El tesoro de David · Charles H. Spurgeon
Salmo 104: comentario de Charles H. Spurgeon (El tesoro de David)
Resumen del capítulo
OBSERVACIONES GENERALES. Tenemos aquí uno de los vuelos más elevados y más sostenidos de la musa inspirada. El salmo da una interpretación a las muchas voces de la naturaleza, y canta dulcemente tanto la creación como la providencia. El poema contiene un cosmos completo: mar y tierra, nube y luz del sol, planta y animal, luz y tinieblas, vida y muerte, todo se demuestra expresivo de la presencia del Señor. Las huellas de los seis días de la creación son muy evidentes, y aunque no se menciona la creación del hombre, que fue la obra coronadora del sexto día, esto se explica porque el hombre mismo es el cantor; algunos han discernido incluso señales del reposo divino del séptimo día en Sal 104:31. Es la versión de un poeta del Génesis. Y no es solo la condición actual de la tierra lo que aquí es tema de canto, sino que se da un indicio de aquellos tiempos más santos en que veremos «una tierra nueva en la cual mora la justicia», de la cual serán consumidos los pecadores, Sal 104:35. El espíritu de ferviente alabanza a Dios recorre todo el salmo, y con él una clara realización del Ser divino como una existencia personal, amada y confiada así como adorada.
No tenemos información sobre el autor, pero la Septuaginta lo atribuye a David, y no vemos razón para atribuirlo a nadie más. Su espíritu, su estilo y su manera de escribir son muy manifiestos en él, y si el salmo ha de atribuirse a otro, debe ser a una mente notablemente similar, y solo podríamos sugerir al sabio hijo de David, Salomón, el poeta predicador, a cuyas notas sobre historia natural en los Proverbios algunos de los versículos se parecen de manera sorprendente. Quienquiera que haya sido el escritor humano, la excelsa gloria y perfección de la autoría divina del propio Espíritu Santo son claras a toda mente espiritual.
División
Después de atribuir bendición al Señor, el devoto salmista canta la luz y el firmamento, que fueron obra del primero y del segundo día, Sal 104:1-6. Por una transición fácil describe la separación de las aguas y la tierra seca, la formación de la lluvia, los arroyos y los ríos, y el brotar de las hierbas verdes, que fueron producto del tercer día, Sal 104:7-18. Luego, la designación del sol y de la luna para ser guardianes del día y de la noche suscita la admiración del poeta, Sal 104:19-23, y así canta la obra del cuarto día. Habiendo aludido ya a muchas variedades de criaturas vivientes, el salmista procede, de Sal 104:24-30, a cantar la vida de que el Señor se complació en llenar el aire, el mar y la tierra; estas formas de existencia fueron el producto peculiar del quinto y sexto días. Podemos considerar los versículos finales, Sal 104:31-35, como una meditación, himno y oración del sábado. El conjunto se extiende ante nosotros como un panorama del universo visto por el ojo de la devoción. ¡Oh, que tengamos gracia para rendir la debida alabanza al Señor mientras lo leemos!
Notas explicativas y dichos pintorescos
Todo el salmo. Este salmo es un «Oratorio de la creación» inspirado. Christopher Wordsworth.
Todo el salmo. El salmo es delicioso, dulce e instructivo, pues nos enseña las más sanas ideas sobre la naturaleza (la más sana física), y el mejor método de proseguir su estudio, a saber: admirando con un ojo las obras de Dios, y con el otro al mismo Dios, su Creador y Conservador. Sánchez, citado por Perowne.
Todo el salmo. Casi podría decirse que este solo salmo representa la imagen de todo el Cosmos. Nos asombra hallar en un poema lírico de tan limitado alcance el universo entero, los cielos y la tierra, bosquejado con unos pocos trazos audaces. La labor tranquila y esforzada del hombre, desde la salida del sol hasta su puesta, cuando su trabajo diario termina, se contrasta aquí con la vida en movimiento de los elementos de la naturaleza. Este contraste y esta generalización en la concepción de la acción mutua de los fenómenos naturales, y esta retrospección de un poder invisible omnipresente que puede renovar la tierra o reducirla a polvo, constituyen una forma de creación poética solemne más que cálida y suave. Cosmos, de A. von Humboldt.
Todo el salmo. Sus toques son, en verdad, pocos y rápidos, ¡pero qué abarcadores y sublimes! ¿Es Dios? «Se cubre de luz como de vestidura», y cuando sale a caminar, es «sobre las alas del viento». ¿Los vientos o los relámpagos? Son sus mensajeros o ángeles: «No nos detengáis», parecen decir; «el negocio del Rey requiere prisa». ¿Las aguas? El poeta las muestra en diluvio, cubriendo la faz de la tierra, y luego como yacen ahora, encerradas dentro de sus márgenes, para no salir más jamás. ¿Las fuentes? Las sigue, con una mirada inspirada, mientras corren entre los montes, mientras dan de beber a las criaturas salvajes y solitarias del desierto, mientras nutren las ramas en que cantan las aves, la hierba de que se alimenta el ganado, la hierba, el trigo, el olivo, la vid, que llenan la boca del hombre, alegran su corazón y hacen brillar su rostro. Luego, con ala atrevida, roza todos los objetos elevados: los árboles de Jehová en el Líbano, «llenos de savia», los abetos y las cigüeñas que están en ellos, los altos montes con sus cabras monteses, y las peñas con sus conejos. Luego se remonta a los cuerpos celestes: el sol y la luna. Luego extiende sus alas en la oscuridad de la noche, que «no encubre» nada «a él», y oye las bestias del bosque arrastrándose fuera en busca de su presa, y el rugido de los leones pidiendo a Dios su comida, que sube sobre las alas de la medianoche. Luego, al ver que las sombras y las fieras huyen juntas, en emulosa prisa, de la presencia del sol de la mañana, y que el hombre, fuerte y sereno en su luz como en la sonrisa de Dios, se apresura a su labor, exclama: «¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría». Echa después una mirada al océano, una mirada que roza las naves que van por él y el leviatán que juega en él; y luego penetra hacia abajo hasta las innumerables criaturas, pequeñas y grandes, que se hallan bajo su velo de aguas no alzado. Ve, entonces, a todos los seres que pueblan igualmente la tierra y el mar, esperando vida y alimento en torno a la mesa de su Maestro divino, y no esperando en vano, hasta que, he aquí, él esconde su rostro, y se turban, mueren y desaparecen en el caos y la noche. Un destello, luego, de la gran resurrección de la naturaleza y del hombre cruza su ojo: «Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra». Pero una verdad aún mayor sigue y forma el clímax del salmo (una verdad que Humboldt, con toda su admiración por él, no nota, y que da un tono cristiano a todo): «Alégrese Jehová en sus obras.» Contempla un Cosmos aún más perfecto. De este hermoso universo serán «consumidos» los pecadores y el pecado; y entonces, cuando el hombre sea del todo digno de su morada, dirá Dios de ella y de él, con un énfasis aún más hondo que cuando lo dijo al principio, y sonriendo al mismo tiempo una sonrisa aún más cálida y suave: «Es muy bueno». Y con una atribución de bendición al Señor cierra el poeta este canto casi angélico sobre las obras de la naturaleza, la gloria de Dios y las perspectivas del hombre. No es meramente la unidad del Cosmos lo que ha mostrado en él, sino su progresión, en conexión con el progreso paralelo del hombre, su completa dependencia de una Mente Infinita, el «propósito creciente» que lo recorre, y su purificación final, cuando florezca en «la brillante flor consumada» de los cielos nuevos y la tierra nueva, «en los cuales mora la justicia»; esta es la verdadera carga y la gloria peculiar del Salmo 104. George Gilfillan, en "The Bards of the Bible".
Todo el salmo. Es una circunstancia singular en la composición de este salmo que cada una de las partes del Primer Semicoro, después de la primera, comienza con un participio. Y estos participios son acusativos que concuerdan con hwhy, el objeto del verbo ygdb, al comienzo de todo el salmo. Bendice a Jehová, que se pone, que extiende, que pone, que constituye, que anda, que hace, que establece, que envía, que riega, que hace, que hace. Así, este verbo transitivo, al abrir el salmo, extendiendo su régimen por las sucesivas partes del mismo semicoro, excepto la última, las une todas en un solo largo período. Samuel Horsley.
Todo el salmo. En cuanto a los detalles, las secciones intermedias entre los versículos 2 y 31, pueden leerse como una meditación sobre la creación y el primer «ordenamiento del mundo», como contrapartida y anticipo del nuevo orden restaurado en el gran período del Sábado o Milenio; o quizá son realmente descriptivas de este, comenzando con la venida del Señor en las nubes del cielo (v. 3 con Sal 18:9-11), acompañado de «los ángeles de su poder» (v. 4 con 2 Ts 1:7, griego); seguida del «establecimiento» de la tierra, para no ser más «movida» ni «agitada» por las convulsiones y perturbaciones que el pecado ha causado; tras lo cual la Naturaleza se muestra en la perfección de su belleza: todas las cosas respondiendo al fin de su creación; todos los órdenes del mundo animal en armonía unos con otros, y todos en paz con el hombre; todos provistos por la variada producción de la tierra, ya no maldita, sino bendecida y hecha fructífera de nuevo por Dios, «de quien todos esperan… que abre su mano y los sacia de bien»; y toda su bondad hallando su debido reconocimiento en sus criaturas, que se unen en coro para alabarle y decir: «¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios. Aleluya». William De Burgh.
Salmos 104:1
Versículo 1. «Bendice, alma mía, a Jehová.» Este salmo comienza y termina igual que el ciento tres, y no podía hacerlo mejor: cuando el modelo es perfecto, merece existir por duplicado. La verdadera alabanza comienza en casa. Es inútil estimular a otros a alabar si nosotros mismos permanecemos ingratamente callados. Debemos llamar a lo más íntimo de nuestro corazón para que despierte y se avive, porque somos propensos a la pereza, y si lo somos cuando se nos llama a bendecir a Dios, tendremos gran motivo para avergonzarnos. Cuando engrandezcamos al Señor, hagámoslo de corazón: lo mejor que tenemos está muy por debajo de su dignidad; no lo deshonremos ofreciéndole una adoración tibia. «Jehová Dios mío, mucho te has engrandecido.» Esta declaración encierra una notable mezcla de la osadía de la fe y el temor reverente de la santa veneración: porque el salmista llama «mi Dios» al infinito Jehová y, al mismo tiempo, postrado de asombro ante la grandeza divina, exclama con absoluto estupor: «Mucho te has engrandecido.» Dios fue grande en el Sinaí, y sin embargo las primeras palabras de su ley fueron: «Yo soy Jehová tu Dios»; su grandeza no es razón para que la fe no presente su reclamo y lo llame enteramente suyo. La declaración de la grandeza de Jehová que aquí se da habría estado muy en su lugar al final del salmo, pues es una inferencia y deducción natural de un repaso del universo; el hecho de que esté al comienzo mismo del poema indica que todo el salmo fue bien meditado y madurado en la mente antes de ponerse realmente en palabras; solo suponiéndolo así podemos explicar que la emoción preceda a la contemplación. Observa también que el asombro expresado no se refiere a la creación y a su grandeza, sino al mismo Jehová. No se dice: «¡el universo es muy grande!», sino: «TÚ eres muy grande.» Muchos se detienen en la criatura y así se vuelven idólatras en espíritu; pasar adelante hasta el Creador mismo es verdadera sabiduría. «Te vestiste de gloria y de magnificencia.» Tú mismo no puedes ser visto, pero tus obras, que pueden llamarse tus vestiduras, están llenas de bellezas y maravillas que redundan en tu honor. Las vestiduras ocultan y a la vez revelan a un hombre, y así hacen las criaturas de Dios. El Señor se ve en sus obras como digno de honra por su habilidad, su bondad y su poder, y como reclamando majestad, pues ha formado todas las cosas con soberanía, haciendo lo que quiere y sin pedir permiso a nadie. Muy ciego tiene que ser quien no vea que la naturaleza es la obra de un rey. Estos son los trazos solemnes de la mente más severa de Dios, toques terribles de sus atributos más rigurosos, líneas amplias de misterio inescrutable y sombras profundas de un poder abrumador; y hacen del cuadro de la creación un problema que nunca se resolverá, salvo admitiendo que quien lo dibujó no da cuenta de sus actos, sino que gobierna todas las cosas según el puro afecto de su voluntad. Su majestad, sin embargo, se muestra siempre de tal manera que refleja honra sobre todo su carácter; hace lo que quiere, pero solo quiere lo que es tres veces santo, como él mismo. Las mismas vestiduras del Espíritu invisible nos enseñan esto, y a nosotros nos corresponde reconocerlo con humilde adoración.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 1. «Bendice, alma mía, a Jehová.» La obra del hombre bueno se hace sobre todo puertas adentro; está más ocupado con su propia alma que con todo el mundo; y nunca puede estar solo mientras tenga a Dios y a su propio corazón con quienes conversar. John Trapp.
Versículo 1. ¡Con cuánta reverencia y santo temor comienza el salmista su meditación con ese reconocimiento! «Jehová Dios mío, mucho te has engrandecido»; y es el gozo de los santos que el que es su Dios sea un Dios grande: la grandeza del príncipe es el orgullo y el deleite de todos sus buenos súbditos. Matthew Henry.
Versículo 1. Te vestiste de gloria y de magnificencia. Es decir, como dice Jerónimo: Estás revestido y adornado de magnificencia y esplendor; eres reconocido como glorioso e ilustre por tus obras, como un hombre por su vestidura. De donde resulta claro que la grandeza que aquí se celebra no es la intrínseca, sino la exterior o revelada de Dios. Lorinus.
Versículo 1. Toda alma creada, redimida y regenerada está obligada a alabar al Señor, el Creador, el Redentor, el Santificador; porque Dios el Hijo, que en el principio hizo los mundos, y cuya gracia lleva siempre adelante su obra hasta su perfecto fin por la operación del Espíritu Santo, ha sido revelado ante nosotros en su excelente gloria. Él, como el Sumo Sacerdote eterno, se ha puesto el Urim y el Tumim de la majestad y la honra, y se ha vestido de luz, como un sacerdote se reviste de sus santas vestiduras; su resplandor en el monte de la transfiguración fue solo un destello pasajero de lo que él es ahora, de lo que siempre ha sido y de lo que siempre será. Él es la verdadera Luz; por eso sus ángeles son ángeles de luz, sus hijos son hijos de luz, y esta doctrina es la doctrina de la luz. El universo es su tabernáculo; los cielos visibles e invisibles son las cortinas que envuelven su lugar santo. Ha puesto las vigas y los cimientos de su lugar santísimo muy en lo alto, aun por encima de las aguas que están sobre el firmamento. Las nubes y los vientos del cielo inferior son su carro, sobre el cual estuvo cuando ascendió desde el monte de los Olivos, sobre el cual se sentará cuando venga otra vez. «Plain Commentary».
Sugerencias para el predicador
Versículo 1. (primera parte) Una exhortación al propio corazón.
- Recordar al Señor como la causa primera de todo bien. No bendigas al hombre ni al destino, sino al Señor.
- Hacerlo de manera amorosa, agradecida, sincera y alabadora. Bendice a Jehová.
- Hacerlo con verdad e intensidad. Alma mía.
- Hacerlo ahora, por diversas razones y de todas las maneras posibles.
Versículo 1 (segunda parte). Él es todo esto esencialmente, y en la naturaleza, la providencia, la gracia y el juicio.
Versículo 2 (primera parte). La revelación más clara de Dios sigue siendo un encubrimiento; hasta la luz no es sino un manto para él. Dios está vestido de luz tal como lo vemos en su omnisciencia, su santidad, su revelación, su gloria, en el cielo y en su gracia en la tierra.
Versículo 3 (última parte).
- Dios es pausado en su prisa: «anda», etc.
- Dios es veloz aun en su lentitud: «anda sobre las alas del viento».
- Las conclusiones prácticas son que hay tiempo de sobra para los propósitos divinos pero ninguno para nuestras frivolidades; y que debemos tanto esperar con paciencia la victoria de su causa como apresurarla con santa actividad.
Versículo 4.
- La naturaleza de los ángeles: espíritus.
- El Señor de los ángeles. «El que hace», etc. ¿Cuál no será su propia espiritualidad, si él hace espíritus?
- El ministerio de los ángeles.
(a) Su oficio: «ministros».
(b) Su actividad o celo: «llama de fuego».
(c) Su dependencia: hechos ministros. G. Rogers.
Salmos 104:2
Versículo 2. «El que se cubre de luz como de vestidura.» Envolviéndose en la luz como un monarca se pone su manto. La concepción es sublime, pero nos hace sentir cuán completamente inconcebible debe de ser la gloria personal del Señor; si la luz misma no es sino su vestidura y velo, ¡cuál no será el resplandor ardiente de su propio ser esencial! Nos perdemos en el asombro y no nos atrevemos a escudriñar el misterio, no sea que nos ciegue su insoportable gloria. «Que extiende los cielos como una cortina», dentro de la cual pudiera morar. La luz fue creada el primer día y el firmamento el segundo, de modo que se siguen con toda propiedad el uno al otro en este versículo. Los príncipes orientales se ponen sus vestiduras gloriosas y luego se sientan con solemnidad dentro de cortinajes, y del Señor se habla bajo esa imagen; pero ¡cuánto más allá de toda comprensión hay que elevar la figura, puesto que el manto es la luz esencial, a la cual los soles y las lunas deben su brillo, y la cortina es el cielo azul tachonado de estrellas como de gemas! Este es un argumento sólido a favor de la verdad con que el salmista comenzó su canto: «Jehová Dios mío, mucho te has engrandecido».
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 2. El que se cubre de luz como de vestidura. Al comparar la luz de que representa a Dios vestido con una vestidura, da a entender que, aunque Dios es invisible, su gloria es con todo bastante visible. En cuanto a su esencia, Dios mora sin duda en luz inaccesible; pero como ilumina todo el mundo con su resplandor, esta es la vestidura en la que él, que está oculto en sí mismo, aparece de algún modo visible a nosotros. El conocimiento de esta verdad es de la mayor importancia. Si los hombres intentan alcanzar la altura infinita a la que Dios está elevado, aunque vuelen por encima de las nubes, fracasarán a mitad de camino. Quienes buscan verlo en su majestad desnuda son ciertamente muy necios. Para que podamos gozar de su vista, él debe salir a la vista con su vestidura; es decir, debemos fijar los ojos en el hermosísimo edificio del mundo en el que quiere ser visto por nosotros, y no ser demasiado curiosos ni temerarios en escudriñar su esencia secreta. Ahora bien, puesto que Dios se presenta ante nosotros vestido de luz, quienes buscan pretextos para vivir sin su conocimiento no pueden alegar como excusa de su pereza que él esté oculto en profundas tinieblas. Cuando se dice que los cielos son una cortina, no se quiere decir que debajo de ellos se esconda Dios, sino que por ellos se exhiben su majestad y su gloria, siendo, por así decirlo, su pabellón real. Juan Calvino.
Versículo 2. Con luz. La primera creación de Dios en las obras de los días fue la luz del sentido; la última fue la luz de la razón; y su obra del sábado desde entonces es la iluminación del espíritu. Francis Bacon.
Versículo 2. Que extiende los cielos como una cortina. En Oriente es costumbre, en la estación de verano y siempre que se ha de recibir a una compañía numerosa, resguardar del calor el patio de la casa mediante un toldo o velo que, extendido sobre cuerdas de un lado a otro del muro del parapeto, puede plegarse o desplegarse a voluntad. El salmista parece aludir a alguna cubierta de esta clase en esa hermosa expresión de extender los cielos como una cortina. Kitto's Pictorial Bible.
Versículo 2. Como una cortina. Con la misma facilidad, con su mera palabra, con que un hombre despliega la cortina de una tienda. Is 40:22 es paralelo: «Él extiende los cielos como una cortina, los despliega como una tienda para morar». El v. 3 continúa la descripción de la obra del segundo día. En el fondo, en la primera parte, están las palabras de Gn 1:7: «E hizo Dios la expansión, y separó las aguas que estaban debajo de la expansión, de las aguas que estaban sobre la expansión». Las aguas de arriba son los materiales con los que, o de los cuales, se levanta la estructura. Construir con las aguas movedizas un palacio firme, el cielo nuboso, «sólido como un espejo fundido» (Job 37:18), es una magnífica obra de la omnipotencia divina. E. V. Hengstenberg.
Versículo 2. Como una cortina. Como los hebreos concebían el cielo como un templo y palacio de Dios, aquel azul sagrado era a la vez el suelo de su morada y el techo de la nuestra. Con todo, creo que los moradores de tiendas siempre amaron más la figura de la tienda celestial. Representan a Dios extendiéndola cada día y sujetándola en el extremo del horizonte a las columnas del cielo, los montes: para ellos es una tienda de seguridad, de descanso, de hospitalidad paternal, en la que Dios vive con sus criaturas. Herder, citado por Perowne.
Salmos 104:3
Versículo 3. «Que establece sus aposentos entre las aguas.» Sus altos salones están enmaderados con las aguas que están por encima del firmamento. Las estancias superiores de la gran casa de Dios, los pisos secretos muy por encima de nuestro alcance, las cámaras palaciegas en que reside, se asientan sobre las aguas que forman el océano de arriba. A lo insustancial le presta estabilidad; no necesita vigas ni cabríos, pues su palacio se sostiene por su propio poder. No hemos de interpretar literalmente donde el lenguaje es poético; sería una simple necedad hacerlo. «El que pone las nubes por su carroza.» Cuando sale de su pabellón secreto, así hace su marcha real. Su carro de ira lo forman profundas nubes de trueno, y su carro de misericordia derrama abundancia mientras recorre el camino celestial. «El que anda», o más bien va, «sobre las alas del viento.» Con las nubes por carroza y los vientos por corceles alados, el gran Rey se apresura en sus movimientos, ya sea para misericordia o para juicio. Así tenemos la idea de un rey elaborada todavía más: su alto palacio, su carro y sus corceles están ante nosotros; pero ¡qué palacio hemos de imaginar, cuyas vigas son de cristal y cuya base es vapor consolidado! ¡Qué carro tan señorial el que se forja de las nubes que vuelan, cuyos colores magníficos no podría igualar Salomón en toda su gloria; y qué marcha tan divina aquella en que alas de espíritu y soplos de viento sostienen el trono en movimiento! «¡Jehová Dios mío, mucho te has engrandecido!»
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 3. La representación metafórica de Dios poniendo las vigas de sus aposentos en las aguas parece algo difícil de entender; pero el propósito del profeta fue, a partir de algo incomprensible para nosotros, arrebatarnos con mayor admiración. A menos que las vigas sean sólidas y fuertes, no podrán sostener ni siquiera el peso de una casa común. Cuando, pues, Dios hace de las aguas el cimiento de su palacio celestial, ¿quién dejará de asombrarse ante un milagro tan maravilloso? Si tenemos en cuenta nuestra lentitud de comprensión, tales expresiones hiperbólicas no son en modo alguno superfluas; pues con dificultad nos despiertan y nos hacen alcanzar siquiera un leve conocimiento de Dios. Juan Calvino.
Versículo 3. El que establece sus aposentos entre las aguas; o bien: «el que pone sus aposentos altos sobre las aguas». Su aposento alto (en Oriente la gente solía retirarse al aposento alto cuando quería soledad) se levanta en brillante éter sobre el frágil cimiento de las nubes de lluvia. A. F. Tholuck.
Versículo 3. El que establece las vigas, etc. «Inunda de aguas sus aposentos», es decir, las nubes forman el piso de sus cielos. Zachary Mudge.
Versículo 3. El que anda sobre las alas del viento; véase Sal 18:10; lo cual expresa su rapidez en venir en ayuda de su pueblo en el tiempo de necesidad; que ayuda, y eso muy de mañana; y puede aplicarse muy bien tanto a la primera como a la segunda venida de Cristo, quien vino saltando sobre los montes y brincando sobre los collados cuando vino por primera vez; y cuando venga por segunda vez será como una gacela o un cervatillo sobre los montes de las especias, Cnt 2:8; 8:14. El Targum dice: «sobre las nubes veloces, como alas de águila»; de ahí, quizá, que los paganos tengan la noción de que Júpiter es llevado en un carro por el aire cuando truena y relampaguea. John Gill.
Versículo 3. El que anda sobre las alas del viento. En estas palabras hay una elegancia sin igual; no dice: vuela, corre, sino: anda; y eso sobre las alas mismas del viento; sobre el elemento más impetuoso, levantado hasta el furor extremo y barriendo con rapidez increíble. No podemos tener una idea más sublime de la deidad: caminando serenamente sobre un elemento de inconcebible velocidad y, según nos parece, de impetuosidad incontrolable. James Hervey, 1713-14—1758.
Salmos 104:4
Versículo 4. «El que hace a sus ángeles espíritus.» O que maneja, pues la palabra significa lo uno o lo otro. Los ángeles son espíritus puros, aunque se les permite tomar una forma visible cuando Dios desea que los veamos. Dios es espíritu, y en sus cortes reales le sirven espíritus. Los ángeles son como los vientos en misterio, fuerza e invisibilidad, y sin duda los vientos mismos son a menudo los ángeles o mensajeros de Dios. Dios, que hace a sus ángeles como vientos, puede también hacer de los vientos sus ángeles, y lo son constantemente en la economía de la naturaleza. «Y a sus ministros llama de fuego.» Aquí también podemos elegir entre dos significados: a sus ministros o siervos los hace tan veloces, poderosos y terribles como el fuego; y por otra parte hace del fuego, ese elemento devorador, su ministro, que llamea en sus encargos. Que el pasaje se refiere a los ángeles es claro por He 1:7; y era muy apropiado mencionarlos aquí en relación con la luz y los cielos, e inmediatamente después de las vestiduras y el palacio del gran Rey. ¿No había de mencionarse el séquito del Señor de los ejércitos así como su carro? Habría sido una falla en la descripción del universo no aludir a los ángeles, y este es el lugar más apropiado para introducirlos. Cuando pensamos en los extraordinarios poderes confiados a los seres angélicos, y en la gloria misteriosa de los serafines y de los cuatro seres vivientes, somos llevados a reflexionar sobre la gloria del Maestro a quien sirven, y de nuevo exclamamos con el salmista: «Jehová Dios mío, mucho te has engrandecido».
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 4. El que hace a sus ángeles espíritus. Algunos lo traducen: El que hace a sus ángeles como los vientos, con los cuales pueden compararse por su invisibilidad, pues no se los ve, como tampoco al viento, salvo cuando toman una forma externa; y por su penetración a través de los cuerpos de una manera muy sorprendente; véase Hch 12:6-10; y por su gran fuerza y poder, siendo ángeles poderosos, de los que se dice que sobresalen en fortaleza, Sal 103:20; y por su rapidez en obedecer los mandatos divinos; así el Targum: «Hace a sus mensajeros, o ángeles, veloces como el viento». John Gill.
Versículo 4. El que hace a sus ángeles espíritus. Las palabras «creando a sus ángeles espíritus» pueden significar o bien «creándolos seres espirituales, no seres materiales», o «creándolos vientos», es decir, como los vientos: invisibles, rápidos en sus movimientos y capaces de producir grandes efectos. Este último modo de interpretación parece señalado por el paralelismo: «y sus ministros», o «siervos», que son evidentemente los mismos que sus ángeles, «llama de fuego», es decir, como el relámpago. Lo que aquí se afirma de los ángeles parece ser esto: «Son seres creados que en sus cualidades se parecen a los vientos y al relámpago». El argumento que Pablo deduce, en He 1:7, de esta afirmación a favor de la inferioridad de los ángeles es directo y poderoso: Él es el Hijo; ellos son criaturas de Dios. «Unigénito» es la descripción de su modo de existencia; hechos, la descripción del suyo. Todos sus poderes son poderes comunicados; y por alto que estén en la escala de la creación, es en esa escala donde están, lo cual los coloca infinitamente por debajo de aquel que es tan Hijo de Dios que es «Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos». John Brown, en "An Exposition of the Epistle to the Hebrews."
Versículo 4. Llama de fuego. El fuego expresa poder irresistible, santidad inmaculada y emoción ardiente. Es notable que los serafines, una clase al menos de estos ministros, tomen su nombre de una raíz que significa arder; y el altar, del cual uno de ellos tomó el carbón encendido, Is 6:6, es el símbolo de la forma más elevada del amor santo. James G. Murphy, en "A Commentary on the Book of Psalms," 1875.
Salmos 104:5
Versículo 5. «Él fundó la tierra sobre sus bases.» Así se describe el comienzo de la creación, casi con las mismas palabras que emplea el Señor mismo en Job 38:4-7: «¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?… ¿Sobre qué están fundadas sus bases? ¿O quién puso su piedra angular…?» Y las palabras se hallan también en la misma conexión, pues el Señor prosigue: «cuando alababan juntas todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios». «No será jamás removida.» El lenguaje es, por supuesto, poético, pero el hecho no es menos maravilloso: la tierra está situada en el espacio de tal modo que permanece tan estable como si fuera una cosa fija. Los diversos movimientos de nuestro planeta se llevan a cabo tan silenciosa y uniformemente que, en lo que a nosotros toca, todo es tan permanente y apacible como si la vieja noción de que descansa sobre columnas fuera literalmente cierta. ¡Con qué delicadeza ha equilibrado el gran Artífice nuestro globo! ¡Qué poder debe de haber en esa mano que ha hecho que un cuerpo tan vasto conozca su órbita y se mueva en ella con tanta suavidad! ¿Qué ingeniero puede librar cada parte de su maquinaria de una sacudida, un tirón o una fricción ocasional? Y sin embargo, en nuestro gran mundo, con sus complicados movimientos, nunca ha ocurrido tal cosa. «Jehová Dios mío, mucho te has engrandecido».
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 5. No será jamás removida. La estabilidad de la tierra es de Dios, tanto como su ser y existencia. Ha habido muchos terremotos o movimientos de la tierra en varias de sus partes, pero el cuerpo entero de la tierra nunca fue movido ni un cabello de su lugar desde que se pusieron sus cimientos. Arquímedes, el gran matemático, dijo: «Si me dan un lugar donde apoyar mi máquina, removeré la tierra». Fue una gran fanfarronada; pero el Señor la ha asentado con demasiada firmeza para que el hombre la remueva. Él mismo puede hacerla temblar y estremecerse, puede moverla cuando le plazca; pero nunca la ha removido ni la removerá. Ha fundado la tierra sobre sus bases para que no sea removida, ni puede moverse en absoluto sino por su voluntad; y cuando se mueve en alguna ocasión, es para recordar a los hijos de los hombres que con sus pecados lo han movido a desagrado. Joseph Caryl.
Versículo 5. El modo filosófico de exponer esta verdad puede verse en la obra de Amédée Guillemin titulada "The Heavens." «¿Cómo es que, aunque somos arrastrados con vasta rapidez por el movimiento de la tierra, nosotros mismos no percibimos nuestro movimiento? Es porque toda la masa de la tierra, la atmósfera y las nubes participan del movimiento. Esta velocidad constante de que están animados todos los cuerpos situados en la superficie de la tierra sería la causa de la más terrible y general catástrofe que pueda imaginarse si, por cualquier posibilidad, la rotación de la tierra cesara de repente. Tal suceso sería el precursor de la más completa destrucción de todos los seres organizados. Pero la constancia de las leyes de la naturaleza nos permite contemplar tal catástrofe sin temor. Está demostrado que la posición de los polos de rotación en la superficie de la tierra es invariable. También se ha preguntado si la velocidad de la rotación de la tierra ha cambiado o, lo que viene a ser lo mismo, si la duración del día sidéreo y la del día solar deducida de él han variado dentro del período histórico. Laplace ha respondido a esta pregunta, y su demostración muestra que no ha variado ni la centésima parte de un segundo durante los últimos dos mil años».
Versículo 5.
Dios de la tierra y del mar, tú has puesto los cimientos de la tierra:
porque tu mano la sostiene,
permanece siempre firme.
Una vez abriste sus profundas fuentes ocultas,
y pronto las aguas crecientes se alzaron sobre los montes.
A tu reprensión huyeron, a la voz de tu trueno,
el diluvio atendió tu mandato
y se retiró apresurado:
las aguas guardan el lugar que les has asignado,
y en los montes y los valles les hallas un cauce.
Un límite les has puesto que no podrán traspasar;
el abismo encerrado dentro de sus términos,
fuertes barreras interpuestas,
para que sus soberbias olas no traigan más desolación
ni barran de la tierra cada morada humana. John Barton, en "The Book of Psalms in English Verse: a New Testament Paraphrase," 1871.
Salmos 104:6
Versículo 6. «Con el abismo, como con vestido, la cubriste.» La tierra recién nacida fue envuelta en pañales de agua. En las primeras edades, antes de que apareciera el hombre, las aguas soberbias dominaban toda la tierra. Las aguas estaban sobre los montes, no se veía tierra seca, y el vapor, como de un caldero humeante, lo cubría todo. Los geólogos nos informan de esto como de un descubrimiento, pero el Espíritu Santo había revelado el hecho mucho antes. El pasaje que tenemos delante nos muestra al Creador comenzando su obra y echando el fundamento del orden y la belleza futuros: pensar en ello con reverencia nos llenará de adoración; concebirlo grosera y carnalmente sería sumamente blasfemo.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 6. «Estaban», «huyeron», «se apresuraron». Las palabras del salmo ponen gráficamente ante los ojos el maravilloso proceso original. El cambio de tiempo, además, del pasado al presente, en los vv. 6, 7, 8, es expresivo y pinta la escena en su desarrollo. En el v. 6 «estaban» debería ser ESTÁN; en el v. 7 «huyeron» debería ser HUYEN; y «se apresuraron» debería ser SE APRESURAN, como en la versión del Libro de Oración. «The Speaker's Commentary».
Salmos 104:7
Versículo 7. «A tu reprensión huyeron; al sonido de tu trueno se apresuraron.» Cuando las aguas y los vapores lo cubrían todo, el Señor no tuvo más que hablar y desaparecieron de inmediato. Como si hubieran sido agentes inteligentes, las olas corrieron a sus abismos señalados y dejaron la tierra a sí misma; entonces los montes alzaron sus cabezas, las tierras altas se elevaron del mar y por fin quedaron continentes e islas, laderas y llanuras para formar la tierra habitable. La voz del Señor produjo esta gran maravilla. ¿No es su palabra igual a toda emergencia? ¿No es lo bastante poderosa para obrar el mayor milagro? Por esa misma palabra serán contenidas las inundaciones de la aflicción y reprendidas las olas furiosas del pecado: viene el día en que, al trueno de la voz de Jehová, todas las aguas soberbias del mal se apresurarán a desaparecer por completo. «Jehová Dios mío, mucho te has engrandecido».
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 7. A tu reprensión huyeron. Viene a la mente la famosa descripción de Virgilio, que presenta a Neptuno reprendiendo severamente a los vientos por atreverse, sin su consentimiento, a embrollar la tierra y el cielo y levantar olas tan enormes como montañas: entonces, más veloz de lo que se dice la palabra, calma los mares hinchados, dispersa las nubes reunidas y devuelve el sol. Lorinus.
Versículo 7. Al sonido de tu trueno se apresuraron, corrieron con gran precipitación: así como un siervo, cuando su amo pone un semblante severo y le habla en tono tronante y amenazador, se aleja apresuradamente de él para hacer su voluntad y su trabajo. Este es un ejemplo del poderoso poder de Cristo; y con el mismo poder retiró las aguas del diluvio cuando cubrían la tierra y las cumbres de los montes más altos; y reprendió el Mar Rojo, que se hizo tierra seca; e hizo retroceder las aguas del Jordán para que pasaran los israelitas; y reprendió también el mar de Galilea cuando sus discípulos estaban en apuros; y con igual facilidad puede quitar, y quita, la profundidad del pecado y de las tinieblas de su pueblo en la conversión; reprende a Satanás y libera de sus tentaciones cuando viene como una inundación; y manda retirarse las aguas de la aflicción cuando amenazan con abrumar; las cuales son sus siervos, y vienen cuando él les manda venir, y se van cuando él les manda ir. John Gill.
Versículo 7. Al sonido de tu trueno. Es muy probable que Dios empleara el fluido eléctrico como agente en esta separación. Ingram Cobbin.
Versículo 7. Se apresuraron.
Dijo Dios:
Reúnanse ahora, aguas de debajo del cielo,
en un solo lugar, y aparezca la tierra seca.
De inmediato aparecen emergiendo los enormes montes
y alzan sus anchos lomos desnudos
hasta las nubes; sus cumbres ascienden al cielo:
tan alto como se elevaron los hinchados cerros, tan bajo
se hundió un fondo hueco, ancho y profundo,
lecho espacioso de las aguas: allí ellas
se apresuraron con alegre precipitación, enrolladas
como gotas sobre el polvo que se globulizan al secarse:
parte se alza en muro de cristal o en cresta recta,
por la prisa: tal fuga imprimió el gran mandato
en las veloces corrientes: como los ejércitos al llamado
de la trompeta (pues de ejércitos has oído)
acuden en tropel a su estandarte, así la muchedumbre acuosa,
ola rodando tras ola, por donde halló camino,
si empinado, con ímpetu torrencial; si por llanura,
en suave reflujo; ni roca ni monte las detuvo;
sino que ellas, o bajo tierra, o en amplio rodeo
errando como serpiente, hallaron su camino,
y sobre el cieno húmedo desgastaron hondos cauces;
fácil, antes de que Dios mandara secarse el suelo,
todo menos dentro de aquellas orillas, donde ahora los ríos
corren y arrastran perpetuamente su hinchado cortejo,
a la tierra seca llamó Tierra; y al gran receptáculo
de las aguas reunidas, llamó Mares:
y vio que era bueno. John Milton.
Sugerencias para el predicador
Versículo 7. El poder de la palabra divina en la naturaleza muestra su poder en otras esferas.
Versículo 9.
- Todas las cosas tienen sus límites señalados.
- Pasar esos límites sin permiso especial de Dios es transgresión. «Les pusiste término, el cual no traspasarán».
- A los casos extraordinarios debe seguir un regreso a los deberes ordinarios. «Ni volverán a cubrir la tierra», etc. G. R.
Salmos 104:8
Versículo 8. Las aguas vencidas son desde ahora obedientes. «Suben los montes.» Trepando en forma de nubes hasta las cumbres mismas de los Alpes. «Descienden los valles, al lugar que tú les fundaste»: están tan dispuestas a descender en lluvia, arroyos y torrentes como estuvieron ávidas de ascender en neblinas. La lealtad de las poderosas aguas a las leyes de su Dios es notabilísima; la inundación furiosa, el rápido estrepitoso, el torrente tremendo no son sino formas de ese suave rocío que tiembla sobre la diminuta hoja de hierba, y en esas formas más rudas son igualmente obedientes a las leyes que su Hacedor les ha impreso. Ni una sola partícula de espuma rompe jamás las filas ni viola el mandato del Señor del mar y de la tierra, ni se rebelan de su dominio las espantosas cataratas y las terribles crecidas. Es hermosísimo ver entre las montañas el sistema divino de abastecimiento de agua: el ascenso de los vapores vellosos, la destilación del puro fluido, el júbilo con que el elemento recién nacido salta por los riscos para llegar a los ríos y el fuerte afán con que los ríos buscan el océano, su lugar señalado.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 8. Suben los montes, etc. El Targum dice: «Ascienden del abismo a los montes»; es decir, las aguas, cuando se retiraron de la tierra por órdenes divinas, encaminaron su curso subiendo los montes, y luego bajaron por los valles al lugar que se les había señalado; pasaron por cerros y valles, nada pudo detenerlas ni retardar su curso hasta que llegaron a su lugar propio; lo cual es otro ejemplo del poder omnipotente del Hijo de Dios. John Gill.
Salmos 104:9
Versículo 9. «Les pusiste término, el cual no traspasarán, ni volverán a cubrir la tierra.» Ese límite fue traspasado una vez, pero nunca más lo será. El diluvio fue causado por la suspensión del mandato divino que contenía las aguas: ellas conocían su antigua supremacía y se apresuraron a reafirmarla, pero ahora la promesa del pacto impide para siempre el regreso de aquel carnaval de aguas, de aquella revuelta de las olas; ¿no deberíamos más bien llamarlo aquel arrebato impetuoso de las aguas indignadas para vengar el honor herido de su Rey, a quien los hombres habían ofendido? La palabra de Jehová pone límite al océano, sirviéndose solo de una estrecha franja de arena para confinarlo a sus propios términos: esa restricción aparentemente débil cumple todo propósito, pues el mar obedece como un niño pequeño al mandato de su Hacedor. La destrucción duerme en el lecho del océano, y aunque nuestros pecados bien podrían despertarla, sus ataduras son hechas fuertes por la misericordia del pacto, de modo que no puede desatarse otra vez sobre los culpables hijos de los hombres.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 9. Les pusiste término, etc. El mar Báltico, en nuestro propio tiempo, inundó grandes extensiones de tierra e hizo grandes daños al pueblo flamenco y a otras naciones vecinas. Un caso de esta clase nos advierte cuál sería la consecuencia si se quitara la restricción que la mano de Dios impone al mar. ¿Cómo es que no hemos sido por ello tragados todos juntos, sino porque Dios ha contenido con su palabra ese elemento desaforado? En resumen, aunque la tendencia natural de las aguas es cubrir la tierra, esto no ocurrirá, porque Dios ha establecido por su palabra una ley contraria, y como su verdad es eterna, esta ley debe permanecer firme. Juan Calvino.
Versículo 9. Les pusiste término, etc. En estas palabras el salmista nos da claramente tres cosas acerca de las aguas. Primero, que una vez (no lo dice del diluvio, sino del caos) las aguas cubrieron toda la tierra, hasta que Dios por una palabra de mandato las envió a sus cauces propios, para que apareciera la tierra seca. Segundo, que las aguas tienen una propensión natural a volver atrás y cubrir otra vez la tierra. Tercero, que la única razón por la que no vuelven atrás y cubren toda la tierra es que Dios ha «puesto término que no traspasarán». Serían ilimitadas y no conocerían confines, si Dios no las acotara y limitara. La Sabiduría nos da un elogio semejante del poder de Dios en esto, Pr 8:29: «Cuando al mar puso su estatuto, para que las aguas no traspasasen su mandamiento». ¿Qué no puede mandar quien envía su mandamiento al mar y es obedecido? Algunos grandes príncipes, enardecidos de rabia y ebrios de soberbia, han arrojado grilletes al mar, amenazándolo con prisión y servidumbre si no se quedaba quieto; pero el mar no se dejó atar por ellos; también han ordenado dar al mar tantos azotes como castigo de su contumacia y rebeldía contra sus mandatos o sus designios. ¡Cuán ridículamente ambiciosos han sido los que pretendían tal dominio! Muchos príncipes han tenido gran poder en el mar y sobre el mar, pero nunca príncipe alguno tuvo poder sobre el mar; esa es una flor que no pertenece a corona alguna sino a la corona del cielo. Joseph Caryl.
Versículo 9. Les pusiste término, el cual no traspasarán. Unos pocos pies de aumento en la ola oceánica que sigue su circuito de mareas alrededor del globo desolarían ciudades y provincias sin número… Pero ¡con qué inmutable y seguro control ha marcado Dios sus límites! Observarás un arbusto o una flor en una ribera de verdor que cubre un acantilado marino, o que cuelga en alguna hondonada; más aún, notarás un guijarro en la playa, le pondrás encima una hebra de telaraña; y este vasto elemento ingobernable, pesado y tempestuoso sabrá trazar una línea de humedad con su espuma batiente justo en el borde, o en el mismo punto de tu demarcación, y luego retirar sus fuerzas sin haber pasado una pulgada ni el ancho de una mano más allá del margen señalado. ¡Y toda esta exacta restricción y medida en el movimiento del mar, por ese misterioso poder lanzado a través de insondables profundidades del espacio desde orbes que ruedan en el éter! Un poder en sí mismo cuán prodigioso, cuán irresistible, y sin embargo cuán invisible, cuán suave, cuán medido y ejercido con la más mínima exactitud. George B. Cheever, en "Voices of Nature to her Foster Child, the Soul of Man," 1852.
Versículo 9. Término que no traspasarán. Ahora tiende la mirada mar adentro, sobre aguas hechas para limpiar el aire y llevar el gran comercio del mundo, para elevarse y mojar los montes cercanos al sol, y luego volver a sí mismas en ríos que corren, cumpliendo poderosos usos, lejos y cerca, por la tierra, en el aire, o aquí, como marea oceánica. ¡Oh, cómo el gigante se alza y se esfuerza y se lanza para romper sus fuertes e invisibles cadenas; espuma en su ira; y a las puertas de su prisión, ¡escucha!, ¡óyelo!, cómo golpea y tira y ruge, como si quisiera irrumpir otra vez y barrer todo ser viviente dentro de su abismo más profundo. Richard Henry Dana (1787).
Salmos 104:10
Versículo 10. «Tú eres el que envía las fuentes por los arroyos; van entre los montes.» Esta es una hermosa parte de la disposición del Señor de las aguas sometidas: encuentran salidas por las que saltan a la libertad allí donde su presencia será beneficiosa en sumo grado. Existen depresiones en las laderas de los montes, y por ellas se hace fluir los arroyos, que a menudo nacen de fuentes burbujeantes que brotan de las entrañas de la tierra. Es Dios quien envía estas fuentes, así como el hortelano hace los cauces del agua y desvía la corriente con el pie. Cuando las aguas están confinadas en el abismo, el Señor les pone su límite, y cuando retozan en libertad, él las envía.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 10. Tú eres el que envía las fuentes por los arroyos, etc. Habiendo hablado de las aguas saladas, trata luego de las dulces y potables, encomiando la sabiduría y la providencia de Dios, que desde los lugares bajos de la tierra y las venas ocultas de los montes hace brotar los manantiales de agua. Lorinus.
Versículo 10. Tú eres el que envía las fuentes por los arroyos. Cuanta más humildad, más gracia; si en los valles algunas hondonadas son más profundas que otras, las aguas se reúnen en ellas. Martín Lutero.
Versículo 10. Tú eres el que envía las fuentes por los arroyos. Los hombres abren lugares por donde corran los ríos, pero nadie sino Dios puede abrir un canal para traer corrientes espirituales al alma. El salmista habla del envío de las fuentes como un gran acto de la providencia de Dios. Es un misterio secreto en el que los que han escudriñado más hondo la naturaleza no pueden darnos respuesta: cómo se alimentan esas fuentes, cómo se mantienen y nutren, de modo que corran sin cesar en tan grandes corrientes como forman muchas de ellas. La filosofía no puede mostrar la razón. El salmista lo hace bien: Dios las envía por los arroyos; su providencia y poder las mantienen corriendo continuamente: el que quiera que su alma sea regada debe ir a Dios en oración. Ralph Robinson.
Versículo 10. Van entre los montes. Es decir, corren los arroyos o las fuentes. En muchas partes del mundo se encuentra un Sault, un agua que danza, y un Minne-ha-ha, un agua que ríe. Los arroyos de montaña caminan, y corren, y saltan, y alaban al Señor. William S. Plumer.
Versículo 10. «ÉL». «ÉL». «ÉL».
Todas las cosas son aquí de Él; de los negros pinos,
que son su sombra en lo alto, y el fuerte rugido
de los torrentes, donde él escucha, a las vides
que declinan su verde senda hacia la orilla,
donde las aguas inclinadas lo encuentran y lo adoran,
besando sus pies con murmullos. Byron.
Sugerencias para el predicador
Versículo 10. La solicitud de Dios por quienes, como los valles, son humildes, ocultos y necesitados: el carácter permanente de sus provisiones y los gozosos resultados de su cuidado.
Versículo 10. El cuidado de Dios por las criaturas silvestres, reflexiones a partir de ello.
- ¿No cuidará mucho más de su pueblo?
- ¿No velará por los hombres salvajes y errantes?
- ¿No debemos también nosotros cuidar de todo lo que vive?
Versículo 10. De la fertilidad, la vida y la música que marcan el curso de un arroyo, ilustrar las influencias benéficas del evangelio. C. A. Davis.
Salmos 104:11
Versículo 11. «Dan de beber a todas las bestias del campo.» ¿Quién más las abrevaría si no lo hiciera el Señor? Son su ganado, y por eso las conduce a abrevar. Ninguna de ellas es olvidada por él. «Mitigan su sed los asnos monteses.» El buen Señor les da suficiente y de sobra. Conocen el pesebre de su Dueño. Aunque no toleran freno ni brida de hombre, y el hombre los denuncia como indóciles, aprenden del Señor y saben mucho mejor que el hombre dónde fluye el fresco cristal que deben beber o morir. No son más que asnos, y salvajes, y sin embargo nuestro Padre celestial cuida de ellos. ¿No cuidará también de nosotros? Vemos aquí además que nada se hizo en vano; aunque ningún labio humano se humedezca con el arroyuelo del valle solitario, hay otras criaturas que necesitan refrigerio, y estas apagan su sed en la corriente. ¿Es esto nada? ¿Debe todo existir para el hombre, o si no, desperdiciarse? ¿Qué sino nuestro orgullo y egoísmo pudo haber sugerido semejante noción? No es cierto que las flores que se sonrojan sin ser vistas por ojo humano desperdicien su dulzura, pues la abeja las descubre, y otros vagabundos alados viven de sus sabrosos jugos. El hombre no es sino una criatura de las muchas a quienes el Padre celestial alimenta y abreva.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 11. Mitigan su sed los asnos monteses. Se observa particularmente de los asnos que, aunque son criaturas torpes y estúpidas, la Providencia les enseña el camino a las aguas en los desiertos secos y arenosos, y que no hay mejor guía para los viajeros sedientos que observar las manadas de ellos descendiendo a los arroyos. Thomas Fenton.
Versículo 11. Mitigan su sed los asnos monteses. Al acercarse la tarde vimos congregado, junto a un pequeño arroyo, lo que parecía ser una gran compañía de árabes desmontados, con sus caballos de pie junto a ellos. Como ya estábamos cerca y no habríamos podido escapar al ojo vigilante de los beduinos, nos preparamos para un encuentro. Nos acercamos con cautela y nos sorprendió ver que los caballos seguían sin sus jinetes; nos acercamos todavía más, y entonces se alejaron al galope hacia el desierto. Eran asnos monteses. Henry Austin Layard.
Salmos 104:12
Versículo 12. «A sus orillas habitan las aves de los cielos; cantan entre las ramas.» ¡Cuán refrescantes son estas palabras! ¡Qué recuerdos felices despiertan de cascadas salpicantes y ramas enmarañadas, donde el alegre estruendo del agua que cae y se precipita forma una especie de sólido fondo de música, y las dulces notas melodiosas de las aves son las luces más brillantes y centelleantes de la armonía! ¡Lindas avecillas, seguid cantando! ¿Qué mejor podéis hacer, y quién puede hacerlo mejor? Cuando nosotros también bebemos del río de Dios y comemos del fruto del árbol de la vida, nos conviene «cantar entre las ramas». Donde moráis, cantáis; ¿y no nos regocijaremos nosotros en el Señor, que ha sido nuestro refugio de generación en generación? Así como voláis de rama en rama y gorjeáis vuestras notas, así lo haremos nosotros mientras pasamos volando por el tiempo hacia la eternidad. No es justo que las aves del paraíso sean superadas por las aves de la tierra.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 12. A sus orillas habitan las aves de los cielos. Nunca olvidaré mi primer paseo a caballo de Riha a Ain Sultan; nuestro camino cruzaba justo el oasis suscitado por las aguas. Puede que el contraste con el árido desierto del día anterior acrecentara los sentimientos de goce presente, pero ciertamente se hacían eco de las palabras de Josefo: una «región divina». A veces me recordaba el bosque de Epping, y luego un huerto descuidado con un sotobosque de exuberante vegetación. Grandes espinos y arbustos silvestres salpicaban la llanura por todos lados. En algunos lugares el suelo estaba alfombrado de flores, y cada matorral parecía vocear con el alegre trinar de las aves. Uso la palabra «trinar» porque no creo haber oído un gorjeo decidido durante todo el tiempo que estuve en Siria. Coleridge habla del «alegre ruiseñor»,
«que se agolpa, y se apresura, y precipita
con rápido y veloz gorjeo sus deliciosas notas».
El canto de mis pequeños amigos sirios parecía consistir en una serie de alegres píos. Otros viajeros han sido más afortunados. Bonar habla de la nota del cuco; el Dr. Robinson, del ruiseñor. Lord Lindsay nos cuenta del deleite de una tarde pasada junto al Jordán, «el río murmurando, y el ruiseñor cantando desde los árboles». El canónigo Tristram, describiendo el paisaje cerca de Tell-el-Kady, dice que «el bulbul y el ruiseñor competían en rivalidad de canto en las ramas de arriba, audibles por encima del ruido del torrente de abajo». Ante estas afirmaciones me parece notable, considerando las innumerables referencias a la naturaleza en la Biblia, que el canto de las aves se mencione solo tres veces. En el conocido pasaje que describe tan exquisitamente una primavera siria, leemos: «el tiempo de la canción ha venido» (Cnt 2:12). El salmista, al hablar del gran poder y la maravillosa providencia de Dios, menciona las fuentes por «los arroyos; van entre los montes. Dan de beber a todas las bestias del campo; mitigan su sed los asnos monteses. A sus orillas habitan las aves de los cielos; cantan entre las ramas». El canónigo Tristram, comentando este pasaje, dice que puede referirse especialmente al «bulbul y al ruiseñor, que pueblan los árboles que bordean el Jordán y abundan en todos los valles arbolados, llenando el aire a principios de la primavera con la rica cadencia de sus notas». James Wareing Bardsley, en "Illustrative Texts," 1876.
Versículo 12. A sus orillas habitan las aves de los cielos, etc. A tales aves pueden compararse los santos: como ellas, son débiles, indefensos y temerosos; expuestos a ser tomados en lazos y a veces liberados maravillosamente; así como dados a vagar y descarriarse; y a las aves de los cielos, siendo almas nacidas del cielo y partícipes del llamamiento celestial. Estos tienen su morada junto a la fuente de Jacob, junto al río del amor divino, junto a las aguas de reposo del santuario, donde cantan los cánticos de Sión, los cánticos de la gracia que elige, redime y llama. John Gill.
Versículo 12. Las aves… cantan entre las ramas. La música de las aves fue el primer canto de acción de gracias que se ofreció desde la tierra, antes de que el hombre fuera formado. John Wesley.
Versículo 12. Las aves de los cielos cantan entre las ramas. ¿Cómo el mirlo y el tordo zorzal, con sus voces melodiosas, dan la bienvenida a la alegre primavera, y en sus meses fijos gorjean tales cantares que ningún arte ni instrumento puede alcanzar? … Pero el ruiseñor, otra de mis criaturas aéreas, exhala una música tan dulce y sonora de su pequeña garganta instrumental, que hace pensar a la humanidad que los milagros no han cesado. Quien a medianoche, cuando hasta el labrador duerme seguro, oyera, como yo a menudo he oído, los claros aires, los dulces contrapuntos, el natural subir y bajar, el doblar y redoblar de su voz, bien podría ser elevado por encima de la tierra y decir: «Señor, ¡qué música has preparado para los santos en el cielo, cuando concedes a los malos tal música en la tierra!». Izaak Walton.
Versículo 12.
Mientras sobre sus cabezas cuelgan los avellanos,
los avecillas cantan alegres,
o revolotean ligeras en traviesas alas
entre los abedules de Aberfeldy.
Las laderas ascienden como altos muros,
el arroyo espumoso cae rugiendo hondo,
cubierto por fragantes bosquecillos extendidos,
los abedules de Aberfeldy. Robert Burns, 1759-1796.
Salmos 104:13
Versículo 13. «Él riega los montes desde sus aposentos.» Como los montes son demasiado altos para ser regados por ríos y arroyos, el Señor mismo los refresca con aquellas aguas de encima del firmamento que el poeta había descrito en un versículo anterior como las estancias superiores del cielo. Las nubes quedan retenidas entre los riscos de las montañas e inundan las laderas con lluvia fertilizante. Donde el hombre no puede llegar, puede el Señor; a quienes nadie más puede regar con gracia, puede él; y donde fallan todas las reservas de refrigerio, él puede suplir todo lo necesario desde sus propios salones. «Del fruto de tus obras se sacia la tierra.» El resultado de la obra divina es plenitud por todas partes: el suelo se satura de lluvia, la semilla germina, las bestias beben y las aves cantan; nada queda sin provisión. Así también en la nueva creación: él da mayor gracia, llena a su pueblo de bien y les hace confesar a todos: «de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia».
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 13. Del fruto de tus obras se sacia la tierra; es decir, de la lluvia, que es obra tuya, haciéndola caer en abundancia sobre la tierra cuando te place; o de la lluvia que procede de las nubes; o de los frutos que haces que la tierra produzca por este medio. Arthur Jackson.
Salmos 104:14
Versículo 14. «Él hace producir el heno para las bestias, y la hierba para el servicio del hombre.» Crece la hierba y crecen también las plantas, porque hay que alimentar al ganado así como a los hombres. Dios asigna a la criatura más humilde su porción y cuida de que la tenga: el poder divino se despliega tan verdadera y dignamente en alimentar a las bestias como en sustentar al hombre; mira tan solo una brizna de hierba con ojo devoto y podrás ver a Dios obrando dentro de ella. La hierba es para el hombre, y este debe labrar la tierra o no se producirá; con todo, es Dios quien la hace crecer en el huerto, el mismo Dios que hizo crecer el pasto en las praderas sin cercar del desierto. El hombre lo olvida y habla de su cosecha, pero en verdad, sin Dios araría y sembraría en vano. El Señor hace brotar cada hoja verde y madurar cada espiga; no tienes más que mirar con ojos abiertos y verás al Señor caminando por los sembrados. «Sacando el pan de la tierra.» Tanto el pasto del ganado como el grano del hombre son alimento sacado de la tierra, y son señales de que fue designio de Dios que el polvo mismo bajo nuestros pies, que parece más apto para sepultarnos que para sustentarnos, fuera realmente transformado en el sustento de la vida. Cuanto más pensamos en esto, más maravilloso parecerá. ¡Cuán grande es ese Dios que de entre los sepulcros halla el sostén de la vida, y de la tierra que fue maldita saca las bendiciones del trigo, el vino y el aceite!
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 14. Él hace producir el heno. Sin duda debería humillar a los hombres saber que todo el poder humano unido no puede hacer nada, ni siquiera hacer crecer la hierba. William S. Plumer.
Versículo 14. Para las bestias, etc. Para movernos a gratitud, consideremos: 1. Que Dios no solo provee para nosotros, sino para nuestros siervos; del ganado que sirve al hombre se cuida de modo particular; se hace crecer hierba en gran abundancia para él, cuando «los leoncillos», que no son para el servicio del hombre, a menudo «necesitaron, y tuvieron hambre». 2. Que nuestro alimento está cerca de nosotros y a nuestra mano: teniendo nuestra morada en la tierra, allí tenemos nuestro almacén, y no dependemos de las naves del mercader que traen el pan de lejos, Pr 31:14. 3. Que tenemos aun de los productos de la tierra, no solo lo necesario, sino lo que sirve de adorno y deleite: ¡tan buen amo servimos! ¿Pide la naturaleza algo que la sostenga y repare su desgaste diario? Aquí está «el pan que sustenta el corazón del hombre», y por eso se le llama el sustento de la vida; que nadie que lo tenga se queje de escasez. ¿Va más allá la naturaleza y codicia algo agradable? Aquí está «el vino que alegra el corazón», que reanima los espíritus y los alegra cuando se usa con sobriedad y moderación; para que no solo hagamos nuestros quehaceres, sino que los hagamos con alegría; es una lástima que se abuse de lo que fue dado para reanimar el corazón y avivarlo en su deber, hasta cargarlo y volver a los hombres inaptos para su deber. ¿Es la naturaleza todavía más caprichosa y pide algo también como adorno? Eso también lo da la tierra: «el aceite que hace brillar el rostro», para que el semblante no solo esté alegre, sino hermoso, y nos hagamos más gratos unos a otros. Matthew Henry.
Versículo 14. Para el servicio del hombre. La versión común de estas palabras solo puede significar para su beneficio o uso, un sentido que no pertenece a la palabra hebrea, la cual, lo mismo que su raíz verbal, se aplica a la servidumbre o esclavitud del hombre como labrador de la tierra (Gn 3:17-19), y tiene aquí el sentido de labranza o cultivo, como en Éx 1:14 y Lv 25:39 tiene el de trabajo forzado o servil; el infinitivo de la última cláusula indica el objeto para el cual se impone el trabajo al hombre. J. A. Alexander.
Versículo 14. Sacando el pan de la tierra. Los israelitas, en la fiesta de la Pascua y antes de partir el pan, acostumbraban decir: «Alabado sea el Señor nuestro Dios, Rey del mundo, que ha sacado de la tierra nuestro pan»; y en cada cosecha que regresa debemos estar llenos de gratitud cada vez que recibimos de nuevo el valioso don del pan. Es el medio de nutrición más indispensable y necesario, del cual nunca nos cansamos, mientras que otros alimentos, cuanto más dulces son, más fácilmente empalagan: a todos, al niño y al anciano, al mendigo y al rey, les gusta el pan. Recordamos al desdichado que fue arrojado a una isla desierta, muerto de hambre, y que al ver un puñado de oro exclamó: «¡Ay, no es más que oro!». De buena gana habría cambiado por un puñado de pan este material, inútil para él, que en la mente de la mayoría de los hombres está por encima de todo precio. ¡Oh, no pequemos nunca contra Dios estimando en poco el pan! Aceptemos agradecidos las gavillas que recogemos y visitemos con gratitud los graneros que las guardan; para partir el pan con el hambriento y dar al sediento de las provisiones que Dios nos ha dado. No nos sentemos nunca a la mesa sin pedir a Dios que bendiga los dones que recibimos de su mano bondadosa, ni comamos nunca pan sin pensar en Cristo nuestro Señor, que se llama a sí mismo el pan vivo, que descendió del cielo para dar vida al mundo. Y sobre todo, ¡que nunca vayamos a la mesa del Señor sin gozar, por los símbolos del pan y del vino, de su cuerpo y su sangre, por los cuales recibimos fuerza para nutrir nuestra vida espiritual! Sí, Señor, tú sacias el cuerpo y el alma, con pan de la tierra y pan del cielo. ¡Alabado sea tu santo nombre, nuestros corazones y nuestras bocas estarán llenos de tus alabanzas por el tiempo y la eternidad! Frederick Arndt, en "Lights of the Morning", 1861.
Sugerencias para el predicador
Versículo 14. En el henar. (Véase «Spurgeon's Sermons», n.º 757.) «Él hace producir el heno para las bestias».
- La hierba es en sí misma instructiva.
(a) Como símbolo de nuestra mortalidad: «Toda carne es hierba».
(b) Como emblema de los impíos.
(c) Como cuadro de los elegidos de Dios. Is 35:7; 44:4; Sal 72:6, 16.
(d) La hierba es comparable al alimento con que el Señor provee a las necesidades de sus escogidos. Sal 23:2; Cnt 1:7.
- Dios se ve en el crecimiento de la hierba.
(a) Como obrero: «Él hace», etc. Ver a Dios en las cosas comunes, en las cosas solitarias.
(b) Ver a Dios como cuidador: «Él hace producir el heno para las bestias». Dios cuida de las bestias, de las cosas indefensas, mudas y sin habla, proveyéndoles alimento adecuado: «heno». Veamos, pues, su mano en la providencia en todo tiempo.
- La obra de Dios en la hierba para el ganado nos da ilustraciones acerca de la gracia.
(a) Dios «cuida de los bueyes» y satisface sus necesidades: debe haber, pues, en alguna parte algo que satisfaga las necesidades de la criatura más noble, el hombre, y de su alma inmortal.
(b) Aunque Dios provee la hierba para el ganado, el ganado debe comerla por sí mismo. El Señor Jesucristo es provisto como alimento del alma. Debemos, por la fe, recibir a Cristo y alimentarnos de él.
(c) La gracia preveniente puede verse aquí en un símbolo: antes de que se hiciera el ganado, había hierba en este mundo. Había provisiones del pacto para el pueblo de Dios antes de que estuvieran en el mundo.
(d) Aquí hay una ilustración de la gracia gratuita: el ganado no trae nada para comprar el alimento. ¿Por qué? (1) Porque le pertenece, Sal 50:10. (2) Porque él ha hecho un pacto con ellos para alimentarlos, Gn 9:9-10.
En el texto hay un golpe poderoso al libre albedrío: «Él hace producir el heno». La gracia no crece en el corazón sin una causa divina. Si Dios se ocupa de hacer crecer la hierba, también nos hará crecer en la gracia. Otra vez: la hierba no crece sin un objeto; es «para las bestias»; pero las bestias crecen para el hombre. ¿Para qué crece, pues, el hombre? Observa además que la existencia de la hierba es necesaria para completar la cadena de la naturaleza. Así también el más humilde hijo de Dios es necesario a la familia.
Salmos 104:15
Versículo 15. «Y el vino que alegra el corazón del hombre.» Con la ayuda de las lluvias benignas, la tierra produce no solo lo necesario sino lo superfluo, lo que provee un banquete así como lo que hace una comida. ¡Ojalá el hombre fuera lo bastante sabio para saber usar este producto alegrador de la vid! Pero, ¡ay!, con mucha frecuencia lo malgasta y se degrada con él. De esto él mismo debe cargar con la culpa; merece ser desdichado quien convierte aun las bendiciones en maldiciones. «El aceite que hace brillar el rostro.» Los orientales usan el aceite más que nosotros y probablemente son más sabios que nosotros en esto: se deleitan en ungirse con aceites perfumados y consideran el brillo del rostro como un emblema escogido del gozo. Dios ha de ser alabado por todos los productos del suelo, ninguno de los cuales podría llegar a nosotros si él no lo hiciera crecer. «Y el pan que sustenta la vida del hombre.» Los hombres tienen más ánimo después de comer: más de un espíritu abatido ha sido consolado con una buena comida sustanciosa. Debemos bendecir a Dios por el vigor del corazón así como por la fuerza de los miembros, pues si los poseemos, ambos son dádivas de su bondad.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 15. Cuando fuiste sacado del vientre, ¡qué señorial palacio te trajo, el mundo, que hallaste preparado y provisto de todo para tu sustento, como lo fue Canaán para los hijos de Israel; una casa señorial que no edificaste, árboles que no plantaste, un rico dosel tachonado, extendido como cortina sobre tu cabeza! Enciende para ti una antorcha para que trabajes por su luz, el sol, hasta que te cansas (Sal 104:23), y entonces se pone sin que tú se lo mandes, pues «conoce su ocaso» (Sal 104:19); luego corre una cortina sobre la mitad del mundo, para que los hombres vayan a descansar: «Pones las tinieblas, y se hace la noche» (Sal 104:20). Como casa, este mundo está tan curiosamente dispuesto que a cada aposento de él, aun a cada pobre aldea, llegan fuentes como cañerías para hallarte agua (Sal 104:11). Pisas el pavimento de esa casa y produce tu alimento (Sal 104:14): «pan para la fuerza, vino que alegre tu corazón, aceite que haga brillar tu rostro» (Sal 104:15). Tres cosas que se ponen aquí por sinécdoque en lugar de todo lo necesario para la fuerza, el adorno y el deleite. Thomas Goodwin.
Versículo 15. El vino que alegra el corazón del hombre. El vino mencionado tenía la cualidad de los licores fermentados; alegraba el corazón. Así, tomado en exceso, habría llevado a la embriaguez. El término hebreo es «yayin», que corresponde al griego oinos e incluye toda forma que el jugo de la uva pudiera adoptar como bebida. Fue de este del que participó Noé cuando se embriagó (Gn 9:21, 24). Melquisedec lo sacó para Abraham (Gn 14:18). Las hijas de Lot se lo dieron a su padre y lo embriagaron (Gn 19:35). De este debía apartarse el nazareo (Nm 6:3-20). Esta es la bebida altamente embriagante tan a menudo mencionada por Isaías (Is 5:11-22; 22:13; 28:1-7); pero precisamente por eso podía llegar a ser para el hombre una de aquellas misericordias en cuyo uso debía ejercer constante dominio propio. Tomado en exceso era una maldición; disfrutado como venido de Dios, era algo por lo cual el hombre estaba llamado a dar gracias. John Duns.
Versículo 15. El aceite que hace brillar el rostro. Observa que, después de mencionar el vino, habla del aceite o ungüento, porque en los banquetes entre los judíos y otros pueblos orientales, como después entre los griegos y los romanos, era frecuente el uso de ungüentos. Las razones por las que se derramaba ungüento sobre la cabeza eran: evitar la embriaguez; mejorar la salud; contribuir al placer y al deleite. Homero se refiere a menudo a esta costumbre, y Salomón alude a ella en Ec 9:8: «En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza». Véase también Sal 23:5. Le Blanc.
Versículo 15. Los antiguos usaban mucho el aceite para embellecer su persona. Leemos del «aceite que hace brillar el rostro». Rut se ungió para adornarse (Rt 3:3), y la mujer de Tecoa y el profeta Daniel dejaron de usar aceite por la razón contraria (2 S 14:2; Dn 10:3). La costumbre se menciona también en Mt 6:17 y Lc 7:46. Ambrose Serle, en "Horae Solitariae," 1815.
Versículo 15. El pan que fortalece el corazón del hombre. En el hambre no solo se postra la fuerza, sino que también decae el valor natural. El hambre no tiene empresa, emulación ni coraje. Pero cuando en tales circunstancias entra en el estómago un poco de pan, aun antes de que la digestión tenga tiempo de prepararlo como nutriente, la fuerza se restaura y los espíritus se reaniman. Este es un efecto sorprendente, y todavía no se ha explicado satisfactoriamente. Adam Clarke.
Versículo 15. El pan que fortalece el corazón del hombre. En la Odisea de Homero encontramos la expresión «el pan, médula de los hombres».
Versículo 15. El corazón del hombre. No sin razón, en lugar de la palabra Mdah, de Adán, que se usó en el Sal 104:14, se emplea aquí la palabra vwba, un hombre enfermizo y débil, porque menciona aquellos alimentos que no eran necesarios antes de la caída y que son especialmente adecuados para nutrir y alegrar al hombre débil. Venema.
Versículo 15. Si la tierra pasajera está tan llena de las cosas buenas de Dios, ¿qué tendremos cuando lleguemos a la tierra de los vivientes? Starke, en Lange's Commentary.
Salmos 104:16
Versículo 16. El riego de los montes no solo produce la hierba y las plantas cultivadas, sino también las especies más nobles de vegetación, que no entran en el ámbito del cultivo humano:
«Alimentadas sus venas de benigna humedad,
los bosques de Jehová levantan la cabeza:
ni otra cosa que su mano nutricia
reclaman tus cedros, Líbano».
«Se llenan de savia los árboles de Jehová.» Los árboles del Señor: los más grandes, nobles y regios de los árboles; aquellos también que el hombre no reclama y que su mano no ha tocado. Están llenos de savia, o llenos, bien provistos, ricamente regados, de modo que se vuelven, como los cedros, llenos de resina, rebosantes de vida y verdes todo el año. «Los cedros del Líbano que él plantó.» Crecen donde nadie pensó jamás en plantarlos, donde durante siglos pasaron inadvertidos, y donde en este momento son demasiado gigantescos para que el hombre los pode. ¿Qué habría dicho nuestro salmista de algunos de los árboles del valle de Yosemite? Verdaderamente estos son dignos de llamarse los árboles del Señor, por su elevada estatura y su enorme circunferencia. Así se ve que el cuidado de Dios es eficaz y totalmente suficiente. Si los árboles de los que el hombre no cuida están, con todo, tan llenos de savia, podemos estar seguros de que el pueblo de Dios, que por la fe vive solo del Señor, será igualmente bien sustentado. Plantados por la gracia y debiéndolo todo al cuidado de nuestro Padre celestial, podemos desafiar el huracán y reírnos del temor a la sequía, pues ninguno de los que confían en él será jamás dejado sin riego.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 16. Los árboles de Jehová. La transición que hace el profeta de los hombres a los árboles es como si dijera: No hay que asombrarse de que Dios nutra con tanta generosidad a los hombres, creados a su propia imagen, puesto que no escatima extender su cuidado aun a los árboles. Por «los árboles de Jehová» se entiende los que son altos y de belleza sobresaliente; pues la bendición de Dios es más visible en ellos. Parece apenas posible que algún jugo de la tierra llegue a tan gran altura, y sin embargo renuevan su follaje cada año. Juan Calvino.
Versículo 16. Los árboles de Jehová pueden llamarse así por su tamaño y estatura, usándose este nombre como superlativo en hebreo, o para denotar algo grande y extraordinario. Thomas Chalmers.
Versículo 16. Los árboles de Jehová, etc. Los cedros son en verdad los árboles del Señor. Son especialmente plantío suyo. Hay un sentido en que, por encima de todos los demás árboles, le pertenecen y representan en mayor grado su gloria. Sin embargo, la peculiar expresión del texto no debe limitarse a una especie particular de cedro… Animado por este uso de la Escritura, emplearé la palabra en un sentido algo más amplio que el convencional, para designar tres ejemplos notables que pueden escogerse entre las coníferas para mostrar el poder y la sabiduría de Dios tal como se despliegan en los árboles del bosque. Son el cedro del Líbano, el cedro del Himalaya y el cedro de la Sierra Nevada. El epíteto que el salmista aplica a uno puede aplicarse muy apropiadamente a todos; y hay varias razones por las que puede decirse que el Señor tiene un interés y una propiedad especial en cada uno de ellos, a algunas de las cuales podemos dirigir ahora provechosamente nuestra atención.
- Son «árboles de Jehová» por las peculiaridades de su estructura. Como toda la tribu de los pinos, son excepcionales en su organización. Revelan una idea nueva de la mente creadora.
- Los cedros son «árboles de Jehová» por la antigüedad de su tipo: de esta clase de árboles se componían principalmente los bosques preadámicos.
- Los cedros son «árboles de Jehová» por la majestad de su aspecto. Es el árbol por excelencia de la Biblia, el tipo de toda la vegetación forestal. Condensado de Hugh Macmillan, "Bible Teachings in Nature," 1868.
Versículo 16. Llenos de savia. El cedro tiene una reserva de resina. Fluye de las heridas hechas en la corteza y de las escamas de los conos, y abunda en las semillas. Tanto la resina como la madera eran muy apreciadas por los antiguos. Los romanos creían que la goma que exudaba el cedro tenía el poder de volver incorruptible todo lo que se empapara en ella; y se nos dice que los libros de Numa, el antiguo rey de Roma, que se hallaron sin daño en su tumba quinientos años después de su muerte, habían sido empapados en aceite de cedro. Los egipcios también usaban el aceite para embalsamar a sus muertos. Mary and Elizabeth Kirby, en "Chapters on Trees," 1873.
Sugerencias para el predicador
Versículo 16. «Los cedros del Líbano». (Véase «Spurgeon's Sermons», n.º 529.)
- La ausencia de todo cultivo humano. Estos árboles son peculiarmente los árboles del Señor, porque:
(a) Deben su plantación enteramente a él: «Él plantó».
(b) No dependen del hombre para su riego.
(c) Ningún poder mortal los protege.
(d) En cuanto a su inspección, conservan una sublime indiferencia ante la mirada humana.
(e) Su exultación es toda para Dios.
(f) No hay un solo cedro en el Líbano que no sea independiente del hombre en sus expectativas.
- La gloriosa muestra del cuidado divino.
(a) En la abundancia de su provisión.
(b) Siempre están verdes.
(c) Observa la grandeza y el tamaño de estos árboles.
(d) Su fragancia.
(e) Su perpetuidad.
(f) Son muy venerables.
- La plenitud del principio vivo: «Los árboles de Jehová se llenan de savia».
(a) Esto es vitalmente necesario.
(b) Es esencialmente misterioso.
(c) Es radicalmente secreto.
(d) Es permanentemente activo.
(e) Es externamente operante.
(f) Es abundantemente deseable.
Versículos 17-18. «Lecciones de la naturaleza». (Véase «Spurgeon's Sermons», n.º 1.005.)
- Para cada lugar Dios ha preparado una forma de vida adecuada: para «los abetos», «la cigüeña»; para «los montes altos», «las cabras monteses», etc. Así, para todas las partes del universo espiritual Dios ha provisto formas adecuadas de vida divina.
(a) Cada época tiene sus santos.
(b) En todo rango se los halla. La religión cristiana está igualmente bien adaptada a todas las condiciones.
(c) En toda iglesia se halla vida espiritual.
(d) El pueblo de Dios se halla en toda ciudad.
- Cada criatura tiene su lugar apropiado.
(a) Cada hombre tiene de parte de Dios una posición providencial que se le ha asignado.
(b) Esto es verdad también de nuestra experiencia espiritual.
(c) Lo mismo vale en cuanto a la individualidad del carácter.
- Toda criatura que Dios ha hecho está provista de refugio.
- Para cada criatura el refugio es apropiado.
- Cada criatura usa su refugio.
Versículo 19.
- La sabiduría de Dios tal como se muestra en los cielos materiales. En los cambios de la luna y en la variedad de las estaciones.
- La bondad de Dios tal como se muestra allí en la adaptación de estos cambios a las necesidades y los goces de los hombres.
- La fidelidad de Dios tal como se muestra allí. Inspirando confianza en sus criaturas por su regularidad.
«Así, como el sol, cumpla yo
los deberes señalados del día;
con mente dispuesta y voluntad activa
marche adelante y siga mi camino celestial».
Salmos 104:17
Versículo 17. «Allí anidan las aves; en las hayas hace su casa la cigüeña.» Lejos de estar necesitados, estos árboles de Dios dan cobijo a otros: aves pequeñas y grandes hacen sus nidos en las ramas. Así lo que reciben del gran Señor procuran devolverlo a sus criaturas más débiles. ¡Cómo encaja una cosa con otra en esta hermosa creación, cada eslabón arrastrando a su compañero!: las lluvias riegan los abetos y los abetos se vuelven el feliz hogar de las aves; así las nubes de tormenta construyen la casa del gorrión, y la lluvia que desciende sostiene la base del nido de la cigüeña. Observa también cómo todo tiene su uso: las ramas proveen un hogar a las aves; y todo ser viviente tiene su alojamiento: la cigüeña halla una casa en los pinos. Su nido se llama una casa porque esta ave muestra virtudes domésticas y un amor maternal que hacen comparables a una familia a sus polluelos. Sin duda este antiguo escritor había visto nidos de cigüeñas en abetos; suelen construir sobre casas y ruinas, pero hay también pruebas de que, donde hay bosques, se contentan con los pinos. ¿Ha caminado alguna vez el lector por un bosque de grandes árboles y sentido el asombro que golpea el corazón en la sublime catedral de la naturaleza? Entonces recordará haber sentido que cada ave era santa, puesto que moraba en tan sagrada soledad. Quienes no pueden ver ni oír de Dios sino en edificios góticos, entre el estruendo de los órganos y las voces de un coro de sobrepellices, no podrán entrar en el sentimiento que hace oír al alma sencilla y sin artificio «la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto».
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 17. Aves. La palabra traducida aquí «aves» es la que en el Sal 84:3 se traduce gorrión, y que se usa comúnmente para designar aves pequeñas. Compárese Lv 14:4 (margen) y Lv 14:5-7, 49-53. Se usa, sin embargo, para designar aves de cualquier clase. Véase Gn 7:14; Sal 8:8; 6:1; 148:10. Albert Barnes.
Versículo 17. La cigüeña se menciona como una de las más grandes entre las aves que hacen nido, así como los cedros del Líbano fueron presentados en el Sal 104:16 como los más grandes de los árboles no cultivados. A. C. Jennings y W. H. Zowe, en "The Psalms, with Introductions and Critical Notes", 1875.
Versículo 17. La cigüeña, en los abetos tiene su casa. En muchos casos la cigüeña cría entre viejas ruinas, y en tales circunstancias le gusta construir su nido en lo alto de columnas o torres, en las cimas de arcos y lugares semejantes. Cuando va a habitar entre los hombres, suele escoger los lugares de cría que han construido para ella quienes conocen su gusto, pero a menudo elige lo alto de una chimenea o algún lugar parecido. Cuando se ve obligada a construir en sitios donde no puede hallar rocas ni edificios, construye en árboles y, como la garza, es sociable en su anidar, residiendo toda una comunidad en un grupo de árboles. No es muy exigente en cuanto a la clase de árbol, con tal que sea medianamente alto y lo bastante fuerte para soportar el peso de su enorme nido; y el lector verá de inmediato que los abetos están particularmente dispuestos para ser las casas de la cigüeña. La especie particular de abeto a la que alude el salmista es probablemente el pino de Alepo (Pinus halepensis), que viene después de los grandes cedros del Líbano en cuanto a tamaño. Fue este árbol el que proveyó la madera y los tablones para el templo y el palacio de Salomón, una madera evidentemente tenida en la más alta estima. Este árbol cumple todas las condiciones que una cigüeña requeriría para hacer su nido. Es elevado, y sus ramas son lo bastante horizontales para formar una plataforma para el nido y lo bastante fuertes para sostenerlo. Por su valor y por la manera descuidada en que se lo ha talado sin hacer nuevas plantaciones, el pino de Alepo ha desaparecido de muchas partes de Palestina donde antes era común y habría dado morada a la cigüeña. Hay, sin embargo, varias otras especies de abeto comunes en diversas partes del país, floreciendo cada especie en el suelo que más le conviene, de modo que la cigüeña nunca tendría dificultad en hallar un lugar para anidar en un país que ofrecía tantos árboles adecuados a sus propósitos. J. G. Wood, en "Bible Animals."
Versículo 17. La cigüeña, en los abetos tiene su casa. Los distritos bien arbolados son en su mayor parte los lugares preferidos de las cigüeñas, pues escogen constantemente árboles tanto para criar como para descansar de noche; algunas pocas especies, sin embargo, son excepciones a esta regla y hacen sus nidos en tejados, chimeneas u otros lugares elevados en la inmediata vecindad de los hombres. De "Cassell's Book of Birds." Del texto del Dr. Brehm. Por T. R. Jones, F.R.S.
Versículo 17. Los abetos. Las puertas del templo se hicieron de abeto; de ese árbol que era tipo de la humanidad de Jesucristo. Considera He 2:14. El abeto es también la casa de la cigüeña, esa ave inmunda, así como Cristo es puerto y abrigo para los pecadores. «En cuanto a la cigüeña», dice el texto, «en los abetos tiene su casa»; y Cristo dice a los pecadores que ven su falta de abrigo: «Venid a mí, y yo os haré descansar». Él es refugio del oprimido, refugio en el tiempo de la angustia. Es, como las puertas de abeto del templo, la entrada a la casa de Dios, a la presencia de Dios y a participar de su gloria. Así hacía Dios antiguamente: por semejanzas enseñaba a su pueblo su camino. John Bunyan, en "Solomon's Temple Spiritualized."
Versículo 17.
El águila y la cigüeña
en riscos y copas de cedros construyen sus nidos. John Milton.
Salmos 104:18
Versículo 18. «Los montes altos para las cabras monteses; las peñas, madrigueras para los conejos.» Todos los lugares rebosan de vida. Llamamos populosas a nuestras ciudades, pero ¿no están los bosques y los montes altos más densamente poblados de vida? Hablamos de lugares inhabitables, pero ¿dónde están? La gamuza salta de risco en risco, y el conejo excava su madriguera bajo el suelo. Para una criatura la altura de los montes, y para otra lo hueco de las peñas, sirve de protección:
«Lejos, sobre los riscos, vagan las cabras monteses;
las peñas proveen el hogar del conejo».
Así toda la tierra está llena de vida feliz, cada lugar tiene su habitante apropiado, nada está vacío ni desierto ni baldío. Mira cómo las cabras, y las cigüeñas, y los conejos, y los gorriones aportan cada uno un verso al salmo de la naturaleza; ¿no tenemos también nosotros nuestros cánticos que cantar al Señor? Por pequeños que seamos en la escala de importancia, llenemos con todo nuestra esfera y honremos así al Señor que nos hizo con un propósito.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 18. Los montes altos para las cabras monteses. Apenas cabe duda de que el Azel del Antiguo Testamento es el íbice árabe o Beden (Capra Nubiana). Este animal está muy estrechamente emparentado con el conocido íbice de los Alpes, o Steinbock, pero puede distinguirse de él por una o dos ligeras diferencias, como la barba negra y la hechura más delgada de los cuernos, que además tienen tres ángulos en lugar de cuatro, como es el caso del íbice alpino… El color de su pelaje se parece tanto al de las rocas que un ojo inexperto no vería sino piedras desnudas y palos donde un cazador ejercitado vería numerosos Beden, visibles por sus cuernos hermosamente curvados. La agilidad del Beden es extraordinaria. Viviendo en las partes más altas y escarpadas de la cadena montañosa, se lanza de un punto a otro con una temeridad que sobresalta a quien no está acostumbrado al animal, y con la maravillosa seguridad de su pie. Se arrojará, por ejemplo, contra la cara de un precipicio perpendicular que parece tan liso como un muro de ladrillo, con el fin de alcanzar una diminuta repisa apenas perceptible, que está unos quince pies por encima del punto de donde saltó el animal. Su ojo, sin embargo, ha marcado ciertas pequeñas grietas y salientes en la cara de la roca, y al dar el animal su salto, aprovecha esos pequeños puntos de ventaja en rápida sucesión, rozándolos apenas al pasar hacia arriba y manteniendo, con el ligero golpe de su pie, el impulso original de su salto. De igual modo el íbice baja deslizándose y saltando por las laderas escarpadas de las montañas, a veces deteniéndose con las cuatro patas juntas sobre un pequeño saliente apenas mayor que una moneda, y a veces saltando con audacia sobre una salvaje grieta y cayendo con exacta precisión sobre un trozo de roca saliente que apenas parece lo bastante grande para sostener cómodamente a una rata. J. G. Wood.
Versículo 18. Conejos. Cuando explorábamos las rocas en las cercanías del convento, tuve el placer de llamar la atención sobre una o dos familias de Wubar que retozaban en las alturas sobre nosotros. El señor Smith y yo los observamos de cerca y nos divirtió mucho la viveza de sus movimientos y la rapidez con que se retiraban a las grietas de la roca cuando temían peligro. Fuimos, creemos, los primeros viajeros europeos que repararon realmente en este animal, hoy admitido universalmente como el shafán, o conejo de la Escritura, dentro de los propios límites de la Tierra Santa; y no poco nos gratificó su descubrimiento… El preparador de la piel lo confundió con un conejo, aunque es de constitución más fuerte y de color más oscuro, pardo oscuro. Carece de cola y tiene algunas cerdas en la boca, sobre la cabeza y a lo largo del lomo, a lo largo del cual hay rastros de sombra clara y oscura. Por sus orejas cortas, sus pies pequeños, negros y desnudos y su hocico puntiagudo, se parece al erizo. Sin embargo, no pertenece a los insectívoros, sino que, aunque algo anómalo, está emparentado con los paquidermos, entre los cuales lo clasifican ahora los naturalistas. John Wilson, en "The Lands of the Bible," 1847.
Versículo 18. Conejos. La gente solía pensar que los conejos de Salomón eran lo mismo que nuestros conejos comunes, que son en verdad un «pueblo débil», pero que no «hacen sus casas en la roca». Ahora que se ha comprobado que el conejo es el Damon o Hyrax, criatura tímida e indefensa que se oculta entre los riscos de las montañas y se lanza a su cueva ante el menor asomo de peligro, las palabras de Agur adquieren todo su significado. James Hamilton.
Salmos 104:19
Versículo 19. «Hizo la luna para los tiempos; el sol conoce su ocaso.» La regla señalada de las grandes lumbreras es ahora el tema de alabanza. Se menciona primero la luna porque, en el día judío, la noche abre el camino. Hizo la luna para los tiempos. Por el crecer y menguar de la luna el año se divide en meses y semanas, y por este medio se fijaban las fechas exactas de los días santos. Así la lámpara de la noche se hace servir al hombre y, al fijar el período de las asambleas religiosas (como ocurría entre los judíos), entra en relación con su más noble ser. No consideremos nunca los movimientos de la luna como el resultado inevitable de una ley inanimada e impersonal, sino como la designación de nuestro Dios. El sol conoce su ocaso. En una imagen poética finísima se representa al sol sabiendo cuándo retirarse de la vista y hundirse bajo el horizonte. Nunca se demora en su camino ni se detiene como indeciso sobre cuándo descender; la hora señalada de su ocaso, aunque varía constantemente, la guarda siempre al segundo. Nosotros necesitamos que nos despierten por la mañana, pero él se levanta puntualmente, y aunque algunos necesitan mirar el reloj para saber la hora de descansar, él, sin reloj que consultar, se esconde en el cielo occidental en el instante en que llega la hora fijada. Por todo esto debe el hombre alabar al Señor del sol y de la luna, que ha hecho de estas grandes lumbreras nuestros cronómetros y así mantiene en orden nuestro mundo y no permite que ninguna confusión nos distraiga.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 19. Hizo la luna para los tiempos. Cuando se dice que la luna fue designada para distinguir los tiempos, los intérpretes coinciden en que esto debe entenderse de las fiestas ordinarias y señaladas. Habiendo estado los hebreos acostumbrados a computar sus meses por la luna, esta servía para regular sus días de fiesta y asambleas, tanto sagradas como civiles. El profeta, no tengo duda, por la figura de la sinécdoque, pone una parte por el todo, dando a entender que la luna no solo distingue los días de las noches, sino que también señala los días de fiesta, mide los años y los meses y, en fin, sirve a muchos propósitos útiles, en cuanto que la distinción de los tiempos se toma de su curso. Juan Calvino.
Versículo 19. Hizo la luna para los tiempos. «Hizo la luna para servir en su estación, para declarar los tiempos y como señal para el mundo. De la luna es la señal de las fiestas, una luz que decrece en su perfección. El mes se llama con su nombre, creciendo maravillosamente en su cambio, instrumento de los ejércitos de arriba, brillando en el firmamento del cielo; belleza del cielo, gloria de las estrellas, ornamento que da luz en los lugares altísimos del Señor». Eclesiástico 43:6-9.
Versículo 19. El sol conoce su ocaso. La segunda parte no ha de traducirse de la manera común, «El sol conoce su ocaso», sino según el modo habitual de expresarse: Él, es decir, Dios, conoce el ocaso del sol. Sin mencionar la forma insólita y áspera de la frase, por la cual se atribuye al sol el conocimiento de su puesta, no parece haber razón para que se use aquí, pues carece de fuerza, {1} ni para que se vuelva de Dios como causa al sol que se mueve, cuando antes y después habla de Dios, diciendo: «Hizo la luna», «Pones las tinieblas». Mucho más apropiadamente, pues, se ha de entender que habla de Dios, como antes y después, así también en medio, como la causa que dirige las apariencias de la luna, la puesta del sol y la extensión de las tinieblas. También se dice con más propiedad que Dios conoce el ocaso del sol, que el sol mismo, puesto que conocer tiene en efecto la fuerza de cuidar, como ocurre a menudo en otros pasajes. Venema. {1} Este excelente expositor no puede ver la belleza de la expresión poética, y así prosea de esta manera.
Salmos 104:20
Versículo 20. «Pones las tinieblas, y es la noche.» Corriendo las cortinas por nosotros, él prepara nuestra alcoba para que durmamos. Si no hubiera oscuridad, suspiraríamos por ella, pues el reposo nos resultaría mucho más difícil si el día fatigoso nunca se aquietara en noche. Veamos la mano de Dios en el velo que cubre el sol, y no temamos jamás la oscuridad, sea natural o providencial, puesto que ambas son hechura del mismo Señor. «En ella corretean todas las bestias de la selva.» Entonces es el día del león, su hora de cazar su alimento. ¿Por qué no habría de tener la fiera su hora como la tiene el hombre? Ella tiene un servicio que cumplir; ¿no ha de tener también su alimento? La oscuridad conviene más a las bestias que al hombre; y los más brutos de entre los hombres son los que aman más las tinieblas que la luz. Cuando la oscuridad de la ignorancia se cierne sobre una nación, abundan entonces toda clase de supersticiones, crueldades y vicios; el evangelio, como la salida del sol, limpia pronto el mundo de los estragos abiertos de estos monstruos, y ellos buscan moradas más afines. Vemos aquí el valor de la verdadera luz, pues podemos estar seguros de que donde hay noche habrá también fieras para matar y devorar.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 20. Pones las tinieblas. Algunos observan con Agustín que en el Génesis se dice que la luz fue hecha, pero no que fueron hechas las tinieblas, porque la oscuridad no es nada, es pura inexistencia. Pero en este pasaje se dice también que se hizo la noche, y el Señor mismo se llama el que forma la luz y crea las tinieblas. Lorinus.
Versículo 20. Pones las tinieblas, etc. Sería interesante considerar la maravillosa adaptación de la duración del día a la salud del hombre, y al vigor y quizá a la existencia misma de las tribus animales y vegetales. El gozo de la vida depende tanto de la grata alternancia del día y la noche. Para una consideración completa de este asunto debo remitir al lector al Tratado Bridgewater del doctor Whewell. Los extractos siguientes pueden, con todo, ayudar a la reflexión. Siendo el día terrestre lo que es, y por consiguiente también la duración del ciclo de luz y oscuridad, hallamos diversas partes de la constitución tanto de animales como de vegetales que tienen un carácter periódico en sus funciones, correspondiente a la sucesión diurna de las condiciones externas; y hallamos que la duración del período, tal como existe en su constitución, coincide con la duración del día natural. La alternancia de procesos que se produce en las plantas de día y de noche es menos evidente, y menos evidentemente esencial para su bienestar, que la serie anual de cambios. Pero abundan los hechos que sirven para mostrar que tal alternancia forma parte de la economía vegetal. [...] «Los animales tienen también un período en sus funciones y hábitos, como en los hábitos de velar, dormir, etc., y su bienestar parece depender de la coincidencia de este período con la duración del día natural. Vemos que en el día, tal como es ahora, todos los animales encuentran épocas para tomar alimento y reposo que concuerdan perfectamente con su salud y comodidad. Algunos animales se alimentan durante el día, como casi todos los rumiantes y las aves terrestres; otros se alimentan solo en el crepúsculo, como los murciélagos y los búhos, y se llaman crepusculares; mientras que muchas fieras, aves acuáticas y otros toman su alimento durante la noche. Estos animales, que se alimentan de noche, duermen de día, mientras que los crepusculares duermen en parte de noche y en parte de día; pero en todos, el período completo de estas funciones es de veinticuatro horas. El hombre, de igual modo, en todas las naciones y edades, toma su principal descanso una vez cada veinticuatro horas; y la regularidad de esta práctica parece la más adecuada para su salud, aunque la duración del tiempo asignado al reposo es extremadamente distinta en distintos casos. Hasta donde podemos juzgar, este período tiene una duración beneficiosa para la constitución humana, con independencia del efecto de agentes externos. En los viajes realizados recientemente a las altas latitudes del norte, donde el sol no salió durante tres meses, se hizo que las tripulaciones de los barcos se atuvieran con la mayor puntualidad al hábito de retirarse a descansar a las nueve y levantarse a las seis menos cuarto; y gozaron, en circunstancias en apariencia las más difíciles, de un estado de salubridad verdaderamente notable. Esto muestra que, según la constitución común de tales hombres, el ciclo de veinticuatro horas es muy conveniente, aunque no les sea impuesto por las circunstancias externas.» William Whewell (1795-1866).
Sugerencias para el predicador
Versículo 20. La oscuridad y las bestias que andan en ella.
- Ignorancia de Dios y concupiscencias sin freno. Ro 1:2 Pecados descubiertos. Las bestias estaban antes allí, pero no se las notaba; ahora aterran al hombre.
- Abatimiento espiritual, desaliento, desesperación, etc.
- Letargo de la iglesia. Toda clase de herejías, etc., empiezan a arrastrarse fuera.
- Influencia papal. Monjes, frailes, sacerdotes, etc., merodean en esta edad oscura. A. G. Brown.
Versículo 20.
- El trabajo nocturno es para las fieras: «Pones las tinieblas», etc.
- El trabajo del día es para los hombres: «Sale el hombre», etc. Los buenos trabajan de día; los malos, de noche: su obra está en la oscuridad. Los ministros que se arrastran a sus estudios por la noche y «rugen tras la presa» y «buscan de Dios su comida» se parecen más a fieras que a hombres racionales. G. R.
Salmos 104:21
Versículo 21. «Los leoncillos rugen tras la presa, y para buscar de Dios su comida.» Esta es la interpretación poética de un rugido. ¿A quién rugen los leones? Ciertamente no a su presa, pues el sonido terrible tiende a alarmar a sus víctimas y a ahuyentarlas. Ellos, a su manera, expresan sus deseos de alimento, y la expresión del deseo es una especie de oración. De este hecho nace el devoto pensamiento de la fiera que apela a su Hacedor por alimento. Pero ni con los leones ni con los hombres basta el buscar en oración; hay que buscar también en la práctica, y los leones lo saben bien. Aquello que pidieron en su propio lenguaje, salen a buscarlo; siendo en esto mucho más sabios que muchos hombres que ofrecen oraciones formales, ni la mitad de fervientes que las de los leoncillos, y luego descuidan los medios con cuyo uso podría alcanzarse el objeto de sus peticiones. Los leones rugen y buscan; demasiados son mentirosos ante Dios, y rugen pero nunca buscan. ¡Qué consuelo es pensar que el Espíritu traduce la voz de un león y halla que es una búsqueda de alimento de parte de Dios! ¿No podemos esperar que nuestros pobres clamores y gemidos entrecortados, que en nuestra aflicción hemos llamado «la voz de nuestro rugido» (Sal 32:3), serán entendidos por él e interpretados a nuestro favor? Evidentemente él considera el sentido más que la música de la expresión, y le da la mejor interpretación.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 21. Los leoncillos [...] buscan de Dios su comida. Dios alimenta no solo a las ovejas y los corderos, sino a los lobos y los leones. Es una expresión extraña que se diga de los leoncillos, cuando rugen tras su presa, que buscan su comida de Dios; lo cual implica que ni su fuerza ni su astucia podrían alimentarlos sin la ayuda de Dios. Las criaturas más fuertes, dejadas a sí mismas, no pueden valerse. Así como los que temen a Dios son alimentados por una providencia especial de Dios, así todas las criaturas son alimentadas y sustentadas por una providencia general. El león, aunque es fuerte y sutil, no puede conseguir por sí mismo su presa; pensaríamos que un león podría arreglárselas solo; pues no, es el Señor quien le provee; los leoncillos buscan de Dios su comida. Sin duda, entonces, los más poderosos de los hombres no pueden vivir de sí mismos; así como de Dios recibimos la vida y el aliento, así recibimos de él todas las cosas necesarias para el sustento de esta vida. Joseph Caryl.
Versículo 21. Los leoncillos rugen. El rugido del león, según Burchell, se parece a veces al sonido que se oye en el momento de un terremoto; y lo produce al apoyar la cabeza en el suelo y emitir un gruñido medio ahogado, con lo cual el ruido se transmite a lo largo de la tierra. En el instante en que lo oyen los animales que reposan en las llanuras, se levantan alarmados, huyen en todas direcciones, e incluso se lanzan hacia el peligro que procuran evitar. De la Historia Natural Popular de Cassell.
Versículo 21. El rugido de los leoncillos, como el graznido de los cuervos, se interpreta como pedir su alimento a Dios. Dios da esta interpretación al lenguaje de la mera naturaleza, incluso en criaturas venenosas; ¿y no interpretará mucho más favorablemente el lenguaje de la gracia en su propio pueblo, aunque sean gemidos débiles y entrecortados que no pueden expresarse? Matthew Henry.
Sugerencias para el predicador
Versículo 21. Oraciones inarticuladas, o cuán defectuosa puede ser la expresión y, sin embargo, cuán real la oración a estima de Dios. Versículo 22. Desde el efecto de la salida del sol sobre las fieras, mostrar la influencia de la gracia divina sobre nuestras malas pasiones. C. A. D.
Salmos 104:22
Versículo 22. «Sale el sol.» Cada tarde tiene su mañana que hace el día. Si no hubiéramos visto salir el sol tantas veces, lo tendríamos por el mayor de los milagros y la más asombrosa de las bendiciones. «Se recogen, y se echan en sus cuevas.» Así quedan fuera del camino del hombre, y él rara vez se topa con ellas a menos que quiera. Los guerreros del bosque se retiran a sus cuarteles cuando se oye el tambor de la mañana, y hallan en los recovecos de sus cuevas una oscuridad adecuada para su sueño; allí se echan y digieren su alimento, pues Dios ha asignado incluso a ellos su porción de reposo y disfrute. Hubo uno que en esto fue más pobre que los leones y las zorras, pues no tuvo dónde recostar la cabeza: todos estaban provistos, excepto su Proveedor encarnado. ¡Bendito Señor, te has abajado por debajo de la condición de los brutos para levantar a hombres peores que brutos!
Es muy notable cómo el Señor domina a los animales más fieros con mucha más facilidad que el pastor maneja sus ovejas. Al caer la noche se dispersan y salen, cada uno en la misericordiosa misión de poner fin a los sufrimientos de los enfermos y decrépitos entre los animales que se alimentan de hierba. Los más jóvenes de estos animales, siendo ligeros de pie, escapan fácilmente y se benefician del ejercicio, y en su mayor parte solo son alcanzados y muertos aquellos para quienes la vida habría sido una agonía prolongada. En este sentido los leones son mensajeros de misericordia, y son enviados por Dios tanto como el perro de caza es enviado por el hombre en sus encargos. Pero estos poderosos cazadores no deben andar siempre fuera; han de ser devueltos a sus guaridas cuando el hombre entra en escena. ¿Quién reunirá a estas criaturas feroces y las encerrará? ¿Quién las encadenará y las hará inofensivas? El sol basta para hacerlo. Él es el verdadero domador de leones. Se reúnen como si fueran otras tantas ovejas, y en sus propios retiros se mantienen prisioneros hasta que la oscuridad que regresa les da otra vez licencia para vagar. Por medios sencillamente majestuosos se cumplen los propósitos divinos. De igual manera, aun los demonios están sujetos a nuestro Señor Jesús, y con la simple difusión de la luz del evangelio estos demonios rugientes son expulsados del mundo. No hacen falta milagros ni despliegues de poder físico: el Sol de justicia se levanta, y el diablo, los dioses falsos, las supersticiones y los errores de los hombres buscan todos sus escondrijos en los lugares oscuros de la tierra, entre los topos y los murciélagos.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 22. Sale el sol [...] se echan en sus cuevas. Como las fieras, desde la caída del hombre, parecen haber nacido para hacernos daño y para desgarrar y despedazar a todos los que encuentran, esta crueldad salvaje tiene que ser contenida por la providencia de Dios. Y para mantenerlas encerradas en sus cuevas, el único medio que él emplea es inspirarles terror, simplemente con la luz del sol. Esta muestra de la bondad divina el profeta la encarece tanto más por su necesidad; pues de ser de otro modo, los hombres no tendrían libertad para salir a dedicarse a las labores y negocios de la vida. Juan Calvino.
Salmos 104:23
Versículo 23. «Sale el hombre.» Ahora es su turno, y la salida del sol ha dispuesto las cosas para él. Deja su cálido lecho y las comodidades del hogar para buscar su alimento diario; este trabajo le conviene, pues lo aparta de las travesuras y ejercita sus facultades. «A su labor, y a su labranza hasta la tarde.» No sale a divertirse sino a trabajar, no a holgazanear sino a laborar; al menos esta es la suerte de la mejor parte de la humanidad. Fuimos hechos para el trabajo y debemos trabajar, y jamás deberíamos quejarnos de que así esté dispuesto. Las horas de labor, sin embargo, no deben ser demasiado largas. Si el trabajo dura lo que la luz del día en promedio, es ciertamente todo lo que ningún hombre debería esperar de otro; y con todo hay pobres criaturas tan mal pagadas que en doce horas no pueden ganar pan suficiente para librarse del hambre. Vergüenza para quienes se atreven a abusar así de mujeres y niños indefensos. También el trabajo nocturno debe evitarse tanto como sea posible. Hay doce horas en las que un hombre debe trabajar: la noche está destinada al descanso y al sueño.
La noche, pues, tiene como el día su voz de alabanza. Es más suave y apagada, pero no por ello menos verdadera. La luna enciende un solemne silencio de adoración entre los abetos, a través de los cuales el viento nocturno exhala suavemente sus «canciones sin palabras». De cuando en cuando se oye un sonido que, aunque sencillo de día, suena entre las sombras sobresaltante y como de otro mundo, como si la presencia de lo desconocido hubiera llenado el corazón de temblor y hecho sentir la influencia del Infinito. La imaginación se despierta; la incredulidad halla el silencio y la solemnidad poco afines a ella; la fe mira hacia los cielos sobre ella y ve las cosas celestiales con tanta mayor claridad en ausencia de la luz del sol; ¡y la adoración se inclina ante el Gran Invisible! Hay espíritus que guardan las vigilias de la noche, y el hechizo de su presencia lo han sentido muchos caminantes en las soledades de la naturaleza; también Dios mismo anda fuera toda la noche, y a menudo se siente que la gloria que oculta es aún mayor que la que revela. Bendice a Jehová, alma mía.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 23. Sale el hombre a su labor, etc. Solo el hombre, entre todas las criaturas, a diferencia de los instrumentos involuntarios del Todopoderoso, tiene un verdadero trabajo diario. Tiene un papel definido que desempeñar en la vida, y puede reconocerlo. Carl Bernhard Moll, en el Comentario de Lange.
Versículo 23. Cuando brilla la luz de la verdad y de la justicia, el error y la iniquidad huyen ante ella, y el mismo «león rugiente» se aparta por un tiempo. Entonces el cristiano sale a la obra de su salvación y a su labor de amor, hasta que la tarde de la vejez le advierte que se prepare para su último reposo, en la fe de una resurrección gozosa. George Horne.
Sugerencias para el predicador
Versículo 23. «Cierre temprano.» Sermón predicado en favor de la «Asociación de Cierre Temprano», por James Hamilton, D.D., 1850. En «The Pulpit», vol. 57.
Versículo 24.
- El lenguaje del asombro: «¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!», etc. Su número, variedad, cooperación, armonía.
- De la admiración: «Hiciste todas ellas con sabiduría», etc. En todas partes se muestra la misma sabiduría. Dios, dice el doctor Chalmers, es tan grande en lo diminuto como en lo grandioso.
- De la gratitud: «La tierra está llena», etc. G. R.
Versículo 24.
- Las obras del Señor son multitudinarias y variadas.
- Están construidas de modo que muestran la más consumada sabiduría en su diseño y en el fin para el que fueron formadas.
- Son todas propiedad de Dios y deben usarse solo con referencia al fin para el cual fueron creadas. Todo abuso y desperdicio de las criaturas de Dios es despojo y robo contra la propiedad del Creador. Adam Clarke.
Salmos 104:24
Versículo 24. «¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!» No solo son muchas en número, sino variadas en especie. Mineral, vegetal, animal: ¡qué abanico de obras sugieren estos tres nombres! Ni siquiera dos de la misma clase son exactamente iguales, y las clases son más numerosas de lo que la ciencia puede contar. Obras en los cielos arriba, en la tierra abajo y en las aguas debajo de la tierra; obras que perduran por las edades, obras que llegan a la perfección y pasan en un año, obras que con toda su belleza no sobreviven a un día, obras dentro de obras y obras dentro de estas: ¿quién podría contar una entre mil? Dios es el gran obrador y el que ordena la variedad. A nosotros nos toca estudiar sus obras, pues son grandes, y buscadas por todos los que se complacen en ellas. El reino de la gracia contiene obras tan variadas y tan grandes como el de la naturaleza, pero solo los escogidos del Señor las discierne. «Hiciste todas ellas con sabiduría», o las obraste todas. Todas son obras suyas, hechas por su propio poder, y todas muestran su sabiduría. Fue sabio hacerlas: ninguna podía faltar; cada eslabón es esencial a la cadena de la naturaleza, las fieras tanto como los hombres, los venenos tan verdaderamente como las hierbas fragantes. Están sabiamente hechas: cada una encaja en su lugar, lo llena y es feliz en ello. Como conjunto, el «todo» de la creación es un logro sabio, y por muy entreverado que esté de misterios y nublado de terrores, todo ayuda a bien, y como una obra completa y armoniosa responde al fin del gran Obrador. «La tierra está llena de tus beneficios.» No es una casa pobre, sino un palacio; no una ruina hambrienta, sino un almacén bien surtido. El Creador no ha puesto a sus criaturas en una morada donde la mesa esté vacía y la despensa desprovista; ha llenado la tierra de alimento, y no solo de lo estrictamente necesario, sino de riquezas: manjares, lujos, bellezas, tesoros. En las entrañas de la tierra están escondidas minas de riqueza, y en su superficie hay cosechas rebosantes de abundancia. Todas estas riquezas son del Señor; deberíamos llamarlas no «la riqueza de las naciones», sino «tus riquezas», ¡oh Señor! No en un solo clima se hallan estas riquezas de Dios, sino en todas las tierras: aun el océano Ártico tiene sus cosas preciosas que los hombres soportan grandes penalidades por conseguir, y el sol ardiente del ecuador madura un producto que da sabor al alimento de toda la humanidad. Si su casa de aquí abajo está tan llena de riquezas, ¿cómo será su casa de arriba, donde
«las mismas calles están pavimentadas de oro, sumamente claro y fino»?
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 24. ¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!, etc. Si el número de las criaturas es tan sumamente grande, ¡cuán grande, más aún, cuán inmenso, ha de ser el poder y la sabiduría de quien las formó a todas! Porque (para tomar prestadas las palabras de un autor noble y excelente), así como revela y manifiesta mucha más habilidad en un artífice el ser capaz de construir relojes de pared y de bolsillo, bombas y molinos, granadas y cohetes, que la que mostraría haciendo solo una de esas clases de ingenios, así el Todopoderoso descubre más de su sabiduría al formar una multitud tan vasta de clases distintas de criaturas, y todas con arte admirable e irreprochable, que si hubiera creado solo unas pocas; pues esto declara la grandeza y la capacidad ilimitada de su entendimiento. De nuevo, la misma superioridad de conocimiento se mostraría en idear ingenios de la misma clase, o para los mismos fines, de maneras distintas, como mover los relojes con resortes en lugar de pesas: así el Creador infinitamente sabio ha mostrado en muchos casos que no está limitado a un solo instrumento para producir un efecto, sino que puede lograr lo mismo por diversos medios. Así, aunque las plumas parecen necesarias para volar, él ha capacitado a varias criaturas para volar sin ellas, como dos clases de peces, una clase de lagarto y el murciélago, sin mencionar las numerosas tribus de insectos voladores. Del mismo modo, aunque la vejiga natatoria de los peces parece necesaria para nadar, algunos están formados de manera que nadan sin ella, a saber: primero, la clase cartilaginosa, de la cual aún ignoramos con qué artificio se equilibran, ascienden y descienden a voluntad y se mantienen a la profundidad del agua que desean. Segundo, la clase de los cetáceos, o bestias marinas, que casi solo difieren en la falta de patas. El aire que estos reciben en los pulmones al respirar puede servir para hacer sus cuerpos equiponderantes con el agua; y su contracción o dilatación, con ayuda del diafragma y los músculos de la respiración, probablemente les ayude a ascender o descender en el agua mediante un leve impulso de sus aletas. [...] Asimismo, la gran utilidad y conveniencia, la belleza y la variedad de tantos manantiales y fuentes, tantos arroyos y ríos, tantos lagos y aguas estancadas, y tan esparcidos y dispersos por toda la tierra que no hay gran parte de ella desprovista de ellos —sin los cuales, de no haber otro suministro, estaría desolada y vacía de habitantes—, ofrecen abundantes argumentos de sabiduría y designio: que los manantiales broten en las laderas de los montes más alejados del mar; que se abra paso a los ríos por desfiladeros, rocas y bóvedas subterráneas, de modo que se pensaría que la naturaleza abrió un camino a propósito para conducir el agua que, de otro modo, desbordaría y anegaría países enteros. John Ray (1678-1705), en «The Wisdom of God manifested in the Works of the Creation».
Versículo 24. ¡Cuán innumerables son tus obras! Cuando contemplamos las obras maravillosas de la naturaleza y, paseando con calma, miramos este amplio teatro del mundo, considerando su belleza majestuosa, su orden constante y su suntuoso mobiliario; el esplendor glorioso y el movimiento uniforme de los cielos; la amena fertilidad de la tierra; la curiosa figura y la fragante dulzura de las plantas; la exquisita estructura de los animales; y todos los demás asombrosos milagros de la naturaleza, en los cuales se muestran con más evidencia los gloriosos atributos de Dios, en especial su bondad trascendente, de modo que por ellos no solo grandes reconocimientos, sino hasta himnos de gratitud, por así decir, de alabanza, han sido arrancados de la boca de Aristóteles, Plinio, Galeno y hombres semejantes, nunca sospechados de culpables de devoción excesiva, entonces deberían nuestros corazones conmoverse con sentido agradecimiento y romper nuestros labios en alabanza. William Barrow, 1754-1836.
Versículo 24. El salmista no se propone responder a su propia pregunta, «¿cuán innumerables?», pues confiesa que las obras de Dios son mayores que su capacidad de expresión, sea que estas «obras» pertenezcan a la creación de la naturaleza o a la de la gracia. Y obsérvese cómo se expone la operación concurrente de la Santísima Trinidad: «¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!» enseña acerca del Padre, la Fuente de todas las cosas; «hiciste todas ellas con sabiduría» habla del Hijo, la Palabra eterna, «Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios», por quien todas las cosas fueron hechas, y «sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho» (1 Co 1:24; Jn 1:3); «la tierra está llena de tus beneficios» se dice del Espíritu Santo, que llena el mundo. Agustín, Hugo y Casiodoro, en Neale y Littledale.
Versículo 24. Hiciste todas ellas con sabiduría. No solo una cosa, como los cielos (Sal 136:5), sino que todo está sabiamente concebido y hecho; hay una exhibición gloriosísima de la sabiduría de Dios en las cosas más minúsculas que sus manos han hecho; todo lo hizo hermoso en su tiempo. Un artífice hábil, cuando ha terminado su obra y la repasa, halla a menudo en ella alguna falta; pero cuando el Señor terminó sus obras de creación y las repasó, vio que todo era bueno; la sabiduría infinita misma no pudo hallar en ellas tacha alguna. ¡Qué criaturas débiles, necias y estúpidas han de ser los que pretenden acusar a alguna de las obras de Dios de necedad o de falta de sabiduría! John Gill.
Versículo 24. La tierra está llena de tus beneficios, literalmente, tus posesiones; estas no las guardas para ti, sino que con ellas bendices a tus criaturas. A. R. Fausset.
Salmos 104:25
Versículo 25. «He allí el grande y anchuroso mar.» Da un ejemplo del inmenso número y variedad de las obras de Jehová señalando el mar. «Mira —dice— aquel océano, que se extiende a ambos lados y abraza tantas tierras: también él bulle de vida animal, y en sus profundidades yacen tesoros que nadie puede contar. Los paganos hicieron del mar una provincia distinta de la tierra y dieron su mando a Neptuno, pero nosotros sabemos con certeza que Jehová gobierna las olas.» «En donde se mueven seres innumerables, seres pequeños y grandes.» Léase cosas que se mueven y animales pequeños y grandes, y se tiene el verdadero sentido. El número de las formas diminutas de vida animal está en verdad más allá de todo cálculo: cuando una sola ola fosforescente puede llevar millones de infusorios, y alrededor de un fragmento de roca pueden congregarse ejércitos de seres microscópicos, renunciamos a toda idea de aplicar la aritmética a tal caso. El mar, en muchas regiones, parece estar del todo vivo, como si cada gota fuera un mundo. Ni son estas diminutas criaturas los únicos habitantes del mar, pues contiene mamíferos gigantescos que superan en volumen a los que recorren la tierra, y una vasta hueste de peces enormes que vagan entre las olas y se esconden en las cavernas del mar como el tigre acecha en la selva o el león recorre la llanura. En verdad, oh Señor, haces que el mar sea tan rico en obras de tus manos como la tierra misma.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 25. Seres innumerables. Las aguas rebosan de más vida que la tierra. Bajo una superficie menos variada que la de los continentes, el mar encierra en su seno una exuberancia de vida de la cual ninguna otra región del globo puede dar la más tenue idea. Su vida se extiende de los polos al ecuador, de oriente a occidente. En todas partes el mar está poblado; en todas partes, hasta sus insondables profundidades, viven y retozan criaturas adecuadas al lugar. En cada punto de su vasta extensión el naturalista halla instrucción y el filósofo meditación, mientras que las mismas variedades de vida tienden a imprimir en nuestras almas un sentimiento de gratitud hacia el Creador del universo. Sí, las orillas del océano y sus profundidades, sus llanuras y sus montañas, sus valles y sus precipicios, hasta sus escombros, están animados y embellecidos por millares de seres vivos. Hay plantas solitarias o sociables, erguidas o colgantes, que se extienden en praderas, se agrupan en oasis o crecen en inmensos bosques. Estas plantas dan cobijo y alimento a millones de animales que se arrastran, corren, nadan, vuelan, horadan el suelo, se adhieren a las raíces, se alojan en las grietas o se construyen refugios, que se buscan o huyen unos de otros, que se persiguen o pelean entre sí, que se acarician con afecto o se devoran sin piedad. Charles Darwin dice con verdad que los bosques terrestres no contienen nada parecido al número de animales de los del mar. El océano, que para el hombre es el elemento de la muerte, es para miríadas de animales un hogar de vida y salud. Hay gozo en sus olas, hay felicidad en sus costas y azul celestial por todas partes. Moquin Tandon, en «The World of the Sea», traducido y ampliado por H. Martin Hart, 1869.
Versículo 25. Seres pequeños y grandes.
Los estrechos y los mares, cada caleta y cada bahía, bullen de crías innumerables, y cardúmenes de peces que con sus aletas y brillantes escamas se deslizan bajo la verde ola, en bancos que a menudo cierran el mar abierto; unos, solos o con su pareja, pastan el alga, su pasto, y vagan por bosques de coral; o jugando con rápido destello muestran al sol sus lomos ondulados, goteando oro; o, en sus conchas nacaradas, a sus anchas esperan el húmedo alimento; o bajo las rocas vigilan su comida, en armadura articulada; en lo liso, la foca y los delfines encorvados juegan; otros, de enorme bulto, revolcándose torpes, enormes en su andar, agitan el océano: allí el leviatán, el mayor de los seres vivos, tendido sobre el abismo como un promontorio, duerme o nada, y parece una tierra que se mueve; y por sus agallas aspira, y por su trompa arroja, un mar. John Milton.
Salmos 104:26
Versículo 26. «Allí andan las naves.» De modo que el océano no está del todo abandonado por la humanidad. Es la gran ruta de las naciones, y une, más que separa, las tierras lejanas. «Este leviatán que hiciste para que jugase en él.» Esa enorme ballena convierte el mar en su campo de recreo y retoza como Dios dispuso que lo hiciera. El pensamiento de esta asombrosa criatura llevó al salmista a adorar al poderoso Creador que la creó, la formó para su lugar y la hizo feliz en él. Nuestros mapas antiguos suelen representar un barco y una ballena sobre el mar, y muestran así que es lo más natural, además de poético, asociar a ambos con la mención del océano.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 26. Naves. El original de las naves fue sin duda el arca de Noé, de modo que deben su primer diseño al mismo Dios. John Gill.
Versículo 26. Allí andan las naves. Lejos de separar unas de otras a las naciones de la tierra (como suponían los antiguos, aún inexpertos en navegación), el mar es la gran vía de la raza humana y une a todas sus tribus en una sola familia común por los lazos benéficos del comercio. Flotas incontables surcan constantemente su seno para enriquecer, con perpetuos intercambios, todos los países del globo con los productos de cada zona, para llevar los frutos del mundo tropical a los hijos del frío norte, o transportar las manufacturas de climas más fríos a los habitantes de las regiones ecuatoriales. Con el crecimiento del comercio se extiende también la civilización por la ancha calzada del océano, de orilla a orilla; despuntó primero en las riberas del mar, y sus principales sedes se hallan todavía a lo largo de sus confines. G. Hartwig, en «The Harmonies of Nature», 1866.
Versículo 26. Leviatán. Hay fundamento para pensar (aunque algunos lo niegan) que en varios pasajes el término leviatán se usa de manera genérica, tal como empleamos dragón, y que denota un gran monstruo marino. E. P. Barrows, en «Biblical Geography and Antiquities».
Versículo 26. Para que jugase en él. Por terrible y tempestuoso que parezca el mar, e incontrolable en sus olas y marejadas, no es más que el campo de juego, el recreo, la bolera de esos enormes monstruos marinos. Adam Clarke.
Versículo 26. Leviatán [...] hecho para jugar en él. Con tan maravillosa fuerza está dotada la cola de la ballena que las mayores de estos animales, de unos veinticinco metros de largo, pueden con su ayuda saltar por completo fuera del agua, como si fueran pececillos que saltan tras las moscas. Este movimiento se llama técnicamente «breaching», y el sonido que produce la enorme mole al caer sobre el agua es tan potente que se oye a una distancia de varias millas. J. G. Wood, en «The Illustrated Natural History», 1861.
Versículo 26. Leviatán [...] hecho para jugar en él. Aunque estos inmensos peces mamíferos no tienen patas, nadan con gran velocidad y retozan en las montañas de agua azotadas por las tempestades. Moquin Tandon.
Versículo 26. Leviatán [...] hecho para jugar. Está hecho para «jugar en el mar»; no tiene nada que hacer como el hombre, que «sale a su labor»; no tiene nada que temer como las fieras, que se echan en sus cuevas; y por eso juega con las aguas: es una lástima que alguno de los hijos de los hombres, que tienen facultades más nobles y fueron hechos para propósitos más nobles, viva como si hubiera sido enviado al mundo como el leviatán a las aguas, para jugar en ellas, gastando todo su tiempo en pasatiempos. Matthew Henry.
Versículo 26. En él. Los peces, grandes y pequeños, retozan y juegan en su elemento, pero en cuanto se los saca de él, languidecen y mueren. ¡Fíjate, alma mía, cuál es tu elemento, si quieres vivir gozosa y bienaventurada! Starke, en el Comentario de Lange.
Sugerencias para el predicador
Versículo 26. Allí andan las naves. (Véase «Spurgeon's Sermons», n.º 1259.)
- Vemos que las naves andan.
(a) Las naves están destinadas a andar.
(b) Las naves, al andar, acaban por desaparecer de la vista.
(c) Las naves, mientras andan, van en sus negocios.
(d) Las naves navegan sobre un mar cambiante.
- ¿Cómo andan las naves?
(a) Han de andar según el viento.
(b) Pero aun así el marino no va por el viento sin esfuerzo de su parte.
(c) Tienen que ser guiadas y gobernadas con el timón.
(d) El que maneja el timón busca dirección en cartas y faros.
(e) Andan según su construcción.
- Hagámosles señales.
(a) ¿Quién es su dueño?
(b) ¿Cuál es su cargamento?
(c) ¿Adónde van?
Salmos 104:27
Versículo 27. «Todos ellos esperan en ti.» Se juntan en torno a ti como las aves en torno a la puerta del granjero a la hora de comer, y miran hacia arriba con expectación. Hombres o marmotas, águilas u hormigas, ballenas o pececillos, todos por igual confían en tu cuidado. «Para que les des su comida a su tiempo.» Es decir, cuando la necesitan y cuando está lista para ellos. Dios tiene un tiempo para todas las cosas y no alimenta a sus criaturas a trompicones; les da el pan de cada día y en cantidad proporcionada a sus necesidades. Es todo lo que cualquiera de nosotros debería esperar; si hasta las criaturas brutas se contentan con lo suficiente, no debemos ser más codiciosos que ellas.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 27. Hay cinco cosas que observar en el sustento que Dios da a todos los animales. Su poder, que por sí solo basta para todos: «Todos ellos esperan en ti». Su sabiduría, que escoge el tiempo oportuno: «Para que les des su comida a su tiempo». Su majestad, que se alza sobre todo: «Les das, recogen», como las migajas que caen de la mesa de su supremo Señor. Su liberalidad, que no retiene en su mano abierta nada que no dé: «Abres tu mano». Su bondad original, que fluye hacia todos: «Se sacian de bien», es decir, de los bienes que brotan de tu bondad. Le Blanc.
Versículo 27. Para que les des su comida a su tiempo; o en su tiempo; a cada uno en su propio tiempo, que les es natural y al que están acostumbrados, tiempo en que el Señor se la da y ellos la toman; sería bueno que los hombres hicieran también así, comer y beber a su debido tiempo, Ec 10:17. Cristo dice una palabra a tiempo a las almas cansadas; sus ministros dan a cada uno su ración de alimento a su tiempo; y una palabra dicha a tiempo, ¡cuán buena y dulce es! Is 50:4; Lc 12:42; Pr 15:23. John Gill.
Versículo 27.
Todos ellos, Señor, esperan en ti, para que les des su alimento; tú atiendes a sus necesidades; ellos recogen lo que envías; abres tu mano, supliendo toda su necesidad, no pasas por alto al más pequeño, y al más grande lo sacias. Cuando escondes tu rostro, un cambio repentino viene sobre ellos: su aliento, a miríadas, es quitado, mueren y ya no despiertan; pero miríadas más tu Espíritu pronto crea, y toda la faz de la naturaleza rápidamente renueva. La gloria del Señor, inmutable, permanece para siempre; se deleita en todas sus obras, y ni siquiera la más pequeña desdeña; mas, si frunce el ceño, la tierra se encoge de temor ante él, y, a su toque, los montes en llamas ardientes lo adoran. John Burton.
Sugerencias para el predicador
Versículo 27. Seguir la analogía en el mundo espiritual. Los santos que esperan, v. 27; su sustento de la mano abierta, v. 28; su angustia bajo el rostro escondido; su muerte si el Espíritu se fuera, v. 29; su avivamiento cuando el Espíritu regresa, v. 30.
Versículo 29.
- El comienzo de la vida viene de Dios: «Envías tu Espíritu», etc.
- La continuación de la vida viene de Dios: «Renuevas», etc.
- El declive de la vida viene de Dios: «Escondes tu rostro», etc.
- El cese de la vida viene de Dios: «Les quitas el hálito», etc.
- La resurrección de la vida viene de Dios: «Renuevas», etc. G. R.
Salmos 104:28
Versículo 28. «Les das, recogen.» Dios lo da, pero ellos deben recogerlo, y se alegran de que él lo haga así, pues de otro modo su recoger sería en vano. A menudo olvidamos que los animales y las aves, en su vida libre, han de trabajar para obtener alimento como nosotros; y sin embargo, es verdad de ellos como de nosotros que nuestro Padre celestial alimenta a todos. Cuando vemos a los pollitos picoteando el grano que el ama de casa esparce desde su regazo, tenemos una ilustración apropiada de la manera en que el Señor provee a las necesidades de todo lo que vive: él da y ellos recogen. «Abres tu mano, se sacian de bien.» Aquí está la liberalidad divina con su mano abierta, llenando a las criaturas necesitadas hasta que no quieren más; y aquí está la omnipotencia divina, alimentando a un mundo con solo abrir su mano. ¿Qué haríamos si esa mano se cerrara? No haría falta asestar golpe alguno: su mero cierre produciría la muerte por hambre. Alabemos al Señor de mano abierta, cuya providencia y gracia sacian nuestra boca de bienes.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 28. Les das, recogen. Esta frase describe La Intendencia de la Creación. El problema es alimentar a «los seres innumerables, seres pequeños y grandes» que pululan en el mar, los ejércitos de aves que llenan el aire y las vastas manadas de animales que pueblan la tierra firme; y en esta frase tenemos el problema resuelto: «Les das, recogen». La obra es estupenda, pero se hace con facilidad porque el Obrador es infinito: si él no estuviera a la cabeza, la tarea nunca se cumpliría. Bendito sea Dios por el gran Ellos del texto. Es en todo sentido nuestro más dulce consuelo que el Dios personal siga obrando en el mundo: el leviatán en el océano y el gorrión en la rama pueden alegrarse igualmente de esto; y nosotros, hijos del gran Padre, mucho más. El principio general del texto es: Dios da a sus criaturas, y sus criaturas recogen. Ese principio general lo aplicaremos a nuestro propio caso como hombres y mujeres; porque es tan verdadero de nosotros como de los peces del mar y del ganado de los collados: «Les das, recogen».
- Solo tenemos que recoger, pues Dios da. En lo temporal: Dios nos da día a día nuestro pan cotidiano, y nuestro negocio es simplemente recogerlo. En lo espiritual, el principio es verdadero, y con toda énfasis: en cuestión de gracia solo tenemos que recoger lo que Dios da. El hombre natural piensa que tiene que ganarse el favor divino, que tiene que comprar la bendición del cielo; pero está en grave error: el alma solo tiene que recibir lo que Jesús da gratuitamente.
- Solo podemos recoger lo que Dios da; por ansiosos que estemos, ahí termina el asunto. El ave diligente no podrá recoger más de lo que el Señor le ha dado; ni tampoco el hombre más avaro y codicioso. «Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, y comáis pan de dolores; pues que a su amado dará Dios el sueño.»
- Debemos recoger lo que Dios da, o de lo contrario no sacaremos provecho de su generosa dádiva. Dios alimenta a los seres innumerables que se mueven, pero cada criatura reúne para sí el sustento. El enorme leviatán recibe su vasta provisión, pero tiene que ir arando los prados sin límites y recoger las miríadas de objetos diminutos que suplen su necesidad. El pez tiene que saltar para atrapar la mosca, la golondrina tiene que cazar al vuelo su alimento, los leoncillos tienen que cazar su presa.
- La cuarta vuelta del texto nos da el dulce pensamiento de que podemos recoger lo que él da. Tenemos permiso divino para disfrutar libremente lo que el Señor concede.
- Lo último es que Dios siempre nos dará algo que recoger. Escrito está: «Jehová proveerá». Así es también en lo espiritual. Si estás dispuesto a recoger, Dios siempre dará. C. H. S.
Versículo 28. Recoger. El verbo traducido «recoger» significa levantar o juntar del suelo. Se usa en la historia del maná (Éx 16:1, 5, 16), a la cual hay clara alusión. El acto de recoger del suelo parece presuponer un derramamiento previo desde el cielo. J. A. Alexander.
Versículo 28. Abres tu mano. Los expositores griegos toman el abrir la mano como indicación de facilidad. Yo opino que se refiere también a la abundancia y la liberalidad, como en Sal 145:16: «Abres tu mano, y colmas de bendición a todo ser viviente». Usando esta misma fórmula, Dios nos manda no cerrar la mano, sino abrirla al pobre. Lorinus.
Salmos 104:29
Versículo 29. «Escondes tu rostro, se turban.» Tan dependientes son todos los seres vivos de la sonrisa de Dios que un ceño fruncido los llena de terror, como si se convulsionaran de angustia. Así es en el mundo natural, y ciertamente no menos en el espiritual: los santos, cuando el Señor esconde su rostro, quedan en terrible perplejidad. «Les quitas el hálito, dejan de ser, y vuelven al polvo.» El aliento parece un asunto de poca monta, y el aire una sustancia impalpable de escasa importancia; sin embargo, una vez retirado, el cuerpo pierde toda vitalidad y se desmorona de nuevo en la tierra de la que fue tomado originalmente. Todos los animales caen bajo esta ley, y ni siquiera los habitantes del mar están exentos de ella. Así de dependiente es toda la naturaleza de la voluntad del Eterno. Nótese aquí que la muerte la causa el acto de Dios: «les quitas el hálito»; somos inmortales hasta que él nos manda morir, y lo mismo los pajarillos, que no caen a tierra sin nuestro Padre.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 29. Se turban. Quedan confundidos; están abrumados de terror y asombro. La palabra «turbados» de ningún modo transmite el sentido de la palabra original —Nab, bahal—, que propiamente significa temblar, estar en trepidación, llenarse de terror, quedar atónito, quedar confundido. Es esa clase de consternación que uno siente cuando se retira todo apoyo y protección y la ruina inevitable lo mira de frente. Así, cuando Dios se aparta, todo su sustento se va, todos sus recursos fallan, y deben morir. Se los representa como conscientes de esto; o es lo que ocurriría si fueran conscientes. Albert Barnes.
Salmos 104:30
Versículo 30. «Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra.» La pérdida de su aliento los destruye, y por el aliento de Jehová se crea una nueva raza. Las obras del Señor son majestuosamente sencillas y se realizan con regia facilidad: un soplo crea, y su retiro destruye. Si leemos la palabra espíritu tal como la tenemos en nuestra versión, es también instructivo, pues vemos al Espíritu divino salir a crear vida en la naturaleza, tal como lo vemos en los dominios de la gracia. En el diluvio el mundo fue despojado de casi toda vida; ¡y con qué prontitud el poder de Dios volvió a llenar los lugares desolados! En invierno la tierra cae en un sueño que la hace parecer gastada y vieja, pero ¡con qué facilidad la despierta el Señor con la voz de la primavera y le hace vestirse de nuevo con la belleza de su juventud! Tú, Señor, haces todas las cosas; y sea la gloria a tu nombre.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 30. Envías tu Espíritu, son creados. El Espíritu de Dios crea cada día: ¿qué es lo que mantiene las cosas en su ser creado sino la providencia? Es un axioma verdadero en teología que la providencia es la creación continuada. Ahora bien, el Espíritu de Dios que creó al principio crea hasta hoy: «Envías tu Espíritu, son creados». La obra de la creación se terminó en los seis primeros días del mundo, pero la obra de la creación se renueva cada día, y así continúa hasta el fin del mundo. La creación providencial sucesiva, tanto como la creación original, se atribuye al Espíritu. «Y renuevas la faz de la tierra.» Haces un mundo nuevo; y así Dios hace un mundo nuevo cada año, enviando su Espíritu, o poder vivificador, en la lluvia y el sol para renovar la faz de la tierra. Y así como el Señor envía su poder en misericordias providenciales, así lo hace en juicios providenciales. Joseph Caryl.
Sugerencias para el predicador
Versículo 30. La estación de la primavera y sus analogías morales. Véanse las «Lectures» de John Foster, 1844.
Versículo 32.
- Lo que hay en una Mirada de Dios. «Él mira», etc.
(a) Lo que hay en una mirada de ira.
(b) Lo que hay en una mirada de amor. Miró desde la columna de fuego a los egipcios. «Jehová ha mirado desde su columna de gloria», etc. Dio otra mirada, desde la misma columna, a Israel.
- Lo que hay en un Toque de Dios: «Toca», etc. Un toque suyo puede elevar un alma al cielo o hundir un alma en el infierno. G. R.
Versículo 33.
- El cantor: «yo».
- El canto: «alabanzas».
- El auditorio: «Jehová», «mi Dios».
- La duración del canto: «mientras viva; mientras exista». A. G. B.
Salmos 104:31
Versículo 31. «Sea la gloria de Jehová para siempre.» Sus obras pueden pasar, pero no su gloria. Aunque fuera solo por lo que ya ha hecho, el Señor merece ser alabado sin cesar. Su ser personal y su carácter aseguran que sería glorioso aun si todas las criaturas estuvieran muertas. «Alégrese Jehová en sus obras.» Así lo hizo al principio, cuando reposó el séptimo día y vio que todo era bueno en gran manera; así lo hace todavía en cierta medida donde la belleza y la pureza de la naturaleza sobreviven a la caída, y lo hará aún más plenamente cuando la tierra sea renovada y el rastro de la serpiente sea limpiado del globo. Este versículo está escrito de la manera más ardiente. El poeta siente que su corazón se alegra al contemplar las obras del Señor, y siente que el Creador mismo debió de sentir un deleite indecible al ejercer tanta sabiduría, bondad y poder.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 31. Alégrese Jehová en sus obras. El hombre es la única entre las criaturas que entristece a Dios, y que sacó lágrimas de los ojos de Cristo, quien se regocijó en el Espíritu porque el Padre se había dignado revelar los misterios a los pequeños. A Dios le pesó haber hecho al hombre, porque así como el hijo sabio alegra al padre, así el necio es una aflicción para él. Lorinus.
Versículo 31 (última parte). Lo que añade el salmista, «Alégrese Jehová en sus obras», no es superfluo, pues desea que el orden que Dios ha establecido desde el principio se continúe en el uso legítimo de sus dones. Como leemos en Gn 6:6, que «se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra», así, cuando ve que los bienes que concede son contaminados por nuestras corrupciones, deja de complacerse en concederlos. Y ciertamente la confusión y el desorden que se producen cuando los elementos dejan de cumplir su oficio testifican que Dios, disgustado y cansado, es provocado a interrumpir y detener el curso regular de su beneficencia, aunque la ira y la impaciencia, hablando con rigor, no tienen lugar en su mente. Lo que aquí se enseña es que él lleva el carácter del mejor de los padres, que se complace en cuidar con ternura a sus hijos y en alimentarlos con largueza. Juan Calvino.
Salmos 104:32
Versículo 32. «Él mira a la tierra, y ella tiembla.» El Señor, que ha desplegado con gracia su poder en actos y obras de bondad, podría, si lo hubiera visto oportuno, habernos abrumado con los terrores de la destrucción, pues aun a una mirada de sus ojos la tierra sólida se estremece de miedo. «Toca los montes, y humean.» El Sinaí humeaba todo él cuando el Señor descendió sobre él. Fue solo un toque, pero bastó para que el monte se disolviera en llamas. Aun nuestro Dios es fuego consumidor. ¡Ay de los que lo provoquen a fruncir el ceño contra ellos! Perecerán al toque de su mano. Si los pecadores no fueran del todo insensibles, una mirada del ojo del Señor los haría temblar, y los toques de su mano en la aflicción incendiarían sus corazones de arrepentimiento. «De razón todas las cosas dan alguna señal», salvo el corazón insensible del hombre.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 32. Él mira a la tierra, y ella tiembla. Así como el hombre puede echar una mirada en un instante, así de pronto puede Dios sacudir la tierra, es decir, o toda la masa de la tierra, o la clase inferior de los hombres sobre la tierra, cuando «mira», o echa un ojo airado, «a la tierra, y ella tiembla». «Toca los montes» (es decir, los poderes y principados del mundo), «y humean»; con solo tocarlos humean, esto es, los efectos espantosos del poder y del juicio de Dios son visibles sobre ellos. Joseph Caryl.
Versículo 32. Nadie salvo un fotógrafo puede captar el desierto alrededor del Sinaí. Las vistas de Roberts son nobles y hasta cierto punto verdaderas, pero no representan estos acantilados y barrancos del desierto. Ningún artista puede hacerlo bien. Solo el fotógrafo puede retratar el millón de pequeños detalles que componen la desolación, la agresteza, el carácter pavoroso y la lúgubre soledad de estos páramos sobrenaturales. Hacia el mediodía salí y caminé por el tejado del convento. La luz de las estrellas sobre los picos de las montañas era espléndida, mientras que la lobreguez que rodeaba estos enormes precipicios y barrancos impenetrables resultaba bastante opresiva para el espíritu. Esta es la escena de que habló David. «Él mira a la tierra, y ella tiembla; toca los montes, y humean.» Este es el monte «que fue tocado y ardía en fuego» (He 12:18). No el monte que «se podía palpar», como lo han traducido nuestros traductores, sino el monte que «fue tocado», ψηλαφωμένῳ: el monte sobre el cual descansó el dedo de Dios. Podíamos imaginar el negro cinturón de densa oscuridad que rodeaba el monte, y los relámpagos lanzando su rápido fuego a través de esa cubierta, haciendo más negra su negrura. Podíamos imaginar también la llamarada sobrenatural, encendida por mano no terrenal, que se alzaba de en medio de esto, como una columna viva de fuego, ascendiendo, entre el sonido de trompetas angélicas y de truenos más que angélicos, hasta el mismo corazón del cielo. Horatius Bonar, en «The Desert of Sinai», 1858.
Versículo 32. El filósofo se afana en investigar la causa natural de los terremotos y los volcanes. Pues bien, que dé cuenta de ellos como quiera: aun así, el poder inmediato de Jehová es la verdadera y última causa. Dios obra en estas tremendas operaciones. «Él mira a la tierra, y ella tiembla; toca los montes, y humean.» Esta es la filosofía de la Escritura; esta, pues, será mi filosofía. Jamás pronunció un hombre no inspirado una frase tan sublime como esta. El pensamiento es grandioso más allá de toda concepción, y la expresión viste el pensamiento con una majestad externa adecuada. Dios no necesita medio alguno para dar efecto a su propósito con su poder; sin embargo, por lo general, ha establecido medios por los cuales obra. Conforme a este plan divino, creó por medios y gobierna por medios. Pero los medios que ha empleado en la creación, y los que emplea en la providencia, son eficaces solo por su poder omnipotente. La sublimidad de la expresión en este pasaje nace de la desproporción infinita entre los medios y el fin. Un soberano terrenal mira con ira, y sus cortesanos tiemblan. Dios mira a la tierra, y ella tiembla hasta sus cimientos. Toca los montes, y el volcán humea, vomitando torrentes de lava. Se dice que los montes se derriten ante la presencia del Señor. «A la presencia de Jehová tiembla la tierra, a la presencia del Dios de Jacob.» ¡Qué helado y marchitador es el aliento de esa filosofía nociva que desviaría nuestras mentes de ver a Dios en sus obras de providencia! El cristiano que vive en esa atmósfera, o en sus confines, será enfermizo e infructuoso en verdaderas obras de justicia. Esta malaria destruye toda vida espiritual. Alexander Carson.
Versículo 32. Toca los montes, y humean. Es, pues, malo caer en las manos de quien puede hacer cosas tan terribles con sus miradas y sus toques. John Trapp.
Salmos 104:33
Versículo 33. «A Jehová cantaré en mi vida», o, literalmente, en mis vidas. Aquí y en lo por venir el salmista seguiría alabando al Señor, pues el tema es interminable y permanece siempre fresco y nuevo. Las aves cantaron las alabanzas de Dios antes de que fueran creados los hombres, pero los hombres redimidos cantarán sus glorias cuando ya no haya aves. Jehová, que vive siempre y nos hace vivir, será por siempre exaltado y ensalzado en los cantos de los hombres redimidos. «A mi Dios cantaré salmos mientras viva.» Una resolución tan feliz para él como glorificadora para el Señor. Nótese el dulce título: mi Dios. Nunca cantamos tan bien como cuando sabemos que tenemos parte en los bienes de que cantamos y una relación con el Dios a quien alabamos.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 33. A Jehová cantaré. El salmista, exultante ante la gloriosa perspectiva de la renovación de todas las cosas, prorrumpe en triunfante anticipación del gran acontecimiento y dice: «A Jehová cantaré», בְּחַיָּי bechaiyai, «con mis vidas», la vida que ahora tengo y la vida que tendré en lo por venir. «A mi Dios cantaré salmos», בְּעוֹדִי beodi, «en mi eternidad», mi continuar, mi progreso sin fin. ¡Qué ideas asombrosas! Pero entonces, ¿cómo se llevará a cabo esta gran obra? ¿Y cómo será habitada la nueva tierra solo por espíritus justos? La respuesta está en el v. 35: «Sean consumidos de la tierra los pecadores, y los impíos dejen de ser». Adam Clarke.
Versículo 33. Tras haber exhortado a todos a glorificar a Dios, descubre lo que él mismo está por hacer: con su voz declarará sus alabanzas, «A Jehová cantaré en mi vida»; con su mano escribirá salmos y los pondrá en música, «A mi Dios cantaré salmos mientras viva»; con su mente hará dulces meditaciones, «Dulce será mi meditación en él»; con la voluntad y el afecto buscará solo a Dios, «Yo me regocijaré en Jehová»; predice y desea la destrucción de todos los pecadores que no piensan en alabar a Dios, sino que lo deshonran en sus palabras y obras, «Sean consumidos de la tierra los pecadores, y los impíos dejen de ser»; por último, con toda su alma y todas sus fuerzas bendecirá a Dios, «Bendice, alma mía, a Jehová». Le Blanc.
Sugerencias para el predicador
Versículo 33. Dos «cantaré».
- Porque él me hizo vivir.
- Porque me ha hecho vivir en él.
- Porque es Jehová y «mi Dios».
- Porque viviré para siempre, en el mejor sentido.
Versículo 34.
- La contemplación de David.
- La exultación de David. Thomas Horton.
Versículo 35.
- Los que no alaban a Dios no son aptos para estar en la tierra: «Sean consumidos los pecadores», etc.
- Mucho menos son aptos para estar en el cielo.
- Los que alaban a Dios son aptos para la tierra y para el cielo. Aunque otros no lo alaben aquí, los santos lo harán. «Bendice a Jehová», etc.
(a) En oposición a otros, lo alaban en la tierra.
(b) En armonía con otros, lo alaban en el cielo, etc. En todas partes es con ellos: «Alabad a Jehová». G. R.
Salmos 104:34
Versículo 34. «Dulce será mi meditación en él.» Dulce tanto para él como para mí. Me deleitaré en contemplar así sus obras y pensar en su persona, y él aceptará con gracia mis notas de alabanza. La meditación es el alma de la religión. Es el árbol de la vida en medio del jardín de la piedad, y muy refrescante es su fruto para el alma que se alimenta de él. Y así como es buena para con el hombre, lo es para con Dios. Como la grosura del sacrificio era la porción del Señor, así nuestras mejores meditaciones se deben al Altísimo y le son aceptísimas. Debemos, pues, tanto por nuestro propio bien como por el honor del Señor, ocuparnos mucho en la meditación, y esa meditación debe detenerse principalmente en el Señor mismo: ha de ser «meditación en él». Por falta de ella se pierde mucha comunión y se malogra mucha felicidad. «Yo me regocijaré en Jehová.» Para la mente meditativa todo pensamiento acerca de Dios está lleno de gozo. Cada uno de los atributos divinos es un manantial de deleite, ahora que en Cristo Jesús estamos reconciliados con Dios.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 34. Dulce será mi meditación en él. Un cristiano no necesita estudiar nada sino a Cristo; hay en Cristo lo bastante para ocupar su estudio y contemplación todos sus días; y cuanto más estudiamos a Cristo, más podemos estudiarlo; siempre aparecerán en él nuevas maravillas. John Pox, 1680.
Versículo 34. Dulce será mi meditación en él. Las últimas palabras que escribió Henry Martyn, al morir entre mahometanos en Persia, fueron: «Me senté en el huerto y pensé con dulce consuelo y paz en mi Dios, en la soledad mi compañía, mi Amigo y Consolador».
Versículo 34. Dulce será mi meditación en él. Debo meditar en Cristo. Que los filósofos se eleven en sus contemplaciones y caminen entre las estrellas; ¿qué son las estrellas junto a Cristo, el Sol de justicia, el resplandor de la gloria del Padre y la imagen misma de su sustancia? Dios manifestado en carne es un tema que los ángeles se gozan en contemplar. Samuel Lavington.
Versículo 34. Dulce será mi meditación en él. Primero. Tómese como una afirmación: la meditación en Dios es dulce. Y su dulzura debería estimularnos a ponerla en práctica. Segundo. Tómese como una resolución: que él la haría su propia práctica; es decir, que se consolaría en ocupaciones como estas; mientras otros se complacían en otras cosas, él se complacería en la comunión con Dios, y esta sería su solaz y su deleite en toda ocasión. David se promete mucho contentamiento en este ejercicio de meditación divina que emprendió con mucho deleite; y lo mismo hacen otros siervos de Dios de la misma naturaleza y disposición que él en empresas semejantes. Tercero. Tómese como una oración y petición. «Será», es decir, «sea», poniéndose el futuro por el imperativo, como suele ocurrir con frecuencia; y así la palabra «gnatam» se ha de traducir no «de Dios», sino «a Dios». Sea mi meditación, o mi oración, o mi conversación, dulce para él. Placeat illi meditatio mea, así lo interpretan algunos buenos autores. La traducción inglesa, «Sean aceptables mis palabras», y la otra anterior, «Ojalá le agraden mis palabras», que viene a dar el mismo efecto, toman todas el pasaje como una oración: esto es lo que los siervos de Dios han considerado siempre más necesario para ellos (como en verdad lo es): que Dios acepte las obras que le han presentado. Condensado de Thomas Horton.
Versículo 34. (primera parte). Todos los antiguos coinciden en entenderlo así: «Mi meditación le será dulce a él», o, como el judío árabe, hdge con él, conforme a lo del salmista, Sal 19:14: «Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti». Así el caldeo aquí, ywmrq, ante él; los Setenta, hdunyeih antw, «Séale dulce a él»; el siríaco, a él, y así también los demás. Y así Ke significa a además de sobre. Henry Hammond.
Versículo 34. Yo me regocijaré en Jehová. Compárese esto con el v. 31 y obsérvese el placer y deleite mutuo y recíproco entre Dios, que es alabado, y el alma que lo alaba. Dios, que se alegra en sus obras, halla el más alto deleite en el hombre, compendio de sus otras obras, y en esa obra, la más excelente que el hombre puede emprender, la obra de alabar a Dios, en la que se ocupan los bienaventurados. Así, en esta misma alabanza de Dios, que tanto le agrada, David declara estar siempre dispuesto a deleitarse. Mi amado es mío, canta la Esposa, y yo soy suya. Lorinus.
Salmos 104:35
Versículo 35. «Sean consumidos de la tierra los pecadores, y los impíos dejen de ser.» Son la única mancha en la creación.
«Todo paisaje agrada, y solo el hombre es vil.»
Con santa indignación el salmista quisiera librar al mundo de seres tan viles que no aman a su misericordioso Creador, tan ciegos que se rebelan contra su Benefactor. No pide sino lo que los justos esperan como el fin de la historia: pues es en sumo grado de desear el día en que en todo el reino de Dios no quede ni un solo traidor o rebelde. La manera cristiana de expresarlo será pedir que la gracia convierta a los pecadores en santos y gane a los impíos para los caminos de la verdad. «Bendice, alma mía, a Jehová.» Aquí está el fin del asunto: hagan lo que hagan los pecadores, tú, alma mía, mantente bajo tu bandera y sé fiel a tu llamamiento. Su silencio no debe silenciarte a ti, sino más bien provocarte a una alabanza redoblada que supla sus faltas. Ni puedes tú sola cumplir la obra; otros han de venir en tu ayuda. Oh santos, «Aleluya». Que sus corazones clamen ALELUYA, pues esa es la palabra en el hebreo. ¡Palabra celestial! Que ella cierre el salmo: pues ¿qué más queda por decir o escribir? ALELUYA. Alabad a Jehová.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 35. Sean consumidos de la tierra los pecadores, etc. Me tocó en suerte, hace algunos años, emprender una caminata de varias millas, una mañana de verano, a lo largo de una costa de belleza incomparable. Era el día del Señor, y el lenguaje del Salmo ciento cuatro brotó espontáneo en mi mente a medida que una escena tras otra se desplegaba ante los ojos. A medio camino de mi destino, el camino pasaba por una aldea sucia, y mis meditaciones fueron groseramente interrumpidas por la gritería de unas personas que parecían haber pasado la noche en una borrachera libertina. Bien, pensé, el salmista debió de tener alguna experiencia desagradable como esta. Debió de toparse con gente, situada en algún escenario de belleza natural, que en lugar de ser un sacerdocio santo para dar voz a la naturaleza en alabanza de su Creador, en lugar de ser, en el tenor puro y santo de su vida, la nota más celestial del canto general, lo llenaba de una áspera discordancia. Su oración es la expresión vehemente de un deseo de que la tierra no sea ya afeada por la presencia de hombres malos; de que sean consumidos por completo y den lugar a hombres animados por el temor de Dios, hombres justos y santos, hombres que sean una corona de belleza sobre la cabeza de esta hermosa creación. Si esta es la explicación correcta de la oración del salmista, no solo es justificable, sino que hay algo equivocado en nuestras meditaciones sobre la naturaleza si no estamos dispuestos a unirnos a ella. William Binnie.
Versículo 35. Sean consumidos de la tierra los pecadores. Esta imprecación depende de la última parte del versículo 31: «Alégrese Jehová en sus obras». Como los impíos infectan el mundo con sus inmundicias, la consecuencia es que Dios se deleita menos en su propia obra y hasta casi se disgusta con ella. Es imposible que esta impureza, extendida y difundida por todas las partes del mundo, que vicia y corrompe un producto tan noble de sus manos, no le sea ofensiva. Puesto que los impíos, con su perverso abuso de los dones de Dios, hacen que el mundo en cierto modo degenere y se aparte de su primer origen, el profeta desea con razón que sean exterminados hasta que su raza falte por completo. Cuidemos, pues, de sopesar de tal modo la providencia de Dios que, dedicados enteramente a obedecerle, usemos recta y puramente los beneficios que él santifica para que los disfrutemos. Además, entristezcámonos de que tesoros tan preciosos sean malvadamente malgastados, y tengamos por monstruoso y detestable que los hombres no solo olviden a su Hacedor, sino que también, como adrede, tuerzan a un fin perverso e indigno todo lo bueno que él les ha concedido. Juan Calvino.
Versículo 35. Los pecadores.
Todo verdadero, todo sin falta, todo afinado, el maravilloso coro de la creación se abrió en místico unísono, para durar hasta que expire el tiempo. Y aún dura: de día y de noche, con una sola voz concorde, todos cantan tu gloria, Señor, como es debido, todos adoran y se regocijan. Solo el hombre estropea el dulce acuerdo, ahogando con estrépito áspero la música de tus obras y tu palabra, mal avenido con el dolor y el pecado. John Keble, en «The Christian Year».
Versículo 35. Bendice, alma mía, a Jehová. Repite las primeras palabras del salmo, que son las mismas que estas. Aquí se repiten como para insinuar que el fin de los buenos es como su principio, y que él no es del número de los que comienzan por el Espíritu y procuran ser perfeccionados por la carne. Un digno comienzo del salmo, dice Casiodoro, y un digno final: bendecir siempre al que nunca deja de estar con los fieles. El alma que bendice será engordada [...] Refrenado con este freno de alabanza divina, jamás perecerá. Lorinus.
Versículo 35. Este es el primer lugar donde aparece ALELUYA («Alabad a Jehová») en el libro de los Salmos. Lo produce una mirada retrospectiva a la creación, y la contemplación de la bondad de Dios en la preservación de todas las criaturas de su mano, y también una visión prospectiva de aquel futuro sábado en que, por el apartamiento de los hombres malos de la comunión con los buenos, Dios podrá mirar sus obras como lo hizo el primer sábado, antes de que el Tentador las echara a perder, y ver que «todo es bueno en gran manera». Véase Gn 1:31; 2:2-3. Christopher Wordsworth.
Versículo 35. Alabad a Jehová. Es la primera vez que encontramos Aleluya; y viene aquí con ocasión de la destrucción de los impíos; y la última vez que la encontramos es en una ocasión semejante, cuando es consumida la Babilonia del Nuevo Testamento: este es el estribillo del canto: «Aleluya», Ap 19:1, 3, 4, 6. Matthew Henry.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea.