Comentarios y sermones · Martín Lutero

Tito 3: comentario de Martín Lutero

Segundo sermón de Navidad; Tito 3:4-8

Servicio de la madrugada de Navidad.

LA GRACIA DE DIOS RECIBIDA DEBE SER COMUNICADA.

1 Esta lección de la epístola inculca el mismo principio que enseña la conclusión de la lección del evangelio, acerca del contentamiento, la buena voluntad y el amor al prójimo. La sustancia del texto es esta: ¿Por qué habríamos de estar renuentes a hacer por otros lo que Dios ha hecho por nosotros, siendo nosotros mucho menos dignos de sus bendiciones de lo que cualquiera pueda ser digno de nuestra ayuda? Puesto que Dios ha sido amistoso y benigno con nosotros al concedernos su bondad amorosa, portémonos de manera semejante con nuestros prójimos, aun si son indignos, porque nosotros también lo somos.

2 Para entender con facilidad esta epístola es necesario que conozcamos la ocasión de estas palabras. En los versículos inmediatamente anteriores, Pablo dice a Tito, su discípulo: V.1-3. Recuérdales que se sujeten a los gobernantes y autoridades, que obedezcan, que estén dispuestos a toda buena obra. Que a nadie difamen, que no sean pendencieros, sino amables, mostrando toda mansedumbre para con todos los hombres. Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros.

Advierte que Pablo indica aquí la relación que tenemos con Dios y con los hombres. Quiere que seamos obedientes a los magistrados y bondadosos con los prójimos. Aunque nuestros prójimos estén ciegos, errados y sean malos, debemos ser caritativos en nuestro juicio y procurar de buen grado agradarles, recordando la actitud semejante de Dios hacia nosotros cuando éramos como ellos.

3 La palabra «apareció», que implica la revelación del evangelio, o la aparición de Cristo a todo el mundo, queda suficientemente definida en la lección anterior de la epístola. Aunque allí se refiere al nacimiento de Cristo, poco depende de esa circunstancia en cuanto al sentido de la palabra. Pablo no emplea aquí la palabrita «gracia», usada allá, sino que describe al Dios de gracia con otras dos palabras agradables: «bondad» y «amor». La primera es en griego «Chrestotes» (amabilidad), que implica ese trato amistoso y digno de amor que hace atractiva a la persona y da a su compañía una influencia benigna que mueve a todos los que están a su alrededor al cariño y al afecto. Una persona así es capaz de soportar a todos. No es propensa a descuidar a nadie ni a rechazar con dureza. En ella todos pueden depositar su confianza. Todos pueden acercarse a ella y tratar con ella. Se parece a Cristo, a quien el evangelio retrata siempre amistoso con todos, sin rechazar a ninguno, sino benigno con todos.

4 Dios también se nos muestra por el evangelio como totalmente amable y bondadoso, que recibe a todos y no rechaza a ninguno, que pasa por alto nuestras faltas y no aleja a nadie con severidad. El evangelio no proclama sino gracia, por la cual Dios nos sostiene y por la cual nos guía con bondad, sin considerar nuestra dignidad. Este es el día de la gracia. Todos pueden acercarse confiadamente al trono de su misericordia, como está escrito en Hebreos 4:16. Y leemos en el Salmo 34:5: «Los que miraron a él fueron alumbrados, y sus rostros no fueron avergonzados.» Es decir, Dios no permitirá que pidamos en vano, ni que vengamos a él y nos vayamos vacíos y avergonzados.

5 La segunda palabra es en griego «Philanthropia» (filantropía), amor a la humanidad. La avaricia es el amor al dinero. David (2 S 1:26) se refiere al «amor de las mujeres». Pero los naturalistas llaman filantrópicos o humanos a ciertos animales, el perro, el caballo, el delfín, porque tienen un amor y una afición naturales al hombre; se adaptan a su servicio como si estuvieran dotados de razón para entenderlo.

6 Es una actitud de amor a la humanidad la que el apóstol atribuye aquí a nuestro Dios. Moisés hizo lo mismo en Deuteronomio 33:2-3, donde dice de Dios: «Con la ley de fuego en su diestra vino para ellos. Aun amó a los pueblos.» Esta cita indica que Dios hace más que mostrarse, por el evangelio, con semblante benigno, deseando atraer a los hombres hacia sí y tolerando sus faltas; quiere darles de sí mismo, concederles su presencia, y extiende su gracia y su amistad.

7 Estas dos palabras que describen a Dios, «bondad» y «amor», son en verdad agradables y consoladoras. Lo representan ofreciendo gracia, siguiéndonos, dispuesto a recibir con toda benignidad a cuantos se acercan a él y lo desean. ¿Qué más podría hacer? Advierte ahora por qué se llama al evangelio un mensaje de gracia y de consuelo acerca de Dios revelado en Cristo. ¿Qué puede concebirse más benigno para una conciencia pobre y pecadora que lo que estas palabras expresan? ¡Oh, cuán miserablemente el diablo, por medio de las leyes del papa, nos ha pervertido estas puras palabras de Dios!

8 Estas dos palabras han de recibirse con todo su sentido pleno y amplio. No ha de hacerse distinción de personas, como la que prevalece entre los hombres: porque el amor y la bondad divinos no se obtienen por mérito humano; son solamente de la gracia de Dios y se dan a todos los que llevan el nombre de hombre, por insignificantes que sean. Dios no ama lo que es propio de una persona, sino lo que es de todos. No es parcial con uno, sino bondadoso con todos. Por tanto, la honra del hombre queda perfectamente resguardada, y nadie puede gloriarse de su dignidad, ni tiene por qué desesperar a causa de su indignidad. Toda la humanidad puede consolarse por igual en la gracia inmerecida que Dios ofrece y aplica con bondad y humanidad.

De haber habido alguna vez una persona meritoria o una obra digna de consideración, seguramente se habría hallado entre los que hacen «obras de justicia». Pero Pablo rechaza especialmente estas, diciendo: V.5. «no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho». ¡Cuánta menos razón tenemos para pensar que la bondad y el amor de Dios han aparecido a causa de la sabiduría, el poder, la nobleza, la riqueza del hombre y el color de su cabello! La gracia que cancela todo nuestro alardeado honor, atribuyendo la gloria solo a Dios, que la concede libremente a los indignos, es pura y también grande.

9 Esta epístola inculca los otros dos principios de creer y amar: recibir favores de Dios y otorgar favores a nuestros prójimos. Toda la Escritura urge estos dos preceptos, y la práctica del uno requiere la práctica del otro. El que no cree firmemente en la gracia de Dios ciertamente no extenderá bondad a su prójimo, sino que será tardo e indiferente en ayudarlo. En proporción a la fuerza de su fe será su disposición y diligencia en ayudar a su prójimo. Así la fe incita al amor, y el amor aumenta la fe.

10 Ahora vemos cuán completamente dejamos de andar en la fe cuando presumimos llegar a la bondad y a la felicidad por otras buenas obras que no sean las hechas a nuestro prójimo. Son tantas las obras y doctrinas nuevas que se inventan a diario, que toda noción correcta de una vida verdaderamente buena queda destruida por completo. Pero el hecho es que toda doctrina y toda obra cristiana, toda la vida cristiana, se comprende breve, clara y completamente en estos dos principios: la fe y el amor. Ellos colocan al hombre como medio entre Dios y su prójimo, para recibir de arriba y repartir abajo. Así el cristiano se vuelve un vaso, o mejor dicho un canal, por el cual la fuente de las bendiciones divinas fluye continuamente hacia otras personas.

11 Fíjate bien: los verdaderamente semejantes a Dios son los que reciben de Dios todo lo que él ofrece por medio de Cristo, y a cambio se acreditan por su beneficencia, haciendo para otros lo que Dios hace por ellos. Aquí viene al caso el Salmo 82:6: «Yo dije: Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo.» Hijos de Dios somos por la fe, que nos constituye herederos de todas las bendiciones divinas. Pero también somos «dioses» por el amor, que nos hace benéficos para con nuestro prójimo. La naturaleza divina es simplemente pura beneficencia, o, como dice aquí Pablo, bondad y amor, que derrama a diario bendiciones en abundancia sobre todas las criaturas, como vemos en todas partes.

12 Cuida, pues, de abrazar el mensaje de estas palabras, que presentan el amor y la bondad de Dios a todos los hombres. Ejercita cada día tu fe en ellas, sin abrigar duda alguna del amor y la bondad de Dios hacia ti, y experimentarás sus bendiciones. Entonces podrás pedir con toda confianza lo que quieras, lo que tu corazón desea y cuanto sea necesario para tu bien y el de tus prójimos. Pero si no crees así, más te valdría no haber oído nunca el mensaje. Porque por la incredulidad haces falsas estas preciosas, consoladoras y bondadosas palabras. Te conduces como si las tuvieras por falsas, actitud que es un deshonor extremo a Dios; no podría cometerse pecado más enorme.

13 Pero si tienes fe, tu corazón no puede sino reír de gozo en Dios y volverse libre, confiado y valeroso. Porque ¿cómo puede el corazón permanecer triste y abatido cuando no alberga duda de la bondad de Dios para con él, y de su actitud como un buen amigo con quien puede disfrutar de todas las cosas sin reservas y libremente? Tal gozo y placer deben seguir a la fe; si no son nuestros, ciertamente algo anda mal con nuestra fe. A este acto de fe el apóstol, en Gálatas, lo llama «recibir el Espíritu Santo» en el evangelio y por él. El evangelio es un mensaje del amor y la misericordia de Dios tan benigno que trae consigo al predicador y al oyente la presencia del Espíritu Santo, así como los rayos del sol llevan en sí y transmiten el calor.

14 ¿Cómo habría podido Pablo presentar palabras que transmitieran más amor y benignidad? Me atrevo a afirmar que jamás he leído, en toda la Escritura, palabras que expresen más hermosamente la gracia de Dios que estas dos: «Chrestotes» y «Philanthropia», amabilidad y filantropía. Representan la gracia no solo como la que nos procura el perdón de los pecados, sino como Dios siempre presente con nosotros, abrazándonos en su amistad, siempre listo para ayudarnos y dispuesto a hacer por nosotros conforme a todo lo que deseamos; en suma, como un amigo bueno y dispuesto, de quien podemos esperar todo favor y todo auxilio. Imagina a un amigo sincero y tendrás una idea de la actitud de Dios hacia ti en la persona de Cristo, aunque sea una representación muy imperfecta de su sobreabundante gracia.

15 Ahora bien, si crees firmemente, si te regocijas en Dios tu Señor, si estás vivo y su gracia te basta, si todas tus necesidades están suplidas, ¿en qué te ocuparás en esta vida terrenal? Inactivo no puedes estar. Tal disposición de amor hacia Dios no puede descansar. Tu celo será ardiente para hacer todo lo que sepas que será para alabanza y gloria de un Dios bondadoso y benigno. En este punto ya no hay distinción de obras. Aquí terminan todos los mandamientos. No hay freno ni coacción, sino una gozosa voluntad y deleite en hacer el bien, sea el logro que se pretende insignificante o difícil, pequeño o grande, de servicio corto o largo.

16 Tu primer deseo será que todos los hombres alcancen el mismo conocimiento de la gracia divina. Por eso tu amor no se contendrá de servir a todos hasta donde alcance, predicando y proclamando la verdad divina dondequiera que sea posible, y rechazando toda doctrina y toda vida que no esté en armonía con esta enseñanza. Pero advierte que el diablo y el mundo, no queriendo que se rechacen sus artificios, no pueden soportar que se conozca lo que haces. Se te opondrán con todo lo que es grande, docto, rico y poderoso, y te presentarán como hereje y loco.

Fíjate bien: serás llevado a la cruz por causa de la verdad, como lo fue Cristo tu Señor. Tendrás que soportar el oprobio en su extremo. Tendrás que poner en peligro todos tus bienes, amigos y honra, tu cuerpo y tu vida, hasta que te echen de esta vida a la eternidad. En medio de estas pruebas, sin embargo, regocíjate, soportándolo todo con alegría. Mira a tus enemigos con la mayor caridad. Obra con bondad, recordando siempre que tú mismo fuiste una vez como ellos a los ojos de Dios. La fe y el amor ciertamente pueden hacerlo. Advierte esto: la vida verdaderamente cristiana es la que hace por otros lo que Dios ha hecho por ella.

17 Tal es el sentir del apóstol cuando nos dice que la bondad de Dios no apareció para nosotros, ni nos salvó, a causa de nuestra justicia. Su pensamiento es: Si nosotros, aunque indignos, fuimos recibidos por misericordia, para gozar de los favores de Dios a pesar de nuestros grandes deméritos y de la enormidad de nuestros pecados, ¿por qué habríamos de negar nuestros favores a otros, cuyos méritos tienen derechos sobre nosotros? No los neguemos; más bien seamos hijos de Dios, haciendo el bien aun a nuestros enemigos y a los malhechores, porque así ha hecho Dios, y aún hace, con nosotros, malhechores y enemigos suyos. Esta enseñanza está en armonía con la de Cristo (Mt 5:44-46): «Amad a vuestros enemigos… para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?»

18 Pablo no solo nos rechaza con firmeza por nuestras malas obras, sino que llega a decir: «No por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho.» Se refiere a las obras que nosotros mismos tenemos por buenas, nuestra justicia a nuestros propios ojos y a los ojos de otros, pero que solo nos hacen más incapaces de recibir la gracia de Dios, porque son en sí mismas engañosas y porque cometemos un doble pecado al considerarlas buenas y al confiar en ellas, actitud que provoca el desagrado de Dios.

19 De igual modo, nuestros enemigos, que aun estando en el error sostienen contra nosotros su falta de culpa, en su mayor parte nos provocan a ira. Sin embargo, no hemos de negarles bondad. Dios, solo por amor de su misericordia, no nos negó su bondad en errores semejantes, cuando neciamente imaginábamos que todo lo que hacíamos era justo. Así como no trató con nosotros conforme a nuestra imaginada justicia, así también nosotros no debemos tratar a nuestros enemigos conforme a sus méritos o deméritos, sino ayudarlos por puro amor, esperando gratitud y recompensa no de ellos, sino de Dios. Sea esto suficiente como resumen de esta epístola.

20 Consideremos ahora las palabras que Pablo emplea para definir y recomendar la gracia. En primer lugar la exalta hasta el rechazo de toda nuestra justicia y buenas obras. No hemos de concluir que es una cosa trivial lo que rechaza aquí. Es el mayor logro terrenal del hombre: la justicia. Si todos los hombres concentraran sus esfuerzos unidos para alcanzar sabiduría y virtud por su razón natural, su conocimiento y su libre albedrío (como leemos, por ejemplo, de las ilustres virtudes y la sabiduría de ciertos maestros y príncipes paganos, Sócrates, Trajano y otros, a quienes todo el mundo da aplauso escrito y oral), aun así tal sabiduría y virtud no son a los ojos de Dios sino pecado, y del todo reprensibles. La razón es que no se alcanzan en la gracia de Dios; los que las logran no conocen a Dios ni lo han honrado en el esfuerzo, porque consideran haber obrado con sus propias capacidades. La justicia no se enseña de otro modo que por la gracia, en el evangelio.

Pablo se gloría de que en otro tiempo llevó una vida del todo irreprochable y superior a la de sus iguales en inteligencia (Gá 1:14), en la cual presuntuosamente pensaba hacer lo correcto al perseguir a los cristianos que rechazaban esa clase de piedad. Pero después de haber llegado a conocer a Cristo, declaró que tenía su justicia por basura y desecho, para ser hallado no en su propia justicia, sino en Cristo y en la fe, como muestra además en Fil 3:9 y Gá 1:14.

21 Así descarta todo el alardeado libre albedrío, toda virtud humana, justicia y buenas obras. Concluye que todas ellas son nada y están del todo pervertidas, por brillantes y dignas que parezcan, y enseña que debemos ser salvos únicamente por la gracia de Dios, que es eficaz para todos los creyentes que la desean desde un correcto concepto de su propia ruina y nada.

22 Ahora bien, es esencial que nos acostumbremos a interpretar rectamente la enseñanza de la Escritura sobre dos clases de justicia. Hay una justicia humana, a la que Pablo se refiere aquí y a menudo en otros lugares, y una justicia divina, o gracia divina, que nos justifica por la fe. Así lo expresa Pablo en la conclusión de esta epístola: V.7. para que, justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna. Ves que la gracia de Dios y la justicia llegan a ser nuestras; decimos «justicia de Dios» porque él la da, y «nuestra justicia» porque nosotros la recibimos.

En Romanos 1:17 Pablo nos dice que el evangelio declara que la justicia de Dios se obtiene por la fe; «como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá». Y de Abraham se dice en Génesis 15:6: «Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia.» Así que la conclusión de la Escritura es que nadie es justificado ante Dios sino el creyente; dan testimonio la cita que acabamos de dar y aquella otra de Pablo, de Habacuc 2:4: «El justo por su fe vivirá.» De modo que la fe, la gracia, la misericordia y la verdad son una sola cosa, obrada en nosotros por Dios mediante el evangelio de Cristo; como está escrito: «Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad.» Sal 25:10.

23 Andamos en «las sendas de Jehová», y él está en nosotros cuando guardamos sus mandamientos. Para ser de Dios, el camino debe proceder de la misericordia y la verdad divinas; no de nuestra propia capacidad o fuerza, pues estas son, a los ojos de Dios, caminos de ira y de falsedad. Él dice (Is 55:9): «Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos.» En otras palabras: «Sus caminos son terrenales e ineficaces; deben andar en mis caminos celestiales si han de ser salvos.»

V.5. «Sino por su misericordia nos salvó».

24 ¿Cómo han de resistir la crítica estas palabras, que se leen como si ya estuviéramos salvos? ¿No estamos aún en la tierra, en medio de aflicciones? Respondo: La declaración se hace precisamente así para destacar el poder de la gracia divina y el carácter de la fe, en oposición a los justos en sí mismos que yerran, quienes procuran obtener la salvación por sus obras, como si no estuviera al alcance de la mano. Pero la salvación no se alcanza así. Cristo nos ha salvado una vez por todas, y de dos maneras: Primero, ha hecho todo lo necesario para nuestra salvación: venció y destruyó el pecado, la muerte y el infierno, sin dejar ya nada que nadie tenga que hacer allí. Segundo, nos ha transmitido todas estas bendiciones en el bautismo. El que cree con confianza que Cristo ha cumplido estas cosas posee al instante, en un abrir y cerrar de ojos, la salvación. Todos sus pecados y la realidad de la muerte y del infierno quedan quitados. Nada más que esa fe es necesario para la salvación.

25 Fíjate: Dios derrama sobre nosotros en el bautismo bendiciones sobreabundantes con el propósito de excluir las obras con que los hombres neciamente presumen merecer el cielo y ganar la felicidad. Sí, querido amigo, debes poseer primero el cielo y la salvación antes de poder hacer buenas obras. Las obras nunca merecen el cielo; el cielo se confiere puramente por gracia. Las buenas obras han de hacerse sin pensar en mérito alguno, simplemente en beneficio del prójimo y para honra de Dios, hasta que también el cuerpo sea librado del pecado, de la muerte y del infierno. Toda la vida del verdadero cristiano después del bautismo no es sino una espera de la manifestación de la salvación que ya es suya. Ciertamente está en plena posesión de la vida eterna, todavía oculta en la fe.

Cuando la fe es quitada por el cumplimiento, la salvación se manifiesta en el creyente. Esto ocurre en la muerte física. Está escrito (1 Jn 3:2-3): «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.»

26 Por tanto, no te dejes extraviar por los justos por las obras que desprecian la fe, quienes ponen tu salvación muy lejos delante de ti y te obligan a obtenerla por obras. Está dentro de ti, querido amigo; ya está obtenida. Cristo dice (Lc 17:21): «El reino de Dios está entre vosotros.» Por eso la vida que se vive después del bautismo no es sino una demora, una espera y un anhelo de la manifestación de lo que está dentro de nosotros, un asir aquello para lo cual fuimos asidos. Pablo declara (Fil 3:12): «Sigo adelante, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús»; es decir, para ver las bendiciones dadas en el santuario de la fe. El apóstol está ansioso de contemplar el tesoro que el bautismo le ha concedido y sellado en la fe.

En este mismo capítulo tercero de Filipenses dice Pablo: «Nuestra ciudadanía está en los cielos» (es decir, ahora), «de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya.» En Gálatas 4:9, al decir: «Ahora, conociendo a Dios», recuerda las palabras y añade: «o más bien, siendo conocidos por Dios.» Aunque ambas cosas vienen al caso, hay una diferencia en su significado: somos conocidos de Dios, ya asidos; pero nosotros todavía no lo conocemos ni lo asimos a él. Nuestro conocimiento está oculto y retenido en la fe.

Asimismo, el apóstol nos dice (Ro 8:24-25) que somos salvos en esperanza; es decir, que nuestra salvación aún no se ha manifestado. «Esperanza que se ve, no es esperanza», dice, «pues lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos.» Y Cristo (Lc 12:35-36) manda: «Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas; y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese de las bodas, para que cuando llegue y llame, le abran en seguida.» Pablo dijo también en la lección anterior de la epístola (Tit 2:12-13): «vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.»

27 Estos pasajes y otros semejantes prueban que aun ahora somos salvos y que un cristiano no debe buscar las obras como medio de salvación. La engañosa doctrina de las obras ciega los ojos del cristiano, pervierte el recto entendimiento de la fe y lo aparta del camino de la verdad y de la salvación. La salvación por gracia está implícita en las palabras V.5. Por su misericordia nos salvó, y de nuevo en la última parte de la lección, donde dice V.7. «para que… viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna». Somos herederos, aunque el hecho no esté revelado en la fe, y esperamos con esperanza la manifestación de nuestra herencia.

28 La vida de espera que debemos vivir después de ser bautizados está destinada a someter la carne y a mostrar el poder de la gracia en el combate contra la carne, el mundo y el diablo; y así, en último término, a capacitarnos para servir a nuestros prójimos, llevándolos también a la fe con nuestra predicación y ejemplo. Aunque Dios podría convertir a los hombres por medio de ángeles, quiere lograrlo por medio de seres humanos, por nosotros, para que la fe se establezca y se complete de una manera más congenial por medio de un agente semejante. Si los ángeles habitaran siempre con nosotros, la fe cesaría aquí. La mediación de los ángeles no sería tan congenial como la de nuestros semejantes, a quienes conocemos y entendemos. Si todos fuéramos llevados al cielo inmediatamente después del bautismo, ¿quién convertiría a los demás y los llevaría a Dios por medio de la Palabra y del buen ejemplo?

29 El hecho de que gastemos tanto por causa del purgatorio y, olvidando la fe, presumamos asegurarnos contra el purgatorio o librarnos de él por buenas obras, indica sin duda que estamos bajo la influencia del diablo y del Anticristo. Procedemos como si nuestra salvación no estuviera ya asegurada, sino que debiéramos ganarla de otra manera que por la fe; y esto aunque claramente en contradicción con las Escrituras y con los principios del cristianismo. El que no recibe la salvación puramente por gracia, con independencia de todas las buenas obras, ciertamente nunca la alcanzará. Y el que hace que sus buenas obras sirvan a su propio provecho, buscando beneficiarse a sí mismo y no a su prójimo con ellas, no hace ninguna buena obra. Toda su doctrina carece de fe y es un error y un engaño tan dañinos que quisiera que el purgatorio nunca se hubiera instituido ni introducido en el púlpito, pues es muy destructivo de la verdad cristiana y de la verdadera fe. Tan grande ha sido la influencia del diablo que casi todas las instituciones, ceremonias de los claustros, misas y oraciones se refieren simplemente al purgatorio, llevándonos a la perniciosa inferencia de que por las obras debemos mejorar nuestra condición y asegurar la salvación. Así las bendiciones del bautismo y de la fe deben quedar oscurecidas, y los cristianos han de venir a ser finalmente puros paganos.

30 ¡Oh Señor Dios, qué abominable maldad! Cuando deberíamos, como Cristo y Pablo, enseñar a los cristianos a considerarse, después del bautismo o de la absolución, listos para la muerte a cualquier hora y a la espera de la manifestación de la salvación que ya es suya, nosotros, apoyándonos en el purgatorio, les ofrecemos una seguridad que fomenta la indolencia. En esa seguridad consideran solo esta vida, dilatando y aplazando el asunto de la salvación hasta llegar a su lecho de muerte, para entonces producir dolor y arrepentimiento y presumir, con ceremonias, misas por las almas y legados, librarse del purgatorio. Ciertamente llegarán a darse cuenta de su error. Sigue ahora:

V.5. «Por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo».

31 ¡Cuán hermosamente exalta el apóstol, con estas fuertes palabras, la gracia de Dios concedida en el bautismo! Se refiere al bautismo como un lavamiento, por el cual son limpiados no solo nuestros pies, no solo nuestras manos, sino nuestro cuerpo entero. El bautismo limpia y salva perfecta e instantáneamente. Para la parte vital de la salvación y de su herencia, nada más es necesario que esta fe en la gracia de Dios. En verdad, pues, somos salvos solo por gracia, sin obras ni otro mérito. Así, amor eternamente puro, alabanza y gratitud a la misericordia divina, y honra para ella, nos poseerán; no nos gloriaremos ni nos deleitaremos en nuestras propias fuerzas o logros, como ya se ha declarado frecuente y suficientemente.

32 La justicia del hombre, en cambio, es una clase distinta de limpieza, simplemente un lavado de vestidos y de vasijas, como se registra de los hipócritas en Mateo 23:25. Exteriormente aparecen limpios, pero interiormente siguen llenos en verdad de inmundicia. Pablo llama al bautismo no una limpieza corporal, sino un «lavamiento de la regeneración». No es un lavado superficial de la piel, una limpieza física; convierte toda la naturaleza, destruyendo el primer nacimiento, el de la carne, con todo el pecado heredado y la condenación.

Este versículo indica claramente que la salvación no se alcanza por obras, sino que es un don instantáneo. En el nacimiento físico se nos da no un solo miembro, manos o pies, sino el cuerpo entero y la vida; nuestra vida actúa no para efectuar el nacimiento, sino porque hemos nacido. De igual modo, las obras no nos hacen puros y piadosos ni nos salvan: primero somos hechos limpios y piadosos y recibimos la salvación; luego hacemos libremente buenas obras para honra de Dios y beneficio de nuestro prójimo.

33 Este, fíjate bien, es el verdadero conocimiento de la pura gracia de Dios. Así aprendemos a conocer a Dios y a nosotros mismos, a alabarlo a él y a rechazarnos a nosotros, a buscar consuelo en él y a desesperar de nosotros mismos. Esta doctrina es ocasión de mucho tropiezo para los que presumen obligar a los hombres a buscar la salvación por leyes, mandamientos y obras.

34 Para dar un entendimiento más claro de este lavamiento y de esta regeneración, Pablo añade la palabra «renovación», porque la persona es un hombre nuevo, con una naturaleza nueva. Es una nueva criatura, con una disposición del todo diferente. Ama de otra manera, y habla, obra y vive de un modo distinto de su antiguo yo. El apóstol dice (Gá 6:15): «Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión» (es decir, ninguna obra de la ley tiene importancia), «sino una nueva creación.» El pensamiento es: No sirve remendar o arreglar la vida aquí y allá con obras. Es necesaria una disposición enteramente nueva; la naturaleza debe ser cambiada. Entonces las obras seguirán espontáneamente.

35 Acerca de este nacimiento, Cristo declara también (Jn 3:3): «El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.» Aquí se nos enseña que las obras no bastarán; la persona misma debe morir y obtener una naturaleza diferente. Esto ocurre en el bautismo cuando cree, porque la fe es esta renovación. Los condenados también nacerán de nuevo en el último día, pero el suyo será un nacimiento sin renovación. Permanecerán inmundos, como aquí en la vieja vida adámica. Así pues, este lavamiento, esta regeneración, hace nuevas criaturas.

36 Mucho se dice en diversos lugares de las Escrituras acerca del nuevo nacimiento. Dios se refiere a su Palabra y a su evangelio como el seno («matricem» y «vulvam») del nuevo nacimiento: «Oídme, oh casa de Jacob, y todo el resto de la casa de Israel, los que sois traídos por mí desde el vientre, los que sois llevados desde la matriz» (Is 46:3), o bajo mi corazón, como hablan las mujeres del llevar a los hijos. Todo el que cree el evangelio es concebido y nace de Dios. Pero de este tema, más en otra ocasión.

37 Vemos cómo todos estos dichos derriban las obras y los mandatos presuntuosos de los hombres, y aclaran la naturaleza de la fe, cómo la persona recibe instantánea y plenamente la gracia y es salva, sin que las obras la ayuden en el asunto, sino siguiéndola como resultado. La salvación por gracia quedaría perfectamente ilustrada si Dios sacara de un tronco seco un árbol vivo y verde, y el árbol diera luego fruto natural. La gracia de Dios es poderosa y eficaz. No yace dormida en el alma, como presumen enseñar los predicadores visionarios; ni es un accesorio de las obras, como la pintura es un accesorio de la madera. No, no es así; lleva, guía, impulsa, atrae, cambia. Lo efectúa todo en el hombre, haciéndose sentir. Aunque oculta, sus obras son manifiestas. Las palabras y las obras muestran dónde está presente, como las hojas y el fruto indican la naturaleza del árbol.

38 Hacer de la fe no más que una ayuda o un adorno de las obras, como hacen errónea y perversamente los sofistas Tomás y Escoto, y el pueblo, es una doctrina en la cual la fe queda muy por debajo de su verdadero significado. Porque no solo ayuda a realizar las obras, sino que las efectúa sin ayuda. Más aún, cambia y renueva todo el ser. Su objeto es alterar el carácter de la persona más que realizar obras por medio de ella. Se presenta como un lavamiento, una regeneración, una renovación, no solo de las obras, sino del hombre entero.

39 Advierte que Pablo predica aquí libre y plenamente la gracia de Dios. No dice que Dios nos ha salvado por obras. Proclama en voz alta que Dios nos ha salvado por una regeneración y una renovación. Remendar con obras es inútil; es necesaria la conversión de toda nuestra naturaleza. Por eso los creyentes deben sufrir y morir antes que la gracia pueda manifestarse y revelar su naturaleza. Observa que David dice al respecto: «Grandes son las obras de Jehová, buscadas por todos los que las quieren», Sal 111:2. ¿Quiénes son estas, sus obras? Lo somos nosotros, buscados por la gracia en el bautismo. Somos obras grandes, obras nuevas, recién nacidas. Es en verdad grande que el hombre sea salvo al instante, libertado para siempre del pecado, de la muerte y del infierno. Por eso dice David: «Buscadas por todos los que las quieren», o desean lo que Dios se propone realizar por medio de ellas, y Dios hace todo lo que el hombre desea. Pero ¿qué más puede desear el hombre que ser salvo, ser librado del pecado, de la muerte y del infierno?

40 Por último: el apóstol llama a este lavamiento una «regeneración», una «renovación en el Espíritu Santo», para expresar plenamente el poder y la eficacia de la gracia. Este lavamiento es cosa de tan vital importancia que debe ser efectuado no por una criatura, sino por el Espíritu Santo. ¡Cuán completamente rechazas, oh santo Pablo, el libre albedrío, las buenas obras y los grandes méritos de los santos presuntuosos! ¡Cuán alto exaltas nuestra salvación, y a la vez la acercas tanto a nosotros! Sí, aun dentro de nosotros mismos. Cuán clara y puramente predicas la gracia. Que las obras estén, pues, aquí o allá: renovar al hombre, cambiar la vida, es imposible sino por el lavamiento de la regeneración del Espíritu Santo.

41 Ese hecho es claramente evidente en los justos en sí mismos. Nadie es más intolerante, presuntuoso, soberbio e incrédulo que ellos. En su vieja naturaleza adámica, que visten y adornan con buenas obras, permanecen intratables, no renovados y obstinados, endurecidos e inamovibles; su mala naturaleza no ha cambiado. Solo poseen obras externas. ¡Oh, son gente de influencia perniciosa, y a los ojos de Dios del todo desprovistos de gracia, aunque se imaginan sus amigos más cercanos!

42 La enseñanza de Pablo aquí concuerda con la de Cristo en Juan 3:5, donde, refiriéndose al lavamiento de la regeneración, dice: «El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.» Advierte aquí que el agua corresponde al lavamiento, al nacer de nuevo, a la regeneración y renovación; y el Espíritu, a aquel a quien Pablo menciona como el Espíritu Santo.

43 Advierte también aquí la aparente ignorancia del apóstol acerca del sacramento de la confirmación. Enseña, como Cristo, la entrega del Espíritu Santo en el bautismo; en el bautismo en verdad nacemos del Espíritu Santo. Es cierto que leemos (Hch 8:17) cómo los apóstoles pusieron las manos sobre los que habían sido bautizados, para que recibieran el Espíritu Santo. Este hecho se ha interpretado como aprobación de la confirmación, pero su verdadero propósito era invocar al Espíritu Santo como evidencia externa, y el don de diversas lenguas para la predicación del evangelio. Pero con el tiempo la ceremonia fue abandonada. Ya no existe sino en la ordenación o consagración para el oficio ministerial o de predicación. Aun allí se abusa de ella deplorablemente. Pero de esto, más en otra ocasión.

V.6. «El cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador».

44 Observa que el Espíritu Santo no solo es dado, sino «derramado»; y no solo eso, sino «derramado abundantemente». El apóstol parece incapaz de magnificar suficientemente la gracia y sus obras, mientras que nosotros, ¡ay!, la estimamos tan poco en comparación con nuestras obras. Sería absurdo que Dios derramara sobre nosotros el Espíritu Santo en tal medida y esperara aún de nosotros, y en nosotros, algo con que fuéramos justificados y salvados; como si las obras divinas sobreabundantes fueran insuficientes.

45 Si así fuera, Pablo habría hablado aquí sin consideración y con justicia podría ser acusado de falsedad. Pero con tanta generosidad nos presenta la medida de la gracia que claramente nadie puede confiar demasiado en el lavamiento de la regeneración; es de importancia ilimitada. Nadie puede poner demasiada confianza en él; siempre hay ocasión para más. Porque Dios ha encerrado, en la Palabra y en la fe, bendiciones demasiado grandes para que la vida mortal las comprenda o las reciba si se manifestaran. Cuando la revelación comienza, la persona muere; sale de esta vida, absorbida en las bendiciones que ahora por la fe aprehende en muy limitada medida. Así, más que abundantemente somos justificados y salvos sin obras si solamente creemos.

Pedro dice: «Por medio de Cristo nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina.» 2 P 1:4. No dice «se dará», sino «ha dado». Y Cristo dice: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.» Jn 3:16. Advierte que todos los que creen tienen vida eterna. Siendo esto verdad, los creyentes ciertamente son justos y santos sin obras. Las obras no contribuyen en nada a la justificación. Esta se efectúa por pura gracia derramada ricamente sobre nosotros.

46 «Pero», dices, «¿cómo es, entonces, que las Escrituras hablan tan a menudo de salvación para los que hacen el bien? Por ejemplo, Cristo dice (Jn 5:29): "Y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación." Y Pablo declara (Ro 2:7-8) que honra y gloria son la recompensa de los que hacen el bien; ira e indignación, de los malhechores. Y hace muchas declaraciones semejantes.» Respondo: ¿Cómo han de interpretarse estos pasajes? No de otro modo que como se leen, sin añadiduras: El que hace el bien será salvo; el que hace el mal será condenado. La dificultad está en nuestro error de juzgar según las apariencias externas en el asunto de las buenas obras. La Escritura no enseña de ese modo, sino que nadie puede hacer el bien hasta que él mismo sea bueno. No se hace bueno por las obras, sino que sus obras son buenas porque él es bueno. Llega a ser bueno por el lavamiento de la regeneración y de ningún otro modo. Este es el sentido de las palabras de Cristo (Mt 7:17): «Todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos.» Y (Mt 12:33): «O haced el árbol bueno, y su fruto bueno, o haced el árbol malo, y su fruto malo.»

47 Es cierto que los justos en sí mismos realizan obras semejantes a las de los regenerados; en efecto, sus obras son con frecuencia las más brillantes. Oran, ayunan, dan dinero, erigen instituciones, hacen peregrinaciones y se conducen con gran ostentación. Pero Cristo llama a sus obras «vestidos de ovejas» (Mt 7:15) bajo los cuales andan lobos rapaces. Ninguno de los justos en sí mismos es realmente humilde, manso, moderado y bueno en su corazón. Este hecho se revela cuando uno los contraría y rechaza sus obras. Entonces producen sus frutos naturales y característicos: temeridad, impaciencia, arbitrariedad, obstinación, calumnia y muchas otras malas inclinaciones.

48 Por tanto, es verdad que el que hace el bien será salvo, su salvación será revelada; pero no podría hacer nada bueno si no estuviera ya salvo en el nuevo nacimiento. Las Escrituras se refieren a veces a la conducta externa de los buenos, y otras a su naturaleza interior que impulsa las obras externas, enseñando una salvación presente a causa de la naturaleza interior, y una salvación futura si se hace el bien; es decir, si la persona permanece firme, su salvación será revelada en el futuro.

49 Las obras que realizamos en nuestro antiguo estado no regenerado, nuestra naturaleza adámica, las rechaza el apóstol en esta lección cuando dice «no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho». Estas pueden ser buenas obras, pero no ante Dios, que mira primero la bondad de la persona y después las obras. En Génesis 4:4-5 miró primero con agrado a Abel, y luego a su ofrenda; y rechazó primero a Caín, y luego su ofrenda. Sin embargo, la ofrenda de Caín era en apariencia externa buena, como la de Abel.

50 Pablo añade significativamente «por Jesucristo nuestro Salvador». La intención es cobijarnos a todos bajo Cristo, como los polluelos son recogidos bajo las alas de la gallina. Cristo mismo dice (Mt 23:37): «¡Jerusalén!… ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!»

51 En la frase anterior se enseña la naturaleza de la fe verdadera y viva. Tal es el carácter de la fe, que no basta para la salvación que creas en Dios a la manera de los judíos y de muchos otros, a quienes, sin embargo, él concedió muchas bendiciones y ventajas temporales; sino que es por medio de Jesucristo que debes creer en Dios. En primer lugar, no debes dudar de que él es tu Dios y Padre bondadoso, que ha perdonado todos tus pecados y te ha salvado en el bautismo. En segundo lugar, debes saber también que todo esto no se ha efectuado sin causa, sin que se haya dado satisfacción a su justicia. No hay razón para que la misericordia y la gracia obren sobre nosotros y en nosotros, para ayudarnos a obtener bendiciones eternas y la salvación. La justicia debe ser satisfecha primero en su plenitud. Cristo dice (Mt 5:18): «ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.»

Todo lo que se promete de la gracia y la bondad de Dios debe entenderse solo para los que cumplen perfectamente sus mandamientos. Él dice (Mi 2:7) en respuesta a los judíos, cuando presumían ser grandes a los ojos de Dios y clamaban continuamente «¡Paz, paz!» y «¿Por qué ha de estar Dios tan airado? ¿Por qué se ha apartado de nosotros su benigno Espíritu?», él responde: «¿No hacen mis palabras bien al que camina rectamente?» Nadie, por tanto, puede alcanzar la abundante gracia de Dios si no ha dado plena satisfacción a los mandamientos de Dios.

52 Ahora bien, se ha dicho lo suficiente para mostrar que nuestras obras no tienen valor a los ojos de Dios, y que somos incapaces de cumplir el menor de sus mandamientos, de realizar una sola obra. ¡Cuánto más imposible nos es, entonces, dar plena satisfacción a su justicia y hacernos dignos de su gracia! Aunque pudiéramos guardar todos sus mandamientos y dar plena satisfacción a su justicia, no seríamos por eso dignos de su gracia y de la salvación. Él no estaría bajo obligación alguna de conferírnoslas. Podría exigirlo todo como obligatorio a sus criaturas, que deben servirle. Todo lo que concede es de pura gracia y misericordia.

Esto lo enseñó Cristo claramente en la parábola de Lucas 17:7-10: «¿Quién de vosotros, teniendo un siervo que ara o apacienta ganado, al volver él del campo, luego le dice: Pasa, siéntate a la mesa? ¿No le dice más bien: Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú? ¿Acaso da gracias al siervo porque hizo lo que se le había mandado? Pienso que no. Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos.»

53 Ahora bien, si por gracia y no por necesidad se da el cielo a los que hacen todo lo que están obligados a hacer; si a tales personas (suponiendo que las haya) el cielo se les da no por mérito sino por promesas divinas y graciosas como la de Mateo 19:17: «si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos», ¿presumiremos entonces de nuestras miserables buenas obras? ¿Por qué exaltarlas como si su naturaleza, y no la pura promesa, la Palabra bondadosa de Dios, las hiciera dignas del reino de los cielos?

54 En primer lugar, Dios ha dado un Ser para satisfacer plenamente la justicia divina por todos nosotros. En segundo lugar, ha derramado, por medio de este mismo Ser, su gracia y sus ricas bendiciones. Así pues, aunque recibimos la gracia sin precio y sin mérito de nuestra parte, más aún, a pesar de gran demérito e indignidad, sin embargo no se concede sin causa ni mérito debido en alguna parte. Como enseña Pablo (Ro 5:18), caímos en pecado no por acto o merecimiento nuestro, siendo que nos nació de Adán en nuestro nacimiento natural; y por otra parte, en el nuevo nacimiento entramos en la gracia y la salvación por Cristo, sin mérito ni obras nuestras.

55 Por eso el apóstol cuida, en todo lugar donde menciona la gracia y la fe, de añadir «por Jesucristo», para que nadie pueda decir: «Creo en Dios y con eso me basta.» No, amado amigo, tu creencia debe incluir el conocimiento de cómo y por medio de quién crees. Debes saber que Dios te exige cumplir todos sus mandamientos, satisfacer su justicia, antes de aceptar tu fe para salvación; y que aunque pudieras dar plena satisfacción, aun así tendrías que esperar la salvación solo por gracia, y no recibirla por causa de ningún deber que cumplas, sino que más bien tu orgullo y presunción deben caer por tierra delante de Dios.

56 Observa las ventajas que tienes en Cristo. Por medio de él se te confieren la gracia y la salvación, habiendo él rendido plena obediencia a todos los mandamientos de Dios y satisfecho la justicia de Dios, en tu lugar y por ti. La gracia y la salvación se te confieren porque él es digno. Esta es la verdadera fe cristiana.

Ninguna fe es suficiente sino la fe cristiana, la fe que cree en Cristo y acepta solo por medio de él los dos principios: la satisfacción de la justicia divina y la concesión graciosa de la salvación eterna. Pablo, hablando de Cristo (Ro 4:25), dice: «el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.» No solo fue dado para quitar el pecado y cumplir los mandamientos de Dios, sino también para hacernos dignos, por medio de él, de poseer la justicia y de ser hijos de la gracia.

De nuevo dice Pablo de Cristo (Ro 3:25): «a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre.» No es simplemente «fe», sino «fe en su sangre». Con su sangre, y en nuestra naturaleza, ha dado plena satisfacción y se ha hecho para nosotros trono de gracia. Recibimos absolución y gracia sin costo ni trabajo de nuestra parte, pero no sin costo y trabajo de parte de Cristo.

57 Debemos, pues, cobijarnos bajo sus alas (Mt 23:37) y no volar lejos en la seguridad de nuestra propia fe, o pronto seremos devorados por el gavilán. Nuestra salvación no debe estar en nuestra justicia, sino, como he dicho a menudo, en la justicia de Cristo, que es un ala extendida, o un tabernáculo, para cobijarnos.

58 Nuestra fe y todo lo que hayamos recibido de Dios es insuficiente para la salvación, del todo inadecuado, a menos que la fe repose bajo las alas de Cristo y confíe firmemente en que no nosotros, sino él, puede dar, y ha dado, plena satisfacción a la justicia de Dios por nosotros; y que la gracia y la salvación no se nos confieren a causa de nuestra fe, sino a causa de la voluntad de Cristo. La pura gracia de Dios, prometida, obtenida y otorgada a nosotros en Cristo y por Cristo, debe ser perfectamente reconocida.

Esta es la enseñanza implícita en Juan 14:6: «nadie viene al Padre, sino por mí.» El único empeño de Cristo en todo el evangelio es sacarnos de nosotros mismos y llevarnos a él; extiende sus alas y nos llama a reunirnos bajo su abrigo. Poner de relieve la gracia de Cristo es también el propósito de Pablo en la conclusión de esta lección, donde dice:

V.7, 8. «para que, justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna. Palabra fiel es esta».

59 No dice «justificados por nuestra fe», sino «justificados por la gracia de Cristo». Solo Cristo tiene el favor de Dios. Nadie sino él ha hecho la voluntad de Dios y merecido la vida eterna. Puesto que lo hizo no por sí mismo sino por nosotros, todos los creyentes deben ser tan perfectamente uno con Cristo que todo lo que él ha hecho por ellos sea considerado, por medio de él y de su gracia, como si el creyente mismo lo hubiera realizado. ¡Mira qué cosa inexpresablemente benéfica es la fe cristiana, qué bendiciones inconcebiblemente grandes trae a todos los creyentes!

60 Aprendamos de esta epístola cuán precioso es el evangelio que proclama estos beneficios, y qué daño y destrucción de almas causan los que silencian el evangelio y predican las obras de la ley, sí, sus propias doctrinas humanas. Guárdate, pues, de los falsos predicadores y también de la falsa fe. No confíes en ti mismo, ni en tu fe. Huye a Cristo; mantente bajo sus alas; permanece bajo su abrigo. Que su justicia y gracia, no la tuya, sean tu refugio. Has de ser hecho heredero de la vida eterna no por la gracia que tú mismo has recibido, sino, como dice aquí Pablo, por la gracia de Cristo.

De nuevo se dice en el Salmo 91:4: «Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro.» Y en Cantares 2:14: «Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes.» Es decir, en las llagas de Cristo el alma es preservada. Observa que la verdadera fe cristiana no se refugia en sí misma, como sueñan los sofistas, sino que huye a Cristo y es preservada bajo él y en él.

61 Se ha dicho lo suficiente para mostrar que somos herederos de la vida eterna en esperanza, y que la gracia, sin consideración de obras, confiere instantáneamente la salvación, la herencia y todo; pero, como se dijo, «en esperanza». No se revelan hasta la muerte. Entonces veremos lo que, en la fe, hemos recibido y poseemos.

LA ARMADURA DE ESTA EPÍSTOLA.

62 Esta lección de la epístola combate con fuerza y en términos expresos contra toda justicia inventada por los hombres, así como contra todas las fuerzas humanas y el libre albedrío. Son palabras claras, V.5. «No por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia nos salvó». De hecho, las palabras de toda la lección se oponen a la justicia del hombre. Pablo atribuye toda eficacia al lavamiento de la regeneración, a la renovación en el Espíritu Santo, a Jesucristo y su gracia. Frente a tales rayos, ¿cómo puede quedar en nosotros el menor rastro de presunción?

63 No importa cuán brillantes sean las leyes civiles y eclesiásticas; cuán atractivo el estado de los sacerdotes, monjes y monjas; cuán deslumbrantes los títulos de caballeros de honor y damas de rectitud, aunque quienes los llevan pudieran resucitar muertos: sin fe en Cristo todo es vano. Tal hipocresía como la que acabo de mencionar ciega y extravía al mundo entero, y nos oscurece el santo evangelio y la fe cristiana.

Estas obras brillantes y estos estados atractivos de los hombres ayudan tan poco a procurar nuestra salvación como las obras de las bestias o los oficios comunes de la humanidad. Más aún, estorban perniciosamente la salvación. Por tanto, debes guardarte de los lobos con piel de oveja, y aprender a unirte a Cristo con fe verdadera y firme.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.