Comentario conciso de toda la Biblia · Matthew Henry

Mateo 25: comentario de Matthew Henry

Resumen del capítulo

Mateo 25:1-13

Las circunstancias de la parábola de las diez vírgenes están tomadas de las costumbres nupciales de los judíos, y explican el gran día de la venida de Cristo. Vean aquí la naturaleza del cristianismo. Como cristianos, profesamos acompañar a Cristo, honrarlo y también esperar su venida. Los cristianos sinceros son las vírgenes prudentes, y los hipócritas, las insensatas. Verdaderamente prudentes o insensatos son los que lo son en los asuntos de su alma. Muchos tienen en la mano la lámpara de la profesión, pero no tienen en el corazón el conocimiento sólido y la resolución firme que se necesitan para sostenerlos en los servicios y las pruebas de esta vida. Su corazón no está provisto de santas disposiciones por el Espíritu de Dios, que crea de nuevo. Nuestra luz debe alumbrar delante de los hombres en buenas obras; pero no es probable que esto dure mucho, a menos que haya en el corazón un principio firme y activo de fe en Cristo y de amor a Dios y a nuestros hermanos.

«Cabecearon todas y se durmieron». La tardanza representa el tiempo que transcurre entre la conversión, real o aparente, de estos profesantes y la venida de Cristo para llevárselos por la muerte o para juzgar al mundo. Pero aunque Cristo tarde más de lo que nosotros pensamos, no tardará más del tiempo debido. Las vírgenes prudentes mantuvieron encendidas sus lámparas, pero no se mantuvieron despiertas. Demasiados cristianos verdaderos se vuelven negligentes, y un grado de descuido abre paso a otro. Los que se permiten cabecear difícilmente evitarán dormirse; por eso, teman los comienzos del decaimiento espiritual.

Se dio un aviso sobrecogedor. «Salid a recibirle» es un llamado para los que están preparados. El anuncio de que Cristo se acerca y el llamado a salir a su encuentro despertarán a todos. Aun los mejor preparados para la muerte tienen trabajo que hacer para estar realmente listos (2 P 3:14). Será un día de examen y de indagación, y nos importa pensar cómo seremos hallados entonces. A algunas les faltaba aceite para sus lámparas, que se apagaban. Los que se quedan cortos de la gracia verdadera sin duda sentirán su falta en un momento u otro. Una profesión exterior puede alumbrar a un hombre a lo largo de este mundo, pero la humedad del valle de sombra de muerte apagará esa luz. Hay quienes no se preocupan por vivir la vida de los justos, pero quisieran morir su muerte. Pero los que quieran ser salvos deben tener gracia propia; y los que más gracia tienen no tienen de sobra. Los mejores necesitan recibir más de Cristo. Y mientras la pobre alma alarmada, en su lecho de enfermo, se entrega al arrepentimiento y a la oración en terrible confusión, llega la muerte, llega el juicio, la obra queda sin hacer, y el pobre pecador queda perdido para siempre. Esto es lo que resulta de tener que comprar el aceite cuando deberíamos estar quemándolo, de tener que buscar la gracia cuando deberíamos estar usándola.

Solo irán al cielo en la otra vida los que hayan sido preparados para el cielo en esta. Lo repentino de la muerte y de la venida de Cristo a nosotros en aquel momento no impedirá nuestra felicidad si hemos sido preparados. «Se cerró la puerta». Muchos buscarán entrar en el cielo cuando sea demasiado tarde. La vana confianza de los hipócritas los llevará lejos en sus expectativas de felicidad. El aviso inesperado de la muerte puede alarmar al cristiano; pero, al ponerse sin demora a arreglar su lámpara, muchas veces sus gracias brillan con más fuerza, mientras que la conducta del mero profesante muestra que su lámpara se está apagando. Velen, pues; atiendan a los asuntos de su alma. Perseveren en el temor del Señor todo el tiempo.

Mateo 25:14-30

Cristo no tiene siervos para que estén ociosos: todo lo han recibido de él, y no tienen nada que puedan llamar suyo sino el pecado. Recibimos de Cristo para trabajar para él. «A cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho». Al final llega el día de rendir cuentas. Todos tendremos que dar cuenta del bien que hemos obtenido para nuestra propia alma y que hemos hecho a otros con las ventajas de que hemos gozado. No se quiere decir que el buen uso de las facultades naturales pueda dar a un hombre derecho a la gracia divina. La libertad y el privilegio del verdadero cristiano es ser empleado como siervo de su Redentor en promover su gloria y el bien de su pueblo: el amor de Cristo lo constriñe a no vivir más para sí, sino para aquel que murió y resucitó por él.

Los que piensan que es imposible agradar a Dios y que es en vano servirle no harán nada provechoso en la religión. Se quejan de que él les exige más de lo que son capaces de dar y de que los castiga por lo que no pueden evitar. Pretendan lo que pretendan, la realidad es que les desagradan el carácter y la obra del Señor. El siervo perezoso es condenado a ser privado de su talento. Esto puede aplicarse a las bendiciones de esta vida, pero más bien a los medios de gracia. A los que no conocen el tiempo de su visitación, les quedará encubierto lo que es para su paz. Su sentencia es ser echado en las tinieblas de afuera, que es una manera habitual de expresar las miserias de los condenados en el infierno. Aquí, como en lo que se dijo a los siervos fieles, nuestro Salvador pasa de la parábola a la realidad que ella representa, y esto sirve de clave para toda la parábola. No envidiemos a los pecadores ni codiciemos ninguna de sus posesiones perecederas.

Mateo 25:31-46

Esta es una descripción del juicio final, y sirve como explicación de las parábolas anteriores. Hay un juicio venidero en el que cada hombre será sentenciado a un estado de felicidad o de miseria eternas. Cristo vendrá no solo en la gloria de su Padre, sino en su propia gloria como Mediador. Los impíos y los piadosos viven aquí juntos, en las mismas ciudades, iglesias y familias, y no siempre se puede distinguir a unos de otros: tales son las debilidades de los santos y tales las hipocresías de los pecadores; y la muerte se lleva a ambos. Pero en aquel día serán separados para siempre. Jesucristo es el gran Pastor; pronto distinguirá entre los que son suyos y los que no lo son. Todas las demás distinciones desaparecerán; pero la gran distinción entre santos y pecadores, entre santos e impíos, permanecerá para siempre.

La felicidad que poseerán los santos es muy grande. Es un reino, la posesión más valiosa de la tierra; y aun así, esto no es más que una débil imagen del estado bienaventurado de los santos en el cielo. Es un reino preparado. El Padre lo proveyó para ellos con la grandeza de su sabiduría y de su poder; el Hijo lo compró para ellos; y el bendito Espíritu, al prepararlos para el reino, lo está preparando para ellos. Está preparado para ellos: en todo se ajusta a la nueva naturaleza de un alma santificada. Está preparado desde la fundación del mundo. Esta felicidad era para los santos, y ellos para ella, desde toda la eternidad. Vendrán y la heredarán. Lo que heredamos no lo conseguimos nosotros mismos: es Dios quien hace herederos del cielo.

No hemos de suponer que los actos de generosidad dan derecho a la felicidad eterna. Las buenas obras hechas por amor a Dios, por medio de Jesucristo, se mencionan aquí como señales del carácter de los creyentes santificados por el Espíritu de Cristo y como efectos de la gracia concedida a quienes las hacen. Los impíos fueron llamados muchas veces en este mundo a venir a Cristo para tener vida y descanso, pero se apartaron de sus llamados; y con justicia se ordena apartarse de Cristo a los que no quisieron venir a él. Los pecadores condenados ofrecerán excusas en vano. El castigo de los impíos será un castigo eterno; su estado no podrá cambiarse. Así se ponen delante de nosotros la vida y la muerte, el bien y el mal, la bendición y la maldición, para que escojamos nuestro camino; y según sea nuestro camino, así será nuestro fin.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.