Comentarios y sermones · Martín Lutero
Tito 2: comentario de Martín Lutero
Sermón para la Nochebuena; Tito 2:11-15
LA APARICIÓN DE LA GRACIA DE DIOS.
1 Está escrito en el libro de Nehemías (cap. 4) que los judíos, al reedificar Jerusalén, trabajaban con una mano y con la otra sostenían la espada, a causa del enemigo que procuraba estorbar la obra. Pablo, en Tit 1:9, desarrolla el pensamiento de este símbolo cuando enseña que un obispo, un pastor o un predicador debe ser poderoso en las Sagradas Escrituras, tanto para instruir y exhortar como para resistir a los que contradicen. Por eso debemos hacer un doble uso de la Palabra de Dios: como pan y como arma; para alimentar y para resistir; en paz y en guerra. Con una mano debemos edificar, mejorar, enseñar y alimentar a toda la cristiandad; con la otra, oponernos al diablo, a los herejes, al mundo. Porque donde el pasto no es defendido, el diablo pronto lo destruirá; él es enemigo encarnizado de la Palabra de Dios. Manejemos, pues, el evangelio, concediéndonos Dios su gracia, de tal modo que no solo sean alimentadas las almas de los hombres, sino que aprendan a revestirse de ese evangelio como de una armadura y a combatir a sus enemigos. Así proveerá tanto pasto como armas.
2 La primera consideración en esta lección es que Pablo enseña cuál debe ser el único tema de Tito y de todo otro predicador, a saber, Cristo. Hay que enseñar al pueblo quién es Cristo, por qué vino y qué bendiciones nos trajo su venida. V. 11. La gracia de Dios se ha manifestado, dice el apóstol, queriendo decir que la gracia de Dios se ha hecho claramente patente. ¿Cómo se manifestó? Por la predicación de los apóstoles fue proclamada por todo el mundo. Antes de la resurrección de Cristo, la gracia de Dios estaba sin revelar. Cristo vivió solo entre los judíos y todavía no había sido glorificado. Pero después de su ascensión dio a los hombres el Espíritu Santo. Acerca del Espíritu, él había testificado antes (Jn 16:14) que el Espíritu de verdad, a quien enviaría, lo glorificaría.
El sentido del apóstol es este: Cristo no vino a vivir en la tierra para provecho suyo, sino para bien nuestro. Por eso no guardó para sí su bondad y su gracia. Después de su ascensión hizo que fueran proclamadas en la predicación pública por todo el mundo, a todos los hombres. Y no permitió que la revelación se hiciera como el mero anuncio de un hecho, como un rumor o una noticia; fue dispuesta para dar fruto en nosotros. Es una revelación y una proclamación que nos enseña a negar, es decir, a rechazar, las cosas impías, todos los deseos terrenales, todos los anhelos mundanos, y a partir de entonces llevar una vida sobria, justa y piadosa.
3 En el primer versículo, que es la verdadera esencia del texto, V. 11. La gracia de Dios se ha manifestado, trayendo salvación a todos los hombres, Pablo condena los favores del mundo y de los hombres como perniciosos, dignos de condenación, ineficaces; y quiere despertar en nosotros el deseo de la gracia divina. Nos enseña a despreciar el favor humano. El que quiere tener la gracia y el favor de Dios debe considerar la renuncia a toda otra gracia y a todo otro favor. Cristo dice (Mt 10:22): «Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre». El salmista dice (Sal 53:5): «Dios esparció los huesos del que acampó contra ti». Y Pablo declara (Gá 1:10): «Si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo». Donde llega la gracia salvadora de Dios, hay que desdeñar el favor pernicioso. El que quiere gustar la primera debe rechazar y olvidar el segundo.
4 Según el texto, esta gracia se ha manifestado, es proclamada, a todos los hombres. Cristo mandó (Mr 16:15) que el evangelio fuera predicado a toda criatura en todo el mundo. Y Pablo, en muchos lugares, por ejemplo en Col 1:23, dice: «El evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo». El pensamiento es que el evangelio fue predicado públicamente a oídos de todas las criaturas, y mucho más de todos los hombres. Al principio Cristo predicó el evangelio, y solo en la tierra de los judíos, pues el conocimiento de las Sagradas Escrituras estaba confinado a esa nación, como declaran el Sal 76:1 y el Sal 147:19-20. Pero después la Palabra fue hecha libre para todos los hombres; no quedó limitada a región alguna. El Sal 19:4 declara: «Por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras». Esto se dice de los apóstoles.
5 Pero tú podrías objetar: «Es cierto que las palabras de los apóstoles no llegaron, en su tiempo, hasta el extremo del mundo; pues pasaron casi ochocientos años después de la era apostólica antes de que Alemania fuera convertida, y además los descubrimientos recientes muestran que hay muchas islas y muchos países donde no apareció indicio alguno de la gracia de Dios antes de este siglo». Respondo: el apóstol se refiere a la naturaleza del evangelio. Es un mensaje que, por la índole de su origen y de su propósito, está destinado a ir a todo el mundo. En tiempo de los apóstoles ya había entrado en la mayor y mejor parte del mundo. Hasta ese día nunca se había ordenado un mensaje de tal naturaleza. La ley de Moisés estaba limitada a la nación judía. Como la proclamación universal del evangelio estaba en su mayor parte cumplida entonces, y su plena realización es inevitable hoy, el lenguaje de la Escritura la presenta como un hecho cumplido. En las Escrituras encontramos con frecuencia lo que se llama «sinécdoque», es decir, una figura del lenguaje por la cual una parte se toma por el todo. Por ejemplo, se dice que Cristo estuvo tres días y tres noches en el sepulcro, cuando el hecho es que pasó allí un día entero, dos noches y partes de otros dos días. Mt 12:40. Y leemos también (Mt 23:37) que Jerusalén apedrea a los profetas, aunque una gran parte de sus habitantes eran gente piadosa. Así también se dice que los eclesiásticos son avaros, pero entre ellos hay muchos hombres justos. Esta manera de hablar es común a todas las lenguas; y se encuentra especialmente en las Sagradas Escrituras.
6 Así, pues, el evangelio fue predicado a toda criatura en tiempo de los apóstoles; porque es un mensaje introducido, destinado y ordenado para alcanzar a todas las criaturas. Para ilustrarlo: un príncipe que ha despachado un mensaje desde su residencia y lo ve ya en camino, podría decir que el mensaje ha llegado al lugar señalado aunque todavía no haya llegado a su destino. De igual manera, Dios ha enviado su evangelio a todas las criaturas aunque hasta ahora no haya llegado a todas. Nota que el profeta dice que la voz de los apóstoles «salió por toda la tierra». No dice que su voz haya llegado al mundo entero, sino que está en camino: «salió». Y así Pablo quiere decir que el evangelio es predicado continuamente y manifestado a todos los hombres. Ahora está en camino; el acto se realiza aunque el efecto no esté completo.
PRIMER MAL: LA IMPIEDAD.
7 La aparición de la gracia, dice Pablo, nos instruye en dos cosas: una se describe en el V. 12. renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos. Debemos explicar estos términos. La palabra latina «impietas», que el apóstol expresa en griego con «asebia» y que en hebreo es «resa», no puedo hallar una sola palabra alemana que la exprese. Yo la he traducido «ungoettlich wesen», «impiedad». Los términos latino y griego no transmiten plenamente el sentido hebreo. «Resa» es, propiamente, el pecado de no honrar a Dios; es decir, de no creer en él, no confiar en él, no temerle, no entregarse a él, no someterse a su providencia, no permitirle ser Dios. En este pecado están hondamente implicados, ciertamente, los culpables de maldades exteriores groseras; pero mucho más hondamente lo están los eclesiásticos sabios, santificados y letrados que, confiando en sus obras, se tienen por piadosos y así lo parecen a los ojos del mundo. En realidad, todos los hombres que no viven una vida entregada a la pura bondad y gracia de Dios son «impíos», sin Dios, aunque fueran lo bastante santos para resucitar muertos, o perfectos en continencia y en todas las demás virtudes. «Sin gracia» o «sin fe» parecería el adjetivo apropiado para describirlos. Yo, sin embargo, usaré el término «impío». Pablo nos dice que la gracia salvadora se ha manifestado a los que no tienen gracia para hacerlos ricos en gracia y ricos en Dios; en otras palabras, para llevarlos a creer en él, a confiar en él, a temerle, a honrarle, a amarle y a alabarle, y así transformar la impiedad en piedad.
8 ¿De qué serviría la aparición de la gracia salvadora si intentáramos hacernos piadosos en la vida por algún otro medio? Pablo declara aquí que la gracia fue revelada y proclamada precisamente para que renunciemos a la impiedad y en adelante vivamos justamente; no por nosotros mismos ni de nosotros mismos, sino por la gracia. Nadie desprecia más la gracia divina, ni contradice más su aparición, que los hipócritas y los santos impíos; pues, no queriendo considerar ineficaces, pecaminosas y defectuosas sus propias obras, descubren en sí mismos mucho bien. Midiéndose por sus buenas intenciones, se imaginan que merecen gran mérito independientemente de la gracia. Dios, sin embargo, no tiene por buena ninguna obra, ni lo es, a menos que él por su gracia la produzca en nosotros. Fue para realizar en nosotros muchas obras semejantes, y para apartarnos de nuestros propios intentos, que Dios manifestó a los hombres su gracia salvadora.
9 Ahora bien, el mal principal de los hombres es su impiedad, su estado no salvo, su falta de gracia. Incluye primero un corazón sin fe, y luego todos los pensamientos, palabras, obras y conducta en general que de él resultan. Dejado a sí mismo, la vida interior y la conducta exterior del individuo son guiadas solo por sus capacidades naturales y por la razón humana. En ellas su belleza y su brillo a veces superan a los verdaderos santos. Pero busca únicamente su propio interés. Es incapaz de honrar a Dios en su vida y conducta, aunque en el ejercicio de la razón alcance mayor alabanza y gloria que los verdaderos santos tantas veces mencionados en la Escritura. Tan extendido en el mundo, y tan hondamente sutil, es este mal, esta conducta impía y sin gracia, que priva al individuo del poder de percibir lo malo de su camino, de creer que yerra, aun cuando se le muestre su error. El profeta (Sal 32:2) no considera esta ceguera como la de la razón, ni la del mundo, ni la de la carne, sino como un engaño espiritual que extravía no solo la razón sino el espíritu del hombre.
10 En efecto, que la impiedad es pecado debe creerse más bien que sentirse. Puesto que Dios permitió que la manifestación de su gracia llegara a todos los hombres para llevarlos a renunciar a la impiedad, debemos creer que él es un Ser que conoce nuestros corazones mejor que nosotros mismos. Debemos confesar también que, si no fuera por la impiedad y el carácter defectuoso de nuestras obras, Dios no habría ordenado la proclamación de su gracia para nuestro mejoramiento. Si alguien administrara remedios a una persona que no está enferma, se le tendría por falto de juicio. Así también deben considerar a Dios quienes, midiéndose por sus buenas intenciones y sus sentimientos, no quieren creer que todas sus obras son impías y dignas de condenación, ni que la gracia salvadora de Dios es necesaria. Para ellos esta es una doctrina terrible. Cristo (Mt 21:32) acusa a los principales sacerdotes, doctores y eclesiásticos (ancianos) de no haber creído a Juan el Bautista, que los llamaba al arrepentimiento; ellos se negaron a reconocer su pecado. Todos los profetas encontraron la muerte por acusar al pueblo del pecado de impiedad. Nadie creyó a los profetas. Nadie del pueblo se creía culpable de tal pecado. Se juzgaban por sus sentimientos, sus intenciones y sus obras; no por la Palabra de Dios, no por su consejo entregado por medio de los profetas.
11 Pablo emplea un término griego fuerte, «paedeusa», que significa «instruir»: esa instrucción elemental que damos a los niños acerca de una cosa de la cual no tienen conocimiento alguno. Los niños son guiados, no por su razón, sino por la palabra instructora de su padre. Según lo que él les representa, consideran una cosa como útil o como dañina. Creen en él y son guiados por él. En cambio, con personas inteligentes y cultas explicamos, de una manera comprensible para su razón, por qué una cosa es provechosa y otra no lo es. Dios quiere que nosotros, como alumnos infantiles, seamos instruidos por su gracia salvadora. Entonces, si no podemos sentirlo, podemos sin embargo creer que nuestras naturalezas son impías y defectuosas, y así recibir la gracia y andar en ella. Bien testifica Cristo (Mt 18:3): «Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos»; e Isaías (cap. 7:9): «Si no creyereis, de seguro no permaneceréis». La gracia divina y salvadora, pues, se ha manifestado, no solo para ayudarnos, sino también para enseñarnos nuestra necesidad de gracia. Porque el hecho mismo de su venida muestra que todas nuestras obras son impías, sin gracia, condenadas. El salmista (Sal 119:5-8) ruega fervientemente a Dios que le enseñe sus juicios, leyes y mandamientos, para no ser guiado por sus propias ideas y sentimientos, cosa que Dios ha prohibido (Dt 12:8), diciendo: «No haréis… cada uno lo que bien le parezca».
SEGUNDO MAL: LOS DESEOS MUNDANOS.
12 El otro mal del hombre lo llama Pablo «deseos mundanos». En ellos se comprende toda conducta desordenada de que el individuo pueda ser culpable, en lo que toca a sí mismo y a su prójimo; mientras que el primer mal, la impiedad, comprende todos los agravios contra Dios. Observa la acertada elección de palabras de Pablo: «deseos», «deseos mundanos». Con el uso de «mundanos» quiere incluir todos los malos deseos, sea de bienes, placeres, honra, favores o cualquier cosa del mundo en que uno pueda pecar con codicia. No dice, sin embargo, que debamos negarnos los bienes del mundo, ni que no debamos usarlos. Son buenas criaturas de Dios. Debemos valernos del alimento, la bebida, el vestido y las demás cosas necesarias para la vida. Nada de eso está prohibido; solo el deseo de ellas, el amor desmedido y el ansia por ellas es lo que debemos negar, porque nos lleva a todos los pecados contra nosotros mismos y contra nuestro prójimo.
13 En esta expresión se condena también la conducta de los hipócritas impíos, quienes, aunque estén vestidos con piel de oveja y a veces se abstengan de una mala acción por cobardía o vergüenza o por temor al castigo del infierno, están sin embargo llenos de malos deseos de riqueza, honra y poder. Nadie ama más tiernamente la vida, teme más terriblemente la muerte y desea más ardientemente quedarse en este mundo que ellos; y con todo no reconocen los deseos mundanos en que están ahogados, y sus muchas obras se hacen en vano. No basta abandonar las obras y el hablar mundanos; hay que quitar los anhelos, o deseos, mundanos. No debemos poner nuestros afectos en las cosas de esta vida, sino que todo nuestro uso de ella debe tener en vista la vida futura; como sigue en el texto: V. 13. Aguardando la… manifestación de la gloria, etc.
14 Observa aquí que la gracia de Dios revela el hecho de que todos los hombres están llenos de deseos mundanos, aunque algunos oculten su lujuria con su hipocresía. Si los hombres no estuvieran sujetos a tales deseos, no habría necesidad de la revelación de la gracia, ni falta de sus beneficios, ni razón para que se manifestara a todos los hombres, ni necesidad de que enseñara a despojarse de los deseos. Porque quien no está sujeto a deseos no es llamado a abandonarlos. La declaración de Pablo aquí no se refiere a tal persona. En verdad, no puede ser un ser humano; por tanto no tiene necesidad de gracia, y por lo que a él toca su manifestación no es esencial. ¿Qué debe ser, entonces? Sin duda, un diablo, y eternamente condenado con toda su santidad y pureza. Pero aunque los hipócritas pudieran ocultar por completo sus deseos mundanos, no podrían encubrir su ardiente afán de aferrarse a esta vida ni su renuencia a morir. Así revelan su falta de gracia, y lo mundano e impío de todas sus obras. Sin embargo, no perciben su condición sin gracia ni su peligrosa flaqueza.
15 Además, Pablo habla de «renunciar», o negar. En ello rechaza muchos recursos necios inventados por los hombres para alcanzar la justicia. Unos corren al desierto, otros a los claustros. Otros se apartan de la sociedad, presumiendo huir con el cuerpo de la impiedad y de los deseos mundanos. Otros más recurren a torturas y daños del cuerpo, imponiéndose hambre, sed, vigilias, trabajo y vestidos incómodos excesivos. Ahora bien, si la impiedad y los deseos mundanos fueran algo pintado en la pared, podrías escapar de ellos saliendo de la casa; si estuvieran tejidos en una capa roja, podrías quitarte la capa y ponerte una gris; si crecieran en tu cabello, podrías hacértelo rapar y andar con la cabeza pelada; si estuvieran cocidos en el pan, podrías comer raíces en su lugar. Pero como están dentro de tu corazón y te penetran por completo, ¿adónde puedes huir sin llevarlos contigo? ¿Qué puedes vestir bajo lo cual escapes de ellos? ¿Qué comerás y beberás en lo cual no estén contigo? En una palabra, ¿qué puedes hacer para escapar de ti mismo, si no puedes salir de ti? Querido hombre, las grandes tentaciones están dentro de ti. Huir de ellas exigiría, primero, huir de ti mismo. Santiago dice (cap. 1:14): «Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido».
16 El apóstol quiere decir, no simplemente que debamos huir de las tentaciones exteriores al pecado, sino, como dice, que debemos «negarlas», que debemos mortificar los deseos, o anhelos, dentro de nosotros mismos. Una vez mortificados nuestros deseos, ninguna tentación externa puede dañarnos. Por tal sujeción huimos de verdad. Si no mortificamos nuestros deseos, de nada servirá huir de las tentaciones exteriores. Debemos permanecer en medio de las tentaciones y allí aprender por la gracia a negar los deseos y la impiedad. Está escrito (Sal 110:2): «Domina» —o aplícate— «en medio de tus enemigos». Conflicto y no fuga, energía y no reposo, deben ser el orden en esta vida si hemos de ganar la corona.
17 Leemos de un antiguo padre que, no pudiendo soportar la tentación en un claustro, lo dejó para servir a Dios en paz en el desierto. Pero un día, en el desierto, se le volcó su jarrita de agua. La levantó, pero se volcó por segunda vez. Enfurecido, arrojó la vasija y la hizo pedazos. Entonces, diciéndose a sí mismo: «Ya que no puedo hallar paz estando solo, el defecto debe estar en mí», volvió al claustro para sufrir las tentaciones, y desde entonces enseñó que la victoria debemos obtenerla, no huyendo de los deseos mundanos, sino negándolos.
La vida cristiana.
18 Pablo pasa a mostrar otra cosa en que la gracia nos instruye: la manera de vivir del cristiano una vez negadas la impiedad y los deseos mundanos:
V. 12. «Vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente».
¡Qué excelente regla general de vida nos da! Una regla adaptada a todas las condiciones. No ofrece ocasión para sectas. No introduce opiniones diversas de los hombres, como sucede con las doctrinas humanas.
Primero menciona la «sobriedad», en la cual se indica cuál debe ser la conducta del hombre para consigo mismo en todo respecto. Exige la sujeción del cuerpo, mantenerlo bien disciplinado. En todo lugar de nuestro texto donde se usa el término «sobriedad», Pablo tiene la palabra griega «sophron», que significa no solo sobriedad, sino templanza en todo trato con el cuerpo, en todo servicio a la carne; por ejemplo, en el comer, el beber y el dormir; en el vestido, el hablar, el porte y el movimiento. Tal sobriedad representa lo que en alemán se conoce como vida honorable y buena crianza. El hombre sobrio sabe conducirse, en todas las relaciones del cuerpo, con templanza, discreción y valentía; no lleva una vida salvaje, desvergonzada, sin freno y desordenada, relajada en el comer, el beber, el dormir, y en el hablar, el porte y el movimiento. En la primera parte del capítulo, Pablo dispone que las ancianas enseñen a las jóvenes a ser «prudentes» y castas.
19 El comer y el beber en exceso estorban en verdad muchísimo nuestros esfuerzos por llevar una vida honorable. En cambio, la templanza contribuye mucho a lograrla. En el momento en que uno satisface su apetito hasta el exceso, pierde el perfecto dominio de sí mismo; sus cinco sentidos se vuelven ingobernables. La experiencia enseña que cuando el estómago se llena de comida y bebida, la boca se llena de palabras, los oídos del deseo de oír, los ojos del deseo de ver. Todo el organismo se vuelve perezoso, soñoliento, embotado, o bien se desenfrena y se disuelve, saltando todos los miembros los límites de la razón y del decoro, hasta que no queda disciplina ni moderación alguna. La palabra de nuestro texto, por tanto, no está mal latinizada como «sobrius», «sobriedad». En griego, la palabra «sophron» es lo opuesto de «asotos», así como en alemán «voellerei» y «maeszigkeit», «embriaguez» y «sobriedad», son términos contrarios. Si examinamos el latín «sobrius», vemos que no significa abstinencia total de comida y bebida. «Sobrius» y «ebrius» son también términos contrarios, como el alemán «trunkenheit oder voellerei» y «nuechterkeit», «embriaguez o ebriedad» y «sobriedad». Nosotros los alemanes llamamos también «nuechtern», «sobrio», al individuo que, aunque haya comido y bebido, no está intoxicado, sino que tiene perfecto dominio de sí mismo.
20 Ves ahora la clase de buenas obras que recomienda el apóstol. No nos exige hacer peregrinaciones; no prohíbe ciertos alimentos; ni prescribe un hábito particular, ni ciertos días de ayuno. Su enseñanza no es la de esa clase de gente que, en obediencia a leyes humanas, se separa de los hombres, fundando su espiritualidad y su bondad en la singularidad de su hábito y su dieta, en su manera de llevar el cabello, en su observancia de los tiempos; que procuran hacerse justos no conformándose a la costumbre en el vestido, la dieta, la ocupación, las estaciones y los movimientos. Se les da en el evangelio un nombre apropiado: «pharisaei», que significa «excluidos» o «separados». En el Sal 80:13, el profeta los llama «monios», que significa «uno solitario». El nombre se aplica primariamente al jabalí de hábitos solitarios. En adelante designaremos a esta clase como «solitarios». Como se queja el salmista, hacen terrible estrago en la viña de Dios. Estos fariseos, o solitarios, hacen gran ostentación de sus tradiciones, de su hábito peculiar, de sus alimentos, sus días y sus posturas corporales. Con facilidad apartan a la multitud de las costumbres comunes de la vida hacia sus caminos. Como nos dice Cristo (Mt 24:24), aun los escogidos apenas pueden resistirlos.
21 Aprendamos aquí de Pablo que ningún alimento, bebida, vestido, color, tiempo o postura está prohibido, y ninguno está prescrito. En todas estas cosas se da libertad a cada uno, con tal que se usen con sobriedad, o moderación. Como se dijo antes, estas cosas temporales no están prohibidas. Solo se prohíbe el abuso de ellas, solo el exceso y el desorden en ellas. Donde hay distinción y énfasis en tales asuntos, allí seguramente hallarás leyes humanas; no doctrina evangélica, no libertad cristiana. Sin sobriedad, o moderación, el resultado final tiene que ser la simulación y la hipocresía. Por tanto, usa de todas las cosas terrenales cuando y donde te plazca, dando gracias a Dios. Esta es la enseñanza de Pablo. Guárdate solamente del exceso, del desorden, del mal uso y de la licencia en las cosas temporales, y estarás en el buen camino. No te dejes desviar por el hecho de que los santos padres establecieron órdenes y sectas, usaron ciertos alimentos y cierto vestido, y se conducían de tal y tal manera. Su objeto no era una eminencia peculiar, pues en eso habrían sido impíos, sino que su conducta era de preferencia, y un medio para ejercitar la moderación. Ejercita tú igualmente la moderación como te parezca, y mantén tu libertad. No te encierres en maneras y métodos, como si la vida piadosa consistiera en ellos. De lo contrario serás solitario y quedarás privado de la comunión de los santos. Guárdate con diligencia de tal estrechez. Debemos ayunar, debemos velar y trabajar, debemos vestir ropa inferior, y así sucesivamente; pero solo en las ocasiones en que el cuerpo parezca necesitar freno y mortificación. No señales un tiempo y un lugar determinados, sino ejercita tu abnegación según lo requiera la necesidad. Entonces ayunarás correctamente. Ayunarás todos los días al negar los deseos mundanos. Así enseña el evangelio, y los que siguen este camino son de la dispensación del Nuevo Testamento.
22 En segundo lugar, Pablo dice que debemos ser «justos» en nuestra vida. Ninguna obra, sin embargo, ni tiempo particular, se señala aquí como el camino de la justicia. En los caminos de Dios hay libertad universal. Se deja al individuo ejercer su libertad: hacer lo recto cuando, donde y a quien se presente la ocasión. En esto Pablo da una indicación de cómo debemos conducirnos hacia nuestro prójimo: justamente. Le debemos esa justicia que consiste en hacerle lo que quisiéramos que él nos hiciera; en concederle todo lo que quisiéramos que nos concediera. No hemos de hacer a nuestro prójimo ningún daño corporal, ningún agravio a su esposa, hijos, amigos, posesiones, honra ni a cosa alguna suya. Más bien estamos obligados, dondequiera que veamos que necesita nuestra ayuda, a auxiliarlo, a acompañarlo, con riesgo de nuestros cuerpos, de nuestros bienes, de nuestra honra y de todo lo que es nuestro. La justicia consiste en dar a cada uno lo que le es debido. ¡Qué palabrita para comprender tanto! ¡Cuán pocos andan por este camino de justicia, aunque por lo demás vivan irreprensiblemente! Hacemos todo lo demás menos lo que la gracia salvadora nos revela como nuestro deber.
23 La palabra «prójimo» debe entenderse de modo que incluya aun al enemigo. Pero el camino de la justicia está enteramente borrado. Está mucho más cubierto de maleza por el abandono que el camino de la moderación, el cual a su vez está casi del todo sin hollar y desdibujado a causa de la introducción de ciertos alimentos y vestidos, ciertos movimientos y aparatos. Estas cosas han sido insinuadas con sobreabundancia, más que profusamente. Imitamos formas fijas, y hacemos el ridículo con rosarios, con instituciones eclesiásticas y feudales, con el oír misas, con fiestas, con obras inventadas por nosotros sobre las cuales no hay mandamiento divino. ¡Oh Señor Dios, cuán ancha ha abierto el infierno su boca (véase Is 5:14); y cuán angosta se ha vuelto la puerta del cielo a consecuencia de las doctrinas malditas y las invenciones de estos solitarios y fariseos! Los profetas pintan sin saberlo el cuadro de las condiciones actuales. Representan el infierno con la boca abierta de par en par de un dragón, y el cielo con una puerta cerrada. ¡Oh, qué miseria de cuadro!
24 No es necesario preguntar qué obras exteriores puedes realizar. Mira a tu prójimo. Allí encontrarás bastante que hacer, mil servicios amables que prestar. No te dejes engañar creyendo que llegarás al cielo orando y asistiendo a la iglesia, contribuyendo a instituciones y monumentos, mientras pasas de largo ante tu prójimo. Si lo pasas de largo en esta vida, él estará atravesado en tu camino en la vida venidera y hará que pases de largo ante la puerta del cielo, como el rico que dejó a Lázaro tendido a su puerta. ¡Ay de nosotros, sacerdotes, monjes, obispos y Papa! ¿Qué predicamos? ¿Qué enseñamos? ¡Cómo desviamos del camino a la lamentable multitud! Un ciego guía a otro ciego, y ambos caerán en el hoyo. Doctrinas como las que Pablo declara en la conclusión de esta lección: esas son las que debemos enseñar.
25 En tercer lugar, se nos enseña que debemos vivir vidas «piadosas». Aquí se nos recuerda cómo conducirnos para con Dios. Ahora estamos plenamente instruidos acerca de nuestro deber para con nosotros mismos, para con nuestros prójimos y para con Dios. Como se dijo antes, impiedad significa maldad, falta de Dios, falta de gracia. La piedad, en cambio, significa tener fe, temor de Dios, gracia. La vida piadosa consiste en confiar en Dios, en descansar solo en su gracia, sin tener por obra alguna la que no haya sido realizada en nosotros por él, por gracia. Si somos piadosos, reconoceremos, honraremos, adoraremos, alabaremos y amaremos a Dios. Brevemente, en dos palabras: vivir piadosamente es temer a Dios y confiar en él. Como está escrito (Sal 147:11): «Se complace Jehová en los que le temen, y en los que esperan en su misericordia». Véase también Sal 33:18. Temer a Dios es mirar nuestras propias invenciones como pura impiedad a la luz de su manifiesta gracia. Siendo estas impías, hemos de temer a Dios y abandonarlas, y de ahí en adelante guardarnos de ellas. Confiar en Dios es tener perfecta confianza en que será bondadoso con nosotros, llenándonos de gracia y de piedad.
26 El individuo se rinde a Dios cuando se entrega por completo a Dios, sin intentar nada por sí mismo sino permitiendo que el Señor obre en él y lo gobierne; cuando toda su preocupación y su temor, su oración continua y su deseo, son que Dios le impida seguir sus propias obras y caminos, que ahora reconoce como impíos y merecedores de ira, y que gobierne y obre en él por la gracia. Así el individuo obtendrá una conciencia limpia y amará y alabará a Dios. Observa que son piadosos y llenos de gracia los que no andan por la razón, no confían en la naturaleza humana, sino que descansan solo en la gracia de Dios, siempre temerosos de caer de la gracia y pasar a depender de su propia razón, de su presunción, de sus buenas intenciones y de obras inventadas por ellos mismos. El tema de todo el salmo ciento diecinueve es la confianza en Dios. En cada uno de sus ciento setenta y seis versículos, David respira la misma oración. La confianza en Dios es un asunto de tan vital importancia, y son tan numerosas las dificultades y los peligros que acompañan a la naturaleza humana, a la razón humana y a la doctrina humana, que nunca podemos estar demasiado en guardia.
27 El camino de Dios no nos exige construir iglesias y catedrales, hacer peregrinaciones, oír misa, y cosas así. Dios exige un corazón movido por su gracia, una vida desconfiada de todos los caminos que no procedan de la gracia. Nada más puede uno rendir a Dios que tal lealtad. Todo lo demás es más bien un don suyo para nosotros. Él dice (Sal 50:14-15), en sustancia: «No pienses, oh Israel, que yo busco tus dones y ofrendas; porque todo lo que hay en el cielo y en la tierra es mío. Este es el servicio que te exijo: que me ofrezcas sacrificio de alabanza y pagues tus votos. Invócame en el día de la angustia y yo te libraré, y tú me honrarás». En otras palabras: tú has prometido que yo sería tu Dios. Guarda, pues, este voto. Déjame obrar a mí; no hagas tus propias obras. Déjame ayudarte en tu necesidad. Para todo, mírame a mí. Déjame a mí solo dirigir tu vida. Entonces podrás conocerme a mí y a mi gracia; amarme y alabarme. Este es el verdadero camino de salvación. Si haces otra cosa, realizando tus propias obras, te darás a ti mismo la alabanza, me desatenderás y rehusarás aceptarme como tu Dios. Resultarás traidor y quebrantarás tu voto.
28 Nota que tal obediencia a Dios es el verdadero servicio divino. Para este servicio no necesitamos campanas ni iglesias, ni vasos ni ornamentos. No son necesarias las luces ni las velas; tampoco los órganos y el canto, las imágenes y las pinturas, las mesas y los altares. No necesitamos cabezas rapadas ni gorros, ni incienso ni aspersión, ni procesiones ni manejo de la cruz; ni son esenciales las indulgencias ni las bulas. Todas estas son invenciones humanas, meras cuestiones de gusto. Dios no las mira, y con demasiada frecuencia oscurecen con su brillo el verdadero servicio de Dios. Solo una cosa es necesaria para el servicio recto: el evangelio. Que se proponga debidamente el evangelio; que por medio de él se dé a conocer al pueblo el servicio divino. El evangelio es la verdadera campana, el verdadero órgano, para el servicio divino.
29 Además, Pablo dice que hemos de vivir como él describe «en este siglo». Primero: la vida perfecta no puede lograrse por obras; toda nuestra vida, mientras permanezcamos aquí, debe ser sobria, justa y piadosa. Cristo promete (Mt 10:22): «El que persevere hasta el fin, este será salvo». Ahora bien, hay algunos que, hay que admitirlo, de vez en cuando hacen el bien; pero el logro ocasional no es una vida completa de bondad, ni significa perseverar hasta el fin. Segundo: nadie puede permitirse dejar este asunto de la vida piadosa hasta la muerte, o hasta llegar a otro mundo. Todo lo que queramos tener en la vida venidera debe asegurarse aquí.
30 Muchos dependen del purgatorio, viviendo como les place hasta el fin y esperando aprovecharse de las vigilias y de las misas por las almas después de la muerte. En verdad, no recibirán provecho alguno en ello. Mejor habría sido que el purgatorio nunca se hubiera concebido. La creencia en el purgatorio suprime mucho bien, establece muchos conventos y monasterios y da empleo a numerosos sacerdotes y monjes. Es un grave estorbo para estos tres rasgos de la vida cristiana: sobriedad, justicia y piedad. Además, Dios no ha mandado el purgatorio, ni siquiera lo ha mencionado. La doctrina es del todo, o en su mayor parte, un engaño; que Dios me perdone si me equivoco. Es, por decir lo menos, peligroso aceptar, y edificar sobre, algo que Dios no ha señalado, cuando ya es bastante lo que nos cuesta mantenernos en pie edificando sobre las instituciones de Dios, que nunca pueden vacilar. El mandato de Pablo de vivir rectamente en este siglo presente es en verdad una estocada severa contra el purgatorio. No quiere que pongamos en peligro nuestra fe. No que yo, en este día tardío (cuando escribimos 1522), niegue la existencia del purgatorio; pero es peligroso predicarlo, sea cual sea la verdad que pueda haber en la doctrina, porque la Palabra de Dios, las Escrituras, no hacen mención de purgatorio alguno.
31 La razón principal de Pablo, sin embargo, para emplear la frase «en este siglo» es resaltar el poder de la gracia salvadora de Dios. En la extrema maldad del mundo, la persona piadosa es como uno solo, sin ejemplo, por así decirlo, una rosa entre espinas; por tanto debe soportar toda clase de infortunio, de censura, de vergüenza y de agravio. El pensamiento del apóstol es: el que quiera vivir sobria, justa y piadosamente debe esperar hallar toda clase de enemistad y debe tomar la cruz. No debe dejarse desviar, aunque tenga que vivir solo, como Lot en Sodoma y Abraham en Canaán, entre puros glotones, borrachos, disolutos, injustos, falsos e impíos. Su entorno es mundo y seguirá siendo mundo. Tiene que resistir y vencer los halagos de la tierra, censurando los deseos mundanos. Vivir rectamente en este siglo, fíjate bien, es como vivir sobriamente en una taberna, castamente en un burdel, piadosamente en un salón de diversiones, honradamente en una guarida de asesinos. El carácter del mundo es tal que hace nuestra vida terrena difícil y angustiosa, hasta que clamamos con anhelo por la muerte y el día del juicio, y los aguardamos con ardiente deseo; como indica la cláusula siguiente del texto. Estando la vida sujeta a tantos males, su única esperanza está en ser guiada por la gracia. La naturaleza humana y la razón no saben cómo dirigirla.
V. 13. «Aguardando la esperanza bienaventurada».
32 Con estas palabras el apóstol distingue claramente la vida piadosa de toda otra vida. He aquí el texto que permite percibir cómo se mide uno con la vida de gracia. Que se adelanten todos los que presumen pensar que viven piadosamente, y respondan si se deleitan o no en esta esperanza, tal como aquí se pinta; si están tan preparados para el día del juicio que lo aguardan con gusto; si lo consideran algo más que soportable, aun como un suceso bienaventurado que se contempla con anhelo y con alegre confianza. ¿No es cierto que la naturaleza humana siempre se encoge ante el juicio? ¿No es cierto que, si la llegada de ese día dependiera del gusto del mundo, nunca vendría? ¿Y particularmente en el caso de los santos hipócritas? ¿Dónde queda, pues, la naturaleza humana? ¿Dónde la razón? ¿Dónde el libre albedrío tan ensalzado como inclinado al bien y poderoso para él? ¿Por qué el libre albedrío no solo huye del bien sino que se encoge ante esa honra al Dios de salvación a la cual el apóstol se refiere aquí como «esperanza bienaventurada» y en la cual esperanza seremos bienaventurados? ¿Qué impide sacar aquí la conclusión de que los que se encogen ante el juicio llevan vidas impías, reprensibles y desprovistas de gracia, cuyos males e impiedad podrían ocultar de no ser por la proximidad de ese día? ¿Qué hay más impío que esforzarse contra la voluntad de Dios? ¿Y no es eso precisamente lo que hace el individuo que quisiera huir del día en que la honra de Dios será revelada, que no aguarda el suceso con un corazón amoroso y gozoso? Fíjate, pues: el que no desea ese día y no lo aguarda con deleite y con amor a Dios no vive una vida piadosa, ni aunque sea capaz de resucitar muertos.
33 «Entonces tiene que ser», dices, «que pocos llevan vidas piadosas, particularmente entre esos solitarios, espirituales, que más que todos los hombres huyen de la muerte y del juicio». Eso es justamente lo que he dicho. Estos individuos separados simplemente se desvían a sí mismos y a otros del camino verdadero, borrando los caminos trazados por Dios. Vemos claramente ahora cuán poco pueden lograr la razón y la naturaleza; solo se esfuerzan contra Dios. Y vemos cuán necesaria es la gracia salvadora. Porque cuando nuestras propias obras son abandonadas, Dios viene y obra él solo en nosotros, capacitándonos para levantarnos de nosotros mismos, de nuestra conducta impía, a una vida sobrenatural, llena de gracia, piadosa. Entonces no solo no tememos el día del juicio, sino que lo aguardamos alegremente, aun con anhelo, contemplándolo con gozo y con placer. Este punto se ha tratado además en la lección evangélica del segundo domingo de Adviento.
34 La verdadera piedad, notas, no es enseñada por la naturaleza humana ni por la razón mortal, sino por la manifiesta gracia de Dios. Por la gracia somos capacitados para negar los deseos mundanos, aun para sentir aversión hacia ellos, para desear liberación de ellos, para estar insatisfechos con nuestra manera de vivir en general. Más aún, crea en nosotros una disposición esencial para la piedad, una disposición a suplicar a Dios con perfecta confianza y a aguardar con placer su venida. Así debemos estar dispuestos.
35 Ahora pesemos con cuidado las palabras «esperanza bienaventurada». Se presenta un contraste con aquella vida miserablemente infeliz en la cual, cuando intentamos andar rectamente, solo nos acosan el infortunio, el peligro y el pecado. Todo en esta vida sirve solo para vejar, mientras que tenemos toda razón para ser alentados en esa esperanza. Tal es la experiencia de quienes procuran con empeño vivir sobria, justa y piadosamente. El mundo no puede soportar por mucho tiempo a esta clase de gente; pronto la considera repulsiva. Pablo testifica (Ro 5:3-5): «Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza». Así nuestros ojos permanecen cerrados a lo mundano y visible, y abiertos a lo eterno e invisible. Toda esta condición transformada es obra de la gracia, por medio de la cruz, que debemos soportar si intentamos llevar una vida piadosa, la vida que el mundo no puede tolerar.
V. 13. «Y la manifestación de la gloria».
36 La palabra de Pablo para «advenimiento» aquí es «epiphaniam», «aparición» o «manifestación». De igual modo, arriba habló de la «aparición» o «manifestación» de la gracia. La palabra latina «advenimiento», por tanto, no lo expresa todo. El apóstol quiere hacer una distinción entre la primera aparición y la última. La primera aparición estuvo acompañada de humildad y deshonra, con el propósito de atraer poca atención y de no ocasionar más manifestación que la hecha en fe y por medio del evangelio. Cristo no se manifiesta en la actualidad en persona, pero en el día del juicio aparecerá en esplendor resplandeciente, en honra sin sombra; un esplendor y una honra eternamente manifiestos a todas las criaturas. El último día será un día eterno. En el instante de su aparición todo corazón y todas las cosas quedarán al descubierto. Tal es el sentido de «la manifestación de la gloria» mencionada, la aparición de la honra de Cristo. Entonces no habrá ni predicación ni fe. Para todos los hombres todo será manifiesto por experiencia, y por vista, como en un día claro. Por eso Pablo añade:
V. 13. «Del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo».
No que exista otro Dios, menor; sino que Dios ha reservado para el último día la exhibición de su grandeza y majestad, de su gloria y resplandor. Ahora lo contemplamos en el evangelio y en la fe: una visión estrecha de él. Aquí no es grande, porque es comprendido solo un poco. Pero en la última aparición nos permitirá contemplarlo en su grandeza y majestad.
37 Las palabras de este versículo consuelan a todos los que viven sobria, justa y piadosamente. Porque el apóstol declara en ellas la venida en gloria, no de nuestro enemigo ni de nuestro juez, sino de nuestro Salvador Jesucristo, quien en aquel tiempo nos dará perfecta felicidad. Pues él hará del día de esa gloriosa aparición la ocasión de nuestra liberación de este mundo, en el cual debemos soportar tanto en el esfuerzo por llevar una vida piadosa en respuesta a su voluntad. En vista de su venida y de nuestra grande y gloriosa redención, debemos sobrellevar con firmeza y alegría las persecuciones, los asesinatos, la vergüenza y los infortunios que el mundo produce, y ser valientes en medio de la muerte. Con estos gozos delante de nosotros, debemos perseverar tanto más firmemente en una vida piadosa, confiando con audacia en el Salvador Jesucristo.
38 En cambio, las palabras de este versículo son terribles para los mundanos y malvados que no quieren soportar, por causa de la piedad, las persecuciones del mundo. Prefieren que su piedad no vaya más allá de vivir sin fricción en el mundo y así evitar enemistad y molestias. Pero los disolutos, los temerarios, los obstinados hacen caso omiso de esas palabras. Nunca dan un pensamiento al hecho de tener que comparecer en el último día. Como animales frenéticos, corren ciegos e incautos hacia el día del juicio y hacia el abismo del infierno. Podrías preguntar: «¿Cómo obtendré la piedad apta para aguardar con confianza ese día, puesto que la naturaleza humana y la razón huyen de una vida piadosa y no pueden lograrla?». Observa lo que sigue, V. 14. «Quien se dio a sí mismo por nosotros».
39 Las cosas que el apóstol ha venido presentando con tanto cuidado se te ponen delante para que percibas y reconozcas tu incapacidad, para que desesperes por completo de tu propio poder, a fin de que te humilles sinceramente y reconozcas tu vanidad, y tu impiedad, tu falta de piedad y tu estado no salvo. Nota que la gracia que aparece por medio del evangelio enseña humildad; y siendo humillado, uno desea la gracia y está dispuesto a buscar la salvación. Dondequiera que existe un humilde deseo de gracia, allí te está abierta la puerta de la gracia. El deseo no puede existir sin provisión para su cumplimiento. Pedro dice (1 P 5:5): «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes». Y Cristo declara con frecuencia en el evangelio: «Cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido».
40 Así se te presenta el bendito evangelio. Permite que la gracia salvadora aparezca en ti y resplandezca desde ti, enseñándote qué más se requiere para que no caigas en la desesperación. Ahora bien, el evangelio, la aparición de la luz de la gracia, es esto que el apóstol declara aquí, a saber, que Cristo se dio a sí mismo por nosotros, etc. Por tanto, escucha el evangelio; abre las ventanas de tu corazón y deja que la gracia salvadora resplandezca, para ilustrarte y enseñarte. Esta verdad, que Cristo se dio a sí mismo por nosotros, es el mensaje del cual se dice que es proclamado a todos los hombres. Es la explicación de lo que significa la aparición de la gracia.
41 Destierra, pues, de tu mente el error en que hayas podido caer, de pensar que oír las epístolas de Pablo y de Pedro no es oír el evangelio. No te dejes engañar por el nombre «epístola». Todo lo que Pablo escribe en sus epístolas es evangelio puro. Él lo dice en Ro 1:1 y en 1 Co 4:15. De hecho, me atrevo a decir que el evangelio está presentado con más viveza en las epístolas de Pablo que en los cuatro libros de los evangelistas. Estos últimos detallan la vida y las palabras de Cristo, que solo fueron entendidas después de la venida del Espíritu Santo, quien glorificó a Cristo. Así lo testifica el Salvador mismo. Pablo, aunque no registra relato alguno de la vida de Cristo, explica claramente el propósito de la venida de nuestro Señor, y muestra qué bendiciones nos trae su advenimiento. ¿Qué otra cosa es el evangelio sino el mensaje de que Cristo se dio a sí mismo por nosotros, para redimirnos del pecado, y de que todos los que lo crean serán ciertamente salvos?
Así debemos desesperar de nuestros propios esfuerzos y aferrarnos a Cristo, descansando en él solo. Grato, en verdad, y consolador es este mensaje, y prontamente bien recibido por los corazones que desesperan de sus propios esfuerzos. «Evangelium», o evangelio, implica un mensaje amoroso, bondadoso, gracioso, hecho para alegrar y animar un corazón afligido y aterrado.
42 Cuida de creer como verdadero lo que declara el evangelio: que Cristo se dio a sí mismo por ti para redimirte de toda iniquidad y purificarte para una herencia propia. De ahí se sigue que, en primer lugar, debes creer y confesar que todos tus esfuerzos son impuros, injustos; y que tu naturaleza humana, tu razón, tu arte y tu libre albedrío son ineficaces fuera de Cristo. Si no lo crees así, anulas el evangelio; pues, según el evangelio, Cristo no se dio a sí mismo por los justos ni por los puros. ¿Por qué habría de hacerlo? Existiendo justicia y pureza, se estaría dando en vano. Sería una entrega sin sentido.
En segundo lugar, debes creer que Cristo se dio a sí mismo por ti, para quitar tu impureza e injusticia y hacerte puro y justo en él. Si crees esto, así será. La fe lo cumplirá. El hecho de que se dio a sí mismo por ti puede hacerte puro y justo solo mediante la fe de tu parte. Pedro (Hch 15:9) habla de la purificación de los corazones por la fe. Observa que Cristo no es puesto en tu mano, no te es dado en un cofre, no es colocado en tu seno ni en tu boca. Se te presenta por medio de la Palabra, el evangelio; se levanta delante de tu corazón, por los oídos se te ofrece, como el Ser que se dio a sí mismo por ti, por tu injusticia e impureza. Solo con tu corazón puedes recibirlo. Y tu corazón recibe cuando responde a tu mente abierta, diciendo: «Sí, creo». Así, por medio del evangelio, Cristo penetra en tu corazón por el camino del oído, y mora allí por tu fe. Entonces eres puro y justo; no por tus propios esfuerzos, sino a consecuencia del huésped recibido en tu corazón por la fe. ¡Cuán ricas y preciosas son estas bendiciones!
43 Ahora bien, cuando la fe que mora en ti trae a Cristo a tu corazón, no puedes pensar que él sea pobre y desvalido. Trae su propia vida, su Espíritu, todo lo que él es y manda. Pablo dice que el Espíritu es dado, no en respuesta a obra alguna del hombre, sino por causa del evangelio. El evangelio trae a Cristo, y Cristo trae el Espíritu, su Espíritu. Entonces el individuo es hecho nuevo; es piadoso. Entonces todas sus obras son bien hechas. No está ocioso; porque la fe nunca está inactiva. Continuamente, de palabra y de obra, proclama a Cristo. Así el mundo se levanta contra Cristo; no quiere oírlo, no quiere tolerarlo. El resultado son cruces para el cristiano, y las cruces hacen odiosa la vida y deseable el día del juicio. Esto, fíjate bien, explica el evangelio y la aparición de la gracia salvadora de Dios.
44 ¿Cómo pueden la muerte y el día del juicio aterrar al corazón que recibe a Cristo? ¿Quién dañará a tal persona cuando el gran Dios y Salvador, Jesucristo, que ordena el día del juicio, está a su lado con toda su gloria, grandeza, majestad y poder? El que se dio a sí mismo por nosotros, él y ningún otro, gobernará ese día. Ciertamente no negará su propio testimonio, sino que verificará tu fe declarando que se dio a sí mismo por tus pecados. ¿Y qué tienes que temer del pecado cuando el juez mismo reconoce que lo quitó con su propio sacrificio? ¿Quién te acusará? ¿Quién podrá juzgar al juez? ¿Quién ejercer autoridad sobre él? Su poder pesa más que el de todo el mundo con sus innumerables pecados. Si hubiera comprado tu salvación con otra cosa que no fuera él mismo, podría haber gran error en esta doctrina. Pero ¿qué puede aterrar cuando se ha dado a sí mismo por ti? Tendría que condenarse a sí mismo antes de que el pecado pudiera condenar a las almas por las que murió.
45 He aquí una seguridad fuerte, indiscutible. Pero nuestra conexión con ella depende de la firmeza de nuestra fe. Cristo ciertamente no vacilará. Es absolutamente firme. Debemos, pues, urgir e imponer la fe con nuestra predicación y en nuestro obrar y sufrir, haciéndola siempre firme y constante. Las obras de nada valen aquí. El espíritu malo asaltará solamente nuestra fe, sabiendo bien que de ella depende todo. ¡Qué desgracia que no percibamos nuestra ventaja! Pues ignoramos el evangelio con su gracia salvadora. ¡Ay de ustedes, Papa, obispos, sacerdotes y monjes! ¿De qué sirven en las iglesias y ocupando los púlpitos? Analicemos ahora las palabras:
V. 14. «Para redimirnos».
46 Se dio a sí mismo para redimir, no a sí mismo, sino a nosotros. Evidentemente, somos cautivos por naturaleza. Entonces, ¿cómo podemos ser tan presuntuosos e ingratos como para atribuir tanto mérito a nuestro libre albedrío y a nuestra razón natural? Si sostenemos que hay algo en nosotros no atado al pecado, menospreciamos la gracia por la cual, según el evangelio, somos redimidos. ¿Quién puede hacer algo bueno estando cautivo en el pecado, estando del todo injusto? Nuestros propios esfuerzos pueden parecernos buenos, pero en verdad no lo son; de otro modo, el evangelio de Cristo tendría que ser falso.
V. 14. «De toda iniquidad».
47 La palabra que Pablo usa para «iniquidad» es «anomias», cuyo significado específico es todo lo que no se conforma a la ley, sea transgresión del alma o del cuerpo: la primera transgresión es la impiedad o falta de piedad, y la segunda, los deseos mundanos. Cuida de añadir la palabra «toda», para dejar claro que incluye los pecados del cuerpo y la injusticia del alma de los que Cristo nos ha redimido por completo. Esta enseñanza es un golpe contra los que se creen justos y los separados, que se redimen a sí mismos, y a otros también, de ciertas formas de injusticia por medio de la ley, o por su propia razón y libre albedrío. En realidad, evitan el acto exterior de transgresión, siendo refrenados por prohibiciones, o por miedo al dolor y al castigo, o por la expectativa de recompensa o ganancia. Pero esto es solo quitar la espuma de la injusticia; el corazón sigue lleno de inclinación impía, no regenerada, y de deseos mundanos, y ni el cuerpo ni el alma son justos. Pero por la fe Cristo nos redime de toda injusticia. Nos libera, capacitándonos para vivir piadosa y celestialmente, un poder que no teníamos cuando estábamos en la cárcel de la injusticia.
V. 14. «Y purificar para sí».
48 El pecado va acompañado de dos males: primero, nos toma cautivos. En su poder somos incapaces de hacer el bien, de desear el bien o siquiera de reconocerlo. El pecado nos roba así el poder, la libertad y la luz. El segundo mal que acompaña al pecado es el resultado natural del primero: abandonamos el bien para dedicarnos solo a la iniquidad y la impureza, labrando con duro y pesado trabajo la tierra del malvado faraón en Egipto. Pero cuando, por la fe, viene Cristo, nos libera de la servidumbre de Egipto y da poder para hacer el bien. Ese poder es nuestra primera ganancia.
49 Después, el esfuerzo de toda nuestra vida debe ser purgar del cuerpo y del alma la conducta injusta, no regenerada y mundana. Hasta la muerte nuestra vida no debe ser sino purificación. Si bien es cierto que la fe redime al instante de toda culpa legal y pone en libertad, los malos deseos permanecen en el cuerpo y en el alma, como el olor y la enfermedad se pegan a un calabozo. La fe se ocupa en purificar de estos. Como tipo de este principio, Lázaro fue resucitado de los muertos en el evangelio con una sola palabra (Jn 11:44), pero después hubo que quitarle la mortaja y el sudario. Y el hombre medio muerto, cuyas heridas vendó el samaritano y a quien llevó a casa, tuvo que permanecer en el mesón hasta ser restablecido.
V. 14. «Un pueblo propio».
50 El pensamiento es de propiedad: una herencia o posesión peculiar. Las Escrituras llaman al pueblo de Dios su heredad. Como un terrateniente cultiva, nutre y mejora su heredad, así, por medio de nuestra fe, Cristo, de quien somos heredad, nos cultiva, o nos impulsa a crecer cada día mejores y más fructíferos. Ves así que la fe libera del pecado, pero más que eso, nos hace heredad de Cristo, que él acepta y protege como suya. ¿Quién puede dañarnos cuando somos la heredad del Dios poderoso?
V. 14. «Celoso de buenas obras».
51 Así como la impiedad se opone a la heredad, así el celo o la diligencia en nuestros esfuerzos por el bien se opone a los deseos mundanos. Por la piedad interior llegamos a ser la heredad de Cristo, y por la vida sobria y justa se realizan buenas obras. Como su heredad le servimos, y por las buenas obras servimos a nuestros prójimos y a nosotros mismos; primero la heredad, luego las buenas obras. Porque las buenas obras no se hacen sin piedad, y se nos enseña que debemos ser celosos, «zelotae», es decir, debemos emularnos unos a otros en hacer el bien, o competir unos con otros en el esfuerzo por obrar el bien universal, disputando quién fue el mejor y quién hizo más bien. Este es el verdadero sentido de la palabra «zelotae». ¿Dónde están estos ahora?
V. 15. «Esto habla y exhorta».
52 En verdad, oh Señor Dios, es un encargo vital este: no solo predicar los principios enseñados en esta lección, sino urgir continuamente, amonestar y despertar al pueblo, llevándolo a la fe y a buenas obras verdaderas. Aunque hayamos enseñado, debemos seguir con exhortación perseverante, para que la Palabra de Dios tenga su dominio.
53 Oh Papa, obispos, sacerdotes y monjes, que ahora inundan la Iglesia con fábulas y doctrinas humanas, dejen que estas cosas penetren en sus mentes. Tendrán más que suficiente para predicar si solo intentan lo que este texto contiene, con tal que amonesten continuamente al pueblo y lo impongan. Retrata bellamente la vida del cristiano. Su enseñanza, y solo esta, es la que deben predicar e imponer. ¡Dios lo conceda! Amén.
54 Nota que el oficio de ministro exige dos cosas: enseñanza y exhortación. Debemos enseñar a los que no están informados, y debemos amonestar a los ya informados para que no retrocedan, se hagan perezosos o se aparten por completo en lugar de perseverar contra todas las tentaciones.
LA ARMADURA QUE PROPORCIONA EL TEXTO.
55 Primero, el texto nos da autoridad para sostener que sin gracia no se puede hacer ningún bien y que todos los esfuerzos humanos son pecaminosos. Este principio queda establecido por la declaración de Pablo, V. 11. «La gracia se ha manifestado». Evidentemente, antes del advenimiento mencionado no existía gracia entre los hombres. Si no existía gracia, claramente solo había ira. Por tanto, sin la gracia no hay en nosotros más que falta de regeneración e ira, en lugar de bien.
56 Además, la referencia de Pablo a la gracia salvadora indica claramente que todo lo que carece de gracia está ya condenado y fuera del poder de procurarse ayuda y salvación. ¿Dónde está, pues, el libre albedrío? ¿Dónde están las virtudes humanas, la razón y las opiniones humanas? Todo está sin gracia salvadora, todo está condenado, pecaminoso y vergonzoso delante de Dios, aunque sea precioso a nuestros ojos.
57 Todavía más impresionante es la frase «a todos los hombres». Nadie queda exceptuado. Es manifiesto, pues, que hasta el reconocimiento del evangelio nada sino ira reinaba en todos los hombres. El apóstol dice (Ef 2:3): «Éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás». Aquí rechaza con armadura segura, y cierra la boca de todos los que se jactan de la razón, las obras, las opiniones, el libre albedrío, la luz de la naturaleza, etc., como eficaces sin gracia. A todos los hace corruptos, impíos, sin Dios y sin gracia.
58 Además, Pablo declara que la gracia de Dios se manifestó a «todos los hombres» para capacitarlos para V. 12. «renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos». ¿Quién puede sostenerse ante la armadura que usa? ¿Cuál es la conclusión inevitable sino esta: que sin la gracia de Dios las obras de todos los hombres son impiedad y deseos mundanos? Porque si hubiera piedad, o aspiraciones espirituales, en algún individuo, no habría razón para que «todos los hombres» renunciaran a la impiedad y a los deseos mundanos; ni se requeriría la aparición salvadora de la gracia en todos los casos. De este modo, fíjate bien, debemos usar las Escrituras como armadura contra los falsos maestros. No solo son para el ejercicio de nuestra fe en la vida diaria, sino para la defensa abierta y la batalla de la fe contra los ataques del error.
59 Ante el testimonio de este texto, todos los hipócritas, todos los eclesiásticos, deben yacer postrados en derrota, por mucho que hayan ayunado, orado, velado y trabajado. Estos esfuerzos de nada valdrán; la impiedad y los deseos mundanos seguirán sobreviviendo en ellos. Aunque la vergüenza les haga ocultar la expresión del mal, el corazón sigue impuro. Si nuestras obras, vestidos, claustros, ayunos y oraciones pudieran hacernos piadosos, el apóstol habría dicho con más propiedad que una oración o un ayuno, una peregrinación o una orden, u otra cosa, se había manifestado enseñándonos a ser piadosos. Pero enfáticamente no es ninguna de estas; es la aparición de la gracia salvadora. Esta, esta sola, y nada más, nos hace piadosos.
60 El peligro y el error de las leyes humanas, órdenes, sectas, votos, etcétera, es fácilmente evidente. Porque no son gracia; son meras obras, que por su falsa apariencia llevan a todo el mundo al error, a la angustia y a la miseria. Bajo su influencia el mundo olvida la gracia y la fe, y busca la piedad y la felicidad en estos errores.
61 Además, la exhortación de Pablo a aguardar la bienaventurada y gloriosa manifestación del gran Dios establece el hecho de que hay otra vida más allá de esta. Claramente es evidente que el alma es inmortal; sí, que aun el cuerpo debe resucitar. Decimos en el credo: «Creo en la resurrección del cuerpo y en la vida eterna».
62 Además, del lenguaje de Pablo, V. 13. el gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo, puede inferirse lógicamente que Cristo es verdadero Dios. Es claro, entonces, que el Ser que ha de venir en gloria el día del juicio es el gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo.
63 Si alguien, con espíritu de cavilación, aplicara solo al Padre la referencia aquí a «el gran Dios», su teoría no se sostendría. Porque esta gloriosa aparición es compartida por el gran Dios y nuestro Salvador Jesucristo. Si Cristo no fuera verdadero Dios, no se le atribuiría la gloria y el esplendor de Dios. Puesto que se menciona el esplendor, la gloria, la obra, de «el gran Dios y Salvador nuestro», este último debe ser Dios con el primero. Por boca de Isaías, Dios ha dicho más de una vez: «Mi gloria no la daré a otro», y sin embargo aquí la comparte con Cristo. Por tanto Cristo no puede ser otro que Dios. La gloria de Dios es suya. Sin embargo, es una persona distinta del Padre.
64 Una vez más, las palabras de Pablo, V. 15. Esto habla y exhorta, nos ofrecen un fuerte argumento contra la doctrina humana. Si Pablo hubiera querido que se enseñara algo más que las cosas que menciona, seguramente lo habría dicho. Nuestros obispos y papas de hoy piensan que han hecho bastante cuando permiten que estos mandatos de Pablo se escriban en libros y en papeles, sin imponerlos con mandato alguno propio; pero el hecho es que sus propias voces deberían oírse en constante predicación e imposición del evangelio. ¡Ay de ellos!
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.