Confesión de fe bautista de 1689 · Iglesias bautistas particulares de Londres
De la providencia
Dios, el buen Creador de todas las cosas, en su infinito poder y sabiduría sostiene, dirige, dispone y gobierna a todas las criaturas y cosas, desde la mayor hasta la más pequeña, por su sapientísima y santísima providencia, para el fin para el cual fueron creadas, conforme a su presciencia infalible y al libre e inmutable consejo de su propia voluntad; para alabanza de la gloria de su sabiduría, poder, justicia, infinita bondad y misericordia.
Referencias: (He 1:3; Job 38:11; Is 46:10, 11; Sal 135:6; Mt 10:29-31; Ef 1:11)
Aunque, en relación con la presciencia y el decreto de Dios, la causa primera, todas las cosas acontecen inmutable e infaliblemente, de modo que nada le sucede a nadie por azar o sin su providencia, por la misma providencia él las ordena de tal modo que sucedan según la naturaleza de las causas segundas, ya sea necesaria, libre o contingentemente.
Referencias: (Hch 2:23; Pr 16:33; Gn 8:22)
Dios, en su providencia ordinaria, hace uso de medios; pero es libre para obrar sin ellos, por encima de ellos y contra ellos, según le plazca.
Referencias: (Hch 27:31, 44; Is 55:10, 11; Os 1:7; Ro 4:19-21; Dn 3:27)
El poder todopoderoso, la sabiduría inescrutable y la bondad infinita de Dios se manifiestan de tal manera en su providencia que su consejo determinado se extiende aun a la primera caída y a todos los demás actos pecaminosos tanto de los ángeles como de los hombres; y eso no por un mero permiso, el cual él también limita con sapientísimo y poderosísimo acto, y además ordena y gobierna en una dispensación múltiple hacia sus fines santísimos; pero de tal modo que la pecaminosidad de sus actos procede solo de las criaturas, y no de Dios, quien, siendo santísimo y justo, ni es ni puede ser autor ni aprobador del pecado.
Referencias: (Ro 11:32-34; 2 S 24:1; 1 Cr 21:1; 2 R 19:28; Sal 76:10; Gn 1:20; Is 10:6, 7, 12; Sal 50:21; 1 Jn 2:16)
El sapientísimo, justo y misericordioso Dios muchas veces deja por un tiempo a sus propios hijos en múltiples tentaciones y en la corrupción de sus propios corazones, para castigarlos por sus pecados anteriores, o para descubrirles la fuerza oculta de la corrupción y el engaño de sus corazones, a fin de que sean humillados; y para llevarlos a depender de él, para su sostén, de una manera más estrecha y constante, y hacerlos más vigilantes contra todas las ocasiones futuras de pecado, y para otros diversos fines justos y santos. De modo que todo lo que le sucede a alguno de sus elegidos es por designio suyo, para su gloria y para el bien de ellos.
Referencias: (2 Cr 32:25, 26, 31; 2 Co 12:7-9; Ro 8:28)
En cuanto a aquellos hombres malvados e impíos a quienes Dios, como juez justo, ciega y endurece por pecados anteriores, no solo les retiene su gracia, por la cual podrían haber sido iluminados en su entendimiento y movidos en su corazón, sino que a veces también les retira los dones que tenían, y los expone a objetos tales que su corrupción convierte en ocasión de pecado; y además los entrega a sus propias concupiscencias, a las tentaciones del mundo y al poder de Satanás; por lo cual sucede que se endurecen a sí mismos aun bajo los mismos medios que Dios usa para ablandar a otros.
Referencias: (Ro 1:24-26, 28; Ro 11:7, 8; Dt 29:4; Mt 13:12; Dt 2:30; 2 R 8:12, 13; Sal 81:11, 12; 2 Ts 2:10-12; Éx 8:15, 32; Is 6:9, 10; 1 P 2:7, 8)
Así como la providencia de Dios alcanza, en general, a todas las criaturas, así también, de una manera muy especial, cuida de su Iglesia y dispone todas las cosas para el bien de ella.
Referencias: (1 Ti 4:10; Am 9:8, 9; Is 43:3-5)
Iglesias bautistas particulares de Londres, 1689 (dominio público). Traducción al español de Berea, hecha con IA a partir del texto inglés de Wikisource.