El tesoro de David · Charles H. Spurgeon

Salmo 13: comentario de Charles H. Spurgeon (El tesoro de David)

Resumen del capítulo

OCASIÓN. El salmo no puede referirse a ningún suceso o período especial de la historia de David. Todos los intentos de hallarle un lugar de nacimiento son meras conjeturas. Sin duda fue más de una vez el lenguaje de aquel hombre de Dios tan probado, y está destinado a expresar los sentimientos del pueblo de Dios en esas pruebas que vuelven una y otra vez a asediarlo. Si el lector no ha hallado todavía ocasión de usar el lenguaje de esta breve oda, la hallará pronto, si es un hombre conforme al corazón del Señor. Hemos solido llamar a este el «Salmo del ¿Hasta cuándo?». Casi hemos dicho el Salmo de los Lamentos, por la incesante repetición del clamor «¿hasta cuándo?».

División

Este salmo se divide muy fácilmente en tres partes: la pregunta de la ansiedad, 1-2; el clamor de la oración, 3-4; el canto de la fe, 5-6.

Salmos 13:1

Versículo 1. «¿Hasta cuándo?» Esta pregunta se repite nada menos que cuatro veces. Denota un deseo muy intenso de liberación y una gran angustia de corazón. ¿Y qué si hay mezclada en ella algo de impaciencia? ¿No es eso un retrato más fiel de nuestra propia experiencia? No es fácil evitar que el deseo degenere en impaciencia. ¡Ojalá tengamos gracia para que, mientras esperamos en Dios, seamos guardados de dar rienda suelta a un espíritu murmurador! «¿Hasta cuándo?» ¿No se vuelve el clamor tantas veces repetido un verdadero LAMENTO? ¿Y qué si el dolor no hallara otro medio de expresarse? Aun entonces, Dios no está lejos de la voz de nuestro rugido; porque él no atiende a la música de nuestras oraciones, sino a la obra de su propio Espíritu en ellas, que excita el deseo y enciende los afectos. «¿Hasta cuándo?» ¡Ah! ¡Qué largos parecen nuestros días cuando nuestra alma se abate dentro de nosotros!

«¡Cuán fatigosamente parecen deslizarse los momentos sobre la tristeza! ¡Cómo el tiempo se complace en demorarse en su vuelo!»

El tiempo vuela con alas plenamente emplumadas en nuestros días de verano, pero en nuestros inviernos revolotea penosamente. Una semana entre muros de prisión es más larga que un mes en libertad. El largo dolor parece argüir una abundante corrupción; pues el oro que permanece mucho en el fuego debe de haber tenido mucha escoria que consumir; de ahí que la pregunta «¿hasta cuándo?» pueda sugerir un profundo examen del corazón. «¿Hasta cuándo me olvidarás?» ¡Ah, David! ¡Cómo hablas, igual que un necio! ¿Puede Dios olvidar? ¿Puede la Omnisciencia fallar en la memoria? Sobre todo, ¿puede el corazón de Jehová olvidar a su propio hijo amado? ¡Ah, hermanos! Alejemos ese pensamiento y oigamos la voz de nuestro Dios del pacto por boca del profeta: «Dijo Sion: Me dejó Jehová, y el Señor se olvidó de mí. ¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti. He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida; delante de mí están siempre tus muros.» «¿Para siempre?» ¡Oh, pensamiento sombrío! Ya era bastante malo sospechar un olvido pasajero, pero ¿haremos la pregunta ingrata e imaginaremos que el Señor desechará para siempre a su pueblo? No: su ira puede durar una noche, pero su amor permanecerá eternamente. «¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?» Esta es una pregunta mucho más razonable, pues Dios puede esconder su rostro y, sin embargo, recordar todavía. Un rostro oculto no es señal de un corazón olvidadizo. Es por amor que su rostro se aparta; pero para un verdadero hijo de Dios este ocultarse del rostro de su Padre es terrible, y no estará tranquilo hasta que de nuevo tenga la sonrisa de su Padre.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 1. «¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre?», etc. Las partidas de Dios del lado de los verdaderos creyentes nunca son definitivas; pueden ser tediosas, pero son temporales. Así como se dice que el espíritu malo se apartó de Cristo por un tiempo (Lc 4:13; aunque dejó aquella tentación, no dejó su designio, de modo que no volviera a tentar), así el buen Espíritu se retira de los que son de Cristo solo por un tiempo, y es con el propósito de volver. Cuando más evidentemente los ha abandonado, es tan indudable que tarde o temprano volverá; y la dicha de su regreso compensará con creces la tristeza de su abandono; Is 54:7: «Por un breve momento te abandoné, pero te recogeré con grandes misericordias»; aquí hay no solo un recoger después de un abandono, sino «grandes misericordias» para resarcir «un breve momento». El que se ha comprometido a ser nuestro Dios para siempre no puede partir para siempre. Timothy Cruso, 1696.

Versículo 1. «¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre?» Sea cual fuere la apremiante necesidad de los seguidores de Cristo en sus tribulaciones, y por mucho que se aferren a su deber a pesar de todo, y sea cual fuere el propósito de amor de Cristo hacia ellos, él juzga conveniente muchas veces no acudir a ellos al principio, sino dejar que la prueba siga hasta que alcance su punto máximo, y sea de veras una prueba, y los ponga seriamente a prueba; pues antes de venir los deja remar «como veinticinco o treinta estadios» (los últimos de los cuales son casi cuatro millas, yendo ocho estadios a la milla); y (Mr 6:48) no vino hasta la cuarta vigilia de la noche, que es la vigilia de la mañana. Somos en verdad muy indulgentes con nosotros mismos en la tribulación, y pronto empezamos a pensar que estamos ya bastante abatidos y probados, y que por tanto debemos ser librados; pero nuestro sabio Señor ve que necesitamos más. George Hutcheson, 1657.

Versículo 1. «¿Hasta cuándo?», etc. Indaga las causas de la ira de Dios. Él nunca se enoja sino cuando hay muy grande razón, cuando lo obligamos a ello. ¿Cuál es esa cosa maldita en nuestro corazón, o en nuestra vida, por la cual Dios esconde su rostro y nos mira con ceño? ¿Qué desobediencia particular a sus mandamientos es la que le ha hecho tomar la vara? Job 10:2: «Diré a Dios: No me condenes; hazme entender por qué contiendes conmigo»; como si dijera: Señor, mis problemas y mis dolores son bien conocidos. … No debemos dejar de procurar saber cuáles son los pecados particulares que lo han movido a arrancarnos de raíz, a derribarnos como con un torbellino; qué es lo que lo ha hecho estar tanto tiempo airado con nosotros y tardar tanto en dar su ayuda, para que, si hay algún mal sin descubrir en nuestras almas, lo lamentemos con oportuna aflicción y obtengamos perdón por él. No es el curso ordinario de la providencia de Dios cubrir a sus siervos con una oscuridad tan espesa como esta bajo la cual se afanan nuestras almas turbadas en el día, o más bien en la noche, de su desagrado; y, por tanto, podemos con humildad desear saber por qué procede con nosotros por un camino tan singular; pues es de algún modo deleitoso al entendimiento penetrar en las razones y causas de las cosas. Timothy Rogers.

Versículo 1. «¿Hasta cuándo me olvidarás?», etc. ¡Que Dios olvide a David, que no lo tenga en cuenta ni vele por él, es mucho! Si su ojo se aparta de nosotros por poco que sea, el adversario espiritual está listo para echársenos encima en seguida, como el milano sobre el polluelo si la gallina no lo cuida con atención. … Así como un padre contraría a veces a su hijo para probar la disposición del niño, para ver cómo lo toma, si rezonga y se queja y se vuelve malhumorado y caprichoso, descuida su deber hacia su padre porque su padre parece descuidarlo, o intenta huir y sustraerse de la obediencia de su padre porque parece tratarlo con dureza y aspereza y provocarlo a ello, así Dios también contraría muchas veces a sus hijos y parece descuidarlos, para probar su disposición, de qué metal están hechos, cómo están afectos hacia él: si descuidarán a Dios porque Dios parece descuidarlos, si dejarán de servirle porque parece olvidarlos, si cesarán de depender de él porque parece no mirar por ellos, ni proveerles, ni protegerlos. Como el profano ayudante de Joram: «Este mal viene de Jehová —dice—; ¿para qué voy a esperar más a Jehová?»; o si, por el contrario, se mantendrán constantemente unidos a él, aunque no parezca tenerlos en cuenta ni cuidarlos; y dirán con Isaías: «Esperaré, pues, a Jehová, el cual escondió su rostro»; y lo aguardaré aunque no nos mire; porque «bienaventurados todos los que confían en él», y no dejará a su debido tiempo de mostrar misericordia a todos los que así esperan constantemente en él. Is 8:17; 30:18. Como obró Samuel con Saúl: se mantuvo lejos hasta la última hora, para ver qué haría Saúl cuando Samuel parecía no cumplir su cita con él. Así hace Dios con sus santos y con los que están en alianza con él: se retira a menudo y se mantiene a distancia por largo tiempo para probar qué harán y qué caminos tomarán cuando Dios parece romper con ellos y dejarlos en apuros, como decimos; en medio de muchas dificultades, muy perplejos, como le pasaba a David en aquel momento. Thomas Gataker, 1637.

Versículo 1.

Versículos 1-2. Lo que el proverbio francés dice de la enfermedad es verdad de todos los males: que llegan a caballo y se van a pie; hemos visto a menudo que una caída repentina, o el empacho de una comida, se ha quedado con muchos hasta la tumba; mientras que los placeres vienen como bueyes, lentos y pesados, y se van como caballos de posta, a espuela. A las penas, por ser huéspedes tardíos en irse, las recibiré solo con moderación, sabiendo que cuanto más se las atiende, más tiempo durarán; y a los placeres, porque no se quedan, y solo se detienen a beber a mi puerta, los trataré como a pasajeros, con ligero aprecio. Es su propio mejor amigo el que hace el menor caso de unas y otros. Joseph Hall.

Versículos 1-2. «¿HASTA CUÁNDO me olvidarás? ¿HASTA CUÁNDO esconderás tu rostro de mí? ¿HASTA CUÁNDO tomaré consejos en mi alma?» La intensidad de la aflicción la hace dura para nuestro ánimo; pero es por su duración que se pone a prueba la paciencia. No es bajo las pruebas más agudas, sino bajo las más largas, cuando corremos mayor peligro de desmayar. En el primer caso, el alma reúne todas sus fuerzas y siente con ardor el llamado a pedir ayuda de lo alto; pero en el último, la mente se relaja y se hunde en el desánimo. Cuando Job fue asaltado por malas noticias en rápida sucesión, las soportó con el ánimo debido; pero cuando no pudo ver fin a sus problemas, sucumbió bajo ellos. Andrew Fuller.

Versículos 1-4. Todo cambia extrañamente; toda su gracia, hermosura y gloria desaparecen cuando se va la vida: la vida es lo agradable; es dulce y reconfortante; pero la muerte, con sus pálidos acompañantes, suscita por doquier horror y aversión hacia ella. Los santos de Dios temen la retirada de su favor y el ocultarse de su rostro; y cuando se esconde, un desfallecimiento, un frío asombro y temor se apoderan de cada parte, y sienten una extraña amargura, angustia y tribulación que hace temblar sus articulaciones y es para ellos como los mismos dolores de la muerte. Timothy Rogers.

Versículos 1, 5, 6. La oración ayuda a aumentar y hacer crecer la gracia, al poner en ejercicio los hábitos de la gracia. Ahora bien, así como el ejercicio aprovecha al cuerpo, así la oración al alma. El ejercicio ayuda a digerir o exhalar esos humores que entorpecen los espíritus. Vemos que el que poco se mueve se pone asmático y pronto se ahoga en flema, de la cual el ejercicio limpia claramente el cuerpo. La oración es el campo de ejercicio del santo, donde se airean sus gracias; es como el viento para el aire, aclara el alma; como el fuelle al fuego, que limpia el carbón de las cenizas que lo ahogan. El cristiano, mientras está en este mundo, vive en un clima malsano; unas veces los deleites de él amortiguan y entorpecen su amor a Cristo; otras veces, la tribulación que halla en él apaga su fe en la promesa. ¿Cómo saldría ahora el cristiano de estos desarreglos si no tuviera un trono de gracia al cual acudir, donde, una vez que su alma está en disposición de enternecerse, él (como quien ha sido puesto en un sudor benigno) pronto exhala la malignidad de su enfermedad y vuelve a su temple adecuado? ¡Cuántas veces hallamos al santo profeta, cuando se arrodilla por primera vez para orar, lleno de temores y dudas, que antes de terminar la parte del deber llega a una dulce familiaridad con Dios y a reposo en su propio espíritu! (Sal 13:1): comienza su oración como si pensara que Dios nunca más le daría una mirada bondadosa: «¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre?» Pero para cuando se ha ejercitado un poco en el deber, su desarreglo se disipa, las nieblas se dispersan y su fe irrumpe como el sol en su fuerza, vv. 5-6: «Mas yo en tu misericordia he confiado; mi corazón se alegrará en tu salvación. Cantaré a Jehová.» Así su fe pone la mesa, esperando que dentro de poco se sirva un banquete: el que ahora dudaba de si oiría alguna vez buenas noticias del cielo es tan fuerte en la fe que se alegra con la esperanza de esa misericordia que tiene por segura que vendrá al fin. Abraham comenzó con cincuenta, pero su fe ganó terreno en Dios a cada paso, hasta que rebajó el precio de sus vidas a diez. William Gurnall.

Versículos 1, 6. Cualesquiera desalientos que encuentres en tu asistencia a Dios en las ordenanzas, sé como el azabache inglés, que se enciende con agua, y no como nuestros fuegos ordinarios, que el agua apaga; que añadan a tu resolución y a tu valor, no que los disminuyan; no dejes que un solo rechazo te eche atrás; sé violento, da un segundo asalto al reino de los cielos. Los padres a veces se esconden para que sus hijos sigan buscándolos. El que al principio no quiso abrir la boca ni dignó una palabra a la mujer cananea, a su petición continuada y ferviente abre al fin la mano y le da lo que pide: «Oh mujer, … hágase contigo como quieres». La importunidad continuada es una oratoria que no se puede negar. Y ciertamente, si después de todos tus esfuerzos hallas a Jesucristo, ¿no compensará tu larga paciencia? Los hombres que arriesgan a menudo en una lotería, aunque saquen veinte veces billetes en blanco, si después sacan una palangana y un jarro de oro, quedan abundantemente satisfechos. Supón que siguieras llamando veinte, y aun cuarenta años, si al fin, aunque sea una hora antes de morir, tu corazón se abre a Cristo y él es recibido en tu alma, y cuando mueras se te abre el cielo y tu alma es recibida en él, ¿no te recompensará infinitamente por todo tu trabajo? Oh, piénsalo, y resuelve no estar nunca mudo mientras Dios esté sordo, no dejar nunca la oración hasta que Dios devuelva una respuesta de gracia. Y para tu consuelo, sabe que el que comenzó su salmo con «¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?» llega a concluirlo con: «Cantaré a Jehová, porque me ha hecho bien.» George Swinnock.

Sugerencias para el predicador

Versículo 1. La aparente longitud del dolor, solo aparente. Contraste con los días de gozo, con la miseria eterna y el gozo eterno. La impaciencia y otras malas pasiones causan la aparente longitud. Medios de acortarla: negarse a anticiparla o a quejarse después.

Versículo 1 (segunda parte). El ocultarse del rostro divino. ¿Por qué, en absoluto? ¿Por qué de mí? ¿Por qué por tanto tiempo?

Salmos 13:2

Versículo 2. «¿Hasta cuándo tomaré consejos en mi alma, con tristeza en mi corazón cada día?» En el original está la idea de «almacenar» consejos en su corazón, como si sus ideas se hubieran vuelto innumerables pero inútiles. En esto hemos sido a menudo como David, pues hemos considerado y reconsiderado día tras día, pero no hemos descubierto el feliz recurso con que escapar de nuestra aflicción. Tal acopio es una triste llaga. Rumiar la aflicción es un trabajo amargo. Los niños se llenan la boca de amargura cuando mascan rebeldemente la píldora que debieron haber tomado obedientemente de una vez. «¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo sobre mí?» Esto es como ajenjo en la hiel: ver al malvado enemigo exultar mientras nuestra alma se abate dentro de nosotros. La risa de un enemigo rechina horriblemente en los oídos del dolor. Que el diablo se burle de nuestra miseria es la última onza de nuestra queja y quebranta del todo nuestra paciencia; por tanto, hagamos de ello un argumento principal en nuestro ruego a la misericordia.

Así, el lector atento observará que la pregunta «¿hasta cuándo?» se plantea de cuatro maneras. El dolor del autor se mira como parece ser, como es, como lo afecta por dentro y por fuera, en sus enemigos. Todos somos propensos a tocar más la peor cuerda. Levantamos piedras monumentales sobre las tumbas de nuestros gozos, pero ¿quién piensa en erigir monumentos de alabanza por las misericordias recibidas? Escribimos cuatro libros de Lamentaciones y solo uno de Cantares, y nos sentimos mucho más en casa en gemir un Miserere que en entonar un Te Deum.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 2. «¿Hasta cuándo?» Hay muchas situaciones del creyente en esta vida en que las palabras de este salmo pueden servir de consuelo y ayudar a reavivar la fe que se hunde. Cierto hombre yacía junto al estanque de Betesda, que había estado enfermo treinta y ocho años. Jn 5:5. Una mujer tuvo un espíritu de enfermedad dieciocho años antes de ser «desatada». Lc 13:11. Lázaro, toda su vida, estuvo agobiado por la enfermedad y la pobreza, hasta que fue librado por la muerte y llevado al seno de Abraham. Lc 16:20-22. Que cada uno, pues, que sea tentado a usar las quejas de este salmo, asegure a su corazón que Dios no olvida a su pueblo, que la ayuda vendrá al fin y que, entretanto, todas las cosas obrarán juntamente para bien de los que le aman. W. Wilson, D.D.

Versículo 2. «¿Hasta cuándo tomaré consejos en mi alma, con tristeza en mi corazón cada día?» Existe eso de estar clavado en nuestra culpa y miseria, hasta pasar por alto nuestras más altas misericordias. Aunque es adecuado conocer nuestro propio corazón, para los fines de la convicción, si esperamos consuelo de esa parte, nos hallaremos tristemente defraudados. Tal parece haber sido, por un tiempo, el caso de David. Parece haber estado en gran angustia; y, como es común en tales casos, sus pensamientos se volvieron hacia dentro, considerando en su mente qué debía hacer y cuál sería el fin de las cosas. Mientras así se ejercitaba, tenía tristeza en su corazón cada día; pero, acudiendo a Dios en busca de alivio, lo logró: confiando en su misericordia, su corazón se alegró en su salvación. Hay muchas personas que, en la tribulación, imitan a David en la primera parte de esta experiencia; ojalá lo imitemos en la última. Andrew Fuller.

Versículos 2, 4. «¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo sobre mí?» Es un gran alivio para los miserables y afligidos ser compadecidos por otros. Es algún alivio cuando otros, aunque no puedan ayudarnos, parecen estar verdaderamente preocupados por la tristeza de nuestro caso; cuando con la bondad de sus palabras y de sus obras alisan un poco las heridas que no pueden sanar; pero es un agregado indecible a la cruz que, cuando un hombre está abatido bajo el sentimiento del desagrado de Dios, otros se burlen de su calamidad, o lo insulten, o le hablen con aspereza; esto inflama y exaspera la herida que ya era bastante grande; y es cosa dura que, cuando uno tiene un sonido espantoso en los oídos, cada amigo se convierta en hijo del trueno. Es poca cosa para los que están tranquilos tratar con severidad a los afligidos, pero poco saben cómo sus severos discursos y sus palabras airadas los traspasan hasta el alma misma. Es fácil culpar a otros por quejarse, pero si estos hubieran sentido por un poco de tiempo lo que es estar bajo el temor de la ira de Dios, hallarían que no podrían sino quejarse. No puede sino volver inquieta e intranquila a cualquier persona cuando comprende que Dios es su enemigo. No es de extrañar que haga de todos los que ve, y de cada lugar en que está, testigos de su dolor; pero es un consuelo en nuestras tentaciones y en nuestros temores que tenemos un amigo tan compasivo como Cristo, a quien podemos acudir. «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.» He 4:15. Timothy Rogers.

Sugerencias para el predicador

Versículo 2. Consejo a los abatidos, o el alma dirigida a buscar consuelo fuera de sí misma. A. Fuller.

Versículo 2 (primera parte). La autotortura: su causa, maldición, crimen y cura.

Versículo 2. «Con tristeza en mi corazón cada día.»

I. La causa de la tristeza diaria. El gran enemigo, la incredulidad, el pecado, la prueba, la pérdida de la presencia de Jesús, la simpatía con otros, el duelo por la ruina humana.

II. La necesidad de la tristeza diaria. Purgar las corrupciones, excitar las gracias, elevar los deseos hacia el cielo.

III. La cura de la tristeza diaria. Buen alimento de la mesa de Dios, el vino añejo de las promesas, paseos con Jesús, ejercicio en buenas obras, evitar todo lo malsano. B. Davies.

Versículo 2 (segunda parte). El tiempo previsto en que la derrota se convertirá en victoria.

Salmos 13:3

Versículo 3. Pero ahora la oración alza su voz, como el vigía que proclama el alba. Ahora cambiará la marea y el que lloraba se enjugará los ojos. El propiciatorio es la vida de la esperanza y la muerte de la desesperación. El sombrío pensamiento de que Dios lo ha abandonado sigue sobre el alma del salmista, y por eso clama: «Mira, respóndeme.» Recuerda de inmediato la raíz de su aflicción y clama a gritos para que sea quitada. La ausencia final de Dios es el fuego de Tofet, y su ausencia temporal lleva a su pueblo a los mismos suburbios del infierno. Aquí se suplica a Dios que vea y que oiga, para que así se mueva doblemente a compasión. ¿Qué haríamos si no tuviéramos un Dios a quien volvernos en la hora de la desdicha?

Observa el clamor de la fe: «Jehová Dios MÍO.» ¿No es un hecho gloriosísimo que nuestro interés en nuestro Dios no queda destruido por todas nuestras pruebas y tristezas? Podemos perder nuestras calabazas, pero no a nuestro Dios. El título de propiedad del cielo no está escrito en la arena, sino en bronce eterno. «Alumbra mis ojos»: es decir, que el ojo de mi fe sea claro, para que vea a mi Dios en la oscuridad; que mi ojo de vigilancia esté bien abierto, para que no caiga en la trampa, y que el ojo de mi entendimiento sea iluminado para ver el camino recto. Quizá haya también aquí una alusión a ese reanimarse del espíritu que con tanta frecuencia se llama el iluminarse de los ojos porque hace que el rostro se ilumine y los ojos centelleen. Bien podemos usar la oración: «¡Alumbra nuestras tinieblas, te rogamos, oh Señor!», pues en muchos aspectos necesitamos los rayos iluminadores del Espíritu Santo. «Para que no duerma de muerte.» La oscuridad engendra sueño, y el desánimo no tarda en hacer pesados los ojos. De este desfallecimiento y turbación de la vista, causados por la desesperación, no hay más que un paso al sueño de hierro de la muerte. David temía que sus pruebas acabaran con su vida, y con razón usa su temor como argumento ante Dios en la oración; pues la angustia profunda tiene en sí una especie de derecho sobre la compasión, no un derecho de justicia, sino un ruego que tiene poder ante la gracia. Bajo la presión del dolor del corazón, el salmista no mira hacia el sueño de la muerte con esperanza y gozo, como hacen los creyentes seguros, sino que se encoge ante él con espanto, de lo cual deducimos que la servidumbre por el temor de la muerte no es cosa nueva.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 3. «Alumbra mis ojos, para que no duerma de muerte.» En tiempo de enfermedad y de dolor, los «ojos» están apagados y pesados; y lo están más y más a medida que se acerca la muerte, que los cierra en tinieblas. Por otra parte, la salud y el gozo hacen brillantes y centelleantes los órganos de la vista, pareciendo como si les impartieran «luz» desde dentro. Las palabras, por tanto, pueden aplicarse con propiedad a la recuperación del cuerpo natural y, de ahí, del cuerpo político, de sus respectivas dolencias. Y no describen con menos significado la restauración del alma a un estado de salud espiritual y de santo gozo, que se manifestarán de igual modo, por «los ojos del entendimiento siendo iluminados»; y en este caso el alma es salvada del sueño del pecado, como en el otro el cuerpo lo es del sueño de la muerte. George Horne.

Versículo 3. ¿Por qué escondes tu rostro? Dichosamente dirás: Nadie puede ver tu rostro y vivir. Ah, Señor, déjame morir para que te vea; déjame verte para que muera: no quisiera vivir, sino morir; para ver a Cristo, deseo la muerte; para vivir con Cristo, desprecio la vida. Agustín.

Versículo 3. «¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?» ¡Oh excelente escondite, que se ha vuelto mi perfección! Dios mío, escondes tu tesoro para encender mi deseo. Escondes tu perla para inflamar al que la busca; demoras en dar para enseñarme a importunar; pareces no oír para hacerme perseverar. John Anselm, 1034-1109.

Sugerencias para el predicador

Versículo 3. Acomodando el texto al creyente.

I. El verdadero carácter de Satanás: «enemigo».

II. El notable hecho de que este enemigo es enaltecido sobre nosotros.

III. La apremiante pregunta: «¿Hasta cuándo?» B. Davies.

Versículo 3. «Alumbra mis ojos.» Una oración adecuada para (1) todo pecador en tinieblas, (2) todo buscador de salvación, (3) todo aprendiz en la escuela de Cristo, (4) todo creyente probado, (5) todo santo moribundo. B. Davies.

Salmos 13:4

Versículo 4. En el versículo cuarto se urge otro ruego, y es uno que el creyente probado puede manejar bien de rodillas. Nos servimos por una vez de nuestro archienemigo y lo obligamos, como a Sansón, a moler en nuestro molino, mientras usamos su cruel arrogancia como argumento en la oración. No es la voluntad del Señor que el gran enemigo de nuestras almas venza a sus hijos. Eso deshonraría a Dios y haría jactarse al maligno. Es bueno para nosotros que nuestra salvación y el honor de Dios estén tan íntimamente ligados que se sostengan o caigan juntos.

Nuestro Dios del pacto completará la confusión de todos nuestros enemigos, y si por un tiempo nos convertimos en su burla y su mofa, viene el día en que la vergüenza cambiará de lado y el desprecio caerá sobre aquellos a quienes se debe.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 4.

¡Ah! ¿Puedes soportar el desprecio, la lengua venenosa de aquellos a quienes place la ruina, el desdén punzante, los reproches obscenos de la chusma ruin, que por esas mismas acciones, si tuvieran éxito, serían igualmente pródigos en alabanzas hacia ti? Para resumirlo todo en una cosa: ¿puedes soportar las miradas desdeñosas, la alegría maligna, o aún más, la detestada compasión de un rival, de un rival triunfante? James Thomson, 1700-1748.

Versículo 4. «Y los que me atribulan se alegrarán si yo resbalare»: componen comedias con mis tragedias. John Trapp.

Sugerencias para el predicador

Versículo 4. Nota la naturaleza de los impíos de dos maneras; a saber, cuanto más prevalecen, más insolentes son; se regocijan sobremanera sobre los afligidos. T. Wilcocks.

Salmos 13:5

Versículo 5. ¡Qué cambio es este! He aquí que ha pasado el invierno, la lluvia se fue, y ha llegado el tiempo del canto de las aves. El propiciatorio ha refrescado de tal modo al pobre llorón que se aclara la garganta para un canto. Si hemos llorado con él, bailemos ahora con él. El corazón de David estaba más a menudo desafinado que su arpa. Comienza muchos de sus salmos suspirando y los termina cantando; y otros los comienza con gozo y los termina con tristeza; «de modo que se pensaría —dice Peter Moulin— que esos salmos fueron compuestos por dos hombres de humor contrario». Es digno de observarse que el gozo es tanto mayor por el dolor previo, así como la calma es tanto más deleitosa en el recuerdo de la tempestad precedente.

«Las penas recordadas endulzan el gozo presente.»

Aquí está su declaración de confianza: «Mas yo en tu misericordia he confiado.» Durante muchos años había sido su costumbre hacer del Señor su castillo y torre de defensa, y sonríe todavía desde detrás del mismo baluarte. Está seguro de su fe, y su fe lo hace estar seguro; si hubiera dudado de la realidad de su confianza en Dios, habría tapiado una de las ventanas por las que el sol del cielo se complace en brillar. La fe está ahora en ejercicio y, por consiguiente, se descubre fácilmente; nunca hay duda en nuestro corazón sobre la existencia de la fe mientras está en acción: cuando la liebre o la perdiz están quietas no las vemos, pero que se muevan y pronto las percibimos. Todos los poderes de sus enemigos no habían echado al salmista de su fortaleza. Como el marinero náufrago se aferra al mástil, así se aferró David a su fe; ni podía ni quería abandonar su confianza en el Señor su Dios. ¡Ojalá aprovechemos su ejemplo y nos aferremos a nuestra fe como a nuestra propia vida!

Escucha ahora la música que la fe hace en su alma. Todas las campanas de la mente repican: «Mi corazón se alegrará en tu salvación.» Hay gozo y fiesta puertas adentro, porque ha llegado un huésped glorioso y se ha matado el becerro gordo. Dulce es la música que suena de las cuerdas del corazón. Pero esto no es todo; la voz se une a la bendita tarea, y la lengua sigue el compás del alma, mientras el escritor declara: «Cantaré a Jehová.»

«Te alabaré cada día, ahora que tu ira ha pasado; pensamientos de consuelo surgen del sacrificio sangrante.»

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 5. «Mas yo en tu misericordia he confiado; mi corazón se alegrará en tu salvación.» La fe se regocija en la tribulación y triunfa antes de la victoria. El enfermo se alegra cuando siente que su medicina obra, aunque lo descomponga por el momento, porque espera que le procurará la salud. Nos regocijamos en las aflicciones, no porque sean gozosas en el presente, sino porque obrarán para nuestro bien. Como la fe se regocija, así triunfa en la seguridad de buen éxito; porque no ve según la apariencia exterior, sino que, cuando fallan todos los medios, mantiene a Dios a la vista y lo contempla presente para nuestro socorro. John Ball.

Versículo 5. «Mas yo en tu misericordia he confiado; mi corazón se alegrará en tu salvación.» Aunque la pasión posea nuestros cuerpos, que «la paciencia posea nuestras almas». La ley de nuestra profesión nos liga a una milicia; patiendo vincimus, nuestros problemas terminarán, nuestra victoria es eterna. Aquí está el triunfo de David (Sal 18:38-40): «Los herí de modo que no se levantasen; cayeron debajo de mis pies. Has humillado debajo de mí a los que se levantaron contra mí. Has hecho que mis enemigos me den la espalda», etc. Tienen heridas por sus heridas; y los que pisoteaban a los pobres son pisoteados por los pobres. El Señor nos sujetará a aquellos que nos habrían sujetado a sí mismos; y aunque por poco tiempo cabalgaron sobre nuestras cabezas, ahora al fin pisaremos para siempre sus cuellos. He aquí, pues, la recompensa de la paciencia humilde y de la esperanza confiada. Speramus et superamus. Dt 32:31: «Porque la roca de ellos no es como nuestra Roca, y aun nuestros enemigos son de ello jueces.» Sal 20:7: «Estos confían en carros, y aquellos en caballos.» Pero ningún carro tiene fuerza para oponerse, ni caballo velocidad para escapar, cuando Dios persigue.

Versículo 5. Ninguno vive tan holgada y agradablemente como los que viven por la fe. Matthew Henry.

Versículo 5. Por lo cual digo de nuevo: «Vive por la fe»; otra vez digo, vive siempre por ella, regocíjate por la fe en el Señor. Me atrevo a decir con audacia que es culpa tuya y descuido del ejercicio de la fe si permites que tu propio humor melancólico o Satanás interrumpa tu alegría y tu viveza espiritual, y te detenga en abatimiento y tristeza en algún momento. ¿Y qué si eres de constitución triste? ¿De tez oscura? ¿No es capaz la fe de rectificar la naturaleza? ¿No es más fuerte que cualquier eléboro? ¿No prefiere con razón un divino y médico experimentado una dracma de ella a todas las drogas de la botica para este efecto? ¿No tiene en sí una virtud soberana para extirpar todos los cuidados, expectorar todos los temores y penas, evacuar de la mente todos los malos pensamientos y pasiones, y exhilarar a todo el hombre? Pero ¿de qué sirve a nadie tener un cordial a mano si no lo usa? ¿Llevar una espada al cinto, como soldado, y no desenvainarla en un asalto? Cuando el abatimiento te sobrevenga, si dijeras a tu alma en una palabra o dos: «Alma, ¿por qué te turbas? Sabe y considera en quién has creído», ¿no volvería ella de inmediato a su reposo? ¿No reprendería el Maestro a los vientos y a las tormentas, y calmaría de inmediato tu mente turbada? ¿No tiene cada hombre alguna cosa u otra que usa para ahuyentar el abatimiento, para espantar el espíritu malo, como David con su arpa? Unos con compañía alegre, otros con una copa de vino, la mayoría con una pipa de tabaco, sin la cual no pueden cabalgar ni andar. Si les falta un día entero se ven afligidos por reumas y pesadez de espíritu. Los que viven en pantanos y aires malsanos no se atreven a salir sin un trago matutino de algún licor fuerte. Pobres, necias y humosas ayudas, en comparación con el menor sorbo (pero por no deshonrar a la fe diría bocanada) o trago de fe. Samuel Ward, 1577-1653.

Sugerencias para el predicador

Versículo 5. Experiencia y perseverancia. «He confiado», «mi corazón se alegrará».

Salmos 13:6

Versículo 6. El salmo cierra con una frase que es una refutación de la acusación de olvido que David había proferido en el primer versículo: «Me ha hecho bien.» Así será con nosotros si esperamos un poco. La queja que en nuestra prisa proferimos será gozosamente retractada, y daremos testimonio de que el Señor nos ha hecho bien.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 6. «Cantaré a Jehová, porque me ha hecho bien.» La fe impide que el alma se hunda bajo pruebas pesadas, trayendo al alma afligida experiencias anteriores del poder, la misericordia y la fidelidad de Dios. Así fue sostenido el salmista en la angustia. Oh, dice la fe, recuerda lo que Dios ha hecho tanto por tu hombre exterior como por el interior: no solo libró tu cuerpo cuando estaba en apuros, sino que ha hecho grandes cosas por tu alma; te sacó de un estado de negra naturaleza, entró en relación de pacto contigo, hizo pasar delante de ti su bondad; te ha ayudado a orar y muchas veces ha oído tus oraciones y tus lágrimas. ¿No te sacó antes del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso, y puso en tu boca un cántico nuevo, y te hizo resolver no ceder nunca más a tales pensamientos y temores de incredulidad? ¿Y cuán impropio es que ahora te hundas en la aflicción? John Willison, 1680-1750.

Versículo 6. «Cantaré a Jehová.» El señor John Philpot, habiendo estado algún tiempo en la carbonera del obispo de Londres, este lo mandó llamar y, entre otras preguntas, le preguntó por qué estaban tan alegres en la prisión, cantando (como dice el profeta) Exultantes in rebus pessimis, regocijándose en vuestra maldad, cuando más bien deberíais lamentaros y estar tristes. El señor Philpot respondió: «Mi señor, la alegría que tenemos consiste solo en cantar ciertos salmos, como nos manda Pablo, regocijándonos en el Señor, cantando juntos himnos y salmos; pues estamos en un lugar oscuro y sin consuelo, y por eso nos solazamos así. Confío, pues, en que vuestra señoría no se enojará, puesto que el apóstol dice: "Si alguno es de recto corazón, cante salmos"; y nosotros, para declarar que somos de ánimo recto para con Dios, aunque estamos en la miseria, nos refrescamos con ese cantar». Tras otra conversación, dice: «Fui llevado de vuelta a la carbonera de mi señor, donde yo, con mis seis compañeros presos, descansamos juntos en la paja, tan alegremente (gracias a Dios) como otros en sus lechos de plumas». Y en una carta a un amigo escribe así: «Encomiéndame al señor Elsing y a su esposa, y dales las gracias por procurarme algún alivio en mi prisión; y diles que, aunque la carbonera de mi señor sea muy negra, los fieles la prefieren al palacio de la Reina. El mundo se asombra de cómo podemos estar tan alegres bajo tan extremas miserias; pero nuestro Dios es omnipotente, y convierte la miseria en felicidad. Creedme: no hay en el mundo gozo como el que tiene el pueblo de Dios bajo la cruz de Cristo; hablo por experiencia, y por eso creedme, y no temáis nada de lo que el mundo pueda hacer contra vosotros, pues cuando encarcelan nuestros cuerpos, ponen nuestras almas en libertad para conversar con Dios; cuando nos abaten, nos levantan; cuando nos matan, nos envían a la vida eterna. ¿Qué mayor gloria puede haber que ser hechos conformes a nuestra Cabeza, Cristo? Y esto se hace por la aflicción. Oh buen Dios, ¿qué soy yo, para que me concedas una misericordia tan grande? Este es el día que hizo Jehová; nos gozaremos y alegraremos en él. Este es el camino, aunque estrecho, que está lleno de la paz de Dios y conduce a la bienaventuranza eterna. ¡Oh, cómo salta mi corazón de gozo por estar tan cerca de alcanzarla! Que Dios me perdone mi ingratitud e indignidad de tan gran gloria. Tengo tanto gozo que, aunque estoy en un lugar de tinieblas y de luto, no puedo lamentarme; sino que día y noche estoy tan lleno de gozo como nunca antes estuve de alegre; sea alabado el nombre del Señor para siempre. Nuestros enemigos se irritan, echan humo y rechinan los dientes por ello. Oh, orad con insistencia para que este gozo nunca nos sea quitado; porque sobrepasa todos los deleites de este mundo. Esta es la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento. Esta paz, cuanto más son afligidos sus escogidos, más la sienten, y por eso no pueden desmayar ni por el fuego ni por el agua». «Mirrour» de Samuel Clarke, 1671.

Versículo 6. «Cantaré a Jehová.» ¡Cuán distinto es el fin de este salmo de su comienzo! John Trapp.

Versículo 6. «Cantaré a Jehová», etc. Nunca supe lo que era que Dios estuviera a mi lado en todo momento y ante cada intento de Satanás de afligirme, etc., como lo he hallado desde que vine aquí; pues como se han presentado los temores, así se han presentado los apoyos y los ánimos; sí, cuando me he sobresaltado, por así decirlo, por nada más que mi sombra, aun así Dios, siendo muy tierno conmigo, no ha permitido que me molestaran, sino que con una Escritura u otra me fortalecía contra todo; tanto que he dicho a menudo: Si fuera lícito, podría orar por mayor tribulación, por amor del mayor consuelo. Ec 7:14; 2 Co 1:5. John Bunyan, 1628-1688.

Sugerencias para el predicador

Versículo 6. El dador generoso y el cantor de corazón. El salmo entero sería un buen tema, mostrando las etapas del duelo al regocijo, deteniéndose especialmente en el punto de giro, la oración. Hay dos versículos para cada una: lamento, oración, regocijo. A. G. Brown.

Salmos 13:8

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 8. «Ellos flaquean y caen; nosotros nos levantamos y estamos en pie.» Su confianza los ha engañado; caen, y nunca para levantarse. Nuestro Dios nos ha ayudado; nos hemos levantado, no por un respiro, sino para estar en pie para siempre. Thomas Adams.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea.