Cánones de Dort · Sínodo de Dort

Segundo punto de doctrina: De la muerte de Cristo y de la redención de los hombres por ella

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Dios no solo es sumamente misericordioso, sino también sumamente justo. Y su justicia exige (según él se ha revelado en su palabra) que nuestros pecados, cometidos contra su majestad infinita, sean castigados no solo con penas temporales, sino también eternas, tanto del alma como del cuerpo; y no podemos escapar de estas penas a menos que se satisfaga la justicia de Dios.

Pero como nosotros mismos no podemos satisfacerla ni librarnos de la ira de Dios, Dios, por su inmensa misericordia, nos dio como fiador a su Hijo unigénito, el cual, para satisfacer por nosotros, fue hecho pecado y maldición en la cruz por nosotros, es decir, en lugar nuestro.

Esta muerte del Hijo de Dios es el único y perfectísimo sacrificio y satisfacción por los pecados, de valor y precio infinitos, abundantemente suficiente para expiar los pecados del mundo entero.

Y esta muerte es de tan gran valor y precio porque la persona que la sufrió no solo es hombre verdadero y perfectamente santo, sino también el Hijo unigénito de Dios, de la misma esencia eterna e infinita que el Padre y el Espíritu Santo, como era necesario que fuera nuestro Salvador. Además, porque su muerte estuvo unida al sentimiento de la ira de Dios y de la maldición que nosotros habíamos merecido por nuestros pecados.

Por lo demás, la promesa del evangelio es que todo aquel que cree en Cristo crucificado no perezca, sino que tenga vida eterna. Esta promesa debe anunciarse y proponerse, junto con el mandato de arrepentirse y creer, a todos los pueblos y a todas las personas, sin distinción ni discriminación, a quienes Dios, según su beneplácito, envía el evangelio.

Y que muchos, llamados por el evangelio, no se arrepientan ni crean en Cristo, sino que perezcan en su incredulidad, no se debe a defecto o insuficiencia del sacrificio de Cristo ofrecido en la cruz, sino a su propia culpa.

Pero a todos los que creen de verdad, y por la muerte de Cristo son librados y salvados de los pecados y de la perdición, este beneficio les llega por la sola gracia de Dios, que él no debe a nadie, y que les fue dada en Cristo desde la eternidad.

Porque este fue el libérrimo consejo y la graciosísima voluntad e intención de Dios Padre: que la eficacia vivificadora y salvadora de la preciosísima muerte de su Hijo se extendiera a todos los elegidos, para darles solo a ellos la fe justificante y, por medio de ella, conducirlos infaliblemente a la salvación. Es decir, Dios quiso que Cristo, por la sangre de la cruz (con la cual confirmó el nuevo pacto), redimiera eficazmente de entre todo pueblo, tribu, nación y lengua a todos aquellos, y solo a aquellos, que desde la eternidad fueron elegidos para salvación y le fueron dados por el Padre; que les diera la fe (la cual, como también los demás dones salvadores del Espíritu Santo, les adquirió con su muerte); que los limpiara con su sangre de todos sus pecados, tanto del original como de los actuales, cometidos tanto después como antes de la fe; que los guardara fielmente hasta el fin, y que finalmente los presentara gloriosos delante de sí, sin mancha ni arruga alguna.

Este consejo, que procede del amor eterno hacia los elegidos, se ha cumplido poderosamente desde el principio del mundo hasta el tiempo presente, resistiéndolo en vano las puertas del infierno, y se seguirá cumpliendo también en adelante; de tal manera que los elegidos sean reunidos en uno a su debido tiempo, y siempre haya alguna iglesia de creyentes fundada en la sangre de Cristo, que ame con constancia, honre con perseverancia y celebre, aquí y por toda la eternidad, a aquel Salvador suyo que, como esposo por su esposa, entregó su vida por ella en la cruz.

Sínodo de Dort, 1619 (dominio público). Traducción al español de Berea, hecha con IA a partir del texto latino de la edición de Philip Schaff, The Creeds of Christendom (1877), texto de CCEL.