El tesoro de David · Charles H. Spurgeon
Salmo 139: comentario de Charles H. Spurgeon (El tesoro de David)
Resumen del capítulo
Uno de los más notables himnos sagrados. Canta la omnisciencia y la omnipresencia de Dios, infiriendo de ellas el derrocamiento de los poderes de la maldad, pues el que ve y oye las obras y palabras abominables de los rebeldes ciertamente los tratará conforme a su justicia. El brillo de este salmo es semejante a una piedra de zafiro, o al «terrible cristal» de Ezequiel; despide tales destellos de luz que convierte la noche en día. Como un Faro, este santo cántico proyecta una luz clara hasta los confines del mar, y nos previene contra ese ateísmo práctico que ignora la presencia de Dios y así naufraga el alma.
TÍTULO. Al músico principal. La última vez que apareció este título fue en Sal 109:1-31. Este cántico sagrado es digno del más excelente de los cantores, y está dedicado con propiedad al director de la salmodia del templo, para que lo pusiera en música y cuidara de que fuera cantado con devoción en el solemne culto del Altísimo. Salmo de David. Lleva la imagen y la inscripción del rey David, y no pudo salir de otra ceca que la del hijo de Isaí. Por supuesto, los críticos le quitan esta composición a David, a causa de ciertas expresiones arameas que hay en ella. Creemos que, con los principios de crítica ahora en boga, sería sumamente fácil probar que Milton no escribió El paraíso perdido. Aún tenemos que aprender que David no pudo haber usado expresiones pertenecientes a «la lengua de la casa ancestral patriarcal». ¿Quién sabe cuánto del habla antigua pudo haberse conservado a propósito entre aquellas mentes más nobles que se gozaban en recordar la ascendencia de su raza? Sabiendo a qué descabelladas inferencias han llegado los críticos en otros asuntos, hemos perdido casi toda fe en ellos, y preferimos creer que David es el autor de este salmo, por las evidencias internas de estilo y de contenido, antes que aceptar la determinación de hombres cuyos modos de juzgar son manifiestamente poco fiables.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Todo el salmo. Aben Ezra observa que este es el salmo más glorioso y excelente de todo el libro: uno muy excelente es, pero si el más excelente, es difícil decirlo. —John Gill.
Todo el salmo. Hay un salmo que sería bueno que los cristianos hicieran con él como Pitágoras con sus Versos de Oro: repetirlo cada mañana y cada noche. Es la apelación de David, con buena conciencia, a Dios, contra las malévolas sospechas y calumnias de los hombres, en Sal 139:1-24. —Samuel Annesley (1620-1696), en "The Morning Exercises."
Todo el salmo. Este salmo es una de las composiciones más sublimes del mundo. ¿Cómo pudo un muchacho pastor concebir un tema tan sublime y escribir en un tono tan sublime? Los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo. ¿Qué temas hay más sublimes que los atributos divinos? ¿Y cuál de estos atributos es más sublime que la omnipresencia? La omnisciencia, la espiritualidad, la infinitud, la inmutabilidad y la eternidad están necesariamente incluidas en ella. —George Rogers.
Todo el salmo. Que los ingenios modernos, después de esto, miren a los honestos pastores de Palestina como una compañía de rústicos toscos y sin pulir; que produzcan, si pueden, de autores profanos pensamientos más sublimes, más delicados o mejor expresados; sin mencionar la sana divinidad y la sólida piedad que son evidentes bajo estas expresiones. —Claude Fleury, 1640-1723.
Todo el salmo. Aquí el poeta invierte su mirada, del resplandor de los soles a los extraños átomos que componen su propio cuerpo. Se detiene estremecido sobre el precipicio de sí mismo. Arriba está el Espíritu que todo lo abarca, de quien no pueden salvar las alas de la mañana; y abajo, a profunda distancia, aparece en medio del bosque ramificado de su cuerpo animal, tan formidable y maravillosamente hecho, el abismo de su existencia espiritual, yaciendo como un lago oscuro en el centro. Cómo, entre misterio y misterio, su mente, su asombro, su misma razón parecen mecerse como un botecillo entre el mar y el cielo. Pero pronto recobra su serenidad cuando se arroja, con presteza y confianza de niño, en los brazos de aquel Espíritu paternal, y murmura en su seno: «¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos!»; y alzando al fin la vista a su rostro, clama: «Examíname, oh Jehová. Yo no puedo examinarte a ti; no puedo examinarme a mí mismo; me abruman esas espantosas profundidades; pero examíname como solo tú puedes; mira si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.» —George Gilfillan (1813-1878), en "The Bards of the Bible."
Todo el salmo. El salmo tiene un fin inmediatamente práctico, que se despliega hacia el final. No es una descripción abstracta de los atributos divinos con un propósito meramente indirecto. Si Dios es tal ser, si su agencia vital se extiende sobre toda su creación, penetra todos los objetos, ilumina los rincones más profundos y oscuros; si su conocimiento no tiene límites, penetrando en los misteriosos procesos de la creación, en los más pequeños y elementales gérmenes de vida; si su ojo puede discernir los procesos aún más sutiles y recónditos de la mente, comprendiendo la concepción a medio formar, el deseo germinante «desde lejos»; si, anterior a toda existencia finita, salió su decreto predeterminante; si en aquellos antiguos registros de la eternidad estaba inscrita la estructura del hombre, con todos sus innumerables elementos y órganos, en todas las edades de su duración, entonces para su siervo, su adorador en la tierra, se siguen dos consecuencias, sumamente prácticas y trascendentales: primera, dejar de tener o sentir complacencia alguna con los impíos, simpatía alguna con sus malos caminos, comunión alguna con ellos como tales; y, segunda, el ferviente deseo de que Dios examine el alma del salmista, no sea que en sus profundidades insondadas haya alguna iniquidad oculta, no sea que haya, más allá de la jurisdicción actual de su conciencia, algún reino oscuro que solo el ojo omnisciente pudiera explorar. —Bela B. Edwards (1802-1852), en "Masterpieces of Pulpit Eloquence" de H. C. Fish.
Todo el salmo.
¡Escudriñador de corazones! A ti son conocidos
los más íntimos secretos de mi pecho;
en casa, fuera, entre la multitud, a solas,
marcas mi levantarme y mi reposo,
mis pensamientos lejanos, por cada laberinto,
fuente, corriente y desembocadura: todos mis caminos.
¿Cómo de tu presencia podría yo ir,
o adónde de tu Espíritu huir,
si todo lo de arriba, lo de alrededor, lo de abajo
existe en tu inmensidad?
Si subo al cielo en mi camino,
te encuentro en el día eterno.
Si en la tumba hago mi lecho
con gusanos y polvo, ¡mira!, allí estás tú.
Si, en alas de la mañana lanzado,
me traslado más allá del océano,
siento tu voluntad que todo lo gobierna,
y tu diestra me sostiene todavía.
«Que me oculte la oscuridad», si digo,
la oscuridad no puede ser escondite;
la noche, a tu levantarte, brilla como el día;
oscuridad y luz son una para ti:
pues tú contemplaste mi forma embrionaria
antes que mi madre conociera a su propio hijo.
En mí tu obra desplegada,
un milagro de poder me presento:
formidable y maravillosamente hecho,
y formado en secreto por tu mano;
yo vivía, antes de ser traído a la existencia,
por tu eternidad de pensamiento.
¡Cuán preciosos son tus pensamientos de paz,
oh Dios, para mí! ¡Cuán grande la suma!
Nuevos cada mañana, nunca cesan:
fueron, son, y aún han de venir,
en número y en extensión más
que las arenas del océano o su orilla.
¡Examíname, oh Dios! y conoce mi corazón;
pruébame, escudriña mi alma más íntima;
y advierte a tu siervo que se aparte
de todo camino falso y malo:
así será tu verdad mi guía
a la vida y a la inmortalidad. —James Montgomery.
Todo el salmo. El salmo puede resumirse así. Sal 139:1. «Jehová, tú me has examinado y conocido.» —Como si dijera: «Oh Jehová, tú eres el Dios que escudriña el corazón, que conoce perfectamente todos los pensamientos, consejos, estudios, empeños y acciones de todos los hombres, y por tanto los míos.» Sal 139:2. «Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos.» —Como si dijera: «Conoces mi reposo y mi movimiento, y mis laboriosos pensamientos en ambos.» Sal 139:3. «Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos.» —Como si dijera: «Me aventas y me cribas», es decir: «Me examinas y me pruebas hasta lo sumo.» Sal 139:4. «Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda.» —Como si dijera: «No puedo decir una palabra, por muy secreta, oscura o sutil que sea, sin que tú sepas qué, y por qué, y con qué ánimo fue proferida.» Sal 139:5. «Detrás y delante me rodeaste, y sobre mí pusiste tu mano.» —Como si dijera: «Me mantienes dentro del círculo de tu conocimiento, como un hombre que no deja que su siervo se aparte de su vista. No puedo escaparme de ti.» Sal 139:6. «Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender.» Como si dijera: «El conocimiento de tu grande y gloriosa majestad e infinitud está totalmente más allá de toda comprensión humana.» Sal 139:7. «¿Adónde me iré de tu Espíritu? ¿Y adónde huiré de tu presencia?» —Como si dijera: «¿Adónde puedo huir de ti, cuya esencia, presencia y poder están en todas partes?» Sal 139:8. «Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás.» —Como si dijera: «No hay altura por encima de ti, no hay profundidad por debajo de ti.» Sal 139:9. «Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar.» —Como si dijera: «Si tuviera alas para volar tan veloz como la luz de la mañana, de oriente a occidente, de modo que pudiera en un momento llegar a los confines del mundo.» Sal 139:10. «Aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra.» —Como si dijera: «De allí me traerá de vuelta tu mano, y me retendrá firme como a un fugitivo.» Sal 139:11. «Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán, aun la noche resplandecerá alrededor de mí.» —Como si dijera: «Aunque las tinieblas estorban la vista del hombre, no estorban la tuya.» En una palabra, mira hacia donde quieras, no hay escondite de Dios. «Porque sus ojos están sobre los caminos del hombre, y ve todos sus pasos. No hay tinieblas ni sombra de muerte donde se escondan los que hacen maldad»: Job 34:21-22. Por tanto, cristianos, no hagan nada sino lo que estén dispuestos a que Dios advierta; y juzguen dentro de ustedes si este no es el camino para tener una buena y tranquila conciencia. —Samuel Annesley.
Todo el salmo. En este salmo arameizante se lleva a efecto lo que dice el salmo anterior (Sal 138:6), a saber: Porque Jahvé es excelso y mira al humilde, y al altivo conoce de lejos. Este salmo tiene múltiples puntos de contacto con su predecesor. —Franz Delitzsch.
Al músico principal. Como un escritor posterior no podía tener motivo para anteponer el título «Al músico principal», este ofrece una prueba incidental de antigüedad y autenticidad. —Joseph Addison Alexander.
Salmo de David. No puedo comprender cómo ningún crítico pueda asignar este salmo a otro que no sea David. Cada línea, cada pensamiento, cada giro de expresión y transición es suyo, y solo suyo. En cuanto a los argumentos sacados de los dos caldaísmos que aparecen, esto es realmente fútil. Estos caldaísmos consisten meramente en la sustitución de una letra por otra, muy semejante en forma y fácil de confundir por un copista, en particular por uno acostumbrado al idioma caldeo; pero los argumentos morales en favor de la autoría de David son tan fuertes que abruman cualquier crítica verbal, o más bien literal, de esa clase, aun si las objeciones fueran más formidables de lo que realmente son. —John Jebb.
Salmos 139:1
Versículo 1. «Jehová, tú me has examinado y conocido.» Invoca con adoración a Jehová, el Dios que todo lo sabe, y procede a adorarlo proclamando uno de sus atributos peculiares. Si queremos alabar a Dios como es debido, debemos tomar la materia de nuestra alabanza de él mismo: «Oh Jehová, tú has…». Ningún dios fingido sabe nada de nosotros; pero el Dios verdadero, Jehová, nos entiende y conoce íntimamente nuestras personas, nuestra naturaleza y nuestro carácter. ¡Qué bueno es para nosotros conocer al Dios que nos conoce! El conocimiento divino es sumamente minucioso y penetrante; es como si nos hubiera registrado, como los oficiales registran a un hombre en busca de mercancía de contrabando, o como los saqueadores revuelven una casa en busca de botín. Sin embargo, no debemos llevar la figura hasta el extremo, ni dejar que nos conduzca más lejos de lo que pretende: el Señor lo sabe todo de manera natural y como cosa de rutina, y no por algún esfuerzo de su parte. Registrar implica ordinariamente cierto grado de ignorancia que la observación disipa; es evidente que este no es el caso del Señor; lo que el salmista quiere decir es que el Señor nos conoce tan a fondo como si nos hubiera examinado minuciosamente y hubiera escudriñado los rincones más secretos de nuestro ser. Este conocimiento infalible ha existido siempre: «Tú me has examinado»; y continúa hasta hoy, pues Dios no puede olvidar lo que una vez ha conocido. Nunca hubo un tiempo en que fuéramos desconocidos para Dios, ni habrá un solo momento en que estemos fuera de su observación. Observa cómo el salmista hace personal su doctrina: no dice: «Oh Dios, tú lo sabes todo», sino: «tú me has conocido a mí». Siempre es sabio aplicarnos la verdad a nosotros mismos. ¡Qué maravilloso contraste entre el que observa y el observado! ¡Jehová y yo! Y, sin embargo, existe esta relación tan íntima, y en ella está nuestra esperanza. Que el lector se detenga un rato a tratar de comprender los dos polos de esta declaración —el Señor y el pobre y diminuto hombre— y verá mucho que admirar y de qué maravillarse.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 1. «Jehová, tú me has examinado y conocido.» En el hebreo no hay «me» después de «conocido»; por eso es mejor tomar el objeto de «conocido» en un sentido más amplio. La omisión es intencional, para que el corazón creyente de todos los que usan este salmo supla la elipsis. Tú has conocido y conoces todo lo que concierne al asunto en cuestión, tanto si yo y los míos somos culpables o inocentes (Sal 44:21) como mis circunstancias exactas, mis necesidades, mis penas y el momento preciso en que debes aliviarme. —A. R. Fausset.
Versículo 1. «Jehová, tú me has examinado y conocido.» A veces los piadosos pueden verse tan oscurecidos por calumnias y oprobios que no hallan manera de justificarse ante los hombres, y deben contentarse y consolarse con el testimonio de una buena conciencia y con la aprobación que Dios da a su integridad, como aquí lo hace David. —David Dickson.
Versículo 1. «Jehová, tú me has examinado y conocido.» David establece aquí la gran doctrina de que Dios tiene un conocimiento perfecto de nosotros, primero, a modo de dirigirse a Dios: se lo dice a él, se lo reconoce a él y le da la gloria por ello. Las verdades divinas se ven igual de bien cuando se oran que cuando se predican, y mucho mejor que cuando se discuten. Cuando hablamos de Dios al mismo Dios, nos vemos obligados a hablar con la mayor sinceridad y reverencia, lo cual probablemente hará más profundas las impresiones. En segundo lugar, lo establece a modo de aplicación a sí mismo: no «tú has conocido todo», sino «tú me has conocido a mí»; eso es lo que más me interesa creer y lo que más provecho me traerá considerar. Conocemos las cosas para nuestro bien cuando las conocemos para nosotros mismos. Job 5:27… David era rey, y «el corazón de los reyes, inescrutable» para sus súbditos (Pr 25:3), pero no lo es para su soberano. —Matthew Henry.
Versículo 1. «Jehová, tú me has examinado.» Quisiera que observaran con cuánta profundidad, ya en el primer versículo, hace suya la verdad en su propio corazón y su propia conciencia: «Jehová, tú me has examinado a mí». No la pasa por alto como una verdad general, compartida por tantos que él pudiera esperar escapar o eludir su solemne llamado a sí mismo; sino que dice: «Tú me has examinado a mí». —Barton Bouchier.
Versículo 1. Examinado. La palabra hebrea significa originalmente cavar, y se aplica a la búsqueda de metales preciosos (Job 28:3), pero metafóricamente a una indagación moral sobre la culpa. —Joseph Addison Alexander.
Versículos 1-5. Dios conoce todo lo que pasa en lo más íntimo de nuestras almas mejor que nosotros mismos: lee nuestros pensamientos más secretos; todas las cavilaciones de nuestro corazón desfilan ante él; y se ocupa tan perfecta y enteramente en escrutar los pensamientos y las acciones de un individuo como en regir los asuntos más importantes del universo. Esto es lo que no podemos comprender; pero es lo que, según la luz de la razón, debe ser verdad y, según la revelación, ciertamente lo es. Dios no puede hacer nada de manera imperfecta; y podemos formarnos alguna idea de su conocimiento que todo lo supervisa si concebimos lo que de hecho es la verdad: que todos los poderes de la Deidad se emplean, y se emplean únicamente, en observar y examinar la conducta de un solo individuo. Digo que esto es así de hecho, porque todos los poderes de la Deidad se emplean tanto en los asuntos más pequeños como en los más grandes del universo; y toda la mente y el poder del Creador se ocupan tan exclusivamente en la formación de un gusano como en la de un mundo. Dios lo conoce todo perfectamente, y lo conoce todo perfectamente a la vez. Esto, para el entendimiento humano, produciría confusión; pero no puede haber confusión en el entendimiento divino, porque la confusión nace de la imperfección. Así, Dios, sin confusión, contempla las acciones de cada hombre tan distintamente como si ese hombre fuera el único ser creado y la Deidad estuviera ocupada únicamente en observarlo. Que este pensamiento llene tu mente de temor reverente y de remordimiento. —Henry Kirke White, 1785-1806.
Versículos 1-12.
Oh Señor, en mí nada hay que a tu escrutinio no esté revelado; pues cuando me siento tú lo adviertes; no menos notas cuando me levanto; sí, el más recóndito retiro de mi pensamiento tiene ventanas abiertas a tus ojos.
Tú caminas conmigo cuando camino, cuando me voy al lecho a descansar te encuentro allí, y en todas partes: ni el más joven pensamiento nace en mí, ni una palabra que lance al hablar, que, aún sin pronunciar, no la conozcas.
Si marcho adelante, tú vas delante; si me vuelvo atrás, vienes detrás: así, ni adelante ni atrás me falta tu guarda; más aún, sobre mí hallo también tu mano. Bien puedo adorar tu sabiduría, mas nunca alcanzarla con mente terrena.
Para eludir tu aviso, dejar tu mirada, oh, ¿adónde podría encaminarme? ¿A la esfera estrellada? Allí está tu trono. ¿A la morada sin deleite de los muertos? Allí está tu paseo, y yacer allí sin ser conocido, en vano lo intentaría.
¡Oh sol, a quien ni luz ni vuelo igualan! Supón que tus alas luminosas y veloces me prestaras, y yo pudiera huir hasta donde la tarde te lleva: aun yendo al occidente él me alcanzaría, y no podría yo esconderme con las cosas del poniente.
Haz lo mejor que puedas, oh noche secreta, en cubrirme con tu negro velo: tu negro velo en vano fallará: con el día desenmascarada será mi noche; pues la noche es día, y la oscuridad luz, oh Padre de las luces, para ti. —Sir Philip Sidney, 1554-1586.
Sugerencias para el predicador
Versículos 1, 23. Un hecho convertido en oración.
Versículo 1.
- Un pensamiento alentador para los pecadores. Si Dios no los conociera perfectamente, ¿cómo habría podido preparar para ellos una salvación perfecta?
- Una verdad consoladora para los santos. «Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.» —G. R.
Versículos 1-5. En estos versículos tenemos la omnisciencia de Dios,
- Descrita. a) Como observadora de acciones mínimas y comparativamente poco importantes: «Mi sentarme y mi levantarme». b) Como tomando nota de nuestros pensamientos y de los motivos que hay detrás de ellos: «Has entendido mis pensamientos». c) Como investigadora de todos nuestros caminos: «Tú rodeas», etc.; mejor traducido: «Tú pruebas mi caminar y mi reposo», es decir, mis actividades y mis descansos. d) Estimando con exactitud cada palabra en el instante de pronunciarse: «Pues aún no está la palabra», etc. e) Como estando «detrás» de los hombres, recordando su pasado, y «delante» de los hombres, conociendo su futuro: «Detrás y delante me rodeaste», etc. f) Como teniendo en cada instante a los hombres bajo una vigilante inspección: «Y sobre mí pusiste», etc.
- Personalmente comprendida y meditada: «Tú me has examinado a mí». Mí y mi recorren todo el conjunto de las declaraciones. Así sentido y usado, el hecho de la omnisciencia de Dios, a) engendra reverencia; b) inspira confianza; c) produce cuidado en la conducta. —J. F.
Versículos 2-4. El conocimiento de Dios se extiende,
- A nuestros movimientos, nuestro «sentarme y levantarme»: cuando nos sentamos a leer, escribir o conversar, y cuando nos levantamos para el servicio activo.
- A nuestros pensamientos: «Has entendido desde lejos mis pensamientos». Lo que han sido, lo que son ahora, lo que serán, lo que habrían sido en cualquier circunstancia. El que hizo las mentes sabe cuáles serán sus pensamientos en todo tiempo, o no podría predecir los sucesos futuros ni gobernar el mundo. Puede conocer nuestros pensamientos sin ser el autor de ellos.
- A nuestras acciones: Sal 139:3. Cada paso que damos de día, y todo lo que nos proponemos hacer en las horas de vela de la noche: todos nuestros caminos privados, sociales y públicos, son rodeados o cernidos por él para distinguir lo bueno de lo malo, como el trigo de la paja.
- A nuestras palabras: Sal 139:4. Se ha dicho que las palabras de todos los hombres y de todos los tiempos están registradas en la atmósfera y pueden ser fielmente recuperadas. Sea así o no, están fonografiadas en la mente de Dios. —G. R.
Salmos 139:2
Versículo 2. «Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme.» A mí me conoces, y todo lo que procede de mí. Soy observado cuando me siento tranquilamente, y notado cuando me levanto con resolución. Mis actos más comunes y casuales, mis movimientos más necesarios e indispensables, son registrados por ti a su tiempo, y tú conoces los pensamientos interiores que los gobiernan. Ya sea que me hunda en humilde renuncia de mí mismo, ya sea que me eleve con orgullo, tú ves los movimientos de mi mente, así como los de mi cuerpo. Este es un hecho que hay que recordar a cada momento: sentándonos a considerar o levantándonos a actuar, seguimos siendo vistos, conocidos y leídos por Jehová, nuestro Señor. «Has entendido desde lejos mis pensamientos.» Antes de que sea mío, ya es previsto y comprendido por ti. Aunque mi pensamiento sea invisible a la vista, aunque yo mismo todavía no conozca la forma que va tomando, tú lo tienes bajo tu consideración y percibes su naturaleza, su origen, su dirección, su resultado. Jamás me juzgas mal ni me interpretas equivocadamente: mi pensamiento más íntimo es perfectamente entendido por tu mente imparcial. Aunque solo echaras una mirada a mi corazón y me vieras como se ve un meteoro que pasa a lo lejos, con ese vistazo resumirías todos los significados de mi alma, tan transparente es todo para tu mirada penetrante.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 2. Tú. David hace del pronombre personal el mismo frontispicio del versículo, y así dice expresa y distintivamente a Jehová: «Tú conoces»; marcando así la diferencia entre Dios y todos los demás, como si dijera: «Tú, y solo tú, oh Dios, en todo el universo, conoces por completo todo lo que puede saberse de mí, hasta mi pensamiento más íntimo, así como mi acto exterior». —Martin Geier.
Versículo 2. «Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme.» ¿Se preocupa Dios? ¿Es él nuestro Amigo? ¿Aun en cosas tan pequeñas como estas vela sobre nosotros «para hacernos bien»? … Cuando nos «sentamos» él ve; cuando nos levantamos, allí está. Ni una acción se pierde ni un pensamiento se pasa por alto. No es de extrañar que, al relatar David estos diminutos milagros de cuidado, añada las palabras: «Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender.» Nos acostumbramos al pensamiento de que Dios hizo el sol y el cielo, «la luna y las estrellas que tú formaste», y nos inclinamos ante el hecho de que son «obra de sus dedos». ¡Vayamos más lejos! El entrar y el salir del cristiano se mencionan varias veces en la Escritura como si fueran muy importantes. Tanto depende de estas palabras pequeñas. «David salía y entraba delante del pueblo. Y David se conducía prudentemente en todos sus asuntos, y Jehová estaba con él»: 1S 18:13-14. «Jehová guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre»: Sal 121:8. A David le fueron dadas protección y sabiduría en sus «salidas» y «entradas». Quizá lo segundo fue a la vez causa y efecto de lo primero. Hacía falta, porque muchos ojos estaban sobre él, y muchos ojos están sobre nosotros: ¿no es así? Quizá más de lo que pensamos. —Lady Hope, en "Between Times," 1884.
Versículo 2. Sentarme y levantarme. El «levantarme» después del «sentarme» sigue el orden de la secuencia correcta, pues la acción debe seguir a la meditación. Jacob vio a los ángeles subir a Dios antes de que descendieran a servir entre los mortales. De ahí se nos enseña a unirnos primero a Dios por la meditación y después a acudir en ayuda de nuestros semejantes. —Thomas Le Blanc.
Versículo 2. Levantarme puede referirse a levantarse de la cama, cuando el Señor sabe si el corazón sigue con él (Sal 139:18); qué conciencia se tiene de la protección y el sustento divinos, y qué gratitud hay por las misericordias de la noche pasada; y si la voz de la oración y la alabanza se dirige a él por la mañana, como debe ser (Sal 3:5; 5:3); o bien levantarse de la mesa, cuando el Señor sabe si la mesa de un hombre ha sido su lazo, y con qué gratitud se levanta de ella por los favores recibidos. El Targum lo interpreta del levantarse para ir a la guerra, cosa que David hacía en el nombre y la fuerza del Señor, y conforme a su dirección. —John Gill.
Versículo 2. «Has entendido desde lejos mis pensamientos.» «Mis pensamientos»: es decir, todos y cada uno, aunque innumerables pensamientos pasen por mí en un día. El conocimiento divino alcanza hasta su origen y fuente, antes de que sean nuestros pensamientos. Si el Señor los conoce antes de que existan, antes de que puedan llamarse propiamente nuestros, mucho más los conoce cuando brotan realmente en nosotros; conoce su tendencia, dónde se posará el pájaro cuando aún está en vuelo; los conoce exactamente; por eso se le llama «discernidor» o juez de los pensamientos del corazón: Heb 4:12. —Stephen Charnock.
Versículo 2. «Has entendido desde lejos mis pensamientos.» No que Dios esté lejos de nuestros pensamientos, sino que los entiende mientras están lejos de nosotros, de nuestro conocimiento, mientras son potenciales, como los jardineros saben qué malas hierbas dará tal terreno cuando aún no aparece nada. Dt 31:21: «Porque yo conozco lo que se proponen hacer hoy, antes que los introduzca en la tierra que juré darles»: Dios conoció los pensamientos de ellos antes de que entraran en Canaán, lo que serían allí. ¿Y cómo puede ser de otro modo, sino que Dios conozca todos nuestros pensamientos, si él hizo el corazón y este está en su mano (Pr 21:1), si «en él vivimos, y nos movemos, y somos» (Hch 17:28), si él es «sobre todos, y por todos, y en todos» (Ef 4:6)? Miren bien sus corazones, pensamientos, afanes, todo lo que venga a su mente; no dejen que habiten allí pecados secretos ni corrupciones; no piensen ocultar nada al ojo de Dios. —William Greenhill.
Versículo 2. «Has entendido desde lejos mis pensamientos.» Por muy ajenos y distantes que estén mis pensamientos unos de otros, tú entiendes la cadena que forman y puedes descubrir su conexión cuando tantos de ellos escapan a mi atención que yo mismo no puedo. —Matthew Henry.
Versículo 2. Mis pensamientos. La palabra rea, que hemos traducido «pensamiento», significa también amigo o compañero, por lo cual algunos leen: tú conoces desde lejos lo que está más cerca de mí, sentido más al caso que cualquier otro, si pudiera apoyarse con ejemplos. La referencia sería entonces muy apropiadamente al hecho de que Dios contempla como cercanos los objetos más distantes. Algunos, en lugar de «desde lejos», leen de antemano, significado en que la palabra hebrea se toma en otros lugares; como si dijera: Oh Señor, todo pensamiento que concibo en mi corazón ya es conocido por ti de antemano. —Juan Calvino.
Versículo 2. Pensamiento. En toda aflicción, en todo negocio, el mejor consuelo de un hombre es este: que todo lo que hace, e incluso todo lo que piensa, Dios lo sabe. En la Septuaginta leemos dialogismoús, es decir, «razonamientos». Dios conoce todo nuestro raciocinio interior, todos los diálogos, todos los coloquios del alma consigo misma. —Thomas Le Blanc.
Versículo 2. «Has entendido mis pensamientos.» Ante los hombres estamos como colmenas opacas. Ven entrar y salir los pensamientos de nosotros, pero el trabajo que hacen dentro del hombre no pueden decirlo. Ante Dios somos como colmenas de cristal, y todo lo que nuestros pensamientos hacen dentro de nosotros él lo ve y lo entiende perfectamente. —Henry Ward Beecher.
Versículo 2. «Has entendido desde lejos mis pensamientos.»
«Puede que el hombre no te vea cometer un acto impío; pero Dios puede leer tu pensamiento más íntimo.» —Plutarco.
Versículo 2. Desde lejos. Esta expresión debe entenderse, como en Sal 138:6, como contradiciendo la ilusión (Job 22:12-14) de que el habitar de Dios en el cielo le impide observar las cosas del mundo. —Lange's Commentary.
Versículo 2. Desde lejos. Tanto en distancia, por lejos que el hombre pretenda esconder sus pensamientos de Dios, como en tiempo, pues Dios conoce el pensamiento humano antes de que el hombre lo conciba en su corazón, en su presciencia eterna. Los egipcios llamaban a Dios el «ojo del mundo». —Thomas Le Blanc.
Versículos 2-4. No se imaginen que su porte, postura, vestido o conducta no están bajo la providencia de Dios. Se engañan a sí mismos. No piensen que sus pensamientos pasan libres de inspección. El Señor los entiende desde lejos. No piensen que sus palabras se disipan en el aire antes de que Dios pueda oírlas. ¡Oh, no! Él las conoce aun cuando todavía están en su lengua. No piensen que sus caminos son tan privados y ocultos que no hay quien los conozca o los censure. Se equivocan. Dios conoce todos sus caminos. —Johann David Frisch, 1731.
Sugerencias para el predicador
Versículo 2 (primera parte). La importancia de los actos más comunes de la vida.
Versículo 2 (segunda parte). La naturaleza seria de los pensamientos. Conocidos de Dios; vistos a través, percibida su dirección; y atendidos mientras están todavía a lo lejos.
Salmos 139:3
Versículo 3. «Mi caminar y mi reposo has escudriñado.» Mi sendero y mi lecho, mi correr y mi descansar, están igualmente dentro del círculo de tu observación. Me rodeas como el aire rodea continuamente a todas las criaturas que viven. Estoy encerrado dentro del muro de tu ser; estoy circundado dentro de los límites de tu conocimiento. Despierto o dormido, sigo siendo observado por ti. Yo puedo dejar tu senda, pero tú nunca dejas la mía. Puedo dormir y olvidarte, pero tú nunca dormitas ni caes en el olvido respecto de tu criatura. El original no significa solamente rodear, sino también aventar y cernir. El Señor juzga nuestra vida activa y nuestra vida quieta; discierne nuestra acción y nuestro reposo, y señala en ellos lo que es bueno y también lo que es malo. Hay paja en todo nuestro trigo, y el Señor los separa con precisión infalible. «Y todos mis caminos te son conocidos.» Te son familiares todas mis obras; nada se te oculta, ni te sorprende, ni es mal entendido por ti. Nuestros caminos pueden ser habituales o accidentales, abiertos o secretos, pero con todos ellos el Santísimo está bien familiarizado. Esto debería llenarnos de reverencia, para que no pequemos; de valor, para que no temamos; de gozo, para que no nos lamentemos.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 3. «Mi caminar y mi reposo has escudriñado», etc. Las palabras que les he leído parecen una metáfora tomada de soldados que rodean los caminos con una emboscada, o que ponen centinelas y espías en cada rincón para descubrir al enemigo en su marcha; «Tú rodeas mi senda»: tienes (por así decirlo) tus espías sobre mí dondequiera que voy. Por «senda» se entiende las acciones exteriores y el porte de su trato ordinario. Por «lecho» se nos significa las acciones privadas y recogidas de su vida, aquellas a las que solo asistían la oscuridad y la soledad. En Sal 36:4 se dice del impío que «medita maldad sobre su cama», para denotar no solo su perversa diligencia, sino también su secreto en ella; y se dice que Dios «esconde a sus hijos en lo secreto de su morada», de modo que estos lugares de reposo y de acostarse están destinados al secreto y al retiro. Cuando un hombre se retira a su aposento, en cierto modo, por un tiempo, se encierra fuera del mundo. Y que este es el fino sentido de esa expresión de acostarse se ve por las palabras siguientes: «Todos mis caminos te son conocidos», donde recoge en una palabra lo que antes había dicho en dos; o bien puede venir a modo de entrada y deducción de lo anterior. Como si dijera: Tú sabes lo que hago en mi trato ordinario con los hombres, y también cómo me comporto cuando me retiro de ellos; por tanto, conoces todas mis acciones, ya que las acciones de un hombre pueden reducirse a su conducta pública o a la privada. Por la otra expresión, «mis caminos», se entiende aquí el total del comportamiento de un hombre ante Dios, sea en pensamientos, palabras u obras, como es manifiesto al comparar esto con otros versículos. —Robert South.
Versículo 3. «Tú rodeas mi senda.» Es una metáfora tomada, o bien de cazadores que vigilan todos los movimientos y guaridas de las fieras para atraparlas, o bien de soldados que sitian a sus enemigos en una ciudad y se apostan alrededor de ellos. —Matthew Pool.
Versículo 3. Tú rodeas, o finges, o aventas, mi senda; es decir, la examinas o pruebas hasta el extremo, siguiendo incluso las pisadas, como significa el griego. Compárese Job 31:4. —Henry Ainsworth.
Versículo 3. «Todos mis caminos te son conocidos.» Dios advierte cada paso que damos, cada paso recto y cada paso desviado. Sabe por qué regla andamos, hacia qué fin caminamos, con qué compañía andamos. —Religious Tract Society's Commentary.
Versículo 3. Conocidos, como por el trato más familiar, como si hubieras vivido siempre conmigo (hebreo) y así te hubieras familiarizado por completo con mis caminos. —Henry Cowles.
Versículo 3. El salmista menciona cuatro modos de la existencia humana: stationis, sessionis, itionis, cubationis (estar de pie, estar sentado, andar, estar acostado); porque el hombre nunca permanece mucho tiempo en un mismo estado, y en cada cambio los ojos del Señor no cesan de vigilarlo. —Geier.
Sugerencias para el predicador
Versículo 3. La Presencia que nos rodea, en nuestras actividades, meditaciones, secretos y movimientos.
Salmos 139:4
Versículo 4. «Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda.» La palabra sin formar, que yace dentro de la lengua como una semilla en la tierra, es cierta y completamente conocida por el gran Escudriñador de los corazones. Se usa una expresión negativa para dar más fuerza a la afirmación positiva: decir que ni una palabra es desconocida es una manera enérgica de decir que toda palabra es bien conocida. El conocimiento divino es perfecto, puesto que ni una sola palabra es desconocida, más aún, ni siquiera una palabra no pronunciada, y cada una es conocida «toda», es decir, por completo. ¿Qué esperanza de ocultamiento puede quedar cuando el habla con que demasiados encubren sus pensamientos es en sí misma transparente ante el Señor? ¡Oh Jehová, cuán grande eres! Si tu ojo tiene tal poder, ¡cuál no será la fuerza unida de toda tu naturaleza!
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 4. «Pues aún no está la palabra en mi lengua», etc. Las palabras admiten un doble sentido. Así, algunos entienden que implican que Dios sabe lo que vamos a decir antes de que las palabras se formen en nuestra lengua; otros, que aunque no digamos una palabra y procuremos con el silencio ocultar nuestras intenciones secretas, no podemos eludir su atención. Cualquiera de las dos traducciones viene a ser lo mismo, y no importa cuál adoptemos. La idea que se quiere transmitir es que, mientras que la lengua es para el hombre el índice del pensamiento, por ser el gran medio de comunicación, Dios, que conoce el corazón, es independiente de las palabras. Y se hace uso de la partícula demostrativa he aquí para indicar enfáticamente que los más íntimos recovecos de nuestro espíritu están presentes ante su vista. —Juan Calvino.
Versículo 4. «Pues aún no está la palabra en mi lengua», etc. ¡Cuán necesario es poner guarda a las puertas de nuestra boca, sujetar ese miembro rebelde nuestro, la lengua, como con freno y brida! Algunos de ustedes sienten a veces que apenas pueden decir una palabra, y cuanto menos digan, mejor. Pues bien, puede que sea lo mejor; porque los grandes habladores casi seguro cometen deslices con la lengua. Puede ser bueno que no puedan hablar mucho; porque en las muchas palabras no falta pecado. ¡Dondequiera que vayan, qué conversaciones frívolas, vanas y necias oyen! Me alegro de no verme en circunstancias donde tenga que oírlas. Pero con ustedes puede ser distinto. A menudo se arrepentirán de haber hablado; rara vez se arrepentirán de haber callado. ¡Qué pronto se dicen palabras airadas! ¡Qué pronto caen expresiones necias de la boca! El Señor lo sabe todo, lo advierte todo, y si llevaran consigo un recuerdo más solemne de ello, estarían más vigilantes de lo que están. —Joseph C. Philpot.
Versículo 4. Pues aún no está la palabra en mi lengua, oh Jehová, tú lo sabes todo; así lo leen algunos; porque los pensamientos son palabras para Dios. —Matthew Henry.
Versículo 4. Tú la sabes. Los dioses saben lo que pasa en nuestras mentes sin ayuda de ojos, oídos ni lenguas; en esta omnisciencia divina se funda el sentir de los hombres de que, cuando desean algo en silencio o elevan una oración por algo, los dioses los oyen. —Cicerón.
Sugerencias para el predicador
Versículo 4.
- Las palabras en la lengua, primero dentro de ella, y en esa etapa conocidas de Dios.
- Las palabras en la lengua, muy numerosas, y sin embargo todas conocidas.
- Las palabras en la lengua, de amplio significado, y sin embargo conocidas «por completo».
Lección: Cuídense de las palabras que aún no han dicho.
Salmos 139:5
Versículo 5. «Detrás y delante me rodeaste.» Como si hubiéramos caído en una emboscada, o fuéramos sitiados por un ejército que ha cercado por completo los muros de la ciudad, estamos rodeados por el Señor. Dios nos ha puesto donde estamos, y nos rodea dondequiera que estemos. Detrás de nosotros está Dios registrando nuestros pecados o, en su gracia, borrando su recuerdo; y delante de nosotros está Dios conociendo de antemano todas nuestras obras y proveyendo para todas nuestras necesidades. No podemos volvernos atrás y así escapar de él, porque está detrás; no podemos avanzar y adelantarlo en la marcha, porque está delante. No solo nos contempla, sino que nos rodea; y para que no pareciera haber posibilidad alguna de escape, o para que no imagináramos que la presencia que nos rodea todavía está lejana, se añade: «Y sobre mí pusiste tu mano.» El prisionero marcha rodeado por una guardia y sujetado por un oficial. Dios está muy cerca; estamos enteramente en su poder; de ese poder no hay escape. No se dice que Dios vaya a rodearnos y arrestarnos así, sino que ya está hecho: «Me rodeaste». ¿No cambiaremos la figura y diremos que nuestro Padre celestial ha rodeado con sus brazos y ha acariciado con su mano? Así es con aquellos que son, por la fe, hijos del Altísimo.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 5. «Detrás y delante me rodeaste», etc. Hay aquí una transición imperceptible de la omnisciencia de Dios a su omnipresencia, de la cual las Escrituras la presentan como derivándose. «Detrás y delante», es decir, por todos lados. La idea de arriba y abajo la sugiere la última cláusula. «Rodeaste»: sitiar, cercar o rodear de cerca. «Tu mano», o la palma de tu mano, como denota estrictamente la palabra hebrea. —Joseph Addison Alexander.
Versículo 5. «Detrás y delante me rodeaste.» ¿Qué dirían si, dondequiera que se volvieran, hicieran lo que hicieran, pensaran lo que pensaran, en público o en privado, con un amigo de confianza contándole sus secretos, o a solas tramándolos, vieran un ojo constantemente fijo en ustedes, de cuya vigilancia, por más que se esforzaran, nunca podrían escapar… que percibiera todos sus pensamientos? La suposición es bastante terrible. Existe tal Ojo. —De Vere.
Versículo 5. «Detrás y delante me rodeaste.» El que halla cerrado el camino se vuelve atrás; pero David se halló cercado por detrás tanto como por delante. —Juan Calvino.
Versículo 5. «Y sobre mí pusiste tu mano.» Como en un arresto; de modo que soy tu prisionero y no puedo mover un pie lejos de ti. —John Trapp.
Versículo 5. «Y sobre mí pusiste tu mano.» Para hacer de mí uno acepto a ti. Para gobernarme, guiarme, sostenerme, protegerme; para restaurarme; en mi crecimiento, en mi andar, en mis fallos, en mi aflicción, en mi desesperación. —Thomas Le Blanc.
Sugerencias para el predicador
Versículo 5. Un alma capturada. Detenida, alcanzada, arrestada. ¿Qué ha hecho? ¿Qué hará?
Salmos 139:6
Versículo 6. «Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí.» No puedo abarcarlo. Apenas soporto pensar en ello. El tema me abruma. Estoy asombrado y atónito. Tal conocimiento no solo supera mi comprensión, sino incluso mi imaginación. «Alto es, no lo puedo comprender.» Por más que suba, esta verdad es demasiado elevada para mi mente. Parece estar siempre por encima de mí, aun cuando me elevo a las regiones más altas del pensamiento espiritual. ¿No ocurre así con cada atributo de Dios? ¿Podemos alcanzar alguna idea de su poder, su sabiduría, su santidad? Nuestra mente no tiene cuerda con que medir lo Infinito. ¿Cuestionamos por ello? Digamos más bien que por eso creemos y adoramos. No nos sorprende que el Dios gloriosísimo esté en su conocimiento muy por encima de todo el conocimiento al que podemos llegar: necesariamente tiene que ser así, puesto que somos seres tan pobres y limitados; y aun poniéndonos de puntillas no podemos alcanzar el más bajo peldaño del trono del Eterno.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 6. «Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí», etc. Cuando vamos a contemplar las perfecciones de Dios, debemos observar nuestras propias imperfecciones, y aprender así a ser más modestos al escudriñar la inescrutable perfección de Dios: Tal conocimiento, dice David, es demasiado alto para mí, no lo puedo comprender. Entonces vemos más de Dios cuando lo vemos incomprensible, y nos vemos absorbidos en los pensamientos de su perfección, y nos vemos forzados a caer en admiración de Dios, como aquí: «Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender.» —David Dickson.
Versículo 6. «Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí.» Comparado con nuestro conocimiento limitado, ¡cuán asombroso es el conocimiento de Dios! Como él hizo todas las cosas, debe estar íntimamente familiarizado no solo con sus propiedades, sino con su misma esencia. Su ojo, en un mismo instante, abarca todas las obras de su inmensurable creación. Observa no solo el complicado sistema del universo, sino el movimiento más leve del insecto más microscópico; no solo la más sublime concepción de los ángeles, sino la más baja inclinación de la más despreciable de sus criaturas. En este momento está escuchando las alabanzas que exhalan corazones agradecidos en mundos lejanos, y leyendo cada pensamiento rastrero que pasa por las mentes contaminadas de la raza caída de Adán… De una sola mirada abarca el pasado, el presente y el futuro. Ninguna distracción le impide observar; ningún defecto de memoria o de juicio oscurece su comprensión. En su recuerdo están guardados no solo los sucesos de este mundo, sino los de todos los mundos del universo; no solo los acontecimientos de los seis mil años transcurridos desde que se creó la tierra, sino los de una duración sin principio. Más aún, las cosas por venir, que se extienden a una duración sin fin, están también ante él. Una eternidad pasada y una eternidad futura están, en el mismo momento, ante su ojo; y con ese ojo eterno abarca el infinito. ¡Qué asombroso! ¡Qué inconcebible! —Henry Duncan (1774-1846), en "Sacred Philosophy of the Seasons."
Versículo 6. «Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí.» Hay un misterio en la omnipresencia divina que no aprendemos a resolver tras años de meditación. Como Dios es un espíritu simple, sin dimensiones, partes ni susceptibilidad de división, está igualmente, es decir, plenamente, presente en todo tiempo en todos los lugares. En un momento dado no está presente en parte aquí y en parte en el confín más lejano del sistema más remoto que gira en torno a la estrella telescópica más tenue, como si, a la manera de una galaxia de perfección, extendiera una sublime magnificencia por el espacio universal, que admitiera separación y partición; sino que está presente, con la totalidad de sus gloriosas propiedades, en cada punto del espacio. Esto resulta innegablemente de la simple espiritualidad del Supremo. Todo lo que Dios es en un lugar lo es en todos los lugares. Todo lo que hay de Dios está en cada lugar. En efecto, su presencia no depende del espacio ni de la materia. Su atributo de presencia esencial sería el mismo aunque toda la materia universal fuese borrada. Solo por una figura puede decirse que Dios está en el universo; pues el universo es abarcado por él. Toda la ilimitada gloria de la Deidad está esencialmente presente en cada punto de su creación, por variadas que sean las manifestaciones de esta gloria en diferentes tiempos y lugares. Tenemos aquí un caso que debería instruir y hacer sobrios a quienes, en su superficial filosofía, exigen una religión sin misterio. Sería una religión sin Dios; pues «¿descubrirás tú los secretos de Dios?». —James W. Alexander, en "The (American) National Preacher", 1860.
Sugerencias para el predicador
Versículo 6.
- Dios, imperfectamente conocido por el hombre.
- El hombre, perfectamente conocido por Dios. Se ha dicho que los sabios nunca se maravillan; a nosotros nos parece que siempre se están maravillando. —G. R.
Versículo 6. Tema: los hechos de nuestra religión, demasiado maravillosos para entenderlos, son precisamente aquellos en los que tenemos más motivo para regocijarnos.
- Pruébenlo. a) Los atributos incomprensibles de Dios dan un valor inefable a sus promesas. b) La encarnación es a la vez la manifestación de Dios más completa y más entrañable que poseemos, y sin embargo es la más inexplicable. c) La redención por la muerte de Cristo es la más alta garantía de salvación que podemos concebir; pero ¿quién puede explicarla? d) La inspiración hace de la Biblia la palabra de Dios, aunque nadie pueda dar cuenta de su modo de operar en las mentes de aquellos «inspirados por el Espíritu Santo». e) La resurrección del cuerpo y su glorificación satisfacen el anhelo más hondo de nuestra alma (Ro 8:23; 2Co 5:2-4); pero nadie puede concebir el cómo.
- Apliquen sus lecciones. a) No tropecemos en doctrinas simplemente porque son misteriosas. b) Agradezcamos que Dios no haya ocultado los grandes misterios de nuestra religión solo porque algunos se ofenderían de ellos. c) Recibamos de buen grado todo el gozo que traen los misterios, y esperemos con calma la luz del cielo para entenderlos mejor. —J. F.
Versículos 7-10.
- Dios está dondequiera que yo estoy. Yo lleno solo una pequeña parte del espacio; él llena todo el espacio.
- Está dondequiera que yo estaré. No se mueve conmigo, sino que yo me muevo en él. «En él vivimos, y nos movemos», etc.
- Está dondequiera que yo pudiera estar. «Si subiere a los cielos», etc. «Si en el Seol hiciere mi estrado», etc. Si viajo con los rayos del sol hasta la parte más distante de la tierra, o de los cielos, o del mar, estaré en tu mano. Aquí no se menciona la aniquilación, como si fuera posible; que sería el único escape de la presencia divina; pues él no es Dios de los muertos, de los aniquilados, en el sentido saduceo de la palabra, sino de los vivos. El hombre siempre está en alguna parte, y Dios siempre está en todas partes. —G. R.
Salmos 139:7
Versículo 7. Aquí el tema es la omnipresencia, verdad a la que la omnisciencia conduce naturalmente. «¿Adónde me iré de tu Espíritu?» No es que el salmista deseara alejarse de Dios o evitar el poder de la vida divina; hace esta pregunta para exponer el hecho de que nadie puede escapar del ser y de la observación que todo lo penetran del gran Espíritu Invisible. Observa cómo el escritor hace el asunto personal para sí: «¿Adónde me iré yo?». Sería bueno que todos aplicáramos así la verdad a nuestros propios casos. Sería sabio que cada uno dijera: El Espíritu del Señor está siempre alrededor de mí; Jehová es omnipresente para mí. «¿Y adónde huiré de tu presencia?» Si, lleno de pavor, me apresurara a escapar de esa cercanía de Dios que se me había vuelto terror, ¿hacia dónde podría volverme? «¿Adónde?» «¿Adónde?» Repite su clamor. Ninguna respuesta le llega. La respuesta a su primer «¿adónde?» es su eco: un segundo «¿adónde?». De la vista de Dios no puede ser ocultado, pero eso no es todo: de la presencia inmediata, real y constante de Dios no puede ser apartado. Debemos estar, queramos o no, tan cerca de Dios como nuestra alma lo está de nuestro cuerpo. Esto hace espantosa la obra de pecar; pues ofendemos al Todopoderoso en su misma cara y cometemos actos de traición al pie mismo de su trono. Irnos de él, o huir de él, no podemos: ni con paciente viaje ni con apresurada huida podemos sustraernos a la Deidad que todo lo rodea. Su mente está en nuestra mente; él mismo dentro de nosotros mismos. Su Espíritu está sobre nuestro espíritu; nuestra presencia está siempre en su presencia.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 7. «¿Adónde me iré de tu Espíritu?» Por «Espíritu de Dios» no debemos concebir aquí, como en varios otros lugares de la Escritura, solamente su poder, sino su entendimiento y su conocimiento. En el hombre el espíritu es la sede de la inteligencia, y así es aquí en referencia a Dios, como es claro por la segunda parte de la frase, donde por «el rostro de Dios» se entiende su conocimiento o inspección. —Juan Calvino.
Versículo 7. «¿Adónde me iré de tu Espíritu?» Es decir, o bien de ti, que eres espíritu y por eso puedes penetrarme; estar tan verdadera y esencialmente en las mismas entrañas y médula de mi alma como mi alma está íntima y esencialmente en mi cuerpo: «de tu Espíritu»; es decir, de tu conocimiento y tu poder; tu conocimiento para descubrirme y observarme, tu poder para sostenerme o aplastarme. —Ezekiel Hopkins, 1633-1690.
Versículo 7. Podemos eludir la vigilancia de un enemigo humano y ponernos fuera de su alcance. Dios llena todo el espacio: no hay lugar en que su ojo penetrante no esté sobre nosotros, y su mano levantada no pueda alcanzarnos. El hombre debe golpear pronto si ha de golpear, pues las oportunidades se le pasan, y su víctima puede escapar de su venganza por la muerte. En Dios no hay oportunidad que pase, y esto es lo que hace solemne su paciencia. Dios puede esperar, pues tiene delante toda una eternidad en que golpear. «Todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.» —Frederick William Robertson, 1816-1853.
Versículo 7. «¿Adónde me iré?», etc. Un filósofo pagano preguntó una vez: «¿Dónde está Dios?». El cristiano respondió: «Déjame preguntarte primero: ¿Dónde no está?». —John Arrowsmith, 1602-1659.
Versículo 7. «¿Adónde huiré de tu presencia?» Extraño sería el destierro que pudiera separarnos de Dios. No hablo de esos pobres y comunes consuelos de que en todas las tierras y costas es su sol el que brilla, sus elementos de tierra o agua los que nos sostienen, su aire el que respiramos; sino de aquel especial privilegio de que su presencia de gracia está siempre con nosotros; de que ningún mar es tan ancho que nos separe de su favor; de que dondequiera que comamos, él es nuestro anfitrión; dondequiera que reposemos, las alas de su bendita providencia se extienden sobre nosotros. Que mi alma esté segura de esto, aunque el mundo entero me traicione. —Thomas Adams.
Versículo 7. «¿Adónde huiré?», etc. Seguramente a ninguna parte: los que lo intentan hacen como el pez que nada hasta el largo del sedal con el anzuelo en la boca. —John Trapp.
Versículo 7. Tu presencia. La presencia de la gloria de Dios está en el cielo; la presencia de su poder, en la tierra; la presencia de su justicia, en el infierno; y la presencia de su gracia, con su pueblo. Si nos niega su presencia poderosa, caemos en la nada; si nos niega su presencia de gracia, caemos en el pecado; si nos niega su presencia misericordiosa, caemos en el infierno. —John Mason.
Versículo 7. Tu presencia. El célebre Linneo testificó en su conversación, escritos y acciones el más hondo sentido de la presencia de Dios. Tan fuertemente, en efecto, lo impresionaba esta idea que escribió sobre la puerta de su biblioteca: «Innocue vivite, Numen adest —Vivan inocentemente: Dios está presente.» —George Seaton Bowes, en "Information and Illustration," 1884.
Versículos 7-11. Nunca serás descuidado por la Deidad, aunque fueras tan pequeño que te hundieras en las profundidades de la tierra, o tan elevado que volaras hasta el cielo; sino que sufrirás de parte de los dioses el castigo que te corresponde, ya permanezcas aquí, ya partas al Hades, ya seas llevado a un lugar aún más salvaje que estos. —Platón.
Versículos 7-12. El salmo no fue escrito por un panteísta. El salmista habla de Dios como una Persona presente en todas partes de la creación, y sin embargo distinta de la creación. En estos versículos dice: «Tu Espíritu… tu presencia… tú estás allí… tu mano… tu diestra… las tinieblas no encubren de ti.» Dios está en todas partes, pero no es todo. —William Jones, en "A Homiletic Commentary on the Book of Psalms," 1879.
Salmos 139:8
Versículo 8. «Si subiere a los cielos, allí estás tú.» Llenando la región más alta con su presencia aún más alta, Jehová está en el lugar celestial, en su casa, sobre su trono. El ascenso, si fuera posible, sería inútil como medio de escape; sería, de hecho, huir al centro del fuego para evitar el calor. Allí se vería inmediatamente confrontado con la terrible personalidad de Dios. Nota las palabras bruscas: «TÚ, ALLÍ». «Y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás.» Descendiendo a las más bajas profundidades imaginables entre los muertos, allí encontraríamos al Señor. ¡TÚ!, dice el salmista, como si sintiera que Dios era la gran Existencia única en todos los lugares. Sea lo que fuere el Hades, o quienquiera que esté allí, una cosa es cierta: Tú, oh Jehová, estás allí. Dos regiones, la una de gloria y la otra de tinieblas, se ponen en contraste, y de ambas se afirma este único hecho: «tú estás allí». Ya sea que subamos o nos acostemos, que tomemos las alas o hagamos nuestro lecho, hallaremos a Dios cerca de nosotros. Se añade un «he aquí» a la segunda cláusula, ya que parece más maravilla encontrar a Dios en el infierno que en el cielo, en el Hades que en el Paraíso. Por supuesto, la presencia de Dios produce efectos muy diferentes en estos lugares, pero está indudablemente en cada uno; la bienaventuranza de uno, el terror del otro. ¡Qué pensamiento tan terrible, que algunos hombres parezcan resueltos a pasar la noche en el infierno, una noche que no conocerá mañana!
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 8. Hiciere mi estrado. Propiamente: «Si tendiere o extendiere mi lecho». Si buscara ese lugar para acostarme. —Albert Barnes.
Versículo 8. Infierno en algunos lugares de la Escritura significa las partes bajas de la tierra, sin relación con castigo: Si subiere a los cielos, allí estás tú; si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Por «cielo» entiende la región superior del mundo, sin respeto alguno al estado de bienaventuranza; y «infierno» es lo más opuesto y remoto en distancia, sin respeto a la miseria. Como si dijera: Vaya adonde vaya, tu presencia me encuentra. —Joseph Caryl.
Versículo 8. Allí estás tú. O, más enfática e impresionantemente en el original, «¡Tú!». Es decir, el salmista se imagina en el cielo más alto, o en las más profundas moradas de los muertos, ¡y he aquí que Dios está también allí; no se ha ido de él; sigue en la presencia del mismo Dios! —Albert Barnes.
Versículo 8. Allí estás tú. Esto no se refiere a su conocimiento, pues de eso el salmista ya había hablado antes: Sal 139:2-3: «Has entendido desde lejos mis pensamientos… todos mis caminos te son conocidos». Además, «tú estás allí»; no tu sabiduría o conocimiento, sino tú, tu esencia, no solo tu virtud. Pues habiendo hablado antes de su omnisciencia, prueba que tal conocimiento no podría estar en Dios si no estuviera presente en su esencia en todos los lugares, de modo que de ninguno quede excluido. Llena las profundidades del infierno, la extensión de la tierra y las alturas de los cielos. Cuando la Escritura menciona solo el poder de Dios, lo expresa por mano o brazo; pero cuando menciona el espíritu de Dios, y no se refiere a la tercera persona de la Trinidad, significa la naturaleza y esencia de Dios; y así aquí, cuando dice: «¿Adónde me iré de tu Espíritu?», añade explicativamente: «¿y adónde huiré de tu presencia?» o, en hebreo, «rostro»; y el rostro de Dios en la Escritura significa la esencia de Dios: Éx 33:20,23: «No podrás ver mi rostro» y «mi rostro no se verá»; se ven los efectos de su poder, sabiduría y providencia, que son sus espaldas, pero no su rostro. Los efectos de su poder y sabiduría se ven en el mundo, pero su esencia es invisible, y esto lo expresa elegantemente el salmista. —Stephen Charnock.
Sugerencias para el predicador
Versículo 8. La gloria del cielo y el terror del infierno: «Tú».
Versículos 9-10.
- Se supone la mayor seguridad y aliento para un pecador. a) El lugar: el extremo del mar; con lo cual han de entender el rincón más oscuro de la creación. b) Su huida veloz y apresurada, tras cometer el pecado, hacia este supuesto refugio y santuario: «Si tomare las alas del alba».
- Esta supuesta seguridad y aliento queda totalmente destruida (Sal 139:10). —Véase "Seaman's Preservative in Foreign Countries" de Flavel.
Versículos 11-12. Las tinieblas y la luz son iguales para Dios.
- Naturalmente. «Yo formo la luz y creo las tinieblas.»
- Providencialmente. Las dispensaciones providenciales que son oscuras para nosotros son luz para él. Nosotros cambiamos con respecto a él, no él con respecto a nosotros.
- Espiritualmente. «El que anda en tinieblas», etc. «Aunque ande», etc. Él iba delante de ellos en una columna de nube para guiarlos de día, y en una columna de fuego para guiarlos de noche. Era el mismo Dios en la nube del día y en la luz de la noche. —G. R.
Salmos 139:9
Versículo 9. «Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar.» Si pudiera volar con toda velocidad y hallar una morada donde el marino aún no ha surcado el abismo, todavía no podría alcanzar los límites de la presencia divina. La luz vuela con rapidez inconcebible y destella lejos, más allá de todo alcance humano; ilumina el mar grande y ancho, y hace reverberar a lo lejos sus olas; pero su velocidad fallaría por completo si se empleara en huir del Señor. Si voláramos sobre las alas de la brisa matutina y irrumpiéramos en océanos desconocidos para carta y mapa, allí hallaríamos al Señor ya presente. El que salva hasta lo sumo estaría con nosotros en el extremo del mar.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 9. Las alas del alba es una elegante metáfora; y por ellas podemos conjeturar que se entiende los rayos del sol, llamados «alas» por su movimiento veloz y rápido, que hace su paso tan repentino e instantáneo que impide la observación del ojo; llamadas «las alas del alba» porque el amanecer viene volando sobre estas alas del sol y trae consigo la luz; y, batiendo y abanicando estas alas, dispersa ante sí las tinieblas. «Ahora bien», dice el salmista, «si pudiera arrancar estas alas del alba», los rayos del sol, si pudiera injertar con ellas mis propios hombros; si volara tan lejos y tan veloz como la luz, en un instante, hasta el extremo del mar; sí, si en mi vuelo pudiera divisar alguna roca solitaria, tan formidable y lúgubre que casi pudiéramos poner en duda si alguna vez una Providencia estuvo allí; si pudiera posarme sobre su cima, donde nunca nada había hecho morada, sino el frío, los truenos y las tempestades; aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra.» —Ezekiel Hopkins.
Versículo 9. Las alas del alba. Esta figura para un occidental no es poco oscura. Por mi parte, no puedo dudar de que debemos entender ciertas hermosas nubes ligeras descritas así poéticamente. He observado invariablemente que a fines de la primavera, en verano y más aún en otoño, se ven nubes blancas en Palestina. Solo se presentan en las primeras horas de la mañana, justo antes de la salida del sol y al tiempo de ella. Es la total ausencia de nubes en todas las demás partes del día, salvo durante el breve período de las lluvias de invierno, lo que da tan llamativa solemnidad y fuerza a esas descripciones de la Segunda Venida en que nuestro Señor es representado viniendo en las nubes. Este rasgo de su majestad pierde todo su sentido en tierras como la nuestra, en que las nubes son tan comunes que rara vez faltan en el cielo. Las nubes matinales del verano y del otoño son siempre de un brillante blanco plateado, salvo cuando están teñidas con los delicados matices de ópalo del amanecer. Cuelgan bajas sobre los montes de Judá y producen efectos de indescriptible belleza, ya sea que floten lejos en los valles o suban a envolverse alrededor de las cumbres de los cerros. En casi todos los casos, hacia las siete el calor ha disipado estas nubes algodonosas, y para la viva imaginación oriental la mañana ha plegado sus alas extendidas. —James Neil.
Versículo 9. «Si tomare las alas del alba.» El punto de comparación parece ser la velocidad incalculable de la luz. —Joseph Addison Alexander.
Versículos 9-10. Cuando pensamos que huimos de Dios al correr de un lugar a otro, no hacemos sino correr de una mano a otra; pues no hay lugar donde Dios no esté, y adondequiera que corra un pecador rebelde, la mano de Dios saldrá a su encuentro para contrariarlo y estorbar su esperado buen éxito, aunque con toda seguridad profetice para sí mismo mucho bien en su viaje. ¡Qué! ¿Había ofendido Jonás a los vientos o a las aguas, para que le tuvieran tal enemistad? Los vientos y las aguas y todas las criaturas de Dios suelen tomar el partido de Dios contra Jonás, o contra cualquier pecador rebelde. Porque aunque Dios al principio dio al hombre poder sobre todas las criaturas para gobernarlas, cuando el hombre peca, Dios da poder y fuerza a sus criaturas para gobernar y refrenar al hombre. Por eso aquel que antes era señor de las aguas, ahora las aguas son señoras de él. —Henry Smith.
Versículos 9-10.
Si el destino me ordenara al más lejano confín de la verde tierra, a climas remotos y bárbaros, a ríos desconocidos del canto; donde primero el sol dora montañas indias, o su rayo poniente inflama las islas del Atlántico: nada es para mí; pues DIOS está siempre presente, siempre sentido, tanto en el yermo vacío como en la ciudad repleta; y donde él respira vital, allí debe haber gozo, cuando incluso al fin llegue la hora solemne y alce mi místico vuelo a mundos futuros, alegre obedeceré; allí, con nuevos poderes, cantaré maravillas que surgen: no puedo ir donde el amor universal no sonría alrededor, sosteniendo todos esos orbes y todos sus hijos: del mal aparente deduciendo siempre el bien, y de ahí otro mejor, y aún mejor, en infinita progresión. —James Thomson, 1700-1748.
Salmos 139:10
Versículo 10. «Aun allí me guiará tu mano.» Solo podríamos huir de Dios por su propio poder. El Señor estaría guiándonos, cubriéndonos, guardándonos y sustentándonos aun cuando fuéramos fugitivos de él. «Y me asirá tu diestra.» En el extremo del mar mi arresto sería tan cierto como en casa: la diestra de Dios allí tomaría y detendría al fugitivo. Si se nos ordenara la misión más lejana, podemos confiar con seguridad en la diestra sustentadora de Dios como con nosotros en toda misericordia, sabiduría y poder. Al misionero explorador, en sus solitarios andares, se le guía; en su solitaria debilidad, se le sostiene. Ambas manos de Dios están con sus propios siervos para sustentarlos, y contra los rebeldes para derribarlos; y en este sentido no importa a qué reinos se dirijan: la energía activa de Dios los rodea todavía.
Salmos 139:11
Versículo 11. «Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán.» Densas tinieblas pueden oprimirme, pero no pueden excluirme de ti, ni a ti de mí. Tú ves tan bien sin la luz como con ella, ya que no dependes de la luz, que es criatura tuya, para el pleno ejercicio de tus percepciones. Además, estás presente conmigo sea cual fuere la hora; y estando presente descubres todo lo que pienso, siento o hago. Los hombres siguen siendo tan necios que prefieren la noche y las tinieblas para sus malas obras; pero es tan imposible que algo se oculte al Señor que bien podrían transgredir a plena luz del día.
Tinieblas y luz en esto concuerdan; gran Dios, ambas son iguales para ti. Tu mano puede atravesar a tus enemigos tan pronto por las sombras de medianoche como por el mediodía resplandeciente.
Un hombre bueno no deseará ser escondido por las tinieblas, un hombre sabio no esperará tal cosa. Si fuéramos tan necios que diéramos por segura la ocultación porque el lugar estuviera envuelto en medianoche, bien podríamos alarmarnos y salir de nuestra seguridad ante el hecho de que, en lo que a Dios toca, habitamos siempre en la luz; pues aun la noche misma resplandece con una fuerza reveladora: «y la noche resplandecerá alrededor de mí». Pensemos en esto si alguna vez somos tentados a tomar licencia de la oscuridad: hay luz a nuestro alrededor. Si las tinieblas son luz, ¡cuán grande es esa luz en que habitamos! Nota bien cómo David mantiene su canto en primera persona; cuidemos de hacer lo mismo cuando clamemos con Agar: «Tú eres el Dios que me ve».
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 11. «Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán», etc. Las enormidades más viles de la conducta humana siempre han procurado cubrirse con el manto de la noche. El ladrón, el falsificador, el asesino, el salteador, el homicida y el seductor se sienten comparativamente seguros en la oscuridad de medianoche, porque ningún ojo humano puede escrutar sus acciones. ¡Pero qué pasaría si resultara que la negra noche, por hablar paradójicamente, es un fotógrafo infalible! ¡Qué pasaría si los hombres malvados, al abrir los ojos del sueño de la muerte, en otro mundo, hallaran el universo colgado de fieles retratos de sus enormidades terrenales, que habían supuesto perdidas para siempre en el olvido de la noche! ¡Qué escenas para contemplar eternamente! Ahora, en verdad, pueden sonreír incrédulos ante tal sugerencia; pero los descubrimientos de la química bien pueden hacerlos temblar. La analogía hace de ello una probabilidad científica: que cada acción del hombre, por profunda que fuera la oscuridad en que se realizó, ha impreso su imagen en la naturaleza, y que puede haber pruebas que la saquen a la luz del día y la hagan permanente mientras dure el materialismo. —Edward Hitchcock, en "The Religion of Geology," 1851.
Salmos 139:12
Versículo 12. «Aun», sin duda, más allá de toda negación. «Las tinieblas no encubren de ti»; nada velan; no son el medio de ocultamiento en grado alguno. Esconden de los hombres, pero no de Dios. «Y la noche resplandece como el día»: no es sino otra forma del día: resplandece, revelándolo todo; «resplandece como el día», manifestando con igual claridad y distinción todo lo que se hace. «Lo mismo te son las tinieblas que la luz.» Esta frase parece resumir todo lo anterior y rechaza con el mayor énfasis hasta la más leve idea de esconderse bajo el manto de la noche. Los hombres se aferran a esta noción porque es más fácil y menos costoso esconderse en la oscuridad que viajar a lugares remotos; y por eso el pensamiento necio es aquí hecho pedazos por declaraciones que en sus formas variadas lo derriban eficazmente. Con todo, los impíos siguen siendo engañados por sus rastreras nociones de Dios y preguntan: «¿Cómo lo sabe Dios?». Deben imaginar que está tan limitado en sus poderes de observación como ellos, y sin embargo, si tan solo reflexionaran un momento, concluirían que aquel que no pudiera ver en la oscuridad no podría ser Dios, y que aquel que no está presente en todas partes no podría ser el Todopoderoso Creador. Ciertamente Dios está en todos los lugares, en todo tiempo, y nada puede por posibilidad alguna ser mantenido lejos de su mente que todo lo observa y todo lo comprende. El gran Espíritu comprende dentro de sí mismo todo el tiempo y el espacio, y sin embargo es infinitamente mayor que ellos o que cualquier otra cosa que haya hecho.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 12. «Las tinieblas no encubren de ti.» Aunque el lugar donde pecamos sea para los hombres tan oscuro como Egipto, para Dios es tan claro como Gosén. —William Secker.
Salmos 139:13
Versículo 13. «Porque tú formaste mis entrañas.» Tú eres el dueño de mis partes más íntimas y de mis pasiones: no solo el que habita en mí y observa, sino el reconocido señor y poseedor de mi yo más secreto. La palabra hebrea que aquí se traduce «entrañas» significa los riñones, que los hebreos suponían la sede de los deseos y anhelos; pero quizá indica aquí la parte más oculta y vital del hombre; esto Dios no solo lo inspecciona y visita, sino que es suyo; está en su casa allí tanto como un terrateniente en su propia hacienda, o un propietario en su propia casa. «Tú me hiciste en el vientre de mi madre.» Allí yacía yo oculto, cubierto por ti. Antes de que pudiera conocerte a ti o a cosa alguna, tenías cuidado de mí, y me escondiste como un tesoro hasta que vieras conveniente sacarme a la luz. Así describe el salmista la intimidad que Dios tenía con él. En su parte más secreta —sus riñones— y en su condición más secreta —aún no nacido—, estaba bajo el dominio y la custodia de Dios.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 13. «Porque tú formaste mis entrañas.» Por la sensibilidad al dolor de esta parte del cuerpo, los hebreos la consideraban la sede de la sensación y del sentimiento, y también del deseo y el anhelo (Sal 73:21; Job 16:13; 19:27). A veces se usa de la naturaleza interior en general (Sal 16:7; Jer 20:12), y especialmente del juicio o de la dirección de la razón (Jer 11:20; 12:2). —William Lindsay Alexander, en Kitto's Cyclopaedia.
Versículo 13. «Porque tú formaste mis entrañas.» Los riñones se destacan especialmente para señalarlos, sede de las emociones más tiernas y secretas, como obra de aquel que prueba el corazón y los riñones. —Franz Delitzsch.
Versículo 13. «Tú me hiciste en el vientre de mi madre.» La palabra que aquí se traduce cubrir significa propiamente entretejer; tejer; unir con puntos, y la traducción literal sería: «Tú me has tejido en el vientre de mi madre», con el sentido de que Dios había puesto sus partes juntas, como quien teje un paño o hace una cesta. Así lo traducen De Wette y Gesenius (Lex.). Sin embargo, la palabra original tiene también la idea de proteger, como en una choza o cabaña tejida o entrelazada, a saber, de ramas y ramajes. La primera significación se ajusta mejor al contexto; y entonces el sentido sería que, como Dios lo había hecho —como había formado sus miembros y los había unido en un armazón y forma corporal antes de nacer—, debía poder entender todos sus pensamientos y sentimientos. Como no estuvo oculto de Dios antes de ver la luz, tampoco podría estarlo en parte alguna. —Albert Barnes.
Salmos 139:14
Versículo 14. «Te alabaré.» Una buena resolución, y una que ya estaba cumpliendo. Los que están alabando a Dios son precisamente los hombres que lo alabarán. Los que desean alabar tienen a mano motivos de adoración. Demasiado raras veces recordamos nuestra creación y toda la habilidad y bondad prodigadas sobre nuestro cuerpo; pero el dulce cantor de Israel estaba mejor instruido, y por eso prepara para el músico principal un canto sobre nuestro nacimiento y toda la formación que lo precede. No podemos empezar demasiado pronto a bendecir a nuestro Hacedor, que empezó tan pronto a bendecirnos: aun en el acto de la creación creó motivos para que alabáramos su nombre. «Porque formidables, maravillosas son tus obras.» ¿Quién puede mirar siquiera un modelo de nuestra anatomía sin asombro y sobrecogimiento? ¿Quién podría disecar una porción del cuerpo humano sin maravillarse de su delicadeza y temblar ante su fragilidad? El salmista apenas había asomado al interior del velo que oculta a la inspección común los nervios, tendones y vasos sanguíneos; la ciencia de la anatomía le era del todo desconocida; y sin embargo había visto lo bastante para despertar su admiración por la obra y su reverencia por el Obrero.
«Maravillosas son tus obras.» Estas partes de mi cuerpo son todas obra tuya; y aunque son obras caseras, bajo mi propio ojo, son maravillosas en grado sumo. Son obras dentro de mí mismo, y sin embargo están más allá de mi entendimiento y me parecen otros tantos milagros de habilidad y poder. No necesitamos ir a los confines de la tierra por maravillas, ni siquiera cruzar nuestro propio umbral; abundan en nuestros propios cuerpos. «Y mi alma lo sabe muy bien.» No era agnóstico: sabía; no era dudoso: su alma sabía; no era un incauto: su alma lo sabía muy bien. Saben de veras y en verdad quienes primero conocen al Señor y luego conocen todas las cosas en él. Se le hizo conocer con seguridad y exactitud la naturaleza maravillosa de la obra de Dios, pues había hallado por experiencia que el Señor es un obrero maestro, que realiza prodigios inimitables al cumplir sus bondadosos designios. Si somos obrados maravillosamente aun antes de nacer, ¿qué diremos de los tratos del Señor con nosotros después de que dejamos su taller secreto y él dirige nuestro camino por la peregrinación de la vida? ¿Qué no diremos de ese nuevo nacimiento, aún más misterioso que el primero, y que muestra aún más el amor y la sabiduría del Señor?
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 14. «Te alabaré», etc. Todas las obras de Dios son admirables, el hombre maravillosamente maravilloso. «Maravillosas son tus obras; y mi alma lo sabe muy bien.» ¿Qué infiere de todo esto? Por tanto: «Te alabaré.» Si no alabamos al que nos hizo, ¿no se arrepentirá de habernos hecho? ¡Oh, si supiéramos lo que hacen los santos en el cielo, y cómo la dulzura de ello absorbe todos los placeres terrenales! Cantan honor y gloria al Señor. ¿Por qué? Porque ha creado todas las cosas: Ap 4:11. Cuando contemplamos una obra exquisita, enseguida preguntamos por quien la hizo, a fin de elogiar su habilidad; y no hay mayor deshonra para un artista que, habiendo terminado una obra famosa, hallarla descuidada, sin que nadie se fije en ella ni siquiera le eche una mirada. Todas las obras de Dios son dignas de consideración, y el hombre está obligado a esta contemplación. «Cuando veo tus cielos», etc., digo: «¿Qué es el hombre?». Sal 8:3-4. Admira los cielos, pero su admiración recae sobre el hombre. Quis homo? No hay artesano que no quiera que sus instrumentos sean usados, y usados para el fin para el cual fueron hechos… El hombre ha sido puesto como un pequeño mundo en medio del grande, para glorificar a Dios; este es el propósito y fin de su creación. —Thomas Adams.
Versículo 14. «Estoy hecho de manera formidable y maravillosa.» El término «formidable» se ha de tomar a veces subjetivamente, por estar poseídos de temor. En este sentido significa lo mismo que tímido. Así se le dijo al profeta que dijera a los de «corazón apocado: Esforzaos». Otras veces se toma objetivamente, por esa propiedad de un objeto cuya contemplación excita temor en el que lo ve. Así se dice de Dios que es «temible en alabanzas», y que es «cosa horrenda caer en manos del Dios vivo». En este sentido ha de entenderse manifiestamente en el pasaje que consideramos. El cuerpo humano está tan admirablemente construido, tan delicadamente combinado y tan expuesto a ser disuelto por innumerables causas, que cuanto más pensamos en él, más temblamos y nos maravillamos de nuestra continua existencia.
«¡Qué pobre, qué rico, qué abyecto, qué augusto, qué complicado, qué maravilloso es el hombre! ¡Cuánto más allá de toda maravilla el que lo hizo así, el que mezcló en nuestra hechura tan extraños extremos de naturalezas diferentes, maravillosamente mezcladas! Inmortal desvalido, insecto infinito, un gusano, un dios… ¡tiemblo de mí mismo!»
Para hacer justicia al tema, sería necesario conocer bien la anatomía. No dudo de que un examen minucioso de esa «sustancia que Dios ha tejido primorosamente» (Sal 139:15) daría abundante evidencia de la justeza de las palabras del salmista; pero aun aquellas cosas que son manifiestas a la observación común pueden bastar para este propósito. En general se observa que el cuerpo humano abunda en vías por donde entra todo lo conducente a la conservación y al bienestar, y todo lo que puede causar alarma. Quizá no haya una sola de estas vías que no pueda convertirse en entrada de la muerte, ni una sola de las bendiciones de la vida que no pueda ser el medio de consumarla. Vivimos por la inhalación, pero también morimos por ella. Enfermedades y muerte en innumerables formas son transmitidas por el mismo aire que respiramos. Dios nos ha dado gusto por diversos alimentos y los ha hecho necesarios para nuestro sustento; sin embargo, por el abuso de ellos, ¡qué cortejo de males y de muertes prematuras se encuentra entre los hombres! Y cuando no hay abuso, un solo bocado delicioso puede, por mala intención de otro, o aun por mero accidente, llevar veneno por todas nuestras venas y en una hora reducir al más atlético de los cuerpos a un cadáver.
Los elementos del fuego y del agua, sin los cuales no podríamos subsistir, contienen propiedades que en pocos momentos serían capaces de destruirnos; ni la mayor circunspección puede preservarnos en todo tiempo de su poder destructor. Un solo golpe en la cabeza puede privarnos de la razón o de la vida. Una herida o una contusión en la columna puede privar al instante a las extremidades inferiores de toda sensación. Si se lesionan las partes vitales, de modo que se suspenda el desempeño de sus misteriosas funciones, ¡cuán pronto se quiebra la constitución! Por medio de la circulación de la sangre, ¡con qué facilidad y rapidez se difunden sustancias mortales por todo el organismo! La putrefacción de un sujeto enfermo ha sido transmitida a la misma mano extendida para salvarlo. La flecha envenenada, el colmillo ponzoñoso, la saliva hidrofóbica derivan de aquí su temible eficacia. Hasta los poros de la piel, necesarios como son para la vida, pueden ser el medio de la muerte. No solo se admiten por ellos sustancias venenosas, sino que, cuando los obstruyen las humedades circundantes, los humores nocivos del cuerpo, en lugar de ser expelidos, quedan retenidos en el organismo y producen numerosas enfermedades, siempre aflictivas y a menudo fatales para la vida. En lugar de asombrarnos del número de muertes prematuras que constantemente se ven, hay muchísima más razón para asombrarse de que no haya más, y de que alguno de nosotros sobreviva hasta los setenta u ochenta años.
«Nuestra vida contiene mil resortes, y muere si uno falta: extraño que un arpa de mil cuerdas se mantenga afinada tanto tiempo.»
Y no es esto todo. Si somos «formidablemente hechos» en cuanto a nuestro cuerpo animal, se hallará que lo somos mucho más considerados como seres morales y responsables. En lo que se refiere a nuestra naturaleza animal, en la mayoría de los casos estamos construidos como los demás animales; pero en lo que nos refiere como agentes morales, nos distinguimos de toda la creación inferior. Estamos hechos para la eternidad. La vida presente es solo la parte introductoria de nuestra existencia. Es ella, sin embargo, la que imprime carácter a todo lo que sigue. ¡Cuán temible es nuestra situación! ¡A cuántas innumerables influencias está expuesta la mente por las tentaciones que nos rodean! No más peligrosa para el cuerpo es la pestilencia que anda en oscuridad que estas para el alma. Tal es la construcción de nuestra naturaleza que la misma palabra de vida, si se oye sin atención, se hace olor de muerte para muerte. ¡Qué consecuencias dependen de los pequeños y aparentemente triviales comienzos del mal! Un pensamiento malo puede dar en un propósito malo, este propósito en una acción mala, esta acción en una conducta, y esta conducta puede arrastrar a su vorágine a millones de nuestros semejantes y terminar en perdición, tanto para nosotros como para ellos. Todo este proceso se ejemplificó en el caso de Jeroboam hijo de Nabat. Cuando fue puesto sobre las diez tribus, primero dijo en su corazón: «Si este pueblo subiere a ofrecer sacrificios en la casa de Jehová en Jerusalén, el corazón de este pueblo se volverá a su señor Roboam… y volverá el reino a la casa de David». 1R 12:26-30. Sobre esto tomó consejo e hizo los becerros de Dan y de Bet-el. Esto lo empeñó en una carrera de maldad de la cual ninguna reconvención pudo recobrarlo. Ni se limitó a él; pues «hizo pecar a Israel». El resultado fue no solo su destrucción como nación, sino, según todas las apariencias, la ruina eterna de él mismo y de gran número de sus seguidores. ¡Tales fueron los frutos de un pensamiento malo! Oh, alma mía, ¡tiembla de ti misma! Tiembla ante lo temible de tu situación; y encomienda todo tu ser inmortal en las manos de aquel «que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría». —Andrew Fuller.
Versículo 14. «Estoy hecho de manera formidable y maravillosa.» Nunca ha dado ningún ser humano una descripción tan concisa y expresiva de la conformación física del hombre. Estamos hechos tan «formidablemente» que no hay acción ni gesto de nuestros cuerpos que no ponga aparentemente en peligro algún músculo, vena o tendón, cuya ruptura destruiría la vida o la salud. Estamos hechos tan «maravillosamente» que nuestra organización supera infinitamente, en habilidad, ingenio, diseño y adaptación de los medios a los fines, la pieza de mecanismo más curiosa y complicada, no solo jamás ejecutada «con arte e invención humana», sino jamás concebida por la imaginación humana. —Richard Warner, 1828.
Versículo 14. «Estoy hecho maravillosamente.» Noten la curiosa estructura del cuerpo. David dice: «Estoy hecho maravillosamente»; acu pictus sum, como lo traduce la Vulgata, «pintado con aguja», como un vestido de bordado, de diversos colores, ricamente recamado con nervios y venas. ¿Qué diré del ojo, en el cual hay una obra tan primorosa que muchos, a la primera vista de él, se han visto obligados a reconocer a Dios? ¿De la mano, hecha para abrirse y cerrarse y servir a las labores y ministerios de la naturaleza sin desgaste ni deterioro durante muchos años? Si fueran de mármol o de hierro, con tan constante uso pronto se gastarían; y sin embargo, siendo de carne, duran tanto como dura la vida. ¿De la cabeza? Convenientemente situada para ser la sede de los sentidos, para mandar y dirigir a los demás miembros. ¿De los pulmones? Un frágil pedazo de carne que, sin embargo, en continua acción, tiene larga duración. Sería fácil extenderse en esta ocasión; pero he de predicar un sermón, no dar una lección de anatomía. En suma, pues, cada parte está colocada y formada como si Dios hubiera empleado en ella toda su sabiduría. Pero hasta aquí no hemos hablado sino del cofrecillo donde yace la joya. El alma, esa chispa y soplo divino, ¡cuán viva, ágil, variada e infatigable en sus movimientos! ¡Cuán amplia en sus capacidades! ¡Cómo anima al cuerpo y es como el mismo Dios, toda en cada parte! ¿Quién puede seguir los vuelos de la razón? ¡Qué valor ha puesto Dios sobre el alma! La hizo a su imagen, la redimió con la sangre de Cristo. —Thomas Manton.
Versículo 14. ¿Qué se quiere decir con que el alma está en el cuerpo, más que decir que un pensamiento o una esperanza está en una piedra o en un árbol? ¿Cómo está unida al cuerpo? ¿Qué la mantiene una con el cuerpo? ¿Qué la mantiene en el cuerpo? ¿Qué impide que en cualquier momento se separe del cuerpo? Cuando dos cosas que vemos están unidas, lo están por alguna conexión que podemos entender. Una cadena o un cable mantiene un barco en su lugar; ponemos el cimiento de un edificio en la tierra, y el edificio perdura. Pero ¿qué es lo que une alma y cuerpo? ¿Cómo se tocan? ¿Cómo se mantienen juntos? ¿Cómo es que no vagamos hacia las estrellas o hacia las profundidades del mar, o de acá para allá según nos lleve el azar, mientras nuestro cuerpo permanece donde estaba en la tierra? Lejos de ser maravilloso que el cuerpo muera un día, ¿cómo es que se le hace vivir y moverse en absoluto? ¿Cómo es que se libra de morir una sola hora? Ciertamente es tan incomprensible como cualquier cosa que puede ser cómo alma y cuerpo pueden hacer un solo hombre; y, de no tener el caso ante nuestros ojos, pareceríamos, al decirlo, usar palabras sin sentido. Por ejemplo, ¿no sería extravagante y ocioso hablar del tiempo como profundo o alto, o del espacio como rápido o lento? No menos ocioso, sin duda, les parece quizá a ciertas razas de espíritus decir que el pensamiento y la mente tienen cuerpo, lo cual en el caso del hombre ocurre, según la maravillosa voluntad de Dios. —John Henry Newman, en Parochial Sermons, 1839.
Versículo 14. Moisés describe la creación del hombre (Gn 2:7): «Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente». Ahora bien, lo que Dios hizo entonces inmediatamente, lo hace todavía por medios. No piensen que Dios hizo al hombre al principio y que desde entonces los hombres se han hecho unos a otros. No (dice Job), «el que en el vientre me hizo a mí, ¿no lo hizo a él?»: Job 31:15. David nos informará: «Estoy hecho de manera formidable y maravillosa; maravillosas son tus obras», etc. Como si dijera: Señor, estoy maravillosamente hecho, y tú me has hecho. Soy parte o parcela de tus obras maravillosas, sí, el breviario o compendio de todas ellas. La estructura del cuerpo (mucho más la estructura del alma, y más que todo la estructura de la nueva criatura en el alma) es obra de Dios, y es una obra maravillosa de Dios. Y por eso David no pudo darse por satisfecho con la mera afirmación de esto, sino que se extiende en la explicación de ello en Sal 139:15-16. David no hizo caso de padre ni madre, sino que atribuyó toda la eficiencia de su ser a Dios. Y, en efecto, David fue tan hecho por Dios como Adán; y lo es todo hijo de Adán. Aunque somos engendrados y nacidos de nuestros padres terrenales, Dios es el padre principal y el único formador de todos nosotros. Así habló bondadosamente Jacob a su hermano Esaú, que le preguntaba: «¿Quiénes son estos que traes contigo? Y él respondió: Son los niños que Dios ha dado a tu siervo»: Gn 33:5. Por tanto, como advierte el Espíritu de Dios: «Reconoced que Jehová es Dios; él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos» (Sal 100:3); lo cual, como es verdad especialmente de nuestra hechura espiritual, lo es también de la natural. —Joseph Caryl.
Versículo 14. Los que eran hábiles en anatomía entre los antiguos concluyeron, de la hechura exterior e interior de un cuerpo humano, que era obra de un Ser trascendentalmente sabio y poderoso. A medida que el mundo se fue ilustrando en este arte, sus descubrimientos les dieron nuevas oportunidades de admirar la conducta de la Providencia en la formación de un cuerpo humano. Galeno se convirtió con sus disecciones, y no pudo sino reconocer a un Ser Supremo al examinar esta su obra. Hay, ciertamente, muchas partes cuyo uso cierto los antiguos anatomistas no conocían; pero como veían que la mayoría de las que examinaban estaban adaptadas con admirable arte a sus diversas funciones, no dudaban de que aquellas cuyos usos no podían determinar habían sido ideadas con la misma sabiduría para sus respectivos fines y propósitos. Desde que se descubrió la circulación de la sangre y nuestros anatomistas modernos han hecho muchos otros grandes descubrimientos, vemos nuevas maravillas en el cuerpo humano y discernimos varios usos importantes de aquellas partes, usos de los que los antiguos nada sabían. En suma, el cuerpo del hombre es un tema que resiste la más extrema prueba de examen. Aunque, a la inspección más superficial, parece formado con la más fina sabiduría, mejora aún con la investigación y produce nuestra sorpresa y asombro en proporción a lo que escudriñamos en él. —The Spectator.
Versículos 14-16. El tema, desde Sal 139:14 hasta Sal 139:16 inclusive, podría haberse ilustrado mucho más particularmente; pero se nos enseña, por la peculiar delicadeza de expresión de las Sagradas Escrituras, a evitar, como en este caso, entrar con demasiado detalle en pormenores anatómicos. —Adam Clarke.
Sugerencias para el predicador
Versículo 14. «Estoy hecho de manera formidable y maravillosa.» Esto es verdad del hombre en su cuádruple estado.
- En su integridad primitiva.
- En su lamentable depravación.
- En su regeneración.
- En su estado fijo en el infierno o en el cielo. —W. W.
Versículos 17-18. El salmo se extiende sobre la omnisciencia de Dios. No de manera lúgubre, sino lo contrario.
- Los pensamientos de Dios acerca de nosotros. a) Cuán ciertos. b) Cuán numerosos. c) Cuán condescendientes. d) Cuán tiernos. e) Cuán sabios. f) Cuán prácticos. g) Cuán constantes.
- Nuestros pensamientos sobre sus pensamientos. a) Cuán tardíos y, sin embargo, cuán debidos al tema. b) Cuán deleitosos. d) Cuán consoladores. e) Cuán fortalecedores de la fe. f) Cuán despertadores del amor.
- Nuestros pensamientos sobre Dios mismo. a) Nos ponen cerca de Dios. b) Nos mantienen cerca de Dios. c) Nos restauran a él. Estamos con Dios cuando despertamos del sueño, de la letargia, de la muerte.
Versículos 17-18.
- El santo, precioso para Dios. Piensa en él con ternura; de incontables maneras; perpetuamente.
- Dios, precioso para los santos. Notando las misericordias de Dios, numerándolas, despertando de nuevo a ellas.
- La mezcla de estos amores: «Aún estoy contigo.» —W. B. H.
Salmos 139:15
Versículo 15. «No fue encubierto de ti mi cuerpo.» La parte sustancial de mi ser estaba delante de tu ojo que todo lo ve; los huesos que componen mi armazón fueron ensamblados por tu mano. Los materiales esenciales de mi ser, antes de ser ordenados, estaban todos al alcance de tu vista. Yo estaba oculto a todo conocimiento humano, pero no a ti: siempre me has conocido íntimamente. «Bien que en oculto fui formado.» Aquí se describe con la mayor pureza y belleza la formación de nuestro ser antes del momento de nacer. Un gran artista trabaja a menudo solo en su taller y no permite que su obra sea vista hasta que está terminada; así también el Señor nos fue modelando donde ningún ojo nos veía, y el velo no se levantó hasta que cada miembro estuvo completo. Gran parte de la formación de nuestro hombre interior sigue procediendo en secreto: por eso, cuanta más soledad tengamos, mejor para nosotros. También la iglesia verdadera se está formando en secreto, de modo que nadie pueda gritar: «Helo aquí» o «Helo allí», como si lo visible pudiera ser jamás idéntico al cuerpo de Cristo que crece invisiblemente. «Y entretejido en lo más profundo de la tierra.» «Bordado con gran destreza» es una descripción poética exacta de la creación de las venas, los tendones, los músculos, los nervios, etc. ¿Qué tapiz puede igualar el tejido humano? Esta obra se realiza tan en privado como si se hubiera llevado a cabo en la tumba o en la oscuridad del abismo. Las expresiones son poéticas: velan con belleza el significado real, aunque no lo ocultan del todo. Aquí se expone con encanto el conocimiento íntimo que Dios tiene de nosotros desde nuestro comienzo, y aun antes de él. ¿No podrá quien nos hizo de manera tan maravillosa cuando no éramos seguir adelante con su obra de poder hasta que nos haya perfeccionado, aunque nos sintamos incapaces de ayudar en el proceso y yazcamos en gran tristeza y aborrecimiento de nosotros mismos, como arrojados a lo más profundo de la tierra?
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 15. «No fue encubierto de ti mi cuerpo», etc. ¿Qué soledad más honda, qué estado de ocultamiento más completo que el del niño que aún no ha nacido? Sin embargo, el salmista presenta al Todopoderoso presente aun allí. «No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra.» Toda la imagen y el hilo del pensamiento son de una belleza notable. Vemos la maravillosa obra del cuerpo humano, con todo su complejo tejido de huesos, articulaciones, nervios, venas y arterias, creciendo y siendo modelado como una pieza de rico y delicado bordado en manos del artesano. Pero no es la obra misma lo que ahora se nos invita a admirar. La contextura es, ciertamente, formidable y maravillosa; pero ¡cuánto más cuando reflexionamos que el divino Artífice trabajó dentro de los oscuros y estrechos confines del vientre! Seguramente las tinieblas no son tinieblas para quien pudo obrar así. Seguramente la noche más negra, el rincón más cerrado y más artificioso, los disfraces e hipocresías más sutiles son todos penetrados, todos están desnudos y abiertos delante de aquel cuyos «ojos vieron mi cuerpo aún imperfecto.» La noche es tan clara como el día; y los pecados secretos están puestos a la luz de su rostro, no menos que los abiertos y escandalosos, cometidos delante del sol o sobre el terrado. Y si «en tu libro estaban escritos todos mis miembros, que se iban formando día a día, sin faltar uno de ellos», ciertamente las acciones de estos miembros, ahora que han crecido, o están creciendo, hasta la madurez y son llamados a cumplir las funciones para las que fueron creados, serán todas anotadas; y ninguna se habrá tramado tan en secreto que, cuando los libros sean abiertos en el último día, no se halle escrita en ellos para justificarnos o para condenarnos. Tal es la lección principal que el mismo David quiere enseñarnos en este salmo: la omnipresencia y la omnisciencia de Dios Todopoderoso. Hermanos míos, reflexionemos un poco sobre este profundo misterio: que él, «el Alto y Sublime, el que habita la eternidad», está en torno a nuestro camino y a nuestro lecho, y observa todos nuestros caminos; que adondequiera que vayamos, allí está él; que, digamos lo que digamos, no hay palabra en nuestra lengua que él no conozca por completo. La reflexión es, en verdad, misteriosa, pero también muy provechosa. —Charles Wordsworth, en "Christian Boyhood," 1846.
Versículo 15. «No fue encubierto de ti mi cuerpo.» Si un artesano pensara comenzar una obra en alguna cueva oscura donde no hubiera luz que lo ayudara, ¿cómo pondría manos a la obra? ¿De qué manera procedería? ¿Y qué clase de trabajo resultaría? Pero Dios hace la obra más perfecta de todas en la oscuridad, pues forma al hombre en el vientre de la madre. —Juan Calvino.
Versículo 15. «Bien que en oculto fui formado», etc. El autor usa una metáfora tomada del arte más sutil del artesano frigio:
"Cuando fui formado en el lugar secreto,
cuando fui labrado con aguja en las profundidades de la tierra."
Quien observe esto (en verdad no podrá observarlo en las traducciones comunes) y, al mismo tiempo, reflexione sobre el maravilloso mecanismo del cuerpo humano; las diversas implicaciones de las venas, arterias, fibras y membranas; la «textura indescriptible» de todo el tejido, podrá sin duda sentir la belleza y la gracia de esta metáfora tan bien aplicada, pero perderá mucho de su fuerza y sublimidad si no se le advierte que el arte de diseñar con aguja estaba dedicado por entero al uso del santuario y, por precepto directo de la ley divina, se empleaba principalmente en proveer una parte del vestido sacerdotal y los velos para la entrada del Tabernáculo. Éx 28:39; 26:36; 27:16. Así el poeta compara la sabiduría del divino Artífice con la más estimable de las artes humanas, aquella que fue dignificada al ser consagrada por completo al uso de la religión, y cuya labor era tan exquisita que hasta las Escrituras sagradas parecen atribuirla a una guía sobrenatural. Véase Éx 35:30-35. —Robert Lowth (1710-1787), en "Lectures on the Sacred Poetry of the Hebrews."
Versículo 15. «Entretejido en lo más profundo de la tierra», es decir, en el vientre: como los artesanos hábiles, que cuando tienen entre manos alguna pieza escogida la perfeccionan en privado y luego la sacan a la luz para que los hombres la contemplen. ¡Qué obra tan maravillosa es la cabeza del hombre (la obra maestra de Dios en este pequeño mundo), sede principal del alma, esa cura Divini ingenii, como la llama Favorino! Muchas cerraduras y llaves indican el valor de la joya que guardan, y muchos papeles que envuelven el obsequio, el precio del obsequio. Las tablas del testimonio: primero, depositadas en el arca; segundo, el arca revestida de oro puro; tercero, cubierta con la sombra de las alas de los querubines; cuarto, encerrada tras el velo del Tabernáculo; quinto, dentro del recinto del Tabernáculo; sexto, con un atrio alrededor de todo; séptimo, con una triple cubierta de pieles de cabras, de carneros y de tejones por encima de todo; ¡han de ser tablas preciosas! Así también, cuando el Todopoderoso hizo la cabeza del hombre (sede del alma racional), la cubrió de cabello, piel y carne, como la triple cubierta del Tabernáculo, la rodeó de un cráneo y huesos como tablas de cedro, y después de diversas pieles como cortinas de seda; y por último la encerró en la piel amarilla que cubre el cerebro (como el velo de púrpura), sin duda quiso que supiéramos que fue hecha para que se pusiera en ella algún gran tesoro. Cómo y cuándo es puesta el alma racional en este delicado gabinete, los filósofos lo discuten mucho, pero nada pueden afirmar con certeza. —Abraham Wright.
Versículo 15. «En lo más profundo de la tierra.» Por esta expresión notable, que en el original, y como se usa en otros lugares, denota la región de los muertos —Seol o Hades—, parecería que el salmista contempla aquí no solo su formación en el vientre, sino también —considerando la región de los muertos como el vientre de la vida de resurrección— la nueva formación del cuerpo en el porvenir y su nuevo nacimiento a la vida inmortal, que será una obra no menos «maravillosa», sino más bien más, que la primera formación de la «sustancia» del hombre. Lo confirman las palabras del v. 18: «Despierto, y aún estoy contigo», el mismo lenguaje empleado antes para expresar la esperanza de la resurrección, Sal 17:15; cuando habrá propósitos y «pensamientos preciosos» respecto de sus redimidos, en previsión de los cuales ellos podrán repetir este salmo con renovado asombro y admiración. —William De Burgh.
Versículos 15-16. La palabra sustancia representa en estos versículos palabras distintas. En el v. 15 es «mi fuerza» o «mis huesos»; en el v. 16 suele traducirse «embrión»; pero «ovillo» (como una madeja de vida que aún ha de desenrollarse) goza del favor de grandes eruditos. «En lo más profundo de la tierra» no denota ningún limbo o taller subterráneo, sino que es un paralelo poético de «en oculto». «Que en continuación fueron formados» es erróneo. El margen, aunque también erróneo, indica el camino correcto: «mis días fueron determinados antes de que existiera uno de ellos». —David M`laren, en "The Book of Psalms in Metre," 1883.
Salmos 139:16
Versículo 16. «Mi embrión vieron tus ojos.» Mientras la vasija estaba aún en el torno, el Alfarero lo veía todo. El Señor no conoce solo nuestra forma, sino nuestra sustancia: este sí que es conocimiento sustancial. La observación que el Señor hace de nosotros es atenta y deliberada: «vieron tus ojos». Además, la mente divina discierne todas las cosas tan clara y ciertamente como los hombres perciben con la vista. Su conocimiento no es de oídas, sino el que procede de ver. «Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas.» Un arquitecto traza sus planos y redacta sus especificaciones; así también el gran Hacedor de nuestro cuerpo escribió todos nuestros miembros en el libro de sus propósitos. Que tengamos ojos, oídos, manos y pies se debe todo al sabio y bondadoso propósito del cielo: así fue ordenado en el decreto secreto por el cual todas las cosas son como son. Los propósitos de Dios abarcan nuestros miembros y facultades. Su forma, su figura y todo lo que a ellos se refiere fue determinado por Dios mucho antes de que existieran. Dios nos vio cuando no podíamos ser vistos, y escribió acerca de nosotros cuando no había nada de nosotros sobre lo cual escribir. Cuando aún no existía ninguno de nuestros miembros, todos ellos estaban delante del ojo de Dios en el libro de bocetos de su presciencia y predestinación.
Este versículo es sumamente difícil de traducir, pero no creemos que ninguna de las enmiendas propuestas sea mejor que la versión que nos ofrece la Versión Autorizada. El gran número de palabras en cursiva advertirá al lector inglés de que el sentido es difícil de alcanzar y de expresar, y de que sería imprudente fundar doctrina alguna sobre las palabras inglesas; felizmente no hay tentación de hacerlo. La gran verdad expresada en estas líneas ha sido referida por muchos a la formación del cuerpo místico de nuestro Señor Jesucristo. Por supuesto, lo que es verdad del hombre, como hombre, lo es enfáticamente de Aquel que es el hombre representante. El gran Señor sabe quiénes pertenecen a Cristo; su ojo percibe los miembros escogidos que han de ser hechos uno con la persona viviente del Cristo místico. Aquellos de los elegidos que aún no han nacido, o aún no han sido renovados, están sin embargo escritos en el libro del Señor. Así como la figura de Eva fue creciendo en silencio y en secreto bajo la mano modeladora del Hacedor, así en esta hora se está formando la Esposa para el Señor Jesús; o, para cambiar la figura, se está preparando un cuerpo en el cual la vida y la gloria del Señor que en él habita serán mostradas para siempre. El Señor conoce a los que son suyos: tiene un conocimiento especialmente familiar de los miembros del cuerpo de Cristo; ve su sustancia, imperfectos como son.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 16. «Mi embrión vieron tus ojos», etc. De aquí podemos aprender, primero, a no enorgullecernos de lo que somos: todo es obra de Dios. Por hermosos o gráciles, por sabios o santos que seáis, no es de vosotros mismos. ¿Qué tiene hombre alguno, en lo natural o en lo sobrenatural, que no haya recibido? Segundo, no despreciéis lo que otros son o tienen, aunque no sean piezas tan exactas, aunque no tengan dotes tan excelentes como las vuestras; son lo que Dios los ha hecho. Tercero, no despreciéis lo que vosotros mismos sois. Muchos se avergüenzan de ser vistos como Dios los hizo; pocos se avergüenzan de ser vistos como los hizo el diablo. Muchos se afligen por pequeños defectos del hombre exterior; pocos se afligen por las mayores deformidades del hombre interior: muchos compran belleza artificial para suplir la natural; pocos la espiritual, para suplir los defectos de la belleza sobrenatural del alma. —Abraham Wright.
Versículo 16. «Mi embrión.» Una sola palabra en el original, que significa estrictamente cualquier cosa enrollada como un ovillo, y de ahí que generalmente se suponga que aquí significa el feto o embrión. Hupfeld, sin embargo, prefiere entenderla del ovillo de la vida, como compuesto de varios hilos distintos («los días» del v. 16; véase el margen), que primero son una masa compacta, por así decir, y luego se desenrollan a medida que transcurre la vida. —J. J. Stewart Perowne.
Versículo 16. Un arquitecto hábil, antes de construir, traza un modelo o hace un diseño del edificio en su libro o sobre una tabla; allí te mostrará cada habitación y cada disposición: en su libro están escritas todas las partes del edificio cuando aún no existe ninguna de ellas, o antes de que alguna sea levantada y colocada. Aludiendo a los arquitectos y otros artesanos, David habla de Dios: «En tu libro estaban escritos todos mis miembros»; es decir: Me has hecho tan exactamente como si hubieras dibujado en un libro, con pluma o lápiz, mis distintos miembros y toda mi proporción, antes de aventurarte a formarme. El Señor no usa libro ni pluma para trazar su obra. Tenía en sí mismo la idea perfecta de todas las cosas desde la eternidad; pero bien puede decirse que obra según un modelo aquel cuya obra es el modelo más perfecto. —Joseph Caryl.
Salmos 139:17
Versículo 17. «¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!» No se alarma ante el hecho de que Dios lo sepa todo acerca de él; al contrario, se consuela, e incluso se siente enriquecido, como con un cofre de joyas preciosas. Que Dios piense en él es el tesoro y el deleite del creyente. Exclama: «¡Cuán costosos, cuán estimados son tus pensamientos; cuán querida me es tu atención perpetua!». Piensa con deleite en los pensamientos de Dios; cuantos más, mayor es su contentamiento. Es un gozo que vale más que mundos enteros que el Señor piense en nosotros, que somos tan pobres y necesitados; es un gozo que llena todo nuestro ser pensar en Dios, devolviendo amor por amor, pensamiento por pensamiento, a nuestra pobre manera. «¡Cuán grande es la suma de ellos!» Cuando recordamos que Dios pensó en nosotros desde la vieja eternidad, que continúa pensando en nosotros a cada momento y que pensará en nosotros cuando el tiempo ya no sea, bien podemos exclamar: «¡Cuán grande es la suma!». Pensamientos como los que son naturales en el Creador, el Sustentador, el Redentor, el Padre, el Amigo, fluyen sin cesar del corazón del Señor. Pensamientos de nuestro perdón, renovación, sostén, provisión, educación, perfeccionamiento, y mil clases más, brotan perpetuamente en la mente del Altísimo. ¡Debería llenarnos de adoradora maravilla y reverente asombro que la mente infinita de Dios dirija tantos pensamientos hacia nosotros, tan insignificantes y tan indignos! ¡Qué contraste es todo esto con la idea de quienes niegan la existencia de un Dios personal y consciente! ¡Imaginen un mundo sin un Dios pensante y personal! ¡Conciban una sombría providencia de maquinaria, una paternidad de leyes! Tal filosofía es dura y fría. Tanto valdría que un hombre reclinara la cabeza sobre el filo de una navaja como buscar descanso en semejante fantasía. Pero un Dios que siempre piensa en nosotros hace un mundo feliz, una vida rica y un más allá celestial.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 17. «¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!», etc. Lejos de pensar que es una dificultad estar sujeto a este escrutinio, lo cuenta como un privilegio sumamente valioso. Sea cual sea el modo en que otros consideren esta verdad, «a mí», a mi juicio y a mis sentimientos, «cuán costosos», valiosos, «son tus pensamientos», es decir, tu atención perpetua hacia mí. —Joseph Addison Alexander.
Versículo 17. «¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!» ¡Qué fríos y pobres son nuestros pensamientos más cálidos hacia Dios! ¡Qué inefablemente amorosos y gloriosamente ricos son sus pensamientos hacia nosotros! Compárese Ef 1:18: «las riquezas de la gloria de su herencia en los santos». —A. R. Fausset.
Versículo 17. «¡Cuán preciosos… cuán grande es la suma de ellos!» Nuestros consuelos compiten con el número de nuestras tristezas, y ganan la partida. Las misericordias de Dios, pasadas por alto en una suma global, no engendran admiración; pero repasa los detalles, y entonces la aritmética es un arte demasiado torpe para contarlas. Tantos granos de polvo como pueda contener la mano de un hombre no son sino un puñado de otros tantos granos de polvo; pero cuéntalos uno por uno, y exceden toda numeración. No era más que una corona la que llevaba el rey Salomón; pero pesa el oro, cuenta las piedras preciosas, avalúa su riqueza, ¿y qué era entonces? —Thomas Adams.
Versículos 17-18. Mira el amor de David a Dios; durmiendo y despierto, su mente corre hacia él. No hacen falta argumentos para traer a nuestro recuerdo a quienes amamos. Nos descuidamos a nosotros mismos por pensar en ellos. Un hombre enamorado malgasta sus fuerzas, aflige su mente, descuida su comida, no atiende sus negocios; su mente siempre se siente atraída por lo que ama. Cuando los hombres aman lo que no deben, hace más falta un freno para impedirles pensar en ello que espuelas para mantenerlos en ello. Prueba con esto tu amor a Dios. Si no piensas a menudo en Dios, no lo amas. Si no puedes darte por satisfecho con ganancias, placeres, amigos y otros objetos mundanos, sino que has de apartar otros asuntos para poder pensar cada día en Dios, entonces lo amas. —Francis Taylor, en "God's Glory in Man's Happiness," 1654.
Versículos 17-18. Las misericordias son ordinarias o extraordinarias: nuestras necesidades comunes, o las provisiones notables que recibimos de vez en cuando de la mano de Dios. No debes alabarlo solo por alguna misericordia extraordinaria que viene con tal pompa y notoriedad que todos tus vecinos la advierten contigo, como la misericordia que tuvieron Zacarías e Isabel en su hijo, de la cual se hablaba por toda la tierra (Lc 1:65); sino también por las misericordias ordinarias de cada día: porque, primero, somos indignos de la menor misericordia (Gn 32:10), y por tanto Dios es digno de alabanza por la menor, porque es más de lo que nos debe. Segundo, estas misericordias comunes y ordinarias son muchas. Así engrandece David las misericordias de esta clase: «¡Cuán grande es la suma de ellos, oh Dios!» «Si los enumero, se multiplican más que la arena; despierto, y aún estoy contigo.» Como si dijera: No hay un solo instante en que no me estés haciendo bien; apenas abro los ojos por la mañana tengo un tema nuevo, en alguna misericordia fresca dada desde que los cerré por la noche, para ocupar mis meditaciones llenas de alabanza. Muchas partidas pequeñas hacen juntas una gran suma. ¿Qué hay más ligero que un grano de arena, y qué hay más pesado que la arena de la orilla del mar? Como los pecados pequeños (tales como los pensamientos vanos y las palabras ociosas), por su multitud, llegan a ser una gran culpa y traerán al fin una larga cuenta, un pesado ajuste, así las misericordias ordinarias han compensado en número lo que les falta en tamaño frente a otras grandes misericordias. ¿Quién no dirá que un hombre muestra mayor bondad manteniendo a alguien en su mesa con comida ordinaria todo el año que agasajándolo con un gran banquete dos o tres veces en ese tiempo? —William Gurnall.
Salmos 139:18
Versículo 18. «Si los enumero, se multiplican más que la arena.» Esta figura muestra que los pensamientos de Dios son por completo innumerables; porque nada puede superar en número los granos de arena que ciñen el océano y todos los mares menores. La tarea de contar los pensamientos de amor de Dios sería interminable. Si intentáramos el cálculo, necesariamente fracasaríamos, porque lo infinito no cabe dentro de la línea de nuestro débil intelecto. Aun si pudiéramos contar las arenas de la orilla del mar, no podríamos entonces enumerar los pensamientos de Dios, pues son «más que la arena». Esto no es la hipérbole de la poesía, sino el hecho sólido de una afirmación inspirada: Dios piensa en nosotros infinitamente; hay un límite para el acto de la creación, pero no para el poder del amor divino. «Despierto, y aún estoy contigo.» Tus pensamientos de amor son tantos que mi mente nunca se aparta de ellos; me rodean a todas horas. Me voy a mi lecho, y Dios es mi último pensamiento; y cuando despierto hallo que mi mente aún revolotea en torno a las puertas de su palacio; Dios está siempre conmigo, y yo estoy siempre con él. Esto es vida de veras. Si durante el sueño mi mente se va a errar entre sueños, sin embargo solo vaga en tierra santa, y en el momento en que despierto mi corazón vuelve a su Señor. El salmista no dice: «Cuando despierto, vuelvo a ti», sino: «aún estoy contigo»; como si sus meditaciones fueran continuas y su comunión ininterrumpida. Pronto nos acostaremos a dormir por última vez: Dios conceda que, cuando la trompeta del arcángel nos despierte, nos encontremos todavía con él.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 18. «Se multiplican más que la arena.» Píndaro dice que las moscas de arena son numerosas (Olímpica II). El oráculo pitio, en efecto, dijo con jactancia: Conozco el número de la arena y la medida del mar (Heród. Clío, l. i, c. 47). A esto puede referirse Lucano cuando dice que al océano no le falta medida, ni a la arena número (Farsalia, l. 5, v. 182). —Samuel Burder.
Versículo 18. «Si los enumero, se multiplican más que la arena.»
Si quisiera cantar todas sus gloriosas hazañas,
igual podría contar las innumerables piedras de la orilla. —Píndaro, 518-442 a. C.
Versículo 18. «Despierto, y aún estoy contigo.» Es la gran ventaja del cristiano, que tiene sobre los demás hombres, el tener siempre a sus amigos a su alrededor y (si la culpa no es suya) no necesitar estar nunca ausente de ellos. En la amistad y el trato del mundo solemos decir: «Los amigos han de separarse», y quienes se deleitan y satisfacen en la compañía mutua han de resignarse a dejarla y a ser apartados de ella. Pero este es el privilegio del creyente que emprende la comunión con Dios: que le es posible estar siempre con él. Además, en el trato y la sociedad humanos sabemos que es corriente que los amigos sueñen que están en compañía unos de otros; pero cuando despiertan están muy lejos. En cambio el cristiano que conversa con Dios, y tiene fijos en él sus pensamientos, cuando despierta aún está con él, que es lo que se nos presenta aquí en el ejemplo del profeta David. Un alma piadosa debería quedarse dormida en los brazos de Dios, como un niño en el regazo de su madre; debería ser arrullada y adormecida con «cánticos de noche». Y esto lo hará más apto para el trato con Dios al día siguiente. Esta es la felicidad del cristiano que tiene cuidado de acostarse con Dios: que halla su obra todavía como la dejó, y se encuentra en la misma disposición al levantarse que tenía por la noche cuando se acostó a descansar. Como el hombre que da cuerda a su reloj por la noche lo halla andando a la mañana siguiente, así sucede también, por decirlo así, con el cristiano que da cuerda a su corazón. Es una buena observación para recordarla, en especial en la noche antes del sábado. —Thomas Horton, —1673.
Versículo 18. «Despierto, y aún estoy contigo.» No es pequeña ventaja para la vida santa «comenzar el día con Dios». Los santos acostumbran dejar con él sus corazones por la noche, para hallarlos con él por la mañana. Antes de que las cosas terrenales irrumpan en nosotros y recibamos impresiones de fuera, es bueno sazonar el corazón con pensamientos de Dios y consagrar las operaciones tempranas y vírgenes de la mente antes de que se prostituyan a objetos más bajos. Cuando el mundo se adelanta a la religión por la mañana, apenas puede ella alcanzarlo en todo el día; y así el corazón se habitúa a la vanidad durante todo el día. Pero cuando comenzamos con Dios, lo llevamos con nosotros a todos los quehaceres y consuelos del día, que, sazonados con su amor y su temor, nos resultan más dulces y sabrosos. —Thomas Case (1598-1682), en la epístola dedicatoria de "The Morning Exercise."
Versículo 18. «Despierto.» Acostúmbrate a una meditación seria cada mañana. Ventilar de nuevo nuestras almas en el cielo engendrará en nosotros un espíritu más puro y pensamientos más nobles. Un sazonamiento matutino nos asegurará para todo el día. Aunque otros pensamientos necesarios acerca de nuestra vocación vendrán y deben venir, cuando los hayamos despachado atendamos a nuestro tema de la mañana como nuestro principal compañero. Como un hombre que va con otro a algún asunto de consideración, supongamos a Westminster, aunque se encuentre con varios amigos en el camino, y salude a unos, y con otros con quienes tiene algún negocio se detenga un poco, pronto vuelve a su compañero, y ambos juntos van al término propuesto. Haz así en el presente caso. Nuestras mentes son activas y harán algo, aunque sea de poco provecho; y si no se fijan en algún objeto noble, como locos y necios se complacerán mucho jugando con pajas. Los pensamientos de Dios fueron los primeros visitantes que David tuvo por la mañana. Dios y su corazón se encontraron en cuanto despertó, y se hicieron compañía todo el día. —Stephen Charnock.
Sugerencias para el predicador
Versículo 18. «Despierto, y aún estoy contigo.»
- Despertar se toma a veces, y lo más comúnmente, en su significado natural: la recuperación del sueño corporal.
- Moralmente: la recuperación del pecado.
- Místicamente: «cuando despierte», es decir, del sueño de la muerte. —T. Horton.
Versículo 18. El cristiano en la tierra todavía en el cielo (apéndice de "A Christian on the Mount; or, A Treatise concerning Meditation"), por Thomas Watson, 1660.
Versículo 18. «Aún estoy contigo.»
- Por vía de la meditación.
- En cuanto a la comunión.
- En cuanto a la acción y los negocios que hacemos. —T. Horton.
Salmos 139:19
Versículo 19. «De cierto, oh Dios, matarás al impío.» No cabe duda alguna sobre este punto, pues has visto todas sus transgresiones, que en verdad se han cometido en tu presencia; y has soportado ya bastante tiempo sus provocaciones, tan abiertamente manifiestas delante de ti. Los crímenes cometidos ante el rostro del Juez difícilmente quedarán sin castigo. Si el ojo de Dios se aflige con la presencia del mal, es natural esperar que quitará el objeto que lo ofende. Dios, que ve todo mal, matará todo mal. Con los soberanos terrenales el pecado puede quedar impune por falta de pruebas, o la ley puede quedar sin ejecución por falta de vigor en el juez; pero esto no puede suceder en el caso de Dios, el Dios viviente. No lleva la espada en vano. Tal es su amor a la santidad y su odio al mal que hará guerra a muerte contra aquellos cuyos corazones y vidas son malvados. Dios no permitirá siempre que su hermosa creación sea desfigurada y mancillada por la presencia de la maldad: si algo es seguro, esto lo es: que se desahogará de sus adversarios. «Apartaos, pues, de mí, hombres sanguinarios.» Los hombres que se deleitan en lacrueldad y la guerra no son compañeros aptos para los que andan con Dios. David echa de su corte a los hombres de sangre, porque está cansado de aquellos de quienes Dios está cansado. Parece decir: Si Dios no os deja vivir con él, yo no os dejaré vivir conmigo. Vosotros destruiríais a otros, y por eso no os quiero en mi compañía. Vosotros mismos seréis destruidos, y no os deseo a mi servicio. Apartaos de mí, porque os apartáis de Dios. Así como nos deleitamos en tener siempre cerca al Dios santo, así querríamos ardientemente que los hombres malvados fueran apartados lo más lejos posible de nosotros. Temblamos en la compañía de los impíos, no sea que caiga sobre ellos de repente su condenación y los veamos tendidos muertos a nuestros pies. No queremos que nuestro lugar de trato se convierta en un patíbulo de ejecución; por tanto, que los condenados sean quitados de nuestra compañía.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 19. «Apartaos, pues, de mí, hombres sanguinarios.» La expresión «hombres sanguinarios», o «hombres de sangre», incluye no solo a los homicidas, que derraman sangre humana, sino a todos los demás malvados y malhechores que dañan o procuran dañar a otros, o que matan sus propias almas con el pecado, o las almas de otros con el escándalo; todos los cuales pueden llamarse con verdad homicidas; porque el odio puede llamarse el resorte principal del homicidio, y así dice san Juan: «Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida». —Roberto Belarmino.
Versículo 19. «Pues.» Cuando tenemos una controversia con los impíos debemos cuidar que no nos gobierne la rencilla privada, sino que solo nos mueva nuestro interés en la causa de Dios contra ellos, como hace aquí el salmista. —David Dickson.
Sugerencias para el predicador
Versículo 19.
- La doctrina del castigo, resultado necesario de la omnisciencia.
- El juicio inevitable, argumento para la separación de los pecadores. —W.B.H.
Salmos 139:20
Versículo 20. «Porque blasfeman contra ti con malicia.» ¿Por qué habría de soportar su compañía cuando su charla me da náuseas? Vierten sus traiciones y blasfemias tantas veces como se les antoja, sin la menor excusa ni provocación; que se vayan, pues, adonde hallen un compañero más a su gusto de lo que yo puedo ser. Cuando los hombres hablan contra Dios, con seguridad hablarán contra nosotros si les conviene; por eso los hombres sin Dios no son la materia de la que puedan hacerse jamás amigos verdaderos. Dios dio a estos hombres sus lenguas, y ellos las vuelven contra su Benefactor, con malicia, por pura maldad y con gran perversidad. «Tus enemigos toman en vano tu nombre.» Este es su pasatiempo: insultar el glorioso nombre de Jehová es su diversión. Blasfemar el nombre del Señor es una maldad gratuita en la que no puede haber placer y de la que no puede venir provecho. Esta es una señal segura de los «enemigos» del Señor: que tienen la desfachatez de atacar su honra y de tratar su gloria con irreverencia. ¿Cómo puede Dios hacer otra cosa que matarlos? ¿Cómo podemos nosotros hacer otra cosa que retirarnos de toda clase de trato con ellos? ¡Qué maravilla de pecado es que los hombres injurien a un Ser tan bueno como el Señor nuestro Dios! La desfachatez de los que hablan con malicia es un hecho singular, y lo es más cuando reflexionamos que el Señor contra quien hablan está alrededor de ellos y toma a pecho cada deshonra que rinden a su santo nombre. No debemos extrañarnos de que los hombres nos calumnien y se burlen de nosotros, pues hacen lo mismo con el Dios Altísimo.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 20. «Tus enemigos toman en vano tu nombre.» En toda acción son tres las cosas dignas de consideración: el fin, el agente y la obra. Bien ponderadas estas tres, pronto veremos qué es tomar en vano el nombre de Dios.
- Lo que no tiene fin propuesto, o se hace sin fin, puede decirse con verdad que se hace en vano. Como sembrar semilla sin segar el fruto, plantar una viña sin vendimia, o apacentar un rebaño sin comer su leche. Estos son trabajos en vano. Así, quien toma el nombre de Dios sin fin alguno, ni para la gloria de Dios ni para el bien privado o público, lo toma en vano. ¿Cui bono? es una pregunta en toda empresa. Si es para ningún bien, tanto valdría no emprenderla; es sin fin, es en vano. Si un hombre tiene piernas bien formadas, pero cojas, frustra pulchras habet tibia claudus: el cojo las tiene en vano. El fin principal, por tanto, al tomar este nombre ha de ser: a) La gloria de Dios; de lo contrario abrimos la boca en vano, como se dice en Job. Dios está dispuesto a impartirnos todas sus bendiciones y no nos pide a cambio más que gloria; si no se la devolvemos, puede decir, como David de Nabal, a quien había hecho muchos favores protegiendo a sus pastores y rebaños, etc., y que, cuando no pedía más que un poco de comida para los jóvenes, se la negó: «En vano he guardado todo lo que este tiene». Así, habiendo hecho Dios tanto por nosotros y no esperando sino la gloria de su nombre, si en esto fallamos, bien puede decir que todo lo que ha hecho por nosotros es en vano. b) Después de la gloria de Dios, el bien de nosotros mismos y de otros; y así, tomar el nombre de Dios sin referencia a este fin, si no promovemos ni nuestro propio bien ni el de otros, es en vano, ex privatione finis, porque le falta un fin recto; por eso san Pablo se gozaba, pues con su predicación había trabajado por la salvación de las almas; c) «Me gozo», dice, de «no haber corrido en vano, ni trabajado en vano».
- En el agente ha de considerarse el corazón y el alma, que en la persona que actúa es el principal motor. Si el alma es Rachah, vana y ligera, como cuando tomamos el nombre de Dios sin la debida reflexión y reverencia, aunque nos propongamos un fin recto, tomamos en vano su nombre. Por eso el sabio aconseja «no te apresures con tu boca» (Ec 5:2); y el salmista declara que su corazón estaba dispuesto cuando alababa a Dios (Sal 57:7): el corazón debe estar firme y establecido por una debida consideración de la grandeza de Dios cuando hablamos de él. Esto se opone a la precipitación, la inconstancia y la ligereza, como las que hay en la paja y el humo, que se dejan llevar por cualquier soplo, y quienes son así toman en vano el nombre de Dios.
- En la obra misma puede haber una doble vanidad que debe evitarse. Primero, la falsedad. Segundo, la injusticia. a) Si es falsa, entonces es también vana, como la de ellos en Is 28:15: «Pacto hicimos con la muerte, e hicimos convenio con el Seol; cuando pase el turbión del azote, no llegará a nosotros, porque hemos puesto nuestro refugio en la mentira, y en la falsedad nos esconderemos». Y esta es aquella actio erroris, obra de error, de la que habla Jeremías. Vanitas opponitur veritati: la vanidad se opone a la verdad; por eso se dice que una cosa es vana cuando es falsa o errónea. «Vanidad son, obra de burla», dice el profeta (Jer 10:15); y así como hay verdad en las cosas naturales, la hay en las morales, y si ella falta, nuestra palabra es vana. b) Si es injusta, es vana también. «Yo soy impío; ¿para qué fatigarme en vano?», dice el santo Job (9:29); y: «la esperanza de los malos perecerá», dice el sabio (Pr 11:7); y: «Ciertamente como una sombra vana es el hombre… se afana en vano» (Sal 39:6). Si falta la justicia en nuestras acciones, o la verdad en nuestras afirmaciones y promesas, son vanas; y usar el nombre de Dios en cualquiera de ellas es tomar en vano su nombre. De modo que si tomamos el nombre de Dios sin fin alguno, sino haciéndolo común, y lo asumimos como costumbre hasta que llega a ser hábito, sin ningún buen fin; o si nuestros corazones no están estables ni firmes, sino ligeros e inconstantes cuando lo tomamos; o si lo tomamos para colorear o apoyar alguna falsedad o algún acto injusto, lo tomamos en vano y quebrantamos el mandamiento. —Lancelot Andrews.
Sugerencias para el predicador
Versículo 20. Dos ofensas escandalosas contra Dios.
- Hablar calumniosamente de él.
- Hablar irreverentemente de él. Estas las cometen solo sus enemigos.
Versículos 21-22.
- De tal odio no hay por qué avergonzarse.
- Tal odio debe poder definirse: «afligirse».
- Tal odio hay que esforzarse por mantenerlo recto. El «odio perfecto» es una forma de odio compatible con todas las virtudes.
Versículos 23-24. El lenguaje
- De la autoexaminación. a) Como delante de Dios. b) Con deseo de la ayuda de Dios: v. 23. Escudríñame de parte a parte, y dime qué piensas de mí.
- De la renuncia a uno mismo: «Ve si», etc. (v. 24); si hay algún pecado sin perdonar, alguna mala disposición sin dominar, algún mal hábito sin refrenar, para que yo renuncie a ello.
- De la entrega de uno mismo: «Guíame», etc.: una sumisión entera a la dirección divina en lo futuro. —G. R.
Salmos 139:21
Versículo 21. «¿No aborrezco, oh Jehová, a los que te aborrecen?» Era un buen aborrecedor, pues aborrecía solo a los que aborrecían el bien. De este odio no se avergüenza, sino que lo presenta como una virtud de la que quiere que el Señor dé testimonio. Amar a todos los hombres con benevolencia es nuestro deber; pero amar con complacencia a cualquier hombre malvado sería un crimen. Aborrecer a un hombre por sí mismo, o por algún mal que se nos haya hecho, sería incorrecto; pero aborrecer a un hombre porque es enemigo de todo lo bueno y adversario de toda justicia no es ni más ni menos que una obligación. Cuanto más amemos a Dios, más nos indignaremos con quienes le niegan su afecto. «El que no amare al Señor Jesucristo, sea anatema. Maranata.» En verdad, «duros como el Seol los celos». El súbdito leal no debe ser amigo del traidor. «¿No me enardezco contra los que se levantan contra ti?» Apela al cielo de que no se complacía en los que se rebelaban contra el Señor, sino que, por el contrario, se entristecía al ver su mala conducta. Puesto que Dios está en todas partes, conoce nuestros sentimientos hacia los profanos e impíos, y sabe que, lejos de aprobar a tales personas, su sola vista es penosa a nuestros ojos.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 21. «¿No aborrezco, oh Jehová, a los que te aborrecen?» El futuro simple de la primera parte abarca varios matices distintos de significado. ¿No aborrezco, no puedo, no debo aborrecer a los que te aborrecen? Aborrecerlos, no como el hombre aborrece, sino como Dios aborrece. —Joseph Addison Alexander.
Versículo 21. «¿No aborrezco, oh Jehová, a los que te aborrecen?» ¿Puede quien tiene la buena fe por lo más santo de la vida dejar de ser enemigo de aquel hombre que, como cuestor, se atrevió a despojar, abandonar y traicionar? ¿Puede quien desea rendir los debidos honores a los dioses inmortales dejar de ser, de algún modo, enemigo de aquel hombre que saqueó todos sus templos? —Cicerón.
Versículo 21. «¿No me enardezco contra los que se levantan contra ti?» La expresión de aquí —«enardezco»— explica el sentido de la palabra «aborrezco» en la primera parte del versículo. No es ese odio al que siguen la malignidad o la mala voluntad; es el que va acompañado de pena, dolor de corazón, compasión, tristeza. Así miraba el Salvador a los hombres: Mr 3:5: «Entonces, mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones». La palabra hebrea usada aquí, sin embargo, contiene también la idea de sentir disgusto, de aborrecer, de sentir náusea. El sentimiento al que se refiere es enojo —disgusto consciente— ante tal conducta; pena, dolor, tristeza, de que los hombres muestren tales sentimientos hacia su Hacedor. —Albert Barnes.
Versículo 21. «¿No me enardezco…?», etc. Movido por sentimientos mezclados de tristeza por ellos y de repugnancia ante sus malas prácticas. Así nuestro Señor «los miró alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones»: Mr 3:5. —French y Skinner.
Versículo 21. Se dice que Adam Smith no detestaba nada más que aquella apatía moral, aquella torpeza de percepción moral que impide al hombre no solo ver con claridad, sino sentir con fuerza la amplia distinción entre la virtud y el vicio, y que, bajo pretexto de liberalidad, es del todo indulgente aun con los crímenes más negros. En una reunión en el palacio de Dalkeith, donde el señor ——, a su modo empalagoso, buscaba atenuantes a ciertas acciones villanas, el doctor esperó en paciente silencio hasta que aquel se fue, y entonces exclamó: «Ahora puedo respirar con más libertad. No soporto a ese hombre; no tiene indignación en él».
Versículos 21-22. Un siervo fiel tiene los mismos intereses, los mismos amigos, los mismos enemigos que su amo, cuya causa y honra está obligado, en toda ocasión, a sostener y mantener. Un hombre bueno aborrece como el mismo Dios; no aborrece las personas de los hombres, sino sus pecados; no lo que Dios los hizo, sino lo que ellos mismos han hecho de sí. No hemos de aborrecer a los hombres por los vicios que practican, ni amar los vicios por causa de los hombres que los practican. Quien observa invariablemente esta distinción cumple la ley perfecta de la caridad y tiene morando en sí el amor de Dios y del prójimo. —George Horne.
Versículos 21-22. Primero, debemos aborrecer la compañía y el trato de los pecadores manifiestos y obstinados, que no quieren ser recuperados. Segundo, todos sus pecados, sin hacernos partícipes con nadie de su pecado; no hemos de tener comunión (ni con los obradores ni) con las obras infructuosas de las tinieblas. Tercero, todas las ocasiones e incitaciones a estos pecados. Cuarto, toda apariencia de maldad (1 Ts 5:22), es decir, lo que los hombres, en juicio común, tienen por malo; y todo esto debe proceder de un buen fundamento, de un buen corazón que aborrezca perfectamente el pecado, esto es, todo pecado, como David: «Los aborrezco con odio perfecto», y no como algunos, que pueden aborrecer algún pecado pero se aferran a otro: como muchos pueden aborrecer el orgullo, pero aman la codicia o algún otro pecado favorito; pero hemos de llegar a aborrecerlos todos antes de poder practicar este precepto (Jud 23); además, todos los pecados son aborrecibles aun en sí mismos. —William Perkins, 1558-1602.
Versículos 21, 24. El temple de lamentar los pecados públicos, los pecados de otros, es la mayor señal de sinceridad. Cuando todas las demás señales de justicia pueden tener sus excepciones, este temple es el término extremo, más allá del cual no podemos ir en nuestra autoexaminación. La mayor perspectiva que David tuvo de su sinceridad, cuando se hallaba en diligente indagación de ella, fue su enojo y su pena por el pecado de otros. Cuando hubo llegado tan lejos, se detuvo, y no supo qué más añadir: «¿No me enardezco contra los que se levantan contra ti? Los aborrezco con odio perfecto; los tengo por enemigos. Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad.» Si hay algo que pueda demostrar mi sinceridad mejor que esto, Señor, dámelo a conocer; «conoce mi corazón», es decir, hazme conocerlo. Aquel cuya tristeza es solo por asuntos confinados dentro de su propio pecho, o fluye con ellos en su vida, tiene muchas veces razón para poner en duda su verdad; pero cuando un hombre no puede ver el pecado como pecado en otro sin sentida pena, es señal de que ha sentido para salvación su amargura en su propia alma. Es un alto grado y crecimiento, y un acuerdo entre el Espíritu de Dios y el alma de un cristiano, cuando puede lamentar aquellos pecados en otros por los cuales el Espíritu es entristecido; cuando puede gozarse con el Espíritu que se goza y llorar con el Espíritu que llora. Este es un claro testimonio de que no tenemos fines propios en el servicio de Dios; de que no tomamos la religión para servir a un propósito; de que Dios es nuestro blanco y Cristo nuestro amado. —Stephen Charnock.
Salmos 139:22
Versículo 22. «Los aborrezco con odio perfecto.» No deja el asunto en duda. No ocupa una posición neutral. Su odio a los hombres malos, viciosos y blasfemos es intenso, completo, enérgico. Es tan íntegro en su aborrecimiento de la maldad como en su amor a la bondad. «Los tengo por enemigos.» Hace de ello un asunto personal. Quizá no le hayan hecho ningún mal, pero si hacen agravio a Dios, a sus leyes y a los grandes principios de la verdad y la justicia, David les declara la guerra. La maldad recomienda a los hombres ante los espíritus injustos, pero los excluye de la comunión de los justos. Levantamos el puente levadizo y guarnecemos las murallas cuando un hombre de Belial pasa junto a nuestro castillo. Su carácter es un casus belli; no podemos hacer otra cosa que contender con quienes contienden con Dios.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 22. «Los aborrezco con odio perfecto.» ¿Qué es «con odio perfecto»? Aborrecía en ellos sus iniquidades; amaba tu creación. Esto es aborrecer con odio perfecto: que ni por los vicios aborrezcas a los hombres, ni por los hombres ames los vicios. Mira, en efecto, lo que añade: «Los tengo por enemigos.» No solo como enemigos de Dios, sino también como suyos propios los describe ahora. ¿Cómo cumplirá, pues, en ellos tanto su propia palabra, «¿No aborrezco, Jehová, a los que te aborrecen?», como el mandato del Señor, «Amad a vuestros enemigos»? ¿Cómo lo cumplirá sino con ese odio perfecto, aborreciendo en ellos que sean malos y amando que sean hombres? Pues aun en el tiempo del Antiguo Testamento, cuando el pueblo carnal era refrenado por castigos visibles, ¿cómo aborrecía Moisés, siervo de Dios, que por su inteligencia pertenecía al Nuevo Testamento, a los pecadores cuando oraba por ellos, o cómo no los aborrecía cuando los mataba, sino «aborreciéndolos con odio perfecto»? Pues con tal perfección aborrecía la iniquidad que castigaba, que amaba la humanidad por la que oraba. —Agustín.
Salmos 139:23
Versículo 23. «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón.» David no es cómplice de traidores. Los ha repudiado en forma solemne, y ahora apela a Dios de que no alberga ni rastro de compañerismo con ellos. Quiere que Dios mismo lo examine, y lo examine a fondo, hasta que cada punto de su ser sea conocido, leído y entendido; porque está seguro de que, aun tras tal investigación, no se hallará en él complicidad con los hombres malvados. Desafía la más completa investigación, el escrutinio más íntimo: ha de ser un hombre sincero quien se ponga deliberadamente en semejante crisol. Sin embargo, cada uno de nosotros puede desear tal escrutinio; porque sería para nosotros una terrible calamidad que el pecado permaneciera en nuestros corazones desconocido y sin descubrir. «Pruébame y conoce mis pensamientos.» Aplícame cualquier prueba y todas. Por fuego y por agua sea yo examinado. No leas solo los deseos de mi corazón, sino los pensamientos fugitivos de mi cabeza. Conoce, con conocimiento que todo lo penetra, todo lo que hay o ha habido en las cámaras de mi mente. ¡Qué misericordia que haya un Ser que puede conocernos a la perfección! Se siente íntimamente en casa con nosotros. Está bondadosamente inclinado hacia nosotros y dispuesto a doblegar su omnisciencia para servir al fin de nuestra santificación. Oremos como oró David, y seamos tan sinceros como él. No podemos esconder nuestro pecado: la salvación está por el otro lado, en un claro descubrimiento del mal y una eficaz separación de él.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 23. «Pruébame.» La fe verdadera es preciosa; es como el oro, resistirá una prueba. La presunción no es más que una falsificación y no soporta ser probada: 1 P 1:7. El verdadero creyente no teme prueba alguna. Está dispuesto a ser probado por Dios. Está dispuesto a que otros prueben su fe; no rehúye la piedra de toque. Se pone mucho a prueba a sí mismo. No aceptaría nada por simple confianza, y menos aquello que es de tanta importancia. Está dispuesto a oír lo peor tanto como lo mejor. Le agrada más la predicación que más escudriña y distingue: He 4:12. Le repugna ser engañado con vanas esperanzas. No querría que lo lisonjearan hasta darle un falso concepto de su estado espiritual. Cuando se le ofrecen pruebas, sigue el consejo del apóstol, 2 Co 13:5. —David Clarkson.
Versículo 23. ¿Qué espantoso dilema tenemos aquí? El Santísimo no cambia cuando viene de visita a un corazón humano. Es allí el mismo que en lo más alto del cielo. No puede mirar el pecado; ¿y cómo puede un corazón humano darle la bienvenida en sus cámaras secretas? ¿Cómo puede el fuego ardiente dar la bienvenida al agua que lo apaga? Es fácil aprender de memoria la decorosa oración de un antiguo penitente: Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos. Las letras muertas, desgastadas hasta la suavidad por el uso frecuente, pueden caer libremente de labios endurecidos sin dejar sensación de quemadura en la conciencia; y sin embargo, siendo verdad de Dios, pueden convertirse en mentira en el acto de pronunciarlas. La oración no es verdadera, aunque esté tomada de la Biblia, si el suplicante invita a entrar al que todo lo ve y daría mil mundos, si los tuviera, por mantenerlo fuera para siempre.
Cristo ha declarado la dificultad y la ha resuelto: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí». Cuando el Hijo ha hecho libre al pecador, este es verdaderamente libre. El hijo amado, perdonado y reconciliado, ama y anhela la presencia del Padre. ¿Cómo? ¿No hay ya mancha ni arruga en el hombre, que se atreve a desafiar la inspección del Omnisciente y a ofrecer su corazón como morada de Jehová? Todavía no es tan puro; y bien lo sabe. El gemido brota aún de su corazón quebrantado: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?». Muchas manchas lo contaminan aún; pero ahora las aborrece y anhela verse libre. La diferencia entre un hombre no convertido y uno convertido no es que el uno tenga pecados y el otro no; sino que el uno toma partido por sus pecados queridos contra un Dios temido, y el otro toma partido por un Dios reconciliado contra sus pecados aborrecidos. Está a mal con sus antiguos amigos y a bien con su antiguo adversario. La conversión es un volverse, y es un solo volverse; pero produce simultánea y necesariamente dos efectos distintos. Mientras antes su rostro estaba vuelto de espaldas a Dios y hacia sus propios pecados, ahora está vuelto de espaldas a sus propios pecados y hacia Dios. Este único volverse, con su doble resultado, está en Cristo el Mediador y por la obra del Espíritu. Mientras Dios sea mi enemigo, yo soy el suyo. No tengo más poder para cambiar esa condición que el que tiene la superficie pulida para dejar de reflejar la luz del sol que cae sobre ella. Es el amor de Dios, desde el rostro de Jesús brillando en mi oscuro corazón, el que abre mi corazón a él y hace que me deleite en ser su morada. No puedo soportar que los ojos del justo Vengador estén en este lugar de pecado; pero admitiré con gusto el ojo del compasivo Médico en este lugar de enfermedad; porque viene del cielo a la tierra para sanar almas enfermas de pecado como la mía. Cuando un discípulo desea ser examinado por el Dios viviente, no da con ello a entender que no haya pecados en él que descubrir: da a entender más bien que sus enemigos son tantos y tan vivos que nada puede someterlos sino la presencia y el poder de Dios. —William Arnot ( —1875), en "Laws from Heaven for Life on Earth."
Versículos 23-24. Hay varias cosas dignas de nota en el ruego del salmista, en las palabras que tenemos delante.
Primero, advierte la intrepidez del salmista. He aquí un hombre resuelto a explorar los recovecos de su propio corazón. ¿Se propuso Bonaparte, se propuso Nelson, se propuso Wellington hacer jamás esto? Si estuvieran presentes todos los héroes renombrados de la antigüedad, les preguntaría a todos si alguna vez tuvieron el valor de entrar en su propio corazón. David era un hombre de valor. Cuando mató al león en el camino, cuando venció al oso, cuando salió al encuentro del gigante Goliat, dio pruebas indudables de valor; pero nunca mostró tan señalada intrepidez como cuando resolvió mirar dentro de su propio corazón. Si estuvieras sobre alguna altura y vieras reunidas delante de ti todas las criaturas voraces y venenosas que han existido, no haría falta tanto valor para combatirlas como para combatir con tu propio corazón. Cada pecado es un demonio, y cada uno puede decir: «Mi nombre es Legión, porque somos muchos». ¿Quién sabe lo que es encararse consigo mismo? Y sin embargo, si hemos de ser salvos, esto debe hacerse.
Segundo, advierte la integridad del salmista. Deseaba conocer todos sus pecados para ser librado de ellos. Como todo individuo ha de conocer sus pecados en algún momento, el sabio procurará conocerlos aquí, porque el presente es el único tiempo en que se puede glorificar a Dios confesándolos, renunciando a ellos y venciéndolos. Uno de los atributos del pecado es ocultar al hombre de sí mismo, encubrir su deformidad, impedirle formarse un concepto justo de su verdadera condición. Es un hecho solemne que no hay un principio malo en el seno del mismo diablo que no exista en el nuestro en este momento, a menos que seamos plenamente renovados por el poder del Espíritu Santo. Que estos principios malos no se desarrollen continuamente, en toda su horrenda deformidad, se debe enteramente a la misericordia refrenadora y paciente de Dios.
Tercero, advierte la sabiduría del salmista. Presenta su oración al mismo Dios. Dios es el único Ser del universo que se conoce a sí mismo, que se lee a sí mismo en su propia luz. En la misma luz ve a todos los demás seres; y de ahí se sigue que, si otros seres se ven a sí mismos con verdad, ha de ser en la luz de Dios. Si el sol fuera un ser inteligente, le preguntaría: «¿Cómo te ves a ti mismo? ¿En tu propia luz?». Y respondería: «Sí». «¿Y cómo ves los planetas que giran continuamente a tu alrededor?». «En mi propia luz también, pues toda la luz que hay en ellos es prestada de mí.»
Observarás que el salmista comienza por sus principios: su deseo es que estos sean probados por un juez competente y que se quite de ellos todo lo malo. Esto es una prueba de su sabiduría. El corazón y sus pensamientos deben ser enderezados antes de que puedan enderezarse las acciones de la vida. Quienes más sobresalen en piedad son los más versados en Dios; y por esta razón llegan a ser los más versados en sí mismos. David dice en otro lugar: «¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame TÚ de los ocultos». Y Job dice: «Aunque me lave con aguas de nieve, y limpie mis manos con la limpieza misma, aún TÚ me hundirás en el hoyo, y mis propios vestidos me abominarán». Cuando estos santos hombres se leían a sí mismos en la luz de Dios, veían sus pecados de omisión y de comisión, y oraban con fervor para ser librados de todos. —William Howels, 1832.
Versículos 23-24. El texto es una oración, e indica, a nuestro parecer, tres grandes hechos respecto del suplicante: el primero, que David deseaba de veras llegar a conocerse a sí mismo; el segundo, que sentía la conciencia de que Dios podía ver a través de todos los disfraces; y el tercero, que deseaba descubrir, para que con la ayuda divina pudiera corregir, todo lo que estuviera mal en su conducta. Ahora bien, la primera inferencia que sacamos del texto, considerado como indicio de los sentimientos del peticionario, es que era completamente sincero, que realmente era su deseo conocer su propio corazón. ¿Y hay en esto, dirán ustedes, algo raro o notable? En verdad creemos que sí. Haría falta, creemos, un grado muy alto de piedad para poder sostener con sinceridad las oraciones de nuestro texto. Porque, ¿me dirán que no ocurre a menudo que, aun mientras los hombres llevan a cabo un proceso de autoexaminación, hay un secreto deseo de permanecer ignorantes de ciertos puntos, un deseo de no ser hallados en falta cuando el interés y la inclinación se combinan para exigir un veredicto opuesto? … Al escudriñarse ustedes mismos, saben dónde están los puntos sensibles, y esos puntos tenderán a evitarlos, para no causarse dolor ni poner en evidencia cuánto necesitan el cáustico y el cuchillo. En verdad, podemos estar seguros de que no afirmamos sino lo que la experiencia probará, cuando declaramos que es un alto logro en la religión estar dispuesto a saber cuán malos somos… Y esto había alcanzado evidentemente el salmista, pues ruega con mucho fervor a Dios que no deje rincón alguno de su espíritu sin explorar, que someta el corazón y todos sus pensamientos, la vida y todos sus caminos, a un examen sumamente escrutador, para que ninguna forma ni grado de mal dejara de ser descubierto. —Henry Melvill.
Versículos 23-24. La autoexaminación no es la cosa sencilla que a primera vista podría parecer. Ningún cristiano que la haya practicado de veras la ha hallado fácil. ¿Hay algún ejercicio del alma que alguno de nosotros haya hallado tan insatisfactorio, tan casi imposible, como la autoexaminación? El hecho es que el corazón es tan sumamente complicado e intrincado, y está tan cerca del ojo que ha de investigarlo, y tanto él como el ojo son tan inquietos y cambiantes, que su profunda anatomía burla nuestra indagación. Unas pocas cosas, aquí y allá, amplias y abiertas, que flotan en la superficie, las descubre el hombre; pero hay cámaras que se retiran dentro de cámaras en la más honda de todas las cosas hondas, el corazón de un pecador, a las que ninguna mera investigación humana llegará jamás… es prerrogativa de solo Dios «examinar» el corazón humano. Al hijo de Dios, el más íntimo consigo mismo de toda la tierra, no vacilo en decirle: «Hay pecados latentes en ti en este momento, de los que no tienes idea; pero solo hace falta una mayor medida de iluminación espiritual para que se te impriman y se te desplieguen. No tienes idea de la maldad que hay ahora en ti». Pero mientras digo esto, que todo cristiano calcule bien el costo antes de aventurarse al osado acto de pedir a Dios que lo «examine». Porque tengan por seguro que, si piden real y fervientemente a Dios que los «examine», él lo hará. Y los examinará con el más minucioso escrutinio; y si le piden que los «pruebe», los probará, ¡y la prueba no será cosa liviana!
Estoy persuadido de que a menudo calculamos poco lo que hacemos, lo que pedimos a Dios que haga, cuando le imploramos que nos dé algún logro espiritual, algún crecimiento en la gracia, algún aumento de santidad o de paz. A todas estas cosas va unida una condición, y esa condición está en una disciplina, y esa disciplina suele ser proporcional a la fuerza y la medida del don que pedimos. No sé cuál pudo haber sido el estado del salmista en el tiempo en que escribió este salmo; pero pensaría que o bien una de las más crueles persecuciones de Saúl, o bien la rebelión de su hijo Absalón, siguió pronto las huellas de aquella oración: Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos, etc. Aun así, sea cual fuere su logro, todo hijo de Dios deseará, a costa de cualquier sacrificio, conocer su estado exacto delante de Dios; porque, así como desea en todas las cosas tener una mente conformada a la mente de Dios, así es en especial celoso de no estar tomando, de algún modo, una visión o estimación de su propia alma diferente de la que Dios tiene de ella. —Resumido de James Vaughan.
Versículos 23-24. La hipocresía en el barrio elegante de la ciudad es muy distinta de la hipocresía en el centro. El hipócrita a la moda procura parecer más vicioso de lo que realmente es; el otro tipo de hipócrita, más virtuoso. El primero teme todo lo que tenga apariencia de religión y quisiera que lo tuvieran por metido en muchas galanterías y amoríos criminales de los que no es culpable. El segundo asume un rostro de santidad y cubre multitud de vicios bajo una apariencia de conducta religiosa. Pero hay otra clase de hipocresía, que difiere de ambas: me refiero a aquella hipocresía por la que un hombre no solo engaña al mundo, sino que muy a menudo se engaña a sí mismo; esa hipocresía que le oculta su propio corazón y le hace creer que es más virtuoso de lo que realmente es, y o no atiende a sus vicios, o confunde incluso sus vicios con virtudes. Es esta fatal hipocresía y engaño de sí mismo la que se señala en aquellas palabras: «¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los ocultos».
Estas dos clases de hipocresía, a saber, la de engañar al mundo y la de engañarnos a nosotros mismos, son tocadas con maravillosa belleza en el salmo ciento treinta y nueve. La necedad de la primera clase de hipocresía se expone allí con reflexiones sobre la omnisciencia y omnipresencia de Dios, que son celebradas en estrofas de poesía tan nobles como cualesquiera otras que haya encontrado, sagradas o profanas. La otra clase de hipocresía, por la que un hombre se engaña a sí mismo, se insinúa en los dos últimos versículos, donde el salmista se dirige al gran Escudriñador de los corazones en aquella enfática petición: «Pruébame, oh Dios, y busca el fondo de mi corazón; ponme a prueba y examina mis pensamientos. Mira bien si hay en mí camino de maldad, y guíame en el camino eterno». —Joseph Addison (1672-1719), en "The Spectator."
Versículos 23-24. ¡Cuán hermosa es la humildad de David! No puede hablar de los impíos sino en términos de justa indignación; no puede sino aborrecer a los que aborrecen a su Dios; sin embargo, parece recordar de inmediato y frenarse a sí mismo: «Pruébame a mí, oh Señor, y busca el fondo de mi corazón». Precisamente en el mismo espíritu de humildad interior y de recogimiento, Abraham, cuando intercedía ante Dios en oración por la culpable y depravada Sodoma, no dejó de hablar de sí mismo como polvo y ceniza: Gn 18:27. —James Ford, 1871.
Versículos 23-24. ¿Por qué oró David así a Dios: Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón, habiendo dicho antes, en el primer versículo: «Jehová, tú me has examinado y conocido»? Sabiendo David que Dios lo había examinado, ¿qué necesidad tenía de orar para que Dios lo examinara? ¿Por qué rogaba a Dios que hiciera lo que ya había hecho? La respuesta está a la mano. David era un diligente examinador de sí mismo, y por eso estaba tan dispuesto a ser examinado, es más, se deleitaba en ser examinado por Dios; y no (como se dijo) porque él mismo ya lo hubiera hecho, sino también porque sabía que Dios podía hacerlo mejor. Sabía por su propia búsqueda que no vivía en camino alguno de maldad contra su conocimiento, y sin embargo sabía que podría haber en él algún camino de maldad que él no conocía. Y por eso no solo dice: «Examíname, oh Dios, y conoce mis pensamientos», sino que añade: «Ve si hay en mí camino de perversidad» (o camino de dolor y aflicción; la misma palabra significa ambas cosas, porque los caminos malos llevan al fin al dolor y la aflicción); «y guíame en el camino eterno.» Como si dijera: Señor, yo me he examinado y no veo camino malo en mí; pero, Señor, tu vista es infinitamente más clara que la mía, y si tú me examinas puedes ver en mí algún camino malo que yo no pude ver, y yo querría ver y conocer lo peor de mí mismo para enmendarme y mejorar; por tanto, Señor, si hay en mí tal camino, hazme conocerlo también. Oh, quita ese camino de mí, y quítame a mí de ese camino; «guíame en el camino eterno.» David se había probado a sí mismo, y quería ser probado de nuevo por Dios, para que, probado mejor, pudiera llegar a ser aún mejor. Se halló oro en su propia prueba, y sin embargo temía que pudiera haber en él alguna escoria que no había encontrado; y ahora quería ser probado de nuevo para salir oro purísimo. El oro puro no teme ni el horno ni el fuego, ni el ensayo ni la piedra de toque; ni el oro de peso teme la balanza. El que tiene peso tendrá peso, por muchas veces que se le pese; el que es oro será oro, por muchas veces que se le pruebe, y cuantas más veces se le pruebe, más puro oro será; lo que es, lo será, y quisiera ser mejor de lo que es. —Joseph Caryl.
Salmos 139:24
Versículo 24. «Y ve si hay en mí camino de perversidad.» Ve si hay en mi corazón, o en mi vida, algún mal hábito que yo ignore. Si hay tal mal camino, sácame de él, quítalo de mí. No importa cuán querido se me haya hecho el mal, ni cuán hondamente prejuiciado haya yo estado en su favor, sírvete librarme de él por completo, eficazmente y de una vez, para que no tolere nada que sea contrario a tu mente. Como aborrezco a los impíos en su camino, así quisiera aborrecer todo camino malo en mí mismo. «Y guíame en el camino eterno.» Si ya me has introducido en el buen camino antiguo, sírvete mantenerme en él y conducirme más y más lejos por él. Es un camino que tú has establecido desde antiguo, se funda en principios eternos, y es el camino por el que los espíritus inmortales correrán gustosos por siempre jamás. No habrá fin para él, mundo sin fin. Dura para siempre, y los que están en él duran para siempre. Condúceme a él, oh Señor, y condúceme a lo largo de toda su extensión. Por tu providencia, por tu palabra, por tu gracia y por tu Espíritu, guíame siempre.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 24. «Ve si hay en mí camino de perversidad.» Esta es una hermosa e impresionante oración para el comienzo de cada día. Es también un gran sentimiento que nos amonesta al comienzo de cada día. Está dentro de nosotros el camino de la incredulidad, al que somos muy propensos. Está el camino de la vanidad y el orgullo, al que a menudo nos acostumbramos. Está el camino del egoísmo, por el que con frecuencia andamos. Está el camino de la mundanalidad que a menudo seguimos: placeres vacíos, honores sombríos, etc. Está el camino de la pereza. ¡Cuánta apatía mostramos en la oración, en el examen y la aplicación de la Palabra de Dios! Está el camino de la confianza en uno mismo, con el cual a menudo deshonramos a Dios y nos dañamos a nosotros mismos. Está, por desgracia, el camino de la desobediencia, por el que a menudo andamos. En todo caso, nuestra obediencia es fría, renuente, incierta, no sencilla, entera y fervorosa. ¡Cuán necesario es, pues, ir a Dios de inmediato y presentar con fervor la petición: «Señor, ve si hay en mí camino de perversidad.» Que nada que esté mal, que se oponga a tu carácter, repugne a tu palabra o sea dañino y degradante para nosotros mismos, permanezca o sea albergado dentro de nosotros. —Resumido de T. Wallace, en "Homiletic Commentary."
Versículo 24. «Ve si hay en mí camino de perversidad.» ¡A qué santidad no debió de haber llegado David para necesitar, si así podemos decirlo, el escrutinio divino a fin de ser informado de errores y defectos! ¿Hay alguno de nosotros que pueda decir que ha corregido su conducta hasta la medida de su conocimiento, y que ahora debe esperar a ser mejor informado antes de poder hacer más por mejorar su vida? No sé cómo definir un punto más alto en el logro religioso que suponer a un hombre autorizado para elevar la oración de nuestro texto. Les ruego que tengan cautela al usar esta oración. Es fácil burlarse de Dios pidiéndole que los examine cuando han hecho poco esfuerzo por examinarse ustedes mismos, y quizá menos aún por actuar según el resultado del escrutinio. —Henry Melvill.
Versículo 24. «Ve si hay en mí camino de perversidad», etc.
Piensa y cuida lo que eres por dentro,
pues hay pecado en el deseo de pecar:
piensa y da gracias, en caso distinto,
pues hay gracia en el deseo de gracia. —John Byrom, 1691-1763.
Versículo 24. «El camino eterno.» Camino de eternidad, o de antigüedad, el camino antiguo, como en Jer 6:16; esto es, el camino de la fe y la piedad, que Dios enseñó desde el principio y que continúa para siempre; contrario al «camino de los malos», que perecerá: Sal 1:6. —Henry Ainsworth.
Sugerencias para el predicador
Versículo 24.
- El mal camino. Está naturalmente en nosotros; puede ser de diversas clases; debe ser quitado; quitarlo requiere ayuda divina.
- El camino eterno. Solo hay uno; necesitamos ser guiados en él. Es el buen camino antiguo, no llega a su fin, conduce a una bienaventuranza sin fin.
Versículo 24. (última parte). Véase "Sermones de Spurgeon", n.º 903: "The Way Everlasting."
Traducción del inglés hecha con IA para Berea.