El tesoro de David · Charles H. Spurgeon

Salmo 90: comentario de Charles H. Spurgeon (El tesoro de David)

Resumen del capítulo

TÍTULO. Oración de Moisés, varón de Dios. Se han hecho muchos intentos de probar que Moisés no escribió este salmo, pero nosotros permanecemos inconmovibles en la convicción de que lo escribió. La condición de Israel en el desierto ilustra de modo tan sobresaliente cada versículo, y los giros, expresiones y palabras son tan semejantes a muchos del Pentateuco, que las dificultades sugeridas son, a nuestro parecer, ligeras como el aire en comparación con la evidencia interna a favor de su origen mosaico. Moisés era poderoso en palabra lo mismo que en obra, y creemos que este salmo es una de sus declaraciones de peso, digna de estar al lado de su gloriosa oración registrada en Deuteronomio. Moisés fue peculiarmente un varón de Dios y el hombre de Dios; escogido por Dios, inspirado por Dios, honrado por Dios y fiel a Dios en toda su casa, bien merecía el nombre que aquí se le da. El salmo se llama oración, porque las peticiones finales entran en su esencia, y los versículos anteriores son una meditación preparatoria de la súplica. Los hombres de Dios son sin duda hombres de oración. Esta no fue la única oración de Moisés; es en realidad solo una muestra de la manera en que el vidente de Horeb solía comunicarse con el cielo e interceder por el bien de Israel. Este es el más antiguo de los salmos, y se halla entre dos libros de salmos como una composición única en su grandeza, y sola en su sublime antigüedad. Muchas generaciones de dolientes han escuchado este salmo de pie alrededor de la tumba abierta, y han sido consolados por él, aun cuando no hayan percibido su aplicación especial a Israel en el desierto y hayan olvidado el terreno mucho más elevado sobre el cual están ahora los creyentes.

TEMA Y DIVISIÓN. Moisés canta la fragilidad del hombre y la brevedad de la vida, contrastándolas con la eternidad de Dios, y fundando en ello fervientes ruegos de compasión. La única división que será útil separa la contemplación (Sal 90:1-11) de Sal 90:12-17; en realidad no hay necesidad de hacer ni siquiera este corte, pues la unidad se conserva bien a lo largo de todo el salmo.

Notas explicativas y dichos pintorescos

TÍTULO. La exactitud del título que atribuye el salmo a Moisés se confirma por su singular sencillez y grandeza; su adecuación a los tiempos y circunstancias de él; su semejanza con la Ley al insistir en la conexión entre el pecado y la muerte; la similitud de su dicción con las partes poéticas del Pentateuco, sin el menor rastro de imitación o cita; su marcada diferencia con los salmos de David, y más aún con los de fecha posterior; y finalmente, la imposibilidad demostrada de asignarlo verosímilmente a cualquier otra época o autor. —J. A. Alexander.

Título. Oración de Moisés. Moisés puede ser considerado como el primer compositor de himnos sagrados. —Samuel Burder.

Título. El salmo se describe en el título como una oración. Esta descripción muestra, como vio Amyraldus, que el núcleo del salmo está en la segunda parte, y que el propósito de la primera es preparar el camino para la segunda y poner una base sobre la cual pueda descansar. —E. W. Hengstenberg.

Título. Oración de Moisés. Moisés era un hombre anciano y muy probado, pero la edad y la experiencia le habían enseñado que, en medio de los perpetuos cambios que ocurren en el universo, una cosa al menos permanece inmutable, la fidelidad de aquel que es «desde el siglo y hasta el siglo, Dios». ¿Cuán atrás en el pasado miraría el patriarca cuando pronunció estas palabras? La zarza ardiente, el horno de fuego de Egipto, el Mar Rojo, Faraón con sus carros de guerra y la fatigosa marcha de Israel por el desierto estaban todos ante él; y en todos ellos había experimentado que «Él es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud» (Dt 32:4). Pero Moisés miraba más allá de estas escenas de su historia personal cuando dijo: «Acuérdate de los días antiguos, considera los años de muchas generaciones» (Dt 32:7), y podemos estar seguros de que también miraba más allá de ellas cuando compuso el cántico: Tú nos has sido morada de generación en generación. Sí; repasaba en su mente cómo Dios había sido el refugio de Jacob y de Isaac, de Abraham, de Noé y de todos los patriarcas. Moisés podía hacer una retrospección de más de mil años, que habían confirmado todos la verdad. Yo no puedo hacer más. En este punto del tiempo puedo mirar atrás a los días de Moisés, de Josué y de David, y descendiendo de allí a los días del Hijo de Dios sobre la tierra, y de Pablo y de Pedro, y de todos los santos de la iglesia hasta la hora presente; y lo que mil años atestiguaron a Moisés, tres mil me lo atestiguan ahora a mí: el Señor es la morada de los que confían en él de generación en generación. Sí; y al que fue el refugio de un Moisés y de un Abraham, también yo en el día de la angustia puedo levantar mis manos. ¡Pensamiento delicioso! Ese gran Ser que, durante el transcurso de tres mil años, en medio de los innumerables cambios del universo, ha permanecido sin cambio hasta hoy, es MI Dios. —Augustus F. Tholuck, en "Hours of Christian Devotion", 1870.

Todo el salmo. Aunque se han suscitado algunas dificultades, no parece haber razón para dudar de que este salmo sea composición de Moisés. Desde los tiempos más remotos su nombre se le ha atribuido, y casi todo erudito bíblico, desde Jerónimo hasta Hengstenberg, ha convenido en aceptarlo como una oración de aquel «varón de Dios» cuyo nombre siempre ha llevado. Si es así, es uno de los poemas más antiguos del mundo. Comparados con él, Homero y Píndaro son (por así decirlo) modernos, y hasta el rey David es de fecha reciente. Es decir, comparados con este antiguo himno, los demás salmos son tan modernos como Tennyson y Longfellow lo son respecto de Chaucer. En ambos casos hay casi cinco siglos de por medio. —James Hamilton.

Todo el salmo. El Salmo 90 podría citarse como quizá la más sublime de las composiciones humanas: la más honda en sentimiento, la más elevada en concepción teológica, la más magnífica en imágenes. Es verdadero en su descripción de la vida humana: atribulada, transitoria y pecadora. Verdadero en su concepción del Eterno: el Soberano y el Juez, y con todo el refugio y la esperanza de los hombres que, no obstante las más severas pruebas de su fe, no pierden su confianza en él; sino que, en la firmeza de la fe, oran por una estación de refrigerio cercana, como si la estuvieran prediciendo. Envuelta, podría decirse, en misterio, hasta que llegara el día lejano de la revelación, se transmite aquí la doctrina de la inmortalidad; pues en la misma queja por la brevedad de la vida del hombre, y por la tristeza de estos sus pocos años de aflicción, y su brevedad, y su lobreguez, se pone en contraste la inmutabilidad divina; y esto, sin embargo, en términos de piedad sumisa: el pensamiento de una vida eterna está aquí en embrión. No hay en este salmo ninguna mancha del orgullo y la petulancia, la blasfemia a medio pronunciar, la disputa o acusación maligna contra la justicia o la bondad de Dios, que tantas veces han teñido de un color venenoso el lenguaje de quienes se han retorcido de angustia, personal o ajena. Pocos son probablemente los que, habiendo pasado por tiempos de dolor amargo y desquiciante, o habiendo permanecido como espectadores impotentes de las miserias de otros, no han caído en estados de ánimo violentamente opuestos a la melancolía devota y esperanzada que respira esta oda a lo largo de ella. Sea o no atribuida con acierto al Legislador hebreo, delata su remota antigüedad, no solo por la majestuosa sencillez de su estilo, sino negativamente, por la total ausencia de aquellos giros de pensamiento sofisticados que pertenecen a una época tardía, a una época perdida en la historia intelectual y moral de un pueblo. Este salmo es sin duda siglos más antiguo que el moralizar de aquel tiempo en que la mente judía había escuchado lo que nunca pudo asimilar verdaderamente a su propia mente: las abstracciones de la filosofía griega.

Teniendo a la vista solo este salmo, si se nos pidiera decir en breve lo que entendemos por la frase «el espíritu de la poesía hebrea», hallamos nuestra respuesta bien condensada en esta muestra. Esta magnífica composición da testimonio, no solo de las cualidades mentales del escritor, sino de los gustos y hábitos de los contemporáneos del escritor, sus oyentes y sus lectores; sobre estos varios puntos: primero, el dominio libre y habitual de una dicción poética y sus imágenes fáciles, de modo que todo lo que el alma poética quisiera expresar, el material del poeta está a mano para su uso. Luego está esa hondura de sentimiento —melancólico, reflexivo y sin embargo esperanzado y confiado—, sin la cual la poesía no puede ganarse una estima más alta que la que concedemos a otras artes decorativas que sirven a las exigencias de la pereza lujosa. Hay además, por decirlo así, subyaciendo a este poema desde la primera línea hasta la última, la sustancia del pensamiento filosófico, sin la cual, expresada o sobrentendida, la poesía es frívola y no está en armonía con la seriedad de la vida humana: este salmo es de una clase que Platón habría escrito, o Sófocles, si tan solo una u otra de esas mentes hubiera poseído una teología descendida del cielo. —Isaac Taylor.

Salmos 90:1

Versículo 1. «Señor, tú nos has sido refugio de generación en generación.» Debemos considerar todo el salmo como escrito para las tribus en el desierto, y entonces veremos el sentido primario de cada versículo. Moisés dice, en efecto: aunque somos vagabundos en el desierto aullante, con todo hallamos un hogar en ti, como lo hallaron nuestros antepasados cuando salieron de Ur de los caldeos y habitaron en tiendas entre los cananeos. Para los santos, el Señor Jehová, el Dios que existe por sí mismo, ocupa el lugar de mansión y de techo; él cobija, consuela, protege, preserva y acaricia a todos los suyos. Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos, pero los santos moran en su Dios, y siempre lo han hecho en todas las edades. No moramos en el tabernáculo ni en el templo, sino en Dios mismo; y esto hemos hecho siempre desde que hubo iglesia en el mundo. No hemos cambiado de morada. Los palacios de los reyes han desaparecido bajo la mano desmoronadora del tiempo: han sido quemados por el fuego y sepultados bajo montañas de ruinas, pero la raza imperial del cielo nunca ha perdido su habitación regia. Ve al Palatino y mira cómo los Césares son olvidados por las salas que resonaron con sus despóticos mandatos y retumbaron con los aplausos de las naciones sobre las que reinaron, y luego alza la vista y ve en el siempre vivo Jehová el hogar divino de los fieles, intacto, sin que lo toque siquiera el dedo de la decadencia. Donde moraron nuestros padres hace cien generaciones, allí moramos todavía. De los santos del Nuevo Testamento ha dicho el Espíritu Santo: «El que guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él.» Fue una boca divina la que dijo: «Permaneced en mí», y añadió luego: «El que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto.» Es dulcísimo hablar con el Señor como lo hizo Moisés, diciendo: «Señor, tú eres nuestra morada», y es sabio sacar de la eterna condescendencia del Señor razones para esperar misericordias presentes y futuras, como hizo el salmista en el salmo siguiente, donde describe la seguridad de los que moran en Dios.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 1. «Señor.» Observa el cambio de los nombres divinos en este salmo. Moisés comienza con la declaración de la majestad del Señor (Adonai), pero cuando llega a Sal 90:13 abre su oración con el Nombre de la gracia y de la misericordia pactada para con Israel, JEHOVÁ; y lo resume todo en Sal 90:17 con una súplica por la manifestación de la hermosura de «Jehová nuestro Dios» (JEHOVÁ, ELOHIM). —Christopher Wordsworth.

Versículo 1. «Señor, tú nos has sido morada.» Muchos parecen mendigar la ayuda de Dios en la oración, pero no son protegidos por él: la buscan solo en una tormenta, y cuando todos los demás medios y refugios les fallan. Pero un cristiano debe mantener constante comunicación con Dios; debe morar en Dios, no correr a él de vez en cuando. —Thomas Manton.

Versículo 1. Este exordio respira vida, y pertenece a cierta esperanza de la resurrección y de la vida eterna. Pues llama a Dios, que es eterno, nuestra habitación, o por decirlo más claramente, nuestro lugar de refugio, adonde huyendo podemos estar a salvo. Porque si Dios es nuestra morada, y Dios es vida, y nosotros moradores en él, se sigue necesariamente que estamos en la vida y que viviremos para siempre… Pues ¿quién llamará a Dios la morada de los muertos? ¿Quién lo tendrá por sepulcro? Él es la vida; y por eso viven también aquellos para quienes él es morada. De esta manera Moisés, en la misma introducción, antes de soltar sus horribles truenos y relámpagos, fortalece a los que tiemblan, para que sostengan firmemente que Dios es la morada viva de los vivos, de los que le oran y ponen en él su confianza. Es una expresión notable, cuyo semejante no hay en ninguna parte de la Sagrada Escritura, que Dios sea una morada. La Escritura en otros lugares dice justo lo contrario: llama a los hombres templos de Dios, en quienes Dios mora; «el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es», dice Pablo. Moisés invierte esto y afirma que nosotros somos habitantes y dueños en esta casa. Pues la palabra hebrea Nwem significa propiamente morada, como cuando la Escritura dice: «En Sión está su habitación», donde se usa esta palabra (Maon). Pero porque una casa es para seguridad, resulta que esta palabra tiene el sentido de refugio o lugar de refugio. Pero Moisés quiere hablar con tan gran cuidado para mostrar que todas nuestras esperanzas han sido colocadas con la mayor seguridad en Dios, y que los que van a orar a este Dios pueden estar seguros de que no se afligen en esta obra en vano, ni mueren, pues tienen a Dios como lugar de refugio y la divina Majestad como morada, en la cual pueden descansar seguros para siempre. Casi en el mismo tono habla Pablo cuando dice a los colosenses: «Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.» Pues es una expresión mucho más clara y luminosa decir que los creyentes moran en Dios que decir que Dios mora en ellos. También moraba visiblemente en Sión, pero el lugar cambia. Pero porque él (el creyente) está en Dios, es manifiesto que no puede ser movido ni trasladado, pues Dios es una habitación de tal clase que no puede perecer. Moisés quiso, pues, mostrar la vida más cierta cuando dijo: Dios es nuestra morada, no la tierra, no el cielo, no el paraíso, sino simplemente Dios mismo. Si tomas este salmo de esta manera, se te hará dulce y te parecerá en todo sumamente útil. Cuando era monje, me ocurría a menudo que, al leer este salmo, me veía obligado a dejar el libro de la mano. Pero no sabía que estos terrores no iban dirigidos a una mente despierta. No sabía que Moisés hablaba a una multitud endurecidísima y soberbia, que ni entendía ni se preocupaba por la ira de Dios, ni se humillaba por sus calamidades, ni siquiera ante la perspectiva de la muerte. —Martín Lutero.

Versículo 1. «Señor, tú nos has sido morada», etc. En esta primera parte el profeta reconoce que Dios en todos los tiempos y en todas las edades ha tenido un especial cuidado de sus santos y siervos, para proveerles todas las cosas necesarias para esta vida; pues bajo el nombre de «morada», o casa solariega, el profeta entiende todas las ayudas y consuelos necesarios para esta vida, tanto para el sustento como para la protección. Porque el uso de tales casas solía ser no solo defender a los hombres de la injuria del tiempo y guardar con seguridad, dentro de las paredes y bajo el techo, todas las demás cosas necesarias para esta vida, y ser un lugar de residencia donde los hombres pudieran proveer con mayor comodidad todo lo demás necesario y andar en alguna vocación provechosa para su prójimo y para la gloria de Dios; sino también protegerlos de la violencia de las bestias salvajes y de la rabia de los enemigos. Ahora bien, el profeta parece señalar aquí una providencia de Dios especial y más inmediata (pues de toda clase de gente parecían ser los más abandonados y desamparados); de modo que, mientras el resto del mundo parecía tener sus habitaciones y mansiones arraigadas en la tierra, y así morar sobre la tierra, vivir en ciudades y pueblos amurallados con toda riqueza y estado, el pueblo de Dios estaba, por así decirlo, sin casa ni hogar. Abraham fue llamado de su propia tierra, de la casa de su padre, donde sin duda tenía hermosos edificios y grandes rentas, y recibió de Dios el mandato de vivir como extranjero en tierra extraña, entre gente salvaje que no conocía, y de habitar en tiendas, cabañas y chozas, con poca esperanza de vivir una vida asentada y confortable en lugar alguno. De igual modo vivió su posteridad, Isaac, Jacob y los doce patriarcas, errando de lugar en lugar en la tierra de Canaán; de allí trasladados a la tierra de Egipto, viviendo allí por cortesía, y como inquilinos a voluntad, y en tal esclavitud y servidumbre que mejor les hubiera sido estar sin casa ni hogar. Después de esto, durante cuarenta años seguidos (tiempo en que fue escrito este salmo) anduvieron de un lado a otro por un desierto desolado, mudándose de lugar en lugar y vagando, por así decirlo, en un laberinto. De modo que, de todos los pueblos de la tierra, el propio pueblo de Dios había vivido hasta entonces como peregrinos y desterrados, sin casa ni hogar; y por eso el profeta declara aquí que Dios mismo, más inmediatamente, por su extraordinaria providencia, durante muchas edades seguidas los había protegido y había sido para ellos como una mansión; es decir, cuanto más privados estaban de estos consuelos ordinarios de la vida, tanto más presente estaba Dios con ellos, supliendo con su providencia extraordinaria e inmediata lo que les faltaba en cuanto a medios ordinarios. La debida consideración de este punto puede dar materia de gran gozo y consuelo a los hijos de Dios que están profundamente humillados por la consideración de la mortalidad del hombre en general, o de la de aquellos de quienes se fían y dependen en particular. —William Bradshaw, 1621.

Versículo 1. Nuestra morada. Dios creó la tierra para que la habitaran las bestias, el mar para los peces, el aire para las aves, y el cielo para los ángeles y las estrellas, de modo que el hombre no tiene lugar donde morar y permanecer sino solo Dios. —Giovanni Pico della Mirandola, 1463-1494.

Versículos 1-2. El consuelo del creyente contra las miserias de esta breve vida se toma del decreto de su elección y del pacto eterno de redención establecido en el propósito y consejo de la bendita Trinidad en favor de ellos, en el cual se acordó antes que el mundo fuese que el Verbo, que habría de encarnarse, sería el Salvador de los elegidos; pues aquí la afirmación de la eternidad de Dios se hace en relación con su propio pueblo escogido; porque Tú nos has sido morada de generación en generación y Tú eres Dios desde el siglo y hasta el siglo viene a decir en sustancia lo siguiente: Tú eres desde siempre y para siempre el mismo Dios inmutable en propósito y afecto hacia nosotros, tu pueblo, y así eres nuestro Dios desde la eternidad, en razón de tu eterno propósito de amor, que nos elige, y en razón de que dispusiste la redención para nosotros por el Redentor. —David Dickson.

Versículos 1-2. Si el hombre es efímero, Dios es eterno. —James Hamilton.

Versículos 1-6.

Oh Señor, tú eres el hogar al que huimos, y así lo has sido siempre, de edad en edad;

antes que los montes interceptaran la vista,

o que se alzara el armazón del escenario terrenal,

un solo Dios fuiste, y eres, y serás aún;

la línea del tiempo no te mide.

Tanto la muerte como la vida obedecen tu santa ley,

y se visitan por turnos según son enviadas;

mil años contigo no son más

que el ayer, que antes de ser ya está gastado;

o que una vigilia de la noche, que sigue su curso

y va y viene sin que lo noten los que duermen.

Te llevas al hombre como con una marea:

entonces nadan hacia abajo todos sus pensamientos que se alzaban;

muy semejante a un sueño burlón que no permanece,

sino que huye ante la vista del ojo despierto;

o como la hierba, que no puede alcanzar el plazo

de ver volver otra vez el verano.

Por la mañana se muestra hermosa sobre el suelo;

al atardecer es cortada y tendida;

y aunque se la perdonara y hallara favor,

el tiempo cumpliría el agravio del segador:

así has colgado nuestra vida de frágiles clavijas,

para que sepamos que no soportará nuestros pecados. —Francis Bacon.

Sugerencias para el predicador

Versículo 1. La relación cercana y querida entre Dios y su pueblo, de modo que moran mutuamente el uno en el otro.

Versículo 1. La morada de la iglesia es la misma en todas las edades; su relación con Dios nunca cambia.

Versículo 1.

Salmos 90:2

Versículo 2. «Antes que naciesen los montes.» Antes que aquellos gigantes ancianos hubieran salido con esfuerzo del seno de la naturaleza, como su temible primogénito, el Señor era glorioso y autosuficiente. Los montes, para él, aunque encanecidos por las nieves de los siglos, no son sino niños recién nacidos, cosas jóvenes cuyo nacimiento fue ayer, meras novedades de una hora. «Y formases la tierra y el mundo.» Aquí también la alusión es a un nacimiento. La tierra nació hace unos días, y su tierra firme fue librada del diluvio hace poco. «Desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios», o «tú eres, oh Dios». Dios era cuando nada más era. Era Dios cuando la tierra no era un mundo sino un caos, cuando los montes no se habían levantado y la generación de los cielos y de la tierra no había comenzado. En este Eterno hay una morada segura para las sucesivas generaciones de los hombres. Si Dios mismo fuera de ayer, no sería un refugio adecuado para los hombres mortales; si pudiera cambiar y dejar de ser Dios, sería una morada incierta para su pueblo. La existencia eterna de Dios se menciona aquí para poner de relieve, por contraste, la brevedad de la vida humana.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 2. «La tierra y el mundo.» La palabra tierra se usa aquí para designar el mundo, distinguido ya sea del cielo (Gn 1:1), ya sea del mar (Gn 1:10). El término «mundo» en el original se emplea comúnmente para designar la tierra considerada como habitada, o como capaz de ser habitada, morada de seres vivos. —Albert Barnes.

Versículo 2. «Desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios.» La eternidad de que habla Moisés ha de referirse no solo a la esencia de Dios, sino también a su providencia, con la cual gobierna el mundo. No quiere decir meramente que él es, sino que es Dios. —Juan Calvino.

Versículo 2. Tal Dios (dice) tenemos nosotros, a tal Dios adoramos, a tal Dios oramos, a cuyo mandato todas las cosas creadas vinieron a la existencia. ¿Por qué, pues, hemos de temer si este Dios nos favorece? ¿Por qué hemos de temblar ante la ira del mundo entero? Si él es nuestra morada, ¿no estaremos a salvo aunque los cielos se vengan abajo? Porque tenemos un Señor mayor que todo el mundo. Tenemos un Señor tan poderoso que a su palabra todas las cosas vinieron a ser. Y sin embargo somos tan pusilánimes que, si hay que soportar la ira de un solo príncipe o rey, y hasta de un solo vecino, temblamos y decaemos de ánimo. Con todo, en comparación con este Rey, todas las demás cosas de todo el mundo no son sino como el polvo más ligero, que un leve soplo mueve de su lugar y no deja quieto. De esta manera esta descripción de Dios es consoladora, y los espíritus temblorosos deben mirar a este consuelo en sus tentaciones y peligros. —Martín Lutero.

Sugerencias para el predicador

Versículo 2. Un discurso sobre la eternidad de Dios. S. Charnock. Obras, pp. 344-373, edición de Nichol.

Versículo 2 (última parte). La consideración de la eternidad de Dios puede servir:

Salmos 90:3

Versículo 3. «Vuelves al hombre hasta ser quebrantado», o «al polvo». El cuerpo del hombre se resuelve en sus elementos, y queda como si hubiera sido triturado y molido hasta hacerse polvo. «Y dices: Convertíos, hijos de los hombres», es decir, volved al polvo mismo de donde fuisteis tomados. Así se expone con fuerza la fragilidad del hombre; Dios lo crea del polvo, y al polvo vuelve a la palabra de su Creador. Dios resuelve y el hombre se disuelve. Una palabra creó y una palabra destruye. Observa cómo se reconoce la acción de Dios; no se dice que el hombre muera por el decreto del hado, o por la acción de una ley inevitable, sino que el Señor es hecho agente de todo; su mano vuelve y su voz habla; sin estas no moriríamos; ningún poder en la tierra ni en el infierno podría matarnos.

«El brazo de un ángel no puede salvarme de la tumba,

miríadas de ángeles no pueden confinarme allí.»

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 3. «Vuelves al hombre hasta ser quebrantado», etc. El profeta concibe a Dios como a un alfarero que, habiendo amasado polvo en una masa y moldeado con ella una vasija y secádola, la hace luego mismo, al cabo de un minuto o de una hora, pedazos otra vez y la reduce a polvo, hablándole, por así decirlo, con pasión: «Vuelve al polvo.» La palabra aquí traducida «quebrantado» significa un golpear, o moler, o machacar una cosa hasta hacerla polvo. Y el profeta parece aludir a Génesis 3, donde Dios dice de Adán: «Polvo eres, y al polvo volverás», como si dijera: Oh Señor, tú que has hecho y formado al hombre del polvo de la tierra, lo golpeas hasta hacerlo polvo otra vez; y así como lo hiciste solo con tu palabra, así con tu palabra de repente lo vuelves y lo golpeas otra vez hasta hacerlo polvo; como un hombre que hace una cosa y al punto la deshace… Lo hace con una palabra, contra la cual no hay resistencia una vez que esa palabra ha salido de su boca; no hay dieta, medicina, ayuda ni oraciones en todo el mundo que puedan salvar la vida. Y esto lo puede hacer de repente, en un abrir y cerrar de ojos. Y por eso debemos, si amamos nuestras vidas, temerle y cuidarnos de ofender y desagradar a aquel que con una palabra puede convertir en polvo al hombre más fuerte. —William Bradshaw.

Versículo 3. «Vuelves al hombre hasta ser quebrantado», etc. La primera palabra para «hombre» significa un hombre lleno de miseria, lleno de enfermedad y flaquezas, un hombre miserable, enosh. Y la otra palabra usada aquí al final del versículo significa un hombre hecho de barro, o del mismo limo de la tierra. De ahí aprendemos cuál es la naturaleza de todos los hombres, de todos los hijos de Adán, a saber: un pedazo de barro vivo, un pedacito de tierra roja. Y además de estar el hombre sujeto a ser roto y aplastado, miserable en todos los sentidos, es también de molde quebradizo, un pedazo de barro rojo que tiene en sí por un tiempo un alma viviente, la cual ha de volver a Dios que la dio; y el cuerpo, este pedazo de tierra, vuelve a la tierra de donde vino; y aunque no tuviéramos Escritura alguna para probarlo, la experiencia diaria ante nuestros ojos deja claro cómo todos los hombres, aun los más sabios, los más fuertes, los más grandes y poderosos monarcas y príncipes del mundo, no son sino hombres miserables, hechos de tierra roja, y pronto vuelven al polvo. —Samuel Smith, en "Moses his Prayer", 1656.

Versículo 3. «Vuelves al hombre hasta ser quebrantado.» Dice Agustín: Andamos entre peligros. Si fuéramos vasos de vidrio, podríamos temer menos peligros. ¿Qué hay más frágil que un vaso de vidrio? Y sin embargo se conserva y dura siglos: nosotros, por tanto, somos más frágiles y endebles. —Le Blanc.

Versículo 3. «Convertíos.» A uno a quien preguntaron qué era la vida, le dio una respuesta sin respuesta, pues al punto volvió la espalda y se fue por su camino. —John Trapp.

Sugerencias para el predicador

Versículo 3.

Salmos 90:4

Versículo 4. «Porque mil años delante de tus ojos son como el día de ayer, que pasó.» ¡Mil años! Es un largo trecho de tiempo. Cuánto puede amontonarse en él: el ascenso y la caída de imperios, la gloria y la obliteración de dinastías, el comienzo y el fin de elaborados sistemas de filosofía humana, e innumerables acontecimientos, todos importantes para el hogar y para el individuo, que escapan a las plumas de los historiadores. Y con todo, este período, que podría incluso llamarse el límite de la historia moderna, y que en el lenguaje humano es casi idéntico a un tiempo de longitud indefinida, es para el Señor como nada, como tiempo ya ido. Un momento por venir es más largo que «el día de ayer, que pasó», pues este ya no existe en absoluto; tal es, sin embargo, un milenio para el Eterno. En comparación con la eternidad, los más dilatados tramos del tiempo son meros puntos; no hay, en efecto, comparación posible entre ellos. «Como una de las vigilias de la noche», tiempo que no bien llega ya se ha ido. Apenas hay tiempo suficiente en mil años para que los ángeles cambien de guardia; cuando su milenio de servicio está casi cumplido, parece que la guardia se acabara de poner. Nosotros soñamos a lo largo de la larga noche del tiempo, pero Dios vela siempre, y mil años no son nada para él. Hay que combinar una multitud de días y noches para componer mil años para nosotros, pero para Dios ese espacio de tiempo no llega a ser una noche entera, sino solo una breve porción de ella. Si mil años son para Dios como una sola vigilia de la noche, ¡qué no será la vida del Eterno!

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 4. «Mil años», etc. Como para un hombre riquísimo mil soberanos son como un penique, así para el Dios eterno mil años son como un día. —Johann Albrecht Bengel, 1687-1752.

Versículo 4. El Espíritu Santo se expresa a la manera de los hombres, para darnos alguna noción de una duración infinita, mediante una semejanza adaptada a nuestra capacidad. Si mil años no son sino como un día para la vida de Dios, entonces, como un año es a la vida del hombre, así son trescientos sesenta y cinco mil años a la vida de Dios; y como setenta años son a la vida del hombre, así son veinticinco millones quinientos cincuenta mil años a la vida de Dios. Pero aun así, puesto que no hay proporción entre el tiempo y la eternidad, debemos lanzar nuestros pensamientos más allá de todo esto, pues los años y los días miden solo la duración de las cosas creadas, y de ellas solo las materiales y corporales, sujetas al movimiento de los cielos, que hace los días y los años. —Stephen Charnock.

Versículo 4. «Como el día de ayer, que pasó, y como una de las vigilias de la noche.» Corrige la cláusula anterior con una extraordinaria abreviación. Pues dice que todo el espacio de la vida humana, aunque sea muy largo y alcance mil años, con todo, para Dios se estima no solo como un día, que ya se fue, sino que apenas equivale a la cuarta parte de una noche. Pues las noches se dividían en cuatro vigilias, que duraban tres horas cada una. Y en verdad, por la palabra noche se quiere decir que los asuntos humanos en esta vida están envueltos en mucha oscuridad, muchos errores, peligros, terrores y tristezas. —Mollerus.

Versículo 4. «Como una de las vigilias de la noche.» La noche suele parecer más corta que el día y pasar más deprisa, porque los que duermen, dice Eutimio, no advierten el transcurso del tiempo. A causa de la oscuridad también se la observa menos; y a los que trabajan el tiempo les parece más largo que a los que ya han terminado su trabajo. —Lorinus.

Versículo 4. «Una vigilia en la noche.» Sir John Chardin observa en una nota sobre este versículo que, como los pueblos de Oriente no tienen relojes, se avisa de las varias partes del día y de la noche, que son ocho en total. En las Indias, las partes de la noche se dan a conocer tanto por instrumentos de música en las grandes ciudades como por las rondas de los vigilantes, que con gritos y pequeños tambores avisan de que ha pasado una cuarta parte de la noche. Ahora bien, como estos gritos despertaban a los que habían dormido todo ese cuarto de la noche, les parecía solo un instante. —Harmer's Observations.

Versículo 4. Las edades y las dispensaciones, la promesa a Adán, el compromiso con Noé, el juramento a Abraham, el pacto con Moisés: estas no fueron sino vigilias, en las cuales los hijos de los hombres tuvieron que esperar en medio de la oscuridad de las cosas creadas hasta que alboreara la mañana de las cosas increadas. Ahora «la noche está avanzada, y se acerca el día». —Plain Commentary.

Sugerencias para el predicador

Versículo 4.

Salmos 90:5

Versículo 5. «Los arrebatas como con avenida de aguas.» Como cuando un torrente se precipita por el lecho del río y arrastra todo lo que encuentra, así el Señor arrebata por la muerte a las sucesivas generaciones de los hombres. Como el huracán barre las nubes del cielo, así el tiempo se lleva a los hijos de los hombres. «Son como un sueño.» Ante Dios los hombres deben parecer tan irreales como los sueños de la noche, los fantasmas del dormir. No solo nuestros planes e ideas son como un sueño, sino que nosotros mismos lo somos. «Estamos hechos de la materia de que se hacen los sueños.» «En la mañana» son como la hierba que crece. Como la hierba es verde por la mañana y heno por la noche, así los hombres cambian de la salud a la corrupción en pocas horas. No somos cedros ni robles, sino solo pobre hierba, que es vigorosa en primavera pero no dura todo un verano. ¡Qué hay en la tierra más frágil que nosotros!

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 5. «Los arrebatas como con avenida de aguas.» Zeram-tam: los has inundado, a saber, los años del hombre; es decir, los has arrastrado con una avenida, has hecho que se deslicen como agua, serán sueño. —Bythner, "Lyra Davidis."

Versículo 5. «Los arrebatas como con avenida de aguas.» Meditemos seriamente en el rápido pasar de nuestros días, cómo nuestra vida corre como un arroyo de aguas y nos lleva consigo. Nuestra condición a los ojos de Dios, en lo tocante a nuestra vida en este mundo, es como si un hombre que no sabe nadar fuera arrojado a una gran corriente de agua y arrastrado por ella, de modo que a veces pueda levantar la cabeza o las manos, y gritar pidiendo ayuda, o agarrarse de esto y de aquello por un tiempo, pero su fin será el ahogarse, y es poco el tiempo que puede resistir, pues la avenida que lo arrastra pronto lo tragará. Y ciertamente nuestra vida aquí, bien considerada, no es sino como la vida de una persona así arrastrada con violencia por una corriente. Todas las acciones y movimientos de nuestra vida no son sino como los forcejeos y esfuerzos de un hombre en ese caso: nuestro comer, nuestro beber, nuestra medicina, nuestros deportes y todas las demás acciones no son sino como los movimientos del hombre que se hunde. Cuando hayamos hecho todo lo que podamos, morir hemos, y ahogarnos en este diluvio. —William Bradshaw.

Versículo 5. «Como con avenida de aguas.» «El hombre es una burbuja», decía el proverbio griego, que Luciano representa con este fin, diciendo: «Todo el mundo es una tormenta, y los hombres se alzan en sus varias generaciones como burbujas. Algunas de estas se hunden al instante en el diluvio de su primer padre y quedan ocultas en una lámina de agua, sin otro negocio en el mundo que nacer para poder morir; otras flotan de un lado a otro dos o tres vueltas, y de repente desaparecen y dan su lugar a otras; y las que viven más tiempo sobre la faz de las aguas están en perpetuo movimiento, inquietas y sin sosiego, y, aplastadas por una gran gota de una nube, se hunden en la planicie y la espuma; no siendo grande el cambio, pues apenas es posible que una burbuja sea más nada de lo que era antes.» —Jeremy Taylor.

Versículo 5 (primera parte). El modo más antiguo de medir pequeñas porciones de tiempo era por agua que fluía de una vasija, la clepsidra de los griegos y los romanos; y Ovidio ha comparado el transcurso del tiempo con el fluir de un río (Metam. 15, 180). —Stephen Street.

Versículo 5. «Son como un sueño.» Pues como en las visiones del sueño, viendo no vemos, oyendo no oímos, gustando o tocando ni gustamos ni tocamos, hablando no hablamos, andando no andamos; sino que, cuando parece que empleamos movimientos y gestos, en ningún sentido los empleamos, pues la mente forma en vano, sin objetos reales, imágenes de cosas que no existen, como si existieran. De este mismo modo, las imaginaciones de los que están despiertos se parecen mucho a los sueños; vienen, van, nos salen al encuentro y huyen de nosotros; antes que se las pueda asir, se echan a volar. —Filón, en Le Blanc.

Versículo 5. «Son como un sueño.» Nuestra vida puede compararse con el sueño en cuatro aspectos.

En cuanto a los tres primeros. El sueño es breve, y cuanto más dulce es, más corto parece. Y así como es breve en sí mismo, aunque durara todo lo que la naturaleza permite, así el sueño más profundo se interrumpe fácilmente; el golpe más leve, la llamada más baja sacan de él a los hombres; y hay gran número de medios y ocasiones para interrumpirlo y cortarlo. ¿Y no es así con la vida del hombre? ¿No es corta la vida más larga? ¿No es tanto más corta cuanto más dulce y llena de contenidos? ¿Y no es fácilmente quitada? ¿No hay muchos medios para llevarnos a nuestro fin? Tantos como hay para despertarnos del sueño. En cuanto al cuarto. ¿A cuántos errores estamos sujetos en el sueño? En el sueño el prisionero sueña muchas veces que está en libertad; el que está en libertad, que está en prisión; el que tiene hambre, que come delicadamente; el que está en necesidad, que está en gran abundancia; el que abunda, que está en gran necesidad. ¡Cuántos en su sueño han creído haber ganado lo que les aprovechará para siempre, y cuando están incluso con la esperanza de poseer de inmediato alguna cosa tan buena, o empezando a disfrutarla, o en medio de su gozo, de repente despiertan, y entonces todo se ha ido con ellos, y sus fantasías de oro se desvanecen en un instante! Así también en cuanto al mal y a la tristeza. ¿Y no es exactamente así en la vida del hombre? —William Bradshaw.

Versículo 5. «Son como la hierba.» En esta última semejanza, el profeta compara a los hombres con la hierba, para que, como la hierba tiene un tiempo de crecer y un tiempo de secarse, así lo tenga el hombre. «En la mañana florece y crece.» En estas palabras Moisés compara la primera parte de la vida del hombre, que es el espacio de treinta y tres años, con el tiempo de crecer de la hierba, y ese se cuenta como el tiempo de la perfección de la fuerza y de la edad del hombre; edad en la cual, según el curso de la naturaleza, el hombre florece como lo hace la hierba; ese es el tiempo de la flor y del estado floreciente del hombre. Pero «a la tarde»; es decir, cuando la hierba está madura y lista para ser cortada, «se seca». Así también el hombre, una vez en su fuerza y en su edad más madura, no se detiene en un punto ni permanece mucho así, sino que enseguida comienza a decaer y a marchitarse, hasta que llega la vejez y es cortado por la guadaña de la muerte. Ahora bien, en cuanto que Moisés usa tantas semejanzas, y todas para mostrar cuán frágil es esta vida del hombre, se nos enseña que la fragilidad, la vanidad y la brevedad de la vida del hombre son tales que apenas los ejemplos pueden mostrarlo. La muerte viene como una avenida, con violencia y de repente; somos como un sueño; somos como la hierba; nuestra vida es como un sueño; pasamos nuestros días como un cuento que se cuenta, Sal 90:9. Todas estas semejanzas tiene Moisés en este salmo, como si le faltaran palabras y ejemplos para expresar la vanidad, la fragilidad y la brevedad de ella. —Samuel Smith.

Sugerencias para el predicador

Versículo 5. Comparación de la vida mortal con el sueño. Véanse las observaciones de William Bradshaw en nuestras Notas sobre este versículo.

Versículos 5-6. La lección de los prados.

Salmos 90:6

Versículo 6. «En la mañana florece y crece.» Floreciendo con abundante belleza hasta que los prados quedan todos salpicados de gemas, la hierba tiene una hora dorada, lo mismo que el hombre en su juventud tiene un apogeo de gloria florida. «A la tarde es cortada, y se seca.» La guadaña pone fin al florecer de las flores del campo, y los rocíos de la noche lloran su caída. Esta es la historia de la hierba: sembrada, crecida, florecida, segada, ida; y la historia del hombre no es mucho más. La decadencia natural pondría fin a nosotros y a la hierba a su debido tiempo; pocos, sin embargo, quedan para experimentar el pleno resultado de la edad, pues la muerte viene con su guadaña y quita nuestra vida en medio de su verdor. ¡Qué gran cambio en tan poco tiempo! La mañana vio el florecer, y la tarde ve el marchitarse.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 6. «En la mañana.» Esto difícilmente puede significar «en la primera juventud», como explican algunos rabinos. Las palabras, estrictamente hablando, son parte de la comparación («son como la hierba que brota de nuevo por la mañana»), y solo se colocan así primero para dar énfasis a la figura. En Oriente, la lluvia de una noche obra un cambio como por arte de magia. El campo, al atardecer, estaba pardo, reseco, árido como un desierto; por la mañana está verde de hojas de hierba. El viento abrasador (Stg 1:11) sopla sobre él, y de nuevo antes del atardecer está marchito. —J. J. S. Perowne.

Versículo 6. «Cortada.»

Robusto y fuerte hoy,

mañana vuelto barro.

Este día en su flor,

el siguiente, en la tumba.

Es verdad que a algunos la muerte les envía antes sus canosos heraldos y les da aviso oportuno de su llegada. ¡Pero en cuántos casos llega sin anunciarse y, alzando su guadaña, siega a los altos! En un barco solo hay una tabla entre nosotros y la muerte; a caballo, solo una caída. Mientras andamos por las calles, la muerte extiende un dedo amenazador desde cada teja de los tejados. «Porque la muerte ha subido por nuestras ventanas, ha entrado en nuestros palacios, para exterminar a los niños de las calles, a los jóvenes de las plazas.» Jer 9:21. Nuestra vida es menos que un palmo. ¡Con qué rapidez e insensiblemente nos deslizamos a la tumba! —Augustus F. Tholuck.

Salmos 90:7

Versículo 7. Esta mortalidad no es accidental, ni era inevitable en el origen de nuestra naturaleza, sino que el pecado ha provocado al Señor a ira, y por eso morimos así. «Porque con tu ira somos consumidos.» Esta es la guadaña que siega y el calor abrasador que marchita. Esto fue especialmente así en cuanto al pueblo en el desierto, cuyas vidas fueron cortadas por la justicia a causa de su rebeldía; fallaron, no por un declive natural, sino por el soplo de los merecidos juicios de Dios. Debió de ser un espectáculo muy doloroso para Moisés ver derretirse toda la nación durante los cuarenta años de su peregrinación, hasta que no quedó ninguno de todos los que salieron de Egipto. Así como el favor de Dios es vida, su ira es muerte; igual podría crecer hierba en un horno que florecer los hombres cuando el Señor está airado con ellos. «Y con tu furor somos turbados», o aterrados. Un sentido de la ira divina los confundía, de modo que vivían como hombres que sabían que estaban condenados. Esto es cierto de nosotros en cierta medida, pero no del todo, pues ahora que la inmortalidad y la vida han sido sacadas a luz por el evangelio, la muerte ha cambiado de aspecto, y para los creyentes en Jesús ya no es una ejecución judicial. La ira y el furor son el aguijón de la muerte, y en estos los creyentes no tienen parte; el amor y la misericordia nos conducen ahora a la gloria por el camino de la tumba. No es conveniente leer estas palabras en el funeral de un cristiano sin palabras de explicación y un claro esfuerzo por mostrar cuán poco pertenecen a los creyentes en Jesús y cuánto más privilegiados somos que aquellos con quienes él no se agradó, «cuyos cuerpos cayeron en el desierto». Aplicar una oda, escrita por el caudillo de la dispensación de la ley en circunstancias de juicio peculiar, con referencia a un pueblo bajo censura penal, a los que duermen en Jesús, parece el colmo del desatino. Podemos aprender mucho de ella, pero no debemos aplicarla mal tomando para nosotros, como amados del Señor, lo que fue verdad principalmente de aquellos a quienes Dios había jurado en su ira que no entrarían en su reposo. Cuando, sin embargo, un alma está bajo convicción de pecado, el lenguaje de este salmo es sumamente apropiado a su caso y se sugerirá naturalmente a la mente angustiada. Ningún fuego consume como la ira de Dios, y ninguna angustia turba tanto el corazón como su furor. Bendito sea aquel querido sustituto,

«que soportó para que nunca nosotros

la justa ira de su Padre.»

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 7. «Porque con tu ira somos consumidos.» Este es un punto disputado por los filósofos. Buscan la causa de la muerte, pues en verdad existen en la naturaleza pruebas de la inmortalidad que no pueden despreciarse. El profeta responde que la causa principal no debe buscarse en la materia, ni en un defecto de los humores ni en un fallo del calor natural, sino que Dios, ofendido por los pecados de los hombres, ha sujetado esta naturaleza a la muerte y a otras infinitas calamidades. Por tanto, nuestros pecados son las causas que han atraído esta destrucción. De ahí que diga: «Con tu ira nos desvanecemos.» —Mollerus.

Versículo 7. «Porque con tu ira somos consumidos», etc. De donde podemos observar, ante todo, cómo comparan su presente estado en el desierto con el estado de otras naciones y pueblos, y muestran que su estado era mucho peor que el de ellos: pues los otros morían ahora uno, luego otro, y así disminuían; pero ellos eran consumidos aprisa y barridos de repente por la plaga y la pestilencia que se ensañaba entre ellos. De aquí podemos observar, ante todo, que es motivo de humillación para el pueblo de Dios que su estado sea peor que el de los enemigos de Dios. Moisés recoge esto como un argumento para humillarlos y moverlos al arrepentimiento y a buscar a Dios; a saber, que a causa de sus pecados estaban en un caso y condición mucho peor que los mismos enemigos de Dios. Pues aunque sus vidas eran cortas, confiesan que la suya era mucho peor que la de los mismos paganos, porque fueron consumidos de repente por su ira. Cuando Dios es peor para con su propia iglesia y pueblo que para con sus enemigos; cuando el Señor envía guerras a una nación llamada por su nombre, y paz a otros reinos que son anticristianos; envía hambre a su iglesia y abundancia a los impíos; envía la plaga y la pestilencia a su iglesia, y salud y prosperidad a los impíos; oh, aquí hay materia de llanto y de humillación; y es lo que ha tocado al vivo al pueblo de Dios y lo ha herido en el corazón: ver a los enemigos de la iglesia en mejor condición que la iglesia misma. —Samuel Smith.

Versículo 7. «Con tu furor somos turbados.» La palabra usada por Moisés es mucho más fuerte que simplemente «turbados». Implica ser cortados, destruidos, y además en formas de terror abrumador. —Henry Cowles, en "The Psalms; with Notes." Nueva York, 1872.

Sugerencias para el predicador

Versículo 7.

Salmos 90:8

Versículo 8. «Pusiste nuestras iniquidades delante de ti.» ¡De ahí estas lágrimas! El pecado visto por Dios debe producir muerte; solo por la sangre cubridora de la expiación viene la vida a cualquiera de nosotros. Cuando Dios derribaba a las tribus en el desierto, tenía delante de sí sus iniquidades, y por eso las trató con severidad. No podía tener sus iniquidades delante de sí y no herirlos. «Nuestros yerros secretos a la luz de tu rostro.» No hay secretos delante de Dios; él desentierra las cosas ocultas del hombre y las expone a la luz. No puede haber luminaria más poderosa que el rostro de Dios, y sin embargo, en esa luz tan fuerte, el Señor puso los pecados ocultos de Israel. La luz del sol nunca puede compararse con la luz de aquel que hizo el sol, de quien está escrito: «Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él». Si por su rostro se entiende aquí su amor y su favor, no es posible que la gravedad del pecado se manifieste con más claridad que cuando se ve que implica ingratitud hacia alguien tan infinitamente bueno y bondadoso. La rebelión a la luz de la justicia es negra, pero a la luz del amor es diabólica. ¿Cómo podemos entristecer a un Dios tan bueno? Los hijos de Israel habían sido sacados de Egipto con mano poderosa, alimentados en el desierto con mano generosa y guiados con mano tierna, y sus pecados fueron singularmente atroces. También nosotros, habiendo sido redimidos por la sangre de Jesús y salvados por una gracia sobreabundante, seremos verdaderamente culpables si abandonamos al Señor. ¿Qué clase de personas debemos ser? ¡Cómo debemos orar para ser limpiados de los pecados ocultos! Es para nosotros una fuente de deleites recordar que nuestros pecados, los de los creyentes, han sido echados ahora tras las espaldas del Señor y nunca volverán a sacarse a la luz; por eso vivimos: porque, quitada la culpa, queda quitada también la pena de muerte.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 8. Dios no necesita otra luz para discernir nuestros pecados que la luz de su propio rostro. Penetra los lugares más oscuros; su resplandor ilumina todas las cosas y lo descubre todo. De modo que los pecados cometidos en la más profunda oscuridad son para él como si se hubieran hecho a la cara del sol. Porque se hacen en su cara, que brilla más y de la cual procede más luz que de la cara del sol. Esto debe hacernos, pues, más temerosos de ofender: él nos ve cuando nosotros no lo vemos a él, y la luz de su rostro resplandece a nuestro alrededor cuando nos creemos ocultos en las tinieblas. Nuestros pecados no están a su vista solo cuando se cometen y mientras el acto se realiza; sino siempre después, cuando el acto ya pasó y está olvidado, y aun entonces está delante del rostro de Dios, como si se estuviera cometiendo: ¡cuánto debería esto hacernos temer el pecado! Nuestros pecados no solo están a su vista mientras se cometen, sino que siguen estándolo para siempre una vez pasados y consumados. Dios pone nuestros pecados delante de sí; esto muestra que está tan afectado por ellos, que los toma tanto a pecho, que de manera especial mantiene su recuerdo. Como quienes, habiendo recibido un gran agravio, lo guardan, lo registran o conservan de algún modo su memoria para no olvidarlo cuando llegue el momento de ajustar cuentas con quienes los han ofendido, así hace Dios; y que lo haga es señal de que toma muy a pecho nuestros pecados; lo cual debe enseñarnos a temer más el modo en que lo ofendemos. Cuando Dios, en algún juicio de muerte, de enfermedad o de pérdida de amigos, muestra su ira, debemos pensar y meditar en esto, sobre todo cuando llega más cerca de nosotros: «Ahora el Señor mira mis pecados, ahora están delante de él»; y no debemos descansar hasta haberlo movido, por el arrepentimiento, a borrarlos. Sí, con este fin debemos nosotros mismos traerlos a la memoria. Porque cuanto más los recordamos nosotros, más los olvida Dios; cuanto más los olvidamos nosotros, más los recuerda Dios; cuanto más los miramos nosotros, más aparta él sus ojos de ellos. —William Bradshaw.

Versículo 8. Es un hecho bien conocido que la apariencia de los objetos, y las ideas que nos formamos de ellos, se ven muy afectadas por la situación en que están colocados respecto a nosotros y por la luz en que se los ve. Los objetos vistos a distancia, por ejemplo, parecen mucho más pequeños de lo que son. El mismo objeto, visto a través de medios diferentes, presentará a menudo apariencias diferentes. Una vela encendida, o una estrella, brilla en ausencia del sol; pero cuando ese astro regresa, su brillo queda eclipsado. Puesto que la apariencia de los objetos y las ideas que nos formamos de ellos se ven así afectadas por circunstancias ajenas, se sigue que no habrá dos personas que se formen exactamente las mismas ideas de un objeto, a menos que lo vean con la misma luz o estén situadas respecto a él en la misma posición.

Apliquen estas observaciones al caso que nos ocupa. El salmista, dirigiéndose a Dios, dice: Pusiste nuestras iniquidades delante de ti, nuestros yerros secretos a la luz de tu rostro. Es decir, nuestras iniquidades o transgresiones abiertas, y nuestros pecados secretos, los pecados de nuestro corazón, están colocados, por así decirlo, de lleno ante el rostro de Dios, inmediatamente bajo su mirada; y él los ve en la luz pura, clara y que todo lo descubre de su propia santidad y gloria. Ahora bien, si queremos ver nuestros pecados como se le aparecen a él, es decir, como realmente son; si queremos ver su número, su negrura y su criminalidad, y la malignidad y el merecimiento de cada pecado, debemos colocarnos, tan cerca como sea posible, en su situación, y mirar el pecado, por así decirlo, a través de sus ojos. Debemos colocarnos a nosotros mismos y a nuestros pecados en el centro de ese círculo que está irradiado por la luz de su rostro, donde todas sus infinitas perfecciones se despliegan con claridad, donde se ve su temible majestad, donde sus glorias concentradas arden, resplandecen y deslumbran con un brillo insoportable. Y para ello debemos, en el pensamiento, dejar nuestro mundo oscuro y pecaminoso, donde Dios no se ve y casi se olvida, y donde, por consiguiente, no puede percibirse plenamente el mal de pecar contra él, y subir al cielo, morada propia de su santidad y su gloria, donde él no se oculta, como aquí, tras el velo de sus obras y de las causas segundas, sino que resplandece como el Dios sin velo y es visto tal como es.

Oyentes míos, si están dispuestos a ver sus pecados en sus verdaderos colores; si quieren estimar rectamente su número, su magnitud y su criminalidad, llévenlos al lugar santo donde nada se ve sino el resplandor de una pureza inmaculada y los esplendores de la gloria increada; donde el mismo sol parecería solo una mancha oscura; y allí, en medio de este círculo de inteligencias seráficas, con el Dios infinito derramando a su alrededor toda la luz de su rostro, repasen sus vidas, contemplen sus ofensas y vean cómo les parecen. Recuerden que el Dios en cuya presencia están es el Ser que prohíbe el pecado, el Ser cuya ley eterna el pecado quebranta y contra quien se comete todo pecado. —Edward Payson.

Sugerencias para el predicador

Versículo 8.

Salmos 90:9

Versículo 9. «Porque todos nuestros días declinaron a causa de tu ira.» La justicia acortó los días del Israel rebelde; cada lugar de descanso se convirtió en cementerio; marcaron su marcha por las tumbas que dejaban atrás. A causa de la sentencia penal, sus días se secaron y sus vidas se consumieron. «Acabamos nuestros años como un pensamiento.» Sí, no solo sus días, sino sus años volaron junto a ellos como un pensamiento, veloces como una meditación, rápidos y ociosos como el cuento de un chismoso. El pecado había arrojado su sombra sobre todas las cosas y había hecho que la vida de los moribundos errantes fuera a la vez vana y breve. La primera frase no está pensada para que los creyentes la citen como si se aplicara a ellos, pues todos nuestros días transcurren en la misericordia del Señor, como dice David en el Sal 23:6: «Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida». Tampoco la vida del hombre piadoso es tan insustancial como el relato de un narrador; vive en Jesús, tiene dentro de sí el Espíritu divino, y para él «la vida es real, la vida es seria»; el símil solo vale si consideramos que una vida santa es rica en interés, llena de maravillas, matizada de muchos cambios, y sin embargo tan fácilmente ordenada por la providencia como el improvisador dispone los detalles del relato con que entretiene la hora. Nuestras vidas son ilustraciones de la bondad celestial, parábolas de la sabiduría divina, poemas de pensamiento sagrado y registros de amor infinito; felices los que tenemos vidas que son relatos así.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 9. Porque todos nuestros días se vuelven atrás (wnp) en tu ira. Hasta aquí ha hablado de la causa de esa ira de Dios que lo mueve a herir al mundo con tal mortalidad. Ahora expone además lo mismo por sus efectos, en relación con el argumento que tiene entre manos. 1. Que nuestros días, por así decirlo, retroceden en su ira: pues si bien Dios nos dio el ser para vivir, nuestra vida y nuestro ser no son otra cosa que un retroceder, por así decirlo, hacia la muerte y hacia la nada. Es como si un forastero, arrebatado y llevado de repente a mitad de camino hacia su casa, donde están todos sus consuelos, gastara todo el tiempo que le queda no en avanzar hacia su casa, sino en retroceder hacia el lugar del que fue sacado de repente. Todos los hijos de Adán, tan pronto como tienen el ser y viven, son llevados de súbito por buena parte de su camino; y en lugar de avanzar y vivir más y más, desde su primer comienzo de vida retroceden hacia la muerte y hacia la nada. Este es en sustancia lo que dice el Señor al comienzo del salmo (Sal 90:3): Haces volver al hombre hasta ser quebrantado, y dices: Convertíos, hijos de los hombres; como si dijera: «Haces al hombre, y una vez hecho, en tu ira no se apresura a nada sino a la destrucción y a ser deshecho de nuevo». Así nuestros días, por así decirlo, retroceden, y en ellos volvemos al lugar de donde vinimos. —William Bradshaw.

Versículo 9. Cuando estuve en Egipto, hace tres o cuatro años, vi lo que el mismo Moisés pudo haber visto, y lo que sin duda los israelitas presenciaron muchas veces: una multitud de gente rodeando a un narrador profesional que recitaba algún cuento, cautivando la atención y moviendo los sentimientos de quienes lo escuchaban. Esta es una de las costumbres de Oriente. Surge de manera natural entre cualquier pueblo que tiene pocos libros o ninguno; donde las masas no saben leer y, por tanto, dependen para su entretenimiento o información de quienes pueden hablar al oído y recitar, en prosa o en verso, cuentos tradicionales y leyendas populares. Me atrevo a decir que este tipo de cosa gozaría de gran estima entre los mismos israelitas durante su detención en el desierto, y que les sirvió para entretener muchas horas tediosas. Por esta costumbre, pues, nos atrevemos a ilustrar la afirmación del texto. Oír un cuento va acompañado de un interés rápido y pasajero; deja tras sí una impresión vaga, más allá de la cual comparativamente pocos incidentes destacan con nitidez en el pensamiento posterior. Aun en nuestros días, cuando los cuentos se ponen en libros impresos y llenan tres o cuatro volúmenes, sentimos al terminar uno qué corto nos parece después de todo, o qué corto fue el tiempo que pareció tomar su lectura. Si está lleno de incidentes, a veces puede parecer largo de recordar, pero por lo general llegamos al final con una especie de sentimiento que dice: «Y eso es todo». Pero esto debió de ser mucho más cierto de los cuentos que «se contaban». Estos tenían que comprimirse en lo que pudiera repetirse de una vez, o de lo cual pudieran darse tres o cuatro en una tarde o en una hora. La historia terminaba; y entonces venía la sensación de cortedad, de brevedad, del rápido vuelo del tiempo empleado en ella, con algo parecido a un sentimiento de asombro y de insatisfacción al descubrirlo. «Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece.» —Thomas Binney.

Versículo 9. Como un cuento. Cuya gracia es la brevedad. —John Trapp.

Versículo 9. Como un cuento que se cuenta. El caldeo dice: como el aliento de nuestra boca en invierno. —Daniel Cresswell.

Versículo 9. Los treinta y ocho años que después estuvieron en el desierto no fueron tema de la historia sagrada, pues poco o nada se registra de lo que les sucedió desde el segundo año hasta el cuadragésimo. Después de salir de Egipto, su tiempo se desperdició por completo y no era digno de ser tema de una historia, sino solo de un cuento que se cuenta; pues fue solo para pasar el tiempo, como quien cuenta historias, que gastaron aquellos años en el desierto; durante todo ese tiempo una generación se iba consumiendo y otra estaba surgiendo... El gastar nuestros años es como el contar un cuento. Un año, cuando ha pasado, es como un cuento cuando ya se ha contado. Algunos de nuestros años son como una historia agradable, otros como una trágica; los más son mezclados, pero todos cortos y pasajeros; lo que tardó mucho en hacerse puede contarse en poco tiempo. —Matthew Henry.

Versículo 9. Acabamos nuestros años como un cuento que se cuenta, o como una meditación (así traducen algunos), de repente o con rapidez: un discurso pasa pronto, sea un discurso de la boca o de la mente; y de los dos, el segundo es con mucho el más veloz y ágil de pie. Un discurso en nuestros pensamientos adelanta al sol tanto como el sol adelanta a un caracol; los pensamientos del hombre recorren el mundo entero en un momento; el que ahora está sentado en este lugar puede estar en el fin del mundo con su pensamiento antes de que yo pueda decir otra palabra. —Joseph Caryl.

Versículo 9. Acabamos nuestros años como un cuento que se cuenta. Esto parece expresar a la vez un hecho necesario y una censura. El rápido consumo de nuestros años, su veloz pasar, es inevitable. Pero también pueden gastarse de manera frívola, con poco provecho, lo cual completaría la desconsoladora reflexión sobre ellos añadiendo culpa y censura. —John Foster, 1768-1843.

Versículo 9. Como un cuento que se cuenta. En hebreo es hgx-wmk, sicut meditatio (como una meditación), y así lo leemos en el margen, como si todos nuestros años fueran poco más que una continua meditación sobre las cosas de este mundo. En verdad, gran parte del tiempo del hombre se gasta en esta clase de vana meditación, como cuando se piensa en engañar y jugar a dos barajas para sacar ventaja; tal meditación tenían aquellos de Is 59:13, que meditaban en el corazón palabras de mentira, la misma palabra hebrea que en mi texto; o en amontonar riquezas, tal meditación tenía aquel hombre avaro del evangelio, Lc 12:17; o en violar los sagrados lazos de la religión y las leyes de Dios, tal meditación tenían aquellos de Sal 2:1-3; y en vanas meditaciones como estas gastan los hombres sus años «como un cuento que se cuenta». ... Para cerrar este punto con Gregorio Nacianceno: ¿qué somos sino un vano sueño que no tiene existencia ni ser, un mero fantasma o aparición que no puede asirse, una nave que surca el mar y no deja huella ni rastro tras sí, un polvo, un vapor, un rocío de la mañana, una flor que florece un día y se marchita otro; más aún, el mismo día se la ve brotar y estar marchita? Pero mi texto añade otra metáfora, tomada del volar de un ave: y volamos; no vamos ni corremos, sino volamos, el movimiento más veloz que tiene criatura corpórea alguna. Nuestra vida es como el vuelo de un ave: ahora está aquí y de pronto se pierde de vista. El profeta, hablando de la rápida partida de la gloria de Efraín, lo expresa así: «Como ave volará», Os 9:11; y Salomón dice lo mismo de las riquezas: «se hacen alas, como alas de águila, y vuelan al cielo», Pr 23:5. David deseó tener alas como de paloma para volar y descansar, y tenía buena razón para ello, porque esta vida no es más corta que miserable. ... Procuremos, pues, no venir arrastrándonos y tosiendo ante Dios con una carga de enfermedades y dolencias, cuando estemos a las puertas de la muerte y no antes, sino consagrar las primicias de nuestra vida a su servicio. En el gastar nuestro tiempo sucede (como lo compara alguien) lo que en el destilar aguas: la parte más fina y pura sale primero y solo las heces al final; ¡qué cosa tan indigna será ofrecer lo mejor de nuestro tiempo al mundo, a la carne y al diablo, y las heces a Dios! El que prohibió sacrificar bestias cojas y ciegas no lo permitirá ciertamente en los hombres; si no vienen a presentar sus cuerpos en sacrificio vivo mientras están vivos y también vigorosos, antes de estar cojos o ciegos o deformes por los extremos de la vejez, es casi un milagro que resulte entonces un servicio santo, agradable o racional. —Thomas Washbourne, 1655.

Versículo 9. (segunda parte). El hebreo es distinto de todas las versiones. Consumimos nuestros años (hgx-wmk kemo hegeh) como un gemido. ¡Vivimos una vida moribunda, quejumbrosa y llena de lamentos, y al fin un gemido es su término! —Adam Clarke.

Versículo 9. La traducción de la Vulgata dice: Nuestros años pasan como los de una araña. Implica que nuestra vida es tan frágil como el hilo de la tela de una araña. Curiosísimamente constituida está la tela de la araña; pero ¿qué hay más frágil? ¿En qué hay más sabiduría que en la compleja estructura del cuerpo humano, y qué se destruye con más facilidad? El vidrio es granito comparado con la carne, y los vapores son rocas comparados con la vida. —C.H.S.

Sugerencias para el predicador

Versículo 9.

Salmos 90:10

Versículo 10. «Los días de nuestra edad son setenta años.» El mismo Moisés vivió más que esto, pero fue la excepción y no la regla: en su día la vida había llegado a tener casi la misma duración que tiene entre nosotros. Esto es la brevedad misma comparado con los hombres de los tiempos antiguos; no es nada si se lo contrasta con la eternidad. Y sin embargo la vida es lo bastante larga para la virtud y la piedad, y demasiado larga para el vicio y la blasfemia. Moisés escribe aquí, en el original, de manera entrecortada, como si quisiera exponer la total insignificancia de la existencia apresurada del hombre. Sus palabras pueden traducirse: «¡Los días de nuestros años! En ellos, setenta años», como si dijera: «¿Los días de nuestros años? ¿Qué hay de ellos? ¿Valen la pena de mencionarse? La cuenta es del todo insignificante, su suma completa no es más que setenta». «Y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo.» La fuerza inusitada que salta el límite de los setenta solo lleva al anciano a una región donde la vida es fatiga y aflicción. La fortaleza de la vejez, su misma flor y orgullo, no es sino trabajo y dolor; ¿qué no será su debilidad? ¡Qué jadear en busca de aliento! ¡Qué esfuerzo para moverse! ¡Qué decaer de los sentidos! ¡Qué abrumador sentimiento de flaqueza! Han llegado los días malos y los años en que el hombre dice: «No tengo en ellos contentamiento». La langosta es una carga y el deseo se pierde. Tal es la vejez. Y sin embargo, suavizados por una experiencia santificada y consolados por esperanzas inmortales, los últimos días de los cristianos ancianos no son tanto para compadecerlos como para envidiarlos. El sol se pone y el calor del día ha pasado, pero dulce es la calma y la frescura del atardecer; y el día hermoso se funde no en una noche oscura y sombría, sino en un día glorioso, sin nubes, eterno. Lo mortal se desvanece para dejar lugar a lo inmortal; el anciano se duerme para despertar en la región de la juventud perenne. «Porque pronto pasa, y vuelan.» Se rompe el cable y la nave se hace a la mar de la eternidad; se rompe la cadena y el águila se eleva hacia su aire natal sobre las nubes. Moisés lloraba por los hombres al cantar así; y bien podía, pues todos sus compañeros caían a su lado. Sus palabras se traducen con más exactitud: «Nos empuja deprisa y volamos»; como las codornices fueron arrastradas por el fuerte viento del oeste, así son los hombres arrebatados ante las tempestades de la muerte. Para nosotros, sin embargo, como creyentes, los vientos son favorables; nos llevan como las brisas llevan a las golondrinas lejos de las regiones invernales, hacia tierras

«Donde mora la primavera eterna

y las flores nunca se marchitan».

¿Quién desea que sea de otro modo? ¿Por qué habríamos de demorarnos aquí? ¿Qué tiene este pobre mundo que ofrecernos para que nos detengamos en sus orillas? ¡Lejos, lejos! Este no es nuestro reposo. ¡Al cielo, ea! Que los vientos del Señor soplen con fuerza si así lo ordena, pues nos llevan más pronto hacia él y hacia nuestra querida patria.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 10. Pronto pasa, y vuelan. En el Witan o consejo reunido por Edwino de Northumbria en Godmundingham (hoy Godmanham), para debatir la misión de Paulino, uno de los principales hombres del rey, un noble pagano, le habló así: «La vida presente del hombre, oh rey, puede compararse a lo que a menudo ocurre cuando estás sentado a la cena con tus nobles y señores en invierno. En el hogar arde un fuego que calienta la sala; fuera ruge una tormenta de viento y nieve; un gorrión entra volando por una puerta de tu salón y pronto sale por la otra. Mientras está dentro, por un momento, no lo daña el soplo invernal; pero pasado este breve tiempo de dicha, vuelve a ese soplo invernal de donde vino y desaparece de tu vista. Tal es la breve vida del hombre: no sabemos qué hubo antes de ella y ignoramos por completo qué vendrá después. Si, pues, esta nueva doctrina contiene algo más cierto, justamente merece ser seguida». —Crónica de Beda.

Versículo 10. El tiempo de nuestra vida es de setenta años (dice Moisés), o bien tensémoslo en el bastidor y estirémoslo hasta ochenta; aunque no uno de cada ochenta llega a esa cuenta, tampoco puede decirse que vivamos tanto; pues quita, primero, diez años de infancia y niñez, que Salomón llama tiempo de mocedad y vanidad (Ec 11:1-10), en los cuales apenas recordamos lo que hicimos, o si vivimos o no; ¡y cuán corto es entonces! Quita del resto la tercera parte para el sueño, en el que yacemos insensibles como troncos; ¡y cuán corto es entonces! Quita aún además el tiempo de nuestros afanes y cuidados mundanos, en que parecemos a la vez muertos y sepultados en los negocios del mundo; ¡y cuán corto es entonces! Y quita todavía además nuestros tiempos de pecar y rebelarnos a propósito, pues mientras pecamos no vivimos, sino que estamos «muertos en pecado»; ¿y qué queda de vida? Sí, ¡cuán corta es entonces! Tan corta es la vida que la naturaleza concede, y sin embargo dormimos una parte, jugamos otra, y los afanes del mundo se llevan gran parte, de modo que la verdadera vida espiritual y cristiana tiene al final poco o nada. —De un sermón de Robert Wilkinson titulado "A Meditation of Mortalitie, preached to the late Price Henry, some few daies before his death", 1612.

Versículo 10. Setenta años. Puede parecer sorprendente al principio que Moisés describa los días del hombre como «setenta años». Pero cuando se recuerda que, en el segundo año de la peregrinación por el desierto, según se relata en Nm 14:28-39, Dios declaró que todos los que habían sido contados recientemente en el Sinaí morirían en el desierto antes de cumplirse cuarenta años, la lamentación de Moisés sobre la brevedad de la vida humana se hace muy inteligible y apropiada; y el salmo mismo adquiere un interés solemne y conmovedor, como confesión penitencial de los pecados que habían traído consecuencias tan melancólicas sobre la nación hebrea; como humilde súplica contra la ira de Dios; y como canto fúnebre por aquellos cuya muerte había sido anunciada de antemano por la terrible voz de Dios. —Christopher Wordsworth.

Versículo 10. Ha habido varias abreviaciones graduales de la vida del hombre. La muerte se ha ido acercando más y más a nosotros, como pueden ver en las diversas edades y períodos del mundo. Adán, el primero del género humano, vivió novecientos treinta años. Y siete u ochocientos años era un período corriente de la vida del hombre antes del Diluvio. Pero la Historia Sagrada (que tiene la ventaja y la preeminencia sobre todas las demás historias, por razón de su antigüedad) nos informa de que inmediatamente después del Diluvio los años de la vida del hombre se acortaron nada menos que a la mitad... Después del Diluvio la vida del hombre fue evidentemente más corta que antes, pues bajó de novecientos, ochocientos y setecientos años a cuatrocientos y trescientos, como vemos en la edad de Arfaxad, Sala y Heber; sí, bajó a doscientos y pico, como leemos de Peleg, Reu, Serug y Taré; sí, descendió a menos de doscientos años. En el espacio de unos pocos años la vida del hombre se acortó de nuevo casi a la mitad, si no a la mitad exacta. Leemos que Abraham vivió solo ciento setenta y cinco años, de modo que la edad del hombre corría ya muy baja. Véase el relato que da la Escritura de Nacor, Sara, Ismael, Isaac, Jacob, José (que murió a los cien), lo cual confirma lo mismo. Y de nuevo, por tercera vez, la vida del hombre se acortó casi otra mitad, a saber, hacia el año 2500 del mundo, en tiempo de Moisés. Pues él fija así los límites de la vida del hombre: «Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasa, y vuelan». Sal 90:10. Ochenta años es el límite extremo que fija a la vida del hombre, es decir, en la cuenta más ordinaria y común de la vida del hombre. Aunque algunos opinan que estas palabras no dan cuenta de la duración de la vida del hombre en general, sino que se refieren a las vidas cortas de los israelitas en el desierto, no veo que no pueda abarcar ambas cosas; y Moisés, que compuso el salmo, vivió él mismo ciento veinte años, y sin embargo pudo hablar del término común de la vida del hombre y de lo que solía suceder a la generalidad de los hombres. —John Edwards.

Versículo 10. Su fortaleza es molestia y trabajo. Por lo común la vejez es un estado débil; hasta la langosta le es una carga. Ec 12:5. Aun el anciano mismo es una carga, para su esposa, para sus hijos, para sí mismo. Como dijo Barzilai a David: «Soy hoy de edad de ochenta años; ¿podré distinguir entre lo agradable y lo desagradable? ¿Tomará gusto tu siervo en lo que coma o beba? ¿Oiré aún la voz de los cantores y de las cantoras?». 2 S 19:35. La vejez, decimos, es un buen huésped y debe ser bien recibida, pero trae consigo tal séquito: ceguera, achaques, toses, etc.; estos son molestos, ¿cómo han de ser bienvenidos? Su fortaleza es molestia y trabajo. Si su misma fortaleza, que es lo mejor que tienen, es fatiga y dolor, ¿qué será lo peor? —Thomas Adams.

Versículo 10. Su fortaleza es molestia y trabajo.

Innumerables males invaden sus articulaciones,

ponen sitio a la vida y aprietan el bloqueo terrible. —Samuel Johnson, 1709-1784.

Versículo 10. Su fortaleza. Propiamente, el orgullo de los días de nuestra vida es trabajo y dolor; es decir, nuestros días en su mejor momento. —"Bible Manual", de Barth.

Versículo 10. Volamos.

¡Ave de mi pecho, vuela lejos!

Ha llegado la hora tan deseada.

¡Adelante, a los reinos del día sin nubes,

adelante, a tu hogar glorioso!

Largo tiempo te tocó llorar

en destierro y dolor.

¡Vuelve, paloma errante, vuelve,

y halla de nuevo tu arca!

¡Lejos, con ala gozosa,

a recorrer lo inmenso;

en torno al trono a elevarte y cantar,

y a cambiar la fe por vista!

Huye, pues, del pecado y del dolor,

huye hacia gozos inmortales;

deja tu oscura prisión de abajo

y sé libre para siempre.

Voy, bienaventurada multitud,

a compartir sus tareas y gozos;

oh, llenen mis labios de santo cántico,

sostengan mi ala que decae. —Henry Francis Lyte, 1793-1847.

Sugerencias para el predicador

Versículo 10.

Salmos 90:11

Versículo 11. «¿Quién conoce el poder de tu ira?» Moisés veía morir a los hombres a su alrededor: vivía entre funerales y estaba abrumado por los terribles resultados del desagrado divino. Sentía que nadie podía medir la fuerza de la ira del Señor. «Y tu indignación según que debes ser temido.» Los hombres buenos temen esa ira más allá de toda concepción, pero nunca le atribuyen demasiado terror; los malos se convulsionan espantosamente cuando despiertan a un sentido de ella, pero su horror no es mayor de lo que debe ser, pues horrenda cosa es caer en manos de un Dios airado. La Santa Escritura, cuando describe la ira de Dios contra el pecado, jamás usa una hipérbole; sería imposible exagerarla. Cualesquiera sentimientos de reverencia piadosa y de santo temblor que muevan al corazón tierno, nunca se lo mueve demasiado; dejando aparte otras consideraciones, la gran verdad de la ira divina, cuando se la siente con más fuerza, nunca imprime en la mente una solemnidad que exceda el resultado legítimo de tal contemplación. Lo que es el poder de la ira de Dios en el infierno, y lo que sería en la tierra si no la refrenara la misericordia, ningún hombre vivo puede concebirlo rectamente. Los pensadores modernos reprochan a Milton y a Dante, a Bunyan y a Baxter sus terribles imágenes; pero la verdad es que ninguna visión de poeta ni denuncia de santo vidente puede llegar a la temible altura de este gran tema, mucho menos sobrepasarla. La ira venidera ve sus horrores más disminuidos que realzados en la descripción por los oscuros trazos de la fantasía humana; desafía las palabras, deja muy atrás a la imaginación. Cuídense los que se olvidan de Dios, no sea que los despedace y no haya quien los libre. Dios es terrible desde sus lugares santos. ¡Recuerden a Sodoma y Gomorra! ¡Recuerden a Coré y su compañía! ¡Observen bien las tumbas de la codicia en el desierto! Más aún, piensen en el lugar donde el gusano de ellos no muere y el fuego nunca se apaga. ¿Quién puede estar en pie ante este Dios con justa ira? ¿Quién se atreverá a lanzarse contra los gruesos bultos de su escudo o a tentar el filo de su espada? Que nosotros nos sometamos, como pecadores moribundos, a este Dios eterno, que puede, ahora mismo, mandarnos al polvo, y de allí al infierno.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 11. ¿Quién conoce el poder de tu ira? Podemos tomar alguna medida, alguna proporción de la ira del hombre, y saber hasta dónde puede llegar y qué puede hacer; pero no podemos tomar medida alguna de la ira de Dios, pues es inconmensurable. —Joseph Caryl.

Versículo 11. ¿Quién conoce el poder de tu ira? Nadie; y a menos que pueda conocerse el poder de esa ira, ha de seguir siendo tan inefable como el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento. —John Bunyan.

Versículo 11. Moisés quiere decir aquí, creo yo, que es un santo temor de Dios, y solo él, lo que nos hace sentir verdadera y profundamente su ira. Vemos que los réprobos, aunque son castigados con severidad, solo muerden el freno, o dan coces contra Dios, o se exasperan, o se atontan, como endurecidos contra todas las calamidades; tan lejos están de ser sometidos. Y aunque están llenos de angustia y claman a gritos, la ira divina no penetra en sus corazones de modo que abata su soberbia y su fiereza. Solo las mentes de los piadosos son heridas por la ira de Dios; ni esperan sus rayos, a los que los réprobos oponen sus cuellos duros y de hierro, sino que tiemblan en el mismo instante en que Dios mueve solo su dedo meñique. Este me parece el verdadero sentido del profeta. —Juan Calvino.

Versículo 11. ¿Quién conoce el poder de tu ira?, etc. El sentido es: ¿Qué hombre conoce y reconoce de verdad el poder de tu ira, según aquella medida de temor con que debes ser temido? Nótese de aquí cómo Moisés y el pueblo de Dios, aunque temían a Dios, confiesan sin embargo que fallaban respecto de aquella medida del temor de Dios que debían haber tenido; pues no hemos de pensar sino que Moisés y algunos de su pueblo temían de verdad a Dios. Pero con respecto al poder de la ira de Dios, que era entonces muy grande y grave, su temor de Dios no era adecuado ni proporcionado; luego es evidente que Moisés y su pueblo fallaban respecto de la medida del temor de Dios que debían haber tenido, en vista de la grandeza y gravedad de los juicios de Dios sobre ellos. Véase que los mejores siervos de Dios en esta vida se quedan cortos en su temor de Dios, y así en todas las gracias del Espíritu; en el amor de Dios, en la fe, en el arrepentimiento y en la obediencia, todos nosotros nos quedamos cortos de lo que el Señor requiere de nuestras manos. Pues aunque conocemos a Dios, y que es un Dios justo y recto y que no puede pasar por alto el pecado, ¿qué hombre hay que tema delante de él como debe ser temido? ¿Qué hombre tiembla ante su ira como debería, y tiene tanto miedo del pecado como debería? No tenemos aquí gracia alguna en perfección, sino que la mejor fe está mezclada con incredulidad, nuestra esperanza con temor, nuestro gozo con tristeza. Bueno es que podamos discernir nuestras faltas e imperfecciones y exclamar con el hombre del evangelio: «Creo; ayuda mi incredulidad». —Samuel Smith.

Versículo 11. ¿Quién conoce el poder de tu ira? Ningún hombre conoce el poder de la ira de Dios, porque ese poder jamás se ha desplegado aún en toda su extensión. ¿No hay, pues, medida alguna de la ira de Dios, ningún patrón por el cual podamos estimar su intensidad? No hay una medida o patrón fijo, pero sí uno variable. El temor que el impío tiene de Dios es una medida de la ira de Dios. Si tomamos al hombre como a veces puede tomársele, cuando el ángel de la muerte está sobre él, cuando los pecados de su juventud y de su edad más madura lo asedian como una tropa armada, y lo espantan y afligen; cuando, con todos sus sentidos vivamente alerta ante los rápidos avances de la decadencia del cuerpo, siente que debe morir y que no está preparado; pues bien, puede suceder, y ocasionalmente sucede, aunque no siempre, que sus presentimientos del futuro son literalmente tremendos. Hay tal temor y tal pavor de aquel Dios a cuya presencia inmediata siente que está a punto de ser introducido, que aun los que más lo aman y más lo encantan se encogen ante la salvaje fijeza de su mirada y lo espantoso de su hablar. Y no podemos decir al hombre, aunque esté simplemente delirante de aprensión, que su temor de Dios reviste la ira de Dios de un colorido más sombrío que el real. Al contrario, sabemos que según el temor, así es la ira. Sabemos que si el temor del hombre a Dios se lleva al grado más alto, y la mente late con tal vehemencia que su armazón amenaza con ceder y desmoronarse, la ira del Todopoderoso va a la par de este temor gigantesco. ...

Si les ha sucedido a ustedes (y quizá no hay hombre sobre la faz de la tierra a quien no le suceda a veces), si alguna vez les ha sucedido sentirse aplastados por el pensamiento de que una vida de impiedad ha de desembocar en una eternidad de ayes, y si en la soledad de la medianoche y en el abatimiento de la enfermedad cruzan por el espíritu las figuras cambiantes de todo ministerio vengador, entonces tenemos que decirles que no es el rugido de la batalla lo bastante poderoso, ni el lamento de los huérfanos lo bastante estremecedor, para servir de vehículo a tal comunicación; tenemos que decirles que huyen a un refugio de mentiras si se atreven a lisonjearse de que la quietud de la hora o la debilidad de la enfermedad les ha hecho revestir la venganza de demasiado terror. Tenemos que decirles que el cuadro que ustedes trazaron en su agonía no estaba recargado. «Según tu temor, así es tu ira.» El temor no es sino un espejo, que ustedes pueden alargar indefinidamente y ensanchar indefinidamente, y la ira se alarga con el alargarse y se ensancha con el ensancharse, llenando todavía el espejo de formas nuevas y feroces de destrucción y aflicción. Les advertimos, pues, que nunca alberguen la lisonjera idea de que el temor pueda exagerar la ira de Dios. Les decimos que cuando el temor ha hecho lo peor, no puede en grado alguno igualar la ira que refleja. ...

Ahora bien, es fácil pasar de este modo de ver el texto a otro que es, en cierto sentido, semejante. Encontrarán siempre que las aprensiones de los hombres sobre la ira de Dios son exactamente proporcionales al temor y a la reverencia que despiertan en ellos el nombre y los atributos de Dios. Tendrá solo ligeros pensamientos de la venganza futura quien tiene solo bajos pensamientos del carácter y las propiedades de su Creador; y de ahí resulta que el gran cuerpo de los hombres muestra una especie de estúpida insensibilidad ante la ira de Jehová... Miren a la multitud de los mundanos y los indiferentes. No hay temor de Dios en esa multitud; son «de la tierra, terrenales». El alma está sepultada en el cuerpo y nunca ha despertado a un sentido de su posición con respecto a un Creador santo y vengador. Ahora, pues, pueden entender la ausencia de todo conocimiento del poder de la ira de Dios. «¿Quién conoce el poder de tu ira? Y tu indignación según que debes ser temido.» —Henry Melvill.

Versículo 11. ¿Quién conoce el poder de tu ira?, etc. Esto lo expresa, 1. A modo de lamentación. Exhala una queja muy dolorosa contra la seguridad y el estupor que observaba en aquella generación de hombres de su tiempo, tanto en los que ya habían muerto en sus pecados como en la nueva generación que había surgido en su lugar y que aún vivía en sus pecados; oh, dice, «¿Quién de ellos conoce el poder de tu ira?», a saber, de esa ira que sigue después de la muerte y se apodera para siempre de las almas de los hombres; es decir, ¿quién la considera o se preocupa de ella hasta que los alcanza? Lo expresa, 2. A modo de asombro, por la idea que tenía de la grandeza de esa ira. «¿Quién conoce el poder de tu ira?», es decir, ¿quién la ha captado o puede captarla según su grandeza? Esto procura exponerlo, adaptándose a nuestra propia aprehensión, de este modo: Según tu temor, así es tu ira. Donde estas palabras, «tu temor», se toman objetivamente, y así significan el temor de ti; y así el sentido es que según la proporción que nuestras almas puedan abarcar en temores de ti y de tu ira, así de grande es tu ira misma. Ustedes tienen almas capaces de comprender vastos temores y terrores; son tan extensas en sus temores como en sus deseos, que se extienden hasta el infinito, más allá de lo que este mundo o las criaturas pueden darles. El alma del hombre es una celda oscura que, cuando engendra temores, hace surgir en ella extrañas y espantosas apariciones que exceden en mucho la proporción ordinaria de los males mundanos (que, sin embargo, nuestros temores suelen también hacer mayores de lo que resultan ser); pero aquí, en cuanto a ese castigo que es efecto de la ira inmediata de Dios, que el alma se ensanche, dice, y ensanche su aprehensión al máximo; teman lo que puedan imaginar, y aun así la ira de Dios y el castigo que inflige no solo son proporcionales, sino que exceden infinitamente todo lo que pueden temer o imaginar. «¿Quién conoce el poder de tu ira?» Sobrepasa todo conocimiento. —Thomas Goodwin.

Sugerencias para el predicador

Versículo 11.

Salmos 90:12

Versículo 12. «Enséñanos de tal modo a contar nuestros días.» Instrúyenos a valorar el tiempo: a lamentar el tiempo pasado en que hicimos la voluntad de la carne, a emplear con diligencia el tiempo presente, que es el tiempo aceptable y el día de salvación, y a considerar el tiempo que yace en el futuro demasiado incierto para permitirnos retrasar sin riesgo obra o plegaria alguna de gracia. Contar es un ejercicio infantil de aritmética, pero para contar bien sus días hasta los mejores hombres necesitan la enseñanza del Señor. Estamos más ansiosos por contar las estrellas que nuestros días, y sin embargo lo segundo es mucho más práctico. «Que traigamos al corazón sabiduría.» Las reflexiones sobre la brevedad del tiempo llevan a los hombres a prestar seria atención a las cosas eternas; se vuelven humildes al mirar la tumba que tan pronto será su lecho, sus pasiones se enfrían ante la mortalidad y se rinden a los dictados de la sabiduría infalible; pero esto solo ocurre cuando el Señor mismo es el maestro; solo él puede enseñar con provecho real y duradero. Así oró Moisés para que las dispensaciones de la justicia fueran santificadas en misericordia. «La ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo», cuando el Señor mismo habla por la ley. Es muy justo que el corazón que tan pronto dejará de latir sea regido, mientras late, por la mano de la sabiduría. Una vida corta debe gastarse sabiamente. No tenemos tiempo suficiente a nuestra disposición para justificar que malgastemos un solo cuarto de hora. Ni estamos seguros de tener vida suficiente para justificar que pospongamos algo por un momento. Si fuéramos sabios de corazón, lo veríamos; pero la mera sabiduría de la cabeza no nos guiará bien.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 12. Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría. Moisés, que era docto en todas las ciencias de los egipcios (entre las cuales una era la aritmética), desea aprender de ti, oh Señor, solo este punto de aritmética; ¿y por qué? ¿Es porque, como dice Job, tú has determinado el número de sus días? ¿Querría Moisés que reveles a todo hombre el momento de su fin? Tales especulaciones bien pueden convenir a un egipcio; a un israelita no le convienen. Tus hijos, oh Señor, saben que no les toca conocer así los tiempos y las sazones que tú guardas en tu propio poder, y que son un secreto sellado contigo; no debemos curiosear en esa contaduría ni inquirir con curiosidad en esa suma. No es, pues, un contar matemático de los días lo que Moisés querría aprender, sino uno moral; quiere que Dios no simplemente le enseñe a contar, sino a contar «de tal modo»; y «de tal modo» señala una manera especial, una manera que pueda ser útil a los hijos de Dios. Y en verdad nuestras peticiones deben llevar esta marca de deseos provechosos, y no deberíamos pedirte nada sino aquello por lo cual (si lo obtenemos) podamos llegar a ser mejores; el que así estudia su mortalidad la aprende como debe, y solo tú, oh Señor, le das tal lección. Pero ¿qué uso, oh Moisés, quieres que el hombre haga de tal conocimiento? «Que traigamos al corazón sabiduría.» ¡Oh feliz conocimiento, por el cual el hombre se hace sabio!, pues la sabiduría es la belleza de un alma racional. Dios lo creó con ella, pero el pecado ha divorciado el alma y la sabiduría; de modo que el hombre pecador no es en verdad mejor que un necio, así lo llama la Escritura; y bien puede llamarlo así, viendo que todo su proceder es vano y el resultado de sus esfuerzos no es sino aflicción de espíritu. Pero aunque el pecado haya divorciado la sabiduría y el alma, no están tan separadas que no puedan reunirse de nuevo; y nada es más poderoso para promover esta unión que esta meditación sentida: que somos mortales. —Arthur Lake.

Versículo 12. Enséñanos de tal modo, etc. Moisés los envía a Dios para ser enseñados. «Enséñanos tú; no como enseña el mundo: enséñanos tú». Ningún maestro inferior; ninguna escuela inferior; ni siquiera Moisés mismo, salvo en cuanto habla la palabra de Dios y llega a ser el ayo que nos lleva a Cristo; ni los profetas, ni los apóstoles mismos, ni los «santos hombres de Dios» de antaño, salvo en cuanto «hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo». Este conocimiento no viene de carne y sangre, sino de Dios. «Enséñanos tú de tal modo». Y así dice David: «Enséñame, oh Jehová, tu camino, y andaré en tu verdad». De ahí la promesa de nuestro Señor a sus discípulos: «El Espíritu Santo os enseñará todas las cosas». —Charles Richard Summer, 1850.

Versículo 12. Enséñanos a contar nuestros días. Observen qué es lo que Moisés ruega aquí: solo que se le enseñe a contar sus días. ¿Pero no lo hacía ya? ¿No era esta su tarea diaria, su ocupación constante y continua? Sí, sin duda lo era; más aún, lo hacía con cuidado y con conciencia. Pero con todo pensaba que no lo hacía lo bastante bien, y por eso ruega aquí, en el texto, que se le enseñe a hacerlo mejor. Vean cómo un hombre bueno se complace tan poco en cualquier acción de su vida, en cualquier cumplimiento de deber que hace. Nunca puede pensar que hace bastante bien lo que hace, sino que sigue deseando hacerlo de otro modo y querría hacerlo mejor. Hay un afecto de modestia y humildad que acompaña siempre a la piedad verdadera, y todo hombre piadoso es un hombre humilde y modesto, y nunca se cuenta por perfecto en su aprovechamiento ni por elevado por encima de toda enseñanza, sino que se contenta y ambiciona ser un aprendiz continuo: saber más de lo que sabe y hacer mejor de lo que hace; sí, y no tiene por menoscabo alguno de sus gracias el recibir consejo y buscar instrucción donde se encuentre. —Edm. Barker, en el sermón fúnebre de Lady Capell, 1661.

Versículo 12. Enséñanos a contar nuestros días.

«Aprovecha el Tiempo a tiempo, mientras el Tiempo dura,

pues todo el Tiempo no es tiempo cuando el Tiempo pasó». —De "Life of Man, symbolised by the Months of the Year", de Richard Pigot, 1866.

Versículo 12. Enséñanos a contar nuestros días. Los oráculos proverbiales de nuestros ahorrativos antepasados nos han informado de que el fatal derroche de una fortuna se debe a los gastos pequeños, a la profusión de sumas demasiado pequeñas, una por una, para alarmar nuestra cautela, y que nunca nos permitimos considerar juntas. De la misma índole es la prodigalidad de la vida: quien espera mirar atrás algún día con satisfacción sobre los años pasados debe aprender a conocer el valor presente de los minutos sueltos y esforzarse por que ninguna partícula de tiempo caiga inútil al suelo. Un filósofo italiano expresaba en su lema que el tiempo era su hacienda; una hacienda, en verdad, que nada producirá sin cultivo, pero que siempre pagará con abundancia las labores de la diligencia y satisfará los deseos más extensos, si no se permite que parte alguna de ella quede baldía por negligencia, sea invadida por plantas nocivas o se destine más a la apariencia que al provecho. —Samuel Johnson.

Versículo 12. Contar nuestros días no es simplemente hacer el cómputo y la medición de la vida humana. Esto ya se ha hecho en la Santa Escritura, donde se dice: «Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasa, y volamos». Ni es tampoco, según la frase del mundo, calcular las probabilidades de sobrevivir, lo cual cualquier hombre puede hacer en el caso del conjunto, pero ninguno en el caso del individuo. Es, más bien, tomar la medida de nuestros días en comparación con la obra por realizar, con la provisión que hay que reunir para la eternidad, con la preparación que hay que hacer para la muerte, con la precaución que hay que tomar contra el juicio. Es estimar la vida humana por los fines a que debe aplicarse, por la eternidad a la que ha de conducir y en la cual será al fin absorbida. Bajo este aspecto contempla David al hombre cuando dice: «He aquí, diste a mis días un palmo de largo, y mi edad es como nada delante de ti», Sal 39:5; y pasa luego a incluir en esta estimación comprensiva aun a aquellos cuyos días han sido los más largos sobre la tierra: «Ciertamente, toda la humanidad vive vanamente, aun en la mejor condición». —Thomas Dale, 1847.

Versículo 12. Contar nuestros días. Contémoslos por nuestras oraciones diarias; contémoslos por nuestra obediencia diaria y nuestros actos diarios de amor; contémoslos por los recuerdos que traen de hombres santos que han entrado en la paz de su Salvador, y por las esperanzas que se entretejen con ellos de gloria y de gracia ganadas para nosotros. —Plain Commentary.

Versículo 12. Que traigamos al corazón sabiduría. Sir Thomas Smith, secretario de la reina Isabel, dijo algunos meses antes de su muerte que era una gran lástima que los hombres no supieran para qué fin habían nacido en este mundo hasta que estaban a punto de salir de él. —Charles Bradbury.

Versículo 12. Que traigamos al corazón sabiduría. San Agustín dice: «Nunca podemos hacerlo, a menos que contemos cada día como el último». Muchos alejan el día malo. Se niegan a dejar la tierra cuando la tierra está a punto de despedirse de ellos. —William Secker.

Versículo 12. Que traigamos al corazón sabiduría. Moisés habla de la sabiduría como si fuera una medicina, que no hace bien alguno antes de aplicarse; y la parte a la cual aplicarla es el corazón, donde todos los afectos del hombre han de amarla y acogerla, como una especie de huésped. Cuando el corazón busca, halla, como si le fuera traída, como el carnero de Abraham. Por eso dice Dios: «Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón», Jer 29:13; como si no pudieran hallarlo con toda su búsqueda a menos que lo buscaran con el corazón. Por tanto, el camino para obtener sabiduría es aplicar el corazón a ella, como si fuera su oficio y su modo de vida, al que estuvieran atados como aprendices. Un hombre puede aplicar sus oídos y sus ojos, como hacen muchos holgazanes con sus libros, y sin embargo nunca llegar a ser estudiante; pero desde el día en que un hombre empieza a aplicar su corazón a la sabiduría, aprende más en un mes que en un año antes, más aún, que en toda su vida. Así como ven que los impíos, porque aplican su corazón a la maldad, avanzan tan deprisa, tan fácil y rápidamente llegan a ser perfectos blasfemos, borrachos expertos, engañadores astutos, así, si pudieran aplicar su corazón tan por completo al conocimiento y a la bondad, podrían llegar a ser como el apóstol que se lo enseña. Por eso, cuando Salomón muestra a los hombres el camino para alcanzar la sabiduría, habla a menudo del corazón: «Entrará la sabiduría en tu corazón», «adquiere sabiduría», «guarda la sabiduría», «abrázala», Pr 2:10; 4:5; 8:8, como si un hombre fuera a cortejar a la sabiduría. La sabiduría es como una hija de Dios, que él da al hombre que la ama, y la corteja, y piensa ponerla en su corazón. Así hemos aprendido cómo aplicar el conocimiento para que nos haga bien: no a nuestros oídos, como hacen los que solo oyen sermones, ni a nuestras lenguas, como los que hacen de la religión conversación de sobremesa, sino a nuestros corazones, para que podamos decir con la virgen: «Engrandece mi alma al Señor», Lc 1:46, y el corazón lo aplicará al oído y a la lengua, como dice Cristo: «De la abundancia del corazón habla la boca», Mt 12:34. —Henry Smith.

Versículo 12. De todas las reglas aritméticas, esta es la más difícil: contar nuestros días. Los hombres pueden contar sus rebaños y manadas de bueyes y ovejas, pueden estimar las rentas de sus heredades y granjas, pueden con un poco de esfuerzo contar y enumerar sus monedas, y sin embargo están persuadidos de que sus días son infinitos e innumerables, y por eso nunca empiezan a contarlos. ¿Quién no dice, al mirar a otro: «Seguramente aquel hombre, por su semblante, no vivirá mucho», o «aquella mujer es vieja, sus días no pueden ser muchos»? Así podemos contar los días y los años de otros hombres y olvidar por completo los nuestros; esta es, pues, la verdadera sabiduría de los mortales: contar sus propios días. —Thomas Tymme.

Versículo 12. Observen aquí que, después de habernos dado Moisés una descripción de la ira de Dios, sus pensamientos son absorbidos al instante por la meditación de la muerte. Pensar en la ira de Dios nos hace pensar en la muerte... Pensemos a menudo en la ira de Dios, y que el pensamiento nos mueva hasta mantenernos en constante reverencia y temor de Dios; y que este temor nos empuje a Dios por la oración, para que, temiendo como debemos, oremos como se nos manda, y orando, prevengamos la ira de Dios. Si nuestras penas presentes no nos mueven, Dios enviará mayores; y cuando nuestras penas hayan crecido demasiado para nosotros, tendremos poco ánimo o consuelo para orar. Que nuestros temores aviven, pues, nuestras oraciones; y que nuestras oraciones sean tales que puedan vencer nuestros temores; así seremos felices de ambas maneras, porque nuestros temores nos han enseñado a orar y nuestras oraciones nos han hecho temer ya no. —Christopher Shute, en "Ars pie moriendi: or, The true Accomptant. A Sermon", etc., 1658.

Versículo 12. Es evidente que lo que hace falta para que los hombres se provean para la eternidad es la persuasión práctica de que les queda poco tiempo de vida. No aplicarán su corazón a la sabiduría hasta que se los lleve a contar sus días. ¿Y cómo han de ser llevados, hermanos míos? Lo más sorprendente del texto es que esté en forma de oración. Es necesario que Dios intervenga para hacer que los hombres cuenten sus días. Llamamos a esto sorprendente. ¡Cómo! ¿No hay bastante para hacernos sentir nuestra fragilidad sin una impresión real y sobrenatural? ¿No hay lecciones suficientes de esa fragilidad sin ninguna nueva enseñanza de lo alto? Vayan a nuestros cementerios: todas las edades hablan a todos los rangos. ¿Podemos necesitar más para probarnos la incertidumbre de la vida? Vayan a las familias enlutadas, ¿y dónde no se encuentran?: en esta es el anciano, en aquella el joven, a quien se ha llevado la muerte; ¿y no hay elocuencia en las lágrimas para persuadirnos de que somos mortales? ¿Es posible que, pisando cada día el polvo de nuestros padres y encontrándonos cada día con funerales de nuestros hermanos, no hayamos de ser aún enseñados en la práctica a contar nuestros días, a menos que Dios imprima la verdad en nuestros corazones mediante una operación especial de su Espíritu? No es así en otras cosas. En otras cosas la frecuencia del suceso nos hace esperarlo. El labrador no ora para que se le haga creer que la semilla debe ser sepultada y morir antes de germinar. Este ha sido el curso del grano de todos los demás, y donde hay tanta experiencia, ¿qué lugar queda para la oración? El marinero no ora para que se le enseñe que la aguja de su brújula apunta al norte. La aguja de toda brújula ha apuntado así desde que se descubrió el secreto, y no tiene que pedir cuando ya está tan seguro. El hombre sorprendido por la noche no ora para que se le haga sentir que el sol saldrá en unas horas. La mañana ha sucedido a la noche desde que el mundo fue hecho, ¿y por qué habría de pedir lo que sabe demasiado bien para dudar? Pero en ninguna de estas cosas hay mayor lugar para la certeza que el que cada uno tenemos, en lo que toca a que le está establecido morir una sola vez. Sin embargo, debemos orar para que se nos haga saber, se nos haga sentir, que hemos de morir, frente a una experiencia que ciertamente no es menor que la de los casos a que nos hemos referido. Esta es una petición para que podamos creer, creer como ellos creen: pues ellos obran según su creencia en el hecho que esta experiencia atestigua de modo incontestable. Y podemos decir de esto que es de lo más extraño entre las cosas extrañas que pueden afirmarse de la naturaleza humana que, mientras en lo tocante a asuntos inferiores podemos aprovecharnos con cuidado de la experiencia, cuidando de registrar sus decisiones y de deducir de ellas reglas para nuestra guía, en el más poderoso de todos los asuntos podemos obrar como si la experiencia no hubiera proporcionado evidencia alguna y no se nos hubiera dejado materia de la cual sacar conclusiones. Y sin embargo, en nada más es tan uniforme la experiencia. El grano no siempre germina, pero todo hombre muere. La aguja no siempre apunta al norte exacto, pero todo hombre muere. El sol no cruza el horizonte en todo lugar cada veinticuatro horas, pero todo hombre muere. Y con todo debemos orar, orar como por la revelación de un misterio oculto a nuestra vista, debemos orar para que se nos haga saber, para que se nos haga creer, ¡que todo hombre muere! Pues no llamo creencia, y nuestro texto no la llama creencia, a la que permite que los hombres vivan sin pensar en la eternidad, sin ansiedad por el alma o sin esfuerzo para asegurarse la salvación. No la llamo creencia; no, no, cualquier cosa antes que creencia. Los hombres son seres racionales, seres de previsión, dispuestos a hacer provisión para lo que sienten inevitable; y si no hubiera una infidelidad práctica respecto de su propia mortalidad, no podrían ser prácticamente descuidados respecto de su propia seguridad. —Henry Melvill.

Versículo 12. Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, etc. Cinco cosas noto en estas palabras: primera, que la muerte es el puerto de todo hombre; ya se siente en el trono o viva en una choza, al fin ha de llamar a la puerta de la muerte, como todos sus padres lo han hecho antes que él. Segunda, que el tiempo del hombre está fijado y sus límites señalados, que no puede pasar, como no pudieron los egipcios pasar el mar; y por eso dice Moisés: «Enséñanos a contar nuestros días», como si hubiera un número de nuestros días. Tercera, que nuestros días son pocos, como si hubiéramos sido enviados a este mundo solo para verlo; y por eso Moisés, hablando de nuestra vida, habla de días, no de años ni de meses ni de semanas; sino «Enséñanos a contar nuestros días», mostrando que es cosa fácil aun para un hombre contar sus días, tan pocos son. Cuarta, la propensión del hombre a olvidar la muerte antes que cualquier otra cosa; y por eso Moisés ruega al Señor que le enseñe a contar sus días, como si se le fueran escapando de la mente. Por último, que recordar cuán poco tiempo tenemos para vivir nos hará aplicar nuestro corazón a lo que es bueno. —Henry Smith.

Versículo 12. Nuestro corazón. Tanto en las Escrituras del Antiguo como del Nuevo Testamento, el término «corazón» se aplica igualmente a la mente que piensa, al espíritu que siente y a la voluntad que actúa. Y aquí representa toda la naturaleza mental y moral del hombre, e implica que el alma y el espíritu enteros, con todas sus fuerzas, han de aplicarse al servicio de la sabiduría. —William Brown Keer, 1863.

Versículo 12. Sabiduría. Considero esta «sabiduría» idéntica a la sabiduría hipostática descrita por Salomón, Pr 8:15-31 y Pr 9:1, 5, el mismo Emanuel, la sabiduría, justicia, santificación y redención de su pueblo. La principal búsqueda de la vida debería ser alcanzar un conocimiento experimental de Cristo, por quien «los reyes reinan y los príncipes determinan justicia; cuyas delicias están con los hijos de los hombres, y que clama: El que me halle, hallará la vida, y alcanzará el favor de Jehová; venid, comed de mi pan y bebed del vino que he mezclado». David en los Salmos, y Salomón, su hijo, en los Proverbios, han manifestado de manera profética al Mesías como la sabiduría hipostática, «cuyas salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad». —J.N. Coleman.

Sugerencias para el predicador

Versículo 12.

Versículo 12. El sentido de la mortalidad. Muéstrese la variedad de bendiciones que reparte a diferentes clases el recto uso del sentido de la mortalidad.

Salmos 90:13

Versículo 13. «Vuélvete, oh Jehová; ¿hasta cuándo?» Ven de nuevo a nosotros en misericordia. No nos dejes perecer. No permitas que nuestras vidas sean a la vez breves y amargas. Tú nos has dicho: «Volved, hijos de los hombres», y ahora clamamos humildemente a ti: «Vuélvete, tú, preservador de los hombres». Solo tu presencia puede reconciliarnos con esta existencia pasajera; vuélvete a nosotros. Así como el pecado aparta a Dios de nosotros, el arrepentimiento clama al Señor que vuelva a nosotros. Cuando los hombres están bajo castigo, se les permite razonar con Dios y preguntar: «¿hasta cuándo?». Nuestra fe en estos tiempos no es demasiada osadía con Dios, sino demasiada timidez al suplicarle. «Y aplácate para con tus siervos.» Así reconoce Moisés que los israelitas seguían siendo siervos de Dios. Se habían rebelado, pero no habían abandonado del todo al Señor; reconocían su obligación de obedecer su voluntad y la alegaban como razón para ser compadecidos. ¿No perdonará un hombre a sus propios siervos? Aunque Dios hirió a Israel, con todo eran su pueblo y nunca los había desconocido; por eso se le ruega que los trate con benignidad. Si no podían ver la tierra prometida, se le pide que los anime por el camino con su misericordia y convierta su ceño en sonrisa. La oración es como otras que salieron del manso legislador cuando abogó con osadía ante Dios por la nación; es muy de Moisés. Aquí habla con el Señor como habla un hombre con su amigo.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 13. Aplácate. Según la fraseología no infrecuente y bien conocida de la Escritura, se dice que Dios se arrepiente cuando, quitando la tristeza de los hombres y dándoles nuevo motivo de alegría, parece, por así decirlo, haber cambiado. —Juan Calvino.

Sugerencias para el predicador

Versículo 13. De qué manera puede decirse que el Señor se arrepiente.

Salmos 90:14

Versículo 14. «De mañana sácianos de tu misericordia.» Puesto que han de morir, y morir tan pronto, el salmista ruega misericordia pronta para sí y para sus hermanos. Los hombres buenos saben convertir las pruebas más oscuras en argumentos ante el trono de la gracia. El que tiene corazón para orar nunca necesita quedarse sin razones en la oración. El único alimento que sacia al pueblo del Señor es el favor de Dios; esto busca Moisés con ardor, y así como el maná caía por la mañana, suplica al Señor que envíe de inmediato su favor que sacia, para que durante el corto día de la vida se llenen de él. ¿Vamos a morir tan pronto? Entonces, Señor, no nos dejes hambrientos mientras vivimos. Sácianos de una vez, te rogamos. Nuestro día es corto y la noche se apresura; oh, concédenos en la temprana mañana de nuestros días ser saciados de tu favor, para que durante todo nuestro breve día seamos felices. «Y cantaremos y nos alegraremos todos nuestros días.» Llenos del amor divino, su breve vida en la tierra se convertiría en una fiesta gozosa y seguiría siéndolo mientras durase. Cuando el Señor nos refresca con su presencia, nuestro gozo es tal que ningún hombre puede quitárnoslo. Los presentimientos de una muerte pronta no pueden angustiar a quienes gozan del favor presente de Dios; aunque saben que viene la noche, no ven nada que temer en ella, sino que siguen viviendo mientras viven, triunfando en el favor presente de Dios y dejando el futuro en sus manos amorosas. Puesto que toda la generación que salió de Egipto había sido condenada a morir en el desierto, naturalmente se sentirían desalentados; y por eso su gran caudillo busca para ellos aquella bendición que, más que todas las demás, consuela el corazón: la presencia y el favor del Señor.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 14. Sácianos de tu misericordia. Una pobre alma hambrienta, que yace bajo el sentimiento de la ira, se prometerá felicidad para siempre si puede hallar una vez más lo que alguna vez ha sentido; es decir, un dulce hartazgo de la misericordia sensible de Dios para con ella. —David Dickson.

Versículo 14. Sácianos. Ese es en todas partes y para siempre el clamor de la humanidad. ¡Y qué clamor tan extraño es, si lo piensan, hermanos! El hombre es descendiente de Dios; portador de su imagen; está a la cabeza de la creación terrenal; en la tierra no tiene igual; posee maravillosas capacidades de pensamiento, de sentimiento y de acción. El mundo, y todo lo que hay en él, ha sido formado en una completa y hermosa adaptación a su ser. La naturaleza parece estar llamándolo siempre con mil voces a alegrarse y regocijarse; y sin embargo está insatisfecho, descontento, ¡desdichado! Esto es cosa muy extraña, extraña, es decir, según cualquier teoría sobre el carácter y la condición del hombre, salvo la que provee la Biblia; y es no solo un testimonio de la ruina de su naturaleza, sino también de la insuficiencia de todo lo terrenal para satisfacer sus ansias. —Charles M. Merry, 1864.

Versículo 14. De mañana sácianos de tu misericordia, y cantaremos y nos alegraremos todos nuestros días. Pasamos ahora a esta oración en particular y a los miembros que componen su cuerpo. Son muchos; tantos como palabras tiene: sacia, y sácianos, y hazlo temprano, y hazlo con lo que es tuyo, y que sea misericordia. De modo que, primero, es una oración por plenitud y satisfacción: sacia; luego es una oración no solo de apropiación para nosotros mismos, sácia a mí, sino de caritativa dilatación y extensión a otros, sácianos a nosotros, a todos nosotros, a todos tus siervos, a toda tu iglesia; y en tercer lugar es una oración de despacho y prontitud: «Sácianos de mañana»; y después, es una oración de evidencia y manifestación: sácianos con aquello que es, y que podemos discernir que es, tuyo; y por último es una oración de limitación aun sobre Dios mismo: que Dios no tome en esto otro camino que el de la «misericordia». «De mañana sácianos de tu misericordia.» ... Hay una plenitud espiritual en esta vida de la cual habla san Jerónimo: Ebrietas felix, satietas salutaris, un exceso feliz y una hartura saludable; quoe quanto copiosius sumitur, majorem donat sobrietatem, en la cual cuanto más comemos, más templados somos, y cuanto más bebemos, más sobrios. En la cual (como lo expresa también san Bernardo en su melifluidad) Mutua interminabili inexplicabili generatione, desiderium generat satietatem, et satietas parit desiderium, por una generación mutua y recíproca, indeterminable e inexpresable, de una por otra, el deseo de gracias espirituales engendra una saciedad, y luego esta saciedad engendra un deseo mayor. Esta es una ambición santa, una codicia sagrada. La bendición de Neftalí: «Oh Neftalí, saciado de favores y lleno de la bendición de Jehová», Dt 33:23; la bendición de san Esteban: «Lleno de fe y del Espíritu Santo», Hch 6:5; la bendición de la bienaventurada Virgen: «Llena de gracia»; la bendición de Dorcas: «Llena de buenas obras y de limosnas», Hch 9:36; la bendición de aquel que es bendito sobre todos y que bendice a todos, Cristo Jesús: «Lleno de sabiduría, lleno del Espíritu Santo, lleno de gracia y de verdad». Lc 2:40; 4:1; Jn 1:14. ... «De mañana sácianos» con lo que es tuyo, «tu misericordia»; pues hay misericordias (en una extensión y acomodación justa de la palabra, esto es, alivios, descansos, liberaciones) que no son sus misericordias, ni sus satisfacciones... No es su misericordia, a menos que vayamos por buenos caminos a buenos fines; a menos que nuestra seguridad se establezca por alianza con sus amigos, a menos que nuestra paz pueda tenerse con la perfecta continuación de nuestra religión, no hay seguridad, no hay paz. Pero déjenme sentir el efecto de esta oración, como oración de manifestación: déjenme discernir que lo que se hace sobre mí lo hace la mano de Dios, y no me importa qué sea; prefiero el vinagre de Dios al aceite del hombre, el ajenjo de Dios al maná del hombre, la justicia de Dios a la misericordia de cualquier hombre; pues por eso Gregorio Niseno llamó a san Basilio, en un sentido santo, Ambidextrum, porque tomaba todo lo que le llegaba por el asa correcta y con la mano derecha, porque veía que venía de Dios. Aun las aflicciones son bienvenidas cuando vemos que son suyas; aunque el camino que él elegiría, y el que esta oración suplica, sea solo la misericordia: «De mañana sácianos de tu misericordia». —John Donne.

Sugerencias para el predicador

Versículo 14. (primera parte). Véase "Sermones de Spurgeon", n.º 513: "La oración del joven".

Versículo 14.

Versículo 14. De mañana sácianos de tu misericordia, etc. Aprendamos:

Versículo 14.

Salmos 90:15

Versículo 15. «Alégranos conforme a los días que nos afligiste, y los años en que vimos el mal.» Nadie puede alegrar el corazón como tú, oh Señor; por tanto, así como nos has entristecido, sírvete alegrarnos. Llena el otro platillo. Guarda proporción en tus dispensaciones. Danos el cordero, ya que nos has enviado las hierbas amargas. Haz nuestros días tan largos como nuestras noches. La oración es original, infantil y llena de sentido; está además basada en un gran principio de la bondad providencial, por el cual el Señor pone lo bueno frente a lo malo en debida medida. La gran prueba nos capacita para soportar gran gozo y puede considerarse heraldo de una gracia extraordinaria. Los tratos de Dios son a escala; las vidas pequeñas son pequeñas de principio a fin; y las grandes historias son grandes tanto en dolor como en felicidad. Donde hay altos montes hay también profundos valles. Así como Dios provee el mar para el leviatán, halla también un charco para el pececillo; en el mar todo está en justa proporción para el poderoso monstruo, mientras que en el pequeño arroyo todo conviene al diminuto pez. Si tenemos aflicciones feroces, podemos esperar deleites desbordantes, y nuestra fe puede pedirlos con osadía. Dios, que es grande en justicia cuando castiga, no será pequeño en misericordia cuando bendice; será grande de principio a fin: apelemos a él con una fe que no vacila.

Sugerencias para el predicador

Versículo 15.

Versículo 15. El equilibrio de la vida, o la manera en que nuestros gozos se contraponen a nuestras tristezas.

Salmos 90:16

Versículo 16. «Aparezca en tus siervos tu obra.» Vean cómo insiste en esa palabra, siervos. Es hasta donde puede llegar la ley, y Moisés llega a todo lo que se le permite; desde ahora Jesús no nos llama siervos, sino amigos, y si somos sabios haremos pleno uso de nuestra más amplia libertad. Moisés pide manifestaciones del poder y de la providencia divinos, obradas de modo visible, para que todo el pueblo se anime con ellas. No podían hallar consuelo en sus propias obras defectuosas, pero en la obra de Dios hallarían consuelo. «Y tu gloria sobre sus hijos.» Mientras sus hijos crecían a su alrededor, deseaban ver algunos destellos de la gloria prometida brillando sobre ellos. Sus hijos iban a heredar la tierra que les había sido dada por pacto, y por eso buscaban en su favor algunas señales del bien venidero, algunos albores del mediodía que se acercaba. ¡Con cuánto ardor ruegan los hombres buenos por sus hijos! Pueden soportar muchísima aflicción personal con tal de estar seguros de que sus hijos conocerán la gloria de Dios y serán así llevados a servirle. Nos contentamos con la obra si nuestros hijos pueden ver la gloria que resultará de ella: sembramos con gozo si ellos pueden cosechar.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 16. Y tu gloria sobre sus hijos. Es decir, que nuestros hijos vean el glorioso fruto de esta aflicción en nosotros, de modo que no se desalienten por ella para servirte, sino que se animen más, cuando vean qué obra gloriosa has hecho en nosotros y sobre nosotros al afligirnos. —William Bradshaw.

Versículos 16-17. «Tu obra». «La obra de nuestras manos». Observarán un hermoso paralelismo entre dos cosas que a veces se confunden y a veces se separan con demasiado celo: me refiero a la acción de Dios y la instrumentalidad del hombre; entre la actividad personal del hombre y ese poder de Dios que la mueve y anima y le da una eficacia vital. Durante cuarenta años había sido tarea de Moisés llevar a Israel a un estado recto en lo político, en lo moral y en lo religioso: esa había sido su obra. Y sin embargo, en cuanto había de tener algún éxito o permanencia, tenía que ser obra de Dios. «La obra de nuestras manos» confírmala tú; y esto lo hace Dios cuando, en respuesta a la oración, adopta la obra de sus siervos y la hace su propia «obra», su propia «gloria», su propia «hermosura». —James Hamilton.

Versículos 16-17. Hay una doble tradición rabínica acerca de este versículo y el anterior: que eran la oración original recitada por Moisés como bendición sobre la obra de hacer el Tabernáculo y sus ornamentos, y que después los empleó como fórmula usual de bendición para cualquier tarea recién emprendida, siempre que había de consultarse a la gloriosa Majestad de Dios para obtener una respuesta por Urim y Tumim. —Lyranus, R. Shelomo y Genebrardus, citados por Neale.

Versículos 16-17. Se contentaban con vivir y morir como peregrinos, con tal de poder sentir que Dios, en sus tratos más severos con ellos, estaba preparando, aunque lentamente, el camino para esa manifestación de gloriosa bienaventuranza que había de ser la suerte de sus descendientes. Con un espíritu parecido piden a Dios que confirme la obra de sus manos, aunque no contaban con ver sus resultados. Su consuelo al sembrar era la creencia de que sus hijos cosecharían. —Joseph Francis Thrupp.

Versículos 16-17. Es digno de notarse que esta oración fue respondida. Aunque la primera generación cayó en el desierto, las labores de Moisés y sus compañeros fueron bendecidas para la segunda. Estos fueron los más consagrados a Dios de cuantas generaciones vio Israel jamás. De ellos dijo el Señor: «Me acuerdo de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tus desposorios, cuando andabas en pos de mí en el desierto, en tierra no sembrada. Santo era Israel a Jehová, primicias de sus nuevos frutos». Fue entonces cuando Balaam no pudo maldecir, sino que, aunque deseoso del salario de la injusticia, se vio obligado a renunciar a él, y su maldición se convirtió en bendición. Se nos enseña con este caso que, en medio de calamidades y juicios temporales, en que nuestras esperanzas terrenales pueden quedar en cierto modo extinguidas, procuremos que la pérdida sea reparada con bendiciones espirituales. Si la obra de Dios simplemente nos aparece a nosotros, y a nuestra posteridad después de nosotros, no necesitamos desmayar ante los males que afligen la tierra. —Andrew Fuller.

Sugerencias para el predicador

Versículo 16.

Salmos 90:17

Versículo 17. «Y sea la gracia de Jehová nuestro Dios sobre nosotros.» Aun sobre nosotros, que no hemos de ver tu gloria en la tierra de Canaán; nos bastará que en nuestro carácter se refleje la santidad de Dios, y que sobre todo nuestro campamento las amables excelencias de nuestro Dios derramen una hermosura sagrada. La santificación debería ser el objeto diario de nuestras peticiones. «Y la obra de nuestras manos confirma sobre nosotros; sí, la obra de nuestras manos confírmala.» Que lo que hagamos se haga en verdad y dure cuando estemos en la tumba; que la obra de la generación presente contribuya de modo permanente a la edificación de la nación. Los hombres buenos están ansiosos de no trabajar en vano. Saben que sin el Señor nada pueden hacer, y por eso claman a él pidiendo ayuda en la obra, aceptación de sus esfuerzos y confirmación de sus designios. La iglesia en su conjunto desea con ardor que la mano del Señor obre de tal modo con la mano de su pueblo que resulte un edificio sólido, sí, eterno, para alabanza y gloria de Dios. Nosotros vamos y venimos, pero la obra del Señor permanece. Nos contentamos con morir mientras Jesús viva y su reino crezca. Puesto que el Señor permanece para siempre el mismo, confiamos nuestra obra en sus manos y sentimos que, siendo mucho más obra suya que nuestra, le asegurará la inmortalidad. Cuando nos hayamos secado como la hierba, nuestro santo servicio, como el oro, la plata y las piedras preciosas, sobrevivirá al fuego.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 17. Sea la hermosura de Jehová nuestro Dios sobre nosotros, etc. Procuremos mirar la obra de nuestra vida en relación con la hermosura del Señor. Nuestra obra y la Belleza Divina, a primera vista, ¡qué diferentes!; sin embargo, con una visión más honda, ¡qué verdaderamente una, qué inseparablemente unidas! Hay una luz que da tanta belleza que nada de lo que toca es positivamente feo. En nuestra isla rodeada de mar, con nuestro clima voluble y nuestra atmósfera gris, solo raras veces podemos imaginar qué poder mágico tienen los cielos serenos, el aire balsámico, la atmósfera soleada del Sur aun sobre el objeto menos interesante de la naturaleza; pero a ciertas horas, en ciertos lugares, creo que podemos formarnos una idea de la facultad transformadora de la luz. Hay también una luz espiritual que inspira tanta belleza que el rostro más sencillo dentro del cual nace queda iluminado con una singular amabilidad, que se abre camino a muchos corazones. ¿Quién de nosotros no se ha maravillado ante una luz inesperada en un rostro que siempre había pensado poco interesante? ¿Quién no ha visto una luz divina irradiar el semblante humano, dando gozo y profetizando perfección donde menos había pensado hallar belleza? ¿No podemos tomar estos hechos como emblemas, aunque tenues e imperfectos, de lo que la «Hermosura del Señor» hace por nosotros y por nuestra obra? Ustedes saben lo que la luz natural puede hacer por los objetos materiales; saben lo que la luz mental y moral puede obrar en los rostros humanos; levántense de ahí y sepan lo que la luz espiritual, la Luz Divina, puede hacer por seres inmortales y obras inmortales. —Jessie Coombs, en "Thoughts for the Inner Life", 1867.

Versículo 17. La hermosura del Señor. En la palabra Men (hermosura) hay algo como un diluvio de gracia. Hasta aquí, dice, hemos buscado tu obra, oh Señor. En ella nosotros nada hacemos, sino que somos solo espectadores y receptores de tus dones, somos meramente pasivos. Allí te muestras a nosotros y nos pones a salvo por tu obra solamente, que haces cuando nos liberas de aquella enfermedad que Satanás infligió a todo el género humano en Adán, a saber, el Pecado y la muerte eterna. —Martín Lutero.

Versículo 17. Dios es glorificado y su obra avanza cuando su iglesia es hermosa. La hermosura del Señor es la hermosura de la santidad, esa hermosura que en el Señor Jesús mismo brilló con tan resplandeciente lustre y que debería ser repetida o reflejada por todo discípulo. Y hacia ella deberían dirigir sus esfuerzos muy principalmente todos los que entre nosotros aman al Salvador y anhelan la extensión de su reino. Nada puede ser más triste que cuando la predicación o el esfuerzo personal es contradicho y neutralizado por las vidas bajas o poco amables de quienes pasan por cristianos; y nada puede ir más lejos para asegurar el éxito que cuando la oración se lleva a cabo y la predicación es secundada por las vidas puras, santas y benévolas de quienes procuran seguir al Cordero por dondequiera que va. —James Hamilton.

Versículo 17. La obra de nuestras manos. Jarchi lo interpreta de la obra del Tabernáculo, en la cual se emplearon las manos de los israelitas en el desierto; así Arama del Tabernáculo de Bezaleel. —John Gill.

Sugerencias para el predicador

Versículo 17. La verdadera confirmación, o la obra que perdurará: por qué perdurará y debe perdurar. Por qué deseamos que nuestra obra sea de tal naturaleza, y si hay en ella elementos perdurables.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea.