El tesoro de David · Charles H. Spurgeon

Salmo 124: comentario de Charles H. Spurgeon (El tesoro de David)

Resumen del capítulo

TÍTULO. Cántico gradual de David. Por supuesto, los críticos superfinos se han lanzado sobre este título por inexacto, pero somos libres de creer tanto o tan poco de sus afirmaciones como nos plazca. Declaran que hay ciertos adornos de lenguaje en esta breve oda que eran desconocidos en el período davídico. Puede ser; pero en su sabiduría superlativa se han aventurado a hacer tantas otras afirmaciones dudosas que no estamos obligados a aceptar este dictamen. Ciertamente el estilo del cántico se parece mucho al de David, y no vemos por qué haya de excluírsele de la autoría. Sea o no composición suya, respira el mismo espíritu que anima los cánticos indiscutidos del real compositor.

División

Este breve salmo contiene un reconocimiento del favor recibido en forma de liberación especial (1-5), luego un agradecido acto de adoración al bendecir a Jehová (6-7) y, por último, una declaración de confianza en el Señor para todo tiempo futuro de prueba. Que nuestra experiencia nos lleve a la misma conclusión que a los santos del tiempo de David. Que de toda confianza en el hombre seamos rescatados por una santa confianza en nuestro Dios.

Notas explicativas y dichos pintorescos

TÍTULO. El título nos informa de que esta marcha sagrada fue compuesta por el rey David; y por el tema aprendemos con toda claridad que la procesión a que se refiere era el regreso triunfal del rey y de su leal ejército a Jerusalén, tras el aplastamiento de la peligrosa rebelión a la que la gran masa del pueblo había sido incitada por Absalón y su poderoso grupo de confederados. —John Mason Good.

Todo el salmo. Este salmo se atribuye a David. No se hace referencia a ningún peligro ni liberación concretos. Hay en su lenguaje una deliciosa universalidad que lo hace admirablemente apto como himno de los redimidos, en toda época y en todo clima. El pueblo de Dios vive todavía en territorio hostil. Hay traidores en el campamento y numerosos enemigos fuera. Y la iglesia sería pronto exterminada si la malicia y el poder de sus adversarios no fueran contenidos y derrotados por un poder superior. De ahí que esta oda de alabanza nunca haya quedado anticuada. ¡Cuán a menudo han flotado en la brisa sus acentos de adorante gratitud! ¿Qué tierra hay donde no se haya oído su alegría desbordante? Se ha cantado a orillas del Jordán y del Nilo, del Éufrates y del Tigris. Se ha cantado a orillas del Tíber y del Rin, del Támesis y del Forth. Se ha cantado a orillas del Ganges y del Indo, del Misisipi y del Irrawaddy. Y esperamos un tiempo en que la iglesia, superadas todas sus dificultades y ondeando la victoria sobre sus banderas, cantará este salmo de alabanza en todas las islas y continentes de nuestro globo. Tiene que llegar el año de los redimidos de Dios. La salvación de Cristo se extenderá hasta los últimos confines de la tierra. Y cuando tenga lugar esta emancipación final, las naciones gritarán de gozo y alabarán a su Libertador con salmos, himnos y cánticos espirituales. —N. McMichael.

Todo el salmo. En el año 1582 este salmo se cantó en una ocasión notable en Edimburgo. Un ministro encarcelado, John Durie, había sido puesto en libertad, y a su entrada en la ciudad lo recibieron y dieron la bienvenida doscientos amigos suyos. El número fue creciendo hasta que se encontró en medio de una compañía de dos mil, que empezaron a cantar mientras subían por la larga High Street: «Puede ahora decir Israel», etc. Cantaban a cuatro voces con profunda solemnidad, uniéndose todos en el conocido salmo y melodía. Ellos mismos estaban muy conmovidos, y también todos los que oían; y se dice que uno de los principales perseguidores se alarmó más ante esta vista y este canto que ante cualquier cosa que hubiera visto en Escocia. —Andrew A. Bonar, en «Christ and His Church in the Book of Psalms», 1859.

Salmos 124:1

Versículo 1. «Si no hubiera estado Jehová por nosotros, puede decir ahora Israel.» La frase inicial es abrupta y queda como un fragmento. Con tal comienzo se despierta la atención a la vez que se expresa el sentimiento; y este es siempre el modo del fuego poético: brotar en llama incontenible. Las muchas palabras en cursiva de nuestra versión autorizada mostrarán al lector que los traductores hicieron lo posible por remendar el pasaje, que quizá habría sido mejor dejar en su grandeza quebrada, y entonces habría sonado así: «¡Si no hubiera sido Jehová! ¡Él estaba por nosotros, oh, que lo diga Israel! ¡Si no hubiera sido Jehová! Él, que estaba por nosotros cuando los hombres se levantaron contra nosotros.» El glorioso Señor se hizo nuestro aliado; tomó nuestro partido y entró en tratado con nosotros. Si Jehová no fuera nuestro protector, ¿dónde estaríamos? Nada sino su poder y su sabiduría podría habernos guardado de la astucia y la malicia de nuestros adversarios; que lo digan, pues, todos los suyos, y den públicamente a Dios la honra de su bondad que nos preserva. Aquí hay dos «si», y sin embargo en este asunto no hay «si» alguno. El Señor estuvo de nuestro lado, y sigue siendo nuestro defensor, y lo será de aquí en adelante, aun para siempre. Exultemos con santa confianza en este hecho gozoso. Somos demasiado lentos en declarar nuestra gratitud; de ahí la exclamación que debería traducirse: «Oh, que lo diga Israel.» Murmuramos sin que nadie nos incite a ello, pero nuestra acción de gracias necesita espuela, y está bien que algún amigo de corazón ardiente nos mande decir lo que sentimos. Imaginen qué habría ocurrido si el Señor nos hubiera dejado, y vean luego lo que ha ocurrido porque nos ha sido fiel. ¿No tenemos extendidos ante nosotros todos los materiales de un canto? Cantemos al Señor.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 1. «Jehová... por nosotros.» Jehová está del lado de su pueblo en sentido espiritual, pues de otro modo les iría mal. Dios el Padre está de su lado; su amor y su relación con ellos lo obligan a ello; de ahí todas las cosas buenas que se les proveen y se les otorgan; y no permitirá que nadie les haga daño, pues les son tan queridos como la niña de sus ojos; de ahí que les conceda su presencia graciosa, los sostenga en todas sus pruebas y ejercicios, supla todas sus necesidades, los guarde con su poder y los preserve de todos sus enemigos, de modo que nada tienen que temer de parte alguna. Cristo está de su lado; es su Fiador, su Salvador; ha tomado su partido contra todos sus enemigos espirituales, el pecado, Satanás, el mundo y la muerte; ha entrado en combate con ellos y los ha vencido; es el Capitán de su salvación, su Rey al frente de ellos, que los protege y defiende aquí, y es su amigo en la corte del cielo; su Abogado y Sumo Sacerdote intercesor allá, que defiende su causa contra Satanás y obtiene toda bendición para ellos. El Espíritu de Jehová está de su lado, para llevar adelante su obra en ellos; para ayudarlos en sus oraciones y súplicas; para guardarlos de las tentaciones de Satanás; para levantar bandera para ellos cuando el enemigo viene como río sobre ellos; para consolarlos en todos sus abatimientos; y para prepararlos para el cielo y llevarlos salvos a él. Pero si esto no fuera así, ¡qué sería de ellos! —John Gill.

Versículo 1. Israel. El «Israel» de que habla este salmo puede ser Israel en casa de Labán, en cuya persona imagina el Midrash Tehilim que se dice el salmo. Ciertamente hay algunas de sus frases que cobran un sentido apropiado al interpretarlas en esta conexión. —H. T. Armfield.

Versículos 1-4. Tales expresiones abruptas e inconclusas al comienzo del salmo indican el gran gozo y exultación que no permiten al que habla terminar sus frases. —Roberto Belarmino.

Versículos 1-2. La traducción algo parafrástica de estos versículos (con la interpolación innecesaria de las palabras en cursiva en la Versión Autorizada) debilita mucho su fuerza y oscurece su sentido. Hay mucho más significado y expresión que el simple hecho de que Dios diera a los israelitas la victoria sobre sus enemigos. El salmo es típico-profético. Presenta la condición de la iglesia en este mundo, rodeada de enemigos implacables en su odio, enloquecidos de rabia y empeñados en su destrucción. Da seguridad de su preservación y triunfo continuo, porque Jehová es su Dios. Predice la destrucción futura, plena y final de todos sus enemigos. Repite el eco del canto entonado a orillas del Mar Rojo. En él se oyen las notas del Cántico Nuevo ante el gran trono blanco. La alabanza y la acción de gracias son para hwhy, el revelado oyhla, cuyo «eterno poder y deidad se hacen claramente visibles por medio de las cosas hechas»; para hwhy, el revelado ydvla, a quien los padres conocieron como el Todopoderoso, por las grandes cosas que hizo por ellos; para hwhy, el Dios que ha hecho un pacto con su pueblo, el Redentor. Es ladvy, el pueblo escogido de Dios, la nación santa, el tesoro especial para él sobre todos los pueblos, y que así ha llegado a ser, como dicen los rabinos, «Odium generis humani», contra el cual oda (no los hombres, sino el hombre colectivamente) se levantó y procuró destruirlo. Es ladvy, el escogido de Dios, el pueblo del pacto, el que con plena delectación de un «mi» personal se goza en Dios y canta: «¡Pero Jehová fue zgl, nuestro!». Pobre y fría es la traducción «estaba de nuestro lado». Jehová era de ellos; esa, su seguridad; esa, su bienaventuranza; ese, su gozo. —Edward Thomas Gibson, 1818-1880.

Versículos 1-2.

Versículos 1, 2, 8. Estas tres cosas llevaré sobre mi corazón, oh Señor: «Jehová estaba de nuestro lado», esto en cuanto al pasado; «El lazo se rompió», en cuanto al presente; «Nuestro socorro está en el nombre de Jehová», esto en cuanto al futuro. No quiero ni puedo desfallecer, ya sea en mi lucha con Satanás, en mi trato con el mundo o en las revueltas de mi malvado corazón, mientras sostenga en mi mano este «cordón de tres dobleces», o más bien, mientras me sostenga él a mí. —Alfred Edersheim.

Sugerencias para el predicador

Versículo 1. «Jehová, que estaba de nuestro lado.» ¿Quién es él? ¿Por qué de nuestro lado? ¿Cómo lo prueba? ¿Qué estamos obligados a hacer?

Versículos 1-3. Considerar el texto,

Versículos 1-5.

Versículos 1-5.

(a) ¿Qué si hubieran sido abandonados a sus enemigos? Sal 124:2-3. Israel abandonado a Faraón y su ejército en tiempo de Moisés; abandonado a los cananeos en tiempo de Josué; a los madianitas en tiempo de Gedeón; Judá a los asirios en tiempo de Ezequías: «Vivos nos habrían tragado entonces», etc.

(b) ¿Qué si hubieran sido abandonados a sí mismos? «Sobre nuestra alma hubiera pasado el torrente»: Sal 124:4-5.

(a) Todos los designios de sus enemigos contra ellos quedan frustrados.

(b) Su tristeza interior se convierte en gozo.

(c) Tanto sus problemas interiores como los exteriores obran juntos para su bien. —G. R.

Versículos 2-3.

Salmos 124:2

Versículo 2. «Si no hubiera estado Jehová por nosotros, cuando se levantaron contra nosotros los hombres.» Cuando todos los hombres se coligaron, y toda la raza humana parecía empeñada en aplastar a la casa de Israel, ¿qué habría ocurrido si el Señor del pacto no hubiera intervenido? Cuando se agitaron y se unieron para asaltar nuestra quietud y seguridad, ¿qué habríamos hecho ante su levantamiento si el Señor no se hubiera levantado también? No había cerca nadie que pudiera o quisiera ayudar, pero el brazo desnudo del Señor bastó para preservar a los suyos contra todas las huestes confederadas de adversarios. No hay duda en cuanto a nuestro libertador; no podemos atribuir nuestra salvación a ninguna causa segunda, pues no habría estado a la altura de la emergencia; nada menos que la omnipotencia y la omnisciencia pudo haber obrado nuestro rescate. Apartamos a un lado a todo otro pretendiente y nos regocijamos porque el Señor estaba de nuestro lado.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 2. «Si no hubiera estado Jehová», etc. Esta repetición no es en vano. Pues mientras estamos en peligro, nuestro temor no tiene medida; pero una vez pasado, nos imaginamos que fue menor de lo que en verdad era. Y este es el engaño de Satanás para disminuir y oscurecer la gracia de Dios. David, pues, con esta repetición, excita al pueblo a mayor gratitud a Dios por su graciosa liberación, y amplifica los peligros que habían pasado. Con lo cual se nos enseña cómo pensar en nuestros problemas y aflicciones pasadas, para que el sentido y el sentimiento de la gracia de Dios no se desvanezcan de nuestras mentes. —Martín Lutero.

Versículo 2. «Se levantaron contra nosotros los hombres.» Puede parecer extraño que de estos enemigos malvados y miserables, monstruos más que hombres, se hable en términos tan moderados, y que no se les dé otro nombre que este de hombres, el que menos merecían, pues no tenían de hombres sino la apariencia y la forma exterior, siendo más bien bestias, más aún, demonios con figura y forma de hombres, que verdaderos hombres. Pero con ello la iglesia quiso mostrar que dejaba a Dios, su justo Juez, la censura ulterior de ellos; y también amplificar la maldad de quienes, siendo hombres, descubrían, sin embargo, en sus deseos e inclinaciones una inmanidad e inhumanidad más que bestial. —Daniel Dyke (-1614?), en «Comfortable Sermons upon the 124th Psalme», 1617.

Salmos 124:3

Versículo 3. «Vivos nos habrían tragado entonces, cuando se encendió su furor contra nosotros.» Tan ávidos estaban de nuestra destrucción que no habrían hecho de nosotros sino un bocado, y nos habrían tragado vivos y enteros en un instante. La furia de los enemigos de la iglesia está llevada a su punto más alto; nada los contentará sino la aniquilación total de los escogidos de Dios. Su ira es como un fuego encendido que ha prendido tan firmemente en el combustible que no hay modo de apagarlo. La cólera nunca es más ardiente que cuando el pueblo de Dios es su objeto. Las chispas se hacen llamas, y el horno se calienta siete veces más cuando los escogidos de Dios han de ser arrojados al fuego. El mundo cruel acabaría del todo con la simiente piadosa si Jehová no le cerrara el paso. Cuando aparece el Señor, las gargantas crueles no pueden tragar, y los fuegos consumidores no pueden destruir. Ah, si no fuera Jehová, si nuestro socorro viniera de todas las criaturas unidas, no habría camino de escape para nosotros: solo porque el Señor vive, vive su pueblo.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 3. «Vivos nos habrían tragado entonces.» La metáfora puede tomarse de fieras hambrientas que atacan y devoran a los hombres (compárese el v. 5); o la referencia puede ser al caso de un hombre encerrado vivo en un sepulcro (Pr 1:12) y dejado allí para que perezca, o (Nm 16:30) tragado por un terremoto. —Daniel Cresswell.

Versículo 3. «Entonces nos habrían tragado.» La palabra implica comer con apetito insaciable; todo el que come también debe tragar, pero un glotón es más bien un tragador que un comedor. Echa su comida entera por la garganta y come (por así decir) sin masticar. La vara de Moisés, convertida en serpiente, «tragó» las varas de los hechiceros egipcios. La palabra se aplica a menudo para expresar opresión (Sal 35:25): «No digan en su corazón: ¡Ea, alma nuestra! No digan: Le hemos devorado»; es decir: nos hemos librado limpiamente de él; ahora es un hombre acabado para siempre. En este lenguaje se describe la rabia voraz del adversario. —Joseph Caryl.

Versículo 3. Vivos. No es un adverbio, «prontamente», sino un adjetivo, vivos. Así como los monstruos voraces, tanto de la tierra como del abismo, a veces se tragan su alimento antes de que se le haya ido la vida, así los enemigos de la iglesia la habrían destruido como en un momento, de no ser por la intervención divina. —William S. Plumer.

Versículo 3. Objeción. Pero ¿cuál puede ser la razón de ello? ¿Dirá alguien que así los piadosos siempre prevalecerán y nunca serán derribados por sus enemigos, sino que más bien los vencerán? La experiencia nos enseña que son menos en número que los impíos, que son más débiles en poder y fuerza, que son más simples en ingenio y astucia, y que son más descuidados en diligencia y vigilancia que sus adversarios: ¿cómo es, pues, que llevan la ventaja? Respuesta. El profeta Esdras nos lo declara en el capítulo 8 de su profecía, versículo 10, en pocas palabras: «porque el Señor está con ellos y por ellos».

Porque, primero, él es más fuerte que todos, pudiendo resistir todo poder que se trame contra él y los suyos, y hacer cuanto quiera tanto en el cielo como en la tierra.

Salmos 124:4

Versículo 4. «Entonces nos habrían inundado las aguas.» Creciendo irresistibles, como el Nilo, la inundación de la oposición pronto habría pasado sobre nuestras cabezas. Por el inmenso desierto de aguas habríamos lanzado una mirada ansiosa, pero en vano habríamos buscado escapatoria. El lema de una casa real es «Sacudido, pero no sumergido»: nosotros habríamos necesitado un epitafio más que un epigrama, pues habríamos sido arrastrados por el torrente y hundidos para no levantarnos jamás. «Sobre nuestra alma hubiera pasado el torrente.» El torrente impetuoso habría ahogado nuestra alma, nuestra esperanza, nuestra vida. Las figuras parecen ser la crecida que sube de manera constante y la corriente que se precipita con prisa. ¿Quién puede resistir a dos poderes tan potentes? Todo es destruido por estas fuerzas invencibles, sea sumergido o arrastrado. Cuando la enemistad del mundo halla desahogo, a la vez sube y se precipita, se enfurece y rueda, y nada perdona. En las grandes avenidas de la persecución y la aflicción, ¿quién puede ayudar sino Jehová? Sin él, ¿dónde estaríamos en esta misma hora? Hemos vivido temporadas en que las fuerzas combinadas de la tierra y del infierno habrían acabado con nosotros si la gracia omnipotente no hubiera intervenido para nuestro rescate.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículos 4-5. Una figura familiar, pero sumamente apropiada y muy significativa. Horrible es la vista de un incendio furioso; pero mucho más destructor es un río que se desborda y se precipita con violencia: pues no es posible contenerlo con ninguna fuerza ni poder. Como, dice, un río es llevado con gran ímpetu y arrastra y destruye todo lo que encuentra a su paso, así también es la rabia de los enemigos de la iglesia, que no puede resistirse con fuerza humana. De ahí debemos aprender a valernos de la protección y ayuda de Dios. Pues ¿qué otra cosa es la iglesia sino una barquilla amarrada a la orilla, que se llevan las fuerzas de las aguas? ¿O un arbusto que crece en la ribera y que la crecida arranca sin esfuerzo? Tal era el pueblo de Israel en los días de David comparado con las naciones circundantes. Tal es hoy la iglesia comparada con sus enemigos. Tal es cada uno de nosotros comparado con el poder del espíritu maligno. Somos como un arbustillo de crecimiento reciente y sin firme arraigo; pero él es como el Elba, desbordado y derribándolo todo con gran fuerza a lo lejos y a lo ancho. Somos como una hoja seca, que se sostiene ligeramente del árbol; él es como el viento del norte, que con gran fuerza arranca y derriba los árboles. ¿Cómo, pues, podremos resistir o defendernos con nuestras propias fuerzas? —Martín Lutero.

Versículos 4-5. Primero las «aguas»; luego «el torrente»; luego «las aguas impetuosas», que alzan sus cabezas en lo alto. Primero las aguas nos inundan; luego el torrente pasa sobre nuestra alma; y luego las aguas impetuosas pasan sobre nuestra alma. ¿Qué poder puede resistir las rápidas crecidas de las aguas cuando rebasan sus límites y se precipitan sobre un país? Avanzan arrasando con fuerza irresistible, y hombres y ganados, cosechas y casas son destruidos. Que se desaten las aguas impetuosas, y en pocos minutos la escena de vida, industria y felicidad se convierte en escena de desolación y aflicción. Quizá haya aquí una alusión a la destrucción de los egipcios en el Mar Rojo. Los abismos los cubrieron; descendieron a las profundidades como piedra. Si Dios no hubiera extendido su mano para rescatar a los israelitas, sus enemigos los habrían arrollado. Felices los que, en tiempos de peligro, tienen a Jehová por escondedero. —N. McMichael.

Salmos 124:5

Versículo 5. «Hubieran pasado sobre nuestra alma las aguas impetuosas.» La figura presenta las olas como soberbias, y así lo parecen cuando saltan por encima de las bordas de una frágil barca y amenazan a cada momento con hundirla. La oposición de los hombres suele ser amargada por un desdén altivo que ridiculiza todos nuestros esfuerzos piadosos como mero fanatismo o ignorancia obstinada. En todas las persecuciones de la iglesia se ha mezclado en gran medida un desprecio cruel con la opresión, y esto abruma el alma. Si Dios no hubiera estado con nosotros, nuestros desdeñosos enemigos no habrían hecho caso de nosotros y se habrían precipitado sobre nosotros como un torrente de montaña que baja por la ladera arrastrando todo ante sí. No solo se habrían llevado nuestros bienes y posesiones, sino que nuestra alma, nuestro ánimo y nuestra esperanza habrían sido arrastrados por el impetuoso asalto y sepultados bajo los insultos de nuestros antagonistas. Hagamos aquí una pausa, y al ver lo que pudo haber sido, adoremos el poder guardián que nos ha mantenido en la inundación y, sin embargo, por encima de la inundación. En nuestras horas de grave peligro habríamos perecido si nuestro Preservador no hubiera prevalecido para guardarnos.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 5. «Hubieran pasado sobre nuestra alma las aguas impetuosas.» Lo mismo otra vez, para señalar la grandeza tanto del peligro como de la liberación. Y puede enseñarnos a no pasar a la ligera sobre las grandes bendiciones de Dios, sino a sacarles el mayor provecho. —John Trapp.

Versículo 5.

«Cuando los vientos y los mares se enfurecen

y amenazan con deshacerme,

tú apaciguas su ira

si solo te llamo.

Una gran tormenta anoche

buscó tragarse mi alma;

pero al asomar la luz

siguió una suave calma.

¿Qué necesidad tengo, pues, de desesperar,

aunque los males me rodeen,

si los males no se atreven

a ladrar ni a morder sin ti?» —Robert Herrick, 1591-1674.

Salmos 124:6

Versículo 6. «Bendito Jehová, que no nos dio por presa a sus dientes.» Dejando la metáfora de la crecida hirviente, compara a los adversarios de Israel con fieras que deseaban hacer de los piadosos su presa. Sus dientes están preparados para desgarrar, y consideran a los piadosos sus víctimas. Se alaba de corazón al Señor por no permitir que sus siervos fueran devorados cuando estaban entre las mandíbulas de los furiosos. Implica que nadie puede dañarnos hasta que el Señor lo permita: no podemos ser su presa a menos que el Señor nos entregue a ellos, y eso nuestro amoroso Señor no lo hará jamás. Hasta ahora ha negado permiso a todo enemigo para destruirnos; bendito sea su nombre. Cuanto más inminente el peligro, más eminente la misericordia que no permitió que el alma pereciera en él. Sea Dios bendito para siempre por guardarnos de la maldición. Sea Jehová alabado por frenar el furor del enemigo y salvar a los suyos. El versículo se lee como una bendición meramente negativa, pero ningún don puede ser más positivamente precioso. Nos ha dado a su Hijo Jesús, y nunca nos dará a nuestros enemigos.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículos 6-7. Se emplean de nuevo dos figuras para mostrar cuán inminente habría sido la destrucción de no haber mediado intervención divina. La primera es la de una bestia salvaje, que ya se había usado antes. Pero se hace una adición para describir la urgencia del peligro. La fiera no solo los acechaba; no solo estaba lista para saltar sobre su presa; ya había saltado sobre ella: de hecho la había atrapado: estaba ya entre sus dientes. ¡Qué descripción tan gráfica! Un momento de demora, y toda ayuda habría sido en vano. Pero Jehová aparece en el lugar. Se acerca a la bestia feroz y saca a la temblorosa presa de entre sus mandíbulas ensangrentadas. El peligro es inminente; pero nada es demasiado difícil para el Señor. «Mi vida está entre leones.» «En el día que temo, yo en ti confío.» «Enviará desde los cielos, y me salvará de la infamia del que me acosa.» La segunda figura es la de un cazador de aves. El cazador ha preparado su lazo con habilidad. El pájaro entra en él sin sospechar el peligro; la red cae sobre él; y en un instante pierde su libertad. Ahí yace el pobre pájaro, con su corazoncito palpitando violento y sus alitas batiendo en vano contra la red. Está completamente a merced del cazador, y la fuga es imposible. Pero de nuevo aparece el Señor, y su presencia es seguridad. Se acerca a la red, la levanta del suelo; el pájaro sale volando, se posa en un árbol vecino y canta entre las ramas. «Él te librará del lazo del cazador.» Dios rescata a su pueblo de la astucia y sutileza de sus enemigos como lo hace de su violencia abierta. —N. McMichael.

Versículos 6-7. Fuimos librados:

Sugerencias para el predicador

Versículo 6.

Versículo 6.

Versículo 6.

(a) Para despojarlos.

(b) Para destruirlos: «por presa a sus dientes».

(a) Lo que supone: que los buenos, en cierta medida y por un tiempo, pueden ser entregados en manos de los impíos.

(b) Lo que afirma: que no son entregados enteramente en sus manos. —G. R.

Salmos 124:7

Versículo 7. «Nuestra alma escapó como ave del lazo de los cazadores.» Nuestra alma es como un ave por muchas razones; pero en este caso el punto de semejanza es la debilidad, la necedad y la facilidad con que es atraída al lazo. Los cazadores tienen muchos métodos para atrapar pajarillos, y Satanás tiene muchos métodos para entrampar almas. Unas son atraídas por malas compañías, otras seducidas por el amor a los manjares; el hambre empuja a muchas a la trampa, y el susto impulsa a muchas a volar a la red. Los cazadores conocen sus aves y saben cómo atraparlas; pero las aves no ven el lazo para evitarlo, y no pueden romperlo para escapar de él. Dichosa el ave que tiene un libertador fuerte, poderoso y pronto en el momento del peligro; más dichosa aún el alma sobre la cual el Señor vela día y noche para sacar sus pies de la red. Qué gozo hay en este canto: «nuestra alma escapó». Cómo canta y se eleva el emancipado, y se eleva y canta de nuevo. Bendito sea Dios, muchos de nosotros podemos hacer música gozosa con estas notas: «nuestra alma escapó». Escapada de nuestra esclavitud natural; escapada de la culpa, la degradación, el hábito, el dominio del pecado; escapada de los vanos engaños y fascinaciones de Satanás; escapada de todo lo que puede destruir; ciertamente experimentamos deleite. ¡Qué maravilla de gracia! ¡Qué escape milagroso que nosotros, que tan fácilmente nos extraviamos, no hayamos sido dejados morir a manos del temible cazador! El Señor ha oído la oración que nos enseñó a orar, y nos ha librado del mal.

«Se rompió el lazo, y escapamos nosotros.» El canto vale la pena repetirlo; conviene detenerse en una misericordia tan grande. El lazo puede ser una falsa doctrina, el orgullo, la lujuria, o la tentación de entregarse a la política humana, o de desesperar, o de presumir; qué gran favor es verlo romperse ante nuestros ojos, de modo que ya no tiene poder sobre nosotros. No vemos la misericordia mientras estamos en el lazo; quizá somos tan necios que lamentamos la ruptura del hechizo satánico; la gratitud viene cuando se ve el escape, y cuando percibimos de qué hemos escapado y por qué mano hemos sido puestos en libertad. Entonces nuestro Señor tiene un canto de nuestras bocas y corazones mientras hacemos resonar cielo y tierra con las notas: «se rompió el lazo, y escapamos nosotros». Hemos sido tentados, pero no atrapados; derribados, pero no destruidos; perplejos, pero no desesperados; muchas veces en peligro de muerte, pero vivos todavía: ¡bendito sea Jehová! Este canto habría convenido muy bien a toda nuestra nación en tiempos de la Armada Española, a la iglesia en los días de los jesuitas, y a cada creyente entre nosotros en épocas de fuerte tentación personal.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 7. «Nuestra alma escapó como ave del lazo de los cazadores», etc. Se tienden diversos lazos a las aves, con trampas, liga, escopetas, etc.: ¿quién puede enumerar todos los peligros de los piadosos, que los amenazan de parte de Satanás y del mundo? Sal 91:3; Os 5:1. «Somos librados», no por nuestra propia destreza o astucia, sino solo por la gracia y el poder de Dios; de modo que todo artificio se vuelve vano y se preserva la libertad. —Martin Geier.

Versículo 7. «Nuestra alma escapó como ave del lazo de los cazadores», etc. Estoy completamente seguro de que no hay día de nuestras vidas en que Satanás no tienda algún lazo a nuestras almas, tanto más peligroso por no verse; y si se ve, porque quizá no se le hace caso y se le desprecia. Y de esto estoy igualmente seguro: que si alguien vuelve a su casa por la noche con una conciencia sin ofensa ante Dios y los hombres, no es por poder ni fuerza propios, y que si el Señor no hubiera sido su guía y preservador, habría sido entregado —más aún, se habría entregado él mismo— como presa a los dientes del devorador. Creo que hay pocos, aun entre los santos de Dios, que no hayan tenido ocasión, en alguna época de dura tentación, cuando Satanás ha soltado toda su malicia y poder y ha derramado sugerencia tras sugerencia y prueba tras prueba, como hizo con Job, y han estado a punto de desfallecer, si no de caer en el camino, de que entonces, quizá en un momento en que no lo esperaban, Satanás se haya retirado, burlado y derrotado, con su presa arrebatada de sus manos, y también ellos hayan tenido que reconocer agradecidos: «Nuestra alma escapó como ave del lazo de los cazadores; se rompió el lazo, y escapamos nosotros.» ¡Sí! Cuenten con ello: nuestra mejor y única esperanza «está en el nombre de Jehová, que hizo los cielos y la tierra». —Barton Bouchier.

Versículo 7. «Nuestra alma escapó como ave.» El lazo del cazador eran las ramitas con liga de este mundo; nuestra alma quedó atrapada en ellas por las plumas, nuestros afectos: ahora, en verdad, hemos escapado; pero fue el Señor quien nos libró. —Thomas Adams.

Versículo 7. «Como ave del lazo de los cazadores.» El alma está rodeada de muchos peligros.

Versículo 7. «Se rompió el lazo.» Es tan fácil para Dios librar a su pueblo de las manos de sus enemigos, aun cuando tienen a los piadosos en su poder, como romper una red hecha de hilo o de hilaza con que se atrapan las aves. —David Dickson.

Versículo 7. «Se rompió el lazo, y escapamos nosotros.» Nuestra vida está siempre abierta a los lazos de Satanás, y nosotros, como aves simples, estamos expuestos a cada momento a ser arrebatados; con todo, el Señor nos abre camino para escapar; más aún, cuando Satanás parece estar más seguro de nosotros, por el poderoso poder de Dios los lazos se rompen y somos librados. De ello tenemos experiencia en los que están afligidos por dentro y gravemente oprimidos por pesadumbre de espíritu, que cuando parecen estar en total desesperación y a punto, como quien dice, de perecer, aun en el último apuro y en el extremo último llega el dulce consuelo del Espíritu Santo de Dios y los levanta de nuevo. Cuando estamos más a punto de perecer, entonces está Dios más pronto a ayudar. «Si no me ayudara Jehová», dice David, «pronto moraría mi alma en el silencio.» Y esto lo notamos también para consuelo de la conciencia débil. Es la sutileza de Satanás con la que de ordinario inquieta a muchos: como hay en ellos corrupción carnal, les hace creer que por eso no son de Cristo. En esto obra como engañador; nos prueba con la regla equivocada de la santificación perfecta; esta es la escuadra que debe aplicarse a los miembros de Cristo que triunfan en el cielo, y no a los que militan en la tierra. El pecado que permanece en mí no probará que por ello no estoy en Cristo; de otro modo, Cristo no tendría miembros sobre la tierra; pero la gracia que obra esa nueva disposición que la naturaleza nunca pudo producir prueba sin duda que estamos en Cristo Jesús. —Thomas Stint.

Sugerencias para el predicador

Versículo 7.

(a) ¿Por quién? Los hombres malvados son cazadores. Por Satanás.

«Satanás, el cazador, que traiciona

a almas desprevenidas de mil maneras.»

(b) ¿Cómo? Con tentaciones: al orgullo, la mundanalidad, la embriaguez, el error o la lujuria, según los gustos y hábitos de cada individuo.

Versículo 7.

Salmos 124:8

Versículo 8. «Nuestro socorro», nuestra esperanza para el futuro, nuestro fundamento de confianza en todas las pruebas presentes y venideras. «Está en el nombre de Jehová.» El carácter revelado de Jehová es el fundamento de nuestra confianza; su persona es nuestra fuente segura de fortaleza. «Que hizo los cielos y la tierra.» Nuestro Creador es nuestro preservador. Es inmensamente grande en su obra creadora; no ha formado solo unas pocas cosas pequeñas, sino que todo el cielo y la tierra entera son obra de sus manos. Cuando adoremos al Creador, acrecentemos nuestra confianza en nuestro Consolador. ¿Creó todo lo que vemos, y no puede preservarnos de males que no vemos? Bendito sea su nombre: el que nos formó velará por nosotros; más aún, ya lo ha hecho, y nos ha prestado ayuda en el momento de peligro. Él es nuestro socorro y nuestro escudo, y solo él. Hasta el fin romperá todo lazo. Hizo el cielo para nosotros, y nos guardará para el cielo; hizo la tierra, y nos socorrerá en ella hasta que llegue la hora de nuestra partida. Cada obra de su mano nos predica el deber y el deleite de reposar solo en él. Toda la naturaleza clama: «Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos.» «Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.» La siguiente versificación, del sentido más que de las palabras de este salmo, se presenta al lector con mucha timidez:

Si no hubiera estado el Señor, puede clamar mi alma,

si no hubiera estado el Señor de mi lado;

si no hubiera acercado la liberación,

mi alma indefensa habría muerto.

Si no hubiera estado el Señor de mi lado,

mi alma habría sido muerta por Satanás;

y el Tofet, abriéndose grande y ancho,

no habría bostezado en vano por mí.

Mira, torrentes de ira y torrentes del infierno

ruedan en feroces e impetuosas corrientes;

si el Señor no hubiera defendido bien,

las aguas habrían inundado mi alma.

Como cuando se rompe el lazo del cazador,

el ave escapa con alas alegres;

mi alma, libre del yugo de Satanás,

con gozo prorrumpe, y se eleva, y canta.

Canta la alabanza del Señor su Salvador;

canta su alabanza con gozo y regocijo;

a él elevará su canto en el cielo,

a él que hizo el cielo y la tierra.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 8. «Nuestro socorro está en el nombre de Jehová, que hizo los cielos y la tierra.» Él hizo la tierra donde está el lazo, de modo que con derecho puede destruir el lazo tendido ilegítimamente en su dominio; hizo el cielo, la verdadera esfera de las alas que se elevan de las almas que ha librado, para que vuelen hacia arriba desde su reciente prisión, regocijándose. Él mismo descendió a la tierra, el Señor Jesús, en cuyo nombre está nuestro socorro, para romper el lazo; volvió al cielo, para que volemos «como palomas a sus ventanas» (Is 60:8), siguiendo donde él mostró el camino. —Richard Rolle, de Hampole (1340), en «Neale y Littledale».

Versículo 8. «Nuestro socorro está en el nombre de Jehová.» El más hermoso fruto de nuestra experiencia pasada es glorificar a Dios confiando en él para el tiempo venidero, como aquí. —David Dickson.

Versículo 8. «Jehová, que hizo los cielos y la tierra.» Como si el salmista dijera: Mientras vea el cielo y la tierra, nunca desconfiaré. Espero en el Dios que hizo todas estas cosas de la nada; y por tanto, mientras vea ante mí esos dos grandes monumentos permanentes de su poder, el cielo y la tierra, nunca me desanimaré. Así el apóstol: 1 P 4:19, «Encomienden sus almas, haciendo el bien, al fiel Creador.» ¡Oh cristiano! Recuerda que cuando confías en Dios confías en un Creador todopoderoso, que puede ayudar, por desesperado que sea tu caso. Dios pudo crear cuando no tenía nada sobre lo cual trabajar, lo cual causa asombro; y pudo crear cuando no tenía nada con que trabajar, lo cual es otra maravilla. ¿Qué ha sido de las herramientas con que hizo el mundo? ¿Dónde está la paleta con que abovedó el cielo? ¿Y la pala con que cavó el mar? ¿Sobre qué tenía Dios que trabajar, o con qué trabajar, cuando hizo el mundo? Lo hizo de la nada. Ahora tú encomiendas tu alma al mismo fiel Creador. —Thomas Manton.

Versículo 8. Los romanos, en una gran angustia, se vieron tan apurados que no tuvieron más remedio que tomar las armas de los templos de sus dioses para combatir con ellas; y así vencieron. Y este debe ser el proceder de todo buen cristiano en tiempos de angustia pública: acudir a las armas de la iglesia, las oraciones y las lágrimas. Los muros de los espartanos eran sus lanzas; los muros del cristiano son sus oraciones. Su socorro está en el nombre de Jehová, que ha hecho el cielo y la tierra. —Edmund Calamy.

Versículo 8. Los protestantes franceses comienzan siempre su culto público con el último versículo de este salmo, y no hay pensamiento más alentador y consolador. —Job Orton, 1717-1783.

Versículo 8. «Nuestro socorro está en el nombre de Jehová», etc. Estas son las palabras de una fe triunfante y victoriosa: «Nuestro socorro está en el nombre de Jehová, que hizo los cielos y la tierra»; como si dijera: el Hacedor del cielo y de la tierra es mi Dios y mi ayudador. Vemos adónde huye en su gran angustia. No desespera, sino que clama al Señor, como quien aún espera con seguridad hallar alivio y consuelo. Descansa tú también en esta esperanza, y haz como él. David no fue tentado para que desesperara; no pienses, pues, que tus tentaciones te son enviadas para que seas tragado por la tristeza y la desesperación: si eres llevado hasta las puertas mismas del infierno, cree que el Señor ciertamente te levantará de nuevo. Si estás magullado y quebrantado, sabe que es el Señor quien te ayudará otra vez. Si tu corazón está lleno de tristeza y pesadumbre, espera consuelo de aquel que dijo que un espíritu quebrantado es sacrificio para él (Sal 51:17). Así opone al Dios eterno, Hacedor del cielo y de la tierra, a todos los problemas y peligros, a las avenidas y desbordamientos de todas las tentaciones, y se traga, por así decir, de un solo soplo todas las furias rabiosas del mundo entero y del infierno mismo, como una gotita de agua es tragada por un poderoso fuego llameante; ¿y qué es el mundo con toda su fuerza y poder, en comparación con aquel que hizo el cielo y la tierra? —Thomas Stint.

Sugerencias para el predicador

Versículo 8. Nuestro Creador, nuestro Ayudador. El consuelo especial que se ha de sacar de la creación en este asunto.

Versículo 8.

(a) Prometido en su nombre.

(b) Buscado en su nombre: esto es lo que lo hace nuestro. —G. R.

Versículo 8.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea.