El tesoro de David · Charles H. Spurgeon
Salmo 119: comentario de Charles H. Spurgeon (El tesoro de David)
Resumen del capítulo
Título
Este salmo no tiene título, ni se menciona nombre de autor alguno. Es EL SALMO MÁS LARGO, y este es un nombre suficientemente distintivo para él. Iguala en volumen a veintidós salmos de la extensión media de los Cánticos graduales. Y no solo es largo; pues sobresale igualmente en amplitud de pensamiento, profundidad de significado y altura de fervor. Es como la ciudad celestial, que está situada en cuadro, y su altura y su anchura son iguales. Muchos lectores superficiales han imaginado que toca una sola cuerda y abunda en repeticiones y redundancias piadosas; pero esto proviene de la poca profundidad de la mente del propio lector: los que han estudiado este himno divino y han notado con cuidado cada línea de él, se asombran de la variedad y la profundidad del pensamiento. Usando solo unas pocas palabras, el autor ha producido permutaciones y combinaciones de significado que muestran su santa familiaridad con su tema y el ingenio santificado de su mente. Nunca se repite; pues si el mismo sentimiento vuelve, se coloca en una conexión nueva, y así exhibe otro interesante matiz de significado. Cuanto más se lo estudia, más fresco se vuelve. Así como a los que beben agua del Nilo les gusta más cada vez que toman un trago, así este salmo se vuelve más pleno y fascinante cuanto más a menudo se vuelve a él. No contiene ni una palabra ociosa; las uvas de este racimo están casi a punto de reventar de vino nuevo del reino. Cuanto más mires en este espejo de un corazón lleno de gracia, más verás en él. Plácido en la superficie como el mar de vidrio ante el trono eterno, contiene sin embargo en sus profundidades un océano de fuego, y los que lo contemplan devotamente no solo verán el resplandor, sino que sentirán el calor de la llama sagrada. Está cargado de santo sentido, y es tan denso como voluminoso. Una y otra vez hemos exclamado, al estudiarlo: «¡Oh, las profundidades!». Sin embargo, estas profundidades están ocultas bajo una aparente sencillez, como bien y sabiamente dijo Agustín, y esto hace la exposición mucho más difícil. Su oscuridad está escondida bajo un velo de luz, y por eso solo la descubren los que están de veras resueltos no solo a mirar la palabra, sino, como los ángeles, a mirar dentro de ella.
El salmo es alfabético. Ocho estrofas comienzan con una letra, y luego otras ocho con la siguiente, y así todo el salmo avanza por octonarios a través de las veintidós letras del alfabeto hebreo. Además, hay multitud de aposiciones de sentido y otras de esas formalidades estructurales que agradan a la mente oriental, formalidades muy parecidas a aquellas en que se complacían nuestros poetas más antiguos. El Espíritu Santo se dignó así hablar a los hombres en formas atractivas para la atención y útiles para la memoria. A menudo es sencillo o elegante en su manera, pero no desdeña ser pintoresco o formal si con ello se alcanza más seguramente su designio de instruir. No desprecia ni siquiera modos de hablar restringidos y artificiales, si por su uso puede fijar su enseñanza en la mente. Isaac Taylor ha expuesto dignamente la lección de este hecho: «En el sentido más estricto esta composición está condicionada; no obstante, en el sentido más alto es una expresión de vida espiritual; y al hallar así estos elementos aparentemente opuestos, insinuados y mezclados como están a lo largo de este salmo, se transmite silenciosamente una lección llena de significado a quienes la reciban: que la transmisión de las cosas de Dios al espíritu humano no queda de ningún modo dañada ni impedida, y mucho menos desviada o viciada, por su sujeción a modos de expresión sueltos, que sobre todo delatan su adaptación a la infancia y a la capacidad infantil del que recibe.»
Autor
La moda entre los escritores modernos es quitarle a David, en lo posible, todo salmo. Como los críticos de esta escuela suelen ser poco sanos en doctrina y no espirituales en tono, nosotros gravitamos en dirección contraria, por una natural sospecha de todo lo que viene de un lugar tan insatisfactorio. Creemos que David escribió este salmo. Es davídico en tono y expresión, y concuerda con la experiencia de David en muchos puntos interesantes. En nuestra juventud nuestro maestro lo llamaba «el libro de bolsillo de David», y nos inclinamos a la opinión entonces expresada de que aquí tenemos el diario real escrito en diversos momentos a lo largo de una larga vida. No, no podemos entregar este salmo al enemigo. «Este es el botín de David.» Tras leer largo tiempo a un autor, uno llega a conocer su estilo, y se adquiere cierta medida de discernimiento por la cual se detecta su composición aun si su nombre está oculto; sentimos una especie de certeza crítica de que la mano de David está en esta obra, y más aún, de que es enteramente suya.
Tema
El único tema es la palabra del Señor. El salmista presenta su tema bajo muchas luces y lo trata de diversas maneras, pero rara vez omite mencionar la palabra del Señor en cada versículo bajo uno u otro de los muchos nombres por los que la conoce; y aun si el nombre no está, el tema se sigue con fervor en cada estrofa. El que escribió este maravilloso canto estaba saturado de los libros de la Escritura que poseía. Andrew Bonar cuenta de un sencillo cristiano en una granja que había meditado la Biblia tres veces de principio a fin. Esto es precisamente lo que había hecho este salmista: había pasado de la lectura a la meditación. Como Lutero, David había sacudido todos los árboles frutales del huerto de Dios y había recogido de ellos fruto de oro. «La mayoría», dice Martin Boos, «lee sus Biblias como las vacas que están en la hierba espesa, y pisotean con sus patas las más finas flores y hierbas». Es de temer que nosotros con demasiada frecuencia hagamos lo mismo. Es una manera miserable de tratar las páginas de la inspiración. Que el Señor nos impida repetir ese pecado al leer este salmo sin precio.
Hay un evidente crecimiento en el contenido del tema. Los primeros versículos son de tal carácter que se prestan a la hipótesis de que el autor era un joven, mientras que muchos de los pasajes posteriores solo pudieron habérsele ocurrido a la edad y la sabiduría. En cada parte, sin embargo, es el fruto de una experiencia profunda, de una observación cuidadosa y de una meditación fervorosa. Si David no lo escribió, debió de haber vivido otro creyente exactamente del mismo orden de mente que David, y debió de haberse dedicado a la salmodia con igual ardor y haber sido un amante igualmente cordial de la Santa Escritura.
Nuestro mejor provecho de esta composición sagrada vendrá de poner nuestra mente en intensa simpatía con su tema. Para ello, bien haríamos en aprenderlo de memoria. La hija de Philip Henry escribió en su diario: «Últimamente me he esforzado por aprender de memoria el Salmo 119, y he avanzado algo en ello.» Era una mujer sensata y piadosa. Hecho esto, debemos considerar la plenitud, la certeza, la claridad y la dulzura de la palabra de Dios, pues con tales reflexiones es probable que seamos incitados a un cálido afecto por ella. ¡Qué seres tan favorecidos son aquellos a quienes el Dios Eterno ha escrito una carta de su propia mano y estilo! ¿Qué ardor de devoción, qué diligencia de composición puede producir un elogio digno de los testimonios divinos? Si alguna vez ha caído uno tal de la pluma del hombre, es este Salmo 119, que bien podría llamarse el soliloquio del alma santa ante una Biblia abierta.
Esta oda sagrada es una pequeña Biblia, las Escrituras condensadas, una masa de «Bibline», la Santa Escritura reescrita en santas emociones y acciones. Bienaventurados los que pueden leer y entender estos aforismos de santos; hallarán manzanas de oro en este verdadero jardín de las Hespérides, y llegarán a considerar que este salmo, como toda la Escritura que alaba, es una isla de perlas, o, mejor aún, un jardín de dulces flores.
Notas sobre el salmo entero
Elogio de todo el salmo. Este salmo brilla y se destaca entre los demás,
Velut inter ignes
Luna minores. 1 como una estrella en el firmamento de los Salmos, de la primera y mayor magnitud. Esto aparecerá fácilmente si consideras la manera en que está compuesto o la materia de que está compuesto. La manera en que está compuesto es muy elegante. La materia de que está compuesto es muy excelente.
- La manera en que está compuesto es muy elegante; lleno de arte, regla y método, materia teológica en manera lógica, un alfabeto espiritual armado y formado según el alfabeto hebreo.
- La materia de que está compuesto es muy excelente; llena de raras sublimidades, profundos misterios, graciosas actividades, y aun gloriosos éxtasis. El salmo se compone de tres cosas: (a) oraciones, (b) alabanzas, (c) protestas. Oraciones a Dios; alabanzas de Dios; protestas ante Dios. Rev. W. Simmons, en un sermón de los "Morning Exercises", 1661.
Elogio. Este salmo es llamado el Alfabeto del Amor Divino, el Paraíso de todas las doctrinas, el Almacén del Espíritu Santo, la Escuela de la Verdad, también el profundo misterio de las Escrituras, donde brilla esplendorosa toda la disciplina moral de todas las virtudes. Y como toda instrucción moral es deleitosa, por eso este salmo, por sobresalir en este tipo de instrucción, debería llamarse deleitoso, en cuanto supera a los demás. Los otros salmos, en verdad, como estrellas menores brillan en cierto modo; pero este arde con el calor meridiano de su plena claridad, y es todo resplandeciente de belleza moral. Johannes Paulus Palanterius, 1600.
Elogio. En nuestra versión alemana lleva la apropiada inscripción: «El áureo ABC del cristiano sobre la alabanza, el amor, el poder y el uso de la Palabra de Dios.» Franz Delitzsch, 1871.
Elogio. Se cuenta del célebre San Agustín, que entre sus voluminosas obras dejó un comentario al libro de los Salmos, que demoró el comentar este hasta haber terminado todo el Salterio; y entonces cedió solo a la larga y vehemente insistencia de sus amigos, «porque», dice, «cada vez que intentaba pensar en él, siempre excedía las fuerzas de mi pensamiento atento y el máximo alcance de mis facultades». Mientras un antiguo padre 2 titula este salmo «la perfección de la enseñanza y la instrucción», otro 3 dice que «aplica una medicina que lo contiene todo a las variadas enfermedades espirituales de los hombres, suficiente para perfeccionar a los que anhelan la virtud perfecta, para despertar a los perezosos, para refrescar a los desanimados y para poner en orden a los relajados»; a lo cual podrían añadirse muchos testimonios semejantes de comentaristas antiguos y modernos sobre él. William De Burgh, 1860.
Elogio. A medida que este salmo parece más abierto, tanto más profundo me parece; de modo que no puedo mostrar cuán profundo es. Pues en otros, que se entienden con dificultad, aunque el sentido yace oculto en la oscuridad, la oscuridad misma aparece; pero en este ni siquiera eso sucede; pues es superficialmente tal, que parece no necesitar un expositor, sino solo un lector y un oyente. Agustín, 354-430.
Elogio. En el «Account of the Life and Death of his father, Philip Henry», de Matthew Henry, dice: «Una vez, urgiendo el estudio de las Escrituras, nos aconsejó tomar cada mañana un versículo de este salmo para meditar en él, y así recorrer el salmo dos veces al año; y eso, decía, os hará enamoraros de todo el resto de las Escrituras.» A menudo decía: «Toda gracia crece conforme crece el amor a la palabra de Dios.»
1 Y como la luna, entre los fuegos más débiles, «brilla conspicua.» Horacio.
2 San Hilario.
3 Teodoreto.
Elogio. Es extraño que de todos los pasajes de la Biblia que me enseñó mi madre, el que más me costó aprender, y que a mi mente infantil era el más repulsivo, el Salmo 119, se haya vuelto ahora para mí el más precioso de todos, en su desbordante y gloriosa pasión de amor por la ley de Dios. John Ruskin, en "Fors Clavigera".
Elogio. Este salmo es una meditación prolongada sobre la excelencia de la palabra de Dios, sobre sus efectos, y sobre la fuerza y la felicidad que da a un hombre en toda situación. Estas reflexiones están salpicadas de peticiones, en las cuales el salmista, sintiendo profundamente su flaqueza natural, implora la ayuda de Dios para andar por el camino trazado para él en los oráculos divinos. Para poder entender y disfrutar este notable salmo, y para que no nos repelan su longitud y sus repeticiones, debemos haber tenido, al menos en cierta medida, las mismas experiencias que su autor, y, como él, haber aprendido a amar y practicar la palabra sagrada. Además, este salmo es en cierto modo una piedra de toque de la vida espiritual de quienes lo leen. Los sentimientos expresados en él armonizan perfectamente con lo que los libros históricos y otros salmos enseñan acerca de la obediencia de David y su celo por la gloria de Dios. Hay, sin embargo, en él palabras que respiran una piedad tan elevada que solo pueden tener su pleno sentido y perfecta verdad en boca de Aquel de quien el rey profeta fue tipo. Del francés de Armand de Mestral, 1856.
Elogio. El Salmo 119 ha sido calificado por un destacadísimo crítico racionalista vivo (el profesor Reuss) como «no poesía en absoluto, sino simplemente una letanía, una especie de rosario». Tal no parece ser la opinión de los ángeles de Dios y de los espíritus redimidos, cuando ese mismo poema provee con el lenguaje de alabanza el peán de victoria: «Justos y verdaderos son tus caminos» (Ap 15:3); el clamor del ángel de las aguas: «Justo eres tú, oh Señor» (Ap 16:5); la voz de mucha gente en el cielo: «Sus juicios son verdaderos y justos» (Ap 19:2); ¿qué es esto sino la exclamación de aquel, quienquiera que haya sido, que escribió el salmo: «Justo eres tú, oh Jehová, y rectos son tus juicios» (Sal 119:137)? William Alexander, en "The Quiver", 1880.
Incidente. En medio de una temporada londinense, en la agitación y el tumulto de una crisis política, 1819, William Wilberforce escribe en su diario: «Caminé desde Hyde Park Corner repitiendo el Salmo 119 con gran consuelo». William Alexander, en "The Witness of the Psalms", 1877.
Incidente. George Wishart, el capellán y biógrafo del «gran marqués de Montrose», como se le llamaba, habría compartido la suerte de su ilustre patrón de no ser por el siguiente singular expediente. Estando en el cadalso, se valió de la costumbre de la época, que permitía a los condenados escoger un salmo para ser cantado. Escogió el Salmo 119, y antes de que se hubieran cantado dos tercios del salmo, llegó un indulto, y su vida fue preservada. No estará fuera de lugar añadir que el George Wishart, obispo de Edimburgo, a quien se ha aludido, ha sido confundido con demasiada frecuencia con el piadoso mártir del mismo nombre que vivió y murió un siglo antes. Solo mencionamos el incidente porque se ha citado a menudo como un singular caso de escape providencial de un personaje santo; cuando fue el ingeniosísimo ardid de una persona que, según Woodrow, era más renombrada por su astucia que por su santidad. La longitud de este salmo fue empleada sagazmente como medio de ganar tiempo, y, felizmente, el expediente tuvo éxito. C.H.S.
Disposición alfabética. Se observa que el Salmo 119 está dispuesto según las letras del alfabeto hebreo, quizá para dar a entender que los niños, cuando empiezan a aprender su alfabeto, deberían aprender ese salmo. Nathanael Hardy, 1618-1670.
Disposición alfabética. Es cierto que los versículos no comienzan con letras inglesas ni latinas, sino con las hebreas, en las cuales David hizo y escribió este salmo. La voluntad y el propósito del Espíritu Santo es hacernos sentir y entender que la doctrina aquí contenida no está puesta solo para grandes letrados que han ido a la escuela diez o veinte años, sino también para los más sencillos; a fin de que nadie pretenda excusa de ignorancia. De los "Twenty-two Sermons upon the 119th Psalm", de Calvino, 1580.
Disposición alfabética. Puede haber algo más que fantasía en la observación de que el nombre de Cristo, «el Alfa y la Omega», equivalente a declararlo todo lo que cada letra del alfabeto pudiera expresar, puede haber tenido referencia a la peculiaridad de este salmo, un salmo en el cual (con la excepción de Sal 119:84 y Sal 119:122, excepciones que hacen la regla más marcada) cada versículo habla de la revelación que Dios hace de sí mismo al hombre. Andrew A. Bonar, 1859.
Disposición alfabética. Orígenes dice que es alfabético porque contiene los elementos o principios de todo conocimiento y sabiduría; y que repite cada letra ocho veces porque ocho es el número de la perfección.
Disposición alfabética. Para que el lector no instruido entienda qué se quiere decir con que el salmo sea alfabético, añadimos el siguiente ejemplo sobre la sección Aleph:
A bendición hay para los que son perfectos en su camino y andan en la ley de Jehová;
A bendición hay para los que guardan sus testimonios y lo buscan con todo el corazón;
A también para los que no hacen iniquidad, sino que andan en sus caminos.
A una ley nos has dado, para que guardemos diligentemente tus mandamientos.
¡Ah, Señor, que mis caminos fueran enderezados de modo que guardara tus estatutos!
Así no seré avergonzado.
Mientras tenga respeto a todos tus mandamientos.
A mí, yo te daré gracias con corazón sincero, cuando haya aprendido tus justos juicios.
Atento estaré a tus ceremonias,
oh, no me desampares enteramente. De "The Psalms Chronologically Arranged By Four Friends". 1867.
Continúa... Véase Salmos «Job 42:15»
Salmos 119:2
Vers. 2. «Bienaventurados los que guardan sus testimonios.» ¡Cómo! ¿Una segunda bienaventuranza? Sí: doblemente bienaventurados son aquellos cuya vida exterior se sostiene en un celo interior por la gloria de Dios. En el primer versículo teníamos un camino sin mancha, y se daba por sentado que la pureza del camino no era mera obra de superficie, sino que iba acompañada de la verdad y la vida interiores que proceden de la gracia divina. Aquí se expresa lo que estaba implícito. La bienaventuranza se atribuye a quienes atesoran los testimonios del Señor, lo cual implica que escudriñan las Escrituras, que llegan a entenderlas, que las aman y que además perseveran en practicarlas. Primero hemos de adquirir una cosa antes de poder guardarla. Para guardarla bien debemos asirla con firmeza: no podemos guardar en el corazón lo que no hemos abrazado de corazón con los afectos. La palabra de Dios es su testimonio acerca de grandes e importantes verdades que se refieren a él mismo y a nuestra relación con él: debemos desear conocerlo; conociéndolo, debemos creerlo; creyéndolo, debemos amarlo; y amándolo, debemos aferrarnos a ello frente a todos los que se opongan. Hay un guardar doctrinal de la palabra, cuando estamos dispuestos a morir en su defensa, y un guardar práctico, cuando realmente vivimos bajo su poder. La verdad revelada es preciosa como los diamantes, y debe guardarse o atesorarse en la memoria y en el corazón como joyas en un cofre, o como la ley se guardaba en el arca; pero esto no basta, porque está destinada al uso práctico, y por tanto ha de ser guardada o seguida, como los hombres se mantienen en un camino o en una línea de negocios. Si guardamos los testimonios de Dios, ellos nos guardarán a nosotros: nos guardarán rectos en la opinión, confortados en el espíritu, santos en la conducta y esperanzados en la expectación. Si alguna vez valió la pena tenerlos, y ninguna persona reflexiva lo pondrá en duda, entonces vale la pena guardarlos; su efecto previsto no viene por apoderarse de ellos temporalmente, sino por guardarlos con perseverancia: «en guardarlos hay grande galardón».
Estamos obligados a guardar con todo cuidado la palabra de Dios, porque son sus testimonios. Él nos los dio, pero siguen siendo suyos. Hemos de guardarlos como un centinela vigila la casa de su amo, como un mayordomo cuida los bienes de su señor, como un pastor cuida el rebaño de quien lo emplea. Tendremos que rendir cuentas, porque se nos ha confiado el evangelio, y ¡ay de nosotros si somos hallados infieles! No podemos pelear la buena batalla ni acabar la carrera si no guardamos la fe. Para ello es preciso que el Señor nos guarde: solo los que son guardados por el poder de Dios para salvación podrán guardar alguna vez sus testimonios. ¡Qué bienaventuranza se evidencia, pues, y se atestigua en una creencia cuidadosa de la palabra de Dios y en una obediencia continua a ella! Dios los ha bendecido, los está bendiciendo y los bendecirá para siempre. Esa bienaventuranza que David veía en otros la hizo suya, pues en Sal 119:168 dice: «Yo he guardado tus mandamientos y tus testimonios», y en Sal 119:54-56 atribuye sus cánticos gozosos y sus felices recuerdos a este mismo guardar la ley, y confiesa: «Esto tuve, porque guardé tus mandamientos». Las doctrinas que enseñamos a otros debemos experimentarlas nosotros mismos.
«Y con todo el corazón le buscan.» Quienes guardan los testimonios del Señor buscarán sin duda al Señor mismo. Si su palabra es preciosa, podemos estar seguros de que él mismo lo es todavía más. Tratar personalmente con un Dios personal es el anhelo de todos los que han permitido que la palabra del Señor produzca en ellos su pleno efecto. Si llegamos a conocer de veras el poder del evangelio, hemos de buscar al Dios del evangelio. «¡Quién me diera saber dónde hallarle a ÉL!» será nuestro clamor de todo corazón. Mira el crecimiento que estas frases indican: primero, en el camino; luego, andando en él; luego, hallando y guardando el tesoro de la verdad; y, para coronarlo todo, buscando al Señor mismo del camino. Observa también que cuanto más avanza un alma en la gracia, más espirituales y divinos son sus anhelos: a un alma agraciada no le basta un andar exterior, ni siquiera los testimonios atesorados; a su debido tiempo se extiende hacia Dios mismo, y cuando en cierta medida lo halla, aún anhela más de él, y lo sigue buscando.
Buscar a Dios significa desear comunicarse con él más de cerca, seguirle más plenamente, entrar en una unión más perfecta con su mente y su voluntad, promover su gloria y realizar por completo todo lo que él es para los corazones santos. El bienaventurado ya tiene a Dios, y por eso mismo lo busca. Esto puede parecer una contradicción: es solo una paradoja.
A Dios no se le busca de verdad con las frías indagaciones del cerebro: hemos de buscarlo con el corazón. El amor se revela al amor: Dios manifiesta su corazón al corazón de su pueblo. En vano nos esforzamos por comprenderlo con la razón; hemos de aprehenderlo con el afecto. Pero el corazón no debe estar dividido entre muchos objetos si hemos de buscar al Señor. Dios es uno, y no lo conoceremos hasta que nuestro corazón sea uno. Un corazón quebrantado no necesita angustiarse por esto, pues ningún corazón es tan entero en su búsqueda de Dios como un corazón quebrantado, cuyos fragmentos todos suspiran y claman por el rostro del gran Padre. Es el corazón dividido el que censura la doctrina del texto, y, cosa extraña, en el lenguaje bíblico un corazón puede estar dividido y no quebrantado, y puede estar quebrantado pero no dividido; y aún más, puede estar quebrantado y ser entero, y nunca podrá ser entero hasta que esté quebrantado. Cuando todo nuestro corazón busca al Dios santo en Cristo Jesús, ha llegado a aquel de quien está escrito: «todos los que le tocaron quedaron sanos».
Lo que el salmista admira en este versículo lo reclama para sí en el décimo, donde dice: «Con todo mi corazón te he buscado». Es bueno que la admiración de una virtud lleve a alcanzarla. Quienes no creen en la bienaventuranza de buscar al Señor difícilmente despertarán su corazón para esa búsqueda, pero el que llama bienaventurado a otro por la gracia que ve en él va camino de alcanzar la misma gracia para sí.
Si son bienaventurados los que buscan al Señor, ¿qué diremos de los que realmente moran con él y saben que es suyo? «¡Cuán bondadoso eres con los que caen!
¡Qué bueno con los que te buscan!
Pero ¿qué serás con los que te hallan? ¡Ah! Esto
no lo puede mostrar lengua ni pluma:
el amor de Jesús, lo que es,
solo sus amados lo saben.»
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 2. La duplicación de la frase, «Bienaventurados… bienaventurados», en el primer versículo y en el segundo, es para hacernos ver la certeza de la bendición que pertenece a los piadosos. La palabra de Dios es tan verdadera en sí misma cuando se pronuncia una vez como cuando se repite muchas veces: la repetición es para confirmar nuestra débil fe. Lo que Isaac dijo de Jacob: «Yo lo bendije, y será bendito», es el decreto más seguro de Dios sobre todos sus hijos. Satanás querría maldecir a Israel por boca de alguien como Balaam; pero no podrá maldecir, porque Dios ha bendecido. William Cowper.
Vers. 2. «Bienaventurados los que guardan sus testimonios, y con todo el corazón le buscan.» En el versículo anterior se describe al bienaventurado por el curso de sus acciones: «Bienaventurados los perfectos de camino»; en este se le describe por la disposición de su corazón. Thomas Manton.
Vers. 2. Guardan sus testimonios. Guardar con cuidado en la memoria los testimonios de Dios es bienaventuranza; pues aunque en el versículo anterior se menciona un guardarlos en la conducta, aquí se insinúa otra cosa distinta de la anterior: el que guarda esta planta o santa semilla de modo que el diablo no pueda arrancarla de su corazón, es feliz. La palabra que aquí se usa significa una custodia tan cuidadosa como la que solemos dar a las plantas tiernas. Paul Bayne.
Vers. 2. Testimonios. El término con que se expresa la palabra de Dios es «testimonios»; con él se entiende toda la declaración de la voluntad de Dios en doctrinas, mandamientos, ejemplos, amenazas y promesas. Toda la palabra es el testimonio que Dios ha depuesto para satisfacción del mundo acerca del camino de su salvación. Ahora bien, como la palabra de Dios se divide en dos partes, la ley y el evangelio, este término puede aplicarse a ambas. Primero, a la ley, por lo cual el arca se llamaba «el arca del testimonio» (Éx 25:16), porque en ella se depositaron las dos tablas. El evangelio también se llama el testimonio, «el testimonio de Dios acerca de su Hijo». «¡A la ley y al testimonio!» (Is 8:20); donde el testimonio parece distinguirse de la ley. El evangelio se llama así porque en él Dios ha testificado cómo será perdonado el hombre, reconciliado con Dios y hecho heredero de la vida eterna. Necesitamos un testimonio en este caso, porque nos es más desconocido. La ley estaba escrita en el corazón, pero el evangelio es un extraño. La luz natural discierne algo de la ley y escudriña las cuestiones de índole y alcance moral; pero las verdades evangélicas son un misterio y dependen del mero testimonio de Dios acerca de su Hijo. Thomas Manton.
Vers. 2. Testimonios. La palabra de Dios se llama su testimonio no solo porque atestigua su voluntad respecto de su servicio, sino también su favor y su buena voluntad hacia los suyos en Cristo Jesús. Si la palabra de Dios no fuera más que una ley, aun así estaríamos obligados a obedecerla, porque somos sus criaturas; pero como es también un testimonio de su amor, en el que como padre da fe de su favor hacia sus hijos, somos doblemente inexcusables si no la abrazamos con el mayor gozo. William Cowper.
Vers. 2. «Bienaventurados… los que con todo el corazón le buscan.» Declara «bienaventurados» no a los que son sabios en su propia opinión, ni a los que fingen una santidad fantasiosa, sino a los que se consagran al pacto de Dios y obedecen los dictados de su ley. Además, con estas palabras nos dice que Dios no se satisface en absoluto con el mero servicio externo, porque exige el afecto sincero y honesto del corazón. Y ciertamente, si Dios es el único Juez y Disponedor de nuestra vida, la verdad debe ocupar el lugar principal en nuestro corazón, porque no basta tener alistados en su servicio solo las manos y los pies. Juan Calvino, 1509-1564.
Vers. 2. Todo el corazón. Quien quiera tener una felicidad sana debe tener un corazón sano. Cuanta sinceridad haya, tanta bienaventuranza habrá; y según el grado de nuestra hipocresía será la medida de nuestra miseria. Richard Greenham, 1531-1591.
Vers. 2-3. Observa los verbos buscar, hacer, andar, que juntos componen el sujeto al que pertenece la bienaventuranza. Henry Hammond, 1605-1660.
Sugerencias para el predicador
Vers. 2. «Bienaventurados los que guardan sus testimonios, y con todo el corazón le buscan.»
- La búsqueda sagrada: «Buscarle». Se le ha buscado entre los árboles, los montes, los planetas, las estrellas. Se le ha buscado en su propia imagen desfigurada, el hombre. Se le ha buscado entre las misteriosas ruedas de la providencia. Pero estas búsquedas han sido a menudo movidas simplemente por el intelecto, o forzadas por la conciencia, y por eso han resultado solo en una luz fría y tenue. Se le ha buscado en la palabra que este salmo tanto exalta, cuando esta ha conducido hacia las cumbres del Sinaí, cubiertas de humo y resplandecientes. Se la ha seguido cuando ha llevado bajo los olivos de Getsemaní para presenciar una misteriosa lucha de sudor de sangre y angustia; al Calvario, donde, en el lugar de la calavera, la vida y la inmortalidad salen a la luz. La búsqueda sagrada comienza allí.
- La conducción de la búsqueda. Los que buscan podrían desanimarse equivocadamente por una interpretación tan literal del «todo el corazón». No dudamos en decir que un arroyo fluye con todo su caudal hacia el mar aunque haya pequeñas calas laterales donde el agua remolinea hacia atrás; o que la marea sube a pesar de las olas que retroceden; o que la primavera está sobre nosotros a pesar del granizo y del viento cortante. Indicación de:
(a) Unidad.
(b) Intensidad.
(c) Determinación.
Nadie conduce rectamente esta búsqueda si no es impulsado a ella o sostenido en ella por el Espíritu de gracia.
- Bienaventuranza tanto en la búsqueda como en el resultado.
(a) Bienaventuranza en la amargura del arrepentimiento. El picaporte que él ha tocado destila gotas de mirra. El sol naciente envía rayos encendidos sobre las cumbres más altas.
(b) Bienaventuranza en los felices hallazgos de la salvación y la adopción.
(c) Bienaventuranza en la búsqueda perpetua. William Anderson, de Reading, 1882.
Vers. 2. La doble bendición.
- Sobre guardar los testimonios.
- Sobre buscar al Señor.
Vers. 2. Los que le buscan con todo el corazón.
- ¿Buscar qué? A Dios mismo. No hay paz hasta que se le halla.
- ¿Buscar dónde? En sus testimonios.
(a) Estudiándolos.
(b) Ateniéndose a ellos.
- ¿Buscar cómo? Con todo el corazón. George Rogers.
Vers. 2. Buscar a Dios.
- La manera del salmista de buscar a Dios.
(a) Buscó a Dios con el corazón. Solo el corazón puede hallar a Dios. La vista falla. «El método científico» falla. Toda razón falla. Solo el amor y la confianza pueden tener éxito. El amor ve mucho donde toda otra percepción no halla nada. La fe suele ir con el descubrimiento, y en ninguna parte tanto como en hallar a Dios.
(b) Buscó a Dios con todo su corazón.
(1) La tibieza rara vez halla algo que valga la pena tener.
(2) La tibieza muestra desprecio por Dios.
(3) Dios no se revelará a la tibieza. Sería poner el mayor premio posible a la indiferencia.
- El ruego del salmista al buscar a Dios: «No me dejes desviarme de tus mandamientos».
(a) Los mandamientos de Dios conducen, a su tiempo, a su propia presencia. Si tomamos incluso la ley moral, cada uno de los diez mandamientos nos aleja del mundo y del pecado hacia ese retiro de santidad en que él se esconde. Así sucede con todos los mandamientos de las Escrituras.
(b) El fervor de la búsqueda del alma se convierte, en sí mismo, en un ruego a Dios para que se deje hallar por nosotros. Dios, que ama la importunidad en la oración, no la ama menos cuando toma la forma de una búsqueda con todo el corazón. El que busca con todo el corazón halla un estímulo especial para orar: «No me dejes desviarme de tus mandamientos». F. G. Marchant.
Vers. 2. Los que le buscan. Debemos recordar seis condiciones requeridas en quienes quieren buscar rectamente al Señor.
- Debemos buscarle en Cristo el Mediador. Jn 14:6.
- Debemos buscarle en verdad. Jer 10:10; Jn 4:24; Sal 7:6.
- Debemos buscarle en santidad. 2 Ti 2:19; He 12:14; 1 Jn 1:3.
- Debemos buscarle sobre todas las cosas y por él mismo.
- Debemos buscarle a la luz de su propia palabra.
- Debemos buscarle con diligencia y perseverancia, sin descansar nunca hasta hallarle, como la esposa en los Cantares. William Cowper.
Vers. 2, 4-5, 8. Bienaventurados los que guardan. «Tú encargaste que sean guardados.» «¡Ojalá fuesen dirigidos mis caminos para guardar!» «Guardaré.» Se muestra la bienaventuranza de guardar los preceptos de Dios (Sal 119:2), mandada (Sal 119:4), por qué (Sal 119:5), resuelta (Sal 119:8). C. A. D.
Salmos 119:3
Vers. 3. «Pues no hacen iniquidad.» Bienaventurados serían, en verdad, los hombres de quienes esto pudiera afirmarse sin reservas y sin explicaciones: habremos llegado a la región de la bienaventuranza pura cuando cesemos del todo de pecar. Los que siguen la palabra de Dios no hacen iniquidad; la regla es perfecta, y si se sigue constantemente no surgirá falta alguna. La vida, para el observador externo al menos, consiste mucho en el hacer, y el que en sus obras nunca se desvía de la equidad, tanto hacia Dios como hacia los hombres, ha dado con el camino de la perfección, y podemos estar seguros de que su corazón es recto. Mira cómo un corazón entero conduce a evitar el mal, pues el salmista dice: «Los que con todo el corazón le buscan. Pues no hacen iniquidad». Tememos que ningún hombre pueda pretender estar absolutamente sin pecado, y sin embargo confiamos en que hay muchos que no hacen deliberada, voluntaria, consciente y continuamente nada que sea malo, impío o injusto. La gracia mantiene justa la vida en cuanto al acto, aun cuando el cristiano tiene que lamentar las transgresiones del corazón. Juzgado como los hombres deben ser juzgados por sus semejantes, según las reglas justas que los hombres hacen para los hombres, el verdadero pueblo de Dios no hace iniquidad: son honrados, rectos y castos, y en cuanto a justicia y moralidad son irreprensibles. Por eso son felices.
«Andan en sus caminos.» No atienden solo a la gran carretera principal de la ley, sino a las sendas menores de los preceptos particulares. Así como no cometerán pecado de comisión, se esfuerzan por estar libres de todo pecado de omisión. No les basta ser irreprensibles: desean también ser activamente justos. Un ermitaño puede huir a la soledad para no hacer iniquidad, pero un santo vive en sociedad para servir a su Dios andando en sus caminos. Hemos de ser rectos tanto en lo positivo como en lo negativo: no conservaremos mucho tiempo lo segundo si no atendemos a lo primero, pues los hombres andarán en una dirección o en otra, y si no siguen la senda de la ley de Dios pronto harán iniquidad. El modo más seguro de abstenerse del mal es estar plenamente ocupado en hacer el bien. Este versículo describe a los creyentes tal como existen entre nosotros: aunque tienen sus faltas y flaquezas, aborrecen el mal y no se permiten hacerlo; aman los caminos de la verdad, de la justicia y de la verdadera piedad, y habitualmente andan en ellos. No pretenden ser absolutamente perfectos, salvo en sus deseos, y ahí sí son puros, pues anhelan ser guardados de todo pecado y ser conducidos a toda santidad.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 3. Pues no hacen iniquidad. Si aquí se pregunta: ¿cómo es que los que andan en los caminos de Dios no obran iniquidad? ¿Hay algún hombre que viva y no peque? Y si no están sin pecado, ¿cómo pueden entonces ser bienaventurados? La respuesta es que, como dice el apóstol de nuestro conocimiento: «en parte conocemos», así es verdad de nuestra felicidad en la tierra: somos bienaventurados en parte. La felicidad de los ángeles es que nunca pecaron; la felicidad de los santos triunfantes es que, aunque han sido pecadores, ya no pecan más; pero la felicidad de los santos militantes es que nuestros pecados nos son perdonados; y que, aunque el pecado permanece en nosotros, no reina sobre nosotros; se hace en nosotros, pero no con nuestro consentimiento: «Hago el mal que no quiero». «Ya no soy yo, sino el pecado que mora en mí», Ro 7:17.
Para hacer iniquidad deben concurrir estas tres cosas: primero, el propósito de hacerla; luego, el deleite en hacerla; tercero, la continuación en ella; las cuales tres nunca concurren en los hijos de Dios; pues en los pecados cometidos en ellos por el viejo hombre, el nuevo hombre hace sus excepciones y protestas contra ellos. «No soy yo», dice; y está tan lejos de deleitarse en ellos que, más bien, su alma se aflige por ellos; como Lot, que habitando entre los sodomitas era atormentado al oír y ver sus hechos inicuos. En una palabra, los hijos de Dios son más bien víctimas del pecado contra su voluntad que actores de él con su voluntad: como hombres oprimidos espiritualmente por el poder de su enemigo, por lo cual suspiran y claman a Dios: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?». Y en este sentido dice el apóstol: «Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado» (1 Jn 3:9). William Cowper.
Vers. 3. Pues no hacen iniquidad. La bienaventuranza de los que andan en la ley: no hacen ni han hecho maldad, sino que andan o han andado siempre en sus caminos. En todo el salmo puede advertirse que a veces se emplea el tiempo presente, que indica acción presente, y a veces el perfecto, que indica tiempo pasado y presente: Sal 119:10-11, Sal 119:13-14, Sal 119:21, Sal 119:51-61, Sal 119:101-102, Sal 119:131, Sal 119:145, Sal 119:147. The Speaker's Commentary, 1873.
Vers. 3. Pues no hacen iniquidad. Es decir, no hacen de ella un oficio ni una práctica común. Tropiezan, por la flaqueza de la carne, la sutileza de Satanás y los halagos del mundo; pero no siguen ordinaria ni habitualmente adelante por caminos ilícitos y pecaminosos. Al establecer el salmista esto como una parte (y no la menor) de la bienaventuranza, que los que andan en sus caminos no obran iniquidad, la doctrina que debe aprenderse aquí es que es una prerrogativa maravillosamente grande verse libre de la esclavitud del pecado. Richard Greenham.
Vers. 3. No hacen iniquidad. A todos los que son renovados por la gracia y reconciliados con Dios por Cristo Jesús, Dios no les imputa pecado para condenación, y en su cuenta no hacen iniquidad. Notable es lo que se dice de David: «Guardó mis mandamientos y me siguió con todo su corazón, haciendo solamente lo recto delante de mis ojos» (1 R 14:8). ¿Cómo puede ser eso? Podemos seguir el rastro de David por sus fallos, que constan por todas partes en la palabra; sin embargo, aquí se corre un velo sobre ellos; Dios no se los tomó en cuenta. Hay una doble razón por la que sus fallos no se les toman en cuenta. En parte, por su estado general: están en Cristo, aceptados en el favor por medio de él, y «ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Ro 8:1); por tanto, los errores y descuidos particulares no alteran su condición; lo cual no ha de entenderse como si un hombre no debiera humillarse y pedir perdón a Dios por sus flaquezas; no, pues entonces resultan iniquidades y quedarán registradas contra él. Fue una burda fantasía la de los valentinianos, que sostenían que no se contaminaban con pecado alguno, cometieran lo que cometieran; aunque fueran personas viles y obscenas, seguían siendo como oro en el lodo. No, no: hemos de recuperarnos por el arrepentimiento, para reclamar el favor de Dios. Cuando David se humilló y se arrepintió, dijo Natán: «Jehová ha perdonado tu pecado» (2 S 12:13). En parte también porque su inclinación y tendencia habitual es hacer lo contrario. Se disponen a cumplir la voluntad de Dios, a buscar y servir al Señor, aunque estén estorbados por muchas flaquezas. El impío peca con premeditación y deleite, su inclinación es hacer el mal, hace «caso de la carne en sus deseos» (Ro 13:14) y los «sirve» por una sujeción voluntaria (Tit 3:3). Pero los que son renovados por la gracia no son «deudores» a la carne; han contraído otra deuda y obligación, que es servir al Señor (Ro 8:12).
En parte, también, porque su curso y camino general es hacer lo contrario. Toda cosa obra conforme a su forma; las acciones constantes de la naturaleza son conforme a su especie. Así la nueva criatura: sus operaciones constantes son conforme a la gracia. Al hombre se le conoce por su costumbre, y el curso de sus esfuerzos muestra cuál es su ocupación. Si un hombre es constante, fácil y frecuentemente arrastrado al pecado, eso descubre el hábito de su alma y el temple de su corazón. Los prados pueden inundarse, pero el terreno pantanoso queda anegado con cada vuelta de la marea. Un hijo de Dios puede ser arrastrado ocasionalmente y actuar contra la inclinación de la nueva naturaleza; pero cuando los hombres son anegados y vencidos por la vuelta de cada tentación, eso arguye un hábito de pecado.
Y en parte, porque el pecado nunca domina por completo, sino que se le opone la aversión y la resistencia de la nueva naturaleza. Los hijos de Dios hacen de su tarea evitar todo pecado, velando, orando, mortificando: «Dije: Atenderé a mis caminos, para no pecar con mi lengua» (Sal 39:1), y así hay una resistencia al pecado. Dios ha plantado gracias en sus corazones, el temor de su Majestad, que obra una resistencia; y por eso no hay plena aprobación de lo que hacen. A veces esta resistencia es más fuerte, y entonces la tentación es vencida: «¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?» (Gn 39:9). A veces es más débil, y entonces el pecado se lleva la victoria, aunque contra la voluntad del hombre santo: «Lo que aborrezco, esto hago» (Ro 7:15, Ro 7:18). Es el mal que aborrecen; protestan contra él; son como hombres oprimidos por el poder del enemigo. Y luego hay remordimiento tras el pecado: a David le golpeó el corazón. Les duele y les avergüenza hacer el mal. La ternura acompaña a la nueva naturaleza: Pedro pecó gravemente, pero salió y lloró amargamente. Thomas Manton.
Vers. 3. Los que han mortificado sus pecados viven en las gracias contrarias. De ahí que el salmista diga que no obran iniquidad, sino que andan en tus sendas. Primero, crucifican todos sus pecados, «no hacen iniquidad»; segundo, así como no hacen iniquidad, siguen todos los caminos de Dios, contrarios a esa iniquidad: así como renuncian a todos los caminos del pecado, toman todos los caminos de la gracia. Es una regla en teología que la gracia no quita la naturaleza; es decir, la gracia no viene a quitar los afectos del hombre, sino a tomarlos para sí. William Fenner, 1600-1640.
Vers. 3. Andan en sus caminos. Esto reprende a los que se quedan en lo negativo. Como se dijo de cierto emperador, era más bien no vicioso que virtuoso. En muchos hombres toda su religión se reduce a «noes»: «No soy como este publicano» (Lc 18:11). Esa tierra es mala, aunque no produzca zarzas ni espinos, si no da buen fruto. No solo es echado al infierno el siervo rebelde que golpeó a su consiervo, que comió y bebió con los borrachos, sino el siervo ocioso que envolvió su talento en un pañuelo. Meroz es maldecida, no por oponerse y combatir, sino por no ayudar (Jue 5:23). El rico no quitó la comida a Lázaro, pero no le dio de sus migajas. Muchos dirán: No levanto otros dioses; sí, pero ¿amas, reverencias y obedeces al Dios verdadero? Porque si no, fallas en el primer mandamiento. En cuanto al segundo, dices: Aborrezco los ídolos; pero ¿te deleitas en las ordenanzas? No juro ni desgarro el nombre de Dios con juramentos malditos; sí, pero ¿glorificas a Dios y le honras? No profano el sábado; pero ¿lo santificas? No aras ni bailas; pero estás ocioso y malgastas el sábado en frivolidades. No agravias a tus padres; pero ¿los reverencias? No matas; pero ¿haces bien a tu prójimo? No eres adúltero; pero ¿procuras la templanza y una santa sobriedad en todas las cosas? No eres calumniador; pero ¿eres cuidadoso del honor y del buen nombre de tu prójimo como del tuyo? Por lo común los hombres recortan la mitad de su cuenta, como el mayordomo injusto que dijo al deudor de su señor que escribiera cincuenta cuando debía cien. No pensamos en los pecados de omisión. Si no somos borrachos, adúlteros ni profanos, no pensamos en lo que es omitir el respeto a Dios y la reverencia a su santa Majestad. Thomas Manton.
Vers. 3. Andan en sus caminos. No en los de sus enemigos, ni siquiera en los suyos propios. Joseph Addison Alexander, 1860.
Vers. 3. Andan en sus caminos. Habitual, constante, característicamente. No son meramente honrados, rectos y justos en sus tratos con los hombres, sino que andan en los caminos de Dios; son religiosos. Albert Barnes, 1798-1870.
Sugerencias para el predicador
Vers. 3. Pues no hacen iniquidad. No obran iniquidad
- Con propósito de corazón;
- Con deleite;
- Con perseverancia;
- Ni en absoluto cuando el corazón está plenamente santificado para Dios, Cristo morando en él por la fe y echando fuera el pecado. Adam Clarke.
Vers. 3. La relación entre la virtud negativa y la positiva. O con Dios, el mejor preventivo de la iniquidad.
Salmos 119:4
Vers. 4. «Tú encargaste que sean guardados tus mandamientos diligentemente.» De modo que, cuando hayamos hecho todo, somos siervos inútiles; hemos hecho solo lo que debíamos hacer, puesto que tenemos para ello el mandato de nuestro Señor. Los preceptos de Dios requieren una obediencia cuidadosa: no hay manera de guardarlos por casualidad. Algunos dan a Dios un servicio descuidado, una obediencia a tontas y a locas, pero el Señor no ha mandado tal servicio, ni lo aceptará. Su ley exige el amor de todo el corazón, el alma, la mente y las fuerzas; y una religión descuidada no tiene nada de esto. Somos llamados también a una obediencia ferviente. Hemos de guardar los preceptos abundantemente: las vasijas de la obediencia deben llenarse hasta el borde, y el mandamiento cumplirse en toda la plenitud de su sentido. Como el hombre diligente en los negocios se esfuerza por hacer todo el comercio que pueda, así debemos estar ansiosos de servir al Señor cuanto sea posible. Tampoco hemos de escatimar esfuerzos para ello, pues una obediencia diligente será también laboriosa y abnegada. Los diligentes en los negocios se levantan temprano y se acuestan tarde, y se niegan mucho de comodidad y reposo. No se cansan pronto, o si se cansan perseveran aun con la frente dolorida y los ojos fatigados. Así debemos servir al Señor. Tal Maestro merece siervos diligentes; tal servicio exige, y con nada menos se contentará. ¡Cuán pocas veces lo rinden los hombres, y por eso muchos, por su negligencia, pierden la doble bendición de que habla este salmo!
Algunos son diligentes en la superstición y en el culto voluntario; seamos nosotros diligentes en guardar los preceptos de Dios. De nada sirve viajar de prisa si no vamos por el camino correcto. Hay hombres que han sido diligentes en un negocio ruinoso, y cuanto más han comerciado más han perdido: esto es bastante malo en el comercio; no podemos permitirnos que sea así en nuestra religión.
Dios no nos ha mandado ser diligentes en hacer preceptos, sino en guardarlos. Algunos se atan yugos al cuello y hacen ataduras y reglas para otros; pero el camino sabio es contentarse con las reglas de la santa Escritura y esforzarse por guardarlas todas, en todo lugar, hacia todos los hombres y en todos los aspectos. Si no lo hacemos, podremos llegar a ser eminentes en nuestra propia religión, pero no habremos guardado el mandamiento de Dios, ni seremos aceptados por él.
El salmista empezó con la tercera persona; ahora se va acercando a casa, y ya ha llegado a la primera persona del plural, según nuestra versión; pronto lo oiremos clamar personalmente y por sí mismo. A medida que el corazón se enciende de amor a la santidad, anhelamos tener en ella un interés personal. La palabra de Dios es un libro que conmueve el corazón, y cuando empezamos a cantar sus alabanzas pronto nos toca de cerca y nos lleva a orar para que nosotros mismos seamos conformados a sus enseñanzas.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 4. Tú encargaste que sean guardados tus mandamientos diligentemente. No es cosa indiferente (adiaforov), dejada a la discreción de los hombres, oír o descuidar los discursos sagrados, las lecturas teológicas y las exposiciones del Libro Sagrado; sino que Dios lo ha mandado, y no lo ha mandado de pasada, hablando de otro asunto, sino dam, con empeño y con fuerza nos ha mandado guardar sus preceptos. Debemos tener fijas en la mente las palabras de Dt 6:6: «Estarán sobre tu corazón estas palabras»; de Mt 17:5: «A él oíd»; de Jn 5:39: «Escudriñad las Escrituras». Sobre todo, los estudiantes de teología deben recordar la regla paulina de 1 Ti 4:13: «Ocúpate en la lectura». Solomon Gesner.
Vers. 4. Tú encargaste…, etc. ¿Nos ha ordenado Dios observar sus preceptos con tanto cuidado y diligencia? Entonces que nada nos aparte de ellos, ni en la circunstancia más pequeña; no tengamos por innecesario, frívolo o superfluo nada de lo que tenemos garantía en su palabra, ni consideremos demasiado sabios o escrupulosos a los que se mantengan resueltamente en ello: si el Señor requiere algo, aunque el mundo lo contradiga y seamos burlados y maltratados por hacerlo, continuemos sin embargo por el camino de nuestra obediencia. Richard Greenham.
Vers. 4. Diligentemente. Por tres causas debemos guardar con diligencia los mandamientos del Señor: primero, porque nuestro adversario, que procura enredarnos con la transgresión de ellos, es diligente en tentar, pues anda alrededor, noche y día, buscando devorarnos; luego, porque nosotros mismos somos débiles y frágiles, y con tanta mayor diligencia necesitamos mirar por nosotros; tercero, por la gran pérdida que sufrimos con cada ventaja que Satanás obtiene sobre nosotros; porque hallamos por experiencia que, así como una herida se hace antes de lo que se cura, así la culpa de conciencia se contrae fácilmente, pero no tan fácilmente se quita. William Cowper.
Vers. 4. Diligentemente. En este versículo recuerda al lector cuán bien sabía él que este estudio de la ley divina debe ser necesariamente severo (serio), puesto que Dios ha mandado que se observe diligentemente; es decir, con el estudio más profundo; como lo único que es bueno, y como bueno es todo lo que ella manda. Antonio Brucioli, 1534.
Vers. 4. La palabra traducida «diligentemente» significa en la lengua original «mucho en extremo», de modo que las palabras dicen así: «Tú has mandado guardar tus preceptos en extremo». Richard Greenham.
Vers. 4-5. Tú encargaste que sean guardados tus mandamientos diligentemente, Sal 119:4; este es el imperativo de Dios. ¡Ojalá fuesen dirigidos mis caminos para guardar tus estatutos!, Sal 119:5; este debe ser nuestro optativo. Thomas Adams, 1614.
Vers. 4-5. Es muy digno de notarse respecto de David que, cuando ora tan fervientemente: «¡Ojalá fuesen dirigidos mis caminos para guardar tus estatutos!», presenta como razón: «Tú encargaste que sean guardados tus mandamientos diligentemente», insinuando con ello que el fundamento de su obediencia a los preceptos de Dios era el sello de la autoridad divina que se los ordenaba. Con este fin dice en Sal 119:94: «He buscado tus mandamientos», dando a entender que lo que buscaba en su obediencia era el cumplimiento de la voluntad de Dios. En verdad, solo es y propiamente obediencia lo que se hace intuitu voluntatis divinae, con respecto y atención a la voluntad divina. Así como solo es fe divina la que cree una verdad, no por razón humana sino por revelación divina, así solo es verdadera obediencia la que se conforma al mandato, no porque pueda convenir a algún fin egoísta, sino porque lleva en sí la impronta de la autoridad de Cristo. Nathanael Hardy.
Sugerencias para el predicador
Vers. 4.
- Advierte quién es el legislador: «Tú». No tu igual, que podría ser burlado, sino el gran Dios.
- Ha interpuesto autoridad: «encargaste».
- La naturaleza de esta obediencia, o la cosa mandada: «Que sean guardados tus mandamientos». T. Manton.
Vers. 4. El mandamiento suplementario. Habiendo ordenado Dios la ley moral, la complementa con un mandamiento que prescribe la manera de guardarla. De ahí:
- A Dios no le es indiferente el trato que los hombres dan a su ley, ya la observen, la descuiden o la desafíen.
- Cuando se observa, discrimina el espíritu de su observancia, ya sea servil, parcial o diligente.
- Solo hay un espíritu de obediencia que satisface el requerimiento. «Diligentemente» implica una obediencia que se cuida de conocer la ley, pronta para cumplirla (Sal 119:60), sin reservas, inspirada por el amor («diligentemente», en su antiguo sentido, a través del latín, «amorosamente», Sal 119:47, Sal 119:113).
- ¿Alcanza nuestra obediencia esta medida? C. A. D.
Vers. 4. No solo se manda el servicio, sino la manera de prestarlo. Se requieren cordialidad, cuidado y perseverancia, porque sin ellos no será uniforme ni victorioso sobre la dificultad.
Vers. 4. Cómo obedecer: «Diligentemente».
- No parcialmente, sino por completo.
- No con duda, sino con confianza.
- No de mala gana, sino con prontitud.
- No con descuido, sino con cuidado.
- No con frialdad, sino con fervor.
- No a ratos, sino con regularidad. W. J.
Vers. 4-6. Un reconocimiento voluntario (Sal 119:4). Un anhelo ardiente (Sal 119:5). Una feliz consecuencia (Sal 119:6). W. D.
Salmos 119:5
Vers. 5. «¡Ojalá fuesen dirigidos mis caminos para guardar tus estatutos!» Los mandamientos divinos deben dirigirnos en el tema de nuestras oraciones. No podemos por nosotros mismos guardar los estatutos de Dios como él quiere que se guarden, y sin embargo anhelamos hacerlo: ¿qué recurso tenemos sino la oración? Debemos pedir al Señor que obre nuestras obras en nosotros, o nunca cumpliremos sus mandamientos. Este versículo es un suspiro de pesar porque el salmista siente que no ha guardado diligentemente los preceptos; es un clamor de debilidad que apela por ayuda a quien puede ayudar; es una petición de desconcierto de quien ha perdido el camino y querría ser dirigido en él; y es una súplica de fe de quien ama a Dios y confía en él para recibir gracia.
Nuestros caminos son por naturaleza opuestos al camino de Dios, y el Señor ha de volverlos con su dirección hacia otro rumbo distinto del que originalmente toman, o nos llevarán a la destrucción. Dios puede dirigir la mente y la voluntad sin violar nuestro libre albedrío, y lo hará en respuesta a la oración; de hecho, ya ha comenzado la obra en los que oran de corazón a la manera de este versículo. Es por la santidad presente que surge el deseo en el corazón: ¡ojalá fuera así ahora conmigo!; pero se refiere también a la santidad perseverante futura, pues anhela la gracia para guardar de aquí en adelante y para siempre los estatutos del Señor.
El suspiro del texto es realmente una oración, aunque no tome exactamente esa forma. Los deseos y los anhelos son de la esencia de la súplica, y poco importa la forma que tomen. «¡Ojalá!» es una oración tan aceptable como «Padre nuestro».
Apenas se habría esperado una oración pidiendo dirección; más bien habríamos esperado una petición de capacitación. ¿No podemos dirigirnos a nosotros mismos? Aunque no sepamos remar, podemos llevar el timón. El salmista confiesa aquí que hasta para la parte más pequeña de su deber se sentía incapaz sin la gracia. Anhelaba que el Señor influyera en su voluntad, además de fortalecer sus manos. Necesitamos una vara que señale el camino tanto como un báculo que nos sostenga en él.
El anhelo del texto es provocado por la admiración de la bienaventuranza de la santidad, por la contemplación de la belleza de carácter del hombre justo y por un reverente temor ante el mandamiento de Dios. Es la aplicación personal, al caso del propio autor, de las verdades que había estado considerando. «¡Ojalá fuesen dirigidos mis caminos…!», etc. Sería bueno que todos los que oyen y leen la palabra imitaran este ejemplo y convirtieran en oración todo lo que oyen. Tendríamos más guardadores de los estatutos si tuviéramos más que suspirasen y clamasen por la gracia de hacerlo.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 5. Al rastrear la conexión de este versículo con el anterior, no podemos dejar de observar con qué exactitud se mantiene el camino medio, que nos conserva a igual distancia de la idea de suficiencia propia para guardar los estatutos del Señor y de la justificación propia al descuidarlos. El primer intento de rendir obediencia espiritual nos convencerá pronto de nuestra total impotencia. Con la misma facilidad podríamos crear un mundo como crear en nuestros corazones un solo latido de vida espiritual. Y sin embargo nuestra incapacidad no cancela nuestra obligación. Es la debilidad de un corazón que «no se sujeta a la ley de Dios», por ninguna otra razón sino porque es «carnal», y por tanto «enemistad contra Dios». Nuestra incapacidad es nuestro pecado, nuestra culpa, nuestra condenación, y en lugar de excusar nuestra condición, nos tapa la boca y nos deja desprovistos de toda defensa ante Dios. Así nuestra obligación permanece en pleno vigor. Estamos obligados a obedecer los mandamientos de Dios, podamos o no. ¿Qué nos queda, pues, sino devolver el mandato al cielo, acompañado de una ferviente oración para que el Señor escriba en nuestros corazones esos estatutos a cuya obediencia nos obliga en su palabra? «Tú encargaste que sean guardados tus mandamientos diligentemente.» Reconocemos, Señor, nuestra obligación, pero sentimos nuestra impotencia. Señor, ayúdanos; a ti miramos. «¡Ojalá fuesen dirigidos mis caminos para guardar tus estatutos!» Charles Bridges, 1849.
Vers. 5. ¡Ojalá…!, etc. En el versículo anterior el profeta David observa el encargo que Dios da, a saber, que sus mandamientos sean guardados diligentemente; aquí, pues, observa su propia debilidad e insuficiencia para cumplir ese gran deber, y por eso, como quien por el espíritu desea cumplirlo y por la carne no puede cumplirlo, prorrumpe en estas palabras: «¡Ojalá fuesen dirigidos mis caminos!», etc. Muy parecido a un niño a quien se manda levantar del suelo un gran peso: está dispuesto a hacerlo, aunque no puede; o a un enfermo a quien se aconseja dar muchas vueltas por su cuarto: siente en su corazón el deseo, aunque su cuerpo no puede hacer lo que se le indica. Richard Greenham.
Vers. 5. ¡Ojalá fuesen dirigidos mis caminos!, etc. Es el uso y el deber del pueblo de Dios convertir los preceptos en oraciones. Que esta es la práctica de los hijos de Dios se ve en: «Conviérteme, y seré convertido, porque tú eres Jehová mi Dios» (Jer 31:18). Dios había dicho: «Convertíos, y viviréis», y ellos se lo piden a Dios: «Conviértenos», como él se lo requería a ellos. Fue la oración de Agustín: Da quod jubes, et jube quod vis, «Da lo que mandas, y manda lo que quieras». Es el deber de los santos; porque, primero, concuerda con el pacto del evangelio, donde preceptos y promesas van de la mano; donde Dios da lo que manda y obra todas nuestras obras en nosotros y por nosotros. No son solo condiciones del pacto, sino parte de él. Lo que Dios ha requerido de nuestras manos, podemos desearlo de sus manos. Dios no es un faraón, para exigir ladrillos donde no da paja. Lex jubet, gracia juvat. Los artículos del nuevo pacto no solo están puestos en forma de preceptos, sino de promesas. La ley no da fuerza para cumplir nada, pero el evangelio ofrece gracia. Segundo, porque por este medio se cumplen los fines de Dios. ¿Por qué requiere Dios lo que no podemos cumplir con nuestras propias fuerzas? Lo hace: (1.) Para mantener su derecho. (2.) Para convencernos de nuestra impotencia y de que, puestos a prueba, sin su gracia no podemos hacer su obra. (3.) Para que la criatura exprese su disposición a obedecer. (4.) Para llevarnos a postrarnos a sus pies pidiendo gracia. Thomas Manton.
Vers. 5. ¡Ojalá…!, etc. Toda la vida de un buen cristiano es un santo deseo, dice Agustín; y este va siempre secundado por el esfuerzo, sin el cual el afecto es como Raquel: hermosa, pero estéril. John Trapp.
Vers. 5. ¡Ojalá fuesen dirigidos mis caminos!, etc. La palabra original Nwk, kun, a veces se traduce «establecer», y, conforme a ello, podría parecer que el profeta solicita para sí la virtud de la perseverancia. Más bien me inclino a entenderla como «dirigir», pues aunque Dios nos instruye claramente en su ley, la torpeza de nuestro entendimiento y la perversidad de nuestros corazones necesitan constantemente la dirección de su Espíritu. Juan Calvino.
Sugerencias para el predicador
Vers. 5. La oración de los agraciados.
- Sugerida por cada cláusula anterior de bendición.
- Por la conciencia del fracaso.
- Por un amoroso aferrarse al Señor.
Vers. 5.
- El fin deseado: «Para guardar tus estatutos». No meramente estar seguro, ni feliz, sino santo.
- La ayuda implorada.
(a) Para entender los preceptos divinos.
(b) Para guardarlos. G. R.
Vers. 5. Anhelo de obedecer.
- Es una aspiración noble. Nada hay más grande que el deseo de hacer esto, excepto el hacerlo.
- Es una aspiración espiritual. No es hija de nuestra naturaleza carnal. Es el corazón de Dios en la nueva criatura.
- Es una aspiración practicable. A veces suspiramos por lo imposible. Pero esto puede alcanzarse por la gracia divina.
- Es una aspiración intensa. Es el «¡Oh!» de un deseo ardiente.
- Es una aspiración influyente. No se evapora en suspiros. Es un poderoso incentivo implantado por la gracia que no nos dejará descansar sin santidad. W. J.
Salmos 119:6
Vers. 6. «Entonces no sería yo avergonzado.» Había conocido la vergüenza, y aquí se regocija en la perspectiva de verse libre de ella. El pecado trae vergüenza, y cuando el pecado se va, la razón para avergonzarse queda desterrada. ¡Qué liberación es esta, pues para algunos hombres la muerte es preferible a la vergüenza!
«Cuando atendiere a todos tus mandamientos.» Cuando respete a Dios se respetará a sí mismo y será respetado. Siempre que erramos nos preparamos para la confusión de rostro y el abatimiento del corazón: si nadie más se avergüenza de mí, yo me avergonzaré de mí mismo si hago iniquidad. Nuestros primeros padres no conocieron la vergüenza hasta que trabaron conocimiento con la serpiente antigua, y no los dejó hasta que su Dios misericordioso los cubrió con pieles de sacrificio. La desobediencia los hizo desnudos y avergonzados. Nosotros mismos tendremos siempre motivo de vergüenza hasta que todo pecado sea vencido y todo deber sea cumplido. Cuando prestemos un respeto continuo y universal a la voluntad del Señor, entonces podremos mirarnos a la cara en el espejo de la ley, y no nos sonrojaremos a la vista de hombres ni de demonios, por ansiosa que sea su malicia de imputarnos algo.
Muchos sufren de una timidez excesiva, y este versículo sugiere una cura. Un sentido permanente del deber nos hará audaces; tendremos miedo de tener miedo. Ninguna vergüenza ante los hombres nos estorbará cuando el temor de Dios haya tomado pleno posesión de nuestra mente. Cuando vamos por el camino real a la luz del día, ocupados en asuntos del rey, no necesitamos pedir permiso a nadie. Sería un deshonor para un rey que se avergonzara de su librea y de su servicio; ninguna vergüenza semejante debe encender jamás la mejilla de un cristiano, ni lo hará si tiene la debida reverencia al Señor su Dios. No hay nada de qué avergonzarse en una vida santa; un hombre puede avergonzarse de su orgullo, avergonzarse de su riqueza, avergonzarse de sus propios hijos, pero nunca se avergonzará de haber atendido en todo a la voluntad del Señor su Dios.
Es digno de notarse que David no se promete inmunidad de la vergüenza hasta que haya rendido cuidadosamente homenaje a todos los preceptos. Fíjate en esa palabra «todos», y no dejes fuera de tu respeto ni un solo mandamiento. La obediencia parcial nos deja aún expuestos a ser llamados a cuentas por los mandamientos que hemos descuidado. Un hombre puede tener mil virtudes, y sin embargo una sola falta puede cubrirlo de vergüenza.
A un pobre pecador sepultado en la desesperación puede parecerle muy improbable que alguna vez se vea libre de la vergüenza. Se sonroja, está confundido y siente que nunca podrá levantar el rostro. Que lea estas palabras: «Entonces no sería yo avergonzado». David no está soñando, ni pintando un caso imposible. Ten por cierto, querido amigo, que el Espíritu Santo puede renovar en ti la imagen de Dios, de modo que aún mires hacia arriba sin temor. ¡Ojalá la santificación nos dirija en el camino de Dios, pues entonces tendremos denuedo tanto para con Dios como para con su pueblo, y no nos sonrojaremos más de confusión!
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 6. Entonces no sería yo avergonzado. A nadie le gusta avergonzarse ni sonrojarse: por eso deben evitarse todas las cosas que traen vergüenza tras de sí: Esd 9:6; Jer 3:25; Dn 9:7, Dn 9:9. Como el artesano mantiene la vista fija en su modelo, y el alumno en la muestra de su maestro de escritura, así el hombre piadoso vuelve una y otra vez los ojos a la palabra de su Dios. Martin Geier.
Vers. 6. Hay una doble vergüenza: la vergüenza de una conciencia culpable y la vergüenza de una conciencia tierna. La una es el mérito y fruto del pecado; la otra es un acto de gracia. La que aquí se menciona ha de entenderse no como un santo aborrecimiento de sí mismo, sino como una vergüenza que confunde. Thomas Manton.
Vers. 6. Entonces no sería yo avergonzado, etc. Entonces tendré confianza para con Dios y para con los hombres y para con mi propia alma, cuando pueda declarar de mí mismo que mi obediencia es imparcial, uniforme y universal, que no se reserva ningún pecado secreto para mi favor, que ningún mandamiento, por pequeño que sea, es descuidado por mí a sabiendas ni de buen grado. Henry Hammond.
Vers. 6. Entonces no sería yo avergonzado, etc. Preguntas: ¿por qué no es avergonzado el que atiende a todos los mandamientos de Dios? Respondo que el sentido es como si hubiera dicho: Los mandamientos de Dios son tan puros y excelentes que, aunque los consideraras todos y cada uno con la mayor atención, no hallarías nada que te hiciera sonrojar. Se alaban las leyes de Licurgo; pero permitían el robo. Se alaban los estatutos de Platón; pero recomendaban la comunidad de mujeres. «La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma» (Sal 19:7). Es un espejo que refleja la hermosa luz de las estrellas sobre quien mira en él. Thomas Le Blanc.
Vers. 6. La bendición de que aquí se habla es la libertad de vergüenza al mirar todos los mandamientos. Si Dios oye la oración y afirma al alma en este hábito de guardar los mandamientos, habrá aún esta bendición ulterior de poder mirar cada precepto sin vergüenza. Muchos hombres pueden mirar algunos mandamientos sin vergüenza. Volviéndose a los diez mandamientos, el hombre honrado no siente vergüenza al contemplar el octavo, el hombre puro está libre de reproche al leer el séptimo, el que es reverente y aborrece la blasfemia no es reprendido por el pensamiento de haber violado el tercero, mientras que el espíritu filial más bien se deleita en el quinto que lo rehúye. Y así con los demás. Quizá la mayoría de los hombres pueden mirar algunos de los preceptos con relativa libertad de reproche. Pero ¿quién puede mirarlos así todos? Y sin embargo a esto también aspira el corazón piadoso. En este versículo hallamos al salmista anticipando conscientemente la verdad de una palabra del Nuevo Testamento: «Cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos». Frederick G. Marchant.
Vers. 6. Avergonzado.
Puedo soportar aguijones de escorpión, pisar campos de fuego,
yacer en abismos helados de frío eterno,
ser lanzado en lo alto por regiones de vacío sin fin,
pero no puedo vivir en la vergüenza. Joanna Baillie, 1762-1851.
Vers. 6. Cuando atendiere a todos tus mandamientos. Literalmente: «En mi mirar a todos tus mandamientos». Es decir, en su tenerlos en cuenta; en su sentir que todos le obligaban por igual; y en tener la conciencia de que no había descuidado, violado ni desatendido ninguno de ellos intencionadamente. No puede haber verdadera piedad sino donde un hombre se propone guardar TODOS los mandamientos de Dios. Si hace una selección entre ellos, guardando este o aquel según le convenga más, o según más le interese, o según sea más popular, es prueba plena de que no sabe nada de la naturaleza de la verdadera religión. Un hijo no tiene el debido respeto a su padre si le obedece solo según le plazca o le convenga; y ningún hombre puede ser piadoso si no se propone, con toda honestidad, guardar TODOS los mandamientos de Dios, someterse a su voluntad en todo. Albert Barnes.
Vers. 6. Todos tus mandamientos. Hay la misma razón para obedecer un mandamiento que otro: la autoridad de Dios, que es el Legislador (Stg 2:11); y por eso, cuando los hombres escogen un deber y pasan por alto otros, no obedecen tanto la voluntad de Dios como satisfacen sus propios humores y caprichos, agradándole solo hasta donde pueden agradarse también a sí mismos; y esto no es razonable; nunca le rendimos un «culto racional» sino cuando es universal. Edward Veal (1632-1708), en «The Morning Exercises».
Vers. 6. Todos tus mandamientos. Una obediencia parcial nunca satisfará a un hijo de Dios. La exclusión de cualquier mandamiento del supremo respeto del corazón es el sello de la hipocresía. Aun Herodes podía «hacer muchas cosas», y sin embargo un solo mal camino acariciado, y por tanto no abandonado, bastaba para mostrar el poder soberano del pecado intacto en su interior. Saúl mató a todos los amalecitas menos uno; y esa sola excepción en el camino de la obediencia universal marcó lo poco sano de su profesión, le costó la pérdida de su trono y lo puso bajo el terrible desagrado de su Dios. Y así el pie, o la mano, o el ojo derecho, los miembros corruptos no mortificados, llevan todo el cuerpo al infierno. Las reservas son el cáncer de la sinceridad cristiana. Charles Bridges.
Vers. 6. A todos tus mandamientos. Permítase que se pueda transgredir alguno de los mandamientos de Dios, y pronto tendremos todo el decálogo dejado de lado. Adam Clarke, 1760-1832.
Vers. 6. Muchos harán algún bien, pero son deficientes en otras cosas, y por lo común en las más necesarias. Escogen las partes más fáciles y baratas de la religión, las que no contradicen sus pasiones e intereses. Nunca podremos tener una paz sana hasta que atendamos a todos. «Entonces no sería yo avergonzado cuando atendiere a todos tus mandamientos.» La vergüenza es el temor de una justa reprensión. Esta reprensión viene del juez supremo o del juez delegado. El juez supremo de todas nuestras acciones es Dios. Este debe ser nuestro principal cuidado, para que no seamos avergonzados ante él en su venida, ni desaprobados en el juicio. Pero hay un juez delegado que todo hombre tiene en su propio seno. Nuestras conciencias nos absuelven o nos condenan según seamos parciales o sinceros en nuestro deber para con Dios, y de ello depende mucho. 1 Jn 3:20-21: «Pues si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas. Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios». Pues bien, para que nuestros corazones no nos reprendan ni nos reprochen, debemos ser completos en toda la voluntad de Dios. ¡Ay!, de otro modo nunca tendrás evidencia de tu sinceridad. Thomas Manton.
Vers. 6. Tal es la misericordia de Dios en Cristo para con sus hijos que él acepta sus débiles esfuerzos, unidos a la sinceridad y la perseverancia en su servicio, como si fueran una obediencia plena… ¡Oh, quién no serviría a tal Señor! A veces oyen ustedes quejarse a los siervos de sus amos por ser tan rígidos y estrictos que nunca pueden agradarles, ni siquiera cuando hacen lo máximo; pero esto no puede imputarse a Dios. Sé tan fiel que hagas lo mejor que puedas, y Dios es tan misericordioso que perdonará lo peor de ti. David conocía esta indulgencia del evangelio cuando dijo: «Entonces no sería yo avergonzado cuando atendiere a todos tus mandamientos», cuando mi ojo está puesto en todos tus mandamientos. El viajero tiene los ojos puestos en el lugar al que va, o hacia él, aunque todavía no haya llegado; allí quiere estar, y se esfuerza cuanto puede por alcanzarlo: así está el corazón del santo hacia todos los mandamientos de Dios; avanza para acercarse más y más a la obediencia plena; tal alma nunca será avergonzada. William Gurnall, 1617-1679.
Sugerencias para el predicador
Vers. 6. Véase «Spurgeon's Sermons», n.º 1443: «Una conciencia limpia».
Vers. 6. La santa confianza, hija de la obediencia universal.
Vers. 6. La armadura a toda prueba.
- La obediencia universal dará confianza sin sonrojo
(a) Ante el mundo criticón.
(b) En el tribunal de la conciencia.
(c) En el trono de la gracia.
(d) En el día del juicio.
- Pero nuestra obediencia está lejos de ser universal, y nos deja expuestos a
(a) Las flechas del mundo.
(b) Las reprensiones de la conciencia.
(c) Paraliza nuestras oraciones.
(d) No se atreve a comparecer por nosotros ante el tribunal de Dios.
- Entonces envolvámonos por la fe en la justicia perfecta de Cristo. Nuestra respuesta a la objeción del mundo: no somos sin falta, y para la salvación descansamos enteramente en otro. Esta justicia es
(a) El bálsamo de nuestra conciencia herida.
(b) Nuestro poderoso argumento en la oración.
(c) Nuestra vindicación triunfante en el día del juicio. C. A. D.
Vers. 6. Tema: El respeto de sí mismo depende del respeto a otro más grande que uno mismo. W. D.
Salmos 119:7
Vers. 7. «Te alabaré.» De la oración a la alabanza hay aquí un camino largo o difícil. Ten por seguro que quien ora por santidad un día alabará por felicidad. Desvanecida la vergüenza, se rompe el silencio, y el que antes callaba declara: «Te alabaré». No puede sino prometer alabanza mientras busca la santificación. Observa qué bien sabe sobre qué cabeza poner la corona. «Te alabaré.» Él mismo querría ser digno de alabanza, pero considera a Dios solo digno de ella. Por el dolor y la vergüenza del pecado mide sus obligaciones con el Señor que quisiera enseñarle el arte de vivir para escapar por completo de su antigua miseria.
«Con rectitud de corazón.» Su corazón sería recto si el Señor lo enseñara, y entonces alabaría a su maestro. Existe la alabanza falsa y fingida, y esa el Señor la aborrece; pero no hay música como la que sale de un alma pura que se mantiene en su integridad. Se requiere alabanza del corazón, rectitud en ese corazón y enseñanza para hacer recto el corazón. Un corazón recto bendecirá sin falta al Señor, pues la adoración agradecida forma parte de su rectitud; nadie puede ser recto si no es recto para con Dios, y esto implica rendirle la alabanza que se le debe.
«Cuando aprenda tus justos juicios.» Hemos de aprender a alabar, aprender para poder alabar y alabar cuando hayamos aprendido. Si alguna vez hemos de aprender, el Señor ha de enseñarnos, y especialmente sobre un tema como sus juicios, pues son un gran abismo. Mientras estos pasan ante nuestros ojos y aprendemos de ellos, debemos alabar a Dios, pues el original no dice «cuando haya aprendido», sino «en mi aprender». Mientras aún soy discípulo seré corista: mi corazón recto alabará tu rectitud, mi juicio purificado admirará tus juicios. La providencia de Dios es un libro lleno de enseñanza, y para aquellos cuyo corazón es recto es un libro de música, del cual cantan a la alabanza de Jehová. La palabra de Dios está llena del registro de su justa providencia, y al leerla nos sentimos impelidos a prorrumpir en expresiones de santo deleite y ardiente alabanza. Cuando a la vez leemos los juicios de Dios y nos hacemos gozosos partícipes de ellos, somos doblemente movidos al canto, un canto en el que no hay formalismo, ni hipocresía, ni tibieza, pues el corazón es recto al presentar su alabanza.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 7. Te alabaré… cuando aprenda, etc. No hay manera de agradar a Dios plena y sinceramente hasta que hayamos aprendido tanto a conocer como a hacer su voluntad. La alabanza práctica es la alabanza que Dios busca. Thomas Manton.
Vers. 7. Te alabaré. ¿Cuál es el motivo por el que alaba a Dios? Que ha aprendido algo de él y por él entre los hombres. Haber aprendido una lengua o una ciencia en alguna escuela de filosofía nos liga a nuestra alma mater. Alabamos a quienes pueden enseñar algo a un perro, a un caballo; pero que nosotros, pollinos, aprendamos la voluntad de Dios, cómo andar agradándole, esto debe ser reconocido por nosotros como una gran misericordia de Dios. Paul Bayne.
Vers. 7. Te alabaré… cuando aprenda, etc. Pero ¿cuándo dice David que será agradecido? Cuando Dios le enseñe. Tanto la materia como la gracia del agradecimiento vienen de Dios. Como hizo con Abraham, a quien mandó adorar con sacrificio y al mismo tiempo le dio el sacrificio, así hace con todos sus hijos; pues no solo les da cosas buenas por las cuales deben darle gracias, sino igualmente la gracia por la cual pueden dárselas. William Cowper.
Vers. 7. Cuando aprenda. Por aprender entiende su llegar no solo al conocimiento de la palabra, sino a su práctica. No es una luz especulativa, ni una mera noción de las cosas: «Todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí» (Jn 6:45). Es un aprendizaje tal que el efecto seguirá necesariamente, una luz e iluminación que convierte el alma y conforma nuestros corazones y caminos a la voluntad de Dios. Porque de otro modo, si obtenemos entendimiento de la palabra, es más, si la grabamos en nuestra memoria, de nada nos servirá sin la práctica. Los mejores siervos de Dios no son sino alumnos y estudiantes en el conocimiento y la obediencia de su palabra. Pues dice David: «Cuando aprenda». A los profesores de la religión cristiana se les llamaba al principio discípulos o aprendices: to plhyov twn mayhtwn, «la multitud de los discípulos» (Hch 6:2). Thomas Manton.
Vers. 7. Aprendido tus justos juicios. Vemos aquí lo que David deseaba especialmente aprender, a saber, la palabra y la voluntad de Dios: quería ser siempre alumno en esta escuela, y procuraba ascender cada día al grado más alto; para que, aprendiendo a conocer, recordara; recordando, creyera; creyendo, se deleitara; deleitándose, admirara; admirando, adorara; adorando, practicara; y practicando, perseverara en el camino de los estatutos de Dios. Este aprendizaje es el antiguo y verdadero aprendizaje, y el más docto en este arte es quien convierte la palabra de Dios en buenas obras. Richard Greenham.
Vers. 7. Los juicios de tu justicia son las decisiones sobre lo recto y lo malo que dan expresión a la justicia de Dios y la ponen en ejecución. Franz Delitzsch.
Sugerencias para el predicador
Vers. 7. Lo mejor de la alabanza, lo mejor del aprendizaje, la mejor de las mezclas, a saber, alabanza y santidad.
Vers. 7.
- El profesor de música sagrada: «Te alabaré».
- El tema de su canto: «A ti».
- El instrumento: «El corazón».
- El instrumento afinado: «Rectitud de corazón».
- La academia donde se forma el músico: «Los juicios». W. D.
Vers. 7. Aprender y alabar.
- Son dos ejercicios espirituales. Es posible que los que aprenden y los que cantan sean carnales y sensuales; pero en este caso se ocupan de los fines, las obras y los caminos justos del Señor.
- Son dos ejercicios apropiados. ¿Qué puede ser más conveniente que aprender de Dios y alabarle?
- Son dos ejercicios provechosos. Se superan las expectativas de los más utilitarios. El placer y el provecho rinden abundante recompensa. El corazón, la cabeza y la vida se benefician.
- Son dos ejercicios que se ayudan mutuamente. En uno somos receptivos, y en el otro comunicativos. Por el uno estamos capacitados para hacer el otro. Por el primero somos estimulados a hacer el segundo. ¡Con qué maravilla se convierte la lección en canto, y el que aprende en cantor! W. J.
Vers. 7.
- Deficiencia confesada: «Cuando aprenda». Esto es esencial para crecer. Es una admisión que todos pueden hacer con verdad.
- Progreso anticipado. Entregó su corazón a la obra de aprender. Buscó la ayuda divina.
- Alabanza prometida. La prometió a Dios solo. Hizo voto de que sería sincera: «con rectitud de corazón». W. Williams, de Lambeth, 1882.
Salmos 119:8
Vers. 8. «Tus estatutos guardaré.» Una resolución serena. Cuando la alabanza se aquieta en una resolución sólida, el alma está bien. El celo que se agota cantando y no deja ningún residuo práctico de vida santa vale poco: «Te alabaré» debe ir unido a «Guardaré». Esta firme resolución no es en absoluto jactanciosa, como la de Pedro: «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré», pues va seguida de una humilde oración pidiendo ayuda divina:
«No me dejes enteramente.» Sintiendo su propia incapacidad, tiembla de que se le deje a sí mismo, y este temor se acrecienta por el horror que tiene de caer en pecado. El «guardaré» suena ahora con bastante ligereza, pues el humilde clamor se oye junto a él. Es una feliz amalgama: resolución y dependencia. Encontramos a quienes, al parecer, oran con humildad, pero no hay en ellos fuerza de carácter ni decisión, y por consiguiente el ruego del aposento no se encarna en la vida; por otra parte, encontramos abundancia de resolución acompañada de una ausencia total de dependencia de Dios, y esto hace un carácter tan pobre como el anterior. Conceda el Señor que tengamos una mezcla tal de excelencias que seamos «perfectos y cabales, sin que nos falte cosa alguna».
Esta oración es de las que con seguridad serán oídas, porque ciertamente debe agradar mucho a Dios ver a un hombre resuelto a obedecer su voluntad, y por tanto debe serle sumamente grato estar presente con tal persona y ayudarla en sus esfuerzos. ¿Cómo podría abandonar a quien no abandona su ley?
El pavor peculiar que tiñe esta oración de un matiz sombrío es el temor del abandono total. Con razón clama el alma contra tal calamidad. Ser dejados, para descubrir nuestra debilidad, es prueba suficiente: ser abandonados del todo sería ruina y muerte. Esconder el rostro por un momento en un poco de ira nos humilla mucho: un desamparo absoluto nos llevaría finalmente al más profundo infierno. Pero el Señor nunca ha abandonado del todo a sus siervos, y nunca lo hará, bendito sea su nombre. Si anhelamos guardar sus estatutos, él nos guardará; sí, su gracia nos guardará guardando su ley.
Hay más bien un descenso desde el monte de bendición con que comenzó el primer versículo hasta el casi lamento de este octavo versículo, y sin embargo esto es espiritualmente un crecimiento, pues de la admiración de la bondad hemos llegado a un ardiente anhelo de Dios y de comunión con él, y a un intenso horror de que no se disfrute. El suspiro de Sal 119:5 es ahora reemplazado por una oración real desde lo profundo de un corazón consciente de su indignidad y de su total dependencia del amor divino. Los dos «yo quiero» necesitaban sazonarse con alguna súplica humilde como esta, o se habría podido pensar que la dependencia del buen hombre se fundaba en cierta medida en su propia determinación. Presenta sus resoluciones como un sacrificio, pero clama al cielo por el fuego.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 8. Este versículo, siendo el último de esta sección, es el resultado de su meditación acerca de la utilidad y la necesidad de guardar la ley de Dios; en él advierte:
- Su resolución: «Tus estatutos guardaré».
- Su oración: «No me dejes enteramente». Su propósito es guardar la ley; pero como es consciente de sus muchas flaquezas, ora contra el abandono.
En la oración se da a entender más de lo que se expresa. «No me dejes», quiere decir: fortaléceme en esta obra; y si me abandonaras, aunque solo por un tiempo, Señor, no para siempre; si en parte, no del todo. De aquí podemos observar cuatro puntos:
- Que es una gran ventaja llegar a una resolución en cuanto a un curso de piedad.
- Los que resuelven un curso de obediencia necesitan acudir a la ayuda de Dios.
- Aunque acudamos a la ayuda de Dios, a veces Dios puede retirarse y parecer que nos abandona.
- Aunque Dios parezca abandonarnos, y realmente lo haga en parte, debemos orar para que no sea un abandono total y completo. Thomas Manton.
Vers. 8 (con 7). Tus estatutos guardaré, etc. La resolución de «guardar los estatutos del Señor» es el resultado natural de haber «aprendido sus justos juicios». Y en este punto David ilustra la unión inseparable y feliz de la «sencillez» de la dependencia y la «sinceridad piadosa» de la obediencia. Apenas formada su resolución, recuerda que el cumplimiento de ella está más allá del poder de la fuerza humana, y por eso al instante siguiente la sigue con oración: «Tus estatutos guardaré; no me dejes enteramente». Charles Bridges.
Vers. 8. Guardaré. David da un ejemplo personal de santidad. Si el rey de Israel guarda los estatutos de Dios, el pueblo de Israel se avergonzará de descuidarlos. César solía decir que los príncipes no deben decir Ite, id vosotros, sin mí, sino Venite, venid conmigo. Así dijo Gedeón (Jue 7:17): «Como me veáis hacer a mí, haréis vosotros». R. Greenham.
Vers. 8. No me dejes enteramente. Hay un abandono total y uno parcial. Los que están resueltos a obedecer a Dios pueden ser dejados por un tiempo, y en cierto grado, a sí mismos. No podemos prometernos una inmunidad total del abandono; pero no es total. Hallaremos, por amor de su gran nombre, que «Jehová no desamparará a su pueblo» (1 S 12:22), y: «No te desampararé, ni te dejaré» (He 13:5). No enteramente, pero en parte pueden ser abandonados. Elías fue abandonado, pero no como Acab; Pedro fue abandonado en parte, pero no como Judas, que fue abandonado del todo y hecho presa del diablo. David fue abandonado para ser humillado y mejorado; pero Saúl fue abandonado del todo para ser destruido. Dice Teofilacto que Dios puede abandonar a su pueblo de modo que cierre sus oraciones (Sal 80:4), de modo que interrumpa la paz y el gozo de su corazón y debilite su fuerza, de manera que su vida espiritual quede muy estancada, y el pecado pueda irrumpir y caigan gravemente; pero no son abandonados del todo. De una manera u otra, Dios sigue presente; presente en la luz a veces cuando no está presente en la fuerza, cuando manifiesta el mal de su condición presente de modo que se lamenten bajo ella; y presente en despertar sus deseos, aunque no en darles el disfrute. Mientras haya alguna estima de Dios, él no se ha ido todavía; queda aún alguna luz y amor, manifestados por nuestros deseos de comunión con él. Thomas Manton.
Vers. 8. No me dejes enteramente. Los abandonos de los elegidos de Dios son, primeramente, parciales, es decir, aquellos en que Dios no los abandona del todo, sino en alguna parte. Segundo, temporales, es decir, por algún espacio de tiempo, y nunca más allá del ámbito de la vida presente. «Por un momento (dice el Señor en Isaías) escondí mi rostro de ti por un breve instante, pero con misericordia eterna tendré compasión de ti, dijo Jehová tu Redentor.» Y con este fin David, bien familiarizado con el asunto, ora: «No me dejes por demasiado tiempo». Esta clase de abandonos, aunque sea solo por un tiempo, no deja libre ninguna parte de la vida del hombre cristiano; y muy a menudo, echando hondas raíces en el corazón del hombre, son de larga duración. David continuó en su peligrosa caída por el espacio de un año entero antes de ser restablecido. Lutero confiesa de sí mismo que, después de su conversión, estuvo tres años en desesperación. La observación común en casos semejantes ha registrado tiempos aún más largos de abandono espiritual. Richard Greenham.
Vers. 8. No me dejes enteramente. Esta oración suena como el grito sobresaltado de quien casi temía haber sido presuntuoso al expresar la resolución anterior. Deseaba guardar los estatutos divinos, y como Pedro hizo voto de que lo haría; pero recordando su propia debilidad, retrocede ante su propio atrevimiento y siente que debe orar. He hecho un voto solemne, pero ¿y si lo he pronunciado en mis propias fuerzas? ¿Y si Dios me dejara a mí mismo? Se llena de terror ante el pensamiento. Prorrumpe con un «¡Oh!». Implora y suplica al Señor que no lo pruebe dejándolo ni por un instante enteramente a sí mismo. Ser abandonado de Dios es el peor mal que el santo más melancólico llega a soñar. Gracias a Dios, nunca nos tocará en suerte; porque ninguna promesa puede ser más expresa que la que dice: «No te desampararé, ni te dejaré». Esta promesa no impide nuestra oración, sino que nos mueve a ella. Porque Dios no abandonará a los suyos, por eso clamamos a él en la agonía de nuestra debilidad: «No me dejes enteramente». C. H. S.
Los ocho versículos, ordenados alfabéticamente:
- *B*ajo qué medios limpiará el joven su camino? Atendiendo a él conforme a tu palabra.
- *B*ien de día y de noche te he buscado con todo mi corazón: no me dejes desviarme de tus mandamientos.
- *B*ajo tu gracia he guardado tu palabra en mi corazón, para no pecar contra ti.
- *B*endito tú, oh Señor: enséñame tus estatutos.
- *B*ien con las palabras de mis labios declararé todos los juicios de tu boca.
- *B*astante más que en todas las riquezas me he gozado en el camino de tus testimonios.
- *B*ajo tu ayuda meditaré en tus mandamientos y consideraré tus caminos.
- B*ajo tu gracia me deleitaré en tus estatutos: no me olvidaré de tu palabra. *Theodore Kuebler.
Los ocho versículos, 9-16. Cada versículo de la sección comienza con b, una casa. El tema de la sección es: La Ley de Jehová purificando la vida. Palabra clave: xkz (zacah), ser puro, hacer puro, limpiar. F. G. Marchant.
Sugerencias para el predicador
Vers. 8.
- Una resolución esperanzadora para la vida.
- Un temor espantoso.
- Una serie de consideraciones que quitan el temor.
Vers. 8.
- La resolución: «Guardaré», etc.
- La posición: «No me dejes enteramente».
(a) Sumisión filial. Lo merezco a veces.
(b) Confianza filial. «No enteramente.»
- La conexión entre ambas. La obediencia sin oración y la oración sin obediencia son igualmente vanas. Para avanzar hay que aplicar ambos remos. Dios no puede soportar a los mendigos perezosos que, mientras pueden conseguir algo pidiendo, no quieren trabajar. G. R.
Vers. 8. No me dejes enteramente. Se deprecia el abandono divino.
- La oración angustiada.
(a) Abandono soberano. La soberanía no es arbitrariedad ni capricho: quizá su definición correcta es amor real misterioso; desconocido ahora, pero justificado cuando se revele.
(b) Abandono vicario.
(c) Abandono a causa del pecado. David, Jonás y Pedro.
Las siete iglesias de Asia; los judíos. Pero para saber lo que «enteramente» significa, tanto en cuanto a grado como a tiempo, hay que ir al infierno. Como quien tiembla al mismo borde del infierno, ora. Como el viajero rezagado, en un vasto bosque y rodeado de fieras, suspira cuando el día se va. Como el vigía en la balsa que ve desvanecerse en el horizonte la vela que ha gritado hasta enronquecer para detener.
- Su fundamento doctrinal. Donde él se digna morar, su morada es perpetua. Solo puede abandonarnos enteramente porque fue engañado en nosotros. Solo puede abandonar enteramente porque fue frustrado. Ambas cosas implican blasfemia. Tú que aborreces el repudio, tú que nunca has abandonado enteramente a ningún santo, no me hagas a mí la excepción solitaria.
- Certeza histórica de la respuesta. El santo y la iglesia en todo tiempo liberados. Puede tardar hasta «la tarde», como en el caso de Cowper. Su rostro llevaba después de la muerte una expresión de gozosa sorpresa. W. A.
Salmos 119:9
Vers. 9. «¿Con qué limpiará el joven su camino?» ¿Cómo llegará a ser santo en la práctica, y cómo se mantendrá así? No es más que un joven, lleno de pasiones ardientes y pobre en conocimiento y experiencia; ¿cómo acertará, y cómo se mantendrá en lo recto? Nunca hubo pregunta más importante para ningún hombre; nunca hubo momento más oportuno para hacerla que el comienzo de la vida. De ningún modo es fácil la tarea que se propone el joven prudente. Desea elegir un camino limpio, ser él mismo limpio en él, limpiarlo de cualquier inmundicia que pueda surgir en el futuro, y terminar mostrando una trayectoria sin mancha desde el primer paso hasta el último; pero, ¡ay!, su camino ya está sucio por el pecado real que ha cometido, y él mismo lleva en su naturaleza una inclinación hacia lo que contamina. Aquí está, pues, la dificultad: primero, empezar bien; luego, ser siempre capaz de conocer y elegir lo recto; y, por último, perseverar en lo recto hasta alcanzar al fin la perfección. Esto es difícil para cualquier hombre; ¿cómo lo logrará un muchacho? El camino, o la vida, del hombre ha de ser limpiado de los pecados de su juventud que dejó atrás, y mantenido libre de los pecados que la tentación pondrá delante de él: esta es la obra, esta es la dificultad.
Ninguna ambición más noble puede presentarse a un joven, ninguna a la que sea llamado con llamamiento más seguro; pero tampoco hay ninguna en que se hallen mayores dificultades. Que no retroceda, sin embargo, ante la gloriosa empresa de vivir una vida pura y llena de gracia; que averigüe más bien el camino por el cual se pueden vencer todos los obstáculos. Que no piense que conoce la senda de la victoria fácil, ni sueñe que puede guardarse con su propia sabiduría; hará bien en seguir al salmista y hacerse un investigador ferviente que pregunta cómo podrá limpiar su camino. Que se haga un discípulo práctico del Dios santo, el único que puede enseñarle a vencer al mundo, a la carne y al diablo, esa trinidad de contaminadores por cuya causa se han echado a perder tantas vidas llenas de esperanza. Es joven y no está acostumbrado al camino; que no se avergüence de preguntar a menudo por él a quien está tan dispuesto y es tan capaz de instruirlo en él.
Nuestro «camino» es un asunto que nos concierne profundamente, y es mucho mejor preguntar por él que especular sobre temas misteriosos que más bien confunden que iluminan la mente. Entre todas las preguntas que hace un joven, y son muchas, sea esta la primera y principal: «¿Con qué limpiaré mi camino?» Es una pregunta que sugiere el sentido común y que los sucesos de cada día hacen urgente; pero no se puede responder con la razón sin ayuda, ni, una vez respondida, pueden cumplirse las indicaciones con fuerza humana sin apoyo. A nosotros nos toca hacer la pregunta; a Dios, dar la respuesta y capacitarnos para ponerla por obra.
Con guardar tu palabra. Joven, la Biblia debe ser tu carta de navegación, y debes vigilar con gran cuidado que tu camino se ajuste a sus indicaciones. Debes atender a tu vida diaria además de estudiar tu Biblia, y debes estudiar tu Biblia para atender a tu vida diaria. Con el mayor cuidado se extraviará un hombre si su mapa lo engaña; pero con el mapa más exacto perderá igualmente su camino si no le presta atención. Nunca se dio por casualidad con el camino estrecho, ni hombre descuidado alguno llevó jamás una vida santa. Podemos pecar sin pensar; nos basta descuidar la gran salvación para arruinar nuestras almas; pero obedecer al Señor y andar rectamente exigirá todo nuestro corazón, toda nuestra alma y toda nuestra mente. Que los descuidados lo recuerden.
Sin embargo, la «palabra» es absolutamente necesaria; porque, de lo contrario, el cuidado se oscurecerá hasta volverse ansiedad enfermiza, y la escrupulosidad puede convertirse en superstición. Un capitán puede velar toda la noche desde su cubierta; pero si no sabe nada de la costa y no lleva piloto a bordo, puede estar corriendo con todo cuidado hacia el naufragio. No basta desear estar en lo recto; porque la ignorancia puede hacernos pensar que servimos a Dios cuando lo estamos provocando, y el hecho de nuestra ignorancia no cambiará el carácter de nuestra acción, por mucho que mitigue su culpabilidad. Si un hombre midiera con cuidado lo que cree que es una dosis de medicina útil, morirá si resulta que tomó el frasco equivocado y vertió un veneno mortal: el que lo hiciera por ignorancia no alterará el resultado. Así también un joven puede rodearse de diez mil males por usar con cuidado un juicio sin ilustrar y negarse a recibir instrucción de la palabra de Dios. La ignorancia voluntaria es en sí misma pecado voluntario, y el mal que de ella procede no tiene excusa. Que todo hombre, joven o viejo, que desee ser santo tenga en su corazón una santa vigilancia, y mantenga su santa Biblia ante sus ojos abiertos. Allí hallará señalada cada curva del camino, indicado cada cenagal y lodazal, con la manera de pasarlo sin mancharse; y allí hallará también luz para su oscuridad, consuelo para su cansancio y compañía para su soledad, de modo que con su ayuda alcance la bienaventuranza del primer versículo del salmo, que sugirió la pregunta del salmista y despertó sus deseos.
Nota cómo la primera sección de ocho versículos tiene por primer versículo: «Bienaventurados los perfectos de camino», y la segunda corre paralela a él con la pregunta: «¿Con qué limpiará el joven su camino?» La bienaventuranza que se nos presenta en una promesa condicional debe buscarse en la práctica por el camino señalado. Dice el Señor: «Aún seré solicitado por la casa de Israel, para hacerles esto.»
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 9. Todo el versículo. En este pasaje hay:
- Una pregunta.
- Una respuesta dada.
En la pregunta está la persona de quien se habla, «un joven», y su obra: «¿Con qué limpiará su camino?» En esta pregunta se suponen varias cosas.
- Que desde el nacimiento estamos contaminados de pecado; pues necesitamos ser limpiados. No dice directamente «su camino», sino «limpiar su camino».
- Que debemos darnos cuenta de este mal muy pronto y temprano; pues la pregunta se plantea sobre el joven.
- Que debemos buscar con ahínco un remedio, cómo secar el flujo de pecado que corre sobre nosotros. Todo esto se da por supuesto.
Lo que se averigua es: ¿Qué remedio hay contra ello? ¿Qué camino se ha de seguir? De modo que la suma de la pregunta es esta: ¿Cómo podrá un hombre impuro, y por naturaleza manchado de pecado, ser capaz, tan pronto como llega al uso de razón, de purgar esa corrupción natural y vivir para Dios una vida santa y pura? La respuesta se da: «Con guardar tu palabra.» Donde se han de observar dos cosas.
- El remedio.
- La manera en que se aplica y se usa.
- El remedio es la palabra; dirigiéndose a Dios, llamada «tu palabra»; porque, si Dios no hubiera dado dirección sobre ello, estaríamos completamente perdidos.
- La manera en que se aplica y se usa: «con guardar», etc.; estudiando y procurando una santa conformidad con la voluntad de Dios. Thomas Manton.
Vers. 9. «¿Con qué limpiará el joven su camino?» etc. Aristóteles, aquel gran dictador de la filosofía, desesperó de lograr una empresa tan grande como hacer a un joven capaz de sus hyika akroamata, «sus graves y severas lecciones de moral»; porque esa edad es ligera y necia, y a la vez testaruda e intratable. Pues bien, tomen a un joven en todo el calor y la ebullición de su sangre, en la más alta fermentación de sus pasiones juveniles; y, con todas estas desventajas, que entre en esa gran escuela del Espíritu Santo, la divina Escritura, y se ponga bajo la dirección de esos benditos oráculos; y quedará eficazmente convencido, por su propia experiencia, de la increíble virtud, del inmenso y poderoso poder de la palabra de Dios, por el éxito que tiene en él y por su progreso diario y sus avances en la sabiduría celestial. John Gibbon (hacia 1660), en "The Morning Exercises."
Vers. 9. Un joven. En el Salmo 119 se asigna un lugar destacado, una de las veintidós partes, a los jóvenes. Es justo que así sea. La juventud es la estación de la impresión y del progreso; los jóvenes son los futuros pilares de la sociedad, y el temor del Señor, que es el principio de la sabiduría, debe comenzar en la juventud. La fuerza, las aspiraciones, las esperanzas intactas de la juventud son requeridas por el mundo; ¡oh, que sean consagradas a Dios! John Stephen, en "The Utterances of the 119 Psalm," 1861.
Vers. 9. En cuanto a joven, en hebreo la palabra es reg naar, es decir, «sacudido»; esto es, del cuidado más suave y tierno de sus padres. Así Mercerus y Savailerius. En segundo lugar, naar puede traducirse «sacudiendo»; esto es, el yugo, pues el joven empieza a sacudirse el yugo materno y, con frecuencia, el paterno. Thomas Le Blanc.
Vers. 9. Limpiar su camino. La expresión no da por completo la impresión de que el joven de que se trata esté en un camino corrompido y deshonroso que necesite limpieza, aunque esto sea verdad de todos los hombres en su origen: Is 53:6. Lo que sigue hace ver que no podía ser así en este joven. La pregunta misma muestra que su corazón no está en estado de corrupción. El deseo está presente; falta dirección. La pregunta es: ¿Cómo hará el joven un camino limpio, una conducta pura, a través de este mundo contaminante? Es una pregunta, no lo dudo, de gran ansiedad para todo convertido cuya mente se ha despertado al sentido del pecado: cómo se mantendrá libre del pecado, evitará la compañía disoluta y se librará de los placeres y prácticas malvados de este mundo que esclaviza. Y a medida que avanza por la línea de la integridad, con muchas tentaciones que le salen al paso y mucha corrupción interior que se levanta para dominarlo, ¡cuántas veces surgirá la misma ansiosa pregunta: Ro 7:24! Solo por una falsa estimación de las propias fuerzas puede alguien pensar de otro modo, y el espíritu de tal falsa estimación será humillado. ¿Cómo se sentían ustedes, mis jóvenes amigos, que han sido traídos a Cristo, el día en que resolvieron ser suyos? Pero para toda esa ansiedad parece haber una respuesta en el texto.
Con guardar tu palabra. No es que los jóvenes de nuestro día necesiten información: necesitan la inclinación. En el joven lleno de gracia hay ambas, y la palabra que empezó la obra alimenta los motivos adecuados. Tanto las terribles amenazas como los dulces ánimos lo mueven en la buena dirección. La respuesta dada a esta ansiosa pregunta es suficientemente clara y práctica. Se le dirige a la palabra de Dios para toda dirección, y podríamos decir que para toda ayuda prometida. Aun así, el asunto presentado de este modo no me parece sacar a luz todo el sentido del pasaje. La pregunta me parece extenderse a todo el versículo. (Esta opinión se confirma con la cita de Cowles que sigue.) Se requiere la limpieza para que su camino sea conforme a la Palabra divina. La pregunta es de lo más amplia comprensión, y la hará solamente quien pueda decir que se ha puesto honradamente en el camino, como el joven de los vv. 10-11; y solo puede responderla el corazón que recibe toda la fuerza que provee el Dios bendito, como se expresa aquí en el v. 12. El salmista hace la pregunta, muestra con qué ahínco ha procurado estar en el camino recto, e inmediatamente halla toda su fuerza en Dios. Así declara cómo ha sido capacitado para obrar rectamente y cómo obrará rectamente en el futuro. John Stephen.
Vers. 9. En lugar de pregunta y respuesta ambas en este único versículo, el hebreo exige la construcción con la pregunta sola, dejando la respuesta para inferirla del sentido de todo el salmo, así: ¿Con qué limpiará el joven su camino para guardarlo conforme a tu palabra? Esta traducción da exactamente la fuerza de la última cláusula. La puntuación hebrea carece del signo de interrogación, de modo que no tenemos otra pista que la forma de la oración y el sentido para decidir dónde termina la pregunta. Henry Cowles, 1872.
Vers. 9. Su camino. La palabra orach, que traducimos aquí «camino», significa una huella, un surco, como el que hace la rueda de un carro o de un carruaje. El joven pecador no tiene un camino ancho y trillado; tiene sus vías privadas de ofensa, sus contaminaciones secretas; ¿y cómo será limpiado de ellas? ¿Cómo será salvado de lo que destruirá la mente, el cuerpo y el alma? Que oiga lo que sigue; la descripción viene de Dios.
- Ha de considerar que su camino es impuro; y cuán abominable debe hacerlo parecer esto a los ojos de Dios.
- Debe examinarlo conforme a la palabra de Dios, y oír con atención lo que Dios ha dicho acerca de él y de su camino.
- Debe prestarle atención, lishmor, para guardar, custodiar y preservar su camino, su curso general de vida, de toda contaminación. Adam Clarke.
Vers. 9. Con guardar, etc. Pienso que las palabras pueden traducirse y completarse mejor así: observando lo que es conforme a tu palabra; lo cual muestra cómo un pecador ha de ser limpiado de sus pecados por la sangre de Cristo, y justificado por su justicia, y ser limpio por su palabra; y también cómo y por quién se obra la santificación en el corazón, a saber, por el Espíritu de Dios, por medio de la palabra, y cuál es la regla del andar y la conducta del hombre: hallará que la palabra de Dios es útil para informarlo en las doctrinas de la justificación y el perdón, para darle a conocer la naturaleza de la regeneración y la santificación; y para la corrección y enmienda de su vida y costumbres, y para su instrucción en cada aspecto de la conducta: 2 Ti 3:16. John Gill, 1697-1771.
Vers. 9. Con guardar. Hay una necesidad especial de este «Presta atención» por la propensión del joven a la irreflexión, al descuido, a la presunción, a la confianza en sí mismo. Hay una necesidad especial de «prestar atención» por la dificultad del camino. «Mira bien por dónde andas»; es una senda angosta. «Mira bien por dónde andas»; es una senda nueva. «Mira bien por dónde andas»; es una senda resbaladiza. «Mira bien por dónde andas»; es una senda llena de incidentes. James Harrington Evans, 1785-1849.
Vers. 9. Conforme a tu palabra. La palabra de Dios es el espejo que descubre toda deformidad espiritual, y también el agua y el jabón que la lavan y la friegan hasta quitarla. Paul Bayne.
Vers. 9. Conforme a tu palabra. No digo que no haya otras guías, otras defensas. No digo que la conciencia no valga nada, y la conciencia en la juventud es especialmente sensible y tierna; no digo que la oración no sea una defensa valiosísima, pero la oración sin prestar atención no es más que otro nombre de la presunción: la oración y el descuido nunca pueden andar de la mano; y por eso digo que no hay defensa ni resguardo que pueda mantener fuera con tanta eficacia a todo enemigo como la lectura orante de la palabra de Dios, llevando toda solicitación del mundo o de los compañeros, toda sugerencia de nuestro propio corazón y de nuestras pasiones, a la prueba de la palabra de Dios: ¿Qué dice la Biblia? La respuesta de la Biblia, con la enseñanza y la iluminación del Espíritu Santo, será en todas las complejidades de nuestro camino una lámpara a nuestros pies y una luz en nuestro sendero. Barton Bouchier.
Vers. 9. Tu palabra. La palabra es la única arma (como la espada de Goliat, ninguna se le iguala) para derribar y cortar a este obstinado enemigo, nuestras pasiones. La palabra de Dios puede dominar nuestras pasiones cuando están en su mayor orgullo: si alguna vez la pasión se enfurece más en un momento que en otro, es cuando la sangre juvenil hierve en nuestras venas. La juventud es insensata, y su pasión es ardiente e impetuosa: su sol sigue subiendo, y piensa que falta mucho para la noche; de modo que ha de ser un brazo fuerte el que aparte de sus pasiones a un joven que tiene el paladar en las mejores condiciones para saborear el placer sensual. El vigor de sus fuerzas le procura más de los deleites de la carne que lo que puede esperar la vejez achacosa, y está más lejos, según piensa, del tiro de la muerte que los viejos que están al borde mismo de la tumba y llevan el olor de la tierra en que pronto se han de disolver. Pues bien, que la palabra de Dios salga al encuentro de este galán en toda su bravura, con su banquete de deleites sensuales delante, y que solo le susurre unas pocas sílabas al oído, que dé a su conciencia solo un pinchazo con la punta de su espada, y lo hará huir de todos ellos con tanta prisa como los hermanos de Absalón huyeron del banquete cuando vieron a su hermano Amnón asesinado a la mesa. Cuando David quiso dar al joven una receta para curarlo de sus pasiones, para limpiar todo su curso y camino, le manda solamente lavarse en las aguas de la palabra de Dios. William Gurnall.
Vers. 9. Las Escrituras nos enseñan la mejor manera de vivir, la más noble manera de sufrir y la más reconfortante manera de morir. John Flavel, 1627-1691.
SUGERENCIAS PARA PREDICADORES.
Esquemas sobre las palabras clave del salmo, por el pastor C. A. Davis
Vers. 9-16. La santificación por la palabra, declarada en general (v. 9); buscada personalmente (vv. 10-12); publicada a otros (v. 13); gozada personalmente (vv. 14-16).
Sugerencias para el predicador
Vers. 9.
- La pregunta del joven.
- La respuesta del sabio.
Vers. 9. En la palabra de Dios, cuando el Espíritu de Dios la aplica al corazón, hay:
- Suficiente luz para descubrir a los hombres la necesidad de limpiar su camino.
- Suficiente energía para limpiar su camino.
- Suficiente placer para animarlos a elegir limpiar su camino.
- Suficiente apoyo para sostenerlos en su camino limpio. Theophilus Jones, en un "Sermon to the Young," 1829.
Vers. 9. La palabra de Dios provee para la limpieza del camino:
- Señalando al joven el mal de su camino.
- Descubriendo un remedio infalible para los desórdenes de su naturaleza: la salvación que es por Jesucristo.
- Haciéndose un directorio en todas las sendas del deber a que pueda ser llamado. Daniel Wilson, 1828.
Vers. 9. Las reglas del salmista para alcanzar la santidad, deducidas de su propia experiencia.
- Busca a Dios con todo tu «corazón» (v. 2). Sé verdaderamente consciente de tus necesidades.
- Guarda y recuerda lo que Dios dice (v. 11): «En mi corazón he guardado tus dichos», etc.
- Reduce todo esto a la práctica (v. 11): «Para no pecar contra ti.»
- Bendice a Dios por lo que ha dado (v. 12): «Bendito tú», etc.
- Pide más (v. 12): Enséñame tus estatutos.
- Estate dispuesto a comunicar tu conocimiento a otros (v. 13): «Con mis labios he contado.»
- Que surta el debido efecto en tu propio corazón (v. 14): «Me he gozado», etc.
- Medita con frecuencia en ellos (v. 15): «En tus mandamientos meditaré», etc.
- Reflexiona profundamente sobre ellos (v. 16): «Me regocijaré», etc. Así como el alimento no digerido no nutrirá el cuerpo, la palabra de Dios no considerada con profunda meditación y reflexión no alimentará el alma.
- Habiendo seguido el curso anterior, debe continuar en él, y así su felicidad estará asegurada (v. 16): «No me olvidaré de tus palabras: me regocijaré (en consecuencia) en tus estatutos.» Adam Clarke.
Vers. 9. Pregunta y respuesta para los jóvenes. La Biblia es un libro para los jóvenes. Aquí da a entender:
- Que el camino del joven necesita ser limpiado. Su manera de pensar, sentir, hablar y obrar.
- Que debe tomar parte activa en la obra. La causa eficiente de la operación es Dios. Otras buenas influencias también obran. Pero el joven debe estar en cordial y práctica simpatía con la obra.
- Que debe usar la Biblia para este fin. Esta registra hechos, presenta estímulos, ordena preceptos, pronuncia promesas y levanta ejemplos, todo lo cual es apto para hacer santo a un joven. Leyendo, estudiando e imitando las Escrituras con espíritu humilde y orante, los jóvenes escaparán de la contaminación y adornarán la sociedad. W. J.
Vers. 9. Una palabra a los jóvenes.
- Muestra cómo el joven está en especial peligro de contaminar su camino. A causa de:
(a) Sus fuertes pasiones.
(b) Su juicio inmaduro.
(c) Su inexperiencia.
(d) Su precipitada autosuficiencia.
(e) Sus compañeros frívolos, y
(f) Su descuido general.
- La circunspección que debe usar para limpiar su camino. «Prestando atención»:
(a) A sus malas inclinaciones.
(b) A sus compañeros.
(c) A sus ocupaciones.
(d) A las tendencias de todo lo que hace.
- La guía infalible por la que ha de regularse su circunspección: «conforme a tu palabra», es decir:
(a) Sus preceptos.
(b) Sus ejemplos.
(c) Sus motivos.
(d) Sus advertencias.
(e) Sus atractivos. C. A. D.
Salmos 119:10
Vers. 10. «Con todo mi corazón te he buscado.» Su corazón había ido tras Dios mismo: no solo había deseado obedecer sus leyes, sino tener comunión con su persona. Esta es una búsqueda y un empeño verdaderamente regios, y bien merecen ser seguidos con todo el corazón. El modo más seguro de limpiar el camino de nuestra vida es buscar al mismo Dios y procurar permanecer en comunión con él. Hasta la buena hora en que hablaba con su Señor, el salmista había sido un ansioso buscador del Señor, y, aunque desfallecido, seguía persiguiéndolo. Si no hubiera buscado al Señor, nunca habría estado tan ansioso por limpiar su camino.
Es grato ver cómo el corazón del escritor se vuelve clara y directamente a Dios. Había estado considerando una verdad importante en el versículo anterior, pero aquí siente tan poderosamente la presencia de su Dios que le habla y le ruega como a alguien que está cerca. Un corazón sincero no puede vivir mucho tiempo sin comunión con Dios.
Su petición se funda en el propósito de su vida: busca al Señor, y ruega al Señor que le impida extraviarse en su búsqueda o fuera de ella. Es por la obediencia como seguimos tras Dios; de ahí la oración:
«No me dejes desviarme de tus mandamientos»; porque si abandonamos los caminos que Dios ha dispuesto, ciertamente no hallaremos al Dios que los dispuso. Cuanto más está el corazón entero de un hombre puesto en la santidad, más teme caer en el pecado; no teme tanto la transgresión deliberada como el extravío inadvertido: no soporta una mirada errante ni un pensamiento vagabundo que pudiera salirse del cerco del precepto. Hemos de ser buscadores tan de todo corazón que no tengamos ni tiempo ni voluntad para ser vagabundos, y, sin embargo, con todo nuestro empeño, hemos de cultivar un celoso temor de que aun así nos desviemos de la senda de la santidad.
Dos cosas pueden parecerse mucho y ser, sin embargo, del todo distintas: los santos son «extranjeros» («Forastero soy yo en la tierra», v. 19), pero no son vagabundos: pasan por el país de un enemigo, pero su ruta es directa; buscan a su Señor mientras atraviesan esta tierra extraña. Su camino está oculto a los hombres; pero no han perdido su camino.
El hombre de Dios se esfuerza, pero no confía en sí mismo: su corazón está en su andar con Dios; pero sabe que ni siquiera toda su fuerza basta para mantenerlo en lo recto, a menos que su Rey sea su guardián, y que el que hizo los mandamientos lo haga constante en obedecerlos: de ahí la oración: «No me dejes desviarme.» Con todo, este sentido de necesidad nunca se convirtió en argumento para la pereza; pues mientras rogaba ser guardado en el camino recto, tuvo cuidado de correr por él con todo su corazón, buscando al Señor.
Es curioso observar de nuevo cómo la segunda parte del salmo lleva el paso de la primera; pues donde el v. 2 declara bienaventurado al hombre que busca al Señor con todo el corazón, el presente versículo reclama la bendición alegando el carácter: «Con todo mi corazón te he buscado.»
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 10. Con todo mi corazón te he buscado. Son muy pocos de entre nosotros los que pueden decir con el profeta David que han buscado a Dios con todo el corazón; es decir, con tal integridad y pureza que no nos hayamos apartado de esa meta como de lo más principal de nuestra salvación. John Calvin.
Vers. 10. Con todo mi corazón te he buscado. La sinceridad está en cada expresión; el corazón está abierto ante Dios. El joven puede hablar así al Escudriñador de los corazones… Consideremos la franqueza de esta clase de conversación con Dios. Usamos rodeos al acercarnos a Dios. Decimos: Con todo mi corazón quisiera buscarte. Tenemos miedo de ser directos… Mira cuán decidido es en su conciencia el joven que tienes delante, cuán abierto y confiado, y tal hallarás que es la característica de su mente piadosa a lo largo de las variadas expresiones que se despliegan en este salmo. Aquí declara al Omnisciente que lo había buscado con todo su corazón. Deseaba hacer real a Dios en todo. John Stephen.
Vers. 10 (primera parte). Solo Dios ve el corazón; solo el corazón ve a Dios. John Donne, 1573-1631.
Vers. 10. No me dejes desviarme de tus mandamientos. David, después de haber protestado que buscaba a Dios con todo su corazón, rogó a Dios que no permitiera que se apartase de sus mandamientos. Veamos por ello cuánta necesidad tenemos de invocar a Dios, para que nos sostenga con mano poderosa y fuerte. Sí, y aunque ya haya puesto poderosamente su mano sanadora, y sepamos también que nos ha concedido grandes y manifiestas gracias, esto no es todo: porque hay en nuestra naturaleza tantos vicios e imperfecciones, y somos tan frágiles y débiles, que tenemos muy gran necesidad de rogarle cada día, y cada vez más, que no permita que nos apartemos de sus mandamientos. John Calvin.
Vers. 10. Cuanta más experiencia tiene un hombre en los caminos de Dios, más consciente es de su propia facilidad para desviarse insensiblemente, por ignorancia e inadvertencia, de los caminos de Dios; pero el joven soldado se atreve a correr riesgos, a cabalgar hasta el campamento de su adversario y a conversar con la tentación, confiado en que no puede equivocarse fácilmente; no tiene tanto temor como David, que aquí clama: No me dejes desviarme. David Dickson, 1583-1662.
SUGERENCIAS PARA PREDICADORES.
Vers. 10.
- Una mirada retrospectiva agradecida.
- Un pronóstico ansioso.
- Una oración digna de elogio.
Vers. 10. Las dos grandes preocupaciones del creyente.
- Lo que anhela hallar: «Te he buscado.»
- Lo que teme perder: «Tus mandamientos.» W. D.
Vers. 10. Sinceridad, no autosuficiencia.
- El creyente debe tener conciencia de buscar a Dios de todo corazón.
- Pero la conciencia de la sinceridad no justifica la autosuficiencia.
- El buscador más entregado debe todavía mirar a la gracia divina para que lo guarde de desviarse. C. A. D.
Salmos 119:11
Vers. 11. Cuando un hombre piadoso pide un favor a Dios, debe emplear con cuidado todos los medios para obtenerlo; y así, como el salmista había pedido ser preservado de desviarse, aquí nos muestra la santa precaución que había tomado para no caer en el pecado.
«En mi corazón he guardado tus dichos.» Su corazón sería guardado por la palabra porque él guardaba la palabra en su corazón. Todo lo que tenía de la palabra escrita, y todo lo que le había sido revelado por la voz de Dios, todo, sin excepción, lo había almacenado en sus afectos, como un tesoro que se conserva en un cofre, o como una semilla escogida que se entierra en tierra fértil: ¿y qué tierra más fértil que un corazón renovado, que busca enteramente al Señor? La palabra era del mismo Dios, y por tanto preciosa para el siervo de Dios. No llevaba un texto sobre el corazón como un amuleto, sino que lo escondía en su corazón como una regla. Lo depositó en el lugar del amor y de la vida, y llenó la estancia de dulzura y de luz. En esto debemos imitar a David, copiando la obra de su corazón además de su carácter exterior. Primero, debemos cuidar de que lo que creemos sea verdaderamente la palabra de Dios; hecho esto, debemos esconderla o atesorarla cada uno para sí; y debemos velar por que esto se haga no como una mera hazaña de la memoria, sino como el acto gozoso de los afectos.
«Para no pecar contra ti.» Este era el objeto que se perseguía. Como alguien dijo bien: Aquí está lo mejor, «tu palabra»; escondido en el mejor lugar, «en mi corazón»; para el mejor de los fines, «para no pecar contra ti». El salmista lo hizo con cuidado personal, como el hombre que esconde cuidadosamente su dinero cuando teme a los ladrones; en este caso, el ladrón temido era el pecado. Pecar «contra Dios» es la manera en que el creyente ve el mal moral; los demás hombres solo se preocupan cuando ofenden a los hombres. La palabra de Dios es el mejor preventivo contra ofender a Dios, pues nos dice su mente y su voluntad, y tiende a conformar nuestro espíritu con el Espíritu divino. Ningún remedio para el pecado en la vida iguala a la palabra en la sede de la vida, que es el corazón. No hay modo de esconderse del pecado a menos que escondamos la verdad en nuestras almas.
Se obtiene una variedad de sentido muy agradable poniendo el acento en las palabras «tu» y «ti». Habla a Dios; ama la palabra porque es la palabra de Dios, y aborrece el pecado porque es pecado contra el mismo Dios. Si molestaba a otros, no le importaba, con tal de no ofender a su Dios. Si no queremos causar desagrado a Dios, debemos atesorar su propia palabra.
Es también digna de notarse la manera personal en que el hombre de Dios hizo esto: «Con todo mi corazón te he buscado.» Fuera lo que fuese lo que otros eligieran hacer, él ya había hecho su elección y había puesto la Palabra en lo más hondo de su alma como su más querido deleite, y por mucho que otros transgredieran, su meta era la santidad: «Para no pecar contra ti.» No era lo que se proponía hacer, sino lo que ya había hecho: muchos son grandes en prometer, pero el salmista había sido fiel en cumplir; por eso esperaba ver un resultado seguro. Cuando la palabra está escondida en el corazón, la vida quedará escondida del pecado.
El paralelismo entre la segunda octava y la primera continúa todavía. El v. 3 habla de no hacer iniquidad, mientras que este versículo trata del método para no pecar. Cuando nos formamos la idea de un hombre bienaventuradamente santo (v. 3), nos conviene hacer un esfuerzo serio para alcanzar la misma sagrada inocencia y felicidad divina, y esto solo puede ser por una piedad del corazón fundada en las Escrituras.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 11. En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti. Depositada allí en el corazón, la palabra surte efecto. Cuando los jóvenes solo leen la letra del Libro, la palabra de promesa y de instrucción queda privada de gran parte de su poder. Tampoco servirá guardarla en la mera memoria. La palabra debe ser conocida y apreciada, y guardada en el corazón; debe ocupar el afecto además del entendimiento; toda la mente necesita estar impregnada de la palabra de Dios. Las cosas reveladas necesitan ser vistas. Entonces, con la palabra de Dios en el corazón, con las amenazas, las promesas, las excelencias de la palabra de Dios y el mismo Dios hechos reales, el joven quedaría fortificado interiormente; el entendimiento iluminado, la conciencia avivada, no pecaría contra su Dios. John Stephen.
Vers. 11. En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti. En la medida en que la palabra del Rey está presente en el corazón, «hay poder» contra el pecado (Ec 8:4). Usemos más este medio de poder absoluto, y más vida y más santidad serán nuestras. Frances Ridley Havergal, 1836-1879.
Vers. 11. En mi corazón he guardado tus dichos. Conviene que la palabra, «más deseable que el oro, y más que mucho oro afinado», perla sin par, no se guarde solo en la portería, el oído exterior, sino en el gabinete de la mente. El deán Boys, citado por James Ford.
Vers. 11. En mi corazón he guardado tus dichos. Hay gran diferencia entre los cristianos y los mundanos. El mundano tiene sus tesoros en joyas fuera de sí; el cristiano los tiene dentro. Ni hay, en verdad, otro receptáculo donde recibir y guardar la palabra de consolación sino solo el corazón. Si la tienes solo en la boca, te será quitada; si la tienes solo en tu libro, te faltará cuando más trato tengas con ella; pero si la guardas en tu corazón, como María las palabras del ángel, ningún enemigo podrá quitártela jamás, y hallarás su tesoro de consuelo en el tiempo de tu necesidad. William Cowper.
Vers. 11. En mi corazón he guardado tus dichos. Este decir, esconder, indica que David no procuraba ser ambicioso de exhibirse ni de hacer una vistosa demostración ante los hombres, sino que tenía a Dios por testigo de aquel secreto deseo que había dentro de él. Nunca miró a las criaturas del mundo; sino que, contento de tener tan gran tesoro, sabía muy bien que Dios, que se lo había dado, lo guardaría tan seguramente y a salvo que no quedaría expuesto a que Satanás se lo llevase. San Pablo nos declara también (1 Ti 1:19) que el cofre donde este tesoro debe esconderse es una buena conciencia. Pues se dice que muchos, careciendo de esta buena conciencia, han perdido también su fe y han sido despojados de ella. Como si un hombre abandonara sus bienes y los pusiera en peligro sin cerrar la puerta, sería cosa fácil que los ladrones entraran y lo robaran y despojaran de todo; así también, si dejamos al azar de Satanás los tesoros que Dios nos ha dado en su palabra, sin que estén escondidos en esta buena conciencia y en lo más hondo de nuestro corazón, como David habla aquí, seremos despojados de ellos. John Calvin.
Vers. 11. En mi corazón he guardado tus dichos. Recordados, aprobados, deleitándose en ellos. William Nicholson (1671), en "David's Harp Strung and Tuned."
Vers. 11. Tu palabra. El dicho, tu oráculo; toda comunicación de Dios al alma, ya sea promesa, mandato o respuesta. Significa un mensaje directo y distinto, mientras que «palabra» es más general y se aplica a toda la revelación. Esta es la novena de las diez palabras que se refieren a la revelación de Dios en este salmo. James G. Murphy, 1875.
Vers. 11. En mi corazón. Bernardo observa que el pan corporal en la alacena puede ser comido por los ratones, o enmohecerse y echarse a perder; pero cuando se lo baja al cuerpo, está libre de tal peligro. Si Dios te capacita para tomar tu alimento del alma en tu corazón, está libre de todo riesgo. George Swinnock, 1627-1673.
Vers. 11. Para no pecar contra ti. Entre las muchas excelentes virtudes de la palabra de Dios, esta es una: que si la guardamos en nuestro corazón, nos guarda del pecado, que es contra Dios y contra nosotros mismos. Podemos notarlo por experiencia: que la palabra es robada primero, o de la mente del hombre, y se va su recuerdo; o al menos del afecto del hombre, de modo que la reverencia por ella se ha ido antes de que el hombre pueda ser arrastrado a cometer un pecado. Mientras Eva guardó por la fe la palabra del Señor, resistió a Satanás; pero desde el momento en que dudó de aquello que Dios había hecho certísimo por su palabra, quedó atrapada de inmediato. William Cowper.
Sugerencias para el predicador
Vers. 11. Lo mejor, en el mejor lugar, para el mejor de los fines.
Salmos 119:12
Vers. 12. «Bendito tú, oh Jehová.» Estas son palabras de adoración que brotan de una intensa admiración por el carácter divino, que el escritor procura humildemente imitar. Bendice a Dios por todo lo que le ha revelado y obrado en él; lo alaba con el calor de un amor reverente y la profundidad de un santo asombro. Son también palabras de percepción, pronunciadas desde el recuerdo de la infinita felicidad del gran Jehová en sí mismo. El Señor es y debe ser bendito, porque es la perfección de la santidad; y esta es probablemente la razón de que se use aquí como argumento. Es como si David dijera: Veo que mi camino hacia la felicidad ha de estar en la conformidad contigo, pues tú eres supremamente bendito; y si en mi medida soy hecho semejante a ti en santidad, participaré también de tu bienaventuranza.
Apenas está la palabra en el corazón, surge el deseo de notarla y aprenderla. Cuando se ha comido el alimento, lo siguiente es digerirlo; y cuando la palabra es recibida en el alma, la primera oración es: Señor, enséñame su significado.
«Enséñame tus estatutos»; porque solo así puedo aprender el camino para ser bienaventurado. Tú eres tan bienaventurado que estoy seguro de que te deleitarás en bendecir a otros, y este don te pido: ser instruido en tus mandamientos. Los hombres felices suelen gozarse en hacer felices a los demás, y ciertamente el Dios feliz impartirá de buena gana la santidad que es la fuente de la felicidad. La fe inspiró esta oración y la fundó, no en nada que hubiera en el hombre que ora, sino únicamente en la perfección del Dios a quien suplicaba. Señor, tú eres bendito; por tanto, bendíceme enseñándome.
Necesitamos ser discípulos o aprendices: «enséñame»; pero ¡qué honor tener al mismo Dios por maestro! ¡Qué atrevido es David al pedir al Dios bendito que lo enseñe! Sin embargo, el Señor puso ese deseo en su corazón cuando la palabra sagrada estaba escondida allí, y así podemos estar seguros de que no fue demasiado atrevido al expresarlo. ¿Quién no querría entrar en la escuela de tal Maestro para aprender de él el arte de vivir santamente? A este Instructor debemos someternos si queremos guardar en la práctica los estatutos de justicia. El Rey que ordenó los estatutos conoce mejor su significado, y como son el fruto de su propia naturaleza, él puede mejor inspirarnos su espíritu. La petición se recomienda a todos los que desean limpiar su camino, pues es de lo más práctica, y pide enseñanza no sobre saberes recónditos, sino sobre la ley establecida. Si conocemos los estatutos del Señor, tenemos la educación más esencial.
Digamos cada uno: «Enséñame tus estatutos.» Es una dulce oración para el uso de cada día. Es un peldaño por encima de la del v. 10, «No me dejes desviarme», así como aquella fue un ascenso sobre la del v. 8, «No me desampares en gran manera». Halla su respuesta en los vv. 98-100: «Me has hecho más sabio que mis enemigos con tus mandamientos», etc.; pero no hasta que se hubo repetido incluso por tercera vez en el «Enséñame» de los vv. 33 y 66, todos los cuales ruego a mi lector que lea con atención. Aun después de esta tercera súplica, la oración aparece de nuevo con las mismas palabras en los vv. 124 y 139, y el mismo anhelo se expresa cerca del final del salmo, en el v. 171: «Mis labios rebosarán alabanza cuando me enseñes tus estatutos.»
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 12. Bendito tú, oh Jehová; enséñame tus estatutos. Este versículo contiene una oración, con la razón de la oración. La oración es: «Enséñame tus estatutos»; la razón que lo mueve a buscar esto surge de la consideración del bien infinito que hay en Dios. Es un Dios bendito, la fuente de toda felicidad, sin el cual ningún bienestar ni dicha puede haber para la criatura. Y por esta causa David, deseando ardientemente estar en compañerismo y comunión con Dios, que sabe que nadie puede alcanzar si no es enseñado por Dios a conocer el camino de Dios y andar en él, ruega, digo, con más ardor que el Señor le enseñe sus estatutos. ¡Oh, que también nosotros pudiéramos considerar sabiamente esto: que nuestra felicidad está en el compañerismo con Dios! William Cowper.
Vers. 12. En este versículo tenemos dos cosas. 1. Un reconocimiento de la bienaventuranza de Dios: Bendito tú, oh Jehová; es decir, poseyendo toda plenitud, tienes una infinita complacencia en el goce de ti mismo; y eres aquel en cuyo goce solo yo puedo ser bendito y feliz; y estás dispuesto y listo para dar de tu plenitud, de modo que eres la fuente de bienaventuranza para tus criaturas. 2. Una solicitud o petición: Enséñame tus estatutos; como si dijera: Puesto que tienes toda plenitud en ti mismo y eres suficiente para tu propia bienaventuranza, ciertamente tienes bastante para mí. Hay bastante para contentarte a ti, luego bastante para satisfacerme a mí. Esto me anima en mi súplica.
Además: Enséñame para que sepa dónde buscar mi bienaventuranza y felicidad, a saber, en ti mismo, el bendito; y para que sepa cómo llegar al goce de ti, de modo que sea bendito en ti. Más aún: Tú eres bendito originalmente, la Fuente de toda bendición; tu bienaventuranza es una fuente eterna, una fuente llena, que siempre derrama bienaventuranza: ¡oh, que yo tenga de ti esta bendición, esta gota de la fuente! William Wisheart, en "Theologia, or, Discourses of God," 1716.
Vers. 12. Puesto que Dios es bendito, no podemos sino desear aprender sus caminos. Si vemos feliz a algún ser terrenal, tenemos gran deseo de aprender su proceder, pensando que por él podríamos ser felices también. Todos querrían navegar con el viento de aquel hombre que prospera; aunque en las cosas terrenales no siempre vale: pero un Dios bendito no puede llevar por ningún camino suyo sino a la bienaventuranza. Así, el que es la bienaventuranza misma estará dispuesto a comunicar sus caminos a otros: las cosas más excelentes son las más comunicativas. Paul Bayne.
Vers. 12. Enséñame. Tenía a Natán, tenía sacerdotes que lo instruyeran, él mismo era profeta; pero toda su enseñanza no era nada sin la bendición de Dios, y por eso ruega: «Enséñame.» William Nicholson.
Vers. 12. Enséñame. Estas palabras llevan más que la simple comunicación de conocimiento, pues antes dijo que ya lo tenía, cuando dijo que guardaba las palabras de Dios en su corazón; y en el v. 7 dijo que «había aprendido los juicios de su justicia»: incluye la gracia para guardar su ley. Roberto Belarmino, 1542-1621.
Vers. 12. Enséñame. Si esto se practicara ahora, unir la oración al oír, de modo que cuando nos ofrecemos a ser enseñados por los hombres, elevemos con ello oración a Dios antes de la predicación, durante la predicación y después de la predicación, pronto resultaríamos más instruidos y religiosos de lo que somos. William Cowper.
Vers. 12. Enséñame tus estatutos. Quien lea este salmo con atención debe observar en él una gran característica, y es cuán decisivas son sus declaraciones de que en guardar los mandamientos de Dios nada puede hacerse con la fuerza humana, sino que es él quien debe crear la voluntad para cumplir tal deber. El salmista ruega al Señor que abra sus ojos para que contemple las maravillas de la ley, que le enseñe sus estatutos, que aparte de él el camino de mentira, que incline su corazón a sus testimonios y no a la avaricia, que aparte sus ojos de mirar la vanidad, y que no quite enteramente de su boca la palabra de verdad. Cada una de estas peticiones muestra cuán hondamente impresionado estaba de su completa impotencia por sí mismo, y cuán completamente dependiente de Dios se sentía para cualquier avance que pudiera esperar en el conocimiento de la verdad. Todos sus estudios en la ley divina, todas sus aspiraciones a la santidad de vida, estaba bien seguro de que nunca podrían tener éxito en medida alguna, salvo por la gracia de Dios que previene y coopera, implantando en él un deseo recto y obrando como guía infalible, por la cual solamente podría llegar al sentido propio de la Santa Escritura, así como a los principios correctos de acción en su andar diario delante de Dios y de los hombres. George Phillips, 1846.
Vers. 12. Enséñame tus estatutos. Si se pregunta por qué el salmista ruega ser enseñado cuando poco antes ha declarado su conocimiento, la respuesta es que busca instrucción sobre el funcionamiento práctico de aquellos principios que ha aprendido en teoría. Michael Ayguan (1416), en Neale y Littledale.
Sugerencias para el predicador
Vers. 12. La bienaventuranza de Dios, y el modo de entrar en ella.
Vers. 12.
- David da gloria a Dios: «Bendito tú, oh Jehová.»
- Pide gracia a Dios. Matthew Henry.
Vers. 12.
- Qué es, o cómo nos enseña Dios.
(a) Dios nos enseña exteriormente: por sus ordenanzas, por el ministerio de los hombres.
(b) Interiormente: por la inspiración y la obra del Espíritu Santo.
- La necesidad de su enseñanza.
- El beneficio y la utilidad de ella. T. Manton.
Vers. 12. El deseo de enseñanza divina, suscitado por el reconocimiento de la bienaventuranza divina.
- Descubre en algún grado, aunque insuficiente, la felicidad del siempre bendito Dios, que nace de su pureza, benevolencia y amor.
- Muestra el modo en que el hombre puede llegar a participar de esa bienaventuranza, por la conformidad con sus preceptos.
- Pronuncia la oración del texto. C. A. D.
Salmos 119:13
Vers. 13. «Con mis labios he contado todos los juicios de tu boca.» El enseñado del v. 12 es aquí maestro él mismo. Lo que aprendemos en secreto debemos proclamarlo desde los terrados. Así lo había hecho el salmista. Cuanto había conocido, lo había hablado. Dios ha revelado muchos de sus juicios por su boca, es decir, por una revelación clara y abierta; estos es nuestro deber repetirlos, haciéndonos, por así decirlo, otros tantos ecos exactos de su única voz infalible. Hay juicios de Dios que son un gran abismo, que él no revela, y en ellos será prudente que no nos entremetamos. Lo que el Señor ha velado, sería presunción que nosotros lo descubriéramos; pero, por otra parte, lo que el Señor ha revelado, sería vergonzoso que nosotros lo ocultáramos. Es un gran consuelo para un cristiano en tiempo de aflicción poder decir, al mirar atrás sobre su vida pasada, que ha cumplido su deber para con la palabra de Dios. Haber sido, como Noé, predicador de justicia es un gran gozo cuando las aguas suben y el mundo impío está a punto de ser destruido. Los labios que se han usado para proclamar los estatutos de Dios serán sin duda aceptables al alegar las promesas de Dios. Si hemos tenido tal respeto a lo que sale de la boca de Dios que lo hemos publicado a lo largo y a lo ancho, podemos descansar igualmente seguros de que Dios tendrá en cuenta las oraciones que salen de nuestra boca.
Será un método eficaz para limpiar el camino de un joven que se dedique continuamente a predicar el evangelio. No puede errar mucho en el juicio aquel cuya alma entera está ocupada en exponer los juicios del Señor. Enseñando aprendemos; adiestrando la lengua en el hablar santo dominamos todo el cuerpo; por la familiaridad con el proceder divino llegamos a deleitarnos en la justicia; y así, de triple manera, nuestro camino queda limpio al proclamar el camino del Señor.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 13. Con mis labios he contado, etc. Sobre todo, cuida de hablar a otros de lo que tú mismo aprendes cada día, y de la abundancia de tu corazón habla de cosas buenas a los hombres. Richard Greenham.
Vers. 13. Habiendo escondido en su corazón la palabra purificadora, el salmista la declarará con sus labios; y como es tan pura de principio a fin, declarará todo lo que hay en ella, sin excepción. Cuando la fuente del corazón es purificada, los arroyos de los labios serán puros también. Los labios que declaran del salmista se ponen aquí en antítesis con la boca de Jehová, por la cual los juicios fueron originalmente pronunciados. F. G. Marchant.
Vers. 13. Así como la conciencia de haber comunicado nuestro conocimiento y nuestros dones espirituales es un medio de aliento para buscar una medida mayor, es también una evidencia de la sinceridad y del fruto del conocimiento que tenemos: Enséñame tus estatutos. Con mis labios he contado todos los juicios de tu boca. David Dickson.
Vers. 13. Con mis labios, etc. La lengua es un miembro excelentísimo del cuerpo, bien usada para la gloria de Dios y la edificación de otros; y sin embargo no puede pronunciar sin la ayuda de los labios. El Señor ha hecho el cuerpo del hombre con tan maravillosa sabiduría que ningún miembro puede decir a otro: No te necesito; pero tal es la torpeza del hombre que no repara en cuán útil le es el miembro más pequeño del cuerpo hasta que se lo quitan. Si nuestros labios estuvieran cerrados por un tiempo, y nuestra lengua así atada, estimaríamos una gran misericordia que fuera soltada de nuevo; como aquel tullido que, cuando halló el uso de sus pies, saltó de gozo y glorificó a Dios. William Cowper.
Vers. 13. He contado todos los juicios. Dice en otro lugar (Sal 36:6): «Tus juicios, abismo grande.» Como dice el apóstol (Ro 11:33-34): «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor?» Si los juicios son insondables, ¿cómo dice entonces el profeta: «He contado todos los juicios de tu boca»? Respondemos que quizá hay juicios de Dios que no son juicios de su boca, sino solo de su corazón y de su mano.
Hacemos una distinción, pues no tememos que la sagrada Escritura se debilite a sí misma con contradicciones. No ha dicho: Los juicios de su boca son un gran abismo; sino «Tus juicios». Ni ha dicho el apóstol: Los insondables juicios de su boca; sino «Sus insondables juicios». Podemos considerar, pues, los juicios de Dios como aquellos ocultos que no nos ha revelado; pero los juicios de su boca, aquellos que ha dado a conocer y ha hablado por la boca de los profetas. Ambrosio, 340-397.
SUGERENCIAS PARA PREDICADORES.
Vers. 13. El habla bien empleada. Se ocupa de un tema escogido, un tema pleno, un tema provechoso para los hombres y que glorifica a Dios.
Salmos 119:14
Vers. 14. «Me he gozado en el camino de tus testimonios.» El deleite en la palabra de Dios es una prueba segura de que ha surtido efecto en el corazón, y así está limpiando la vida. El salmista no dice solamente que se goza, sino que se ha gozado. Durante años había sido su gozo y su dicha entregar su alma a la enseñanza de la palabra. Su regocijo no brotaba solo de la palabra de Dios, sino de sus características prácticas. El Camino le era tan querido como la Verdad y la Vida. No había en David escoger y elegir, o si en verdad hacía una selección, escogía primero lo más práctico.
«Como si fuera de toda riqueza.» Compara su intensa satisfacción con la voluntad de Dios con la de un hombre que posee grandes y variadas haciendas y el corazón para disfrutarlas. David conocía las riquezas que vienen de la soberanía y que crecen de la conquista; apreciaba la riqueza que procede del trabajo o se obtiene por herencia: conocía «toda riqueza». El rey piadoso se había alegrado de ver el oro y la plata derramados en su tesoro para dedicar grandes masas de ellos a la construcción del templo de Jehová en el monte de Sión. Se gozaba en toda suerte de riquezas consagradas y guardadas para los más nobles usos, y aun así el camino de la palabra de Dios le había dado más placer que todas ellas. Observa que su gozo era personal, definido, recordado y abundante. No te asombres de que en el versículo anterior se gloríe de haber hablado mucho de lo que tanto había disfrutado: bien puede un hombre hablar de lo que es su deleite.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 14. Me he gozado en el camino de tus testimonios, etc. El salmista no dice solamente: «Me he gozado en tus testimonios», sino: «en el camino de tus testimonios». «Camino» es una de las palabras con que se expresa la ley. Las leyes de Dios son caminos que nos llevan a Dios; y así puede entenderse aquí: «el camino que tus testimonios señalan y al que me llaman»; o bien su propia práctica, pues el curso de un hombre se llama su camino; su deleite no estaba en la especulación ni en la charla, sino en la obediencia y la práctica: «en el camino de tus testimonios». Nos dice el grado de su gozo: como si fuera de toda riqueza. «Como», no para mostrar la igualdad de estas cosas, como si hubiéramos de tener el mismo afecto por el mundo que por la palabra de Dios; sino «como», porque no tenemos comparación más alta. Esto es lo que los mundanos aman con locura y en lo que se deleitan; pues cuanto ellos se regocijan en las posesiones mundanas, tanto me regocijo yo en el camino de tus testimonios. Pues supongo que David no compara su propio deleite en la palabra con su propio deleite en la riqueza, sino su propia elección y deleite con el deleite y la elección de otros. Si hubiera hablado de sí mismo en ambos sentidos, la expresión habría sido muy elevada. David, que fue llamado a una corona, y en condición de disfrutar mucho en el mundo, oro, plata, tierras, bienes, amplitud de territorio, y un compuesto de todo lo que todos los hombres juntos, y todos los hombres por separado, poseen; sin embargo se complacía más en la santidad de los caminos de Dios que en todo el mundo: «Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?» (Mr 8:36). Thomas Manton.
Vers. 14. El camino de tus testimonios. El testimonio de Dios es su palabra, pues atestigua su voluntad; el «camino» de su testimonio es la práctica de su palabra, y el hacer lo que ha declarado ser su voluntad, y en lo cual ha prometido mostrarnos su amor. David no halló esta dulzura solo en oír, leer y profesar la palabra, sino en practicarla: y en verdad, la única causa de que no hallemos el consuelo que hay en la palabra de Dios es que no la practicamos andando en su camino. Es cierto que al principio es amargo para la naturaleza, que ama la libertad carnal, rendirse como cautiva a la palabra: laboriosa virtutis via, y mucho trabajo ha de tomarse antes de que el corazón sea sometido; pero una vez comenzado, rinde tal gozo que recompensa con creces todo el trabajo y el dolor anteriores. William Cowper.
Vers. 14. Las riquezas se adquieren con dificultad, se disfrutan con temblor y se pierden con amargura. Bernardo, 1091-1157.
Vers. 14. Una pobre mujer piadosa dijo, en tiempo de persecución, cuando quitaban las Biblias a los cristianos: «No puedo separarme de mi Biblia; no sé cómo vivir sin ella.» Cuando un alma piadosa ha oído un sermón provechoso, dice: «Me parece que me hace bien en el corazón; es el mayor alimento que tengo»: Me he gozado en el camino de tus testimonios como si fuera de toda riqueza. Oliver Heywood, 1629-1702.
Sugerencias para el predicador
Vers. 14. La religión práctica, fuente de un consuelo que sobrepasa las riquezas. Da al hombre tranquilidad de ánimo, independencia de porte, peso de influencia y otras cosas que se suponen nacidas de la riqueza.
Vers. 14.
- El tema del regocijo. No solo los «testimonios», sino su observancia, «el camino de», etc.
- El regocijo en ese tema.
(a) En su paz interior.
(b) En sus consecuencias externas.
- El grado del regocijo: «como si fuera de», etc. G. R.
Vers. 14. Los dos platillos de la balanza. Para lo que sirvan las riquezas, sirven los testimonios de Dios.
- Las riquezas son deseables como medio de procurar lo necesario para la vida; pero los testimonios de Dios suplen las necesidades del alma.
- Las riquezas son deseables como medio de procurar goce personal; pero los testimonios de Dios producen el gozo más alto.
- Las riquezas son deseables como medio de alcanzar el progreso personal; pero los testimonios de Dios son los más altos educadores.
- Las riquezas son deseables como medio de hacer el bien; pero los testimonios de Dios obran el bien más alto. C. A. D.
Salmos 119:15
Vers. 15. «En tus mandamientos meditaré.» Quien tiene un deleite interior en algo no apartará por mucho tiempo su mente de ello. Como el avaro vuelve a menudo a mirar su tesoro, así el creyente devoto, por la meditación frecuente, repasa la riqueza inestimable que ha descubierto en el libro del Señor. Para algunos hombres la meditación es una tarea; para el hombre de camino limpio es un gozo. El que ha meditado meditará; el que dice: «Me he gozado», es el mismo que añade: «Meditaré.» Ningún ejercicio espiritual es más provechoso para el alma que el de la meditación devota; ¿por qué muchos de nosotros somos tan sumamente remisos en ella? Es digno de observación que la parte preceptiva de la palabra de Dios era el tema especial de meditación de David, y esto era tanto más natural cuanto que la cuestión seguía en su mente de cómo había de limpiar un joven su camino. La piedad práctica es piedad vital.
«Consideraré tus caminos», es decir: pensaré mucho en ellos para saber cuáles son tus caminos; y luego, pensaré mucho en ellos para tener tus caminos en gran reverencia y alta estima. Veré cuáles son tus caminos para conmigo, a fin de ser lleno de reverencia, gratitud y amor; y luego observaré cuáles son los caminos que has prescrito para mí, tus caminos en los que quieres que te siga; los vigilaré con cuidado para llegar a ser obediente y demostrar que soy un verdadero siervo de tal Maestro.
Nota cómo los versículos se vuelven más interiores a medida que avanzan: del hablar del v. 13 pasamos al gozo manifestado del v. 14, y ahora llegamos a la meditación secreta del espíritu feliz. Las gracias más ricas son las que moran más hondo.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 15. En tus mandamientos meditaré, etc. Hasta aquí David había mostrado lo que había hecho; ahora, lo que hará. V. 10: «He buscado»; v. 11: «He guardado»; v. 13: «He contado»; v. 14: «Me he gozado.» Ahora, en los dos versículos siguientes, se compromete a fijar su blanco en Dios para el tiempo venidero. «En tus mandamientos meditaré», etc. No descansamos en nada ya hecho y pasado, sino que continuamos la misma diligencia hasta el fin. Aquí está la cordial resolución y propósito de David de seguir adelante en el futuro. Muchos dirán: Esto hice cuando era joven, o tenía más tiempo libre y descanso; en eso medité y conferencié. Debes continuar todavía en un curso santo. Empezar a edificar y dejarlo inconcluso es argumento de necedad. Thomas Manton.
Vers. 15. En tus mandamientos meditaré. No solo acerca de tus mandamientos o sobre ellos, sino en ellos, mientras se está ocupado en cumplirlos. Joseph Addison Alexander.
Vers. 15. Meditaré. Mira este «meditaré» repetido una y otra vez (vv. 48 y 78). En la meditación es difícil (al menos a veces) apartar nuestros pensamientos de los compromisos previos de otros asuntos y aplicarlos al deber. Pero es más difícil llegar a ser debidamente serios al ejercerla, más difícil aún bucear y ponderar; y lo más difícil de todo es continuar en una morada de pensamientos, y permanecer en ella lo bastante, y tras las vistas hacer revistas, repetir el mismo pensar, saborear las cosas una y otra vez, cuando ha pasado la frescura y la novedad, cuando por el largo pensar las cosas que tenemos delante parecen viejas. Estamos dispuestos a volvernos muertos y sosos en una práctica si no nos avivamos a menudo en ella. Es difícil continuar y mantenerse, a menos que mantengamos un ojo despierto, un afecto cálido, una resolución fuerte y repetida con presteza; sí, y sin elevar a menudo el alma a Cristo en busca de nuevos refuerzos de fuerza para continuar. David, tan excelente artífice en este camino, dice que meditará; con frecuencia dice que lo hará. Sin duda no solo dijo «lo haré» al emprender esta ardua obra, sino también para continuar en ella, para mantener su corazón de desfallecer hasta que acabase bien su obra. No es el cavar en la mina de oro, sino el cavar largo tiempo, lo que halla y saca el tesoro. No es el zambullirse en el mar, sino el permanecer más tiempo, lo que obtiene mayor cantidad de perlas. Sacar el hilo de oro de la meditación hasta su debida longitud, hasta alcanzar los fines espirituales, es un logro raro y feliz. Nathanael Ranew, 1670.
Vers. 15. Meditaré. ¡Cuánto aumentaría nuestro «gozo en los testimonios» de Dios con una meditación más habitual en ellos! Esta es, sin embargo, una resolución que la mente carnal nunca puede llegar a tomar, y a la cual la mente renovada, por la depravación que permanece, se muestra a menudo tristemente reacia. Pero es un empleo bendito, y pagará mil veces la dificultad de comprometer en el deber al corazón demasiado remiso. Charles Bridges.
Vers. 15. La meditación tiene una influencia tan feliz que hace sabia la mente, cálidos los afectos, gorda y floreciente el alma, y sumamente fructífera la conducta. Nathanael Ranew.
Vers. 15. Meditaré en tus mandamientos. Estudia las Escrituras. Si un hombre famoso escribe un libro excelente, ¡oh, cómo anhelamos verlo! O supongamos que yo pudiera decirles que hay en Francia o en Alemania un libro que Dios mismo escribió: estoy seguro de que los hombres podrían sacar todo el dinero de sus bolsas por conseguir ese libro. Ustedes lo tienen a mano: ¡oh, que lo estudiaran! Cuando el eunuco iba en su carro, estudiaba al profeta Isaías. No se enojó cuando Felipe vino y le hizo, como habríamos pensado, una pregunta atrevida: «¿Entiendes lo que lees?» (Hch 8:27-30); se alegró de ella. Uno de los grandes fines del año de la remisión era que se leyese la ley (Dt 31:9-13). Es la sabiduría de Dios la que habla en la Escritura (Lc 11:49); por tanto, sea lo que sea lo que ustedes consideren, estudien real y cuidadosamente la Biblia. Samuel Jacomb (1629-1659), en "The Morning Exercises."
Vers. 15. Consideraré. Lo uno es el fruto de lo otro: «Meditaré»; y luego: «Consideraré.» La meditación es en orden a la práctica; y si es recta, engendrará respeto por los caminos de Dios. No meditamos para descansar en la contemplación, sino para obedecer: «De día y de noche meditarás en el libro de la ley, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito» (Jos 1:8). Thomas Manton.
Vers. 15. Y consideraré tus caminos. Como el arquero tiene a su blanco. John Trapp.
Vers. 15. Consideración a tus caminos. No carece de un placer particular, cuando viajamos, contemplar los espléndidos edificios, los jardines, las fortificaciones o las galerías de bellas artes. Pero ¿qué son todas estas vistas comparadas con la contemplación de los caminos de Dios, que él mismo ha recorrido o ha trazado para el hombre? ¡Y qué necesidad práctica hay de que consideremos el camino!, pues de lo contrario seremos como un cochero adormilado que no observa con cuidado la ruta, el cual pronto puede volcarse a sí mismo y a sus pasajeros. Martin Geier.
Vers. 15. Tus caminos. La segunda acción interna de David respecto de la palabra es la consideración; donde observa bien cómo, por una expresión muy propia, llama a la palabra de Dios los caminos de Dios; en parte, porque por ella Dios se acerca a los hombres, revelándose a quienes de otro modo no podrían conocerlo, pues habita en luz inaccesible; y en parte, porque la palabra es el camino que lleva a los hombres a Dios. Así pues, porque por ella Dios desciende a los hombres, y por ella los hombres suben a Dios y saben cómo tener acceso a él, por eso su palabra se llama su camino. William Cowper.
Vers. 15-16. Los dos últimos versículos de esta sección nos presentan una triple acción interna del alma de David hacia la palabra de Dios: primero, la meditación; segundo, la consideración; tercero, el deleite: cada una de ellas procede de otra, y se refuerzan mutuamente. La meditación trae la palabra a la mente; la consideración la contempla y mira a fondo en ella, de donde se engendra el deleite. Lo que viene a la mente, por bueno que sea, si no se considera, se va como vino, sin dejar ni instrucción ni gozo; pero una vez presentado por la meditación, si es ponderado por la consideración, engendra entonces el deleite, que es la perfección de la piedad en cuanto a la acción interna. William Cowper.
SUGERENCIAS PARA PREDICADORES.
Vers. 15. La vida contemplativa y la activa; su alimento, objeto y recompensa comunes.
Salmos 119:16
Vers. 16. «Me regocijaré en tus estatutos.» En este versículo el deleite sigue a la meditación, de la cual es la verdadera flor y brote. Cuando no tenemos otro solaz, sino que estamos del todo solos, será cosa gozosa para el corazón volverse sobre sí mismo y susurrar dulcemente: «Me regocijaré. Qué importa que ningún trovador cante en la sala, me regocijaré. Si el tiempo del canto de las aves no ha llegado aún, y la voz de la tórtola no se oye en nuestra tierra, aun así me regocijaré.» Este es el más selecto y noble de todos los regocijos; de hecho, es la buena parte que nunca nos puede ser quitada; pero no hay regocijo posible en nada por debajo de lo que Dios destinó a ser la satisfacción eterna del alma. El libro de los estatutos está destinado a ser el gozo de todo súbdito leal. Cuando el creyente repasa una vez las páginas sagradas, su alma arde dentro de él mientras se vuelve primero a una y luego a otra de las palabras reales del gran Rey, palabras plenas y firmes, inmutables y divinas.
«No me olvidaré de tus palabras.» Los hombres no olvidan fácilmente lo que han atesorado, lo que han meditado (v. 15) y aquello de lo que han hablado a menudo (v. 13). Sin embargo, como tenemos memorias traicioneras, es bueno atarlas bien con la cuerda anudada del «no me olvidaré».
Nota cómo dos «yo haré» siguen a dos «yo he». No podemos prometer para el futuro si hemos fracasado por completo en el pasado; pero donde la gracia nos ha capacitado para realizar algo, podemos esperar con esperanza que nos capacitará para hacer más.
Es curioso observar cómo este versículo está moldeado sobre el v. 8: se hacen repicar los cambios sobre las mismas palabras, pero el significado es muy distinto, y no hay sospecha de vana repetición. El mismo pensamiento nunca se da de nuevo en este salmo; son necios los que piensan lo contrario. Algo en la posición de cada versículo afecta a su significado, de modo que aun donde sus palabras son casi idénticas a las de otro, el sentido varía deliciosamente. Si no vemos una variedad infinita de finos matices de pensamiento en este salmo, podemos concluir que somos daltónicos; si no oímos muchas dulces armonías, podemos juzgar que tenemos el oído duro, pero no debemos sospechar del Espíritu de Dios de monotonía.
Vers. 17-24. En esta sección las pruebas del camino parecen estar manifiestas ante la mente del salmista, y ruega en consecuencia por la ayuda que responderá a su caso. Como en los ocho versículos anteriores oraba como un joven recién llegado al mundo, aquí suplica como siervo y peregrino, que halla cada vez más que es un extranjero en tierra de enemigos. Su apelación es a Dios solo, y su oración es especialmente directa y personal. Habla con el Señor como habla un hombre con su amigo.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 16. Me regocijaré en tus estatutos, etc. Había protestado antes que tenía gran deleite en los testimonios de Dios: ahora dice que seguirá deleitándose en ellos. Un hombre verdaderamente piadoso, cuanto más bien hace, más desea, se deleita y se resuelve a hacer. Los acomodaticios, por el contrario, que solo tienen apariencia de piedad y el amor a ella no está arraigado en su corazón, ¡con qué rapidez se cansan de hacer el bien! Si han cumplido algún pequeño deber exterior de la religión, descansan como si estuvieran plenamente satisfechos y no hubiera ya más bien que hacer por ellos. La verdadera religión se conoce por el hambre y la sed de justicia, por la perseverancia en hacer el bien y un deseo ferviente de hacer más.
Pero a esto añade que no se olvidará de la palabra. Las gracias del Espíritu se fortalecen y refuerzan unas a otras; pues ven que la meditación ayuda a la consideración. ¿Quién puede considerar aquello en lo que no piensa? La consideración, a su vez, engendra deleite; y como ven aquí, el deleite fortalece la memoria: porque se deleita en la palabra, no se olvidará de la palabra; y la memoria renueva de nuevo la meditación. Así cada gracia del Espíritu ayuda a otra; y, por el contrario, descuidada una de ellas, produce una asombrosa decadencia en las restantes. William Cowper.
Vers. 16. Me regocijaré. Cuando la justicia, de asunto de coacción pasa a ser asunto de elección, cambia al instante toda su naturaleza y se eleva a un rango moral más alto que antes. El mismo Dios a quien es imposible mover por la autoridad de la ley, se mueve por su propia y original inclinación en el mismo sendero de la justicia de la ley. Y así nosotros, en la medida en que somos semejantes a Dios, estamos vivos a las virtudes de esa misma ley, a cuyo terror de severidades estamos del todo muertos. Ya no estamos bajo ayo; sino que la obediencia se cambia de cosa de fuerza en cosa de libertad. Es moldeada a un estado y carácter más alto que antes. No somos empujados a ella por el Dios de autoridad. Somos atraídos a ella por el aprecio de un corazón ya dispuesto hacia toda excelencia moral y toda excelencia espiritual. Thomas Chalmers, 1780-1847.
Vers. 16. La meditación no ha de ser cosa sosa, triste y desanimada: no un conducir como los carros de los egipcios cuando se les quitaron las ruedas, sino como los carros de Aminadab (Cnt 6:12) que corrían velozmente. Así oremos: Señor, en la meditación hazme como los carros de Aminadab, para que mi veloz carrera evidencie mi deleite en meditar. El santo David hace del deleite aquí tal ingrediente o auxiliar que a veces llama al ejercicio de la meditación con el nombre de «deleite», hablando en el versículo anterior de esta meditación: «En tus mandamientos meditaré», y en el v. 16: «Me regocijaré en tus estatutos»; que es lo mismo que la meditación, solo que añadiendo la excelente cualidad que debe tener la debida meditación; el nombre de deleite se da a la meditación por su noble acompañante, el santo gozo y satisfacción. Nathanael Ranew.
Vers. 16. Me regocijaré. La palabra es muy enfática: eshtaasha, saltaré y brincaré de gozo. Adam Clarke.
Vers. 16. No me olvidaré. El deleite previene el olvido: la mente correrá tras aquello en que el corazón se deleita; y el corazón está donde está el tesoro (Mt 6:21). Los hombres mundanos, atentos a intereses carnales, olvidan la palabra porque no es su deleite. Si algo nos desagrada, nos alegramos si podemos olvidarlo; es cierto alivio de una molestia apartar de ella nuestros pensamientos; pero duplica el contento de una cosa en que nos deleitamos el recordarla y traerla a la memoria. En la escuela exterior, si un alumno, por su propia aversión al estudio, o por la severidad e imprudencia de su maestro, no tiene deleite en su libro, todo lo que aprende se pierde y se olvida, entra por un oído y sale por el otro: pero este es el verdadero arte de la memoria: hacerles deleitarse en lo que aprenden. Las instrucciones que recibimos con dulzura se nos quedan, y corren por nuestra mente noche y día. Así dice David aquí: Me regocijaré en tus estatutos: no me olvidaré de tus palabras. Thomas Manton.
Vers. 16. Olvidar. Nunca oí hablar de un viejo avaro que hubiera olvidado dónde enterró su tesoro. Cicerón, De senectute.
SUGERENCIAS PARA PREDICADORES.
Vers. 16.
- Qué hay en que deleitarse.
- Qué resulta de tal deleite: «Nunca me olvidaré.»
- Qué resulta de tal memoria: más deleite.
Salmos 119:17
Vers. 17. «Haz bien a tu siervo.» Se complace en reconocer su deber para con Dios y cuenta como el gozo de su corazón estar al servicio de su Dios. De su condición hace un argumento, pues un siervo tiene alguna influencia sobre su amo; pero en este caso la redacción del argumento excluye toda idea de reclamo legal, ya que busca generosidad más que recompensa. Que mi salario sea según tu bondad, y no según mi mérito. Recompénsame conforme a la largueza de tu liberalidad, y no conforme a la escasez de mi servicio. Los jornaleros de nuestro Padre tienen todos pan en abundancia, y él no dejará que ninguno de su casa perezca de hambre. Si el Señor tan solo nos trata como trata al más pequeño de sus siervos, podemos estar bien contentos, pues todos sus verdaderos siervos son hijos, príncipes de sangre, herederos de la vida eterna. David sentía que sus grandes necesidades requerían una provisión generosa, y que su escaso mérito nunca ganaría tal provisión; por eso debía arrojarse sobre la gracia de Dios y esperar las grandes cosas que necesitaba de la gran bondad del Señor. Ruega una generosidad de gracia, a la manera de aquel que oraba: «Oh Señor, debes darme gran misericordia o ninguna misericordia, pues poca misericordia no me sirve.»
«Que viva.» Sin abundante misericordia no podría vivir. Se necesita gran gracia para mantener vivo a un santo. Aun la vida es un don de la generosidad divina para indignos como nosotros. Solo el Señor puede mantenernos en el ser, y es una gracia poderosa la que nos conserva la vida que hemos perdido por nuestro pecado. Es justo desear vivir, es conveniente orar por vivir, es debido atribuir la vida prolongada al favor de Dios. La vida espiritual, sin la cual esta vida natural es mera existencia, ha de buscarse también de la generosidad del Señor, pues es la más noble obra de la gracia divina, y en ella se despliega gloriosamente la generosidad de Dios. Los siervos del Señor no pueden servirle con su propia fuerza, pues ni siquiera pueden vivir si su gracia no abunda para con ellos.
«Y guarde tu palabra.» Esta debe ser la regla, el objeto y el gozo de nuestra vida. Puede que no queramos vivir y pecar; pero podemos orar para vivir y guardar la palabra de Dios. El ser es poca cosa si no es un bien ser. La vida solo vale la pena de conservarse mientras podamos guardar la palabra de Dios; de hecho, no hay vida en el sentido más alto fuera de la santidad: la vida mientras quebrantamos la ley no es más que un nombre de vivir.
La oración de este versículo muestra que solo por la generosidad o gracia divina podemos vivir como siervos fieles de Dios y manifestar obediencia a sus mandamientos. Si damos servicio a Dios, es porque él nos da gracia. Trabajamos para él porque él trabaja en nosotros. Así podemos hacer una cadena con los versículos iniciales de las tres primeras octavas de este salmo: el v. 1 bendice al hombre santo, el v. 9 pregunta cómo podemos alcanzar tal santidad, y el v. 17 rastrea tal santidad hasta su fuente secreta y nos muestra cómo buscar la bendición. Cuanto más aprecia un hombre la santidad y más ardientemente se esfuerza por alcanzarla, más será empujado hacia Dios en busca de ayuda en ello, pues percibirá claramente que su propia fuerza es insuficiente, y que ni siquiera puede vivir sin la generosa asistencia del Señor su Dios.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 17. Haz bien a tu siervo, etc. Estas palabras podrían ser: Retribuye a tu siervo, o sobre tu siervo. Parece estar implicado aquí un profundo significado. El hombre santo asumirá la responsabilidad de ser tratado, ciertamente no como un mero hombre pecador, sino como un hombre que se coloca en el camino señalado para la reconciliación. Tal hallamos que es el caso real, como leen en el v. 16, en la parte inmediatamente anterior: «Me regocijaré en tus estatutos; no me olvidaré de tus palabras.» Ahora bien, los estatutos del Señor se referían preeminentemente a los sacrificios por el pecado y a las limpiezas o purificaciones prescritas en la ley. Hay que concebir al hombre de Dios como puesto en medio del ritual levítico, para el cual lo vemos hacer todos los preparativos: 1 Cr 22-24. Colocándose, pues, sobre estos, rogaría al Señor que lo tratase conforme a ellos; o, como diríamos en lenguaje del Nuevo Testamento, colocándose sobre la gran expiación, el creyente rogaría al Señor que lo tratase conforme a su posición en Cristo, lo cual sería con benignidad o generosidad. Pues si el Señor es justo al condenar sin la expiación, también es justo al perdonar por medio de la expiación; sí, es justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. John Stephen.
Vers. 17. Haz bien, etc. Oh Señor, estoy constantemente resuelto a obedecer y adherirme a tu voluntad conocida todos los días de mi vida: oh, dame aquellas gratas retribuciones que has prometido a todos los tales. Henry Hammond.
Vers. 17. Haz bien… para que guarde tu palabra, etc. Un siervo fiel debe contar su servicio pasado como ricamente recompensado con ser empleado aún más en un servicio ulterior, como enseña esta oración; pues David ruega que viva y guarde la palabra de Dios. David Dickson.
Vers. 17. Generosamente. Y en verdad, recordando qué criatura pobre, débil, vacía e indefensa es en sí mismo el creyente más experimentado, no puede concebirse que nada menos que un abundante suministro de gracia pueda responder a la emergencia. Charles Bridges.
Vers. 17. Tu siervo. El que se llame tan a menudo siervo de Dios señala la reverente estima que tenía de su Dios, pues considera más honroso ser llamado siervo de Dios, que estaba por encima de él, que rey de un pueblo poderoso, antiguo y famosísimo que estaba bajo él. Y en verdad, puesto que los ángeles son llamados sus ministros, ¿pensarán los hombres que es una vergüenza servirle? Y especialmente puesto que él, por su bondad, los ha hecho nuestros siervos, «espíritus ministradores» para nosotros. ¿No deberíamos servir con gozo a quien ha hecho que todas sus criaturas nos sirvan, nos ha eximido del servicio de todo otro y solo nos ha obligado a servirle a él mismo? William Cowper.
Vers. 17. Que viva. Como un hombre debe «vivir» para trabajar, la primera petición es que Dios «haga bien a su siervo», según la medida de gracia y misericordia, capacitándolo para «vivir» la vida de fe y fortaleciéndolo por el Espíritu de poder en el hombre interior. George Horne, 1730-1792.
Vers. 17. Que viva y guarde tu palabra. David une aquí dos cosas, que quien las separe no puede ser bienaventurado. Desea vivir; pero vivir de modo que guarde la palabra de Dios. Para un réprobo, que vive como rebelde a su Hacedor, habría sido bueno (como dijo nuestro Salvador de Judas) no haber nacido nunca. Cuanto más corta es su vida, menos son sus pecados y menores sus juicios. Pero para un elegido, la vida es un gran beneficio; pues por ella va de la elección a la glorificación, por el camino de la santificación. Cuanto más tiempo vive, más bien hace, para la gloria de Dios, la edificación de otros y la confirmación de su propia salvación; asegurándola para sí mismo por la lucha y la victoria en las tentaciones, y por la perseverancia en hacer el bien. William Cowper.
SUGERENCIAS PARA PREDICADORES.
Esquemas sobre las palabras clave del salmo, por el pastor C. A. Davis.
Vers. 17-24. Los dones divinos deseados. Vida, para el servicio piadoso (v. 17). Iluminación (v. 18). Guía a casa para el extranjero («tus mandamientos») (vv. 19-20), y, echando una mirada a los soberbios que se desvían de esta guía (v. 21), el salmista ruega que se quite el «oprobio» que acarrea la fidelidad a Dios (vv. 22-24).
SUGERENCIAS PARA PREDICADORES.
Vers. 17.
- Un amo generoso.
- Un siervo necesitado que ruega por la vida misma.
- Una recompensa apropiada: «y guarde tu palabra.»
Vers. 17. Aquí se nos enseña:
- Que debemos nuestras vidas a la misericordia de Dios.
- Que por tanto debemos gastar nuestras vidas en el servicio de Dios. Matthew Henry.
Salmos 119:18
Vers. 18. «Abre mis ojos.» Esto forma parte del trato generoso que ha pedido; ninguna generosidad es mayor que la que beneficia nuestra persona, nuestra alma, nuestra mente, y que la beneficia en un órgano tan importante como el ojo. Es mucho mejor tener los ojos abiertos que hallarse en medio de las perspectivas más nobles y seguir ciego a su belleza.
«Y miraré las maravillas de tu ley.» Algunos hombres no perciben maravilla alguna en el evangelio, pero David estaba seguro de que había cosas gloriosas en la ley; no tenía ni la mitad de la Biblia, y sin embargo la estimaba más de lo que algunos estiman la Biblia entera. Sentía que Dios había depositado grandes riquezas en su palabra, y ruega que se le dé poder para percibirlas, apreciarlas y gozarlas. No necesitamos tanto que Dios nos dé más beneficios como la capacidad de ver lo que ya nos ha dado.
La oración implica una oscuridad consciente, una opacidad de la visión espiritual, una incapacidad para remediar ese defecto y una plena seguridad de que Dios puede remediarlo. Muestra también que el escritor sabía que había en la palabra vastos tesoros que aún no había visto del todo, maravillas que aún no había contemplado, misterios que apenas había creído. Las Escrituras rebosan de maravillas; la Biblia es el país de las maravillas; no solo relata milagros, sino que ella misma es un mundo de prodigios. Pero ¿qué son estos para unos ojos cerrados? ¿Y qué hombre puede abrir sus propios ojos, si nace ciego? Dios mismo ha de revelar la revelación a cada corazón. La Escritura necesita ser abierta, pero ni la mitad que nuestros ojos: el velo no está en el libro, sino en nuestros corazones. ¡Qué preceptos perfectos, qué promesas preciosas, qué privilegios inestimables descuidamos porque andamos entre ellos como ciegos entre las bellezas de la naturaleza, y son para nosotros como un paisaje envuelto en tinieblas!
El salmista tenía cierta medida de percepción espiritual, pues de otro modo nunca habría sabido que había maravillas que ver, ni habría orado: «abre mis ojos»; pero lo que había visto le hizo anhelar una vista más clara y más amplia. Este anhelo probaba la autenticidad de lo que poseía, pues es señal de prueba del verdadero conocimiento de Dios que haga a quien lo posee tener sed de un conocimiento más profundo.
La oración de David en este versículo es una buena continuación del Salmo 119:10, que le corresponde en posición dentro de su octava: allí dijo: «No me dejes desviarme», ¿y quién se desvía tan fácilmente como un ciego? Y allí declaró también: «Con todo mi corazón te he buscado», de donde nace el deseo de ver el objeto de su búsqueda. Muy singulares son los entrelazamientos de las ramas del enorme árbol de este salmo, que tiene muchas maravillas aun dentro de sí mismo, si tenemos ojos abiertos para advertirlas.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 18. «Abre mis ojos.» ¿Quién es capaz de conocer las cosas secretas y ocultas de las Escrituras si Cristo no le abre los ojos? Ciertamente nadie; pues «nadie conoce al Hijo, sino el Padre; ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar». Por eso, como suplicantes, nos acercamos a él diciendo: «Abre mis ojos», etc. Las palabras de Dios no pueden guardarse si no se conocen; ni pueden conocerse si no se abren los ojos; por eso está escrito: «Para que viva y guarde tu palabra»; y luego: «Abre mis ojos». Paulus Palanterius.
Vers. 18. «Abre mis ojos.» «¿Qué quieres que te haga?» fue la bondadosa pregunta del amante Jesús a un pobre anhelante de la tierra. «Señor, que recobre la vista», fue la respuesta inmediata. Así aquí, con el mismo espíritu y al mismo compasivo y amante Señor, ora el salmista: «Abre mis ojos»; y tanto en esta petición como en la anterior: «Haz bien a tu siervo», vemos de inmediato quién inspiró la oración. Barton Bouchier.
Vers. 18. «Abre mis ojos.» Si se pregunta cómo es que David ora para que se le abran los ojos, siendo un hombre regenerado y por tanto ya iluminado, la respuesta es fácil: nuestra regeneración se obra por grados. Los comienzos de luz en su mente le hicieron anhelar más; porque nadie puede dar cuenta del sentido sino quien lo tiene. La luz que tenía le hizo ver su propia oscuridad; y por eso, sintiendo sus carencias, procuró que el Señor las suplicra. William Cowper.
Vers. 18. «Abre mis ojos.» Los santos no se quejan de la oscuridad de la ley, sino de su propia ceguera. El salmista no dice: Señor, haz una ley más clara, sino: Señor, abre mis ojos; los ciegos podrían igualmente quejarse de que Dios no haga un sol con el que pudieran ver. La palabra es «una antorcha que alumbra en lugar oscuro» (2 P 1:19). No falta luz en la Escritura, pero hay un velo de tinieblas sobre nuestros corazones; de modo que si en esta clara luz no podemos ver, el defecto no está en la palabra, sino en nosotros.
La luz que piden no es nada fuera de la palabra. Cuando se dice que Dios nos ilumina, no es que debamos esperar nuevas revelaciones, sino que podamos ver las maravillas de su palabra, o alcanzar una visión clara de lo que ya está revelado. Los que propalan sus propios sueños bajo el nombre del Espíritu y de la luz divina no les dan mysteria, sino monstra, opiniones monstruosas; no les muestran las maravillas de la ley de Dios, sino los prodigios de su propio cerebro; desdichados abortos que mueren apenas salen a la luz. «¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido» (Is 8:20). La luz que tenemos no está fuera de la palabra, sino por la palabra.
La frase hebrea significa «descubre mis ojos». Hay una doble obra, negativa y positiva: se quita el velo y se infunde la luz. La curación de la ceguera natural de Pablo es un emblema adecuado de la curación de nuestra ceguera espiritual: «Al momento le cayeron de los ojos como escamas, y recibió al instante la vista» (Hch 9:18). Primero caen las escamas de nuestros ojos, y luego recibimos la vista. Thomas Manton.
Vers. 18. El salmista no pide una nueva revelación. Estaba en la mano de Dios darla, y la dio a su tiempo a aquellos antiguos creyentes; pero a todos ellos, en todo tiempo, se les dio lo suficiente para los fines de la vida. La petición no es por más, sino para que emplee bien lo que posee. Mucho mejor le conviene tal forma de petición a nosotros, a quienes la vida y la inmortalidad han sido sacadas a la luz en Cristo. Si no hallamos lo suficiente para ejercitar nuestros pensamientos con constante frescura, y nuestra alma con los temas más grandes y atractivos, es porque nos falta la vista. Es de gran importancia que estemos persuadidos de esta verdad: que hay en la Biblia muchas cosas aún por descubrir, y que, si venimos con el espíritu debido, podemos llegar a ser descubridores de algunas de ellas. Estas cosas se revelan, no tanto al saber, aunque este no ha de despreciarse, como a la vista espiritual, a un corazón humilde y amante.
Y esto al menos es cierto: que siempre hallaremos cosas nuevas para nosotros. Por frecuentemente que recorramos el campo, percibiremos alguna nueva veta de oro que nos devuelve su destello, y nos asombraremos de cómo antes estaban nuestros ojos velados para no verla. Todo estaba allí esperándonos, y sentimos que hay más esperando, si tuviéramos la visión. Hay en ella un gran Espíritu que sostiene con nuestras almas una conversación cada vez más profunda.
Puede observarse además que el salmista no pide ninguna facultad nueva. Los ojos ya están allí, y solo necesitan ser abiertos. No es el otorgamiento de un poder nuevo y sobrenatural lo que permite al hombre leer la Biblia con provecho, sino la vivificación de un poder que ya posee. Desde un punto de vista es sobrenatural, pues Dios es el Autor de la iluminación por un acto directo de su Espíritu; desde otro es natural, pues opera por las facultades que existen en el alma del hombre. Dios da «espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento» (Ef 1:17-18). Importa recordar esto también, pues aquí radica nuestra responsabilidad: tenemos la facultad, y este es también el punto en que hemos de empezar a obrar con la ayuda de Dios. Un hombre nunca crecerá en el conocimiento de la palabra de Dios esperando ociosamente algún nuevo don de discernimiento, sino usando con diligencia lo que Dios ya le ha concedido, y usando al mismo tiempo todas las demás ayudas que estén a su alcance. Hay hombres y libros que parecen tener, más que otros, el poder de ayudar a la comprensión. Todos lo hemos sentido en el contacto con alguna afinidad de naturaleza que los hace nuestros mejores ayudadores; el barro afín sobre los ojos con que el gran Iluminador quita nuestra ceguera (Jn 9:6). Busquémoslos, y si los hallamos, empleémoslos sin apoyarnos en ellos. Sobre todo, dediquemos toda nuestra mente, en estudio paciente y amoroso, al libro mismo, y donde fallemos, en alguna parte esencial, Dios enviará a su evangelista Felipe en nuestra ayuda (Hch 8:26-40) o nos instruirá él mismo. Pero solo al estudio paciente y amoroso se da la ayuda. Dios podría haber vertido en nosotros todo el conocimiento por una fácil inspiración, pero solo mediante la búsqueda ferviente puede llegar a ser el tesoro del alma.
Pero si es así, todavía podría preguntarse qué significa esta oración, y por qué la Biblia misma insiste tantas veces en la necesidad indispensable del Espíritu de Dios para enseñar. Hay aquí un aspecto tan verdadero como el otro, y de ningún modo incompatible con él. Si la oración sin esfuerzo sería presuntuosa, el esfuerzo sin oración sería vano. La gran razón por la que los hombres no sienten el poder y la belleza de la Biblia es de orden espiritual. No se dan cuenta del gran mal que la Biblia vino a curar, y no tienen corazón para las bendiciones que ofrece conceder. La película de una naturaleza caída, que se sostiene a sí misma, está sobre sus ojos mientras leen: «teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios» (Ef 4:18). Todas las facultades naturales jamás hallarán la verdadera llave de la Biblia, hasta que los pensamientos del pecado y de la redención entren en el corazón y sean puestos en el centro del Libro. Corresponde al Padre de las luces, por la enseñanza de su Espíritu, darlo al alma, y lo hará, si esta se le acerca humildemente con esta petición. Así estudiaremos como quien estudia un libro con el autor a mano para exponer la altura de su argumento, o como quien contempla una noble composición cuando el artista nos infunde una porción de su alma para hacernos sentir el centro de sus armonías de forma y color. Quienes han dado a la Biblia pensamiento y oración reconocerán que estas no son promesas vacías. John Ker, en un sermón titulado "God's Word Suited to Man's Sense of Wonder," 1877.
Vers. 18. Oh, que nunca olvidemos que las cosas maravillosas contenidas en la ley divina no pueden ser descubiertas ni saboreadas por el «hombre natural», cuyas facultades de percepción y de goce se limitan en su alcance a los objetos del tiempo y del sentido. Solo el Espíritu divino puede aclarar las tinieblas de nuestro estado pecaminoso y capacitarnos para percibir la gloria, la armonía y la belleza moral que resplandecen por doquier en las páginas de la verdad revelada. John Morison, 1829.
Vers. 18. Descubre mis ojos, y miraré maravillas de tu ley. La última parte es una especie de exclamación una vez descubiertos sus ojos. Esta figura se usa a menudo para denotar inspiración o una comunicación divina especial. «De tu ley», es decir, sacadas a la vista, como de un lugar oculto. Joseph Addison Alexander.
Vers. 18. Maravillas. Muchas fueron las señales y los milagros que Dios hizo en medio del pueblo de Israel, y que ellos no entendieron. ¿Cuál era la razón? Moisés nos dice expresamente cuál era: «Pero hasta hoy Jehová no os ha dado corazón para entender, ni ojos para ver, ni oídos para oír» (Dt 29:4). Tenían ojos y oídos sensibles, sí, tenían un corazón o mente racional; pero les faltaba un oído espiritual para oír, un corazón o mente espiritual para comprender y aprovechar aquellas maravillosas obras de Dios; y no los tenían, porque Dios no les había dado tales ojos, oídos y corazones. Los prodigios sin gracia no pueden abrir plenamente los ojos; pero la gracia sin prodigios sí puede. Y así como el hombre no tiene ojo para ver espiritualmente las maravillosas obras de Dios hasta que se le da, mucho menos tiene ojo para ver las maravillas de la palabra de Dios hasta que se le da de lo alto; y por eso David ora: Abre mis ojos, para que mire las maravillas de tu ley. Y si las maravillas de la ley no se ven mucho hasta que Dios da el ojo, mucho menos las maravillas del evangelio. La luz de la naturaleza nos muestra algo de la ley; pero nada del evangelio se vio jamás por la luz de la naturaleza. Muchos que han visto y admirado algunas excelencias de la ley nunca pudieron ver, y por eso han escarnecido, lo que es la excelencia del evangelio, hasta que Dios les abrió el corazón para entender. Joseph Caryl, 1602-1673.
Vers. 18. «Cercana está la palabra» a nosotros; y, teniendo en la mano un documento que rebosa de lo maravilloso, la única cuestión es: «¿Tenemos ojo para sus maravillas, corazón para sus misericordias?» Aquí está el uso preciso del Espíritu Santo. El Espíritu no pone nada nuevo en la Biblia; solo ilumina y fortalece nuestras facultades de tal modo que podamos discernir y admirar lo que ya está allí. No es el telescopio el que hace brotar ese rico centelleo de estrellas en el espacio azul, que a simple vista parecen puntos de luz y deshabitados; no es el microscopio el que condensa la actividad de una población bulliciosa en la circunferencia de una gota de agua, y viste con mil matices el ala apenas discernible del efímero insecto. Las estrellas brillan en su gloria, tengamos o no los instrumentos para penetrar el azur; y los diminutos moradores prosiguen sus ocupaciones habituales, y un rico atavío sigue cubriendo al insecto, tenga o no la poderosa lente que nos haya convertido el átomo en un mundo y transformado el casi imperceptible vello en el centelleante plumaje del ave del paraíso. Así, las cosas maravillosas ya están en la Biblia. El Espíritu que las inspiró al principio no las trae como nuevas revelaciones al individuo; sino que, quitando las nieblas del prejuicio carnal, quitando las escamas del orgullo y la autosuficiencia, y rectificando la voluntad, que hace que el juicio mire la verdad a través de un medio distorsionado, influyendo en el corazón de modo que los afectos ya no cieguen el entendimiento, por estos y otros medios que podrían enumerarse fácilmente, el Espíritu Santo capacita a los hombres para reconocer lo oculto, para percibir la belleza y descubrir el esplendor donde antes todo parecía sin atractivo ni hermosura; y así completa el círculo de la Biblia, poniendo en los labios la maravillosa oración que él mismo había inspirado: Abre mis ojos, para que mire las maravillas de tu ley. Henry Melvill, 1798-1871.
Vers. 18. Las maravillas parecen ser las grandes cosas de un mundo eterno hacia las que había vuelto sus ojos inquisidores. Había contemplado las maravillas de la naturaleza: sol, luna y estrellas, montes, árboles y ríos. Había visto muchas de las maravillas del arte; pero ahora quería ver las maravillas espirituales que contiene la Biblia. Quería conocer a Dios mismo en toda su majestad, pureza y gracia. Quería aprender el camino de la salvación por un Redentor crucificado, y la gloria que ha de seguir.
Abre mis ojos. David no era ciego, su ojo no estaba apagado. Podía leer la Biblia de principio a fin, y sin embargo sentía que necesitaba más luz. Sentía que necesitaba ver más hondo, tener abiertos los ojos de su entendimiento. Sentía que si no tenía más que sus propios ojos y su entendimiento natural, no descubriría las maravillas que ansiaba ver. Quería la enseñanza divina, el colirio del Espíritu; y por eso no abriría la Biblia sin esta oración: «Abre mis ojos». Robert Murray M'Cheyne, 1813-1843.
Vers. 18. Maravillas. ¿Por qué usa esta palabra «maravillas»? Es como si dijera: Aunque el mundo tiene la ley de Dios por cosa liviana, y parece haberse dado solo para almas sencillas y niños pequeños, con todo parece haber en ella tal sabiduría que supera toda la sabiduría del mundo, y que en ella yacen ocultos secretos maravillosos. Juan Calvino.
Vers. 18. Tu ley. Aquello que es el objeto del entendimiento por el cual se ora, aquello en cuyo conocimiento el salmista querría ser iluminado, es torah. La palabra significa instrucción; y referida a Dios, es su enseñanza o instrucción de nosotros por la revelación de sí mismo, lo mismo que entendemos por la Escritura. Cuando los libros del Antiguo Testamento estuvieron completos, se distribuyeron, para distinguirlos, en «la Ley», «los Salmos» y «los Profetas» (Lc 24:44). Bajo esa distribución, torah significa los cinco libros de Moisés. Pero como estos libros de Moisés eran, por así decir, el fundamento de todas las revelaciones posteriores bajo el Antiguo Testamento, que se dieron en explicación de ellos, todos sus escritos se llamaban de ordinario «la Ley» (Is 8:20). Por la ley, pues, en este lugar, el salmista entiende todos los libros que entonces se habían dado a la iglesia por revelación como regla de su fe y obediencia. Y que por la ley, en los Salmos, se entiende la ley escrita, es evidente desde el primero de ellos, donde se declara bienaventurado al que «en su ley medita de día y de noche» (Sal 1:2), lo cual se refiere al mandato de leer y meditar de ese modo en sus libros (Jos 1:8). Lo que se entiende, pues, por esta palabra es la entera revelación de la voluntad de Dios, dada a la iglesia como regla de su fe y obediencia, esto es, la santa Escritura.
En esta ley hay niflaot, «maravillas». Pala significa ser «maravilloso», ser «oculto», ser «grande» y «alto»; lo que los hombres no pueden alcanzar ni entender por el uso de la razón (de ahí que las niflaot sean cosas que llevan tal impresión de sabiduría y poder divinos que son con justicia objeto de nuestra admiración); lo que es demasiado difícil para nosotros, como en Dt 17:8: «Si alguna cosa te fuere difícil en el juicio…», oculta para ti. Y es el nombre con que se expresan las obras milagrosas de Dios (Sal 77:11; 78:11). Por tanto, estas «maravillas de la ley» son aquellas expresiones y efectos de la sabiduría divina en la Escritura que superan la razón y el entendimiento naturales de los hombres para hallarlos y comprenderlos. Tales son los misterios de la verdad divina en la Escritura, sobre todo porque Cristo está en ellos, cuyo nombre es «Admirable» (Is 9:6); pues todos los grandes y maravillosos efectos de la sabiduría infinita se encuentran en él. John Owen, 1616-1683.
Vers. 18. Maravillas. Hay promesas en la palabra de Dios que nadie ha procurado hallar. Hay en ella tesoros de oro y plata que nadie se ha tomado el trabajo de cavar. Hay en ella medicinas por cuya falta de conocimiento han muerto centenares. Me parece una vieja hacienda señorial que ha pasado a un hombre (que vive en una casa moderna) y que apenas cree que valga la pena ir a mirar la venerable mansión. Pasa un año tras otro y no le presta atención, pues no sospecha los valiosos tesoros que contiene, hasta que por fin alguien le dice: «¿Ha ido usted al campo a ver esa hacienda?» Decide echarle un vistazo. Al atravesar el pórtico se sorprende de la destreza desplegada en su construcción; y se sorprende más y más al recorrer los salones. Entra en una gran sala y se queda atónito ante la riqueza de cuadros en las paredes, entre los cuales hay retratos de muchos de sus venerados antepasados. Se queda asombrado ante ellos. Allí hay un Ticiano, allá un Rafael, allá un Correggio y allá un Giorgione. Dice: «Nunca tuve idea de ellos». «Ah», dice el mayordomo, «hay muchas otras cosas en el castillo que usted no conoce», y lo lleva de sala en sala y le muestra vajillas labradas y estatuas maravillosas, y el hombre exclama: «¡Aquí he estado veinte años siendo dueño de esta hacienda, y nunca antes supe qué cosas había en ella!» Pero ningún arquitecto concibió jamás una hacienda como la palabra de Dios, y ningún artista, ni tallador, ni escultor, concibió jamás cuadros, vajillas labradas y estatuas como las que adornan sus aposentos. Contiene tesoros con los cuales no merecen mencionarse la plata, el oro y las piedras preciosas. Henry Ward Beecher, 1872.
Vers. 18. Para que mire las maravillas. El gran fin de la palabra de Dios en tiempos del salmista, como ahora, era práctico; pero hay un uso secundario al que aquí se alude, digno de consideración: su poder para satisfacer la facultad de asombro del hombre. Dios conoce nuestra estructura, pues la hizo, y debió de adaptar la Biblia a todas sus partes. Si podemos mostrar esto, puede ser otra señal de que el libro viene de quien hizo al hombre… Que Dios ha concedido al hombre la facultad de asombro, todos lo sabemos. Es una de las primeras y más constantes emociones de nuestra naturaleza. Podemos verlo en los niños y en todos aquellos cuyos sentimientos aún son frescos y naturales. Es la madre del deseo de saber, y durante toda la vida impulsa a los hombres a indagar. John Ker.
Vers. 18. Maravillas de tu ley. En el Salmo 118 teníamos el carácter «maravilloso» de la redención; en el 119 tenemos las «maravillas» (Sal 119:18, 27, 129) de la revelación de Dios. William Kay, 1871.
Vers. 18-19. Cuando no puedo tener a Moisés que me diga el significado, dice san Agustín, dame ese Espíritu que diste a Moisés. Y esto es lo que debe pedir todo hombre que quiera entender: esto pidió David: Abre mis ojos para que vea las maravillas de la ley; y (Sal 119:19) no encubras de mí tus mandamientos. Y Cristo dice: «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» de modo que entonces veremos los secretos de Dios. Richard Stock, (1626).
Sugerencias para el predicador
Vers. 18.
- El cofre precioso: «tu ley».
- El tesoro invisible: «maravillas».
- La vista milagrosa: «para que mire».
- El divino oculista: «Abre mis ojos».
Vers. 18. Las maravillas ocultas del evangelio. Hay muchas cosas ocultas en la naturaleza; muchas en nuestros semejantes; así hay muchas en la Biblia. Las cosas de la Biblia están ocultas a causa de la ceguera del hombre.
- La tristeza del ciego: «Abre mis ojos». No puedo ver. Tengo ojos y no veo. El dolor de esta ceguera consciente cuando un hombre de veras la siente.
- La convicción del ciego: «Para que mire maravillas», etc. Hay cosas maravillosas que ver ahí. Estoy seguro de ello. Hay una vista maravillosa
(a) del pecado;
(b) del infierno, como su merecido;
(c) de Uno dispuesto a salvar;
(d) del perdón perfecto;
(e) del amor de Dios;
(f) de la gracia que todo lo suple;
(g) del cielo.
- La sabiduría del ciego. La falta está en mis ojos, no en tu palabra. «Abre mis ojos», y todo irá bien. La razón de no ver es que los ojos están cegados por el pecado. Nada falta en la Biblia.
- La oración del ciego: «Abre mis ojos».
(a) Yo no puedo abrirlos.
(b) Mis amigos más queridos no pueden.
(c) Solo tú puedes. «Señor, te ruego que ahora los abras».
Muchos procuran impedir tal oración. Sé como Bartimeo, que «clamaba mucho más».
- La expectación del ciego: «Para que mire».
(a) El gozo de un ciego curado cuando está a punto de contemplar, por primera vez, las bellezas de la naturaleza.
(b) El gozo de los sanados espiritualmente cuando empiezan a «puestos los ojos en Jesús».
(c) El carácter personal del gozo: «Abre mis ojos, para que mire». Hasta ahora he tenido que ver por los ojos de otros. No quiero depender más de otros ojos.
La gozosa expectación de Job: «Al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro». Frederick G. Marchant, 1882.
Vers. 18. La palabra de Dios adecuada al sentido de asombro del hombre.
- Haremos algunas observaciones sobre el sentido de asombro en el hombre y lo que generalmente lo excita. Una de las primeras causas de asombro es lo nuevo o inesperado. La segunda fuente se halla en las cosas bellas y grandes. Una tercera fuente es lo misterioso que rodea al hombre: hay cosas incognoscibles.
- Dios ha provisto para este sentido de asombro en su palabra revelada. La Biblia se dirige a nuestro sentido de asombro presentándonos constantemente lo nuevo e inesperado; nos pone delante cosas bellas y grandes. Si llegamos a la tercera fuente de asombro, la que lo eleva a temor reverente, es la provincia peculiar de la Biblia ocuparse de ello.
- Los medios que hemos de usar para que la palabra de Dios se nos desarrolle así: la oración del salmista puede ser nuestra guía: «Abre mis ojos, para que mire las maravillas de tu ley». John Ker, de Glasgow, 1877.
Vers. 18. Maravillosas visiones para ojos abiertos.
- Las cosas maravillosas de la ley de Dios. Una maravillosa regla de vida. Una maravillosa maldición contra la transgresión. Una maravillosa redención de la maldición, prefigurada en la ley ceremonial.
- Se necesita una vista especial para contemplarlas. Son cosas espirituales. Los hombres están espiritualmente ciegos (1 Co 2:14).
- Oración personal al gran Abridor de ojos. C. A. D.
Salmos 119:19
Vers. 19. «Forastero soy yo en la tierra.» Esto se propone como un ruego. Por mandato divino los hombres están obligados a ser bondadosos con los forasteros, y lo que Dios ordena a otros, él mismo lo ejemplificará. El salmista era forastero por causa de Dios; de otro modo habría estado tan a gusto como lo están los mundanos: no era extraño a Dios, sino extraño al mundo, un desterrado mientras estuviera fuera del cielo. Por eso ruega:
«No encubras de mí tus mandamientos.» Si estos desaparecen, ¿qué otra cosa me queda? Puesto que nada de lo que me rodea es mío, ¿qué puedo hacer si pierdo tu palabra? Puesto que ninguno de los que me rodean conoce ni se interesa por conocer el camino hacia ti, ¿qué haré si dejo de ver tus mandamientos, por los cuales solamente puedo guiar mis pasos a la tierra donde tú habitas? David da a entender que los mandamientos de Dios eran su consuelo en el destierro: le recordaban el hogar y le mostraban el camino hacia él, y por eso rogaba que nunca le fueran encubiertos, por no poder él ni entenderlos ni obedecerlos. Si se retira la luz espiritual, el mandamiento queda encubierto, y esto lo deplora grandemente un corazón agraciado. ¿De qué serviría tener los ojos abiertos si el mejor objeto de la vista se ocultara a su mirada? Mientras andamos errantes aquí podemos soportar con paciencia todos los males de esta tierra extranjera si la palabra de Dios es aplicada a nuestros corazones por el Espíritu de Dios; pero si las cosas celestiales que hacen a nuestra paz fueran encubiertas a nuestros ojos, estaríamos en mal caso; de hecho, estaríamos en el mar sin brújula, en un desierto sin guía, en país enemigo sin un amigo.
Esta oración es un complemento de «abre mis ojos», y, así como la una ruega para ver, la otra deplora lo contrario de ver, a saber, que el mandamiento quede encubierto, y así fuera de la vista. Hacemos bien en mirar ambos lados de la bendición que buscamos, y en suplicarla desde todos los puntos de vista. Las oraciones son apropiadas a los caracteres mencionados: como siervo pide ojos abiertos, para que sus ojos estén siempre vueltos hacia su Señor, como deben estar los de un siervo; como forastero ruega no ser extraño al camino por el que ha de andar hacia su hogar. En ambos casos su entera dependencia es de Dios solo.
Nota cómo el tercer versículo de la segunda octava (11) tiene la misma palabra clave que este tercero de la tercera octava: «En mi corazón he guardado tus dichos», «No encubras de mí tus mandamientos». Esto invita a una meditación sobre los diferentes sentidos de ocultar en y ocultar de.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 19. «Forastero soy yo en la tierra.» David tuvo experiencia de paz y de guerra, de riquezas y de pobreza, de placer y de aflicción. Había sido persona privada y pública; pastor, oficio penoso; soldado, oficio sangriento; cortesano, esclavitud honrosa, que une en uno al señor y al parásito, al caballero y al esclavo de faenas; y fue rey, nombre glorioso, lleno de temores y cuidados. Por todo ello pasó, y halló el menor descanso cuando estaba más alto, menos contento en el trono que en los apriscos. Todo esto lo había observado y guardado en la memoria, y esta confesión suya es epítome y resumen de todo; y en efecto nos dice que, fuera lo que fuera lo que había visto en su travesía, fuera lo que fuera lo que había gozado, no halló nada tan cierto como esto: que no había hallado nada cierto, nada con lo que pudiera quedarse ni que quisiera quedarse con él, sino que seguía siendo un viajero y «forastero en la tierra». Anthony Farindon, 1596-1658.
Vers. 19. «Forastero soy yo en la tierra», etc. Como peregrino, ha renunciado al mundo, que por eso se ha vuelto su enemigo; como «forastero» teme perder el camino; por estas razones pide que Dios compense la pérdida de los consuelos terrenales concediéndole la luz del cielo; que no «encubra sus mandamientos», sino que le muestre y enseñe aquellos pasos por los cuales pueda ascender hacia el cielo, gozándose en la esperanza de la gloria futura. George Horne, 1730-1792.
Vers. 19. «Forastero soy yo en la tierra.» Esta confesión de un caminante solitario habría tenido relativamente poco significado; pero en boca de alguien que probablemente estaba rodeado de toda fuente de goce mundano, muestra a un tiempo la vanidad de «los mejores gozos de la tierra» y la tendencia celestial de la religión de la Biblia. Charles Bridges.
Vers. 19. «Forastero soy yo en la tierra», etc.
- Todo hombre aquí en la tierra (especialmente el piadoso) no es sino un forastero y un transeúnte.
- Al que es forastero le conviene buscar un estado mejor y más duradero. Todo hombre debería hacerlo. El mayor cuidado de un hombre debería ser por aquel lugar donde vivirá más tiempo; por eso la eternidad debería ser su meta. Un hombre piadoso lo hará así. Aquellos cuyos corazones no están puestos en las cosas terrenales, han de tener el cielo. Cuanto más se alejan sus afectos de lo uno, más se ocupan de lo otro (Col 3:2); el cielo y la tierra son como los dos platillos de una balanza: lo que se quita de uno se pone en el otro.
- No hay dirección suficiente sobre cómo obtener este estado duradero sino en la palabra de Dios. Sin ella somos como pobres peregrinos y caminantes en un país extraño, incapaces de discernir el camino a casa. Un estado bienaventurado solo se revela suficientemente en la palabra: «la vida y la inmortalidad [han sido sacadas] a luz por el evangelio» (2 Ti 1:10). Los paganos apenas lo adivinaban y tenían algún oscuro sentido de un estado después de esta vida; pero así como en la palabra se saca a la luz con la mayor claridad, así solo la palabra señala el camino hacia allá. Es la palabra de Dios la que nos hace sabios para la salvación, y la que es nuestra línea y regla hacia la Canaán celestial; y por eso a los que buscan este estado duradero les conviene consultar la palabra.
- No hay entendimiento de la palabra de Dios sino por la luz del Espíritu. «Ciertamente espíritu hay en el hombre, y el soplo del Omnipotente le hace que entienda» (Job 32:8). Aunque la palabra tiene luz en sí, el espíritu del hombre no puede moverse hasta que Dios nos ilumine con esa luz viva que abre paso al dominio de la verdad en nuestros corazones y transmite influencia a nuestros corazones. Esta es la luz que David implora cuando dice: «No encubras de mí tus mandamientos». David no ignoraba los Diez Mandamientos, su sonido; pero pide su sentido y uso espirituales.
- Si queremos el Espíritu, hemos de pedirlo a Dios en oración; pues Dios da «el Espíritu Santo a los que se lo pidan» (Lc 11:13); y por eso hemos de decir, como David: «Envía tu luz y tu verdad; estas me guiarán; me conducirán a tu santo monte, y a tus moradas» (Sal 43:3). Thomas Manton.
Vers. 19. «Forastero soy yo en la tierra», etc. Cuando nace un niño, a veces se habla de él con la designación de «el pequeño forastero». Los amigos que visitan preguntan si, como un privilegio, pueden «ver al pequeño forastero». ¡Un forastero, en verdad! Venido de lejos. De las inmensidades. De la presencia, y el toque, y el ser de Dios. Y que va de nuevo hacia las inmensidades, hacia y a través de todas las incalculables edades de la duración.
Pero el pequeño forastero crece, y al poco tiempo empieza a echar raíces vigorosas. Trabaja, y gana, y edifica, y planta, y compra, y posee, y, en su propio sentir, se vuelve tan «asentado» que casi se divertiría con cualquiera que lo describiera ahora como forastero.
Y la vida sigue, haciéndose más honda y más ancha en su corriente, y albergando en sí elementos de interés múltiples y cada vez más numerosos. Cada vez más el hombre queda atrapado por ellos como una nave de la que se echan al mar muchas anclas. Lucha entre los que luchan, se alegra con los alegres, siente el aguijón del honor, entra en la carrera de la adquisición, hace por turnos algunas cosas duras y muchas bondadosas; multiplica sus compromisos, sus relaciones, sus amigos, y entonces, justo cuando después de tales preparativos la vida debería comenzar plenamente y abrirse en una gran llanura soleada y tranquila, ¡he aquí que empiezan a caer las sombras, que anuncian, demasiado ciertamente, que se acerca rápido a su fin! La voz que tarde o temprano todos han de oír está llamando al «pequeño forastero», que nació hace poco, cuya primera lección ha terminado, y a quien ahora se requiere para entrar por la puerta llamada muerte en otra escuela. Y el forastero no está listo. Ha echado tantas anclas, y han agarrado tan firmemente el fondo, que no será cosa leve levantarlas. Está asentado. No tiene a mano el bordón del peregrino; y su ojo, bastante familiarizado con lo que lo rodea, no está acostumbrado al camino que sigue adelante y asciende, no puede medir tan bien la altura de la montaña, ni calcular la lejana distancia. El avance del tiempo ha sido mucho más veloz que el avance de su pensamiento. ¡Ay! Ha cometido un largo error. Ha «mirado las cosas que se ven» y olvidado las cosas que no se ven. Y «las cosas que se ven» son temporales, y se van con el tiempo a la extinción; mientras que «las que no se ven son eternas». Y así hay prisa, y confusión, y angustia en las últimas horas y en la partida. Ahora bien, todo esto puede evitarse y eludirse por completo, si el hombre dice tan solo: Forastero soy yo en la tierra; no encubras de mí tus mandamientos. Alexander Raleigh, en "The Little Sanctuary, and other Meditations," 1872.
Vers. 19. «Forastero soy yo en la tierra», etc. En la ley, Dios encomienda los forasteros al cuidado y la compasión de su pueblo; ahora David le devuelve los argumentos para persuadirle de que lo trate con bondad. Robert Leighton, 1611-1684.
Vers. 19. En la tierra. Aquí no hace excepción; reconoció toda la tierra como lugar de su peregrinación. No solo cuando estuvo desterrado entre los moabitas y los filisteos era forastero; aun cuando vivía en paz en su casa, en Canaán, todavía se considera forastero. Esta consideración movió al piadoso Basilio a despreciar la amenaza de Modesto, el delegado del emperador Valente, cuando lo desafiaba con el destierro: Ab exilii metu liber sum, unam hominum cognoscens esse patram, paradisum omnem autem terram commune naturae exilium. Y nos moverá a guardar sobriedad espiritual en medio de los placeres, si recordamos que en nuestras casas, junto a nuestro propio fuego y en nuestras propias camas, no somos sino forasteros, de los cuales hemos de partir pronto para dar lugar a otros. William Cowper.
Vers. 19. No encubras de mí tus mandamientos. El modo de razonar de David es este: Aquí soy forastero y no sé el camino; por tanto, Señor, dirígeme. La semejanza está tomada de los viajeros que, llegando a un país desconocido donde ignoran el camino, buscan el beneficio de un guía. Pero la diferencia es esta: en cualquier país la gente puede guiar a un forastero al lugar adonde quiere ir; pero los moradores de la tierra no pueden mostrar el camino al cielo; y por eso David no busca guía entre ellos, sino que ruega al Señor que lo dirija. William Cowper.
Vers. 19. No encubras de mí tus mandamientos. Hay un encubrimiento de la palabra de Dios cuando faltan los medios para oírla explicada por los predicadores; y hay un encubrimiento de la luz consoladora y viva del Espíritu, que ha de vivificar la palabra en nosotros. De ambos males podemos, y debemos, orar para ser librados. David Dickson.
Salmos 119:20
Vers. 20. «Quebrantada está mi alma de desear tus juicios en todo tiempo.» La verdadera piedad consiste en gran parte en deseos. Así como no somos lo que seremos, tampoco somos lo que querríamos ser. Los deseos de santidad de los hombres agraciados son intensos, causan un desgaste del corazón, una tensión de la mente, hasta que esta se siente a punto de romperse con el tirón celestial. Una alta estima del mandamiento del Señor lleva a un deseo apremiante de conocerlo y cumplirlo, y esto pesa de tal modo sobre el alma que esta está a punto de hacerse pedazos bajo la presión de sus propios anhelos. ¡Qué bendición es cuando todos nuestros deseos son por las cosas de Dios! Bien podemos anhelar tales anhelos.
Los juicios de Dios son sus decisiones sobre puntos que de otro modo habrían estado en disputa. Cada precepto es un juicio del más alto tribunal sobre un punto de conducta, una decisión infalible e inmutable sobre una cuestión moral o espiritual. La palabra de Dios es un código de justicia del cual no hay apelación. «Este es el Juez que pone fin a la contienda
donde fallan el ingenio y la razón;
nuestro guía por sendas tortuosas de la vida,
nuestro escudo cuando asaltan las dudas.» Watts.
David tenía tal reverencia por la palabra, y tal deseo de conocerla y de conformarse a ella, que sus anhelos le causaban una especie de quebranto de corazón, que aquí alega delante de Dios. El anhelo es el alma de la oración, y cuando el alma anhela hasta quebrantarse, no puede tardar mucho en concederse la bendición. La más íntima comunión entre el alma y su Dios se lleva a cabo por el proceso descrito en el texto. Dios revela su voluntad, y nuestro corazón anhela conformarse a ella. Dios juzga, y nuestro corazón se goza en el veredicto. Esta es una comunión de corazón muy real y cabal.
Nota bien que nuestro deseo de la mente de Dios debe ser constante; debemos sentir santos anhelos «en todo tiempo». Los deseos que pueden ponerse y quitarse como nuestras vestiduras no son, en el mejor de los casos, más que meros quereres, y posiblemente apenas sean lo bastante verdaderos para llamarse con ese nombre; son emociones pasajeras nacidas de la excitación, y condenadas a morir cuando se enfría el calor que las creó. Quien siempre anhela conocer y hacer lo recto es el hombre verdaderamente recto. Su juicio es sano, pues ama todos los juicios de Dios y los sigue con constancia. Sus tiempos serán buenos, pues anhela ser bueno y hacer el bien en todo tiempo.
Observa cómo este cuarto versículo de la tercera octava hace eco al cuarto de la cuarta octava: «Quebrantada está mi alma»; «Se deshace mi alma». Sin duda hay algún arte poético recóndito en todo esto, y nos conviene ser cuidadosos al estudiar lo que el salmista fue tan cuidadoso al componer.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 20. «Quebrantada está mi alma», etc. Aquí hay una protesta del ardiente deseo que tenía de obedecer la palabra de Dios; lo amplifica de dos maneras: primero, no era un movimiento ligero, sino tal que, estando profundamente arraigado, le quebrantaba el corazón cuando veía que no podía hacer, en la obediencia de ella, lo que quería. Luego, no era un movimiento fugaz, como el rocío de la mañana, sino permanente, omni tempore, lo tenía en todo tiempo. William Cowper.
Vers. 20. «Quebrantada está mi alma de desear», como quien, esforzándose, se rompe una vena. William Gurnall.
Vers. 20. «Quebrantada está mi alma», etc. Este quebrantamiento es por roce, desgaste o aplastamiento. El espíritu estaba tan agobiado por su anhelante deseo de las cosas que Jehová había dicho, que se quebrantaba como por una fuerte fricción. El «anhelo» de descubrir y seguir las maravillas ocultas era casi insoportable. Este anhelo continuaba en el salmista «en todo tiempo», o «en toda estación». La prosperidad no podía hacerle olvidarlo; la adversidad no podía apagarlo. En la enfermedad o en la salud, en la alegría o en la tristeza, en compañía o a solas, nada vencía ese anhelo. «Las maravillas» eran tan maravillosas, y sin embargo tan ocultas. Ver un poco de «la hermosura de Jehová» es llegar a saber cuánto hay que no vemos, y así anhelar más que nunca. El que persigue ardientemente las maravillas de la palabra del Señor nunca dará descanso a ese anhelo mientras siga «en la tierra». Solo cuando seamos «semejantes a él» y «le veamos tal como él es», clamaremos: «¡Basta, Señor!» «Me saciaré cuando despierte a tu semejanza». F. G. Marchant.
Vers. 20. «Quebrantada está mi alma de desear.» Del ardiente deseo. «Que tiene por tus juicios en todo tiempo.» Tu ley; tus mandamientos. Este era un sentimiento constante. No era intermitente ni espasmódico. Era el estado firme y habitual del alma sobre el tema. Nunca había visto lo bastante de la belleza y la gloria de la ley de Dios para sentir que todas las necesidades de su naturaleza estaban satisfechas, o que no podía ver ni conocer más; había visto y sentido lo suficiente para excitar en él un ardiente deseo de conocer a fondo todo lo que hay en la ley de Dios. Albert Barnes.
Vers. 20. «Quebrantada está mi alma de desear», etc. El deseo de las disposiciones de Dios se vuelve dolorosamente intenso. Un anhelo, un anhelo intenso, por los juicios del Señor en todo tiempo. Estos son los pormenores de su alma quebrantada. Toda su mente está vuelta hacia las cosas de Dios. Ruega poder mirar las maravillas de la ley de Jehová, y que no le sean encubiertos sus mandamientos; y aquí su alma se quebranta de anhelo por sus juicios en todo tiempo. El estado de ánimo del salmista no nos llevaría a suponer aquí que esperaba la manifestación de los juicios del Señor en defensa de su causa contra los impíos, ni que anhelaba la ocasión de cumplir todas las obras de justicia hacia sus semejantes; pues esto lo hacía al máximo. Evidentemente está atento a las ordenanzas de la religión, que se llamaban «juicios» por referencia a las solemnes sanciones con que se imponían. El hombre de Dios anhelaba tanto unirse al pueblo del Señor en ellas, que su corazón estaba a punto de romperse de deseo, mientras se veía forzado a ir de lugar en lugar por el desierto. Aquí está el corazón renovado. Otro podría anhelar ser librado de la persecución, descansar, ser devuelto al hogar, a los parientes y a la comodidad. El hombre de Dios no podía dejar de desear esos goces naturales; pero, por encima de todo, su santa mente anhelaba con ardor la celebración del culto de Jehová. John Stephen.
Vers. 20. Tus juicios. Los juicios de Dios son de dos clases: primero, sus mandamientos; así llamados porque por ellos se juzga y discierne lo recto de lo malo. Luego, sus plagas ejecutadas sobre los transgresores conforme a su palabra. David se refiere aquí a la primera. Recuerden los hombres que no tienen un deseo como el de David, que aquellos cuyo corazón no puede quebrantarse por transgredir la palabra de Dios porque la aman, hallarán que las plagas de Dios les magullan el cuerpo y también les quebrantan el corazón. Deleitémonos en la primera clase de estos juicios, y la segunda nunca vendrá sobre nosotros. William Cowper.
Vers. 20. Fíjate en esa palabra: en todo tiempo. Los malos tienen sus buenos momentos, como los buenos tienen sus malos momentos. Un hombre malo puede, bajo los retortijones de la conciencia, una vara que escuece, la proximidad de la muerte o los temores del infierno, o cuando está harto de sermones, clamar al Señor por gracia, por justicia, por santidad; pero solo es hombre bienaventurado el que tiene hambre y sed de justicia en todo tiempo. Thomas Brooks, 1608-1680.
Vers. 20. En todo tiempo. Algunos estiman la palabra en la adversidad, cuando no tienen otro consuelo del cual vivir; entonces pueden contentarse con estudiar la palabra para consolarse en sus angustias; pero cuando están a sus anchas, la desprecian. Pero David se valió de ella «en todo tiempo»: en la prosperidad, para humillarle; en la adversidad, para consolarle; en la una, para guardarle del orgullo; en la otra, para guardarle de la desesperación; en la aflicción, la palabra era su cordial; en el aumento de bienes mundanos, era su antídoto; y así en todo tiempo su corazón se inclinaba a la palabra, ya por una necesidad, ya por otra. Thomas Manton.
Vers. 20. En todo tiempo. ¡Qué pocos hay, aun entre los siervos de Dios, que sepan algo del intenso sentimiento de devoción aquí expresado! Oh, que nuestros corazones fríos y obstinados fueran calentados y sometidos por la gracia divina, para que estuviéramos a punto de desfallecer por el anhelo que tuviéramos «en todo tiempo» por los juicios de nuestro Dios. ¡Qué intermitentes son nuestros mejores sentimientos! Si hoy subimos al monte de la comunión con Dios, mañana corremos el peligro de enredarnos de nuevo en las cosas de la tierra. ¡Qué felices son aquellos cuyos corazones están «en todo tiempo» llenos de anhelos de comunión con el grande y glorioso objeto de su amor! John Morison, 1829.
Vers. 20. Si lees las vidas de hombres buenos que han sido también intelectualmente grandes, te impresionará, creo, hasta la sorpresa, una sorpresa, sin embargo, que no será desagradable, hallarlos al fin de la vida, en su propia estimación, tan ignorantes, tan completamente imperfectos, tan poco mejorados por la larga lección de la vida. El doctor Chalmers, después de encender iglesias y de despertar naciones a sus deberes, resumió sus propios logros en la palabra «deseosidad», y tomó como el texto que mejor describía su estado interior ese grito apasionado, casi doloroso, de David: Quebrantada está mi alma de desear tus juicios. ¡Pero qué grande era el logro! ¡Ser en la vejez tan sencillo como un niño pequeño delante de Dios! ¡Seguir aprendiendo a los setenta años! ¡Qué hermosos parecen los grandes hombres en su sencillez! Alexander Raleigh, en "The Little Sanctuary," 1872.
Sugerencias para el predicador
Vers. 20.
- La palabra buscada, y buscada en todo tiempo.
- La palabra buscada, y buscada con intenso deseo.
- La palabra buscada, y buscada con tanta más intensidad cuanto más se halla. Fue porque había hallado ya tanto en la palabra del Señor, que el alma del salmista se quebrantaba por hallar más. Quienes han sido admitidos una vez en «el secreto de Jehová» hallan su mayor gozo en conocer ese secreto aún más plenamente. A quienes conocen ese secreto se da la promesa: «Y a conocer su pacto» (Sal 25:14). F. G. M.
Vers. 20. Una de las mejores pruebas del carácter y de las profecías de lo que será un hombre son sus anhelos.
- El objeto absorbente del santo: «Tus juicios». La palabra aquí es sinónima de la «palabra» de Dios.
(a) El salmista reverenciaba grandemente la palabra.
(b) Deseaba intensamente conocer su contenido.
(c) Desea alimentarse de la palabra de Dios.
(d) Anhelaba obedecerla.
(e) Anhelaba sentir en su propio corazón el poder de los juicios de Dios.
- Los ardientes anhelos del santo.
(a) Constituyen una experiencia viva.
(b) La expresión usada en el texto representa un humilde sentido de imperfección.
(c) Indica una experiencia avanzada.
(d) Es una experiencia que podemos llamar agridulce.
(e) Estos anhelos pueden llegar a fatigar mucho el alma de un hombre.
- Reflexiones alentadoras.
(a) Dios está obrando en tu alma.
(b) El resultado de la obra de Dios es muy precioso.
(c) Conduce a algo aún más precioso.
(d) El deseo mismo te hace bien.
(e) Hace precioso a Cristo. Véase «Spurgeon's Sermons», n.º 1586: «Holy Longings».
Salmos 119:21
Vers. 21. «Reprendiste a los soberbios, los malditos.» Este es uno de los juicios de Dios: sin falta reparte una porción terrible a los hombres de mirada altiva. Dios reprendió a Faraón con duras plagas, y en el mar Rojo «quedaron al descubierto los cimientos del mundo, a tu reprensión, oh Jehová». En la persona del perverso egipcio enseñó a todos los soberbios que ciertamente los abatirá. Los soberbios son hombres malditos: nadie los bendice, y pronto se vuelven una carga para sí mismos. En sí misma, la soberbia es una plaga y un tormento. Aunque ninguna maldición viniera de la ley de Dios, parece haber una ley de la naturaleza por la que los hombres soberbios han de ser hombres desdichados. Esto llevó a David a aborrecer la soberbia; temía la reprensión de Dios y la maldición de la ley. Los pecadores soberbios de su día eran sus enemigos, y se sentía feliz de que Dios estuviera en la contienda al igual que él.
«Que se desvían de tus mandamientos.» Solo los corazones humildes son obedientes, pues solo ellos se someten a la regla y al gobierno. Los ojos de los soberbios son altivos, demasiado altos para fijarse en sus propios pies y guardar el camino del Señor. La soberbia yace en la raíz de todo pecado: si los hombres no fueran arrogantes, no serían desobedientes.
Dios reprende la soberbia aun cuando las multitudes le rinden homenaje, pues ve en ella rebelión contra su propia majestad y la semilla de rebeliones aún mayores. Es la suma del pecado. Los hombres hablan de un orgullo honesto; pero si fueran sinceros verían que de todos los pecados es el menos honesto y el menos propio de una criatura, y en especial de una criatura caída; y sin embargo tan poco conocen los soberbios su verdadera condición bajo la maldición de Dios, que se erigen en censores de los piadosos y expresan desprecio hacia ellos, como se verá en el versículo siguiente. Ellos mismos son despreciables, y con todo son despectivos hacia quienes son mejores que ellos. Bien podemos amar los juicios de Dios cuando los vemos dirigidos tan decididamente contra los advenedizos altaneros que quisieran señorear sobre los justos; y bien podemos tener buen ánimo ante las reprensiones de los impíos, puesto que su poder de dañarnos lo ha destruido el Señor mismo. «Jehová te reprenda» es respuesta suficiente a todas las acusaciones de hombres o demonios.
En el quinto versículo de la octava anterior el salmista escribió: «Con mis labios he contado todos los juicios de tu boca», y aquí continúa en el mismo tono, dando un ejemplo particular de los juicios del Señor contra los rebeldes altivos. En las dos porciones siguientes los quintos versículos tratan de la mentira y la vanidad, y la soberbia es una de las formas más comunes de esos males.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 21. «Reprendiste a los soberbios, los malditos.» Si los soberbios escapan aquí, como a veces ocurre, en el más allá no escaparán; porque «abominación es a Jehová todo altivo de corazón» (Pr 16:5). Dios no puede soportarlo (Sal 101:5). ¿Y qué de eso? Tu perdes superbos, tú destruirás a los soberbios. Los mismos paganos idearon a los gigantes soberbios heridos por el trueno del cielo. Y si Dios no perdonó a los ángeles, a quienes colocó en los cielos más altos, sino que por su soberbia los arrojó de cabeza al más profundo infierno, ¡cuánto menos perdonará al soberbio polvo y ceniza de los hijos de los hombres, sino que los echará desde la cima de su altura terrenal hasta el fondo de aquel calabozo infernal! «La humildad hace ángeles a los hombres; la soberbia hace demonios a los ángeles», como dijo aquel padre: bien puedo añadir que hace demonios a los hombres. Alazoneías outis ekfeugei dikēn, dice el poeta pagano Menandro; «jamás alma alguna escapó a la venganza de la soberbia», jamás escapará a ella. Tan cierto como que Dios es justo, la soberbia no quedará sin castigo. Sé que ahora todos estamos listos para pedir una palangana, como Pilato, y lavarnos las manos de este pecado inmundo. Honorables y amados, este vicio es muy pegajoso; se les adhiere de tal modo que apenas pueden distinguirlo de una parte de ustedes mismos: esto es lo que agrava su peligro. Porque, como bien nota Aquino, algunos pecados son más peligrosos propter vehementiam impugnationis, «por la furia de su asalto», como el pecado de la ira; otros por su correspondencia con la naturaleza, como los pecados de la lujuria; otros, propter latentiam sui, «por su acechar escondido» en nuestro seno, como el pecado de la soberbia. Ah, miremos con seriedad los rincones de nuestros falsos corazones, aun con la linterna de la ley de Dios, y descubramos a este sutil demonio; y no demos paz a nuestras almas hasta haberlo desalojado. Abajo esos plumajes soberbios, oh gloriosos pavos reales del mundo: miren sus negras patas y su cabeza de serpiente; avergüéncense de sus miserables flaquezas; si no, Dios los derribará, a ellas y a ustedes mismos, en una venganza espantosa. No hay el más santo de nosotros que no sea culpable en esto: ah, humillémonos por nuestro arrepentimiento, para no ser abatidos a confusión eterna; seamos postrados de rodillas, para no ser postrados de bruces. Porque Dios cumplirá su propia palabra de una manera: «La soberbia del hombre le abatirá». Joseph Hall, 1574-1656.
Vers. 21. «Reprendiste a los soberbios.» Que las historias de Caín, Faraón, Amán, Nabucodonosor y Herodes muestren a los soberbios bajo la reprensión y la maldición de Dios. Él aborrece sus personas y sus ofrendas: «de lejos los conoce»; «los resiste»; «esparce a los soberbios en el pensamiento de sus corazones». Pero más aborrecibles son aún a sus ojos cuando se encubren bajo una vestidura espiritual, «los que dicen: Estate en tu lugar, no te acerques a mí, porque soy más santo que tú. Estos son humo en mi furor, fuego que arde todo el día». David y Ezequías son instructivas señales en la iglesia de que el pueblo de Dios, cada vez que da lugar a las obras de un corazón soberbio, no debe esperar escapar a su reprensión. «Tú les fuiste un Dios perdonador, y retribuidor de sus obras» (Sal 99:8). Charles Bridges.
Vers. 21. «Reprendiste a los soberbios.» David añade otra razón por la cual se enciende más a orar a Dios y a disponerse a ser enseñado en su palabra; a saber, cuando ve que ha «reprendido a los soberbios». Pues el castigo y las penas que Dios impone a los infieles y rebeldes deben ser buena instrucción para nosotros; como se dice que Dios ha ejecutado juicio, y que los habitantes de la tierra aprendan su justicia. No sin causa lo ha dicho también el profeta Isaías; pues nos significa que Dios nos ha atraído hacia sí por diversos y variados medios, y que principalmente cuando nos enseña a temer su majestad. Porque sin ello, ay, pronto nos volveríamos como bestias brutas: si Dios nos soltara la brida sobre el cuello, la experiencia nos enseña muy bien qué licencia nos daríamos. Ahora bien, viendo Dios que con tanta facilidad nos lanzamos a correr al azar, nos envía ejemplos, porque quiere hacernos andar con temor y cuidado. Juan Calvino.
Vers. 21. Los soberbios. Este es un título que comúnmente se da a los impíos; porque, así como es nuestro mal más antiguo, es también el más fuerte y el primero que en nuestra naturaleza corrompida se esfuerza por llevar a los hombres a traspasar los límites fijados por el Señor. Desde el momento en que la soberbia entró en el corazón de Adán, queriendo ser más alto de lo que Dios lo había hecho, no se abstuvo de comer del árbol prohibido. ¿Y cuál es la causa de toda transgresión sino que la soberbia ignorante del hombre quiere que se prefiera su voluntad a la voluntad de Dios? William Cowper.
Vers. 21. Los soberbios. Pedro habla de los soberbios como si desafiaran a Dios a modo de campeones y lo provocaran como rebeldes, de suerte que, si él no los resistiera, procurarían privarlo de su gobierno, como Coré, Datán y Abiram socavaron a Moisés (Nm 16:1-33).
Porque así dice el soberbio: Seré semejante al Altísimo (Is 14:12-15) y, si pudiera, aun por encima del Altísimo. Esta es la criatura que fue tomada del polvo (Gn 2:7), y tan pronto como fue hecha se opuso a aquella majestad que los ángeles adoran, los tronos veneran, los demonios temen y los cielos obedecen. ¡Cuántos pecados hay en este mundo pecador! Y con todo, como dice Salomón de la mujer buena (Pr 31:29): «Muchas mujeres hicieron el bien; mas tú sobrepasas a todas», así puedo decir de la soberbia: muchos pecados han obrado mal, pero tú los sobrepasas a todos; porque el iracundo, el pródigo, el lascivo, el glotón, el perezoso son más bien enemigos de sí mismos que de Dios; pero el soberbio se pone contra Dios, porque obra contra sus leyes; se hace igual a Dios, porque lo hace todo sin Dios y no le pide ayuda; se ensalza por encima de Dios, porque quiere hacer su propia voluntad aunque sea contraria a la voluntad de Dios. Como dice el humilde: «No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria» (Sal 115:1), así dice el soberbio: No a él, no a él, sino a nosotros dad la gloria. Como Herodes, que tomó el nombre de Dios y fue honrado por todos menos por los gusanos, y estos mostraron que no era un dios, sino un hombre (Hch 12:21). Por eso los soberbios pueden llamarse enemigos de Dios, porque así como los avaros arrebatan riquezas a los hombres, los soberbios arrebatan honra a Dios. Además, el soberbio no tiene causa para serlo, como la tienen otros pecadores: el avaro por las riquezas, el ambicioso por el honor, el voluptuoso por el placer, el envidioso por el agravio, el perezoso por el descanso; pero el soberbio no tiene más causa para ser soberbio que la soberbia misma, que dice, como Faraón: «No obedeceré» (Éx 5:2). Henry Smith, 1560-1591.
Vers. 21. Soberbios, los malditos. Los soberbios soportan la maldición de no tener nunca amigos: no en la prosperidad, porque no conocen a nadie; no en la adversidad, porque entonces nadie los conoce. John Whitecross, en "Anecdotes illustrative of the Old Testament."
Vers. 21. Este uso de los juicios de Dios sobre otros debemos hacerlo para nosotros mismos: primero, para que lleguemos a reconocer lo que merecemos y así temamos; y luego, para que de tal modo contemplemos su justicia sobre los soberbios que tengamos seguridad de su misericordia hacia los humildes. Esto es duro para la carne y la sangre; porque algunos pueden llegar a regocijarse por la destrucción de otros y no pueden temer; y otros, cuando se les hace temer, no pueden recibir consuelo. Pero lo que Dios ha unido, no lo separemos: hagamos, pues, estos usos de los juicios de Dios. Richard Greenham.
Sugerencias para el predicador
Vers. 21.
- El carácter de los soberbios.
- El trato de Dios con ellos.
- Nuestra propia relación con ellos.
Vers. 21.
- El pecado: «Se desvían de los mandamientos».
(a) Por descuido; o bien
(b) por abuso de ellos.
- Su origen: la soberbia: soberbia de la razón, del corazón, de la vida.
- Su castigo.
(a) Reprensión.
(b) Condenación. G. R.
Salmos 119:22
Vers. 22. «Aparta de mí el oprobio y el menosprecio.» Estas son cosas dolorosas para las mentes sensibles. David podía soportarlas por causa de la justicia, pero eran un yugo pesado, y anhelaba verse libre de ellas. Ser calumniado, y luego ser despreciado a consecuencia de la vil acusación, es una aflicción penosa. A nadie le gusta ser difamado, ni siquiera ser despreciado. El que dice: «No me importa mi reputación», no es un hombre sabio, pues en la estima de Salomón, «mejor es la buena fama que el buen ungüento». La mejor manera de tratar la calumnia es orar acerca de ella: Dios la quitará, o le quitará el aguijón. Nuestros propios intentos de justificarnos suelen fracasar; somos como el muchacho que quería quitar el borrón de su cuaderno y con su torpeza lo empeoró diez veces. Cuando sufrimos por una difamación es mejor orar acerca de ella que ir a pleito por ella, o incluso exigir una disculpa a quien la inventó. Oh, ustedes que son vituperados, lleven sus asuntos ante el más alto tribunal y déjenlos con el Juez de toda la tierra. Dios reprenderá a su soberbio acusador; estén ustedes tranquilos y dejen que su abogado defienda su causa.
«Porque tus testimonios he guardado.» La inocencia puede con justicia pedir ser librada del oprobio. Si hay verdad en los cargos alegados contra nosotros, ¿qué podemos alegar ante Dios? Pero si somos acusados injustamente, nuestra apelación tiene locus standi en el tribunal y no puede ser rechazada. Si por miedo al oprobio abandonamos el testimonio divino, mereceremos la suerte del cobarde; nuestra seguridad está en adherirnos a lo verdadero y a lo recto. Dios guardará a los que guardan sus testimonios. Una buena conciencia es la mejor garantía de un buen nombre; el oprobio no permanecerá con los que permanecen con Cristo, ni el menosprecio sobre los que permanecen fieles a los caminos del Señor.
Este versículo es paralelo, tanto en sentido como en posición, al Salmo 119:6, y tiene la palabra de enlace «testimonios», por la que hace eco al Salmo 119:14.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 22. «Aparta de mí el oprobio y el menosprecio.» Aquí David ora contra el oprobio y el menosprecio de los hombres; que le sean quitados o, como dice la palabra, rodados de encima. Esto da a entender que pesaban sobre él, y que ni su grandeza ni su bondad podían asegurarle contra ser difamado y satirizado: unos lo despreciaban y procuraban rebajarlo, otros lo vituperaban y procuraban hacerlo odioso. Con frecuencia ha sido suerte de los que hacen el bien que se hable mal de ellos. Da a entender que esta carga pesaba mucho sobre él. Las palabras duras y las palabras sucias no rompen huesos, y sin embargo son muy penosas para un espíritu tierno e ingenuo; por eso David ora: Señor, «quítamelos», para que no me aparten de ningún deber ni me desalienten en él. Matthew Henry.
Vers. 22. «Aparta de mí el oprobio y el menosprecio», etc. En las palabras (como en la mayoría de los otros versículos) tienen: 1. Una petición: Aparta de mí el oprobio y el menosprecio. 2. Una razón y argumento para reforzar la petición: Porque tus testimonios he guardado.
Primero, en cuanto a la petición, Aparta de mí el oprobio y el menosprecio; la palabra significa: Ruédelos de encima de mí, que no lleguen a mí, o que no permanezcan conmigo. Y luego el argumento: porque tus testimonios he guardado. La razón puede ser así: (1) Alega que era inocente de lo que se le imputaba y no había merecido aquellas calumnias. (2) Da a entender que fue por su obediencia, por esta misma causa, por haber guardado la palabra, que se hizo rodar sobre él el oprobio. (3) Puede entenderse así: que su respeto a la palabra de Dios no había disminuido por este oprobio, que seguía guardando los testimonios de Dios, por malo que pareciera a los ojos del mundo. O es una afirmación de su inocencia, o muestra el motivo por el que vino este oprobio sobre él, o alega que su respeto a Dios y a su servicio no se redujo, cualquiera que fuera el oprobio que encontrara al cumplirlo.
Los puntos que de aquí se desprenden son muchos.
- No es cosa extraña que los que guardan los testimonios de Dios sean calumniados y vituperados.
- Así como es suerte habitual del pueblo de Dios ser vituperado, así también les es muy penoso y pesado de llevar.
- Siendo penoso, podemos lícitamente procurar su remoción. Así lo hace David, y así podemos nosotros, con sumisión a la voluntad de Dios.
- Para su remoción, lo mejor es tratar con Dios acerca de ello; porque Dios es el gran testigo de nuestra sinceridad, pues lo sabe todo, y así se le debe apelar en el caso. Además, Dios es el más poderoso defensor de nuestra inocencia; tiene en su mano los corazones y las lenguas de los hombres, y puede impedir que el calumniador profiera el oprobio, o que el oyente lo acoja. El que tiene tal poder sobre las conciencias de los hombres puede aclarar nuestra inocencia; por eso es mejor tratar con Dios acerca de ello; y la oración muchas veces resulta una vindicación mejor que una apología.
- Al buscar alivio en Dios de este mal, es gran consuelo y motivo de confianza cuando somos inocentes de lo que se nos imputa. En algunos casos hemos de humillarnos, y entonces Dios cuidará de nuestro crédito; hemos de declararnos culpables cuando, por nuestra propia culpa, hemos dado ocasión a las calumnias de los impíos: así, «Quita de mí el oprobio que he temido, porque buenos son tus juicios» (Sal 119:39). «Mi oprobio», porque en parte lo merecía él mismo, y por eso temía sus tristes consecuencias y se humillaba delante de Dios. Pero otras veces podemos apoyarnos en nuestra integridad, como dice aquí David: «Aparta de mí el oprobio y el menosprecio, porque tus testimonios he guardado». Thomas Manton.
Salmos 119:23
Vers. 23. «Príncipes también se sentaron y hablaron contra mí.» David era pieza de caza mayor, y los grandes de la tierra salían a cazarlo con halcones. Los príncipes veían en él una grandeza que envidiaban, y por eso lo injuriaban. En sus tronos podrían haber hallado algo mejor en qué pensar y de qué hablar, pero convirtieron el asiento del juicio en asiento de escarnecedores. La mayoría de los hombres ansían la buena palabra de un príncipe, y ser mal hablados por un grande es para ellos un gran desaliento; pero el salmista soportó su prueba con santa calma. Muchos de los señores eran sus enemigos, y se dedicaron a hablar mal de él: celebraban sesiones de escándalo, audiencias de calumnia, parlamentos de falsedad, y sin embargo sobrevivió a todos sus intentos contra él.
«Mas tu siervo meditaba en tus estatutos.» Esto era valiente de veras. Era siervo de Dios, y por eso atendía los asuntos de su Amo; era siervo de Dios, y por eso estaba seguro de que su Señor lo defendería. No hizo caso de sus principescos calumniadores; ni siquiera permitió que sus pensamientos fueran perturbados por saber que conspiraban en cónclave. ¿Quiénes eran esos malignos para robar a Dios la atención de su siervo, o para privar al escogido del Señor de un instante de devota comunión? La chusma de príncipes no valía cinco minutos de pensamiento, si esos cinco minutos tenían que quitarse de la santa meditación. Es muy hermoso ver las dos sesiones: los príncipes sentados para vituperar a David, y David sentado con su Dios y su Biblia, respondiendo a sus calumniadores no respondiéndoles en absoluto. Quienes se alimentan de la palabra se fortalecen y se pacifican, y por la gracia de Dios quedan ocultos de la contienda de lenguas.
Nota que al final de la octava anterior había dicho: «Meditaré», y aquí muestra cómo cumplió su promesa, aun bajo gran provocación a olvidarla. Es cosa digna de alabanza que la resolución de nuestras horas felices se lleve a cabo debidamente en nuestras temporadas de aflicción.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 23. «Príncipes también se sentaron», bajo la sombra de la justicia, «y hablaron contra mí». Esta fue una gran tentación para David: no solo era burlado y escarnecido en las tabernas y posadas, siendo allí pregonado por bufones y chocarreros disolutos, y hablado en las calles y plazas; sino aun en el lugar de la justicia (que debería ser santo); por lo tanto no podía ser sino que también ellos lo difamaran y calumniaran por completo, y lo condenaran como si fuera un hombre malvadísimo y maldito. Cuando David vio, pues, que era tratado y manejado tan injustamente, hace su queja a Dios, y dice: «Oh Señor, los príncipes y gobernantes mismos se sientan y hablan mal contra mí; y con todo, yo he guardado tus testimonios». En suma, de este lugar hemos de recoger que si sucede, cuando hemos andado rectamente y con buena conciencia, que somos falsamente calumniados y acusados de esto y de aquello en lo que nunca pensamos, con todo debemos soportar todas las cosas con paciencia; porque estemos seguros de que no somos mejores que David, por grande que sea la protesta de nuestra integridad y pureza que osemos hacer. Juan Calvino.
Vers. 23. «Mas tu siervo meditaba en tus estatutos.» Como los labradores, cuando sus tierras son inundadas por las aguas, hacen zanjas y surcos para desviarlas, así, cuando nuestras mentes y pensamientos están abrumados por la aflicción, es bueno desviarlos hacia algún otro asunto. Pero no cualquier desvío conviene a los santos; ha de ser un desvío santo: «En la multitud de mis pensamientos dentro de mí, tus consolaciones alegraban mi alma» (Sal 94:19). El caso era el mismo que el del texto, cuando el trono de iniquidad forja injusticia por medio de la ley; como verán aquí, cuando tenía muchos pensamientos perplejos sobre el abuso del poder contra él mismo. Pero ahora, ¿dónde estaba su alivio en el desvío? ¿Serviría cualquier desvío a su propósito? No; «tus consolaciones», consolaciones permitidas por Dios, provistas por Dios, consolaciones propias de santos. Los malos en la aflicción corren a su olla y su pipa, a los juegos y diversiones y a la alegre compañía, y así frustran la providencia en lugar de aprovecharla; pero David, que era siervo de Dios, debía tener las consolaciones de Dios. Así, en otro lugar, cuando sus pensamientos estaban turbados por el poder de los impíos: «Hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos» (Sal 73:17). Va a desviar su mente por el uso de las ordenanzas de Dios, y así llega a afirmarse contra la tentación. Thomas Manton.
Vers. 23. «Mas tu siervo meditaba en tus estatutos.» Perciban aquí la armadura con que David lucha contra su enemigo. Arma justi quibus omnes adversariorum repellit impetus; sus armas son la palabra y la oración. No devuelve injuria por injuria, ni oprobio por oprobio. Es peligroso luchar contra Satanás o sus instrumentos con las armas de ellos; porque así nos vencerán fácilmente. Luchemos con la armadura de Dios, los ejercicios de la palabra y la oración: pues un hombre puede descansar en paz en su aposento secreto y ver en estas dos cosas el miserable fin de todos los que son enemigos de los hijos de Dios por causa de Dios. William Cowper.
Vers. 23. Tus estatutos. Es imposible vivir cristiana o cómodamente sin el uso diario de la Escritura. Es absolutamente necesaria para nuestra dirección en todos nuestros caminos antes de emprenderlos, y cuando los hemos terminado, para garantía de nuestra aprobación de ellos, para resolver nuestras dudas y consolarnos en nuestras penas. Sin ella nuestra conciencia es un guía ciego, y nos conduce en una niebla de ignorancia, error y confusión. En ella oímos a Dios hablarnos, declarándonos su buena voluntad acerca de nuestra salvación, y el camino de nuestra obediencia para salir al encuentro de su buena voluntad. ¿Qué libro podemos leer con tal provecho y consuelo? En cuanto a la materia, es sabiduría; en cuanto a la autoridad, es divina y absoluta; en cuanto a la majestad, Dios mismo bajo palabras y letras comunes expresa un poder indecible para grabar nuestro corazón. ¿Dónde hallaremos nuestras mentes tan iluminadas, nuestros corazones tan hondamente afectados, nuestra conciencia tan movida, tanto para abatirnos como para levantarnos? No puedo hallar en todos los libros del mundo uno que me hable como la Escritura, con una conquista tan absoluta de todas las facultades de mi alma.
Los que desprecian la Escritura carecen de alimento para sus almas, de luz para su vida y de armas para su guerra espiritual; pero los amantes de la Escritura tienen todo ese equipo. En ella oímos la voz de nuestro Amado, olemos el aroma de sus ungüentos y tenemos acceso diario al arte de la propiciación. Si en nuestro conocimiento deseamos divinidad, excelencia, antigüedad y eficacia, no podemos hallarlas sino en la palabra de Dios sola. Es el extracto de la sabiduría celestial que Cristo, la Palabra eterna, sacó del seno de su Padre. William Struther, 1633.
Vers. 23-24. Los dos últimos versículos de esta sección contienen dos protestas del sincero afecto de David por la palabra. La primera es que, aunque era perseguido y mal hablado, y esto por grandes y honorables hombres del mundo, como Saúl, y Abner, y Ahitofel, con todo seguía meditando en los estatutos de Dios. Es dura tentación cuando los piadosos son turbados por cualquier hombre malo; pero mucho más dura cuando son turbados por hombres de honor y autoridad. Y esto, primero, por razón de su posición: cuanto mayor poder tienen, mayor el peligro de afrontar su desagrado; por eso dijo Salomón: «La ira del rey es mensajera de muerte». Luego, porque las autoridades y los poderes son ordenados por Dios, no para terror de los buenos, sino de los malos (Ro 13:3). Y por eso no es pequeña pena para los piadosos hallarlos abusados para un fin contrario: que donde un gobernante debería ser para los buenos como la lluvia sobre la hierba cortada, se vuelve favorecedor de los malos y perseguidor de los buenos. Entonces la justicia se convierte en ajenjo; lo que debería traer consuelo a los que temen a Dios se abusa para oprimirlos. Y por eso debe tenerse por gran beneficio de Dios cuando da a un pueblo gobernantes buenos y religiosos. William Cowper.
Vers. 23, 51. Si el Salmo 119 salió de la pluma de David, como multitudes creen, no me extraña que muchos hayan relacionado su composición con su residencia en la escuela de los profetas de Naiot. La calma en que entonces se hallaba, y los estudios que entonces proseguía, bien pudieron llevar sus cavilaciones en la dirección de ese código alfabético, y hay en él no pocas expresiones que, por lo menos, pueden referirse en particular a los peligros de los que acababa de escapar y por los que aún estaba amenazado. Tales son, por ejemplo, las siguientes: «Príncipes también se sentaron y hablaron contra mí; mas tu siervo meditaba en tus estatutos». «Los soberbios se burlaron mucho de mí, mas no me he apartado de tu ley». William M. Taylor, en "David, King of Israel; his Life and its Lessons," 1880.
Sugerencias para el predicador
Vers. 23. La meditación.
- Nuestra mejor ocupación mientras otros calumnian.
- Nuestro mejor consuelo bajo su falsedad.
- Nuestra mejor preservación de un espíritu de venganza.
- Nuestra mejor manera de mostrar nuestra superioridad a sus ataques.
Salmos 119:24
Vers. 24. «Tus testimonios son mis delicias y mis consejeros.» No eran solo temas de meditación, sino «también» fuentes de deleite y medios de guía. Mientras sus enemigos se aconsejaban unos con otros, el santo varón se aconsejaba con los testimonios de Dios. Los cazadores no podían espantar al ave de su nido con todo su alboroto. Su deleite era calumniar, y el de él, meditar. Las palabras del Señor nos sirven para muchos propósitos; en nuestras penas son nuestro deleite, y en nuestras dificultades son nuestra guía; de ellas derivamos gozo y en ellas descubrimos sabiduría. Si deseamos hallar consuelo en las Escrituras, debemos someternos a su consejo, y cuando seguimos su consejo no ha de ser con desgana, sino con deleite. Este es el modo más seguro de tratar con los que traman nuestra ruina; prestemos más atención a los verdaderos testimonios del Señor que al falso testimonio de nuestros enemigos. La mejor respuesta a los príncipes acusadores es la palabra del Rey que justifica.
En el Salmo 119:16 David dijo: «Me regocijaré en tus estatutos», y aquí dice «son mis delicias»: así las resoluciones formadas con la fuerza de Dios llegan a dar fruto, y los deseos espirituales maduran en logros reales. Oh, que así fuera con todos los lectores de estas líneas.
Vers. 25-32. Aquí, me parece, tenemos al salmista en la aflicción lamentando la servidumbre a las cosas terrenales en que halla retenida su mente. Su alma está pegada al polvo, se deshace de pesadumbre y clama por ensanche de su cárcel espiritual. En estos versículos veremos la influencia de la palabra divina sobre un corazón que lamenta sus tendencias hacia abajo y está lleno de duelo a causa de su entorno entumecedor. La palabra del Señor evidentemente despierta la oración (Sal 119:25-29), confirma la elección (Sal 119:30) e inspira una resolución renovada (Sal 119:32): es en toda tribulación, ya del cuerpo o de la mente, la fuente más segura de ayuda.
Esta porción tiene por letra alfabética la «D» (Dálet): canta la Depresión, con espíritu de Devoción, Determinación y Dependencia.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 24. «Tus testimonios son mis delicias y mis consejeros.» Su delicia y sus consejeros; es decir, su delicia porque sus consejeros; sus consejeros, y por tanto su delicia. Sabemos cuán deleitoso es para cualquiera tener la ventaja de un buen consejo, según las perplejidades y distracciones en que se halle. «El ungüento y el perfume alegran el corazón, y la cordialidad del amigo, el consejo del alma», dice Salomón (Pr 27:9). Ahora bien, esta es la dulzura de la comunión divina y de la meditación en Dios y en su palabra: ocupa al hombre con consejo oportuno, que es un refrigerio muy grande para nosotros. T. Horton, 1673.
Vers. 24. «Tus testimonios son mis delicias», etc. Los que quieran que los testimonios de Dios sean su delicia, deben tomarlos por consejeros y dejarse aconsejar por ellos; y los que los toman por consejeros para andar de cerca, tómenlos por su delicia para andar consoladamente. Matthew Henry.
Vers. 24. «Tus testimonios son mis delicias y mis consejeros.» ¿Qué más podríamos querer en un tiempo de dificultad que consuelo y dirección? David tenía ambas bendiciones. Como fruto de su «meditación en los estatutos del Señor», en su angustia eran su «delicia»; en sus temporadas de perplejidad eran sus «consejeros», dirigiendo su conducta en el camino perfecto. Charles Bridges.
Vers. 24. Mis consejeros. En el hebreo es «los hombres de mi consejo», lo cual se menciona oportunamente; pues había hablado de príncipes sentados en consejo contra él. Los príncipes no hacen nada sin el consejo de su Consejo Privado; un hijo de Dios tiene también su Consejo Privado, los testimonios de Dios. De un lado estaban Saúl y sus nobles y consejeros; del otro estaban David y los testimonios de Dios. Ahora bien, ¿quién estaba mejor provisto, creen ustedes, ellos para perseguirlo y turbarlo, o David para saber cómo conducirse bajo esta aflicción? Alfonso, rey de Aragón, al preguntársele quiénes eran los mejores consejeros, respondió: «Los muertos (queriendo decir los libros), que no pueden adular, sino que sin parcialidad declaran la verdad». Ahora bien, de todos tales consejeros muertos, los testimonios de Dios tienen la preeminencia. Un hombre pobre y piadoso, aun entonces cuando está abandonado de todos y no tiene a nadie que abogue por él, tiene su senado y su consejo de estado a su alrededor: los profetas y apóstoles, y «otros santos hombres de Dios que hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo». Un hombre así provisto nunca está menos solo que cuando está solo; porque tiene a su alrededor consejeros que le dicen lo que ha de creerse o hacerse; y son consejeros que no pueden errar, que no le adularán ni lo aplaudirán en pecado alguno, ni lo desanimarán ni disuadirán de lo bueno, sea cual sea el riesgo a que lo exponga. Y en verdad, si somos sabios, deberíamos escoger tales consejeros como estos: «Tus testimonios son los hombres de mi consejo». Thomas Manton.
Vers. 24. Mis consejeros. Vean aquí una sentencia digna de ser sopesada por nosotros, cuando David llama a los mandamientos de Dios sus «consejeros». Pues, en primer lugar, quiere decir que podía despreciar toda la sabiduría de los hombres más capaces y más expertos del mundo, puesto que era conducido por la palabra de Dios y gobernado por ella. En segundo lugar, quiere decir que cuando sea así gobernado por la palabra de Dios, no solo sería verdaderamente sabio, sino que sería como si tuviera toda la sabiduría de todos los hombres del mundo, sí, y mucho más. Juan Calvino.
Sugerencias para el predicador
Vers. 24.
- Los reverenciaba como testimonios de Dios.
- Se deleitaba en ellos como su delicia.
- Recurría a ellos como sus consejeros.
Los ocho versículos dispuestos alfabéticamente:
- (D) Postrada hasta el polvo está mi alma: vivifícame según tu palabra.
- (D) Declaré (a ti) mis caminos, y me escuchaste: enséñame tus estatutos.
- (D) Declárame el camino de tus mandamientos: así hablaré de tus maravillas.
- (D) Destilando (margen) está mi alma de tristeza: fortaléceme según tu palabra.
- (D) Descarta de mí el camino de la mentira; y concédeme por gracia tu ley.
- (D) Determinado he el camino de la verdad; tus juicios he puesto delante de mí.
- (D) Deliberadamente me he adherido a tus testimonios: oh Jehová, no me avergüences.
- (D) Día tras día correré por el camino de tus mandamientos, cuando ensanches mi corazón. Theodore Kubber.
Salmos 119:25
Vers. 25. «Postrada está en el polvo mi alma.» Quiere decir, en parte, que estaba lleno de tristeza; pues en Oriente los que están de duelo se echaban polvo sobre la cabeza y se sentaban en ceniza, y el salmista sentía como si esas insignias del dolor estuvieran pegadas a él, y su alma misma se viera obligada a adherirse a ellas por su incapacidad de levantarse por encima de su pena. ¿No quiere decir también que se sentía a punto de morir? ¿No sentía que su vida era absorbida y retenida con fuerza por la tierra de la tumba, medio ahogada por el polvo de la muerte? Quizá no sea forzar el lenguaje suponer que sentía además, y lamentaba, su mentalidad terrenal y su muerte espiritual. Había en su alma una tendencia a aferrarse a la tierra que él deploraba profundamente. Cualquiera que fuese la causa de su queja, no era un mal superficial, sino un asunto de lo más íntimo de su espíritu; su alma se pegaba al polvo; y no era una caída casual y accidental en el polvo, sino una tendencia continua y poderosa, un adherirse a la tierra. ¡Pero qué misericordia que el hombre bueno pudiera sentir y deplorar cuanto había de malo en ese adherirse! La simiente de la serpiente puede hallar su alimento en el polvo, pero jamás será así degradada la simiente de la mujer. Muchos son de la tierra, terrenales, y nunca se lamentan de ello; solo el espíritu nacido del cielo y que se eleva al cielo se consume ante el pensamiento de estar sujeto a este mundo, pájaro atrapado con liga por sus penas o por sus placeres.
«Vivifícame según tu palabra.» Más vida es la cura de todos nuestros males. Solo el Señor puede darla. Él puede concederla, concederla de inmediato, y hacerlo según su palabra, sin apartarse del curso habitual de su gracia, tal como lo vemos trazado en las Escrituras. Es bueno saber qué pedir en oración. David pide vivificación: se habría pensado que pediría consuelo o ánimo, pero sabía que estos vendrían de una vida acrecentada, y por eso buscó la bendición que es la raíz de las demás. Cuando una persona está abatida de espíritu, débil e inclinada hacia el suelo, lo principal es aumentar su vigor y ponerle más vida; entonces su espíritu revive y su cuerpo se endereza. Al reavivar la vida, todo el hombre es renovado. Sacudirse el polvo es poca cosa en sí mismo, pero cuando sigue a la vivificación es una bendición del más alto valor; así como el buen ánimo que brota de una salud firme está entre las más escogidas de nuestras mercedes. La frase «según tu palabra» significa según tu manera revelada de vivificar a tus santos. La palabra de Dios nos muestra que quien primero nos hizo debe mantenernos con vida, y nos habla del Espíritu de Dios que por medio de las ordenanzas derrama vida nueva en nuestras almas; rogamos al Señor que obre con nosotros según este su propio método regular de gracia. Quizá David recordaba la palabra del Señor en Deuteronomio 32:39, donde Jehová se atribuye tanto el matar como el hacer vivir, y suplica al Señor que ejerza ese poder vivificador sobre su siervo casi agonizante. Es cierto que el hombre de Dios no tenía tantas ricas promesas en que apoyarse como nosotros, pero aun una sola palabra le bastaba, y con gran fervor alega «según tu palabra». Es cosa grandiosa ver a un creyente en el polvo y, sin embargo, apelando a la promesa, a un hombre a las puertas del sepulcro clamando: «vivifícame», y esperando que así se hará.
Nótese cómo este primer versículo de la cuarta octava corresponde al primero de la tercera (17): «Para que viva»... «Vivifícame». En estado feliz ruega un trato generoso, y en condición desolada ora por vivificación. La vida es en ambos casos el objeto de su búsqueda: que tenga vida, y la tenga en abundancia.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 25. «Postrada está en el polvo mi alma.» La palabra hebrea que se traduce «cleaveth» (se pega) significa «está unida», «se ha adherido», «ha alcanzado», «se ha aferrado», «se ha juntado». Nuestra alma es un pólipo: así como el pólipo se adhiere con facilidad a las rocas, así el alma se pega a la tierra, y con dificultad puede ser arrancada del lugar al que una vez se ha adherido con fuerza. Aunque tu alma sea ahora más perfecta y, escapada de las aguas del pecado, se haya vuelto ave del cielo, no te descuides; las cosas terrenales son liga y pegamento; si rozas con ellas las alas, quedarás sujeto y unido a la tierra. Thomas Le Blanc.
Vers. 25. «Postrada está en el polvo mi alma», etc. La palabra traducida «se pega» significa estar pegado a algo, quedar adherido. Tiene el sentido de adherirse firmemente a una cosa, de modo que no se pueda separar de ella con facilidad. La palabra «polvo» puede significar aquí la tierra y las cosas terrenales, consideradas como bajas, viles, indignas, mundanas; o puede significar el sepulcro, como si él estuviera cerca de este y en peligro de morir. De Wette lo entiende en este último sentido. Sin embargo, la palabra «pegarse» difícilmente sugeriría esta idea; y la fuerza de esa palabra se representaría mejor con la idea de que su alma, por así decirlo, se adhería a las cosas de la tierra, que parecía estar tan sujeta a ellas, tan pegada a ellas, que no podía desprenderse; que sus afectos eran bajos, terrenales, rastreros, de modo que le causaban profunda angustia y lo llevaban a clamar a Dios por vida y fuerza para poder librarse de ellos. Albert Barnes.
Vers. 25. «Postrada está en el polvo mi alma», etc. La primera parte parece destinada a sugerir dos ideas coherentes pero distintas: la de una profunda degradación, como en el Salmo 44:25, y la de la muerte, como en el Salmo 22:29. La primera sería más obvia en sí misma y en relación con el paralelo citado; pero la otra parece indicada como la idea principal por la petición correlativa de vivificación en la última parte. «Vivifica», es decir, sálvame con vida, o devuélveme a la vida, siendo la palabra hebrea un causativo del verbo vivir. Joseph Addison Alexander.
Vers. 25. «Postrada está en el polvo mi alma», etc. En este versículo David tiene una queja: «Mi alma se pega al polvo»; y una oración: «Vivifícame según tu palabra». La oración, bien considerada, nos enseñará el sentido de la queja: que no era, como piensan algunos, ninguna dura condición corporal lo que lo afligía, sino una opresión espiritual muy grave (si así puedo llamarla) que abatía su alma; que donde debía haberse elevado hacia el cielo, era oprimido hacia la tierra, y estaba tan embarazado de pensamientos, o afectos, o perturbaciones terrenales, que no podía elevarse. Su tentación particular no la expresa; pues los hijos de Dios muchas veces están en tal estado que no pueden decir sus propios pesares, y a veces tan turbados que no conviene, aunque pudieran, expresarlos a otros.
Y de esto aprendemos cómo lo que el mundano tiene por sabiduría, para el cristiano es necedad; lo que es gozo para el uno, es pena para el otro. El gozo del mundano es pegarse a la tierra; cuando mejor la agarra, se cree más dichoso, pues es su porción: atender a sus negocios mundanos y tener la mente puesta en ellos (a su juicio) es la única sabiduría. Porque la maldición de la serpiente está sobre él: se arrastra sobre la tierra y lame el polvo todos los días de su vida. Esta es la miserable condición de los impíos, que hasta su alma celestial se ha vuelto terrenal. Qui secundum corporis appetentiam vivit caro est, etiam anima eorum caro est; como dijo el Señor de los que perecieron en el Diluvio, que no eran sino carne, sin espíritu en ellos; esto es, sin movimiento espiritual ni celestial.
Pero el cristiano, considerando que su alma es de lo alto, pone también su afecto en las cosas de arriba: se deleita en tener su conversación en el cielo; y le es una pena cuando halla sus impulsos y afectos arrastrados hacia abajo y enredados con la tierra. Su vida es pegarse al Señor; pero es muerte para él cuando el cuello de su alma se inclina bajo el yugo del mundo. William Cowper.
Vers. 25. «Postrada está en el polvo mi alma.» «Mira ahora los cielos.» Así habló una vez el Señor a Abraham su amigo, y así nos habla también a nosotros. ¡Ay! ¿Por qué ha de ser siempre que, cuando llegamos a conocernos aunque sea un poco, respondemos constantemente con el suspiro lastimero: «Mi alma se pega al polvo»? ¡Ah! Ese es en verdad el dolor más hondo de un alma que ya ha probado que el Señor es misericordioso, cuando, deseando remontarse a las alturas, siente con tristeza cuán imposible le es elevarse. Hay mucho dolor oculto en todo corazón de hombre, aun en la vida espiritual; pero ¿qué puede afligirnos más hondamente que percibir que estamos encadenados, como con pesos de plomo, a cosas que sabemos que pueden cansarnos pero no saciarnos? Más aún, nunca habríamos supuesto, cuando oímos por primera vez el salmo del Buen Pastor, que pudiera salir de un corazón que tan a menudo y tan amargamente suspira por Dios; nunca habríamos imaginado que pudiera volverse tan frío, tan seco, tan oscuro dentro de un corazón que en una época anterior había gustado tanto del poder de lo venidero. ¿No hemos podido, antes, con este mismo salmo, jactarnos: «Me he gozado en el camino de tus testimonios como si estuviera en toda riqueza»? Pero después, y ahora quizá... ¡Oh, horas tristes, cuando los rayos del sol interior parecen apagados y no queda sino un disco rojo sangre! El fervor del primer amor se ha enfriado; los cuidados terrenales y los pecados han atado, por así decirlo, una plomada a las alas del alma que, Dios lo sabe, querría remontarse. Quisiéramos dar gracias y apenas podemos orar; quisiéramos orar y apenas podemos suspirar. Nuestro tesoro está en el cielo, pero nuestra alma se pega a la tierra; o al menos la tierra se pega a ella por todos lados y la abruma de tal modo que el ojo solo ve las nubes y la lengua solo puede exhalar quejas. ¡Ah, tan por completo puede la tierra encadenarnos que los cielos parecen ser solo un problema, y nuestro viejo hombre es como el Gigante de la mitología que, derribado al suelo en el combate agotador, recibe del contacto con su madre tierra nuevas fuerzas! ¡Oh, si fuera de otro modo! ¿No cambiará por fin, por fin?
¿De veras lo deseas, tú que desde lo hondo de tu alma te quejas así, y apenas hallas más lágrimas para llorar la pena de tu corazón? Bien te está si el dolor que sufres te enseña a clamar a Dios: «Vivifícame según tu palabra». Sí, este es el mejor consuelo para quien sabe demasiado bien lo que es estar doblegado por el dolor; esta es la única esperanza de un corazón que casi se hunde en callada desesperación. Hay una atmósfera de vida, muy por encima de este polvo, que fluye hacia nosotros por todos lados y penetra aun el calabozo más oscuro. Hay una fuente de vida con la que el alma cansada puede ser refrescada; y la entrada a esta fuente está abierta, a pesar de todas las nubes de polvo que oscurecen este valle de sombras. Hay un poder de vida que puede acabar tan por completo con nuestro estado de muerte que andaremos otra vez delante del rostro del Señor en la tierra de los vivientes y, en lugar de proferir lamentos, llevaremos en los labios un cántico de alabanza. ¿No vive todavía el Príncipe de la vida para repetirnos también a nosotros: «Despertad y cantad, moradores del polvo»?; y el Espíritu, que sopla de donde quiere, ¿no puede, no quiere, no habrá de, a su debido tiempo, con su aliento vivo, quitar de nuestras alas el polvo que se les pega? Pero, en verdad, aun el dolor roedor del alma ante tanta falta de espiritualidad y de torpeza es siempre una señal alentadora de que la buena obra está comenzada en nuestro corazón: lo que está realmente muerto ya no se estremece de su propio frío. «Mi alma se pega al polvo», dices con lágrimas. Así no hablarías si una mano superior no hubiera abierto ya, entre el alma y este polvo, una brecha que antes ella desconocía. Nadie tiene menos motivo de desesperar que quien ha perdido la esperanza en sí mismo y aprende de veras a buscar en Dios aquello que, siente profundamente, es lo que menos puede darse a sí mismo.
Sí, este es el camino para obtener, desde el dolor más profundo, el mejor consuelo: la oración humilde, fervorosa y perseverante de que el que vive dé también vida a nuestras almas y siga aumentándola, hasta que, libres de toda sequedad y muerte de espíritu y desarraigados de la tierra, ascendamos al monte eterno de luz, donde por fin contemplemos todas las nubes terrenales bajo nuestros pies. Esto solo lo puede obrar el Dios de vida; pero él está dispuesto; más aún, tenemos su propia palabra como prenda de que nos promete y concede la verdadera vida. Solo que no olvidemos que quien nos vivificará «según» su palabra también lo cumple por medio de su palabra. ¡Saquemos, pues, de la fuente que mana eternamente, y dejemos desde ahora sin condiciones a él cómo habrá de escuchar nuestro clamor, aunque nos lleve por sendas oscuras! Aun por medio de la muerte puede Dios vivificarnos y mantenernos con vida. He aquí, aquí estamos; Señor, ¡haz con nosotros lo que bien te parezca! Solo que vivan nuestras almas, para que te alaben, aquí y eternamente. J. J. Van Oosterzee (1817-1882), en "The Year of Salvation."
Vers. 25. Se pega al polvo. Está abatida por la carne, que es ella misma polvo. James G. Murphy.
Vers. 25. El polvo es el lugar de los afligidos, los heridos y los muertos. Vivifícame, es decir, a la vida, la paz y el gozo. A. R. Fausset.
Vers. 25. «Vivifícame», etc. Estando vivo, ¿cómo ruega que Dios lo vivifique? Respondo: los piadosos estiman la vida no según la que tienen en el cuerpo, sino en el alma. Si el alma carece del sentido de la misericordia y de una disposición celestial hacia las cosas espirituales, la lloran como un alma muerta: pues es cierto que los desamparos temporales son más pesados para los piadosos que la muerte temporal. Según tu palabra. Esta es una gran fe: que donde, en cuanto a lo que siente ahora, se hallaba muerto, espera sin embargo vida de Dios, conforme a su promesa. Tal fue la fe de Abraham, quien, esperando contra esperanza, creyó. Y en verdad, muchas veces los hijos de Dios son llevados a tal estado que no tienen nada que los sostenga sino la palabra de Dios; ningún sentido de misericordia, ninguna disposición espiritual; al contrario, gran oscuridad, temores y terrores horribles. Solo los sostiene el mirar a la promesa de Dios, y los mantiene en alguna esperanza de que los devolverá a la vida, porque es su alabanza terminar la obra que comienza. William Cowper.
Vers. 25. «Vivifícame.» Esta frase aparece nueve veces, y solo en este salmo. Es de gran importancia, pues expresa el cambio espiritual por el cual un hijo de Adán llega a ser hijo de Dios. Su fuente es Dios; el instrumento por el cual se efectúa es la palabra, Sal 119:50. James G. Murphy.
Vers. 25. «Vivifícame según tu palabra.» Donde hay vida habrá empeño por levantarse; el creyente no yacerá postrado en sus aspiraciones hacia Dios. Desde las más hondas profundidades se oye el lenguaje de la fe que asciende hasta Dios altísimo, que hace todas las cosas por el creyente. El verdadero hijo no puede sino mirar hacia el Padre amante, que es el Todopoderoso, el Todosuficiente. ¿No lo han hallado así? Pero ¿notarán la inteligencia que resplandece en torno a la oración del creyente? Ruega que el Señor lo vivifique según su palabra. La palabra puede considerarse a la luz del modelo según el cual ha de ser formado; o el salmista puede tener en vista las exigencias contenidas en la palabra respecto al progreso del creyente; o puede estar pensando en las promesas que allí se hallan en favor de los pobres y necesitados cuando se las aplica. En efecto, todos estos significados pueden estar envueltos en la única expresión «según tu palabra»: el modelo de perfección, las exigencias de la palabra, las promesas acerca de ella. El gran ejemplar del creyente es Cristo; antiguamente era el Cristo de la profecía. Entonces las exigencias de la voluntad del Señor estaban esparcidas por la palabra. El salmista, sin embargo, puede estar fijándose en las grandes promesas que el Señor ha dado para la perfección de su pueblo. Ven a qué aspira la naturaleza espiritual. Al hombre natural o al formalista le basta con ser como los que generalmente se portan bien y son estimados entre los profesantes; el hombre espiritual aspira a más: aspira a ser vivificado según la palabra de Dios. Júzguense a ustedes mismos. John Stephen.
Vers. 25. «Vivifícame según tu palabra.» Por tu providencia pon vida en mis asuntos, por tu gracia pon vida en mis afectos; cúrame de mi muerte espiritual y hazme vivo en mi devoción. Matthew Henry.
Vers. 25. «Vivifícame según tu palabra.» Aunque el Señor deja a los suyos yacer tanto tiempo abatidos en su pesada condición de espíritu, que pueden parecer muertos, con todo, por la fe en su palabra mantiene en ellos tanta vida cuanta les basta para orar a Dios pidiendo consuelo: «Vivifícame según tu palabra». David Dickson.
Vers. 25. «Vivifícame.» ¿A quién acudirán los piadosos cuando falta la vida, sino a esa Fuente de toda vida? Así como para quitar el frío el camino más corto es acercarse al fuego, así para disipar cualquier muerte el camino más corto es mirar a aquel que es nuestra raíz, por quien vivimos esta vida natural. Todos los preservativos y restauradores no son nada, todos los colegios de médicos son vanidad, comparados con él. Otras cosas que no tienen vida, dan vida como instrumentos de aquel que es la vida, como el fuego quema siendo instrumento del calor. «Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón... es Dios.» Así como un hombre puede dejar que se apague casi un fuego que había encendido, y luego avivarlo y, con la aplicación de nuevo combustible, hacerlo arder como antes, así puede Dios obrar con esta llama de vida que él ha encendido. Paul Bayne.
Vers. 25. Según tu palabra. La palabra quita la insensibilidad de conciencia y la dureza. ¿No es esta palabra un martillo para ablandar el corazón, y no es la simiente inmortal por la cual somos engendrados de nuevo? Por eso David, hallando su conciencia en estado de muerte, oró: «Mi alma se pega al polvo; vivifícame según tu palabra». La palabra es lo primero por lo cual la conciencia es purificada y puesta en orden. John Sheffield, en "A Good Conscience the Strongest Hold," 1650.
Vers. 25. Según tu palabra. ¿A qué palabra se refiere David? O bien a las promesas generales en los libros de Moisés o de Job, que insinúan liberación para los fieles observantes de la ley de Dios, o ayuda para los miserables y afligidos; o bien a alguna promesa particular que le dio Natán u otros. Crisóstomo dice: «Vivifícame según tu palabra: pero no es palabra de mandato, sino palabra de promesa». Nótese aquí que no dice secundum meritum meum, sino secundum verbum tuum; la esperanza, o la ayuda que esperamos de Dios, se funda en su palabra; ahí está nuestra seguridad, en sus promesas, no en nuestro merecimiento: Promittendo se fecit debitorem, etc.
Cuando había tan poca Escritura escrita, David con todo podía hallar una palabra para sostenerse. ¡Ay!, en nuestras tribulaciones y aflicciones no nos viene a la mente ninguna promesa. Como en las cosas externas, muchos que tienen menos viven mejor que los que tienen abundancia, así aquí, ahora que la Escritura es tan amplia, somos menos diligentes y por eso, aunque tenemos tantas promesas, desfallecemos fácilmente, no tenemos una palabra que nos sostenga. Esta palabra no ayudó a David hasta que hubo yacido tanto tiempo bajo esta pesada condición que parecía muerto. Muchos, cuando tienen una promesa, piensan gozar enseguida de su consuelo. No: primero son necesarios esperar y luchar. Nunca saboreamos el consuelo de las promesas hasta que las criaturas han agotado su ración y hemos sido ejercitados. Dios cumplirá su palabra, y sin embargo debemos esperar ser probados.
En esta su condición de muerte, la fe en la palabra de Dios lo mantuvo vivo. Cuando tenemos menos sentimiento y no nos queda nada, la palabra nos sostendrá: «Y su fe no se debilitó al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios» (Ro 4:19-20). Un modo de obtener consuelo es alegar la promesa de Dios en la oración: Chirographa tua injiciebat tibi Domine; muéstrale su propio escrito de mano; Dios es celoso de su palabra. Estos argumentos en la oración no son para mover a Dios, sino a nosotros mismos. Thomas Manton.
Vers. 25. No es de extrañar las fluctuaciones que ocurren en los sentimientos y la experiencia de un hijo de Dios: a veces en lo alto del monte, cerca de Dios y en comunión con Dios; otras, en el valle hondo y oscuro. Todos, más o menos, conocen estos cambios y tienen sus temporadas de tristeza lo mismo que de gozo. Cuando nos despedimos de David la última vez, ¿qué nos contaba de su experiencia? Que los testimonios de Dios eran su delicia y sus consejeros; pero ahora, ¡qué tono tan distinto! Todo gozo está oscurecido, y su alma se pega al polvo. Y debió de haber temporadas de profundo abatimiento y desaliento en el corazón de David, entregado como fugitivo y vagabundo lejos de su casa, perseguido como una perdiz por los montes, y teniendo, como él mismo dice, su vida continuamente en sus manos. Sin embargo, creo que en esta porción del salmo hay evidencia de un abatimiento y una tristeza de corazón más profundos que los que cualquier mero sufrimiento mundano podría producir. Es cierto que había dicho: «Algún día pereceré por la mano de Saúl»; pero aun en aquel momento de fe débil y murmuradora sabía que era el ungido de Dios para sentarse en el trono de Israel. Pero aquí hay indicación de pecado, de pecado grave que había postrado su alma en el polvo; y creo que la petición del v. 29 nos da alguna pista sobre lo que fue ese pecado: «Aparta de mí camino de mentira». ¿Había David, se preguntarán con asombro, había David mentido alguna vez? ¿Se había desviado alguna vez del sendero recto y honroso de la verdad? Temo que debemos reconocer que en una ocasión se había acercado tanto a los confines de la falsedad, que sería un casuista pobre y un moralista peor quien intentara defender al salmista de esa imputación. No podemos leer el capítulo 27 del primer libro de Samuel sin reconocer en qué triste trama de equívocos y engaños fue David desgraciadamente seducido. Bien pudo su alma pegarse al polvo al repasar aquel período de su carrera; y aunque la gracia hizo por él lo que después hizo por Pedro, y fue arrebatado como tizón del incendio, uno puede imaginar bien que, como el apóstol después, cuando pensó en ello, lloró amargamente. Barton Bouchier.
Sugerencias para el predicador
Esquemas sobre palabras clave del salmo, por el pastor C. A. Davis.
Vers. 25-32. Vivificación. Se pide con confesión (Sal 119:25-26). Cuando se obtiene, se hablará de ella (Sal 119:27). Se desea por causa de la fortaleza (Sal 119:28), de la veracidad (Sal 119:29-31) y de la actividad (Sal 119:32).
Sugerencias para el predicador
Vers. 25.
- La naturaleza y su tendencia.
- La gracia y su modo de operar.
- Ambas verdades en su aplicación personal.
Vers. 25. «Vivifícame», etc.
- Hay muchas razones por las que debemos buscar la vivificación.
(a) Por la influencia adormecedora del mundo. «Tu alma se pega», etc.
(b) La influencia de la vanidad (véase Sal 119:37).
(c) Porque estamos rodeados de engañadores (véase
Sal 119:87-88).
(d) Por el efecto que los tiempos de aflicción tienen en nosotros
(véase Sal 119:7).
- Algunos de los motivos para buscar la vivificación.
(a) Por lo que eres: cristiano; la vida busca más vida.
(b) Por lo que debes ser.
(c) Por lo que seremos.
(d) Para la obediencia (véase Sal 119:88).
(e) Para tu consuelo (Sal 119:107, Sal 119:50).
(f) Como la mejor seguridad contra los ataques de los enemigos
(Sal 119:87-88).
(g) Para vigorizar nuestra memoria (Sal 119:93).
(h) Considera (como motivo para buscar esta vivificación) las terribles consecuencias de perder la vida espiritual; o, en otras palabras, de carecer de ella en su manifestación evidente.
- Algunas de las maneras en que la vivificación puede llegarnos.
(a) Debe ser por el Señor mismo. «Vivifícame, oh Señor.»
(b) Por el apartar los ojos (Sal 119:37).
(c) Por la palabra (Sal 119:50).
(d) Por los preceptos (Sal 119:93).
(e) Por la aflicción (Sal 119:107).
(f) Por los consuelos divinos.
- Averigua dónde están nuestros argumentos cuando venimos ante Dios a pedir vivificación.
(a) Nuestra necesidad (Sal 119:107, etc.).
(b) Nuestro ardiente deseo (Sal 119:40).
(c) Apelación a la justicia de Dios (Sal 119:40).
(d) A su misericordia (Sal 119:88, Sal 119:149, Sal 119:156).
(e) El argumento del texto: «según tu palabra»
(Sal 119:28, Sal 119:107). Véase "Spurgeon's Sermons", n.º 1350: "Enlivening and Invigorating."
Salmos 119:26
Vers. 26. «Te manifesté mis caminos, y me respondiste.» La confesión abierta es buena para el alma. Nada trae más alivio y más vida a un hombre que el reconocimiento franco del mal que ha causado la tristeza y el letargo. Tal declaración prueba que el hombre conoce su propia condición y ya no está cegado por el orgullo. Nuestras confesiones no tienen por objeto hacer que Dios conozca nuestros pecados, sino hacer que nosotros los conozcamos.
«Y me respondiste.» Su confesión había sido aceptada; no fue trabajo perdido; Dios se había acercado a él en ella. Nunca debemos apartarnos de un deber hasta haber sido aceptados en él. El perdón sigue a la confesión penitente, y David sintió que lo había obtenido. Es el modo de Dios perdonar nuestro mal camino cuando de corazón confesamos la falta.
«Enséñame tus estatutos.» Estando verdaderamente arrepentido de su falta y habiendo obtenido pleno perdón, está ansioso de no ofender de nuevo, y por eso ruega que se le enseñe la obediencia. No quería pecar por ignorancia; deseaba conocer toda la mente de Dios siéndole enseñada por el mejor de los maestros. Anhelaba la santidad. Los hombres justificados siempre anhelan ser santificados. Cuando Dios perdona nuestros pecados, tememos tanto más pecar de nuevo. La misericordia, que perdona la transgresión, nos hace anhelar la gracia que previene la transgresión. Podemos pedir con denuedo más cuando Dios nos ha dado mucho; el que ha lavado la mancha pasada no negará lo que nos preservará de la contaminación presente y futura. Este clamor por enseñanza es frecuente en el salmo; en el v. 12 seguía a una visión de Dios; aquí sigue a una visión de uno mismo. Toda experiencia debería llevarnos así a suplicar a Dios.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 26. «Te manifesté mis caminos», etc. Este versículo contiene una oración, con una razón, de esta forma: Oh Señor, muchas veces te he declarado antes todo el estado y curso de mi vida, mis extravíos, mis necesidades, mis dudas, mis penas; nada te oculté, y tú, conforme a mi necesidad, siempre me oíste: por tanto ahora, Señor, te ruego que me enseñes; ilumíname con tu luz para que conozca tus estatutos y reciba gracia para andar en ellos. Este es un buen argumento al tratar con el Señor: he recibido de ti muchas mercedes y respuestas favorables; por tanto, Señor, te ruego que me des más; porque a quienes él ama, los ama hasta el fin; y donde comienza a mostrar misericordia no cesa hasta coronar a sus hijos de misericordia. Y es tan bondadoso el Señor que se estima honrado cada vez que le damos la alabanza de haber hallado consuelo en él y por eso venimos a buscar más.
Luego, hay que notar cómo dice: «Te manifesté mis caminos, y me respondiste»: estas dos cosas van bien juntas, la Misericordia y la Verdad: verdad en el corazón del hombre que confiesa; misericordia en Dios, que oye y perdona: dichosa el alma en que estas dos se encuentran. Hay muchos que carecen de este consuelo; no pueden decir: Dios me ha oído; y todo porque no tratan con franqueza y verdad con el Señor al declararle sus caminos. William Cowper.
Vers. 26. «Te manifesté mis caminos.» En el v. 59 piensa en sus caminos, es decir, en sus imperfecciones interiores y sus desviaciones exteriores de los caminos rectos y derechos de Dios; y aquí no se avergüenza de manifestarlos, esto es, de reconocer y confesar que todo esto vino sobre él porque se olvidó de hacer la voluntad de Dios. Nótese la conexión entre este versículo y el anterior: Mi alma se pegó al polvo, porque yo no me pegué a ti. Richard Greenham.
Vers. 26. «Te manifesté mis caminos.» Sipparti, «he recordado mis caminos»; los he escudriñado; los he investigado. Y que había orado con fervor pidiendo perdón por lo malo que había en ellos, es evidente; pues añade: «Me respondiste». Adam Clarke.
Vers. 26. «Te manifesté mis caminos», etc. Al que has oído en la humilde confesión de sus pecados, a ese debes enseñarle tus estatutos. Los santos exponen ante Dios lo que hallan, tanto bueno como malo, buscando liberación, provisión, fortalecimiento, dirección: así como los enfermos cuentan a su médico tanto lo bueno como lo malo que perciben; o como los clientes exponen su caso a su abogado.
Manifesté. Como si los hubiera leído en un libro. Los santos conocen sus caminos. El hombre que lleva luz consigo ve el camino y puede decirles todo acerca de él; otro está en tinieblas y no sabe nada: el uno toma nota de su rumbo, el otro no.
Me respondiste. La bondad de Dios se ve en que oye lo que exponemos ante él. Si los grandes dejan que un pobre cuente su historia por extenso, lo tenemos por honrosa paciencia; pero es gloria de Dios oír nuestras necesidades, nuestra debilidad a causa del pecado, lo invencible de nuestros males, nuestra total impotencia en nosotros mismos aun para buscar remedio. Ese modo de proceder perdería el favor de los hombres, pero gana el favor de Dios. Cuanto más humildemente confesamos todas nuestras necesidades, tanto más confiados podemos estar de que Dios nos oirá. Él enseña a los humildes, pues el discípulo humilde dará a su maestro el honor de lo que aprende.
He repasado (dicho para mí mismo) mis caminos; y «tú has oído mi confesión privada». He declarado a otros cuál es mi camino, y «tú me has oído» así hablar; enséñame, pues, ya que comunico lo que recibo. Es un argumento derivado de su cuidado en aprender y del uso que había hecho de lo aprendido. Los piadosos, como las velas, se encienden unos a otros. Paul Bayne.
Vers. 26. «Te manifesté mis caminos.» Los que quieran prosperar con Dios deben aprender este punto de ingenuidad cristiana: exponerle sin fingimiento todo su caso. Es decir, declarar de qué se ocupan, la naturaleza de sus asuntos, el estado de sus corazones, lo bueno o malo que hallan en sí mismos, sus conflictos, provisiones, angustias, esperanzas; esto es manifestar nuestros caminos: el bien y el mal de que somos conscientes. Así como un enfermo cuenta al médico cómo se halla, así debemos tratar con Dios si queremos hallar misericordia. Este manifestar sus caminos puede considerarse:
- Como un acto de fe y de dependencia.
- Como un acto de santa amistad.
- Como un acto de contrición espiritual y quebrantamiento de corazón: pues este manifestar debe explicarse según lo que David quiso decir con la expresión «mis caminos».
Primero, por sus «caminos» pueden entenderse sus negocios o empresas: siempre los he dado a conocer a ti, encomendándolos a la dirección de tu providencia; y así es un acto de fe y de dependencia, consultando con Dios y haciéndole saber todos nuestros deseos.
Segundo, por sus «caminos» pueden entenderse todas sus estrecheces, penas y peligros; y así esta declaración es un acto de santa amistad, cuando un hombre viene como un amigo a otro y hace conocer a Dios todo su estado, expone su condición ante el Señor con esperanza de compasión y alivio.
Tercero, por «caminos» se entienden las tentaciones y los pecados; y así este manifestar es un acto de contrición espiritual o quebrantamiento de corazón. Los pecados son propiamente nuestros caminos, como en Ez 18:25. Thomas Manton.
Vers. 26-30. El camino de tus mandamientos. Mis caminos. El camino de mentira. El camino de la verdad. Aquí deben notarse los dos contrastes con los que el profeta enseña qué se ha de evitar y qué abrazar, tanto en la vida como en la doctrina. El primero se refiere a la vida de los cristianos, pues el profeta pone el camino de los mandamientos de Dios frente a sus propios caminos, vv. 26-27; y respecto de estos confiesa que lo han abatido hasta el polvo y lo han angustiado mucho; pero respecto de aquel declara que lo han levantado de nuevo. Entiende por sus propios caminos una naturaleza depravada, el deseo carnal y la mente carnal, que es enemistad contra Dios, Ro 8:7; pero por los caminos del Señor designa la voluntad de Dios expresada en la Palabra. Por tanto, las jactancias de los papistas acerca de la obediencia perfecta de los regenerados son vanas: pues David, seguro de haber sido renovado, se queja amargamente y con muchas lágrimas de que su alma, bajo el peso intolerable de los pecados, había sido llevada hasta el polvo de la muerte y casi sofocada; pero que Dios había oído sus oraciones y lo había vuelto al camino de sus mandamientos. Aquí también deducimos que en esta vida todos los santos experimentan la lucha y el combate de la carne y el espíritu, de modo que continuamente se ven obligados a lamentar que su carne los desvía del camino del Señor hacia los senderos del pecado: tal como Pablo exclama: «Veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, etc. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?» Ro 7:23-24.
El segundo contraste concierne a la doctrina; pues David opone el camino de mentira al camino de la verdad. Este contraste nos enseña que debemos huir de la falsa doctrina y adherirnos con firmeza a la verdad divina. A esto se aplica el precepto de Pablo, Ef 4:25: «Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo». Además, aprendemos que, si aborrecemos nuestros propios caminos, esto es, si confesamos nuestros pecados al Señor y, confiando en el Mediador, oramos pidiendo perdón, Dios suele oír y perdonar misericordiosamente nuestros pecados; como está escrito en 1 Jn 1:9: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad». Solomon Gesner.
Vers. 26. «Me respondiste.» Las respuestas pasadas a la oración deben animarnos a acercarnos con más denuedo al trono de la gracia. Jacob nunca olvidó la noche que pasó en Bet-el. William S. Plumer.
Vers. 26. «Enséñame tus estatutos.» La frecuente repetición de esta sola cosa en este salmo arguye:
- La necesidad de este conocimiento.
- El deseo que tenía de obtenerlo.
- Que tales repeticiones no son frívolas cuando proceden de un corazón sano, un afecto celoso y la consideración de la necesidad de lo que se pide.
- Que los que tienen más luz tienen poca en comparación con la que deberían tener.
- Así como los avaros piensan que nunca tienen bastante oro, así los cristianos deberían pensar que nunca tienen bastante conocimiento. Richard Greenhorn.
Vers. 26. «Enséñame.» Nunca podemos prescindir de la enseñanza, ni siquiera en la vejez. Si el Espíritu de Dios no nos enseña, en vano aprendemos. Martin Geier.
Vers. 26-27. Aquí está el ardiente deseo de David de que continúe aquella intimidad que había habido entre él y su Dios; no por visiones y voces del cielo, sino por la Palabra y el Espíritu de manera ordinaria: «Enséñame tus estatutos», es decir, «hazme entender el camino de tus mandamientos». Cuando supo que Dios había oído su declaración de sus caminos, no dice: Ahora, Señor, dime mi suerte y hazme saber cuál será el desenlace; sino: Ahora, Señor, dime mi deber, hazme saber lo que quieres que haga tal como están las cosas. Nótese que los que en todos sus caminos reconocen a Dios pueden orar con fe que él dirija sus pasos por el camino recto. Y el modo más seguro de mantener nuestra comunión con Dios es aprendiendo sus estatutos y andando diligentemente en el camino de sus mandamientos. Matthew Henry.
Sugerencias para el predicador
Vers. 26. Confesión. Absolución. Instrucción.
Vers. 26.
- El deber: «Te manifesté mis caminos»: di a conocer a otros mi experiencia de tu palabra.
- Cómo lo advierte Dios: «Me respondiste».
- Su recompensa. Se dará más conocimiento: «Enséñame», etc. G. R.
Salmos 119:27
Vers. 27. «Hazme entender el camino de tus mandamientos.» Dame una profunda penetración en el sentido práctico de tu palabra; déjame obtener una idea clara del tono y el tenor de tu ley. La obediencia ciega tiene poca belleza; Dios quiere que lo sigamos con los ojos abiertos. Obedecer la letra de la palabra es todo lo que los ignorantes pueden esperar; si deseamos guardar los preceptos de Dios en su espíritu, debemos llegar a entenderlos, y eso no puede lograrse en ninguna parte sino de la mano del Señor. Nuestro entendimiento necesita iluminación y dirección: quien hizo nuestro entendimiento debe también hacernos entender. La frase anterior era «enséñame tus estatutos», y las palabras «hazme entender» son una ampliación y exposición instructiva de aquella frase: necesitamos ser enseñados de tal modo que entendamos lo que aprendemos. Debe notarse que el salmista no está ansioso por entender las profecías, sino los preceptos, y no se preocupa por las sutilezas de la ley, sino por sus reglas comunes y cotidianas, que se describen como «el camino de tus mandamientos».
«Así hablaré yo de tus maravillas.» Mal se habla de lo que no se entiende. Debemos ser enseñados por Dios hasta que entendamos, y entonces podemos esperar comunicar nuestro conocimiento a otros con la esperanza de aprovecharlos. Hablar sin inteligencia es mera charla, y charla ociosa; pero las palabras del instruido son como perlas que adornan los oídos de quienes las oyen. Cuando nuestro corazón ha sido abierto para entender, nuestros labios deben abrirse para impartir conocimiento; y podemos esperar ser enseñados nosotros mismos cuando sentimos en el corazón la voluntad de enseñar el camino del Señor a aquellos entre quienes vivimos.
«Tus maravillas.» Obsérvese que el entendimiento más claro no nos hace dejar de maravillarnos de los caminos y las obras de Dios. El hecho es que cuanto más sabemos de lo que Dios hace, más lo admiramos y más dispuestos estamos a hablar de ello. La mitad del asombro del mundo nace de la ignorancia, pero el santo asombro es hijo del entendimiento. Cuando un hombre entiende el camino de los preceptos divinos, nunca habla de sus propias obras, y como la lengua debe tener algún tema sobre el cual hablar, comienza a enaltecer las obras del Señor perfectísimo.
Algunos leen aquí «meditaré» o «reflexionaré» en lugar de «hablaré»; es singular que las palabras estén tan emparentadas, y con todo es justo que lo estén, pues solo los necios hablan sin pensar. Si leemos el pasaje en este sentido, entendemos que, en la medida en que David comprendía la palabra de Dios, meditaría en ella más y más. Así suele ser; a los irreflexivos no les importa conocer el sentido íntimo de las Escrituras, mientras que los que mejor las conocen son precisamente los que se esfuerzan por tener mayor familiaridad con ellas y, por tanto, se entregan a meditar en ellas.
Obsérvese el tercer versículo de la octava anterior (19), y véase cómo su sentido es afín a este. Allí era forastero en la tierra, y aquí ruega conocer su camino; allí también oraba que la palabra no le fuera encubierta a él, y aquí promete que no la encubrirá a otros.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 27. «Hazme entender.» La ceguera natural es una enfermedad obstinada, y apenas se cura: por eso una y otra vez necesitamos orar: «Abre mis ojos»; «Enséñame tus estatutos»; hazme entender el camino de tus mandamientos. Nuestra ignorancia es grande aun cuando se ha curado en parte. Las nubes de la tentación y del afecto carnal hacen que vuelva sobre nosotros, de modo que no sabemos lo que sabemos. Por eso clama: «Abre mis ojos; hazme entender». Más aún, cuanto más sabemos, más se nos descubre nuestra ignorancia: «Ciertamente más rudo soy yo que ninguno, y no tengo entendimiento de hombre. Yo ni aprendí sabiduría, ni tengo conocimiento del Santo» (Pr 30:2-3). «De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza» (Job 42:5-6). ¡Ay! un conocimiento pobre, escaso, de oídas, no vale; se aborrecen a sí mismos cuando tienen un trato más íntimo. Nadie tan confiado como un joven profesante que conoce unas pocas verdades, pero de modo débil e imperfecto: cuanto más sabemos, en efecto, más conscientes somos de nuestra ignorancia y de cuán expuestos estamos a este error y a aquel, de modo que no nos atrevemos a fiarnos de nosotros mismos ni una hora. Thomas Manton.
Vers. 27. Entender el camino... así hablaré. Podemos hablar con mejor gracia de las «maravillas» de Dios, las maravillas de la providencia, y especialmente las maravillas del amor redentor, cuando entendemos el camino de los preceptos de Dios y andamos en ese camino. Matthew Henry.
Vers. 27. El camino de tus mandamientos. Desea que Dios, en parte por su Espíritu, en parte por sus ministros, en parte por la aflicción, en parte por el estudio y el trabajo, le dé un entendimiento recto y sano no solo de sus estatutos, sino del camino de sus estatutos, es decir, de qué manera y con qué orden puede vivir y dirigir su vida conforme a lo que Dios le ha mandado en su ley. Aprende aquí cuán difícil es para el hombre, que se tiene en demasía por sabio, conocer la voluntad de Dios hasta que Dios se la haga conocer. Richard Greenham.
Vers. 27. «Así hablaré yo de tus maravillas.» El que siente las cosas maravillosas que hay en la palabra de Dios hablará de ellas. 1. Así será. 2. Así debe ser.
- Así será. Cuando el corazón está hondamente afectado, la lengua no puede contenerse, sino que se desborda en expresiones de ello; «porque de la abundancia del corazón habla la boca». Cuando son alegrados y reanimados en sus aflicciones, los santos se transportan con el pensamiento de la excelencia de Dios. «Venid, oíd todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho a mi alma» (Sal 66:16). La mujer, cuando halló la dracma perdida, llamó a sus vecinas para que se gozaran con ella. El que tiene un conocimiento solo frío no estará tan lleno de buena conversación.
- Así debe ser, en triple respecto: por el honor de Dios; la edificación de otros; y nuestro propio provecho.
(a) Por el honor de Dios, a quien tanto debemos, para ponerlo en estima ante los que nos rodean.
La experiencia merece alabanza; cuando hayas hallado al
Mesías, llama a otro hacia él: «Andrés halló a su hermano Simón... y le dijo: Hemos hallado al Mesías; y Felipe halló a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, y también los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret»
(Jn 1:41-45).
(b) Por la edificación de otros: «Y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc 22:32).
La verdadera gracia es comunicativa como el fuego, etc.
(c) Por nuestro propio provecho. El que usa su conocimiento recibirá más. Mientras que, al contrario, los pechos llenos, si no se les chupa, se secan. Al repartirse, los panes se multiplicaron. Todos los dones, pero mucho más los espirituales, que son los mejores, se mejoran con el ejercicio. Thomas Manton.
Vers. 27. «Así hablaré yo», etc. El deseo de conocimiento no debe ser para satisfacer la curiosidad, ni por ostentación, ni por ganancia mundana, sino para edificarnos a nosotros mismos y a otros en sabiduría... Tus maravillas. Las obras de la creación, la redención y la providencia, ya expuestas en la Escritura, ya observadas en nuestra propia experiencia, trascienden nuestra capacidad y no pueden sino arrancar admiración de quienes las ven bien. David Dickson.
Vers. 27. «Así hablaré yo.» Es queja frecuente de los cristianos que se sienten estrechos en la conversación religiosa y a menudo se sienten incapaces de hablar «lo que sea bueno para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes», Ef 4:29. He aquí, pues, descubierto el secreto por el cual seremos guardados del peligro de tratar verdades no sentidas, pues «de la abundancia del corazón habla la boca», Mt 12:34. Procura que el corazón sea escudriñado, limpiado y lleno de las gracias del Espíritu. La humildad, la docilidad, la sencillez traerán luz al entendimiento, influirán en el corazón, «abrirán los labios» y unirán todos nuestros miembros en el servicio y la alabanza de Dios. Charles Bridges.
Vers. 27. «Hablaré de.» Hay estrecha afinidad entre todos los deberes de la religión. La misma palabra se traduce orar, meditar y hablar de. Pensamos en la excelente majestad de Dios; clamamos a él en humilde oración; estudiamos su palabra hasta que nuestras almas se llenan de alegría y admiración; ¿y cómo, entonces, no hablar de sus maravillas? William S. Plumer.
Sugerencias para el predicador
Vers. 27.
- La oración de un estudiante.
- Trata del tema principal de la conversación que ha de ser la ocupación de ese estudiante: «el camino de los preceptos de Dios».
- Se implica una confesión: «Hazme», etc.
- Se pide un gran favor: entender, conocer tus estatutos.
- Se recurre a la Fuente de toda sabiduría.
- La ocupación del hombre instruido.
- Da testimonio de las obras de Dios, sus maravillas: la obra de Cristo por nosotros; la obra del Espíritu Santo en nosotros. El carácter maravilloso de estas obras de Dios, ancho campo para el estudio devoto.
- Habla con mucha claridad: «Hablaré», etc.
- Hablará con mucha frecuencia: «Hablaré».
- Hablará al punto: «Así», es decir, conforme al entendimiento.
- La íntima relación entre la oración del estudiante y la ocupación que después siguió. Véase "Spurgeon's Sermons", n.º 1344: "The Student's Prayer."
Vers. 27. Educación para el ministerio.
- El estudiante en el colegio: «Hazme entender». Su lección. Su instructor. Su aplicación.
- El predicador en su obra: «Así hablaré», etc. Su preparación. Su tema. Su manera. C. A. D.
Salmos 119:28
Vers. 28. «Está dormida mi alma de tristeza.» Se deshacía en lágrimas. La sólida fuerza de su constitución se volvía líquida, como fundida por el calor de horno de sus aflicciones. La pesadumbre del corazón es cosa que mata, y cuando abunda amenaza con convertir la vida en una larga muerte, en la cual el hombre parece írsele desprendiendo en un perpetuo goteo de pena. Las lágrimas son la destilación del corazón; cuando un hombre llora, consume su alma. Algunos de nosotros sabemos lo que es una gran pesadumbre, pues hemos sido puestos bajo su poder una y otra vez, y a menudo nos hemos sentido derramados como agua, y a punto de ser como agua vertida en tierra, que nunca más se recoge. Hay un punto bueno en este estado de abatimiento, pues es mejor derretirse de pena que endurecerse por la impenitencia.
«Susténtame según tu palabra.» Había descubierto una antigua promesa de que los santos serán fortalecidos, y aquí la alega. Su esperanza en su estado de abatimiento no está en sí mismo, sino en su Dios; si puede ser fortalecido desde lo alto, aún se sacudirá la pesadumbre y se levantará de nuevo a la alegría. Obsérvese cómo alega la promesa de la palabra y no pide nada más que ser tratado según la manera registrada del Señor de misericordia. ¿No había cantado Ana: «Dará poder a su Rey, y exaltará el poderío de su Ungido»? Dios nos fortalece infundiendo gracia por medio de su palabra: la palabra que crea ciertamente puede sustentar. La gracia puede capacitarnos para soportar el constante desgaste de una tristeza persistente, puede reparar la ruina causada por el perpetuo goteo de lágrimas y dar al creyente manto de alegría en lugar del espíritu angustiado. Recurramos siempre a la oración en nuestros tiempos de desaliento, pues es el camino más seguro y más corto para salir de las profundidades. En esa oración no aleguemos nada sino la palabra de Dios; pues no hay argumento como una promesa, no hay razón como una palabra de nuestro Dios del pacto.
Nótese cómo David registra la vida interior de su alma. En el v. 20 dice: «Quebrantada está mi alma»; en el v. 25: «Mi alma está postrada en el polvo»; y aquí: «Mi alma se deshace». Más adelante, en el v. 81, clama: «Desfallece mi alma»; en el v. 109: «Mi vida está de continuo en peligro»; en el v. 167: «Mi alma ha guardado tus testimonios»; y por último, en el v. 175: «Viva mi alma». Algunas personas ni siquiera saben que tienen alma, y aquí está David, todo alma. ¡Qué diferencia entre los espiritualmente vivos y los espiritualmente muertos!
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 28. «Está dormida mi alma de tristeza.» En el original la palabra significa «gotea». La Septuaginta dice así: «Mi alma se durmió de cansancio». Probablemente por un error de los copistas, que pusieron una palabra por otra. Mi alma gotea. Puede referirse (1) a la abundancia de sus lágrimas, como se usa la palabra en la Escritura: «Disputadores son mis amigos; mas ante Dios derrama lágrimas mi ojo» (Job 16:20), o gotea a Dios, la misma palabra; así indica su profundo dolor y el sentido de su condición. Semejante alusión hay en Jos 7:5: «El corazón del pueblo desfalleció y vino a ser como agua». O (2) se refiere a su languidecer bajo el extremo de su dolor; como una cosa untuosa se consume goteando, así su alma se le iba como en gotas. Expresión semejante se usa en el Sal 107:26: «Su alma se derretía con el mal»; y de Jesucristo, cuyas fuerzas se agotaron por la grandeza de sus dolores, se dice en el Sal 22:14: «Soy derramado como aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron; mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis entrañas». Sea la alusión a lo uno o a lo otro, al gotear de las lágrimas o al derretirse y consumirse lo graso o untuoso, indica un dolor vehemente y quebrantamiento de corazón. Tanto es claro: su alma se estaba deshaciendo, y si Dios no ayudaba, no podría resistir más. Thomas Manton.
Vers. 28. «Está dormida mi alma.» Las versiones más antiguas lo hacen significar dormitar (LXX enustaxen, Vulg. dormitavit), lo cual haría la cláusula notablemente coincidente con Lc 22:45. Joseph Addison Alexander.
Vers. 28. Tristeza. No hay nada que pueda consolar a un hombre natural que David no tuviera; y con todo, todo ello no puede librarlo de aquella pesadumbre a la cual, como testifica san Pedro, los hijos de Dios están sujetos en esta vida por sus múltiples tentaciones. Los hombres del mundo están tan lejos de esta disposición que, si tienen salud y riqueza, se maravillan de qué pueda poner triste a un hombre: no están familiarizados con el ejercicio de una conciencia sensible; no conocen las carencias de la vida espiritual y no se afligen por ellas: estando muertos en pecado, no sienten que les falta vida; todo su cuidado es comer y beber y regocijarse. Pero miserables son; pues en su mejor estado son como bueyes cebados para el matadero. Ay de los que ahora ríen, porque llorarán; pero bienaventurados los que ahora lloran, porque serán consolados. William Cowper.
Vers. 28. «Susténtame según tu palabra.» Fortaléceme para cumplir los deberes, resistir las tentaciones y sobrellevar las cargas de un estado de aflicción, para que el espíritu no desfallezca. Matthew Henry.
Vers. 28. «Susténtame según tu palabra.» ¿Cuál es esa palabra que David alegaba? «Como tus días serán tus fuerzas», Dt 33:25. «¿Contenderá conmigo con gran poder? No; antes él me atenderá», dijo Job; literalmente, pondrá fuerza en mí, Job 23:6. Charles Bridges.
Vers. 28. «Susténtame.» Gesenio lo traduce: «Mantenme con vida». Así, qymeni en este versículo corresponde a hayyeni en el primero. Esta oración por nueva fuerza, o vida, es una súplica de que el desgaste de la vida por las lágrimas sea restaurado por la palabra vivificadora. Frederick G. Marchant.
Sugerencias para el predicador
Vers. 28. La pesadumbre, su causa, su maldición y su cura.
Salmos 119:29
Vers. 29. «Aparta de mí el camino de mentira.» Este es el camino del pecado, del error, de la idolatría, de la necedad, de la justicia propia, del formalismo, de la hipocresía. David no solo quisiera ser guardado de ese camino, sino que ese camino le fuera quitado; no soporta tenerlo cerca, quiere que sea barrido de su vista. Deseaba ser recto y derecho, verdadero y estar en la verdad; pero temía que una medida de falsedad se le pegara a menos que el Señor la quitara, y por eso clamaba con fervor por su remoción. Los falsos motivos pueden a veces influirnos, y podemos caer en nociones equivocadas de nuestra propia condición espiritual ante Dios, y esas ideas erróneas pueden mantenerse por un prejuicio natural en nuestro propio favor, y así podemos quedar confirmados en un engaño y permanecer bajo el error a menos que la gracia acuda al rescate. Ningún corazón sincero puede descansar en una visión falsa de sí mismo; no halla anclaje, sino que es sacudido de acá para allá hasta que entra en la verdad y la verdad entra en él. El hijo del cielo verdaderamente nacido suspira y clama contra la mentira, deseando que se la quiten tanto como un hombre desea ser puesto a distancia de una serpiente venenosa o de un león rugiente.
«Y en tu misericordia concédeme tu ley.» Está en estado de gracia quien mira la ley misma como un don de gracia. David desea que la ley le sea abierta al entendimiento, grabada en el corazón y llevada a cabo en la vida; para esto busca al Señor, y lo pide como una concesión de gracia. Sin duda veía esto como el único modo de liberación del poder de la falsedad: si la ley no está en nuestro corazón, entrará la mentira. David parece haber recordado aquellos tiempos en que, según la costumbre oriental, había practicado el engaño para su propia preservación, y vio que había sido débil y errado en ese punto; por eso estaba abatido de espíritu y rogaba ser vivificado y librado de transgredir de ese modo en adelante. Los hombres santos no pueden repasar sus pecados sin lágrimas, ni llorar por ellos sin rogar ser salvados de ofender más.
Hay una evidente oposición entre la falsedad y el poder misericordioso de la ley de Dios. La única manera de expulsar la mentira es aceptar la verdad. La gracia también tiene clara afinidad con la verdad: apenas oímos el sonido de la palabra «misericordia» cuando oímos los pasos de la verdad: «Escogí el camino de la verdad». La gracia y la verdad están siempre unidas, y la creencia en las doctrinas de la gracia es un gran preservativo contra el error mortal.
En el quinto versículo de la octava anterior (v. 21) David clama contra el orgullo, y aquí contra la mentira; son casi lo mismo. ¿No es el orgullo la mayor de todas las mentiras?
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 29. Dice «Aparta de mí el camino», y no «Aparta a mí del camino», porque ese camino de iniquidad está dentro de nosotros, pues nacemos hijos de ira, y las pasiones innatas en nosotros corren hacia la mentira y hacen en nuestras almas el miserable camino de los crímenes. Thomas Le Blanc.
Vers. 29. «Aparta de mí el camino de mentira.» Aquí reconoce que, aunque ya estuviera ejercitado en la ley de Dios y en su conocimiento, y aunque fuera profeta para enseñar a otros, estaba sin embargo sujeto a gran número de pensamientos e imaginaciones perversos que siempre podían apartarlo malvadamente del camino recto, de no haberlo sostenido Dios con su mano poderosa y fuerte. Y este es un punto que aquí debemos notar bien; pues vemos cómo los hombres se engañan en gran manera a sí mismos. Cuando alguno de nosotros ha tenido un buen comienzo, enseguida pensamos que estamos en lo más alto; nunca se nos ocurre orar más a Dios, una vez que nos ha mostrado favor suficiente para nuestro propósito; y si hemos hecho alguna pequeña obra, enseguida nos engreímos y nos maravillamos de nuestras grandes virtudes, pensando de inmediato que el diablo ya no puede ganar más de nosotros. Esta necia arrogancia hace que Dios nos deje extraviarnos, de modo que caemos pesadamente, y nos rompemos ambos brazos y piernas y corremos gran riesgo de romper el cuello. No hablo ahora de nuestro cuerpo natural, sino de nuestra alma. Miremos al mismo David; pues él es quien lo ha experimentado. Aconteció que erró vil y malvadamente cuando tomó a Betsabé, mujer de su súbdito Urías, para fornicar con ella, que fue causa de un asesinato tan execrable, y de muchos; pues hizo cuanto estuvo en su mano para que todo el ejército del Señor y todo el pueblo de Israel fueran totalmente derrotados. Mira, pues, la gran negligencia y seguridad en que cayó David; y mira también por qué dice: «¡Ay, Dios mío bueno, te ruego que me guíes de tal manera que yo abandone el camino de mentira!». Juan Calvino.
Vers. 29. Mentira. Pecado en que David, por desconfianza, cayó con frecuencia. Véase 1 S 21:2, 8, donde dice redondamente tres o cuatro mentiras; y lo mismo hizo en 1 S 27:8, 10: este mal lo vio en sí mismo, y aquí ora contra él. John Trapp.
Vers. 29. «El camino de mentira», etc. Los caminos de mentira son todos los caminos, excepto los caminos de los mandamientos de Dios: la razón, el sentido, el ejemplo, la costumbre, el resultado, las concupiscencias engañosas: estas dicen al hombre que está seguro, o que se arrepentirá de ellas y no recibirá daño al fin, y prometen descanso y bienaventuranza, pero no los cumplen. Los que desean obedecer a Dios deben ser guardados de los malos caminos: no estamos tan santificados que la tentación no dañe nuestras gracias. Como un fuego que se está encendiendo, no del todo prendido, puede apagarse con un poco de agua, así nuestra santidad puede ser apagada por la tentación. Hallamos en nosotros una propensión a los caminos falsos, como las velas recién apagadas se encienden pronto otra vez. Por eso, como los niños quemados temen el fuego, así tememos nosotros el camino de mentira. Dios no permite que las tentaciones lleguen a la presencia de algunos; y en otros Dios hace que el corazón aborrezca el pecado cuando la tentación está presente. Debemos salir de los caminos del pecado antes de poder andar en los caminos de Dios. Paul Bayne.
Vers. 29. El camino de mentira. Toda la vida de pecado es una mentira de principio a fin. La palabra «mentira» aparece ocho veces en este salmo. William S. Plumer.
Vers. 29. El camino de mentira. Por el camino de mentira ha de entenderse todo lo que hay en la naturaleza del hombre que no concuerda con la palabra, sean consejos, o conclusiones del corazón, o acciones externas; y se llama camino de mentira porque la naturaleza promete un bien que se ha de obtener por el pecado, el cual el hombre no hallará en él. William Cowper.
Vers. 29. El camino de mentira. El profeta desea aquí ser confirmado por Dios contra todas las corrupciones en la doctrina y el desorden en la conducta que Satanás, por sus instrumentos ingeniosos y astutos, procura difundir en el mundo. Estos se llaman «el camino de mentira».
- Porque son inventados por Satanás, padre de mentira.
- Son apoyados por el ingenio del hombre, almacén de mentiras.
- Parecen ser lo que no son, lo cual es propio de las mentiras.
- Son contrarios a Dios y a su verdad, que descubren las mentiras. Richard Greenham.
Vers. 29. «Concédeme tu ley.» Opone la ley de Dios al camino de mentira. Primero, porque es la única regla de toda verdad, tanto en la religión como en las costumbres: lo que no concuerda con ella no es sino una mentira que engañará a los hombres. Segundo, destruye y destruirá finalmente por completo todos los errores contrarios. Como la vara de Aarón devoró las varas de los encantadores, así la palabra, que es la vara de la boca de Dios, al final devorará y consumirá toda falsedad. Tercero, según la sentencia de esta palabra, así será para cada hombre; no engaña a nadie. Los hombres hallarán por experiencia que es verdadera: el que anda en un camino condenado por la palabra, llegará a un fin miserable. Y, al contrario, no puede sino irles bien a los que viven conforme a esta regla. William Cowper.
Vers. 29. «Concédeme tu ley.» David tenía siempre el libro de la ley; pues todo rey de Israel debía tenerlo siempre consigo, y los rabinos dicen que escrito de su propia mano. Pero «concédeme tu ley», es decir, desea tenerla no solo escrita junto a él, sino sobre él, tenerla impresa en su corazón, para tener un corazón que la observe y guarde. Esa es la bendición que pide, «la ley»; y la pide «en tu misericordia», o en términos de gracia, meramente conforme a tu favor y beneplácito. Aquí hay:
- El pecado deprecado: «Aparta de mí el camino de mentira».
- El bien suplicado y pedido: «Concédeme tu ley».
En la primera cláusula tienes su mal: David había sido arrastrado a un curso de mentira. En la segunda tenemos su remedio, y es la ley de Dios. Thomas Manton.
Sugerencias para el predicador
Vers. 29. El camino de mentira.
- Describir el camino de mentira. Varias sendas, por ejemplo: opiniones erróneas de doctrina; falsos fundamentos de la fe; laxitud en la práctica; rehuir la cruz de cada día.
- Mostrar por qué se llama así. No da los placeres que promete. No conduce a la meta que profesa. Pasa por el territorio del padre de mentira.
- Notar la peculiaridad de la oración contra él. No «líbrame de», sino «aparta de mí»: pues el camino de mentira está dentro de nosotros.
- Nuestra liberación del camino de mentira está en Dios. C. A. D.
Vers. 29-30.
- El camino de mentira, nuestro deseo de que sea quitado, y el método de la respuesta.
- El camino de la verdad, nuestra elección, y el método de llevarla a cabo.
Salmos 119:30
Vers. 30. «Escogí el camino de la verdad.» Así como aborrecía el camino de mentira, escogió el camino de la verdad: un hombre debe escoger lo uno o lo otro, pues no puede haber neutralidad en este caso. Los hombres no caen por casualidad en el camino recto; deben escogerlo, y seguir escogiéndolo, o pronto se apartarán de él. Aquellos a quienes Dios ha escogido, a su debido tiempo escogen su camino. Hay un camino doctrinal de verdad que debemos escoger, rechazando todo dogma ideado por el hombre; hay un camino ceremonial de verdad que debemos seguir, detestando todas las formas que las iglesias apóstatas han inventado; y hay además un camino práctico de verdad, el camino de la santidad, al que debemos adherirnos sea cual fuere nuestra tentación de abandonarlo. Que nuestra elección sea hecha, y hecha irrevocablemente. Respondamos a todos los seductores: «He escogido, y lo que he escogido, escogido está». Oh Señor, por tu gracia llévanos a escoger de buena gana y libremente hacer tu voluntad; así tu elección eterna de nosotros producirá el fin que se propone.
«Hube de poner tus juicios delante de mí.» Lo que había escogido lo tenía presente, desplegándolo ante los ojos de su mente. Los hombres no llegan a ser santos por un deseo descuidado: debe haber estudio, consideración, deliberación e indagación seria, o se errará el camino de la verdad. Los mandamientos de Dios deben ponerse delante de nosotros como la meta a la que apuntar, el modelo por el cual trabajar, el camino por el que andar. Si ponemos los juicios de Dios en segundo plano, pronto nos veremos apartándonos de ellos.
También aquí los sextos versículos de la tercera y cuarta octavas dan una nota semejante. «Yo guardé tus testimonios» (v. 22), y «Tus juicios he puesto delante de mí». Esta es una feliz confesión, y no es extraño que se repita.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 30. «Escogí el camino de la verdad.» Aquí tienes la obra de un alma agraciada. Esto es más que sentarse y oír la palabra sin tener objeción a lo que se oye. Tal oír es todo lo que puede afirmarse de la generalidad de los oyentes del evangelio, salvo que añadamos que nadie está más dispuesto a ser atrapado por caminos falsos y fáciles de salvación, pues asienten a todo lo que oyen. El hombre de Dios da una nota más alta y más espiritual: entra en la elección de la cosa; escoge el camino de la verdad; y no puede sino escogerlo; es la inclinación de su naturaleza renovada, el efecto en verdad de todo lo que ha estado alegando. ¿Cómo actuamos nosotros? El camino de la verdad es todo lo que Dios ha revelado acerca de su Hijo Jesús. El corazón dispuesto escoge este camino, y todo él: su amargura, su abnegación, lo mismo que su consuelo; un Salvador del pecado lo mismo que un Salvador del infierno; un Salvador cuyo Espíritu puede llevar de la falta de oración a la piedad, de la ociosidad en el día del Señor a la santa observancia de ese día, de la búsqueda de sí mismo a la búsqueda de Cristo, de la conducta floja e inconsecuente al cuidadoso cumplimiento de toda la voluntad del Señor. Donde el pueblo de Dios se reúne, allí tales personas se deleitarán en estar. ¡Oh, que tales abunden entre nosotros! John Stephen.
Vers. 30. «Escogí el camino de la verdad.» La religión no es asunto de azar, sino de elección. ¿Hemos pesado las cosas en la balanza y, tras madura deliberación, hecho una elección: «Tendremos a Dios a cualquier precio»? ¿Nos hemos sentado a calcular el costo, o lo que la religión debe costarnos, el separarnos de nuestras concupiscencias, y lo que puede costarnos, el separarnos de nuestras vidas? ¿Hemos resuelto, con la ayuda de la gracia, reconocer a Cristo cuando se alcen las espadas y los palos? ¿Y navegar con él, no solo en una barca de recreo, sino en un navío de guerra? Este escoger a Dios muestra que es nuestro: los hipócritas profesan a Dios por designio mundano, no por elección religiosa. Thomas Watson, en "The Morning Exercises."
Vers. 30. «Escogí el camino de la verdad.» La elección que David hace aquí de la verdad de Dios procede de aquella elección por la cual el Señor, antes de todo tiempo, escogió a David en Cristo para ser uno de sus elegidos. Pues como es verdad del amor: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros», nunca podríamos haberlo amado si él primero no nos hubiera amado; así es verdad de la elección: si él antes del tiempo no nos hubiera escogido para ser su pueblo, nunca podríamos en el tiempo haberlo escogido a él por nuestro Dios. Y esto lo noto en los que aman la palabra de Dios y se deleitan en ella, que pueden decir de buen corazón que el Señor es su porción y el gozo de su alma: este es un sello seguro de su elección, impreso por el dedo de Dios en su corazón. William Cowper.
Vers. 30. En todos nuestros ejercicios religiosos, que la deliberación preceda a nuestra resolución, y la consideración introduzca la determinación. David lo hizo así; y por eso dice aquí: Escogí el camino de la verdad: tus juicios he puesto delante de mí. En efecto, no puede sino resolverse por el camino de la piedad y escogerlo quien pone ante sí la bondad, la rectitud y la amenidad del camino. Cuando el pródigo considera consigo mismo cuán bien estaban los siervos de su padre, piensa en volver a casa, y aun lo decide: «Me levantaré, e iré a mi padre». Abraham Wright, 1661.
Vers. 30. «Escogí.» Nadie sirvió jamás al Señor sin haberlo escogido primero por su Maestro. Todo hombre, cuando llega a años de discreción, de modo que es dueño de sí, consulta consigo mismo qué rumbo tomará, si servirá a Dios o al mundo. Ahora bien, todos los santos de Dios han hecho esta elección distinta: serviremos al Señor y a ningún otro. Moisés, cuando ambos estaban ante él, los placeres de Egipto por un lado y Dios y su pueblo con sus aflicciones por el otro, escogió lo segundo antes que lo primero, He 11:25. Así dice David que lo hizo: Escogí el camino de la verdad: tus juicios he puesto delante de mí; pues escoger es, cuando una cosa está delante de un hombre, y la considera y la toma. Así Josué: «Yo y mi casa serviremos a Jehová». John Preston (1587-1628), en "The Golden Sceptre held forth to the Humble," 1638.
Vers. 30. Verdad. Hay tres clases de verdad: verdad en el corazón, verdad en la palabra, verdad en la obra (2 R 20:3; Zac 8:16; He 10:22). Ayguan. De "The Preacher's Storehouse," por J. E. Vaux.
Vers. 30. Tus juicios. La palabra de Dios se llama su juicio porque discierne el bien del mal; y no es una sentencia desnuda; sino que, así como señala el mal, así pronuncia plagas contra él, que serán ejecutadas conforme a su sentencia. William Cowper.
Vers. 30-31. Escogí; me he apegado. El cristiano que escoge probablemente será el cristiano que se apega; mientras que los que son cristianos por casualidad viran en redondo si cambia el viento. Matthew Henry.
Vers. 30. «Tus juicios he puesto delante de mí.» La sólida consideración de que la palabra de Dios es decreto o juicio de Dios puede guardar al creyente contra los terrores y las seducciones de los hombres y fijarlo en su recta elección, como aquí. David Dickson.
Vers. 30. «Tus juicios he puesto delante de mí.» Los hombres que piensan viajar por el camino recto ponen delante de sí un mapa: así David, como su voluntad se había resuelto por los caminos de la verdad, pone ante sus ojos el mapa de la ley, que le manifestaba esto, como el marino tiene su carta con la brújula. Paul Bayne.
Salmos 119:31
Vers. 31. «Me he apegado a tus testimonios», o me he pegado, pues la palabra es la misma que en el v. 25. Aunque pegado al polvo de la tristeza y de la muerte, se mantuvo aferrado a la palabra divina. Este era su consuelo, y su fe se pegó a ella, su amor y su obediencia se aferraron a ella, su corazón y su mente permanecieron en meditación sobre ella. Su elección fue hecha tan de corazón y con tanta deliberación que se apegó a ella de por vida, y no pudo ser apartado de ella por los oprobios de los que despreciaban el camino del Señor. ¿Qué habría ganado dejando el sagrado testimonio? Más bien, ¿qué no habría perdido si hubiera dejado de pegarse a la palabra divina? Es agradable mirar atrás a la perseverancia pasada y esperar que la gracia nos continúe igualmente firmes en el futuro. El que nos ha capacitado para apegarnos a él ciertamente se apegará a nosotros.
«Oh Jehová, no me avergüences.» Esto sucedería si las promesas de Dios quedaran sin cumplir y se permitiera que desfalleciera el corazón del siervo de Dios. Esto no tenemos motivo de temerlo, pues el Señor es fiel a su palabra. Pero también podría suceder por el obrar inconsecuente del creyente, como David mismo lo hizo una vez, cuando cayó en el camino de mentira y fingió ser un loco. Si no somos fieles a nuestra profesión, se nos puede dejar cosechar el fruto de nuestra necedad, y eso será lo amargo llamado «vergüenza». Es evidente por esto que un creyente nunca debe avergonzarse, sino hacer el papel de un hombre serio que no ha hecho nada de que avergonzarse al creer en su Dios, y no piensa adoptar un tono cobarde en presencia de los enemigos del Señor. Si rogamos al Señor que no nos avergüence, ciertamente nosotros mismos no debemos avergonzarnos sin motivo.
La oración de este versículo se halla en el versículo paralelo de la sección siguiente (v. 39): «Quita de mí el oprobio que he temido». Es evidente que era una petición que muchas veces estaba en el corazón del salmista. Un corazón valiente es más herido por la vergüenza que por cualquier arma que mano de soldado pueda esgrimir.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 31. «Me he apegado a tus testimonios.» No es poco notable que mientras el salmista dice (v. 25): «Mi alma está pegada al polvo», diga aquí: «Me he pegado a tus testimonios»; pues es la misma palabra original en ambos versículos. La cosa es del todo compatible con la experiencia del creyente. Dentro hay el cuerpo del pecado que mora en nosotros, y dentro hay el principio inmortal de la gracia divina. Hay la contienda entre ellos: «el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne» (Gá 5:17), y el creyente se ve obligado a exclamar: «¡Miserable de mí!» (Ro 7:24). Así es; y todos los creyentes lo hallan así. Mientras muchas veces se siente que el alma se pega al polvo, el espíritu se esfuerza por pegarse a los testimonios de Dios. Así ora el creyente: No me avergüences. Y manteniéndoos cerca de Cristo, hermanos, no seréis avergonzados por los siglos de los siglos. John Stephen.
Vers. 31. «Me he apegado a tus testimonios.» Se adhirió a ellos cuando intereses momentáneos podrían haber dictado una conducta distinta, cuando la incredulidad habría estado dispuesta a retroceder del sendero del deber, cuando las apariencias externas eran muy desalentadoras para la fidelidad, cuando todos estaban listos para burlarse de su descabellada determinación. John Morison.
Vers. 31. «Me he apegado.» La verdadera piedad lleva siempre en la cabeza la guirnalda de la perseverancia. William Cowper.
Vers. 31. «No me avergüences.» Por cuanto David, con buena conciencia, procuraba servir a Dios, ruega que el Señor no lo confunda. Esto se hace de dos maneras: o bien cuando el Señor abandona a sus hijos, de modo que en su tribulación no sienten los consuelos prometidos y cae sobre ellos gran confusión y perturbación de ánimo; o bien cuando los deja como presa de sus enemigos, que se burlan de ellos por su vida piadosa y sincera, y se ensalzan sobre ellos en su tiempo de angustia, cuando ven que toda su oración y demás ejercicios de religión no pueden librarlos de las manos de sus enemigos. «Confió en Dios; líbrele ahora.» De esta vergüenza y desprecio desea que el Señor lo guarde, y que nunca sea semejante a los que, defraudados en aquello en que confiaban, se avergüenzan. William Cowper.
Sugerencias para el predicador
Vers. 31. Razones para apegarse a los testimonios divinos.
Vers. 31. Una mezcla saludable.
- Fidelidad firme.
- Desconfianza de sí mismo.
- Oración importuna. C. A. D.
Salmos 119:32
Vers. 32. «Por el camino de tus mandamientos correré.» Con energía, prontitud y celo quería cumplir la voluntad de Dios, pero necesitaba más vida y más libertad de la mano de Dios.
«Cuando ensanches mi corazón.» Sí, el corazón es el amo; los pies corren pronto cuando el corazón es libre y enérgico. Que los afectos se despierten y se fijen con ansia en las cosas divinas, y nuestras acciones estarán llenas de fuerza, rapidez y deleite. Dios debe obrar primero en nosotros, y entonces querremos y haremos conforme a su buena voluntad. Él debe cambiar el corazón, unir el corazón, animar el corazón, fortalecer el corazón y ensanchar el corazón, y entonces el curso de la vida será lleno de gracia, sincero, feliz y ferviente; de modo que, desde nuestro estado más bajo hasta el más alto en la gracia, debemos atribuirlo todo al favor gratuito de nuestro Dios. Nosotros debemos correr; porque la gracia no es una fuerza arrolladora que obliga a mentes renuentes a moverse contra su voluntad: nuestro correr es el brinco espontáneo de una mente que ha sido puesta en libertad por la mano de Dios, y se deleita en mostrar su libertad con su rapidez saltarina.
¡Qué cambio del Sal 119:25 al presente, de pegarse al polvo a correr por el camino! Es la excelencia del santo dolor que obra en nosotros la vivificación que buscamos, y entonces mostramos la sinceridad de nuestra aflicción y la realidad de nuestro avivamiento siendo celosos en los caminos del Señor.
Por tercera vez un octeto se cierra con «correré». Estos «yo» resueltos de los Salmos bien merecen ser, cada uno, tema de estudio y de discurso.
Observa cómo se ha hablado del corazón hasta aquí: «todo el corazón» (v. 2), «rectitud de corazón» (v. 7), «en mi corazón he guardado» (v. 11), «ensanches mi corazón». Hay muchas más alusiones más adelante, y todas ellas muestran cuán de corazón era la religión de David. Es una de las grandes carencias de nuestra época que las cabezas cuentan más que los corazones, y los hombres están mucho más dispuestos a aprender que a amar, aunque en ninguna de las dos direcciones se muestran ansiosos.
Vers. 33-40. Un sentido de dependencia y una conciencia de extrema necesidad impregnan esta sección, hecha toda ella de oración y súplica. Los ocho versículos anteriores temblaban con un sentido de pecado, estremeciéndose con un sentimiento infantil de debilidad y necedad, que hacía clamar al hombre de Dios por la ayuda con la cual solamente su alma podía ser preservada de recaer en el pecado.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 32. «Correré por el camino de tus mandamientos cuando», etc. Han de recordar que quien habla, el salmista, no es un hombre inconverso, sino uno que mucho antes había sido puesto bajo el dominio de la religión. No solicita, pues, la primera entrada, sino las obras posteriores y multiplicadas de un principio de gracia; y expresa su deseo con una frase singularmente descriptiva de la salida de una influencia desde el corazón sobre el resto del hombre. Su deseo es que su corazón sea ensanchado; y este deseo equivalía a un anhelo de que todo su ser actuara en unísono con el corazón, de modo que llegara a ser, por así decirlo, todo corazón, y así el corazón, en el sentido más estricto, fuera ensanchado, extendiéndose por el cuerpo y el alma, expandiéndose hasta abarcar todas las facultades de ambos. Si el amor de Dios está en el corazón, entonces poco a poco el corazón, poseído e impulsado por un principio tan noble y estimulante, traerá a una elevada consagración todas las energías, mentales o corporales, y será en la práctica lo mismo que si los demás departamentos del hombre se hubieran vuelto, como resultado, corazón, y él llegara a ser, según la expresión que solemos emplear al describir un carácter de generosidad y calidez fuera de lo común, «todo corazón». De modo que el deseo de un corazón ensanchado pueden considerarlo con razón equivalente al deseo de que toda facultad fuera sometida por completo a Dios, y de que, así como Dios mismo es amor —siendo el amor más bien la esencia divina que un atributo divino, y mezclándose por tanto con todas las propiedades de la Deidad—, así el hombre que tiene amor en el corazón llegara a ser todo corazón, volcándose el corazón en todas sus capacidades, penetrando sin borrar los rasgos de su naturaleza. Y en exacta conformidad con esta idea del ensanchamiento del corazón que el salmista deseaba, está el resultado práctico que había de seguir a su logro. Ya andaba por el camino de los mandamientos de Dios; pero lo que se proponía era correr por él: «Por el camino de tus mandamientos correré, cuando ensanches mi corazón.» Un paso más ligero, un progreso más rápido, una mayor diligencia, una constancia más firme, una obediencia más resuelta e intrépida: estos eran los resultados que el salmista esperaba del ensanchamiento de su corazón. Y en verdad, si todas las facultades de la mente y del cuerpo se dedican a Dios, con paso constante y vigoroso avanzará el hombre por el camino que lleva al cielo. Mientras la dedicación sea, en el mejor de los casos, solo parcial, conservando el mundo alguna fracción de su imperio a pesar de haberse establecido el reino de Dios, no puede haber sino un progreso lento y estorbado, un andar interrumpido por repetidas detenciones, si no por recaídas, por mucho rezagarse, si no por un verdadero retroceso; pero si el hombre es todo corazón, será todo vida, todo calor, todo celo, toda energía, y la consecuencia de esta entrega completa a Dios será exactamente la que anuncia proféticamente Isaías: «Los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán.» Henry Melvill, 1798-1871.
Vers. 32. «Correré.» Por correr se entiende la observancia alegre, pronta y celosa de los preceptos de Dios: no dice ir, ni andar, sino correr. Los que quieren llegar al final de su viaje deben correr por el camino de los mandamientos de Dios. Indica una obediencia rápida o pronta, sin demora. Debemos comenzar con Dios temprano. ¡Ay!, cuando deberíamos estar en la meta, muchos de nosotros apenas hemos salido. E indica fervor; cuando el corazón de un hombre está puesto en algo, cree que nunca podrá hacerlo lo bastante pronto. Y esto es correr: cuando somos vehementes y fervorosos en el goce de Dios y de Cristo por el camino de la obediencia. E indica además que el corazón se ofrece libremente a Dios.
Este correr es el fruto del llamamiento eficaz. Cuando el Señor habla del llamamiento eficaz, el resultado es correr; cuando habla de la conversión de los gentiles: «Te correrán naciones que no te conocían»; y: «Atráeme; en pos de ti correremos». Cuando Dios atrae, hay un movimiento rápido y fervoroso del alma.
Este correr, así como es fruto del llamamiento eficaz, es muy necesario; porque los movimientos fríos y débiles son pronto vencidos por la dificultad y la tentación: «Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante» (He 12:1). Cuando un hombre tiene ganas de hacer algo, aunque lo estorben y lo empujen, lo soporta con paciencia, sigue adelante y no puede detenerse a discutir el asunto. Un movimiento lento se detiene fácilmente, mientras que uno veloz arrolla lo que se le opone; así sucede cuando los hombres corren y no se cansan en el servicio de Dios. Por último, el premio exige correr: «Corred de tal manera que lo obtengáis» (1 Co 9:24). Thomas Manton.
Vers. 32. «Correré.» No era el andar «por el camino de los mandamientos de Dios», sino el correr «por el camino de los mandamientos de Dios», a lo que David aspiraba. El texto no guarda relación con el caso de quien sigue habitualmente el camino contrario; se refiere exclusivamente al paso con que ha de recorrerse la línea del deber... Puede causar sorpresa, y no sin razón, que «el dulce cantor de Israel», aquel de quien se declaró enfáticamente que era «varón conforme al corazón de Dios», parezca sin embargo dar a entender, en las palabras del texto, que aún no «corría por el camino de los mandamientos de Dios». Pero, amados hermanos, cuanto mayor es la santidad comparativa de una persona, más intenso será su anhelo de santidad absoluta. A los demás, David podía parecerles que avanzaba maravillosamente por la senda de la vida; y sin embargo él mismo juzgaba que sus movimientos eran mucho menos rápidos. La humildad era una de las evidencias de su santidad. Hugh B. Moffat, 1871.
Vers. 32. «Correré por el camino.» Expresa su curso previsto en este camino mediante el correr. Es bueno estar en este camino aunque sea con los movimientos más lentos; el amor se arrastrará donde no pueda andar. Pero si de veras estás en él, anhelarás un movimiento más veloz; si solo te arrastras, arrástrate, desea que se te dé poder para ir. Si vas, pero aún cojeando y renqueando, desea que te fortalezcan para andar derecho; y si andas, no te contentes con eso, desea correr. Así David andaba por este camino; pero deseaba ardientemente mejorar su paso; de buena gana correría, y con ese fin pide un corazón ensanchado.
Algunos discuten y razonan demasiado sobre si avanzan o no, y cuentan sus pasos como niños, y querrían saber a cada paso si adelantan o no, y cuánto adelantan, y así se entretienen y gastan el tiempo de hacer y de andar cuestionando y dudando. Así les ocurre a muchos cristianos; pero sería un camino más sabio y más consolador esforzarse por avanzar, y si progresas poco, desear al menos progresar más; estar orando y andando, y orando para andar más de prisa, y para que al fin puedas correr, sin darte por satisfecho con nada de lo alcanzado. Sin embargo, esa insatisfacción no debe abatirnos tanto que nos sentemos o nos detengamos, sino que más bien debe animarnos a seguir adelante. Robert Leighton.
Vers. 32. «Ensanches mi corazón», o lo dilates, es decir, con gozo. Es obvia la propiedad filosófica con que se aplica esta expresión: pues el corazón se dilata, y el pulso por consiguiente se vuelve fuerte y lleno, por la exultación del gozo como también del orgullo. (Véase Parkhurst sobre bxr.) Richard Mant.
Vers. 32. «Ensanchares mi corazón.» Dios ensancharía la misma sede de la vida, y así daría más fuerza a su débil siervo; tal fuerza que ya no necesitara yacer postrado en el polvo luchando por levantarse, sino fuerza para correr por el camino de la verdad. Así, quien ora: «Oh Jehová, no sea yo avergonzado», halla por sí mismo la verdad de un canto anterior: «Los que miraron a él fueron alumbrados, y sus rostros no fueron avergonzados». Frederick G. Marchant.
Vers. 32. «Ensanche mi corazón.» De Salomón se dice que tuvo «anchura de corazón (la misma palabra que se usa aquí) como la arena que está a la orilla del mar»: es decir, un espíritu vasto y comprensivo, capaz de sondear gran parte de la naturaleza, tanto sus cosas mayores como las menores. Así, concibo yo, el ensanchamiento del corazón comprende la iluminación del entendimiento. Surge allí una luz más clara para discernir las cosas espirituales de un modo más espiritual; para ver la inmensa diferencia entre las cosas vanas tras las que va el mundo y el deleite verdadero y sólido que hay en el camino de los mandamientos de Dios; para conocer el falso rubor de los placeres del pecado, y qué deformidad hay bajo esa máscara pintada, y no dejarse seducir por ella; para tener concepciones más amplias de Dios, de su excelencia, su grandeza y su bondad; cuán digno es de ser obedecido y servido; esta es la gran dignidad y felicidad del alma; todas las demás pretensiones son bajas y pobres comparadas con esta. Aquí, pues, hay ensanchamiento para ver la pureza y la belleza de su ley, cuán justa y razonable, más aún, cuán agradable y amable es; que sus mandamientos no son gravosos, que son lechos de especias; cuanto más andamos en ellos, tanto más hallamos de su fragante olor y dulzura. Robert Leighton.
Vers. 32. «Ensanchado.» Estrecho es el camino que lleva a la vida, pero nadie puede correr por él sino con el corazón ensanchado. Próspero de Aquitania, (403-463), citado por Neale y Littledale.
Vers. 32. «Ensanchado.» Sin duda un templo para el gran Dios (como deberían ser nuestros corazones) debería ser hermoso y amplio. Si queremos que Dios habite en nuestros corazones y derrame sus influencias, debemos hacer lugar para Dios en nuestras almas con una mayor amplitud de fe y de expectativa. El rico pensó en ensanchar sus graneros cuando le aumentó la cosecha (Lc 12:16-21); así también nosotros deberíamos extender las cortinas de la tienda y morada de Cristo, tener expectativas mayores de Dios, si queremos recibir más de él. Las vasijas faltaron antes de que faltara el aceite. No estamos limitados en Dios, sino en nosotros mismos; por la estrechez de nuestros pensamientos no le hacemos lugar, ni engrandecemos a Dios: «Engrandece mi alma al Señor» (Lc 1:46). La fe engrandece a Dios. ¿Cómo podemos hacer a Dios mayor de lo que es? En cuanto a su ser declarativo, podemos tener concepciones mayores y más amplias de su grandeza, bondad y verdad.
- Del beneficio de un corazón ensanchado. La precedencia necesaria de esta obra de parte de Dios, antes de que pueda haber alguna inclinación o movimiento serio del corazón hacia Dios de parte nuestra.
- La resolución posterior de los santos de comprometer sus corazones a vivir para Dios.
- Con qué fervor, presteza y vigor de espíritu ha de llevarse adelante esta obra: «Correré». T. Manton.
Vers. 32.
- El camino de la obediencia: «Tus mandamientos».
- El deber de la obediencia: «Correré»: no quedarse quieto, no rezagarse, no arrastrarse, no andar, sino correr.
- La vida de la obediencia.
(a) Dónde reside: en el corazón.
(b) De dónde viene: «Cuando ensanches», etc.
(c) Qué hace: ensancha el corazón. G. R.
Sal 119:33*
Sobre este octonario, las notas que nos ha proporcionado el Sr. Marchant, uno de los tutores del Colegio de Pastores, son tan excelentes que las damos íntegras.
SECCIÓN h HE.
TEMA: LA LEY DE JEHOVÁ HA DE PONERSE ANTE LOS OJOS, LA MENTE, LOS PIES Y EL CORAZÓN.
Frase clave: dtrma drkel Mqh. Pon delante de tu siervo tu palabra (Sal 119:38).
Salmos 119:33
Vers. 33. «Enséñame, oh Jehová, el camino de tus estatutos.» Palabras infantiles y benditas, de los labios de un creyente anciano y experimentado, y además rey, y hombre inspirado por Dios. ¡Ay de los que nunca querrán ser enseñados! Chochean con su propia sabiduría; pero su necedad es evidente para todos los que juzgan rectamente. El salmista quiere tener al Señor por maestro; porque siente que su corazón no aprenderá de ningún instructor menos eficaz. El sentirnos muy lentos para aprender nos empuja a buscar un gran maestro. ¡Qué condescendencia de parte de nuestro gran Jehová que se digne enseñar a los que lo buscan! La lección que se desea es del todo práctica; el hombre santo no solo quería aprender los estatutos, sino el camino de ellos, su uso diario, su tenor, su espíritu, su dirección, su hábito, su tendencia. Quería conocer aquella senda de santidad que está cercada por la ley divina, a lo largo de la cual los mandamientos del Señor se alzan como postes indicadores de dirección y como mojones de información, guiando y señalando nuestro progreso. El mismo deseo de aprender este camino es en sí una garantía de que seremos enseñados en él, pues quien nos hizo anhelar aprender seguramente satisfará el deseo.
«Y lo guardaré hasta el fin.» Los que son enseñados por Dios nunca olvidan sus lecciones. Cuando la gracia divina pone a un hombre en el camino verdadero, él será fiel a él. El mero ingenio y la mera voluntad humanos no tienen una influencia tan duradera: hay un fin para toda perfección de la carne, pero no hay fin para la gracia celestial, salvo su propio fin, que es la perfección de la santidad en el temor del Señor. La perseverancia hasta el fin ha de predecirse con toda certeza de aquellos cuyo comienzo está en Dios, y con Dios, y por Dios; pero los que comienzan sin la enseñanza del Señor pronto olvidan lo que aprenden, y se apartan del camino en el que decían haber entrado. Nadie puede jactarse de que se mantendrá en su camino con sus propias fuerzas, pues eso ha de depender de la enseñanza continua del Señor: caeremos como Pedro si presumimos de nuestra propia firmeza como él lo hizo. Si Dios nos guarda, guardaremos su camino; y es un gran consuelo saber que es costumbre de Dios guardar los pies de sus santos. Sin embargo, hemos de velar como si el guardar el camino dependiera totalmente de nosotros mismos; porque, según este versículo, nuestra perseverancia descansa no en alguna fuerza o coacción, sino en la enseñanza del Señor, y es seguro que la enseñanza, sea quien sea el maestro, requiere aprender de parte del enseñado: nadie puede enseñar a un hombre que se niega a aprender. ¡Con ahínco, pues, bebamos la instrucción divina, para mantener firme nuestra integridad y seguir hasta la última hora de la vida por la senda de la rectitud! Si recibimos la semilla viva e incorruptible de la palabra de Dios, hemos de vivir: aparte de esto no tenemos vida eterna, sino solo el nombre de que vivimos.
El «fin» de que habla David es el fin de la vida, o la plenitud de la obediencia. Confiaba en que la gracia lo haría fiel hasta el máximo, sin trazar jamás una línea y decir a la obediencia: «Hasta aquí llegarás, y no más». El fin de nuestro guardar la ley llegará solo cuando dejemos de respirar; ningún hombre bueno pensará en marcar una fecha y decir: «Basta, ahora puedo aflojar mi vigilancia y vivir a la manera de los hombres». Así como Cristo nos ama hasta el fin, así hemos de servirle hasta el fin. El fin de la enseñanza divina es que perseveremos hasta el fin.
Las porciones de ocho versículos muestran todavía una relación. GUIMEL comienza con una oración por la vida, para guardar la palabra (Sal 119:17); DALET clama por más vida, conforme a esa palabra (Sal 119:25); y ahora HE abre con una oración por enseñanza, para guardar el camino de los estatutos de Dios. Si se pone sobre estos versículos una mirada atenta, se discernirá una afinidad más estrecha.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 33. LA PALABRA PUESTA ANTE LOS OJOS. Enséñame; literalmente, «señálame», «indícame». hry, tal como se usa aquí, significa «extender la mano», especialmente en el sentido de señalar. De ahí «mostrar», «indicar», «enseñar». El salmista ora aquí por dirección en su forma más superficial: muchos caminos estaban ante sus ojos, que descendían a la muerte; un camino estaba ante él, que llevaba a la vida. Pide aquí que se le muestre cuál es el camino de Jehová. Si el Señor muestra siempre a sus ojos cuál es el camino recto, entonces lo guardará hasta el fin. Aquí se necesita luz para los ojos. Como el indio sigue su rastro con ojo certero y paso firme, vigilando toda desviación que pudiera extraviarnos, así debemos seguir nosotros el camino que lleva a la vida.
Vers. 33-40. En este octonario se repite de cuando en cuando la misma oración, de la que ya se ha hecho mención varias veces. Pues ora para ser enseñado, gobernado, fortalecido y defendido divinamente contra las calumnias, los oprobios y las amenazas de sus enemigos. Y la oración está llena de los anhelos más ardientes, lo cual es manifiesto por repetirse con tanta frecuencia el mismo propósito. Pues cuanto más conoce la ignorancia, la oscuridad, las dudas y la debilidad de la mente humana, y ve cómo los hombres son impulsados por un ligero empuje, de modo que se apartan de la verdad y abrazan errores contrarios a la palabra divina, o caen en grandes pecados, tanto más ardiente y fuertemente pide en oración ser enseñado, gobernado y fortalecido divinamente, para no desechar la verdad reconocida ni precipitarse en la maldad. Y con su ejemplo enseña que también nosotros, contra la ceguera que nos es innata, y la debilidad de nuestra carne, y también contra los lazos y la locura de los demonios, debemos fortificarnos con aquellas armas, a saber, con el recto estudio y conocimiento de la Palabra divina, y con la oración constante. Porque si un hombre tan grande, que había hecho tan eminentes progresos, oraba por esto, ¡cuánto más deben hacerlo los que no son sino novicios e ignorantes principiantes! Esta es la suma de este octonario. D. H. Mollerus.
Vers. 33-40. En esta parte, nueve veces eleva el salmista su petición a su Dios, y en seis de ellas la acompaña con una razón para ser oído... Estas peticiones son las expresiones de un corazón renovado; el hombre de Dios no podía dejar de expresarlas: tan nuevo era el proceso de refinamiento que se había operado en él... El esquema es este: se ofrecen peticiones de Instrucción (Sal 119:33) y de Entendimiento (Sal 119:34), y asimismo de Capacidad espiritual (Sal 119:35) e Inclinación (Sal 119:36). Siguen peticiones de Liberación del espíritu de Vanidad (Sal 119:37), y de Vivificación divina (Sal 119:37). Se ruega al Señor que cumpla su Palabra de promesa a su siervo (Sal 119:38), y que lo libre del Oprobio temido. Por último, el hombre de Dios funda su oración de vivificación en la Justicia divina (Sal 119:40). ¡Que el Espíritu divino nos enseñe a compararnos con lo que hallamos aquí, si hemos de ver la salvación de nuestro Dios! John Stephen.
Vers. 33-40. Observo en este solo octonario algo que no se encuentra en ninguno de los demás, a saber, que en cada versículo hay una oración distinta. En la primera ora para ser enseñado, y luego promete acoger lo que Dios le enseñe. Ya antes había resuelto correr por este camino; pero sintió enseguida sus propias desviaciones naturales, y por eso acude a este guía para ser enseñado. Richard Greenham.
Vers. 33. «Enséñame, oh Jehová, el camino de tus estatutos», etc. La instrucción de lo alto es necesaria para los hijos de Dios mientras permanezcan en este mundo. Cuanto más sabemos, más desearemos saber; pediremos un suministro diario de gracia, como también de pan; y un gusto del «racimo de Escol» nos hará anhelar la vendimia de Canaán (Nm 13:23). La religión es el arte de vivir santamente, y solo se conoce cuando se practica; como no es maestro de música el que sabe leer las notas que la componen, sino el que ha aprendido a tomar prontamente una lección del libro y tocarla en su instrumento; después de lo cual el placer que ofrece será motivo suficiente para seguir haciéndolo. George Horne.
Vers. 33. «Enséñame, oh Jehová, el camino de tus estatutos», etc. Con la sinceridad de sus corazones acudan a Dios para ser enseñados por él. A Dios le agrada la petición. «Da, pues, a tu siervo corazón entendido para juzgar a tu pueblo, y para discernir entre lo bueno y lo malo; porque ¿quién podrá gobernar este tu pueblo tan grande? Y agradó delante del Señor que Salomón pidiese esto» (1 R 3:9-10). Oh, pídanselo a Dios, por estas cuatro razones:
- La persona a quien ora: «Oh Jehová».
- La persona por quien: «enséñame».
- La gracia que pide: ser enseñado.
- El objeto de esta enseñanza: «El camino de tus estatutos». La enseñanza que pide no es especulativa, sino práctica: aprender a andar en el camino de Dios. T. Manton.
Vers. 33. La eficacia superior de la enseñanza divina: asegura la práctica santa y garantiza su perpetuidad.
Vers. 33-34. Luz de lo alto.
- El poder cegador del pecado. «Enséñame», es decir, «señálame». «Dame entendimiento». Cualquiera que fuera la cantidad original de luz que vino de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, esa luz hace tiempo que es insuficiente.
(a) Los hombres necesitan luz para discernir el camino recto del errado.
(b) Los hombres necesitan luz para entender las bellezas del camino recto. Tales bellezas bordean el camino de la verdad a ambos lados, pero solo la mente enseñada por Dios las aprecia. Aun Jesús, que es el camino, la verdad y la vida, es como raíz de tierra seca, hasta que la mente es enseñada por el Señor. El pecado es la causa de esta ceguera. Cuanto más avanza un hombre por el camino del pecado, menos puede ver de las bellezas de la santidad.
- La gracia iluminadora del Señor. «Enséñame». «Dame entendimiento». Esta gracia,
(a) Puede pedirse con denuedo: «Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios».
(b) Será dada libremente. «El cual da a todos abundantemente». «Pedid, y se os dará».
(c) Será ampliamente suficiente. «Lo guardaré hasta el fin». «Guardaré tu ley». Ver es seguir.
- El poder estimulante de la verdad claramente revelada. «La cumpliré de todo corazón». Ver no es solo seguir, sino seguir con amor y alegría. Está escrito de la luz que vendrá ante el trono: «Seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es». «Oh tú que habitas entre los querubines, resplandece», aun aquí, en el camino que lleva a tu presencia. F. G. M.
Vers. 33-35. Alfa y Omega.
- Dios, el que da la instrucción espiritual: Sal 119:33.
- El entendimiento espiritual, sin el cual esta instrucción es en vano: Sal 119:34.
- La gracia para la obediencia práctica una vez así instruidos: Sal 119:35.
- Para la obediencia de todo corazón: Sal 119:34.
- Para la perseverancia final: Sal 119:33. C. A. D.
Vers. 33-36. La dependencia humana de la ayuda divina.
- No puede haber un permanecer firme en el camino del Señor sin la guía del Señor: Sal 119:33.
- No puede haber un guardar el camino con el corazón sin luz divina para la mente: Sal 119:34.
- No puede haber un seguimiento diligente del camino hasta que se dé energía divina a la voluntad: Sal 119:35.
- No puede haber verdadero amor al camino a menos que el corazón sea constreñido por el amor de Dios: Sal 119:36. Aquel que dijo: «Separados de mí nada podéis hacer», nos es necesario para ver el camino, entender el camino, andar en el camino y amar el camino. F. G. M.
Salmos 119:34
Vers. 34. «Dame entendimiento, y guardaré tu ley.» Es la misma oración ampliada, o más bien un suplemento que la intensifica. No solo necesita enseñanza, sino el poder de aprender: requiere no solo comprender, sino obtener un entendimiento. ¡A qué bajeza nos ha reducido el pecado, pues carecemos incluso de la facultad de entender las cosas espirituales, y somos del todo incapaces de conocerlas hasta ser dotados de discernimiento espiritual! ¿Nos dará Dios de verdad entendimiento? Es un milagro de gracia. Sin embargo, nunca se obrará en nosotros hasta que conozcamos nuestra necesidad de él; y ni siquiera descubriremos esa necesidad hasta que Dios nos dé una medida de entendimiento para percibirla. Estamos en un estado de ruina complicada, del cual nada sino una gracia múltiple puede librarnos. A los que sienten su necedad, el ejemplo del salmista los anima a orar por entendimiento: que cada uno clame por fe: «Dame entendimiento». Otros lo han tenido, ¿por qué no ha de venir a mí? Fue un don para ellos; ¿no me lo concederá también a mí el Señor gratuitamente?
No hemos de buscar esta bendición para ser famosos por nuestra sabiduría, sino para abundar en nuestro amor a la ley de Dios. El que tiene entendimiento aprenderá, recordará, atesorará y obedecerá el mandamiento del Señor. El evangelio nos da gracia para guardar la ley; el don gratuito nos lleva al servicio santo; no hay otro modo de llegar a la santidad que aceptando el don de Dios. Si Dios da, nosotros guardamos; pero nunca guardamos la ley para obtener la gracia. El resultado seguro de la regeneración, o del otorgamiento de entendimiento, es una reverencia devota por la ley y un guardarla resueltamente en el corazón. El Espíritu de Dios nos hace conocer al Señor y entender algo de su amor, sabiduría, santidad y majestad; y el resultado es que honramos la ley y rendimos nuestros corazones a la obediencia de la fe.
«Y la cumpliré de todo corazón.» El entendimiento obra sobre los afectos; convence al corazón de la belleza de la ley, de modo que el alma la ama con todas sus facultades; y luego revela la majestad del legislador, y toda la naturaleza se inclina ante su voluntad suprema. Un juicio iluminado sana las divisiones del corazón, y dobla los afectos unidos a una observancia estricta y vigilante de la única regla de vida. Solo obedece a Dios el que puede decir: «Señor mío, quiero servirte, y hacerlo con todo mi corazón»; y nadie puede decirlo con verdad hasta haber recibido como concesión gratuita la iluminación interior del Espíritu Santo. Observar la ley de Dios con todo nuestro corazón en todo tiempo es una gran gracia, y pocos son los que la hallan; sin embargo, se puede alcanzar si consentimos en ser enseñados por el Señor.
Observa el paralelo del Sal 119:2 y del Sal 119:10, donde se habla del corazón entero en relación con el buscar, y del Sal 119:58, al suplicar misericordia; todos estos son segundos versículos en sus octonarios. La frecuente repetición de la frase muestra la importancia del amor sin división: el corazón nunca es entero ni santo hasta que es entero, o sea unido. El corazón nunca es uno con Dios hasta que es uno dentro de sí mismo.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 34. LA PALABRA PUESTA ANTE LA MENTE. Dame entendimiento. La palabra usada aquí se refiere a la comprensión mental, a diferencia de la mera dirección, o señalamiento, que se pedía en el versículo anterior. Aquí la oración es: «Hazme discernir», «Hazme percibir», es decir, con el entendimiento: «La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios». Los sentidos externos deben ver primero el camino, luego la mente debe entenderlo, y luego, con fe y amor, el corazón debe seguirlo. Así también el salmista, si Dios le hace entender la ley, la guardará con todo su corazón. Aun así, el corazón es propenso a inclinarse a lo terrenal y pecaminoso, y por eso hay que invocar enseguida también para ello la ayuda divina.
Vers. 34. «Dame entendimiento.» El salmista va a la raíz del asunto; el Espíritu de toda enseñanza le enseña a hacerlo. No quería ser enseñado meramente como lo enseñaría un maestro, sino que su mente fuera remodelada e informada como solo el Creador puede hacerlo. Las palabras lo implican: «Dame entendimiento», hazme entender. No quería solo conocer una cosa, su naturaleza general; sino que deseaba entender su comienzo, su desarrollo y su fin. Quería alcanzar el poder de distinguir entre lo recto y lo errado, el discernimiento espiritual, para discernir lo recto y, al mismo tiempo, todo lo que le fuera contrario; quería entendimiento, para conocer, discernir y estimar la verdad, el verdadero camino de Dios, evitando cuidadosamente todo lo que se desviara de él. John Stephen.
Vers. 34. «Dame entendimiento.» Esto es lo que debemos a Cristo; porque «el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento» (1 Jn 5:20). Matthew Henry.
Vers. 34. «Entendimiento.» El entendimiento es el piloto y guía de todo el hombre; esa facultad que se sienta al timón del alma: pero así como el guía más experto puede equivocarse en la oscuridad, así puede el entendimiento cuando le falta la luz del conocimiento. «El alma sin ciencia no es buena» (Pr 19:2); ni la vida buena; ni segura la condición externa (Ef 4:18). «Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento» (Os 4:6).
Es corriente en la Escritura atribuir la profanidad, y toda clase de extravíos, a la ignorancia. Las enfermedades del cuerpo tienen muchas veces su origen en trastornos de la cabeza; y los excesos en la práctica, en errores del juicio. Y en verdad, en todo pecado hay algo de ignorancia y de error en el fondo: pues si los pecadores supieran de veras lo que hacen al pecar, podríamos decir de cada pecado lo que dice el Apóstol de aquel gran pecado: «De haberla conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de gloria» (1 Co 2:8). Si supieran de veras que todo pecado es provocar al Señor a celos, proclamar guerra contra el cielo, crucificar de nuevo al Señor Jesús, atesorar de nuevo ira para sí mismos para el día de la ira; y que, si alguna vez son perdonados, ha de ser a un precio no menor que el de su sangre, sería apenas posible que el pecado, en vez de atraer, no espantara, y en vez de tentar, no asustara. De la «Epístola recomendatoria que precede a la Confesión de Westminster y a los Catecismos».
Vers. 34. «De todo mi corazón.» El hombre entero es de Dios por toda clase de derecho y título; y por tanto, cuando exige el corazón entero, no hace sino exigir lo que es suyo. Dios nos dio el todo por la creación, conserva el todo, redime el todo, y promete glorificar el todo. Si hubiéramos sido mutilados en la creación nos habríamos afligido; si hubiéramos nacido sin manos o pies. Si Dios nos dejara a nosotros mismos para guardar la parte que le hemos reservado, o si hiciera tal división en la muerte, llevando una parte al cielo, o si Cristo hubiera comprado una parte: «Habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1 Co 6:20). Si ha habido en ustedes alguna buena obra, Dios santificó el todo en sentido evangélico, es decir, cada parte: «Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Ts 5:23). No solo la conciencia, sino la voluntad y los afectos, el apetito y el cuerpo. Y le han dado todo para su uso: «Yo soy de mi amado»: no una parte, sino el todo. No pudo soportar a Ananías, que retuvo parte del precio; todo es su deuda. Cuando el mundo, el placer, la ambición, el orgullo, el deseo de riquezas, el amor impuro, quieren una parte de nosotros, recordemos que no tenemos afectos de que disponer sin permiso de Dios. Todo es suyo, y es sacrilegio robar o retener cualquier parte a Dios. ¿Enajenaré lo que es de Dios para satisfacer al mundo, a la carne y al Diablo? Thomas Manton.
Vers. 34, 35. «Dame entendimiento.» «Hazme andar.» El entendimiento que busca conduce al andar, y se busca con ese fin. La enseñanza de Dios engendra obediencia; nos muestra la senda de la vida, y nos hace andar por ella. Es una instrucción que da fuerza, que excita la voluntad perezosa y quebranta el empuje de las inclinaciones corruptas; quita la voluntad perezosa y las tinieblas que la corrupción y el pecado han traído sobre la mente, y nos hace dóciles y prontos para obedecer; más aún, da no solo el querer, sino el hacer; en suma, nos compromete a una obediencia vigilante, cuidadosa, uniforme y constante. Thomas Manton.
SUGERENCIAS PARA PREDICADORES.
Vers. 34. La influencia del entendimiento sobre el corazón, y el poder unido del entendimiento y del corazón sobre la vida.
Vers. 34. Ver y amar.
- Cuando los hombres ven, aman (el versículo entero).
- Cuando los hombres aman, ven. Solo el corazón que ama habría visto lo bastante para escribir un versículo así. F. G. M.
Salmos 119:35
Vers. 35. «Guíame por la senda de tus mandamientos, porque en ella tengo mi voluntad.» «El querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.» Tú me has hecho amar el camino, ahora hazme moverme en él. Es una senda llana, que otros recorren por tu gracia; yo la veo y la admiro; haz que viaje por ella. Este es el clamor de un niño que anhela caminar, pero es demasiado débil; de un peregrino agotado que, sin embargo, ansía ponerse en marcha; de un cojo que suspira por poder correr. Es cosa bendita deleitarse en la santidad, y sin duda el que nos dio este deleite obrará en nosotros el gozo aún más alto de poseerla y practicarla. Aquí está nuestra única esperanza; pues no entraremos por la senda angosta hasta que seamos hechos hacerlo por el poder mismo del Hacedor. Oh tú que una vez me hiciste, te ruego que me hagas de nuevo: me has hecho conocer; ahora hazme andar. Ciertamente nunca seré feliz hasta que lo haga, pues mi único deleite está en caminar conforme a tu mandato.
El salmista no pide al Señor que haga por él lo que él mismo debe hacer: desea «andar» él mismo, o pisar la senda del mandamiento. No pide ser llevado mientras yace pasivo, sino ser hecho «andar». La gracia no nos trata como a troncos y piedras, que se arrastran con caballos o máquinas, sino como a criaturas dotadas de vida, razón, voluntad y facultades activas, que quieren y pueden andar por sí mismas una vez que se las hace hacerlo. Dios obra en nosotros, pero es para que queramos y hagamos según su buena voluntad. La santidad que buscamos no es un cumplimiento forzado del mandato, sino el desahogo de una pasión de todo corazón por el bien, que conforme nuestra vida a la voluntad del Señor. ¿Puede el lector decir: «en ella tengo mi voluntad»? ¿Es la piedad práctica la joya misma de tu alma, el premio codiciado de tu mente? Si es así, la senda exterior de la vida, por áspera que sea, será limpia, y llevará el alma hacia arriba a un deleite inefable. El que se deleita en la ley no debe dudar de que se le capacitará para correr por sus caminos, pues donde el corazón ya halla su gozo, los pies seguramente siguen.
Nota que el versículo correspondiente en los ocho anteriores (Sal 119:27) decía: «Hazme entender», y aquí tenemos «Hazme andar». Observa el orden: primero entender y luego andar; pues un claro entendimiento es una gran ayuda para la acción práctica.
Durante los últimos octetos el cuarto versículo ha sido el versículo del corazón: véanse Sal 119:20, Sal 119:28, y ahora Sal 119:36. En verdad, en todos los cuartos anteriores se observa gran cordialidad. Esto señala también el cuidado con que fue compuesto este cántico sagrado.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 35. LA PALABRA PUESTA ANTE LOS PIES. La palabra ygkwddh viene de drd, «pisar con los pies», «hollar». De ahí que «Hazme andar» alude aquí al acto mismo de caminar por el camino divino, a diferencia de la mera percepción del camino con los ojos y con el entendimiento. Es en este asunto del caminar práctico donde las dificultades reales del camino parecen verse con más fuerza; de ahí que ya no se use Kdd (como en el Sal 119:33), que puede significar un camino ancho y abierto, sino bytg, que (dice Gesenius) «nunca denota un camino público y real, como los que se levantaban y formaban con arte, sino siempre un sendero». Así el joven Buxtorf traduce la palabra por Semita. Cuando los pies realmente llegan a pisarlo, el camino de la verdad resulta siempre ser «el camino angosto».
Vers. 35. «Guíame por la senda de tus mandamientos.» David, en los versículos anteriores, había pedido luz; ahora pide fuerza para andar conforme a esa luz. No necesitamos solo luz para conocer nuestro camino, sino un corazón para andar en él. La dirección es necesaria por la ceguera de nuestras mentes; y los impulsos eficaces de la gracia son necesarios por la debilidad de nuestros corazones. No basta para nuestro deber tener una noción desnuda de las verdades, si no las abrazamos y las seguimos. Así pues, necesitamos una doble ayuda de Dios; la mente debe ser iluminada, la voluntad movida e inclinada. La obra de un cristiano no está en la profundidad de la especulación, sino en la altura de la práctica. La excelencia de la gracia divina consiste en esto: que Dios primero enseña lo que se ha de hacer, y luego nos hace hacer lo que se enseña: «Guíame por la senda de tus mandamientos». Thomas Manton.
Vers. 35. «La senda de tus mandamientos.» Se llaman «sendas» porque las sendas son pasos angostos, cortos, rectos y limpios, solo para quienes van a pie, y no para caballos ni carruajes; y tal es el camino del Señor, comparado con el de la carne y el del mundo, todos cuyos caminos son anchos, inmundos y torcidos, hollados por las bestias brutas, símbolo del hombre carnal y animal. Da una razón para ser oído cuando dice: «porque en ella tengo mi voluntad»; porque, por la gracia de Dios, he escogido esta senda y he deseado andar por ella, y es justo que el que da el querer dé la gracia para cumplir, como dice san Pablo: «El que en vosotros produce así el querer como el hacer». Robert Bellarmine.
Vers. 35. La senda es «la senda de tus mandamientos». No algún camino nuevo, sino el camino antiguo y trillado por el que han andado antes todos los siervos de Dios, y al cual los griegos (como nota Eutimio) llamaban tribon, como si dijera viam tritam. Pero aunque este camino esté trillado por el andar y el hollar de muchos en él, reconoce sin embargo que no es sino una senda, y además angosta y difícil de guardar, y por eso busca ser guiado a ella. William Cowper.
Vers. 35. «La senda.» Es una «senda», no un camino público; una senda por donde no va ninguna bestia, y los hombres rara vez. Adam Clarke.
Vers. 35, 37. La senda. Tu camino: Los hindúes llaman panth o camino a la línea de doctrina de cualquier secta, que se sigue para alcanzar el mukti, o liberación del pecado. Camino significa el medio principal para un fin, y se aplica a las Escrituras, Sal 119:27, a los consejos de Dios, a las obras de Dios. Este camino espiritual (1) es fácil de hallar, Is 35:8; (2) es limpio, sin el lodo del pecado; (3) nunca está en mal estado: Cristo es el mismo ahora que hace 6000 años; (4) no hay en él leones ni fieras; (5) es costoso: la sangre de Cristo lo hizo; (6) no es solitario: muchos creyentes van por él, He 12:1; (7) no tiene peaje: todos pueden venir; (8) es ancho: el camino a las ciudades de refugio tenía cuarenta y ocho pies de ancho. El mapa de la Biblia muestra esta senda; (9) el fin es agradable: el cielo. J. Long, en «Eastern Proverbs and Maxims illustrating old Truths», 1881.
Vers. 35-36. «En ella tengo mi voluntad.» «Inclina mi corazón a tus testimonios.» Un hijo de Dios no tiene la inclinación de su corazón tan perfectamente fija hacia Dios que no vuelva de vez en cuando a su antigua inclinación y sesgo. Aun los mejores pueden hallar que no pueden mantener sus afectos tan desprendidos del mundo cuando tienen casas, y tierras, y todas las cosas a su gusto, como cuando se les mantiene humildes y desnudos. Aun los mejores pueden hallar que su amor a las cosas celestiales mengua a medida que las cosas mundanas aumentan. Se cuenta de Pío Quinto que decía de sí mismo que, cuando entró por primera vez en las órdenes, tenía algunas esperanzas de su salvación; cuando llegó a cardenal, dudó de ella; pero desde que llegó a papa, casi desesperó del todo. Muchos pueden hallar un cambio muy grande en sí mismos, mucha decadencia del celo por la gloria de Dios, y del amor y gusto por la palabra de Dios, y del pensar en las cosas celestiales, a medida que les va mejor en el mundo. Ahora bien, es bueno observar esto antes de que el daño aumente. Miren: así como los celos y la cautela son necesarios para prevenir la entrada y el comienzo de este daño, así la observación es necesaria para prevenir su aumento. Cuando el mundo gana un interés demasiado hondo en nuestros corazones, cuando empieza a insinuarse y a seducirnos lejos de Dios, y a debilitar nuestro deleite en los caminos de Dios y nuestro celo por su gloria, entonces necesitamos recordarnos a menudo cuán difícil es que un rico entre en el reino de los cielos. Thomas Manton.
SUGERENCIAS PARA PREDICADORES.
Vers. 35. La oración de un niño, y el deleite de un niño. O bien: Nuestro placer en la santidad, una súplica por gracia.
Vers. 35.
- Deleite declarado.
- Desinclinación implícita.
- Constreñimiento implorado. W. W.
Salmos 119:36
Vers. 36. «Inclina mi corazón a tus testimonios, y no a la avaricia.» ¿No parece superflua esta oración, siendo evidente que el corazón del salmista estaba puesto en la obediencia? Estamos seguros de que en la Escritura nunca sobra una palabra. Después de pedir virtud activa, era justo que el hombre de Dios rogara que su corazón estuviera en todo lo que hacía. ¿Qué serían sus andares si su corazón no andara? Puede ser que David sintiera un deseo errante, una inclinación desordenada de su alma hacia la ganancia mundana, que posiblemente se entrometía aun en sus más devotas meditaciones, y al instante clamó por más gracia. La única manera de curar una inclinación errada es doblar el alma en la dirección opuesta. La santidad de corazón es la cura de la avaricia. ¡Qué bendición que podamos pedir al Señor incluso una inclinación! Nuestras voluntades son libres, y sin embargo, sin violar su libertad, la gracia puede inclinarnos en la dirección correcta. Esto puede hacerse iluminando el entendimiento acerca de la excelencia de la obediencia, fortaleciendo nuestros hábitos de virtud, dándonos una experiencia de la dulzura de la piedad, y por muchos otros medios. Si algún deber nos resulta fastidioso, nos conviene ofrecer esta oración con especial referencia a él: hemos de amar todos los testimonios del Señor, y si fallamos en algún punto, debemos prestarle doble atención. La inclinación del corazón es el lado hacia el cual se inclinará la vida: de ahí la fuerza de la petición: «Inclina mi corazón». Felices seremos cuando nos sintamos habitualmente inclinados a todo lo bueno. No es este el modo como se inclina jamás un corazón carnal; todas sus inclinaciones se oponen a los testimonios divinos.
«Y no a la avaricia.» Esta es la inclinación de la naturaleza, y la gracia debe ponerle un veto. Este vicio es tan dañino como común; es tan ruin como miserable. Es idolatría, y así destrona a Dios; es egoísmo, y así es cruel con todos los que están en su poder; es codicia sórdida, y así vendería al Señor mismo por piezas de plata. Es un pecado degradante, rastrero, endurecedor y entumecedor, que marchita todo lo amable y semejante a Cristo que hay a su alrededor. El avaro es de la raza de Judas, y con toda probabilidad resultará ser él mismo hijo de perdición. El crimen de la avaricia es común, pero muy pocos lo confiesan; pues cuando un hombre amontona oro en su corazón, el polvo de este le sopla en los ojos, y no puede ver su propia falta. Nuestros corazones deben tener algún objeto de deseo, y la única manera de mantener fuera la ganancia mundana es poner en su lugar los testimonios del Señor. Si estamos inclinados o doblados hacia un lado, nos apartaremos del otro: la virtud negativa se alcanza con toda seguridad asegurando la gracia positiva que inevitablemente la produce.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 36. LA PALABRA PUESTA ANTE EL CORAZÓN. Inclina mi corazón a tus testimonios. De nada sirve que los ojos vean, que la mente entienda, ni siquiera que los pies sean hechos andar por el camino de la verdad, si el corazón no se inclina también a ello. Con el corazón se cree para justicia. Estar sin amor es, según 1 Co 13:1-3, estar sin todo.
Así pues, el sentido de estas cuatro metódicas peticiones de esta sección es el siguiente: Hazme ver, hazme entender, hazme entrar, y hazme amar el entrar, por la senda trillada y angosta de tus testimonios. Hasta donde alcanzo a ver, Lutero da casi el sentido exacto de la exposición anterior; pues traduce las palabras iniciales de los Sal 119:33-36 por términos que significan respectivamente: «Señálame», «Explícame», «Guíame» e «Inclina (dobla, tuerce) mi corazón», etc.
Vers. 36. «Inclina mi corazón a tus testimonios, y no a la avaricia.» Hemos de estar convencidos de que la avaricia, quiero decir nuestra avaricia, es un vicio; pues guarda algo de virtud, de frugalidad, que no se refiere a lo que uno tiene: y esto nos hace albergar pensamientos de que no es vicio; y decimos a menudo que es bueno ser un poco mundano; una pizca de avaricia nos gusta bastante; lo cual muestra que en realidad, y de corazón, no la tenemos por pecado. Porque si el pecado es nada, un poco de pecado no puede ser bueno. Tanto valdría decir que un poco de veneno es bueno, con tal que no sea demasiado. Y así hallamos que los hombres reprenden a sus hijos por gastar, y están listos para echarlos de casa si se dan al derroche; pero si son tacaños y mezquinos, entonces eso nos gusta demasiado; y apenas conozco a un hombre que acostumbre exhortar a sus hijos a que no ahorren, no guarden. Sé que la juventud se inclina más bien al otro lado, y está más sujeta a derrochar y consumir, porque el calor natural es vivo y activo en ella; y por tanto hay más temor y peligro de que resulten pródigos y se descarríen, y por eso más se puede decir y hacer en ese sentido con los jóvenes. Pero lo que yo insisto es que, en caso de ver a nuestros hijos en su juventud comenzar a ser avaros y mundanos, los llamamos buenos administradores, y nos alegramos demasiado de verlo, y estamos demasiado contentos con ellos por eso. Poco piensan que la mundanalidad es un pecado gravísimo respecto de Dios, y dañino respecto de los hombres. Oigan lo que dice de ella la palabra de Dios, Ef 5:5: es idolatría, y la idolatría es el primer pecado de la primera tabla. Es la raíz de todos los males, 1 Ti 6:10. No hay mal que el hombre mundano no haga para salvar su bolsa. Así David: «Inclina mi corazón a tus testimonios, y no a la avaricia»; no dice este o aquel testimonio, sino (como incluyendo todas las leyes de Dios) dice «testimonios»; para mostrarnos que la avaricia nos aparta no de algunos solamente, sino de todos los mandamientos de Dios. Así san Pablo: donde hay avaricia hay «muchas codicias», 1 Ti 6:9, y «muchos dolores», 1 Ti 6:10. «Hunde a los hombres en destrucción y perdición», 1 Ti 6:9. Y la palabra griega significa un hundimiento tal que casi no deja esperanza ni recuperación. Es la ruina de toda sociedad: los hombres claman contra ella, porque no querrían que nadie fuera avaro, ni rico, sino ellos mismos. Un odiador de la humanidad es: odia a todos los pobres, porque le pedirían algo; y a todos los ricos, porque tienen lo que él querría tener. El avaro querría tener todo lo que todos tienen. Así habla un noble padre (Crisóstomo). Tales no creen la palabra, no confían ni en Dios ni en el hombre. Porque el que no confía en Dios no puede confiar en el hombre. Roba a Dios esa confianza que deberíamos tener en él, y la dependencia que le debemos; aparta al hombre de todos los mandamientos. De ahí que el profeta ruegue a Dios que incline su corazón a sus mandamientos, «y no a la avaricia». Porque no solo no debemos, sino que, como dice la frase, «no podemos servir a Dios y a las riquezas», Lc 16:13. Richard Capel, en «Tentations: their Danger, Cure», 1655.
Vers. 36. «Inclina mi corazón a tus testimonios, y no a la avaricia.» Sin una mano que lo frene, el corazón es propenso a desviarse por los atajos del mezquino amor al dinero. El remedio debe venir de lo alto. Por eso se busca la ayuda celestial. Henry Law.
Vers. 36. «Inclina mi corazón.» Si estuviéramos natural y espontáneamente inclinados a la justicia de la ley, no habría ocasión para la petición del salmista: «Inclina mi corazón». Queda, pues, que nuestros corazones están llenos de pensamientos pecaminosos y totalmente rebeldes hasta que Dios por su gracia los cambie. Juan Calvino.
Vers. 36. «Inclina mi corazón.» En los versículos anteriores David había pedido entendimiento y dirección para conocer la voluntad del Señor; ahora pide una inclinación del corazón para hacer la voluntad del Señor. El entendimiento necesita no solo ser iluminado, sino que la voluntad sea movida y cambiada. El corazón del hombre es por sí mismo contrario a Dios y a la santidad, aun cuando el ingenio está más refinado y el entendimiento surtido y provisto de altas nociones al respecto: por eso David no dice solamente: «Dame entendimiento», sino: «Inclina mi corazón». Podemos ser mundanos por nosotros mismos, pero no podemos ser santos y celestiales por nosotros mismos; eso hay que pedirlo a aquel que es el Padre de las luces, de quien desciende toda buena dádiva y todo don perfecto. Los que abogan por el poder de la naturaleza excluyen el uso de la oración. Pero Agustín lo dijo bien: Naturae vera confessione non falsa defensione opus habet: necesitamos más bien confesar nuestra debilidad que defender nuestra fuerza. Así hace David, y así hará todo cristiano quebrantado de corazón que haya tenido experiencia de las inclinaciones de su propia alma: vendrá a Dios y dirá: Inclina mi corazón a tus testimonios, y no a la avaricia. Thomas Manton.
Vers. 36. «Inclina.» Entonces no me desviaré. James G. Murphy.
Vers. 36. «A tus testimonios.» El contraste es muy llamativo. Están los testimonios divinos por un lado, y la «avaricia» por el otro. Dios está de un lado, el mundo del otro. El hombre renovado elige entre los dos; no necesita pensarlo mucho, y Dios es su elección. John Stephen.
Vers. 36. «Y no a la avaricia.» Ora en particular para que su corazón sea desviado de la avaricia, que no es solo un mal, sino, como dice el Apóstol, «raíz de todos los males». David se opone aquí a ella como adversaria de toda la justicia de los testimonios de Dios: invierte el orden de la naturaleza, y hace terrenal al alma celestial. Es sierva de todos los pecados; pues no hay pecado al que el avaro no se preste por su ganancia. Debemos guardarnos de todos los pecados, pero especialmente de los pecados madre. William Cowper.
Vers. 36. «Avaricia», o más bien «ganancia injustamente adquirida»... La palabra hebrea euk solo puede significar despojo, rapiña, ganancia injusta. J. J. Stewart Perowne.
Vers. 36. «Avaricia.» San Buenaventura, sobre nuestro salmo, dice que la avaricia debe ser aborrecida, evitada, desechada: debe ser aborrecida, porque ataca la vida de la naturaleza; debe ser evitada, porque estorba la vida de la gracia; debe ser desechada, porque obstruye la vida de la gloria. Clemente de Alejandría dice que la avaricia es la ciudadela de los vicios, y Ambrosio dice que es la pérdida del alma. Thomas Le Blanc.
Vers. 36. «Avaricia.» Quisiera hacer notar al lector, y pedirle que lo considere debida y seriamente, que aunque este mandamiento, «No codiciarás», está puesto el último en número, es con demasiada frecuencia el primero que se quebranta, yendo el corazón avaro del hombre a la vanguardia de la transgresión. William Crouch, en «The Enormous Sin of Covetousness detected», 1709.
Vers. 36. La avaricia es un deseo inmoderado de riquezas, en el cual concurren estos vicios. Primero, un amor excesivo a las riquezas y el fijar en ellas nuestros corazones. Segundo, la resolución de hacerse ricos, por medios lícitos o ilícitos, 1 Ti 6:9. Tercero, demasiada prisa en juntar riquezas, unida a impaciencia ante cualquier demora, Pr 28:20, 22. Cuarto, un apetito insaciable, que nunca puede saciarse; sino que cuando tienen demasiado, aún desean más, y nunca tienen bastante, Ec 4:8. Como la sanguijuela, Pr 30:15; la hidropesía, y el mismo infierno, Pr 27:20. Quinto, una tenacidad de avaro, por la cual se niegan a compartir sus bienes, ya sea para el uso de otros, ya para el propio. Sexto, crueldad, Pr 1:18-19, ejercida tanto en su falta de misericordia como en la opresión de los pobres. La avaricia es un vicio gravísimo; pues es idolatría, y raíz de todos los males, Col 3:5, 1 Ti 6:10; una espina perniciosa, que sofoca toda gracia y ahoga la semilla de la palabra, Mt 13:22, y traspasa a los hombres con muchos dolores, 1 Ti 6:10, y los hunde en destrucción y perdición. James Usher, 1580-1655.
SUGERENCIAS PARA PREDICADORES.
Vers. 36. La santidad, cura de la avaricia.
Vers. 36, 112. La cooperación de lo divino y lo humano en la salvación.
- Dios es el que obra en ustedes: Sal 119:36.
- Por tanto, ocúpense en su salvación con temor y temblor: Sal 119:112. C. A. D.
Salmos 119:37
Vers. 37. «Aparta mis ojos, que no vean la vanidad.» Había orado por su corazón, y se habría pensado que los ojos serían tan seguramente influidos por el corazón que no hacía falta convertirlos en objeto de una petición especial; pero nuestro autor está resuelto a asegurar doblemente la seguridad. Si los ojos no ven, quizá el corazón no desee: en todo caso, se cierra una puerta de tentación cuando ni siquiera miramos la baratija pintada. El pecado entró primero en la mente del hombre por el ojo, y este sigue siendo una puerta favorita para la entrada de los halagos de Satanás: de ahí la necesidad de una doble guardia sobre ese portal. La oración no pide tanto que los ojos se cierren como que sean «apartados»; porque necesitamos tenerlos abiertos, pero dirigidos a objetos rectos. Quizá ahora estemos mirando la necedad, y necesitemos que nuestros ojos sean apartados; y si contemplamos cosas celestiales, haremos bien en rogar que nuestros ojos se mantengan lejos de la vanidad. ¿Por qué hemos de mirar la vanidad? Se desvanece como vapor. ¿Por qué no mirar las cosas eternas? El pecado es vanidad, la ganancia injusta es vanidad, la presunción es vanidad, y en verdad todo lo que no es de Dios cae bajo el mismo título. De todo esto debemos apartarnos. Es prueba del sentimiento de debilidad del salmista y de su total dependencia de Dios que pida incluso que le aparten los ojos; no pretendía volverse pasivo, sino exponer su propia absoluta impotencia aparte de la gracia de Dios. Por temor de olvidarse de sí y mirar con anhelo persistente objetos prohibidos, ruega al Señor que le haga apartar pronto los ojos, sacándolo a toda prisa de tan peligroso parlamento con la iniquidad. Si se nos guarda de mirar la vanidad, se nos preservará de amar la iniquidad.
«Avívame en tu camino.» Dame tanta vida que la vanidad muerta no tenga poder sobre mí. Capacítame para viajar tan rápido por el camino al cielo que no me detenga el tiempo suficiente a la vista de la vanidad para ser fascinado por ella. La oración indica nuestra mayor necesidad, más vida en nuestra obediencia. Muestra el poder preservador de una vida acrecentada para guardarnos de los males que nos rodean, y nos dice también de dónde debe venir esa vida acrecentada: del Señor solo. La vitalidad es la cura de la vanidad. Cuando el corazón está lleno de gracia, los ojos serán limpiados de impureza. Por otra parte, si hemos de estar llenos de vida en las cosas de Dios, debemos mantenernos apartados del pecado y de la necedad, o los ojos pronto cautivarán la mente, y, como Sansón, que pudo matar a sus millares, podemos ser nosotros mismos vencidos por las concupiscencias que entran por el ojo.
Este versículo es paralelo a los Sal 119:21 y 29 de los octetos anteriores: «reprendiste», «aparta», «aparta»; o «soberbios», «mentira», «vanidad».
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 37. «Aparta mis ojos», etc. Literalmente: «Haz pasar mis ojos de ver la vanidad»; como si orara: Todo lo que sea vanidad, hazme pasar sin verlo. El sentimiento es sorprendentemente parecido al de la oración de nuestro Señor: «No nos metas en tentación». Habiendo orado por lo que quería ver, el salmista ora aquí por el ocultamiento de lo que no quería ver.
Vers. 37. «Aparta mis ojos», etc. Habiendo orado por su corazón, ora ahora también por sus ojos. Omnia a Deo petit, docens, illum omnia efficere. Por los ojos, a menudo, como por ventanas, entra la muerte en el corazón; por tanto, para mantener el corazón en buen estado se requieren tres cosas. Primera, estudio cuidadoso de los sentidos, en especial de los ojos; pues es una obra justa del Señor, ut qui exteriori oculo negligenter utitur, interiori non injuste caecetur: que el que usa con descuido el ojo externo de su cuerpo sea castigado con ceguera en el ojo interno de su mente. Y por esta causa Nacianceno, deplorando las calamidades de su alma, deseaba que se pusiera una puerta ante sus ojos y oídos, para cerrarlos cuando se abrieran a algo que no fuera bueno; malis autem sua sponte utrumque clauderetur. La segunda cosa es el sometimiento del cuerpo por la disciplina. Y la tercera, la perseverancia en la oración. William Cowper.
Vers. 37. «Aparta mis ojos, que no vean la vanidad.» Nota que no dice: Yo apartaré mis ojos; sino: «Aparta mis ojos». Esto muestra que no nos es posible guardar suficientemente nuestros ojos con nuestra propia cautela y diligencia; sino que debe haber un guardar divino. Pues, primero, dondequiera que te vuelvas en este mundo, te salen al encuentro provocaciones al pecado. Segundo, con los incautos, y con personas muy distintas, los ojos, siervos de un corazón corrupto, vagan tras las cosas que son vanidades. Tercero, antes de que te des cuenta, el mal contraído por los ojos se desliza hasta los más íntimos recovecos del corazón, y echa las semillas de la perdición. Esto lo había experimentado el mismo salmista, no sin muy gran perturbación de corazón y de condición. Wolfgang Musculus, 1563.
Vers. 37. «Aparta mis ojos, que no vean la vanidad.» Puede parecer extraña la oración de David, decir: «Aparta mis ojos de ver la vanidad»; como si Dios se metiera en nuestro mirar; o como si no tuviéramos poder en nosotros mismos para poner los ojos en los objetos que queramos. Pero ¿no es cierto que lo que nos deleita, nos deleita mirarlo? ¿Y lo que amamos, amamos verlo? Y así orar a Dios para que nuestros ojos no vean la vanidad es tanto como orar por gracia para que no estemos enamorados de la vanidad. Porque la vanidad tiene por sí misma un aspecto tan agraciado que no es posible para un hombre natural dejar de mirarla; a menos que el aspecto más hermoso de la gracia de Dios aparte nuestros ojos de la vanidad para mirarla a ella; pues naturalmente siempre miraremos lo más hermoso. Y así como David hace aquí su oración en particular contra las tentaciones de la prosperidad, así Cristo nos enseña a orar en general contra las tentaciones, tanto de la prosperidad como de la adversidad, y muy justamente. Porque muchos pueden soportar las tentaciones de una, que son pronto vencidos por las tentaciones de la otra clase. Así David pudo soportar la persecución sin murmurar, pero cuando llegó a la prosperidad no pudo apartar sus ojos de la vanidad. Sir Richard Baker.
Vers. 37. «Aparta mis ojos, que no vean la vanidad.» Un objeto feo pierde mucho de su fealdad cuando lo miramos a menudo. El pecado sigue la ley general, y ha de evitarse por completo, aun en su contemplación, si queremos estar seguros. Un hombre debería estar agradecido en este mundo de tener párpados; y así como puede cerrar los ojos, debería hacerlo a menudo. Albert Barnes.
Vers. 37. «Aparta», luego «avívame», etc. La primera petición es por la remoción de los impedimentos de la obediencia, la otra por la adición de nuevos grados de gracia. Las dos están bien unidas, porque tienen una influencia natural la una sobre la otra; si no apartamos nuestros ojos de la vanidad, pronto contraeremos embotamiento del corazón. Nada lo causa tanto como una libertad desordenada en las vanidades carnales; cuando nuestros afectos están vivos para otras cosas, están muertos para Dios; por tanto, cuanto menos soltemos nuestros corazones a estas cosas, más vivos y alegres estaremos en la obra de la obediencia. Por otro lado, cuanto más se renueva el vigor de la gracia, y sus hábitos se avivan hasta el ejercicio real, más se mortifica y se somete el pecado. El pecado muere, y nuestros sentidos son restaurados a su uso propio. Thomas Manton.
Vers. 37. «Aparta mis ojos, que no vean la vanidad.» Para evitar el pecado debemos evitar todo lo que lleva a él o le da ocasión. Así como esto hizo que Job (Job 31:1) hiciera un pacto firme con sus ojos, así hizo que David orara con fervor acerca de sus ojos. «Aparta mis ojos (o, como puede traducirse el hebreo: hazlos pasar) de ver la vanidad». El ojo tiende a detenerse, o a fijarse, cuando llegamos a la vista de un objeto engañoso; por tanto, es nuestro deber apresurarlo a apartarse, u orar para que Dios lo haga pasar de él... El que teme quemarse debe cuidarse de jugar con fuego; el que teme ahogarse debe mantenerse fuera de aguas profundas. El que teme la peste no debe entrar en una casa infectada. ¿Evitarían el pecado los que se presentan ante las ocasiones de él? Joseph Caryl.
Vers. 37. «Aparta mis ojos.» No sea que el mirar cause gusto y concupiscencia: 1 Jn 2:16. En hebreo la misma palabra significa tanto ojo como fuente; para mostrar que del ojo, como de una fuente, mana mucho mal; y por esa ventana Satanás a menudo se desliza en el alma. Esto lo halló David por experiencia, y por eso ora aquí: «Aparta», transfiere, haz pasar «mis ojos», etc. Conocía el peligro de las miradas de soslayo irregulares y del mirar fijo desordenado. John Trapp.
Vers. 37. «Aparta mis ojos, que no vean la vanidad.» Es un experimento peligrosísimo para un hijo de Dios colocarse dentro de la esfera de tentaciones seductoras. Todo sentimiento de deber, todo recuerdo de su propia debilidad, todo recuerdo del fracaso de otros, debería inducirlo a apresurarse a la mayor distancia posible del escenario de conflicto y peligro innecesarios. John Morison.
Vers. 37. «Aparta mis ojos, que no vean la vanidad.» De mirar los espejismos engañosos que tientan al peregrino a dejar el camino real seguro. William Kay.
Vers. 37. ¿Se pregunta: «¿Qué apartará más eficazmente mis ojos de la vanidad?». No el aislamiento de un retiro contemplativo, no el abandono de nuestra relación lícita con el mundo, sino la belleza trascendente de Jesús desvelada a nuestros ojos y que fije nuestros corazones. Charles Bridges.
Vers. 37. «Aparta mis ojos», etc. El fuerte real de sus almas corre peligro de sorpresa mientras las obras exteriores de sus sentidos no están guardadas. Sus ojos, que pueden ser compuertas para derramar lágrimas, no deberían ser ventanas para dejar entrar concupiscencias. Un ojo descuidado es indicio de un corazón sin gracia. Recuerden que todo el mundo murió por una herida en el ojo. Los ojos de un cristiano deberían ser como los girasoles, que no se abren a ningún resplandor sino al del sol. William Secker, 1660.
Vers. 37. «Vanidad», en el uso hebreo, se refiere a menudo especialmente a los ídolos y a los accesorios del culto idolátrico. El salmista ora para que jamás se le permita ni siquiera ver tales objetos tentadores. Henry Cowles.
Vers. 37. «Avívame.» Todo santo es muy propenso a ser perezoso en el camino y la obra de Dios. «Avívame», dice uno de los principales y más escogidos de los santos, «en tu camino»; y es como si dijera en términos llanos: «¡Ah, Señor! Soy un rocín tardo, y a menudo necesito tu espuela, tu Espíritu». Esta oración de David parece prueba suficiente sobre este punto; pero si desean mayor confirmación, presentaré un argumento instar omnium, «que nadie osará negar, ni podrá desaprobar»; y es el sacado del tópico de su propia experiencia; y este es argumentum lugubre, como un himno fúnebre, «muy triste y doloroso». ¿No sienten y hallan, para pesar de sus propias almas, que mientras deberían llorar como si no lloraran, gozarse como si no se gozaran, y comprar como si no poseyeran, inverso ordine, «invirtiendo este orden», lloran por las pérdidas como si fueran a llorar hasta quedarse sin ojos; se gozan en los consuelos temporales como si estuvieran en el cielo; y compran como si fuera para siempre y un día más (Sal 49:11)? Pero e contrario, «por el contrario», oran como si no oraran; oyen como si no oyeran; trabajan para Dios como si no trabajaran. Ahora bien, sabemos, experto credas («Puedes dar crédito a aquello de lo que has hecho prueba»), que un hombre que está atascado en una zanja no necesita razones para probar que está en ella, sino remedios para sacarlo. Su mejor camino será plantear el caso de cómo pueden librarse de este huésped indeseado, la pereza espiritual: es un caso que nos concierne a todos, Asini aures quis non habet («¿quién no tiene las orejas de asno?»). Todo hombre y mortal tiene algo de la torpeza y pereza del asno en sí. Simmons, en «The Morning Exercises», 1661.
Vers. 37. «Avívame.» Otra ordenanza vivificante es la oración. ¿Cuántas veces ora David por gracia vivificante? Cinco o seis veces en un solo salmo. Comienza muchas oraciones con el corazón apesadumbrado, y antes de terminar está lleno de vida. Por tanto, oren mucho, porque toda vida procede de Dios, y él aviva a quien quiere. Solo permítanme añadir esta advertencia, antes de dejarlo pasar: asegúrate de que tu entendimiento y tu afecto vayan juntos en cada ordenanza, y en cada parte de la ordenanza, si quieres que sea una ordenanza vivificante. Matthew Lawrence, en «The Use and Practice of Faith», 1657.
Vers. 37. «Tu camino», por vía de énfasis, en oposición a todos los demás caminos y en exaltación sobre ellos. Hay un camino cuádruple:
- Por gracia restrictiva, para que fuera prevenido y apartado de lo que le estorbara en el camino de su deber: «Aparta mis ojos de ver la vanidad».
- Por gracia constrictiva, para que no solo fuera guardado de todo lo que obstruyera su progreso hacia el cielo, sino que tuviera la gracia necesaria para impulsarlo en ese progreso: «Avívame en tu camino». M. Henry.
Salmos 119:38
Vers. 38. «Confirma tu palabra a tu siervo.» Hazme seguro de tu palabra segura: hazla segura para mí y hazme seguro de ella. Si poseemos el espíritu de servicio, y aun así nos turban pensamientos escépticos, no podemos hacer nada mejor que orar para ser establecidos en la verdad. Llegarán tiempos en que toda doctrina y promesa parezca sacudida, y nuestra mente no halle reposo: entonces debemos apelar a Dios para ser afirmados en la fe, pues él quiere que todos sus siervos estén bien instruidos y confirmados en su palabra. Pero debemos cuidar que seamos siervos del Señor, porque de otro modo no estaremos mucho tiempo firmes en su verdad. La santidad práctica es una gran ayuda para la certeza doctrinal: si somos siervos de Dios, él confirmará su palabra en nuestra experiencia. «El que quiera hacer su voluntad, conocerá si la doctrina es de Dios»; y la conocerá de modo que esté plenamente seguro de ella. El ateísmo en el corazón es una plaga horrible para el hombre temeroso de Dios, trae consigo más tormento del que puede describirse bien; y nada sino una visitación de gracia puede asentar el alma después de haber sido violentamente asaltada por él. La vanidad o la falsedad es mala para los ojos, pero es aún peor cuando contamina el entendimiento y arroja una duda sobre la palabra del Dios vivo.
«Que te teme», o simplemente «a tu temor». Es decir, cumple tu palabra al temor piadoso: dondequiera que exista; fortalece a todo el cuerpo de hombres reverentes. Confirma tu palabra, no solo a mí, sino a todos los piadosos bajo el sol. O bien, puede significar: «Confirma tu palabra a tu temor», a saber, para que los hombres sean llevados a temerte; pues una fe segura en la promesa divina es la fuente y el fundamento del temor piadoso. Los hombres nunca adorarán a un Dios en quien no creen. Más fe llevará a más temor piadoso. No podemos esperar el cumplimiento de las promesas en nuestra experiencia a menos que vivamos bajo la influencia del temor del Señor: la afirmación en la gracia es el resultado de la vigilancia santa y del esfuerzo en oración. Nunca estaremos arraigados y cimentados en nuestra creencia si no practicamos cada día lo que profesamos creer. La plena seguridad es la recompensa de la obediencia. Las respuestas a la oración se dan a aquellos cuyos corazones responden al mandato del Señor. Si estamos consagrados al temor de Dios, seremos librados de todo otro temor. No tiene temor alguno acerca de la verdad de la palabra el que está lleno de temor del Autor de la palabra. El escepticismo es a la vez padre e hijo de la impiedad; pero la fe fuerte engendra la piedad y es engendrada por ella. Recomendamos todo este versículo a cualquier hombre devoto cuya tendencia sea el escepticismo: será una oración admirable para usar en épocas de recelos inusualmente fuertes.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 38. «Confirma tu palabra a tu siervo.» A la luz de la exposición de los versículos anteriores de la sección, esto se traduciría con más exactitud: «Sostén tu palabra ante tu siervo»; es decir, sostenla ante mis ojos, ante mi mente, ante mis pasos y ante mi corazón. Haz pasar todo lo que es vano, para que yo no lo vea; pero que tu palabra sea puesta delante de todo mi ser de tal modo que siempre la vea, y así, por ella, vea mi camino hacia ti.
Vers. 38. «Confirma tu palabra a tu siervo», etc. Pues bien, he aquí algo extraño: un hombre que es verdadero «siervo de Dios», «consagrado a su temor», orando por lo que seguramente ya debe tener; pues si no, ¿cómo podría ser siervo? ¿O vivir en el temor de Jehová? Parece suponer, clara y sin duda alguna, su propia consagración personal, y luego ora por aquello que ciertamente debe estar, al menos en medida considerable, supuesto y comprendido en la idea misma de una verdadera consagración personal. A menos que la palabra de Dios sea hecha segura a un hombre, nunca llegará a ser su siervo. Si es su siervo, ¿por qué habría de orar: «Confirma tu palabra»? ¿Por qué diría también en el Sal 119:35: «Guíame por la senda de tus mandamientos, porque en ella tengo mi voluntad»? «En ella tengo mi voluntad. ¡Es el camino de mi elección, de mi gozo!». Y sin embargo: «Hazme andar por ella», como si yo fuera reacio. Esta aparente contradicción o discrepancia se resuelve fácilmente en una experiencia verdadera, y de hecho no puede resolverse de otro modo. ¿No es esta la misma condición de muchos y muchos? «Confirmado», pero movido; «consagrado», pero incierto; «sirviendo» de veras a Dios, pero buscando y anhelando una garantía más clara, y una sanción más alta, y más gracia interior, para mejorar el servicio; «creyendo», pero clamando a veces «con lágrimas: ¡Ayuda mi incredulidad!». Alexander Raleigh.
Vers. 38. «Confirma tu palabra a tu siervo.» ¿Por qué ora David así: «Confirma tu palabra a mí», si la palabra de Dios es certísima y tan estable en sí misma que no puede serlo más? (2 P 1:19). «Tenemos la palabra profética más segura», o más estable, como significa el término. ¿Cómo puede la palabra ser más estable de lo que es? Respondo: es segura respecto de Dios, de quien procede, y en sí misma. Respecto de las cosas propuestas no puede ser más o menos estable, no puede ser firme y floja a la vez: pero respecto de nosotros, puede estar más o menos establecida. Y esto de dos maneras,
- Por un temor de su desagrado.
- Deseo de su favor.
- Estima de sus excelencias.
- Sumisión a su voluntad.
- Gratitud por sus beneficios.
- Obediencia concienzuda a sus mandatos. Charles Buck.
Vers. 38. Las cuatro clases de temor.
- El temor del hombre, por el cual somos llevados a hacer el mal más bien que a sufrirlo.
- El temor servil, por el cual somos inducidos a evitar el pecado solo por el pavor del infierno.
- El temor incipiente, en el cual evitamos el pecado en parte por el temor del infierno, pero en parte también por el amor de Dios; es el temor de los cristianos ordinarios.
- El temor filial, cuando tememos desobedecer a Dios solo y enteramente por el amor que le tenemos. Jer 32:40. Ayguan, en «Preacher's Storehouse», de J. Edward Vaux, 1878.
Salmos 119:39
Vers. 39. «Aparta de mí el oprobio que he temido.» Temía el oprobio justo, temblando de causar que el enemigo blasfemara por alguna incoherencia flagrante. Debemos temer esto, y velar para evitarlo. También se puede orar contra la persecución en forma de calumnia, pues es una dura prueba, quizá la más dura de las pruebas para los hombres de mente sensible. Muchos preferirían soportar la hoguera que la prueba de las burlas crueles. David era de genio vivo, y probablemente tenía tanto mayor pavor a la calumnia porque despertaba su ira, y apenas podía decir qué no haría bajo una gran provocación. Si Dios aparta nuestros ojos de la falsedad, también podemos esperar que aparte la falsedad de dañar nuestro buen nombre. Se nos guardará de las mentiras si nos guardamos de las mentiras.
«Porque buenos son tus juicios.» Por eso está ansioso de que nadie hable mal de los caminos de Dios por oír un mal informe acerca de él. Nos afligimos cuando nos calumnian, porque la vergüenza recae más bien sobre nuestra religión que sobre nosotros. Si los hombres se contentaran con atribuirnos el mal, y no fueran más lejos, podríamos soportarlo, pues somos malos; pero nuestro dolor es que echan un descrédito sobre la palabra y el carácter de Dios, que es tan bueno que no hay nadie bueno en comparación con él. Cuando los hombres despotrican contra el gobierno de Dios en el mundo, es nuestro deber y privilegio salir en su defensa, y declarar abiertamente ante él: «buenos son tus juicios»; y deberíamos hacer lo mismo cuando asalten la Biblia, el evangelio, la ley o el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Pero debemos cuidar de que no puedan presentar contra nosotros ninguna acusación verdadera, o nuestro testimonio será tanto aliento malgastado.
Esta oración contra el oprobio es paralela al Sal 119:31, y en general a muchos otros de los séptimos versículos de los octetos, que por lo común implican oposición desde fuera y una santa satisfacción dentro. Observa las cosas que son buenas: «buenos son tus juicios»; «Tú eres bueno, y haces el bien» (Sal 119:68); «Bueno me es haber sido humillado» (Sal 119:71); «Enséñame buen juicio» (Sal 119:66).
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 39. «Aparta de mí el oprobio que he temido.» «Haz pasar mi oprobio que temía». Esto también, como la vanidad de la que se habla en el Sal 119:37, pide el salmista no verlo. Quiere que la mirada de todo su ser esté puesta solo en la palabra. El oprobio que temía es aquel al que ya se había referido en los Sal 119:21-22, y quizá de nuevo en el Sal 119:31. Los soberbios se habían desviado de los mandamientos, y habían heredado reprensión; era el oprobio y la vergüenza que eran de ellos lo que el salmista quería que fuera apartado, para no verlos. Porque buenos son tus juicios. Esto se da como razón de que el oprobio sea así apartado. Los soberbios habían pensado a la ligera y con desprecio de los juicios divinos, de ahí su oprobio; el salmista tenía por buenos esos juicios, y así esperaba no ver oprobio.
Vers. 39. «Aparta de mí el oprobio», etc. En estas palabras tienen,
- Una petición: «Aparta de mí el oprobio».
- Una razón que la refuerza: «Porque buenos son tus juicios».
Primero, la petición. «Aparta», quita rodando de encima de mí, así significa. Estaba vestido de oprobio; ahora quítame rodando «mi oprobio». Algunos piensan que se refiere a la sentencia condenatoria de Dios, que se volvería oprobio, o alguna reprensión notable de Dios por su pecado. Más bien creo que es el oprobio de sus enemigos; y lo llama «mi oprobio», ya sea por merecido por él mismo, o por haber caído personalmente sobre él, el oprobio que parecía ser su suerte y porción en el mundo, por la malicia de sus enemigos: «el oprobio que he temido», es decir, que tengo motivo de esperar, y de cuyas tristes consecuencias soy consciente.
Segundo, la razón con que se refuerza: «porque buenos son tus juicios». Hay opiniones diversas sobre la forma de este argumento. Algunos toman la razón así: No me dejes sufrir oprobio por adherirme a tu palabra, tu palabra que es tan buena. Pero David no habla aquí de sufrir oprobio por causa de la justicia, sino de aquel oprobio que probablemente le sobrevendría por sus propias flaquezas y faltas. De los oprobios por causa de la justicia hay que «gozarse»; pero él dice: esto lo «temo», y por tanto supongo que esto no da en la razón. Tampoco acepto el otro sentido: ¿Por qué habría de ser tenido por malhechor mientras guardo tu ley y observo tus estatutos? Otros juzgan mal de mí, pero yo apelo a tu buen juicio.
Por «juicios» podemos entender los tratos de Dios. Tú no tratas a los hombres según su merecimiento. Tus disposiciones son benignas y llenas de gracia. Mejor aún: por «juicios» se entienden los caminos, estatutos y ordenanzas de Dios, llamados juicios porque todas nuestras palabras, obras y pensamientos han de ser juzgados según la sentencia de la palabra: ahora bien, es lástima que estos sufran en mi oprobio e ignominia. Esto es lo que temo más que cualquier otra cosa que me pueda suceder. Creo que la razón correrá mejor así: Señor, hay en tu ley, palabra y pacto muchas promesas para animar a tu pueblo, y por tanto reglas para proveer al debido honor y crédito de tu pueblo. Thomas Manton.
Vers. 39. «Aparta de mí el oprobio.» En el hebreo dice: «Quita mi reprensión»; como si dijera: Oh Señor, puedo cometer algún mal contra tu buena ley, sí, alguna transgresión tan notoria que redunde en mi vergüenza; te ruego que la quites. O bien quiere decir: Ya he traído, oh Señor, vergüenza y reprensión sobre mí entre los hombres por diversos pecados, y en particular por el adulterio y el homicidio; te suplico que quites esta vergüenza y reprensión.
De la primera exposición aprendemos, primero, que los piadosos están sujetos a pecados notorios. Segundo, que esos pecados les causarán vergüenza, aunque los impíos no se avergonzarán. Tercero, que solo Dios puede quitar esta vergüenza. Cuarto, que podemos orar por la remoción de la vergüenza aun entre los hombres, especialmente la que pueda traer consigo alguna deshonra a Dios. Quinto, que los piadosos son sumamente celosos de sí mismos. Sexto, que el modo de evitar el pecado es temer siempre pecar.
De la segunda exposición nota que el recuerdo de nuestros pecados pasados debe sacar de nosotros oraciones a Dios, para que por ellos no seamos reprendidos con enojo en esta vida, ni confundidos y avergonzados en la vida venidera. Richard Greenham.
Vers. 39. «Mi oprobio» es el oprobio que el mundo echa sobre los que temen a Dios. Se teme como una gran tentación a la apostasía. James G. Murphy.
Vers. 39. «Porque buenos son tus juicios.» Se habría esperado que dijera: Porque eres misericordioso; haz pasar de mí mi oprobio que temo, porque eres misericordioso. No, no añade esto como su razón presente, sino: «Buenos son tus juicios». Captaríamos el sentido de inmediato si las palabras fueran estas: Porque tus juicios son terribles: «Aparta de mí el oprobio que he temido», porque tus juicios son terribles. Pero como las palabras son «Porque buenos son tus juicios», hallamos que en verdad se refugia en los «juicios», a saber, que el Señor lo vindicaría contra todos los juicios injustos de los hombres; y en cuanto al juicio con Dios, puesto que se refugió en la expiación que el Señor había designado, el Señor lo vindicaría allí también. John Stephen.
Vers. 39. «Porque buenos son tus juicios.» Los juicios de los impíos son juicios malos, pero los juicios de Dios son buenos; contra aquellos oro, a estos apelo: temo a unos, apruebo los otros. Ahora bien, los juicios que Dios pronuncia en su palabra, sean amenazas en la ley o consuelos en el Evangelio, y aun los que ejecuta en el mundo, sea sobre piadosos o impíos, necesariamente son buenos.
- Porque Dios es la bondad misma.
- No puede ser engañado.
- No será sobornado.
- Solo él no hace acepción de personas, sino que juzga según la obra de cada uno. Richard Greenham.
Vers. 39. El «oprobio» que teme el poeta en este versículo no es el de confesar a Dios, sino el de negarlo. Franz Delitzsch.
Vers. 39. «Porque buenos son tus juicios.» Esta razón muestra que temía la reprensión de Dios. El «oprobio» del hombre procede de un juicio corrupto, él condena donde Dios absolverá, yo no hago caso de ello; pero sé que tu reprensión siempre es merecida, «porque buenos son tus juicios». William Nicholson.
SUGERENCIAS PARA PREDICADORES.
Vers. 39.
- El juicio del hombre, temido.
- El juicio de Dios, aprobado.
Vers. 39. El oprobio de la incoherencia.
- La deshonra que causa (2 S 12:14).
- El peligro de incurrir en él.
- La oración contra él. C. A. D.
Salmos 119:40
Vers. 40. «He aquí yo he anhelado tus mandamientos.» Al menos puede reclamar sinceridad. Está profundamente abatido por el sentido de su debilidad y de su necesidad de gracia; pero sí desea conformarse en todo a la voluntad divina. Donde están nuestros anhelos, allí estamos a los ojos de Dios. Si no hemos alcanzado la perfección, algo es haber tenido hambre de ella. El que nos ha dado el deseo, nos concederá también alcanzarla. Los preceptos son gravosos para los impíos, y por eso, cuando hemos cambiado hasta anhelarlos, tenemos clara evidencia de conversión, y podemos concluir con seguridad que el que comenzó la buena obra la perfeccionará.
«Vivifícame en tu justicia.» Dame más vida con que seguir tu justa ley; o dame más vida porque tú has prometido oír la oración, y es conforme a tu justicia guardar tu palabra. ¡Cuántas veces pide David ser vivificado! Pero nunca una vez de más. Necesitamos ser vivificados a cada hora del día, porque somos tan tristemente propensos a volvernos lentos y lánguidos en los caminos de Dios. Es el Espíritu Santo quien puede infundirnos vida nueva; no dejemos de clamar a él. Que la vida que ya poseemos se muestre anhelando más.
Los últimos versículos de las octavas han mostrado por lo general una mirada hacia adelante, de resolución, esperanza y oración. Aquí los frutos pasados de la gracia se convierten en argumento para pedir mayor bendición. Adelante en la vida celestial: ese es el clamor de este versículo.
En estos versículos el santo temor es patente y prominente. El hombre de Dios tiembla de que, en alguna manera o grado, el Señor retire de él su favor. Los ocho versículos son un solo ruego continuado para que la gracia permanezca en su alma, y se apoya en argumentos tan santos que solo podrían ocurrírsele a un espíritu que arde de amor a Dios.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 40. «He aquí yo he anhelado…», etc. Esto se da como una forma más intensa de la declaración que acababa de hacer, de que estimaba buenos los juicios. Eran tan buenos que los anhelaba. Y no solo eso, sino que deseaba anhelarlos todavía más. Así pide aún más vida y vigor para recorrer el camino que ellos señalaban. «Vivifícame en tu justicia.» El que de veras anhela la verdad divina lamenta no anhelarla más. Cuando el corazón no tiene amor, la mente no tiene luz, y solo puede juzgar erróneamente los preceptos. «Los de limpio corazón» ven mejor con la mente que los impuros. «Resplandeció en las tinieblas luz a los rectos.» El amor ensancha de tal modo el discernimiento que quien de veras ama descubre a menudo que su juicio sobre la bienaventuranza de la verdad ha sobrepasado incluso su anhelo de ella. De ahí que sean los vivos los que claman: «Vivifícame»; son los que tienen deseos vivos quienes piden todavía más vida en el camino de la justicia.
Vers. 40. «He anhelado tus mandamientos.» A veces somos llevados sin darnos cuenta a «anhelar» las promesas más que «los mandamientos» de Dios, olvidando que es nuestro privilegio y nuestra seguridad tener igual aprecio por ambos: obedecer sus preceptos confiando en sus promesas, y esperar el cumplimiento de las promesas por el camino de la obediencia a los preceptos. Charles Bridges.
Vers. 40. «Preceptos» viene de una palabra que significa poner en confianza, y designa algo confiado al hombre, «lo que te ha sido encomendado»; disposiciones de Dios que, por consiguiente, tienen que ver con la conciencia, de la cual el hombre es responsable como ser inteligente. Los preceptos no se captan tan obviamente como la ley y los testimonios. Hay que buscarlos. «He aquí yo he anhelado tus mandamientos» (Sal 119:40). «Busqué tus mandamientos» (Sal 119:45). «Tus mandamientos he buscado» (Sal 119:94)… Son una ley de libertad: «Y andaré en libertad, porque busqué tus mandamientos» (Sal 119:45). John Jebb.
Vers. 40. «Vivifícame en tu justicia.» Dijo antes: «Vivifícame en tu palabra»; aquí, «en tu justicia»; todo es uno, pues la palabra de Dios es la justicia de Dios, en la cual se expone la voluntad de justicia. En esto desea el profeta ser vivificado, es decir, confirmado, para poder apoyarse en la palabra de Dios con alegría y gozo de espíritu. Richard Greenham.
Vers. 40. «Vivifícame en tu justicia.» La petición es por viveza en el conocimiento y la práctica de la santidad, conforme al tenor de la palabra de Dios y por su operación en el corazón. Si alguno prefiere entender por «justicia» la fidelidad o la justicia de Dios, por la cual se ha obligado a dar gracia a los que confían en él, no hay objeción a tal interpretación. De hecho está implícita en las otras. Quien pueda usar con verdad el lenguaje de este versículo está regenerado. Antes de la gracia renovadora la ley era letra muerta. Era más: era una letra aborrecida. La mente carnal no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede. El pecador no desea ninguna restricción de los preceptos divinos. William S. Plumer.
SUGERENCIAS PARA LOS PREDICADORES.
Vers. 40.
- Anhelos de gracia experimentados.
- Gran necesidad sentida: se necesita más vida.
- Sabia petición presentada.
Sal 119:41*
Vers. 41-48. Aquí comienza una nueva porción del salmo, en la cual cada versículo empieza con la letra Vau, o v. Casi no hay palabras en hebreo que empiecen con esta letra, que es propiamente una conjunción, y por eso en cada uno de los versículos de esta sección el comienzo del versículo es en el original una conjunción, vau. Albert Barnes.
Vers. 41-48. Toda esta sección consta de peticiones y promesas. Las peticiones son dos: Sal 119:41, Sal 119:43. Las promesas son seis. Esta es, entre muchas, una diferencia entre los hombres piadosos y los demás: todos los hombres piden cosas buenas a Dios, pero los impíos piden de tal modo que nada le devuelven, ni prometen retribución alguna. Sus oraciones tienen que ser inútiles, porque proceden del amor a sí mismos y no del Señor. Si obtienen lo que necesitan, no les importa dar al Señor lo que es para su gloria; pero los piadosos, así como piden cosas buenas, dan alabanza a Dios cuando las han recibido, y devuelven el uso de lo recibido para gloria de Dios que lo dio. No se aman a sí mismos por sí mismos, sino por el Señor; lo que le piden, lo piden con este fin: poder servirle mejor. Pongamos atención a esto, porque es una señal clara por la cual se distinguen los verdaderamente religiosos de los falsos simuladores. William Cowper.
Salmos 119:41
Vers. 41. «Venga a mí tu misericordia, oh Jehová.» Desea misericordia además de enseñanza, pues era culpable además de ignorante. Necesitaba mucha misericordia y misericordia variada; de ahí que la petición esté en plural. Necesitaba misericordia de Dios más que de los hombres, y por eso pide «tus misericordias». El camino a veces parecía cerrado, y por eso ruega que Dios les despeje la vía a las misericordias, y que «vengan» a él. El que dijo: «Sea la luz», puede decir también: «Sea la misericordia». Puede ser que, bajo el sentido de su indignidad, el autor temiera que la misericordia se diera a otros y no a él; por eso clama: «Bendíceme también a mí, oh Padre mío». Vistas así, las palabras equivalen a nuestro conocido verso:
«Señor, oigo de lluvias de bendición
que derramas, abundantes y libres;
lluvias que refrescan la tierra sedienta;
deja caer algunas gotas sobre mí,
aun sobre mí.» Elizabeth Codner, 1860.
Señor, tus enemigos vienen a mí para afrentarme; vengan tus misericordias a defenderme. Las pruebas y las aflicciones abundan, y no son pocos los trabajos y sufrimientos que se me acercan; Señor, que tus misericordias entren en gran número por la misma puerta y a la misma hora; porque ¿no eres tú el Dios de mi misericordia?
«Tu salvación.» Esta es la suma y la corona de todas las misericordias: liberación de todo mal, ahora y para siempre. Aquí está la primera mención de la salvación en el salmo, y se une a la misericordia: «Por gracia sois salvos»… A la salvación se la llama «tu salvación», atribuyéndola así enteramente al Señor: «Dios nuestro es el Dios de salvación». ¡Qué montón de misericordias se amontonan en la única salvación de nuestro Señor Jesucristo! Incluye las misericordias que nos perdonan antes de nuestra conversión y nos conducen a ella. Luego viene la misericordia que llama, la que regenera, la que convierte, la que justifica, la que perdona. Y no podemos excluir de la salvación completa ninguna de las muchas misericordias que se necesitan para conducir sano y salvo al creyente a la gloria. La salvación es un conjunto de misericordias incalculables en número, de valor inestimable, de aplicación incesante, de duración eterna. Al Dios de nuestras misericordias sea la gloria por los siglos de los siglos.
«Conforme a tu palabra.» El camino de la salvación está descrito en la palabra, la salvación misma está prometida en la palabra, y su manifestación interior es obrada por la palabra; de modo que, en todo sentido, la salvación que es en Cristo Jesús es conforme a la palabra. David amaba las Escrituras, pero anhelaba conocer por experiencia la salvación que contienen: no le bastaba leer la palabra, anhelaba experimentar su sentido interior. Valoraba el campo de la Escritura por el tesoro que había descubierto en él. No se contentaba con capítulo y versículo; quería misericordias y salvación.
Nótese que en el primer versículo de HE (Sal 119:33) el salmista oró para que se le enseñara a guardar la palabra de Dios, y aquí, en VAU, ruega al Señor que guarde su palabra. En el primer caso anhelaba llegar al Dios de las misericordias, y aquí quiere que las misericordias del Señor vengan a él; allí buscaba gracia para perseverar en la fe, y aquí busca el fin de su fe, la salvación del alma.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 41. «Venga a mí tu misericordia.» El camino estaba cerrado por pecados y dificultades, pero la misericordia podía despejarlo todo y hallar acceso hasta él, o abrirse su propio camino: «Venga», es decir, que se cumpla o acontezca, como se traduce: «Cúmplanse ahora tus palabras» (Jue 13:12); en hebreo: «Venga». Aquí leemos: venga a mi casa, para mi consuelo y liberación. David dice en otro lugar: «Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida» (Sal 23:6); irán tras él, lo encontrarán en sus andanzas. Así también: «¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo?» (Sal 116:12). Hallaron su camino hasta él aunque estaba encerrado entre pecados y peligros. Thomas Manton.
Vers. 41. «Venga a mí tu misericordia, oh Jehová.» Las misericordias de Dios salen por todas partes al encuentro del hombre a quien Dios vivifica (Sal 119:40). David entendía que Dios bendice el alma, el cuerpo, la familia, las ordenanzas y todas las demás cosas que pertenecen a sus siervos; y toda esta bendición procede de la misericordia, sin mérito, y es otorgada abundante y maravillosamente, etc. Martin Geier.
Vers. 41. «Venga a mí tu misericordia, oh Jehová», etc. Esta oración recuerda a los ministros de la Palabra y a los estudiantes de teología que no solo deben predicar a otros el verdadero camino para alcanzar la salvación eterna, sino también clamar a Dios con oraciones fervientes para ser ellos mismos partícipes de las misericordias divinas y recibir «el fin de su fe, la salvación de sus almas». Pablo, en efecto, estaba muy preocupado por este asunto, y se vio obligado a escribir que golpeaba su cuerpo y lo sometía a servidumbre, no fuera que, habiendo sido heraldo para otros, él mismo fuese eliminado. Solomon Gesner.
Vers. 41. Tus misericordias. Tu palabra. Debemos considerar aquí el modo en que el profeta busca la salvación de parte de Dios. En esta oración une dos cosas como las que sostienen su confianza: la misericordia de Dios y su Palabra. Estas son, para el hombre de fe, las dos columnas más fuertes de su esperanza. Wolfgang Musculus.
Vers. 41. «Tu salvación», etc. No es cualquier clase de liberación lo que el siervo de Dios, hallándose en aprietos, reclama o desea, sino la liberación que Dios consienta y se complazca en dar de manera santa. «Venga tu salvación.» Así como la palabra de promesa es la regla de nuestra petición, así es también prenda de lo prometido, y hay que retenerla firmemente hasta que llegue el cumplimiento: «Venga a mí tu misericordia, oh Jehová, tu salvación, conforme a tu dicho»; y esta es una razón de la petición. David Dickson.
SUGERENCIAS PARA LOS PREDICADORES.
Bosquejos sobre las palabras clave del salmo, por el pastor C. A. Davis.
Vers. 41-48. Misericordias prometidas. Deseadas (Sal 119:41), como respuesta al «que me injuria» (Sal 119:42-43); como medio de fidelidad (Sal 119:44); de libertad (Sal 119:45); de denuedo (Sal 119:46); de deleite (Sal 119:47), y de ansioso anhelo (Sal 119:48).
SUGERENCIAS PARA LOS PREDICADORES.
Vers. 41. Véase «Spurgeon's Sermons», n.º 1524: «Your Personal Salvation».
Vers. 41.
- Las misericordias de Dios nos llegan continuamente sin buscarlas. Sus misericordias que nos perdonan, las temporales, etc.
- El fruto principal de las misericordias de Dios es su salvación. Es nuestra mayor necesidad; es su mayor don.
- Debemos tener un interés personal en esta salvación: «Venga también a mí tu misericordia».
- Cuando buscamos la salvación de Dios, podemos alegar su promesa: «conforme a tu dicho». Horatio Wilkins, de Cheltenham, 1882.
Vers. 41. Aun a mí.
- En mí hay necesidad de misericordia.
- A mí puede llegar la misericordia.
- Tu salvación me conviene.
- Dificultades especiales me intimidarían.
- Tu palabra me anima.
Vers. 41.
- La salvación es toda de misericordia.
- Todas las misericordias están en la salvación.
- Todos los hombres deberían anhelar que la salvación les llegue.
- Solo puede venir conforme a la palabra de Dios.
W. W.
Vers. 41-43. Una oración abarcadora.
- La posesión de la salvación, Sal 119:41.
- Es el poder para la defensa: Sal 119:42.
- Y la capacitación para la utilidad: Sal 119:43. C. A. D.
Salmos 119:42
Vers. 42. «Y daré por respuesta a mi afrentador.» Esta es una respuesta sin réplica. Cuando Dios, al concedernos la salvación, da a nuestras oraciones una respuesta de paz, estamos listos de inmediato para responder a las objeciones del incrédulo, a los sofismas del escéptico y a las burlas del desdeñoso. Es sumamente deseable que los calumniadores reciban respuesta, y por eso podemos esperar que el Señor salve a su pueblo a fin de poner en sus manos un arma con la cual poner en fuga a sus adversarios. Cuando los que nos afrentan afrentan también a Dios, podemos pedirle que nos ayude a silenciarlos con pruebas seguras de su misericordia y su fidelidad.
«Porque en tu palabra he confiado.» Su fe se veía en que confiaba mientras estaba bajo prueba, y la alega como razón para que se le ayude a rechazar las afrentas con una feliz experiencia. La fe es nuestro argumento cuando buscamos misericordias y salvación: fe en el Señor que nos ha hablado en su palabra. «En tu palabra he confiado» es una declaración que vale más que cualquier otra; porque quien puede hacerla con verdad ha recibido potestad de ser hecho hijo de Dios, y así heredero de misericordias innumerables. Dios tiene más en cuenta la confianza de un hombre que todo lo demás que hay en él; porque el Señor ha escogido la fe para que sea la mano en la cual pondrá sus misericordias y su salvación. Si alguien nos afrenta por confiar en Dios, le respondemos con los argumentos más concluyentes cuando mostramos que Dios ha cumplido sus promesas, ha oído nuestras oraciones y ha suplido nuestras necesidades. Hasta los más escépticos se ven obligados a inclinarse ante la lógica de los hechos.
En este segundo versículo de esta octava el salmista hace una confesión de fe y una declaración de su creencia y su experiencia. Nótese que hace lo mismo en los versículos correspondientes de las secciones que siguen. Véase Sal 119:50: «Tu dicho me ha vivificado»; Sal 119:58: «Tu favor supliqué»; Sal 119:66: «Porque tus mandamientos he creído»; Sal 119:74: «En tu palabra he esperado». Un predicador sabio podría hallar en ellos una serie de discursos sobre la experiencia cristiana.
Vers. 43. «No quites de mi boca en ningún tiempo la palabra de verdad.» No me impidas abogar por ti dejándome sin liberación; pues ¿cómo podría seguir proclamando tu palabra si viera que me falla? Tal parece ser el curso del sentido. La palabra de verdad no puede ser gozo en nuestra boca a menos que la hayamos experimentado en nuestra vida, y puede ser sabio callar si no podemos respaldar nuestros testimonios con el veredicto de nuestra conciencia. Esta oración puede referirse también a otras maneras en que podemos quedar incapacitados para hablar en nombre del Señor: por ejemplo, cayendo en pecado manifiesto, abatiéndonos y desesperándonos, padeciendo enfermedad o trastorno mental, no hallando puerta de elocuencia o no encontrando auditorio dispuesto. El que una vez ha predicado el evangelio de corazón se llena de horror ante la idea de ser apartado del ministerio; suplicará que se le permita una pequeña parte en el santo testimonio, y tendrá sus sábados mudos por días de destierro y castigo.
«Porque en tus juicios espero.» Había esperado que Dios apareciera y defendiera su causa, para poder hablar con confianza acerca de su fidelidad. Dios es el autor de nuestras esperanzas, y podemos con toda propiedad suplicarle que las cumpla. Los juicios de su providencia son el resultado de su palabra; lo que dice en las Escrituras lo cumple de hecho en su gobierno; podemos, pues, esperar que se muestre fuerte en favor de sus propias amenazas y promesas, y no esperaremos en vano.
A los ministros de Dios se les hace callar a veces por los pecados de su pueblo, y les conviene suplicar contra tal juicio; mucho mejor es que padezcan enfermedad o pobreza que no que la lámpara del evangelio se apague entre ellos, y que así queden para perecer sin remedio. El Señor nos libre a los que somos sus ministros de ser hechos instrumentos para infligir tal castigo. Mostremos una alegre esperanza en Dios, para poder alegarla en oración ante él cuando amenace cerrarnos los labios.
Al final de este versículo hay una declaración de lo que el salmista había hecho con respecto a la palabra del Señor, y en esto los terceros versículos de las octavas suelen parecerse. Véase Sal 119:35: «porque en ella tengo mi voluntad»; Sal 119:43: «en tus juicios espero»; Sal 119:51: «mas no me he apartado de tu ley»; Sal 119:59: «volví mis pies a tus testimonios»; y Sal 119:67, Sal 119:83, Sal 119:99, etc. Estos versículos darían una admirable serie de meditaciones.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 42. «Y daré por respuesta», etc. Tendré algo con qué replicar a los que me calumnian. Así respondió el Salvador a las sugerencias del tentador casi por entero con pasajes de la Escritura (Mt 4:4, Mt 4:7, Mt 4:10); y así, en muchos casos, la mejor respuesta que puede darse a las afrentas sobre el tema de la religión se hallará en las mismas palabras de la Escritura. Un hombre de poca instrucción, salvo la que ha sacado de la Biblia, puede con frecuencia silenciar así las cavilaciones y afrentas del escéptico erudito; un hombre de piedad sencilla y pura, sin más arma que la palabra de Dios, puede con frecuencia estar mejor armado así que si tuviera a su disposición todos los argumentos de las escuelas. Compárese Ef 6:17. Albert Barnes.
Vers. 42. «Y daré por respuesta», etc. Cuando el corazón se da cuenta de una salvación asegurada, se ve provisto de abundantes respuestas para quienes se burlan de los deleites de la fe. Henry Law.
Vers. 42. «Y daré por respuesta», etc. Hugo Cardinalis observa que hay tres clases de blasfemos contra los piadosos: los demonios, los herejes y los calumniadores. Al diablo hay que responderle con la palabra interior de la humildad; a los herejes, con la palabra exterior de la sabiduría; a los calumniadores, con la palabra activa de una buena vida. Richard Greenham.
Vers. 42. «Y daré por respuesta», etc. Pues les daría una respuesta breve y verdadera: que confío en tu palabra; pongo mi confianza en ti, que puedes cumplir tus promesas porque eres omnipotente, y las cumplirás porque eres misericordioso. William Nicholson.
Vers. 42. «Y daré por respuesta», etc. Esto sigue a la frase «conforme a tu dicho». Los cristianos deben aprender del ejemplo de David qué oponer a las afrentas y falsas acusaciones de los enemigos de la verdad. Nada se logra con injurias; hay que tomar armas de la palabra de Dios, y estas son poderosas, por la fe en Dios, para derribar al mismo diablo y a sus instrumentos. Porque con armas de esta clase el mismo Salvador derrotó a Satanás en el desierto (Mt 4:1-11); y Pablo (Ef 6:10-18) se pone él mismo, y recomienda al soldado cristiano, el cinto de la verdad divina, la coraza de justicia, el calzado del evangelio, el escudo de la fe y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios. Solomon Gessler.
Vers. 42. «Con qué responder», etc. No se prohíbe a los creyentes responder, con modestia y plenamente, a los que los afrentan, y refutar la mentira. Véase Pr 26:5; 27:11. Pero poder responderles se recibe como una bendición de Dios. Martin Geier.
Vers. 42-43. En Sal 119:42 hay un juego con los dos sentidos del término «palabra», así: «y responderé una palabra a mis afrentadores, porque he confiado en tu palabra». Habiendo confiado en tu palabra de promesa, tendré una palabra de réplica que darles cuando tú oigas misericordiosamente esta oración. No quites de mi boca tu palabra de verdad (es decir, de promesa); déjame tenerla todavía para hablar de ella ante mis enemigos y para descansar en ella con mi propia alma. Si Dios dejara de cumplir su palabra de promesa, esta quedaría, en el sentido aquí contemplado, totalmente quitada de su boca. Henry Cowles.
SUGERENCIAS PARA LOS PREDICADORES.
Vers. 42. La respuesta de la fe a la afrenta se halla en que ella confía en la palabra de Dios.
Vers. 42-43, 47. Fe, esperanza y amor. «Confío.» «He esperado.» «He amado.» La fe combatiendo, la esperanza testificando, el amor obedeciendo.
Salmos 119:43
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 43. «No quites de mi boca la palabra de verdad», etc. Es bien sabido que los hombres, cuando amenaza la persecución, o niegan por completo la verdad, o la confiesan débil y tibiamente; pero para que esto no le suceda a él, David ruega aquí: Oh Señor, no quites de mi boca en ningún tiempo la palabra de verdad; es decir, hazme confesar siempre, con ánimo intrépido, la verdad profesada, con audacia y varonilmente. En el texto hebreo está dak de, «mucho», «muchísimo», o, como lo traduce Agustín, «del todo y por completo»; y piensa que David pedía esto para que, si por debilidad humana llegaba a caer y en algún momento no confesaba con firmeza la palabra, Dios no permitiera que permaneciera en ese estado, sino que lo restaurara y lo afirmara de nuevo; y lo ilustra con el ejemplo de Pedro. Además, David añade la razón que lo ha impulsado a orar así: Porque he esperado, y aun con gran deseo, como significa el verbo hebreo yhl, «tus juicios», con los cuales en el último día pronunciarás abiertamente sentencia sobre herejes, fanáticos y todos los tiranos. Solomon Gesner.
Vers. 43. «No quites de mi boca en ningún tiempo la palabra de verdad.» Se quita la palabra de la boca cuando se le dice al pecador: «¿Qué tienes tú que hablar de mis estatutos?». Y la elocuencia misma enmudece si la conciencia es mala. Las aves del cielo vienen y te quitan la palabra de la boca, así como quitaron la semilla de la palabra de sobre la roca para que no diera fruto. Ambrosio.
Vers. 43. También se nos quita la palabra de la boca cuando, en fuertes tentaciones, todo, por así decirlo, nos falla, y no podemos descubrir dónde afirmarnos: Sal 69:2. Martin Geier.
Vers. 43. «No quites de mi boca en ningún tiempo la palabra de verdad.» A veces tememos hablar por el Salvador, no sea que incurramos en la acusación de hipocresía. Otras veces nos avergüenza hablar, por la ausencia de ese único principio que constriñe, «el amor de Cristo». Y así «la palabra de verdad es quitada de nuestra boca». Muchas veces hemos necesitado una palabra que decir para alivio del pueblo tentado del Señor, y no hemos podido hallarla; de modo que el recuerdo de preciosas oportunidades perdidas bien puede dar voz a la oración: «No quites de mi boca en ningún tiempo la palabra de verdad». No solo no la quites de mi corazón, sino que esté lista en mi boca para una confesión de mi Maestro. Algunos de nosotros conocemos la dolorosa prueba de dar rienda suelta a hábitos y conversación mundanos, cuando la falta de libertad de espíritu nos ha impedido levantarnos con denuedo por nuestro Dios. Quizá aleguemos como excusa del silencio la timidez o una prudente cautela; lo cual, sin embargo, en muchos casos debemos considerarlo un disfraz engañoso de la verdadera causa de la restricción: la falta de comprensión de la misericordia de Dios para con el alma. Charles Bridges.
Vers. 43. «No quites de mi boca en ningún tiempo la palabra de verdad.» ¡Oh, qué servicio puede prestar un cuerpo mudo en la casa de Cristo! ¡Oh, pienso que la palabra de Dios también está aprisionada! ¡Oh, soy un árbol seco! ¡Ay, no puedo ni plantar ni regar! ¡Oh, si mi Señor quisiera hacer de mí siquiera estiércol, para engordar y fertilizar sus propios surcos de trigo en el monte de Sion! ¡Oh, si pudiera hablar siquiera a tres o cuatro pastorcillos de mi digno Maestro, me contentaría con ser el más humilde y oscuro de todos los pastores de esta tierra, y vivir en cualquier lugar, en cualquiera de los más bajos edificios anexos de Cristo! Pero él dice: «Muchacho, no te enviaré; no tengo recados para ti por allá». Mi deseo de servirle está enfermo de celos, no sea que él no quiera emplearme… Estoy muy bien en todo sentido, toda alabanza a aquel en cuyos libros he de quedar para siempre como su deudor. Solo me duele mi silencio. Tenía un gozo fuera del cielo, después de Cristo mi Señor, y era predicarlo a esta generación incrédula; y me lo han quitado. Era para mí como el único ojo del pobre, y me han sacado ese ojo. Samuel Rutherford.
Vers. 43. «Porque en tus juicios espero.» La palabra mishpatim, juicio, significa o bien la ley, o bien la ejecución de su sentencia.
- La ley o toda la palabra de Dios; de modo que «en tus juicios he esperado» no es más que: en tu palabra espero; como dice: «Esperé yo a Jehová, esperó mi alma; en su palabra he esperado» (Sal 130:5).
- La correspondiente ejecución de la ley, cuando se cumple la promesa o la amenaza. (1) Cuando se cumple la promesa: eso es juicio en cierto sentido, cuando Dios lleva a cabo lo que ha prometido para nuestra salvación y liberación. Así se dice que Dios juzga a su pueblo cuando le hace justicia y lo salva conforme a su palabra: «Tú has visto, oh Jehová, mi agravio; defiende mi causa» (Lm 3:59). (2) Pero la noción más usual de juicio es la ejecución de la amenaza sobre los hombres malos; lo cual, siendo un beneficio para los fieles siervos de Dios y hecho en su favor, bien puede decirse que David lo espera. Su «juicio» es que nosotros obtengamos la promesa. Thomas Manton.
Vers. 43-44. Señor, déjame tener la palabra de verdad en «mi boca» para poder confiar ese sagrado depósito a la generación venidera (2 Ti 2:2), y por ellos sea transmitido a las edades siguientes; así será guardada «tu ley» «siempre, para siempre y eternamente», es decir, de una generación a otra, conforme a aquella promesa (Is 59:21): «Mis palabras que puse en tu boca no faltarán de tu boca, ni de la boca de tu descendencia, ni de la boca de la descendencia de tu descendencia». Matthew Henry.
SUGERENCIAS PARA LOS PREDICADORES.
Vers. 43. Cómo podría ser silenciado el verdadero predicador, y su ruego para que no lo sea.
Salmos 119:44
Vers. 44. «Y guardaré tu ley siempre, para siempre y eternamente.» Nada ata más eficazmente a un hombre al camino del Señor que la experiencia de la verdad de su palabra, hecha carne en forma de misericordias y liberaciones. La fidelidad del Señor no solo abre nuestra boca contra sus adversarios, sino que también une nuestro corazón a su temor y hace cada vez más intensa nuestra unión con él. Las grandes misericordias nos hacen sentir una gratitud inexpresable que, al no poder expresarse en el tiempo, promete ocupar la eternidad con alabanzas. Para un corazón encendido de gratitud, el «siempre, hasta la eternidad y la perpetuidad» del texto no parecerá redundante; más aún, la hipérbole de Addison en su famoso verso solo parecerá sensatez sólida:
«Por toda la eternidad a ti
un cántico gozoso levantaré;
pero ¡oh!, la eternidad es demasiado corta
para expresar toda tu alabanza.» Addison.
Solo la gracia de Dios puede capacitarnos para guardar sus mandamientos sin quebranto y sin fin; el amor eterno debe concedernos vida eterna, y de ella saldrá la obediencia perpetua. No hay otro modo de asegurar nuestra perseverancia en la santidad sino que la palabra de verdad permanezca en nosotros, como David oró que permaneciera con él.
El versículo comienza con «así», como el Sal 119:42. Cuando Dios concede su salvación somos tan favorecidos que silenciamos a nuestro peor enemigo y glorificamos a nuestro mejor amigo. La misericordia responde a todo. Si Dios nos da solamente la salvación, podemos vencer al infierno y comulgar con el cielo, respondiendo a las afrentas y guardando la ley, y eso hasta el fin, por los siglos de los siglos.
No debemos pasar por alto otro sentido que aquí se sugiere. David oró para que la palabra de verdad no fuera quitada de su boca, y así guardaría la ley de Dios; es decir, con el testimonio público tanto como con la vida personal cumpliría la voluntad divina y confirmaría los lazos que lo ataban a su Señor para siempre. Sin duda, la gracia que nos capacita para dar testimonio con la boca es una gran ayuda tanto para nosotros mismos como para otros: sentimos que los votos del Señor están sobre nosotros y que no podemos volvernos atrás.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 44. «Y guardaré tu ley siempre», etc. Que el Señor guarde nuestro corazón en la fe, y nuestra boca y nuestro hombre exterior en el curso de la confesión y la obediencia, es la causa de nuestra perseverancia. David Dickson.
Vers. 44. «Y guardaré.» Obsérvese que la promesa de obediencia se introduce a modo de argumento: «Así guardaré»; «así», es decir, esto me animará, esto me capacitará.
Primero, el que se le concedieran sus peticiones le daría ánimo: cuando Dios responde a nuestra esperanza y expectativa, la gratitud debe excitarnos y avivarnos para dar toda clase de obediencia. Si él nos da un corazón y un poco de libertad para confesar su nombre y servirle, no debemos ser remisos ni vacilantes, sino andar estrechamente con él.
Segundo, esto le daría ayuda y fuerza. Si Dios nos da ayuda cada día, permaneceremos; si no, caemos y vacilamos; esto será un medio de su perseverancia, no solo para comprometerlo y obligarlo, sino para ayudarlo a mantenerse hasta el fin.
Obsérvese luego la constancia de esta obediencia: «Siempre, para siempre y eternamente». David no la guardaría por un arrebato, ni por unos pocos días, ni por un año, sino siempre, hasta el fin de su vida. Hay aquí tres palabras de un mismo sentido: «siempre», «para siempre» y «eternamente». Y la Septuaginta lo expresa así: «Guardaré tu ley siempre, y para siempre, y para siempre jamás»; allí son cuatro palabras. Este amontonar de palabras no es en vano.
- Muestra la dificultad de la perseverancia: a menos que los creyentes persistan con firmeza en resistir la tentación, pronto serán desviados del camino; por eso David ata fuertemente su corazón: debemos hacerlo ahora, y siempre, hasta el fin.
- Expresa la vehemencia de su afecto: los que están profundamente afectados por algo suelen expresarse con la mayor amplitud que pueden. Como Pablo, que tenía un profundo sentido del poder de Dios: «La supereminente grandeza de su poder, según la acción de la potencia de su fuerza» (Ef 1:19). Acumula varias palabras porque era tan grande su sentimiento de ellas; así David aquí acumula palabras: «siempre, y para siempre, y eternamente, y para siempre jamás».
- Algunos piensan que las palabras son tantas para expresar no solo esta vida, sino la que ha de venir. Las guardaré siempre, y para siempre jamás; es decir, todos los días de mi vida y en el otro mundo. Así Crisóstomo: «Las guardaré siempre», etc., señala la otra vida, donde habrá una guarda pura y exacta de la ley de Dios. Aquí estamos cada hora en peligro, pero entonces seremos puestos fuera de todo peligro, y sin temor de pecar permaneceremos en una justicia plena y perfecta; esperamos lo que aún no hemos alcanzado, y esto nos anima para el presente: así haría él expresarse a David.
- Si hemos de distinguir estas palabras, supongo que implican la continuidad y la perpetuidad de la obediencia; la continuidad de la obediencia, que serviría a Dios continuamente, sin interrupción; y la perpetuidad de la obediencia, que serviría a Dios para siempre jamás, sin deserción ni rebeldía, en todo tiempo y hasta el fin. La constancia y la perseverancia en la obediencia son su recomendación. Thomas Manton.
Vers. 44. «Y guardaré tu ley siempre.» Es decir, si no quitas de mi boca la palabra de tu verdad, «guardaré siempre tu ley». «Sí, hasta la edad y la edad de la edad»: muestra lo que significa «siempre». Porque a veces por «siempre» se entiende mientras vivimos aquí; pero esto no es «hasta la edad y la edad de la edad». Pues es mejor traducirlo así que como lo tienen algunos ejemplares: «hasta la eternidad y la edad de la edad», ya que no podrían decir «y hasta la eternidad de la eternidad». Debe entenderse, pues, aquella ley de la cual dice el apóstol: «El amor es el cumplimiento de la ley». Porque esta será guardada por los santos, de cuya boca no es quitada la palabra de verdad, es decir, por la propia iglesia de Cristo, no solo durante este mundo, es decir, hasta que este mundo termine, sino por otro mundo que se llama mundo sin fin. Porque allí no recibiremos los mandamientos de la ley, como aquí, para guardarlos, sino que guardaremos la plenitud de la ley misma sin temor alguno de pecar; porque amaremos más plenamente a Dios cuando lo hayamos visto; y también al prójimo; pues «Dios será todo en todos»; ni habrá lugar para sospecha falsa alguna acerca del prójimo, donde ningún hombre estará oculto a nadie. Agustín.
Vers. 44. «Siempre, para siempre y eternamente.» El lenguaje de este versículo es muy enfático. La obediencia perfecta constituirá una gran parte de la felicidad celestial por toda la eternidad; y cuanto más nos acercamos a ella en la tierra, más anticipamos la felicidad del cielo. Nota en la Comprehensive Bible de Bagster.
Sugerencias para el predicador
Vers. 44. La perpetuidad de la vida de gracia. De qué depende: «Así». Cuán enteramente es compatible con el libre albedrío: «Yo guardaré». Cuán continua es, y cuán eterna.
Vers. 44. El cielo comenzado aquí abajo.
- La vida presente del creyente guardando la ley de Dios.
- El cuidado continuo del creyente por guardar la ley de Dios.
- La perspectiva eterna del creyente guardando la ley de Dios para siempre jamás. C. A. D.
Sal 119:45*
Vers. 45-47. Libertad de andar. Libertad de hablar. Libertad de corazón.
Vers. 45-48. El verdadero hombre libre disfruta de
- Libre andar con Dios.
- Libre hablar acerca de Dios.
- Libre amor a Dios.
- Libre ejercicio del alma: (a) en la práctica santa; (b) en la meditación celestial. W. Durban.
Vers. 45-48. Cinco cosas que el salmista se promete aquí con la fuerza de la gracia de Dios.
- Que será libre y desembarazado en su deber: «Y andaré en libertad».
- Que será osado y valeroso en su deber: «Hablaré de tus testimonios delante de los reyes».
- Que será alegre y agradable en su deber: «Me regocijaré en tus mandamientos».
- Que será diligente y vigoroso en su deber: «Me regocijaré en tus mandamientos».
- Que será pensativo y considerado en su deber: «Meditaré en tus estatutos». M. Henry.
Sal 119:46*
Bosquejos sobre las palabras clave del salmo, por el pastor C. A. Davis.
Vers. 121-122. La doble apelación.
- De la integridad consciente: «Juicio y justicia he hecho», etc.
- De la deficiencia consciente: «Afianza a tu siervo para bien». C. A. D.
Sal 119:122*
Vers. 122. «Afianza a tu siervo para bien.» Responde por mí. No dejes a tu pobre siervo morir a manos de su enemigo y tuyo. Toma mis intereses y entrelázalos con los tuyos, y sal por mí. Como mi Maestro, asume la causa de tus siervos, y represéntame ante los rostros de los hombres altivos hasta que vean qué augusto aliado tengo en el Señor mi Dios.
«No me oprimirán los soberbios.» Tu intervención servirá para mi rescate: cuando los soberbios vean que tú eres mi abogado, esconderán la cabeza. Habríamos sido aplastados bajo nuestro soberbio adversario el diablo si nuestro Señor Jesús no se hubiera interpuesto entre nosotros y el acusador, y no se hubiera hecho fiador por nosotros. Por su fianza escapamos como un ave del lazo del cazador. ¡Qué bendición poder dejar nuestros asuntos en manos de nuestro Fiador, sabiendo que todo irá bien, pues él tiene respuesta para todo acusador y reprensión para todo calumniador!
Los hombres buenos temen la opresión, porque hace enloquecer aun al sabio, y elevan sus clamores al cielo pidiendo liberación; y no clamarán en vano, porque el Señor asumirá la causa de sus siervos y peleará sus batallas contra los soberbios. La palabra «siervo» se usa sabiamente como argumento de favor para sí mismo, y la palabra «soberbios» como argumento contra sus enemigos. Parece inevitable que los hombres soberbios se conviertan en opresores, y que se deleiten sobre todo en oprimir a los hombres verdaderamente piadosos.
Vers. 126-128.
- Un hecho terrible: «Han invalidado tu ley»: Sal 119:126.
- Dos benditas inferencias: «Por eso», «por eso», etc.: Sal 119:127-128.
Salmos 119:45
Vers. 45. «Y andaré en libertad, porque busqué tus mandamientos.» Los santos no hallan esclavitud en la santidad. El Espíritu de santidad es un espíritu libre; pone a los hombres en libertad y los capacita para resistir todo esfuerzo por someterlos a servidumbre. El camino de la santidad no es una senda para esclavos, sino el camino real para hombres libres, que viajan gozosos desde el Egipto de la esclavitud hasta el Canaán del reposo. Las misericordias de Dios y su salvación, al enseñarnos a amar los preceptos de la palabra, nos ponen en feliz reposo; y cuanto más busquemos la perfección de nuestra obediencia, más gozaremos de completa emancipación de toda forma de esclavitud espiritual. David estuvo en cierta época de su vida en gran esclavitud por haber seguido una política torcida. Engañó a Aquis con tanta persistencia que se vio llevado a actos de ferocidad para ocultarlo, y debió de sentirse muy desdichado en su posición antinatural de aliado de los filisteos y capitán de la guardia personal de su rey. Debió de temer que, cayendo en los caminos torcidos de la falsedad, la verdad ya no estuviera en su lengua, y por eso rogó a Dios que de algún modo obrara su liberación y lo pusiera en libertad de tal esclavitud. Con cosas terribles en justicia le respondió el Señor en Siclag: el lazo se rompió, y escapó.
El versículo está unido al que lo precede, pues comienza con la palabra «Y», que sirve de gancho para unirlo a los versículos anteriores. Menciona otro de los beneficios que se esperan de la venida de las misericordias de Dios. El hombre de Dios había mencionado el silencio de sus enemigos (Sal 119:42), poder para proseguir en el testimonio (Sal 119:43) y perseverancia en la santidad; ahora se detiene en la libertad, que, después de la vida, es lo más querido para todos los hombres valientes. Dice: «Andaré», indicando su avance diario por la vida; «en libertad», como quien ha salido de la cárcel, sin estorbo de adversarios, sin cargas que lo agobien, sin grillos, con amplio campo y recorriéndolo sin temor. Tal libertad sería peligrosa si un hombre se buscara a sí mismo o a sus propias concupiscencias; pero cuando el único objeto que se busca es la voluntad de Dios, no hay necesidad de refrenar al que busca. No hace falta restringir al hombre que puede decir: «Busqué tus mandamientos». Obsérvese que en el versículo anterior dijo que guardaría la ley; pero aquí habla de buscarla. ¿No quiere decir que obedecerá lo que sabe y se esforzará por saber más? ¿No es este el camino hacia la forma más elevada de libertad: trabajar siempre por conocer la mente de Dios y conformarse a ella? Los que guardan la ley seguramente la buscan, y se esmeran por guardarla más y más.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 45. «Y andaré en libertad.» Dondequiera que Dios perdona el pecado, lo sujeta (Mi 7:19). Entonces se quita el poder condenatorio del pecado cuando se quita su poder de mando. Si un malhechor está en la cárcel, ¿cómo sabrá que su príncipe lo ha perdonado? Si viene el carcelero, le quita las cadenas y los grillos y lo deja salir de la prisión, entonces puede saber que está perdonado; así, ¿cómo sabremos que Dios nos ha perdonado? Si los grillos del pecado se han roto y andamos en libertad por los caminos de Dios, esta es una señal bendita de que estamos perdonados. Thomas Watson.
Vers. 45. «Y andaré en libertad, porque busqué tus mandamientos.» Así como el que se aparta de confesar la verdad de Dios se arroja a apuros, peligros y ataduras, así el que sostiene la confesión de la verdad anda como hombre libre; la verdad lo hace libre. David Dickson.
Vers. 45. «Y andaré en libertad, porque busqué tus mandamientos.» Cuando la Biblia dice que el hombre guiado por el Espíritu no está bajo la ley, no quiere decir que sea libre porque pueda pecar sin ser castigado por ello; quiere decir que es libre porque, enseñado por el Espíritu de Dios a amar lo que su ley manda, ya no es consciente de actuar por coacción. La ley no lo impulsa, porque lo guía el Espíritu… Hay un estado, hermanos, en que reconocemos a Dios, pero no amamos a Dios en Cristo. Es ese estado en que admiramos lo excelente, pero no somos capaces de realizarlo. Es un estado en que el amor del bien se reduce a nada, extinguiéndose en un mero deseo. Ese es un estado de naturaleza, cuando estamos bajo la ley y no convertidos al amor de Cristo. Y luego hay otro estado, cuando Dios escribe su ley en nuestros corazones por amor en vez de por temor. Un estado es este: «no puedo hacer lo que quisiera»; el otro estado es este: «andaré en libertad, porque busqué tus mandamientos». Frederick William Robertson, 1816-1853.
Vers. 45. «Y andaré en libertad.» La mente del salmista abarca el ensanchamiento de su posición. Hace poco se sentía como un hombre apretado, encerrado entre rocas, en un paso estrecho y peligroso del que no podía salir. Ustedes conocen las características de Canaán, y pueden concebir fácilmente la posición de un viajero que explora su temido camino por uno de los pasos de montaña. El viajero que tenemos delante ha llegado a pisar suelo seguro. Ahora, de repente, favorecido del Altísimo y consciente de estar en su camino, se halla en un lugar espacioso, y anda holgadamente: «Y andaré en libertad, porque busqué tus mandamientos». Había investigado diligentemente todo lo que el Señor había ordenado, y buscando conformarse a ello, sintió que podía andar con comodidad. Se recrea en su emancipación espiritual. El malhechor secreto de buena apariencia no puede conocer en absoluto esta libertad espiritual. Mientras un hombre se halla en falta, y sobre todo un hombre de conciencia delicada, se siente atado por todos lados, abatido de ánimo y en mala situación. ¡A qué ensanchamiento de ánimo despierta un hombre cuando se hace consciente de estar en el camino señalado por Dios! Y está realmente en libertad; porque la buena providencia de Dios lo rodea y su gracia lo sostiene. John Stephen.
Vers. 45. El que va por el camino trillado y recto no tendrá zarzas que le golpeen los ojos. Proverbio sajón.
Vers. 45-48. Cinco cosas que David se promete aquí con la fuerza de la gracia de Dios.
- Que será libre y desembarazado en su deber: Andaré en libertad: libre de lo malo, no trabado con los grillos de mis propias corrupciones, y libre para lo bueno.
- Que será osado y valeroso en su deber: Hablaré de tus testimonios delante de los reyes.
- Que será alegre y agradable en su deber: Me regocijaré en tus mandamientos, conversando con ellos, conformándome a ellos.
- Que será diligente y vigoroso en su deber: Alzaré mis manos a tus mandamientos; lo cual denota no solo un vehemente deseo hacia ellos, sino una estrecha aplicación de la mente a su observancia.
- Que será pensativo y considerado en su deber: Meditaré en tus estatutos. Matthew Henry.
Vers. 45-48. En estos cuatro versículos explica, una por una, en qué consiste la observancia de la ley; cosa que prometió cuando dijo en el cuarto versículo de esta sección que observaría la ley de Dios en sus palabras, en su mente y en sus actos; y el profeta parece, como habiendo sido oído, haber cambiado de pronto su modo de hablar, pues dice: «Y andaré en libertad». Cuando la misericordia de Dios me visitó, anduve no por los caminos estrechos del temor, sino por el ancho del amor; es decir, observé la ley de buena gana, gozosamente, con todos los afectos de mi corazón, «porque busqué tus mandamientos» como cosa grande y de suma importancia que alcanzar; «y hablaré» abierta y valerosamente sobre la justicia de su santísima ley, aun «delante de los reyes, y no me avergonzaré»; y constantemente revolví la ley en mi mente e hice de sus misterios el tema de mi meditación, «y alzaré mis manos» para cumplir sus altos y sublimes mandamientos; es decir, sus mandamientos sumamente perfectos y arduos. Finalmente, de todos los modos, en el corazón, en la mente, en la palabra, «me ejercité en tus justificaciones». Robert Bellarmine.
Salmos 119:46
Vers. 46. «Hablaré de tus testimonios delante de los reyes, y no me avergonzaré.» Esto es parte de su libertad; está libre del temor a los más grandes, soberbios y tiránicos de los hombres. David fue llamado a comparecer ante reyes cuando era un desterrado; y más tarde, siendo él mismo monarca, conoció la tendencia de los hombres a sacrificar su religión a la pompa y a la razón de estado; pero su resolución era no hacer nada semejante. Santificaría la política y haría saber a los gabinetes que solo el Señor gobierna entre las naciones. Como rey hablaría a los reyes acerca del Rey de reyes. Dice: «Hablaré»: la prudencia podría haber sugerido que su vida y su conducta bastarían, y que sería mejor no tocar el tema de la religión en presencia de personajes reales que adoraban a otros dioses y pretendían tener razón al hacerlo. Ya había hecho preceder con toda propiedad esta resolución con la declaración: «Andaré»; pero no hace de su conducta personal una excusa para un silencio pecaminoso, pues añade: «Hablaré». David reclamó libertad religiosa y cuidó de usarla, pues dijo abiertamente lo que creía, aun estando en la más alta compañía. En lo que dijo cuidó de ceñirse a la propia palabra de Dios, pues dice: «Hablaré de tus testimonios». Ningún tema se iguala a este, y no hay manera de tratarlo como la de mantenerse cerca del Libro y usar su pensamiento y su lenguaje. El gran obstáculo para hablar de temas santos en todas las compañías es la vergüenza, pero el salmista «no se avergonzará»; no hay de qué avergonzarse, y no hay excusa para avergonzarse, y sin embargo muchos callan como muertos por temor de que alguna criatura como ellos se ofenda. Cuando Dios da gracia, la cobardía pronto se desvanece. El que habla por Dios con el poder de Dios no se avergonzará al comenzar a hablar, ni mientras habla, ni después de haber hablado; porque su tema es digno de reyes, necesario a los reyes y provechoso para los reyes. Si los reyes se oponen, bien podemos avergonzarnos de ellos, pero nunca de nuestro Maestro que nos envió, ni de su mensaje, ni de su propósito al enviarlo.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 46. «Hablaré de tus testimonios delante de los reyes.» En sus palabras parece creer que está en posesión de lo que antes pidió. Había dicho: «No quites de mi boca la palabra de verdad», y ahora, como si hubiera obtenido lo que pedía, se levanta y sostiene que no callaría, aun si fuera llamado a hablar en presencia de reyes. Afirma que de buena gana se pondría al frente en defensa de la gloria de Dios ante todo el mundo. Juan Calvino.
Vers. 46. «Hablaré de tus testimonios delante de los reyes.» El terror de los reyes y de los hombres de poder es un estorbo ordinario para la libre confesión de la verdad de Dios en tiempo de persecución; pero la fe en la verdad, sostenida en el corazón por Dios, es capaz de producir una confesión a toda costa. David Dickson.
Vers. 46. «Hablaré de tus testimonios delante de los reyes.» Antes de llegar a la corona, los reyes fueron a veces sus jueces, como Saúl y Aquis; pero si era llamado ante ellos para dar razón de la esperanza que había en él, hablaría de los testimonios de Dios, y profesaría edificar su esperanza sobre ellos, y los haría su consejo, su guardia, su corona, su todo. Nunca debemos temer reconocer nuestra religión, aunque nos exponga a la ira de los reyes, sino hablar de ella como de aquello por lo cual viviremos y moriremos, como los tres jóvenes ante Nabucodonosor, Dn 3:16; Hch 4:20. Después de llegar David a la corona, los reyes fueron a veces sus compañeros, lo visitaron, y él les devolvió las visitas; pero no, por complacencia hacia ellos, hablaba de todo menos de religión por miedo de ofenderlos y hacerles incómoda su conversación: no; los testimonios de Dios serán el tema principal de su conversación con los reyes, no solo para mostrar que no se avergonzaba de su religión, sino para instruirlos en ella y ganarlos para ella. Es bueno que los reyes oigan los testimonios de Dios, y adornará la conversación de los mismos príncipes hablar de ellos. Matthew Henry.
Vers. 46. «Hablaré de tus testimonios delante de los reyes.» Los hombres de mayor santidad han sido hombres de mayor denuedo; testigos Nehemías, los tres jóvenes, Daniel y todos los santos profetas y apóstoles: Pr 28:1: «El impío huye sin que nadie lo persiga; mas el justo está confiado como un león», sí, como un leoncillo, como dice el hebreo, uno que está en su sangre caliente y no teme bandera alguna, y es más osado que todos los demás. La santidad hizo a Daniel no solo tan osado como un león, sino capaz de intimidar a los leones con su osadía. Lutero fue un hombre de gran santidad y de gran denuedo: testigo su estar firme contra todo el mundo; y cuando el emperador lo mandó llamar a Worms, y sus amigos lo disuadían de ir, como a veces disuadieron a Pablo, dijo: «Iré, ciertamente iré, ya que se me manda llamar en el nombre de nuestro Señor Jesucristo; sí, aunque supiera que en Worms hay tantos demonios para resistirme como tejas para cubrir las casas, aun así iría». Y cuando el mismo autor y sus compañeros se veían amenazados con muchos peligros de parte de opositores por todos lados, dejó caer este discurso heroico y magnánimo: «Vamos, cantemos el Salmo 46, y que hagan luego lo peor que puedan». Latimer fue un hombre de mucha santidad, considerando la oscuridad y la profanidad de aquellos tiempos en que vivió, y un hombre de mucho valor y denuedo; testigo su presentar al rey Enrique VIII, como regalo de Año Nuevo, un Nuevo Testamento envuelto en un pañuelo, con este mote o lema: «A los fornicarios y a los adúlteros Dios los juzgará». Thomas Brooks.
Vers. 46. Nótese que en este versículo se nos enseña a evitar cuatro vicios. Primero, el exceso de silencio: por eso dice: «Hablaré». Segundo, la locuacidad inútil: «de tus testimonios». Los doctores hebreos dicen que diez medidas de conversación descendieron a la tierra, que nueve fueron llevadas por las mujeres, pero una quedó para todo el resto del mundo. Jerónimo exhorta con razón a todos los cristianos: «Consagra tu boca al evangelio: no quieras abrirla para naderías o fábulas». Tercero, se nos enseña a evitar la cobardía: «delante de los reyes». Porque, como se dice (Pr 29:25): «El temor del hombre pondrá lazo». Cuarto y último, se nos enseña a evitar la timidez vergonzosa: «y no me avergonzaré». Thomas Le Blanc.
Vers. 46. «No me avergonzaré.» Es decir, no seré derribado de mi posición ni de mi esperanza; no tendré miedo; ni por temor al peligro o a la afrenta evitaré o renunciaré a la confesión; ni me vencerán los terrores o las amenazas. D. H. Mollerus.
Vers. 46-48. En estos tres últimos versículos David promete un triple deber de gratitud. Primero, el servicio de su lengua. Luego, el servicio de sus afectos. Tercero, el servicio de sus acciones. Una buena conciencia da siempre gran consuelo; y una vida honrada da gran denuedo para hablar sin temor ni vergüenza, como ven ustedes en David ante Saúl, en Elías ante Acab, en Pablo ante Agripa, ante Festo y ante Félix. William Cowper.
SUGERENCIAS PARA LOS PREDICADORES.
Vers. 46-48. Labios, corazón y manos.
- La profesión pública de la palabra de Dios («Hablaré», Sal 119:46) debe estar respaldada por
- El deleite privado en la palabra de Dios («Me regocijaré», Sal 119:47), que debe resultar en
- La obediencia práctica a la palabra de Dios («Alzaré mis manos», Sal 119:48).
Vers. 46.
- Los verdaderamente fervientes deben hablar.
- No les faltan buenos temas: «Tus testimonios». El campo es ilimitado, la variedad interminable.
- Nunca temen a ningún auditorio: «delante de los reyes». W. W.
Salmos 119:47
Vers. 47. «Y me regocijaré en tus mandamientos, que he amado.» Después de la libertad y el denuedo viene el deleite. Cuando hemos cumplido nuestro deber, hallamos en él una gran recompensa. Si David no hubiera hablado por su Maestro delante de los reyes, habría tenido miedo de pensar en la ley que había descuidado; pero después de hablar en favor de su Señor siente una dulce serenidad de corazón al meditar en la palabra. Obedece el mandamiento y lo amarás; lleva el yugo y será fácil, y el reposo vendrá por él. Después de hablar de la ley, el salmista no se cansó de su tema, sino que se retiró a meditar en ella; discurrió y luego se deleitó, predicó y luego se retiró a su estudio para renovar sus fuerzas alimentándose una vez más de la preciosa verdad. Deleitara o no a otros cuando hablaba, nunca dejó de deleitarse a sí mismo cuando meditaba en la palabra del Señor. Declara que amaba los mandamientos del Señor, y con esta confesión descubre la razón de su deleite en ellos: donde está nuestro amor, está nuestro deleite. David no se deleitaba en las cortes de los reyes, porque allí hallaba lugares de tentación a la vergüenza, sino que en las Escrituras se sentía en casa; su corazón estaba en ellas, y le daban supremo placer. No es de extrañar que hablara de guardar la ley, que amaba; Jesús dice: «El que me ama, mi palabra guardará». No es de extrañar que hablara de andar en libertad y de hablar con denuedo, porque el verdadero amor es siempre libre y sin temor. El amor es el cumplimiento de la ley; donde el amor a la ley de Dios reina en el corazón, la vida tiene que estar llena de bienaventuranza. Señor, que vengan a nosotros tus misericordias para que amemos tu palabra y tu camino, y hallemos en ellos todo nuestro deleite.
El verbo está en futuro, y por eso expresa no solo lo que David había hecho, sino lo que haría; en tiempo venidero se deleitaría en los mandamientos de su Señor. Sabía que no cambiarían ni dejarían de darle gozo. Sabía también que la gracia lo mantendría en la misma disposición de corazón hacia los preceptos del Señor, de modo que durante toda su vida hallara supremo deleite en la santidad. Su corazón estaba tan fijo en el amor a la voluntad de Dios que estaba seguro de que la gracia lo mantendría siempre bajo su deleitable influencia.
Todo el salmo es fragante de amor a la palabra, pero aquí, por primera vez, se habla expresamente de amor. Aquí se une al deleite, y en Sal 119:165 a «gran paz». Todos los versículos en que el amor se declara en tantas palabras son dignos de nota. Véanse Sal 119:47, Sal 119:97, Sal 119:113, Sal 119:119, Sal 119:127, Sal 119:140, Sal 119:159, Sal 119:163, Sal 119:165, Sal 119:167.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 47. «Y me regocijaré en tus mandamientos.» Es pobre consuelo para el creyente poder hablar bien a otros sobre los caminos de Dios, e incluso «llevar el oprobio» de su pueblo, cuando su propio corazón está frío, insensible y apagado. Anhela «deleite» en esos caminos; y se deleitará en ellos. Charles Bridges.
Vers. 47. El que quiera predicar con denuedo a otros debe él mismo «deleitarse» en la práctica de lo que predica. Si hay en nosotros una nueva naturaleza, «amará los mandamientos de Dios» por serle connaturales; en lo que amamos estaremos continuamente «meditando», y nuestra meditación terminará en acción; «levantaremos las manos caídas» (He 12:12), para «hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar» (Jn 9:4). George Horne.
Vers. 47. «Tus mandamientos, que he amado.» Sobre la palabra «amado», el carmelita cita dos dichos de antiguos filósofos, que recomienda a la aceptación de quienes han aprendido la más verdadera filosofía del evangelio. El primero es la respuesta de Aristóteles a la pregunta de qué provecho había sacado de la filosofía: «He aprendido a hacer sin coacción lo que otros hacen por temor a la ley». El segundo es un dicho muy parecido de Aristipo: «Si se perdieran las leyes, todos viviríamos como vivimos ahora que están en vigor». Y para nosotros todo el versículo se resume en las palabras de un Maestro mayor que ellos: «El que me ama, mi palabra guardará»: Jn 14:23. Neale y Littledale.
Vers. 47-48. Lo que en la palabra es una ley de precepto, en el corazón es una ley de amor; lo que en una es una ley de mandato, en el otro es una ley de libertad. «El amor es el cumplimiento de la ley», Gá 5:14. La ley del amor en el corazón es el cumplimiento de la ley de Dios en el Espíritu. Bien puede decirse que está escrita en el corazón cuando un hombre la ama. Como decimos que una cosa amada está en nuestro corazón, no físicamente sino moralmente, así se dijo que Calais estaba en el corazón de la reina María. Habrían podido buscar mucho tiempo antes de hallar allí el plano de la ciudad; pero el dolor por haberla perdido la mató. Es un amor inexpresable. David se deleita en mencionarlo en dos versículos seguidos: Me regocijaré en tus mandamientos, que he amado. Alzaré también mis manos a tus mandamientos que amé; y a menudo en el salmo repite la afirmación. Antes de la nueva creación no había afecto a la ley: era no solo letra muerta, sino letra diabólica en la estima del hombre; deseaba verla borrada del mundo y otra más grata a la carne promulgada. Quería ser ley para sí mismo; pero cuando esta ley se escribe dentro de él, queda tan complacido con la inscripción que por nada del mundo querría estar sin esa ley y sin el amor a ella; mientras que la obediencia que antes le rendía era por temor, ahora es por afecto; no solo por la autoridad del legislador, sino por la pureza de la ley misma. La sostendría con todas sus fuerzas contra el poder del pecado dentro de él y los poderes de las tinieblas fuera de él. Le gusta contemplar esta ley; considera cada rasgo de ella y se detiene en cada uno con deleitosos arrobos. Si su ojo se aparta, o su pie se desvía, ¡cómo se deshace en lágrimas, se lamenta y gime hasta que su afecto anterior recobra el aliento y se pone de pie! Stephen Charnock.
Salmos 119:48
Vers. 48. «Alzaré asimismo mis manos a tus mandamientos que amé.» Se extenderá hacia la perfección hasta donde pueda, esperando alcanzarla algún día; cuando sus manos caigan, se animará a salir del desfallecimiento con la perspectiva de glorificar a Dios por la obediencia; y dará señal solemne de su cordial asentimiento y consentimiento a todo lo que su Dios manda. La frase «alzar mis manos» está llena de sentido, y sin duda el dulce cantor quiso decir todo lo que podemos ver en ella, y mucho más. Otra vez declara su amor; porque un corazón sincero ama expresarse; es una especie de fuego que tiene que lanzar sus llamas. Era natural que se extendiera hacia una ley en la cual se deleitaba, como un niño tiende las manos para recibir un regalo que anhela. Cuando se nos presenta un objeto tan hermoso como la santidad, estamos obligados a elevarnos hacia él con toda nuestra naturaleza, y hasta que eso se cumpla plenamente debemos al menos alzar nuestras manos en oración hacia ella. Adonde van las manos santas y los corazones santos, todo el hombre irá un día.
«Y meditaré en tus estatutos.» Nunca puede tener bastante meditación sobre la mente de Dios. Los súbditos amantes desean estar familiarizados con los estatutos de su soberano, pues les preocupa no ofender por ignorancia. La oración con las manos alzadas y la meditación con los ojos mirando hacia arriba, en feliz unión, producirán los mejores resultados interiores. La oración del Sal 119:41 ya se ha cumplido en el hombre que así lucha hacia arriba y estudia profundamente. Todo este versículo está en futuro, y puede verse no solo como una determinación de la mente de David, sino como un resultado que sabía que seguiría de que el Señor le enviara sus misericordias y su salvación. Cuando la misericordia desciende, nuestras manos se alzarán; cuando Dios, en su favor, piensa en nosotros, seguro que pensamos en él. Dichoso el que está con las manos alzadas tanto para recibir la bendición como para obedecer el precepto; no esperará en vano al Señor.
Esta octava trata del consuelo de la palabra. Comienza buscando el consuelo principal, a saber, el cumplimiento de la promesa por el Señor, y luego muestra cómo la palabra nos sostiene en la aflicción y nos hace tan impermeables a la burla que la conducta áspera de los malvados nos mueve más bien al horror de su pecado que a someternos a sus tentaciones. Luego se nos muestra cómo la Escritura provee cantos para los peregrinos y recuerdos para los que velan de noche; y el salmo concluye con la afirmación general de que toda esta felicidad y este consuelo nacen de guardar los estatutos del Señor.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 48. «Alzaré asimismo mis manos a tus mandamientos», etc. El deber que David promete aquí a Dios es el servicio de sus acciones: que alzará sus manos a la práctica de los mandamientos de Dios. El reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder; somos discípulos de aquel Maestro que primero comenzó a hacer y luego a enseñar. Pero ahora el mundo está lleno de cristianos mutilados; o les falta un oído y no pueden oír la palabra de Dios, o una lengua y no pueden hablar de ella; o, si tienen ambos, les faltan manos y no pueden practicarla. William Cowper.
Vers. 48. «Alzaré asimismo mis manos.» Alzar las manos se entiende de varias maneras, y significa:
- Orar: como en Sal 28:2; Lm 2:19; Hab 3:10.
- Bendecir a otros: como Lv 9:22; Sal 134:2.
- Jurar: como Gn 14:22; Éx 6:8.
- Emprender algún asunto importante: como Gn 41:44: «sin ti ninguno alzará su mano», es decir, intentará algo o lo llevará a cabo; Sal 10:12: «alza tu mano», es decir, eficazmente, para traer ayuda; He 12:12: «levantad las manos», etc.; es decir, estimular con fuerza a los cristianos.
Quizá todos estos sentidos puedan acomodarse al presente pasaje; pues es posible que sea:
- Oración pidiendo la gracia divina para cumplir los preceptos; o
- Bendición, es decir, alabanza a Dios por ellos y por las ventajas que de ellos nos han venido: lo cual aprueba el traductor siríaco, que añade: «y me gloriaré en tu fidelidad»; o
- Voto, o juramento de obediencia constante, etc.; o
- Emprendimiento activo y ferviente de ellos; que también parece ser aquí lo principalmente significado. Henry Hammond, en Synopsis Poli.
Vers. 48. «Alzaré asimismo mis manos a tus mandamientos»; prometiéndoles obediencia: Gn 14:22. William Kay.
Vers. 48. «Alzaré asimismo mis manos.» Presentaré toda víctima y sacrificio que la ley requiere. Haré oración y súplica ante ti, alzando manos santas, sin ira ni duda. Adam Clarke.
Vers. 48. «Alzaré asimismo mis manos.» Aben Ezra explica (y quizá con razón) que la metáfora, en este lugar, está tomada del gesto de quienes reciben a alguien a quien se alegran o se enorgullecen de ver. Daniel Cresswell, 1776-1844.
Vers. 48. Alzaré mis manos con admiración de tus preceptos, «y meditaré en tus estatutos». W. Green, en «A New Translation of the Psalms», 1762.
Vers. 48. Alzar la mano es un gesto que denota prontitud e intención especial al hacer algo. «Mis manos» (dice David) «alzaré también a tus mandamientos»; como el hombre que está dispuesto a hacer algo y se dispone a hacerlo alza la mano, así se describe al hombre piadoso alzando la mano para cumplir los mandamientos de Dios. Joseph Caryl.
Vers. 48. «Tus mandamientos.» Por mandamientos entiende la palabra de Dios; pero es más poderoso que eso; no dice: he amado tu palabra, sino: he amado aquella parte de tu palabra que son tus «mandamientos», la parte mandatoria. Hay algunas partes de la voluntad y la palabra de Dios que hasta los impíos se contentarán con amar. Está la parte de las promesas; todos los hombres recogen y atrapan las promesas, y les muestran amor. La razón es clara: hay placer, provecho, ganancia y ventaja en las promesas; pero un alma piadosa no mira solo a las promesas, sino a los mandamientos. La piedad mira a Cristo como Legislador además de como Salvador, y no solo como Mediador, sino como Señor y Maestro; no solo vive por fe, sino que vive por regla; hace, en verdad, de las promesas el sostén y el báculo de la vida del cristiano, pero hace de los mandamientos de Dios el nivel. Un corazón piadoso sabe que algún mandamiento está implícito en la calificación y condición de toda promesa; sabe que el cumplimiento de las promesas pertenece a Dios, pero el cumplimiento de los mandamientos nos pertenece a nosotros. Por eso mira así el gozo de lo prometido: primero hará lo mandado. No hay esperanza de alcanzar consuelo en la promesa sino guardando el precepto; por eso pone el énfasis: «He amado tu palabra», es verdad, y toda tu palabra, y esta parte, la mandatoria: «He amado tus mandamientos».
Obsérvese el número: «tus mandamientos»; está en plural, es decir, todos tus mandamientos sin excepción; de otro modo, hasta los impíos se contentarán con amar algunos mandamientos, si pueden escogerlos ellos mismos. Richard Holdsworth (1590-1649), en «The Valley of Vision».
Vers. 48. «Que amo», o «que he amado», como en Sal 119:47, cuyos términos se repiten estudiadamente con un bello efecto retórico, que se realza más aún con la «y» del comienzo, que funde ambos versículos, por así decirlo, en una sola oración. Como si dijera: Derivaré mi felicidad de tus mandamientos, que amo y he amado, y a estos mandamientos, que amo y he amado, alzaré a una mis manos y mi corazón. Joseph Addison Alexander.
Vers. 48. «Meditaré.» Es en la santa meditación sobre la palabra de Dios donde se manifiestan todas las gracias del Espíritu. ¿Qué es el principio de la fe sino la confianza del alma en las promesas de la palabra? ¿Qué es la sensación del temor piadoso sino el alma temblando ante las amenazas de Dios? ¿Cuál es el objeto de la esperanza sino la gloria de Dios aprehendida? ¿Cuál es la excitación del deseo o del amor sino las contemplaciones anhelantes y entrañables del Salvador y de sus inefables bendiciones? De modo que apenas podemos concebir las influencias de la gracia separadas de la meditación espiritual en la palabra. Charles Bridges.
Vers. 48. El siríaco tiene una adición al Sal 119:48 que me sorprende que no se haya advertido. La adición es: «y me gloriaré en tu fidelidad». Dathe dice en una nota que los SETENTA parecen haber leído alguna adición semejante, aunque no exactamente la misma. Edward Thomas Gibson, 1819-1880.
SUGERENCIAS PARA LOS PREDICADORES.
Vers. 48.
- El amor renovando su actividad.
- El amor refrescándose con alimento espiritual.
Vers. 48.
- La Escritura en la mano para leer. A menudo en la mano.
- En la mente para meditar: «Meditaré», etc.
- En el corazón para amar: «Que he amado». G. R.
Vers. 48. La religión ocupó todo el ser de David: manos, corazón, cabeza.
- Las manos alzadas.
(a) Prestando juramento de lealtad a la palabra de Dios.
Gn 14:22; Ez 20:28. Para recibir sus doctrinas, obedecer sus preceptos, atender sus advertencias, sostener su honra.
(b) Implorando una bendición sobre la palabra de Dios. Gn 48:14;
Lv 9:22; Lc 24:50. Para que su luz se extienda: «Vuela lejos, poderoso evangelio»; para que su influencia se haga universal.
- El corazón leal.
(a) Esto explica las manos alzadas. Él mismo había amado la palabra. La religión es primero interior, luego exterior. Debemos amarla antes de preocuparnos por difundirla.
(b) Pero ¿qué explica el corazón leal? La palabra le había traído salvación, le había dado sustento, le había ofrecido guía. Amamos el mundo por sus efectos gozosos sobre nosotros mismos.
- La mente estudiosa.
(a) La devota meditación es la mejor ocupación.
(b) La Palabra de Dios ofrece un campo grandioso para ella.
(c) Meditando en ella se aprende a amarla: «he amado», «meditaré». H. W.
Vers. 48.
- Los mandamientos de Dios amados. Amamos la ley cuando amamos al Legislador. Amamos su voluntad solo cuando nuestros corazones están reconciliados y renovados. De ahí la necesidad de renovación espiritual.
- Los mandamientos de Dios, tema de oración: «Alzaré asimismo mis manos». Perowne dice: «La expresión denota el acto de oración». Podemos orar por un conocimiento más pleno, una experiencia más profunda, una obediencia más pronta y más perfecta.
- Un tema de meditación. En medio de la prisa de las actividades exteriores no debemos olvidar la necesidad de la meditación tranquila. H. W.
Salmos 119:49
Vers. 49. «Acuérdate de la palabra dada a tu siervo.» No pide una promesa nueva, sino que se cumpla la antigua palabra. Está agradecido de haber recibido una palabra tan buena, la abraza con todo su corazón, y ahora ruega al Señor que obre con él conforme a ella. No dice: «acuérdate de mi servicio a ti», sino: «de tu palabra a mí». Las palabras de los amos a los siervos no son siempre tales que los siervos quieran que sus señores las recuerden; porque suelen fijarse en las faltas y fallos del trabajo hecho, en cuanto no concuerda con la palabra de mando. Pero los que servimos al mejor de los amos no tememos que una sola de sus palabras caiga a tierra, pues el Señor recordará con tanta bondad su palabra de mando como para darnos gracia con que obedecerla, y unirá a ella el recuerdo de su palabra de promesa, de modo que nuestros corazones sean consolados. Si la palabra de Dios a nosotros como sus siervos es tan preciosa, ¿qué diremos de su palabra a nosotros como sus hijos?
El salmista no teme un fallo en la memoria del Señor, sino que se sirve de la promesa como argumento, y esta es la forma en que habla, a la manera de los hombres cuando abogan unos con otros. Cuando el Señor recuerda los pecados de su siervo y los trae ante su conciencia, el penitente clama: Señor, acuérdate de tu palabra de perdón, y por tanto no te acuerdes más de mis pecados e iniquidades. Hay un mundo de sentido en esa palabra «acuérdate», dirigida a Dios; se usa en la Escritura en el sentido más tierno, y conviene a los afligidos y abatidos. El salmista clamó: «Acuérdate, oh Jehová, de David, y de toda su aflicción»; Job también oró para que el Señor le señalara plazo y se acordara de él. En el presente caso la oración es tan personal como el «Acuérdate de mí» del ladrón, pues su esencia está en las palabras «a tu siervo». De nada nos serviría que la promesa fuera recordada para todos los demás si no se cumpliera en nosotros mismos; pero no hay temor, porque el Señor nunca ha olvidado una sola promesa a un solo creyente.
«En la cual me has hecho esperar.» El argumento es que Dios, habiendo dado gracia para esperar en la promesa, ciertamente nunca defraudaría esa esperanza. No puede habernos hecho esperar sin motivo. Si esperamos en su palabra, tenemos una base segura: nuestro misericordioso Señor nunca se burlaría de nosotros excitando falsas esperanzas. La esperanza que se demora enferma el corazón; de ahí la petición de recuerdo inmediato de la palabra que anima. Además, es la esperanza de un siervo, y no es posible que un amo grande y bueno defraude a su dependiente; si la palabra de tal amo no se cumpliera, solo sería por descuido; de ahí el clamor ansioso: «Acuérdate». Nuestro gran Maestro no olvidará a sus propios siervos ni defraudará la expectativa que él mismo ha suscitado: porque somos del Señor y procuramos recordar su palabra obedeciéndola, podemos estar seguros de que él pensará en sus propios siervos y recordará su propia promesa cumpliéndola.
Este versículo es la oración del amor que teme ser olvidado, de la humildad consciente de su insignificancia y ansiosa de no ser pasada por alto, del temblor de que el mal de su pecado ensombrezca la promesa, del deseo que anhela la bendición y de la santa confianza que siente que lo que se necesita está comprendido en la palabra. Que el Señor recuerde solamente su promesa, y el acto prometido es como si ya estuviera hecho.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 49. «Acuérdate de la palabra dada a tu siervo», etc. Los que hacen de las promesas de Dios su porción pueden con humilde denuedo hacer de ellas su argumento. Dios dio la promesa en la que el salmista esperaba, y la esperanza con que abrazaba la promesa. Matthew Henry.
Vers. 49. «Acuérdate de la palabra dada a tu siervo», etc. Cuando oigamos alguna promesa en la palabra de Dios, convirtámosla en oración. Las promesas de Dios son sus pagarés. Demándale por su pagaré. Le agrada que luchemos con él por sus promesas. Señor, tú has hecho esta y aquella promesa; no puedes negarte a ti mismo, no puedes negar tu propia verdad; no puedes dejar de ser Dios, y tan bien podrías dejar de ser Dios como negar tu promesa, que es tú mismo. «Señor, acuérdate de tu palabra.» «Te recuerdo tu promesa, en la cual me has hecho esperar.» Si soy engañado, tú me has engañado. Tú has hecho estas promesas y me has hecho confiar en ti, y «nunca fallas a los que confían en ti; por tanto, guarda tu palabra para conmigo». Richard Sibbes.
Vers. 49. «Acuérdate de la palabra dada a tu siervo», etc. Dios promete la salvación antes de darla, para excitar nuestro deseo de ella, ejercitar nuestra fe, probar nuestra sinceridad y perfeccionar nuestra paciencia. Con estos fines parece a veces haber olvidado su palabra y haber abandonado a aquellos a quienes se había comprometido a socorrer y aliviar; en cuyo caso quiere que, por así decirlo, le recordemos su promesa y le pidamos que la cumpla. El salmista nos instruye aquí a presentar nuestra petición sobre estos fundamentos: primero, que Dios no puede ser infiel a su propia palabra: «Acuérdate de tu palabra»; segundo, que nunca defraudará una expectativa que él mismo ha suscitado: «en la cual me has hecho esperar». George Horne.
Vers. 49, 52, 55. «Acuérdate.» «Me acordé.» Así como David ruega al Señor que recuerde su promesa, así protesta, en Sal 119:52, que se acordó de los juicios de Dios y fue consolado; y en Sal 119:55, que se acordó del nombre del Señor en la noche. Es burlarse de Dios desear que recuerde la promesa que nos hizo cuando no tenemos conciencia de la promesa que le hemos hecho a él. Pero ¡ay!, cuántas veces fallamos en este deber, y por nuestra propia culpa disminuimos el consuelo que podríamos tener de las promesas de Dios en el día de nuestra angustia. William Cowper.
Vers. 49. «Tu siervo.» Asegúrense de su calificación; pues David ruega aquí en parte como siervo de Dios y en parte como creyente. Primero: «Acuérdate de la palabra dada a tu siervo»; y luego: «en la cual me has hecho esperar». Hay una doble calificación: con respecto al precepto de sujeción y a la promesa de dependencia. El precepto está antes que la promesa. Tienen derecho a las promesas, y pueden con justicia echar mano de ellas, los que son siervos de Dios; los que se aplican a obedecer sus preceptos, solo ellos pueden aplicarse rectamente sus promesas. Nadie puede reclamar la gracia que recompensa sino los que son partícipes de la gracia que santifica. Aclaren que son siervos de Dios, y entonces estas promesas que se ofrecen en general son suyas, tanto como si su nombre estuviera insertado en la promesa y escrito en la Biblia. Thomas Manton.
Vers. 49. «Me has hecho esperar.» Recordemos, primero, que las promesas que se nos hacen son de la libre misericordia de Dios; segundo, que la gracia para creer, que es la condición de la promesa, es también de él mismo, pues «la fe es don de Dios»; tercero, que los argumentos con que confirma nuestra fe en la certeza de nuestra salvación se toman de él mismo, no de nosotros. William Cowper.
SUGERENCIAS PARA LOS PREDICADORES.
Bosquejos sobre las palabras clave del salmo, por el pastor C. A. Davis.
Vers. 49-56. Esperanza en la aflicción. Surge de la palabra de Dios (Sal 119:49). Produce consuelo (Sal 119:50), aun en la angustia causada por los impíos (Sal 119:51-53). Alegra la peregrinación del creyente y sus santas horas de la noche (Sal 119:54-56).
SUGERENCIAS PARA LOS PREDICADORES.
Vers. 49.
- Lo personal de la palabra: «La palabra dada a tu siervo».
- La aplicación de la palabra: «en la cual me has hecho esperar».
- El ruego de la palabra: «Acuérdate de la palabra», etc.
Vers. 49. La palabra de esperanza.
- La palabra de Dios, fundamento de la esperanza humana. (El hecho de una revelación. La sustancia de la revelación.)
- Palabras particulares de Dios que se han hallado peculiarmente encendedoras de esperanza.
- El ruego de tales palabras ante el trono de la gracia. C. A. D.
Salmos 119:50
Vers. 50. «Ella es mi consuelo en mi aflicción, porque tu dicho me ha vivificado.» Quiere decir: Tu palabra es mi consuelo, o bien: el hecho de que tu palabra me haya traído vida es mi consuelo. O quiere decir que la esperanza que su palabra le había dado era su consuelo, porque Dios lo había vivificado por ella. Sea cual fuere el sentido exacto, está claro que el salmista tenía una aflicción, una aflicción propia, que llama «mi aflicción»; que tenía consuelo en ella, un consuelo especialmente suyo, pues lo llama «mi consuelo»; y que sabía cuál era ese consuelo y de dónde venía, pues exclama: «Ella es mi consuelo». El hombre mundano se aferra a su bolsa de dinero y dice: «Este es mi consuelo»; el derrochador señala su alegre vida y grita: «Este es mi consuelo»; el borracho levanta su copa y canta: «Este es mi consuelo»; pero el hombre cuya esperanza viene de Dios siente el poder vivificador de la palabra del Señor, y testifica: «Este es mi consuelo». Pablo dijo: «Yo sé a quién he creído». El consuelo es deseable en todo tiempo; pero el consuelo en la aflicción es como una lámpara en un lugar oscuro. Algunos no pueden hallar consuelo en esos momentos; pero no ocurre así con los creyentes, a quienes su Salvador ha dicho: «No os dejaré huérfanos». Unos tienen consuelo y no tienen aflicción, otros tienen aflicción y no tienen consuelo; los santos tienen consuelo en su aflicción.
La palabra nos consuela con frecuencia al aumentar la fuerza de nuestra vida interior: «Este es mi consuelo: tu palabra me ha vivificado». Vivificar al hombre es alegrar al hombre entero. A menudo el camino más corto hacia el consuelo es la santificación y el fortalecimiento. Si no podemos disipar la niebla, quizá podamos subir a un nivel más alto y así elevarnos por encima de ella. Las pruebas que nos abruman cuando estamos medio muertos se vuelven meras nimiedades cuando estamos llenos de vida. Así hemos sido levantados muchas veces en espíritu por la gracia vivificadora, y volverá a suceder, porque el Consolador sigue con nosotros, el Consuelo de Israel vive para siempre, y el mismo Dios de paz es por siempre nuestro Padre. Al mirar atrás sobre nuestra vida pasada, hay un motivo de consuelo en cuanto a nuestro estado: la palabra de Dios nos ha dado vida y nos ha mantenido vivos. Estábamos muertos, pero ya no lo estamos. De ahí concluimos con gozo que, si Dios hubiera querido destruirnos, no nos habría vivificado. Si fuéramos solo hipócritas dignos de burla, como dicen los soberbios, no nos habría reavivado con su gracia. Haber experimentado la vivificación es una fuente de ánimo.
Mira cómo este versículo se convierte en oración en Sal 119:107: «Vivifícame, oh Jehová, conforme a tu palabra». La experiencia nos enseña a orar y nos provee argumentos en la oración.
Vers. 51. «Los soberbios se burlaron mucho de mí.» Los hombres soberbios nunca aman a los hombres piadosos, y como les temen, encubren su temor bajo un desprecio fingido. En este caso su odio se manifestó en la burla, y esa burla fue ruidosa y prolongada. Cuando querían divertirse, se divertían a costa de David porque era siervo de Dios. Los hombres deben de tener unos ojos extraños para ver una farsa en la fe y una comedia en la santidad; y sin embargo, es lamentablemente cierto que los hombres escasos de ingenio suelen provocar una gran carcajada burlándose de un santo. Los pecadores engreídos hacen de los hombres piadosos pelotas de fútbol. Les parece una diversión estrepitosa caricaturizar a un fiel miembro del «Club Santo»; sus métodos de vida cuidadosa son material para sus chistes sobre «el metodista»; y su odio al pecado pone a sus lenguas a hablar del puritanismo de cara larga y de la hipocresía mojigata. Si David fue muy escarnecido, no esperemos nosotros escapar al desprecio de los impíos. Todavía hay multitudes de hombres soberbios sobre la faz de la tierra, y si encuentran a un creyente en la aflicción serán lo bastante ruines y crueles para burlarse a su costa. Es propio del hijo de la esclava burlarse del hijo de la promesa.
«Mas no me he apartado de tu ley.» Así los burladores fallaron su blanco: rieron, pero no vencieron. El hombre piadoso, lejos de desviarse del camino recto, ni siquiera aflojó el paso ni de ninguna manera decayó en sus santas costumbres. Muchos se habrían apartado, muchos se han apartado, pero David no lo hizo. Es honrar demasiado a los necios ceder ante ellos aunque sea un punto. Su alegría profana no nos hará daño si no hacemos caso de ella, así como la luna no sufre nada por los perros que le ladran. La ley de Dios es nuestro camino real de paz y seguridad, y quienes querrían sacarnos de él a fuerza de risas no nos desean ningún bien.
Por Sal 119:61 notamos que David no fue vencido por el despojo de sus bienes, como tampoco por estas crueles burlas. Véase también Sal 119:157, donde la multitud de perseguidores y enemigos vio frustrados sus intentos de hacerlo apartarse de los caminos de Dios.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 50. Ella es mi consuelo, etc. La palabra de promesa era el consuelo de David, porque la palabra lo había vivificado para recibir consuelo. El original admite otro matiz de pensamiento: «Este es mi consuelo: que tu palabra me ha vivificado». Tenía dentro de sí la feliz experiencia; sentía el poder de la palabra, que reaviva, restaura y da vida, al leerla, al detenerse en ella, al meditar en ella y al entregarse al camino de la palabra. El creyente tiene todas las infalibles promesas de Dios en que apoyarse, y al apoyarse gana fuerzas por sus propias y felices experiencias de la fidelidad de la palabra. John Stephen.
Vers. 50. Mi consuelo. «Tu palabra.» Dios nos ha dado sus Escrituras, su palabra; y los consuelos que de allí se sacan son fuertes, porque son sus consuelos, ya que vienen de su palabra. La palabra de un príncipe consuela, aunque él no esté allí para pronunciarla. Aunque llegue por una carta o por un mensajero, aquel cuya palabra es, es capaz de cumplir su palabra. Es Señor y Dueño de su palabra. La palabra de Dios es consoladora, y todas las razones que hay en ella, y que de ella se deducen, con buen fundamento y consecuencia, son consoladoras, porque es la palabra de Dios. Esos consuelos de la palabra de Dios, y las razones que de ella se derivan, son maravillosos por su variedad. Hay consuelo por la libertad del cristiano, que tiene libre acceso al trono de la gracia; consuelo por las prerrogativas del cristiano, que es hijo de Dios, que está justificado, que es heredero del cielo, y cosas semejantes; consuelos por las promesas de gracia, de la presencia de Dios, de la ayuda por su presencia. Richard Sibbes.
Vers. 50. Consuelo. «Nejamá», consolación; de donde se derivó el nombre de Nehemías. La palabra aparece solo en Job 6:10.
Vers. 50. Consuelo. El verbo hebreo traducido «consolar» significa primero arrepentirse y luego consolar. Y ciertamente el gozo más dulce procede de las lágrimas más seguras. Las lágrimas engendran gozo espiritual. Cuando Ana hubo llorado, se fue y ya no estuvo triste. La abeja recoge la mejor miel de las hierbas más amargas. Cristo hizo el mejor vino del agua.
Los consuelos del evangelio son, primero, consuelos inefables, 1 P 1:8; Fil 4:4. Segundo, son reales, Jn 14:27; todos los demás son solo consuelos aparentes, consuelos pintados. Tercero, son consuelos santos, Is 64:5; Sal 138:5; fluyen de un Espíritu Santo, y del Espíritu Santo nada puede venir que no sea santo. Cuarto, son los consuelos más grandes y fuertes, Ef 6:17. Pocas cabezas y corazones son capaces de soportarlos, como pocas cabezas son capaces de soportar los vinos fuertes. Quinto, llegan al hombre interior, al alma, 2 Ts 2:17, la parte noble del hombre. «Mi alma se alegra en Dios mi Salvador.» Nuestros otros consuelos solo alcanzan el rostro; no se hunden tan hondo como el corazón. Sexto, son los consuelos que más llenan el alma y más la satisfacen, 1 Ts 4:3. Los otros consuelos no pueden alcanzar el alma, y por eso no pueden llenarla ni satisfacerla. Séptimo, consuelan en las angustias más tristes, en la noche más oscura y en el día más borrascoso, Sal 94:19; He 3:7-8. Octavo, son eternos, 2 Ts 2:16. El gozo de los impíos es como un cristal, brillante y quebradizo, y siempre en peligro de romperse; pero el gozo de los santos es duradero. Thomas Brooks.
Vers. 50. Tu dicho me ha vivificado. Es un consuelo que reanima y que vivifica el alma. Muchas veces parecemos estar muertos a toda operación espiritual, nuestros afectos están apagados y desanimados; pero la palabra de Dios pone vida en los muertos y nos socorre en nuestras mayores angustias. La tristeza produce muerte, pero el gozo es la vida del alma. Ahora bien, cuando estamos muertos a todo sentido y sentimiento, «el justo por la fe vivirá» (He 4:4), y la esperanza que las Escrituras obran en nosotros es «una esperanza viva» (1 P 1:8). Otras cosas cubren la herida con piel, pero nuestra llaga vuelve a reventar y a supurar; la fe penetra hasta lo íntimo del hombre, hace bien al corazón; y el alma revive esperando en Dios, y obtiene vida y fuerza. Thomas Manton.
Vers. 50. Tu dicho me ha vivificado. Aquí, como es evidente por la mención de la «aflicción» y, de hecho, a lo largo de todo el salmo, el verbo «vivificar» no se usa solo en un sentido externo de «preservación de la muerte» (Hupfeld), sino de «reavivar el corazón», «impartir nuevo ánimo», etc. J. J. Stewart Perowne.
Vers. 50. Tu dicho me ha vivificado. Me dio vida cuando yo estaba muerto en pecado; muchas veces me ha hecho vivaz cuando estaba muerto en el deber; me ha vivificado para lo bueno cuando yo era remiso y reacio a ello; y me ha vivificado en lo bueno cuando estaba frío e indiferente. Matthew Henry.
Vers. 50. (Segunda parte). Adora la gracia distintiva de Dios, si has sentido el poder y la autoridad de la palabra sobre tu conciencia; si puedes decir como David: «Tu dicho me ha vivificado». Cristiano, bendice a Dios porque no solo te ha dado su palabra para que sea regla de santidad, sino su gracia para que sea principio de santidad. Bendice a Dios porque no solo ha escrito su palabra, sino que la ha sellado en tu corazón y la ha hecho eficaz. ¿Puedes decir que es de inspiración divina, porque has sentido que es de operación vivificante? ¡Oh gracia gratuita! ¡Que Dios enviara su palabra y te sanara; que te sanara a ti y no a otros! ¡Que la misma Escritura que para ellos es letra muerta fuera para ti olor de vida! Thomas Watson.
Sugerencias para el predicador
Vers. 50. Cada hombre tiene su propia aflicción y su propio consuelo. La piedad vivificada, el mejor consuelo. La palabra, el medio para ello.
Vers. 50.
- La necesidad de consuelo.
- El consuelo necesario. G. R.
Salmos 119:51
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 51. Los soberbios se burlaron mucho de mí. Los santos de Dios se han quejado de esto en todas las edades: David, de sus burladores atareados; los despreciables se mofaban de él. Job fue despreciado por aquellos hijos cuyos padres él habría desdeñado poner con los perros de su ganado, Job 30:1. A José lo apodaron soñador, a Pablo charlatán, a Cristo mismo samaritano y, con intención de afrenta, carpintero... Mical fue estéril, y sin embargo tiene demasiados hijos que desprecian el porte y los ejercicios de santidad. No puede haber mayor prueba de un alma sucia que burlarse de los servicios religiosos. Los corazones mundanos no pueden ver en esas acciones sino necedad y locura; la piedad no les sabe a nada, sino que es desagradable a su paladar. Thomas Adams.
Vers. 51. Los soberbios, etc. La burla procede de la soberbia. Pr 3:34; 1 P 5:5. John Trapp.
Vers. 51. Mucho. La palabra indica «continuamente»; la Septuaginta la traduce por «afuzra», la Vulgata latina por «usque valde» y «usque longe». Se burlaban de él con toda la amargura posible; y día tras día tenían sus escarnios para él, de modo que era una tentación tanto penosa como perpetua. Thomas Manton.
Vers. 51. Burla. David dice que se habían burlado de él por su religión, pero no lo habían burlado hasta sacarlo de su religión. Se reían de él por orar y lo llamaban hipocresía; por su seriedad y la llamaban melancolía; por su rigor y lo llamaban escrupulosidad innecesaria. Matthew Henry.
Vers. 51. Es mucho para un soldado portarse bien bajo el fuego; pero es más todavía que un soldado de la cruz se mantenga firme en el día de su prueba. No daña al cristiano que los perros le ladren. William S. Plumer.
Vers. 50-51. La vida y el vigor que me infundió la promesa que «me vivificó» hicieron que «no me apartara de tu ley», aunque «los soberbios obraron inicuamente en todo», haciendo cuanto podían, con sus burlas hacia mí, para disuadirme de guardarla. Robert Bellarmine.
Sugerencias para el predicador
Vers. 51. El ultraje del hombre soberbio y la constancia del hombre piadoso.
Vers. 51. Fidelidad frente al desprecio.
- Los soberbios se burlan de la sujeción del creyente a la ley de Dios.
- Ridiculizan el deleite del creyente en el servicio de Dios.
- Los enfrenta la resolución del creyente de aferrarse a Dios. 2 S 6:20, 2 S 6:22. C. A. D.
Salmos 119:52
Vers. 52. «Me acordé, oh Jehová, de tus juicios antiguos, y me consolé.» Había pedido al Señor que se acordara, y aquí se acuerda él de Dios y de sus juicios. Cuando no vemos ninguna manifestación presente del poder divino, es sabio recurrir a los registros de épocas pasadas, pues están tan a nuestro alcance como si los hechos fueran de ayer, puesto que el Señor es siempre el mismo. Nuestro verdadero consuelo debe hallarse en lo que nuestro Dios obra en favor de la verdad y del derecho, y como las historias de los tiempos antiguos están llenas de intervenciones divinas, conviene conocerlas a fondo. Además, si tenemos ya años, tenemos la providencia de nuestros primeros días para repasar, y esta no debe olvidarse ni dejarse fuera de nuestros pensamientos. El argumento es bueno y sólido: el que se ha mostrado fuerte en favor de su pueblo creyente es el Dios inmutable, y por tanto podemos esperar liberación de su mano. La mueca burlona de los soberbios no nos turbará cuando recordemos cómo trató el Señor a sus antecesores en épocas pasadas: los destruyó en el diluvio, los confundió en Babel, los ahogó en el mar Rojo, los echó de Canaán; en todas las edades ha desnudado su brazo contra los altivos y los ha quebrado como vasijas de alfarero. Mientras en nuestro propio corazón bebemos humildemente y en quietud de la misericordia de Dios, no nos falta consuelo en tiempos de alboroto y escarnio; porque entonces recurrimos a la justicia de Dios y recordamos cómo él se burla de los burladores: «El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos».
Cuando fue muy escarnecido, el salmista no se sentó a desesperar, sino que reanimó su espíritu. Sabía que el consuelo es necesario para tener fuerza en el servicio y para soportar la persecución, y por eso se consoló. Al hacerlo, recurrió no tanto al lado dulce como al lado severo de los tratos del Señor, y se detuvo en sus juicios. Si podemos hallar dulzura en la justicia divina, ¡cuánto más la percibiremos en el amor y la gracia divinos! ¡Cuán por completo debe de estar en paz con Dios el hombre que puede hallar consuelo no solo en sus promesas, sino en sus juicios! Hasta las cosas terribles de Dios alegran a los creyentes. Saben que nada conviene más a todas las criaturas de Dios que ser gobernadas por una mano fuerte que haga justicia. El justo no teme la espada del gobernante, que solo es terror para los malhechores. Cuando el hombre piadoso es tratado injustamente, halla consuelo en el hecho de que hay un Juez de toda la tierra que vengará a sus escogidos y reparará los males de estos tiempos desordenados.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 52. Me acordé de tus juicios antiguos. Es bueno tener un buen número de ejemplos de los tratos de Dios con sus siervos guardados en el almacén de una memoria santificada, para que por ellos se fortalezca la fe en el día de la aflicción; pues así se nos enseña aquí. David Dickson.
Versículo 52. Me acordé de tus juicios. Se acordó de que al principio Adán, por la transgresión del mandato divino, fue expulsado de su morada en el paraíso; de que Caín, condenado por la autoridad de la sentencia divina, pagó el precio de su crimen parricida; de que Enoc, arrebatado al cielo por su devoción, escapó al veneno de la maldad terrenal; de que Noé, por su justicia vencedor del diluvio, llegó a ser el sobreviviente del género humano; de que Abraham, por su fe, difundió la semilla de su posteridad por toda la tierra; de que Israel, por su paciencia en soportar las pruebas, consagró un pueblo creyente con el signo de su propio nombre; de que el mismo David, por su mansedumbre, habiendo recibido honra regia, fue preferido a sus hermanos mayores. Ambrosio.
Vers. 52. Me acordé, etc. Jerónimo escribe de aquella religiosa dama Paula que se sabía de memoria la mayor parte de las Escrituras. Se nos manda que la «palabra more en abundancia» en nosotros: Col 3:16. La palabra es una joya que adorna al hombre oculto; ¿y no nos acordaremos de ella? «¿Se olvidará la virgen de su atavío?» (Jer 2:32). Los que tienen una enfermedad llamada lientería, en la que la comida sale tan pronto como se come y no permanece en el estómago, no se nutren con ella. Si la palabra no permanece en la memoria, no puede aprovechar. Algunos recuerdan mejor una noticia que un versículo de la Escritura: sus memorias son como esos estanques donde viven las ranas pero mueren los peces. Thomas Watson, en «The Morning Exercises».
Vers. 52. Me acordé de tus juicios, y me consolé. Puede plantearse un caso de conciencia: ¿cómo podía David consolarse con los juicios de Dios, pues parece cosa bárbara deleitarse en la destrucción de alguien? Está dicho: «El que se alegra de la calamidad no quedará sin castigo» (Pr 17:5).
- Debe recordarse que el juicio implica las dos partes de la justa dispensación de Dios: la liberación de los piadosos y el castigo de los impíos. Ahora bien, en el primer sentido no hay motivo de escrúpulo, pues está dicho: «El juicio será vuelto a la justicia» (Sal 94:15); los sufrimientos de los buenos se convertirán en las mayores ventajas, como muestra el contexto: que Dios no abandonará a su pueblo, sino que el juicio será vuelto a la justicia.
- El juicio, en cuanto significa el castigo de los impíos, puede ser también un consuelo, no por lo que implica de calamidad para alguien, sino ya sea:
(a) Que cuando el impío es castigado, se quita el lazo y el atractivo del pecado, que es la esperanza de la impunidad; pues por su castigo los hombres ven que es peligroso pecar contra Dios: «Luego que tus juicios hayan sido en la tierra, los moradores del mundo aprenden justicia» (Is 26:9); el lazo es quitado de muchas almas.
(b) Cesa su burla y escarnio de la piedad; ya no afligen ni traspasan las almas de los piadosos diciendo: «¡Ea, ea!» (Sal 40:15); es como una herida en su corazón cuando dicen: «¿Dónde está tu Dios?» (Sal 42:10). El juicio mata este mal.
(c) Se quitan los impedimentos y estorbos para adorar y servir a Dios: cuando se arrancan las ortigas, el trigo tiene más espacio para crecer.
(c) Se quita la oportunidad de molestar a los siervos de Dios, y se les impide afligir a la iglesia con sus opresiones; y así se abre camino para la expansión del reino de Cristo.
(d) Con ello se manifiesta también la justicia de Dios: cuando a los justos les va bien, la ciudad se alegra: «y cuando los impíos perecen, hay fiestas» (Pr 11:10); «Verán los justos, y temerán; se reirán de él, diciendo: He aquí el hombre que no puso a Dios por su fortaleza» (Sal 52:6-7); alégrense por Babilonia, «santos apóstoles y profetas, porque Dios os ha hecho justicia en ella» (Ap 18:20). Cuando la palabra de Dios se cumple, ciertamente entonces podemos alegrarnos de que su justicia y su verdad queden en claro.
Thomas Manton.
Vers. 52. La palabra «mishpatim», «juicios», se usa en la Escritura ya sea para las leyes decretadas, ya para los juicios ejecutados conforme a esas leyes. Los primeros pueden llamarse los juicios de su boca, como en: «Acordaos de las maravillas que hizo, de sus prodigios y de los juicios de su boca» (Sal 105:5); los otros, los juicios de su mano. Como ambos llevan el nombre de juicios, de ambos puede decirse que son «antiguos». Sus decretos y estatutos, que tienen una equidad eterna y fueron grabados en el corazón del hombre en la inocencia, bien pueden decirse antiguos; y como desde el principio del mundo Dios ha estado castigando a los impíos y librando a los piadosos a su debido tiempo, también sus dispensaciones judiciales pueden decirse así. No importa mucho si lo interpretamos de sus estatutos o de sus decretos, pues ambos contienen materia de consuelo, y podemos ver la ruina de los impíos en la palabra, si no la vemos en la providencia. Sin embargo, prefiero interpretarlo de aquellos actos justos registrados en la Escritura, que Dios, como justo juez, ha ejecutado en todas las edades, conforme a las promesas y amenazas anexas a sus leyes. Solo debo advertirles que, en ese sentido, los juicios implican sus misericordias en la liberación de sus siervos justos, así como sus castigos sobre los impíos: las oportunas intervenciones de su socorro para los unos en sus mayores angustias, así como su justa venganza sobre los otros a pesar de sus más altas prosperidades. Thomas Manton.
Vers. 52, 55. Me acordé de tus juicios, «de tu nombre en la noche». Thomas Fuller escribe así en su «David's Heartie Repentance»:
«Para diversos deberes dividía los días con sensatez, haciendo del cambio de tarea su recreo; para la oración apartaba la preciosa mañana, el mediodía lo legaba a la meditación;
dulces y sagradas historias reservaba para la noche, para leer de la mansedumbre de Moisés, de la fuerza de Sansón: estas eran su gozo, solo estas su deleite.»
Sugerencias para el predicador
Vers. 52. El consuelo que se deriva de repasar los antiguos tratos del Señor con los impíos y con su pueblo.
Vers. 52.
- Los muertos hablan a los vivos.
- Los vivos escuchan a los muertos. G. R.
Vers. 52. Agua dulce de un pozo oscuro.
- Los juicios de Dios están calculados para inspirar terror.
- Pero prueban el cuidado con que Dios vela sobre el mundo.
- Siempre van contra el pecado y a favor de la santidad.
- En todos los tiempos de juicio Dios libra a su pueblo. Noé, Lot, etc.
- Por tanto, los juicios de Dios son una fuente de consuelo para el creyente. G. A. D.
Salmos 119:53
Vers. 53. «Horror se apoderó de mí a causa de los impíos que abandonan tu ley.» Le horrorizó su acción, la soberbia que a ella los llevaba y el castigo que sin duda caería sobre ellos por ello. Cuando pensó en los antiguos juicios de Dios, se llenó de terror por la suerte de los impíos; y con razón. Su risa no lo había angustiado, pero sí lo angustió prever su caída. Verdades que para ellos eran diversión, a él le causaban espanto. Los veía apartarse por completo de la ley de Dios y dejarla como un sendero abandonado y cubierto de maleza por falta de tránsito, y este abandono de la ley lo llenaba de las emociones más dolorosas: se asombraba de su maldad, quedaba aturdido ante su presunción, alarmado por la expectativa de su repentina caída, atónito por el terror de su condenación cierta.
Véanse Sal 119:106 y Sal 119:158, y nótese la ternura que se combinaba con todo esto. Quienes más firmemente creen en el castigo eterno de los impíos son los que más se afligen por su suerte. No es prueba de ternura cerrar los ojos al terrible destino de los impíos. La compasión se muestra mucho mejor tratando de salvar a los pecadores que tratando de hacer que todo resulte agradable para todos. ¡Ojalá todos nos angustiáramos más al pensar en la porción de los impíos en el lago de fuego! El plan popular es cerrar los ojos y olvidarse de todo, o fingir dudar de ello; pero este no es el camino del fiel siervo de Dios.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 53. Horror se apoderó de mí a causa de los impíos. He tenido visiones claras de la eternidad; he visto en alguna medida la bienaventuranza de los piadosos y he anhelado participar de su feliz estado, y he quedado además consolado y satisfecho de que por gracia lo lograré; pero, ¡oh, qué angustia se levanta en mi mente al pensar en una eternidad para los que están sin Cristo, para los que están equivocados y llevan consigo a la tumba sus falsas esperanzas! La vista era tan espantosa que no podía soportarla de ninguna manera: mis pensamientos retrocedieron, y dije (con un sentimiento más conmovedor que nunca): «¿Quién de nosotros habitará con las llamas eternas?». David Brainerd, 1718-1747.
Vers. 53. Horror se apoderó de mí, etc. ¡Oh, quién puede expresar cuál es el estado de un alma en tales circunstancias! Todo lo que podamos decir al respecto da solo una representación muy débil y pálida; es inexpresable e inconcebible; pues ¿quién conoce el poder de la ira de Dios?
¡Cuán espantoso es el estado de los que a diario y a cada hora están en peligro de esta gran ira y de esta miseria infinita! Pero este es el caso lamentable de toda alma en esta congregación que no ha nacido de nuevo, por moral y estricta, sobria y religiosa que pueda ser en lo demás. ¡Ojalá lo consideraran, sean jóvenes o ancianos! Hay motivo para pensar que muchos en esta congregación, que ahora oyen este discurso, serán de hecho sujetos de esta misma miseria por toda la eternidad. No sabemos quiénes son, ni en qué asientos se sientan, ni qué pensamientos tienen ahora. Quizá ahora estén tranquilos y oigan todas estas cosas sin mucha perturbación, y se halaguen pensando que ellos no son las personas, prometiéndose que escaparán. Si supiéramos que hubiera una persona, y una sola, en toda la congregación que fuera a ser sujeto de miseria, ¡qué cosa tan terrible sería pensar en ello! Si supiéramos quién es, ¡qué espectáculo tan terrible sería ver a tal persona! ¡Cómo podría el resto de la congregación alzar sobre ella un clamor lamentable y amargo! Pero, ¡ay!, en lugar de una, ¡cuántas es probable que recuerden este discurso en el infierno! Jonathan Edwards, en un sermón titulado «Sinners in the Hands of an Angry God».
Vers. 53. Horror. «Zilafá» significa propiamente el viento ardiente y pestilente que los árabes llaman simún (véase Sal 11:6); y aquí se usa en sentido figurado para la más horrenda angustia mental; y marca con fuerza la idea que el salmista tenía de la naturaleza corruptora, pestilente y destructiva del pecado. Nota en la «Comprehensive Bible» de Bagster.
Vers. 53. Horror. La palabra para «horror» significa también tempestad o tormenta. Las traducciones varían; algunos lo leen, como Junio, «una tormenta que sorprende a alguien»; Ainsworth, «un horror ardiente se ha apoderado de mí», y lo explica como una tormenta de terror y espanto. La Septuaginta, «athymía katéjei me», «el desfallecimiento y el abatimiento de ánimo me ha poseído»; nuestra propia traducción, «tengo horrible temor»; todas las traducciones, lo mismo que la palabra original, implican una gran perturbación de la mente y una vehemente conmoción; como una tormenta, era motivo de inquietud y temblor para David. Thomas Manton.
Vers. 53. A causa de los impíos que abandonan tu ley. David se dolía no porque él mismo fuera atacado, sino porque la ley de Dios era abandonada; y lamentaba la condenación de quienes así obraban, porque están perdidos para Dios. Así como un buen padre, ante la locura de su hijo, cuando este lo maltrata, no se lamenta de su propia desgracia sino de la miseria del enfermo, y se duele de la injuria no porque caiga sobre él, sino porque el enfermo no sabe lo que hace en su locura; así el hombre bueno, cuando ve que un pecador no reverencia ni honra las canas de un padre, de modo que puede insultarlo en su cara, y que no sabe, en la locura del pecado, qué cosas indecorosas y vergonzosas hace, se duele por él como por quien está a punto de morir, lo lamenta como a quien los médicos han desahuciado. Como un buen médico primero aconseja, luego, aunque reciba palabras duras, aunque sea golpeado, sin embargo, como el hombre está enfermo, lo soporta; y si es maldecido no se va; y no rehúsa ninguna medicina que pueda aplicarse; ni se aparta como de un hombre terco, sino que se esfuerza con toda diligencia por sanarlo como a quien lo ha merecido, ejerciendo no solo la destreza de la ciencia sino también la benignidad de su carácter. Así también el hombre justo, cuando es tratado con desprecio, no se aparta, sino que cuando es calumniado lo considera locura, no depravación; y desea más bien aplicar su propio remedio a la herida, y simpatiza, y se duele no por sí mismo sino por el que sufre una enfermedad incurable. Ambrosio.
Vers. 53. Los impíos que abandonan tu ley; que no solo transgreden la ley del Señor, como todo hombre lo hace, más o menos, sino que voluntaria y obstinadamente la desprecian y la echan tras sus espaldas, y viven en un curso continuo de desobediencia a ella; o que apostatan de la doctrina de la palabra de Dios, niegan voluntariamente la verdad después de haber tenido de ella un conocimiento especulativo, cuyo castigo es muy grave (He 10:26-29); y esto en parte por la osada impiedad de los hombres malos, que extienden su mano contra Dios y se fortalecen contra el Todopoderoso, y corren contra él, con la cerviz del grueso de sus escudos; por la naturaleza espantosa de su pecado, los tristes ejemplos que con ello dan a otros, el daño que se hacen a sí mismos y la deshonra que traen a Dios; y en parte por el terrible castigo que se les infligirá aquí, y en especial después, cuando una horrible tempestad de ira caerá sobre ellos. De ahí que tal temblor se apoderara del salmista; y a menudo sucede que los buenos tiemblan más por los impíos que por sí mismos: véase Sal 119:120. John Gill.
Sugerencias para el predicador
Vers. 53. Las sensaciones de los hombres piadosos ante la vista de los pecadores: horror por su crimen, por su perseverancia en él, por su rechazo de la gracia y por su fin.
Vers. 53. Horrorizado.
- La culpa y el peligro de los pecadores impenitentes.
- El horror y la preocupación de los espectadores piadosos.
- La oración y el trabajo que tal preocupación debe dictar. G. A. D.
Salmos 119:54
Vers. 54. «Cánticos fueron para mí tus estatutos en la casa de mis peregrinaciones.» Como otros siervos de Dios, David sabía que no estaba en casa en este mundo, sino que era un peregrino que lo atravesaba en busca de una patria mejor. Sin embargo, no suspiraba por ello, sino que cantaba. No nos dice nada de sus suspiros de peregrino, sino que habla de sus cánticos de peregrino. Hasta el palacio en que moraba era solo «la casa de su peregrinación», la posada donde descansaba, la estación en que se detenía un breve tiempo. Los hombres suelen cantar cuando llegan a su posada, y así hacía este piadoso viajero; cantaba los cantos de Sión, los estatutos del gran Rey. Los mandamientos de Dios le eran tan conocidos como las baladas de su país, y eran gratos a su gusto y musicales a su oído. Dichoso el corazón que halla su gozo en los mandamientos de Dios y hace de la obediencia su recreo. Cuando la religión se pone en música, marcha bien. Cuando cantamos en los caminos del Señor, se muestra que nuestro corazón está en ellos. Los nuestros son salmos de peregrinos, cánticos de las gradas; pero son tales que podemos cantarlos por toda la eternidad; porque los estatutos del Señor son la salmodia del cielo mismo.
Los santos hallan horror en el pecado y armonía en la santidad. Los impíos huyen de la ley, y los justos cantan de ella. En días pasados hemos cantado los estatutos del Señor, y en este hecho podemos hallar consuelo en la aflicción presente. Puesto que nuestros cantos son tan diferentes de los de los soberbios, podemos esperar unirnos al final a un coro muy distinto y cantar en un lugar muy lejano de su morada.
Nótese cómo en los versículos sextos de sus respectivas octavas encontramos a menudo propósitos de bendecir a Dios o registros de testimonio. En Sal 119:46 es: «Hablaré», y en Sal 119:7: «Te alabaré», mientras que aquí habla de cánticos.
Vers. 54. Cánticos fueron para mí tus estatutos. En las primeras edades era costumbre poner las leyes en verso, para que el pueblo las aprendiera de memoria y las cantara. Williams.
Vers. 54. Cánticos fueron para mí tus estatutos. Los estatutos de Dios son aquí sus «cánticos», que le dan refrigerio espiritual, endulzan las penalidades de la peregrinación y miden y aceleran sus pasos. Franz Delitzsch.
Vers. 54. Cánticos. Los viajeros cantan para engañar la pesadez del camino; así hacía David; y con ello se consolaba del horror de que habla en el versículo Sal 119:53. Grande es el consuelo que viene de cantar salmos con gracia en nuestro corazón. John Trapp.
Vers. 54. «Cánticos.» «Tales cantos tienen poder para aquietar el pulso inquieto del afán, y vienen como la bendición que sigue a la oración.» «Y la noche se llenará de música, y los afanes que infestan el día plegarán sus tiendas como los árabes, y en silencio se escabullirán.» Henry Wadsworth Longfellow (1807-1882).
Vers. 54. Cánticos en la casa de mi peregrinación. ¿Por qué se tacha de entusiasmo con ese nombre todo lo que sea calor en la religión? Se espera calor en el poeta, en el músico, en el erudito, en el enamorado, y hasta en el comerciante se permite, si no se elogia; ¿por qué entonces se lo condena en los asuntos del alma, tema que, infinitamente por encima de todos los demás, exige y merece toda la energía de la mente? ¿Se alegraría un prisionero ante la proclamación de la libertad, y el pecador redimido ha de salir de su cautiverio impasible, sin afecto, sin gratitud ni gozo? No: «Por que con alegría saldréis, y con paz seréis vueltos; los montes y los collados levantarán canción delante de vosotros, y todos los árboles del campo darán palmadas de aplauso». ¿Sentirá el criminal condenado no sé qué emociones cuando, en lugar de la ejecución de la sentencia, recibe un perdón? ¿Y ha de ser el transgresor absuelto insensible y mudo? No: «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones; y no solo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación».
Otros viajeros suelen aliviar la pesadez de su viaje con un canto. Los israelitas, cuando acudían desde los confines del país tres veces al año a Jerusalén para adorar, tenían cantos señalados para ello y viajaban cantando por el camino. Y de los justos se dice: «Cantarán de los caminos de Jehová. Y los redimidos de Jehová volverán, y vendrán a Sión con alegría; y gozo perpetuo habrá sobre sus cabezas». William Jay.
Vers. 54. Cánticos en la casa de mi peregrinación. Mira cómo el Señor, en su sabia dispensación, se acomoda a nuestras flaquezas. Nuestra vida está sujeta a muchos cambios, y Dios por su palabra nos ha provisto también de muchas instrucciones y remedios. Cada cruz tiene su propio remedio, y cada estado de la vida su propia instrucción. A veces nuestro dolor es tan grande que no podemos cantar; entonces oremos: a veces nuestra liberación es tan gozosa que debemos prorrumpir en acción de gracias; entonces cantemos. «¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas.» Oraciones para cada cruz y salmos para cada liberación ha redactado Dios para nosotros por su propio Espíritu; de modo que ahora somos más que inexcusables si faltamos a este deber. William Cowper.
Vers. 54. En la casa de mi peregrinación. Según el original, «la casa de mis peregrinaciones»; es decir, todos los lugares adonde anduve errante durante la persecución de Saúl contra mí. Samuel Burder.
Vers. 54. En la casa de mi peregrinación. Natablus lo explica de su destierro entre los filisteos: que cuando fue apartado de su tierra natal y de sus parientes, y le faltaron todos los demás consuelos, la palabra del Señor le proveyó materia de gozo. Y en verdad, el destierro de los siervos de Dios puede arrojarlos lejos de sus parientes y conocidos; pero los acerca al Señor, y acerca al Señor a ellos. Prueba de ello en Jacob: cuando fue desterrado y pasó toda la noche a la intemperie en el campo, halló una presencia de Dios más familiar que cuando dormía en la tienda con su padre y su madre.
Pero podemos más bien, con Basilio, referirlo a todo el tiempo de la vida mortal de David: «Entiendo que llama a su vida peregrinación». Así Jacob reconoce ante Faraón que su vida era una peregrinación; y Abraham e Isaac moraron en el mundo como extranjeros.
San Pedro nos enseña, pues, como a peregrinos, a abstenernos de los deseos de la carne; y san Pablo, a usar de este mundo como si no lo usáramos, porque la apariencia de este mundo se pasa. De muchas maneras se nos enseña esta lección; pero somos lentos en aprenderla. ¡Ay, qué necedad es esta, que un hombre desee morar en la tierra cuando Dios lo llama a ser ciudadano del cielo! Con todo, grande es el consuelo que tenemos en que las casas en que nos alojamos en la tierra son solo casas de nuestra peregrinación. Los israelitas fieles soportaron su servidumbre en Egipto con más paciencia porque sabían que serían librados de ella. Si las casas de nuestra servidumbre fueran moradas eternas, ¡cuán lamentable sería nuestra condición! Pero gracias a Dios, no son sino chozas de camino y casas de nuestra peregrinación. Tal casa fue el seno de nuestra madre: si hubiéramos estado encerrados allí para siempre, ¡qué carga habría sido para ella, qué esclavitud para nosotros! Tal casa será la tumba; de la cual todos hemos de decir con Job: «El sepulcro será mi casa, y en las tinieblas haré mi cama». Si hubiéramos de permanecer allí para siempre, ¡cuán desconsolado sería nuestro estado! Pero, alabado sea Dios, nuestra casa de morada está arriba; y las casas que cambiamos aquí en la tierra son solo las casas de nuestra peregrinación; y dichoso el que puede vivir de tal modo en el mundo que se estime a sí mismo, en su propia casa, en su propia cama, sí, en su propio cuerpo, un extranjero, por cuanto está ausente del Señor. William Cowper.
Vers. 54. Mi peregrinación. Si a los hombres se los ha llamado peregrinos y a la vida un viaje, podemos añadir que la peregrinación cristiana supera con mucho a todas las demás en los siguientes puntos importantes: en la bondad del camino, en la belleza de las perspectivas, en la excelencia de la compañía y en la gran superioridad del alojamiento dispuesto para el viajero cristiano cuando ha terminado su carrera. H. G. Salter, en «The Book of Illustrations», 1840.
Sugerencias para el predicador
Vers. 54. Aquí hay
- Luz en la oscuridad.
- Compañía en la soledad.
- Actividad en el reposo: «casa de peregrinación». G. R.
Vers. 54. El peregrino alegre.
- El hombre bueno considera su residencia en este mundo solo como la casa de su peregrinación.
- Esa situación, por desventajosa que sea, admite la alegría.
- Las fuentes de su gozo se derivan de las Escrituras. W. Jay.
Vers. 54. Véase «Spurgeon's Sermons», n.º 1652: «The Singing Pilgrim» (El peregrino que canta).
Salmos 119:55*
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 54. Cánticos fueron para mí tus estatutos. El salmista se gozaba, sin duda, como se gozan ahora los buenos,
- En la ley misma; la ley como regla de orden; la ley como guía de conducta; la ley como garantía de seguridad.
- En una ley como la de Dios: tan pura, tan santa, tan apta para promover la felicidad del hombre.
- En la estabilidad de esa ley, como constitutiva de su propia seguridad personal, el fundamento de su esperanza.
- En la ley por su influencia sobre el universo, preservando el orden y asegurando la armonía. Albert Barnes.
Sugerencias para el predicador
Salmos 119:55
Vers. 55. «Me acordé en la noche de tu nombre, oh Jehová.» Cuando otros dormían, yo despertaba para pensar en ti, en tu persona, tus acciones, tu pacto, tu nombre; con este último término comprende el carácter divino en cuanto ha sido revelado. Era tan ferviente en busca del Dios vivo que se despertaba en plena noche para pensar en él. Estos eran los Pensamientos Nocturnos de David. Si no eran Recuerdos Soleados, eran recuerdos del Sol de justicia. Es bueno cuando nuestra memoria nos provee de consuelo, de modo que podamos decir con el salmista: Habiendo sido enseñado desde temprano a conocerte, no tenía sino que recordar las lecciones de tu gracia, y mi corazón se consolaba. Este versículo muestra no solo que el hombre de Dios se había acordado, sino que seguía acordándose del Señor su Dios. Debemos santificar el nombre de Dios, y no podemos hacerlo si se nos escapa de la memoria.
«Y guardé tu ley.» Halló santificación mediante la meditación; con los pensamientos de la noche regía las acciones del día. Así como las acciones del día a menudo engendran los sueños de la noche, así los pensamientos de la noche producen las obras del día. Si no guardamos el nombre de Dios en nuestra memoria, no guardaremos la ley de Dios en nuestra conducta. El olvido de la mente conduce al olvido de la vida.
Cuando oímos los cantos nocturnos de los juerguistas, tenemos en ellos prueba segura de que no guardan la ley de Dios; pero las tranquilas meditaciones de los hombres piadosos son prueba positiva de que el nombre del Señor les es querido. Podemos juzgar a las naciones por sus cantos, y así también a los hombres; y en el caso de los justos, su canto y su pensar son ambos indicios de su amor a Dios: ya alcen la voz o se sienten en silencio, siguen siendo del Señor. Bienaventurados los hombres cuyos «pensamientos nocturnos» son recuerdos de la luz eterna; serán recordados por su Señor cuando llegue la noche de la muerte. Lector, ¿están tus pensamientos en la oscuridad llenos de luz, porque están llenos de Dios? ¿Es su nombre el tema natural de tus reflexiones vespertinas? Entonces dará tono a tus horas de la mañana y del mediodía. ¿O entregas todo tu pensamiento a los afanes y placeres fugaces de este mundo? Si es así, poco asombra que no vivas como debes. Nadie es santo por casualidad. Si no tenemos memoria para el nombre de Jehová, no es probable que recordemos sus mandamientos: si no pensamos en él en secreto, no le obedeceremos en público.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 55. Me acordé en la noche de tu nombre, oh Jehová, etc. Como la segunda parte del versículo depende de la primera, considero que todo el versículo expone una misma verdad; y por tanto el profeta quiere decir que el recuerdo que tenía de Dios lo llevaba a guardar la ley. El desprecio de la ley nace de que pocos tienen algún respeto por Dios; y de ahí que la Escritura, al condenar la impiedad de los hombres, declare que han olvidado a Dios (Sal 10:4; Sal 78:11; Sal 106:21). La palabra «noche» no la emplea él para significar el recuerdo de Dios solo por un breve tiempo, sino un recuerdo perpetuo de él; se refiere, sin embargo, a esa estación en particular, porque entonces casi todos nuestros sentidos están vencidos por el sueño. «Cuando otros hombres duermen, Dios acude a mis pensamientos durante mi sueño.» Tiene otra razón para aludir a la noche: que sepamos que, aunque no hubiera nadie que lo observara ni nadie que se lo recordara, es más, aunque estuviera envuelto en tinieblas, estaba tan solícito en cultivar el recuerdo de Dios como si ocupara el lugar más público y destacado. Juan Calvino.
Vers. 55. Me acordé de tu nombre en la noche, y por eso «guardé tu ley» todo el día. Matthew Henry.
Vers. 55. Me acordé en la noche de tu nombre, oh Jehová. Este versículo contiene una nueva protesta de su sincero afecto hacia la palabra de Dios. En lo cual, primero, notemos su sinceridad; era religioso no solo en público, sino en privado; pues los ejercicios privados son las pruebas más seguras de la verdadera religión. En público, a menudo la hipocresía lleva a los hombres a simular lo que no son; no ocurre así en la devoción privada; pues entonces, o bien el hombre, si no tiene conciencia del culto a Dios, lo descuida del todo, porque no hay ojo humano que lo vea; o bien, si en verdad es religioso, aun en privado presenta su corazón a Dios, procurando ser aprobado por él; porque su «alabanza no viene de los hombres, sino de Dios».
Además, esto prueba su fervor en la religión: pues así como en otro lugar protesta que amaba la palabra más que su comida señalada, aquí protesta que renunciaba a su descanso nocturno para meditar en la palabra. Pero ahora el celo ha decaído tanto en los que profesan, que no renunciarán a sus superfluidades, y menos aún a su necesario refrigerio, por amor a la palabra de Dios. William Cowper.
Vers. 55. Tu nombre, oh Jehová. El «nombre» del Señor es su carácter, su naturaleza, sus atributos, las manifestaciones que ha hecho de su santidad, su sabiduría, su bondad y su verdad. John Stephen.
Vers. 55. En la noche. Primero, es decir, continuamente, porque se acordaba de Dios también de día. Segundo, sinceramente, porque evitaba el aplauso de los hombres. Tercero, con alegría, porque la pesadez del sueño natural no podía vencerlo. Todo esto muestra que estaba intensamente entregado a la palabra; pues vemos que los hombres del mundo toman alguna parte de la noche para sus deleites. Y en que guardara los testimonios de Dios en la noche, muestra que era el mismo en secreto que a la luz; con lo cual condenaba a todos los que cubren su maldad con la oscuridad. Examinémonos para ver si hemos interrumpido nuestro sueño para invocar a Dios, como lo hacemos para cumplir nuestros placeres. Richard Greenham.
Vers. 55. En la noche. El pastor Harms de Hermannsburg solía predicar, orar e instruir a su pueblo durante nueve horas en el día de reposo. Y luego, cuando su mente estaba del todo agotada y todo su cuerpo vibraba de dolor, y parecía casi morir por falta de descanso, no podía conciliar el sueño. Pero solía decir que amaba permanecer despierto toda la noche en el silencio y la oscuridad y pensar en Jesús. La noche apartaba de sus pensamientos todo lo demás y dejaba su corazón libre para comulgar con Aquel a quien su alma amaba más devotamente, y que visitaba y consolaba a su cansado discípulo en las vigilias de la noche. Y así los hijos de Dios han gozado a menudo de raras temporadas de comunión con él en la soledad del destierro, en la profunda lobreguez del calabozo, en la noche perpetua de la ceguera, y en momentos en que todas las voces e instrucciones del mundo han sido cortadas por completo y el alma ha quedado a solas con Dios. Daniel March, en «Night unto Night», 1880.
Vers. 55. En la noche. Nunca hay un tiempo en que no sea apropiado volverse a Dios y pensar en su nombre. En la oscuridad de la medianoche, en la oscuridad del abatimiento del ánimo, en la oscuridad de la providencia externa, Dios sigue siendo un tema adecuado. William S. Plumer.
Vers. 55. La noche. «¡Querida noche! derrota de este mundo; freno de los necios afanosos; cortapisa y rienda del cuidado; día de los espíritus, retiro sereno de mi alma, que nadie perturba! ¡Marcha de Cristo y su tiempo de oración; las horas a las que el alto cielo hace eco!» «Vuelo silencioso y escrutador de Dios; cuando la cabeza de mi Señor está llena de rocío, y todos sus cabellos mojados con las claras gotas de la noche; su llamado quedo y suave; su tiempo de llamar a la puerta; la guardia muda del alma, cuando los espíritus atrapan a su bello parentesco.» Henry Vaughan, 1621-1695.
Vers. 55. Y guardé tu ley; aunque imperfectamente, con todo espiritual, sincera y cordialmente, y por un principio de amor y gratitud, y con miras a la gloria de Dios, y sin fines mercenarios ni siniestros. John Gill.
Vers. 55. Y guardé tu ley. Las horas de comunión secreta con Dios deben desembocar en el deseo de una mayor conformidad con su santa voluntad. Es el recuerdo de Dios lo que lleva a guardar sus leyes, así como es el olvido de Dios lo que fomenta toda especie de transgresión. John Morison.
Vers. 55. Y guardé. El verbo está en futuro, y quizá es mejor traducirlo así, haciendo de él la expresión de un propósito solemne y deliberado de continuar su obediencia. William S. Plumer.
Vers. 55-56. Al que se deleita en guardar la ley de Dios, Dios le dará más gracia para guardarla, según aquel notable texto: «Me acordé en la noche de tu nombre, oh Jehová, y guardé tu ley. Esto tuve porque guardé tus mandamientos». ¿Qué tuvo David por guardar los mandamientos de Dios? Tuvo poder para guardar su ley; es decir, para crecer y aumentar en guardarla. Como dice el profeta (Os 6:3) del conocimiento de Dios: «Conoceremos, y proseguiremos en conocer a Jehová»; es decir, si nos esforzamos con diligencia por conocer a Dios, tendremos esta recompensa, que se nos hará capaces de conocerlo más. Así puedo decir de la gracia de Dios: el que se deleita en guardar la ley de Dios tendrá su recompensa, que se le capacitará para guardarla más perfectamente. Un verdadero deleite en la palabra de Dios es gracia que aumenta. La gracia es la madre de todo verdadero gozo (Is 32:17), y el gozo es como la hija, y la madre y la hija viven y mueren juntas. Edmund Calamy (1600-1666), en «The Godly Man's Ark».
Sugerencias para el predicador
Vers. 55, 49. «Acordarse.» «Me he acordado.»
Vers. 55. Recuerdos nocturnos. Deberes diurnos. Cómo actúan y reaccionan unos sobre otros.
Vers. 55. Noches oscuras. Recuerdos brillantes. Resultados rectos. C. A. D.
Vers. 55.
- Noche feliz, aunque sin sueño.
- Día feliz, aunque ajetreado. W. D.
Salmos 119:56
Vers. 56. «Esto tuve, porque guardé tus mandamientos.» Tuvo este consuelo, este recuerdo de Dios, este poder de cantar, este valor para enfrentar al enemigo, esta esperanza en la promesa, porque había observado con empeño los mandamientos de Dios y se había esforzado por andar en ellos. No se nos recompensa por nuestras obras, pero hay una recompensa en ellas. Muchos consuelos solo se obtienen con una vida cuidadosa: de tales consuelos podemos decir con seguridad: «Esto tuve porque guardé tus mandamientos». ¿Cómo podemos desafiar la burla si vivimos de manera inconsecuente? ¿Cómo podemos recordar con consuelo el nombre del Señor si vivimos con descuido? Puede ser que David quiera decir que había podido guardar la ley porque había atendido a cada mandamiento por separado: había tomado los mandamientos uno por uno, y así había llegado a la santidad de vida. O que, al guardar algunos de los mandamientos, había ganado fuerza espiritual para guardar otros: porque Dios da más gracia a quienes tienen alguna medida de ella, y los que mejoran sus talentos se encontrarán mejorando. Quizá lo mejor sea dejar el pasaje abierto tal como lo hace nuestra versión, para que de mil bendiciones inapreciables podamos decir: «Estas nos vinieron por el camino de la obediencia». Todas nuestras posesiones son dones de la gracia, y sin embargo algunas vienen en forma de recompensa; pero aun entonces la recompensa no es de deuda, sino de gracia. Dios primero obra en nosotros las buenas obras, y luego nos recompensa por ellas.
Aquí tenemos una conclusión apropiada para esta sección del salmo, pues este versículo es un fuerte argumento para la oración con que la sección comenzó. El dulce cantor tenía evidencia de haber guardado los mandamientos de Dios, y por eso podía con más propiedad rogar al Señor que guardara sus promesas. A lo largo del pasaje podemos hallar ruegos, en especial en los dos «me acordé»: «Me acordé de tus juicios» y «Me acordé de tu nombre»; «Acuérdate de la palabra dada a tu siervo».
En esta sección el salmista parece asirse con firmeza del mismo Dios: apropiándoselo (Sal 119:57), clamando por él (Sal 119:58), volviendo a él (Sal 119:59), consolándose en él (Sal 119:61-62), asociándose con su pueblo (Sal 119:63) y suspirando por la experiencia personal de su bondad (Sal 119:64). Nótese cómo el primer versículo de esta octava está unido al último de la anterior, de la cual es de hecho una repetición ampliada. «Esto tuve porque guardé tus mandamientos. Mi porción es Jehová; he dicho que guardaré tus palabras.»
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 56. Esto tuve, porque guardé tus mandamientos. Así como el pecado es castigo del pecado, y el impío se hace siempre peor y peor, así la piedad es la recompensa de la piedad. El buen uso de un talento produce más, y los comienzos de la piedad son bendecidos con un crecimiento en la piedad. Los buenos ejercicios de David lo mantenían aquí en el recuerdo de su Dios, y el recuerdo de Dios lo hacía más piadoso y religioso. William Cowper.
Vers. 56. Esto tuve, etc. Los rabinos tienen un dicho análogo: La recompensa de un precepto es un precepto, o bien: Un precepto atrae otro precepto. Lo que significa que a quien guarda un precepto, Dios le concede, como por vía de recompensa, la capacidad de guardar otro precepto más difícil. Lo contrario de esto es aquel otro dicho de los rabinos: que la recompensa de un pecado es un pecado, o bien: La transgresión atrae la transgresión. Simon de Muis, 1587-1644.
Vers. 56. Esto tuve, es decir, esto me sucedió, etc. Experimenté muchos males y adversidades; pero, por otra parte, saqué de la palabra dulcísimos consuelos, y fui coronado de muchas bendiciones de Dios.
Otros lo traducen así: Este es mi asunto, esto me importa y deseo: guardar tus mandamientos; es decir, mantener firme la doctrina incorrupta con fe y buena conciencia. D. H. Mollerus.
Vers. 56. Esto tuve, etc. Tuve el consuelo de guardar tu ley porque la guardé. La obra de Dios es su propio salario. Matthew Henry.
Vers. 56. Esto tuve, etc. ¿Qué es eso? Este consuelo tuve, este sostén tuve en todas mis aflicciones, esta consolación tuve, esta dulce comunión con Dios tuve. ¿Por qué? «Porque guardé tus mandamientos», obedecí tu voluntad. Mira: cuanta obediencia se rinde a los mandamientos de Dios, tanto consuelo fluye al alma: Dios suele dar consuelos en proporción a nuestra obediencia. ¡Oh, la dulce consolación, que satisface el alma, que un hijo de Dios halla en los caminos de Dios y en hacer la voluntad de Dios, especialmente cuando yace en su lecho de muerte; entonces le será más dulce que la miel y que el panal; entonces dirá con el buen rey Ezequías, cuando yacía en su lecho de muerte: «Te ruego, oh Jehová, tengas ahora memoria de que he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón, y que he hecho lo que ha sido agradable delante de tus ojos»! ¡Oh, la dulce satisfacción que un alma hallará en Dios cuando llegue a comparecer ante Dios! James Nalton, 1664.
Vers. 56. Esto tuve, etc. O bien: «Este fue mi consuelo: que guardé tus mandamientos»; que es casi la lectura del siríaco y hace el sentido más completo. Nota en la «Comprehensive Bible» de Bagster.
Vers. 56. Esto tuve, etc. Cuando oigo a los fieles de Dios hablar de su amor y decir «Esto tuve», ¿no debo, si no puedo unirme a su alegre reconocimiento, atribuirlo a mi andar infiel y decir «Esto no tuve», porque he fallado en obedecer tus mandamientos; porque he sido descuidado y indulgente conmigo mismo; porque he menospreciado tu amor; porque he «entristecido a tu Santo Espíritu» y he olvidado «preguntar por las sendas antiguas, para que anduviese por ellas y hallase descanso para mi alma» (Jer 6:16)? Charles Bridges.
Vers. 56. David dice de modo indefinido: «Esto tuve»; sin decirnos qué bien o privilegio era; solo en general, era algún beneficio que le resultó en esta vida. No dice: Esto espero; sino: «Esto tuve»; y por tanto no habla de la recompensa plena en la vida venidera. En el cielo llegamos a recibir la plena recompensa de la obediencia; pero el que anda de cerca, el que espera en Dios con obediencia humilde y constante, tendrá suficiente aliento aun en esta vida. No solo será bienaventurado, sino que es bienaventurado; tiene algo en mano además de lo que tiene en esperanza: como dice David en este salmo 119, no solo será bienaventurado, sino que es bienaventurado; como los que viajaban hacia Sión hallaban un pozo en el camino: «Atravesando el valle de lágrimas lo cambian en fuente, cuando la lluvia llena los estanques» (Sal 84:6). En un desierto seco y estéril, por el que habían de pasar, no quedaban del todo sin consuelo, sino que topaban con un pozo o una cisterna; es decir, se les concedía algún consuelo antes de llegar a gozar de la presencia de Dios en Sión; tenían algunos refrigerios por el camino. Como los siervos que, además de su salario, tienen sus propinas, así, además de la retribución de la recompensa venidera, tenemos nuestros consuelos y sostenes presentes durante nuestra carrera de servicio, que bastan para contrapesar todos los gozos mundanos y superar los mayores placeres que los hombres pueden esperar en el camino del pecado. En los beneficios que los creyentes hallan al andar con Dios en un curso de obediencia, todos pueden decir: «Esto tuve porque guardé tus mandamientos». Thomas Manton.
Sugerencias para el predicador
Vers. 56. Las ganancias de la piedad; o lo que un hombre obtiene de una vida santa.
Vers. 56.
- El deber: «Guardé tus mandamientos».
- Su recompensa: «Esto tuve», etc. Protección: «esto tuve». Guía: «esto tuve». Prosperidad: «esto tuve». Consuelo: «esto tuve». G. R.
Salmos 119:57*
Esto comienza una nueva división del salmo, indicada por la letra hebrea Het, que puede representarse en español por hh. Albert Barnes.
Vers. 57-64. En esta sección David se esfuerza por confirmar su fe y consolarse en la certeza de su regeneración mediante ocho propiedades de un creyente sano, u ocho marcas de una nueva criatura. La primera de ellas es su elección de Dios por su porción. De donde se aprende:
- A quienes Dios ha elegido y llamado eficazmente, se les da gracia para hacer de Dios su elección, su deleite y su porción; y los que han escogido a Dios por su porción tienen también evidencia de su regeneración y elección; pues aquí David hace de esto una marca de su regeneración: «Mi porción eres tú».
- Es otra marca de regeneración, después de creer en Dios y escogerlo por nuestra porción, resolver dar los frutos de la fe en nueva obediencia, como hizo David: «He dicho que guardaré tus palabras».
- Como es común que los hijos de Dios, de cuando en cuando, por causa de un pecado en que caen, sean ejercitados con el sentimiento del desagrado de Dios, así es marca de una nueva criatura no yacer estúpida e insensible bajo este ejercicio, sino tratar con Dios con empeño para que restaure el sentimiento de reconciliación y dé nueva experiencia de su misericordia, como hizo el salmista: «Tu presencia supliqué de todo corazón»; y esta es la tercera evidencia de una nueva criatura.
- El creyente penitente tiene la palabra de gracia y el pacto de Dios como seguridad de ser oído cuando busca misericordia: «Ten misericordia de mí según tu palabra».
- Indagar en qué condición estamos y examinar nuestros caminos conforme a la palabra, y renovar el arrepentimiento con empeño de enmienda, es una cuarta marca de una nueva criatura: «Consideré mis caminos, y volví mis pies a tus testimonios».
- Cuando vemos nuestro pecado, somos por naturaleza lentos para enmendar nuestras obras; pero cuanto antes nos volvamos al camino de la obediencia a Dios, mejor nos va, y cuanto más pronta sea la reforma de nuestra vida, más sólida es la marca de una nueva criatura: «Me apresuré y no me retardé en guardar tus mandamientos».
- Soportar la persecución y el despojo de nuestros bienes por adherirnos a la palabra de Dios, sin abandonar su causa, es una quinta marca de una nueva criatura: «Compañías de impíos me han robado, mas no me he olvidado de tu ley».
- Como es la suerte de los hijos de Dios que resuelven ser piadosos sufrir persecución y verse forzados o bien a perder sus bienes temporales o bien a perder una buena causa y una buena conciencia, así es sabiduría de los piadosos recordar lo que la palabra del Señor nos exige y nos dice, y esto consolará nuestra conciencia más de lo que la pérdida de las cosas temporales pueda turbar nuestra mente: «Compañías de impíos me han robado, mas no me he olvidado de tu ley».
- Una sexta marca de una nueva criatura es estar tan lejos de irritarse bajo el duro ejercicio que da gracias a Dios en secreto, con alegría, por su palabra de gracia y por todos los pasos de su providencia, donde nadie nos ve y donde no hay riesgo de ostentación: «A medianoche me levanto para alabarte por tus justos juicios».
- Una séptima marca de una criatura renovada es asociarnos y mantener comunión con los que son verdaderamente piadosos y temen a Dios de veras, según podamos discernirlos: «Compañero soy yo de todos los que te temen».
- El temor de Dios se evidencia creyendo y obedeciendo la doctrina y la dirección de la Escritura, y de ningún otro modo: «Compañero soy yo de todos los que te temen, y guardan tus mandamientos».
- La octava marca de una nueva criatura es no descansar en ninguna medida de renovación, sino tratar con empeño con Dios para el aumento del conocimiento salvador y de una obediencia fructífera a él; pues «Enséñame tus estatutos» es la oración del hombre de Dios, en quien se hallan todas las marcas anteriores.
- Como todas las criaturas son testigos de la generosidad de Dios para con el hombre y partícipes ellas mismas de esa generosidad, así son prenda del beneplácito de Dios de otorgar a sus siervos dones mayores que estos, aun el aumento de la santificación, en mayor iluminación de la mente y reforma de la vida: pues esto emplea el salmista como argumento para ser más y más santificado: «De tu misericordia, oh Jehová, está llena la tierra; enséñame tus estatutos». David Dickson.
Salmos 119:57
Vers. 57. «Mi porción eres tú, oh Jehová.» Una frase cortada. Los traductores la han remendado con añadiduras, pero quizá habría sido mejor dejarla tal cual, y entonces aparecería como una exclamación: «¡Mi porción, oh Jehová!». ¡El poeta queda perdido en el asombro al ver que el grande y glorioso Dios es todo suyo! Con razón, pues no hay posesión como el mismo Jehová. La forma de la frase expresa reconocimiento y apropiación gozosos: «¡Mi porción, oh Jehová!». David había visto a menudo repartir el botín y había oído a los vencedores gritar sobre él; aquí se regocija como quien toma su parte del despojo; escoge al Señor como su parte del tesoro. Como los levitas, tomó a Dios por su porción y dejó las demás cosas a los que las codiciaban. Es una herencia grande y duradera, pues lo incluye todo, y más que todo, y dura más que todo; y con todo, nadie la escoge por sí mismo hasta que Dios lo ha escogido y renovado. ¿Quién que sea verdaderamente sabio podría vacilar un instante cuando el infinitamente bendito Dios se le presenta para ser el objeto de su elección? David saltó ante la oportunidad y se aferró al don inestimable. Nuestro autor se atreve aquí a exhibir los títulos de su porción ante los ojos del mismo Señor, pues dirige su gozosa declaración directamente a Dios, a quien llama con audacia suyo. Teniendo mucho más entre qué escoger, pues era rey y hombre de grandes recursos, se aparta deliberadamente de todos los tesoros del mundo y declara que el Señor, el mismo Jehová, es su porción.
«He dicho que guardaré tus palabras.» No siempre podemos mirar atrás con consuelo lo que hemos dicho, pero en este caso David había hablado sabia y acertadamente. Había declarado su elección: prefería la palabra de Dios a la riqueza de los mundanos. Su firme resolución era guardar, es decir, atesorar y observar las palabras de su Dios, y como lo había expresado solemnemente antes en presencia del mismo Señor, así confiesa aquí la obligación vinculante de su voto anterior. Jesús dijo: «El que me ama, mi palabra guardará», y este es un caso que pudo haber citado como ilustración; pues el amor del salmista a Dios como su porción lo llevaba a guardar las palabras de Dios. David tomó a Dios como su Príncipe además de su Porción. Estaba seguro de su interés en Dios, y por eso era resuelto en su obediencia a él. La plena seguridad es una poderosa fuente de santidad. Las palabras mismas de Dios han de ser guardadas en el corazón; pues ya se refieran a doctrina, promesa o precepto, son preciosísimas. Cuando el corazón está decidido a guardar estas palabras y ha registrado su propósito en el tribunal del cielo, está preparado para todas las tentaciones y pruebas que puedan sobrevenirle; porque, teniendo a Dios por heredad, siempre está bien.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 57. Mi porción eres tú, oh Jehová. La sinceridad de esta afirmación puede colegirse de que habla dirigiéndose a Dios. No dice simplemente: «Él es mi porción»; sino que desafía a Dios cara a cara: Mi porción eres tú, oh Jehová. En otro lugar se dice: «Mi porción es Jehová, dijo mi alma» (Lm 3:24). Allí no lo dice dirigiéndose a Dios, sino que añade «dijo mi alma»; pero aquí lo dice al mismo Dios, que conoce los secretos del corazón. Hablar así de Dios a Dios prueba nuestra sinceridad, cuando ante el rostro de Dios declaramos nuestra confianza y elección; como Pedro: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo» (Jn 21:17). Thomas Manton.
Vers. 57. Mi porción eres tú, oh Jehová. Lutero aconseja a todo cristiano responder a todas las tentaciones con este breve dicho: «Christianus sum», «Soy cristiano»; y yo aconsejaría a todo cristiano responder a todas las tentaciones con este breve dicho: «Jehová es mi porción». Oh cristiano, cuando Satanás o el mundo te tienten con honores, responde: «Jehová es mi porción»; cuando te tienten con riquezas, responde: «Jehová es mi porción»; cuando te tienten con ascensos, responde: «Jehová es mi porción»; y cuando te tienten con los favores de los grandes, responde: «Jehová es mi porción»; sí, y cuando este mundo perseguidor te amenace con la pérdida de tus bienes, responde: «Jehová es mi porción»; y cuando te amenace con la pérdida de tu libertad, responde: «Jehová es mi porción»; y cuando te amenace con la pérdida de tus amigos, responde: «Jehová es mi porción»; y cuando te amenace con la pérdida de la vida, responde: «Jehová es mi porción». Oh, señor, si Satanás viniera a ti con una manzana, como una vez lo hizo con Eva, dile que «Jehová es tu porción»; o con una uva, como una vez lo hizo con Noé, dile que «Jehová es tu porción»; o con un cambio de vestidos, como una vez lo hizo con Giezi, dile que «Jehová es tu porción»; o con una barra de oro, como una vez lo hizo con Acán, dile que «Jehová es tu porción»; o con una bolsa de dinero, como una vez lo hizo con Judas, dile que «Jehová es tu porción»; o con una corona, un reino, como una vez lo hizo con Moisés, dile que «Jehová es tu porción». Thomas Brooks.
Vers. 57. Mi porción eres tú, oh Jehová. Dios es todo suficiente; hazlo tu «porción» y lo tienes todo; entonces tienes sabiduría infinita que te dirija, conocimiento infinito que te enseñe, misericordia infinita que se compadezca de ti y te salve, amor infinito que cuide de ti y te consuele, y poder infinito que te proteja y te guarde. Si Dios es tuyo, todos sus atributos son tuyos; todas sus criaturas, todas sus obras de providencia, te harán bien, según las necesites. Es una porción eterna, plena, satisfactoria. Es un amigo siempre vivo, siempre amante, siempre presente; y sin él eres una criatura maldita en toda condición, y todas las cosas obrarán contra ti. John Mason, 1694.
Vers. 57. Mi porción eres tú, oh Jehová. Si hubo un momento en la vida de David en que uno pudiera sentirse inclinado a envidiarlo, no sería en aquel arrebato de victoria juvenil, cuando Goliat yacía postrado a sus pies, ni en aquella hora de triunfo aún mayor, cuando las doncellas de Israel cantaban su alabanza en la danza, diciendo: «Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles»; no sería en aquel día regio en que su indiscutible derecho al trono de Israel fue reconocido por todos lados y por todas las tribus; sino que sería en aquel momento en que, con corazón amante y confiado, alzó los ojos a Dios y dijo: «Mi porción eres tú». En un salmo posterior (142), que lleva por título «Oración de David cuando estaba en la cueva», tenemos la misma expresión: «Dije: Tú eres mi esperanza, y mi porción en la tierra de los vivientes». Añade inmensurablemente a tal expresión si creemos que fue pronunciada en un tiempo en que toda otra posesión y herencia le había sido quitada y solo el Señor era su porción. Barton Bouchier.
Vers. 57. Es un hombre en extremo codicioso aquel a quien Dios no le basta; y es un necio en extremo aquel a quien le basta el mundo. Porque Dios es un tesoro inagotable de todas las riquezas, que basta para innumerables hombres; mientras que el mundo solo tiene bagatelas y fascinaciones que ofrecer, y lleva al alma a una pobreza profunda y dolorosa. Thomas Le Blanc.
Vers. 57. Los que carecen de un patrimonio amplio en esta vida pueden hacerse una porción en la bienaventuranza celestial. Solomon Gessler.
Vers. 57. He dicho que guardaré tus palabras. Esto lo introduce como prueba de lo que dijo en las palabras anteriores. Muchos dirán con David que Dios es su porción; pero aquí está el punto: ¿cómo lo prueban? Si Dios fuera su porción, lo amarían; si lo amaran, amarían su palabra; si amaran su palabra, vivirían por ella y harían de ella la regla de su vida. William Cowper.
Vers. 57. He dicho que guardaré tus palabras. Estaba resuelto a guardar sus mandamientos, atesorar sus promesas, observar sus ordenanzas, profesar y mantener la creencia en sus doctrinas. John Gill.
Sugerencias para el predicador
Bosquejos sobre las palabras clave del salmo, del pastor C. A. Davis.
Versículos 57-64. La porción del creyente. El Señor es la porción del creyente (Sal 119:57); buscado de todo corazón (Sal 119:58-60); permanece aunque todo lo demás sea quitado (Sal 119:61); causa gozo aun a medianoche (Sal 119:62) y la elección de compañía afín (Sal 119:63-64).
Sugerencias para el predicador
Vers. 57.
- La posesión infinita: «Mi porción eres tú, oh Jehová». Nótese
(a) Una clara distinción hecha por el salmista entre su porción y la de los impíos aquí y en el más allá: Véase Sal 48:2.
(b) La reclamación positiva: «Mi porción eres tú, oh Jehová». Esta «porción» es ilimitada, permanente, apropiada, satisfactoria, elevadora, toda de gracia.
- La resolución apropiada: «He dicho que guardaré tus palabras».
(a) Nótese el prefacio: «He dicho».
(b) El vínculo entre la porción poseída y la resolución tomada.
(c) La obra de guardar las palabras de Dios. Guardar a Aquel que es la Palabra, Cristo Jesús. Guardar la palabra del evangelio: doctrinas, preceptos, promesas (guardadas en el corazón para consolar al creyente). Este bendito tema sugiere un contraste solemne. Véase la porción de aquel siervo que no guardó la palabra de su Señor: Mt 24:48-51. Véase «Spurgeon's Sermons», n.º 1372: «God our Portion, and his Word our Treasure» (Dios, nuestra porción, y su palabra, nuestro tesoro).
Vers. 57 (primera parte). La porción del creyente.
- Mostrar la validez de su reclamación: «mi».
(a) Un don por pacto: He 8:10-13.
(b) Implicada en la coherencia con Cristo: Ro 8:17.
(c) Confirmada por la experiencia de la fe.
- Examinar el valor superlativo de su posesión: «Jehová».
(a) Absolutamente buena.
(b) Infinitamente preciosa.
(c) Inagotablemente plena.
(d) Eternamente segura.
- Sugerir un método para sacar de ella la mayor ventaja presente.
(a) Meditar mucho en Dios, con la convicción de que él es tu porción.
(b) Llevarle todos los afanes y echar sobre él toda carga.
(c) Referir toda tentación a la palabra de su ley, y toda duda a la palabra de su promesa.
(d) Echar mano abundante de sus riquezas para suplir cada necesidad a medida que surja. John Field, de Sevenoaks, 1882.
Vers. 57-58. El patrimonio, la profesión y la petición del creyente.
Salmos 119:58
Vers. 58. «Tu presencia supliqué de todo corazón.» La plena seguridad de poseer a Dios no anula la oración, sino que más bien nos impulsa a ella; quien sabe que Dios es su Dios buscará su rostro, anhelando su presencia. Buscar la presencia de Dios es la idea que transmite la lectura marginal, «tu rostro», y es fiel al hebreo. La presencia de Dios es la forma más alta de su favor, y por eso es el deseo más urgente de las almas piadosas: la luz de su rostro nos da un anticipo del cielo. ¡Ojalá la gozáramos siempre! El hombre bueno suplicaba la sonrisa de Dios como quien ruega por su vida, y toda la fuerza de su deseo acompañaba la súplica. Tales ruegos fervientes tienen el éxito asegurado; lo que sale de nuestro corazón llegará ciertamente al corazón de Dios. Todos los favores de Dios están dispuestos para quienes los buscan de todo corazón.
«Ten misericordia de mí según tu palabra.» Ha suplicado favor, y la forma en que más lo necesita es la de misericordia, pues es más pecador que cualquier otra cosa. No pide nada más allá de la promesa; solo ruega por la misericordia que la palabra revela. ¿Y qué más podría querer o desear? Dios ha revelado en su palabra una infinidad tal de misericordia que sería imposible concebir más. Mira cómo el salmista insiste en el favor y la misericordia; nunca sueña con el mérito. No exige, sino que suplica; porque siente su propia indignidad. Nótese cómo sigue siendo un suplicante aunque sabe que lo tiene todo en su Dios. Dios es su porción, y sin embargo ruega por ver su rostro. La idea de cualquier otra posición ante Dios que la de un indigno pero favorecido nunca le pasó por la cabeza. Aquí tenemos su «Ten misericordia de mí» elevándose con tanta intensidad de humilde ruego como si aún estuviera entre los más temblorosos de los penitentes. La confianza de la fe nos hace atrevidos en la oración, pero nunca nos enseña a vivir sin oración, ni nos justifica para ser otra cosa que humildes mendigos a la puerta de la misericordia.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 58. Supliqué tu presencia, o bien: busqué tu rostro. Buscar el rostro es llegar a la presencia. Así hablan los hebreos cuando desean expresar ese trato familiar al que Dios admite a su pueblo cuando le manda dar a conocer sus peticiones. Es verdaderamente lo mismo que hablar cara a cara con Dios. Franciscus Vatablus, 1545.
Vers. 58. Tu presencia supliqué de todo corazón. He observado a menudo cuán misericordiosa y amorosamente se complace el Señor en devolver respuesta a la oración con las mismas palabras que han subido ante él, como para asegurarnos de que han llegado a su oído y de que han sido devueltas por él cargadas de aumento. «Tu presencia supliqué de todo corazón.» Oigan la respuesta del Señor a su pueblo que ora: «Y me alegraré con ellos para hacerles bien, y los plantaré en esta tierra en verdad, con todo mi corazón y con toda mi alma». Barton Bouchier.
Vers. 58. De todo corazón. El hebreo expresa gran fervor y humildad en la súplica. A. R. Fausset.
Vers. 58. De todo corazón. La oración es sobre todo obra del corazón. Dios oye el corazón sin la boca, pero nunca oye con agrado la boca sin el corazón. Walter Marshall.
Vers. 58. Ten misericordia de mí, etc. Antes protestó que buscaba al Señor de todo corazón, y ahora ruega hallar misericordia. Así será en verdad; con confianza puede esperar misericordia de la mano de Dios quien lo busca de veras. La misericordia y la verdad suelen encontrarse y abrazarse: donde hay verdad en el alma para buscar, no puede dejar de haber misericordia en Dios para abrazar. Si hay verdad en nosotros para confesar nuestros pecados y abandonarlos, hallaremos misericordia en Dios para perdonarlos. William Cowper.
Vers. 58. Según tu palabra. No ruega por lo que desea, sino por lo que el Señor prometió; pues Santiago dice: «Pedís, y no recibís», etc., y la causa es que no tenemos lo que pedimos porque no pedimos conforme a la palabra. Su palabra debe ser la regla de nuestras oraciones, y entonces recibiremos; como Salomón oró y obtuvo. Dios ha prometido el perdón de los pecados, el conocimiento de su palabra y muchas otras bendiciones. Si tenemos estas, no pongamos nuestro corazón en otras cosas. Richard Greenham.
Vers. 58. Según tu palabra. La palabra de Dios puede dividirse en tres partes: mandamientos, amenazas y promesas; y aunque el cristiano no debe descuidar la palabra que manda y amenaza, si alguna vez quiere hacer de la Palabra un cauce de consuelo divino, debe estudiar la palabra que promete; pues las promesas son la carta magna del cristiano para el cielo. Todo consuelo debe edificarse sobre una promesa de la Escritura; de lo contrario es presunción, no verdadero consuelo. Las promesas son «pabulum fidei» y «anima fidei», el alimento de la fe y el alma de la fe. Así como la fe es la vida del cristiano, así las promesas son la vida de la fe: la fe es una fe muerta si no tiene promesa que la vivifique. Como las promesas no sirven de nada sin la fe que las aplique, así la fe no sirve de nada sin una promesa de la cual asirse. Edmund Calamy.
Vers. 58. La regla y el fundamento de la confianza es «según tu palabra». La palabra de Dios es la regla de nuestra confianza; pues en ella está el curso establecido de Dios. Si queremos obtener favor y misericordia de Dios, ha de ser en sus propios términos. Dios nos aceptará en Cristo si nos arrepentimos, creemos y obedecemos, y buscamos su favor con diligencia: no negará a los que buscan, piden y llaman. Muchos querrían misericordia, pero no quieren observar la dirección de Dios. Debemos pedir conforme a la voluntad de Dios, no sin una promesa ni contra un mandamiento. Dios se hace deudor voluntario por su promesa. Estos son notables puntales de la fe, cuando se nos anima a buscar por el ofrecimiento y se nos urge a recurrir a él por la promesa. No prosperamos más en un sentido consolador del amor de Dios porque no tomamos este camino. Thomas Manton.
Sugerencias para el predicador
Vers. 58. El sol del alma.
- El favor de Dios, lo único necesario.
- El corazón entero, el único modo de suplicarlo.
- La misericordia del pacto, el único ruego para obtenerlo. C. A. D.
Vers. 58. Podemos aprender cómo un buscador puede llegar a gozar del favor que salva mediante un cuidadoso estudio de
- La profesión: «Tu presencia supliqué de todo corazón».
(a) Lo que hizo: «supliqué». Heb.: «busqué penosamente tu rostro». Deseo ferviente. Súplica insistente. Dolor penoso por el pecado.
(b) Cómo lo hizo: «De todo corazón». El intelecto, los afectos, la voluntad, todos ocupados y concentrando el esfuerzo. De otro modo, buscar es una solemne frivolidad. Solo esto es digno de nuestro propósito, agradable a Dios y exitoso.
(c) La evidencia de que lo estamos haciendo. Oración frecuente, escudriñar la palabra, preguntar a menudo. El primer y principal negocio. Renunciar por Cristo.
- La petición: «Ten misericordia de mí».
(a) El favor de Dios ha de esperarse solo en términos de misericordia.
(b) Felizmente, esta es una oración que todo pecador puede y debe usar.
(c) Es benditamente cierto que nunca falla.
- El ruego: «Según tu palabra».
(a) Un ruego que no puede ser contradicho es gran cosa en una súplica.
(b) La promesa de Dios es precisamente un ruego así.
(c) Búscala, aférrate a ella e insiste con ella. J. F.
Salmos 119:59
Vers. 59. «Consideré mis caminos, y volví mis pies a tus testimonios.» Mientras estudiaba la palabra, fue llevado a estudiar su propia vida, y esto produjo una poderosa revolución. Vino a la palabra, y luego volvió en sí, y esto lo hizo levantarse e ir a su Padre. La consideración es el comienzo de la conversión: primero pensamos y después nos volvemos. Cuando la mente se arrepiente de los malos caminos, los pies son pronto conducidos a los buenos; pero no habrá arrepentimiento hasta que haya un pensamiento hondo y sincero. Muchos hombres rehúyen todo pensamiento, y en cuanto a pensar en sus caminos, no lo soportan, porque sus caminos no resisten ser pensados. Los caminos de David no habían sido todo lo que él habría deseado, y así sus pensamientos se ensombrecieron con el pálido matiz del pesar; pero no se quedó en lamentaciones inútiles, sino que se puso a enmendarse en la práctica: se volvió y regresó, buscó los testimonios del Señor y se apresuró a gozar de nuevo, con plena conciencia de ello, el favor de su Amigo celestial. La acción sin pensamiento es necedad, y el pensamiento sin acción es pereza: pensar con cuidado y luego actuar con prontitud es una feliz combinación. Había suplicado que se renovara la comunión, y ahora demostraba la autenticidad de su deseo con una obediencia renovada. Si estamos en tinieblas y lamentamos la ausencia de Dios, el método más sabio no será pensar tanto en nuestras penas como en nuestros caminos: aunque no podemos cambiar el curso de la providencia, sí podemos cambiar el rumbo de nuestro andar, y esto pronto arreglará las cosas. Si logramos enderezar nuestros pies en cuanto a andar en santidad, pronto enderezaremos nuestro corazón en cuanto a vivir felices. Dios se volverá a sus santos cuando ellos se vuelvan a él; es más, ya los ha favorecido con la luz de su rostro cuando comienzan a pensar y a volverse.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 59. «Consideré mis caminos, y volví mis pies a tus testimonios.» La transición que se hace en el texto, desde la ocasión de este cambio, «consideré mis caminos», hasta el cambio mismo, es muy elevada y elegante. No nos dice que, tras revisarlos, vio la necedad y el peligro del pecado, lo vil de sus placeres y el veneno de sus deleites; ni que, tras escudriñar la ley de Dios, quedó convencido de que lo que antes imaginaba tan severo, rígido y espantoso era ahora todo amable y hermoso; no, sino que añade de inmediato: «volví mis pies a tus testimonios»; y no puedo concebir nada más noble ni más fuerte, pues dice con énfasis que no había necesidad de expresar el aspecto que tenían sus caminos una vez que pensó en ellos. Cuál había de ser la consecuencia de su deliberación era tan claro, a saber, que el pecado nunca prevalece sino donde está enmascarado con algunas falsas bellezas, y el pecador irreflexivo y necio presta oído crédulo a sus encantamientos y no se toma el trabajo ni el cuidado de examinarlos; pues una búsqueda honda y minuciosa descubriría pronto que sus apariencias más hermosas no son sino vanidades mentirosas, y que quien está cautivado por ese vacío espectáculo se halla en la misma situación que una persona que sueña, la cual solo puede complacerse con su fantasía mientras duerme, y que su despertar del sueño no descubre el engaño más pronto ni con más certeza que una seria reflexión sobre los caminos de la iniquidad y la rebelión contra Dios manifestará la fatal locura de los hombres que siempre los siguen. William Dunlop, 1692-1720.
Vers. 59. «Consideré mis caminos, y volví mis pies a tus testimonios.» Algunos traducen el original: Miré mis caminos por ambos lados, los consideré de todas las maneras, «y volví mis pies a tus testimonios»; consideré que andaba errante como una oveja perdida, y entonces regresé. George Swinnock.
Vers. 59. «Consideré mis caminos», etc. La palabra hebrea que aquí se usa para pensar significa pensar en los caminos de uno con exactitud, con deliberación, con seriedad, con empeño, con minuciosidad. Este santo hombre de Dios pensó exacta y minuciosamente en todos sus propósitos y prácticas, en todos sus hechos y dichos, en todas sus palabras y obras, y al hallar que demasiados de ellos no alcanzaban la regla, más aún, que iban contra la regla, volvió sus pies a los testimonios de Dios; habiendo descubierto sus errores tras una diligente búsqueda y un estricto escrutinio, pasó a una página nueva y ajustó su conducta con más exactitud a la regla. Oh cristianos, deben mirar tanto sus carencias espirituales como sus goces espirituales; deben mirar tanto sus gastos como sus ahorros; deben mirar tanto hacia adelante, a lo que deben ser, como hacia atrás, a lo que son. Ciertamente, jamás será eminente en santidad el cristiano que tiene muchos ojos para contemplar su poca santidad, y ni un solo ojo para ver cuánta santidad aún le falta. Thomas Brooks.
Vers. 59. «Consideré mis caminos.» La palabra significa un pensamiento fijo y persistente. Algunos la hacen una alusión a quienes trabajan bordados, que son muy exactos y cuidadosos en cubrir el menor defecto; o a quienes hacen cuentas. Ajusten cuentas consigo mismos: ¿Qué debo? ¿Cuánto valgo? «Consideré» no solo mi riqueza, como el avaro, Sal 69:11; sino «mis caminos»; no lo que tengo, sino lo que hago; porque lo que hacemos nos seguirá al otro mundo, cuando lo que tenemos habrá de quedar atrás. Muchos son bastante críticos en sus observaciones sobre los caminos de otros y nunca piensan en los suyos, pero «cada uno someta a prueba su propia obra».
Este relato que David hace aquí de sí mismo puede referirse a su práctica constante de cada día: reflexionaba sobre sus caminos por la noche, dirigía sus pies a los testimonios de Dios por la mañana, y lo bueno que su mano hallaba que hacer lo hacía sin demora; o puede referirse a su primer conocimiento de Dios y de la religión, cuando comenzó a desechar la vanidad de la niñez y la juventud y a acordarse de su Creador; aquel bendito cambio fue así obrado por la gracia de Dios. Nótese: 1. La conversión comienza en la consideración seria; Ez 18:28; Lc 15:17. Lc 15:2. La consideración debe terminar en una conversión sólida. ¿De qué sirve haber pensado en nuestros caminos, si no volvemos nuestros pies con toda prisa a los testimonios de Dios? Matthew Henry.
Vers. 59. «Consideré mis caminos.» Sean frecuentes en esta obra de seria consideración. Si cada día se pidieran cuentas a sí mismos, todos los actos de gracia prosperarían mejor. Séneca preguntaba a Sextio: Quod hodie malum sanasti? cui vitio obstitisti? Tienen el ejemplo de Dios, que repasa la obra de cada día y que trató con Adán antes de que durmiera. El hombre que era inmundo debía lavar su ropa al atardecer. Thomas Manton.
Vers. 59. «Consideré mis caminos», etc. Los venenos pueden volverse curables. Que el pensamiento de los viejos pecados suscite una conmoción de ira y de odio. Se estremece nuestro espíritu y se agita nuestra sangre ante el solo pensamiento de una poción amarga que antes hemos tomado. ¿Por qué no hemos de hacer espiritualmente lo que la misma estructura y constitución de nuestros cuerpos hace naturalmente al traer a la mente una cosa repugnante? Los pecados de los romanos eran pasajeros, pero la vergüenza se renovaba cada vez que reflexionaban sobre ellos: Ro 6:21, «de las cuales ahora os avergonzáis». Repetían la detestación en lugar del placer: así también el revivir los viejos pecados en nuestra memoria debe recibirse con suspiros, más que con gozo. También debemos aprovechar la ocasión de modo que promueva algunos grados más de nuestra conversión: «Consideré mis caminos, y volví mis pies a tus testimonios». No hay moción tan infernal de la que no podamos sacar alguna chispa para encender nuestro amor a Dios, renovar nuestro arrepentimiento, levantar nuestra gratitud o avivar nuestra obediencia. Stephen Charnock.
Vers. 59. «Y volví mis pies a tus testimonios.» Al mencionar este pasaje, Philip Henry observó que el gran viraje que ha de hacerse en el corazón y en la vida es el de todas las demás cosas a la palabra de Dios. La conversión nos vuelve a la palabra de Dios como a nuestra piedra de toque, para examinarnos a nosotros mismos, nuestro estado, nuestros caminos, espíritus, doctrinas, cultos y costumbres; como a nuestro espejo, para arreglarnos, Stg 1; como a nuestra regla, para andar y obrar por ella, Gá 6:16; como a nuestra agua, para lavarnos, Sal 119:9; como a nuestro fuego, para calentarnos, Lc 24:32; como a nuestro alimento, para nutrirnos, Job 23:12; como a nuestra espada, para pelear con ella, Ef 6:13-17; como a nuestro consejero, en todas nuestras dudas, Sal 119:24; como a nuestro cordial, para consolarnos; como a nuestra heredad, para enriquecernos.
Vers. 59. «Y volví mis pies a tus testimonios.» Ningún itinerario a la ciudad celestial es más sencillo ni más completo que la pronta respuesta de un prelado inglés a un burlador que le preguntó el camino al cielo: «Primero gira a la derecha, y sigue derecho». Neale y Littledale.
Vers. 59. «Y volví.» Vuélvete a Dios, y él se volverá a ti; entonces eres feliz, aunque todo el mundo se vuelva contra ti. John Mason.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 59.
- El autoexamen: «Consideré» mis «caminos» privados, mis caminos sociales, mis caminos sagrados, mis caminos públicos.
- Sus ventajas: «Y volví mis pies», etc. G. R.
Vers. 59.
- Sin pensar y extraviado.
- Pensando y volviéndose. C. A. D.
Vers. 59.
- Convicción.
- Conversión. W. D.
Vers. 59. Pensar en nuestros propios caminos. Indaguemos:
- ¿Por qué se descuida tan generalmente?
(a) Falta de valor.
(b) Demasiadas ocupaciones.
(c) Es desagradable, y por eso el principal afán de muchos es desterrarlo.
- ¿Cuándo se hace con sabiduría?
(a) Cuando se emprende con honestidad.
(b) Cuando se lleva a cabo a fondo.
(c) Cuando la Escritura es el árbitro y la norma.
- Cuando se busca la ayuda divina.
- ¿Qué fin servirá?
(a) Nos apartará de nuestros propios caminos con vergüenza y penitencia.
(b) Nos volverá a los testimonios de Dios con sinceridad, reverencia y esperanza. J. F.
Vers. 59.
- El pensar correcto: «Consideré mis caminos».
(a) Que este pensar sobre sus caminos causó insatisfacción al salmista es evidente.
(b) El pensar correcto sobre nuestros caminos sugerirá un cambio práctico.
(c) La mirada retrospectiva que echamos a nuestra vida debe sugerir que todo viraje que hagamos sea hacia Dios: «A tus testimonios».
(d) El pensar correcto sugiere también que tal viraje es posible.
- El volverse correcto. El viraje fue
(a) Completo.
(b) Práctico.
(c) Espiritual.
(d) Inmediato.
(e) Ha de ser una obra divina. Véase «Spurgeon's Sermons», n.º 1181: «Thinking and Turning».
Salmos 119:60
Vers. 60. «Me apresuré y no me retardé en guardar tus mandamientos.» Hizo toda la prisa por volver al camino real del que se había apartado, y por correr por él en los encargos del Rey. La rapidez en el arrepentimiento y la rapidez en la obediencia son dos cosas excelentes. Con demasiada frecuencia nos apresuramos a pecar; ¡ojalá tengamos más prisa por obedecer! La demora en el pecado es aumento del pecado. Ser lento en guardar los mandamientos es, en realidad, quebrantarlos. Hay mucho mal en un paso rezagado cuando se ha de seguir el mandato de Dios. Debe cultivarse mucho una santa presteza en el servicio. El Espíritu de Dios la obra en nosotros, y los versículos anteriores describen su método: se nos hace percibir y lamentar nuestros errores, se nos conduce a volver al camino recto, y entonces anhelamos recuperar el tiempo perdido lanzándonos adelante a cumplir el precepto.
Cualesquiera que sean los deslices y extravíos de un corazón honrado, queda en él vida verdadera suficiente para producir una ardiente piedad cuando las visitas de Dios lo avivan. El salmista suplicó misericordia, y cuando la recibió se volvió ansioso y ardoroso en los caminos del Señor. Siempre los había amado, y por eso, cuando fue enriquecido con gracia, mostró gran viveza y deleite en ellos. Hizo doble prisa; pues positivamente «se apresuró», y negativamente se negó a ceder a cualquier motivo que sugiriera dilación: «no se retardó». Así avanzó rápidamente y cumplió mucho servicio, llevando a cabo con ello el voto que consta en Sal 119:57: «He dicho que guardaré tus palabras». Los mandamientos que tan ansiosamente quería obedecer no eran ordenanzas de hombres, sino preceptos del Altísimo. Muchos son fanáticos en obedecer la costumbre y la sociedad, y sin embargo son flojos en servir a Dios. Es una vergüenza que clama al cielo que a los hombres se les sirva a toda prisa, y que la obra de Dios se deje de lado o se haga con soñolienta negligencia.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 60. «Me apresuré y no me retardé», etc. El deber descubierto debe cumplirse al instante. Hay peligro en cada paso que se da al consentir cualquier pecado conocido, o al descuidar cualquier obligación reconocida. Una conciencia tierna no juega con sus convicciones, no sea que el corazón se endurezca por el engaño del pecado. Es inseguro, es irrazonable, es altamente criminal vacilar en llevar a efecto la reforma que la conciencia dicta. Quien se demora cuando el deber llama puede no tener nunca en su mano el demostrar la sinceridad de su contrición por la necedad y el descuido pasados. «Me apresuré», dijo el salmista, «y no me retardé en guardar tus mandamientos»; es decir, plenamente convencido de la necesidad y la excelencia de la obediencia, resolví de inmediato obedecer y lo puse en ejecución enseguida. John Morison.
Vers. 60. «Me apresuré y no me retardé en guardar tus mandamientos.» A menudo oímos decir: «Los segundos pensamientos son los mejores». Esto no vale en la vida religiosa. En el contexto el salmista dice: «Consideré mis caminos, y volví mis pies a tus testimonios», es decir, no esperé a pensar de nuevo. En la religión puede ser un hábito mortal el tomarse tiempo para reflexionar. Apresúrense. Henry Melvill.
Vers. 60. «Me apresuré y no me retardé.» Cuando alguien es llamado legítimamente al estudio de la teología, o a enseñarla en la iglesia, no debe vacilar, como Moisés, ni huir, como Jonás; sino que, dejándolo todo, debe obedecer a Dios que lo llama; como dice David: «Me apresuré y no me retardé». Mt 4:20; Lc 9:62. Solomon Gesner.
Vers. 60. «Me apresuré y no me retardé.» La fe sana no es suspicaz ni curiosa; cree lo que Dios dice, sin ver, sin examinar. Pues siendo imposible que Dios mienta (¿cómo mentiría la verdad?), es justo que su palabra sea creída por sí misma. No debe examinarse con cómos y porqués. Lo que el salmista dice de observar la ley, eso mismo debe decir el cristiano de recibir el evangelio. ynhmhmnh al, «no disputé», dice David; no discutí con Dios. La palabra es muy elegante en la lengua original, derivada en el hebreo del pronombre tm, que significa quid (qué). La fe no razona con Dios, no pregunta «qués», ni «porqués», ni «cómos», ni «cuáles», ni «de qué manera»: no plantea cuestiones. Con mansedumbre da su asentimiento y humildemente dice Amén a cada palabra de Dios. Esta es la fe de la cual se maravilló nuestro Salvador en la historia del centurión. Richard Clerke, 1634.
Vers. 60. «Me apresuré y no me retardé.» La palabra original que traducimos «no me retardé» es asombrosamente enfática. thmhmth anw, «velo hithmahmahti», no me quedé qué qué queando; o, como solíamos expresar el mismo sentimiento, titubeando conmigo mismo: estaba decidido, y así me puse en marcha. La palabra hebrea, lo mismo que la inglesa, marca con fuerza la indecisión de ánimo, quedando suspendida la acción positiva porque la mente está tan poco firme que no puede hacer una elección. Adam Clarke.
Vers. 60. Cuídense de las demoras y de la dilación, de dejarlo de un día para otro diciendo que habrá tiempo de sobra después; tiempo de sobra tendré para ocuparme del cielo cuando haya conseguido bastante del mundo; si lo hago en el último año de mi vida, en el último mes del último año, en la última semana del último mes, bastará. Oh, cuídense de las demoras; este aplazar el arrepentimiento ha arruinado a miles de almas; huyan de ese foso en el que muchos han caído, huyan de esa roca en la que muchos han naufragado; digan con David: «Me apresuré y no me retardé en guardar tus mandamientos». James Nalton, 1664.
Vers. 60. «Me apresuré y no me retardé», etc. En el versículo inmediatamente anterior, el hombre de Dios habla del arrepentimiento como el fruto de la consideración y del autoexamen: «Consideré mis caminos, y volví mis pies a tus testimonios». Pero ¿cuándo se volvió? Pues, aunque vemos el mal de nuestros caminos, somos naturalmente lentos en remediarlo. Por eso David no solo se volvió a Dios, sino que lo hizo con presteza: de ello tenemos noticia en este versículo: «Me apresuré», etc. Esta prontitud en la obra de la obediencia se expresa doblemente: afirmativamente, «me apresuré»; negativamente, «no me retardé». Esta doble expresión aumenta el sentido según la manera de los hebreos; como: «No moriré, sino que viviré» (Sal 118:17); es decir, ciertamente viviré; así aquí, «me apresuré y no me retardé»; es decir, en verdad no me demoré ni un momento; tan pronto como pensó en sus caminos y tomó la resolución de andar de cerca con Dios, la puso en práctica. La Septuaginta lee las palabras así: «Estuve dispuesto, y no me turbé ni me desvié por temor al peligro». En efecto, además de nuestra natural lentitud para el bien, este es un motivo usual de demoras: nos distraemos con temores; y, cuando Dios nos ha dado a conocer su voluntad en muchos deberes, pensamos en esperar a que los tiempos estén más tranquilos y favorables a nuestra práctica, o a que nuestros asuntos estén en mejor postura. De esa traducción puede sacarse buen provecho; pero las palabras corren mejor, como corren más generalmente entre nosotros: «Me apresuré y no me retardé», etc.
David no se retardó. Cuando no nos atrevemos a negar rotundamente, entonces demoramos. Non vacat, esa es la excusa del pecador: «No tengo tiempo»; pero Non placet, ahí está la realidad. Los que fueron invitados a las bodas barnizaron su negativa con una excusa (Mt 22:5). La demora es una negativa; pues, si estuvieran dispuestos, no habría excusa. Para librarnos de acreedores importunos y molestos, les prometemos pagarles en otra ocasión: aunque sabemos que para entonces nuestros bienes estarán más mermados, es solo por darles largas: así este demorar y dar largas a Dios no es sino un subterfugio. Aquí está la miseria: Dios llega siempre a destiempo a un corazón carnal. Fueron los demonios quienes dijeron: «¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?» (Mt 8:29). Las cosas buenas son un tormento para un corazón carnal; y siempre llegan fuera de tiempo. Ciertamente, el mejor tiempo es aquel en que la palabra se impone a tu corazón con evidencia, luz y poder, y en que Dios trata contigo sobre tu paz eterna. Thomas Manton.
Vers. 60. «Retardé.» Hithmahmah; la palabra que se usa de la tardanza de Lot en Gn 19:16. William Kay.
Vers. 60. La demora en los encargos del Señor es vecina de la desobediencia, y generalmente brota de ella o desemboca en ella. «Dios me ha dicho que me apresure» (2 Cr 35:21). Procuremos poder decir: «Me apresuré y no me retardé en guardar tus mandamientos». Frances Ridley Havergal.
Vers. 60. Eviten toda demora en el cumplimiento de esta gran obra de creer en Cristo. Mientras no la hayamos cumplido seguimos bajo el poder del pecado y de Satanás, y bajo la ira de Dios; y no hay nada entre el infierno y nosotros fuera del aliento de nuestras narices. Es peligroso que Lot se demore en Sodoma, no sea que descienda del cielo fuego y azufre sobre él. El homicida debe huir con toda prisa a la ciudad de refugio, no sea que el vengador de la sangre lo persiga, mientras su corazón está caliente, y lo mate. Debemos apresurarnos y no demorarnos en guardar los mandamientos de Dios. Walter Marshall.
Vers. 60. Si las convicciones empiezan a obrar, cede al instante a su influjo. Si algún deseo mundano o pecaminoso es tocado, que este sea el momento de su crucifixión. Si algún afecto se enciende hacia el Salvador, dale de inmediato expresión a su voz. Si alguna gracia revive, que sea llamada al instante al deber. Este es el mejor, el único recurso para fijar y retener la moción del Espíritu que ahora lucha en el corazón; ¿y quién sabe si el aprovechamiento de la ventaja presente no será el momento de la victoria sobre dificultades hasta ahora insuperables, y no abrirá nuestro camino al cielo con menos interrupción y un progreso más firme? Charles Bridges.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 60. Los peligros de la demora. Las razones de la acción pronta.
Vers. 60. Un sermón para rezagados.
- Reflexión. Guardar los mandamientos de Dios es mi deber; es mi bien. Los mandamientos aplazados quizá nunca se guarden. La demora es en sí misma desobediencia. La presteza es el alma de la obediencia.
- Resolución. Me apresuraré y no me retardaré. C. A. D.
Vers. 60.
- Rápido.
- Seguro. W. D.
Vers. 60. La dilación considerada en su aplicación más importante, es decir, a la religión.
- Esta dilación es irracional.
- Es desagradable, molesta, dolorosa.
- Es vergonzosa.
- Es pecaminosa, y ese es el grado más alto.
- Es peligrosa. John Angell James.
Salmos 119:61
Vers. 61. «Compañías de impíos me han despojado.» Antes se burlaban de él, y ahora lo han defraudado. Los impíos empeoran y se vuelven más y más audaces, de modo que pasan de la burla al robo. Gran parte de esta osada oposición nacía de que estaban agavillados: los hombres se atreven en compañía a hacer lo que a solas no se habrían atrevido ni a pensar. Cuando se juntan los tizones, no hay manera de saber qué llama levantarán. Parece que bandas enteras de hombres asaltaron a este único hijo de Dios; son lo bastante cobardes para cualquier cosa; aunque no pudieron matarlo, lo robaron; los perros de Satanás acosan a los santos si no pueden devorarlos. Los enemigos de David hicieron todo lo que pudieron: primero las serpientes silbaron, y luego picaron. Como las palabras no bastaron, los impíos pasaron a los golpes. ¡Cuánto han despojado los impíos a los santos en todas las edades, y cuántas veces han soportado los justos con gozo el despojo de sus bienes!
«Mas no me he olvidado de tu ley.» Esto fue bueno. Ni su sentido de la injusticia, ni su dolor por sus pérdidas, ni sus intentos de defensa lo desviaron de los caminos de Dios. No quiso hacer mal para evitar sufrir mal, ni obrar perversamente para vengar la perversidad. Llevaba la ley en el corazón, y por eso ninguna perturbación del ánimo pudo apartarlo de seguirla. Se habría podido olvidar de sí mismo si hubiera olvidado la ley; tal como fue, estaba dispuesto a perdonar y olvidar las injurias que se le hacían, porque su corazón estaba ocupado con la palabra de Dios. Las compañías de los impíos no le habían robado su tesoro más escogido, pues le habían dejado su santidad y su felicidad.
Algunos leen este pasaje: «Las compañías de los impíos me rodean». Lo cercaban, lo aislaban del socorro, le cerraban toda vía de escape, pero el hombre de Dios tenía consigo a su protector; una conciencia limpia confiaba en la promesa, y una valiente resolución se aferraba al precepto. No podía ser ni sobornado ni intimidado para pecar. El cordón de los impíos no podía apartar a Dios de él, ni a él de Dios: esto era porque Dios era su porción, y nadie podía privarlo de ella ni por la fuerza ni por el fraude. Esa es la verdadera gracia, la que puede soportar la prueba: algunos apenas son piadosos en el círculo de sus amigos, pero este hombre era santo en medio de un anillo de enemigos.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 61. «Compañías de impíos me han despojado.» Quedan dos lecturas, cualquiera de las cuales puede admitirse: «Las cuerdas de los impíos me han aprisionado», o «Las compañías de los impíos me han despojado». Adoptemos una u otra lectura, lo que el profeta pretende declarar es que, cuando Satanás asaltó los principios de la piedad en su alma con graves tentaciones, él continuó con inquebrantable firmeza en el amor y la práctica de la ley de Dios. Sin embargo, las cuerdas pueden entenderse de dos maneras: o bien, primero, como indicio de los engañosos atractivos con que los impíos procuraban enredarlo en su sociedad; o bien, segundo, los fraudes que practicaban para lograr su ruina. Juan Calvino.
Vers. 61. «Compañías de impíos me han despojado.» Algunos tienen: «Cuerdas de hombres impíos me han enlazado». Otros: «Lazos de hombres impíos me rodean». El sentido es que los hombres impíos, con sus tramas y artimañas, lo habían cercado, como se hace para atrapar a una fiera salvaje en las redes. Podían, en efecto, rodearlo en el desierto, pero no podían esclavizar la mente libre; seguiría sintiéndose libre en espíritu, no olvidaría la ley de Dios. John Stephen.
Vers. 61. «Compañías de impíos me han despojado.» Cayeron sobre sus bienes y lo despojaron de ellos, ya fuera por saqueo en tiempo de guerra, ya por multas y confiscaciones con apariencia de ley. Saúl (es probable) se apoderó de sus bienes; Absalón, de su palacio; los amalecitas saquearon Siclag. Matthew Henry.
Vers. 61. Debe evitarse la amistad de los impíos. Primero, porque nos ata, ya que ellos están atados unos a otros: «compañías de impíos». Todo pecador es un gladiador con red y espada que baja a la arena y procura enredar a todo el que se le acerca. Una segunda razón para evitar la amistad de los impíos, que puede tomarse de la palabra hebrea, es su crueldad y barbarie: pues los impíos no solo atan a sus amigos, sino que los hacen botín y presa: «me han despojado». Son ladrones con señuelo que viajan con un caminante desprevenido hasta llevarlo a bosques espesos y oscuros, donde lo despojan de las riquezas celestiales. Thomas Le Blanc.
Vers. 61. «Compañías de impíos me han despojado.» Entonces dijo Cristiano a su compañero: Ahora recuerdo lo que me contaron de algo que le sucedió a un buen hombre por aquí cerca. El nombre del hombre era Poca Fe, pero era un buen hombre, y vivía en la ciudad de Sincero. El caso fue este: a la entrada de este paso baja desde la puerta Ancha un callejón llamado el callejón del Hombre Muerto, así llamado por los asesinatos que comúnmente se cometen allí. Y este Poca Fe, que iba de peregrinación, como nosotros ahora, se sentó allí por casualidad y se durmió. Ocurrió que en ese momento bajaron por ese callejón desde la puerta Ancha tres bribones robustos, de nombres Corazón Débil, Desconfianza y Culpa (tres hermanos), y al divisar a Poca Fe donde estaba, llegaron galopando a toda prisa. El buen hombre acababa de despertar de su sueño y se levantaba para continuar su viaje. Así que llegaron todos hasta él y con palabras amenazadoras le ordenaron que se detuviera. Ante esto, Poca Fe se puso blanco como una nube, y no tuvo fuerzas ni para pelear ni para huir. Entonces dijo Corazón Débil: Entrega tu bolsa; pero como él no se apuraba en hacerlo (pues le dolía perder su dinero), Desconfianza corrió hacia él y, metiéndole la mano en el bolsillo, sacó de allí una bolsa de plata. Entonces él gritó: ¡Ladrones! ¡Ladrones! Con eso Culpa, con un gran garrote que tenía en la mano, golpeó a Poca Fe en la cabeza, y con ese golpe lo derribó de plano al suelo, donde quedó sangrando como quien va a desangrarse hasta morir… El lugar donde estaban sus joyas nunca lo registraron, de modo que las conservó; pero, según me contaron, el buen hombre quedó muy afligido por su pérdida. Pues los ladrones se llevaron la mayor parte de su dinero para gastos. Lo que no se llevaron (como dije) fueron las joyas, y le quedó también un poco de dinero suelto, pero apenas bastante para llegar al final de su viaje; más aún (si no fui mal informado), se vio obligado a mendigar por el camino para mantenerse vivo (pues sus joyas no podía venderlas). Pero mendigase y hiciese lo que pudiese, fue (como decimos) con muchos vacíos en el estómago la mayor parte del resto del camino. John Bunyan.
Vers. 61. Compañías. Por más que, para fortalecerse en un mal camino, los impíos anden juntos en compañías y bandas, no les valdrá ni a nosotros nos dañará. Los constructores de Babel; Moab, Amón y Edom conspirando a una, pueden decirnos: «Aunque se den la mano unos a otros, el impío no quedará sin castigo». Los impíos son como espinos delante del fuego; su multitud bien puede avivar la llama, pero no puede resistirla. William Cowper.
Vers. 61. Es una reflexión saludable tener presente que miles de adversarios espirituales están siempre al acecho para hacernos su presa. John Morison.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 61.
- El salteo espiritual en el camino.
- El caminante que se mantiene en su ruta. O bien: lo que los enemigos pueden hacer y lo que no pueden hacer.
Salmos 119:62
Vers. 62. «A medianoche me levantaba para alabarte por tus justos juicios.» No temía a los ladrones; se levantaba, no para vigilar su casa, sino para alabar a su Dios. La medianoche es la hora de los ladrones, y había bandas de ellos en torno a David, pero no ocupaban sus pensamientos; estos estaban todos levantados y lejos, con el Señor su Dios. No pensaba en ladrones, sino en gracias; no en lo que ellos robarían, sino en lo que él daría a su Dios. Un corazón agradecido es una bendición tal que expulsa el temor y hace lugar a la alabanza. La acción de gracias convierte la noche en día y consagra todas las horas al culto de Dios. Toda hora es canónica para un santo.
El salmista observaba la postura; no alababa acostado en la cama. No hay mucho en la posición del cuerpo, pero algo hay, y ese algo debe observarse siempre que ayude a la devoción y exprese nuestra diligencia o humildad. Muchos se arrodillan sin orar, algunos oran sin arrodillarse; pero lo mejor es arrodillarse y orar: así aquí, no habría sido virtud levantarse sin dar gracias, y no habría sido pecado dar gracias sin levantarse; pero levantarse y dar gracias es una feliz combinación. En cuanto a la hora, era quieta, solitaria, y tal que demostraba su celo. A medianoche no sería observado ni perturbado; era su propio tiempo, que ahorraba a su sueño, y así quedaría libre de la acusación de sacrificar deberes públicos a devociones privadas. La medianoche termina un día y comienza otro; era, pues, apropiado dar los momentos solemnes a la comunión con el Señor. En el giro de la noche se volvía a su Dios. Tenía gracias que dar por las misericordias que Dios le había dado: tenía en la mente la verdad de Sal 119:57: «Mi porción eres tú, oh Jehová», y si algo puede hacer cantar a un hombre en medio de la noche, es eso.
Las obras justas del gran Juez alegraban el corazón de este hombre piadoso. Sus juicios son el lado terrible de Dios, pero no tienen terror para los justos; ellos los admiran y adoran al Señor por ellos: se levantan de noche para bendecir a Dios porque vengará a sus propios escogidos. Algunos odian la sola noción de la justicia divina, y en esto están tan lejos como los polos de este hombre de Dios, que se llenaba de alegre gratitud al recordar las sentencias del Juez de toda la tierra. Sin duda, en la expresión «tus justos juicios», David se refiere también a los juicios escritos de Dios sobre diversos puntos de la conducta moral; en verdad, todos los preceptos divinos pueden verse bajo esa luz; todos son decisiones legales del Árbitro supremo de lo recto y lo malo. David estaba encantado con estos juicios. Como Pablo, podía decir: «Me deleito en la ley de Dios según el hombre interior». No hallaba tiempo suficiente de día para estudiar las palabras de la sabiduría divina, ni para bendecir a Dios por ellas, y así sacrificaba su sueño para poder expresar su gratitud por tal ley y tal Legislador.
Este versículo avanza sobre el sentido de Sal 119:52, y contiene además la esencia de Sal 119:55. Nuestro autor nunca se repite: aunque recorre la misma escala arriba y abajo, su música tiene una variedad infinita. Las permutaciones y combinaciones que pueden formarse en torno a unas pocas verdades vitales son innumerables.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 62. «A medianoche me levantaba para alabarte.» Aunque no podemos imponerles la observancia particular, hay muchas lecciones notables que sacar de la práctica de David.
- El ardor de su devoción, o su vivo deseo de alabar a Dios: «a medianoche», cuando el sueño más asalta los ojos de los hombres, entonces se levantaba. Su corazón estaba tan puesto en alabar a Dios, y el sentido de su justa providencia lo afectaba, lo urgía y lo excitaba tanto a este deber, que no solo se ocupaba en esta obra de día, mostrando así su amor a Dios, sino que se levantaba de su cama para adorar a Dios y celebrar su alabanza. Lo que impide el sueño de los hombres comunes son o los cuidados de este mundo, o el impaciente resentimiento por las injurias, o el aguijón de una mala conciencia: estas cosas mantienen despiertos a otros, pero a David lo despertaba el deseo de alabar a Dios. Ninguna hora es inoportuna para un corazón lleno de gracia: expresa su afecto a Dios cuando otros descansan. Así leemos de nuestro Señor Cristo que pasó noches enteras en oración (Lc 6:12). De los santos glorificados en el cielo se dice que alaban a Dios continuamente: «Por eso están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo; y el que está sentado sobre el trono extenderá su tabernáculo sobre ellos» (Ap 7:15). Ahora bien, los hombres santos, aunque muy impedidos por sus necesidades corporales, se acercarán a la alabanza continua tanto como la fragilidad presente lo permita. ¡Ay!, a menudo empezamos el día con cierto fervor de oración y alabanza, pero desfallecemos antes de que llegue la tarde.
- Su sinceridad, vista en su secreto. David profesaba su fe en Dios cuando no tenía testigo junto a sí; «a medianoche», cuando no había riesgo de ostentación. Era un gozo secreto y un deleite en Dios: estando a solas no podía tener en cuenta el aplauso de los hombres, sino solo aprobarse delante de Dios, que ve en lo secreto. Véase la instrucción de Cristo: «Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público» (Mt 6:6). Nótese también la práctica del propio Cristo: «Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba» (Mr 1:35): antes del día fue a un desierto a orar; tanto el tiempo como el lugar implicaban secreto.
- Aprendemos de aquí el precio del tiempo: lo fue para David; véase cómo emplea el tiempo de su vida. Leemos de David que, cuando se acostaba de noche, regaba su lecho con lágrimas, tras el examen de su corazón (Sal 6:6); a medianoche se levantaba a dar gracias; por la mañana se anticipaba a las vigilias de la mañana; y siete veces al día alababa a Dios: mañana, mediodía y noche los consagraba. Todos estos son actos de eminente piedad. No debemos contentarnos con la gracia que baste meramente para salvarnos. ¡Ay!, tenemos mucho tiempo ocioso colgando de nuestras manos: bien estaría que se lo diéramos a Dios.
- El valor de los ejercicios piadosos por encima de nuestro natural descanso. La palabra es más dulce que el alimento señalado: «Guardé las palabras de su boca más que mi comida» (Job 23:12). David prefiere las alabanzas de Dios a su sueño y reposo en la noche. Ciertamente, esto debería avergonzarnos por nuestra sensualidad. Podemos prescindir de otras cosas por nuestros vanos placeres: otro tanto hemos hecho por el pecado, por vanas diversiones, etc.; ¿y no nos negaremos a nosotros mismos por Dios?
- La gran reverencia que ha de usarse en la adoración secreta. David no solo levantaba su espíritu para alabar a Dios, sino que se levantaba de su cama para doblar la rodilla ante él. Los deberes secretos deben cumplirse con solemnidad, no despachados a la ligera. La alabanza, acto especial de adoración, requiere el culto del cuerpo y del alma. Thomas Manton.
Vers. 62. «A medianoche me levantaba para alabarte.» Había alabado a Dios en los atrios de la casa del Señor, y sin embargo lo hará en su alcoba. El culto público no nos excusa del culto secreto. Matthew Henry.
Vers. 62. «A medianoche me levantaba para alabarte.» ¿No estaba dispuesto también a alabar a Dios a mediodía? Ciertamente; pero dice «a medianoche» para expresar el ardor y el anhelo de su alma. Solemos asegurar a nuestros amigos nuestra buena voluntad diciéndoles que nos levantaremos a medianoche para deliberar sobre sus asuntos. Wolfgang Musculus.
Vers. 62. «A medianoche me levantaba para alabarte», etc. En estas palabras observa tres cosas: 1. La santa ocupación de David, o el deber prometido: dar gracias a Dios. 2. Su ardor y fervor, implícito en el tiempo mencionado: «A medianoche me levantaba»; prefería interrumpir su sueño y descanso antes que faltara a Dios su alabanza.
- La causa o motivo de su acción de gracias: «por tus justos juicios»; con lo cual se refiere a las disposiciones de la providencia de Dios al librar a los piadosos y castigar a los impíos, conforme a su palabra. Thomas Manton.
Vers. 62. «A medianoche me levantaba para alabarte.» Los cuidados de este mundo, la impaciencia ante los agravios, una mala conciencia, mantienen despiertos a los impíos y perturban su sueño (Rivetus); pero yo me despierto para darte gracias. A. R. Faussett.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 62.
- El deber de la gratitud: «alabarte».
- El motivo de la gratitud: «tus justos juicios».
- La ocasión de la gratitud: de noche tanto como de día. G. R.
Vers. 62. Levantado en la noche. Cantando en la noche. Razones de una conducta tan singular.
Vers. 62. El ruiseñor.
- Una asociación natural de ideas: «medianoche» y «juicios». Éx 7, etc.
- Una asociación incongruente de sentimientos: «gracias» y «juicios».
- Una plena justificación de esta aparente incongruencia: «gracias por tus justos juicios».
- Un vigoroso cumplimiento de un deber obligatorio: «a medianoche me levantaba para alabarte». C. A. D.
Salmos 119:63
Vers. 63. «Compañero soy yo de todos los que te temen.» El versículo anterior decía: «Me levantaba», y este dice: «Soy». Difícilmente podemos esperar estar en lo recto en el futuro si no lo estamos ahora. El santo hombre pasaba sus noches con Dios y sus días con el pueblo de Dios. Los que temen a Dios aman a los que lo temen, y escogen poco su compañía con tal de que los hombres teman de veras a Dios. David era rey, y sin embargo se juntaba con «todos» los que temían al Señor, fueran oscuros o famosos, pobres o ricos. Era un condiscípulo del Colegio de Todos los Santos.
No escogía a unos pocos santos especialmente eminentes para dejar solos a los creyentes comunes. No; se alegraba de la compañía de quienes solo tenían el comienzo de la sabiduría en forma de «el temor del Señor»: se complacía en sentarse con ellos en los bancos inferiores de la escuela de la fe. Buscaba el temor piadoso interior, pero esperaba también ver piedad exterior en aquellos a quienes admitía en su compañía; por eso añade: «y de los que guardan tus mandamientos». Si guardaban los mandamientos del Señor, el siervo del Señor guardaría su compañía. Se sabía que David estaba del lado de los piadosos, era siempre del partido puritano: los hombres de Belial lo odiaban por esto, y sin duda lo despreciaban por mantener una compañía tan pasada de moda como la de hombres y mujeres humildes, rígidos y religiosos; pero el hombre de Dios no se avergüenza en absoluto de sus asociados; lejos de ello, se gloría incluso de proclamar su unión con ellos, y que sus enemigos hagan de ello lo que quieran. Hallaba placer y provecho en la compañía de los santos: mejoraba al juntarse con los buenos y obtenía honra de andar en compañía muy honorable. ¿Qué dice el lector? ¿Saborea la compañía santa? ¿Se siente en casa entre gente llena de gracia? Si es así, puede sacar consuelo de ello. Dios los cría y ellos se juntan. Al hombre se le conoce por sus compañías. Quienes no tienen temor de Dios delante de sus ojos rara vez desean la sociedad de los santos; les parece demasiado lenta, demasiado aburrida. Sea este nuestro consuelo: que cuando la muerte nos suelte iremos a nuestra propia compañía, y los que amaron a los santos en la tierra serán contados con ellos en el cielo.
Hay cierta medida de paralelismo entre este séptimo versículo de su octava y el séptimo de Tet (Sal 119:71) y el de Yod (Sal 119:79); pero, por regla general, las semejanzas que eran tan manifiestas en los versículos anteriores se van haciendo borrosas. A medida que el sentido se hace más hondo, se atiende menos a la forma artificial de expresión.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 63. «Compañero soy yo», etc. Dijo en el primer versículo de esta sección que Dios era su porción; ahora dice que todos los santos de Dios son sus compañeros. Estas dos cosas van juntas: el amor de Dios y el amor de sus santos. El que no ama a su hermano, hecho a imagen de Dios, a quien ve, ¿cómo amará a Dios a quien no ha visto? Puesto que nuestra bondad no llega hasta el Señor, si se muestra a sus santos y excelentes que están en la tierra, por amor a él, no será pequeña prueba de nuestro afecto hacia él mismo.
El piadoso David, muerto Jonatán, hizo diligente indagación: ¿No ha quedado nadie de la posteridad de Jonatán a quien pueda mostrar bondad por amor a Jonatán? Y al fin halló a un humilde y cojo Mefiboset. Así también, si inquirimos con diligencia: ¿No hay nadie en la tierra a quien pueda mostrar bondad por amor a Cristo, que está en el cielo? Siempre hallaremos a alguien a quien todo lo que hagamos será aceptado como hecho a él mismo.
Debe notarse su gran modestia. No dice: Soy compañero de todos los que te siguen, sino de todos los que te temen. El temor de Dios es el principio de la sabiduría. Se coloca entre los novicios en humildad, aunque superaba a los antiguos en piedad. William Cowper.
Vers. 63. «Compañero soy yo de todos los que te temen.» ¡Cuán débil es la naturaleza humana! En verdad hay momentos en que la presencia de alguien tan grande como el Todopoderoso se vuelve opresiva, y sentimos la necesidad de alguien como nosotros que simpatice con nosotros. Y se nos han provisto por el camino muchos amigos bondadosos y comprensivos, como Jesús. A medida que avanzamos, recibimos los apoyos humanos que el Señor ha provisto. Los recibimos también para la comunión. John Stephen.
Vers. 63. «Compañero soy yo de todos los que te temen.» Dios los cría y ellos se juntan. Los siervos del mismo Señor, si son fieles, se unirán con sus compañeros y no con los siervos de su enemigo. Cuando un hombre llega a una posada, puede adivinarse bastante bien a qué lugar se dirige por la compañía por la que pregunta. Su pregunta: «¿Sabe usted de alguien que viaje hacia Londres? Me alegraría de corazón su compañía», revelará su intención y su rumbo. Si oye de alguno que va hacia otra costa, no se fija en ellos; pero si sabe de algunos viajeros honestos que han de ir por el mismo camino y salir hacia la misma ciudad que él, les envía recado y les ruega el favor de su buena compañía. Este mundo es una posada, todos los hombres son en cierto sentido peregrinos y extranjeros, no tienen aquí morada permanente. Ahora bien, la compañía por la que preguntan y en la que se deleitan, sean los que andan por el «camino ancho» de la carne o los que andan por el «camino angosto» del Espíritu, declarará si van hacia el cielo o hacia el infierno. El impío no desea la compañía de quienes andan en sentido contrario, ni el santo se deleita en la sociedad de quienes van a contramano de su viaje. «¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?» Las jóvenes perdices criadas bajo una gallina van por un tiempo con los pollitos de esta y les hacen compañía, escarbando juntos la tierra; pero cuando han crecido y sus alas están listas para ello, se elevan al aire y buscan aves de su propia naturaleza. Un cristiano, antes de su conversión, es criado bajo el príncipe de las tinieblas y anda en compañía de su maldita tropa, conforme a la corriente de este mundo; pero cuando el Espíritu cambia su disposición, pronto cambia sus compañeros y se deleita solo en los santos que están en la tierra. George Swinnock.
Vers. 63. «Compañero soy yo de todos los que te temen.» 1. La persona que habla. Debe observarse la disparidad de las personas. David, que era un gran profeta, más aún, un rey, dice sin embargo: «Compañero soy yo de todos los que te temen». El mismo Cristo los llamó sus «compañeros»: «Te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros» (Sal 45:7); y por tanto David bien podía decir: «Compañero soy yo».
- Las personas de quienes se habla. David dice de «todos los que te temen». Debe observarse la partícula universal; no solo algunos, sino «todos»: cuando alguno daba con él, o él con alguno de ellos, le eran bienvenidos. ¡Cuán bien le iría al mundo si los grandes potentados de la tierra pensaran, hablaran y obraran así: «Compañero soy yo de todos los que te temen»! El amor propio reina en la mayoría de los hombres: amamos al rico y despreciamos al pobre, y así tenemos la fe de nuestro Señor Jesucristo con acepción de personas (Stg 2:1): por tanto, debe tenerse en cuenta esta universalidad. «Habiendo oído de vuestra fe y de vuestro amor para con todos los santos» (Ef 1:15), para con los humildes tanto como para con los más grandes. La humildad de condición no quita las relaciones de iglesia (1 Co 11:20). Hay muchas diferencias en lo mundano entre un cristiano y otro; más aún, en dones espirituales, unos más débiles, otros más fuertes; pero debemos amar a todos; pues todos son hijos de un solo Padre, todos reconocidos por Cristo: «No se avergüenza de llamarlos hermanos» (He 2:11).
Esto, digo, es digno de observarse, la disparidad de las personas: de un lado, David; del otro, todo el pueblo de Dios. Thomas Manton.
Vers. 63. «Compañero soy yo», etc.: como si dijera: Esto es para mí una señal de que pertenezco a tu familia, porque «soy compañero de todos los que te temen» con temor filial y guardan «tus mandamientos». Paulus Palanterius.
Vers. 63. Un compañero es, propiamente, aquel con quien escojo andar y conversar de ordinario en forma de amistad; de modo que el tener compañía implica tres cosas: primero, es asunto de elección, y por tanto los parientes, como tales, no se dice propiamente que sean nuestros compañeros; segundo, implica un andar y un conversar constantes con otro, y así se expresa en Job 34:8 y Pr 13:20. Y, tercero, este conversar o andar ordinario con otro debe ser en forma de amistad. William Bridge, 1600-1670.
Vers. 63. Huyan de la compañía que huye de Dios, y mantengan la compañía que Dios mantiene. Miren la sociedad de los carnales o profanos como contagiosa, pero consideren a las personas serias y orantes como los excelentes de la tierra. Estos servirán para avivarlos cuando estén tibios y calentarlos cuando estén fríos. Hagan de los más vivos del pueblo de Dios sus mayores íntimos, y procuren que su amor y semejanza a Cristo sea el gran motivo de su amor hacia ellos, más que su amor o semejanza a ustedes. John Willison, 1680-1750.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 63.
- La verdadera religión es amistosa.
- Nuestra amistad debe ser católica.
- Nuestra amistad debe ser discriminadora.
- Tal amistad es sumamente útil.
Vers. 63. De la buena y la mala compañía. Cómo evitar la una y aprovechar la otra. Véase el sermón de W. Bridge, en sus obras, vol. v, p. 90. Edición de Tegg, 1845.
Vers. 63. La elección de compañeros del creyente.
- Debe decidirse por su piedad: «Los que te temen».
- Está dirigida por su conducta: «Los que guardan tus mandamientos».
- Debe extenderse hasta donde sea posible: «Todos».
- Implica obligación recíproca: «Compañero soy yo». J. F.
Salmos 119:64
Vers. 64. «De tu misericordia, oh Jehová, está llena la tierra.» David había sido desterrado, pero nunca lo habían echado fuera del alcance de la misericordia, pues halló que el mundo estaba lleno de ella por doquier. Había vagado por desiertos y se había escondido en cuevas, y allí había visto y sentido la benignidad del Señor. Había aprendido que el amor de Jehová se extendía mucho más allá de los límites de la tierra de la promesa y de la raza de Israel, y en este versículo expresó esa idea amplia de Dios que tan rara vez se ve en el judío moderno. ¡Cuán dulce es para nosotros saber que no solo hay misericordia por todo el mundo, sino que hay tal abundancia de ella que la tierra está «llena» de ella! Poca maravilla es que el salmista, puesto que sabía que el Señor era su porción, esperara obtener una medida de esta misericordia para sí, y así se animara a orar: «enséñame tus estatutos». Para él era el ideal de la misericordia ser enseñado por Dios, y enseñado en la propia ley de Dios. No podía pensar en una misericordia mayor que esta. Ciertamente, quien llena el universo con su gracia concederá una petición como esta a su propio hijo. Exhalemos el deseo al misericordiosísimo Jehová, y podemos estar seguros de su cumplimiento.
El primer versículo de esta octava está perfumado de plena seguridad y firme resolución, y este último versículo desborda de un sentido de la plenitud divina y de la dependencia personal del salmista. Esto ilustra el hecho de que la plena seguridad ni enfría la oración ni estorba la humildad. No sería error decir que crea mansedumbre y sugiere la súplica. «Mi porción eres tú, oh Jehová» es bien seguido por «enséñame»; pues el heredero de una gran hacienda debe ser educado a fondo, para que su conducta esté a la altura de su fortuna. ¿Qué clase de discípulos debemos ser quienes tenemos por herencia al Señor de los ejércitos? Los que tienen a Dios por su Porción anhelan tenerlo por su Maestro. Además, los que han resuelto obedecer son los más ansiosos de ser enseñados. «He dicho que guardaré tus palabras» es hermosamente seguido por «enséñame tus estatutos». Los que desean guardar una ley están ansiosos por conocer todas sus cláusulas y disposiciones, no sea que ofendan por inadvertencia. Quien no se interesa por ser instruido por el Señor nunca ha resuelto honestamente ser santo.
En esta novena sección todos los versículos comienzan con la letra Tet. Son el testimonio de la experiencia, que atestigua la bondad de Dios, la gracia de su trato y el precio de su palabra. De manera especial el salmista proclama los excelentes usos de la adversidad y la bondad de Dios al afligirlo. El versículo sesenta y cinco es el texto de toda la octava.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 64. «De tu misericordia, oh Jehová, está llena la tierra.» El siervo humilde y devoto de Dios no mira con ojo bilioso la escena por la que pasa hacia su hogar eterno. En medio de muchas penas y privaciones, frutos necesarios del pecado, contempla toda la naturaleza y la providencia resplandeciendo en la rica expresión de la benignidad y misericordia paternas de Dios hacia los hijos de los hombres. John Morison.
Vers. 64. «De tu misericordia, oh Jehová, está llena la tierra.» El mar de fundición, los panes de la proposición, el incienso aromático, el humo de los sacrificios, el pectoral de Aarón, la predicación de la cruz, las llaves del reino de los cielos: ¿no proclaman todo esto misericordia? ¿Quién podría entrar en un santuario, escudriñar su conciencia, alzar la vista al cielo, orar o sacrificar, invocar a Dios, o pensar en el árbol de la vida en medio del paraíso de Dios, si no hubiera misericordia? ¿No lo confirman todas las visiones, pactos, promesas, mensajes, misterios, purificaciones legales y pacificación evangélica? Sí, la misericordia está en el aire que respiramos, en la luz diaria que nos alumbra, en la lluvia graciosa de la heredad de Dios; es la fuente pública para todos los sedientos, el hospital común de todos los necesitados; todas las calles de la iglesia están empedradas con estas piedras. ¿Qué sería de los hijos si no hubiera estos pechos de consolación? ¿Cómo se ataviaría la novia, la esposa del Cordero, si su esposo no la adornara con estas vestiduras? ¿Cómo aparecería el Edén como el huerto de Dios, si no lo regaran estos ríos? Es la misericordia la que nos saca del vientre, nos alimenta en los días de nuestra peregrinación, nos provee de provisiones espirituales, cierra nuestros ojos en paz y nos traslada a un lugar de reposo seguro. Es la súplica del primer suplicante y el artículo del primer creyente, la contemplación de Enoc, la confianza de Abraham, la carga de los cánticos proféticos, la gloria de todos los apóstoles, el alegato del penitente, los éxtasis de los reconciliados, el hosanna del creyente, el aleluya del ángel. Las ordenanzas, los oráculos, los altares, los púlpitos, las puertas de la tumba y las puertas del cielo, todo depende de la misericordia. Es la estrella polar de los errantes, el rescate del cautivo, el antídoto del tentado, el profeta de los vivos y el consuelo eficaz de los moribundos: no habría un solo santo regenerado en la tierra, ni un solo santo glorificado en el cielo, si no fuera por la misericordia. De «Illustrative Gatherings», de G. S. Bowes, 1869.
Vers. 64. «De tu misericordia, oh Jehová, está llena la tierra.»
«¿Por qué brota tal melodía de árbol y de arbusto,
desbordamiento del corazón de cada cantor,
llenando de tal modo el mío que apenas puede callar
un momento para escuchar, sino que querría tomar parte?
Es una sola canción la que oigo dondequiera que voy,
aunque incontables sean las notas: que Dios es amor.
¿Por qué salta el arroyo por la ladera del monte,
corriendo tan veloz al valle de abajo,
para alegrar al rebaño sediento del pastor, o deslizarse
donde el sol ardiente ha dejado una guirnalda marchita,
o, murmurando, ayudar a la música de una arboleda?
Su propia voz alegre responde que Dios es amor.
¿Es un mundo caído el que contemplo?
¿Estoy yo tan hondamente caído como los demás,
y aun así participo de gozos que sobrepasan mi mayor alabanza,
en lugar de vagar abandonado y sin bendición?
Es como si un espíritu invisible porfiara
en grabar en mi corazón que Dios es amor.» Thomas Davis, 1864.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 64. La suma y sustancia de este versículo se comprenderá en estas cinco proposiciones:
- Que el conocimiento salvador es un beneficio que debe pedirse a Dios.
- Que este beneficio no puede pedirse con demasiada frecuencia ni lo bastante: es su petición continua.
- Al pedir, nos anima la generosidad o misericordia de Dios.
- Que Dios es misericordioso lo declaran todas sus criaturas.
- Que su bondad para con todas sus criaturas debe confirmarnos en la esperanza de la gracia salvadora y de los bienes espirituales. T. Manton.
Vers. 64.
- Observaciones en la escuela de la naturaleza.
- Las súplicas entran en la escuela de la gracia.
Vers. 64. La misericordia de Dios en la naturaleza y su misericordia tal como se revela en la palabra.
- La una excelente; la otra sobreexcelente.
- La una fácilmente dada; la otra venida mediante un gran sacrificio.
- La una puede ser disfrutada e incluso aumentar la condenación; la otra, si se disfruta, es salvación.
- La una debe llevar al arrepentimiento; la otra está adaptada para la restauración del penitente a la santidad. J. F.
Sal 119:65*
TET. En el original cada estrofa comienza con «T», y en nuestra versión es así en todos menos en Sal 119:67 y Sal 119:70, que fácilmente pueden hacerlo leyendo: «Hasta que fui afligido» y «Bueno es para mí que haya sido afligido». C. H. S.
Salmos 119:65
Vers. 65. «Bien has hecho con tu siervo, oh Jehová, conforme a tu palabra.» Este es el resumen de su vida, y ciertamente es la suma de la nuestra. El salmista dice al Señor el veredicto de su corazón; no puede callar, debe expresar su gratitud en presencia de Jehová, su Dios. De la bondad universal de Dios en la naturaleza, en Sal 119:64, es un paso fácil y agradable a la confesión de la constante bondad del Señor para con nosotros personalmente. Algo es que Dios haya tratado en absoluto con seres tan insignificantes e inmerecedores como nosotros, y mucho más es que haya obrado bien con nosotros, y tan bien, tan maravillosamente bien. Todo lo ha hecho bien: la regla no tiene excepción. En la providencia y en la gracia, al dar prosperidad y al enviar adversidad, en todo Jehová ha obrado bien con nosotros. Obramos bien de nuestra parte al decir al Señor que sentimos que ha obrado bien con nosotros; pues la alabanza de esta clase es especialmente apropiada y decorosa. Esta bondad del Señor no es, sin embargo, cosa de casualidad: él prometió hacerlo así, y lo ha hecho conforme a su palabra. Es muy precioso ver la palabra del Señor cumplida en nuestra feliz experiencia; hace querida la Escritura y nos hace amar al Señor de la Escritura. El libro de la providencia concuerda con el libro de la promesa: lo que leemos en la página de la inspiración lo volvemos a hallar en las hojas de la historia de nuestra vida. Quizá no pensamos que sería así, pero nos arrepentimos ahora de nuestra incredulidad al ver la misericordia del Señor para con nosotros y su fidelidad a su palabra; de aquí en adelante estamos obligados a mostrar una fe más firme tanto en Dios como en su promesa. Ha hablado bien, y ha obrado bien. Es el mejor de los Amos; pues es con un siervo muy indigno e incapaz con quien ha obrado de manera tan bendita: ¿no nos hace esto deleitarnos más y más en su servicio? No podemos decir que hayamos obrado bien con nuestro Amo; pues cuando hemos hecho todo, somos siervos inútiles; pero en cuanto a nuestro Señor, nos ha dado trabajo ligero, abundante sustento, amoroso aliento y salario generoso. Es una maravilla que no nos haya despedido hace tiempo, o por lo menos reducido nuestras raciones, o tratado con aspereza; y sin embargo no hemos tenido tratos duros, todo ha sido dispuesto con tanta consideración como si hubiéramos rendido obediencia perfecta. Tenemos pan de sobra y aun más, nuestra librea nos ha sido debidamente provista, y su servicio nos ha ennoblecido y nos ha hecho felices como reyes. Quejas no tenemos ninguna. Nos perdemos en adoradora acción de gracias, y nos volvemos a hallar en un agradecido vivir cuidadoso.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 65. «Bien has hecho con tu siervo, oh Jehová.»
- La parte que obra es el mismo Dios: todo bien ha de referirse a Dios como su autor.
- El beneficio recibido se expresa en general: «Bien has hecho». Algunos lo traducen del hebreo: Bonum fecisti, has hecho bien con tu siervo; la Septuaginta, krhststhta epoihsav meta ton doulou sou, has hecho bondad con tu siervo; de ellos, la Vulgata: Bonitatem fecisti. Algunos toman esta cláusula en general: «Todo lo que haces por tus siervos es bueno»: ellos lo cuentan así, aunque sea del todo contrario al interés de la carne: la enfermedad es buena, la pérdida de amigos es buena; y también lo son la pobreza y la pérdida de bienes, para una mente humilde y agradecida. Pero ciertamente David habla aquí de algún socorro y liberación en que Dios le había cumplido alguna promesa. Los rabinos judíos lo entienden de su regreso al reino; pero la mayoría de los escritores cristianos lo entienden de algún beneficio espiritual, ese bien que Dios le había hecho. Si algo puede colegirse de los versículos siguientes, era ciertamente algún bien espiritual. La Septuaginta repite krhstothta dos veces en este versículo y el siguiente, como si reconociera el beneficio de aquel buen juicio y conocimiento cuyo aumento allí pide. En parte ya se le había dado, y aprendido por las aflicciones, como vemos en el versículo tercero de esta sección: «Antes que fuera yo humillado, yo erraba; mas ahora guardo tu palabra». Su oración es: Ahora, pues, sigue aumentando esta obra, esta bondad que has mostrado a tu siervo.
- El objeto, «tu siervo»: es un título honroso y consolador; David se deleitaba en él. Dios es un amo generoso y bondadoso, dispuesto a hacer bien a sus siervos, recompensándolos con gracia aquí y coronando esa gracia con gloria en lo por venir: «Es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan» (He 11:6). Thomas Manton.
Vers. 65. «Bien has hecho.» Si los hijos de Dios supieran lo que más les conviene, percibirían que Dios hizo lo que más les convenía. John Mason.
Vers. 65. «Bien has hecho con tu siervo.» Sabía que los dones de Dios son irrevocables, y que él no se cansa de hacer el bien, sino que acabará lo que ha comenzado; y por eso alega los favores pasados. Nada es más eficaz para obtener misericordia que poner delante de Dios sus misericordias anteriores. Aquí hay dos fundamentos. Primero: si obró bien con él cuando no estaba regenerado, ¿cuánto más ahora? Y segundo: todos los dones de Dios serán perfectamente acabados; por tanto, seguirá obrando bien con su siervo. Aquí hay una diferencia entre la fe y una conciencia acusadora: la conciencia acusadora teme pedir más, porque ha abusado de las misericordias anteriores; pero la fe, asegurándonos que todos los beneficios de Dios son señales de su amor otorgadas a nosotros conforme a su palabra, se atreve a pedir más. Richard Greenham.
Vers. 65. «Bien has hecho con tu siervo.» «Sin duda», decía el difunto reverendo J. Brown, de Haddington, Escocia, «he pasado pruebas como los demás; y sin embargo Dios ha sido tan bondadoso conmigo que creo que, si me diera tantos años como ya he vivido en el mundo, no desearía que se cambiara una sola circunstancia de mi suerte, salvo que desearía tener menos pecado. Podría escribirse sobre mi ataúd: "Aquí yace uno de los protegidos de la Providencia, que desde temprano careció de padre y de madre, y sin embargo nunca los echó de menos"». Arvine's Anecdotes.
Vers. 65. «Bien has hecho con tu siervo, oh Jehová, conforme a tu palabra.» La expresión «conforme a tu palabra» se repite tantas veces en este salmo que tendemos a pasarla por alto, o a darle solo el sentido general de «a causa de tu promesa». Pero en realidad implica mucho más. ¿Había obrado Dios «bien» con David según la idea de los hombres? Si es así, ¿qué significan expresiones como estas: «No me dejes enteramente» (Sal 119:8), «Forastero soy yo en la tierra» (Sal 119:19), «Mi alma está postrada en el polvo» (Sal 119:25), «Se deshace mi alma de ansiedad» (Sal 119:28), «Quita de mí el oprobio que he temido» (Sal 119:39), «Los soberbios se burlaron mucho de mí» (Sal 119:51), «Horror se apoderó de mí» (Sal 119:53)?
A la vista de pasajes como estos, ¿puede decirse que Dios «obró bien» con David según la idea de los hombres? La experiencia de David fue de prueba muy grande y muy variada. No hay fase de nuestros sentimientos en el dolor que no halle amplia expresión en sus salmos. Y sin embargo dice: «Bien has hecho con tu siervo, conforme a tu palabra».
¿Cómo, pues, hemos de interpretar la expresión, tan repetida aquí, de acuerdo con los hechos de la vida espiritual de David?
Dios obró bien con él «conforme a su palabra», en el sentido de tratarlo según lo que su palabra explicaba que era el verdadero bien: no librándolo de toda prueba, sino enviándole la prueba que especialmente necesitaba. Sintió de veras que Dios había obrado bien con él cuando pudo decir (Sal 119:67): «Antes que fuera yo humillado, yo erraba; mas ahora guardo tu palabra». Y de nuevo (Sal 119:71): «Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos». Tal trato era duro de soportar para la carne y la sangre, pero era en verdad «bien», en el sentido de lograr los resultados más bendecidos.
Fue también «conforme a su palabra» en el sentido de estar de acuerdo con su manera revelada de tratar a su pueblo, que es disciplinado para su provecho.
Además, Dios había «obrado bien» con David conforme a su palabra o pacto; siendo el cumplimiento presente (aun si en sí mismo amargo) una arras segura de su perfeccionamiento final de su obra, y de su glorificación en el cumplimiento total de su palabra, en la salvación completa de su siervo.
Conforme a tu palabra, oh Señor, has obrado bien con tu siervo. Tu palabra es la luz y la lámpara que muestra las cosas en su verdadero aspecto y nos enseña a saber que todas las cosas ayudan a bien a tu pueblo; que tú haces bien todas las cosas. «Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley». ¿Qué puede haber más maravilloso para nuestros ojos que tales visiones?
Conforme a tu palabra: no solo «a causa de tu promesa», sino de tal manera y en tal medida como tu palabra declara. Véase cómo tal comprensión de la expresión abre la idea de «Ten misericordia de mí según tu palabra» (Sal 119:58). Todas las dulces promesas y declaraciones de la infinita misericordia de Dios se alzan ante nosotros y hacen de ella una petición inmensa. Y también: «Vivifícame», y «fortaléceme según tu palabra», hasta la plena medida de lo que has prometido y provisto para tu pueblo. Véase la plenitud, desde este punto de vista, de Sal 119:76: «Sea ahora tu misericordia para consolarme, conforme a lo que has dicho a tu siervo». Y también Sal 119:169: «Dame entendimiento conforme a tu palabra»; Sal 119:170: «Líbrame conforme a tu dicho». En cada uno de estos pasajes se nos lleva a sentir que la petición incluye el pensamiento de todo lo que la palabra enseña sobre el asunto.
Sea, pues, nuestra oración por misericordia, fortaleza, consuelo, entendimiento y liberación siempre una oración por estas cosas en la plena medida en que están reveladas y prometidas en la palabra de Dios. Mary B. M. Duncan (1825-1865), en «Under the Shadow».
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Bosquejos sobre las palabras clave del salmo, por el pastor C. A. Davis.
Versículos 65-72. Los tratos del Señor. Reconocidos con gratitud (Sal 119:65), y su carácter instructivo aún deseado (Sal 119:66); aun la aflicción que viene de él es «buena» (Sal 119:67-68), y con su resultado benéfico es preferida a la prosperidad de los impíos (Sal 119:69-72).
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 65. El siervo que da referencias de su amo; o, la concordancia con la Escritura: dos temas fecundos.
Versículo 65.
- La experiencia confirmada por la palabra.
- La palabra por la experiencia. G. R.
Vers. 65. La historia de un siervo.
- Aunque conocía mis faltas, me contrató.
- Aunque estoy tan por debajo de él, con todo me enseña con familiaridad.
- Aunque siempre estoy enfermizo, es muy bondadoso conmigo en mis aflicciones.
- Aunque soy uno de los más humildes de sus siervos, me permite banquetear en su propia mesa.
- Aunque hago poco trabajo, me pagará bien.
- Aunque he de tener un salario tan grande, tengo muchísimos extras.
- Aunque mi Amo es todo esto para mí (¿pueden creerlo?), murmuro y me quejo de él si me contraría en algo. Aplicación:
(a) ¿Suena la palabra «siervo» como un nombre inapropiado? «Ya no os llamaré siervos… pero os he llamado amigos».
(b) Aunque él me llama «amigo», nunca dejaré de llamarlo «Amo». Richard Andrew Griffin, en «Stems and Twigs».
Salmos 119:66
Vers. 66. «Enséñame buen sentido y sabiduría.» De nuevo pide enseñanza, como en el versículo 64, y de nuevo usa la misericordia de Dios como argumento. Puesto que Dios había obrado bien con él, se anima a pedir juicio para apreciar la bondad del Señor. El buen juicio es la forma de bondad que el hombre piadoso más necesita y más desea, y es la que el Señor está más dispuesto a conceder. David sentía que con frecuencia había fallado en el juicio respecto de los tratos del Señor con él: por falta de conocimiento había juzgado mal la mano disciplinadora del Padre celestial, y por eso ahora pide ser mejor instruido, pues percibe la injusticia que había hecho al Señor con sus conclusiones apresuradas. Quiere decir: Señor, obraste bien conmigo cuando yo te creía duro y severo; dígnate darme más entendimiento, para que no vuelva a pensar tan mal de mi Señor. La vista de nuestros errores y el sentido de nuestra ignorancia deben hacernos dóciles. No somos capaces de juzgar, pues nuestro conocimiento es tristemente inexacto e imperfecto; si el Señor nos enseña conocimiento, alcanzaremos el buen juicio, pero no de otro modo. Solo el Espíritu Santo puede llenarnos de luz y poner el entendimiento en la balanza debida: anhelemos ardientemente sus enseñanzas, pues es sumamente deseable que dejemos de ser meros niños en conocimiento y entendimiento.
«Porque yo he creído a tus mandamientos.» Su corazón era recto, y por eso esperaba que su cabeza fuera enderezada. Tenía fe, y por eso esperaba recibir sabiduría. Su mente se había afirmado en la convicción de que los preceptos de la palabra venían del Señor y eran, por tanto, justos, sabios, bondadosos y provechosos; creía en la santidad, y como esa creencia no es obra pequeña de la gracia en el alma, esperaba aún nuevas operaciones de la gracia divina. Quien cree los mandamientos es el hombre que sabrá y entenderá las doctrinas y las promesas. Si al mirar atrás a nuestros errores y a nuestra ignorancia podemos ver, con todo, que amábamos de corazón los preceptos de la voluntad divina, tenemos buena razón para esperar que somos discípulos de Cristo y que él nos enseñará y nos hará hombres de buen juicio y sólido conocimiento. Un hombre que ha aprendido el discernimiento por la experiencia y que así se ha vuelto hombre de sano juicio es un miembro valioso de una iglesia y medio de mucha edificación para otros. Que todos los que quieran ser de gran utilidad ofrezcan la oración de este versículo: «Enséñame buen sentido y sabiduría».
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 66. «Enséñame buen sentido», etc. David, que descubrió un gusto santo (Sal 19:10; 119:103; 104:34) y lo recomendó a otros (Sal 34:8), pide en nuestro texto que se le aumente. Pues la palabra traducida «juicio» significa propiamente gusto, y denota ese sabor por la verdad divina, y por la bondad y la santidad divinas, que es peculiar de los verdaderos santos. Me propongo, pues, considerar la naturaleza y los objetos de ese gusto espiritual que posee toda alma llena de gracia y que todos los verdaderos santos desean poseer en grado aún mayor.
La palabra original, que a menudo se aplica a aquellos objetos de los sentidos que distingue el paladar, se usa aquí en sentido metafórico, como con frecuencia ocurre con el término correspondiente en nuestra propia lengua. «¿Acaso no distingue el oído las palabras, y el paladar gusta las viandas?» (Job 12:11). Nuestros traductores vierten aquí «juicio», que es casi lo mismo; pero tal como se aplican los términos entre nosotros, hay una diferencia entre ellos. El gusto es lo que permite a un hombre formar un juicio más abreviado. El juicio es más lento en sus operaciones que el gusto; forma sus decisiones por un camino más rodeado. Así aplicamos el término gusto a muchos objetos de decisión mental: a la belleza de un poema, a la excelencia de un estilo, a la elegancia del vestido o del porte, a la pintura, a la música, etc., en los cuales un buen gusto llevará a quienes lo poseen a decidir con rapidez, y sin embargo con exactitud, sobre la belleza, la excelencia y la conveniencia de los objetos con que han tratado largo tiempo, sin laborioso examen.
Así también los verdaderos santos tienen el poder de recibir placer de la hermosura de la santidad, que resplandece en la palabra de Dios, en el carácter divino, en la ley, en el evangelio, en la cruz de Cristo, en el ejemplo de Cristo y en la conducta de todos sus verdaderos seguidores, en cuanto se conforman a su amable imagen. No quiero decir con esto que los mueva un ciego instinto del que no puedan dar razón suficiente: los genuinos sentimientos de un verdadero cristiano pueden todos justificarse con la más sana razón; pero aquellos sentimientos que fueron producidos primero por la gracia renovadora se fortalecen de tal modo con la comunión diaria con Dios y con la frecuente contemplación de las cosas espirituales, que adquieren una delicadeza y presteza de percepción que no puede poseer quien nunca ha gustado cuán bueno es el Señor. No puede tocarse, por así decir, cierta cuerda sin que el corazón renovado deba responderle. Todo lo que verdaderamente tiende a exaltar a Dios, a acercar el alma a él y a asegurar que sea glorificado y gozado, atraerá naturalmente la atención, excitará los afectos e influirá en la conducta del que es nacido de Dios. «Dulces más que miel, y que la que destila del panal.» «Mi meditación de él me será suave.» «¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca.» «Gustad, y ved que es bueno Jehová.» John Ryland, 1753-1825.
Vers. 66. «Enséñame buen sentido y sabiduría», etc. Literalmente puede traducirse así: Enséñame bondad, discernimiento y conocimiento; porque he creído o confiado en tus mandamientos. En nuestro sistema de las cosas divinas, podríamos inclinarnos a poner primero el conocimiento y el discernimiento, como engendradores de la «bondad». Pero es un hecho bien comprobado que las facultades intelectuales y morales son recíprocas, que las morales dan también fuerza a las intelectuales. Además, solo el hombre espiritual discierne las cosas de Dios. El estado de tener la mente puesta en lo espiritual y familiarizada con las cosas divinas da al intelecto mismo un vigor y una amplitud que aparecen de modo notable en la vida de los hombres eminentes. Y si se observa que algunos han sido eminentes sin tener cualidades espirituales, podría responderse: ¡Cuánto más eminentes habrían sido si hubieran poseído esas cualidades! La petición es: «Enséñame bondad, discernimiento y conocimiento». El principio de agradar a Dios puede estar dentro, y sin embargo la mente puede necesitar ser iluminada en todo deber; y, además, aunque se conozca todo deber, podemos necesitar discernimiento espiritual para verlo y sentirlo rectamente. John Stephen.
Vers. 66. «Enséñame buen sentido.» En una conferencia de Sir John Lubbock sobre la fecundación de las flores por medio de los insectos, se nota una distinción llamativa, en cuanto a esta operación, entre plantas hermosas y plantas feas. Las abejas, según parece, se deleitan en los olores agradables y los colores vivos, y escogen invariablemente las plantas que agradan al hombre. Si observamos el curso de estos insectos en su visita a un jardín, los veremos posarse en la rosa, la lavanda y todas las demás flores agradables de colores brillantes o dulce aroma. En marcado contraste está la conducta de las moscas, que muestran siempre preferencia por las plantas de un amarillo lívido o de un rojo sucio, y por las que tienen mal olor. La abeja es una criatura de gustos finos y sensibles. La mosca es «una especie de buitre insectoide», que se vuelve naturalmente a alimentos vegetales que se parecen a la carroña. Pónganse dos platos sobre un césped, a corta distancia uno de otro, uno con ese hongo subterráneo de mal olor, el Stink-horn, y el otro con un puñado de rosas de musgo, y se discernirá enseguida esta diferencia. El hedor y el hongo repugnante pronto se cubrirán de moscas, mientras las abejas acudirán al plato de rosas. A este amor de las abejas por los colores finos y los perfumes fragantes debemos nuestras flores más selectas. Pues llevando el polvo del polen de una flor vistosa al estigma de otra, han producido con esta unión la semilla de una variedad todavía más rica. Así, edad tras edad, muchas flores han ido haciéndose cada vez más hermosas. Por otra parte, cosa extraña, mediante un proceso semejante ha tenido lugar un progreso en dirección opuesta en las plantas frecuentadas por las moscas, y sus cualidades malsanas y repulsivas se han intensificado.
Así ocurre con las dos grandes clases en que puede dividirse la humanidad: los hombres de este mundo y los hombres del venidero. Mientras los afectos purificados de los unos se centran continuamente en «todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre», los afectos terrenales y viles de los otros se fijan en la corrupción. No vuela con más seguridad la laboriosa abeja de una hermosa flor a otra que el cristiano busca de propósito todo lo más bello, dulce y bueno de la tierra. Su oración es la de David, en Sal 119:66: «Enséñame buen gusto» (que es la traducción literal); y «si algo digno de alabanza hay», en esto piensa. James Neil, en «Rays from the Realms of Nature», 1879.
Vers. 66. Buen sentido y sabiduría. Ninguna bendición es más apropiada que «buen sentido y sabiduría»: «conocimiento» de nosotros mismos, de nuestro Salvador, del camino de la obediencia, y «buen juicio» para dirigir y aplicar este conocimiento a algún fin valioso. Estas dos partes de nuestro equipamiento intelectual tienen una conexión y dependencia mutuas de suma importancia. El «conocimiento» es la percepción especulativa de la verdad general. El «juicio» es su aplicación práctica al corazón y a la conducta. Charles Bridges.
Vers. 66. «Porque yo he creído a tus mandamientos.» Estas palabras merecen alguna consideración, porque el creer se une aquí a un objeto inusual. Si hubiera dicho: «porque he creído tus promesas», o «obedecido tus mandamientos», el sentido de la cláusula habría sido más obvio a toda comprensión vulgar. Creer mandamientos suena tan áspero a un oído común como ver con el oído y oír con el ojo; pero, con todo, los mandamientos son el objeto; y de ellos no dice: «he obedecido», sino «he creído».
Para quitar la aparente aspereza de la frase, algunos intérpretes conciben que «mandamientos» está puesto por la palabra en general; y así las promesas quedan incluidas, más aún, piensan que son principalmente las aludidas, sobre todo aquellas promesas que lo animaban a mirar a Dios por las cosas necesarias, tales como son el buen juicio y el conocimiento. Pero esta interpretación nos desviaría del peso y la fuerza de estas palabras significativas. Notemos, pues:
- Ciertamente hay una fe en los mandamientos, así como en las promesas. Debemos creer que Dios es su autor y que son la expresión de su voluntad que manda y legisla, a la cual estamos obligados a obedecer. La fe debe discernir la soberanía y la bondad del legislador y creer que sus mandamientos son santos, justos y buenos; debe también enseñarnos que Dios ama a los que guardan su ley y se enoja con los que la transgreden, y que él cuidará de que su ley sea vindicada en el gran día postrero.
- La fe en los mandamientos es tan necesaria como la fe en las promesas; pues, así como las promesas no son estimadas, abrazadas ni aprovechadas a menos que se crea que son de Dios, así tampoco los preceptos: no gobiernan la conciencia ni inclinan los afectos, salvo en cuanto se cree que son divinos.
- La fe en los mandamientos debe ser tan viva como la fe en las promesas. Así como las promesas no son creídas con fe viva a menos que aparten el corazón de las vanidades carnales para buscar la felicidad que nos ofrecen, así los preceptos no son rectamente creídos a menos que estemos plenamente resueltos a conformarnos con ellos como la única regla que nos guía a obtener esa felicidad, y a menos que estemos decididos a adherirnos a ellos y obedecerlos. Así como las leyes del rey no se guardan por el solo hecho de creer que son leyes del rey, a menos que, considerando su autoridad y poder, nos sometamos a ellas, así este creer denota una pronta presteza en oír la voz de Dios y obedecerla, y en gobernar nuestros corazones y acciones conforme a su consejo y dirección en la palabra. Thomas Manton.
Vers. 66. «Porque yo he creído a tus mandamientos.» Los mandamientos de Dios no están solos; tienen promesas de gracia a la derecha y amenazas de ira a la izquierda: en ambas se ejercita la fe, y sin tal fe nadie podrá rendir obediencia a los mandamientos de Dios. Wolfgang Musculus.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 66.
- Una fe singular: «Yo he creído a tus mandamientos».
- Una petición especial basada en ella: «Enséñame».
Vers. 66. El valor de un buen juicio para el conocimiento sano.
- Discrimina con cuidado entre la verdad y el error.
- Pone cada verdad en su debida relación con las otras verdades.
- Sostiene firmemente toda verdad, pero tiene mayor cuidado de las más importantes.
- Más bien evita lo curioso y lo especulativo, pero ama de veras lo sencillo y útil.
- Sabiendo que las verdades solo se sostienen rectamente cuando se aplican, lo convierte todo en provecho práctico.
- Sabiendo también que el buen alimento puede, en ciertas circunstancias, volverse venenoso, es cuidadoso en su selección y uso de las verdades. J. F.
Salmos 119:67
Vers. 67. «Antes que fuera yo humillado, yo erraba.» En parte, quizá, por la ausencia de pruebas. A menudo nuestras pruebas son como un seto de espinos que nos mantiene en el buen pasto, mientras que nuestra prosperidad es una brecha por la que nos descarriamos. Si alguno de nosotros recuerda un tiempo en que no tuvo aflicción alguna, probablemente recuerde también que entonces la gracia estaba baja y la tentación era fuerte. Puede ser que algún creyente clame: «¡Ojalá estuviera yo como en aquellos días de verano, antes de ser afligido!». Tal suspiro es sumamente imprudente y nace de un amor carnal a la comodidad: el hombre espiritual, que estima el crecimiento en la gracia, bendecirá a Dios porque aquellos días peligrosos han pasado, y porque, si el tiempo es más tormentoso, también es más sano. Es bueno que la mente esté abierta y sea sincera, como aquí: quizá David nunca habría conocido ni confesado su propio extravío si no hubiera sentido el escozor de la vara. Unámonos a sus humildes reconocimientos, pues sin duda lo hemos imitado en su extravío. ¿Por qué un poco de holgura produce en nosotros tanta enfermedad? ¿Nunca podremos descansar sin oxidarnos? ¿Nunca saciarnos sin engordar y envanecernos? ¡Nunca ascender en un mundo sin descender en el otro! ¡Qué criaturas tan débiles somos, incapaces de soportar un poco de placer! ¡Qué corazones tan bajos los que convierten la abundancia de la bondad de Dios en ocasión de pecado!
«Mas ahora guardo tu palabra.» Hay gracia en el corazón que saca provecho de su castigo. De nada sirve arar tierra estéril. Donde no hay vida espiritual, la aflicción no produce ningún beneficio espiritual; pero donde el corazón es sano, la prueba despierta la conciencia, se confiesa el extravío, el alma vuelve a obedecer el mandamiento y continúa haciéndolo. Los azotes no convertirán a un rebelde en hijo; pero para el verdadero hijo un toque de la vara es un correctivo seguro. En el caso del salmista, la medicina de la aflicción obró un cambio: «mas», un cambio inmediato: «ahora»; un cambio duradero: «guardo»; un cambio interior: «guardo»; un cambio hacia Dios: «tu palabra». Antes de su prueba vagaba, pero después se mantuvo dentro del seto de la palabra y halló buen pasto para su alma; la prueba lo ató a su lugar propio; lo guardó a él, y entonces él guardó la palabra de Dios. Dulces son los usos de la adversidad, y este es uno de ellos: pone freno a la transgresión y proporciona espuela a la santidad.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 67. «Antes que fuera yo humillado, yo erraba», etc. No que se apartara de su Dios voluntaria, perversa y maliciosamente, por desprecio; esto lo niega este mismo hombre (Sal 18:21); sino por la debilidad de la carne, el predominio de la corrupción y la fuerza de la tentación, y en gran medida por un estado de ánimo descuidado, distraído y negligente, se salió del buen camino y se desvió de él antes de darse cuenta. La palabra se usa para el errar por ignorancia (Lv 5:18). Esto fue en su tiempo de prosperidad, cuando, aunque quizá no engordó y dio coces como Jesurún, ni abandonó ni tuvo en poco a la Roca de su salvación, ni cayó en tentaciones y deseos dañosos, ni se desvió de la fe y fue traspasado de muchos dolores, sí pudo volverse desatento a los deberes de la religión y negligente en ellos, lo cual es un caso común. John Gill.
Vers. 67. «Antes que fuera yo humillado.» La Septuaginta y la Vulgata latina dicen: «Antes que fuera humillado». La palabra hebrea tiene el sentido general de ser afligido y puede referirse a cualquier clase de prueba. Albert Barnes.
Vers. 67. «Antes que fuera yo humillado.» La prosperidad es una prueba del carácter más fina y severa que la adversidad, así como una hora de sol de verano produce mayor corrupción que el más largo día de invierno. Eliza Cook.
Vers. 67. «Humillado.» Dios, en su sabiduría, trata con nosotros como lo haría algún gran personaje con un hijo desobediente que abandona su casa y se entrega al desenfreno entre sus arrendatarios. Su padre da órdenes de que lo traten mal, lo afrenten y lo echen de entre ellos, y todo para hacerlo volver. Lo mismo hace Dios: el hombre es su hijo salvaje y disoluto; huye de los mandamientos de su padre y no soporta vivir bajo su gobierno estricto y severo. Acude a los placeres del mundo y se entrega a la juerga y al desenfreno entre las criaturas. Pero Dios resuelve recobrarlo, y por eso manda a toda criatura que lo trate con aspereza. «Quémalo, fuego; sacúdelo, tempestad, y haz naufragar su hacienda; abandónalo, amigo; fracasen sus planes; sean rebeldes contra él, hijos, como él lo es contra mí; que se hundan bajo él sus apoyos y sus dependencias, que se derritan sus riquezas, déjenlo pobre, despreciado y desamparado.» Todos estos son siervos de Dios y deben obedecer su voluntad. ¿Y para qué es todo esto, sino para que, viéndose abandonado de todos, vuelva por fin a su padre, como el pródigo empobrecido? Ezekiel Hopkins, 1633-1690.
Vers. 67. «Humillado.» Así como los hombres recortan las plumas de las aves cuando empiezan a volar demasiado alto o demasiado lejos, así también Dios disminuye nuestras riquezas, etc., para que no pasemos nuestros límites ni nos gloriemos demasiado de tales dones. Otho Wermullerus.
Vers. 67. «Mas ahora guardo tu palabra.»
La aflicción trae al hombre a casa. «El hombre, como oveja necia, a menudo se extravía,
sin conocer su camino;
los ciegos desiertos y el yermo del pecado
recorre cada día;
nada lo hará volver más pronto
que las aflicciones a su aprisco.
Vaga bajo el sol, pero con lluvia
y tiempo de tormenta se apresura a volver a casa.» «Tú, gran Pastor de mi alma, guárdame,
a mí, tu indigna oveja,
de andar errante; o si las buenas maneras no bastan,
que las malas me lleven a ello.
Antes que perecer yo en mi error,
Señor, tráeme de vuelta con terror;
mejor es que sea castigado con tu vara
y con tu cayado de Pastor, que no que me aparte de ti, Dios mío.» «Aunque por ahora los azotes me duelen mucho,
al final aprovechan más,
y hacen que guarde tu palabra, la cual
antes descuidaba;
que vuelva yo a casa más bien por la cruz que hace llorar
que seguir aún perdido.
Para la salud prefiero tomar una píldora amarga
que comer dulces para estar siempre enfermo.» Thomas Washbourne, 1606-1687.
Vers. 67. De entre la innumerable multitud ante el trono de Dios y del Cordero aún podemos oír las palabras del salmista: «Antes que fuera yo humillado, yo erraba; mas ahora guardo tu palabra». Hay muchos que dirán: «He aquí, bienaventurado es el hombre a quien Dios castiga» (Job 5:17). Uno les diría que su ruina en lo terrenal fue la edificación de sus esperanzas celestiales; y otro, que la pérdida de todas las cosas fue la ganancia del Todo en todos. Hay multitudes a quienes Dios afligió con ceguera natural para que alcanzaran la vista espiritual; y quienes, bajo enfermedades y dolencias corporales de diversas clases, languidecieron y se consumieron en esta vida terrenal, echan mano gozosos de la gloria, la honra y la inmortalidad en su lugar. William Garrett Lewis, en "Westbourne Grove Sermons", 1872.
Vers. 67. Por la aflicción Dios separa el pecado que aborrece del alma que ama. John Mason.
Sugerencias para el predicador
Vers. 67.
- Los peligros de la prosperidad.
- Los beneficios de la adversidad. G.R.
Vers. 67. El poder de la aflicción para refrenar.
Vers. 67, 71, 75. La aflicción vista tres veces y tres veces bendita.
- Antes de la aflicción: el extravío.
- En la aflicción: el aprendizaje.
- Después de la aflicción: el conocimiento. C.A.D.
Salmos 119:68
Vers. 68. «Bueno eres tú, y bienhechor.» Aun en la aflicción Dios es bueno y hace el bien. Esta es la confesión de la experiencia. Dios es la bondad esencial en sí mismo, y en cada atributo de su naturaleza es bueno en el sentido más pleno del término; más aún, tiene el monopolio de la bondad, pues no hay bueno sino uno, es decir, Dios. Sus obras son conforme a su naturaleza: de una fuente pura fluyen arroyos puros. Dios no es una bondad latente y de poca actividad; se manifiesta en sus obras, es activamente benéfico, hace el bien. ¡Cuánto bien hace, lengua alguna no puede decirlo! ¡Cuán bueno es, corazón alguno no puede concebirlo! Es bueno adorar al Señor como lo hace aquí el poeta, describiéndolo. Los hechos acerca de Dios son la mejor alabanza de Dios. Toda la gloria que podemos dar a Dios es reflejar su propia gloria sobre él mismo. No podemos decir de Dios más bien que el que Dios es y hace. Creemos en su bondad, y así lo honramos con nuestra fe; admiramos esa bondad, y así lo glorificamos con nuestro amor; declaramos esa bondad, y así lo magnificamos con nuestro testimonio.
«Enséñame tus estatutos.» La misma oración de antes, respaldada con el mismo argumento. Ora: «Señor, sé bueno y haz el bien conmigo, para que yo sea bueno y haga el bien por tu enseñanza». El hombre de Dios era un discípulo y se deleitaba en aprender; lo atribuía a la bondad del Señor y esperaba que, por la misma razón, se le permitiría permanecer en la escuela y seguir aprendiendo hasta poder practicar perfectamente cada lección. Su libro de texto escogido eran los estatutos reales; no quería otro. Conocía el triste resultado de quebrantar esos estatutos, y por una dolorosa experiencia había sido devuelto al camino de la justicia; y por eso rogaba, como la mayor muestra posible de la bondad divina, que se le enseñara un conocimiento perfecto de la ley y una conformidad completa con ella. El que se lamenta de no haber guardado la palabra anhela que se le enseñe; y el que se regocija de que por gracia se le haya enseñado a guardarla no está menos ansioso de que se le continúe esa misma instrucción.
En el versículo 12, que es el cuarto versículo de Bet, tenemos casi el mismo sentido que en este cuarto versículo de Tet.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 68. «Bueno eres tú, y bienhechor.» Se nos presenta un Dios bueno para que no nos conformemos con ningún modelo bajo de bondad. Se nos lo representa como toda bondad. Es bueno en su naturaleza; y su obra concuerda con su naturaleza; nada le falta, nada hay defectuoso en ella. Nada se le puede añadir para mejorarla. Filón dice: w ontwl wn to prwtoon agayov: el primer ser tiene que ser necesariamente el primer bien. Tan pronto como concebimos que hay un Dios, concebimos enseguida que es bueno. Es bueno por sí mismo, bueno en sí mismo, la bondad misma, y fuente y modelo de todo el bien que hay en las criaturas.
- En cuanto a su naturaleza, es originalmente «bueno», bueno en sí mismo y bueno para con otros; como el sol tiene luz en sí mismo y da luz a todas las demás cosas. Esencialmente bueno; no solo bueno, sino la bondad misma. La bondad en nosotros es una cualidad accesoria o un don añadido; pero en Dios no es una cualidad, sino su esencia. En un vaso dorado, el dorado o el brillo es una cualidad añadida; pero en un vaso todo de oro, el brillo y la sustancia son lo mismo. Dios es infinitamente bueno; el bien de las criaturas es limitado, pero nada limita la perfección de Dios ni le da medida alguna. Es un océano de bondad sin orillas ni fondo. ¡Ay!, ¿qué es nuestra gota ante este océano? Dios es inmutablemente bueno; su bondad nunca puede ser más ni menos de lo que es; así como no se le puede añadir nada, tampoco quitar. El hombre en su inocencia era 'peccabilis', es decir, capaz de pecar; después fue 'peccator', es decir, pecador de hecho; pero Dios siempre fue y es bueno. Ahora bien, este es el modelo que se nos propone, pero su naturaleza es un gran abismo. Por tanto,
- En cuanto a su obra, «hace el bien». ¿Qué ha estado representando Dios sobre el gran teatro del mundo sino bondad, durante estos seis mil años? Hch 14:17: «Si bien no se dejó a sí mismo sin testimonio, haciendo bien, dándonos lluvias del cielo y estaciones fructíferas, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones». No se dejó sin testimonio, anayopiwn, no tomando venganza de sus idolatrías, sino repartiendo beneficios. Esto se nos propone para que lo imitemos, de modo que toda nuestra vida no sea otra cosa que hacer el bien: Mt 5:48: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto». Con razón, pues, dice el salmista: «Enséñame tus estatutos». Thomas Manton.
Vers. 68. «Bueno eres tú, y bienhechor.» Debemos bendecir al Señor en todo tiempo y mantener buenos pensamientos acerca de Dios en toda ocasión, sobre todo en tiempo de aflicción. Por eso se nos manda glorificar a Dios en los fuegos (Is 24:15); y esto hicieron los tres jóvenes en el horno más ardiente... Concedo, en verdad, que no podemos dar gracias por la aflicción en cuanto aflicción, sino en cuanto es medio de algún bien para nosotros, o en cuanto la mano benigna de Dios se muestra de algún modo notable en ella hacia nosotros. En este sentido no hay condición, de este lado del infierno, en la que no tengamos razón para alabar a Dios, aunque sea la mayor de las calamidades. De ahí que David, cuando habla de su aflicción, añada enseguida: «Bueno eres tú, y bienhechor»; y declare (Sal 119:65): «Bien has hecho con tu siervo, oh Jehová, conforme a tu palabra». De ahí que Pablo y Silas alabaran a Dios cuando fueron azotados y encarcelados. John Willison, 1680-1750.
Vers. 68. «Bueno eres tú.» Los efectos bienaventurados del castigo, como ejemplo especial de la bondad del Señor, pueden llevar naturalmente al reconocimiento de su bondad en general, en su propio carácter y en sus infatigables dispensaciones de amor. Juzgando con incrédula precipitación sus tratos providenciales y de gracia, el sentido débil imagina un ceño fruncido cuando el ojo de la fe discierne una sonrisa en su rostro; y por eso, en la medida en que la fe se ejercite al repasar el pasado y en la experiencia del presente, estaremos preparados para la expresión de alabanza: «Bueno eres tú». Charles Bridges.
Sugerencias para el predicador
Vers. 68. El doble ruego por una bendición escogida. La bondad de Dios, esperanza de nuestra ignorancia.
Vers. 68. «Bueno eres tú, y bienhechor.» La naturaleza y la obra de Dios se manifiestan en la naturaleza, la providencia, la gracia y la gloria. Son moralmente buenas; benéficamente buenas; perfectamente buenas; inconmensurablemente buenas; inmutablemente buenas; experimentalmente buenas; satisfactoriamente buenas. W.J.
Vers. 68 (primera parte). Un sermón sobre la bondad de Dios.
- Su perfección.
- Sus pruebas.
- El poder que debe tener sobre nosotros. J.F.
Salmos 119:69
Vers. 69. «Soberbios forjaron contra mí mentira.» Primero se burlaron de él (Sal 119:51), luego lo despojaron (Sal 119:61), y ahora lo han difamado. Para dañar su carácter recurrieron a la falsedad, pues nada podían hallar contra él si hablaban la verdad. Forjaron una mentira como el herrero forja un arma de hierro, o falsificaron la verdad como los hombres acuñan moneda falsa. El original puede sugerir una expresión común: «Han remendado una mentira contra mí». No eran demasiado soberbios para mentir. El orgullo es una mentira, y cuando un hombre soberbio dice mentira, «de suyo habla». Los soberbios suelen ser los opositores más amargos de los justos: envidian su buena fama y están ansiosos de arruinarla. La calumnia es un arma barata y a mano si el objeto es destruir una reputación piadosa; y cuando muchos soberbios conspiran para urdir, exagerar y difundir una falsedad maliciosa, por lo general logran herir a su víctima, y no es culpa suya si no la matan de plano. ¡Oh, el veneno que yace bajo la lengua del mentiroso! Muchas vidas felices han sido amargadas por él, y muchas buenas famas han sido envenenadas como con la droga más mortal. Es doloroso en extremo oír a hombres sin escrúpulos martillar sobre el yunque del diablo forjando una nueva calumnia; la única ayuda contra ella es la dulce promesa: «Ninguna arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio».
«Mas yo guardaré de todo corazón tus mandamientos.» Mi única preocupación será ocuparme de lo mío y atenerme a los mandamientos del Señor. Si el lodo que se nos arroja no nos ciega los ojos ni magulla nuestra integridad, poco daño nos hará. Si guardamos los preceptos, los preceptos nos guardarán en el día de la afrenta y la calumnia. David renueva su resolución: «guardaré»; mira de nuevo los mandamientos y los ve realmente como del Señor: «tus mandamientos»; y despierta toda su naturaleza para la obra: «de todo corazón». Cuando las calumnias nos llevan a una obediencia más resuelta y cuidadosa, obran nuestro bien duradero; la falsedad arrojada contra nosotros puede hacerse servir para promover nuestra fidelidad a la verdad, y la malicia de los hombres puede aumentar nuestro amor a Dios. Si procuramos responder a las mentiras con nuestras palabras, podemos ser vencidos en la batalla; pero una vida santa es una refutación irrebatible de todas las calumnias. El despecho queda frustrado si perseveramos en la santidad a pesar de toda oposición.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 69. «Soberbios forjaron contra mí mentira.» Si en nuestros días los enemigos de la verdad, en sus escritos mentirosos, despotrican contra los maestros ortodoxos de la Iglesia, esa es una artimaña muy antigua del diablo, ya que David se queja de que en su tiempo le sucedió a él. Solomon Gesner.
Vers. 69. «Soberbios forjaron mentira.» Aderezan mentiras con sombras de verdad y lenguaje pulido; tienen cecas donde forjar con esmero sus mentiras y prensas con que imprimirlas. William Greenhill, 1591-1677.
Vers. 69. «Soberbios.» La fe humilla, y la incredulidad hace soberbios. La fe humilla porque nos deja ver nuestros pecados y sus castigos, y que no tenemos trato con Dios sino por la mediación de Cristo, y que no podemos hacer ningún bien ni evitar el mal sino por la gracia. Pero cuando los hombres no saben esto, piensan mucho de sí mismos y por eso son soberbios. Por tanto, todos los ignorantes, todos los herejes y los mundanos son soberbios. Los que son humillados bajo las manos de Dios son humildes con los hombres; pero los que desprecian a Dios persiguen también a sus siervos. Richard Greenham.
Vers. 69. «Forjaron mentira.» Vatablo lo traduce «coneinnarunt mendacta». Así Tremelio: han aderezado mentiras. Así como Satanás puede transformarse en ángel de luz, así puede aderezar sus mentiras bajo coberturas de verdad, para hacerlas más plausibles a los hombres. Y en verdad esta no es pequeña tentación: cuando las mentiras levantadas contra los piadosos se aderezan con sombras de verdad y los malvados cubren sus tratos injustos con apariencias de justicia. Así, no solo se persigue injustamente a los piadosos, sino que se hace creer a los sencillos que lo han merecido con toda justicia. En este caso los piadosos han de sostenerse con el testimonio de una buena conciencia. William Cowper.
Vers. 69. «Forjaron.» Expresa el significado esencial de la palabra hebrea, pero no su forma figurada, que parece ser la de coser, análoga a la de tejer, aplicada a lo mismo tanto en hebreo como en otras lenguas. Podemos comparar también nuestra frase figurada «remendar», que, sin embargo, sugiere menos artificio o habilidad que falta de ella. La conexión de las cláusulas es que toda la astucia y la malicia de sus enemigos solo debe llevarlo a obedecer a Dios con un corazón más indiviso que nunca. Joseph Addison Alexander.
Vers. 69. «Forjaron.» La metáfora puede ser como la griega (raptein doloul), tomada del coser o remendar; o del untar o embadurnar una pared (Delitzsch, Moll, etc.), de modo que oculte la sustancia real. El salmista permanece fiel a Dios a pesar de las falsedades con que los soberbios embadurnan y esconden su verdadera fidelidad. The Speaker's Commentary.
Vers. 69. «Mentira.» Los dos brazos con que Satanás lucha contra los piadosos son la violencia y las mentiras: donde no puede o no se atreve a usar la violencia, ten por seguro que no dejará de combatir con mentiras. Y en esto el Señor muestra grandemente su cuidadosa providencia, guardando a sus hijos de la malicia de Satanás y de las soberbias bravatas de sus instrumentos, de tal manera que sus corazones más soberbios se ven forzados a forjar mentiras: su malicia es tan grande que han de hacer el mal, y sin embargo su poder está tan refrenado que no pueden hacer lo que quisieran. William Cowper.
Vers. 69. «Mas yo guardaré de todo corazón tus mandamientos.» Venga la palabra del Señor, que venga; y si tuviéramos seiscientos cuellos, los someteríamos todos a sus dictados. Agustín.
Sugerencias para el predicador
Vers. 69. La obediencia de todo corazón, el mejor consuelo bajo la calumnia; la mejor respuesta a ella; y la mejor manera de convertir a los calumniadores.
Salmos 119:70
Vers. 70. «Se engrosó el corazón de ellos como sebo.» Ellos se deleitan en la gordura, pero yo me deleito en ti. Sus corazones, por la complacencia sensual, se han vuelto insensibles, groseros y rastreros; pero tú me has librado de tal suerte por tu mano que castiga. Los soberbios engordan con los lujos carnales, y esto los hace aún más soberbios. Se entregan a la juerga en su prosperidad y llenan con ella su corazón hasta volverse insensibles, afeminados y complacientes consigo mismos. Un corazón grasiento es algo horrible; es una gordura que hace necio al hombre, una degeneración grasa del corazón que lleva a la debilidad y a la muerte. La grasa en tales hombres está matando la vida que hay en ellos. Escribió Dryden: «¡Oh almas, en las que no se halla fuego celestial,
mentes gordas y siempre arrastrándose por el suelo!»
En esta condición los hombres no tienen corazón sino para el lujo; su mismo ser parece nadar y cocerse en la grasa de la cocina y los banquetes. Viviendo de lo mejor de la tierra, su naturaleza se sujeta a aquello de lo que se han alimentado; el músculo de su naturaleza se ha vuelto blandura y grasa.
«Mas yo en tu ley me he regocijado.» ¡Cuánto mejor es gozarse en la ley del Señor que gozarse en las complacencias sensuales! Esto hace sano el corazón y mantiene humilde la mente. Quien ama la santidad no tiene la menor razón para envidiar la prosperidad del mundano. El deleite en la ley eleva y ennoblece, mientras que el placer carnal entorpece el intelecto y degrada los afectos. Hay, y siempre debe haber, un contraste vivo entre el creyente y el sensual, y ese contraste se ve tanto en los afectos del corazón como en las acciones de la vida: el corazón de ellos es como sebo, y nuestro corazón se deleita en la ley del Señor. Nuestros deleites son mejor prueba de nuestro carácter que cualquier otra cosa: como es el corazón del hombre, así es el hombre. David engrasó las ruedas de la vida con su deleite en la ley de Dios y no con la grasa de la sensualidad. Tenía sus gustos y sus manjares, sus fiestas y sus placeres, y todo esto lo halló en hacer la voluntad del Señor su Dios. Cuando la ley se vuelve deleite, la obediencia es dicha. La santidad en el corazón hace que el alma coma lo mejor de la tierra. Tener la ley por nuestro deleite engendrará en nuestro corazón justo lo contrario de los efectos del orgullo; se curarán la insensibilidad, la sensualidad y la obstinación, y llegaremos a ser dóciles, sensibles y espirituales. ¡Con cuánto cuidado debemos vivir bajo la influencia de la ley divina, para no caer bajo la ley del pecado y de la muerte!
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 70. «Se engrosó el corazón de ellos como sebo.» La palabra vpj no aparece en ningún otro lugar de la Escritura, pero entre los caldeos vpj significa engordar, hacer gordo; también hacer estúpido y torpe, porque tales suelen ser los gordos... Por esta razón los soberbios, mencionados en el versículo anterior, son descritos por su firme resolución en el mal, porque son casi insensibles; como se ve en los cerdos, que, pinchados en la piel con un punzón, y despacio, mientras el punzón solo toca la grasa, no sienten el pinchazo hasta que llega a la carne. Así los soberbios, cuya gran prosperidad se compara en otro lugar con la gordura, tienen un corazón del todo insensible, que no siente las severas reprensiones de la palabra divina ni tampoco sus santos deleites y placeres, a causa de la abundancia de las cosas carnales; más aún, es del todo inepto para los buenos impulsos; así como se ve en otra parte con los animales gordos, qué lentos son y qué inútiles para el trabajo, mientras que, por el contrario, son ágiles y rápidos los que no están estorbados por esa misma gordura. Martin Geier.
Vers. 70. «Se engrosó el corazón de ellos como sebo.» Esto los hace
- Insensatos y confiados; han perdido la sensibilidad: así se usa la frase en Is 6:10: «Embota el corazón de este pueblo». No sienten la enseñanza de la palabra de Dios, ni su vara.
- Sensuales y voluptuosos: «Los ojos se les saltan de gordura» (Sal 73:7); se revuelcan en los placeres de los sentidos y se contentan con ellos como su sumo bien; y buen provecho les haga: yo no cambiaría de condición con ellos; «me he regocijado en tu ley». Matthew Henry.
Vers. 70. «Se engrosó el corazón de ellos como sebo; mas yo en tu ley me he regocijado»; como si dijera: Mi corazón es un corazón flaco, un corazón hambriento; mi alma ama y se alegra en tu palabra. No tengo otra cosa con qué llenarlo sino tu palabra y los consuelos que de ella recibo; pero los corazones de ellos son corazones gordos: gordos de mundo, gordos de concupiscencia; aborrecen la palabra. Como el estómago repleto aborrece la carne y no puede digerirla, así los malvados aborrecen la palabra: no les baja, no satisface sus concupiscencias. William Fenner.
Deseoso de saber el significado médico del corazón graso, consulté a un eminente caballero bien conocido por haber sido presidente del Colegio de Médicos. Su respuesta muestra que el lenguaje es más figurado que literal. Tuvo la bondad de responderme lo siguiente:
Hay dos formas del llamado «corazón graso». En una hay una cantidad excesiva de tejido graso que cubre el exterior del órgano, especialmente hacia la base. Puede observarse en todos los casos en que el cuerpo del animal está por entero demasiado gordo, como en los animales cebados para el matadero. No interfiere necesariamente con la acción del corazón y quizá no sea de mucha importancia desde el punto de vista médico. La segunda forma es, sin embargo, una condición mucho más grave. En ella la estructura muscular del corazón, de la cual depende su importantísima función como fuerza impulsora central, sufre un cambio degenerativo por el cual las fibras contráctiles de los músculos se convierten en una estructura que no tiene ninguna de las propiedades de las fibras naturales, y en la que se encuentran numerosos glóbulos grasos, oleosos, que se pueden ver fácilmente con el microscopio. Esta condición, si es algo extensa, vuelve débil e irregular la acción del corazón y es muy peligrosa, y no pocas veces causa muerte súbita. Se halla en relación con un estado general insalubre del organismo y es prueba de una mala nutrición general. Es producida por un modo de vida indolente y lujoso o, en todo caso, por el descuido del ejercicio corporal y de aquellas reglas de higiene que son esenciales para una nutrición sana. No puede decirse, sin embargo, que sea incompatible con el vigor mental, y ciertamente no está necesariamente asociada con la estupidez. Pero el corazón, en esta forma de enfermedad, es literalmente «grasiento» y puede describirse con verdad como «gordo como sebo». Hasta aquí la fisiología y la patología. ¿Me atreveré a entrar en el territorio sagrado de la exégesis bíblica sin arriesgarme a la acusación de necedad? ¿No contrapone el salmista a los que llevan una vida animal, complaciente consigo misma y viciosa, por la cual cuerpo y mente quedan incapacitados para sus usos propios, y a los que pueden correr por el camino de los mandamientos de Dios, se deleitan en hacer su voluntad y meditan en sus preceptos? Pereza, gordura y estupidez, frente a actividad, músculos firmes y vigor mental. El cuerpo frente a la mente. El hombre vuelto como una bestia frente al hombre que retiene la imagen de Dios. Sir James Risdon Bennett, 1881.
Sugerencias para el predicador
Vers. 70.
- La degeneración grasa del corazón.
- La regeneración completa del corazón.
Vers. 70. Un corazón graso.
- El diagnóstico de la enfermedad.
- Sus síntomas. Soberbia; ningún deleite en Dios ni en su ley; aversión a su pueblo; disposición a mentir: Sal 119:69.
- Su carácter fatal.
- Su única cura. Sal 101:10; Ez 36:26. C.A.D.
Salmos 119:71
Vers. 71. «Bueno me es haber sido humillado.» Aunque la aflicción vino de hombres malos, fue dirigida a buenos fines: aunque era mala en cuanto venía de ellos, fue buena para David. Le benefició de muchas maneras, y él lo sabía. Fuera lo que fuera lo que pensara mientras estaba bajo la prueba, percibió que era mejor por ella cuando terminó. No fue bueno para los soberbios ser prósperos, pues sus corazones se hicieron sensuales e insensibles; pero la aflicción fue buena para el salmista. Lo peor que nos toca es mejor para nosotros que lo mejor del pecador. Es malo para los pecadores regocijarse y bueno para los santos entristecerse. Mil beneficios nos han venido por nuestros dolores y penas, y entre ellos este: que así hemos sido instruidos en la ley.
«Para que aprenda tus estatutos.» Estos hemos llegado a conocerlos y guardarlos sintiendo el escozor de la vara. Rogamos al Señor que nos enseñara (Sal 119:66), y ahora vemos cómo ya lo ha estado haciendo. En verdad ha obrado bien con nosotros, porque ha obrado sabiamente con nosotros. Nuestras pruebas nos han guardado de la ignorancia de los de corazón grasiento, y esto, si no hubiera otra cosa, es justo motivo de constante gratitud. Ser engordado por la prosperidad no es bueno para los soberbios; pero que la verdad se aprenda por la adversidad es bueno para los humildes. Muy poco se aprende sin aflicción. Si queremos ser eruditos, hemos de ser sufrientes. Como dicen los latinos: «Experientia docet», la experiencia enseña. No hay camino real para aprender los estatutos reales; los mandamientos de Dios se leen mejor con ojos mojados de lágrimas.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 71.
- David sabía lo que le convenía.
- David aprendió lo que es bueno esencialmente. La obediencia activa se aprende por la obediencia pasiva.
Vers. 71. La aflicción, instructora.
- Nunca bienvenida: «he sido».
- A menudo soportada con impaciencia.
- Siempre recordada con gratitud: «Bueno me es», etc.
- Eficaz para un discípulo perverso: «para que aprenda».
- Indispensable en la educación de todos. J.F.
Vers. 71. La escuela de la aflicción.
- El discípulo renuente enviado a la escuela.
- La dura lección del discípulo.
- El bendito aprendizaje del discípulo.
- La dulce reflexión del discípulo. C.A.D.
Vers. 71. «Bueno me es», etc. Me ha mejorado mi enfermedad, me ha enriquecido mi pobreza y me ha fortalecido mi debilidad, y con san Bernardo deseo: «Irasecaris mihi, Domine», Señor, enójate conmigo. Porque si no me reprendes, no me tienes en cuenta; si no pruebo amargura, no tengo medicina; si no me corriges, no soy tu hijo. Así le sucedió al bisnieto de David, Manasés, cuando estuvo en aflicción: «oró a Jehová su Dios»; el hierro de aquel rey le fue más precioso que su oro, su cárcel un alojamiento más feliz que su palacio, Babilonia una escuela mejor que Jerusalén. ¡Qué necios somos, entonces, al fruncir el ceño ante nuestras aflicciones! Estas, por ásperas que sean, son nuestras mejores amigas. No son, en verdad, para nuestro placer, sino para nuestro provecho; su resultado las hace dignas de bienvenida. ¿Qué nos importa cuán amarga sea la poción que trae la salud? Abraham Wright.
Vers. 71. «Bueno me es haber sido humillado.» Los santos ganan mucho con la aflicción, porque la «piedad», que es «gran ganancia», que «para todo aprovecha», es más poderosa que antes. La vara de la corrección, por un milagro de gracia, como la de Aarón, echa renuevos y florece, y da los frutos de justicia, que son excelentísimos. Rara vista es, en verdad, ver a un hombre salir de un lecho de languidez, o de cualquier otro horno de aflicción, más semejante a los ángeles en pureza, más semejante a Cristo, que fue santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores; más semejante al mismo Dios, siendo más exactamente justo en todos sus caminos y más ejemplarmente santo en toda manera de vivir. Nathanael Vincent, 1697.
Vers. 71. «Bueno me es haber sido humillado.» Si hoy no tengo cruz que llevar, no avanzaré hacia el cielo. Una cruz (es decir, cualquier cosa que perturbe nuestra paz) es la espuela que estimula, y sin ella lo más probable es que permaneciéramos estancados, cegados con vanidades vacías y hundiéndonos más en el pecado. Una cruz nos ayuda a avanzar, a pesar de nuestra apatía y resistencia. Yacer tranquilamente en un lecho de plumas puede parecer una existencia muy dulce; pero el cómodo descanso no es la suerte del cristiano: si ha de subir más y más alto, ha de ser por un camino áspero. ¡Ay de quienes no tienen cruz diaria! ¡Ay de quienes se quejan y se irritan contra ella! De "Gold Dust", 1880.
Vers. 71. «Bueno me es», etc. Hay cosas buenas pero no agradables, como el dolor y la aflicción. El pecado es agradable, pero sin provecho; y el dolor es provechoso, pero desagradable. Así como las aguas son más puras cuando están en movimiento, los santos son por lo general más santos en la aflicción. Algunos cristianos se parecen a esos niños que solo aprenden sus libros mientras la vara está sobre sus espaldas. Es bien sabido que con la mayor aflicción el Señor ha sellado la más dulce instrucción. Muchos no mejoran por los juicios que ven, cuando sí mejoran por los juicios que han sentido. El oro más puro es el más dúctil. Esa es la mejor hoja que se dobla bien sin conservar su figura torcida. William Secker, 1660.
Vers. 71. «Bueno me es», etc. La piedad tiene una virtud maravillosa para convertir todas las cosas en motivo de consuelo y gozo. Ninguna condición puede ser en realidad mala ni triste para un hombre piadoso: sus mismos dolores le son agradables, sus enfermedades le son saludables, sus carencias le enriquecen, sus deshonras le adornan, sus cargas le alivian; sus deberes son privilegios, sus caídas son fundamento de avance, sus mismos pecados (en cuanto engendran contrición, humildad, circunspección y vigilancia) le hacen mejor y le aprovechan; mientras que la impiedad echa a perder toda condición, corrompe y envilece todas las cosas buenas, amarga todas las comodidades y consuelos de la vida. Isaac Barrow, 1630-1677.
Vers. 71. «Bueno me es haber sido humillado.» En la muy interesante Vida de su padre, el célebre arzobispo de Dublín, escrita por la señorita E. J. Whately, se registra un hecho, contado por el doctor Whately, acerca de la introducción del alerce en Inglaterra. Cuando se trajeron las primeras plantas, el jardinero, al oír que venían del sur de Europa, y dando por sentado que necesitarían calor, olvidando que podían crecer cerca de la línea de las nieves, las puso en un invernadero. Día tras día se marchitaron, hasta que el jardinero, disgustado, las echó a un montón de estiércol afuera; allí empezaron a revivir y a echar brotes, y por fin crecieron hasta ser árboles. Necesitaban el frío.
El gran Labrador salva a menudo a sus plantas echándolas al frío. Las heladas mordientes de la prueba y la aflicción son a menudo necesarias si han de crecer los alerces de Dios. Bajo tal disciplina aparecen nuevos pensamientos y sentimientos. El corazón se vuelve más muerto al mundo y a sí mismo. De la noche del dolor surge la mañana del gozo. El invierno es el heraldo de la primavera. De la crucifixión del viejo hombre viene la resurrección del nuevo, como en la naturaleza la vida es hija de la muerte. «La noche es madre del día, y el invierno de la primavera; y siempre sobre la vieja decadencia brotan los musgos más verdes.» James Wareing Bardsley, en "Illustrated Texts and Texts Illustrated", 1876.
Vers. 71. «Bueno me es haber sido humillado.» Es una circunstancia notable que los colores más brillantes de las plantas se ven en las montañas más altas, en los lugares más expuestos al clima más salvaje. Los líquenes y musgos más brillantes, las más hermosas joyas de las flores silvestres, abundan allá arriba, en la cumbre áspera, desollada por las tormentas. Una de las más ricas exhibiciones de colorido orgánico que jamás haya visto estaba cerca de la cumbre del monte Chenebettaz, una colina de unos diez mil pies de altura, inmediatamente sobre el gran hospicio de San Bernardo. Toda la faz de una extensa roca estaba cubierta de un liquen amarillo vivísimo, que brillaba bajo el sol como la almena dorada de un castillo encantado. Allí, en aquella región elevada, en medio de la más torva desolación, expuesto a la más feroz tempestad del cielo, este liquen mostraba una gloria de color que nunca mostró en el valle abrigado. Tengo delante dos ejemplares del mismo liquen mientras escribo estas líneas, uno del gran San Bernardo y otro del muro de un castillo escocés, hundido entre sicomoros; y la diferencia de forma y colorido entre ellos es muy notable. El ejemplar criado entre las tormentas salvajes de la cumbre es de un encantador tono de primavera y de textura lisa y contorno completo; mientras que el criado entre las suaves brisas y las delicadas lluvias del valle bajo es de un tono mortecino de herrumbre, de textura escamosa y contorno quebrado. ¿Y no sucede así con el cristiano afligido, azotado por la tempestad y no consolado? Mientras las tormentas y vicisitudes de la providencia de Dios no golpean sobre él una y otra vez, su carácter parece estropeado y nublado por influencias egoístas y mundanas. Pero las pruebas disipan la oscuridad, perfeccionan los contornos de su carácter y dan brillo y bendiciones a su piedad. «Entre mi lista de bendiciones infinitas
está esta la primera: que mi corazón ha sangrado;
por todo te bendigo, y más por lo severo.» Hugh Macmillan.
Vers. 71. «Para que yo temiera tus estatutos.» No habla de ese aprendizaje que se obtiene oyendo o leyendo la palabra de Dios, sino del aprendizaje que había obtenido por experiencia: que había sentido la verdad y el consuelo de la palabra de Dios más eficaz y vivo en la tribulación que sin ella; lo cual lo hizo también más piadoso, sabio y religioso cuando la tribulación pasó. William Cowper.
Vers. 71. «Para que aprenda.» «Nunca habría sabido —decía la esposa de Martín Lutero— lo que significaban tales y tales cosas en tales y tales salmos, tales quejas y movimientos del espíritu; nunca habría entendido la práctica de los deberes cristianos, si Dios no me hubiera puesto bajo alguna aflicción.» Es muy cierto que la vara de Dios es como el puntero del maestro para el niño, que señala la letra para que se fije mejor en ella; así nos señala muchas buenas lecciones que de otro modo nunca habríamos aprendido. De "Things New and Old", de John Spencer, 1658.
Vers. 71. «Para que aprenda.» Así como la prosperidad ciega los ojos de los hombres, así la adversidad los abre. Como el ungüento que cura la enfermedad de los ojos primero los muerde y los hace doler y llorar, pero después la vista es más clara que antes, así la tribulación aflige a los hombres maravillosamente al principio, pero después alumbra los ojos de la mente, de modo que después es más razonable, sabia y circunspecta. Porque la tribulación trae experiencia, y la experiencia trae sabiduría. Otho Wermullerus, 1551.
Vers. 71. «Aprenda tus estatutos.» El cristiano tiene razón para dar gracias a Dios de que las cosas no se hayan acomodado a sus deseos. Cuando la niebla de las lágrimas estaba en sus ojos, miró la palabra de Dios y vio cosas magníficas. Cuando Jonás subió de las profundidades del océano, mostró que había aprendido los estatutos de Dios. No se podía ir demasiado hondo para obtener el conocimiento que él obtuvo. Nada podía ya impedirle ir a Nínive. Es exactamente como si hubiera traído de lo profundo un ejército de doce legiones de las tropas más formidables. La palabra de Dios, asida por la fe, fue todo esto para él, y más. Sin embargo, aún necesitaba más aflicción, porque había algunos estatutos todavía no aprendidos. Algunas calabaceras habían de marchitarse. Había de descender a un valle más hondo de humillación. Ni siquiera la aflicción más profunda nos enseña quizá todo; error que a veces cometemos. Pero ¿por qué forzar a Dios a usar con nosotros medidas duras? ¿Por qué no sentarnos a los pies de Jesús y aprender tranquilamente lo que necesitamos aprender? George Bowen, en "Daily Meditations", 1873.
Vers. 71. «Estatutos.» El verbo del que se forma esta palabra significa grabar o inscribir. La palabra significa una ley definida, prescrita, escrita. El término se aplica a la ley de José sobre la porción de los sacerdotes en Egipto, a la ley sobre la pascua, etc. Pero en este salmo tiene un sentido más interior: esa ley moral de Dios que está grabada en las tablas de carne del corazón; la aprehensión más íntima y espiritual de su voluntad; no tan obvia como la ley y los testimonios, y asunto de comunicación espiritual más directa que sus preceptos; estos últimos más elaborados por los esfuerzos de la mente misma, divinamente guiada en verdad, pero quizá más instrumental y menos pasivamente empleada. Se habla de ellos continuamente como de cosas aún por aprender, en todo o en parte, no aprehendidas ya objetivamente, como la ley de Dios... Se aprenden, no de repente, sino por la experiencia y mediante las pruebas misericordiosamente ordenadas por Dios; lecciones, por tanto, hondamente grabadas en el corazón. «Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos.» «Más entendimiento tengo que todos mis maestros, porque he guardado tus estatutos.» John Jebb.
Salmos 119:72
Vers. 72. «La ley de tu boca.» Un nombre dulcemente expresivo para la palabra de Dios. Viene de la boca misma de Dios con frescura y poder a nuestras almas. Lo escrito es como hierbas secas; pero el habla tiene viveza y rocío. Hacemos bien en mirar la palabra del Señor como si acabara de ser dicha a nuestro oído; porque en verdad no se ha gastado con los años, sino que es tan eficaz y segura como si acabara de pronunciarse. Los preceptos son estimados cuando se ve que salen de los labios de nuestro Padre que está en los cielos. Los mismos labios que nos hablaron a la existencia han hablado la ley con que hemos de gobernar esa existencia. ¿De dónde podría proceder una ley tan dulcemente como de la boca de nuestro Dios del pacto? Bien podemos estimar sobre todo precio lo que viene de tal fuente.
«Mejor me es… que millares de oro y plata.» Si un pobre hubiera dicho esto, los ingeniosos del mundo habrían insinuado que las uvas están verdes y que los hombres sin riquezas son los primeros en despreciarlas; pero este es el veredicto de un hombre que poseía sus millares y podía juzgar por experiencia real el valor del dinero y el valor de la verdad. Habla de grandes riquezas, las amontona por millares, menciona las variedades de sus formas, «oro y plata»; y luego pone la palabra de Dios por encima de todo, como mejor para él, aunque otros no la consideren mejor para ellos. La riqueza es buena en algunos aspectos, pero la obediencia es mejor en todos. Está bien guardar los tesoros de esta vida; pero es mucho más encomiable guardar la ley del Señor. La ley es mejor que el oro y la plata, porque estos pueden sernos robados, pero no la palabra; estos se hacen alas, pero la palabra de Dios permanece; estos son inútiles en la hora de la muerte, pero entonces es cuando la promesa es más querida. Los cristianos instruidos reconocen el valor de la palabra del Señor y lo expresan con calor, no solo en su testimonio a sus semejantes, sino en sus devociones a Dios. Es señal segura de un corazón que ha aprendido los estatutos de Dios que los estime por encima de todas las posesiones terrenales; y es marca igualmente cierta de gracia que los preceptos de la Escritura sean tan preciosos como sus promesas. Que el Señor nos haga estimar así la ley de su boca.
Mira cómo esta porción del salmo está sazonada de bondad. Los tratos de Dios son buenos (Sal 119:65), el buen juicio es bueno (Sal 119:66), la aflicción es buena (Sal 119:71), Dios es bueno (Sal 119:68), y aquí la ley no solo es buena, sino mejor que el mejor de los tesoros. Señor, haznos buenos por tu buena palabra. Amén.
Hemos llegado ahora a la décima porción, que en cada estrofa comienza con Jod, aunque ciertamente no trata de jotas y tildes ni otras minucias. Su tema parece ser la experiencia personal y su influencia atractiva sobre otros. El profeta está en profunda tristeza, pero espera ser librado y hecho bendición. Procurando enseñar, el salmista primero busca ser enseñado (v. 73), se persuade de que será bien recibido (v. 74) y repasa el testimonio que piensa dar (v. 75). Ora por más experiencia (vv. 76-77), por la confusión de los soberbios (v. 78), por la reunión de los piadosos en torno a él (v. 79), y de nuevo por sí mismo, para que esté plenamente equipado para dar su testimonio y sea sostenido en él (v. 80). Este es el clamor angustiado y a la vez esperanzado de quien está gravemente afligido por crueles adversarios y por eso hace su apelación a Dios como su único amigo.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 72. «La ley de tu boca es mejor para mí», etc. Estimen en mucho las Escrituras. ¿Puede progresar en un arte quien lo desprecia y lo menosprecia? Estimen este libro de Dios por encima de todos los demás libros. San Gregorio llama a la Biblia «el corazón y el alma de Dios». Los rabinos dicen que un monte de sentido pende de cada ápice y tilde de la Escritura. «La ley de Jehová es perfecta» (Sal 19:7). La Escritura es la biblioteca del Espíritu Santo; es una pandecta del conocimiento divino, un modelo exacto y un plano de la religión. La Escritura contiene los «credenda», «las cosas que hemos de creer», y los «agenda», «las cosas que hemos de practicar». Puede «hacernos sabios para la salvación» (2 Ti 3:15). La Escritura es la norma de la verdad, el juez de las controversias; es la estrella polar que nos dirige al cielo (Is 8:20). «El mandamiento es lámpara» (Pr 6:23). La Escritura es la brújula por la que ha de dirigirse el timón de nuestra voluntad; es el campo en que está escondido Cristo, la Perla de gran precio; es una roca de diamantes; es un colirio sagrado, o ungüento para los ojos; sana los ojos de quienes la miran; es un cristal óptico espiritual en el que resplandece la gloria de Dios; es la panacea, o medicina universal del alma. Las hojas de la Escritura son como las «hojas del árbol de la vida, para la sanidad de las naciones» (Ap 22:2). La Escritura es engendradora y sustentadora de la gracia. ¿Cómo nace el convertido sino por «la palabra de verdad»? (Stg 1:18). ¿Cómo crece sino por «la leche espiritual no adulterada» de la palabra? (1 P 2:2). La palabra escrita es el libro de donde se sacan nuestros títulos para el cielo; es la señal marina que nos muestra los escollos del pecado que hay que evitar; es el antídoto contra el error y la apostasía, la espada de dos filos que hiere a la serpiente antigua. Es nuestro baluarte para resistir la fuerza de la concupiscencia; como el Capitolio de Roma, que era lugar de fortaleza y munición. La Escritura es la «torre de David», de la cual cuelgan los escudos de nuestra fe (Cnt 4:4). «Quítennos la palabra y nos privan del sol», dijo Lutero. La palabra escrita está por encima de una embajada angélica o de una voz del cielo. «Nosotros oímos esta voz enviada del cielo… Tenemos también la palabra profética más segura» (2 P 1:18-19). Oh, estimen la palabra escrita; estimarla es el camino de aprovecharla. Si César valoraba tanto sus comentarios que por conservarlos perdió su manto de púrpura, ¿cómo hemos de estimar los santos oráculos de Dios? «Guardé las palabras de su boca más que mi comida.» Thomas Watson, en "The Morning Exercises".
Vers. 72. «La ley de tu boca es mejor para mí.» Las sagradas Escrituras son los tesoros y los placeres de un alma piadosa: para David eran mejores que millares de oro y plata. Un monte de perlas transparentes, amontonado tan alto como el cielo, no es tan rico en tesoro como ellas; por eso aquel buen hombre las escogió como su heredad para siempre y se regocijó en ellas como en todas las riquezas. Un avaro codicioso no podría deleitarse tanto en sus bolsas, ni un joven heredero en una gran herencia, como el santo David en la palabra de Dios.
La palabra ley viene de una raíz que significa probar, como los mercaderes que examinan y prueban las mercancías que compran y almacenan; de ahí viene también la palabra para las gemas y joyas que son probadas y halladas legítimas. El cristiano sano es el mercader sabio que busca buenas perlas; prueba lo que lee u oye con la norma o piedra de toque de la Escritura, y habiendo hallado verdades genuinas las guarda para gran enriquecimiento de esta facultad suprema y soberana del entendimiento. Oliver Heywood.
Vers. 72. La palabra de Dios ha de estar más cerca de nosotros que nuestros amigos, ser más querida que nuestras vidas, más dulce que nuestra libertad y más agradable que todos los consuelos terrenales. John Mason.
Vers. 72. Una lección que enseña la aflicción santificada es el amor a la palabra de Dios. «Este es mi consuelo en mi aflicción: que tu dicho me ha vivificado.» Al leer una parte del salmo ciento diecinueve a la señorita Westbrook, que murió, ella dijo: «Deténgase, señor, nunca le había dicho tanto antes, nunca pude; pero ahora puedo decir: "La ley de tu boca es para mí más preciosa que millares de oro y plata". ¿Qué puede hacer ya el oro y la plata por mí?». George Redford, en "Memoirs of the late Rev. John Cooke", 1828.
Vers. 72. «Millares de oro y plata.» Las riquezas del mundo se ganan con trabajo, se guardan con cuidado, se pierden con dolor. Son falsas amigas, lejanas de nosotros cuando más necesitamos consuelo; como lo hallarán cierto todos los mundanos en la hora de la muerte. Porque entonces, como a Jonás le fue quitada la calabacera una mañana cuando más la necesitaba contra el sol, así sucede con el consuelo de los mundanos. Muy diferente es con la palabra de Dios; pues si la guardamos en nuestro corazón, como María, su consuelo nos sostendrá cuando todo otro consuelo nos falle.
Esto es lo que nos hace ricos para con Dios: que nuestras almas sean almacenes llenos de los tesoros de su palabra. ¿Pensaremos que es pobreza escasear de oro y plata? «An ideo angelus pauperest, quia non habet jumenta», etc. (Crisóstomo). ¿Estimaremos pobres a los ángeles porque no tienen rebaños de ganado? ¿O que san Pedro era pobre porque no tenía oro ni plata que dar al cojo? No; tenía abundancia de gracia, infinitamente más excelente que ellos.
Dejemos las riquezas del oro a los mundanos: no son moneda corriente en Canaán, no se cuentan en nuestra patria celestial. Si queremos tener allí alguna estima, enriquezcamos nuestras almas con las gracias espirituales, que tenemos en abundancia en las minas y tesoros de la palabra de Dios. William Cowper.
Vers. 72. La Escritura es una fuente siempre desbordante que no puede agotarse, y un tesoro inagotable que no puede vaciarse. A este propósito tienden aquellas semejanzas de la ley que usa David en este salmo, y no menos justamente aplicables al evangelio: no solo es mejor que «oro y plata», que son cosas de valor, sino que «millares», lo cual implica abundancia. En otro versículo la compara a todas las riquezas y a gran despojo, ambos de los cuales contienen en sí «multiplex genus», toda clase de mercancías valiosas, ovejas, bueyes, tierras, casas, vestidos, bienes, dineros y semejantes: así, toda clase de riquezas espirituales, sí, abundancia de cada clase, se hallan en el evangelio. Y por eso los padres griegos comparan las verdades de la Escritura con piedras preciosas, y a nuestro Salvador con una perla de gran precio. Un ministro, en este sentido, es llamado mercader de joyas inestimables; pues, en verdad, las verdades del evangelio son selectas y excelentes, tan valiosas como nuestras almas, como el cielo, como la salvación. Más aún, si subiera más alto, todo el valor que hay en las riquezas de la gracia de Dios, la preciosa sangre de Cristo, puede aplicarse secundariamente al evangelio, que descubre y nos ofrece ambas cosas. Abraham Wright.
Vers. 72, 127. Cuando David vio cómo algunos invalidan la ley de Dios, dice: «Por eso he amado tus mandamientos más que el oro, y más que oro muy puro». Como si dijera: Amo tu ley tanto más porque veo que algunos hombres la estiman y la cuentan como escoria, y la desechan como vana y anticuada, o se toman la osadía, por así decir, de derogarla e invalidarla, para poner en su lugar sus propias concupiscencias y vanas imaginaciones. Porque veo que tanto profanos como supersticiosos han perdido así el amor a tu ley, por eso mi amor se inflama más por ella; «la amo más que el oro», que lleva cautivos a la mayoría de los hombres en su amor; y la estimo más que lo que más estiman los hombres y lo que más estima da en este mundo, «oro muy puro»; sí, como él dijo (Sal 19:10): «más que mucho oro afinado». Joseph Caryl.
Vers. 72. Ustedes que son caballeros, recuerden lo que Jerónimo cuenta de Nepotiano, un joven caballero de Roma, «qui longa et assidua meditatione Scripturarum pectus suum fecerat bibliothecam Christi», que por la larga y asidua meditación de las Escrituras hizo de su pecho la biblioteca de Cristo. Recuerden lo que se dice del rey Alfonso: que leyó la Biblia catorce veces, junto con los comentarios que aquellos tiempos ofrecían.
Ustedes que son eruditos, recuerden a Cranmer y Ridley; el primero aprendió de memoria el Nuevo Testamento en su viaje a Roma, el segundo en los paseos de Pembroke Hall, en Cambridge. Recuerden lo que se dice de Tomás de Kempis: que no halló descanso en ninguna parte «nisi in angulo, cum libello», sino en un rincón con este Libro en la mano. Y lo que se dice de Beza: que cuando tenía más de ochenta años podía decir perfectamente de memoria cualquier capítulo griego de las epístolas de Pablo.
Ustedes que son mujeres, consideren lo que Jerónimo dice de Paula, Eustoquio y otras damas singularmente versadas en las Santas Escrituras.
Consideren todos aquella frase hiperbólica de Lutero, de que no viviría en el Paraíso sin la Palabra, y con ella podría vivir bastante bien en el infierno. Esta frase de Lutero ha de entenderse «cum grano salis». Edmund Calamy.
Sugerencias para el predicador
Vers. 72. Las ventajas de las riquezas, con mucho superadas por las bendiciones de la palabra.
Vers. 72. Una valoración.
- La alta estima de los santos por la ley de Dios.
- Mostrar cuándo se formó: en la aflicción: Sal 119:71.
- Vindicar su verdad ilustrando la vaciedad de las riquezas y la satisfacción que se halla en la piedad. C.A.D.
Vers. 72. La palabra, mejor que el oro y la plata.
- Da lo que el oro y la plata no pueden comprar.
- Sin lo que ella da, el oro y la plata pueden ser una maldición.
- Sin oro ni plata, puede rendir su tesoro más libre y plenamente que con ellos.
- La palabra y lo que da alegrarán el corazón cuando el oro y la plata sean inútiles para sus defraudados adoradores. J.F.
Vers. 72. «La ley de tu boca es mejor», etc.
- Es más purificadora y me hace mejor hombre.
- Es más enriquecedora y me hace un hombre más rico.
- Es más distintiva y me hace un hombre más grande.
- Es más sustentadora y me hace un hombre más fuerte.
- Es más protectora y me hace un hombre más seguro.
- Es más satisfactoria y me hace un hombre más feliz.
- Es más duradera y más adecuada para mí como hombre inmortal. W.J.
En esta sección cada versículo comienza con la letra hebrea Jod, o i, la más pequeña del alfabeto hebreo, llamada en Mt 5:18 jota: ni una jota ni una tilde pasará de la ley. Albert Barnes.
Vers. 73-80. La explicación habitual de esta sección, dada por los teólogos medievales, es que es la oración del hombre para ser restaurado a su estado de inocencia y sabiduría originales conformándose a la imagen de Cristo. Y esto concuerda con el sentido obvio, que es en parte una petición de gracia divina y en parte una afirmación de que el ejemplo de piedad y resignación en la aflicción es lo bastante atractivo para atraer los corazones de los hombres hacia Dios, verdad que muestran a la vez la Pasión y las vidas de todos aquellos santos que han procurado seguirla. Neale y Littledale.
Salmos 119:73
Vers. 73. «Tus manos me hicieron y me formaron.» Es provechoso recordar nuestra creación, es agradable ver que la mano divina ha tenido mucho que ver con nosotros, pues nunca se mueve aparte del pensamiento divino. Suscita reverencia, gratitud y afecto hacia Dios verlo como nuestro Hacedor, que empleó el cuidadoso arte y poder de sus manos en hacernos y formarnos. Se interesó personalmente en nosotros, haciéndonos con sus propias manos; fue doblemente solícito, pues se lo representa como quien nos hizo y nos moldeó. Al dar la existencia y al disponer la existencia manifestó amor y sabiduría; y por eso hallamos razones para la alabanza, la confianza y la esperanza en nuestro ser y en nuestro bienestar.
«Hazme entender, y aprenderé tus mandamientos.» Como me hiciste, enséñame. Aquí está el vaso que formaste; Señor, llénalo. Me has dado alma y cuerpo; concédeme ahora tu gracia para que mi alma conozca tu voluntad y mi cuerpo se una a cumplirla. El ruego es muy contundente; es una ampliación del clamor: «No desampares la obra de tus manos». Sin entender la ley divina y sin rendirle obediencia somos imperfectos e inútiles; pero podemos esperar razonablemente que el gran Alfarero completará su obra y le dará el toque final impartiéndole conocimiento sagrado y práctica santa. Si Dios nos hubiera hecho toscamente y no nos hubiera también formado con esmero, este argumento perdería mucha de su fuerza; pero ciertamente, por el delicado arte y la maravillosa habilidad que el Señor ha mostrado en la formación del cuerpo humano, podemos inferir que está dispuesto a tomarse igual empeño con el alma hasta que lleve perfectamente su imagen.
Un hombre sin mente es un idiota, mera burla de un hombre; y una mente sin gracia es perversa, triste perversión de una mente. Oramos para que no se nos deje sin juicio espiritual: esto pidió el salmista en el versículo 66, y aquí lo ruega de nuevo; no hay verdadero conocer ni guardar los mandamientos sin él. Los necios pueden pecar; pero solo los enseñados por Dios pueden ser santos. A menudo hablamos de hombres dotados; pero tiene los mejores dones aquel a quien Dios ha dado un entendimiento santificado con que conocer y estimar los caminos del Señor. Nótese bien que la oración de David por entendimiento no es en aras del conocimiento especulativo ni de la satisfacción de su curiosidad: desea un juicio iluminado para aprender los mandamientos de Dios y así llegar a ser obediente y santo. Esta es la mejor de las enseñanzas. Un hombre puede permanecer en el colegio donde se enseña esta ciencia todos sus días y, sin embargo, clamar por capacidad para aprender más. El mandamiento de Dios es ancho sobremanera, y así ofrece campo a la mente más vigorosa e instruida: en realidad, ningún hombre tiene por naturaleza un entendimiento capaz de abarcar un campo tan vasto, y de ahí la oración: «hazme entender»; como si dijera: Puedo aprender otras cosas con la mente que tengo, pero tu ley es tan pura, tan perfecta, espiritual y sublime, que necesito que mi mente se ensanche antes de poder ser competente en ella. Apela a su Hacedor para que lo haga, como si sintiera que ningún poder menor que el que lo hizo podría hacerlo sabio para la santidad. Necesitamos una nueva creación, y ¿quién puede concedérnosla sino el Creador mismo? El que nos hizo para vivir ha de hacernos para aprender; el que nos dio poder para estar en pie ha de darnos gracia para entender. Que cada uno de nosotros eleve al cielo la oración de este versículo antes de avanzar un paso más, porque nos perderemos aun en estas peticiones si no oramos para abrirnos camino por ellas y no clamamos a Dios por entendimiento.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 73. «Tus manos me hicieron y me formaron», etc. Este versículo tiene una petición de entendimiento y una razón con ella: Soy obra de tus manos, por tanto dame entendimiento. No hay hombre que no favorezca las obras de sus manos. ¿Y no amará el Señor mucho más a sus criaturas, especialmente al hombre, su criatura más excelente? Si lo consideras según la forma de su cuerpo, no hallarás nada en la tierra más precioso que él; pero en lo que no se ve, es decir, su alma, es mucho más hermoso. Así ves que el razonamiento de David es muy eficaz; es lo mismo que si dijera, como dice en otro lugar: «No desampares, oh Señor, la obra de tus manos»; tú eres mi autor y hacedor; tu ayuda busco, y la de ningún otro.
Nadie puede buscar rectamente cosas buenas de Dios si no considera qué bien le ha hecho ya el Señor. Pero muchos son en este punto tan ignorantes que no saben cuán maravillosamente los hizo Dios; y por eso ni pueden bendecirlo ni buscar de él, como de su Creador y Conservador. Pero este argumento, sacado de nuestra primera creación, nadie puede usarlo rectamente sino el que por gracia participa de la segunda creación; pues todos los privilegios de nuestra primera creación los perdimos por nuestra caída. De modo que ahora, por naturaleza, no es consuelo para nosotros ni motivo de nuestra esperanza que Dios nos haya hecho; sino más bien motivo de nuestro temor y desconfianza, que nos hemos deshecho a nosotros mismos, hemos perdido su imagen y no somos ahora semejantes a aquello en lo que Dios nos creó al principio. William Cowper.
Vers. 73. «Tus manos me hicieron y me formaron», etc. Nótense aquí dos cosas: primero, que al hacer su oración por entendimiento santo se acusa justamente a sí mismo y a todos los demás de ceguera, la cual no procedió del Creador, sino del hombre corrompido. Segundo, que desde su creación concibió la esperanza de que Dios continuaría la obra comenzada en él, porque Dios no abandona su obra; y por eso ruega a Dios que le conceda nueva gracia y termine lo que había comenzado en él. Thomas Wilcocks, 1586.
Vers. 73. Hugo observa ingeniosamente en los distintos verbos de este versículo los vicios particulares que hay que evitar: la ingratitud, cuando se dice: «Tus manos me hicieron»; la soberbia, «y me formaron»; la confianza en el propio juicio, «hazme entender»; la curiosidad indiscreta, «y aprenderé tus mandamientos».
Vers. 73. «Tus manos.» Hilario y Ambrosio piensan que por el plural «manos» se indica que hay una obra más exacta y perfecta en el hombre, y como si Dios lo hubiera formado con mayor trabajo y habilidad, por ser conforme a la imagen y semejanza de Dios; y que no está escrito que ninguna otra cosa sino el hombre fuera hecha por Dios con ambas manos, pues dice en Isaías: «Mi mano fundó también la tierra» (Is 48:13). John Lorinus, 1569-1634.
Esto, sin embargo, es un error, como nota Agustín; porque está escrito: «Los cielos son obra de tus manos» (Sal 102:25). C.H.S.
Vers. 73. «Tus manos.» Oh, mira las heridas de tus manos y no olvides la obra de tus manos: así oró la reina Isabel. John Trapp.
Vers. 73. Algunos refieren el verbo hyhn, «hicieron», al alma, y yhns, «formaron», al cuerpo. D. H. Mollerus.
Vers. 73. «Me hicieron y me formaron; hazme entender.» La grandeza de Dios no es obstáculo para su trato con nosotros, pues una parte especial de la grandeza divina es poder condescender a la pequeñez de los seres creados, ya que la condición de criatura, por su mismo nombre, ha de tener esa pequeñez; por cuanto Dios ha de ser siempre Dios, y el hombre ha de ser siempre hombre: el océano ha de ser siempre el océano, la gota ha de ser siempre la gota. La grandeza de Dios, que rodea nuestra pequeñez como los cielos a la tierra y encaja en ella por todos lados, como el aire en todas las partes de la tierra, es lo que hace tan completo y bendito el trato: «En su mano está el alma de todo viviente, y el hálito de todo el género humano» (Job 12:10). Tal es su cercanía, tal es su intimidad con las obras de sus manos. Es cercanía, no distancia, lo que implica el nombre de Creador; y el simple hecho de que nos haya hecho es la garantía de su deseo de bendecirnos y de tratar con nosotros. La comunicación entre la cosa hecha y su hacedor está implícita en la misma idea de creación. «Tus manos me hicieron y me formaron; hazme entender, y aprenderé tus mandamientos.» «Fiel Creador» es su nombre (1 P 4:19), y como tal apelamos a él: «No desampares la obra de tus manos» (Sal 138:8). Horatius Bonar, en "The Rent Veil", 1875.
Vers. 73. «Hazme entender», etc. El libro de Dios es como la botica del boticario: no hay herida que no tenga allí su remedio; pero si un extraño llega a la botica, aunque todas esas cosas estén allí, no sabe dónde están, pero el boticario mismo lo sabe; así en las Escrituras hay curas para toda enfermedad, hay consuelo contra todo dolor, y confrontando capítulo con capítulo los entenderemos. Las Escrituras no nos faltan a nosotros, sino nosotros a nosotros mismos; seamos asiduos en ellas y las entenderemos, mientras los grandes letrados que son negligentes permanecen en tinieblas. Richard Stock.
Vers. 73. «Hazme entender.» Oremos a Dios que abra nuestros entendimientos, para que, así como nos ha dado conciencias que nos guíen, dé también ojos a estas guías, a fin de que puedan dirigirnos rectamente. La verdad es que solo Dios puede iluminar sanamente nuestras conciencias; y por eso oremos a él que lo haga. Todo nuestro estudiar, oír, leer y conferir jamás será capaz de hacerlo; solo está en el poder de quien nos hizo. El que hizo nuestras conciencias, solo él puede darles esta luz celestial del verdadero conocimiento y del recto entendimiento; y por eso busquémoslo con fervor para ello. William Fenner, 1600-1640.
Vers. 73. «Y aprenderé tus mandamientos.» Que los aprendiera de modo que conociera su sentido y significado, su pureza y espiritualidad; y de modo que los cumpliera por principio de amor, en fe y para la gloria de Dios; pues lo que aquí se entiende no es un mero aprenderlos de memoria o confiarlos a la memoria, ni una simple teoría de ellos, sino la práctica de ellos en fe y amor. John Gill.
Vers. 73-74. De estos versículos aprendan:
- Aunque nada puede satisfacer a la incredulidad, la verdadera fe se valdrá del más común beneficio de la creación para fortalecerse: «Tus manos me hicieron y me formaron».
- Es buena manera de razonar con Dios pedir otro don porque hemos recibido uno; y porque ha dado beneficios comunes, pedirle que nos dé también gracias para salvación: «Tus manos me hicieron y me formaron; hazme entender, y aprenderé tus mandamientos».
- Puesto que Dios es nuestro Creador y el fin de nuestra creación es servir a Dios, podemos pedir confiadamente cualquier gracia que nos capacite para servirle, como nos enseña el ejemplo del salmista…
- Debería ser el gozo de todos los creyentes ver a uno de los suyos sostenido y amparado en sus sufrimientos; porque en la prueba y el ejemplo de un sufriente se da una prenda a todos los demás de que Dios los ayudará en caso semejante: «Los que te temen me verán, y se alegrarán». David Dickson.
Sugerencias para el predicador
Esquemas sobre palabras clave del salmo, por el pastor C. A. Davis.
Vers. 73-80. Creación natural y espiritual. El salmista ora al Creador por vida espiritual o «entendimiento» (Sal 119:73); entonces será bien recibido por los espirituales (Sal 119:74). Recibe con sumisión la aflicción para su formación espiritual (Sal 119:75-77), deprecia la hostilidad de los soberbios (Sal 119:78), anhela la compañía de los espirituales (Sal 119:79) y ora por la integridad del corazón (Sal 119:80).
Vers. 73.
- Considerar el gran cuidado del Señor en nuestra creación.
- Ver en ello una razón para que perfeccione la nueva creación dentro de nosotros.
- Observar el método de este perfeccionamiento.
Salmos 119:74
Vers. 74. «Los que te temen me verán, y se alegrarán, porque en tu palabra he esperado.» Cuando un hombre de Dios obtiene gracia para sí, se vuelve bendición para otros, sobre todo si esa gracia lo ha hecho hombre de sano entendimiento y santo conocimiento. Los que temen a Dios se animan cuando se encuentran con creyentes experimentados. Un hombre esperanzado es un regalo de Dios cuando las cosas declinan o están en peligro. Cuando se cumplen las esperanzas de un creyente, sus compañeros se animan y se afirman, y son llevados a esperar también. Es bueno para los ojos ver a un hombre cuyo testimonio es que el Señor es veraz; es uno de los gozos de los santos conversar con sus hermanos más adelantados. El temor de Dios no es una gracia zurda, como algunos la han llamado; es del todo compatible con la alegría; porque si aun la vista de un compañero alegra a los que temen a Dios, ¡cuán alegres deben estar en la presencia del Señor mismo! No nos reunimos solo para compartir las cargas unos de otros, sino para participar en los gozos unos de otros, y algunos hombres contribuyen largamente al caudal de la alegría común. Los hombres esperanzados traen alegría consigo. Los espíritus abatidos contagian la depresión, y por eso pocos se alegran de verlos, mientras que aquellos cuyas esperanzas se fundan en la palabra de Dios llevan sol en el rostro y son bien recibidos por sus semejantes. Hay profesantes cuya presencia esparce tristeza, y los piadosos se escabullen en silencio de su compañía: que nunca sea así con nosotros.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 74. «Los que te temen se alegrarán», etc. Los que «temen a Dios» se «alegran» naturalmente de «ver» y conversar con alguien como ellos; pero más especialmente cuando es alguien cuya fe y paciencia lo han llevado a través de las pruebas y lo han hecho victorioso sobre las tentaciones; alguien que «ha esperado en la palabra de Dios» y no ha sido defraudado. Cada ejemplo así ofrece nuevo ánimo a todos los que, en el curso de su milicia, han de pasar por pruebas semejantes y enfrentar tentaciones semejantes. En todas nuestras pruebas recordemos, pues, que nuestros hermanos, tanto como nosotros mismos, están profundamente interesados en el desenlace, que puede fortalecer o debilitar las manos de multitudes. George Horne.
Vers. 74. «Los que te temen me verán, y se alegrarán», etc. Cuán reconfortante es para los herederos de la promesa verse unos a otros o reunirse: «aspectus boni viri delectat», la sola vista de un hombre bueno es deleitosa: es un placer conversar con quienes se cuidan de agradar a Dios y temen ofenderlo. Cuánto se conmueven por las misericordias unos de otros: «me verán, y se alegrarán», porque he obtenido un desenlace conforme a mi esperanza. Vendrán y me mirarán como monumento y espectáculo de la misericordia y la verdad de Dios. Pero ¿qué misericordia había recibido? El contexto parece llevarlo a la gracia de obedecer los mandamientos de Dios; esa era la oración inmediatamente anterior, ser instruido y enseñado en la ley de Dios (Sal 119:73). Ahora se regocijarán al ver mi conducta santa, cómo he aprovechado y glorificado a Dios en ese respecto. Los escritores hebreos dan la razón: «Porque entonces podré instruirlos en esos estatutos, cuando vean a su rey estudiar la ley de Dios». Puede explicarse de cualquier otra bendición o beneficio que Dios le hubiera dado conforme a su esperanza; y yo prefiero entenderlo así: se alegrarán de verlo sostenido, apoyado y amparado en sus tribulaciones y sufrimientos. «Se alegrarán cuando vean en mí un notable ejemplo del fruto de esperar en tu gracia.» Thomas Manton.
Vers. 74. «Porque en tu palabra he esperado.» Y no he sido defraudado. La Vulgata lo traduce «supersperavi», he esperado sobremanera; y entonces Aben Ezra comenta: «He esperado en todo tu decreto»; aun en el de afligirme, como en el versículo siguiente. John Trapp.
Sugerencias para el predicador
Vers. 74.
- La influencia alentadora de los hombres buenos sobre otros.
- La influencia instructiva de otros sobre ellos. G.R.
Vers. 74. La conversación con un creyente probado pero firme es fuente de alegría para los hijos de Dios.
- Tiene una emocionante historia de experiencia que contar.
- Tiene valiosos consejos y advertencias que dar.
- Es un monumento de la fidelidad de Dios que confirma la esperanza de otros.
- Es una epístola de Cristo, escrita expresamente para ilustrar lo precioso y el poder del evangelio. J.F.
Salmos 119:75
Vers. 75. «Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justos.» Quien quiera aprender más debe dar gracias por lo que ya sabe y estar dispuesto a confesarlo para gloria de Dios. El salmista había sido duramente probado, pero había seguido esperando en Dios en medio de su prueba, y ahora declara su convicción de que había sido castigado con justicia y con sabiduría. Esto no solo lo pensaba, sino que lo sabía, de modo que estaba seguro de ello y habló sin un momento de vacilación. Los santos están seguros de lo justo de sus aflicciones, aun cuando no alcanzan a ver su propósito. Alegraba a los piadosos oír a David decir esto:
«Y que conforme a tu fidelidad me afligiste.» Porque el amor requería severidad, el Señor la ejerció. No fue porque Dios fuera infiel por lo que el creyente se vio en grave aprieto, sino por la razón contraria: fue la fidelidad de Dios a su pacto la que puso bajo la vara al escogido. Quizá no era necesario que otros fueran probados entonces; pero al salmista le era necesario, y por eso el Señor no le negó la bendición. Nuestro Padre celestial no es un Elí: no permitirá que sus hijos pequen sin reprensión; su amor es demasiado intenso para eso. El hombre que hace la confesión de este versículo ya está progresando en la escuela de la gracia y aprendiendo los mandamientos. Este tercer versículo de la sección corresponde al tercero de Teth (v. 67), y en cierto grado a varios otros versículos que ocupan el tercer lugar en sus octavas.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 75. «Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justos.» En mi primera juventud el árbol del conocimiento me parecía un árbol muy hermoso, glorioso a mis ojos; ¡pero cuántos errores he cometido en ese terreno! Y cuántos son los errores que abundan todavía en lo que, en el habla común, nos place llamar conocimiento. El que ha leído los clásicos; el que ha probado las ciencias matemáticas; el que domina la historia, la gramática y la elocuencia común; el que es apto y está listo para resolver una cuestión espinosa y conoce el antiguo saber de las letras, es tenido por hombre de conocimiento; y lo es, comparado con la masa ignorante de la humanidad. Pero ¿qué es todo esto comparado con el conocimiento de mi texto? Un conocimiento del que pocos de los llamados eruditos tienen la más mínima noticia.
«Conozco.» ¿Qué, David? ¿Qué conoces? «Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justos, y que conforme a tu fidelidad me afligiste.»
Por aficionado que siga siendo yo a otras especulaciones, preferiría, mucho más, poseer el conocimiento de este hombre en este texto que tener el mayor trato con todo el círculo de las ciencias, como se lo llama con orgullo... Tengo para mí que, en la primera parte, el salmista habla en general: de las ordenanzas, disposiciones, providencia y juicios de Dios; y la afirmación es que él sabe que son justos, que son equitativos, que son sabios, que son rectos y que no se les puede hallar falta; y que, aunque los hombres, por necedad, se acarrean angustias y luego su corazón se irrita contra Dios, él fue bendecido con un entendimiento superior. No exceptúa nada: «Conozco que todos tus juicios son justos.» Luego, en la última parte del texto, hace personal el asunto. Podría decirse: es fácil que pienses así cuando ves las revoluciones de los reinos, el tambalearse de los tronos, las angustias de unos mortales y los dolores de otros, y que todo está bien. «Sí», dice él, «pero tengo la misma persuasión acerca de todos mis propios dolores; sé que conforme a tu fidelidad me afligiste.» De un sermón de John Martin, 1817.
Vers. 75. «Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justos», etc. El texto tiene la forma de una dirección a Dios. Con frecuencia hallamos esto en David: cuando quiere expresar algún sentimiento profundo, o algún punto de experiencia espiritual, lo hace así, dirigiéndose a Dios. Los que aman a Dios se deleitan en tener comunión con él; y hay sentimientos que la mente espiritual encuentra particular consuelo y placer en contar al mismo Dios. «Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justos.» Dios ordena todas las cosas, y sus «juicios» significan aquí sus disposiciones generales, sus decisiones, sus tratos, no solo las aflicciones, aunque las incluyen. Y cuando el salmista dice «tus juicios», se refiere en especial a los juicios de Dios hacia él, a los tratos de Dios con él, y por tanto a todo lo que le había sucedido o le habría de suceder. Pues en el credo del salmista no existía el azar. Dios ordenaba todo lo que le sobrevenía, y a él le gustaba pensarlo así. Expresa una confianza segura y feliz en todo lo que Dios hacía, y haría, con respecto a él. Confiaba plenamente en la sabiduría, el poder y el amor de Dios. «Conozco que tus juicios son justos»: del todo justos, justos en todo sentido, sin un solo punto que pudiera haber sido mejor, perfectamente sabios y buenos. Muestra la más firme persuasión de esto. Dice «conozco», no meramente «pienso». Pero estas mismas palabras, «conozco», muestran claramente que se trataba de un asunto de fe, no de vista. Pues no dice: «Puedo ver que tus juicios son justos», sino «conozco». El sentido es claramente: «Aunque no puedo verlo todo, aunque hay cosas en tus tratos que no puedo entender del todo, sin embargo creo, estoy persuadido, y así conozco, oh Señor, que tus juicios son justos.»
«Tus juicios.» No algunos de ellos, sino todos. Toma en cuenta todos los tratos de Dios con él, y dice de ellos sin excepción: «Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justos.» Cuando las cosas que nos suceden son claramente para nuestro consuelo y bien, como lo son muchas de ellas, recibimos agradecidos lo que Dios nos envía, lo reconocemos como Dador de todo y lo bendecimos por su gracioso trato; y esto es lo correcto. Pero toda la fe que esto requiere (y algo de fe hay en ello) consiste en reconocer a Dios como quien trata con nosotros, en vez de recibir sin gratitud los dones sin pensar en el Dador. Es un grado mucho más alto de fe el que dice de todos los tratos de Dios, aun cuando en apariencia no sean para nuestra felicidad: «Conozco que tus juicios son justos.»
Sin embargo, este es el sentido aquí, o ciertamente el sentido principal. Pues aunque la palabra «juicios» significa los tratos de Dios de toda clase, aquí las palabras que siguen la aplican en especial a los tratos aflictivos de Dios, es decir, a aquellos tratos suyos que no parecen ser para nuestra felicidad: «Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justos, y que conforme a tu fidelidad me afligiste.» Los juicios que el salmista tenía principalmente a la vista, y que sentía tan seguros de ser justos, no eran gozos, sino dolores; no cosas concedidas, sino cosas quitadas; esas bendiciones disfrazadas, esas misericordias veladas, esos dones vestidos con ropaje de luto que Dios envía tan a menudo a sus hijos. El salmista sabía, y sabía contra toda apariencia en contrario, que estos juicios eran «justos». Fueran lo que fueran —pérdidas, duelos, desengaños, dolor, enfermedad—, eran justos; tan justos como las bendiciones más manifiestas que los precedieron; del todo justos, perfectamente justos; tan justos que no habrían podido ser mejores; justo lo que más convenía; y todo porque eran juicios de Dios. Esa sola cosa satisfizo la mente del salmista y puso a descanso toda duda. De los tratos en sí mismos habría podido dudar, pero no de aquel cuyos tratos eran. «Tus juicios.» Eso lo resolvía todo. «Y que conforme a tu fidelidad me afligiste.» Esto significa que, al señalarle la aflicción como su suerte, Dios había obrado con él en fidelidad a su palabra, en fidelidad a sus propósitos de misericordia, con un amor fiel, no débil. Le había enviado justo lo que más convenía a su bien, aunque no siempre lo más agradable; y en esto se había mostrado fiel. Con suavidad y amor trata el Señor a sus hijos. No da dolor innecesario; pero lo que es necesario no lo negará. Francis Bourdillon, 1881.
Vers. 75. «Tus juicios.» Hay judicia oris y hay judicia operis: los juicios de la boca de Dios y los juicios de las manos de Dios. De los primeros se hace mención en el v. 13: «Con mis labios he contado todos los juicios de tu boca.» Y por estos «juicios» no se entiende otra cosa que la santa ley de Dios y toda su palabra escrita; la cual, por todo este salmo, es llamada indistintamente sus «estatutos», sus «mandamientos», sus «preceptos», sus «testimonios», sus «juicios». Y las leyes de Dios se llaman «juicios», entre otras razones, porque por ellas llegamos a tener un recto juicio con que discernir entre el bien y el mal. De otro modo no podríamos juzgar con certeza lo que nos conviene hacer y lo que nos es necesario evitar. A lege tua intellexi, en Sal 119:104: «De tus mandamientos he adquirido inteligencia.» San Pablo confiesa (Ro 7) que nunca habría conocido bien lo que era el pecado de no ser por la ley; y pone el ejemplo de la codicia, que no habría conocido como pecado si la ley no hubiera dicho: «No codiciarás.» Y sin duda estos «juicios», estos judicia oris, son también todos «justos»; pues sería irrazonable pensar que Dios hiciera regla de lo recto para nosotros algo que no fuera en sí recto. Tenemos tanto el nombre (el de «juicios») como la cosa (que son «justos») en el Salmo 19, donde, tras encomendar altamente la ley de Dios bajo las varias denominaciones de «ley», «testimonio», «mandamientos» y «precepto» (vv. 7 y 8), el profeta concluye bajo este nombre de «juicios», en el v. 9: «Los juicios de Jehová son verdad, todos justos.»
Además de estos judicia oris, que son los juicios de dirección de Dios, hay también judicia operis, que son sus juicios de corrección. Y estos incluyen siempre aliquid poenale, algo infligido a nosotros por Dios Todopoderoso, por así decir a modo de castigo; algo que nos produce aflicción o dolor. El apóstol dice en He 12 que toda disciplina es dolorosa; y así es, más o menos; o de lo contrario no sería castigo para nosotros. Y estos, a su vez, son de dos clases; no distinguidos tanto por las cosas mismas que se infligen como por la condición de las personas a quienes se infligen, y en especial por el afecto y la intención de Dios que los inflige. Pues todos ellos, ya sean calamidades públicas que caen sobre naciones enteras, ciudades u otras sociedades de hombres mayores o menores (como pestes, hambre, guerra, inundaciones, tiempo inclemente), y lo mismo las aflicciones privadas que caen sobre familias o personas particulares (como enfermedad, pobreza, deshonra, agravios, muerte de amigos y semejantes), todos estos, y cualesquiera otros de uno u otro tipo, pueden considerarse de dos maneras; y en ambas puede llamárseles, no sin razón, juicios de Dios, aunque en respectos distintos.
Ahora vemos las varias clases de juicios de Dios: ¿cuáles de todos ellos podemos pensar que se quieren decir aquí? Si los tomáramos todos, la conclusión los abarcaría, y sería también verdadera. Judicia oris y judicia operis, juicios públicos y privados; aquellas plagas con que en su furor castiga a sus enemigos y aquellas varas con que en misericordia corrige a sus hijos: ciertísimo es que todos son «justos». Pero concibo que los judicia oris no se entienden tan propiamente en este lugar; pues la explicación de la última parte del versículo (donde lo que aquí se llama juicios se expone allí como aflicciones) parece excluirlos y confinar el texto, en su propia intención, a estos judicia operis; pero sí a todos ellos, de cualquier clase que sean, públicos o privados, plagas o correcciones. De todos los cuales declara que son «justos», que es el predicado de la conclusión: «Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justos.» Robert Sanderson.
Vers. 75. «Conforme a tu fidelidad me afligiste.» Nótese el énfasis: no reconoce simplemente que Dios fue fiel aunque, o a pesar de que, lo había afligido, sino fiel al enviar las aflicciones. La aflicción y la angustia no solo son compatibles con el amor de Dios empeñado en el pacto de gracia, sino que son partes y ramas de la administración del nuevo pacto. Dios no solo es fiel a pesar de las aflicciones, sino fiel al enviarlas. Hay una diferencia entre estas dos cosas: la una es como una excepción a la regla, quae firmat regulam in non exceptis; la otra la hace parte de la regla: Dios no puede ser fiel sin hacer todas las cosas que tienden a nuestro bien y bienestar eterno. La conducción de su providencia es una parte del compromiso del pacto; así como perdonar nuestros pecados, santificarnos y darnos gloria al fin, así también acomodar su providencia a lo que nuestra necesidad y provecho requieren en el camino al cielo. Es un acto de su misericordia soberana, que ha prometido a su pueblo, usar la disciplina que conduce a su seguridad. En suma, la cruz no es una excepción a la gracia del pacto, sino una parte de la gracia del pacto.
La causa de todas las aflicciones es el pecado; por tanto, debe reconocerse la justicia; su fin es el arrepentimiento, y por tanto debe reconocerse la fidelidad. Su fin no es la destrucción y la ruina, pues entonces las aflicciones serían actos de justicia, como sobre los impíos; sino que seamos aptos para recibir las promesas, y así son actos de fidelidad. Thomas Manton.
Vers. 75. «Conforme a tu fidelidad me afligiste.» Es decir, con una intención sincera de hacerme bien. Dios conoce a fondo nuestra constitución, lo que es nocivo para nuestra salud y lo que puede remediar nuestros males; y por eso nos dispone conforme a ello
Pro jucundis aptissima quaeque: en lugar de dulce miel, a veces nos receta el saludable ajenjo. Nosotros mismos ignoramos en gran manera lo que conduce a nuestro verdadero bien y, si se nos permitiera por completo la elección de nuestra condición, haríamos elecciones muy necias y muy desventajosas.
Todos nosotros (sin duda) abrazaríamos una hacienda rica y abundante; mas Dios sabe que eso nos haría perezosos y disolutos, nos hincharía de orgullo y pensamientos altaneros, nos cargaría de afanosos cuidados y nos expondría a peligrosas tentaciones; nos haría olvidarnos de nosotros mismos y descuidar a Dios. Por eso nos dispone sabiamente la pobreza; la pobreza, madre de la sobriedad, nodriza de la laboriosidad, maestra de la sabiduría; que nos hará entendernos a nosotros mismos y nuestra dependencia de él, y nos obligará a recurrir a su ayuda. ¿Y no hay razón para que estemos agradecidos por los medios con que somos librados de esos males desesperados y obtenemos estas excelentes ventajas?
Todos nosotros (ciertamente) escogeríamos el favor y el aplauso de los hombres; pero esto, también lo sabe Dios, corrompería nuestra mente con vana presunción, embriagaría nuestra fantasía con placer espurio, nos tentaría a atribuirnos a nosotros mismos inmoderadamente y a privar sacrílegamente a Dios de su debido honor. Por eso permite con acierto que incurramos en la deshonra y el desagrado, el odio y el desprecio de los hombres, para que pongamos nuestra gloria solo en la esperanza de su favor y persigamos con más ardor los deleites más puros de una buena conciencia. ¿Y no merece esta parte de la providencia divina nuestras más altas gracias?
Todos querríamos subir a lugares altos, sin considerar los precipicios sobre los que se asientan ni el vértigo de nuestras propias cabezas; pero Dios nos guarda seguros en los humildes valles, asignándonos ocupaciones que somos más capaces de manejar.
Quizá abusaríamos con insolencia del poder, si se nos confiara; emplearíamos grandes dotes en empresas desmesuradas, como hacen muchos, para perturbación de otros y ruina propia; el vasto conocimiento nos haría sobrestimarnos y despreciar a los demás; gozando de continua salud, no percibiríamos su beneficio ni nos acordaríamos de quien la dio. Una mediocridad adecuada de estas cosas, pues, nos reparte la bondad divina, para que ni muramos de hambre por la falta ni nos hartemos hasta el empacho con la abundancia.
En fin, las ventajas que brotan de las aflicciones son tantas y tan grandes que sería fácil demostrar que tenemos gran razón, no solo para estar contentos con todas las cruces y vejaciones que encontramos, sino para regocijarnos en ellas y estar muy agradecidos; para recibirlas con alegría de la mano de Dios, como medicinas de nuestra alma y condimentos de nuestra fortuna; como pruebas de su buena voluntad e instrumentos de virtud; como sólidos fundamentos de esperanza y consoladores presagios de gozo futuro para nosotros. Isaac Barrow.
Vers. 75. «Conforme a tu fidelidad me afligiste.» Cuando un padre desconoce y destierra a un hijo, ya no lo corrige. Así Dios puede dejar sin castigo a quien piensa destruir; pero nunca a aquel con quien está en pacto. William S. Plumer.
Vers. 75. «Conozco, oh Jehová», etc.
Sin embargo, Señor, en el lugar más querido de la memoria
consagro aquellas horas tristes,
cuando, alzando los ojos, vi tu rostro
vestido de bondadosa severidad.
No quisiera perder un suspiro ni una lágrima,
ni una punzada del corazón, ni la frente palpitante:
dulce fue el castigo severo,
y dulce es ahora su recuerdo.
¡Sí! Que permanezcan las fragantes cicatrices,
prendas de amor en tu lugar,
pálidas sombras del costado traspasado por la lanza
y de la cabeza ceñida de espinas.
Y tal sea aún tu tierna fuerza
cuando el yo se desvíe o se extravíe,
plegando a la verdad la voluntad rebelde
por tu estrecho camino. John Henry Newman, 1829.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 75. Conocimiento experimental: positivo, personal, que glorifica a Dios, que consuela a los santos.
Salmos 119:76
Vers. 76. «Sea ahora tu misericordia para consolarme, conforme a lo que has dicho a tu siervo.» Habiendo confesado la justicia del Señor, apela ahora a su misericordia, y aunque no pide que se le quite la vara, ruega con fervor consuelo bajo ella. La justicia y la fidelidad no nos dan consuelo si no podemos probar también la misericordia; y, bendito sea Dios, esta nos es prometida en la palabra, y por tanto podemos esperarla. Las palabras «misericordia» y «bondad» (en el original, merciful kindness) forman una feliz combinación y expresan exactamente lo que necesitamos en la aflicción: misericordia que perdone el pecado y bondad que sostenga bajo el dolor. Con estas podemos estar consolados en el día nublado y oscuro, y sin ellas somos de veras desdichados; por ellas, pues, oremos al Señor, a quien hemos agraviado con nuestro pecado, y aleguemos la palabra de su gracia como nuestra única razón para esperar su favor. Bendito sea su nombre: a pesar de nuestras faltas seguimos siendo sus siervos, y servimos a un Amo compasivo. Algunos leen la última parte: «conforme a lo que has dicho a tu siervo»; se recordaba y se alegaba alguna palabra especial del Señor: ¿no podemos recordar alguna «palabra fiel» así y hacerla fundamento de nuestra petición? Esa frase, «conforme a tu palabra», es muy favorita; muestra el motivo de la misericordia y la manera de la misericordia. Nuestras oraciones son conforme a la mente de Dios cuando son conforme a la palabra de Dios.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 76. «Sea ahora tu misericordia para consolarme.» En el versículo anterior reconoció que el Señor lo había afligido; ahora, en este, ruega al Señor que lo consuele. Es extraño que un hombre busque consuelo de la misma mano que lo hiere: es obra de la fe; la naturaleza nunca nos enseñará a hacerlo. «Venid, volvamos a Jehová; porque él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará.» Vemos, además, que las cruces que Dios pone sobre sus hijos no son para confundirlos ni consumirlos, sino solo para prepararlos para mayores consolaciones. Con esto se sostuvo David frente a las maldiciones de Simei: «Quizá mirará Jehová mi aflicción, y me dará Jehová bien por sus maldiciones de hoy»; con esto consuela nuestro Salvador a sus discípulos: «Vuestra tristeza se convertirá en gozo.» Como el postrer estado de Job fue mejor que el primero, así dará el Señor a sus hijos al fin más de lo que ahora al principio les quita: llevemos, pues, su cruz como preparación para el consuelo. William Cowper.
Vers. 76. «Sea ahora tu misericordia para consolarme.» Varios de los versículos anteriores han hablado de la aflicción (Sal 119:67, 71, 75). El salmista presenta ahora su petición de alivio bajo ella. Pero ¿de qué clase? No pide que se le quite. No «ruega al Señor que se aparte de él» (2 Co 12:8). No. Sus repetidos reconocimientos de los apoyos concedidos bajo ella y de los beneficios que de ella había sacado lo habían reconciliado a encomendar al Señor su medida y su duración. Todo lo que necesita, y todo lo que pide, es un sentido de su «misericordia» sobre su alma. Así se somete a su justicia en sus acumuladas pruebas y espera consuelo en ellas únicamente sobre el fundamento de su favor gratuito. Charles Bridges.
Vers. 76. «Sea ahora tu misericordia», etc. Que yo derive mi consuelo y felicidad de una difusión de tu amor y misericordia, kdmh chasdecha, tu exuberante bondad por mi alma. Adam Clarke.
Vers. 76. «Conforme a lo que has dicho a tu siervo.» Si su promesa no le agradara, ¿por qué la hizo? Si nuestra confianza en la promesa no le agradara, ¿por qué la obró su bondad? Sería incompatible con su bondad burlarse de su criatura, y sería la más alta burla publicar su palabra y crear en el corazón de su suplicante un temple acorde con su promesa, que nunca pensó cumplir. Tan poco puede agraviar a su criatura como agraviarse a sí mismo, y por eso nunca puede defraudar aquella fe que, según sus propios métodos, se arroja en los brazos de su bondad, y es obra suya, y lo llama su autor. Esa bondad que se comunicó tan libremente a la creación irracional no descuidará a aquellas criaturas más nobles que ponen en él su confianza. Esto hace de Dios un objeto idóneo de confianza y seguridad. Stephen Charnock.
Vers. 76. «Conforme a tu palabra.» David tenía una promesa particular de un beneficio particular, a saber, el reino de Israel. Y Dios le cumplió esta promesa; pero su consuelo no estaba en ella; pues Saúl antes que él tuvo el reino, pero las promesas de misericordia no le pertenecían, y por eso, cuando Dios lo abandonó, su reino no pudo sostenerlo. Pero David depende aquí de las promesas generales de la misericordia de Dios hechas a sus hijos, en las cuales reconoce una promesa particular de misericordia hecha a él. Pues las promesas generales de misericordia y gracia hechas en el evangelio se hacen, por la fe, particulares a todo creyente. William Cowper.
Vers. 76. «Tu palabra a tu siervo.» Aquí podemos usar la pregunta del eunuco: «Ruego que me digas: ¿de quién dice el profeta esto; de sí mismo, o de algún otro?» De sí mismo, sin duda, bajo la denominación de siervo de Dios. Pero entonces vuelve la pregunta: ¿es una palabra de promesa hecha a él en particular o a los siervos de Dios en general? Algunos dicen lo primero: las promesas que le trajo Natán. Yo me inclino a lo segundo, y nos enseña estas tres verdades:
Primera. Que solo los siervos de Dios son capaces de los dulces efectos de su misericordia y de los consuelos de sus promesas. ¿Quiénes son siervos de Dios? (1.) Los que reconocen su derecho y sienten su interés en ellos: «Dios, de quien soy y a quien sirvo» (Hch 27:23). (2.) Los que se entregan a él, renunciando a todos los demás amos. Hemos de renunciar, pues una vez estuvimos bajo otro amo (Ro 6:17; Mt 6:24; Ro 6:13; 2 Cr 30:8). (3.) Los que, en consecuencia, se disponen a hacer su obra con sinceridad: «sirvo en mi espíritu» (Ro 1:9) y «en novedad de espíritu» (Ro 7:6), como conviene a los que son renovados por el Espíritu: con diligencia (Hch 26:7), y universalmente (Lc 1:74-75), y esperando en él la gracia para hacerlo (He 7:28). Estos son capaces de consuelo. El libro de Dios no habla consuelo a las personas que viven en pecado, sino a los siervos de Dios, los que no viven como si estuvieran a su propia disposición, sino a la señal de Dios. Si él dice «ve», van. Se entregan para ser y hacer lo que Dios quiera que sean y hagan.
Segunda. Si hemos de tener el beneficio de la promesa, debemos meternos nosotros mismos bajo un título u otro entre aquellos a quienes la promesa se hace; si no como hijos de Dios, al menos como siervos de Dios. Entonces la promesa es tan segura para nosotros como si nuestro nombre estuviera en ella.
Tercera. Todos los siervos de Dios tienen fundamentos comunes de consuelo: todo siervo de Dios puede alegar ante Dios como lo hace David. Los consuelos de la palabra son la porción común del pueblo de Dios. Thomas Manton.
Vers. 76. «Tu palabra a tu siervo.» Nuestro Amo ha empeñado su palabra a todos sus siervos de que será bondadoso con ellos, y pueden alegársela. Matthew Henry.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 76. El consuelo.
- Puede ser asunto de oración.
- Está provisto en el Señor.
- Está prometido en la palabra.
- Es de gran valor para el creyente.
Vers. 76.
- La necesidad del consuelo.
- La fuente del consuelo: «Tu misericordia.»
- La regla del consuelo: «Conforme a tu palabra.» G. R.
Salmos 119:77
Vers. 77. «Vengan a mí tus misericordias, para que viva.» Estaba tan apremiado que estaba a las puertas de la muerte si Dios no lo socorría. No necesitaba solo misericordia, sino «misericordias», y estas debían ser de una clase muy bondadosa y considerada, «entrañables misericordias» (en el original, tender mercies), pues estaba lastimado por sus heridas. Estos suaves favores debían ser dados por el Señor, pues nada menos bastaría; y debían «venir» todo el camino hasta el corazón del que sufre, porque este no podía ir en pos de ellas; todo lo que podía hacer era suspirar: «¡Ojalá vinieran!» Si la liberación no llegaba pronto, se sentía a punto de expirar, y sin embargo nos dijo hace apenas un versículo o dos que esperaba en la palabra de Dios: qué cierto es que la esperanza sigue viva cuando la muerte parece escrita sobre todo lo demás. Un pagano dijo: dum spiro spero, mientras respiro espero; pero el cristiano puede decir: dum expiro spero, aun cuando expiro sigo esperando la bendición. Con todo, ningún verdadero hijo de Dios puede vivir sin la entrañable misericordia del Señor; es muerte para él estar bajo el desagrado de Dios. Nótese, otra vez, la feliz combinación de palabras de nuestra versión inglesa. ¿Hubo jamás un sonido más dulce que este «tender mercies»? El que ha sido gravemente afligido y, sin embargo, tiernamente socorrido es el único que conoce el significado de un lenguaje tan escogido.
Cuán verdaderamente vivimos cuando nos llega la entrañable misericordia. Entonces no meramente existimos, sino que vivimos; estamos vivos, llenos de vida, vivaces y vigorosos. No sabemos lo que es la vida hasta que conocemos a Dios. De algunos se dice que mueren por la visitación de Dios, pero nosotros vivimos por ella.
«Porque tu ley es mi delicia.» ¡Oh bendita fe! No es un creyente cualquiera el que se regocija en la ley aun cuando sus preceptos quebrantados le hacen sufrir. Deleitarse en la palabra cuando nos reprende es prueba de que estamos aprovechando bajo ella. Sin duda este es un ruego que prevalecerá ante Dios, por amargas que sean nuestras penas; si todavía nos deleitamos en la ley del Señor, él no puede dejarnos morir; tiene que echarnos, y lo hará, una mirada tierna y consolar nuestro corazón.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 77. «Vengan a mí tus misericordias, para que viva.» Si observamos con atención, hallaremos que David busca aquí otra clase de misericordia que la que buscó antes. Pues primero buscó misericordia para que le perdonara sus pecados; luego buscó misericordia para que lo consolara en sus aflicciones; ahora busca misericordia para vivir y no pecar más. ¡Ay!, muchos buscan la primera misericordia, la del perdón, y la segunda, la del consuelo en la aflicción, que son del todo descuidados de la tercera misericordia, la de vivir bien. Es una gran misericordia de Dios enmendar tu vida: donde esto no hay, que nadie piense que ha recibido ninguna de las anteriores. Es una gran misericordia de Dios, que no solo perdona el mal hecho, sino que nos fortalece también para el bien ulterior que no hemos hecho; y esta es la misericordia que David busca aquí. William Cowper.
Vers. 77. «Vengan a mí tus misericordias», etc. Las misericordias de Dios son «entrañables misericordias»: son las misericordias de un padre para con sus hijos; más aún, entrañables como la compasión de una madre por el hijo de sus entrañas. «Vienen a» nosotros cuando no somos capaces de ir a ellas. Solo por ellas «vivimos» la vida de fe, de amor, de gozo y alegría. Y a los que se «deleitan» en su ley, Dios concederá estas misericordias y esta vida; les dará el perdón y, al hacerlo, les dará vida de entre los muertos. George Horne.
Vers. 77. «Vengan a mí tus misericordias», etc. Tomando la traducción más literal, las palabras expresan una alta confianza: «Tus misericordias vendrán a mí, y viviré; porque tu ley es mi delicia.» Si el creyente no tuviera más que sus propios méritos para sostener su ruego ante el trono de la gracia, nunca podría elevarse a esta alta confianza. Va sobre el fundamento de la bondad divina, manifestada por medio del Ungido, y va con seguridad. John Stephen.
Vers. 77. «Vengan.» El venir a él denota una aplicación personal y eficaz. Primero, una aplicación personal, como en Sal 119:41: «Vengan a mí tus misericordias, oh Jehová; tu salvación, conforme a tu dicho.» David no quería ser olvidado, ni dejado fuera, ni perdido en el gentío de la humanidad cuando la misericordia repartía la bendición entre ellos. Segundo, una aplicación eficaz: lo cual significa: 1. La remoción de obstáculos y estorbos; 2. La obtención de los frutos y efectos de esta misericordia.
Primero, la remoción de obstáculos. Mientras no se abra camino, la misericordia de Dios no puede llegar hasta nosotros; pues el camino está barricado y cerrado por nuestros pecados: como el Señor abrió camino a su ira (Sal 78:50), removiendo los estorbos, así el Señor abre camino a su misericordia, o la misericordia se abre camino a sí misma cuando remueve la obstrucción. El pecado es el gran estorbo de la misericordia. Nosotros mismos levantamos las nieblas y las nubes que interceptan la luz del rostro de Dios; edificamos la pared de separación entre Dios y nosotros; y aun así la misericordia halla el camino.
Segundo, la obtención de los frutos de la misericordia... No basta con oír algo de las misericordias salvadoras de Dios; debemos rogar que vengan a nosotros, que se nos comuniquen con eficacia y de modo sensible, para que tengamos experiencia de ellas en nuestras propias almas. Un hombre que ha leído acerca de la miel, o ha oído hablar de la miel, puede conocer su dulzura por conjetura e imaginación; pero un hombre que ha probado la miel conoce su dulzura en verdad: así, leyendo y oyendo de la gracia y la misericordia de Dios en Cristo, podemos conjeturar que es cosa dulce; pero el que ha tenido una prueba experimental de los dulces efectos y frutos de ella en su propio corazón percibe que todo lo que se dice del perdón y consuelo de Dios a los pecadores se verifica en él mismo. Thomas Manton.
Vers. 77. «Tu ley es mi delicia.» Un hijo de Dios, aunque no puede servir al Señor perfectamente, lo sirve de buena gana; su voluntad está en la ley del Señor; no es un soldado reclutado a la fuerza, sino un voluntario. Por los latidos de este pulso podemos juzgar si hay vida espiritual en nosotros o no. David declara que la ley de Dios era su delicia; tenía su corona en que deleitarse, tenía su música en que deleitarse; pero el amor que tenía a la ley de Dios ahogaba todos los demás deleites, como el gozo de la cosecha y la vendimia excede al gozo de espigar. Thomas Watson.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 77.
- Visitas invitadas.
- Dádiva esperada.
- Bienvenida garantizada: «porque tu ley», etc.
Vers. 77. La vida divina nace, se sustenta y crece por las entrañables misericordias de Dios. W. W.
Salmos 119:78
Vers. 78. «Sean avergonzados los soberbios.» Rogó que los juicios de Dios no cayeran más sobre él, sino sobre sus crueles adversarios. Dios no permitirá que sean avergonzados los que esperan en su palabra, pues reserva ese galardón para los espíritus altivos: aún serán alcanzados por la confusión y se volverán objeto de desprecio, mientras los afligidos de Dios levantarán de nuevo la cabeza. La vergüenza es para los soberbios, pues es cosa vergonzosa ser soberbio. La vergüenza no es para los santos, pues no hay en la santidad nada de qué avergonzarse.
«Porque sin causa me han calumniado.» Su malicia era gratuita; él no los había provocado. Se emplearon mentiras para forjar una acusación contra él; tuvieron que torcer sus acciones sacándolas de su verdadera forma antes de poder atacar su carácter. Evidentemente el salmista sentía vivamente la malicia de sus enemigos. Su conciencia de inocencia con respecto a ellos creaba un ardiente sentido de injusticia, y apeló al Señor justo para que tomara su parte y vistiera de vergüenza a sus falsos acusadores. Probablemente los mencionó como «los soberbios» porque sabía que el Señor siempre toma venganza de los hombres soberbios y defiende la causa de aquellos a quienes ellos oprimen. A veces menciona a los soberbios y a veces a los impíos, pero siempre se refiere a las mismas personas; las palabras son intercambiables: el que es soberbio seguramente es impío, y los perseguidores soberbios son los peores de los impíos.
«Pero yo meditaré en tus mandamientos.» Dejaría a los soberbios en manos de Dios y se entregaría a santos estudios y contemplaciones. Para obedecer los preceptos divinos necesitamos conocerlos y pensar mucho en ellos. Por eso este santo perseguido sentía que la meditación debía ser su ocupación principal. Estudiaría la ley de Dios y no la ley de la represalia. Los soberbios no valen un pensamiento. El peor daño que pueden hacernos es apartarnos de nuestras devociones; frustrémoslos manteniéndonos tanto más cerca de nuestro Dios cuanto más maliciosos sean en sus embestidas.
En una posición parecida a esta hemos encontrado a los soberbios en otras octavas, y los encontraremos aún otra vez. Evidentemente son una gran plaga para el salmista, pero él se eleva por encima de ellos.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 78. «Sean avergonzados los soberbios», etc. He aquí la justa recompensa de su soberbia. Querría tener honra y preeminencia, pero Dios no se las dará; huye de la vergüenza y el desprecio, pero Dios los derramará sobre él. «Porque sin causa me han calumniado.» David se queja del trato malvado y falso de sus enemigos contra él; y su oración está escrita para sostenernos en una tentación semejante. Pues Satanás es siempre el mismo, aborreciendo a los que el Señor ama. Apenas puede ser peor, nunca puede ser mejor; y por eso con malicia incansable incita a todos sus malditos instrumentos en quienes reina a perseguir a los que el Señor ama y protege. «Pero yo meditaré en tus mandamientos.» Los enemigos de David luchaban contra él con las armas de la carne, la maldad y la falsedad; él les resiste con la armadura del Espíritu, no pagando maldad con maldad ni falsedad con falsedad. Pues si luchamos contra Satanás con las armas de Satanás, pronto nos vencerá; pero si nos ponemos toda la armadura de Dios para resistirle, huirá de nosotros. William Cowper.
Vers. 78. «Sean avergonzados los soberbios.» Es decir, que no prosperen ni tengan éxito en sus intentos; pues los hombres se avergüenzan cuando son defraudados. Todos sus esfuerzos por extirpar al pueblo de Dios son vanos e infructuosos, y las cosas que han ideado con sutileza no tienen el efecto que se propusieron. «Porque sin causa me han calumniado.» La Septuaginta tiene adíkos, injustamente. Ainsworth lee: «Con falsedad me han depravado.» Implica dos cosas: primero, que pretendían una causa; pero, segundo, David asegura a Dios su inocencia; y así, sin culpa alguna suya, acusaron, difamaron y condenaron sus acciones, como es usual en tales casos. Cuando los soberbios son molestos e injuriosos con el pueblo de Dios, los santos pueden encomendar con denuedo su causa a Dios... Se puede apelar al Señor por una doble razón: en parte, como enemigo de los soberbios y amigo de los humildes (Stg 4:6; Sal 138:6); en parte, como porción de los afligidos y oprimidos (Sal 140:12). Cuando Satanás incita a sus instrumentos a aborrecer a los que el Señor ama, el Señor despertará su poder para ayudarlos y defenderlos. ¿No es esta una oración vengativa? Respuesta: No. Primero, porque los que la oran buscan su propia liberación, para servir a Dios con más libertad en consecuencia. Ciertamente, al mostrar Dios misericordia a su pueblo, se suprime la soberbia de los impíos (Sal 119:134); pero la misericordia es el objeto principal de la oración.
Segundo, en cuanto concierne a sus enemigos, lo expresa en términos suaves: que «sean avergonzados», es decir, defraudados en sus consejos, esperanzas, maquinaciones y esfuerzos. Y por tanto no va contra las personas de sus enemigos, sino contra sus tramas y empresas. En tales casos la vergüenza y el desengaño pueden incluso hacerles bien. Piensan lograr la supresión total del pueblo de Dios, pero eso los endurecería en sus pecados; por eso el pueblo de Dios desea que él no deje que su inocencia sea pisoteada, sino que defraude a sus adversarios, para que los soberbios sean avergonzados al fracasar sus intentos.
Tercero, las oraciones de los justos por el derrocamiento de los impíos son una especie de profecías; de modo que, al orar, David en efecto predice que los que obraron perversamente serían pronto avergonzados, pues una buena causa no será oprimida siempre: «Mas él se mostrará para alegría vuestra, y ellos serán confundidos» (Is 66:5).
Cuarto, los santos tienen libertad para imprecar venganza, pero se ha de usar con moderación y con gran cautela: «Sean avergonzados, fenezcan los adversarios de mi alma» (Sal 71:13). Se puede orar expresamente contra los enemigos malintencionados. Thomas Manton.
Vers. 78. «Sean avergonzados los soberbios.» Esto sugiere una palabra a los impíos. Cuidaos de que, por vuestro odio implacable a la verdad y a la iglesia de Dios, no empeñéis sus oraciones contra vosotros. Estas oraciones imprecatorias de los santos, cuando se disparan al blanco debido y se elevan como es debido, son piezas mortíferas, y matan donde caen. «¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche, aunque sea longánime para con ellos? Os digo que pronto les hará justicia.» (Lc 18:7-8). No son palabras vacías como las imprecaciones de los impíos, vertidas al aire y allí desvanecidas con su aliento, sino que son recibidas en el cielo y serán devueltas con trueno y relámpago sobre las cabezas de los impíos. La oración de David deshizo la fina trama de Ahitofel y le retorció la soga. Las oraciones de los santos son más de temer, como dijo y sintió una vez un gran personaje, que un ejército de veinte mil hombres en el campo. El ayuno de Ester apresuró la ruina de Amán, y el de Ezequías contra Senaquerib llevó a su enorme hueste a la matanza y trajo del cielo a un ángel para ejecutarla en una sola noche. William Gurnall.
Vers. 78. «Los soberbios.» Los impíos, en especial los perseguidores del pueblo de Dios, se caracterizan comúnmente en este salmo con este término, «los soberbios» (Sal 119:51, 69, 122). La soberbia lleva a los impíos a ser molestos e injuriosos con el pueblo de Dios. Pero ¿por qué se llama «soberbios» a los perseguidores y a los injuriosos? 1. Porque los impíos sacuden el yugo de Dios y no quieren sujetarse a su Hacedor, y por eso no cesan de perturbar a su pueblo: «¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz y deje ir a Israel?» (Éx 5:2). Lo que estaba en su lengua está en el corazón de todos los hombres; desprecian a Dios y sus leyes. Todo pecado tiene un grado de soberbia y una desestimación de Dios incluida en él (2 S 12:9). 2. Porque están ebrios de felicidad mundana y nunca piensan en cambios. «Hastiada está nuestra alma del escarnio de los que están en holgura, y del menosprecio de los soberbios» (Sal 123:4). Cuando a los hombres les va con prosperidad, son propensos a molestar injustamente a otros, y luego a burlarse de ellos en su miseria y a despreciar a la persona y la causa del pueblo de Dios, lo cual es efecto seguro de gran arrogancia y soberbia. Piensan que pueden hacer lo que quieran: «No cambian, ni temen a Dios», y extienden sus manos contra los que estaban en paz con ellos (Sal 55:19-20): mientras prosperan sin ser molestados, no pueden abstenerse de la violencia y la opresión. 3. Porque aspiran a una vida de pompa, comodidad y grandeza carnal, y así desprecian la aflicción, la humildad y la sencillez del pueblo de Dios. La falsa iglesia suele tener la ventaja del poder mundano y la gloria externa; y la verdadera iglesia se conoce por el poder divino, los dones y gracias y el lustre de la santidad. 4. Se les llama «soberbios» por su trato insolente hacia el pueblo del Señor; en parte en sus leyes y mandatos, que les exigen darles más honra, respeto y obediencia de lo que en conciencia se les puede dar; como Amán quería que Mardoqueo se le entregara a la manera de los persas (Est 3:5). Condensado de Manton.
Vers. 78. Cuando alguno de vosotros, dice Cesáreo, «esté cantando el versículo del salmo donde se dice: Sean avergonzados los soberbios, procure con empeño evitar la soberbia, para escapar de la vergüenza eterna.» William Kay.
Vers. 78. «Pero yo meditaré en tus mandamientos.» Repite a menudo lo mismo, y ciertamente, si el mundo no pudo contener los libros que se podrían escribir de Cristo, y sin embargo, por nuestra flaqueza, el Señor los ha comprendido en tan pocos libros, y aun así una cosa en ellos se repite a menudo, ello muestra que el asunto es de peso y que debemos considerarlo debidamente y con frecuencia. Y se nos enseña también que es cosa a la que nadie atiende con el cuidado que debiera. Y muestra que, así como sus enemigos buscaban hacerle daño con malos medios, él buscaba guardar una buena conciencia, para que no pudieran dañarlo. Entonces no debemos oponer astucia a astucia ni cretizare cum Cretensibus; sino tender siempre a la palabra, mantenernos dentro de sus límites y luchar con las armas que nos presta... Si nos entregáramos a Dios y a su palabra y no admitiéramos nada sino lo que concuerda con la palabra, seríamos hechos más sabios que nuestros enemigos. Richard Greenham.
Vers. 78. «Meditaré en tus mandamientos.» El verbo siach, en la segunda parte del versículo, puede traducirse «hablaré de», así como «reiteraré sobre»; lo que implica que, cuando hubiera obtenido la victoria, proclamaría la bondad de Dios que había experimentado. Hablar de los estatutos de Dios equivale a declarar, a partir de la ley, con cuánta fidelidad guarda a sus santos, con cuánta seguridad los libra y con cuánta justicia venga sus agravios. Juan Calvino.
Vers. 78. «Meditar.» Las verdades yacen ocultas en el corazón sin eficacia ni poder hasta que son aprovechadas con pensamientos profundos, serios e insistentes... Pasar de repente con una vela por una habitación no nos da una vista tan completa del objeto como cuando uno se detiene un rato a contemplarlo. Una contemplación firme es una gran ventaja. Thomas Manton.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 78.
- Cosa difícil: avergonzar a los soberbios.
- Cosa cruel: «sin causa me han calumniado», etc.
- Cosa sabia: «pero yo meditaré», etc.
Salmos 119:79
Vers. 79. «Vuélvanse a mí los que te temen y conocen tus testimonios.» Tal vez la lengua de la calumnia había alejado a algunos de los piadosos, y probablemente las faltas reales de David habían entristecido a muchos más. Ruega a Dios que se vuelva a él y luego que vuelva hacia él a su pueblo. Los que están bien con Dios están también ansiosos de estar bien con sus hijos. David anhelaba el amor y la simpatía de los hombres piadosos de todos los grados: de los que eran principiantes en la gracia y de los que eran maduros en la piedad, «los que te temen» y «los que conocen tus testimonios». No podemos permitirnos perder el amor del más pequeño de los santos, y si hemos perdido su estima, podemos con toda propiedad orar para que se nos restituya. David era el caudillo del partido piadoso de la nación, y le hería el corazón percibir que los que temían a Dios ya no se alegraban de verlo como antes. No fanfarroneó diciendo que si ellos podían pasarse sin él, él podía muy bien pasarse sin ellos; sino que sintió tan hondamente el valor de su simpatía que hizo de ello un asunto de oración: que el Señor volviera de nuevo sus corazones hacia él. Los que son queridos de Dios y están instruidos en su palabra deben ser muy preciosos a nuestros ojos, y debemos hacer todo lo posible por estar en buenos términos con ellos.
David tiene dos descripciones de los santos: temen a Dios y conocen a Dios. Poseen devoción e instrucción; tienen tanto el espíritu como la ciencia de la verdadera religión. Conocemos creyentes que son piadosos pero no inteligentes; y, por otra parte, conocemos también a ciertos profesantes que son todo cabeza y nada de corazón: el hombre cabal es el que combina la devoción con la inteligencia. No nos importan ni los ignorantes devotos ni los icebergs intelectuales. Cuando el temer y el conocer caminan de la mano, hacen a los hombres enteramente preparados para toda buena obra. Si estos son mis compañeros escogidos, puedo esperar que yo soy de su orden. Que tales personas se vuelvan siempre a mí porque hallan en mí una compañía afín.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 79. «Vuélvanse a mí los que te temen.» Algunos piensan que esto insinúa que, cuando David fue culpable de aquel feo pecado en la muerte de Urías, aunque era rey, los que temían a Dios se le hicieron extraños y se apartaron de él, pues se avergonzaban de él; esto lo turbó, y por eso ora: Señor, que «se vuelvan a mí» otra vez. Desea en especial la compañía de aquellos que no solo eran honrados, sino inteligentes, «que conocen tus testimonios», que tienen buena cabeza además de buen corazón, y cuya conversación será edificante. Es deseable tener intimidad con tales. Matthew Henry.
Vers. 79. «Vuélvanse a mí los que te temen», etc. Como no solo tenía que luchar contra su propia carne, sino también contra el mundo, así no solo luchaba él mismo, sino que busca la ayuda de otros. Cuando muchos ven que la religión no puede profesarse de veras sin que venga peligro por ello, porque muchos se le oponen, huyen de ella y se van al bando mayor, que es el de los impíos. Si queremos evitar esto, unámonos a los hijos de Dios, y ellos nos ayudarán con consejo y aviso; pues uno puede ser fuerte cuando nosotros somos débiles, otro puede tener consejo cuando no sepamos qué hacer; por tanto, por ellos seremos guardados de muchas cosas malas. Así Pablo (2 Ti 1:16), después de quejarse del agravio que muchos le habían hecho, da en seguida gracias por la casa de Onesíforo, que lo refrigeró más de lo que todos sus enemigos pudieron desanimarlo; de modo que se atrevió a oponer esta sola familia a toda la chusma de los impíos. Richard Greenham.
Vers. 79. «Los que te temen», etc. Debéis ir a Dios y rogarle que él escoja vuestra compañía por vosotros. Notad lo que David dijo e hizo: en Sal 119:63 dice: «Compañero soy yo de todos los que te temen»; y sin embargo en este versículo va a Dios y ora diciendo: «Vuélvanse a mí los que te temen, oh Señor, y los que conocen tus testimonios.» Como si dijera: «En verdad, Señor, soy compañero de todos los que te temen; pero no está en mi poder inclinar sus corazones hacia mí; los corazones de todos los hombres están en tus manos»; ahora, pues, «vuélvanse a mí los que te temen». Haced vosotros lo mismo: id a Dios y decid: Señor, escoge tú mi compañía por mí; oh, inclina tú sus corazones a ser mis compañeros. William Bridge.
Vers. 79. «Los que te temen.» «Los que conocen.» El temor y el conocimiento hacen al hombre piadoso. El conocimiento sin temor engendra presunción; y el temor sin conocimiento engendra superstición; y el celo ciego, como un caballo ciego, puede estar lleno de brío, pero a cada paso tropieza. El conocimiento debe dirigir el temor, y el temor debe sazonar el conocimiento; entonces es una feliz mezcla y composición. Thomas Manton.
Vers. 79. Un gran medio para restaurar el buen entendimiento entre el pueblo de Dios es la oración. David va a Dios por ello: «Señor, que se vuelvan a mí.» El Señor gobierna los corazones y los intereses; ambos están en sus manos, y usa su alejamiento o su reconciliación, ya para juicio, ya para misericordia. Dios, cuando le place, puede apartar de nosotros el consuelo de los amigos piadosos; y cuando le place, puede traerlos de nuevo a nosotros. Los pies de los hijos de Dios son dirigidos por el mismo Dios; si vienen a nosotros, es bendición de Dios; si no, es para corrección. Hizo que Jacob y Labán se encontraran en paz (Gn 31), y en el capítulo siguiente, Jacob y Esaú. Thomas Manton.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 79. Restauración a la comunión de la iglesia.
- Los buenos pueden hallarse en tal caso que necesiten ser restaurados.
- No deben avergonzarse de buscarlo.
- Deben orar por ello.
Vers. 79. La sociedad selecta.
- La sociabilidad es un instinto de la naturaleza humana.
- La sociabilidad ayuda a una vida cristiana sana.
- La elección de la sociedad debe ser asunto de oración. C. A. D.
Salmos 119:80
Vers. 80. «Sea mi corazón íntegro en tus estatutos, para que no sea yo avergonzado.» Esto es aún más importante que ser tenido en estima por los buenos. Esta es la raíz del asunto. Si el corazón es íntegro en la obediencia a Dios, todo está bien, o estará bien. Si estamos bien en el corazón, estamos bien en lo principal. Si no somos íntegros delante de Dios, nuestro nombre de piedad es un sonido vacío. La mera profesión fallará, y la estima inmerecida desaparecerá como una burbuja al reventar; solo la sinceridad y la verdad perdurarán en el día malo. El que está bien en el corazón no tiene motivo de vergüenza, y nunca lo tendrá; los hipócritas deberían avergonzarse ahora, y un día serán avergonzados sin fin; sus corazones están podridos, y sus nombres se pudrirán. Este versículo ochenta es una variación de la oración del versículo setenta y tres; allí pedía entendimiento sano, aquí va más hondo y ruega por un corazón sano. Los que han aprendido su propia fragilidad por triste experiencia son llevados a ahondar bajo la superficie y a clamar al Señor por verdad en lo íntimo. Al cerrar la consideración de estos ocho versículos, unámonos al autor en la oración: «Sea mi corazón íntegro en tus estatutos.»
Esta porción del gigantesco salmo ve al salmista en situación extrema. Sus enemigos lo han llevado a la más baja condición de angustia y abatimiento; y sin embargo es fiel a la ley y confía en su Dios. Esta octava es la medianoche del salmo, y es muy oscura y negra. Pero brillan estrellas, y el último versículo promete el alba. El tono será después más alegre; entretanto, debe servirnos de consuelo ver a un siervo de Dios tan eminente tan duramente tratado por los impíos: evidentemente, en nuestras propias persecuciones no nos ha sobrevenido nada extraño.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 80. «Sea mi corazón íntegro.» ¿Qué es un corazón íntegro? Denota realidad y solidez en la gracia. La Septuaginta dice: Sea mi corazón sin mancha ni defecto. Implica la realidad de la gracia, opuesta a la mera forma de piedad, o las bellas apariencias de los hipócritas, y los movimientos repentinos y fugaces de los que creen por un tiempo.
Si queréis que despliegue qué es este corazón íntegro, se requieren estas cuatro cosas:
- Un entendimiento iluminado; es decir, la parte directiva del alma; y es sano cuando se mantiene libre de la levadura y el contagio del error: «El hombre entendido endereza sus pasos» (Pr 15:21). Una mente sana es buena ayuda para un corazón sano.
- Se requiere una conciencia despierta, que advierta de nuestro deber y se levante en desagrado contra el pecado en toda ocasión: «Cuando camines, te guiarán; cuando duermas, te guardarán; hablarán contigo cuando despiertes» (Pr 6:22): tener un monitor constante en nuestro pecho que nos recuerde a Dios, cuando nuestros riñones nos enseñan en las noches (Sal 16:7): hay un espía secreto en nuestro pecho que observa todo lo que hacemos, pensamos y decimos; un capellán doméstico que siempre nos está predicando. Su corazón es su Biblia.
- Se requiere una voluntad rectamente dispuesta, o un propósito firme de andar con Dios en todas las condiciones y de hacer lo bueno y agradable a su vista: «Exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor» (Hch 11:23). Muchos tienen inclinaciones ligeras o resoluciones vacilantes; pero sus corazones no están firme y habitualmente inclinados a agradar a Dios; en esto reside principalmente este corazón íntegro: en que se adhiere inseparablemente a Dios en todas las cosas.
- Se requiere que los afectos sean purgados y avivados: estos son los vigorosos movimientos de la voluntad, y por eso hay que cuidarlos con atención; deben ser purgados de esa carnalidad y mundanidad que se les pega. Esto se llama en la Escritura la circuncisión del corazón (Dt 30:6). Condensado de Manton.
Vers. 80. «Sea mi corazón íntegro.» «Mente sana en cuerpo sano» era la oración de un pagano, y su deseo era conforme a la extensión de su conocimiento; pero un corazón íntegro en los estatutos de Dios, sano hasta el mismo meollo, sin mota, ni mancha, ni arruga, ni cosa semejante, y como la hija del rey, «toda ella gloriosa en su interior», esto es lo que el salmista pide, esto es lo que todo hijo de Dios pretende y también pide: «Así como él es puro.» Barton Bouchier.
Vers. 80. «Sea mi corazón íntegro.»
¡De corazón sincero, de corazón entero, fieles y leales,
Rey de nuestras vidas, por tu gracia lo seremos!
Bajo tu estandarte, exaltado y real,
fuertes en tu fuerza, ¡lucharemos por ti!
¡De corazón sincero, de corazón entero! Plena lealtad
rindiendo desde ahora a nuestro glorioso Rey,
valiente empeño y amorosa obediencia
libre y gozosamente queremos ahora traerte.
De corazón sincero, Salvador, tú conoces nuestra historia;
débiles son los corazones que ponemos a tus pies,
¡pecadores y traicioneros! Mas para tu gloria,
sánalos y límpialos de pecado y de engaño.
De corazón entero, Salvador amado y glorioso,
toma tu gran poder y reina tú solo
sobre nuestras voluntades y afectos, victorioso,
libremente rendidos y del todo tuyos.
¡De medio corazón! ¡De corazón falso! Atendamos la advertencia:
solo lo entero puede ser perfectamente sincero;
trae la ofrenda entera, desdeñando todo pensamiento tímido;
de corazón sincero solo si también de corazón entero.
¡De medio corazón! Salvador, ¿se retendrá algo,
dándote una parte a ti, que nos lo has dado todo?
Derramando bendiciones y prometiendo promesas de oro,
sin reserva ni retractación.
¡De medio corazón! Maestro, ¿escatimará alguno que te conoce
su vida a ti, que entregaste la tuya?
No; queremos ofrecer los corazones que te debemos,
vivir solo para tu amor y tu gloria.
Hermanas, queridas hermanas, resuena el llamado,
¿no repetirán el argentino estribillo,
poderoso y dulce, y rebosante de alegría,
«¡De corazón sincero, de corazón entero!», que suena otra vez?
Jesús está con nosotros, su descanso está ante nosotros,
su estandarte ondea brillante en lo alto.
Hermanos, queridos hermanos, en coro creciente,
¡hagan resonar la consigna de valor y de amor!
Hagan resonar la consigna y nunca la acallen,
canto de nuestros espíritus, gozoso y libre:
«¡De corazón sincero, de corazón entero, ahora y para siempre,
Rey de nuestras vidas, por tu gracia lo seremos!» Frances Ridley Havergal (1836-1879), en «Loyal Responses».
Vers. 80. «Sea mi corazón íntegro», etc. Esta es una diferencia clara entre un corazón sano y un corazón falso: al recibir a Cristo, el corazón sano lo recibe como un favorito recibe a un príncipe: se lo entrega todo y le deja el mando de todo. Un simple posadero da alojamiento al primero que llega; tomará el dinero de cualquiera y dará la bienvenida a cualquiera; aunque venga el peor de los hombres, no le importa, pues ama la ganancia sobre todas las cosas. No así el buen corazón; da la bienvenida a Cristo solo y se lo entrega todo a Cristo. Hará todo lo que agrade a Cristo, y dará la bienvenida a todo lo que venga de Cristo. Thomas Hooker (1586-1647), en «The Soules Implantation».
Vers. 80. «Íntegro.» En hebreo: sea perfecto; como se traduce la palabra de la misma raíz en Job 1:1. El Dr. R. Young da como significado de la palabra, tal como la usa el salmista: entero, completo, llano.
Vers. 80. «Íntegro en tus estatutos», etc. Aunque un credo ortodoxo no constituye la verdadera religión, sin embargo es su base y es una gran bendición tenerlo. Nicolson, citado por W. S. Plumer.
Vers. 80. Si quieres ser fiel a Cristo, sé sincero en tu profesión de él; haz tuya la oración y el deseo de David: «Sea mi corazón íntegro en tus estatutos, para que no sea yo avergonzado.» La religión que comienza en la hipocresía acabará ciertamente en apostasía, y esta lleva siempre consigo oprobio e ignominia. William Spurstowe (1666).
Vers. 80. «Avergonzado.» Podemos avergonzarnos ante Dios o ante los hombres, ante nosotros mismos o ante otros.
- Ante Dios: ya sea en nuestras súplicas a él ante el trono de la gracia, ya cuando seamos citados a comparecer en el último día ante el tribunal de su justicia.
(a) Si lo entiendes de nuestro acercamiento a él, no podemos entrar en su presencia con confianza si no tenemos un corazón íntegro. «Si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios» (1 Jn 3:21). Perdemos esa santa familiaridad y alegría cuando abrimos nuestro pecho a nuestro Padre celestial y nuestros corazones no son sanos.
(b) Cuando somos citados a comparecer ante el tribunal de su justicia. Muchos, ahora, con descarada impudencia, se meten a la fuerza en el culto de Dios, porque no lo ven y no tienen un debido sentido de su majestad; pero vendrá el tiempo en que los pecadores más impudentes y desafiantes quedarán atónitos, aun entonces cuando los secretos de todos los corazones sean abiertos y puestos de manifiesto, y las cosas ocultas sacadas a la luz (1 Co 4:5); y cada uno haya de recibir su juicio de Dios conforme a lo que haya hecho, sea bueno o sea malo.
- Ante los hombres, el hombre puede avergonzarse, y así ante nosotros mismos y ante otros.
(1) Ante nosotros mismos. Era dicho de Pitágoras: Respétate a ti mismo; no te avergüences de ti mismo. Dios tiene un espía y diputado dentro de nosotros, y toma nota de nuestra conformidad e inconformidad con su voluntad, y, cometido el pecado, azota el alma con el sentido de su propia culpa y necedad, como se azota el cuerpo con latigazos: «¿Qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis?» (Ro 6:21).
(2) Ante otros. Y así nuestra vergüenza puede ser ocasionada por nuestros escándalos o por nuestros castigos; es difícil decir cuál se quiere decir aquí. Condensado de Manton.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 80.
- La oración de David por sinceridad, para que su corazón fuera llevado a los estatutos de Dios y fuera íntegro en ellos, no podrido ni engañoso.
- Su temor de las consecuencias de la hipocresía: «para que no sea yo avergonzado.» La vergüenza es la porción de los hipócritas, aquí o en el más allá. M. Henry.
Vers. 80.
- El corazón en la religión.
- La necesidad de que sea íntegro en ella.
- El resultado de tal integridad de corazón.
Sal 119:81*
Los ocho versículos completos, 81-89. La undécima letra, Caf, significa la mano ahuecada. Sin embargo, los expositores, mirando solo al sentido de «curvada», que es apenas la mitad de su alcance, explican la sección como significando el acto de postrarse en penitencia, o como notando que los padres del Antiguo Testamento eran como soldados veteranos, encorvados por los años y el trabajo, y doblados aún más por el pesado peso de la ley, solo removible por aquella venida de Cristo por la que oraban. Otros extienden la noción a los santos de la iglesia, abrumados por las penas y cuidados de esta vida, y por eso deseosos de ser desatados y estar con Cristo. El verdadero sentido ha de buscarse en la plena interpretación de la palabra; pues la mano se ahueca ya sea para retener algo que realmente yace en ella, ya para recibir algo que otro está por poner en ella. Así la mano puede ser la de Dios, como dador de bondad, o la del hombre, como receptor de ella; y todo el alcance de la sección, como oración por pronto auxilio, es que el hombre extiende su mano como mendigo, suplicando la misericordia de Dios. Jerónimo, Ambrosio y otros, en Neale y Littledale.
Salmos 119:81
Vers. 81. «Desfallece mi alma por tu salvación.» No deseaba otra liberación que la que viniera de Dios: su único deseo era «tu salvación». Pero por esa liberación divina estaba ansioso hasta el último grado, hasta la medida completa de sus fuerzas, y aun más allá de ellas, hasta desfallecer. Tan fuerte era su deseo que le produjo postración de espíritu. Se cansó de esperar, desfalleció de velar, enfermó de urgente necesidad. Así quedaron probadas la sinceridad y la ansiedad de sus deseos. Nada más podía satisfacerlo sino la liberación obrada por la mano de Dios; lo más hondo de su ser anhelaba y se consumía por la salvación del Dios de toda gracia, y la tenía que recibir o fracasar por completo.
«Mas espero en tu palabra.» Por eso sentía que la salvación vendría, pues Dios no puede quebrantar su promesa ni defraudar la esperanza que su propia palabra ha excitado; más aún, el cumplimiento de su palabra está cerca cuando nuestra esperanza es firme y nuestro deseo ferviente. Solo la esperanza puede evitar que el alma desfallezca, usando el frasquito de sales de la promesa. Con todo, la esperanza no apaga el deseo de una pronta respuesta a la oración; aumenta nuestra importunidad, pues tanto estimula el ardor como sostiene el corazón en las demoras. Desfallecer por la salvación y ser guardado de fracasar del todo por la esperanza de ella es la experiencia frecuente del cristiano. Estamos «cansados, mas todavía persiguiendo»: la esperanza sostiene cuando el deseo agota. Mientras la gracia del deseo nos derriba, la gracia de la esperanza nos levanta de nuevo.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 81. «Desfallece mi alma por tu salvación.» La palabra que aquí se traduce «desfallece» es la misma que en Sal 73:26 se traduce «desfallecen»: «Mi carne y mi corazón desfallecen.» La idea es que sus fuerzas cedieron; tenía un deseo tan intenso de salvación que se volvió débil y sin fuerzas. Cualquier emoción fuerte puede así postrarnos; y el amor a Dios, el deseo de su favor, el anhelo del cielo, pueden ser tan intensos como para producir este resultado. Albert Barnes.
Vers. 81. «Desfallece mi alma.» El desfallecimiento es propio del cuerpo, pero aquí se atribuye al alma; como también en muchos otros lugares. El Apóstol dice: «Para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar» (He 12:3); donde se usan dos palabras, cansancio y desmayo, ambas tomadas del cuerpo. El cansancio es un grado menor, el desmayo es un grado mayor de deficiencia: en el cansancio, el cuerpo requiere algún reposo o refrigerio, cuando el poder activo se debilita y los espíritus vitales y principios de movimiento se embotan; pero en el desmayo, el poder vital se contrae, se retira y deja las partes exteriores sin vida ni sentido. Cuando un hombre está cansado, su fuerza mengua; cuando desmaya, está del todo agotado. Estas cosas, por metáfora, se aplican al alma o a la mente. Un hombre está cansado cuando la fortaleza de su mente, su fuerza moral o espiritual, está quebrantada o empieza a menguar, cuando su alma se asienta con inquietud bajo los sufrimientos; pero cuando se hunde bajo el peso de una aflicción grave, tediosa o larga, entonces se dice que desmaya, cuando todas las razones y fundamentos de su consuelo se han agotado y ya no puede resistir más. Thomas Manton.
Vers. 81. «Desfallece mi alma.» ¿Qué es este desfallecer sino el estado elevado de contemplación arrobada en que la fuerza de los afectos celestiales debilita los de la tierra? Así como la subida a las montañas más altas causa una nueva respiración, como cuando Daniel tuvo una gran visión de Dios, nos dice que «quedé quebrantado y enfermo por algunos días». E. Paxton Hood, 1871.
Vers. 81. «Desfallece mi alma por tu salvación; mas espero.» Cree bajo una nube y espera en él cuando no hay luz de luna ni de estrellas. Que la fe viva y respire, y se aferre a la salvación segura de Dios cuando nubes y tinieblas te rodeen y tengas ante ti la apariencia de pudrirte en la cárcel. Cuidado con los corazones incrédulos, que pueden achacar mentiras a Cristo. Guárdate del «¿Ha cesado para siempre su promesa?», pues fue un hombre, y no Dios, quien lo dijo. ¿Quién sueña que una promesa de Dios pueda fallar, caer en desmayo o morir? ¿Quién puede enfermar a Dios o debilitar sus promesas? Cuando nos plazca buscar un argumento ante Cristo, aleguemos que esperamos en él. ¡Oh, valiente palabra de la fe: «Aunque él me matare, en él esperaré»! ¡Oh, dulce epitafio escrito sobre la lápida de un creyente difunto: «Morí esperando, y mi polvo y mis cenizas creen en la vida»! Los ojos de la fe, que pueden ver a través de una piedra de molino, pueden ver a través de una penumbra de Dios y leer bajo ella los pensamientos de amor y de paz de Dios. Aférrate a Cristo en la oscuridad; ciertamente verás la salvación de Dios. Tus adversarios están maduros y secos para el fuego. Todavía un poco, y subirán en llama; el soplo del Señor, como un río de azufre, se encenderá a su alrededor. Samuel Rutherford, 1600-1601.
Vers. 81. «Por tu salvación.» Entendido en un sentido más alto, el santo hombre anhela la venida del Salvador en carne. Cornelius Jansen.
Vers. 81. «Tu salvación.» Un creyente en Dios, por afligido que esté, no busca ser librado sino por una vía permitida por Dios: «Desfallece mi alma por tu salvación»; o sea, hasta que tú me libres por tu buen camino. David Dickson.
Vers. 81. «Espero en tu palabra.» David sabía dónde amarraba su navío. La esperanza sin promesa es como un ancla sin fondo donde agarrarse; pero la esperanza de David se fijó en la palabra divina. William Gurnall.
Vers. 81. «Espero en tu palabra»: es decir, espero más allá de todo lo que entiendo, y más allá de todo lo que pueda hacer, y más allá de todo lo que merezco, y más allá de todos los consuelos carnales y espirituales, pues te deseo y te espero solo a ti; te busco a ti, no lo tuyo: anhelo oír «tu palabra» para obedecerla con paciencia y mansedumbre. Le Blanc.
Vers. 81, 83. Es bueno en todo tiempo de persecución o aflicción tener un ojo tanto en las promesas como en los preceptos; pues el mirar a la promesa anima a esperar, y el fijar la vista en los preceptos prueba que la esperanza es sana. El salmista esperaba en la palabra (Sal 119:81), y (Sal 119:88) no olvidaba los estatutos. David Dickson.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Bosquejos sobre palabras clave del salmo, por el pastor C. A. Davis.
Vers. 81-88. Esperanza en el abatimiento. En el abatimiento que nace de la fragilidad mortal (Sal 119:81) y de la persecución injusta (Sal 119:85-87), la palabra de Dios es la fuente de gozo y consuelo.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 81. Texto apropiado para un sermón misionero.
- La condición del mundo pagano, bastante para hacer que el cristiano desfallezca por que la salvación de Dios lo visite.
(a) La crudeza de sus tinieblas.
(b) Su vasta extensión.
(c) Su larga duración.
(d) El carácter y efecto limitados de la labor misionera.
(e) Las influencias opuestas.
- Esta condición, aunque sumamente triste, no es desesperada. Porque
(a) De la intención, la adaptación y el llamamiento universal del evangelio.
(b) De la comisión de Cristo a su iglesia.
(c) Del carácter compasivo de los espiritualmente iluminados, producido por su fe en la palabra.
(d) De las profecías y promesas. Así, hay esperanza en la palabra.
- Si los cristianos desfallecen por la salvación, pero esperan en la palabra, su interés en la obra misionera será intenso y se mostrará
(a) En oración ferviente por más obreros y mayores resultados.
(b) En dedicarse ellos mismos, si es posible, a la obra.
(c) En dar con liberalidad y generosidad, para ayudar a la obra. J. F.
Vers. 81. «Desfallece mi alma», etc. Los hombres desfallecen por salud, provisión, descanso, ascenso, éxito, y en algunos casos por salvación. David desfalleció:
- Por su propia salvación.
(a) De la culpa: «Líbrame de todas mis transgresiones»; «de homicidios».
(b) De la contaminación: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio.» «Lávame.»
(c) De la formalidad: «Sean gratos los dichos de mi boca», etc.
(d) De la oscuridad: «¿Por qué te escondes?» «Alza», etc. «Di a mi alma», etc.
(e) De la infelicidad: «De lo profundo», etc.
- Por la salvación de otros.
(a) Habló de ello: «Tiempo es de actuar, oh Jehová.»
(b) Oró por ello: «¡Oh, que la salvación», etc. «Que tu obra», etc. «Dios tenga misericordia de nosotros»; «Salva ahora, te ruego.»
(c) Trabajó por ello: «Cantará mi lengua tu justicia»; «Enseñaré a los transgresores tus caminos.» W. J.
Vers. 81.
- Ansiedad de expectación.
- Energía de esperanza.
- Afirmación de la promesa: «En tu palabra.»
Vers. 81. La salvación, en la Escritura, tiene diversas acepciones: se pone
- Por aquella liberación temporal que Dios da, o ha prometido dar, a su pueblo: así se toma en Éx 14:13.
- Por la manifestación de Cristo en carne. Sal 98:2-3; Lc 2:29-30.
- Por los beneficios que tenemos por Cristo de este lado del cielo, como el perdón del pecado y la renovación de nuestra naturaleza. Mt 1:21; Tit 3:5; Sal 51:12.
- Por la vida eterna: «Obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas» (1 P 1:9); significando con ello nuestra recompensa final. T. Manton.
Vers. 81.
- Desfallecidos.
- Persiguiendo. W. D.
Salmos 119:82
Vers. 82. «Mis ojos desfallecen por tu palabra, diciendo: ¿Cuándo me consolarás?» Sus ojos se agotaron de mirar con ansia la bondadosa aparición del Señor, mientras su corazón, cansado, clamaba por un pronto consuelo. Leer la palabra hasta que los ojos ya no pueden ver es poca cosa comparado con vigilar el cumplimiento de la promesa hasta que los ojos interiores de la expectación empiezan a nublarse por la esperanza demorada. No debemos fijar tiempos a Dios, pues esto es limitar al Santo de Israel; pero podemos urgir nuestra súplica con importunidad y preguntar con fervor por qué tarda la promesa. David no buscaba otro consuelo que el que viene de Dios; su pregunta es: «¿Cuándo me consolarás?» Si la ayuda no viene del cielo, no vendrá nunca: todas las esperanzas del buen hombre miran hacia allá; no tiene una mirada que lanzar en otra dirección. Esta experiencia de esperar y desfallecer es bien conocida por los santos adultos, y les enseña muchas lecciones preciosas que nunca aprenderían por otro medio. Entre los resultados escogidos está este: que el cuerpo se pone en simpatía con el alma, y tanto el corazón como la carne claman por el Dios vivo, y hasta los ojos hallan lengua, «diciendo: ¿Cuándo me consolarás?» Debe de ser un anhelo intenso el que no se satisface con expresarse por los labios, sino que habla con los ojos, por esos ojos que desfallecen de tanto vigilar. Los ojos pueden hablar con gran elocuencia; usan tanto las mudas como las líquidas, y a veces pueden decir más que las lenguas. David dice en otro lugar: «Jehová ha oído la voz de mi lloro» (Sal 6:8). Nuestros ojos son especialmente elocuentes cuando empiezan a desfallecer de cansancio y dolor. Un ojo humilde alzado al cielo en oración silenciosa puede lanzar una llama tal que derrita los cerrojos que cierran la entrada a la oración vocal, y así el cielo será tomado por asalto con la artillería de las lágrimas. Bienaventurados los ojos que se fatigan mirando en pos de Dios. Los ojos del Señor cuidarán de que tales ojos no lleguen a desfallecer del todo. ¡Cuánto mejor es esperar al Señor con ojos doloridos que tenerlos brillantes ante el destello de la vanidad!
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 82. «Mis ojos desfallecen por tu palabra.» ¿Ha prometido una madre visitar a su hijo o hija? Si no pudiera ir, el comentario del hijo o la hija será: «¡Ay! Mi madre prometió venir a mí: ¡cómo la he estado esperando! Pero me ha salido una mota en el ojo. No puedo ver, mis ojos me han fallado»; es decir, de tanto mirar con intensidad su venida. Joseph Roberts.
Vers. 82. «Mis ojos desfallecen por tu palabra.» Alzaba continuamente los ojos al cielo, buscando ayuda de Dios. Lo hacía tan perpetuamente que al fin los mismos ojos se le nublaron.
«¿Cuándo me consolarás?» Esto lo decía en su corazón; esto lo decía con su boca; esto mismo decía con sus ojos, mirando perpetuamente al cielo. Wolfgang Musculus.
Vers. 82. «Por tu palabra.» Los hijos de Dios aprecian más la promesa que los demás; y esto por doble motivo: en parte, porque estiman la bendición prometida; en parte, porque se satisfacen con la seguridad dada por la palabra de Dios; de modo que, mientras que otros pasan por estas cosas con ojo descuidado, sus almas se elevan a la petición constante y fervorosa de la bendición prometida. Se dice del jornalero que ha de recibir su salario antes de que se ponga el sol, porque es pobre y tiene puesto en él su corazón (Dt 24:15); o, como dice el hebreo, alzó a él su alma, significando con ello tanto su deseo como su esperanza. Estima su salario, pues es el solaz de sus labores y el sustento de su vida; y lo espera con seguridad, sobre la promesa y el pacto de aquel que lo pone a trabajar. Así es con los hijos de Dios; estiman la bendición prometida, y la palabra de Dios les da buena seguridad de que no esperan en vano en él. Thomas Manton.
Vers. 82. «Diciendo: ¿Cuándo?» El mismo espíritu de fe que enseña al hombre a clamar con fervor le enseña a esperar con paciencia; pues así como le asegura que la misericordia está en la mano del Señor, le asegura que saldrá a su tiempo. John Mason, 1688.
Vers. 82. «¿Cuándo me consolarás?» Es manera habitual de obrar de Dios con sus hijos demorar la respuesta a sus oraciones y suspender el cumplimiento de sus promesas; no porque no quiera dar, sino porque quiere que estén mejor preparados para recibir. Tardius dando quod petimus instantiam nobis orationis indicit: tarda en dar lo que pedimos para que no pidamos con lentitud, sino que seamos despertados a la instancia y el fervor en la oración, que sabe ser el servicio más aceptable a él y más provechoso para nosotros. William Cowper.
Vers. 82. «¿Cuándo me consolarás?» No nos quejemos de Dios, sino a Dios. Las quejas de Dios dan desahogo a la murmuración; pero las quejas a Dios, a la fe, la esperanza y la paciencia. Thomas Manton.
Vers. 82. El profeta, para evitar que se suponga que era demasiado afeminado y pusilánime, insinúa que su desfallecimiento no era sin causa. Al preguntar a Dios: «¿Cuándo me consolarás?», muestra con bastante claridad que había estado por largo tiempo, por así decir, desechado y abandonado. Juan Calvino.
Vers. 82. «¿Cuándo me consolarás?» El pueblo de Dios a veces está muy desconsolado y necesita consuelo, por el predominio del pecado, el poder de las tentaciones de Satanás, el esconderse el rostro de Dios y variedad de aflicciones; cuando acude a Dios por consuelo, que es el único que puede consolarlos y que tiene tiempos señalados para hacerlo, tienden a pensar que tarda y preguntan, como aquí David, cuándo será. John Gill.
Vers. 82. «¿Cuándo me consolarás?» Una pobre mujer llevaba largo tiempo cuestionándose y dudando de su salvación; cuando al fin el Señor hizo cierto a su alma que Cristo era suyo, su ministro le dijo: El Señor no dará siempre a sus hijos un cordial, pero lo tiene listo para ellos cuando desfallecen. Thomas Hooker.
Vers. 82. «¿Cuándo me consolarás?» El consuelo es necesario porque gran parte de nuestras tentaciones están en las aflicciones, además de en los atractivos. El sentido del dolor puede descomponernos tanto como el placer seducirnos. El mundo es un mundo que persigue además de tentar. La carne turba además de seducir. El diablo es un diablo que inquieta además de enredar. Pero con todo, el consuelo, aunque necesario, no es tan necesario como la santidad: por tanto, aunque el consuelo no ha de despreciarse, el amor sincero a Dios ha de preferirse, y, aunque no se dispense tan ciertamente, tan constantemente ni en tan alto grado en este mundo, debemos contentarnos. La obra consoladora del Espíritu se interrumpe más a menudo que la obra de santidad; pero lo que es necesario para capacitarnos a servir a Dios en este mundo, ciertamente lo recibiremos. Thomas Manton.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 82. Respuesta a la pregunta «¿Cuándo me consolarás?»
- Cuando tu pena haya cumplido su propósito.
- Cuando creas.
- Cuando dejes el pecado.
- Cuando obedezcas.
- Cuando te sometas a mi voluntad.
- Cuando busques mi gloria.
Vers. 82.
- Con cuánto anhelo se vuelve el creyente a Dios por consuelo en su aflicción: «¿Cuándo me consolarás?»
- Con cuánta intensidad mira las promesas divinas: «Mis ojos desfallecen por tu palabra.»
- Cómo el cansancio de la espera no puede agotar su paciencia, mientras la esperanza aumenta su importunidad: «¿Cuándo?» J. F.
Vers. 82. El ruego de los ojos.
- Cómo hablan los ojos. Por la «expresión» de los estados del alma, como anhelo, Is 8:17; fe, Is 45:22; He 12:2; expectación, Sal 5:3; Fil 3:20; Tit 2:13; amor, 2 Co 3:18; Jn 1:14.
- Qué dicen los ojos. «¿Cuándo me consolarás? Apartando a todos los demás consoladores, tú eres mi sol, mi vida, mi amor, mi todo.»
- Cómo los ojos suplicantes se encontrarán con el Ojo que responde del Señor: He 9:18. En la mirada de reconocimiento del dolor, Éx 2:25; en la mirada de perdón, Lc 22:61; de dar fuerza, Jue 6:14; de amor complacido, Is 66:2. C. A. D.
Salmos 119:83
Vers. 83. «Porque estoy como odre al humo.» Los odres que se usaban para contener vino, una vez vaciados, se colgaban en la tienda, y cuando el lugar se llenaba de humo, los odres se ennegrecían y se cubrían de hollín, y con el calor se arrugaban y se gastaban. El rostro del salmista, a causa del dolor, se había vuelto oscuro y sombrío, surcado de arrugas y líneas; más aún, todo su cuerpo había simpatizado de tal manera con su mente afligida que había perdido su humedad natural y se había vuelto como una piel seca y curtida. Su carácter había sido ahumado con la calumnia, y su mente resecada por la persecución; temía a medias volverse inútil e incapaz después de tanto sufrimiento mental, y que los hombres lo miraran como a un viejo odre gastado, que nada podía contener y para nada servía. ¡Qué metáfora para que la use un hombre que era sin duda poeta, teólogo y maestro en Israel, si no rey, y un varón conforme al corazón de Dios! No es de extrañar que nosotros, gente más común, lleguemos a tener muy mal concepto de nosotros mismos y nos llenemos de angustia de ánimo. Algunos de nosotros conocemos el significado íntimo de este símil, pues también nosotros nos hemos sentido sucios, ruines e inútiles, sólo aptos para ser desechados. Muy negro y ardiente ha sido el humo que nos ha envuelto; parecía venir no sólo del horno de Egipto, sino del abismo; y tenía un poder de adherencia que hacía que su hollín se nos pegara y nos ennegreciera con pensamientos miserables.
«No me he olvidado de tus estatutos.» Aquí están la paciencia de los santos y la victoria de la fe. El hombre de Dios podía estar ennegrecido por la mentira, pero la verdad estaba en él, y nunca la abandonó. Fue fiel a su Rey cuando parecía abandonado y relegado a los usos más viles. Las promesas acudían a su mente y, lo que era una prueba aún mejor de su lealtad, también los estatutos estaban allí: se aferraba a sus deberes tanto como a sus consuelos. Las peores circunstancias no pueden destruir el asimiento que el verdadero creyente tiene de su Dios. La gracia es un poder vivo que sobrevive a lo que ahogaría toda otra forma de existencia. El fuego no puede consumirla, y el humo no puede sofocarla. Un hombre puede quedar reducido a piel y hueso, y todo su consuelo puede secársele, y sin embargo mantener firme su integridad y glorificar a su Dios. No es de extrañar, con todo, que en tal caso los ojos atormentados por el humo clamen por la mano libertadora del Señor, y que el corazón acalorado y desfallecido anhele la salvación divina.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 83. Un odre al humo. Dormir era imposible, pues yo estaba... casi sofocado por el humo de un fuego de leña, ya que no había chimenea. Estaba en verdad «como un odre al humo», ennegrecido y seco hasta casi agrietarme; pues algo de esto era lo que el salmista tenía a la vista. Como los odres eran de cuero y se colgaban en habitaciones con grandes fuegos de leña y sin chimeneas, se curaban con el humo, se arrugaban y quedaban inservibles. De "My Wanderings," por John Gadby, 1860.
Vers. 83. Como un odre al humo. La tienda de un árabe común es una morada tan ahumada, que considero que la expresión «un odre al humo» equivale a la de un odre en la tienda de un árabe. Había fuego, según vemos, en aquella tienda árabe adonde fue conducido el obispo Peteeke cuando iba a Jerusalén. ¡Cuán ahumada debe de ser tal morada, y cuán negros todos sus utensilios! Le Bruyn, al ir de Alepo a Standcroon, lo comprobó bien: obligado a pasar toda una noche en una choza de cañas, en medio de la cual había un fuego para hervir un caldero de carne que colgaba sobre él y cocer pan entre las cenizas, encontró el humo intolerable, siendo la puerta el único lugar por donde podía salir de la choza.
El salmista parece referirse a la negrura de un odre de piel de cabra en una tienda, pero también a lo humilde de tal vasija para beber; y era una imagen muy natural de usar para quien, expulsado de entre los vasos de plata y oro del palacio de Saúl, vivía como viven y vivían los árabes, y por tanto se veía a menudo obligado a beber de un odre de cuero ahumado. Thomas Harmer, 1719-1788.
Vers. 83. «Porque estoy como odre al humo.» Un odre al humo tiene muy poco de hinchazón, de gordura, de humedad, de belleza. Así consume Dios a su pueblo, lo humilla y lo vacía, mientras lo ejercita con tribulaciones y con la inquietud de esperar y aguardar. Es necesario que se vacíen la gloria y el ardor de la carne para que los dones divinos encuentren lugar, y que se refrene el recuerdo de los mandamientos de Dios, que no pueden guardarse bien en odres hinchados, inflados y llenos. Wolfgang Musculus.
Vers. 83. Un odre al humo. Uno de los fines de tal exposición entre los antiguos era madurar el vino mediante el calor y el humo que subían gradualmente del fuego sobre el cual se suspendía el odre; y así las palabras nos enseñan la utilidad de la aflicción para madurar y mejorar el alma. Rosenmuller, citado en Neale y Littledale.
Vers. 83. «Porque estoy como odre al humo», etc. Satanás puede afligir el cuerpo por medio de la mente. Pues ambos están tan estrechamente unidos que su buen y mal estado es compartido entre ellos. Si el corazón está alegre, el rostro está risueño, las fuerzas se renuevan, los huesos reverdecen como la hierba. Si el corazón está turbado, la salud se resiente, las fuerzas se agotan, la médula de los huesos se consume, etc. La pena en el corazón es como la polilla en el vestido: consume el cuerpo insensiblemente y lo desordena. Esta ventaja de debilitar el cuerpo cae en manos de Satanás por necesaria consecuencia, como los higos maduros del profeta, que caían en la boca del que los comía. Y sin duda él se complace en ello, siendo enemigo tanto del cuerpo como del alma. Pero le es una satisfacción aún mayor que, así como puede hacer que las penas de la mente produzcan debilidad y enfermedad del cuerpo, también puede hacer que el malestar del cuerpo (por una réplica recíproca) aumente la aflicción de la mente. ¡Qué poco puede hacer un cuerpo enfermizo! Incapacita al hombre para todo servicio; a menudo no puede orar, ni leer, ni oír. La enfermedad quita la dulzura y el consuelo de los ejercicios religiosos; esto da ocasión a que piensen lo peor de sí mismos; piensan que el alma se ha cansado de los caminos de Dios cuando el cuerpo ya no resiste. Richard Gilpin, en "A Treatise of Satan's Temptations," 1677.
Vers. 83. Como un odre al humo. En esto halló el afligido salmista un emblema notable de su propio estado espiritual. Esperaba que el Señor viniera. En espíritu estaba reseco por la presión que sufría; y seguía esperando que el Señor viniera, declarando su condición arrugada. Quizá su hombre exterior participaba entonces de las mismas tristes cualidades... El aspecto exterior del hombre de Dios, al que acaso alude, no era, sin embargo, sino la semejanza de su naturaleza espiritual en este período, cualesquiera que fuesen los efectos visibles. David estaba expuesto a los rumores calumniosos de hombres malintencionados y a la ardiente persecución de enemigos implacables, hasta que el efecto sobre su mente fue tal que toda su naturaleza espiritual se parecía, en su propio ánimo, a un odre colgado en el humo durante mucho tiempo. No sólo estaba arrugado en la estima pública, sino también en su propia mente; no porque en ese momento, y por los cargos que se le hacían, sintiera que lo merecía; sino porque era tan incesante y múltiple la amarga invasión de su espíritu que, aun con toda su fe en Dios, casi literalmente sucumbió bajo ella. El término que nuestra traducción da al original implicaría que él se comportaba bien a pesar de
«Porque estoy como odre al humo; no me olvido de tus estatutos.» Mientras que las palabras, traducidas más literalmente, transmitirían el importante hecho de que todo esto le sucedió aun estando él en el camino mismo del deber: «Estoy como odre al humo, no olvido tus estatutos». Estaba directamente en el camino de las disposiciones del Señor para toda salvación; y sin embargo vino la aflicción. Es triste cuando nuestro hombre espiritual se arruga y se seca porque caemos en pecado o por omisiones culpables; pero aquí parece haber un decaimiento del hombre espiritual, y del hombre físico, mientras el creyente tiene conciencia de que no olvida los estatutos de su misericordioso Dios. John Stephen.
Vers. 83. Observa aquí la diferencia entre la belleza y la fuerza del cuerpo y las del alma: la belleza del alma se hace más hermosa con las aflicciones, mientras que la del cuerpo se marchita. David era un odre arrugado y encogido; sin embargo, la santa disposición de su alma no se alteró; su belleza se había ido, pero no su gracia. Thomas Manton.
Vers. 83. Me he vuelto como un odre en la escarcha (así lo traducen los Setenta). Cuando los deseos espirituales arden, sin duda los deseos carnales se enfrían: por eso sigue: «Puesto que me he vuelto como un odre en la escarcha, no olvido tus justicias». Ciertamente quiere que por el odre se entienda esta carne mortal, y por la escarcha la bendición celestial, por la cual los deseos de la carne, como atados por la helada, se vuelven lentos; y de ahí resulta que las justicias de Dios no se deslizan de la memoria mientras no meditemos al margen de ellas; porque se cumple lo que dice el apóstol (Ro 13:14): «No proveáis para los deseos de la carne». Por tanto, cuando dijo: «Porque me he vuelto como un odre en la escarcha», añadió: «y no olvido tus justicias», es decir: no las olvido, porque me he vuelto así. Pues el fervor de la lujuria se había enfriado para que el recuerdo del amor ardiera. Agustín.
Sugerencias para el predicador
Vers. 83.
- El hombre exterior en mal estado.
- El carácter ennegrecido.
- Constantemente expuesto a la incomodidad.
- El contenido madurando.
Vers. 83. Un odre al humo.
- El pueblo de Dios tiene sus pruebas.
(a) Por la pobreza de su condición.
(b) Nuestras pruebas resultan con frecuencia de nuestras comodidades.
(c) El ministerio trae mucho humo consigo.
(d) El pobre odre al humo permanece allí mucho tiempo, hasta que se ennegrece.
- Los cristianos sienten sus aflicciones; son como «odres» al humo.
(a) La prueba que no sentimos no es prueba en absoluto.
(b) Las pruebas que no se sienten son pruebas sin provecho. Un odre al humo se ennegrece mucho, se vuelve muy inútil, es un odre vacío.
- Los cristianos, en sus aflicciones, no olvidan los estatutos de Dios: los estatutos del mandato, los estatutos de la promesa. ¿Por qué David seguía aferrado a los estatutos de Dios?
(a) No era un odre en el fuego, o los habría olvidado.
(b) Jesucristo estaba en el humo con él, y los estatutos estaban también en el humo con él.
(c) Los estatutos estaban en el alma, donde el humo no entra. De "Spurgeon's Sermons," n.º 71.
Salmos 119:84
Vers. 84. «¿Cuántos son los días de tu siervo?» No puedo esperar vivir mucho en tal condición; debes venir pronto en mi auxilio, o moriré. ¿Se consumirá toda mi corta vida en tan destructoras penas? La brevedad de la vida es un buen argumento contra la duración de una aflicción. Quizá el salmista quiere decir que sus días le parecían demasiados cuando se pasaban en tal angustia. Deseaba a medias que terminaran, y por eso preguntó en su apuro: «¿Cuántos son los días de tu siervo?». Como un siervo a sueldo, tenía un plazo determinado que cumplir, y no quería quejarse; pero el tiempo le parecía largo porque sus dolores eran muy pesados. Nadie conoce el número señalado de nuestros días sino el Señor, y por eso a él se dirige el ruego de que no los prolongue más allá de las fuerzas de su siervo. No puede ser el pensamiento del Señor que su propio siervo sea siempre tratado con tanta injusticia; tiene que haber un fin; ¿cuándo llegará?
«¿Cuándo harás juicio contra los que me persiguen?» Había puesto su causa en las manos del Señor, y oraba para que se dictara sentencia y se ejecutara. No deseaba sino justicia, que su carácter fuera aclarado y sus perseguidores silenciados. Sabía que Dios ciertamente vengaría a sus escogidos, pero el día del rescate tardaba, las horas transcurrían pesadamente, y el perseguido clamaba día y noche por liberación.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 84. «¿Cuántos son los días de tu siervo?», etc. Algunos leen las dos partes por separado, como si la primera fuera una queja general sobre la brevedad de la vida humana, como la que se encuentra en otros salmos y con más frecuencia en el libro de Job; y luego, en su opinión, sigue una oración especial del salmista para que Dios tome venganza de sus enemigos. Pero yo prefiero unir las dos partes y limitar ambas a las aflicciones de David; como si dijera: Señor, ¿hasta cuándo has determinado abandonar a tu siervo a la voluntad de los impíos? ¿Cuándo te pondrás frente a su crueldad y su ultraje para tomar venganza de ellos? Las Escrituras usan a menudo la palabra «días» en este sentido... Con el uso del plural se denota una porción de tiempo determinada, que en otros lugares se compara con los «días de un jornalero»: Job 14:6; Is 16:14. El salmista no lamenta, pues, en general la vida pasajera del hombre, sino que se queja de que el tiempo de su estado de lucha en este mundo se ha prolongado demasiado; y, por tanto, desea con naturalidad que llegue a su término. Al reclamar a Dios por sus aflicciones, no lo hace con obstinación ni con espíritu murmurador; pero, al preguntar cuánto tiempo habrá de sufrir, ruega humildemente que Dios no tarde en socorrerlo. Juan Calvino.
Vers. 84. «¿Cuándo harás juicio contra los que me persiguen?» Declara que no duda de que habrá en algún momento un fin a sus aflicciones, y que llegará un tiempo en que sus aborrecedores y enemigos serán juzgados y castigados. Da el hecho por supuesto y por eso pregunta la fecha. Así, en los santos, su misma impaciencia ante la demora prueba su confianza en la salvación y liberación futuras. Wolfgang Musculus.
Vers. 84. «¿Cuándo harás juicio?», etc. Esta es una oración ordinaria, no contra personas determinadas, sino más bien en general contra los enemigos de Dios y sus malos caminos. Pues el Señor ejecuta juicio sobre sus hijos para su conversión, como sobre Pablo (Hch 9), y sobre los impíos para su confusión. Ora contra los que no pertenecían a Dios, y sin embargo no tanto contra sus personas como contra sus malas causas; y contra sus personas sólo en cuanto están unidas a las malas causas. Así podemos orar por la confusión de los enemigos de Dios; de otro modo, no. R. Greenham.
Vers. 84. En este versículo no aparece ninguna de las diez palabras usadas en referencia a la ley de Dios. Adam Clarke. ¿No es «juicio» una de ellas? C. H. S.
Sugerencias para el predicador
Vers. 84. Una pregunta solemne que señala la brevedad de la vida, la severidad del dolor, la necesidad de la diligencia, la cercanía de la recompensa.
Salmos 119:85
Vers. 85. «Los soberbios me han cavado hoyos; no proceden según tu ley.» Así como los que cazan fieras suelen hacer fosos y lazos, así los enemigos de David procuraban atraparlo. Se pusieron a trabajar con esfuerzo y astucia para arruinarlo: «cavaron hoyos»; no uno, sino muchos. Si uno no lo atrapaba, quizá lo haría otro, y así cavaban una y otra vez. Cualquiera pensaría que gente tan altiva no se mancharía los dedos cavando; pero tragaron su orgullo con la esperanza de tragarse a su víctima. En lugar de avergonzarse de tal bajeza, no sentían ninguna vergüenza, sino que, al contrario, estaban orgullosos de su ingenio; orgullosos de tender una trampa a un hombre piadoso. «No proceden según tu ley.» Ni los hombres ni sus hoyos eran conformes a la ley divina: eran engañadores crueles y astutos, y sus hoyos eran contrarios a la ley levítica y al mandamiento que nos ordena amar al prójimo. Si los hombres se atuvieran a los estatutos del Señor, sacarían al caído del hoyo, o llenarían el hoyo para que nadie tropezara en él; pero nunca gastarían un momento en hacer daño a otros. Cuando, en cambio, se vuelven soberbios, seguramente desprecian a los demás; y por eso procuran burlarlos, para luego exponerlos al ridículo. Fue bueno para David que sus enemigos fueran enemigos de Dios, y que sus ataques contra él no tuvieran la aprobación del Señor. Fue también una gran ventaja que no ignorara sus artimañas, pues así estuvo en guardia y se vio llevado a vigilar sus pasos para no caer en sus hoyos. Mientras se mantuviera en la ley del Señor estaba seguro, aunque aun entonces era incómodo tener su camino hecho peligroso por la astucia de una malicia gratuita.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 85. Hoyos. Hajji dijo que me contaría un cuento o dos sobre cocodrilos, y empezaría diciéndome cómo los cazan a veces. Se cava, dijo, un foso profundo junto al río y se cubre con paja de dura. Los cocodrilos caen en estos hoyos y no pueden salir... No cabe duda de que antiguamente se cavaban hoyos para los cocodrilos, como describía Hajji, como todavía se hace en algunas partes del mundo para otros animales. A esta costumbre se alude en Sal 7:15; 9:15; 10:2; 35:8; 141:10; Pr 26:27; Ec 10:8, etc.: «Pozo ha cavado, y lo ha ahondado; y en el hoyo que hizo caerá». Probablemente también era esta la clase de hoyo a que se refiere Éx 21:33: «Si alguno abriere pozo, o cavare cisterna y no la cubriere» (es decir, no la cubriere eficazmente), «y cayere allí buey o asno», etc.
A los prisioneros se los encerraba a veces en hoyos y se los dejaba sin agua, literalmente para morir de sed. ¡Qué muerte espantosa! Se dice que nada puede ser más terrible. ¡Cuán espantosos deben de ser sus gemidos! John Gadsby.
Vers. 85. «Los soberbios me han cavado hoyos.» Parece extraño que un hombre soberbio sea cavador de hoyos; pero así es; pues el orgullo, por un tiempo, puede someterse para lograr mayor ventaja sobre aquel a quien quiere pisotear. «Es tan soberbio el malo que no busca a Dios; se agazapa y se inclina, para que caigan en sus fuertes garras muchedumbres de desdichados» (Sal 10:4, 10). Así el soberbio Absalón se humilló ante los súbditos más bajos para preparar el camino de la usurpación contra su rey y padre. Pero observa que no dice que haya caído en los hoyos que sus enemigos habían cavado. No, no: en los justos juicios de Dios, los malos son enredados en la obra de sus propias manos, mientras los buenos escapan libres. «Pozo ha cavado, y lo ha ahondado», y en el hoyo que hizo ha caído. «Su iniquidad volverá sobre su cabeza, y su violencia descenderá sobre su propia coronilla» (Sal 7:15-16). Así Amán estrenó la horca que levantó para Mardoqueo; y Saúl, cuando pensó matar a David con astucia por la espada del filisteo (cuando lo envió a traer doscientos prepucios de ellos como dote), vio frustrado su propósito; pero él mismo fue muerto al fin por la espada. William Cowper.
Vers. 85. Que los hombres se cuiden de cavar hoyos para otros. Toda la palabra de Dios testifica contra tal maldad. ¡Cuántas pruebas se inventan simplemente para enredar las conciencias de los hombres y dar pie a la persecución! William S. Plumer.
Vers. 85. «No proceden según tu ley.» En hebreo: No según tu ley. Puede referirse a los hombres o a la práctica. Los hombres no andan conforme a tu ley, y sus prácticas fraudulentas no son conformes a tu ley. La ley de Dios condenaba los hoyos para las bestias mansas: Éx 21:33-34. Aunque era lícito a los cazadores atrapar fieras, debían cuidar de que una bestia mansa no cayera en ellos, bajo su responsabilidad. Thomas Manton.
Vers. 85. «No proceden según tu ley.» Según la ley de Dios no podían ser mientras hacían tales cosas. Quizá se refiere más a la acción que a los hombres: «Los soberbios me han cavado hoyos, lo cual no es según tu ley», es decir, es contra tu ley; y parecería que lo hacen porque es contra tu ley, deleitándose en la maldad como lo hacen. Tales hombres parecen embeber el espíritu inmundo que Milton atribuye al arcángel caído: «Mal, sé tú mi bien». Es evidente, sin embargo, que las palabras contienen este sentimiento: los soberbios han procurado derribarme porque no obedecen tu ley. Con ello pone su conducta a la luz de los santos mandamientos de Dios, para que se haga la comparación: «Todos tus mandamientos son fidelidad; sin causa me persiguen». Todo lo que el Señor hacía lo hacía con verdad; estos hombres obraron contra su siervo sin causa, y al hacerlo obraron también en desafío de su voluntad conocida. John Stephen.
Vers. 85. Los impíos me han contado fábulas, pero no como tu ley (así la Septuaginta). La razón especial por la que desea verse libre de la compañía de los impíos es que siempre tientan a los piadosos relatándoles los placeres del mundo, que no son sino fábulas, placeres sucios y fugaces, más engañosos que reales, nada semejantes al grande y sólido placer que fluye siempre de la piadosa observancia de la ley del Señor. Roberto Belarmino.
Sugerencias para el predicador
Vers. 85. Hoyos; o los designios secretos de los hombres malos contra los piadosos.
Salmos 119:86
Vers. 86. «Todos tus mandamientos son verdad.» No tenía ninguna falta que reprochar a la ley de Dios, aunque por obedecerla había caído en una triste aflicción. Fuera cual fuese lo que el mandamiento pudiera costarle, valía la pena; sentía que el camino de Dios podía ser áspero, pero era recto; podía granjearle enemigos, pero aun así era su mejor amigo. Creía que al final el mandamiento de Dios resultaría en su propio provecho, y que no saldría perdiendo por obedecerlo.
«Sin causa me persiguen.» La culpa estaba en sus perseguidores, y ni en su Dios ni en él mismo. No había hecho daño a nadie, ni obrado de otra manera que conforme a la verdad y la justicia; por eso apela con confianza a su Dios y clama: «Ayúdame.» Esta es una oración de oro, tan preciosa como breve. Las palabras son pocas, pero el significado es pleno. Se necesitaba ayuda para que el perseguido evitara el lazo, soportara el oprobio y obrara con tanta prudencia que burlara a sus enemigos. La ayuda de Dios es nuestra esperanza. Quienquiera que nos haga daño, no importa mientras el Señor nos ayude; porque si en verdad el Señor nos ayuda, nadie puede dañarnos realmente. Muchas veces los santos afligidos han exhalado estas palabras en sus gemidos, pues convienen a mil condiciones de necesidad, dolor, angustia, debilidad y pecado. «Ayúdame, Señor» será una oración apropiada para la juventud y la vejez, para el trabajo y el sufrimiento, para la vida y la muerte. Ninguna otra ayuda es suficiente, pero la ayuda de Dios es del todo suficiente, y nos echamos sobre ella sin temor.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 86. «Todos tus mandamientos son verdad.» David establece aquí tres puntos. El primero es que Dios es veraz; y luego añade una protesta de su buena conducta y proceder, y de la malicia de sus adversarios; en tercer lugar, invoca a Dios en sus aflicciones. Ahora bien, en cuanto al primero, nos muestra que, aunque Satanás, para sacudirnos y al fin llevarnos del todo, procura sutil y astutamente engañarnos, debemos, por el contrario, aprender a conocer sus emboscadas y a guardarnos de ellas. Así pues, cada vez que nos aflige la adversidad y la tribulación, ¿por dónde hemos de empezar? Mira a Satanás cómo tiende sus redes y prepara sus emboscadas para inducirnos y persuadirnos a caer en ellas: ¿qué dice? ¿No te ves abandonado de tu Dios? ¿Dónde están las promesas en las que confiabas? Ahora te ves aquí como una criatura miserable y desamparada. Ya ves, pues, muy bien que Dios te ha engañado, y que las promesas en que confiabas no te pertenecen en absoluto. Ved aquí la sutileza de Satanás. ¿Qué hay que hacer ahora? Hemos de concluir con David y decir: aun así, Dios es veraz y fiel. Tengamos presente, digo, la verdad de Dios como escudo para rechazar cuanto Satanás pueda echarnos en cara. Cuando intente hacernos negar nuestra fe, cuando mienta acerca de nosotros para hacernos creer que Dios ya no piensa en nosotros, o que es en vano confiar en sus promesas, sepamos todo lo contrario y creamos que es verdad muy clara y sólida lo que Dios nos dice. Aunque Satanás nos lance tantos dardos como quiera, aunque tenga contra nosotros innumerables artificios, aunque a veces por la violencia, a veces con sutileza y astucia, nos parezca en verdad que nos va a vencer, con todo, nunca lo conseguirá, porque la verdad de Dios será hecha firme y cierta en nuestros corazones. Juan Calvino.
Vers. 86. «Todos tus mandamientos son verdad.» El hebreo dice Fidelidad; es decir, son verdaderos, seguros, justos, infalibles. «Sin causa me persiguen»: sin duda por afirmar las verdades y mandamientos de Dios y adherirse a ellos. John Trapp.
Vers. 86. «Sin causa me persiguen.» Hay un énfasis en la palabra «sin causa» (o injustamente); pues es verdad lo que dijo un santo mártir: «La causa, no el dolor, hace al mártir». Por eso el apóstol nos enseña: «Ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno; pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello». Neale y Littledale.
Vers. 86. «Ayúdame.» «Dios me ayude» es una oración excelente y abarcadora; es una lástima que alguna vez se use a la ligera y como muletilla. Matthew Henry.
Sugerencias para el predicador
Vers. 86 (última parte). Una oración para todas las ocasiones. Véanse los muchos casos en que se usa en la Escritura.
Salmos 119:87
Vers. 87. «Casi me han consumido sobre la tierra.» Sus enemigos casi lo habían destruido hasta hacerlo fallar del todo. Si hubieran podido, lo habrían devorado o quemado vivo; cualquier cosa con tal de acabar por completo con el buen hombre. Evidentemente había caído en gran medida bajo su poder, y ellos habían usado de tal manera ese poder que casi lo habían consumido. Estuvo a punto de desaparecer de sobre la tierra; pero casi no es del todo, y así escapó por un pelo. Los leones están encadenados: no pueden enfurecerse más allá de lo que nuestro Dios permite. El salmista percibe el límite de su poder: sólo podían tocar su vida terrenal y sus bienes terrenales. Sobre la tierra casi se lo comieron, pero él tenía una porción eterna que ni siquiera podían mordisquear. «Pero yo no he dejado tus mandamientos.» Nada pudo apartarlo de obedecer al Señor. Si nos aferramos a los preceptos, seremos rescatados por las promesas. Si el maltrato hubiera podido apartar al santo oprimido del camino del bien, el propósito de los impíos se habría cumplido, y no habríamos oído más de David. Si estamos resueltos a morir antes que abandonar al Señor, podemos estar seguros de que no moriremos, sino que viviremos para ver la caída de los que nos aborrecen.
Vers. 87. Casi consumido. Las vidas de los hombres buenos están llenas de escapadas por un pelo. Los justos apenas se salvan. Muchas veces sus pies casi resbalan. Pero el que los redimió no dejará que caigan de modo que no puedan levantarse más. Uno de sus mayores peligros es la tentación de usar medios ilícitos para poner fin a sus pruebas. William S. Plumer.
Vers. 87. Debe notarse que dice «sobre la tierra»: pues muestra que, aun si sus enemigos le hubieran quitado la vida en la tierra, él esperaba con confianza otra vida en el cielo; y que ya había entrado por la fe en el cielo y vivía una vida celestial; de modo que, si se le quitaba la vida del cuerpo, no debía considerarse un mal. Los que viven tal vida se recuperan pronto de la desesperación. D. H. Mollerus.
Sugerencias para el predicador
Vers. 87.
- Lo que el hombre bueno pierde al ganar.
- Lo que gana al perder. G. R.
Vers. 87.
- «Casi», pero no del todo.
- La cláusula salvadora: «No he dejado tus mandamientos».
Vers. 87. Pasando por fuegos, y la cubierta de asbesto.
Salmos 119:88
Vers. 88. «Vivifícame conforme a tu misericordia.» ¡Oración sapientísima y bienaventurada! Si somos avivados en nuestra piedad personal, estaremos fuera del alcance de nuestros asaltantes. Nuestra mejor protección contra los tentadores y perseguidores es más vida. La benignidad misma no puede prestarnos mayor servicio que hacernos tener vida más abundante. Cuando somos vivificados, podemos soportar la aflicción, burlar la astucia y vencer el pecado. Miramos a la misericordia de Dios como fuente del avivamiento espiritual, e imploramos al Señor que nos vivifique, no conforme a nuestros merecimientos, sino conforme a la energía sin límites de su gracia. ¡Qué palabra bendita es esta, «misericordia»! Descomponedla y admirad su doble fuerza de amor. «Y guardaré los testimonios de tu boca.» Si somos vivificados por el Espíritu Santo, ciertamente mostraremos un carácter santo. Seremos fieles a la sana doctrina cuando el Espíritu nos visite y nos haga fieles. Nadie guarda la palabra de la boca del Señor a menos que la palabra de la boca del Señor lo vivifique. Debemos admirar mucho la prudencia espiritual del salmista, que no ora tanto por verse libre de la prueba como por vida renovada para ser sostenido en ella. Cuando la vida interior es vigorosa, todo está bien. David oró por un corazón sano en el versículo final de la octava anterior, y aquí busca un corazón avivado; esto es ir a la raíz del asunto, buscando lo más necesario de todas las cosas. Señor, que sea obra del corazón en nosotros, y que nuestros corazones sean rectos contigo.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 88. «Vivifícame conforme a tu misericordia.» Por último, el hombre de Dios aparece implorando ser vivificado, para poder guardar el testimonio divino... He aquí un último recurso, pero seguro. Sea impartido al alma los principios vivos de la gracia divina, y el creyente se elevará por encima del desaliento ante el rostro de los hombres. ¡Cómo triunfa la mente espiritual aun sobre las debilidades del cuerpo! Podemos contemplarlo en el lecho de muerte del creyente, y podemos recordarlo en las vidas y muertes de muchos eminentes. El hombre de mente pura va directamente a la fuente de la vida. Va con entendimiento, pues toma el carácter en que el Señor ha hablado de sí mismo: «Vivifícame conforme a tu misericordia». De pronto deja a un lado el pensamiento de sus enemigos; está presente con su Dios. Su deseo es elevarse a una existencia espiritual más alta, para tener comunión más estrecha con el Padre de las luces, en quien no hay mudanza. John Stephen.
Vers. 88. «Vivifícame», etc. Había orado antes: «Vivifícame en tu justicia» (Sal 119:40); pero aquí: «Vivifícame conforme a tu misericordia». La señal más segura de la buena voluntad de Dios hacia nosotros es su buena obra en nosotros. Matthew Henry.
Vers. 88. «Vivifícame.» Muchas veces en este salmo hace David esta petición; y parece extraño que reconozca tantas veces ser un hombre muerto y pida a Dios que lo vivifique. Pero así es en el hijo de Dios: toda deserción y todo decaimiento de fuerzas es una muerte. Tan deseosos están de vivir para Dios que, cuando fallan en ello y hallan en sus almas alguna incapacidad para servir a Dios como quisieran, se tienen por muertos y piden al Señor que los vivifique. William Cowper.
Vers. 88. «El testimonio de tu boca.» El título que aquí se da a la guía de nuestro deber, «el testimonio de la boca de Dios», da creciente fuerza a nuestras obligaciones. Así, que toda palabra que leemos u oímos sea considerada como procedente directamente de la «boca de Dios» (Jn 6:63). ¡Qué reverencia, qué sumisión incondicional exige! ¡Que nos halle siempre en actitud de atención, humildad y fe, cada uno de nosotros dispuesto a decir: «Habla, Señor, que tu siervo oye»! Charles Bridges.
Sugerencias para el predicador
Vers. 88.
- La vida nueva es la causa de la obediencia nueva.
- La obediencia nueva es el efecto de la vida nueva. G. R.
Vers. 88. Vivificación.
- Nuestra mayor necesidad.
- La dádiva más misericordiosa de Dios.
- La garantía de nuestra firmeza; y así,
- La promotora de la gloria de Dios.
Vers. 88.
- Cierra con una petición frecuente: «Vivifícame; hazme vivir». Toda verdadera religión consiste en la VIDA de Dios en el ALMA del hombre.
- La manera en que desea ser vivificado: «Conforme a tu misericordia». No desea ser levantado de la muerte del pecado por el trueno de Dios, sino por la voz amorosa de un Padre tierno.
- El efecto que ello debe tener en él: «Y guardaré los testimonios de tu boca». Todo lo que hables, lo oiré, lo recibiré, lo amaré y lo obedeceré. Adam Clarke.
LAMED. Vers. 89. Aquí se alcanza el punto culminante de la descripción de la peregrinación del suplicante. Hemos llegado al centro del salmo, y el hilo de la conexión se interrumpe deliberadamente. La sustancia de las primeras once estrofas ha sido evidentemente: «Hasta aquí me ha traído el Señor: ¿será que ahora perezca?». A esto responden las once estrofas siguientes: «La palabra del Señor no cambia; y a pesar de todo mal presagio, el Señor perfeccionará en mí la obra que ya ha comenzado». Joseph Francis Thrupp, 1860.
Salmos 119:89
Vers. 89. «Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos.» El tono es más gozoso, pues la experiencia ha dado al dulce cantor un conocimiento reconfortante de la palabra del Señor, y esto es un tema alegre. Tras ser zarandeado en un mar de aflicción, el salmista salta aquí a la orilla y se afirma sobre una roca. La palabra de Jehová no es voluble ni incierta; es firme, determinada, fija, segura, inamovible. Las enseñanzas de los hombres cambian tan a menudo que nunca hay tiempo para que se asienten; pero la palabra del Señor es desde antiguo la misma y permanecerá sin cambio eternamente. Algunos hombres nunca están más felices que cuando están desquiciando todo y a todos; pero la mente de Dios no está con ellos. El poder y la gloria del cielo han confirmado cada sentencia que ha salido de la boca del Señor, y la han confirmado de tal modo que por toda la eternidad ha de permanecer igual, establecida en los cielos, donde nada puede alcanzarla. En la sección anterior el alma de David desfallecía, pero aquí el buen hombre mira fuera de sí y percibe que el Señor no desfallece ni se fatiga, ni hay falla alguna en su palabra.
El versículo toma la forma de una ascripción de alabanza: la fidelidad y la inmutabilidad de Dios son temas propios del canto santo, y cuando nos cansamos de contemplar la escena cambiante de esta vida, el pensamiento de la promesa inmutable llena nuestra boca de cánticos. Los propósitos, las promesas y los preceptos de Dios están todos fijados en su propia mente, y ninguno será perturbado. Los acuerdos del pacto no serán removidos, por inestables que lleguen a ser los pensamientos de los hombres; establezcamos, pues, en nuestra mente que permaneceremos en la fe de nuestro Jehová mientras tengamos ser.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 89. «Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos.» Estas palabras suelen traducirse como si formaran una sola proposición; pero el acento athnab muestra que hay dos ramas: una que afirma la eternidad de Dios; la otra, la constancia y permanencia de su palabra. Así: 1. «Para siempre eres tú, oh Jehová». 2. «Tu palabra permanece en los cielos». Así lo lee el siríaco; y Geierus, y después de él otros, prueban y aprueban esta lectura. Y así este versículo y el siguiente se corresponden mejor entre sí, si observamos el principio y el fin: «Tú eres para siempre, oh Jehová» y «de generación en generación es tu fidelidad», que son exactamente paralelos. Y así también concordarán las últimas partes: «Tu palabra permanece en los cielos» y «tú afirmaste la tierra, y subsiste».
Implica que, así como Dios es eterno, lo es también su palabra, y que tiene una representación adecuada tanto en el cielo como en la tierra: en el cielo, en el movimiento constante de los cuerpos celestes; en la tierra, en la consistencia y permanencia de esta; de modo que, así como su palabra permanece firme en el cielo, así su fidelidad en la tierra, donde las aflicciones de los piadosos parecen contradecirla. Thomas Manton.
Vers. 89. «Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos.» Cuando Job considera su cuerpo convertido en polvo y gusanos (Job 14:19; 19:25), dice sin embargo por la fe: «Yo sé que mi Redentor vive», etc. Aun cuando la paciencia faltó en Job, la fe no faltó. Aunque Dios mate todas las demás gracias y consuelos, y también mi alma, no matará mi fe, dice él. Si separa mi alma de mi cuerpo, no separará la fe de mi alma. Y por eso el justo vive por la fe, más que por otras gracias, porque cuando todo se ha ido, la fe permanece, y la fe permanece porque la promesa permanece: «Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos». Y este es el sentido propio y principal de este lugar. Matthew Lawrence.
Vers. 89. «Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos.» Si miramos la palabra de la promesa de Dios tal como está en nuestros corazones inestables, soñamos que está tan lista para vacilar como nuestros corazones; como la sombra del sol y de la luna en el agua parece temblar tanto como el agua sobre la que brilla. Pero a pesar de este aparente temblor aquí abajo, el sol y la luna siguen un curso firme en el cielo. Así nos dice el salmista que, por más que nuestros corazones titubeen ante una promesa por incredulidad, y aun nuestra incredulidad nos hace creer que la promesa con frecuencia se tambalea, la palabra de Dios permanece, si no en nuestros corazones, «en los cielos»; y allí «para siempre», tan firme como el cielo mismo; más aún, pues «el cielo y la tierra pasarán», pero «es más fácil que pase el cielo y la tierra, que se frustre una tilde de la ley» (y por tanto del evangelio): Lc 16:17. Anthony Tuckney, 1599-1670.
Vers. 89. Establecida. J. M. Good traduce el versículo así: «Para siempre, oh Jehová, tu palabra ha dado orden a los cielos», y observa que la palabra hebrea bub es un término militar, y se aplica a formar y disponer las divisiones de un ejército en sus debidos puestos cuando sale a campaña. Se supone aquí que las huestes del cielo están formadas o dispuestas con un orden igualmente exacto, y que mantienen para siempre los deberes relativos que se les han impuesto; mientras que la tierra, como los cielos, tiene prescrita una marcha igualmente establecida, que cumple igualmente; porque todos son siervos del gran Creador; y de ahí que, al cambiar, produzcan la bella regularidad de las estaciones, los ricos frutos de la cosecha, y declaren a diario la gloria del Señor.
Vers. 89. En los cielos. Siempre que mires al cielo, recuerda que tienes dentro de ti a un Dios que ha fijado allí su residencia y ha mostrado su gloria, y lo ha hecho sede tanto de su misericordia como de su justicia. Tienes allí también un Salvador que, después de morir por nuestros pecados, se sentó a la diestra de la Majestad, para ver cumplidas sus promesas y sujetar al mundo entero con su palabra. Hay ángeles que «ejecutan su palabra, obedeciendo a la voz de su precepto» (Sal 103:20). Hay santos glorificados, que ven a Dios cara a cara y moran con él para siempre, y llegaron allá por el mismo pacto que se nos propone a nosotros como carta de nuestra paz y esperanza. En la región exterior del cielo vemos el sol y la luna, y todos los cuerpos celestes, moverse en el curso y orden fijos en que Dios los ha puesto; ¿y mostrará Dios su constancia en el curso de la naturaleza, y será voluble y cambiante en el pacto de gracia, en el cual ha dispuesto el orden y método de sus misericordias? Thomas Manton.
Vers. 89, 91. En estos versículos se afirma que hay una analogía entre la palabra de Dios y las obras de Dios. De su «palabra» se dice que «permanece en los cielos» y que mantiene su fidelidad de una generación a otra. De sus «obras», y más especialmente de las que nos rodean inmediatamente, aun de la tierra que habitamos, se dice que, así como fue establecida al principio, así subsiste después. Y luego, como para perfeccionar la asimilación entre ellas, se dice de ambas en el v. 91: «Por tu ordenanza subsisten hasta hoy, pues todas ellas te sirven»; identificando así la seguridad de esa palabra que salió de sus labios con la inalterable constancia de esa Naturaleza que fue formada y es sostenida por sus manos.
La constancia de la Naturaleza la enseña la experiencia universal, y hasta impresiona a la vista popular como el más característico de los rasgos que le han sido impresos. Puede que haga falta la ayuda de la filosofía para aprender cuán invariable es la Naturaleza en todos sus procesos; cómo aun las aparentes anomalías pueden reducirse a una ley inflexible; cómo lo que al principio parecen caprichos de su veleidad son, en realidad, las evoluciones de un mecanismo que nunca cambia; y que cuanto más a fondo se la criba y se la somete a la prueba de las preguntas de los curiosos, con más certeza hallarán que camina según una regla que no conoce disminución, y que persevera con pie obediente en ese curso uniforme del cual el ojo del escrutinio más estricto nunca ha detectado una desviación del grosor de un cabello. Ya no lo duda ningún hombre de ciencia: todo resto de aparente irregularidad en el universo se debe, no a la veleidad de la Naturaleza, sino a la ignorancia del hombre; sus movimientos más ocultos se conducen con una uniformidad tan rigurosa como el Destino; hasta las agitaciones caprichosas del tiempo tienen su ley y su principio; la intensidad de cada brisa, el número de gotas de cada aguacero, la formación de cada nube, todas las alternancias de tormenta y sol, el interminable cambio de temperatura, y esas trémulas variedades del aire que nuestros instrumentos nos han permitido descubrir pero no explicar, todo ello sigue sin embargo un método de sucesión que, aunque mucho más intrincado, es tan absoluto en sí mismo como el orden de las estaciones o los cursos matemáticos de la astronomía. Esta es la impresión de toda mente filosófica respecto de la Naturaleza, y se fortalece con cada nueva aportación hecha a la ciencia... Pero hay en la Naturaleza suficiente regularidad patente y palpable para dar también a la mente popular la misma impresión de su constancia. Hay una experiencia tosca y general que enseña la misma lección, y que ha alojado en todo pecho una especie de confianza segura y firme en la uniformidad de sus procesos. El niño mismo lo sabe y procede conforme a ello. Es consciente de un carácter y una propiedad permanentes en los elementos que lo rodean, y ya ha aprendido tanto del fuego, del agua, del alimento que come, del suelo firme que pisa, y hasta de la gravitación por la que debe regular sus posturas y sus movimientos, que demuestra que, aunque sea un infante, está plenamente iniciado en la doctrina de que la Naturaleza tiene sus leyes y ordenanzas, y que persevera en ellas; y las pruebas de esto se multiplican sin cesar a lo largo del camino de la observación humana, de modo que al llegar a la edad adulta leemos la constancia de la Naturaleza en todos los departamentos del mundo visible. Nos sale al paso dondequiera que volvamos los ojos... Dios ha dispuesto de tal modo la maquinaria de mis percepciones que me veo llevado irresistiblemente a esperar que en todas partes los acontecimientos se sucedan en la misma serie en que siempre he acostumbrado observarlos; y cuando Dios sostiene de tal manera la uniformidad de la Naturaleza que en todo caso es rigurosamente así, no hace sino manifestar la fidelidad de su carácter. Si fuera de otro modo, estaría burlándose de la expectativa que él mismo había inspirado. Puede decirse que Dios ha prometido a todo ser humano que la Naturaleza será constante, si no por el susurro de una voz interior a cada corazón, al menos por la fuerza de una inclinación irresistible que ha impreso en toda constitución. De modo que, cuando vemos a la Naturaleza mantener su constancia, vemos al Dios de la Naturaleza mantener su fidelidad; y el sistema de las cosas visibles, con sus leyes generales y sus sucesiones invariables, en lugar de ser un materialismo opaco que intercepte a la vista de los mortales el rostro de la Divinidad, se convierte en el espejo que refleja la verdad que no cambia, la ordenación que nunca falla... Y así sucede que en nuestro texto se presentan juntas, como si hubiera un lazo de semejanza entre ellas, estas dos cosas: que el mismo Dios que es fijo en cuanto a las ordenanzas de la Naturaleza es fiel en cuanto a las declaraciones de su palabra; y así como toda la experiencia prueba cuán firmemente se puede confiar en él en lo uno, hay un argumento tan fuerte como la experiencia para probar cuán firmemente se puede confiar en él en lo otro. Por su obra en nosotros ha despertado la expectativa de una constancia en la Naturaleza, que nunca defrauda. Por su palabra a nosotros, si despierta la expectativa de una certeza en sus declaraciones, esta nunca la defraudará. Es porque la Naturaleza es tan fija que concebimos al Dios de la Naturaleza como tan fiel. El que nunca falsifica la esperanza que ha surgido en todo pecho, por el instinto que él mismo ha comunicado, nunca falsificará la esperanza que surja en pecho alguno por la expresa declaración de su voz. Si fuera un Dios en cuya mano los procesos de la naturaleza estuvieran siempre cambiando, entonces podríamos concebirlo como un Dios de cuya boca las proclamaciones de gracia tuvieran los mismos caracteres de variación y vacilación. Pero es precisamente por nuestra confianza en lo uno por lo que sentimos tanto reposo en nuestra dependencia de lo otro; y el mismo Dios que es tan infalible en las ordenanzas de su creación, lo tenemos por igualmente infalible en las ordenanzas de su palabra. Thomas Chalmers.
Sugerencias para el predicador
Esquemas sobre palabras clave del salmo, por el pastor C. A. Davis.
Vers. 89-96. La palabra inmutable de Dios. Está entronizada en el cielo (v. 89) y en la tierra (vv. 90-91), es la salvación del creyente en la aflicción (vv. 92, 94), su recurso en el peligro (v. 95) y la encarnación de la perfección (v. 96).
Sugerencias para el predicador
Vers. 89-92. Aquí el salmista nos dice la receta que calmó sus dolores y sostuvo su ánimo. Aquí tenemos fuerte consolación.
- En ciertos hechos que recordaba.
(a) La existencia eterna de Dios.
(b) La inmutabilidad de su palabra.
(c) La fidelidad en el cumplimiento de esa palabra.
(d) La perpetuidad de la palabra en la naturaleza.
(e) La perpetuidad de la palabra en la experiencia.
- Los deleites que experimentó en el tiempo de su aflicción. En duelos; cuando todo parecía cambiante e inconstante; cuando su propia fe le fallaba; cuando todos los que ayudaban le fallaban; recurrió a los establecimientos eternos: «Oh Jehová, tu palabra permanece», etc. Véase "Spurgeon's Sermons," n.º 1656: "My Solace in my Affliction."
Vers. 89. Establecimientos eternos, o certezas celestiales.
Vers. 89. La calma eterna de Dios (en contraste con las mudanzas de la tierra) reflejada en los cielos estrellados. William Bickle Haynes, de Stafford, 1882.
Vers. 89. Considera:
- El término «tu palabra».
(a) Una palabra es un pensamiento revelado. Las Escrituras son justamente esto: los pensamientos y propósitos de Dios hechos inteligibles al hombre.
(b) Pero una «palabra» marca también especialmente la unidad (es una sola palabra) y la integridad o plenitud: una palabra, no una sílaba. Las Escrituras son una y completa.
- La afirmación: «para siempre establecida en los cielos».
(a) «Establecida en los cielos» antes de venir a la tierra; por eso pudo venir como un desarrollo continuo, a través de diversas dispensaciones, sin la sombra de duda ni contradicción manifiesta en ella.
(b) Permanece «establecida en los cielos» porque su revelación central, la expiación, es un hecho consumado, y Cristo está ahora en el cielo como Salvador perfeccionado; así la palabra es inalterable.
(c) «Para siempre establecida en los cielos». No sólo porque Dios en el cielo es de una sola mente y no puede ser desviado; sino porque la justicia misma, la justicia del cielo, exige que una expiación por sufrimiento sea plena y eternamente respondida con su debida recompensa.
- Las lecciones.
(a) Si está establecida en el cielo, los hombres en la tierra nunca podrán desestabilizarla.
(b) Los impíos no pueden abrigar una esperanza futura que provenga de alguna nueva dispensación más allá de la tumba; la palabra presente de Dios para nosotros no puede, pues, ser desestabilizada.
(c) Los piadosos pueden confiar en una palabra firme en medio de las experiencias y sentimientos inestables propios de la tierra. J. F.
Salmos 119:90
Vers. 90. «De generación en generación es tu fidelidad.» Esta es una gloria adicional: Dios no es afectado por el paso de las edades; no es fiel sólo a un hombre durante toda su vida, sino a los hijos de sus hijos después de él, sí, y a todas las generaciones mientras guarden su pacto y recuerden sus mandamientos para ponerlos por obra. Las promesas son cosas antiguas, y sin embargo no se han desgastado por siglos de uso, pues la fidelidad divina permanece para siempre. El que socorrió a sus siervos hace miles de años sigue mostrándose fuerte a favor de todos los que confían en él. «Tú afirmaste la tierra, y subsiste.» La naturaleza se rige por leyes fijas; el globo sigue su curso por mandato divino y no muestra movimientos errantes: las estaciones guardan su orden predestinado, el mar obedece la regla del flujo y reflujo, y todas las demás cosas están dispuestas en su orden señalado. Hay una analogía entre la palabra de Dios y las obras de Dios, y especialmente en esto: que ambas son constantes, fijas e inmutables. La palabra de Dios que estableció el mundo es la misma que él ha plasmado en las Escrituras; por la palabra del Señor fueron hechos los cielos, y especialmente por aquel que es enfáticamente LA PALABRA. Cuando vemos que el mundo guarda su lugar y que todas sus leyes permanecen iguales, tenemos en ello la seguridad de que el Señor será fiel a su pacto y no permitirá que la fe de su pueblo sea avergonzada. Si la tierra subsiste, subsistirá la creación espiritual; si la palabra de Dios basta para establecer el mundo, ciertamente basta para establecer al creyente individual.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 90. «De generación en generación es tu fidelidad.» Así como antes dedujo la certeza de la palabra de Dios de la permanencia del cielo, ahora la confirma considerando el fundamento de la tierra. Si el fundamento de la tierra, hecha por la palabra de Dios, permanece seguro, ¿no hemos de pensar que el fundamento de nuestra salvación puesto en Jesucristo es mucho más seguro? Aunque las criaturas no pueden enseñarnos el camino de nuestra salvación (pues eso debemos aprenderlo por la palabra), con todo confirman lo que la palabra dice: «Así ha dicho Jehová, que da el sol para luz del día, las leyes de la luna y de las estrellas para luz de la noche, que parte el mar, y rugen sus ondas; Jehová de los ejércitos es su nombre: Si faltaren estas leyes delante de mí, dice Jehová, también la descendencia de Israel faltará para no ser nación delante de mí todos los días» (Jer 31:35-36). Como allí Jeremías deduce la estabilidad de la iglesia de la estabilidad de las criaturas, así aquí David confirma la certeza de nuestra salvación por el curso más cierto e inmutable de la creación; y ambos son ampliados por Cristo Jesús: «El cielo y la tierra pasarán, pero ni una tilde de la palabra de Dios caerá a tierra». Fortalezcámonos, pues, en la fe y demos gloria a Dios. William Cowper.
Vers. 90. «Tú afirmaste la tierra, y subsiste.» Cada vez que ponemos el pie en el suelo podemos recordar la estabilidad de las promesas de Dios, y es también una confirmación de la fe. Así:
- La estabilidad de la tierra es efecto de la palabra de Dios; este es el verdadero pilar sobre el que se sostiene la tierra; pues él sustenta todas las cosas con la palabra de su poder; «porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió» (Sal 33:9). Ahora bien, su palabra de poder nos ayuda a confiar en su palabra de promesa.
- No aparece nada sobre lo cual el globo de la tierra se apoye y descanse: «Él extiende el norte sobre el vacío, cuelga la tierra sobre nada» (Job 26:7). Que este cuerpo vasto y pesado se apoye en el aire fluido como en un fundamento firme es motivo de asombro; la pregunta se plantea en el libro de Job: «¿Sobre qué están fundadas sus bases? ¿O quién puso su piedra angular?» (Job 38:6). Con todo, es firme, aunque cuelgue como una bola en el aire... Ahora bien, puesto que su palabra sostiene tal peso, y todo el peso de la iglesia, y nuestra propia carga se apoya en la promesa de Dios, él puede, por el poder de su palabra, sostenerlo todo sin medios visibles. Por tanto, su pueblo puede confiar en su providencia; él puede sostenerlos en cualquier angustia, aun cuando no aparezca camino alguno de ayuda.
- La firmeza y estabilidad se ofrece a nuestros pensamientos. La tierra permanece en el mismo asiento y condición en que Dios la dejó, mientras haya de continuar el curso y orden presentes de la naturaleza: Sal 104:5. La verdad de Dios es tan inmóvil como la tierra: Sal 117:2. Ciertamente, si el fundamento de la tierra permanece seguro, el fundamento de nuestra salvación, puesto por Jesucristo, es mucho más seguro.
- La estabilidad permanece en medio de los cambios: Ec 1:4. Todas las cosas del mundo están sujetas a muchas revoluciones, pero la verdad de Dios es una y la misma.
- En el sostenimiento de la estructura del mundo se ven todos aquellos atributos que son un firme apoyo para el corazón del creyente, como la sabiduría, el poder y la bondad. El pacto de gracia es tan seguro como el pacto hecho después del diluvio. No podemos mirar esta tierra sin ver en ella una muestra de esos mismos atributos que confirman nuestra fe, al esperar en Dios hasta que se nos cumplan sus promesas. Condensado de T. Manton.
Vers. 90. Subsiste. La creación es como la madre, y la providencia la nodriza que preserva todas las obras de Dios. Dios no es como el hombre; pues el hombre, cuando ha hecho una obra, no puede mantenerla: construye un barco, y no puede salvarlo del naufragio; edifica una casa, pero no puede librarla de la ruina. Con Dios es de otro modo; vemos a diario su poder conservador, sosteniendo a sus criaturas; lo cual debe confirmarnos que no nos desechará ni permitirá que perezcamos (pues somos obra de sus manos) si dependemos así de él y le damos gloria como nuestro Creador, Conservador y Redentor. William Cowper.
Sugerencias para el predicador
Vers. 90. La estabilidad de la tierra, imagen presente de la fidelidad eterna.
Vers. 90-91. Considera:
- La firmeza de la naturaleza como dependiente del decreto divino: «por tu ordenanza».
- La sujeción de la naturaleza a la voluntad divina: «pues todas ellas te sirven».
- La fijeza de las leyes de la naturaleza, junto con su sujeción a los propósitos de Dios, como confirmación de la fe del cristiano en la palabra escrita, en el cuidado de una providencia divina y en la seguridad de las cosas espirituales y celestiales. «De generación en generación es tu fidelidad», etc. J. F.
Salmos 119:91
Vers. 91. «Por tu ordenanza subsisten hasta hoy.» Porque el Señor ha mandado al universo que permanezca, por eso se mantiene en pie, y todas sus leyes siguen operando con precisión y poder. Porque el poder de Dios está siempre presente para sostenerlas, por eso todas las cosas continúan. La palabra que llamó a la existencia todas las cosas las ha sostenido hasta ahora, y las sigue sosteniendo tanto en el ser como en el bienestar. La ordenanza de Dios es la razón de la existencia continuada de la creación. ¡Qué fuerzas tan importantes son estas ordenanzas! «Pues todas ellas te sirven.» Creadas por tu palabra, obedecen esa palabra, cumpliendo así el propósito de su existencia y llevando a cabo el designio de su Creador. Las cosas grandes y las pequeñas rinden homenaje al Señor. Ningún átomo escapa a su dominio, ningún mundo elude su gobierno. ¿Querremos librarnos del señorío del Señor y hacernos señores de nosotros mismos? Si lo fuéramos, seríamos terribles excepciones a una ley que asegura el bienestar del universo. Más bien, mientras leemos acerca de todas las demás cosas que continúan y sirven, sigamos nosotros sirviendo, y sirvamos más perfectamente a medida que se prolongan nuestras vidas. Por esa palabra que está firme, seamos nosotros firmes; por esa voz que afirma la tierra, seamos nosotros afirmados; y por ese mandato que obedecen todas las cosas creadas, seamos hechos siervos del Señor Dios Todopoderoso.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 91. «Por tu ordenanza subsisten hasta hoy», etc. ¿Cuál de las obras de Dios no está impregnada de un hermoso orden? Piensa en la sucesión del día y de la noche. Piensa en la revolución de las estaciones. Piensa en las estrellas, que andan en sus majestuosos cursos, una gran ley de armonía «atando los lazos de las Pléyades... y guiando a la Osa Mayor con sus hijos» (Job 38:31-32). Mira hacia arriba, en medio de la magnificencia del poder, a esa bóveda abarrotada, mundos amontonados sobre mundos, y contempla sin embargo la serena grandeza de esa marcha señorial; ¡ni una nota discordante que estropee la armonía, aunque giran a una velocidad inconcebible en sus órbitas intrincadas y tortuosas! Estos centinelas celestes guardan todos sus atalayas señaladas. Estos levitas del firmamento superior encienden los fuegos de su altar «a la hora del incienso de la tarde» y los apagan de nuevo cuando el sol, que está designado para regir el día, sale de su cámara. «Todos ellos esperan en ti» (Sal 104:27). «Por tu ordenanza subsisten hasta hoy, pues todas ellas te sirven.» J. R. Macduff, en "Sunsets on the Hebrew Mountains," 1862.
Vers. 91. «Por tu ordenanza subsisten hasta hoy.» El hombre puede destruir una planta, pero es impotente para forzarla a desobedecer las leyes que le dio el Creador común. «Si el hombre —dice uno— quiere emplearla para su uso, debe prestar cuidadosa atención a sus necesidades y modos, e inclinar su propia voluntad altiva ante la más humilde hierba que tiene a sus pies. El hombre puede obstruir por la fuerza el camino de un tallo que crece, pero este se aparta tranquilamente y sigue paciente e irresistiblemente su camino señalado.» Haga lo que haga, el césped no crecerá en los trópicos, ni la palmera dará su fruto en un clima frío. El arroz se niega a prosperar fuera de los pantanos acuosos, y el algodón a formar su vellón de fibras nevadas donde pueda alcanzarlo la lluvia. Algunas de las flores más hermosas del mundo y, más extraño aún, algunas de las plantas más jugosas y suculentas que conocemos, adornan las arenas áridas y desoladas del Cabo de Buena Esperanza y no florecerán en otra parte. Si retuerces la rama de un árbol de modo que la cara inferior de sus hojas quede vuelta hacia el cielo, en muy poco tiempo todas esas hojas se volverán hacia abajo y tomarán su posición señalada. Este proceso se realizará más pronto o más tarde, según el calor del sol y la flexibilidad de las hojas, pero no por eso dejará de cumplirse con seguridad. No puedes inducir al árbol triste de la India a florecer de día, ni lograr que deje, a lo largo de todo el año, de cargar el aire de la noche con el rico perfume de sus flores color naranja. El filósofo no necesita ir lejos para hallar el secreto de esto. El salmista lo declara cuando, hablando de la naturaleza universal, señala la verdadera causa de su orden inmutable. Dios, dice, «los hizo ser establecidos eternamente y para siempre; les puso ley que no pasará»; o, como dice la versión del Libro de Oración, «les ha dado una ley que no será quebrantada» (Sal 148:6). Con verdad se dice en otro salmo, en 119:91: «Por tu ordenanza subsisten hasta hoy, pues todas ellas te sirven». El hombre obstinado puede atreverse a desafiar a su Hacedor y despreciar sus sabios y misericordiosos mandamientos; pero no así el resto de la naturaleza. ¡Qué bueno es para nosotros que sus otras obras no hayan errado según el modelo de nuestra rebelión; que la siembra y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche, con todo su sustento acompañante, no hayan cesado! A los preceptos impuestos a la vegetación cuando fue llamada a la existencia el tercer día de la creación, aún rinde sumisión implícita, y la planta más tierna morirá antes que transgredirlos. ¡Qué terrible contraste con esto es la conducta del hombre, la más noble obra de Dios, dotado de razón y de un alma que nunca muere, y sin embargo, con demasiada frecuencia, arruinando su salud, desperdiciando y destruyendo su poder mental, contaminando su espíritu inmortal y, en una palabra, esforzándose locamente por frustrar todos los propósitos para los que fue formado! James Neil, en "Rays from the Realms of Nature," 1879.
Vers. 91. Todas las criaturas observan puntualmente la ley que él ha implantado en su naturaleza y, cada una en su capacidad, lo reconocen como su soberano; se mueven según las inclinaciones que él les imprimió. El mar se contiene en sus límites, y el sol no sale de su esfera; las estrellas marchan en su orden: «Por tu ordenanza subsisten hasta hoy, pues todas ellas te sirven». Si él ordena las cosas de manera contraria a su naturaleza primitiva, le obedecen. Cuando dice la palabra, el fuego devorador se vuelve manso y no toca un cabello de los hijos que él quiere preservar; los leones famélicos suspenden su naturaleza voraz cuando se les pone delante un bocado tan bueno como Daniel; y el sol, que había estado en movimiento perpetuo desde su creación, obedece el despacho de descanso que Dios envió en tiempo de Josué, y se detiene. Stephen Charnock.
Vers. 91. «Todas ellas te sirven.» Debemos considerar cuán grande es esa perversidad por la que sólo el hombre, formado a imagen de Dios, junto con los ángeles réprobos, ha caído de la obediencia a Dios; de modo que lo que se dice de todas las demás criaturas no puede decirse de él, a menos que sea renovado por una gracia singular. Wolfgang Musculus.
Vers. 91. «Todas ellas te sirven.» Puesto que todas las criaturas deben servir a Dios, por eso no debemos usarlas para ningún otro fin ni volverlas al servicio del pecado. La creación, por el pecado de nuestros primeros padres, fue sujetada a vanidad, y gime y anhela ser liberada (Ro 8); los cristianos, pues, que usan de la criatura y del mundo, deben usar como no abusando (1 Co 7), sino disfrutarlos con alabanza de la majestad y bondad divinas (1 Ti 4). Solomon Gesner.
Vers. 91. «Todas ellas te sirven.»
No digas, alma mía: «¿De dónde
puede Dios aliviar mi cuidado?».
Recuerda que la Omnipotencia
tiene siervos por doquier. Thomas T. Lynch, 1855.
Sugerencias para el predicador
Vers. 91. Nuestros monitores estrellados. Nos enseñan:
- A servir: aunque no podamos brillar con su resplandor.
- A hacerlo todo con estricta consideración a la voluntad de Dios.
- A «continuar» «según tus ordenanzas». W. B. H.
Vers. 91. El servicio de la naturaleza.
- Universal: «todas ellas te sirven».
- Obediente: «por tu ordenanza».
- Perpetuo: «subsisten».
- Derivado: «tú afirmaste la tierra».
Salmos 119:92
Vers. 92. «Si tu ley no hubiese sido mi delicia, ya en mi aflicción hubiera perecido.» Esa palabra que ha preservado los cielos y la tierra preserva también al pueblo de Dios en su tiempo de prueba. Con esa palabra estamos encantados; es para nosotros una mina de deleite. Hallamos en ella un deleite doble y triple, y obtenemos de ella un deleite multiplicado, y esto nos es de gran ayuda cuando se nos quitan todos los demás deleites. Nos habríamos sentido dispuestos a acostarnos y morir de nuestras penas si los consuelos espirituales de la palabra de Dios no nos hubieran levantado; pero por su influencia sustentadora hemos sido llevados por encima de todos los abatimientos y desesperaciones que brotan naturalmente de una aflicción severa. Algunos de nosotros podemos poner nuestro sello a esta afirmación. Nuestra aflicción, de no ser por la gracia divina, nos habría aplastado hasta dejarnos sin existencia, de modo que habríamos perecido. En nuestras estaciones más oscuras nada nos ha guardado de la desesperación sino la promesa del Señor; sí, a veces nada se ha interpuesto entre nosotros y la autodestrucción sino la fe en la palabra eterna de Dios. Cuando, agotados de dolor, el cerebro se ha aturdido y la razón casi se ha extinguido, un texto dulce nos ha susurrado su seguridad alentadora, y nuestra pobre mente en lucha ha reposado en el seno de Dios. Lo que fue nuestro deleite en la prosperidad ha sido nuestra luz en la adversidad; lo que de día nos guardó de la presunción, de noche nos ha guardado de perecer. Este versículo contiene una suposición lúgubre, «si no»; describe una condición horrible, «perecido en mi aflicción»; e implica una gloriosa liberación, porque no murió, sino que vivió para proclamar los honores de la palabra de Dios.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 92. «Si tu ley no hubiese sido mi delicia», etc. Este texto expone el gran beneficio y consuelo que David halló en la ley de Dios en el tiempo de su aflicción. Lo guardó de perecer: «Si tu ley no hubiese sido mi delicia, ya en mi aflicción hubiera perecido»... David dice esto (según Musculus) de la condición angustiosa en que se hallaba cuando lo perseguía Saúl, obligado a huir a los filisteos y a veces a esconderse en las rocas y cuevas de la tierra. Es muy probable (dice) que tuviera consigo el libro de la ley de Dios, con cuya lectura mitigaba y aliviaba sus penas y se mantenía puro de toda comunión con los paganos en sus supersticiones. Los escoliastas griegos dicen que David pronunció estas palabras cuando, expulsado por Saúl, se vio obligado a vivir entre los filisteos, etc. Pues habría sido atraído a tener comunión con ellos en sus impiedades si no hubiera llevado consigo la meditación de la palabra de Dios.
La palabra de Dios, deleitándose en ella, es el antídoto del santo afligido contra la ruina y la destrucción. La palabra de Dios es el ungüento del santo enfermo, el cordial del santo moribundo, una medicina preciosa para guardar al pueblo de Dios de perecer en tiempo de aflicción. Esto sostuvo a Jacob para que no se hundiera, cuando su hermano Esaú venía marchando furioso para destruirlo (Gn 32:12). Él alegó: «Y tú has dicho: Ciertamente te haré bien», etc. Así lo sostuvo la promesa de Dios. Esto sostuvo también a Josué y lo capacitó para pelear valerosamente las batallas del Señor, porque Dios había dicho que «no lo dejaría ni lo desampararía» (Jos 1:5). Melanchthon dice que el landgrave de Hesse le contó en Dresde que le habría sido imposible sobrellevar las múltiples miserias de una prisión tan larga, Nisi habuisset consolationem verbo divino in suo corde, sino por el consuelo de las Escrituras en su corazón. Edmund Calamy (1600-1666), en "The Godly Man's Ark."
Vers. 92. Ciertamente la lectura de la mayor parte de las Escrituras ha de ser cosa muy reconfortante; y creo que un corazón piadoso (dispuesto como debe estar) difícilmente sabe cómo estar triste mientras la hace. Porque ¡qué consuelo es para un hombre leer las cartas de un padre terrenal enviadas a él, aunque hayan sido escritas hace mucho tiempo! ¡Con qué cuidado guardamos esas cartas en nuestros cofres! ¡Con cuánto deleite las sacamos de vez en cuando y las miramos! ¡Y con cuánto dolor las perdemos! ¿Es tan grande mi amor a mi padre terrenal, y será menor mi amor a mi Padre celestial? ¿Puede mi corazón dejar de gozarse y mis huesos de reverdecer como la hierba, cada vez que miro la última voluntad y testamento de mi Redentor, por el cual sé que él me ama tanto, que hace esto por mí continuamente y que estaré siempre con él?
¡Cómo habla David de vez en cuando de su deleite en la ley de Dios, en sus estatutos y testimonios! Era para él en lugar de todos los demás deleites; estaba a su lado cuando todos los demás deleites lo dejaban: «Si tu ley no hubiese sido mi delicia (o mi grandísima delicia), ya en mi aflicción hubiera perecido» (Sal 119:92). Que los príncipes se sienten y hablen contra él cuanto quieran; aun así meditará en los estatutos de Dios (Sal 119:23). Que tenga cuantos perseguidores y enemigos quiera; aun así no se apartará de los testimonios de Dios (Sal 119:157). Que esté en tierra extraña; allí los estatutos de Dios serán su canción (Sal 119:54). Que sea extranjero en la tierra toda su vida; con tal de no ser extraño a los mandamientos de Dios, no le importa (Sal 119:19). Aunque se arroje sobre él cuanto desprecio se quiera, no olvidará los mandamientos de Dios (Sal 119:141). Aunque su alma estuviera continuamente en su mano, eso no le haría olvidar la ley de Dios. Sí, aunque se volviera como odre al humo, no olvidará los mandamientos de Dios (Sal 119:83). Y por eso se gozaba, porque había sido afligido por esta causa, que le hacía aprender los estatutos de Dios. No se preocupaba de ninguna otra riqueza. «Por heredad he tomado tus testimonios para siempre, porque son el gozo de mi corazón» (Sal 119:111). Ni se preocupaba mucho por la vida, sino sólo por guardar la palabra de Dios (Sal 119:17). Cualquier cosa que hubiera dicho antes, o pensara decir después, sigue clamando: «Enséñame tus estatutos», y «He anhelado tus mandamientos», etc.; o alguna expresión semejante. No podía dejar de hablar de ellos, porque los tenía siempre delante (Sal 119:30). No es de extrañar, pues, que meditara en ellos tan a menudo, como dice que hacía: «¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación» (Sal 119:97). Y: «Tus testimonios son mi meditación» (Sal 119:99). Los mandamientos de Dios eran para David más dulces que la miel en su boca, al hablar y conversar de ellos (Sal 119:103). Zachary Bogan, 1653.
Vers. 92. Las personas a cuyo deleite contribuye realmente la palabra de Dios son los hijos de Dios, y nadie más. Sólo ellos están preparados para recibir el consuelo de la palabra.
- Porque sólo ellos están espiritualmente iluminados para discernir las cosas grandes y consoladoras que contiene, iluminados de un modo en que nadie más lo está: «El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente» (1 Co 2:14).
- Porque tienen la más alta estima por la palabra de Dios, lo cual los prepara para recibir consuelo de ella.
- Porque tienen sus corazones y sus caminos acordes con la palabra de Dios, esta es otra razón del deleite que sacan de ella. «Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne», y se deleitan en ellas; «pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu» (Ro 8:5). Los consuelos de la palabra son espirituales; y sólo el corazón espiritual, renovado por la gracia, puede gustarlos y saborearlos. El deleite que el pueblo de Dios halla en la palabra es un privilegio peculiar suyo; y esta palabra tiene lo suficiente para dar deleite a todos los de su número. Daniel Wilcox, 1676-1733.
Vers. 92. Mis delicias. La palabra significa «delicias» en plural. Muchas fueron las penas de la vida de David; pero contra todas ellas halló otros tantos consuelos y deleites en la palabra de Dios. Con tal variedad de santa sabiduría ha redactado Dios su palabra, que tiene consuelo adecuado para cada estado de la vida, y por eso los hijos de Dios nada estiman tan caro como ella; la prefieren a su alimento señalado. William Cowper.
Vers. 92. Tu ley... mis delicias... en mi aflicción. Un día me encontraba en una tienda de comestibles de una gran ciudad industrial del oeste de Escocia, cuando entró una pobre viuda, anciana y frágil, a hacer unas pocas compras. Quizá nunca hubo en aquella ciudad un tiempo de angustia más severo. Casi todos los telares estaban parados. Honrados y respetables artesanos, que habían conocido días mejores, se veían obligados a subsistir de la caridad pública. Se concedía tanto dinero al día (una bagatela, a lo sumo) a los verdaderamente pobres y merecedores. La pobre viuda había recibido su pitanza diaria y venía ahora a la tienda del tendero para emplearla de la mejor manera. No tenía más que unas pocas monedas de cobre en sus manos marchitas. Con cuidado gastó su pequeño caudal: un penique de esto y otro de aquello, de lo necesario para la vida, casi agotó todo lo que tenía. Llegó al último penique y, con una singular expresión de heroico contentamiento y alegre resignación en su rostro arrugado, dijo: «Ahora debo comprar aceite con esto, para poder ver y leer mi Biblia en estas largas noches oscuras, pues es mi único consuelo ahora que todo otro consuelo se ha ido». Alexander Wallace, en "The Bible and the Working Classes," 1853.
Vers. 92. Este versículo lo puedo llamar un Perfume contra la Peste; el Ungüento del Enfermo; el Consuelo del Afligido; y un bendito Triunfo en todas las aflicciones y sobre ellas. Richard Greenham.
Sugerencias para el predicador
Vers. 92. El poder sustentador del gozo en Dios.
Vers. 92. La palabra de Dios como poder sustentador en medio de las mayores penas de la vida.
- Su necesidad.
(a) Por falta de ella, los hombres se han hecho borrachos para ahogar sus penas, se han hecho suicidas porque la vida era insoportable, se han quebrantado y desesperado porque no tenían fuerza para luchar contra la desgracia, se han hecho ateos de credo como, ¡ay!, ya lo eran antes en la práctica; todos, en fin, se someten a la peor amargura del dolor y a los peores efectos de la calamidad.
(b) Nada puede ocupar el lugar de la palabra de Dios. La naturaleza no arroja luz sobre el misterio del sufrimiento. La filosofía humana es, en el mejor de los casos, un frío consuelo, y cuando más se necesita, más falla.
- Su eficacia. Probada:
(a) En la experiencia de quienes la han probado.
(b) Por el carácter de sus promesas.
(c) Por el descubrimiento que hace de una providencia benéfica que obra a través de la calamidad y el dolor.
(d) Por la revelación que da de la compasión de Dios y la simpatía de Cristo.
(e) Por su relato del «Varón de dolores», que por el sufrimiento obró la salvación del hombre y entró en la gloria.
(f) Por su enseñanza sobre el Verbo encarnado; mostrando así un Dios sufriente, lo cual bien puede ser solaz para los hombres que sufren.
(g) Por exhibir la gloria del cielo y la felicidad eterna que aguarda a quienes vencen por la sangre del Cordero. J. F.
Vers. 92. The Godly Man's Ark; or, City of Refuge in the day of his Distress. Descubierto en diversos (cinco) sermones... Por Edmund Calamy, B.D... Decimoctava edición. 1709. 12.º.
Vers. 92. Tenemos aquí presentado por el salmista:
- El caso en que se había hallado, y al que ahora se refiere: uno triste y de hundimiento. Estaba bajo tal aflicción que estaba a punto de perecer; lo cual parece incluir a la vez angustia interior y exterior; pruebas de fuera y presión de dentro.
- Lo que le dio alivio, y esto cuando ninguna otra cosa podía, etc.: la ley de Dios.
- Cómo miraba atrás a este alivio recibido, a saber: con gratitud a Dios, a quien habla, y lo registra para estímulo y orientación de otros: «Si tu ley no hubiese sido mi delicia, ya en mi aflicción hubiera perecido». Daniel Wilcox, 1676-1733.
Vers. 92. El salvavidas. Bajo la forma del relato de un marinero náufrago, describe la experiencia del alma que lucha en el mar de la aflicción; casi abrumada, pero sostenida sobre cada ola sucesiva; y finalmente salvada aferrándose a la palabra de Dios. C. A. D.
Vers. 92. El estremecimiento del salmista ante el peligro recordado.
- Grave peligro: aflicción que tiende a la desesperación y la ruina.
- Crisis temible: «ya».
- Ayuda de muchas manos: «tu ley mis delicias». W. B. H.
Salmos 119:93
Vers. 93. «Nunca jamás me olvidaré de tus mandamientos, porque con ellos me has vivificado.» Cuando hemos sentido el poder vivificador de un precepto, nunca podemos olvidarlo. Podemos leerlo, aprenderlo, repetirlo y pensar que lo tenemos, y aun así puede escaparse de nuestra mente; pero si una vez nos ha dado vida o ha renovado esa vida, no hay temor de que caiga de nuestro recuerdo. La experiencia enseña, y enseña eficazmente. ¡Qué cosa tan bendita es tener los preceptos escritos en el corazón con la pluma de oro de la experiencia, y grabados en la memoria con el estilo divino de la gracia! El olvido es un gran mal en las cosas santas; vemos aquí al hombre de Dios luchando contra él y seguro de la victoria porque conocía la energía vivificadora de la palabra en su propia alma. Lo que vivifica el corazón vivificará sin duda la memoria.
Parece singular que atribuya la vivificación a los preceptos, y sin embargo reside en ellos y en todas las palabras del Señor por igual. Debe notarse que, cuando el Señor resucitó a los muertos, les dirigió la palabra de mandato. Dijo: «Lázaro, ven fuera», o «Muchacha, levántate». No necesitamos temer dirigir los preceptos del evangelio a pecadores muertos, puesto que por ellos el Espíritu les da vida. Observa que el salmista no dice que los preceptos lo vivificaron, sino que el Señor lo vivificó por medio de ellos: así sigue la vida desde el canal hasta la fuente, y pone la gloria donde se debe. Y sin embargo, al mismo tiempo, estimaba los instrumentos de la bendición y resolvió no olvidarlos nunca. Ya los había recordado cuando se comparó a un odre al humo, y ahora siente que, ya sea en el humo o en el fuego, el recuerdo de los preceptos del Señor nunca se apartará de él.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 93. «Nunca jamás me olvidaré de tus mandamientos», etc. Hay que luchar contra el olvido de todas las maneras posibles, no sea que se vaya introduciendo gradualmente, por ingratitud, vejez, debilidad de la mente u otros cuidados abrumadores. Véanse Sal 119:16, 61, 83. Martin Geier.
Vers. 93. «Nunca jamás me olvidaré de tus mandamientos», etc. Este buen hombre afligido está ahora consolado; su consuelo vino de su deleite en la ley de Dios; piensa en ella, siente su fuerza, y por eso, para recibir siempre iguales consuelos, se obligará con una promesa al Señor de que nunca olvidará sus mandamientos; añadiendo una razón, a saber, que eran para él espíritu y vida.
«Con ellos me has vivificado.» Fue vivificado, como dice, por Dios, pero también por la palabra, predicada con solidez, entendida para salvación y aplicada particularmente a la conciencia. Así, pues, el poder de la muerte de Cristo nos hace andar en vida nueva. No hay aqua vitae, o celestis, semejante a esta, por la cual tenemos paz interior de conciencia y obediencia exterior a los mandamientos de Dios. David se regocijaba en esta bendición, y así debemos hacerlo nosotros: deseamos estar siempre vivos y alegres para todos los buenos deberes; sólo Dios, por su Espíritu, en la palabra, puede darlo. Richard Greenham.
Vers. 93. «Con ellos me has vivificado.» El Espíritu vivificador se deleita en obrar por medio de la palabra; pero aunque la palabra sea el medio, el beneficio viene de Dios: «Con ellos me has vivificado». La vida viene de la fuente de la vida. El evangelio es un emplasto soberano; pero es la mano de Dios la que debe aplicarlo y hacer que se pegue; hacer que sea paz, consuelo y vivificación para nuestras almas. Hay una doble vivificación: cuando, de muertos, somos hechos vivos; o cuando, de fríos, tristes y pesados, somos hechos animados... y así no sólo tenemos vida, sino que la disfrutamos más abundantemente, según la promesa llena de gracia de Cristo (Jn 10:10); para que estén vivos, animados, mantenidos siempre en vigor. Ahora bien, esta segunda vivificación puede entenderse, ya sea más ampliamente, como la vitalidad de la gracia, o, estrictamente, como consuelo actual. Entendida ampliamente, Dios vivifica aumentando la vida de la gracia; ya sea internamente, prometiendo la vida de la gracia; o moral y externamente, prometiendo la vida de gloria. Más estrictamente, su vivificación puede entenderse como consuelo y apoyo en su aflicción; así es probable que deba entenderse aquí: había dicho inmediatamente antes: «Si tu ley no hubiese sido mi delicia, ya en mi aflicción hubiera perecido»; y ahora: «Nunca jamás me olvidaré de tus mandamientos, porque con ellos me has vivificado». Fue un gran consuelo y apoyo para él; y por eso debía estimar la palabra mientras viviera. Thomas Manton.
Vers. 93. «Me has vivificado.» No dejéis de leer la Biblia hasta que sintáis calentados vuestros corazones. Leed la palabra no sólo como historia, sino esforzaos por ser afectados por ella. Que no sólo os informe, sino que os inflame. «¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová?» (Jer 23:29). No os apartéis de la palabra hasta que podáis decir como aquellos discípulos: «¿No ardía nuestro corazón en nosotros?» (Lc 24:32). Thomas Watson.
Sugerencias para el predicador
Vers. 93. La experiencia fija la palabra en la memoria.
Vers. 93.
- Una buena resolución: «Nunca jamás me olvidaré de tus mandamientos».
(a) Los preceptos merecen ser recordados.
(b) La seguridad está en recordarlos.
(c) La fidelidad a Dios no puede darse sin recordarlos.
(d) No recordarlos es vergonzosa ingratitud.
- Una excelente razón para tomarla: «Porque con ellos me has vivificado».
(a) Una razón fundada en la experiencia personal: «me».
(b) Una razón que aprecia el beneficio recibido: «vivificado».
(c) Una razón que indica gratitud a Dios: «tú». J. F.
Vers. 93. Nunca jamás; una frase muy repetida. Aquí, de oro.
- Algo que no podía olvidarse: la vida y el perdón recibidos. ¿Cómo podría?
- Algo que no debe olvidarse: el precioso instrumento. W. B. H.
Vers. 93.
- El poder instrumental de la verdad.
(a) Usada por Dios en nuestra regeneración: Stg 1:18; Sal 19:7.
(b) Usada en nuestra liberación: Jn 8:32.
(c) Usada en nuestra santificación: Jn 17:7.
- Nuestro consiguiente afecto por ella. No podemos olvidar.
(a) Nuestras obligaciones pasadas con ella.
(b) Nuestra dependencia presente de ella.
(c) Nuestra necesidad futura de ella. W. W.
Salmos 119:94
Vers. 94. «Tuyo soy yo, sálvame.» Una oración amplia con un argumento que prevalece. La consagración es un buen alegato para la preservación. Si tenemos conciencia de que somos del Señor, podemos estar seguros de que él nos salvará. Somos del Señor por creación, elección, redención, entrega y aceptación; y de ahí nuestra firme esperanza y nuestra convicción de que él nos salvará. Un hombre salvará sin duda a su propio hijo: Señor, sálvame. El pueblo del Señor ve la necesidad de la salvación mejor que nadie, y por eso su oración: «sálvame»; sabe que solo Dios puede salvarlo, y por eso clama a él únicamente; y sabe que no se puede hallar mérito alguno en sí mismo, y por eso presenta una razón sacada de la gracia de Dios: «Tuyo soy yo». «Porque he buscado tus mandamientos.» Así había probado que era del Señor. Quizá no había alcanzado toda la santidad que deseaba, pero había procurado con empeño obedecer al Señor, y por eso pedía ser salvado hasta el fin. Un hombre puede andar buscando las doctrinas y las promesas, y sin embargo tener el corazón sin renovar; pero buscar los mandamientos es señal segura de gracia; nadie ha oído jamás de un rebelde o de un hipócrita que busque los mandamientos. Era evidente que el Señor había hecho una gran obra en el salmista, y este le rogaba que la llevara hasta su cumplimiento. El salvar está unido al buscar: «sálvame, porque he buscado»; y cuando el Señor nos pone a buscar, no nos negará la salvación. El que busca la santidad ya está salvado: si hemos buscado al Señor, podemos estar seguros de que el Señor nos ha buscado a nosotros, y ciertamente nos salvará.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 94. «Tuyo soy yo, sálvame.» David, un hombre conforme al corazón de Dios, quería ser salvado, pero no a la manera de los hombres de este mundo, que quieren ser salvados para ser de sí mismos y disfrutar de sí mismos a su antojo; él, en cambio, al ser salvado quería ser de Dios y estar a su disposición: «Tuyo soy yo, sálvame».
Hay una triple fuerza en este argumento.
- La ley de la naturaleza, que obliga al padre a ser bueno con su hijo, al marido con su esposa, etc.; y Dios se ha sometido a la ley de la naturaleza más aún, está más sujeto a ella que cualquiera de estos, y cumple esta ley natural de manera más perfecta, plena y gloriosa que nadie; no hay padre como él, ni amigo, ni marido como él. «¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti»: Is 49:15. Una madre difícilmente puede hacerlo; la naturaleza le enseña a tener entrañas y un recuerdo compasivo hacia su hijo; pues mucho más, dice Dios, lo haré yo.
- Cuando podemos decir a Dios: «Tuyo soy yo», alegamos el pacto que Dios ha hecho con nosotros, en el cual él se ha hecho nuestro padre y amigo; y esto es lo que se alegó en Is 63:16: «Tú eres nuestro padre, si bien Abraham nos ignora, e Israel no nos conoce» (porque ya han partido y no tienen noticia de nosotros ahora); «tú, Jehová, eres nuestro padre; nuestro Redentor desde la antigüedad es tu nombre». Mira qué conclusión se saca aquí: sin duda tú eres nuestro Padre, y por eso te llamamos en nuestra ayuda.
- Hay este ánimo y esta fortaleza que recibe el espíritu del hombre al argumentar así con Dios: que si puede decir con verdad: «Tuyo soy yo», Dios dirá mucho más a la criatura: «Yo soy tuyo». Si tenemos tanto amor como para ofrecernos a Dios, para ser suyos, mucho más el amor de Dios lo hará nuestro; porque Dios ama primero, y más, y con más seguridad. Si mi corazón se eleva hacia Dios, mucho más está el corazón de Dios hacia mí; porque allí el amor está en su fuente. Nunca esposa alguna habló a su marido, a quien amaba su alma en sumo grado, con más gusto, diciéndole: «Tuya soy», que el espíritu de un hombre recto dice a Dios: «Señor, tuyo soy». Y lo ama con un amor de gratitud. ¿Te me has dado a ti mismo?, dice; ¿y voy yo a retenerme de ti? ¿Tú, que eres tan grande, has hecho todo esto por mí, y yo me resistiré a ti? El hombre lleno de gracia reconocerá de buena gana que es del Señor. Los santos lo hacen a menudo: David viene con este reconocimiento más de veinte veces en este salmo, y en Sal 116:16: «Yo soy tu siervo, yo soy tu siervo». Decirlo una vez no bastaba; lo dice otra vez, para mostrar la sinceridad de su espíritu y para atestiguar que su corazón estaba plenamente complacido con esto, que no era suyo, sino del Señor. El conocimiento de nuestro interés en Dios favorece mucho nuestro acercamiento a Dios. Cuando un hombre está una vez seguro y puede decir con espíritu sereno: «Tuyo soy yo», naturalmente clamará: «Sálvame». Un hombre así es un hombre de oración, está mucho en súplicas a Dios y en conversación con él. Joseph Symonds, 1653.
Vers. 94. Tuyo soy yo. Este es un excelente motivo para obtener del Señor ayuda en la aflicción: «Tuyo soy yo». Tuyo por creación, fui hecho por ti; tuyo por adopción, fui entregado a ti; tuyo por donación, fui dado a ti; tuyo por matrimonio, fui desposado contigo; tuyo por redención, fui comprado por ti; tuyo por estipulación, me he comprometido contigo con voto. Richard Greenham.
Vers. 94. Porque he buscado tus mandamientos. Mira aquí cómo David matiza su protesta: por su ardiente afecto a la palabra de Dios demuestra que era hombre de Dios y no siervo de sí mismo. No son las palabras, sino los afectos y las acciones los que deben probar que somos del Señor. Tuus sum, quia id solum quod tuum est quaesivi: Soy tuyo porque no he buscado nada sino lo que es tuyo, y cómo podría agradarte. Mihi in tuis justificationibus est omne patrimonium: en la observancia de tus mandamientos está todo mi patrimonio. William Cowper.
Vers. 94.
- David reclama su relación con Dios: «Tuyo soy yo», dedicado a ti y reconocido por ti, tuyo en el pacto.
- Prueba su reclamo: «Tuyo soy yo, sálvame; porque he buscado tus mandamientos»; es decir, he indagado con cuidado acerca de mi deber y me he esforzado diligentemente por cumplirlo.
- Saca provecho de su reclamo: «Tuyo soy yo, sálvame». Sálvame del pecado, sálvame de la ruina. Sr. Henry.
Vers. 94
- Una gran oración: «Sálvame».
- Una oración grandiosa: «Tuyo soy yo».
- Una experiencia llena de gracia: «He buscado», etc.
Vers. 94.
- Relación: «Tuyo soy yo».
- Preservación: «sálvame».
- Obligación: «He buscado», etc. G.R.
Vers. 94.
- El hijo de Dios le señala humildemente su responsabilidad: «Tuyo soy yo».
- Se atreve a alegar su propia sinceridad: al menos ha «buscado».
- Con estas dos manos extendidas, lanza un agudo clamor de socorro: «sálvame». W.B.H.
Vers. 94. Multum in parvo.
- Una profesión.
- Una oración.
- Un alegato. C.A.D.
Vers. 94.
- El interés de Dios en nosotros.
- Nuestro interés en Dios. W.D.
Vers. 94. Las características de la religión personal.
- Entrega personal a Dios: «Tuyo soy yo».
- Obediencia personal rendida: «He buscado tus mandamientos».
- Expectativa personal acariciada: «sálvame». J.F.
Vers. 94. El valor que da la obediencia.
- Nos da ánimo para una firme seguridad: «Tuyo soy yo, porque he buscado», etc.
(a) Llegamos a ser de Dios solo por la fe.
(b) Pero la seguridad de ser suyos no puede existir sin obediencia; la obediencia prueba la fe ante nosotros mismos; nos satisface acerca de la gracia recibida.
(c) La obediencia pobre siempre estorba la seguridad.
- Nos da ánimo para orar, y en la oración: «Sálvame».
(a) Las oraciones del cristiano son solo de fe y se ofrecen en fe.
(b) Sin embargo, la desobediencia lo hace retroceder ante el acercamiento a Dios en oración y lo vuelve débil en la súplica.
(c) La obediencia es humilde, pero audaz. La cláusula central del texto se aplica igualmente a la primera y a la tercera. J.F.
Salmos 119:95
Vers. 95. «Los impíos me han aguardado para destruirme; mas yo consideraré tus testimonios.» Eran como fieras agazapadas junto al camino, o como salteadores que acechan a un viajero indefenso; pero el salmista siguió su camino sin considerarlos, porque estaba considerando algo mejor, a saber, el testimonio que Dios ha dado a los hijos de los hombres. No permitió que la malicia de los impíos lo apartara de su santo estudio de la palabra divina. Estaba tan sereno que podía «considerar»; tan santo que amaba considerar los «testimonios» del Señor; tan victorioso sobre todas sus tramas que no dejó que lo echaran de sus piadosas contemplaciones. Si el enemigo no puede hacernos apartar nuestros pensamientos del santo estudio, ni nuestros pies del santo andar, ni nuestros corazones de las santas aspiraciones, ha tenido muy poco éxito en sus asaltos. Los impíos son los enemigos naturales de los hombres santos y de los pensamientos santos; si pudieran, no solo nos dañarían sino que nos destruirían, y si hoy no pueden, esperarán otras oportunidades, esperando siempre que sus malvados designios se cumplan. Hasta ahora han esperado en vano, y tendrán que esperar mucho más; porque si estamos tan imperturbables que ni siquiera les dedicamos un pensamiento, su esperanza de destruirnos debe de ser muy pobre.
Nota la doble espera: la paciencia de los impíos, que vigilan largo tiempo y con cuidado una oportunidad para destruir a los piadosos; y luego la paciencia del santo, que no abandona sus meditaciones ni siquiera para acallar a sus enemigos. Mira cómo la simiente de la serpiente se pone al acecho como víbora que muerde los talones del caballo; pero mira cómo los escogidos del Señor viven por encima de su veneno y no les hacen más caso que si no existieran.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 95. Los impíos me han aguardado para destruirme. De nuevo nota dos cosas en sus enemigos: diligencia, al aguardar todas las ocasiones para hacerle mal; y crueldad sin misericordia, pues su propósito era destruirlo; en lo cual vemos, una vez más, cuán inquieta e insaciable es la malicia de los impíos contra los piadosos. La preservación de Daniel en el foso de los leones fue un gran milagro; pero no es una obra menos maravillosa de Dios que los piadosos, que son el rebaño de Cristo, sean preservados cada día en medio de los impíos, que no son sino lobos rapaces y sedientos de la sangre de los santos de Dios, y que tienen en su corazón el cruel propósito, si pudieran cumplirlo, de destruirlos del todo. William Cowper.
Vers. 95. Mas yo consideraré tus testimonios. Era una tentación penosa verse buscado para ser entregado a la matanza, pero una misericordia mayor considerar los testimonios de Dios aun entonces, cuando se buscaba su vida. De no haber sido por la consideración de los testimonios de Dios, mil contra uno que habría caído. Richard Greenham.
Sugerencias para el predicador
Vers. 95. Hombres malvados, pacientes para llevar a cabo sus malvados designios. Hombres buenos, pacientes para considerar los caminos del Señor.
Vers. 95. El odio de los impíos hacia los justos.
- Muestra que siempre lo ha habido y que sigue habiéndolo.
(a) Escoge ejemplos de la Escritura, comenzando con Abel.
(b) Observa las persecuciones de la iglesia.
(c) El trato en el taller.
(d) A menudo en el hogar.
(e) La manera despectiva en que se habla de los «santos», etc.
- Pregunta por qué es así.
(a) La enemistad del corazón carnal contra Dios.
(b) Los celos que despierta la seguridad que tiene el cristiano de la bienaventuranza eterna.
(c) La conciencia de ser reprendido por una vida santa.
(d) Instigados a ello por Satanás.
(e) La inquieta malicia del pecado que, si no puede impedir la santidad, hiere maliciosamente a sus defensores.
- Indica cómo actuar cuando se está expuesto a ello: «Consideraré tus testimonios». Eso significa
(a) Sé más obediente a Dios.
(b) Ten un control más vigilante sobre las palabras y los sentimientos.
(c) Ama a tus enemigos.
(d) Ora por los que te aborrecen.
(e) Hazles bien en toda ocasión.
(f) Da gracias porque estás entre los aborrecidos y no entre los que aborrecen.
(g) Considera especialmente el santo testimonio de la paciencia tolerante de Cristo. J.F.
Vers. 95. La espera contrarrestada por la espera.
- Tentaciones en emboscada.
- El santo con su Señor.
W.B.H.
Vers. 95. Inmunidad.
- Estoy en peligro.
- Atenderé a mi deber.
- Confiaré en que tú me librarás. C.A.D.
Salmos 119:96
Vers. 96. «A toda perfección he visto límite.» Había visto su término, porque llegaba solo un poco lejos; había visto cómo se evaporaba bajo las pruebas de la vida, cómo era descubierta bajo la mirada escrutadora de la verdad, cómo quedaba expuesta por la confesión del penitente. No hay perfección bajo la luna. Los hombres perfectos, en el sentido absoluto de la palabra, viven solo en un mundo perfecto. Algunos hombres no ven fin a su propia perfección, pero esto es porque son perfectamente ciegos. El creyente experimentado ha visto el límite de toda perfección en sí mismo, en sus hermanos, en las mejores obras del mejor de los hombres. Sería bueno que algunos que profesan ser perfectos pudieran ver siquiera el comienzo de la perfección, pues tememos que no han comenzado bien, o no hablarían con tanta soberbia. ¿No es el comienzo de la perfección lamentar tu imperfección? No existe tal cosa como perfección en nada que sea obra del hombre. «Mas ancho sobremanera es tu mandamiento.» Cuando se conoce la anchura de la ley, la noción de perfección en la carne se desvanece: esa ley toca todo acto, palabra y pensamiento, y es de una naturaleza tan espiritual que juzga los motivos, los deseos y las emociones del alma. Revela una perfección que nos condena por las faltas tanto como por las transgresiones, y no nos permite compensar las deficiencias en una dirección con un cuidado especial en otras. El ideal divino de santidad es demasiado ancho para que esperemos cubrir toda su amplia arena, y sin embargo no es más ancho de lo que debe ser. ¿Quién querría tener una ley imperfecta? No, su perfección es su gloria; pero es la muerte de toda jactancia en nuestra propia perfección. Hay una anchura en el mandamiento que nunca ha sido alcanzada plenamente por una anchura correspondiente de santidad en ningún simple hombre mientras estuvo aquí abajo; solo en Jesús la vemos plenamente encarnada. La ley es en todo respecto un código perfecto; cada precepto suyo es de largo alcance en su santo significado, y los diez en conjunto lo abarcan todo y no dejan espacio donde complacer nuestras pasiones. Bien podemos adorar la infinitud de la santidad divina, y luego medirnos por su norma, y postrarnos ante el Señor con toda humildad, reconociendo cuánto nos falta para alcanzarla.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 96. A toda perfección he visto límite, etc. Estas palabras son traducidas y entendidas de diversas maneras por los intérpretes, quienes en esta variedad coinciden y concuerdan mucho en el mismo sentido. La paráfrasis caldea traduce las palabras así: «He visto el fin de todas las cosas en que he puesto mi cuidado; pero tu mandamiento es muy amplio». La versión siríaca así: «He visto el fin de todas las regiones y países» (es decir, he hallado que el contorno del mundo habitable es finito y limitado) «pero tu mandamiento es de una extensión inmensa». Otros lo explican así: «He visto el fin de toda perfección», esto es, de todas las cosas de este mundo que los hombres valoran y estiman en tan alto precio; de toda sabiduría y conocimiento mundanos, de la riqueza, la honra y la grandeza, que todas perecen y pasan; «pero tu ley es eterna y permanece siempre la misma»; o, como lo expresa la Escritura en otra parte: «La palabra del Señor permanece para siempre». John Tillotson, 1630-1694.
Vers. 96. A toda perfección he visto límite. ¡Pobre perfección aquella cuyo fin se ve! Y sin embargo tales son todas las cosas de este mundo que pasan por perfecciones. David había visto en su tiempo a Goliat, el más fuerte, vencido; a Asael, el más veloz, alcanzado; a Ahitofel, el más sabio, burlado; a Absalón, el más hermoso, desfigurado. Matthew Henry.
Vers. 96. A toda perfección he visto límite, etc. Las palabras del salmista nos ofrecen un doble consuelo y aliento. Podemos leerlas de dos maneras: (1) «A toda perfección he visto límite, porque ancho sobremanera es tu mandamiento»; y (2) «A toda perfección he visto límite, mas ancho sobremanera es tu mandamiento».
Leídas de la primera manera, sugieren el pensamiento animador de que nuestra obsesiva conciencia de imperfección brota de la perfección brillante y solemne de la Ley que estamos empeñados en obedecer, del ideal que nos hemos puesto delante. No es porque seamos peores que los que no tienen ley, o que son ley para sí mismos, por lo que estamos inquietos y descontentos con nosotros mismos; sino porque medimos tanto a nosotros mismos como a nuestros semejantes por la elevada norma del mandamiento de Dios. Es porque ese mandamiento es tan ancho que no podemos abarcarlo; es porque es tan alto que no podemos alcanzarlo; es porque es tan perfecto que no podemos obedecerlo perfectamente.
Pero podemos leer el versículo de otra manera, y seguir sacando de él consuelo y aliento. Podemos decir: «He visto el fin de toda perfección en mí mismo y en el mundo; pero ancho sobremanera es tu mandamiento: este es perfecto, aunque yo soy imperfecto, y en su perfección hallo la promesa de la mía». Pues ¿dará Dios una ley para la vida humana, y esa ley quedará para siempre sin cumplirse? ¡Imposible! Los dones de Dios son «irrevocables», sin posible retractación, nunca habrán de disminuirse ni retirarse. Su propósito no ha de quedar anulado por nuestras debilidades y pecados. En la Ley nos ha mostrado lo que quiere que seamos. ¿Y nunca llegaremos a ser lo que él quiere que seamos? ¿Puede la Ley permanecer para siempre sin ninguna vida que le corresponda y la cumpla? No; Dios nunca retirará el ideal hermoso y perfecto de la vida humana trazado en su Ley, nunca retractará su propósito de elevar la vida del hombre hasta que alcance y cumpla su ideal. Y así la misma Ley que es nuestra desesperación es también nuestro consuelo; porque si ella es perfecta, nosotros llegaremos a ser perfectos; su perfección es la prenda de la nuestra. De «The Expositor», 1876.
Vers. 96. A toda perfección he visto límite. El ojo natural de David había visto el fin de muchas perfecciones humanas, y el ojo de su entendimiento vio el fin de todas. Había visto terminar algunas realmente, y veía que todas deben terminar. Adán no continuó en aquella perfección que no tenía imperfección alguna; ¿cómo, pues, continuará alguno de sus hijos en lo que es, en el mejor de los casos, una perfección imperfecta? Abraham Wright.
Vers. 96. He visto el fin, etc. Las leyes de Licurgo entre los griegos, y de Numa entre los romanos, tenían algo de bueno, pero no todo; prohibían algo de lo malo, pero no todo lo malo. Pero la religión cristiana es de mayor extensión, tanto en sus preceptos como en sus prohibiciones: «A toda perfección he visto límite; mas ancho sobremanera es tu mandamiento». Un hombre con el ojo de su cuerpo puede contemplar el fin de muchas perfecciones mundanas, de muchas hermosas haciendas, grandes bellezas, amplios talentos, familias prometedoras; pero un hombre con el ojo de su alma (o por la fe) puede ver el fin de todas las perfecciones terrenales. Puede ver el mundo en llamas, y toda su pompa, y soberbia, y gloria, y gallardía, y coronas y cetros, y riquezas y tesoros, convertidos en cenizas. Puede ver los cielos pasar como un rollo, y los elementos fundirse con fuego abrasador, y la tierra, con las cosas que hay en ella, consumida; y todas sus perfecciones, en las que los hombres tanto se deleitaban, desvanecidas en humo y en nada. Es fácil ver el fin de todas las perfecciones terrenales, pero es difícil, más aún, imposible, ver el fin de los preceptos divinos: «Mas ancho sobremanera es tu mandamiento», de una latitud inmensa, más allá de nuestra comprensión. Son tan profundos que nadie puede sondearlos, Sal 36:6; tan altos que están establecidos en los cielos, Sal 119:89; tan largos que permanecen para siempre, 1 P 1:25; y tan anchos que nadie puede medirlos. No solo son «anchos», sino «ancho sobremanera»: más altos que el cielo, más largos que la tierra, más anchos que el mar. «Los mandamientos de Dios alcanzan lo íntimo, los más secretos movimientos y los retiros más recónditos del alma. Alcanzan todos los pensamientos ocultos, penetran hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón, He 4:12. Alcanzan todas nuestras acciones; las que parecen más pequeñas y de menor importancia, así como las mayores y de más importancia». George Swinnock.
Vers. 96. Ancho sobremanera es tu mandamiento. Así como hay más misericordia en el evangelio de la que podemos comprender, así hay más santidad en la ley de la que podemos comprender. Nadie ha visto jamás las profundidades de esa justicia. Hay una santidad infinita en la ley. «A toda perfección he visto límite; mas ancho sobremanera es tu mandamiento». No habla en concreto: he visto el fin de las cosas perfectas, sino en abstracto: «el fin de la perfección»; he llegado al borde o al fondo mismo de todas ellas (un hombre puede recorrer pronto todas las perfecciones que hay en el mundo, y ver su fin, o ver que terminan); «mas ancho sobremanera es tu mandamiento», es decir, es muchísimo más ancho que cualquiera de estas perfecciones; no puedo ver su fin, y sé que nunca tendrá fin. Hay una inmensidad de pureza y de espiritualidad en la ley. Joseph Caryl.
Vers. 96. Ancho sobremanera es tu mandamiento. Lo es por la aplicabilidad abarcadora de sus grandes y sencillas reglas: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y a tu prójimo como a ti mismo». Lo es por el amplio orden de sus mandatos especiales. ¿Dónde hay un lugar sin una señal de la voluntad divina? Lo es porque pone una mano autoritativa sobre los primeros principios y el origen de donde puede proceder cualquier cosa en el espíritu y la acción humanos; y entonces alcanza todo lo que procede o puede proceder de allí. Afirma una jurisdicción sobre todo pensamiento y afecto interior. Todo lenguaje se pronuncia bajo esta misma jurisdicción. Todo aquello en que el mundo y cada hombre se ocupa en la acción. E incluso sobre lo que no se hace mantiene su autoridad, y pronuncia sus dictámenes y sentencias. Es algo positivo respecto de lo negativo, de la omisión, de la inexistencia, como el gobierno divino en el mundo material sobre los eriales, los desiertos y las arenas estériles. Y de esos espacios de nada (por así decirlo) puede levantar formas sustanciales de mal, de pecado, como evidencia contra los hombres. Como en la resurrección los hombres surgirán de yermos vacíos donde no se habría sospechado que hubiera alguno oculto. Mire un hombre atrás a todas sus omisiones, y piense qué puede levantar contra él la ley divina a partir de ellas. Así la ley, en su anchura sobremanera, no está vacía en ninguna parte; no se extiende a esta vasta amplitud por medio de abismos y espacios vacíos. Si un hombre pudiera hallar uno de ellos, podría tomar allí su posición para el pecado con impunidad, si no con inocencia. John Foster, 1768-1848.
Vers. 96. Ancho sobremanera es tu mandamiento. En la literatura religiosa popular de nuestros días, los términos «amplio» y «libre» aparecen con frecuencia. La fascinación que los rodea se acrecienta por el uso simultáneo de sus opuestos, «estrecho» y «fanático». Mediante una hábil manipulación de estos términos y sus equivalentes, la heterodoxia de hoy se afana por extirpar la doctrina y el espíritu de la fe evangélica, y por atraer a la multitud cristiana a la influencia de la creciente corriente racionalista. Quien va al mercado donde se exhiben las mercancías heterodoxas con etiquetas tan atractivas, el comprador desprevenido descubre pronto que «de la vid de Sodoma es la vid de ellos, y de los campos de Gomorra; las uvas de ellos son uvas ponzoñosas, racimos muy amargos tienen». ¿No ha llegado el momento de que los adherentes de la fe verdadera hagan un esfuerzo por arrebatar a sus oponentes el monopolio en el uso de estos términos, que parecen deseosos de establecer para sí mismos? Los que, con el espíritu de su Maestro, se mantienen más estrechamente fieles a toda la fe que ha sido «una vez dada a los santos», y combaten con más tenacidad por ella, deben ser los más liberales y universales de mente; y los que abandonan las «sendas antiguas» deben, en proporción a lo lejos que se apartan, volverse limitados en su alcance mental y estrechos de alma. ¿No es la Biblia, toda la Biblia, el único manual de la «iglesia amplia» en su sentido más verdadero y más alto? ¿No es la revelación del Hijo de Dios en nosotros el gran poder que ensancha el alma? «Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres». ¿No debemos inferir, de las palabras de Cristo: «conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres», que la mente que aprehende la verdad es un hogar de libertad mental? ¿No produce la estricta conformidad de la vida con la ley de Dios una verdadera anchura de carácter? Porque «ancho sobremanera es tu mandamiento». ¿No es el sistema del evangelio la única verdadera «iglesia amplia», «la perfecta ley, la de la libertad»? ¿No es el creyente, y tanto más cuanto más fuerte sea su fe, el único verdadero hombre de «iglesia amplia», que «crece con el crecimiento que da Dios», «lleno de toda la plenitud de Dios»? James Kerr, en «The Modern Scottish Pulpit», 1880.
Vers. 96. Ancho sobremanera. Aunque muchas cosas muestran que el camino de la vida es estrecho, para el hombre piadoso es un camino de gran anchura; no para el pecado, aunque sí para el deber y el deleite. Se apresura y avanza en él. Robert Trail, 1642-1716.
Vers. 96. Advierte que la ley, que es tu blanco, es ancha sobremanera. Y no por eso es más fácil acertar en ella; porque debes apuntar a acertar en ella, en cada deber suyo, con un cumplimiento de igual anchura, o de lo contrario no podrás acertar en absoluto. Stephen Marshall.
Sugerencias para el predicador
Vers. 96.
- Un fin: «visto»; visto por un hombre; visto donde no debería haberse visto; visto donde no había fin a la jactancia; visto en toda perfección.
- Ningún fin: a la extensión, la espiritualidad, la perpetuidad y la perfección de la ley.
Vers. 96.
- Lo finito explorado.
- Lo infinito inexplorado. W.D.
Vers. 96. El perfeccionismo refutado por la experiencia y la inspiración. W.B.H.
Vers. 96. Perfección perfecta e imperfecta.
- Las ruidosas profesiones de perfección nacen de la ignorancia (de uno mismo o de lo que Dios exige).
- Son particularmente propensas a desplomarse: «He visto un fin».
- Se corrigen mejor con un examen de la anchura de la ley divina. C.A.D.
Salmos 119:97
Vers. 97. «¡Oh, cuánto amo yo tu ley!» Es una nota de exclamación. Ama tanto que debe expresar su amor, y al intentarlo percibe que es inexpresable y por eso exclama: «¡Oh, cuánto amo!». No solo reverenciamos la ley sino que la amamos, la obedecemos por amor, y aun cuando nos reprende por desobediencia no la amamos menos. La ley es la ley de Dios, y por eso es nuestro amor. La amamos por su santidad, y anhelamos ser santos; la amamos por su sabiduría, y nos esforzamos por ser sabios; la amamos por su perfección, y anhelamos ser perfectos. Los que conocen el poder del evangelio perciben una amabilidad infinita en la ley al verla cumplida y encarnada en Cristo Jesús.
«Todo el día es ella mi meditación.» Esto era a la vez efecto de su amor y causa de él. Meditaba en la palabra de Dios porque la amaba, y luego la amaba más porque meditaba en ella. No podía tener bastante de ella, tan ardientemente la amaba: todo el día no era demasiado largo para su trato con ella. Su oración principal, su pensamiento del mediodía, su canto de la tarde eran todos de la Escritura Sagrada; más aún, en sus negocios mundanos mantenía su mente saturada de la ley del Señor. De algunos hombres se dice que cuanto más los conoces, menos los admiras; pero lo contrario es verdad de la palabra de Dios. La familiaridad con la palabra de Dios engendra afecto, y el afecto busca una familiaridad todavía mayor. Cuando «tu ley» y «mi meditación» están juntas todo el día, el día se vuelve santo, devoto y feliz, y el corazón vive con Dios. David se apartó de todo lo demás; pues en el versículo anterior nos dice que había visto el fin de toda perfección; pero se volvió a la ley y permaneció allí todo el día de su vida en la tierra, creciendo de allí en adelante en sabiduría y en santidad, enfermo incluso de amor, como dice la iglesia (Cnt 2:5; 5:8) que estaba enferma de amor por Cristo: así parece el profeta estar enfermo de amor por la palabra de Dios. Este «cuánto» implica además una comparación, y señala un amor mayor en David hacia la palabra que hacia las riquezas o cualquier otra cosa; en cuyo respecto dice más adelante en este mismo salmo (Sal 119:127) que ama los mandamientos del Señor «más que el oro, y más que oro muy puro»; y así como quien no ama a Cristo de tal modo que, en comparación con Cristo y por amor a Cristo, deja padre, y madre, y hermanos, y hermanas, esposa e hijos, y aun su propia vida (cuánto más las riquezas y otras cosas que no son comparables con la vida), no es digno de él: así el que no ama la palabra sobre todas las demás cosas, más aún, el que no aborrece todas las demás cosas de aquí abajo en comparación con la palabra, no es digno de la palabra. El mismo Cristo amó la palabra de Dios más que cualquier riqueza; pues ¿no se sometió, para cumplir la palabra, a tal escasez que las zorras tenían guaridas y las aves nidos, pero él no tenía dónde recostar la cabeza? ¿Y que, aunque era heredero de todas las cosas, fue servido por algunas mujeres? Amó la palabra de Dios más que a su madre, a sus hermanos y a sus hermanas... Más aún, Cristo amó la palabra de Dios más que su propia vida; pues ¿no puso su vida para cumplir la palabra de Dios?... Si Cristo Jesús mismo amó la palabra más que todas las demás cosas, más aún, más que su vida, que valía más que la vida de todos los ángeles, ¿no había gran razón para que David la amara de igual manera? ¿No tenía David tanta necesidad de ella como Cristo?...
Es mi meditación. El sustantivo «meditación» parece decir más que si hubiera dicho solamente que meditaba. Pues parece querer decir que, aunque pensaba a menudo en otros asuntos, no hacía «meditación» de nada sino de lo que aquí menciona, y que esta era su única, o su principal y más importante meditación y estudio fijo.
El objeto de la meditación de David no debe entenderse solo de la mera letra de la palabra, como si meditara siempre en algún texto o en otro de la palabra escrita antes; sino también de las materias contenidas en la palabra; como la justicia, el poder, la sabiduría, la misericordia y la bondad de Dios; la fragilidad, la corrupción y la maldad que hay en el hombre por naturaleza, los pecados que Dios prohíbe y las virtudes que Dios manda en la palabra, y otras semejantes. Porque quien medita en estas cosas, aunque no medite en ningún texto concreto de la palabra, puede decirse con verdad que medita en la palabra.
Todo el día. No hemos de imaginar que el profeta no hacía otra cosa sino meditar en la palabra; sino esto, en primer lugar: que no pasaba día sobre su cabeza en que no meditara en la palabra; más aún, que aprovechaba toda ocasión de meditar en la palabra. Nunca se cansaba de meditar. Aunque tenía muchas otras cosas en que ocuparse, no olvidaba la meditación de la palabra. Su mente no era apartada de la meditación de la palabra por ninguna otra ocupación, sino más bien incitada a ella. Como un hombre que ha trabajado todo lo que ha podido un día en su oficio, no se cansa por ello de modo que no trabaje de nuevo al día siguiente, y así día tras día: así era con el profeta respecto de este acto de meditación. En segundo lugar, cuando dice que meditaba en la palabra continuamente, o todo el día, quiere decir que no hacía nada en ningún momento del día sin meditación en la palabra para hacerlo. Por tanto podemos decir con seguridad que la meditación continua de la palabra es más necesaria que la oración continua, por ser necesaria antes de hacer cada cosa, y en el hacer mismo de cada cosa; más aún, incluso antes del referido deber de la oración, y en el acto mismo de orar, esta obra de meditación de la palabra es siempre necesaria; pues sin ella no sabemos ni por qué orar, ni de qué modo y manera orar: solo la palabra de Dios puede y debe enseñarnos tanto qué pedir como también cómo orar. Thomas Stoughton, en «Two Profitable Treatises», 1616.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 97. ¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Quien sin amor intenta algo en la ley de Dios, lo hace con frialdad y pronto lo abandona. Porque la mente no puede entregarse con empeño y perseverancia a las cosas que no ama. Solo el que ama la ley hace de ella su meditación todo el día. Wolfgang Musculus.
Vers. 97. ¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Si yo disfrutara de la concesión de Ezequías, y se me añadieran quince años de vida, sería mucho más frecuente en mis acercamientos al trono de la gracia. Si pudiera renovar mis estudios, me despediría de esas frivolidades refinadas, los historiadores, los oradores, los poetas de la antigüedad, y dedicaría mi atención a las Escrituras de verdad. Me sentaría con mucha mayor asiduidad a los pies de mi Divino Maestro, y desearía no saber nada sino «a Jesucristo, y a éste crucificado». Esta sabiduría, cuyos frutos son paz en la vida, consuelo en la muerte y salvación eterna después de la muerte, esta trazaría yo, esta buscaría yo, esta exploraría yo por los espaciosos y deleitosos campos del Antiguo y del Nuevo Testamento. James Hervey, 1714-1758.
Vers. 97. Esta joya preciosísima ha de preferirse a todo tesoro. Si tienes hambre, es alimento que te sacia; si tienes sed, es bebida que te refresca; si estás enfermo, es un remedio inmediato; si estás débil, es un báculo en que apoyarte; si tu enemigo te asalta, es una espada con que pelear; si estás en tinieblas, es una lámpara que guía tus pies; si dudas del camino, es una estrella brillante que te dirige; si estás en desagrado con Dios, es el mensaje de reconciliación; si te esfuerzas por salvar tu alma, recibe la palabra implantada, porque esa puede hacerlo: es la palabra de vida. Quien ama la salvación amará esta palabra, amará leerla, amará oírla; y a los que no quieran ni leerla ni oírla, Cristo dice claramente que no son de Dios. Porque la esposa oye con gusto la voz del esposo; y «mis ovejas oyen mi voz», dice el Príncipe de los pastores (Jn 10:27). Edwin Sundys, 1519-1587.
Vers. 97. ¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Así como la fe obra por el amor hacia Dios, así obra por el amor hacia su palabra. Ámame a mí, ama mi palabra; ama a un rey, ama sus leyes. Así obró en David; así debería obrar en nosotros: «¡Oh, cuánto amo yo tu ley!», dice David. «¡Oh, cuánto amo yo tu ley!» debería decir cada uno de nosotros; no solo porque es una buena ley, sino principalmente porque es la ley de Dios. Richard Capel, 1586-1656.
Vers. 97. ¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Llama al mismo Dios por juez de su amor a la palabra; atestiguando con ello que no era un amor fingido, sino un amor completo y sincero el que le tenía. Semejante protesta empleó san Pedro: «Señor, tú conoces que te amo». William Cowper.
Vers. 97. Tu ley. En cada uno de estos ocho versículos se habla de la Biblia como del Señor, como, en verdad, a lo largo de todo el salmo. ¿Quién es el autor de la Escritura? Dios. ¿Cuál es la materia de la Escritura? Dios; no convenía que nadie escribiera de Dios sino Dios mismo. ¿Cuál es el fin de la Escritura? Dios. ¿Para qué se escribió la Escritura sino para que gocemos eternamente del bendito Dios? Como César escribió sus propios comentarios, así Dios, no habiendo nadie sobre él de quien pudiera escribir, escribió de sí mismo; por historias, leyes, profecías y promesas, y muchas otras doctrinas, se ha presentado a sí mismo como el Creador, Preservador, Libertador y Glorificador del género humano; y todo esto está hecho de manera perfecta. Thomas Manton.
Vers. 97. Es mi meditación. La Santa Escritura no es un libro para los perezosos: no es un libro que pueda interpretarse sin ese Espíritu Santo por quien vino, ni aparte de él, ni por quienes lo niegan. Es más bien un campo en cuya superficie, si a veces recogemos maná con facilidad y sin trabajo, y dado por así decirlo gratuitamente a nuestras manos, también muchas de sus porciones han de cultivarse con esfuerzo y fatiga antes de que den alimento para uso del hombre. Este pan de vida ha de comerse también con el saludable sudor de nuestra frente. Richard Chenevix Trench, 1807-.
Sugerencias para el predicador
Esquemas sobre las palabras clave del salmo, por el pastor C. A. Davis.
Vers. 97-104. La utilidad de la santa meditación. Su tema, «tu ley» (Sal 119:97); su efecto, «sabiduría» (Sal 119:98-100); mostrado en la práctica de la vida diaria (Sal 119:101-102); su dulzura (Sal 119:103); y su influencia santificadora (Sal 119:104).
Sugerencias para el predicador
Vers. 97.
- Exclamación inusual.
- Aplicación inusual. W.D.
Vers. 97. Amor indescriptible y pensamiento insaciable. La acción y reacción del afecto y la meditación.
Vers. 97.
- El objeto del amor: «tu ley».
- El grado de ese amor: «¡oh, cuánto amo yo!», etc.
- La evidencia de ese amor: «es mi meditación», etc. G.R.
Vers. 97. Amor a la ley.
- Una ardiente confesión de amor.
- Una evidencia incontestable de amor. C.A.D.
Vers. 97 (primera parte). Vehemencia de amor por la palabra de Dios.
- Sus señales reconocibles.
(a) Profunda reverencia por la autoridad de la palabra.
(b) Admiración por su santidad.
(c) Celo. Por su honra; el siervo de Dios siente un dolor agudo cuando los hombres le muestran algún desprecio.
(d) Respeto por su integridad; no querría divorciar los preceptos de las promesas, ni ignorar una sola declaración de ella.
(e) Incansabilidad en su estudio.
(f) Ansioso deseo de obedecerla.
(g) Presteza en alabarla.
(h) Actividad en difundirla.
- Su razonabilidad.
(a) La palabra bien lo merece.
(b) Es una prueba de verdadera inteligencia.
(c) No es menos de lo que exige la consideración de nuestro propio interés.
- Su necesidad para la verdadera adoración de Dios. Los hombres llaman burlonamente bibliolatría a tal afecto, como si fuera la adoración de un libro. En verdad, es un elemento esencial en la debida adoración de Dios. Porque
(a) Sin él no puede haber la fe que honra a Dios.
(b) Está implicado en ese amor a Dios que constituye la esencia misma de la adoración.
(c) Es en sí mismo un acto de homenaje que un adorador no se atreve a negar. J.F.
Vers. 97-100. Sabiduría espiritual.
- La palabra de Dios, fuente de una sabiduría sobresaliente, que supera la de «mis enemigos», «mis maestros», «los ancianos».
- Los tres métodos para adquirir esta sabiduría: amor, meditación, práctica.
- El único Dador de esta sabiduría: «Tú»: Sal 119:98. C.A.D.
Salmos 119:98
Vers. 98. «Tus mandamientos me hacen más sabio que mis enemigos.» Los mandamientos eran su libro, pero Dios era su maestro. La letra puede hacernos eruditos, pero solo el Espíritu divino puede hacernos sabios. La sabiduría es el conocimiento puesto en práctica. La sabiduría nos llega por la obediencia: «El que quiera hacer su voluntad, conocerá la doctrina». Aprendemos no solo de la promesa, y la doctrina, y la historia sagrada, sino también del precepto y del mandamiento; de hecho, de los mandamientos recogemos la sabiduría más práctica y la que mejor nos capacita para enfrentarnos a nuestros adversarios. Una vida santa es la más alta sabiduría y la defensa más segura. Nuestros enemigos son famosos por su sutileza, desde el primer padre de ellos, la antigua serpiente, hasta el último basilisco salido del huevo; y sería en vano que intentáramos igualarlos en el arte y el misterio de la astucia, porque los hijos de este siglo son en su generación más sagaces que los hijos de luz. Debemos ir a otra escuela y aprender de un instructor distinto, y entonces con la rectitud frustraremos el fraude, con la simple verdad venceremos las intrigas profundamente tramadas, y con la franqueza abierta derrotaremos la calumnia. Un hombre cabalmente recto, desprovisto de toda política, es un terrible rompecabezas para los diplomáticos; sospechan de él una sutil doblez a través de la cual no pueden ver, mientras que él, indiferente a sus sospechas, sigue el curso uniforme de su camino y frustra todas sus artes. Sí, «la honradez es la mejor política». El que es enseñado por Dios tiene una sabiduría práctica que la malicia no puede proveer a los astutos; y mientras es sencillo como paloma, muestra también más que la sabiduría de la serpiente.
«Porque siempre están conmigo.» Estaba siempre estudiando u obedeciendo los mandamientos; eran sus compañeros escogidos y constantes. Si queremos llegar a ser competentes, debemos ser incansables. Si mantenemos siempre cerca de nosotros la sabia ley, llegaremos a ser sabios, y cuando nuestros adversarios nos asalten, estaremos preparados para ellos con esa agudeza pronta que consiste en tener la palabra de Dios en la punta de los dedos. Como el soldado en la batalla nunca debe soltar su escudo, así nunca debemos tener la palabra de Dios fuera de nuestra mente; debe estar siempre con nosotros.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 98. Tus mandamientos me hacen más sabio que mis enemigos. Ahora alaba la palabra por el singular provecho y fruto que sacó de ella; a saber, que aprendió sabiduría por ella. Y esto lo amplía comparándose con tres clases de hombres: sus enemigos, sus maestros y los ancianos. Y lo hace no por vanagloria (pues la jactancia está lejos del que es gobernado por el Espíritu de gracia); sino para recomendar la palabra del Señor y atraer a otros a amarla, declarándoles cuántos bienes diversos halló en ella.
Más sabio que mis enemigos. Pero ¿cómo puede ser esto, si nuestro Salvador dice que los hombres de este mundo son más sagaces en su generación que los hijos de Dios? La respuesta es que nuestro Salvador no llama sabios a los mundanos sin más; sino más sagaces en su generación; es decir, sabios en las cosas que pertenecen a esta vida. O, como los llama Jeremías, «sabios para hacer el mal»; y cuando lo han hecho, sabios para ocultarlo y encubrirlo. Todo lo cual en realidad no es sino necedad; y por eso David, que por la luz de la palabra de Dios veía que era así, no podía ser movido a seguir su camino. Pues bien; hay una gran controversia entre los piadosos y los impíos: cada uno de ellos, en su juicio, tiene al otro por necio; pero es la luz de la palabra de Dios la que debe decidirlo. William Cowper.
Vers. 98. Más sabio que mis enemigos. Son más sabios que sus enemigos en cuanto a la seguridad frente a sus intentos, y a esa enemistad y oposición que llevan contra ellos; están mucho más seguros caminando bajo el amparo de la protección de Dios que sus enemigos, que tienen toda clase de ventajas mundanas. Un hombre piadoso y sabio cuida de mantenerse en buenos términos con Dios: está más preparado y pertrechado, puede tener una esperanza más alta, más expectativa de éxito que otros; o, si no, está bien provisto, aunque todas las cosas salgan tan contrarias a sus deseos. En cuanto al éxito, ¿quién ha hecho más sabia provisión, piensas, el que ha hecho de Dios su amigo, o el que se sostiene con puntales y dependencias mundanas? ¿Los que son guiados por el Espíritu de Dios, o los que son guiados por Satanás; los que se ocupan de caminar con Dios paso a paso, o los que no solo lo abandonan, sino que lo provocan en su cara; los que rompen con los hombres y se mantienen bien con Dios, o los que rompen con Dios? Ciertamente, un hijo de Dios tiene más seguridad por la piedad que sus enemigos por la política secular con la que piensan engañarlo y arruinarlo. La seguridad de un hijo de Dios está en dos cosas: 1. Dios es su amigo. 2. Mientras Dios tenga trabajo para que él haga, lo mantendrá y lo sostendrá en ello. Thomas Manton.
Vers. 98. Siempre están conmigo. El sentido de la última cláusula no es meramente «siempre está conmigo», sino «es para siempre para mí», es decir, mía, posesión mía inalienable e inderogable. Joseph Addison Alexander.
Vers. 98. Siempre están conmigo. Dios da conocimiento a quien le place; pero los que más meditan, más prosperan. Esto puede implicar también que la palabra debe ser una ayuda a la mano. Los que derivan su sabiduría de fuera no pueden tener siempre consigo a sus consejeros para que les den consejo. Pero cuando un hombre ha puesto la palabra en su corazón, halla una ayuda a la mano: tiene una palabra oportuna que lo dirige en todas las dificultades, en todos los apuros y en todas las tentaciones, para enseñarle qué hacer frente a la carga de la urgencia presente; para enseñarle qué hacer y qué esperar. Thomas Manton.
Vers. 98. Siempre están conmigo. Un hombre bueno, adondequiera que va, lleva consigo su Biblia, si no en las manos, al menos en la cabeza y en el corazón. Matthew Henry.
Vers. 98-100. Menciona tres clases de hombres: «enemigos», «maestros», «ancianos»; los enemigos sobresalen en política, los maestros en doctrina y los ancianos en consejo; y sin embargo por la palabra fue David hecho más sabio que todos ellos. La malicia aguza el ingenio de los enemigos y les enseña las artes de la oposición; los maestros están provistos de erudición por razón de su oficio; y los ancianos se hacen sabios con la experiencia; sin embargo David, por el estudio de la palabra, los superó a todos. Thomas Manton.
Sugerencias para el predicador
Vers. 98. La comunión constante con la verdad, camino del estudiante hacia la competencia.
Vers. 98-100. El hombre verdaderamente sabio.
- La fuente de su sabiduría. La palabra del «único sabio Dios», descrita aquí como
(a) Tus mandamientos.
(b) Tus testimonios.
(c) Tus preceptos.
- El aumento de su sabiduría. Surge de
(a) La morada permanente de la palabra: «siempre están conmigo»,
Sal 119:98.
(b) La meditación en la palabra, Sal 119:99.
(c) La obediencia a la palabra, Sal 119:100.
- La medida de su sabiduría.
(a) Más sabio que sus enemigos, cuya sabiduría «no es la sabiduría que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica».
(b) Más sabio que sus maestros, cuya sabiduría era «de este siglo».
(c) Más sabio que los ancianos, cuya sabiduría era la de una edad y una experiencia no santificadas. W.H.J. Page, de Chelsea, 1882.
Salmos 119:99
Vers. 99. «Más que todos mis enseñadores he entendido.» Lo que el Señor le había enseñado había sido útil en el campamento, y ahora lo halla igualmente valioso en las escuelas. No siempre se puede confiar en nuestros maestros; de hecho, no debemos seguir a ninguno de ellos ciegamente, porque Dios nos pide cuentas de nuestros juicios personales. Nos conviene, pues, seguir de cerca la carta de navegación de la Palabra de Dios, para poder salvar la nave aun cuando el piloto yerre. Si nuestros maestros son en todo sanos y seguros, se alegrarán mucho de que los superemos, y estarán siempre dispuestos a reconocer que la enseñanza del Señor es mejor que cualquier enseñanza que ellos puedan darnos. Los discípulos de Cristo que se sientan a sus pies suelen ser más hábiles en las cosas divinas que los doctores en teología.
«Porque tus testimonios son mi meditación.» Este es el mejor modo de adquirir entendimiento. Podemos oír a los más sabios maestros y seguir siendo necios, pero si meditamos en la palabra sagrada, llegaremos a ser sabios. Hay más sabiduría en los testimonios del Señor que en todas las enseñanzas de los hombres si estuvieran todas reunidas en una vasta biblioteca. El único libro pesa más que todos los demás.
David no vacila en decir aquí la verdad acerca de sí mismo, pues está totalmente libre de egocentrismo. Al hablar de su entendimiento quiere ensalzar la ley y al Señor, y no a sí mismo. No hay un grano de jactancia en estas expresiones audaces, sino solo un deseo sincero, propio de un niño, de exponer la excelencia de la palabra del Señor. El que conoce las verdades enseñadas en la Biblia no incurrirá en egoísmo si cree poseer una verdad más importante que todos los profesores agnósticos, enterrados y sin enterrar.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 99. Más que todos mis enseñadores he entendido. Aun donde el predicador es piadoso y participa él mismo de esa gracia de la cual es embajador ante otros, sucede a menudo que por su ministerio se comunica a otro una medida mayor de luz y de gracia que la que se da a él mismo; como Agustín, iluminado y convertido primero por Ambrosio, superó con mucho, tanto en conocimiento como en gracia espiritual, al que lo enseñó. Y en esto Dios muestra maravillosamente su gloria: que, quienquiera que sea el instrumento, él es el dispensador de la luz y de la gloria, dando por medio del instrumento más de lo que este tiene en sí mismo. Y esto, lejos de ser para un maestro piadoso motivo de pesar, es más bien motivo de gloria. William Cowper.
Vers. 99. Más que todos mis enseñadores he entendido. No es reproche para mis maestros, sino más bien un honor para ellos, que yo progrese hasta superarlos y ya no necesitarlos. Con la meditación nos predicamos a nosotros mismos, y así llegamos a entender más que nuestros maestros, porque llegamos a entender nuestros corazones, lo cual ellos no pueden. Matthew Henry.
Sugerencias para el predicador
Vers. 99. El camino más seguro a la excelencia.
- Un buen tema: «tus testimonios».
- Un buen método: «son mi meditación».
Salmos 119:100
Vers. 100. «Más que los viejos he entendido, porque he guardado tus mandamientos.» Los hombres de edad avanzada y los hombres de tiempos antiguos fueron superados por el aprendiz más santo y más joven. Se le había enseñado a observar en el corazón y en la vida los preceptos del Señor, y esto era más de lo que el más venerable pecador había aprendido jamás, más de lo que el filósofo de la antigüedad había siquiera aspirado a saber. Tenía la palabra consigo, y así dejó atrás a sus enemigos; meditaba en ella, y así sobrepasó a sus amigos; la practicaba, y así eclipsó a sus mayores. La instrucción que se deriva de la Santa Escritura es útil en muchas direcciones, superior desde muchos puntos de vista, sin rival en todas partes y de todos modos. Así como nuestra alma puede gloriarse en el Señor, así podemos gloriarnos en su palabra. «Ninguna como ella; dámela», dijo David de la espada de Goliat, y podemos decir lo mismo de la palabra del Señor. Si los hombres aprecian la antigüedad, aquí la tienen. Los antiguos son tenidos en alta reputación, pero ¿qué sabían todos ellos comparado con lo que percibimos en los preceptos divinos? «Lo viejo es mejor», dice uno; pero lo más viejo de todo es lo mejor de todo, y ¿qué es eso sino la palabra del Anciano de días?
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 100. He entendido... porque he guardado. ¿Queremos conocer al Señor? Guardemos sus mandamientos. «Por tus preceptos», dice David, es decir, por la observancia de tus preceptos, «he adquirido inteligencia». «El que quiera hacer mi voluntad» (dice nuestro bendito Salvador, Jn 7:17), «conocerá la doctrina». Βούλει θεολόγος γενέσθαι; τὰς ἐντολὰς φύλαξον, dice Nacianceno: ¿Quieres ser teólogo? Cumple los mandamientos; pues la acción es (por así decirlo) la base de la contemplación. Es observación de san Gregorio acerca de los dos discípulos que, mientras Cristo hablaba con ellos, no lo conocieron; pero al practicar un acto de hospitalidad hacia él, a saber, partir el pan con él, lo conocieron; que fueron iluminados no por oírlo, sino por cumplir los preceptos divinos: Quisquis ergo vult audita intelligere; festinet ea quae jam audire potuit, opere implere, Así pues, quien quiera entender, apresúrese a cumplir con obras lo que ya ha podido oír. Nathanael Hardy, 1618-1670.
Vers. 100. He entendido más que los viejos. La respuesta ordinaria de la gente ignorante es: «¡Cómo! ¿Hemos de ser más sabios que nuestros antepasados?». Y sin embargo esas mismas personas querrían ser más ricas que lo que fueron sus antepasados. El maximum quod sic de un cristiano es este: debe crecer en gracia, hasta que su cabeza alcance el cielo, hasta que la gracia sea perfeccionada en gloria. Christopher Love, 1618-1651.
Vers. 100. Más que los viejos. El entendimiento obtenido por los preceptos de la palabra es mejor que el entendimiento obtenido por larga experiencia. Es mejor en cuatro aspectos. Primero, es más exacto. Nuestra experiencia alcanza solo a unas pocas cosas; pero la palabra de Dios alcanza a todos los casos que conciernen a la verdadera felicidad. La palabra es el resultado de la sabiduría de Dios, que es el Anciano de días; por tanto excede a la sabiduría de los antiguos, o a la experiencia de cualesquiera hombres, o de todos los hombres. Segundo, así como es más exacto, es también un modo más seguro de aprender sabiduría, mientras que la experiencia es más incierta. Muchos tienen mucha experiencia, y sin embargo no tienen corazón para ver y recoger sabiduría de lo que sienten: Dt 29:2-4. Tercero, es un modo más seguro y más barato de aprender, aprender por regla, que volver a casa por la Cruz del Llanto y aprender sabiduría con nuestro propio dolor. La experiencia es un medio demasiado caro; y, si no tuviéramos nada más que nos guiara, ¡en cuántos miles de miserias caeríamos! Cuarto, es más corto. El camino por la edad y la experiencia es largo; y así, durante mucho tiempo, toda la juventud de un hombre ha de ser forzosamente miserable y necia. Pero aquí se puede llegar a ser sabio a tiempo estudiando la palabra de Dios. Le conviene al hombre no solo ser sabio al fin, sino ser sabio a tiempo. Las vírgenes insensatas fueron sabias demasiado tarde; pero nadie fue jamás sabio demasiado pronto. Condensado de Thomas Manton.
Vers. 100. Si de este modo era perfecta la Palabra de Dios en tiempos de David, ¿qué es ahora, con la adición de tantas porciones de la Escritura desde entonces? Si entonces daba sabiduría al sencillo (Sal 19:7); si hizo a David, criado solo como pastor, más sabio que sus enemigos, que sus ancianos, que sus maestros; como un ángel de Dios para discernir lo bueno y lo malo (2 S 14:17); capaz de guiar al pueblo con la destreza de sus manos (Sal 78:72); ¿qué clase de sabiduría hay que no podamos recoger ahora de ella? ¡Qué profundidad de filosofía natural tenemos en Génesis y Job! ¡Qué flores de retórica en los profetas! ¡Qué fuerza de lógica en las epístolas de san Pablo! ¡Qué arte de poesía en los salmos! ¡Qué excelentes preceptos morales, no solo para la vida privada, sino para el gobierno de las familias y de la república, en Proverbios y Eclesiastés! A lo cual puede añadirse en un segundo rango, como muy útiles aunque apócrifos, el libro de la Sabiduría y el Eclesiástico. ¡Qué leyes razonables y justas tenemos en Levítico y Deuteronomio, que movieron al gran Ptolomeo a contratar a los Setenta para traducirlas al griego! ¡Qué antigüedad inigualable, variedad y maravillosos acontecimientos, y certeza de relato, en los libros de Moisés, Josué, los Jueces, Samuel, los Reyes y Crónicas, junto con Rut y Ester, Esdras y Nehemías, y, desde Cristo, en los sagrados Evangelios y los Hechos de los Apóstoles! Y, por último, ¡qué profundos misterios tenemos en las profecías de Ezequiel y Daniel, y en el Apocalipsis de san Juan! Pero en esto excede infinitamente a la sabiduría de todos los escritos humanos: en que ella sola «puede hacerte sabio para la salvación» (2 Ti 3:15). Por estas consideraciones, Carlos V de Francia, apodado el Sabio, no solo hizo traducir la Biblia al francés, sino que él mismo fue muy estudioso de las Sagradas Escrituras. Y Alfonso, rey de Aragón, se dice que leyó toda la Biblia catorce veces, con las notas de Lira sobre ella; aunque por lo demás era excelentemente erudito, la ley de Dios era su deleite, «más deseable para él que el oro, y más que mucho oro afinado; y dulce más que miel, y que la que destila del panal». George Hakewell, 1579-1649.
Sugerencias para el predicador
Vers. 100. La antigüedad no es garantía de verdad frente a la revelación: la vejez no es prueba de sabiduría frente a la vida santa: la confesión abierta no es evidencia de jactancia frente al orgullo hosco.
Vers. 100. La obediencia, el camino real hacia el entendimiento. W.B.H.
Vers. 100. La obediencia, la llave del conocimiento. Jn 7:17.
Vers. 101 De todo mal camino contuve mis pies, etc. 1. Tenemos la práctica de David: «De todo mal camino contuve mis pies». 2. Su fin o motivo: «Para guardar tu palabra»; para ser exacto y puntual con Dios en un curso de obediencia.
Primero, en su práctica. Puedes notar su seriedad: contuve mis pies. Por los pies se entienden los afectos: «Guarda tu pie cuando fueres a la casa de Dios», Ec 5:1. Nuestros afectos, que son la inclinación vigorosa del alma, nos comprometen a la práctica; por eso se comparan acertadamente con los pies, con los cuales caminamos a cualquier lugar que deseamos: de modo que «contuve mis pies» quiere decir: mantengo una atadura estrecha y estricta sobre mis afectos, para que no me lleven al pecado. Luego puedes notar su extensión; no dice solo: contuve del mal, sino universalmente, «de todo mal camino». Pero ¿cómo podía David decir esto con verdad de corazón, si era consciente de su ofensa en el asunto de Urías? Respuesta: Este era el talante y el temple habituales de su alma, y el curso de su vida; y esta clase de afirmaciones acerca de los santos han de interpretarse voce et conatu, licet non semper eventu («de palabra y de intento, aunque no siempre de hecho»). Esto era su misión y su propósito, su designio y su esfuerzo, su camino habitual, aunque tuviera sus fallos.
Segundo, ¿cuál era su fin y su motivo en esto? Para guardar tu palabra; para ser exacto y puntual con Dios en un curso de obediencia, y adherirme a su palabra universal e imparcialmente. Thomas Manton.
Salmos 119:101
Vers. 101. «De todo mal camino contuve mis pies, para guardar tu palabra.» No hay manera de atesorar la santa palabra si no se echa fuera toda impiedad: si guardamos la buena palabra, debemos soltar la mala. David había vigilado celosamente sus pasos y había puesto freno a su conducta; había contenido sus pies. Ningún mal camino podía seducirlo, pues sabía que si se extraviaba por uno solo había dejado en la práctica el camino de la justicia, y por eso evitaba todo camino falso. Los senderos laterales eran suaves y floridos, pero él sabía muy bien que eran malos, y por eso apartó sus pies y siguió adelante por la senda estrecha y espinosa que lleva a Dios. Es un placer mirar atrás a las victorias sobre uno mismo: «contuve»; y un deleite aún mayor saber que lo hicimos no por un mero deseo de quedar bien con nuestros semejantes, sino con el único motivo de guardar la ley del Señor. El pecado evitado para que la obediencia sea perfeccionada es la esencia de este versículo; o puede ser que el salmista quiera enseñarnos que no hay verdadera reverencia por el libro donde no hay cuidado de evitar toda transgresión de sus preceptos. ¿Cómo podemos guardar la palabra de Dios si no guardamos nuestras obras de volverse viles?
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 101. De todo mal camino contuve mis pies, etc. Donde hay verdadera santidad, hay un santo odio, detestación e indignación contra toda impiedad y maldad, y ello por razones santas: «De todo mal camino contuve mis pies». ¿Pero por qué? «Para guardar tu palabra». «De tus mandamientos he adquirido inteligencia; por tanto, aborrezco todo camino de mentira», Sal 119:104. El bien que obtuvo de los preceptos divinos avivó su odio contra todo camino falso: Sal 119:128, «Por eso estimé rectos todos tus mandamientos sobre todas las cosas, y aborrecí todo camino de mentira». Su alta estima por cada precepto levantó en él una santa indignación contra todo mal camino. Un hombre santo sabe que todo pecado golpea la santidad de Dios, la gloria de Dios, la naturaleza de Dios, el ser de Dios y la ley de Dios; y por tanto su corazón se levanta contra todo pecado; mira cada pecado como a los escribas y fariseos que acusaron a Cristo; y como a aquel Judas que entregó a Cristo; y como a aquel Pilato que condenó a Cristo; y como a aquellos soldados que azotaron a Cristo; y como a aquellas lanzas que traspasaron a Cristo; y por tanto su corazón clama por justicia contra todos. Thomas Brooks.
Vers. 101. Contuve... para guardar. Al hacer lo que es justo llegamos tanto a conocer lo justo como a ser más capaces de hacerlo. «Plain Commentary».
Vers. 101. De todo mal camino contuve mis pies, etc. La palabra «contuve» nos advierte que somos llevados naturalmente por nuestros pies al sendero de toda clase de pecado, y arrastrados por él en el torrente de las pasiones humanas, de modo que aun los sabios y entendidos necesitan frenar, volver y desandar sus pasos, para guardar la palabra de Dios y no ser reprobados. Y nótese además que el verbo hebreo aquí traducido «contuve» es aún más fuerte en su significado y denota «encadené, o aprisioné, mis pies», con lo cual podemos aprender que no basta una resistencia ligera para impedir que nos extravíen. Agellius y Genebrardus, en Neale y Littledale.
Sugerencias para el predicador
Vers. 101. El dominio de sí mismo, necesario para la piedad.
Salmos 119:102
Vers. 102. «No me aparté de tus juicios, porque tú me enseñaste.» Bien enseñados están aquellos a quienes Dios enseña. Lo que aprendemos del Señor nunca lo olvidamos. La instrucción de Dios tiene un efecto práctico: seguimos su camino cuando él nos enseña; y tiene un efecto duradero: no nos apartamos de la santidad. Lee este versículo en relación con el anterior y tendrás el «he» y el «no he» del creyente: es bueno tanto en lo positivo como en lo negativo. Lo que hizo, a saber, «contuve mis pies», lo preservó de hacer lo que de otro modo habría podido hacer, a saber, «apartarme de tus juicios». El que cuida de no desviarse ni una pulgada no abandonará el camino. El que nunca toca la copa embriagadora nunca se emborrachará. El que nunca pronuncia una palabra ociosa nunca será profano. Si comenzamos a apartarnos un poco, nunca podremos decir dónde acabaremos. El Señor nos lleva a perseverar en la santidad por la abstinencia desde el comienzo del pecado; pero sea cual sea el método, él es quien obra nuestra perseverancia, y a él sea toda la gloria.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 102. Por «mishpatim», «juicios», se entiende la ley de Dios; pues por ella juzgará al mundo. Y la expresión «no me aparté» indica a la vez su exactitud y su constancia: su exactitud, en que no se desvió un cabello de su dirección; «Cuidaréis, pues, de hacer como Jehová vuestro Dios os ha mandado; no os apartéis a diestra ni a siniestra» (Dt 5:32); y su constancia está implícita en ello, porque entonces se dice que nos apartamos de Dios y de su ley cuando nos desprendemos de él en el juicio y en la práctica. Jer 32:40. Thomas Manton.
Vers. 102. Tú me enseñaste. Dios enseña de dos maneras: 1. Por iluminación común. 2. Por operación especial.
- Por iluminación común, que ilumina meramente la mente para conocer o entender lo que propone por medio de sus mensajeros: así lo mostró Dios a los paganos: Ro 1:20. Pero luego, 2. Por vía de operación especial, inclinando eficazmente la voluntad a abrazar y llevar a cabo los deberes así conocidos: «Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón»: Jer 31:33. Esta manera de enseñar es siempre eficaz y persuasiva. Pues bien, en este sentido son enseñados por Dios, de modo que no solo obtienen un oído para oír, sino un corazón para entender, aprender y practicar.
Esta enseñanza es el fundamento de la constancia, porque (1) los que son así enseñados por Dios ven las cosas con más claridad que otros; Dios es el más excelente maestro. (2) Conocen las cosas con más seguridad, y con certeza de demostración, mientras que otros solo tienen conjeturas dudosas y opiniones sueltas y vacilantes acerca de las cosas de Dios. (3) Esta enseñanza es tan eficaz y poderosa que el efecto sigue: «Enséñame, oh Jehová, tu camino; caminaré yo en tu verdad» (Sal 86:11). (4) Dios renueva esta enseñanza y está siempre a la mano para guiarnos y darnos consejo, lo cual es la causa de que nos mantengamos firmes. Thomas Manton.
Vers. 102. Porque tú me enseñaste. Para que no pareciera que David atribuía a sí mismo el mérito de la piedad, o que provenía de alguna bondad en él que contuviera sus pies de todo mal camino, da aquí toda la gloria a Dios, protestando que, porque Dios lo enseñó, por eso no se apartó. De lo cual aprendemos que si en algún momento nos mantenemos en pie, o si habiendo caído nos levantamos y nos arrepentimos, siempre ha de atribuirse a Dios, que nos enseña; pues no hay mal tan abominable que no se nos hiciera pronto plausible, si Dios nos dejara a nosotros mismos. David fue enseñado por sus maestros ordinarios, y los reverenciaba; pero que aprovechara de ellos lo atribuye a Dios. Pablo puede plantar, y Apolos regar; Dios debe dar el crecimiento. William Cowper.
Sugerencias para el predicador
Vers. 102. La enseñanza divina, necesaria para asegurar la perseverancia y eficaz para ese fin.
Vers. 102. Considera:
- El sendero señalado a los hombres para que anden en él: «Tus juicios».
(a) Sendero recto.
(b) Sendero limpio.
(c) Sendero agradable.
(d) Sendero seguro.
(e) Cuyo fin es la gloria eterna.
- La persistente prosecución de él: «No me aparté».
(a) La persecución lo haría apartarse de él.
(b) Los placeres lo atraerían lejos de él.
(c) La carne se cansaría en él.
(d) Pero el verdadero creyente está resuelto a seguir su camino hasta el fin.
(e) Y vigila con cuidado sus pasos para que no se desvíen.
- El poder preservador que sostiene al caminante en él: «Porque tú me enseñaste».
(a) El caminante anda con Dios y recibe instrucción por la iluminación especial del Espíritu Santo.
(b) La propiedad escogida de esta enseñanza es que no solo hace sabio, sino que cautiva el alma, la fortalece y la mantiene en santa obediencia. J.F.
Salmos 119:103
Vers. 103. «¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras!» No solo había oído las palabras de Dios, sino que se había alimentado de ellas: afectaban su paladar tanto como su oído. Las palabras de Dios son muchas y variadas, y todas juntas componen lo que llamamos «la palabra»: David las amaba cada una individualmente, y todas ellas como un todo; saboreaba en ellas una dulzura indescriptible. Expresa el hecho de su dulzura, pero como no puede expresar el grado de su dulzura, exclama: «¡Cuán dulces!». Siendo palabras de Dios, eran divinamente dulces para el siervo de Dios; el que puso la dulzura en ellas había preparado el paladar de su siervo para discernirla y gozarla. David no hace distinción entre promesas y preceptos, doctrinas y amenazas; todas están incluidas en las palabras de Dios, y todas son preciosas en su estima. ¡Oh, un profundo amor por todo lo que el Señor ha revelado, cualquiera que sea la forma que adopte!
«Más que la miel a mi boca.» Cuando no solo comía la palabra sino que también la hablaba, instruyendo a otros, sentía en ella un deleite acrecentado. Lo más dulce de todas las cosas temporales se queda corto ante la infinita delicia de la palabra eterna. La miel misma es superada en dulzura por la palabra del Señor. Cuando el salmista se alimentaba de ella, la hallaba dulce; pero cuando daba testimonio de ella, se volvía aún más dulce. Qué sabio será de nuestra parte mantener la palabra en nuestro paladar por la meditación y en nuestra lengua por la confesión. Debe ser dulce a nuestro gusto cuando pensamos en ella, o no será dulce a nuestra boca cuando hablemos de ella.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 103. ¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Aun las palabras de una criatura semejante de la tierra, ¡cuán inexpresablemente dulces son a veces, cuán preciosas más allá de todo cálculo! Todo el oro y la plata serían despreciados en comparación con ellas. Vienen cargadas de amor, y el corazón se enriquece con ellas como si el aliento de Dios hubiera entrado en él. Pero ¿no se va apagando gradualmente este arco iris de gozo terrenal? ¿No se secan tarde o temprano en la memoria las palabras arrebatadoras, y no pueden ser tratadas con desprecio como recordatorios de una ilusión terrenal? Ciertamente se secan; ciertamente pueden serlo.
Sin embargo, el corazón puede hallar su felicidad, su verdadera e imperecedera felicidad, en palabras. En este momento no hay en todo el mundo nada tan deseable como ciertas palabras. Palabras de amor. Palabras que expresan un amor infinito. Los tesoros, los placeres, los honores de la tierra, ¿qué son? Mi alma insatisfecha clama: Dame palabras. Palabras por las cuales pueda conocer el amor que Dios tiene hacia mí. Palabras que declaren el inmutable afecto del Salvador. Palabras que purifiquen mi corazón. Que me den osadía en la oración. Que me muestren el futuro bienaventurado. Palabras que den vida a mis poderes muertos y me transformen de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor. George Bowen, en «Daily Meditations», 1873.
Vers. 103. ¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras!, etc. A los regenerados se les da un sentido nuevo y sobrenatural, un cierto gusto divino y espiritual. Este es en toda su naturaleza distinto de cualquiera de los otros cinco sentidos, y algo se percibe por un verdadero santo en el ejercicio de este nuevo sentido de la mente, en las cosas espirituales y divinas, tan enteramente diferente de lo que perciben en ellas los hombres naturales, como el dulce sabor de la miel es distinto de las ideas que los hombres se forman de la miel al mirarla o tocarla. Pues bien, la belleza de la santidad es lo que se percibe por este sentido espiritual, tan distinto de todo lo que perciben los hombres naturales; o bien, esta clase de belleza es la cualidad que es el objeto inmediato de este sentido espiritual; esta es la dulzura que es el objeto propio de este gusto espiritual. La Escritura representa a menudo la belleza y dulzura de la santidad como el gran objeto de un gusto espiritual y de un apetito espiritual. Este era el dulce alimento del alma santa de Jesucristo, Jn 4:32, 34: «Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis... Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra». No conozco ninguna parte de las Santas Escrituras donde la naturaleza y la evidencia de la verdadera y sincera piedad se traten con tanta plenitud y extensión, y se describan, como en el Salmo 119. El salmista declara su designio en los primeros versículos del salmo, no lo pierde de vista en todo el trayecto y lo persigue hasta el fin. La excelencia de la santidad se representa como el objeto inmediato de un gusto y un deleite espirituales. La ley de Dios, esa gran expresión y emanación de la santidad de la naturaleza de Dios y prescripción de santidad para la criatura, se representa siempre como el gran objeto del amor, la complacencia y el regocijo de la naturaleza llena de gracia, que aprecia los mandamientos de Dios más que el oro, más aún, que el oro más fino, y para la cual son más dulces que la miel y que el panal; y ello a causa de su santidad. El mismo salmista declara que esta es la dulzura que un gusto espiritual saborea en la ley de Dios: Sal 19:7-10. Jonathan Edwards, 1703-1758.
Vers. 103. ¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! ¿Por qué no dice más bien: ¡Cuán agradables son tus palabras a mis oídos?, en vez de que son dulces a su paladar y a su boca? Respondo: Es muy conveniente que cuando Dios habla por boca de sus ministros seamos oyentes, y que las palabras de Dios sean las más gozosas de todas para nuestros oídos. Pero es también costumbre de los piadosos conversar sobre las palabras de Dios, y sus palabras son tan dulces a su propio paladar que se complacen y deleitan más que con cualquier miel del panal. Y esto es muy necesario cuando hay escasez de maestros, como la tuvo David en el desierto o viviendo entre los filisteos; o cuando los que tienen el oficio de enseñar adulteran y vician la pura palabra de Dios. Wolfgang Musculus.
Vers. 103. Eso que aquí se llama «palabra», prefiero tomarlo por «juicios», en parte porque en la lengua original la palabra se omite, y en parte porque había usado esta palabra «juicios» en el versículo inmediatamente anterior. Pero algunos dirán: ¿Cómo pueden ser «dulces» los juicios de Dios, que son tan molestos, temibles y penosos? Respondo que los piadosos no tienen mayor gozo que cuando sienten ya sea las misericordias de Dios cumplidas hacia los que le temen, ya sea sus juicios derramados como lluvia sobre los réprobos. Richard Greenham.
Vers. 103. A mi paladar. «A mi boca.» Es decir: me complazco tanto en hablar, conferenciar y persuadir tus juicios como se deleita con la miel mi boca, o la boca de cualquiera que ama la miel. Richard Greenham.
Vers. 103. Más dulces. Así como entre las violetas siempre hay algunas mucho más dulces que otras, así entre los textos hay algunos que nos son más preciosos que otros. Henry Ward Beecher, 1879.
Vers. 103. Una esposa cariñosa dice a menudo: «¡Esposo mío! Tus palabras son para mí más dulces que la miel; sí, más dulces que la caña de azúcar». «¡Ay, mi esposo se ha ido!», dice la viuda: «¡qué dulces eran sus palabras! De su boca goteaba miel: sus palabras eran ambrosía». Joseph Roberts.
Sugerencias para el predicador
Vers. 103. La experiencia en la religión, fuente del gozo en ella; o bien,
- Saborear la palabra: su dulzura.
- Declarar la palabra con la boca: su mayor dulzura.
Vers. 103.
- La palabra es positivamente dulce: «dulce a mi paladar».
- Comparativamente dulce: «más dulce que la miel».
- Superlativamente dulce: «cuán dulces», etc. G.R.
Vers. 103. La comparación que expone la preciosa propiedad de la dulzura en la palabra: «Más dulces que la miel». «Mejores que la miel» no serviría tan bien. Es
- La dulzura más pura; incluso los preceptos y las reprensiones.
- Una dulzura que no empalaga.
- Una dulzura siempre beneficiosa.
- Una dulzura especialmente grata en la aflicción, en la hora de la muerte. J.F.
Vers. 103. Delicadeza espiritual.
- El gusto necesario para saborearla.
- La vida que solo ella nutre.
- El raro goce que se deriva de ella. G.A.D.
Vers. 103.
- Es dulce.
- Gocémosla.
- Seguirán los mejores efectos. George Herbert dice: «¡Oh Libro! ¡infinita dulzura! que mi corazón
chupe cada letra, y gane una miel,
preciosa para cualquier dolor en cualquier parte;
para despejar el pecho, para suavizar todo dolor».
Vers. 103. Si queremos saborear la miel de Dios, debemos tener el paladar de la fe. A.R. Fausset.
Salmos 119:104
Vers. 104. «De tus mandamientos he adquirido inteligencia.» La dirección de Dios es nuestra instrucción. La obediencia a la voluntad divina engendra sabiduría de mente y de acción. Como el camino de Dios es siempre el mejor, los que lo siguen están seguros de ser justificados por el resultado. Si el Legislador fuera necio, su ley lo sería también, y la obediencia a tal ley nos metería en mil errores; pero como ocurre lo contrario, podemos considerarnos felices de tener una ley tan sabia, prudente y beneficiosa como regla de nuestra vida. ¡Somos sabios si obedecemos y nos hacemos sabios obedeciendo!
«Por tanto, aborrezco todo camino de mentira.» Porque tenía inteligencia, y a causa de los preceptos divinos, detestaba el pecado y la falsedad. Todo pecado es una falsedad; cometemos pecado porque creemos una mentira, y al final el mal adulador se nos vuelve mentiroso y nos hallamos traicionados. Los corazones verdaderos no son indiferentes a la falsedad, se encienden en indignación: como aman la verdad, aborrecen la mentira. Los santos tienen un horror universal a todo lo que no es verdad, no toleran falsedad ni necedad alguna, ponen su rostro contra todo error de doctrina y toda maldad de vida. El que ama un solo pecado está aliado con todo el ejército de los pecados; no debemos tener ni tregua ni parlamento con ninguno de estos amalecitas, pues el Señor tiene guerra con ellos de generación en generación, y así debemos tenerla nosotros. Es bueno ser un buen aborrecedor. ¿Y qué es eso? Un aborrecedor de ningún ser viviente, sino un aborrecedor de «todo camino de mentira». El camino de la voluntad propia, de la justicia propia, de la mundanalidad, del orgullo, de la incredulidad, de la hipocresía: todos estos son caminos falsos, y por tanto no solo han de rehuirse, sino de aborrecerse.
Este último versículo de la estrofa marca un gran avance en el carácter y muestra que el hombre de Dios se vuelve más fuerte, más audaz y más feliz que antes. Ha sido enseñado por el Señor, de modo que discierne entre lo precioso y lo vil, y mientras ama fervientemente la verdad, aborrece intensamente la falsedad. Ojalá todos lleguemos a este estado de discernimiento y resolución, para que glorifiquemos grandemente a Dios.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 104. De tus mandamientos he adquirido inteligencia; por tanto, aborrezco todo camino de mentira. En esta frase el profeta parece invertir el orden establecido en Sal 119:101. Había dicho: «De todo mal camino contuve mis pies, para guardar tu palabra», donde el evitar el mal se hace medio para aprovechar de la palabra; aquí su provecho de la palabra se hace causa de evitar el mal. En un versículo tienes el relato de su comienzo con Dios; en el otro, de su progreso. Thomas Manton.
Vers. 104. Aborrezco todo camino de mentira. David dice: «Aborrezco todo camino de mentira»; no aborrezco solo el camino cuando se me ha extraviado en él, sino que aborrezco andar en él; y profesa en Sal 119:163: «La mentira aborrezco y abomino; tu ley amo». Abstenerse de la mentira y refrenarse de ella es señal de un corazón lleno de gracia, y mucho más aborrecerla y abominarla. Un hombre piadoso no solo hace lo que es bueno, sino que se deleita en hacerlo, su alma se adhiere a ello; está en su elemento cuando lo hace, nada le viene más a propósito que el asunto de su deber, le gusta hacerlo, más aún, le gusta aunque no pueda hacerlo: Ro 7:22. Pablo se quejaba mucho de que sus corrupciones lo estorbaban, lo impedían y lo encadenaban; estaba en la liga del pájaro en cuanto a hacer el bien, y sin embargo (dice) «me deleito en la ley de Dios según el hombre interior»; es decir, el hombre interior se mueve con deleite hacia la ley de Dios, cuando mi corazón corrompido me mueve vilmente y la tentación me instiga contra ella. Pues bien, así como un hombre piadoso no solo elige hacer la santa voluntad de Dios, sino que se deleita y regocija en hacerla y tiene dulce contentamiento en hacerla; así también un hombre piadoso no solo rehúsa hacer la voluntad de la carne o seguir el curso del mundo, sino que aborrece hacerlo, y nunca está tan descontento consigo mismo como cuando por descuido y negligencia de su vigilancia ha sido sorprendido y ha caído. Un hombre carnal puede abstenerse de hacer el mal y hacer lo que es materialmente bueno, pero nunca aborrece lo que es malo, ni se deleita en lo que es bueno. Aunque se abstenga de hacer lo que Dios prohíbe, no dice, con Job: «Lejos esté de mí hacerlo»... Deleitarse en el bien es mejor que hacerlo, y aborrecer el mal es mejor que abstenerse de él. Y si comparamos la naturaleza del pecado con la nueva naturaleza de un hombre piadoso, podemos ver claros fundamentos por los cuales su abstinencia del pecado va unida al aborrecimiento de él. Joseph Caryl.
Vers. 104. De tus mandamientos he adquirido inteligencia. El entendimiento espiritual está conectado con el gusto de la dulzura espiritual. (Compárese Pr 2:10-11.) «El dulce de labios», como observa el sabio, «aumenta el saber. El corazón del sabio hace prudente su boca, y añadirá gracia a sus labios». Pr 16:21, 23. Así, habiendo aprendido «la doctrina elemental de Cristo», se nos anima a «ir adelante a la perfección», «creciendo en la gracia y el conocimiento de Cristo». Pues la conexión entre «gracia y conocimiento» se manifiesta claramente. Charles Bridges.
Vers. 104. Aborrezco todo camino de mentira. La universalidad en esto es señal segura de sinceridad. Herodes escupe algunos pecados mientras revuelve otros como dulces bocados en su boca. Un hipócrita siempre deja al diablo algún huevo de nido para empollar, aunque le quite muchos. Algunos hombres no compran ciertas mercancías porque no pueden tenerlas al precio que quieren, pero gastan ese mismo dinero en otras; así los hipócritas se abstienen de algunos pecados, y aun les desagradan, porque no pueden tenerlos sin deshonra o enfermedad, o alguna otra desventaja; pero gastan el mismo amor en otros pecados que se acomodarán mejor a sus designios. Algunos afirman que lo que el mar pierde en un lugar lo gana en otro; así el terreno que la corrupción del inconverso pierde por un lado, lo gana por otro. Hay en él alguna concupiscencia en particular que es su favorita; algún pecado rey, como Agag, que debe ser perdonado cuando otros son destruidos. «En esto perdone Jehová a tu siervo», dice Naamán. Pero el regenerado se esfuerza por limpiarse de toda contaminación, tanto de carne como de espíritu. 2 Co 7:1. George Swinnock.
Vers. 104. Aborrezco. Las Escrituras ponen la religión muy especialmente en el afecto del amor; amor a Dios y al Señor Jesucristo; amor al pueblo de Dios y a la humanidad. Los textos en que esto se manifiesta, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, son innumerables. El afecto contrario del odio, teniendo como objeto el pecado, se menciona también en la Escritura como una parte no pequeña de la verdadera religión. Se menciona como aquello por lo que la verdadera religión puede ser conocida y distinguida. Pr 8:13: «El temor de Jehová es aborrecer el mal». De acuerdo con esto, se exhorta a los santos a dar evidencia de su sinceridad por esto, Sal 97:10: «Los que amáis a Jehová, aborreced el mal». Y el salmista menciona a menudo esto como evidencia de su sinceridad: Sal 101:2-3: «En la integridad de mi corazón andaré en medio de mi casa. No pondré delante de mis ojos cosa injusta. Aborrezco la obra de los que se desvían». Así Sal 119:128, y el presente lugar. Otra vez, Sal 139:21: «¿No odio, oh Jehová, a los que te aborrecen?» Jonathan Edwards.
Vers. 104. Aborrezco. El odio es un afecto que apuñala y mata, que lleva al pecado a la muerte con corazón ardiente, como vengador de sangre, es decir, de la sangre del alma que el pecado derramaría, y de la sangre de Cristo que el pecado ha derramado. Aborrece el pecado perfecta y perpetuamente y entonces no lo perdonarás sino que lo matarás de inmediato. Hasta que el pecado sea aborrecido no puede ser mortificado; no clamarás contra él, como los judíos contra Cristo: ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!, sino que le mostrarás indulgencia como David a Absalón y dirás: Tratad benignamente al joven, a esta o aquella concupiscencia, por amor de mí. La misericordia con el pecado es crueldad con el alma. Edward Reyner, 1600-1670.
Vers. 104. Camino de mentira. No se dice «mal camino», sino «camino de mentira»; o, como está en el original, todo sendero de mentira y falsedad. La falsedad es o en materia de opinión o en la práctica. Si la tomas en el primer sentido, por falsedad en la opinión, o error en el juicio, o falsa doctrina, o falso culto, esta frase es válida. Los que obtienen inteligencia por la palabra están afirmados contra el error, y no solo afirmados contra el error, o contra su abrazo o posesión, sino que lo aborrecen. Thomas Manton.
Vers. 104. Camino de mentira. Todo pecado es una mentira. Por él intentamos engañar a Dios. Por él engañamos realmente a nuestras almas: Pr 14:12. No hay ilusión como la necedad de creer que un curso de pecado conducirá a nuestra felicidad. William S. Plumer.
Sugerencias para el predicador
Vers. 104. La influencia de los preceptos.
- Sobre el entendimiento.
- Sobre los afectos.
- Sobre la vida.
Vers. 104.
- El efecto intelectual de las Escrituras: «Adquiero inteligencia».
- Su efecto moral: «Aborrezco», etc. G.R.
Vers. 104. El entendimiento derivado de los preceptos de Dios engendra santo odio.
- A los falsos caminos de la moralidad convencional.
- A los falsos caminos de una religiosidad formal.
- A los falsos caminos de una teología errada.
- A los falsos caminos de una práctica hipócrita.
- A los falsos caminos de las sugerencias pecaminosas.
- A los falsos caminos del propio corazón engañoso. J.F.
Salmos 119:105
Vers. 105. «Lámpara es a mis pies tu palabra.» Somos caminantes por la ciudad de este mundo, y con frecuencia estamos llamados a salir a sus tinieblas; que nunca nos aventuremos allí sin la palabra que da luz, no sea que resbalemos con nuestros pies. Cada hombre debe usar la palabra de Dios de manera personal, práctica y habitual, para ver su camino y ver lo que hay en él. Cuando las tinieblas se asientan sobre todo lo que me rodea, la palabra del Señor, como una antorcha encendida, me revela el camino. Como en las ciudades de oriente no había faroles fijos, antiguamente cada transeúnte llevaba consigo una linterna para no caer en la cloaca abierta ni tropezar con los montones de inmundicia que ensuciaban el camino. Este es un retrato fiel de nuestra senda por este mundo oscuro: no sabríamos el camino, ni cómo andar en él, si la Escritura, como una tea resplandeciente, no nos lo revelara. Uno de los beneficios más prácticos de las Sagradas Escrituras es la guía en los actos de la vida diaria: no fueron enviadas para asombrarnos con su brillo, sino para guiarnos con su instrucción. Es verdad que la cabeza necesita iluminación, pero los pies necesitan aún más dirección, pues de lo contrario cabeza y pies pueden caer juntos en una zanja. Dichoso el hombre que se apropia personalmente de la palabra de Dios y la usa en la práctica como su consuelo y consejera, como lámpara para sus propios pies.
«Y lumbrera a mi camino.» Es lámpara de noche, luz de día y deleite en todo tiempo. David guiaba sus propios pasos por ella, y por sus rayos veía también las dificultades de su camino. El que anda en tinieblas tropezará tarde o temprano; en cambio, el que anda a la luz del día, o a la luz de la lámpara de noche, no tropieza, sino que conserva su rectitud. La ignorancia es dolorosa en los asuntos prácticos; engendra indecisión e incertidumbre, y estas son incómodas: la palabra de Dios, al impartir conocimiento celestial, lleva a la decisión, y cuando a esta le sigue una resolución firme, como en este caso, trae consigo gran reposo de corazón.
Este versículo conversa con Dios en tonos de adoración y, sin embargo, familiares. ¿No tenemos nosotros algo semejante que decir a nuestro Padre celestial?
Observa cuánto se parece este versículo al primero de la primera octava, y al primero de la segunda y de las demás octavas. También los segundos versículos suelen estar al unísono.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 105. «Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera», etc. David era un hombre de muy buen ingenio y entendimiento natural; pero da a Dios la gloria de su sabiduría y reconoce que su mejor luz no era sino tinieblas cuando no estaba alumbrado y gobernado por la palabra de Dios. ¡Ojalá considerásemos esto: que en todos nuestros caminos en que la palabra de Dios no nos alumbra para dirigirnos, no hacemos sino andar en tinieblas, y que nuestros caminos, sin ella, no pueden llevarnos a otro fin que a las tinieblas totales! Si no escuchamos la palabra de Dios, si no andamos por su regla, ¿cómo es posible que lleguemos a ver el rostro de Dios? William Cowper.
Vers. 105. «Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.» La lámpara se usa de noche, mientras que la luz del sol brilla de día. Sea de día o de noche para nosotros, entendemos claramente nuestro deber por la Palabra de Dios. La noche significa la adversidad, y el día la prosperidad. De aquí podemos aprender cómo comportarnos en todas las condiciones. La palabra «camino» señala nuestra elección general y el curso de nuestra vida; la palabra «pies», nuestras acciones particulares. Ahora bien, ya se trate de la elección del camino que lleva a la verdadera felicidad, ya de la diestra prosecución de ese camino, la palabra de Dios dirigirá siempre a una mente humilde y bien dispuesta. Thomas Manton.
Vers. 105. «Lámpara es a mis pies tu palabra», etc. Basilio el Grande, interpretando la «palabra» como la voluntad de Dios revelada en las Sagradas Escrituras, observa que el Antiguo Testamento, y en especial la Ley, era solo una linterna (lámpara o candela), porque era una luz artificial que iluminaba imperfectamente las tinieblas, mientras que el Evangelio, dado por el Señor Jesús mismo, es una luz del Sol de justicia que da claridad a todas las cosas. Ambrosio, yendo aún más hondo, nos dice que Cristo mismo es a la vez lámpara y luz. Él, la Palabra de Dios, es una gran luz para algunos; para otros es una lámpara. Para mí es una lámpara; para los ángeles, una luz. Fue luz para Pedro, cuando el ángel se presentó en la cárcel y la luz resplandeció a su alrededor. Fue luz para Pablo, cuando la luz del cielo resplandeció en torno suyo y oyó que Cristo le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». Y Cristo es verdaderamente una lámpara para mí cuando hablo de él con mi boca. Brilla en el barro, brilla en una vasija de alfarero: él es ese tesoro que llevamos en vasos de barro. Neale y Littledale.
Vers. 105. «Lámpara es a mis pies tu palabra… y lumbrera.» A menos que la «lámpara» esté encendida, a menos que la enseñanza del Espíritu acompañe a la palabra, todo sigue siendo «tinieblas, oscuridad profunda». Si más habitualmente esperáramos para recibir la luz de la palabra y velásemos para aprovecharla, no nos quejaríamos tan a menudo de la perplejidad de nuestro camino. Charles Bridges.
Vers. 105. «Lámpara es a mis pies tu palabra», etc. Lo que todos necesitamos no es ver maravillas que nos deslumbren, ni ser arrebatados en visiones y esplendores extáticos, sino un poco de luz en el camino oscuro y difícil que tenemos que recorrer, una lámpara que arda con firmeza y provecho sobre la tarea que tenemos entre manos. Las estrellas son infinitamente más sublimes, los meteoros infinitamente más magníficos y deslumbrantes; pero la lámpara que alumbra en un lugar oscuro está infinitamente más cerca de nuestras necesidades prácticas. De «The Expositor», 1864.
Vers. 105. «Lámpara es a mis pies tu palabra.» Fui a una comarca a dos millas de distancia, donde muy pocos sabían leer, para pasar una tarde leyendo a un grupo reunido para escuchar, y estando a punto de volver por un estrecho sendero a través del bosque, donde los caminos se bifurcaban, me proveyeron de una antorcha de madera resinosa, de «pino de tea». Puse objeciones: era demasiado pequeña, no pesaba más de media libra. «Le alumbrará hasta su casa», respondió mi anfitrión. Dije: «El viento puede apagarla». Él dijo: «Le alumbrará hasta su casa». «¿Y si llueve?», objeté de nuevo. «Le alumbrará hasta su casa», insistió.
Contrariamente a mis temores, dio abundante luz a mi camino durante todo el trayecto de regreso, y muchas veces pienso que fue una ilustración apropiada de cómo los corazones que dudan serían conducidos con seguridad por el «camino angosto». Si tomaran la Biblia como guía, sería lámpara a sus pies y los llevaría al hogar celestial. Cierto hombre tenía cinco objeciones contra la Biblia. Si la tomara como lámpara a sus pies, «le alumbraría hasta su casa». Otro me dijo que tenía dos faltas que achacar a la Biblia. Le respondí con las palabras de mi buen amigo que me dio la antorcha: «Le alumbrará hasta su casa». De «The American Messenger», 1881.
Vers. 105. «Lámpara a mis pies», etc. Todo depende de nuestra manera de usar la lámpara. Un hombre cuenta que, siendo niño, se sentía orgulloso de llevar el farol de su maestro de la escuela dominical. El camino a su escuela pasaba por calles sin alumbrado y llenas de barro. El niño sostenía el farol demasiado alto, y ambos se hundieron en el lodo profundo. «¡Ah! Tienes que sostener la lámpara más baja», exclamó el maestro cuando ganaron suelo firme al otro lado del cenagal. Entonces el maestro explicó de manera hermosa nuestro texto, y el hombre afirma que nunca olvidó la lección de aquella noche. Es fácil sostener la lámpara demasiado alta; pero difícilmente se la puede sostener demasiado baja. James Wells, en «Bible Images», 1882.
Vers. 105. Luz.
Guíame, luz bondadosa, en medio de las tinieblas que me rodean,
guíame tú.
La noche es oscura y estoy lejos de casa,
guíame tú.
Guarda tú mis pies; no pido ver
el paisaje lejano; un solo paso me basta. John Henry Newman (1801).
Vers. 105-106. «Lumbrera a mi camino.» «Juré y lo ratifiqué», etc. He mirado tu palabra como una lámpara a mis propios pies, como algo que me concierne de cerca, y entonces he jurado, y lo cumpliré, que guardaré tus justos juicios. Es un medio poderoso para despertar el espíritu del hombre y avivarlo a la obediencia mirar la palabra como escrita para él mismo, como lámpara y luz para él. Cuando venís a oír la Palabra de Dios, y Dios dirige al ministro de modo que captáis la verdad como dicha a vosotros, os moverá y os despertará, y diréis: «¡Ay de mí, hoy me pareció que cada palabra que dijo el ministro iba dirigida a mí; debo prestarle atención!». Y así, cada palabra de la Escritura que te concierne, Dios te la escribe a ti; y si estás dispuesto a tomarla así, será un medio poderoso para estimularte a la obediencia. Jeremiah Burroughs, 1599-1646.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Esquemas sobre las palabras clave del salmo, por el pastor C. A. Davis.
Versículos 105-112. La palabra, una lámpara. Para guía (Sal 119:105-106). Para vida en la aflicción (Sal 119:107). Para preservación en el peligro de los enemigos (Sal 119:109-110). Para gozo del corazón (Sal 119:111-112).
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 105-108.
- Iluminación (Sal 119:105).
- Decisión (Sal 119:106).
- Prueba: «Estoy afligido» (Sal 119:107).
- Consagración (Sal 119:108).
- Instrucción: «enséñame», etc. (Sal 119:108).
Vers. 105. El uso práctico, personal y cotidiano de la palabra de Dios.
Vers. 105. La luz de la lámpara.
- El peligroso viaje nocturno del creyente por el mundo.
- La lámpara que ilumina su senda.
- El día eterno hacia el cual viaja (cuando la lámpara se dejará a un lado: Ap 22:5). C. A. D.
Salmos 119:106
Vers. 106. «Juré y lo ratifiqué, que guardaré tus justos juicios.» Bajo la influencia de la clara luz del conocimiento había tomado una firme decisión y declaró solemnemente su propósito a la vista de Dios. Quizá desconfiando de su propia mente voluble, se había comprometido en forma sagrada a permanecer fiel a las determinaciones y decisiones de su Dios. Cualquiera que fuese el camino que se abriera ante él, había jurado seguir solamente aquel sobre el cual brillaba la lámpara de la palabra. Las Escrituras son los juicios, o veredictos, de Dios sobre grandes cuestiones morales; todos ellos son justos, y por tanto los hombres justos deben estar resueltos a guardarlos a toda costa, puesto que siempre debe ser correcto hacer lo correcto. La experiencia muestra que cuanto menos pactan y juran formalmente los hombres, mejor, y el espíritu de la enseñanza de nuestro Salvador está en contra de todo compromiso y juramento superfluo; y sin embargo, bajo el evangelio debemos sentirnos tan obligados a obedecer la palabra del Señor como si hubiéramos hecho juramento de hacerlo. Los lazos del amor no son menos sagrados que las cadenas de la ley. Cuando un hombre ha hecho un voto, debe tener cuidado de «cumplirlo»; y cuando un hombre no ha prometido con tantas palabras guardar los juicios del Señor, está igualmente obligado a hacerlo por obligaciones que existen al margen de cualquier promesa de nuestra parte, obligaciones fundadas en la eterna conveniencia de las cosas y confirmadas por la abundante bondad del Señor nuestro Dios. ¿No reconocerá todo creyente que está obligado con el Señor redentor a seguir su ejemplo y guardar sus palabras? Sí, los votos del Señor están sobre nosotros, especialmente sobre quienes hemos hecho profesión de discipulado, hemos sido bautizados en el nombre tres veces santo, hemos comido de los memoriales consagrados y hemos hablado en el nombre del Señor Jesús: estamos alistados y hemos jurado, y estamos obligados a ser soldados leales durante toda la guerra. Así, habiendo tomado la palabra en nuestro corazón por una firme resolución de obedecerla, tenemos una lámpara dentro de nuestra alma tanto como en el Libro, y nuestro curso será luminoso hasta el fin.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 106. «Juré», etc. La paráfrasis de Patrick dice: «He resuelto solemnemente y me he atado con los lazos más sagrados, que nunca romperé, sino que ahora confirmo».
Vers. 106. «Juré.» Quisiera ahora instarte a que hagas una entrega solemne de ti mismo al servicio de Dios. No te limites a formar tal propósito en tu corazón, sino decláralo expresamente en la presencia divina. Tal solemnidad en la manera de hacerlo es ciertamente muy razonable por la naturaleza de las cosas, y es sin duda muy conveniente para atar al Señor un corazón tan traicionero como sabemos que es el nuestro. Será grato reflexionar que fue hecho en tal y tal ocasión, con tales y tales circunstancias de lugar y de modo, que pueden servir para impresionar la memoria y la conciencia. El sentido de los votos de Dios que están sobre ti te fortalecerá en la hora de la tentación; y el recuerdo podrá alentar tu humilde confianza y libertad al acudir a él bajo el carácter y la relación de tu Dios y Padre del pacto, según lo requieran las necesidades futuras.
Hazlo, pues, pero hazlo deliberadamente. Considera qué es lo que vas a hacer; y considera cuán razonable es que se haga, y que se haga de corazón y con alegría, «no por obligación, sino voluntariamente»; porque en este sentido, y en cualquier otro, «Dios ama al dador alegre»…
Permíteme recordarte que esta entrega ha de ser perpetua. Debes entregarte a Dios de tal manera que nunca más pretendas ser tuyo; porque los derechos de Dios son, como su naturaleza, eternos e inmutables, y con respecto a sus criaturas racionales son los mismos ayer, hoy y por los siglos.
Aconsejaría e instaría además que esta dedicación se haga con toda la solemnidad posible. Hazla en palabras expresas. Y quizá en muchos casos sea lo más conveniente, como han recomendado muchos teólogos piadosos, hacerla por escrito. Pon tu firma y tu sello en ella: «que tal día de tal mes y año, y en tal lugar, tras plena consideración y seria reflexión, llegaste a esta feliz resolución: que, hicieran lo que hicieran los demás, tú servirías al Señor». Philip Doddridge (1702-1751), en «The Rise and Progress of Religion in the Soul».
Vers. 106. Renueva con frecuencia resoluciones firmes y santas. Un soldado que no está resuelto a pelear puede ser derrotado fácilmente. El valor verdadero y afilado pisotea las dificultades que triunfarían sobre un espíritu frío y vacilante. La resolución en un hombre débil logrará más que la fuerza en un cobarde. La debilidad de nuestras gracias, la fuerza de nuestras tentaciones y la diligencia de nuestros enemigos espirituales exigen resoluciones fuertes. Debemos estar «firmes y constantes», y esto nos hará «abundar siempre en la obra del Señor» (1 Co 15:58). El ejercicio abundante en la obra de Dios fortalecerá el hábito de la gracia, aumentará nuestra destreza en el combate y nos hará la victoria más fácil y agradable. Formemos resoluciones creyentes y humildes en la fuerza de la gracia de Dios, con temor de nosotros mismos, pero con confianza en Dios. David se ligó a Dios con un voto de corazón, dependiendo de su fortaleza: «Juré y lo ratifiqué, que guardaré tus justos juicios». Esto no era en su propia fuerza, pues en el v. 107 pide a Dios que lo avive, y que acepte «los sacrificios voluntarios de su boca» (v. 108), a saber, el juramento que procedía de una voluntad libre y resuelta. Dios no despreciará, sino que fortalecerá, las afectuosas resoluciones de su criatura. No podemos evitar caer a menos que primero evitemos que decaigan nuestras resoluciones. Stephen Charnock.
Vers. 106. «Juré y lo ratifiqué.» Teodorico, arzobispo de Colonia, cuando el emperador Segismundo le preguntó cuál era el camino más directo y breve para alcanzar la verdadera felicidad, respondió brevemente: «Cumple cuando estés sano lo que prometiste cuando estabas enfermo». David así lo hizo; hizo votos en la guerra y los pagó en la paz; y así deben hacer todos los buenos; no como el astuto diablo, del cual escribe el epigramatista:
«El diablo estaba enfermo, el diablo quería ser monje;
el diablo se curó, el diablo monje fue».
Ni como muchos hoy en día que, si la mano de Dios solo pesa un poco sobre ellos, ¡oh, qué promesas, qué compromisos de enmendar la vida! Como el mármol ante la lluvia, parecen sudar y derretirse, pero conservan su dureza. Que se les quite la vara de la espalda, o que se les devuelva la salud, y entonces, mientras sus cuerpos viven, sus votos mueren; todo se olvida; más aún, muchas veces ocurre que son mucho peores que antes. De «Things New and Old», de John Spencer, 1658.
Vers. 106. «Tus justos juicios.» Así llama David a la palabra de Dios, porque juzga con suma justicia entre el bien y el mal, la verdad y la falsedad. Y, en segundo lugar, porque según el juicio dado en ella, Dios actuará con los hombres. Prestémosle atención; porque la palabra contiene el juicio de Dios sobre los hombres y tiene un catálogo de los que no heredarán el reino de Dios, y otro de los que morarán en el tabernáculo de Dios; leamos y veamos en cuál de los dos catálogos estamos nosotros mismos; porque conforme a esa palabra irá el juicio. William Cowper.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 106. La decisión por Dios y los modos adecuados de expresarla.
Vers. 106.
- Veneración por la palabra.
- Consagración a la palabra.
- Fidelidad a la palabra. G. R.
Vers. 106. Jurar y cumplir.
- La utilidad de los votos religiosos. Para avivar la percepción; para despertar la conciencia (visto en la nación judía: Éx 24:3, 7; 2 Cr 15:12-15; Neh 5:28, 29; en la nación escocesa, la Solemn League and Covenant).
- El peligro de los votos religiosos. Un voto incumplido, o del que uno se retracta, es un daño moral: Ec 5:4-7.
- La salvaguarda de los votos religiosos: la dependencia del Espíritu de Dios: Ez 11:19-20; 2 Co 4:5. C. A. D.
Salmos 119:107
Vers. 107. «Afligido estoy en gran manera.» Según el versículo anterior, había sido alistado como soldado del Señor, y en este versículo es llamado a sufrir penalidades en esa calidad. Nuestro servicio al Señor no nos libra de la prueba, sino que más bien nos la asegura. El salmista era un hombre consagrado y, con todo, un hombre disciplinado; y sus castigos no eran leves; pues parecía que cuanto más obedecía, más era afligido. Evidentemente sentía que la vara cortaba hondo, y esto lo expone ante el Señor. No habla murmurando, sino suplicando; de la muy grande aflicción argumenta en favor de un muy grande avivamiento.
«Vivifícame, oh Jehová, conforme a tu palabra.» Este es el mejor remedio para la tribulación; el alma se eleva por encima del pensamiento de la angustia presente y se llena de ese santo gozo que acompaña a toda vida espiritual vigorosa, y así la aflicción se hace ligera. Solo Jehová puede vivificar: él tiene vida en sí mismo y por eso puede comunicarla con facilidad; puede darnos vida en cualquier momento, sí, en este mismo instante; pues es propio de vivificar el obrar con presteza. El Señor ha prometido, preparado y provisto esta bendición de vida renovada para todos sus siervos que esperan: es una bendición del pacto, y es tan alcanzable como necesaria. Con frecuencia la aflicción es hecha el medio de la vivificación, así como el avivar un fuego aumenta el calor de la llama. En su aflicción algunos desean la muerte; pidamos nosotros vida. Nuestros presentimientos en la prueba suelen ser muy sombríos; roguemos al Señor que obre con nosotros no conforme a nuestros temores, sino conforme a su propia palabra. David tenía pocas promesas que citar, y probablemente estaban en sus propios salmos, y sin embargo alega la palabra del Señor; cuánto más debemos hacerlo nosotros, puesto que a nosotros tantos santos hombres han hablado por el Espíritu del Señor en esa maravillosa biblioteca que es ahora nuestra Biblia. Ya que tenemos más promesas, ofrezcamos más oraciones.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 107. «Afligido estoy en gran manera», etc. De donde aprendemos:
- No es cosa extraña que los hombres más santos conozcan la clase más triste de aflicción, corporal y espiritual: «Afligido estoy en gran manera».
- Venga de donde venga la aflicción, la fe va solo a Dios en busca de consuelo, como aquí: «Vivifícame, oh Jehová».
- Cuando Dios tiene a bien avivar la palabra de promesa, o cumplir lo que la promesa nos permite esperar, tal consolación es antídoto suficiente contra la aflicción más pesada: «Vivifícame, oh Jehová, conforme a tu palabra». David Dickson.
Vers. 107. «Afligido estoy en gran manera.» Con cuánta persuasión podemos recomendar el beber alegremente la copa del dolor cuando está en manos de otros, pero qué muecas hacemos cuando la ponen en las nuestras. Alfred John Morris, 1814-1869.
Vers. 107. «Afligido estoy… vivifícame.» El cristiano vive en medio de cruces, como el pez vive en el mar. Jean Baptiste Marie Vianney, 1786-1859.
Vers. 107. «Vivifícame, oh Jehová.» ¿Cómo nos vivifica Dios? Reviviendo nuestras gracias que sufren, tales como nuestra esperanza, paciencia y fe. Así nos infunde vida otra vez, para que sigamos con alegría en nuestro servicio, mediante la infusión de nuevos consuelos. Reanima el corazón de los contritos, como dice el profeta (Is 57:15). Esto es muy necesario, pues el salmista dice en otro lugar: «Vivifícanos, e invocaremos tu nombre» (Sal 80:18). El desconsuelo y el desaliento debilitan nuestras manos para invocar a Dios. Hasta que el Señor nos alegra de nuevo no tenemos vida en la oración. Dos cosas en especial usa Dios para vivificarnos en la aflicción: reavivar nuestro sentido de su amor y reavivar nuestra esperanza de gloria. Thomas Manton.
Vers. 107. «Conforme a tu palabra.» David repite a menudo esa frase, lo cual implica que David tenía presente alguna promesa que Dios había hecho para vivificar su corazón cuando estaba desconcertado, y así cuenta las influencias bondadosas del Espíritu de Dios y declara que nunca olvidará sus preceptos, porque por ellos lo había vivificado: Sal 119:93.
Así, pongan sus corazones muertos a los pies de Cristo, y aleguen de esta manera: Señor, mi corazón está sumamente embotado y distraído; no siento esas influencias ensanchadoras y enternecedoras que tus santos han sentido; pero ¿no son estas las principales misericordias materiales del pacto? ¿No prometes un espíritu de iluminación, convicción y humillación? ¿No es la santidad de corazón y de vida una rama principal de él? ¿No prometes en ello escribir tu ley en mi corazón, darme unidad de corazón, poner tu temor dentro de mí, someter mis corrupciones, ayudar mis debilidades en la oración? Ahora bien, Señor, estas son las misericordias que mi alma necesita y espera; llena mi alma de estas influencias vivificantes, reaviva tu obra de gracia en mi alma, atrae mi corazón hacia ti, aumenta mi afecto por ti, repara tu imagen, haz brotar la gracia en vivo ejercicio. ¿No se propone esa palabra bondadosa tal misericordia cuando dices que no solo darás un corazón nuevo, sino que «pondrás espíritu nuevo dentro de mí» (Ez 36:26), para hacer mi alma viva, activa y espiritual en los deberes y ejercicios? Amado Señor, ¿no estoy yo en pacto contigo? ¿Y no son estas misericordias del pacto? Entonces, Dios mío, ¿por qué está mi corazón así endurecido contra tu temor? ¿Por qué me dejas en toda esta muerte y distracción? Acuérdate de la palabra dada a tu siervo, en la cual me has hecho esperar y que me has ayudado a alegar; oh, vivifica mi corazón embotado conforme a tu palabra. Oliver Heywood.
Vers. 107. «Conforme a tu palabra.» David, cuando ruega ser vivificado, es animado a ello por una promesa. La pregunta es dónde estaría esta promesa. Algunos piensan que fue aquella promesa general de la ley: «haz estas cosas y vivirás por ellas» (Lv 18:5), y que de allí David sacó esta conclusión particular, que Dios daría vida a su pueblo. Pero más bien fue alguna otra promesa, alguna palabra de Dios que tenía, para respaldarlo en esta petición. El Señor nos ha hecho muchas promesas de santificar nuestra aflicción. El fruto de todo será la remoción del pecado (Is 27:9); de mejorarnos y aprovecharnos por ella (He 4:10); de moderar nuestra aflicción, de modo que detendrá su viento recio en el día del viento solano (Is 27:8); de que no pondrá sobre nosotros más de lo que podamos soportar (1 Co 10:13). Ha prometido que moderará nuestra aflicción, de modo que no seamos tentados más allá de nuestras fuerzas. Ha prometido que nos librará de ella, que la vara de la impiedad no reposará siempre sobre la suerte de los justos (Sal 125:3); que estará con nosotros en ella y nunca nos fallará (He 13:5). Ahora bien, argumento así: si el pueblo de Dios podía apoyar su corazón en la palabra de Dios cuando solo tenía indicios tan oscuros con que trabajar que no sabemos dónde está la promesa, ¡ah!, ¡cómo deberían nuestros corazones apoyarse en Dios, cuando tenemos tantas promesas! Cuando las Escrituras se han ampliado para consuelo y ensanche de nuestra fe, ciertamente deberíamos decir ahora como Pablo, cuando recibió una palabra: «Yo confío en Dios» (Hch 27:25); puedo esperar que Dios hará esto por mí, cuando su palabra lo dice por todas partes. Thomas Manton.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 107.
- Un hombre bueno muy afligido.
- Una cura segura para los males de la aflicción: «Vivifícame».
- Una regla segura para orar cuando se está afligido: «conforme a tu palabra».
Vers. 107.
- Los afligidos «en gran manera».
(a) El mundo tiene tales viudas, huérfanos, etc., etc.
(b) La mayoría pasa su turno.
- Pero hay «muchísima» gracia.
(a) La palabra de Dios promete la vivificación necesaria.
(b) Él mismo es muchísimo mayor que todas nuestras necesidades.
(c) Cristo murió «en todo», tiene toda ayuda.
- Por tanto, lleva «muchísima» fe, como el salmista aquí.
(a) De ojo agudo para las promesas.
(b) Ferviente en alegarlas.
(c) Firme en la expectativa. W. B. H.
Salmos 119:108
Vers. 108. «Te ruego, oh Jehová, que te sean agradables los sacrificios voluntarios de mi boca.» Los vivientes alaban al Dios viviente, y por eso el vivificado presenta su sacrificio. Ofrece oración, alabanza, confesión y testimonio; estas cosas, presentadas con su voz en presencia de un auditorio, eran el tributo de su boca a Jehová. Tiembla de que sean pronunciadas tan mal que desagraden al Señor, y por eso implora aceptación. Alega que el homenaje de su boca era rendido con alegría y espontaneidad; todas sus expresiones eran ofrendas voluntarias. No puede haber valor en confesiones arrancadas a la fuerza: las rentas de Dios no provienen de impuestos forzados, sino de donativos voluntarios. No puede haber aceptación donde no hay voluntad; no hay obra de gracia libre donde no hay fruto de libre voluntad. La aceptación es un favor que hay que pedir al Señor con toda seriedad, porque sin ella nuestras ofrendas son peores que inútiles. ¡Qué maravilla de gracia que el Señor acepte algo de unos seres tan indignos como nosotros!
«Y me enseñes tus juicios.» Cuando rendimos al Señor lo mejor que tenemos, nos preocupamos tanto más por hacerlo mejor. Si en verdad el Señor nos acepta, entonces deseamos ser instruidos más aún, para ser todavía más aceptables. Después de la vivificación necesitamos enseñanza: vida sin luz, o celo sin conocimiento, sería solo la mitad de una bendición. Estos repetidos clamores por enseñanza muestran la humildad del hombre de Dios, y nos descubren también nuestra propia necesidad de instrucción semejante. Nuestro juicio necesita educación hasta que conozca los juicios del Señor, esté de acuerdo con ellos y obre conforme a ellos. Esos juicios no siempre son tan claros como para verse de inmediato; necesitamos ser enseñados en ellos hasta admirar su sabiduría y adorar su bondad en cuanto los percibamos.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 108. Los sacrificios voluntarios de la boca pueden ser las ofrendas que la boca había prometido y votado. ¿Y quién puede reclamarlas como el Señor? Suyas son todas las cosas. John Stephen.
Vers. 108. «Los sacrificios voluntarios de mi boca.» Este pasaje da a conocer aquella especie de sacrificios que ni las tribulaciones ni la pobreza de medios pueden impedir, y que no requiere un templo exterior, sino que en lugares desiertos y entre los paganos puede ser ofrecida por un hombre piadoso. Y estos sacrificios de la boca Dios mismo los estima más que si le hubieran sido ofrecidos todos los rebaños de toda la tierra y todos los tesoros de oro, de plata y de piedras preciosas. Wolfgang Musculus.
Vers. 108. «Sacrificios voluntarios.» Esta expresión se usa a menudo en la ley (Lv 22:18; Nm 29:39; 2 Cr 31:14; Am 4:5). ¿Qué son estas ofrendas voluntarias? Se distinguen del culto establecido de Dios, y se distinguen de aquel servicio que caía bajo un voto. Además de los sacrificios de paz establecidos, había ciertos sacrificios que se hacían en ciertas ocasiones, para testimoniar la bondad general de Dios y al recibir alguna misericordia especial; y se verá que estos sacrificios se distinguen expresamente de los servicios a que los hombres se obligaban por voto (Lv 7:16)… Estos sirven para enseñarnos dos cosas.
Primero. Nos enseñan cuán dispuestos debemos estar a aprovechar todas las ocasiones de gratitud y de culto espiritual; pues, además de sus servicios votados y sacrificios instituidos, tenían sus ofrendas voluntarias, presentadas a Dios en gratitud por alguna bendición especial recibida, o por liberación de un peligro.
Segundo. Muestra con cuánta espontaneidad y alegría debemos acercarnos al culto de Dios en el evangelio, y qué disposición libre de corazón debe haber, y qué filo en nuestros afectos, en todo lo que ofrecemos a Dios; en este último sentido nuestras ofrendas a Dios, la oración y la alabanza, deben ser ofrendas voluntarias, que salgan de nosotros no como el agua de un alambique forzada por el fuego, sino como el agua de una fuente, con libertad nativa, de buena gana y libremente. Thomas Manton.
Vers. 108. «Ofrendas.» Todo el pueblo de Dios ha sido hecho sacerdote para Dios; pues toda ofrenda supone un sacerdote: por eso se dice que Cristo Jesús nos ha hecho reyes y sacerdotes (Ap 1:6). Todos los cristianos tienen comunión con Cristo en todos sus oficios; lo que Cristo fue, eso ciertamente lo son ellos en alguna medida y grado. Thomas Manton.
Vers. 108. «Te ruego, oh Jehová, que te sean agradables los sacrificios voluntarios de mi boca.» Es una gran gracia que el Señor acepte algo de nosotros, si consideramos estas tres cosas: primero, quién es el Señor; luego, qué somos nosotros; tercero, qué es lo que tenemos para darle.
En cuanto al Señor, él es todosuficiente y no necesita nada de lo que podamos darle. Nuestra bondad no llega hasta el Señor.
En cuanto a nosotros, somos pobres criaturas, que vivimos de su liberalidad; más aún, mendigando a todas las demás criaturas suyas: al sol y a la luna; al aire, al agua y a la tierra; a las aves y a los peces; más aún, a los gusanos: unos nos dan luz, otros alimento, otros vestido; ¿y son mendigos como nosotros aptos para dar a un rey?
Y, tercero, si lo consideramos bien, ¿qué es lo que damos? ¿Tenemos algo que dar que no hayamos recibido de él? ¿Y de lo cual podamos decir con David: «Oh Jehová, todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos» (1 Cr 29:14)? Que esto nos humille y nos refrene de esa vana presunción de merecer algo de la mano de Dios.
David en este tiempo, en su gran necesidad, no teniendo otro sacrificio que ofrecer al Señor, le ofrece los becerros de sus labios; pero sin duda, cuando pudo, ofreció más.
No hay nada tan pequeño que, si viene de un buen corazón, Dios no lo acepte: el óbolo de la viuda, un vaso de agua fría; sí, y la alabanza de nuestros labios, aunque no se le una ninguna otra oblación externa; pero donde los hombres pueden hacer más y no quieren, es prueba de que su corazón no está sinceramente afecto hacia él y de que sus alabanzas no le son gratas. William Cowper.
Vers. 108. «Te ruego, oh Jehová, que te sean agradables los sacrificios voluntarios de mi boca, y me enseñes tus juicios.» Dos cosas se nos enseña aquí a pedir en relación con nuestras prácticas religiosas.
- Su aceptación: a esto debemos aspirar en todo lo que hacemos en religión, para que, presentes o ausentes, seamos aceptados por el Señor. Lo que David pide aquí con ardor que sea aceptado son «los sacrificios voluntarios», no de su bolsa, sino de su «boca», sus oraciones y alabanzas; «los becerros de nuestros labios» (Os 14:2); «fruto de labios» (He 13:15); estas son las ofrendas espirituales que todos los cristianos, como sacerdotes espirituales, deben ofrecer a Dios; y deben ser «ofrendas voluntarias»; pues debemos ofrecerlas abundante y alegremente; y es esta mente dispuesta la que es aceptada. Cuanto más hay de libertad y buena voluntad en el servicio de Dios, tanto más le agrada.
- Ayuda en ellas: «Enséñame tus juicios». No podemos ofrecer nada a Dios que tengamos razón para pensar que él aceptará, sino aquello en cuyo hacer él tiene a bien instruirnos; y debemos ser tan fervientes por la gracia de Dios en nosotros como por el favor de Dios hacia nosotros. Matthew Henry.
Vers. 108. «Enséñame tus juicios.» Como si el hombre de Dios dijera: Hay una cosa a la cual me dedicaré, a saber, a ver cómo castigas a los impíos y conduces a tus hijos. De modo que debemos aprender que, así como es necesario entender la ley y el evangelio, también es necesario discernir los juicios de Dios. Porque así como no podemos aprender lo uno sin observar la misericordia de Dios, tampoco podemos alcanzar lo otro sin notar su venganza. Debemos ver siempre, por la enseñanza particular del Espíritu de Dios, cómo castiga el Señor con justicia y, sin embargo, con misericordia; con ira y, sin embargo, con amor; con rigor y aborrecimiento de nuestro pecado, humillándonos con una mano; con piedad y compasión para nuestra salvación, consolándonos con la otra mano. Vemos entonces cómo ora el profeta, tanto para verlos como para notarlos: necesitamos enseñar esto a menudo, porque soñamos tanto con la necesidad fatal y con el encadenamiento de las causas naturales, o bien porque no podemos discernir entre las cruces de los piadosos y las de los impíos. Es, pues, un don singular de Dios discernir cómo por los mismos medios el Señor humilla a los buenos y derriba a los malos. Richard Greenham.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 108. Considera:
- El título instructivo dado a la oración y la alabanza: «Los sacrificios voluntarios de mi boca».
(a) Muestra que el creyente es sacerdote: «ofrendas».
(b) Muestra la peculiaridad de su servicio: «voluntarios».
(c) Implica una consagración de todo corazón.
- La humildad retratada en la oración: «Te ruego».
(a) Aquí no hay jactancia farisaica.
(b) Incluso la ofrenda voluntaria se siente necesitada de un «te ruego».
- El anhelante deseo de mayor instrucción para una obediencia más perfecta: «Enséñame tus juicios». J. P.
Vers. 108. La libre voluntad en busca de la gracia libre. W. D.
Vers. 108. Trabajo para los «de libre voluntad».
- Ofrendas de oración por cada una de las bendiciones de la salvación.
- Ofrendas de repudio de toda pretensión de bien sin ayuda.
- Ofrendas de alabanza por la gracia soberana. W. B. H.
Salmos 119:109
Vers. 109. «De continuo está mi vida en peligro.» Vivía en medio del peligro. Tenía que luchar siempre por su existencia, escondiéndose en cuevas o combatiendo en batallas. Esta es una situación muy incómoda y penosa, y los hombres tienden a pensar que cualquier recurso es justificable con tal de poner fin a tal condición; pero David no se desvió para buscar seguridad en el pecado, pues dice:
«Mas no me he olvidado de tu ley.» Dicen que todo vale en el amor y en la guerra; pero el hombre santo no pensaba así: mientras llevaba su vida en la mano, llevaba también la ley en el corazón. Ningún peligro del cuerpo debe hacernos poner en peligro nuestras almas olvidando lo que es recto. La angustia hace que muchos olviden su deber, y habría tenido el mismo efecto sobre el salmista si no hubiera obtenido vivificación (Sal 119:107) y enseñanza (Sal 119:108). En su memoria de la ley del Señor estaba su seguridad; estaba cierto de no ser olvidado por Dios, porque él no olvidaba a Dios. Es una prueba especial de gracia cuando nada puede expulsar la verdad de nuestros pensamientos ni la santidad de nuestras vidas. Si recordamos la ley aun cuando la muerte nos mira de frente, podemos estar bien seguros de que el Señor se acuerda de nosotros.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 109. «De continuo está mi vida en peligro.» Tenía su alma en la mano, lista para darla cuando Dios la tomase. Y hay que observar que ninguna tribulación está tan pronta a quitar la vida a los hijos de Dios como ellos están prontos a darla. Como Elías salió a la boca de su cueva para encontrarse con el Señor, y Abraham a la puerta de su tienda para hablar con el ángel, así el alma del piadoso está lista a la puerta del tabernáculo de este cuerpo para partir cuando el Señor lo mande; mientras que el alma del impío se queda atrás, escondiéndose, como Adán entre los árboles, y es sacada del cuerpo por la fuerza; como lo fue el alma de aquel hombre mundano: «Esta noche vienen a pedirte tu alma»; pero nunca sacrifican sus almas de buena gana al Señor. William Cowper.
Vers. 109. «De continuo está mi vida en peligro.» Si alguien lleva en la mano un vaso frágil, de vidrio o de otro material semejante, lleno de un licor precioso, sobre todo si la mano es débil o si por otras causas amenazan peligros, difícilmente podrá evitar que el vaso se rompa y el licor se derrame. Tal es la condición de mi vida, que yo, acosado por diversos enemigos, llevo como en mi mano; la cual, por tanto, está expuesta a tan gran peligro que siempre tengo la muerte presente ante mis ojos, con mi vida colgando del hilo más delgado. Andreas Rivetus, 1572-1651.
Vers. 109. «De continuo está mi vida en peligro.» El creyente está siempre en las mismas fauces de la muerte. Vive con las alas extendidas para volar. Pablo testificó: «Cada día muero». En el extremo de la persecución, el ferviente deseo era saber lo que Dios quería que hiciese. Henry Law.
Vers. 109. «De continuo está mi vida en peligro.» No hago más caso de la vida que un niño de su pajarillo, que lleva en la palma de la mano abierta. John Trapp.
Vers. 109. «De continuo está mi vida en peligro», etc. ¿Por qué dice David: «Mi alma está en mi mano»? ¿Había sacado su alma de la mano de Dios y tomado sobre sí el cuidado de ella? De ninguna manera. Su sentido es solo este: Camino en medio de peligros y entre mil muertes continuamente; estoy en muertes muchas veces, mi vida está expuesta a peligros cada día, y sin embargo no me olvido de tu ley: me mantengo cerca de ti y me mantendré cerca de ti, venga lo que venga. Agustín, sobre ese pasaje, confiesa con ingenuidad que no entendía qué quería decir David con tener su alma en sus manos; pero Jerónimo, otro de los antiguos, nos enseña que es un hebraísmo, que significa un estado de peligro extremo. También los griegos lo han convertido en proverbio que dice lo mismo.
Pero ¿por qué tener o poner la vida en la mano significa exponerla al peligro? Hay una doble razón.
Primera. Porque las cosas que se llevan abiertamente en la mano tienden a caerse de la mano, y llevadas a la vista tienden a ser arrebatadas o arrancadas de la mano. Y por eso, aunque estar en la mano de Dios significa seguridad, porque su mano está armada de poder irresistible para protegernos, que un hombre lleve una cosa en su propia mano es llevarla en peligro, porque su mano es débil y hay maneras más seguras de llevar o transportar una cosa que abiertamente en la mano. Si un hombre ha de hacer un largo viaje a caballo con algún tesoro, no lo lleva en la mano, sino que lo pone en algún lugar secreto y cerrado donde pueda estar oculto, y así más seguro. El parafraste caldeo, para expresar la elegancia de aquel lugar del Salmo antes citado, lo expresa así: «Mi vida está en tanto peligro como si estuviera sobre la misma superficie o exterior de mi mano», como si no la tuviera agarrada, sino que descansara apenas sobre su mano; porque lo que se pone en la palma de la mano y no se agarra está en mayor peligro. Las cosas guardadas con seguridad están ocultas o bien sujetas.
Segunda. Hay otra razón de esa expresión, porque cuando un hombre está a punto de entregar una cosa o de cederla, la toma en la mano. Los que se exponen a grandes peligros y riesgos por Dios y su pueblo, entregan sus vidas y todo lo que tienen a Dios. De aquí aquel consejo del apóstol (1 P 4:19): «Los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel Creador, haciendo el bien». Así aquí se dice que la vida de los hombres en peligro está puesta en la mano, porque tales están, por así decir, listos para entregar y encomendar sus vidas a Dios, para que él cuide de sus vidas y las preserve del peligro, o las tome para sí si las pierden en su servicio. Joseph Caryl.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 109. La vida del alma en peligro. La vida del alma asegurada.
Vers. 109-110. Aquí tenemos:
- A David en peligro de perder la vida. No hay más que un paso entre él y la muerte; pues «los impíos me han puesto lazo». Dondequiera que estaba hallaba alguna trama armada contra él, lo cual le hizo decir: «De continuo está mi vida en peligro». No era así solo como hombre, pues es verdad de todos nosotros que estamos expuestos a los golpes de la muerte, sino como hombre de guerra y, especialmente, como «varón conforme al corazón de Dios».
- A David sin peligro de perder su religión por este riesgo; pues:
(a) «No se olvida de la ley», y por tanto es probable que persevere.
(b) No se ha desviado todavía de los preceptos de Dios, y por tanto cabe esperar que no lo hará. M. Henry.
Salmos 119:110
Vers. 110. «Los impíos me tendieron lazo.» La vida espiritual es el escenario de un peligro constante: el creyente vive con su vida en la mano, y mientras tanto todos parecen conspirar para quitársela, con astucia si no pueden con violencia. No nos resultará cosa fácil vivir la vida de los fieles. Los espíritus malos y los hombres malos no dejarán piedra sin mover para nuestra destrucción. Si fallan todos los demás ardides, y ni siquiera los hoyos ocultos dan resultado, los impíos perseveran todavía en sus traidores esfuerzos y, haciéndose aún más astutos, tienden lazos a la víctima de su odio. Las piezas de caza más pequeñas se capturan por lo común de este modo: con trampa, cepo, red o lazo corredizo. A los hombres malos les es del todo indiferente la manera en que puedan destruir al hombre bueno; no piensan más en él que si fuera un conejo o una rata: la astucia y la traición son siempre las aliadas de la malicia, y todo sentimiento generoso o caballeresco es desconocido entre los sin gracia, que tratan a los piadosos como si fueran alimañas por exterminar. Cuando un hombre sabe que es asaltado de este modo, es muy propenso a volverse temeroso y a lanzarse a algún arbitrio precipitado para librarse, no sin pecado en el intento; pero David siguió tranquilamente su camino y pudo escribir:
«Pero yo no me desvié de tus mandamientos.» No fue atrapado, porque mantuvo los ojos abiertos y se mantuvo cerca de su Dios. No fue entrampado ni despojado, porque siguió el camino real de santidad, donde Dios asegura la seguridad a todo viajero. No se desvió de lo recto, y no fue disuadido de seguirlo, porque recurrió al Señor en busca de guía, y la obtuvo. Si nos desviamos de los mandamientos, nos apartamos de las promesas; si nos alejamos de la presencia de Dios, vagamos por los páramos donde los cazadores tienden libremente sus redes. Aprendamos de este versículo a estar en guardia, pues también nosotros tenemos enemigos astutos y malvados. Los cazadores ponen sus trampas en las sendas habituales de los animales, y nuestros peores lazos están tendidos en nuestros propios caminos. Si nos mantenemos en los caminos del Señor, escaparemos de los lazos de nuestros adversarios, pues sus caminos son seguros y libres de traición.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 110. Los impíos. Los llama hombres impíos, lo cual implica tres cosas. Primera, obran maldad. Segunda, la aman. Tercera, perseveran en ella. William Cowper.
Vers. 110. Un lazo. Una manera de capturar animales salvajes, como leones, osos, chacales, zorros, ciervos, corzos y gamos, era mediante una trampa (pach), que es la palabra usada en este lugar; se colocaba bajo tierra (Job 18:10), en la senda del animal (Pr 22:5), y lo atrapaba por la pata (Job 18:9). William Latham Bevan, en el Diccionario de la Biblia de Smith, 1863.
Vers. 110. «Los impíos me tendieron lazo.» Al comer, nos pone delante la gula; en el amor, nos impulsa a la lujuria; en el trabajo, a la pereza; en la conversación, a la envidia; en el gobierno, a la codicia; en la corrección, a la ira; en el honor, a la soberbia; en el corazón, pone pensamientos malos; en la boca, palabras malas; en las acciones, obras malas; despiertos, nos mueve a acciones malas; dormidos, a sueños sucios. Girolamo Savonarola, 1452-1498.
Vers. 110. «Me tendieron lazo»; «pero yo no me desvié», etc. No es el poner el cebo lo que daña al pez, si el pez no pica. Thomas Watson.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 110. Diversas clases de lazos, y el único modo de escapar de ellos.
Vers. 110. Considera:
- Algunos de los lazos que los pecadores tienden a los santos.
(a) Lazos doctrinales, de pecadores intelectuales.
(b) Falsas acusaciones, de pecadores malignos.
(c) Falsas adulaciones, de pecadores engañosos.
(d) Falsa caridad, de un gran número de pecadores hoy en día.
- La segura salvaguarda para la seguridad de un santo: «No me desvié de tus mandamientos». La obediencia a Dios da seguridad, porque:
(a) Entonces se sospecha de los lazos y se está en guardia contra ellos.
(b) Los pies no pueden quedar enredados en ellos.
(c) Dios guarda al que guarda su palabra. J. F.
Salmos 119:111
Vers. 111. «Por heredad he tomado tus testimonios para siempre.» Los escogió como su suerte, su porción, su patrimonio; y lo que es más, se aferró a ellos y los hizo suyos, tomándolos en posesión y disfrute. La elección de David es nuestra elección. Si pudiéramos tener lo que deseamos, desearíamos guardar los mandamientos de Dios perfectamente. Conocer la doctrina, disfrutar la promesa, practicar el mandamiento: sea este un reino bastante grande para mí. Aquí tenemos una herencia que no puede marchitarse ni ser enajenada; es para siempre, y nuestra para siempre, si así la hemos tomado. A veces, como Israel en su primera entrada en Canaán, tenemos que tomar nuestra heredad a fuerza de duro combate, y, si es así, vale todo nuestro trabajo y sufrimiento; pero siempre ha de ser tomada por una decidida elección del corazón y un firme asimiento de la voluntad. Lo que Dios da, nosotros debemos tomarlo.
«Porque son el gozo de mi corazón.» La alegría que le había venido por la palabra del Señor lo había llevado a hacer de ella una elección inalterable. Todas las partes de la Escritura habían sido agradables a David, y lo seguían siendo, y por eso se aferraba a ellas y pensaba aferrarse a ellas para siempre. Lo que alegra el corazón es seguro que será escogido y atesorado. No es el conocimiento de la cabeza, sino la experiencia del corazón, lo que trae el gozo.
En este versículo, que es el séptimo de su octava, hemos llegado a la misma dulzura que en el último séptimo (Sal 119:103): en verdad, en varios de los séptimos contiguos el deleite es evidente. ¡Qué buena cosa es cuando la experiencia madura en gozo, pasando por el dolor, la oración, el conflicto, la esperanza, la decisión y el santo contentamiento hasta llegar al regocijo! El gozo fija el espíritu: cuando el corazón de un hombre se regocija en la palabra divina, la estima en gran manera y queda unido a ella para siempre.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 111. «Por heredad he tomado tus testimonios», etc. La Escritura se llama «testimonios» con respecto al mismo Dios, porque da testimonio de él y nos lo hace conocer: da testimonio de todos aquellos atributos que son él mismo, de su sabiduría, de su poder, de su justicia, de su bondad, de su verdad. La declaración de estos, la tenemos toda en los diversos libros de las Escrituras: no hay libro que no dé testimonio de estos atributos. En el libro de Génesis tenemos un testimonio de su poder al hacer el mundo, de su justicia al ahogar el mundo, y de su bondad al salvar a Noé. En el libro de Éxodo tenemos un testimonio de su providencia al conducir al pueblo de Israel por el Mar Rojo, al sacarlos de Egipto; tenemos un testimonio de su sabiduría al darles su ley. ¿Qué más he de nombrar? En el Nuevo Testamento, en el Evangelio, todo es testimonio. Así como el Antiguo daba testimonio de Dios, así el Nuevo de Cristo: «De este dan testimonio todos los profetas»; no solo el Antiguo, sino el Nuevo: «Ellas son las que dan testimonio de mí». En todas partes hay testimonio de Cristo, de su humildad, al tomar nuestra naturaleza; de su poder, al hacer milagros; de su sabiduría, en las parábolas que habló; de su paciencia y amor, en los tormentos que sufrió por nosotros. Tanto la Ley como el Evangelio, todo el libro de la Escritura y cada parte de él en estos respectos, se llama con razón «los testimonios del Señor». Y el santo salmista escogió este nombre cuando había de hablar para honra y gloria de ella, porque era ese el nombre del cual extraía mucho consuelo, porque era el testimonio de la verdad, bondad, sabiduría y poder de Dios para con él; por eso la estima tan preciosa que la cuenta como su «heredad». Richard Holdsworth (1590-1649), en «The Valley of Vision».
Vers. 111. «Tus testimonios.» Por «testimonios» se entiende el pacto entre Dios y su pueblo, en el cual él se obliga a ellos, y a ellos a él. Algunos piensan que aquí se ensalza la excelencia de la palabra con muchos nombres; pero hay que atender a la propiedad de cada palabra: como antes por «juicios», así por esta palabra «testimonios» se entiende el pacto: no los mandamientos, porque estos no pueden ser una herencia, pues no pueden consolarnos, ya que no podemos cumplirlos, sino que fallamos en ellos y por tanto no podemos hallar consuelo en ellos. Es el evangelio el que trae paz y consuelo. «La ley», cuando se toma en general, contiene toda la palabra, y en particular los mandamientos; así «la palabra» en general contiene ley y evangelio, pero en particular las promesas, como en Ro 10. Del mismo modo, por los «testimonios», cuando se oponen a la ley, se entienden las promesas del pacto, como en Is 8, y este testimonio nos es confirmado por los sacramentos, como a ellos por los sacrificios. Richard Greenham.
Vers. 111. «Por heredad.» Por qué los testimonios divinos son llamados por el salmista una herencia, por qué los incluye en el ámbito de esta noción, quizá no se entienda tan fácilmente; pues la palabra de Dios señala la herencia, pero no es la herencia misma. Sin embargo, hay buena razón para la expresión, aunque no hubiera más que esto: que consideramos el consuelo inestimable y el tesoro celestial que se halla en la palabra de Dios; es una rica mina de todo tesoro celestial, es un almacén de todas las cosas buenas, de todo conocimiento salvador. Todos los privilegios, sean los que sean, que podemos esperar en la tierra o en el cielo, están contenidos en la palabra de Dios: he aquí razón suficiente para que se llame herencia; buena heredad tiene el que tiene todo esto.
Con todo, hay una razón mejor que esta; pues si es así que el cielo es nuestra herencia, entonces lo es la palabra de Dios; porque es la palabra la que señala el cielo, la que da la seguridad del cielo: tenemos en la palabra de Dios todas las pruebas del cielo. Cualquier título que tenga un santo para el cielo, lo tiene en la palabra de Dios y por ella. En la palabra de Dios están las pruebas: tanto la prueba de descubrimiento (es el santo registro catastral de la Canaán celestial) como la prueba de seguridad (es como un sagrado contrato o escritura entre Dios y su criatura). San Gregorio dijo con ingenio, cuando la llamó la epístola de Dios que envió al hombre para declarar su voluntad y beneplácito, que igual podría haberla llamado la escritura de donación de Dios, por la cual nos traspasa y transmite todas aquellas esperanzas que aguardamos en el cielo. Cualquier interés que tengamos en Dios, en Cristo, cualquier esperanza de bienaventuranza y gloria, cualquier consuelo del Espíritu, cualquier medida de gracia, todo nos es traspasado en las promesas del evangelio, en la palabra de Dios.
Ahora pon esto junto: así como en los asuntos humanos las escrituras de propiedad, aunque no sean propiamente la herencia misma, se llaman la herencia y lo son, si no de hecho, virtualmente, porque todo el título que tenemos a una herencia está en los documentos y escrituras; por eso las escrituras son cosas preciosas. Aunque no sea más que un pedazo de papel o de pergamino lleno de polvo y carcomido, a veces vale tanto como un condado, tanto como todas las demás posesiones de un hombre. Así también con las Escrituras; no son de hecho y propiamente la herencia misma, pero son via, el camino al reino. Se llama el evangelio del reino, más aún, el reino mismo: «El reino de Dios ha llegado a vosotros». ¿Por qué el reino? ¿Por qué la herencia? Por la misma razón, ambas cosas, porque aquí tenemos el traspaso, aquí tenemos la escritura, aquí tenemos la seguridad de cualquier título o reclamo que hagamos al cielo. Richard Holdsworth.
Vers. 111. «Son el gozo de mi corazón.» No dice que los testimonios de Dios traen gozo, sino que son gozo; no hay otro gozo que el deleite en la ley del Señor. Porque de todo otro gozo, el sabio rey dijo de la risa: «Enloquecida estás», y del gozo: «¿De qué sirve esto?» (Ec 2:2). El verdadero gozo es las arras que tenemos del cielo, es el tesoro del alma y, por tanto, debe guardarse en lugar seguro; y nada en este mundo es seguro para ponerlo. Y por eso decimos con la esposa: «Nos gozaremos y alegraremos en ti; nos acordaremos de tus amores más que del vino». Que otros busquen su gozo en el vino, en la sociedad, en la conversación, en la música; en cuanto a mí, tú has puesto alegría en mi corazón, mayor que la de ellos cuando abundaba su grano y su mosto. Estos son, en verdad, los preciosos frutos de la tierra, pero no sellan favor especial; un hombre puede tener junto con ellos un alma vacía, reseca y llena de paja. Y por eso estos no son los gozos de los santos; deben tener a Dios, o mueren de pena; su ley es su vida. Abraham Wright.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 111.
- Patrimonio.
- Entrada en posesión.
- Vinculación hereditaria.
- Disfrute.
Vers. 111. Observa:
- Cuán rico estaba decidido a ser el salmista: «Por heredad he tomado tus testimonios». Rico:
(a) En conocimiento.
(b) En santidad.
(c) En consuelo.
(d) En compañía, porque la compañía de Dios va con su palabra.
(e) En esperanza.
- Cómo se aferró a su riqueza: «Para siempre».
(a) No dañó a nadie al hacerlo; podía dar generosamente su porción y, sin embargo, no malgastar.
(b) Tenía razón; porque tenía la única riqueza de la cual es posible una posesión eterna.
(c) Fue sabio.
- Cómo se regocijó en su riqueza: «Son el gozo de mi corazón».
(a) Aquí hay gozo interior y profundo; no siempre posible en la posesión de riquezas.
(b) Gozo puro, sin mezcla; nunca ocurre así con otras riquezas.
(c) Gozo seguro; otros gozos son peligrosos.
(d) Gozo que no se puede perder. J. F.
Salmos 119:112
Vers. 112. «Mi corazón incliné a cumplir tus estatutos de continuo, hasta el fin.» No estaba a medias inclinado a la virtud, sino de corazón inclinado a ella. Todo su corazón estaba puesto en una piedad práctica y perseverante. Estaba resuelto a guardar los estatutos del Señor con todo su corazón, durante todo su tiempo, sin errar ni acabar. Se propuso como fin guardar la ley hasta el fin, y sin fin. Por la oración, la meditación y la resolución había hecho que todo su ser se inclinara hacia los mandamientos de Dios; o, como diríamos en otras palabras, la gracia de Dios lo había inclinado a inclinar su corazón en una dirección santificada. Muchos están inclinados a predicar, pero el salmista estaba inclinado a practicar; muchos están inclinados a cumplir ceremonias, pero él estaba inclinado a cumplir estatutos; muchos están inclinados a obedecer de vez en cuando, pero David obedecería de continuo; y, ay, muchos están inclinados a una religión pasajera, pero este hombre piadoso iba rumbo a la eternidad: cumpliría los estatutos de su Señor y Rey hasta el fin. Señor, envíanos una inclinación de corazón celestial como esta: entonces mostraremos que tú nos has vivificado y enseñado. Para ello, crea en nosotros un corazón limpio y renueva cada día un espíritu recto dentro de nosotros, pues solo así nos inclinaremos en la dirección correcta.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 112. «Mi corazón incliné a cumplir tus estatutos de continuo», etc. En el versículo anterior mostró su fe y el gozo que de ella procedía; ahora muestra que en este gozo guardará los mandamientos; con lo cual muestra que este era un gozo verdadero, porque producía un cuidado de hacer el bien. Pues si creemos verdaderamente las promesas, entonces amamos también los mandamientos; de lo contrario la fe es vana; el cuidado de vivir una vida piadosa alimenta la fe en las promesas de Dios. Esta es entonces la causa por la que muchos no hacen caso de la palabra y los sacramentos; o si hacen algo, es en vano, porque no se esfuerzan por guardar los mandamientos. Pues a menos que tengan cuidado de hacer esto, la palabra de Dios no puede serles provechosa, ni los sacramentos sagrados. Richard Greenham.
Vers. 112. «Mi corazón incliné a cumplir», etc. Observa. En Sal 119:36 oró a Dios diciendo: «Inclina mi corazón a tus testimonios». Y aquí habla de sí mismo, diciendo: «Mi corazón incliné a cumplir tus estatutos de continuo, hasta el fin». ¿Qué necesidad había, entonces, de pedir a Dios lo que en otro lugar se gloría de haber hecho él mismo? Respondo: Estas cosas no son contrarias la una a la otra. Dios inclina, y el hombre piadoso inclina. El hombre inclina esforzándose; Dios inclina realizando. Ni lo que el hombre intenta, ni lo que logra esforzándose hacia el bien, viene del hombre, sino de Dios, que da «tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Fil 2:13). Wolfgang Musculus.
Vers. 112. El corazón pecaminoso de por sí correrá hacia cualquier parte: hacia las cosas terrenales, hacia las cosas malas, o hacia cosas impertinentes e inoportunas; pero no vendrá a lo que debe atender ni permanecerá en ello; por tanto, hay que tomarlo como por la fuerza y ponerlo en las cosas espirituales, ponerlo a reflexionar y meditar en las cosas celestiales. Un corazón carnal es como la piedra imán: no se adhiere sino al acero o al hierro, y ambos se unen fácilmente; pero el corazón debe ser de otra propiedad y obrar de una manera más elevada. Y un buen corazón, aunque piensa demasiado en lo terrenal y corre a menudo por mal camino, con todo se dispondrá en su pensar hacia los objetos correctos, y hará que él y ellos se encuentren y se unan. David nos dice cómo lo hizo: inclinó su corazón a los mandamientos de Dios, tanto para guardarlos como para meditar en ellos. Tomó y dobló su corazón, como una cosa que se doblaba demasiado hacia otras cosas; puso su mente a reflexionar en ello. Halló su corazón y la ley de Dios demasiado separados, y así seguirían, a menos que los juntara y los hiciera uno. Si no hubiera llevado su corazón a la palabra, nunca habría meditado: el objeto no puede aplicarse a la mente, sino que la mente debe llevarse al objeto. Ningún deber santo vendrá a nosotros; nosotros debemos ir a ellos. Nathanael Ranew, en «Solitude Improved by Divine Meditation», 1670.
Vers. 112. «Mi corazón incliné a cumplir», etc. En esta obra estaba decidido a continuar.
- «Mi corazón incliné». El consejo del alma es como una balanza; y la mente, que tiene poder de mando sobre los afectos, inclina la balanza hacia lo que juzga mejor.
- Fue para cumplir por lo que así inclinó su corazón.
- Y esto no por un tiempo, o en alguna ocasión particular, sino siempre y hasta el fin. Entonces el fin de la vida sería el comienzo de la gloria. Adam Clarke.
Vers. 112. «Mi corazón incliné.» El profeta, para definir brevemente lo que es servir a Dios, afirma que aplicó a guardar la ley no solo sus manos, ojos o pies, sino que comenzó con el afecto del corazón. Juan Calvino.
Vers. 112. «Hasta el fin.» Nuestra vida en la tierra es una carrera; en vano comienza a correr velozmente el que desfallece y abandona antes de llegar al fin. Y esto fue significado (dice Gregorio) cuando en la ley la cola del animal era sacrificada con el resto: la perseverancia lo corona todo. Es bueno que hayamos comenzado a hacer el bien; esforcémonos también por perseverar hasta el fin. William Cowper.
Vers. 112-113. Cuando David tuvo una inclinación en su corazón hacia los estatutos de Dios, el efecto inmediato fue «aborrecer los pensamientos vanos». Leemos: «Mi corazón incliné a cumplir tus estatutos»; y sigue: «Aborrezco los pensamientos vanos». La vanidad de su corazón le era una carga. Una nueva criatura es tan cuidadosa contra la maldad en la cabeza o en el corazón como en la vida. Un hombre piadoso querría ser más puro a los ojos de Dios que a la vista de los hombres. Sabe que nadie sino Dios puede ver las divagaciones de su corazón o los pensamientos de su cabeza, y sin embargo es tan cuidadoso de que los pecados no surjan como de que no estallen. Stephen Charnock.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 112. Inclinaciones del corazón. Personalidad, presión, inclinación, cumplimiento, constancia, perpetuidad.
Versículo 112. La obediencia del hombre piadoso.
- Su realidad:
(a) «Cumplir»; no solo palabras o sentimientos, sino hechos.
(b) «Tus estatutos»; no invenciones humanas, ni ocurrencias propias, ni máximas convencionales.
- Su cordialidad: «incliné mi corazón».
(a) La inclinación del corazón es requisito para agradar a un Dios que escudriña el corazón.
(b) Y para hacer fácil, e incluso deleitosa, la obediencia.
(c) «Incliné», dice; ¿fue, pues, obra suya? Sí. ¿Fue obra suya solamente? No. Véase Sal 119:36.
(d) Las pruebas. (1) Universalidad: «estatutos», todos ellos. (2) Uniformidad: «de continuo».
- Su constancia: «hasta el fin».
(a) Aunque un hombre debe ser cauteloso al planear el futuro, este propósito de toda la vida es recto, sabio y seguro.
(b) Ni puede proponerse menos, si el fervor santo llena el corazón.
(c) No es más que lo que Dios y la coherencia exigen. J. F.
Salmos 119:113
Vers. 113. «Aborrezco los pensamientos vanos; mas amo tu ley.» En este párrafo el salmista trata de pensamientos, cosas y personas que son lo opuesto de los santos pensamientos y caminos de Dios. Evidentemente teme mucho a los poderes de las tinieblas y a sus aliados, y toda su alma se levanta para plantarles cara con una oposición resuelta. Así como comenzó la octava, en el v. 97, con «¡Oh, cuánto amo yo tu ley!», así aquí comienza con una declaración de odio contra lo que quebranta la ley. Lo opuesto a la ley fija e infalible de Dios es la opinión vacilante y cambiante de los hombres: David sentía por esto un desprecio y una repugnancia totales; toda su reverencia y consideración iba a la palabra segura del testimonio. En proporción a su amor por la ley era su odio a las invenciones de los hombres. Los pensamientos de los hombres son vanidad; pero los pensamientos de Dios son verdad. Hoy oímos hablar mucho de «hombres de pensamiento», de «predicadores pensadores» y de «pensamiento moderno»: ¿qué es esto sino el viejo orgullo del corazón humano? El hombre vano querría ser sabio. El salmista no se gloriaba en sus pensamientos; y lo que en su día se llamaba «pensamiento» era algo que detestaba. Cuando el hombre piensa lo mejor, sus pensamientos más elevados están tan por debajo de los de la revelación divina como la tierra está debajo de los cielos. Algunos de nuestros pensamientos son vanos en especial en el sentido de vanagloria, orgullo, presunción y confianza en uno mismo; otros, en el sentido de traer decepción, como la ambición insensata, los sueños pecaminosos y la confianza en el hombre; otros, en el sentido de vacío y frivolidad, como los pensamientos ociosos y las fantasías vacías en que tantos se complacen; y, una vez más, demasiados de nuestros pensamientos son vanos en el sentido de ser pecaminosos, malos y necios. El salmista no es indiferente a los pensamientos malos, como lo son los descuidados; sino que los mira con un odio tan verdadero como el amor con que se aferraba a los puros pensamientos de Dios.
La última octava era práctica; esta es reflexiva: allí el hombre de Dios atendía a sus pies, y aquí a su corazón: las emociones del alma son tan importantes como los actos de la vida, pues son la fuente y el manantial de donde proceden las acciones. Cuando amamos la ley, esta se convierte en una ley de amor, y nos aferramos a ella con todo el corazón.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 113. «Aborrezco los pensamientos vanos», o bien: las malas tramas; o: las imaginaciones de doble corazón; o: los pensamientos entrometidos y contradictorios; es decir, esa clase de práctica de algunos hombres que navegan con todos los vientos y procuran tener siempre dos cuerdas para su arco. La palabra hebrea significa propiamente ramas o ramajes que brotan de manera enmarañada o confusa en un árbol. Theodore Haak, 1618-1657.
Vers. 113. «Aborrezco los pensamientos vanos.» En esas horas vacías que quedan libres de los negocios, el placer, la compañía y el sueño, y que se pasan en soledad, en casa o fuera de ella, imaginaciones improductivas, soberbias, codiciosas, sensuales, envidiosas o maliciosas ocupan las mentes de los impíos, y con frecuencia infectan hasta sus sueños. Estas no solo son pecaminosas en sí mismas, indicando el estado de sus corazones, y como tales serán puestas en cuenta en el día del juicio; sino que excitan las corrupciones dormidas y conducen a violaciones más abiertas y graves de la santa ley. La mente carnal acoge y se deleita en detenerse en estas imaginaciones afines, y en consolarse con indulgencias ideales, cuando no se presenta oportunidad de otra gratificación, o cuando el hombre no se atreve a cometer la transgresión real. Pero la mente espiritual retrocede ante ellas; tales pensamientos se entrometerán de cuando en cuando, pero son indeseados y angustiosos, y son expulsados de inmediato; mientras que otros temas, tomados de la palabra de Dios, se guardan en reserva para ocupar la mente de manera más provechosa y agradable durante las horas de ocio y retiro. No hay mejor prueba de nuestro verdadero carácter que el efecto habitual de los «pensamientos vanos» sobre nuestras mentes: si los amamos y consentimos, o los aborrecemos, y velamos y oramos contra ellos. Thomas Scott, 1747-1821.
Vers. 113. «Aborrezco los pensamientos vanos.» Un hombre piadoso puede tener pensamientos errantes en el deber. La triste experiencia lo prueba; los pensamientos andan danzando de un lado a otro en la oración. A los santos se les llama estrellas; pero muchas veces en el deber son estrellas errantes. El corazón es como el azogue, que no se fija. Es difícil atar dos buenos pensamientos juntos; no podemos cerrar nuestros corazones tan bien que los pensamientos que distraen, como el viento, no se cuelen. Jerónimo se queja de sí mismo: «A veces —dice—, cuando estoy en el servicio de Dios, ando por las galerías o echando cuentas». Pero estos pensamientos errantes no son consentidos: «Aborrezco los pensamientos vanos»; vienen como huéspedes indeseados, que apenas son descubiertos y son puestos de patitas en la calle. Thomas Watson.
Vers. 113. «Aborrezco.» No basta cualquier desagrado del mal; se nos exige un aborrecimiento perfecto contra toda clase y grado de pecado. David Dickson.
Vers. 113. Pensamientos vanos. La palabra se usa para las opiniones de los hombres; y puede aplicarse a todas las opiniones heterodoxas, doctrinas humanas, herejías condenables; las que son incompatibles con las perfecciones de Dios, derogan su gracia y la persona y los oficios de Cristo, y son contrarias a la palabra, y por eso son rechazadas y aborrecidas por los buenos. John Gill.
Vers. 113. Pensamientos vanos. Hebreo: sé'ippim, el que cojea entre dos opiniones. Véase 1 R 18:21. De aquí que signifique dudas escépticas. Christopher Wordsworth.
Vers. 113. Pensamientos vanos. Nuestros pensamientos se fijan en bagatelas y cosas frívolas, que no tienden ni a nuestro propio provecho ni al beneficio de otros: «el corazón de los impíos es como plata de poca estima» (Pr 10:20); todos sus debates, fantasías y cavilaciones no tienen valor alguno: pues todos sus pensamientos están ocupados en vanidad pueril y ocurrencias necias. «El pensamiento del necio es pecado» (Pr 24:9); no solo el pensamiento de maldad, sino de necedad. Los pensamientos son los primogénitos del alma, los frutos inmediatos de la mente; y sin embargo los malgastamos en cualquier bagatela. Sigue a los hombres durante todo el día y toma cuenta de sus pensamientos. ¡Oh, cuánta locura y necedad hay en todas las cavilaciones de que son conscientes! «Jehová conoce los pensamientos de los hombres, que son vanidad» (Sal 94:11). Si juzgáramos como Dios juzga, todos los pensamientos, razonamientos y discursos de la mente, si se pusieran en una tabla, al pie podríamos escribir: Esta es la suma y cuenta total de todo: nada sino vanidad.
Los pecados que más comúnmente absorben y ocupan nuestros pensamientos son:
Primero. La impureza. La maldad especulativa prepara el camino a la activa: «Ya adulteró con ella en su corazón» (Mt 5:28). Hay una contaminación de nosotros mismos por nuestros pensamientos, y este pecado suele obrar de ese modo.
Segundo. La venganza. Los licores se agrian cuando se guardan mucho tiempo; así, cuando nos detenemos en los resentimientos, se convierten en venganza. Los propósitos de venganza son dulcísimos y agradables a la naturaleza carnal: «Perversidades hay en su corazón; anda pensando el mal en todo tiempo» (Pr 6:14), es decir, está lleno de pensamientos vengativos y rencorosos.
Tercero. La envidia. Es un pecado que se alimenta de la mente. Aquellos cantares de las mujeres, que Saúl había matado a sus miles, pero David a sus diez miles, corrían por la mente de Saúl, y por eso aborreció a David (1 S 18:9). La envidia es una mala enfermedad que habita en el corazón y se delata sobre todo en los pensamientos.
Cuarto. El orgullo. Ya sea orgullo en los deseos u orgullo en la mente, ya vanagloria o presunción; esto es entretener nuestros corazones con susurros de vanidad; por eso se dice: «Esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones» (Lc 1:51): los hombres soberbios están llenos de imaginaciones.
Quinto. La codicia, que no es sino vanas cavilaciones y ejercicios del corazón: «Tienen el corazón habituado a la codicia» (2 P 2:14). Y aparta el corazón en el mismo tiempo del culto a Dios: «Su corazón está en pos de su avaricia» (Ez 33:31).
Sexto. La desconfianza es otra cosa que suele ocupar nuestros pensamientos: movimientos que distraen contra la providencia de Dios. Thomas Manton.
Vers. 113. Pensamientos vanos. Veamos qué es la vanidad. Tómese en todas sus acepciones, es verdad de nuestros pensamientos que son «vanos».
- Se toma por falta de provecho. Así, Ec 1:2-3: «Todo es vanidad», porque no hay «provecho debajo del sol». Tales son nuestros pensamientos por naturaleza; el más sabio de ellos no nos servirá de nada en tiempo de necesidad, en tiempo de tentación, de angustia de conciencia, en el día de la muerte o del juicio: 1 Co 2:6, «la sabiduría de los sabios se deshace»; Pr 10:20: «el corazón de los impíos es como plata de poca estima»; ni un centavo por todos ellos.
- La vanidad se toma por ligereza. «Más livianos que la vanidad» es una frase usada en Sal 62:9; ¿y de quién se dice? De los hombres; y si algo en ellos es más liviano que lo demás, son sus pensamientos, que nadan en las partes más altas, flotan en la superficie, son como la espuma del corazón. Cuando todos los pensamientos mejores, más sabios, más profundos y más sólidos de Belsasar, un príncipe, fueron pesados, se los halló demasiado livianos: Dn 5:27.
- La vanidad se pone por necedad. Así, Pr 12:11, «vagabundos» se equipara a hombres «faltos de entendimiento». Tales son nuestros pensamientos. Entre otros males que se dice que «salen del corazón» (Mr 7:22) se cuenta aphrosúne, «la insensatez»; es decir, pensamientos como los de los dementes, y de necios, que no vienen al caso y de los que no se puede hacer ningún uso.
- La vanidad se pone por inconstancia y fragilidad; por eso vanidad y sombra se hacen sinónimas en Sal 144:4. Tales son nuestros pensamientos, fugaces y perecederos, como burbujas: Sal 146:4: «perecen sus pensamientos».
- Por último, son malvados y pecaminosos. La vanidad se une con la maldad en Jer 4:14, y hombres vanos e hijos de Belial son todo uno en 2 Cr 13:7. Y tales son nuestros pensamientos por naturaleza: Pr 14:9: «El pensamiento del necio es pecado». Y por eso un hombre debe humillarse por un pensamiento soberbio. Thomas Goodwin.
Vers. 113. «Mas amo tu ley.» Lastra tu corazón con amor a Dios. El amor, con una violencia agradable, sujetará nuestros pensamientos: si no afirma nuestras mentes, serán como un corcho que, con un soplo ligero y una breve onda de agua, es zarandeado de arriba abajo desde su puesto. Los estudiosos que aman el saber están continuamente dándole vueltas a alguna noción que pueda favorecer su progreso, y la abrazan con tanta avidez como el hierro a su amada piedra imán. El que está «alado de amor divino» por Cristo tendrá frecuentes miradas y vuelos hacia él, y saldrá de sus negocios mundanos varias veces al día para hacerle una visita. El amor, en su misma obra, es una gracia que asienta; aumenta nuestro deleite en Dios, en parte por la vista de su amabilidad, que se nos aclara en el mismo acto de amar; y en parte por las recompensas que él da al trato afectuoso de su criatura; y ambas cosas impedirán que el corazón dé acogida a compañeros tan disolutos como los malos pensamientos. Stephen Charnock.
Vers. 113-114. Cuando David pudo dar fe de su amor al mandamiento, no puso en duda su título a la promesa. Aquí afirma su sincero afecto a los preceptos: «Aborrezco los pensamientos vanos; mas amo tu ley». Nótese que no dice que esté libre de pensamientos vanos, sino que los «aborrece»; no gusta de su compañía más que de una banda de ladrones que irrumpen en su casa. Ni dice que guardara plenamente la ley, sino que «amaba» la ley aun cuando fallaba en obedecerla exactamente. Ahora bien, de este testimonio que su conciencia aportaba por su amor a la ley, su fe obra clara y fuertemente sobre la promesa en las palabras siguientes: «Mi escondedero y mi escudo eres tú; en tu palabra he esperado». William Gurnall.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Esquemas sobre las palabras clave del salmo, por el pastor C. A. Davis.
Vers. 113-120. Los pensamientos vanos frente a la ley de Dios. El creyente toma partido (Sal 119:113-115); ora por ser sostenido en la ley (Sal 119:116-117); contempla el destino de los seguidores de los pensamientos vanos (Sal 119:118-119); y expresa el temor piadoso que esto inspira (Sal 119:120).
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 113. El pensamiento de la época y la verdad de todas las épocas.
Vers. 113.
- El objeto del odio.
- El objeto del amor.
O bien:
- El amor, causa del odio.
- El odio, efecto del amor. G. R.
Vers. 113. Pensamientos vanos. Qué son. De dónde surgen. El daño que causan. Cómo se les debe tratar. W. H. J. P.
Vers. 113. Cómo el creyente:
- Es turbado por pensamientos vanos. Una experiencia frecuente y dolorosa.
- No tolera los pensamientos vanos. Algunos los dejan alojarse dentro; él se afana por expulsarlos.
- Triunfa sobre los pensamientos vanos. Por su amor a la ley de Dios. Su oración es:
«Con pensamientos de Cristo y de las cosas divinas
llena este necio corazón mío». W. H. J. P.
Salmos 119:114
Vers. 114. «Mi escondedero y mi escudo eres tú.» A su Dios corrió en busca de refugio contra los pensamientos vanos; allí se escondió de sus intrusiones atormentadoras, y en el solemne silencio del alma halló que Dios era su escondedero. Cuando era llamado al mundo, si no podía estar a solas con Dios como su escondedero, podía tener al Señor consigo como su escudo, y por este medio podía repeler los ataques de las sugestiones malvadas. Este es un versículo de experiencia, y atestigua lo que el escritor conocía por su propio conocimiento personal: no podía luchar con sus propios pensamientos, ni escapar de ellos, hasta que voló a su Dios, y entonces halló liberación. Observa que no habla de la palabra de Dios como su doble defensa, sino que se lo atribuye al mismo Dios. Cuando nos asedian asaltos muy espirituales, como los que surgen de los pensamientos vanos, haremos bien en volar derechamente a la persona de nuestro Señor y arrojarnos sobre su presencia real. Dichoso el que puede decir con verdad al Dios trino: «Mi escondedero eres tú». Ha contemplado a Dios bajo ese glorioso aspecto del pacto que asegura al que lo contempla el consuelo más seguro.
«En tu palabra he esperado.» Y bien podía, puesto que la había probado y comprobado: esperaba protección de todo peligro y preservación de toda tentación de parte de aquel que hasta entonces había sido la torre de su defensa en ocasiones anteriores. Es fácil ejercer la esperanza donde hemos experimentado ayuda. A veces, cuando nos afligen pensamientos sombríos, lo único que podemos hacer es esperar, y felizmente la palabra de Dios siempre nos pone delante objetos de esperanza y razones para esperar, de modo que se convierte en la misma esfera y sostén de la esperanza, y así se vencen los pensamientos fastidiosos. En medio de la inquietud y la preocupación, una esperanza del cielo es un sosiego eficaz.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 114. «Mi escondedero y mi escudo eres tú», etc. De los pensamientos vanos y de las personas vanas el salmista nos enseña a huir, por la oración, a Dios, como nuestro Refugio y Protector. Este camino lo tomará el creyente tan naturalmente, en la hora de la tentación y del peligro, como los polluelos de la gallina, al ver un ave de rapiña cerniéndose sobre sus cabezas, se retiran a su «escondedero», bajo las alas de la madre; o como el guerrero opone su «escudo» a los dardos que le apuntan. George Horne.
Vers. 114. «Mi escondedero eres tú.» Cristo tiene todas las cualidades que pueden hacerlo apto para esta obra de ser escondedero para los creyentes.
- Tiene fortaleza. Un escondedero debe ser locus munitissimus. Las casas de papel nunca serán buenos escondederos. Las casas hechas de cañas o madera podrida no serán lugares aptos para que los hombres se escondan en ellos. Jesucristo es un lugar de fortaleza. Es la Roca de los siglos: su nombre es «Dios fuerte» (Is 9:6).
- Tiene altura. Un escondedero debe ser locus excelsissimus. Las casas bajas se escalan pronto. Jesucristo es un lugar alto; es tan alto como el cielo. Es la escalera de Jacob que llega de la tierra al cielo (Gn 28:12). Es demasiado alto para los hombres, demasiado alto para los demonios; ninguna criatura puede escalar estos altos muros.
- Tiene lugares secretos. Un escondedero debe ser locus abditissimus. Cuanto más secreto, más seguro. Ahora bien, Jesucristo tiene muchas cámaras secretas que ninguna criatura puede hallar jamás: Cnt 2:14: «Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes». Así como Cristo tiene consuelos escondidos que nadie conoce sino el que los recibe, así tiene lugares de secreto escondidos que nadie puede descubrir sino el que mora en ellos. «Anda, pueblo mío, entra en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas» (Is 26:20).
- Cristo es fiel. El que ha de esconder a otros necesita ser muy fiel. Un protector de corazón falso es peor que un perseguidor declarado. «¿Me entregarán los hombres de Keila?», dice David; «Te entregarán», dice el Señor. Pero Cristo es fiel: Ap 3:14, es «el testigo fiel»; no se le puede sobornar para que entregue a criatura alguna que viene a esconderse con él. Cristo morirá antes que traicionar la confianza depositada en él.
- Cristo es diligente. La diligencia es tan necesaria en los que han de esconder a otros como la fidelidad. Un guardia dormilón puede entregar un castillo o una guarnición tanto como un guardia infiel. Pero Jesucristo es muy diligente y vigilante, tiene sus informantes en el exterior; más aún, sus propios ojos recorren la tierra de un lado a otro para ver qué tramas se urden y se ponen en marcha contra los que están escondidos con él: Sal 121:3-4: «No se dormirá el que te guarda. He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel». Ralph Robinson (1614-1655), en «Christ All in All».
Vers. 114. Escondedero. La primera palabra del versículo significa propiamente un secreto, o un lugar secreto. Joseph Addison Alexander.
Vers. 114. Mi escudo. La buena gente está segura bajo la protección de Dios; él es su «fortaleza y su escudo»; su «ayuda y su escudo»; su «sol y su escudo»; su «escudo y su galardón sobremanera grande»; y aquí, su «escondedero y su escudo». Matthew Henry.
Vers. 114. Escudo. La excelencia y las propiedades de un escudo residen en estas cosas: 1. En su tamaño y anchura, en que oculta y cubre a la persona que lo lleva de todos los dardos que se le arrojan, de modo que no puedan alcanzarla: «Tú, Jehová, bendecirás al justo; lo rodearás de tu favor como con un escudo» (Sal 5:12). 2. La excelencia de un escudo reside en que es duro e impenetrable. Esto responde al poder invencible de la providencia de Dios, por el cual puede quebrar los asaltos de todos los enemigos; y tal escudo es Dios para su pueblo: «Escudo mío, en quien he confiado» (Sal 144:2). 3. ¿Añadiré una cosa más? Las piedras y dardos arrojados sobre un escudo duro rebotan contra el que los arroja; así Dios hace rebotar el mal sobre sus enemigos y los enemigos de su pueblo: «Abátelos, oh Jehová, escudo nuestro» (Sal 59:11). Thomas Manton.
Vers. 114. «En tu palabra he esperado.» De todos los ingredientes que endulzan la copa de la vida humana, ninguno es más rico ni poderoso que la esperanza. Su ausencia amarga la suerte más dulce; su presencia alivia el dolor más profundo. Rodéame de todos los gozos que la memoria puede despertar o la posesión conceder: sin esperanza no basta. En ausencia de esperanza hay tristeza en los gozos pasados y presentes, tristeza en el pensamiento de que lo pasado pasó y de que lo presente también pasa. Pero aunque me despojes de todos los gozos que el pasado o el presente pueden conferir, si el mañana resplandece brillante de esperanza, estoy alegre en medio de mi dolor. De todos los afanosos motivos que agitan esta tierra bulliciosa, la esperanza es el más afanoso. Es el bálsamo más dulce que suaviza nuestras penas, el rayo más brillante que dora nuestros placeres. La esperanza es la prole más noble, la primogénita, la última hija enterrada del hombre que prevé y calcula. Sin ella el ganado irreflexivo puede contentarse en medio de la abundancia presente. Pero sin ella el hombre que reflexiona no debería ser, no puede ser, verdaderamente feliz. William Grant (1814-1876), en «Christ our Hope, and other Sermons».
Vers. 114-115. «Mi escondedero eres tú.» «Apartaos de mí, malignos.» Seguro y tranquilo en su escondedero, David desaprueba todo intento de perturbar su paz. La sociedad de los impíos le es, por tanto, intolerable, y no puede evitar echarlos de su presencia con el ceño fruncido. Los había hallado opuestos a sus mejores intereses; y temía su influencia para quebrantar su determinación de obedecer a su Dios. En efecto, ¿cuándo ha dejado el pueblo del Señor de experimentar que tal sociedad es un estorbo predominante tanto para el disfrute como para el servicio de Dios? Charles Bridges.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 114. Nuestra protección del peligro: «escondedero»; en el peligro: «escudo»; antes del peligro: «he esperado».
Vers. 114. Escondedero. Secreto para ocultarnos. Capacidad para contenernos. Seguridad. Consuelo. T. Manton.
Vers. 114. Esconderse y esperar.
- Se necesita un escondedero.
- Se provee un escondedero (Is 25:4; 32:2).
- Se usa un escondedero. C. A. D.
Vers. 114.
- El refugio provisto: «Tú eres», etc.
- El refugio revelado: «En tu palabra».
- El refugio hallado: «He esperado», etc. G. R.
Vers. 114. Mi escondedero eres tú.
- En tu gracia, de la condenación.
- En tu compasión, del dolor.
- En tu socorro, de la tentación.
- En tu poder, de la oposición.
- En tu plenitud, de la carencia. W. J.
Salmos 119:115
Vers. 115. «Apartaos de mí, malignos.» Quienes hacen conciencia de sus pensamientos difícilmente toleran la mala compañía. Si huimos a Dios de los pensamientos vanos, con mayor razón evitaremos a los hombres vanos. Los reyes suelen estar rodeados de una clase de hombres que los adulan y que, al mismo tiempo, se toman la libertad de quebrantar las leyes de Dios; David limpió su palacio de tales parásitos: no quiso albergarlos bajo su techo. Sin duda le habrían dado mala fama, pues sus obras se le habrían imputado a él, ya que los actos de los cortesanos se suelen atribuir a la corte misma; por eso el rey los despidió con armas y bagaje, diciendo: «Apartaos de mí.» En esto se adelantó a la sentencia del gran día postrero, cuando el Hijo de David dirá: «Apartaos de mí, hacedores de maldad.» No podemos echar así de nuestras casas a todos los malhechores, pero a menudo será un deber hacerlo cuando hay razón y derecho para ello. Una casa está mucho mejor si se libra de mentirosos, ladronzuelos, lascivos y calumniadores. Estamos obligados a mantenernos a toda costa limpios de aquellas compañías que vienen a nosotros por elección nuestra, si tenemos algún motivo para creer que su carácter es vicioso. Los malhechores son malos consejeros. Los que dicen a Dios: «Apártate de nosotros», deben oír enseguida el eco de sus palabras en boca de los hijos de Dios: «Apartaos de nosotros. No podemos comer pan con traidores.»
«Porque yo guardaré los mandamientos de mi Dios.» Como le resultaba difícil guardar los mandamientos en compañía de los impíos, les dio la orden de marcharse. Debía guardar los mandamientos, pero no necesitaba guardar su compañía. ¡Qué hermoso título para el Señor contiene este versículo! La palabra «Dios» aparece solo en este lugar en todo este largo salmo, y entonces va acompañada de la palabra personal «mi»: «mi Dios». «¡Mi Dios! ¡Qué encantador es el sonido!
¡Qué grato repetirlo!
Bien puede saltar de gozo aquel corazón
donde Dios ha fijado su trono.»
Doddridge.
Porque Jehová es nuestro Dios, resolvemos obedecerle y echar de nuestra vista a quienes nos estorbarían en su servicio. Es algo grande que la mente haya llegado a un punto y esté firmemente fija en la santa determinación: «Guardaré los mandamientos.» La ley de Dios es nuestro placer cuando el Dios de la ley es nuestro Dios.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 115. «Apartaos de mí, malignos», etc. Como si dijera: No me hablen más de eso, ahórrense el aliento, estoy resuelto en mi camino, he jurado y estoy firmemente decidido a guardar los mandamientos de mi Dios; con la ayuda de Dios, allí me mantendré, y el mundo entero no me apartará de ello. Robert Sanderson, 1587-1663.
Vers. 115. «Apartaos de mí, hacedores de maldad», etc. Es común pecar por acompañar a otros, y esa copa suele circular y pasar de mano en mano. Es sabio, por tanto, abandonar la compañía infectada por el pecado. No puede traerte ningún provecho. Por lo menos, la mala compañía mermará lo bueno que hay en ti. La hierba de la gracia nunca prosperará en un suelo tan frío. ¡Qué mal crece el buen trigo cuando lo rodean las malas hierbas! Los cordiales y reconstituyentes harán poco bien al cuerpo mientras abunden en él los malos humores. Las ordenanzas tienen poca eficacia para las almas trastornadas por tan nocivos inquilinos. Se dice del monte Kadish que cualquier vid que se plante cerca de él se marchita y muere: es sumamente raro que los santos prosperen cerca de tales rémoras. Es difícil, casi un milagro, guardar los mandamientos de Dios y la mala compañía a la vez; por eso, cuando David quiso casarse con los mandamientos de Dios, amarlos y vivir con ellos, para bien o para mal, todos sus días, se ve obligado a dar carta de divorcio a los compañeros impíos, sabiendo que de otro modo el matrimonio nunca podría celebrarse: «Apartaos de mí, hacedores de maldad, porque yo guardaré los mandamientos de mi Dios.» Como si dijera: Sepan ustedes, pecadores, que estoy sellando de corazón un pacto con los mandamientos de Dios; me agradan tanto que estoy resuelto a entregarme a ellos y a complacerlos en todo, cosa que nunca podré hacer a menos que ustedes se aparten; son como una ramera que roba el amor de la verdadera esposa. No puedo, como debo, obedecer los preceptos de mi Dios mientras ustedes permanezcan en mi presencia; por tanto, apartaos de mí, hacedores de maldad, porque yo guardaré los mandamientos de mi Dios. George Swinnock.
Vers. 115. «Apartaos de mí, malignos.» ¡Ay del impío, y ay de los que se adhieren a él y se asocian con él!, dice Ben Sira. Y hasta los paganos de antaño pensaban que una maldición acompañaba a quienes frecuentaban mala compañía. Habitar o viajar con un hombre impío, y no amado de los dioses, era para ellos señal de mala suerte y desgracia.
Vetabo qui Cercris sacrum
Vulgavit, sub isdem
Sit trabibus, fragilemque mecuin
Solvat phaselum, como dice Horacio.
Los que revelan los misterios
jamás vivirán bajo mi techo,
jamás izarán conmigo la vela en el mar incierto.
Habitar bajo el mismo techo, o navegar en el mismo yate o bote de recreo con personas profanas, era tenido por inseguro y peligroso por los hombres de principios paganos. ¿Cuánto más, entonces, deben los cristianos estar plenamente persuadidos del daño y del peligro de tratar con hombres impíos? De ningún modo puede ser seguro mantener trato con ellos. Más aún, estamos en gran peligro todo el tiempo que estamos con ellos. Habrán oído, supongo, quién fue el que no quiso permanecer en el baño mientras estuviera allí un archihereje. Fue san Juan el Evangelista; no quiso (como nos informa Ireneo) quedarse en aquel lugar porque Cerinto, que negaba la divinidad de Cristo, se encontraba presente. Aquel santo varón pensaba que ningún lugar era seguro donde estuvieran tales personas.
Por tanto, tengan presente la exhortación del Apóstol: «Salid de en medio de ellos» (2 Co 6:17); escuchen aquella voz del cielo: «Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis de sus plagas.» Sepárense de ellos, no sea que dañen no solo sus almas sino también sus cuerpos, no sea que algún juicio notable los alcance aquí, y no sea que la venganza divina los asalte más furiosamente después. Los poetas fantasiosos nos cuentan que Teseo y Pirítoo (una pareja de amigos íntimos) se amaban tanto que bajaron juntos al infierno. Estoy seguro de que no es ficción poética que muchos hacen así; es decir, que perecen juntos y descienden al abismo por hacerse compañía. John Edwards (1637-1716), en "Theologia Reformata."
Vers. 115. Apártense de los que se apartan de Dios. T. Manton.
Vers. 115. «De mi Dios.» Así como un hombre puede estimar cualquier cosa que sabe que es suya, así, si llega a saber que Dios es suyo, no puede sino amarlo y obedecerlo con cuidado; y no es posible que hombre alguno dé a Dios un servicio sincero y duradero si no está persuadido de decir con David: Él es mi Dios. Todos los placeres, todos los terrores del mundo no pueden separar de Dios al alma que puede decir con verdad: Jehová es mi Dios. W. Cowper.
Sugerencias para el predicador
Vers. 115.
- La mala compañía estorba la piedad.
- La piedad abandona la mala compañía.
- La piedad, al obligar a esta partida, obra como Dios lo hará en el último día.
Vers. 115. La mala compañía es incompatible con la verdadera justicia.
- Obliga al disimulo y al compromiso.
- Destruye la capacidad de comunión con Dios y el gusto por las cosas espirituales.
- Embota la sensibilidad de la conciencia.
- Implica una desobediencia deliberada a Dios. J.F.
Salmos 119:116
Vers. 116. «Susténtame conforme a tu palabra, para que viva.» Era tan necesario que el Señor sostuviera a su siervo que ni siquiera podía vivir sin ello. Nuestra alma moriría si el Señor no la sustentara continuamente, y toda gracia que hace que la vida espiritual sea verdaderamente vida decaería si él retirara su mano sustentadora. Es un dulce consuelo que esta gran necesidad de ser sostenidos esté provista en la palabra, y no tengamos que pedirla como una misericordia no pactada, sino simplemente alegar el cumplimiento de una promesa, diciendo: «Susténtame conforme a tu palabra.» El que nos ha dado la vida eterna ha asegurado en ese don todo lo esencial para ella, y como el sustento de la gracia es una de las cosas necesarias, podemos estar seguros de que lo tendremos.
«Y no quede yo avergonzado de mi esperanza.» En el v. 114 había hablado de su esperanza como fundada en la palabra, y ahora pide el cumplimiento de esa palabra para que su esperanza sea justificada a la vista de todos. Un hombre se avergonzaría de su esperanza si resultara que no estaba basada en un fundamento seguro; pero esto nunca sucederá en nuestro caso. Podemos avergonzarnos de nuestros pensamientos, de nuestras palabras y de nuestras obras, porque brotan de nosotros mismos; pero nunca nos avergonzaremos de nuestra esperanza, porque brota del Señor nuestro Dios. Tal es la fragilidad de nuestra naturaleza que, si no somos sostenidos continuamente por la gracia, caeremos todos tan vergonzosamente que nos avergonzaremos de nosotros mismos y de todas esas gloriosas esperanzas que ahora son la corona y la gloria de nuestra vida. El hombre de Dios había expresado los propósitos más categóricos, pero sentía que no podía confiar en su propia solemne determinación: de ahí estas plegarias. No está mal hacer resoluciones, pero será inútil hacerlas si no las salamos bien con clamores de fe a Dios. David pensaba guardar la ley del Señor, pero primero necesitaba que el Señor de la ley lo guardara a él.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 116. «Susténtame.» Un cometa que se eleva en lo alto está en una situación del todo ajena a su naturaleza; tanto como lo está el alma del hombre cuando se eleva por encima de este mundo inferior a ocupaciones altas y celestiales. Quien lo mira desde lejos no ve cómo se mantiene en su elevada posición: no ve el viento que lo empuja, ni la mano que lo sostiene, ni el hilo por cuyo medio se sostiene. Pero todos esos poderes son necesarios para su conservación en ese estado sobrenatural. Si el viento cesara, caería. No tiene nada en sí mismo que lo sostenga; tiene la misma tendencia a gravitar hacia la tierra que siempre tuvo; y si se lo dejara solo un momento, caería. Así sucede con el alma de todo verdadero creyente. Ha sido elevada por el Espíritu de Dios a un estado nuevo, sobrenatural, celestial; y en ese estado es sostenida por una mano invisible y todopoderosa, por medio de la fe. Y será sostenida, pero no por ningún poder en sí misma. Si se la dejara un momento, caería tanto como siempre. Toda su fuerza está solo en Dios; y toda su seguridad está en la inmutabilidad de su naturaleza y en la eficacia de su gracia. En una palabra: «Es guardada por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación.» De "The Book of Illustrations," por H. G. Salter, 1840.
Vers. 116. «Para que viva.» La vida de un cristiano consiste en tener su alma vivificada por el espíritu de gracia. Porque así como la presencia del alma vivifica el cuerpo, y su partida trae muerte instantánea, y el cuerpo sin ella no es sino un terrón de barro muerto, así es la presencia del Espíritu de Dios la que da vida al alma del hombre. Y esta vida se conoce por dos notables efectos: primero, trae un gozoso sentido de la misericordia de Dios; y luego, una disposición espiritual para los ejercicios espirituales. Y sin esto, pretenda el hombre lo que quiera, no es sino la imagen de un cristiano, que se le parece en algo, pero no está vivificado por su vida. William Cowper.
Vers. 116. «Para que viva.» Los hijos de Dios piensan que no tienen vida si no viven en la vida de Dios. Porque si pensamos que estamos vivos porque vemos, también lo están las bestias; si pensamos que estamos vivos porque oímos, también lo está el ganado; si pensamos que estamos vivos porque comemos y bebemos o dormimos, también lo están las bestias; si pensamos que vivimos porque razonamos y conversamos, también lo hacen los paganos. La vida de los hijos de Dios es la muerte del pecado; porque donde el pecado está vivo, esa parte está muerta para Dios… Los hijos de Dios, al encontrarse torpes y lentos para las cosas buenas, cuando no pueden regocijarse en las promesas de Dios ni hallar a su hombre interior deleitándose en la ley de Dios, se creen muertos. Richard Greenham.
Sugerencias para el predicador
Vers. 116.
- Sustento prometido.
- Necesario para vivir en santidad.
- Preventivo de los actos vergonzosos.
Vers. 116. «Susténtame conforme a tu palabra», etc.
- El salmista alega la promesa de Dios, su dependencia de la promesa y lo que espera de ella: «Susténtame conforme a tu palabra», palabra en la cual espero, y si no se cumple, «quedaré avergonzado de mi esperanza».
- Alega la gran necesidad que tenía de la gracia de Dios y el gran provecho que le traería: «Susténtame, para que viva»; dando a entender que no podía vivir sin la gracia de Dios. M. Henry.
Salmos 119:117
Vers. 117. «Sostenme, y seré salvo.» Sostenme tú, como la nodriza sostiene a un niño pequeño. «Y estaré seguro», y no de otro modo; porque si tú no me sostienes, andaré dando tumbos como un niño de rodillas débiles. Somos salvos por la gracia pasada, pero no estamos seguros si no recibimos la gracia presente. El salmista había hecho voto de guardar los mandamientos del Señor, pero aquí ruega al Señor que lo guarde a él: un proceder muy sensato. Nuestra versión dice primero «susténtame» y luego «sostenme»; y en verdad necesitamos esta bendición bajo todas las formas en que pueda venir, porque nuestros adversarios buscan derribarnos de todas las maneras. Estar seguro es una condición feliz; solo hay una puerta para ella, y es ser sostenido por Dios mismo; gracias a Dios, esa puerta está abierta para el más pequeño de nosotros.
«Y me regocijaré siempre en tus estatutos.» (Literalmente: «tendré respeto a tus estatutos continuamente».) En la obediencia hay seguridad; en ser sostenido hay obediencia. Ningún hombre guardará exteriormente los estatutos del Señor por mucho tiempo si no les tiene un respeto interior, y esto nunca será así a menos que la mano del Señor sostenga perpetuamente el corazón en santo amor. La perseverancia hasta el fin, la obediencia continua, viene solo por el poder divino; nos desviamos como arco engañoso a menos que nos mantenga rectos aquel que primero nos dio la gracia. Dichoso el hombre que realiza este versículo en su vida: sostenido durante toda su vida en un camino de integridad inquebrantable, se vuelve un hombre seguro y de confianza, y mantiene una sagrada delicadeza de conciencia que otros desconocen. Siente un tierno respeto por los estatutos del Señor, que lo mantiene libre de las inconsecuencias y conformidades con el mundo tan comunes entre otros, y por eso es columna en la casa del Señor. Ay, conocemos a algunos profesantes que no son rectos, y por eso se inclinan al pecado hasta caer, y aunque son restaurados nunca son seguros ni fiables, ni tienen esa dulce pureza de alma que es el encanto de los más santificados que han sido guardados de caer en el cieno.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 117. «Sostenme, y seré salvo.» No solo la conciencia de mi debilidad, sino el peligro del camino resbaladizo que tengo delante, me recuerda que la seguridad de cada momento depende del poder sustentador de mi fiel Dios. Los caminos de la tentación son tantos, su influencia tan imperceptible y tan aterradora, su entrada tan engañosa, tan especiosa, tan insensible, y mi propia debilidad y falta de vigilancia tan inefables, que no puedo hacer otra cosa que seguir mi camino orando a cada paso: «Sostenme, y seré salvo.» Charles Bridges.
Vers. 117. «Sostenme.» Tres cosas hicieron temer a David. Primero, la gran tentación de fuera; porque de todos los rumbos sopla sobre el cristiano el viento de la tentación. Segundo, la gran corrupción de dentro. Tercero, los ejemplos de otros hombres dignos que habían caído antes que él y están escritos para nosotros: no para que aprendamos a caer, sino a temer caer. Estas tres cosas deben mantenernos siempre humildes, conforme a aquella advertencia: «El que piensa estar firme, mire que no caiga.» William Cowper.
Vers. 117. Arriba, arriba, por encima de la pequeñez en que he vivido demasiado tiempo, por encima de los lazos que tantas veces me han atrapado, por encima de los tropiezos en que tantas veces he caído, por encima del mundo, por encima de mí mismo, más alto de lo que jamás he llegado, por encima del nivel de mi propia mortalidad: digno de ti, digno de la sangre con que he sido comprado, más cerca del cielo, más cerca de ti, «sostenme».
Muchos son los métodos de Dios para sostener a su pueblo. A veces es por la palabra del predicador, cuando la palabra llega oportunamente al corazón y a la conciencia. Quiera Dios, en su infinita condescendencia, capacitar a sus siervos en esta iglesia para sostenerlos así a ustedes. A veces es por los medios y sacramentos ordenados que su gracia ha mandado. A veces es por la eficacia de las Santas Escrituras, cuando algún pasaje, en su propio aposento, hiere la mente justo a tiempo; o el apoyo de alguna dulce promesa llega a sostener su espíritu. A veces por la simple obra del Espíritu Santo en los propios pensamientos del hombre, como él obrará: «Sosténme con tu Espíritu generoso.» A veces por el ministerio de los ángeles: «En las manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra.» A veces poniéndolos muy abajo, haciéndoles sentir que el lugar seguro es el valle. No hay elevación como la elevación de la humillación. A veces por una disciplina severa que fortalezca el corazón, lo robustezca y lo haga independiente de las cosas externas. A veces por una aflicción pesada, que es el asimiento de su mano para sujetarlos más fuerte. A veces poniendo en su corazón el pensar exactamente lo que necesitan, el orar la misma oración que él pretende conceder en ese momento. A veces pareciendo soltarlos y abandonarlos, mientras que al mismo tiempo, como a la mujer sirofenicia, les da el deseo de aferrarse para darles más al final. James Vaughan, de Brighton, 1877.
Vers. 117. «Me regocijaré en tus estatutos continuamente.» Me ocuparé, dicen unos; me deleitaré, dicen otros, en tus estatutos. Si la diestra de Dios nos sostiene, debemos, con su fuerza, continuar en nuestro deber, tanto con diligencia como con placer. Matthew Henry.
Sugerencias para el predicador
Vers. 117.
- El sostén de Dios al sostenernos. Implica un peligro, y ese peligro toma muchas formas. La vida del creyente puede describirse como un andar en rectitud; es un peregrino. Necesita ser sostenido, porque
(a) El camino es resbaladizo.
(b) Nuestros pies hacen el peligro tanto como el camino.
(c) Astutos enemigos buscan hacernos tropezar.
(d) A veces la dificultad no la causa el camino, sino la altura a la que Dios puede elevarnos.
(e) La oración es tanto más necesaria cuanto que la mayoría de la gente no se mantiene recta.
- Dos cosas bienaventuradas que resultan de este sostén.
(a) Estaremos seguros para nosotros mismos, como ejemplos y como columnas de la iglesia.
(b) Estaremos alerta y sensibles: «Tendré respeto a tus estatutos continuamente.» Sin esto nadie está seguro. Véase "Spurgeon's Sermons," n.º 1657: "My Hourly Prayer."
Vers. 117. «Sostenme», etc.
- El hombre bueno está en pie.
- El hombre bueno desea mantenerse en pie.
- El hombre bueno ruega ser sostenido.
- El hombre bueno sabe que el apoyo divino es abundantemente suficiente. W.J.
Vers. 117.
- Dependencia para el futuro: «Sostenme», etc.
- Resolución para el futuro: «Me regocijaré», etc.
Salmos 119:118
Vers. 118. «Tú has rechazado a todos los que se desvían de tus estatutos.» (Literalmente: «has pisoteado».) Para ellos no hay sostén; son derribados y luego pisoteados, porque eligen bajar a los caminos errantes del pecado. Tarde o temprano Dios pondrá su pie sobre quienes apartan el suyo de sus mandamientos: siempre ha sido así, y siempre lo será hasta el fin. Si la sal se desvaneciere, ¿para qué sirve sino para ser pisoteada? Dios aparta a los impíos como la escoria, que solo sirve para ser arrojada como grava de camino y pisoteada.
«Porque mentira es su engaño.» Ellos lo llaman política de largas miras, pero es pura mentira, y será tratada como tal. La gente común lo llama diplomacia hábil, pero el hombre de Dios llama al pan pan y al vino vino, y declara que es mentira, y nada menos, porque sabe que lo es a los ojos de Dios. Los hombres que se desvían del camino recto inventan bonitas excusas con que engañarse a sí mismos y a otros, y así acallar su conciencia y mantener su crédito; pero su máscara de falsedad es demasiado transparente. Dios pisotea las falsedades; solo sirven para ser despreciadas por sus pies y aplastadas en el polvo. ¡Qué horrorizados deben quedar quienes han pasado toda la vida urdiendo una religión de confitería, y luego ven que Dios lo pisotea todo como una farsa que no puede soportar!
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 118. «Tú has rechazado», etc. David aquí, con una nueva meditación, se afirma en el camino de la piedad: porque, considerando los juicios de Dios, ejecutados conforme a su palabra en todos los siglos sobre los impíos, se resuelve tanto más a temer a Dios y guardar sus testimonios. Así, los juicios de Dios ejecutados sobre otros deben ser ataduras de reverencia que nos guarden de pecar a su semejanza.
El Señor, al castigar a sus propios hijos, los toma en sus manos como un padre para corregirlos; pero cuando su ira se enciende contra los impíos, los pisotea bajo sus pies como criaturas viles que no cuentan para él. William Cowper.
Vers. 118. «Tú has rechazado.» La Septuaginta, ebouoenwsav, ad nihil deduxisti, has reducido a nada; Aquila, confixisti, has traspasado; Símaco, aphlebav, reprobasti, has desaprobado; la Vulgata, sprevisti, has despreciado; Apolinar, aferibav, parvi pependisti, has estimado en poco: todos con el mismo propósito. La expresión de pisotear, que usamos nosotros, implica: 1. Un castigo pleno; 2. Un castigo ignominioso. 1. Un castigo pleno. Dios los derribará de sus alturas hasta el polvo, por muy alto y soberbiamente que se levanten contra Dios. Una conquista plena de los enemigos se expresa así con frecuencia en la Escritura. Del asirio se dice que «arrebate presa, y la pisotee como lodo de las calles» (Is 10:6).
- Implica un castigo ignominioso: «Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies» (Sal 110:1); expresión usada para mostrar la ignominia y el desprecio con que Dios los tratará. Así Sapor, rey de Persia, pisoteó al emperador Valentiniano, y Tamerlán hizo de Bajazet su escabel. El sentido es que Dios no solo los someterá, sino que los reducirá a una condición abyecta y despreciable. Así Crisóstomo, sobre el texto, explica esta frase: que Dios los hará eponeiooistouv kai katalelastouv, ignominiosos y despreciables. No saldrán con honra, sino con escarnio y confusión de rostro, miserablemente quebrantados. Thomas Manton.
Vers. 118. «Tú has rechazado», etc. Hay una inclinación a fundir todas las características de la Divinidad en una sola; y mientras que, con muchos de nuestros más eminentes escritores, se ha insistido cariñosa y abundantísimamente en la exuberante bondad, la benignidad suave y complaciente, la misericordia que pasa por alto y concede amplio margen a las flaquezas de la debilidad humana, ha habido lo que los franceses llamarían, si no una reticencia estudiada, al menos una realmente observada, sobre el tema de su verdad y su pureza y su odio al mal moral. No puede haber gobierno sin ley; y apenas se considera la pregunta: ¿cómo han de tratarse las violaciones de esa ley? Toda ley tiene sus sanciones: las esperanzas del galardón ofrecido por un lado, los temores de la venganza amenazada por el otro. ¿Ha de amenazarse solo la venganza, sin ejecutarla jamás? ¿Ha de tratarse la culpa solo con proclamas que preceden, pero nunca con castigos que sigan?… Quiten a la jurisprudencia sus penas, o, lo que sería aún peor, que las penas solo se anuncien pero nunca se exijan, y reducimos el conjunto a una burla sin sustancia. El edificio del gobierno moral se desploma; y, en lugar de una gran autoridad que presida en el universo, tenemos un trono derribado y un Soberano degradado… Si solo ha de haber el aparato de una economía judicial, sin nada de su poder ni de su ejecución; si la verdad solo ha de guardarse en las promesas de galardón, pero retirarse constantemente en las amenazas de venganza; si el juez ha de perderse así en el padre excesivamente indulgente, positivamente no hay sobre nosotros nada de gobierno moral sino el nombre; no somos súbditos de la autoridad de Dios; somos los mimados de su afecto. Bajo un sistema como este, todo el universo derivaría, por así decirlo, hacia un estado de anarquía; y, en el tumulto de este salvaje desgobierno, el Rey que está sentado en lo alto perdería su dominio sobre la creación que él había formado. Thomas Chalmers.
Vers. 118. «Porque mentira es su engaño.» El verdadero sentido del pasaje es: «porque su astucia ha sido falaz», es decir, los ha engañado a ellos mismos y ha traído su ruina. Samuel Horsley, 1733-1806.
Vers. 118. «Su engaño es mentira.» No se refiere aquí al engaño con que los impíos engañan a otros, sino a aquel con que se engañan a sí mismos. Y este es doble: primero, en que buscan en el pecado un bien que el pecado promete engañosamente pero que nunca hallarán. Segundo, en que se halagan con una vana presunción de escapar al juicio, que sin duda los alcanzará. William Cowper.
Sugerencias para el predicador
Vers. 118. El pecado y la falsedad: su conexión, su castigo y su cura.
Vers. 118.
- Escuchen el paso de los ejércitos de Dios. En la naturaleza; en la providencia; las huestes angélicas del último día.
- Las víctimas mutiladas. Los engañadores astutos, especialmente aborrecibles a Dios. Ejemplos: Balaam, Faraón, Roma, el engañador de las naciones.
- Las advertencias para nosotros desde este Aceldama. Arrepiéntanse. Eviten el engaño. Respeten los linderos de Dios. Escóndanse en Cristo. W.B.H.
Vers. 118. El castigo de Dios a los impíos, aunque terriblemente severo, es justo y necesario.
- Es debido como el salario merecido de la iniquidad.
- Lo exige la posición de Dios como gobernador moral y su carácter como justo.
- Es necesario para marcar el verdadero valor de la justicia y de su galardón. Si los impíos no son castigados, el pleno valor de la justicia no puede aparecer.
- Por la naturaleza del caso, es absolutamente inevitable, salvo bajo una condición, a saber, el don de un arrepentimiento y una santidad genuinos después de la muerte; que nadie tiene derecho a esperar, ni Dios ha dado la más leve indicación de que lo concederá.
- El infierno yace en el seno del pecado; y si los impíos fueran llevados al cielo, llevarían allá el infierno. El cielo no provee las cosas en que los impíos se deleitan, mientras abunda en aquellas que no pueden comprender ni compartir. J.F.
Vers. 118 (segunda parte). Los engaños de los impíos son todos mentiras.
- El mundo que abrazan es una falsa Dalila.
- El placer que disfrutan es un lazo satánico.
- Su religiosidad formal es un vano engaño.
- Sus ideas de Dios son mentiras inventadas por ellos mismos. J.F.
Vers. 118-120. Salvados por el temor.
- La ira de Dios revelada contra el pecado.
- El juicio de Dios ejecutado sobre los pecadores.
- El temor de Dios creado en el corazón. G.A.D.
Salmos 119:119
Vers. 119. «Como escoria quitas a todos los impíos de la tierra.» No juega con ellos ni los trata con guantes de seda. No: los juzga la hez de la tierra, y los trata en consecuencia, apartándolos. Los aparta de su iglesia, de sus honores, de la tierra y, al final, de sí mismo. «Apartaos —dice—, malditos.» Si hasta un hombre bueno se siente obligado a apartar de sí a los malhechores, mucho más debe el tres veces santo Dios apartar a los impíos. Parecían metal precioso, estaban íntimamente mezclados con él, se guardaban en el mismo montón; pero el Señor es un refinador, y cada día quita a algunos impíos de en medio de su pueblo, ya sea haciendo un vergonzoso descubrimiento de su hipocresía, ya consumiéndolos de sobre la tierra. Son apartados como escoria, para no ser llamados jamás. Así como el metal mejora al perder su aleación, así la iglesia mejora cuando se quita a los impíos. Estos impíos son «de la tierra», «los impíos de la tierra», y no tienen derecho a estar con quienes no son del mundo; el Señor percibe que están fuera de lugar y son dañinos, y por eso los aparta, a todos, sin dejar a ninguno que deteriore su iglesia. Un día el proceso será perfecto; no se perdonará escoria alguna, no quedará oro impuro. ¿Dónde estaremos nosotros cuando esa gran obra se termine?
«Por eso yo amo tus testimonios.» Hasta las severidades del Señor suscitan el amor de su pueblo. Si permitiera a los hombres pecar con impunidad, no sería tan plenamente el objeto de nuestra amante admiración; es glorioso en santidad porque así libra su reino de rebeldes, y su templo de quienes lo contaminan. En estos días malos, cuando el castigo de Dios a los pecadores se ha vuelto blanco de soberbias controversias escépticas, podemos considerar señal del verdadero hombre de Dios que ama al Señor no menos sino mucho más a causa de su justo juicio sobre los impíos.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 119. «Como escoria quitas a todos los impíos de la tierra.» Los piadosos y los impíos viven juntos en la iglesia visible, como la escoria y el buen metal; pero Dios, que es el purificador de su iglesia, no dejará de poner diferencia entre ellos por diversas pruebas y juicios, y al fin hará una separación perfecta, y arrojará a los impíos como desecho. David Dickson.
Vers. 119. Los juicios de Dios sobre otros pueden ser un acto necesario de amor hacia nosotros. Son depurados como «escoria» para que no nos infecten con su ejemplo, ni nos molesten con sus persecuciones u opresiones. Ahora bien, cuanto más se nos favorece de este modo, más obligados estamos a servir a Dios con alegría: «Que librados de nuestros enemigos, sin temor le serviremos en santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días» (Lc 1:74-75). El mundo es uno de esos enemigos, o los impíos de la tierra; por tanto, debemos servirle fielmente. Thomas Manton.
Vers. 119. «Quitas a todos los impíos.» De muchas maneras son quitados los hombres impíos; a veces por mano de otros hombres, a veces por su propia mano. Los filisteos no mataron a Saúl, sino que lo forzaron a matarse a sí mismo; sin embargo, el ojo de la fe mira siempre al dedo de Dios, y ve que la caída de los impíos es obra de Dios. William Cowper.
Vers. 119. «Los impíos de la tierra.» ¿Por qué se los caracteriza así? Porque aquí florecen; sus nombres «serán escritos en la tierra» (Jer 17:13); crecen y son de buena cuenta y estima aquí. Judas tenía la bolsa; prosperan en el mundo: «He aquí estos impíos, sin ser turbados del mundo, alcanzaron riquezas» (Sal 73:12). Aquí son respetados: «Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo, y el mundo los oye» (1 Jn 4:5). Sus corazones y sus mentes están en el mundo (Mt 6:19-20). Su disposición natural es ser mundanos, solo saborean las cosas del mundo; el ascenso, el honor, la grandeza son su unum magnum; aquí está su placer, y aquí su porción, su esperanza y su felicidad. Un hijo de Dios espera otra herencia, incorruptible y sin mancilla. Thomas Manton.
Vers. 119. «Como escoria.» Los hombres de este mundo estiman a los hijos de Dios como la basura de la tierra; así Pablo (vaso escogido de Dios) fue desestimado por los hombres; pero aquí ven lo que son los impíos en la cuenta de Dios: escoria en verdad, que es el desecho del oro o de la plata. Que esto afirme a los piadosos frente al desprecio de los hombres: solo el Señor tiene en su mano la balanza que pesa a los hombres según son. William Cowper.
Vers. 119. Escoria. 1. La escoria oscurece el lustre y la gloria del metal, más aún, lo cubre de modo que no aparece; el óxido y la inmundicia rodean y esconden el oro, de manera que no puede verse ni su naturaleza ni su brillo. 2. La escoria es cosa engañosa. Se parece al metal, pero no es metal; la escoria de la plata se parece a ella, y así la escoria del oro se parece al oro, pero la escoria no es ni plata ni oro. 3. La escoria no mejora con el fuego: métanla en el fuego una y otra vez, y sigue igual. 4. La escoria es cosa sin valor. No vale nada, es baja, vil, despreciable. 5. Es inútil y debe ser desechada. 6. La escoria es cosa ofensiva: el óxido carcome el metal, lo pone en peligro y hace que el orfebre encienda el fuego para separarla del oro y de la plata. Resumido de William Greenhill.
Vers. 119. «Tus testimonios.» Así, muy a menudo, llama a la palabra de Dios, en la cual hay tanto mandamientos como promesas: los mandamientos de Dios pertenecen a todos, sus testimonios pertenecen solo a sus hijos; por lo cual entiendo, más estrictamente, sus promesas, que contienen declaraciones especiales de su amor y su favor hacia los suyos en Cristo Jesús. William Cowper.
Sugerencias para el predicador
Vers. 119. Una visión de la voluntad divina, la mejor ayuda en nuestro viaje por la tierra. O bien: qué soy; dónde estoy; adónde voy; ¿cómo he de llegar allá?
Vers. 119 (primera parte). El extranjero en la tierra.
- Una breve exposición. El texto significa:
(a) Que el santo no ha nacido de la tierra.
(b) Que el santo no es conocido en la tierra.
(c) Que la porción del santo no está sobre la tierra.
(d) Que el santo está rodeado de penas y pruebas en la tierra.
(e) Que el santo pronto dejará la tierra.
- Una breve aplicación.
(a) No sean como el mundo.
(b) Estén preparados para ser sufridos en la tierra.
(c) Desprendan el corazón del mundo.
(d) Mantengan correspondencia con el hogar.
(e) Cultiven el amor fraternal por sus compañeros extranjeros en la tierra.
(f) Apresúrense a volver a casa.
(g) Insten a otros a ir con ustedes.
Sermón de Duncan Macgregor en "The Shepherd in Israel," 1869.
Vers. 119. La oración del extranjero.
- Cómo llegó a ser extranjero en la tierra. Nació de nuevo. Aprendió las costumbres de su hogar en tierra extraña. Habló la lengua de su patria; y así fue malentendido y rechazado en la tierra.
- Cómo anhelaba todo lo que se pareciera al hogar. Las reglas del hogar: «tus mandamientos». La enseñanza del hogar: «no encubras». Especialmente la voz de su Padre.
- Cómo en su soledad se consolaba comunicándose con su Padre.
- ¿No les gustaría ser extranjeros? C.A.D.
Sugerencias para el predicador
Vers. 119. La aquiescencia del santo a los juicios de Dios. W.B.H.
Vers. 119.
- Comparación de los impíos con la escoria.
- Comparación de su destino con el apartar la escoria.
- La admiración del santo por la justicia divina vista en el rechazo de los impíos.
Vers. 119. Dios aparta a los impíos como escoria.
- Los juicios de Dios son un fuego que escudriña y separa.
- El juicio final del gran día completará el proceso de separación.
- El gran resultado será que el metal verdadero y la escoria serán recogidos cada uno en su lugar. J. F.
La decimoquinta letra, SAMEC, denota un puntal o columna, y esto concuerda bien con el contenido de la estrofa, en la cual se implora dos veces a Dios que sostenga a su siervo (Sal 119:116-117), mientras que la destrucción total de quienes menosprecian su ley, o fomentan el escepticismo respecto de ella, puede compararse a la suerte de los señores filisteos, sobre quienes Sansón hizo caer el techo de la casa donde se divertían, derribando las columnas que lo sostenían. Neale y Littledale.
Salmos 119:120
Vers. 120. «Mi carne se ha estremecido por temor de ti.» Tal era su reverencia ante el Juez de toda la tierra, cuyo juicio acababa de considerar, que temía y temblaba en gran manera. Hasta la parte más grosera de su ser, su carne, sintió un solemne pavor ante el pensamiento de ofender a alguien tan bueno y tan grande, que tan eficazmente separaría a los impíos de entre los justos. ¡Ay, pobre carne, esto es lo más alto a que puedes llegar!
«Y de tus juicios tengo miedo.» Las palabras de juicio de Dios son solemnes, y sus obras de juicio son terribles; bien pueden hacernos temer. Ante el pensamiento del Juez de todos, su ojo penetrante, sus libros de registro, su día de juicio y las operaciones de su justicia, bien podemos clamar por pensamientos, corazones y caminos limpios, no sea que sus juicios caigan sobre nosotros. Cuando vemos al gran Refinador separando lo precioso de lo vil, bien podemos sentir un temor piadoso, no sea que él nos aparte y nos deje para ser pisoteados bajo sus pies.
El amor del versículo anterior es del todo compatible con el temor de este versículo: el temor que tiene tormento es echado fuera, pero no el temor filial que conduce a la reverencia y a la obediencia.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 120. «Mi carne se ha estremecido por temor de ti.» En lugar de exultar sobre quienes cayeron bajo el desagrado de Dios, se humilla. Lo que leemos y oímos de los juicios de Dios sobre los impíos debe llevarnos (1) A reverenciar su terrible majestad y a temerle. ¿Quién podrá estar delante de Jehová, el Dios santo? 1 S 6:20. (2) A temer ofenderle y hacernos blanco de su ira. Los hombres buenos necesitan ser refrenados del pecado por los terrores del Señor; especialmente cuando el juicio comienza por la casa de Dios, y los hipócritas son descubiertos y apartados como escoria. Matthew Henry.
Vers. 120. «Mi carne se ha estremecido por temor de ti», etc. En presencia de Jehová, cuando aparece en juicio, la tierra tiembla y se aquieta. Sus mejores siervos no están exentos de un pavor reverente en tales ocasiones; escenas de esta clase, mostradas en visión a los profetas, hacen estremecer su carne y temblar todos sus huesos. Rodeados de un cuerpo frágil y de un mundo pecaminoso, necesitamos de todo vínculo posible; y los afectos tanto del temor como del amor deben emplearse para refrenarnos de la transgresión; debemos, al mismo tiempo, «amar los testimonios de Dios y temer sus juicios». George Horne.
Vers. 120. «Mi carne se ha estremecido por temor de ti», etc. En oración, por la noche, tuve visiones tan cercanas y aterradoras de los juicios de Dios sobre los pecadores en el infierno, que mi carne temblaba de miedo de ellos… Corrí temblando a Jesucristo como si las llamas me estuvieran alcanzando: ¡Oh!, Cristo en verdad me salvará, o pereceré. Henry Martyn, 1781-1812.
Vers. 120. «Mi carne se ha estremecido por temor de ti.» La familiaridad con los hombres engendra desprecio; la familiaridad con Dios, no: nadie reverencia más al Señor que quienes mejor lo conocen y más familiarizados están con él. William Cowper.
Vers. 120, 116. «Mi carne se ha estremecido por temor de ti; tengo miedo… no quede yo avergonzado de mi esperanza.» La verdadera religión consiste en una debida mezcla de temor de Dios y de esperanza en su misericordia; y dondequiera que falte por completo una de ellas, no puede haber verdadera religión. Dios ha unido estas cosas, y de ningún modo debemos separarlas. No puede complacerse en quienes le temen con temor servil, sin esperar en su misericordia, porque parecen considerarlo un ser cruel y tiránico, que no tiene misericordia ni bondad en su naturaleza; y, además, lo acusan implícitamente de falsedad, al negarse a creer y esperar en sus invitaciones y ofertas de misericordia. Por otra parte, no puede agradarse en quienes pretenden esperar en su misericordia sin temerle; porque lo insultan suponiendo que no hay en él nada que deba temerse; y, además de esto, lo hacen mentiroso, al no creer sus terribles amenazas pronunciadas contra los pecadores, y ponen en duda su autoridad al negarse a obedecerle. Solo quienes a la vez le temen y esperan en su misericordia le dan el honor debido a su nombre. Edward Payson.
Vers. 120. Se estremece o se eriza, dicho propiamente del cabello que se levanta de terror (comp. Job 4:15). J. J. Stewart Perowne.
Sugerencias para el predicador
Vers. 120. Los juicios de Dios sobre los impíos producen en los justos:
- Amor.
- Reverencia.
- Temor.
Vers. 120.
- Describir el verdadero carácter del temor.
(a) Es el temor de reverencia hacia la autoridad y el poder de Dios.
(b) Es el temor de horror contra el pecado como merecedor de juicio.
- Mostrar su compatibilidad con el amor filial.
(a) Cuanto más amamos a Dios, más firmemente creemos en la certeza y el carácter terrible de sus juicios.
(b) Cuanto más amamos a Dios, más temeremos provocar contra nosotros mismos su vara de castigo.
(c) De hecho, si no amamos a Dios, no tendremos temor de que el pecado nos implique en juicio.
- Recomendarlo.
(a) Porque prueba un justo sentido de lo que merece el pecado.
(b) Porque muestra una verdadera apreciación de la justicia de Dios.
(c) Porque no es un temor que tiene tormento, sino un temor que aumenta la vigilancia y camina de la mano con la perfecta confianza en la gracia salvadora. J.F.
Salmos 119:121
Vers. 121. «Juicio y justicia he hecho.» Esto era algo grande de decir para un gobernante oriental en cualquier época, pues aquellos déspotas se preocupaban casi siempre más por la ganancia que por la justicia. Algunos descuidaban por completo su deber y ni siquiera hacían juicio, prefiriendo sus placeres a sus obligaciones; y muchos más vendían sus juicios al mejor postor, recibiendo sobornos o haciendo acepción de personas. Algunos gobernantes no daban ni juicio ni justicia, otros daban juicio sin justicia, pero David daba juicio y justicia, y cuidaba de que sus sentencias se cumplieran. Podía alegar ante el Señor que había administrado una justicia imparcial, y que lo seguía haciendo. Sobre este hecho fundó un ruego con que respaldó la oración: «No me abandones a mis opresores.» El que, hasta donde llega su poder, ha estado obrando rectamente, puede esperar ser librado de sus superiores cuando estos intenten hacerle mal. Si yo no oprimo a otros, puedo orar con esperanza que otros no me opriman a mí. Una conducta recta es la que nos da denuedo para apelar al gran Juez pidiendo liberación de la injusticia de otros. Ni debe censurarse este modo de alegar como justicia propia: cuando tratamos con Dios acerca de nuestras faltas, usamos un tono muy distinto del que usamos frente a las censuras de nuestros semejantes; cuando estos están en cuestión, y somos inocentes hacia ellos, estamos justificados al alegar nuestra inocencia.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 121. Aquí comienza una nueva división del salmo, indicada por la letra hebrea Ain, letra que difícilmente puede representarse en el alfabeto español, pues en realidad no hay en nuestra lengua letra que le corresponda exactamente. Probablemente se la representaría mejor con lo que en griego se llaman «aspiraciones». Albert Barnes.
Vers. 121. «Juicio he hecho» contra los impíos, «y justicia» hacia los buenos. Simon de Muis, 1587-1644.
Vers. 121. «Juicio y justicia he hecho.» Aquí podría presentársenos David en su carácter judicial; y si es así, tenemos a David en medio de una vasta experiencia, pues las palabras abarcarían una gran parte de su vida. ¡Qué bienaventuradas serían sus reflexiones si, después de un largo reinado, todos los gobernantes soberanos pudieran apelar así a Dios! Así debería ser; porque ante él todos darán cuenta al fin. Aun si concebimos a David hablando solo como hombre particular, el sentimiento es digno de toda consideración… Para los padres decir esto de su trato con sus hijos, para los amos de sus siervos, para un hombre de sus vecinos, es excelentísimo. John Stephen.
Vers. 121. «Juicio» y «justicia» se ponen a menudo en la Escritura por lo mismo, y cuando van juntos, lo segundo es como un epíteto de lo primero. «Juicio y justicia he hecho», es decir, he hecho juicio con justicia, con exactitud, al pelo. Joseph Caryl.
Vers. 121.
Haz lo recto y serás rey;
sea este tu baluarte de bronce para defenderte:
conservar siempre tu inocencia consciente,
y no palidecer jamás de culpa. Horacio, trad. de Francis.
Vers. 121. «Si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios» (1 Jn 3:21). Este «testimonio de la conciencia» ha sido a menudo «el gozo» del pueblo del Señor cuando sufre un oprobio inmerecido o una «soberbia opresión». Han podido alegarlo sin ofensa en presencia de su santo Dios que escudriña los corazones; más aún, incluso cuando, ante la cercana perspectiva de la gran y final rendición de cuentas, bien podría suponerse que se encogerían ante el escrutinio estricto e infalible de su Omnisciente Juez. Quizá, sin embargo, no somos suficientemente conscientes de la importancia de la integridad moral en relación con nuestro consuelo espiritual. Noten el denuedo que dio a David en la oración: «Juicio y justicia he hecho; no me abandones a mis opresores.» Charles Bridges.
Vers. 121. «No me abandones a mis opresores.» Es decir: ampárame contra quienes querrían hacerme mal, porque hago lo recto; interponte entre mis enemigos y yo, como si fueras mi fiador. La justicia imparcial contra los opresores a veces expone a los jueces a la opresión; pero aun así, quienes corren mayores riesgos por celo de Dios hallarán a Dios dispuesto a ser su fiador cuando oren: «Afianza a tu siervo», como en el versículo siguiente. Abraham Wright.
Vers. 121-122. «Juicio y justicia he hecho»; pero, para que siempre lo haga y jamás falle en hacerlo, «sostén a tu siervo para bien», dirigiéndolo de modo que siempre guste de lo bueno, y entonces la consecuencia será que «no me calumnien los soberbios»; porque quien está bien establecido «en el bien», y hecho de tal modo que nada sino lo bueno y justo le resulta agradable, perseverará de tal manera que no tendrá motivo de temer «a los soberbios que lo calumnian». Roberto Belarmino.
Sugerencias para el predicador
Vers. 121-128. La oración del justo contra la injusticia. Desde la cárcel de la opresión apela a Dios para que sea su fiador (vv. 121-122); expresa su cansado anhelo de liberación (vv. 123-125); señala el «tiempo» (v. 126); y profesa su supremo amor a la ley de Dios, en contraste con el desprecio que de ella tienen los opresores (vv. 127-128).
Salmos 119:122
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 122. «Afianza a tu siervo para bien.» Lo que David ruega a Dios que sea para él, eso es Cristo para todo su pueblo: He 7:22. Se acercó a Dios, estrechó manos con él, dio su palabra y su pagaré para pagar las deudas de su pueblo; se puso en el lugar y puesto legal de ellos, y se hizo responsable ante la ley y la justicia por ellos; se comprometió a dar satisfacción por sus pecados, a traer justicia eterna para su justificación, y a preservarlos y guardarlos y llevarlos a salvo a la gloria y la felicidad eternas; y esto era ser fiador por ellos para bien. John Gill.
Vers. 122. «Afianza a tu siervo para bien.» Hay tres exposiciones de esta cláusula, según señale el fin, la causa o el resultado.
- Responde por mí, ut sire bonus et justus, así el rabino Arama sobre el lugar; sé fiador por mí para que yo sea bueno. Teodoreto lo expone: «Garantiza que yo cumpliré mi resolución de guardar tu ley.» El que se une a otro, se responsabiliza; aunque tengamos preceptos, sin que Dios se responsabilice nunca podremos cumplir nuestro deber.
- Responde por mí para ayudarme a hacer el bien; así lo leen algunos: no tomaría su parte en una mala causa. Encomendar una injusticia a la protección de Dios es provocarlo a apresurar nuestro castigo, para que sirvamos bajo nuestros opresores; pero cuando tenemos una buena causa y una buena conciencia, él nos reconocerá. No podemos esperar que nos mantenga y nos sostenga en el servicio del Diablo, en el cual nos hemos enredado nosotros mismos por nuestro pecado.
- Está conmigo para bien: así se traduce a menudo: «Haz conmigo señal para bien» (Sal 86:17); «No ruegues por este pueblo para bien» (Jer 11:14); así, «Acuérdate de mí, Dios mío, para bien» (Neh 13:31). Así aquí: «Afianza a tu siervo para bien.» Thomas Manton.
Vers. 122. «Afianza a tu siervo para bien.» Es la oración de Ezequías en su aflicción: «Jehová, violencia padezco; fortaléceme» (Is 38:14); es la oración de Job pidiendo un «árbitro» entre él y Dios (Job 9:33); es el clamor de la iglesia antes de la Encarnación por la aparición de un Mediador divino; es la confianza de toda alma fiel desde aquel bendito tiempo en la perpetua intercesión de nuestro gran Sumo Sacerdote en el cielo, que es para nosotros la garantía de bienaventuranza. Agelio y Cocceio, en Neale y Littledale.
Vers. 122. «Afianza a tu siervo para bien.» Su sentido es: tú sabes cuán injustamente soy calumniado y hablado mal en lugares donde no estoy presente o donde no puedo responder por mí mismo; responde tú por mí. William Cowper.
Vers. 122. «Afianza a tu siervo para bien.» El ojo agudo del mundo quizá no pueda fijar mancha alguna en mi confesión externa; pero «si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse?» La deuda se acumula continuamente, y la perspectiva de pago es tan lejana como siempre. Bien podría esperar ser «abandonado a mis opresores», para pagar todo lo debido a mi Señor. ¡Pero he aquí! «¿Dónde está el furor del opresor?» (Is 51:13). Se ha hallado el fiador, la deuda está pagada, el rescate aceptado, el pecador libre. Se oyó una voz en el cielo: «Líbralo de descender al sepulcro, que halló rescate» (Job 33:24). El Hijo de Dios mismo se hizo Fiador por un extraño y «sufrió por ello» (Pr 11:15). A un costo infinito, el costo de su preciosa sangre, me libró de «mis opresores»: el pecado, Satanás, el mundo, la muerte, el infierno. Charles Bridges.
Vers. 122. Algunos observan que este es el único versículo de todo el salmo en que la Palabra no se menciona con el nombre de «ley», «juicios», «estatutos» u otros términos semejantes, y sacan de ello esta nota: «Donde la Ley falla, allí Cristo es fiador de un mejor pacto.» Hay quienes traducen las palabras así: «Endulza, o deleita, a tu siervo para bien», es decir, hazlo gozoso y consolado en la búsqueda y práctica de lo que es bueno. John Trapp.
Sugerencias para el predicador
Vers. 122.
- Fianza suplicada.
- Bien esperado.
- Obligación reconocida: «tu siervo».
Vers. 122 (primera parte). Tras explicar el sentido del salmista según lo muestra el versículo anterior, esta frase puede usarse para un sermón sobre la fianza de Cristo, con referencia a He 7:22.
- Un Fiador para bien, necesidad hondamente sentida, aunque quizá indefinida, de un alma cargada de pecado.
(a) La mera declaración de un perdón gratuito de parte de Dios no es del todo creíble para tal alma, ni, si pudiera creerse, daría paz a la conciencia. Porque, por un lado, el perdón no podría percibirse como justo, ni como coherente con el necesario odio de Dios al pecado, y sin embargo la conciencia exige esta percepción; por otro lado, el mero perdón no muestra cómo puede cumplirse la obligación de una perfecta observancia de la ley de Dios, como justicia, y sin embargo la conciencia exige ver esto antes de poder quedar satisfecha para gozar de paz: la experiencia de Lutero.
(b) Ahora bien, las Escrituras nos dicen que Dios «justifica al impío» y que su «justicia» se declara al justificar a los pecadores: Ro 3:25. Puede perdonar pecados con justicia. Puede tratar a los pecadores como justos, y sin embargo ser justo al hacerlo. ¿Cómo? Por un Fiador. Por tanto, un Fiador es la verdadera necesidad.
- Un Fiador existente. Jesús es el Fiador.
(a) Se comprometió a llevar nuestra obligación a la pena de la ley, y la cumplió en la muerte. Así el perdón, aunque misericordia para nosotros, es un acto de justicia para con Cristo.
(b) Se comprometió a nuestra obligación de perfecta obediencia, y la satisfizo en su cumplimiento de la ley; así que para Dios tratarnos como justos es solo justo para con Cristo.
(c) Dios ha mostrado su satisfacción con el oficio de Cristo y con su obra, por la resurrección y glorificación de Cristo. Por tanto, existe un Fiador bien acreditado y eficaz.
- Un Fiador muy cercano.
(a) En el evangelio, Cristo como Fiador viene al pecador tan verdaderamente como si dejara su trono y viniera en su propia persona.
(b) Así está tan cerca que el pecador solo tiene que recibir el evangelio en su corazón y recibe a Cristo.
(c) Cristo recibido como Fiador es el Fiador de todo el que lo recibe. J.F.
Salmos 119:123
Vers. 123. «Mis ojos desfallecieron por tu salvación.» Lloró, esperó y veló por la mano salvadora de Dios, y estos ejercicios pusieron a prueba los ojos de su fe hasta que casi estaban a punto de rendirse. Miró solo a Dios, miró con ansia, miró largo tiempo, miró hasta que le dolieron los ojos. La misericordia es que, si nuestros ojos desfallecen, Dios no desfallece, ni desfallecen sus ojos. Los ojos son cosas delicadas, y así lo son nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra expectación: el Señor no las probará más allá de lo que puedan soportar. «Y por la palabra de tu justicia»: una palabra que silenciaría las palabras injustas de sus opresores. Sus ojos, tanto como sus oídos, esperaban la palabra del Señor: miraba para ver salir la palabra divina como un fíat para su liberación. Estaba «esperando el veredicto», el veredicto de la justicia misma. ¡Cuán felices somos si tenemos la justicia de nuestro lado!, porque entonces lo que es el terror de los pecadores es nuestra esperanza, lo que los soberbios temen es nuestra expectación y nuestro deseo. David dejó su reputación enteramente en la mano del Señor, y ansiaba ser declarado inocente por la palabra del Juez más que por defensa alguna propia. Sabía que había obrado rectamente y, por tanto, en lugar de evitar el tribunal supremo, rogó la sentencia que sabía que obraría su liberación. Hasta vigilaba con ojos ansiosos el juicio y la liberación, la palabra de justicia de parte de Dios que significaba salvación para él.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 123. «Mis ojos desfallecieron por tu salvación.» En tiempos de gran dolor, cuando el corazón está oprimido por el cuidado y el peligro amenaza por todos lados, el ojo humano expresa con asombrosa exactitud las emociones angustiadas y afligidas del alma. La postura aquí descrita es la de una persona que se ve rodeada de enemigos del carácter más formidable, que siente su propia debilidad e insuficiencia para entrar en combate con ellos, pero que mira ansiosamente la llegada de un amigo leal y poderoso que ha prometido socorrerla en la hora de su calamidad. Como su amigo retrasa la hora de su venida, sus temores y ansiedades se multiplican, hasta que se encuentra en la condición de quien tiene los ojos cansados y empañados de mirar la llegada de su gran libertador. En esta condición estaba el suplicante aquí descrito: sus enemigos estaban listos para tragarlo, y fuera del cielo no tenía esperanza de salida final. A las promesas de Dios acudió, y mientras aguardaba su cumplimiento, mirando con la mayor ansiedad la palabra de la justicia de Dios, expresa el sentimiento desalentado: «Mis ojos desfallecieron por tu salvación.» ¡Ojalá tuviéramos deseos tan cálidos y ansiosos de esa gran salvación, que hará realidad la victoria sobre todos nuestros enemigos espirituales y nos permitirá clamar triunfantes por toda la eternidad en el nombre de nuestro todopoderoso Libertador! John Morison.
Vers. 123. «Mis ojos desfallecieron… por la palabra de tu justicia.» Aunque las palabras de promesa no se hayan cumplido ni parezca que se vayan a cumplir, la fe debe justificar la promesa como verdadera y fiel. David Dickson.
Vers. 123. «Por la palabra de tu justicia.» Esta sería la palabra de salvación prometida, que el Señor había dado en justicia. ¡Qué ruego tan asombroso: Dios, apelado sobre el fundamento de su propia justicia, para la liberación; y sin embargo, qué verdadero! O podría ser la palabra de su justicia, la emisión de justicia, el ejercicio de una decisión justa entre él y sus opresores. Había esperado que el Señor interviniera entre ellos, y así cumpliera todo lo que había prometido en favor del creyente. El Señor vindicará a los suyos. ¿Hay algunos en gran dificultad, y esperan que intervenga el Señor, a quien han encomendado sus asuntos? … Esperen; no defraudará una esperanza llena de gracia. John Stephen.
Vers. 123. «Por la palabra de tu justicia», o «la palabra de tu juicio justo»; es decir, por la sentencia de justicia sobre mis opresores, como enseña la primera parte del versículo; porque dictar esta sentencia equivaldrá a conceder la salvación que el salmista deseaba con tanto ardor. George Phillips.
Sugerencias para el predicador
Vers. 123. Santa expectación mantenida largo tiempo, en peligro de desfallecer; alegar este hecho; razones para no renunciar jamás a ella.
Salmos 119:124
Vers. 124. «Haz con tu siervo según tu misericordia.» Aquí se recobra: aunque ante los hombres estaba tan limpio que podía desafiar con la palabra de justicia, ante el Señor, como siervo suyo, sentía que debía apelar a la misericordia. Aquí nos sentimos más seguros. Nuestro corazón halla más reposo en el clamor «Dios, sé propicio a mí» que en apelar a la justicia. Está bien poder decir: «Juicio y justicia he hecho», y añadir luego con toda humildad: «Haz con tu siervo según tu misericordia.» El título de siervo encierra un ruego; un amo debe limpiar el nombre de su siervo si es falsamente acusado, y rescatarlo de quienes lo oprimirían; y además, el amo debe mostrar misericordia a un siervo, aunque trate con severidad a un extraño. El Señor condescendientemente trata, o tiene comunicación, con sus siervos, no despreciándolos sino conversando con ellos; y lo hace de modo tierno y misericordioso, pues en cualquier otra forma de trato seríamos aplastados en el polvo. «Y enséñame tus estatutos.» Esta será una manera de tratarnos con misericordia. Podemos esperar que un amo enseñe a su propio siervo el sentido de sus propias órdenes. Con todo, puesto que nuestra ignorancia nace de nuestra propia estupidez pecaminosa, es gran misericordia de parte de Dios que condescienda a instruirnos en sus mandamientos. Que nuestro gobernante llegue a ser nuestro maestro es un acto de gran gracia, por el cual no podemos estar bastante agradecidos. Entre nuestras misericordias, esta es una de las más selectas.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 124. «Haz con tu siervo según tu misericordia.» Si soy «siervo» de Dios, solo puedo presentar mis servicios ante él sobre el fundamento de la «misericordia»; sintiendo que, por mis mejores obras, necesito un mundo inmenso de misericordia: misericordia que perdone, que salve, que dure para siempre; y sin embargo me atrevo, animado por la sangre de Jesús, a rogar por mi alma: «Haz con tu siervo según tu misericordia.»
Pero soy ignorante además de culpable; y sin embargo no me atrevo a orar por enseñanza divina, por mucho y a toda hora que la necesito, hasta que haya obtenido de nuevo misericordia. La «misericordia» es la primera bendición, no solo en importancia sino en orden. Debo buscar al Señor y conocerlo como Salvador antes de poder ir a él con alguna confianza para que sea mi maestro. Pero una vez que he hallado aceptación para mi petición «Haz con tu siervo según tu misericordia», se me abrirá el camino para seguir con mi petición «Enséñame tus estatutos. Dame entendimiento para conocer tus testimonios», para que yo conozca, ande, más aún, «corra por el camino de tus mandamientos» con el corazón ensanchado (Sal 119:32). Mi ruego es el mismo que antes he alegado con aceptación (Sal 119:94): «Tuyo soy yo.» Charles Bridges.
Vers. 124. «Tu misericordia.» Todo el año, a toda hora de cada día, Dios nos bendice ricamente; tanto cuando dormimos como cuando velamos, su misericordia nos acompaña. El sol puede dejar de brillar, pero nuestro Dios nunca dejará de alegrar a sus hijos con su amor. Como un río, su misericordia fluye siempre con una plenitud inagotable como su propia naturaleza, que es su fuente. Como la atmósfera que rodea siempre la tierra y está siempre lista para sostener la vida del hombre, la benevolencia de Dios rodea a todas sus criaturas; en ella, como en su elemento, viven, se mueven y tienen su ser. Sin embargo, así como el sol en los días de verano parece alegrarnos con rayos más cálidos y brillantes que en otras ocasiones, y como los ríos en ciertas estaciones se hinchan con la lluvia, y como la atmósfera misma en ocasiones está cargada de influencias más frescas, más tonificantes o más suaves que antes, así sucede con la misericordia de Dios: tiene sus horas de oro, sus días de desbordamiento, cuando el Señor magnifica su gracia y levanta en alto su amor ante los hijos de los hombres. C.H.S.
Vers. 124. «Enséñame.» David tenía a Natán y a Gad, los profetas; y además de ellos, a los levitas ordinarios para enseñarle. Leía diligentemente la palabra de Dios y meditaba en la ley de noche y de día; pero reconoce que todo esto no era nada si Dios no lo enseñaba. Otros maestros hablan al oído, pero Dios habla al corazón: así predicó Pablo a Lidia, pero Dios abrió su corazón. Oremos por esta gracia. William Cowper.
Sugerencias para el predicador
Vers. 124-125. El siervo de Dios.
- Haciendo profesión: «Tu siervo soy yo.»
- Haciendo confesión de culpa, torpeza, ignorancia.
- Haciendo petición de misericordia, entendimiento y enseñanza. C.A.D.
Vers. 124. La instrucción celestial, una gran misericordia.
Vers. 124.
- Su confianza en la misericordia divina.
- Su sumisión a la autoridad divina.
- Su oración por enseñanza divina. G.R.
Vers. 124. Una oración perfecta.
- En cuanto a su contenido.
(a) Aquí no hay nada superfluo; ninguna petición de riquezas, ni de honores, ni de nada de lo que codicia el mundano.
(b) Aquí no falta nada; «Haz con tu siervo según tu misericordia» comprende todo lo que necesita el alma culpable; «Enséñame tus estatutos» comprende todo lo que un santo necesita anhelar.
- En cuanto a su manera.
(a) Es directa y definida.
(b) Es sencilla y fervorosa.
(c) Es reverente y a la vez osada.
- En cuanto a su espíritu.
(a) «Haz con tu siervo»: un sentido de obligación; un sentimiento de entrega; un espíritu de consagración a la obra santa.
(b) «Haz… según tu misericordia»: un sentido de indignidad; humildad apropiada; sumisión a la voluntad divina en cuanto a la forma que tomará la misericordia; gran fe en la misericordia, en su gratuidad y su suficiencia.
(c) «Enséñame tus estatutos.» Anhelo de santidad, sentido de ignorancia, de debilidad, de dependencia de una influencia espiritual divina especial. J.F.
Salmos 119:125
Vers. 125. «Tu siervo soy yo.» Esta es la tercera vez que repite este título en esta sola sección: evidentemente le gusta el nombre y lo considera un ruego muy eficaz. Los que nos gozamos de ser hijos de Dios no nos deleitamos por ello menos en ser sus siervos. ¿No tomó el Hijo primogénito forma de siervo y cumplió plenamente la labor del siervo? ¿Qué honor más alto pueden desear los hermanos menores que ser hechos semejantes al Heredero de todo?
«Dame entendimiento para conocer tus testimonios.» En el versículo anterior buscaba enseñanza; pero aquí va mucho más lejos y ansía entendimiento. Por lo común, si el instructor suministra la enseñanza, el alumno aporta el entendimiento; pero en nuestro caso somos mucho más dependientes y debemos rogar por entendimiento además de enseñanza: esto no lo puede dar el maestro ordinario, y somos tres veces felices de que nuestro Tutor divino pueda suplirlo. Debemos confesarnos necios, y entonces nuestro Señor nos hará sabios, además de darnos conocimiento. El mejor entendimiento es el que nos capacita para rendir perfecta obediencia y mostrar una fe inteligente, y es esto lo que David desea: «entendimiento para conocer tus testimonios». Algunos preferirían no saber estas cosas; prefieren estar tranquilos en la oscuridad antes que poseer la luz que conduce al arrepentimiento y a la diligencia. El siervo de Dios anhela conocer de manera inteligente todo lo que el Señor revela del hombre y al hombre; desea ser instruido de modo que pueda aprehender y comprender lo que se le enseña. Un siervo no debe ignorar lo que concierne a su amo ni a los asuntos de su amo; debe estudiar la mente, la voluntad, el propósito y la meta de aquel a quien sirve, porque solo así puede completar su servicio; y como nadie conoce estas cosas tan bien como su amo mismo, debe acudir a él a menudo por instrucciones, no sea que su mismo celo solo sirva para hacerlo más torpe.
Es notable que el salmista no ora por entendimiento mediante la adquisición de conocimiento, sino que ruega al Señor primero que le dé el don bondadoso del entendimiento y luego pueda obtener la instrucción deseada. Todo lo que sabemos antes de tener entendimiento tiende a estropearnos y a criar vanidad en nosotros; pero si primero hay un corazón entendido, entonces los tesoros del conocimiento enriquecen el alma y no traen consigo ni pecado ni pena. Además, este don de entendimiento actúa también como discernimiento, y así el hombre bueno es preservado de atesorar lo que es falso y peligroso: sabe cuáles son y cuáles no son los testimonios del Señor.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 125. «Tu siervo soy yo; dame entendimiento», etc. No soy extraño para ti, sino tu propio siervo doméstico; que no me falte gracia alguna que me capacite para servirte. William Cowper.
Vers. 125. «Tu siervo soy yo.» Que eres siervo de Dios debes considerarlo tu mayor gloria y bienaventuranza. Martin Geier.
Sugerencias para el predicador
Vers. 125.
- Un oficio aceptado.
- Aptitud solicitada.
- Discernimiento deseado.
Vers. 125.
- Un alegre reconocimiento: «Tu siervo soy yo.»
- Un deseo implícito de servir más perfectamente.
- Una necesidad reconocida: la instrucción divina en el servicio santo.
- Un ruego presentado: «Tu siervo soy yo», por tanto «enséñame», etc. W.H.J.P.
Salmos 119:126
Vers. 126. «Tiempo es de actuar, oh Jehová, porque han invalidado tu ley.» David era siervo y, por tanto, siempre era tiempo de que obrara; pero, oprimido por la vista del comportamiento impío de los hombres, siente que se necesita la mano de su Amo, y por eso le apela que obre contra la obra del mal. Los hombres invalidan la ley de Dios negando que sea su ley, promulgando mandatos y doctrinas opuestos a ella, poniendo la tradición en su lugar, o despreciando y escarneciendo por completo la autoridad del legislador. Entonces el pecado se pone de moda y el andar santo se tiene por un puritanismo despreciable; al vicio se le llama placer, y la vanidad lleva la batuta. Entonces los santos suspiran por la presencia y el poder de su Dios: ¡Oh, por una hora del Rey sobre el trono y de la vara de hierro! ¡Oh, por otro Pentecostés con todas sus maravillas, para revelar la energía de Dios a los contradictores y hacerles ver que hay un Dios en Israel! La extremidad del hombre, ya sea de necesidad o de pecado, es la oportunidad de Dios. Cuando la tierra estaba desordenada y vacía, el Espíritu vino y se movía sobre la faz de las aguas; ¿no vendrá cuando la sociedad vuelve a un caos semejante? Cuando Israel en Egipto fue reducido al punto más bajo y parecía que el pacto quedaría anulado, entonces apareció Moisés e hizo poderosos milagros; así también, cuando la iglesia de Dios es hollada y su mensaje escarnecido, podemos esperar ver la mano del Señor extendida para el avivamiento de la religión, la defensa de la verdad y la glorificación del nombre divino. El Señor puede obrar ya sea por juicios que derriban los baluartes del enemigo, o por avivamientos que levantan los muros de su propia Jerusalén. ¡Con cuánto fervor podemos rogar al Señor que levante nuevos evangelistas, que avive a los que ya tenemos, que prenda fuego a toda su iglesia y traiga el mundo a sus pies! La obra de Dios es siempre honrosa y gloriosa; en cuanto a nuestra obra, es nada sin él.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 126. «Tiempo es de actuar, oh Jehová.» ¿Se vio jamás una nave más desesperadamente encalmada en alta mar? ¿O clamó jamás tripulación alguna con más frenesí por una brisa favorable que los que tripulan la Iglesia del Dios viviente? Si Dios no obra, es seguro que ante la Iglesia no hay sino la perspectiva de una total derrota y ruina. Mayor es el mundo que la Iglesia si Dios no está en ella. Pero si Dios está en ella, no será conmovida. ¡Que él la ayude, y muy pronto!
Cuando él se levante a obrar, no sabemos cuál será la forma y manera de sus operaciones. Él obra conforme al designio de su voluntad; y ¿quién sabe si, una vez que despierte y se revista de su fuerza, no se limitará en sus resultados al avivamiento inmediato y exclusivo de la vida espiritual de la Iglesia, sino que se asociará con convulsiones y trastornos providenciales que llenarán de asombro y consternación el corazón del mundo? Su reino espiritual no está aislado. Tiene relaciones que lo implican estrechamente con el universo material, con la sociedad humana y con la vida nacional. Ha habido épocas en que Dios ha obrado y las señales de su presencia se han visto en terribles sacudidas de las naciones, en el arrancar desde sus cimientos injusticias antiguas, en el golpear tiranías opresoras y en la emancipación de pueblos cuya vida había sido un largo e inútil gemido. Ha habido también épocas, y muchas, en que ha obrado por medio de los elementos de la naturaleza: por tizón y añublo, por inundaciones y hambre, por langosta, oruga y revoltón; por el comercio decaído, con su maquinaria oxidándose en la fábrica y sus naves pudriéndose en el puerto. Todas estas cosas son sus siervos. A veces el sueño del mundo, y también de la Iglesia, es tan profundo que solo puede romperse por agentes como el viento, el fuego o el terremoto, que hicieron estremecer al profeta a la entrada de la cueva, y sin los cuales la voz que siguió, tan callada, tan suave y tierna, habría perdido mucho de su poder para enternecer y someter. Cuando la sociedad se ha drogado con la copa de Circe de la mundanalidad, y las voces que vienen de la eternidad son desatendidas, si no inoídas, hasta el terror tiene su misión misericordiosa. Los corazones frívolos y superficiales de los hombres han de ser vueltos serios, sus ídolos han de ser rotos, sus nidos han de ser apedreados o arrojados de los árboles donde habían sido hechos con tanto cuidado, y han de aprender que, si esta vida es todo, no es sino un fantasma y una burla. Cuando venga el día del Señor, en que él comenzará a obrar, no nos maravillemos si «vendrá sobre todo soberbio y altivo, y sobre todo el que se enaltece, y será abatido; sobre todos los cedros del Líbano, altos y erguidos; sobre toda torre alta, y sobre todo muro fuerte; sobre todas las naves de Tarsis, y sobre todas las pinturas preciadas. La altivez del hombre será abatida, y la soberbia de los hombres será humillada; y Jehová solo será exaltado en aquel día.» Pero esta obra de Dios tomará también otras formas. ¿No se verá en la inspiración de la Iglesia con fe en su propio credo, en la medida en que ese credo tiene el respaldo de la palabra divina? ¿Cree la Iglesia su credo? Lo escribe, lo expone, lo canta, lo defiende; pero ¿lo cree, al menos con una fe que engendre entusiasmo en ella misma o respeto en el mundo? ¿No se han vuelto proposiciones, en lugar de poderes vivos, las verdades que forman los símbolos metodizados de la Iglesia? ¿No yacen embalsamadas con reverencia supersticiosa en el arca de la tradición, tiernamente apreciadas por lo que han sido y han hecho? ¿Pero no se olvida que, si son verdades, no están muertas y no pueden morir? Son verdaderas ahora, o nunca lo fueron; vivas ahora, o nunca vivieron. El tiempo no puede tocarlas, ni la opinión humana, ni la pereza o incredulidad de la Iglesia, porque son emanaciones de la esencia divina, llenas de su propia vida imperecedera. No son maquinaria que pueda volverse anticuada y obsoleta y ser desplazada por mejores inventos; no son métodos de política trazados para condiciones pasajeras que se desvanecen con ellas; no son andamiaje dentro del cual haya de levantarse de siglo en siglo otra verdad más alta. Son como aquel que es el fin de nuestra conversación: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.» No hay una sola de ellas que, si la fe que despierta fuera tan solo proporcionada a su valor intrínseco, no vistiera a la Iglesia de un poder nuevo y maravilloso. Pero ¿cuál sería ese poder si esa fe las abarcara todas? Sería vida de entre los muertos. Enoch Mellor (1823-1881), en "The Hem of Christ's Garment, and other Sermons."
Vers. 126. «Tiempo es de actuar, oh Jehová» expresa enfáticamente el tiempo propio para que el Señor haga su propia obra; como si el salmista dijera: «No nos toca a nosotros prescribir el tiempo y la ocasión para que Dios ejerza su poder y vindique la autoridad de su propia ley; él hace todo a su debido tiempo, y en la sazón oportuna castigará a quienes han invalidado su ley y se han hecho notorios por su impiedad y maldad.» George Phillips.
Vers. 126. Es tiempo de actuar, tal como cuando el ataque de alguna enfermedad se agrava, corren ustedes al médico para que venga más rápido, no sea que más tarde ya no pueda hacer ningún bien. Así, cuando el profeta vio en el Espíritu Santo la rebelión del pueblo, su lujo, sus placeres, sus engaños, sus fraudes, su avaricia, su embriaguez, corre en nuestra ayuda a Cristo, a quien sabía el único capaz de remediar tales pecados; le suplica que venga y no admite demora. Ambrosio, en Neale y Littledale.
Vers. 126. «Tiempo es de actuar, oh Jehová.» La infidelidad nunca fue más sutil, más dañina, más plausible, quizá más exitosa, que en el día en que vivimos. Ha abandonado los terrenos bajos de la vulgaridad, la grosería y la chabacanería, y se ha atrincherado en las altas cumbres de la crítica, la filología e incluso la ciencia misma. Penetra en grado alarmante nuestra literatura popular; se ha revestido de los encantos de la poesía para lanzar su hechizo sobre la mente pública; ha procurado entretejerse con la ciencia; y poco conoce el estado de la opinión en esta tierra quien no sepa que es abrazada por una gran parte de la mente cultivada de esta generación. «Tiempo es de actuar, oh Jehová.» John Angell James, 1785-1859.
Vers. 126. «Tiempo es de actuar, oh Jehová», etc. Para enviar al Mesías, para obrar justicia, para cumplir la ley y vindicar el honor de ella, quebrantado por los hombres. Siempre fue una noción de los judíos que el tiempo de la venida del Mesías sería cuando fuera tiempo de gran maldad en la tierra; lo cual parece concordar con la palabra de Dios, y fue verdad en los hechos. Véase Mt 2:17 3: Mt 2:1-3,15-16 Mt 15:4:2. John Gill.
Vers. 126. «Tiempo es de actuar, oh Jehová», etc. Es verdad, Señor, que no hemos de fijarte tus tiempos y límites, porque tú eres el Anciano de días, el Creador y destino del tiempo. Ni presumimos forzar la puerta de tu cámara secreta para «saber los tiempos y las sazones» que tú, nuestro Padre, pusiste en tu sola potestad; pero, Señor, tú nos has enseñado, así como a discernir el aspecto del cielo, a descubrir las señales de los tiempos, y a esperar de la causa el efecto que necesariamente se sigue. «Tú, Jehová, eres Dios misericordioso y clemente, lento para la ira y grande en misericordia» (Sal 103:8); y soportas muchos agravios de los hijos de los hombres, abrumado por sus pecados como una carreta cargada de gavillas; pero si aún siguen cargándote, te aliviarás de esa carga y la echarás en tierra de confusión. Tú eres «lento para la ira y grande en poder, y no tendrá por inocente al culpable» (Nah 1:3). Por largo espacio callas ante los pecados de los hombres, y estás quieto, y te contienes. Pero si los hombres no se convierten, afilarás tu espada y tensarás tu arco, y lo apercibirás. Paciente eres, y por largo tiempo detienes tu mano; pero cuando la frente del pecado comienza a perder el rubor de la vergüenza, cuando el rosario de transgresiones va creciendo en cuenta de oriente a occidente, cuando su clamor traspasa por encima de las nubes, cuando la altura de la maldad ha llegado a la cima y sus frutos están maduros y llenos, entonces es tiempo, Señor, de que lo tomes en cuenta, de que despiertes como un gigante y pongas tu mano vengadora.
Pero nuestros pecados ya están maduros, sí, podridos de maduros, la medida de nuestras iniquidades está llena hasta el borde. Sin duda nuestra tierra está hundida en la iniquidad; nuestras lenguas y obras han sido contra el Señor, para provocar los ojos de su gloria; la apariencia de nuestro rostro testifica contra nosotros (Is 3:8-9), sí, publicamos nuestro pecado como Sodoma; no lo encubrimos, el clamor de nuestros pecados es sumamente grave, sus clamores traspasan los cielos y con gran voz rugen diciendo: «¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero? ¿Hasta cuándo tardarás en vengarte de una nación como esta?» Ap 6:10; Jer 9:9. George Webbe, en "A Posie of Spiritual Flowers," 1610.
Vers. 126. «Tiempo es de actuar, oh Jehová.» Algunos lo leen, y el original lo admite: «Es tiempo de obrar por ti, oh Jehová»; es tiempo de que cada uno en su lugar se presente del lado del Señor, contra el creciente avance amenazador de la profanidad y la inmoralidad. Debemos hacer lo que podamos por sostener los intereses decadentes de la religión y, después de todo, debemos rogar a Dios que tome la obra en sus propias manos. Matthew Henry.
Vers. 126. «Han invalidado tu ley.» En el segundo versículo de esta sección se quejó de que los soberbios lo oprimirían; ahora se queja de que destruyeron la ley de Dios. ¿Quiénes son, pues, los enemigos de David, que buscan oprimirlo? Solo los que son enemigos de Dios y procuran destruir su ley. Gran consuelo tenemos en esto: que si amamos al Señor y nos esforzamos en buena conciencia por servirle, no podemos tener otros enemigos sino los que son enemigos de Dios. William Cowper.
Vers. 126. «Han invalidado tu ley.» Como si no solo quisieran pecar contra la Ley, sino pecar la Ley fuera, no solo retirarse de su obediencia, sino expulsarla del mundo; quisieran invalidar y revocar los santos actos de Dios, para que sus propios actos malvados no fueran cuestionados; y para que la Ley no tuviera poder para castigarlos, le niegan el poder de gobernarlos; esa es la fuerza de la sencilla palabra aquí usada, aplicada al más alto transgredir contra la Ley de Dios. Joseph Caryl.
Vers. 126-127. Todo mejora a un santo. No solo las ordenanzas, la palabra, los sacramentos, la santa compañía, sino hasta los pecadores y su mismo pecar. Aun estos sacan sus gracias a ejercicio y los llevan a un duelo piadoso y quebrantado de corazón. Un santo navega con todo viento. Así como los impíos son dañados por lo mejor, así los piadosos son mejorados por lo peor. Porque «han invalidado tu ley, por eso yo amo tus mandamientos». La santidad es tanto más reconocida por los piadosos cuanto más la desprecia el mundo. Los santos más eminentes fueron los de la casa de César (Nerón) (Fil 4:22); los que guardaron el nombre de Dios fueron los que vivieron donde estaba el trono de Satanás (Ap 2:13). El celo por Dios se enciende más con la oposición; y con ello los piadosos se esfuerzan al máximo por dar reparación a la gloria de Dios. William Jenkyn (1612-1685), en "The Morning Exercises".
Sugerencias para el predicador
Vers. 126. Invalidan la ley negando la inspiración, exaltando la tradición, por el antinomianismo, por el escepticismo, por la indiferencia, etc.
Vers. 126.
- Hay épocas en que el pecado es especialmente activo y dominante.
- Tales épocas revelan la dependencia de la iglesia respecto de Dios.
- Tales épocas despiertan los deseos de la iglesia por la intervención de Dios.
- Tales épocas son aquellas en que Dios se levanta para defender su propia causa. W.H.J.P.
Vers. 126.
- La obra anticipada: la vindicación de la ley divina.
- La obra demorada.
- La obra ejecutada: «Tiempo es», etc. G.R.
Salmos 119:127
Vers. 127. «Por eso he amado tus mandamientos más que el oro, y más que oro muy puro.» Así como era el tiempo de Dios para obrar, era el tiempo de David para amar. Lejos de dejarse llevar por el ejemplo de los malos hasta unirse a ellos en el menosprecio de las Escrituras, fue movido más bien a un amor más ardiente por ellas. Al ver los mandamientos despreciados por los impíos, su corazón simpatizó con Dios, y sintió un afecto ardiente por sus santos preceptos. Es señal de un verdadero creyente que no depende de otros para su religión, sino que bebe agua de su propio pozo, que sigue brotando aun cuando se han secado todas las cisternas de la tierra. Nuestro santo poeta, en medio de un desprecio general de la ley, sintió que su propia estima por ella subía tanto que el oro y la plata se hundían en comparación. La riqueza trae consigo tantas comodidades que los hombres la estiman naturalmente, y el oro, como símbolo de ella, es muy apreciado; y sin embargo, a juicio de los sabios, las leyes de Dios enriquecen más y traen más consuelo que los más escogidos tesoros. El salmista no podía jactarse de haber guardado siempre los mandamientos; pero sí podía declarar que los amaba; era perfecto de corazón, y hubiera querido serlo también en su vida. Juzgaba que los santos mandamientos de Dios eran mejores que lo mejor de la tierra, sí, mejores que la mejor clase de lo mejor de la tierra; y esta estima fue confirmada y obligada a expresarse por esas mismas oposiciones del mundo que llevan a los hipócritas a abandonar al Señor y sus caminos. «Cuanto más por su furia,
tus palabras amo y reconozco,
una herencia más rica
que el oro y la piedra preciosa.»
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 127. «Por eso he amado tus mandamientos más que el oro», etc. En parte, porque es una prueba de su excelencia que los más viles de los hombres los aborrezcan. En parte, por una justa indignación y oposición contra mis enemigos jurados; y en parte, porque la gran apostasía general de otros hace este deber más necesario para prevenir su propia recaída y la de otros hombres. Matthew Pool.
Vers. 127. «Por eso he amado tus mandamientos más que el oro, y más que oro muy puro.» La imagen empleada pone ante nosotros el cuadro del avaro: su corazón y su tesoro están en su oro. ¡Con qué deleite lo cuenta! ¡Con qué vigilancia lo guarda! Lo esconde bajo custodia segura, no sea que le roben lo que le es más querido que la vida. Así deberían ser los cristianos: avaros espirituales, que cuentan su tesoro, que está «más que el oro muy puro», y «lo esconden en su corazón», en lugar seguro, donde el gran despojador no pueda alcanzarlo. ¡Oh, cristianos! ¡Cuánto más es vuestra porción para vosotros que el tesoro del avaro! Escondedla; vigiladla; conservadla. No tenéis por qué temer la codicia en las cosas espirituales; más bien «codiciad ardientemente» aumentar vuestro caudal; y al vivir de él y vivir en él, crecerá más rico en extensión y más precioso en valor. Charles Bridges.
Vers. 127. «Amo tus mandamientos.» No profesa que los cumplía, sino que los amaba; y ciertamente es un gran progreso en la piedad si hemos llegado hasta aquí, a amarlos de corazón. El hombre natural aborrece los mandamientos de Dios; son tan contrarios a su corrupción; pero el hombre regenerado, así como aborrece su propia corrupción, ama la palabra, porque conforme a ella desea ser reformado. Y aquí está nuestro consuelo: que aunque no podamos hacer lo que se manda, si amamos hacerlo, es argumento de gracia recibida. «Más que el oro», etc. Es lícito amar las criaturas que Dios ha destinado para nuestro uso, con estas condiciones: una, que el primer lugar en nuestro afecto se reserve a Dios; y que a cualquier otra cosa que amemos la amemos en él y por él, y le demos solo el segundo lugar. Así David, siendo hombre natural, amaba su alimento natural; pero protesta que amaba la ley del Señor más que su alimento señalado; y aquí ama los mandamientos de Dios más que todo el oro. William Cowper.
Sugerencias para el predicador
Vers. 127. El asalto del mundo contra la verdad, una razón para amarla.
Vers. 127.
- El objeto del amor: «tus mandamientos».
- El grado del amor: «más que el oro», etc.
- La razón de este amor: «por eso», etc., porque su objeto ha de prevalecer al fin. G. R.
Vers. 127. La voluntad de Dios frente al ídolo de oro.
- Los mandamientos de Dios son mejores que el oro.
- El amor a ellos es, en proporción, más noble.
- La inmensurable superioridad del carácter que producen. W. B. H.
Salmos 119:128
Vers. 128. «Por eso estimé rectos todos tus mandamientos sobre todas las cosas.» Porque los impíos criticaban los preceptos de Dios, David estaba tanto más seguro de que eran rectos. La censura de los malos es un certificado de mérito; lo que ellos aprueban podemos con razón sospecharlo, pero lo que ellos aborrecen podemos admirarlo ardientemente. El deleite del hombre bueno en la ley de Dios es sin reservas: cree en todos los preceptos de Dios sobre todas las cosas.
«Y aborrecí todo camino de mentira.» El amor a la verdad engendró el odio a la falsedad. Este hombre piadoso no era indiferente a nada; lo que no amaba, lo aborrecía. No era una astilla en la sopa, sin sabor; era buen amante o buen aborrecedor, pero nunca un vacilante. Sabía lo que sentía, y lo expresaba. No era un Galión, que no se preocupaba por nada de estas cosas. Su detestación era tan irrestricta como su afecto; no tenía una buena palabra para ninguna práctica que no resistiera la luz de la verdad. El hecho de que grandes multitudes siguieran el camino ancho no tuvo ninguna influencia sobre este santo varón, salvo hacerlo más resuelto a evitar toda forma de error y pecado. Que el Espíritu Santo reine de tal modo en nuestros corazones que nuestros afectos estén en la misma decidida disposición hacia los preceptos de la palabra.
Vers. 129. «Maravillosos son tus testimonios.» Llenos de revelaciones, mandamientos y promesas maravillosas. Maravillosos en su naturaleza, por estar libres de todo error y llevar en sí mismos una abrumadora evidencia de su verdad; maravillosos en sus efectos, al instruir, elevar, fortalecer y consolar el alma. Jesús, la Palabra eterna, es llamado Admirable, y todas las palabras pronunciadas por Dios son maravillosas en su grado. Quienes mejor las conocen más se maravillan de ellas. Es maravilloso que Dios haya dado testimonio siquiera a hombres pecadores, y más maravilloso aún que su testimonio sea de tal carácter, tan claro, tan pleno, tan lleno de gracia, tan poderoso.
«Por tanto, los ha guardado mi alma.» Su carácter maravilloso se imprimió de tal modo en su mente que los guardó en su memoria; su maravillosa excelencia cautivó de tal modo su corazón que los guardó en su vida. Algunos hombres se maravillan de las palabras de Dios y las usan para su especulación; pero David era siempre práctico, y cuanto más se maravillaba, más obedecía. Nótese que su religión era obra del alma; no con la cabeza y la mano solamente guardaba los testimonios, sino que su alma, su yo más verdadero y más real, se aferraba a ellos.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 128. «Estimé rectos todos tus mandamientos sobre todas las cosas.» No es un testimonio de compromiso sobre la integridad y el valor de los preceptos del Señor aquel con que concluye el salmista: «Estimé rectos todos tus mandamientos sobre todas las cosas»: todo mandamiento, por duro que sea; toda orden, por desagradable que sea; todo precepto, por severo que sea; aun «corta tu mano derecha», «arráncate el ojo derecho»; olvida tu pueblo y la casa de tu padre; toma tu cruz cada día; vende todo lo que tienes; sí, Señor, así es: «todos tus mandamientos sobre todas las cosas son rectos». ¡Qué verdad bendita a la que llegar, y en la que hallar consuelo! Barton Bouchier.
Vers. 128. «Estimé [...] todos tus mandamientos», etc. No solo debemos respetar todos los mandamientos de Dios, sino respetarlos todos por igual y darles a todos el mismo respeto. La obediencia debe ser universal. R. Mayhew, en "The Death of Death in the Death of Christ," 1679.
Vers. 128. Todos. Los muchos «todos» de este versículo (no distintos del de Ez 44:30) muestran la integridad y universalidad de su obediencia. «Todo» es una palabra pequeña, pero de gran alcance. John Trapp.
Vers. 128. «Todos tus mandamientos sobre todas las cosas [...] rectos.» Tenía un alto concepto de los preceptos de Dios; los juzgaba justos en todo; justos, porque no prescriben sino lo que es exactamente justo; y justos, porque traen un justo castigo sobre los transgresores y una recompensa a los justos. William Nicholson.
Vers. 128. El hombre recto ajusta todas sus acciones a una regla recta: la razón carnal no puede inclinarlo, la práctica corrupta no puede torcerlo, sino que la sagrada palabra de Dios lo dirige. De aquí que su respeto sea universal para con todos los preceptos divinos, evitando todo mal, cumpliendo todo bien sin excepción. Así el hombre recto de David estima aquí rectos los preceptos de Dios sobre todas las cosas, y por eso cuida de observarlos. De aquí que sea el mismo hombre en todo tiempo y en todo lugar; porque en todo tiempo y en toda compañía obra por una misma regla. Es buen dicho de san Cipriano: «ea non est religio, sed dissimulatio, quæ per omnia non constat sibi», eso no es piedad sino hipocresía, lo que no es en todo igual a sí mismo; pues el hombre recto mide cada acción por la línea recta del precepto divino. Abraham Wright.
Vers. 128. «Aborrecí todo camino de mentira.» La mejor prueba de nuestro amor a Dios y a su palabra es el odio contrario al pecado y a la impiedad: «Los que amáis a Jehová, aborreced el mal». El que ama un árbol, aborrece el gusano que lo consume; el que ama una prenda, aborrece la polilla que la come; el que ama la vida, aborrece la muerte; y el que ama al Señor, aborrece todo lo que lo ofende. Tengan cuidado con esto los hombres enamorados de sus pecados: ¿cómo puede estar en ellos el amor de Dios?
La religión nos obliga a aborrecer no un solo camino de falsedad, sino todos sus caminos. Así como no hay nada bueno que el hombre piadoso no ame en alguna medida, tampoco hay nada malo que no aborrezca en alguna medida. Y esta es la perfección de los hijos de Dios; una perfección no de grados, pues ni amamos el bien ni aborrecemos el mal como debiéramos; sino una perfección de partes, porque amamos todo bien y aborrecemos todo mal en alguna medida. William Cowper.
Vers. 128. «Y aborrecí.» El Ser que ama el bien con intensidad infinita debe aborrecer el mal con la misma intensidad. Lejos de haber incompatibilidad alguna entre este amor y este odio, son contrapartes el uno del otro, polos opuestos de una misma emoción moral. John W. Haley, en "An Examination of the Alleged Discrepancies of the Bible," 1875.
Vers. 128. «Aborrecí todo camino de mentira.» Si Satanás te agarra por un solo pecado, ¿no basta para llevarte a la condenación? Como el carnicero lleva a la bestia al matadero, a veces atada por las cuatro patas y a veces por una sola, así es con Satanás. Aunque no seas esclavo de todo pecado, si lo eres de uno, la presa que tiene de ti por esa sola afección pecaminosa basta para cautivarte. William Cowper.
Sugerencias para el predicador
Vers. 128 (primera parte). Esta perspectiva debe tomarse de todos los preceptos divinos en su relación
- con Cristo;
- con uno mismo;
- con el mundo;
- con la Iglesia;
- con el cielo. W. J.
Vers. 128. La Biblia es recta.
- Su ciencia es correcta.
- Su historia es verdadera.
- Sus promesas son genuinas.
- Su moral es perfecta.
- Sus doctrinas son divinas. W. J.
Vers. 128. Aprendan cuatro lecciones:
- Es bueno que los hombres malos no alaben la verdad que no pueden amar.
- Es circunstancia sospechosa cuando se les halla hablando bien de alguna parte de ella; es un beso de Judas para traicionar sus intereses.
- Debe de ser correcto aceptar y amar lo que los malos se oponen.
- Siempre es seguro estar en el lado opuesto al de ellos. J. F.
Salmos 119:129
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 129. «Maravillosos son tus testimonios.» Las Escrituras son «maravillosas» por la materia que contienen, por la manera en que están escritas y por los efectos que producen. Contienen las verdades espirituales más sublimes, veladas bajo ceremonias y sacramentos externos, descripciones figuradas, historias típicas, parábolas, símiles, etc. Cuando se abren y se aplican como es debido, aterran y humillan, convierten y transforman, consuelan y fortalecen. ¡Quién no se deleitará en estudiar y «guardar» estos «testimonios» de la voluntad y la sabiduría, del amor y el poder del Dios Altísimo! Mientras tengamos estos santos escritos, no malgastemos nuestro tiempo, no empleemos mal nuestros pensamientos ni prostituyamos nuestra admiración, chocheando con las locuras humanas y maravillándonos de las bagatelas humanas. George Horne.
Vers. 129. «Maravillosos son tus testimonios.» Los testimonios de Dios son «maravillosos»: (1) En su majestad y compostura, que infunde reverencia en los corazones de los que la consideran; la Escritura nos habla de un modo digno de Dios. (2) Son «maravillosos» por la materia y la profundidad del misterio, que no puede hallarse en otra parte, acerca de Dios y de Cristo, la creación del mundo, las almas de los hombres y su condición inmortal y eterna, la caída del hombre, etc. (3) Son «maravillosos» por su pureza y perfección. El Decálogo, en diez palabras, comprende todo el deber del hombre, y alcanza hasta el alma misma y todos los movimientos del corazón. (4) Son «maravillosos» por la armonía y el acuerdo de todas sus partes. Toda la religión es de una pieza, y una parte no choca con otra, sino que conspira para promover el gran fin: la sujeción de la criatura a Dios. (5) Son «maravillosos» por su poder. Hay un poder grande que acompaña a la palabra de Dios, y asombra los corazones de los que la consideran y la sienten. 1 Ts 1:5. Thomas Manton.
Vers. 129. «Maravillosos son tus testimonios.» La Biblia misma es un milagro asombroso y permanente. Escrita fragmento a fragmento a lo largo de quince siglos, bajo diferentes estados de sociedad y en diferentes lenguas, por personas de los temperamentos, talentos y condiciones más opuestos, doctos e indoctos, príncipes y campesinos, esclavos y libres; vertida en toda forma de composición instructiva y buena escritura: historia, profecía, poesía, alegoría, representación emblemática, interpretación juiciosa, declaración literal, precepto, ejemplo, proverbios, disquisición, epístola, sermón, oración; en suma, todas las formas racionales del discurso humano, y tratando además de asuntos no obvios, sino dificilísimos; sus autores no se hallan, como otros hombres, contradiciéndose unos a otros en los hechos y opiniones más ordinarios, sino que están en armonía en todo su sublime y trascendental designio. J. Maclagan, 1788-1852.
Vers. 129. Estimen mucho las Escrituras, o no las obedecerán. David dijo: «por tanto, los ha guardado mi alma»; ¿y por qué fue esto, sino porque los tenía por maravillosos? ¿Puede hacer progresos en un arte quien lo desprecia y lo menosprecia? Estimen este libro de Dios por encima de todos los demás libros. San Gregorio llama a la Biblia «el corazón y el alma de Dios». Los rabinos dicen que una montaña de sentido pende de cada ápice y tilde de la Escritura. «La ley de Jehová es perfecta» (Sal 19:7). La Escritura es la biblioteca del Espíritu Santo; es una pandecta del saber divino, un modelo y plano exacto de la religión. La Escritura contiene los credenda, «las cosas que hemos de creer», y los agenda, «las cosas que hemos de practicar». Es «poderosa para hacernos sabios para la salvación» (2 Ti 3:15). La Escritura es la norma de la verdad, el juez de las controversias; es la estrella polar que nos guía al cielo (Is 8:20). «El mandamiento es lámpara» (Pr 6:23). La Escritura es la brújula por la que ha de gobernarse el timón de nuestra voluntad; es el campo en que está escondido Cristo, la Perla de gran precio; es una roca de diamantes, es un sagrado colirio, o «ungüento para los ojos»; sana los ojos de quienes la miran; es un cristal óptico espiritual en el que resplandece la gloria de Dios; es la panacea o «medicina universal» del alma. Las hojas de la Escritura son como las hojas del árbol de la vida, «para la sanidad de las naciones» (Ap 22:2). La Escritura es engendradora y alimentadora de la gracia. ¿Cómo nace el convertido, sino por «la palabra de verdad» (Stg 1:18)? ¿Cómo crece, sino por «la leche espiritual no adulterada» de la palabra (1 P 2:2)? La palabra escrita es el libro de donde se sacan nuestras pruebas para el cielo; es la señal marina que nos muestra los escollos del pecado que hay que evitar; es el antídoto contra el error y la apostasía, la espada de dos filos que hiere a la serpiente antigua. Es nuestro baluarte para resistir la fuerza de la concupiscencia; como el Capitolio de Roma, que era un lugar de fortaleza y munición. La Escritura es la «torre de David», de la cual cuelgan los escudos de nuestra fe (Cnt 4:4). «Quítennos la palabra, y nos privan del sol», decía Lutero. La palabra escrita está por encima de una embajada angélica o de una voz del cielo. «Nosotros oímos esta voz enviada del cielo. Tenemos también, bebaioteron lolon, "la palabra profética más segura"» (2 P 1:18-19). Oh, estimen la palabra escrita; estimarla es el camino para aprovecharla. Si César estimaba tanto sus Comentarios que por conservarlos perdió su manto de púrpura, ¿cómo debemos apreciar los sagrados oráculos de Dios? «Guardé las palabras de su boca más que mi comida» (Job 23:12). Al rey Eduardo VI, el día de su coronación, le presentaron tres espadas, que significaban que era monarca de tres reinos. El rey dijo que faltaba una espada; al preguntársele cuál era, respondió: «La santa Biblia, que es la espada del Espíritu y ha de preferirse a estas insignias reales». Roberto, rey de Sicilia, estimaba tanto la palabra de Dios que, hablando con su amigo Petrarca, le dijo: «Protesto que las Escrituras me son más caras que mi reino; y si he de ser privado de una de las dos cosas, prefiero perder mi diadema que las Escrituras». Thomas Watson, en "The Morning Exercises."
Vers. 129. La palabra contiene materia para ejercitar las mentes más grandes. Muchos hombres no soportan gastar sus pensamientos y su tiempo en asuntos triviales; mientras que otros piensan que es felicidad bastante si pueden, con los empleos más humildes, procurarse el sustento. Oh, que todos los de altas aspiraciones se ejerciten en la ley de Dios; aquí hay objetos propios de grandes mentes, sí, objetos que elevarán a los más grandes; y en verdad nadie en el mundo es verdaderamente grande sino los santos, pues ellos se ejercitan en los grandes consejos de Dios. Tenemos por los más grandes a los hombres empleados en asuntos de Estado: pues bien, los santos están elevados por encima de todas las cosas del mundo, las consideran todas pequeñas y bajas, y se ejercitan en los grandes asuntos del reino de Jesucristo. Por eso el Señor quiso que los reyes y los jueces tuvieran el libro de la ley copiado, Dt 17:18-19; y se cuenta de Alfonso, rey de Aragón, que en medio de todas sus grandes y múltiples ocupaciones leyó las Escrituras catorce veces con comentarios. ¡Cuántos tenemos, hombres de grandes haciendas, que pretenden tener grandes mentes, y apenas hacen caso de la ley de Dios! La miran como por debajo de ellos. Libros de historia y de guerra los leerán con diligencia; pero la Escritura les parece cosa de poco contenido. Es un medio especial para la obediencia tener altos pensamientos de la ley de Dios. Esa es la razón por la que el profeta habla así: «Le escribí las grandes cosas de mi ley, y fueron tenidas por cosa extraña» (Os 8:12). Como si dijera: si hubieran tenido en sus pensamientos las cosas de mi ley, nunca habrían obrado así. Sal 119:129: «Maravillosos son tus testimonios; por tanto, los ha guardado mi alma». No dice: por tanto los guardo, sino: por tanto los ha guardado mi alma; mi alma misma está en esto, en guardar tus testimonios, porque los miro como cosas maravillosas. Es buena señal de que el espíritu del gran Dios está en un hombre cuando lo eleva por encima de las demás cosas, para mirar las cosas de su palabra como las únicas grandes del mundo. «Toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo. La hierba se seca, y la flor se cae; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre» (Is 40:6, 8). Hay vanidad en todas las cosas del mundo; pero en lo que la palabra revela hay eternidad: por tanto, no debemos admirar nada tanto como la palabra, y debemos deleitarnos grandemente en los mandamientos de Dios; no basta un grado ordinario de admiración o deleite, sino que debe haber gran admiración y gran deleite en la ley de Dios. Y todos los argumentos sacados de la ley de Dios deberían prevalecer poderosamente en ustedes. Jeremiah Burroughs.
Vers. 129. «Maravillosos son tus testimonios.» Las maravillas nunca cesarán. El aire, la tierra, el agua, el mundo de arriba, el mundo de abajo, el tiempo, la eternidad, los gusanos, las aves, los peces, las bestias, los hombres, los ángeles, todo está lleno de maravillas. Cuanto más se estudian todas las cosas, más maravillas aparecen. Es ocioso, pues, criticar los misterios de la Escritura o negarlos. La inspiración se gloría en ellos. Quien rechaza los misterios del amor, la gracia, la verdad, el poder, la justicia y la gratitud de la palabra de Dios, rechaza la salvación. Tiene maravillas en sí misma, y maravillas en su operación. Son buena causa de amor, no de ofensa; de guardar, no de quebrantar los preceptos de Dios. William S. Plumer.
Vers. 129. Mi alma: no solo yo, sino yo con todo mi corazón y mi alma. Joseph Addison Alexander.
Vers. 129. He terminado de leer toda la Biblia desde enero pasado. La empecé el primer día del presente año y la terminé el 26 de octubre. La he leído en ese espacio cuatro veces, y no sin verdadero provecho para mí. Siempre hallo en ella algo nuevo, pues es, como su Autor, infinita e inagotable. Samuel Eyles Pierce, 1814.
Vers. 129. ¿Qué no debo al Señor por permitirme tomar parte en la traducción de su palabra? Nunca vi tales maravillas, y sabiduría, y amor, en el bendito libro, como desde que me veo obligado a estudiar cada expresión; y es un pensamiento delicioso que la muerte no puede privarnos del placer de estudiar sus misterios. Henry Martyn.
Sugerencias para el predicador
Esquemas sobre palabras clave del salmo, por el pastor C. A. Davis.
Vers. 129-136. Lo maravilloso de los testimonios de Dios. (Vers. 129), ejemplificado como dador de luz (Vers. 130), anhelado con jadeos (Vers. 131). Una súplica de dirección divina en la palabra (Vers. 132-135) ante su rechazo por otros (Vers. 136).
Sugerencias para el predicador
Vers. 129-136. En esta división el salmista
- alaba la palabra de Dios;
- muestra su afecto por ella;
- ruega gracia para guardarla;
- se lamenta por los que no la guardan. Adam Clarke.
Vers. 129. El carácter maravilloso de la palabra, una razón para obedecer. Tan maravillosamente pura, justa, equilibrada, elevadora. Tanto para nuestro propio beneficio, para el bien de la sociedad y para la gloria divina.
Vers. 129.
- Lo que es maravilloso en la palabra de Dios debe creerse.
- Lo que se cree debe obedecerse. G. R.
Vers. 129. «Maravillosos son tus testimonios.»
- Los hechos que registran son maravillosos; tan maravillosos que, si el libro que los registra se publicara ahora por primera vez, no habría límites a la avidez y la curiosidad con que sería buscado y leído.
- La moral que inculcan es maravillosa.
- Si de la moral pasan a las doctrinas de la Biblia, su admiración aumentará más bien que disminuirá ante el contenido de este singular libro.
- Estos testimonios son maravillosos por el estilo en que están escritos.
- Son maravillosos por su preservación en el mundo.
- Son maravillosos por los efectos que han producido. Hugh Hughes, 1838.
Vers. 129. «Maravillosos son tus testimonios.» La ley ceremonial es maravillosa, porque en ella se señala el misterio de nuestra redención por la sangre de Cristo.
- Las profecías son maravillosas, por predecir cosas, humanamente hablando, tan inciertas, y a tan gran distancia de tiempo, con tanta exactitud.
- El Decálogo es maravilloso, por contener en muy pocas palabras todos los principios de la justicia y la caridad.
- Si pasáramos al Nuevo Testamento, ¡aquí las maravillas se alzan sobre maravillas! Todo es asombroso; pero el salmista no pudo tener esto a la vista. Adam Clarke.
Vers. 129 (primera parte).
- Miremos cinco de las maravillas de la Biblia.
(a) Su autoridad. Antepone a cada afirmación un «Así dice Jehová».
(b) Su luz.
(c) Su poder: tiene un poder convincente, despertador, atrayente, vivificante.
(d) Su profundidad.
(e) Su adaptación universal.
- Indiquemos tres usos prácticos.
(a) Estudiar la Biblia diariamente.
(b) Orar para que el Espíritu la grabe en el corazón con un punzón de hierro.
(c) Practicarla diariamente. D. Macgregor.
Vers. 129. ¿Para quién y en qué aspectos son maravillosos los testimonios de Dios?
- ¿Para quién? Para aquellos, y solo aquellos, que por la gracia conocen, creen y experimentan por sí mismos la verdad y el poder de ellos.
- ¿En qué aspectos maravillosos, es decir, asombrosamente agradables, deleitosos y provechosos (véase Sal 119:174)?
(a) Por razón de su Autor y origen, de quién son y de dónde vienen.
(b) Por razón de la materia que contienen y revelan.
(c) Por razón del modo de lenguaje en que son revelados y declarados.
(d) Por razón de su multitud y variedad, adecuadas a todo caso.
(e) Por razón de su utilidad y del gran beneficio y ventaja que recibió de ellos.
(f) Por razón del placer y deleite que halla en ellos (véase Sal 119:111).
(g) Por razón del propósito final, intención y fin de ellos: a saber, la vida eterna, la salvación y la gloria. Samuel Medley, 1738-1799.
Salmos 119:130
Vers. 130. «La exposición de tus palabras alumbra.» Apenas obtienen entrada en el alma, la iluminan: ¡qué luz no cabe esperar de su morada prolongada! Su sola entrada inunda la mente de instrucción, pues son tan plenas, tan claras; pero, por otra parte, tiene que haber tal «entrada», o no habrá iluminación. El mero oír la palabra con el oído externo vale poco por sí solo, pero cuando las palabras de Dios entran en las cámaras del corazón, entonces la luz se esparce por todos lados. La palabra no halla entrada en algunas mentes porque están bloqueadas por la presunción, el prejuicio o la indiferencia; pero donde se presta la debida atención, la iluminación divina ha de seguir sin duda al conocimiento de la mente de Dios. ¡Oh, que tus palabras, como los rayos del sol, entren por la ventana de mi entendimiento y disipen las tinieblas de mi mente!
«Hace entender a los simples.» Los sinceros y cándidos son los verdaderos discípulos de la palabra. A ellos les da no solo conocimiento, sino entendimiento. Estos de corazón sencillo son con frecuencia despreciados, y a su sencillez se le infunde otro sentido, para hacer de ella tema de burla; pero ¿qué importa? Los que el mundo tilda de necios están entre los verdaderamente sabios si son enseñados por Dios. ¡Qué poder divino reposa en la palabra de Dios, pues no solo concede luz, sino que da el ojo mismo de la mente con que se recibe la luz! «Hace entender.» De aquí el valor de las palabras de Dios para los simples, que no pueden recibir la verdad misteriosa a menos que sus mentes sean ayudadas a verla y preparadas para captarla.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 130. La apertura de tus palabras alumbra, haciendo entender a los simples. La versión común de la primera palabra («entrada») es inexacta, y la que se da aquí, aunque exacta, es ambigua. La cláusula no se refiere a la apertura mecánica del libro por el lector, sino a la apertura espiritual de su verdadero sentido por la iluminación divina, a la mente que naturalmente no puede discernirlo. Joseph Addison Alexander.
Vers. 130. Entrada, literalmente apertura, es decir, despliegue o descubrimiento. J. J. Stewart Perowne.
Vers. 130. «La exposición de tus palabras alumbra.» La primera entrada, o vestíbulo: pues el salmista quiere señalar que en esta vida solo se captan los comienzos, y que estos comienzos han de preferirse a toda sabiduría humana. Henricus Mollerus.
Vers. 130. «La exposición de tus palabras alumbra», etc. El comienzo de ellas: los tres primeros capítulos del Génesis, ¡qué luz dan sobre el origen de todas las cosas, la creación del hombre, su estado de inocencia, su caída por las tentaciones de Satanás, y su recuperación y salvación por Cristo, la simiente de la mujer! Los primeros principios de los oráculos de Dios, los rudimentos de la religión, los elementos del mundo, los ritos de la ley ceremonial dieron gran luz sobre los misterios del evangelio. John Gill.
Vers. 130. «La exposición de tus palabras alumbra.» Un dependiente profano se mete en el bolsillo una hoja de una Biblia y lee las últimas palabras de Daniel: «Tú irás hasta el fin, y reposarás, y te levantarás para recibir tu heredad al fin de los días», y empieza a pensar cuál será su propia heredad cuando acaben los días. Un profesor de Gotinga abre una gran Biblia impresa para ver si tiene vista suficiente para leerla, y da con el pasaje: «Guiaré a los ciegos por camino que no sabían», y al leerlo se iluminan los ojos de su entendimiento. Un soldado de Cromwell abre su Biblia para ver hasta dónde ha penetrado la bala de mosquete, y la halla detenida en el versículo: «Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en lo que atrae tus ojos; pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios». Y en una juerga el soldado de Kent abre la Biblia que le había enviado su madre de corazón quebrantado, y la primera frase que sale es el texto tan familiar en los días de niño: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados», y el cansado libertino acude en busca de descanso a Jesucristo. James Hamilton, 1814-1867.
Vers. 130. Amplía esta alabanza de la palabra de Dios cuando dice que la entrada de ella, la primera apertura de la puerta de la palabra, da luz: pues si la primera entrada da luz, ¿qué harán su progreso y su continuación? Esto acusa a la época en que vivimos, a quienes la palabra de Dios lleva ya mucho tiempo enseñando tan claramente que, por razón del tiempo, podrían ser maestros de otros, y sin embargo no son sino niños en conocimiento y entendimiento. Pero ¿a quién da entendimiento la palabra? David dice que a los «simples»: no a los altivos, ni a los de doble corazón, ni a los sabios en su propia opinión, que examinarán los misterios de la piedad con la agudeza de la razón natural. No: a los que se niegan a sí mismos, a los que cautivan su entendimiento natural y, como humildes discípulos, se someten, no para preguntar, sino para oír; no para razonar, sino para creer. Y si por esta causa los naturalistas que carecen de esta humildad no pueden aprovechar la palabra, ¿qué extraño que los papistas se hagan mucho menos sabios por ella, ellos que tienen el corazón tan lleno de prejuicios contra ella que no se abstienen de proferir blasfemias contra ella, llamándola no inútil, sino perniciosa para los simples y los ignorantes?
Y de nuevo, cuando la acusan de dificultad, diciendo que a los hombres simples e ignorantes no se les debe permitir leerla porque es oscura: todas estas frívolas alegaciones de los hombres quedan anuladas por este único testimonio de Dios, que da luz a los simples. William Cowper.
Vers. 130. Luz. Esta «luz» tiene excelentes propiedades. 1. Es lux manifestans: se manifiesta a sí misma y a todas las demás cosas. ¿Cómo veo el sol, sino por el sol, por su propia luz? ¿Cómo sé que la Escritura es la palabra de Dios, sino por la luz que brilla en ella, que se recomienda a mi conciencia? Así manifiesta todas las demás cosas; deja al descubierto todos los fraudes e imposturas de Satanás, la vanidad de las cosas mundanas, los engaños del corazón, lo odioso del pecado. 2. Es lux dirigens, una luz que dirige, para que veamos nuestro camino y nuestra obra. Así como el sol alumbra al hombre para su trabajo, así esta nos dirige en todas nuestras condiciones: Sal 119:105. Nos dirige sobre cómo conducirnos en todas las condiciones. 3. Es lux vivificans, una luz vivificadora. «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8:12). «Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo» (Ef 5:14). Aquella luz era la vida de los hombres: así es esta vida espiritual; no solo descubre el objeto, sino que ayuda a la facultad, llena el alma de vida y fuerza. 4. Es lux exhilarans, una luz que consuela, refresca y alegra; y esto en dos aspectos. (1) Porque nos presenta excelentes fundamentos de consuelo. (2) Porque es una luz que satisface el alma. Condensado de Manton.
Vers. 130. «Hace entender.» Si se reunieran todos los libros del mundo, la Biblia llevaría tanto la delantera en la disciplina del entendimiento como en la dirección del alma. No hará astrónomos, químicos ni lingüistas; pero hay una gran diferencia entre fortalecer la mente y abastecerla de información. Henry Melvill.
Vers. 130. «Hace entender a los simples.» No hay nadie tan sabio que Dios no pueda cegarlo; nadie tan ciego e ignorante cuya mente y corazón no pueda abrir su Espíritu. Aquel que, con su incubación sobre las aguas en la creación, hizo salir de aquella masa informe la hermosa forma que ahora vemos, y del oscuro caos hizo los gloriosos cielos y los adornó con tantas estrellas orientales, puede moverse sobre tu alma oscura e iluminarla, aunque esté tan vacía de conocimiento como la tarde del primer día del mundo lo estaba de luz. El maestro de escuela a veces devuelve al niño a su casa y dice al padre que lo ponga a otro oficio, porque con todo su arte no puede hacer de él un estudiante; pero si el Espíritu de Dios es el maestro, aprenderás, aunque seas un zoquete: «La exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los simples». Apenas entra el alma en la escuela del Espíritu, se hace aprovechada. William Gurnall.
Vers. 130. «A los simples.» No dice que «hace entender» a los sabios y prudentes, a los eruditos y a los versados en letras, sino a los «simples». Wolfgang Musculus.
Vers. 130. «A los simples.» Esta es una gran característica de la palabra de Dios: aunque incomprensible para la mente carnal, se adapta a todo grado de inteligencia iluminada. W. Wilson.
Vers. 130. Los simples. La palabra se usa a veces en buen sentido y a veces en mal sentido. Se usa en buen sentido, primero, para los sinceros y de corazón llano: «Jehová guarda a los sencillos; estaba yo postrado, y me salvó» (Sal 116:6). «Porque nuestra gloria es esta: el testimonio de nuestra conciencia, que con sencillez y sinceridad de Dios, no con sabiduría humana, sino con la gracia de Dios, hemos vivido en el mundo, y mucho más con vosotros» (2 Co 1:12). Segundo, para los que no oponen la presunción de la sabiduría carnal a la luz pura de la palabra: así todos debemos ser simples, o necios, para ser sabios: «Si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio» (1 Co 3:18); es decir, sometiéndose en sencillez de corazón a la conducta de Dios y creyendo lo que él ha revelado. Thomas Manton.
Sugerencias para el predicador
Vers. 130.
- La luz esencial de la palabra.
- Su alba en el alma.
- El gran beneficio de su día que avanza.
Vers. 130.
- La fuente de la luz divina para el hombre: «tus palabras».
- Su fuerza. Se abre paso por la fuerza hasta el corazón.
- Su dirección: «a los simples».
- Su efecto: «hace entender». G. R.
Vers. 130. Un sermón para la Sociedad Bíblica.
- Evidencia, por la historia y la experiencia personal, de que la palabra de Dios ha impartido la luz de la civilización, la libertad, la santidad.
- Argumento que de aquí se saca para la mayor difusión de la palabra de Dios. G. A. D.
Vers. 130. La virtud autoevidente de la palabra de Dios.
- Pruébenla. «La exposición de tus palabras alumbra.» Si esto es verdad, la palabra de Dios es luz, pues solo la luz puede dar luz. Pero la luz es autoevidente; no necesita nada para mostrar su presencia y su valor sino a sí misma; así la palabra de Dios muestra al creyente su propia verdad y divinidad.
(a) Su conciencia lo prueba, en sus convicciones de pecado, en su paz por la sangre expiatoria.
(b) Su corazón lo prueba, en sus salidas de amor al Dios, al Cristo y a la justicia revelados.
(c) Su experiencia en la aflicción y la tentación lo prueba, en el consuelo y en la fuerza dados por la palabra.
- Respondan a una objeción. «Si la palabra de Dios fuera autoevidente como lo es la luz, todos reconocerían que es verdad.» Respuesta: No; pues la ley sigue valiendo en toda experiencia: que solo la «entrada» de la luz da luz. La luz no puede entrar en un ciego.
(a) Las Escrituras enseñan que los hombres son ciegos por naturaleza.
(b) Si todos los hombres percibieran, con solo leer y oír la palabra, que es luz y verdad, por paradójico que parezca, no sería verdad.
(c) Por tanto, la falta de reconocimiento universal no es una objeción, sino una confirmación.
- Muestren su importancia.
(a) Hace al creyente independiente de la autoridad de la Iglesia para su fe.
(b) No necesita molestarse en examinar libros de evidencias; su fe es bastante válida sin ellos.
(c) El que recibe la palabra en su alma quedará satisfecho de su verdad y valor. J. F.
Salmos 119:131
Vers. 131. «Abrí mi boca y suspiré.» Tan animado era su deseo que miró al mundo animal para hallar una imagen de él. Estaba lleno de un anhelo intenso, y no se avergonzaba de describirlo con un símbolo muy expresivo, natural y a la vez singular. Como el ciervo perseguido en la cacería, acosado, y por eso jadea buscando aliento, así jadeaba el salmista por la entrada de la palabra de Dios en su alma. Nada más podía contentarlo. Todo lo que el mundo podía darle lo dejaba aún jadeando con la boca abierta.
«Porque deseaba tus mandamientos.» Anhelaba conocerlos, anhelaba obedecerlos, anhelaba ser conformado a su espíritu, anhelaba enseñarlos a otros. Era siervo de Dios, y su mente laboriosa anhelaba recibir órdenes; era alumno en la escuela de la gracia, y su espíritu ansioso anhelaba ser enseñado por el Señor.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 131. «Abrí mi boca y suspiré.» Con este modo de hablar David expresa, según Basilio, animi propensionem: que la inclinación de su alma era hacia la palabra de Dios. Porque esta boca abierta, piensa Ambrosio, es os interioris hominis, la boca del hombre interior, que en efecto es su corazón; y la expresión denota vehementem animi intensionem, una vehemente tensión de su espíritu, dice Eutimio. Con todo, no estará de más considerar aquí cómo la mente de los piadosos, intensamente afectada, mueve también el cuerpo. La expresión puede derivarse de los viajeros, que, muy deseosos de alcanzar el fin propuesto, fuerzan sus fuerzas hacia él; y hallando en su cuerpo una debilidad que no responde a su voluntad, jadean y abren la boca, buscando en el aire un refrigerio que renueve sus fuerzas; o, como piensa Vatablo, de hombres extremadamente hambrientos y sedientos, que abren la boca como si quisieran aspirar todo el aire, y luego jadean y suspiran para sí al ver que no hallan en él pleno refrigerio. Así lo expresa: «Mi corazón arde con un anhelo tan ardiente de tus mandamientos que me veo forzado a boquear una y otra vez a causa de mi penosa respiración».
Sea como fuere, nos deja ver cómo el oír, leer o meditar la palabra de Dios despertó en David un afecto muy ardiente por que la luz, el gozo, la gracia y el consuelo de ella fueran comunicados a su propio corazón. Pues en los piadosos el conocimiento del bien aumenta los deseos; y no puede expresarse cuán vehementemente anhelan sus almas sentir ese poder y consuelo que saben que hay en la palabra, y cuán afligidos y turbados se sienten cuando no lo hallan.
Y felices seríamos si pudiéramos salir al encuentro del Señor con un afecto semejante; que cuando él abre su boca, nosotros también abramos nuestro corazón para oír, como aquí lo hace David. Christus aperit os, ut daret illis spiritum; David aperuit ut acciperet: ofreciendo su corazón para recibir el espíritu de gracia cuando Dios abre su boca en su palabra para darlo. Porque es su promesa para todos nosotros: «Abre tu boca, y yo la llenaré». Convirtámoslo en oración: que el Señor, que abrió el corazón de Lidia, abra nuestro corazón para recibir la gracia cuando se ofrece a darla por su palabra. William Cowper.
Vers. 131. «Abrí mi boca y suspiré», etc. Hay dos maneras de entender estas palabras. Pueden considerarse como expresión del ardiente anhelo del salmista por un mayor conocimiento de Dios en las cosas espirituales; y entonces, al decir «abrí mi boca y suspiré», afirma simplemente la vehemencia de su deseo. O pueden separarse las cláusulas: puede verse la primera como la expresión de un hombre totalmente insatisfecho de la tierra y de las cosas terrenales, y la segunda como la expresión de la conciencia de que Dios, y solo Dios, podía satisfacer los anhelos de su alma. «Abrí mi boca y suspiré.» Sin aliento de perseguir sombras y de cazar baratijas, me siento agotado, tan lejos como siempre de la felicidad buscada con empeño pero sin fruto. ¿A dónde, pues, me volveré? Tus mandamientos, oh Señor, y solo ellos, pueden satisfacer los deseos de un ser inmortal como yo; y hacia ellos, por tanto, se volverán de aquí en adelante mis anhelos. Henry Melvill.
Vers. 131. «Abrí mi boca y suspiré.» Una metáfora tomada de hombres abrasados y sofocados por el calor, o de quienes se han quedado sin aliento persiguiendo aquello que querían alcanzar. La primera metáfora expresaba la vehemencia de su amor; la otra, el ardor de su persecución: era como un hombre que boquea buscando aliento y aspira el aire fresco. Thomas Manton.
Vers. 131. «Deseaba tus mandamientos.» Este es un deseo que Dios satisfará. «Abre tu boca, y yo la llenaré» (Sal 81:10). Thomas Manton.
Sugerencias para el predicador
Vers. 131. Jadear por la santidad. Un hambre rara; evidencia de mucha gracia y prenda de gloria.
Salmos 119:132
Vers. 132. «Mírame.» Un hombre piadoso no puede estar mucho tiempo sin oración. Durante los versículos anteriores había estado expresando su amor a la palabra de Dios, pero aquí está de nuevo de rodillas. Esta oración es especialmente breve, pero sumamente sentenciosa: «Mírame». Mientras estaba con la boca abierta, jadeando por los mandamientos, rogó al Señor que lo mirara, y que su condición y sus anhelos inexpresados abogaran por él. Desea ser conocido de Dios y observado por él cada día. Desea también ser favorecido con la sonrisa divina que se incluye en la palabra «mirar». Si una mirada nuestra a Dios tiene eficacia salvadora, ¿qué no podemos esperar de una mirada de Dios hacia nosotros?
«Y ten misericordia de mí.» La mirada de Cristo a Pedro fue una mirada de misericordia, y todas las miradas del Padre celestial son de la misma clase. Si mirara con severa justicia, sus ojos no nos soportarían, pero mirando con misericordia nos perdona y nos bendice. Si Dios mira y nos ve jadeando, no dejará de tener misericordia de nosotros.
«Como acostumbras con los que aman tu nombre.» Mírame como miras a los que te aman; ten misericordia de mí como acostumbras tenerla con los que de verdad te sirven. Hay un uso y costumbre que Dios observa con los que lo aman, y David pedía poder experimentarlo. No quería que el Señor lo tratara ni mejor ni peor de lo que acostumbraba tratar a sus santos: peor no lo salvaría, mejor no podía ser. En efecto, ora: «Soy tu siervo; trátame como tratas a tus siervos. Soy tu hijo; haz conmigo como con un hijo». Por el contexto está claro, en especial, que deseaba una entrada de la palabra y una comprensión clara de ella como Dios suele dar a los suyos, conforme a la promesa: «Todos tus hijos serán enseñados por Jehová».
Lector, ¿amas el nombre del Señor? ¿Es su carácter lo más honorable a tus ojos? ¿Lo más querido a tu corazón? Esta es una señal segura de gracia, pues ningún alma amó jamás al Señor sino como resultado del amor recibido del Señor mismo.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 132. «Mírame, y ten misericordia de mí», etc. «Mírame», despojado por ladrones de mis virtudes y luego herido por los pecados, y «ten misericordia de mí», compadeciéndote de mí, cuidándome en la posada de la Iglesia universal, para que no caiga de nuevo entre ladrones ni me dañen los lobos que aúllan alrededor de este redil pero no se atreven a entrar. «Mírame», que ya no soy digno de ser llamado tu hijo, y «ten misericordia de mí», no como me trataría el celoso hermano mayor, sino déjame unirme al canto alegre y al banquete de los que aman tu nombre. Mírame a mí, el publicano, que estoy lejos en tu templo, la Iglesia, y ten misericordia de mí, no según el juicio del fariseo, sino «como acostumbras con los que aman tu nombre», que es el Dios clemente. Mírame como al Pedro que lloraba, y ten misericordia de mí como la tuviste de él, que amó tanto tu nombre que con su triple confesión de amor lavó su triple negación, diciendo: «Señor, tú sabes que te amo». «Mírame», como a la mujer pecadora, penitente y llorosa, y ten misericordia de mí, no según el juicio del fariseo que murmuraba de ella, ni como Judas, que se indignó con ella, sino perdonándome como la perdonaste a ella, «porque amó mucho», diciéndome también: «Tu fe te ha salvado, ve en paz». Neale y Littledale.
Vers. 132. «Mírame.» ¡Señor! Puesto que nuestras miradas hacia ti son a menudo tan ligeras, tan frías, tan distantes, que no causan impresión en nuestros corazones, dígnate mirarnos continuamente con misericordia y con poder. Concédenos una mirada tal que nos haga volver en nosotros mismos y nos toque con ternura y contrición al recordar aquel pecado, incredulidad y desobediencia que traspasaron las manos, los pies y el corazón de nuestro queridísimo Señor y Salvador. Compárese Lc 22:61. Charles Bridges.
Vers. 132. «Como acostumbras», etc. David no quería perder ningún privilegio que Dios haya establecido por promesa para sus hijos. Haz conmigo, dice, «como acostumbras». Esto no es más que la comida de la familia, lo que prometes hacer por todos los que te aman; y no me dejes ir peor vestido que el resto de mis hermanos. William Gurnall.
Vers. 132. «Como acostumbras con los que [...]», etc. Debemos contentarnos si Dios nos trata como siempre ha tratado a su pueblo. Así como él no podría quedar satisfecho con nada menos que su porción, David no pide nada mejor; no implora ninguna dispensación singular a su favor, ninguna desviación de los métodos acostumbrados de su gracia... Es siempre una buena prueba de que tus convicciones y deseos provienen de la operación del Espíritu cuando estás dispuesto a conformarte al orden de Dios. ¿Cuál es este orden? Es dispensar sus bendiciones enlazadas. Es no justificar nunca sin santificar; no dar nunca un título al cielo sin una aptitud para él. Pues bien, el hombre en quien Dios ha obrado no esperará ni desea lo uno sin lo otro. Por tanto, no esperará la bendición de Dios sin obediencia; porque siempre es el camino de Dios unir los consuelos del Espíritu Santo con el temor del Señor, y, si sus hijos transgreden sus leyes, visitar sus transgresiones con vara. Por tanto, no esperará ni deseará su bendición sin esfuerzo; porque siempre ha sido el camino de Dios coronar solo a los que corren la carrera que se les ha puesto por delante y pelean la buena batalla de la fe. Por tanto, no esperará ni deseará la bendición divina sin oración; porque siempre ha sido el camino de Dios hacer que su pueblo sienta sus necesidades, y dar respuesta a la oración. Por tanto, no esperará ni deseará llegar al cielo sin dificultades; pues su pueblo siempre ha tenido que negarse a sí mismo y tomar su cruz. Si no han sido escogidos en el horno de la aflicción, han sido purificados. Dios tuvo un Hijo sin pecado, pero nunca tuvo uno sin dolor: «azota a todo el que recibe por hijo». «Sí —dice el suplicante que tenemos delante—, asegúrame su porción eterna, y estoy dispuesto a beber la copa que ellos bebieron y a ser bautizado con el bautismo con que ellos fueron bautizados. No quiero un camino nuevo, ni un atajo a la gloria. Me contento con seguir el camino real del Rey. Ten misericordia de mí como acostumbras con los que aman tu nombre. No pido más.» William Jay, 1769-1853.
Sugerencias para el predicador
Vers. 132.
- Mirar.
- Amar.
- Uso y costumbre.
Vers. 132. Comunión con los justos.
- Hay quienes aman el nombre de Dios.
- Su misericordia es la fuente de toda la bondad que experimentan.
- El Señor siempre ha acostumbrado tratarlos con misericordia.
- Su misericordia hacia ellos debe animarnos a implorar misericordia para nosotros mismos.
- Debemos ansiar asegurar la misericordia que les es peculiar.
- Debemos contentarnos si Dios nos trata como siempre ha tratado a su pueblo. W. Jay.
Vers. 132. El uso y costumbre divinos.
- Dios acostumbra mirar a su pueblo y tener misericordia de él.
- Somos movidos a desear especialmente tales tratos misericordiosos en tiempo de aflicción.
- El amor a Dios nos capacita para estas miradas amorosas y tratos misericordiosos. C. A. D.
Vers. 132. Noten:
- La señal de los verdaderos creyentes: «los que aman tu nombre».
- La costumbre de Dios al tratarlos: «ten misericordia como acostumbras».
- Su ansiedad individual y ferviente: «mírame». J. F.
Salmos 119:133
Vers. 133. «Ordena mis pasos con tu palabra.» Esta es una de las misericordias habituales del Señor para con sus escogidos: «Él guarda los pies de sus santos». Por su gracia nos capacita para poner nuestros pies, paso a paso, en el lugar mismo que su palabra ordena. Esta oración busca un favor muy escogido: que cada acto individual, cada paso, sea dispuesto y gobernado por la voluntad de Dios. Esto no se detiene antes de la santidad perfecta, ni los deseos del creyente se darán por satisfechos con nada inferior a esa bendita consumación.
«Y ninguna iniquidad se enseñoree de mí.» Este es el lado negativo de la bendición. Pedimos hacer todo lo que es recto y no caer bajo el poder de nada que sea malo. Dios es nuestro soberano, y queremos tener todo pensamiento sujeto a su dominio. Los creyentes no tienen pecados favoritos, queridos, ante los cuales estén dispuestos a inclinarse. Anhelan una libertad perfecta del poder del mal, y conscientes de que no pueden obtenerla por sí mismos, claman a Dios por ella.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 133. «Ordena mis pasos con tu palabra.» Así como antes buscaba misericordia, ahora busca gracia. Hay muchos que buscan misericordia para que se les perdone el pecado, pero no buscan gracia que los libre del poder del pecado: esto es abusar de la misericordia de Dios y convertir su gracia en libertinaje. El que ora por misericordia solo para que se le perdone la culpa del pecado, no busca no ofender a Dios por el pecado, sino poder pecar sin dañarse a sí mismo; pero el que anhela también la liberación del poder dominante y del engaño del pecado, busca no solo un beneficio para sí, sino también gracia para agradar y servir al Señor su Dios. El primero no es más que un amante de sí mismo; el segundo es amante de Dios, más que de sí mismo. Y en verdad nunca supo lo que es buscar misericordia por el pecado pasado quien con ella no buscó también ardientemente gracia que lo guarde del pecado en lo por venir. Estos beneficios no pueden dividirse: quien no tiene el segundo, por más que se lisonjee, puede estar seguro de que no ha obtenido el primero. William Cowper.
Vers. 133. «Ordena mis pasos con tu palabra.» Se escribe de Boleslao, uno de los reyes de Polonia, que llevaba siempre consigo el retrato de su padre, y cuando iba a hacer alguna gran obra o emprender algún designio extraordinario, miraba el retrato y rogaba poder no hacer nada indigno del nombre de tal padre. Así son las Escrituras el retrato de la voluntad de Dios, trazado en ellas al vivo. Antes de que un hombre entre en cualquier negocio o se comprometa en él, que mire allí y lea allí qué ha de hacerse y qué ha de dejarse sin hacer; y lo que Dios manda, que se haga; lo que prohíbe, que no se haga; que la balanza del santuario lo pese todo, que los oráculos de Dios lo decidan todo, que la regla de la palabra de Dios sea la escuadra de todo, y su gloria el fin último de todos los propósitos, sean cuales fueren. De "Things New and Old," de Spencer.
Vers. 133. Ordena mis pasos. Hachen: hazlos firmes; que no ande yo con paso cojo o inseguro. Adam Clarke.
Vers. 133. «Ordena mis pasos», etc. El pueblo de Dios no solo quiere tener recto su camino, sino ordenados sus pasos; que no solo su rumbo general no sea errado (como el de los que andan por el camino de la perdición eterna), sino que no haya un solo paso torcido; no quieren errar el camino al cielo, ni en todo ni en parte. Thomas Manton.
Vers. 133. Mis pasos. Hablando de los escalones del Templo, dice Bunyan: «Estos escalones, ya fueran de cedro, de oro o de piedra, lo que añadía a su adorno era el asombro de una Reina. Y de lo que fueran hechos, de seguro eran una sombra de aquellos pasos que debemos dar hacia la casa de Dios y en ella. Pasos de Dios, Sal 85:13. Pasos ordenados por él, Sal 37:23. Pasos ordenados en su palabra, Sal 119:133. Pasos de fe, Ro 4:12. Pasos del espíritu, 2 Co 12:18. Pasos de verdad, 3 Jn 4. Pasos lavados con mantequilla, Job 29:6. Pasos dados delante de Dios o en su presencia. Pasos acotados y delimitados por una regla divina. Estos sí que son pasos.» John Bunyan, en "Solomon's Temple Spiritualized."
Vers. 133. «Ninguna iniquidad [...]», etc. La verdadera obediencia a Dios es incompatible con el dominio de cualquier concupiscencia o afecto corrupto. Digo que, aunque un hombre, por algún leve e insuficiente toque de religión en su corazón, pueda andar derecho por un tiempo y hacer muchas cosas con gusto, esa corrupción consentida, bajo cuyo poder yace el hombre, acabará por apartarlo de Dios; y por eso ningún pecado se enseñoreará de nosotros. ¿Cuándo reina el pecado, o se enseñorea de nosotros? Cuando no nos esforzamos por mortificarlo y por cortar las provisiones que puedan alimentar esa concupiscencia. Observa Crisóstomo que el apóstol no dice: que no os tiranice, sino: que no reine en vosotros; es decir, cuando permitís que tenga un reinado tranquilo en vuestros corazones. Thomas Manton.
Vers. 133. «Ninguna iniquidad se enseñoree de mí.» Preferiría ser prisionero de un hombre toda mi vida que esclavo del pecado un solo día. No dice: Que no se enseñoree de mí este ni aquel hombre, sino «que ninguna iniquidad se enseñoree de mí». ¡Bien dicho! Hay esperanza en la condición de un hombre así mientras siga siendo así. Michael Bruce, 1666.
Sugerencias para el predicador
Vers. 133.
- Una vida santa no es obra del azar, es una obra maestra de orden: el orden de la conformidad con la regla prescrita; hay orden aritmético y geométrico; el orden proporcional; el orden de relación; un orden de período: la santidad, en cuanto a su orden, es oportuna, adecuada.
- La regla de este orden: «con tu palabra».
- El director escogido. Véase "Spurgeon's Sermons," n.º 878: "A Well Ordered Life."
Vers. 133.
- Orden deseado en la vida exterior.
- Orden conforme a la idea divina.
- Orden en el gobierno interior.
Vers. 133.
- Ayuda necesaria.
(a) Para evitar el pecado.
(b) Para ser santo.
- Ayuda buscada.
(a) Desde abajo: «tu palabra».
(b) Desde arriba: «ordena», etc., y «ninguna», etc. G. R.
Vers. 133. El dominio del pecado en el alma.
- Fervientemente deprecado.
(a) Comprensión de los horrores de su reinado.
(b) Reconocimiento del poder mejor.
(c) Exclusión total buscada.
- Sabiamente combatido.
(a) Lo práctico además de lo orante.
(b) Atención a los pequeños «pasos».
- Pasos que han de ser gobernados por la regla divina.
- El sistema no es de fiar aparte de Dios. W. B. H.
Vers. 133. Noten:
- El camino recto para los pies humanos: «con tu palabra».
- La ayuda necesaria para controlar los pasos: «ordena mis pasos».
- El poder pervertidor de un pecado dominante: «ninguna», etc. J. F.
Salmos 119:134
Vers. 134. «Redímeme de la violencia de los hombres.» David había probado toda la amargura de este gran mal. Lo había hecho un exiliado de su patria y lo había desterrado del santuario del Señor: por eso ruega ser salvado de él. Se dice que la opresión enloquece al sabio, y sin duda ha vuelto pecador a más de un hombre justo. La opresión es en sí misma mala, y empuja a los hombres a la maldad. Poco sabemos cuánto de nuestra virtud se debe a nuestra libertad; si hubiéramos estado en cadenas bajo tiranos altivos, podríamos haber cedido a ellos, y en lugar de ser confesores podríamos ser ahora apóstatas. Aquel que nos enseñó a orar: «No nos metas en tentación», sancionará esta oración, que es de casi el mismo tenor, pues ser oprimido es ser tentado.
«Y guardaré tus mandamientos.» Cuando se le quitara el peso de la opresión, iría por su propio camino, y ese camino sería el camino del Señor. Aunque no debemos ceder a las amenazas de los hombres, muchos lo hacen; la esposa es a veces obligada por la opresión de su marido a obrar contra su conciencia; hijos y siervos, y aun naciones enteras, se han visto en la misma dificultad. Sus pecados se cargarán en buena parte a la puerta del opresor, y suele agradar a Dios derribar en breve estos poderes y dominios que obligan a los hombres a hacer el mal. Lo peor es que algunas personas, cuando se les quita la presión, siguen la injusticia por su propia voluntad. Estas dan prueba de ser pecadores de pura cepa. En cuanto a los justos, les sucede como a los apóstoles de antaño: «Puestos en libertad, fueron a los suyos». Cuando los santos son librados del tirano, rinden gozosos homenaje a su rey.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 134. «Redímeme de la violencia de los hombres.» 1. «Hombre», por vía de distinción. Existe la opresión y la tiranía del Diablo y del pecado; pero el salmista no se refiere a eso ahora: Hominum non daemonum, dice Hugo. 2. «Hombre», por vía de agravante. Homo homini lupus: ninguna criatura es tan rapaz y destructora para sus semejantes como el hombre. Es una vergüenza que un hombre oprima a otro. Las bestias no suelen devorar a las de su misma especie; pero, por lo común, los enemigos de un hombre son los de su propia casa: Mt 10:36. Cuanto más cercanos estamos por vínculos de alianza, mayor es el odio. 3. «Hombre», por vía de disminución. Y para aminorar el temor de este mal, se les da este nombre, Adán, para mostrar su debilidad en comparación con Dios. Tú eres Dios; pero los que están tan listos y prontos para oprimirnos y dañarnos no son sino hombres; tú puedes fácilmente dominar su poder y romper el yugo. Pienso que esta consideración es la principal, por otros pasajes. «¿Quién eres tú para que tengas temor del hombre, que es mortal, y del hijo de hombre, que es como heno? Y ya te olvidaste de Jehová tu Hacedor, que extendió los cielos y fundó la tierra; y todo el día temiste continuamente del furor del que aflige, cuando se disponía para destruir. ¿Pero en dónde está el furor del que aflige?» (Is 51:12-13). Thomas Manton.
Vers. 134. «De la violencia de los hombres.» Algunos lo traducen: «de la opresión de Adán», como observa Jarchi; y Arama lo interpreta del pecado de Adán, y como una oración para ser librado o redimido de él, como lo son el pueblo del Señor por la sangre de Cristo. John Gill.
Sugerencias para el predicador
Vers. 134. Qué pecados puede producir la opresión. Qué obediencia debe venir de los que son puestos en libertad.
Vers. 134.
- El curso que ha de seguirse: «tus mandamientos».
- La oposición a ese curso: «la violencia de los hombres».
(a) Las opiniones humanas.
(b) Los ejemplos humanos.
- Las simpatías humanas.
- Los intereses.
- Las persecuciones.
- La resistencia a esa oposición: «redímeme, y guardaré», etc. G. R.
Vers. 134. Estorbos quitados.
- La influencia estorbadora de la persecución.
- La oración del perseguido.
- La conducta del librado (Lc 1:74-75). G. A. D.
Vers. 134.
- Cómo algunos hombres oprimen a sus semejantes. Por las leyes que hacen como estadistas. Por los libros que escriben como autores. Por la tiranía que ejercen como amos. Por las vidas que viven como profesantes. ¡Por los sermones que pronuncian como ministros!
- Cómo puede ser contestada la oración de los oprimidos. Por el don de estadistas sabios y buenos. Por el aumento de literatura sana. Por la conversión o remoción de amos duros. Por un bautismo del Espíritu sobre la iglesia. W. W.
Salmos 119:135
Vers. 135. «Haz que tu rostro resplandezca sobre tu siervo.» Los opresores fruncen el ceño, pero tú sonríe. Ellos oscurecen mi vida, pero tú resplandece sobre mí, y todo será claro. El salmista declara de nuevo que es siervo de Dios, y no busca favor de otros, sino solo de su propio Señor y Maestro.
«Y enséñame tus estatutos.» Este es el favor que considera como el resplandor del rostro de Dios sobre él. Si el Señor ha de ser sumamente benigno y hacerlo su favorito, no pedirá bendición más alta que seguir siendo enseñado en los estatutos reales. Mira cómo anhela la santidad; esta es la más escogida de todas las gemas en su estima. Como decimos entre los hombres que una buena educación es una gran fortuna, así ser enseñado por el Señor es un don de gracia especial. El creyente más favorecido necesita enseñanza; aun cuando anda en la luz del rostro de Dios, tiene todavía que ser enseñado en los estatutos divinos o transgredirá.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 135. «Haz que tu rostro resplandezca sobre tu siervo.» El rostro de Dios resplandece sobre nosotros cuando, en su providencia, somos guiados y sostenidos; también cuando se nos hace partícipes de los bienes de su providencia, y cuando se nos coloca en una posición en que podemos hacer mucho bien. Mucho más resplandece el rostro de Dios sobre nosotros cuando somos favorecidos con señales de su gracioso favor; pues entonces crecemos bajo la conciencia de un Dios amoroso, con ricos suministros de su gracia y de su Espíritu. John Stephen.
Vers. 135. «Haz que tu rostro resplandezca sobre tu siervo.» Muchas veces los tratos injustos de los hombres, de otros y de nosotros mismos, como una nube de humo que se alza de la tierra y oscurece la faz del sol, nos ocultan por un tiempo la luz del rostro de Dios; pero él pronto lo despeja todo y nos mira desde lo alto con misericordia amorosa como antes, alumbrándonos el sendero de la obediencia y aclarando nuestro camino hacia él. "Plain Commentary," 1859.
Vers. 135. «Haz que tu rostro resplandezca sobre tu siervo.» El clamor incesante del creyente es: Déjame ver «el rostro del Rey». Esta es una bendición digna de que se ore por ella. Es el deseo de su corazón, su privilegio presente y, lo que es infinitamente mejor, su perspectiva segura y eterna: «Verán su rostro» (Ap 22:4). Charles Bridges.
Vers. 135. «Haz que tu rostro resplandezca [...] y enséñame.» Bienaventurado el hombre a quien enseña la Verdad eterna, no por figuras oscuras y sonidos pasajeros, sino por comunicación directa y plena. Las percepciones de nuestros sentidos son estrechas y torpes, y nuestra razón, sobre esas percepciones, con frecuencia nos extravía. Aquel a quien la Palabra eterna se digna enseñar queda liberado de inmediato del laberinto de las opiniones humanas. Pues «de una palabra son todas las cosas»; y todas las cosas, sin voz ni lenguaje, hablan de él solo: él es aquel principio divino que habla en nuestros corazones, y sin el cual no puede haber ni justa aprehensión ni rectitud de juicio.
¡Oh Dios, que eres la verdad, hazme uno contigo en vida eterna! A menudo estoy cansado de leer y cansado de oír; ¡en ti solo está la suma de mi deseo! Que callen todos los maestros, que toda la creación enmudezca delante de ti, y háblale tú solo a mi alma.
Tus ministros pueden pronunciar las palabras, pero no pueden impartir el espíritu; pueden entretener la fantasía con los encantos de la elocuencia, pero si tú callas no inflaman el corazón. Administran la letra, pero tú abres el sentido; pronuncian el misterio, pero tú revelas su significado; señalan el camino de la vida, pero tú otorgas fuerza para andar en él; riegan, pero tú das el crecimiento. Por tanto, ¡habla tú, oh Señor, Dios mío, Verdad eterna!, a mi alma, no sea que, calentado por fuera pero no vivificado por dentro, muera y sea hallado sin fruto. «Habla, Señor, que tu siervo oye.» «Solo tú tienes palabras de vida eterna.» Tomás de Kempis, 1380-1471.
Vers. 135. «Haz que tu rostro resplandezca [...] enséñame», etc. Dios tiene muchas maneras de enseñar; enseña por el libro, enseña por sus dedos, enseña por su vara; pero su enseñanza más consoladora y eficaz es por la luz de su ojo: «Envía tu luz y tu verdad; estas me guiarán; me conducirán a tu santo monte» (Sal 43:3). Richard Alleine (1611-1681), en "Heaven Opened."
Vers. 135. «Haz que tu rostro resplandezca [...] enséñame tus estatutos.» Los hijos de Dios, cuando piden consuelo, piden también gracia para servirle de modo aceptable. Pues por enseñar los estatutos de Dios no se entiende meramente dar un conocimiento especulativo de la voluntad de Dios; porque así dice aquí David: «Haz que tu rostro resplandezca» y «enséñame tus estatutos». Thomas Manton.
Sugerencias para el predicador
Vers. 135.
- Una posición escogida: «tu siervo».
- Un deleite escogido: «tu rostro resplandezca».
- Un privilegio escogido: «enséñame tus estatutos».
Vers. 135.
- Dios en la palabra: «tu palabra».
- Dios para la palabra: «enséñame», etc.
- Dios con la palabra: «haz que tu rostro», etc. G. R.
Vers. 135. Luz del sol.
- La luz en que mejor podemos aprender nuestras lecciones: el favor de Dios mostrado en perdón, justificación, adopción, seguridad, etc.
- Las lecciones que debemos aprender en la luz: la gracia produce santidad. C. A. D.
Vers. 135.
- Una rica promesa histórica (Nm 6:25). Su origen y asociaciones sublimes.
- La nueva oración nacida de ella.
(a) Mira hacia arriba, al rostro divino; el mismo, en su majestuosa dulzura, que ha visto decaer generaciones desde que se pronunció la palabra por primera vez.
(b) Pide conocer su resplandor. Luz de paternidad, etc.
- La vieja oración repetida: «Enséñame tus estatutos». La última vez en el salmo.
(a) Nuestra necesidad de enseñanza: oración repetida a menudo.
(b) La íntima conexión entre la obediencia y el resplandor del rostro de Dios. W. B. H.
Salmos 119:136
Vers. 136. «Ríos de agua descendieron de mis ojos, porque no guardaban tu ley.» Lloraba en simpatía con Dios al ver la santa ley despreciada y quebrantada. Lloraba de compasión por los hombres que así atraían sobre sí la ira ardiente de Dios. Su dolor era tal que apenas podía darle salida; sus lágrimas no eran meras gotas de pena, sino torrentes de aflicción. En esto se hizo semejante al Señor Jesús, que vio la ciudad y lloró sobre ella; y semejante al mismo Jehová, que no quiere la muerte del que muere, sino que se convierta a él y viva. La experiencia de este versículo indica un gran avance sobre todo lo que hemos tenido antes: el salmo y el salmista crecen ambos. Es un creyente maduro el que se entristece por los pecados de otros. En el versículo 120 su carne se estremecía ante la presencia de Dios, y aquí parece derretirse y fluir en torrentes de lágrimas. Nadie es tan afectado por las cosas celestiales como los que andan mucho en el estudio de la palabra y son por ella enseñados en la verdad y la esencia de las cosas. Los hombres carnales temen la fuerza bruta y lloran por pérdidas y cruces; pero los espirituales sienten un santo temor del Señor mismo, y se lamentan sobre todo cuando ven que se arroja deshonra sobre su santo nombre. «Señor, que no llore sino por el pecado,
y después por ninguno sino por ti,
y entonces yo quisiera, ¡oh, que pudiera!,
ser un llorador constante.»
Este pasaje trata de la justicia perfecta de Jehová y de su palabra, y expresa las luchas de un alma santa con respecto a esa justicia. La letra inicial con que comienza cada versículo en hebreo es «P», y la palabra clave para nosotros es PUREZA.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 136. «Ríos de agua descendieron de mis ojos.» La mayoría de los orientales derraman lágrimas mucho más copiosamente que los europeos. El salmista dijo que ríos de agua descendían de sus ojos; y aunque el lenguaje es bellamente figurado, no dudo de que también era literalmente cierto. Yo mismo he visto árabes derramar lágrimas como arroyos. John Gadsby.
Vers. 136. «Ríos de agua descendieron de mis ojos», etc. O bien porque mis ojos no guardan tu ley, como dicen algunos. El ojo es la entrada y la salida de mucho pecado, y por eso debe ser un ojo que llora. O más bien porque ellos, es decir, los que me rodean: Sal 119:139. Nótese que los pecados de los pecadores son las penas de los santos. Debemos llorar por lo que no podemos enmendar. Matthew Henry.
Vers. 136. «Ríos de agua descendieron de mis ojos», etc. Las aflicciones de David no le arrancaban tantas lágrimas como los pecados de otros; no su destierro por su hijo, sino el quebrantamiento de la ley de Dios por los impíos. Nada le llegaba tanto al corazón como la deshonra de Dios, cuya gloria, que resplandece en su palabra y en sus ordenanzas, es más querida a los piadosos que sus vidas. Elías deseó morir cuando vio a Dios tan deshonrado por Acab y Jezabel. El ojo es para dos cosas, ver y llorar: si vemos a Dios deshonrado, de inmediato nuestros ojos deben llenarse de lágrimas. William Greenhill, 1591-1677.
Vers. 136. «Ríos de agua descendieron de mis ojos», etc. Los hombres piadosos son afectados de profunda tristeza por los pecados de los impíos.
Consideremos la naturaleza de este afecto. 1. No es una apatía estoica ni un descuido afectado; mucho menos una participación deleitosa en las prácticas pecaminosas. 2. No es un orgulloso exhibir su propia bondad, fijándose en el pecado de otros como el fariseo del evangelio. 3. No es la burla y la mofa de la necedad de los hombres, como la de aquel «filósofo risueño»: se acerca más al temple del otro, que siempre lloraba por ella. 4. No es una ira amarga y bilosa, que estalla en injurias y reproches, ni un insulto que echa en cara. 5. Ni es un deseo vengativo de castigo, que se desahoga en maldiciones e imprecaciones, que es el temple precipitado de muchos, pero en especial de la gente vulgar. La moción de los discípulos a Cristo era muy distinta de ese modo, y sin embargo les dice: «Vosotros no sabéis de qué espíritu sois». Pensaban que eran del espíritu de Elías, pero él les dijo que se equivocaban y que no sabían de qué espíritu eran en esa moción. Así el celo precipitado a menudo se equivoca y se lisonjea. No hallamos aquí un deseo de que descienda fuego del cielo sobre los quebrantadores de la ley, sino un dolor que más bien traería agua para apagarlo, si cayera sobre ellos. «Ríos de agua descendieron de mis ojos.» Robert Leighton.
Vers. 136. «Ríos de agua descendieron de mis ojos», etc. El Señor exige este lamento amargo por los pecados de otros hombres para mantener nuestros corazones más tiernos y rectos; es un acto que Dios usa para hacernos más cuidadosos de nuestras propias almas, el afligirnos por los pecados de otros, por el pecado en una tercera persona. Nos mantiene a gran distancia de la tentación. Es como apagar el fuego en la casa de un vecino: antes de que llegue cerca de ti, corres con tu cubo. No hay modo de librarnos del contagio tanto como el lamento. El alma nunca consentirá en hacer lo que le dolió ver hacer a otro. Y, así como nos mantiene rectos, nos mantiene también humildes, temerosos del juicio divino, cuidadosos de no ofender nosotros mismos y atraer la ira de Dios. El que se estremece al ver una serpiente arrastrándose hacia otro, tendrá mucho más miedo cuando se acerque a él. En nuestros propios pecados tenemos la ventaja de la conciencia que azota el alma con remordimiento y vergüenza; al lamentar los pecados de otros, solo tenemos las razones del deber y la obediencia. Los que pelean fuera por amor al valor y a las hazañas, ciertamente pelearán en casa por amor a su propia seguridad. Thomas Manton.
Vers. 136. «Ríos de agua descendieron de mis ojos», etc. Así se representa uniformemente el carácter del pueblo de Dios, no meramente como el de los que están libres de ellas, sino como el de «los que gimen y claman a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de la tierra» (Ez 9:4). ¿Y quién no ve qué esfera ampliada se presenta aún por todos lados al ejercicio sin trabas de la compasión cristiana? El espectáculo espantoso de un mundo apóstata de Dios, de multitudes que juegan con la destrucción eterna como si el Dios del cielo fuera «hombre para que mienta», ha de arrancar sin duda «ríos de agua» de los corazones de los que se interesan por su honra. ¡Qué masa de pecado asciende como una nube ante el Señor desde un solo corazón! Añadan la suma de una aldea, de una ciudad, de un país, de un mundo, cada día, cada hora, cada momento. Bien podrían «subir las aguas hasta una marea desbordante, a punto de romper sus barreras». Charles Bridges.
Vers. 136. «Ríos de agua descendieron de mis ojos, porque no guardaban tu ley.» Los vicios de los religiosos son la vergüenza de la religión: ante esta vista, los más fuertes campeones de Cristo se han deshecho en lágrimas. David era uno de aquellos grandes héroes del mundo, sin igual en su tiempo, y sin embargo llora. ¿No despedazó a un oso como a un cabrito? ¿No rescató un cordero de la muerte de un león? ¿No venció a un gigante poderoso que había desafiado a todo el ejército de Dios? ¿No derribó, como un torbellino, a sus enemigos delante de sí? ¿Y ahora, como un niño o una mujer, cae llorando? Sí: oír blasfemado el nombre de Dios, ver profanados sus santos ritos, menospreciados sus estatutos, y hecha violencia a la pura castidad de aquella virgen, la religión, resolvió aquel valiente corazón en lágrimas: «Ríos de agua descendieron de mis ojos». Thomas Adams.
Vers. 136. Mi alma se gastaba con frecuencia en anhelos de conformidad con la ley de Dios como aquellos de que está lleno todo el Salmo 119: «¡Ojalá fuesen ordenados mis caminos para guardar tus estatutos!»; «Quebrantada está mi alma de desear tus juicios en todo tiempo»; «Inclina mi corazón [...] para que los guarde siempre hasta el fin», y otros semejantes. Esto aparecía además en una desazón fija ante la menor disconformidad con la ley, ya en mí mismo, ya en otros. Ahora bien, aunque siempre me afectaban mis propias faltas o las de otros, esta era mi carga: deseaba siempre que ríos de lágrimas descendieran de mis ojos, porque yo, o los transgresores, no guardábamos la ley de Dios. Thomas Halyburton, 1674-1712.
Vers. 136. Si no nos dolemos por otros, su pecado puede llegar a ser nuestro. Ez 4:8; 1 Co 5:2. William Nicholson.
Sugerencias para el predicador
Vers. 136. Abundante dolor por abundante pecado. Los pecados de otros, penas propias del santo. Piensa en el buen Dios provocado, en los mismos pecadores degradados, en su muerte y en su perdición.
Vers. 136.
- Ocasión de su dolor: «no guardaban tu ley».
- Extensión de su dolor: «ríos», etc. Véanse ejemplos en Jeremías, Esdras, Pablo, el mismo Cristo.
- Efecto de su dolor. Advertirlos, enseñarlos, invitarlos y exhortarlos, como en sus salmos. G. R.
Vers. 136. Lágrimas sagradas.
- El mundo pecando.
- La iglesia llorando.
- Es tiempo de que el mundo empiece a llorar por sí mismo. C. A. D.
Vers. 136.
Lloro, porque:
- Del deshonor hecho al Legislador.
- Del daño hecho al transgresor de la ley.
- Del agravio hecho a los que guardan la ley. «Aquel profeta rey, que lloró tan copiosamente por sus propias ofensas (Sal 6:6), tenía aún torrentes de lágrimas para lamentar las de su pueblo» (Sal 119:136). Thomas Adams. «Benedetti, monje franciscano, autor del Stabat Mater, fue hallado un día llorando, y al preguntársele la razón de sus lágrimas, exclamó: Lloro porque el Amor anda por ahí sin ser amado.» W. H. J. P.
San Jerónimo, a quien siguen la mayoría de los medievales, explica que tsade significa justicia o rectitud, que, sin embargo, es tsedek. Pero tiene razón en cuanto a que hay en esta estrofa un juego con el sonido de la letra inicial, como en el caso de Gemol; pues la primerísima palabra, «justo», es tsaddik, y todo el alcance de la estrofa es el fuerte asimiento que aun el alma joven e inexperta puede tener de la justicia en medio de las tribulaciones del mundo. Neale y Littledale.
Todos estos versículos comienzan con Tsade, la decimoctava letra del alfabeto hebreo; los vv. 137, 142 y 144, con alguna forma de la palabra que traducimos «justo» o «justicia»; cada uno de los restantes, con una palabra totalmente distinta. William S. Plumer.
Salmos 119:137
Vers. 137. «Justo eres tú, oh Jehová.» El salmista no ha usado a menudo el nombre de Jehová en esta vasta composición. Todo el salmo lo muestra como un hombre profundamente religioso, perfectamente familiarizado con las cosas de Dios; y tales personas nunca usan el santo nombre de Dios con descuido, ni siquiera lo usan con mucha frecuencia en comparación con los irreflexivos y los impíos. La familiaridad engendra reverencia en este caso. Aquí usa el nombre sagrado en adoración. Alaba a Dios atribuyéndole justicia perfecta. Dios siempre es recto, y siempre es activamente recto, es decir, justo. Esta cualidad está unida a nuestra misma idea de Dios. No podemos imaginar un Dios injusto.
«Y rectos son tus juicios.» Aquí ensalza la palabra de Dios, o sus juicios registrados, como rectos, así como su Autor es justo. Lo que viene del Dios justo es en sí mismo justo. Jehová dice y hace lo que es recto, y solo eso. Este es un gran sostén para el alma en tiempo de tribulación. Cuando estamos más duramente afligidos y no vemos la razón de la dispensación, podemos recurrir a este hecho segurísimo y cierto: que Dios es justo, y sus tratos con nosotros son también justos. Debería ser nuestra gloria cantar esta valiente confesión cuando todas las cosas a nuestro alrededor parecen sugerir lo contrario. Esta es la adoración más rica: la que se alza de los labios de la fe cuando la razón carnal murmura de severidad indebida y cosas semejantes.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 137. «Justo eres tú, oh Jehová», etc. Aquí David, muy turbado por el dolor ante la maldad de sus enemigos, y aun grandemente tentado a la impaciencia y a la desconfianza al mirar su próspero estado a pesar de su impiedad tan grosera, nos muestra ahora un triple fundamento de consuelo que lo sostuvo en esta peligrosa tentación. El primero es la consideración de lo que Dios es en sí mismo: a saber, justo y recto; el segundo, la consideración de la equidad de su palabra; el tercero, la vista de su constante verdad, declarada en su obrar y hacer conforme a su palabra. Cuando nos sintamos tentados a desconfiar al mirar la prosperidad de los impíos, alcemos los ojos a Dios y consideremos su naturaleza, su palabra, sus obras, y hallaremos consuelo.
«Justo eres tú.» Este es el primer fundamento de consuelo: una meditación sobre la justicia de la naturaleza de Dios; no cambia con los tiempos, no cambia con las personas; es, siempre y para todos, el mismo Dios justo y santo. La justicia le es esencial, es él mismo; y no puede defraudar a los piadosos de sus consuelos prometidos, ni dejar sin castigo a los impíos en sus pecados, más de lo que puede negarse a sí mismo como Dios, lo cual es imposible. William Cowper.
Vers. 137. «Justo eres tú, oh Jehová», etc. Esencialmente, originalmente y de sí mismo; naturalmente, inmutablemente y universalmente, en todos sus caminos y obras de naturaleza y de gracia; en sus pensamientos, propósitos, consejos y decretos; en todas las dispensaciones de su providencia; en la redención, en la justificación de un pecador, en el perdón del pecado y en el don de la vida eterna por medio de Cristo. «Y rectos son tus juicios.» Son conforme a las reglas de la justicia y la equidad. Se refiere a los preceptos de la palabra, a las doctrinas del evangelio, así como a los juicios de Dios infligidos a los hombres malos, y a todos los tratos providenciales de Dios con su pueblo, y también al juicio final. John Gill.
Vers. 137. «Justo eres tú, oh Jehová», etc. Hay aquí mucho que mantiene a los hijos de Dios en reverencia. El Señor es un Dios justo: aunque ellos hayan hallado misericordia y se hayan acogido a sagrado en su gracia, el Señor es imparcial en su justicia. Dios, que no perdonó a los ángeles cuando pecaron, ni a su Hijo cuando fue pecador por imputación, no los perdonará a ustedes, aunque sean los muy amados de su alma: Pr 11:31. Los caminos pecaminosos de los hijos de Dios les ocasionan amargura de sobra; nunca se aventuran al pecado sino con gran pérdida. Si Pablo cede a un poco de orgullo, Dios lo humillará. Si alguno cede al pecado, su peregrinación se hará incómoda. Elí cae en negligencia y en indulgencia; entonces es tomada el arca de Dios, sus dos hijos mueren en la batalla, su nuera muere, él mismo se rompe el cuello. ¡Oh, las maravillosas tragedias que el pecado obra en las casas de los hijos de Dios! David, cuando se metió con el fruto prohibido, fue arrojado de su palacio, sus concubinas fueron mancilladas, su propio hijo murió; muchísimas calamidades cayeron sobre él. Por tanto, los hijos de Dios tienen causa para temer; pues el Señor es un Dios justo, y así lo hallarán. Aquí en la tierra se ha reservado la libertad de castigar con vara su iniquidad y con azotes su transgresión. Debo instarles a imitar la justicia de Dios: «Si sabéis que él es justo, sabed también que todo el que hace justicia es nacido de él» (1 Jn 2:29). Tienen un Dios justo; y esta parte de su carácter deben copiarla. Thomas Manton.
Vers. 137. El gran cuidado de David, cuando estaba bajo la mano afligente de Dios, era limpiar al Señor de toda injusticia. ¡Oh, Señor!, dice, no hay la menor apariencia, mancha, tacha, defecto ni mezcla de injusticia en todas las aflicciones que has traído sobre mí. Deseo tomar la vergüenza para mí y poner mi sello a que el Señor es justo, y que no hay injusticia, ni crueldad, ni extremo en todo lo que el Señor ha traído sobre mí. Con dulzura y prontitud suscribe la justicia de Dios en aquellas agudas y punzantes aflicciones con que Dios lo ejercitó. «Justo eres tú, oh Jehová, y rectos son tus juicios.» Los juicios de Dios son siempre justos; nunca aflige sino con fidelidad. Su voluntad es la regla de la justicia; y por eso un alma agraciada no se atreve a cavilar ni a poner en duda sus procedimientos. Thomas Brooks.
Vers. 137. El versículo ciento treinta y siete, como el veinticinco, está asociado con las penas de un penitente imperial (Gibbon, Decline and Fall, cap. 46). Cuando el emperador Mauricio, depuesto y cautivo, fue sacado a ejecución por el usurpador Focas, sus cinco hijos fueron asesinados previamente uno a uno en su presencia; y a cada golpe fatal él exclamaba con paciencia: «Justo eres tú, oh Jehová, y rectos son tus juicios». Neale y Littledale.
Sugerencias para el predicador
Esquemas sobre palabras clave del salmo, por el pastor C. A. Davis.
Vers. 137-144. La justicia de Dios y de su palabra. (Vers. 137-138). Indignación ante el olvido de los enemigos (Vers. 139). La pureza de la palabra (Vers. 140-141). Esta justicia de Dios y de sus testimonios es eterna (Vers. 142-144).
Sugerencias para el predicador
Vers. 137-138. Contemplación solemne.
- La contemplación de la profunda y tremenda manifestación del carácter divino es buena para el alma.
- Llevará a la convicción de la justicia del carácter y de la administración de Dios.
- Resultará en leal sumisión. C. A. D.
Vers. 137. Una consideración de la justicia divina. Nos convence de pecado, nos reconcilia con la providencia que prueba, excita el deseo de imitar, despierta a la adoración reverente.
Vers. 137. Dios es justo.
- En sus mandamientos.
- En sus amenazas.
- En su castigo.
- En sus juicios.
- En sus promesas. G. R.
Salmos 119:138
Vers. 138. «Tus testimonios, que has recomendado, son rectos y muy fieles.» Todo lo que Dios ha testificado en su palabra es recto y veraz. Es justo, y se puede confiar en ello para el presente; es fiel, y se puede confiar en ello para el futuro. Cada porción de los testimonios inspirados lleva una autoridad divina: son dictados y publicados por mandato de Dios, y llevan la marca del estilo real, que trae consigo la omnipotencia. No solo los preceptos, sino también las promesas son mandados del Señor, y lo mismo todas las enseñanzas de la Escritura. No se deja a nuestra elección aceptarlos o no; son dictados por orden real y no han de ponerse en duda. Su característica es que se parecen al Señor que los ha proclamado: son la esencia de la justicia y el alma de la verdad. La palabra de Dios es recta y no puede ser acusada; es fiel y no puede ser puesta en duda; es verdadera desde el principio, y será verdadera hasta el fin.
Meditad en esa «dulce palabra», «muy fieles». ¡Qué misericordia tener que tratar con un Dios escrupulosamente fiel, verdadero en todos los detalles de sus promesas, puntual en el tiempo, firme durante todos los tiempos! Bien podemos arriesgarlo todo sobre una palabra que es «siempre fiel, siempre segura».
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 138. «Tus testimonios, que has recomendado, son rectos y muy fieles.» La fuerza de esta expresión es mucho más débil que la del original, que literalmente puede traducirse: «Has ordenado justicia como tus testimonios, y verdad en gran manera». Así lo tiene también la Septuaginta. Justicia y verdad eran sus testimonios; los testimonios eran uno con su justicia y su verdad. La traducción inglesa da la cualidad de los testimonios; el hebreo da lo que se ordena; como si dijéramos: Has mandado que la justicia sea tus testimonios, y la verdad en gran manera. John Stephen.
Vers. 138. Tus testimonios. La palabra de Dios se llama su testimonio, tanto porque testifica su voluntad, que él quiere que cumplamos, como porque testifica verdaderamente a los hombres qué ha de ser de ellos, para bien o para mal. Los hombres, por naturaleza, son más curiosos por conocer su fin que cuidadosos de enmendar su vida; y por eso buscan respuestas donde nunca las obtienen buenas; pero si quieren saber, vayan a la palabra y al testimonio; no necesitan buscar ningún otro oráculo. Si la palabra de Dios les testifica cosas buenas, tienen motivo para alegrarse; si, por el contrario, les testifica males, apresúrense a prevenirlos, o de lo contrario los alcanzarán sin remedio. William Cowper.
Vers. 138. Rectos y muy fieles. Literalmente: «fidelidad en gran manera». Por duros y severos que parezcan, todos ellos son enteramente para el bien más alto del hombre. William Kay.
Sugerencias para el predicador
Vers. 138. Muy fieles. Fundados en un pacto fiel; confirmados por promesas fieles; llevados a cabo por un Redentor fiel; disfrutados hasta ahora; en ellos se confía para el futuro. «Si fuéremos infieles, él permanece fiel.»
Salmos 119:139
Vers. 139. En los dos versículos anteriores David habló de su Dios y de su ley; aquí habla de sí mismo, y dice:
«Mi celo me ha consumido, porque mis enemigos olvidaron tus palabras.» Esto fue sin duda ocasionado por tener un sentido tan claro del carácter admirable de la palabra de Dios. Su celo era como un fuego que ardía dentro de su alma. Ver el olvido que los hombres tenían de Dios obró como un soplo violento que avivó el fuego hasta convertirlo en llama más vehemente, y ardió hasta estar a punto de consumirlo. David no podía soportar que los hombres olvidaran las palabras de Dios. Estaba dispuesto a olvidarse de sí mismo, sí, a consumirse a sí mismo, porque aquellos hombres olvidaban a Dios. Los impíos eran enemigos de David: sus enemigos, porque lo odiaban por su piedad; sus enemigos, porque él los aborrecía por su impiedad. Aquellos hombres habían llegado tan lejos en la iniquidad que no solo violaban y descuidaban los mandamientos de Dios, sino que parecían haberlos olvidado de veras. Esto puso a David en gran ardor; ardía de indignación. ¡Cómo se atrevían a pisotear las cosas sagradas! ¡Cómo podían ignorar por completo los mandamientos del mismo Dios! Estaba asombrado y lleno de santa ira.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 139. Mi celo me ha consumido. El «celo» es un alto grado de amor; y cuando el objeto de ese amor es maltratado, se desahoga en una mezcla de dolor e indignación, suficiente para desgastar y «consumir» el corazón. Así ocurrirá cuando los hombres conciben rectamente la deshonra que continuamente se hace a Dios por criaturas que él ha hecho y redimido. Pero nunca pudo pronunciarse este versículo con tanta plenitud de verdad y propiedad como por el Hijo de Dios, que tuvo un sentido de la gloria de su Padre y del pecado del hombre como ninguna otra persona lo tuvo jamás. Y, así, cuando su celo se desplegó al purificar el templo, san Juan nos dice que «sus discípulos se acordaron que está escrito: El celo de tu casa me consume». El lugar donde así está escrito es Sal 69:9, y el pasaje es exactamente paralelo a este que tenemos delante. Horne.
Vers. 139. Mi celo me ha consumido, etc. El celo es el calor o la tensión de los afectos; es un calor santo por el cual nuestro amor y nuestro enojo se extienden al máximo por Dios y su gloria. Ahora bien, nuestro amor a Dios y a sus caminos, y nuestro odio a la maldad, deben aumentar a causa de los hombres impíos. Los colores nublados y oscuros en un cuadro hacen que los claros y vivos parezcan más hermosos; el pecado de otros debe hacer a Dios y a la piedad más amables a tus ojos. Tu corazón debe encenderse al chocar con tales pedernales fríos. David, por una santa antiperístasis, se encendió a partir de la frialdad: «Mi celo me ha consumido, porque mis enemigos olvidaron tus palabras». Los soplos fríos hacen que el fuego se alce más en llama y arda con más calor. George Swinnock.
Vers. 139. Mi celo me ha consumido. El fuego del celo, como el fuego que consumió el sacrificio de Salomón, desciende del cielo; y los celosos no son como esas salamandras que viven siempre en el fuego del odio y la contienda, sino serafines que arden con el fuego espiritual del amor divino. Y así el verdadero celo inflama los deseos y los afectos del alma. Si es verdadero celo, entonces el paso del tiempo, la multitud de desalientos, la falsedad de quienes abandonan la causa, la fuerza de las oposiciones no cansarán el ánimo de un hombre. El celo hace resueltos a los hombres; las dificultades no son sino piedras de afilar para su fortaleza; templa los espíritus con una resolución intrépida. Este era el celo que ardía en los discípulos (Lc 24:32), que consumió aquí a David y que devoró hasta la médula a Cristo: Jn 2:17. Abraham Wright.
Vers. 139. Mi celo me ha consumido. Hay diversas clases de celo: hay un celo del mundo, hay un celo de la carne, hay un celo de religión, hay un celo de herejía y hay un celo del Dios verdadero. Primero, vemos que el celo del mundo hace a los hombres trabajar día y noche para conseguir una cosa pasajera. El celo de la carne atormenta sus mentes de madrugada y a deshoras por un placer momentáneo. El celo de la herejía hace que se afanen y recorran mar y tierra para mantener y aumentar una opinión. Así vemos que todo hombre es devorado por alguna clase de celo. El borracho es consumido por la embriaguez, el fornicario se gasta en su fornicación, el hereje es devorado por las herejías. ¡Oh, cómo debería esto avergonzarnos a nosotros, que somos tan poco devorados, gastados y consumidos por el celo de la palabra de Dios! Y tanto más cuanto que el celo piadoso deja en nosotros ventaja y recompensa, que no tienen los celosos mundanos y carnales. Porque cuando estos han gastado todas las fuerzas de sus cuerpos y los poderes de su mente, no les queda ganancia ni consuelo, sino tormento de conciencia; y cuando están agotados por fuera, por dentro no están mejor; mientras que los piadosos, interesados por algo bueno y devorados por el celo de la gloria de Dios, tienen este notable privilegio y provecho: aunque su hombre exterior perezca y decaiga, el interior es aún refrescado y alimentado para vida eterna. ¡Oh, qué beneficio ser devorado por el amor y el celo de una cosa buena! Richard Greenham.
Vers. 139. Olvidaron tus palabras. Frase apropiada para describir a quienes, en el seno de la iglesia visible, no niegan ni rechazan del todo la palabra y la regla de la Escritura, pero viven como si la tuvieran sin tenerla: no la observan; como si Dios nunca hubiera dicho tal cosa ni les hubiera dado tal regla. Los que rechazan y condenan las cosas que la palabra impone, ciertamente no se acuerdan de cumplirlas. Thomas Manton.
Sugerencias para el predicador
Vers. 139. El celo.
- Que se consume a sí mismo.
- Inflamado por lo que naturalmente debería apagarlo.
- Alimentado con las palabras de Dios.
Vers. 139. El celo.
- Floreciendo en una atmósfera poco prometedora.
- Alcanzando un crecimiento asombroso.
- Cumpliendo una obra bendita: la consumición de sí mismo. C.A.D.
Vers. 139.
- El objeto de su celo: «Tus palabras».
- La ocasión de su celo: «Mis enemigos», etc.
- El fervor de su celo: «Mi celo me ha consumido». G.R.
Salmos 119:140
Vers. 140. «Sumamente pura es tu palabra.» Es la verdad destilada, la santidad en su quintaesencia. En la palabra de Dios no hay mezcla de error ni de pecado. Es pura en su sentido, pura en su lenguaje, pura en su espíritu, pura en su influencia, y todo ello en grado sumo: «sumamente pura». «Por eso la ama tu siervo», lo cual es prueba de que él mismo era limpio de corazón, pues solo los puros aman la palabra de Dios por su pureza. Su corazón estaba unido a la palabra por su gloriosa santidad y verdad. La admiraba, se deleitaba en ella, procuraba ponerla en práctica y anhelaba someterse a su poder purificador.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 140. Sumamente pura es tu palabra. En el original: «probada, purificada, como el oro en el horno», absolutamente perfecta, sin la escoria de vanidad y falibilidad que corre por los escritos humanos. Cuanto más probemos las promesas, más seguras las hallaremos. El oro puro es tan estable que, según nos informa Boerhaave, una onza de él puesta en el ojo de un horno de vidrio durante dos meses no perdió un solo grano. George Horne.
Vers. 140. Sumamente pura es tu palabra; por eso, etc. La palabra de Dios no solo es «pura», libre de toda mezcla baja, sino que es purificadora; limpia de pecado y de culpa todo corazón con el que entra en contacto. «Ya vosotros estáis limpios», dijo Jesucristo a sus discípulos, «por la palabra que os he hablado»: Jn 15:3. Es esta cualidad suya de pureza, unida a su tendencia a purificar toda naturaleza que cede a su santa influencia, lo que la hace querida a todo hijo de Dios. Aquí es donde halla esas visiones del carácter divino, esas promesas, esos preceptos, esas representaciones de la fealdad del pecado y de la belleza de la santidad, que lo llevan, por encima de todo, a buscar la conformidad con la imagen divina. Un hijo de Dios, en sus mejores momentos, no desea que la palabra de Dios sea rebajada al nivel de su propio carácter imperfecto, sino más bien que su carácter sea elevado gradualmente a la conformidad con esa bendita palabra. Porque es toda pura, y porque tiende a comunicar a quienes la hacen su estudio constante una medida de su propia pureza, el hijo de Dios la ama y se deleita en meditar en ella de día y de noche. John Morison.
Vers. 140. Sumamente pura es tu palabra. Antes de conocer la palabra de Dios en espíritu y en verdad, la prefería a todos los demás libros por su gran antigüedad, sus interesantes narraciones, su biografía imparcial, su moral pura, su poesía sublime; en una palabra, por su hermosa y maravillosa variedad; pero desde que he entrado en su espíritu, como el salmista, la amo sobre todas las cosas por su pureza; y deseo que, sea lo que sea que lea, sirva para aumentar mi conocimiento de la Biblia y fortalecer mi afecto por sus divinas y santas verdades. Sir William Jones, 1746-1794.
Vers. 140. Tu palabra. Refresquemos nuestras mentes y nuestra memoria con algunos de los complementos que la Escritura asocia a «la palabra», y comprendamos, al menos en alguna medida, las múltiples relaciones que tiene tanto con Dios como con nuestras almas. Se llama «la palabra de Cristo», porque gran parte de ella fue dada por él, y toda ella da testimonio de él... Se llama «la palabra de su gracia», porque el glorioso tema en que gusta de extenderse es la gracia, y especialmente la gracia tal como se ve en el amor de Cristo que murió por los pecadores. Se llama ὁ λόγος ὁ τοῦ σταυροῦ, «la palabra de la cruz» (1 Co 1:18), porque en la crucifixión del divino Redentor vemos la misericordia eterna en su más brillante esplendor. Se llama «la palabra del evangelio», porque trae buenas nuevas de gran gozo a todas las naciones. Se llama «la palabra del reino», porque ofrece a todos los creyentes la esperanza de un reino eterno de justicia y paz. Se llama «la palabra de salvación», porque el propósito para el cual fue dada es la salvación de los pecadores. Se llama «la palabra de verdad», porque, como dice Chillingworth, tiene a Dios por autor, la salvación por fin y la verdad sin mezcla de error por contenido. Y solo añadiremos que se llama «la palabra de vida», porque revela a un mundo pecador y perecedero las doctrinas de la vida y la inmortalidad. W. Graham, en «A Commentary on the First Epistle of John,» 1857.
Vers. 140. Por eso la ama tu siervo. El amor en Dios es la fuente de todos sus beneficios extendidos a nosotros; y el amor en el hombre es la fuente de todo nuestro servicio y obediencia a Dios. Él nos amó primero para hacernos bien; y de ahí viene que tengamos gracia para amarlo a él después y servirle. El amor es un deber tal que su falta no puede excusarse en nadie; pues el más pobre puede y debe amar a Dios; y sin él, todo lo demás que puedas hacer en su servicio no es nada; no, ni aunque repartieras tus bienes a los pobres y entregaras tu cuerpo para ser quemado. Los pequeños sacrificios que fluyen de la fe y del amor le son bienvenidos, mientras que los mayores sin ellos le son abominación. Tenemos pruebas de ambas cosas en el óbolo de la viuda y en la rica ofrenda de Caín: una fue rechazada, la otra recibida. Dichosos somos aunque no podamos decir: «Hemos hecho lo que Dios manda», si de buen corazón podemos decir: «Amamos hacer lo que él manda». William Cowper.
Vers. 140. Por eso la ama tu siervo. De todos nuestros motivos y razones para amar la palabra de Dios, el más noble y excelente es amar la palabra por su pureza. Esto muestra, en verdad, que somos hechos partícipes de la naturaleza divina: 2 P 1:4. Porque os ruego que notéis que cuando odiamos el mal como mal y amamos el bien como bien, tenemos el mismo amor y el mismo odio que tiene Dios. Cuando llegamos a amar las cosas porque son puras, es señal de que tenemos el mismo amor que Dios tiene. Thomas Manton.
Vers. 140. Tu siervo la ama. De otro modo, en verdad, el salmista no sería siervo del Señor en absoluto. Pero se gloría en el título porque se deleita en el servicio puro. John Stephen.
Vers. 140-141. La propia palabra de Dios es en verdad sin mancha, y por tanto no ha de ser criticada; es pura, probada en el fuego, el más noble metal, y por eso él la ama, y no hace caso, aunque es joven y poco estimado, de las reprensiones de sus orgullosos adversarios, que son mayores y más sabios que él. Franz Delitzsch.
Sugerencias para el predicador
Vers. 140.
- Un pecador despertado que adora la ley santa.
- Un santo que la ama porque los puros aman lo puro.
- Un santo entre pecadores que ama la ley tanto más por el contraste.
Vers. 140.
- El arroyo de cristal.
(a) Fluye de debajo del trono.
(b) Refleja el cielo.
(c) Sin mancha a través de los siglos.
(d) Alimenta la santidad a medida que fluye.
- El peregrino enajenado.
(a) Que sigue su orilla.
(b) Deleitado con sus profundidades cristalinas.
- Complacido con sus revelaciones reflejadas: uno mismo, el cielo, Dios.
- Limpiado y refrescado por sus aguas. W.B.H.
Vers. 140.
- La pureza de la palabra de Dios.
(a) Procede de una fuente perfectamente pura: «Tu palabra».
(b) Revela una pureza de otro modo desconocida.
(c) Trata temas impuros con absoluta pureza.
(d) Inculca la pureza más perfecta.
(e) Produce tal pureza en quienes están sujetos a su poder.
- El amor que su pureza inspira en las almas agraciadas.
(a) La aman porque, mientras revela su impureza natural, les muestra cómo escapar de ella.
(b) La aman porque las conforma a su propia pureza.
(c) La aman porque, para un corazón puro, la pureza de la palabra es una de sus principales recomendaciones.
- Las evidencias de este amor a la palabra pura.
(a) Deseo de poseerla en su pureza.
(b) Sujeción a su espíritu y enseñanzas.
(c) Celo por su honra y su difusión. W.H.J.P.
Salmos 119:141
Vers. 141. «Pequeño soy yo, y desechado; mas no me he olvidado de tus mandamientos.» Aquella falta de olvido que condenaba en otros (Sal 119:139) no podía imputarse a él. Sus enemigos no hacían caso de él, lo consideraban un hombre sin poder ni capacidad, y por eso lo miraban por encima del hombro. Parece aceptar la situación y ocupar humildemente el último lugar, pero lleva consigo la palabra de Dios. ¡Cuántos hombres han sido llevados a hacer alguna mala acción para responder al desprecio de sus enemigos: para hacerse notar, han hablado o actuado de un modo que no podían justificar! La belleza de la piedad del salmista era que fuera serena y equilibrada; y así como no se dejaba llevar por la adulación, tampoco se dejaba vencer por la vergüenza. Si era pequeño, atendía con tanto más celo los deberes pequeños; y si era despreciado, ponía tanto más empeño en guardar los despreciados mandamientos de Dios.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 141. Pequeño soy yo, y desechado, o bien: lo he sido. Algunas versiones traducen «joven», como si se refiriera al tiempo de su unción por Samuel, cuando fue pasado por alto y despreciado en la familia de su padre (1 S 16:11; 17:28); pero la palabra aquí usada no expresa edad, sino estado, condición y circunstancias; y el sentido es que era pequeño en su propia estima y en la estima de los hombres, y despreciado; y ello a causa de la religión, en lo cual fue tipo de Cristo (Sal 24:6; Is 53:3), y que es la suerte común de los buenos, a quienes el mundo trata como su inmundicia y la escoria de todas las cosas. John Gill.
Vers. 141. Pequeño soy yo. Los que aman a Dios pueden ser reducidos a una condición humilde, baja y afligida; el Señor lo ve conveniente por diversas razones: 1. Para que sepan que su felicidad no está en este mundo, y así anhelen más el cielo y se deleiten en las cosas celestiales. 2. Es necesario cortar las provisiones de la carne y el combustible de sus concupiscencias. Un suelo demasiado rico cría malas hierbas; y cuando navegamos con la corriente a favor, somos propensos a dejarnos arrastrar por ella. 3. Para que sientan más su desagrado contra sus pecados y su conducta escandalosa con que lo han deshonrado y provocado los ojos puros de su gloria. 4. Para que aprendan a vivir de las promesas y a ejercitar las gracias propias del sufrimiento; especialmente la dependencia de Dios, que puede sostenernos sin un interés temporal y visible. 5. Para que Dios convenza a los enemigos de que hay un pueblo que le sirve sinceramente, y no por fines carnales y egoístas: Job 1:6. Para que su gloria se vea más en su liberación; y por eso, antes de que Dios aparezca a favor de sus hijos, los lleva muy abajo. Thomas Manton.
Vers. 141. Pequeño. Esto se aplica a David en sus primeros días de aflicción y persecución. Es difícil hallar a otro individuo a quien le convenga tanto. James G. Murphy.
Vers. 141. Un notable ejemplo para vergüenza de aquellos que quizá sirvan y alaben a Dios en su prosperidad, cuando han crecido; pero que, en cuanto llegan la aflicción o la escasez, tienen poco ánimo para hacerlo. Abraham Wright.
Vers. 141. Mas no me he olvidado de tus mandamientos. Dios observa lo que hacemos en nuestra aflicción: «Si nos hubiésemos olvidado del nombre de nuestro Dios, o alzado nuestras manos a dios ajeno, ¿no demandaría Dios esto? Porque él conoce los secretos del corazón»: Sal 44:20-21. Si aflojamos nuestro servicio a Dios, o caemos en algún grado de apostasía, el Juez de los corazones lo sabe todo: Dios sabe si querríamos una doctrina, un culto o unas ordenanzas depravadas y corruptas, o si nos mantendremos fielmente unidos a él, a su palabra, a su culto y a sus ordenanzas, cueste lo que cueste.
En nuestra condición pobre y despreciable vemos más motivo para amar la palabra que antes, porque experimentamos los apoyos y consuelos que por ella tenemos: «Sabiendo que la tribulación produce paciencia», etc. (Ro 5:3); «Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así también abunda por el mismo Cristo nuestra consolación»: 2 Co 1:5. Dios tiene consuelos especiales para su pueblo afligido y despreciado, y hace que su consuelo por Cristo corra paralelo a sus sufrimientos por Cristo y marche al mismo paso. Thomas Manton.
Vers. 141. Mas no me he olvidado de tus mandamientos. Vemos por experiencia que nuestro afecto abandona una cosa desde el momento en que sale de nuestra memoria. Dejamos de amar cuando dejamos de recordar; pero el amor ardiente renueva siempre el recuerdo de lo amado. El primer paso de la defección es olvidar lo que Dios ha mandado y lo que estamos obligados a hacer por deber hacia él; y de ahí sigue fácilmente la ofensa a Dios por nuestra transgresión. Los animales que no rumiaban eran tenidos bajo la ley por inmundos y no aptos para ser sacrificados a Dios: era solo una figura, que nos significaba que un hombre que ha recibido cosas buenas de Dios y no piensa en ellas, no puede sentir su dulzura, y así no puede ser agradecido a Dios. William Cowper.
Sugerencias para el predicador
Vers. 141-144. Un canto lastimero y un estribillo gozoso. Estrofa 1: «Pequeño soy yo, y desechado». Estribillo: La justicia eterna de Dios. Estrofa 2: «Aflicción y angustia se apoderaron de mí». Estribillo: La justicia eterna de Dios. C.A.D.
Vers. 141. Aquí tenemos
- A David piadoso, y sin embargo pobre. Era un hombre conforme al corazón de Dios, y sin embargo «pequeño y desechado» en su propia cuenta y en la de muchos otros.
- A David pobre, y sin embargo piadoso; «pequeño y desechado» por su piedad estricta y seria; pero su conciencia puede dar testimonio de que «no se olvidó de los mandamientos de Dios». M. Henry.
Vers. 141.
- La fuente de la pequeñez del hombre está en sí mismo.
- La fuente de su grandeza está en la palabra divina. Por eso el mayor filósofo es un hombre pequeño comparado con el más ignorante que se deleita en la ley de Dios y medita en ella, etc. G.R.
Vers. 141.
- Un pequeño alumno.
- Un aprendiz rápido.
- Un recordador firme.
Vers. 141. Desconocido, y sin embargo bien conocido.
- La estima que el mundo forma del creyente.
- La estima que el creyente forma de sí mismo.
- La profesión que el creyente hace ante Dios.
- Al repasar, una estima revisada del creyente: 1 Co 1:27; Stg 4:5. C.A.D.
Salmos 119:142
Vers. 142. «Tu justicia es justicia eterna.» Habiendo atribuido en un versículo anterior la justicia a Dios, ahora pasa a declarar que esa justicia es inmutable y perdura de edad en edad. Este es el gozo y la gloria de los santos: que lo que Dios es, siempre lo será, y su modo de proceder con los hijos de los hombres es inmutable; habiendo cumplido su promesa y administrado justicia entre su pueblo, lo hará así por los siglos de los siglos. Tanto las justicias como las injusticias de los hombres llegan a su fin, pero la justicia de Dios no tiene fin.
«Y tu ley la verdad.» Así como Dios es amor, su ley es la verdad, la esencia misma de la verdad, la verdad aplicada a la ética, la verdad en acción, la verdad sentada en el tribunal. Oímos grandes disputas sobre «¿Qué es la verdad?». Las santas Escrituras son la única respuesta a esa pregunta. Notad que no solo son verdaderas, sino la verdad misma. No podemos decir de ellas que contienen la verdad, sino que son la verdad: «tu ley la verdad». No hay nada falso en la ley o parte preceptiva de la Escritura. Los que le son obedientes hallarán que andan por un camino acorde con los hechos, mientras que los que obran en contra andan en vana apariencia.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 142. Tu justicia es justicia eterna. Aquí la ley de Dios es honrada con el encomio adicional de que es justicia y verdad eternas; como si se dijera que todas las demás reglas de vida, con cualesquiera atractivos con que parezcan recomendarse, no son sino una sombra que pronto se desvanece. El salmista, sin duda, contrasta indirectamente la doctrina de la ley con todos los preceptos humanos que jamás se hayan dado, para someter a ella a todos los fieles, puesto que es la escuela de la sabiduría perfecta. Puede haber más de plausible en las disquisiciones refinadas y sutiles de los hombres; pero no hay en ellas nada firme ni sólido en el fondo, como lo hay en la ley de Dios. Esta firmeza de la ley divina la prueba en el versículo siguiente con un ejemplo: el continuo consuelo que halló en ella cuando era duramente acosado por las tentaciones. Y la verdadera prueba del provecho que hemos sacado de ella es cuando oponemos a todas las angustias, de cualquier clase, que nos estrechen, el consuelo derivado de la palabra de Dios, de modo que toda tristeza sea borrada de nuestras mentes. David expresa aquí algo más que en el versículo anterior; porque allí solo dijo que servía reverentemente a Dios, aunque por el trato duro y áspero que recibía pudiera parecer que perdía su trabajo; pero ahora, angustiado y atormentado, afirma que halla en la ley de Dios el deleite más reconfortante, que mitiga todos los dolores y no solo templa su amargura, sino que los sazona con cierta dulzura. Ciertamente, cuando no existe este gusto que nos deleite, nada es más natural que ser tragados por la tristeza. Juan Calvino.
Vers. 142. Tu justicia es justicia eterna. No solo justa al ser dada por primera vez, sino justa en todas las edades y tiempos; ¿y habríamos de menospreciar esta regla que valdrá para siempre? En el mundo, nuevos señores, nuevas leyes; los hombres varían y cambian sus designios y propósitos; los privilegios concedidos hoy pueden ser revocados mañana; pero esta palabra seguirá siendo verdadera para siempre. Nuestra justificación por Cristo es irrevocable; esa parte de la justicia es eterna. Asegúrate de estar justificado ahora en los términos del evangelio, y serás justificado para siempre: tu perdón es un perdón eterno, y tu paz es una paz eterna: «Y no me acordaré más de su pecado»: Jer 31:34. Así la otra justicia, la de la santificación, es para siempre; apruébate ahora delante de Dios, y te aprobarás en el día del juicio. Thomas Manton.
Vers. 142. Tu justicia es justicia eterna, etc. El original se expresa mejor así: «Tu justicia es justicia eternamente, y tu ley es verdad». Así la Septuaginta. La traducción inglesa expresa la perpetuidad de la justicia; el original expresa también su carácter... La justicia de Dios es esencial y eternamente justicia. Las expresiones son absolutas; solo hay esta justicia y solo esta verdad. John Stephen.
Vers. 142. Tu ley la verdad. 1. Es la verdad principal. Hay algo de verdad en las leyes de los hombres y en los escritos de los hombres, incluso de los paganos; pero son lamentables fragmentos y migajas de verdad que se han salvado desde la caída. 2. Es la única verdad; es decir, la única revelación de la mente de Dios sobre la cual puedes edificar. Es la regla de la verdad. 3. Es la verdad pura. En ella no hay sino verdad, sin mezcla de falsedad; cada parte es verdadera como la verdad misma. Es verdadera en las promesas, amenazas, doctrinas, historias, preceptos y prohibiciones. 4. Es la verdad entera. Contiene todas las cosas necesarias para la salvación de quienes se entregan a ser instruidos por ella. Thomas Manton.
Sugerencias para el predicador
Vers. 142. Justicia, inmutabilidad y verdad combinadas en la revelación de Dios.
Salmos 119:143
Vers. 143. «Aprieto y angustia me hallaron.» Esta aflicción pudo surgir de sus circunstancias, o de la crueldad de sus enemigos, o de sus propios conflictos interiores, pero es seguro que era objeto de mucha angustia, una angustia que lo aprehendió y se lo llevó cautivo a su poder. Sus dolores, como perros feroces, se habían agarrado a él; sentía sus dientes. Tenía una doble tribulación: aprieto por fuera y angustia por dentro, como lo expresó el apóstol Pablo: «de fuera, conflictos; de dentro, temores».
«Mas tus mandamientos fueron mis delicias.» Así se volvió un enigma: atribulado, y sin embargo deleitado; en angustia, y sin embargo en placer. El hijo de Dios puede entender este enigma, pues bien sabe que, mientras está abatido por lo que ve dentro de sí mismo, es tanto más levantado por lo que ve en la palabra. Se deleita en los mandamientos, aunque está afligido porque no puede obedecerlos perfectamente. Halla abundante luz en los mandamientos, y por la influencia de esa luz descubre y llora su propia oscuridad. Solo el hombre que conoce las luchas de la vida espiritual comprenderá la expresión que tenemos delante. Halle el lector en ella una balanza para pesarse a sí mismo. ¿Halla, aun cuando está cercado de tristeza, que hacer la voluntad del Señor es cosa deleitosa? ¿Halla más gozo en ser santificado que tristeza en ser castigado? Entonces lleva sobre sí la marca de los hijos de Dios.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 143. Aprieto y angustia me hallaron; mas tus mandamientos fueron mis delicias. Es extraño que en medio de la angustia David tuviera deleite; pero en verdad la dulzura de la palabra de Dios se percibe mejor bajo la amargura de la cruz. El gozo de Cristo y el gozo del mundo no pueden coexistir. Un corazón deleitado en el gozo mundano no puede sentir los consuelos del Espíritu; el uno destruye al otro; pero en la tribulación santificada los consuelos de la palabra de Dios se sienten y perciben de manera muy sensible. Muchas veces ha declarado David este deleite suyo en la palabra de Dios; y en verdad es un gran argumento de piedad cuando los hombres llegan no solo a reverenciarla, sino a amarla y deleitarse en ella. Considérenlo aquellos desdichados que la oyen por costumbre y la tienen por mero cansancio. Abraham Wright.
Vers. 143. Aprieto y angustia me hallaron, etc. No necesitamos esforzarnos, como muchos hacen, «por hallar aprieto y angustia», porque un día ellos «nos hallarán a nosotros». En aquel día las revelaciones de Dios han de sernos en lugar de todos los «deleites» y placeres del mundo, que entonces nos habrán abandonado; ¡y qué abandonado y desolado será nuestro estado si no tenemos otros deleites, otros placeres, que los sucedan y nos acompañen a la eternidad! Sea entonces nuestro estudio en las Escrituras, si esperamos nuestro consuelo en ellas en el tiempo venidero. George Horne.
Vers. 143. Aprieto y angustia me hallaron. Podéis concebir aquí una figura audaz, como si el Aprieto y la Angustia fueran enviados contra los indefensos hijos de los hombres. Estos, como enemigos, andaban dando vueltas. En lugar de apoderarse de los malvados, habían hallado al justo. Así fue por disposición de Dios. Supongo que muchos de nosotros hemos observado que el creyente nunca está mucho tiempo tranquilo. Está en el mundo; está en la carne; hay pecado que mora en él; hay enemigos alrededor; está el gran enemigo; y además de todo esto, el Señor, por sabios propósitos, esconde su rostro. Entonces el creyente está en aprieto y angustia. John Stephen.
Vers. 143. Me hallaron. En hebreo: me encontraron. Como perros que siguen el rastro de una fiera que se esconde o huye. A.R. Fausset.
Vers. 143. Tus mandamientos fueron mis delicias. El deleite en las cosas morales (dice Aquino) es la regla por la cual podemos juzgar la bondad o la maldad de los hombres. Delectatio est quies voluntatis in bono. Los hombres son buenos o malos según los objetos de su deleite: son buenos los que se deleitan en cosas buenas, y son malos los que se deleitan en cosas malas. Thomas Manton.
Sugerencias para el predicador
Vers. 143. Emociones mezcladas.
Vers. 143.
- La nube oscura. Aprieto, etc.
- Su forro de plata. Mas, etc.
Vers. 143.
- El santo arrojado a la cárcel.
(a) Los carceleros: «Aprieto y angustia».
(b) Su proceder: «hallan» y lo sujetan.
- Cantos en la noche.
(a) Tema bendito: «tus mandamientos».
(b) Melodías extáticas: «delicias».
- Que los presos los oigan.
(a) El dolor retenido, el pecado retenido, la desesperación retenida.
(b) Es tema y melodía para abrir cárceles. W.B.H.
Vers. 143. Considera:
- La excelencia de la palabra, que da deleite cuando el aprieto y la angustia oprimen.
- La gran bondad de Dios al formar su palabra de tal modo que pueda dar deleite en tal tiempo y en tales circunstancias.
- La disposición del creyente a acudir a la palabra en busca de deleite, cuando otros se entregan a vana tristeza y desaliento.
- La bendita posición del creyente, que nunca necesita estar sin gozo. J.F.
Salmos 119:144
Vers. 144. «Justicia eterna son tus testimonios.» Primero había dicho que los testimonios de Dios eran rectos, luego que eran eternos, y ahora que su justicia es eterna. Así nos da una relación más amplia y detallada de la palabra de Dios cuanto más tiempo se ocupa en escribir sobre ella. Cuanto más decimos en alabanza de la Escritura santa, más podemos decir y más somos capaces de decir. Los testimonios de Dios al hombre no pueden ser atacados; son rectos de principio a fin; y aunque los hombres impíos han combatido la justicia divina, especialmente en el plan de salvación, siempre han fracasado en probar cargo alguno contra el Altísimo. Mientras la tierra permanezca, mientras haya una sola criatura inteligente en el universo, se confesará que los planes de misericordia de Dios son, en todos los aspectos, pruebas maravillosas de su amor a la justicia: incluso para ser misericordioso, Jehová no será injusto.
«Dame entendimiento, y viviré.» Esta es una oración que él eleva constantemente: que Dios le dé entendimiento. Aquí considera evidentemente que tal don es esencial para su vida. Vivir sin entendimiento no es vivir la vida de un hombre, sino estar muerto mientras vivimos. Solo en la medida en que conocemos y comprendemos las cosas de Dios puede decirse que entramos en la vida. Cuanto más nos enseña el Señor a admirar la rectitud eterna de su palabra, y cuanto más nos aviva al amor de tal rectitud, más felices y mejores seremos. Como amamos la vida y deseamos muchos días para ver el bien, nos conviene buscar la inmortalidad en la palabra eterna que vive y permanece para siempre, y buscar el bien en esa renovación de toda nuestra naturaleza que comienza con la iluminación del entendimiento y pasa a la regeneración del hombre entero. Aquí está nuestra necesidad del Espíritu Santo, Señor y dador de vida, y guía de todos los vivificados, que nos guiará a toda la verdad. ¡Oh, por las visitas de su gracia en esta buena hora!
Esta sección está dedicada a los recuerdos de la oración. El salmista describe el tiempo y el modo de sus devociones, e intercede ante Dios por la liberación de sus tribulaciones. El que ha estado con Dios en el aposento lo hallará consigo en el horno. Si hemos clamado, seremos respondidos. Las respuestas demoradas pueden llevarnos a la importunidad; pero no necesitamos temer el resultado final, pues las promesas de Dios no son inciertas, sino fundadas para siempre. Todo el pasaje nos muestra: Cómo oró (Sal 119:145). Por qué oró (Sal 119:146). Cuándo oró (Sal 119:147). Cuánto tiempo oró (Sal 119:148). Qué alegó (Sal 119:149). Qué sucedió (Sal 119:150). Cómo fue rescatado (Sal 119:151). Cuál fue su testimonio sobre todo el asunto (Sal 119:152).
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 144. Justicia eterna son tus testimonios. Tu ley moral no fue hecha para un solo pueblo, ni para un tiempo particular; es tan imperecedera como tu naturaleza, y de obligación sin fin. Es la ley por la cual serán juzgados todos los hijos de Adán. «Dame entendimiento.» Para conocerla y practicarla. «Y viviré.» Te glorificaré y viviré eternamente; no por el mérito de haberla cumplido, sino porque tú cumpliste la obra de la ley en mi corazón, habiéndome salvado por ella de la condenación. Adam Clarke.
Vers. 144. Dame entendimiento, y viviré. Lo leo en conexión con la cláusula anterior; porque aunque David desea que Dios ilumine su mente, no concibe otro camino por el cual obtener un entendimiento iluminado que aprovechar rectamente en el estudio de la ley. Además, enseña aquí que no puede decirse, hablando con propiedad, que los hombres viven cuando están desprovistos de la luz de la sabiduría celestial; y puesto que el fin para el cual los hombres son creados no es que, como cerdos o asnos, llenen su vientre, sino que se ejerciten en el conocimiento y el servicio de Dios, cuando se apartan de tal ocupación su vida es peor que mil muertes. David protesta, pues, que para él vivir no era meramente alimentarse de comida y bebida y gozar de comodidades terrenales, sino aspirar a una vida mejor, lo cual no podía hacer sino bajo la guía de la fe. Esta es una advertencia muy necesaria; porque aunque se reconoce universalmente que el hombre nace con esta distinción, que supera a los animales inferiores en inteligencia, sin embargo la gran masa de la humanidad, como con propósito deliberado, sofoca toda la luz que Dios derrama en su entendimiento. Admito, en verdad, que todos los hombres desean ser agudos de ingenio; pero ¡cuán pocos aspiran al cielo y consideran que el temor de Dios es el principio de la sabiduría! Puesto que, pues, la meditación sobre la vida celestial queda enterrada bajo los cuidados terrenales, los hombres no hacen otra cosa que hundirse en el sepulcro, de modo que, mientras viven para el mundo, mueren para Dios. Sin embargo, bajo el término vida el profeta designa lo máximo que podía desear. Señor, como si dijera: aunque ya estoy muerto, con todo, si te place iluminar mi mente con el conocimiento de la verdad celestial, esta gracia sola será suficiente para reavivarme. Juan Calvino.
Vers. 144. Dame entendimiento, y viviré. El conocimiento salvador de los testimonios de Dios es el único camino para vivir. Hay una triple vida. 1. La vida natural. 2. La vida espiritual, y 3. La vida eterna. En todas estas consideraciones puede probarse el punto.
Primero. Se toma la vida por la vida de la naturaleza, o la vida del cuerpo, o la vida temporal, llamada «esta vida» en la Escritura: 1 Co 15:19; 1 Ti 4:8. La vida se conserva mejor por el camino de la obediencia que obrando mal; esto último provoca a Dios a desecharnos y nos expone a peligros. No está en poder del mundo hacernos vivir o morir un día antes o después de lo que Dios quiere. Si Dios quiere hacernos felices, ellos no pueden hacernos desgraciados; por eso: «Dame entendimiento, y viviré»; es decir, llevaré una vida cómoda y feliz para el presente. Previene el pecado y previenes el peligro. La obediencia es el mejor modo de conservar la vida temporal: por paradójico que parezca al mundo, es una verdad de la Escritura: «Guarda mis mandamientos, y vivirás» (Pr 4:4); y: «Retén el consejo, no lo dejes; guárdalo, porque eso es tu vida» (v. 13); y: «Largura de días está en su mano derecha; en su izquierda, riquezas y honra» (Pr 3:16); y: «Ella es árbol de vida» (v. 18). El conocimiento y la práctica de la palabra son el único medio para vivir cómoda y felizmente aquí, así como para siempre en el más allá.
Segundo. La vida espiritual; que es doble: la vida de la justificación y la vida de la santificación.
- La vida de la justificación: «Por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida»: Ro 5:18. Está muerto no solo aquel en quien el verdugo ha hecho su obra, sino también aquel contra quien el juez ha pronunciado sentencia y la ley lo declara muerto. En este sentido todos estábamos muertos, y la justificación se llama justificación de vida; no hay vivir en este sentido sin conocimiento: «Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos»: Is 53:11. Vivimos por la fe, y la fe viene por el oír, y el oír no aprovecha si el Señor no da entendimiento; como los alimentos no nutren si no son recibidos y digeridos.
- La vida de la santificación: «Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados»: Ef 2:1. Y los hombres no viven propiamente hasta que viven la vida de la gracia; viven una vida falsa, contrahecha, no una vida bienaventurada, feliz, cierta y verdadera. Ahora bien, esta vida es comenzada y llevada adelante por el conocimiento salvador: «El nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno»: Col 3:10. Y de nuevo se dice que los hombres están «ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay»: Ef 4:18. Los que son ignorantes están muertos en el pecado: la vida espiritual viene por el conocimiento. De aquí empieza el cambio del hombre interior, y desde entonces vivimos. «Dame entendimiento», ut vere in te vivam, para que la vida verdadera comenzada en mí crezca y aumente cada día, pero nunca sea apagada por el pecado.
Tercero. La vida eterna, o nuestro bienaventurado estado en el cielo. Así se dice de los santos que han partido que todos viven para Dios: Lc 20:38. Y esto se llama el agua de vida, el árbol de la vida, la corona de vida; propiamente esto es vida. ¿Qué es la vida presente en comparación con la vida eterna? La vida presente es mors vitalis, una muerte viviente; o mortalis vita, una vida moribunda, una especie de muerte; está siempre en flujo, como una corriente: corre lejos de nosotros tan rápido como viene a nosotros: «Huye como la sombra y no permanece»: Job 14:2. Morimos tan rápido como vivimos: difiere solo como el punto de la línea donde termina. No es una y la misma, no es cosa permanente; es como la sombra de una estrella en una corriente que fluye. Sus contentamientos son bajos y rastreros, llamados «la vida de tu mano»: Is 57:10. Está remendada de varias criaturas, obligada a registrar los almacenes de la naturaleza para sostener un edificio ruinoso. Y comparada con la vida de gracia aquí, no nos exime ni del pecado ni de las miserias. Nuestras capacidades son estrechas. Estamos llenos de temores, y dudas, y peligros; pero en la vida de gloria ya no pecaremos ni nos dolerá nada. Esto es lo que se quiere decir aquí: «Justicia eterna son tus testimonios; dame entendimiento, y viviré»; se refiere principalmente a la vida de gloria. Este es el fruto del conocimiento salvador, cuando conocemos de tal modo a Dios y a Cristo que venimos a Dios por él. Thomas Manton.
Vers. 144. Viviré. Seré guardado de aquellos pecados que merecen y traen la muerte. Matthew Pool.
Sugerencias para el predicador
Vers. 144. La justicia eterna revelada en la palabra y que produce vida eterna en los creyentes.
Vers. 144.
- Verdades eternas.
- La vida eterna que depende de ellas.
- Un clamor desde en medio de estos montes eternos. W.B.H.
Vers. 144 (última parte).
- Considera la oración en su sencillez.
(a) Es adecuada para el pecador despertado.
(b) Para el cristiano que lucha contra la tentación.
(c) Para el creyente que sufre.
(d) Para el obrero.
(e) Para las mentes que aspiran en la iglesia de Dios.
(f) Para los santos que expiran.
- La oración abierta más plenamente.
(a) Aquí se confiesa la necesidad.
(b) La oración se apoya evidentemente en la gracia gratuita: «Dame».
- Pon al descubierto el argumento de la oración.
- La palabra de Dios, cuando se entiende práctica y experimentalmente, es una prenda de vida.
- La palabra de Dios es la «simiente» incorruptible que vive y permanece para siempre.
- Es el alimento de la vida.
- Es la flor misma, la corona y la gloria de la verdadera vida.
- Es recta.
- Es eterna. Véase «Spurgeon's Sermons,» n.º 1572: «Alive.»
Salmos 119:145
Vers. 145. «Clamé con todo mi corazón.» Su oración fue una expresión sincera, quejumbrosa, dolorida y natural, como la de una criatura que sufre. No podemos decir si en todo momento usaba su voz cuando así clamaba; pero se nos informa de algo de mucha mayor importancia: clamaba con el corazón. Los clamores del corazón son la esencia de la oración. Menciona la unidad de su corazón en esta santa tarea. Toda su alma intercedía ante Dios; todos sus afectos, sus deseos unidos, se dirigían hacia el Dios vivo. Es bueno que un hombre pueda decir tanto de sus oraciones; es de temer que muchos nunca hayan clamado a Dios con todo su corazón en toda su vida. Puede que tales oraciones no tengan belleza de elocución, ni extensión de expresión, ni profundidad de doctrina, ni exactitud de dicción; pero si todo el corazón está en ellas, hallarán el camino al corazón de Dios.
«Respóndeme, Jehová.» Desea de Jehová que sus clamores no mueran en el aire, sino que Dios les preste atención. Los verdaderos suplicantes no se satisfacen con el ejercicio mismo; tienen un fin y un objeto al orar, y lo esperan. Si Dios no oye la oración, oramos en vano. El término «oír» se usa a menudo en la Escritura para expresar atención y consideración. En cierto sentido Dios oye todo sonido que se produce en la tierra y todo deseo de todo corazón; pero David quería decir mucho más; deseaba una audiencia bondadosa y compasiva, como la que da un médico a su paciente cuando este le cuenta su lastimosa historia. Pedía que el Señor se acercara y escuchara con oído amigo la voz de su queja, con miras a compadecerse de él y ayudarlo. Observa que su oración de todo corazón va solo al Señor; no tiene una segunda esperanza ni ayuda. «Respóndeme, Jehová» es todo el alcance de su petición y de su expectación.
«Y guardaré tus estatutos.» No podía esperar que el Señor lo oyera si él no oía al Señor, ni sería verdad que oraba con todo su corazón si no fuera manifiesto que se esforzaba con todas sus fuerzas por obedecer la voluntad divina. Su objeto al buscar la liberación era poder quedar libre para cumplir su religión y llevar a cabo toda ordenanza del Señor. Quería ser un hombre libre para tener libertad de servir al Señor. Nota bien que una santa resolución va bien con una súplica importuna: David está resuelto a ser santo, todo su corazón va con esa resolución como con sus oraciones. Guardará los estatutos de Dios en su memoria, en sus afectos y en sus acciones. No descuidará ni violará voluntariamente ninguna de las leyes divinas.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 145. Clamé con todo mi corazón. Así como un hombre clama más fuerte cuando clama con toda la boca abierta, así un hombre ora más eficazmente cuando ora con todo su corazón. Y esta expresión no declara solo el fervor de su afecto, sino que implica también que era una gran cosa lo que pedía a Dios. Y tú, cuando ores, ora por cosas grandes; por cosas que duran, no por cosas que perecen: no ores por plata, que no es sino herrumbre; ni por oro, que no es sino metal; ni por posesiones, que no son sino tierra. Tal oración no asciende a Dios. Es un gran Dios, y se considera deshonrado cuando no se le piden cosas grandes con gran afecto. William Cowper.
Vers. 145. Clamé con todo mi corazón. En todos vuestros deberes de aposento, Dios mira primero y sobre todo vuestros corazones: «Dame, hijo mío, tu corazón»: Pr 23:26. No es un pedazo, no es un rincón del corazón lo que satisfará al Hacedor del corazón; el corazón es un tesoro, un lecho de especias, un trono real en el que se deleita. Dios no mira la elegancia de vuestras oraciones, para ver cuán pulcras son; ni la geometría de vuestras oraciones, para ver cuán largas son; ni la aritmética de vuestras oraciones, para ver cuántas son; ni la música de vuestras oraciones, ni la dulzura de vuestra voz, ni la lógica de vuestras oraciones; sino la sinceridad de vuestras oraciones, cuán de corazón son. No hay oración que Dios reconozca, apruebe, acepte, registre o recompense, sino aquella en que el corazón está sincera y enteramente. La verdadera madre no quería que el niño fuera dividido. Dios ama el corazón quebrantado y contrito, y así aborrece el corazón dividido: Sal 51:17; Stg 1:8. Dios no ama ni el cojear ni el partir por la mitad; quiere ser servido verdadera y totalmente. La ley real es: «Amarás y servirás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma». Entre los paganos, cuando se despedazaban las bestias para el sacrificio, lo primero que miraba el sacerdote era el corazón, y si el corazón era malo, el sacrificio era rechazado. En verdad, Dios rechaza todos aquellos sacrificios en que no está el corazón. La oración sin corazón no es sino como metal que resuena o címbalo que retiñe. La oración solo es hermosa y de peso en cuanto el corazón está en ella, y no de otro modo. No es el alzar la voz, ni el retorcer las manos, ni el golpearse el pecho, ni un tono afectado, ni movimientos estudiados, ni expresiones seráficas, sino los movimientos del corazón, lo que Dios mira en la oración. Dios no oye más de lo que el corazón dice. Si el corazón está mudo, Dios ciertamente estará sordo. Ninguna oración agrada a Dios sino la que es el parto del corazón. Thomas Brooks.
Sugerencias para el predicador
Bosquejos sobre palabras clave del salmo, por el pastor C. A. Davis.
Vers. 145-152. El clamor del creyente. El clamor reiterado (Sal 119:145-148). Una petición de audiencia (Sal 119:149). La cercanía del enemigo (Sal 119:150). Pero, en respuesta al clamor, Dios también está cerca (Sal 119:151).
Vers. 145-148. El clamor.
- De dónde vino: de mi corazón.
- Adónde fue: al Señor.
- Cuándo fue oído: al alba y en la oscuridad.
- Qué pedía: ser oído, salvación.
- Qué prometía: obediencia.
- Cómo se sostuvo: por la esperanza en la palabra de Dios. C.A.D.
Vers. 145, 146. El clamor del alma.
- La profundidad de donde se alzó.
- La altura que alcanzó.
Vers. 145, 146. La oración de niño.
- En su tono: «Clamé».
- En su franqueza: «a ti».
- En su arranque: «con todo mi corazón».
- En sus gritos: «respóndeme»; «sálvame».
- En su promesa de mejor conducta: «guardaré tus estatutos». W.B.H.
Vers. 145.
- El modelo de oración: «Clamé con todo mi corazón».
- El objeto de la oración: «Respóndeme, Jehová».
- El acompañamiento de la oración: «Guardaré tus estatutos».
Salmos 119:146
Vers. 146. «A ti clamé.» De nuevo menciona que su oración era solo a Dios. La frase implica que oraba con vehemencia y muy a menudo; y que había llegado a ser uno de los hechos mayores de su vida que clamaba a Dios. «Sálvame.» Esta era su oración; muy corta, pero muy plena. Necesitaba ser salvado, nadie sino el Señor podía salvarlo, a él clamó: «Sálvame» de los peligros que me rodean, de los enemigos que me persiguen, de las tentaciones que me asedian, de los pecados que me acusan. No multiplicaba las palabras, y los hombres nunca lo hacen cuando están de veras en serio. No multiplicaba los objetos, y los hombres rara vez lo hacen cuando están tras lo único necesario: «sálvame» era su única y sola oración.
«Y guardaré tus testimonios.» Este era su gran objeto al desear la salvación: poder continuar en una vida irreprensible de obediencia a Dios, poder creer el testimonio de Dios y llegar a ser él mismo testigo de Dios. Es gran cosa cuando los hombres buscan la salvación para un fin tan elevado. No pedía ser librado para pecar con impunidad; su clamor era ser librado del pecado mismo. Había prometido guardar los estatutos o leyes; aquí resuelve guardar los testimonios o doctrinas, y así ser sano de cabeza además de limpio de manos. La salvación trae en su séquito todas estas cosas buenas. David no tenía idea de una salvación que le permitiera vivir en pecado o permanecer en el error: sabía muy bien que no hay salvar a un hombre mientras permanece en la desobediencia y la ignorancia.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 146. A ti clamé. El alma angustiada se expresa en fuertes clamores y lágrimas. Antiguamente clamaban al Señor, y él los oía en su angustia. Así Israel en el mar Rojo. Los hombres de la Reforma se expresaron así en oración ferviente, y hallaron alivio. Lutero en la Dieta de Worms, cuando fue emplazado para otro día, pasó la larga noche en voz alta oración, para poder comparecer por su Señor ante una augusta asamblea terrenal. Nuestras lecturas de los tiempos de los pactantes nos recordarán muchos casos semejantes. Podemos pensar en John Welch, saliendo a su huerto noche tras noche, envuelto en una manta, y clamando al Señor que le concediera Escocia. Sin embargo, la expresión de la oración es múltiple como el estado del espíritu. El sentimiento intenso engendrará fuertes clamores en la oración; pero la oración pronunciada bajo una visión real de nuestro Dios de gracia será suave, y a menudo dicha como en susurros. Así acostumbraba orar Alexander Peden, como si estuviera en tranquila conversación con un amigo... Pero cuando el sentimiento es intenso, cuando la ira pesa sobre nosotros, cuando el peligro se percibe como cercano, cuando se concibe al Señor como distante, o cuando hay ardiente deseo de alcanzar algo inmediatamente, en todos estos casos habrá fuertes clamores. Tal parece haber sido el estado de ánimo del salmista cuando derramó la expresiva declaración de esta parte. John Stephen.
Vers. 146. Por breves que sean las peticiones, todo el caudal del lenguaje no podría hacerlas más completas. «Respóndeme.» El alma está en serio, todo el corazón está comprometido en el «clamor». «Sálvame» incluye toda la necesidad de un pecador: perdón, aceptación, acceso, santidad, fuerza, consuelo, cielo, todo en una palabra: Cristo. El camino de acceso no se menciona, en verdad, en estas breves jaculatorias. Pero está siempre implícito en cada momento de acercamiento y súplica al trono de la gracia. «Respóndeme» en el nombre de mi Abogado todopoderoso. «Sálvame» por medio de aquel cuyo nombre es Jesús el Salvador. Charles Bridges.
Vers. 146. A ti clamé. Una oración clamorosa penetra las profundidades del cielo. No leemos una sola palabra que Moisés dijera, pero Dios fue movido por su clamor. Éx 14:15. No significa un ruido estrepitoso, sino gemidos de corazón que se derrite. Sin embargo, a veces las necesidades y angustias punzantes y dolorosas del espíritu arrancan incluso clamores con la voz que no desagradan al oído inclinado de Dios. «Con mi voz clamé a Jehová, y él me respondió desde su monte santo», dice David: Sal 3:4. Y esto anima a una nueva embestida: «Está atento a la voz de mi clamor, Rey mío y Dios mío»: Sal 5:2. «Escucha mi oración, oh Jehová, y escucha mi clamor. No calles ante mis lágrimas»: Sal 39:12. Otra vez hace que la cueva resuene con sus clamores. «Clamé, clamé. Está atento a mi clamor, porque estoy muy abatido.» Samuel Lee (1625-1691), en «The Morning Exercises.»
Vers. 146. A ti clamé; sálvame. En nuestras tribulaciones debemos recurrir a Dios y suplicarle por oración y ruego ayuda y liberación a su debido tiempo, porque él es el autor de nuestra tribulación. En las misericordias y en las aflicciones, nuestro asunto no es con los hombres, sino con Dios; tratando humildemente con él detenemos la ira en la fuente misma: el que nos ata debe soltarnos; él está en el extremo superior de las causas, y quienesquiera que sean los instrumentos de nuestra tribulación, y por malignos que sean, Dios es la parte con quien hemos de hacer la paz; porque tiene la disposición absoluta de todas las criaturas, y quiere que reconozcamos el dominio de su providencia y nuestra dependencia de él. En los tratados de paz entre dos partes en guerra, la petición no se dirige a los soldados rasos, sino a su jefe: «El Señor dio, y el Señor quitó», dice Job; «Si él da tranquilidad, ¿quién inquietará?»: Job 34:29. Thomas Manton.
Vers. 146. Sálvame, y guardaré tus testimonios. Los siervos de Dios consideran la vida misma deseable principalmente por la oportunidad que ofrece de servir a Dios: «Sálvame, para que guarde tus testimonios» es la oración del creyente en el día de aflicción y conflicto. «Para mí el vivir es Cristo», dice, «y el morir es ganancia». ¡Cuán distinto es esto de los impíos! Todo su deseo en el día de aflicción se gasta en el anhelo de escapar de la calamidad; no tienen deseo de ser librados del pecado, ni anhelo de ser conformados a Dios. John Morison.
Vers. 146. Sálvame. De mis pecados, mis corrupciones, mis tentaciones, todos los estorbos que hay en mi camino, para que «guarde tus testimonios». Debemos clamar por salvación, no para tener su comodidad y consuelo, sino para tener ocasión de servir a Dios más alegremente. Matthew Henry.
Vers. 146. Dios nos oye para que nosotros lo oigamos a él. Thomas Manton.
Sugerencias para el predicador
Vers. 146.
- Oración recordada.
- Oración continuada: «Sálvame».
- Oración que da fruto: «Guardaré», etc.
Vers. 146. La salvación.
- Un camino probable hacia ella: la oración; sigue clamando.
- El lugar apropiado para ella: «a ti»; no al hombre, no al corazón.
- Una visión sana de ella: «guardar tus testimonios». No para escapar del infierno ni ganar el cielo, sino para agradar y amar a Dios. W.B.H.
Salmos 119:147
Vers. 147. «Me anticipé al alba, y clamé.» Se levantaba antes que el sol, y comenzaba sus súplicas antes de que el rocío empezara a dejar la hierba. Todo lo que vale la pena hacerse vale la pena hacerlo pronto. Esta es la tercera vez que menciona que clamó. Clamó, y clamó, y volvió a clamar. Sus súplicas se habían hecho tan frecuentes, fervientes e intensas que apenas podría decirse que hiciera otra cosa de la mañana a la noche sino clamar a su Dios. Tan fuerte era su deseo de salvación que no podía descansar en su lecho; tan ansiosamente la buscaba que en el primer momento posible estaba de rodillas.
«Esperé en tu palabra.» La esperanza es un medio muy poderoso para fortalecernos en la oración. ¿Quién oraría si no tuviera esperanza de que Dios lo oiga? ¿Quién no oraría cuando tiene buena esperanza de un feliz resultado a sus súplicas? Su esperanza estaba fijada en la palabra de Dios, y este es un anclaje seguro, porque Dios es veraz y en ningún caso ha retrocedido de su promesa ni alterado lo que ha salido de su boca. El que es diligente en la oración nunca estará desprovisto de esperanza. Observa que, así como el pájaro madrugador atrapa el gusano, así la oración madrugadora pronto se refresca con esperanza.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 147. Me anticipé al alba. Hay que notar el modo de hablar. Dice que se anticipó a la vigilia de la mañana, declarando con ello que vivía, por así decirlo, en lucha con el tiempo, cuidadoso de que no lo sobrepasara. Sabía que el tiempo corre veloz y, al pasar, desgasta al hombre hasta el polvo y la ceniza. Pero David se esforzaba por adelantársele, haciendo algún bien en él, antes de que se escapara a toda prisa. ¡Y este cuidado que David tenía de cada día, ay, cómo puede avergonzar a los que no tienen cuidado de toda una vida! Él temía perder un día; ellos no se preocupan de perder meses y años sin hacer bien en ellos; es más, habiendo gastado las tres edades de su vida en vanidad y libertinaje, apenas consagrarán su vejez decrépita al Señor. William Cowper.
Vers. 147. Me anticipé al alba, etc. Los que hacen de la oración un negocio emplearán en ella gran vigilancia y diligencia. Digo, los que hacen de la oración un negocio; otros que la usan como cumplido y formalidad acostumbrada no serán así afectados; la hacen como cosa de paso, o como una obra de la que bien se podría prescindir, y no la consideran un deber necesario; pero si el corazón de un hombre está en ella, estará temprano a la obra y la seguirá de cerca, mañana y noche: su negocio es mantener comunión con Dios, sus deseos no lo dejarán dormir, y se levanta temprano para invocar a Dios. «Mas yo a ti he clamado, oh Jehová, y de mañana mi oración se presentará delante de ti.» Sal 88:13. Así los buenos hombres interrumpirán incluso su sueño para entregarse a la oración y a invocar el nombre de Dios. Thomas Manton.
Vers. 147. Me anticipé al alba. Cosa penosa es que los rayos del sol naciente te hallen perezoso y avergonzado en tu cama, y que la luz brillante hiera ojos aún cargados con la pereza del sueño. ¿No sabes, oh hombre, que debes a Dios las primicias diarias de tu corazón y de tu voz? Tienes una cosecha diaria, una renta diaria. El Señor Jesús permaneció toda la noche en oración, no porque necesitara su ayuda, sino poniéndote un ejemplo para que lo imitaras. Pasó la noche en oración por ti, para que aprendieras a pedir por ti mismo. Dale, pues, de vuelta lo que pagó por ti. Ambrosio.
Vers. 147. Me anticipé al alba. David era un buen administrador: arriba, temprano en ello; por la noche, tarde en este deber: «A medianoche me levantaba para alabarte»: Sal 119:62. Este fue sin duda su sentido cuando dijo que habitaría en la casa del Señor para siempre; estaría siempre en la casa de oración... Deseo que, cuando abra los ojos por la mañana, abra entonces mi corazón a mi Dios con una oración jaculatoria del alma; que por la noche la oración haga blando mi lecho y suave mi almohada; que de día la oración perfume mis vestidos, endulce mi comida, aceite las ruedas de mi vocación particular, me haga compañía en todas las ocasiones y dore todas mis acciones naturales, civiles y religiosas. Deseo que, después de haber derramado mi oración en el nombre de Cristo, conforme a la voluntad de Dios, habiendo sembrado mi semilla, espere una cosecha, aguardando ansiosamente que brote y creyendo con seguridad que segaré a su tiempo si no desmayo. George Swinnock.
Vers. 147. Me anticipé al alba. Las oraciones tempranas no son perturbadas por los afanes agitados de la vida, y se parecen a la dulce melodía de esas aves que cantan más fuerte y más dulcemente cuando menos oídos hay abiertos para escucharlas. Alma mía, ¿puedes decir que así te has «anticipado al alba» en tus acercamientos a Dios? ¿Te ha levantado de tu sueño el deseo de comunión con el cielo, te ha sacudido la pereza y te ha llevado de rodillas? John Morison.
Vers. 147. Y clamé. Aquí hay una repetición de la misma oración: «Clamé»; es más, de nuevo clamé, y una tercera vez: «Me anticipé al alba, y clamé». Solemos llamar tres veces a una puerta, y luego nos vamos. Nuestro Señor Jesús «oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras» (Mt 26:44): «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa». Así el apóstol Pablo: «Por lo cual tres veces he rogado al Señor que lo quite de mí»: 2 Co 12:8. Así también: «Y se tendió sobre el niño tres veces, y clamó a Jehová, y dijo: Jehová Dios mío, te ruego que hagas volver el alma de este niño a él»: 1 R 17:21. Este, al parecer, era el tiempo en que esperaban una respuesta en casos de peso; y sin embargo no lo limitaré a ese número; porque aquí hemos de reiterar nuestras peticiones por una misma cosa tantas veces como la ocasión lo requiera, hasta que sea concedida. Thomas Manton.
Vers. 147. A los poetas les ha gustado cantar a la mañana como «Madre de los rocíos», «que siembra la tierra de perlas orientales»; y muchos de los santos, levantándose de sus lechos al primer rubor del alba, han hallado que la poesía de la naturaleza es la realidad de la gracia al sentir los rocíos del cielo refrescar su espíritu. Por eso los ejercicios de la mañana han sido siempre caros a las almas iluminadas, saciadas de cielo, y su regla ha sido no ver jamás el rostro del hombre hasta haber visto primero el rostro de Dios. El aliento de la mañana, oloroso a flores, es incienso ofrecido por la tierra a su Creador, y los hombres vivos nunca deben dejar que la tierra muerta los aventaje; los hombres verdaderamente vivos, templando sus corazones para el canto como las aves, saludan la misericordia radiante que se revela en el oriente. La primera hora fresca de cada mañana debe dedicarse al Señor, cuya misericordia la alegra con luz dorada. El ojo del día abre sus párpados, y al hacerlo abre los ojos de multitud de durmientes protegidos por el cielo; es justo que esos ojos se alcen primero al gran Padre de las luces, fuente y origen de todo el bien sobre el cual brilla la luz del sol. Nos hace augurar un día de gracia el comenzar temprano con Dios; la influencia santificadora de la hora pasada en el monte actúa sobre cada hora sucesiva. La devoción de la mañana ancla el alma de modo que no se aleje fácilmente de Dios durante el día; perfuma el corazón de modo que huele fragante a piedad hasta el anochecer; ciñe los vestidos del alma de modo que sea menos propensa a tropezar, y alimenta todas sus fuerzas de modo que no se le permita desfallecer. La mañana es la puerta del día, y debe estar bien guardada con oración. Es uno de los extremos del hilo en que se ensartan las acciones del día, y debe estar bien anudado con devoción. Si sintiéramos más la majestad de la vida, seríamos más cuidadosos de sus mañanas. El que se precipita de su cama a su negocio y no espera para adorar, es tan necio como si no se hubiera puesto la ropa ni lavado el rostro, y tan imprudente como si se lanzara a la batalla sin armas ni armadura. Sea nuestro bañarnos en el río de suave corriente de la comunión con Dios, antes de que el calor del desierto y la carga del camino empiecen a oprimirnos. C.H.S.
Vers. 147. Esperé en tu palabra. Aun si no hubiera disfrute actual, al menos honremos a Dios con el espíritu de expectación. Charles Bridges.
Vers. 147, 148. El estudiante de teología y el ministro de la palabra deben comenzar el día con oración, y esto principalmente para pedir a Dios que entiendan rectamente la palabra de Dios y puedan enseñar a otros. Solomon Gesner. ¡Hermanos, notad esto! C.H.S.
Vers. 147, 148. Vean aquí:
- Que David era madrugador, lo cual quizá contribuyó a su eminencia. No era de los que dicen: «Un poco de sueño».
- Que comenzaba el día con Dios; lo primero que hacía por la mañana, antes de admitir ningún negocio, era orar; cuando su mente estaba más fresca y en el mejor estado. Si nuestros primeros pensamientos de la mañana son de Dios, nos ayudarán a mantenernos en su temor todo el día.
- Que su mente estaba tan llena de Dios y de los cuidados y deleites de su religión que le bastaba un poco de sueño; aun en «las vigilias de la noche», cuando despertaba de su primer sueño, prefería meditar y orar antes que volverse a dormir de nuevo. Estimaba las palabras de la boca de Dios más que su reposo necesario, que podemos echar de menos tan mal como nuestro alimento: Job 23:12.
- Que redimía el tiempo para los ejercicios religiosos; estaba lleno de negocios todo el día, pero eso no excusa a nadie de la devoción secreta; es mejor quitar tiempo al sueño, como hizo David, que no hallar tiempo para la oración. Y este es nuestro consuelo cuando oramos de noche: que nunca podemos llegar a destiempo al trono de la gracia, si podemos tener acceso a él a todas horas. Baal puede estar dormido, pero el Dios de Israel nunca se adormece, ni hay hora en que no se pueda hablar con él. Matthew Henry.
Sugerencias para el predicador
Vers. 147, 148.
- Los compañeros celestiales: la oración y la meditación. Inseparables. De mutua ayuda.
- Sus tiempos favoritos: los tiempos de quietud; la noche; la hora antes del alba.
- Su libro y su lámpara nocturna: «Tu palabra»; «Esperanza». O bien: a) Un gran argumento: «Tu misericordia». ¿Quién podrá igualarla? ¿Quién podrá medirla? ¿Quién podrá estropearla? b) Un suplicante insignificante: «mi voz». ¿Qué puede decir jamás «mi voz» para ir al paso de «tu misericordia»? Pedir demasiado está fuera de cuestión. c) Una petición hábil («conforme a tu juicio»); que pide vida; robada de la boca de Dios. La misericordia de Dios es igualada por la propia promesa de Dios.
W. B. H.
Vers. 147. Observa en esto la diligencia de David. 1) Que era una oración personal, de aposento o secreta: «Clamé»; yo solo, contigo en secreto. 2) Que era una oración de madrugada: «Me anticipé al alba». 3) Que era una oración vehemente y ferviente; pues se expresa clamando. T. Manton.
Vers. 147. Se recomienda el levantarse temprano. 1) Tiempo propicio para la oración. 2) Para leer la palabra. 3) Para dar cauce a las emociones que ella suscita: «Esperé en tu palabra».
Salmos 119:148
Vers. 148. «Se anticiparon mis ojos a las vigilias de la noche.» O mejor, a las vigilias. Antes de que el vigía cantara la hora, él estaba clamando a Dios. No necesitaba que le informaran de cómo volaban las horas, pues a cada hora su corazón volaba hacia el cielo. Comenzaba el día con oración, y continuaba en oración durante las vigilias del día y las vigilias de la noche. Los soldados cambiaban la guardia, pero David no cambiaba su santa ocupación. Especialmente, sin embargo, de noche mantenía abiertos los ojos y ahuyentaba el sueño, para mantener comunión con su Dios. Adoraba de vigilia en vigilia como los viajeros caminan de etapa en etapa.
«Para meditar en tu palabra.» Esta se había vuelto para él comida y bebida. La meditación era el alimento de su esperanza y el solaz de su dolor: el único tema por el que corrían sus pensamientos era aquella bendita «palabra» que menciona continuamente y en la cual se regocija su corazón. Prefería el estudio al sueño; y aprendió a renunciar a su sueño necesario por una devoción mucho más necesaria. Es instructivo hallar la meditación tan constantemente unida a la oración fervorosa: es el combustible que sostiene la llama. ¡Qué artículo tan raro es hoy!
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 148. Se anticiparon mis ojos a las vigilias de la noche, para meditar en tu palabra. Todos admitiréis que este es el lenguaje de un estudiante ardiente, serio y laborioso. David se presenta a sí mismo «madrugando y reposando tarde», con el propósito de emplearse en el estudio de la palabra de Dios. «Medita en esta palabra»: la expresión implica pensamiento atento y paciente; como si hubiera mucho en la palabra que no se descubre con una mirada superficial, y que exigía la más estricta aplicación tanto de la cabeza como del corazón.
La Biblia es un libro en el que podemos meditar continuamente y sin embargo no agotar su contenido. Cuando David se expresó en el lenguaje de nuestro texto, la Santa Escritura, la palabra de Dios, era por supuesto un volumen mucho menor que ahora, aunque, aun ahora, la Biblia está lejos de ser un libro grande. Sin embargo, David no podía, por así decirlo, llegar al fin del libro. Pudo haber estado estudiando el libro durante años, es más, estamos seguros de que así había sido, y sin embargo, como si estuviera entrando en un nuevo curso de lectura, con volumen tras volumen que recorrer, debe levantarse antes del día para proseguir el estudio. «Se anticiparon mis ojos a las vigilias de la noche, para meditar en tu palabra.»
Puede hacerse la misma observación sobre los preceptos que ordenan el estudio continuo de la Biblia. ¿Hay material para ese estudio? Si no lo hay, los preceptos quedarán fuera de lugar; el estudiante de la Escritura habrá agotado las Escrituras; ¿y qué hará entonces? Ya no podrá obedecer los preceptos, y los preceptos demostrarán que no pueden haber sido hechos para la perpetuidad, para los hombres de todas las edades y condiciones...
Aquí hay un siervo de Dios que, desde su juventud, ha sido diligente en el estudio de la Biblia. Año tras año ha dedicado a ese estudio, y sin embargo la Biblia es un solo volumen, y no un volumen grande. «Bien, entonces», podríais inclinaros a decir, «¡el estudio habrá agotado ya el libro! No puede haber nada nuevo que él saque a la luz; nada que no haya investigado y sondeado». ¡Ah, cuánto os equivocáis acerca de la Biblia! ¡Qué libro mucho mayor debe de ser de lo que parece! En lugar de haberlo agotado, el estudiante real habla como si tuviera ante sí más trabajo del que sabe cómo abarcar. «Se anticiparon mis ojos a las vigilias de la noche, para meditar en tu palabra.» Henry Melvill.
Vers. 148. «Se anticiparon mis ojos a las vigilias de la noche.» La palabra hebrea significa una guardia, una parte de la noche, así llamada por las guardias militares, o una división de la noche para montar vigilancia. La idea del salmista aquí es que se anticipaba a estas divisiones regulares de la noche para entregarse a la devoción. En lugar de esperar su regreso, se levantaba a orar antes de que volvieran; tanto se deleitaba su corazón en el servicio de Dios. El lenguaje parece ser el de alguien acostumbrado a orar en estas sucesivas «vigilias» de la noche: la primera, la media y la del alba. Esto puede ilustrar lo que ocurre en la vida de todos los que aman a Dios. Tendrán tiempos regulares de devoción, pero a menudo se anticiparán a esos tiempos. Estarán en un estado de ánimo que los impulsa a orar; en que nada satisfará su estado de ánimo sino la oración; y en que no pueden esperar la hora regular y ordinaria de devoción; como un hombre hambriento, que no puede esperar la hora usual y regular de sus comidas. El sentido de la frase «se anticiparon mis ojos» es que despertó antes de la hora usual de la devoción. Albert Barnes.
Vers. 148. Se anticiparon mis ojos a las vigilias de la noche, etc. Su propósito anterior continúa aún, declarando su incansable perseverancia en la oración. ¡Oh, si pudiéramos aprender de él a usar bien nuestro tiempo! Por la tarde se acostaba con oraciones y lágrimas; a la medianoche se levantaba para dar gracias; se levantaba antes de la luz de la mañana para invocar al Señor. Esto es imitar la vida de los ángeles, que siempre se deleitan en contemplar el rostro de Dios, cantando siempre un cántico nuevo sin cansarse. Esto es comenzar nuestro cielo en la tierra: ¡Oh, si pudiéramos recordarlo siempre! William Cowper.
Vers. 148. Vigilias de la noche. Los judíos, como los griegos y los romanos, dividían la noche en guardias militares en lugar de horas, representando cada guardia el período durante el cual los centinelas o piquetes permanecían de servicio. El cómputo judío propiamente dicho reconocía solo tres de tales guardias, llamadas la primera, «el comienzo de las vigilias» (Lm 2:19), «la guardia de en medio» (Jue 7:19) y «la guardia de la mañana» (Éx 14:24; 1 S 11:11). Estas duraban, respectivamente, de la puesta del sol hasta las 10 de la noche; de las 10 de la noche hasta las 2 de la madrugada; y de las 2 de la madrugada hasta la salida del sol. Lightfoot ha sostenido que los judíos en realidad contaban cuatro guardias, tres de las cuales eran en lo profundo de la noche, siendo la cuarta por la mañana. Esto, sin embargo, se hace improbable por el uso del término «de en medio», y se opone a la autoridad rabínica. Después del establecimiento de la supremacía romana, el número de guardias se aumentó a cuatro, que se describían o por su orden numérico, como en el caso de «la cuarta vigilia» (Mt 14:25), o por los términos «a la medianoche, al canto del gallo y a la mañana» (Mr 13:35). Estas terminaban a las 9 de la noche, a la medianoche, a las 3 de la madrugada y a las 6 de la mañana. De acuerdo con esto, la guardia de soldados se dividía en cuatro relevos (Hch 12:4), lo cual muestra que el régimen romano se seguía en el ejército de Herodes. Los vigilantes parecen haber patrullado las calles de las ciudades judías (Cnt 3:3; 5:7; Sal 127:1, donde en lugar de «hace» habría que poner «vigila»); Sal 130:6. William Latham Bevan, en el «Dictionary of the Bible» de Smith, 1863.
Sugerencias para el predicador
Vers. 148. La inagotabilidad de la Biblia. Un sermón de Henry Melvill en «The Golden Lecture», 1850.
Vers. 148. La meditación. Tiempo apropiado y tema fructífero.
Vers. 148. La meditación en la palabra, bien digna de abnegación y cuidado por parte del cristiano.
- Sin meditación, leer es una pérdida de tiempo y una indignidad hecha a la palabra.
- La meditación con oración, pero no la oración sin meditación, descubrirá el sentido de la palabra cuando fallan todos los demás medios; y tiene esta ventaja: que el significado se hunde en la mente.
- La meditación extrae dulzura de las promesas y alimento de toda la verdad.
- La meditación hace un maestro sabio y un obrero eficaz de quien tiene poca habilidad o saber natural.
- La meditación somete el alma al poder santificador de la palabra.
- La meditación es una invitación al Espíritu Santo para bendecir el alma, pues él está estrechamente asociado con la verdad y se deleita en ver honrada la verdad. J.F.
Salmos 119:149
Vers. 149. «Oye mi voz conforme a tu misericordia.» A los hombres les resulta muy útil usar su voz en la oración; es difícil mantener mucho tiempo la intensidad de la devoción a menos que nos oigamos hablar; por eso David al fin rompió su silencio, se levantó de sus quietas meditaciones y empezó a clamar con la voz y con el corazón al Señor su Dios. Nota que no alega sus propios merecimientos, ni por un momento apela al pago de una deuda por causa de mérito; toma el camino de la gracia gratuita y lo dice así: «conforme a tu misericordia». Cuando Dios oye la oración conforme a su misericordia, pasa por alto todas las imperfecciones de la oración, olvida la pecaminosidad del que ora y, en amor compasivo, concede el deseo aunque el suplicante sea indigno. Es conforme a la misericordia de Dios responder pronto, responder con frecuencia, responder abundantemente, sí, sobreabundantemente, más de todo lo que pedimos o aun pensamos. «Misericordia» es una de las palabras más dulces de nuestro idioma. La bondad tiene mucho que es sumamente precioso, pero la bondad amorosa es doblemente querida; es la crema de la bondad.
«Jehová, vivifícame conforme a tus juicios.» Esta es otra de las oraciones sabias y ardientes de David. Primero clamó: «Sálvame»; luego: «Respóndeme»; y ahora: «Vivifícame». Este es a menudo el mejor modo de librarnos de la tribulación: darnos más vida para que escapemos de la muerte; y añadir más fuerza a esa vida para que no seamos sobrecargados con sus cargas. Observa que pide recibir vivificación conforme al juicio de Dios, es decir, de un modo que sea coherente con la infinita sabiduría y prudencia. Los métodos de Dios para comunicar mayor vigor a nuestra vida espiritual son sumamente sabios; probablemente sería en vano que intentáramos entenderlos; y será sabiduría nuestra desear recibir la gracia no conforme a nuestra noción de cómo debería venir a nosotros, sino conforme al método celestial de Dios para otorgarla. Es su prerrogativa dar vida así como matar, y ese acto soberano se deja mejor a su juicio infalible. ¿No nos ha dado ya que tengamos vida cada vez más abundantemente? «La cual hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia.»
Sugerencias para el predicador
Vers. 149. La oración oída, resultado del amor; la oración respondida, regida por la sabiduría.
Vers. 149. La vivificación.
- Una oración de necesidad incuestionable: «vivifícame».
- Dos argumentos gemelos de poder irresistible: «tu misericordia»; «tus juicios». C.A.D.
Vers. 149. Los dos «conforme».
- El «conforme» según el cual un creyente espera ser oído por Dios: «Oye mi voz conforme a tu misericordia».
(a) El creyente es plenamente consciente de su propia indignidad y de las imperfecciones de sus oraciones; por eso quiere que Dios lo acepte y las interprete según la regla de su propia misericordia.
(b) Y no espera en vano; la misericordia de Dios pasa por alto las imperfecciones y suple las omisiones.
(c) ¡Qué cosa bendita es que, mientras el Espíritu Santo ayuda nuestras debilidades, los gemidos indecibles sean leídos en su verdadero sentido por la misericordia divina!
- El «conforme» según el cual espera ser respondido por Dios: «Vivifícame conforme a tus juicios». «Juicio» aquí puede significar la palabra revelada. Entonces:
(a) Espera ser respondido con certeza.
(b) Espera ser respondido con sabiduría.
(c) Espera ser respondido plenamente, como todas sus necesidades requieren.
(d) Espera que cada respuesta vivifique la vida espiritual, haciéndolo santo.
J.F.
Salmos 119:150
Vers. 150. «Se acercan a la maldad los que me persiguen.» Podía oír sus pisadas muy cerca, a su espalda. No lo siguen para su bien, sino para su daño, y por eso el sonido de su aproximación es temible. No persiguen un buen objetivo, sino que persiguen a un buen hombre. Como si no tuvieran bastante maldad en su propio corazón, andan a la caza de más. Él los ve correr a campo traviesa, saltando setos y zanjas, para causarle mal, y se los señala a Dios, y ruega al Señor que ponga sus ojos en ellos y los trate para su confusión. Ya estaban sobre él, y casi lo tenían en sus garras, y por eso clama con tanto mayor fervor.
«Se alejan de tu ley.» Una vida malvada no puede ser obediente. Antes de poder convertirse en perseguidores de David, estos hombres tuvieron que apartarse de los frenos de la ley de Dios. No podían odiar a un santo y amar a la vez la ley. Los que guardan la ley de Dios no se hacen daño ni a sí mismos ni a otros. El pecado es el mayor mal del mundo. David se lo menciona al Señor en oración, hallando cierto consuelo en que quienes lo aborrecían aborrecían también a Dios, y que les era preciso alejarse de Dios para quedar libres de representar contra él su cruel papel. Cuando sabemos que nuestros enemigos son enemigos de Dios, y nuestros porque son suyos, bien podemos consolarnos.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 150. «Se alejan de tu ley.» En verdad, debería alentar mucho a todos los piadosos recordar que quienes son sus enemigos lo son también de Dios. Puesto que están lejos de la obediencia a la ley de Dios, ¿qué extraño es que estén también lejos del deber de amor que nos deben? Puede contentarnos carecer de ese consuelo en los hombres, que de otro modo podríamos tener y querríamos tener, cuando consideramos que Dios carece de su gloria en ellos. Que nos sostenga ver que los hombres impíos son enemigos nuestros. William Cowper.
Vers. 150. Si logramos encontrar una almohada y un cojín carnales bajo nuestra cabeza, dormimos y soñamos muchos sueños dorados de comodidad y seguridad. Ahora bien, Dios, que es celoso de nuestra confianza, no nos dejará en paz, y por eso nos pondrá en duras pruebas. Antes vivíamos no de la fe, sino del sentido; la fe se ve cuando podemos confiar en Dios al «acercarse los que siguen la maldad»: «No temeré a diez millares de gente, que pusieren sitio contra mí» (Sal 3:6). Un peligro lejano es solo imaginado; obra de otro modo cuando está al alcance de la mano. Cristo mismo tuvo otros pensamientos ante el peligro que se aproximaba que ante el peligro lejano: «Ahora está turbada mi alma» (Jn 12:27). Este vaso de agua pura se enturbió, aunque no se le descubría ninguna escoria. Thomas Manton.
Vers. 150-151. Nuestros enemigos espirituales, como los perseguidores terrenales de David, están siempre presentes y activos. El «león» devorador, o la «serpiente» insinuante, está «cerca para seguir la maldad»; y tanto más peligroso cuanto que sus acercamientos son invisibles. Cerca está también un mundo tentador y engañoso; y más cerca aún, un mundo de pecado que acecha dentro de nosotros y nos separa de la comunión con nuestro Dios. Pero si nos volvemos habitual e inmediatamente a nuestra fortaleza, podemos gozar de la confianza: «Cercano estás tú, oh Jehová». Aunque seas «el Alto y Sublime, cuyo nombre es el Santo», aunque seas el Dios justo y terrible, te has hecho cercano a tu pueblo, y ellos a ti, «por la sangre de la cruz». Y te manifiestas a ellos en «el Hijo de tu amor». Charles Bridges.
Vers. 150-151. Ellos están «cerca» para perseguirme y destruirme; tú estás cerca, oh Señor, para ayudarme. J. J. Stewart Perowne.
Vers. 150-151. «Se acercan… Cercano estás tú.» De la meditación sobre la malicia de sus enemigos vuelve de nuevo a meditar en la misericordia de Dios; y así nos conviene hacer a nosotros, no sea que el número, la grandeza y la maldad de nuestros enemigos nos hagan desfallecer cuando los miramos. Es bueno que alcemos los ojos al Señor; entonces veremos que ellos no están tan cerca para dañarnos como el Señor nuestro Dios está cerca para ayudarnos; y que no hay en ellos mal alguno que tengamos motivo de temer, sino que hallaremos en nuestro Dios un bien contrario suficiente para preservarnos. De otro modo no podríamos resistir, si cuando Satanás y sus instrumentos se acercan para perseguirnos, el Señor no estuviera cerca para protegernos. William Cowper.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 150-151. Contra los que hacen el mal.
- Se acercan tanto como pueden para dañarnos.
- Se alejan de lo recto para tener más libertad de perjudicarnos.
- El Señor está más cerca que ellos.
- La verdad de Dios es nuestro escudo y nuestra espada.
Vers. 150-151. Enemigos cerca: el Amigo, más cerca.
- El creyente que contempla con alarma el acercarse de sus enemigos: «Se acercan».
- El creyente que recuerda con consuelo la presencia de su Amigo: «Cercano estás tú»: Gn 15:1; 2 R 6:14-17. C. A. D.
Vers. 150-151. Dos huestes que asedian.
- La hueste del mal: CERCA
(a) Demonios, hombres impíos, enemigos espirituales del mundo y del corazón.
(b) La maldad a la vanguardia.
(c) La ley y la verdad dejadas muy atrás.
(d) Tratando de estrechar sus líneas.
(e) Así son asediados todos los santos.
- La hueste de Dios: MÁS CERCA. Jehová, sus ángeles y batallones de verdades santas e inmortales: «Tú y todos tus mandamientos».
(a) Atrincherada en la razón: «son verdad».
(b) Acampada en el pabellón del corazón: «cerca».
(c) Formando líneas inexpugnables dentro de las del enemigo.
W. B. H.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 150. Considera:
- Si la descripción que aquí se da no se aplica, más o menos, a todos los incrédulos de Cristo: «Los que siguen la maldad».
(a) Algunos hombres, sin duda y con propósito deliberado, siguen la maldad; se hacen tentadores de otros, y se deleitan en ello.
(b) Otros, que no se deleitan en ello, no pueden sin embargo evitar el efecto dañino de su ejemplo.
(c) La misma moralidad de muchos incrédulos les permite llevar la influencia perniciosa de su incredulidad adonde los inmoralmente malvados no pueden llegar.
(d) Aun los asistentes regulares al culto público pueden, con su indecisión, animar a otros a demorarse.
- La peligrosa posición de todos aquellos a quienes la descripción se aplica en alguna medida: «Se alejan de tu ley».
(a) Lo están, porque son incrédulos; pues «este es su mandamiento: Que creamos», etc.
(b) Lo están, porque son causa de mal para otros; pues se nos manda amar y hacer el bien.
(c) Estar lejos de la ley de Dios es estar cerca de la justa ira de Dios.
(d) Por el bien de otros, así como por el suyo propio, los hombres deben creer en Cristo y, por la fe, llegar a ser santificados.
J. F.
Salmos 119:151
Vers. 151. «Cercano estás tú, oh Jehová.» Por cerca que estuviera el enemigo, Dios estaba más cerca: este es uno de los más selectos consuelos del hijo de Dios perseguido. El Señor está cerca para oír nuestros clamores y prestarnos pronto socorro. Está cerca para ahuyentar a nuestros enemigos y darnos descanso y paz.
«Y todos tus mandamientos son verdad.» Dios ni manda una mentira ni miente en sus mandamientos. La virtud es verdad en acción, y esto es lo que Dios manda. El pecado es falsedad en acción, y esto es lo que Dios prohíbe. Si todos los mandamientos de Dios son verdad, el hombre verdadero se alegrará de mantenerse cerca de ellos, y en ellos hallará cerca de sí al Dios verdadero. Esta frase será la protección del perseguido contra los corazones falsos que procuran hacerle mal: Dios está cerca y Dios es veraz, por lo tanto su pueblo está seguro. Si alguna vez caemos en peligro por guardar los mandamientos de Dios, no hemos de suponer que hayamos obrado imprudentemente; al contrario, podemos estar bien seguros de que vamos por el camino recto, pues los preceptos de Dios son rectos y verdaderos. Por esta misma razón nos atacan los impíos: aborrecen la verdad, y por eso aborrecen a los que hacen la verdad. Su oposición puede ser nuestro consuelo, mientras que la presencia de Dios de nuestro lado es nuestra gloria y deleite.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 151. «Cercano estás tú, oh Jehová.» ¡Cuán dulcemente, y cuántas veces, ha llegado este pensamiento a algún abandonado y olvidado! «Aunque mi padre y mi madre me dejen, con todo, Jehová me recogerá», fue el consuelo de uno en esa honda aflicción. Y en el primer estallido del corazón, ¡cuán dulcemente ha venido la convicción, como un susurro de paz: «Yo estoy contigo»! Y no dudo de que muchas y muchas veces, en esas horas de oración solitaria, cuando antes del alba, y antes de las vigilias de la noche, o el salmista se levantaba a medianoche para conversar con Dios, cuando ninguna voz rompía el silencio y todo sonido callaba salvo el latido de su propio corazón, entonces David oyó el susurro del Espíritu Santo de Dios: «Estoy cerca», «No temas, yo estoy contigo». Barton Bouchier.
Vers. 151. «Cercano estás tú, oh Jehová.» Esta fue una vez la mayor bendición del hombre y la fuente de su más dulce consuelo. Era la flor más hermosa que crecía en el paraíso; pero el pecado la marchitó, la flor se desvaneció, se inclinó, murió. Gn 3:8; 4:16. Así ha de ser una vez más: la flor debe volver a florecer, debe reavivarse de nuevo; aun en la tierra debe brotar, o en el cielo nunca exhalará su fragancia.
Cercano estás. Aun en tus obras de «creación», en el sol en su gloria, en la luna en su suavidad, resplandeciendo en el firmamento, te veo. En el bálsamo de este aire fragante, en la luz de este alegre día, en el aroma de estos arbustos que me rodean, cuyas copas floridas, al beber la suave y delicada lluvia que cae, parecen exhalar un perfume fresco en gratitud a quien la envía. En la melodía de estas aves que llenan el aire con sus cantos, tú, oh Señor, estás cerca. No te percibo con mis ojos corporales, aunque con ellos distingo tu obra, y con el ojo de la mente te contemplo en tus obras, un Dios presente.
Cercano estás. Aun en el libro de tu providencia, por oscuro y misterioso que sea, te veo. Allí leo tu sabiduría, desplegada en tu mundo, tu iglesia, tus santos, tu siervo ante ti; la sabiduría que guía, la sabiduría que guarda, la sabiduría que concede, la sabiduría que anima, la sabiduría que corrige, que mata y hace vivir. Allí leo tu poder, tu justicia, tu fidelidad, tu santidad, tu amor.
Pero es en tu Hijo, tu Hijo amado, donde más clara y distintamente te veo cercano. Si en la creación, si en la providencia, estás cerca, en él estás muy cerca, oh Señor. Cerca como Dios que perdona el pecado. Ro 8:1. Cerca como Dios que cumple sus promesas. 2 Co 1:20. Cerca como Dios que oye la oración. Jn 16:20; Sal 145:18. Cerca como Dios que guarda su pacto. He 8:10. Cerca como Padre misericordioso y tierno. Jn 20:17.
Cercano estás tú, oh Jehová. ¡Oh, si pudiera vivir en el sentido constante de tu cercanía a mí! ¡Cuán a menudo, demasiado a menudo, ay, parezco olvidarla por completo!
¿Estás cerca? Entonces pueda yo recordar con plena conciencia que por la sangre de tu amado Hijo, y solo por ella, he sido hecho cercano (Ef 2:13); que se requirió nada menos que el abajamiento de la Deidad, y los sufrimientos y la muerte de su perfecta humanidad, para quitar los obstáculos que se interponían entre un Dios santo y una criatura impía. ¡Oh, andar delante de ti con un espíritu agradecido y con un corazón quebrantado y contrito!
¿Estás cerca? Entonces pueda yo andar como delante de ti, como viéndote, en santo temor, en amor filial, en fe sencilla, en confianza de niño. Gn 17:1. Cuando el pecado quiera tentar y solicitar complacencia, cuando el mundo presente algún nuevo atractivo, cuando Satanás quiera aprovecharse del temperamento, de la compañía, de las circunstancias, ¡oh, que yo recuerde siempre: «Cercano estás tú»!
Si mis más queridos consuelos se marchitan y mueren, si los amigos se enfrían, si los lazos antes más firmes, más estrechos, más tiernos, son desgarrados y rotos, que aún recuerde: «Cercano estás tú, oh Jehová», y no lejos. Y cuando llegue el momento solemne, cuando el corazón y la carne desfallezcan, cuando todas las cosas terrenales se vean con ojos moribundos, cuando te oiga decir: «Morirás, y no vivirás», entonces, oh, entonces pueda yo recordar, con toda la serenidad de la fe, y toda la viveza de la esperanza, y todo el ardor del amor: «Cercano estás tú, oh Jehová». James Harington Evans, 1785-1849.
Vers. 151. «Todos tus mandamientos son verdad.» Su significado es: Aunque, oh Señor, la mala voluntad de los hombres impíos me sigue porque yo te sigo a ti, sé con todo que tus mandamientos son verdaderos, y que no es posible que abandones o falles a tus siervos que se mantienen en defensa de tu palabra. Veis, pues, que el consuelo de David en la aflicción no estaba en ninguna presuntuosa idea de su propia sabiduría o fuerza, sino en la verdad de las promesas de Dios, que estaba persuadido de que no le podían fallar. Y aquí establece también una secreta oposición entre la palabra del Señor y la palabra de sus enemigos. A veces los hombres mandan, pero sin razón; a veces amenazan, pero sin efecto. Pueden probarlo los mandatos de Herodes, las injurias de Rabsaces, la altiva jactancia de Jezabel contra Elías. Pero el Señor nuestro Dios es siempre mejor que su palabra, y sus siervos hallarán más en su cumplimiento después de lo que ahora pueden percibir en su promesa; así como sus enemigos hallarán más peso en sus juicios del que ahora pueden captar en sus amenazas. William Cowper.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 151 (última parte). Los mandamientos del Señor son verdaderos en principio; conducen a una vida verdadera, si se cumplen; recompensan verdaderamente al obediente; nunca llevan a la falsedad ni hacen caer en engaño.
Salmos 119:152
Vers. 152. «Hace ya mucho que he entendido tus testimonios, que para siempre los has establecido.» David descubrió hace mucho que Dios los había fundado desde antiguo, y que permanecerían firmes por todas las edades. Es cosa muy bendita ser tan temprano enseñado por Dios que conozcamos doctrinas sustanciales desde nuestra juventud. Quienes piensan que David era un hombre joven cuando escribió este salmo hallarán bastante difícil conciliar este versículo con su teoría; es mucho más probable que ya hubiera encanecido y mirara hacia atrás, a lo que había conocido mucho antes. Supo desde el principio mismo que las doctrinas de la palabra de Dios estaban establecidas antes de que el mundo fuese, que nunca habían cambiado y que nunca podrían cambiar en modo alguno. Había comenzado edificando sobre una roca, al ver que los testimonios de Dios eran «fundados», es decir, cimentados, puestos como fundamentos, asentados y establecidos; y esto con vistas a todas las edades por venir, durante todos los cambios que habrían de sobrevenir. Porque David sabía esto tenía tal confianza en la oración y era tan insistente en ella. Es dulce invocar promesas inmutables ante un Dios inmutable. Por esto aprendió David a esperar: de un amigo mudable no se puede esperar mucho, pero se puede confiar bien en un Dios que no puede cambiar. Por esto se deleitaba en estar cerca del Señor, pues es cosa bendita mantener estrecho trato con un Amigo que nunca varía. Que quienes quieran vayan a la zaga de la escuela moderna y aguarden una luz nueva que haga quedar mal a la luz antigua; nosotros nos contentamos con la verdad, tan vieja como los collados y tan fija como los grandes montes. Que los «intelectos cultivados» inventen otro dios, más suave y afeminado que el Dios de Abraham; nosotros nos contentamos con adorar a Jehová, que es eternamente el mismo. Las cosas eternamente establecidas son el gozo de los santos establecidos. Las burbujas agradan a los muchachos, pero los hombres aprecian las cosas sólidas y sustanciales, con un fundamento y un fondo que resistirán la prueba de las edades.
En esta sección el salmista parece acercarse aún más a Dios en oración, y exponer su caso e invocar la ayuda divina con más osadía y expectación. Es un pasaje de súplica, y su palabra clave es «Mira». Con mucha osadía alega su íntima unión con la causa del Señor como razón para ser socorrido. La ayuda especial que busca es ser personalmente vivificado, por lo cual clama al Señor una y otra vez.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 152. Esta porción de nuestro salmo termina con el triunfo de la fe sobre todos los peligros y tentaciones. «Hace ya mucho que he entendido tus testimonios», las revelaciones de tu voluntad, tus consejos para la salvación de tus siervos, «hace ya mucho», por la fe, y por mi propia experiencia, así como la de otros, «que para siempre los has establecido»; son inalterables y eternos como los atributos de su gran Autor, y nunca pueden faltar a quienes confían en ellos, en el tiempo o en la eternidad. George Horne.
Vers. 152. «Hace ya mucho que he entendido.» No era una persuasión reciente, ni algo que ahora hubiera de aprender; lo supo siempre desde que supo algo de Dios: que Dios había reconocido su palabra como regla constante de su trato con las criaturas, pues Dios le había cumplido tantas veces su palabra, no solo con experiencias presentes y recientes, sino con experiencias antiguas y remotas. Pues bien, la persuasión de David acerca de la verdad e inmutabilidad de la palabra no era un capricho repentino, ni un arrebato presente, ni una persuasión de pocos días; estaba confirmado en ella por larga experiencia. Una o dos experiencias no habrían sido prueba de la verdad de la palabra, podrían parecer solo un buen acierto; pero su palabra resulta siempre verdadera, no una o dos veces, sino siempre; lo que decimos «desde antiguo», la Septuaginta lo lee kat’ archás, «desde los principios»; es decir, o bien:
- Desde mi tierna edad. Timoteo conoció las Escrituras desde la niñez (2 Ti 3:15); así David, muy joven, conoció a Dios y su verdad.
- O bien, desde la primera vez que empezó a tomar las cosas en serio, o a atender a la palabra de veras, o a ser estudiante de la palabra o de las obras de Dios, comparando providencias y promesas, descubrió acerca de sus testimonios que «Dios los había fundado para siempre».
- Por último, «desde antiguo» puede ser lo que he oído de todas las edades pasadas, su experiencia además de la mía: «En ti esperaron nuestros padres; esperaron, y tú los libraste. Clamaron a ti, y fueron librados; confiaron en ti, y no fueron avergonzados» (Sal 22:4-5). Thomas Manton.
Vers. 152. Notemos este fundamento eterno de «los testimonios de Dios». Todo el plan de redención fue enfáticamente «fundado para siempre»: el Salvador fue «ya destinado desde antes de la fundación del mundo». El pueblo de Dios fue «escogido en Cristo antes de la fundación del mundo». El gran Autor «anuncia lo por venir desde el principio», y así libra sus dispensaciones de toda acusación de mutabilidad o contingencia. Todo acontecimiento en la iglesia está fijado, permitido y provisto no en el momento pasajero del tiempo, sino en los consejos de la eternidad. Cuando, pues, los testimonios exponen los fieles compromisos de Dios con su pueblo de antaño, el recuerdo de que están «fundados para siempre» nos da un interés presente e inmutable en ellos. Y cuando vemos que descansan sobre el juramento y la promesa de Dios, las dos «cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta», podemos en verdad tener «fortísimo consuelo» al aventurar toda esperanza de eternidad sobre esta roca; ni necesitamos desmayar al ver pasar ante nosotros todas nuestras dependencias terrenales, «el mundo, y sus deseos, y su apariencia». Charles Bridges.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 152. Conocimiento de la palabra.
- Conviene conocerla como palabra del propio Dios.
- Como fundada en la verdad.
- Como fundada para siempre.
- Cuanto antes lo sepamos, mejor.
Salmos 119:153
Vers. 153. «Mira mi aflicción, y líbrame.» El escritor tiene una buena causa, aunque penosa, y está dispuesto, más aún, ansioso, de someterla al arbitraje divino. Sus asuntos son rectos y está dispuesto a exponerlos ante el tribunal supremo. Su actitud es la de quien se siente seguro ante el trono. Con todo, no hay impaciencia: no pide una acción apresurada, sino consideración. En efecto, clama: «Examina mi dolor, y mira si no necesito ser librado. Por mi condición lastimosa juzga cuál es el método y el tiempo propios para mi rescate». El salmista desea dos cosas, y las dos mezcladas: primero, una plena consideración de su dolor; segundo, liberación; y luego, que esta liberación venga con una consideración de su aflicción. Debería ser el deseo de todo hombre piadoso que está en adversidad que el Señor mire su necesidad y la alivie del modo que más redunde en la gloria divina y en su propio provecho. Las palabras «mi aflicción» son pintorescas; parecen deslindar un rincón especial de dolor como la heredad propia del escritor: la posee como nadie la ha poseído jamás, y ruega al Señor que tenga ese rincón especial bajo su vista; como un labrador que, al mirar todos sus campos, puede aun así cuidar doblemente cierta parcela escogida. Su oración es eminentemente práctica, pues busca ser librado; es decir, sacado del problema y preservado de sufrir daño serio por él. Que Dios considere es obrar a su debido tiempo: los hombres consideran y no hacen nada; pero este nunca es el caso de nuestro Dios.
«Porque no me he olvidado de tu ley.» Su aflicción, con toda su amargura, no bastó para expulsar de su mente la memoria de la ley de Dios; ni pudo llevarlo a obrar contra el mandamiento divino. Olvidó la prosperidad, pero no olvidó la obediencia. Es un buen argumento cuando se puede alegar honradamente. Si se nos mantiene fieles a la ley de Dios, podemos estar seguros de que Dios permanecerá fiel a su promesa. Si no olvidamos su ley, el Señor no nos olvidará. No dejará mucho tiempo en la angustia al hombre cuyo único temor en la angustia es dejar el camino recto.
Vers. 153. «Mira mi aflicción, y líbrame.» Dios mira o considera al hombre de varios modos y con distintos fines. Para darle luz; pues «al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento» (Jn 9:1). Para convertirlo: «Vio a un hombre llamado Mateo, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme» (Mt 9:9). Para restaurarlo: «Y volviéndose el Señor, miró a Pedro» (Lc 22:61). Para librarlo: «Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto» (Éx 3:7). Para elevarlo: «Ha mirado la bajeza de su sierva» (Lc 1:48); y para recompensarlo: «Miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda» (Gn 4:4). Hugo de San Víctor (1098-1141), en Neale y Littledale.
Vers. 153. «Mira mi aflicción, y líbrame.» Hemos de orar para que Dios nos ayude y nos libre, no según la ocurrencia de nuestro propio cerebro, sino del modo que parezca mejor a su tierna sabiduría, o bien para que mitigue nuestro dolor, a fin de que nuestra flaqueza no desfallezca del todo. Como un enfermo que, aunque no duda en nada de la fidelidad y ternura de su médico, desea con todo que le trate la herida con la mayor suavidad posible, así podemos invocar a Dios para que, si no va contra su honra y gloria, se digne darnos algún alivio del dolor. Otto Wermuellerus.
Vers. 153. «Mira mi aflicción.» Estas oraciones de David están redactadas con tal sabiduría celestial que convienen al estado de toda la iglesia y de cada uno de sus miembros. La iglesia es la zarza que arde con fuego y no se consume; cada miembro suyo lleva una parte de la cruz de Cristo; nunca están sin alguna aflicción, por la cual necesitan orar con David: «Mira mi aflicción».
Sabemos que en las aflicciones es algún consuelo que nuestras cruces sean conocidas de aquellos de quienes estamos seguros que nos aman: mitiga nuestro dolor que lloren con nosotros, aunque no puedan ayudarnos. Pero el cristiano tiene un consuelo más sólido; a saber, que en todas sus angustias el Señor lo contempla; como un rey que se goza en ver a su propio siervo luchar con el enemigo. Mira con ojo misericordioso, compadeciéndose de la flaqueza de los suyos cuando la ve; y con mano poderosa, dispuesta a ayudarlos. Pero como muchas veces la nube de nuestra corrupción se interpone entre el Señor y nosotros, y no nos deja ver su mano que ayuda, ni su rostro amoroso que nos mira, necesitamos orar en tales ocasiones con David: «Mira mi aflicción». William Cowper.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Versículos 153-160. Se pide la consideración divina. «Mira mi aflicción» (v. 153); mi causa (v. 154); «por tus misericordias» (v. 156). Considera a mis perseguidores (vv. 157-158), y mi amor por tus mandamientos (v. 160), y obra en consecuencia.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 153-159. Los dos «mira». Los temas, las oraciones, los argumentos.
Vers. 153-154. Aquí:
- David ora pidiendo socorro en la angustia. «¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración»; que ore como David lo hace aquí.
(a) Tiene los ojos puestos en la compasión de Dios, y ora: «Mira mi aflicción»; tómala en tus pensamientos, con todas sus circunstancias, y no te quedes a un lado como quien no se interesa. Dios nunca es olvidadizo de las aflicciones de su pueblo, pero quiere que se lo «recordemos» (Is 43:26), que expongamos nuestro caso ante él, y luego lo dejemos a su compasiva consideración, para que haga en él lo que en su sabiduría juzgue conveniente, en su propio tiempo y manera.
(b) Tiene los ojos puestos en el poder de Dios, y ora: «Líbrame», y otra vez: «Líbrame». Considera mis angustias y sácame de ellas. Dios ha prometido liberación (Sal 50:15), y podemos pedirla con sumisión a su voluntad, y con miras a su gloria, para que podamos servirle mejor.
(c) Tiene los ojos puestos en la justicia de Dios, y ora: «Defiende mi causa»: sé tú mi patrono y abogado, y tómame por cliente tuyo. David tenía una causa justa, pero sus adversarios eran muchos y poderosos, y estaba en peligro de ser arrollado por ellos: por eso ruega a Dios que aclare su integridad y acalle sus falsas acusaciones. Si Dios no defiende la causa de su pueblo, ¿quién la defenderá? Él es justo, y ellos se encomiendan a él, y por tanto lo hará, y lo hará eficazmente: Is 51:22; Jer 50:34.
(d) Tiene los ojos puestos en la gracia de Dios, y ora: «Vivifícame».
Señor, soy débil e incapaz de soportar mis angustias; mi espíritu tiende a decaer y hundirse: ¡oh, que tú me reanimes y consueles hasta que se obre la liberación!
- Alega su dependencia de la palabra de Dios y su entrega a su guía. «Vivifícame» y «líbrame conforme a tu palabra» de promesa; «porque no me he olvidado de tus mandamientos». Cuanto más nos aferramos a la palabra de Dios, tanto como regla cuanto como sostén, mayor seguridad podemos tener de liberación a su debido tiempo. M. Henry.
Vers. 153. La oración del enfermo.
- Se recuerda la medicina.
- Se manda llamar al médico.
- El médico considera el caso.
- Se obra la curación.
C. A. D.
Vers. 153.
- Señor, no te olvides de mi dolor.
- Yo no me olvido de tu ley.
Salmos 119:154
Vers. 154. «Defiende mi causa, y redímeme.» En el versículo anterior había orado: «Líbrame», y aquí especifica un método por el cual podría concederse esa liberación, a saber, por la defensa de su causa. En la providencia el Señor tiene muchos modos de limpiar a los calumniados de las acusaciones que se les hacen. Puede hacer manifiesto a todos que han sido difamados, y así puede, en la práctica, defender su causa. Puede, además, suscitar amigos para los piadosos que no dejen piedra por mover hasta que su carácter sea aclarado; o puede herir a sus enemigos con tal espanto de corazón que se vean forzados a confesar su falsedad, y así los justos serán librados sin que se descargue un solo golpe. Alexander lo traduce: «Pelea mi pleito y redímeme»; es decir, ponte en mi lugar, lleva mi carga, pelea mi batalla, paga mi precio y sácame a la libertad. Cuando nos sentimos mudos ante el adversario, aquí tenemos una oración hecha a nuestra medida. ¡Qué consuelo que, si pecamos, tenemos un abogado, y si no pecamos, el mismo defensor está empeñado de nuestro lado!
«Vivifícame.» Tuvimos esta oración en la sección anterior, y la tendremos una y otra vez en esta. Es un deseo que no se puede sentir ni expresar con demasiada frecuencia. Así como el alma es el centro de todo, ser vivificado es la bendición central. Significa más amor, más gracia, más fe, más valor, más fuerza, y si obtenemos esto podemos alzar la cabeza ante nuestros adversarios. Solo Dios puede dar esta vivificación; pero para el Señor y dador de vida la obra es bastante fácil, y se deleita en realizarla.
«Conforme a tu palabra.» David había hallado tal bendición entre las cosas prometidas, o al menos percibía que era conforme al tenor general de la palabra de Dios que los creyentes probados fueran vivificados y levantados de nuevo del polvo de la tierra; por eso alega la palabra y desea que el Señor obre con él conforme al curso habitual de esa palabra. ¡Qué poderoso argumento es este: «conforme a tu palabra»! Ningún cañón de todos nuestros arsenales puede igualarlo.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 154. «Defiende mi causa, y redímeme», etc. Aunque los piadosos bajo persecución tienen una buena causa, no pueden defenderla si Dios el Redentor no se muestra como Abogado suyo; por eso ora el salmista: «Defiende mi causa».
Cuando Dios el Redentor defiende la causa de un hombre, lo hace con propósito y eficazmente: «Defiende mi causa, y redímeme».
Si los clientes del Señor no hallan de tiempo en tiempo nueva influencia de Dios en sus angustias, no son más que muertos en su ejercicio; pues «Vivifícame» implica esto.
Hasta que hallemos animación viva en la angustia, debemos adherirnos a la palabra de promesa: «Vivifícame conforme a tu palabra».
Lo que el creyente necesita, Dios no solo tiene voluntad de suplirlo, sino también oficio que lo atienda y poder que lo lleve a efecto; como aquí tiene el oficio de Abogado y también de poderoso Redentor, en lo cual el creyente puede confiadamente darle cada día ocupación, según lo necesite: «Defiende mi causa, y redímeme; vivifícame conforme a tu palabra». David Dickson.
Vers. 154. «Defiende mi causa, y redímeme», etc. Se supone ahora citado ante el tribunal de los hombres, como ciertamente lo estaba en las acusaciones generales contra él; citado, además, en su indefensión, sin nombre, sin posición; del modo en que sería citado un desconocido. Ruega al Señor que intervenga y defienda su causa; así será redimido; pues este es el sentido del original. Es como si se considerara vendido a jueces corruptos, o al menos como alguien que ha perdido su posición en la sociedad a juicio de los hombres. Pero si el Señor viene y sostiene la causa de su siervo, su siervo será redimido de veras. Hay buena confianza en esta oración; el hombre de Dios conoce el camino del Señor y hace su aplicación creyente. ¡Oh, cuánto necesitamos conocer el carácter justo del Señor en nuestras épocas de gran angustia! Ahora bien, el Señor defiende la causa de los suyos por el poder de la verdad; la defiende también en sus providencias de diversas clases; obra sobre los corazones, las esperanzas y los temores de los hombres; y de muchos modos maravillosos defiende la causa de su pueblo. Redime a sus santos de todo mal; y si no juntamente de todo mal en este mundo, ciertamente de todo mal en cuanto al mundo venidero. John Stephen.
Vers. 154. «Defiende mi causa, y redímeme», etc. En este versículo hay tres peticiones, todas respaldadas por un mismo argumento. En la primera, da a entender la justicia de su causa y que era injustamente vejado por hombres malvados; por tanto, como agobiado por sus calumnias, desea que Dios tome su defensa: «Defiende mi causa». En la segunda, presenta la miseria y desamparo de su condición; por tanto, como oprimido por la violencia, dice: «Líbrame», o, como admiten las palabras, «Redímeme». En la tercera, su propia flaqueza y su prontitud a desfallecer bajo esta carga; por eso dice: «Vivifícame».
O, en breve, con respecto a la injusticia de sus adversarios, «Defiende mi causa»; con respecto a la miseria de su propia condición, «Líbrame»; con respecto a la debilidad y flaqueza de su propio corazón, «Vivifícame».
La razón y fundamento de la petición: «Conforme a tu palabra». Esta última cláusula ha de aplicarse a todas las ramas de la oración: «Defiende mi causa, conforme a tu palabra; líbrame, conforme a tu palabra; vivifícame, conforme a tu palabra»; pues Dios en su palabra se compromete a todo: a ser abogado, Redentor y fuente de vida. La palabra en que David se apoya se hallaba o bien en las promesas generales hechas a los que guardaban la ley, o bien en alguna promesa particular que le habían hecho a él los profetas de aquel tiempo. Thomas Manton.
Vers. 154. «Defiende mi causa, y redímeme.» Una mujer malvada presentó una vez contra el Dr. Payson una acusación, en circunstancias que parecían hacer imposible que escapara. Ella iba en el mismo barco de pasajeros en que, muchos meses antes, él había viajado a Boston. Durante un tiempo pareció casi seguro que su reputación quedaría arruinada. Estaba privado de todo recurso salvo el trono de la gracia. Sintió que su única esperanza estaba en Dios, y a él dirigió su fervorosa oración. Fue oído por el Defensor del inocente. Una «visita compungida» de la conciencia llevó a la desdichada mujer a confesar que todo era una calumnia maliciosa. De Asa Cummings, en Memoir of Edward Payson.
Vers. 154. «Defiende mi causa.» No sé si David quiso decir, al pedir a Dios que defendiera su causa, algo más que vindicara su inocencia y la hiciera manifiesta a todos librándolo de la mano de todos sus enemigos; pero tuviera o no una referencia ulterior, la palabra recuerda poderosa y dulcemente a todo corazón cristiano a aquel que en verdad había de ser el Abogado de los pobres pecadores, Jesucristo el justo, que es la propiciación por nuestros pecados. Barton Bouchier.
Vers. 154. «Defiende mi causa.» Los hijos de este siglo son más sagaces en su generación que los hijos de Dios. Esto hizo que David orara aquí a Dios que defendiera su causa y fuera su Abogado contra todas sus mentiras. No confió en la equidad de su propia causa, sino en el Señor. De donde deducimos que la razón por la que nuestros opresores prevalecen a menudo contra nosotros es que confiamos demasiado en nuestro propio ingenio y nos apoyamos demasiado en nuestras propias invenciones, oponiendo sutileza a sutileza, una treta malvada a otra, igualando y sosteniendo astucia con astucia, y no encomendando nuestra causa a Dios. Abraham Wright.
Vers. 154. «Redímeme.» No como en el v. 153, sino una palabra que significa redimir, o salvar vengando. El participio correspondiente se traduce redentor, vengador, pariente, pariente cercano, pariente más cercano. William S. Plumer.
Vers. 154. «Vivifícame.» Aquí, de nuevo, se nos llama a considerar el porte de la mente piadosa. Una y otra vez, el gran deseo del hombre de Dios es avanzar en la vida divina. De todo saca provecho espiritual. Busca sus buenas perlas en condiciones extrañas; la razón es que su corazón está en estas cosas. Liberación del mal temporal, liberación del mal espiritual, ambas buscaba; pero junto con ellas, el hombre de Dios eleva siempre la oración de ser vivificado. Ciertamente podemos entender que busca vida. Tal es el sentido de la frase; pero en un hombre como David, la vida que busca debe ser la más alta. Desea la vida espiritual sobre todas las cosas; quiere asemejarse más bienaventuradamente a Dios, para gozar así del sumo bien. Así anhela el alma nacida del cielo… Dale esto al creyente, y esto lo pondrá por encima de todos los males de la vida. Y esto y todo bien había sido prometido en la palabra. Por eso ora: «Vivifícame conforme a tu palabra». Va a la palabra por todo; allí no puede engañarse a sí mismo. Juzgaos a vosotros mismos, hermanos míos, por vuestras aspiraciones espirituales. Nada menos probará que sois de los redimidos del Señor. John Stephen.
Vers. 154, 156, 159. «Vivifícame.» Ora para ser vivificado, como el salmista lo hace a menudo, y mira a Jesús, que es espíritu vivificante: 1 Co 15:45. «Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante.» Así como te ha dado vida, está dispuesto a dártela más y más abundantemente; esto te hará vivir para él y ser incansablemente activo por él. Nathanael Vincent, en "A Present for such as have been Sick and Recovered," 1693.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Esquemas sobre palabras clave del salmo, por el pastor C. A. Davis.
Vers. 154, 156, 159. La triple vivificación. Un tema excelente, si se consideran con cuidado los contextos.
Vers. 154. Intercesión, liberación, vivificación, y todo en fidelidad a la palabra.
Vers. 154. Una oración.
- Por la defensa prometida.
- Por la liberación prometida.
- Por el avivamiento prometido.
G. R.
Vers. 154. El Abogado.
- El alma acosada por el acusador en la conciencia (1 Jn 3:20); ante el mundo; ante el trono de la gracia (Zac 3:1-10); ante el tribunal del juicio.
- El alma acusada que confía su causa al Abogado: 1 Jn 2:2; 2 Ti 1:12.
- Cómo irá el caso. Nunca ha perdido ninguno todavía.
C. A. D.
Salmos 119:155
Vers. 155. «Lejos está de los impíos la salvación.» Por su perseverancia en el mal casi se han puesto fuera del círculo de la esperanza. Hablan de ser salvos, pero no pueden haber conocido nada de ello, o no seguirían siendo malvados. Cada paso que han dado por el camino del mal los ha alejado más del reino de la gracia: van de un grado de dureza a otro hasta que su corazón se hace como piedra. Cuando caigan en la angustia, será irremediable. Y, sin embargo, hablan con jactancia, como si no necesitaran salvación o pudieran salvarse a sí mismos cuando se les antoje.
«Porque no buscan tus estatutos.» No procuran ser obedientes, sino todo lo contrario; se buscan a sí mismos, buscan el mal, y por eso nunca hallan el camino de la paz y la justicia. Cuando los hombres han quebrantado los estatutos del Señor, lo más sabio es buscar por el arrepentimiento el perdón, y por la fe la salvación: entonces la salvación está cerca de ellos, tan cerca que no la perderán; pero cuando los impíos siguen buscando la maldad, la salvación se aleja más y más de ellos. La salvación y los estatutos de Dios van juntos: quienes son salvos por el Rey de gracia aman los estatutos del Rey de gloria.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 155. «Lejos está de los impíos la salvación.» El Señor es todopoderoso para perdonar; pero no lo usará por ti, pecador impenitente. No tienes un amigo en el tribunal, ni un atributo en todo el nombre de Dios que hable por ti. La misericordia misma se sentará y votará con el resto de sus atributos hermanos por tu condenación. Dios puede salvar y ayudar en tiempo de necesidad, pero ¿con qué trato te atreves tanto con Dios como para esperar que extienda por ti su brazo salvador? Aunque un hombre se levante a medianoche para abrir a un niño que llora y llama a su puerta, no se tomará tanta molestia por un perro que yace allí aullando. Esto presenta tu condición, pecador, bastante triste, y sin embargo es contar tu historia de la manera más favorable; pues ese poder todopoderoso de Dios que está empeñado en la salvación del creyente está igualmente obligado a llevarte a tu ejecución y condenación. ¿Qué lazo mayor que un juramento? Dios mismo está bajo juramento de ser la destrucción de toda alma impenitente. Ese juramento que Dios hizo en su ira contra los israelitas incrédulos, de que no entrarían en su reposo, concierne a todo incrédulo hasta el fin del mundo. En nombre de Dios, considera: si fuera solo el juramento de un hombre, o de una compañía de hombres que, como aquellos de los Hechos, juraran dar muerte a alguien, y tú fueras ese hombre, ¿no te llenaría de temor y temblor, noche y día, y te quitaría la quietud de tu vida, hasta que se hicieran tus amigos? ¿De qué están rellenas, entonces, las almohadas de quienes pueden dormir tan profundamente sin horror ni espanto, aunque se les diga que el Dios todopoderoso está bajo juramento de condenarlos en cuerpo y alma, si no se arrepienten a tiempo? William Gurnall.
Vers. 155. ¡Salvación! ¡Qué música hay en esa palabra! Música que nunca cansa, sino que es siempre nueva, que siempre aviva y siempre reposa. Contiene en sí todo lo que nuestro corazón quisiera decir. Es dulce vigor para nosotros por la mañana, y por la tarde es paz contenta. Es un canto que se canta siempre a sí mismo en lo hondo del alma deleitada. Los oídos angélicos se embelesan con él allá en el cielo; y nuestro Padre Eterno mismo lo escucha con adorable complacencia. Es dulce aun para aquel en cuya mente suena la música de mil mundos. ¡Ser salvo! ¿Qué es ser salvo en el sentido más pleno y último? ¿Quién puede decirlo? Ojo no vio, ni oído oyó. Es un rescate, ¡y de tal naufragio! Es un reposo, ¡y en un hogar tan inimaginable! Es yacer para siempre en el seno de Dios, en un éxtasis sin fin de insaciable contentamiento. Frederick William Faber, 1853.
Vers. 155, 156. «Lejos está de los impíos la salvación.» «Muchas son tus misericordias, oh Jehová.» Cuando los piadosos piensan y hablan de la condición condenable de los impíos, no deben ser insensibles a su propio mal merecimiento ni a la gracia de Dios que ha hecho la diferencia entre los impíos y ellos. David Dickson.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 155.
- Una distancia espantosa.
- Una distancia que nunca disminuye con buscar.
- Una distancia que aumenta con el pecado.
Vers. 155.
- Cuando la salvación está lejos.
- Cuando está cerca.
O BIEN
- Cuando la palabra está lejos, la salvación está lejos.
- Cuando la palabra está cerca, la salvación está cerca.
G. R.
Vers. 155. Cómo evitar la salvación.
- La salvación es inseparable de la conformidad con la ley de Dios: Lv 18:5; Lc 10:25-28; Mt 19:17.
- La salvación llega a los transgresores de la ley porque el Legislador se digna hacerse el Cumplidor de la ley y la Víctima de la ley. La salvación la evitan quienes se niegan a conformarse a la ley eterna o voluntad de Dios. Ellos mismos perecen: su propio pecado los castiga: la necesidad los castiga. C. A. D.
Vers. 155. Un silogismo sobre la salvación.
- La salvación y la obediencia van juntas.
(a) Tienen un centro común: Dios, su brazo y sus labios.
(b) Una relación mutua: somos salvos para obedecer. Al obedecer estamos siendo salvos. Sin obediencia no hay salvación.
(c) Un fin idéntico: nuestro bien y la gloria de Dios.
(d) La obediencia y la salvación son inseparables para siempre.
- Los impíos están lejos de la obediencia.
(a) Evitan los mandamientos.
(b) Excluyen la sumisión.
- Por tanto, están lejos de la salvación. No quieren lo uno; no pueden tener lo otro.
W. B. H.
Salmos 119:156
Vers. 156. Este versículo es sumamente parecido al ciento cuarenta y nueve, y sin embargo no es una vana repetición. Hay tal diferencia en la idea principal que un versículo se distingue claramente del otro. En el primer caso menciona su oración, pero deja el método de su cumplimiento a la sabiduría o juicio de Dios; mientras que aquí no alega oración propia alguna, sino simplemente las misericordias del Señor, y ruega ser vivificado por los juicios más bien que ser dejado en letargo espiritual. Podemos dar por supuesto que un autor inspirado nunca anda tan escaso de pensamiento que se vea obligado a repetirse: donde creemos tener la misma idea en este salmo, nos engaña nuestro descuido en estudiarlo con cuidado. Cada versículo es una perla distinta. Cada brizna de hierba de este campo tiene su propia gota de rocío celestial.
«Muchas son tus misericordias, oh Jehová.» Aquí el salmista alega la grandeza de la misericordia de Dios, la inmensidad de su tierno amor; más aún, habla de misericordias, misericordias muchas, misericordias tiernas, misericordias grandes; y ante el glorioso Jehová hace de esto un argumento para su única oración principal, la oración por vivificación. La vivificación es una misericordia grande y tierna; y son muchas misericordias en una. ¿Permitirá uno tan verdaderamente bueno que su siervo muera? ¿No infundirá nueva vida en él uno tan tierno? «Vivifícame conforme a tus juicios.» Cierta medida de despertar viene con los juicios de Dios; son sobrecogedores y estimulantes; y de ahí la vivificación del creyente por ellos. David querría que todo golpe severo fuera santificado para su provecho, así como toda tierna misericordia. La primera parte de este versículo puede leerse: «Muchas, o numerosas, son tus compasiones, oh Jehová». Esto lo recuerda en relación con los «muchos perseguidores» de que hablará en el versículo siguiente. Por todas estas muchas misericordias alega gracia vivificante, y así tiene muchas cuerdas en su arco. Nunca nos faltarán argumentos si los sacamos del mismo Dios, e instamos tanto sus misericordias como sus juicios como razones para nuestra vivificación.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 156. «Grandes son tus misericordias entrañables, oh Jehová.» Dos epítetos atribuye a las misericordias de Dios: primero las llama «grandes», y luego las llama misericordias «entrañables». Son grandes en muchos aspectos: en duración, duran para siempre; en amplitud, llegan hasta los cielos y son más altas que ellos; más aún, están por encima de todas las obras de Dios. Y esto es para consuelo de los pobres pecadores, cuyos pecados son muchos y grandes: que no desesperen; sus misericordias son mayores y más; pues si son mayores que todas sus obras, ¡cuánto mayores que tú y todas tus obras pecaminosas!… El otro epíteto que les da es que son misericordias «entrañables»; porque el Señor es fácil de persuadir; pues es lento para la ira, pero listo para mostrar misericordia: Santiago dice que la sabiduría que es de lo alto es «pacífica, amable, benigna». Si su gracia en sus hijos los hace amables y benignos, ¿qué hemos de pensar de él mismo? Puesto que quiere que haya en nosotras, pobres criaturas, tal compasión que setenta veces siete al día perdonemos las ofensas de nuestros hermanos, ¡oh, cuánta piedad y compasión abundan en él mismo! Así vemos aumentado nuestro consuelo: que así como sus misericordias son grandes, son también entrañables; fácilmente obtenidas donde se piden con fervor. William Cowper.
Vers. 156. El salmista, al hablar de la desdichada condición de «los impíos», es llevado naturalmente a adorar las misericordias del Señor que lo habían «hecho diferente». Pues en verdad solo a esta fuente hemos de atribuir la distinción entre nosotros y ellos. Charles Bridges.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 156.
- Perdido en admiración.
(a) De las tiernas misericordias de Dios.
(b) Exclama ante su grandeza. Son numerosas. Grandemente tiernas. Grandes y tiernas (¡exquisita combinación!).
- Lleno de animación. El hijo de su admiración.
(a) La oración como una flecha: «Vivifícame»: ser semejante a un Dios así, serle fiel.
(b) El arco en la mano: «conforme a tus juicios». W. B. H.
Vers. 156.
- La ternura de la grandeza de Dios.
- La grandeza de la ternura de Dios.
- El estímulo para la vida hallado en su grande y tierna presencia.
Salmos 119:157
Vers. 157. «Muchos son mis perseguidores y mis enemigos.» Los que realmente me asaltan, o que en secreto me aborrecen, son muchos. Lo contrapone a las muchas tiernas misericordias de Dios. Parece extraño que un hombre verdaderamente piadoso, como lo era David, tenga muchos enemigos; pero es inevitable. El discípulo no puede ser amado donde su Maestro es aborrecido. La simiente de la serpiente tiene que oponerse a la simiente de la mujer: es su naturaleza.
«Mas de tus testimonios no me he apartado.» No se desvió de la verdad de Dios, sino que siguió por el camino recto, por muchos adversarios que procuraran cerrarle el paso. Algunos hombres han sido extraviados por un solo enemigo, pero aquí hay un santo que siguió su camino frente a muchos perseguidores. Hay en los testimonios de Dios lo bastante para compensarnos de avanzar contra todas las huestes que puedan aliarse contra nosotros. Mientras no puedan empujarnos ni arrastrarnos a una decadencia espiritual, nuestros enemigos no nos han hecho gran daño, y nada han logrado con su malicia. Si no decaemos, ellos son derrotados. Si no pueden hacernos pecar, han errado el blanco. La fidelidad a la verdad es victoria sobre nuestros enemigos.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 157. Perseguidores. Un participio del verbo que se traduce perseguir, dar caza. «Enemigos», como en el v. 139, los autores de mi angustia. Hasta que los hombres son cazados y acosados por muchos enemigos que, por el momento, tienen poder, y son además feroces y hasta cierto punto sin escrúpulos, no pueden tener sino una débil idea de la angustia del profeta cuando experimentó los males señalados en este versículo. Sin embargo, no lo movieron de su constancia e integridad. William S. Plumer.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 157.
- Una palabra de multitud: «muchos».
- Una tendencia de temor, a saber, una tendencia a decaer.
- Una nota de consuelo: «mas no me he apartado».
Salmos 119:158
Vers. 158. «Veía a los prevaricadores.» Veía a los traidores; comprendía su carácter, su objetivo, su camino y su fin. No podía dejar de verlos, pues se metían en mi camino. Como estaba obligado a verlos, fijé en ellos los ojos, para aprender lo que pudiera de ellos.
«Y me disgustaba.» Me dolía ver a tales pecadores. Estaba harto de ellos, disgustado con ellos, no podía soportarlos. No hallaba placer en ellos, eran un triste espectáculo para mí, por fino que fuera su vestido o ingeniosa su charla. Aun cuando estaban más alegres, verlos me hacía pesado el corazón; no podía tolerar ni a ellos ni sus obras.
«Porque no guardaban tus palabras.» Mi pena nacía más de su pecado contra Dios que de su enemistad contra mí. Podía soportar su mal trato de mis palabras, pero no su descuido de tu palabra. Tu palabra me es tan preciosa que los que no quieren guardarla me mueven a indignación; no puedo andar en compañía de quienes no guardan la palabra de Dios. Que no tengan amor por mí es una nadería; pero despreciar la enseñanza del Señor es abominable.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 158. «Veía a los prevaricadores, y me disgustaba.» Celerino, en las cartas de Cipriano, hace saber a un amigo su gran dolor por la apostasía de una mujer por miedo a la persecución; lo cual lo afligió tanto que en la fiesta de Pascua (la reina de las fiestas en la iglesia primitiva) lloró noche y día, y resolvió no conocer un momento de deleite hasta que, por la misericordia de Dios, ella fuera recuperada. Charles Bridges.
Vers. 158. «Veía a los prevaricadores, y me disgustaba.» ¡Oh, si tenéis corazones de cristianos o de hombres, dejad que se conduelan por vuestros pobres vecinos ignorantes e impíos! Ay, no hay sino un paso entre ellos y la muerte y el infierno: muchos centenares de enfermedades están listas para apoderarse de ellos, y si mueren sin regenerar, están perdidos para siempre. ¿Tenéis corazones de roca, que no pueden compadecer a los hombres en tal caso? Si no creéis la palabra de Dios, ni el peligro de los pecadores, ¿por qué sois vosotros mismos cristianos? Si lo creéis, ¿por qué no os movéis para ayudar a otros? ¿No os importa quién se condene, con tal que vosotros os salvéis? Si es así, tenéis motivo suficiente para compadeceros de vosotros mismos, pues es un estado de ánimo totalmente incompatible con la gracia: ¿no deberíais más bien decir, como los leprosos de Samaria: «Hoy es día de buena nueva, y nosotros callamos»? 2 R 7:9. ¿Ha tenido Dios tanta misericordia de vosotros, y no tendréis misericordia de vuestros pobres vecinos? No necesitáis ir lejos para hallar objetos de vuestra compasión: mirad solo a vuestras calles, o a la casa de al lado, y probablemente encontraréis algunos. ¿No tenéis un vecino ignorante, no regenerado, que pone su corazón en las cosas de abajo y descuida la eternidad? ¿Qué lugar bendito es ese en que vivís, donde no hay ninguno así? Si no hay algunos de ellos en tu propia familia, bien está; ¿y aun así callas? ¿Vives junto a ellos, o los encuentras en las calles, o trabajas con ellos, o viajas con ellos, o te sientas y conversas con ellos, y no les dices nada de sus almas ni de la vida venidera? Si sus casas estuvieran ardiendo, correrías a ayudarlos; ¿y no los ayudarás cuando sus almas están casi en el fuego del infierno? Si conocieras un remedio para sus enfermedades, se lo dirías, o te juzgarías culpable de su muerte. Richard Baxter (1615-1691), en "The Saints' Everlasting Rest."
Vers. 158. «Me disgustaba, porque no guardaban tus palabras.» Nunca pensé que el mundo fuera tan malvado, cuando comenzó el Evangelio, como ahora veo que es; más bien esperaba que todos saltarían de gozo al verse libres de la inmundicia del Papa, de sus lamentables molestias a las pobres conciencias atribuladas, y que por medio de Cristo obtendrían por la fe el tesoro celestial que antes buscaban con tan vasto coste y trabajo, aunque en vano. Y especialmente pensé que los obispos y las universidades recibirían con alegría de corazón la verdadera doctrina; pero me he engañado lamentablemente. También Moisés y Jeremías se quejaron de haber sido engañados. Martín Lutero.
Vers. 158. Me disgustaba. La palabra que aquí se traduce «me disgustaba» viene de katat, que significa aborrecer, detestar y contender. Veía a los prevaricadores, y los aborrecía; veía a los prevaricadores, y los detestaba; veía a los prevaricadores, y contendía con ellos; pero no tanto porque fueran enemigos míos como porque lo eran tuyos. Thomas Brooks.
El día en que conocí al coronel Gardiner en Leicester, sucedió que prediqué una conferencia sobre Sal 119:158: «Veía a los prevaricadores, y me disgustaba; porque no guardaban tus palabras». Me extendí describiendo esa mezcla de indignación y dolor, fuertemente expresada por la palabra original, con que un hombre bueno mira a los que de continuo transgreden la ley divina; y en rastrear las causas de ese dolor, como nacido de la consideración por el honor divino y el interés de un Redentor, y de una preocupación compasiva por la miseria que tales ofensores se acarrean a sí mismos, y por el daño que hacen al mundo que los rodea. Poco pensaba yo cuán exactamente estaba trazando el carácter del coronel Gardiner bajo cada uno de esos puntos; y a menudo he reflexionado sobre ello como una feliz providencia, que abrió un camino mucho más rápido de lo que yo habría podido esperar hasta el pecho de uno de los amigos más amables y útiles que jamás espero hallar sobre la tierra. Después cantamos un himno que repasaba algunos de los pensamientos principales del sermón, y que lo impresionó tan fuertemente que, al obtener una copia, lo aprendió de memoria, y solía repetirlo con un acento tan fuerte que mostraba cuánto de su alma expresaba cada línea. Bajo este punto de vista el lector me perdonará que lo inserte; especialmente porque no sé cuándo tendré tiempo de publicar un volumen de estas composiciones serias aunque sin arte, que le envié en manuscrito hace algunos años, y a las cuales he hecho desde entonces muy grandes añadiduras:
Levantaos, mis más tiernos pensamientos, levantaos,
en torrentes derretid mis ojos que fluyen;
y tú, corazón mío, siente con angustia
esos males que no puedes sanar.
Mira la naturaleza humana hundida en vergüenza;
mira los escándalos vertidos sobre el nombre de Jesús;
el Padre herido a través del Hijo;
el mundo ultrajado y las almas deshechas.
Mira el breve curso del vano deleite
que termina en noche eterna,
en llamas que no conocen alivio,
aunque fluyan para siempre lágrimas saladas.
Dios mío, siento la escena lastimosa;
mis entrañas se conmueven por los hombres que mueren,
y mi piedad querría de buena gana rescatarlos
y arrebatar los tizones del fuego.
Pero débil resulta mi compasión,
y solo sabe llorar donde más ama;
emplea tu propio brazo que todo lo salva,
y vuelve estas gotas de pena en gozo.
Philip Doddridge, en "The Life of Colonel Gardiner."
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 158. Un espectáculo doloroso.
- Prevaricadores más allá de los límites de Dios.
- Límites tan bondadosamente puestos: «tu palabra».
- Transgresiones tan caprichosamente ingratas, tan terriblemente peligrosas, tan fatales.
Vers. 158. Tristeza por los pecadores.
- Un espectáculo que no podemos evitar ver.
- Una tristeza que no debemos evitar sentir. (Véase Lot: 2 P 2:7-8. Moisés: Dt 9:18-19. Samuel: 1 S 15:11; Jer 9:1. Pablo: Fil 3:18. Cristo: Lc 19:41.)
- Una razón que no evitaremos respaldar.
Vers. 158. Un hombre justo no puede dejar de afligirse por los pecados de los impíos. Ve en ellos:
- La violación de la ley divina que él ama.
- Rebelión ingrata contra el Dios a quien adora.
- Desprecio del evangelio de salvación y de la sangre de Cristo.
- El dominio de Satanás, el enemigo de su Dios.
- La degradación de almas que podrían haber sido templos sagrados.
- Señales proféticas de una retribución terrible y eterna.
J. F.
Salmos 119:159
Vers. 159. «Mira, oh Jehová, que amo tus mandamientos.» Por segunda vez pide consideración. Como dijo antes: «Mira mi aflicción», ahora dice: «Mira mi afecto». Amaba los preceptos de Dios, los amaba inefablemente, los amaba hasta afligirse con quienes no los amaban. Esta es una prueba segura: hay muchos que tienen una inclinación cálida hacia las promesas, pero en cuanto a los preceptos, no los pueden soportar. El salmista amaba tanto todo lo que era bueno y excelente que amaba todo lo que Dios había mandado. Los preceptos son todos sabios y santos; por eso el hombre de Dios los amaba en extremo, amaba conocerlos, pensar en ellos, reclamarlos y, sobre todo, practicarlos. Pidió al Señor que recordara y considerara esto, no sobre la base del mérito, sino para que sirviera de respuesta a las acusaciones calumniosas que en ese tiempo eran el gran aguijón de su dolor.
«Vivifícame conforme a tu misericordia.» Aquí vuelve a su oración anterior: «Vivifícame» (v. 154), «vivifícame» (v. 156), «vivifícame». Ora de nuevo, por tercera vez, con las mismas palabras. Podemos entender que David se sentía como quien está medio aturdido por los asaltos de sus enemigos, a punto de desfallecer bajo su incesante malicia. Lo que quería era avivamiento, restauración, renovación; por eso pedía más vida. ¡Oh tú, que me vivificaste cuando estaba muerto, vivifícame de nuevo para que no vuelva a los muertos! Vivifícame para que sobreviva a los golpes de mis enemigos, al desmayo de mi fe y al desvanecimiento de mi pena. Esta vez no dice: «Vivifícame conforme a tus juicios», sino: «Vivifícame, oh Jehová, conforme a tu misericordia». Este es el gran cañón que trae al combate en último lugar: es su argumento definitivo; si este no triunfa, ha de fracasar. Hace tiempo que llama a la puerta de la misericordia, y con este ruego descarga su golpe más pesado. Cuando había caído en gran pecado, este era su ruego: «Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia», y ahora que está en gran angustia, recurre al mismo eficaz razonamiento. Porque Dios es amor, nos dará vida; porque es bondadoso, volverá a encender dentro de nosotros la llama celestial.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 159. «Mira que amo tus mandamientos.» Examíname. Mira la evidencia de mi apego a tu ley. Esta es la apelación confiada de alguien que era consciente de estar verdaderamente apegado a Dios, de amar de veras su ley. Es semejante a la apelación de Pedro al Salvador (Jn 21:17): «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo». Un hombre que ama de verdad a Dios puede hacer esta apelación sin impropiedad. Puede estar tan confiado, tan seguro de que tiene verdadero amor por el carácter de Dios, que puede hacerle una solemne apelación sobre el asunto, como podría apelar a un amigo, a su esposa, a su hijo, a su hija, con la mayor confianza en que los amaba. Un hombre debe tener tal amor por ellos que pueda afirmarlo sin vacilación ni duda; un hombre debe tener tal amor por Dios que pueda afirmarlo con igual confianza y propiedad. Albert Barnes.
Vers. 159. «Mira que amo tus mandamientos.» No dice: mira cómo cumplo tus mandamientos, sino cómo los amo. El consuelo de un cristiano militante, en este cuerpo de pecado, está más en la sinceridad y fervor de sus afectos que en la absoluta perfección de sus acciones. Muchas veces falla en su obediencia a los preceptos de Dios, en cuanto a su acción; pero el amor en su afecto permanece; de modo que tanto antes de la tentación de pecar como después de ella hay una pena en su alma de hallar en sí alguna voluntad o deseo corrupto, contrario a la santa voluntad del Señor su Dios; y esto prueba en él un amor invencible a los preceptos de Dios. William Cowper.
Vers. 159. «Mira», etc. Tradúzcase (siendo el hebreo el mismo que en el v. 158): «Mira cómo amo tus mandamientos», como se evidencia en que, cuando «veía a los prevaricadores, me disgustaba». Ruega a Dios que mire esto, no como merecedor de gracia, sino como señal distintiva de un hombre piadoso. A. R. Fausset.
Vers. 159. «Amo tus mandamientos: vivifícame.» El amor con que amaba a Dios procedía de aquel amor con que Dios lo amó primero. Pues, al ver el gran amor con que Dios lo amaba, fue movido y llevado a amar a Dios a su vez. De modo que su sentido es este: Tú ves, Señor, que soy enemigo del pecado en mí mismo, pues no olvido tu ley; ves que soy enemigo del pecado en otros, pues me aflijo al verlos transgredir tu ley; por eso, oh Señor, «vivifícame», y que tu amorosa misericordia, con la cual me has creado y redimido en Cristo, con la cual me has librado de tantas angustias y enriquecido con tantos y continuos beneficios, me renueve, reavive, vivifique y restaure. Richard Greenham.
Vers. 159. «Vivifícame.» Por muchas veces que el salmista había repetido su oración por gracia vivificante, no era una «vana repetición» ni un sonido vacío. Cada vez estaba animada de abundante fe, intenso sentimiento de su necesidad y la vehemencia del afecto más ardiente. Si la conciencia de la flaqueza de nuestras fuerzas y de la frialdad de nuestros afectos nos llevara a ofrecer esta petición cien veces al día en este espíritu, nunca dejaría de ser aceptada. *Charles Bridges. *Nueve veces se insiste en la petición: vv. 25, 37, 40, 88, 107, 149, 154, 156 y 159.
Vers. 159. «Conforme a tu misericordia.» No necesitamos desear ser vivificados más allá de lo que la misericordia de Dios nos vivificará. Matthew Henry.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 159.
- Su propio amor, declarado.
- El amor de Dios, alegado.
- Vida renovada, implorada.
Vers. 159.
- Atención solicitada: «Mira cómo».
- Profesión hecha: «amo tus mandamientos».
- Petición ofrecida: «vivifícame», etc.
- Argumento sugerido: «conforme a», etc.
G. R.
Vers. 159. Mi amor y tu misericordia. El amor del santo.
- Declarado. «Tú lo sabes todo», etc.
- Sometido. En humilde insistencia en su sinceridad. En el sentido de su insuficiencia. En oración a Dios para que no lo pase por alto.
- Perdido de vista en la súbita gloria de la misericordia de Dios. ¿Dónde está ahora mi amor?
- Recobrado y humildemente presentado para ser vivificado. Señor, no diré más de ello: «Vivifícame». W. B. H.
Vers. 159. Vivifícame por amor.
- Una oración por vida vivificada.
- Despertada por el amor a la regla divina de vida.
- Reforzada por el argumento de ese amor.
- Dirigida al Dios de amor.
C. A. D.
Vers. 159. Considera:
- La santa insatisfacción del creyente: «Vivifícame», etc.
(a) Una oración que aparece con frecuencia en el salmo, y siempre se urge con gran fervor.
(b) Su importunidad prueba la posesión de vida espiritual; de hecho, solo los vivos anhelan ser vivificados.
(c) Los más fervorosos sienten más agudamente su pecado interior, y aprecian más altamente la santificación completa.
(d) Así, esta es quizá la única insatisfacción perfectamente pura en su carácter.
- El atributo divino tranquilizador al que puede apelar: «Conforme a tu misericordia».
(a) Un atributo no solo dado a conocer en la palabra, sino manifestado a nosotros en nuestra experiencia de su trato suave.
(b) Un atributo que cubre el pecado y se compadece de nuestras debilidades.
(c) Un atributo que ha de conmoverse con el clamor por gracia vivificante.
- La consideración que debería poder presentar ante Dios: «Mira cómo amo tus mandamientos».
(a) Porque de la palabra aprendió de la misericordia, y por ella recibió vida.
(b) Sin ello, la oración no puede ser genuina.
(c) Es buena razón para esperar más gracia; pues «a todo el que tiene, le será dado», etc.
J. F.
Salmos 119:160
Vers. 160. El dulce cantor termina esta sección del mismo modo que la anterior, deteniéndose en la firmeza de la verdad de Dios. Convendrá que el lector note el parecido entre los vv. 144, 152 y el presente.
«La suma de tu palabra es verdad.» Digan lo que digan los transgresores, Dios es veraz, y su palabra es verdadera. Los impíos son falsos, pero la palabra de Dios es verdadera. Nos acusan de ser falsos, pero nuestro consuelo es que la verdadera palabra de Dios nos justificará.
«Desde el principio.» La palabra de Dios ha sido verdadera desde el primer momento en que fue pronunciada, verdadera a lo largo de toda la historia, verdadera para nosotros desde el instante en que la creímos, y verdadera para nosotros antes de que nosotros fuéramos fieles a ella. Algunos lo leen: «Tu palabra es verdadera desde la cabeza»; verdadera como un todo, verdadera de arriba abajo. La experiencia había enseñado esta lección a David, y la experiencia nos enseña lo mismo. Las Escrituras son tan verdaderas en Génesis como en Apocalipsis, y los cinco libros de Moisés son tan inspirados como los cuatro Evangelios.
«Y eterno es todo uno de los juicios de tu justicia.» Lo que tú has decidido permanece irrevocable en todo caso. Contra las decisiones del Señor no se puede pedir ningún recurso de error, ni habrá jamás derogación de ninguno de los actos de su soberanía. No hay un solo error ni en la palabra de Dios ni en los tratos providenciales de Dios. Ni en el libro de la revelación ni en el de la providencia será necesario poner una sola nota de erratas. El Señor no tiene nada que lamentar ni que retractar, nada que enmendar ni que revocar. Todos los juicios, decretos, mandamientos y propósitos de Dios son justos, y como las cosas justas son cosas duraderas, cada uno de ellos sobrevivirá a las estrellas. «Hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.» La justicia de Dios permanece para siempre. Este es un pensamiento alentador, pero hay otro mucho más dulce, que antaño era el canto de los sacerdotes en el templo; sea también el nuestro: «Para siempre es su misericordia».
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 160. «Tu palabra es verdad desde el principio.» Literalmente: «El principio de tu palabra es verdad», en antítesis con el «permanece para siempre», en el futuro, de la cláusula siguiente. Cocceio y Hengstenberg lo toman: «La suma de tu palabra es verdad», como en Nm 26:2; 31:26. Pero así se pierde la antítesis señalada arriba en la versión inglesa; y las versiones antiguas apoyan la versión inglesa. Además, si fuera «la suma», debería seguir el plural, a saber, «de tus palabras», no «palabra». A. R. Fausset.
Vers. 160. «Tu palabra es verdad desde el principio», etc. Como si dijera: Creo que me vivificarás así, porque el mismo principio de tu palabra es sumamente justo y verdadero; y cuando entraste por primera vez en pacto conmigo, hallé que no me engañaste ni me burlaste. Y cuando por tu Espíritu me hiciste creer tu pacto, hablabas verdad; y sé que, como lo prometiste, lo cumplirás, pues no eres más generoso en prometer que fiel y justo en cumplir, y tu juicio será tan justo como verdadera es tu promesa. Sé que, en cuanto hablas, la verdad procede de ti; y así también sé que me defenderás y preservarás, para que tus juicios resplandezcan como justos en ti. Richard Greenham.
Vers. 160. «Tu palabra es verdad desde el principio», etc. El mandamiento y la promesa de Dios son extremadamente amplios, y alcanzan a todos los tiempos. ¿Fue una palabra de mandamiento «el guía de tu juventud»? Te aseguro que será un buen bastón para tu vejez. Una buena promesa es una buena nodriza, tanto para el niño de pecho como para el anciano decrépito. Los mejores cordiales de vuestros boticarios con el tiempo pierden su virtud, y a veces cuanto más fuertes son, antes. Pero ¿te animó una promesa, digamos, hace veinte, treinta, cuarenta años? Pruébala ahora de nuevo y la hallarás tan fresca y tan llena de refrigerio como siempre. Si fue tu mayor gozo en tu alegre juventud, te digo que tiene tanto gozo para tu triste vejez. Lo mismo puede decirse de la palabra de Dios que el profeta dice de Dios mismo (Is 46:4): «Y hasta la vejez yo mismo, y hasta las canas os soportaré yo». ¿No dice otro tanto el salmista aquí: «Tu palabra es verdad desde el principio»? Está bien, comienza bien. Pero ¿durará igual de bien? Sí: añade: «y eterno es todo uno de los juicios de tu justicia». A lo cual responde la otra expresión (v. 152): «Hace ya mucho que he entendido tus testimonios, que para siempre los has establecido». «Para siempre» y «establecido para siempre». ¡Oh dulce expresión! ¡Oh consuelo bien fundado! Hermanos, familiarizaos con la palabra y la promesa de Dios tan pronto como podáis, y mantened esa familiaridad eternamente; y vuestro conocimiento de ella no irá ni delante ni más allá de su verdad. Conocedla tan pronto y por tanto tiempo como queráis o podáis, y nunca la hallaréis tropezando ni fallando; sino que después de larga experiencia de Dios podréis decir de ella: «Hace ya mucho que he entendido que para siempre la has establecido». Anthony Tuckney, 1599-1670.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Vers. 160.
- Temprano: «verdad desde el principio».
- Tarde: «permanece para siempre». O bien: la verdad y la inmutabilidad, el Jaquín y el Boaz del creyente.
Salmos 119:161
Vers. 161. «Príncipes me han perseguido sin causa.» Tales personas deberían haber sabido más; deberían haber simpatizado con uno de su propio rango. Un hombre espera un juicio justo de manos de sus pares: es innoble estar prejuiciado. Además, si el honor es desterrado de todos los demás pechos, debería permanecer en el seno de los reyes, y el honor prohíbe la persecución de los inocentes. Los príncipes son designados para proteger al inocente y vengar al oprimido, y es una vergüenza cuando ellos mismos se vuelven asaltantes de los justos. Era un triste caso cuando el hombre de Dios se veía atacado por los jueces de la tierra, pues su elevada posición añadía peso y veneno a su enemistad. Era bueno que el que sufría pudiera afirmar con verdad que esta persecución era sin causa. No había quebrantado sus leyes, no los había dañado, ni siquiera había deseado verlos dañados, no había sido defensor de la rebelión ni de la anarquía, no se había opuesto a su poder ni abierta ni secretamente; y por tanto, aunque esto hacía su opresión más inexcusable, le quitaba parte de su aguijón y ayudaba al valiente siervo de Dios a sobrellevarla.
«Pero mi corazón tuvo temor de tus palabras.» Podría haber sido vencido por el temor a los príncipes, de no ser porque un temor mayor expulsó al menor, y fue regido por el temor reverente de la palabra de Dios. ¡Qué poco significan las coronas y los cetros a juicio del hombre que percibe una realeza más majestuosa en los mandamientos de su Dios! Es poco probable que la persecución nos desanime o nos arrastre al pecado si la palabra de Dios tiene continuamente poder supremo sobre nuestra mente.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 161. «Príncipes me han perseguido.» El mal se agrava al considerar que son precisamente las personas que deberían ser como escudos para defendernos las que emplean su fuerza en hacernos daño. Más aún, cuando los afligidos son golpeados por los que están en altos puestos, piensan de algún modo que la mano de Dios está contra ellos. Hubo además esta particularidad en el caso del profeta: que tuvo que enfrentarse a los grandes del pueblo escogido, hombres a quienes Dios había puesto en puestos tan honrosos para que fueran las columnas de la Iglesia. Juan Calvino.
Vers. 161. «Sin causa.» Lo tengo por punto establecido: que cuanto más diligente y fielmente sirva a Cristo, mayor oprobio y más daño debo esperar. He bebido hondamente de la copa de la calumnia y el oprobio últimamente, pero no estoy en modo alguno desanimado; ni siquiera por lo que es mucho más duro de soportar: el poco éxito de mis esfuerzos por enmendar este mal mundo. Philip Doddridge.
Vers. 161. «Sin causa.» Sabemos qué persecuciones sufrió el cuerpo de Cristo, es decir, la santa Iglesia, de parte de los reyes de la tierra. Reconozcamos, pues, también aquí las palabras de la Iglesia: «Príncipes me han perseguido sin causa». Pues ¿en qué habían dañado los cristianos a los reinos de la tierra? Aunque su Rey les prometía el reino de los cielos, ¿en qué, pregunto, habían dañado a los reinos de la tierra? ¿Prohibió su Rey a sus soldados pagar y rendir el servicio debido a los reyes de la tierra? ¿No dice a los judíos que se esforzaban por calumniarlo: «Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios»? Mt 22:21. ¿No pagó él mismo el tributo, de la boca de un pez? ¿No respondió su precursor, cuando los soldados de este reino preguntaban qué debían hacer para su salvación eterna, no: «Soltad vuestros cinturones, tirad vuestras armas, desertad de vuestro rey, para que guerreéis por el Señor», sino: «No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario»? Lc 3:14. ¿No dijo uno de sus soldados, su compañero amadísimo, a sus compañeros de armas, los provinciales, por así decir, de Cristo: «Sométase toda persona a las autoridades superiores»? y un poco más abajo añade: «Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra. No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros». Ro 13:1, 7-8. ¿No ordena a la Iglesia orar aun por los reyes mismos? Entonces, ¿en qué los han ofendido los cristianos? ¿Qué deuda no han pagado? ¿En qué no han obedecido los cristianos a los monarcas de la tierra? Los reyes de la tierra, pues, han perseguido a los cristianos sin causa. Agustín.
Vers. 161. «Pero mi corazón tuvo temor de tus palabras.» Si queda en tu corazón algún escrúpulo de miedo, miedo a la ira de hombres sanguinarios que te amenazan por tu profesión de la verdad, entonces, a un corazón inflamado de amor a la verdad, esfuérzate por añadir un corazón lleno del temor de esa ira que Dios tiene reservada para todos los que apostatan de la verdad. Cuando te quemas el dedo, lo acercas al fuego, y como es un fuego mayor, saca el otro. Así, cuando tus pensamientos están chamuscados y tu corazón asustado por el fuego de la ira del hombre, acércalos un rato al fuego del infierno, que Dios ha preparado para los cobardes (Ap 21:8) y para todos los que huyen de las banderas de la verdad (He 10:39), y perderás el sentimiento del uno por miedo al otro. Ignosce imperator, dice el santo varón, tu carcerem, Deus gehennam minatur: «Perdóname, oh Emperador, si no obedezco tu mandato; tú amenazas con una cárcel, pero Dios con un infierno». Digno de notarse es lo de David: «Príncipes me han perseguido sin causa; pero mi corazón tuvo temor de tus palabras». No tenía motivo de temer a quienes no tenían motivo de perseguirlo. Una sola amenaza de la palabra, que le clava en el corazón la punta de la ira de Dios, lo asusta más que lo peor que pueda hacerle el más grande de la tierra. La ira del hombre, cuando más ardiente, no es sino un clima templado comparada con la ira del Dios vivo. Los que han sentido ambas lo han testificado. La ira del hombre no puede impedir el acceso del amor de Dios a la criatura, lo cual ha hecho cantar a los santos en el fuego, a pesar de los dientes de sus enemigos. Pero la criatura bajo la ira de Dios es como alguien encerrado en un horno cerrado, sin ninguna rendija abierta para dejar salir algo del calor, ni entrar algún refrigerio. William Gurnall.
Vers. 161. «Mi corazón tuvo temor de tus palabras.» Hay un temor reverente de la palabra, no que nos haga rehuirla, sino que nos haga cuidadosos de no violarla, ni de hacer nada contrario a ella. Este no es el fruto del temor servil, sino del santo amor; no tiene miedo de la palabra, sino que se deleita en ella, porque nos descubre la mente de Dios; como está escrito en el versículo siguiente: «Me regocijo en tu palabra». A este temor reverente se le da el nombre propio de reverencia, o temor piadoso; cuando consideramos de quién es la palabra, a saber, la palabra del Señor, que es nuestro Dios y tiene derecho a mandar lo que le plazca; a cuya voluntad y palabra hemos rendido ya obediencia, y nos hemos dedicado a andar de manera digna de él, agradándole en todo; que puede descubrirnos en todos nuestros fallos, pues conoce de lejos nuestros mismos pensamientos (Sal 139:2), y tiene todos nuestros caminos delante de sí, y es uno de quien leemos: «Él es Dios santo, y Dios celoso; no sufrirá vuestras rebeliones y vuestros pecados» (Jos 24:19), es decir, si en ellos continuamos sin arrepentirnos. Considerando estas cosas recibimos la palabra con ese temblor de corazón que Dios tanto estima. Thomas Manton.
Vers. 161. «Temor de tus palabras.» Aconsejaría a todos los que llegan a leer u oír este libro, que es la palabra de Dios, la joya más preciosa y la reliquia más santa que queda sobre la tierra, que traigan consigo el temor de Dios y lo hagan con toda debida reverencia, y empleen su conocimiento de ella no para vanagloria ni disputa frívola, sino para honra de Dios, aumento de la virtud y edificación tanto de vosotros mismos como de otros. Thomas Cranmer, 1489-1555.
Vers. 161. «Temor de tu palabra.» Los que tiemblan ante las convicciones de la palabra pueden triunfar en sus consolaciones. Matthew Henry.
SUGERENCIAS PARA EL PREDICADOR.
Esquemas sobre palabras clave del salmo, por el pastor C. A. Davis.
Versículos 161-168. Lo que la palabra es para el creyente. El objeto de temor (v. 161), gozo (v. 162), amor (v. 163), alabanza (v. 164), la productora de paz (v. 165) y de esperanza (v. 166); por eso, amada en extremo (v. 167), fielmente guardada (v. 168).
Vers. 161-162. La palabra de Dios, objeto de temor piadoso y de gozo piadoso.
- Hace temblar el corazón por su pureza y poder.
- Hace regocijar el corazón por su gracia y verdad.
W. H. J. P.
Vers. 161.
- Mal sin causa.
- Bien con abundante causa.
Vers. 161 (segunda parte). El temor de la palabra de Dios: su conveniencia, su influencia santificadora, el mal de su ausencia.
Vers. 161. Refrenado por el temor reverente.
- La falta de causa de la persecución.
- Las tentaciones al mal que ocasiona: a la venganza, a la apostasía.
- La salvaguarda contra la caída: el temor reverente de la palabra de Dios. 1 S 24:6; Dn 3:16-18; Hch 4:19; 5:29. C. A. D.
Salmos 119:162
Vers. 162. «Me regocijo en tu palabra como el que halla muchos despojos.» Su temor reverente no estorbó su gozo; su temor de Dios no era de la clase que el amor perfecto echa fuera, sino de la que lo alimenta. Temblaba ante la palabra del Señor, y sin embargo se regocijaba en ella. Compara su gozo con el de quien ha estado largo tiempo en la batalla, ha ganado por fin la victoria y está repartiendo el botín. Esto suele corresponder a los príncipes, y aunque David no era uno de ellos en sus persecuciones, tenía sin embargo sus victorias, y su botín igualaba las mayores ganancias de aquellos. Los provechos obtenidos al escudriñar las Escrituras eran mayores que los trofeos de guerra. Nosotros también tenemos que luchar por la verdad divina; cada doctrina nos cuesta una batalla, pero cuando alcanzamos a comprenderla plenamente tras luchas personales, se nos vuelve doblemente preciosa. En estos días los hombres piadosos tienen buena parte en el combate por la palabra de Dios; que nuestro botín sea un asimiento más firme de la inestimable palabra. Quizá, sin embargo, el salmista se regocijó como quien tropieza con un tesoro escondido por el cual no había peleado; en ese caso hallamos la analogía en el hombre de Dios que, mientras lee la Biblia, hace grandes y bienaventurados descubrimientos de la gracia de Dios guardada para él, descubrimientos que lo sorprenden, pues no esperaba encontrar tal premio. Ya sea que lleguemos a la verdad como quienes la encuentran o como guerreros que luchan por ella, el tesoro celestial debe sernos igualmente querido. ¡Con qué gozo callado se escabulle hacia su casa el labrador con su hallazgo de oro! ¡Cómo gritan los vencedores al repartirse el botín! ¡Cuán feliz debe ser el hombre que ha descubierto su porción en las promesas de la Escritura santa, y puede disfrutarla por sí mismo, sabiendo por el testimonio del Espíritu Santo que todo es suyo!
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 162. «Me regocijo en tu palabra como el que halla muchos despojos.» Nunca se acercaba a una ordenanza sino como un soldado al botín después de una gran batalla, pues mantenía una guerra constante con sus corrupciones, que combatían contra su alma. Ahora viene a ver qué le dirá Dios, y procurará salir ganando, y sacar un botín de cada mandamiento, promesa o amenaza que oiga. John Cotton (1585-1652), en "The way of life."
Vers. 162. «Me regocijo en tu palabra.» "Eurípides", dice el orador, "tiene en sus tragedias bien compuestas más sentencias que palabras"; y Tucídides ha llenado de tal sustancia cada sílaba de su historia, que una corre paralela a la otra; las obras de Lisias están tan bien concebidas que no puedes quitar la menor palabra sin quitar con ella todo el sentido; y Foción tenía una facultad especial para decir mucho en pocas palabras. Los cretenses, en tiempos de Platón (aunque degenerados en los de san Pablo), eran más sustanciosos que habladores; Timantes era famoso porque en sus pinturas se daba a entender más de lo que se descifraba; y de Homero se dice que nadie pudo jamás igualarlo en poesía. ¡Cuánto más propias y adecuadas son estas altas alabanzas al libro de Dios, llamado con razón la Biblia o el Libro, como si lo fuera, y lo es en verdad, tanto por la propiedad de sus términos como por la plenitud de su verdad, el único libro al cual (como dice Lutero) todos los libros del mundo no son sino papel de desecho! Se llama la palabra, por excelencia, porque debe ser la meta y el límite de todas nuestras palabras; y la Escritura, como el señor supremo sobre todas las demás palabras o escritos de hombres reunidos en volúmenes, pues hay, como dicen los rabinos, una montaña de sentido colgando de cada tilde suya, de donde pueden recogerse flores y frases para pulir nuestros discursos, palabras sanas, además, que tienen una virtud sanadora muy por encima de todas las frases limadas de la elocuencia humana. Thomas Adams.
Vers. 162. «Como el que halla muchos despojos.» Esta imagen expresiva puede recordarnos el conflicto interior que hay que soportar para adquirir los despojos de esta preciosa palabra. Es tan contraria a nuestro gusto y temperamento naturales, que solo la abnegación habitual y la lucha contra la desgana del corazón pueden capacitarnos para "hallar los despojos". ¡Pero qué "grandes despojos" se reparten como fruto del conflicto! ¡Qué rica y abundante es la recompensa del "buen soldado de Jesucristo" que, por el poder del Espíritu, está resuelto a "soportar las penalidades" hasta vencer la resistencia de su corazón a este deber espiritual! Se "regocijará al hallar muchos despojos". A veces, como el botín con que se enriquecieron los leprosos en el campamento sirio, puede hallarse inesperadamente. A veces vemos las riquezas y los tesoros que encierra un pasaje o una doctrina mucho antes de poder hacerlos nuestros. Y a menudo, cuando nos ceñimos para el combate contra la pereza y las distracciones, bajo la debilidad de nuestras percepciones espirituales y el poder de la incredulidad, se elevan muchas oraciones y muchos suspiros pidiendo el auxilio divino antes de que seamos coronados con la victoria y podamos, como fruto de nuestra conquista, apropiarnos con gozo de la palabra para nuestra necesidad y angustia presentes. Charles Bridges.
Sugerencias para el predicador
Vers. 162.
- El tesoro escondido: "muchos despojos" ocultos en la palabra divina.
- El tesoro hallado: "como el que halla", etc.
(a) Por la lectura.
(b) Por la meditación.
(c) Por la oración.
- El tesoro disfrutado: "Me regocijo", etc.
G.R.
Vers. 162. David compara su gozo en la palabra de Dios con el gozo del guerrero que halla muchos despojos.
- Este gran gozo se despierta a veces por el hecho mismo de que hay una palabra de Dios.
(a) Las Escrituras son una revelación de Dios.
(b) La guía de nuestra vida.
(c) Una prenda segura de misericordia.
(d) El comienzo de la comunión con Dios.
(e) El instrumento de utilidad.
- Con frecuencia el gozo del creyente en la palabra proviene de haber tenido que batallar para asirla.
(a) Hemos tenido que luchar por ciertas doctrinas antes de poder alcanzarlas de verdad.
(b) Lo mismo puede decirse de las promesas.
(c) De los preceptos.
(d) De las amenazas.
(e) Incluso de la palabra que revela a Cristo.
- A veces el gozo del creyente consiste en disfrutar de la palabra de Dios sin lucha alguna: "el que halla".
- Hay un gozo que surge del hecho mismo de que la Santa Escritura pueda considerarse un botín.
(a) Un botín es el fin de la incertidumbre.
(b) Es el debilitamiento del adversario ante cualquier ataque futuro.
(c) Da una sensación de victoria.
(d) Al repartir el botín hay provecho, placer y honra.
(e) El despojo del enemigo es una profecía de reposo. Véase "Spurgeon's Sermons", n.º 1641: "Great Spoil."
Salmos 119:163
Vers. 163. «La mentira aborrezco y abomino.» Una expresión doble para una repugnancia inexpresable. La falsedad en la doctrina, en la vida o en el habla, la falsedad bajo cualquier forma o figura, se había vuelto totalmente detestable para el salmista. Era un estado notable para un oriental, pues por lo general la mentira es el deleite de los orientales, y el único mal que ven en ella es la falta de destreza en practicarla, de modo que se descubre al mentiroso. El propio David había avanzado mucho cuando llegó a esto. No se refiere, sin embargo, solo a la falsedad en la conversación; evidentemente piensa también en la perversidad en la fe y en la enseñanza. Consideró toda oposición al Dios de verdad como mentira, y volvió entonces toda su alma contra ella con la más intensa indignación. Los hombres piadosos deben detestar la falsa doctrina tanto como aborrecen una mentira.
«Pero tu ley amo.» Porque es toda verdad. Su amor era tan ardiente como su odio. Los hombres verdaderos aman la verdad y odian la mentira. Nos conviene saber hacia dónde van nuestros odios y nuestros amores, y podemos prestar un servicio esencial a otros declarando cuáles son sus objetos. Tanto el amor como el odio son contagiosos, y cuando están santificados, cuanto más amplia sea su influencia, mejor.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 163. «La mentira aborrezco y abomino», etc. Se ve aquí cómo la luz en el alma de David iba en aumento hasta el día perfecto. En la primera parte de este salmo, David, recordando su propio pecado, había orado: «Aparta de mí camino de mentira», y el Señor ciertamente había respondido su oración, pues ahora declara su total aborrecimiento de todo camino falso: «La mentira aborrezco y abomino». Y vemos, en cierta medida, el instrumento con que el Espíritu Santo obró el cambio: «Tu ley amo»; más aún, como añade en un versículo posterior, «Las he amado en gran manera». Y así debe ser siempre: el corazón debe tener algún objeto más santo de afecto que llene el vacío, o no habrá seguridad contra una recaída en el pecado. Podría hablar sin cesar sobre el pecado, la vergüenza y el peligro de mentir, y aunque en el momento y por un tiempo mis palabras tuvieran alguna influencia, a menos que el corazón esté lleno del amor de Dios y de la ley de Dios, la primera tentación resultaría demasiado poderosa. La Biblia nos enseña esto de muchas maneras. Dios dice a Israel no solo «Dejad de hacer lo malo», sino «Aprended a hacer el bien». Y más claramente aún lo dice el apóstol, cuando combatía la embriaguez: «No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu». Barton Bouchier.
Vers. 163. «La mentira aborrezco y abomino.» "Mentira", según el uso de la Escritura, no significa solo hablar contra lo que uno piensa, sino también pensar contra la verdad de las cosas y, en particular, dar a otros el culto y la gloria que se deben solo al Dios verdadero, pensar y obrar al margen de la verdad de Dios. Los hombres que perseguían a aquel hombre piadoso pensaban en la prosperidad y el poder terrenales como no debían pensar; juzgaron falsamente al siervo de Dios, y pensaron perversamente del mismo Dios. El hombre de Dios consideró estas cosas; vio la maldad y la vileza de ellas, y continuó: "La mentira aborrezco y abomino; tu ley amo". De todos los caminos falsos y engañosos de los hombres, de todo el orgullo y la pompa que rodean las cortes, de los afanes pecaminosos de los hombres mundanos, así como de la ostentosa idolatría de las naciones paganas, podía volverse con deleite del corazón a la contemplación de Jehová, en aquel maravilloso ritual que manifestaba la misericordia divina en sacrificios vicarios, observancias y fiestas; y a aquella santa ley que fue dada como regla del deber del hombre y de su obediencia agradecida; y estas cosas las amaba como manifestaciones de la gracia de Dios. John Stephen.
Vers. 163. «La mentira aborrezco»: no solo la "odio", ni simplemente la "abomino", sino "aborrezco y abomino", para reforzar y aumentar el sentido y hacerlo más vehemente. Donde la enemistad contra el pecado no es grande, el asunto puede arreglarse y componerse; pero David no quiere tener nada que ver con ella, pues dice: la detesto y la abomino, y la aborrezco con odio mortal. Un odio ligero a una conducta pecaminosa no basta para guardarnos de ella. Thomas Manton.
Vers. 163. El pecado parece tomar su nombre de la palabra hebrea "sana", odiar, la que se usa aquí, porque es lo que más ha de ser odiado, como el mayor mal, como lo que nos pone más lejos de Dios, el mayor bien. Nadie puede odiarlo sino quienes aman la ley de Dios, pues todo odio proviene del amor. El hombre natural puede enojarse con su pecado, pero odiarlo no puede; más aún, puede dejarlo, pero no aborrecerlo; si lo hiciera, aborrecería todo pecado, no solo uno. Abraham Wright.
Vers. 163. La mentira. Toda injusticia es abominable: hacer cualquier clase de agravio es un crimen atroz, pero la mentira es el crimen que, más que ningún otro, tiende a la disolución de la sociedad y a la perturbación de la vida humana; por eso Dios lo aborrece sobre todo, y los hombres tienen razón en detestarlo especialmente. De esto es más profundamente culpable el calumniador. «El testigo malvado se burlará del juicio, y la boca de los impíos encubrirá iniquidad», dice el sabio: Pr 19:28. Es en verdad, según una justa estimación, culpable de toda clase de injurias, pues quebranta toda la segunda tabla de los mandamientos respecto a nuestro prójimo. Muy claramente da falso testimonio contra su prójimo; codicia los bienes de su prójimo, pues es constantemente por un deseo desordenado, por su supuesta ventaja, de despojar a su prójimo de algún bien y trasladarlo a sí mismo, que el calumniador profiere su cuento; es también ladrón y salteador de su buen nombre, violador y corruptor de su reputación, asesino y homicida de su honra. Así viola todas las reglas de la justicia y comete toda clase de agravios contra su prójimo. Isaac Barrow.
Sugerencias para el predicador
Vers. 163. Polos opuestos del carácter cristiano.
- Por qué aborrezco la mentira: porque viene del diablo (Jn 8:44, Hch 5:3); lleva al diablo (Ap 21:8, Ap 22:15); es vil, peligrosa, degradante (Pr 19:5, 1 Ti 4:2, 2 Ti 3:13); es aborrecida por el Señor (Pr 6:16, Pr 6:17, Pr 12:22).
- Por qué amo la ley: porque emana de Dios; es el reflejo de su carácter; es el ideal de mi carácter.
- Cómo llegué a aborrecer y amar así: por la gracia de Dios: v. 29.
G.A.D.
Vers. 163.
- Cosas opuestas.
- Sentimientos opuestos.
Salmos 119:164
Vers. 164. «Siete veces al día te alabo a ti por tus justos juicios.» Se esforzó perfectamente por alabar a su Dios perfecto, y por eso cumplió el número perfecto de cantos. Siete puede indicar también frecuencia. Con frecuencia elevaba su corazón en acción de gracias a Dios por sus enseñanzas divinas en la palabra y por sus obras divinas en la providencia. Con su voz ensalzaba la justicia del Juez de toda la tierra. Cada vez que pensaba en los caminos de Dios, un cántico saltaba a sus labios. Al ver a los príncipes opresores, y al oír la falsedad que abundaba a su alrededor, se sentía tanto más obligado a adorar y magnificar a Dios, que en todas las cosas es verdad y justicia. Cuando otros nos roban nuestra alabanza, debe servirnos de advertencia para no caer en la misma conducta hacia nuestro Dios, que es mucho más digno de honra. Si alabamos a Dios cuando somos perseguidos, nuestra música le será tanto más dulce por nuestra constancia en el sufrimiento. Si nos mantenemos libres de toda mentira, nuestro cántico será más aceptable porque sale de labios puros. Si nunca adulamos a los hombres, estaremos en mejor condición para honrar al Señor. ¿Alabamos a Dios siete veces al día? ¿Lo alabamos una vez cada siete días?
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 164. «Siete veces al día te alabo.» Los afectos del alma no pueden mantenerse mucho tiempo en secreto; si son fuertes, estallarán en acciones. El amor de Dios es como un fuego en el corazón del hombre, que irrumpe y se manifiesta en la obediencia a sus mandamientos y en alabarlo por sus beneficios; y esto es lo que David declara ahora: que el amor de Dios no estaba ocioso en su corazón, sino que lo hacía fervoroso y ardiente en alabar a Dios, de modo que "siete veces al día" alababa a Dios. Pues con este número se expresa el cuidado de la devoción santa y el fervor de su amor. Al alabar a Dios no podía quedar satisfecho, dice Basilio. William Cowper.
Vers. 164. «Siete veces al día te alabo.» "Así como toda gracia crece por el ejercicio de sí misma", dice Sibbes, "así también la gracia de la oración. Por la oración aprendemos a orar". Y así le ocurría al salmista; a menudo se anticipaba al amanecer para su ejercicio de oración, y a medianoche se levantaba con frecuencia para derramar su alma en oración; ahora añade que "siete veces al día", o como diríamos nosotros, "a cada paso y a cada vuelta", halla ocasión y deleite para alabar. ¡Oh, si tuviéramos el espíritu y la práctica de David! Barton Bouchier.
Vers. 164. «Siete veces al día te alabo.» Un cristiano debe entregarse eminentemente a este diario sin límites. Walter Marshall.
Vers. 164. «Siete veces al día te alabo.» No como si tuviera siete horas fijas para este deber cada día, como quieren los papistas para dar apoyo a sus siete horas canónicas, sino que más bien se pone un número definido por uno indefinido, y así viene a decir que muy a menudo en el día alababa a Dios; su corazón santo tomaba pie de cada providencia para llevarlo al cielo con este encargo de oración y alabanza. William Gurnall.
Vers. 164. Siete veces al día. Algunos rabinos judíos afirman que aquí David debe entenderse literalmente, observando que los hebreos devotos acostumbraban alabar a Dios dos veces por la mañana antes de leer los diez mandamientos y una después; dos veces por la tarde antes de leer la misma porción de la inspiración, y dos después; lo cual da el número de siete veces al día. Nota de James Anderson a Calvino, en el lugar.
Sugerencias para el predicador
Vers. 164. La alabanza ofrecida: con frecuencia, con regularidad, de corazón, con inteligencia.
Vers. 164. Alabanza perpetua.
- La verdadera alabanza siempre está justificada.
- La verdadera alabanza siempre es bienvenida.
- La verdadera alabanza nunca se cansa. C.A.D.
Vers. 164.
- Algunos nunca te alaban; pero "siete veces al día", etc.; porque me deleito en hacerlo. "Tus justos juicios" son un terror para ellos, un gozo para mí.
- Algunos te alaban débil y fríamente, mientras que "siete veces", etc. Mi ardiente devoción debe expresarse con frecuencia en alabanza.
- Algunos se contentan con alabarte de vez en cuando, pero "siete veces", etc. Piensan que basta comenzar y terminar el día con alabanza, mientras que yo todo el día estoy en espíritu de alabanza.
- Algunos pronto dejan de alabarte, pero "siete veces", etc. No solo siete veces, sino "hasta setenta veces siete". Sin cesar te alabaré.
W.H.J.P.
Salmos 119:165
Vers. 165. «Mucha paz tienen los que aman tu ley.» ¡Qué versículo tan encantador! No mora con los que guardan perfectamente la ley, pues ¿dónde se hallarían tales hombres?, sino con los que la aman, cuyos corazones y manos se ajustan a sus preceptos y exigencias. Estos hombres se esfuerzan siempre, con todo su corazón, por andar en obediencia a la ley, y aunque a menudo son perseguidos, tienen paz, sí, mucha paz; porque han aprendido el secreto de la sangre reconciliadora, han sentido el poder del Espíritu consolador, y están ante el Padre como hombres aceptados. El Señor les ha dado sentir su paz, que sobrepasa todo entendimiento. Tienen muchas tribulaciones, y es probable que los soberbios los persigan, pero su condición habitual es la de una calma profunda, una paz demasiado grande para que este pequeño mundo la rompa.
«Y nada los hace tropezar», o "nada los dañará realmente". «A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.» Es necesario que vengan tropiezos, pero estos amantes de la ley son pacificadores, y así ni dan ni toman ofensa. Esa paz que se funda en la conformidad a la voluntad de Dios es una paz viva y duradera, digna de escribirse con entusiasmo, como lo hace aquí el salmista.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 165. «Mucha paz tienen los que aman tu ley.» En medio de las tormentas y tempestades del mundo, hay una calma perfecta en el pecho de quienes no solo hacen la voluntad de Dios, sino que "aman" hacerla. Están en paz con Dios, por la sangre de la reconciliación; en paz consigo mismos, por la respuesta de una buena conciencia y la sujeción de aquellos deseos que batallan contra el alma; en paz con todos los hombres, por el espíritu de caridad; y toda la creación está de tal modo en paz con ellos que todas las cosas les ayudan a bien. Ningún trastorno exterior puede robarles esta "mucha paz"; ningún "tropiezo" u obstáculo que se les ponga en el camino por la persecución o la tentación, por la malicia de los enemigos o la apostasía de los amigos, por nada de lo que vean, oigan o sientan, puede detenerlos o desviarlos de su curso. El amor celestial supera todo obstáculo y corre con deleite por el camino de los mandamientos de Dios. George Horne.
Vers. 165. «Mucha paz tienen los que aman tu ley.» Ha habido Elíes temblando por el arca de Dios, y Uzas extendiendo la mano por temor de que fuera a caer; pero en medio de las más hondas tribulaciones por las que ha pasado la iglesia, y de las más feroces tempestades que han rugido a su alrededor, ha habido hombres de Dios verdaderos y fieles que nunca se han desesperado. En todas las épocas ha habido Lutero y Latimer, que no solo han mantenido firme su confianza, sino cuya paz se ha profundizado con el rugir de las olas. Cuanto más abandonados por los hombres, más estrecha ha sido su comunión con Dios. Y asidos con fuerza a él y a sus promesas, con corazones que podían entrar en el lugar secreto del Altísimo, aunque todo fuera de ellos los agitaba, amenazaba y alarmaba, han sido guiados a una paz perfecta. James Martin, en "The Christian Mirror, and other Sermons", 1878.
Vers. 165. «Mucha paz tienen los que aman tu ley.» La limpieza de conciencia ayuda a tener pensamientos de consuelo. Pero obsérvese que la paz no es tanto producida como conservada por una buena conciencia y una buena conducta; pues aunque el gozo en el Espíritu Santo no hará su nido sino en un alma santa, solo la sangre de Cristo puede hablar paz: «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz»: Ro 5:1. Una vida exacta no hará, sino que mantendrá tranquila la conciencia; un zapato cómodo no sana un pie llagado, pero preserva de daño al sano. Andar con Dios conforme a las reglas del evangelio tiene la paz vinculada a sí, y esa paz es un tesoro tal que con ella un cristiano puede tener su gloria en sí mismo. Gá 6:4, 16. Su propio corazón le canta una melodía alegre que las amenazas y reproches del mundo no pueden acallar. El tesoro de consuelo no se gasta en la aflicción; la muerte misma no lo agota, sino que lo aumenta y lo eleva a un triunfo eterno. ¡Oh, su excelencia y su necesidad! Pablo lo guardó como cordial para el lecho de muerte: «Nuestra gloria es esta: el testimonio de nuestra conciencia»: 2 Co 1:12. Y Ezequías se atreve a presentarlo a Dios, así como a animarse con él al acercarse la muerte. Una conciencia buena en cuanto a integridad será buena también en cuanto a tranquilidad: «El justo está confiado como un león»; tienen mucha paz los que aman y guardan los mandamientos de Dios: Pr 28:1; Sal 119:165. Y dice el apóstol: «Si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios» (1 Jn 3:21), y puedo añadir que también ante los hombres. ¡Oh, qué consuelo y alivio da una conciencia limpia! El hombre de conciencia tiene algo dentro con que responder a las acusaciones de fuera; posee un tesoro tan rico que no faltará en las mayores angustias y peligros. Concluiré esto con una notable frase de Bernardo: "Los placeres de una buena conciencia son el paraíso de las almas, el gozo de los ángeles, un jardín de delicias, un campo de bendición, el templo de Salomón, la corte de Dios, la morada del Espíritu Santo". Oliver Heywood.
Vers. 165. Mucha paz. Nótese que la palabra hebrea para "paz" es mylw, shalom: significa no solo "paz", sino también perfección, integridad, prosperidad, tranquilidad, salud, seguridad, el cumplimiento y consumación de toda cosa buena; y así la toman con frecuencia los hebreos; de ahí que en los saludos, deseándose bien unos a otros, digan Pl mylw, shalom lekha, es decir, "la paz sea contigo", como si uno dijera: "que todas las cosas te vayan prósperas". Thomas Le Blanc.
Vers. 165. Los que aman tu ley. Amar una ley puede parecer extraño; pero es la única vida divina verdadera. Guardarla por miedo a sus castigos es solo una forma de temor o de consideración prudencial. Guardarla para conservar un buen nombre puede ser corrección y respetabilidad. Guardarla porque es lo mejor para la sociedad puede ser interés propio mundano. Guardarla por la salud física puede ser la política de la filosofía epicúrea. Guardarla porque la amamos es mostrar que ya es parte de nosotros, que ha entrado en el tejido moral de nuestro ser. Entonces el pecado se vuelve desagradable y las tentaciones pierden su poder. W. M. Statham, citado en "Atictoilette Commentary on the Psalms", 1879.
Vers. 165. «Y nada los hace tropezar.» Hebreo: "no tendrán tropiezo". 1 Jn 2:10: «No hay tropiezo en él», el que permanece en la luz, la cual le hace ver y evitar tales tropiezos. La riqueza, la tribulación, la tentación, que son ocasión de caída para muchos (Is 8:14-15; Ez 3:20; 7:19; 14:3-4, 7), no lo son para él. A. R. Faussett.
Vers. 165. Aprendan la verdadera sabiduría los que son nuevas criaturas y aman la santa ley de Dios. Todos ustedes, que han sido realmente traídos a Cristo, son transformados a su imagen, de modo que aman la santa ley de Dios. «Me deleito en la ley de Dios según el hombre interior.» «Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón»: Sal 19:8. El mundo dice: ¡Qué esclavo eres! No puedes tener un poco de diversión en el día de reposo, no puedes dar un paseo en domingo ni unirte a una merienda dominical; no puedes ir a un baile o a un teatro; no puedes gozar de los placeres de la indulgencia sensual; eres un esclavo. Yo respondo: Cristo no tuvo ninguno de estos placeres. No los quería; ni nosotros. Él sabía lo que era verdaderamente sabio, bueno y feliz, y escogió la santa ley de Dios. Fue el más libre de todos los seres, y sin embargo no conoció pecado. Hazme tan libre como Cristo es libre; esto es todo lo que pido. «Mucha paz tienen los que aman tu ley, y nada los hace tropezar.» Robert Murray M'Cheyne, 1813-1843.
Vers. 165. «Nada los hace tropezar.» Los que tienen este carácter de hijos de Dios no se escandalizarán de las disposiciones de Dios, por muy contrarias que sean a sus deseos, porque tienen un Dios a quien acudir en todas sus tribulaciones y un pacto seguro en que descansar. Por eso los oprobios que se arrojan sobre ellos y sobre el camino de Dios no los escandalizan; pues han hallado a Dios en ese mismo camino del cual otros hablan mal; nada de lo que acompaña al camino de Dios los ofende tanto como para que les desagrade o lo abandonen. Con todo, debemos tener cuidado de no ofendernos. John Bunyan.
Sugerencias para el predicador
Vers. 165.
- Gran amor a una gran ley.
- Gran paz en medio de gran inquietud.
- Gran sostén frente a todos los tropiezos.
Vers. 165. Paz perfecta.
- La ley de Dios debe mirarse con amor.
- El amor a la ley produce gran paz. Paz con Dios por la sangre de la reconciliación; paz consigo mismo por la buena conciencia y la supresión de los malos deseos; paz con los hombres por la caridad.
- La paz que brota del amor a la ley es una seguridad contra el tropiezo: "nada los hace tropezar"; ni la cruz diaria (Mr 5:21-22), ni la prueba de fuego (Mr 4:7), ni la doctrina que humilla (Jn 6:60, 66, etc.). C.A.D.
Vers. 165.
- Los caracteres descritos: "los que aman tu ley".
- La bendición que gozan: "mucha paz".
- Los males que escapan: "nada los hace tropezar".
G.R.
Vers. 165. La paz y la seguridad de los piadosos.
- Su paz. Surge de
(a) La libertad de una conciencia acusadora.
(b) La conformidad con las exigencias de la ley.
(c) El disfrute de los privilegios revelados en la ley.
(d) La seguridad de la aprobación y bendición divinas.
- Su seguridad.
(a) Están preparados para todo deber.
(b) Están a prueba de toda tentación.
(c) Están comprometidos a la perseverancia final.
(d) Tienen la promesa de la protección divina.
W.H.J.P.
Vers. 165.
- Un título honroso: "los que aman tu ley".
- Una buena posesión: "mucha paz tienen".
- Una bendita inmunidad: "nada los hace tropezar".
J.F.
Salmos 119:166
Vers. 166. «Tu salvación he esperado, oh Jehová, y tus mandamientos he puesto por obra.» Tenemos aquí la salvación por gracia y sus frutos. Toda la esperanza de David estaba puesta en Dios; solo de él esperaba la salvación; y entonces se esforzaba con el mayor empeño por cumplir los mandamientos de su ley. Los que menos confían en las buenas obras son muy a menudo los que más las tienen; la misma enseñanza divina que nos libra de confiar en nuestras propias obras nos lleva a abundar en toda buena obra para la gloria de Dios. En tiempos de angustia hay dos cosas que hacer: la primera es esperar en Dios, y la segunda es hacer lo recto. La primera sin la segunda sería mera presunción; la segunda sin la primera, mero formalismo. Es bueno que, al mirar atrás, podamos afirmar que hemos obrado como el Señor manda. Si hemos obrado rectamente para con Dios, estamos seguros de que él obrará bondadosamente con nosotros.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 166. «Tu salvación he esperado, oh Jehová», etc. Esta es la verdadera postura en que todos los siervos de Dios deberían desear ser hallados: esperando en su misericordia y cumpliendo sus mandamientos. ¡Cuán fácil sería demostrar la conexión entre el sentimiento de la mente aquí reconocido y la obediencia con que aquí se asocia! Es la esperanza de salvación la que es el gran motivo que penetra todo hacia la santidad, y es la conciencia de obedecer la voluntad de Dios la que fortalece nuestra esperanza de tener parte en la misericordia divina. John Morison.
Vers. 166. «Tu salvación he esperado, oh Jehová.» Esta expresión la tomó prestada del buen anciano Jacob. Gn 49:18. John Trapp.
Vers. 166. «Tus mandamientos he puesto por obra.» Dedíquense a practicar lo que leen. Un estudiante de física no se satisface con leer un sistema o cuerpo de física, sino que se pone a practicar la física: la sangre vital de la religión está en la parte práctica. Los cristianos deberían ser Biblias andantes. Jenofonte decía: "Muchos leen las leyes de Licurgo, pero pocos las observan". La palabra escrita no es solo una regla de conocimiento, sino una regla de obediencia; no es solo para mejorar nuestra vista, sino para mejorar nuestro paso. David llama a la palabra de Dios «lámpara a mis pies» (Sal 119:105). No era solo una luz para que sus ojos vieran, sino para que sus pies anduvieran. Por la práctica negociamos con el talento del conocimiento y lo convertimos en ganancia. Esta es una bienaventurada lectura de la Escritura: cuando huimos de los pecados que la palabra prohíbe y abrazamos las doctrinas que la palabra manda. La lectura sin práctica no será sino una antorcha que alumbre a los hombres hacia el infierno. Thomas Watson.
Vers. 166-168. El que echa los mandamientos tras sus espaldas es muy presuntuoso al aplicarse las promesas. Esa esperanza que no va acompañada de obediencia avergonzará al hombre. El que ha aprendido la palabra de Dios sabe que la ley no es anulada por la fe, sino establecida: Ro 3:31. Cristo, Cabeza y Profeta de la iglesia, en su sermón del monte muestra el alcance de la ley, exigiendo pureza en el corazón y los pensamientos, así como en la vida y las acciones, y condena a «cualquiera, pues, que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres»; pero a «cualquiera que los haga y los enseñe» lo reconoce como grande en su reino: Mt 5:19. La ley dada en el monte Sinaí es establecida por el Legislador Cristo en el monte Sion como regla de justicia. Y quienes están rectamente instruidos, «los que anduvieren conforme a esta regla», tendrán el corazón y la conducta ordenados conforme a su dirección, y «paz y misericordia sobre ellos», y por esto se mostrarán ser en verdad el Israel de Dios. Nathanael Vincent.
Sugerencias para el predicador
Vers. 166.
- Una esperanza que no avergüenza.
- Una vida que no avergüenza.
- Un Dios de quien no se avergüenza.
Vers. 166. Una buena esperanza por gracia.
- La salvación es don de Dios: "tu salvación".
- Se aprehende por la esperanza: "he esperado".
- Va acompañada de obediencia: "y tus mandamientos he puesto por obra". He 6:9.
C.A.D.
Salmos 119:167
Vers. 167. «Mi alma ha guardado tus testimonios.» Mi vida exterior ha guardado tus preceptos, y mi vida interior, mi alma, ha guardado tus testimonios. Dios ha dado testimonio de muchas verdades sagradas, y estas las retenemos como a la vida misma. El hombre piadoso guarda la verdad de Dios dentro de su corazón como un tesoro sumamente querido y precioso: la guarda. Su alma secreta, su yo más íntimo, se vuelve guardián de estas enseñanzas divinas que son su única autoridad en los asuntos del alma.
«Y los he amado en gran manera.» Por eso los guardaba, y habiéndolos guardado, este fue el resultado de guardarlos. No almacenó la verdad revelada meramente por deber, sino por un afecto profundo e inexpresable hacia ella. Sentía que antes moriría que renunciar a cualquier parte de la revelación de Dios. Cuanto más llenemos nuestra mente de la verdad celestial, más profundamente nos enamoraremos de ella: cuanto más veamos las inmensas riquezas de la Biblia, más excederá nuestro amor toda medida y toda expresión.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 167. «Mi alma ha guardado tus testimonios, y los he amado en gran manera.» ¿No debería haber dicho primero: he amado tus mandamientos, y así los he guardado? Sin duda así fue; pero aquí corrió en un círculo santo y celestial: los he guardado y amado, y los he amado y guardado. Si amamos a Cristo, también viviremos la vida de amor en nuestra medida, y sus mandamientos nos serán muy queridos cuando él mismo sea sumamente precioso. Thomas Shepard, en "The Sound Believer", 1671.
Vers. 167. Mi alma. Es una frase habitual entre los hebreos, cuando quieren expresar su vehemente afecto por algo, decir "mi alma": como en Sal 103:1; 104:1, «Bendice, alma mía, a Jehová», y Lc 1:46, «Engrandece mi alma al Señor». Richard Greenham.
Vers. 167. «Los he amado en gran manera.» Es solo una retribución razonable a Dios; pues el Padre me amó tan sobremanera que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por mí; y el Hijo me amó tan sobremanera que se dio a sí mismo por mí, y me devolvió a mí mismo cuando yo estaba perdido en mis pecados, original y actuales. Gerhohus (1093-1169), en Neale y Littledale.
Vers. 167-168. Que la conciencia de nuestros fallos diarios no nos haga retroceder ante esta fuerte expresión de confianza. Se alega como evidencia de gracia, no como pretensión de mérito, y por tanto el creyente más humilde no necesita vacilar en adoptarla como expresión de sinceridad cristiana ante Dios. David no aspiraba a un carácter más alto que el de un pobre pecador; pero era consciente de la espiritualidad de su obediencia, de su "amor en gran manera" a la palabra divina y de un andar habitual bajo los ojos de su Dios: las evidencias de un corazón (mencionado a menudo en el Antiguo Testamento) "perfecto con él". Charles Bridges.
Sugerencias para el predicador
Vers. 167. Pasado y presente.
Vers. 167.
- Cuanto más guardemos los testimonios de Dios, más los amaremos.
- Cuanto más los amemos, más los guardaremos.
G.R.
Vers. 167.
- Las joyas: "tus testimonios".
(a) Raras; ninguna como ellas.
(b) Ricas; superiores a toda tasación.
(c) Hermoseando a quienes las llevan.
(d) Resplandecientes con un esplendor interno y esencial en la oscuridad de este mundo.
(e) Realizando en verdad las viejas supersticiones sobre las piedras preciosas que tendrían virtudes medicinales y mágicas.
- El estuche: "mi alma".
(a) Hecho exactamente para recibir las joyas.
(b) Una obra maravillosa de la artesanía divina; pero toda arruinada y estropeada a menos que se aplique al uso para el que fue diseñada.
(c) El único receptáculo desde el cual la genuina belleza de los testimonios de Dios puede brillar de modo que suscite la admiración de quienes la contemplan.
- La cerradura que lo guarda todo seguro: "los he amado en gran manera".
(a) El amor es el cierre más firme del universo.
(b) Se necesita, pues diez mil ladrones merodean para robarnos el tesoro.
(c) Un amor "en gran manera" es una patente celestial; ningún ingenio puede forzarla; es a prueba de fuego y de ladrones, incluso contra el infierno mismo.
J.F.
Salmos 119:168
Vers. 168. «Guardé tus mandamientos y tus testimonios.» Había almacenado, preservado y seguido tanto la parte práctica como la doctrinal de la palabra de Dios. Es cosa bendita ver las dos formas de la palabra divina igualmente conocidas, igualmente estimadas, igualmente confesadas: no debe haber selección ni elección respecto a la mente de Dios. Conocemos a quienes procuran ser cuidadosos con los preceptos, pero que parecen pensar que las doctrinas del evangelio son meras cuestiones de opinión, que pueden moldear a su gusto. Este no es un estado perfecto de cosas. Hemos conocido a otros que son muy rígidos en cuanto a las doctrinas, y dolorosamente laxos respecto a los preceptos. Esto tampoco está bien. Cuando ambos son "guardados" con igual celo, entonces tenemos al hombre perfecto.
«Porque todos mis caminos están delante de ti.» Probablemente quiere decir que este era el motivo de su empeño en ser recto tanto de cabeza como de corazón: porque sabía que Dios lo veía, y bajo el sentido de la presencia divina temía errar. O bien apela así a Dios para que dé testimonio de la verdad de lo que ha dicho. En uno u otro caso no es pequeño consuelo sentir que nuestro Padre celestial lo sabe todo acerca de nosotros, y que si los príncipes hablan contra nosotros y los mundanos llenan su boca de crueles mentiras, él puede vindicarnos, pues nada hay secreto ni oculto para él.
Nos llama la atención el contraste entre este versículo, que es el último de su octava, y el Sal 119:176, que ocupa un lugar similar en la octava siguiente. Este es una protesta de inocencia, "he guardado tus preceptos", y aquel una confesión de pecado, "me extravié como oveja perdida". Ambos eran sinceros, ambos exactos. La experiencia aclara muchas paradojas, y esta es una. Ante Dios podemos estar libres de falta manifiesta y, al mismo tiempo, lamentar mil extravíos del corazón que necesitan su mano restauradora.
El salmista se acerca al final del salmo, y sus peticiones cobran fuerza y fervor; parece irrumpir en el círculo íntimo de la comunión divina y llegar hasta los pies del gran Dios cuyo auxilio implora; esta cercanía crea la más humilde estima de sí mismo, y lo lleva a cerrar el salmo sobre su rostro en la más profunda humillación propia, rogando ser buscado como oveja perdida.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 168. «Guardé tus mandamientos, porque todos mis caminos están delante de ti.» Cuando los hombres están algo lejos de la vista del rey, se comportan con decoro; pero cuando entran en su cámara de audiencias para hablar con él, son sumamente cuidadosos. Porque los santos están siempre a la vista de Dios, su conducta constante debe ser piadosa y decorosa. George Swinnock.
Vers. 168. «Guardé tus mandamientos», etc. La palabra hebrea yne, shamar, que aquí se traduce "guardé", significa guardar con cuidado, con diligencia, con empeño, con exactitud. Significa guardar como se guarda a los prisioneros, y guardar como un centinela guarda la ciudad o la guarnición; sí, guardar como se guardaría la propia vida. Pero notad ahora cuál era la razón de que David guardara los preceptos y testimonios del Señor tan cuidadosa, sincera, diligente, esmerada y exactamente. La razón la tenéis en la última parte del versículo: «porque todos mis caminos están delante de ti». ¡Oh, señores! Es tan necesario para el que quiere sobresalir en santidad poner siempre al Señor delante de sí, como lo es respirar. En aquel capítulo 31 de Job tenéis una larguísima narración de la altura y perfección de santidad que Job había alcanzado, y la gran razón que él da para ello está en el versículo 4: «¿No ve él mis caminos, y cuenta todos mis pasos?». El ojo de Dios tenía una influencia tan fuerte sobre su corazón y su vida, que lo elevó a un grado muy alto de santidad. Thomas Brooks.
Vers. 168. «Todos mis caminos están delante de ti.» Que Dios ve los secretos de nuestro corazón es un punto terrible para los impíos, pero gozoso para los piadosos. A los impíos les pesa que su corazón esté tan abierto: es una olla hirviente de toda maldad, un horno y una fragua de mal. Les duele que el hombre oiga y vea sus palabras y acciones; ¡pero qué terror es que su Juez, a quien aborrecen, vea su pensamiento! Si pudieran negarlo, lo harían. Pero cuantos de ellos están convencidos y obligados a reconocer a un Dios, se estremecen pronto también ante esto: que él lo ve todo. Otros proceden más sumariamente, y de una vez niegan la Deidad en su corazón, y así destruyen esta conciencia de su omnisciencia. Pero es en vano: cuanto más endurecen su corazón con este pensamiento impío, más miedo hay en ellos; mientras ahogan y reprimen su conciencia para que no clame contra ellos, esta los reprime con la previsión de una venganza espantosa y, por el momento, los convence de la omnisciencia de Dios, tanto más cuanto más se esfuerzan por suprimirla. Pero los piadosos se regocijan en esto; es para ellos una regla con que ajustar sus pensamientos; no se permiten libertad alguna de mal pensar, querer, desear o afectar en sus corazones. Donde esa lámpara alumbra, todo se forma como digno de aquel y de su vista, a quien saben que está viendo su corazón. William Struther, 1633.
Vers. 168. «Todos mis caminos están delante de ti.» Camina, cristiano, a la vista de la omnisciencia de Dios; di a tu alma: cave, videt Deus, cuidado, Dios ve. Es "bajo la rosa", como dice la frase común, que se habla la traición, cuando los súbditos piensan que están bastante lejos del oído de su rey; pero si supieran que el príncipe está bajo la ventana o detrás de los tapices, su conversación sería más leal. Esto hizo a David tan recto en su andar: «Guardé tus mandamientos, porque todos mis caminos están delante de ti». Si la silla vacía de Alejandro, que sus capitanes ponían delante de sí cuando se reunían en consejo, los imponía de tal modo que los mantenía en buen orden, ¡cuán útil sería poner delante de nosotros el hecho de que Dios nos está mirando! Los judíos cubrieron el rostro de Cristo y luego lo abofetearon: Mr 14:65. Así hace el hipócrita; primero dice en su corazón que Dios no ve, o al menos olvida que ve, y luego se atreve a pecar contra él; como aquella ave necia que mete la cabeza entre los juncos y se cree a salvo del cazador, como si por no ver ella a su enemigo, él tampoco pudiera verla a ella. Te mihi abscondam, non me tibi (Agustín). Puedo ocultarte de mis ojos, pero no ocultarme a mí de los tuyos. William Gurnall.
Sugerencias para el predicador
Vers. 168.
- La exigencia de la palabra de Dios sobre nuestra más plena obediencia. "Guardé tus mandamientos y tus testimonios." No quiere decir que los hubiera guardado perfectamente, pues eso contradiría otras expresiones del salmo. Quiere decir que los guardó con sinceridad y se esforzó por guardarlos perfectamente, como quien comprendía su exigencia sobre él.
(a) Toda la palabra es divina: una autoridad igual penetra todo precepto; no debe hacerse distinción de mayor o menor obligación.
(b) Toda la palabra es pura y recta; la conveniencia, o sea hacer que la medida y la manera de la obediencia convengan a nuestro propósito, es un principio falso; ha de distinguirse cuidadosamente de la conveniencia justa, que es renunciar a un derecho personal en consideración al beneficio de otro.
(c) El código moral de la palabra es una unidad; la obediencia es como una cadena enlazada: un defecto voluntario en un eslabón vuelve inútiles todos.
- La conciencia que ayuda grandemente a la obediencia: "Porque todos mis caminos están delante de ti."
(a) "Están delante de ti", claramente vistos por ti.
(b) "Están delante de ti", constantemente observados.
(c) "Están delante de ti", puestos deliberadamente por mí delante de ti, para que sean corregidos y dirigidos.
J.F.
Vers. 168. Todos mis caminos están delante de ti.
- El deleite del santo.
- La angustia del pecador.
W.W.
Vers. 168 (segunda parte).
- Necesariamente así: porque tú eres el Dios omnisciente: Sal 134:3.
- Voluntariamente así: porque elijo andar a tu vista. Véase Sal 16:9.
- Consciente y bienaventuradamente así. Porque la luz de tu rostro me inspira y me alegra. Véase Sal 89:15.
W.H.J.P.
Vers. 168 (segunda parte). Vivir a la vista de Dios: de hecho es el caso de todos; por designio, el caso de los piadosos; felizmente, el caso de los favorecidos; de manera sobresaliente, el caso de los que permanecen en comunión.
Vers. 168.
- Las enseñanzas prácticas y doctrinales de Dios delante de nosotros.
- Todos nuestros caminos delante de él.
- La clase de conducta que producirán estas dos causas.
Esto comienza una nueva división del salmo, indicada por la última letra del alfabeto hebreo, la letra Tau, que corresponde a nuestra "t" o "th". Albert Barnes.
Salmos 119:169
Vers. 169. «Llegue mi clamor delante de ti, oh Jehová.» Teme con temblor no ser oído. Es consciente de que su oración no es mejor que el grito de un pobre niño o el gemido de una bestia herida. Teme que sea excluida del oído del Altísimo, pero ruega con mucho atrevimiento que llegue delante de Dios, que esté a su vista, bajo su atención, y sea mirada con su aceptación; más aún, va más lejos y suplica: "Llegue mi clamor delante de ti, oh Jehová". Quiere que la atención del Señor a su oración sea muy cercana y considerada. Usa una figura del lenguaje y personifica su oración. Podemos imaginar su oración como Ester, aventurándose a la presencia real, suplicando una audiencia y rogando hallar gracia a los ojos del bienaventurado y único Soberano. Es cosa dulcísima para el suplicante saber con certeza que su oración ha obtenido audiencia, que ha pisado el mar de vidrio ante el trono y ha llegado hasta el estrado del glorioso asiento alrededor del cual el cielo y la tierra adoran. Es a Jehová a quien se expresa esta oración con temblorosa seriedad: nuestros traductores, llenos de santa reverencia, vierten la palabra "oh SEÑOR". No pedimos audiencia a ningún otro, pues en ningún otro tenemos confianza.
«Dame entendimiento conforme a tu palabra.» Esta es la oración por la cual el salmista está tan sumamente ansioso. Con todo lo que adquiera, quiere adquirir entendimiento, y por lo que pierda, está resuelto a no perder esta inestimable dádiva. Desea la luz y el entendimiento espiritual tal como se promete en la palabra de Dios, tal como procede de la palabra de Dios y tal como produce obediencia a la palabra de Dios. Ruega como si no tuviera entendimiento alguno propio, y pide que se le dé uno. "Dame entendimiento." En verdad, tenía un entendimiento según el juicio de los hombres, pero lo que buscaba era un entendimiento conforme a la palabra de Dios, que es muy otra cosa. Entender las cosas espirituales es don de Dios. Tener un juicio iluminado por la luz celestial y conformado a la verdad divina es un privilegio que solo la gracia puede dar. Muchos que son tenidos por sabios a la manera de este mundo son necios según la palabra del Señor. Que estemos entre aquellos hijos felices que serán todos enseñados por el Señor.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 169. «Llegue mi clamor delante de ti, oh Jehová.» Es decir, según algunos quieren, que todo este salmo precedente, y todas las peticiones (de las cuales tenemos aquí una repetición) que contiene, sean muy bien recibidos en el cielo. John Trapp.
Vers. 169. «Llegue mi clamor delante de ti, oh Jehová.» Hemos llegado ahora a la última sección de este salmo, en la que vemos a David más fervoroso en la oración que en la primera, como fácilmente observaréis comparando ambas. Los piadosos, cuanto más tiempo hablan a Dios, más fervorosos y ardientes son para hablarle; de modo que, a menos que la necesidad los obligue, desean no interrumpir jamás el trato con él.
Muchas oraciones ha hecho a Dios en este salmo; ahora, al final, ora por sus oraciones, para que el Señor las deje llegar delante de él. Algunos hombres envían oraciones, pero Dios las convierte en pecado y las aparta de sí: por eso David busca favor para sus oraciones. William Cowper.
Vers. 169. «Dame entendimiento.» Esta fue la oración de Salomón (1 R 3:9), y se nos dice que agradó al Señor, y como recompensa añadió la prosperidad temporal que el joven rey no había pedido. Sin embargo, Salomón quería decir menos con su oración que su padre David; pues vemos en él poco rastro de la profunda devoción por la que su padre fue tan notable. El salmista hace aquí una oración profunda que solo puede ser contestada por el mismo Espíritu Santo iluminando el alma. El entendimiento es un miembro importantísimo de nuestra estructura espiritual. La conciencia es el entendimiento ejercido sobre las cuestiones morales, y si este no es recto, ¿dónde estaremos? Nuestra comprensión de la palabra de Dios viene por la enseñanza, pero también por la experiencia: casi nada entendemos hasta que lo experimentamos. Tal experiencia iluminadora es don de Dios, y a él debemos pedirla en oración. C. H. S.
Vers. 169. «Dame entendimiento.» La obra especial del Espíritu Santo en la iluminación de nuestras mentes para entender la Escritura se llama "entendimiento". El salmista ora: «Dame entendimiento, y guardaré tu ley» (v. 34). Así habla el apóstol a Timoteo: «Considera lo que digo, y el Señor te dé entendimiento en todo»: 2 Ti 2:7. Además de su propia consideración de lo que se le proponía, lo que incluye el uso debido y diligente de todos los medios externos, era necesario además que Dios le diera entendimiento por una obra interior eficaz de su Espíritu, para que comprendiera las cosas en que era instruido. Y el deseo de esto, como de aquello sin lo cual no puede haber conocimiento salvador de la palabra, para provecho de ella, lo expresa el salmista enfáticamente, con gran fervor de espíritu, en el v. 144: «Justicia eterna son tus testimonios; dame entendimiento, y viviré». Sin esto sabía que no podría tener provecho alguno de la justicia eterna de los testimonios de Dios. Todo entendimiento, en verdad, aunque lo usen mal los más, es obra y efecto del Espíritu Santo, pues «la inspiración del Omnipotente le hace que entienda»: Job 32:8. Así es este entendimiento espiritual, de manera especial, un don de Dios. En este "entendimiento" se incluyen tanto la capacidad de nuestra mente como su ejercicio debido. Esta sola consideración, que los santos de Dios hayan orado con tanto fervor para que Dios les diera entendimiento de su mente y voluntad tal como se revelan en la palabra, con sus reiteradas promesas de que así lo haría, tiene para mí más peso que todas las disputas de los hombres en contra. No es necesario ningún otro argumento para probar que los hombres no entienden debidamente la mente de Dios en la Escritura, que su suposición y confianza de poder hacerlo sin que el Espíritu Santo les comunique un entendimiento espiritual. Esta confianza en sí mismos es directamente contraria a los testimonios claros y expresos de la palabra. John Owen.
Vers. 169. «Dame entendimiento.» ¿Por qué ha de orar aquí el hombre de Dios por entendimiento? ¿No había orado a menudo por él antes? ¿Era un novato en conocimiento, siendo profeta? ¿No reprende nuestro Salvador Cristo las repeticiones y la palabrería en la oración? Es verdad que nuestro Salvador Cristo reprende esa palabrería que carece de fe, de conocimiento y de sentimiento de nuestras necesidades; pero no habla contra aquellas repeticiones serias que proceden de abundante conocimiento, abundante fe y vivo sentimiento de nuestras necesidades. Además, aunque no puede negarse que era un hombre de Dios y había recibido gran gracia, sin embargo Dios da conocimiento a sus más queridos santos en esta vida solo en parte, y lo más que vemos y sabemos es poco. Por otra parte, cuando tenemos conocimiento, y el conocimiento debe llevarse a la práctica, hallamos tales dificultades, tal terquedad, tal olvido, tales carencias, que aunque hayamos tenido con el profeta una muy buena dirección en las cosas generales de la palabra, que son universales y pocas, hallaremos muchas distracciones en nuestras prácticas, que han de ser particulares y muchas; y fallaremos o en la memoria por olvido, o en el juicio por ceguera, o en el afecto por tibieza. Tan fácilmente podemos resbalar cuando pensamos que podemos seguir nuestro camino. Por eso el hombre de Dios, por el examen que hizo de su corazón y sus afectos, viendo aquellas múltiples angustias y dificultades, ora en el versículo siguiente, no por la renovación de los hombres en general en sus tribulaciones, sino por la consideración de su propia condición particular. Richard Greenham.
Vers. 169. «Conforme a tu palabra.» David no busca aquí el entendimiento de manera carnal, pues la sabiduría de la carne es muerte, sino que busca el entendimiento conforme a la palabra de Dios. Sin esto la sabiduría del hombre es necedad; y cuanto más sutil parece ser en sus caminos, más profundamente se enreda en el lazo del diablo. «Han aborrecido la palabra de Jehová, ¿y qué sabiduría tienen?» Jer 8:9. Pero siendo él un excelente profeta, y habiendo declarado antes que tenía más entendimiento que los ancianos, más aún, que sus maestros, ¿cómo es que sigue orando por entendimiento? A esto hay que responder que hay una gran diferencia entre los dones de la naturaleza y de la gracia. La naturaleza da muchas veces al hombre dones muy excelentes, como memoria rara, conocimiento, ingenio vivo, fuerza, belleza exterior; pero con todo no enseña al hombre a considerar aquello en que es deficiente; por lo cual sucede que se ensoberbece de lo que tiene. Esto es común a los hombres en el estado de naturaleza: que de pequeños dones conciben gran orgullo; pero la gracia, así como da al hombre dones más excelentes que los que la naturaleza puede ofrecer, le enseña también a mirar lo que le falta, para que no se envanezca considerando lo que tiene, sino que sea llevado, con toda humildad de corazón, a orar por lo que le falta. Abraham Wright.
Sugerencias para el predicador
Bosquejos sobre palabras clave del salmo, por el pastor C. A. Davis.
Versículos 169-176. El clamor final. Pidiendo audiencia para su ruego, el salmista pide entendimiento y liberación (vv. 169, 170); se eleva a alabar a Dios (v. 171) y a hablar de Dios (v. 172), y clama por ayuda (v. 173), salvación (v. 174), vida (v. 175) y (v. 176).
Sugerencias para el predicador
Vers. 169-170.
- La singular dignidad de la oración. Estamos en la tierra, pero nuestras oraciones pasan más allá de los serafines y "llegan delante de Dios".
- El poderoso derecho de la oración a alegar ante Dios su propia palabra: "conforme a tu palabra".
- Las posibilidades triunfantes de la oración. Bendiciéndonos en mente y en bienes. Para el tiempo y la eternidad. "Dame entendimiento." "Líbrame."
- La asombrosa licencia concedida a la oración. Doblar y reiterar sus peticiones (como aquí).
W.B.H.
Vers. 169.
- Admisión a la corte real.
- Instrucción desde el trono real.
- Confianza en la palabra real.
Salmos 119:170
Vers. 170. «Llegue mi súplica delante de ti.» Es la misma petición con un ligero cambio de palabras. Humildemente llama a su clamor una súplica, una especie de petición de mendigo; y de nuevo pide audiencia y respuesta. Podría haber obstáculos en el camino de una audiencia, y ruega que se quiten: que llegue. Otros creyentes son oídos: que mi oración llegue delante de ti.
«Líbrame conforme a tu palabra.» Líbrame de mis adversarios, límpiame de mis calumniadores, presérvame de mis tentadores y sácame de todas mis aflicciones, tal como tu palabra me ha hecho esperar que harás. Para esto busca entendimiento. Sus enemigos tendrían éxito por su necedad, si es que lo tuvieran; pero si ejercitaba una sana discreción, quedarían frustrados y él escaparía de ellos. El Señor, en respuesta a la oración, libra con frecuencia a sus hijos haciéndolos sabios como serpientes además de sencillos como palomas.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 170. «Llegue mi súplica delante de ti», etc. El adorador sincero no puede contentarse con nada menos que el trato real con Dios. La rutina del deber no puede agradar donde no se ha concedido el espíritu de gracia y de súplica. Una disposición filial se derramará en ardientes anhelos de comunión con Dios. Ni la esperanza de una audiencia benigna se fundará en otro alegato que el de la palabra segura de la promesa de Jehová. Es de acuerdo con esa palabra, y no en oposición a ella, que el hijo de Dios espera ser oído. Siente que toda su liberación viene del Señor, y todo lo que espera del cielo lo prevé como respuesta a la oración. ¡Oh, cuánto más de esa fe que apela a la veracidad divina, y que mira con ojo firme a la promesa de un Dios que guarda el pacto! John Morison.
Vers. 170. «Llegue mi súplica delante de ti.» Observen el orden de las palabras aquí y en el versículo precedente. Primero teníamos: "Llegue mi clamor"; luego "Dame entendimiento", y eso "conforme a tu palabra", y ahora tenemos "Entre mi oración (LXX, siríaco, árabe, Vulgata) delante de ti". Así también, si deseas una entrevista con un hombre de muy alto rango, primero te acercas a su casa, luego pides información e instrucción sobre sus intenciones, luego pides permiso para entrar, para que no te echen ni te nieguen la entrada. Llama, pues, a la puerta del palacio celestial: llama, no con tu mano corporal, sino con la mano derecha de la oración. Pues la voz puede llamar tan bien como la mano, como está escrito: «La voz de mi amado que llama»: Cnt 5:2. Y cuando hayas llamado, mira cómo entras, no sea que después de entrar no llegues a ver al Rey. Pues son muchos los que se abren paso en los palacios y no obtienen de inmediato audiencia de un soberano terrenal, sino que han de vigilar constantemente hasta lograr por fin una entrevista. Ni tienen la elección de la oportunidad: vienen cuando se les manda llamar, y entonces presentan su petición, si quieren ser bien recibidos. Ambrosio, en Neale y Littledale.
Sugerencias para el predicador
Vers. 170-174. El suplicante: Sal 119:170. El cantor: Sal 119:171. El predicador: Sal 119:172. El obrero: Sal 119:173. El que espera: Sal 119:174.
Vers. 170.
- Acceso buscado.
- Respuesta suplicada.
- Argumento empleado.
Salmos 119:171
Vers. 171. «Mis labios rebosarán alabanza cuando me enseñares tus estatutos.» No estará siempre abogando por sí mismo; se elevará por encima de todo egoísmo y dará gracias por el beneficio recibido. Promete alabar a Dios cuando haya obtenido instrucción práctica en la vida de piedad: esto es algo por lo cual alabar, ninguna bendición es más preciosa. La mejor alabanza posible es la que procede de hombres que honran a Dios no solo con sus labios, sino con sus vidas. Aprendemos la música del cielo en la escuela de la vida santa. Aquel cuya vida honra al Señor es seguramente un hombre de alabanza. David no sería agradecido solo en silencio, sino que expresaría ese agradecimiento en términos apropiados: sus labios dirían lo que su vida había practicado. Los discípulos eminentes suelen hablar bien del maestro que los instruyó, y este hombre santo, cuando le sean enseñados los estatutos del Señor, promete dar toda la gloria a aquel a quien se debe.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 171. «Mis labios rebosarán alabanza.» Han estado ustedes en la fuente de una corriente de agua, y han admirado cómo brotaba y corría en un claro arroyuelo hasta que por fin engrosaba el poderoso río. Tal es la alusión aquí. El corazón enseñado por Dios no puede contenerse, sino que prorrumpe en alabanza y canto. Este sería el efecto de la iluminación divina, y se sentiría que es un privilegio, más aún, un alto deber. ¿No lo han hallado así, creyentes, especialmente en ocasiones comunes? Tengan por seguro que tales expresiones son señal de un corazón renovado; más aún, de un corazón lleno de toda gratitud y recto sentir. John Stephen.
Vers. 171. «Mis labios rebosarán alabanza», etc.
¡Oh, hazme, Señor, aprender tus estatutos!
Guarda en tus caminos mis pies,
Entonces mis labios arderán divinamente;
Entonces mis cantos serán dulces.
Cada pecado que deseche hará
Más fuerte mi alma para remontarse;
Cada acto de santidad despertará
Un acento divino más.
Mi voz deleitará más tu oído
Cuanto más espere en ti;
El servicio acercará más mi canto
A la armonía angélica.
T. H. Gill, en "Breathings of the Better Life" 1881.
Sugerencias para el predicador
Vers. 171. Enseñado; enseñado a alabar; alabando; alabando por haber sido enseñado.
Vers. 171. Aprender a cantar aprendiendo a obedecer.
Vers. 171. El discípulo feliz.
- Se regocija en la lección que ha aprendido.
- En el Maestro que se la ha enseñado.
- Espera el final de su lección como el tiempo del canto pleno de su cántico. C.A.D.
Vers. 171. Lecciones de alabanza.
- Es obra de santos.
- Es obra sagrada, en la que no hay que lanzarse apresuradamente.
- Necesita cantores instruidos por el Espíritu. W.B.H.
Salmos 119:172
Vers. 172. «Cantará mi lengua tus dichos.» Cuando terminó de cantar, comenzó a predicar. Las tiernas misericordias de Dios son tales que pueden ser dichas o cantadas. Cuando la lengua habla de la palabra de Dios, tiene un tema fructiferísimo; tal hablar será como un árbol de vida, cuyas hojas serán para la sanidad de las naciones. Los hombres se reunirán para escuchar tal conversación y la guardarán en su corazón. Lo peor de nosotros es que en su mayor parte estamos llenos de nuestras propias palabras y hablamos poco de la palabra de Dios. ¡Oh, si pudiéramos llegar a la misma resolución que este hombre piadoso, y decir de ahora en adelante: "Cantará mi lengua tus dichos"! Entonces romperíamos nuestro pecaminoso silencio; ya no seríamos cobardes ni de medio corazón, sino testigos verdaderos de Jesús. No solo de las obras de Dios hemos de hablar, sino de su palabra. Podemos ensalzar su verdad, su sabiduría, su preciosidad, su gracia, su poder; y luego podemos contar todo lo que ha revelado, todo lo que ha prometido, todo lo que ha mandado, todo lo que ha logrado. El tema nos da mucho mar abierto; podemos hablar para siempre: el relato se cuenta eternamente y, sin embargo, queda por contar.
«Porque todos tus mandamientos son justicia.» David parece haber estado enamorado principalmente de la parte preceptiva de la palabra de Dios, y en cuanto al precepto, su principal deleite estaba en su pureza y excelencia. Cuando un hombre puede decir esto de corazón, su corazón es en verdad un templo del Espíritu Santo. Había dicho antes (Sal 119:138): «Tus testimonios, que has recomendado, son rectos», pero aquí declara que son la justicia misma. La ley de Dios no es solo la norma de lo recto, sino la esencia de la justicia. Esto afirma el salmista de todos y cada uno de los preceptos sin excepción. Sentía como Pablo: «La ley es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno». Cuando un hombre tiene tan alta opinión de los mandamientos de Dios, no es de extrañar que sus labios estén dispuestos a ensalzar al siempre glorioso.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 172. «Cantará mi lengua tus dichos.» Un deber de gratitud prometido por David es hablar de las palabras de Dios para edificación de otros. Todo cristiano, así como es sacerdote para ofrecer sacrificio a Dios, es también profeta para enseñar a sus hermanos; pues para todos nosotros rige aquel mandamiento: «Edificándoos sobre vuestra santísima fe». Pero, ¡ay!, verán a muchos cristianos ahora que en sus mesas y en sus compañías pueden hablar libremente de cualquier tema; solo en las cosas espirituales, que conciernen al alma, ahí están mudos y no pueden decir con David: "Cantará mi lengua tus dichos". William Cowper.
Sugerencias para el predicador
Vers. 172.
- El orador: "Cantará mi lengua".
- Su tema elegido: "tus dichos".
- Su impulso interior: "porque todos tus mandamientos son justicia".
Vers. 172. Habla sabrosa.
- Una resolución que todos los creyentes deberían tomar.
- La cualificación que todos los creyentes deberían buscar (Sal 45:1; Mt 12:34-35).
- La edificación que así lograrían los creyentes.
C.A.D.
Salmos 119:173
Vers. 173. «Sea tu mano en mi socorro.» Dame socorro práctico. No me confíes a mis amigos ni a los tuyos, sino pon tu propia mano a la obra. Tu mano tiene pericia y poder, presteza y fuerza: despliega todas estas cualidades en mi favor. Estoy dispuesto a hacer lo máximo que pueda; pero lo que necesito es tu ayuda, y tan urgentemente que, si no la tengo, me hundiré. No niegues tu socorro. Grande como es tu mano, que caiga sobre mí, aun sobre mí. La oración me recuerda a Pedro caminando sobre el mar y comenzando a hundirse; él también clamó: «Señor, sálvame», y la mano de su Maestro se extendió para rescatarlo.
«Porque tus mandamientos he escogido.» Un buen argumento. Un hombre puede pedir con razón ayuda a la mano de Dios cuando ha dedicado su propia mano enteramente a la obediencia de la fe. "Tus mandamientos he escogido." Su elección estaba hecha, su mente decidida. Con preferencia a todas las reglas y caminos terrenales, con preferencia incluso a su propia voluntad, había escogido obedecer los mandamientos divinos. ¿No ayudará Dios a tal hombre en la obra santa y el servicio sagrado? Ciertamente lo hará. Si la gracia nos ha dado el corazón con que querer, nos dará también la mano con que ejecutar. Dondequiera que, bajo la constricción de un llamamiento divino, estemos empeñados en alguna empresa alta y elevada, y sintamos que es demasiado para nuestras fuerzas, siempre podemos invocar la diestra de Dios con palabras como estas.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 173. «Sea tu mano en mi socorro.» Habiendo hecho David antes promesas de gratitud, busca ahora la ayuda de Dios para cumplirlas. Nuestra suficiencia no es de nosotros mismos, sino de Dios; tanto el querer como el hacer vienen de él. En las cosas temporales los hombres suelen tomarse grandes trabajos con poco provecho: primero, porque no procuran tener buena su conciencia; luego, porque no buscan la ayuda de Dios; por eso no les va mejor que a Pedro, que pescó toda la noche y nada obtuvo hasta que echó su red en el nombre del Señor. Pero en las cosas espirituales mucho menos podemos esperar prosperar si no pedimos la asistencia de Dios: los medios no nos aprovecharán a menos que los acompañe la bendición de Dios. Hay predicación, pero en su mayor parte sin provecho; hay oración, pero no prevalece; hay oír la palabra, pero sin edificación; y todo porque en los ejercicios espirituales no se hace oración instante a Dios para que su mano esté con nosotros para ayudarnos. Abraham Wright.
Vers. 173. «Tus mandamientos he escogido.» ¿Les ha dado Dios un corazón para elegir sus caminos? ¡Oh, bendigan a Dios! Hubo un tiempo en que seguían complaciendo a la carne, y no veían entonces cosa mejor que tal clase de vida, y el Señor ha tenido a bien mostrarles cosas mejores, de modo que renunciaran a sus caminos anteriores y escogieran otro camino, en el cual sus almas han hallado otra clase de consuelos, satisfacciones y contentamientos que nunca antes. Bendigan a Dios como David: «Bendeciré a Jehová que me aconseja»… Ya que Dios ha inclinado así su corazón a sí mismo, estén para siempre firmes en su elección: ya que Dios les ha mostrado sus caminos, como dijo Pilato en otro caso: «Lo que he escrito, he escrito», digan ustedes: "Lo que he escogido, he escogido". Jeremiah Burroughs, en "Moses his Choice."
Vers. 173-174. He escogido. Mi delicia. La alegría acompaña la elección de una cosa. La pesadumbre es señal de que nunca la elegimos, sino que se nos forzó a ella. Tal alegría en el servicio procura alegría en las misericordias: Is 64:5, «Saliste al encuentro del que con alegría practicaba justicia». Pone su mano para ayudar a tal persona. A Cristo no le agrada el servicio melancólico y flemático; tal temperamento en los actos de obediencia es una deshonra para Dios y para la religión: para Dios, porque nos delata como quienes tienen pensamientos recelosos de Dios, como si fuera un amo duro; para la religión, porque hace pensar a otros que los deberes son fatigas y no privilegios. Stephen Charnock.
Sugerencias para el predicador
Vers. 173.
- "El querer el bien está en mí."
- "Pero no el hacerlo", "no hallo cómo cumplirlo".
- "Ayuda, Señor."
Vers. 173.
- Se necesita ayuda para guardar los preceptos divinos.
- Ayuda buscada: "Sea tu mano", etc. No debemos escoger nada ni hacer nada en lo que no podamos pedir ayuda a Dios.
G.R.
Vers. 173.
- La mano de Dios.
(a) Su firme asimiento (Jn 10:29).
(b) Su riqueza de contenido (Sal 104:28).
(c) Su golpe pesado (Sal 39:10).
(d) Su peso (1 S 5:11).
(e) Su alcance salvador (Is 59:1).
(f) Su dulce sombra (Is 49:2), etc.
- El santo lo tira de la manga: "Sea tu mano en mi socorro."
(a) Su humilde exposición.
(b) Su atraer hacia abajo la mano de Dios.
W.B.H.
Vers. 173. Sea tu mano en mi socorro.
- Tu mano reconciliadora: "extendida".
- Tu mano consoladora; como la que tocó a Daniel y a Juan.
- Tu mano proveedora. «Abres tu mano», etc.
- Tu mano protectora: «todos sus santos están en tu mano»: Dt 33:3. "Gran Pastor de las ovejas."
- Tu mano sustentadora: «yo te sustentaré».
- Tu mano gobernadora: «en tu mano están mis tiempos».
- Tu mano que castiga: «se agravó sobre mí tu mano».
- Tu mano que prospera: «la mano del Señor estaba con», etc.
W.J.
Salmos 119:174
Vers. 174. «He deseado tu salvación, oh Jehová.» Habla como el viejo Jacob en su lecho de muerte; en verdad, todos los santos, tanto en la oración como en la muerte, aparecen como uno solo, en palabra, obra y pensamiento. Conocía la salvación de Dios, y sin embargo la anhelaba; es decir, había experimentado una parte de ella, y por eso era llevado a esperar algo aún más alto y más completo. Hay una salvación por venir, cuando seremos enteramente librados del cuerpo de esta muerte, puestos en libertad de todo el tumulto y la angustia de esta vida mortal, elevados por encima de las tentaciones y los asaltos de Satanás, y acercados a nuestro Dios, para ser como él y estar con él por siempre jamás.
«He deseado tu salvación, oh Jehová, y tu ley es mi delicia.» La primera parte nos dice qué anhela el santo, y esta nos informa de cuál es su satisfacción presente. La ley de Dios, contenida en los diez mandamientos, da gozo a los creyentes. La ley de Dios, es decir, la Biblia entera, es una fuente de consuelo y deleite para todos los que la reciben. Aunque aún no hemos alcanzado la plenitud de nuestra salvación, hallamos en la palabra de Dios tanto acerca de una salvación presente que ya ahora nos deleitamos.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 174. «He deseado tu salvación, oh Jehová», etc. Lo que aprendemos de que David una estas dos cosas, deseo la salvación, y tu ley es mi delicia, es que no basta que un hombre diga que anhela y desea ser salvo, si no se hace conciencia de usar los medios señalados para llegar a ello. Habría sido pura hipocresía en David decir que anhelaba la salvación, si su conciencia no pudiera testificar con él que la ley era su delicia. Es pura burla que un hombre diga que anhela el pan y ruegue a Dios cada día que le dé su pan cotidiano, si sin embargo no anda en ninguna vocación, o bien procura conseguirlo con fraude y rapiña, sin descansar para nada en la providencia de Dios. ¿Quién imaginará que desea la salud el que desprecia o descuida los medios de su recuperación? Dios ha dispuesto, en su propia sabiduría, un medio lícito para cada cosa lícita; usado este medio con obediencia, puede esperarse con confianza la consecución consoladora del fin; si no se observa el medio, pensar en alcanzar el fin es pura presunción. Dios librará a Noé del diluvio, pero Noé debe ser movido "con temor" y "preparar el arca" (He 11:7), o de otro modo no habría escapado. Quiso salvar a Lot de Sodoma, pero Lot debía apresurarse a salir y no mirar atrás hasta haber entrado en Zoar: Gn 19:17. Se dignó curar a Ezequías de la plaga, pero Ezequías debía tomar "una masa de higos y ponerla sobre la llaga": Is 38:21. Se dignó preservar a Pablo y a su compañía en el mar, pero los marineros debían "permanecer en la nave", de lo contrario no podéis salvaros, dice Pablo: Hch 27:31. Samuel Hieron, 1572-1617.
Vers. 174. «He deseado tu salvación.» Es la salvación propia de Dios lo que debe desear, "tu salvación", porque nada más podría satisfacer su mente pura: perfecta paz con Dios, perfecta pureza y perfecta esperanza. Ahora bien, si preguntan cuál era el camino de liberación de Dios y cuál su camino de salvación, la respuesta es que se exponía en su palabra, y era lo que el salmista llama su "ley". Se discernía que la salvación de Dios y su ley eran una misma cosa. «He deseado tu salvación, oh Jehová, y tu ley es mi delicia.» John Stephen.
Vers. 174. «He deseado tus salvaciones, oh Jehová.» La "salvación", por la "mano" o el brazo de Jehová (que en la Escritura es a menudo un título del Mesías), ha sido el objeto de las esperanzas, los deseos y las expectativas de "anhelo" de los fieles desde Adán hasta esta hora, y lo seguirá siendo hasta que aquel que ya nos ha visitado en gran humildad venga otra vez en gloriosa majestad para completar nuestra redención y llevarnos consigo. George Horne.
Vers. 174. «He deseado tu salvación, oh Jehová.» Una salvación presente de la culpa y del poder del pecado, y una salvación futura, en el pleno y eterno goce de Dios en el cielo. David tuvo la dicha de ser partícipe tanto de la misericordia que perdona como de la gracia que santifica; con todo, anhelaba aún más de esta salvación, es decir, una fe más segura en la misericordia que perdona y mayores medidas de gracia santificadora. Un alma llena de gracia es insaciable; cuanto más ha recibido, más desea recibir. El disfrute, en vez de empalagar, agudiza el apetito. Más aún, tan dulce es el sabor de las cosas espirituales que cada nuevo gusto de ellas apaga la sed de otras cosas.
«Tu ley es mi delicia.» Aquí David elige el término "ley" para designar toda la revelación de la voluntad de Dios, para recordarnos la conexión inseparable entre privilegio y deber, fe y obediencia, santidad y consuelo; y para enseñarnos que debemos dar gracias a Dios por la dirección que nos ha dado en el camino al cielo, no menos que por las promesas con que se nos asegura su posesión. Robert Walker, 1716-1783.
Vers. 174. «Tu ley es mi delicia.» La religión decaerá o florecerá según sea para nosotros un deber o un deleite. La mente es incapaz de un esfuerzo continuo por deber; pero se aviene con facilidad al "deleite". Así nuestros deberes se convierten en nuestros privilegios, mientras Cristo es su fuente y su vida. Cada paso de progreso es progreso en felicidad. Este versículo, del cual la experiencia es el mejor intérprete, es el lenguaje del creyente tanto en su estado vivaz como en su desfallecimiento. Pues cuanto más conoce y goza de la presencia divina, más anhela conocerla y gozarla. Charles Bridges.
Vers. 174. Delicia, en plural, "delicias", como en los vv. 24, 77, 92, 143. La palabra de Dios es una fuente abundante de placer para su pueblo. William S. Plumer.
Sugerencias para el predicador
Vers. 174.
- Los anhelos de Jacob.
- La elección de Moisés.
Vers. 174. El siervo de Dios bebiendo en el pozo de la salvación, pero sin saciarse.
- El anhelo cediendo al deleite.
(a) En la salvación de Dios.
(b) En el rico inventario de la Escritura.
- El deleite engendrando nuevo anhelo.
(a) De descubrimientos más profundos en la palabra.
(b) De experiencias más ricas en la vida.
(c) De la consumación del cielo.
W.B.H.
Vers. 174.
- Suspiros por el cielo. Santidad, felicidad, Dios.
- Sorbos en el camino. La palabra de Dios, la voluntad de Dios, el servicio de Dios, el Dios en todo.
W.B.H.
Vers. 174. «He deseado tu salvación.» Tu santa salvación. Tu plena salvación. Tu libre salvación. Tu presente salvación. Tu permanente salvación. W.J.
Vers. 174. He deseado, etc. Este anhelo surge:
- De una dolorosa conciencia de la necesidad de salvación.
- De una percepción de las glorias de la salvación de Dios.
- De las promesas que dan seguridad de la posibilidad de obtener esta salvación.
- De los impulsos misericordiosos del Espíritu Santo.
W.H.J.P.
Salmos 119:175
Vers. 175. «Viva mi alma.» Llénala de vida, presérvala de extraviarse por los caminos de la muerte, concédele gozar de la morada del Espíritu Santo, que viva hasta la plenitud de la vida, hasta las máximas posibilidades de su ser recién creado.
«Y te alabará.» Te alabará por la vida, por la vida nueva, por la vida eterna, porque tú eres el Señor y Dador de vida. Cuanto más viva, más alabará, y cuando viva en perfección, te alabará en perfección. La vida espiritual es oración y alabanza.
«Y tus juicios me ayuden.» Mientras leo el relato de lo que has hecho, con terror o con amor, que yo sea vivificado y desarrollado. Mientras veo tu mano obrando realmente sobre mí y sobre otros, castigando el pecado y sonriendo a la justicia, que sea ayudado a vivir rectamente y a alabarte. Que todas tus obras en la providencia me instruyan y me ayuden en la lucha por vencer el pecado y practicar la santidad. Es la segunda vez que pide ayuda en esta sección; siempre tenía necesidad de ella, y nosotros también.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 175. «Viva mi alma, y te alabará», etc. Este versículo contiene tres cosas. Primero, la petición de David por la vida: "Viva mi alma". "Mi alma", es decir, yo mismo: el alma se pone por todo el hombre. Lo contrario: «Muera yo con los filisteos», dijo Sansón (Jue 16:30); hebreo, margen: "Muera mi alma". Su vida era buscada por la crueldad de sus enemigos, y desea que Dios lo mantenga vivo.
Segundo, su argumento desde el propósito de su vida: "Y te alabará". Glorificar a Dios era su propósito. El fruto de todos los beneficios de Dios es aprovecharnos y alabar a Dios. David declara que todos los días de su vida viviría en el sentimiento y el reconocimiento de tal beneficio.
Tercero, el fundamento de su esperanza y confianza en la última parte: "Y tus juicios me ayuden". Nuestras esperanzas de ayuda se fundan en los juicios de Dios, con lo cual se entiende su palabra. Hay juicios decretados, juicios ejecutados; juicios doctrinales y juicios providenciales. Aquel pasaje indica la distinción: «Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal»: Ec 8:11. Hay sententia lata et dilata. Aquí los juicios de Dios se ponen por la sentencia pronunciada; y principalmente por una parte de ellos, las promesas de gracia. Como también: «En tus juicios espero»: Sal 119:43. Las promesas son los objetos de la esperanza. Thomas Manton.
Vers. 175. «Viva mi alma.» ¿Cuál es la vida por la que el salmista ora ahora, sino la salvación por la que acaba de expresar su anhelo? El gusto que ha recibido le hace tener hambre de un disfrute más alto y más continuo, no por gratificación egoísta, sino para poder emplearse en la alabanza de su Dios. En verdad, al acercarnos al final de este salmo, no podemos sino haber observado que ese carácter de alabanza penetra su experiencia, como se ha notado generalmente en los salmos finales de este libro sagrado. Mucho perdemos de fuerza espiritual por no ocuparnos más en el ejercicio de la alabanza. Charles Bridges.
Vers. 175. Vivir y alabar. El santo aprovecha las cosas terrenales para un fin celestial. ¿Dónde guardas tu tesoro? ¿Lo gastas en tu apetito voluptuoso, tus halcones y tus perros; o lo guardas en el seno de los pobres miembros de Cristo? ¿Qué uso haces de tu honra y tu grandeza? ¿Fortalecer las manos de los piadosos o de los impíos? Y así con todos tus demás bienes temporales. Un corazón lleno de gracia los aprovecha para Dios; cuando un santo ora por estas cosas, tiene la mirada puesta en algún fin celestial. Si David ora por la vida, no es para vivir, sino para "vivir y alabar a Dios". Cuando fue echado de su trono real por los brazos rebeldes de Absalón, vean cuál era su deseo y su esperanza, 2 S 15:25: «Pero el rey dijo a Sadoc: Vuelve el arca de Dios a la ciudad. Si yo hallare gracia ante los ojos de Jehová, él me hará volver, y me dejará ver el arca y su morada». Nótese: no me dejará ver mi corona, mi palacio, sino el arca, la casa de Dios. William Gurnall.
Vers. 175. Vivir y alabar. La vivacidad del alma es don del Espíritu, y se mostrará en abundantes alabanzas. Henry Law.
Vers. 175. «Y tus juicios me ayuden.» En la segunda parte sería forzado entender la palabra "juicios" de los mandamientos, a los cuales no corresponde propiamente dar ayuda. Parece, pues, que el profeta, viéndose expuesto a innumerables calamidades, así como los fieles, por la licencia desenfrenada de los impíos, habitan en este mundo como ovejas entre lobos, invoca a Dios para que lo proteja refrenando, por su secreta providencia, a los impíos para que no le hagan daño. Es una doctrina muy provechosa, cuando las cosas del mundo están en gran confusión y nuestra seguridad corre peligro entre tantas y tan variadas tormentas, levantar nuestros ojos a los juicios de Dios y buscar en ellos el remedio. Juan Calvino.
Vers. 175-176.
Aunque como oveja extraviada vague,
no he renunciado a tu camino.
Extiende tu mano; reclama a los tuyos;
concédeme vivir y alabar tu nombre.
Richard Mant.
Sugerencias para el predicador
Vers. 175.
- La vida más elevada.
- La ocupación más elevada.
- Ambas dependientes de la ayuda más elevada.
Vers. 175. Alabanza.
- El más noble empleo de la vida: alabar a Dios.
- La más noble presentación de la alabanza: la vida santa.
- La más noble aplicación de los juicios divinos: inspirar alabanza.
Salmos 119:176
Vers. 176. Este es el final, la conclusión de todo el asunto: «Yo anduve errante como oveja extraviada», a menudo, voluntariamente, caprichosamente e incluso sin esperanza, de no ser por tu gracia que intervino. En tiempos pasados, antes de ser afligido y antes de que tú me hubieras enseñado plenamente tus estatutos, me extravié. «Anduve errante» lejos de los preceptos prácticos, de las doctrinas instructivas y de las experiencias celestiales que habías puesto delante de mí. Perdí mi camino y me perdí a mí mismo. Aun ahora soy propenso a vagar y, de hecho, ya he andado errante; por tanto, Señor, restáurame.
«Busca a tu siervo.» No era como un perro, que de un modo u otro encuentra el camino de regreso; era como una oveja perdida, que se aleja cada vez más de casa; y sin embargo seguía siendo una oveja, y oveja del Señor, su propiedad, preciosa a sus ojos, y por eso esperaba ser buscado para ser restaurado. Por lejos que hubiera vagado, seguía siendo no solo una oveja, sino «siervo» de Dios, y por eso deseaba volver a la casa de su Amo y ser honrado una vez más con encargos para su Señor. Si hubiera sido solo una oveja perdida, no habría orado para ser buscado; pero siendo también un «siervo», tenía poder para orar. Clama: «Mira a tu siervo», y espera no solo ser buscado, sino perdonado, aceptado y puesto de nuevo a trabajar por su misericordioso Amo.
Observa esta confesión. Muchas veces en el salmo David ha defendido su inocencia contra acusadores de boca sucia, pero cuando llega a la presencia del Señor su Dios está bien dispuesto a confesar sus transgresiones. Aquí resume no solo su pasado, sino incluso su vida presente, bajo la imagen de una oveja que ha roto el cercado de su pasto, ha abandonado el rebaño, ha dejado al pastor y se ha metido en el desierto salvaje, donde se ha convertido en cosa perdida. La oveja bala, y David ora: «Busca a tu siervo».
Su argumento es poderoso: «porque no me he olvidado de tus mandamientos». Conozco lo recto, apruebo y admiro lo recto, y más aún, amo la luz y la anhelo. No puedo darme por satisfecho con seguir en el pecado; tengo que ser devuelto a los caminos de justicia. Siento nostalgia de mi Dios, languidezco por los caminos de paz; no olvido ni puedo olvidar tus mandamientos, ni dejar de saber que soy más feliz y estoy más seguro cuando los obedezco escrupulosamente y hallo en ello todo mi gozo. Ahora bien, si la gracia de Dios nos permite conservar en el corazón el amoroso recuerdo de los mandamientos de Dios, ciertamente nos restaurará todavía a la santidad práctica. No puede estar del todo perdido el hombre cuyo corazón sigue con Dios. Aunque se haya extraviado en muchos aspectos, si es fiel en los deseos más íntimos de su alma, será hallado de nuevo y plenamente restaurado. Pero recuerde el lector el primer versículo del salmo mientras lee el último: la mayor bienaventuranza no está en ser restaurado después de vagar, sino en ser sostenido en un camino irreprensible hasta el fin. Sea nuestro mantenernos en medio de la calzada, sin dejar nunca el camino real del Rey por el Prado del Atajo ni por ningún otro sendero florido de pecado. Que el Señor nos sostenga hasta el fin. Y aun entonces no podremos jactarnos como el fariseo, sino que seguiremos orando como el publicano: «Dios, sé propicio a mí, pecador»; y con el salmista: «Busca a tu siervo».
Notas explicativas y dichos pintorescos
Vers. 176. «Yo anduve errante como oveja extraviada.» Aunque una oveja se extravíe, pronto la llama de vuelta la voz del pastor: «Mis ovejas oyen mi voz». Así David, cuando iba contra Nabal, fue llamado de vuelta por la voz del Señor en una mujer; y cuando mató a Urías, Natán lo hizo volver. Por tanto, si hemos de ser ovejas, aunque a veces nos extraviemos, hemos de ser fácilmente recobrados. Richard Greenhorn.
Vers. 176. «Yo anduve errante como oveja extraviada», expulsada por la tormenta, o por un día oscuro, o por la caza de los perros, echada fuera del resto del rebaño. David Dickson.
Vers. 176. «Yo anduve errante como oveja extraviada», etc. ¡Y esta es toda la conclusión: «una oveja perdida»! Este largo salmo de afirmaciones, alabanzas, declaraciones, propósitos y altas esperanzas termina en que él es una oveja que perece. Pero espera, hay esperanza: «Busca a tu siervo». «Yo anduve errante como oveja extraviada.» El original es de un alcance amplísimo: abarca todo el tiempo pasado y también las tendencias habituales del hombre. El creyente siente que se había extraviado cuando la gracia de Dios lo encontró; que se había extraviado muchas veces, si la gracia de Dios no lo hubiera evitado; que se extravió en tal y cual ocasión desdichada. Siente también que se ha extraviado en todo lo que ha hecho; y, en efecto, que está extraviado ahora. Pero la palabra expresa asimismo la tendencia habitual: voy errante como oveja extraviada, y esta traducción concuerda con la oración: «Busca a tu siervo». La tercera parte también se traduce correctamente en armonía con ella: «Voy errante como oveja extraviada; busca a tu siervo; porque no me olvido de tus mandamientos». Todo esto describe la corrupción que permanece en el creyente. No se olvida del Señor; tiene en sí la raíz del asunto, la semilla de la vida divina; y sin embargo se extravía; de ahí la necesidad de la oración: «Busca a tu siervo». La descripción que hace Isaías de los hombres, aunque en los mismos términos, es evidentemente más amplia, como muestran las palabras del contexto: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros». Esto parece aplicarse a la raza humana. La experiencia del salmista se parece más bien a la que describe el apóstol Pablo: «Hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros». Y el salmista tenía el mismo remedio en aquella época temprana que el apóstol en tiempos posteriores, pues la salvación de Dios es una. El remedio del salmista era: «Busca a tu siervo»; el del apóstol: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro». John Stephen.
Vers. 176. «He andado errante.» La palabra original significa el desviarse del pie, o el desviarse del corazón, o ambos, fuera del camino. «Yo anduve errante como oveja extraviada»; es decir, he sido engañado y así me he salido del camino de tus santos mandamientos. Satanás es mal guía, y nuestros corazones no son mejores: quien sigue a uno u otro se pierde pronto; y hasta que Dios nos busque (como ora David en las palabras siguientes), no podemos hallar el camino una vez que nos hemos salido de él. Joseph Caryl.
Vers. 176. «He andado errante.» Un día Gotthold vio a un granjero contando con cuidado sus ovejas mientras volvían del campo. Hallándose entonces en un estado de ánimo ansioso y triste, dio rienda suelta a sus sentimientos y dijo: ¿Por qué te abates, alma mía, y te turbas con pensamientos angustiosos? Seguramente eres tan querida del Altísimo como lo son sus corderos para este granjero. ¿No vales tú más que muchas ovejas? ¿No es Jesucristo tu pastor? ¿No ha arriesgado su sangre y su vida por ti? ¿No tienes parte en sus palabras: «Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano»? Jn 10:28. Este hombre cuenta su rebaño; ¿y piensas que Dios no cuenta también y cuida a sus hijos creyentes y escogidos, sobre todo cuando su amado Hijo ha afirmado que hasta los cabellos de nuestra cabeza están todos contados? Mt 10:30. Durante el día quizá me haya salido del camino y seguido sin pensar mis propios designios; aun así, al acercarse la tarde, cuando el fiel Pastor cuente sus corderos, notará mi ausencia y me buscará y me traerá de vuelta con gracia. Señor Jesús, «yo anduve errante como oveja extraviada; busca a tu siervo; porque no me he olvidado de tus mandamientos». Christian Striver (1629-1693), en "Gotthold's Emblems".
Vers. 176. «He andado errante», etc. ¿Quién es llamado «el varón conforme al corazón de Dios»? David, el rey hebreo, había caído en pecados bastantes, crímenes negrísimos; no faltaba el pecado. Y por eso los incrédulos se burlan y preguntan: «¿Es este vuestro hombre conforme al corazón de Dios?». La burla, me parece, es superficial. ¿Qué son las faltas, qué son los detalles externos de una vida, si se olvida el secreto interior de ella: el remordimiento, las tentaciones, la lucha, muchas veces frustrada y nunca terminada?... La vida y la historia de David, tal como están escritas para nosotros en esos salmos suyos, las considero el emblema más fiel que se nos ha dado jamás del progreso y de la lucha moral del hombre aquí abajo. Todas las almas sinceras descubrirán siempre en ella la lucha fiel de un alma humana sincera hacia lo bueno y lo mejor. Lucha a menudo frustrada, duramente frustrada, arrastrada hasta el naufragio total; y sin embargo lucha nunca terminada, que siempre vuelve a empezar con lágrimas, arrepentimiento y un propósito verdadero e invencible. Thomas Carlyle (1795-1881), en "Heroes and Hero Worship".
Vers. 176. «Porque no me he olvidado de tus mandamientos.» En todo mi vagar, con mi conciencia del error, con mi sentido de culpa, sigo sintiendo que amo tu ley, tu servicio, tus mandamientos. Son el gozo de mi corazón, y deseo ser llamado de vuelta de todos mis extravíos, para hallar perfecta felicidad en ti y en tu servicio para siempre. Tal es el sincero deseo de todo corazón regenerado. Porque aunque uno así haya vagado lejos de Dios, es consciente de su verdadero apego a él y a su servicio; desea y ruega con ardor ser «buscado», traído de vuelta y guardado de volver a vagar. Albert Barnes.
Vers. 176. «Porque no me he olvidado de tus mandamientos.» Los piadosos nunca caen de modo que no quede en ellos alguna gracia que les reserve la esperanza de una medicina que los cure; así David aquí. Aunque transgredió algunos de los mandamientos de Dios, no cayó en un olvido total de ellos. William Cowper.
Vers. 176. No creo que pudiera haber una conclusión más apropiada para un salmo como este, tan lleno de la variada experiencia y de los estados y sentimientos siempre cambiantes incluso de un hijo de Dios, en el sol y en la nube, en la calma y en la tormenta, que este sentido siempre presente de su propensión a vagar, y la expresión de su absoluta incapacidad para hallar el camino de vuelta sin la mano guiadora del Señor que lo restaure; y al mismo tiempo, con todo ello, su determinación firme y permanente de no olvidar jamás los mandamientos del Señor. ¡Qué visión de nuestros pobres corazones díscolos nos da este versículo: no solo propensos a vagar, sino siempre vagando, siempre perdiendo el camino, siempre tropezando en los montes oscuros, aun mientras nos aferramos a los mandamientos de Dios! Pero, al mismo tiempo, ¡qué oración pone en nuestros labios: «Busca a tu siervo», «Tuyo soy, sálvame»! Sí, ¡bendito sea Dios!, hay Uno poderoso para salvar. «Guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación.» Barton Bouchier.
En la medida en que he podido, en la medida en que el Señor me ha ayudado, he tratado y expuesto de principio a fin este gran salmo. Es una tarea que expositores más capaces y eruditos han realizado, o realizarán mejor; sin embargo, mis servicios no debían negársele por eso, cuando mis hermanos me lo pidieron con insistencia. Agustín.
Sugerencias para el predicador
Vers. 176.
- Mi confesión: «Yo anduve errante».
- Mi profesión: «tu siervo».
- Mi petición: «busca a tu siervo».
- Mi argumento: «porque no me he olvidado», etc.
Vers. 176.
- La confesión: «Yo anduve errante».
- La petición: «Busca a tu siervo».
- El argumento: «Porque no me», etc.
G.R.
Vers. 176. El último versículo en cuanto tal. La cadencia final en tono menor.
- Los vuelos más altos de la devoción humana deben terminar en confesión de pecado: «Yo anduve errante».
- Las más sinceras profesiones de fidelidad humana deben dar paso al reconocimiento de la impotencia: «busca a tu siervo».
- Las más elevadas declaraciones humanas de amor a la ley de Dios deben descender al triste reconocimiento de que solo no la hemos olvidado.
C.A.D.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea.