Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

El conocimiento de Dios Redentor en Cristo, que se manifestó primero a los padres bajo la Ley, y después a nosotros en el Evangelio

Todo el género humano está sujeto a maldición por la caída y la culpa de Adán, y ha degenerado de su origen. Del pecado original

No sin razón el antiguo proverbio recomienda tanto al ser humano que se conozca a sí mismo. Porque si se tiene por vergonzoso ignorar alguna de las cosas que pertenecen a la suerte y condición común de la vida humana, mucho más vergonzoso será sin duda ignorarnos a nosotros mismos; y esa ignorancia hace que, al tomar decisiones en cualquier asunto importante y necesario, vayamos a tientas, como ciegos. Pero cuanto más útil es esta enseñanza, con tanto mayor cuidado debemos procurar no usarla mal, como vemos que les ocurrió a algunos filósofos. Porque, mientras exhortan al hombre a conocerse a sí mismo, le proponen a la vez como fin que no ignore su dignidad y excelencia, y no quieren que contemple en sí otra cosa que lo que pueda darle una vana confianza e hincharlo de soberbia. Pero conocernos a nosotros mismos consiste, en primer lugar, en que, considerando lo que se nos dio en la creación y con cuánta generosidad Dios ha continuado su buena voluntad hacia nosotros, sepamos cuán grande sería la excelencia de nuestra naturaleza si hubiera permanecido en su integridad y perfección; y, al mismo tiempo, en que pensemos que no hay en nosotros nada que sea propiamente nuestro, sino que todo lo que Dios nos ha concedido lo tenemos prestado, a fin de que dependamos siempre de él. En segundo lugar, en que recordemos nuestro miserable estado y condición después del pecado de Adán, cuyo sentimiento, echando por tierra toda gloria y confianza, nos humille y avergüence de verdad. Porque, así como Dios nos formó al principio a su imagen para elevar nuestro espíritu, en parte a la práctica de la virtud y en parte a la meditación de la vida eterna, así también, para que la nobleza de nuestro linaje, que nos distingue de los animales, no quedara sepultada por nuestra negligencia, es necesario reconocer que se nos dio razón y entendimiento para que, viviendo una vida santa y honesta, avancemos hacia la meta que se nos propone: la bienaventurada inmortalidad. Pero de ningún modo podemos recordar aquella primera dignidad sin que, por el contrario, se nos ponga enseguida delante de los ojos el triste y miserable espectáculo de nuestra deformidad e ignominia, porque en la persona del primer hombre hemos caído de nuestro origen. De ahí nace un aborrecimiento y desagrado de nosotros mismos y una verdadera humildad, y se enciende en nosotros un nuevo deseo de buscar a Dios, para recuperar en él cada uno los bienes de los que se siente del todo vacío y privado.

Sin duda la verdad de Dios prescribe que procuremos esto: que cada uno de nosotros se ponga la mano en el pecho y examine su conciencia. Ella requiere un conocimiento tal que deshaga del todo en nosotros la confianza en poder hacer algo y que, privados de todo motivo y ocasión de gloriarnos, nos enseñe a someternos y humillarnos. Es necesario guardar esta regla si queremos llegar a la meta de pensar bien y obrar bien. Sé muy bien cuánto más agradable le resulta al ser humano que se le induzca a reconocer sus propias alabanzas y excelencias que exhortarlo a considerar su propia miseria y pobreza, para que se avergüence. Porque no hay nada que el ingenio y el natural del hombre deseen más que ser atraídos con palabras dulces y halagos. Por eso, dondequiera que oye alabanzas y ve que se hace gran caso de él, las cree con facilidad y las escucha con mucho gusto. Por tanto, no hay que maravillarse de que la mayor parte del mundo haya errado en esto. Porque, como el hombre tiene por naturaleza un amor desordenado y ciego de sí mismo, se persuade con mucho gusto de que no hay en él nada que con justo título pueda ser condenado. Así, sin ayuda alguna, concibe esta vanísima opinión: que es suficiente y puede por sí mismo vivir bien y santamente. Y si hay algunos que quieren pensar sobre esto con más modestia, aunque concedan algo a Dios para no parecer que se lo atribuyen todo a sí mismos, reparten de tal manera entre Dios y ellos que la parte principal de la gloria y de la presunción queda siempre para ellos. Si llega entonces un discurso que le haga cosquillas y avive con sus halagos la soberbia que ya por sí misma le causa comezón hasta los tuétanos, nada le da mayor contento. Por eso, cuanto más ha ensalzado alguien la excelencia del hombre, mejor acogido ha sido siempre. Pero esta doctrina que enseña al hombre a descansar en sí mismo no le sirve más que de pasatiempo, y engaña y burla de tal manera que arruina por completo a todos los que le prestan oído. Porque ¿de qué nos sirve, concebida una vana confianza en nosotros mismos, deliberar, ordenar, intentar y emprender lo que creemos oportuno, y mientras tanto carecer de los principios mismos, tanto de entendimiento cabal como de verdadera doctrina, y aun así avanzar confiados hasta despeñarnos en un precipicio y en la perdición total? Y ciertamente no puede sucederles de otro modo a todos los que presumen poder algo por su propia virtud. Así pues, quien escuche a tales maestros, que nos entretienen en la contemplación de nuestra propia justicia y virtud, no avanzará nada en el conocimiento de sí mismo, sino que será arrastrado a una ignorancia dañinísima.

Aunque la verdad de Dios coincide en esto con la opinión común de todos los hombres —que la segunda parte de nuestra sabiduría consiste en conocernos a nosotros mismos—, hay una gran diferencia en la manera de conocernos. Porque, según el juicio de la carne, al hombre le parece que se conoce muy bien cuando, confiado en su entendimiento y su virtud, toma ánimo y se atreve a cumplir su deber, y, renunciando a todos los vicios, se esfuerza con todas sus fuerzas por poner en práctica lo que es justo y recto. Pero quien se examina y considera conforme a la regla y la medida del juicio de Dios no encuentra nada en qué confiar; y cuanto más a fondo se examina, más se abate, hasta que, desechando por completo toda confianza en sí mismo, no siente en sí nada con que pueda ordenar bien su vida. Sin embargo, Dios no quiere que olvidemos aquella primera nobleza y dignidad con que adornó a nuestro primer padre Adán, la cual es tal que debería despertarnos y movernos a ejercitarnos en la justicia y la bondad. Porque ciertamente no podemos pensar en nuestro primer origen ni en el fin para el que fuimos creados sin sentirnos punzados y aguijoneados a considerar la vida eterna y a desear el reino de Dios. Pero tan lejos está este conocimiento de darnos ocasión de ensoberbecernos, que más bien, echándolo todo por tierra, nos humilla y abate. Porque ¿cuál es aquel origen? Ciertamente uno en el que no hemos permanecido, sino del que hemos caído. ¿Cuál es aquel fin para el que fuimos creados? Uno del que nos hemos apartado por completo, de modo que, cansados ya del miserable estado y condición en que estamos, gimamos, y gimiendo suspiremos por aquella excelencia que perdimos. Así pues, cuando decimos que el hombre no debe considerar en sí nada de qué enorgullecerse, entendemos que no hay en él nada de su parte de lo que pueda gloriarse. Por tanto, si parece conveniente, dividamos así el conocimiento que el hombre debe tener de sí mismo. En primer lugar, considere para qué fin fue creado y para qué fue dotado de dones tan excelentes; con esta consideración despierte a meditar en el culto y el servicio que Dios le pide, y piense en la vida venidera. Después, considere sus facultades, o, mejor dicho, la falta que tiene de ellas; y al conocerla, caiga en una extrema confusión, como si quedara reducido a nada. La primera consideración tiene por objeto que el hombre conozca cuál es su oficio y su deber; la otra, que conozca qué fuerzas tiene para hacer lo que debe. De una y otra trataremos según el orden que requiere la enseñanza.

Pero, como no pudo ser un delito ligero, sino una maldad detestable, lo que Dios castigó con tanto rigor, debemos considerar aquí qué clase de pecado fue la caída de Adán, que provocó a Dios a imponer un castigo tan horrendo sobre todo el linaje humano. Es una gran puerilidad la opinión común de que fue la gula. Como si la suma y perfección de todas las virtudes consistiera en abstenerse de un solo fruto, cuando por todas partes había grandísima abundancia de todos los deleites que se podían desear, y en aquella dichosa fertilidad de la tierra no solo había gran abundancia de deleites, sino también gran variedad. Por tanto, debemos mirar más alto: la prohibición de Dios al hombre de tocar el árbol del conocimiento del bien y del mal fue una prueba de su obediencia, para que Adán, obedeciendo, mostrara que se sujetaba de muy buena voluntad al mandamiento de Dios. Y el mismo nombre del árbol muestra que el mandamiento no se dio con otro fin que el de que, contento con su estado y condición, no se elevara más alto por algún deseo loco y desordenado. Además, la promesa que se le hizo —que sería inmortal y no moriría mientras comiera del árbol de la vida— y, por el contrario, la temible amenaza de que moriría en el momento en que comiera del árbol del conocimiento del bien y del mal, servían para probar y ejercitar su fe. De aquí se puede concluir claramente por qué camino provocó Adán la ira de Dios contra sí. Así pues, no se equivoca san Agustín cuando dice que la soberbia fue el principio de todos los males, porque, si la ambición no hubiera llevado al hombre más alto de lo que le convenía, habría podido permanecer en su estado. Sin embargo, busquemos una definición más completa a partir de la clase de tentación que narra Moisés. Porque, cuando la mujer, engañada por la serpiente, se apartó por incredulidad de la palabra de Dios, ya se ve claramente que el principio de la caída fue la desobediencia; lo cual confirma también san Pablo al decir que por la desobediencia de un hombre todos fuimos perdidos (Ro 5:19). Al mismo tiempo hay que notar que el primer hombre se apartó de la obediencia a Dios no solo por haber sido engañado con los embustes de Satanás, sino porque, despreciando la verdad, siguió la mentira. Y, de hecho, cuando no se tiene en cuenta la palabra de Dios, se pierde todo el temor que se le debe. Porque su majestad no puede mantenerse entre nosotros de otra manera, ni su culto puede permanecer en su perfección, sino mientras dependemos de su boca y somos gobernados por su palabra. Concluyamos, pues, que la incredulidad fue la causa de esta caída. De ella procedieron la ambición y la soberbia, a las que se unió la ingratitud, pues Adán, deseando más de lo que se le había concedido, despreció mezquinamente aquella inmensa generosidad de Dios con que había sido enriquecido. Ciertamente fue una impiedad monstruosa que uno que no era más que tierra formada no se contentara con haber sido hecho a semejanza de Dios, sino que pretendiera ser igual a él. Si la apostasía por la que el hombre se apartó de la sujeción a su Creador, o, mejor dicho, sacudió desvergonzadísimamente su yugo, es algo abominable y maldito, en vano se excusa el pecado de Adán. Además, su apostasía no fue una apostasía cualquiera, sino que fue acompañada de abominables injurias y ultrajes contra Dios, al dar crédito y confirmar las calumnias de Satanás, que acusaba a Dios de mentiroso, envidioso y malvado. En fin, la incredulidad abrió la puerta a la ambición, y la ambición fue madre de la contumacia y la obstinación, de tal manera que Adán y Eva, dejando a un lado todo temor de Dios, se precipitaron en todo aquello a que los llevaba su deseo desenfrenado. Por eso dice muy bien san Bernardo que la puerta de nuestra salvación se nos abre cuando oímos con nuestros oídos la doctrina del evangelio, así como esos mismos oídos, al escuchar a Satanás, fueron las ventanas por donde nos entró la muerte. Porque Adán nunca se habría atrevido a resistir el mandamiento de Dios si no hubiera sido incrédulo a su palabra. Ciertamente, el mejor freno para dominar y gobernar todos los afectos era saber que no había nada mejor que cumplir su deber obedeciendo el mandamiento de Dios, y que lo más alto y principal de nuestra bienaventuranza era ser amados por Dios. Así pues, arrebatado por las blasfemias del demonio, en cuanto de él dependió, menoscabó y deshizo toda la gloria de Dios.

Así como la vida espiritual de Adán consistía en estar unido a su Creador, su muerte fue apartarse de él. Y no hay por qué maravillarse de que, al alejarse de Dios, haya arruinado a toda su descendencia, puesto que trastornó todo el orden de la naturaleza en el cielo y en la tierra. Toda la creación gime (dice san Pablo), sujeta a corrupción, y no por su voluntad (Ro 8:20-22). Si se busca la causa, no hay duda de que es esta: la creación padece una parte del castigo y la pena que mereció el hombre, para cuyo servicio fue creada. Y, puesto que la maldición de Dios lo llenó todo de arriba abajo y se extendió por todas las partes del mundo a causa del pecado de Adán, no hay por qué asombrarse de que haya alcanzado a toda su descendencia. Así pues, cuando se borró en él la imagen celestial, no sufrió él solo este castigo —que en lugar de la sabiduría, el poder, la santidad, la verdad y la justicia (los adornos de que estaba revestido) le sobrevinieran estas plagas detestables: ceguera, debilidad, impureza, vanidad, injusticia—, sino que envolvió y hundió en el lodo de las mismas miserias a toda su descendencia. Esta es la corrupción que recibimos por herencia, a la que los antiguos llamaron pecado original, entendiendo por la palabra «pecado» la depravación de una naturaleza que antes era buena y pura. Sobre esta materia tuvieron grandes controversias. Porque no hay nada más contrario a nuestro juicio que decir que, por la culpa de un solo hombre, todo el mundo se hizo culpable, y así hacer común el pecado. Esta parece haber sido la causa de que los doctores más antiguos de la Iglesia hablaran tan oscuramente de esta materia, o al menos no la explicaran con la claridad que el tema requería. Sin embargo, este temor no pudo impedir que se levantara Pelagio, cuya profana opinión era que Adán, al pecar, solo se hizo daño a sí mismo y no perjudicó a sus descendientes. Sin duda Satanás pretendía, encubriendo la enfermedad con esta astucia, hacerla incurable. Pero, como las claras pruebas de la Escritura lo convencían de que el pecado había pasado del primer hombre a toda su descendencia, sostenía con sofismas que había pasado por imitación y no por generación. Por eso aquellos hombres excelentes (y sobre todo san Agustín) se esforzaron cuanto pudieron por mostrar que no somos dañados por una maldad adquirida con malos ejemplos, sino que traemos desde el vientre materno la perversidad que tenemos. Y esto no se podía negar sin gran desvergüenza. Pero nadie se asombrará de la temeridad de los pelagianos y celestianos si ha leído en los escritos de san Agustín cuán desenfrenadas bestias fueron en todas las demás controversias. Ciertamente es verdad grandísima lo que confiesa David: que fue formado en maldad y que en pecado lo concibió su madre (Sal 51:5). No acusa allí las faltas de sus padres, sino que, para glorificar mejor la bondad de Dios hacia él, trae a la memoria la confesión de su propia perversidad desde su concepción; y como consta que esto no era algo particular de David, se sigue que en su ejemplo se señala la condición y el estado común de todos los hombres. Así pues, todos los que somos engendrados de simiente impura nacemos infectados de pecado, y aun antes de ver esta luz estamos manchados e impuros a los ojos de Dios. Porque, como está escrito en el libro de Job, «¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie» (Job 14:4).

Oímos que la impureza de los padres se transmite a los hijos de tal manera que todos, sin excepción, quedan manchados desde que comienzan a existir. Pero no se hallará el principio de esta impureza si no subimos, como a su fuente y manantial, a nuestro primer padre. Así pues, hay que tener por cierto y averiguado que Adán no fue solamente el progenitor del linaje humano, sino como su raíz o tronco, y que por eso, con razón, en su corrupción quedó corrompido todo el linaje humano. Esto lo muestra claramente el apóstol con la comparación que hace entre Adán y Cristo, cuando dice que, así como por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, que pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron, del mismo modo por la gracia de Cristo se nos restituyen la justicia y la vida (Ro 5:12). ¿Qué dirán a esto los pelagianos? ¿Que el pecado de Adán se propaga por imitación? Entonces, ¿no sacamos de la justicia de Cristo otro provecho que el de tenerla como modelo y ejemplo que imitar? ¿Quién soportará semejante blasfemia? Pero si es evidente que la justicia de Cristo es nuestra por comunicación, y que por ella tenemos vida, se sigue por la misma razón que una y otra se perdieron en Adán del mismo modo que se recobran en Cristo, y que el pecado y la muerte fueron injertados en nosotros por Adán del mismo modo que son extirpados por Cristo. Estas palabras no son oscuras: muchos son justificados por la obediencia de Cristo, así como fueron hechos pecadores por la desobediencia de Adán. Y, por tanto, así como Adán, envolviéndonos en su perdición, fue la causa de nuestra ruina, del mismo modo Cristo, por su gracia, nos devolvió la vida. No creo que una verdad tan manifiesta y clara necesite más pruebas. Del mismo modo, en la primera carta a los Corintios, queriendo confirmar a los creyentes en la esperanza de la resurrección, muestra que en Cristo se recupera la vida que se había perdido en Adán (1 Co 15:22). Quien dice que todos morimos en Adán da a entender claramente también que estamos manchados con el contagio de su pecado, porque la condenación no alcanzaría a quienes no hubieran sido tocados por el pecado. Pero su intención se entiende mucho mejor por el segundo miembro que añade, al decir que la esperanza de vida nos es restituida por Cristo. Y bien se sabe que esto no sucede de otra manera sino cuando Jesucristo se nos comunica, infundiendo en nosotros la virtud de su justicia, como está escrito en otro lugar: que su Espíritu es vida para nosotros a causa de la justicia (Ro 8:10). Así que no se puede interpretar de otro modo aquel pasaje —que morimos en Adán— sino diciendo que él, al pecar, no solo se buscó ruina y perdición para sí, sino que arrastró tras de sí a todo el linaje humano al mismo despeñadero. Y esto no porque la culpa sea solo suya y no nos toque a nosotros, sino porque con su caída infectó a toda su descendencia. Porque de otro modo no podría ser verdad lo que dice san Pablo, que todos somos por naturaleza hijos de ira (Ef 2:3), si no estuviéramos ya malditos en el mismo vientre materno. Cuando hablamos de naturaleza, se entiende fácilmente que no hablamos de la naturaleza tal como fue creada por Dios, sino tal como fue corrompida en Adán, porque no tiene sentido hacer a Dios autor de la muerte. Adán, pues, se corrompió de tal manera que su contagio se ha extendido a toda su descendencia. También Jesucristo, que es el mismo Juez ante quien todos hemos de dar cuenta, declara con suficiente claridad que todos nacemos malos y viciosos, cuando dice: «Lo que es nacido de la carne, carne es» (Jn 3:6); y por eso a todos les está cerrada la puerta de la vida hasta que sean regenerados.

Y para entender esto no es necesario enredarnos en aquella angustiosa disputa que dio tanto que hacer a los doctores antiguos: si el alma del hijo procede de la sustancia del alma del padre, ya que es en el alma donde la corrupción tiene su asiento principal. Nos basta entender que el Señor puso en Adán los dones y gracias que quiso dar al género humano. Por tanto, cuando él, habiéndolos recibido, los perdió, no los perdió solo para sí, sino que todos los perdimos junto con él. ¿Quién se inquietará por saber el origen del alma, una vez que ha entendido que Adán había recibido los dones que perdió tanto para nosotros como para sí mismo, y que no fueron concedidos a un solo hombre, sino a todo el género humano? No hay, pues, ningún absurdo en que, despojado él, la naturaleza humana quede desnuda y pobre; en que, manchado él por el pecado, el contagio se extienda a la naturaleza. Así, de una raíz podrida han salido ramas podridas, que transmitieron su podredumbre a los brotes que de ellas crecieron. Porque los hijos quedan de tal manera dañados en el padre que contagian a sus nietos. Quiero decir que Adán fue principio de la corrupción de tal manera que esta corre, como una corriente perpetua, de los primeros a los descendientes. Porque este contagio no tiene su causa ni su fundamento en la sustancia de la carne o del alma, sino en que Dios ordenó que los dones que concedió al primer hombre fueran comunes a él y a los suyos, tanto para conservarlos como para perderlos. Y es fácil refutar la sutileza de los pelagianos: que no es verosímil que hijos nacidos de padres creyentes traigan consigo corrupción, ya que más bien deberían ser santificados por la pureza de sus padres. Porque los hijos no proceden de la regeneración espiritual de sus padres, sino de su generación carnal. Por eso, como dice san Agustín, sea un incrédulo condenado o un creyente perdonado, ni el uno ni el otro engendra perdonados, sino condenados (Contra Pelagio y Celestio, libro II). Porque engendran de su naturaleza corrompida; y que en alguna medida les comuniquen su santidad es una bendición especial del pueblo de Dios, que no impide que esta primera maldición se extienda en general sobre todo el género humano: porque la condenación viene de la naturaleza, mientras que la santificación procede de una gracia sobrenatural.

Así pues, para no hablar de algo incierto y desconocido, definamos qué es el pecado original. No quiero examinar todas las definiciones que han dado quienes han escrito sobre él; solo daré una que me parece muy conforme a la verdad. Digo, pues, que el pecado original es una corrupción y perversidad hereditaria de nuestra naturaleza, extendida por todas las partes del alma, que, en primer lugar, nos hace culpables ante la ira de Dios y, además, produce en nosotros las obras que la Escritura llama obras de la carne. Y esto es propiamente lo que san Pablo llama tantas veces pecado. A las obras que proceden de él, como adulterios, fornicaciones, hurtos, odios, homicidios, glotonerías, las llama, según esta razón, frutos del pecado, aunque todas estas obras son llamadas comúnmente pecados, tanto en toda la Escritura como en el mismo san Pablo (Gá 5:19). Es necesario, pues, considerar estas dos cosas por separado. Primero, que estamos tan corrompidos en todas las partes de nuestra naturaleza que, por esta corrupción, somos condenados con justo título delante de Dios, a quien no puede agradar otra cosa que la justicia, la inocencia y la pureza. Y no hay que pensar que esta obligación proviene solamente de la culpa de otro, como si pagáramos por el pecado de Adán sin haber cometido nada nosotros; porque cuando se dice que por el pecado de Adán somos hechos culpables ante el juicio de Dios, no se quiere decir que seamos inocentes y que, sin haber merecido castigo alguno, suframos la culpa de su pecado, sino que, como por su transgresión todos quedamos revestidos de maldición, se dice que él nos hizo deudores. Sin embargo, no entendamos que solo nos hizo culpables de la pena sin habernos comunicado su pecado. Porque, en verdad, el pecado que procedió de él reside en nosotros, y a ese pecado se debe con justicia el castigo. Por eso san Agustín, aunque muchas veces lo llama pecado ajeno, para mostrar más claramente que lo recibimos por nuestro linaje, afirma, sin embargo, que es propio de cada uno de nosotros (sobre todo en Del mérito y la remisión de los pecados, libro III, cap. 8). Y el mismo apóstol testifica clarísimamente que la muerte se apoderó de todos los hombres porque todos pecaron (Ro 5:12), es decir, porque se han envuelto en el pecado original y manchado con sus manchas. Por esta causa, los mismos niños, que traen consigo su condenación desde el vientre de sus madres, están sujetos a ella no por un pecado ajeno, sino por el suyo propio. Porque, aunque todavía no hayan producido los frutos de su maldad, tienen encerrada en sí la semilla; y, lo que es más de notar, toda su naturaleza no es otra cosa que una semilla de pecado, por lo que no puede dejar de ser odiosa y abominable a Dios. De donde se sigue que Dios la considera con justo título como pecado, porque, si no fuera culpa, no estaríamos sujetos por ella a condenación. El otro punto que debemos considerar es que esta perversidad nunca cesa en nosotros, sino que continuamente engendra nuevos frutos, es decir, aquellas obras de la carne de que hablamos hace poco, igual que un horno encendido echa sin cesar llamas y chispas, o un manantial su agua. Por eso, quienes han definido el pecado original como la carencia de la justicia original que debería haber en nosotros, aunque en estas palabras hayan comprendido toda su sustancia, no han declarado suficientemente su fuerza y su eficacia. Porque nuestra naturaleza no solo está vacía y privada del bien, sino que es tan fértil y fecunda en toda clase de mal que de ningún modo puede estar ociosa. Quienes dijeron que es concupiscencia no usaron una palabra muy ajena al caso, con tal que añadieran (lo que muchos de ellos no quieren) que todo lo que hay en el hombre, sea el entendimiento o la voluntad, sea el alma o la carne, está manchado y lleno de esta concupiscencia; o, para decirlo más brevemente, que todo el hombre no es en sí mismo otra cosa que concupiscencia.

Por eso dije que todas las partes del hombre, después de que Adán se apartó de la fuente de la justicia, han sido poseídas por el pecado. Porque no solo su apetito inferior, o sensualidad, lo sedujo y lo arrastró al mal, sino que aquella maldita impiedad se apoderó de lo más alto y excelente del espíritu, y la soberbia penetró hasta lo más secreto del corazón. Así que es una locura y un desatino querer restringir la corrupción que de ella procedió solo a los movimientos o apetitos que comúnmente llaman sensuales, o llamarla «fomento» que invita, atrae y provoca a pecar únicamente a la parte que ellos llaman sensualidad. En esto Pedro Lombardo, al que llaman el Maestro de las Sentencias, mostró su crasa ignorancia: buscando el asiento de este vicio, dice que está en la carne, según lo dice san Pablo; y, al aplicar su glosa, dice que no lo está propiamente, sino porque se manifiesta más en la carne. Como si san Pablo designara solo una parte del alma, y no toda nuestra naturaleza, que se opone a la gracia sobrenatural. Pero él mismo ha quitado toda esta dificultad al decir que el pecado no tiene su asiento en una sola parte, sino que no hay nada puro y limpio de su corrupción pestilente. Porque, al tratar de la naturaleza corrompida, no solo condena los movimientos desordenados de los apetitos que se ven, sino que insiste sobre todo en que el entendimiento está ciego y el corazón entregado a la perversidad. Y sin duda el tercer capítulo de la carta a los Romanos no es otra cosa que una descripción del pecado original. Esto se ve con mucha más claridad por la renovación. Porque el Espíritu, que se opone al viejo hombre y a la carne, no solo designa la gracia con que se corrige la parte inferior o sensualidad, sino que comprende una reforma completa y perfecta de todas las partes. Por eso san Pablo no solo manda derribar y deshacer los apetitos enormes y groseros, sino que quiere que seamos renovados en el espíritu de nuestra mente (Ef 4:23), así como en otro lugar nos manda ser transformados por medio de la renovación de nuestro entendimiento (Ro 12:2). De donde se sigue que aquella parte en que más se muestran la excelencia y la nobleza del alma no solo está tocada y herida, sino tan corrompida que no solo necesita ser sanada, sino que casi necesita revestirse de una naturaleza nueva. Luego veremos de qué manera el pecado ocupa el entendimiento y el corazón. Aquí solo he querido señalar de paso que todo el hombre, de los pies a la cabeza, está como sumergido en un diluvio, de tal manera que no hay en él parte alguna exenta o libre de pecado; y, por tanto, todo lo que procede de él se le imputa como pecado, según dice san Pablo que todos los afectos de la carne, y todo lo que pretende, son enemistad contra Dios y, por consiguiente, muerte (Ro 8:6-7).

Vean, pues, quienes se atreven a atribuir a Dios la causa de sus pecados, por qué decimos que los hombres son viciosos por naturaleza. Obran perversamente al buscar la obra de Dios en su propia impureza, cuando deberían buscarla más bien en aquella naturaleza perfecta e incorrupta en que Dios creó a Adán. Así pues, nuestra perdición procede de la culpa de nuestra carne, y no de Dios, ya que no estamos perdidos por otra causa sino porque hemos degenerado de la condición y el estado primeros en que fuimos creados. Y que nadie replique aquí que Dios habría podido velar mucho mejor por nuestra salvación si hubiera impedido la caída de Adán. Porque esta objeción, por una parte, es abominable por su excesiva curiosidad y temeridad, y, por otra, pertenece al misterio de la predestinación, del que trataremos en su lugar. Procuremos, pues, atribuir siempre nuestra caída a la corrupción de nuestra naturaleza, y de ningún modo a la naturaleza en que Adán fue creado, para no acusar a Dios como si todo nuestro mal viniera de él. Es verdad que esta herida mortal del pecado está clavada en nuestra naturaleza; pero hay una gran diferencia entre que este mal le viniera desde su origen y principio, o que cayera en él después por otra vía. Y está claro que vino por el pecado. Así que no tenemos de quién quejarnos sino de nosotros mismos, lo cual la Escritura señaló con gran cuidado, porque el Eclesiastés dice: «He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones» (Ec 7:29). Por eso está muy claro que la caída debe atribuirse solo al hombre, pues él recibió de la bondad de Dios la rectitud, y por su locura y desvarío cayó en la vanidad.

Decimos, pues, que el hombre está corrompido por una corrupción natural, pero que esta corrupción no le vino de su naturaleza. Negamos que le venga de su naturaleza para mostrar que es más bien una cualidad accidental que le vino de fuera, y no una propiedad sustancial que haya tenido desde su origen. Sin embargo, la llamamos natural para que nadie piense que se adquiere por una mala costumbre, ya que nos atrapa a todos desde nuestro nacimiento. Y esto no lo decimos por nuestra cuenta. Porque por la misma razón dice el apóstol que todos somos por naturaleza hijos de ira (Ef 2:3). ¿Cómo iba Dios a estar airado con la más excelente de todas sus criaturas, cuando le agradan hasta las más bajas y pequeñas de sus obras? Lo que ocurre es que está enojado con la corrupción de su obra, más que con su obra misma. Si, pues, no sin razón se dice que el hombre, por tener su naturaleza corrompida, es por naturaleza abominable delante de Dios, con justa razón diremos también que es por naturaleza malo y vicioso. Así san Agustín no duda en llamar naturales, a causa de nuestra naturaleza corrompida, a nuestros pecados, que reinan necesariamente en nuestra carne cuando la gracia de Dios no está presente. De este modo queda refutado el desvarío de los maniqueos, que, imaginando una maldad esencial en el hombre, se atrevieron a decir que tuvo otro creador, para no atribuir al Dios justo el principio y la causa del mal.

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.