Cánones de Dort · Sínodo de Dort
Tercer y cuarto puntos de doctrina: De la corrupción del hombre, de su conversión a Dios y de la manera en que esta se produce
Rechazo de errores
Expuesta la doctrina ortodoxa, el Sínodo rechaza los errores de aquellos:
Error. Los que enseñan que «no puede decirse propiamente que el pecado original baste por sí mismo para condenar a todo el género humano o para merecer penas temporales y eternas».
Refutación. Porque contradicen al apóstol, que dice: «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, en quien todos pecaron» (Ro 5:12). Y en el versículo 16: «La culpa entró por uno solo para condenación». Y también: «El salario del pecado es la muerte» (Ro 6:23).
Error. Los que enseñan que «los dones espirituales, o los buenos hábitos y virtudes, como la bondad, la santidad y la justicia, no pudieron tener lugar en la voluntad del hombre cuando fue creado, y por tanto tampoco pudieron separarse de ella en la caída».
Refutación. Porque esto choca con la descripción de la imagen de Dios que da el apóstol en Ef 4:24, donde la describe como justicia y santidad, que sin duda tienen su lugar en la voluntad.
Error. Los que enseñan que «en la muerte espiritual los dones espirituales no fueron separados de la voluntad del hombre, puesto que esta en sí misma nunca fue corrompida, sino solo estorbada por las tinieblas de la mente y el desorden de los afectos; y que, quitados estos estorbos, puede ejercer su libre facultad innata, es decir, puede por sí misma querer o elegir, o no querer o no elegir, cualquier bien que se le proponga».
Refutación. Esto es nuevo y erróneo, y tiende a exaltar las fuerzas del libre albedrío, contra lo que dice el profeta Jeremías: «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso» (Jer 17:9). Y el apóstol: «Entre los cuales (los hombres rebeldes) también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos» (Ef 2:3).
Error. Los que enseñan que «el hombre no regenerado no está propiamente ni totalmente muerto en sus pecados, ni privado de toda fuerza para el bien espiritual, sino que puede tener hambre y sed de justicia o de vida, y ofrecer el sacrificio de un espíritu quebrantado y contrito, que es agradable a Dios».
Refutación. Porque esto se opone a los claros testimonios de la Escritura: «Estabais muertos en vuestros delitos y pecados» (Ef 2:1, 5). Y: «Todo designio de los pensamientos del corazón del hombre es solamente malo todos los días» (Gn 6:5; 8:21). Además, tener hambre y sed de la liberación de la miseria y de la vida, y ofrecer a Dios el sacrificio de un espíritu quebrantado, es propio de los regenerados y de los que son llamados bienaventurados (Sal 51:17; Mt 5:6).
Error. Los que enseñan que «el hombre corrompido y natural puede usar tan bien la gracia común (que para ellos es la luz de la naturaleza) o los dones que le quedaron después de la caída, que por ese buen uso puede obtener gradualmente una gracia mayor, a saber, la evangélica o salvadora, y la salvación misma; y que de esta manera Dios se muestra dispuesto, por su parte, a revelar a Cristo a todos, puesto que administra a todos, de manera suficiente y eficaz, los medios necesarios para la revelación de Cristo, para la fe y para el arrepentimiento».
Refutación. Porque la Escritura, además de la experiencia de todos los tiempos, atestigua que esto es falso: «Declara sus palabras a Jacob, sus estatutos y sus juicios a Israel. No ha hecho así con ninguna otra nación, y no conocieron sus juicios» (Sal 147:19-20). «En las edades pasadas, Dios dejó que todas las naciones anduvieran por sus propios caminos» (Hch 14:16). «Les fue prohibido (a Pablo y a los suyos) por el Espíritu Santo hablar la palabra de Dios en Asia». Y: «Cuando llegaron a Misia, intentaban ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió» (Hch 16:6-7).
Error. Los que enseñan que «en la verdadera conversión del hombre no pueden ser infundidas por Dios en su voluntad nuevas cualidades, hábitos o dones; y que, por tanto, la fe por la cual primero nos convertimos, y por la cual somos llamados creyentes, no es una cualidad o don infundido por Dios, sino solo un acto del hombre, y que no puede llamarse don sino en cuanto a la capacidad de llegar a ella».
Refutación. Porque esto contradice a las Sagradas Escrituras, que atestiguan que Dios infunde en nuestros corazones nuevas cualidades de fe, de obediencia y del sentimiento de su amor: «Pondré mi ley en su mente y la escribiré en su corazón» (Jer 31:33). «Derramaré aguas sobre el sediento y torrentes sobre la tierra seca; derramaré mi Espíritu sobre tu descendencia» (Is 44:3). «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado» (Ro 5:5). Se oponen también a la práctica constante de la iglesia, que ora con el profeta: «Conviérteme, Señor, y seré convertido» (Jer 31:18).
Error. Los que enseñan que «la gracia por la cual nos convertimos a Dios no es otra cosa que una suave persuasión»; o (como explican otros) que «la manera más noble de obrar en la conversión del hombre, y la más conforme a la naturaleza humana, es la que se hace por persuasiones; y que nada impide que la sola gracia moral haga espirituales a los hombres naturales; más aún, que Dios no produce el consentimiento de la voluntad sino de manera moral; y que la eficacia de la operación divina, por la cual vence la operación de Satanás, consiste en que Dios promete bienes eternos, y Satanás, temporales».
Refutación. Porque esto es enteramente pelagiano y contrario a toda la Escritura, que, además de esta, reconoce en la conversión del hombre otra manera de obrar del Espíritu Santo, mucho más eficaz y divina: «Os daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne, etc.» (Ez 36:26).
Error. Los que enseñan que «Dios, en la regeneración del hombre, no emplea aquellas fuerzas de su omnipotencia con que doblegue poderosa e infaliblemente su voluntad a la fe y a la conversión, sino que, puestas todas las operaciones de la gracia de que Dios se sirve para convertir al hombre, el hombre puede, sin embargo, resistir a Dios y al Espíritu que se propone regenerarlo y quiere regenerarlo, y de hecho a menudo le resiste, de tal manera que impide por completo su propia regeneración; y que, por tanto, queda en su poder ser regenerado o no».
Refutación. Porque esto no es otra cosa que quitar toda eficacia a la gracia de Dios en nuestra conversión y someter la acción del Dios omnipotente a la voluntad del hombre; y esto contra los apóstoles, que enseñan que creemos según la eficacia de la fuerza de su poder (Ef 1:19); y que Dios cumple poderosamente en nosotros el beneplácito gratuito de su bondad y la obra de la fe (2 Ts 1:11); y también que su divino poder nos ha dado todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad (2 P 1:3).
Error. Los que enseñan que «la gracia y el libre albedrío son causas parciales que concurren a la vez en el comienzo de la conversión, y que la gracia no precede, en el orden de la causalidad, a la acción de la voluntad»; es decir, que «Dios no ayuda eficazmente a la voluntad del hombre para la conversión antes de que la voluntad misma del hombre se mueva y se determine».
Refutación. Porque la iglesia antigua condenó hace ya mucho este dogma en los pelagianos, conforme al apóstol: «No depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia» (Ro 9:16). Y: «¿Quién te distingue?». Y: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1 Co 4:7). Y también: «Dios es el que obra en vosotros tanto el querer como el hacer, por su beneplácito» (Fil 2:13).
Sínodo de Dort, 1619 (dominio público). Traducción al español de Berea, hecha con IA a partir del texto latino de la edición de Philip Schaff, The Creeds of Christendom (1877), texto de CCEL.