El tesoro de David · Charles H. Spurgeon
Salmo 27: comentario de Charles H. Spurgeon (El tesoro de David)
Resumen del capítulo
TÍTULO Y TEMA. Del título no puede deducirse nada sobre la época en que se escribió este salmo, pues el encabezamiento, «Salmo de David», es común a tantos salmos; pero si se puede juzgar por el contenido del canto, el escritor era perseguido por enemigos, vv. 2-3, estaba excluido de la casa del Señor, v. 4, estaba a punto de separarse de su padre y de su madre, v. 10, y era objeto de calumnia, v. 12; ¿no concurren todas estas circunstancias en el tiempo en que Doeg el edomita habló contra él a Saúl? Es un canto de esperanza alegre, muy apropiado para los que están en prueba y han aprendido a apoyarse en el brazo del Todopoderoso. El salmo puede leerse con provecho de tres maneras: como lenguaje de David, de la Iglesia y del Señor Jesús. La plenitud de la Escritura aparecerá así más maravillosa.
División
El poeta hace sonar primero su segura confianza en su Dios, vv. 1-3, y su amor a la comunión con él, vv. 4-6. Luego se dirige a la oración, vv. 7-12, y concluye con un reconocimiento del poder sustentador de la fe en su propio caso y una exhortación a otros a seguir su ejemplo.
Salmos 27:1
Versículo 1. «Jehová es mi luz y mi salvación.» Aquí hay interés personal: «mi luz», «mi salvación»; el alma está segura de ello, y por eso lo declara con denuedo. «Mi luz»: en el alma, en el nuevo nacimiento, se derrama la luz divina como precursora de la salvación; donde no hay luz suficiente para ver nuestras propias tinieblas y para anhelar al Señor Jesús, no hay evidencia de salvación. La salvación nos encuentra en la oscuridad, pero no nos deja en ella; da luz a los que habitan en la región de sombra de muerte. Después de la conversión, nuestro Dios es nuestro gozo, consuelo, guía, maestro y, en todo sentido, nuestra luz; es luz dentro de nosotros, luz a nuestro alrededor, luz reflejada por nosotros y luz que se nos ha de revelar. Obsérvese que no se dice meramente que el Señor da luz, sino que él «es» luz; ni que da salvación, sino que es la salvación; quien, pues, se ha aferrado a Dios por la fe tiene en su posesión todas las bendiciones del pacto. No toda luz es el sol, pero el sol es el padre de todas las luces. Establecido esto como un hecho, el argumento que se deriva de ello se formula como pregunta: ¿De quién temeré? Una pregunta que es su propia respuesta. No hay que temer a los poderes de las tinieblas, porque el Señor, nuestra luz, los destruye; y no hemos de temer la condenación del infierno, porque el Señor es nuestra salvación. Este desafío es muy distinto del del jactancioso Goliat, porque se funda en un fundamento muy distinto; no descansa en el vigor engreído de un brazo de carne, sino en el poder verdadero del omnipotente YO SOY. Jehová es la fortaleza de mi vida. He aquí un tercer epíteto resplandeciente, para mostrar que la esperanza del autor estaba sujeta con una cuerda de tres hilos que no podía romperse. Bien podemos acumular términos de alabanza donde el Señor prodiga obras de gracia. Nuestra vida deriva toda su fortaleza de aquel que es su autor; y si él se digna fortalecernos, no podemos ser debilitados por todas las maquinaciones del adversario. ¿De quién he de atemorizarme? La osada pregunta mira al futuro tanto como al presente. «Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?», ya sea ahora o en el tiempo venidero.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 1. «Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré?» Alice Driver, mártir, en su interrogatorio, hizo callar a todos los doctores, de modo que no tenían palabra que decir, sino que se miraban unos a otros; entonces dijo: «¿No tenéis más que decir? Sea Dios honrado, vosotros no podéis resistir al Espíritu de Dios en mí, una pobre mujer. Yo fui hija de un pobre hombre honrado, nunca criada en la universidad como vosotros ya veis; pero he guiado el arado muchas veces delante de mi padre, gracias a Dios; con todo, en defensa de la verdad de Dios y en la causa de mi Maestro, Cristo, por su gracia pondré mi pie contra el pie de cualquiera de todos vosotros, en el mantenimiento y defensa de la misma; y si tuviera mil vidas, irían todas en pago de ella». Así que el canciller la condenó, y ella volvió a la cárcel gozosa. Charles Bradbury.
Versículo 1. «Jehová es mi luz», etc. San Juan nos dice que «en él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres»; pero añade que «la luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella». Jn 1:4-5. Hay una gran diferencia entre la luz y el ojo que la ve. Un ciego puede saber mucho acerca del resplandor del sol, pero este no resplandece para él: no le da luz. Así, saber que «Dios es luz» es una cosa (1 Jn 1:5), y poder decir: «Jehová es mi luz» es otra muy distinta. El Señor debe ser la luz por la cual se nos aclara el camino de la vida; la luz por la cual podemos ver para andar en ese camino; la luz que pone al descubierto la oscuridad del pecado; la luz por la cual podemos descubrir los pecados ocultos de nuestro propio corazón. Cuando él es así nuestra luz, entonces es también nuestra salvación. Se ha comprometido a guiarnos bien; no solo a mostrarnos el pecado, sino a salvarnos de él. No solo a hacernos ver el odio de Dios contra el pecado y su maldición sobre él, sino también a atraernos al amor de Dios y a quitar la maldición. Con el Señor alumbrándonos en el camino de la salvación, ¿a quién o a qué hemos de temer? Nuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Col 3:3. Somos débiles, muy débiles, pero su «poder se perfecciona en la debilidad». 2 Co 12:9. Si el Señor mismo se ha comprometido a ser la fortaleza de nuestra vida, ¿de quién hemos de tener miedo? De «Sacramental Meditations on the Twenty-seventh Psalm», 1843.
Versículo 1. «Jehová es mi luz.» La «luz», que hace visibles todas las cosas, fue la primera de todas las cosas visibles que se hizo; y si Dios lo hizo para ejemplo nuestro o no, no lo sé; pero desde entonces, a imitación de este modo de proceder de Dios, lo primero que hacemos cuando pensamos hacer algo es procurarnos «luz». Sir Richard Baker.
Versículo 1. «Jehová es mi luz.» Sol adorable, exclamaba san Bernardo, no puedo andar sin ti: ilumina mis pasos, y provee a esta mente estéril e ignorante de pensamientos dignos de ti. Adorable plenitud de luz y de calor, sé tú el verdadero mediodía de mi alma; extermina sus tinieblas, disipa sus nubes; quema, seca y consume toda su inmundicia e impureza. Sol divino, levántate sobre mi mente y no te pongas jamás. Jean Baptiste Elias Avrillon, 1652-1729.
Versículo 1. «¿De quién temeré?» Ni los héroes espirituales ni los militares realizan hazañas por cobardía. El valor es una virtud necesaria. En Jehová está el mejor fundamento posible para una intrepidez inquebrantable. William S. Plumer.
Versículo 1. «¿De quién he de atemorizarme?» No tengo noción alguna de una profesión de Cristo tímida y poco sincera. Tales predicadores y profesantes son como una rata que juega al escondite tras un tabique, que asoma la cabeza por un agujero para ver si la costa está despejada, y se aventura a salir si no hay nadie en el camino, pero se escabulle de nuevo si aparece el peligro. No podemos ser honrados con Cristo si no somos valientes por él. O vale todo lo que podamos perder por él, o no vale nada. H. G. Salter, A.M., en «The Book of Illustrations», 1840.
Sugerencias para el predicador
Versículo 1. (primera parte). La relación de la iluminación con la salvación, o la necesidad de luz si los hombres han de ser salvos.
Versículo 1. El héroe cristiano y las fuentes secretas de su valor.
Versículo 1. El desafío intrépido del creyente.
Salmos 27:2
Versículo 2. Este versículo registra una liberación pasada, y es un ejemplo de la manera en que la experiencia debe emplearse para reafirmar nuestra fe en tiempos de prueba. Cada palabra es instructiva. «Cuando se juntaron contra mí los malignos.» Es una señal esperanzadora para nosotros que los impíos nos aborrezcan; si nuestros enemigos fueran hombres piadosos sería un dolor profundo, pero en cuanto a los impíos, su odio es mejor que su amor. «Mis angustiadores y mis enemigos.» Eran muchos, eran de distintas clases, pero unánimes en la maldad y entusiastas en el odio. Vinieron contra mí: avanzaron al ataque, saltando sobre la víctima como el león sobre su presa. «Para comer mis carnes»: como caníbales, querían acabar del todo con el hombre, despedazarlo miembro a miembro y hacer un festín de su malicia. Los enemigos de nuestras almas no carecen de ferocidad: no dan cuartel, y no deben recibirlo a cambio. Mira en qué peligro estaba David: en las garras y el puño de enemigos numerosos, poderosos y crueles, y sin embargo observa su perfecta seguridad y su completa derrota. «Ellos tropezaron y cayeron.» El soplo de Dios los derribó. Había piedras en el camino con las que no contaban, y sobre ellas dieron una ignominiosa caída. Esto fue literalmente cierto en el caso de nuestro Señor en Getsemaní, cuando los que vinieron a prenderle retrocedieron y cayeron a tierra; y en esto fue representante profético de todos los creyentes que luchan, los cuales, levantándose de sus rodillas, derribarán por el poder de la fe a sus enemigos sobre sus rostros.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 2. «Cuando se juntaron contra mí los malignos, mis angustiadores y mis enemigos, para comer mis carnes, ellos tropezaron y cayeron.» No hay manjar tan delicado para un estómago malicioso como la carne de un enemigo; baja sin masticar, y la tragan entera como cormoranes. Pero aunque la malicia tenga un estómago voraz, su digestión es lenta; aunque sus dientes sean agudos, sus pies son cojos, o al menos propensos a tropezar; y esto resultó bien para David, pues cuando sus enemigos vinieron contra él para comer sus carnes, como venían sobre los pies de la malicia, tropezaron y cayeron. Un hombre puede tropezar y no caer; pero tropezar y caer además es el tropiezo propio de los impíos, y en especial de los malintencionados; y tal parece haber sido el tropiezo de los enemigos de David, porque los enemigos eran tales; y no dudo que tal será el tropiezo de mis enemigos, porque los míos son tales; y entonces, ¿de qué, de quién habría yo de tener miedo? Sir Richard Baker.
Versículo 2. «Cuando se juntaron contra mí los malignos, mis angustiadores y mis enemigos, para comer mis carnes, ellos tropezaron y cayeron.» Describe a sus enemigos por su malicia y por su ruina. 1. Sus enemigos eran enemigos crueles, chupadores de sangre, comedores de carne. Los llamamos caníbales. Y es que los hombres que no tienen gracia, si tienen grandeza y se les opone resistencia, su grandeza es inaccesible: un hombre es un demonio para otro. La Escritura los llama «lobos nocturnos que no dejan hueso para la mañana». Sof 3:3. Como los peces grandes se comen a los pequeños, así los grandes no tienen más cargo de conciencia por devorar a otros hombres que por comer pan; no se les da más derribar a los hombres y deshacerlos que comer pan. «Que devoran a mi pueblo como si comiesen pan.» Sal 14:4. 2. Pero a pesar de su crueldad, fueron derribados. Dice David: Cuando mis enemigos vinieron contra mí para comer mis carnes, tropezaron y cayeron. Porque, en efecto, cuando los hijos de Dios son librados, suele ser con la confusión de sus enemigos. Dios hace dos cosas a la vez, porque el agravio especial de los hijos de Dios viene de enemigos interiores y exteriores. Rara vez o nunca los libra sino con la confusión de sus enemigos. Esto será más patente en el día del juicio, cuando Satanás y todos los que son guiados por su espíritu, toda la iglesia maligna, serán enviados a su propio lugar, y la iglesia quedará libre para siempre de toda clase de enemigos. Cuando la iglesia está más libre, entonces los enemigos de la iglesia están más cerca de la destrucción; como una balanza, cuando un platillo sube, el otro baja. Así, cuando la iglesia sube, caen los enemigos. Richard Sibbes.
Versículo 2. «Los malignos, mis enemigos.» Los impíos aborrecen a los piadosos; hay enemistad entre la simiente de la mujer y la serpiente. Gn 3:15. Como en la naturaleza hay antipatía entre la vid y el laurel, el elefante y el dragón. Los buitres tienen antipatía a los olores suaves: así en los impíos hay antipatía contra el pueblo de Dios; aborrecen los dulces perfumes de sus gracias. Es verdad que los santos tienen sus flaquezas; pero los impíos no los aborrecen por ellas, sino por su santidad; y de este odio surge la violencia abierta: el ladrón aborrece la luz, y por eso quisiera apagarla de un soplo. Thomas Watson.
Versículo 2. Hubo gran sabiduría en la oración de John Wesley: «Señor, si he de contender, que no sea con tu pueblo». Cuando tenemos por enemigos y adversarios a los que aborrecen a los buenos, tenemos al menos este consuelo: que Dios no está de su lado, y por tanto es esencialmente débil. William S. Plumer.
Sugerencias para el predicador
Versículo 2. El carácter, el número, el poder y la crueldad de los enemigos de la iglesia, y la manera misteriosa en que han sido derrotados.
Salmos 27:3
Versículo 3. «Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón.» Antes del conflicto real, mientras la batalla aún no se ha probado, el corazón del guerrero, mantenido en suspenso, es muy propenso a agitarse. El ejército acampado a menudo infunde mayor pavor que ese mismo ejército en combate real. Young nos habla de algunos «que sienten mil muertes por temer una sola». Sin duda la sombra del problema anticipado es, para los ánimos timoratos, una fuente de dolor más fecunda que el problema mismo; pero la fe pone un emplasto fortalecedor en la espalda del valor y arroja por la ventana las heces de la copa de temblor. Aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado. Cuando llegue de veras al choque de picas, el escudo de la fe detendrá el golpe; y si la primera escaramuza no fuera sino el comienzo de una guerra, aun así los estandartes de la fe ondearán a pesar del enemigo. Aunque una batalla suceda a otra batalla, y una campaña siga a otra campaña, el creyente no se desalentará por lo largo del conflicto. Lector, este tercer versículo es la inferencia cómoda y lógica del segundo; la confianza es hija de la experiencia. ¿Has sido librado de grandes peligros? Entonces levanta tu bandera, espera junto a tu fuego de vigía y deja que el enemigo haga lo peor que pueda.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 3. «Aunque un ejército acampe contra mí», etc. Plantea el caso del mayor peligro que pueda haber. Aunque un ejército me rodee, no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado. He aquí gran valor para el tiempo venidero. «La experiencia engendra esperanza y confianza.» David no era por sí mismo un hombre tan valeroso; pero por la experiencia del consuelo y la ayuda que Dios le había dado antes, su fe brotó como fuego del humo, o como el sol de entre una nube. Aunque estuve en tales y tales perplejidades, con todo, para el tiempo venidero tengo tal confianza y experiencia de la bondad de Dios que no temeré. Quien ve a Dios con espíritu de fe en su grandeza y poder, ve todas las demás cosas aquí abajo como nada. Por eso dice aquí que no se preocupa, para el tiempo venidero, por oposición alguna; ni siquiera de un ejército. «Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?» Ro 8:31. Vio a Dios en su poder; y luego, al mirar de Dios a la criatura, ¡ay!, ¿quién era esta? Como Micaías, cuando hubo visto a Dios sentado sobre su trono: ¿qué era Acab para él, una vez que había visto a Dios? Así, cuando el profeta David hubo visto a Dios una vez, entonces «aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón», etc. Richard Sibbes.
Versículo 3. «Aunque un ejército acampe contra mí», etc. Si amo a mi Dios, y lo amo con un amor de espíritu noble, todos mis enemigos pelearán contra mí en vano; nunca los temeré, y el mundo entero no puede dañarme. La caridad no puede ser ofendida, porque no se ofende de nada. Enemigos, envidiosos, calumniadores, perseguidores, os desafío; si amo, triunfaré sobre vuestros ataques. Podéis quitarme mis bienes; pero si mi amor tiene un espíritu generoso, siempre seré lo bastante rico, y no podéis quitarme mi amor, que por sí solo hace todas mis riquezas y tesoros. Podéis ennegrecer mi reputación; pero como os tengo por libres de todo homenaje de alabanza y aplauso, de todo corazón os doy libre licencia para censurar y difamar. Felizmente para mí, no podéis ennegrecerme ante mi Dios, y su estima por sí sola me compensa y me recompensa por todo vuestro desprecio. Podéis perseguir mi cuerpo, pero en eso yo mismo os ayudaré con mis penitencias; cuanto antes perezca, antes me veré libre de este enemigo doméstico, que es una carga para mí. ¿Qué daño, pues, podéis hacerme? Si estoy resuelto a sufrirlo todo, y si pienso que merezco todos los ultrajes que podáis hacerme, solo daréis más altura de espíritu a mi amor, más brillo a mi corona. Jean Baptiste Elias Avrillon.
Versículo 3. Los que están dispuestos a ser combatientes por Dios serán también más que vencedores por medio de Dios. Nadie es tan verdaderamente valiente como los que son verdaderamente piadosos. Si un cristiano vive, sabe por cuyo poder se sostiene; y si muere, sabe por amor de quién cae. Donde no hay confianza en Dios, no habrá perseverancia con Dios. Cuando el viento de la fe deja de llenar las velas, el barco de la obediencia deja de surcar los mares. Las burlas de Ismael nunca harán que un Isaac menosprecie su herencia. William Secker.
Versículos 3-4. El favorito crece en grandeza por los muchos favores, dones, joyas y cargos que el príncipe le otorga. El cristiano se enriquece en experiencias, que lleva como brazaletes y guarda como sus joyas más ricas. A una la llama Ebenezer: «hasta aquí nos ayudó Jehová»; a otra Neftalí: «con luchas de Dios he contendido y he vencido»; a otra Gersón: «forastero soy»; a otra José: «añádame Jehová otro hijo»; y a otra Peniel: «he visto a Dios cara a cara». 1 S 7:12; Gn 30:8; Éx 2:22; Gn 30:24; Gn 32:30. He sido librado del león, por tanto lo seré del oso; del león y del oso, por tanto del filisteo; del filisteo, por tanto de Saúl; de Saúl, por tanto Dios me librará de toda obra mala y me preservará irreprensible para su reino celestial. John Sheffield.
Sugerencias para el predicador
Versículo 3. La paz cristiana. 1. Mostrada en la previsión serena de la aflicción.
- Manifestada en el aguante confiado de la tribulación.
- Sostenida por la ayuda divina y la experiencia pasada, Sal 27:1-2.
- Que produce los más ricos resultados: gloria a Dios, etc.
Salmos 27:4
Versículo 4. «Una cosa.» Los propósitos divididos llevan a la distracción, a la debilidad y a la decepción. El hombre de un solo libro es eminente, el hombre de una sola ocupación tiene éxito. Que todos nuestros afectos queden atados en un solo afecto, y que ese afecto se fije en las cosas celestiales. «He demandado.» Lo que no podemos alcanzar de inmediato, es bueno desearlo. Dios nos juzga mucho por el deseo de nuestro corazón. Quien monta un caballo cojo no es reprendido por su amo por falta de velocidad si se apresura cuanto puede y se apresuraría más si pudiera; Dios toma la voluntad por la obra en sus hijos. «A Jehová.» Este es el blanco correcto para los deseos, este es el pozo en que sumergir nuestros cubos, esta es la puerta a la que llamar, el banco contra el que girar; desea de los hombres, y yace en el muladar con Lázaro; desea del Señor, y serás llevado por los ángeles al seno de Abraham. Nuestros deseos del Señor deben ser santificados, humildes, constantes, sumisos, fervientes, y es bueno que, como en el salmista, todos se fundan en una sola masa. En las penosas circunstancias de David habríamos esperado que deseara reposo, seguridad y mil otras cosas buenas; pero no: ha puesto su corazón en la perla y deja lo demás. «Ésta buscaré.» Los santos deseos deben llevar a la acción resuelta. El viejo proverbio dice: «Los que desean y quisieran nunca fueron buenos administradores», y «desear nunca llena un saco». Los deseos son semilla que debe sembrarse en la buena tierra de la actividad, o no darán cosecha. Nuestros deseos resultarán ser como nubes sin agua, a menos que los siga el esfuerzo práctico. «Que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida.» Por la comunión con el Rey, David anhelaba morar siempre en el palacio; lejos de cansarse de los servicios del Tabernáculo, anhelaba estar constantemente ocupado en ellos, como placer de toda su vida. Deseaba por encima de todo ser uno de la familia de Dios, un hijo nacido en casa, que vive en casa con su Padre. Este es nuestro deseo más caro, solo que lo extendemos a esos días de nuestra vida inmortal que aún no han amanecido. Suspiramos por la casa de nuestro Padre allá arriba, el hogar de nuestras almas; si tan solo pudiéramos morar allí para siempre, poco nos importan los bienes o los males de esta pobre vida. «La Jerusalén de oro» es la única meta de los anhelos de nuestro corazón. «Para contemplar la hermosura de Jehová.» Un ejercicio tanto para los adoradores terrenales como para los celestiales. No debemos entrar en las asambleas de los santos para ver y ser vistos, ni meramente para oír al ministro; debemos acudir a las reuniones de los justos con la intención puesta en el objeto lleno de gracia de aprender más del Padre amante, más del Jesús glorificado, más del misterioso Espíritu, a fin de que admiremos con más amor y adoremos con más reverencia a nuestro glorioso Dios. ¡Qué expresión es esa: «la hermosura de Jehová»! ¡Piénsalo, querido lector! Mejor aún: ¡contémplala por la fe! ¡Qué visión será aquella cuando todo fiel seguidor de Jesús contemple «al Rey en su hermosura»! ¡Oh, esa visión infinitamente bienaventurada! «Y para inquirir en su templo.» Debemos hacer de nuestras visitas a la casa del Señor reuniones de inquiridores. No solo los pecadores que buscan, sino también los santos seguros deben ser inquiridores. Debemos inquirir acerca de la voluntad de Dios y de cómo cumplirla; acerca de nuestra parte en la ciudad celestial y de cómo podemos estar más seguros de ella. No necesitaremos hacer preguntas en el cielo, pues allí conoceremos como somos conocidos; pero mientras tanto debemos sentarnos a los pies de Jesús y despertar todas nuestras facultades para aprender de él.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 4. «Una cosa he demandado a Jehová, esta buscaré: que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo.» Los intérpretes difieren acerca de lo que persigue el salmista; yo entiendo, en general, lo siguiente, que es claro: que se refiere a una comunión y compañerismo con Dios, que es esa una cosa que, si un cristiano la tuviera, no necesitaría desear más; la que todos debemos desear y desear de nuevo y de la cual enamorarnos, y que basta para satisfacernos: el goce de Dios y el contemplarle en sus ordenanzas, en su templo, tener allí trato, compañerismo y comunión con él. ¡Oh Dios, concédenos eso! Ahora bien, esto es tan infinitamente dulce que era el único deseo del salmista, y la suma de todos sus deseos aquí, y por tanto mucho más en el tabernáculo del cielo, que hace la consumación y plenitud de toda nuestra felicidad. John Stoughton.
Versículo 4. «Una cosa he demandado a Jehová», etc. Puesto que David haría a Dios una sola petición, ¿por qué no hizo una mayor? Porque, ¡ay!, ¡qué pobre petición es esta: desear morar en la casa de Dios! ¿Y para qué? ¡Solo para ver! ¿Y para ver qué? Solo una hermosura, cosa que se marchita; y a lo sumo para inquirir; ¿y qué es inquirir? Solo oír noticias, una vana fantasía. ¿Y qué razón hay en cualquiera de estas cosas para que David la haga su petición a Dios? Pero fíjate, alma mía, qué la acompaña. Tómalo todo junto: contemplar la hermosura de Jehová e inquirir en su templo. Y ahora dime si hay, si puede haber, una petición mayor que hacer, una causa mayor para ser fervoroso en ella. Porque aunque la hermosura mundana es cosa que se marchita, «la hermosura de Jehová» permanecerá cuando el mundo se marchite; y aunque inquirir noticias es una vana fantasía, inquirir en el templo de Dios es el camino para aprender que no hay nada nuevo debajo del sol, y allí fue donde Salomón aprendió que «todo es vanidad». En efecto, esa «una cosa» que David desea es, en realidad, aquel unum necessarium del que Cristo habla en el evangelio, que María escoge allí como David aquí. Sir Richard Baker.
Versículo 4. «Una cosa», etc. Una mente celestial se recoge en un solo deseo y no más. «Una cosa he demandado a Jehová, la cual requeriré.» Dame a ti mismo, Señor, y no pediré más. La nueva criatura no pide nada a Dios sino gozar de Dios: dame esto, Señor, y en cuanto al resto, que lo tome todo Siba. Me desprenderé de todo para comprar esa perla única, las riquezas de la gracia celestial. Jeremy Taylor.
Versículo 4. «Una cosa.» La primera cosa, pues, es la elección de David, descrita sumariamente en la expresión «una cosa». Así confirma Cristo la palabra del profeta cuando llamó a la elección de María «una cosa». Lc 10:42. Y ello por estas tres razones: Primera, porque no es un bien común sino el bien supremo. Si hay algún bien por encima de él, no es el bien supremo; y si hay algún bien igual a él, no está solo. Luego, porque es el fin último que pensamos gozar eternamente; si hay algún fin más allá de él, no es el último, sino intermedio, y un peldaño hacia él. Todos los medios y fines intermedios se usan para él, pero él se busca por sí mismo y, por tanto, solo puede ser uno. En tercer lugar, es un centro hacia el cual tienden todos los espíritus racionales. Como todas las líneas de un círculo se encuentran en el centro, así todo el que busca la felicidad rectamente se encuentra en el bien supremo, como la única cosa que pretenden, y por tanto debe ser uno. William Struther, en «True Happiness, or King David's Choice», 1633.
Versículo 4. «Una cosa.» Ha habido cambios, grandes cambios, y muchas pérdidas en mi vida. He sido trasvasado de vasija en vasija. Pero una cosa nunca ha faltado, una cosa me hace sentir que mi vida ha sido una; ha calmado mis gozos, ha aliviado mis penas, me ha guiado en la dificultad, me ha fortalecido en la debilidad. Es la presencia de Dios, un Dios fiel y amante. Sí, hermanos, la presencia de Dios no es solo luz, es unidad. Da unidad al corazón que la cree, unidad a la vida que se conforma a ella. Fue la presencia de Dios en el alma de David lo que le permitió decir: «Una cosa he demandado a Jehová»; y en la de san Pablo lo que le permitió decir: «Una cosa hago». George Wagner, en «Wanderings of the Children of Israel», 1862.
Versículo 4. «Una cosa.»
Una pasión dominante en el pecho,
como la serpiente de Aarón, se traga todo lo demás. Alexander Pope.
Versículo 4. «Que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida.» Acercarse continuamente al templo y acudir allí continuamente era sin duda el morar que aquí se quiere decir; morar, residir allí continuamente, no venir de golpe o a rachas... Y así moraba Ana, hija de Fanuel, de quien se dice, en el capítulo segundo de Lucas, que por espacio de ochenta y cuatro años no se apartaba del templo. No que estuviera allí siempre, sino a menudo, dice Lira; y el venerable Beda en el mismo sentido. No que nunca estuviera ausente, ni una hora; sino porque estaba a menudo en el templo. Y el mismo san Lucas, hablando de los discípulos de nuestro Salvador, después que lo vieron ascender al cielo: «Volvieron», dice, «a Jerusalén con gran gozo; y estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo a Dios». Lc 24:52-53. Así también la madre de san Agustín, en su tiempo, podría decirse que moraba en la casa de Dios, a la que acudía tan puntual y fielmente dos veces al día, «para que ella, en tus Escrituras», dice san Agustín, «oyera, oh Dios, lo que tú le decías, y tú, en sus oraciones, lo que ella te decía». En una palabra, tales eran los cristianos de quienes el mismo san Agustín habla en otro lugar, a los que llama las hormigas de Dios. «Mira la hormiga de Dios», dice, «se levanta temprano cada día, corre a la iglesia de Dios, allí ora, oye leer la lección, canta un salmo, rumia lo que oye, medita sobre ello y atesora dentro de sí el grano precioso recogido de aquella era». «David's Desire to go to Church» de John Day, 1609.
Versículo 4. «Que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida.» Al comienzo del salmo, David hace una auditoría de las cuentas de su alma, repasando los grandes ingresos y los tesoros duraderos de la generosidad, la gracia y la misericordia de Dios; cuya suma es esta: Jehová es mi luz y mi vida, mi fortaleza y mi salvación. Y ahora, ¿dónde destinará David su presencia sino donde está su luz? ¿Dónde deseará su persona sino donde está su fortaleza? ¿Dónde querrá su alma sino donde está su vida? ¿Y dónde fijará su morada sino donde está su salvación? Es decir, en comunión con su Dios; y esto, especialmente, en el culto santo de su santuario. No es de extrañar, pues, que por encima de todo desee y busque esa «una cosa»: morar en la casa de Jehová, etc. Robert Mossom.
Versículo 4. «La casa de Jehová.» Se la llama (el tabernáculo, el santuario) casa de Dios porque él está presente allí, como un hombre se deleita en estar presente en su casa. Es el lugar donde Dios se deja encontrar. Como a un hombre se le encuentra en su casa, y allí quiere que vengan a él los que le buscan, allí revela sus secretos. Un hombre descansa, se acuesta y pernocta en su casa. ¿Dónde está un hombre tan familiarizado como en su casa? ¿Y qué otro lugar tiene él con tanto cuidado de proteger y proveer como su casa? Y guarda sus tesoros y sus joyas en su casa. Así Dios guarda todos los tesoros de gracia y consuelo en la iglesia visible. En la iglesia se le habla como a un hombre en su casa. Allí nos concede dulces encuentros; allí hay besos mutuos, espirituales. «¡Oh, si él me besara con besos de su boca!» Cnt 1:2. La casa de un hombre es su castillo, como decimos, que él protegerá y proveerá. Dios sin duda protegerá y proveerá a su iglesia. Por eso llama a la iglesia de Dios, es decir, al tabernáculo (que era entonces la iglesia), la casa de Dios. Si lo aplicamos a nuestros tiempos, lo que corresponde ahora al tabernáculo son las iglesias visibles particulares bajo pastores particulares, donde se establecen los medios de salvación. Las iglesias visibles particulares son ahora el tabernáculo de Dios. La iglesia de los judíos era una iglesia nacional. Había una sola iglesia, un solo lugar y un solo tabernáculo; pero ahora Dios ha erigido tabernáculos particulares. Toda iglesia y congregación particular bajo un pastor, su reunión es la iglesia de Dios, una iglesia independiente por sí misma. Richard Sibbes.
Versículo 4. «Para contemplar la hermosura de Jehová.» Ese era uno de los fines de su deseo al morar en la casa de Dios; no para apacentar sus ojos con espectáculos y vistas vistosas (como en verdad había cosas vistosas que ver en el tabernáculo). No; tenía una vista más espiritual que esa. Veía la hermosura espiritual interior de aquellas cosas espirituales. Las otras eran solo cosas externas, como las llama el apóstol. Deseo morar en la casa de Jehová para contemplar la hermosura de Jehová, la hermosura interior del Señor especialmente. Richard Sibbes.
Versículo 4. «La hermosura de Jehová.» En relación con estas palabras, intentaríamos mostrar que el carácter de Dios es atractivo y capaz de inspirarnos amor por él y de hacernos, por así decir, correr tras él. La discusión de nuestro tema puede ordenarse bajo tres encabezados. I. Algunos de los elementos de la hermosura de Jehová. II. Dónde puede verse la hermosura de Jehová. III. Rasgos peculiares de la hermosura de Jehová. I. Algunos de los elementos de la hermosura de Jehová. Dios es Espíritu. Por tanto, su hermosura es espiritual, y sus elementos deben buscarse en la perfección espiritual. 1. Uno de los elementos de esta hermosura es la santidad. 2. Pero los elementos de la hermosura divina en los que pensamos detenernos en esta ocasión son los que se incluyen bajo la descripción general de la misericordia y la gracia de Dios. El atractivo de estos se percibe con más facilidad, y su influencia se siente más pronto por personas en nuestra condición caída. Es principalmente por medio de ellos que los pecadores son ganados de su enemistad contra Dios, y que el Espíritu Santo derrama el amor de Dios en nuestros corazones. 3. Otra cosa que podemos llamar elemento de hermosura en Dios es la combinación de sus diversos atributos en un todo armonioso. Los colores del arco iris son hermosos, tomados uno por uno; pero hay una hermosura en el arco iris que no surge de ningún matiz aislado; hay en él una hermosura que no existiría si los diversos tonos se tomaran en sucesión: una hermosura que es resultado de su reunión y disposición, y consiste en su resplandor mezclado. Del mismo modo, las diversas perfecciones que coexisten y se unen en la naturaleza de Dios producen una hermosura gloriosa. La santidad es hermosa; la misericordia es hermosa; la verdad es hermosa. Pero, además, hay una hermosura que pertenece a combinaciones y armonías como las que describe el salmista cuando nos dice: «La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron». «Jehová, hasta los cielos llega tu misericordia, y tu fidelidad alcanza hasta las nubes. Tu justicia es como los montes de Dios, tus juicios, abismo grande», etc. II. Hemos de inquirir luego dónde puede verse la hermosura de Jehová. Puede verse hasta cierto punto en el mundo natural. El trono de la naturaleza, aunque en algunos aspectos nubes y oscuridad lo rodean, no carece de su arco iris de hermosura, como tampoco el trono de la gracia. La hermosura de Jehová puede verse en la ley moral. ¡En la ley! Así es. En la ley inflexible, con su terrible anatema, resplandecen su hermosura y amabilidad. La ley está llena de amor. Los deberes de la ley son deberes de amor. El amor es el cumplimiento de la ley. La maldición de la ley está pensada y empleada para el mantenimiento del amor. La obediencia a la ley y el reinado del amor no son sino aspectos distintos del mismo estado de cosas. Y una de las lecciones más sublimes de la ley es el hecho de que Dios es amor. Además, la hermosura de Jehová puede verse en el evangelio. La vemos, por así decir, por reflejo en la ley; en el evangelio la vemos directamente. La ley nos muestra los corazones de los hombres como Dios quiere que sean; el evangelio nos muestra el corazón mismo de Dios. Además, la hermosura de Jehová se ve en Cristo. Se ve en Cristo, porque él es el resplandor de la gloria del Padre y la imagen misma de su sustancia; y el que ha visto a Cristo ha visto al Padre. La hermosura de Jehová se ve en Cristo cuando le consideramos como el don del Padre, y cuando miramos sus oficios y su carácter. El carácter de Cristo fue el más fino espectáculo de hermosura moral en que hombres o ángeles hayan puesto jamás sus ojos. III. Concluimos notando algunos rasgos de la hermosura de Jehová. 1. Nunca engaña. 2. Nunca se marchita. 3. Nunca pierde su poder. 4. Nunca decepciona. Resumido de Andrew Gray (1805-1861), en «Gospel Contrasts and Parallels».
Versículo 4. «La hermosura de Jehová.» La hermosura del Señor, que ha de verse en su casa, no es la hermosura de su esencia, pues así ningún hombre puede ver a Dios y vivir, Éx 33:18-20; ante esta hermosura gloriosa los ángeles cubren sus rostros con sus alas, Is 6:1-2; sino que es la hermosura de sus ordenanzas, en las cuales Dios revela a los ojos de la mente de los hombres, iluminados por su Espíritu, la agradable hermosura de su bondad, justicia, amor y misericordia en Jesucristo. Thomas Pierson, M.A., 1570-1633.
Versículo 4. «La hermosura de Jehová.» «Hermosura» es una palabra demasiado particular para expresar la plenitud del Espíritu Santo, la amenidad o el deleite de Dios. Toma la palabra en sentido general, en tus aprehensiones. Puede ser el objeto de todos los sentidos, interiores y exteriores. El deleite es lo más trascendente en amenidad; porque, en efecto, Dios en sus ordenanzas no es solo «hermosura» para el ojo del alma, sino ungüento para el olfato, y dulzura para el gusto, y todo en todo para todas las facultades del alma. Dios en Cristo, por tanto, es deleitoso y dulce... La hermosura de Jehová son especialmente las cosas amables de Dios, que son su misericordia y su amor, que hacen hermosas todas las demás cosas que hay en la iglesia. Richard Sibbes.
Versículo 4. «Para inquirir en su templo.» Cuanta más gracia, más asuntos hallarás que tratar con Dios en sus ordenanzas; poca gracia tiene poco que hacer, y mucha gracia tiene mucho que hacer; siempre tiene asuntos con Dios, asuntos especiales y urgentes. Para contemplar la hermosura de Jehová y para inquirir en su templo. ¡Oh, tengo algo que inquirir; he de hacer algo por medio de este deber, y por tanto no puedo andar con frivolidades! El que viene a visitar a su amigo por cumplido, habla, pasea, pierde el tiempo y vuelve a casa; pero el que viene por un negocio está lleno de él: es como el honrado y fiel siervo de Abraham. Gn 24:33. «Y le pusieron delante qué comer; mas él dijo: No comeré hasta que haya dicho mi mensaje.» Tengo un gran negocio con el Señor, acerca de la iglesia y acerca de mi alma, y no comeré, ni hablaré, ni pensaré, ni me entretendré en nada hasta haber dicho mi mensaje, o haber oído el mensaje de mi Hacedor para mí. Y para este fin es cosa rara llevar siempre algo en el espíritu para exponerlo ante Dios, un corazón preñado de alguna petición o asunto necesario que tratar con Dios. Sal 45:1. «Antidote against Distractions» de Richard Steele, 1673.
Versículo 4. Fue oración ferviente de David: Una cosa he demandado a Jehová, esta buscaré: que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová y para inquirir en su templo. Hay muchos que oran las palabras de David, pero no con el corazón de David. Unum petii, una cosa he demandado, de praeterito, en el tiempo pasado; et hoc requiram, esto buscaré, de futuro, en el tiempo venidero: lo he requerido largo tiempo, y esta súplica urgiré hasta obtenerla. ¿Qué? ¿Morar en alguna de las casas de Dios todos los días de mi vida, y dejarlas a mis hijos después de mí; no para servirle allí con devoción, sino para hacer del lugar mi propia posesión? Estos aman demasiado la casa de Dios; la aman para tener y retener; pero como la escritura de traspaso la hace el abogado y no el ministro, su título resultará nulo al fin; y si no hay un nisi prius que los detenga, aun así en aquel gran día de la auditoría universal el Juez de todo el mundo los condenará. Por este camino, cuanto más cerca de la iglesia, más lejos de Dios. El templo del Señor está ordenado para ganarnos para él, no para que nosotros lo ganemos de él. Si amamos al Señor, «amaremos la habitación de su casa, y el lugar del tabernáculo de su gloria»; para que, siendo humildes frecuentadores de su templo aquí abajo, seamos hechos nobles santos de su casa allá arriba, el glorioso reino de Jesucristo. Thomas Adams.
Versículo 4. Estando David en esta condición segura, ¿en qué piensa ahora o qué mira como su blanco principal? No, como Pirro, rey de Epiro, sentarse y regocijarse una vez vencidos los romanos y todos sus enemigos, como dijo en cierta ocasión a Cineas, el filósofo, sino aprovechar su reposo para una piedad perpetua, yendo día tras día a la casa de Dios, como de Ana se dice que hizo después. Lucas 2. Y esto, primero, para solaz de su alma, al ver la hermosura de su santuario. Segundo, para ser siempre dirigido rectamente y estar seguro. Tercero, para ser aún más altamente exaltado en gloria real. Cuarto, por todo esto, como tendría abundante motivo, sacrificando y cantando salmos a Dios sin cesar: véase Sal 27:5-6. John Mayer.
Versículo 4. ¡Oh alma mía, qué cosas he visto en la casa de Dios! ¡Qué provisiones he gustado! ¡Qué agasajos he tenido! ¡Qué ensanchamientos en la oración, y respuestas a ella! ¡Qué impresión bajo su palabra, qué agasajo en su mesa, cuando a veces me ha traído a su banquete, y su bandera sobre mí ha sido amor! Y aunque no pueda, quizá, decir tanto de esto como otros, con todo, lo que he hallado no puedo sino recordarlo con gratitud y desear más; y como esto fue en la casa de Dios, aquí querría yo seguir morando. Daniel Wilcox, 1676-1733.
Sugerencias para el predicador
Versículo 4. La vida cristiana modelo.
- Unidad de deseo.
- Fervor de acción.
- Cercanía de comunión.
- Carácter celestial de la contemplación.
- Progreso en la educación divina.
Versículo 4. El afecto de estima moral hacia Dios. Thomas Chalmers.
Versículo 4. Un suspirar por Dios. Sermón de R. Sibbes.
Versículo 4. (última parte). Ocupaciones del sábado y deleites celestiales.
Versículo 4. (parte final). Asuntos para inquirir en el Templo de antaño, abiertos a la luz del Nuevo Testamento.
Salmos 27:5
Versículo 5. Este versículo da una excelente razón del deseo del salmista de comunión con Dios, a saber, que así estaba seguro en la hora del peligro. «Porque él me esconderá en su tabernáculo en el día del mal», ese tiempo de necesidad, ese tiempo en que otros me abandonan; él me dará el mejor refugio en el peor peligro. El pabellón real se erigía en el centro del ejército, y a su alrededor todos los valientes montaban guardia a todas horas; así, en esa soberanía divina que el poder omnipotente ha jurado mantener, el creyente está escondido en paz, escondido no furtivamente por sí mismo, sino por el rey, que lo hospeda generosamente. «Me ocultará en lo reservado de su morada.» El sacrificio ayuda a la soberanía a proteger a los escogidos del daño. Nadie se atrevía antiguamente a entrar en el lugar santísimo bajo pena de muerte; y si el Señor ha escondido allí a su pueblo, ¿qué enemigo se atreverá a molestarlos? «Sobre una roca me pondrá en alto.» La inmutabilidad, la eternidad y el poder infinito vienen aquí en ayuda de la soberanía y del sacrificio. ¡Cuán bienaventurada es la posición del hombre a quien Dios mismo coloca en lo alto, por encima de sus enemigos, sobre una roca inexpugnable que jamás puede ser tomada por asalto! Bien podemos desear morar con el Señor, que protege tan eficazmente a su pueblo.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 5. «El día del mal.» Aunque Dios no siempre libra a su pueblo de la tribulación, sí lo libra del mal de la tribulación, de la desesperación de la tribulación, sosteniendo el espíritu; más aún, los libra por medio de la tribulación, pues santifica la tribulación para curar las almas, y con tribulaciones menores los libra de otras mayores. De un pliego suelto del Museo Británico, fechado: Londres, impreso para D. M., 1678.
Versículo 5. «Me esconderá.» La palabra aquí usada significa esconder, ocultar, y luego defender o proteger. Se aplicaría propiamente a alguien que ha huido de la opresión o de algún mal inminente, y que fuera ocultado en una casa o caverna, y así puesto a salvo de los perseguidores o del mal que amenaza. Albert Barnes.
Versículo 5. Pabellón viene de papilio, mariposa. Significa una tienda hecha de tela tendida sobre postes, que en su forma se parece en cierta medida al insecto mencionado. Adam Clarke.
Versículo 5. «En lo reservado de su morada me ocultará.» Alude a la antigua costumbre de los delincuentes, que solían huir al tabernáculo o al altar, donde se estimaban seguros. 1 R 2:28. Matthew Poole.
Versículo 5. «En lo reservado de su morada.» Si no hubiera otro lugar, me pondría en el lugar santísimo, de modo que un enemigo no se atreviera a acercárseme. Adam Clarke.
Salmos 27:6
Versículo 6. «Luego levantará mi cabeza sobre mis enemigos que me rodean.» Está completamente seguro de ello. Los hombres piadosos de antaño oraban con fe, sin dudar nada, y hablaban de la respuesta a sus oraciones como de una certeza. David estaba por la fe tan seguro de una gloriosa victoria sobre todos los que le asediaban, que arregló en su propio corazón lo que haría cuando sus enemigos yacieran postrados ante él; ese arreglo era el que la gratitud sugería. «Y yo sacrificaré en su tabernáculo sacrificios de júbilo.» Aquel lugar que anhelaba en su conflicto vería su gozo agradecido en su regreso triunfal. No habla de júbilos que ofrecerá en su palacio ni de festines en sus salones de banquete, sino que escoge la alegría santa como lo más apropiado para una liberación tan divina. «Cantaré.» Esta es la manera más natural de expresar gratitud. «Cantaré salmos a Jehová.» El voto se confirma con la repetición y se explica con una adición, que consagra toda la alabanza a Jehová. Que calle quien quiera; el creyente, cuando su oración es oída, debe hacer y hará que su alabanza también sea oída; y que cante quien quiera a las vanidades del mundo; el creyente reserva su música solo para el Señor.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 6. «Luego levantará mi cabeza sobre mis enemigos que me rodean.» Un hombre no puede ahogarse mientras su cabeza esté sobre el agua. Ahora bien, es el oficio propio de la esperanza hacer esto por el cristiano en tiempos de cualquier peligro. Lc 21:28. «Cuando estas cosas comiencen a suceder, mirad y levantad vuestras cabezas, porque vuestra redención está cerca.» Extraño tiempo, se pensaría, para que Cristo mande a sus discípulos levantar sus cabezas, cuando ven que a otros les falta el corazón por el miedo y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra, Lc 21:26; pero ahora es el tiempo de la salida de su sol, cuando el de otros se pone y las tinieblas negras alcanzan a otros; porque ahora viene el banquete del cristiano, para el cual la esperanza ha reservado su apetito tanto tiempo. «Vuestra redención está cerca.» Dos cosas hacen bajar la cabeza: el miedo y la vergüenza; la esperanza alivia el corazón del cristiano de ambas, y así le prohíbe dar señal alguna de ánimo abatido con un semblante decaído. William Gurnall.
Versículo 6. «Y yo sacrificaré en su tabernáculo sacrificios de júbilo.» «Seguramente», dirá alguno, «podía haber invocado a Dios fuera del recinto del templo. Dondequiera que andaba errante como desterrado, llevaba consigo la preciosa promesa de Dios, de modo que no necesitaba dar tanto valor a la vista del edificio exterior. Parece suponer, por alguna imaginación grosera, que Dios podía ser encerrado en madera y piedras». Pero si examinamos las palabras con más cuidado, será fácil ver que su objeto era enteramente distinto de una mera vista del noble edificio y sus ornamentos, por costosos que fueran. Habla, en efecto, del templo, pero pone esa hermosura no tanto en la belleza que se veía con el ojo como en ser el modelo celestial que fue mostrado a Moisés, como está escrito en Éx 25:40: «Mira, y hazlos según el modelo que se te ha mostrado en el monte». Como la forma del templo no fue trazada según la sabiduría de los hombres, sino que era imagen de las cosas espirituales, el profeta dirigió sus ojos y todos sus afectos a este objeto. Es, por tanto, verdaderamente detestable la locura de los que tuercen este lugar en favor de las pinturas y las imágenes, que, en vez de merecer contarse entre los ornamentos del templo, son más bien como el estiércol y la inmundicia que contaminan toda la pureza de las cosas santas. Juan Calvino.
Sugerencias para el predicador
Versículo 6. El triunfo presente del santo sobre sus enemigos espirituales, su gratitud práctica y sus alabanzas vocales.
Salmos 27:7
Versículo 7. «Oye, oh Jehová, mi voz con que a ti clamo.» El péndulo de la espiritualidad oscila de la oración a la alabanza. La voz que en el versículo anterior estaba afinada para la música se vuelve aquí clamor. Como buen soldado, David sabía manejar sus armas y se sentía muy a gusto con el arma de «toda oración». Nótese su ansiedad por ser oído. A los fariseos no les importa un comino que el Señor los oiga, con tal de que los oigan los hombres o de halagar su propio orgullo con sus sonoras devociones; pero para un hombre genuino, el oído del Señor lo es todo. La voz puede usarse provechosamente aun en la oración privada; pues aunque no es necesaria, a menudo es útil y ayuda a evitar las distracciones. «Ten misericordia de mí.» La misericordia es la esperanza de los pecadores y el refugio de los santos. Todos los suplicantes aceptables se detienen mucho en este atributo. «Y respóndeme.» Podemos esperar respuestas a la oración, y no hemos de quedar tranquilos sin ellas, como no lo estaríamos si hubiéramos escrito una carta a un amigo sobre un asunto importante y no hubiéramos recibido respuesta.
Sugerencias para el predicador
Versículo 7. La oración. ¿A quién se dirige? ¿Cómo? Clamar, etc. ¿Cuándo? Queda indefinido. ¿En qué se funda? En la misericordia. ¿Qué necesita? Oye, respóndeme.
Salmos 27:8
Versículo 8. En este versículo se nos enseña que si queremos que el Señor oiga nuestra voz, debemos cuidar de responder a su voz. El corazón sincero debe hacer eco de la voluntad de Dios como las rocas de los Alpes repiten con dulcísima música las notas del cuerno del campesino. Obsérvese que el mandato estaba en plural, para todos los santos: «Buscad mi rostro»; pero el hombre de Dios lo convirtió en singular por una aplicación personal: «Tu rostro buscaré, oh Jehová.» La voz del Señor es muy eficaz donde todas las demás voces fallan. Cuando tú dijiste, entonces mi corazón, mi naturaleza más íntima, fue movido a una respuesta obediente. Nótese la prontitud de la respuesta: dicho y hecho; apenas dijo Dios «buscad», el corazón dijo: «Buscaré.» ¡Oh, si tuviéramos más de esta santa disposición! ¡Quisiera Dios que fuéramos más dúctiles a la mano divina, más sensibles al toque del Espíritu de Dios!
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 9. «Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, oh Jehová.» En el versículo anterior, David comienza una oración a Dios: «Oye, oh Jehová; ten misericordia de mí y respóndeme». Este versículo es el fundamento de esa oración: Buscad mi rostro, dice Dios. El corazón responde a su vez: Tu rostro buscaré, oh Jehová; por tanto me animo a orar a ti. En las palabras se contienen el mandato de Dios y la obediencia de David; la autorización de Dios y la obra de David que le corresponde, la voz y el eco: la voz, «Buscad mi rostro»; el rebote de vuelta de un corazón lleno de gracia, «Tu rostro buscaré, oh Jehová.» «Cuando tú dijiste.» No está en el original. Solo abre paso al sentido. Los discursos apasionados suelen ser abruptos: «Buscad mi rostro»: «Tu rostro buscaré, oh Jehová». ...
Dios está dispuesto a ser conocido. Está dispuesto a abrirse y descubrirse; a Dios no le agrada esconderse. Dios no se mantiene en pompa, como algunos emperadores que piensan que su presencia disminuye el respeto. Dios no es tal Dios, sino que se le puede escudriñar. Del hombre, si se descubre alguna flaqueza, pronto podemos sondear lo profundo de su excelencia; pero con Dios es todo lo contrario. Cuanto más sabemos de él, más lo admiraremos. Nadie lo admira más que los santos ángeles, que ven más de él, y los espíritus bienaventurados que tienen comunión con él. Por eso no se esconde; más aún, desea ser conocido; y todos los que tienen su Espíritu desean darlo a conocer. Los que suprimen el conocimiento de Dios en su voluntad, lo que cumple por los hombres y lo que requiere de ellos, son enemigos de Dios y del pueblo de Dios. Suprimen la apertura de Dios, enteramente contraria a la intención de Dios: «Buscad mi rostro»; deseo darme a conocer y abrirme a vosotros. Por tanto, podemos observar de paso que cuando estamos en alguna condición oscura, en que un cristiano no halla los rayos de Dios resplandeciendo sobre él, que no eche la culpa a Dios, como si Dios fuera un Dios que se deleitara en esconderse. ¡Oh, no! No es su deleite. No ama el ser extraño para sus pobres criaturas. No es un punto de su política. Es demasiado grande para afectar (escoger = amar) cosas tan pobres. No; la falta está enteramente en nosotros. No andamos dignamente de tal presencia; nos falta humildad y preparación. Si hay alguna oscuridad en la criatura, de modo que halla que Dios no resplandece sobre ella como en otros tiempos, sin duda la causa está en ella misma; pues Dios dice: «Buscad mi rostro.» Desea revelarse. Richard Sibbes.
Versículo 9. «Cuando tú dijiste: Buscad mi rostro», etc. Todos los movimientos del Espíritu son oportunos, y por tanto no han de aplazarse; porque la demora es una especie de negación, y huele a tal desprecio ingrato que por fuerza le ha de desagradar mucho. Cuando tú dijiste: Buscad mi rostro; mi corazón te respondió: Tu rostro buscaré, oh Jehová. Dios no solo espera tal respuesta, sino que la espera inmediatamente a su llamado. Cada vez que sopla con su viento, espera que desplegemos nuestras velas. Si rechazamos la ayuda que ofrece, con justicia podemos quedarnos sin ella cuando la deseemos. Como Cristo se retiró de la esposa porque le dejó llamar tanto tiempo a la puerta de su corazón, y ella seguía difiriendo el abrir, y cansó su amorosa paciencia con excusas vanas y frívolas. Cnt 5:2, etc. Pero así como no debemos omitir el cumplimiento presente de ningún deber al que él nos excita, tampoco debemos frenar sus influencias cansándonos de los deberes en que nos ayuda: si no aprovechamos las ayudas extraordinarias perseverando más tiempo, le provocamos a que se retire. Timothy Cruso.
Versículo 9. «Cuando tú dijiste: Buscad mi rostro», etc. Vemos aquí esto: que Dios debe comenzar con nosotros antes de que podamos cerrar con él; Dios debe buscarnos antes de que podamos buscarle; Dios debe desear primero que nos acerquemos a él, antes de que nosotros, por nuestra parte, podamos acercarnos a Dios. Tú dijiste: Buscad mi rostro; y entonces, y no antes, mi corazón dijo: Tu rostro buscaré, oh Jehová. Thomas Horton.
Versículo 9. «Cuando tú dijiste», etc. Ahora bien, Dios habla entonces al corazón para orar cuando no solo le impone el deber diciendo a la conciencia: Esto debes hacer; sino que el hablar de Dios para orar es como su habla al principio, cuando hizo el mundo, cuando dijo: «Sea la luz; y fue la luz»: así dice: Haya una oración, y hay una oración; es decir, derrama sobre el hombre un espíritu de gracia y de oración, una disposición orante; pone motivos, sugiere argumentos y súplicas ante Dios; todo lo cual hallarás que viene con presteza y por sí mismo, y también con un calor vivificante y ensanchamiento del afecto, y con un anhelo y deseo, y una inquietud del espíritu por estar a solas, por derramar el alma ante Dios, y por dar salida y forma a esos movimientos y sugerencias en una oración, hasta que los hayas reunido y hecho de ellos una oración. Y esto es un hablar al corazón. Observa tales tiempos cuando Dios así lo hace, y no los descuides: entonces, a golpear mientras el hierro está caliente; entonces tienes su oído; es una oportunidad especial para ese asunto, tal que quizá nunca tengas otra igual. Los pretendientes en la corte observan los molissima fandi tempora, sus momentos de pedir cuando tienen a los reyes de buen humor, de los cuales se aprovecharán sin falta; pero sobre todo si hallaran que el mismo rey comienza de por sí a hablar del asunto que ellos querrían de él: y así esa frase del Sal 10:17, que Dios dispone el corazón, algunos la entienden así: que Dios dispone el corazón y hace que el oído oiga; es decir, lo forma y lo compone en una disposición de oración. Y ciertamente es una gran señal de que Dios piensa oírnos cuando él mismo dicta así la petición. Thomas Goodwin.
Versículo 9. «Cuando tú dijiste», etc. Y bien puede alegarse esto, pues Dios no suele así estimularnos y fortalecernos para buscarle sino cuando piensa dejarse hallar de nosotros. Sal 10:17. «Los deseos de los humildes oíste, oh Jehová; tú dispones su corazón, y haces atento tu oído.» Jer 29:13. «Y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.» Y Dios mismo lo hace argumento para sí mismo: que si dice a alguien interiormente además de exteriormente: Buscad mi rostro, el que habla justicia no puede hablarles así y frustrar sus oraciones, y así mandarles buscar su rostro en vano. Is 45:19: «No dije a la descendencia de Jacob: En vano me buscad; yo soy Jehová que hablo justicia». Si Asuero mandó a su esposa pedir, ciertamente no dejará de conceder su petición, Est 7:2; así aquí. Y así como cuando Cristo llamó al ciego para que viniera a él a decirle su dolencia, con razón le dijeron: «Ten confianza; levántate, te llama». Mr 10:49. Así es en este caso. Thomas Cobbett.
Versículo 9. «Mi corazón ha dicho de ti.» El corazón está entre Dios y nuestra obediencia como un embajador. Entiende de parte de Dios lo que Dios quiere que se haga, y luego pone un mandato sobre todo el hombre. El corazón y la conciencia del hombre son en parte divinos, en parte humanos. Tienen algo de divinidad, especialmente si el hombre es santo. Dios habla, y el corazón habla. Dios habla al corazón, y el corazón nos habla a nosotros. Y muchas veces, cuando oímos a la conciencia hablarnos, la desatendemos; y como dijo san Agustín de sí mismo: «Dios me hablaba a menudo, y yo lo ignoraba». Cuando no hay mandato en la palabra en que el corazón piense directamente (como en verdad muchos hombres profanos y descuidados apenas tienen una Biblia en sus casas), Dios les habla así; la conciencia les dice algún mandato entrecortado, que aprenden contra su voluntad. No hacen caso, pero David no hizo así. Dios dijo: Buscad mi rostro; su corazón responde: «Tu rostro buscaré, oh Jehová». El corazón mira hacia arriba, a Dios, y luego a sí mismo: Mi corazón dijo. Dijo a ti y luego a sí mismo. Primero, su corazón dijo a Dios: «Señor, tengo aliento de ti. Tú has mandado que busque tu rostro». Así su corazón miró a Dios, y luego se habla a sí mismo. Tu rostro buscaré, oh Jehová. Mira primero a Dios, y luego a todas las cosas que vienen de sí mismo. Richard Sibbes.
Versículo 9. Hay diversas cosas dignas de consideración en esta respuesta y acatamiento de David al mandato o invitación de Dios. Primero, fue oportuna y a su debido tiempo; David da inmediatamente esta respuesta: «Tu rostro buscaré, oh Jehová». Esta es la propiedad y disposición de todo cristiano sabio y prudente: cerrar con las primeras oportunidades de la invitación de Dios. Segundo, esta respuesta, así como fue oportuna e inmediata, fue también plena y completa; el cumplimiento fue proporcionado al mandato. Hay en el mundo cierta clase de gente a quienes Dios les manda hacer una cosa y seguro que harán justamente lo contrario; o, al menos, no hacen tanto como deberían, sino que lo hacen a medias. Pero aquí David responde a Dios en toda la extensión y proporción de la obediencia. Dios dijo: Buscad mi rostro, y él respondió: Tu rostro buscaré, oh Jehová. Tercero, fue real, entera y sincera; «Mi corazón dijo». Una cosa es decirlo con la boca y otra cosa decirlo con el corazón. Con la boca es facilísimo y corriente, y nada más habitual: Señor, tu rostro buscaremos, especialmente en cualquier problema o calamidad que nos sobrevenga; pero que el corazón lo diga, eso no es tan frecuente. Cuarto, fue firme y terminante. «Tu rostro buscaré»: nada me lo impedirá ni me apartará de ello, sino que lo haré contra toda oposición. Por último, esta protesta de David fue absoluta, indefinida e ilimitada: «Buscaré tu rostro», sin prescripción de tiempo, lugar o condición; no solo ahora, sino en lo sucesivo; no solo por un tiempo, sino para siempre, en todas las estaciones, en todos los estados, en todas las circunstancias, me mantendré en esto: en tener mi comunión contigo. Entonces somos cristianos de veras cuando somos así inmutables, irrevocables e independientes de las opiniones o prácticas de cualquier otra persona. Resumido de Thomas Horton.
Versículo 9. Dios ha prometido su favor, y por tanto su pueblo puede buscar su favor. Más aún, ha mandado a su pueblo buscar su favor, y por tanto deben buscarlo. Es una locura imprudente, durante la suspensión del favor de Dios, desheredarnos y despoblarnos a nosotros mismos, es decir, negando la gracia y la relación espiritual que existen entre nosotros y Dios. Ese no es el camino para ganar favor; pues cuando hemos deshecho nuestra relación de hijos nos excluimos de la expectativa de favor. No: el camino más sabio y seguro es buscar la renovación del semblante amoroso de Dios, y no dejarnos alejar de Dios por nuestra incredulidad. Obadiah Sedgwick, en «The Doubting Believer», 1653.
Sugerencias para el predicador
Versículo 9. El corazón en sintonía con su Dios. Nótense la prontitud, la cordialidad, el carácter personal, la falta de reservas, la exactitud y la resolución de la respuesta al precepto.
Versículo 9. El buscador que tiene éxito. Sermón de R. Sibbes.
Versículo 9. El eco. Véanse los Sermones de Spurgeon, n.º 767.
Salmos 27:9
Versículo 9. «No escondas tu rostro de mí.» La palabra «lejos» no está en el original, y es una adición muy superflua de los traductores, pues aun el menor ocultamiento del rostro del Señor es una gran aflicción para un creyente. El mandato de buscar el rostro del Señor sería doloroso si el Señor, retirándose, hiciera imposible que el buscador lo encontrara. Una sonrisa del Señor es el mayor de los consuelos, su ceño el peor de los males. «No apartes con ira a tu siervo.» Otros siervos habían sido apartados cuando resultaron infieles, como por ejemplo su predecesor Saúl; y esto hacía que David, consciente de muchas faltas, estuviera muy ansioso de que la longanimidad divina lo mantuviera en el favor. Esta es una oración muy apropiada para nosotros bajo un sentimiento similar de indignidad. «Mi ayuda has sido.» ¡Cuán verdaderamente podemos unirnos a esta declaración! Durante muchos años, en circunstancias de diversas pruebas, hemos sido sostenidos por nuestro Dios, y debemos y queremos confesar nuestra obligación. La ingratitud, se dice, es natural al hombre caído, pero para los hombres espirituales es antinatural y detestable. «No me dejes ni me desampares.» Una oración para el futuro, y una inferencia del pasado. Si el Señor hubiera querido dejarnos, ¿por qué comenzó con nosotros? La ayuda pasada es un esfuerzo desperdiciado si el alma es ahora abandonada. La primera petición, «no me dejes», puede referirse a abandonos temporales, y la segunda palabra a la retirada final de la gracia; contra ambas hay que orar; y respecto de la segunda tenemos promesas inmutables que alegar. «Dios de mi salvación.» Un título dulce, digno de mucha meditación.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 9. «No escondas tu rostro de mí.» Cuando busque tu rostro, dígnate, oh Dios, no esconder tu rostro de mí; pues ¿para qué buscarlo si no puedo hallarlo? ¿Y qué esperanza de hallarlo si tú estás empeñado en esconderlo? Sir Richard Baker.
Versículo 9. «No apartes con ira a tu siervo.» Dios aparta con ira a muchos por su supuesta bondad, pero a ninguno por su maldad confesada. John Trapp.
Versículo 9. «Tu siervo.» Es cosa bienaventurada y dichosa ser verdadero «siervo» de Dios. Considera lo que la reina de Sabá dijo de los siervos de Salomón, 1 R 10:8: «Dichosos estos tus siervos», etc. Ahora bien, Cristo Jesús es mayor que Salomón, Mt 12:42, y por tanto mejor Amo. Los buenos amos terrenales honrarán a los buenos siervos, como en Pr 27:18: «El que mira por los intereses de su señor será honrado»; Pr 17:2: «El siervo prudente se enseñoreará del hijo que deshonra, y compartirá la herencia entre los hermanos». Pero aunque algunos amos terrenales sean Nabales y Labanes, Dios no será así: Jn 12:26: «Donde yo estoy, allí también estará mi servidor». «Si alguno me sirve, mi Padre le honrará»; véase Lc 12:37. Los siervos vigilantes son bienaventurados; su señor hará que se sienten a la mesa, y vendrá a servirles; como en Mt 25:21,23: «Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor». Thomas Pierson.
Versículo 9. «Mi ayuda has sido; no me dejes», etc. Un acto de misericordia compromete a Dios a otro. Los hombres argumentan así: Ya te he mostrado bondad, por tanto no me molestes más; pero como Dios ha mostrado misericordia, está aún más dispuesto a mostrarla; su misericordia en la elección le hace justificar, adoptar, glorificar. Thomas Watson.
Versículo 9. «No me dejes»; mejor, «no me despidas»; «no sueltes tu asimiento de mí». Este es el sentido propio del verbo hebreo (vjn): soltar una cosa, dejarla ir, abandonarla. Samuel Horsley.
Sugerencias para el predicador
Versículo 9. 1. El abandono, deprecado en todas sus formas.
- La experiencia alegada.
- La ayuda divina implorada.
Versículo 9. El horror de los santos ante el infierno de los pecadores. James Scot.
Salmos 27:10
Versículo 10. «Aunque mi padre y mi madre me dejaran.» Estos queridos parientes serán los últimos en abandonarme, pero si la leche de la bondad humana se secara aun en sus pechos, hay un Padre que nunca olvida. Algunos de los más grandes santos han sido echados por sus familias y perseguidos por causa de la justicia. «Con todo, Jehová me recogerá.» Abrazará mi causa, me levantará de mis aflicciones, me llevará en sus brazos, me elevará por encima de mis enemigos, me recibirá al fin en su eterna morada.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 10. «Aunque mi padre y mi madre me dejaran.» Como parece haber alguna dificultad en suponer que los padres del salmista lo «abandonaron», podría quizá decirse que lo «dejaron» (como conjetura Muis), es decir, que lo dejaron atrás por estar muertos. James Merrick, M.A., 1720-1769.
Versículo 10. «Aunque mi padre y mi madre me dejaran.» Es en verdad la naturaleza de todas las criaturas vivientes, aunque sean muy tiernas con sus crías, que cuando estas han llegado a la madurez de edad y fuerza, las despiden para que se las arreglen solas; y aun un padre y una madre, por tiernos que sean, tienen algo de esta naturaleza común; pues mientras sus hijos son pequeños los llevan de la mano, pero cuando son mayores los dejan a sus propias piernas, y si por casualidad caen, que se levanten como puedan. Pero Dios aun entonces recoge a sus hijos, porque sabe de qué están hechos; sabe que su fortaleza debe ser sostenida tanto como su debilidad socorrida; sabe que hay que levantarlos cuando caen tanto como sostenerlos cuando están en pie. Sir Richard Baker.
Versículo 10. «Padre y madre.» Primero, ¿quiénes son? Propiamente y ante todo nuestros padres naturales, de quienes fuimos engendrados y nacimos; a quienes (bajo Dios) debemos nuestro ser y nuestra crianza. Con todo, aquí no solo ellos, sino por sinécdoque todos los demás parientes, vecinos, amigos, conocidos o, en verdad, más generalmente aún, todos los consuelos, apoyos y ayudas mundanos cualesquiera. 2. Pero entonces, ¿por qué se nombran estos primero, y los demás se incluyen en ellos? Porque nos prometemos más ayuda de ellos que de cualquiera de los otros. Tenemos con ellos una relación más cercana y un interés mayor que con cualquier otro; y ellos de todos son los menos propensos a abandonarnos. Hasta las criaturas brutas no abandonan a sus crías. Una gallina no abandonará a sus polluelos, ni una osa soportará que le roben sus cachorros. 3. Pero entonces, en tercer lugar, ¿por qué se nombran ambos, padre y madre también? En parte porque apenas puede imaginarse que ambos abandonen a su hijo, aunque uno llegara a ser desamorado. En parte porque, siendo el amor del padre comúnmente con más previsión y el de la madre con más ternura, ambos juntos expresan mejor de lo que cualquiera lo haría solo el abundante amor de Dios hacia nosotros, que nos es infinitamente caro, más allá del cuidado del padre más previsor, más allá del afecto de la madre más tierna. 4. Pero entonces, en cuarto lugar, ¿cuándo se puede decir que nos abandonan? Cuando en cualquier momento nos dejan desprovistos de la ayuda que necesitamos; sea por elección, cuando no quieren ayudarnos aunque podrían si quisieran; sea por necesidad, cuando no pueden ayudarnos aunque lo harían si pudieran. Robert Sanderson.
Versículo 10. «Con todo, Jehová me recogerá.» Pero dictum factum: estas son solo palabras; ¿hay hechos que presentar para respaldarlas? En verdad los hay, y al pie de la letra. Cuando la madre de Ismael, desesperando de su vida, lo había abandonado y lo había dejado tendido jadeando (su último aliento, hasta donde ella sabía o podía remediar), en el desierto, el Señor lo recogió; abrió un nuevo manantial de agua y abrió los ojos de ella para verlo, y así el niño fue preservado. Génesis 21. Cuando los padres de Moisés también lo habían abandonado (pues no se atrevieron a quedarse junto a él más tiempo) y lo habían dejado entre los juncos, el Señor lo recogió también. Le proveyó un salvador, la propia hija del rey, y una nodriza, la propia madre del niño; y así también fue preservado. Éx 2:6-9. Tomemos solo dos ejemplos más, uno de cada Testamento. David y san Pablo, ambos abandonados de los hombres, ambos recogidos de Dios. ¡Cómo fue abandonado David en el Sal 142:4, cuando miró a su diestra y no vio a nadie que le conociera; no tenía refugio adonde huir, y nadie se preocupaba por su alma! Pero todo el tiempo Dominus ad dextris: había uno a su diestra (aunque al principio no se dio cuenta de él), listo para recogerle; como sigue allí mismo, Sal 142:5: «Clamé a ti, oh Jehová; dije: Tú eres mi esperanza, y mi porción en la tierra de los vivientes». Y cómo fue abandonado san Pablo; tómese de él mismo, 2 Ti 4:16: «En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon»: caso penoso, y lo habría sido más de no haber habido uno listo para tomar su parte, en el versículo siguiente: «Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas», etc. ¿Qué más testigos necesitamos? In ore duorum: por boca de dos tales testigos, el punto queda suficientemente establecido. Pero diréis aún que estos dos podían testificar lo que ya habían hallado post factum. Pero David, en el texto, lo pronuncia de futuro, de antemano, y con bastante confianza: «Jehová me recogerá.» Como también lo hace en otro lugar: «Yo sé que Jehová tomará a su cargo la causa del afligido, y el derecho de los pobres», Salmo 140:12. Pero ¿hay fundamento para eso? Sin duda lo hay; un doble fundamento: uno en la naturaleza y otro en la promesa de Dios. En su naturaleza hay cuatro cualidades (nos permitimos hablar así, conforme a nuestras bajas aprehensiones, pues en la Deidad propiamente no hay cualidades); pero llámense cualidades o atributos o como se quiera; hay cuatro perfecciones en Dios, opuestas a aquellos defectos que hemos hallado en nuestros padres terrenales como causas principales de que tan a menudo nos abandonen; las cuales nos dan plena seguridad de que él nos recogerá cuando todo otro socorro nos falle. Son su amor, su sabiduría, su poder, su eternidad, y todas en su naturaleza. A estas cuatro, añade su promesa, y tienes la plenitud de toda la seguridad que se pueda desear. Robert Sanderson.
Versículo 10. «Jehová me recogerá.» En hebreo, me reunirá, es decir, me tomará bajo su cuidado y custodia. En el derecho civil hallamos provisión hecha para los desamparados y sin amigos; algunos hospicios para acogerlos, algunas libertades para consolarlos y compensar su aflicción. Es seguro que en Dios los abandonados y huérfanos hallan misericordia. John Trapp.
Sugerencias para el predicador
Versículo 10. La porción del huérfano, el consuelo del perseguido, el paraíso del que parte.
Salmos 27:11
Versículo 11. «Enséñame, oh Jehová, tu camino.» No ruega que se le consienta su propio camino, sino que se le informe del sendero por el cual el justo Jehová quiere que ande. Esta oración manifiesta un humilde sentido de la propia ignorancia, gran docilidad de espíritu y obediencia alegre de corazón. «Guíame por senda de rectitud.» Aquí se busca ayuda además de dirección; no solo necesitamos un mapa del camino, sino un guía que nos asista en el viaje. Se desea aquí una senda abierta, honrada, directa, en oposición al camino de la astucia, que es intrincado, tortuoso, peligroso. Los hombres buenos rara vez prosperan en especulaciones sutiles y rumbos dudosos; la sencillez llana es el mejor espíritu para un heredero del cielo: dejemos las tretas escurridizas y las conveniencias políticas a los ciudadanos del mundo; la Nueva Jerusalén reconoce como ciudadanos a los hombres sencillos. Esaú era diestro cazador, Jacob era varón quieto, que habitaba en tiendas. «A causa de mis enemigos.» Estos nos atraparán si pueden, pero el camino de la honradez manifiesta y sencilla está a salvo de su furia. Es maravilloso observar cómo la sencillez honrada desbarata y supera la astucia de la maldad. La verdad es sabiduría. «La honradez es la mejor política.»
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 11. «Enséñame, oh Jehová, tu camino.» Habiéndose comparado a un niño expuesto y abandonado, adoptado por Dios, pide luego francamente que se le muestre cómo andar. Pide la gracia de poder guardar todos sus santos mandamientos, que no pierde de vista a lo largo de los ciento cincuenta salmos. ¿Qué otra cosa podía hacer? Era el único sendero a aquella casa celestial de Dios que acababa de declarar ser el único deseo y anhelo de su corazón. Roberto Belarmino (cardenal), 1542-1621.
Versículo 11. «Guíame por senda de rectitud a causa de mis enemigos.» Si un hombre que viaja por el camino real es robado entre el alba y el ocaso, la reparación puede recobrarse del condado donde se cometió el robo; pero si emprende su viaje de noche, siendo hora intempestiva, entonces es por su propio riesgo y debe aceptar lo que venga. Así, si un hombre se mantiene en los caminos de Dios, estará seguro de la protección de Dios; pero si se desvía de ellos, se expone al peligro. Robert Skinner (obispo), 1636.
Versículo 11. «A causa de mis enemigos.» Una vez que un hombre se hace profesante, los ojos de todos están sobre él; y bien pueden, porque su profesión en el mundo es una separación del mundo. Los creyentes condenan con sus vidas a los que los condenan con sus labios. El justo David veía a muchos que esperaban triunfar en sus errores. De ahí que cuanto más vigilaban, más oraba él: «Enséñame, oh Jehová, tu camino, y guíame por senda de rectitud a causa de mis enemigos». Puede traducirse: a causa de mis observadores. Cristiano, si habitas en la tienda abierta de la licencia, los impíos no andarán hacia atrás, como los modestos Sem y Jafet, para cubrir tu vergüenza; sino que andarán hacia delante, como el maldito Cam, para publicarla. Así hacen de tu debilidad un pretexto para su maldad. Los hombres son despiadados en sus censuras de los cristianos; no tienen compasión de su flaqueza; mientras que Dios los pesa en balanzas más justas y dice: «El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil». Mientras un santo es una paloma a los ojos de Dios, no es más que un cuervo en la estima de los pecadores. William Secker.
Sugerencias para el predicador
Versículo 11. La senda del hombre sencillo, deseada, descrita, divinamente aprobada, «tu camino», «senda de rectitud», y divinamente enseñada, «enséñame, oh Jehová», «guíame».
Salmos 27:12
Versículo 12. «No me entregues a la voluntad de mis enemigos»; de lo contrario sería como una víctima echada a los leones, para ser despedazada y totalmente devorada. Gracias sean dadas a Dios porque nuestros enemigos no pueden hacer con nosotros su voluntad, o Smithfield pronto estaría ardiendo de nuevo. «Porque se han levantado contra mí testigos falsos.» La calumnia es un arma anticuada del arsenal del infierno, y todavía se usa en abundancia; y por santo que sea un hombre, habrá algunos que lo difamen. «Dale a un perro mala fama y ahórcalo»; pero gloria sea a Dios, el pueblo del Señor no son perros, y sus malas famas no les hacen daño. «Y los que respiran violencia.» Su aliento vital es aborrecer a los buenos; no pueden hablar sin maldecirlos; tal era Pablo antes de su conversión. Los que respiran violencia bien pueden esperar ser enviados a respirar su aire natal en el infierno; ¡que los perseguidores se cuiden!
Salmos 27:13
Versículo 13. El desfallecimiento del corazón es una flaqueza común; aun el que mató a Goliat estaba sujeto a sus ataques. La fe pone su botella de cordial a los labios del alma, y así impide el desmayo. La esperanza es el bálsamo del cielo para el dolor presente. En esta tierra de los moribundos, nuestra bienaventuranza es estar mirando y anhelando nuestra hermosa porción en la tierra de los vivientes, de donde la bondad de Dios ha desterrado la maldad del hombre, y donde los espíritus santos encantan con su compañía a aquellos santos perseguidos que fueron vilipendiados y despreciados entre los hombres. Debemos creer para ver, no ver para creer; debemos esperar el tiempo señalado y calmar el hambre de nuestra alma con anticipos de la eterna bondad del Señor, que pronto será nuestro banquete y nuestro cántico.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 13. «Hubiera yo desmayado», etc. Estudia mucho la suficiencia, el poder, la bondad, la inmutabilidad de Dios. 1. La suficiencia de Dios. ¡Qué plenitud hay en él para compensar todo lo que puedas perder por él; qué refrigerios hay en él para endulzar todo lo que puedas sufrir por él! ¡Qué plenitud! Tan bien puedes dudar de que todas las aguas del océano no puedan llenar una cuchara, como de que la plenitud divina no pueda bastarte, aunque no te quedara nada en este mundo; pues todas las aguas que cubren el mar no son siquiera una cucharada, comparadas con la plenitud sin límites e infinita de toda suficiencia. ¡Qué refrigerios en él! Una gota de dulzura divina basta para hacer que uno, en la agonía misma de la muerte más cruel, exclame con gozo: «Ya pasó la amargura de la muerte». Pues en él no hay solo gotas, sino ríos; no un escaso rociado, sino una plenitud infinita. 2. Fija mucho los ojos en el poder de Dios, en cómo puede sostener bajo la cruz, en lo que puede lograr para ti por medio de la cruz. No hay cruz tan aguda y penosa que él no pueda hacerla dulce y consoladora. No hay cruz tan pesada e intolerable que él no pueda hacerla ligera y fácil. No hay cruz tan ignominiosa y afrentosa que él no pueda convertirla en tu honra. No hay cruz tan adherida a ti que él no pueda quitarla fácilmente. 3. Su bondad. Su suficiencia y poder lo hacen capaz; su bondad lo hace dispuesto a hacer por su pueblo bajo la cruz lo que su suficiencia y su poder omnipotente pueden dar. Su bondad pone a trabajar su poderoso poder por sus santos que sufren. Su bondad abre el grifo de su suficiencia, de su plenitud, para ellos, de modo que corre libremente sobre ellos; y nunca más libremente que cuando están bajo la cruz. Hubiera yo desmayado, si no creyera que veré la bondad de Jehová, etc. ¿Qué es lo que te dispone a desmayar bajo la cruz, o ante el pensamiento y la previsión de ella? Mira a la bondad de Dios: allí hay apoyo. Resumido de David Clarkson.
Versículo 13. «Hubiera yo desmayado.» Las palabras en cursiva las han suplido nuestros traductores; pero, lejos de ser necesarias, perjudican el sentido. Quita las palabras hubiera yo desmayado y deja una interrupción después del versículo, y se conservará la elegante figura del salmista: «Si no creyera que veré la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes...»: ¡qué!, ¡qué, ay, habría sido de mí! Adam Clarke.
Versículo 13. «Si no creyera que veré la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes.» En hebreo este versículo es elíptico, como Calvino lo traduce aquí. En la versión francesa suple la elipsis añadiendo al final del versículo las palabras «C'estoit fait de moy» («yo habría perecido»). En nuestra versión inglesa se introducen las palabras «hubiera yo desmayado» como suplemento al comienzo del versículo. Tanto el suplemento de Calvino como el de nuestra versión inglesa, que son sustancialmente iguales, explican sin duda el sentido del pasaje; pero destruyen la forma elegante y abrupta de la expresión empleada por el salmista, que se interrumpe en medio de su discurso sin completar la frase, aunque lo que quería decir es muy evidente. Nota editorial a Calvino, en el pasaje.
Versículo 13. Bajo tribulación y angustia graves, esfuérzate por ejercer una fe fuerte y viva. Fue una resolución noble y heroica la de aquel santo varón Job, bajo sus singulares pruebas, Job 13:15: «Aunque él me matare, en él esperaré»; como si hubiera dicho: Por duros y pesados que sean mis golpes, no soltaré mi presa de su palabra y de sus promesas, no arrasaré estos fundamentos de mi esperanza. Fue la manera en que el salmista se mantuvo para no hundirse bajo sus pesadas cargas: Hubiera yo desmayado, si no creyera que veré la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes. ... La fe trae nueva fuerza y suministros auxiliares de gracia desde el cielo, cuando el suministro anterior se ha agotado y gastado; de lo cual David tuvo aquí la dulce experiencia. Así como Dios planta y activa la gracia en el alma, se complace en acudir con suministros y refuerzos oportunos a las gracias débiles y decaídas de su pueblo, correspondientes a sus necesidades y apuros presentes; y así, de tiempo en tiempo, alimenta la lámpara del creyente con aceite fresco, da más fe, más amor, más esperanza y más deseos; y con ello da fuerzas al cansado y fortalece lo que está para morir. John Willison.
Versículo 13. «Si no creyera que veré la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes»: un cordial hecho de tres ingredientes soberanos: una esperanza de ver; y de ver la bondad de Dios; y la bondad de Dios en la tierra de los vivientes. Sir Richard Baker.
Versículo 13. «La tierra de los vivientes.» ¡Ay!, ¡qué tierra de los vivientes es esta, en la que hay más muertos que vivos, más bajo tierra que sobre ella; donde la tierra está más llena de tumbas que de casas; donde la vida yace temblando bajo la mano de la muerte, y donde la muerte tiene poder para tiranizar a la vida! No, alma mía, allí solamente está la tierra de los vivientes, donde no hay sino vivientes; donde hay una iglesia, no militante, sino triunfante; una iglesia, en verdad, pero sin camposanto, porque no hay muertos, ni nadie que pueda morir; donde la vida no es pasiva ni la muerte activa; donde la vida está sentada coronada, y donde la muerte es sorbida en victoria. Sir Richard Baker.
Sugerencias para el predicador
Versículo 13. La fe, su precedencia sobre la vista, sus objetos, su poder sustentador.
Versículo 13. Creer para ver. Véanse los Sermones de Spurgeon, n.º 766.
Salmos 27:14
Versículo 14. «Espera a Jehová.» Espera a su puerta con oración; espera a sus pies con humildad; espera a su mesa con servicio; espera a su ventana con expectación. Los pretendientes a menudo no ganan sino el trato frío de los patronos terrenales después de una larga y servil espera; pero le va mejor a quien tiene su patrono en los cielos. «Esfuérzate.» Lema de soldado. Sea el mío. Necesitaremos valor, y para ejercerlo tenemos tanta razón como necesidad, si somos soldados del Rey Jesús. «Y aliéntese tu corazón.» Él puede poner el emplasto justo sobre el punto débil. Que el corazón sea fortalecido, y toda la máquina humana se llena de poder; un corazón fuerte hace un brazo fuerte. ¿Qué fortaleza es esta que Dios mismo da al corazón? Lee el «Libro de los mártires» y mira sus gloriosas hazañas de valentía; pero acude más bien a Dios y consigue tú mismo ese poder. «Sí, espera a Jehová.» David, con las palabras «Sí», pone su sello privado a la palabra que, como hombre inspirado, había sido movido a escribir. Es su testimonio, además del mandato de Dios; y, en verdad, quien escribe estas escasas notas ha hallado tan dulce, tan reconfortante, tan provechoso acercarse a Dios, que también por cuenta propia se siente obligado a escribir: «Espera, te DIGO, a Jehová.»
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 14. Espera a Jehová; esfuérzate. Anímate, mantente firme (como dice el griego), sé varonil, o pórtate como hombre; palabra que usa el apóstol en 1 Co 16:13. Estas son palabras de aliento contra la negligencia, el temor, el desmayo del corazón u otras flaquezas. Henry Ainsworth.
Versículo 14. Espera a Jehová; esfuérzate.
Mantened solo vuestro puesto, y vuestros enemigos espirituales huirán;
el infierno tiembla ante una mirada dirigida al cielo;
preferid defender a atacar;
la confianza en uno mismo fallará en el combate;
cuando seáis desafiados podéis hacer frente a los peligros;
el verdadero valor es un fuego firme, no repentino;
es siempre humilde, vive desconfiado de sí mismo
y no se lanza por sí mismo a ningún peligro.
Entregaos a Dios y hallaréis
que Dios pelea las batallas de una voluntad rendida.
¡Amad a Jesús! El amor no soportará ningún temor vil;
¡amad a Jesús! y descansad seguros de la victoria. —**Thomas Ken (obispo), 1637-1710-11.
Versículo 14. No penséis que el gobierno está fuera de la mano de Cristo cuando los hombres hacen muchas cosas tristes y dan muchos golpes pesados a la obra de Dios. No, no; los hombres no son sino su mano; y es la mano de Dios la que justa y rectamente se hace pesada sobre su pueblo. Mirad, pues, por encima de los hombres; no tenéis que ver con ellos: hay un cambio de las cosas según le plazca volver su mano. Ralph Erskine, 1685-1752.
Sugerencias para el predicador
Versículo 14. La posición del creyente, «espera»; su condición, «esfuérzate»; su apoyo, «aliéntese», etc.; su perseverancia, «espera» repetido por segunda vez; su recompensa.
OBRAS SOBRE EL SALMO VEINTISIETE Excellent Encouragements against Afflictions, containing David's Triumph over Distress; or an Exposition of Psalm 27. Por THOMAS PIERSON, M.A. (Reimpreso en la serie de comentarios puritanos de Nichol.) Meditations upon the 27th Psalm of David. Por SIR RICHARD BAKER.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea.