Además de este sacrificio espiritual —la mortificación de las obras del cuerpo—, Pedro menciona otro, más adelante en el mismo capítulo: «Mas vosotros sois… real sacerdocio… para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.» Aquí Pedro toca el oficio de la predicación, el verdadero oficio sacrificial, del cual se dice (Sal 50:23): «El que sacrifica alabanza me honrará.» La predicación ensalza la gracia de Dios. Es la ofrenda de alabanza y de acción de gracias. Pablo se gloría (Ro 15:16) de que santifica y ofrece el evangelio. Pero no es nuestro propósito considerar aquí este sacrificio de alabanza, aunque la alabanza en la congregación puede incluirse en el sacrificio espiritual, como veremos. Porque el que ofrece su cuerpo a Dios ofrece también su lengua y sus labios como instrumentos para confesar, predicar y ensalzar la gracia de Dios. Sobre este tema, sin embargo, hablaremos en otro lugar. Consideremos ahora las palabras del texto.
NUESTRO SERVICIO ESPIRITUAL.
V.1. “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios.”
9 Pablo no dice: «Les mando.» Predica a cristianos que ya son piadosos por la fe en el hombre nuevo; a oyentes que no han de ser constreñidos por mandamientos, sino exhortados. Porque el objetivo es conseguir la renuncia voluntaria a su vieja naturaleza pecaminosa, adámica. Quien no responde con alegría a una exhortación amistosa no es cristiano. Y quien intenta, con las restricciones de la ley, obligar a renunciar a los que no quieren, no es un predicador ni un gobernante cristiano; no es más que un carcelero mundano.
V.1. “Que presentéis vuestros cuerpos.”
10 El maestro de la Ley impone sus restricciones mediante amenazas y castigos. El predicador de la gracia persuade y anima llamando la atención sobre la bondad y la misericordia de Dios. Éste no desea obras impulsadas por un espíritu reacio, ni un servicio que no sea la expresión de un corazón alegre. Desea que un espíritu gozoso y dispuesto nos impulse al servicio de Dios. Quien no puede ser persuadido, con el mensaje amable y hermoso de la misericordia de Dios derramada tan generosamente sobre nosotros en Cristo, a contribuir con espíritu de amor y deleite a la honra de Dios y al beneficio de su prójimo, no sirve para el cristianismo, y todo esfuerzo está perdido con él. ¿Cómo se podrá hacer obedecer con alegría, por leyes y amenazas, a quien el fuego del amor y de la gracia celestiales no puede derretir? No se nos ofrece misericordia humana, sino divina, y Pablo quiere que la percibamos y nos movamos por ella.
V.1. “En sacrificio vivo.”
11 Muchos y diversos fueron los sacrificios del Antiguo Testamento. Pero todos eran figura de este único sacrificio del cuerpo, ofrecido por Cristo y sus cristianos. Y no hay, ni puede haber, otro sacrificio en el Nuevo Testamento. ¿Qué más querría o podría ofrecer alguien que a sí mismo, todo lo que es y todo lo que tiene? Cuando el cuerpo se entrega en sacrificio, se entrega también todo lo que pertenece al cuerpo. Por tanto, los sacrificios del Antiguo Testamento, con los sacerdotes y todo su esplendor, han terminado. ¿Qué comparación tiene la ofrenda de una moneda con la del cuerpo? En verdad, un remiendo tan fragmentario apenas merece ser reconocido como sacrificio cuando se ofrecen los cuerpos de Cristo y de sus seguidores.
En consecuencia, Isaías puede decir con verdad que en el Nuevo Testamento tales obras mezquinas son aborrecibles comparadas con los sacrificios verdaderos y grandes: «El que sacrifica un buey es como si matase a un hombre; el que sacrifica un cordero, como si degollase un perro; el que hace ofrenda, como si ofreciese sangre de cerdo; el que quema incienso, como si bendijese a un ídolo.» Is 66:3. De modo semejante también: «¿Para qué me sirve, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? Hastiado estoy de holocaustos de carneros y de sebo de animales gordos; no quiero sangre de bueyes, ni de ovejas, ni de machos cabríos.» Is 1:11. Así, en palabras claras, Isaías rechaza todos los demás sacrificios ante este sacrificio verdadero.
12 Nuestros ciegos guías, por tanto, han engañado miserablemente al mundo con sus ofrendas de misa, porque han olvidado este único sacrificio verdadero. La misa puede celebrarse y el alma no recibir beneficio alguno, sino más bien daño. Pero el cuerpo no puede ser ofrecido sin beneficiar al alma. Bajo la dispensación del Nuevo Testamento, entonces, la misa no puede ser un sacrificio, aun si alguna vez lo hubiera sido. Porque todas las obras, todos los sacrificios del Nuevo Testamento, deben ser verdaderos y provechosos para el alma. De otro modo no son sacrificios del Nuevo Testamento. Se dice (Sal 25:10): «Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad.»
V.1. “Santo, agradable a Dios.”
13 Pablo emplea aquí las tres palabras «vivo», «santo» y «agradable», sin duda para enseñar que los sacrificios del Antiguo Testamento están abrogados y todo el sacerdocio abolido. Los sacrificios del Antiguo Testamento consistían en bueyes, ovejas y machos cabríos. A éstos no se les perdonaba la vida. Para el sacrificio eran degollados, quemados, consumidos por los sacerdotes. Pero el sacrificio del Nuevo Testamento es una ofrenda maravillosa. Aunque es inmolado, vive todavía. En efecto, en la medida en que es inmolado y sacrificado, vive con vigor. «Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.» Ro 8:13. «Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.» Col 3:3. «Pues los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos.» Gá 5:24.
14 La palabra «vivo», pues, ha de entenderse espiritualmente: se refiere a la vida delante de Dios y no a la vida temporal. Quien sujeta su cuerpo y mortifica sus deseos no vive para el mundo; no lleva la vida del mundo. El mundo vive en sus deseos y según la carne; no puede vivir de otro modo. Es verdad que el cristiano está corporalmente en el mundo, pero no vive según la carne. Como dice Pablo (2 Co 10:3): «Aunque andamos en la carne, no militamos según la carne»; y otra vez (Ro 8:1): «Los que no andan conforme a la carne.» Tal vida es, delante de Dios, eterna, y un verdadero sacrificio vivo. Tal mortificación del cuerpo y de sus deseos, ya sea efectuada por disciplina voluntaria o por persecución, es simplemente un ejercicio en la vida eterna y para ella.
15 Ninguno de los sacrificios del Antiguo Testamento era santo sino en un sentido externo y temporal, hasta que eran consumidos. Porque la vida del animal, antes del sacrificio, era sólo temporal y externa. Pero el «sacrificio vivo» que menciona Pablo es justo delante de Dios, y también santo externamente. «Santo» implica simplemente estar destinado al servicio y a la honra de Dios, y ser empleado por Dios. Por eso debemos entender aquí la palabra «santo» como expresión del pensamiento de que dejamos que sólo Dios obre en nosotros y que somos simplemente sus santos instrumentos. Como se dice en 1 Corintios 6:19-20: «Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo… y no sois vuestros… glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.» Y otra vez (Gá 6:17): «Yo llevo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús.» Ahora bien, quien realiza una obra sólo para su propio placer y para su propia honra, profana su sacrificio. Así hacen también quienes con sus obras procuran merecer recompensa de Dios, temporal o eterna. El punto del error es que todavía no son un sacrificio inmolado. El sacrificio no puede ser santo a menos que primero viva; es decir, a menos que sea inmolado delante de Dios, e inmolado en su propia conciencia, y así no busque su propia honra y gloria.
16 Los sacrificios del Antiguo Testamento no eran en sí mismos aceptables a Dios. Ni hacían aceptable al hombre. Pero a juicio del mundo —delante de los hombres— eran agradables, y aun considerados dignos de gran estima. Los hombres pensaban con ellos hacerse agradables a los ojos de Dios. Pero el sacrificio espiritual es, a juicio del hombre, la más repugnante e inaceptable de todas las cosas. Condena, mortifica y se opone a todo lo que, en el juicio del hombre, es bueno y agradable. Porque, como se dijo antes, la naturaleza no puede hacer otra cosa que vivir según la carne, y en particular seguir sus propias obras e invenciones. No puede admitir que todos sus esfuerzos y designios son vanos y dignos de mortificación y de muerte. El sacrificio espiritual es aceptable a Dios, enseña Pablo, por inaceptable que sea al mundo. Los que ofrecen este sacrificio vivo y santo son felices y están seguros de su aceptación delante de Dios; saben que Dios requiere la muerte de los deseos e invenciones de la carne, y que sólo él desea vivir y obrar en nosotros.
17 En consecuencia, el uso que Pablo hace de la palabra «cuerpo» incluye más que los vicios y crímenes exteriores y sensuales, como la glotonería, la fornicación, el homicidio; incluye todo lo que no es del nuevo nacimiento espiritual sino que pertenece a la naturaleza del viejo Adán, aun sus facultades mejores y más nobles, exteriores e interiores; la profunda depravación de la voluntad propia, por ejemplo, y la arrogancia, la sabiduría y la razón humanas, la confianza en nuestras propias buenas obras, en nuestra propia vida espiritual y en los dones con que Dios ha dotado nuestra naturaleza.
Para ilustrarlo: tomen a las personas más espirituales y más sabias de la tierra, y aunque es verdad que una parte de ellas son castas exterior y físicamente, se comprobará que sus corazones están llenos de altivez, presunción y voluntad propia, mientras se deleitan en su propia sabiduría y en su conducta peculiar. Ningún santo está enteramente libre de la profunda depravación de su naturaleza interior. Por eso debe ofrecerse constantemente, mortificando su viejo yo engañoso. Pablo lo llama sacrificar el cuerpo porque el individuo, al hacerse cristiano, vive más de la mitad espiritualmente, y las tendencias malas que quedan por mortificar Pablo las atribuye al cuerpo, como a la parte inferior, menos importante, del hombre; la parte que todavía no está enteramente bajo la influencia del Espíritu.
V.1. “Que es vuestro culto racional.”
18 Aquí se hace una clara distinción entre los servicios que los cristianos rinden a Dios y los que rendían los judíos. El pensamiento es: el servicio de los judíos a Dios consistía en sacrificios de bestias irracionales, pero el servicio de los cristianos, en sacrificios espirituales: el sacrificio de sus cuerpos, de sí mismos. Los judíos ofrecían oro y plata; edificaron un templo inanimado de madera y piedra. Los cristianos son un pueblo distinto. Sus sacrificios no son plata y oro. Su templo no es madera y piedra; son ellos mismos. «Vosotros sois templo de Dios.» 1 Co 3:16. Así ven ustedes el trato injusto dado a los cristianos al ignorar sus servicios peculiares e inducir al mundo a construir iglesias, a erigir altares y monasterios, y a fabricar campanas, cálices e imágenes como servicio cristiano: obras que habrían sido demasiado gravosas aun para los judíos.
19 En resumen, este nuestro servicio racional se llama con razón un servicio espiritual del corazón, realizado en la fe y en el conocimiento de Dios. Aquí Pablo rechaza como enteramente irracional todo servicio que no se realice en fe, aunque lo rinda el cuerpo y en acto exterior, y tenga apariencia de gran santidad y vida espiritual. Tales han sido las obras, ofrendas, monaquismo y vida rigurosa de los papistas, realizadas sin conocimiento de Dios —sin mandamiento de Dios— y sin espíritu ni corazón. Han pensado que, con tal que las obras se cumplieran, debían agradar a Dios, con independencia de su fe. Tal fue también el servicio de los judíos en sus obras y ofrendas, y el de todos los que no conocían a Cristo y estaban sin fe. Por eso no eran mejores que el servicio y las obras de los paganos idólatras e ignorantes.
V.2. “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.”
20 Como se dijo antes, el mundo no puede soportar la vista ni el oír de este sacrificio vivo; por eso se le opone por todos lados. Con sus provocaciones y amenazas, sus halagos y persecuciones, tiene toda la ventaja, ayudado por el hecho de que nuestras mentes y espíritus no están ocupados en ese sacrificio espiritual, sino que damos lugar a las disposiciones e inclinaciones del mundo. Debemos, pues, cuidarnos de no seguir ni las costumbres del mundo ni nuestra propia razón o teorías plausibles. Debemos someter constantemente nuestras disposiciones y dominar nuestras voluntades, sin obedecer los dictados de la razón y del deseo. Siempre hemos de conducirnos de manera distinta del camino del mundo. Así seremos cambiados cada día, renovados en nuestras mentes. Es decir, cada día llegamos a dar mayor valor a las cosas condenadas por la razón humana, por el mundo. Cada día preferimos ser pobres, enfermos y despreciados, ser necios y pecadores, hasta que finalmente tenemos la muerte por mejor que la vida, la necedad por más preciosa que la sabiduría, la vergüenza por más noble que la honra, el trabajo por más bienaventurado que la riqueza, y el pecado por más glorioso que la justicia humana. Tal mente no la posee el mundo. La mente del mundo es del todo distinta de la del cristiano. No sólo continúa sin cambio y sin renovación en su vieja disposición, sino que
es obstinada y muy vieja.
21 La voluntad de Dios es siempre buena y perfecta, siempre benigna; pero no siempre la consideran así los hombres. En efecto, la razón humana se la imagina como la voluntad mala, hostil y abominable del diablo, porque lo que la razón estima como lo más alto, mejor y más santo, la voluntad de Dios lo tiene por nada y digno de muerte. Por eso la experiencia cristiana debe venir al rescate y decidir. Debe sentir y comprobar, debe examinar y averiguar, si uno es movido por una voluntad sincera y benigna. Quien persevera y aprende de este modo avanzará en su experiencia, y hallará la voluntad de Dios tan benigna y agradable que no la cambiaría por todas las riquezas del mundo. Descubrirá que aceptar la voluntad de Dios le da más felicidad, aun en la pobreza, la deshonra y la adversidad, que la que tiene cualquier mundano en medio de honras y placeres terrenales. Llegará por fin a un grado de perfección que lo inclinará a cambiar la vida por la muerte y, con Pablo, a desear partir para que el pecado no viva más en él y para que la voluntad de Dios se cumpla perfectamente en él en toda relación. En esto es del todo distinto del mundo; se conduce de manera muy diferente. Pues el mundo nunca tiene bastante de esta vida, mientras que el cristiano experimentado está dispuesto a ser trasladado. Lo que el mundo busca, él lo evita; lo que el mundo evita, él lo busca.
22 Pablo, observarán ustedes, no considera al cristiano absolutamente libre de pecado, puesto que nos ruega que seamos «transformados por medio de la renovación del entendimiento». Donde la transformación y la renovación son necesarias, algo de la naturaleza vieja y pecaminosa debe permanecer todavía. Este pecado no se imputa a los cristianos, porque cada día procuran efectuar la transformación y la renovación. El pecado existe en ellos contra su voluntad. La carne y el espíritu se oponen entre sí (Gá 5:17), y por eso no hacemos lo que quisiéramos. Ro 7:15.
Pablo hace mención particular aquí de «la mente», haciendo más claro por contraste lo que se quiere decir con el «cuerpo» que les ruega sacrificar. El sentido bíblico de la palabra «mente» ya ha sido suficientemente definido como «creencia», que es la fuente del vicio o de la virtud. Pues lo que yo valoro, lo creo recto. Observo lo que valoro, como lo hacen otros. Pero cuando la creencia es errónea, la conciencia y la fe no tienen el control. Donde falta la unidad de mente entre los hombres, no pueden estar presentes el amor y la paz; y donde no están presentes el amor y la fe, sólo reinan el mundo y el diablo. Por eso la transformación por la renovación de la mente es de importancia vital. Sigue ahora:
PENSAMIENTOS SOBRIOS ACERCA DE NOSOTROS MISMOS.
V.3. “Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.”
23 Pablo, en todas sus epístolas, se cuida de dar esta instrucción a los cristianos. Su propósito es preservar entre ellos, en todas partes, la sencillez de la fe; impedir las sectas y los cismas en la vida cristiana, que tienen su origen en mentes diferentes, en diversidad de creencia. Para hacer más fuerte la exhortación, se refiere a su oficio apostólico; al hecho de que fue elegido y enviado, por la gracia de Dios, para enseñar lo que defiende. Sus palabras aquí significan: «Ustedes poseen muchas gracias, pero cuide cada uno de limitar su creencia y sus opiniones a los límites de la fe. No se estime por encima de otro, ni dé a los dones que se le han conferido mayor valor que el que concede a los conferidos a otro. De lo contrario tenderá a despreciar los dones menores y a realzar los más elevados, y a influir en otros para que hagan lo mismo.» Donde no hay tal humildad, se recurre a las obras y a la honra de los dones, mientras se descuida la fe. Así la creencia impulsa a hacer como hace el mundo: a valorar lo que es elevado y a despreciar lo que es humilde.
24 Este principio no puede ilustrarse mejor que con los ejemplos que prevalecen en nuestro tiempo. Por ejemplo, los monjes y los sacerdotes han establecido órdenes espirituales que consideran muy meritorias. En esto no piensan con cordura, sino con extravagancia. Se imaginan que los cristianos comunes son insignificantes en comparación con ellos. Pero sus órdenes no representan ni fe ni amor, y no están mandadas por Dios. Son peculiares, algo ideado por los mismos monjes y sacerdotes. De ahí la división. A causa de las diferentes creencias existen numerosas sectas, cada una esforzándose por el primer lugar. En consecuencia, todas las órdenes resultan inútiles a los ojos de Dios. El amor, la fe y la armonía que unen a los cristianos se disipan.
25 Pablo enseña que, por variados que sean los dones y las obras exteriores, nadie debe, a causa de ellos, estimarse bueno ni considerarse mejor que los demás. Más bien, cada uno debe estimar su propia bondad por su fe. La fe es algo que todos los cristianos tienen, aunque no en igual medida, poseyendo unos más y otros menos. Sin embargo, en la fe todos tienen la misma posesión: Cristo. El malhechor en la cruz, por la fe, tenía a Cristo en sí mismo tan verdaderamente como Pedro, Pablo, Abraham, la madre del Señor y todos los santos, aunque su fe quizá no fuera tan fuerte. Por tanto, aunque los dones sean desiguales, la fe preciosa es la misma. Ahora bien, si nos hemos de gloriar sólo en los tesoros de la fe, no en los dones, cada uno debe estimar los dones de otro tanto como los suyos, y con sus propios dones servir a aquel otro que en la fe posee un tesoro igual al suyo. Entonces continuarán la armonía amorosa y la fe sencilla, y nadie recurrirá a sus propias obras o méritos. De esta «mente», o creencia, pueden leer más en las postillas anteriores, en especial en la lección de la epístola para el tercer domingo de Adviento. Se dejará para la próxima lección de la epístola el comentario ulterior sobre este texto, pues las dos están estrechamente relacionadas.
Sermón para el segundo domingo después de Epifanía; Romanos 12:6-16
DONES Y OBRAS DE LOS MIEMBROS DE CRISTO.
1 Esta lección comienza de una manera que parecería reclamar una porción que pertenece propiamente a la epístola del domingo anterior, y termina antes de completar su conexión. Evidentemente fue dispuesta por alguna persona ignorante y descuidada, con el solo fin de facilitar la lectura en las iglesias y no de explicarla al pueblo. Será necesario, por tanto, para una clara comprensión, fijarse en sus verdaderas conexiones.
2 En la epístola del domingo pasado, el apóstol enseña que, como cristianos, hemos de renovar nuestras mentes sacrificando nuestros cuerpos, preservando así el verdadero carácter de la fe; que no hemos de considerarnos buenos ni perfectos sin la fe, si queremos evitar que surjan sectas y opiniones contrarias entre los cristianos; que cada uno ha de mantenerse firme en la medida de fe que Dios le ha dado, sea débil o fuerte; que ha de usar sus dones en provecho de su prójimo, y entonces los menos dotados no los tendrán por favores especiales, y la fe común será estimada por todos como el tesoro más alto y más precioso, con el resultado de que todos los hombres quedarán satisfechos. Pablo añade luego la comparación: V.4, 5. “Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros.” Sigue entonces nuestra lección de hoy, siendo la conexión, V.6. “De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada,” etc. Pablo compara los diversos dones con nosotros mismos, los diferentes miembros del cuerpo común de Cristo.
Es una comparación acertada y hermosa, de la cual él hace uso con frecuencia; por ejemplo, 1 Co 12:12 y Ef 4:16. Enseña directa y claramente la igualdad de todos los cristianos; que una fe común debe satisfacer a todos; que los dones no han de considerarse como algo que hace a uno mejor, más feliz y más justo que otro a los ojos de Dios. Esta última idea es ciertamente errónea y destructora de la fe, que es lo único que vale delante de Dios.
NACEMOS MIEMBROS DE CRISTO.
3 Primero, si examinamos esta comparación, hallaremos que todos los miembros realizan ciertas funciones del cuerpo porque son miembros de él; y ningún miembro tiene su lugar por su propio esfuerzo ni por sus propios méritos. Nació miembro, antes de que el ejercicio de una función fuera posible. Actúa en virtud de ser miembro; no llega a ser miembro en virtud de su acción. Deriva su existencia y todas sus facultades del cuerpo, independientemente de sus propios esfuerzos. El cuerpo, en cambio, ejercita sus miembros según lo requiere la ocasión. El ojo no ha alcanzado su lugar por su poder de ver, ni porque haya merecido su función como órgano de la vista del cuerpo. Desde el mismo principio derivó del cuerpo su existencia y su peculiar función de ver. No puede, por tanto, jactarse lo más mínimo de que por su poder independiente de ver haya merecido su lugar como ojo. Tiene el honor y el derecho de su posición únicamente por su nacimiento, no por esfuerzo alguno de su parte.
4 De igual modo, ningún cristiano puede jactarse de que sus propios esfuerzos lo hayan hecho miembro de Cristo, con otros cristianos, en la fe común. Ni puede por obra alguna constituirse a sí mismo cristiano. Realiza buenas obras en virtud de haberse hecho cristiano, en el nuevo nacimiento, por la fe, sin mérito alguno propio. Es claro, pues, que las buenas obras no hacen cristianos, sino que los cristianos producen buenas obras. El fruto no hace el árbol, sino que el árbol produce el fruto. El ver no hace el ojo, sino que el ojo produce la visión. En suma, la causa siempre precede al efecto; el efecto no produce la causa, sino que la causa produce el efecto. Ahora bien, si las buenas obras no hacen cristiano a nadie, no aseguran la gracia de Dios ni borran nuestros pecados, tampoco merecen el cielo. Nadie sino un cristiano puede gozar del cielo. No se lo puede conseguir por las obras, sino por ser miembro de Cristo; una experiencia que se realiza por la fe en la Palabra de Dios.
5 ¿Cómo hemos de considerar, entonces, a quienes nos enseñan a exterminar nuestros pecados, a asegurar la gracia, a merecer el cielo, todo por nuestras propias obras; que presentan sus órdenes eclesiásticas como caminos especiales al cielo? ¿Cuál es su teoría? Enseñan, como ven, que la causa es producida por el efecto. Exactamente como si un simple tejido muscular que no es lengua se hiciera lengua a fuerza de hablar con fluidez, o se hiciera boca y garganta a fuerza de beber mucho; como si el correr hiciera pies; el oír agudo, oído; el oler, nariz; el alimento en el pecho de la madre, un niño; el colgar del manzano, una manzana. Hermosos ejemplares serían en verdad: bellas lenguas, gargantas y oídos, bellos niños, bellas manzanas.
6 ¿Qué clase de individuos necios y perversos son los que así enseñan? Bien podrían exclamar: «¡Qué empresas imposibles, qué cargas y penalidades inútiles asumen!» Sí, ¿qué sino cargas merecen quienes pervierten la verdad de Dios en mentira; quienes cambian los dones que Dios destinó al beneficio del hombre en actos de servicio rendidos por el hombre a Dios; quienes, no queriendo permanecer en la fe común, aspiran a un lugar elevado y peculiar como sacerdotes y seres superiores a los demás cristianos? Merecen ser abrumados por una asombrosa necedad y locura, y cargados de trabajos y penalidades inútiles en sus intentos de hacer cosas imposibles. Defraudan al mundo de sus bendiciones mientras ellos mismos se llenan. De ellos se dice (Sal 14:4-5): «¿No tienen conocimiento todos esos hacedores de maldad, que devoran a mi pueblo como si comiesen pan, y a Jehová no invocan?», es decir, no viven en fe. Y continúa: «Allí se sobresaltaron de pavor»; lo cual significa que aquí y allá hacen cuestión de conciencia de lo que no lo es, porque se aferran a las obras y no a la fe.
CADA MIEMBRO CONTENTO CON SUS PROPIAS FACULTADES.
7 En segundo lugar, la comparación enseña que cada miembro del cuerpo está contento con los otros miembros y se regocija en sus facultades, sin preocuparse de si alguno es superior a él. Por ejemplo, la nariz es inferior en función al ojo, pero en la relación que mantienen entre sí, aquélla no tiene envidia de éste; más bien se regocija en la función superior que el ojo desempeña. Por otro lado, el ojo no desprecia la nariz; se regocija en todas las facultades de los otros miembros. Como dice Pablo en otro lugar (1 Co 12:23): «Y a aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a éstos vestimos más dignamente.» Así vemos que la mano y el ojo, sin importar su función superior, trabajan con esmero para vestir y adornar los miembros menos honrosos. Hacen el mejor uso de su propia distinción para quitar la deshonra y la vergüenza de los miembros inferiores.
8 Por desiguales que sean las capacidades y la distinción de los miembros individuales del cuerpo, son iguales en que todos son partes del mismo cuerpo. El ojo no puede reclamar mejor derecho a un lugar en el cuerpo que el que tiene el miembro menos distinguido. Ni puede jactarse de mayor autoridad sobre el cuerpo que la que disfruta cualquier otro miembro. Y así no intenta hacerlo. Concede a todos los miembros igual participación en el cuerpo. Del mismo modo, todos los cristianos, sean fuertes en la fe o débiles, perfectos o defectuosos, participan por igual en Cristo y son iguales en la cristiandad. Cada uno puede apropiarse todo el Cristo para sí. Yo puedo gloriarme en Cristo tanto como puede gloriarse Pedro o la madre de Dios. Ni envidio a Pedro porque sea un miembro más distinguido de la Iglesia cristiana que yo. Me alegro de ello. Por otro lado, él no me desprecia por ser un miembro menos honrado. Soy parte del mismo cuerpo al que él pertenece, y poseo a Cristo tanto como él.
9 Los que se creen justos no pueden conceder esta igualdad. Tienen que suscitar sectas y distinciones entre los cristianos. Los sacerdotes aspiran a ser mejores que los laicos; los monjes, mejores que los sacerdotes; las vírgenes, mejores que las casadas. Los diligentes en orar y ayunar querrían ser mejores que el trabajador; y los que llevan una vida austera, más justos que los de vida ordinaria. Esto es obra del diablo y produce toda clase de males. A ello se opone la doctrina de Cristo en nuestro texto. En tales condiciones, la fe y el amor se subvierten. Los ignorantes son engañados y apartados de la fe hacia las obras y las órdenes. Por todas partes hay desigualdad. Los eclesiásticos desean sentarse en lugares altos, recibir toda honra, que les besen los pies, y no honrarán ni respetarán a nadie sino a sí mismos. En efecto, terminarían por interceder por los pobres cristianos, por ser mediadores entre ellos y Dios, sin dar importancia alguna a los estados de vida que éstos ocupan. Proceden como si sólo ellos fueran miembros de Cristo, y como si su relación con él no pudiera ser más estrecha. Luego presumen constituir con sus obras a otros en miembros de Cristo, cuidándose, eso sí, de exigir una retribución económica adecuada por el servicio. Son miembros del diablo, no de Cristo.
CADA MIEMBRO SIRVE A TODOS LOS DEMÁS.
10 En tercer lugar, según la comparación, cada miembro del cuerpo se conduce de manera que aproveche a los otros, a todo el cuerpo. El ojo prepara el camino a la mano y al pie. El pie, al llevar el cuerpo, protege al ojo. Cada miembro cuida siempre de los otros y les sirve. No se encuentran figuras más hermosas del amor y de las buenas obras que las derivadas del cuerpo con sus miembros. En los miembros que llevamos con nosotros cada día, y con los cuales estamos continuamente familiarizados, Dios ha descrito la ley del amor de una manera viva y contundente. Según el principio allí ilustrado debe actuar el cristiano, conduciéndose de modo que aproveche no a sí mismo sino a otros, y teniendo un interés sincero por ellos. En tales condiciones, no podrían surgir entre nosotros cismas ni sectas.
11 Pero estamos ciegos; no vemos ni leemos la hermosa lección que se nos enseña en nuestros propios cuerpos. Procedemos a inventar buenas obras como medio de mejorar nuestra condición y de llevarnos a un estado de salvación. Este error se debe a nuestra falta de fe y de conocimiento de Cristo en el corazón. Por eso estamos inquietos en el alma, buscando ser librados del pecado y hacernos justos. El corazón, en su ignorancia de la suficiencia de la fe común, se dedica a estas obras anormales, especiales. Ahí comienzan los necios a desatender la fe y el amor, imaginando que tales obras son verdaderos caminos al cielo. Uno toma una cosa, y otro otra, y así sigue, hasta que no hay más que sectas. Una secta condena y rechaza a la otra. Cada una, exaltándose sin medida, reclama superioridad.
CADA MIEMBRO SUFRE Y SE REGOCIJA CON TODOS.
12 En cuarto lugar, «si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro es honrado, todos los miembros con él se gozan», como dice Pablo, 1 Co 12:26. En suma, ningún miembro vive y actúa para sí; todos se obedecen y se sirven unos a otros, y los miembros más honrados sirven más. Cada uno parece decir: «No deseo ser otra cosa que lo que soy. Estoy satisfecho de ser miembro del mismo cuerpo con los demás, y de tener en él iguales derechos y honores. No es necesario que me esfuerce por participar en ese cuerpo, pues ya soy miembro de él, y estoy contento. Mis esfuerzos los dirijo a servir al cuerpo: a todos los miembros, mis amados hermanos y compañeros. No asumo peculiaridades. No quisiera causar discordia ni conflicto.»
13 Fíjense: así hacen todos los cristianos verdaderos y justos, como hemos dicho con frecuencia. Los que se conducen de otro modo no pueden ser verdaderos cristianos; son peores, más perniciosos, que los paganos. No pueden abstenerse de instigar sectas; de asumir alguna peculiaridad, alguna doctrina especial, con la cual se exaltan orgullosamente sobre los demás hombres. Así atraen hacia sí los corazones de los ignorantes. Contra esta clase Pablo nos advierte fielmente aquí, como en todas partes.
14 Procura, pues, hacerte miembro de Cristo. Esto se logra por la fe sola, sin las obras. Y habiéndote hecho miembro, si Dios te ha asignado un deber conforme a tu capacidad, permanece en él. Que nadie te aparte de él con halagos. No te estimes mejor que los demás, sino sírveles alegrándote en sus obras y en sus oficios como en los tuyos, aunque sean menos importantes. La fe te hace igual a los demás, y a los demás iguales a ti, y así sucesivamente.
IGUALDAD CRISTIANA Y DONES CRISTIANOS.
El designio de Pablo en esta epístola es enseñar la igualdad. No quiere que nadie «tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno». O, para expresarlo de otro modo: «Que cada uno considere como suya aquella obra para la cual tiene un don, y la realice. Pero no ha de estimarse por ello superior a otros que tienen dones diferentes. Debe deleitarse en las obras de ellos, reconociendo con justicia que esas obras son de la gracia de Dios, y sabiendo que Dios distribuye la medida de fe y esta su gracia no de una manera, sino de muchas.» La peculiar elección de palabras de Pablo aquí, al referirse a todos los dones como la gracia de Dios y la medida de fe, quiere enseñar que nadie puede considerar su don individual como un caso peculiar en ese respecto, como hacen los que no son de la fe común. Es el mismo Dios, Espíritu y Señor, nos dice el apóstol (1 Co 12:5-11), quien obra en esta obra y en aquélla, pequeña o grande, en ustedes o en mí, en la misma fe, amor y esperanza.
15 La importancia, la nobleza y la utilidad de esta doctrina superan nuestro poder de expresión. La condición miserable de toda la cristiandad, dividida como está en innumerables sectas, es, ¡ay!, testimonio claro de que ya no parece existir en ninguna parte ni cuerpo ni miembro, ni fe ni amor. La unidad de mente en relación con los diversos dones de Dios no puede existir junto con las doctrinas humanas. Por eso es imposible que las órdenes y las doctrinas de nuestros señores eclesiásticos subsistan con unidad de mente; una u otra debe caer.
16 «Medida de fe» puede entenderse como que Dios imparte a unos más de la fe misma, y a otros menos. Pero supongo que el pensamiento de Pablo al emplear la expresión es que la fe trae dones, que son su principal bendición. Se dice que éstos son conforme a la medida de nuestra fe, y no a la medida de nuestra voluntad o de nuestro mérito. No hemos merecido nuestros dones. Donde existe la fe, Dios la honra con ciertos dones, repartidos o encomendados según su voluntad. Como lo tenemos en 1 Corintios 12:11: «repartiendo a cada uno en particular como él quiere»; y en Efesios 4:16: «a cada miembro según su medida». La misma razón puede asignarse a las palabras de Pablo: «De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada», no «diferentes según nuestros méritos». La gracia, tanto como la fe, trae estas nobles joyas —nuestros dones— a cada uno según su medida. Excluye en todo respecto nuestras obras y nuestros méritos, y nos dirige a hacer que nuestras obras sirvan sólo a nuestros prójimos.
V.6. “Si profecía, úsese conforme a la medida de la fe.”
17 El apóstol enumera varios dones, u obras de los miembros cristianos, mencionando primero la profecía. La profecía es de dos clases: una es la predicción de acontecimientos futuros, don o poder que poseyeron todos los profetas bajo la dispensación del Antiguo Testamento, y los apóstoles; la otra es la explicación de las Escrituras. «Mayor es el que profetiza que el que habla en lenguas.» 1 Co 14:5.
Ahora bien, siendo el evangelio el último mensaje profético que se ha de dar antes del tiempo del juicio, y el que predice los acontecimientos de ese período, supongo que Pablo se refiere aquí simplemente a esa forma de profecía que menciona en el capítulo catorce de 1 Corintios: la explicación de las Escrituras. Esta forma es común, prevalece siempre y es provechosa a los cristianos; la otra forma es rara. Que la referencia es a esta forma, Pablo lo da a entender con sus palabras: «Úsese conforme a la medida de la fe.» Sin duda se refiere a la fe cristiana que entonces surgía. No se ha de introducir ninguna otra fe, ninguna otra doctrina. Ahora bien, cuando dice que la profecía debe ser conforme a la medida de la fe, es bastante claro que no se refiere a la predicción de acontecimientos futuros.
18 El sentido del apóstol, pues, es: «Los que tienen el don de explicar las Escrituras deben cuidar de explicarlas en conformidad con la fe, y no enseñar contra sus principios.» «Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo.» 1 Co 3:11. Cuide cada uno de no edificar sobre este fundamento con madera, heno, hojarasca, cosas no aptas para tal fundamento; edifique con oro, plata y piedras preciosas.
Toda doctrina, pues, toda explicación de las Escrituras que nos lleva a confiar en nuestras propias obras y produce falsos cristianos y personas que se creen justas, en nombre de la fe, es enfáticamente condenada. Cualquier doctrina que enseñe que hemos de exterminar nuestros pecados, hacernos felices y justos y obtener paz de conciencia delante de Dios de cualquier otro modo que no sea por la fe sola, sin obras, no está en armonía con la fe cristiana. Por ejemplo, toda la vida monástica y la doctrina de hacer aparecer ruidosamente espíritus del purgatorio están en conflicto con la fe.
19 Pablo, observarán, no da tanta importancia a la predicción de acontecimientos futuros; por ejemplo, las profecías de Lichtenberger, Joaquín y otros en estos últimos tiempos. Tales predicciones, aunque puedan satisfacer la curiosidad de los hombres acerca de la suerte de reyes, príncipes y otras personas destacadas en el mundo, son profecías innecesarias bajo la dispensación del Nuevo Testamento. Ni enseñan la fe cristiana ni contribuyen a su fortaleza. Por eso esta forma de profecía puede considerarse entre los menores dones de Dios. Más aún, a veces procede del diablo. Pero la capacidad de explicar las Escrituras es el don profético más noble y el mejor. Los profetas del Antiguo Testamento derivaron su título al nombre principalmente porque profetizaron acerca de Cristo —según Pedro (Hch 4:25 y 1 P 1:10)— y porque guiaron al pueblo de su día en el camino de la fe explicando, dando el sentido de la Palabra divina. Estas cosas tenían mucho más que ver con su título que el hecho de que hicieran ocasionalmente predicciones acerca de reyes terrenales y asuntos temporales. En general, no hacían tales predicciones. Pero la primera forma de profecía la pronunciaban a diario, sin omisión. La fe a la cual se conformaban sus profecías es perpetua.
20 Es de mucha significación que Pablo reconozca la fe como el juez y la regla que gobierna en todos los asuntos de doctrina y profecía. Ante la fe todo debe inclinarse. Por la fe debe juzgarse y sostenerse toda doctrina. Ven a quiénes quiere constituir Pablo doctores de las santas Escrituras: hombres de fe y ningunos otros. Éstos deberían ser los jueces y decidores de todas las doctrinas. Su decisión debería prevalecer, aunque estuviera en conflicto con la del papa, la de los concilios, la de todo el mundo. La fe es y debe ser señor y dios sobre todos los maestros. Observen, pues, la conducta de las órdenes de la Iglesia que no reconocieron el derecho de la fe a juzgar y se arrogaron esa prerrogativa, aceptando únicamente el poder, el número y el rango temporal. Pero saben que el papa, los concilios y todo el mundo, con sus doctrinas, deben ceder autoridad al cristiano más insignificante que tenga fe, aunque sea un niño de siete años, y que su decisión sobre sus doctrinas y leyes ha de ser aceptada. Cristo nos manda cuidar de no menospreciar a uno de estos pequeños que creen en él. Véase Mt 18:6-10. Y dice otra vez (Jn 6:45): «Y serán todos enseñados por Dios.» Ahora bien, es incoherente rechazar el juicio de aquel a quien el mismo Dios enseña. Más bien, que todos los hombres lo escuchen.
V.7. “O si de servicio, en servir.”
21 El oficio del servicio es el segundo don de Dios que enumera el apóstol. Entre los primeros cristianos los deberes de este oficio eran servir a las viudas pobres y a los huérfanos, distribuyéndoles bienes temporales. Tales eran los deberes de Esteban y sus compañeros (Hch 6:5), y tales deberían ser los deberes de los mayordomos y prepósitos en los monasterios hoy. Además, éste era el oficio de los que servían a los profetas y a los apóstoles, los predicadores y maestros: por ejemplo, las mujeres que seguían a Cristo y le servían con sus bienes; y Onésimo, Tito, Timoteo y otros discípulos de Pablo. Ellos hacían toda la provisión temporal necesaria, para que los apóstoles y los predicadores pudieran dedicarse sin interrupción a la predicación, la enseñanza y la oración, y estuvieran libres de asuntos temporales.
22 Pero las cosas han cambiado, como vemos. Ahora tenemos señores espirituales, príncipes, reyes, que descuidan no sólo predicar y orar, sino también repartir bienes temporales a los pobres, a la viuda y al huérfano. Más bien, pervierten la sustancia legítima de éstos para añadirla a su propia pompa. No profetizan ni sirven; sin embargo, se apropian del puesto y del nombre de servidor, con el propósito de reprimir y perseguir a los verdaderos predicadores y servidores, y de destruir el cristianismo por todas partes y gastar sus posesiones en fomentar su propio lujo.
V.7, 8. “El que enseña, en la enseñanza; el que exhorta, en la exhortación.”
23 Tratamos de estos dos dones en la lección de la epístola para la noche de Navidad. Tito 2. La enseñanza consiste en instruir a los que no conocen la fe y la vida cristiana; la exhortación, en incitar, despertar, impulsar, reprender y rogar con toda perseverancia a los que tienen conocimiento de la fe. Se nos manda (2 Ti 4:2) ser instantes, «redargüir, reprender, exhortar», para que los cristianos no se cansen, se vuelvan indolentes y negligentes, como con demasiada frecuencia lo hacen, sabiendo ya lo que se requiere de ellos. Pero la profecía debe proveer el caudal de información para los maestros y exhortadores. Los expositores de la Escritura deben proveer a éstos. Profetizar, entonces, es la fuente de toda doctrina y exhortación.
V.8. “El que reparte, con liberalidad.”
24 La mención que aquí se hace del dar se refiere al fondo aportado a un tesoro común, a cargo de servidores y oficiales, para su distribución entre maestros, profetas, viudas, huérfanos y los pobres en general, como se dijo antes. Esto era conforme a un mandamiento del Antiguo Testamento. Además de los diezmos anuales, destinados a los levitas, debían apartarse diezmos especiales cada tercer año para los pobres, las viudas y los huérfanos. No hay ley del Nuevo Testamento sobre una dádiva determinada, pues éste es el día de la gracia, en el cual se exhorta a cada uno a dar libremente. Pablo dice (Gá 6:6): «El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye.» Y otra vez (v. 10): «Hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe.»
25 Pero el dar debe hacerse con liberalidad: libre y gratuitamente, para honra de Dios solamente, sin intención de obtener favor, honra ni provecho; nadie ha de dictar en el asunto; y no se ha de mostrar preferencia dando mucho a los amables y nada a los antipáticos, como ha ocurrido en el pasado con las prebendas y los feudos. Éstos se repartían según la amistad y el favor; por dinero, honra y provecho. Lo mismo ocurre con casi todos los servicios pagados en materia del purgatorio y del infierno. Libremente, libremente hemos de dar, cuidando sólo de que sea agradable a Dios y se otorgue según la necesidad.
Pablo, observarán, recomienda con frecuencia tal liberalidad. Rara vez se manifiesta, sin embargo. Se hacen dádivas verdaderas sin medida, pero son infructuosas porque no se hacen con espíritu libre y liberal; por ejemplo, las contribuciones a los monasterios y a otras instituciones. Al no darse con liberalidad, Dios no permite que estas dádivas se empleen para fines cristianos. Dadas de manera no cristiana, deben ser malgastadas de manera no cristiana; como dice Miqueas (cap. 1:7): «Por paga de ramera los juntó, y en paga de ramera se convertirán.» Se refiere a la fornicación espiritual, la incredulidad, que nunca actúa con liberalidad.
V.8. “El que preside, con solicitud.”
26 «Presidir», o supervisar, ha de entenderse como relativo a los oficios comunes en la Iglesia cristiana. Pablo no habla de gobernantes temporales, como príncipes y cabezas de familia, sino de gobernantes en la Iglesia. Dice (1 Ti 3:5): «Porque el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?» Se refiere a los que tienen la supervisión de los oficiales de la Iglesia en general; que cuidan de que los maestros sean diligentes, de que los diáconos y servidores hagan una distribución apropiada y cuidadosa de las finanzas, y de que los pecadores sean reprendidos y disciplinados; en suma, que son responsables de la debida ejecución de todos los oficios. Tales son los deberes de un obispo. De su oficio reciben el título de obispos: superintendentes y «Antistrites», como Pablo los llama aquí; es decir, supervisores y gobernantes.
27 Es deber especial de éstos preocuparse por otros, no por sí mismos; esto último más bien está prohibido y no mandado. Mt 6:25. La diligencia, en la conexión en que se usa en el texto, es movida por el amor y no por el interés propio. Siendo deber de un obispo asumir de buen grado la supervisión, servir y dirigir, y dependiendo todo de él como los movimientos de la yunta y del carro dependen del conductor, el obispo no tiene tiempo para la indolencia, la somnolencia y la negligencia. Debe estar atento y ser diligente, aunque todos los demás sean perezosos y descuidados. Si él fuera desatento e infiel, los deberes oficiales de todos los demás se cumplirían igualmente mal. El resultado sería semejante al que se produce cuando el conductor se queda dormido y deja que la yunta vaya a su antojo. En tales circunstancias, esperar buenos resultados es inútil, sobre todo considerando los caminos peligrosos por los que deben transitar aquí los cristianos, entre demonios que, en cada abrir y cerrar de ojos, querrían derribarlos y destruirlos.
28 ¿Por qué invierte Pablo el orden aparentemente apropiado? No menciona primero el presidir, no le da precedencia. Más bien asigna a la profecía el primer lugar, haciendo seguir sucesivamente el servir, el enseñar, el exhortar y el contribuir, mientras que el presidir lo coloca en último lugar, o sexto, entre los oficios comunes. Sin duda el Espíritu dispuso tal orden en vista de las abominaciones futuras que seguirían al establecimiento por el diablo de la tiranía y del dominio mundano entre los cristianos. Tal es el caso al presente. El dominio ocupa el primer lugar. Todo en la cristiandad debe ceder ante el desenfreno de la tiranía. La profecía, el servicio, la enseñanza, la exhortación, la beneficencia: todo debe dar paso a la tiranía. Nada puede interrumpir su dominio; no debe ceder ante la profecía, la enseñanza ni ningún otro oficio.
29 Debemos recordar, sin embargo, que nada tiene precedencia sobre la Palabra de Dios. Su predicación trasciende todos los demás oficios. El dominio no es sino un siervo que despierta a la predicación para que actúe, como el siervo que despierta a su señor del sueño o de otras maneras le recuerda su oficio. Este principio confirma las palabras de Cristo (Lc 22:26): «El que es mayor entre vosotros, sea como el más joven; y el que dirige, como el que sirve.» Los maestros y profetas, sin embargo, han de obedecer a los gobernantes y seguir sujetos a ellos; cada obra y oficio cristiano debe estar al servicio de los demás. Así se cumple la doctrina de Pablo en esta epístola: que uno no debe estimarse mejor que los demás; no debe exaltarse sobre los hombres, teniendo más alto concepto de sí que el que debe tener; aunque un don u oficio sea más honroso que otro, debe también servir a ese otro. Aunque el oficio del gobernante es el más bajo, todo otro nombramiento está sujeto a él; por otro lado, en el cuidado y la supervisión el gobernante sirve a todos los demás. Asimismo, el profeta, que ocupa el oficio más alto, se somete al gobernante, etc.
V.8. “El que hace misericordia, con alegría.”
30 Las seis obligaciones anteriores recaen sobre los poderes comunes de gobierno de la Iglesia cristiana, conocidos al presente como el orden eclesiástico. Pablo procede ahora a enumerar deberes que pertenecen a todo miembro de la Iglesia. Las seis obligaciones mencionadas primero no han de individualizarse, sin embargo, hasta el punto de hacer recaer una sola obligación sobre un solo individuo. El que profetiza puede también enseñar, amonestar, servir y presidir. Y lo mismo es cierto de cada oficio. Descubra cada uno a cuántos oficios es llamado, y conduzca se en consecuencia. No debe exaltarse sobre otros, como si fuera mejor que ellos, ni crear sectas a partir de los dones comunes de Dios; debe continuar en la fe común de sus compañeros, permitiendo el servicio y la sujeción mutuos en los dones.
31 «Misericordia» implica todas las buenas obras o beneficios que los prójimos se otorgan unos a otros, aparte de las contribuciones regulares de que hemos hablado. La palabra hebrea que el apóstol emplea para «misericordia» es «hesed». En latín es «beneficium»; en griego, «eleemosyna»; y en el habla común, «limosna». En este sentido usa Cristo el término a lo largo del Evangelio: «Cuando des limosna» (Mt 6:2), es decir, tus buenas obras o favores; «misericordia quiero, y no sacrificio» (Mt 12:7); «El que usó de misericordia con él» (Lc 10:37). Y hay otros pasajes semejantes donde la palabra «misericordia» equivale a «beneficio» o «favor»; por ejemplo (Mt 5:7): «Bienaventurados los misericordiosos.»
32 Pablo quiere decir: «El que está tan favorecido que puede otorgar beneficios a otros, hágalo con alegría y con gusto.» Declara (2 Co 9:7): «Dios ama al dador alegre.» Y aclara su sentido con otra parte del mismo versículo: «no con tristeza, ni por necesidad.» Es decir, el dador no ha de titubear ni temblar, ni ser lento y tardío en su dar, ni buscar por todas partes razones para retener su dádiva. No ha de dar de manera calculada para estropear el goce que el receptor tiene del favor. Ni ha de demorarse hasta que la dádiva pierda su dulzura por la importunidad que se requirió para conseguirla; más bien debe estar listo y dispuesto. Salomón dice (Pr 3:28): «No digas a tu prójimo: Anda, y vuelve, y mañana te daré, cuando tienes contigo qué darle.» «Bis dat qui cito dat.» Da dos veces el que da pronto. Y también: «Tarda gratia non est gratia», Un favor tardío no es favor. La palabra «hilaris» en esta conexión no implica un dar gozoso, sino una generosidad libre, alegre, dispuesta y amorosa, una generosidad movida por una leve súplica.
Las obras de los miembros de Cristo.
V.9. “El amor sea sin fingimiento.”
33 ¡Con qué acierto señala el apóstol el peligro de error en cada obligación, así como el camino recto! La profecía se lleva más allá de su esfera propia cuando no concuerda con la fe. Éste es el punto de peligro en toda profecía. El error común en el servir está en la indolencia que se manifiesta en él y en la constante preferencia por alguna otra ocupación. Asimismo, el error que prevalece en el enseñar y el exhortar está en prestar atención a algo distinto de esas obligaciones; por ejemplo, engañar a los hombres con disparates humanos. La falta en el dar es que rara vez se hace con liberalidad. Los que presiden son propensos a buscar la quietud y el ocio, deseando escapar de verse cargados de cuidado y ansiedad. Los favores rara vez se otorgan con alegría y de buena voluntad. Así también, el amor puro es cosa rara en la tierra. No que el amor en sí sea impuro, sino que con demasiada frecuencia es mera apariencia. Juan lo da a entender con sus palabras (1 Jn 3:18): «Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.»
34 Ahora bien, los que albergan odio mientras fingen amar, o son culpables de hipocresías groseras semejantes, se quedan muy lejos del espíritu de esta enseñanza. Pero Pablo se refiere a los de conciencia libre, que se conducen como verdaderos cristianos, sabiendo muy bien enseñar acerca de Cristo; pero que son descuidados en sus obras, sin darse cuenta de que desatienden a sus prójimos y dejan de ayudar al necesitado y de reprender al malvado; que en general son negligentes y no producen ninguno de los frutos de la fe; entre los cuales la verdadera Palabra de Dios es ahogada, como la semilla entre espinos, como dice Cristo. Mt 13:22. Pero en otro lugar hemos explicado la naturaleza del amor puro.
V.9. “Aborreced lo malo.”
35 Aunque aborrecer el mal es uno de los principios capitales del amor, es raro. El principio se pierde de vista con demasiada frecuencia por la hipocresía y el falso amor. Ignoramos, disimulamos, incluso tomamos a la ligera las malas acciones de nuestro prójimo y no nos perturban. No queremos incurrir en su desagrado manifestando indignación y reprendiendo su maldad, o apartándonos de su compañía. Sobre todo vacilamos cuando así debemos poner en peligro el cuerpo o la vida; por ejemplo, cuando los vicios de los de alta posición exigen nuestra censura. Con tal debilidad de nuestra parte solamente disimulamos el amor. Pablo requiere, no sólo un aborrecimiento secreto del mal, sino una manifestación abierta de él en palabra y en obra. El amor verdadero no se deja influir por la cercanía del amigo, por la ventaja de sus favores ni por la posición de sus relaciones; ni se deja influir por la perversidad de un enemigo. Aborrece el mal, y lo censura o huye de él, ya sea en el padre o la madre, el hermano o la hermana, o en cualquier otro. La naturaleza corrompida se ama a sí misma y no aborrece su propio mal; más bien lo cubre y lo adorna. La ira se llama celo; la avaricia se llama prudencia; y el engaño, sabiduría.
V.9. “Seguid lo bueno.”
36 El segundo rasgo del amor real y verdadero es que se adhiere a lo bueno, aunque se halle en el peor enemigo y aunque se oponga directamente al deseo del amor. El amor no hace acepción de personas. No se intimida por el posible peligro que su manifestación pudiera acarrear. Pero el falso amor se atreverá, aun por causa de la honra, del provecho o de la ventaja, a abandonar lo bueno en su amigo, en particular cuando amenaza el peligro o se levanta persecución. Mucho menos, entonces, se adherirá a lo bueno en un enemigo, y lo defenderá y sostendrá, aquel cuyo amor es falso. Y si esto exigiera oponerse a sus propios intereses, no apoyaría la obra de su enemigo, por buena que fuera. En breve, el proverbio «El mundo es falso y lleno de infidelidad», y aquel otro dicho, «Bellas pero vacías palabras», expresan claramente el hecho de que el amor de nuestra naturaleza humana corrompida es falso e hipócrita, y que donde no mora el Espíritu de Dios no hay amor real ni puro. Estos dos principios —aborrecer lo malo y adherirse a lo bueno— se presentan claramente en el Salmo 15:4: «Aquel a cuyos ojos el vil es menospreciado, pero honra a los que temen a Jehová»; en otras palabras: «El que se adhiere a lo bueno, aunque esté en un enemigo, y odia lo malo, aunque esté en un amigo.» Prueben a los hombres con estos dos principios en su prestar, su tratar y dar, su reprender y enseñar, su tolerar y sufrir, y su disimulo e hipocresía se harán fácilmente patentes.
V.10. “Amaos los unos a los otros con amor fraternal.”
37 Los cristianos exhiben amor perfecto cuando, además del amor que manifiestan hacia todos los hombres, están unidos entre sí por un vínculo peculiar de afecto cristiano. La expresión «entrañablemente afectuosos» expresa el amor que los padres tienen a los hijos, y los hermanos entre sí. Pablo quiere decir: «Los cristianos no han de manifestar simplemente un espíritu de amor mutuo, sino que han de conducirse los unos hacia los otros de manera tierna, paternal y fraternal.» Así se jacta Pablo de haber hecho con el pueblo de Tesalónica. 1 Ts 1:11. Isaías declara (cap. 66:13) que Dios consolará así a los apóstoles: «Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros.» Y Pedro dice (1 P 3:8): «amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables.» La naturaleza del amor fraternal que debemos a nuestros prójimos se ilustra en el amor de una madre cariñosa por su hijo. Tal amor ha mostrado Cristo, y sigue mostrando, hacia nosotros. Él nos sostiene, seres frágiles, corruptos y pecadores que somos. Tan imperfectos somos que no parecemos cristianos en absoluto. Pero el amor de Cristo nos hace suyos, a pesar de nuestras imperfecciones.
V.10. “En cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros.”
38 El amor y la amistad de Cristo hacia nosotros deben llevarnos a estimarnos unos a otros como preciosos. Debemos ser queridos unos para otros por causa del Cristo que está en nosotros. No podemos rechazar a nadie a causa de sus imperfecciones. Debemos recordar que el Señor mora también en el vaso débil, y lo honra con su presencia. Si Cristo lo considera digno de bondad y afecto, y le extiende en sí mismo el mismo privilegio que nosotros disfrutamos, debemos inclinarnos ante aquel débil, honrándolo como templo vivo de nuestro Señor, sede de su presencia. ¿Qué nos importa la insignificancia de la sede que el Señor escoge? Si no es demasiado humilde para ser honrada con su presencia, ¿por qué no habríamos de honrarla nosotros, sus siervos?
V.11. “En lo que requiere diligencia, no perezosos.”
39 «Diligencia» aquí implica toda forma de obra y ocupación justa que nos ocupa. Pablo nos requiere ser diligentes, hábiles y activos. No hemos de proceder como los que emprenden una cosa hoy y otra mañana, sin limitarse a nada, y pronto se cansan y se vuelven indolentes. Por ejemplo, algunos se dedican pronta y muy fervientemente a una buena obra, como orar, leer, ayunar, dar, servir, disciplinar el cuerpo. Pero después de dos o tres intentos se vuelven indolentes y no llegan a cumplir la empresa. Su ardor se apaga con la satisfacción de su curiosidad. Tales personas se vuelven inestables y débiles. Por eso Pablo manda ser
V.11. “Fervientes en espíritu.”
40 Una disposición débil y algo curiosa puede emprender con fervor, dispuesta a cumplirlo todo a la vez; pero en el mismo comienzo se desmaya y se debilita, y cede voluntariamente. Se calla cuando debe enfrentar oposición, desafecto y persecución. El fervor que no persevera en las cosas espirituales es carnal. El fervor espiritual crece con la empresa y el esfuerzo. Es propio del espíritu no conocer el cansancio. El espíritu se desmaya y se cansa sólo por la ociosidad. Trabajando, aumenta en fuerza. Particularmente gana fervor mediante la persecución y la oposición. Así persevera y lleva a cabo sus proyectos, aunque se opongan las puertas del infierno.
V.11. “Sirviendo al Señor.” (Adáptense al tiempo.)
41 Algunas versiones dicen «Sirvan al Señor», pues en griego «Kairos» y «Kyrios» suenan muy parecido. Uno significa «Tiempo», el otro «Señor». No he decidido cuál es preferible. «Sirvan al tiempo» —«adáptense al tiempo»— sería apropiado. Y «Sirvan al Señor» no sería una mala construcción. Que cada uno elija por sí mismo. Servir al Señor significa hacer que todos nuestros actos se hagan como para el Señor mismo, en el empeño de servirle, sin buscar nuestra propia honra, y sin descuidar nuestro deber por temor a los hombres ni por sus favores; significa seguir el espíritu de la declaración de Nehemías cuando se edificaba el templo (Neh 2:20): Somos siervos del Dios de los cielos. Tal fue la respuesta de los judíos a los que intentaban estorbarlos. En la práctica, los judíos dijeron: «No nos servimos a nosotros mismos. Nuestro servicio no está destinado a nuestra propia honra, sino a la honra del Dios de los cielos.» Sin embargo, me atendré a la versión «Adáptense al tiempo». Equivale a decir: Diríjanse según el tiempo. Es decir, empléenlo bien; sean oportunos, conforme a las palabras de Salomón (Ec 3:3-4): «Tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír», etc. Hay un tiempo para todo. El pensamiento es: Ejerzan sus privilegios, sin limitarse a ningún tiempo particular; sean capaces de cumplir el deber que se presente, como sugiere el Salmo 1:3: «Será como el árbol… que da su fruto en su tiempo.»
42 Esta valiosa y excelente doctrina milita contra los que se creen justos, que se ciñen a tiempos fijos, hasta el punto de hacer que el tiempo se conforme a ellos y se adapte a su comodidad. Observan horas particulares para orar, para comer, para beber. Si uno, en grave necesidad de ayuda, se acercara a alguno de ellos, podría perecer antes de que él se desocupara para socorrerlo.
Fíjense: el que se cree justo no se adapta al tiempo, no se eleva a la altura de la ocasión como debería. La oportunidad de realizar una obra de amor, la deja pasar. El tiempo debe ajustarse a él, lo cual nunca ocurrirá. Ninguna oportunidad de hacer el bien se presenta jamás a esta clase, pues están tan absortos en sí mismos que dejan pasar toda ocasión semejante. Tampoco son oportunos en las cosas que les conciernen a ellos. Ríen cuando deberían llorar; están lúgubres cuando deberían regocijarse; adulan cuando corresponde la censura. Todos sus esfuerzos son inoportunos. Su suerte es perder toda oportunidad como consecuencia de limitar sus empeños a ciertos tiempos. Así es el camino del mundo.
V.12. “Gozosos en la esperanza.”
43 He aquí una ocasión, en verdad, en que debemos ser oportunos. Los impíos se regocijan cuando están hartos de riqueza, honra y comodidad, pero se llenan de tristeza ante un cambio del tiempo. Su gozo es tan inoportuno como su dolor. Se regocijan cuando deberían afligirse, y se afligen cuando deberían regocijarse. Pero los cristianos son capaces de regocijarse, no en la comodidad y la ventaja temporal, sino en Dios. Se regocijan más cuando su condición mundana es peor. Cuanto más lejos están las ventajas terrenales, más cerca está Dios con sus bendiciones eternas. Pablo enumera el gozo entre los frutos del Espíritu (Gá 5:22); la carne no conoce tal placer. En Romanos 14:17 habla de «gozo en el Espíritu Santo».
V.12. “Sufridos en la tribulación.”
44 A lo largo del evangelio se nos enseña que los cristianos deben soportar cruces y días malos. Por eso el evangelio nos arma con armadura divina, y sólo con ella. Es decir, nos enseña, no cómo evitar los males temporales y gozar de paz, sino cómo soportar y vencer esos males. No hemos de oponernos a ellos ni tratar de evitarlos, sino soportarlos con paciencia hasta que se desgasten sobre nosotros y pierdan su poder; como las olas del océano, al chocar contra la orilla, retroceden y se desvanecen por sí mismas. Aquí ganará, no el ceder, sino la perseverancia. Pero de este tema hemos tratado durante el tiempo de Adviento.
V.12. “Constantes en la oración.”
45 La oración ha sido suficientemente definida en la tercera epístola de Adviento. Pablo no alude a farfullar en libros de oraciones, ni a vociferar en la iglesia. Nunca ofrecerás verdadera oración desde un libro. Es cierto que, leyendo una oración, puedes aprender cómo y qué orar, y encender tu devoción; pero la verdadera oración debe proceder espontáneamente del corazón, no en palabras prescritas; el lenguaje debe ser dictado por el fervor del alma. Pablo especifica particularmente que hemos de ser «constantes en la oración». En otras palabras, no debemos volvernos remisos, aunque no recibamos de inmediato lo que pedimos. Lo principal en la oración es la fe. La fe se apoya en la promesa de Dios de oír su petición. Puede no recibir de inmediato lo que confía en recibir; pero espera, y aunque por un tiempo haya indicios de fracaso, la petición es concedida. Cristo da ilustraciones notables de tal perseverancia en la parábola del juez injusto (Lc 18) y en la de la importunidad del amigo (Lc 11). En todas partes enseña la necesidad de la fe en la oración. «Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis.» Mt 21:22. Y otra vez: «¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra?» Mt 7:9.
V.13. “Compartiendo para las necesidades de los santos.”
46 El sentido de este mandato está vergonzosamente pervertido. En nuestras necesidades buscamos cada día la ayuda de los santos. De ahí las numerosas instituciones, altares y servicios en su honor, en todas partes del mundo. Sin embargo, la enseñanza de Pablo es que hemos de «compartir para las necesidades de los santos». Puesto que ignoramos a los santificados de esta vida que necesitan nuestra ayuda, bien se nos recompensa teniendo que ir a los muertos a solicitar socorro en nuestras necesidades. Pablo se refiere a los santos que están en la tierra: los cristianos. Los llama santos por respeto a la Palabra de Dios y a su gracia, que, en la fe, los hace santos sin obras.
47 Sería una gran vergüenza, una blasfemia, que un cristiano negara ser santo. Equivaldría a negar la santidad de la sangre de Cristo, de la Palabra, del Espíritu, de la gracia de Dios y de Dios mismo. Y todo esto Dios lo ha aplicado o conferido al cristiano para hacerlo santo. Pablo no vacila en llamarse a sí mismo santo (Ef 3:8): «A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia.» Y (1 Ti 5:10) quiere que se socorra a las viudas que lavaron los pies de los santos. También se dice en el Salmo 86:2: «Guarda mi alma, porque soy piadoso [santo].» Pedro, también (1 P 1:16), citando a Moisés, habla el mensaje de Dios: «Sed santos, porque yo soy santo.» La palabra «santo» en las Escrituras se refiere sólo a los vivos.
Pero hemos tenido para leer otros libros distintos de las Escrituras. En consecuencia, nuestros seductores nos han llevado a la humillante maldad de llamar santos sólo a los muertos, y de considerar la más alta presunción aplicarnos el término a nosotros mismos. Al mismo tiempo todos deseamos ser llamados «cristianos», título más sublime que «santo»; pues Cristo es la santidad perfecta, y los cristianos se llaman así por Cristo, por la santidad perfecta. La vergonzosa abominación conocida como «la exaltación de los santos» es responsable del deplorable error aquí. La influencia del papa ha creado la creencia de que sólo son santos los que están muertos, o cuyas obras los han exaltado al honor del título. Pero ¡cuántas veces se exalta al diablo como santo, y cuántas veces tenemos por santos a los que son del infierno!
48 El designio de Pablo al mencionar «las necesidades de los santos» es enseñarnos y movernos a hacer por los cristianos tanto como estamos inclinados a hacer por los santos del cielo; a considerar tal servicio como servicio precioso, pues lo es. Nos recomienda a los santos reales: los que están en necesidad; que son de carácter santo, aunque puedan estar abandonados, hambrientos, desnudos, encarcelados, medio muertos, considerados por el mundo como malhechores impíos que merecen toda clase de desgracia; que, incapaces de valerse por sí mismos, necesitan ayuda. Difieren mucho de aquellos santos cuya ayuda imploramos con la mirada fija en el cielo. Son los pobres cristianos a quienes Cristo presentará en el último día, diciendo: «De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis.» Mt 25:40. Entonces los que tan ostentosamente sirvieron a los bienaventurados del cielo tendrán que estar avergonzados y temerosos en presencia de aquellos a quienes en esta vida desdeñaron respetar como debían. Ni los santos a quienes se obligaron a servir, y a quienes adoraron, les valdrán de nada.
V.13. “Practicando la hospitalidad.”
49 Ahora Pablo especifica acerca de las «necesidades de los santos» y nombra el trato que se les ha de dar. No sólo de palabra hemos de acordarnos de ellos, sino de hecho, extendiéndoles hospitalidad según lo demanden sus necesidades. «Hospitalidad» representa toda forma de ayuda física cuando la ocasión lo pide: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo. En los primeros días del evangelio, los apóstoles y discípulos no se sentaban en palacios, claustros e instituciones, ni atormentaban al pueblo con edictos y mandatos como hacen hoy los obispos idólatras. Como peregrinos, andaban por el país, sin casa ni hogar, sin cocina ni bodega, sin lugar particular de residencia. Era necesario que en todas partes se extendiera hospitalidad a los santos y se les prestara servicio, para que el evangelio fuera predicado. Esto era tan esencial como darles ayuda en sus angustias y sufrimientos.
V.14. “Bendecid a los que os persiguen.”
50 Incidentalmente al tema de las necesidades de los santos, el apóstol nos recuerda que hemos de conducirnos de manera cristiana con nuestros perseguidores, que en gran medida tienen la culpa de las angustias de los santos. Conviene observar aquí que no se nos aconseja meramente, sino que se nos manda, amar a nuestros enemigos, hacerles bien y hablar bien de ellos; tal conducta es fruto del Espíritu. No debemos creer lo que hasta ahora se nos ha enseñado: que la exhortación se dirige sólo a los perfectos, y que a éstos únicamente se les aconseja bendecir a sus perseguidores. Cristo enseña (Mt 5:44) que a todos los cristianos se les manda hacerlo. Y «bendecir» a nuestros perseguidores significa desearles sólo bien en cuerpo y alma. Por ejemplo, si un enemigo nos quita la honra, deberíamos responder: «Dios te honre y te guarde de la deshonra.» O si alguno infringe nuestros derechos, deberíamos decir: «Que Dios te bendiga y te haga prosperar.» De esta manera debemos hacer.
V.14. “Bendecid, y no maldigáis.”
51 Ésta ha de ser nuestra actitud hacia la humanidad en general, sean perseguidores o no. El sentido es: «No sólo bendigan a sus perseguidores, sino vivan sin maldiciones para nadie, con bendiciones para todos; sin desear mal a nadie, sino a todos sólo bien.» Porque somos hijos de bendición; como dice Pedro: «para que heredaseis bendición.» 1 P 3:9. En nuestra bendición es bendecido todo el mundo, por medio de Cristo. «En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra.» Gn 22:18. Es incoherente que un cristiano maldiga aun a su más amargo enemigo y a un malhechor; pues se le manda llevar en sus labios el evangelio. La paloma no trajo a Noé, en el arca, una rama venenosa ni un tallo de cardo; trajo en su pico una hoja de olivo. Gn 8:11. El evangelio igualmente es simplemente una palabra benigna, bendita, alegre y sanadora. Trae sólo bendición y gracia al mundo entero. Ninguna maldición, sino pura bendición, acompaña al evangelio. Los labios del cristiano, pues, deben ser labios de bendición, no de maldición. Si maldicen, no son labios de cristiano.
52 Es necesario, sin embargo, distinguir entre maldecir y censurar o reprender. La reprensión y el castigo difieren mucho de la maldición y la imprecación. Maldecir significa invocar el mal, mientras que censurar lleva el pensamiento de desagrado ante un mal existente y un esfuerzo por quitarlo. En realidad, maldecir y censurar se oponen. Maldecir invoca el mal y la desgracia; la censura procura quitarlos. El mismo Cristo censuró, o reprendió. Llamó a los judíos generación de víboras, hijos del diablo, hipócritas, necios ciegos, mentirosos, y así sucesivamente. No los maldijo para perpetuar sus males; más bien deseaba que sus males fueran quitados. Pablo hace algo semejante. Dice del hechicero que es hijo del diablo y lleno de todo engaño. Hch 13:10. Y también, el Espíritu redarguye al mundo de pecado. Jn 16:8.
53 Pero aquí se aduce el fuerte argumento de que los santos de las Escrituras no sólo censuraron, sino que maldijeron. Jacob, el patriarca, maldijo a sus hijos Rubén, Simeón y Leví. Gn 49:7. Gran parte de la ley de Moisés se compone de maldiciones, en especial Dt 28:15. Se manda que el pueblo pronuncie abiertamente maldiciones en el monte Ebal. Dt 27:13. ¡Cuántas maldiciones encontramos en los Salmos, en particular el Salmo 109! Asimismo, ¡cómo maldijo David a Joab, capitán de su ejército! 2 S 3:29. ¡Con qué amargura maldice Pedro a Simón (Hch 8:20): «Tu dinero perezca contigo»! Pablo maldice a los seductores de los gálatas (Gá 5:12): «¡Ojalá se mutilasen los que os perturban!» Y dice (1 Co 16:22): «El que no amare al Señor Jesucristo, sea anatema.» Cristo maldijo la higuera inocente. Mt 21:19. Y Eliseo maldijo a los muchachos de Bet-el. 2 R 2:24. ¿Qué diremos a estas cosas?
54 Respondo: hay que distinguir entre el amor y la fe. El amor no debe maldecir; siempre debe bendecir. Pero la fe tiene poder para maldecir. La fe nos hace hijos de Dios y ocupa para nosotros el lugar de Dios. El amor nos hace siervos de los hombres y ocupa el lugar de un siervo. Sin la dirección del Espíritu, nadie puede entender rectamente ni imitar tales ejemplos de maldición. Maldición se opone a maldición: las maldiciones de Dios a las maldiciones del diablo. Cuando el diablo, mediante sus seguidores, resiste, destruye, obstruye la Palabra de Dios —el canal de la bendición—, la bendición es impedida, y a los ojos de Dios una maldición reposa sobre la bendición. Entonces es oficio de la fe salir con una maldición, deseando que se quite el obstáculo para que la bendición de Dios no tenga estorbo.
55 Si alguien, con imprecación, invocara a Dios para que arranque y destruya el papado —el orden de los sacerdotes, monjes y monjas, junto con los claustros y otras instituciones—, todo el mundo bien podría decir: Amén. Porque estas invenciones del diablo maldicen, condenan e impiden en todas partes la Palabra de Dios y su bendición. Estas cosas son males tan perniciosos, tan diabólicos, que no merecen nuestro amor. Cuanto más servimos a los eclesiásticos y más cedemos ante ellos, más obstinados se vuelven. Vociferan y se enfurecen contra la Palabra de Dios y el Espíritu, contra la fe y el amor. Tal conducta Cristo la llama blasfemia —pecado— contra el Espíritu Santo, pecado imperdonable. Mt 12:31. Y Juan dice (1 Jn 5:16): «Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se ruegue.» Con los eclesiásticos todo está perdido. No aceptarán ningún amor ni ayuda que no los deje en su maldad, que no los fortalezca y ayude —aun honre y exalte— en ella. Cualquier esfuerzo que hagas de otro modo sólo hará que se enfurezcan contra el Espíritu Santo, que blasfemen y maldigan tu enseñanza, declarando: «No procede del amor y la fidelidad a Dios, sino del odio, de la malicia del diablo. No es la Palabra de Dios, sino falsedad. Es la herejía y el error del diablo.»
56 En realidad, la maldición que contribuye únicamente al servicio de Dios es una obra del Espíritu Santo. Está ordenada en el primer mandamiento, y es independiente del amor y superior a él. Hasta que Dios nos manda hacer cierta buena obra, no estamos bajo obligación de hacerla. Su voluntad trasciende todas las buenas obras que podamos hacer, todo el amor que podamos mostrar a nuestro prójimo. Aunque yo pudiera salvar al mundo entero en un solo día y no fuera voluntad de Dios que lo hiciera, no tendría derecho a hacerlo. Por tanto, no debo bendecir, no debo realizar una buena obra, no debo manifestar mi amor a nadie, a menos que sea conforme a la voluntad y al mandato de Dios. La medida de nuestro amor a nuestros prójimos es la Palabra de Dios. Asimismo, por el primer mandamiento han de medirse todos los demás mandamientos. Podríamos, en directa violación de los mandamientos de la segunda tabla, si fuera conforme a la voluntad de Dios y promoviera su honra, obedecer el primer mandamiento matando, robando, tomando cautivos a mujeres y niños y desobedeciendo al padre y a la madre, como hicieron los hijos de Israel con sus enemigos paganos. Asimismo el Espíritu Santo puede realizar, y a veces realiza, obras aparentemente opuestas a todos los mandamientos de Dios. Aunque en apariencia hay violación en algunos aspectos, en realidad lo es sólo de los mandamientos de la segunda tabla, concernientes a nuestro prójimo. Las obras del Espíritu están en conformidad con los tres primeros mandamientos de la primera tabla, relativos a Dios. Por tanto, si primero llegas a ser un Pedro, un Pablo, un Jacob, un David, un Eliseo, tú también puedes maldecir en nombre de Dios, y con elevado mérito ante sus ojos.
V.15. “Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran.”
57 Puede haber una conexión directa entre estos dos mandatos y la exhortación acerca de «compartir para las necesidades de los santos» sobre la cual Pablo se ha extendido, enseñando cómo hemos de tratar a nuestros perseguidores, que en gran parte tienen la culpa de las «necesidades» de los cristianos. Sin embargo, me inclino a pensar que aquí habla de manera no relacionada, de nuestro deber de hacernos agradables a todos los hombres, de adaptarnos a sus circunstancias, buenas o malas, estén o no en necesidad. Como siervos comunes, debemos servir a los hombres en toda condición suya, para persuadirlos de que acepten el evangelio. Pablo habla más adelante sobre este punto.
58 Ahora bien, si un prójimo tiene motivo de gozo, no nos toca poner un semblante severo, como hacen los hipócritas, que pretenden ser algo peculiares. Su seriedad antinatural pretende indicar su incomparable sabiduría y santidad, y el hecho de que los hombres que se regocijan, en lugar de llevar, como ellos, una expresión severa, son necios y pecadores. Pero no: hemos de participar en el gozo de nuestro prójimo cuando ese gozo no es incompatible con la voluntad de Dios. Por ejemplo, debemos regocijarnos con el padre que se goza en la piedad y la dulzura de su esposa, en su salud y fecundidad, y en la obediencia e inteligencia de sus hijos; y cuando está tan bien como nosotros en cuanto a alma, cuerpo y carácter, familia y bienes. Éstos son dones de Dios. Según Pablo (Hch 14:17), se dan para que Dios llene nuestros corazones «de sustento y de alegría». Aunque muchos de tales dones y placeres se usan indebidamente, no dejan de ser dones de Dios y no han de rechazarse con rostro sombrío como si no nos atreviéramos o no debiéramos disfrutarlos. Por otro lado, debemos llorar con nuestro prójimo cuando está en tristes circunstancias, como lloraríamos por nuestra propia condición desdichada. Leemos (2 S 1:17; 3:33) que David lamentó por Saúl, Jonatán y Abner, y (Fil 2:27) que Pablo se llenó de tristeza por la enfermedad de Epafrodito y se dolió como si la aflicción fuera suya.
V.16. “Unánimes entre vosotros.”
59 El apóstol ha hablado antes (v. 10) de la unanimidad en relación con los dones espirituales ordenados por Dios, aconsejando que cada uno esté contento con los oficios y dones de sus compañeros. Ahora Pablo habla de los asuntos temporales de los hombres, enseñando igualmente la mutua estima de la vocación y el carácter, los oficios y las obras de los demás, y que nadie ha de estimarse mejor que otro a causa de ellos. El aprendiz de zapatero tiene el mismo Cristo que el príncipe o el rey; la mujer, el mismo Cristo que tiene el hombre. Aunque hay diversas ocupaciones y distinciones externas entre los hombres, no hay sino una fe y un Espíritu.
60 Pero esta doctrina de Pablo ha sido deshonrada durante mucho tiempo. Príncipes, señores, nobles, los ricos y los poderosos se contemplan en sí mismos, pensando que son los únicos hombres en la tierra. Aun dentro de sus propias filas, uno aspira a ser más exaltado, más noble y recto que otro. Sus nociones y opiniones son casi tan diversas como las nubes del cielo. No son de un mismo sentir acerca de las distinciones externas. Uno no estima la condición y ocupación de otro tan significativa y tan honrosa como la suya. El sentimiento individual es, al parecer: «Mi posición es la mejor; todas las demás son repugnantes.»
El torpe campesino de botas entra en la contienda. El panadero aspira a ser mejor que el barbero; el zapatero, que el dueño de baños. Si a alguien le ocurre haber nacido ilegítimo, no es elegible para un oficio, aunque sea santo. Deben presentarse certificados de nacimiento legítimo, y tan complejo es el estado de la sociedad que hay tantas creencias como amos y siervos. ¿Cómo puede haber unanimidad acerca de oficios y bendiciones espirituales en gente tan discorde en asuntos mundanos triviales y despreciables? Es cierto que debe haber los diversos estados, caracteres y empleos terrenales; pero es pagano, no cristiano y mundano que alguien albergue la absurda idea de que Dios tiene a cierto individuo por mejor cristiano que a otro por el despreciable motivo de su posición temporal, y no perciba que a los ojos de Dios estas condiciones no hacen diferencia interior alguna.
61 En efecto, sostener tal parecer no es sólo poco cristiano, sino afeminado e infantil. Una mujer se ganará distinción manejando el huso o la aguja con más destreza que otra, o arreglando su cofia más graciosamente que su vecina; en efecto, puede obtener prominencia por cosas aún más insignificantes. Por lo menos, ninguna mujer se cree menos mujer que otra. Lo mismo ocurre con los niños; cada uno se contenta más con su propio pan con mantequilla, y cree que su propio juguete es el más bonito; si no, llorará hasta conseguir el más bonito.
Y así es con el mundo: uno tiene más poder, otro es mejor cristiano, otro es más ilustre; uno tiene más saber, otro es más respetable; uno es de este linaje, otro de aquél. Estas distinciones son la fuente del odio, del homicidio y de toda forma de mal, tan tenazmente se aferra cada individuo a sus propias nociones. Sin embargo, a pesar de sus opiniones separadas y dispares, los hombres se llaman cristianos.
V.16. “No altivos.”
62 Aquí Pablo aclara la exhortación anterior. Quiere refrenar a los hombres de sus impías vanidades. Como se dijo antes, cada uno se complace más con sus propias ideas. De ahí que la necedad impregne la tierra. Uno, viendo a otro honrado por encima de sí mismo, tiene la inquieta ambición de emularlo. Pero obra contra las dos enseñanzas de Pablo: comparándose con sus inferiores o con sus iguales, piensa que está muy por encima de ellos y que su propia posición es la más honrosa. Comparándose con sus superiores, ve fallar su pretendido rango; por eso se esfuerza por rivalizar con ellos, dedicando todas sus energías a alcanzar la envidiable posición. Aferrado a las distinciones externas, sus nociones cambiantes y su corazón inestable lo impulsan a tal ambición y lo hacen sentirse descontento con el Cristo que todos los hombres poseen por igual.
Pero ¿qué enseña Pablo? No así. Dice: «No pongan su mente en lo que el mundo valora.» Su sentido es: «En verdad debe haber distinciones en esta vida: una cosa alta, otra baja. No todo puede ser oro, ni todo paja. No obstante, entre los hombres debe haber unanimidad en esta relación.» Dios trata a los hombres por igual. Da su Palabra y su Espíritu a los humildes tanto como a los altos. Pablo no usa la palabrita «mente» sin designio. Las «cosas altas» tienen su lugar y no son perniciosas. Pero «poner la mente» en ellas, estar absorto en ellas con todo el corazón, hincharse de vanidad por nuestra relación con ellas, disfrutándolas en desventaja de los menos favorecidos: esto es pagano.
V.16. “Sino asociándoos con los humildes.”
63 En otras palabras: No desprecien los estados ni los caracteres humildes. No digan que deben ser o exaltados o quitados. Dios los usa; en efecto, el mundo no puede prescindir de ellos. ¿Dónde estarían los ricos y poderosos si no hubiera pobres y humildes? Así como los pies sostienen el cuerpo, así los bajos sostienen a los altos. La clase más alta, pues, debe conducirse hacia los humildes como el cuerpo se comporta con relación a los pies: sin «poner la mente», o dar importancia, en su elevada posición, sino conformándose a la posición de los humildes y reconociéndola con benevolencia. La igualdad legal se hace aquí figura de las cosas espirituales, concernientes a las aspiraciones del corazón. Cristo se condujo con humildad. No negó su propia exaltación, pero tampoco se mostró altivo con nosotros por razón de ella. No nos despreció, sino que se abajó a nuestra condición miserable y nos levantó por medio de su propia posición exaltada.
Sermón para el tercer domingo después de Epifanía; Romanos 12:16-21
VENGANZA CRISTIANA.
Este sermón y el anterior son uno solo en algunas ediciones. Por eso los párrafos están numerados como si fueran un solo sermón.
V.16. No seáis sabios en vuestra propia opinión.
64 La lección tal como se lee en la Iglesia termina aquí. Por eso nos detendremos solo brevemente en la parte restante. «Opinión», tal como se usa aquí, significa la actitud obstinada en las cosas temporales que mantiene aquel que no quiere ser instruido, que él mismo lo sabe todo mejor, que no cede ante nadie y llama bueno todo lo que concuerda con sus ideas. El cristiano debe estar más dispuesto a hacer concesiones en los asuntos temporales. Que no sea pendenciero, sino más bien condescendiente, puesto que no están en juego la Palabra de Dios ni la fe, sino solo una cuestión de honra personal, de amigos y de cosas del mundo.
V.17. No paguéis a nadie mal por mal.
65 En el consejo anterior (v. 14) de «no maldecir», el autor de la epístola tiene en mente a los que no pueden vengarse ni devolver mal por mal. A estos no les queda otra salida que maldecir, invocar el mal sobre sus opresores. En este caso, en cambio, se refiere a los que tienen el mismo poder para pagarse unos a otros mal por mal, malicia por malicia, ya sea con actos cometidos o con actos omitidos, y por lo general se omiten. Pero el cristiano debe devolver bien por mal, y no omitirlo. Dios hace salir su sol sobre malos y buenos. Mt 5:45.
V.17. Procurad lo bueno delante de todos los hombres.
66 Esta exhortación es semejante a la que da a los tesalonicenses (1 Ts 5:22): «Absteneos de toda especie de mal»; y a los filipenses (cap. 4:8): «Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.» Se trata puramente de nuestra conducta exterior. Pablo no quiere que el cristiano se crea en libertad de hacer su propio gusto sin importarle la aprobación de los demás. Solo en las cosas de la fe tiene el cristiano tal privilegio. Su conducta exterior debe ser irreprochable, aceptable para todos los hombres, conforme a la enseñanza de 1 Corintios 10:32-33, de agradar a todos, no dando ocasión de tropiezo ni a judíos ni a gentiles; y obediente al consejo de Pedro (1 P 2:12): «Teniendo buena conducta entre los gentiles.»
V.18. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.
67 Aquí se trata de la paz exterior entre los hombres: paz con cristianos y paganos, con piadosos e impíos, con grandes y pequeños. No debemos dar ocasión de contienda; más bien debemos soportar pacientemente todo mal, sin permitir jamás que la paz sea perturbada por nuestra causa. No debemos devolver mal por mal, golpe por golpe; porque el que así lo hace da origen a la contienda. Pablo añade: «En cuanto dependa de vosotros.» Debemos evitar dañar a nadie, no sea que seamos nosotros quienes demos ocasión a la contienda. Debemos mostrar amabilidad con todos, aunque ellos no sean amables con nosotros. Es imposible mantener la paz en todo tiempo. El dicho es: «Solo puedo continuar en paz mientras mi prójimo quiera.» Pero está en nuestro poder dejar en paz a los demás, amigos y enemigos, y soportar las contiendas de todos. «Sí, claro», dices, «pero ¿en qué situación quedaríamos entonces?» Escucha:
V.19. No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.
68 Observa que, al prohibirnos devolver golpe por golpe y recurrir a la venganza, el apóstol da a entender que el disfrute de nuestra paz depende de que soportemos en silencio la perturbación de los demás. No solo nos asegura que seremos vengados, sino que nos asusta para que no usurpemos el oficio de Dios, a quien solo pertenecen la venganza y la retribución. Más aún, lamenta más bien la suerte de los enemigos del cristiano, que se exponen a la ira de Dios; quiere movernos a compadecerlos, en vista de que debemos dejar lugar a la ira y permitir que caigan en manos de Dios.
La venganza y la ira de Dios se ejecutan de diversas maneras: por medio del gobierno político; a manos del diablo; por enfermedad, hambre y peste; por fuego y agua; por guerra, enemistad, deshonra; y por toda clase posible de desgracia en la tierra. Toda criatura puede servir de vara y de arma de Dios cuando él se propone castigar. Como dice la Sabiduría de Salomón 5:17: «Tomará armas de la creación para vengarse de sus enemigos.»
69 Así dice Pablo: «Dad lugar a la ira.» Yo he insertado las palabras «de Dios» para aclarar el sentido del texto; se trata de la ira de Dios y no de la ira del hombre. No se piensa en dar lugar a la cólera de nuestros enemigos. Es cierto que puede haber ocasión incluso para eso, pero Pablo no se refiere aquí a la cólera del hombre. Evidentemente se refiere a las desgracias y plagas, que se consideran expresiones de la ira de Dios. Posiblemente el apóstol omitió la frase para no dar la idea de que se trata solo de la ira final de Dios, su cólera en el último día, cuando infligirá castigo sin mediación alguna. Pablo quiere incluir aquí toda ira, sea temporal o eterna, que Dios expresa en sus castigos. Esta es una manera de hablar del Antiguo Testamento. Finees dice (Jos 22:18): «Mañana se airará contra… Israel.» Y Moisés en varios lugares habla de la ira de Dios que se encendió. Véase Números 11:1.10.33. Menciono estas cosas para enseñar que, cuando el gobierno político esgrime la espada del castigo contra sus enemigos, debe considerarse como una expresión de la ira de Dios; y que la afirmación de Deuteronomio 32:35, «Mía es la venganza», no se refiere solamente al castigo infligido directamente por Dios, sin mediación.
V.20. Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza.
70 Esta enseñanza confirma lo que ya he dicho: que los enemigos del cristiano deben ser compadecidos porque están sujetos a la ira de Dios. En consecuencia, no es propio de un cristiano dañarlos; más bien debemos hacerles favores. Pablo introduce aquí una cita de Salomón. Pr 25:21-22. Amontonar ascuas de fuego sobre la cabeza, a mi parecer, significa hacer favores al enemigo. Encendido por nuestra bondad, él termina por desagradarse a sí mismo y por sentirse mejor dispuesto hacia nosotros. Las ascuas son aquí beneficios, o favores. Las ascuas en el incensario representan igualmente los favores, o bendiciones, de Dios; son un tipo de nuestras oraciones, que deben subir con fervor. Algunos dicen que las ascuas representan la Ley y los juicios de Dios (véase Sal 18:8, «Ascuas se encendieron de él»), razonando que a consecuencia de los favores del cristiano, su enemigo se ve obligado a censurarse a sí mismo y a sentir el peso de la Ley de Dios y de sus juicios. No creo que un cristiano deba desear que caiga castigo sobre su enemigo, aunque tal explicación de la sentencia no es inapropiada. De hecho, concuerda más bien con la exhortación «Dad lugar a la ira»; es decir, haz el bien y entonces la ira, las ascuas, caerá fácilmente sobre el enemigo.
V.21. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.
71 Con este consejo final, me parece, Pablo mismo explica la frase «ascuas de fuego» en armonía con la primera idea de que la malicia de un enemigo debe ser vencida con el bien. Vencer por la fuerza equivale a prestarte al mal y a agraviar al enemigo que te agravia. Con tal proceder tu enemigo te vence a ti y tú te vuelves malo como él. Pero si lo vences con el bien, él se hará justo como tú. Aquí se trata de una victoria espiritual; son vencidos la disposición, el corazón, el alma; sí, el diablo que instiga el mal.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.