Comentario conciso de toda la Biblia · Matthew Henry

Hebreos 10: comentario de Matthew Henry

Resumen del capítulo

Hebreos 10:1-10

Después de mostrar que el tabernáculo y las ordenanzas del pacto del Sinaí eran solo emblemas y figuras del evangelio, el apóstol concluye que los sacrificios que los sumos sacerdotes ofrecían continuamente no podían hacer perfectos a los que se acercaban, en cuanto al perdón y a la purificación de su conciencia. Pero cuando «Dios fue manifestado en carne» y se hizo el sacrificio, y su muerte en el madero maldito fue el rescate, entonces, siendo de valor infinito el que padecía, sus padecimientos voluntarios tuvieron un valor infinito. El sacrificio expiatorio tenía que ser alguien capaz de consentir, que por su propia voluntad se pusiera en lugar del pecador: y así lo hizo Cristo. La fuente de todo lo que Cristo ha hecho por su pueblo es la voluntad soberana y la gracia de Dios. La justicia que Cristo trajo y el sacrificio que ofreció una sola vez tienen un poder eterno, y su salvación nunca será abolida. Tienen poder para hacer perfectos a todos los que se acercan por ellos; estos sacan de la sangre expiatoria fuerza y motivos para obedecer, y consuelo interior.

Hebreos 10:11-18

Bajo el nuevo pacto, o dispensación del evangelio, se obtiene un perdón pleno y definitivo. Esto marca una gran diferencia entre el nuevo pacto y el antiguo. Bajo el antiguo, los sacrificios tenían que repetirse a menudo, y aun así solo se obtenía por ellos un perdón en cuanto a este mundo. Bajo el nuevo, un solo Sacrificio basta para obtener, para todas las naciones y todas las épocas, el perdón espiritual, es decir, ser librados del castigo en el mundo venidero. Con razón puede llamarse un nuevo pacto. Que nadie suponga que las invenciones humanas pueden servir de algo a quienes las ponen en lugar del sacrificio del Hijo de Dios. ¿Qué nos queda, entonces, sino buscar por la fe tener parte en este Sacrificio, y su sello en nuestras almas por la santificación del Espíritu para obedecer? Así, teniendo la ley escrita en nuestro corazón, podremos saber que estamos justificados y que Dios no se acordará más de nuestros pecados.

Hebreos 10:19-25

Concluida la primera parte de la epístola, el apóstol aplica la doctrina a fines prácticos. Puesto que los creyentes tenían un camino abierto a la presencia de Dios, les convenía hacer uso de este privilegio. El camino y el medio por el cual los cristianos gozan de tales privilegios es la sangre de Jesús, el mérito de esa sangre que él ofreció como sacrificio expiatorio. El acuerdo entre la santidad infinita y la misericordia que perdona no se entendió claramente hasta que la naturaleza humana de Cristo, el Hijo de Dios, fue herida y molida por nuestros pecados. Nuestro camino al cielo es un Salvador crucificado; su muerte es para nosotros el camino de la vida, y para los que creen esto, él será precioso. Deben acercarse a Dios: seguir manteniéndose a distancia sería despreciar a Cristo. Sus cuerpos habían de ser lavados con agua pura, en alusión a las purificaciones mandadas bajo la ley; así, el uso del agua en el bautismo había de recordar a los cristianos que su conducta debía ser pura y santa. Mientras recibían para su propia alma consuelo y gracia de su Padre reconciliado, adornarían en todo la doctrina de Dios su Salvador.

Los creyentes deben considerar cómo pueden servirse unos a otros, sobre todo estimulándose mutuamente a un ejercicio más vigoroso y abundante del amor y a la práctica de las buenas obras. La comunión de los santos es una gran ayuda y un gran privilegio, y un medio de firmeza y perseverancia. Debemos estar atentos a la llegada de tiempos de prueba, y avivarnos así a una mayor diligencia. Hay un día de prueba que se acerca para todos los hombres: el día de nuestra muerte.

Hebreos 10:26-31

Las exhortaciones contra la apostasía y a la perseverancia se apoyan en muchas razones de peso. El pecado que aquí se menciona es una caída total y definitiva, cuando los hombres, con voluntad y resolución plenas y firmes, desprecian y rechazan a Cristo, el único Salvador; desprecian y resisten al Espíritu, el único Santificador; y desprecian y abandonan el evangelio, el único camino de salvación y las palabras de vida eterna. A algunos pecadores notorios Dios les da, mientras están en la tierra, un terrible presentimiento de esta destrucción en su conciencia, con la desesperación de no poder soportarla ni escapar de ella. Pero ¿qué castigo puede ser más severo que morir sin misericordia? Respondemos: morir por la misericordia, por la misericordia y la gracia que despreciaron. ¡Qué terrible es el caso cuando no solo la justicia de Dios, sino su gracia y su misericordia ultrajadas, claman venganza! Nada de esto significa en lo más mínimo que alguna alma que se duele del pecado vaya a quedar excluida de la misericordia, ni que se niegue el beneficio del sacrificio de Cristo a nadie que esté dispuesto a aceptar estas bendiciones. «Al que a mí viene, no le echo fuera».

Hebreos 10:32-39

Muchas y variadas aflicciones se juntaron contra los primeros cristianos, y sostuvieron un gran combate. El espíritu cristiano no es un espíritu egoísta: nos lleva a compadecernos de los demás, a visitarlos, a ayudarlos y a interceder por ellos. Todo lo de aquí no es más que sombra. La felicidad de los santos en el cielo durará para siempre; los enemigos nunca podrán quitársela como quitan los bienes terrenales. Esto compensará con creces todo lo que podamos perder y sufrir aquí. La mayor parte de la felicidad de los santos está todavía en promesa. Es una prueba para la paciencia de los cristianos contentarse con seguir viviendo después de terminada su obra, y esperar su recompensa hasta que llegue el tiempo en que Dios quiera darla. Pronto vendrá a ellos en la muerte, para poner fin a todos sus sufrimientos y darles la corona de vida. El combate presente del cristiano puede ser duro, pero pronto terminará.

Dios nunca se agrada de la profesión formal ni de los deberes y servicios externos de quienes no perseveran, sino que los mira con gran desagrado. Y los que han sido guardados fieles en grandes pruebas en el tiempo pasado tienen motivo para esperar la misma gracia que los ayude a seguir viviendo por la fe, hasta que obtengan el fin de su fe y de su paciencia, que es la salvación de sus almas. Viviendo por la fe y muriendo en la fe, nuestras almas están seguras para siempre.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.