Comentario conciso de toda la Biblia · Matthew Henry
Romanos 8: comentario de Matthew Henry
Resumen del capítulo
- Los creyentes, libres de condenación (1-9).
- Sus privilegios como hijos de Dios (10-17).
- Su esperanza en medio de las tribulaciones (18-25).
- La ayuda del Espíritu en la oración (26-27).
- Su parte en el amor de Dios (28-31).
- Su triunfo final por medio de Cristo (32-39).
Romanos 8:1-9
Los creyentes pueden ser disciplinados por el Señor, pero no serán condenados con el mundo. Están asegurados por su unión con Cristo mediante la fe. ¿Cuál es el principio que guía su andar: la carne o el Espíritu, la naturaleza vieja o la nueva, la corrupción o la gracia? ¿A cuál de las dos le damos lugar? ¿Cuál nos gobierna? La voluntad no renovada es incapaz de guardar plenamente ningún mandamiento. Y la ley, además de los deberes externos, exige obediencia interior. Dios mostró cuánto aborrece el pecado por los sufrimientos de su Hijo en la carne, para que la persona del creyente fuera perdonada y justificada. Así se satisfizo la justicia divina y se abrió al pecador el camino de la salvación. Por el Espíritu, la ley del amor queda escrita en el corazón; y aunque nosotros no cumplimos la justicia de la ley, bendito sea Dios, se cumple en nosotros: en todo verdadero creyente hay algo que responde al propósito de la ley.
El favor de Dios, el bien del alma y las cosas de la eternidad son las cosas del Espíritu, en las que piensan los que son del Espíritu. ¿Hacia dónde van con más gusto nuestros pensamientos? ¿Hacia dónde apuntan nuestros planes e ingenios? ¿Somos más sabios para el mundo o para nuestra alma? «La que se entrega a los placeres, viviendo está muerta» (1 Ti 5:6). Un alma santificada es un alma viva, y esa vida es paz. La mente carnal no solo es enemiga de Dios: es la enemistad misma. El hombre carnal puede, por el poder de la gracia divina, ser sujetado a la ley de Dios; pero la mente carnal nunca: tiene que ser quebrantada y echada fuera.
Podemos conocer nuestro verdadero estado y carácter preguntándonos si tenemos o no el Espíritu de Dios y de Cristo (v. 9): «Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu». Tener el Espíritu de Cristo significa tener, en alguna medida, una disposición semejante a la que hubo en Cristo Jesús, y eso debe mostrarse en una vida y una conducta que respondan a sus preceptos y a su ejemplo.
Romanos 8:10-17
Si el Espíritu está en nosotros, Cristo está en nosotros: él habita en el corazón por la fe. La gracia en el alma es su nueva naturaleza; el alma está viva para Dios y ha comenzado ya su santa felicidad, que durará para siempre. La justicia de Cristo imputada libra de la muerte al alma, la mejor parte de nosotros. De aquí vemos cuánto nos corresponde andar no conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Si alguien vive habitualmente según sus deseos corruptos, ciertamente perecerá en sus pecados, profese lo que profese. ¿Y qué puede ofrecer una vida mundana que merezca compararse, siquiera un momento, con este noble premio del supremo llamamiento? Procuremos, pues, por el Espíritu, hacer morir cada vez más la carne.
La regeneración por el Espíritu Santo trae al alma una vida nueva y divina, aunque al principio sea débil. Los hijos de Dios tienen el Espíritu, que obra en ellos la disposición de hijos; no tienen el espíritu de esclavitud bajo el cual estaba la iglesia del Antiguo Testamento, por la oscuridad de aquella dispensación, cuando el Espíritu de adopción aún no se había derramado con abundancia. Se refiere también al espíritu de esclavitud bajo el cual estuvieron muchos santos en su conversión. Muchos se hablan paz a sí mismos, a quienes Dios no les habla paz. Pero los santificados tienen el testimonio del Espíritu de Dios junto con su espíritu, cuando él habla paz al alma. Aunque ahora parezca que perdemos por causa de Cristo, al final no saldremos perdiendo, no podemos salir perdiendo, con él.
Romanos 8:18-25
Los sufrimientos de los santos no llegan más hondo que las cosas del tiempo, no duran más que el tiempo presente: son aflicciones leves y momentáneas. ¡Qué distintos son el juicio de la Palabra y el sentir del mundo acerca de las aflicciones del tiempo presente! Toda la creación parece esperar con anhelo el momento en que los hijos de Dios sean manifestados en la gloria preparada para ellos. Por la caída del hombre vinieron sobre la criatura impureza, deformidad y debilidad. Hay enemistad de unas criaturas contra otras, y los hombres las usan, o más bien abusan de ellas, como instrumentos de pecado. Aun así, este lamentable estado de la creación tiene esperanza: Dios la librará de estar sujeta a la depravación del hombre. Las miserias del género humano, causadas por su propia maldad y la de los demás, anuncian que el mundo no seguirá siempre como está. Haber recibido las primicias del Espíritu aviva nuestros deseos, alienta nuestra esperanza y eleva nuestras expectativas.
El pecado ha sido, y sigue siendo, la causa culpable de todo el sufrimiento que hay en la creación de Dios. Ha traído los males de la tierra y ha encendido las llamas del infierno. En cuanto al hombre, no se ha derramado una lágrima, no se ha exhalado un gemido, no se ha sentido un dolor en el cuerpo o en el alma que no venga del pecado. Y no es todo: hay que mirar el pecado en cuanto afecta la gloria de Dios. ¡Con qué terrible indiferencia lo mira la mayor parte de la humanidad! Los creyentes han sido puestos en un estado seguro, pero su consuelo está más en la esperanza que en el disfrute. De esa esperanza no los aparta la vana ilusión de hallar satisfacción en las cosas del tiempo y de los sentidos. Necesitamos paciencia, porque el camino es áspero y largo; pero «el que ha de venir vendrá», aunque parezca tardar.
Romanos 8:26-27
Aunque las debilidades de los cristianos son muchas y grandes, de modo que quedarían vencidos si se les dejara solos, el Espíritu Santo los sostiene. Como Espíritu que ilumina, nos enseña qué pedir; como Espíritu que santifica, obra y despierta en nosotros las gracias de la oración; como Espíritu consolador, acalla nuestros temores y nos ayuda a sobreponernos a todo desánimo. El Espíritu Santo es la fuente de todos los deseos que se dirigen a Dios, que muchas veces son más de lo que las palabras pueden expresar. El Espíritu que escudriña los corazones conoce la intención del espíritu renovado y aboga por su causa. El Espíritu intercede ante Dios, y el enemigo no prevalece.
Romanos 8:28-31
Es bueno para los santos lo que hace bien a su alma. Toda providencia tiende al bien espiritual de los que aman a Dios: los aparta del pecado, los acerca a Dios, los desprende del mundo y los prepara para el cielo. Cuando los santos obran en contra de lo que son, Dios usa la corrección para hacerlos volver. Y aquí está el orden de las causas de nuestra salvación, una cadena de oro que no se puede romper:
- «A los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo». A todos los que Dios destinó a la gloria y la felicidad como fin, los destinó también a la gracia y la santidad como camino. Todo el género humano merecía la destrucción; pero, por razones que no conocemos del todo, Dios determinó rescatar a algunos por la regeneración y el poder de su gracia. Los predestinó, es decir, decretó de antemano, que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo. En esta vida son renovados en parte y andan en sus pisadas.
- «Y a los que predestinó, a éstos también llamó». Es un llamamiento eficaz: del yo y de la tierra a Dios, a Cristo y al cielo como nuestro fin; del pecado y la vanidad a la gracia y la santidad como nuestro camino. Este es el llamamiento del evangelio. El amor de Dios, reinando en el corazón de quienes antes eran sus enemigos, demuestra que fueron llamados conforme a su propósito.
- «Y a los que llamó, a éstos también justificó». Nadie es justificado así sino los que son llamados eficazmente. Los que resisten el llamamiento del evangelio permanecen bajo la culpa y la ira.
- «Y a los que justificó, a éstos también glorificó». Quebrantado el poder de la corrupción en el llamamiento eficaz, y quitada la culpa del pecado en la justificación, nada puede interponerse entre esa alma y la gloria.
Esto alienta nuestra fe y nuestra esperanza, porque en cuanto a Dios, perfecto es su camino y perfecta su obra. El apóstol habla como quien está asombrado y absorto en admiración ante la anchura, la longitud, la profundidad y la altura del amor de Cristo, que excede a todo conocimiento. Cuanto más sabemos de otras cosas, menos nos asombran; pero cuanto más nos adentramos en los misterios del evangelio, más nos conmueven. Mientras Dios esté por nosotros y permanezcamos en su amor, podemos desafiar con santa confianza a todos los poderes de las tinieblas.
Romanos 8:32-39
Nada de cuanto hay en el cielo y en la tierra muestra tanto el amor gratuito de Dios como el don de su Hijo, igual a él, para ser la expiación en la cruz por el pecado del hombre; y todo lo demás viene con la unión con él y con tener parte en él. «Todas las cosas» son todo lo que puede ser causa o medio de algún bien verdadero para el cristiano fiel. El que nos ha preparado una corona y un reino nos dará lo que necesitemos en el camino. Los hombres pueden justificarse a sí mismos aunque las acusaciones sigan en pie contra ellos; pero si Dios justifica, eso responde a todo. Por Cristo estamos asegurados así: por el mérito de su muerte pagó nuestra deuda. «Más aún, el que también resucitó»: esta es la prueba convincente de que la justicia divina quedó satisfecha. Tenemos un Amigo así a la diestra de Dios, a quien se le ha dado todo poder, y allí está intercediendo.
Creyente, ¿dice tu alma dentro de ti: «¡Ojalá él fuera mío, y yo suyo! ¡Ojalá pudiera agradarle y vivir para él!»? Entonces no agites tu espíritu ni enredes tus pensamientos en dudas inútiles e interminables; más bien, ya que estás convencido de tu impiedad, cree en aquel que justifica al impío. Estás condenado, pero Cristo murió y resucitó: acude a él como tal.
Habiendo manifestado Dios su amor al darnos a su propio Hijo, ¿podemos pensar que algo desviará o anulará ese amor? Las aflicciones ni causan ni muestran disminución alguna de su amor. Sea lo que sea aquello de lo que el creyente quede separado, lo que le queda es suficiente. Nadie puede quitarle Cristo al creyente, ni quitarle el creyente a Cristo, y eso basta. Todos los demás peligros no significan nada.
¡Ay, pobres pecadores! Aunque abunden en los bienes de este mundo, ¡qué cosas vanas son! ¿Pueden decir de alguna de ellas: «¿Quién nos separará?»? Pueden ser apartados de casas agradables, de amigos y de propiedades; pueden incluso vivir para ver y buscar esa separación. Al final han de separarse, porque han de morir. Entonces, adiós a todo lo que este mundo tiene por más valioso. ¿Y qué te queda, pobre alma que no tienes a Cristo, sino aquello de lo que con gusto te desprenderías y no puedes: la culpa condenatoria de todos tus pecados? Pero el alma que está en Cristo, cuando le quitan las demás cosas, se aferra a Cristo, y esas separaciones no le duelen. Más aún: cuando llega la muerte, que rompe todas las demás uniones, incluso la del alma y el cuerpo, lleva el alma del creyente a la unión más íntima con su amado Señor Jesús y al pleno disfrute de él para siempre.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.