Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios en cuanto Creador y supremo Gobernador de todo el mundo
Cuál es el propósito y el fin de esta doctrina, para que podamos aprovecharla
Y como el ingenio de los hombres se inclina a sutilezas vanas, apenas se puede lograr que no se enreden en grandes marañas todos los que no comprenden el verdadero uso de esta doctrina. Por eso convendrá tocar aquí brevemente con qué fin enseña la Escritura que todo lo que sucede está ordenado por Dios. En primer lugar, hay que notar que la providencia de Dios debe considerarse tanto respecto del pasado como del futuro; después, que gobierna todas las cosas de tal manera que unas veces obra por medios interpuestos, otras sin ellos, y a veces contra todos los medios. Finalmente, que su propósito es mostrar que Dios cuida del linaje humano, y sobre todo cuán vigilante es en regir su Iglesia, a la que mira mucho más de cerca. También hay que añadir que, aunque el favor paternal de Dios, o su bondad, o el rigor de sus juicios resplandecen muchas veces en todo el curso de su providencia, las causas de lo que sucede están ocultas, de manera que poco a poco llegamos a pensar que los asuntos humanos son movidos y revueltos por un ciego impulso de la fortuna, o nuestra carne nos incita a murmurar contra Dios, como si se divirtiera en lanzar a los hombres de acá para allá como si fueran pelotas. Es verdad que, si tuviéramos el entendimiento quieto y sosegado y estuviéramos dispuestos a aprender, el resultado mostraría al fin que Dios tiene muy buenas razones en su consejo para hacer lo que hace: ya sea para instruir a los suyos en la paciencia, o para corregir sus malos afectos y domar su lascivia y su natural desenfreno, o para someterlos a la negación de sí mismos, o para despertarlos de su torpeza; o, al contrario, para abatir a los soberbios, confundir las astucias de los impíos y destruir sus maquinaciones. Debemos tener por cosa averiguada que, por mucho que no entendamos ni conozcamos las causas, están escondidas en Dios; y por tanto debemos exclamar con David: «Has aumentado, oh Jehová Dios mío, tus maravillas; y tus pensamientos para con nosotros, no es posible contarlos ante ti. Si yo anunciare y hablare de ellos, no pueden ser enumerados» (Sal 40:5). Porque, aunque en nuestras adversidades debemos acordarnos de nuestros pecados, para que el mismo castigo nos mueva al arrepentimiento, sabemos, sin embargo, que Cristo atribuye a su Padre, cuando aflige a los hombres, una autoridad mucho mayor que la de obligarlo a castigar a cada uno según lo que ha merecido. Porque, hablando del que nació ciego, dice: «No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él» (Jn 9:3). Aquí gruñe nuestra carne, cuando oye que un niño, aun antes de nacer y estando en el vientre de su madre, es castigado con tanto rigor, como si Dios no se portara humanamente al afligir así a quienes no lo merecen. Pero Jesucristo afirma que en tales espectáculos resplandece la gloria de su Padre, con tal que tengamos los ojos limpios. Debemos, pues, guardar esta modestia: no querer obligar a Dios a darnos cuenta y razón, sino adorar sus juicios ocultos de tal manera que su voluntad sea para nosotros la causa justísima de todo lo que hace. Cuando el cielo está cubierto de nubes espesísimas y se levanta una gran tempestad, como no vemos más que oscuridad, los truenos retumban en nuestros oídos y todos nuestros sentidos están atónitos de espanto, nos parece que todo se trastorna y se confunde; y, sin embargo, en el cielo siempre hay la misma quietud y serenidad. Del mismo modo, cuando los asuntos del mundo están tan revueltos que no nos dejan juzgar, debemos pensar que Dios, en la claridad de su justicia y sabiduría, modera admirablemente y con gran concierto y orden estos movimientos y alborotos, y los dirige a sus propios fines. Y ciertamente es monstruosa en este punto la furia de muchísimos que, con mayor licencia y atrevimiento que si hubieran de juzgar lo que hacen los hombres, se atreven a querer poner tasa a Dios, a pedirle cuentas de todo lo que hace, a penetrar y escudriñar sus consejos secretos, y aun a precipitarse a sentenciar sobre lo que no saben. Porque ¿qué puede haber más absurdo que usar de modestia con nuestros iguales, prefiriendo suspender el juicio a ser tachados de temerarios, y entretanto burlarse obstinadamente de los juicios secretos de Dios, que deberíamos tener en gran admiración y reverencia?
Así pues, nadie podrá considerar como es debido y para su provecho la providencia de Dios sino aquel que, considerando que tiene que vérselas con su Creador y con el que hizo el mundo, se someta y se humille con la humildad que conviene. De aquí viene que hoy tantos perros se lancen con sus dientes rabiosos a despedazar esta doctrina, o por lo menos le ladren: porque no quieren que Dios haga otra cosa que lo que su juicio les dicta que debe hacer. También dicen de nosotros todo el mal que pueden, porque, no contentándonos con los mandamientos de la Ley, en los que está comprendida la voluntad de Dios, decimos además que el mundo es regido por los consejos ocultos de Dios. ¡Como si lo que enseñamos fuera invención nuestra, y el Espíritu Santo no enseñara claramente esta doctrina a cada paso y no la repitiera con diversas maneras de hablar! Pero como cierta vergüenza los retiene de atreverse a vomitar sus blasfemias contra el cielo, para mostrar con más libertad su rabia fingen que discuten con nosotros. Pero, si no quieren confesar que todo lo que sucede en el mundo está gobernado por el consejo incomprensible de Dios, que me respondan con qué propósito dice la Escritura que sus juicios son un abismo profundo (Sal 36:6). Porque, cuando Moisés proclama que la voluntad de Dios no debe buscarse lejos, en las nubes o en los abismos, puesto que nos ha sido manifestada familiarmente en la Ley, se sigue que hay otra voluntad oculta, que se compara a un abismo profundo; y de ella habla también san Pablo cuando dice: «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?» (Ro 11:33-34). Es verdad que en la Ley y en el evangelio se contienen misterios que superan en gran manera nuestra capacidad; pero, como Dios ilumina a los suyos con el espíritu de inteligencia para que puedan comprender los misterios que ha querido revelar en su santa Palabra, ya no hay allí ningún abismo, sino un camino por el que podemos andar con seguridad, una antorcha que guía nuestros pies, luz de vida, escuela de verdad cierta y manifiesta. Pero la admirable manera de gobernar el mundo se llama con mucha razón abismo, porque, mientras no la entendemos, debemos adorarla con gran reverencia. Moisés declaró excelentemente en pocas palabras lo uno y lo otro: «Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos» (Dt 29:29). Vemos, pues, cómo nos manda no solo ejercitarnos en meditar la Ley de Dios, sino también elevar nuestro entendimiento para adorar su providencia oculta. La alabanza de esta grandeza se nos predica también muy bien en el libro de Job para humillar nuestro entendimiento. Porque, después de que el autor, recorriendo de arriba abajo esta máquina del mundo, ha tratado admirablemente, en cuanto le era posible, de las obras de Dios, dice al fin: «He aquí, estas cosas son solo los bordes de sus caminos; ¡y cuán leve es el susurro que hemos oído de él!» (Job 26:14). Por eso distingue en otro lugar entre la sabiduría que reside en Dios y la medida de saber que él asignó a los hombres (Job 28). Porque, después de tratar de los secretos de la naturaleza, dice que la sabiduría es solo de Dios y que ninguno de los vivientes la alcanza; pero un poco después añade que se publica para que la busquen, porque se ha dicho al hombre: «He aquí que el temor del Señor es la sabiduría» (v. 28). A esto apuntaba san Agustín cuando dijo: «Como no sabemos todo lo que Dios hace de nosotros con un orden admirable, obramos según su Ley cuando nos guía una buena voluntad; en todo lo demás, somos guiados por la providencia de Dios, que es una ley inmutable» (Ochenta y tres cuestiones diversas, cuestión 27). Así pues, puesto que Dios se atribuye una autoridad y un derecho de regir el mundo que nosotros no entendemos, esta será la regla de la sobriedad y la modestia: someternos a él de tal manera que su voluntad sea para nosotros la única regla de justicia y la causa justísima de todo lo que sucede. No me refiero a aquella voluntad absoluta de la que parlotean los sofistas, separando maldita y abominablemente su justicia de su poder, como si pudiera hacer esto o aquello contra toda justicia y equidad; me refiero a aquella providencia suya con que gobierna todo lo creado, de la que no procede nada que no sea bueno y justo, aunque nosotros no sepamos las causas.
Todos los que amen esta modestia no murmurarán contra Dios por las adversidades que han padecido en el pasado, ni le echarán la culpa de sus maldades, como el rey Agamenón dice en Homero: «No soy yo la causa, sino Júpiter y la diosa de la necesidad»; ni, como aquel joven que presenta Plauto, se arrojarán desesperados a un precipicio, como forzados por el hado o una necesidad inevitable: «Inconstante es —dice— la condición y la suerte de las cosas; los hados zarandean a los hombres a su antojo; estrellaré, pues, mi nave contra una roca, para perder en ella mi hacienda junto con mi vida»; ni tampoco disfrazarán sus abominaciones con el nombre de Dios, como el mismo poeta hace hablar a otro joven llamado Licónides de sus amores: «Dios —dice— fue el que me impulsó; creo que los dioses lo quisieron, porque, si no lo hubieran querido, sé que no se habría hecho». Más bien indagarán y aprenderán de la Escritura qué es lo que agrada a Dios, para tender a ello con la guía del Espíritu. Entretanto, dispuestos a seguir a Dios por dondequiera que quiera llevarlos, mostrarán con las obras que no hay nada más útil y provechoso que esta doctrina, que los impíos persiguen injustamente porque algunos abusan de ella. Muy neciamente, pues, se alborotan los hombres profanos con sus niñerías, hasta el punto de revolver casi, como suele decirse, el cielo con la tierra. «Si Dios —dicen— ha señalado la hora y el momento en que cada uno de nosotros ha de morir, de ningún modo podremos escaparlo; en vano, pues, nos esforzamos en cuidarnos». Así, cuando algunos no se atreven a ponerse en camino al oír que hay peligro de ser asaltados por ladrones; cuando otros mandan llamar a los médicos y se esfuerzan en tomar las medicinas para salvar la vida; cuando otros se abstienen de alimentos pesados porque son enfermizos; cuando otros temen vivir en casas ruinosas; y cuando todos en general buscan todos los medios posibles y ponen toda su diligencia para alcanzar lo que desean, o bien todos estos remedios, que se buscan para enmendar la voluntad de Dios, son vanos, o bien no todo lo que sucede se hace por su voluntad y disposición. Porque son cosas incompatibles —dicen— afirmar que la vida y la muerte, la salud y la enfermedad, la paz y la guerra, y otras cosas semejantes vienen de la mano de Dios, y que los hombres las evitan o las consiguen con su industria según las aborrecen o las desean. Asimismo dicen que las oraciones de los fieles no solo serían superfluas, sino incluso perversas, si pidieran a Dios que provea y ponga orden en lo que su Majestad ha determinado desde la eternidad; y suprimen todos los consejos y deliberaciones sobre el futuro, como si se opusieran a la providencia divina, que, sin consultarnos, ha determinado ya de una vez lo que quiere que se haga. También atribuyen todo lo que sucede a la providencia de Dios de tal manera que disculpan al hombre que se sabe con certeza que lo cometió. Si algún desalmado mató a un hombre de bien, dicen que ejecutó el consejo de Dios. Si alguien robó o fornicó, dicen que es ministro de la providencia de Dios, pues llevó a cabo lo que él había deliberado y determinado. Si el hijo dejó morir a su padre por no procurarle los remedios que necesitaba, no pudo, dicen, resistir a Dios, que así lo había determinado desde la eternidad. De este modo llaman virtud a toda clase de vicio, puesto que los vicios sirven para aquello a lo que Dios los ha ordenado.
En cuanto a las cosas futuras, Salomón concilia con toda facilidad las deliberaciones de los hombres con la providencia de Dios. Porque, así como se burla de la locura de los que se atreven a emprender sin Dios todo lo que se les antoja, como si Dios no lo rigiera todo con su mano, en otro lugar dice: «El corazón del hombre piensa su camino; mas Jehová endereza sus pasos» (Pr 16:9). Con lo cual da a entender que el decreto eterno de Dios no nos impide cuidar de nosotros mismos, bajo el favor de su buena voluntad, y ordenar todos nuestros asuntos. La razón de esto es manifiesta. Porque el que puso límites a nuestra vida nos ha encargado también que la cuidemos mucho, y nos ha dado los medios para conservarla; nos ha advertido de los peligros para que no nos tomen desprevenidos, dándonos los avisos y remedios necesarios contra ellos. Vemos, pues, ahora lo que debemos hacer: si el Señor nos ha confiado nuestra vida, que la conservemos; si nos da los medios, que los usemos; si nos muestra los peligros, que no nos metamos en ellos temerariamente; si ofrece los remedios, que no los despreciemos. «Pero ningún peligro nos dañará —dirá alguno— si no está ordenado que nos dañe; y en ese caso no se puede huir de ningún modo». Pero, al contrario, ¿qué pasará si los peligros no son inevitables, puesto que el Señor nos muestra los remedios para escapar y librarnos de ellos? Mira, pues, qué relación hay entre tu argumento y el orden de la providencia de Dios. Tú deduces que no hay que huir del peligro porque, no siendo inevitable, hemos de escapar de él aun sin hacerle caso; pero el Señor, al contrario, te manda guardarte, porque no quiere que el peligro te sea inevitable. Estos desatinados no consideran lo que tienen delante de los ojos: que el Señor ha inspirado a los hombres las habilidades y los medios para prevenir y guardarse, con los que sirven a la providencia divina conservando su vida; así como, al contrario, con su negligencia y su desprecio se buscan las desgracias con que él quiere afligirlos. Porque ¿de dónde viene que un hombre previsor, poniendo orden en sus asuntos, se libre del mal en que estaba a punto de caer, y que un necio, que no quiere usar de consejo, perezca por su temeridad, sino de que la necedad y la prudencia son instrumentos de lo que Dios ha determinado en uno u otro sentido? Por eso quiso Dios que no supiéramos lo que está por venir: para que, como ante cosas dudosas, nos prevengamos y no dejemos de usar los remedios que Dios nos da contra los peligros, hasta que, o los hayamos vencido, o ellos nos hayan vencido a nosotros. Por eso dije que la providencia de Dios no siempre se nos descubre desnuda, sino acompañada y cubierta de los medios con que Dios en cierto modo la viste y la encubre.
En cuanto a las cosas ya pasadas y sucedidas, estos las atribuyen necia e inconsideradamente a la providencia de Dios tomada en sentido claro y manifiesto. Porque, como de ella depende todo lo que sucede en el mundo, dicen, entonces ni los robos, ni los adulterios, ni los homicidios se cometen sin que intervenga la voluntad de Dios. «¿Por qué, entonces —dicen—, se castiga al ladrón que robó a aquel a quien Dios quiso afligir con la pobreza? ¿Por qué se castigará al homicida que mató a aquel a quien Dios quiso quitar la vida? Si todos ellos sirven a la voluntad de Dios, ¿por qué son castigados?». Respondo que no sirven a la voluntad de Dios. Porque no diremos que el que se mueve con mala intención sirve a Dios, que le manda hacer esto o aquello, pues solo obedece a su mal deseo. Obedece a Dios el que, sabiendo cuál es su voluntad, procura cumplir lo que ella le manda. ¿Y de dónde lo aprendemos, sino de su Palabra? Por tanto, en nuestras acciones debemos poner los ojos en la voluntad de Dios que él nos ha revelado en su Palabra. Dios solo pide de nosotros lo que nos ha mandado. Si cometemos algo contrario a lo que se nos ha mandado, eso no es obediencia, sino contumacia y transgresión. Pero replican que no lo haríamos si él no quisiera. Lo reconozco. Pero pregunto: ¿cometemos el mal con la intención de agradarle? Él no nos manda tal cosa; somos nosotros los que vamos tras el mal, sin considerar lo que él quiere, sino tan enfurecidos por la rabia de nuestro apetito que nos esforzamos deliberadamente en oponernos a él. Y así, al cometer el mal, servimos a su justa disposición, porque él sabe muy bien, conforme a su infinita sabiduría, usar malos instrumentos para hacer el bien. Pero consideremos cuán inepto y necio es el razonamiento de estos: quieren que los que cometen pecados no sean castigados, porque no los cometen sin que Dios lo disponga así. Yo digo aún más: que los ladrones, los homicidas y los demás malhechores son instrumentos de la providencia de Dios, de los que el Señor se sirve para ejecutar los juicios que él mismo ha determinado. Pero niego que por ello tengan excusa alguna. Porque ¿cómo van a envolver a Dios consigo en la misma maldad, o a cubrir su pecado con la justicia divina? No pueden ni lo uno ni lo otro. Su propia conciencia los convence de tal manera que no pueden justificarse. Y echar la culpa a Dios no pueden, puesto que hallan en sí mismos todo el mal, y en él no hallan otra cosa que un uso bueno y legítimo de su malicia. «Pero, con todo —dirá alguno—, él obra por medio de ellos». ¿Y de dónde, les pregunto, le viene el hedor al cadáver después de haber sido podrido y abierto por el calor del sol? Todos ven que viene de los rayos del sol; pero nadie dirá por eso que los rayos hieden. Del mismo modo, pues, si la materia del mal y la culpa residen en el hombre malo, ¿por qué hemos de pensar que a Dios se le pega alguna suciedad si, conforme a su voluntad, usa del servicio de un hombre malo? No se oiga, pues, más esta desvergüenza de perros, que puede ladrar de lejos contra la justicia de Dios, pero no puede tocarla.
Con todo, la meditación piadosa y santa de la providencia de Dios, que nos dicta la regla de la piedad, deshará fácilmente estas calumnias, o mejor dicho, estos desvaríos de frenéticos, de tal modo que sacaremos de aquí un fruto muy bueno y dulcísimo. Por tanto, el alma del cristiano, teniendo por certísimo que nada sucede por casualidad ni a la ventura, sino que todo se hace por la providencia y disposición de Dios, pondrá siempre sus ojos en él como en la causa principal de todas las cosas; y, sin embargo, no dejará de tener en su lugar y estima las causas inferiores. Asimismo, no dudará de que la providencia de Dios vela en particular para guardarlo, y no permitirá que le suceda nada que no sea para su bien y salvación. Y como ha de tratar primero con los hombres y después con las demás criaturas, se asegurará, respecto de unos y otros, de que reina la providencia de Dios. En cuanto a los hombres, sean buenos o malos, reconocerá que sus designios, voluntades, intenciones, capacidades y empresas están bajo la mano de Dios, de tal suerte que él puede doblegarlos y reprimirlos cuando quiera y cuantas veces quiera. Hay muchísimas promesas evidentes que atestiguan que la providencia de Dios vela en particular por la salvación y el bien de los fieles, como cuando se dice: «Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo», porque él tiene cuidado de nosotros (Sal 55:22; 1 P 5:7); también: «El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente» (Sal 91:1); también: «El que os toca, toca a la niña de su ojo» (Zac 2:8); también: «Yo soy tu escudo», «muro fortificado de bronce», «contenderé con los que contiendan contigo»; también: «¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz […]? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti» (Is 49:15). Más aún, este es el blanco principal al que apuntan las historias que se cuentan en la Biblia: mostrar que Dios guarda a los suyos con tanta diligencia que ni siquiera tropiezan en una piedra. Y así como poco antes condené con justa causa la opinión de los que imaginan una providencia universal de Dios que no se rebaja a cuidar de cada cosa en particular, así también es necesario que ante todo reconozcamos que él tiene este cuidado particular de nosotros. Por eso Cristo, después de afirmar que ni un pajarillo, por vilísimo que sea, cae a tierra sin la voluntad del Padre (Mt 10:29), añade enseguida que, cuanto más valemos nosotros que los pájaros, tanto más debemos considerar que Dios cuida mucho más de nosotros (Mt 10:31). Y extiende este cuidado hasta el punto de que confiemos en que todos los cabellos de nuestra cabeza están contados, de suerte que ni uno solo caerá sin su licencia (Mt 10:30). ¿Qué más podemos desear que esto, que ni un solo cabello puede caer de nuestra cabeza sin su voluntad? No hablo solo del género humano; pero, como Dios ha escogido a la Iglesia por morada, no hay duda de que quiere mostrar con ejemplos particulares el cuidado de padre que pone en regirla.
El siervo de Dios, pues, confirmado con tales promesas y ejemplos, añadirá los testimonios que enseñan que todos los hombres están bajo la mano de Dios, ya sea para reconciliarlos, ya para reprimir su malicia de modo que no hagan ningún daño. Porque es el Señor quien nos da gracia no solo ante los que nos aman, sino aun a los ojos de los egipcios (Éx 3:21); y él sabe abatir por diversos caminos el furor de nuestros enemigos. Unas veces les quita el entendimiento para que no puedan tomar ningún buen consejo, como hizo cuando envió a Satanás, que llenó de mentira la boca de todos los falsos profetas para engañar al rey Acab (1 R 22:22). Así también hizo enloquecer a Roboán con el consejo de los jóvenes, de tal suerte que por su locura fue despojado de su reino (1 R 12:10, 15). Otras veces, dándoles entendimiento para ver y entender lo que les conviene, los amedrenta y desanima de tal manera que de ningún modo se atreven a hacer lo que habían pensado. Otras veces, después de haberles permitido intentar y comenzar a llevar a cabo lo que su antojo y su furia les dictaban, corta a tiempo el hilo de sus ímpetus y no les permite llegar al fin que pretendían. Así deshizo a tiempo el consejo de Ahitofel, que habría sido muy perjudicial para David (2 S 17:7, 14). Así cuida de moderar y dirigir todas las criaturas para el bien y la salvación de los suyos, y aun al mismo diablo, que, como vemos, no se atrevió a intentar nada contra Job sin que Dios se lo permitiera y mandara (Job 1:12). Cuando tengamos este conocimiento, se seguirá necesariamente gratitud de corazón en la prosperidad, paciencia en la adversidad, y además una seguridad singular para el futuro. Así pues, todo lo que nos suceda conforme a nuestros deseos lo atribuiremos a Dios, ya recibamos el beneficio y el favor por medio de los hombres, ya por medio de las demás criaturas inanimadas. Porque haremos en nuestro entendimiento esta consideración: «Sin ninguna duda, el Señor es quien ha inclinado la voluntad de estos a amarme, para que fueran instrumentos de su liberalidad hacia mí». Cuando tengamos buena cosecha de trigo y de los demás frutos de la tierra, consideraremos que es el Señor quien manda al cielo que llueva sobre la tierra para que dé fruto. En todas las demás clases de prosperidad tendremos por cierto que solo la bendición de Dios es la que hace prosperar y multiplica todas las cosas. Estas exhortaciones no permitirán que le seamos ingratos.
Por el contrario, si nos sobreviene alguna adversidad, enseguida levantaremos nuestro corazón a Dios, cuya mano puede muchísimo para darnos paciencia y un ánimo sereno. Si José se hubiera detenido a considerar la deslealtad de sus hermanos, nunca habría podido tener para con ellos un corazón de hermano. Pero, como levantó su corazón a Dios, olvidando la injuria se inclinó a la mansedumbre y la clemencia, hasta el punto de que él mismo consuela a sus hermanos y les dice: «No me enviasteis acá vosotros, sino Dios, que me envió delante de vosotros para preservaros la vida. Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien» (Gn 45:5, 8; 50:20). Si Job hubiera puesto los ojos en los caldeos que lo perseguían, enseguida se habría sentido movido a desear vengarse de ellos; pero, como reconoce a la vez la obra de Dios, se consuela con aquella admirable sentencia: «Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito» (Job 1:21). Del mismo modo David, si se hubiera detenido a considerar la malicia de Simei, que lo injuriaba y le tiraba piedras, habría exhortado a los suyos a vengarlo; pero, como entiende que Simei no hacía esto sin que Dios lo moviera, más bien los aplaca que los incita: «Dejadle que maldiga, pues Jehová se lo ha dicho» (2 S 16:10-11). Con este mismo freno reprime en otro lugar su excesivo dolor: «Enmudecí, no abrí mi boca, porque tú lo hiciste» (Sal 39:9). Si no hay remedio más eficaz contra la ira y la impaciencia, ciertamente no habrá aprovechado poco quien haya aprendido a meditar en este punto la providencia de Dios, de modo que siempre pueda acordarse de aquella sentencia: «El Señor lo ha querido; hay, pues, que tener paciencia y soportarlo», no solo porque no es posible resistir, sino porque él no quiere nada que no sea justo y conveniente. En suma: cuando los hombres nos injurian injustamente, no tengamos en cuenta su malicia (que no haría sino exasperar nuestro dolor y empujarnos más a la venganza), sino acordémonos de poner nuestros ojos en Dios, y aprendamos a tener por cierto que todo lo que nuestros enemigos han cometido contra nosotros con gran maldad ha sido permitido, y aun ordenado, por justa disposición de Dios. San Pablo, queriendo reprimir en nosotros el deseo de devolver mal por mal, nos advierte prudentemente que no luchamos contra carne ni sangre, sino contra un enemigo espiritual, que es el diablo, para que nos preparemos para la batalla (Ef 6:12). Pero es una advertencia utilísima para aplacar todos los arrebatos de ira saber que es Dios quien arma tanto al diablo como a todos los demás impíos, y que preside como juez que ha de dar el premio al vencedor, para ejercitar nuestra paciencia. Y si las adversidades y miserias que padecemos nos vienen por otro medio que los hombres, acordémonos de lo que enseña la Ley: que toda prosperidad mana de la fuente de la bendición de Dios, y que todas las adversidades son otras tantas maldiciones suyas (Dt 28); y que nos llene de espanto aquella terrible amenaza: «Si anduviereis conmigo en oposición, yo también procederé en contra de vosotros» (Lv 26:23-24). En estas palabras se señala nuestra necedad: porque, según nuestro juicio carnal, tenemos por fortuito y casual todo lo que sucede, sea bueno o malo, y ni los beneficios de Dios nos mueven a servirle, ni sus castigos nos llevan al arrepentimiento. Por esta misma razón Jeremías y Amós reprendían tan ásperamente a los judíos, porque pensaban que ni el bien ni el mal venían de la mano de Dios (Lm 3:38; Am 3:6). A este propósito dice Isaías: «Que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto» (Is 45:7).
Con todo, entretanto, el hombre que teme a Dios no dejará de tener en cuenta las causas inferiores. Porque, aunque tengamos a aquellos de quienes recibimos algún beneficio o favor por ministros de la liberalidad de Dios, no por eso los despreciaremos, como si con su bondad no hubieran merecido nuestro agradecimiento, sino que reconoceremos de corazón que estamos en deuda y obligados con ellos, y nos esforzaremos por hacer otro tanto por ellos según la posibilidad y la ocasión que se nos ofrezca. En conclusión, glorificaremos y ensalzaremos a nuestro Dios por los beneficios que recibimos de él, y lo reconoceremos como su autor principal; asimismo honraremos a los hombres como ministros y dispensadores de los beneficios de Dios, y entenderemos que él ha querido obligarnos a ellos, puesto que por medio de ellos se ha mostrado nuestro bienhechor. Si por nuestra negligencia o por nuestra inadvertencia sufrimos algún daño, tengamos por cierto que Dios así lo ha querido, pero no por eso dejaremos de echarnos la culpa a nosotros mismos. Si alguno de nuestros parientes o amigos, de quien debíamos cuidar, murió por negligencia nuestra, aunque no ignoremos que había llegado al término que de ningún modo podía traspasar, no por eso excusaremos nuestro pecado, sino que, como no hemos cumplido con nuestro deber, sentiremos su muerte como si hubiera muerto por nuestra culpa y negligencia. Y mucho menos nos excusaremos con el pretexto de la providencia de Dios cuando cometamos un homicidio o un robo con engaño o con malicia deliberada, sino que en un mismo acto contemplaremos por separado la justicia de Dios y la maldad del hombre, pues lo uno y lo otro se muestran con evidencia. En cuanto a las cosas futuras, tendremos muy en cuenta las causas inferiores de las que ya hemos hablado. Porque tendremos por una bendición de Dios que nos dé los medios humanos para sustentarnos y conservarnos. Por tanto, no dejaremos de deliberar y de tomar consejo, ni seremos perezosos en pedir ayuda a los que entendemos que pueden ayudarnos; pero pensaremos que toda la ayuda y el servicio que nos pueden prestar las criaturas es Dios quien nos los presenta y nos los pone en las manos, y las usaremos como instrumentos legítimos de la providencia de Dios. Y como no sabemos qué fin tendrán los asuntos que tenemos entre manos (salvo que entendemos que Dios mira en todo y por todo por nuestro bien), procuraremos lo que pensemos que nos es útil y provechoso, en la medida en que nuestro entendimiento pueda alcanzarlo. Con todo, al tomar consejo no seguiremos nuestro propio juicio, sino que nos pondremos en las manos de Dios y nos dejaremos regir por su sabiduría, para que ella nos guíe por el camino recto. Pero no pondremos nuestra confianza en la ayuda y los medios terrenos de tal manera que descansemos seguros cuando los tenemos y desfallezcamos cuando nos faltan, como si ya no hubiera remedio alguno. Porque siempre debemos tener puesto el entendimiento en la providencia divina, y no permitiremos que la consideración de las cosas presentes nos aparte de contemplarla. Así Joab, aunque reconoce que el resultado de la batalla que quería librar depende de la voluntad de Dios y está en su mano, no por eso se dejó dormir, sino que pone por obra con toda diligencia lo que correspondía a su deber y oficio, y en lo demás deja a Dios que dé el resultado que tenga por bien: «Esfuérzate, y esforcémonos por nuestro pueblo, y por las ciudades de nuestro Dios; y haga Jehová lo que bien le pareciere». Este pensamiento nos despojará de nuestra temeridad y falsa confianza, y nos moverá e impulsará a invocar continuamente a Dios; asimismo animará nuestro espíritu con buena esperanza, para que no dudemos en despreciar con valor y constancia los peligros que nos rodean por todas partes.
Aquí se ve la inestimable felicidad de los fieles. Innumerables son las miserias que por todas partes rodean esta vida presente, y cada una de ellas nos amenaza con su propia clase de muerte. Sin ir más lejos: puesto que nuestro cuerpo es un receptáculo de mil clases de enfermedades, y aun encierra y alimenta dentro de sí sus causas, adondequiera que vaya el hombre no puede ir sin llevar consigo muchas formas de muerte, y sin llevar su vida en cierto modo mezclada y revuelta con la muerte. Porque ¿qué otra cosa diremos, si no podemos ni tener frío ni sudar sin peligro? Asimismo, adondequiera que nos volvamos, todo lo que nos rodea no solo nos resulta sospechoso, sino que casi abiertamente nos amenaza y parece que nos está buscando la muerte. Subamos a un barco: entre nosotros y la muerte no hay, por así decirlo, más que un pie. Montemos a caballo: basta que tropiece de una pata para poner nuestra vida en peligro. Vayamos por las calles: cuantas tejas hay en los tejados, tantos son los peligros a que estamos expuestos. Si tenemos un cuchillo en la mano, o lo tiene otro cerca de nosotros, falta muy poco para que nos hiera. Todas las bestias feroces y crueles que vemos están armadas contra nosotros. Y si quisiéramos encerrarnos en un jardín muy bien cercado, donde no haya más que belleza y deleite, allí podrá estar escondida una serpiente. Las casas en que vivimos, como están expuestas al fuego, de día nos amenazan con la pobreza y de noche con caérsenos encima. Nuestras tierras, expuestas al granizo, a la helada, a la sequía y a otras inclemencias, nos anuncian esterilidad y, por consiguiente, hambre. Dejo de nombrar los venenos, las emboscadas, los robos y las violencias, de los cuales unos nos persiguen aun estando en casa y otros nos siguen adondequiera que vamos. En medio de tales angustias, ¿no ha de ser el hombre misérrimo, puesto que, viviendo, no vive, sino que anda ya como medio muerto, como si llevara continuamente el cuchillo en la garganta? Alguien podrá decirme que estas cosas suceden de tarde en tarde y muy raramente, y que no les suceden a todos sino a alguno, y que cuando suceden no vienen todas juntas. Lo reconozco; pero, como los ejemplos de otros nos advierten que también pueden sucedernos a nosotros, y que nuestra vida no está más exenta ni es más privilegiada que la de los demás, es imposible no temerlas como si hubieran de sucedernos. ¿Qué miseria mayor podría imaginarse que vivir siempre en semejante congoja? Además, ¿no sería una gran afrenta a la gloria de Dios decir que el hombre, la más excelente de todas las criaturas, estuviera expuesto a cualquier golpe de una fortuna ciega y temeraria? Pero mi propósito aquí es hablar de la miseria en que estaría el hombre si viviera como a la ventura, sujeto a la fortuna.
Pero, por el contrario, en cuanto la luz de la providencia de Dios brilla en un fiel, este queda libre y exento no solo de aquel temor y horror grandísimo que antes lo atormentaba, sino de toda inquietud. Porque, así como con razón temíamos a la fortuna, así también debemos atrevernos con seguridad a ponernos en las manos de Dios. Este, pues, digo que es nuestro consuelo: entender que el Padre celestial tiene de tal manera todas las cosas bajo su poder, las rige como quiere y manda, y las gobierna con su sabiduría, que nada de cuanto existe sucede sino como él lo ha ordenado. Asimismo, entender que Dios nos ha recibido bajo su amparo y nos ha encomendado a los ángeles para que cuiden de nosotros; y así, ni el agua, ni el fuego, ni la espada podrán dañarnos más de lo que el Señor, que gobierna todas las cosas, tenga por bien. Porque así se dice en el salmo: «Él te librará del lazo del cazador, de la peste destructora. Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro; escudo y adarga es su verdad. No temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día, ni pestilencia que ande en oscuridad, ni mortandad que en medio del día destruya», etc. (Sal 91:3-6). De aquí nace en los santos aquella confianza para gloriarse: «Jehová está conmigo; no temeré lo que me pueda hacer el hombre». «Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?». «Aunque un ejército acampe contra mí», «aunque ande en valle de sombra de muerte», no dejaré de esperar el bien (Sal 118:6; 27:1, 3; 23:4, y en otros lugares). ¿De dónde tienen los fieles una seguridad tal que nunca les podrá ser quitada, sino de que, cuando parece que el mundo se trastorna temerariamente de arriba abajo, tienen por cierto que es Dios quien lo hace todo y obra en todas partes, y confían en que todo lo que él haga será para su provecho? Si se ven asaltados o perseguidos por el diablo o por otros hombres perversos, y no cobraran entonces ánimo acordándose de la providencia de Dios y meditándola, no podrían hacer otra cosa que desesperar. Pero cuando recuerdan que el diablo y toda la cuadrilla de los hombres perversos están de tal manera sujetos por la mano de Dios, como con un freno, que no pueden concebir mal alguno contra nosotros; ni, si lo han concebido, pueden intentarlo; ni, por mucho que lo intenten, pueden mover siquiera un dedo para llevar a cabo lo que han intentado, sino en la medida en que él se lo permita, y aún más, no más de lo que él les ha mandado; y que no solo los tiene sujetos con sus grilletes y cadenas, sino que los refrena con un freno para que le sirvan en lo que él quiere: en esto tienen bastante con que consolarse. Porque, así como solo al Señor le corresponde armar su furor, ordenarlo y dirigirlo a lo que le plazca, así también solo a él le toca ponerles límites y términos, para que no se desmanden atrevidamente según su mal apetito y deseo. Persuadido de esto, san Pablo, que en cierto lugar había dicho que Satanás le había estorbado el camino (1 Ts 2:18), en otro lo pone en la mano y la permisión de Dios (1 Co 16:7). Si solo hubiera dicho que Satanás se lo había impedido, parecería que le daba demasiada autoridad, como si estuviera en su mano obrar contra los designios de Dios; pero, al constituir a Dios como juez y confesar que todos los viajes y caminos dependen de su permisión, muestra a la vez que Satanás no puede nada, por mucho que lo intente, si Dios no le da licencia. Por esta misma razón David, ante las vicisitudes que suelen trastornar la vida de los hombres, se refugia en esta doctrina: que sus tiempos están en la mano de Dios (Sal 31:15). Podría haber dicho en singular «el curso» o «el tiempo de su vida»; pero con la palabra «tiempos» quiso declarar que, por muy inconstante que sea la condición y el estado del hombre, todos sus cambios son gobernados por Dios. Por eso Rezín y el rey de Israel, que, habiendo juntado sus fuerzas para destruir Judá, parecían antorchas encendidas para destruir y consumir la tierra, son llamados por Isaías tizones humeantes, que no podían echar de sí más que un poco de humo (Is 7:4). Así también Faraón, que por sus riquezas, su fuerza y su multitud de gente de guerra era temido por todo el mundo, es comparado a un monstruo marino, y sus huestes a los peces; y dice Dios que pescará con su anzuelo al capitán y a su ejército y los llevará adonde quiera (Ez 29:4). En fin, para no detenerme más en esta materia, fácilmente veremos, si prestamos atención, que la suprema miseria de las miserias es ignorar la providencia de Dios, y, por el contrario, que conocerla es la suprema felicidad.
Habríamos hablado bastante de la providencia de Dios, en la medida necesaria para la instrucción y el consuelo de los fieles (porque nunca habríamos satisfecho la curiosidad de ciertos hombres vanos, a quienes nada les basta, ni debemos desear satisfacerla), si no fuera por ciertos pasajes de la Escritura que parecen querer decir que el consejo de Dios no es firme ni inmutable, contra lo que hemos dicho hasta aquí, sino que cambia según la disposición de las cosas de abajo. En primer lugar, a veces se menciona el arrepentimiento de Dios, como cuando se dice que se arrepintió de haber creado al hombre (Gn 6:6) y de haber hecho rey a Saúl (1 S 15:11); y también que se arrepentirá del mal que había determinado enviar sobre su pueblo en cuanto vea en él alguna enmienda (Jer 18:8). Asimismo leemos que a veces abrogó y anuló lo que había determinado y ordenado. Por medio de Jonás había anunciado a los ninivitas que, pasados cuarenta días, Nínive sería destruida; pero luego, por su arrepentimiento, cambió la sentencia (Jon 3:4). Por medio de Isaías había anunciado a Ezequías la muerte, que, sin embargo, aplazó movido por las lágrimas y la oración del mismo Ezequías (Is 38:1, 5; 2 R 20:1, 5). De aquí argumentan muchos que Dios no ha determinado por un decreto eterno lo que había de hacer con los hombres, sino que, según los méritos de cada uno y según lo que le parece recto y justo, determina y ordena esto o aquello para cada año, cada día y cada hora. En cuanto a la palabra «arrepentimiento», debemos tener por firme que el arrepentimiento no conviene a Dios más que la ignorancia, el error o la impotencia. Porque, si nadie se pone voluntariamente y a sabiendas en la necesidad de arrepentirse, no atribuiremos arrepentimiento a Dios sin decir que ignoraba lo que iba a suceder, o que no podía evitarlo, o que precipitó su consejo y dictó sentencia sin reflexión, de la que después se arrepiente. Y esto está tan lejos del pensamiento del Espíritu Santo que, al mencionar el arrepentimiento, niega que Dios pueda arrepentirse, porque no es hombre para que se arrepienta (1 S 15:29). Y debemos notar que en el mismo capítulo estas dos cosas están unidas de tal manera que la comparación entre ellas quita muy bien la contradicción aparente. Cuando la Escritura dice que Dios se arrepintió de haber hecho rey a Saúl, es una manera de hablar figurada que no debe entenderse al pie de la letra. Y por eso, un poco más abajo, se dice: «El que es la Gloria de Israel no mentirá, ni se arrepentirá, porque no es hombre para que se arrepienta». En estas palabras se confirma clara y literalmente la inmutabilidad de Dios. Queda claro, pues, que lo que Dios ha ordenado respecto del gobierno de las cosas humanas es eterno, y que no hay nada, por poderoso que sea, que pueda hacerle cambiar de parecer. Y para que nadie sospechara de la constancia de Dios, sus mismos enemigos se ven obligados a atestiguar que es constante e inmutable. Porque Balaam, quisiera o no, no pudo dejar de decir: «Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?» (Nm 23:19).
¿Qué quiere decir, pues, la palabra «arrepentimiento»? Ciertamente lo mismo que todas las demás expresiones que nos pintan a Dios como si fuera hombre. Porque, como nuestra debilidad no puede alcanzar hasta donde llega su grandeza, la descripción que se nos da de él debe acomodarse a nuestra capacidad para que la entendamos. Y esta es su manera de acomodarse a nosotros: presentarse no tal como es en sí mismo, sino tal como nosotros lo percibimos. Aunque está libre de toda perturbación, afirma de sí mismo que se aíra contra los pecadores. Así pues, del mismo modo que, cuando oímos que Dios se aíra, no debemos imaginar ningún cambio en él, sino pensar que esta manera de hablar está tomada de lo que nosotros sentimos, porque, cuando ejecuta el rigor de su justicia, muestra el semblante de una persona airada, así tampoco debemos entender por la palabra «arrepentimiento» otra cosa que un cambio en sus obras, porque los hombres, cuando cambian sus obras, suelen mostrar que les desagradan. Así pues, como entre los hombres todo cambio es una corrección de lo que no les agradaba, y la corrección nace del arrepentimiento, por eso con el nombre de arrepentimiento o penitencia se significa el cambio que Dios hace en sus obras; entretanto, ni su consejo se altera, ni su voluntad ni su afecto cambian, sino que lo que desde toda la eternidad había previsto, aprobado y determinado, lo prosigue con constancia y sin cambiar nada de lo que había ordenado, por mucho que a los ojos de los hombres parezca haber un cambio repentino.
Por lo cual, cuando la Sagrada Escritura cuenta que a los ninivitas se les perdonó el castigo que Jonás les había anunciado (Jon 3:10), y que a Ezequías se le prolongó la vida después de habérsele anunciado la muerte (Is 38:5), no quiere dar a entender con ello que Dios haya abrogado sus decretos. Los que así lo piensan se equivocan sobre las amenazas, que, aunque se presentan simplemente y sin condición alguna, contenían sin embargo, como se ve por el fin y el resultado, una condición secreta. Porque ¿con qué fin enviaba Dios a Jonás a los ninivitas para anunciarles la destrucción de la ciudad? ¿Con qué fin anuncia a Ezequías la muerte por medio del profeta Isaías? Muy bien habría podido destruirlos sin avisarles. Su intención, pues, era otra: hacerles saber de antemano su muerte para que la vieran venir de lejos. Es decir, no quería que perecieran, sino que se arrepintieran para no perecer. Si Jonás profetiza que Nínive será destruida dentro de cuarenta días, es precisamente para que no sea destruida. Si a Ezequías se le quita la esperanza de vivir más tiempo, es para que alcance una vida más larga. ¿Quién no ve ahora que el Señor quiso, con tales amenazas, mover al arrepentimiento a aquellos a quienes amenazaba, para que evitaran el castigo que habían merecido por sus pecados? Si esto es verdad, la misma naturaleza de las cosas nos lleva a entender en un simple anuncio una condición tácita. Esto se confirma con ejemplos semejantes. Cuando el Señor reprendió al rey Abimelec por haber quitado la mujer a Abraham, habla así: «He aquí, muerto eres, a causa de la mujer que has tomado, la cual es casada con marido» (Gn 20:3). Pero, después que Abimelec se excusó, Dios le responde así: «Ahora, pues, devuelve la mujer a su marido; porque es profeta, y orará por ti, y vivirás. Y si no la devolvieres, sabe que de cierto morirás tú, y todos los tuyos». ¿Ven cómo en la primera sentencia usa de mucho mayor rigor para inducirlo mejor a restituir lo que había tomado, pero después muestra más claramente su voluntad? Y como los demás pasajes deben entenderse de la misma manera, no hay razón para deducir de ellos que se haya derogado algo de lo que Dios había determinado primero, ni que haya cambiado lo que había publicado. Porque el Señor, al contrario, abrió camino a su consejo y a su disposición eterna cuando, al anunciar el castigo, exhorta al arrepentimiento a aquellos a quienes quiere perdonar; tan lejos está de cambiar su voluntad, ni siquiera su palabra, sino que no declara su intención palabra por palabra, aunque puede entenderse con toda facilidad. Porque es necesario que sea verdad lo que dice Isaías: «Porque Jehová de los ejércitos lo ha determinado, ¿y quién lo impedirá? Y su mano extendida, ¿quién la hará retroceder?» (Is 14:27).
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.