El tesoro de David · Charles H. Spurgeon

Salmo 144: comentario de Charles H. Spurgeon (El tesoro de David)

Resumen del capítulo

Aunque este salmo se parece en cierta medida al Sal 18:1-50, es con todo un cántico nuevo, y en su parte final lo es de manera notable. Que el lector lo acepte como un salmo nuevo, y no como una mera variación de uno antiguo, ni como dos composiciones unidas toscamente. Es cierto que sería una composición completa si se suprimiera el pasaje de Sal 144:12-15; pero hay otras partes de los poemas de David que podrían ser igualmente autosuficientes si se omitieran ciertos versículos; y lo mismo podría decirse de muchos sonetos no inspirados. No se sigue, pues, que la última parte fuera añadida por otra mano, ni siquiera que fuera un fragmento del mismo autor, agregado al primer cántico con el único fin de conservarlo. Nos parece sumamente probable que el salmista, recordando que ya había recorrido parte del mismo terreno, sintió que su mente se movía a un pensamiento nuevo, y que el Espíritu Santo se valió de este estado de ánimo para sus altos propósitos. Ciertamente el apéndice es digno del mayor poeta hebreo, y es tan admirable en su lenguaje y tan lleno de hermosas imágenes que personas de gusto, nada sobradas de reverencia, lo han citado un sinnúmero de veces, confesando así su singular excelencia poética. A nosotros el salmo entero nos parece perfecto tal como está, y mostrar tal unidad de principio a fin que sería un vandalismo literario, además de un crimen espiritual, arrancar una parte de la otra.

TÍTULO. Su título es «Salmo de David», y su lenguaje es de David, si es que el lenguaje puede pertenecer a alguien. Con la misma certeza con que diríamos de cualquier poema: esto es de Tennyson, o de Longfellow, podemos decir: Esto es de David. Nada sino la enfermedad que cierra el ojo al hecho manifiesto y lo abre a la fantasía pudo haber llevado a doctos críticos a atribuir este cántico a otro que no fuera David. Dice bien Alexander: «El origen davídico de este salmo es tan marcado como el de cualquiera del Salterio.»

Es a Dios a quien canta el devoto guerrero cuando lo exalta como su fortaleza y su sostén (Sal 144:1-2). Al hombre lo tiene en poca estima, y se maravilla de la consideración del Señor hacia él (Sal 144:3-4); pero en su hora de conflicto se vuelve al Señor, de quien se declara que es «varón de guerra», cuya triunfante intervención implora (Sal 144:5-8). De nuevo exalta y ruega en Sal 144:9-11, y luego cierra con un delicioso cuadro de la obra del Señor para su pueblo escogido, al que se felicita por tener tal Dios por su Dios.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Todo el salmo. El salmo, en sus tonos mezclados de oración y alabanza, es un eslabón apropiado entre los salmos de súplica que lo preceden y los cantos de acción de gracias que le siguen. —Speaker's Commentary.

Todo el salmo. Después de seis salmos de oración dolorida en la angustia, tenemos ahora un salmo de alabanza y acción de gracias por la respuesta bondadosa de Dios a las súplicas; y también un salmo de intercesión. El presente salmo guarda un fuerte parecido con el último cántico de David en 2 S 22:51 y con el Sal 18:1-50. Aquí tenemos una visión de Cristo regocijándose; después de su pasión, resucitado en gloria, habiendo ascendido en triunfo, e intercediendo por nosotros a la diestra de Dios. —Christopher Wordsworth.

Todo el salmo. Este salmo está regido por los números diez y siete. Diez versículos completan la primera parte del salmo, que se divide en dos secciones. La primera porción contiene, en Sal 144:1-2, diez atributos de Dios: tres y siete, el siete dividido en cuatro y tres. De igual modo contiene diez peticiones a Dios en Sal 144:5-7, divididas exactamente como los atributos. A este significado del número diez para la primera parte se alude de modo expreso en Sal 144:9. En la segunda parte se piden siete bendiciones: cuatro en Sal 144:12-13 (hijos valientes, hijas hermosas, graneros llenos, rebaños numerosos) y tres en Sal 144:14 (bueyes que trabajan, ninguna brecha ni pérdida, ningún clamor). El conjunto contiene, aparte del epifonema final que, como de costumbre, queda fuera de la ordenación formal, siete estrofas, cada una de dos versículos.

Se ha presentado una objeción contra la autoría davídica a partir de los «rastros de lectura» que contiene. Pero habría que considerar con más exactitud qué clase de lectura debe pensarse aquí. Son solo los salmos de David los que forman la base de este nuevo salmo. Pero que sea una de las peculiaridades de David derivar de sus producciones anteriores un fundamento para otras nuevas es evidente por una diversidad de hechos que, si aún hubiera de mantenerse alguna duda sobre el asunto, hallarían terreno firme en este salmo, que solo pudo ser compuesto por David. Hay que tener presente el modo y la manera del uso que se hace de tales materiales. Este es siempre de naturaleza animada y sentida, y en ninguna parte existe rastro de un préstamo muerto. Que aquí no podemos pensar en tal préstamo; que la apropiación del lenguaje anterior no procedió de impotencia espiritual, sino que descansaba en razones más profundas, es manifiesto al considerar la segunda parte, donde la dependencia cesa por completo y donde ni siquiera los adversarios de la autoría davídica han podido pasar por alto el fuerte espíritu poético de la época de David. Se refugian en el miserable recurso de afirmar que el salmista tomó esta parte del salmo de un poema mucho más antiguo, hoy perdido. —E. W. Hengstenberg.

Salmos 144:1

Versículo 1. «Bendito sea Jehová, mi roca.» No puede demorar la expresión de su gratitud; irrumpe de inmediato en una sonora nota de alabanza. Su mejor palabra se la da a su mejor amigo: «Bendito sea Jehová.» Cuando el corazón está en buen estado tiene que alabar a Dios, no puede contenerse; sus expresiones brotan como aguas que se abren paso desde un manantial vivo. Con toda su fuerza David bendice al Dios de su fuerza. No debemos recibir un don tan grande como la fuerza para resistir el mal, defender la verdad y vencer el error sin saber quién nos la dio y sin rendirle a él la gloria. Jehová no solo da fuerza a sus santos, sino que él es su fuerza. La fuerza es suya porque Dios es suyo. Dios está lleno de poder, y se hace el poder de los que confían en él. En él radica nuestra gran fuerza, y a él sean bendiciones más de las que podemos expresar. La palabra roca es la manera hebrea de expresar fortaleza: la grandiosa lengua antigua está llena de tales símbolos sugerentes. «Quien adiestra mis manos para la batalla, y mis dedos para la guerra.» El salmista presenta en la segunda parte del versículo al Señor como maestro en las artes de la guerra. Si tenemos fuerza, no nos beneficia mucho a menos que tengamos también destreza. La fuerza sin adiestrar es a menudo un perjuicio para el hombre que la posee, e incluso se vuelve un peligro para los que lo rodean; y por eso el salmista bendice al Señor tanto por enseñar como por dar fuerza. Bendigamos también a Jehová si en algo nos ha hecho eficaces. La enseñanza mencionada era muy práctica: no era tanto del cerebro como de las manos y los dedos, pues estos eran los miembros más necesarios para el combate. Los hombres de poca educación escolar deben estar agradecidos por la habilidad y la destreza en sus oficios manuales. Para un hombre de guerra la educación de las manos vale mucho más que cualquier saber de libros; el que ha de usar una honda o un arco necesita un adiestramiento adecuado, tanto como un hombre de ciencia o un profesor de clásicos. Los hombres son muy propensos a imaginar que la eficacia de un artesano se debe a él mismo; pero esto es una falacia popular. Se puede suponer que un clérigo es enseñado por Dios, pero la gente no admite que esto sea verdad de los tejedores o de los trabajadores del bronce; sin embargo, estos oficios se mencionan expresamente en la Biblia como enseñados a mujeres santas y a hombres fervientes cuando se levantó el tabernáculo al principio. Toda sabiduría y toda destreza vienen del Señor, y por ellas merece ser exaltado con gratitud. Esta enseñanza alcanza a los miembros más pequeños de nuestro cuerpo; el Señor enseña los dedos lo mismo que las manos; de hecho, a veces ocurre que si el dedo no está bien adiestrado, toda la mano es incapaz.

David fue llamado a ser hombre de guerra, y tuvo un éxito eminente en sus batallas; no lo atribuye a su buena estrategia o valor, sino a haber sido enseñado y fortalecido para la guerra y el combate. Si el Señor se digna intervenir en una obra tan poco espiritual como pelear, seguramente nos ayudará a proclamar el evangelio y ganar almas; y entonces bendeciremos su nombre con una intensidad de corazón aún mayor. Seremos alumnos, y él será nuestro Maestro, y si alguna vez logramos algo, daremos a nuestro Instructor una cordial bendición. Este versículo está lleno de personalidad; es la misericordia mostrada al mismo David el tema del canto agradecido. Tiene también un carácter de presente, pues Jehová es ahora su fortaleza y sigue enseñándole; debemos hacer cuestión de ofrecer la alabanza mientras la bendición aún está en vuelo. El versículo es además eminentemente práctico y lleno de la vida real de cada día; pues los días de David transcurrían en campamentos y combates. Algunos de nosotros, que sufrimos gravemente de reumatismo, podríamos clamar: «Bendito sea el Señor, mi Consolador, que enseña a mis rodillas a soportar con paciencia y a mis pies a resistir con resignación»; otros que están atentos para ayudar a los nuevos convertidos podrían decir: «Bendito sea Dios, que enseña a mis ojos a ver las almas heridas y a mis labios a animarlas»; pero David tiene su propia ayuda peculiar de Dios, y lo alaba en consecuencia. Esto contribuye a que la armonía del cielo sea perfecta cuando todos los cantores toman su parte; si todos siguiéramos la misma partitura, la música no sería tan plena y rica.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 1. «Bendito sea Jehová.» Una oración por más misericordia comienza apropiadamente con una acción de gracias por la misericordia anterior; y cuando esperamos en Dios para que nos bendiga, debemos animarnos a bendecirle a él. —Matthew Henry.

Versículo 1. «Jehová, mi fortaleza», etc. Agamenón dice a Aquiles:

Si tienes fuerza, el cielo te la otorgó;

¡pues sabe, hombre vano, que tu valor viene de Dios! —Homero.

Versículo 1. Mi fortaleza (heb. «mi roca»). Debe notarse la gradación: primero la roca, o peñasco, como lugar de refugio; luego la fortaleza o baluarte, como lugar cuidadosamente fortificado; luego el libertador personal, sin cuya intervención el escape habría sido imposible. —Speaker's Commentary.

Versículo 1. Jehová... adiestra: y no como enseña el hombre. Así enseñó a Gedeón a pelear contra la innumerable hueste de Madián enviando a sus casas a veintidós mil y reteniendo solo diez mil de sus soldados; y luego otra vez reduciendo ese remanente a la pequeña banda de trescientos que lamieron el agua cuando fueron llevados a ella. Así enseñó a Sansón mediante la abstención de bebida fuerte y no permitiendo que navaja alguna pasara sobre su cabeza. Así enseñó a los tres reyes en el desierto a guerrear contra sus enemigos, no por fuerza alguna de sus ejércitos, sino haciendo zanjas en el desierto. Así enseñó al propio David esperando el sonido de un estruendo por la copa de los árboles de moral. Y así enseñó a los brazos del verdadero David a pelear cuando estaban extendidos en la cruz: clavados, a la vista humana, al madero del sufrimiento, pero ganando en realidad para sí la corona de gloria: impotentes a los ojos de escribas y fariseos; a los de los arcángeles, agarrando las dos columnas, el pecado y la muerte, sobre las que descansaba la casa de Satanás, y arrancándolas de sus cimientos. —Ayguan, en Neale y Littledale.

Versículo 1. «Jehová, mi roca, quien adiestra mis manos para la batalla.» Tres cualidades de un soldado valiente se hallaron en Cristo, el Capitán de nuestra salvación, en su guerra contra Satanás, que sus seguidores están obligados a imitar: audacia en el ataque, destreza en la defensa, firmeza en el combate; todo lo cual enseña con su ejemplo (Mt 4:1,4,7,10-11). Fue audaz en el ataque, pues comenzó el combate subiendo al desierto para desafiar al enemigo. Así también nosotros debemos adelantarnos siempre a Satanás, debemos ayunar aunque no seamos tentados a la gula, y ser humildes aunque no nos asalte el orgullo, y así sucesivamente. Fue diestro en la defensa, parando cada ataque con la Sagrada Escritura; donde también nosotros, en los ejemplos de los santos, podemos hallar lecciones para el combate. Fue firme en el combate, pues perseveró hasta el fin, hasta que el diablo lo dejó y vinieron ángeles y le servían; y también nosotros no debemos contentarnos con rechazar el primer ataque, sino perseverar en nuestra resistencia hasta que los malos pensamientos sean puestos en fuga y las resoluciones celestiales ocupen su lugar. —Neale y Littledale.

Versículo 1. Adiestra mis manos. Acostumbradas al anzuelo y al arpa, y no a la espada y la lanza; pero Dios las ha hecho aptas y capaces para hazañas de armas y proezas guerreras. Dios es quien da la destreza y el éxito, dice Salomón (Pr 8:1-36); sabiduría y capacidad, dice Daniel (Dn 2:1-49). Y como en la guerra espiritual, así aquí; nuestras armas son «poderosas en Dios» (2 Co 10:4), quien promete que ninguna arma forjada contra su pueblo prosperará (Is 54:17). —John Trapp.

Versículo 1. Para la batalla... para la guerra. Quiero hablar de un gran defecto entre nosotros, que a menudo impide que se realice el ir «de poder en poder»; a saber, el no usar, no negociar con la fuerza recibida. No pensaríamos en ir a Dios por dinero solo para guardarlo en el banco. Pero ¿no estamos haciendo esto con respecto a la fuerza? Constantemente pedimos fuerza para el servicio; pero si no la empleamos en un esfuerzo decidido, de nada nos sirve. De la fuerza atesorada no resulta nada. «Bendito sea Jehová, mi fortaleza, que adiestra mis manos para la batalla, y mis dedos para la guerra.» David, como ven, buscaba fuerza con un propósito. Algunas personas parecen esperar fuerza, pero nunca intentan extender sus manos a la batalla ni sus dedos a la guerra; hay tan poco aventurarse en Dios, tan poco uso de la gracia dada, en parte por temor a los hombres, en parte por indolencia y mundanalidad. No nos toca regalarnos meramente en el poder que Dios suministra. La acción fortalece, y antes de tener derecho a pedir un aumento, debemos usar el que ya se nos ha dado. —Catherine Pennefather, en "Service," 1881.

Versículo 1. ¿No es la victoria espiritual de todo creyente lograda por Dios? Verdaderamente es él quien enseña a sus manos para la batalla y a sus dedos para la guerra; y cuando el triunfo final se cante en el cielo, el canto del vencedor será: «No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad.» —John Morison.

Versículo 1. Mis manos para la batalla, mis dedos para la guerra. En inglés fight y war son tanto verbos como sustantivos, pero las palabras hebreas son sustantivos con el artículo antepuesto. —Joseph Addison Alexander.

Versículo 1. Mis dedos para la guerra. Probablemente la referencia inmediata aquí es al uso del arco: colocar la flecha y tensar la cuerda. —Albert Barnes.

Sugerencias para el predicador

Versículo 1.

Versículo 1. Cosas que el soldado cristiano no debe olvidar.

Salmos 144:2

Versículo 2. Ahora nuestro poeta real multiplica las metáforas para exaltar a su Dios. «Misericordia mía y mi castillo.» La palabra que otras versiones traducen bondad significa misericordia. Quienesquiera que seamos y dondequiera que estemos, necesitamos una misericordia como la que solo se halla en el Dios infinito. Todo es misericordia en que él sea para nosotros cualquiera de las demás cosas buenas, de modo que este es un título sumamente comprensivo. ¡Oh, cuán verdaderamente ha sido el Señor misericordia para muchos de nosotros de mil maneras! Él es la bondad misma, y ha sido bondad sin límites para con nosotros. No tenemos bondad propia, pero el Señor se ha hecho bondad para nosotros. Así también él mismo es nuestra fortaleza y morada segura: en él habitamos como tras murallas inexpugnables y baluartes inamovibles. No podemos ser expulsados ni rendidos por hambre; porque nuestra fortaleza está preparada para un asedio; está provista de abundancia de alimento, y dentro de ella hay un pozo de agua viva. Los reyes suelen tener en mucho sus ciudades amuralladas, pero el rey David confía en su Dios, que es para él más de lo que podrían haber sido las fortalezas.

«Mi alto refugio, y mi libertador.» Como desde una elevada atalaya, el creyente, confiando en el Señor, mira desde arriba a sus enemigos. Ellos no pueden alcanzarlo en su posición elevada; está fuera del tiro de flecha; está más allá de sus escalas de asalto; habita en lo alto. Y esto no es todo, pues Jehová es nuestro Libertador además de nuestro Defensor. Estas diferentes figuras exponen los variados beneficios que nos vienen de nuestro Señor. Él es toda cosa buena que podamos necesitar para este mundo o para el venidero. No solo nos pone muy a menudo fuera del alcance del daño, sino que cuando hemos de estar expuestos, viene a nuestro rescate, levanta el asedio, derrota al enemigo y nos pone en gozosa libertad. «Mi escudo, y en quien confío.» Cuando el guerrero se lanza contra su adversario, lleva su rodela en el brazo y aparta la muerte de un empujón; así el creyente opone al Señor a los golpes del enemigo y se encuentra a salvo del daño. Por esto y por otras mil razones nuestra confianza descansa en nuestro Dios para todo; él nunca nos falla, y sentimos una confianza sin límites en él.

«El que somete a mi pueblo debajo de mí.» Él mantiene sujetos a mis súbditos naturales y pacíficos bajo mi dominio a mis súbditos conquistados. Los hombres que gobiernan a otros deben dar gracias a Dios si tienen éxito en la tarea. Tan extrañas criaturas son los seres humanos que, si un número de ellos se mantiene en pacífica asociación bajo la dirección de uno de los siervos del Señor, este está obligado a bendecir a Dios cada día por el maravilloso hecho. Las victorias de la paz merecen tanto gozosa gratitud como las victorias de la guerra. Los dirigentes de la iglesia cristiana no pueden mantener su posición sino en la medida en que el Señor les conserva la poderosa influencia que asegura la obediencia y suscita la lealtad entusiasta. Por cada partícula de influencia para bien que podamos poseer, engrandezcamos el nombre del Señor. Así ha bendecido David a Jehová por bendecirlo. ¡Cuántas veces se ha apropiado del Señor con esa breve palabra mi! Cada vez que se aferra al Señor, lo adora y lo bendice; pues la sola palabra Bendito corre por todo el pasaje como un hilo de oro. Comenzó reconociendo que su fuerza para combatir a los enemigos extranjeros venía del Señor, y concluyó atribuyendo su paz doméstica a la misma fuente. Alrededor suyo, como rey, se veía rodeado por el Rey de reyes, ante quien se inclinaba en humilde homenaje, rindiendo vasallaje y servicio de rodillas, admitiendo con corazón agradecido que todo lo debía a la Roca de su salvación.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 2. «Bondad mía», etc. Este modo de usar la palabra en sentido pasivo, como en el hebreo, suena duro; igual que en otro lugar (Sal 18:50) se llama a sí mismo «el rey de Dios», no en el sentido de que tenga dominio sobre Dios, sino de haber sido hecho y constituido rey por él. Habiendo experimentado la benignidad de Dios de tantas maneras, lo llama «su bondad», queriendo decir que todo bien que poseía fluía de él. La acumulación de términos, uno tras otro, que sigue puede parecer innecesaria, pero tiende mucho a fortalecer la fe. Sabemos cuán inestables son las mentes de los hombres, y en especial cuán pronto vacila la fe cuando son asaltados por alguna prueba de severidad más que ordinaria. —Juan Calvino.

Versículo 2. Mi fortaleza. David llama a Dios con nombres relacionados con las principales liberaciones de su vida. Los salmos abundan en referencias locales y expresiones descriptivas, por ejemplo Sal 18:2 (y en este lugar). La palabra traducida «fortaleza» es metzuriah o masada. Por 1 S 23:29, no tengo duda de que habla de Masada, un pico aislado de 1.500 pies de altura, en el cual había una fortaleza. —James Wareing Bardsley, en "Glimpses through the Veil," 1883.

Versículo 2. Mi alto refugio. Tales torres se levantaban en montes, en peñas o en los muros de una ciudad, y se consideraban lugares seguros principalmente porque eran inaccesibles. Así los viejos castillos de Europa, como el de Heidelberg y generalmente los que están a lo largo del Rin, se construían en lugares elevados y en posiciones tales que no fueran fácilmente accesibles. —Albert Barnes.

Versículo 2. Mi escudo. La palabra hebrea significa, no el enorme escudo que llevaba un escudero, sino la manejable rodela con la que los héroes entraban en combates cuerpo a cuerpo. El guerrero la llevaba consigo cuando usaba su arco o su espada. A menudo era de metal, pero aun así era portátil y útil, y se hacía servir de adorno, siendo bruñida o ungida con aceite. David había hecho abundante uso del Señor, su Dios, día tras día, en muchas y mortíferas batallas. —C. H. S.

Versículo 2. «El que somete a mi pueblo debajo de mí.» David, pues, habiendo atribuido a Dios las victorias que había ganado sobre los enemigos extranjeros, le da gracias al mismo tiempo por el estado estable del reino. En efecto, elevado como había sido desde una posición oscura y expuesto al odio por acusaciones calumniosas, apenas se habría podido creer que alguna vez obtendría un reinado pacífico. El pueblo se le había sometido de repente y más allá de toda expectativa; y un cambio tan sorprendente fue eminentemente obra de Dios. —Juan Calvino.

Sugerencias para el predicador

Versículo 2. Flores dobles.

Versículo 2. Un grupo de títulos. Nótese:

Salmos 144:3

Versículo 3. «Jehová, ¿qué es el hombre, para que en él pienses?» ¡Qué contraste entre Jehová y el hombre! El salmista pasa de la gloriosa suficiencia total de Dios a la insignificancia y nulidad del hombre. Ve que Jehová lo es todo, y entonces exclama: «Señor, ¿qué es el hombre?» ¿Qué es el hombre en presencia del Dios infinito? ¿Con qué puede compararse? Es demasiado pequeño para ser descrito en absoluto; solo Dios, que conoce el objeto más diminuto, puede decir qué es el hombre. Ciertamente no es apto para ser la roca de nuestra confianza: es a la vez demasiado débil y demasiado inconstante para que se confíe en él. La maravilla del salmista es que Dios se incline a conocerlo, y en verdad es más notable que si el mayor de los arcángeles hiciera un estudio de las hormigas o se hiciera amigo de los ácaros. Dios conoce a su pueblo con una tierna intimidad, con una observación constante y cuidadosa: los conoció de antemano en amor, los conoce con cuidado, los conocerá en aceptación al fin. ¿Por qué y para qué es esto? ¿Qué ha hecho el hombre? ¿Qué ha sido? ¿Qué es ahora para que Dios lo conozca y se dé a conocer a él como su bondad, su fortaleza y su alto refugio? Esta es una pregunta sin respuesta. Solo una condescendencia infinita puede explicar que el Señor se abaje a ser amigo del hombre. Que haga del hombre el sujeto de la elección, el objeto de la redención, el hijo del amor eterno, el predilecto de una providencia infalible, el pariente más cercano de la Deidad, es en verdad un asunto que requiere más que los dos signos de exclamación que hay en este versículo. «¿O el hijo de hombre, para que lo estimes?» El hijo de hombre es un ser todavía más débil, como implica la palabra original. No es tanto el hombre tal como Dios lo hizo, sino el hombre tal como lo dio a luz su madre; ¿y cómo puede el Señor pensar en él y anotar semejante cero en sus cuentas? El Señor piensa mucho en el hombre, y en relación con el amor redentor hace de él una gran figura: esto puede creerse, pero no puede explicarse. La maravilla adoradora nos hace clamar a cada uno: ¿Por qué piensas en mí? Sabemos por experiencia cuán poco hay que contar con el hombre, y sabemos por observación cuánto puede jactarse; por tanto nos conviene ser humildes y desconfiar de nosotros mismos; pero todo esto debería hacernos más agradecidos al Señor, que conoce al hombre mejor que nosotros, y con todo se comunica con él, e incluso mora en él. Todo rastro de misantropía debería ser odioso para el creyente; porque si Dios estima al hombre, no nos toca a nosotros despreciar a los de nuestra propia especie.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 3. «Jehová, ¿qué es el hombre?», etc.

Ahora bien, ¿qué es el hombre cuando la gracia revela

las virtudes de la sangre de un Salvador?

De nuevo siente una vida divina,

desprecia la tierra y camina con Dios.

¿Y qué ha de ser, en aquellos reinos de arriba,

el hombre rescatado?

Con honor, santidad y amor,

ningún serafín está más adornado que él.

Más cerca del trono, y primero en el canto,

el hombre elevará sus aleluyas,

mientras ángeles asombrados lo rodean en multitud

e hinchen el coro de su alabanza. —John Newton, en Olney Hymns.

Versículo 3. «Jehová, ¿qué es el hombre?» Tómenlo en sus cuatro elementos: tierra, aire, fuego y agua. En la tierra, es como polvo fugaz; en el aire, es como un vapor que se desvanece; en el agua, es como una burbuja que revienta; y en el fuego, es como humo que se consume. —William Seeker, en "The Nonsuch Professor."

Versículos 3-4. Jehová, ¿qué es el hombre?, etc. No hay libro tan digno de leerse como este viviente. Hace un momento David hablaba como rey de hombres, de un pueblo sometido bajo él; ahora habla como humilde vasallo de Dios: «Jehová, ¿qué es el hombre, para que en él pienses?» En un solo aliento hay soberanía y sujeción: una soberanía absoluta sobre su pueblo: «Mi pueblo está sometido debajo de mí»; una humilde sujeción al Dios de los reyes: «Jehová, ¿qué es el hombre?» Más aún, en la misma palabra en que está la profesión de esa soberanía hay un reconocimiento de sujeción: «Tú has sometido a mi pueblo.» En que tuviera un pueblo, era rey; para que fueran su pueblo se requería una sujeción; y esa sujeción era de Dios, y no de él mismo: «Tú» has sometido. Mira, David no habría sometido a su pueblo si Dios no lo hubiera sometido por él. Era un gran rey, pero ellos eran un pueblo terco: el Dios que los hizo los inclinó a una debida sujeción. Los grandes conquistadores de mundos no podrían conquistar corazones si aquel que moldeó los corazones no los atemperara. «Por mí reinan los reyes», dice la Sabiduría eterna; y el que tuvo valor suficiente para enfrentarse a un oso, a un león, a Goliat, puede decir sin embargo: «Tú has sometido a mi pueblo.»

Por el contrario, en la más humilde sujeción de sí mismo hay un reconocimiento de grandeza. Aunque se rebajó con: «¿Qué es el hombre?», añade sin embargo: «Piensas en él, lo estimas»; y este conocimiento, esta estima de Dios, exalta más al hombre de lo que su propia vanidad puede rebajarlo. Mi texto, pues, ven ustedes, es el arrobamiento de David, expresado en una pregunta extática de repentino asombro; un asombro ante Dios y ante el hombre: la vileza del hombre; «¿Qué es el hombre?» la misericordia y el favor de Dios, en su conocimiento, en su estimación del hombre. Miren, no hay sino dos lecciones que necesitamos sacar de aquí, en el mundo: Dios y el hombre; el hombre, en la noción de su miseria; Dios, en la noción de su generosidad. Hagamos, si les parece, una breve consideración de ambos; y veamos en lo uno motivo de nuestra humillación; y en lo otro, de nuestro gozo y gratitud: y si en lo primero hay una triste Cuaresma de mortificación, en lo segundo hay una alegre Pascua de nuestro levantamiento y exaltación.

Muchos además de David se maravillan de sí mismos: uno se maravilla de su propio honor; y, aunque no lo dirá, piensa sin embargo: «¡Qué gran hombre soy! ¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué?» Este es el asombro de Nabucodonosor. Otro se maravilla de su persona y encuentra, ya un buen rostro, ya un hermoso ojo, ya una mano exquisita, una pierna bien formada o algún vistoso vellón que admirar en sí mismo: este fue el asombro de Absalón. Otro se maravilla de su ingenio y saber: «¿Cómo llegué a tener todo esto? ¡Turba haec! Esta multitud que no sabe la ley, maldita es»: este fue el asombro del fariseo. Otro se maravilla de su riqueza: «Alma, descansa»; como el epicúreo del evangelio. El asombro de David está tanto por encima como en contra de todos estos: se maravilla de su vileza: como el Vaso Escogido, que de nada se jactaría sino de sus debilidades: «Jehová, ¿qué es el hombre?» ¡Qué bien encaja todo! No bien había dicho: «El que somete a mi pueblo debajo de mí», añade: «Jehová, ¿qué es el hombre?» Algún corazón vano se habría ensoberbecido con la presunción de su propia eminencia: «¿Quién soy yo? No soy como los demás hombres. Tengo pueblo bajo mí; y pueblo propio, y pueblo sometido a mí»; esto es ser más que un hombre. Sé quién ha dicho: «Yo dije: Vosotros sois dioses.» —Joseph Hall.

Versículo 3. El Dr. Hammond refiere este salmo a la muerte de Goliat, y entiende así la expresión «hijo de hombre»: «David era solo un jovencito, el menor y más insignificante de todos los hijos de Isaí, que era también él mismo un hombre ordinario.»

Versículo 3. «Piensas en él.» Es una gran palabra. ¡Ay! ¡Qué atención prestamos a los mosquitos que juegan al sol, o a las hormigas, o a los gusanos que se arrastran por nuestros terrenos! Y sin embargo la desproporción entre nosotros y ellos es solo finita; entre Dios y nosotros es infinita. Tú, el gran Dios del cielo, fijarte en una cosa como el hombre. Si un príncipe poderoso se digna divisar y escoger entre la multitud a un sencillo y humilde labriego, como hizo hace poco el Gran Sultán con un aguador, y repara especialmente en él y lo llama solo para besarle la mano y estar cerca de su persona, él lo cuenta como un gran favor; para ti, pues, oh Dios, que te abajas para contemplar las cosas del cielo mismo, para poner tus ojos en un gusano tan pobre como el hombre, ha de ser necesariamente una misericordia maravillosa. —Exigua pauperibus magna; como Nacianceno a su Anfiloquio. —Joseph Hall.

Sugerencias para el predicador

Versículo 3. Una nota de interrogación, exclamación y admiración.

Versículo 3. La pregunta:

Versículo 3.

Versículo 3. El hombre sin valor, muy considerado por el Dios poderoso. Sermón de Ebenezer Erskine. Obras 3, pp. 141-162.

Versículo 3. Es una maravilla sobre todas las maravillas que el gran Dios haya hecho tanto caso de una cosa como el hombre.

Salmos 144:4

Versículo 4. «El hombre es semejante a la vanidad.» Adán es semejante a Abel. Es semejante a lo que no es nada en absoluto. Es realmente vano, y se parece a esa cosa vacía e insustancial que no es sino una nada hinchada: un soplo, una burbuja. Sin embargo, no es la vanidad, sino solo semejante a ella. No es tan sustancial como esa cosa irreal; es solo su semejanza. Señor, ¿qué es el hombre? Es maravilloso que Dios piense en una insignificancia tan pretenciosa. «Sus días son como la sombra que pasa.» Vive tan poco que apenas alcanza años, sino que existe por días, como el efímero, cuyo nacimiento y muerte los ve el mismo sol. Su vida es solo semejante a una sombra, que es en sí misma una vaga semejanza, la ausencia de algo más que una existencia en sí misma. Obsérvese que la vida humana no es solo como una sombra, sino como una sombra a punto de irse. Es un mero espejismo, la imagen de una cosa que no es, un fantasma que se disuelve de nuevo en la nada. ¿Cómo es que el Eterno hace tanto caso del hombre mortal, que comienza a morir tan pronto como comienza a vivir? La conexión de los dos versículos que tenemos delante con el resto del salmo no es difícil de hallar: David confía en Dios y lo encuentra todo; mira al hombre y lo ve como nada; y entonces se maravilla de que el gran Señor pueda condescender a fijarse en una pieza de necedad y engaño como el hombre.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 4. «El hombre es semejante a la vanidad.» Como el que va a una feria con una bolsa llena de dinero, y va ideando y debatiendo consigo mismo cómo gastarlo, pensando posiblemente que tales y cuales mercancías serán las más provechosas y le traerán la mayor ganancia, cuando de repente llega un ladrón de bolsas y lo alivia a la vez del dinero y del cuidado de cómo disponer de él. Seguramente habrán notado cómo algunos de tus vecinos o paisanos, cuando estaban ocupados en sus tramas y preñados de muchos planes y proyectos para levantar su hacienda, sus nombres y sus familias, fueron arrestados por la muerte en un instante, devueltos a su tierra, y en ese día todos sus alegres y grandes pensamientos perecieron y quedaron en nada. El historiador pagano no pudo menos de observar cómo Alejandro Magno, cuando iba a llevar adelante sus grandes designios y convocó ante sí un parlamento del mundo entero, fue él mismo convocado por la muerte a comparecer en el otro mundo. Los holandeses, pues, muy ingeniosamente, para expresar la vanidad del mundo, pintan en Ámsterdam a un hombre con una vejiga muy hinchada a cuestas, y a otro de pie junto a él pinchando la vejiga con un alfiler, con este lema: quam subito, ¡cuán pronto se deshincha todo! —George Swinnock.

Versículo 4. «El hombre es semejante a la vanidad.» Cuando nació Caín hubo mucho alboroto por su nacimiento; «Por voluntad de Jehová he adquirido varón», dice su madre: lo miraba como una gran posesión, y por eso le puso por nombre Caín, que significa «posesión». Pero el segundo hombre que nació al mundo llevó el título del mundo, «vanidad»; su nombre fue Abel, es decir, «vanidad». En el nombre del segundo hombre se dio un aviso de cuál sería o debería ser la condición de todos los hombres. En el Sal 144:4 hay una alusión a esos dos nombres. Lo traducimos: «El hombre es semejante a la vanidad»; el hebreo dice: «Adán es como Abel»; Adán, ya saben, era el nombre del primer hombre, el nombre del padre de Abel; pero así como Adán era el nombre propio del primero, es también un apelativo, o común a todos los hombres: ahora bien, Adán, es decir, el hombre de todos los hombres, es Abel, vano, y anda en vana apariencia. —Joseph Caryl.

Versículo 4. «El hombre es semejante a la vanidad», etc. La ocasión de introducir aquí estos sentimientos no es del todo clara. Puede ser la humildad del guerrero que atribuye todo éxito a Dios en lugar de a la proeza humana, o puede ser una reflexión pronunciada sobre los cadáveres de los camaradas, o quizá una mezcla de ambas cosas. —A. S. Aglen.

Versículo 4. «El hombre es semejante a la vanidad», etc. ¡Con qué sueños vacíos, con qué planes necios, con qué vanas pretensiones están ocupados los hombres en su mayor parte! Emprenden expediciones peligrosas y empresas difíciles en países extranjeros, y adquieren fama; pero ¿qué es? ¡Vanidad! Persiguen especulaciones profundas y abstrusas, y se entregan a ese «mucho estudio que es fatiga de la carne», y alcanzan renombre literario y sobreviven en sus escritos; pero ¿qué es? ¡Vanidad! Se levantan temprano y se acuestan tarde, y comen pan de ansiedad y cuidado, y así amasan riqueza; pero ¿qué es? ¡Vanidad! Trazan y ejecutan planes y esquemas de ambición, son cargados de honores y adornados con títulos, dan empleo al heraldo y forman tema para el historiador; pero ¿qué es? ¡Vanidad! En realidad, todas las ocupaciones y pretensiones no merecen otro epíteto si no van precedidas y unidas a una profunda y suprema consideración por la salvación del alma, el honor de Dios y los intereses de la eternidad... ¡Oh, qué fantasmas, qué nadas aéreas son esas cosas que absorben por completo las facultades y ocupan los días de la gran masa de la humanidad que nos rodea! Su bien más sustancial perece en el uso, y sus realidades más duraderas no son sino «la apariencia de este mundo que pasa». —Thomas Raffles, 1788-1863.

Versículo 4. «La sombra que pasa.» Las sombras de los montes cambian constantemente de posición durante el día y finalmente desaparecen del todo con la llegada de la noche: así ocurre con el hombre, que avanza cada día hacia el momento de su partida final de este mundo. —Belarmino.

Sugerencias para el predicador

Versículo 4. No es nada, pretende ser algo, pronto se va, termina en nada en cuanto a esta vida; sin embargo hay una luz en alguna parte.

Versículo 4. El mundo de las sombras.

Versículo 4. La brevedad de nuestra vida terrenal.

Salmos 144:5

Versículo 5. «Jehová, inclina tus cielos y desciende.» Los cielos son del propio Señor, y el que los exaltó puede inclinarlos. Su siervo lucha contra amargos enemigos y no halla ayuda en los hombres; por eso ruega a Jehová que descienda a su rescate. Es en verdad un descender para Jehová intervenir en los conflictos de su pueblo probado. La tierra clama al cielo que se incline; más aún, el clamor es al Señor del cielo para que incline el cielo y aparezca entre los hijos de la tierra. El Señor lo ha hecho a menudo, y nunca más plenamente que cuando en Belén el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros: ahora conoce el camino, y nunca rehúsa descender para defender a sus amados. David querría la presencia real de Dios para contrarrestar la burlona apariencia del hombre jactancioso: solo la verdad eterna podía aliviarlo de la vanidad humana. «Toca los montes, y humearán.» Así fue cuando el Señor apareció en el Sinaí; los más fuertes pilares de la tierra no pueden soportar el peso del dedo de Dios. Él es fuego consumidor, y su toque enciende las cumbres de los Alpes y las hace humear. Si Jehová apareciera, nada podría sostenerse ante él; si los poderosos montes humean a su toque, todo poder mortal que se oponga al Señor ha de acabar en humo. ¡Qué sufrido es con sus adversarios, a quienes podría consumir tan fácilmente! Un toque bastaría; el dedo de llama de Dios incendiaría los collados y consumiría toda clase de oposición.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 5. «Inclina tus cielos.» Esta expresión se deriva del aspecto de las nubes durante una tempestad: cuelgan bajas, de modo que oscurecen los collados y los montes y parecen mezclar tierra y cielo. Tal aspecto se usa figuradamente para pintar la venida de Dios a ejecutar venganza sobre los enemigos de su pueblo. Véase Sal 18:10 y otros casos. —William Walford.

Versículo 5. «Jehová, inclina tus cielos y desciende», etc. Esto nunca se cumplió tan notablemente como en la encarnación de Jesucristo, cuando el cielo y la tierra fueron, por así decirlo, puestos juntos. El cielo mismo fue, por así decirlo, hecho inclinarse para unirse a la tierra. Dios, por así decirlo, descendió y trajo el cielo consigo. No solo descendió a la tierra, sino que trajo el cielo consigo a los hombres y para los hombres. Fue una cosa muy extraña y maravillosa. Pero esto se cumplirá aún más notablemente en la segunda venida de Cristo, cuando en verdad traerá consigo todo el cielo, a saber, a todos los habitantes del cielo. El cielo quedará vacío de sus habitantes para descender a la tierra; y entonces los montes humearán y en verdad se derretirán ante su presencia, como en Is 64:1. —Jonathan Edwards.

Versículo 5. «Toca los montes, y humearán.» El sentido es que cuando Dios solo pone su mano sobre los grandes, sobre los más poderosos del mundo, los hace humear o echar humo, lo cual algunos entienden de su ira: se enfurecen enseguida si Dios apenas los toca. O podemos entenderlo de su consumición. Un monte que humea pronto será un monte quemado. En nuestra lengua, hacer humear a un hombre es una expresión proverbial para destruirlo o someterlo. —Joseph Caryl.

Versículos 5-6.

Inclina tus cielos, Jehová,

desciende con tu poder;

que los rayos de tu gloria

iluminen las cumbres de los montes.

Con los rayos de tu trueno

desbarata a mi enemigo,

con el destello de tus saetas

derriba su fuerza. —William Digby Seymour.

Sugerencias para el predicador

Versículo 5. Condescendencia, visita, contacto e incendio.

Versículos 7-8, 11. Repeticiones, no vanas. Las repeticiones en la oración son vanas cuando resultan de la forma, la irreflexión o la superstición; pero no, por ejemplo:

Salmos 144:6

Versículo 6. «Despide relámpagos y disípalos.» El Eterno puede lanzar sus relámpagos dondequiera que quiera y lograr su propósito al instante. La artillería del cielo pone pronto en fuga al enemigo: un solo rayo hace correr a los ejércitos de aquí para allá en completa derrota. «Envía tus saetas y túrbalos.» Jehová nunca falla el blanco; sus flechas son fatales para sus enemigos cuando sale a la guerra. No fue una fe común la que llevó al rey poeta a esperar que el Señor usara sus rayos en favor de un solo miembro de esa raza que acababa de describir como «semejante a la vanidad». Un creyente en Dios puede, sin presunción, esperar que el Señor Todopoderoso use en su favor todos los tesoros de su sabiduría y poder: hasta las terribles fuerzas de la tempestad serán puestas en orden de batalla para la defensa de los escogidos del Señor. Cuando hemos dominado una vez la mayor dificultad de que el Señor se interese por nosotros, es poca cosa que esperemos que ejerza su gran poder en nuestro favor. Esta dista de ser la única vez en que este guerrero creyente había orado así: el Sal 18:1-50 es especialmente semejante al presente; el buen hombre no se avergonzó de su audacia anterior, sino que aquí se repite sin temor.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 6. «Despide relámpagos.» El hebreo dice aquí: «Relampaguea relámpagos»; es decir, envía relámpagos. La palabra no se usa como verbo en ningún otro lugar. —Albert Barnes.

Salmos 144:7

Versículo 7. «Envía tu mano desde lo alto.» Que tu largo y fuerte brazo se extienda hasta que tu mano agarre a mis enemigos y me libre de ellos. «Redímeme, y sácame de las muchas aguas.» Haz de mí un Moisés: uno sacado de las aguas. Mis enemigos se vierten sobre mí como torrentes, amenazan con anegarme; sálvame de su fuerza y su furia; quítamelos a ellos, y quítame a mí de ellos. «De la mano de los hijos de extraños.» De extranjeros de toda raza; hombres extraños para mí y para ti, que por eso han de obrar mal contra mí y rebelión contra ti. Aquellos contra quienes alegaba estaban fuera del pacto con Dios; eran filisteos y edomitas; o bien eran hombres de su propia nación, de negro corazón y espíritu traidor, que eran verdaderos extraños aunque llevaran el nombre de Israel. ¡Oh, verse libre de esos seres infieles y blasfemos que contaminan la sociedad con sus falsas enseñanzas y duros discursos! ¡Oh, ser librado de lenguas calumniadoras, labios engañosos y corazones falsos! No es de extrañar que estas palabras se repitan, pues son el clamor frecuente de muchos hijos de Dios probados: «Redímeme, y sácame.» Los hijos del diablo nos son extraños: nunca podemos estar de acuerdo con ellos, y ellos nunca nos entenderán: son extranjeros para nosotros, y somos despreciados por ellos. Oh Señor, líbranos del maligno y de todos los que son de su raza.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 7. «Envía tu mano desde lo alto.» En hebreo, manos, ambas manos, todo tu poder entero, porque lo necesito. —John Trapp.

Versículo 7. «Redímeme, y sácame.» ¡Fuera, ustedes que teorizan sobre el sufrimiento y no pueden hacer más que disertar sobre él, fuera! Porque en el tiempo del llanto no podemos soportar sus razonamientos. Si no tienen medio de librarnos, si no tienen nada sino frases sentenciosas que ofrecer, pónganse las manos en la boca; envuélvanse en silencio. Basta con sufrir; pero sufrir y escucharlos a ustedes es más de lo que podemos soportar. Si la boca de Job estuvo cerca de la blasfemia, la culpa es de ustedes, miserables consoladores, que hablaron en vez de llorar. Si he de sufrir, ¡pido entonces sufrir sin bellos discursos! —E. De Pressensé.

Versículo 7. «Redímeme, y sácame... de la mano de los hijos de extraños.» Debemos recordar que, así como los griegos (creyéndose el pueblo mejor educado del mundo) llamaban «bárbaros» a todas las demás naciones, así el pueblo de Israel, el linaje de Abraham (siendo el pueblo del pacto peculiar de Dios), llamaba «extranjeros» o «extraños» a todas las demás naciones; y como eran odiados y calumniados por todas las demás naciones, por eso llamaban enemigos a todos los extraños declarados; así se usa la palabra en Is 1:7: «Extraños devoran vuestra tierra»; es decir, enemigos invadirán y prevalecerán sobre ustedes. «Líbrame de la mano de los hijos de extraños», o de la mano de extraños; es decir, de la mano de mis enemigos. La palabra latina alienus se pone a menudo por hostis, y el orador romano (Cicerón) nos dice que «el que ahora se llama extranjero era llamado enemigo por nuestros antepasados». La razón era que los extraños resultaban desconsiderados con quienes los hospedaban, y aun se volvían enemigos contra ellos. —Joseph Caryl.

Versículo 7. Hijos de extraños. Los llama extraños, no por su origen de raza, sino por su carácter y disposición. —Juan Calvino.

Versículo 7. Los hijos de extraños, ahora enemigos de David, serán o ganados a una sujeción voluntaria, o aplastados bajo el Mesías triunfante (Sal 2:1-12). El Espíritu por David dijo cosas cuyo profundo significado alcanzaba más lejos de lo que él mismo entendía (1 P 1:11-12). —Andrew Robert Fausset.

Salmos 144:8

Versículo 8. «Cuya boca habla vanidad.» No es de extrañar que los hombres que son vanidad hablen vanidad. «Cuando habla mentira, de suyo habla.» No se puede confiar en ellos, por muy hermosamente que prometan: sus solemnes declaraciones son ligeras como la espuma del mar, de ningún modo fiables. Los hombres buenos desean verse libres de tales personajes: de todos los hombres, los engañadores y mentirosos están entre los más repugnantes para los corazones sinceros. «Y cuya diestra es diestra de mentira.» Hasta ahí sus manos y sus lenguas concuerdan, pues son vanidad y falsedad. Estos hombres actúan tan falsamente como hablan y demuestran ser de una sola pieza. Su falsedad es diestra: mienten con destreza, engañan con todas sus fuerzas. Es algo terrible cuando la pericia de un hombre está más en las mentiras que en la verdad; cuando no puede hablar ni actuar sin demostrar que es falso. Que Dios nos libre de bocas mentirosas y de manos de falsedad.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 8. «Cuya boca habla vanidad», etc. Dos cosas van naturalmente juntas en el versículo: la lengua mentirosa y la mano engañosa. El sentido es que, en el asunto de que se trata, no había que esperar nada de ninguna de sus promesas, pues solo para engañar halagaban con la boca y daban la mano. —Juan Calvino.

Versículo 8. «Cuya diestra es diestra de mentira.» La prenda de la mano derecha, que solía ser testimonio de buena fe, fue violada por la traición y la maldad. —Cicerón. Philip. xi. c. 2.

Sugerencias para el predicador

Versículo 8. ¿Qué es «una diestra de mentira»? Pregunten al hipócrita, al intrigante, al hombre de falsa doctrina, al jactancioso, al calumniador, al que olvida su promesa, al apóstata.

Salmos 144:9

Versículo 9. «Oh Dios, a ti cantaré cántico nuevo.» Cansado de lo falso, adoraré lo verdadero. Encendido de nuevo entusiasmo, mi gratitud se abrirá un nuevo cauce. Cantaré como otros lo han hecho; pero será un cántico nuevo, como ningún otro ha cantado. Ese cántico será todo y enteramente para mi Dios: no exaltaré a nadie sino al Señor, de quien me ha venido la liberación. «Con salterio, con decacordio cantaré a ti.» Su mano debía ayudar a su lengua, no como en el caso de los impíos, cooperando en el engaño, sino uniéndose a su boca en una alabanza sincera. David se proponía afinar sus mejores instrumentos además de usar su mejor música vocal: lo mejor es demasiado pobre para un Dios tan grande, y por eso no debemos quedarnos cortos de lo máximo que podamos. Quería usar muchos instrumentos musicales, para expresar por todos los medios su gran gozo en Dios. La dispensación del Antiguo Testamento abundaba en tipos, figuras y ritual externo, y por eso la música ocupaba naturalmente su lugar en el «santuario terrenal»; pero, después de todo, no puede hacer más que representar la alabanza y ayudar a nuestra expresión de ella; la verdadera alabanza está en el corazón, la verdadera música es la del alma. Cuando la música ahoga la voz y la destreza artística ocupa un lugar más alto que el canto de corazón, es tiempo de que los instrumentos sean desterrados del culto público; pero cuando están subordinados al canto, como aquí, no nos toca prohibirlos ni condenar a los que los usan, aunque nosotros mismos preferimos con mucho prescindir de ellos, pues nos parece que la máxima sencillez de la alabanza es mucho más congruente con el espíritu del evangelio que la pompa de los órganos. El adorador privado, cantando su solo al Señor, ha encontrado a menudo provechoso acompañarse con algún instrumento familiar, y de esto David en el presente salmo es un ejemplo, pues dice: «cantaré a ti», es decir, no tanto en compañía de otros como a solas. No dice «nosotros», sino «yo».

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 9. Salterio: instrumento de diez cuerdas. Nebelazor. Somos llevados a la conclusión de que el nebel era la verdadera arpa de los hebreos. No pudo ser grande, porque se menciona tan a menudo en la Biblia como llevada en procesiones... Los traductores ingleses vierten nebel (al parecer sin ninguna razón especial) con no menos de cuatro palabras: (1) salterio, (2) salmo, (3) laúd, (4) viola. La primera de ellas es con mucho la más común en la Versión Autorizada, y es sin duda la traducción más correcta si la palabra se entiende en su verdadero sentido de arpa portátil. Los nebel se hacían de madera de abeto, y después de almug, o algum, que era quizá el sándalo rojo de la India... Con nebel se asocia a menudo la palabra azor, que se remonta a una raíz que significa diez, y que por eso ha sido traducida en la Septuaginta por en dekacordw o as qalthrion dekacordon (psalterium decem chordarum) o in dechachordo psalterio en la Vulgata. En las versiones caldea, siria y árabe se hallan también palabras que implican la existencia de diez cuerdas en el nebelazor. La palabra azor puede, pues, considerarse como calificativo o descripción del tipo especial de nebel que se ha de usar, de modo muy parecido a como hoy hablamos de un piano de tres cuerdas. En nuestra versión inglesa se traduce siempre con las palabras «de diez cuerdas». —John Stainer, en "The Music of the Bible," 1882.

Sugerencias para el predicador

Versículo 9. Para el oído de Dios.

Salmos 144:10

Versículo 10. «Tú, el que da victoria a los reyes.» A los que el Señor levanta, los sostendrá. Los reyes, por su posición conspicua, están expuestos a un peligro especial, y cuando se les conservan la vida y el trono deben dar al Señor la gloria de ello. En sus muchas batallas David habría perecido si el cuidado todopoderoso no lo hubiera preservado. Había obrado salvación para Israel con su valor, pero deposita sus laureles a los pies de su Señor y Protector. Si algunos hombres necesitan salvación, los reyes la necesitan, y si la obtienen el hecho es tan asombroso que merece un versículo para sí en el salmo de alabanza. «El que rescata de maligna espada a David su siervo.» Atribuye su escape de la muerte a la mano libertadora de Dios. Nótese que habla en tiempo presente: rescata, pues este fue un acto que abarcó toda su vida. Pone su nombre a la confesión de su deuda: es David quien reconoce sin reparo la misericordia concedida a él mismo. Se llama a sí mismo siervo del Señor, aceptando esto como el título más alto que había alcanzado o deseado.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 10. «Tú, el que da victoria a los reyes.» Fernando, rey de Aragón, enviando a su hijo contra los florentinos, le habló así: Créeme, hijo, las victorias no se consiguen con arte o sutileza, sino que las da Dios. —John Trapp.

Versículo 10. «Tú, el que da victoria a los reyes.» ¡Qué doctrina para que la recuerden los reyes y los grandes de la tierra! Si pudieran llegar a sentirla y reconocerla, no confiarían en la sagacidad de sus propios consejos ni en la fuerza de su propio brazo; sino que recordarían siempre que el Altísimo es el que gobierna entre las naciones, y que derriba a uno y levanta a otro conforme a los dictados de su propia voluntad perfectísima. Recuerdos como este empañarían el orgullo de toda gloria humana y llevarían a los hombres a sentir que solo el Señor ha de ser exaltado. —John Morison.

Versículo 11. Este salmo es el lenguaje de un príncipe que deseaba la prosperidad de su pueblo: que sus «graneros estén llenos, provistos de toda suerte de víveres»; que sus «ovejas se multipliquen a millares y decenas de millares en sus campos»; que sus «bueyes» estén gordos para la matanza, o «fuertes para el trabajo»; que no haya en sus calles ni robo ni mendicidad: ni magistrados opresores, ni pueblo quejoso: y como si todas estas bendiciones hubieran de derivarse del carácter del pueblo, y el carácter del pueblo de la educación que hubiera recibido, nuestro texto es una oración por la juventud de Judea. —Robert Robinson (1735-1790), en "The Nature and Necessity of Early Piety."

Salmos 144:11

Versículo 11. Por lo que el Señor había hecho, David vuelve a su súplica. Ruega liberación a aquel que siempre lo está librando. «Redímeme y líbrame de la mano de los hijos de extraños.» Este es en cierta medida el estribillo del cántico y la carga de la oración. Deseaba ser librado de sus adversarios abiertos y extranjeros, que habían roto pactos y tratado los acuerdos como cosas vanas. «Cuya boca habla vanidad, y cuya diestra es diestra de mentira.» No quería darse la mano con quienes llevaban una mentira en su diestra: quería verse libre de ellos de inmediato, si era posible. Los que están rodeados de tales serpientes no saben cómo tratarlas, y el único método disponible parece ser la oración a Dios para verse libres y librados. David, en Sal 144:7, según el original, había buscado la ayuda de ambas manos del Señor, y bien podía, pues sus enemigos engañosos, con notable unanimidad, buscaban su destrucción con una sola boca y una sola mano. La liberación de los impíos y la presencia bondadosa del Señor se buscan con la mirada puesta especialmente en la paz y la prosperidad que seguirán. Perdonar la vida de David significaría la paz y la felicidad de toda una nación. Apenas podemos juzgar cuánta felicidad puede depender del favor del Señor a un solo hombre.

Sugerencias para el predicador

Versículo 11. Personas de quienes es una misericordia escapar: los ajenos a Dios, vanos en su conversación, falsos en sus obras.

Versículos 11-12. La naturaleza y la necesidad de la piedad temprana. Sermón predicado a una Sociedad de Jóvenes, en Willingham, Cambridgeshire, el primer día del año 1772. —Robert Robinson.

Salmos 144:12

Versículo 12. ¡La bendición de Dios obra maravillas en un pueblo! «Sean nuestros hijos como plantas crecidas en su juventud.» Nuestros hijos son de primera importancia para el Estado, pues los varones toman parte principal en sus asuntos; y lo que sean los jóvenes lo serán después los hombres maduros. Él desea que sean como árboles jóvenes, fuertes y bien enraizados, que prometen grandes cosas. Si no crecen en su juventud, ¿cuándo crecerán? Si en los comienzos de su virilidad quedan enanos, nunca se repondrán de ello. ¡Oh, las alegrías que podemos recibir por medio de nuestros hijos! Y, por otra parte, ¡cuánta desdicha pueden causarnos! Las plantas pueden crecer torcidas, o defraudar de otro modo al que las plantó, y también pueden hacerlo nuestros hijos. Pero cuando los vemos desarrollados en santidad, ¡cuánto gozo nos dan! «Nuestras hijas como esquinas labradas como las de un palacio.» Deseamos una bendición para toda nuestra familia, tanto para las hijas como para los hijos. Que las muchachas quedaran fuera del círculo de la bendición sería ciertamente muy triste. Las hijas unen a las familias como las piedras angulares unen los muros, y al mismo tiempo las adornan, como las piedras pulidas embellecen el edificio en el que están colocadas. El hogar se convierte en un palacio cuando las hijas son damas de honor y los hijos son nobles de espíritu; entonces el padre es un rey, y la madre una reina, y las residencias reales quedan más que superadas. Una ciudad levantada con tales moradas es una ciudad de palacios, y un Estado compuesto de tales ciudades es una república de príncipes.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 12. Las reminiscencias o imitaciones del Salmo 18:1-50 cesan aquí de repente, y las sigue una serie de expresiones originales, peculiares y, en su mayor parte o sin duda, antiguas. Si se supone que el título está en lo cierto al hacer a David el autor, esto es bastante natural. Con cualquier otra suposición es inexplicable, a no ser por la suposición gratuita de que este salmo es un fragmento de una composición más antigua, un modo de razonar con el cual se puede probar o refutar cualquier cosa. —Joseph Addison Alexander.

Versículo 12. «Sean nuestros hijos como plantas», etc. Quienes alguna vez se han ocupado en el cultivo de plantas de cualquier clase se sienten continuamente tentados a desear que los objetos humanos de su cuidado y cultivo crecieran tan rápidamente, tan rectos, tan lozanos, cumplieran tan uniformemente su idea y propósito específicos, y recompensaran con tanta abundancia el trabajo invertido en ellos… Si nuestros hijos han de crecer verdaderamente como plantas jóvenes, como nuestros robles ingleses, que según las analogías de la naturaleza no son un símbolo inapropiado de nuestro carácter nacional, no deben ser raquíticos, ni enanos, ni desmochados para mantenerlos a la sombra de un extraño. Deben crecer rectos hacia el cielo, como Dios ordenó que crecieran… Hay algo tan palpable y llamativo en este símbolo que, hace veinticinco años, al hablar del carácter del caballero, me vi llevado a decir: «Si un caballero ha de crecer, debe crecer como un árbol: no ha de haber nada entre él y el cielo». —Julius Charles Hare, en un sermón titulado "Education the Necessity of Mankind," 1851.

Versículo 12. «Sean nuestros hijos como plantas crecidas en su juventud», etc. Así ora David por la generación que se levanta. Las metáforas parecen en general poco apropiadas para la oración, pero no tienen ese aspecto en las oraciones registradas en las Escrituras. El lenguaje del texto es figurado, pero las metáforas son apropiadas y oportunas. Las raíces de los vegetales son necesariamente invisibles. Las plantas tiernas son insignificantes. Una planta crecida, que tiene altura en su tallo, anchura en sus ramas, abundancia en su follaje y plenitud en su flor, resulta conspicua. David ora para que los hijos de aquella generación sean en su juventud «como plantas crecidas», es decir, para que su piedad no solo viva, sino que su piedad sea plenamente expresada. Las piedras de un cimiento están ocultas. Las piedras del medio del muro de un edificio también están necesariamente escondidas. Las piedras de la superficie de un muro son visibles, pero no se distinguen. La piedra angular de los edificios de aquel tiempo era prominente y eminente. Colocada en el ángulo de la estructura, donde se encontraban dos muros, en lo alto de los muros, y ricamente ornamentada y pulida, atraía la atención. David ora para que las hijas de aquel día hagan una profesión de religión abierta y hermosa; para que tanto los hijos como las hijas no solo tengan piedad, sino que la muestren. —Samuel Martin, en "Cares of Youth."

Versículo 12. «Plantas crecidas», «esquinas labradas». Estos procesos de crecimiento y pulimento solo pueden llevarse a cabo en un lugar: la iglesia de Cristo. —Neale y Littledale.

Versículo 12. «Nuestras hijas como esquinas labradas», etc. «Los ángulos pulidos del templo», o más bien «los ángulos esculpidos, el adorno, de un palacio». Los antiguos ponían gran cuidado y mucho adorno en los ángulos de sus suntuosos palacios. Es notable que los griegos usaran pilastras, llamadas cariátides (talladas con la figura de una mujer vestida con túnicas largas), para sostener los entablamentos de sus edificios. —Daniel Cresswell.

Versículo 12. «Nuestras hijas como esquinas labradas como las de un palacio o templo.» Por medio de las hijas las familias se unen y se vinculan para su mutua fortaleza, como las partes de un edificio lo están por las piedras angulares; y cuando son elegantes y hermosas tanto de cuerpo como de espíritu, entonces están pulidas a semejanza de una estructura fina y delicada. Cuando vemos a nuestras hijas bien establecidas y sostenidas con sabiduría y discreción, como las piedras angulares están aseguradas en el edificio; cuando las vemos unidas por la fe a Cristo, la principal piedra del ángulo, adornadas con las gracias del Espíritu de Dios, que son el pulimento de lo que por naturaleza es áspero, y que «profesan piedad»; cuando las vemos purificadas y consagradas a Dios como templos vivos, nos consideramos felices en ellas. —Matthew Henry.

Versículo 12. «Nuestras hijas como esquinas labradas», etc. Quizá se habría esperado a primera vista que las hijas de una casa fueran como el gracioso adorno del follaje frondoso o del árbol fructífero, y los hijos como las piedras angulares que sostienen el peso y la carga del edificio; y sin embargo aquí es al revés. Y pienso que se puede leer en esta expresión, en apariencia casual pero intencionada, el amor y la ternura del Señor, y que él quiso que las naciones de la tierra supieran y comprendieran cuánto de su felicidad, de su fuerza y de su seguridad dependía de los hijos de sexo femenino de una familia. No se ha considerado así en muchas naciones que no conocían a Dios: en la pulida Grecia de la antigüedad, y todavía hoy en algunas naciones paganas, las niñas de una familia han sido destruidas con crueldad, por añadir cargas y disminuir los recursos de un hogar; ¡y ay!, también en países cristianos, si no son destruidas, se las separa con igual crueldad despiadada e implacable de todo el consuelo, los lazos y los afectos de la vida, y se las emparedan en esa burla viviente de una tumba, el claustro, ¡para que no resulten estorbo ni impedimento para otros! ¡Cuán contrario es todo esto al propósito amoroso de nuestro amante Dios, cuyo Espíritu Santo ha escrito para nuestra enseñanza que los hijos y las hijas están destinados por igual a ser el adorno y la gracia, la felicidad y la bendición de todo hogar! —Barton Bouchier.

Versículo 12. «Como las de un palacio». La mayoría de los intérpretes dan a la última palabra el sentido vago de «un palacio». Sin embargo, hay algo mucho más llamativo en la traducción templo, que se encuentra en el Libro de Oración y en las versiones antiguas. La omisión del artículo es una licencia poética de aparición constante. El templo era el gran modelo arquitectónico y el patrón de comparación, y era particularmente notable por el gran tamaño y la hábil elaboración de sus piedras de cimiento, algunas de las cuales, hay razón para creerlo, han permanecido sin ser removidas desde el tiempo de Salomón. —Joseph Addison Alexander.

Vv. 12-15. En la primera parte del salmo habla de cosas que conciernen a su propia felicidad: «Bendito sea Jehová, mi roca» (Sal 144:1); «Extiende tu mano desde lo alto; redímeme, y sácame de las muchas aguas» (Sal 144:7); «Rescátame y líbrame de la mano de los hijos de extraños» (Sal 144:11). Y con la misma facilidad podría haber continuado en el mismo tono en las cláusulas siguientes: «Que mis hijos crezcan como plantas, mis hijas sean como las esquinas labradas del templo, mis ovejas fecundas, mis bueyes fuertes, mis graneros llenos y abundantes»; y en consecuencia podría haber concluido también: «Feliz seré yo, si yo estoy en tal caso». Esto, digo, podría haberlo hecho; es más, lo habría hecho si sus deseos se hubieran referido solo a sí mismo. Pero siendo de corazón difusivo, y sabiendo lo que pertenece a la vecindad de la piedad, reacio a disfrutar solo de esta felicidad, cambia su estilo y (hallándose en la cumbre de los buenos deseos para sí mismo) convierte el singular en plural: nuestras ovejas, nuestros bueyes, nuestros graneros, nuestros hijos e hijas, para compendiarlo todo en esto: Bienaventurado el pueblo. He aquí un verdadero testimonio de una mente religiosa y generosa, que supo, en sus pensamientos más recónditos, mirar fuera de sí misma y tener presente el bien público en sus meditaciones más privadas. San Ambrosio observa que es un claro rasgo de un espíritu noble hacer lo que tiende al bien público, aun en detrimento propio. —Richard Holdsworth (1590-1649), en "The Valley of Vision."

Vv. 12-15. Estas palabras contienen un cuadro notable de una nación próspera y feliz. Se nos presenta una vista de la juventud masculina de la nación mediante los robles del bosque, hechos grandes en el período temprano del vigor y la excelencia del suelo. Están representados en el carácter distintivo de su sexo, de pie, en el exterior, como la fuerza de la nación, de donde han de derivarse sus recursos para la acción. Por otra parte, las jóvenes de una nación se muestran bajo una representación igualmente justa y adecuada de su posición y carácter distintivo. No se las muestra mediante una metáfora tomada de los moradores más recios del bosque, sino mediante una representación tomada de los acompañamientos perpetuos de la vivienda: son los soportes y los adornos de la vida doméstica. La abundancia de toda clase se nos presenta en posesión y en expectativa razonable. Ningún asalto, ninguna invasión de un enemigo furioso oprime de terror a los habitantes de este feliz país; tampoco hay salida. La práctica bárbara empleada por Senaquerib y otros conquistadores antiguos, de trasladar a los habitantes de un país vencido a alguna tierra lejana, hostil y aborrecida, práctica que en este momento se emplea, para escándalo del nombre y dolor de Europa, no la temen: no temen ninguna «salida». En circunstancias de tal naturaleza no existen causas de angustia o queja; o, si existen, pueden modificarse, aliviarse y remediarse de tal modo que no hay gritería en las plazas. «Bienaventurado el pueblo que tiene esto». —John Pye Smith, 1775-1851.

Sugerencias para el predicador

Versículo 12. Juventud acompañada de desarrollo, estabilidad, utilidad y salud espiritual.

Versículo 12. (primera parte). A los jóvenes. Consideren:

(a) Que sean respetados y estimados.

(b) Que tengan principios y virtudes firmes. Las plantas no son sacudidas de aquí para allá.

(c) Que sean vigorosos y fuertes en poder moral.

(a) Un buen arraigo en Cristo.

(b) Alimento constante de la palabra de Dios.

(c) El rocío de la gracia divina obtenido por la oración.

(d) Una tendencia resuelta en su interior a responder al propósito que Dios ha dado a su existencia. —J.F.

Versículo 12. (segunda parte). A las jóvenes. Consideren:

(a) El tono moral y religioso de la sociedad está determinado más por el carácter y la influencia de ustedes que por los de los hombres.

(b) El aspecto de la vida del hogar será un reflejo de su conducta y carácter, ya como hijas, hermanas o esposas.

(c) El moldeado del carácter de la generación siguiente, recuerden, comienza con la influencia de la madre.

(d) Que estos hechos pesen en ustedes como motivo para buscar la gracia de Dios, sin la cual nunca podrán cumplir dignamente su misión.

(a) La pureza del corazón: «Toda gloriosa es la hija del rey en su morada».

(b) Una conducta noble y modesta: «brocado de oro», no imitación; oro verdadero.

(c) Un porte amable y gentil.

(a) Entregándose a Dios.

(b) Por Cristo morando en su corazón.

(c) Llegando a ser piedras vivas y piedras pulidas bajo la obra del Espíritu Santo. —J.F.

Salmos 144:13

Versículo 13. «Nuestros graneros llenos, provistos de toda suerte de grano.» Un hogar debe ejercer la economía y la previsión: debe tener su granero además de su cuarto de los niños. Los maridos deben administrar bien sus recursos, y no solo surtir sus mesas sino llenar sus graneros. Donde hay hogares felices, tiene que haber abundante provisión para ellos, pues el hambre trae miseria aun donde abunda el amor. Es bueno cuando hay abundancia, y esa abundancia consiste en «toda suerte de provisión». De vez en cuando hemos oído murmuraciones sobre la abundancia de grano y lo barato del pan del pobre. ¡Una calamidad novedosa! No nos atrevemos a orar contra ella. David habría orado por ella, y habría bendecido al Señor al ver cumplido el deseo de su corazón. Cuando todos los frutos de la tierra abundan, los frutos de nuestros labios deben ser adoración gozosa y acción de gracias. Que nuestros productos sean abundantes y variados, para que toda forma de necesidad pueda ser fácilmente atendida. «Nuestros ganados, que se multipliquen a millares y decenas de millares en nuestras plazas», o más bien en los lugares abiertos, los campos y los pastizales donde deben nacer los corderos. Aquí se describe un aumento copioso. Adán labró la tierra para llenar el granero, pero Abel guardaba ovejas y velaba por los corderos. Cada ocupación necesita la bendición divina. El segundo hombre que nació en este mundo fue pastor, y ese oficio siempre ha tenido una parte importante en la economía de las naciones. Del rebaño vienen el alimento y el vestido, y ambos son de primera consideración.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 13. «Nuestros ganados, que se multipliquen a millares», etc. La sorprendente fecundidad de las ovejas ha sido celebrada por escritores de todas las clases. No ha escapado a la atención del real salmista, que, en una hermoso tributo de alabanza al Dios vivo y verdadero, ruega que las ovejas de su pueblo escogido «se multipliquen a millares y decenas de millares en nuestras plazas». En otro cántico de Sion representa, con una metáfora muy elegante, a los numerosos rebaños cubriendo como un vestido la faz del campo: «Se visten de rebaños los prados, y los valles se cubren de grano; dan voces de júbilo, y aun cantan» (Sal 65:13). La osada figura está plenamente justificada por el prodigioso número de ovejas que blanqueaban los extensos pastos de Siria y Canaán. En esa parte de Arabia que limita con Judea, el patriarca Job poseyó al principio siete mil ovejas, y catorce mil después de que volvió su prosperidad; y Mesa, rey de Moab, pagaba al rey de Israel «cien mil corderos y cien mil carneros con su lana» (2 R 3:4). En la guerra que la tribu de Rubén sostuvo con los agarenos, aquellos se llevaron «doscientas cincuenta mil ovejas» (1 Cr 5:21). En la dedicación del templo, Salomón ofreció en sacrificio «ciento veinte mil ovejas». En la fiesta de la pascua, Josías, rey de Judá, «dio a los del pueblo, de los rebaños, corderos y cabritos, todo para los sacrificios de la pascua, para todos los que se hallaron presentes, en número de treinta mil, y tres mil bueyes; esto de la hacienda del rey» (2 Cr 35:7). La oveja pare sus crías comúnmente una vez al año, y en climas más ingratos rara vez más de un cordero a la vez. Pero los corderos mellizos son tan frecuentes en las regiones orientales como raros en otras partes; lo cual explica de manera satisfactoria los prodigiosos números que el pastor sirio llevaba a los montes. Esta fecundidad poco común parece insinuada por Salomón en su discurso a la esposa: «Tus dientes como manadas de ovejas que suben del lavadero, todas con crías gemelas, y ninguna entre ellas estéril» (Cnt 4:2). —George Paxton (1762-1837), en "Illustrations of Scripture."

Vv. 13-14. Calles, aunque no es incorrecto, es una traducción inadecuada de la palabra hebrea, que significa espacios exteriores: calles, en oposición al interior de las casas; campos o campiña, en oposición a una ciudad entera. Aquí incluye no solo caminos sino campos. —Joseph Addison Alexander.

Salmos 144:14

Versículo 14. «Nuestros bueyes estén fuertes para el trabajo»; de modo que el arado y el acarreo de la granja se cumplan debidamente, y la labor del labrador se realice sin sobrecargar indebidamente al ganado ni trabajarlo con crueldad. «Que no haya brecha, ni salida»; ninguna irrupción de merodeadores y ninguna emigración forzada; ni robos con allanamiento ni desalojos. «Ni grito de alarma en nuestras plazas»; ni descontento secreto, ni motín público; ni desfallecimiento de la pobreza, ni clamor por derechos negados o por agravios no reparados. El estado de cosas que aquí se pinta es muy delicioso: todo es paz y prosperidad; el trono está ocupado con eficacia, y hasta las bestias en sus establos salen ganando. Esta ha sido la condición de nuestro propio país, y si ahora cambiara, ¿quién podría extrañarse? Pues nuestra ingratitud merece bien ser privada de las bendiciones que ha despreciado. Estos versículos pueden aplicarse, con alguna acomodación, a una iglesia próspera, donde los convertidos crecen y son hermosos, las provisiones del evangelio son abundantes y el aumento espiritual es sumamente alentador. Allí los ministros y los obreros están en pleno vigor, y el pueblo es feliz y unido. Que el Señor lo haga así en todas nuestras iglesias para siempre.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 14. «Nuestros bueyes estén fuertes para el trabajo.» (Margen: «capaces de llevar cargas», o cargados de carne.) Así como en el versículo anterior había atribuido la fecundidad de los rebaños y manadas a la bondad de Dios, así ahora atribuye a ella el engorde de los bueyes, para mostrar que no hay nada que nos concierna aquí que él pase por alto. —Juan Calvino.

Versículo 14. «Nuestros bueyes estén fuertes para el trabajo.» Los bueyes no se usaban solo para arar, trillar y tirar, sino también para llevar cargas; compárese 1 Cr 12:40, pasaje que es particularmente apto para arrojar luz sobre el versículo que tenemos delante. Los bueyes cargados presuponen una rica abundancia de productos. —E. W. Hengstenberg.

Versículo 14. «Ni grito de alarma en nuestras plazas», etc. Más bien: «y ningún grito de dolor» (compárese Is 24:11; Jer 14:2; 46:12) «en nuestros lugares abiertos», es decir, los lugares donde el pueblo se reunía comúnmente cerca de la puerta de la ciudad (compárese 2 Cr 32:6; Neh 8:1). La palabra traducida «queja» no aparece en ningún otro lugar del salterio. —Speaker's Commentary.

Versículo 14. Ninguna queja. Ningún grito sino el de «¡A casa con la cosecha!». —John Trapp.

Sugerencias para el predicador

Versículo 14. Una oración por nuestros ministros, y por la seguridad, la unidad y la felicidad de la iglesia.

Versículo 14. La iglesia próspera. En ella:

Salmos 144:15

Versículo 15. «Bienaventurado el pueblo que tiene esto.» Tales cosas no han de pasarse por alto. Las bendiciones temporales no son bagatelas, pues su falta sería una calamidad terrible. Es una gran felicidad pertenecer a un pueblo tan favorecido. «Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehová.» Esto viene como una explicación de su prosperidad. Bajo el Antiguo Testamento, Israel tenía recompensas terrenales presentes por su obediencia: cuando Jehová era su Dios, eran una nación enriquecida y floreciente. Esta frase es también una especie de corrección de todo lo anterior; como si el poeta dijera: todos estos dones temporales son parte de la felicidad, pero el corazón y el alma de la felicidad radica en que el pueblo esté en paz con Dios y lo posea plenamente. Quienes adoran al Dios feliz llegan a ser un pueblo feliz. Entonces, si no tenemos literalmente las misericordias temporales, tenemos algo mejor: si no tenemos la plata de la tierra, tenemos el oro del cielo, que es todavía mejor. En este salmo David atribuye al mismo Señor su propio poder sobre el pueblo y la prosperidad que acompañó a su reinado. Feliz era la nación que él gobernaba; feliz en su rey, en sus familias, en su prosperidad y en la posesión de la paz; pero más aún en gozar de la verdadera religión y adorar a Jehová, el único Dios vivo y verdadero.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 15. «Bienaventurado el pueblo», etc. Tenemos en el texto la felicidad con un eco, o duplicación: «bienaventurado» y «bienaventurado». De esta duplicación surgen las partes del texto, las mismas que son las partes tanto del mundo mayor como del menor. Como el cielo y la tierra en el uno, y el cuerpo y el alma en el otro, así son los pasajes de esta Escritura en las dos vetas de la felicidad. Podemos ordenarlas como Isaac ordena las dos partes de su bendición (Gn 27:28): la veta de la felicidad civil, en «grosura de la tierra»; y la veta de la felicidad divina, en «el rocío del cielo». O (si se la quiere sacar del evangelio), aquí está la porción de Marta en las «muchas cosas» del cuerpo, y la mejor parte de María en el unum necessarium del alma. Para decirlo aún más brevemente, aquí está el camino de la prosperidad en los consuelos exteriores: «Bienaventurado el pueblo que tiene esto»; y el camino de la piedad en los consuelos espirituales: «Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehová.» Al tratar el primero, sin más subdivisión, solo mostraré de qué trata el salmista; y lo haré por vía de gradación, en estos tres puntos. Trata De Felicitate; De Felicitate Populi; De Hac Felicitate Populi: de la felicidad; de la felicidad del pueblo; de la felicidad del pueblo en tal caso. La felicidad es lo general, y lo primero: un argumento noble, digno de una pluma inspirada, en especial la del salmista. De todos los demás, ninguno mejor que un rey así para hablar de la felicidad popular, ni que un profeta así para hablar de la celestial. Sin embargo, no pretendo discurrir sobre ella en toda su amplitud, sino solo en cuanto tiene una posición peculiar en este salmo, muy variada y diferente del orden de otros salmos. En este salmo está reservada para el final, como cierre de las meditaciones anteriores. En otros salmos está puesta al frente, en el primer lugar de todos; como en el Sal 32:1-11, en el Sal 112:1-10, en el Sal 119:1-176 y en el Sal 128:1-6. Además, en este el salmista termina con la felicidad nuestra y comienza con la de Dios: «Bendito sea Jehová, mi roca». En el Sal 41:1-13, al contrario, hace su exordio con la del hombre: «Bienaventurado el que piensa en el pobre»; y su conclusión con la de Dios: «Bendito sea Jehová, Dios de Israel». Observo, pues, estas variaciones porque ayudan a entender tanto la esencia como el esplendor de la verdadera felicidad. Ayudan al conocimiento de la esencia porque demuestran cómo nuestra propia felicidad está envuelta en la gloria de Dios y subordinada a ella. Así como no podemos comenzar con beatus si no terminamos con benedictus, así debemos comenzar con benedictus para poder terminar con beatus. La razón es esta: la gloria de Dios es tanto la consumación como la introducción de la felicidad del cristiano. Por tanto, así como en el otro salmo comienza abajo y termina arriba, en este, habiendo comenzado desde arriba con lo que es principal, «Bendito sea Jehová», fija sus segundos pensamientos en lo subordinado: «Bienaventurado», o feliz, «el pueblo». No podía proceder en mejor orden: primero mira hacia el reino de Dios, luego reflexiona sobre el suyo, como quien no pretende tomar la bienaventuranza antes de haberla dado. —Richard Holdsworth.

Versículo 15. «Bienaventurado el pueblo que tiene esto», etc. La primera parte de este texto se refiere a las bendiciones temporales: «Bienaventurado el pueblo que así es»; la segunda a las espirituales: «Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehová.» «Su izquierda esté debajo de mi cabeza», dice la esposa (Cnt 2:6); eso me sostiene para que no caiga en la murmuración o en la desconfianza de su providencia, porque con su izquierda me ha dado una suficiencia de sus bendiciones temporales; «y su derecha me abrace», dice allí la esposa; sus bendiciones espirituales me llenan, me poseen, de modo que ningún fuego rebelde estalla dentro de mí ni ninguna tentación exterior irrumpe sobre mí. Así también dice Salomón: «Largura de días está en su mano derecha; en su izquierda, riquezas y honra» (Pr 3:16): las riquezas y la honra (bendiciones temporales) en la izquierda, y en la derecha la largura de días, todo lo que cumple y consuma los gozos eternos de los santos del cielo. La persona a quien Salomón atribuye esta derecha y esta izquierda es la Sabiduría; y un hombre sabio puede extender su derecha y su izquierda para recibir las bendiciones de ambas clases. Y la persona a quien Salomón representa allí por la Sabiduría es Cristo mismo. De modo que no solo un sabio mundano, sino un cristiano sabio puede extender ambas manos hacia ambas clases de bendiciones, derecha e izquierda, espirituales y temporales.

Ahora bien, en cuanto a esta primera bienaventuranza, así como ningún filósofo entre los gentiles pudo jamás decirnos qué era la verdadera bienaventuranza, así ningún gramático entre los judíos, entre los hebreos, pudo jamás decirnos cuál es el significado correcto de esta palabra con la que David expresa aquí la bienaventuranza; si asherei, que es la palabra, es un sustantivo plural y significa beatitudines, bienaventuranzas en plural, e insinúa así que la bienaventuranza no consiste en una sola cosa, sino en una armonía y concierto de muchas; o si este asherei es un adverbio y significa beate, y es así una aclamación: ¡oh, cuán felizmente, cuán bienaventuradamente están provistos los hombres que son así!; no lo saben decir. Sea lo que fuere, es la primera palabra misma con la que David comienza su Libro de los Salmos: beatus vir; como la última palabra de ese libro es laudate Dominum; para mostrar que todo lo que pasa entre Dios y el hombre, de principio a fin, son bendiciones de Dios al hombre y alabanzas del hombre a Dios; y que el primer grado de la bienaventuranza es hallar la huella de la mano de Dios aun en sus bienaventuranzas temporales, y alabarlo y glorificarlo por ellas en el recto uso de ellas. Un hombre que no tiene tierra que poseer por medio de ella, ni título que recobrar por medio de ella, no sale ganando con hallar, comprar o tener un buen documento, un buen instrumento, bien escrito, debidamente sellado, auténticamente atestiguado; un hombre que no tiene la gracia de Dios, y también las bendiciones espirituales, no está más cerca de la felicidad por toda la abundancia de sus bienaventuranzas temporales. Los documentos son documentos para quienes tienen el título. Las bendiciones temporales son documentos para quienes tienen un testimonio de las bendiciones espirituales de Dios en lo temporal. De otro modo, así como en manos de quien no tiene título resulta cosa sospechosa hallar documentos, y se pensará que los ha malversado y sustraído, se pensará que los ha falsificado y contrahecho, y se le pedirán cuentas de ellos, de cómo los obtuvo y qué se proponía hacer con ellos, así para quienes tienen bendiciones temporales sin las espirituales, son bendiciones inútiles, son bendiciones falsificadas, no les comprarán un minuto de paz aquí ni un minuto de refrigerio para el alma en el más allá; y habrá que rendir una cuenta pesada por ellas, tanto de cómo fueron obtenidas como de cómo fueron empleadas. —John Donne.

Versículo 15. «Bienaventurado el pueblo», etc. Solo una religión estrecha y unilateral puede ver algo fuera de lugar en esta bienaventuranza de abundancia y paz. Si pudiéramos regocijarnos con los salmos plenamente y sin recelo en las bendiciones temporales concedidas por el cielo, entraríamos más fácil y sinceramente en las profundidades de su experiencia espiritual. Y el secreto de esto está en la plena comprensión y contemplación de lo bello y agradable como don de Dios. —A. S. Aglen.

Versículo 15. «Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehová.» «Bienaventurado.» Este es el mejor vino, guardado para el final, aunque no todos los hombres sean de esta opinión. Difícilmente se logrará que un hombre mundano lo piense. El mundo está bastante dispuesto a interpretar mal el orden de las palabras y a dar prioridad a la felicidad civil, como si fuera la primera en dignidad por ser la primera nombrada: les gusta más oír del cui sic que del cui Dominus. Para prevenir esta necedad, el salmista interpone una cautela en esta partícula correctiva, «bienaventurado». Tiene la fuerza de una revocación, por la cual parece retractar lo anterior, no de manera simple y absoluta, sino en cierto grado, para que los hombres mundanos no lo tuerzan hacia una mala interpretación. No es una revocación absoluta, sino comparativa; no niega simplemente que haya alguna parte de la felicidad popular en estas cosas exteriores, sino que prefiere las espirituales a ellas: «Antes bien», es decir, aún más, o más bien; como lo de Cristo en el Evangelio, cuando uno de los presentes bendijo el vientre que lo llevó, él responde enseguida: «Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan» (Lc 11:28). De igual modo, el profeta David, habiendo planteado primero la parte inferior y la apariencia exterior de una condición feliz; temiendo que alguien errara a propósito en su sentido y, al oír la primera proposición, o bien se detuviera allí y no tomara en absoluto la segunda, o bien, si la tomaba, lo hiciera de manera invertida y le diera precedencia sobre la segunda, según el orden del mundo, Virtus post nummos, por esta razón pone la cláusula de revocación, con la cual muestra que estas cosas exteriores, aunque nombradas primero, no han de ser reputadas primeras. La partícula «antes bien» las remite al segundo lugar; tácitamente trastoca el orden; y el camino de la piedad, que estaba localmente después, lo coloca virtualmente antes. Es como si hubiera dicho: ¿Llamé felices a los que están en tal caso? No, desdichados son si solo están en tal caso: la parte temporal no puede hacerlos felices sin la espiritual. Admitamos que las ventanas del cielo visible se abrieran y todas las bendiciones exteriores se derramaran sobre nosotros; admitamos que gozáramos perfectamente de cuanto contiene la inmensidad de la tierra; dime: ¿de qué aprovecha ganarlo todo y perder a Dios? Si se nos da la tierra y no el cielo; o se abre el cielo material y no el beatífico; o el mundo entero se hace nuestro, y Dios no es nuestro, no llegamos a la felicidad. Todo lo que hay en la primera proposición no es nada a menos que se añada esto: «Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehová.» —Richard Holdsworth.

Versículo 15.

¡Tres veces felices las naciones donde con rostro benigno

inclinas tu mirada! Bajo tu sonrisa divina

los campos se coronan de cosechas crecientes,

los rebaños se multiplican de prisa y reina la abundancia en derredor;

ni al padre ni al hijo pequeño reclamará la negra muerte

hasta que, maduros de años, caigan en la tumba;

ni la cruel sospecha, ni el cuidado implacable,

ni la discordia que destruye la paz entrarán allí,

sino que amigos y hermanos, esposas y hermanas se unen

al banquete en concordia y amor divino. —Calímaco.

Versículo 15. David, habiendo orado por muchas bendiciones temporales en favor del pueblo desde el Sal 144:12-15, concluye al fin: «Bienaventurado el pueblo que tiene esto»; pero enseguida se detiene y se corrige, y se come, por así decir, sus propias palabras, sino más bien: bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehová. El siríaco lo traduce en forma de pregunta: «¿No es feliz el pueblo que está en tal caso?». La respuesta es «No», a menos que además tengan a Dios: Sal 146:5. Nada puede hacer verdaderamente desdichado al hombre que tiene a Dios por su porción, y nada puede hacer verdaderamente feliz al hombre que carece de Dios como porción. Dios es el autor de toda verdadera felicidad; es el dador de toda verdadera felicidad; es el sustentador de toda verdadera felicidad, y es el centro de toda verdadera felicidad; y, por tanto, el que lo tiene por su Dios y por su porción es el único hombre feliz del mundo. —Thomas Brooks.

Versículo 15. «Cuyo Dios es JEHOVÁ.» Una palabra o nombre bien conocido de nosotros los ingleses, pues nuestros traductores retienen ahora a menudo ese nombre al mencionar a Dios en nuestra Biblia inglesa, y por eso haremos bien en retenerlo. Señor era una palabra de uso común más baja que Dios. Pero JEHOVÁ es un nombre más alto que ambos, y más peculiar, incomunicable y abarcador. Éx 6:3: «Yo me aparecí» (dice el Señor) «a Abraham, a Isaac y a Jacob como Dios Omnipotente, mas en mi nombre JEHOVÁ no me di a conocer a ellos».

Tener a Dios por nuestro Jehová es el seguro de la felicidad para nosotros. Porque, entre muchas cosas, observen solo estas dos en el nombre Jehová: primero, la absoluta independencia de Dios: que es por sí mismo omnipotente, Éx 3:14: «Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY». Segundo, la fidelidad de Dios: que no puede sino ser tan bueno como su palabra, Éx 6:2-4, 6: «Y también he establecido mi pacto con ellos; por tanto, di a los hijos de Israel: Yo soy JEHOVÁ (así en el hebreo), y yo os sacaré de debajo de las cargas de los egipcios». De modo que este nombre es nuestra garantía del cumplimiento de Dios. Examinemos, pues, nuestras obligaciones y pagarés, es decir, sus promesas para con nosotros; he aquí que todas son promesas de Jehová; tienen que cumplirse, pues llevan su nombre; tienen que reflejar su nombre y promover tanto nuestro bien como el gran designio de Dios. —Nathanael Homes, 1678.

Con esta oración del Ungido de Jehová terminan las oraciones del Libro de los Salmos. Los seis salmos restantes consisten exclusivamente en alabanza y altos aleluyas. —Lord Congleton, en "The Psalms: a new Version, with Notes", 1875.

Sugerencias para el predicador

Versículo 15. La felicidad peculiar de aquellos cuyo Dios es el Señor.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea.