El tesoro de David · Charles H. Spurgeon
Salmo 131: comentario de Charles H. Spurgeon (El tesoro de David)
Resumen del capítulo
Título
Cántico gradual de David. Es de David en ambos sentidos: él es su autor y su tema, y muchos incidentes de su vida pueden emplearse para ilustrarlo. Si comparamos todos los salmos con gemas, a este lo compararíamos con una perla: ¡qué hermosamente adornará el cuello de la paciencia! Es uno de los salmos más breves de leer, pero de los más largos de aprender. Habla de un niño pequeño, pero contiene la experiencia de un hombre en Cristo. Aquí se ven la mansedumbre y la humildad en conexión con un corazón santificado, una voluntad sometida a la mente de Dios y una esperanza que mira solo al Señor. Feliz el hombre que puede, sin falsedad, usar estas palabras como suyas, porque lleva sobre sí la semejanza de su Señor, que dijo: «Soy manso y humilde de corazón.» Este salmo va por delante de todos los Cánticos graduales que le han precedido, porque la amabilidad es uno de los más altos logros de la vida divina. También hay peldaños en este cántico gradual: es una escalera corta, si contamos las palabras; pero se eleva a gran altura, desde la profunda humildad hasta la confianza firme. Le Blanc piensa que este es un cántico de los israelitas que volvieron de Babilonia con corazones humildes, destetados de sus ídolos. En todo caso, después de cualquier cautiverio espiritual, sea la expresión de nuestros corazones.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Todo el salmo. Este pequeño cántico lleva la inscripción dwdl porque es como un eco de la respuesta (2 S 6:21 ss.) con que David rechazó la burlona observación de Mical cuando danzaba ante el arca con un efod de lino, y por tanto no con atuendo real, sino con la vestimenta común de los sacerdotes: Aún me tengo en menos de lo que ahora demuestro, y a mis propios ojos me muestro vil. En general, David es el modelo del estado de ánimo que el poeta expresa aquí. No se empujó hacia adelante, sino que se dejó sacar de su retiro. No tomó posesión del trono con violencia; sino que, después de que Samuel lo ungió, recorrió de buena gana y con paciencia el largo, espinoso y tortuoso camino de la profunda humillación, hasta recibir de la mano de Dios lo que la promesa de Dios le había asegurado. La persecución de Saúl duró unos diez años, y su reinado en Hebrón, al principio solo incipiente, siete años y medio. Dejó enteramente a Dios el quitar a Saúl y a Is-boset. Dejó que Simei lo maldijera. Salió de Jerusalén ante Absalón. La sumisión a la guía de Dios, la resignación a sus disposiciones, el contentamiento con lo que le había tocado, son los rasgos distintivos de su noble carácter. —Franz Delitzsch.
Todo el salmo. El Salmo 130 es un Cántico de Perdón; el Salmo 131 es un Cántico de Humildad: aquel celebra la bienaventuranza del hombre cuyas transgresiones son perdonadas; este celebra la bienaventuranza del hombre de espíritu manso y humilde. El perdón debe humillarnos. El perdón supone pecado; ¿y no debe el pecador vestirse de humildad? Y cuando, no por mérito suyo alguno, sino por la simple gracia gratuita del cielo, sus pecados han sido perdonados, ¿no debe ceñirse aún más estrechamente las vestiduras de la humildad? El hombre de naturaleza a la vez sincera y dulce se sentirá aún más humillado por el sentido de un perdón inmerecido que por el recuerdo de los pecados de que este lo ha limpiado. Muy apropiadamente, pues, sigue el salmo de la humildad al salmo que canta la bondad amorosa y la tierna misericordia de Dios. —Samuel Cox.
Todo el salmo. Este salmo, que registra el espíritu manso y humilde de quienes son los verdaderos adoradores del templo, pertenece sin duda, como anuncia su título, al tiempo de David. Está exactamente en el espíritu de aquella humilde acción de gracias que él hizo tras la revelación divina, por medio de Natán, de las futuras bendiciones de su posteridad (1 Cr 22:9-11); y forma una introducción muy apropiada para el salmo siguiente, cuyo tema es evidentemente la dedicación del templo. —John Jebb.
Salmos 131:1
Versículo 1. «Jehová, no se ha envanecido mi corazón.» El salmo trata con el Señor y es un coloquio solitario con él, no un discurso ante los hombres. Tenemos audiencia suficiente cuando hablamos con el Señor, y podemos decirle muchas cosas que no serían propias para oídos humanos. El hombre santo apela a Jehová, que es el único que conoce el corazón: uno debe ser lento en hacerlo en cualquier asunto, porque con el Señor no se juega; y cuando alguien se aventura a tal apelación, debe estar seguro de su causa. Comienza con su corazón, porque es el centro de nuestra naturaleza, y si el orgullo está allí, lo contamina todo, como el cieno en la fuente enturbia todos los arroyos. Es gran cosa que un hombre conozca su propio corazón, de modo que pueda hablar de él ante el Señor. Es engañoso más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? ¿Quién podrá conocerlo si no es enseñado por el Espíritu de Dios? Es cosa aún mayor si, tras examinarse a fondo, un hombre puede protestar solemnemente ante el Omnisciente que su corazón no se ha envanecido; es decir, que no es orgulloso en el concepto que tiene de sí mismo, ni despectivo hacia otros, ni justo en su propia opinión ante el Señor; ni jactancioso del pasado, ni orgulloso del presente, ni ambicioso del futuro. «Ni mis ojos se enaltecieron.» Lo que el corazón desea, lo buscan los ojos. Adonde corren los deseos, suelen seguir las miradas. Este hombre santo sentía que no buscaba lugares elevados donde pudiera satisfacer su amor propio, ni miraba por encima del hombro a otros como inferiores suyos. Una mirada altiva la aborrece el Señor; y en esto todos los hombres están de acuerdo con él; más aún, los propios orgullosos aborrecen la altivez en los gestos de otros. Los ojos altaneros son tan generalmente odiosos que se ha sabido de hombres altivos que evitan los modales naturales del orgulloso para escapar a la malquerencia de sus semejantes. El orgullo que remeda la humildad cuida siempre de bajar los ojos, pues la conciencia de todo hombre le dice que las miradas despectivas son las insignias seguras de un espíritu jactancioso. En el Salmo 121 David alzó sus ojos a los montes; pero aquí declara que no los alzó en ningún otro sentido. Cuando el corazón está bien, y los ojos están bien, todo el hombre va camino de una condición sana y feliz. Cuidemos de no usar el lenguaje de este salmo a menos que sea verdad en nosotros; porque no hay peor orgullo que el que pretende humildad sin poseerla. «Ni anduve en grandezas.» Como hombre privado, no usurpó el poder del rey ni urdió conspiraciones contra él: se ocupó de sus asuntos y dejó a otros ocuparse de los suyos. Como hombre reflexivo, no escudriñó cosas no reveladas; no era especulativo, ni engreído, ni terco en sus opiniones. Como laico, no se entrometió en el sacerdocio como lo había hecho Saúl antes de él, y Uzías después. Conviene ejercitarnos de tal modo para la piedad que conozcamos nuestra verdadera esfera y nos mantengamos diligentemente en ella. Muchos, por querer ser grandes, han dejado de ser buenos: no se contentaron con adornar las humildes posiciones que el Señor les asignó, y se lanzaron tras la grandeza y el poder, y hallaron destrucción donde buscaban honra. «Ni en cosas demasiado maravillosas para mí.» Las cosas elevadas pueden convenir a otros de mayor estatura, y sin embargo pueden ser del todo inadecuadas para nosotros. Hace bien el hombre en conocer su propia talla. Averiguada su propia capacidad, será necio si apunta a lo que está fuera de su alcance, esforzándose y dañándose así a sí mismo. Es tal la vanidad de muchos hombres que, si una obra está dentro de su alcance, la desprecian y la consideran por debajo de ellos: el único servicio que están dispuestos a emprender es aquel al que nunca han sido llamados y para el cual de ningún modo están capacitados. ¡Qué corazón altivo debe de tener quien no quiere servir a Dios en absoluto a menos que se le confíen por lo menos cinco talentos! Alta es en verdad la mirada de quien desdeña ser una luz entre sus pobres amigos y vecinos aquí abajo, pero exige ser creado estrella de primera magnitud para brillar entre las clases altas y ser admirado por multitudes que lo contemplen. Es justo de parte de Dios que quienes quieren serlo todo acaben siendo nada. Es una retribución justa de Dios que todo asunto resulte demasiado grande para el hombre que solo quería manejar asuntos grandes, y que todo resulte demasiado alto para el hombre que se ejercitó en cosas demasiado altas para él. Señor, hazlos humildes, mantennos humildes, fíjanos para siempre en la humildad. Ayúdanos a estar en tal condición que la confesión de este versículo pueda salir de nuestros labios como una declaración veraz que nos atrevamos a hacer ante el Juez de toda la tierra.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 1. «Jehová, no se ha envanecido mi corazón.» Para probar la verdad de su alegato apela a Dios; y de todos los que se sienten movidos como David, Dios aceptará la apelación.
Primero. Podía apelar a Dios con verdad de corazón: «JEHOVÁ, no se ha envanecido mi corazón.» Apela al que todo lo sabe. «Señor, a quien nada se oculta, tú sabes que esta es la misma disposición de mi alma. Si algo tengo, de ti viene; es tu providencia la que me trajo de tras las ovejas paridas para apacentar y gobernar a tu pueblo.» Un hombre tan santo no invocaría a Dios a la ligera ni tomaría su santo nombre en vano; pero conociendo su integridad, se atrevía a poner a Dios por testigo. Los santos suelen hacerlo en ocasiones semejantes; como Pedro (Jn 21:17): «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo.» Saben que tienen un Dios que no será engañado con apariencias, y que él los conoce y aprueba por lo que halla que son.
Segundo. De los que se sienten movidos como David, Dios aceptará la apelación; porque en la cuenta de Dios somos lo que sinceramente deseamos y procuramos ser, y lo que es el curso y tenor general de nuestras vidas, aunque haya alguna mezcla de fallos. David dice: «Jehová, no se ha envanecido mi corazón»; y sin embargo no estaba del todo libre de orgullo. Su declaración mira a su propósito sincero y su esfuerzo constante, y a la disposición predominante de su alma. Dios mismo confirma tales apelaciones con su propio testimonio: 1 R 15:5: «Por cuanto David había hecho lo recto ante los ojos de Jehová, y de ninguna cosa que le mandase se había apartado en todos los días de su vida, salvo en lo tocante a Urías heteo.» … Con todo esto se muestra que Dios admite el alegato de sinceridad, aunque haya alguna mezcla de fallos y debilidades.
Tercero. ¿No es esto jactarse como el fariseo? Lc 18:9: «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres.» Si David era tan humilde, ¿por qué habla de ello? ¿No es culpable de orgullo mientras parece hablar contra el orgullo?
Esto se dice bien como
- una necesaria vindicación; o bien como
- una necesaria instrucción.
(a) Como necesaria vindicación contra las censuras y calumnias de sus adversarios. Los cortesanos de Saúl lo acusaban de aspirar al reino; más aún, su propio hermano lo tachó de orgulloso cuando salió por primera vez: 1 S 17:28: «Yo conozco tu soberbia y la malicia de tu corazón, que para ver la batalla has venido.» Si su hermano calumniaba sus acciones, mucho más podían hacerlo otros. Ahora bien, es para honra de Dios que sus hijos, así como no cometerían una falta, tampoco estén bajo sospecha de ella; por eso apela a Dios.
(b) Una necesaria instrucción; porque todo lo que David dijo o escribió aquí, lo dijo o escribió por inspiración del Espíritu Santo, para que Israel aprenda a esperar en Dios. En esto David es un notable modelo de deber tanto para superiores como para inferiores. —Thomas Manton.
Versículo 1. No se ha envanecido mi corazón. Aunque el orgullo es un vicio común, que acompaña al hombre vano en todo grado de excelencia y supuesto mérito suyo, la gracia de Dios es capaz de mantener humilde a un hombre sabio, rico y poderoso; más aún, de mantener humilde a un rey y conquistador; porque no es otro que David quien dice aquí: «Jehová, no se ha envanecido mi corazón.» —David Dickson.
Versículo 1. Ni mis ojos se enaltecieron. El orgullo tiene su asiento en el corazón; pero su principal expresión está en el ojo. El ojo es el espejo del alma; y por él pueden averiguarse, con no poca precisión, las características mentales y morales. ¡Qué mundo de significado se concentra a veces en una sola mirada! Pero de todas las pasiones, el orgullo es la que más claramente se revela en los ojos. Aquí apenas puede haber equivocación. Todos conocemos una clase de expresiones que van en pareja. Hablamos de pecado y miseria; santidad y felicidad; paz y prosperidad; guerra y desolación. Entre ellas puede contarse el corazón soberbio y la mirada altiva. «Hay generación cuyos ojos son altivos, y cuyos párpados están levantados en alto.» «Al de ojos altivos y corazón vanidoso no lo soportaré.» … La mirada altiva es una de las seis cosas que aborrece Jehová. De él se dice: «Tú salvas al pueblo afligido, y humillas los ojos altivos.» Y de ahí que David haga el reconocimiento: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que el orgullo no existe en mi corazón. Tú sabes que ningún orgullo relampaguea de mis ojos. —N. M'Michael.
Versículo 1. Ni mis ojos se enaltecieron. No tenía ni mirada desdeñosa ni ambiciosa. «Mis ojos no se enaltecieron», ni para mirar con envidia a los que están sobre mí, ni para mirar con desdén a los que están debajo de mí. Donde hay un corazón soberbio, suele haber una mirada soberbia (Pr 6:17); pero el humilde publicano ni siquiera alzaba los ojos. —Matthew Henry.
Versículo 1. Ni anduve, etc. No se puede admirar bastante la oración de Anselmo, profundo teólogo de nuestro propio país, en el siglo once. «No busco, oh Señor, penetrar tus profundidades. De ningún modo creo que mi intelecto sea igual a ellas; pero anhelo entender en algún grado tu verdad, que mi corazón cree y ama. Porque no busco entender para creer, sino que creo para entender.» —N. M'Michael.
Versículo 1. Grandezas… cosas demasiado maravillosas para mí. Las cosas grandes y maravillosas a que se refiere son los propósitos secretos de Dios y los medios soberanos para su cumplimiento, en los cuales el hombre no es llamado a cooperar, sino a conformarse. Como David practicó esta abstención con la paciente expectación del reino, tanto antes como después de la muerte de Saúl, así la describe aquí como una característica del pueblo escogido. —Joseph Addison Alexander.
Versículos 1-2. Nuestro Padre es nuestro superior; conviene, pues, que nos resignemos a su voluntad. «Honra a tu padre y a tu madre» (Éx 20:12); ¡cuánto más a nuestro Padre celestial! (He 12:9). Véase el espíritu de David en este caso: «Jehová, no se ha envanecido mi corazón», etc.: Sal 131:1-2. Como si dijera: «Me mantendré dentro de mi propia esfera; no me extenderé más allá de mi línea al prescribir a Dios; sino que me someteré a su voluntad, "como un niño destetado", apartado de sus queridos pechos»: dando a entender que se destetaría de todo lo que Dios le quitara. ¡Con qué paciencia se dejó Isaac atar y sacrificar por Abraham! Gn 22:9. Y sin embargo tenía edad y fuerza suficientes para luchar por su vida, pues tenía veinticinco años; pero aquel santo joven aborrecía el pensamiento de forcejear con su padre. ¿Y no nos resignaremos nosotros a nuestro Dios y Padre en Cristo Jesús? —John Singleton ( —1706), en "The Morning Exercises."
Versículos 1-2. Mi meta ha sido siempre, y mi oración es, no tener plan alguno en cuanto a mí mismo; bien seguro de que el lugar donde el Salvador tiene a bien ponerme debe ser siempre el mejor lugar para mí. —Robert Murray M'Cheyne, 1813-1843.
Sugerencias para el predicador
Versículo 1. Humildad.
- Una profesión que debería convenir a todo hijo de Dios.
- Una profesión que, sin embargo, muchos hijos de Dios no pueden hacer con verdad. Señálese la prevalencia del orgullo y la ambición incluso en la iglesia.
- Una profesión que solo puede justificarse mediante la posesión del espíritu de Cristo (Mt 11:29-30; 18:1-5). —C. A. D.
Salmos 131:2
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 2. «En verdad que me he comportado y he acallado mi alma», etc. ¡Oh, qué insípido y sin jugo se vuelve el mundo para el alma que se prepara para el cielo! «El mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo.» Gá 6:14. En vano piensa esta ramera atraerme con sus encantos de provecho y placer. «En verdad que me he comportado y he acallado mi alma como un niño destetado de su madre: como un niño destetado está mi alma.» Ya no hay más sabor en estas cosas vistosas para mi paladar que en la clara de un huevo; todo se me vuelve una carga, si no fuera mi deber seguir mi vocación y dar gracias por lo que disfruto. Creo que tengo a mi esposa, mi esposo y mis más queridos parientes como si no los tuviera; lloro por las pérdidas exteriores como si no llorara; me regocijo en los consuelos de aquí abajo como si no me regocijara (1 Co 7:29-30); mis pensamientos están ocupados con otros objetos. Los hombres del mundo me desprecian, muchos parecen estar cansados de mí, y yo estoy tan cansado de ellos. Ninguna de estas cosas terrenales es la que mi corazón ha puesto como meta; mi alma está puesta en las cosas de arriba, mi tesoro está en el cielo, y quisiera que mi corazón estuviera allí también: he enviado delante de mí todos mis bienes a otro país, y pronto me mudaré; y cuando miro a mi alrededor, veo una casa vacía y desnuda, y estoy dispuesto a decir con Mónica: ¿Qué hago yo aquí? Mi padre, mi esposo, mi madre (la Jerusalén de arriba), mis hermanos, hermanas, mejores amigos están arriba. Creo que le regateo al mundo cualquier porción de mi corazón, y que estas cosas temporales y visibles no valen una mirada de mis ojos en comparación con las invisibles y eternas: 2 Co 4:18. —Oliver Heywood, 1629-1702.
Versículo 2. (primera parte). Si no he hecho callar, o acallado, y obligado al silencio, mi alma. Es una expresión hebrea de aseveración y de juramento: como si dijera: he impuesto por completo silencio a mi alma, para que esté tranquila y lleve con paciencia la cruz impuesta por Dios. Del mismo modo, en el salmo siguiente oímos una forma semejante de aseveración: «Si entrare en la morada de mi casa», que significa «no entraré», etc. —Solomon Gesner.
Versículo 2. Me he comportado y he acallado mi alma, como un niño destetado. ¿Destetado de qué? De la suficiencia propia, la voluntad propia, el interés propio. De las criaturas y de las cosas del mundo; no, ciertamente, en cuanto a su uso, sino en cuanto a toda dependencia de ellas para su felicidad y su porción… Sin embargo, esta experiencia no es una conquista fácil. La misma forma de expresión, «me he comportado y he acallado mi alma», nos recuerda ciertas rebeliones que fueron sometidas con dificultad. Hay aquí una diferencia entre Cristo y los cristianos. En él el ejercicio de la gracia no encontró principios adversos; pero en ellos encuentra oposición constante. La carne codicia contra el espíritu, y cuando queremos hacer el bien, el mal está en nosotros; de ahí la guerra interior. Así sucede con «el niño destetado». La tarea para la madre es difícil y penosa. El niño llora y parece sollozar con todo su corazón. Le parece muy duro de parte de ella, y no sabe qué quiere decir con su aparente crueldad, y el cariño de la madre hace necesaria toda su firmeza para mantenerse en el proceso; y a veces ella también llora ante la insistencia de sus queridas miradas, sus lágrimas gruesas y sus manos extendidas. Pero debe hacerse, y por eso, aunque se compadece, persevera; y pasado un tiempo él se calma y se satisface, olvida el pecho y ya no siente siquiera un anhelo de su antiguo placer. Pero ¿cómo se logra el destete del niño? Amargando el pecho a sus labios; quitando el objeto, en la ausencia y el ocultamiento de la madre; sustituyéndolo con otro alimento; por el influjo del tiempo. Así es con nosotros. Amamos el mundo, y nos engaña. Dependemos de las criaturas, y nos fallan y nos traspasan de muchos dolores. Entramos en sendas prohibidas y seguimos a nuestros amantes; y nuestro camino se cierra con espinos; y entonces decimos: «Vuelve, oh alma mía, a tu reposo; y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti.» El disfrute de un bien mayor acalla el gusto por uno menor. ¿Qué son los placeres del pecado o las disipaciones del mundo para quien está abundantemente satisfecho con la bondad de la casa de Dios y se le hace beber del torrente de sus delicias? —William Jay (1769-1853), en "Evening Exercises for the Closet."
Versículo 2. Como un niño destetado de su madre. Aunque el niño destetado no tiene lo que querría, lo que más desea por naturaleza, la leche del pecho, sin embargo se contenta con lo que la madre le da: descansa en su amor y provisión. Así hemos de contentarnos nosotros con lo que la providencia nos concede: He 13:5: «Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora»; y Fil 4:11: «He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación.» Lo que agrada a nuestro Padre celestial debe agradarnos a nosotros. El niño que pasa del pecho a una dieta más dura acaba, con todo, contentándose. El niño no prescribe lo que comerá, beberá o vestirá. Los niños no tienen cuidado de ampliar posesiones, amontonar riquezas, aspirar a dignidades y honores; sino que toman mansamente lo que se les provee. El niño, cuando ha perdido el alimento que la naturaleza le procura, no se inquieta, sino que se remite por completo a la madre, cuelga de la madre. Así, para todo cuanto sea, debemos depender de Dios, remitirnos a Dios y esperarlo todo de él: Sal 62:5: «Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza.» Con tal sencillez de sumisión debemos descansar y depender de Dios. Guardémonos de ser demasiado sabios y previsores para con nosotros mismos, y confiemos en nuestro Padre que está en los cielos, y remitámonos a su sabio y santo gobierno. —Thomas Manton.
Versículo 2. Como un niño destetado de su madre. Destetado del mundo, de sus riquezas, honores, placeres y ganancias; así como de la naturaleza, de sí mismo, de su propia justicia y de toda dependencia de ella; y así como el niño destetado del pecho depende enteramente de su nodriza para el sustento, así dependía él enteramente de Dios, de su providencia, gracia y fuerza; y en cuanto al reino, no tenía más deseos codiciosos de él que un niño destetado del pecho, y estaba muy dispuesto a esperar el tiempo debido para disfrutarlo. El Targum dice: «como el destetado en los pechos de su madre, me fortalezco en la ley.» Esto ha de entenderse no de un niño mientras lo destetan, cuando suele estar enfadadizo, quejoso y rebelde, sino cuando ya está destetado y está quieto y tranquilo en brazos de su madre sin el pecho. —John Gill.
Versículo 2. Como un niño destetado está mi alma. En su naturaleza, el destete del alma difiere esencialmente del desagrado del mundo a que dan lugar a veces su mal trato y su bajeza. Una cosa es estar enojado con el mundo, o avergonzado de él, y otra estar destetado de él. Cambien el mundo, ennoblézcanlo, y muchas mentes orgullosas que ahora lo desprecian lo cortejarían. Es diferente también de la fatiga de espíritu que suele seguir a una libre entrega a los goces terrenales. Hay tal cosa como gastar los afectos. Salomón parece haberlo hecho en un período de su vida. «No me queda un solo deseo», dijo un conocido sensualista de nuestro propio país, que había bebido tan hondo como se puede beber de la copa del mundo. «Si todo lo que contiene la tierra estuviera extendido ante mí, no sé de una sola cosa que me tomaría la molestia de extender la mano para alcanzar.» Este destete del alma presupone un poder que queda en el alma de amar y desear. No es la destrucción de su apetito, sino su dominio y cambio. Un niño destetado sigue teniendo hambre, pero ya no tiene hambre del alimento que antes le deleitaba; está tranquilo sin él; puede alimentarse de otras cosas: así un alma destetada del mundo sigue anhelando, tanto como siempre, alimento y felicidad, pero ya no los busca en las cosas del mundo, ni desea buscarlos. No hay nada en el mundo que sienta necesario para su felicidad. Esto lo ama, aquello lo estima; pero sabe que puede pasarse sin ello, y está dispuesta a pasarse sin ello cuando Dios quiera. Indaguemos ahora las fuentes de este estado de ánimo: cómo lo conseguimos. Una cosa es cierta: no es obra nuestra. Nosotros no nos llevamos a él. Ningún niño se desteta a sí mismo. La verdad es que es Dios quien debe destetarnos del mundo. Nunca lo dejaremos por nuestra cuenta. Es la propia diestra de Dios la que debe apartarnos de él. ¿Y cómo? La figura del texto nos lo dirá en parte. 1. Amargándonos el mundo. 2. Otras veces el Señor nos quita lo que amamos. 3. Pero nos desteta más de la tierra dándonos mejor alimento. —Condensado de un sermón de Charles Bradley titulado "Weanedness of Soul," 1836.
Versículo 2. Como un niño destetado. Es decir, manso, modesto, humilde, sumiso, sencillo, etc. Véase Mt 18:1-4. —Henry Ainsworth. —1622.
Versículo 2. Aquí está el retrato que David hace de sí mismo… Observen que el «niño», que se nos dibuja para que lo copiemos, está «destetado»: el proceso está completo; ha sido verdaderamente disciplinado; la lección está aprendida; y ahora descansa en su «destete». Toda la imagen expresa un reposo que sigue a una lucha. En verdad que me he comportado y he acallado mi alma como un niño destetado de su madre; o, más literalmente, «sobre su madre»; ahora contento de yacer quieto en el mismo lugar de su privación: «como un niño destetado sobre su madre». Sería una obediencia insulsa y sin valor la que no fuera consecuencia de un control sereno. Un mero estado apático es lo opuesto de una obediencia que pueda llamarse con verdad tal. Pero este es el punto de la semejanza: ha habido una angustia, y una batalla, y una victoria sobre uno mismo; y ahora la voluntad acallada se aquieta en sumisión y contentamiento; dispuesta a renunciar a lo que más le gusta, y a tomar justo lo que se le da: «un niño destetado».
No creo que haya sido nunca la intención de Dios que un hombre se funda y pierda de tal modo su voluntad en la divina que no tenga voluntad propia distinta. Muchos han intentado lograr esta aniquilación de la voluntad, y han hecho de ella la gran meta y fin de la vida. Pero el carácter de la dispensación no lo permite. No creo que sea cosa posible; y si fuera posible, no creo que fuera conforme a la mente de Dios. No es la relación actual del hombre con su Hacedor. Ninguno de los santos de la Biblia hizo más que someter una voluntad fuerte y existente. El Señor Jesucristo mismo no hizo más. «¿Y qué diré? Padre, sálvame de esta hora; mas para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre.» «No se haga mi voluntad, sino la tuya.» Evidentemente dos cosas: «Mi voluntad», «Tu voluntad». Era una voluntad sometida al instante y perfectamente; sin embargo, una voluntad. Y esto es lo que se nos exige; y lo que la naturaleza de nuestra humanidad y las provisiones de nuestra religión han de suponer. Una voluntad, decididamente una voluntad: cuanto más decidida la voluntad, más fuerte el carácter y mayor el hombre. Pero una voluntad que se está entregando siempre, apartando, conformando, conformándose constantemente, cada vez más. La unidad de las dos voluntades es el cielo. —Condensado de un sermón de James Vaughan.
Sugerencias para el predicador
Versículo 2. «En verdad que me he comportado y he acallado mi alma.» El original tiene algo de la forma de un juramento, y por eso nuestros traductores mostraron gran criterio al introducir la palabra «en verdad»; no es una versión literal, pero da correctamente el sentido. El salmista se había portado lo mejor posible y había alisado las asperezas de su voluntad propia; con santo esfuerzo había dominado su propio espíritu, de modo que para con Dios no era rebelde, así como para con los hombres no era altivo. No es cosa fácil acallarse a uno mismo: antes puede un hombre calmar el mar, o gobernar el viento, o domar un tigre, que acallarse a sí mismo. Somos clamorosos, inquietos, malhumorados; y nada sino la gracia puede hacernos callar bajo las aflicciones, las irritaciones y los desengaños. Como un niño destetado de su madre. Se había vuelto tan sumiso y contento como un niño cuyo destete está plenamente cumplido. Los orientales retrasan el tiempo del destete mucho más que nosotros, y podemos concluir que el proceso no se hace más fácil por posponerlo. Al fin debe terminar el período de lactancia, y entonces comienza una batalla: al niño se le niega su consuelo, y por eso se inquieta y se angustia, se pone de mal humor o se hunde en la hosquedad. Está afrontando su primera gran pena y se halla en grave aflicción. Pero el tiempo trae no solo alivios, sino el fin del conflicto; el niño pronto se contenta con hallar su alimento en la mesa con sus hermanos, y no siente ya deseo persistente de volver a aquellas queridas fuentes de las que antes sostuvo su vida. Ya no está enojado con su madre, sino que esconde la cabeza en ese mismo seno que tanto añoró: está destetado sobre su madre más que de ella.
«Mi alma reposa como un destetado,
dejo de llorar;
así el regazo de la madre, aunque seco su pecho,
puede arrullar hasta el sueño.»
Para el niño destetado, su madre es su consuelo aunque le haya negado el consuelo. Es una bendita señal de crecimiento desde la infancia espiritual cuando podemos renunciar a los gozos que antes parecían esenciales y podemos hallar nuestro solaz en aquel que nos los niega: entonces nos portamos como hombres, y toda queja infantil se acalla. Si el Señor nos quita nuestro más caro deleite, nos inclinamos a su voluntad sin un pensamiento de murmuración; de hecho, hallamos deleite en renunciar a nuestro deleite. Este no es un fruto espontáneo de la naturaleza, sino un producto bien cultivado de la gracia divina: brota de la humildad y la mansedumbre, y es el tallo sobre el cual la paz florece como hermosa flor. Como un niño destetado está mi alma; o puede leerse: «como un destetado sobre mí, mi alma», como si su alma se apoyara en él en muda sumisión, sin jactarse ni quejarse. No todo hijo de Dios llega pronto a este destete. Algunos son lactantes cuando deberían ser padres; otros son difíciles de destetar, y lloran, y pelean, y se enfurecen contra la disciplina de su Padre celestial. Cuando nos creemos a salvo del destete, descubrimos con tristeza que los viejos apetitos estaban más heridos que muertos, y volvemos a llorar por los pechos a los que habíamos renunciado. Es fácil empezar a gritar antes de salir del bosque, y sin duda cientos han cantado este salmo mucho antes de haberlo entendido. Bienaventuradas las aflicciones que someten nuestros afectos, que nos destetan de la suficiencia propia, que nos educan en la virilidad cristiana, que nos enseñan a amar a Dios no solo cuando nos consuela, sino aun cuando nos prueba. Bien podía el poeta sagrado repetir su figura del niño destetado; es digna de admiración e imitación; es doblemente deseable y difícil de alcanzar. Tal destete de uno mismo brota de la suave humildad declarada en el versículo anterior, y en parte explica su existencia. Si el orgullo se ha ido, la sumisión seguirá con seguridad; y, por otra parte, si el orgullo ha de ser expulsado, también el yo debe ser vencido.
Versículo 2. El alma es como un niño destetado:
- En la conversión.
- En la santificación, que es un continuo destete del mundo y del pecado.
- En el duelo.
- En toda clase de aflicción.
- En la muerte. —G. R.
Versículo 2.
- El alma ha de ser destetada, como el cuerpo. a) Primero es alimentada por otros. b) Después es arrojada a sus propios recursos.
- El alma es destetada de una cosa al dirigir su atención a otra. a) De las cosas mundanas, por las celestiales. b) De la propia justicia, por la justicia de otro. c) Del pecado a la santidad. d) Del mundo a Cristo. e) De uno mismo a Dios. —G. R.
Versículo 2.
- Una condición deseable: «Como un niño destetado.»
- Una tarea difícil: someter y acallar el yo.
- Un resultado delicioso: «En verdad… como un niño destetado está mi alma.» —W. H. J. P.
Versículo 2.
- La inquietud del alma: débil, deshonrosa, rebelde.
- El gobierno del alma; trono abdicado a menudo; Dios da a cada uno el cetro del dominio propio; necesario para una vida de éxito.
- La quietud del alma: su dulzura; su poder. ¡Ven, Espíritu Santo, sóplala sobre nosotros! —W. B. H.
Versículo 2. Véase «Sermones de Spurgeon», n.º 1210: «El niño destetado.»
Versículos 2-3. El niño destetado que espera en el Señor:
- El primer destete del alma, el gran acontecimiento de la historia de un hombre.
- El gozo en el Señor que brota en toda alma destetada: «Como un niño destetado está mi alma; espere Israel a Jehová desde ahora y para siempre.»
- El destete diario del alma a lo largo de la vida.
- Los ardientes deseos y la obra fructífera de toda alma destetada. —A. Moody Stuart.
Salmos 131:3
Versículo 3. «Espera, oh Israel, en Jehová, desde ahora y para siempre.» ¡Vean con cuánto amor piensa en otros un hombre destetado de sí mismo! David piensa en su pueblo, y se pierde a sí mismo en su cuidado por Israel. ¡Cómo estima la gracia de la esperanza! Ha renunciado a las cosas que se ven, y por eso valora los tesoros que no se ven sino por los ojos de la esperanza. Hay lugar para la mayor esperanza cuando el yo se ha ido, fundamento para una esperanza eterna cuando las cosas pasajeras ya no dominan nuestros espíritus. Este versículo es la lección de la experiencia: un hombre de Dios que había aprendido a renunciar al mundo y a vivir solo del Señor, exhorta aquí a todos sus amigos y compañeros a hacer lo mismo. Encontró bendito el vivir por la esperanza, y por eso quería que todos sus parientes hicieran lo mismo. Que toda la nación espere, que toda su esperanza esté en Jehová, que comiencen a esperar de inmediato «desde ahora», y que continúen esperando «para siempre». El destete saca al niño de una condición temporal y lo lleva a un estado en que continuará el resto de su vida: elevarse por encima del mundo es entrar en una existencia celestial que nunca puede terminar. Cuando dejamos de ansiar el mundo, comenzamos a esperar en el Señor. Oh Señor, así como un padre desteta a un niño, destétame tú a mí, y entonces fijaré toda mi esperanza solo en ti.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 3. «Espera, oh Israel, en Jehová.» Siguiendo, pues, el ejemplo del Rey de Israel, que así se comportó en sus aflicciones, humilde, contento y resignado, echando todo su cuidado sobre el Padre que cuidaba de él y esperando con paciencia su tiempo de liberación y salvación; siguiendo este ejemplo y modelo suyo, que su pueblo fiel espere y confíe, no en sí mismo, ni en su sabiduría, ni en su poder, sino solo en Jehová, que no dejará de exaltarlos, como ya ha exaltado a su Redentor, con tal que sigan sus pasos. —George Horne.
Versículo 3. «Espera, oh Israel, en Jehová.» Aunque David mismo podía esperar con paciencia y tranquilidad la corona que se le destinaba, tal vez Israel, el pueblo del que era favorito, estaría dispuesto a intentar algo en su favor antes de tiempo; por eso procura aquietarlos también a ellos, y les dice que esperen en Jehová, que ellos verían a su debido tiempo un feliz cambio en la faz de los asuntos. Así «bueno es esperar, y aguardar en silencio la salvación de Jehová». —Matthew Henry.
Versículo 3. «Espera, oh Israel, en Jehová.» etc. Recuerden que él es Jehová.
- Sabio para planear.
- Bueno para proponer.
- Fuerte para ejecutar, y que no negará ningún bien a los que andan en integridad.
- Confíen «desde ahora». Si no han comenzado antes, comiencen ahora.
- Y no se cansen; confíen «para siempre». Su caso nunca puede estar fuera del alcance del poder y la misericordia de Dios. —Adam Clarke.
Sugerencias para el predicador
Versículo 3.
- El estímulo para esperar en Dios. a) Como Dios del pacto, «el Dios de Israel». b) Como Dios que guarda el pacto: «Desde ahora», etc.
- El efecto de esta esperanza. a) La humildad y la dependencia del primer versículo. b) El contentamiento y el destete del segundo versículo. ¿Sería Israel así de humilde y obediente como un niño pequeño? «Espere Israel», etc. —G. R.
Versículo 3. La voz de la esperanza oída en la calma.
- Las almas calmadas aprecian a Dios. La quietud favorece la contemplación. Así se descubren la majestad, la perfección y la alabanza de Dios.
- Las almas calmadas confían en Dios; se ve que es tan digno de confianza.
- Las almas calmadas miran sin temor a la eternidad: «desde ahora y para siempre.» —W. B. H.
Versículo 3. Espera, espera siempre.
- Porque el pasado garantiza tal confianza.
- Porque el presente exige tal confianza.
- Porque el futuro justificará la confianza. —W. H. J. P.
OBRA SOBRE EL SALMO CIENTO TREINTA Y UNO
«Cinco sermones sobre el Salmo 131», en las Obras de Manton, D.D., vol. 5, folio, pp. 961-1007; también pueden hallarse en el vol. 21, pp. 406-462 de la nueva edición de las Obras de Manton, publicada por Nisbet y Cía., 1874.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea.