El tesoro de David · Charles H. Spurgeon
Salmo 56: comentario de Charles H. Spurgeon (El tesoro de David)
Resumen del capítulo
Título
Al músico principal. Aquel poderoso trovador fue adquiriendo poco a poco un noble repertorio de cantos consagrados, y los puso todos en música. Sobre Jonat-elem-rehoquim: este era probablemente el título de la melodía, como diríamos «Old Hundred» o «Marineros sicilianos». Quizá, sin embargo, el título pertenezca al salmo, y si es así es instructivo, pues se ha traducido «la paloma silenciosa en lugares lejanos». Tenemos aquí los cantos del siervo de Dios, que se regocija de volver una vez más del destierro y de dejar aquellos lugares peligrosos donde se vio obligado a callar aun lo bueno. Hay en este salmo un conocimiento espiritual tan profundo que podríamos decir de él: «Bienaventurado eres, David Barjonas, porque no te lo reveló carne ni sangre». Cuando David hace de Jonás no se parece al profeta de ese nombre; en David predomina el amor de la paloma, pero en Jonás lo más notable es su gemido y su queja. Mictam de David. Este es el segundo salmo de oro; el primero lo tuvimos en el Salmo 16, al cual este se parece mucho, especialmente en su final, pues termina en la presencia gozosa. Un misterio de oro, el secreto de gracia de la vida de fe, queda dulcísimamente desvelado en ambos salmos, y se levanta una columna a causa de la verdad de Dios. Cuando los filisteos le prendieron en Gat. Era como una paloma en manos de extraños, y al escapar registra su gratitud.
División
En Sal 56:1-2 derrama su queja; en Sal 56:3-4 declara su confianza en Dios; en Sal 56:5-6 vuelve a su queja, pero ruega con esperanza ferviente en Sal 56:7-9, y entona un canto agradecido desde Sal 56:10 hasta el final.
Notas explicativas y dichos pintorescos
TÍTULO. Las palabras Jonat-elem-rehoquim pueden traducirse acerca de la paloma muda entre los que están lejos, o en lugares lejanos. John Gill.
Título. Mictam. Véanse también las notas explicativas sobre el Salmo 16, en el «Treasury of David», vol. 1, pp. 222-223.
Sugerencias para el predicador
Versículos 2-3.
- Los temores son comunes a todos los hombres, en un momento u otro.
- Con frecuencia se recurre a medios inadecuados e ineficaces para quitar el temor.
- Aquí se sugiere un método verdadero y eficaz para quitar el temor. —Robert Morrison (1782-1834), en «A Parting Memorial».
Salmos 56:1
Versículo 1. Ten misericordia de mí, oh Dios. En mi profunda angustia mi alma se vuelve a ti, Dios mío. El hombre no tiene misericordia de mí; por tanto, dobla tú tu misericordia hacia mí. Si tu justicia ha soltado a mis enemigos, que tu misericordia acorte su cadena. Es dulce ver cómo el espíritu tierno, como de paloma, del salmista vuela al más tierno de los atributos en busca de socorro en la hora del peligro. Porque me devoraría el hombre. No es sino tu criatura, un mero hombre, y sin embargo como un monstruo está ávido de sangre; jadea, abre la boca por mí; no quisiera solo herirme o alimentarse de mi hacienda, sino que quisiera tragarme del todo y así acabar conmigo. Las bocas abiertas de los pecadores cuando se enfurecen contra nosotros deberían abrir nuestras bocas en oración. Podemos alegar la crueldad de los hombres como razón para la intervención divina: un padre se despierta pronto cuando sus hijos son tratados vergonzosamente. Me oprime combatiéndome cada día. No me da tregua: combate cada día. Tiene éxito en su guerra injusta: me oprime, me aplasta, me aprieta con fuerza. David tiene puesto el ojo en el jefe de sus enemigos, y presenta su queja contra él en el lugar debido. Si podemos alegar así contra el hombre, mucho más contra ese gran enemigo de las almas, el diablo. Pedimos al Señor que nos perdone nuestras ofensas, lo cual es otra manera de decir: «Ten misericordia de mí, oh Dios», y entonces podemos decir: «No nos metas en tentación, mas líbranos del mal». Cuanto más violento es el ataque de Satanás, más fuerte es nuestro ruego de liberación.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 1. Ten misericordia. Este es el segundo de los salmos que comienzan con el miserere; el cincuenta y uno es el primero. C. H. S.
Versículo 1. Ten misericordia de mí, oh Dios. Esta es para mí la única fuente de todas mis esperanzas, la única fuente de todas las promesas: Miserere mei, Deus, miserere mei. Bernardo, 1091-1157.
Versículo 1. Ten misericordia. Su primera lucha en oración es con el reproche de su conciencia, ya sea por sus pecados diarios, ya en particular por haberse puesto en peligro tan manifiesto, al aventurarse sin probable seguridad a buscar refugio entre los enemigos del pueblo de Dios, cuya sangre él mismo había derramado en abundancia; por esta temeridad o por otros pecados implora misericordia. David Dickson.
Versículo 1. Hombre. Usa el término indefinido hombre en este versículo, aunque en el siguiente habla de tener muchos enemigos, para expresar con más fuerza la verdad de que el mundo entero se había coaligado contra él, de que no experimentaba humanidad alguna entre los hombres y se hallaba en la última necesidad del auxilio divino. Juan Calvino.
Versículo 1. Me devoraría. Me sorbería (como suena la palabra hebrea): haría de mí un solo trago, o me chuparía como un torbellino, me tragaría como una fiera voraz. John Trapp.
Versículo 1. Me oprime combatiéndome cada día. No hay mañana en que podamos levantarnos y salir al mundo, y decir: «Hoy ningún enemigo saldrá contra mí». No hay noche en que podamos retirarnos de ese mundo y pensar que hallaremos seguridad en la soledad de nuestras alcobas, y decir: «Ningún mal puede entrar aquí». Barton Bouchier, en «Manna in the Heart», 1855.
Versículos 1-2. Las mismas palabras son aplicables a la situación y las circunstancias de David, perseguido por sus enemigos; de Cristo, perseguido por los judíos; de la iglesia, afligida en el mundo; y del alma, rodeada de enemigos contra los cuales se ve forzada a librar guerra perpetua. George Horne.
Salmos 56:2
Versículo 2. Todo el día mis enemigos me pisotean. Su apetito de sangre nunca les falta. Con ellos no hay tregua ni armisticio. Son muchos, pero un solo ánimo los mueve. Nada de lo que yo haga puede hacerlos ceder. Si no logran devorarme del todo, nunca estarán contentos. Los ogros de los cuentos infantiles existen en la realidad en los enemigos de la iglesia, que quisieran triturar los huesos de los piadosos y hacer de ellos un bocado, si pudieran. Porque muchos son los que pelean contra mí. Los pecadores son criaturas gregarias. Los perseguidores cazan en manada. Estos lobos de la iglesia rara vez caen sobre nosotros de uno en uno. El número de nuestros enemigos es un poderoso argumento para la intervención del único Defensor de los fieles, que es más poderoso que todas sus bandas. Estos enemigos de los justos son también de ojo agudo y están siempre al acecho; por eso el margen los llama «observadores». Oh tú, Altísimo. Así invoca contra los encumbrados de la tierra el auxilio de aquel que es más alto que lo más alto. Algunos traducen las palabras de otro modo y piensan que el autor quiere decir que sus enemigos lo asaltaban desde las alturas en que la soberbia y el poder los habían colocado. Saúl, su gran enemigo, lo atacaba desde su trono con toda la fuerza que su elevada posición ponía a su disposición; nuestro consuelo en tal caso está cerca, pues Dios nos ayudará desde un lugar más alto que el que pueden ocupar nuestros más soberbios enemigos. La grandeza de Dios como el Altísimo es fuente fecunda de consuelo para los santos débiles oprimidos por enemigos poderosos.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 2. Oh tú, Altísimo. La palabra hebrea no es la que se traduce Altísimo en Sal 7:17; ni en nuestra versión se traduce nunca Altísimo en ningún otro lugar, aunque se encuentra en la Biblia hebrea más de cincuenta veces. Solo hay otros dos lugares donde se aplica, como epíteto, a Dios: Sal 92:8; Mi 6:6. Comúnmente se traduce desde arriba, en lo alto, lugares altos, alto; una vez altivamente, Sal 73:8... El sentido probable es que «pelean contra mí desde los lugares altos de la autoridad, tanto en Jerusalén como en Gat», q. d., mis enemigos están en el poder. William S. Plumer, «Studies in the Book of Psalms», 1867.
Salmos 56:3
Versículo 3. En el día que temo. David no era fanfarrón; no pretende no haber temido nunca, ni era un estoico brutal libre de temor por falta de ternura. La inteligencia de David lo privaba de la estúpida despreocupación de la ignorancia; veía la inminencia de su peligro y tenía miedo. Somos hombres, y por tanto expuestos a ser derribados; somos débiles, y por tanto incapaces de impedirlo; somos hombres pecadores, y por tanto lo merecemos; y por todas estas razones tememos. Pero el estado de ánimo del salmista era complejo: temía, pero ese temor no llenaba toda la extensión de su mente, pues añade: Yo en ti confío. Es posible, entonces, que el temor y la fe ocupen la mente al mismo tiempo. Somos seres extraños, y nuestra experiencia en la vida divina lo es todavía más. Con frecuencia estamos en un crepúsculo, donde están presentes la luz y la oscuridad, y es difícil decir cuál predomina. Es un temor bendito el que nos impulsa a confiar. El temor no regenerado aleja de Dios; el temor lleno de gracia lleva hacia él. Si temo al hombre, solo tengo que confiar en Dios y tengo el mejor antídoto. Confiar cuando no hay causa de temor es apenas el nombre de la fe; pero depender de Dios cuando las ocasiones de alarma son abundantes y apremiantes es la fe vencedora de los escogidos de Dios. Aunque el versículo tiene forma de resolución, se hizo un hecho en la vida de David; hagámoslo también en la nuestra. Ya surja el temor de fuera o de dentro, del pasado, del presente o del porvenir, de lo temporal o de lo espiritual, de los hombres o de los demonios, mantengamos la fe, y pronto recobraremos el ánimo.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 3. En el día que temo, yo en ti confío. Nada como la fe para ayudar en un apuro; la fe disuelve las dudas como el sol ahuyenta las brumas. Y para que no te desconcertes, sabe que tu tiempo de creer es siempre. Hay tiempos en que algunas gracias pueden estar en desuso, pero no hay tiempo en que se pueda decir lo mismo de la fe. Por eso la fe debe estar siempre en ejercicio. La fe es el ojo, es la boca, es la mano, y alguna de estas sirve todo el día. La fe es para ver, para recibir, para obrar o para comer; y el cristiano debe estar viendo, o recibiendo, o trabajando, o alimentándose todo el día. Que llueva, que sople el viento, que truene, que relampaguee, el cristiano ha de seguir creyendo. «En el día que temo —dijo el buen hombre—, yo en ti confío». John Bunyan.
Versículo 3. En el día que temo, etc. Una chispa divina puede vivir en un humo de dudas sin elevarse rápidamente en llama. Cuando la gracia está en el fondo de la duda, habrá confianza en Cristo y fervientes peticiones a él. La fe de Pedro vaciló cuando comenzó a hundirse, pero echa una mirada y lanza un clamor a su Salvador, reconociendo su suficiencia; Mt 14:30: «¡Señor, sálvame!». A veces esas dudas fortalecen nuestra confianza y nos hacen asirnos más firmemente de Dios. Sal 56:3. En el día que temo, yo en ti confío. Este era un temor de sí mismo o de otros, más que una suspicacia hacia Dios. Si hubiera tenido sospechas indignas de él, no habría confiado en él; no habría corrido en busca de remedio al objeto de su temor. Las vacilaciones donde hay fe son como los vaivenes de una nave bien sujeta al ancla (aún hay confianza en Dios), no como un bote arrastrado por las olas del mar para estrellarse contra una roca. Si el corazón permanece en Cristo en medio de esas dudas, no es un corazón malo de incredulidad. Tales dudas son compatibles con la morada del Espíritu, que está en el corazón para cumplir el oficio de Consolador contra tales temores y expulsar esos espesos vapores de la naturaleza. Stephen Charnock.
Versículo 3. En el día que temo, etc. No sé qué hacer, pero probaré mi antiguo camino; me conviene acercarme todavía; lo haré aún, como solía hacerlo; me arrojaré sobre la gracia gratuita de Cristo en las promesas; pondré allí el peso de mi espíritu que se hunde, renovaré allí mi asidero, mi vida, mi expectación; este es mi viejo sendero, y de aquí nunca me harán volver ni me echarán. Este cristiano, en su fuerza, puede desafiar todas las puertas del infierno. Este era el proceder de David (Sal 71:5): «Tú, Señor Jehová, eres mi esperanza, seguridad mía desde mi juventud», etc. De ahí que pudiera decir: En el día que temo, yo en ti confío; su escudo y su espada estaban siempre en su mano, y por eso podía servirse de ellos cuando se presentaban el temor y la turbación interior. ¡Temor! Ay, ¿quién no lo tiene? Pero ¿qué camino tomarás entonces? El mismo que solías tomar, es decir, creer; usa siempre la fe; y tenla ahora. Elias Pledger (-1676), en «Morning Exercises».
Versículo 3. En el día, etc. Literalmente, ¿Qué día? Como «me oprime combatiéndome cada día» (Sal 56:1), así «cada día que temo, en ti confío». A. R. Fausset.
Versículo 3. Es una buena máxima con que entrar en un mundo de peligros; una buena máxima para hacerse a la mar; una buena máxima en la tormenta; una buena máxima cuando se está en peligro en tierra; una buena máxima cuando estamos enfermos, cuando pensamos en la muerte y el juicio: En el día que temo, YO EN TI CONFÍO. Albert Barnes.
Versículo 3. Yo en ti confío. La fe y el temor van juntos; y también el temor y el amor. John Richardson, -1654.
Versículos 3-4. A veces la fe viene de la oración en triunfo y exclama: ¡Victoria! Da tal ser y existencia a la misericordia pedida en el alma del cristiano, antes de que aparezca probabilidad alguna de ella a los sentidos y a la razón, que el cristiano puede acallar todos sus pensamientos turbados con la expectativa de su llegada. Así oró Ana, «y no estuvo más triste» (1 S 1:18). Más aún, hará que el cristiano desembolse sus alabanzas por la misericordia mucho antes de recibirla. Así obró la fe elevada en David. En el día que temo, yo en ti confío, y en las palabras siguientes: En Dios alabaré su palabra; es decir, alabaría a Dios por su promesa antes de que hubiera cumplimiento alguno de ella en él, cuando no tenía existencia sino en la fidelidad de Dios y en la fe de David. Este santo varón tenía un ojo de fe tan penetrante que, en el punto más bajo de la miseria, podía ver la promesa tan cierta e indudable en el poder y la verdad de Dios que podía entonces alabar a Dios como si la misericordia prometida se le hubiera cumplido realmente. William Gurnall.
Sugerencias para el predicador
Versículo 3. En el día que temo, yo en ti confío. Siempre que temamos algún mal, debemos seguir poniendo nuestra confianza en Dios.
- ¿Qué es poner nuestra confianza en Dios?
(a) Guardar nuestro corazón de desmayar o hundirse bajo cualquier temor.
(b) Consolarnos en Dios.
(c) Esperar de él la liberación.
- ¿Qué hay en Dios en lo que debamos poner nuestra confianza?
(a) En sus promesas.
(b) En sus atributos: su poder, sabiduría, justicia, misericordia, suficiencia.
- ¿Por qué debemos poner en todos nuestros temores nuestra confianza en Dios?
(a) Porque nadie más puede asegurarnos contra nuestros temores. Mientras que,
(b) no hay temores de los que Dios no pueda asegurarnos, ya quitando lo temido, ya sometiendo el temor de ello. Obispo Beveridge.
Versículo 3.
- Hay temor sin confianza.
- Hay confianza sin temor.
- Hay temor y confianza unidos. G. R.
Salmos 56:4
Versículo 4. En Dios alabaré su palabra. La fe da a luz la alabanza. El que puede confiar pronto cantará. La promesa de Dios, cuando se cumple, es un noble tema de alabanza, y aun antes de cumplirse debería ser tema de canto. Es en Dios, o por medio de Dios, que podemos alabar. Alabamos, así como oramos, en el Espíritu. O podemos leerlo así: al exaltar al Señor, uno de los principales motivos de acción de gracias es su voluntad revelada en las Escrituras y la fidelidad con que cumple su palabra de promesa. En Dios he confiado. Plena y únicamente debemos apoyarnos en Dios. Lo que en el versículo anterior era una resolución llena de gracia, aquí se afirma como ya hecho. No temeré; ¿qué puede hacerme el hombre? Ejercitada la fe, el temor es desterrado y sigue un triunfo santo, de modo que el alma pregunta: «¿Qué puede hacerme el hombre?». En verdad, ¿qué? No puede hacerme ningún daño real; toda su malicia será dirigida para mi bien. El hombre es carne, la carne es hierba: Señor, en tu nombre desafío su más extrema ira. Hubo dos versículos de queja, y aquí hay dos de confianza; conviene pesar una cantidad suficiente de lo dulce para contrarrestar lo agrio.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 4. En Dios alabaré su palabra. O alabarlo por su palabra; por toda la Escritura que entonces existía. John Gill.
Versículo 4. El mejor asidero que la fe puede tener de Dios es tomarlo por su palabra, por más que parezca ser su dispensación; esto dará al fin satisfacción; porque En Dios alabaré su palabra es como decir: aunque él me niegue el consuelo y la liberación, de modo que no halle lo que quisiera, déjeme tener su palabra y le daré la gloria de todos sus atributos. David Dickson.
Versículo 4. No temeré lo que pueda hacerme el hombre. No temas al hombre; no es sino carne. No necesitas, no debes temer. No necesitas. ¿Cómo? ¿Ni a un gran hombre, ni a tal número de hombres que tienen las llaves de todas las cárceles al cinto, que pueden matar o dar vida? No, ni a estos; solo procura que sean tus enemigos por causa de la justicia. Cuida de no hacer enemigo tuyo ni al más pequeño niño, ofendiéndolo; Dios hará justicia contra el malo aun sobre el santo. Si ofende, no hallará amparo bajo el ala de Dios para su pecado. Esto hizo que Jerónimo se quejara de que el pecado de los cristianos hacía victoriosas las armas de aquellas naciones bárbaras que invadieron la cristiandad: Nostris peccatis fortes sunt barbari. Pero si la ira del hombre te encuentra en el camino de Dios, y su furia se enciende por tu santidad, no necesitas temer, aunque tu vida sea la presa que busca. La carne solo puede herir la carne; puede matarte, pero no dañarte. ¿Por qué temerías ser despojado de lo que ya has entregado a Cristo? Es la primera lección que aprendes, si eres cristiano: negarte a ti mismo, tomar tu cruz y seguir a tu Maestro; de modo que el enemigo llega demasiado tarde; no tienes vida que perder, porque ya se la has dado a Cristo; ni puede el hombre quitártela sin permiso de Dios; todo lo que tienes está asegurado; y aunque Dios no te ha prometido inmunidad de sufrimiento de esta clase, se ha comprometido a soportar la pérdida, y aun a pagarte cien veces más, sin que tengas que esperarlo hasta el otro mundo. Además, no debes temer a la carne. Nuestro Salvador (Mateo 10) tres veces, en el espacio de seis versículos, nos manda no temer al hombre: si tu corazón se acobarda ante él, ¿cómo te portarás al final contra Satanás, cuyo dedo meñique pesa más que los lomos del hombre? Los romanos tenían arma proelusoria, armas embotadas o garrotes, con los que se probaban antes de llegar a las afiladas. Si no puedes soportar un moretón en tu carne por los garrotes y armas romas del hombre, ¿qué harás cuando tengas la espada de Satanás en tu costado? Dios se considera ultrajado cuando sus hijos temen a un pobre hombre; por eso se nos manda santificar al Señor y no temer su temor. William Gurnall.
Versículo 4. No temeré, etc. Eusebio nos cuenta un notable discurso que usó Ignacio cuando estaba en manos de sus enemigos, poco antes de sufrir, lo cual argüía un espíritu elevado a una altura maravillosa por encima del mundo y de sí mismo. «No me importa —dice— nada visible ni invisible, con tal de ganar a Cristo. Vengan sobre mí el fuego, la cruz, el soltar fieras contra mí, el quebrantamiento de mis huesos, el desgarramiento de mis miembros, la trituración de todo mi cuerpo y los tormentos de los demonios, con tal que yo gane a Cristo». De «Moses his Self denial», de Jeremiah Burroughs, 1649.
Versículo 4. Lo que pueda hacer la carne, etc. Es conforme al lenguaje de la Escritura, cuando quiere hablar despectivamente del hombre y mostrarlo como la más baja de las criaturas, llamarlo «carne», para poner de manifiesto la debilidad a que el hombre está sujeto. John Arrowsmith, 1600-1660.
Versículo 4 (última parte). El temor del hombre: ídolo torvo, de boca ensangrentada; ¡muchas almas ha devorado y hundido en el infierno! Sus ojos están llenos de odio a los discípulos de Cristo. Escarnios y burlas acechan en su mirada. La risa del escarnecedor gruñe en su garganta. Derriba este ídolo. Esto aparta a algunos de ustedes de la oración secreta, de adorar a Dios en su familia, de ir a exponer su caso a los ministros, de confesar abiertamente a Cristo. Ustedes que han sentido el amor y el Espíritu de Dios, hagan pedazos este ídolo. «¿Quién eres tú para que tengas temor de hombre que ha de morir?». «No temas, gusano de Jacob». «¿Qué más tendré ya con los ídolos?». Robert Murray M'Cheyne, 1813-1843.
Versículo 4. La fe se hace valiente en la lucha; aunque comenzó como cobarde y vaciló en el primer combate, se hace pronto fuerte y pone bajo sus pies a sus adversarios: En Dios he confiado; no temeré lo que pueda hacerme el hombre. David Dickson.
Salmos 56:5
Versículo 5. Todos los días ellos pervierten mis palabras. Este es un modo común de guerrear entre los impíos. Ponen nuestro lenguaje en el potro, le arrancan sentidos que no puede contener con justicia. Así la profecía de nuestro Salvador sobre el templo de su cuerpo, y innumerables acusaciones contra sus siervos, se fundaron en perversiones deliberadas. Los que hacen esto todos los días llegan a ser grandes expertos en el arte. El lobo siempre puede hallar en el discurso del cordero una razón para comérselo. Las oraciones son blasfemias si se te ocurre leerlas al revés. Contra mí son todos sus pensamientos para mal. Ninguna mezcla de buena voluntad atenuará su malicia. Ya lo vieran como rey, como salmista, como hombre, como padre, como guerrero, como sufridor, era lo mismo: miraban a través de un cristal de color y no podían tener un pensamiento generoso hacia él. Aun aquellas acciones suyas que eran una indudable bendición para la república, procuraban menospreciarlas. ¡Oh, fuente inmunda, de la cual nunca puede salir una gota de agua pura!
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 5. Todos los días ellos pervierten mis palabras; o, ponen mis palabras en dolor y aflicción; o, dolorosa y penosamente tuercen mis palabras. Los enemigos de David tomaban lo que hablaba y le daban una forma nueva; y lo hacían de modo tan irritante que se dice que tuercen sus palabras; una cosa se vejaba cuando se la tuerce o se la saca de la forma que antes tenía. La misma metáfora emplea el apóstol Pedro con respecto a la doctrina, hablando de las epístolas de Pablo, en las cuales «hay algunas cosas difíciles de entender, las cuales los ignorantes e inestables tuercen», o ponen en el potro; forman penosamente sus palabras y las presentan en un sentido que nunca quiso darles. 2 P 3:16. Lo que se dice puede ser correcto, tanto en la materia como en la intención del que habla, y sin embargo otro lo tuerce, lo forma y lo moldea a su manera, y le hace llevar un sentido que el que habló nunca soñó. Joseph Caryl.
Versículo 5. Todos los días ellos pervierten mis palabras, etc. El señor Jewel, obispo de Salisbury, que según su vida murió muy piadosa y pacientemente, usó en el trance de la muerte el versículo del himno Te Deum: «En ti, Señor, he esperado; no sea yo confundido para siempre», con lo cual, suprimiendo el resto, publicaron que el principal campeón de los herejes, en sus últimas palabras, gritó que estaba confundido. «Bible Thoughts», de Lord Bacon.
Versículo 5. Pervierten mis palabras. Todo lo que Cristo dijo en su justificación se torcía hacia un sentido perjudicial para él. Así sigue siendo en el mundo: la justificación propia con palabras sirve de poco con los impíos. W. Wilson, D. D., 1860.
Salmos 56:6
Versículo 6. Se reúnen. Los tizones arden con más fiereza cuando se juntan. Tienen miedo de enfrentar al hombre bueno hasta que su número pone contra él una ventaja terrible. ¡Salgan, cobardes, de hombre a hombre, y peleen con el viejo héroe! No; esperan hasta estar reunidos como ladrones en cuadrillas, y aun entonces lo acechan. No hay nada de valiente en ustedes. Se esconden. En emboscada esperan su oportunidad. Los hombres de malicia son hombres de cobardía. El que no se atreve a enfrentar a su hombre en el camino real se declara a sí mismo un villano. Constantemente se asalta la reputación de los hombres buenos con tramas bien urdidas y complots diabólicos, en que los enemigos anónimos apuñalan en la oscuridad. Miran atentamente mis pasos, como los cazadores observan el rastro de su presa, y así lo siguen. Los hombres malévolos son con frecuencia muy agudos para detectar las faltas, o supuestas faltas, de los justos. Espías y mouchards no todos están a sueldo de los gobiernos terrenales; algunos recibirán su paga en moneda al rojo vivo de aquel que es más astuto que todos los animales del campo. Esperando ansiosos mi alma. Nada menos que su vida los contentaría; solo su ruina presente y eterna podría saciarlos del todo. El hombre bueno no es tonto: ve que tiene enemigos, que son muchos y astutos; ve también su propio peligro, y entonces muestra su sabiduría exponiendo todo el caso al Señor y poniéndose bajo la protección divina.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 6. Miran atentamente mis pasos. Vaya donde vaya, están pisándome los talones. William Nicholson (-1671), en «David's Harp Strung and Tuned».
Salmos 56:7
Versículo 7. ¿Escaparán por su iniquidad? ¿Les servirá de algo una maldad como esta? ¿Será posible que esta conducta les permita evitar la sentencia del castigo terrenal? Calumnian al hombre bueno para ponerse a salvo ellos mismos: ¿les valdrá? Hasta ahora han maniobrado con astucia, pero ¿no habrá un fin para sus juegos? Derriba en tu furor a los pueblos, oh Dios. Hazlos tropezar en sus trampas. Arrójalos desde la roca Tarpeya. Un hombre perseguido halla un amigo aun en un Dios airado; ¡cuánto más en el Dios de amor! Cuando los hombres procuran derribarnos, es natural y nada ilícito orar para que se vean impedidos de llevar a cabo sus infames designios. Lo que Dios hace a menudo podemos pedirle con seguridad que lo haga.
Sugerencias para el predicador
Versículo 7.
- De la iniquidad hay escape.
- Por la iniquidad no hay escape. La misericordia de Dios asegura lo uno. La justicia de Dios impide lo otro. G. R.
Salmos 56:8
Versículo 8. Mis huidas tú has contado. Cada paso que había dado el fugitivo perseguido por sus enemigos no solo fue observado, sino juzgado digno de ser contado y registrado. Tal vez nosotros estamos tan confusos tras un largo curso de aflicción que apenas sabemos dónde hemos estado y dónde no; pero el omnisciente y considerado Padre de nuestros espíritus lo recuerda todo en detalle; los ha contado como los hombres cuentan su oro, porque aun la prueba de nuestra fe es preciosa a sus ojos. Pon mis lágrimas en tu redoma. Sus penas eran tantas que se necesitaría un gran odre para contenerlas todas. No hay alusión a los pequeños lacrimatorios de cortesía de los romanos elegantes y fantasiosos; es una metáfora mucho más robusta: David había llorado tales torrentes de lágrimas que apenas las contendría un odre de cuero. Confía en que el Señor será tan considerado con sus lágrimas que las guardará como los hombres guardan el jugo de la vid, y espera que el lugar donde se guarden sea especial: tu redoma, no una redoma. ¿No están ellas en tu libro? Sí, allí están registradas, pero que no solo el registro, sino el dolor mismo esté presente ante ti. Mira mis penas como cosas reales, pues estas mueven el corazón más que una mera cuenta, por exacta que sea. ¡Cuán condescendiente es el Señor! ¡Cuán exacto su conocimiento de nosotros! ¡Cuán generosa su estimación! ¡Cuán tierna su consideración!
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 8. Pon mis lágrimas en tu redoma. Entre otras cosas de la colección del señor Abbott, de El Cairo, había un lacrimatorio, o frasco de lágrimas, hallado en una tumba de Tebas. Esto me interesó mucho. La costumbre en los tiempos antiguos era que, cuando una persona estaba enferma o en gran aflicción, sus amigos iban a verla y llevaban un frasco de lágrimas. Entonces, a medida que las lágrimas rodaban por las mejillas del que sufría, las recogían en estos frascos, los sellaban y los conservaban como memorial del suceso. A esto se refería David en Sal 56:8. Pon mis lágrimas en tu redoma. Pero implica mucho más de lo que primero se sugiere, y mucho más de lo que puedo intentar escribir. Por ejemplo, es como si David hubiera dicho: «Visítame y contempla mis lágrimas» («¡Oh, visítame con tu salvación!»), porque sin tal visita no podría haber embotellado de sus lágrimas. «Mis huidas tú has contado; oh, visítame y contempla mi angustia; pon mis lágrimas en tu redoma», porque «fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche» (Sal 42:3). «Guárdalas ante ti, a modo de memoria, y cuando veas la redoma, oh, acuérdate de aquel cuyas lágrimas contiene. ¿No están ellas en tu libro?». Es decir, el libro de memoria de Dios, que fue escrito para «los que piensan en su nombre» (Mal 3:16), así como los reyes antiguos solían guardar un libro de crónicas de los sucesos importantes. Véase Est 6:1-11. John Gadsby, 1860. (Insertamos esto para mostrar lo que han dicho otros; pero no creemos que haya la más mínima alusión a este detalle de etiqueta romana en este texto. C. H. S.)
Versículo 8. Mi lágrima: el singular usado en sentido colectivo. En tu redoma: como si uno dijera: cuida mis lágrimas como una clase de vino muy costoso y muy agradable para ti; o bien, para que en lo sucesivo me midas justamente esa cantidad de gozos: metáfora tomada del guarda de un viñedo, que recibe en su vasija las gotas de las uvas exprimidas por el lagar de la aflicción. La palabra dag (iter) (odre de cuero o de piel) indica la manera en que conservaban su vino (1 S 16:20; Jos 9:4,13), y también la leche (Jue 4:19). Martin Geier.
Versículo 8. Pon mis lágrimas en tu redoma. ¡Qué dulce pensamiento se sugiere aquí del recuerdo que Dios tiene de la aflicción de su pueblo! Es una interesante figura de lenguaje, la de embotellar sus lágrimas. Pero el sentido es que son recordadas. Y ¡ay del hombre que ofenda a uno de los pequeños de Dios por esta causa! Lo que ahora son redomas de lágrimas, se derramará al fin como otras tantas copas de ira. Pero, lector, piensa cómo han sido atesoradas las lágrimas de Jesús cuando las derramaba por los pecados de su pueblo. Robert Hawker, 1753-1827.
Versículo 8. Pon mis lágrimas en tu redoma. Es observación ingeniosa de alguien que se dice en la Escritura que Dios tiene una bolsa y una redoma: una bolsa para nuestros pecados y una redoma para nuestras lágrimas; y que debemos ayudar a llenar esta como hemos llenado aquella. Hay aquí en el original una alusión que no puede pasarse al español. John Trapp.
Versículo 8. ¿No están ellas en tu libro? Mientras permanecemos en este valle de miseria, Dios guarda todas nuestras lágrimas en una redoma; tan precioso es el agua que se destila de ojos penitentes; y para no fallar, anota cuántas gotas hay en su registro. Precioso era el ungüento con que la mujer en casa del fariseo (se cree que María Magdalena) ungió los pies de Cristo; pero sus lágrimas, con que los lavó, valían más que su nardo. Abraham Wright, en «A Practical Commentary or Exposition upon the Book of Psalms», 1661.
Sugerencias para el predicador
Versículo 8. Aquí hay:
- Misericordias múltiples, para recobrar de las huidas.
- Misericordias tiernas, que ponen las lágrimas en una redoma.
- Misericordias del pacto: «¿No están ellas», etc. G. R.
Salmos 56:9
Versículo 9. Serán luego vueltos atrás mis enemigos el día en que yo clamare. Apenas ore, huirán. Tan seguro como que clamo, serán puestos en derrota.
«Tan veloz es la oración para llegar al cielo,
tan bueno es Dios para conmigo».
La maquinaria de la oración no siempre es visible, pero es sumamente eficaz. Dios nos inclina a orar, clamamos con angustia de corazón, él oye, él actúa, el enemigo es vuelto atrás. ¡Qué artillería irresistible es esta, que gana la batalla en cuanto se oye su estampido! ¡Qué Dios es este, que atiende al clamor de sus hijos y en un momento los libra de los más poderosos adversarios! Esto sé. Esta es una de las certezas del creyente, sus axiomas, sus verdades infalibles e indiscutibles. Que Dios está por mí. Esto lo sabemos, y sabemos por tanto que nadie puede estar contra nosotros que merezca un momento de temor. «Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?». ¿Quién refrenará la oración cuando es tan potente? ¿Quién buscará otro aliado que Dios, que está al instante presente en cuanto damos la señal ordenada, por la cual testificamos a la vez nuestra necesidad y nuestra confianza?
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 9. Cuando clamo. El clamor de la fe y de la oración a Dios es más terrible para nuestros enemigos espirituales que el grito de guerra del indio para sus hermanos salvajes sorprendidos. Adam Clarke.
Versículo 9 (primera parte). Era algo que, cuando David oraba, se salvaba de sus enemigos. «Invocaré a Jehová, quien es digno de ser alabado, y seré salvo de mis enemigos» (2 S 22:4); ahí está el poder defensivo de la oración; pero es más que ponga a los enemigos en derrota. Cuando clamo a ti, entonces serán vueltos atrás mis enemigos y puestos en fuga; ahí está el poder ofensivo de la oración. En la torre de David había un arsenal, thalpijoth, un lugar donde colgar espadas de dos filos, espadas de dos bocas (Cantares 4:4): un filo defensivo y otro ofensivo. Ambos filos deben usarlos los que buscan seguridad. La oración es una espada de dos filos. «Vuelve tu espada a su lugar —dice Cristo a Pedro—, porque todos los que tomen espada, a espada perecerán» (Mt 26:52). Pero el que no toma esta espada puede perecer a espada; y el desenvainar esta espada puede librar a un hombre de perecer a espada. Nota esa última razón que añade nuestro Salvador de por qué Pedro debía envainar su espada: «¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y él me daría más de doce legiones de ángeles?» (Mt 26:53). Como si dijera: Si fuera mi voluntad confundir a estos enemigos míos que ahora me asaltan, no necesitaría tu espada para hacerlo. Podría orar a mi Padre, y podría al instante, por la oración, hacer entrar en el campo tales fuerzas que derrotaran y dispersaran a todos mis enemigos; dando a entender con ello que, si quisiera, podría causar a sus enemigos más daño y estrago con sus oraciones contra ellos que con la espada y todos los instrumentos de guerra. La oración tiene la fuerza de doce legiones, sí, de doce legiones de ángeles contra los enemigos. Jeremiah Dyke (1620), en «The Righteous Man's Tower».
Versículo 9. Esto sé. La fe va sobre terreno sólido y no es una conjetura falible, sino un conocimiento seguro. David Dickson.
Sugerencias para el predicador
Versículo 9.
- Dios está del lado de su pueblo.
- Se sabe que está de su lado.
- En respuesta a la oración aparece de su lado.
- Cuando aparece, los enemigos huyen.
O bien:
- El hecho: Dios está por mí.
- El conocimiento de ese hecho: Esto sé.
- El uso de ese conocimiento: Cuando clamo, etc.
- La consecuencia de ese uso: Mis enemigos son vueltos atrás. G. R.
Salmos 56:10
Versículo 10. En Dios alabaré su palabra. Ahora viene la acción de gracias. Miserable es el que, habiendo obtenido ayuda, olvida dar un reconocimiento agradecido. Lo menos que podemos hacer es alabar a aquel de quien recibimos tan señalados favores. ¿Quiere decir David: «por la gracia de Dios lo alabaré»? Si es así, nos muestra que todas nuestras emociones hacia Dios deben estar en Dios, producidas por él y presentadas como tales. ¿O quiere decir: «lo que en Dios es más objeto de mi alabanza es su palabra y la fidelidad con que la cumple»? Si es así, vemos cuán apegados deben estar nuestros corazones a la palabra segura de la promesa, y especialmente a aquel que es el VERBO encarnado. El Señor ha de ser alabado bajo todo aspecto, y en todos sus atributos y actos, pero ciertas misericordias atraen especialmente nuestra admiración hacia porciones especiales del gran todo. La alabanza que nunca es especial en su dirección no puede ser muy reflexiva, y es de temer que no pueda ser muy aceptable. En Jehová alabaré su palabra. Se deleita en demorarse en su alabanza; por eso repite su canto. El cambio por el cual introduce el glorioso nombre de Jehová se destina sin duda a indicar que bajo todo aspecto se deleita en su Dios y en su palabra.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 10. En Dios alabaré su palabra; en Jehová alabaré su palabra. La primera palabra, Elohim, es un nombre que pertenece a Dios como juez; la segunda, Jehová, es un nombre de misericordia. Alabaré a Dios ya me trate en vía de justicia, ya en vía de misericordia, cuando tiene trueno en la voz, así como cuando tiene miel bajo la lengua. ¡Oh, cómo deberíamos alabar a Dios y deleitarnos con tal disposición! Stephen Charnock.
Versículo 10 (primera parte). Con la ayuda de Dios podré alabarlo por el cumplimiento de sus promesas. Symon Patrick, 1626-1707.
Sugerencias para el predicador
Versículo 10.
- «Alabaré a Dios por su palabra».
- En su palabra, como allí se revela.
- Por medio de su palabra. «Tú has puesto un cántico», etc.
Salmos 56:11
Versículo 11. En Dios he confiado. Este versículo y el anterior son evidentemente el coro del salmo. No podemos ser demasiado cuidadosos con nuestra fe ni velar con demasiado esmero para que se funde en el Señor solo. No temeré lo que pueda hacerme el hombre. La fe ha desterrado el temor. Considera a sus enemigos en su carácter más fuerte, llamándolos no carne, sino señalándolos como hombre, y sin embargo no los teme; aunque toda la raza fuera enemiga suya, no tendría miedo, ahora que su confianza se apoya en Dios. No teme lo que amenazan hacer, pues mucho de ello no pueden hacerlo; y aun lo que está en su poder, lo que pueden hacer, lo desafía con santa osadía. Habla del futuro: «no temeré», porque está seguro de que la seguridad del presente bastará para los días venideros.
Salmos 56:12
Versículo 12. Sobre mí, oh Dios, están tus votos. Los votos hechos en su aflicción no los olvida a la ligera, ni debemos nosotros. Los hicimos voluntariamente; cumplámoslos con alegría. Todos los cristianos profesos son hombres bajo votos, pero especialmente los que en horas de terrible angustia se han vuelto a dedicar al Señor. Te tributaré alabanzas. Con el corazón, con la voz y con la ofrenda debemos ensalzar alegremente al Dios de nuestra salvación. La práctica de hacer votos solemnes en tiempos de aflicción es digna de elogio, cuando la sigue la costumbre mucho menos común de cumplirlos pasada la aflicción.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 12. Sobre mí, oh Dios, están tus votos. Quien esté familiarizado con los Salmos de David hallará que hace con frecuencia votos y es cuidadoso en pagarlos. Cuando le brotaron estas palabras acababa de ser librado de un peligro apremiante entre los filisteos, con quienes se refugió del furor del rey Saúl, que lo perseguía infatigablemente; pero pronto descubrió que el recuerdo de sus pasadas hazañas en perjuicio de ellos estaba todavía tan fresco entre ellos, y que estaban tan exasperados por ello, que su vida corría constante peligro. En su aflicción huye a Dios, su refugio habitual, y le dirige fervientes súplicas, votando que si abría un camino para su liberación de estas nuevas angustias, mostraría su agradecido sentido de tan señalada misericordia con la exactitud y esmero de su obediencia futura. Dios lo oye y lo socorre; y él, agradecido, mira atrás, procura renovar el sentido de su anterior obligación hacia su gran Libertador y estimularse con retribuciones adecuadas, y así exclama: Sobre mí, oh Dios, están tus votos; como si dijera: Resuelvo, oh Señor, no olvidar lo que se trató mientras estaba bajo mis temores. Has oído mis clamores, y me reconozco firmemente obligado por mis votos. Era serio y hablaba en serio cuando los hice, y procuraré mostrar que así era con mi cuidado en cumplirlos. Tus votos, oh Dios, hechos ciertamente de mi parte, pero justamente exigibles de la tuya, están sobre mí; en realidad me tienen sujeto, y no deseo ser librado de ellos. Sé que merezco ser estigmatizado como pérfido miserable si alguna vez los olvido. Este temple del santo David con respecto a los votos que hizo en esta ocasión debería ser el nuestro con respecto a todos los votos sagrados bajo los cuales nos hallamos de algún modo. Todos los cristianos, como tales, están necesariamente bajo votos al bendito Dios; y circunstancias particulares pueden hacernos conveniente contraer compromisos especiales con él. Pero dondequiera que sean tales que puedan llamarse con justicia votos de Dios, es decir, que su palabra los respalde, debemos tomar como modelo al santo David, que habla en este texto, y proponernos imitarlo reconociendo con seriedad su fuerza obligatoria y procurando responder a ellos y pagarlos. Edmund Calamy, en «A Practical Discourse Concerning Vows», 1704.
Versículo 12. Sobre mí, oh Dios, están tus votos. Un voto bien compuesto te hará más circunspecto y cauto en el curso general de tu vida. Tal influencia tiene, que obra más directamente sobre una parte particular, pero no se termina solo en esa parte. Así fue con David. Estos votos fueron hechos cuando estaba en peligro de su vida, según parece por Sal 56:13; pues cuando Dios lo oyó, libró su alma de la muerte; por esto votó alabanzas en particular, y las tributará. Pero, a la vez, se considera por ello comprometido a un andar más exacto y circunspecto delante de Dios en todos los deberes; así se expresa en la última parte de Sal 56:13. Henry Hurst (1629-1696), en «The Morning Exercise at Cripplegate», 1661.
Versículos 12-13. Sobre mí, oh Dios, están tus votos. En sentido pasivo: votos hechos a Dios, no por Dios; o las obligaciones de aquellos votos y oraciones que he hecho y por los cuales he recibido respuestas. Los sacrificios de acción de gracias se llamaban votos, por haber sido votados a Dios en la necesidad y pagaderos al recibir la misericordia. Lv 7:16: «Si fuere voto el sacrificio que ofreciere». Sobre mí están tus votos: el fruto de mis votos, de modo que quedo en deuda con Dios por la retribución de alabanza. Has librado. Entiende algún gran peligro en que se habría hundido si Dios no hubiera estado a su lado; y de una misericordia mayor, la liberación de su alma de la muerte, argumenta a favor de una menor, el guardar sus pies de caer. Para que ande delante de Dios en la luz de los que viven. Por luz de los que viven se entiende la vida, a la cual se llama ser iluminado con «la luz de los vivientes» (Job 33:30). A veces la vida eterna en el cielo. Jn 8:12: «El que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». «Andar delante de Dios»: andar obedientemente a la vista de Dios, con respeto a su presencia; un andar en todo agradable. Este es el último argumento del salmo, sobre el cual funda su más fuerte ruego, como si no supiera qué alegar si este le fallara; como si dijera: Señor, he tenido experiencia de tu sabiduría al idear, de tu poder al realizar, de tu misericordia al concederme la liberación, de tu bondad al responder a mis votos y oraciones. «Has librado de la muerte», un peligro tan grande e inevitable como la muerte misma. Oh Señor, ¿no eres el mismo que eras? ¿No eres todavía tan sabio para idear y tan benigno para conferir más misericordia? ¿No librarás con igual certeza mis pies de caída? Lo uno contiene su experiencia; lo otro, la inferencia o conclusión que de ella saca. Las misericordias recibidas han de recordarse de modo especial. Las misericordias recibidas son estímulos para pedir y fuertes fundamentos para esperar las misericordias que nos faltan. Stephen Charnock.
Versículos 12-13. Sobre mí, oh Dios, están tus votos. Véase Salmos sobre «Sal 56:12» para más información.
Sugerencias para el predicador
Versículo 12. Aquí hay:
- Dedicación pasada.
- Consagración presente.
- Glorificación futura. G. R.
Versículos 12-13. Tienen aquí:
- La conmemoración de misericordias pasadas: Has librado.
- La confianza en las futuras: ¿No librarás?
- El fin de todo: Para que ande delante de Dios en la luz de los que viven. Stephen Charnock.
Salmos 56:13
Versículo 13. Porque has librado mi alma de la muerte. Sus enemigos fueron derrotados en sus intentos contra su vida, y por eso votó dedicar su vida a Dios. ¿No librarás mis pies de caída? Una misericordia es argumento para otra, pues bien puede suceder que la segunda sea el complemento necesario de la primera. De poco sirve que vivamos si los golpes de nuestros enemigos nos hacen caer en nuestro carácter. Tanto valdría no ser como vivir despojado de honor y postrado ante mis enemigos. Para que ande delante de Dios en la luz de los que viven, gozando del favor y la presencia de Dios y hallando en ellos el gozo y el resplandor de la vida. Andar en libertad, en santo servicio, en sagrada comunión, en constante progreso en santidad, gozando de la sonrisa del cielo: esto es lo que busco. He aquí el más alto alcance de la ambición de un hombre bueno: morar con Dios, andar en justicia delante de él, regocijarse en su presencia y en la luz y gloria que ella da. Así, en este breve salmo hemos subido de las fauces voraces del enemigo a la luz de la presencia de Jehová, un camino que solo la fe puede recorrer.
Notas explicativas y dichos pintorescos
Versículo 13. De caída, o, traducido más literalmente, de un empujón o golpe por el cual uno es hecho caer. O. Prescott Hiller.
Versículo 13 (última parte). Andar en la presencia de Dios es en parte bajo sus ojos, su guía y su cuidado, y en parte en particular el lugar donde Dios suele estar presente, donde es adorado por su pueblo y derrama sus bendiciones, en oposición a su estado presente, por el cual había sido alejado del lugar de su culto y presencia. Compárese 1 S 26:19, etc. Por último, andar en la luz de los que viven denota en general vivir entre los que viven en la luz o que gozan de la luz, como se dice en otros lugares, en la tierra de los vivientes (Sal 27:13; Is 38:11; 53:8; Ez 32:32; Sal 142:5), en oposición a los muertos o a la región de los muertos, que moran en tinieblas. Pero en particular significa vivir en un estado seguro y próspero, cuyo conocido emblema es la luz. Hermann Venema.
Versículo 13 (última parte). No podemos restringir esta frase a la luz de la vida mortal; los votos de David lo obligaban a andar en la luz de la vida espiritual, y también en la luz de la vida eterna, de la cual por fe era partícipe. Y la mayoría de los comentaristas han aplicado este versículo a la luz de la gloria en el mundo venidero, como el objeto real y final de la conversación del creyente aquí en la tierra. W. Wilson, D. D.
Sugerencias para el predicador
Versículo 13.
- El lenguaje de la gratitud: Has librado, etc.
- De la fe: ¿No librarás?, etc.
- De la esperanza: Para que ande, etc. G. R.
OBRA SOBRE EL SALMO CINCUENTA Y SEIS
En la «Life of David» de CHANDLER, vol. 1, pp. 104-107, hay una exposición de este salmo.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea.