Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios Redentor en Cristo, que se manifestó primero a los padres bajo la Ley, y después a nosotros en el Evangelio
Refutación de las objeciones que suelen presentarse en defensa del libre albedrío
Podría parecer que ya hemos hablado bastante de la servidumbre y cautividad del albedrío humano, si no fuera porque quienes pretenden engañarlo con una falsa idea de libertad tienen sus razones en contra para refutar lo que hemos dicho. En primer lugar, amontonan ciertos absurdos con los que hacerla odiosa, como si fuera contraria a lo que los hombres experimentan comúnmente; después se sirven de testimonios de la Escritura para refutar lo que hemos enseñado. Les responderemos en ese mismo orden. Argumentan de esta manera: si el pecado es por necesidad, ya no es pecado; si es voluntario, se sigue que se puede evitar. Estas mismas armas y este mismo argumento usó Pelagio contra San Agustín, aunque no queremos cargarlos con el nombre de pelagianos hasta haberlos refutado. Niego, pues, que el pecado deje de imputarse como pecado por ser necesario; y niego también que valga lo que ellos infieren: el pecado es voluntario, luego se puede evitar. Porque si alguien quisiera discutir con Dios y escapar de su juicio con el pretexto de que no pudo obrar de otra manera, la respuesta está a mano, la misma que ya dimos antes: que el que los hombres, sujetos al pecado, no puedan querer otra cosa que el mal no procede de la creación, sino de la corrupción de la naturaleza. Porque ¿de dónde viene la debilidad con que los impíos quieren cubrirse, y que alegan con tanto gusto, sino de que Adán se sometió por su propia voluntad a la tiranía del diablo? De aquí, pues, nos viene la perversidad que nos tiene tan encadenados: de que el primer hombre apostató de su Creador y se rebeló contra él. Si todos los hombres son tenidos con justísimo título por culpables de esta rebelión, no piensen excusarse con el pretexto de la necesidad, en la que precisamente se ve con toda claridad la causa de su condenación. Ya lo expliqué antes, y puse como ejemplo a los demonios, para que se viera claramente que quienes pecan por necesidad no dejan de pecar voluntariamente. Y, al contrario, aunque los santos ángeles tienen una voluntad que no puede apartarse del bien, no por eso deja de ser voluntad. Esto lo consideró muy bien San Bernardo al decir que somos más desdichados precisamente porque nuestra necesidad es voluntaria, y que con todo nos tiene tan atrapados que somos esclavos del pecado, como ya hemos explicado (Sermón 81 sobre el Cantar). La segunda parte de su argumento no vale nada, porque entienden que todo lo que se hace voluntariamente se hace libremente. Y ya hemos probado antes que muchísimas cosas se hacen voluntariamente sin que su elección sea libre.
Dicen también que, si las virtudes y los vicios no proceden de una elección libre, no es razonable que el hombre sea premiado ni castigado. Aunque este argumento está tomado de Aristóteles, reconozco que San Crisóstomo y San Jerónimo lo usaron algunas veces. Pero el mismo San Jerónimo no oculta que los pelagianos usaban comúnmente este argumento, y cita estas palabras suyas: «Si la gracia de Dios obra en nosotros, será premiada ella, y no nosotros, que no trabajamos» (Carta a Ctesifonte). En cuanto a los castigos con que Dios castiga los pecados, respondo que somos castigados con justicia, pues la culpa del pecado reside en nosotros. Porque ¿qué importa que pequemos con un juicio libre o cautivo, con tal que pequemos por un deseo voluntario? Sobre todo, puesto que precisamente por eso queda convicto el hombre de ser pecador: porque está bajo la servidumbre del pecado. En cuanto al galardón y premio que se da por obrar bien, ¿qué absurdo hay en confesar que se nos da más por la bondad de Dios que por nuestros propios méritos? ¿Cuántas veces repite San Agustín esta sentencia: que Dios no premia nuestros méritos, sino sus dones, y que se llaman premios no los que se nos deben por nuestros méritos, sino los que se dan en retribución de los favores recibidos antes? Observan con mucha agudeza que los méritos no tendrían ningún lugar si las buenas obras no brotaran de la fuente del libre albedrío; pero se equivocan mucho al encontrar esto tan nuevo. Porque San Agustín no duda en enseñar a cada paso que es necesario lo que ellos consideran tan fuera de razón. Como cuando dice: «¿Cuáles son los méritos de todos los hombres, uno por uno? Puesto que Jesucristo vino no con el pago que se nos debía, sino con su gracia gratuita y dada de balde, los halló a todos pecadores, siendo él solo libre de pecado y el que libra del pecado» (Sobre el Salmo 31). Y también: «Si se te da lo que se te debe, mereces ser castigado. ¿Qué es, pues, lo que se hace? Dios no te castiga con la pena que merecías, sino que te da la gracia que no merecías. Si quieres excluirte de la gracia, jáctate de tus méritos» (Sobre el Salmo 70). Y también: «Por ti mismo no eres nada; los pecados son tuyos, pero los méritos son de Dios. Tú mereces ser castigado, y cuando Dios te dé el premio de la vida, premiará sus dones, no tus méritos» (Carta 52). En esta misma línea enseña en otro lugar que la gracia no procede del mérito, sino al revés, el mérito de la gracia (Sobre las palabras del Apóstol, sermón 15). Y un poco más abajo concluye que Dios se adelanta con sus dones a todos los méritos, para sacar de ellos sus méritos, y que da enteramente de balde lo que da, porque no halla ninguna causa para salvar. Pero ¿para qué hacer un gran catálogo, si a cada paso se hallan en sus obras dichos semejantes? Con todo, el Apóstol los librará mucho mejor de este desvarío, si quieren oír de qué principio deduce nuestra bienaventuranza y la gloria eterna que esperamos: «A los que antes conoció —dice—, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó» (Ro 8:29-30). ¿Por qué, pues, como atestigua el mismo Apóstol, son coronados los fieles (2 Ti 4:8)? Porque fueron escogidos, llamados y justificados por la misericordia de Dios y no por su propia industria. Cese, pues, este vano temor nuestro de que ya no habría ningún mérito si no hubiera libre albedrío. Porque sería grandísima locura huir y alejarnos de aquello a lo que la Escritura nos conduce. «¿Qué tienes que no hayas recibido? —dice San Pablo—. Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» (1 Co 4:7). ¿No ves que precisamente por esto el Apóstol quita toda fuerza y eficacia al libre albedrío, para no dejar ningún lugar a los méritos? Sin embargo, como Dios es sobremanera magnífico y generoso, premia las gracias que él mismo nos ha dado como si procedieran de nosotros, porque al dárnoslas las ha hecho nuestras.
Después de este argumento presentan una objeción que parece tomada de San Crisóstomo: que si no estuviera en nuestra mano elegir el bien o el mal, sería necesario que todos los hombres fueran buenos o que todos fueran malos, puesto que todos son de una misma naturaleza (Homilía 22 sobre el Génesis). No va muy lejos de esto el autor del libro De la vocación de los gentiles, que comúnmente se atribuye a San Ambrosio, cuando argumenta que nadie se apartaría jamás de la fe si la gracia de Dios no nos dejara una voluntad capaz de cambiar de propósito. Me asombra que hombres tan excelentes se hayan engañado en esto. Porque ¿cómo es posible que Crisóstomo no recordara que es la elección de Dios la que hace la diferencia entre los hombres? Ciertamente no debemos avergonzarnos de confesar lo que tan expresamente afirma San Pablo: que todos a una somos malos e inclinados a la maldad (Ro 3:10); pero añadimos enseguida con él que es por la misericordia de Dios que no todos permanecen en su perversidad. Por tanto, puesto que todos tenemos por naturaleza la misma enfermedad, solo sanan aquellos a quienes al Señor le place curar. Los demás, a quienes él abandona por su justo juicio, se van corrompiendo hasta consumirse del todo. Y no de otra parte viene que unos perseveren hasta el fin y otros desfallezcan a mitad del camino. Porque la perseverancia misma es un don de Dios, que él no da indistintamente a todos, sino solo a aquellos a quienes le place. Si se pregunta la causa de esta diferencia, por qué unos perseveran con constancia y otros son inconstantes y cambian, no se podrá hallar otra sino que Dios sostiene con su poder a los primeros para que no perezcan, mientras que a los otros no les da la misma fuerza y vigor; y esto porque quiere mostrar en ellos un ejemplo de la inconstancia humana.
Objetan también que las exhortaciones serían vanas, que las amonestaciones no servirían de nada y que las reprensiones serían ridículas si el pecador no tuviera de por sí poder para obedecer. San Agustín se vio obligado a escribir un libro, que tituló De la corrección y de la gracia, porque le objetaban cosas semejantes. En ese libro, aunque responde ampliamente a todo lo que le objetaban, reduce la cuestión en suma a esto: «Oh hombre, reconoce en el mandamiento lo que debes hacer; cuando te reprenden por no haberlo hecho, reconoce que por tu culpa te falta la fuerza para hacerlo; cuando invocas a Dios, reconoce de dónde has de recibir lo que pides». Casi el mismo argumento trata en el libro que tituló Del espíritu y de la letra, en el que enseña que Dios no mide sus mandamientos según las fuerzas del hombre, sino que, después de haber mandado lo que era justo, da de balde a sus elegidos la gracia y la capacidad de cumplirlos. Para probar esto no hace falta gastar mucho tiempo. En primer lugar, no somos solo nosotros los que defendemos esta causa, sino Cristo y todos sus apóstoles. Miren bien nuestros adversarios cómo saldrán victoriosos frente a tales contendientes. Cristo, que afirma que nada podemos hacer sin él (Jn 15:5), ¿reprende y castiga menos por eso a los que obraban mal sin él? ¿Exhortaba menos por eso a que cada uno se dedicara a obrar bien? ¡Con cuánta severidad reprende San Pablo a los corintios porque no vivían en fraternidad y caridad (1 Co 3:3)! Y, con todo, después ruega a Dios que les dé gracia para vivir en caridad y amor. En la carta a los romanos atestigua que la justicia no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia (Ro 9:16); y, con todo, no deja después de amonestar, exhortar y reprender. ¿Por qué, entonces, no advierten al Señor que no se tome en vano el trabajo de pedir a los hombres lo que solo él puede dar, y de castigarlos por cosas que cometen solo porque les faltó su gracia? ¿Por qué no advierten a San Pablo que perdone a aquellos en cuya mano no está ni el querer ni el correr si no los acompaña y guía la misericordia de Dios, que los ha abandonado y por eso pecan? Pero todos estos desvaríos no valen nada, pues la doctrina de Dios está fundada en muy buena razón, si la consideramos bien. Es verdad que San Pablo muestra cuán poco valen por sí mismas la enseñanza, las exhortaciones y las reprensiones para cambiar el corazón del hombre, cuando dice que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino que solo el Señor, que da el crecimiento, es el que obra eficazmente (1 Co 3:7). Así vemos que Moisés establece con gran severidad los mandamientos de la ley, y que los profetas insisten con vigor y amenazan a los que los quebrantan; y, sin embargo, confiesan que los hombres empiezan a tener entendimiento cuando se les da un corazón para entender; que es obra propia de solo Dios circuncidar los corazones y convertir los corazones de piedra en corazones de carne; que él es quien escribe su ley en nuestras entrañas; y, finalmente, que él es quien, renovando nuestras almas, hace eficaz su doctrina.
¿Para qué sirven entonces las exhortaciones?, dirá alguno. Respondo que si los impíos las desprecian con corazón obstinado, les servirán de testimonio para convencerlos cuando comparezcan ante el tribunal y el juicio de Dios. Y aún más: ya desde ahora, en esta vida presente, su mala conciencia es herida y golpeada por estas exhortaciones, porque por mucho que se burle de ellas aun el hombre más descarado del mundo, no puede condenarlas como malas. Pero dirá alguno: ¿qué hará el pobre hombre cuando se le niega la docilidad y la ternura de corazón que son necesarias para obedecer? Respondo: ¿cómo podrá andar con evasivas, si no puede imputar la dureza de su corazón a nadie sino a sí mismo? Así, los impíos, aunque querrían burlarse, si les fuera posible, de las exhortaciones y avisos que Dios les da, a pesar suyo y contra su voluntad son derribados por tierra por su poder y su fuerza. Pero su principal utilidad debe considerarse en los fieles: en ellos el Señor obra todas las cosas por su Espíritu, y sin embargo no deja de usar el instrumento de su palabra para cumplir su obra en ellos, y lo usa con eficacia y no en vano. Tengamos, pues, por cierto —y es grandísima verdad— que toda la fuerza de los fieles consiste en la gracia de Dios, conforme a lo que dice el profeta: «Les daré un corazón nuevo, para que anden en mis ordenanzas» (Ez 11:19-20). Pero si alguien pregunta: ¿por qué, entonces, se les amonesta sobre lo que deben hacer, y por qué no se les deja que el Espíritu Santo los guíe? ¿Con qué propósito se les apremia con exhortaciones, si no pueden apresurarse más de lo que el Espíritu los impulse? ¿Por qué se les castiga cuando han fallado, si cayeron necesariamente por la debilidad de su carne? Oh hombre —responderé a quien objete esto—, ¿quién eres tú para querer imponer leyes a Dios? Si él quiere prepararnos con la exhortación para recibir la gracia de obedecer a esa misma exhortación, ¿qué tienes tú que reprochar o criticar en este orden y manera de proceder de Dios? Si las exhortaciones y reprensiones no sirvieran a los piadosos más que para convencerlos de pecado, solo por eso no deberían tenerse por del todo inútiles. Pero como además sirven en gran manera para inflamar el corazón en el amor a la justicia, para sacudir la pereza, para arrancar el placer y la dulzura dañinos, y, al contrario, son muy buenas para engendrar en nosotros odio y disgusto por el pecado, en cuanto el Espíritu Santo obra interiormente, ¿quién se atreverá a decir que son superfluas? Si alguien quiere una respuesta aún más clara, tome esta en pocas palabras: Dios obra de dos maneras en sus elegidos: la primera, por dentro, por su Espíritu; la segunda, por fuera, por su palabra. Con su Espíritu, iluminando su entendimiento y formando su corazón para que amen y honren la justicia, los hace nuevas criaturas. Con su palabra, los despierta e incita a desear, buscar y alcanzar esta renovación. Con lo uno y con lo otro muestra el poder de su mano, conforme al orden de su dispensación. Y cuando dirige esta palabra suya a los réprobos, aunque no les sirva para corregirlos, hace que les sirva para otro fin: que en el presente queden abrumados por el testimonio de su propia conciencia, y que en el día del juicio sean por eso mucho más inexcusables. De acuerdo con esto, Cristo, aunque dice que nadie viene a él si el Padre no lo trae, y que los elegidos vienen después de haber oído y aprendido del Padre, no deja por eso de enseñar, sino que con su voz invita con toda diligencia a los que necesitan ser enseñados interiormente por el Espíritu Santo, para que les aproveche lo que han oído (Jn 6:44-45). En cuanto a los réprobos, San Pablo advierte que la doctrina no es para ellos ociosa ni inútil, porque les es olor de muerte para muerte, pero entretanto es un olor suavísimo para Dios (2 Co 2:15-16).
Nuestros adversarios se toman mucho trabajo en amontonar testimonios de la Escritura, y lo hacen con gran diligencia: ya que no pueden vencernos con textos citados más a propósito que los nuestros, quieren al menos abrumarnos con su cantidad. Pero así como suele suceder en la guerra, cuando la gente común, no habituada a pelear, llega a las manos: por mucha apariencia y lustre que tenga, a los primeros golpes es desbaratada y huye; del mismo modo nos será muy fácil deshacer todo lo que estos alegan, por mucha apariencia y ostentación que muestren. Y como todos los pasajes que alegan contra nosotros pueden reducirse a ciertos puntos comunes y doctrinas generales, una vez ordenados cada uno en su lugar, responderemos a muchos con una sola respuesta. Por eso no será necesario responder a cada uno por separado. Hacen gran hincapié en los mandamientos, que según ellos están tan proporcionados a nuestras fuerzas que podemos hacer todo lo que en ellos se nos manda. Amontonan, pues, un gran número de ellos, y por ellos miden nuestras fuerzas. Argumentan de esta manera: o Dios se burla de nosotros cuando nos manda tener santidad, piedad, obediencia, castidad, caridad y mansedumbre, y cuando nos prohíbe la impureza, la idolatría, la deshonestidad, la ira, el robo, la soberbia y otras cosas semejantes; o no pide sino lo que podemos hacer. Pero todos los mandamientos que amontonan pueden distribuirse en tres clases. Unos piden al hombre que se convierta a Dios; otros simplemente encargan que se guarde la ley; otros mandan que perseveremos en la gracia que Dios ya nos ha concedido. Hablemos de todos ellos en general, y luego descendamos a cada clase en particular. Hace ya mucho tiempo que se acostumbra medir las fuerzas del hombre por los mandamientos de la ley de Dios, y esto tiene alguna apariencia de razón; pero digo que procede de una grandísima ignorancia de la ley de Dios. Porque quienes consideran una gran abominación decir que es imposible guardar la ley tienen como principal argumento —bastante débil— este: si no fuera así, la ley se habría dado en vano. Hablan como si San Pablo nunca hubiera tratado de la ley. Porque, os ruego, ¿qué quieren decir estos pasajes de San Pablo: que la ley fue dada a causa de las transgresiones; que por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Ro 3:20); que la ley produce pecado; que se introdujo para que el pecado abundase (Ro 5:20)? ¿Quiere acaso decir San Pablo que la ley, para no ser dada en vano, debía estar limitada a nuestras fuerzas? Más bien muestra en estos pasajes que la ley pide más de lo que podemos hacer, y esto para convencernos de nuestra debilidad y escasas fuerzas. Ciertamente, según la definición que el mismo Apóstol da de la ley, su fin y cumplimiento es el amor (1 Ti 1:5); y cuando ruega a Dios que llene de él los corazones de los tesalonicenses, confiesa con bastante claridad que la ley sonaría en vano en nuestros oídos si Dios no inspirara en nuestros corazones lo que ella enseña (1 Ts 3:12).
Ciertamente, si la Escritura no enseñara otra cosa sino que la ley es una regla de vida conforme a la cual debemos ajustar nuestras obras y todo lo que emprendamos, yo compartiría sin ninguna dificultad su opinión. Pero como nos declara con gran diligencia y claridad muchísimas y diversas utilidades de la ley, es mucho mejor considerar, tal como lo explica el Apóstol, qué puede la ley en el hombre. En lo que toca a esta materia, en cuanto nos ha indicado lo que debemos hacer, enseña que la fuerza y la capacidad para obedecer proceden de la bondad de Dios, y por eso nos invita a pedirla al Señor en oración. Si no tuviéramos más que los mandamientos, sin ninguna promesa, habría que probar nuestras fuerzas y ver si bastan para hacer lo que se manda. Pero como junto con los mandamientos se ponen promesas, que proclaman que no solo nuestra ayuda consiste en que nos asista la gracia de Dios, sino también toda nuestra fuerza y nuestro vigor, atestiguan de sobra que no solo no somos suficientes para guardar la ley, sino que somos del todo incapaces. Por tanto, que no nos objeten más esta proporción entre nuestras fuerzas y los mandamientos de la ley, como si el Señor hubiera medido la regla de justicia que iba a dar en su ley según nuestra debilidad y flaqueza; más bien, consideremos por las promesas cuán desprovistos estamos de nosotros mismos, puesto que en todo tenemos tan gran necesidad de su gracia. Pero —dicen— ¿a quién le parecerá verosímil que el Señor haya dado su ley a troncos y piedras? Respondo que nadie pretende sostener esto. Porque los infieles no son piedras ni troncos cuando, enseñados por la ley de que sus concupiscencias son contrarias a Dios, se hacen culpables por el testimonio de su propia conciencia; ni tampoco lo son los fieles cuando, advertidos de su debilidad, se acogen a la gracia de Dios. Con esto concuerdan estos admirables dichos de San Agustín: «Dios manda lo que no podemos, para que entendamos qué debemos pedirle». Y también: «Grande es la utilidad de los mandamientos, si se estima el libre albedrío de tal manera que la gracia de Dios sea más honrada». Y también: «La fe alcanza lo que la ley manda; más aún, la ley manda precisamente para que la fe alcance lo que la ley mandaba; y aun Dios pide de nosotros fe, y no halla lo que pide si él no ha dado lo que quiere hallar». Y también: «Dé Dios lo que manda, y mande lo que quiera».
Esto se entenderá mejor considerando las tres clases de mandamientos que mencionamos antes. Muchísimas veces manda el Señor, tanto en la ley como en los profetas, que nos convirtamos a él; pero, por otra parte, dice un profeta: «Conviérteme, y seré convertido, porque tú eres Jehová mi Dios. Porque después que me convertí, tuve arrepentimiento», etc. (Jer 31:18-19). Nos manda también que circuncidemos el prepucio de nuestro corazón; pero por Moisés nos advierte que esta circuncisión la hace su mano (Dt 10:16; 30:6). A cada paso pide un corazón nuevo; pero atestigua también que solo él es quien lo renueva. Pero, como dice San Agustín, lo que Dios promete no lo hacemos nosotros por nuestro albedrío ni por nuestra naturaleza, sino que él lo hace por gracia. Y esta es la quinta de las reglas de Ticonio que él señala: que debemos distinguir bien entre la ley y las promesas, o entre los mandamientos y la gracia (De la doctrina cristiana, libro 3). ¿Qué dirán ahora, pues, los que quieren sacar de los mandamientos de Dios que el hombre tiene fuerzas para hacer lo que Dios le manda, apagando así la gracia de Dios por la cual se cumplen los mandamientos? La segunda clase de mandamientos que mencionamos es sencilla: en ellos se nos manda honrar a Dios, servirle, vivir conforme a su voluntad, hacer lo que él manda y profesar su doctrina. Pero hay muchísimos pasajes que atestiguan que toda la justicia, santidad, piedad y pureza que hay en nosotros es don gratuito suyo. De la tercera clase es aquella exhortación que, según cuenta San Lucas, hicieron San Pablo y San Bernabé a los fieles: que perseveraran en la gracia de Dios (Hch 13:43). Pero el mismo San Pablo muestra en otro lugar a quién debe pedirse esta fuerza para perseverar: «Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza» (Ef 6:10). En otra parte manda que no contristemos al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuimos sellados para el día de la redención (Ef 4:30). Pero lo que pide en ese lugar, como los hombres no pueden hacerlo, lo ruega a Dios para los tesalonicenses: que su majestad los tenga por dignos de su santo llamamiento y cumpla en ellos todo el propósito de su bondad y la obra de la fe (2 Ts 1:11). Del mismo modo, en la segunda carta a los corintios, tratando de las ofrendas, alaba muchas veces su buena y santa voluntad; pero un poco después da gracias a Dios por haber puesto en Tito la solicitud de exhortarlos (2 Co 8:11, 16). Si, pues, Tito no pudo ni siquiera abrir la boca para exhortar a los demás sino en cuanto Dios se lo inspiró, ¿cómo habrían sido movidos los oyentes a practicar la caridad si Dios no les hubiera tocado el corazón?
Los más astutos y sutiles hallan de qué cavilar en estos testimonios: dicen que nada impide que unamos nuestras fuerzas a la gracia de Dios, y que él ayude así a nuestra flaqueza. Citan también pasajes de los profetas en los que parece que Dios reparte nuestra conversión entre él y nosotros: «Volveos a mí —dice—, y yo me volveré a vosotros» (Zac 1:3). Cuál es la ayuda con que el Señor nos asiste ya lo explicamos antes, y no hace falta repetirlo aquí. Solo quiero que se me conceda esto: que es vano concluir que podemos cumplir la ley porque Dios nos manda obedecerla, pues consta que para cumplir lo que ella manda nos es necesaria la gracia del Legislador, y que se nos promete para ese fin. Porque de aquí se ve que, por lo menos, se nos pide más de lo que podemos pagar o hacer. Pero lo que dice Jeremías no tiene respuesta: que el pacto que Dios había hecho con el pueblo antiguo quedó anulado y sin valor porque consistía solo en la letra, y que no podía ser confirmado sino cuando se le une el Espíritu, que ablanda nuestros corazones para que obedezcan (Jer 31:32-33). Tampoco les sirve de nada para confirmar su error esta sentencia: «Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros». Porque por la vuelta de Dios no debemos entender la gracia con que renueva nuestros corazones para el arrepentimiento y el cambio de vida, sino aquella con que muestra la buena voluntad y el amor que nos tiene, haciendo que todas las cosas nos salgan prósperamente. Así como también se dice a veces que Dios se aleja de nosotros cuando nos aflige y nos envía adversidades. Como el pueblo de Israel, después de sufrir mucho tiempo gran miseria y trabajo, se quejaba de que Dios lo había desamparado y abandonado, Dios le responde que su favor y su generosidad no le faltarían jamás si volvían a vivir rectamente y a él, que es el modelo y la regla de toda justicia. Por tanto, se aplica mal este pasaje cuando se usa para dividir la conversión entre Dios y nosotros. Hemos tratado brevemente esta materia por ahora, porque cuando tratemos de la ley habrá lugar más oportuno para tratarla con más amplitud.
La segunda clase de sus argumentos no difiere mucho de la primera. Alegan las promesas en las que Dios hace un pacto con nuestra voluntad, como las siguientes: «Buscad lo bueno, y no lo malo, para que viváis» (Am 5:14). «Si quisiereis y oyereis, comeréis el bien de la tierra; si no quisiereis y fuereis rebeldes, seréis consumidos a espada; porque la boca de Jehová lo ha dicho» (Is 1:19-20). «Si quitares de delante de mí tus abominaciones, no andarás de acá para allá» (Jer 4:1). «Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos, también Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra» (Dt 28:1; Lv 26:3); y otras semejantes. Piensan, pues, que Dios se burlaría de nosotros al dejar estas cosas a nuestra voluntad si no estuviera en nuestra mano y voluntad hacerlas o dejar de hacerlas. Y ciertamente esta razón tiene muchísima apariencia, y los hombres elocuentes podrían ampliarla con grandes quejas. Podrían decir que sería una gran crueldad de Dios darnos a entender que solo por nuestra culpa no estamos en su gracia para recibir de él todo bien, si nuestra voluntad no fuera libre ni dueña de sí misma; que sería extraña, por cierto, la generosidad de Dios si nos ofreciera sus beneficios de tal manera que no pudiéramos disfrutarlos; y extraña la certeza de las promesas de Dios, si para no cumplirse nunca ni llegar a efecto dependieran de una cosa imposible. En otro lugar hablaremos de las promesas que llevan condición, para que se vea claramente que, aunque la condición sea imposible de cumplir, no hay en ello ningún absurdo. En lo que toca a la presente materia, niego que el Señor sea cruel o inhumano con nosotros cuando nos exhorta e invita a merecer sus beneficios y favores sabiendo que somos del todo impotentes para ello. Porque, como las promesas se ofrecen tanto a los fieles como a los impíos, cumplen su función con unos y con otros. Así como el Señor aguijonea con sus mandamientos la conciencia de los impíos para que no se deleiten demasiado en sus pecados olvidándose de sus juicios, así también en las promesas les hace ver de algún modo cuán indignos son de su bondad. Porque ¿quién negará que es justísimo y convenientísimo que el Señor haga bien a los que lo honran y castigue con gran severidad a los que lo desprecian? Por tanto, el Señor obra con justicia y con orden cuando propone a los impíos, que están cautivos bajo el yugo del pecado, esta condición: que si se apartan de su mala vida, entonces les enviará todo bien; y esto, aunque no fuera por otra causa, para que entiendan que con justo título son excluidos de los beneficios que se deben a los que verdaderamente honran a Dios. Por otra parte, puesto que él procura por todos los medios mover a los fieles a implorar su gracia, no será fuera de razón que procure obtener de ellos con las promesas el mismo provecho que, como ya explicamos, obtiene con sus mandamientos. Cuando nos enseña en sus mandamientos cuál es su voluntad, nos advierte de nuestra miseria, dándonos a entender cuán contrarios somos a su voluntad; y al mismo tiempo nos incita a invocar su Espíritu para que nos lleve por el camino recto. Pero como los mandamientos no bastan para despertar nuestra pereza, añade promesas que nos atraigan e inclinen con cierta dulzura a amar lo que nos manda. Y cuanto más amamos la justicia, tanto más fervientes somos en buscar la gracia de Dios. He aquí cómo, con estas advertencias —«si quisiereis», «si oyereis»—, Dios no nos concede una libre capacidad de querer ni de oír, y sin embargo no se burla de nuestra impotencia, pues de este modo hace gran provecho a los suyos y hace a los impíos mucho más dignos de condenación.
También los argumentos de la tercera clase tienen gran afinidad con los anteriores. Alegan pasajes en los que Dios reprocha a su pueblo ingrato que solo por su culpa no ha recibido de la generosidad de Dios toda clase de bienes y de prosperidad. Como estos: «Porque el amalecita y el cananeo están allí delante de vosotros, y caeréis a espada; pues por cuanto os habéis negado a seguir a Jehová» (Nm 14:43). «Por cuanto os llamé, y no respondisteis, haré también a esta casa como hice a Silo» (Jer 7:13-14). «Esta es la nación que no escuchó la voz de Jehová su Dios, ni admitió corrección»; por eso ha sido desechada por el Señor (Jer 7:28-29). «Porque endurecisteis vuestro corazón y no quisisteis obedecer al Señor, han venido sobre vosotros todas estas calamidades» (Jer 32:23). ¿Cómo podrían aplicarse tales reproches —dicen— a quienes podrían responder enseguida: «Nosotros no deseábamos sino la prosperidad y temíamos la adversidad; si no obedecimos al Señor ni oímos su voz para evitar la adversidad y ser bien tratados, fue porque, estando sujetos al pecado, no podíamos hacer otra cosa. Por tanto, en vano nos echa Dios en cara las calamidades que padecemos, pues no estuvo en nuestra mano evitarlas»? Para responder a esto, dejando a un lado el pretexto de la necesidad, que es frívolo y de poca importancia, pregunto si pueden excusarse como si no hubieran cometido falta. Porque si quedan convictos de haber faltado, no sin razón les reprocha Dios que por su culpa no los ha mantenido en la prosperidad. Respondan, pues, si pueden negar que la causa de su obstinación fue su mala voluntad. Si hallan dentro de sí la fuente del mal, ¿para qué se esfuerzan en buscar otras causas fuera de ellos, para no parecer ellos mismos los autores de su propia perdición? Pero si es verdad que los pecadores son privados de los beneficios de Dios y castigados por su mano por su propia culpa y no por otra, hay mucha razón para que oigan estos reproches de boca de Dios: para que, si persisten obstinadamente en el mal, aprendan en sus calamidades a acusar y aborrecer su maldad antes que a acusar a Dios de demasiado riguroso; y si no se han endurecido del todo, sino que aún queda en ellos alguna docilidad, conciban disgusto y odio por sus pecados, a causa de los cuales se ven desdichados y perdidos, se arrepientan y confiesen de todo corazón que es verdad lo que el Señor les reprocha. Para este fin sirvieron a los piadosos las reprensiones que relatan los profetas, como se ve por aquella solemne oración de Daniel (Dn 9). En cuanto a la primera utilidad, tenemos un ejemplo en los judíos, a quienes Jeremías, por mandato de Dios, muestra las causas de sus miserias, aunque no podía suceder sino como Dios lo había dicho antes: «Tú, pues, les dirás todas estas palabras, pero no te oirán; los llamarás, y no te responderán» (Jer 7:27). Pero ¿con qué propósito cantaba el profeta a sordos? Para que, a pesar suyo y a la fuerza, entendieran que era verdad lo que oían: que era un horrendo sacrilegio imputar a Dios la culpa de sus desdichas, que estaba en ellos mismos. Con estas tres soluciones cualquiera podrá librarse fácilmente de esa infinidad de testimonios —tanto de mandamientos como de advertencias contra los transgresores de la ley— que los enemigos de la gracia de Dios suelen amontonar para erigir en el hombre ese ídolo del libre albedrío. Para gran vergüenza de los judíos dice el salmo: «Generación contumaz y rebelde; generación que no dispuso su corazón» (Sal 78:8). Y en otro salmo el profeta exhorta a los hombres de su tiempo a no endurecer su corazón (Sal 95:8); es decir, porque toda la culpa de la rebeldía está en la perversidad de los hombres. Pero es necio concluir de aquí que el corazón puede inclinarse igualmente a un lado o a otro, puesto que es Dios quien lo prepara. El profeta dice: «Mi corazón incliné a cumplir tus estatutos» (Sal 119:112), es decir, porque se había entregado al Señor de muy buena gana y con gran afecto; pero no se jacta de haber sido el autor de esta buena disposición, que en el mismo salmo confiesa que es don de Dios. Debemos, pues, retener la advertencia de San Pablo cuando manda a los fieles que se ocupen en su salvación con temor y temblor, porque Dios es el que produce el querer y el hacer (Flp 2:12-13). Es verdad que les asigna la tarea de poner manos a la obra para que no estén ociosos; pero al mandarles que lo hagan con temor y solicitud, los abate y humilla de tal modo que recuerden que aquello mismo que se les manda hacer es obra propia de Dios. Con ello declara que los fieles obran pasivamente, si puede decirse así, en cuanto el cielo les da la gracia y el poder para obrar, a fin de que no se atribuyan nada a sí mismos ni se gloríen de nada. Por eso, cuando San Pedro nos exhorta a añadir virtud a nuestra fe (2 P 1:5), no nos atribuye una parte como si la hiciéramos por nosotros mismos, sino que solo despierta la pereza de nuestra carne, que muchas veces sofoca nuestra fe. Al mismo propósito dice San Pablo: «No apaguéis al Espíritu» (1 Ts 5:19), porque muchísimas veces la pereza se infiltra en los fieles si no se la corrige. Y si alguien infiere de esto que está en mano de los fieles conservar la luz que se les ha dado, su ignorancia se refutará fácilmente, porque esa misma diligencia que pide el Apóstol no viene de otro sino de Dios. También se nos manda muchísimas veces que nos limpiemos de toda contaminación (2 Co 7:1), siendo así que el Espíritu Santo se reserva para sí solo la dignidad de santificar. En conclusión, por las palabras de San Juan se ve claramente que lo que pertenece solo a Dios se nos atribuye a nosotros por cierta concesión: «Aquel que fue engendrado por Dios le guarda» (1 Jn 5:18). Los pregoneros del libre albedrío dan mucha importancia a esta palabra, como si fuéramos salvos en parte por el poder de Dios y en parte por el nuestro; como si esta misma protección de que habla el Apóstol no la recibiéramos del cielo. Por ella ruega Cristo al Padre que nos guarde del mal, o del maligno (Jn 17:15). Y sabemos que los piadosos, cuando luchan contra Satanás, no alcanzan la victoria con otras armas que las de Dios. Por eso San Pedro, después de mandar que purifiquemos nuestras almas por la obediencia a la verdad, añade enseguida como corrigiéndose: «mediante el Espíritu» (1 P 1:22). Finalmente, San Juan muestra en pocas palabras cuán poco valen y pueden las fuerzas humanas en la lucha espiritual cuando dice que los que son nacidos de Dios no pueden pecar, porque la simiente de Dios permanece en ellos (1 Jn 3:9). Y la razón la da en otro lugar: porque nuestra fe es la victoria que vence al mundo (1 Jn 5:4).
Con todo, alegan un pasaje de la ley de Moisés que parece muy contrario a nuestra solución. Porque Moisés, después de haber publicado la ley, declara solemnemente al pueblo: «Este mandamiento que yo te ordeno hoy no es demasiado difícil para ti, ni está lejos. No está en el cielo… Porque muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas» (Dt 30:11-14). Si estas palabras se entienden de los simples mandamientos, reconozco que nos costaría responder. Porque, aunque se podría decir que se trata de la facilidad para entender los mandamientos y no para cumplirlos, aún quedaría algún escrúpulo. Pero el Apóstol, que es un intérprete fidelísimo, nos saca de dudas al afirmar que Moisés habló en este lugar de la doctrina del evangelio (Ro 10:8). Y si algún obstinado insiste en que San Pablo torció este pasaje al aplicarlo al evangelio —atrevimiento que no deja de oler a cierta impiedad y falta de religión—, aun fuera de esta autoridad del Apóstol no nos faltan argumentos para convencerlo. Porque si Moisés hubiera hablado solo de los mandamientos, habría llenado al pueblo de una vana confianza. ¿Qué habrían podido hacer sino despeñarse, si se hubieran atrevido a guardar la ley con sus propias fuerzas como cosa fácil? ¿Dónde está esa gran facilidad para guardar la ley, si no hay más entrada a ella que por un despeñadero mortal? Por tanto, no hay nada más cierto que Moisés comprendía en estas palabras el pacto de misericordia que había promulgado junto con la exigencia de la ley. Porque poco antes había enseñado que nuestro corazón tiene que ser circuncidado por la mano de Dios para que lo amemos (Dt 30:6). Así, puso esta facilidad de la que habla enseguida no en la fuerza del hombre, sino en el favor y el socorro del Espíritu Santo, que realiza poderosamente su obra en nuestra debilidad. Además, el pasaje no debe entenderse simplemente de los mandamientos, sino mucho más de las promesas del evangelio, que, lejos de darnos capacidad para alcanzar la justicia, más bien la destruyen por completo. San Pablo, considerando esto —que la salvación se nos ofrece en el evangelio no bajo la condición tan dura, difícil e imposible que la ley nos impone, a saber, que solo la alcancen los que hayan cumplido todos los mandamientos, sino bajo una condición muy fácil y llana—, aplica este testimonio para confirmar con cuánta generosidad se nos ha puesto en las manos la misericordia de Dios. Por tanto, este testimonio no sirve de nada para establecer una libertad en la voluntad del hombre.
Suelen objetar también otros testimonios en los que se muestra que Dios retira a veces su gracia a los hombres para ver hacia dónde se vuelven. Como cuando se dice en Oseas: «Andaré y volveré a mi lugar, hasta que reconozcan su pecado y busquen mi rostro» (Os 5:15). Sería ridículo —dicen— que el Señor considerara si Israel lo buscaría, si los corazones no fueran flexibles y capaces de inclinarse por su propia fuerza a un lado o a otro. Como si Dios no soliera mostrar por medio de sus profetas un rostro airado, como si quisiera desechar a su pueblo, hasta que cambiaran su mala manera de vivir por otra mejor. Pero ¿qué concluirán nuestros adversarios de tales amenazas? Si quieren que el pueblo, abandonado por Dios, pueda convertirse a él por sí mismo, toda la Escritura los contradice; y si confiesan que la gracia de Dios es necesaria para la conversión, ¿para qué discuten con nosotros? Pero dirán que confiesan que la gracia es necesaria, de tal manera que, con todo, el hombre haga algo de su parte. Pero ¿de dónde lo prueban? Ciertamente no de ese pasaje ni de otros semejantes. Porque una cosa es decir que Dios deja al hombre y observa, al dejarlo, en qué parará; y otra muy distinta decir que Dios socorre la debilidad del hombre para afirmar sus fuerzas. Pero preguntarán: ¿qué quieren decir, entonces, estas expresiones? Respondo que equivalen a que Dios dijera: «Puesto que no consigo nada con este pueblo aconsejándolo, exhortándolo y reprendiéndolo, me retiraré un poco y, callando, dejaré que sea afligido. Quiero ver si acaso, después de haber padecido grandes miserias, se acuerda alguna vez de mí para buscarme». Cuando se dice que Dios se apartará lejos, quiere decir que retirará su palabra; cuando se dice que observará qué hacen los hombres en su ausencia, quiere decir que secretamente, como si no lo hiciera, los afligirá por un tiempo con diversas aflicciones. Hace lo uno y lo otro para humillarnos más. Porque mucho antes seríamos quebrantados por los castigos de la adversidad que corregidos, si él no nos hiciera dóciles con su Espíritu. Pero cuando Dios, enojado con nuestra terca obstinación y casi cansado de ella, nos abandona por un tiempo —es decir, privándonos de su palabra, en la que suele comunicarnos en cierto modo su presencia— y comprueba qué haríamos en su ausencia, es falso concluir de ahí que el libre albedrío del hombre tiene algunas fuerzas que Dios observa y examina, pues no lo hace con otro fin que obligarnos a reconocer que por nosotros mismos no somos ni podemos nada.
También les sirve de argumento la manera común de hablar que usan no solo los hombres, sino la misma Escritura: que las buenas obras se llaman nuestras, y que no menos hacemos lo que es santo y agradable a Dios que lo que es malo y le desagrada. Y si con razón se nos imputan los pecados como procedentes de nosotros, por la misma razón deben imputársenos también las buenas obras. Porque no es razonable decir que hacemos las cosas a las que Dios nos mueve si por nuestro propio impulso somos tan incapaces de hacerlas como las piedras. Por tanto, concluyen que, aunque la gracia de Dios sea la que obra principalmente, tales expresiones significan que tenemos cierta fuerza natural para obrar bien. Si no insistieran más que en lo primero —que las buenas obras se llaman nuestras—, yo les objetaría que también se llama nuestro el pan que pedimos a Dios que nos dé. ¿Qué sacarán, pues, del título de posesión, sino que por la generosidad y el favor gratuito de Dios se hace nuestro lo que de otro modo de ninguna manera se nos debía? Por tanto, o condenan el mismo absurdo en la oración del Señor, que es el padrenuestro, o no tengan por cosa extraña que se llamen nuestras las buenas obras, en las que no tenemos nada nuestro sino por la generosidad de Dios. Pero la segunda objeción nos da más que hacer: que la Escritura atestigua muchas veces que servimos a Dios, guardamos su justicia, obedecemos su ley y nos dedicamos a obrar bien. Como todo esto es función propia del entendimiento y de la voluntad del hombre, ¿cómo podría atribuirse al Espíritu de Dios y a la vez a nosotros, si nuestra capacidad no tuviera cierta participación con el poder de Dios? Nos será fácil desenredarnos de estos lazos si consideramos bien la manera en que el Espíritu de Dios obra en los santos. En primer lugar, la comparación con que nos acusan está muy fuera de lugar: ¿quién es tan insensato que piense que Dios mueve al hombre exactamente como nosotros lanzamos una piedra? Tal cosa no se sigue de nuestra doctrina. Contamos entre las facultades naturales del hombre el aprobar y rechazar, el querer y no querer, el esforzarse y resistir; es decir, aprobar la vanidad y rechazar el verdadero bien, querer el mal y no querer el bien, esforzarse por el pecado y resistir a la justicia. ¿Qué hace el Señor en todo esto? Si quiere usar la perversidad del hombre como instrumento de su ira, la dirige y encamina adonde le place, para ejecutar sus obras buenas y justas por medio de manos malas. Cuando veamos, pues, a un hombre perverso servir así a Dios mientras quiere satisfacer su maldad, ¿lo compararemos con una piedra que, lanzada por mano ajena, se mueve sin movimiento propio, sin sentir y sin voluntad propia? Vemos, pues, cuán grande es la diferencia. Pero ¿qué diremos de los buenos, que son el objeto principal de la cuestión? Cuando establece su reino en ellos, refrena su voluntad para que no sea arrastrada por deseos desordenados, como suele ocurrir según su inclinación natural. Por otra parte, para que se incline a la santidad y a la justicia, la endereza conforme a la regla de su justicia, la forma y la encamina, y para que no vacile ni caiga, la fortalece y la afirma con el poder de su Espíritu. Conforme a esto responde San Agustín a tales personas: «Me dirás: entonces somos movidos a obrar, no obramos. Lo uno y lo otro es verdad: tú obras y eres movido a obrar; eres impulsado para que obres, y obras bien cuando te mueve a obrar el que es bueno. El Espíritu de Dios que te mueve a obrar es el que ayuda a los que obran; el nombre de ayudador indica que también tú haces algo». Hasta aquí San Agustín. En la primera parte de esta sentencia advierte que la acción del hombre no queda suprimida por el impulso y la guía del Espíritu Santo, porque la voluntad, que es encaminada para que se incline al bien, pertenece a la naturaleza. Pero lo que añade enseguida, que del nombre «ayuda» se puede deducir que hacemos algo, no hay que tomarlo como si nos atribuyera algo distinto por sí mismo; sino que, para no dejarnos adormecer en nuestra pereza, armoniza la acción de Dios con la nuestra de tal modo que el querer sea de la naturaleza, pero el querer el bien sea de la gracia. Por eso había dicho poco antes: «Si Dios no nos ayuda, no solo no podremos vencer, sino ni siquiera luchar».
De aquí se ve que la gracia de Dios, en el sentido en que se usa esta palabra cuando se trata de la regeneración, es la regla del Espíritu para encaminar y gobernar la voluntad del hombre. No puede gobernarla sin corregirla, reformarla y renovarla; por eso decimos que el principio de la regeneración es que se arranque de nosotros lo que es propiamente nuestro. Tampoco puede corregirla sin moverla, impulsarla, empujarla, llevarla y sujetarla. Por eso decimos con verdad que todas las buenas acciones que proceden de ella son enteramente suyas. Con todo, no negamos que sea grandísima verdad lo que enseña San Agustín: que la voluntad no es destruida por la gracia, sino más bien reparada. Porque ambas cosas pueden ser muy ciertas: que se diga que la voluntad del hombre es restaurada cuando, corregida su malicia y perversidad, es encaminada a la verdadera regla de la justicia; y que al mismo tiempo se diga que se crea en el hombre una voluntad nueva, puesto que está tan corrompida y pervertida que necesita ser renovada por completo. Ahora bien, nada impide decir que nosotros hacemos lo que el Espíritu de Dios hace en nosotros, aunque nuestra voluntad no ponga de suyo nada distinto de la gracia. Por tanto, debemos recordar lo que ya citamos de San Agustín: que algunos se esfuerzan en vano por hallar en la voluntad del hombre algún bien que le sea propio. Porque toda la mezcla que piensan añadir a la gracia de Dios para ensalzar el libre albedrío no es sino corrupción de ella, como si alguien aguara el vino con agua cenagosa y amarga. Y aunque todo el bien que hay en la voluntad procede de la pura y sola inspiración del Espíritu, como el querer es algo natural en el hombre, no sin razón se dice que hacemos aquellas cosas cuya alabanza Dios se ha reservado con justo título. En primer lugar, porque todo lo que Dios hace en nosotros quiere que sea nuestro, con tal que entendamos que no procede de nosotros; además, porque tenemos por naturaleza entendimiento, voluntad y deseo, que él encamina al bien para sacar de ellos algo bueno.
Los demás testimonios que recogen de aquí y de allá no darán mucho trabajo ni siquiera a los de mediano juicio, con tal que recuerden bien las soluciones que ya hemos dado. Citan lo que está escrito en el Génesis: «Con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él» (Gn 4:7). Interpretan este pasaje del pecado, como si el Señor prometiera a Caín que el pecado no tendría fuerza para dominar su corazón si él quería esforzarse en domarlo. Pero nosotros decimos que concuerda mejor con el contexto y el hilo del razonamiento que esto se diga de Abel y no del pecado. Porque la intención de Dios en este lugar es reprender la mala envidia que Caín había concebido contra su hermano Abel, y lo hace con dos razones. La primera, que se engañaba al pensar que por la maldad sería tenido en más que su hermano delante de Dios, que no admite como honra ninguna cosa sino la que procede de la justicia y la integridad. La segunda, que Caín era muy ingrato a Dios por el beneficio que había recibido de él, pues no podía soportar a su propio hermano, que era menor que él y estaba bajo su autoridad. Pero para que no parezca que abrazamos esta interpretación porque la otra nos es contraria, supongamos que Dios habla del pecado. Si es así, o el Señor promete que Caín vencerá, o le manda que venza. Si se lo manda, ya hemos mostrado que de ello no se puede probar nada para fundar el libre albedrío; si se lo promete, ¿dónde está el cumplimiento de la promesa, puesto que Caín fue vencido por el pecado, que debía dominar? Dirán que en la promesa iba incluida una condición tácita, como si Dios hubiera dicho: «Tendrás la victoria si luchas». Pero ¿quién admitirá tales tergiversaciones? Porque si este dominio se refiere al pecado, nadie duda de que es un mandamiento de Dios, en el que no se dice lo que podemos, sino cuál es nuestro deber, aunque no podamos cumplirlo. Aunque la sentencia misma y la gramática exigen que Caín sea comparado con Abel, porque, siendo el primogénito, no habría quedado por debajo de su hermano si no se hubiera rebajado por su propio pecado.
Se apoyan también en el testimonio del Apóstol cuando dice que «no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia» (Ro 9:16). De ahí concluyen que hay alguna parte en la voluntad y en el esfuerzo del hombre, que, aunque débil, con la ayuda de la misericordia de Dios no deja de tener éxito. Pero si consideraran con prudencia lo que trata el Apóstol en este lugar, no usarían este pasaje con tanta ligereza. Sé bien que pueden alegar como defensores de su interpretación a Orígenes y a San Jerónimo (Jerónimo, Diálogo 1 contra los pelagianos); yo, al contrario, podría oponerles a San Agustín. Pero no importa saber lo que ellos imaginaron sobre este pasaje si consta lo que San Pablo quiso decir. San Pablo muestra allí que solo alcanzarán la salvación aquellos a quienes el Señor tenga a bien hacer misericordia, y que la ruina y la perdición están preparadas para todos los que él no haya elegido. Había mostrado la suerte y condición de los réprobos con el ejemplo de Faraón, y había confirmado con el ejemplo de Moisés la certeza de la elección gratuita: «Tendré misericordia del que yo tenga misericordia». Concluye, pues, que esto no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Pero si el pasaje se entendiera en el sentido de que la voluntad y el esfuerzo no bastan para algo tan excelente, San Pablo lo diría muy fuera de propósito. Por tanto, no hagamos caso de sutilezas como esta: «No depende del que quiere ni del que corre; luego hay cierto querer y cierto correr». Mucho más sencillo es lo que quiere decir San Pablo: no hay querer ni correr que nos lleven a la salvación; aquí no hay otra cosa que pueda valernos sino solo la misericordia de Dios. Porque no habla aquí de otro modo que cuando, escribiendo a Tito, dice: «Cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia» (Tit 3:4-5). Ni siquiera los que arguyen que San Pablo dio a entender que hay cierto querer y cierto correr, porque negó que dependa del que quiere o del que corre, me concederán argumentar del mismo modo que hemos hecho algunas buenas obras porque San Pablo niega que hayamos alcanzado la gracia de Dios por las obras que hemos hecho. Y si encuentran defecto en esta manera de argumentar, abran los ojos y verán que tampoco la suya está libre de engaño. Asimismo, es firme la razón en que se apoya San Agustín (Carta 107, a Vital): si se hubiera dicho que no depende del que quiere ni del que corre porque ni el querer ni el correr bastan, se podría invertir el argumento y decir que no depende de la misericordia de Dios, porque tampoco ella obra sola. Siendo absurdo esto segundo, San Agustín concluye con mucha razón que se dice porque no hay ninguna voluntad humana buena si no ha sido preparada por el Señor; no porque no debamos querer y correr, sino porque Dios hace en nosotros lo uno y lo otro. No menos neciamente tuercen algunos el pasaje de San Pablo: «Nosotros somos colaboradores de Dios» (1 Co 3:9). Sin duda debe restringirse solo a los ministros, y se les llama colaboradores o ayudantes no porque pongan algo de sí mismos, sino porque Dios obra por medio de ellos, después de haberlos hecho idóneos para ello adornándolos con los dones necesarios.
Alegan también el testimonio del libro del Eclesiástico, libro que, como se sabe, no tiene tanta autoridad. Pero aunque no lo rechacemos —y con justo título podríamos hacerlo—, ¿qué se dice allí en confirmación del libre albedrío? Se dice que el hombre, en cuanto fue creado, fue dejado en manos de su propia decisión, y que Dios le dio mandamientos que, si los guardaba, lo guardarían también a él; que la vida y la muerte, el bien y el mal, fueron puestos delante del hombre, y que se le daría lo que escogiera (Eclo 15:14-17). Sea así: el hombre recibió en su creación poder para escoger la vida o la muerte. Pero ¿y si respondiéramos que lo perdió? Ciertamente, no pretendo contradecir a Salomón, que afirma que Dios hizo al hombre recto al principio, pero que él buscó muchas perversiones (Ec 7:29). Pero como el hombre, degenerando y no permaneciendo en el estado en que Dios lo había creado, se arruinó a sí mismo y todo el bien que tenía, todo lo que se dice que tuvo por su primera creación no debe aplicarse a su naturaleza viciada y corrompida. Así pues, no solo a ellos, sino también al mismo autor del Eclesiástico, sea quien sea, respondo de esta manera: «Si queréis enseñar al hombre a buscar en sí mismo capacidad para alcanzar la salvación, vuestra autoridad no es de tanta estima ni valor que pueda perjudicar en lo más mínimo a la palabra de Dios, que es certísima. Pero si solo queréis reprimir la malicia de la carne, que imputando sus vicios a Dios pretende excusarse en vano, y por eso decís que el hombre tiene una buena naturaleza que Dios le ha dado, y que él mismo ha sido la causa de su ruina y perdición, digo lo mismo; con tal que convengamos también en esto: que ahora, por su culpa, está despojado de los adornos y gracias con que el Señor lo había adornado al principio; y así confesemos ambos que el hombre necesita ahora un médico, y no un abogado».
No hay nada que tengan más a menudo en la boca que la parábola de Cristo sobre el viajero al que los ladrones dejaron medio muerto en el camino (Lc 10:30). Sé muy bien que lo que comúnmente se enseña es que en la persona de este viajero se representa la calamidad del género humano. De aquí argumentan nuestros adversarios: el hombre no ha sido tan asaltado por el pecado y por el diablo que no le quede todavía algo de vida, que no le queden aún algunos restos de los bienes que tenía antes, puesto que se dice que lo dejaron medio muerto. Porque ¿dónde estaría —dicen— esa media vida si al hombre no le quedara todavía alguna parte de verdadero entendimiento y voluntad? En primer lugar, si yo no quisiera admitir su alegoría, ¿qué podrían hacer? Porque no hay duda de que los doctores antiguos imaginaron esta alegoría fuera del sentido literal propio que el Señor pretende en esta parábola. Las alegorías no deben ir más allá de lo que les marca y señala la regla de la Escritura; y mucho menos bastan por sí mismas para probar ninguna doctrina. Tampoco me faltan razones con las que podría, si quisiera, deshacer toda esta invención: porque la palabra de Dios no dice que el hombre tenga media vida, sino que está del todo muerto en cuanto a la vida bienaventurada. San Pablo, cuando habla de nuestra redención, no dice que, estando medio muertos, hayamos sido curados, sino que, estando muertos, hemos sido resucitados (Ef 2:5; 5:14). No llama a recibir la gracia de Cristo a los que están medio vivos, sino a los que están muertos y sepultados. Con esto concuerda lo que dice el Señor: que viene la hora en que los muertos oirán su voz y vivirán (Jn 5:25). ¿Con qué cara opondrán una alegoría vana a testimonios tan claros de la Escritura? Pero supongamos que esta alegoría valga tanto como un testimonio: ¿qué podrán concluir contra nosotros? «El hombre está medio vivo; luego tiene alguna parte de vida», es decir, tiene un alma capaz de razón; aunque no llegue a la sabiduría celestial y espiritual, tiene todavía cierto juicio para conocer el bien y el mal; tiene cierto sentimiento de Dios, aunque no tenga verdadero conocimiento de él. Pero ¿en qué paran todas estas cosas? Ciertamente no bastan para que deje de ser verdad lo que dice San Agustín, y que aprueban aun los mismos escolásticos: que los dones gratuitos que pertenecen a la salvación le fueron quitados al hombre después de la caída, y que los dones naturales quedaron manchados y corrompidos. Por tanto, mantengámonos firmes en esta verdad, que de ningún modo puede fallar: que el entendimiento del hombre está tan completamente apartado de la justicia de Dios que no puede imaginar, concebir ni comprender sino impiedad, maldad, impureza y abominación. Asimismo, que su corazón está tan envenenado por el veneno del pecado que no puede despedir otro olor que hedor. Y si acaso se ve algo que tenga alguna apariencia de bondad, el entendimiento queda siempre envuelto en hipocresía y falsedad, y el corazón enredado en una malicia interior.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.