El tesoro de David · Charles H. Spurgeon

Salmo 28: comentario de Charles H. Spurgeon (El tesoro de David)

Resumen del capítulo

TÍTULO Y TEMA. Otra vez, el título «Salmo de David» es demasiado general para darnos pista alguna sobre la ocasión en que fue escrito. Su posición, a continuación del veintisiete, parece haber sido intencionada, pues es un complemento y secuela muy adecuado de aquel. Es otro de esos «cantos en la noche» de los que tan fecunda fue la pluma de David. Los antiguos naturalistas decían que la espina en el pecho del ruiseñor lo hace cantar: los dolores de David lo hicieron elocuente en santa salmodia. El principal ruego de este salmo es que el suplicante no sea confundido con los hacedores de iniquidad, por quienes expresa la más absoluta aversión; puede convenir a cualquier santo calumniado que, malentendido por los hombres y tratado por ellos como persona indigna, está ansioso de comparecer rectamente ante el tribunal de Dios. Aquí se puede ver al Señor Jesús suplicando como representante de su pueblo.

División

Los versículos primero y segundo ruegan con fervor ser oídos por el Señor en un tiempo de emergencia terrible. Desde Sal 28:2-5 se describe y se deprecia la suerte de los impíos. En Sal 28:6-8 se da alabanza por la misericordia del Señor al oír la oración, y el salmo concluye con una petición general por toda la hueste de los creyentes militantes.

Salmos 28:1

Versículo 1. «A ti clamaré, oh Jehová. Roca mía.» El clamor es la expresión natural del dolor, y es una manera apropiada de hablar cuando fallan todos los demás modos de súplica; pero el clamor debe dirigirse solo al Señor, porque clamar a los hombres es malgastar nuestras súplicas en el aire. Cuando consideramos la disposición del Señor a oír y su poder para ayudar, veremos buena razón para dirigir de una vez todas nuestras peticiones al Dios de nuestra salvación, y usaremos un lenguaje de firme resolución como el del texto: «clamaré». El inmutable Jehová es nuestra roca, el fundamento inconmovible de todas nuestras esperanzas y nuestro refugio en tiempo de angustia: estamos firmes en nuestra determinación de huir a él como a nuestra fortaleza en toda hora de peligro. Será en vano llamar a las rocas en el día del juicio, pero nuestra roca atiende a nuestros clamores. «No te hagas sordo para conmigo.» Los meros formalistas pueden contentarse sin respuestas a sus oraciones, pero los verdaderos suplicantes no; no se satisfacen con los resultados de la oración misma al calmar la mente y someter la voluntad: deben ir más lejos y obtener respuestas reales del cielo, o no pueden descansar; y esas respuestas anhelan recibirlas cuanto antes, si es posible; temen incluso un poco del silencio de Dios. La voz de Dios es a menudo tan terrible que sacude el desierto; pero su silencio está igualmente lleno de pavor para un suplicante ansioso. Cuando Dios parece cerrar su oído, no debemos por eso cerrar nuestra boca, sino clamar con más fervor; porque cuando nuestra voz se vuelve aguda de ansiedad y de dolor, no tardará en concedernos audiencia. ¡En qué estado tan espantoso nos hallaríamos si el Señor se volviera para siempre mudo a nuestras oraciones! Este pensamiento se le ocurrió a David, y lo convirtió en un argumento, enseñándonos así a razonar y discutir con Dios en nuestras oraciones. «Para que no sea yo, dejándome tú, semejante a los que descienden al sepulcro.» Privados del Dios que responde a la oración, estaríamos en una situación más lamentable que los muertos en la tumba, y pronto nos hundiríamos al mismo nivel que los perdidos en el infierno. Debemos tener respuestas a la oración: nuestro caso es urgente, de terrible necesidad; ciertamente el Señor hablará paz a nuestras mentes agitadas, porque nunca puede encontrar en su corazón permitir que perezcan sus propios elegidos.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 1. A ti clamo. Es de suma importancia que tengamos un objeto definido en el cual fijar nuestros pensamientos. El hombre, en el mejor de los casos, tiene poca facultad para representarse abstracciones; pero menos que nunca en su tiempo de dolor. Entonces está indefenso; entonces necesita toda ayuda posible; y si su mente divaga en el vacío, pronto se cansará y caerá exhausta. Dios ha cuidado con gracia de que esto no tenga que ocurrir. Se ha manifestado de tal modo al hombre en su palabra que el afligido puede fijar el ojo de su mente en él como objeto definido de su fe, su esperanza y su oración. «Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.» Jer 33:3. Esto fue lo que hizo el salmista; y la definición de Dios como objeto de su confianza en la oración está muy claramente marcada. Y especialmente grande es el privilegio del cristiano en este asunto. Puede fijar los ojos en Jesús; puede, sin un esfuerzo muy grande de imaginación, representarse a aquel Santo mirándolo, escuchándolo, compadeciéndose de él, preparándose para responderle. Querido lector, en el tiempo de tu angustia no vagues; no lances tus suspiros al vacío; no dejes que tus pensamientos divaguen como si buscaran a alguien en quien detenerse, a alguien a quien contar la historia de la necesidad y desolación de tu corazón. Fija tu corazón como lo hizo el salmista, y di: «A ti clamaré». … ¡Oh! feliz el hombre que siente y sabe que, cuando viene la angustia, no puede ser desconcertado y confundido por el golpe, por pesado que sea. Estará herido de dolor, pero tiene su recurso, y lo sabe, y se valdrá de él. Lo suyo no es una vaga teoría de la simpatía general de Dios por el hombre; es un conocimiento de Dios como un Dios personal y compasivo; dice con el salmista: «A ti clamaré». Philip Bennett Power.

Versículo 1. Roca mía. Un día una amiga visitó al reverendo William Evans, piadoso ministro de Inglaterra, y le preguntó cómo se sentía. «Soy la debilidad misma —respondió—; pero estoy sobre la Roca. No experimento esos arrebatos que algunos han expresado ante la muerte; pero mi confianza está en la misericordia de Dios en Cristo. Aquí comenzó mi religión, y aquí debe terminar.»

Versículo 1. Roca mía. El reverendo John Rees, de Crown Street, Soho, Londres, fue visitado en su lecho de muerte por el reverendo John Leifchild, quien le pidió con mucha seriedad que describiera el estado de su ánimo. Esta apelación al honor de su religión lo despertó y avivó de tal modo su lámpara moribunda que, incorporándose en la cama, miró a su amigo a la cara y con gran deliberación, energía y dignidad pronunció estas palabras: «Cristo en su persona, Cristo en el amor de su corazón y Cristo en el poder de su brazo es la Roca sobre la cual descanso; y ahora (reclinando suavemente la cabeza sobre la almohada), ¡Muerte, golpea!». K. Arvine.

Versículo 1. No te hagas sordo para conmigo. Observemos a continuación lo que el corazón desea de Dios. Es que hable. No te hagas sordo para conmigo. En estas circunstancias, cuando hacemos nuestra oración, deseamos que Dios nos dé a conocer que nos oye, que se manifieste a nuestro favor y que diga que es nuestro Padre. ¿Y qué deseamos que Dios diga? Queremos que nos haga saber que nos oye; queremos oírlo hablar tan claramente a nosotros como sentimos que nosotros hemos hablado a él. Queremos saber, no solo por la fe, que hemos sido oídos, sino por haber hablado Dios con nosotros sobre el mismo asunto del cual le hemos hablado. Cuando nos sentimos así seguros de que Dios nos ha oído, podemos dejar con la más profunda confianza en sus manos todo el asunto por el cual hemos orado. Quizá la respuesta no pueda llegar en mucho tiempo; quizá, entretanto, las cosas parezcan marchar en sentido contrario; puede ser que no haya ninguna aparición directa de Dios en escena; aun así la fe se sostendrá y será fuerte; y habrá consuelo en el corazón, por la conciencia sentida de que Dios ha oído nuestro clamor sobre el asunto y de que nos lo ha dicho. Nos diremos: «Dios lo sabe todo; Dios, de hecho, me lo ha dicho; por tanto estoy en paz». Y baste con que Dios nos diga esto, cuando quizá no nos diga más; no procuremos inducirlo a hablar mucho cuando es su voluntad hablar poco: la mejor respuesta que podemos tener en ciertos momentos es simplemente la afirmación de que «oye»; con esta respuesta a nuestra oración, a la vez anima y ejercita nuestra fe. «Se dice —dice Rutherford, hablando de la tardanza del Salvador en responder a la petición de la mujer sirofenicia— que no le respondió palabra, pero no se dice que no oyera palabra. Estas dos cosas difieren mucho. Cristo a menudo oye cuando no responde; su no responder es una respuesta, y dice así: "Orad, seguid y clamad, porque el Señor tiene su puerta firmemente cerrada, no para dejaros fuera, sino para que llaméis, y llaméis, y se os abrirá."» Philip Bennett Power.

Versículo 1. Para que no sea yo… semejante a los que descienden al sepulcro. Tú ves, gran Dios, mi triste situación. Nada me es grande ni deseable sobre esta tierra sino la felicidad de servirte, y sin embargo la desdicha de mi destino y los deberes de mi estado me ponen en relación con hombres que consideran toda piedad como algo digno de censura y burla. Con secreto horror los oigo cada día blasfemar los inefables dones de tu gracia y ridiculizar la fe y el fervor de los piadosos como mera imbecilidad de espíritu. Expuesto a tal impiedad, todo mi consuelo, oh Dios mío, es hacer subir mis gritos de angustia hasta el pie de tu trono. Aunque por ahora estas blasfemias sacrílegas solo despiertan en mi alma emociones de horror y de compasión, temo que al fin puedan debilitarme y seducirme a un rumbo torcido de política, indigno de tu gloria y de la gratitud que te debo. Temo que insensiblemente llegue a ser tan cobarde que me avergüence de tu nombre, tan pecador que resista los impulsos de tu gracia, tan traidor que retenga mi testimonio contra el pecado, tan engañado de mí mismo que disfrace mi criminal timidez con el nombre de prudencia. Ya siento que este veneno se insinúa en mi corazón, pues aunque no querría que mi conducta se pareciera a la de los impíos que me rodean, estoy demasiado inclinado por el temor de ofenderlos. No me atrevo a imitarlos, pero casi tengo tanto miedo de irritarlos. Sé que es imposible agradar a la vez a un mundo corrupto y a un Dios santo, y sin embargo pierdo de tal modo de vista esta verdad que, en lugar de sostenerme en la decisión, solo sirve para hacer más inexcusable mi vacilación. ¡Qué me queda sino implorar tu ayuda! Fortaléceme, oh Señor, contra estas decadencias tan perjudiciales a tu gloria, tan fatales a la fidelidad que te es debida. Hazme oír tu voz que fortalece y anima. Si la voz de tu gracia no se levanta en mi espíritu, reanimando mi débil fe, siento que no hay sino un paso entre yo y la desesperación. Estoy al borde del precipicio, estoy a punto de caer en criminal complicidad con quienes querrían arrastrarme consigo a la fosa. Jean Baptiste Massillon, 1663-1742, traducido libremente por C. H. S.

Sugerencias para el predicador

Versículo 1. (primera parte). La sabia resolución de un pecador en la hora del desaliento.

Versículo 1. El temor del santo de llegar a ser como los impíos.

Versículo 1. El silencio de Dios: qué terror puede haber en él.

Versículo 1. (última parte). Cuán bajo puede hundirse un alma cuando Dios esconde su rostro.

Versículos 1-2. La oración. 1. Su naturaleza: un «clamor»: (a) La expresión de la vida, (b) La manifestación del dolor, (c) El ruego de la necesidad, (d) La voz de profundo fervor.

Salmos 28:2

Versículo 2. Esto es casi lo mismo que el primer versículo, solo que se refiere a súplicas futuras además de presentes. ¡Óyeme! ¡Óyeme! «Oye la voz de mis ruegos.» Esta es la carga de ambos versículos. No podemos conformarnos con una negativa cuando estamos en espíritu de oración; trabajamos, insistimos y luchamos en las súplicas hasta que se nos concede audiencia. La palabra «ruegos», en plural, muestra el número, la continuidad y la variedad de las oraciones de un hombre bueno, mientras que la expresión «oye la voz» parece insinuar que hay un sentido interior, una voz del corazón, que preocupa a los hombres espirituales mucho más que sus expresiones externas y audibles. Una oración silenciosa puede tener una voz más fuerte que los gritos de aquellos sacerdotes que quisieron despertar a Baal con sus voces. «Cuando alzo mis manos hacia tu santo templo»: aquel lugar santo era tipo de nuestro Señor Jesús; y si queremos ser aceptados, debemos volvernos siempre hacia el propiciatorio rociado con la sangre de su expiación. Las manos alzadas han sido siempre una postura de devoción, y quieren significar un extenderse hacia lo alto, hacia Dios, una disposición, un anhelo de recibir la bendición que se busca. Extendemos las manos vacías, porque somos mendigos; las alzamos, porque buscamos provisiones celestiales; las alzamos hacia el propiciatorio de Jesús, porque allí reside nuestra esperanza. ¡Ojalá que siempre que usemos gestos devotos poseamos corazones contritos, y así nos vaya bien con Dios!

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 2. Alzo mis manos hacia tu santo templo. Llamado (rybd), debhir, porque de allí hablaba Dios y daba respuesta. Hacia este (tipo de Cristo, la Palabra esencial) David alza sus manos, para que le sirva de escalera por la cual su oración suba al cielo. John Trapp.

Salmos 28:3

Versículo 3. «No me arrebates juntamente con los malos.» Ellos serán arrastrados al infierno como los criminales de antaño arrastrados en una rastra hasta Tyburn, como troncos arrastrados al fuego, como haces de leña al horno. David teme ser atado en su haz, arrastrado a su perdición; y el temor es apropiado para todo hombre piadoso. Los mejores de los impíos son una compañía peligrosa en el tiempo, y serían terribles compañeros para la eternidad; debemos evitarlos en sus placeres, si no queremos ser confundidos con ellos en sus miserias. «Y con los que hacen iniquidad.» Estos son abiertamente pecadores, y su juicio es seguro; Señor, no nos hagas beber de su copa. Se halla actividad entre los impíos aun cuando falte en los justos. ¡Oh, ser «obreros» para el Señor! «Los cuales hablan paz con sus prójimos, pero la maldad está en su corazón.» Han aprendido las costumbres del lugar adonde van: la suerte de los mentirosos es su porción para siempre, y la mentira es su conversación en el camino. Las palabras suaves, untuosas de amor fingido, son las engañosas mallas de la red infernal con que Satanás atrapa la preciosa vida; muchos de sus hijos son expertos en su abominable arte, y pescan con las redes de su padre, casi tan astutamente como él mismo podría hacerlo. Es señal segura de bajeza cuando la lengua y el corazón no suenan con la misma nota. Los hombres engañosos son más de temer que las fieras: mejor sería estar encerrado en un foso con serpientes que verse obligado a vivir con mentirosos. El que grita «paz» demasiado alto, piensa venderla si consigue su precio. «Al buen vino no hace falta ramo»: si fuera tan pacífico no necesitaría decirlo; tiene malas intenciones, puedes estar seguro.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 3. No me arrebates juntamente con los malos… los cuales hablan paz con sus prójimos, pero la maldad está en su corazón. El hombre piadoso aborrece la disimulación para con los hombres; su corazón va con su lengua, no puede adular y odiar, alabar y censurar. «El amor sea sin fingimiento.» Ro 12:9. El amor disimulado es peor que el odio; la falsificación de la amistad no es mejor que una mentira, Sal 78:36, pues hay pretensión de lo que no es. Muchos son como Joab: «Y tomó Joab con la diestra la barba de Amasa para besarlo. Y Amasa no se cuidó de la espada que estaba en la mano de Joab, el cual le hirió con ella en la quinta costilla, y derramó sus entrañas por tierra, y murió». Hay un río en España donde los peces parecen de color de oro, pero sácalos del agua y son como los demás peces. No todo lo que brilla es oro; hay quienes pretenden mucha bondad, pero son como venas grandes que tienen poca sangre; si te apoyas en ellos, son como una pierna descoyuntada. Por mi parte, dudo mucho de su verdad para con Dios, quien adula y miente a su amigo. «El que encubre el odio es de labios mentirosos; y el que propaga calumnia es necio.» Pr 10:18. Thomas Watson.

Versículo 3. No me arrastres con. Una alusión, a mi parecer, a un pastor que aparta una cierta porción de su rebaño. «No me cuentes entre ellos.» Profesor Lee.

Versículo 3. No me arrebates. (ynkvmt-la) de (Kvm); que significa tanto arrastrar como apresar, se traducirá mejor aquí no me eches mano, como quien echa mano de alguien para llevarlo o arrastrarlo a la ejecución. Henry Hammond.

Sugerencias para el predicador

Versículo 3. Los caracteres que deben evitarse, la suerte que debe temerse, la gracia que nos guarda de ambos.

Salmos 28:4

Versículo 4. Cuando consideramos a los impíos simplemente como tales, y no como nuestros prójimos, nuestra indignación contra el pecado nos lleva a coincidir por completo con los actos de la justicia divina que castigan el mal, y a desear que la justicia use su poder para refrenar con sus terrores a los crueles y a los injustos; pero aun así los deseos del presente versículo, tal como los traduce nuestra versión, no se concilian fácilmente con el espíritu de la dispensación cristiana, que busca más bien la reforma que el castigo de los pecadores. Si consideramos las palabras que tenemos delante como proféticas, o como en tiempo futuro, declarando un hecho, probablemente estamos más cerca del verdadero sentido que el dado en nuestra versión. Lector impío, ¿cuál será tu suerte cuando el Señor te trate conforme a tu merecido y te pese su ira, no solo en proporción a lo que has hecho realmente, sino según lo que habrías hecho si hubieras podido? Nuestros esfuerzos se toman como hechos; Dios toma la voluntad por la obra, y castiga o recompensa en consecuencia. No en esta vida, pero ciertamente en la venidera, Dios pagará a sus enemigos en sus propias caras y les dará el salario de sus pecados. No según sus palabras aduladoras, sino según la medida de sus obras perversas, el Señor repartirá venganza a los que no le conocen.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 4. Dales conforme a su obra, etc. Aquí se presenta de nuevo la difícil cuestión de orar pidiendo venganza, que, sin embargo, despacharé en pocas palabras. En primer lugar, es indiscutible que si la carne nos mueve a buscar venganza, el deseo es malo a los ojos de Dios. No solo nos prohíbe invocar el mal sobre nuestros enemigos por venganza de agravios privados, sino que no puede ser sino que todos los deseos que nacen del odio estén desordenados. Por tanto, el ejemplo de David no debe alegarse por quienes son impulsados por su propia pasión desmedida a buscar venganza. El santo profeta no se inflama aquí por su propio dolor privado para entregar a sus enemigos a la destrucción; sino que, dejando a un lado el deseo de la carne, da su juicio sobre el asunto mismo. Antes de que un hombre pueda, pues, denunciar venganza contra los impíos, debe primero sacudirse de todo sentimiento impropio en su propia mente. En segundo lugar, debe ejercerse la prudencia, para que la gravedad de los males que nos ofenden no nos arrastre a un celo desmedido, lo cual ocurrió incluso a los discípulos de Cristo cuando desearon que descendiera fuego del cielo para consumir a los que no quisieron recibir a su Maestro. Lc 9:54. Pretendían, es verdad, obrar según el ejemplo de Elías, pero Cristo los reprendió severamente y les dijo que no sabían de qué espíritu eran. En particular, debemos observar esta regla general: que deseemos cordialmente y trabajemos por el bienestar de todo el género humano. Así sucederá que no solo daremos lugar al ejercicio de la misericordia de Dios, sino que desearemos también la conversión de quienes parecen precipitarse obstinadamente hacia su propia destrucción. En suma, David, libre de toda pasión mala, y dotado asimismo del espíritu de discreción y de juicio, defiende aquí no tanto su propia causa como la causa de Dios. Y con esta oración se recuerda además a sí mismo y a los fieles que, aunque los impíos se den rienda suelta en la comisión de toda clase de vicios con impunidad por un tiempo, al fin deben comparecer ante el tribunal de Dios. Juan Calvino.

Versículo 4. Dales conforme a su obra, y conforme a la perversidad de sus hechos. Sí, gran Dios, puesto que desde el principio no te has ocupado sino en salvar a los hombres, ciertamente herirás con una maldición eterna a estos hijos de iniquidad que parecen haber nacido solo para perderse ellos mismos y destruir a otros. La misma benevolencia hacia el género humano solicita tus truenos contra estos corruptores de la sociedad. Cuanto más has hecho por nuestra raza, tanto más seguramente se revelará la severidad de tu justicia destruyendo a los miserables cuyo único afán es contrarrestar tu bondad hacia la humanidad. Trabajan incesantemente para alejar a los hombres de ti, oh Dios mío, y a cambio tú los alejarás de ti para siempre. Cuentan por gran ganancia hacer de sus semejantes enemigos tuyos, y tendrán el desesperado consuelo de serlo ellos mismos por toda la eternidad. ¿Qué castigo más adecuado para los miserables que desean hacer que todos los corazones se rebelen contra tu adorable Majestad que yacer, por la bajeza de su naturaleza, bajo la eterna y espantosa necesidad de odiarte para siempre? Jean Baptiste Massillon, traducido muy libremente por C. H. S.

Versículo 4. Dales conforme a su obra. Los egipcios mataron a los niños varones hebreos, y Dios hirió a los primogénitos de Egipto. Sísara, que pensó destruir a Israel con sus carros de hierro, fue muerto él mismo con una estaca de hierro clavada en sus sienes. Adonibezek, Jue 1:5-7. Gedeón mató a cuarenta ancianos de Sucot, y sus hijos fueron asesinados por Abimelec. Abimelec mató a setenta hijos de Gedeón sobre una piedra, y su propia cabeza fue quebrada por un trozo de piedra de molino arrojado por una mujer. Sansón cayó por la «concupiscencia de los ojos», y antes de morir los filisteos le sacaron los ojos. Agag, 1 S 15:33. Saúl mató a los gabaonitas, y siete de sus hijos fueron colgados delante de Jehová. 2 S 21:1-9. Acab, tras codiciar la viña de Nabot, 1 R 21:19, cumplido en 2 R 9:24-26. Jeroboam: la misma mano que extendió contra el altar se le secó, 1 R 13:1-6. Joab, habiendo matado a Abner, a Amasa y a Absalón, fue muerto por orden de Salomón. Los acusadores de Daniel fueron arrojados al foso de los leones destinado a Daniel. Amán fue colgado en la horca preparada para Mardoqueo. Judas compró el campo de sangre, y luego fue y se ahorcó. Así también en la historia de tiempos posteriores: Bayaceto fue llevado por Tamerlán en una jaula de hierro, como él había pensado llevar a Tamerlán. Majencio construyó un puente para atrapar a Constantino, y fue derrotado él mismo en ese mismo lugar. Alejandro VI fue envenenado con el vino que había preparado para otro. Carlos IX hizo correr las calles de París con sangre protestante, y poco después la sangre corrió de todas partes de su cuerpo en un sudor sangriento. El cardenal Beaton condenó a muerte a George Wishart, y pronto murió él mismo de muerte violenta. Fue asesinado en su cama, y su cuerpo fue expuesto en la misma ventana desde la cual había mirado la ejecución de Wishart. G. S. Bowes, en "Illustrative Gatherings."

Versículo 4. Dales su merecido. Medita en la justicia de Dios: que no solo es su voluntad, sino su naturaleza castigar el pecado; el pecado debe condenarte sin Cristo; no hay solo posibilidad o probabilidad de que el pecado arruine, sino que, sin interés en Cristo, debe hacerlo; afila mucho en tu corazón ese debe; Dios no puede sino aborrecer el pecado, porque es santo; y no puede sino castigar el pecado, porque es justo. Dios no debe renunciar a su propia naturaleza para complacer nuestros humores. Christopher Fowler, en "Morning Exercises," 1676.

Versículo 4. Ora contra sus enemigos, no por venganza privada, sino guiado por el infalible espíritu de profecía, mirando a través de estos hombres a los enemigos de Cristo y de su pueblo en todas las edades. David Dickson.

Versículos 4-5. En estos versículos, como en la mayoría de los pasajes imprecatorios, el imperativo y el futuro se usan indistintamente: Dales, dales su merecido, los destruirá. Si, por tanto, los verbos, en todos esos pasajes, se tradujeran uniformemente en «futuro», toda objeción contra las imprecaciones de la Escritura desaparecería de inmediato, y aparecerían claramente como lo que son, a saber, profecías de los juicios divinos que desde entonces se han ejecutado contra los judíos, y que se ejecutarán contra todos los enemigos de Jehová y de su Cristo, a quienes ni las «obras» de la creación ni las de la redención pueden llevar al arrepentimiento. George Horne.

Versículos 4-5. Véase «Sal 28:4» para más información. En estos versículos, como en la mayoría de los pasajes imprecatorios, el imperativo y el futuro se usan indistintamente: Dales, dales su merecido, los destruirá. Si, por tanto, los verbos, en todos esos pasajes, se tradujeran uniformemente en «futuro», toda objeción contra las imprecaciones de la Escritura desaparecería de inmediato, y aparecerían claramente como lo que son, a saber, profecías de los juicios divinos que desde entonces se han ejecutado contra los judíos, y que se ejecutarán contra todos los enemigos de Jehová y de su Cristo, a quienes ni las «obras» de la creación ni las de la redención pueden llevar al arrepentimiento. George Horne.

Sugerencias para el predicador

Versículo 4. Medida por medida, o castigo proporcionado al merecimiento.

Versículo 4. Se atiende a la medida del pecado más que al mero resultado. De ahí que algunos sean culpables de pecados que no pudieron cometer.

Salmos 28:5

Versículo 5. «Porque no atendieron a los hechos de Jehová, ni a la obra de sus manos.» Dios obra en la creación: la naturaleza rebosa pruebas de su sabiduría y bondad, y sin embargo los ateos cortos de vista se niegan a verlo; obra en la providencia, rigiendo y gobernando, y su mano es muy manifiesta en la historia humana, y sin embargo el incrédulo no quiere discernirlo; obra en la gracia: conversiones notables se encuentran todavía por todas partes, y sin embargo los impíos se niegan a ver las operaciones del Señor. Donde los ángeles se maravillan, los hombres carnales desprecian. Dios se digna enseñar, y el hombre se niega a aprender. «Él los derribará»: los hará «mirar, y maravillarse, y perecer». Si no quisieron ver la mano del juicio sobre otros, la sentirán sobre sí mismos. Alma y cuerpo serán abrumados por completa destrucción por los siglos de los siglos. «Y no los edificará.» La cura de Dios es positiva y negativa; su espada tiene dos filos y corta a derecha e izquierda. Su herencia de mal impedirá que los impíos reciban bien alguno; el efa estará demasiado lleno de ira para contener un grano de esperanza. Se han vuelto como casas de madera viejas, podridas y deterioradas, inútiles para el dueño y albergue de toda clase de males, y por eso el Gran Constructor las demolerá por completo. Los infractores incorregibles pueden esperar pronta destrucción: los que no quieren enmendarse serán tirados como inservibles. Estemos muy atentos a todas las lecciones de la palabra y la obra de Dios, no sea que, hallados desobedientes a la voluntad divina, se nos haga sufrir la ira divina.

Sugerencias para el predicador

Versículo 5. Negligencia culpable, mantenida constantemente, que pierde mucha bendición y acarrea terrible condenación.

Salmos 28:6

Versículo 6. «Bendito sea Jehová.» Los santos están llenos de bendiciones; son un pueblo bendito y que bendice; pero dan sus mejores bendiciones, la grosura de sus sacrificios, a su glorioso Señor. Nuestro salmo era oración hasta este punto, y ahora se vuelve alabanza. Los que oran bien pronto alabarán bien: la oración y la alabanza son los dos labios del alma; dos campanas que hacen sonar música dulce y aceptable en los oídos de Dios; dos ángeles que suben por la escalera de Jacob; dos altares que humean de incienso; dos de los lirios de Salomón que destilan mirra fragante; son dos cabritos de gacela mellizos que se apacientan en el monte de la mirra y el collado del incienso. «Porque oyó la voz de mis ruegos.» La verdadera alabanza se asienta sobre razones suficientes y apremiantes; no es emoción irracional, sino que brota, como un manantial puro, de lo profundo de la experiencia. Las oraciones contestadas deben reconocerse. ¿No fallamos a menudo en este deber? ¿No animaría mucho a otros, y nos fortalecería a nosotros mismos, si registráramos fielmente la bondad divina y nos propusiéramos ensalzarla con nuestra lengua? La misericordia de Dios no es algo tan insignificante como para que podamos recibirla sin siquiera darle gracias. Debemos huir de la ingratitud y vivir cada día en la atmósfera celestial del amor agradecido.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 6. Oyó. La oración es el mejor remedio en una calamidad. Es en verdad un verdadero catholicum, un remedio general para toda dolencia. No como el catholicum del empírico, que a veces puede funcionar pero por lo común falla: sino el que, por evidencia segura y experiencia constante, tiene su probatum est; siendo lo que ha prescrito el Médico más sabio, instruido, honrado y hábil que haya habido o pueda haber: aquel que nos enseña cómo soportar lo que ha de soportarse, o cómo sanar y ayudar lo que ha sido soportado. William Gouge.

Sugerencias para el predicador

Versículo 6. Oraciones contestadas: una mirada atrás y un canto.

Salmos 28:7

Versículo 7. Aquí está la declaración y confesión de fe de David, unida a un testimonio de su experiencia. «Jehová es mi fortaleza.» El Señor emplea su poder en favor nuestro y, además, infunde fuerza en nosotros en nuestra debilidad. El salmista, por un acto de fe que se apropia, toma la omnipotencia de Jehová como suya. La dependencia del Dios invisible da gran independencia de espíritu, inspirándonos una confianza más que humana. «Y mi escudo.» Así David halló en su Dios tanto espada como escudo. El Señor preserva a su pueblo de males innumerables; y el guerrero cristiano, resguardado tras su Dios, está mucho más seguro que el héroe cubierto con su escudo de bronce o de triple acero. «En él confió mi corazón, y fui ayudado.» La obra del corazón es obra segura; la confianza del corazón nunca es defraudada. La fe debe venir antes que la ayuda, pero la ayuda nunca tardará mucho. Cada día el creyente puede decir: «Soy ayudado», porque la asistencia divina se nos concede a cada momento, o retrocederíamos a perdición; cuando se necesita una ayuda más manifiesta, no tenemos sino que ejercitar la fe, y se nos dará. «Por lo que se gozó mi corazón, y con mi cántico le alabaré.» Se menciona dos veces el corazón para mostrar la verdad de su fe y de su gozo. Observa el adverbio «mucho» (en el original, grandemente): no debemos temer estar demasiado llenos de regocijo al recordar la gracia recibida. Servimos a un gran Dios; regocijémonos grandemente en él. Un cántico es el método más adecuado del alma para dar salida a su felicidad; sería bueno que fuéramos más como la alondra que canta y menos como el cuervo que grazna. Cuando el corazón arde, los labios no deben callar. Cuando Dios nos bendice, debemos bendecirlo con todo el corazón.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 7. Jehová es mi fortaleza. ¡Oh, dulce consuelo! Si un hombre lleva una carga, pero se le añade fuerza, aunque la carga se duplique, si su fuerza se triplica, la carga no será más pesada, sino más ligera que antes para su fuerza natural; así, si nuestras aflicciones son pesadas y clamamos: ¡Oh, no podemos soportarlas!, pues si no podemos soportarlas con nuestra propia fuerza, ¿por qué no podríamos soportarlas con la fuerza de Jesucristo? ¿Pensamos que Cristo no pudo soportarlas? O si no nos atrevemos a pensar sino que Cristo pudo soportarlas, ¿por qué no habríamos de llegar nosotros a soportarlas? Alguien puede preguntar: ¿podemos tener la fuerza de Cristo? Sí; esa misma fuerza se nos traspasa por la fe, pues así lo dice con frecuencia la Escritura: Jehová es nuestra fortaleza; Dios es nuestra fortaleza; Jehová el Señor es nuestra fortaleza; Cristo es nuestra fortaleza. Sal 28:7; 43:2; 118:14; Is 12:2; Hab 3:19; Col 1:11; y por eso la fuerza de Cristo es nuestra, traspasada a nosotros, para que podamos soportar todo lo que se ponga sobre nosotros. Isaac Ambrose.

Versículo 7. Jehová es mi fortaleza por dentro, y mi escudo por fuera. La fe halla ambas cosas en Jehová, y la una no sin la otra, pues ¿qué es un escudo sin fuerza, o la fuerza sin un escudo? «En él confió mi corazón, y fui ayudado»: la idea de la frase anterior se desarrolla aquí: la ayuda exterior fue concedida a la confianza interior. W. Wilson, D.D.

Versículo 7. En él confió mi corazón, y fui ayudado. La fe da sustancia a las cosas que aún no se ven; altera el tiempo del verbo, dice uno, y pone el futuro en tiempo presente, como aquí. John Trapp.

Sugerencias para el predicador

Versículo 7. Las posesiones del corazón: confianza, experiencia, gozo y música.

Versículo 7. Adorar a Dios por sus misericordias. 1. Lo que Dios es para el creyente.

Salmos 28:8

Versículo 8. «Jehová es la fortaleza de su pueblo.» La experiencia celestial de un creyente es modelo de la vida de todos. Para toda la iglesia militante, sin excepción, Jehová es lo mismo que fue para su siervo David: «el más débil de ellos será como David». Necesitan la misma ayuda y la tendrán, porque son amados con el mismo amor, están escritos en el mismo libro de la vida y son uno con la misma Cabeza ungida. «Y la fortaleza de salvación de su ungido.» Contempla aquí al rey David como tipo de nuestro Señor Jesús, nuestra Cabeza del pacto, nuestro Príncipe ungido, por quien nos vienen todas las bendiciones. Él ha logrado para nosotros plena salvación, y deseamos de él fortaleza de salvación, y puesto que participamos de la unción que tan abundantemente se derrama sobre él, esperamos participar de su salvación. Gloria sea al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que ha engrandecido el poder de su gracia en su Hijo unigénito, a quien ha ungido para ser Príncipe y Salvador de su pueblo.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 8. Jehová es la fortaleza de ellos: no solo mía, sino la fortaleza de todo creyente. Nota: los santos se regocijan en los consuelos de sus amigos tanto como en los propios; pues así como no tenemos menos beneficio de la luz del sol porque otros participen de ella, tampoco de la luz del rostro de Dios; porque estamos seguros de que hay bastante para todos y bastante para cada uno. Esta es nuestra comunión con todos los santos: que Dios es su fortaleza y la nuestra; Cristo su Señor y el nuestro. 1 Co 1:2. Él es su fortaleza, la fortaleza de todo Israel, porque es la fortaleza de salvación de su ungido, es decir: 1. De David en el tipo: Dios, al fortalecer al que era su rey y peleaba sus batallas, fortaleció a todo el reino. Se llama a sí mismo el ungido de Dios porque fue la unción que había recibido lo que lo expuso a la envidia de sus enemigos, y por tanto lo hizo acreedor a la protección divina. 2. De Cristo, su Ungido, su Mesías, en el antitipo. Dios fue su fortaleza de salvación, lo capacitó para su empresa y lo llevó a través de ella. Matthew Henry.

Sugerencias para el predicador

Versículo 8. Todo poder dado a los creyentes por su unión con Jesús.

Salmos 28:9

Versículo 9. Esta es una oración por la iglesia militante, escrita en palabras breves, pero llena de significado de peso. Debemos orar por toda la iglesia, y no solo por nosotros mismos. «Salva a tu pueblo.» Líbralos de sus enemigos, presérvalos de sus pecados, socórrelos en sus aflicciones, rescátalos de sus tentaciones y aparta de ellos todo mal. Hay un argumento escondido en la expresión «tu pueblo»: pues puede concluirse con seguridad que el interés de Dios en la iglesia, como su propia porción, lo llevará a guardarla de la destrucción. «Y bendice a tu heredad.» Concede bendiciones positivas: paz, abundancia, prosperidad, felicidad; haz que toda tu heredad, tan preciosa y tan costosamente adquirida, sea consolada por tu Espíritu. Aviva, refresca, ensancha y santifica tu iglesia. «Y pastoréalos y susténtalos.» Sé pastor de tu rebaño; que sus necesidades corporales y espirituales sean abundantemente suplidas. Por tu palabra y tus ordenanzas, dirige, gobierna, sustenta y sacia a los que son ovejas de tu mano. «Para siempre.» Llévalos en tus brazos en la tierra, y luego elévalos a tu seno en el cielo. Eleva sus mentes y pensamientos, espiritualiza sus afectos, hazlos celestiales, semejantes a Cristo y llenos de Dios. Oh Señor, responde a esta nuestra petición, por amor de Jesús.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 9. Susténtalos (literalmente, elévalos). La palabra aquí usada puede significar sostenerlos o apoyarlos; pero más propiamente significa llevar, y se expresaría mejor con una referencia al hecho de que el pastor lleva en sus brazos a los débiles, los pequeños y los enfermizos de su rebaño, o los levanta cuando ellos mismos no pueden levantarse. Albert Barnes.

Sugerencias para el predicador

Versículo 9. «Una oración por la iglesia militante». Véase la Exposición y los Sermones de Spurgeon, n.º 768.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea.