Comentarios y sermones · Martín Lutero

Romanos 13: comentario de Martín Lutero

Sermón para el cuarto domingo después de Epifanía; Romanos 13:8-10

EL AMOR CRISTIANO Y EL MANDAMIENTO DE AMAR.

1 Esta lección, como las dos epístolas anteriores, es exhortatoria y dirige nuestra atención a los frutos de la fe. Aquí, sin embargo, Pablo resume brevemente todos los frutos de la fe en el amor. En los versículos anteriores ordenó sujeción al gobierno temporal, el pago de tributo, impuestos, temor y honra donde sean debidos, puesto que todo poder gubernamental es ordenado por Dios. Luego sigue nuestra lección: V.8. No debáis a nadie nada, etc.

2 Pasaré por alto las diversas explicaciones que suelen inventarse para este mandamiento, V.8. No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros. Para mí significa, clara y sencillamente: no como hombres, sino como cristianos, estamos bajo obligaciones. Nuestra deuda debe ser la obligación libre del amor. No debe ser obligatoria ni prescrita por la ley. Pablo presenta dos formas de obligación: una la inspira la ley, la otra el amor.

Las obligaciones legales nos hacen deudores de los hombres; un ejemplo es cuando un individuo tiene un derecho contra otro por una deuda. Los deberes y el tributo, la obediencia y la honra que debemos al gobierno político son de este carácter legal. Aunque personalmente estas cosas no son esenciales para el cristiano (no lo justifican ni lo hacen más justo), sin embargo, como debe vivir aquí en la tierra, está obligado, en lo que toca a la conducta exterior, a ponerse al nivel de los demás hombres en estas cosas y, en general, a ayudar a mantener el orden y la paz temporales. Cristo pagó el tributo como una deuda (Mt 17:27), a pesar de que había dicho a Pedro que no estaba obligado a ello y que no habría cometido pecado ante Dios si omitía el acto.

3 Otra obligación es el amor, cuando un cristiano se hace voluntariamente siervo de todos los hombres. Pablo dice (1 Co 9:19): «Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos.» Esto no lo exigen las leyes humanas; a nadie que falte a este deber se le censura ni se le castiga por descuidar obligaciones legales. El mundo no conoce el mandamiento de amar, la obligación de someterse al prójimo y servirle. Este hecho es muy evidente. Que uno tenga riquezas, y mientras se abstenga de deshonrar a la mujer de su prójimo, de apropiarse de los bienes de su prójimo, de manchar su honra o de dañar su persona, es justo a los ojos de la ley. Ninguna ley lo castiga por su avaricia y mezquindad, por negarse a prestar, a dar, a ayudar y a socorrer a su prójimo agraviado para que obtenga justicia. Las leyes hechas para contener al hombre exterior se dirigen solo contra las malas obras, que prohíben y castigan. Las buenas obras quedan libradas a la ejecución voluntaria. La ley civil no las arranca con amenazas y castigos, sino que las recomienda y las premia, como lo hace la Ley de Moisés.

4 Pablo quiere enseñar a los cristianos a conducirse de tal modo ante los hombres y ante la autoridad civil que no den motivo de queja ni de censura por deudas incumplidas con la ley temporal. No quiere que dejen de satisfacer las exigencias de la obligación legal, sino que vayan más allá de lo que esta requiere, haciéndose deudores voluntariamente y sirviendo a quienes no tienen derecho alguno sobre ellos. Sobre este tema, Pablo dice (Ro 1:14): «A griegos y a bárbaros soy deudor.» La obligación del amor capacita al hombre para hacer más de lo que realmente se le exige. Por eso el cristiano rinde siempre de buena gana al Estado y al individuo todo el servicio que exigen las disposiciones temporales, sin permitir que se tenga reclamo alguno contra él en este respecto.

5 La exhortación de Pablo podría expresarse, pues, así: Debe a todos, para que no debas a ninguno; debe todo, para que no debas nada. Esto suena paradójico. Pero una deuda es la del amor, una obligación para con Dios. La otra es la deuda con la ley temporal, una obligación a los ojos del mundo. El que se hace siervo, el que toma sobre sí la obligación del amor para con todos los hombres, llega tan lejos que nadie se atreve a quejarse de una omisión; más aún, llega más lejos de lo que nadie podría desear. Así queda libre. No vive bajo obligación para con nadie precisamente porque se pone bajo obligación para con todos. Esta manera de presentar la idea sería confirmada por el Espíritu con respecto a otros deberes; por ejemplo: No hagas ninguna obra buena, para que hagas solo obras buenas. Nunca seas piadoso y santo, si quieres ser siempre piadoso y santo. Como dice Pablo (cap. 12:16): «No seáis sabios en vuestra propia opinión»; o (1 Co 3:18): «Si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio.» En este sentido decimos: Debe a todos para que no debas a nadie; o: «No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros.»

6 Tal consejo se da pensando en las dos obligaciones. El que quiera hacer obras verdaderamente buenas a los ojos de Dios debe guardarse de las obras aparentemente brillantes a los ojos del mundo, obras con las cuales los hombres presumen hacerse justos. El que desea ser justo y santo debe guardarse de la santidad que se alcanza por obras sin fe. Asimismo, el que busca la sabiduría debe rechazar la sabiduría de los hombres, de la naturaleza, la sabiduría independiente del Espíritu. De igual modo, el que quiera no estar obligado a nadie debe obligarse a todos en todo respecto. Haciéndolo así, no retiene ningún derecho propio. En consecuencia, pronto se eleva por encima de toda ley, pues la ley solo ata a los que tienen derechos propios. Con razón se dice: «Qui cedit omnibus bonis, omnibus satisfecit», «El que cede todos sus bienes, satisface a todos.» ¿Cómo puede estar obligado quien no posee ni puede poseer nada? Es propio del amor darlo todo. La mejor manera, pues, de no estar obligado a nadie es obligarse por amor a todos los hombres en todo respecto. En este sentido puede decirse: Si quieres vivir, muere; si no quieres ser encarcelado, enciérrate a ti mismo; si no deseas ir al infierno, desciende a él; si te repugna ser pecador, sé pecador; si quieres escapar de la cruz, tómala sobre ti; si quieres vencer al diablo, deja que él te venza; si quieres vencer a un malvado, permite que él te venza. El sentido de todo esto es que debemos someternos de buena gana a Dios, al diablo y a los hombres, y permitir de buen grado su voluntad; no debemos insistir en nada, sino aceptar todas las cosas como suceden. Por eso habla Pablo como lo hace: «No debáis a nadie nada», etc., en lugar de dejarlo en la exhortación anterior del v. 7: «Pagad a todos lo que debéis», etc.

EL AMOR ES EL CUMPLIMIENTO DE LA LEY.

V.8. Porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley.

7 Habiendo hablado con frecuencia del carácter y de los frutos del amor, no es necesario introducir aquí el tema. El asunto está suficientemente tratado en la lección de la epístola del domingo anterior a la Cuaresma. Miraremos el mandamiento de amar en la Ley de Dios. Innumerables, interminables, son los libros y las doctrinas producidos para dirigir la conducta del hombre. Y todavía no hay límite en la fabricación de libros y leyes. Fíjate en los reglamentos eclesiásticos y civiles, en las órdenes y estados espirituales. Estas leyes y doctrinas podrían tolerarse, podrían recibirse con más agrado, si estuvieran fundadas en la única gran ley, la única regla o medida del amor, y se administraran conforme a ella; como lo hacen las Escrituras, que presentan muchas leyes diferentes, pero todas nacidas del amor, comprendidas en él y sujetas a él. Y esas leyes deben ceder, deben quedar sin validez, cuando chocan con el amor.

De la autoridad superior del Amor encontramos muchas ilustraciones en las Escrituras. Cristo hace mención particular del asunto en Mateo 12:3-4, donde David y sus compañeros comieron los panes de la proposición. Aunque cierta ley prohibía que nadie sino los sacerdotes participara de este alimento santo, el Amor era aquí emperatriz, y libre. El Amor estaba sobre la Ley y la sujetaba a sí. La Ley tuvo que ceder por el momento, tuvo que quedar sin validez, cuando David padecía hambre. La Ley tuvo que someterse a la sentencia: «David tiene hambre y debe ser socorrido, pues el Amor manda: Haz bien a tu prójimo necesitado. Cede, pues, tú, Ley. No impidas que se realice este bien. Más bien realízalo tú misma. Sírvele en su necesidad. No interpongas tus prohibiciones.» A propósito de este mismo suceso, Cristo enseña que debemos hacer bien a nuestro prójimo en sábado; ayudar según lo exija la necesidad, cualesquiera que sean las restricciones sabáticas de la Ley. Porque cuando la necesidad de un hermano llama, el Amor es autoridad y la Ley del sábado queda anulada.

8 Si las leyes se concibieran y se administraran en amor, poco importaría el número de leyes. Aunque uno no oyera ni aprendiera todas, aprendería de la una o las dos que conociera el principio del amor enseñado en todas. Y aunque conociera todas las leyes, no descubriría el principio del amor con más facilidad que en una sola. Pablo enseña este método de entender y dominar la ley cuando dice: «No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros»; «El que ama al prójimo, ha cumplido la ley»; «Cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo»; «El amor no hace mal al prójimo»; «El amor es el cumplimiento de la ley.» Cada palabra de esta lección de la epístola prueba que el Amor es señora de toda ley.

9 Además, no es posible en la tierra calamidad, agravio y miseria mayores que enseñar e imponer leyes sin amor. En tal caso, las leyes no son sino una maldición ruinosa, y se cumplen los proverbios: «summum jus, summa injustitia», «El derecho más estricto es el agravio más estricto»; y también las palabras de Salomón (Ec 7:16): «Noli nimium esse justus», «No seas demasiado justo.» Aquí es donde no percibimos la viga en nuestro propio ojo y nos ponemos a sacar la paja del ojo de nuestro prójimo. Las leyes sin amor vuelven timorosa la conciencia y la llenan de terror irrazonable y de desesperación, con gran daño del cuerpo y del alma. Así se incurre en muchos problemas y trabajos, todo sin provecho alguno.

10 Un ejemplo a propósito es el ya mencionado suceso de David con hambre. 1 S 21:6. Si el sacerdote hubiera estado dispuesto a negar a David el pan santo, si se hubiera empeñado ciegamente en honrar las prohibiciones de la Ley y no hubiera percibido la autoridad del Amor, si hubiera negado este alimento al que tenía hambre, ¿cuál habría sido el resultado? En cuanto dependía de la ayuda del sacerdote, David habría tenido que perecer de hambre, y el sacerdote habría sido culpable de homicidio por causa de la Ley. Aquí sí que habría sido cierto «summum jus, summa injustitia»: el derecho más estricto habría sido el agravio más estricto. Es más, al examinar el corazón del sacerdote que fuera tan necio, hallarías allí la extrema abominación de hacer pecado donde no hay pecado, y un asunto de conciencia donde no hay ocasión para ello. Pues tiene por pecado comer el pan, cuando en realidad es un acto de amor y de justicia. Además, considera su acto homicida, dejar que David muriera de hambre, no como pecado, sino como buena obra y servicio a Dios.

11 Pero ¿quién puede retratar por completo esta necedad ciega, pervertida, abominable? Es la perpetración de un mal que el mismo diablo no puede superar. Porque hace pecado donde no hay pecado, y un asunto de conciencia sin ocasión. Despoja de la gracia, de la salvación, de la virtud y de Dios con todas sus bendiciones, y eso sin razón, falsa y engañosamente. Niega y condena a Dios de manera terminante. Además, hace del homicidio y de la injusticia una obra buena, un servicio divino. Pone al diablo con sus mentiras en el lugar de Dios. Instituye la peor forma de idolatría y arruina cuerpo y alma, destruyendo el primero por el hambre y la segunda por una conciencia aterrorizada. Hace de Dios el diablo, y del diablo Dios. Hace del cielo infierno y del infierno cielo; de pecado justicia, y de justicia pecado. A esto llamo perversión: donde la justicia más estricta es el agravio más estricto.

A esta depravación se refiere Ezequiel (cap. 13:18-19): «Así ha dicho Jehová el Señor: ¡Ay de aquellas que cosen vendas mágicas para todas las manos, y hacen velos mágicos para la cabeza de toda edad, para cazar las almas! ¿Habéis de cazar las almas de mi pueblo, para mantener vuestra propia vida? ¿Y me habéis profanado entre mi pueblo por puñados de cebada y por pedazos de pan, matando a las personas que no deben morir, y dando vida a las personas que no deben vivir, mintiendo a mi pueblo que escucha la mentira?» ¿Qué se quiere decir sino que los maestros ciegos de la Ley aterrorizan la conciencia y ponen pecado y muerte en lugar de gracia y vida, y gracia y vida donde solo hay pecado y muerte; y todo por un puñado de cebada y un pedazo de pan? En otras palabras, tales maestros se dedican a leyes concernientes a asuntos estrictamente externos, cosas que perecen con el uso, como un trago de agua y un bocado de pan, descuidando por completo el amor y hostigando la conciencia con el temor del pecado hasta la muerte eterna; como sigue diciendo Ezequiel (vv. 22-23): «Por cuanto entristecisteis con vuestras mentiras el corazón del justo, al cual yo no entristecí, y fortalecisteis las manos del impío para que no se apartase de su mal camino, a fin de que viviese, por tanto, no veréis más visión falsa, ni practicaréis adivinación; y libraré a mi pueblo de vuestra mano; y sabréis que yo soy Jehová.»

12 Fíjate: entristecer el corazón de los justos es cargarlos de pecados cuando sus obras son buenas; fortalecer las manos de los impíos es hacer buenas sus obras cuando no son sino pecado. Sobre este tema leemos (Sal 14:5): «Allí temblarán de espanto; porque Dios está con la generación de los justos.» Es decir, el aguijón de la conciencia llena de temor donde no hay razón ni para temer ni para una conciencia perturbada. Se teme como pecado lo que en realidad es noble servicio a Dios. El pensamiento del último pasaje es este: cuando deberían invocar a Dios y servirle, temen que tal conducta sea pecado y no servicio divino; y, por otra parte, cuando necesitan temer un servicio que no es divino, están seguros y sin miedo. Las palabras de Isaías (cap. 29:13) tienen el mismo sentido: «Su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado.» Las personas pervertidas de que se habla lo corrompen siempre todo. Invocan con confianza a Dios donde solo está el diablo; se abstienen con temor de invocar a Dios donde Dios está.

13 Tal, fíjate, es la condición miserable de los que se ocupan ciegamente de leyes y obras y no logran comprender el propósito de la ley y de su señora, el Amor. Observa también, en el caso de nuestros miserables eclesiásticos y sus seguidores, ¡con qué rigidez se aferran a sus propias invenciones! Aunque todo el mundo se arruine, sus artificios deben sostenerse; deben perpetuarse sin importar la enfermedad y la muerte del cuerpo, ni el sufrimiento y la ruina del alma. Incluso consideran tal destrucción y ruina como servicio divino, y no conocen temor ni remordimiento de conciencia. En efecto, tan atrincherados están en su maldad que nunca se apartarán de ella. Y si a uno de su miserable número se le permitiera aliviar la angustia de su cuerpo y de su alma, comer carne, casarse, tiene miedo, siente remordimiento de conciencia; está inseguro acerca del pecado y de la ley, de la muerte y del infierno; no invoca a Dios ni le sirve; todo esto aunque el cuerpo muriera diez muertes y el alma se fuera al diablo cien veces.

14 Observa, pues, el estado del mundo; cuán poco pueden lograr la carne y la sangre incluso en sus mejores esfuerzos; cuán peligroso es emprender el gobierno solo por medio de la ley; más aún, cuán imposible es, sin gran peligro, gobernar e instruir almas con meras leyes, ignorando el amor y el Espíritu, en cuyas manos está todo el poder de toda ley. Escrito está (Dt 33:2): «Con la ley de fuego a su mano derecha.» Esta es la ley del amor en el Espíritu. Ella regulará todas las leyes de la mano izquierda; es decir, las leyes externas del mundo. Se dice (Éx 28:30) que el sacerdote debía llevar sobre su pecho, en el pectoral, «el Urim y el Tumim»; es decir, Luz y Perfección, lo cual indica el oficio del sacerdote de iluminar la Ley, de dar su verdadero sentido, y de guardarla y enseñarla sin falta.

15 En la concepción, el establecimiento y la observancia de todas las leyes, el objeto debe ser, no el fomento de las leyes en sí mismas, no el avance de las obras, sino el ejercicio del amor. Ese es el verdadero propósito de la ley, según Pablo aquí: «El que ama al prójimo, ha cumplido la ley.» Por tanto, cuando la ley contribuye al daño y no al provecho de nuestro prójimo, debe ignorarse. La misma ley puede beneficiar a nuestro prójimo en un momento y dañarlo en otro. En consecuencia, debe regularse según su provecho para él. La ley debe hacerse servir del mismo modo que sirven el alimento, el vestido y las demás cosas necesarias para la vida. No consideramos el alimento y el vestido en sí mismos, sino su provecho para nuestro prójimo necesitado. Y dejamos de dispensarlos tan pronto como percibimos que ya no aumentan su bienestar.

16 Supón que te encontraras con un individuo lo bastante necio como para actuar sin otro pensamiento que el de que el alimento y el vestido son cosas verdaderamente buenas, y así se pusiera a atiborrar a un necesitado con comida y bebida sin límite hasta ahogarlo, y a vestirlo hasta sofocarlo, y luego no desistiera. Supón que al mandato: «Detente, ya lo has sofocado, ya lo has sobrealimentado y sobrevestido, y todo esfuerzo es ahora en vano», el necio respondiera: «Hereje, ¿quieres prohibir las buenas obras? La comida, la bebida y el vestido son cosas buenas, por tanto no debemos dejar de dispensarlas; no podemos hacer demasiado.» Y supón que siguiera forzando comida y ropa sobre el hombre. Dime, ¿qué pensarías de tal persona? Es un necio más que necio; está más loco que la locura misma. Pero tal es más o menos el carácter de nuestros eclesiásticos de hoy, y de los que están tan ciegos en el ejercicio de la ley que actúan como si las obras fueran lo único requerido, y sofocan cuerpo y alma, ignorando que el único propósito de la ley es suscitar el ejercicio del amor. Hacen de las obras algo superior al amor, y de una criada, superior a su señora. Tal perversión prevalece en una medida angustiosa de pensar, ni qué decir de oírla y verla, o más aún, de practicarla y permitirla nosotros mismos.

17 El mandamiento del amor no es largo; es corto. Es una sola orden, no muchas. Ni siquiera es un mandamiento, y al mismo tiempo es todos los mandamientos. Breve y una unidad en sí mismo, su sentido se comprende con facilidad. Pero en su ejercicio es de largo alcance, pues incluye y regula todos los mandamientos. En cuanto ordena obras, no es mandamiento alguno; no nombra ninguna obra particular. Sin embargo, representa todos los mandamientos, porque propiamente el cumplimiento de todos los mandamientos es el cumplimiento de este. El mandamiento del amor suspende todo mandamiento, y sin embargo los perpetúa todos. Todo su propósito es que no reconozcamos mandamiento alguno, ni obra alguna, salvo como el amor lo dicte.

18 Como la vida en la tierra sin obras es imposible, necesariamente tiene que haber diversos mandamientos que implican obras. Sin embargo, el Amor es supremo sobre estas exigencias, dictando la omisión o la ejecución de las obras según su propio mejor interés, y no permitiendo obras contrarias a sí mismo.

Para ilustrarlo: un cochero, con las riendas en la mano, guía a su antojo el tiro y el carro. Si se contentara con sostener las riendas sin importarle si el tiro sigue o no el camino, todo el equipaje (tiro, carro, riendas y cochero) pronto quedaría destrozado; el cochero yacería ahogado en una zanja o en un charco, o con el cuello roto al pasar sobre tocones y rocas. Pero si regula con destreza el movimiento del conjunto según el camino, observando dónde es seguro y dónde inseguro, avanzará con seguridad porque avanza con sabiduría. Si, en su egoísmo, fuera derecho hacia delante, procurando que el camino se ajustara al movimiento del carro, a su gusto, pronto vería cuán hermosamente funciona su plan.

19 Así sucede cuando los hombres son gobernados por leyes y obras, y las leyes no se regulan según las personas. Es el caso del cochero que quisiera regular el camino por los movimientos del carro. Es cierto que el camino a menudo se presta bien a la marcha recta del carro. Pero con igual verdad el camino, en ciertos lugares, es torcido y desigual, y entonces el carro debe ajustarse al curso y a la condición del camino. Los hombres deben adaptarse a las leyes y reglamentos dondequiera que sea posible y donde las leyes sean beneficiosas. Pero donde las leyes resulten perjudiciales a los intereses de los hombres, aquellas deben ceder. El gobernante debe hacer sabiamente lugar al amor, suspendiendo obras y leyes. De ahí que los filósofos digan que la prudencia (o circunspección o discreción, como la llaman los eclesiásticos) es la guía y reguladora de todas las virtudes.

20 Leemos en un libro de los antiguos padres que en cierta ocasión de su reunión se planteó la pregunta: ¿cuál es realmente la obra más noble? Se dieron varias respuestas. Uno dijo que la oración, otro que el ayuno; pero san Antonio fue de la opinión de que de todas las obras y virtudes, la discreción es el mejor y más seguro camino al cielo. Con todo, estas eran solo ideas pueriles y carnales, referentes a las obras que ellos mismos habían escogido. Un cristiano ve el asunto bajo una luz muy diferente, y con más juicio. Concluye que ni la discreción ni la temeridad valen ante Dios. Solo la fe y el amor le sirven. Pero el amor es la verdadera discreción; el amor es el cochero y la verdadera discreción en las obras justas. Siempre mira al bien del prójimo, al mejoramiento de su condición; así como la discreción del mundo mira al bienestar general de los gobernados en el ajuste de las leyes políticas. Baste con esto sobre este punto.

21 Pero surge la pregunta: ¿cómo puede el amor cumplir la Ley cuando el amor no es sino uno de los frutos de la fe, y hemos dicho con frecuencia que solo la fe en Cristo quita nuestros pecados, nos justifica y satisface todas las exigencias de la Ley? ¿Cómo podemos armonizar las dos afirmaciones? Cristo dice también (Mt 7:12): «Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas.» Así muestra que el amor al prójimo cumple tanto la Ley como los profetas. Y otra vez dice (Mt 22:37-40): «Amarás al Señor tu Dios… a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.» ¿Dónde queda, entonces, Pablo, que dice (Ro 3:31): «¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley.» Y otra vez (Ro 3:28): «Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.» Y una vez más (Ro 1:17): «Mas el justo por la fe vivirá.»

22 Respondo: como hemos dicho con frecuencia, debemos distinguir debidamente entre la fe y el amor. La fe trata con el corazón, y el amor con las obras. La fe quita nuestros pecados, nos hace aceptos, nos justifica. Y siendo aceptados y justificados en cuanto a nuestra persona, se nos da el amor en el Espíritu Santo y nos deleitamos en hacer el bien. Ahora bien, es propio de la Ley atacar nuestra persona y exigir buenas obras; y no cesará de exigir hasta salirse con la suya. No podemos hacer buenas obras sin el Espíritu y el amor. La Ley nos constriñe a conocernos a nosotros mismos con nuestras imperfecciones, y a reconocer la necesidad de que lleguemos a ser individuos totalmente distintos para satisfacer la Ley. La Ley no exige tanto del corazón como de las obras; de hecho, no exige sino obras e ignora el corazón. Deja que el individuo descubra, por las obras exigidas, que debe llegar a ser una persona totalmente diferente. Pero la fe, cuando llega, crea una naturaleza capaz de realizar las obras que la Ley exige. Así se cumple la Ley.

Por eso los dichos de Pablo sobre el tema son hermosos y apropiados. La Ley exige de nosotros obras; debe cumplirse por obras. Por tanto, no puede decirse en todo sentido que la fe cumple la Ley. Sin embargo, prepara el camino y nos capacita para cumplirla, pues la Ley exige, no a nosotros, sino nuestras obras. La Ley nos constriñe, nos enseña que debemos ser cambiados antes de poder realizar sus obras; nos hace conscientes de nuestra incapacidad tal como somos. En cambio, el amor y las obras no nos cambian, no nos justifican. Debemos ser cambiados en nuestra persona y justificados antes de poder amar y hacer buenas obras. Nuestro amor y nuestras obras son evidencia de la justificación y de un cambio, ya que son imposibles hasta que el individuo queda libre de pecado y hecho justo.

23 Esta explicación se da para que podamos percibir la verdadera naturaleza de la Ley, de la fe y del amor; para atribuir a cada uno su propia misión; y para entender rectamente las declaraciones de la Escritura en sus relaciones armoniosas: que mientras la fe justifica, no cumple la Ley, y que mientras el amor no justifica, cumple la Ley. La Ley requiere amor y obras, pero no menciona el corazón. El corazón siente la Ley, pero el amor no. Así como la Ley, al requerir obras antes de que exista la fe, es una señal para el individuo que lo lleva a reconocer su absoluta falta de fe y de justicia, y a concluir que está vencido, así el amor, en su cumplimiento de la Ley después de que interviene la fe, es una señal y una prueba para el individuo de su fe y de su justicia. La Ley y el amor, pues, dan testimonio a él acerca de su injusticia o de su justicia. Después de que llega la fe, el amor es evidencia de justicia. Antes de la fe, el hombre siente la opresión de la Ley porque sabe que no posee lo que la Ley requiere. Y la Ley no requiere un corazón cambiado, sino obras. El amor y las obras no producen el cumplimiento de la Ley; ellos mismos son su cumplimiento.

24 Ahora bien, aunque la fe no cumple la Ley, contiene lo que efectúa su cumplimiento; obtiene el Espíritu y el amor mediante los cuales se logra el fin. Por otra parte, si el amor no nos justifica, hace manifiesta la fe por la cual somos justificados. En breve, como dice Pablo aquí: «El amor es el cumplimiento de la ley.» Su pensamiento es: una cosa es el cumplimiento de la Ley, y otra efectuar o suministrar su cumplimiento. El amor cumple la Ley en el sentido de que el amor mismo es su cumplimiento; pero la fe la cumple en el sentido de que ofrece aquello por lo cual se cumple. Porque la fe ama y obra, como se dice en Gálatas 5:6: «La fe que obra por el amor.» El agua llena el cántaro; también lo llena el copero. El agua llena por sí misma; el copero llena con el agua: «effective et formaliter implere», como dirían los sofistas.

25 La fe es siempre el agente, y el amor el acto. La ley exige el acto y así fuerza al agente a ser cambiado. La Ley se cumple entonces por el acto, que, sin embargo, el agente debe realizar. Así rechaza Pablo las fantasías de los sofistas, que en cuanto al amor harían una distinción entre la obra externa y el afecto interior, diciendo: «El amor es un afecto interior que ama a nuestro prójimo cuando en nuestro corazón le deseamos el bien.» Pero su expresión en obras la llaman fruto del amor. Nosotros, sin embargo, no discutiremos esa idea. Fíjate: Pablo llama al amor no solo un afecto, sino un acto bueno y afectuoso. La fe y el corazón son el agente y el cumplidor de la Ley. Pablo dice: «El que ama al prójimo, ha cumplido la ley.» Y el amor es el acto, el cumplimiento; pues dice: «El amor es el cumplimiento de la ley.»

26 Surge otra pregunta: ¿cómo puede el amor al prójimo ser el cumplimiento de la Ley cuando se nos exige amar a Dios sobre todas las cosas, incluso por encima de nuestro prójimo? Respondo: Cristo contesta la pregunta cuando nos dice (Mt 22:39) que el segundo mandamiento es semejante al primero. Hace del amor a Dios y del amor al prójimo el mismo amor. La razón de esto es, primero: Dios, que no tiene necesidad de nuestras obras y beneficios para sí mismo, nos manda hacer por nuestro prójimo lo que haríamos por Dios. Para sí pide solamente nuestra fe y que lo reconozcamos como Dios. El objeto de proclamar su honra y de rendirle alabanza y gracias aquí en la tierra es que nuestro prójimo sea convertido y traído a la comunión con Dios. Tal servicio se llama el amor de Dios, y se realiza por amor a Dios; pero se ejerce solo para el beneficio de nuestro prójimo.

27 La segunda razón por la cual Dios hace del amor al prójimo una obligación igual al amor a sí mismo es esta: Dios ha enloquecido la sabiduría mundana, y quiere de aquí en adelante ser amado entre cruces y aflicciones. Pablo dice (1 Co 1:21): «Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación.» Por eso, en la cruz se sometió a la muerte y a la miseria, e impuso la misma sumisión a todos sus discípulos. Los que antes se negaron a amarlo cuando les concedía alimento y bebida, bendición y honra, deben amarlo ahora en el hambre y el dolor, en la adversidad y la deshonra. Todas las obras del amor, pues, deben dirigirse a nuestros prójimos miserables y necesitados. En estos humildes debemos hallar y amar a Dios, en ellos debemos servirle y honrarle, y solo así podemos hacerlo. El mandamiento de amar a Dios queda totalmente fundido en el de amar a nuestros prójimos.

28 Estos hechos refrenan a esos espíritus esquivos y encumbrados que buscan a Dios solo en empresas grandes y gloriosas. Cierra la boca de los que aspiran a una grandeza como la suya, que se querrían forzar la entrada al cielo, presumiendo servirle y amarle con sus obras brillantes. Pero lo pierden, pasando de largo ante él en su prójimo terrenal, en quien Dios quiere ser amado y honrado. Por eso oirán, en el último día, la sentencia (Mt 25:42): «Tuve hambre, y no me disteis de comer», etc. Porque Cristo dejó a un lado su divinidad y tomó sobre sí la forma de siervo precisamente para hacer descender y centrar sobre nuestro prójimo el amor que damos a él mismo. Y sin embargo dejamos aquí al Señor postrado en su humillación mientras miramos al cielo con la boca abierta y hacemos grandes pretensiones de amor y servicio a Dios.

TODOS LOS MANDAMIENTOS RESUMIDOS EN EL AMOR.

V.9. Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

29 Siendo el amor el elemento principal de toda ley, comprende, como se ha aclarado suficientemente, todos los mandamientos. Su única preocupación es ser útil al hombre y no dañino; por eso descubre fácilmente el camino. Reconociendo el hecho de que el hombre, por su ardiente amor propio, busca promover sus propios intereses y evitar perjudicarlos, el amor procura adoptar el mismo proceder hacia los demás. Consideraremos el mandamiento que acaba de citarse, notando cuán ingeniosa y sabiamente está dispuesto. Presenta cuatro pensamientos. Primero, dice quién está obligado a amar: tú, el individuo más cercano, más noble, mejor que podemos mandar. Nadie puede cumplir por otro la Ley de Dios; cada uno debe hacerlo por sí mismo. Como dice Pablo (Gá 6:5): «Cada uno llevará su propia carga.» Y (2 Co 5:10): «Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.» Así se dice: «Tú, tú mismo, debes amar»; no: «Que otro ame por ti.» Aunque uno puede y debe orar para que Dios sea misericordioso con otro y lo ayude, sin embargo nadie se salvará a menos que él mismo cumpla el mandamiento de Dios. No basta con orar meramente para que otro escape del castigo, como enseñan los vendedores de indulgencias; mucho más bien debemos orar para que él llegue a ser justo y guarde los preceptos de Dios.

30 Segundo, el mandamiento nombra la virtud más noble: el amor. No dice: «Darás de comer a tu prójimo, le darás de beber, lo vestirás», todas las cuales son obras buenas de valor inestimable; dice: «Lo amarás.» El amor es la virtud principal, la fuente de todas las virtudes. El amor da comida y bebida; viste, consuela, persuade, alivia y rescata. ¿Qué diremos de él? Pues mira, el que ama se da a sí mismo, cuerpo y alma, bienes y honra, todas sus fuerzas internas y externas, para provecho de su prójimo necesitado, sea amigo o enemigo; no retiene nada con lo cual pueda servir a otro. No hay virtud como el amor; no puede asignársele ninguna obra especial como en el caso de las virtudes limitadas, como la castidad, la misericordia, la paciencia, la mansedumbre y otras semejantes. El amor lo hace todo. Sufrirá en la vida y en la muerte, en toda condición, y eso incluso por sus enemigos. Bien puede decir aquí Pablo que todos los demás mandamientos se resumen en la orden: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.»

31 Tercero, el mandamiento nombra, como esfera de nuestro amor, el campo más noble, el amigo más querido: nuestro prójimo. No dice: «Amarás al rico, al poderoso, al sabio, al santo.» No; el amor sin reservas designado en este mandamiento perfectísimo no se reparte entre unos pocos. En él no hay acepción de personas. Es propio del amor falso, carnal y mundano hacer acepción del individuo y amar solo mientras espera sacar provecho. Cuando esa esperanza cesa, ese amor también cesa. El mandamiento de nuestro texto, en cambio, requiere de nosotros un amor libre y espontáneo hacia todos los hombres, quienesquiera que sean, y ya sean amigos o enemigos, un amor que no busca provecho y administra solo lo que es beneficioso. Tal amor es más activo y poderoso al servir al pobre, al necesitado, al enfermo, al malvado, al simple y al hostil; entre estos es siempre y en toda circunstancia necesario sufrir y soportar, servir y hacer bien.

32 Fíjate aquí: este mandamiento nos hace a todos iguales ante Dios, sin considerar las distinciones propias de nuestros estados de vida, de nuestras personas, oficios y ocupaciones. Como el mandamiento es para todos, para todo ser humano, un soberano, si es un ser humano, debe confesar que el mendigo más pobre, el leproso más miserable, es su prójimo y su igual a la vista de Dios. Está obligado, según este mandamiento, no a dar una medida de ayuda, sino a servir a ese prójimo con todo lo que tiene y todo lo que controla. Si lo ama como Dios le manda aquí que lo haga, debe dar al mendigo preferencia sobre su corona y todo su reino; y si la necesidad del mendigo lo requiere, debe dar su vida. Está obligado a amar a su prójimo, y debe admitir que tal persona es su prójimo.

33 ¿No es este un mandamiento superior, noble, que nivela por completo a los individuos más desiguales? ¿No es maravillosamente consolador para el mendigo tener siervos y amadores de tal honra? ¿No es maravilloso que su pobreza mande los servicios de un rey en su opulencia? ¿que a sus llagas y heridas estén sujetas la corona de la riqueza y el suave aroma del esplendor real? ¡Pero cuán extraño nos parecería ver a reyes y reinas, príncipes y princesas, sirviendo a mendigos y leprosos, como leemos que lo hizo santa Isabel! Aun esto, sin embargo, sería poca cosa en comparación con lo que Cristo ha hecho. Nadie podrá igualarlo jamás en la obediencia con que ha exaltado este mandamiento. Es un rey cuya honra trasciende la de todos los demás reyes; más aún, es el Hijo de Dios. Y sin embargo se pone al nivel de los peores pecadores, y les sirve hasta morir por ellos. Si diez reyes de la tierra sirvieran hasta el extremo a un mendigo, sería algo notable; pero ¿qué significaría en comparación con el servicio que Cristo ha rendido? Los reyes quedarían completamente avergonzados y tendrían que reconocer que su servicio no merece atención.

34 Aprende, pues, la condición del mundo: cuán lejos está no solo del ejemplo inmenso de Cristo, sino del mandamiento de este versículo. ¿Dónde se hallan los que comprendan el sentido de la pequeña frase «tu prójimo», a pesar de que, además de este mandamiento, existe la ley natural del servicio escrita en los corazones de todos los hombres? No hay individuo que no reconozca, y que no se vea obligado a confesar, la justicia y la verdad de la ley natural resumida en el mandato (Mt 7:12): «Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos.» La luz de esta ley resplandece en la razón innata de todos los hombres. Si tan solo la atendieran, ¿qué necesidad tienen de libros, maestros o leyes? Llevan consigo en lo profundo de sus corazones un libro vivo, adecuado para enseñarles plenamente qué hacer y qué omitir, qué aceptar y qué rechazar, y qué decisión tomar.

Ahora bien, el mandato de amar a nuestros prójimos como a nosotros mismos equivale a este otro: «Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros», etc. Todo individuo desea ser amado y no aborrecido; y también siente y ve su obligación de ejercer la misma disposición hacia los demás. Cumplir esta obligación es amar a otro como a sí mismo. Pero el mal deseo y el amor pecaminoso oscurecen la luz de la ley natural y ciegan al hombre, hasta que no percibe la guía que tiene en su corazón ni sigue el claro mandato de la razón. Por eso debe ser refrenado y rechazado con leyes externas y libros materiales, con la espada y por la fuerza. Hay que recordarle su luz natural y revelarle su propio corazón. Pero la exhortación no basta; no ve la luz. El mal deseo y el amor pecaminoso lo ciegan. Con la espada y con las leyes políticas hay que seguir refrenándolo por fuera para que no cometa crímenes efectivos.

35 Lo cuarto que presenta el mandamiento es la norma con que hemos de medir nuestro amor: un modelo excelente. Son particularmente dignas las instrucciones y los mandamientos que presentan ejemplos. Este mandamiento pone delante un ejemplo verdaderamente vivo: «a ti mismo.» Es un modelo mejor que cualquier ejemplo que hayan dado los santos. Los santos están muertos y sus obras pasaron, pero este ejemplo vive siempre. Todos deben admitir que son conscientes de su propio amor por sí mismos; de su ardiente preocupación por su vida temporal; de su cuidadosa nutrición del cuerpo con alimento, vestido y todas las cosas buenas; de su huir de la muerte y evitar el mal. Esto es amor propio; algo de lo que somos conscientes en nosotros mismos. ¿Cuál es, entonces, la enseñanza del mandamiento? Hacer a otro lo que haces a ti mismo; estimar su cuerpo y su vida igual que tu propio cuerpo y tu propia vida. Ahora bien, ¿cómo pudo Dios señalarte un ejemplo más querido, más agradable y más a propósito que este: el profundo instinto de tu naturaleza? En verdad, la hondura de tu carácter se mide por la escritura de este mandato en tu corazón.

36 ¿Cómo te irá con Dios si no amas a tu prójimo? Sintiendo este mandamiento escrito en tu corazón, tu conciencia te condenará. Toda tu conducta será un ejemplo que testifique contra ti, dando testimonio de que no hiciste a los demás lo que el instinto natural de tu ser, con más fuerza que todos los ejemplos de los santos, te enseñó a hacer. Pero ¿cómo les irá en particular a los eclesiásticos, los clérigos con su canto y sus oraciones, sus cogullas y sus coronillas rapadas, y todos sus juegos de manos? No comento el hecho de que nunca hayan observado el mandamiento. Pregunto, sin embargo: ¿cuándo les ha permitido su fanatismo monástico tiempo y oportunidad para percibir aunque sea una vez esta ley en sus corazones, para sentir el ejemplo que les da su propio instinto humano, o incluso para leer el precepto en los libros o para oírlo predicar? ¡Pobres, miserables! ¿Pretenden pensar que Dios anulará este mandamiento del amor, tan hondo y claramente impreso en el corazón, tan hermosa e inequívocamente ilustrado en sus propias naturalezas y también en tantas palabras escritas y habladas? ¿Creen que Dios hará esto por causa de sus cogullas y coronillas rapadas, y tendrá en cuenta lo que ustedes han estado ideando y practicando?

37 ¡Ay, cuán descaradamente ha ignorado el mundo este hermoso e impresionante mandamiento en el cual se presentan con tanta habilidad el individuo, la tarea, el modelo y el campo de labor! Y, por otra parte, ¡cuán vergonzosamente se ocupa de lo exactamente contrario a lo que enseña este mandamiento! Toda su práctica y tendencia parecen consistir en echar nuestra responsabilidad sobre otros; los monjes y sacerdotes deben ser justos por nosotros y orar en nuestro lugar, para que personalmente quedemos excusados. En lugar de la virtud más noble, el amor, ponemos obras inventadas por nosotros; en lugar de nuestros prójimos ponemos madera y piedra, vestido y comida, incluso almas muertas, los santos del cielo. A estos servimos; con ellos nos ocupamos; son el campo en que nos ejercitamos. En lugar del ejemplo más noble, «como a ti mismo», miramos las leyendas y las obras de los santos. Presumimos imitar tales ejemplos externos, omitiendo el deber que nuestra propia naturaleza y vida presentan y que el mandato de Dios describe, a pesar de que tal deber ofrece más de lo que jamás podríamos cumplir. Aunque pudiéramos lograr todo lo que ofrece, aún no igualaríamos a Cristo.

EL AMOR NO HACE SINO BIEN A SU PRÓJIMO.

V.10. El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor.

38 Los Diez Mandamientos prohíben hacer mal a nuestro prójimo: «No matarás, no cometerás adulterio», etc. El apóstol, empleando una fraseología semejante, dice que el amor observa todos estos mandamientos, sin dañar a nadie. No solo eso; produce bien para todos. Es prácticamente hacer mal permitir que nuestro prójimo permanezca en peligro cuando podemos socorrerlo, aunque no hayamos sido nosotros los que lo pusimos donde está. Si tiene hambre y no le damos de comer cuando está en nuestro poder hacerlo, prácticamente permitimos que muera de hambre. Debemos pensar así de cualquier condición peligrosa, de cualquier circunstancia adversa, de nuestros prójimos. Cómo es el amor el cumplimiento de la Ley, ya lo hemos oído.

Sermón para el primer domingo de Adviento; Romanos 13:11-14

EXHORTACIÓN A LAS BUENAS OBRAS.

1 Esta lección de la epístola no trata de la fe, sino de sus frutos, o sea, las obras. Enseña cómo debe conducirse exteriormente un cristiano en su trato con los demás hombres sobre la tierra. Pero cómo debemos andar en el Espíritu delante de Dios pertenece al tema de la fe. De la fe trata Pablo extensamente y de manera apostólica en los capítulos anteriores a este texto. Un examen atento de nuestro pasaje muestra que no es didáctico; más bien pretende incitar, exhortar, urgir y despertar a almas que ya conocen su deber. Pablo, en Romanos 12:7-8, dedica el oficio del ministerio a dos cosas: la doctrina y la exhortación. La parte doctrinal consiste en predicar verdades no generalmente conocidas, en instruir e iluminar al pueblo. La exhortación es incitar y urgir a deberes ya bien entendidos. Necesariamente ambas obligaciones reclaman la atención del ministro, y por eso Pablo se ocupa de las dos.

2 Para dar efecto y énfasis, el apóstol emplea en su exhortación figuras agradables y hace un llamado elocuente. Introduce ciertas palabras («armas», «obra», «sueño», «despertar», «tinieblas», «luz», «día», «noche») que son puramente figuradas, destinadas a transmitir un significado distinto del literal y natural. No se refiere aquí a las cosas que ordinariamente designan. Las palabras se emplean como símiles, para ayudarnos a captar el pensamiento espiritual. El sentido es: si por amor a la ganancia temporal los hombres se levantan del sueño, dejan a un lado las cosas de las tinieblas y toman la tarea del día cuando la noche ha dado lugar a la mañana, cuánto mayor es la necesidad de que nosotros despertemos de nuestro sueño espiritual, echemos fuera las cosas de las tinieblas y entremos en las obras de la luz, puesto que nuestra noche ha pasado y nuestro día amanece.

3 «Sueño» representa aquí las obras de maldad y de incredulidad. Porque el sueño es propio de la noche; y, además, la explicación se da en las palabras añadidas: «Desechemos las obras de las tinieblas.» Asimismo, en la idea de despertar y levantarse se sugieren las obras de fe y piedad. Levantarse del sueño es naturalmente un suceso de la mañana. Relativas a la misma concepción son las palabras de Pablo en 1 Tesalonicenses 5:4-10: «Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas… porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas. Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios. Pues los que duermen, de noche duermen, y los que se embriagan, de noche se embriagan. Pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de salvación como yelmo; porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, quien murió por nosotros para que ya sea que velemos, o que durmamos, vivamos juntamente con él.»

4 Pablo, por supuesto, no está prohibiendo aquí el sueño físico. Sus figuras contrastantes de sueño y vigilia se usan como ilustraciones de la letargia y la actividad espiritual, de la vida piadosa y la impía. En suma, su concepto aquí de levantarse del sueño es el mismo que expresa en su declaración (Tit 2:11-13): «Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.» Lo que en el pasaje recién citado se llama «renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos», aquí en nuestro texto se describe como un levantarse del sueño; y la «vida sobria, justa y piadosa» es el velar y el vestirse las armas de la luz; mientras que la manifestación de la gracia es el día y la luz, como oiremos.

5 Ahora, fíjate en la analogía entre el sueño natural y el espiritual. El que duerme no ve nada a su alrededor; no es sensible a ninguna de las realidades de la tierra. En medio de ellas yace como muerto, inútil, sin poder ni propósito. Aunque tiene vida en sí mismo, está prácticamente muerto para todo lo de fuera. Además, su mente se ocupa, no de realidades, sino de sueños, en los cuales contempla meras imágenes, formas vanas de lo real; y es tan necio que las cree verdaderas. Pero cuando despierta, esas ilusiones o sueños se desvanecen. Entonces empieza a ocuparse de realidades; los fantasmas se descartan.

6 Así ocurre en la vida espiritual. El individuo impío duerme. En cierto sentido está muerto a la vista de Dios. No reconoce, no es sensible a las verdaderas bendiciones espirituales que se le ofrecen por el evangelio; las considera sin valor. Porque esas bendiciones solo pueden ser reconocidas por el corazón creyente; están ocultas al hombre natural. El individuo impío se ocupa de cosas temporales y transitorias, como el lujo y la honra, que son a la vida y el gozo eternos lo que las imágenes de los sueños son a las criaturas de carne y hueso.

Cuando el incrédulo despierte a la fe, las cosas transitorias de la tierra saldrán de su contemplación y aparecerá su futilidad. En relación con este tema dice el Salmo 76:5: «Fueron despojados los fuertes de corazón, durmieron su sueño; y ninguno de los varones fuertes halló sus manos.» Y el Salmo 73:20: «Como sueño del que despierta, así, Señor, cuando despertares, menospreciarás su apariencia.» También Isaías 29:8: «Y como el que tiene hambre sueña, y parece que come, pero cuando despierta, su estómago está vacío; o como el que tiene sed sueña, y parece que bebe, pero cuando despierta, se halla cansado y sediento: así será la multitud de todas las naciones que pelean contra el monte de Sion.»

Pero ¿no es mostrar demasiado desprecio por el poder, la riqueza, el placer y la honra del mundo compararlos con sueños, con imágenes de sueños? ¿Quién tiene valor para declarar que reyes y príncipes, riqueza, placer y poder no son sino creaciones de un sueño, frente a la furia enloquecida de la tierra tras tales cosas? La razón de tal conducta es no haberse levantado del sueño ni haber contemplado por la fe la luz.

V.11. Porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos.

7 ¿Qué implican estas palabras? ¿Creíamos antes, o hemos dejado ahora de creer? Aquí debemos saber que, como dice Pablo en Romanos 1:2-3, Dios prometió por medio de sus profetas en las santas Escrituras el evangelio de su Hijo Jesucristo nuestro Señor, por quien todo el mundo había de ser salvo. La palabra a Abraham dice: «En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra.» Gn 22:18. La bendición aquí prometida al patriarca, en su simiente, es simplemente esa gracia y salvación en Cristo que el evangelio presenta a todo el mundo, como declara Pablo en el capítulo 4 de Romanos y en el 4 de Gálatas. Porque Cristo es la simiente de Abraham, su propia carne y sangre, y en Cristo serán benditos todos los que, creyendo, lo busquen.

8 Esta promesa al patriarca fue expuesta después con más detalle y difundida más ampliamente por los profetas. Todos ellos escribieron acerca de la venida de Cristo, y de su gracia y evangelio, como dice Pedro en Hechos 3:18-24. La promesa divina fue creída por los santos antes del nacimiento de Cristo; así, por medio del Mesías venidero fueron preservados y salvados por la fe. El mismo Cristo (Lc 16:22) pinta la promesa bajo la figura del seno de Abraham, en el cual fueron reunidos todos los santos desde el tiempo de Abraham hasta el tiempo de Cristo. Así se explica la declaración de Pablo: «Ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos.» Quiere decir en la práctica: «La promesa de Dios a Abraham no es cosa de cumplimiento futuro; ya está cumplida. Cristo ha venido. El evangelio ha sido revelado y la bendición repartida por todo el mundo. Todo lo que esperábamos en la promesa, creyendo, está aquí.» La frase se refiere al día espiritual del que Pablo habla después: la luz naciente del evangelio; como oiremos.

9 Pero la fe no queda abolida en el cumplimiento de la promesa; más bien queda establecida. Así como los de antaño creían en el cumplimiento futuro, nosotros creemos ahora en el cumplimiento consumado. La fe, en los dos casos, es esencialmente la misma, pero una creencia sucede a la otra como el cumplimiento sucede a la promesa. Porque en ambos casos la fe se funda en la simiente de Abraham, es decir, en Cristo. En un caso precede a su venida y en el otro la sigue. El que ahora quisiera, como los judíos, creer en un Cristo que aún ha de venir, como si la promesa todavía no se hubiera cumplido, sería condenado. Pues haría de Dios un mentiroso al sostener que su palabra no se ha cumplido, contra los hechos. Si la promesa no se hubiera cumplido, nuestra salvación estaría aún lejos; tendríamos que esperar su cumplimiento futuro.

10 Teniendo en mente la fe bajo estas dos condiciones, Pablo afirma en Romanos 1:17: «Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe.» ¿Qué significa la frase «por fe y para fe»? Simplemente que ahora debemos creer no solo en la promesa, sino en su cumplimiento ya realizado. Porque aunque la fe de los padres es una con nuestra fe, ellos confiando en un Cristo que había de venir y nosotros en un Cristo revelado, sin embargo el evangelio conduce de la fe anterior a la posterior. Ahora es necesario creer no solo la promesa, sino también su cumplimiento. A Abraham y a los antiguos no se les pidió que creyeran en un cumplimiento consumado, aunque tenían el mismo Cristo que nosotros. Hay una sola fe, un solo espíritu, un solo Cristo, una sola comunidad de santos; pero ellos precedieron a Cristo, mientras que nosotros venimos después.

11 Así nosotros, los padres y nosotros mismos, hemos tenido y seguimos teniendo una fe común en el único Cristo, pero bajo condiciones diferentes. Por esta fe común en el Mesías, hablamos de su acto de fe como nuestro, aunque no vivíamos en su día. Y de igual modo, cuando ellos mencionan que oyen, ven y creen a Cristo, la referencia es a nosotros, en cuyo día ellos no viven. David dice (Sal 8:3): «Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos», es decir, los apóstoles. Sin embargo, David no vivió para ver su día. Y (Sal 9:2): «Me alegraré y me regocijaré en ti; cantaré a tu nombre, oh Altísimo.» Y hay muchos pasajes semejantes donde un individuo habla en la persona de otro a consecuencia de una fe común por la cual los creyentes se unen en Cristo como un solo cuerpo.

12 La afirmación de Pablo «Ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos» no puede entenderse como referida a cercanía de posesión. Pues los padres tenían la misma fe y el mismo Cristo que nosotros, y Cristo estaba igualmente cerca de ellos. Hebreos 13:8 dice: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.» Es decir, Cristo existe desde el principio del mundo para todos los tiempos, y por medio de él y en él todos son preservados. Al de más fuerte fe, Cristo le está más cerca; y del que menos cree, la salvación está más lejos, en cuanto a la posesión personal de ella. La referencia de Pablo aquí es a la cercanía de la revelación de la salvación. Cuando Cristo vino, se cumplió la promesa. El evangelio fue revelado al mundo. Por la venida de Cristo fue predicado públicamente a todos los hombres. Reconociendo estas cosas, el apóstol dice: «La salvación está más cerca de nosotros» que cuando estaba sin revelar y sin cumplir en la promesa. En Tito 2:11 se dice: «Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación.» En otras palabras, la gracia de Dios es revelada y públicamente proclamada; aunque los santos que vivieron antes de su manifestación no dejaron de poseerla.

13 Así enseñan las Escrituras la venida de Cristo, a pesar de que ya estaba presente para los padres. Sin embargo, no fue proclamado públicamente a la humanidad hasta después de su resurrección de entre los muertos. De esta venida en el evangelio tratan las Escrituras en su mayor parte. En relación con esta revelación vino en forma humana. El haber tomado sobre sí la humanidad no habría beneficiado a nadie si no hubiera significado la proclamación del evangelio. El evangelio había de presentarlo a todo el mundo, revelando el hecho de que se hizo hombre para impartir la bendición a todos los que, aceptando el evangelio, creyeran en él. Pablo nos dice (Ro 1:2) que el evangelio fue prometido por Dios; de lo cual podemos inferir que Dios puso más énfasis en el evangelio, la revelación pública de Cristo por medio de la Palabra, que en su nacimiento físico, su venida en forma humana. El propósito de Dios se refería al evangelio y a nuestra fe, y permitió que su Hijo asumiera la humanidad para hacer posible la predicación del evangelio de Cristo; para que mediante la Palabra revelada la salvación en Cristo fuera acercada, viniera, a todo el mundo.

14 Algunos han presentado cuatro formas diferentes de la venida de Cristo, adaptadas a los cuatro domingos de Adviento. Pero la forma más vital de su venida, aquella de la que depende toda eficacia, la venida a la que Pablo se refiere aquí, no han logrado reconocerla. No saben qué constituye el evangelio, ni para qué propósito fue dado. A pesar de su mucha charla sobre el advenimiento de Cristo, nos lo apartan más lejos de lo que está el cielo de la tierra. ¿Cómo puede Cristo aprovecharnos si no es abrazado por la fe? Pero ¿cómo puede ser abrazado por la fe donde no se predica el evangelio?

EL DÍA DE LA GRACIA.

V.12. La noche está avanzada, y se acerca el día.

15 Esto equivale a decir «la salvación está cerca de nosotros». Con la palabra «día» Pablo se refiere al evangelio; el evangelio es como el día en que ilumina el corazón o el alma. Ahora bien, habiendo amanecido el día, la salvación está cerca de nosotros. En otras palabras, Cristo y su gracia, prometidos a Abraham, están ahora revelados; se predican en todo el mundo, iluminando a la humanidad, despertándonos del sueño y haciendo manifiestas las verdaderas bendiciones eternas, para que nos ocupemos del evangelio de Cristo y andemos honestamente como de día. Con la palabra «noche» hemos de entender todas las doctrinas fuera del evangelio. Pues no hay otra doctrina que salve; todo lo demás es noche y tinieblas.

16 Fíjate con cuidado en las palabras de Pablo. Designa la hora más hermosa y vivificante del día: el alba deliciosa y alegre, la hora de la salida del sol. Entonces la noche ha pasado y el día ha despuntado. En respuesta al alba de la mañana, cantan las aves, se despiertan las bestias y se levanta toda la humanidad. Al romper el día, cuando el cielo se tiñe de rojo en el oriente, el mundo parece nuevo y todas las cosas reanimadas. En muchos lugares de las Escrituras, la predicación consoladora y vivificante del evangelio se compara con el alba de la mañana, con la salida del sol; a veces la figura está implícita y a veces claramente expresada, como aquí donde Pablo llama al evangelio el día que despunta. Y también el Salmo 110:3: «Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente en el día de tu poder, en la hermosura de la santidad; desde el seno de la aurora tendrás tú el rocío de tu juventud.» Aquí el evangelio es claramente llamado el seno de la aurora, el día del poder de Cristo, en el cual, como el rocío nace de la aurora, somos concebidos y nacemos como hijos de Cristo; y por obra de ningún hombre, sino desde el cielo y por la gracia del Espíritu Santo.

17 Este día del evangelio lo produce el glorioso Sol, Jesucristo. Por eso Malaquías lo llama el Sol de justicia, diciendo: «Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación.» Mal 4:2. Todos los creyentes en Cristo reciben la luz de su gracia y de su justicia, y se regocijarán al abrigo de sus alas. También en el Salmo 118:24 leemos: «Este es el día que hizo Jehová; nos gozaremos y alegraremos en él.» El sentido es: el sol natural hace el día natural, pero el Señor mismo es el autor del día espiritual. Cristo es el Sol, la fuente del día del evangelio. De él resplandece el brillo del evangelio por todo el mundo. Juan 9:5 dice: «Luz soy del mundo.»

18 El Salmo 19:1 describe hermosamente a Cristo el Sol y el día del evangelio: «Los cielos cuentan la gloria de Dios.» Así como los cielos naturales traen el sol y el día, y el sol está en los cielos, así los apóstoles en su predicación poseen y nos traen el verdadero Sol, Cristo. El Salmo continúa: «En ellos puso tabernáculo para el sol; y este, como esposo que sale de su tálamo, se alegra cual gigante para correr el camino. De un extremo de los cielos es su salida, y su curso hasta los otros extremos de ellos; y nada hay que se esconda de su calor.» Todo se refiere al hermoso amanecer del evangelio. La Escritura exalta sublimemente el día del evangelio, pues es la fuente de vida, gozo, placer y energía, y trae todo bien. De ahí el nombre «evangelio»: buenas nuevas.

19 ¿Quién puede enumerar las cosas que nos revela este día, el evangelio? Nos enseña todo: la naturaleza de Dios, la de nosotros mismos, y lo que ha sido y será respecto del cielo, el infierno y la tierra, de los ángeles y los demonios. Nos capacita para saber cómo conducirnos en relación con estas cosas: de dónde somos y adónde vamos. Pero, engañados por el diablo, abandonamos la luz del día y procuramos hallar la verdad entre filósofos y paganos totalmente ignorantes de tales asuntos. Al permitir que nos ciegue la doctrina humana, volvemos a la noche. Lo que no sea el día del evangelio ciertamente no puede ser luz. De otro modo Pablo, y de hecho toda la Escritura, no nos urgiría ese día ni declararía noche todo lo demás.

20 Nuestra disposición a correr contra las enseñanzas perfectamente claras de la Escritura y a buscar una luz inferior, cuando el Señor se declara Luz y Sol del mundo, debe de provenir de que hemos incurrido en el desagrado de la Providencia. Aunque no tuviéramos otra prueba de que las escuelas superiores del papa son los abominables criaderos del diablo para rameras y bribones, el hecho es suficientemente claro en la manera descarada en que introducen y ensalzan a Aristóteles, la luz inferior, ejercitándose en él más que en Cristo; mejor dicho, se ejercitan por entero en Aristóteles y nada en Cristo.

V.12. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz.

21 Así como Cristo es el Sol y el evangelio es el día, así la fe es la luz, o el ver y velar en ese día. De nada nos aprovecha el resplandor del sol y el día que produce si nuestros ojos no perciben su luz. Del mismo modo, aunque el evangelio es revelado y proclama a Cristo al mundo, no ilumina sino a los que lo reciben, a los que se han levantado del sueño por obra de la luz de la fe. Los que duermen no son afectados por el sol y el día; no reciben luz de ellos, y ven tan poco como si no hubiera sol ni día. Es a nuestro día al que se refiere Pablo cuando dice: «Amados hermanos, conociendo el tiempo, que ya es hora de levantarnos del sueño», etc. Aunque la hora es de oportunidad espiritual, se ha revelado en el tiempo secular, y se revela cada día. A la luz de nuestro conocimiento espiritual hemos de levantarnos del sueño y dejar a un lado las obras de las tinieblas. Así es claro que Pablo no se dirige a incrédulos. Como se dijo antes, no está enseñando aquí la doctrina de la fe, sino sus obras y frutos. Dice a los romanos que saben que el tiempo se acerca, que la noche ha pasado y el día ha amanecido.

22 ¿Preguntas por qué este pasaje para los creyentes? Como ya se dijo, la predicación es de doble carácter: puede enseñar, o puede incitar y exhortar. Nadie llega jamás a un punto de conocimiento en que no sea necesario amonestarlo, urgirlo continuamente a nuevas reflexiones sobre lo que ya sabe; porque hay peligro de que sus incansables enemigos, el diablo, el mundo y la carne, lo cansen y lo hagan negligente, y por último lo adormezcan. Pedro dice (1 P 5:8): «Vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar.» En consecuencia dice: «Sed sobrios, y velad.» De igual modo el pensamiento de Pablo aquí es que, puesto que el diablo, el mundo y la carne no cesan de asaltarnos, debe haber exhortación e impulso continuos a la vigilancia y a la actividad. Por eso el Espíritu Santo se llama el Paracleto, el Consolador o Ayudador, que incita y urge al bien.

23 De ahí la apropiada elección de palabras de Pablo. No las obras de las tinieblas sino las obras de la luz llama «armas». ¿Y por qué «armas» y no «obras»? Sin duda para enseñar que solo a costa de conflictos, dolor, trabajo y peligro se mantendrá la vida verdaderamente vigilante y piadosa; pues estos tres poderosos enemigos, el diablo, el mundo y la carne, se nos oponen sin cesar día y noche. Por eso Job (cap. 7:1) considera la vida del hombre sobre la tierra como una vida de prueba y de milicia.

Ahora bien, no es cosa fácil mantenerse siempre en orden de batalla durante toda la vida. Se necesitan buenas trompetas y clarines, es decir, predicación y exhortación de esa clase, para que podamos mantener valientemente nuestra posición en la batalla. Las buenas obras son armas; las obras malas no lo son, a menos que en verdad nos sometamos y les demos dominio sobre nosotros. Entonces también ellas se vuelven armas. Pablo dice: «Ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad» (Ro 6:13), lo cual significa: no dejen que las obras de las tinieblas adquieran tal dominio sobre ustedes que hagan de sus miembros armas de iniquidad.

24 Ahora bien, como ya se aclaró, la palabra «luz» lleva aquí el pensamiento de «fe». La luz de la fe, en el día del evangelio, resplandece de Cristo el Sol en nuestros corazones. Las armas de la luz, pues, son simplemente las obras de la fe. Por otra parte, «tinieblas» es la incredulidad; reina en ausencia del evangelio y de Cristo, por medio de las doctrinas de los hombres, de la razón humana, instigadas por el diablo. Las «obras de las tinieblas» son, pues, las «obras de la incredulidad». Así como Cristo es Señor y Gobernante en el reino de esa fe iluminadora, así, como dice Pablo (Ef 6:12), el diablo es gobernante de estas tinieblas; es decir, sobre los incrédulos. Pues dice de nuevo (2 Co 4:3-4): «Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo [es decir, el diablo] cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo.» El carácter de las dos clases de obras, sin embargo, se tratará más adelante.

V.13. Andemos como de día, honestamente.

25 Las obras de las tinieblas no se hacen de día. El temor de ser avergonzado ante los hombres hace que uno se conduzca honorablemente. La expresión proverbial «noche sin vergüenza» es verdadera. Las obras que nos da vergüenza hacer de día se hacen de noche. El día, siendo vergonzoso, nos constriñe a andar honradamente. Un cristiano debe vivir de tal modo que nunca tenga que avergonzarse del carácter de sus obras, aunque sean reveladas a todo el mundo. El que tiene una vida y una conducta tales que no quiere que sus hechos sean manifiestos a todos, ciertamente no vive de manera cristiana. A este respecto dice Cristo: «Todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.» Jn 3:20-21.

26 Así ves la urgente necesidad de incitar y exhortar a velar y a vestirse las armas de la luz. ¿Cuántos cristianos podrían soportar ahora que todas sus obras fueran reveladas a la luz del día? ¿Qué clase de vida cristiana llevamos nosotros los hipócritas si no podemos soportar que nuestra conducta quede expuesta ante los hombres, cuando ya está expuesta ante Dios, sus ángeles y criaturas, y en el último día será revelada a todos? Un cristiano debe vivir como quisiera ser hallado en el último día ante todos los hombres. «Andad como hijos de luz (porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad).» Ef 5:9. «Procurad lo bueno», no solo delante de Dios, sino también «delante de todos los hombres.» Ro 12:17. «Porque nuestra gloria es esta: el testimonio de nuestra conciencia, que con sencillez y sinceridad de Dios, no con sabiduría carnal… nos hemos conducido en el mundo.» 2 Co 1:12.

27 Pero tal vida ciertamente no puede mantenerse en ausencia de la fe, cuando la fe misma, una fe vigilante, activa, valerosa, tiene bastante que hacer para mantenerse constante, insomne e incansable. Por esencial que sea que se predique doctrina a los iletrados, es igualmente esencial exhortar a los instruidos a no caer de su incipiente vida recta, bajo los asaltos de la carne furiosa, del mundo sutil y del diablo traicionero.

V.13. No en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia.

28 Aquí Pablo enumera ciertas obras de las tinieblas. Al comienzo del discurso alude a una de ellas como «sueño». En 1 Tesalonicenses 5:6 está escrito: «No durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios.» No que el apóstol advierta contra el sueño físico; se refiere al sueño espiritual, la incredulidad, que produce las obras de las tinieblas. Sin embargo, el sueño físico puede ser igualmente una obra mala cuando se practica por lujuria y glotonería, por indolencia y embriaguez excesiva, con obstrucción de la luz y debilitamiento de las armas de la luz. Estas seis obras de las tinieblas incluyen todas las demás, como las que se enumeran en Gálatas 5:19-21 y Colosenses 3:5 y 8. Las dividiremos en dos clases generales, la de la mano derecha y la de la mano izquierda. A la derecha están dispuestas estas cuatro: glotonerías, borracheras, lujurias y lascivias; a la izquierda, contiendas y envidia. Porque según la Escritura, el lado izquierdo significa la adversidad y los males que la acompañan: ira, envidia, etc. El lado derecho representa la prosperidad y sus resultados: jolgorio, borrachera, lujuria, indolencia y cosas semejantes.

29 Claramente, pues, Pablo quiere incluir bajo las dos obras de las tinieblas mencionadas, contienda y envidia, todas las de carácter semejante. Por ejemplo, las cosas enumeradas en Efesios 4:31, que dice: «Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia»; y de nuevo en Gálatas 5:19-21, que dice: «Y manifiestas son las obras de la carne, que son… enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas.» En suma, «contienda y envidia» representan aquí innumerables males que resultan de la ira, sea de palabra o de obra.

30 Asimismo, bajo los cuatro vicios (glotonería, borrachera, indolencia y lascivia) el apóstol incluye todos los vicios de impureza, de palabra o de obra, cosas que nadie querría enumerar. Las seis obras mencionadas bastan para enseñar que el que vive en las tinieblas de la incredulidad no se mantiene puro a la vista de su prójimo, sino que es inmoderado en toda su conducta, para consigo mismo y para con su semejante. No es necesario comentar más estas palabras. Todos saben qué significan «glotonerías y borracheras»: comer y beber en exceso, más para satisfacer el apetito que para nutrir el cuerpo. Asimismo, no es difícil entender la referencia a la ociosidad en las alcobas, a la lascivia y a la impureza. Las palabras del apóstol representan la satisfacción de las concupiscencias y apetitos de la carne: dormir en exceso e indolencia; toda forma de impureza y sensualidad practicada por los hartos, indolentes y estúpidos, de día o de noche, en retiro o en otra parte, en privado o en público; vicios que buscan la oscuridad material y los lugares secretos. A estos vicios llama Pablo «lujurias y lascivias». Y el sentido de «contiendas» y de «envidia» se entiende en general.

VESTIRSE DE CRISTO, LAS ARMAS DE LA LUZ.

V.14. Sino vestíos del Señor Jesucristo.

31 En esta exhortación a vestirse de Cristo, Pablo prescribe brevemente todas las armas de la luz. De Cristo uno se «viste» de dos maneras. Primero, podemos revestirnos de sus virtudes. Esto se logra mediante la fe que descansa en el hecho de que Cristo lo ha cumplido todo por nosotros en su muerte. Pues no nuestra justicia, sino la justicia de Cristo, nos reconcilió con Dios y nos redimió del pecado. Esta manera de vestirse de Cristo se trata en la doctrina sobre la fe; nos da a Cristo como don y como prenda. Sobre este tema se dirá más en la epístola del día de Año Nuevo, Gálatas 3:27: «Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos.»

32 Segundo, siendo Cristo nuestro ejemplo y modelo, a quien hemos de seguir e imitar, revistiéndonos con el vestido virtuoso de su andar, Pablo con razón dice que debemos «vestirnos» de Cristo. Como se expresa en 1 Corintios 15:49: «Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial.» Y de nuevo (Ef 4:22-24): «En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.»

33 Ahora bien, en Cristo contemplamos solo las verdaderas armas de la luz. Aquí no hay glotonería ni borrachera; nada sino ayuno, moderación y freno de la carne, propios del trabajo, del esfuerzo, de la predicación, de la oración y del hacer bien a la humanidad. No existe indolencia, apatía ni impureza, sino verdadera disciplina, pureza, vigilancia, madrugar. Los campos son lecho para el que no tiene casa, alcoba ni cama. En él no hay ira, contienda ni envidia; más bien bondad total, amor, misericordia, paciencia. Pablo presenta a Cristo como ejemplo en pocas palabras cuando dice (Col 3:12-15): «Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos.» De nuevo, en Filipenses 2:5-8, después de mandar a su rebaño que se amen y se sirvan unos a otros, presenta como ejemplo al mismo Cristo que se hizo siervo por nosotros. Dice: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre.»

34 Ahora bien, las armas de la luz son, en breve, las buenas obras opuestas a la glotonería, la borrachera, la licencia; a la indolencia, la contienda y la envidia: como el ayuno, la vigilancia, la oración, el trabajo, la castidad, la modestia, la templanza, la bondad, el soportar hambre y sed, frío y calor. Sin emplear mis propias palabras, oigamos la enumeración de buenas obras de Pablo en Gálatas 5:22-23: «El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza.» Pero hace un recuento todavía más amplio en 2 Corintios 6:1-10: «Así que, como colaboradores suyos, os exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios (porque dice: En tiempo aceptable te he oído, y en día de salvación te he socorrido; he aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación) [en otras palabras: Porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos, y ahora es el tiempo de despertar del sueño]; no dando a nadie ninguna ocasión de tropiezo, para que nuestro ministerio no sea vituperado; antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios, en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias; en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos; en pureza, en ciencia, en longanimidad, en bondad, en el Espíritu Santo, en amor sincero; en palabra de verdad, en poder de Dios, con armas de justicia a diestra y a siniestra; por honra y por deshonra, por mala fama y por buena fama; como engañadores, pero veraces; como desconocidos, pero bien conocidos; como moribundos, mas he aquí vivimos; como castigados, mas no muertos; como entristecidos, mas siempre gozosos; como pobres, mas enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo.» ¡Qué rica corriente de elocuencia fluye de los labios de Pablo! Deja bastante claro en qué consisten las armas de la luz a la izquierda y a la derecha. Practicar estas buenas obras es verdaderamente vestirse de Jesucristo.

35 Es un rasgo hermosísimo de este pasaje que presente el ejemplo más alto de todos, el Señor mismo, cuando dice: «Vestíos del Señor.» Aquí hay un fuerte incentivo. Porque el individuo que puede ver a su señor ayunando, trabajando, velando, soportando hambre y fatiga, mientras él mismo banquetea, se ociosea, duerme y vive en el lujo, tiene que ser un canalla. ¿Qué señor toleraría tal conducta en un siervo? ¿O qué siervo se atrevería a intentar tales cosas? No podemos sino sonrojarnos de vergüenza al ver cuán distintos somos de Cristo.

36 ¿Quién puede mover a la acción al que se niega a ser calentado y despertado por el ejemplo del mismo Cristo? ¿Qué se ha de lograr con el susurro de las hojas y el sonido de las palabras cuando el trueno del ejemplo de Cristo no logra conmovernos? Pablo tuvo cuidado de añadir la palabra «Señor», diciendo: «Vestíos del Señor Jesucristo.» Como si dijera: «Siervos, no se crean grandes y ensalzados. Miren a su Señor, quien, sin estar bajo obligación alguna, se negó a sí mismo.»

V.14. Y no proveáis para los deseos de la carne.

37 Pablo advierte aquí brevemente dos provisiones diferentes para la carne. Una es suplir sus necesidades naturales: dar al cuerpo el alimento y el vestido necesarios para sostener la vida y el vigor; guardarse de debilitarlo y volverlo inepto para el trabajo por demasiado freno.

38 La otra provisión es pecaminosa: la satisfacción de las concupiscencias y de los apetitos desordenados. Esto es lo que Pablo prohíbe aquí. Conduce a las obras de las tinieblas. La carne debe ser refrenada y sujetada al espíritu. No debe desmontar a su amo, sino llevarlo si es necesario. Sirac (cap. 33:24) dice: «Forraje, vara y cargas son para el asno; y pan, corrección y trabajo para el siervo.» No dice que el animal deba ser maltratado o mutilado; ni dice que el siervo deba ser abusado o encarcelado. Así, al cuerpo le corresponden la sujeción, el trabajo y todo lo esencial para su debido bienestar. Pablo dice de sí mismo: «Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre [sujeción].» 1 Co 9:27. No dice que lleve su cuerpo a la enfermedad o a la muerte, sino que lo hace servir en sumisión al espíritu.

39 Pablo añade esta última exhortación por causa de dos clases de personas. Una clase está representada por los que hacen de la necesidad natural un pretexto para dar rienda suelta a sus concupiscencias y satisfacer sus deseos. Por la propensión de la humanidad a tal error, muchos santos, lamentando el pecado, han refrenado a menudo indebidamente sus cuerpos al intentar resistirlo. Tan sutil y engañosa es la naturaleza en lo tocante a sus exigencias y concupiscencias que ningún hombre puede manejarla por completo; debe vivir esta vida en inseguridad y preocupación.

La otra clase está representada por los santos ciegos que imaginan que el reino de Dios y su justicia dependen de la carne y bebida, del vestido y del lecho particulares que ellos escogen. No miran más allá de su obra individual en este respecto, y se figuran que ayunando hasta que el cerebro se desordena, el estómago se descompone o el cuerpo se demacra, han hecho bien. Sobre este tema dice Pablo (1 Co 8:8): «La vianda no nos hace más aceptos ante Dios; pues ni porque comamos, seremos más, ni porque no comamos, seremos menos.» Y de nuevo (Col 2:18-23): «Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y culto a los ángeles… Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en dureza para con el cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne.»

40 Gersón elogiaba a los cartujos por no comer carne, aun cuando la debilidad hacía de la carne una necesidad. Se la negaría incluso a costa de la vida. Así fue engañado el gran hombre por esta espiritualidad supersticiosa y angelical. ¿Y si Dios juzga a sus devotos como asesinos de sí mismos? En verdad, ningunas órdenes, estatutos ni votos contrarios al mandato de Dios pueden hacerse legítimamente; y si se hicieran, no aprovecharían más que un voto de romper el pacto matrimonial. Ciertamente Dios ha prohibido aquí, en las palabras de Pablo, tal destrucción de nuestros propios cuerpos. Es nuestro deber permitir al cuerpo todo el alimento necesario, sea vino, carne, huevos o cualquier otra cosa; sea el tiempo viernes, domingo, Cuaresma o después de la fiesta de Pascua; sin importar órdenes, tradiciones y votos, ni el papa. Ninguna prohibición contraria al mandato de Dios puede valer, aunque la hicieran los ángeles mismos.

41 Esta miserable necedad de los votos nace de la oscuridad y de la ceguera; del mirar las meras obras y confiar en salvarse por su número y magnitud. Pablo quiere hacer de las obras «armas de la luz» y emplearlas para vencer las obras de las tinieblas. Hasta ahí, pues, y no más, deben practicarse el ayuno, la vigilancia y el esfuerzo. Ante Dios no importa en absoluto que comas pescado o carne, bebas agua o vino, vistas de rojo o de verde, hagas esto o aquello. Todos los alimentos son buenas criaturas de Dios y han de usarse. Solo cuida de ser templado al aprovecharlos y de abstenerte cuando sea necesario para vencer las obras de las tinieblas. Es imposible establecer una regla común de abstinencia, porque no todos los cuerpos están constituidos igual. Uno necesita más, otro menos. Cada uno debe juzgar por sí mismo, y debe cuidar su cuerpo conforme al consejo de Pablo: «No proveáis para los deseos de la carne.» Si hubiera habido otra regla para nosotros, Pablo no la habría omitido aquí.

42 Por eso ves que las tradiciones eclesiásticas que prohíben rotundamente comer carne son contrarias al evangelio. Pablo predice su aparición en 1 Timoteo 4:1-3, donde dice: «Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia, prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos.» Que estas palabras se refieren a las órdenes eclesiásticas y a las de todo el papado, nadie puede negarlo. Son claras. Por eso la naturaleza de las obras papistas es manifiesta.

43 También notarás que Pablo no aprueba aquí la devoción fanática de ciertos santos afeminados que se reservan días particulares de ayuno como servicio especial a Dios, uno por este santo, otro por aquel. Todos estos son caminos ciegos que nos llevan a fundar nuestras bendiciones en las obras. Sin distinción de días y de carnes, nuestra vida debe ser templada y sobria en todo tiempo. Si las buenas obras han de ser nuestras armas de la luz, y si toda la vida ha de ser pura y casta, nunca debemos deponer las armas de defensa, sino ser hallados siempre sobrios, templados, vigilantes, enérgicos. Sin embargo, estos santos fanáticos ayunan un día a pan y agua y luego comen y beben en exceso todos los días durante la cuarta parte del año. Otros ayunan de comida por la noche pero beben inmoderadamente. ¿Y quién puede mencionar toda la necedad y las obras de las tinieblas que nacen de considerar las obras por los esfuerzos mismos y no por el propósito a que sirven? Los hombres convierten las armas de las buenas obras en un espejo, ayunando sin saber la razón de la abstinencia. Son como los que llevan una espada solo para mirarla, y cuando son asaltados no la usan. Esto basta sobre la lección de la epístola de hoy.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.