El tesoro de David · Charles H. Spurgeon

Salmo 94: comentario de Charles H. Spurgeon (El tesoro de David)

Resumen del capítulo

TEMA. El escritor ve a los malhechores en el poder y sufre bajo sus opresiones. Su sentido de la soberanía divina, que había estado cantando en el salmo anterior, lo lleva a apelar a Dios como el gran Juez de la tierra; lo hace con mucho ardor e importunidad, sintiendo evidentemente el escozor del látigo del opresor. Confiado en la existencia de Dios y seguro de que él observa personalmente las acciones de los hombres, el salmista reprende a sus adversarios ateos y proclama su triunfo en su Dios; interpreta además las duras disposiciones de la providencia como verdaderas y muy instructivas correcciones, y por eso tiene por felices a los que las soportan. El salmo es otra forma patética del viejo enigma: «¿Por qué prosperan los impíos?». Es otro ejemplo de un hombre bueno perplejo ante la prosperidad de los impíos, que anima su corazón recordando que, después de todo, hay un Rey en el cielo, por quien todas las cosas son gobernadas para bien.

División

En Sal 94:1-7 el salmista expone su queja contra los opresores malvados. Desde Sal 94:8-11 razona contra su noción escéptica de que Dios no se fijaba en las acciones de los hombres. Luego muestra que el Señor sí bendice a su pueblo y lo librará, aunque por un tiempo pueda ser corregido, Sal 94:12-15. Vuelve a rogar ayuda en Sal 94:16 y declara su total dependencia de Dios para su preservación, Sal 94:17-19; una tercera vez insiste en su queja, Sal 94:20-21; y concluye con la confiada seguridad de que sus enemigos, y todos los demás impíos, recibirían ciertamente la debida recompensa de sus obras: «sí, Jehová nuestro Dios los destruirá».

Salmos 94:1

Versículo 1. «Jehová, Dios de las venganzas; Dios de las venganzas, manifiéstate.» O bien: ¡Dios de la retribución, Jehová, Dios de la retribución, resplandece! Una oración muy natural cuando la inocencia es pisoteada y la maldad es exaltada. Si la ejecución de la justicia es algo recto —¿y quién puede negarlo?—, entonces debe ser algo muy apropiado desearla; no por venganza privada, caso en el cual un hombre apenas osaría apelar a Dios, sino por simpatía con lo recto y compasión por los que son hechos sufrir injustamente. ¿Quién puede ver a una nación esclavizada, o aun a un solo individuo oprimido, sin clamar al Señor que se levante y defienda la causa justa? La tolerancia de la injusticia se atribuye aquí a que el Señor está oculto, y se da a entender que la sola vista de él bastará para alarmar a los tiranos y hacerles cesar en sus opresiones. Dios no tiene más que mostrarse, y la buena causa gana el día. ¡Viene, ve, vence! En verdad, en estos días malos necesitamos una manifestación evidente de su poder, pues los antiguos enemigos de Dios y de los hombres luchan de nuevo por el dominio, y si lo alcanzan, ¡ay de los santos de Dios!

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 1. «Jehová, Dios de las venganzas.» Quizá parezca concordar muy poco con un amante de la piedad urgir con tanto empeño a Dios para que se muestre vengador contra los malvados, y despertarlo como si se demorara y dilatara. Pero esta súplica debe considerarse en su verdadero sentido; pues David no ruega, ni debemos rogar nosotros, que Dios tome venganza de los impíos del modo en que los hombres, inflamados de ira y de odio, suelen vengarse de sus enemigos, sino que los castigue a su manera y medida divinas. La venganza de Dios es en su mayor parte una medicina para el malo; la nuestra, en cambio, es a veces destrucción aun para los buenos. Por eso, en verdad, solo el Señor es el Dios de las venganzas. Porque nosotros, cuando pensamos que hemos infligido una pena a nuestro enemigo, a menudo nos equivocamos mucho. ¿Qué daño nos hizo el cuerpo de nuestro enemigo? Y, sin embargo, al privarle de él descargamos toda nuestra amargura. Lo que te hirió y te causó daño y vergüenza fue el espíritu de tu enemigo, y eso tú no puedes asirlo ni retenerlo, pero Dios sí puede; y solo él tiene tal poder que de ninguna manera puede escapar el espíritu a su fuerza y vigor. Deja la venganza en sus manos, y él pagará. Nos advierte que, si nosotros mismos queremos vengar nuestros dolores y agravios, podemos dañarnos más hondamente que a nuestro enemigo: pues al vengarnos de él herimos y hacemos violencia a su cuerpo, que en sí mismo es vil y de poca estima; pero en nuestra parte mejor y más preciosa, es decir, en nuestro espíritu, nosotros mismos, al perder la paciencia, recibimos una profunda mancha, porque, expulsadas de allí la virtud y la humanidad, incurrimos entretanto en faltas que habrá que expiar. Por eso se ruega a Dios que sea él mismo el vengador de nuestros agravios, pues solo él sabe rectamente y puede vengar; y que sea tal vengador que se castigue únicamente aquello mismo que nos dañó. Algún hombre codicioso te ha defraudado en dinero: que él castigue en él la avaricia. Un soberbio te ha tratado con desprecio: que destruya su soberbia, etc... Esta es la venganza más digna de ser infligida por Dios y buscada por nosotros. Jacopo Sadoleto. 1477-1547.

Versículo 1. No creo que atendamos lo bastante a la distinción que existe entre revancha y venganza. «La revancha —dice el doctor Johnson— es un acto de pasión; la venganza, de justicia; las injurias se vengan por revancha, los crímenes se vengan por justicia». Y por no atender a esta distinción esencial, el escarnecedor ha sido llevado a hacer observaciones tan profanas, como si hubiera un espíritu vindicativo en el Todopoderoso y como si se deleitara en descargar venganza sobre un adversario. El llamado que el salmista hace aquí a Dios como Dios a quien pertenece la venganza no es otro que si hubiera dicho: «Oh Dios, a quien pertenece la justicia». La venganza, en efecto, no es para el hombre, porque con los sentimientos e inclinaciones del hombre degeneraría siempre en revancha. «Me desquitaré de él —dice la naturaleza—; me pondré por encima de él —dice la gracia». Barton Bouchier.

Versículo 1. Los dos nombres divinos (El y Jehová, es decir, Dios y Señor) reconocen a Dios como todopoderoso, eterno, existente por sí mismo, ligado por pacto a su pueblo y el único con derecho a tomar venganza. J. A. Alexander.

Versículos 1-6.

«Venga, oh Señor, a tus santos degollados, cuyos huesos

yacen esparcidos en los fríos montes alpinos;

a aquellos que guardaron tu verdad tan pura desde antiguo,

cuando todos nuestros padres adoraban leños y piedras,

no olvides: inscribe en tu libro los gemidos

de los que fueron tus ovejas y en su antiguo redil

fueron muertas por el sanguinario piamontés, que despeñó

a madre con niño por las rocas. Sus lamentos

los valles redoblaron hacia los montes, y estos

hacia el cielo. Su sangre y cenizas de mártires siembra

por todos los campos de Italia, donde aún domina

el triple Tirano; para que de estas nazca

el ciento por uno, que, habiendo aprendido el camino,

huya temprano de la desgracia babilónica». John Milton.

Sugerencias para el predicador

Versículo 1.

Versículo 1.

Salmos 94:2

Versículo 2. «Engrandécete, tú que juzgas la tierra.» Sube a tu tribunal y sé reconocido como gobernante de los hombres; y además, levántate como lo hacen los hombres que están a punto de golpear con toda su fuerza, pues el abundante pecado de la humanidad requiere un golpe pesado de tu mano. «Da el pago a los soberbios», devuélveles medida por medida, una justa represalia, golpe por golpe. Los soberbios miran por encima del hombro a los pobres piadosos y los golpean desde arriba, como un gigante que descargara golpes sobre su adversario; de la misma manera, oh Señor, engrandécete y «da el pago a los soberbios», y haz que sepan que tú estás mucho más por encima de ellos de lo que ellos pueden estar por encima del más humilde de sus semejantes. El salmista invoca así la retribución de la justicia en lenguaje claro, y su petición es precisamente la que la inocencia paciente eleva en silencio cuando sus miradas de angustia apelan al cielo.

Sugerencias para el predicador

Versículo 2. La peculiar provocación del pecado de soberbia y de los vicios afines. Su influencia sobre los soberbios, sobre sus semejantes y sobre Dios mismo.

Salmos 94:3

Versículo 3. «¿Hasta cuándo los impíos, hasta cuándo se gozarán los impíos?» ¿Gobernará el mal para siempre? ¿Nunca cesarán la esclavitud, el robo, la tiranía? Puesto que ciertamente hay un Dios justo en el cielo, armado de poder omnipotente, tiene que haber tarde o temprano un fin al predominio del mal; la inocencia debe hallar un día un defensor. Este «¿hasta cuándo?» del texto es la amarga queja de todos los justos de todos los tiempos, y expresa el asombro causado por ese gran enigma de la providencia, la existencia y el predominio del mal. El sonido de «¿hasta cuándo?» (how long) se parece mucho a un aullido (howling), como si fuera una de las más tristes de todas las expresiones con que la miseria se lamenta. Muchas veces se ha oído esta amarga queja en las mazmorras de la Inquisición, en los postes de azotes de la esclavitud y en las prisiones de la opresión. A su debido tiempo Dios publicará su respuesta, pero el fin completo aún no ha llegado.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 3. «¿Hasta cuándo los impíos, hasta cuándo...?», etc. Lo dice dos veces, porque los impíos se jactan día tras día, con tal insolencia y ultraje, como si estuvieran por encima de todo control. John Trapp.

Versículo 3. «¿Hasta cuándo se gozarán los impíos?» Por «se gozarán», la palabra hebrea es wzley, que significa exaltarse. Es decir, se dan un vano aplauso por su prosperidad y proclaman su éxito tanto con palabras como con gestos de su cuerpo, como pavos reales que despliegan sus plumas. «¿Hasta cuándo hablarán?», etc. Por «hablarán» el hebreo es weyby, es decir, brotarán, arrojarán. La metáfora está tomada de las fuentes que manan de la roca con ímpetu y abundancia de agua. Donde se anota la abundancia de palabras, su precipitación, su derroche y profusión, su sonido y su vehemencia, su continuidad y la dificultad de detenerlas. Le Blanc.

Versículo 3. «¿Hasta cuándo se gozarán los impíos?» ¿Qué respuesta daremos, qué fecha pondremos a este «¿hasta cuándo?»? La respuesta se da en Sal 94:23: «Y él hará volver sobre ellos su iniquidad, y los destruirá en su propia maldad», etc. Como si dijera: a menos que el Señor los destruya en su maldad, nunca dejarán de obrar mal. Son hombres de tal clase que no tienen cura; no habrán terminado de hacer daño hasta que los corte la muerte; por eso Dios amenaza con la muerte para disuadir a los hombres del pecado. Un hombre piadoso dice: «Aunque él me matare, en él esperaré»; y algunos impíos dicen (en efecto, si no en la letra): hasta que Dios nos mate, pecaremos contra él. Joseph Caryl.

Versículos 3-4. Gozarse, proferir y hablar, jactarse. En los mismos términos con que el salmista se queja del continuo predominio de los impíos hay motivo de consuelo, pues tenemos tres palabras (más bien cuatro, como en la versión autorizada) para designar el hablar, y solo una, obradores, para designar la acción, lo cual nos muestra que son mucho más poderosos con la lengua que con las manos. Hugo Cardinalis, citado por Neale.

Sugerencias para el predicador

Versículo 3.

Versículos 5-10.

Versículos 6-9.

Salmos 94:4

Versículo 4. «¿Hasta cuándo hablarán y proferirán cosas duras?» Los impíos no se contentan con obras de injusticia, sino que añaden palabras duras, jactancias, amenazas e insultos contra los santos. ¿Lo soportará el Señor para siempre? ¿Dejará por mucho más tiempo a sus propios hijos como presa de sus enemigos? ¿No provocarán al fin sus insolentes discursos, los de sus adversarios y los de ellos, que su justicia intervenga? Las palabras hieren a menudo más que las espadas; son tan duras para el corazón como las piedras para la carne; y estas son derramadas por los impíos con redundancia, pues tal es la fuerza de la palabra traducida proferir; y las usan tan comúnmente que se vuelven su lenguaje habitual (las profieren y las hablan): ¿se soportará esto siempre? «¿Y se vanagloriarán todos los que hacen iniquidad?» Hasta soliloquian y hablan consigo mismos, y de sí mismos, con arrogancia de espíritu, como si hicieran alguna buena obra cuando aplastan al pobre y al menesteroso, y escupen su despecho sobre hombres piadosos. Es propio de los que obran iniquidad el jactarse, así como es característico de los buenos el ser humildes: ¿serán siempre toleradas sus jactancias por el gran Juez, cuyo oído oye todo lo que dicen? Largo, muy largo tiempo han tenido la plataforma para sí solos, y fuertes, muy fuertes, han sido sus blasfemias contra Dios y sus ultrajes contra sus santos: ¿no llegará pronto el día en que la herencia de vergüenza y de eterno desprecio con que se les ha amenazado les sea repartida? Así ruegan los oprimidos a su Señor; ¿y no hará Dios justicia a sus escogidos? ¿No hablará desde el cielo al enemigo y le dirá: «¿Por qué me persigues?»?

Salmos 94:5

Versículo 5. «A tu pueblo, oh Jehová, quebrantan», moliéndolo con la opresión, aplastándolo con el desprecio. Con todo, los hombres a quienes quebrantan son el propio pueblo de Dios, y son perseguidos precisamente por serlo; este es un fuerte argumento para la intervención divina. «Y afligen a tu heredad», causándoles dolorosa humillación y profundo abatimiento de corazón. El término «tu heredad» señala la elección de los santos, el interés y deleite peculiares de Dios en ellos, su relación de pacto, de largo tiempo, con ellos y con sus padres; también esto es un tesoro de argumentos ante su fiel Dios. ¿No defenderá lo suyo? ¿Perderá un hombre su heredad, o permitirá que sea despojada con desprecio? Los que son molidos y pisoteados no son extraños, sino los escogidos y elegidos del Señor; ¿hasta cuándo los dejará como presa de enemigos crueles?

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 5. «A tu pueblo quebrantan.» Lo pisotean, lo muelen, lo aplastan. La palabra hebrea se usa a menudo con el sentido de aplastar bajo los pies, hollar; y de ahí significa oprimir. Lm 3:34; Is 3:15. Albert Barnes.

Salmos 94:6

Versículo 6. «A la viuda y al extranjero matan, y a los huérfanos quitan la vida.» Tratan con la mayor arrogancia a quienes son los más evidentes objetos de compasión. La ley de Dios encomienda especialmente a estos pobres a la bondad de los buenos, y es una maldad singular la que los escoge como víctimas no solo del fraude sino del asesinato. ¿No debe una conducta tan inhumana provocar al Señor? ¿Serán derramadas en vano las lágrimas de las viudas, los gemidos de los extranjeros y la sangre de los huérfanos? Tan cierto como que hay un Dios en el cielo, visitará a los que perpetran tales crímenes; aunque los soporte largo tiempo, tomará todavía venganza, y pronto.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 6. Viuda; huérfano. Un antiguo escritor judío (Filón de Alejandría) ha señalado cuán bien convenían los títulos de viuda y huérfano a la nación hebrea, porque no tenía más ayudador que solo Dios y estaba separada de todos los demás pueblos por sus ritos y costumbres peculiares, mientras que los gentiles, por sus alianzas y trato mutuos, tenían, por así decirlo, una multitud de parientes que los ayudaran en cualquier aprieto. J. M. Neale.

Salmos 94:7

Versículo 7. «Y dijeron: No verá Jah.» Esta era la razón de su arrogancia y el colmo de su maldad: eran ciegamente malvados porque soñaban con un Dios ciego. Cuando los hombres creen que los ojos de Dios están empañados, no hay por qué asombrarse de que den plena licencia a sus pasiones brutales. Las personas mencionadas no solo albergaban una incredulidad infiel, sino que osaban confesarla, profiriendo la monstruosa doctrina de que Dios está demasiado lejos para fijarse en las acciones de los hombres. «Ni lo entenderá el Dios de Jacob.» ¡Abominable blasfemia y falsedad transparente! Si Dios se ha hecho realmente el Dios de su pueblo y ha demostrado su cuidado por él con mil actos de gracia, ¿cómo se atreven los impíos a afirmar que no advertirá los agravios que se les hacen? No hay límite a la profanidad del soberbio; ni la razón misma puede contenerlo; ha roto los límites del sentido común. El Dios de Jacob lo oyó en el arroyo de Jaboc; el Dios de Jacob lo guió y lo guardó toda su vida, y dijo acerca de él y de su familia: «No toquéis a mis ungidos, ni hagáis mal a mis profetas»; ¡y sin embargo estos insensatos profesan creer que ni ve ni se fija en las injurias hechas al pueblo elegido! Sin duda se cumple en tales incrédulos el dicho de los sabios: que a aquellos a quienes el Señor quiere destruir los deja a la locura de sus corazones corrompidos.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 7. Dijeron: No verá Jah. Como si dijeran: aunque Dios se propusiera escudriñarnos y deseara mucho ver lo que hacemos, no lo verá. Lo llevaremos tan cerrada y astutamente que el ojo de Dios no nos alcanzará. Sus obras eran tan sucias y sangrientas que el sol podría avergonzarse de mirarlas, y eran tan secretas que creían que Dios no podía mirarlas ni avergonzarlos por ellas. Joseph Caryl.

Versículo 7. Jehová... el Dios de Jacob. Los nombres divinos son, como de costumbre, significativos. Que el Dios existente por sí mismo y eterno no vea es un absurdo palpable; y apenas menos lo es que el Dios de Israel permita que su propio pueblo sea degollado sin siquiera advertirlo. El último verbo significa fijarse, notar, advertir. J. A. Alexander.

Versículos 8-11. En estas palabras deben observarse los puntos siguientes.

Versículos 8-15. Dios tiene poder, entrañas y verdad. Poder: El que hizo el ojo, ¿no verá? El que plantó el oído, ¿no oirá? Sal 94:8-11. Entrañas: Solo corrige a los suyos, no los desecha, Sal 94:12-14. Verdad: esto es solo hasta que se cave el hoyo para el impío, Sal 94:13. A Mardoqueo se le mira con mal ceño, pero solo hasta que se levante la horca para Amán, y entonces el juicio vuelve a la justicia. Nicholas Lockyer.

Salmos 94:8

Versículo 8. «Entended, necios del pueblo.» Decían que Dios no se fijaba, y ahora, usando la misma palabra en el original, el salmista llama a los impíos a fijarse y a prestar atención a la verdad. Los designa como patanes, hombres semejantes a verracos, a cerdos, y bien merecido tenía el término; y les manda entender o considerar, si pueden. Se tenían por sabios y, en verdad, por los únicos hombres de ingenio del mundo, pero él los llama «verracos del pueblo»: los impíos son necios, y cuanto más saben, más necios se vuelven. «No hay necio como el necio erudito» es un proverbio verdadero. Cuando un hombre ha terminado con Dios, ha terminado con su humanidad y ha caído al nivel del buey y del asno, y aun por debajo de ellos, pues «el buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor». En lugar de humillarnos ante los infieles científicos, debemos compadecerlos; ellos fingen mirarnos por encima del hombro, pero nosotros tenemos mucha más razón para mirarlos así a ellos. «Y vosotros, fatuos, ¿cuándo seréis sabios?» ¿No es ya hora? Conocéis los caminos de la necedad: ¿qué provecho tenéis en ellos? ¿No os queda ningún resto de razón? ¿Ni jirones de sentido? Si todavía perdura en vuestras mentes un destello de inteligencia, escuchad el argumento y considerad las preguntas que ahora se os van a proponer.

Sugerencias para el predicador

Versículo 8. La duración del reinado del mal.

Versículo 8. Los ateos prácticos.

Versículos 8-11.

Versículos 9-10. El verdadero racionalismo; o la revelación de Dios que hace la razón. U. A. D.

Salmos 94:9

Versículo 9. «El que plantó el oído, ¿no oirá?» Él modeló ese órgano maravilloso y lo colocó en el sitio más conveniente, cerca del cerebro: ¿es sordo él mismo? ¿Es capaz de tal diseño e invención, y sin embargo no puede discernir lo que se hace en el mundo que creó? Él os hizo oír: ¿no puede oír él mismo? ¡Pregunta sin respuesta posible! Abruma al escéptico y lo cubre de confusión. El que formó el ojo, ¿no verá? Él nos da la visión: ¿es concebible que él mismo no tenga vista? Con mano hábil modeló el nervio óptico, el globo del ojo y todo su curioso mecanismo, y supera toda concepción que él mismo sea incapaz de observar los actos de sus criaturas. Si hay un Dios, debe ser un ser personal e inteligente, y no se puede poner límite a su conocimiento.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 9. «El que plantó el oído, ¿no oirá?», etc. El salmista no dice: El que planta el oído, ¿no tiene oído? El que formó el ojo, ¿no tiene ojos? No; sino: ¿no oirá? ¿No verá? ¿Y por qué lo dice así? Para evitar el error de humanizar a Dios, de atribuir miembros o partes corporales al Espíritu infinito. Adam Clarke.

Versículo 9. Plantó el oído. El mecanismo del oído, como una raíz plantada en la tierra, está hundido hondamente en la cabeza y oculto a la vista. Bagster's Comprehensive Bible.

Versículo 9. El plantar, o la posición profunda del oído, así como su maravillosa construcción, se ilustran con el siguiente extracto: «El órgano o instrumento del oído está, en todas sus partes más importantes, tan oculto dentro de la cabeza que no podemos percibir su construcción por una mera inspección externa. Lo que en el lenguaje ordinario llamamos oreja es solo el pórtico exterior o vestíbulo de entrada de una curiosa serie de pasajes intrincados y sinuosos que, como los corredores de un gran edificio, conducen desde el aire exterior a las cámaras interiores. Algunos de estos pasajes están llenos de aire; otros, de líquido; y sus membranas están tendidas como cortinas de pergamino a través de los corredores en diferentes lugares, y pueden ponerse en vibración, o hacerse temblar, como el parche de un tambor o la superficie de una pandereta cuando se golpea con un palo o con los dedos. Entre dos de estas cortinas semejantes a pergamino se extiende una cadena de huesecillos muy pequeños, que sirve para tensar o relajar estas membranas y comunicarles las vibraciones. En el lugar más recóndito de todos, hileras de finos hilos, llamados nervios, se extienden como las cuerdas de un piano desde los últimos puntos a los que llegan los temblores o estremecimientos, y pasan hacia dentro, al cerebro. Si estos hilos o nervios se destruyen, la facultad de oír desaparece tan infaliblemente como se pierde la de dar sonido en un piano o un violín cuando se rompen sus cuerdas». Sin embargo, sabemos mucho menos del oído que del ojo. El ojo es una sola cámara abierta a la luz, y podemos mirar dentro de él y observar lo que ocurre allí. Pero el oído tiene muchas cámaras, y sus túneles sinuosos, que atraviesan la roca como los huesos del cráneo, son estrechos y están ocultos a nosotros como las mazmorras de un castillo, como las cuales, además, están totalmente a oscuras. Sin embargo, esto sí sabemos: que es en los recovecos más íntimos de estas bóvedas de marfil sin luz donde la mente cobra conciencia del sonido. En estas lóbregas celdas, como en la brillante cámara del ojo, el alma entra de continuo y pide noticias del mundo exterior; y de cuando en cuando, como antaño en las cavernas subterráneas ocultas donde los hombres escuchaban en silencio y oscuridad las declaraciones de los oráculos, repercuten ecos a lo largo de los muros circundantes y llegan respuestas al espíritu despierto, mientras el mundo alza su voz y habla al alma. El sonido es el de una voz sofocada, un susurro bajo pero claro; pues así como lo que vemos es solo una tenue sombra del mundo exterior, así lo que oímos es solo un débil eco del mundo exterior. George Wilson, en «The Five Gateways of Knowledge», 1861.

Versículo 9. El que plantó el oído, etc. ¿Será insensible el Autor de estos sentidos? Nuestro Dios no es como aquel Júpiter de Creta, a quien se pintaba sin orejas y que no podía tener tiempo para atender a asuntos pequeños. Él es onv kai nou; es también olofyalmov, todo ojo, todo oído. Leemos de un pueblo llamado los Panotios; solo Dios lo es, hablando con propiedad. John Trapp.

Versículo 9. Formó el ojo. El término usado para la creación del ojo no es meramente «hizo», como lee la versión del Libro de Oración, sino «formó», plasav, finxit, que dirige nuestra atención al maravilloso mecanismo de los órganos de la vista y, desde ahí, a la admirable destreza del Artífice. J. M. Neale.

Versículo 9. El que formó el ojo. La palabra aquí usada se emplea con frecuencia en referencia a un alfarero; y la idea es que Dios ha moldeado o formado el ojo como el alfarero modela el barro. Cuanto más se estudia el ojo en su estructura, más hondamente nos impresionará la admirable destreza y sabiduría de Dios. Albert Barnes.

Versículo 9. El ojo. Para ilustrar la sabiduría que se despliega en el ojo hemos escogido lo siguiente. «Nuestro bien físico exige que tengamos el poder de abarcar el mundo en todos los aspectos en que es posible que la materia o sus fuerzas afecten a nuestros cuerpos». Los sentidos satisfacen por completo esta necesidad... Somos demasiado propensos a limitarnos al mero mecanismo del ojo o del oído, sin considerar cómo se complementan los sentidos entre sí, ni la provisión que se ha hecho en el mundo para que sea un lugar apto para el ejercicio de los sentidos. El ojo sería inútil sin todas las propiedades de la luz; el oído no tendría poder en un mundo sin atmósfera. La vista nos permite evitar el peligro y buscar objetos lejanos que necesitamos. ¡Cuánto tiempo y qué fatigoso trabajo requeriría que un ciego aprendiera lo que una mirada puede dar a quien está bendecido con la vista! Una raza de ciegos no podría existir en este globo.

El sentido de la vista por sí solo, como medio de adaptarnos al mundo, nos parecería maravilloso en sus resultados y digno de la concepción de la inteligencia más alta al adaptar los medios a los fines, aunque no supiéramos nada de los ajustes por los cuales se asegura la vista. Podemos concebir el poder de ver como percepción directa, sin ayuda de la luz ni de un órgano especial como el ojo. Pero tal como estamos constituidos, vemos solo por medio de la luz; y percibimos la luz solo por un órgano especial; y los objetos solo en virtud de una estructura peculiar de ese órgano. De todas estas relaciones de la luz con los objetos, y de la luz con el ojo, y de las partes del ojo entre sí, ninguna es una condición necesaria de la materia. La disposición de tantas cosas por las que se asegura este maravilloso poder de percibir objetos distantes es la única que logrará el fin deseado, entre un número infinito de disposiciones que pueden concebirse... Quienquiera que ideó el órgano por el cual hemos de percibir entendía perfectamente todas las propiedades de la luz y las necesidades del ser que había de usarlo. El ojo del hombre, aunque limitado en su poder a cierto alcance, da todo lo que las necesidades comunes de la vida demandan. Y si el hombre necesita mayor alcance de visión, no tiene más que estudiar el ojo mismo y fabricar instrumentos que aumenten su poder; como puede, cuando llega el momento oportuno en su civilización, aumentar mediante la ciencia y el arte la eficacia de casi todas sus facultades físicas. Para los fines ordinarios de la vida no es necesario un ajuste telescópico ni microscópico del ojo.

Pero el ojo no solo tiene el poder de la visión, tan necesario al hombre, sino que es un instrumento de poder, un instrumento compuesto de partes distintas, de sólidos y líquidos, de tejidos transparentes y opacos, de cortinas, lentes y pantallas. Su mecanismo puede examinarse con exactitud, y el uso de cada parte comprenderse tan perfectamente como cualquiera de las obras del hombre. Examinamos cada parte de él como haríamos con un microscopio. Tenemos primero el estuche sólido que ha de contener toda la maquinaria y al que han de fijarse las cuerdas y poleas de su hábil montaje. Esta cubierta, opaca, blanca y brillante como la plata en la parte posterior y en los lados del ojo, por delante, donde la luz debe entrar, se vuelve de repente transparente como el más claro cristal. Dentro de esta hay un segundo revestimiento que, al llegar al frente, cambia con la misma brusquedad en una pantalla opaca, a través de cuyos tejidos no puede pasar ningún rayo de luz. Esa pantalla se ajusta por sí misma, con una red como jamás igualó arte humano alguno. Ya se dilate, ya se contraiga, su abertura en el centro permanece siempre como un círculo perfecto, adaptado en tamaño a la intensidad de la luz. Cuánta luz entrará en el ojo lo determina sin ayuda nuestra. Luego tiene que haber conexión con el cerebro, la sede del ser para quien se hace la provisión. Estos dos revestimientos están perforados en la parte posterior del ojo, y un hilo sacado del cerebro pasa por esta abertura y se extiende dentro del ojo como una delicada pantalla sobre la que se han de hacer todas las impresiones. Para llenar la mayor parte de la cavidad, se ha colocado en ella una jalea clara, y embebida en esta una lente, fabricada con una destreza que ningún artista puede igualar, para refractar la luz y proyectar la imagen sobre la pantalla perceptiva. Delante de esta lente hay otro humor, no como la jalea del otro, porque en este ha de flotar esa delicada franja, el iris, y solo un fluido acuoso serviría a su propósito. Tenemos aquí, pues, una gran variedad de materiales reunidos, de la calidad exacta y en la cantidad necesaria, colocados en la posición exacta que deben ocupar, tan perfectamente ajustados que lo más que el hombre puede hacer es imitar el ojo sin esperar jamás igualarlo.

Ni la curiosa estructura del ojo mismo es todo lo digno de nuestra atención. El instrumento, una vez terminado, debe montarse para su uso. Se forma una cavidad en hueso sólido, con surcos y perforaciones para toda la maquinaria requerida. El ojo, una vez colocado, es embalado con suaves cojines elásticos y sujeto con cuerdas y poleas que le dan variedad y rapidez de movimiento. Su cubierta exterior ha de cubrirlo cuando no está en uso y protegerlo cuando está en peligro. La delicada franja de su borde nunca necesita ser recortada; y dispuesta como una defensa bien ordenada, con todas sus puntas graciosamente vueltas hacia atrás para que ningún rayo de luz sea obstruido. Encima, la ceja protectora es otra defensa para desviar los fluidos acres de la frente, mientras que cerca del ojo se ha colocado una glándula que baña todo el órgano con un fluido claro y suavizante, para evitar toda fricción y mantener su lente exterior libre de polvo y pulida para el uso constante. Cuando consideramos todo esto, la perfecta adaptación del ojo a nuestras necesidades, la disposición de cada parte de su estructura según estrictos principios mecánicos y ópticos, y todas las previsiones para su protección, declaramos perfecto el instrumento, obra de un Ser como el hombre, pero elevado inmensurablemente por encima del más hábil obrero humano. ¿Qué diremos cuando sepamos que este instrumento fue preparado con larga anticipación a su uso; que hay dentro de él una maquinaria que lo mantiene en constante reparación; que el Hacedor no solo ajustó los materiales, sino que fue el químico que formó todas estas sustancias del polvo de la tierra? Quizá se nos diga que el arquitecto encontró este polvo a mano, existente desde toda la eternidad. Puede que no podamos probar lo contrario, ni necesitamos hacerlo para este argumento. Basta para nuestro presente propósito saber que los ojos con que ahora vemos, estos instrumentos maravillosamente complejos y perfectos, no hace mucho eran tierra común, polvo sobre el cual tal vez hemos pisado. Podemos entender el mecanismo del ojo, podemos comprender la sabiduría que lo ideó; pero la preparación de los materiales y el ajuste de las partes hablan de un poder y una destreza a los que el hombre nunca puede esperar llegar. Cuando ve superada su más ingeniosa obra, tanto en el plan como en la ejecución, ¿dejará de reconocer el designio? «¿Dejaremos de reconocer a un constructor cuando contemplamos tal obra?». P. A. Chadbourne, en «Lectures on Natural Theology»; o, la naturaleza y la Biblia, del mismo autor. Nueva York, 1867.

Versículo 9. «¿No verá?» Un dios o un santo que lanzara de verdad la mirada de un ojo puro a la conciencia del adorador no sería tenido en reputación por mucho tiempo. Volvería a crecer la hierba alrededor del santuario de ese ídolo. Un dios que ve no serviría: el idólatra quiere un dios ciego. La primera causa de la idolatría es el deseo, en un corazón impuro, de escapar a la mirada del Dios vivo, y solo una imagen muerta serviría a ese fin. William Arnot.

Versículo 9. El que hizo el sol mismo y lo hace girar, siendo una pequeña porción de sus obras si se compara con el todo, ¿es incapaz de percibir todas las cosas? Epicteto.

Versículo 9. Es sabio el consejo de los rabinos de que las tres mejores salvaguardas contra el caer en pecado son recordar, primero, que hay un oído que lo oye todo; segundo, que hay un ojo que lo ve todo; tercero, que hay una mano que lo escribe todo en el Libro del Conocimiento, que será abierto en el Juicio. J. M. Neale.

Versículos 9-10. No fue un poder limitado el que pudo hacer que este ojo vea, este oído oiga, este corazón entienda; y si ese ojo que él nos ha dado puede ver todas las cosas que están a nuestro alcance, y ese oído que él ha plantado puede oír todos los sonidos que están dentro de nuestro alcance, y ese corazón que él nos ha dado puede conocer todos los asuntos al alcance de nuestra comprensión, ¡cuánto más se extenderán la vista, el oído y el conocimiento de aquel Espíritu Infinito, que no admite límites, a todas las acciones y sucesos de todas las criaturas, que están abiertos delante de quien las hizo! Joseph Hall.

Salmos 94:10

Versículo 10. «El que castiga a las naciones, ¿no reprenderá?» Reprende a naciones enteras: ¿no puede reprender a individuos? Toda la historia muestra que visita el pecado nacional con juicio nacional: ¿no puede tratar con personas solas? La pregunta que sigue es igualmente enérgica, y se hace con un calor que detiene al que habla y deja la indagación incompleta. Comienza: El que enseña al hombre conocimiento, y luego viene una pausa, que los traductores han suplido con las palabras ¿no sabrá?, pero tales palabras no están en el original, donde la frase termina bruscamente, como si la inferencia fuera tan natural que no necesitara enunciarse y el escritor hubiera perdido la paciencia con los hombres estúpidos con quienes había argumentado. El creyente ferviente siente a menudo como si pudiera decir: «¡Vamos, no vale la pena discutir con ustedes! Si fueran hombres razonables, estas cosas serían demasiado obvias para necesitar ser enunciadas en su presencia. Me abstengo». El conocimiento del hombre viene de Dios. La ciencia en sus primeros principios fue enseñada a nuestro progenitor Adán, y todos los avances posteriores se han debido a ayuda divina: ¿no sabrá el autor y revelador de todo conocimiento?

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 10. «El que enseña al hombre conocimiento.» La pregunta se queda a medio camino (pues las palabras en cursiva no son Escritura), siendo el punto de aplicación demasiado obvio para mencionarlo. «El que enseña al hombre todo su conocimiento». (Completen ustedes el resto; piensen: ¿qué entonces?) Henry Cowles.

Versículo 10. «El que enseña al hombre conocimiento.» ¿Qué conocimiento tenemos sino el que se deriva de él mismo o del mundo exterior? ¿Y qué es ese mundo sino su creación? ¿Y qué es la creación sino la composición, estructura y disposición de todas las cosas conforme a sus designios, planes, intenciones, voluntad y mandato previos? Al estudiar la creación en cualquiera de sus departamentos, estudiamos, pues, su mente; y todo lo que podemos aprender de ella tiene que ser sus ideas, sus propósitos y sus obras. Ningún autor en sus composiciones, ningún artífice en sus mecanismos, puede mostrar más verdaderamente sus talentos e ideas a otros que como el Creador invisible manifiesta sus pensamientos e inteligencia a nosotros en los sistemas y sustancias que ha formado y presenta a nuestra continua contemplación. En este sentido, la naturaleza es una incesante revelación de ellos para nosotros. Sharon Turner.

Salmos 94:11

Versículo 11. Admitan o nieguen los hombres que Dios sabe, aquí se declara una cosa: que «Jehová conoce los pensamientos de los hombres, que son vanidad». No solo se oyen sus palabras y se ven sus obras, sino que él lee los movimientos secretos de sus mentes, pues a los hombres mismos no les es difícil ser discernidos por él; ante su mirada ellos mismos no son más que vanidad. A los ojos del Señor no es gran cosa conocer los pensamientos de tales piezas transparentes de vanidad como es la humanidad; los resume en un momento como pobres cosas vanas. Este es el sentido del original, pero el que da la versión autorizada también es verdadero: los pensamientos, la mejor parte, la porción más espiritual de la naturaleza del hombre, aun estos son la vanidad misma y nada mejor. ¡Pobre hombre! ¡Y sin embargo una criatura así se jacta, juega a monarca, tiraniza a sus semejantes, gusanos como él, y desafía a su Dios! La locura se mezcla con la vanidad humana, como el humo con la niebla, para hacerla más sucia pero no más sustancial de lo que habría sido sola. ¡Qué necios son los que piensan que Dios no conoce sus acciones, cuando la verdad es que él percibe todos sus vanos pensamientos! ¡Qué absurdo tener a Dios en nada cuando en realidad nosotros mismos somos nada ante sus ojos!

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 11. «Jehová conoce los pensamientos.» Los pensamientos del corazón del hombre: ¡cuántos millones hay de ellos en un día! El abrir y cerrar de ojos no es cosa tan repentina como el destello de un pensamiento; sin embargo, esos miles y miles de pensamientos que pasan por ti, que no puedes contar, todos son conocidos de Dios. Anthony Burgess.

Versículo 11. Jehová conoce los pensamientos del hombre, que son vanidad. ¡Qué pensamiento tan humillante se nos sugiere aquí! Examinémoslo.

Versículo 11. Son vanidad. La versión siríaca dice: Porque son un vapor. Compárese Stg 4:14. John Gill.

Sugerencias para el predicador

Versículo 11.

(a) En buscar satisfacción donde no se puede hallar.

(b) En cavilar sobre sucesos que no pueden revocarse.

(c) En anticipar males que nunca nos sobrevienen.

(d) A estos puede añadirse el estimarnos por cosas de poca o ninguna cuenta.

(e) En trazar planes que tendrán que ser desbaratados.

(a) ¿Cuáles son los pensamientos del mundo pagano acerca de la religión?

(b) ¿Cuáles son todos los pensamientos del mundo cristiano, donde se descuidan los pensamientos de Dios?

(c) ¿Qué es todo ese ateísmo práctico que induce a multitudes a obrar como si no hubiera Dios?

(d) ¿Qué son todas las imaginaciones incrédulas y lisonjeras de los impíos, como si Dios no hablara en serio en sus declaraciones y amenazas?

(e) ¿Qué son las presunciones de los que se creen justos, con las cuales sostienen sus mentes con vanas esperanzas y rehúsan someterse a la justicia de Dios? Andrew Fuller.

Versículo 11. El íntimo conocimiento que Dios tiene del hombre. Una verdad sobrecogedora. Una verdad humillante.

Versículos 12-13. El colegio de Cristo. El Maestro, el Libro, la vara, el bienaventurado alumno y el resultado de su educación.

Versículos 12-13.

Salmos 94:12

Versículo 12. «Bienaventurado el hombre a quien tú, JAH, castigares.» La mente del salmista se va sosegando. Ya no se queja a Dios ni argumenta con los hombres, sino que templa su arpa a melodías más suaves, pues su fe percibe que con el creyente más afligido todo está bien. Aunque no se sienta bienaventurado mientras escuece bajo la vara de la corrección, bienaventurado es; es precioso a los ojos de Dios, o el Señor no se tomaría la molestia de corregirlo, y muy felices serán los resultados de su corrección. El salmista llama «hombre» al castigado, en el mejor sentido, usando la palabra hebrea que implica fortaleza. Hombre de veras es el que está bajo la enseñanza y la disciplina del Señor. «Y en tu ley lo instruyeres.» El libro y la vara, la ley y la corrección, van juntos, y se hacen doblemente útiles al hallarse en conexión. La aflicción sin la palabra es un horno para el metal, pero sin fundente que ayude a la purificación: la palabra de Dios provee esa necesidad y hace eficaz la prueba de fuego. Después de todo, la bendición de Dios pertenece mucho más a los que sufren bajo la mano divina que a los que hacen sufrir a otros: mucho mejor es yacer y clamar como «hombre» bajo la mano de nuestro Padre celestial que rugir y desvariar como una bestia y atraer sobre sí un golpe mortal del destructor del mal. El creyente afligido está bajo instrucción, se está preparando para algo más alto y mejor, y todo lo que le sale al paso obra su mayor bien; por eso es un hombre bienaventurado, por mucho que sus circunstancias externas argumenten lo contrario.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 12. «Bienaventurado el hombre», etc. Mostraré los varios beneficios de la aflicción, cuando es santificada por el Espíritu de Dios para las personas que son ejercitadas por ella. (1.) El gran Dios ha hecho de la aflicción la ocasión de convertir a los pecadores y de introducirlos en un conocimiento espiritual de Cristo su Hijo. Véase Is 48:10. (2.) Dios no solo hace de la aflicción la ocasión de convertir a los pecadores al principio, sino que, después de la conversión, santifica un estado de aflicción para los santos, a fin de debilitar en ellos los restos del pecado que mora en ellos y hacerles temer pecar contra él en lo futuro. (3.) Dios, al afligir a los santos, aumenta esa buena obra de gracia que su Espíritu ha implantado en ellos. Dios hace crecer a sus santos en la gracia cuando los corrige con la vara del dolor; Dios asimila a los santos y los hace semejantes a sí mismo en mayor grado por medio de las tribulaciones y angustias temporales. He 12:10-11. (4.) Dios aflige a los santos para mejorar su conocimiento de las cosas divinas. El salmista dice, en las palabras del texto: Bienaventurado el hombre a quien tú, JAH, castigares, y en tu ley lo instruyeres. Véase también Sal 119:71. (5.) El gran Dios, al afligir a los santos, los trae a sí con mayor cercanía y frecuencia, por la oración y la súplica. (6.) Dios aflige a los santos para que conozcan mejor las perfecciones de su naturaleza. (7.) Para hacerlos más conformes a Cristo su Hijo. (8.) Para someter la soberbia de sus corazones y hacerlos más humildes. (9.) Dios descubre con frecuencia a los santos, en la estación de su aflicción, de manera más clara, aquella gracia que ha implantado en ellos, y refresca sus almas con las consolaciones de su Espíritu. (10.) Dios aflige a los santos para apartar más sus corazones del amor del mundo y hacerlos más aptos para el cielo. Esbozo de un sermón de John Farmer, 1744.

Versículo 12. Observen aquí, en general, qué es lo que las aflicciones, o Dios por medio de las aflicciones, enseñan a sus hijos: precisamente lo mismo que enseña en su palabra; como el maestro enseña a sus alumnos con la vara lo mismo que les enseña con palabras. La palabra, pues, es el almacén de toda instrucción. No esperes que la aflicción te enseñe alguna doctrina nueva y diversa que no esté en la palabra. Pues, en verdad, nuestra enseñanza por la aflicción consiste en que nos adecúa y prepara para la palabra, quebrando y subdividiendo la terquedad de nuestros corazones y haciéndolos dóciles y capaces de recibir la impresión de la palabra. Por eso, así como dice el Apóstol que la ley es nuestro ayo para llevarnos a Cristo, Gá 3:24, porque la ley, mostrándonos nuestra enfermedad, nos fuerza a ir al médico, así también puede decirse que las aflicciones son ayos de la ley. Pues mientras estamos a gusto y en prosperidad, por mucho que los hijos del trueno nos aterren con los espantosos estallidos de las amenazas de la ley, somos como sordos, sin conmovernos por ello. Pero cuando somos humillados y amansados por la aflicción, entonces se abre camino a los terrores de la ley; entonces comenzamos a escucharlos y a prestarles oído con alguna reverencia de atención. Por tanto, cuando Dios nos envía alguna aflicción, debemos saber que entonces nos envía a la ley y al testimonio. Pues él nos enseña, en efecto, en nuestra aflicción, pero es en su ley. Y por eso, si en nuestra aflicción queremos aprender algo, debemos tomar en las manos el libro de Dios y examinarlo con cuidado y seriedad. Y así se verá que nuestras aflicciones han sido nuestros maestros, si por ellas nos hemos sentido movidos a mayor diligencia, celo y reverencia en leer y oír la palabra... Después de que el profeta presentó su queja al Señor contra los adversarios de la iglesia, desde el versículo primero hasta el octavo, deja a Dios y, con un súbito cambio de lenguaje, se vuelve de la parte a la cual se quejaba a las partes de las cuales se quejaba, los crueles opresores de la iglesia, aterrándolos con aquellos justos juicios de Dios que al fin los alcanzarán, y animando y consolando así, por consiguiente, a la iglesia afligida. Pero como la desgracia de los enemigos de la iglesia no podía ser por sí sola motivo suficiente de consuelo para ella, se añade en este versículo duodécimo un segundo argumento, de consolación ulterior y mucho más eficaz, sacado de la feliz condición de la iglesia, aun mientras es así abrumada por esos perseguidores tigrescos y tiránicos. Y el argumento lo propone el profeta no dirigiendo su discurso a la iglesia, sino más bien en su propia persona, presentando a la iglesia que de repente aparta su discurso de sus enemigos, con quienes estaba discutiendo, hacia Dios mismo, y prorrumpe en esta patética reconvención: Bienaventurado el hombre a quien tú, JAH, castigares, y en tu ley lo instruyeres. De la coherencia de estas palabras con las anteriores podemos observar que las miserias exteriores de nuestros enemigos son frío consuelo, a menos que tengamos además la persuasión de nuestra propia felicidad interior... De poco serviría al niño ver arrojar la vara al fuego, si él mismo fuera arrojado tras ella. Por eso la iglesia, habiendo meditado aquí en los justos juicios de Dios, que a su debido tiempo caerán sobre sus adversarios, y no hallando en ello suficiencia de consuelo, procede en este versículo a una ulterior meditación sobre su propio caso y condición. En ella parece razonar así consigo misma: ¿Qué importa que mis enemigos sean llevados a sus merecidos fines? ¿Qué importa que yo sepa que están reservados para la vergüenza y la confusión? ¿Qué alivio puede esto traer a mi mente ahora abatida, que se cree tan desdichada como estos mis enemigos? Ahora bien, inquietada algo por estos pensamientos dudosos, el Espíritu de Dios le suministra en este versículo mayor consuelo, con el cual se le capacita para responder a aquella objeción que ella misma se hacía: a saber, que está segura de que, así como el caso de sus adversarios es desdichado, así el suyo es el más feliz y bienaventurado. Daniel Dyke, en «The Schoole of Affliction», 1633.

Versículo 12. «Bienaventurado el hombre a quien tú, JAH, castigares», etc. Si por las aflicciones exteriores tu alma es llevada a estar más bajo las enseñanzas interiores de Dios, sin duda tus aflicciones son por amor. Toda la corrección del mundo, sin la enseñanza divina, jamás hará bienaventurado a un hombre; el hombre que halla la corrección acompañada de instrucción, y el azote de aprendizaje, es un hombre feliz. Si Dios, por la aflicción que hay sobre ti, te enseña a aborrecer más el pecado, a pisotear más el mundo y a andar más con Dios, tus aflicciones son por amor. Si Dios te enseña por las aflicciones a morir más al pecado, a morir más a tus relaciones y a morir más a tu propio interés, tus aflicciones son por amor. Si Dios te enseña por las aflicciones a vivir más para Cristo, a levantar más a Cristo y a anhelar más a Cristo, tus aflicciones son por amor. Si Dios te enseña por las aflicciones a obtener la seguridad de una vida mejor y a estar siempre en una gozosa disposición y preparación para el día de tu muerte, tus aflicciones son por amor. Si Dios te enseña por las aflicciones a pensar más en el cielo y a prepararte más para el cielo, tus aflicciones son por amor. Si Dios por las aflicciones enseña a tu corazón soberbio a abajarse más, y a tu corazón duro a hacerse más humilde, y a tu corazón criticón a hacerse más caritativo, y a tu corazón carnal a hacerse más espiritual, y a tu corazón perverso a hacerse más tranquilo, etc., tus aflicciones son por amor. Pambo, un ignorante zoquete, como lo llama el historiador, estuvo aprendiendo esta sola lección: «Dije: Atenderé a mis caminos, para no pecar con mi lengua», diecinueve años, y todavía no la había aprendido. ¡Ah! Es de temer que haya muchos que llevan en esta escuela de la aflicción más de diecinueve años y no han aprendido en todo este tiempo ninguna lección salvadora. Seguramente sus aflicciones no son por amor, sino por ira. Donde Dios ama, aflige con amor, y dondequiera que Dios aflige con amor, allí enseñará primero y último a tales almas lecciones que les harán bien por toda la eternidad. Si gozas de la presencia especial de Dios con tu espíritu en tu aflicción, entonces tu aflicción es por amor. ¿Tienes una presencia especial de Dios con tu espíritu, que lo fortalece, lo aquieta, lo satisface, lo anima y lo consuela? «En la multitud de mis pensamientos», es decir, de mis pensamientos turbados, intrincados, enredados, entrelazados y perplejos, como las ramas de un árbol son retorcidas unas dentro de otras por algún fuerte viento, que es lo que propiamente significa la palabra hebrea, «tus consolaciones alegraban mi alma». Aquí hay una presencia de Dios con el alma, aquí hay consuelos y deleites que alcanzan el alma, aquí hay un cordial que fortalece el espíritu. Thomas Brooks.

Versículo 12. Pueden y deben sacar una fe especialmente gozosa de las aflicciones santificadas. Así: «A quien Dios corrige y enseña, a ese ama, ese es bienaventurado (Sal 94:12; He 12:6): pero Dios hace así conmigo: ergo». Aquí hay peticiones y oraciones por misericordias; pero ¿quién mira al resultado, a la enseñanza, al uso santo? Las aflicciones santificadas son muy buenas evidencias, y por tanto muy consoladoras. Hay quienes no habrían querido perder sus sufrimientos, tentaciones y aflicciones por ningún bien. El bendito Espíritu les ha enseñado por ese camino muchas verdades divinas de memoria desde la palabra; ellos lo sienten, y de ello concluyen el amor de Dios en Cristo para con ellos; y de ahí tienen gozo y consuelo, ese gozo que los ángeles no pueden dar y los demonios no pueden quitar. Las tribulaciones santificadas son señales de amor especial. Christopher Fowler (1610-1678), en «The Morning Exercises».

Versículo 12. Si no tenemos más que la vara, no nos aprovechamos de la vara; es más, si no tenemos más que la palabra, nunca nos aprovecharemos de la palabra. Es el Espíritu dado con la palabra, y el Espíritu dado con la vara, por el cual nos aprovechamos bajo ambas o bajo cualquiera de ellas. La corrección y la enseñanza divina deben ir juntas, o no habrá provecho de la corrección. Joseph Caryl.

Versículo 12. Dios ve que las tristezas de la vida nos son muy buenas; pues, como las semillas más hondamente cubiertas de nieve en invierno florecen más en primavera; o como el viento, al abatir la llama, la levanta más alta y más ardiente; y como cuando queremos que los fuegos ardan más echamos agua sobre ellos, así, cuando el Señor quiere aumentar nuestro gozo y gratitud, lo templa con las lágrimas de la aflicción. H. G. Salter.

Versículo 12. Y enseñares. Enseñar implica tanto un maestro, un instructor, como lecciones enseñadas. En esta enseñanza se señalan aquí ambos puntos. Y en cuanto al primero, a saber, el maestro, es doble: 1. La aflicción y corrección exterior: «A quien castigas, enseñas», es decir, a quien enseñas castigando. 2. Dios mismo, que es el jefe y principal maestro, siendo el otro solo uno inferior y subordinado: «A quien tú enseñas». Y en cuanto al segundo punto, las lecciones enseñadas, están incluidas en general en aquellas palabras: «en tu ley». Comenzando, pues, con los maestros, y primero con el primero.

El primer maestro es la aflicción. Un maestro agudo, severo y aporreador, y tanto más apropiado para alumnos tan recios y tercos como nosotros; que, como no queremos ser vencidos por las buenas, tenemos que ser tratados por las malas. Pues Dios no nos aflige de buena gana, sino forzado a ello por esa fuerza de corrupción en nosotros que de otro modo no será sometida. Así los médicos y cirujanos se ven obligados a cortar, sajar y cauterizar cuando los remedios más suaves no prevalecen. Tomemos, pues, nota por esto de la dureza de nuestros corazones, cuyo barbecho no puede romperse sino con este afilado arado de la aflicción. Vean qué lerdos y cabezas duras somos, cuán tardos para entender las cosas espirituales, incapaces de concebirlas por la instrucción de las palabras a menos que sean incluso machacadas y metidas en nuestros cerebros a golpes. Tan gruesa y callosa es esa envoltura que cubre nuestros oídos y corazones incircuncisos que ninguna doctrina puede entrar si no es clavada, martilleada y metida en nosotros a puñetazos por este agrio y áspero maestro.

El segundo maestro es Dios mismo. Las aflicciones de por sí, aunque severos maestros, no pueden hacernos ningún bien a menos que Dios venga por su Espíritu y enseñe interiormente nuestros corazones. Oremos, pues, para que, así como en el ministerio de la palabra de Dios, así también en el de sus obras y juicios, seamos todos enseñados por Dios. Porque es su Espíritu el que vivifica y anima los medios exteriores, que de otro modo son letra muerta. Y esta es la razón de que muchos hombres hayan empeorado más bien con sus aflicciones en lugar de mejorar en algo; porque el Espíritu de Dios no ha ido con la aflicción para poner en ella vida y espíritu, como Moisés observó en los israelitas, Dt 29:24. David Dyke.

Salmos 94:13

Versículo 13. «Para hacerle descansar en los días de aflicción, en tanto que para el impío se cava el hoyo.» La mano que corrige y el libro que instruye nos son santificados, de modo que aprendemos a descansar en el Señor. Vemos que su fin es nuestro beneficio eterno y, por tanto, permanecemos tranquilos bajo todas las providencias penosas y las amargas persecuciones, esperando nuestro tiempo. El Poderoso Cazador está preparando el hoyo para los estúpidos; ellos merodean en este momento y despedazan a las ovejas, pero pronto serán capturados y destruidos; por eso el pueblo del Señor aprende a descansar en los días de aflicción y a aguardar la hora de su Dios. Puede que los impíos no estén aún maduros para el castigo, ni el castigo preparado para ellos: el infierno es un lugar preparado para un pueblo preparado; así como los días de gracia maduran a los santos para la gloria, así los días de disolución ayudan a los pecadores a pudrirse en la corrupción de la destrucción eterna.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 13. «Para hacerle descansar.» Aquí de ordinario, pero después ciertamente. Mors aerumnarum requies era el lema de Chaucer: los que mueren en el Señor descansarán de sus trabajos. Entretanto son castigados por el Señor, para que no sean condenados con el mundo. 1 Co 11:32. John Trapp.

Versículo 13. «Para hacerle descansar.» Este es el fin de la enseñanza de Dios: que su siervo espere con paciencia, no conmovido, a salvo de los días de mal (compárese Sal 49:5), viendo el mal a su alrededor alzarse, pero viendo también la secreta y misteriosa retribución que lenta pero seguramente se va cumpliendo. En este sentido el «descanso» es el descanso de un espíritu sereno y dueño de sí, como en Is 7:4; 30:15; 32:17; 57:20; y «para hacerle» significa «para que le hagas». J. J. S. Perowne.

Versículo 13. Descanso. Que haya un avivamiento de las virtudes pasivas. El señor Hume las llama las «virtudes monásticas». Muchos hablan de ellas con desdén, especialmente en comparación con las cualidades brillantes tan estimadas en el mundo. Pero la quietud de mente y de espíritu, como un corazón quebrantado, es de gran estima a los ojos de Dios. Algunos parecen haber olvidado que el silencio y la mansedumbre son gracias. William S. Plumer.

Versículo 13. Descanso de los días de aflicción. Descansar de los días de aflicción es no ser perturbado por ellos hasta el punto de murmurar o desalentarse en espíritu, sino confiar en Dios y, en el silencio de la mente y de los afectos, esperar de Dios la liberación. Véase Is 7:4; Is 26:20, etc. Además, no dice ymyk en, sino ymym de los días de aflicción, expresión de mayor elegancia y de significado más amplio. Pues hay una referencia a la forma primaria del verbo vqv, hundirse, asentarse, como cuando las heces de un licor revuelto caen al fondo; cuando se aplica a la mente sacudida por una gran agitación de cuidados y llena de amargura. Se señala, pues, que las heces, brotadas de los días de aflicción, se asientan. Además, se indica no solo el descanso de la mente mientras los males continúan, sino también mientras van cesando, pues m, de, tiene aquí, como no pocas veces en otros lugares, una fuerza negativa. Venema.

Versículo 13. Hasta que se cave el hoyo para el impío. He aquí que tienes el consejo de Dios y la razón por la cual perdona al impío: se está cavando el hoyo para el pecador. Quieres sepultarlo de una vez: el hoyo aún se está cavando para él; no te apresures a sepultarlo. Agustín.

Salmos 94:14

Versículo 14. «Porque no abandonará Jehová a su pueblo.» Puede abatirlos, pero nunca puede desecharlos. Durante fieras persecuciones los santos han sido propensos a pensar que el Señor había dejado a sus propias ovejas y las había entregado al lobo; pero nunca ha sido así, ni lo será, pues el Señor no retirará su amor ni abandonará su heredad. Por un tiempo puede dejar a los suyos con el designio de beneficiarlos con ello, pero nunca puede desampararlos del todo.

«Puede castigar y corregir,

pero nunca puede descuidar;

puede reprender con fidelidad,

pero nunca puede dejar de amar».

Sugerencias para el predicador

Versículo 14.

Versículo 14.

Salmos 94:15

Versículo 15. «Sino que el juicio será vuelto a justicia.» El gran Juez vendrá, comenzará el reinado de la justicia, el curso de los asuntos será vuelto todavía al cauce recto, y entonces todos los piadosos se regocijarán. El carro del derecho será llevado en triunfo por nuestras calles, y todos los rectos de corazón lo seguirán, en feliz procesión. Aquí se expresa una esperanza deliciosa en imágenes poéticas de gran belleza. El gobierno del mundo ha estado por un tiempo en manos de quienes lo han usado para los fines más bajos y viciosos; pero el clamor de la oración hará volver la justicia al trono, y entonces todo corazón recto tendrá su porción de gozo.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 15. Mi texto contiene dos partes: la providencia de Dios para con su pueblo y la prosperidad de la providencia entre ellos. La providencia de Dios para con su pueblo consiste mucho en segundas jugadas: Dios parece alejarse de los suyos, y entonces los impíos llevan la mejor parte; pronto vuelve, y entonces su pueblo se lleva el día. El juicio será vuelto a justicia; o la justicia volverá al juicio; una expresión frecuente en el Antiguo Testamento para señalar la retribución, quid pro quo, tal por cual. El término es distinto, como lo es la expresión, y ayuda a dar el sentido del Espíritu de Dios aquí; qru de qru, se asseruit, la justicia se afirmará a sí misma; Cristo afirmará a su pueblo, sus promesas, sus amenazas. «Volverá», retro-agi: lo que los malos hacen a los buenos les será rehecho, hecho de nuevo sobre ellos por Dios. O esta raíz, aquí traducida «volver», puede traducirse morar y reposar. En Sal 23:6 se traduce así: «En la casa de Jehová moraré por largos días». La justicia, por así decirlo, sale de casa a veces cuando visita a los santos; pero vuelve a su hogar y morada, es decir, a los impíos. La justicia está, por así decirlo, fuera de casa hasta que vuelve a los impíos; allí permanece y mora. «La justicia morará y reposará en el juicio», es decir, en la ejecución de los castigos sobre los hombres impíos. jpvm, de jpv, judicium exercuit, señala el ejercicio y ejecución de la justicia: una cosa reposa en su fin; la justicia mora y reposa en el juicio, es decir, en su ejecución, en su fin para el cual, y hacia el cual y hacia quien está destinada. Nicholas Lockyer, 1612-1684-5.

Versículo 15. «Irán en pos de ella.» La lectura correcta está en el margen: estarán tras ella, o tras eso; es decir, (1) la observarán. «Él derrama desprecio sobre los príncipes; levanta de la aflicción al pobre; el que sea sabio observará estas cosas», etc., Sal 107:43: este pasaje, creo, explica en parte el texto. (2) «Estarán tras ella», es decir, la confesarán y reconocerán. No es poca cosa llevar a los hombres a confesar la justicia de Dios en sus tratos. (3) «Estarán tras ella», es decir, triunfarán en ella, y así ha de compararse y abrirse con Sal 58:10-11. (4) «Estarán tras ella»; es decir, las obras de Dios obrarán eficazmente para llevar a los rectos de corazón a amar y obedecer más a Dios, y así ha de compararse con Sal 31:23. Nicholas Lockyer.

Sugerencias para el predicador

Versículo 15.

Salmos 94:16

Versículo 16. No obstante la persuasión del salmista de que al final todo iría bien, en ese momento no podía percibir a nadie que se pusiera a su lado para oponerse al mal; no aparecía ningún campeón del derecho, los fieles faltaban entre los hombres. Esta también es una amarga prueba y un mal doloroso debajo del sol; con todo, tiene su propósito, pues lleva al corazón todavía más por completo hacia el Señor, obligándolo a descansar solo en él. Si pudiéramos hallar amigos en otra parte, quizá nuestro Dios no nos sería tan querido; pero cuando, tras llamar al cielo y a la tierra en nuestra ayuda, no encontramos más socorro que el que viene del brazo eterno, somos llevados a estimar a nuestro Dios y a descansar en él con confianza indivisa. Nunca está el alma más segura ni más en reposo que cuando, faltándole todos los demás ayudadores, se apoya en el Señor solo. El versículo que tenemos delante es un clamor apropiado ahora que la iglesia ve el error invadirla por todas partes, mientras los ministros fieles son pocos y menos aún los bastante audaces para «levantarse» y desafiar a los enemigos de la verdad. ¿Dónde están nuestros Lutero y nuestros Calvino? Una falsa caridad ha debilitado a la mayoría de los hombres valientes de Israel. Nuestro John Knox valdría una fortuna en esta hora, pero ¿dónde está? Nuestro gran consuelo es que el Dios de Knox y de Lutero sigue con nosotros y a su debido tiempo suscitará a sus campeones escogidos.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 16. «¿Quién se levantará?», etc. Creo que debemos considerar aquí a David en su capacidad pública, como príncipe o magistrado; y entonces, como tal, deplora el aumento y la confianza de los impíos; y habiéndose fortalecido en Dios por la oración, resuelve, en las palabras del texto, cumplir el deber de su puesto, emplear todo el poder que Dios le había dado para la extirpación de la maldad y la reforma de un pueblo impío; e invita y llama encarecidamente en su ayuda a todos los que tuvieran corazón o capacidad para tal obra, pues sabía bien la gran dificultad de ella. Este es el sentido que prefiero, porque es el que mejor conviene al celo y a la fe de David, el que mejor se ajusta al espíritu y genio de varios otros salmos paralelos y el que me parece claramente contar con el respaldo del Targum y de la Septuaginta. En las palabras así explicadas tenemos estas tres cosas:

Versículo 16. «¿Quién se levantará por mí contra los malignos?» En todas las edades, hombres que ni temían a Dios ni respetaban al hombre se han combinado y formado confederaciones para llevar adelante las obras de las tinieblas. Y en esto se han mostrado sabios en su generación, pues por este medio promovieron el reino de su padre el diablo más eficazmente de lo que habrían podido hacerlo de otro modo. Por otra parte, los hombres que temían a Dios y deseaban la felicidad de sus semejantes han hallado necesario en toda edad unirse para oponerse a las obras de las tinieblas, difundir el conocimiento de Dios su Salvador y promover su reino sobre la tierra. En verdad, él mismo les instruyó a hacerlo así. Desde que hubo hombres sobre la tierra, les ha enseñado a unirse en su servicio y los ha unido en un solo cuerpo por un solo Espíritu. Y para este mismo fin los ha unido, «para deshacer las obras del diablo»; primero en los que ya están unidos, y por medio de ellos en los que los rodean. John Wesley, en un sermón sobre estas palabras, predicado ante la Sociedad para la Reforma de las Costumbres, 30 de enero de 1763.

Sugerencias para el predicador

Versículo 16.

Versículos 16-17. La única fuente de socorro.

Salmos 94:17

Versículo 17. «Si no me ayudara Jehová, pronto moraría mi alma en el silencio.» Sin la ayuda de Jehová, declara el salmista, habría muerto sin remedio y habría ido a la tierra del silencio, donde ya no se puede dar testimonio del Dios vivo. O quizá quiera decir que no habría tenido una palabra que decir contra sus enemigos, sino que habría estado envuelto en vergüenza muda. Bendito sea Dios, no se nos deja todavía en esa condición, pues el Señor Todopoderoso sigue siendo el ayudador de todos los que miran a él. Lo más íntimo de nuestra alma se abate cuando vemos las victorias de los enemigos del Señor: no podemos tolerarlo, nos tapamos la boca confundidos; pero él se levantará todavía y vengará su propia causa; por eso tenemos esperanza.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 17. Me ayudara. La palabra significa no solo ayuda, sino summum et plenum auxilium, una ayudadera, o ayuda plena: el hebreo tiene una letra más de lo ordinario, para aumentar la significación, como observa el docto señor Leigh: es la suficiencia de la ayuda. Nathaniel Whiting, en «The Saints' Dangers, Deliverances, and Duties», 1659.

Salmos 94:18

Versículo 18. «Cuando yo decía: Mi pie resbala», es decir, está resbalando ahora mismo: percibí mi peligro y clamé con horror, y entonces, en el momento mismo de mi extremo apuro, llegó la ayuda necesaria: «tu misericordia, oh Jehová, me sustentaba». Muy a menudo sucede así: sentimos nuestra debilidad, vemos nuestro peligro y con temor y temblor clamamos. En tales momentos nada puede ayudarnos sino la misericordia; no podemos apelar a ningún mérito imaginado, porque sentimos que es nuestro pecado innato el que hace que nuestros pies estén tan prontos a fallarnos; nuestro gozo es que la misericordia permanece para siempre y está siempre a la mano para sacarnos del peligro y sostenernos donde de otro modo caeríamos a nuestra destrucción. Diez mil veces ha sido verdadero este versículo para algunos de nosotros, y especialmente para el autor de este comentario. El peligro era inminente, estaba sobre nosotros, nos íbamos; el riesgo era evidente, lo veíamos y quedamos aterrados ante la vista; nuestro propio corazón desfallecía y concluimos que todo había terminado para nosotros; pero entonces llegó la intervención todopoderosa: no caímos, fuimos sostenidos por una mano invisible, los ardides del enemigo fueron frustrados y cantamos de gozo. Oh fiel Guardián de nuestras almas, seas enaltecido por siempre jamás. Bendeciremos al Señor en todo tiempo; su alabanza estará de continuo en nuestra boca.

Sugerencias para el predicador

Versículo 18. La bienaventuranza de la confesión de debilidad.

Salmos 94:19

Versículo 19. «En la multitud de mis pensamientos dentro de mí.» Cuando me veo zarandeado de aquí para allá por razonamientos diversos, distracciones, preguntas y presentimientos, volaré a mi verdadero reposo, porque tus consolaciones deleitan mi alma. De mis pensamientos pecaminosos, de mis pensamientos vanos, de mis pensamientos tristes, de mis dolores, de mis afanes, de mis luchas, me apresuraré hacia el Señor; él tiene consolaciones divinas, y estas no solo me consolarán, sino que de hecho me deleitarán. ¡Cuán dulces son las consolaciones del Espíritu! ¿Quién puede meditar en el amor eterno, en los propósitos inmutables, en las promesas del pacto, en la redención consumada, en el Salvador resucitado, en su unión con su pueblo, en la gloria venidera y en temas semejantes, sin sentir que el corazón le salta de gozo? El pequeño mundo de dentro es, como el gran mundo de fuera, un lugar lleno de confusión y de contienda; pero cuando Jesús entra en él y susurra: «Paz a vosotros», hay una calma, sí, un arrobamiento de dicha. Apartémonos de la contemplación lúgubre de la opresión del hombre y del predominio actual de los impíos, hacia ese santuario de reposo puro que se halla en el Dios de toda consolación. Que se nos tenga buena voluntad y se nos dé alguna evidencia y seguridad de su amor y de su favor hacia nosotros: esas son sus consolaciones. «Deleitan.» Esta es una expresión trascendente, a la que el Espíritu Santo llega en la pluma del profeta David. Mucho habría sido decir que satisfacen mi alma, o que la sosiegan, y nada más; eso es lo más alto que un espíritu perplejo puede desear para sí. Los que sufren grandes dolores se alegrarían de tener solo alivio; no pueden aspirar tan alto como al placer y al deleite, que es más de lo que pueden esperar; pero mira aquí la notable eficacia de estas consolaciones divinas: no solo pacifican la mente, sino que la alegran; no solo la satisfacen, sino que la arrebatan; no solo la sosiegan, sino que la deleitan. Tus consolaciones deleitan mi alma. Es decir, no solo quitan el dolor presente, sino que ponen en su lugar un consuelo y una consolación indecibles; así como el sol no solo disipa las tinieblas, sino que trae en su lugar una luz gloriosa.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 19. En la multitud de mis pensamientos, etc. Es decir, justo cuando habían llegado a su punto más alto y extremo dentro de mí. Las consolaciones de Dios son oportunas y observan el tiempo propio de su venida, ni demasiado pronto ni demasiado tarde, sino «en», es decir, en el punto y el instante justos. Aquí se habla de otra cosa. En los «pensamientos», y en la «multitud» de los «pensamientos»; no en la indiferencia de los pensamientos, sino en la perplejidad; no en la escasez de pensamientos, sino en la pluralidad: nuestro extremo es la oportunidad de Dios. «En el monte de Jehová será provisto», cuando hemos pensado y pensado y pensado todo lo que podíamos y no sabemos qué más pensar, entonces se complace Dios en ofrecernos y mostrarnos sus consolaciones. … En las palabras «dentro de mí» tenemos, a continuación, la intimidad o cercanía de esta aflicción. La palabra hebrea es ykzrk, in medio mei. La árabe, be-kalbi, in corde meo. Y así también la Septuaginta, en th kardia mou, en mi mismo corazón. Esto se añade para intensificar y agravar el mal y la angustia presentes. Primero, para mostrar el carácter secreto de esta aflicción. Los males que son externos, y del cuerpo, todos están dispuestos a lamentarlos, a llorarlos y a advertirlos, y a mostrar mucha compasión hacia los que los sufren; pero estas aflicciones que son internas, y de la mente, son tales que solo Dios mismo las conoce. «El corazón conoce la amargura de su alma», dice Salomón, Pr 14:10.

Segundo, aquí se denota con ello la firmeza y el arraigo de este mal: estaba dentro de él, y estaba dentro de su corazón, es decir, estaba hondamente arraigado y fijado, y tenía un fundamento y una base sólidos en él; tales eran estos «pensamientos» inquietantes: habían entrado en lo más íntimo de sus entrañas, y por eso no era fácil sacarlos de nuevo.

Tercero, aquí se significa también la impresión que le causaban y el sentimiento que él mismo tenía de ellos. Eran tales que le afligían gravemente y le traspasaban, y le llegaban muy hondo; llegaban hasta su mismo corazón y le tocaban, por así decirlo, en lo vivo, por lo penosos que eran, como dice en otro lugar acerca de los oprobios de sus enemigos, Sal 42:10: «Como quien hiere mis huesos, mis enemigos me afrentan, diciéndome cada día: ¿Dónde está tu Dios?»

Ahora bien, ¿cuáles son estas «consolaciones» de Dios que el salmista tiene aquí más especialmente en vista? En una palabra, son las consolaciones que fluyen de nuestra comunión con él. Las consolaciones de sus atributos, y las consolaciones de sus promesas, y las consolaciones de su presencia llena de gracia que se acerca a nuestras almas, cuando le place resplandecer sobre nosotros y expresar su «mi alma». Mostramos antes cómo la aflicción estaba en la mente, y por tanto el consuelo debe estar también en ella, para que el remedio responda al mal. El placer corporal no compensará la distracción de la mente: nada aliviará al alma sino consolaciones que le sean propias, y tales son estas consolaciones presentes de Dios: deleitan el alma. Thomas Horton.

Versículo 19. Los pensamientos, considerados simplemente en sí mismos, no contienen materia alguna de aflicción ni de mal; son el producto propio y natural y las emanaciones del alma, que salen de ella con mucha facilidad y mucho deleite; pero aquí se alude a su exorbitancia e irregularidad, cuando no proceden con uniformidad y limpieza, como deberían, sino con cierta interrupción; y así parece dar a entender la palabra que se usa en el texto, el hebreo sagnaphim, que guarda afinidad con segnaphim, derivado de una raíz que significa propiamente una rama. Ahora bien, sabemos que en una rama hay dos cosas especialmente dignas de consideración, como pertinentes a nuestro propósito presente. Primero, está su enmarañamiento. Y segundo, su agitación. Las ramas suelen engancharse y enredarse unas con otras, y se mueven con facilidad de arriba abajo con el viento. Por poco aire o aliento que se mueva fuera, las ramas lo delatan al instante y lo sienten. De modo que esta expresión sirve muy bien para imitar y representarnos la perplejidad y la inconstancia de los pensamientos que turbaban entonces a David y de los que se queja ahora como de algo penoso y ofensivo para él. No eran pensamientos en ningún buen sentido, sino pensamientos de distracción, pensamientos que traían consigo algún dolor y turbación. De esto estaban tan plenamente conscientes los traductores de la Septuaginta que omiten del todo los pensamientos y lo traducen solo por dolores, kata to pkhyov twn odunwn mou: según la multitud de mis dolores. Pero es más completo y más conforme a la palabra juntar ambas cosas: mis pensamientos penosos y tristes, pensamientos que, por el modo en que van y se ordenan, traen consigo dolor y tristeza. Y aquí podemos observar de paso que Dios no necesita ir lejos para castigar y afligir a los hombres cuando le place; puede hacerlo incluso con sus propios pensamientos, y nada más. Puede recoger una vara de estas ramas y hacer un azote de estos entrelazamientos con el cual fustigarlos, y a conciencia. Si él levanta tan solo una tempestad en la mente y hace que estos pensamientos se agiten y se atropellen unos a otros, habrá turbación y aflicción más que suficientes, aunque no hubiera nada más. Poco importa si hay algún fundamento u ocasión para ello en las cosas mismas; basta con que lo haya en la imaginación y la aprensión. Dios puede servirse de una fantasía, de un mero juguete de la imaginación, y lanzarla de tal modo sobre el alma que esta no tenga quietud ni reposo. Thomas Horton.

Versículo 19. Observa la grandeza de la angustia de este hombre. Está expresada con fuerza en el texto, aunque en nuestra traducción apenas se nota. La palabra que allí se traduce «pensamientos», nos dicen los eruditos, significa originalmente las ramas pequeñas de los árboles. La idea que parece tener el salmista es esta: «Mira un árbol, con sus ramas que brotan en todas direcciones, enredándose y entrelazándose unas con otras; deja que el viento las tome: mira cómo lo sienten, qué inquietas y confusas se vuelven, golpeándose y forcejeando unas con otras. Pues bien, mi mente es como ese árbol. Tengo en ella muchísimos pensamientos, y pensamientos que cambian y se mudan continuamente; son pensamientos perplejos y agitados, que batallan unos con otros». No hay modo de mantener la mente quieta bajo ellos; traen a ella desorden además de tristeza. Y fíjate en la palabra «multitud» del texto; hay en ella exactamente la misma idea. Significa más que número: confusión. Piensa en una muchedumbre reunida y apresurándose de aquí para allá: «así —dice el salmista— son mis pensamientos. Tengo una multitud de ellos en la mente, y una multitud inquieta y confusa. Un solo pensamiento doloroso ya es bastante malo, pero yo tengo muchos; una multitud; y casi innumerables, un tropel alborotado». Entendemos ahora, pues, el caso que tenemos delante. La tristeza de este hombre surgía, en aquel momento, de pensamientos inquietantes dentro de su propio pecho; y su tristeza era grande porque estos pensamientos eran muchos y a la vez tumultuosos. Cuando el salmista dice «tus consolaciones», quiere decir más que consolaciones de las que Dios es el autor o el dador. Dios es el autor y el dador de todas nuestras consolaciones, de todas las consolaciones terrenales que nos rodean; todas ellas son obra y don de su mano llena de gracia… Hemos de entender aquí consolaciones que son peculiar y enteramente de Dios, que fluyen directamente de Dios; no de él a nosotros por medio de las criaturas, sino de él a nosotros inmediatamente, sin la intervención de las criaturas. Las consolaciones que obtenemos de sus atributos, al meditar en ellos y en lo que llamamos hacerlos reales; las consolaciones que obtenemos de sus promesas, al creer y esperar en él; y las consolaciones de su presencia, cuando él se acerca a nuestras almas y resplandece en ellas, sabiendo que está cerca de nosotros, conscientes de ello por la luz, la felicidad y la fuerza renovada que hay dentro de nosotros. «Tus consolaciones»: las consolaciones que obtenemos del Señor Jesucristo; al mirarle a él, al considerarle; al pensar en su persona, y sus oficios, y su sangre, y su justicia, y su intercesión, y su exaltación, y su gloria, y su segunda venida; en que le encontraremos, le veremos y seremos semejantes a él. «Tus consolaciones»: las consolaciones que vienen del Espíritu Santo, «el Consolador»: cuando nos abre las Escrituras, o habla por medio de ceremonias y ordenanzas, o da testimonio dentro de nosotros de nuestra adopción por Dios; resplandeciendo sobre su propia obra de gracia en nuestros corazones; capacitándonos para ver esa obra, y para ver en ella el amor peculiar y eterno de Dios hacia nosotros; no abriéndonos el libro de la vida ni mostrándonos allí nuestros nombres, sino haciendo algo que nos llena de gozo casi como si ese libro se nos abriera; mostrándonos la mano de Dios en nuestras propias almas, su mano que convierte y salva, su mano que nos toma como suyos; haciéndonos sentir, por así decirlo, el apretón de su amor, y sentir también que es un apretón que él nunca aflojará. Charles Bradley.

Versículo 19. Tus consolaciones deleitan mi alma. Jerjes ofreció grandes recompensas a quien descubriera un placer nuevo; pero las consolaciones del Espíritu son satisfactorias, reponen el corazón. Hay tanta diferencia entre las consolaciones celestiales y las terrenales como entre un banquete que se come y uno que está pintado en la pared. Thomas Watson.

Versículo 19. Tus consolaciones. Las aflicciones pueden ser engendradas por nosotros mismos; pero las verdaderas consolaciones solo vienen de aquella fuente infinita, el Dios de consolación, pues así se ha titulado él mismo. Thomas Adams.

Versículo 19. Deleitan mi alma. La palabra original wevevy significa «hacer saltar o bailar de gozo»; pero la lengua inglesa no soporta que se aplique esta imagen al alma, aunque decimos «hacer saltar de gozo el corazón». Samuel Horsley.

Versículo 19. Puesto que la hueste maligna ha entrado primero en el terreno de mi texto, considera conmigo: 1. Los rebeldes, o amotinados, los «pensamientos». 2. Su número, nada menos que una «multitud». 3. El capitán cuyas banderas llevan: una mente inquieta; «mis pensamientos». 4. El campo donde se libra la batalla: en el corazón; apud me, «dentro de mí». En el otro ejército hallamos: 1. Quanta, cuán poderosas son: consolaciones. 2. Quota, cuántas son: se expresa de modo indefinido; abundante consuelo. 3. Cujus, de quién son: del Señor, él es su general; tus consolaciones. 4. Quid operantur, qué obran: deleitan el alma. En la naturaleza de ellas, siendo consolaciones, hay tranquilidad; en su número, siendo muchas consolaciones, hay suficiencia; en su dueño, siendo tus consolaciones, hay omnipotencia; y en su efecto, deleitar el alma, hay seguridad. De Thomas Adams, en su sermón titulado "Man's comfort."

Versículo 19. Un texto como este nos muestra con fuerza el poder de la gracia divina en el corazón humano: cuánto puede hacer para sostener y alegrar el corazón. El mundo puede afligir al creyente y causarle dolor; pero si la gracia que Dios le ha dado está en ejercicio activo en su alma, el mundo no puede hacerlo desdichado. Más bien, con su mal trato añade a su felicidad, pues acerca más a Dios y a su alma: a Dios, la fuente de toda felicidad, el reposo y la satisfacción de su alma. Este salmo fue evidentemente escrito por un hombre profundamente afligido. Los impíos, dice, triunfaban sobre él, y lo habían hecho durante mucho tiempo. No podía hallar a nadie en la tierra que tomara su parte contra ellos. ¿Quién se levantará por mí contra los malignos? pregunta en Sal 94:16; ¿quién se pondrá de parte mía contra los que hacen iniquidad? Y parecía también como si Dios lo hubiera abandonado. Sus enemigos lo pensaban, y él mismo parece haber estado casi dispuesto a pensarlo. Pero ¿cuál era la realidad? Durante todo ese tiempo el Señor estaba derramando en secreto consolación en su alma, y al final hizo abundante esa consolación. En apariencia un desdichado, en realidad era un hombre feliz; sufriente, pero consolado; sí, el texto dice deleitado: Tus consolaciones deleitan mi alma. Charles Bradley, 1845.

Sugerencias para el predicador

Versículo 19.

O bien:

Versículo 19.

Salmos 94:20

Versículo 20. «¿Se juntará contigo el trono de iniquidades?» Tales tronos existen, y alegan un derecho divino, pero su pretensión carece de fundamento, es un fraude contra la humanidad y una blasfemia contra el cielo. Dios no entra en alianza con la autoridad injusta, no da su sanción a una legislación inicua. «Que hace agravio bajo forma de ley.» Legalizan el robo y la violencia, y luego alegan que es la ley del país; y así puede ser, en efecto, pero no por eso deja de ser una maldad. Con gran cuidado los hombres preparan disposiciones destinadas a acallar toda protesta, para convertir el mal obrar en una institución permanente, pero hay un elemento necesario para el verdadero conservadurismo, a saber, la justicia; y careciendo de ella, todos sus arreglos de los poseedores del poder han de llegar a su fin, y todos sus decretos serán, con el tiempo, borrados del código de leyes. Nada puede durar para siempre sino el derecho imparcial. Ninguna injusticia puede ser permanente, porque Dios no pondrá su sello en ella ni tendrá comunión con ella, y por tanto tiene que caer, y dichoso será el día que la vea caer.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 20. El trono de iniquidades… que hace agravio bajo forma de ley. El primer pretexto de los hombres malvados para dar color a sus procedimientos contra los inocentes es su trono; el segundo es la ley; y el tercero es su consejo. ¿Qué más podría pedir un tirano? Pero Dios ha preparado un infierno espantoso para los tiranos impenitentes, y estarán en él mucho antes de lo que ahora esperan dejar el mundo. William Nicholson.

Versículo 20. El trono de iniquidades… que hace agravio bajo forma de ley. Si nunca hubiera habido tales tronos en el mundo, no se habría hecho mención de ellos en la Escritura. Pero los ha habido. El de Jeroboam fue uno, que no quiso permitir que el pueblo, conforme al mandato divino, subiera a Jerusalén a adorar a Dios, que había puesto allí su nombre; sino que tendió, para los que iban, red sobre Mizpa y lazo sobre el Tabor. (Os 5:1) Y los ha habido desde entonces, demasiados. Bien dice el salmista: ¿Se juntarán contigo? No, no; Dios guarda su distancia de ellos. Lo que llamamos «hediondos muladares» no es tan ofensivo para Dios como los tronos de iniquidad, que no serán ni aprobados por él ni asegurados. Esperad un poco, cristianos, y «con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas»; porque el mundo verá que a su debido tiempo él los derribará todos. Samuel Slater, en "The Morning Exercises."

Versículo 20. Que hace agravio bajo forma de ley, i.e., que dicta leyes malvadas, o que, bajo color de ley y de justicia, oprime a los inocentes. Summum jus, summa injuria: cuanto más alta la ley, mayor la injusticia, y se pueden hacer, y con demasiada frecuencia se hacen, injurias ex prava interpretatione legis, por una interpretación perversa de la ley. Con los que cometen injusticia con la espada de la justicia, Dios no tendrá comunión. William Nicholson.

Sugerencias para el predicador

Versículo 20. «Es la ley del país, ya sabes»: el límite de esta autoridad, tanto en lo temporal como en lo espiritual.

Versículo 20.

Versículo 20. Política divina.

Versículos 21-22.

Versículos 21-23.

Salmos 94:21

Versículo 21. «Se juntan contra la vida del justo,» tantos son que atestan sus asambleas y llevan adelante sus duras medidas con entusiasmo; son el partido popular y están ansiosos por abatir a los santos. En el consejo y en la acción son unánimes; su única resolución es mantener su posición tiránica y abatir al partido de los piadosos. «Y condenan la sangre inocente.» Son grandes en la calumnia y la falsa acusación, y no se detienen ante el asesinato; ningún crimen es demasiado grande para ellos con tal de poder pisotear a los siervos del Señor. Esta descripción es históricamente cierta en cuanto a los tiempos de persecución; se cumplió en Inglaterra, y puede cumplirse de nuevo si el papismo ha de avanzar en el futuro al mismo paso que en los últimos años. La secta dominante tiene la ley de su parte y se jacta de que es la iglesia nacional; pero la ley que establece y dota una religión con preferencia a otra es radicalmente una injusticia. Dios no tiene comunión con ella, y por tanto la sinagoga del ritualismo será todavía un hedor en las narices de todos los hombres sensatos. Qué malos tiempos nos aguardan no nos toca profetizarlo; nos toca dejar el asunto en manos de aquel que no puede estar en comunión con un sistema opresor y que no soportará siempre ser insultado en su propia cara por los ídolos papistas y sus sacerdotes.

Salmos 94:22

Versículo 22. Que los impíos se reúnan cuanto quieran: el salmista no tiene miedo, sino que canta dulcemente: «Jehová me ha sido por refugio, y mi Dios por roca de mi confianza.» Firme como una roca es el amor de Jehová, y allí nos acogemos en busca de abrigo. En él, en él solo, hallamos seguridad, por mucho que el mundo se enfurezca; no pedimos ayuda al hombre, sino que nos contentamos con huir al seno de la omnipotencia.

Salmos 94:23

Versículo 23. El resultado natural de la opresión es la destrucción del déspota; sus propias iniquidades lo aplastan más pronto o más tarde. La providencia dispone represalias tan notables como justas. Los grandes crímenes acaban atrayendo graves juicios que barren de la faz de la tierra a los hombres malos; sí, el mismo Dios interviene de manera especial y corta la carrera de los tiranos en medio mismo de sus crímenes. A menudo los alguaciles de la justicia divina detienen a los impíos con las manos en la masa, con las pruebas de su culpa encima. «Y Jehová nuestro Dios los destruirá.» «Y él hará volver sobre ellos su iniquidad, y los destruirá en su propia maldad.» Mientras el pan robado está aún en su boca, la ira los mata; mientras la barra de oro mal ganada está todavía en su tienda, el juicio los alcanza. Dios mismo los visita de manera patente y revela su propio poder en su derrocamiento; sí, Jehová nuestro Dios los destruirá. Aquí, pues, termina el asunto; la fe lee el presente a la luz del futuro y concluye su canto sin una nota temblorosa.

Notas explicativas y dichos pintorescos

Versículo 23. Hará volver sobre ellos su iniquidad, etc. Mala obra es la que traen entre manos los impíos: se fabrican grilletes para sus propios pies y construyen casas para que caigan sobre sus propias cabezas; tan dañina es la naturaleza del pecado que perjudica y destruye a los que lo engendran. William Greenhill.

Sugerencias para el predicador

Versículo 23.

OBRA SOBRE EL SALMO NOVENTA Y CUATRO

En las Obras del cardenal Sadoleto (1477-1547), pp. 895-972, hay una exposición de este salmo, edición en 8 volúmenes, año del Señor 1607.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea.