Confesión de Augsburgo · Felipe Melanchthon

Artículos de la fe y de la doctrina

De Dios

Las iglesias entre nosotros enseñan, con gran consenso, que el decreto del Sínodo de Nicea sobre la unidad de la esencia divina y sobre las tres personas es verdadero y debe creerse sin ninguna duda. A saber: que hay una sola esencia divina, que se llama y es Dios, eterno, incorpóreo, indivisible, de inmensa potencia, sabiduría y bondad, creador y conservador de todas las cosas visibles e invisibles; y que, sin embargo, son tres las personas, de la misma esencia y potencia, y coeternas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y usan el nombre de «persona» con el mismo sentido con que lo usaron en esta materia los escritores eclesiásticos, es decir, para significar no una parte o cualidad en otro, sino lo que subsiste por sí mismo.

Condenan todas las herejías surgidas contra este artículo, como los maniqueos, que ponían dos principios, el Bueno y el Malo; asimismo los valentinianos, arrianos, eunomianos, mahometanos y todos los semejantes a estos. Condenan también a los samosatenos, antiguos y modernos, que, empeñándose en que hay una sola persona, discurren con astucia e impiedad, a la manera de los retóricos, acerca del Verbo y del Espíritu Santo, diciendo que no son personas distintas, sino que «Verbo» significa la palabra hablada y «Espíritu», un movimiento creado en las cosas.

Del pecado original

También enseñan que, después de la caída de Adán, todos los hombres que son engendrados según la naturaleza nacen con pecado, es decir, sin temor de Dios, sin confianza en Dios y con concupiscencia; y que esta enfermedad o vicio de origen es verdaderamente pecado, que condena y trae ahora también la muerte eterna a los que no nacen de nuevo por el Bautismo y el Espíritu Santo.

Condenan a los pelagianos y a otros que niegan que el vicio de origen sea pecado y que, para disminuir la gloria del mérito y de los beneficios de Cristo, sostienen que el hombre puede ser justificado delante de Dios con las solas fuerzas de su razón.

Del Hijo de Dios

También enseñan que el Verbo, esto es, el Hijo de Dios, tomó la naturaleza humana en el seno de la bienaventurada virgen María, de modo que son dos las naturalezas, la divina y la humana, inseparablemente unidas en la unidad de la persona: un solo Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nacido de la virgen María, que verdaderamente padeció, fue crucificado, murió y fue sepultado, para reconciliarnos con el Padre y ser sacrificio no solamente por la culpa original, sino también por todos los pecados actuales de los hombres.

El mismo descendió a los infiernos, y resucitó verdaderamente al tercer día; después subió a los cielos, para sentarse a la diestra del Padre, reinar y dominar perpetuamente sobre todas las criaturas, santificar a los que creen en él enviando a sus corazones el Espíritu Santo, que los rija, los consuele y los vivifique, y los defienda contra el diablo y el poder del pecado.

El mismo Cristo ha de volver públicamente para juzgar a vivos y muertos, etc., conforme al Símbolo de los Apóstoles.

De la justificación

También enseñan que los hombres no pueden ser justificados delante de Dios por sus propias fuerzas, méritos u obras, sino que son justificados gratuitamente, por causa de Cristo, mediante la fe, cuando creen que son recibidos en gracia y que se les perdonan los pecados por causa de Cristo, quien con su muerte satisfizo por nuestros pecados. Esta fe la imputa Dios como justicia delante de él (Ro 3 y 4).

Del ministerio eclesiástico

Para que alcancemos esta fe, fue instituido el ministerio de enseñar el Evangelio y administrar los Sacramentos.

Pues por la palabra y los Sacramentos, como por instrumentos, se da el Espíritu Santo, que produce la fe, donde y cuando le place a Dios, en los que oyen el Evangelio, a saber: que Dios, no por nuestros méritos sino por causa de Cristo, justifica a los que creen que por causa de Cristo son recibidos en gracia.

Condenan a los anabaptistas y a otros que opinan que el Espíritu Santo llega a los hombres sin la palabra externa, por sus propias preparaciones y obras.

De la nueva obediencia

También enseñan que esa fe debe producir buenos frutos, y que es necesario hacer las buenas obras mandadas por Dios, por causa de la voluntad de Dios, no para que confiemos en merecer por ellas la justificación delante de Dios.

Pues el perdón de los pecados y la justificación se alcanzan por la fe, como lo atestigua también la voz de Cristo (Lc 17:10): «Cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos».

Lo mismo enseñan también los antiguos escritores eclesiásticos. Ambrosio, en efecto, dice: «Esto ha sido establecido por Dios: que quien cree en Cristo se salve, sin obra alguna, por la sola fe, recibiendo gratuitamente el perdón de los pecados».

De la Iglesia

También enseñan que una sola santa Iglesia ha de permanecer perpetuamente. Y la Iglesia es la congregación de los santos, en la cual el Evangelio se enseña rectamente y los Sacramentos se administran rectamente.

Y para la verdadera unidad de la Iglesia basta estar de acuerdo acerca de la doctrina del Evangelio y de la administración de los Sacramentos. Ni es necesario que en todas partes sean semejantes las tradiciones humanas, los ritos o las ceremonias instituidos por los hombres. Como dice Pablo (Ef 4:5-6): «Una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos», etc.

Qué es la Iglesia

Aunque la Iglesia es propiamente la congregación de los santos y verdaderos creyentes, sin embargo, como en esta vida hay mezclados muchos hipócritas y malos, es lícito usar de los Sacramentos administrados por los malos, conforme a la palabra de Cristo (Mt 23:2): «En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos», etc. Y tanto los Sacramentos como la palabra son eficaces por la institución y el mandato de Cristo, aunque sean ofrecidos por malos.

Condenan a los donatistas y a los semejantes, que negaban que fuera lícito usar en la Iglesia del ministerio de los malos, y pensaban que el ministerio de los malos es inútil e ineficaz.

Del Bautismo

Acerca del Bautismo enseñan que es necesario para la salvación, que por el Bautismo se ofrece la gracia de Dios, y que los niños deben ser bautizados, pues, ofrecidos a Dios por el Bautismo, son recibidos en la gracia de Dios.

Condenan a los anabaptistas, que desaprueban el Bautismo de los niños y afirman que los niños se salvan sin el Bautismo.

De la Cena del Señor

Acerca de la Cena del Señor enseñan que el cuerpo y la sangre de Cristo están verdaderamente presentes y se distribuyen a los que comen en la Cena del Señor; y desaprueban a los que enseñan otra cosa.

De la confesión

Acerca de la confesión enseñan que debe retenerse en las iglesias la absolución privada, aunque en la confesión no sea necesaria la enumeración de todos los delitos. Pues es imposible, según el Salmo (19:12): «¿Quién podrá entender sus propios errores?».

De la penitencia

Acerca de la penitencia enseñan que a los que han caído después del Bautismo puede alcanzarles el perdón de los pecados en cualquier tiempo en que se conviertan; y que la Iglesia debe impartir la absolución a los que así vuelven a la penitencia.

Ahora bien, la penitencia consta propiamente de estas dos partes. La una es la contrición, o sea, los terrores infundidos en la conciencia al reconocer el pecado. La otra es la fe, que se concibe por el Evangelio o por la absolución, y cree que por causa de Cristo se perdonan los pecados, y consuela la conciencia y la libra de los terrores. Después deben seguir las buenas obras, que son los frutos de la penitencia.

Condenan a los anabaptistas, que niegan que los que una vez han sido justificados puedan perder el Espíritu Santo; asimismo, a los que sostienen que algunos alcanzan en esta vida tal perfección que no pueden pecar. Son condenados también los novacianos, que no querían absolver a los que habían caído después del Bautismo y volvían a la penitencia. Son rechazados igualmente los que no enseñan que el perdón de los pecados se alcanza por la fe, sino que nos mandan merecer la gracia con nuestras satisfacciones.

Del uso de los Sacramentos

Acerca del uso de los Sacramentos enseñan que los Sacramentos fueron instituidos no solo para ser señales de profesión entre los hombres, sino más bien para ser signos y testimonios de la voluntad de Dios para con nosotros, propuestos para excitar y confirmar la fe en los que los usan. Por eso hay que usar los Sacramentos de tal modo que se añada la fe, que cree las promesas que por los Sacramentos se ofrecen y se muestran.

Condenan, pues, a los que enseñan que los Sacramentos justifican por la obra realizada (ex opere operato) y no enseñan que en el uso de los Sacramentos se requiere la fe que cree que los pecados son perdonados.

Del orden eclesiástico

Acerca del orden eclesiástico enseñan que nadie debe enseñar públicamente en la Iglesia ni administrar los Sacramentos si no ha sido debidamente llamado.

De los ritos eclesiásticos

Acerca de los ritos eclesiásticos enseñan que deben guardarse aquellos que pueden guardarse sin pecado y que sirven para la tranquilidad y el buen orden en la Iglesia, como ciertas fiestas, celebraciones y cosas semejantes. Sin embargo, acerca de tales cosas se advierte a los hombres que no se carguen las conciencias, como si tal culto fuera necesario para la salvación.

Se les advierte también que las tradiciones humanas instituidas para aplacar a Dios, para merecer la gracia y para satisfacer por los pecados son contrarias al Evangelio y a la doctrina de la fe. Por eso, los votos y las tradiciones sobre alimentos y días, etc., instituidos para merecer la gracia y satisfacer por los pecados, son inútiles y contrarios al Evangelio.

De los asuntos civiles

Acerca de los asuntos civiles enseñan que las ordenaciones civiles legítimas son buenas obras de Dios; que a los cristianos les es lícito ejercer magistraturas, ejercer juicios, juzgar los asuntos conforme a las leyes imperiales y a otras leyes vigentes, establecer conforme a derecho los castigos, hacer guerras justas, servir como soldados, hacer contratos según la ley, poseer propiedades, prestar juramento cuando los magistrados lo exigen, tomar esposa y casarse. Condenan a los anabaptistas, que prohíben a los cristianos estos oficios civiles. Condenan también a los que no colocan la perfección evangélica en el temor de Dios y en la fe, sino en el abandono de los oficios civiles, porque el Evangelio enseña una justicia eterna del corazón. Entretanto, no destruye la organización política ni la doméstica, sino que exige sobre todo conservarlas como ordenaciones de Dios y ejercer en tales ordenaciones la caridad. Por eso los cristianos deben necesariamente obedecer a sus magistrados y a sus leyes, salvo cuando mandan pecar; entonces deben obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5:29).

Del regreso de Cristo para el juicio

También enseñan que Cristo aparecerá en la consumación del mundo para juzgar, y resucitará a todos los muertos, dará a los piadosos y elegidos la vida eterna y gozos perpetuos, y a los hombres impíos y a los diablos los condenará para que sean atormentados sin fin.

Condenan a los anabaptistas, que opinan que habrá fin de las penas para los hombres condenados y para los diablos. Condenan también a otros que ahora esparcen opiniones judaicas, según las cuales, antes de la resurrección de los muertos, los piadosos ocuparán el reino del mundo, siendo oprimidos por todas partes los impíos.

Del libre albedrío

Acerca del libre albedrío enseñan que la voluntad humana tiene alguna libertad para realizar la justicia civil y para elegir las cosas sujetas a la razón. Pero no tiene fuerza, sin el Espíritu Santo, para realizar la justicia de Dios o justicia espiritual, porque el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios (1 Co 2:14); esta justicia se produce en los corazones cuando por la palabra se recibe al Espíritu Santo.

Esto mismo lo dice Agustín, en el libro III del Hypognosticon, con estas mismas palabras: «Confesamos que existe el libre albedrío en todos los hombres, el cual tiene ciertamente el juicio de la razón, no para que sea idóneo, sin Dios, ni para comenzar ni, desde luego, para llevar a término cosa alguna en lo que pertenece a Dios, sino solamente en las obras de la vida presente, tanto buenas como también malas. Llamo buenas las que nacen del bien de la naturaleza, es decir, querer trabajar en el campo, querer comer y beber, querer tener un amigo, querer tener vestidos, querer construir una casa, querer tomar esposa, criar ganado, aprender el arte de diversas cosas buenas, o cualquier bien que pertenezca a la vida presente. Todas estas cosas no subsisten sin el gobierno divino; más aún, proceden de él y por él, y por él han comenzado a ser. Y llamo malas, por ejemplo, querer adorar un ídolo, querer cometer homicidio», etc.

Condenan a los pelagianos y a otros que enseñan que, sin el Espíritu Santo, con solas las fuerzas de la naturaleza podemos amar a Dios sobre todas las cosas y cumplir los preceptos de Dios en cuanto a la sustancia de los actos. Pues aunque la naturaleza pueda realizar de algún modo las obras externas (puede, en efecto, contener las manos del hurto y del homicidio), no puede producir los movimientos interiores, como el temor de Dios, la confianza en Dios, la castidad, la paciencia, etc.

De la causa del pecado

Acerca de la causa del pecado enseñan que, aunque Dios crea y conserva la naturaleza, la causa del pecado es la voluntad de los malos, a saber, del diablo y de los impíos, la cual, sin la ayuda de Dios, se aparta de Dios, como dice Cristo (Jn 8:44): «Cuando habla mentira, de suyo habla».

De las buenas obras

Se acusa falsamente a los nuestros de prohibir las buenas obras. Pues los escritos suyos que existen sobre los diez mandamientos, y otros de argumento semejante, testifican que han enseñado con provecho acerca de todos los géneros de vida y de los deberes, y acerca de qué géneros de vida y qué obras agradan a Dios en cada vocación. De estas cosas los predicadores enseñaban antes poco; urgían solamente obras pueriles y no necesarias, como ciertas fiestas, ciertos ayunos, cofradías, peregrinaciones, cultos de los santos, rosarios, vida monástica y cosas semejantes. Nuestros adversarios, advertidos, van desaprendiendo ahora estas cosas y ya no predican tanto como antes estas obras inútiles. Además, empiezan a mencionar la fe, sobre la cual antes había un silencio asombroso. Enseñan que no somos justificados solamente por las obras, sino que unen la fe y las obras, y dicen que somos justificados por la fe y las obras. Esta doctrina es más tolerable que la anterior, y puede traer más consuelo que su vieja doctrina.

Como, pues, la doctrina de la fe, que debe ser la principal en la Iglesia, ha estado tanto tiempo ignorada (todos han de reconocer que hubo un altísimo silencio en los sermones sobre la justicia de la fe, y que en las iglesias solo se trataba la doctrina de las obras), los nuestros advirtieron así a las iglesias sobre la fe:

En primer lugar, que nuestras obras no pueden reconciliar a Dios, ni merecer el perdón de los pecados, la gracia y la justificación, sino que esto lo alcanzamos solamente por la fe, creyendo que somos recibidos en gracia por causa de Cristo, que fue puesto solo como Mediador y Propiciatorio (1 Ti 2:5), por quien el Padre es reconciliado. Por tanto, quien confía en merecer la gracia con las obras desprecia el mérito y la gracia de Cristo, y busca sin Cristo, con fuerzas humanas, el camino a Dios, siendo así que Cristo dijo de sí mismo (Jn 14:6): «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida».

Esta doctrina de la fe se trata en todas partes en Pablo (Ef 2:8): «Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras», etc. Y para que nadie calumnie diciendo que nosotros inventamos una interpretación nueva de Pablo, toda esta causa tiene los testimonios de los Padres. Porque Agustín defiende en muchos volúmenes la gracia y la justicia de la fe contra los méritos de las obras. Y cosas semejantes enseña Ambrosio en De la vocación de los gentiles y en otros lugares. Pues dice así en De la vocación de los gentiles: «Perdería su valor la redención de la sangre de Cristo, y la prerrogativa de las obras humanas no cedería ante la misericordia de Dios, si la justificación, que se da por la gracia, se debiera a méritos precedentes, de modo que no fuera don del que da, sino salario del que trabaja».

Aunque esta doctrina es despreciada por los ignorantes, las conciencias piadosas y temerosas experimentan que trae muchísimo consuelo, porque las conciencias no pueden ser tranquilizadas por obra alguna, sino solo por la fe, cuando establecen con certeza que, por causa de Cristo, tienen a Dios aplacado; como enseña Pablo (Ro 5:1): «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios». Toda esta doctrina debe referirse a aquel combate de la conciencia aterrada, y sin ese combate no puede entenderse. Por eso juzgan mal de este asunto los hombres inexpertos y profanos, que sueñan que la justicia cristiana no es otra cosa que la justicia civil y filosófica.

Antiguamente las conciencias eran vejadas por la doctrina de las obras; no oían del Evangelio consuelo alguno. A algunos la conciencia los echó al desierto, a los monasterios, esperando merecer allí la gracia mediante la vida monástica. Otros idearon otras obras para merecer la gracia y satisfacer por los pecados. Por eso fue muy necesario transmitir y renovar esta doctrina de la fe en Cristo, para que no faltara consuelo a las conciencias temerosas, sino que supieran que por la fe en Cristo se alcanzan la gracia, el perdón de los pecados y la justificación.

Se advierte también a los hombres que aquí el nombre de «fe» no significa solamente el conocimiento de la historia, como el que hay en los impíos y en el diablo, sino que significa la fe que cree no solo la historia sino también el efecto de la historia, a saber, este artículo: el perdón de los pecados; es decir, que por Cristo tenemos gracia, justicia y perdón de los pecados. Ahora bien, el que sabe que por Cristo tiene al Padre propicio, ese conoce verdaderamente a Dios, sabe que él tiene cuidado de él, lo invoca; en fin, no está sin Dios, como los gentiles. Pues los diablos y los impíos no pueden creer este artículo, el perdón de los pecados. Por eso odian a Dios como a enemigo, no lo invocan, nada bueno esperan de él. Agustín también advierte así al lector acerca del nombre de la fe, y enseña que en las Escrituras el nombre de fe se toma no por el conocimiento, como el que hay en los impíos, sino por la confianza, que consuela y levanta los ánimos aterrados.

Además, los nuestros enseñan que es necesario hacer buenas obras, no para que confiemos en merecer por ellas la gracia, sino por la voluntad de Dios. Solo por la fe se alcanzan el perdón de los pecados y la gracia. Y porque por la fe se recibe el Espíritu Santo, ya los corazones se renuevan y se revisten de nuevos afectos, de modo que pueden producir buenas obras. Pues así dice Ambrosio: «La fe es madre de la buena voluntad y de la acción justa». Porque las fuerzas humanas, sin el Espíritu Santo, están llenas de afectos impíos y son demasiado débiles para poder realizar buenas obras delante de Dios. Además, están en poder del diablo, que empuja a los hombres a diversos pecados, a opiniones impías, a crímenes manifiestos. Como puede verse en los filósofos, que, aunque se esforzaron por vivir honestamente, no pudieron lograrlo, sino que se contaminaron con muchos crímenes manifiestos. Tal es la debilidad del hombre cuando está sin fe y sin el Espíritu Santo y se gobierna solo con fuerzas humanas.

De aquí se ve fácilmente que esta doctrina no debe ser acusada de prohibir las buenas obras, sino que debe ser alabada mucho más, porque muestra cómo podemos hacer buenas obras. Pues sin la fe la naturaleza humana no puede de ningún modo realizar las obras del primer o del segundo mandamiento. Sin la fe no invoca a Dios, nada espera de Dios, no soporta la cruz, sino que busca amparos humanos y confía en ellos. Así reinan en el corazón todas las codicias y los designios humanos, cuando faltan la fe y la confianza en Dios.

Por eso dijo también Cristo: «Separados de mí nada podéis hacer» (Jn 15:5). Y la Iglesia canta: «Sin tu poder, nada hay en el hombre, nada hay inocente».

Del culto de los santos

Acerca del culto de los santos enseñan que la memoria de los santos puede proponerse para que imitemos su fe y sus buenas obras según nuestra vocación; así, el César puede imitar el ejemplo de David en hacer la guerra para echar a los turcos de la patria, pues ambos son reyes. Pero la Escritura no enseña a invocar a los santos ni a pedir auxilio a los santos, porque nos propone a un solo Cristo como mediador, propiciatorio, pontífice e intercesor. A este hay que invocar, y él prometió que oirá nuestras oraciones, y aprueba sobre todo este culto, a saber, que se le invoque en todas las aflicciones (1 Jn 2:1): «Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo», etc.

Felipe Melanchthon, 1530 (dominio público). Traducción al español de Berea, hecha con IA a partir del texto latino de la edición de Philip Schaff, The Creeds of Christendom (1877), texto de CCEL.