Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

El conocimiento de Dios Redentor en Cristo, que se manifestó primero a los padres bajo la Ley, y después a nosotros en el Evangelio

Cómo obra Dios en los corazones de los hombres

Creo, si no me equivoco, haber probado de sobra que el hombre está tan cautivo bajo el yugo del pecado que, por su propia naturaleza, no puede desear el bien con su voluntad ni dedicarse a él. También he distinguido entre coacción y necesidad, para que se viera claro que, aunque el hombre peca necesariamente, no deja por eso de pecar voluntariamente. Pero como, cuando está sometido a la servidumbre del diablo, parece que es gobernado más por la voluntad del diablo que por la suya propia, me queda por explicar de qué manera ocurre lo uno y lo otro. Después resolveremos la cuestión que suele plantearse: si en las malas obras, en las que la Escritura da a entender que Dios obra de algún modo, se debe imputar algo a Dios. San Agustín compara en cierto lugar la voluntad del hombre con un caballo que se deja gobernar por la voluntad de quien lo monta; y compara a Dios y al diablo con dos jinetes distintos. «Si Dios —dice— monta este caballo, que es la voluntad, lo gobierna como quien sabe muy bien cabalgar y dirigir su caballo: lo espolea cuando lo ve perezoso, lo retiene cuando lo ve demasiado impetuoso, reprime su brío y su fiereza, corrige su rebeldía y lo lleva por el camino recto. Pero si el diablo va sobre él, como un hombre insensato que no sabe cabalgar, lo hace correr fuera del camino, caer en zanjas, lo lleva por despeñaderos y lo incita a ser fiero y desbocado». Nos contentaremos por ahora con esta comparación, ya que no tenemos otra mejor. Así pues, cuando se dice que la voluntad del hombre natural está sujeta a lo que le mande el diablo, no se quiere decir que sea obligada a la fuerza, contra su voluntad, a hacer lo que él le mande —como obligamos por la fuerza a los esclavos a cumplir su deber, aunque les pese y no quieran—, sino que, engañada por los engaños de Satanás, se le somete y sujeta necesariamente para hacer todo lo que él quiera. Porque a aquellos a quienes el Señor no concede la gracia de gobernarlos con su Espíritu, él, por su justo juicio, los entrega a Satanás para que él los gobierne. Por eso dice el Apóstol que el dios de este siglo —que es el diablo— ha cegado el entendimiento de los incrédulos —que están predestinados a la condenación— para que no les resplandezca la luz del evangelio (2 Co 4:4); y en otro lugar dice que opera en los hijos de desobediencia (Ef 2:2). La ceguera de los impíos y todas las demás abominaciones que se siguen de ella se llaman obras de Satanás; sin embargo, su causa no debe buscarse fuera de la voluntad de los hombres, de la que procede la raíz del mal y en la que reside el fundamento del reino de Satanás, que es el pecado.

Muy distinta es en estos casos la acción de Dios. Para entenderla mejor, tomemos como ejemplo el daño que los caldeos hicieron al santo varón Job. Los caldeos, después de matar a los pastores, roban cruelmente su ganado. Ya vemos con nuestros propios ojos a los autores de esta maldad. Tampoco Satanás estuvo de brazos cruzados mientras ellos hacían esto, pues la historia dice que todo procedía de él. Pero el mismo Job reconoce que todo esto fue obra de Dios, de quien dice que le quitó todo lo que le habían robado los caldeos. ¿Cómo podremos decir que una misma obra la hicieron Dios, Satanás y los hombres, sin excusar a Satanás por haberla hecho juntamente con Dios, o sin decir que Dios es autor del mal? Fácilmente, si consideramos el fin y la intención, y después la manera de obrar. El designio y la determinación de Dios eran ejercitar con la adversidad la paciencia de su siervo; Satanás procuraba llevarlo a la desesperación; los caldeos pretendían enriquecerse con bienes ajenos, usurpados contra toda justicia y razón. Una diferencia tan grande de intenciones distingue suficientemente esta obra. Y no es menor la diferencia en la manera de obrar. El Señor permite a Satanás afligir a su siervo Job, y le entrega a los caldeos —a quienes había escogido como ministros para ejecutarlo— para que los mueva e impulse. Satanás instiga con sus aguijones venenosos los corazones de los caldeos, que ya de por sí eran bastante malos, para que cometan tan gran maldad; ellos se dan prisa en llevar a cabo el asunto, y contaminan y ensucian su cuerpo y su alma. Es, pues, propio decir que Satanás mueve e impulsa a los impíos, en quienes ejerce su reino, que es reino de maldad. También se dice que Dios obra de algún modo, porque Satanás, que es instrumento de su ira, se mueve de aquí para allá según la voluntad y la disposición de Dios para ejecutar sus justos juicios. No hablo aquí del movimiento universal de Dios, por el cual todas las criaturas son sostenidas y del cual reciben también la fuerza y la eficacia para hacer lo que hacen. Hablo solo de su acción u obra particular, que se manifiesta en cada obra que se hace. Vemos, pues, que no hay ningún inconveniente en que una misma obra se impute a Dios, a Satanás y al hombre; pero la diversidad de intención y de medios hace que en esa obra la justicia de Dios aparezca irreprochable, y que la malicia de Satanás y del hombre se dé a conocer para gran vergüenza suya.

Los doctores antiguos a veces temen confesar la verdad en esta materia, porque recelaban dar ocasión a los impíos para maldecir y hablar sin ningún respeto ni reverencia de las obras de Dios. Apruebo esta modestia y la aprecio mucho; pero con todo, no creo que haya ningún peligro en sostener sencillamente lo que la Escritura nos enseña. Ni siquiera el propio San Agustín estuvo siempre libre de este escrúpulo, como cuando dice que el endurecimiento y el cegamiento no pertenecen a la acción de Dios, sino a su presciencia. Pero esta sutileza no puede concordar con tantas expresiones de la Escritura que muestran claramente que interviene algo más que la presciencia de Dios. Y el mismo San Agustín, en el libro quinto que escribió contra Juliano, retractándose de lo que había dicho en el otro lugar, prueba con un largo razonamiento que los pecados no se cometen solo por permisión y paciencia de Dios, sino también por su poder, para que de este modo sean castigados los pecados pasados. Asimismo, lo que dicen algunos, que Dios permite el mal pero no lo envía, no tiene pies ni cabeza. Muchísimas veces se dice en la Escritura que Dios ciega y endurece a los réprobos, que vuelve, inclina e impulsa sus corazones, como ya hemos explicado con más amplitud. Si recurrimos a la permisión o a la presciencia, de ningún modo podremos explicar cómo sucede esto. Por tanto, responderemos que esto se hace de dos maneras. En primer lugar, puesto que en cuanto se retira la luz de Dios no queda en nosotros más que oscuridad y ceguera, y cuando se nos quita el Espíritu de Dios nuestros corazones se endurecen como piedras, y cuando él no nos guía no podemos sino andar perdidos, con toda justicia se dice que ciega, endurece e inclina a aquellos a quienes quita la capacidad de ver, de obedecer y de obrar bien. La segunda manera, que se ajusta más al sentido propio de las palabras, es que Dios, para ejecutar sus juicios por medio del diablo, que es ministro de su ira, dirige adonde quiere los designios de los impíos, mueve su voluntad y los alienta en sus propósitos. Por eso Moisés, después de contar cómo Sehón, rey de los amorreos, se armó para no dejar pasar al pueblo de Israel, porque Dios había endurecido su espíritu y obstinado su corazón, añade enseguida el fin que Dios se proponía: «para entregarlo en tu mano» (Dt 2:30). Así, como Dios quería destruirlo, aquella obstinación de su corazón era una preparación para la ruina que le tenía determinada.

Según la primera manera hay que entender lo que dice Job: «Priva del habla a los que dicen verdad, y quita a los ancianos el consejo. Él quita el entendimiento a los jefes del pueblo de la tierra, y los hace vagar como por un yermo sin camino» (Job 12:20, 24). Y también lo que dice Isaías: «¿Por qué, oh Jehová, nos has hecho errar de tus caminos, y endureciste nuestro corazón a tu temor?» (Is 63:17). Porque estas sentencias indican más bien en qué convierte Dios a los hombres cuando los abandona que cómo obra en ellos. Pero hay otros testimonios que van mucho más allá, como cuando Dios dice: «Yo endureceré el corazón de Faraón, para que no os oiga y no deje ir al pueblo» (Éx 4:21; 7:3). Después dice que agravó el corazón de Faraón y lo endureció (Éx 10:1). ¿Acaso lo endureció solo por no ablandarlo? Esto es cierto, pero hizo algo más: entregó el corazón de Faraón a Satanás para que lo confirmara en su obstinación. Por eso había dicho antes: «Yo endureceré su corazón» (Éx 3:19). Asimismo, cuando el pueblo de Israel sale de Egipto, los habitantes de las tierras por donde quiere pasar le salen al encuentro deliberadamente para impedirle el paso. ¿Quién diremos que los incitó? Moisés decía al pueblo que había sido el Señor, que había obstinado sus corazones (Dt 2:30). Y el profeta, contando la misma historia, dice que el Señor «cambió el corazón de ellos para que aborreciesen a su pueblo» (Sal 105:25). Nadie podrá decir, pues, que lo hicieron solo porque fueron privados del consejo de Dios. Porque si son confirmados y guiados a hacerlo, ya son dispuestos expresamente para inclinarse a hacerlo. Además, cada vez que quiso castigar los pecados de su pueblo, ¿cómo ejecutó sus juicios y castigos sino por medio de los impíos? Vemos, pues, que la fuerza y la eficacia de la obra procedían de Dios, y que los impíos solo sirvieron de instrumentos. Por eso unas veces amenaza con llamar con un silbido a los pueblos infieles para que destruyan a los israelitas, y otras dice que los impíos le servirán como redes o como martillos para enredar y golpear a los israelitas (Is 5:26; 7:18; Ez 12:13; 17:20; Jer 50:23). Pero sobre todo declaró cuán lejos está de estar ocioso y cómo mueve a los réprobos cuando llama a Senaquerib hacha que él maneja con su mano para cortar por donde quiera (Is 10:15). San Agustín hace en cierto lugar una buena observación sobre esto, diciendo así: «Que los malos pequen, lo hacen por sí mismos; pero que al pecar hagan esto o aquello procede del poder de Dios, que divide las tinieblas como le place» (De la predestinación de los santos).

Y que el ministerio de Satanás interviene para incitar e instigar a los réprobos cuando Dios, por su providencia, quiere moverlos de un lado a otro, se verá claro aunque no hubiera más que este solo pasaje, repetido muchas veces en el primer libro de Samuel: que el espíritu malo de parte de Jehová se apoderó de Saúl, o que lo dejó (1 S 16:14; 18:10; 19:9). Sería gran impiedad referir esto al Espíritu Santo. Pero el espíritu inmundo es llamado espíritu de Dios porque responde a la voluntad y al poder de Dios, y es más bien un instrumento del que Dios se sirve cuando obra que el autor de la obra. Junto con esto debemos añadir lo que dice San Pablo: que Dios envía un poder engañoso, para que crean la mentira los que no obedecieron a la verdad (2 Ts 2:11). Con todo, como ya hemos dicho, hay gran diferencia entre lo que hace Dios y lo que hacen el diablo y los impíos en una misma obra. Dios hace que los malos instrumentos, que tiene a su disposición y que puede volver hacia donde le place, sirvan a su justicia; pero ellos, como son malos en sí mismos, muestran con la obra la malicia que concibieron en sus mentes perversas. Todo lo demás que sirve para defender la majestad de Dios contra todas las calumnias y para refutar los subterfugios de los blasfemos en esta materia ya lo explicamos antes, en el capítulo de la providencia de Dios. Porque aquí solo quise mostrar en pocas palabras de qué manera reina Satanás en el hombre réprobo y de qué manera obra Dios en uno y en otro.

En cuanto a las obras que de por sí no son buenas ni malas, y que pertenecen más a la vida corporal que a la espiritual, qué libertad tenga el hombre en ellas, aunque ya lo tocamos antes, todavía no lo hemos explicado del todo. Algunos dicen que en tales cosas tenemos libre elección. Creo que lo concedieron más por no querer discutir un asunto que no consideraban de gran importancia que porque quisieran afirmarlo como cosa cierta. En cuanto a mí, aunque reconozco que quienes afirman que el hombre no tiene ninguna fuerza para alcanzar la justicia entienden lo que es necesario entender ante todo para la salvación, pienso sin embargo que no se debe olvidar esto: que es gracia especial del Señor cuando se nos ocurre elegir lo que nos conviene y nuestra voluntad se inclina a ello, y asimismo cuando nuestro espíritu y nuestro entendimiento rechazan lo que podría dañarnos. Y ciertamente, la providencia de Dios llega hasta el punto de que no solo hace suceder lo que sabe que nos es útil y necesario, sino que además hace que la voluntad de los hombres se incline a lo mismo. Es verdad que, si consideramos según nuestro propio juicio la manera en que se gobiernan las cosas externas, juzgaremos que están bajo el poder y la voluntad del hombre; pero si prestamos oído a tantos testimonios de la Escritura que nos aseguran que el Señor gobierna los corazones de los hombres aun en estas cosas, esos testimonios nos harán someter la voluntad y el poder del hombre al impulso particular de Dios. ¿Quién movió los corazones de los egipcios para que prestaran a los hebreos las mejores alhajas y las piezas más ricas que tenían (Éx 11:3)? Jamás los egipcios se hubieran decidido por sí mismos a hacer algo así. Se sigue, pues, que sus corazones eran movidos más por Dios que por sus propios impulsos o inclinaciones. Y ciertamente, si Jacob no hubiera estado convencido de que Dios pone en los hombres distintas disposiciones según le place, no habría dicho de su hijo José, a quien creía un egipcio pagano: «Y el Dios Omnipotente os dé misericordia delante de aquel varón» (Gn 43:14). Así lo confiesa toda la Iglesia en el salmo, al decir que Dios le hizo merced cuando ablandó los corazones de los gentiles, que de por sí eran crueles (Sal 106:46). Al contrario, cuando Saúl se encendió en ira para hacer la guerra, se declara que la causa fue que el Espíritu de Dios lo había movido (1 S 11:6). ¿Quién hizo que Absalón no siguiera el consejo de Ahitofel, al que solía tener por un oráculo (2 S 17:14)? ¿Quién indujo a Roboam a seguir el consejo de los jóvenes (1 R 12:10)? ¿Quién hizo que, a la llegada del pueblo de Israel, aquellas naciones y gentes que antes eran tan atrevidas temblaran de miedo? La ramera Rahab confesó que esto venía de la mano de Dios (Jos 2:9). Y, al contrario, ¿quién abatió de miedo y espanto el ánimo de los israelitas sino aquel que en su ley amenazó con darles un corazón temeroso (Lv 26:36)?

Alguien dirá que estos ejemplos son particulares y que no conviene hacer de ellos una regla general. Pero digo que estos ejemplos bastan para probar lo que pretendo: que Dios, cada vez que quiere, abre camino a su providencia, y que aun en las cosas externas mueve y doblega la voluntad de los hombres, y que su facultad de elegir no es tan libre que Dios no tenga la mano y el mando sobre ella. Queramos o no, la misma experiencia que vemos cada día nos obliga a pensar que nuestro corazón es guiado más bien por el impulso de Dios que por su propia elección y libertad. Porque muchísimas veces nos falla el juicio y el entendimiento en cosas que no son muy difíciles de entender, y desfallecemos en cosas bastante fáciles de hacer; y al contrario, en cosas oscurísimas tomamos enseguida una decisión sin ninguna deliberación y tenemos el consejo a mano, y en asuntos de gran importancia, en los que nos va mucho, tenemos gran ánimo y ningún temor. ¿De dónde procede esto, sino de que Dios obra lo uno y lo otro? Y ciertamente así entiendo lo que dice Salomón: «El oído que oye, y el ojo que ve, ambas cosas igualmente ha hecho Jehová» (Pr 20:12). Porque no me parece que Salomón hable aquí de la creación, sino de la gracia especial que Dios hace cada día a los hombres. Y cuando él mismo dice: «Como los repartimientos de las aguas, así está el corazón del rey en la mano de Jehová; a todo lo que quiere lo inclina» (Pr 21:1), sin duda comprendió bajo una clase de hombres a todos los hombres en general. Porque si hay algún hombre cuya voluntad esté exenta y libre de toda sujeción, este privilegio corresponde ciertamente a la majestad real más que a ninguna otra persona, pues por su voluntad son gobernados todos los demás. Si, pues, la voluntad del rey es guiada por la mano de Dios, tampoco nuestra voluntad, la de quienes no somos reyes, estará exenta de esta condición. A este propósito hay una sentencia admirable de San Agustín, que dice: «La Escritura, si se considera con diligencia, muestra que no solo las buenas voluntades de los hombres —que Dios hace buenas de malas y, una vez hechas así, encamina a obrar bien y a la vida eterna— están bajo la mano y el poder de Dios, sino también todas las que pertenecen a la vida presente; y las tiene bajo su mano de tal manera que las inclina y mueve de un lado a otro como le place, sea para hacer bien a otros, sea para hacerles daño cuando los quiere castigar; y todo esto lo hace por su juicio secretísimo, pero justísimo» (De la gracia y del libre albedrío, a Valentín, cap. 20).

Recuerden aquí los lectores que el poder y el libre albedrío del hombre no deben estimarse por lo que sucede, como lo hacen desatinadamente algunos ignorantes. Porque creen que pueden probar muy bien y con gran sutileza que la voluntad del hombre es cautiva, porque ni siquiera a los mayores príncipes y monarcas del mundo les salen todas las cosas como quieren. Pero la facultad de la que hablamos debemos considerarla dentro del hombre mismo, y no examinarla por las cosas que están fuera de él. Porque cuando se discute sobre el libre albedrío, no se pregunta si el hombre puede llevar a cabo y cumplir todo lo que ha decidido sin que nada se lo impida, sino si tiene en todas las cosas libre elección en su juicio para discernir entre el bien y el mal, aprobar lo uno y rechazar lo otro, y si tiene asimismo libre inclinación en su voluntad para desear, buscar y seguir el bien, y aborrecer y evitar el mal. Porque si el hombre tuviera estas dos cosas, no sería menos libre en cuanto al albedrío estando encerrado en una prisión, como lo estuvo Atilio Régulo, que dominando todo el mundo, como lo dominó Augusto César.

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.