Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios en cuanto Creador y supremo Gobernador de todo el mundo
Dios se sirve de los impíos y doblega su voluntad para que ejecuten sus juicios, y aun así permanece limpio de toda mancha
Otra cuestión mucho más difícil que esta surge de otros pasajes de la Escritura, en los que se dice que Dios doblega, fuerza y lleva adonde quiere al mismo Satanás y a todos los réprobos. Porque el juicio de la carne no alcanza a comprender cómo es posible que Dios, obrando por medio de ellos, no se contamine de sus vicios; y, más aún, cómo en una obra en la que él y ellos ponen juntos las manos, él quede limpio de toda culpa y, sin embargo, castigue con justicia a quienes le sirvieron en ella. De ahí se inventó la distinción entre hacer y permitir: porque a muchos les pareció un nudo imposible de deshacer que Satanás y todos los impíos estén de tal modo bajo la mano y el mando de Dios que él dirija su malicia al fin que quiera y se sirva de sus pecados y abominaciones para ejecutar sus juicios. Podría excusarse la modestia de quienes se espantan ante la apariencia de absurdo, si no fuera porque intentan en vano defender la justicia de Dios de toda mala sospecha con excusas y pretextos falsos. Les parece contrario a toda razón que un hombre sea cegado porque Dios lo quiere y lo manda, y que después haya de ser castigado por su ceguera. Así que se escapan diciendo que esto sucede no porque Dios lo quiera, sino solo porque lo permite. Pero Dios mismo, al declarar claramente que es él quien lo hace, rechaza y condena este subterfugio. Que los hombres no hacen nada sino por una oculta disposición que Dios les da, y que no deliberan nada sino lo que él ya ha determinado consigo mismo y ordenado en su secreto consejo, se prueba con testimonios innumerables y muy claros. Es certísimo que lo que citamos del salmo —que Dios hace todo lo que quiere— se extiende a todo lo que hacen los hombres. Si Dios es (como dice el mismo salmista) el que ordena la paz y la guerra, y esto sin excepción alguna, ¿quién se atreverá a decir que los hombres pelean unos contra otros al azar y en confusión sin que Dios sepa nada, o que, si lo sabe, se queda de brazos cruzados, como suele decirse? Pero esto se verá más claro con ejemplos particulares. Por el primer capítulo de Job sabemos que Satanás se presenta delante de Dios para oír lo que le mande, igual que los demás ángeles, que le sirven de buena voluntad; aunque él lo hace con una intención y un propósito muy diferentes de los de ellos. Pero, sea como sea, esto muestra que no puede intentar nada sin la voluntad de Dios. Y aunque después parece que se le da un mero permiso para afligir a aquel santo varón, como es verdadera aquella sentencia: «Jehová dio, y Jehová quitó»; como agradó al Señor, así se ha hecho (Job 1:21), concluimos que Dios fue el autor de aquella prueba, de la que Satanás y aquellos perversos ladrones fueron los ministros. Satanás se esfuerza por hacer que Job enloquezca de desesperación; los sabeos se apoderan con impiedad y crueldad de bienes ajenos y los roban. Job reconoce que es Dios quien lo ha despojado de todos sus bienes y su hacienda, y que se ha quedado pobre porque así lo quiso Dios. Por tanto, todo lo que traman los hombres, y aun el mismo Satanás, Dios sigue teniendo el timón para convertir sus intentos en ejecución de sus juicios. Dios quiere que el impío Acab sea engañado; el diablo ofrece sus servicios para hacerlo, y es enviado con mandato expreso para ser espíritu de mentira en la boca de todos los profetas (1 R 22:20). Si la ceguera y la locura de Acab son juicio de Dios, la ficción del permiso se desvanece. Porque sería ridículo que el juez solo permitiera, sin determinar lo que quiere que se haga y sin mandar a sus oficiales que ejecuten la sentencia. La intención de los judíos era matar a Jesucristo; Pilato y la tropa de la guarnición obedecen al furor rabioso de los judíos; y, sin embargo, los discípulos, en la solemne oración que hacen, afirman que los impíos no hicieron nada sino lo que «tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera» (Hch 4:28). Así lo había mostrado ya san Pedro: que Jesucristo había sido «entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios» a la muerte (Hch 2:23), como si dijera que Dios, a quien nada se le oculta, había determinado a sabiendas y por su voluntad lo que los judíos ejecutaron. Como él mismo lo confirma en otro lugar, diciendo: «Dios ha cumplido así lo que había antes anunciado por boca de todos sus profetas, que su Cristo había de padecer» (Hch 3:18). Absalón, al manchar con incesto el lecho de su padre, comete una maldad abominable; y, sin embargo, Dios afirma que esta obra es suya, porque estas son las palabras con que amenazó a David: «Porque tú lo hiciste en secreto (es decir, cometiste adulterio); mas yo haré esto delante de todo Israel y a pleno sol», es decir, a la vista de todo el mundo (2 S 16:22; 12:12). También Jeremías afirma que toda la crueldad que los caldeos cometen en la tierra de Judea es obra de Dios (Jer 50:25). Por esta razón Nabucodonosor es llamado siervo de Dios, aunque era un gran tirano. Dios proclama en muchísimos lugares que con su silbido, con el sonido de su trompeta, con su mandato y autoridad, incita a los impíos y los alista bajo su bandera para que sean sus soldados (Is 10:5; 5:26; 19:25). Llama al rey de Asiria vara de su furor y hacha que él mueve con su mano. Llama obra suya a la destrucción de la santa ciudad de Jerusalén y a la ruina del templo. David, sin murmurar contra Dios, sino reconociéndolo como juez justo, afirma que las maldiciones con que Simei lo maldecía le eran dichas porque Dios así lo había mandado: «Jehová le ha dicho que maldiga» (2 S 16:10). Muchísimas veces dice la Escritura que todo lo que sucede procede de Dios: como la separación de las diez tribus, la muerte de los dos hijos de Elí y otras muchas cosas semejantes (1 R 11:31; 1 S 2:34). Los que están algo ejercitados en la Escritura ven que solo he citado unos pocos testimonios de una infinidad que hay, y lo he hecho por brevedad. Sin embargo, por los que he citado se verá clara y manifiestamente que quienes ponen un mero permiso en lugar de la providencia de Dios, como si Dios estuviera de brazos cruzados mirando las cosas que ocurren por azar, desatinan y desvarían muchísimo: porque, si así fuera, los juicios de Dios dependerían de la voluntad de los hombres.
En cuanto a las secretas inspiraciones que Dios infunde, lo que Salomón afirma del corazón del rey —que Dios lo tiene en su mano y lo inclina hacia donde quiere (Pr 21:1)— se extiende sin duda a todo el género humano, y equivale a decir: todo lo que concebimos en nuestro entendimiento, Dios lo encamina a su fin por una secreta inspiración. Y ciertamente, si Dios no obrara interiormente en el corazón de los hombres, no sería verdad lo que dice la Escritura: que quita la palabra a los que hablan verdad y la prudencia a los ancianos (Ez 7:26); que priva de entendimiento a los príncipes de la tierra para que anden descaminados. A este propósito viene lo que tantas veces aparece en la Escritura: que los hombres tienen miedo según el temor con que Dios los hace temblar y los amedrenta (Lv 26:36). Así David salió del campamento de Saúl sin que nadie lo notara, porque el sueño que Dios envió sobre ellos los había adormecido a todos (1 S 26). Pero no se podría desear nada más claro que lo que el mismo Dios repite tantas veces: que ciega el entendimiento de los hombres, los hace desvariar, los embriaga con espíritu de sueño, los hace enloquecer y les endurece el corazón. Muchos atribuyen estos pasajes al permiso, como si Dios, al abandonar a los réprobos, permitiera que Satanás los cegara. Pero, como el Espíritu Santo declara claramente que tal ceguera y dureza vienen por un justo juicio de Dios, esa solución es muy frívola (Ro 7:21). Dice la Escritura que Dios endureció el corazón de Faraón; y también, que lo agravó y lo afirmó (Éx 8:15). Algunos creen escabullirse de estas expresiones de la Escritura con una sutileza bien necia: como en otros lugares se dice que el mismo Faraón endureció su corazón, su voluntad sería la causa de su endurecimiento. Como si estas dos cosas no concordaran muy bien entre sí, aunque sea por distintos respectos: que el hombre, cuando es movido por Dios, no por eso deja de moverse a la vez por su propia voluntad. Pero yo les devuelvo su misma objeción: si endurecer significa solo un mero permiso, el impulso de rebeldía no estaría propiamente en Faraón. ¿Y qué glosa tan fría y necia sería explicar que Faraón solo se dejó endurecer? Además, la Escritura corta de raíz tales subterfugios cuando dice en boca de Dios: «Yo endureceré su corazón» (Éx 4:21). Lo mismo dice Moisés de los habitantes de la tierra de Canaán: que tomaron las armas para pelear porque Dios había endurecido su corazón (Jos 11:20). Lo mismo repite otro profeta: «Cambió el corazón de ellos para que aborreciesen a su pueblo» (Sal 105:25). Asimismo, por medio de Isaías dice Dios que enviará a los asirios contra el pueblo que le había sido desleal y les mandará que despojen, roben y saqueen (Is 10:6); no porque quiera enseñar a los impíos e indomables a obedecerle de buena gana, sino porque los doblegará para que ejecuten sus juicios, como si llevaran grabados en el corazón los mandamientos de Dios. De donde se ve que fueron movidos según lo que Dios había determinado. Es verdad, lo confieso, que Dios, para servirse de los impíos, se vale muchas veces de Satanás; pero de tal manera que el mismo Satanás, movido por Dios, obra por su parte y hace tanto como Dios le concede. El espíritu malo atormenta a Saúl; pero la Escritura dice que ese espíritu procedía de Dios, para que sepamos que el furor de Saúl era un castigo justísimo que Dios ejecutaba en él (1 S 16:14). También se dice de Satanás que ciega el entendimiento de los incrédulos (2 Co 4:4); pero ¿cómo puede hacerlo, sino porque el mismo Dios (como dice san Pablo) envía un poder engañoso para que crean la mentira quienes no quieren obedecer a la verdad? Según la primera razón se dice: «Si el profeta fuere engañado y hablare palabra, yo Jehová engañé al tal profeta» (Ez 14:9). Según la otra se dice que él entrega a los hombres a una mente reprobada y los arroja a pasiones impuras (Ro 1:28), porque él es el autor principal de su justo castigo, y Satanás no es más que el oficial que lo ejecuta. Pero como en el segundo libro, cuando tratemos del libre o cautivo albedrío del hombre, volveremos sobre esto, me parece que por ahora he dicho todo lo que el presente tema requería. Esta, pues, sea la suma: al decir que la voluntad de Dios es la causa de todas las cosas, su providencia queda establecida para presidir sobre todos los consejos y obras de los hombres, de tal manera que no solo muestra su eficacia en los elegidos, que son gobernados por el Espíritu Santo, sino que también obliga a los réprobos a hacer lo que él quiere.
Y puesto que hasta ahora no he citado más que testimonios de la Escritura muy claros y evidentes, consideren bien quienes replican y murmuran contra ellos qué clase de censura pretenden usar. Porque si, fingiendo que no pueden entender misterios tan altos, desean ser alabados como hombres modestos, ¿qué se podría imaginar más arrogante y soberbio que oponer una palabrita a la autoridad de Dios? «A mí me parece otra cosa», o «mejor no tocar esta materia». Pero si se muestran abiertamente enemigos, ¿de qué les servirá escupir hacia el cielo? Este ejemplo de desvergüenza no es nuevo: siempre ha habido hombres impíos y profanos que han ladrado como perros rabiosos contra esta doctrina; pero sentirán por experiencia que es verdad lo que el Espíritu Santo pronunció por boca de David: que Dios vencerá cuando sea juzgado (Sal 51:4). David, con estas palabras, censura de paso la temeridad de los hombres en la licencia tan desmedida que se toman: no solo litigan contra Dios desde su cenagal, sino que se arrogan la autoridad de condenarlo. Al mismo tiempo advierte en pocas palabras que las blasfemias que escupen contra el cielo no llegan a Dios sin que él haga brillar su justicia disipando todas esas nieblas de calumnias; y también nuestra fe (que, fundada sobre la sacrosanta Palabra de Dios, vence al mundo entero) no hace caso de esas tinieblas (1 Jn 5:4). Su primera objeción es que, si nada sucede sino lo que Dios quiere, habría en él dos voluntades contrarias, porque determinaría en su secreto consejo cosas que ha prohibido abiertamente en su ley; la solución es fácil. Pero antes de responder quiero advertir otra vez a los lectores que esta calumnia que ellos arman no va contra mí, sino contra el Espíritu Santo, que sin duda dictó al santo varón Job esta confesión: como agradó a Dios, así se ha hecho (Job 1:21); y, despojado por los ladrones, reconoce en el daño y el mal que le hicieron el castigo y el azote de Dios. ¿Qué dice la Escritura en otro lugar? Los hijos de Elí «no oyeron la voz de su padre, porque Jehová había resuelto hacerlos morir» (1 S 2:25). También otro profeta proclama: «Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho» (Sal 115:3). Y ya he mostrado con suficiente claridad que Dios es nombrado autor de todas las cosas que estos censores dicen que suceden solo por su permiso ocioso. Dios declara que él crea la luz y las tinieblas, que hace el bien y el mal, y que no sucede ningún mal que él no haya hecho (Is 45:7; Am 3:6). Que me digan, pues, si Dios ejecuta sus juicios queriendo o sin querer. Por el contrario, como dice Moisés, el que murió porque cayó por accidente un hacha, sin que quien la tenía en la mano lo pensara ni lo quisiera, fue entregado a la muerte por la mano de Dios (Dt 19:5). Así dice toda la Iglesia que Herodes y Pilato se confabularon para hacer lo que la mano y el consejo de Dios habían determinado (Hch 4:28). Y ciertamente, si Jesucristo no hubiera sido crucificado por voluntad de Dios, ¿de dónde tendríamos redención? Y no por eso la voluntad de Dios se contradice, ni cambia, ni finge no querer lo que quiere; sino que, siendo en Dios una y simple, a nosotros se nos muestra diversa y de muchas maneras, porque por la poca capacidad de nuestro entendimiento no comprendemos cómo, por distintos respectos, él quiere y no quiere que una misma cosa se haga. San Pablo, después de decir que la vocación de los gentiles es un misterio escondido, un poco más abajo dice que en ella se ha manifestado la multiforme sabiduría de Dios (Ef 3:10). ¿Acaso, porque por la torpeza de nuestro entendimiento esa sabiduría parece variable o multiforme, vamos a soñar que hay alguna variedad o cambio en el mismo Dios, como si cambiara de parecer o se contradijera a sí mismo? Al contrario, cuando no entendemos cómo quiere Dios que se haga lo que él prohíbe, acordémonos de nuestra debilidad y consideremos a la vez que la luz en que él habita no sin razón es llamada inaccesible, porque está cubierta de oscuridad (1 Ti 6:16). Por eso todos los hombres piadosos y modestos se conformarán con esta sentencia de san Agustín (Enquiridion a Lorenzo, cap. 101). A veces el hombre quiere con buena voluntad lo que Dios no quiere. Por ejemplo, si un buen hijo quiere que su padre viva, y Dios quiere que muera. Al contrario, puede ser que un hombre quiera con mala voluntad lo mismo que Dios quiere con buena voluntad; por ejemplo, si un mal hijo quiere que su padre muera, y Dios también lo quiere. Ciertamente el primer hijo quiere lo que Dios no quiere, y el otro quiere lo mismo que Dios quiere. Pero, aun así, el amor y la reverencia a su padre del que desea su vida se conforman más con la voluntad de Dios, a la que parece contradecir, que la impiedad del que quiere lo mismo que Dios. Tanto importa considerar qué es lo que conviene a la voluntad del hombre y qué a la voluntad de Dios, y cuál es el fin que persigue la voluntad de cada uno, para que sea aprobada o reprobada. Porque lo que Dios quiere con justicia lo ejecuta por medio de las malas voluntades de hombres malos. Un poco antes, el mismo san Agustín había dicho que los ángeles apóstatas y todos los réprobos, al apartarse, hicieron, en cuanto a ellos tocaba, lo que Dios no quería; pero que, en cuanto a la omnipotencia de Dios, de ningún modo pudieron hacerlo, porque cuando obran contra la voluntad de Dios, Dios cumple en ellos su voluntad. Por eso exclama: «Grandes son las obras del Señor», exquisitas en todas sus voluntades (Sal 111:2); de tal manera que, de un modo maravilloso e inexplicable, aun lo que se hace contra su voluntad no se hace fuera de su voluntad, porque no se haría si él no lo permitiera; y ciertamente no lo permite forzado ni a su pesar, sino queriendo; ni él, siendo bueno, permitiría que se hiciera algo malo si él, que es todopoderoso, no pudiera sacar bien del mal.
De la misma manera queda resuelta la otra objeción, o, mejor dicho, se deshace por sí sola sin necesidad de respuesta. La objeción es esta: si Dios no solo usa y se sirve de los impíos, sino que además gobierna sus consejos y afectos, sería el autor de todos los pecados; y, por tanto, los hombres son condenados injustamente si ejecutan lo que Dios ha determinado, ya que obedecen a la voluntad de Dios. Pero ellos confunden perversamente el mandamiento de Dios con su voluntad oculta, cuando está claro por muchísimos testimonios que hay una enorme diferencia entre ambos. Porque, aunque cuando Absalón violó a las mujeres de su padre Dios quiso vengar con esta afrenta el adulterio que David había cometido, no por eso diremos que a aquel hijo malvado se le mandó cometer adulterio, salvo respecto de David, que bien lo había merecido; como él mismo lo reconoce en cuanto a las injurias de Simei (2 S 16:22, 10). Porque, cuando dice que Dios le mandó maldecir, no alaba su obediencia, como si aquel perro rabioso hubiera obedecido un mandamiento de Dios, sino que, reconociendo en su lengua un azote de Dios, sufre con paciencia el castigo. Debemos tener por cierto que, cuando Dios obra por medio de los impíos lo que ha determinado en su secreto juicio, ellos no tienen excusa, como si obedecieran el mandamiento de Dios, que traspasan a propósito y, en cuanto de ellos depende, por su perverso deseo. Cómo lo que los hombres hacen perversamente procede de Dios y es encaminado por su oculta providencia, tiene un ejemplo notable en la elección del rey Jeroboam. En ella la temeridad y la locura del pueblo son duramente condenadas por haber traspasado el orden que Dios había establecido y haberse apartado deslealmente de la casa de David; y, sin embargo, sabemos que Dios lo había hecho ungir para ese fin (1 R 12:20). De ahí que parezca haber alguna contradicción en las palabras de Oseas. Porque en un lugar dice que Jeroboam fue levantado como rey sin que Dios lo supiera ni lo quisiera, y en otro dice el mismo profeta que Dios, en su furor, constituyó rey a Jeroboam (Os 8:4; 13:11). ¿Cómo se concilian estas dos cosas: que Jeroboam no fue constituido rey por Dios, y que el mismo Dios lo constituyó rey? La solución es esta: el pueblo no pudo apartarse de la casa de David sin sacudirse el yugo que Dios le había puesto sobre la cerviz; y, sin embargo, Dios no perdió la libertad de castigar de este modo la ingratitud de Salomón. Vemos, pues, cómo Dios, sin querer la deslealtad, quiso con justicia, con otro fin, una rebelión. Por eso Jeroboam, sin esperarlo, es impulsado al reino por la unción del profeta. Por esta razón dice la historia sagrada que Dios levantó un enemigo que despojara al hijo de Salomón de una parte de su reino (1 R 11:23). Consideren bien los lectores estas dos cosas: que a Dios le había agradado que todo su pueblo fuera gobernado por la mano de un solo rey, de modo que, cuando se divide en dos partes, esto se hace contra su voluntad; y que, sin embargo, el principio de la separación procedió de la misma voluntad de Dios. Porque el hecho de que el profeta, tanto de palabra como por la unción sagrada, invite a Jeroboam a reinar cuando él no pensaba en tal cosa no se hizo sin que Dios lo supiera ni contra su voluntad, pues él había mandado que se hiciera así; y, sin embargo, el pueblo es justamente condenado como rebelde, porque se apartó de la casa de David como contra la voluntad de Dios. Por eso la misma historia dice que Roboam despreció con orgullo la petición del pueblo, que pedía alivio, y que todo esto vino de Dios para confirmar la palabra que había hablado por medio de su siervo Ahías (1 R 12:15). He aquí cómo aquella santa unión se deshizo contra la voluntad de Dios, y cómo, sin embargo, él mismo quiso que las diez tribus se apartaran del hijo de Salomón. Pongamos otro ejemplo semejante. Cuando, con el consentimiento del pueblo y aun con su ayuda, los hijos del rey Acab son degollados y su descendencia exterminada, Jehú dice con mucha verdad que no cayó en tierra nada de las palabras de Dios, sino que se había cumplido todo lo que había hablado por medio de su siervo Elías (2 R 10:7). Pero, aun así, reprende con toda razón a los habitantes de Samaria por haber colaborado en ello: «¿Sois vosotros justos? He aquí yo he conspirado contra mi señor, y lo he matado; pero ¿quién ha dado muerte a todos estos?». Creo, si no me engaño, haber mostrado ya con suficiente claridad cómo en un mismo acto se manifiesta la maldad de los hombres y resplandece la justicia de Dios. Y a los hombres modestos siempre les bastará la respuesta de san Agustín: «Si el Padre celestial entregó a la muerte a su Hijo, y Cristo se entregó a sí mismo, y Judas entregó al Señor, ¿por qué en esta entrega Dios es justo y el hombre culpable, sino porque, en una misma cosa que hicieron, no fue una misma la causa por la que la hicieron?» (Carta 48, a Vicente). Pero si alguno se enreda más con lo que acabamos de decir —que no hay conformidad alguna entre Dios y los impíos cuando ellos, por justo impulso de Dios, hacen lo que no deben—, acordémonos de lo que dice el mismo san Agustín en otro lugar: «¿Quién no temblará ante estos juicios, cuando Dios obra aun en el corazón de los malos todo lo que quiere, y sin embargo da a cada uno según sus méritos?». Y ciertamente, en la traición de Judas no hay más razón para imputar a Dios la culpa de este pecado, por haber querido entregar a su Hijo a la muerte y haberlo entregado de hecho, que para atribuir a Judas el mérito de nuestra redención por haber sido su ministro e instrumento. Por eso el mismo doctor dice muy bien en otro lugar que en este examen Dios no indaga qué pudieron hacer los hombres ni qué hicieron, sino qué quisieron, de modo que lo que se toma en cuenta es la intención y la voluntad. Aquellos a quienes esto les parezca muy duro, consideren un poco cuán tolerable es su desdén y su mal carácter, pues rechazan lo que está claro por testimonios evidentes de la Escritura porque sobrepasa su capacidad, y llevan a mal que se hable y se publique aquello que Dios nunca habría mandado enseñar a sus profetas y apóstoles si no supiera que era necesario conocerlo. Porque nuestra sabiduría no debe ser otra que recibir con mansedumbre y docilidad, y sin excepción alguna, todo lo que está escrito en la Sagrada Escritura. Pero los que se toman mayor licencia para burlarse, puesto que está bien claro que charlan contra Dios sin vergüenza alguna, no merecen una refutación más larga.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.