Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

El conocimiento de Dios en cuanto Creador y supremo Gobernador de todo el mundo

Dios gobierna y sustenta con su providencia el mundo y todo lo que hay en él, que creó con su poder

Sería cosa vana y sin ningún provecho hacer de Dios un Creador momentáneo, que solo una vez perfeccionó su obra. Y en esto sobre todo es necesario que nos distingamos de los hombres profanos y sin religión: en que consideremos el poder de Dios no menos presente en el curso y estado perpetuos del mundo que en su primer origen y principio. Porque, aunque el entendimiento de los impíos, con solo mirar al cielo y a la tierra, se ve obligado a elevarse a su Creador, la fe tiene su propia manera de ver, con la que atribuye enteramente a Dios la gloria de ser creador de todo. Esto es lo que quiere decir lo que ya hemos citado del apóstol: que solo por la fe entendemos que el mundo fue hecho por la palabra de Dios (He 11:3). Porque, si no penetramos hasta su providencia, no podremos entender qué quiere decir que Dios es creador, por mucho que nos parezca entenderlo con el entendimiento y confesarlo con la boca. El juicio de la carne, una vez que ha considerado en la creación el poder del Creador, se detiene allí; y cuando mucho, lo más que hace es considerar y notar la sabiduría, el poder y la bondad del Creador que se presentan a la vista en esta máquina del mundo, aunque no nos preocupemos de mirarla; después concibe una cierta acción general de Dios para conservarlo y mantenerlo todo en pie, de la que depende la fuerza para moverse. Finalmente, piensa que para conservar todas las cosas en su ser basta la fuerza que Dios les dio al principio en su primera creación. Pero la fe debe penetrar mucho más alto: debe reconocer como gobernador y moderador perpetuo al que confesó como Creador de todas las cosas; y esto no solo porque mueve la máquina del mundo y todas sus partes con un movimiento universal, sino porque cuida, sustenta y alimenta con una providencia particular todo lo que creó, hasta el pajarillo más pequeño del mundo. Por eso David, después de contar en resumen cómo Dios creó el mundo, pasa enseguida a hablar del curso perpetuo de la providencia de Dios: «Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca» (Sal 33:6); y luego añade: «Desde los cielos miró Jehová; vio a todos los hijos de los hombres» (v. 13), y lo demás que dice a este propósito. Porque, aunque no todos razonen con la propiedad debida, como no sería creíble que Dios se ocupara de lo que hacen los hombres si no fuera Creador del mundo, y nadie cree de veras que Dios creó el mundo sin persuadirse de que cuida de sus obras, no sin razón David pasa en muy buen orden de lo uno a lo otro. Es verdad que aun los filósofos enseñan en general que todas las partes del mundo toman su fuerza de una secreta inspiración de Dios, y nuestro entendimiento así lo entiende. Pero ninguno de ellos subió tan alto como David, que hace subir consigo a todos los fieles diciendo: «Todos ellos esperan en ti, para que les des su comida a su tiempo. Les das, recogen; abres tu mano, se sacian de bien. Escondes tu rostro, se turban; les quitas el hálito, dejan de ser, y vuelven al polvo. Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra» (Sal 104:27-30). Asimismo, aunque los filósofos estén de acuerdo con lo que dice san Pablo, que en Dios vivimos, nos movemos y somos (Hch 17:28), están muy lejos de sentirse tocados en lo vivo por el sentimiento de su gracia tal como san Pablo la predica; y la causa es que no gustan aquel cuidado particular que Dios tiene de nosotros, en el que se manifiesta el favor paternal con que nos trata.

Para explicar mejor esta diferencia, será necesario saber que la providencia de Dios, tal como nos la pinta la Escritura, se opone a la fortuna y a todo lo fortuito. Y como en casi todos los tiempos ha sido comúnmente aceptada, y aun hoy casi todos la sostienen, la opinión de que todas las cosas suceden por azar, aquello de lo que deberíamos estar persuadidos acerca de la providencia de Dios no solo queda oscurecido por esta mala opinión, sino casi enterrado del todo. Si alguien cae en manos de ladrones o se topa con fieras; si, levantándose de repente un viento, naufraga en el mar; si la casa o algún árbol, al caerse, lo aplasta; si otro, andando perdido por los desiertos, encuentra remedio para su necesidad; si llega a puerto arrojado por las mismas olas del mar, escapando milagrosamente de la muerte por un solo dedo de distancia: todos estos sucesos, así prósperos como adversos, el juicio de la carne los atribuye a la fortuna. Pero quien haya aprendido de boca de Cristo que todos los cabellos de su cabeza están contados (Mt 10:30) buscará la causa mucho más lejos y tendrá por cierto que todo lo que sucede está gobernado por el consejo secreto de Dios. En cuanto a las cosas inanimadas, debemos tener por firme que, aunque Dios ha asignado a cada una su propiedad, ninguna de ellas puede producir nada sino en cuanto es dirigida por la mano de Dios. No son, pues, sino instrumentos por los que Dios infunde continuamente tanta eficacia cuanta tiene a bien, y conforme a su voluntad los tuerce y los vuelve para que hagan esto o aquello. No hay entre todas las criaturas virtud más admirable ni más excelente que la del sol. Porque, además de alumbrar con su claridad a todo el mundo, ¡qué virtud es esta de sustentar y hacer crecer con su calor a todos los animales, de infundir con sus rayos fertilidad a la tierra calentando las semillas que se han echado en ella, y de hacerla después reverdecer con hermosísimas hierbas, que hace crecer dándoles cada día nueva sustancia hasta que echan tallo! ¡Y de sustentarlas con un vapor perpetuo hasta que echan flor, y de la flor sale el fruto, que el mismo sol hace madurar! ¡Y de que los árboles y asimismo las vides, calentados por él, echen primero las yemas, luego las hojas, después la flor, y de la flor hagan su fruto! Pero el Señor, para atribuirse y reservarse toda la gloria de todas estas cosas, quiso que hubiera luz y que la tierra estuviera llena de toda clase de hierbas y frutos antes de crear el sol (Gn 1:3, 11). Por eso el hombre fiel no hará del sol la causa principal ni necesaria de las cosas que existieron antes de que el sol fuera creado, sino que lo tendrá solo por un instrumento del que Dios se sirve porque así lo quiere, pudiendo muy bien, sin usar este medio, obrar por sí solo sin mayor dificultad. Asimismo, cuando leemos que, por la oración de Josué, el sol se detuvo en un mismo punto durante el espacio de dos días (Jos 10:13), y que por causa del rey Ezequías su sombra retrocedió diez grados (2 R 20:11), con estos pocos milagros mostró Dios que el sol no sale y se pone cada día por un ciego instinto de la naturaleza de tal modo que él no gobierne su curso, para renovarnos la memoria de su favor paternal hacia nosotros. Nada hay más natural que la sucesión de la primavera tras el invierno, del verano tras la primavera y del otoño tras el verano. Y, sin embargo, en esta sucesión se ve una diversidad tan grande y tan variada que fácilmente se entiende que cada año, cada mes y cada día son gobernados por una providencia de Dios nueva y especial.

Y ciertamente el Señor se atribuye a sí mismo la omnipotencia y quiere que la reconozcamos en él, no como la imaginan los sofistas, vana, ociosa y casi dormida, sino despierta, eficaz, activa, siempre con la mano en la obra; y no como un simple principio general de un movimiento confuso, como si alguien, habiendo hecho una vez el canal y preparado el camino por donde pasara el agua, la dejara después correr por sí sola, sino que gobierna y cuida de todos los movimientos particulares. Porque se le llama Todopoderoso no porque pueda hacer, pero entretanto cese y esté ocioso, o porque mantenga mediante un instinto general el orden que puso en la naturaleza, sino porque, gobernando con su providencia el cielo y la tierra, lo rige todo de tal manera que nada sucede sino como él lo ha determinado en su consejo. Porque cuando se dice en el salmo que hace todo lo que quiere (Sal 115:3), se indica una voluntad cierta y deliberada. Y ciertamente sería poca cosa querer interpretar las palabras del profeta según la doctrina de los filósofos, que Dios es el primer agente porque es principio y causa de todo movimiento; esto es más bien un consuelo con el que los fieles se consuelan en sus adversidades: que no padecen nada que no sea por disposición y mandato de Dios, porque están bajo su mano. Y si el gobierno de Dios se extiende así a todas sus obras, será una cavilación pueril encerrarlo y limitarlo dentro del influjo y el curso de la naturaleza. Y ciertamente todos los que reducen la providencia de Dios a un espacio tan pequeño, como si dejara a todas las criaturas ir libremente según el curso ordinario de la naturaleza, roban a Dios su gloria y se privan a sí mismos de una doctrina que les sería muy útil; porque, si así fuera, no habría nada más desdichado que el hombre, sujeto a todos los movimientos del cielo, el aire, la tierra y el agua. Añádase a esto que de esta manera se menoscabaría muy indignamente la bondad singular que Dios tiene con cada uno. Exclama David que los niños, aun colgados todavía del pecho de sus madres, son bastante elocuentes para proclamar la gloria de Dios (Sal 8:2), porque en cuanto salen del vientre de su madre encuentran su alimento preparado por la providencia divina. Esto es verdad en general, con tal que contemplemos y entendamos lo que la misma experiencia nos enseña: que unas madres tienen los pechos llenos de leche y otras los tienen secos, según Dios quiere alimentar a uno con más abundancia y al otro con más escasez. Pero los que atribuyen a Dios la justa alabanza de ser Todopoderoso sacan de aquí dos provechos. El primero, que él tiene riquezas de sobra para hacer el bien, pues el cielo y la tierra son suyos, y todas las criaturas tienen los ojos puestos en él para someterse y hacer lo que les mande. El segundo, que pueden descansar seguros bajo su amparo, pues todas las cosas que podrían dañarnos, vengan de donde vengan, están sujetas a su voluntad; Satanás, con todas sus furias y todo su aparato, es refrenado por su mandato como un caballo con el freno; y todo lo que podría impedir nuestro bien y salvación depende de su arbitrio y voluntad. Y no hay que pensar que haya otro medio para corregir o apaciguar los temores excesivos y supersticiosos que con tanta facilidad nos asaltan cuando vemos los peligros delante de nosotros. Digo que somos supersticiosamente temerosos si, cada vez que las criaturas nos amenazan o nos infunden algún miedo, temblamos como si tuvieran por sí mismas fuerza y poder para hacer daño, o como si nos perjudicaran por casualidad, o como si Dios no fuera bastante para ayudarnos y defendernos de ellas. Por ejemplo, el profeta prohíbe a los hijos de Dios que teman a las estrellas y a las señales del cielo, como suelen hacer los infieles (Jer 10:2). Ciertamente no condena todo tipo de temor; pero, como los incrédulos trasladan el gobierno del mundo de Dios a las estrellas, se imaginan que toda su felicidad o su desdicha depende de ellas y no de la voluntad de Dios. Así, en lugar de temer a Dios, al único a quien deberían temer, temen a las estrellas y a los cometas. Quien quiera, pues, no caer en esta incredulidad, tenga siempre presente que el poder, la acción y el movimiento que hay en las criaturas no son algo que gire y vuelva a girar a su antojo, sino que Dios, por su consejo secreto, lo gobierna todo de tal manera que nada sucede en el mundo que él no haya determinado así a propósito y deliberadamente.

En primer lugar, pues, hay que tener por firme que, cuando se habla de la providencia de Dios, esta palabra no significa que Dios, ocioso, contemple desde el cielo lo que se hace en el mundo, sino más bien que es como el piloto de una nave, que lleva el timón para dar orden en todo lo que suceda. Así, la providencia se extiende tanto a las manos como a los ojos. Porque cuando Abraham decía a su hijo: «Dios proveerá» (Gn 22:8), no quería decir solo que Dios sabía lo que había de suceder, sino que echaba sobre Dios el cuidado de la perplejidad en que se encontraba, pues a Dios le corresponde dar salida y poner fin a las situaciones más enredadas y confusas. De donde se sigue que la providencia de Dios es activa, como dicen, porque desatinan muy neciamente los que admiten una presciencia desprovista de todo efecto. No es tan grosero el error de los que atribuyen a Dios el gobierno, pero de un modo general y confuso, como ya he dicho: admiten que Dios impulsa y hace girar con un movimiento general esta máquina del mundo con todas sus partes, pero que no se ocupa en particular de cada una de las criaturas. Y tampoco este error es tolerable. Porque dicen que, con esta providencia que llaman universal, ninguna criatura se ve impedida de moverse al azar hacia aquí o hacia allá, ni el hombre de hacer con su libre albedrío lo que quiera. Vean cómo reparten entre Dios y los hombres: dicen que Dios infunde con su poder en el hombre un movimiento natural mediante el cual puede aplicarse a aquello a lo que por naturaleza se inclina, pero que el hombre, dotado de esta facultad, gobierna por su propio consejo y voluntad todo lo que hace. En suma, quieren que el mundo, los asuntos de los hombres y los mismos hombres sean gobernados por el poder de Dios, pero no por su disposición y determinación. No hablo aquí de los epicúreos (de cuya peste siempre ha estado lleno el mundo), que se inventan un Dios ocioso y, como dicen, mano sobre mano; tampoco menciono aquí a otros no menos desatinados que ellos, que antiguamente imaginaron que Dios dominaba lo que está de la región media del aire hacia arriba, de modo que dejaba a la fortuna todo lo que está por debajo. Porque las criaturas, aun las que no tienen boca para hablar, claman bastante contra un desvarío tan manifiesto. Mi propósito ahora es refutar la opinión que casi todos sostienen en general, que atribuye a Dios no sé qué movimiento ciego, incierto y confuso, y entretanto le quita a Dios lo principal: que con su sabiduría incomprensible dirige y dispone todas las cosas al fin que les ha señalado. Y así esta opinión hace a Dios gobernador del mundo solo de palabra y no de hecho, pues le quita el cargo y oficio de ordenar lo que se debe hacer. Porque, les ruego, ¿qué otra cosa es gobernar sino presidir de tal suerte que las cosas sobre las que se preside sean regidas por un consejo cierto y determinado? No rechazo del todo lo que se dice de la providencia general, con tal que se me conceda que Dios rige el mundo no solo porque mantiene en su ser el curso de la naturaleza tal como lo ordenó al principio, sino porque cuida en particular de cada una de las cosas que creó. Es verdad que cada especie de cosas se mueve por un secreto instinto de la naturaleza, como obedeciendo al mandato eterno de Dios, y que lo que Dios ordenó una vez al principio sigue su curso por sí mismo, como por una inclinación voluntaria. A esto puede aplicarse lo que dice Cristo, que él y el Padre están siempre trabajando desde el principio (Jn 5:17); y lo que enseña san Pablo, que en él vivimos, nos movemos y somos (Hch 17:28); y también lo que está escrito en la epístola a los Hebreos, donde, queriendo probar la divinidad de Jesucristo, se dice que todas las cosas son sustentadas con la palabra de su poder (He 1:3). Pero algunos obran muy perversamente cuando con este pretexto encubren y oscurecen la providencia particular de Dios, que está confirmada con testimonios tan claros y manifiestos de la Escritura que es de maravillar que haya podido haber alguien que la negara o dudara de ella. Y ciertamente los que se escudan en este pretexto se ven obligados ellos mismos a añadir, como para corregir lo que han dicho, que muchas cosas se hacen con un cuidado particular de Dios; pero se equivocan al limitarlo a ciertas cosas particulares. Por lo cual es necesario probar que Dios cuida de tal manera de regir y disponer todo lo que se hace en particular en el mundo, y que todo ello procede de tal manera de lo que él ha determinado en su consejo, que nada sucede por casualidad ni a la ventura.

Si concedemos que el principio de todo movimiento está en Dios, pero que entretanto todas las cosas se mueven por sí mismas o al azar adonde las lleva su inclinación natural, las alternancias del día y de la noche, del invierno y del verano, serán obras de Dios en cuanto que él, asignando a cada cosa su oficio, les puso ciertas leyes. Esto sería verdad si los días que suceden a las noches, los meses a los meses y los años a los años guardaran siempre, con el mismo tenor y constancia, una misma forma. Pero cuando unas veces calores extremos, junto con una gran sequía, queman todos los frutos de la tierra; otras veces las lluvias fuera de tiempo echan a perder los sembrados; y los granizos y tempestades destruyen de repente todo lo que hay, esto no sería obra de Dios, sino que las nieblas, el buen tiempo, el frío y el calor vendrían de las constelaciones o de otras causas naturales. Y ciertamente, de este modo no quedaría lugar ni para el favor paternal que Dios nos muestra ni para sus juicios. Si aquellos contra quienes hablo dicen que Dios se muestra bastante generoso con los hombres porque infunde en el cielo y en la tierra una virtud ordinaria para que nos provean de alimento, esta es una fantasía vacía y profana: como si la fertilidad de un año no fuera una bendición singular de Dios, ni la esterilidad y el hambre su maldición y castigo. Pero como sería muy largo exponer todas las razones que hay para refutar este error, bástenos la autoridad del mismo Dios. Él declara muchísimas veces en la Ley y en los Profetas que, cada vez que riega la tierra con su rocío o con su lluvia, muestra su buena voluntad; y, al contrario, que es señal certísima de su castigo particular cuando por su mandato el cielo se endurece como si fuera de hierro, cuando los trigos se dañan y se consumen por el añublo o por otras plagas, y cuando los campos son azotados por el granizo y las tempestades. Si admitimos esto, será cosa cierta que no cae en la tierra una gota de agua sino por su mandato particular. Es verdad que David engrandece la providencia general de Dios porque da alimento a los hijos de los cuervos que lo invocan (Sal 147:9); pero cuando él mismo amenaza con hambre a los animales, ¿no declara bastante que alimenta a todos los animales unas veces con más abundancia y otras con menos, como tiene por bien? Es cosa pueril, como ya he dicho, limitar esto a algunas cosas particulares, pues Cristo dice sin excepción alguna que no hay pajarillo, por poco que valga, que caiga a tierra sin la voluntad del Padre (Mt 10:29). Ciertamente, si el vuelo de las aves está regido por el consejo determinado de Dios, es necesario confesar con el profeta que él habita en lo alto de tal manera que se abaja a mirar todo lo que se hace en el cielo y en la tierra (Sal 113:5-6).

Pero como sabemos que el mundo fue creado principalmente por causa del hombre, siempre que hablemos de la providencia con que Dios lo gobierna debemos considerar este fin. Exclama el profeta Jeremías: «Conozco, oh Jehová, que el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos» (Jer 10:23). Y Salomón: «De Jehová son los pasos del hombre; ¿cómo, pues, entenderá el hombre su camino?» (Pr 20:24). Que digan ahora que Dios mueve al hombre conforme a la inclinación de su naturaleza, pero que él se mueve aquí o allá como le place. Si esto se dijera con verdad, estaría en manos del hombre disponer sus caminos. Tal vez lo nieguen, alegando que el hombre no puede nada sin el poder de Dios. Pero, como consta que el profeta y Salomón atribuyen a Dios no solo el poder, sino también la elección y determinación de lo que se debe hacer, nunca podrán desenredarse. Salomón reprende elegantísimamente en otro lugar esta temeridad de los hombres, que sin ninguna consideración de Dios (como si no fueran guiados por su mano) apuntan al blanco que se les antoja: «Del hombre son las disposiciones del corazón; mas de Jehová es la respuesta de la lengua» (Pr 16:1). Como si dijera: es un desvarío ridículo que los pobres hombres decidan hacer algo sin Dios, cuando no pueden decir una sola palabra si Dios no quiere. Más aún: la Escritura, para mostrar mejor que nada se hace en el mundo sino por disposición de Dios, muestra que le están sujetas las cosas que más parecen fortuitas. Porque ¿qué se podrá atribuir más a la fortuna o al azar que el que una rama caiga de su árbol y mate a un caminante que pasaba? Pero el Señor habla de un modo muy distinto: dice que él lo entregó en manos de quien lo mató (Éx 21:13). Asimismo, ¿quién no dirá que las suertes se rigen por la fortuna? Pero el Señor no consiente que se hable así, pues se atribuye a sí mismo su gobierno. No dice simplemente que es por su poder que las piedrecillas se meten en el regazo y se sacan, sino que aquello que más se podría atribuir a la fortuna, él afirma que lo dispone él mismo (Pr 16:33). Con esto concuerda lo que dice Salomón: «El pobre y el usurero se encuentran; Jehová alumbra los ojos de ambos». Porque, aunque los ricos viven en el mundo mezclados con los pobres, al decir que Dios asigna a cada uno su condición y estado, da a entender que él, que da luz a los demás, no es ciego; y de este modo exhorta a los pobres a la paciencia, porque todos los que no están contentos con su estado y manera de vivir procuran sacudirse la carga que Dios les ha impuesto. Del mismo modo, otro profeta reprende a los hombres profanos que atribuyen a la habilidad de los hombres o a la fortuna que unos estén en el estiércol y otros sean llamados a honores y dignidades: «Porque ni de oriente ni de occidente, ni del desierto viene el enaltecimiento. Mas Dios es el juez; a este humilla, y a aquel enaltece» (Sal 75:6-7); porque Dios no puede dejar de ser Juez. De aquí concluye el profeta que es por el consejo secreto de Dios que unos son ensalzados y otros quedan abatidos.

Digo además que los sucesos particulares son, en general, testimonios de la providencia que Dios tiene de cada cosa en particular. Dios levantó en el desierto un viento del sur que trajo al pueblo de Israel una infinidad de codornices (Éx 16:13). Cuando quiso que Jonás fuera arrojado al mar, envió un viento que levantara la tormenta (Jon 1:4). Dirán los que piensan que Dios no cuida ni rige el mundo que esto fue algo fuera de lo común. Pues de ahí concluyo yo que jamás se levanta viento alguno sin un mandato especial de Dios. Porque de otro modo no podría ser verdad lo que dice David: «El que pone las nubes por su carroza, el que anda sobre las alas del viento; el que hace a los vientos sus mensajeros, y a las flamas de fuego sus ministros» (Sal 104:3-4), si no llevara las nubes y los vientos de un lado a otro como quiere, y si no mostrara en ellos una presencia particular de su poder. Del mismo modo se nos enseña en otro lugar que, siempre que el mar se embravece con vientos impetuosos, esos ímpetus atestiguan una presencia particular de Dios: «Porque habló, e hizo levantar un viento tempestuoso, que encrespa sus ondas […]. Cambia la tempestad en sosiego, y se apaciguan sus ondas», de modo que se pueda navegar el mar (Sal 107:25, 29); como dice en otro lugar que castigó al pueblo con vientos abrasadores. Conforme a esto, aunque los hombres tienen por naturaleza fuerza para engendrar, Dios quiere que se le atribuya a él, y que se tenga por beneficio particular suyo, que unos nunca tengan hijos y que otros, en cambio, los tengan. Porque el fruto del vientre es don suyo. Por eso decía Jacob a su mujer Raquel: «¿Soy yo acaso Dios, que te impidió el fruto de tu vientre?» (Gn 30:2). Y para concluir: no hay nada más ordinario en la naturaleza que el que el pan nos sustente; pero el Espíritu Santo afirma no solo que la cosecha es un beneficio particular de Dios, sino que no solo de pan vivirá el hombre (Dt 8:3), porque no es la abundancia la que los sustenta, sino la bendición oculta de Dios; así como, al contrario, amenaza con quitar al pan su fuerza para sustentar (Is 3:1). Porque de otro modo no podríamos pedir de veras a Dios nuestro pan de cada día, si Dios no nos diera con su mano de Padre nuestro alimento. Por eso el profeta, para persuadir a los fieles de que Dios, cuando los alimenta, cumple el oficio de un buen padre de familia, recuerda que él da alimento a todo ser viviente (Sal 136:25). En conclusión, cuando por una parte oímos decir que los ojos del Señor están sobre los justos, y atentos sus oídos a sus oraciones, y por otra que el rostro del Señor está contra los impíos para cortar de la tierra su memoria (Sal 34:15-16), entendamos que todas las criaturas, las de arriba y las de abajo, están prontas y dispuestas para hacer lo que él les mande. De donde debemos concluir que no solo hay una providencia general de Dios que mantiene el orden natural en las criaturas, sino que estas son dirigidas por su admirable consejo a sus fines propios.

Los que pretenden hacer odiosa esta doctrina la calumnian diciendo que es la doctrina de los estoicos, según la cual todas las cosas suceden por necesidad; lo cual también se le echó en cara a san Agustín (Contra las dos cartas de los pelagianos, a Bonifacio, libro II, cap. 6, y en otros lugares). En cuanto a nosotros, aunque discutimos de palabras a la fuerza, no admitimos el término «hado», que usaban los estoicos: en parte porque es de aquellas palabras cuyas profanas novedades manda el apóstol evitar (1 Ti 6:20), y en parte porque nuestros adversarios, aprovechando lo odioso de este término, procuran menoscabar la verdad de Dios. En cuanto a la opinión misma, nos la imputan falsa y maliciosamente. Porque no imaginamos una necesidad que se halle en la naturaleza por la trabazón perpetua de las causas, como la imaginaban los estoicos, sino que establecemos a Dios como Señor y gobernador de todo, que conforme a su sabiduría determinó desde la eternidad lo que había de hacer, y ahora con su poder lleva a cabo lo que determinó. De donde afirmamos que con su poder son gobernados no solo el cielo, la tierra y las criaturas inanimadas, sino también los designios y las voluntades de los hombres, de tal suerte que van derechos a parar al término que él les había señalado. «¿Qué, pues? —dirá alguno—, ¿no sucede nada por casualidad y a la ventura?». Respondo que con muchísima verdad dijo Basilio Magno que «fortuna» y «azar» son palabras de paganos, cuyo significado no debe entrar en el entendimiento de los fieles. Porque, si todo buen suceso es bendición de Dios y toda calamidad y adversidad es maldición suya, no quedará lugar alguno ni para la fortuna ni para el azar en todo lo que sucede a los hombres. También debe movernos lo que dice san Agustín: «No me agrada haber nombrado tantas veces la fortuna en los libros que escribí contra los académicos, aunque no quise entender con este nombre a una diosa, sino el suceso fortuito exterior de las cosas, fueran buenas o malas. De ahí vienen estas palabras, que ninguna religión prohíbe decir: "quizá", "por casualidad", "por ventura", "podrá suceder"; aunque todo debe atribuirse a la divina providencia. Y tampoco dejé de decirlo, al escribir: "Es posible que lo que comúnmente se llama fortuna esté también regido por un orden secreto; y no llamamos casual sino aquello cuya razón y causa está oculta". Es verdad que lo dije; pero, con todo, me pesa haber usado la palabra "fortuna", pues veo que los hombres tienen la pésima costumbre de decir "la fortuna lo quiso" cuando deberían decir "Dios lo quiso"» (Retractaciones, libro I, cap. 1). En conclusión, enseña en muchísimos lugares que, si algo se atribuye a la fortuna, el mundo se rige sin orden alguno. Y aunque en cierto lugar dice que todas las cosas se hacen en parte por el libre albedrío del hombre y en parte por la providencia de Dios, un poco más abajo muestra con toda claridad que los hombres están sujetos a esta providencia y son regidos por ella, porque toma como principio que no hay nada más absurdo que decir que algo pueda hacerse sin que Dios lo haya determinado, porque se haría al azar (Ochenta y tres cuestiones diversas). Por esta razón excluye todo lo que pudiera cambiar por la voluntad de los hombres; y enseguida lo dice aún más claramente, afirmando que no se debe buscar causa a la voluntad de Dios. Y lo que entiende por el término «permisión», que usa muchas veces, lo declara muy bien en cierto lugar donde prueba que la voluntad de Dios es la causa suprema y principal de todas las cosas, porque nada se hace sino por su mandato o por su permisión (Sobre la Trinidad, libro III, cap. 4). Ciertamente no imagina a Dios como quien, desde una atalaya, mira ociosamente lo que pasa, dispuesto a permitir esto o aquello, puesto que le atribuye una voluntad activa, como la llaman, que no podría tenerse por causa si él no determinara lo que quiere.

Pero como la torpeza de nuestro entendimiento está muy lejos de poder penetrar hasta algo tan alto como la providencia de Dios, será necesario hacer una distinción para ayudarlo y aliviarlo. Digo, pues, que, aunque todas las cosas son regidas por el consejo y la disposición cierta de Dios, para nosotros son fortuitas. No porque piense que la fortuna tiene dominio sobre el mundo y sobre los hombres para trastornarlo todo al azar, porque no conviene que tal desvarío entre en el entendimiento de un cristiano, sino porque el orden, la razón, el fin y la necesidad de las cosas que suceden están ocultos en su mayor parte en el consejo de Dios, y el entendimiento humano no puede alcanzarlos; por eso son como fortuitas cosas que ciertamente proceden de la voluntad de Dios. Porque no muestran otra apariencia, ya se consideren en su naturaleza, ya se ponderen según nuestro juicio y entendimiento. Supongamos, por poner un ejemplo, que un mercader entra en un bosque con buena compañía, se separa imprudentemente de ella, va a dar en un lugar donde suelen asaltar a la gente y, cayendo en manos de los salteadores, es degollado. La muerte de este hombre no solo fue prevista por Dios, sino que fue determinada en su consejo. Porque no se dice solamente que Dios ha previsto cuánto ha de durar la vida de cada uno, sino que le ha puesto límites que no se pueden traspasar (Job 14:5). Pero, en cuanto alcanza la capacidad de nuestro entendimiento, todo lo que se ve en esta muerte parece fortuito. ¿Qué pensará en tal caso el cristiano? Ciertamente, que todo lo que sucedió en esta muerte era fortuito por su naturaleza, como de hecho lo era; pero no dudará de que la providencia de Dios presidió para guiar la fortuna a su fin y término. Lo mismo hay que pensar de las cosas que están por suceder. Como todas las cosas futuras nos son inciertas, así también las tenemos en suspenso, como si pudieran inclinarse a una parte o a otra. Con todo, tenemos por firme y cierto que no puede suceder nada que el Señor no haya previsto. En este sentido se repite muchas veces en el libro del Eclesiastés la palabra «suceso», porque los hombres no penetran a primera vista hasta la causa primera, que está escondida muy lejos. Con todo, lo que la Escritura nos enseña de la providencia secreta de Dios nunca ha sido borrado del corazón de los hombres de tal manera que no hayan quedado siempre vivas algunas chispas en medio de las tinieblas. Así, los adivinos de los filisteos, aunque dudosos, vacilaban sin poder responder con certeza a lo que se les preguntaba, y atribuyen en parte a Dios y en parte a la fortuna la desgracia que les había sucedido: «Si el arca sube por el camino de su tierra, sabremos que es él quien nos ha hecho este mal; y si no, sabremos que no es su mano la que nos ha herido, sino que esto ocurrió por accidente» (1 S 6:9). Ciertamente recurren neciamente a la fortuna cuando les falla su arte de adivinar; pero entretanto vemos cómo se ven obligados a no atreverse a atribuir simplemente a la fortuna la desgracia que les había sucedido. Por lo demás, cómo Dios tuerce y doblega con el freno de su providencia todos los acontecimientos hacia donde quiere, se verá claro con este notable ejemplo. En el mismo momento en que David es descubierto y cercado por la gente de Saúl en el desierto de Maón, los filisteos invaden la tierra de Israel y Saúl se ve obligado a retirarse para defender su tierra (1 S 23:26-27). Si Dios, queriendo librar a su siervo David, detuvo así a Saúl, ciertamente, aunque los filisteos tomaron las armas de repente sin que nadie lo esperara, no debemos decir que esto sucedió por casualidad y a la ventura; lo que a nosotros nos parece casual, la fe entenderá que fue un impulso secreto de Dios. Es verdad que no siempre se ve una razón semejante; pero debe tenerse por certísimo que todos los cambios que vemos suceder en el mundo provienen de un movimiento oculto de la mano de Dios. Entretanto, lo que Dios ha determinado tiene que suceder necesariamente, de tal manera que, sin embargo, no es necesario ni en sí mismo ni por su naturaleza. De esto tenemos un ejemplo familiar en los huesos de Jesucristo: puesto que se revistió de un cuerpo semejante al nuestro, nadie en su juicio negará que sus huesos eran de naturaleza quebrable; y, sin embargo, no fue posible quebrarlos. Por lo cual vemos, una vez más, que no sin razón se inventaron en las escuelas las distinciones entre necesidad relativa y necesidad absoluta, y entre necesidad del consiguiente y necesidad de la consecuencia; pues Dios sometió los huesos de su Hijo a ser quebradizos por naturaleza, y sin embargo los eximió de ser quebrados; y así, lo que naturalmente pudo suceder, Dios lo sujetó a la necesidad de su consejo.

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.