Prefacio a la Epístola de san Pablo a los Romanos · Martín Lutero

Las palabras de Pablo

Introducción

Esta epístola es la parte principal del Nuevo Testamento y el evangelio más puro. Bien merece que el cristiano no solo la sepa de memoria, palabra por palabra, sino que se ocupe de ella cada día, como del pan de cada día para el alma. Nunca se la puede leer ni meditar demasiado ni demasiado bien: cuanto más se la trata, más preciosa se vuelve y mejor sabe. Por eso quiero yo también prestar mi servicio y, con este prefacio, preparar una entrada a ella, en la medida en que Dios me lo ha concedido, para que todos la entiendan mejor. Porque hasta ahora ha estado muy oscurecida por glosas y toda clase de palabrería, cuando ella misma es una luz clara, casi suficiente para iluminar toda la Escritura.

Ante todo, tenemos que conocer su lenguaje y saber qué quiere decir san Pablo con estas palabras: ley, pecado, gracia, fe, justicia, carne, espíritu y otras semejantes. De lo contrario, leerla no sirve de nada.

La ley

La palabrita «ley» no debes entenderla aquí a la manera humana, como una enseñanza sobre qué obras hay que hacer y cuáles dejar de hacer. Así sucede con las leyes humanas: se las cumple con obras, aunque el corazón no esté en ellas. Dios juzga según lo profundo del corazón. Por eso su ley también exige lo profundo del corazón, y no se conforma con obras; al contrario, castiga como hipocresía y mentira las obras hechas sin el fondo del corazón. De ahí que a todos los hombres se los llame mentirosos (Sal 116:11), porque nadie guarda ni puede guardar la ley de Dios de corazón: cada uno encuentra en sí mismo desgana para el bien y gusto por el mal. Y donde no hay un gusto libre por el bien, el fondo del corazón no está en la ley de Dios. Allí, sin duda, hay también pecado, y se merece la ira de Dios, aunque por fuera parezcan muchas buenas obras y una vida honorable.

Por eso concluye san Pablo en el capítulo 2 que todos los judíos son pecadores, y dice que solo los hacedores de la ley son justos ante Dios. Con ello quiere decir que nadie es hacedor de la ley por sus obras. Más bien les dice: «Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras?». Y también: «En lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo». Es como si dijera: por fuera vives muy bien en las obras de la ley, juzgas a los que no viven así y sabes enseñar a todos; ves la paja en el ojo ajeno, pero no te das cuenta de la viga en el tuyo.

Porque, aunque por fuera guardes la ley con obras, por miedo al castigo o por amor a la recompensa, lo haces todo sin gusto libre ni amor por la ley, sino a disgusto y por obligación, y preferirías hacer otra cosa si no existiera la ley. De ahí se sigue que en el fondo de tu corazón eres enemigo de la ley. ¿De qué sirve, entonces, que enseñes a otros a no robar, si en tu corazón tú mismo eres ladrón, y lo serías también por fuera si te atrevieras? Aunque en estos hipócritas tampoco la obra exterior dura mucho. Así enseñas a otros, pero no a ti mismo; ni siquiera sabes lo que enseñas, y nunca has entendido bien la ley. Más aún: la ley aumenta el pecado, como dice en el capítulo 5, porque el hombre se vuelve más enemigo de ella cuanto más le exige lo que no puede cumplir.

Por eso dice en el capítulo 7: «La ley es espiritual». ¿Qué significa esto? Si la ley fuera corporal, se cumpliría con obras. Pero como es espiritual, nadie la cumple si no hace de corazón todo lo que hace. Y un corazón así no lo da nadie sino el Espíritu de Dios: él hace al hombre semejante a la ley, de modo que le toma gusto de corazón y en adelante lo hace todo, no por miedo ni por obligación, sino con un corazón libre. Así, la ley es espiritual: quiere ser amada y cumplida con un corazón espiritual como ese, y exige un espíritu así. Donde ese espíritu no está en el corazón, allí quedan el pecado, la desgana y la enemistad contra la ley, que sin embargo es buena, justa y santa.

Acostúmbrate, pues, a esta manera de hablar: una cosa muy distinta es hacer las obras de la ley y otra cumplir la ley. Obras de la ley es todo lo que el hombre hace o puede hacer con respecto a la ley por su libre albedrío y sus propias fuerzas. Pero como, debajo y al lado de esas obras, siguen en el corazón la desgana y la obligación hacia la ley, todas esas obras están perdidas y no sirven de nada. Eso quiere decir san Pablo en el capítulo 3 cuando dice: «Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él». Ves, pues, que los disputadores de las escuelas y los sofistas son engañadores cuando enseñan que uno se prepara para la gracia con obras. ¿Cómo va a prepararse para el bien con obras quien no hace ninguna buena obra sin desgana y disgusto en el corazón? ¿Cómo va a agradar a Dios una obra que sale de un corazón sin gusto y que se resiste?

Pero cumplir la ley es hacer sus obras con gusto y amor, y vivir de manera piadosa y buena, libremente, sin la coacción de la ley, como si no hubiera ley ni castigo. Ese gusto del amor libre lo pone el Espíritu Santo en el corazón, como dice en el capítulo 5. Y el Espíritu no se da sino en la fe en Jesucristo, con ella y por ella, como dice en el prólogo de la carta. Y la fe no viene sino por la palabra de Dios, es decir, por el evangelio que predica a Cristo: que es Hijo de Dios y hombre, que murió y resucitó por nosotros, como dice en los capítulos 3, 4 y 10.

De ahí viene que solo la fe justifica y cumple la ley, porque trae el Espíritu por los méritos de Cristo. Y el Espíritu da un corazón gozoso y libre, como la ley lo exige; así, las buenas obras brotan de la fe misma. Eso quiere decir en el capítulo 3: después de haber desechado las obras de la ley, parece que quisiera abolir la ley por la fe; pero dice: «En ninguna manera, sino que confirmamos la ley», es decir, la cumplimos por la fe.

El pecado

Pecado, en la Escritura, no es solo la obra exterior del cuerpo, sino todo el movimiento que se agita y se pone en marcha hacia la obra exterior: el fondo del corazón con todas sus fuerzas. De modo que la palabrita «hacer» significa que el hombre cae y se lanza por completo al pecado; porque ninguna obra exterior de pecado se hace sin que el hombre entero, cuerpo y alma, se entregue a ella. Y la Escritura mira sobre todo al corazón, a la raíz y fuente principal de todo pecado, que es la incredulidad en lo profundo del corazón. Así como solo la fe justifica y trae el Espíritu y el gusto por las buenas obras exteriores, así también solo la incredulidad peca, despierta la carne y trae el gusto por las malas obras exteriores, como les sucedió a Adán y Eva en el paraíso (Gn 3).

Por eso Cristo llama pecado solamente a la incredulidad, cuando dice en Juan 16: «Él convencerá al mundo de pecado… por cuanto no creen en mí». Por eso también, antes de que se hagan obras buenas o malas, que son como frutos buenos o malos, tiene que estar primero en el corazón la fe o la incredulidad, como la raíz, la savia y la fuerza principal de todo pecado. Por eso en la Escritura se la llama también la cabeza de la serpiente y del antiguo dragón, que la simiente de la mujer, Cristo, tiene que aplastar, como le fue prometido a Adán (Gn 3).

La gracia

Gracia y don se diferencian en que gracia significa propiamente el favor o la benevolencia de Dios, que él nos tiene en sí mismo, y por la que se inclina a derramar en nosotros a Cristo y el Espíritu con sus dones, como queda claro en el capítulo 5, donde habla de «la gracia y el don» en Cristo. Los dones y el Espíritu crecen en nosotros cada día y todavía no son perfectos, de modo que aún quedan en nosotros malos deseos y pecados que luchan contra el Espíritu, como dice en Romanos 7 y Gálatas 5, y como se anuncia en Génesis 3 la enemistad entre la simiente de la mujer y la simiente de la serpiente. Aun así, la gracia hace tanto que somos contados enteramente y del todo como justos delante de Dios. Porque su gracia no se reparte ni se divide en pedazos, como los dones, sino que nos recibe entera y completamente en su favor, por causa de Cristo, nuestro intercesor y mediador, y porque en nosotros ya han comenzado los dones.

Así entiendes el capítulo 7, donde san Pablo todavía se acusa de pecador, y sin embargo dice en el 8 que ninguna condenación hay para los que están en Cristo, por los dones imperfectos y por el Espíritu. Por la carne, que aún no ha sido muerta, seguimos siendo pecadores. Pero como creemos en Cristo y tenemos las primicias del Espíritu, Dios nos es tan favorable y bondadoso que no quiere tener en cuenta ni juzgar esos pecados, sino tratarnos según la fe en Cristo, hasta que el pecado sea muerto.

La fe

La fe no es esa ilusión y ese sueño humano que algunos toman por fe. Cuando ven que no le sigue ningún cambio de vida ni buenas obras, aunque oyen y saben hablar mucho de la fe, caen en el error y dicen: «La fe no basta; hay que hacer obras para ser piadoso y salvo». Lo que pasa es que, cuando oyen el evangelio, se lanzan y se forman con sus propias fuerzas un pensamiento en el corazón que dice: «Yo creo», y eso lo tienen por fe verdadera. Pero como es un invento y un pensamiento humano, que nunca llega a lo profundo del corazón, tampoco produce nada, y no le sigue ningún cambio.

La fe, en cambio, es una obra divina en nosotros, que nos transforma y nos hace nacer de nuevo de Dios (Jn 1). Mata al viejo Adán, nos hace hombres completamente distintos de corazón, ánimo, mente y todas las fuerzas, y trae consigo al Espíritu Santo. ¡Oh, qué cosa tan viva, activa, laboriosa y poderosa es la fe! Es imposible que no obre el bien sin cesar. Tampoco pregunta si hay que hacer buenas obras: antes de que se lo pregunten, ya las ha hecho, y siempre está haciéndolas. Quien no hace esas obras es un hombre sin fe: anda a tientas y busca a su alrededor la fe y las buenas obras, y no sabe qué es la fe ni qué son las buenas obras, aunque parlotea y habla mucho de la fe y de las buenas obras.

La fe es una confianza viva y audaz en la gracia de Dios, tan segura que uno moriría mil veces por ella. Esa confianza y ese conocimiento de la gracia de Dios hacen al hombre alegre, valiente y gozoso ante Dios y ante todas las criaturas; y eso lo hace el Espíritu Santo en la fe. Por eso, sin que nadie lo obligue, el hombre se vuelve dispuesto y gozoso para hacer el bien a todos, servir a todos y sufrir toda clase de cosas, por amor y alabanza de Dios, que le ha mostrado tal gracia. Así, es imposible separar las obras de la fe; tan imposible como separar del fuego el arder y el alumbrar. Por eso, cuídate de tus propios pensamientos falsos y de los charlatanes inútiles que se creen listos para juzgar sobre la fe y las buenas obras, y son los mayores necios. Pide a Dios que obre la fe en ti; de lo contrario, seguirás para siempre sin fe, por más que inventes y hagas lo que quieras o puedas.

La justicia

La justicia es, pues, esa fe, y se llama justicia de Dios, o la que vale delante de Dios, porque Dios la da y la cuenta por justicia por causa de Cristo, nuestro mediador; y hace que el hombre dé a cada uno lo que le debe. Porque por la fe el hombre queda sin pecado y le toma gusto a los mandamientos de Dios. Así da a Dios su honra y le paga lo que le debe; y a los hombres les sirve de buena gana en todo lo que puede, y así paga también a todos. Esta justicia no la pueden producir la naturaleza, el libre albedrío ni nuestras fuerzas. Porque así como nadie puede darse la fe a sí mismo, tampoco puede quitarse la incredulidad. ¿Cómo va a quitar, entonces, un solo pecado, ni el más pequeño? Por eso, todo lo que se hace fuera de la fe o en la incredulidad es falso, hipocresía y pecado (Ro 14), por bueno que parezca.

La carne y el espíritu

«Carne» y «espíritu» no debes entenderlos aquí como si carne fuera solo lo que tiene que ver con la impureza sexual, y espíritu lo que tiene que ver con lo interior del corazón. Pablo, como Cristo en Juan 3, llama carne a todo lo que nace de la carne: el hombre entero, con cuerpo y alma, con la razón y todos los sentidos, porque todo en él busca lo de la carne. Así, debes saber llamar carnal también a quien, sin la gracia, inventa, enseña y habla mucho de cosas espirituales elevadas. Puedes aprenderlo bien de las obras de la carne en Gálatas 5, donde llama obras de la carne también a las herejías y al odio. Y en Romanos 8 dice que la ley era débil por la carne; y eso no se dice de la impureza, sino de todos los pecados, y sobre todo de la incredulidad, que es el vicio más espiritual de todos.

En cambio, llama espiritual también a quien se ocupa de las obras más exteriores, como Cristo cuando lavó los pies a los discípulos, y Pedro cuando conducía la barca y pescaba. De modo que «carne» es el hombre que por dentro y por fuera vive y obra para lo que sirve al provecho de la carne y a la vida temporal; y «espíritu» es el que por dentro y por fuera vive y obra para lo que sirve al Espíritu y a la vida venidera.

Sin entender así estas palabras, nunca entenderás esta epístola de san Pablo ni ningún libro de la Sagrada Escritura. Por eso, guárdate de todos los maestros que usan estas palabras de otra manera, sean quienes sean, aunque fueran Jerónimo, Agustín, Ambrosio, Orígenes y otros como ellos, o aún más grandes. Pasemos ahora a la epístola.

Martín Lutero, 1522/1545 (dominio público). Traducción al español de Berea, hecha con IA a partir del texto alemán de la Biblia de Lutero de 1545 (Zeno.org).