Confesión de fe de Westminster · Asamblea de Westminster

De la caída del hombre, del pecado y de su castigo

Nuestros primeros padres, seducidos por la astucia y la tentación de Satanás, pecaron al comer del fruto prohibido. Agradó a Dios, según su sabio y santo consejo, permitir este pecado de ellos, habiéndose propuesto ordenarlo para su propia gloria.

Por este pecado cayeron de su justicia original y de su comunión con Dios, y así quedaron muertos en el pecado y totalmente corrompidos en todas las facultades y partes del alma y del cuerpo.

Siendo ellos la raíz de toda la humanidad, la culpa de este pecado fue imputada, y la misma muerte en el pecado y la naturaleza corrompida fueron transmitidas a toda su posteridad, que desciende de ellos por generación ordinaria.

De esta corrupción original, por la cual estamos completamente indispuestos, incapacitados y opuestos a todo bien, y enteramente inclinados a todo mal, proceden todas las transgresiones actuales.

Esta corrupción de la naturaleza permanece durante esta vida en los que son regenerados; y aunque por medio de Cristo sea perdonada y mortificada, tanto ella misma como todos sus impulsos son verdadera y propiamente pecado.

Todo pecado, tanto el original como el actual, siendo una transgresión de la justa ley de Dios y contrario a ella, trae por su propia naturaleza culpa sobre el pecador, por la cual este queda sujeto a la ira de Dios y a la maldición de la ley, y así expuesto a la muerte, con todas las miserias espirituales, temporales y eternas.

Asamblea de Westminster, 1647 (dominio público). Traducción al español de Berea, hecha con IA a partir del texto inglés de la edición de Philip Schaff, The Creeds of Christendom (1877), texto de CCEL.