Prefacio a la Epístola de san Pablo a los Romanos · Martín Lutero
La epístola, capítulo por capítulo
Todos son pecadores (Ro 1–3)
Al predicador del evangelio le corresponde, ante todo, revelar la ley y el pecado, reprenderlo todo y declarar pecado todo lo que no se vive desde el Espíritu y la fe en Cristo. Así se lleva a los hombres a conocerse a sí mismos y a conocer su miseria, para que se humillen y pidan ayuda. Eso hace también san Pablo. Empieza en el capítulo 1 y reprende los pecados groseros y la incredulidad que están a la vista de todos, como eran y siguen siendo los pecados de los paganos, que viven sin la gracia de Dios. Y dice que por el evangelio se revela desde el cielo la ira de Dios contra todos los hombres, por su impiedad y su injusticia. Porque, aunque saben y reconocen cada día que hay un Dios, la naturaleza misma, fuera de la gracia, es tan mala que ni le da gracias ni lo honra, sino que se ciega a sí misma y cae sin cesar en cosas peores, hasta que, después de la idolatría, comete también los pecados más vergonzosos y toda clase de vicios, sin vergüenza, y encima los deja sin reprender en los demás.
En el capítulo 2 extiende esa reprensión también a los que por fuera parecen piadosos o pecan en secreto, como eran los judíos y siguen siendo todos los hipócritas: viven bien, pero sin gusto ni amor; en su corazón son enemigos de la ley de Dios, y aun así juzgan con gusto a los demás. Así son todos los hipócritas: se tienen por limpios y están llenos de avaricia, odio, soberbia y toda inmundicia (Mt 23). Precisamente ellos son los que menosprecian la bondad de Dios y, por su dureza, atesoran para sí la ira. Así, san Pablo, como verdadero intérprete de la ley, no deja a nadie sin pecado, sino que anuncia la ira de Dios a todos los que quieren vivir bien por naturaleza o por libre albedrío, y no los tiene por mejores que los pecadores públicos; más aún, dice que son de corazón duro y no se arrepienten.
En el capítulo 3 los junta a todos, a unos y a otros, y dice que uno es como el otro: todos son pecadores delante de Dios. Solo que los judíos tuvieron la palabra de Dios; y aunque muchos no la creyeron, no por eso se acaba la fidelidad y la verdad de Dios. De paso cita la palabra del Salmo 51: que Dios es justo en sus palabras. Después vuelve al tema y prueba también con la Escritura que todos son pecadores, que por las obras de la ley nadie es justificado, y que la ley se dio solo para dar a conocer el pecado.
Luego empieza a enseñar el verdadero camino para ser piadoso y salvo. Dice que todos son pecadores y están destituidos de la gloria de Dios, pero que tienen que ser justificados sin mérito, por la fe en Cristo, que nos lo ha merecido con su sangre y se ha hecho para nosotros, de parte de Dios, propiciatorio, que nos perdona todos los pecados pasados. Así muestra que solo nos ayuda la justicia de Dios, que él da en la fe, la que en su tiempo fue revelada por el evangelio y antes atestiguada por la ley y los profetas. De este modo la ley queda confirmada por la fe, aunque las obras de la ley, con toda su jactancia, queden por tierra.
El ejemplo de Abraham (Ro 4)
En el capítulo 4, una vez que en los tres primeros se ha revelado el pecado y se ha enseñado el camino de la fe para la justicia, empieza a salir al paso de algunas objeciones. Primero toma la que hacen de ordinario todos los que oyen que la fe justifica sin obras: «Entonces, ¿ya no hay que hacer buenas obras?». Así, se pone delante a Abraham y dice: ¿qué logró Abraham con sus obras? ¿Fue todo en vano? ¿No le sirvieron de nada sus obras? Y concluye que Abraham fue justificado sin ninguna obra, solo por la fe; tanto que, aun antes de la obra de su circuncisión, la Escritura lo alaba como justo solo por su fe (Gn 15). Y si la obra de la circuncisión, que Dios le mandó y que era una buena obra de obediencia, no aportó nada a su justicia, entonces con seguridad ninguna otra buena obra aportará nada a la justicia. Al contrario: así como la circuncisión de Abraham fue una señal exterior con la que mostraba su justicia en la fe, así todas las buenas obras son solo señales exteriores que se siguen de la fe y muestran, como buenos frutos, que el hombre ya es justo por dentro delante de Dios.
Con esto confirma san Pablo, como con un ejemplo poderoso de la Escritura, lo que antes enseñó sobre la fe en el capítulo 3. Y añade otro testigo, David, en el Salmo 32, que también dice que el hombre es justificado sin obras, aunque no se queda sin obras una vez justificado. Después extiende el ejemplo contra todas las demás obras de la ley, y concluye que los judíos no pueden ser herederos de Abraham solo por la sangre, y mucho menos por las obras de la ley, sino que, si quieren ser verdaderos herederos, tienen que heredar la fe de Abraham. Porque Abraham fue justificado por la fe antes de la ley, tanto la de Moisés como la de la circuncisión, y fue llamado padre de todos los creyentes. Además, la ley produce más ira que gracia, porque nadie la cumple con amor y gusto; de modo que por las obras de la ley viene más desgracia que gracia. Por eso, solo la fe puede alcanzar la gracia prometida a Abraham. Y también estos ejemplos se escribieron por nosotros, para que también nosotros creamos.
Los frutos de la fe; Adán y Cristo (Ro 5)
En el capítulo 5 llega a los frutos y las obras de la fe: la paz, el gozo, el amor a Dios y a todos, y además la seguridad, la firmeza, la confianza, el ánimo y la esperanza en la tribulación y el sufrimiento. Todo esto se sigue donde la fe es verdadera, por el bien desbordante que Dios nos mostró en Cristo al dejarlo morir por nosotros antes de que pudiéramos pedírselo, cuando todavía éramos enemigos. Así tenemos que la fe justifica sin ninguna obra, y sin embargo de ahí no se sigue que no haya que hacer buenas obras, sino que las obras verdaderas no faltan. De ellas no saben nada los santos de las obras, que se inventan obras propias en las que no hay paz, ni gozo, ni seguridad, ni amor, ni esperanza, ni firmeza, ni nada de lo que es propio de la verdadera obra y la verdadera fe cristianas.
Después hace una digresión gozosa, como un paseo, y cuenta de dónde vienen el pecado y la justicia, la muerte y la vida. Y pone muy bien a los dos frente a frente, a Adán y a Cristo. Quiere decir: por eso tenía que venir Cristo, otro Adán, que nos heredara su justicia por un nuevo nacimiento espiritual en la fe, así como aquel Adán nos heredó el pecado por el viejo nacimiento carnal.
Con esto se da a conocer y se confirma que nadie puede ayudarse a sí mismo con obras a pasar del pecado a la justicia, como tampoco puede impedir haber nacido en la carne. Y se prueba también en que la ley divina, que en justicia debería ayudar, si algo pudiera ayudar a la justicia, no solo vino sin ayudar, sino que además aumentó el pecado; porque la naturaleza mala se vuelve más enemiga de ella y quiere satisfacer sus deseos con más ganas cuanto más se lo impide la ley. Así, la ley hace a Cristo todavía más necesario y exige más gracia que ayude a la naturaleza.
La lucha contra el pecado que queda (Ro 6)
En el capítulo 6 trata la obra propia de la fe: la lucha del Espíritu contra la carne, para acabar de matar los pecados y deseos que quedaron después de la justificación. Y nos enseña que por la fe no quedamos libres del pecado de tal manera que podamos estar ociosos, perezosos y confiados, como si ya no hubiera pecado. Hay pecado. Pero no se cuenta para condenación, por causa de la fe que lucha contra él. Por eso tenemos bastante que hacer con nosotros mismos toda la vida: domar nuestro cuerpo, matar sus deseos y obligar a sus miembros a obedecer al Espíritu y no a los deseos. Así nos hacemos semejantes a la muerte y la resurrección de Cristo, y cumplimos nuestro bautismo (que también significa la muerte del pecado y la vida nueva de la gracia), hasta que, del todo limpios de pecado, resucitemos también corporalmente con Cristo y vivamos para siempre.
Y esto lo podemos hacer, dice, porque estamos bajo la gracia y no bajo la ley. Él mismo lo explica: estar sin ley no quiere decir no tener leyes y poder hacer cada uno lo que le dé la gana. Estar bajo la ley es estar ocupados en las obras de la ley sin la gracia. Entonces, sin duda, reina el pecado por la ley, porque por naturaleza nadie ama la ley; y eso es un gran pecado. Pero la gracia nos hace amable la ley. Entonces ya no hay pecado, y la ley ya no está contra nosotros, sino en paz con nosotros.
Esa es la verdadera libertad del pecado y de la ley, de la que escribe hasta el final del capítulo: una libertad para hacer solo el bien, con gusto, y vivir bien sin la coacción de la ley. Por eso es una libertad espiritual, que no abole la ley, sino que da lo que la ley exige, es decir, el gusto y el amor; con eso la ley queda satisfecha y ya no tiene nada que empujar ni exigir. Es como si le debieras a un señor y no pudieras pagar. Podrías librarte de él de dos maneras: una, que él no te cobrara nada y rompiera su registro; la otra, que un hombre bueno pagara por ti y te diera con qué saldar su registro. De esta segunda manera nos ha librado Cristo de la ley. Por eso no es una libertad salvaje y carnal, que no deba hacer nada, sino una que hace mucho y de todo, y que está libre de las exigencias y de la deuda de la ley.
La ley, el pecado y la lucha interior (Ro 7)
En el capítulo 7 confirma esto con una comparación tomada del matrimonio. Cuando un hombre muere, la mujer queda libre, y así uno queda desligado del otro. No quiere decir que la mujer no pueda o no deba tomar otro marido, sino al contrario: que solo ahora es verdaderamente libre para tomar otro, cosa que antes no podía hacer, mientras no estaba desligada del primero. Así, nuestra conciencia está atada a la ley bajo el viejo hombre pecador. Cuando el Espíritu le da muerte, la conciencia queda libre, y uno queda desligado del otro. No para que la conciencia no haga nada, sino para que ahora, de verdad, se una a Cristo, el otro marido, y dé fruto de vida.
Después describe más a fondo la naturaleza del pecado y de la ley: cómo por la ley el pecado se agita de veras y se hace poderoso. Porque el viejo hombre se vuelve tanto más enemigo de la ley cuanto menos puede pagar lo que la ley exige. El pecado es su naturaleza, y por sí mismo no puede hacer otra cosa; por eso la ley es su muerte y todo su tormento. No porque la ley sea mala, sino porque la naturaleza mala no soporta lo bueno, que la ley le exija el bien; como un enfermo no soporta que le exijan correr y saltar y hacer otras obras de alguien sano.
Por eso concluye aquí san Pablo que la ley, donde se la conoce bien y se la entiende de la mejor manera, no hace más que recordarnos nuestro pecado, matarnos por él y hacernos reos de la ira eterna. Todo esto se aprende y se experimenta bien en la conciencia cuando la ley la alcanza de verdad. De modo que para hacer al hombre piadoso y salvo hace falta algo distinto y más que la ley. Pero los que no conocen bien la ley son ciegos: van adelante con presunción y creen cumplirla con obras, porque no saben cuánto exige la ley, a saber, un corazón libre, dispuesto y gozoso. Por eso no miran a Moisés cara a cara: tienen el velo puesto delante y cubierto el rostro.
Después muestra cómo el espíritu y la carne luchan entre sí en un mismo hombre. Y se pone a sí mismo como ejemplo, para que aprendamos a conocer bien la obra de matar el pecado en nosotros. Llama «ley» tanto al espíritu como a la carne, porque, así como es propio de la ley divina empujar y exigir, así también la carne empuja, exige y se enfurece contra el espíritu, y quiere satisfacer su deseo; y a su vez el espíritu empuja y exige contra la carne, y quiere satisfacer el suyo. Esta pelea dura en nosotros mientras vivimos: en unos más, en otros menos, según se haga más fuerte el espíritu o la carne. Y, sin embargo, el hombre entero es las dos cosas, espíritu y carne, y lucha consigo mismo hasta que se vuelva del todo espiritual.
El consuelo de los que luchan (Ro 8)
En el capítulo 8 consuela a los que luchan así: esa carne no los condena. Y muestra además qué es lo propio de la carne y del espíritu, y cómo el Espíritu viene de Cristo, que nos ha dado su Espíritu Santo, que nos hace espirituales y somete la carne. Y nos asegura que seguimos siendo hijos de Dios, por mucho que el pecado se enfurezca en nosotros, mientras sigamos al Espíritu y resistamos al pecado para matarlo. Pero como nada es tan bueno para amortiguar la carne como la cruz y el sufrimiento, nos consuela en el sufrimiento con la ayuda del Espíritu, del amor y de todas las criaturas: el Espíritu gime en nosotros, y la creación anhela con nosotros que quedemos libres de la carne y del pecado. Así vemos que estos tres capítulos, el 6, el 7 y el 8, apuntan a la única obra de la fe, que consiste en matar al viejo Adán y someter la carne.
La predestinación (Ro 9–11)
En los capítulos 9, 10 y 11 enseña sobre la eterna predestinación de Dios, de donde nace en su origen quién ha de creer o no, quién puede librarse del pecado o no. Así, el ser hechos justos queda completamente fuera de nuestras manos y puesto solo en la mano de Dios. Y eso es sumamente necesario, porque somos tan débiles e inseguros que, si dependiera de nosotros, ciertamente no se salvaría ni un solo hombre: el diablo los vencería a todos, sin duda. Pero como Dios es fiel, su predestinación no falla y nadie puede impedírsela, todavía tenemos esperanza contra el pecado.
Pero aquí hay que poner freno de una vez a los espíritus temerarios y soberbios, que llevan su razón primero a este punto y empiezan por arriba: quieren escudriñar primero el abismo de la predestinación divina, y se atormentan en vano preguntándose si están predestinados. Esos acaban precipitándose a sí mismos: o se desesperan, o se abandonan a la ventura.
Tú, en cambio, sigue esta epístola en su orden. Ocúpate primero de Cristo y del evangelio, para que conozcas tu pecado y su gracia. Después, lucha contra el pecado, como te han enseñado aquí los capítulos 1 al 8. Luego, cuando hayas llegado al capítulo 8, bajo la cruz y el sufrimiento, este te enseñará bien cuán consoladora es la predestinación de los capítulos 9, 10 y 11. Porque sin sufrimiento, cruz y angustias de muerte no se puede tratar la predestinación sin daño y sin un secreto enojo contra Dios. Por eso Adán tiene que estar bien muerto antes de soportar esta cosa y beber este vino fuerte. Así que cuídate de no beber vino mientras aún eres un niño de pecho. Cada enseñanza tiene su medida, su tiempo y su edad.
El verdadero culto (Ro 12)
En el capítulo 12 enseña el verdadero culto a Dios y hace sacerdotes a todos los cristianos, para que ofrezcan, no dinero ni animales, como en la ley, sino sus propios cuerpos, dando muerte a los deseos. Después describe la conducta exterior de los cristianos en el gobierno espiritual: cómo deben enseñar, predicar, gobernar, servir, dar, sufrir, amar, vivir y obrar con el amigo, con el enemigo y con todos. Estas son las obras que hace un cristiano; porque, como se ha dicho, la fe no se queda de brazos cruzados.
La autoridad civil y el amor (Ro 13)
En el capítulo 13 enseña a honrar y obedecer a la autoridad civil. Fue instituida porque, aunque no hace piadosa a la gente delante de Dios, logra al menos que los piadosos tengan paz y protección por fuera, y que los malos no puedan hacer el mal libremente, sin temor, en paz y tranquilidad. Por eso los piadosos también deben honrarla, aunque ellos no la necesiten. Al final lo resume todo en el amor, y lo cierra con el ejemplo de Cristo: lo que él hizo por nosotros, eso hagamos también nosotros, siguiéndolo a él.
Los débiles en la fe (Ro 14–15)
En el capítulo 14 enseña a guiar con delicadeza a las conciencias débiles en la fe y a tenerles consideración, de modo que la libertad cristiana no se use para hacer daño, sino para el provecho de los débiles. Porque donde no se hace así, vienen la discordia y el desprecio del evangelio, que es lo que más importa. Es mejor ceder un poco ante los débiles en la fe, hasta que se fortalezcan, que dejar que la enseñanza del evangelio se pierda del todo. Y es una obra especial del amor, muy necesaria también ahora, cuando, comiendo carne y usando otras libertades con descaro y rudeza, sin ninguna necesidad, se sacude a las conciencias débiles antes de que conozcan la verdad.
En el capítulo 15 pone a Cristo como ejemplo, para que soportemos también a los otros débiles, como los que caen en pecados públicos o tienen costumbres desagradables: no hay que desecharlos, sino sobrellevarlos hasta que también ellos mejoren. Porque así ha hecho Cristo con nosotros, y lo sigue haciendo cada día: sobrelleva en nosotros muchísimos defectos y malas costumbres, además de toda nuestra imperfección, y nos ayuda sin cesar. Después, para terminar, ora por ellos, los alaba y los encomienda a Dios; habla de su oficio y de su predicación, y les pide con mucha delicadeza una ofrenda para los pobres de Jerusalén. Todo aquello de lo que habla y en lo que se ocupa es puro amor.
Saludos y una advertencia (Ro 16)
El último capítulo es un capítulo de saludos. Pero entre ellos mezcla una advertencia muy noble contra las doctrinas de hombres, que se introducen junto a la enseñanza del evangelio y causan tropiezos. Es como si hubiera visto con toda certeza que de Roma y por medio de los romanos vendrían los cánones y las decretales engañosos y escandalosos, y todo el enjambre y la gusanera de leyes y mandamientos humanos que ahora inundan el mundo entero, y que han borrado esta epístola y toda la Sagrada Escritura, junto con el Espíritu y la fe, hasta no dejar nada más que al ídolo, el vientre, cuyos servidores reprende aquí san Pablo. Dios nos libre de ellos. Amén.
Conclusión
Así, en esta epístola encontramos con toda abundancia lo que un cristiano debe saber: qué es la ley, el evangelio, el pecado, el castigo, la gracia, la fe, la justicia, Cristo, Dios, las buenas obras, el amor, la esperanza y la cruz; y cómo debemos comportarnos con todos, sean piadosos o pecadores, fuertes o débiles, amigos o enemigos, y con nosotros mismos. Además, todo está excelentemente fundado en la Escritura y probado con su propio ejemplo y el de los profetas, de modo que no queda nada más que desear. Por eso parece que san Pablo quiso resumir en esta epístola, de una vez, toda la doctrina cristiana y evangélica, y preparar una entrada a todo el Antiguo Testamento. Porque, sin duda, quien tiene bien esta epístola en el corazón tiene consigo la luz y la fuerza del Antiguo Testamento. Por eso, que todo cristiano la haga suya y se ejercite en ella continuamente. Que Dios nos dé para ello su gracia. Amén.
Martín Lutero, 1522/1545 (dominio público). Traducción al español de Berea, hecha con IA a partir del texto alemán de la Biblia de Lutero de 1545 (Zeno.org).