El tesoro de David · Charles H. Spurgeon
Salmo 32: comentario de Charles H. Spurgeon (El tesoro de David)
Resumen del capítulo
TÍTULO. Salmo de David. Masquil. Que David escribió este salmo gloriosamente evangélico lo prueba no solo este encabezamiento, sino las palabras del apóstol Pablo en Ro 4:6-8: «Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras», etc. Probablemente su profundo arrepentimiento por su gran pecado fue seguido de una paz tan dichosa que se vio llevado a derramar su espíritu en la suave música de este escogido cántico. En el orden de la historia parece seguir al cincuenta y uno. Masquil es un título nuevo para nosotros, e indica que este es un salmo instructivo o didáctico. La experiencia de un creyente brinda rica instrucción a otros; revela las huellas del rebaño y así consuela y guía a los débiles. Quizá era importante en este caso anteponer la palabra, para que los santos que dudan no imaginaran que el salmo es la expresión peculiar de un individuo singular, sino que se lo apropiaran como una lección del Espíritu de Dios. David prometió en el salmo cincuenta y uno enseñar a los transgresores los caminos del Señor, y aquí lo hace de la manera más eficaz. Grocio piensa que este salmo estaba destinado a cantarse en el día anual de la expiación de los judíos, cuando se hacía una confesión general de sus pecados.
División
En nuestra lectura nos ha resultado conveniente notar la bienaventuranza de los perdonados, vv. 1-2; la confesión personal de David, vv. 3-5; y la aplicación del caso a otros, vv. 6-7. La voz de Dios es oída por el perdonado en los vv. 8-9; y el salmo concluye con una porción para cada una de las dos grandes clases de hombres, vv. 10-11.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Título. El término Masquil se antepone a trece salmos. Nuestros traductores no se han aventurado a hacer más, en el texto, que imprimir la palabra en caracteres ingleses; en el margen, en cambio, la traducen, como había hecho antes la versión de Ginebra, «para dar instrucción». Sería ir demasiado lejos afirmar que esta interpretación no admite duda alguna. Algunos buenos hebraístas la objetan; de modo que quizá nuestros venerables traductores hicieron bien en dejarla sin traducir. Aun así, la interpretación que asentaron al margen, además de ser la más antigua, está sostenida por la gran preponderancia de la autoridad. Concuerda notablemente con el contenido del salmo treinta y dos, que ofrece el ejemplo más antiguo de su uso, pues ese salmo es eminentemente didáctico. Su propósito es instruir al alma convicta en cómo obtener paz con Dios y verse rodeada de cánticos de liberación. William Binnie, D.D., en «The Psalms: Their History, Teachings, and Use», 1870.
Todo el salmo. Este es un salmo didáctico, en el cual David enseña a los pecadores a arrepentirse con su doctrina, él que les enseñó a pecar con su ejemplo. Esta ciencia es universal y atañe a todos los hombres, y necesariamente todos debemos aprenderla: príncipes, sacerdotes, pueblo, hombres, mujeres, niños, artesanos; todos, digo, deben ser puestos en esta escuela, sin cuya lección todas las demás son inútiles. Pero vayamos al punto. Esta es señal de un verdadero penitente: que, habiendo sido tropiezo para otros, sea tan solícito en levantarlos con su arrepentimiento como fue dañino para ellos con su pecado; y nunca tendré por verdaderamente penitente al hombre que se avergüence de enseñar a los pecadores el arrepentimiento con su propia experiencia. La mujer samaritana, cuando se convirtió, dejó su cántaro junto al pozo, entró en la ciudad y dijo: «Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho». Y nuestro Salvador dice a san Pedro: «Y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos» (Jn 4:29; Lc 22:32). San Pablo también, tras su conversión, no se avergüenza de llamarse el primero de los pecadores, y de enseñar a otros a arrepentirse de sus pecados arrepintiéndose por los suyos. Feliz, y tres veces feliz, el hombre que puede edificar tanto como ha derribado. Archibald Symson.
Todo el salmo. Se cuenta de Lutero que un día, preguntado cuál de todos los salmos era el mejor, respondió: «Psalmi Paulini», y cuando sus amigos insistieron en saber cuáles eran, dijo: «El 32, el 51, el 130 y el 143. Pues todos enseñan que el perdón de nuestros pecados viene, sin la ley y sin obras, al hombre que cree, y por eso los llamo salmos paulinos; y David canta: "Contigo hay perdón, para que seas temido"; esto es justo lo que dice Pablo: "Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos" (Ro 11:32). Así nadie puede jactarse de su propia justicia. Aquellas palabras, "para que seas temido", sacuden el polvo de todo mérito y nos enseñan a descubrir la cabeza ante Dios y a confesar gratia est, non meritum: remissio, non satisfactio; es puro perdón, nada de mérito». Charlas de sobremesa de Lutero.
Todo el salmo. Algunos afirman que este salmo solía cantarse el día de la expiación. Robert Leighton.
Los salmos penitenciales. Cuando Galileo fue encarcelado por la Inquisición en Roma por sostener el sistema copernicano, se le impuso como penitencia recitar los Siete Salmos Penitenciales cada semana durante tres años. Esto debió de pretender arrancarle una especie de confesión de su culpa y un reconocimiento de la justicia de su sentencia; y en ello ciertamente había cierta astucia y, en verdad, humor, aunque añadía a la iniquidad (o necedad) del procedimiento. De otro modo no es fácil entender qué idea de pena o castigo podían asociar los buenos padres a un ejercicio devocional como este, que, de cualquier modo, solo podía resultar agradable y consolador para su prisionero. M. Montague, en «The Seven Penitential Psalms in Verse... with an Appendix and Notes», 1844.
Salmos 32:1
Versículo 1. «Bienaventurado.» Como el sermón del monte, este salmo comienza con bienaventuranzas. Este es el segundo salmo de bendición. El primer salmo describe el resultado de la santa bienaventuranza; el treinta y dos detalla su causa. El primero pinta el árbol en pleno crecimiento; este lo muestra en su primera plantación y riego. Aquel que en el primer salmo es lector del libro de Dios, aquí es un suplicante ante el trono de Dios, aceptado y oído. «Bienaventurado aquel cuyas transgresiones son perdonadas.» Es bienaventurado ahora y lo será siempre. Por pobre, enfermo o afligido que esté, es bienaventurado de verdad. La misericordia que perdona es, de todas las cosas del mundo, la más digna de estima, pues es el único camino seguro a la felicidad. Oír del propio Espíritu de Dios las palabras «absolvo te» es un gozo inefable. Aquí la bienaventuranza no se atribuye al hombre que ha guardado diligentemente la ley, pues entonces nunca llegaría a nosotros, sino más bien a un transgresor de la ley, a quien por una gracia riquísima y gratuita se ha perdonado. Los fariseos que se creen justos no tienen parte en esta bienaventuranza. Sobre el pródigo que vuelve se pronuncia aquí la palabra de bienvenida, y comienzan la música y el baile. Un perdón pleno, instantáneo e irrevocable de la transgresión convierte el infierno del pobre pecador en cielo, y hace del heredero de la ira un partícipe de la bendición. La palabra traducida «perdonadas» significa en el original quitada o llevada lejos, como se levanta una carga o se retira una barrera. ¡Qué alivio es este! A nuestro Salvador le costó un sudor de sangre llevar nuestra carga; más aún, le costó la vida llevarla del todo. Sansón cargó las puertas de Gaza, pero ¿qué era eso comparado con el peso que Jesús llevó en nuestro favor? «Cuyo pecado es cubierto.» Cubierto por Dios, como el arca fue cubierta por el propiciatorio, como Noé fue cubierto del diluvio, como los egipcios fueron cubiertos por las profundidades del mar. ¡Qué cubierta ha de ser la que oculta para siempre de la vista del Dios que todo lo ve toda la inmundicia de la carne y del espíritu! Quien ha visto una vez el pecado en su horrible deformidad apreciará la felicidad de no verlo más para siempre. La expiación de Cristo es la propiciación, la cubierta, el poner fin al pecado; donde esto se ve y se confía en ello, el alma se sabe ya aceptada en el Amado, y por eso goza de una bienaventuranza consciente que es el anticipo del cielo. Es claro por el texto que un hombre puede saber que está perdonado: ¿dónde estaría la bienaventuranza de un perdón desconocido? Evidentemente es cuestión de conocimiento, pues es el fundamento del consuelo.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 1. «Bienaventurado.» O bien: ¡Oh hombre bienaventurado!; o bien: ¡Oh, las felicidades de ese hombre!, para denotar la bienaventuranza más suprema y perfecta. Como del elefante, para denotar su enorme corpulencia, se habla en plural: Behemot. Robert Leighton.
Versículo 1. Obsérvese que este es el primer salmo, además del primero de todos, que comienza con bienaventuranza. En el primer salmo tenemos la bendición de la inocencia, o más bien, de aquel que fue el único inocente; aquí tenemos la bendición del arrepentimiento, como el estado más feliz después del de la ausencia de pecado. Lorinus, en el Comentario de Neale.
Versículo 1. «Bienaventurado el hombre», dice David, cuyos pecados son perdonados, donde hace de la remisión de los pecados la verdadera felicidad. Ahora bien, no hay verdadera felicidad sino la que se disfruta, y la felicidad no puede disfrutarse a menos que se sienta; y no puede sentirse a menos que uno sepa que la posee; y uno no puede saber que la posee si duda de si la tiene o no; por tanto, esta duda sobre la remisión de los pecados es contraria a la verdadera felicidad y no es otra cosa que un tormento de la conciencia. Pues un hombre no puede dudar de si sus pecados están perdonados o no, sin que enseguida, si su conciencia no está cauterizada con hierro candente, el solo pensamiento de su pecado le infunda un gran temor; porque le vendrán a la memoria el temor de la muerte eterna y el horror del juicio de Dios, cuya consideración es sumamente terrible. William Perkins.
Versículo 1. «Bienaventurado aquel cuyas transgresiones son perdonadas, y cubierto su pecado.» Procura tener ocultos tus pecados. Hay un cubrir el pecado que resulta una maldición (Pr 28:13): «El que encubre sus pecados no prosperará»; hay un encubrirlo por no confesarlo o, lo que es peor, por negarlo (el encubrimiento de Giezi), un encubrir el pecado con una mentira; y hay también un encubrir el pecado justificándonos en él: «Yo no he hecho esto»; o: «No hice mal en ello». Todos estos son encubrimientos malos: el que así encubre su pecado no prosperará. Pero hay un encubrimiento bienaventurado del pecado: el perdón del pecado es ocultarlo de la vista, y esa es la bienaventuranza. Richard Alleine.
Versículo 1. «Cuyas transgresiones son perdonadas.» Podemos adormecer el alma con deleites carnales, pero la virtud de ese opio pronto se agota. Todos esos gozos no son sino aguas hurtadas y pan comido en secreto: una pobre y lastimosa paz que no se atreve a salir a la luz y soportar la prueba; una lastimosa paz que unos pocos pensamientos serios y sobrios sobre Dios y el mundo venidero perturban enseguida; pero cuando el pecado es por fin perdonado, entonces tienes verdadero gozo. «Ten ánimo; tus pecados te son perdonados» (Mt 9:2). Thomas Manton.
Versículo 1. Perdonadas. El santo David, al frente de este salmo, nos muestra en qué consiste la verdadera felicidad: no en la belleza, el honor, las riquezas (la trinidad del mundo), sino en el perdón del pecado. La palabra hebrea para perdonar significa llevar fuera de la vista; lo cual concuerda bien con Jer 50:20: «En aquellos días, dice Jehová, la maldad de Israel será buscada, y no aparecerá; y los pecados de Judá, y no se hallarán». Esta es una bendición incomprensible, y tal que echa el fundamento de todas las demás misericordias. Solo la rozaré, y asentaré cinco afirmaciones sobre ella. 1. El perdón es un acto de la gracia gratuita de Dios. La palabra griega para perdonar descifra el origen del perdón: no surge de nada inherente a nosotros, sino que es el puro resultado de la gracia gratuita. Is 43:25: «Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo». Cuando un acreedor perdona a un deudor, lo hace gratuitamente. Pablo exclama: «Fui recibido a misericordia» (1 Ti 1:13). El griego significa: «Fui colmado de misericordias»; el que es perdonado está todo cubierto de misericordia. Cuando el Señor perdona a un pecador, no paga una deuda, sino que da un legado.
- Al perdonar el pecado, Dios remite la culpa y la pena. La culpa clama por justicia: apenas había comido Adán la manzana, vio la espada encendida y oyó la maldición; pero en la remisión Dios se muestra indulgente con el pecador; parece decirle así: aunque has caído en manos de mi justicia y mereces morir, yo te absolveré, y todo lo que se te impute será descargado.
- El perdón del pecado es por la sangre de Cristo. La gracia gratuita es la causa impulsora; la sangre de Cristo, la meritoria. «Sin derramamiento de sangre no se hace remisión» (He 9:22). La justicia quería vengarse o del pecador o del fiador. Todo perdón es el precio de la sangre.
- Antes de que el pecado sea perdonado, debe ser lamentado. Por eso el arrepentimiento y la remisión van unidos: «Y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados» (Lc 24:47). No que el arrepentimiento merezca el perdón en sentido papista; la sangre de Cristo debe lavar nuestras lágrimas; pero el arrepentimiento es una condición, aunque no una causa. El que es humillado por el pecado apreciará más la misericordia que perdona.
- Habiendo Dios perdonado el pecado, no lo volverá a recordar (Jer 31:34). El Señor promulgará un acto de amnistía; no nos echará en cara las pasadas ofensas, ni nos demandará con un documento cancelado. «Echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados» (Mi 7:19). El pecado no será arrojado como un corcho que vuelve a flotar, sino como plomo que se hunde hasta el fondo. ¡Cómo debemos todos esforzarnos por esta bendición del pacto! Thomas Watson.
Versículo 1. «Cubierto su pecado.» Todo hombre que ha de ser feliz debe tener algo con que ocultar y cubrir sus pecados de los ojos de Dios; y nada en el mundo puede hacerlo sino Cristo y su justicia, tipificados en el arca del pacto, cuya cubierta era de oro y se llamaba propiciatorio, de modo que, así como cubría las tablas que estaban dentro del arca, Dios cubre nuestros pecados frente a esas tablas. Así la nube que cubría a los israelitas en el desierto significaba que Dios nos cubre del peligro de nuestros pecados. Thomas Taylor, en «David's Learning: or the Way to True Happiness», 1617.
Versículo 1. Pecado cubierto. Este cubrir se refiere a alguna desnudez e inmundicia que deben cubrirse, es decir, el pecado, que nos mancha y nos deja desnudos. «¿Por qué», dice Moisés a Aarón, «has dejado desnudo al pueblo?» (Éx 32:25). Los vestidos de nuestros méritos son demasiado cortos y no pueden cubrirnos; necesitamos, por tanto, tomar prestados de Cristo Jesús sus méritos y el manto de su justicia, para que nos sea como vestido, y como aquellas túnicas de pieles que Dios hizo a Adán y Eva después de su caída. Los vestidos se ordenan para cubrir nuestra desnudez, defendernos de la inclemencia del tiempo y adornarnos. Así la mediación de nuestro Salvador sirve para cubrir nuestra desnudez, a fin de que la ira de Dios no se apodere de nosotros (él es el «vestido blanco» con que debemos vestirnos para que no se descubra la vergüenza de nuestra desnudez inmunda), para defendernos contra Satanás (él es «poderoso para salvar», etc.) y para ser un ornamento que nos engalane, pues él es aquel «vestido de boda»: «Vestíos del Señor Jesucristo» (Ap 3:18; Is 63:1; Mt 22:11; Ro 13:14). Archibald Symson.
Versículo 1. El objeto del perdón, aquello con que se relaciona, se expone con diversas expresiones: iniquidad, transgresión y pecado. Como en la ley se acumulan y juntan muchas palabras de parecido sentido y significado para hacer el acto y el instrumento legal más amplios y eficaces. Lo observo tanto más porque, cuando Dios proclama su nombre, se usan las mismas palabras, Éx 34:7: «que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado». Bien, hemos visto el sentido de la expresión. ¿Por qué usa el santo hombre de Dios tanto vigor y vehemencia de insistencia? «¡Bienaventurado el hombre!», y de nuevo, «¡Bienaventurado el hombre!» En parte, por su propio caso. David sabía cuán dulce era tener perdonado el pecado; había sentido la amargura del pecado en su propia alma, hasta secársele la sangre, y por eso expresa su sentido del perdón en los términos más vivos. Y en parte también por aquellos para cuyo uso se escribió esta instrucción, para que no la miraran como cosa ligera y trivial, sino que comprendieran a fondo el valor de tan gran privilegio. Bienaventurados, felices, tres veces felices los que han obtenido el perdón de sus pecados y la justificación por Jesucristo. Thomas Manton.
Versículos 1-2. En estos versículos se mencionan cuatro males: 1. Transgresión, (evp) pesha. 2. Pecado, (hajx) chataah. 3. Iniquidad, (Nwe) avon. 4. Engaño, (hymd) remiyah. El primero significa pasar un límite, hacer lo prohibido. El segundo significa errar el blanco, no hacer lo mandado; pero a menudo se toma para expresar la pecaminosidad, o el pecado en la naturaleza, que produce la transgresión en la vida. El tercero significa lo que se ha desviado de su curso o situación propios; cualquier cosa moralmente torcida o pervertida. Iniquidad: lo contrario a la equidad o la justicia. El cuarto significa fraude, engaño, dolo, etc. Para quitar estos males se mencionan tres actos: perdonar, cubrir y no imputar.
- La TRANSGRESIÓN, (evp) pesha, debe ser perdonada, (ywsn) nesui, llevada lejos, es decir, por un sacrificio vicario; pues llevar el pecado, o llevar lejos el pecado, siempre implica esto.
- El PECADO, (hajx) chataah, debe ser cubierto, (ywob) kesui, oculto a la vista. Es odioso y abominable, y debe ser puesto fuera de la vista.
- La INIQUIDAD, (Nwe) avon, lo perverso o torcido, no debe ser imputada, (bsxyal) lo yachshobh, no debe ser puesta en su cuenta.
- El ENGAÑO, (hymd) remiyah, debe ser aniquilado del alma. «Y en cuyo espíritu no hay ENGAÑO.» El hombre cuya transgresión es perdonada; cuyo pecado está oculto, habiéndolo Dios arrojado como una piedra de molino a lo profundo del mar; cuya iniquidad y perversión no se pone en su cuenta; y cuyo engaño, el corazón engañoso y perverso en extremo, es aniquilado, vaciado de pecado y llenado de justicia, es necesariamente un hombre feliz. Adam Clarke.
Versículos 1-2. Transgresión. Prevaricación. Algunos entienden por ella los pecados de omisión y de comisión.
Pecado. Algunos entienden las inclinaciones interiores, los deseos y los movimientos por los cuales el alma se desvía de la ley de Dios, y que son la causa inmediata de los pecados externos.
Iniquidad. Denota el pecado original, la raíz de todo.
Levatus, perdonado, aliviado, significa quitar, llevar, llevar lejos. En la Escritura se usan principalmente dos palabras para denotar la remisión, expiar y llevar o llevar lejos: una significa el modo en que se hace, a saber, la expiación; la otra, el efecto de esta expiación, el llevar lejos; una señala la causa meritoria, la otra la consecuencia.
Cubierto. Alude al cubrimiento de los egipcios en el Mar Rojo. Menochio piensa que alude al modo de escribir de los hebreos, que él cree el mismo que el de los romanos: escribir con un estilete sobre cera extendida en tablillas, la cual, cuando querían borrar, alisaban y, pasándola sobre lo escrito, cubrían las letras anteriores. Y así equivale a la expresión «borrar el pecado», como en la otra alusión equivale a «echar el pecado en lo profundo del mar».
Imputar. No poner en cuenta. Como el pecado es una deserción de la ley, así es perdonado; como es ofensivo a la santidad de Dios, así es cubierto; como es una deuda que implica al hombre en una deuda de castigo, así no es imputado; todas estas expresiones señalan la certeza, la extensión y la perfección del perdón: las tres palabras que expresan aquí el pecado son las mismas que Dios usa en la declaración de su nombre. Stephen Charnock.
Versículos 1-2, 6-7. ¿Quién es bienaventurado? No el que encubre, oculta y no confiesa su pecado. Mientras David estuvo en este estado, fue miserable. Había engaño en su espíritu (v. 2), miseria en su corazón, sus huesos envejecieron, su verdor se volvió en sequedades de verano (vv. 3-4). ¿Quién es bienaventurado? El que está sin pecado, el que no peca, el que ya no entristece con su pecado el seno sobre el cual se reclina. Esta es la bienaventuranza suprema, cuyo elemento más alto es la felicidad del cielo. Ser como Dios, rendir una obediencia implícita, pronta, plena, perfecta, la obediencia del corazón, de todo nuestro ser; esto es ser bienaventurado por encima de toda bienaventuranza. Pero entre quienes viven en un mundo de pecado, rodeados de pecado, siendo ellos mismos pecadores, ¿quién es bienaventurado? Aquel cuya transgresión es perdonada, cuyo pecado es cubierto, a quien Jehová no culpa de iniquidad; y lo siente así especialmente quien puede, en cierto grado, entrar en el estado anterior del alma de David (vv. 3-4). ¡Ah, en qué miserable estado se hallaba el salmista antes de esta bienaventuranza! ¡Cuánto debió el pecado oscurecer y embotar sus facultades espirituales para que hubiera engaño en el espíritu de quien en otro lugar podía exclamar: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad», algún camino de dolor o de aflicción, algún camino de pecado que conduce a ellos con toda seguridad (Sal 139:23-24)! ¡Qué lamentable condición de alma la suya, que mientras rugía todo el día, guardaba silencio ante Dios, no tenía ánimo para abrir su corazón a Dios, estaba mudo delante de él, no en sumisión a su voluntad, no en aceptación del castigo de su iniquidad (Lv 26:46), no en una confesión real y en un reconocimiento honesto, recto y sincero de su iniquidad ante aquel contra quien la había cometido! «Callé», no simplemente «estuve callado», sino «guardé silencio», resuelta, perseverantemente; lo guardé a pesar de todo el recuerdo de mis pasadas misericordias, a pesar de los reproches de mi conciencia y de la angustia de mi corazón. Lo guardé a pesar de que «de día y de noche pesaba sobre mí tu mano», a pesar de que «mi verdor», todo lo espiritual que había en mí, mi espíritu vital, todo lo que indicaba vida espiritual en mi alma, parecía seco y desaparecido. Sí, Señor, a pesar de todo esto, lo guardé. Pero vino Natán, tú lo enviaste. Fue para mí un mensajero lleno de reprensión, lleno de fidelidad, pero lleno de amor. Vino con tu palabra, y con la palabra de un Rey había poder. Le reconocí mi pecado y no encubrí mi iniquidad, pero esto era poco. Contra ti, contra ti solo he pecado, y a ti se hizo mi confesión. Te confesé mi pecado, oh Señor. Dije solemnemente que lo haría, y lo hice. Confesé mi transgresión a Jehová, «y tú perdonaste la maldad de mi pecado».
Bienaventurado aquel cuya transgresión es perdonada. He aquí al hombre bienaventurado: bienaventurado en el estado de su mente, su espíritu sin engaño, su corazón contrito, fruto del Espíritu de gracia; bienaventurado en el perdón de un Dios que perdona, un perdón perfecto, entero, al que nada falta, significado por el pecado «cubierto» y la iniquidad no «imputada» por el Señor; bienaventurado en las bendiciones que le siguieron. Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia; con cánticos de liberación me rodearás. Bajo el hueco de aquella mano que antes pesaba tanto sobre mí, ahora puedo reposar. Tú eres mi refugio, ya no te temo; más aún, habito en ti como mi morada, mi torre alta, mi escondedero, mi seguridad, mi casa. Seguro en tu amor, sea cual sea la aflicción que me toque, y por boca de Natán tu siervo has declarado que la aflicción me tocará, aún seré guardado; más todavía, tan plenamente me librarás que creo que me rodearás de tal modo con los brazos de tu misericordia que arrancarás cánticos de alabanza agradecida por tu gracioso socorro.
¡Mira la bienaventuranza de aquel a quien Dios perdona! No es extraño, pues, que el salmista añada: por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado; ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán estas a él. Como si dijera: ciertamente, después de este tu proceder lleno de gracia hacia mí, todos los que verdaderamente te aman y te temen, todo santo, cuando oiga de tu trato conmigo, «orará a ti». Animado por mi ejemplo, no guardará silencio como yo, necia y pecaminosamente, hice, sino que confesará y suplicará ante ti, puesto que has de ser «hallado», y tan maravillosamente has mostrado que lo eres para todos los que de veras te buscan, ya que hay el lugar del hallazgo, cuando pongo mi mano sobre la víctima y miro a través de esa víctima a aquel que es la Simiente prometida; ya que hay el tiempo del hallazgo, declarado en tu palabra y manifestado por el atractivo secreto de mi corazón hacia ti por tu gracia; ya que la renuencia no está en ti, sino en tu criatura pecadora para venir a ti; por esto orará a ti todo santo, entonces, por profundas que sean las inundaciones de aguas, por feroz que sea el torrente y vertiginosa la corriente, no llegarán siquiera a él, y mucho menos lo anegarán. James Harrington Evans, M.A., 1785-1849.
Sugerencias para el predicador
Versículo 1. Bendiciones del evangelio. Tome el salmo primero junto con el treinta y dos; muestre lo doctrinal y lo práctico armoniosamente unidos. O tome el primero, el treinta y dos y el cuarenta y uno, y muestre cómo pasamos de leer la palabra a sentir su poder, y de ahí a vivir con caridad hacia los hombres.
Versículo 1. La bienaventuranza evangélica. 1. La condición original de quien la posee.
- La naturaleza del beneficio recibido.
- El canal por el que vino.
- El medio por el cual podemos obtenerla nosotros.
Versículos 1-2. La naturaleza del pecado y los modos del perdón.
Salmos 32:2
Versículo 2. «Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad.» La palabra «bienaventurado» está en plural: ¡oh, las bienaventuranzas!, los gozos dobles, los haces de felicidad, las montañas de deleite. Nótense las tres palabras tan a menudo usadas para denotar nuestra desobediencia: transgresión, pecado e iniquidad son el perro de tres cabezas a las puertas del infierno, pero nuestro glorioso Señor ha acallado para siempre sus ladridos contra los suyos que creen. La trinidad del pecado es vencida por la Trinidad del cielo. La no imputación es de la esencia misma del perdón: el creyente peca, pero su pecado no se le cuenta, no se le atribuye. Ciertos teólogos echan espumarajos de rabia contra la justicia imputada; que a nosotros nos toque ver nuestro pecado no imputado, y que se nos atribuya, como lo expresa Pablo, «justicia sin obras». Bienaventurado de veras el que tiene un sustituto que se ponga en su lugar, a cuya cuenta puedan cargarse todas sus deudas. «Y en cuyo espíritu no hay engaño.» El que es perdonado, en todo caso, ha aprendido a obrar con honestidad consigo mismo, con su pecado y con su Dios. El perdón no es una farsa, y la paz que trae no se debe a hacer trampas con la conciencia. El autoengaño y la hipocresía no traen bienaventuranza; pueden drogar el alma con dulces sueños hasta el infierno, pero no pueden conducir a su víctima al cielo de la verdadera paz. Libre de culpa, libre de engaño. Los que son justificados de la falta son santificados de la falsedad. Un mentiroso no es un alma perdonada. La traición, el doble juego, la trampa, la disimulación son rasgos de los hijos del diablo, pero el que ha sido lavado del pecado es veraz, honesto, sencillo y como un niño. No puede haber bienaventuranza para los tramposos con sus planes, trucos, rodeos y fingimientos: temen demasiado ser descubiertos para estar tranquilos; su casa está edificada al borde de un volcán, y la destrucción eterna ha de ser su porción. Observen las tres palabras que describen el pecado y las tres que representan el perdón; pésenlas bien y noten su significado. (Véase la nota al final.)
Versículos 3-5. David nos da ahora su propia experiencia: ningún instructor es tan eficaz como el que testifica de lo que él mismo ha conocido y sentido. Escribe bien el que, como la araña, teje su materia de sus propias entrañas.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 2. «A quien Jehová no culpa de iniquidad.» Aben Ezra lo parafrasea: de quien Dios no piensa los pecados, no los toma en cuenta de modo que los lleve a juicio, considerándolos como si no existieran; ou me logizetai no los cuenta ni los calcula; no exige por ellos la deuda del castigo. Para nosotros la remisión es enteramente gratuita, pues nuestro Fiador tomó sobre sí todo el asunto de pagar el rescate. Su sufrimiento es nuestra impunidad, su obligación nuestra libertad, y su castigo nuestra paz; y por eso dice el profeta: «El castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados». Robert Leighton.
Versículo 2. «En cuyo espíritu no hay engaño.» En la aflicción del santo, la conciencia está a veces llena de Escritura, en la que funda su veredicto, pero muy mal interpretada. ¡Oh, dice el pobre alma, este pasaje está contra mí! Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño. Aquí, dice, hay una descripción de un alma sincera: aquella en cuyo espíritu no hay engaño; pero yo hallo mucho engaño en mí, luego no soy el sincero. Ahora bien, esta es una inferencia muy débil, más aún, falsa. Por un espíritu sin engaño no se entiende una persona que no tiene en su corazón el menor resto de falsedad e hipocresía. Estar sin pecado y estar sin engaño, en este sentido estricto, es lo mismo: una prerrogativa que aquí en la tierra es propia del Señor Cristo (1 P 2:22): «El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca». Y por tanto, cuando encontramos la misma frase atribuida a los santos, como a Leví, Mal 2:6: «Iniquidad no fue hallada en sus labios», y a Natanael, Jn 1:47: «He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño», debemos entenderla en un sentido inferior, que convenga a su estado imperfecto aquí abajo, y no poner lo que fue solo la corona de Cristo en la tierra, y es el manto del santo glorificado en el cielo, sobre el cristiano débil mientras milita aquí en la tierra, no solo con un diablo de fuera, sino con un cuerpo de pecado dentro de sí. Enjúgate otra vez los ojos, pobre alma, y entonces, si lees tales pasajes, en los que el Espíritu de Dios habla tan alta e hiperbólicamente de la gracia de su santo, hallarás que no afirma la perfección de su gracia, libre de toda mezcla de pecado, sino que, más bien, para consolar a las pobres almas abatidas y contradecir sus corazones recelosos, que por la presencia de la hipocresía están prontos a pasar por alto su sinceridad como si no existiera, expresa su alta estima de su poca gracia hablando de ella como si fuera perfecta, y de su hipocresía como si no existiera. William Gurnall.
Versículo 2. «En cuyo espíritu no hay engaño.» Una vez que el perdón es una realidad, el creyente tiene valor para ser veraz delante de Dios: puede permitirse dejar el engaño en el espíritu. ¿Quién no declararía todas sus deudas cuando es seguro que otro las saldará? ¿Quién no declararía su enfermedad cuando está seguro de la cura? La fe verdadera sabe no solo que el engaño ante Dios es imposible, sino también que ya no es necesario. El creyente no tiene nada que ocultar: se ve a sí mismo ante Dios, despojado, abierto y desnudo; y si ha aprendido a verse como es, también ha aprendido a ver a Dios como él se revela. No hay engaño en el espíritu de quien es justificado por la fe, porque en el acto de la justificación se ha establecido la verdad en su interior. No hay engaño en el espíritu de quien ve la verdad de sí mismo a la luz de la verdad de Dios. Pues la verdad de Dios le muestra a la vez que en Cristo es perfectamente justo ante Dios, y que en sí mismo es el primero de los pecadores. Tal persona sabe que no es suya, pues ha sido comprada por precio, y por tanto debe glorificar a Dios. No hay engaño en el espíritu de aquel cuyo verdadero objeto es glorificar a Cristo y no a sí mismo. Pero cuando un hombre no es del todo fiel a Cristo y no ha dejado del todo de engrandecerse a sí mismo, puede haber engaño, pues estará más ocupado con pensamientos sobre sí mismo que con el honor de Cristo. Pero si la verdad, el honor y la gloria de Cristo son su cuidado supremo, puede olvidarse de sí mismo y, como Cristo, «encomendarse al que juzga justamente». J. W. Reeve, M.A., en «Lectures on the Thirty-second Psalm», 1860.
Versículo 2. «Sin engaño.» La sinceridad es la cualidad a la que va anexa la misericordia que perdona. Es muy cierto que Cristo cubre todos nuestros pecados y faltas; pero solo sobre el alma sincera extenderá su manto. Bienaventurado aquel cuyo pecado es cubierto. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad. Nadie lo dudará; pero ¿quién es ese hombre? Las palabras siguientes nos dicen su nombre: y en cuyo espíritu no hay engaño. La justicia de Cristo es el vestido que cubre la desnudez y la vergüenza de nuestra injusticia; la fe es la gracia que se pone este vestido; pero ¿qué fe? Solo la fe no fingida, como la llama Pablo (2 Ti 1:5). «Aquí hay agua», dijo el eunuco, «¿qué impide que yo sea bautizado?» (Hch 8:36). Nótese ahora la respuesta de Felipe, Hch 8:37: «Si crees de todo corazón, bien puedes»; como si dijera: nada sino un corazón hipócrita puede impedírtelo. Solo el corazón falso halla cerrada la puerta de la misericordia. William Gurnall.
Versículo 2. Engaño. El engaño del espíritu es una corrupción interior en el alma del hombre por la cual se conduce con falsedad consigo mismo delante de Dios en el asunto de la salvación. Thomas Taylor.
Sugerencias para el predicador
Versículo 2. La no imputación, una doctrina notable. Pruébela, explíquela y aplíquela.
Versículo 2. Sin engaño. La honestidad de corazón del hombre perdonado.
Salmos 32:3
Versículo 3. «Mientras callé.» Cuando por descuido dejé de confesar, o por desesperación no me atreví a hacerlo, mis huesos, esos sólidos pilares de mi armazón, las partes más fuertes de mi constitución corporal, envejecieron, comenzaron a decaer de debilidad, pues mi dolor era tan intenso que minaba mi salud y destruía mi energía vital. ¡Qué cosa tan mortífera es el pecado! ¡Es una enfermedad pestilente! ¡Un fuego en los huesos! Mientras sofocamos nuestro pecado, este se enfurece por dentro, y como una llaga que madura se hincha horriblemente y atormenta terriblemente. «En mi gemir todo el día.» Estaba callado en cuanto a confesión, pero no en cuanto a pena. El horror de su gran culpa llevó a David a incesantes lamentos, hasta que su voz ya no era como el habla articulada del hombre, sino tan llena de suspiros y gemidos que se parecía al ronco rugido de una fiera herida. Nadie conoce las punzadas de la convicción sino quienes las han soportado. El potro, la rueda, la hoguera encendida son un alivio comparados con el Tofet que una conciencia culpable enciende en el pecho: más vale sufrir todas las enfermedades a que está sujeta la carne que yacer bajo el sentimiento aplastante de la ira del Dios todopoderoso. La Inquisición española con todos sus tormentos no era nada junto a la pesquisa que la conciencia hace en el corazón.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 3. «Mis huesos envejecieron.» Dios no se burla de los pecados de sus escogidos, sino que externamente los trata con más dureza y los castiga con más rigor que a los réprobos. Los problemas y dolores de David eran en parte externos, en parte internos: llamo externos a los que recaían sobre su cuerpo; internos, a los que recaían sobre su conciencia. Y en el cuerpo había tormentos y vejaciones, que se apoderaban a veces de su carne (lo cual era menos doloroso), a veces de sus huesos, lo cual era más grave, más aún, casi intolerable, como enseña la experiencia. Y esta es la justa retribución de Dios: cuando empleamos nuestra fuerza en el pecado, Dios la merma y así nos debilita. Sansón gastó su fuerza en Dalila, ¡pero a qué debilidad fue reducido! Aprendamos, pues, que Dios nos ha dado los huesos y su fortaleza para otro uso, es decir, para servirle, y no para desperdiciarlos ni prodigarlos en el servicio del diablo. Archibald Symson.
Versículo 3. «Mis huesos envejecieron.» Por huesos se entiende la fuerza del cuerpo, la fuerza y vigor interior del alma. La conciencia del pecado y el terror del juicio quebrantan el corazón del verdadero penitente mientras contempla su pecado que merece la muerte, a su juez listo para pronunciar la sentencia, el infierno abierto para recibirlo por él, y los ángeles malos, verdugos de Dios, a la mano para arrastrarlo allá. Samuel Page, en «David's Broken Heart», 1646.
Versículo 3. «Mis huesos envejecieron en mi gemir todo el día.» David aquí no solo hace duelo por el pecado como hombre, sino que ruge, por así decirlo, como una bestia dolorida. Parece más apropiado para clamar en un desierto que para llorar en una alcoba; en otros momentos puede «regar su lecho» de noche, ahora «ruge» todo el día; en otros momentos «su verdor se seca», ahora sus «huesos», los pilares de su casa, se estremecen y envejecen. Alexander Carmichael, 1677.
Sugerencias para el predicador
Versículo 3. Guardarnos para nosotros mismos nuestras penas. Tendencia natural de la timidez y la desesperación; su peligro; medios de divulgar la pena; estímulos para hacerlo; la bienaventurada persona que está dispuesta a oír confesión. El doliente callado es el que más sufre.
Versículos 3-4. «Terrible convicción y suaves atractivos.» Véase «Spurgeon's Sermons», n.º 313.
Salmos 32:4
Versículo 4. «Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano.» El dedo de Dios puede aplastarnos: ¡qué no será su mano, y presionando pesada y continuamente! Bajo los terrores de la conciencia, los hombres tienen poco descanso de noche, pues los lúgubres pensamientos del día los persiguen hasta su alcoba y rondan sus sueños, o bien yacen despiertos en un sudor frío de espanto. La mano de Dios es de gran ayuda cuando levanta, pero es terrible cuando oprime: mejor un mundo sobre el hombro, como Atlas, que la mano de Dios sobre el corazón, como David. «Mi verdor se volvió en sequedades de verano.» La savia de su alma se secó, y el cuerpo, por simpatía, parecía privado de sus humores necesarios. El aceite casi se había agotado en la lámpara de la vida, y la llama titilaba como si pronto fuera a apagarse. La transgresión no confesada, como un veneno violento, secó la fuente de las fuerzas del hombre y lo dejó como un árbol fulminado por el rayo, o una planta marchita por el calor abrasador de un sol tropical. ¡Ay del pobre alma cuando ha aprendido su pecado pero olvida a su Salvador! Le va muy mal. Selah. Era tiempo de cambiar la melodía, pues las notas están muy bajas en la escala y, con tan duro trato, las cuerdas del arpa están desafinadas: el versículo siguiente se pondrá sin duda en otro tono, o ensayará un tema más gozoso.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 4. «Tu mano.» Una mano correctora, con la cual Dios azota y abofetea a sus propios hijos. Pues bien, el sentido del poder de Dios que castiga o corrige se llama mano de Dios, como en 1 S 5:11: la mano de Dios se agravó sobre Ecrón a causa del arca; y mano pesada por semejanza, porque cuando los hombres golpean cargan la mano más de lo ordinario. De aquí podemos notar tres puntos de doctrina: primero, que todas las aflicciones son la mano de Dios; segundo, que Dios carga a menudo su mano pesadamente sobre sus queridos hijos; tercero, que Dios a menudo continúa su mano pesada sobre ellos de día y de noche. Thomas Taylor.
Versículo 4. «Mi verdor se volvió en sequedades de verano.» Otro significado puede atribuirse a estas palabras. Podemos suponer que el salmista se refiere a una sequía espiritual. Charles H. Bingham, B.A., en «Lectures on the Thirty-second Psalm», 1836.
Versículo 4. «Mi verdor se volvió en sequedades de verano.» El verano va de mediados de agosto a mediados de noviembre. La intensidad del calor es grande, casi intolerable... Hasta principios o mediados de septiembre no hay lluvias, siendo la lluvia tan escasa en verano como la nieve... La hierba seca de los campos a veces se incendia y produce conflagraciones desoladoras, y la tierra reseca se hiende y se rompe en grietas. John Eadie, D.D., LL.D., en «Biblical Cyclopaedia», 1868.
Versículo 4. «Sequedades de verano.» El Dr. Russell, en su relato del clima de Alepo, que se parece mucho al de Judea, dice que el verdor de la primavera se marchita antes de mediados de mayo, y antes de fin de ese mes todo el país adopta un aspecto tan reseco y estéril que apenas se pensaría capaz de producir nada, pues son muy pocas las plantas con vigor suficiente para resistir el calor extremo. Thomas Harmer, en «Observations», 1775.
Versículo 4. «Sequedades de verano.» Durante los doce años de 1846 a 1859 cayeron en Jerusalén solo dos ligeros chubascos entre los meses de mayo y octubre. Uno cayó en julio de 1858, otro en junio de 1859. Dr. Whitty, en «Water Supply of Jerusalem», citado en la Cyclopaedia de Kitto.
Versículo 4. Si Dios golpea tan duro a aquellos a quienes favorece, ¡cuán severa y duramente golpeará a aquellos a quienes no favorece! Gregorio.
Versículos 4-5. Si nuestras ofensas no han sido mosquitos sino camellos, nuestra pena no debe ser una gota sino un océano. Los pecados escarlata piden lágrimas de sangre; y si Pedro peca gravemente, debe llorar amargamente. Si, pues, tu vida pasada ha sido una soga de iniquidad, trenzada con muchas hebras, un escrito lleno de grandes borrones, una trayectoria manchada de pecados diversos y graves, multiplica tus confesiones y amplía tu humillación; dobla tus ayunos y triplica tus oraciones; derrama tus lágrimas y lanza hondos suspiros; en una palabra, reitera y agrava tus reconocimientos, aunque, como dice el apóstol en otro caso, yo digo en este: «No os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza», pues ante tu arrepentimiento sincero y adecuado la bondad divina te perdonará tus pecados. Nathanael Hardy.
Sugerencias para el predicador
Versículo 4. Las penas de un alma convencida. Diarias, nocturnas, de parte de Dios, pesadas, debilitadoras, destructoras.
Versículo 4. (última parte) Sequía espiritual.
Salmos 32:5
Versículo 5. «Mi pecado te declaré.» Tras larga demora, el corazón quebrantado pensó en lo que debió haber hecho al principio y puso al descubierto su pecho ante el Señor. Hay que meter la lanceta en la úlcera que madura antes de poder dar alivio. Lo mínimo que podemos hacer, si queremos ser perdonados, es reconocer nuestra falta; si somos demasiado orgullosos para esto, merecemos doble castigo. «Y no encubrí mi iniquidad.» Debemos confesar la culpa además del hecho del pecado. Es inútil ocultarla, pues Dios la conoce bien; nos conviene reconocerla, pues una confesión plena ablanda y humilla el corazón. Debemos, en lo posible, descorrer el velo de los secretos del alma, desenterrar el tesoro escondido de Acán y sacar nuestros pecados a peso y medida. «Dije.» Esta era su resolución firme. «Confesaré mis transgresiones a Jehová.» No a mis semejantes ni al sumo sacerdote, sino a Jehová; ya en aquellos días de símbolos los fieles miraban solo a Dios para ser librados de la insoportable carga del pecado, cuánto más ahora, cuando los tipos y las sombras se han desvanecido ante la aparición del alba. Cuando el alma resuelve humillarse y declararse culpable, la absolución está cerca; por eso leemos: «Y tú perdonaste la maldad de mi pecado.» No solo fue perdonado el pecado mismo, sino su iniquidad; el virus de su culpa fue quitado, y de inmediato, en cuanto se hizo el reconocimiento. Los perdones de Dios son profundos y completos: el cuchillo de la misericordia corta de raíz la mala hierba del pecado. Selah. Se necesita otra pausa, pues el asunto no es de los que se pasan de prisa.
«Detente, alma mía, adora y maravíllate,
pregunta: oh, ¿por qué tal amor para mí?
La gracia me ha puesto en el número
de la familia del Salvador.
¡Aleluya!
Gracias, gracias eternas, a ti.»
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 5. «Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad.» El hombre piadoso es sincero al descubrir sus pecados. El hipócrita vela y sofoca su pecado; no abscindere peccatum (cortar el pecado), sino abscondere (ocultarlo); como un enfermo que tiene en el cuerpo una enfermedad repugnante, preferirá morir antes que confesarla; pero la sinceridad del hombre piadoso se ve en esto: confesará y se avergonzará por el pecado. «Yo pequé, yo hice mal» (2 S 24:17). Más aún, un hijo de Dios confesará el pecado en particular; un cristiano insincero confesará el pecado al por mayor; reconocerá que es pecador en general, mientras que David, por así decirlo, señala la llaga con el dedo: «He hecho lo malo» (Sal 51:4); no dice «he hecho mal», sino «he hecho este mal». Señala su culpa de sangre. Thomas Watson.
Versículo 5. «Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado.» Sé tu propio acusador en la libre confesión de tus pecados. Peccavi pater (como el hijo pródigo): «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti». Pues no sucede en el tribunal del cielo lo que en nuestros tribunales terrenos. Entre los hombres una confesión libre abre camino a la condena; pero con Dios, cuanto más lamenta el pecador su ofensa, más mitiga la ira de su Juez. El pecado no puede sino pedir justicia, por ser una ofensa contra Dios; sin embargo, cuando es una herida para el alma, lo mueve a misericordia y clemencia. Por eso, como David, con solo haber resuelto confesar sus pecados, fue enseguida recibido con una absolución, así, Tu agnosce, et Dominus ignoscet (Agustín): sé sincero al confesar, y Dios será fiel al perdonar (1 Jn 1:9). Solo que la confessio peccati sea professio desinendi (Hilario): que el reconocimiento de tu pecado sea un compromiso de dejarlo; y entonces puedes edificar sobre ello. «El que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia» (Pr 28:13). Isaac Craven, en un sermón en Paul's Cross, 1630.
Versículo 5. «Dije: Confesaré», etc. Las personas justificadas, que tienen perdonados sus pecados, están aún obligadas a confesar el pecado a Dios... Hay muchas preguntas que despachar al tratar este punto. La primera pregunta es: ¿cuáles son las razones por las que las personas justificadas y perdonadas están aún obligadas a confesar el pecado a Dios en privado? Las razones son seis. Primera, deben confesar el pecado a Dios porque la santa confesión da mucho alivio y santa quietud a la mente de un pecador: la culpa encubierta y consentida contrae horror y espanto en la conciencia. Segunda, porque a Dios le agrada oír las quejas y las confesiones de su propio pueblo. Postrarse sobre el rostro es el mejor ademán, y el vestido de luto la mejor prenda con que Dios se complace. Una tercera razón es que la confesión del pecado ayuda a avivar el corazón para una súplica fuerte y ferviente a Dios (véase Sal 32:6). La confesión es para el alma como la piedra de afilar para el cuchillo, que lo aguza y le da filo; así hace la confesión del pecado. Confesar tus males a Dios aguza y da filo a tu súplica; el que confiesa el pecado solo a la ligera orará solo débilmente. Una cuarta razón es que la confesión del pecado producirá una santa contrición y una tristeza piadosa en el corazón (Sal 38:18). La declaración produce compunción. Confesar el pecado no es sino hacer que el pecado rebote sobre la conciencia, lo cual causa rubor y vergüenza en el rostro y pena en el corazón. Una quinta razón es que la confesión secreta del pecado da mucha gloria a Dios. Da gloria a la justicia de Dios: confieso el pecado y confieso que Dios en justicia puede condenarme por mi pecado. Da gloria a la misericordia de Dios: confieso el pecado, y con todo la misericordia puede salvarme. Da gloria a la omnisciencia de Dios: al confesar el pecado reconozco que Dios conoce mi pecado. Una sexta razón por la que las personas justificadas deben confesar el pecado a Dios es que la santa confesión del pecado hará amargo el pecado y entrañable a Cristo, cuando el hombre deje que el pecado rebote en su conciencia mediante una confesión. Resumido de Christopher Love, «Soul's Cordial», 1683.
Versículo 5. «Dije: Confesaré... y tú perdonaste.» Queda como verdad que la remisión va indudablemente anexa a la confesión. Tantum valent tres syllabae PEC-CA-VI, dice san Agustín: tanta es la fuerza de estas tres sílabas en latín, tres palabras en inglés, cuando se pronuncian con corazón contrito: «He pecado». Nathanael Hardy.
Versículo 5. «Tú perdonaste la maldad de mi pecado.» Este pecado parece muy probablemente haber sido su adulterio con Betsabé y el asesinato de Urías. Ahora bien, David, para hacer más ilustre la misericordia perdonadora de Dios, dice que no solo perdonó su pecado, sino la iniquidad de su pecado; ¿y qué era eso? Seguramente lo peor que puede decirse de aquel pecado suyo complejo es que había en él mucha hipocresía, que engañó lamentablemente a Dios y a los hombres en él; esto, no dudo en decirlo, fue la iniquidad de su pecado, y le dio un color más profundo que la sangre que derramó. Y más aún (pongo el acento ahí), porque el mismo Dios, cuando quiere poner de relieve lo grave de este pecado, parece hacerlo más por la hipocresía del hecho que por el hecho mismo, como se ve por el testimonio dado a este santo hombre en 1 R 15:5: «David había hecho lo recto ante los ojos de Jehová, y de nada que le mandase se había apartado en todos los días de su vida, salvo en lo tocante a Urías heteo». ¿No dio David otros pasos en falso además de este? ¿Declara el Espíritu de Dios, exceptuando este, su aprobación de todo lo demás que hizo jamás? No, por cierto; el Espíritu de Dios registra otros pecados que cometió este eminente siervo del Señor; pero todos ellos quedan aquí anegados, y el mencionado es la única mancha de su vida. ¿Pero por qué? Sin duda porque en este solo pecado apareció menos sinceridad, más aún, más hipocresía que en todos los demás juntos; aunque David en ellos erraba en la materia de sus actos, su corazón estaba más recto en la manera de cometerlos. Pero aquí su sinceridad fue tristemente herida, aunque no hasta la destrucción total del hábito, sí hasta dejarla en largo desmayo en cuanto a sus actos. Y en verdad la herida fue muy honda cuando fue apuñalada aquella gracia por la cual corría la sangre vital de todas las demás. Vemos, pues, que Dios tiene razón, aunque su misericordia lo impulsaba, más aún, su pacto lo obligaba, a no dejar morir a su hijo de esta herida, pero a sanarla de modo que quedase una cicatriz en el lugar, una marca en el pecado, por la cual otros pudieran saber cuán odiosa es a Dios la hipocresía. William Gurnall.
Versículo 5. «Tú perdonaste la maldad de mi pecado.» Debemos observar la materia perdonada y el modo de perdonar. La materia perdonada es la maldad de su pecado. Se discute qué se entiende aquí por maldad, si culpa o paena (pena). Algunos entienden paenam y piensan que en esta palabra hay una alusión al mensaje de Natán, en el cual Dios remite el golpe más pesado de su ira, pero retiene alguna parte en el castigo del niño y en permitir que Absalón se rebelara y abusara de las concubinas del rey David: así Teodoreto, Deus non condigna paena Davidem punivit. Algunos entienden culpam y quieren que esta frase sea una ampliación de aquello, como si con esta frase se significara superbia defendens, o taciturnitas celans, o impietas contra Deum assurgens, o alguna otra gran culpa semejante. Pero como no censuro estas opiniones, que bien pueden sostenerse, pienso que la frase remite a aquella palabra que estaba en la confesión. El pecado confesado era (evp), y esto no es sino un análisis de esa palabra; pues (ytajx Nwe), ¿qué es, palabra por palabra, sino la perversidad de mi extravío? (hajx) es un extravío del blanco o fin al que apuntamos; todos los hombres apuntan a la felicidad, pero la mayoría se desvía de ella porque no son guiados por la ley que conduce a ella, cuya violación se llama (hajx). Pero algunos se desvían por pura ignorancia, y estos solo quebrantan la ley; otros por obstinación, que no quiere someterse al Legislador; el pecado de estos se llama perversidad, y se dice aquí que Dios la perdona. De modo que David no confesó contra sí mismo más de lo que Dios incluye en su perdón. Bien puede Dios exceder nuestro deseo; nunca se queda corto si concierne a nuestro bien espiritual y eterno. Así como no excluye a ningún pecador que confiesa, tampoco exceptúa ningún pecado que se confiesa. Arthur Lake.
Sugerencias para el predicador
Versículo 5. Los resultados llenos de gracia de una confesión plena; o la confesión y la absolución explicadas según la Escritura.
Salmos 32:6
Versículo 6. «Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado.» Si el salmista quiere decir que, a causa de la misericordia de Dios, otros llegarían a tener esperanza, su testimonio es verdadero. Las respuestas notables a la oración avivan mucho la vida de oración de otras personas piadosas. Donde un hombre halla una pepita de oro, otros se sienten inclinados a cavar. El provecho que nuestra experiencia da a otros debería reconciliarnos con ella. Sin duda el caso de David ha llevado a miles a buscar al Señor con ánimo esperanzado, quienes, sin un ejemplo así que los alentara, quizá habrían muerto en la desesperación. Tal vez el salmista quiso decir que por este favor, o por otro semejante, todas las almas piadosas buscarían a Dios; y también aquí podemos confirmar su testimonio, porque todos se acercarán a Dios de la misma manera que él, cuando la piedad gobierne su corazón. El propiciatorio es el camino al cielo para todos los que alguna vez lleguen allá. Hay, sin embargo, un tiempo señalado para la oración, pasado el cual será inútil; entre el tiempo del pecado y el día del castigo reina la misericordia, y Dios puede ser hallado, pero una vez que se ha pronunciado la sentencia, suplicar será en vano, pues el Señor no se dejará hallar por el alma condenada. ¡Oh querido lector, no menosprecies el tiempo aceptable, no desperdicies el día de salvación! Los piadosos oran mientras el Señor ha prometido responder; los impíos aplazan sus peticiones hasta que el Padre de familia se ha levantado y ha cerrado la puerta, y entonces su llamar llega demasiado tarde. ¡Qué bendición ser llevado a buscar al Señor antes de que las grandes y devoradoras inundaciones salgan de sus guaridas, pues entonces, cuando aparezcan, estaremos a salvo! «Ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán estas a él.» Vendrán las inundaciones, y las olas se enfurecerán y se agitarán como los oleajes del Atlántico; habrá remolinos y trombas por todas partes, pero el hombre que ora estará a salvo a distancia, muy seguramente resguardado de todo mal. David probablemente conocía bien esas grandes crecidas de la tierra que llenan con torrentes impetuosos los cauces de ríos que en otros tiempos están casi secos: estas aguas desbordadas causaban a menudo grandes estragos y, como en el caso del Cisón, bastaban para arrastrar ejércitos enteros. De desastres repentinos y abrumadores como estos, presentados en metáfora, el verdadero suplicante será ciertamente guardado. El que ha sido salvado del pecado no tiene por qué temer ninguna otra cosa.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 6. «Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado», etc. Siendo él un Dios tal, ¿quién rehusaría o retardaría su regreso? Sin duda toda mente racional y piadosa invocará sin demora a un Señor tan benigno y manso; orará a él mientras es propicio o, como lo expresa el hebreo, en tiempo de hallarle. Porque quien promete perdón no promete el día de mañana. Hay tempora fandi, tiempos en que se le puede hablar, y un día señalado de perdón y de gracia, que si alguien lo desprecia por necia terquedad o lo descuida por pereza, con justicia queda sepultado bajo una ruina y miseria eternas, y por necesidad perece en el diluvio de la ira divina, pues ha rechazado y escarnecido aquella arca de salvación que fue preparada, y en la cual cualquiera que entre estará a salvo mientras el mundo perece. Robert Leighton.
Versículo 6. «Por esto orará a ti todo santo», dice David. ¡Por esto! ¿Por qué? Por sus pecados. ¿Y quién? No los más malvados, sino que los piadosos, en este aspecto, tienen motivo para orar. ¿Y qué debe pedir? Sin duda, perdón renovado, aumento de gracia y la perfección de la gloria. No podemos decir que no tenemos pecado. Oh, oremos entonces con David: «No entres en juicio con tu siervo, oh Señor.» Donde se observa un doble énfasis, no es ab hoste, sino a servo. Aunque siervo de Dios, no quería que Dios entrara en juicio con él. Y de nuevo, ne intres: es la entrada misma en juicio lo que teme y contra lo que ora; no solo «no procedas», sino «ni siquiera entres». Nathanael Hardy.
Versículo 6. «Por esto orará a ti todo santo.» Aquí se nos da un hecho que no aparece en la historia de David. Comúnmente se supone que después de su grave caída, hasta que Natán lo reprendió, había estado descuidado y aturdido; y esto se ha citado a menudo como prueba de la naturaleza endurecedora del pecado. Pero la cosa fue muy distinta. Todo el tiempo estuvo atormentado en su mente, aunque no quería humillarse delante de Dios ni condenarse delante de los hombres, como debió haber hecho. Guardó silencio y procuró disipar la angustia con el tiempo, con atenuantes y excusas. Pero la represión y el ocultamiento de su angustia consumían no solo su paz, sino su salud, y ponían en peligro su vida misma. Al fin fue reducido a la más profunda penitencia y se arrojó, con una confesión sin reservas, a la compasión de Dios. «Por esto orará a ti todo santo.» Aquí vemos no solo que todos los piadosos oran, sino que cada uno de ellos ora pidiendo perdón. Esto es precisamente lo que nuestro Salvador enseña a sus discípulos: «Cuando oréis, decid: perdónanos nuestras deudas.» Y esta oración no se refiere solamente a la manifestación de la misericordia que perdona, como algunos quieren, sino a su ejercicio. William Jay.
Versículo 6. Piadoso. El hombre piadoso es semejante a Dios, tiene el mismo juicio que Dios; piensa en las cosas como Dios piensa; tiene un carácter semejante al de Dios; participa de la naturaleza divina. 2 P 1:4. El hombre piadoso lleva el nombre y la imagen de Dios: la piedad es semejanza con Dios. Thomas Watson.
Versículo 6. Un tiempo. Hay ocasiones que, si se aprovechan, endulzan las acciones y abren la puerta para que sean mejor recibidas: Pr 25:11, «Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha como conviene»; el hebreo dice: una palabra dicha sobre sus ruedas: los tiempos y las ocasiones oportunas son ruedas que llevan las palabras con gran ventaja. Y lo mismo con las acciones: cuando las cosas se hacen a su debido tiempo, son hermosas y aceptables. Cuando Dios da lluvia a una tierra a su tiempo, ¡cuán aceptable es! Cuando un árbol da fruto en su estación, es grato; así, cuando los ángeles o los hombres hacen las cosas oportunamente, agrada al Señor Cristo: hay tiempos propicios que, si los perdemos, hacen que las acciones sean desagradables y no logren su fin. «Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado.» Hay tiempos, si tenemos la sabiduría de discernirlos, en que la oración será oportuna, aceptable y eficaz. William Greenhill.
Versículo 6. «Ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán estas a él.» Los efectos de la oración en otro tiempo han sido maravillosos. La oración hizo descender granizo del cielo para vencer a cinco reyes con sus ejércitos. La oración cerró las ventanas del cielo para que no lloviera, y de nuevo las abrió para que la tierra diera su fruto. La oración detuvo el rápido curso del sol y lo hizo retroceder quince grados. La oración sujetó las manos de Dios de modo que no pudo herir cuando estaba dispuesto a castigar a su pueblo. La oración, sin otra ayuda ni medio, derribó los fuertes muros de Jericó. La oración dividió el mar para que sus aguas no llegaran a los israelitas. En este lugar libra al hombre fiel de todos los peligros de este mundo. «Ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán estas a él.» La suma es esta: que ninguna calamidad de este mundo, ningún problema de esta vida, ningún terror de la muerte, ninguna culpa de pecado puede ser tan grande que un hombre piadoso, por medio de su fe y su felicidad en Cristo, no salga de ella con bien. Porque, sea como sea que vayan las demás cosas, siempre tendrá tal consuelo en su alma, tal reposo en su conciencia, tal cielo en su corazón, sabiéndose reconciliado con Dios y justificado por la fe, que «ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán estas a él». Para que esto se vea mejor, les pido que observen dos cosas: el peligro y la liberación. El peligro está en estas palabras: «En la inundación de muchas aguas», donde las tribulaciones a que está sujeto el hombre piadoso en esta vida se comparan, primero, a aguas; luego a muchas aguas; en tercer lugar, a una inundación de muchas aguas. La liberación está en estas palabras: «Ciertamente no llegarán a él», donde la liberación del hombre piadoso tiene también tres grados. Primero, «no llegarán cerca»; segundo, a él, «no llegarán cerca de él»; luego, ciertamente: «ciertamente no llegarán cerca de él». Thomas Playfere.
Versículo 6. Las inundaciones de muchas aguas. Las aflicciones de los fieles se comparan a aguas. El fuego y el agua no tienen misericordia, decimos. Pero de los dos el agua es peor. Porque cualquier fuego se puede apagar con agua; pero la fuerza del agua, si se vuelve violenta, no puede ser resistida por ningún poder humano. Pero estas tribulaciones nuestras, que son aguas, son «muchas aguas». Nuestro proverbio común dice: «Rara vez viene sola la desgracia»; pero así como las aguas vienen rodando y ondulando muchas juntas, así las miserias de esta vida. Thomas Playfere.
Versículo 6. Inundaciones de muchas aguas. Por no estar familiarizados con las repentinas crecidas de los cauces sedientos, rara vez comprendemos toda la fuerza de las imágenes más impresionantes del Antiguo y del Nuevo Testamento. W. J. Conybeare y J. S. Howson, en "Life and Epistles of St. Paul."
Versículo 6. En la inundación, etc. Lavado puede ser, como lo fue Pablo en el naufragio, pero no ahogado por esas inundaciones de muchas aguas: por grandes que sean, tienen un límite. Joseph Trapp.
Versículo 6. A él. Esta palabra no debe omitirse de ninguna manera; nos ayuda a responder a una objeción muy fuerte. Pues se puede decir: Muchos santos han perdido sus bienes, han sufrido grandes tormentos en el cuerpo y han sido también atribulados en la mente; ¿cómo es, entonces, que las «inundaciones de muchas aguas» no llegaron a ellos? La palabra él nos ayuda a responder. Los filósofos mismos consideraban que sus bienes no les pertenecían más que, dicho sea con respeto, los recortes de sus uñas. Zenón, al oír la noticia de que había perdido en el mar todo cuanto tenía, dijo solamente: Has hecho muy bien, Fortuna, en no dejarme más que mi capa. Otro, llamado Anaxarco, cuando el tirano Nicocreonte ordenó que lo mataran a golpes en un mortero, dijo al verdugo: Golpea y machaca cuanto quieras la bolsa o el zurrón de Anaxarco (así llamaba a su propio cuerpo), pero a Anaxarco no puedes tocarlo. Y sin embargo estos, que daban tan poca importancia a sus bienes y a su cuerpo, estimaban en mucho su mente. La mente de un hombre es él mismo, dicen. De ahí que Julio César, cuando el piloto Amiclas tenía gran miedo de la tempestad, le dijera: ¿Qué quieres decir con temer, villano? ¿No sabes que llevas contigo a César? Como si dijera: el cuerpo de César bien puede ahogarse, como el de cualquier otro hombre; pero su mente, su magnanimidad, su valor, su fortaleza, nunca pueden ahogarse. Hasta aquí llegó la filosofía; pero la teología va un grado más allá. Porque la filosofía define a él, es decir, a un hombre, por su razón y las virtudes morales de la mente; pero la teología define a un cristiano por su fe y su unión por ella con Cristo. Excelentemente dice san Agustín: ¿De dónde viene que el alma muere? Porque la fe no está en ella. ¿De dónde que el cuerpo muere? Porque el alma no está en él. Por tanto, el alma de tu alma es la fe. De modo que, si queremos saber qué es un hombre fiel, debemos definirlo no por su alma natural, en cuanto es racional, sino por el alma de su alma, que es su fe. Y entonces respondemos fácilmente a la objeción: que una inundación puede llegar cerca de los bienes de un hombre fiel, cerca de su cuerpo, cerca de su alma racional; pero a su fe, es decir, a ÉL, nunca puede llegar cerca. Thomas Playfere.
Versículo 6. Pocos versículos de los Salmos son más difíciles de entender que este, y ninguno ha dado lugar a exposiciones más variadas entre los comentaristas. Por esto. Algunos quieren que sea: animados por este ejemplo, de que después de una caída tan fea Dios perdonó tan prontamente. Otros, en cambio: por esto, es decir, advertidos por este ejemplo, los que son santos harán sus oraciones para que no se les permita caer como David cayó. Sea cual sea el sentido, argumentan bien, a partir de este pasaje, que el estado de perfección absoluta y duradera es imposible para un cristiano en esta vida. Lorino y Cayetano (1469-1534), citados por Neale.
Sugerencias para el predicador
Versículo 6. El retrato del hombre piadoso, dibujado con un lápiz de las Escrituras. Thomas Watson.
Versículo 6. La experiencia de uno, el aliento de todos.
Versículo 6. (primera parte). El día de gracia, cómo aprovecharlo.
Versículo 6. (el versículo entero). El perdón del pecado, garantía de que se darán las demás misericordias.
Versículo 6. (última parte). Problemas inminentes, liberaciones eminentes.
Versículo 6. (última parte). La felicidad de los fieles. Thomas Playfere.
Salmos 32:7
Versículo 7. «Tú eres mi refugio.» Frases breves y concisas componen este versículo, pero encierran un mundo de significado. Los reclamos personales sobre nuestro Dios son el gozo de la vida espiritual. Echar mano del Señor con el apretón de un «mío» personal es el deleite en su plenitud. Observa que el mismo hombre que en el versículo cuarto se sentía oprimido por la presencia de Dios, halla aquí un abrigo en él. ¡Mira lo que hacen la confesión sincera y el perdón completo! El evangelio de la sustitución hace refugio nuestro a quien, de otro modo, habría sido nuestro juez. «De la angustia me guardarás.» La angustia no me hará ningún daño real cuando el Señor esté conmigo; más bien me traerá mucho provecho, como la lima que quita el óxido pero no destruye el metal. Observa los tres tiempos: hemos visto el pasado doloroso, la última frase era un presente gozoso, esta es un futuro alegre. «Con cánticos de liberación me rodearás.» ¡Qué frase de oro! El hombre está rodeado de canto, circundado de misericordias que danzan, todas ellas proclamando los triunfos de la gracia. No hay brecha en el círculo, lo rodea por completo; por todos lados oye música. Delante de él la esperanza toca los címbalos, y detrás de él la gratitud bate el pandero. A derecha e izquierda, arriba y abajo, el aire resuena de alegría, y todo esto para el mismo hombre que, pocas semanas antes, rugía todo el día. ¡Qué gran cambio! ¡Qué maravillas ha hecho la gracia y todavía puede hacer! Selah. Hacía falta una pausa, pues un amor tan asombroso necesita ser meditado, y un gozo tan grande exige quieta contemplación, ya que el lenguaje no alcanza a expresarlo.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 7. «Tú eres mi refugio.» David no dice simplemente: «Tú eres un refugio», como uno entre muchos; ni el refugio, como el único; sino: «Tú eres mi refugio.» Ahí está toda la excelencia del texto. «Él es mío; he aceptado la oferta de su salvación», dice David; «me he acogido a él en mi propia persona: como pecador me he amparado en su amor y su compasión; me he puesto bajo sus alas; me he cubierto con el manto de su justicia; y ahora, por tanto, estoy a salvo.» «Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado.» Esto es tener parte y suerte en el asunto, tener el beneficio personal e individual de la obra expiatoria del Salvador. ¡Qué distinta es una fe que se apropia de una fe meramente especulativa! Los hombres nos dicen que creen la doctrina, que reconocen la verdad, que asienten a nuestro credo; y dicen que declararles el carácter de Cristo como única ayuda y seguridad del pecador es solo ponerles delante lo que ya saben. Pues bien, sigue la idea que sugiere la figura de nuestro texto y verás la necedad y el peligro de obrar así. Supón que un viajero en un páramo desolado y expuesto se alarma por la llegada de una tormenta. Busca dónde abrigarse. Pero si sus ojos descubren un lugar donde esconderse de la tormenta, ¿se queda quieto y dice: «Veo que hay un abrigo, y por tanto puedo quedarme donde estoy»? ¿No se encamina hacia él? ¿No corre para escapar del viento borrascoso y de la tempestad? Era un «refugio» de antes; pero fue su refugio solo cuando corrió a él y estuvo a salvo. De no haber entrado en él, aunque hubiera sido una protección para mil otros viajeros que acudieron allí, para él habría sido como si tal lugar no existiera. ¿Quién no ve enseguida, por esta sencilla ilustración, que las bendiciones del evangelio lo son solo cuando son apropiadas por el alma? El médico solo puede curar si se acude a él; la medicina solo puede sanar si se toma; el dinero solo puede enriquecer si se posee; y el mercader de la parábola no habría sido más rico por descubrir que había una «perla preciosa» si no la hubiera hecho suya. Así con la salvación del evangelio: si Cristo es el «bálsamo en Galaad», aplica el remedio; si es el «médico allí», ve a él; si es la «perla preciosa», vende todo lo que tienes y cómprala; y si es el «refugio», corre a él y ponte a salvo; no habrá gozo ni paz sólidos en la mente hasta que él sea tu refugio. Fountain Elwin, 1842.
Versículo 7. «Tú eres mi refugio.» Una alusión, probablemente, a la ciudad de refugio. Adam Clarke.
Versículo 7. Refugio. Kirke White tiene un hermoso himno sobre esta palabra, que comienza: «Despierta, dulce arpa de Judá, despierta.» No tenemos espacio para citarlo, pero se encontrará en "Our Own Hymn Book," n.º 381.
Versículo 7. «De la angustia me guardarás.» Si nos contentamos con la palabra que nuestros traductores han elegido aquí, angustia, hemos de quedarnos con uno de estos dos sentidos: o bien que Dios armará y revestirá a los suyos de una constancia tal que las cosas que turban a otros no los turbarán a ellos; «Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación»; «como desconocidos, pero bien conocidos; como moribundos, mas he aquí vivimos; como entristecidos, mas siempre gozosos; como pobres, mas enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo» (2 Co 1:5; 6:9); porque Dios usa ambos modos en favor de sus siervos: a veces suspendiendo la acción de lo que debía atormentarlos, como suspendió la furia de los leones por Daniel y el calor del fuego en el horno por los otros; a veces imprimiendo una santa insensibilidad en la persona que sufre; así san Lorenzo no solo fue paciente, sino alegre y bromista mientras se asaba sobre el fuego, y así leemos de muchos otros mártires que se conmovieron y se afectaron menos por sus tormentos que sus verdugos o perseguidores. Lo que turbaba a otros nunca los turbó a ellos; o bien la frase debe tener este sentido: que aunque sean turbados por sus angustias, aunque Dios los someta hasta tal punto a la condición común de los hombres que las sientan, los guardará de esa angustia de modo que nunca los derribe, nunca los hunda en el abatimiento del ánimo o en la desconfianza de su misericordia; hallarán tormentas, pero bajo los pies una nave recia y fuerte; sentirán truenos y relámpagos, pero guirnaldas de laurel triunfal los protegerán; serán pisoteados hasta la tierra con desprecios y menosprecios, pero como la semilla es sepultada, para multiplicarse en más. Hasta aquí ayuda a nuestra devoción esta palabra de nuestros traductores: Me guardarás de la angustia, me harás insensible a ella, o me harás vencedor en ella. John Donne.
Versículo 7. «Con cánticos de liberación me rodearás.» En estas palabras el profeta David asciende por gradación y va más allá de lo que antes había dicho sobre su confianza en Dios. Primero había dicho que Dios era su refugio; segundo, que lo guardaría en la angustia; y ahora, tercero, que el Señor lo haría gozoso y triunfante sobre sus angustias y enemigos, rodeándolo, en lugar de angustias, de misericordias... Aprende a reconocer la bondad de Dios para contigo con aplicación particular, como dice David aquí: «Con cánticos de liberación me rodearás.» No confieses solo su bondad para con otros, como con Abraham, Isaac y Jacob; ni solo su liberación de Noé, Daniel y Lot; sino también sus misericordias y la liberación de ti mismo, como hizo Pablo: «Cristo se entregó a sí mismo por mí, y murió por mí.» Gá 2:20. Esto avivará en gran manera la gratitud; mientras que reconocer a Dios bueno solo en sí mismo o para con otros, y no para contigo, te hará murmurar y quejarte. Thomas Taylor.
Versículo 7. «Me rodearás.» Esta palabra implica que, así como estamos asediados por todos lados de angustias, así estamos rodeados de otros tantos consuelos y liberaciones; así como nuestras cruces crecen cada día, nuestras consolaciones aumentan día tras día. Somos ofendidos por todos lados y por todos lados defendidos; por tanto, por todos lados debemos entonar la alabanza de Dios, como dice David: «Bendice, alma mía, a Jehová; y bendiga todo mi ser.» Sal 103:1. Archibald Symson.
Versículo 7. Cánticos de liberación. Al no contentarse solo con dar gracias, sino querer unirlas a cánticos, nos deja ver cuán tensas están todas las cuerdas de su corazón, de modo que no puede contenerse por las misericordias de Dios para con su iglesia y por sus múltiples liberaciones en favor de ella. Muchos cantan alabanzas a Dios con la boca medio abierta; y aunque pueden cantar en voz alta cualquier balada sucia en su casa, en la iglesia hacen la parte media, se lo aseguro, de modo que apenas oyen el sonido de su propia voz. Creo que se avergüenzan de proclamar y mostrar las alabanzas de Dios, o temen ensordecer a Dios con su canto fuerte; pero David empleó todas sus fuerzas, de dentro y de fuera, para alabar a su Dios. Archibald Symson.
Sugerencias para el predicador
Versículo 7. Peligro sentido, refugio conocido, posesión reclamada, gozo experimentado.
Versículo 7. (primera frase). Cristo, refugio del pecado, de Satanás y del dolor, en la muerte y en el juicio.
Versículo 7. (segunda frase). Angustias de las que los santos serán guardados.
Versículo 7. (última frase). El círculo de canto: quién traza el círculo, cuál es la circunferencia, quién está en el centro.
Versículo 7. Cánticos de liberación. Del pecado, del infierno, de la muerte, de los enemigos, de las dudas, de las tentaciones, de los accidentes, de las intrigas, etc. El divino maestro de escuela, sus alumnos, sus lecciones, sus castigos y sus recompensas.
Salmos 32:8
Versículo 8. «Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar.» Aquí el Señor es quien habla, y da al salmista una respuesta a su oración. Nuestro Salvador es nuestro instructor. El Señor mismo se digna enseñar a sus hijos a andar en el camino de la integridad; su santa palabra y las amonestaciones del Espíritu Santo son los guías de la conducta diaria del creyente. No somos perdonados para vivir en adelante conforme a nuestras propias concupiscencias, sino para ser educados en santidad y entrenados para la perfección. Una formación celestial es una de las bendiciones del pacto que la adopción nos sella: «Todos tus hijos serán enseñados por Jehová.» La enseñanza práctica es la mejor de todas las instrucciones, y son tres veces felices quienes, aunque nunca se sentaron a los pies de Gamaliel y ignoran a Aristóteles y la ética de las escuelas, han aprendido sin embargo a seguir al Cordero por dondequiera que va. «Sobre ti fijaré mis ojos.» Así como los siervos toman la señal del ojo del amo, y les basta un gesto o un guiño, así debemos obedecer nosotros las más leves indicaciones de nuestro Maestro, sin necesitar rayos que sacudan nuestra incorregible pereza, sino dejándonos gobernar por susurros y toques de amor. El Señor es el gran supervisor, cuyo ojo en su providencia lo vigila todo. Nos conviene ser ovejas de su prado, siguiendo la guía de su sabiduría.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 8. «Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar.» Nadie sino Dios mismo puede emprender tanto como el texto promete. Pues aquí hay fe, una rectificación del entendimiento: te instruiré, y en el original hay algo más de lo que alcanza nuestra traducción; allí dice: Intelligere faciam te, «te haré entender». El hombre puede instruir; solo Dios puede hacernos entender. Y luego dice: Faciam te, «te haré a ti, a ti, entender»; la obra es del Señor, el entendimiento es del hombre: porque Dios no obra en el hombre como el diablo obraba en los ídolos, en las pitonisas, en los ventrílocuos, en los poseídos, que no tenían concurso voluntario con la acción del diablo, sino que eran meramente pasivos; Dios obra en el hombre de tal modo que hace obrar también al hombre: faciam te, te haré entender; que eso será hecho por mí, pero en ti; el poder que rectifica el acto es de Dios, el acto es del hombre; Faciam te, dice Dios, te haré a ti, a ti, a cada persona en particular (pues esto surge de esta palabra singular y distributiva, ti, que no amenaza con excepción ni exclusión alguna), haré capaz de esa instrucción a toda persona a quien presente instrucción; y si no la recibe, es solo culpa suya y no mía. Y así esta primera parte es una instrucción de credendis, sobre aquellas cosas que, al rectificar Dios nuestro entendimiento, estamos obligados a creer. Y luego, en una segunda parte, sigue una instrucción más particular, Docebo, «te enseñaré», y eso in via, «en el camino»; no es solo de via, enseñarte cuál es el camino para que lo halles, sino in via, cómo mantenerte en el camino cuando estés en él; te enseñará no solo ut gradiaris, para que andes por él y no duermas, sino quomodo gradieris, para que andes por él y no te extravíes; y así esta segunda parte es una instrucción de agendis, sobre aquellas cosas que, habiendo sido antes rectificado tu entendimiento y llevado a creer, estás obligado a hacer. Y luego, en las últimas palabras del texto, sobre ti fijaré mis ojos, hay una tercera parte, un afianzamiento, una confirmación mediante una incesante vigilancia de Dios; él considerará y deliberará sobre nosotros (pues tanto implica la palabra original), no nos dejará a las contingencias ni a la fortuna; no, ni a su providencia general, por la cual todas las criaturas están universalmente bajo su protección y administración, sino que nos sopesará, nos considerará, nos estudiará; y eso con su ojo, que es el órgano e instrumento más agudo y sensible, el que más pronto siente si algo anda mal, y así lo inclina a rectificarnos prontamente; y así esta tercera parte es una instrucción de sperandis, tiene siempre relación con el futuro, con la constancia y la perseverancia de la bondad de Dios para con nosotros; hasta el fin, y en el fin nos guiará con su ojo: a menos que el ojo de Dios pueda ser apagado, no podemos ser apartados de su vista y su cuidado. De modo que tanto nuestro cargamento que hemos de embarcar, es decir, lo que hemos de creer acerca de Dios; como la travesía que hemos de hacer, cómo gobernar y dirigir nuestro rumbo, es decir, nuestra conducta y conversación en la casa de los fieles; y luego el puerto adonde hemos de ir, es decir, nuestra seguridad de llegar a la Jerusalén celestial, están expresados en esta carta de navegación, en este mapa, en esta instrucción, en este texto. John Donne.
Versículo 8. Esta triple repetición, te haré entender, te enseñaré, sobre ti fijaré mis ojos, nos enseña tres propiedades de un buen maestro. Primero, hacer que el pueblo entienda el camino de la salvación; segundo, ir delante de ellos; tercero, velar sobre ellos y sobre sus caminos. Archibald Symson.
Versículo 8. El camino. Si comparamos este camino con todos los demás, avivará nuestro cuidado por entrar en él y continuar en él; porque, primero, este es el camino real, en el cual tenemos promesa de protección. Sal 91:11. Segundo, los caminos de Dios son los más limpios de todos. 2 S 22:31. Tercero, los caminos de Dios son los más rectos; y siendo los más rectos, son también los más cortos. Os 14:9. Cuarto, los caminos de Dios son los más luminosos y alegres. Pr 3:17. Por tanto, siendo los caminos de Dios los más seguros, limpios, rectos, cortos y luminosos, debemos cuidar de andar por ellos. Condensado de Thomas Taylor.
Versículo 8. «Sobre ti fijaré mis ojos.» Leemos en la historia natural (un crítico observa que la historia natural que citamos es mala. Respondemos que alterarla sería echar a perder las alusiones, y estamos haciendo un libro para hombres, no para niños. Hoy día nadie en su sano juicio creerá las fábulas que en épocas pasadas corrían como hechos) de algunas criaturas, Qui solo oculorum aspectu fovent ova (Plinio), que incuban sus huevos solo mirándolos. ¿Qué no podrá producir e incubar en nosotros el ojo de Dios? Plus est quod probatur aspectu, quam quod sermone (Ambrosio). Un hombre puede parecer alabar con palabras y, sin embargo, su semblante lo desaprueba. Su palabra infunde en nosotros buenos propósitos; pero si Dios sigue poniendo su ojo sobre nosotros, es una aprobación mayor, pues es un Dios de ojos puros y no mirará a los impíos. «Es una tierra de la cual Jehová tu Dios cuida; siempre están sobre ella los ojos de Jehová tu Dios, desde el principio del año hasta el fin.» Dt 11:12. ¡Qué primavera alegre, qué otoño fructífero tiene el alma que tiene siempre sobre sí el ojo del Señor! El ojo del Señor sobre mí hace de la medianoche mediodía; hace del Capricornio Cáncer, y del solsticio de invierno el de verano; el ojo del Señor santifica, más aún, glorifica todos los eclipses de deshonra, hace de la melancolía alegría, de la desconfianza seguridad, y vuelve infalibilidad los celos del alma triste... Este guiarnos con su ojo se manifiesta en estos dos grandes efectos: la conversión a él y la unión con él. Primero, su ojo obra sobre los nuestros: su ojo vuelve los nuestros para mirarlo a él. Siempre se expresa así con un he aquí: «He aquí el ojo de Jehová sobre los que le temen»; su ojo llama al nuestro a contemplar eso; y luego nuestro ojo llama al suyo para que observe nuestra alegre disposición... Cuando, como un retrato bien hecho que siempre mira a quien lo mira, esta imagen de Dios en nuestra alma se vuelve a él por haberse vuelto él a ella, es imposible que hagamos algo sucio o indecoroso en su presencia... El otro gran efecto de guiarnos con su ojo es que nos une a sí mismo; cuando fija su ojo en nosotros y acepta el retorno del nuestro hacia él, entonces nos guarda como a la «niña» de su «ojo». Zac 2:8... Estos son los dos grandes efectos de guiarnos por su ojo: que primero su ojo nos vuelve hacia él, y luego nos vuelve en él; primero su ojo vuelve el nuestro hacia él, y luego eso nos hace uno con él, de modo que nuestras aflicciones recaerán sobre su paciencia y nuestras deshonras le serán injuriosas; no podemos estar más seguros que siendo suyos; pero así no solo somos suyos, sino él; a todo perseguidor, en defensa de cada uno de nosotros, dirá: Cur me? ¿Por qué me persigues? Y así como es todo poder y puede defendernos, así aquí se hace todo ojo, que es la parte más tierna y más sensible a nuestras presiones. Condensado de John Donne.
Versículo 8. «Sobre ti fijaré mis ojos.» El margen dice: Te aconsejaré, mi ojo estará sobre ti. El margen expresa el sentido del hebreo. El significado literal es: «Te aconsejaré; mis ojos estarán sobre ti.» De Wette: «mi ojo será dirigido hacia ti.» La idea es la de alguien que le dice a otro qué camino ha de tomar para llegar a cierto lugar; y dice que lo vigilará, o que tendrá un ojo sobre él; no lo dejará extraviarse. Albert Barnes.
Versículo 8. Mi ojo. Podemos considerar las misericordias como los resplandores del ojo del Todopoderoso, cuando la luz de su rostro se alza sobre nosotros; y guiado por el ojo es aquel a quien las misericordias atraen y unen con su Hacedor. ¡Pero ay! Si nos negamos a ser guiados por el ojo, será necesario que nos refrene la mano. Si abusamos de nuestras misericordias, si olvidamos a su Autor y no le rendimos agradecidos el homenaje de nuestros afectos, no hacemos sino obligarlo, por su amor a nuestras almas, a repartirnos desastre y angustia. No se quejen, pues, de que haya tanto dolor en su suerte; consideren más bien cuánto de él pueden haber traído sobre sí mismos voluntariamente. Escuchen la voz de Dios. Te instruiré y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos: mi ojo, cuya mirada dora todo lo que es hermoso, cuya luz disipa toda oscuridad, previene todo peligro, difunde toda felicidad. Y entonces, ¿por qué están tan gravemente inquietos? ¿Por qué es que «el temor y el foso» están tan a menudo sobre ustedes; que una bendición tras otra desaparece de su círculo; y que Dios parece tratarlos como a los caprichosos e indómitos, en quienes cualquier suavidad se perdería del todo? ¡Ah! Si quieren dar razón de muchas misericordias que se han ido, si quieren asegurar la permanencia de las que aún quedan, examinen cuán deficientes pueden haber sido hasta ahora, y esfuércense por ser más diligentes en el futuro en obedecer una amonestación que implica que debiéramos ser guiados por los suaves destellos del ojo, si nuestra obstinación no hiciera indispensables las duras coacciones del freno. Henry Melvill.
Sugerencias para el predicador
Versículo 8. El poder del ojo. Henry Melvill. En el cual intenta en vano probar el bautismo de niños y el episcopado, que admite que no están expresamente enseñados en la Escritura, pero declara que están insinuados como por el ojo divino.
Salmos 32:9
Versículo 9. «No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento.» El entendimiento separa al hombre del bruto: no actuemos como si careciéramos de él. Los hombres deben tomar consejo y aviso, y estar dispuestos a correr hacia donde la sabiduría les señala el camino. ¡Ay! Necesitamos que se nos advierta contra la estupidez de corazón, pues somos muy propensos a caer en ella. Nosotros, que deberíamos ser como los ángeles, nos volvemos fácilmente como las bestias. «Cuya boca has de sujetar con cabestro y con freno, para que no se acerquen a ti.» Es muy de lamentar que a menudo necesitemos ser castigados severamente antes de obedecer. Deberíamos ser como una pluma al viento, llevados fácilmente por el soplo del Espíritu Santo, pero ¡ay!, yacemos como troncos inmóviles y no nos movemos aunque tengamos el cielo mismo a la vista. Esos bocados cortantes de la aflicción muestran cuán duras tenemos las bocas; esos frenos de la debilidad manifiestan nuestras maneras tercas y voluntariosas. No seríamos tratados como mulos si no hubiera tanto de asno en nosotros. Si queremos ser rebeldes, debemos esperar que se nos sujete con rienda corta. ¡Oh, gracia para obedecer al Señor de buena gana, no sea que, como el siervo voluntarioso, seamos azotados con muchos azotes! Calvino traduce las últimas palabras: «Para que no den coces contra ti», versión más probable y más natural, pero el pasaje es reconocidamente oscuro, aunque no en su sentido general.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 9. «No seáis como el caballo, o como el mulo», etc. ¡Cuántos enloquecen por esta causa, por concupiscencias desordenadas y furiosas! El profeta Jeremías, Jer 2:24, compara a Israel con «dromedaria ligera que lía sus rutas», y con «asna montés acostumbrada al desierto, que en su ardor jadea tras el viento». No seáis, dijo el salmista, «como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento: cuya boca has de sujetar con cabestro y con freno». Los hombres tienen entendimiento, no las bestias; sin embargo, cuando el frenesí de la lujuria abruma sus sentidos, podemos tomar la palabra del profeta y echársela encima: «Todo hombre es embrutecido por su propio conocimiento.» Y por eso «el hombre que está en honra y no entiende, semejante es a las bestias que perecen» (Sal 49:20). Si el freno de la providencia soberana de Dios no refrenara su locura, arrojarían la silla de la razón y darían coces a la naturaleza misma en la cara. Thomas Adams.
Versículo 9. «No seáis como el caballo, o como el mulo», etc. Según las diversas naturalezas de estas dos bestias, los padres y otros expositores han hecho varias interpretaciones, o al menos varias alusiones. Consideran que el caballo y el mulo admiten a cualquier jinete, cualquier carga, sin discreción ni distinción, sin debate ni consideración; nunca preguntan si su jinete es noble o vil, ni si su carga es oro para el tesoro o raíces para el mercado. Y esos expositores hallan la misma indiferencia en el pecador habitual hacia toda clase de pecado; ya peque por placer, o por provecho, o solo por compañía, siempre peca. Consideran en el mulo que, siendo uno de sus padres más innoble que el otro, se parece al peor, tiene más de asno que de caballo; y hallan en nosotros que todas nuestras acciones y pensamientos saben más a la parte más innoble de la tierra que al cielo. San Jerónimo piensa que la fiereza y la temeridad están representadas en el caballo, y la pereza en el mulo. Y san Agustín lleva lejos estas dos cualidades; piensa que en esta fiereza del caballo están representados los gentiles, que corrieron lejos del conocimiento del cristianismo; y por la pereza del mulo los judíos, que no vinieron tan de prisa como sus ayudas anteriores los invitaban a abrazarlo. Han ido lejos en estas alusiones y aplicaciones; y habrían podido ir tan lejos más cuanto les hubiera placido; tienen mar abierto suficiente quienes comparan una bestia y un pecador; y hallarán muchas veces, en el camino, que la bestia es el mejor hombre. John Donne.
Versículo 9. «No seáis como el caballo, o como el mulo», etc. Considera las causas por las que una pierna rota es incurable en un caballo y fácilmente curable en un hombre. El caballo es incapaz de consejo para someterse al herrador; y por tanto, si se le arregla la pierna, se agita, forcejea y se echa fuera, desencajándola de nuevo con su brío mal empleado, considerando toda sujeción como grillos y cadenas para él; mientras que un hombre se entrega de buena gana a ser tratado por el cirujano, prefiriendo ser prisionero unos días que lisiado toda la vida. No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento; sino «tenga la paciencia su obra completa en ti». Stg 1:4. Thomas Fuller.
Versículo 9. Cabestro y freno (Norw-ntk). Los LXX traducen la primera de estas dos palabras por calinw, la segunda por kemw. La palabra calinos significa el hierro del freno común, que se pone en la boca del caballo, el bocado o freno. Pero kemoz era algo parecido a un bozal, que se ponía a los caballos o mulos dañinos para impedirles morder. Jenofonte dice que les permitía respirar, pero mantenía cerrada la boca, de modo que no podían morder. No conociendo el término técnico de este artificio, lo llamo bozal. El verbo (brq) es un término militar, y significa avanzar, como un enemigo, para atacar. El «acercarse», por tanto, que se pretende aquí, es un acercarse para hacer daño. La amonestación que el salmista da a sus compañeros es que se sometan a la instrucción y guía prometidas graciosamente desde el cielo, y que no se parezcan, en su disposición refractaria, a esos potros de mal carácter que no se dejan gobernar con un simple freno, sino que, a menos que se les sujeten las mandíbulas con un bozal, atacarán al jinete cuando intente montar, o al mozo cuando los lleve al pasto y al establo. Samuel Horsley.
Versículo 9. «Para que no se acerquen a ti.» La versión común de esta cláusula sería bastante adecuada hablando de una fiera, pero con referencia a un mulo o a un caballo las palabras solo pueden significar: porque no te seguirán ni te obedecerán por su propia voluntad; deben ser constantemente forzados, tanto por compulsión como por sujeción. J. A. Alexander.
Versículo 9. «No seáis como el caballo o el mulo, sin entendimiento, cuyo adorno es un freno y un bocado para sujetarlos: no vienen a ti por sí mismos.» Charles Carter, en "The Book of Psalms," 1869. Una nueva traducción.
Sugerencias para el predicador
Versículo 9. Los bocados y frenos de Dios, los mulos que los necesitan y razones por las que no debemos estar en su número.
Versículo 9. Hasta qué punto somos mejores, y hasta qué punto peores, que los caballos y los mulos en nuestras acciones.
Salmos 32:10
Versículo 10. «Muchos dolores habrá para el impío.» Como los caballos y mulos rebeldes, tienen muchos cortes y magulladuras. Aquí y en lo por venir, la porción de los impíos no es deseable. Sus gozos son efímeros, sus dolores se multiplican y maduran. El que siembra pecado segará dolor en pesadas gavillas. Los dolores de conciencia, de desengaño, de terror, son la herencia segura del pecador en el tiempo, y luego para siempre los dolores del remordimiento y de la desesperación. Los que se jactan de sus gozos pecaminosos presentes, recuerden el habrá del futuro y escarmienten. «Mas al que espera en Jehová, le rodea la misericordia.» La fe se pone aquí como lo opuesto a la maldad, pues es la fuente de la virtud. La fe en Dios es el gran hechizo de los afanes de la vida, y el que la posee habita en una atmósfera de gracia, rodeado por la guardia de corps de las misericordias. Quiera el Señor darnos creer en todo tiempo en la misericordia de Dios, aun cuando no veamos huellas de su obrar, pues para el creyente la misericordia lo rodea todo como la omnisciencia, y todo pensamiento y acto de Dios está perfumado con ella. Los impíos tienen alrededor un avispero, muchos dolores; pero nosotros tenemos un enjambre de abejas que almacenan miel para nosotros.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 10. «Al que espera en Jehová, le rodea la misericordia.» Así como en medio de la esfera está el centro, del cual todas las líneas trazadas tienden hacia su circunferencia, así un buen cristiano tiene a Dios por circunferencia; porque todo lo que piensa, habla o hace tiende a Cristo, por quien está rodeado por todas partes. Robert Cawdray.
Versículo 10. «Le rodea la misericordia.» Estará rodeado de misericordia, como uno está rodeado por el aire o por la luz del sol. Hallará misericordia y favor en todas partes: en casa, fuera; de día, de noche; en sociedad, en soledad; en la enfermedad, en la salud; en la vida, en la muerte; en el tiempo, en la eternidad. Andará entre misericordias; morirá entre misericordias; vivirá en un mundo mejor en medio de misericordias eternas. Albert Barnes.
Versículo 10. «Fíjate en ese texto», dijo Richard Adkins a su nieto Abel, que le leía el salmo treinta y dos. «Fíjate en ese texto: "Al que espera en Jehová, le rodea la misericordia." Lo leí en mi juventud y lo creí; y ahora lo leo en mi vejez y, gracias a Dios, sé que es verdad. ¡Oh, es una cosa bendita, en medio de los gozos y dolores del mundo, Abel, confiar en el Señor!» The Christian Treasury, 1848.
Sugerencias para el predicador
Versículo 10. Los muchos dolores que resultan del pecado. La misericordia que rodea la vida del creyente, aun en sus tiempos más difíciles. La porción de los impíos y la suerte de los fieles.
Salmos 32:11
Versículo 11. «Alegraos.» La felicidad no es solo nuestro privilegio, sino nuestro deber. En verdad servimos a un Dios generoso, pues hace parte de nuestra obediencia el estar gozosos. ¡Cuán pecaminosos son nuestros rebeldes murmullos! ¡Qué natural parece que un hombre bendecido con el perdón se alegre! Leemos de uno que murió al pie del cadalso, de puro gozo, al recibir el perdón de su monarca; ¿y nosotros recibiremos el perdón gratuito del Rey de reyes y, sin embargo, languideceremos en una tristeza inexcusable? «En Jehová.» Aquí está la regla con que la alegría se preserva de la ligereza. No hemos de alegrarnos en el pecado, ni hallar consuelo en el trigo, el vino y el aceite, sino que en nuestro Dios ha de estar el huerto del deleite de nuestra alma. Que haya un Dios, y un Dios tal, y que sea nuestro, nuestro para siempre, nuestro Padre y nuestro Señor reconciliado, es materia suficiente para un salmo sin fin de gozo arrobador. «Y cantad con júbilo, justos»: redoblad vuestro regocijo, repique sobre repique. Puesto que Dios ha vestido a sus coristas con las blancas vestiduras de la santidad, que no repriman sus voces alegres, sino que canten en voz alta y den voces como los que hallan gran botín. «Y cantad con júbilo todos vosotros los rectos de corazón.» Nuestra felicidad debería ser demostrativa; la fría penuria de amor reprime a menudo la noble llama del gozo, y los hombres susurran sus alabanzas con decoro donde un estallido sincero de canto sería mucho más natural. Es de temer que la iglesia de nuestros días, por un anhelo de excesiva corrección, se vaya volviendo demasiado artificial, de modo que los clamores de los que buscan y las voces de los creyentes serían acallados si se oyeran en nuestras asambleas. Esto puede ser mejor que el fanatismo bullicioso, pero hay tanto peligro en una dirección como en la otra. Por nuestra parte, nos conmueve el corazón un poco de exceso sagrado, y cuando los hombres piadosos, en su gozo, saltan los estrechos límites del decoro, no los miramos, como Mical, hija de Saúl, con corazón burlón. Nota cómo los perdonados son representados como rectos, justos y sin engaño; un hombre puede tener muchas faltas y aun así ser salvo, pero un corazón falso es en todas partes la marca de la condenación. Un hombre de maneras torcidas y tornadizas, de naturaleza retorcida y astuta, no es salvo, y con toda probabilidad nunca lo será; porque el terreno que da cosecha cuando se siembra en él la gracia puede ser maleza y erial, pero nuestro Señor nos dice que es tierra honesta y buena. Nuestra observación ha sido que los hombres de doble lengua y de modos tramposos son los menos probables de todos los hombres para ser salvos: ciertamente, donde llega la gracia, restaura la mente del hombre a su perpendicular y lo libra de estar doblado por el vicio, retorcido por la astucia o encorvado por la deshonestidad. Lector, ¡qué salmo tan deleitoso! ¿Has podido, al leerlo, reclamar una suerte en la buena tierra? Si es así, publica a otros el camino de salvación.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 11. «Alegraos en Jehová y gozaos, justos; y cantad con júbilo todos vosotros los rectos de corazón.» Esta exhortación contiene tres partes. Primero, a qué exhorta: a regocijarse. Segundo, a quiénes: los justos y los rectos. Tercero, la limitación: en Jehová. Los exhorta tres veces: alegraos, gozaos y cantad con júbilo; y así como mencionó una triple bendición, así menciona un triple gozo. En lo cual hay dos cosas necesarias de observar. Primero, la torpeza de nuestras naturalezas, que como caballos lentos necesitamos muchas espuelas y estímulos para las cosas espirituales, mientras que naturalmente estamos demasiado inclinados a las carnales, de modo que no necesitamos incitaciones para ellas. Pero al contrario, en las cosas espirituales caemos en un sueño profundo, y no podemos ser despertados al primer grito; sino que, así como los hombres después de beber necesitan ser sacudidos a menudo para ver la luz, así los hombres embriagados con los placeres del pecado, como dice Nacianceno, deben ser despertados con diversas exhortaciones; como este mismo profeta en el salmo siguiente redobla sus exhortaciones con el mismo fin. Y el apóstol dice a los filipenses: «Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!» Fil 4:4. Luego, percibe que esta exhortación va creciendo: pues la palabra alegraos, en el original, significa propiamente un gozo interior y cordial, por la presencia o al menos la esperanza de una cosa deseable o buena. La palabra gozaos expresa nuestro gozo con algún gesto exterior, usada a veces para danzar, como: «Los collados se ciñen de alegría.» Sal 65:12. La palabra cantad con júbilo es gritar de alegría, como cantará la lengua del mudo. Esta gradación nos enseña que esta es la naturaleza del gozo espiritual: que sigue aumentando en nosotros por ciertos grados hasta llegar a la perfección de todo gozo, que se significa con la última palabra, que implica, por así decir, un triunfo y vítores tras la victoria. De modo que son verdaderamente penitentes los que han vencido al pecado y a Satanás en su combate espiritual, y han triunfado sobre ellos como sobre enemigos vencidos. Archibald Symson.
Versículo 11. «Alegraos en Jehová y gozaos, justos.» No hay hombre vivo gozoso sino el creyente. ¿Dirán que los hombres se complacen en sus pecados? Pues ese es el gozo del diablo; ¿o que se regocijan en graneros y bolsas llenos? Ese es el gozo del necio; ¿o que se regocijan en el vino, es decir, en todos los manjares que satisfacen el paladar? Ese es un gozo de manicomio. Lean y crean Ec 2:3; de hecho, desde el primer versículo hasta el undécimo, el libro entero, pero especialmente ese capítulo, es la filosofía más divina que ha existido ni existirá. Christopher Fowler (1610-1678), en "Morning Exercises."
Versículo 11. «Cantad con júbilo todos vosotros los rectos de corazón.» Cuando el poeta Carpani preguntó a su amigo Haydn cómo era que su música sacra fuera tan alegre, el gran compositor dio una respuesta hermosísima. «No puedo», dijo, «hacerla de otro modo; escribo según los pensamientos que siento: cuando pienso en Dios, mi corazón está tan lleno de gozo que las notas bailan y saltan, por así decir, de mi pluma; y puesto que Dios me ha dado un corazón alegre, se me perdonará que le sirva con espíritu alegre.» John Whitecross's Anecdotes.
Versículo 11. Aquí el hombre sensual, que quizá se agarraría cuando se dice: Alegraos, enseguida, cuando se añade en Jehová, soltará su presa. Pero los que, por causa de las olas y oleadas del turbulento mar de este mundo, no pueden soportar el discurso cuando se dice: Alegraos, han de asirse firmemente a él cuando se añade: Alegraos en Jehová. Henry Airay.
Versículo 11.
Cantad a este rey refulgente y glorioso.
Alabad su nombre, todo lo que vive;
que corazón y voz, como campanas de plata, hagan sonar
el consuelo que este día trae. —Kinwellmersh, citado por A. Moody Stuart.
Versículo 11. Cuenta el famoso Tulio, de Siracusa, que no hay día en todo el año tan borrascoso y tempestuoso en que los habitantes no tengan algún vislumbre y vista del sol. Una observación semejante puede hacerse con verdad sobre todos aquellos salmos de David en los que sus quejas son más numerosas y en los que más insiste en sus temores y presiones: que no hay ninguno tan totalmente encapotado por la negra oscuridad de la desesperación que no podamos discernir fácilmente que está aquí y allá interrumpido y veteado por algunas expresiones consoladoras de su fe y esperanza en Dios. Si al comienzo de un salmo lo hallamos inquieto en sus movimientos, como la paloma de Noé sobre las aguas que lo cubrían todo, al final lo veremos como la misma paloma regresando con una rama de olivo en el pico y posándose en el arca. Si lo hallamos en otro salmo vacilando en medio de sus aflicciones, por el predominio de los temores carnales, también podemos contemplarlo recobrándose otra vez, trayendo argumentos de la fe, cuyos temas son de una elevación mayor que para ser sacudidos por las tímidas sugerencias que surgen de la carne. Si en otra ocasión lo vemos como una barca a la deriva, zarandeada y golpeada por vientos inconstantes y olas feroces, hallaremos aún que todos sus vaivenes y agitaciones son tales que lo llevan hacia la orilla firme, donde al fin se asienta en paz y seguridad. William Spurstowe.
Sugerencias para el predicador
Versículo 11. La alegría del creyente. Su fuente, «en Jehová»; su vivacidad, «cantad con júbilo»; su propiedad, está mandada; sus hermosos resultados y sus abundantes razones.
Versículo 11. Rectos de corazón, una descripción instructiva. No horizontales ni arrastrados, ni encorvados ni inclinados, sino verticales de corazón.
OBRAS SOBRE EL SALMO TREINTA Y DOS
This treatyse concernynge the fruytful sonnges of David the Kynge &prophete in the seuen penytencyall psalmes. Deuyded in seuen sermons was made and compyled by the ryght reuerent fader In god Juhau fyssher doctore of dyuynyte &bysshop of Rochester at the exortacyo and sterynge of the most excellet princesse Margarete contesse of Rychemont and Derby &moder to our souerayne lorde Kynge henry the VII. (Sin fecha, pero señalado como 1509 en el catálogo del Museo Británico. Una edición en 8 volúmenes tiene en la portada: An. M.D.J.A.)
David's Learning, or Way to True Happiness: in a Commentarie upon the 32 Psalme. Preached and now published by THOMAS TAYLOR, late fellow of Christ's College in Cambridge. London: 1617. David's Teares. By SIR JOHN HAYWARD, Knight, Doctor of Lawe. London. Printed by John Bell. 1623. Sobre los Salmos VI, XXXII y CXXX. Meditations on Psalm XXXII. en las obras del arzobispo Leighton.
En las obras de JOHN DONNE: Sermons on Psalm XXXII. Vols. II., III. Edición de Alford.
A Godly and Fruitful Exposition on the Thirty-second Psalme, the Third of the Penitentials; en A Sacred Septenarie; or, a Godly and Fruitful Exposition on the Seven Psalmes of Repentance. Por Mr. ARCHIBALD SYMSON, late Pastor of the Church at Dalkeeth in Scotland. 1638.
Meditations and Disquisitions upon the 32 Psalme, en Meditations and Disquisitions upon the Seven Psalmes of David, commonly called the Penitential Psalmes. Por SIR RICHARD BAKER, Knight. 1639. Lectures on the Thirty-second Psalm. Por CHARLES H. BINGHAM, B.A., Curate of Hale Magna. 1836. Lectures on the Thirty-second Psalm, preached in Portman Chapel, Baker Street, during Lent, 1859. Por el Rev. J. W. REEVE, M.A., Minister of the Chapel. 1859.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea.