Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios Redentor en Cristo, que se manifestó primero a los padres bajo la Ley, y después a nosotros en el Evangelio
El hombre, estando perdido, debe buscar su redención en Cristo
Puesto que todo el género humano se corrompió en la persona de Adán, toda nuestra dignidad y nobleza, de la que hemos hablado, no solo no nos serviría de nada, sino que más bien se convertiría en mayor afrenta nuestra, hasta que Dios se nos muestre como Redentor en la persona de su Hijo unigénito; porque él no reconoce ni tiene por obra suya a los hombres viciosos y llenos de pecado. Por tanto, después de haber caído de la vida a la muerte, no nos aprovecharía nada todo aquel conocimiento de Dios como Creador del que ya hemos hablado, si no le siguiera la fe que nos presenta a Dios como Padre en Cristo. Este era, ciertamente, el orden natural: que la estructura del mundo fuera para nosotros una escuela donde aprender la piedad, para tener por este camino acceso a la vida eterna y a la felicidad perfecta. Pero después de la caída de Adán, dondequiera que pongamos los ojos, arriba o abajo, no vemos más que la maldición de Dios, que, extendiéndose por nuestra culpa sobre todas las criaturas y envolviéndolas, necesariamente lleva nuestras almas a la desesperación. Porque, aunque Dios quiere darnos a entender todavía por muchísimos otros medios el amor paternal que nos tiene, la consideración de lo que hay en el mundo no basta para asegurarnos de que sea nuestro Padre: porque la conciencia nos tiene convencidos por dentro y nos hace sentir que, a causa del pecado, merecemos ser desechados por Dios y que no nos considere ni tenga por hijos suyos. A esto se añaden la torpeza y la ingratitud: porque nuestro entendimiento, ciego como está, no ve la verdad, y, como tenemos todos los sentidos pervertidos, defraudamos injustamente a Dios de su gloria. Por tanto, tenemos que venir a lo que dice San Pablo: «Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación» (1 Co 1:21). Llama sabiduría de Dios a este admirable teatro del cielo y de la tierra, adornado y lleno de tan infinitas maravillas, por cuya contemplación deberíamos haber conocido a Dios con sabiduría y prudencia; pero como con esto no avanzamos ni aprovechamos nada, nos llama a la fe en Jesucristo, que, por su apariencia de locura, repugna a los incrédulos. Así pues, aunque la predicación de la cruz no agrade al juicio de la carne, debemos abrazarla con humildad si deseamos volver a nuestro Creador, del que estamos apartados, para que vuelva a ser nuestro Padre. Ciertamente, después de la caída del primer hombre, ningún conocimiento de Dios pudo servirnos para la salvación sin el Mediador. Porque cuando Jesucristo dice: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Jn 17:3), no lo entiende solo de su tiempo, sino que lo dice para todos los tiempos y edades. Por eso es tanto más condenable la necedad de quienes abren la puerta del cielo a todos los incrédulos y a cualquier gente profana sin la gracia de Jesucristo, a quien la Escritura enseña en muchos lugares que es la única puerta por la que hemos de entrar a la salvación. Y si alguien quisiera restringir lo que dice Cristo a la proclamación del evangelio, es muy fácil refutarlo: porque en todo tiempo y en todas las naciones y pueblos se tuvo por cierto que los que están en desgracia ante Dios no pueden agradarle antes de reconciliarse con él, y que son declarados malditos e hijos de ira. Añádase a esto lo que Cristo responde a la samaritana: «Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos» (Jn 4:22). Con estas palabras condena todas las religiones de los gentiles y da la razón por la que el Redentor había sido prometido bajo la ley solo al pueblo escogido. De donde se sigue que ninguna forma de culto agradó jamás a Dios sino la que tenía a Jesucristo como meta. Y por eso afirma San Pablo que todos los gentiles estaban sin Dios y excluidos de la esperanza de la vida (Ef 2:12). Además, puesto que San Juan enseña que la vida estaba desde el principio en Cristo, y que todo el mundo se apartó de ella (Jn 1:4), es necesario recurrir a esta fuente. Y por eso Cristo, en cuanto es Mediador para aplacar al Padre, dice que él es la vida. Y ciertamente la herencia del reino de los cielos no corresponde sino a los hijos de Dios; y no es razonable que se tenga y cuente entre los hijos de Dios a los que no están incorporados a Jesucristo, único Hijo de Dios. Y San Juan atestigua claramente que los que creen en el nombre de Jesucristo tienen esta prerrogativa y privilegio: ser hechos hijos de Dios (Jn 1:12). Pero como mi intención no es tratar ahora expresamente de la fe en Jesucristo, bastará con haber dicho algo de ella de pasada.
Por eso Dios nunca se mostró favorable a los padres del Antiguo Testamento, ni les dio jamás ninguna esperanza de gracia o de favor, sin proponerles un Mediador. No hablo de los sacrificios de la ley, por los que los fieles fueron enseñados clara y abiertamente a no buscar la salvación sino en la expiación que solo Jesucristo hizo. Solo digo esto: que la felicidad y la prosperidad que Dios prometió a su Iglesia siempre estuvieron fundadas en la persona de Jesucristo. Porque, aunque Dios comprendió en su pacto a todos los descendientes de Abraham, San Pablo tiene muchísima razón al concluir que, hablando con propiedad, Jesucristo es aquella simiente en la que serían benditas todas las naciones (Gá 3:16); pues sabemos que no todos los descendientes de Abraham según la carne han sido contados como su simiente. Porque, sin hablar de Ismael ni de otros, ¿de dónde vino que, de los dos hijos gemelos que tuvo Isaac, Esaú y Jacob, estando aún juntos en el vientre de su madre, uno fuera elegido y el otro rechazado? Asimismo, ¿de dónde vino que, desechado el primogénito, el menor fuera puesto en su lugar? ¿Y de dónde vino también que la mayor parte de los descendientes de Abraham fuera desheredada? Se ve, pues, claramente que la descendencia de Abraham se cuenta principalmente en una cabeza, y que la salvación prometida no fue segura hasta llegar a Cristo, cuya función es reunir lo que estaba disperso. Así, la primera adopción del pueblo escogido dependía de la gracia del Mediador. Y aunque Moisés no lo explica con palabras expresas, es bastante evidente que todos los piadosos lo entendieron así comúnmente. Porque antes de que hubiera un rey elegido en el pueblo, Ana, la madre de Samuel, tratando de la felicidad de los piadosos, ya había dicho en su cántico: «Dará poder a su Rey, y exaltará el poderío de su Ungido» (1 S 2:10). Con estas palabras quiere decir que Dios bendecirá a su Iglesia. Con esto concuerda lo que Dios dice a Elí un poco más abajo: «Yo me suscitaré un sacerdote fiel… y andará delante de mi ungido todos los días» (1 S 2:35). Y no hay duda de que el Padre celestial quiso mostrar en David y en sus descendientes una imagen viva de Cristo. Por eso David, queriendo exhortar a los piadosos a temer a Dios, manda: «Honrad al Hijo» (Sal 2:12). Con esto concuerda la sentencia del evangelio: «El que no honra al Hijo, no honra al Padre» (Jn 5:23). Así, aunque el reino de David decayó mucho cuando las diez tribus se separaron y formaron un reino aparte, era necesario que el pacto que Dios había hecho con David y con sus descendientes permaneciera firme y estable, como lo dijo por sus profetas: «No romperé todo el reino, sino que daré una tribu a tu hijo, por amor a David mi siervo, y por amor a Jerusalén, la cual yo he elegido» (1 R 11:12-13). Lo mismo se repite dos y tres veces en el mismo lugar, y se dice expresamente: «Yo afligiré a la descendencia de David a causa de esto, mas no para siempre» (1 R 11:39). Un poco más abajo se dice que Dios, por amor a su siervo David, le dio una lámpara en Jerusalén, levantando a su hijo después de él y sosteniendo a Jerusalén (1 R 15:4). Y cuando las cosas iban ya de mal en peor, se vuelve a decir: «Con todo esto, Jehová no quiso destruir a Judá, por amor a David su siervo, porque había prometido darle lámpara a él y a sus hijos perpetuamente» (2 R 8:19). En suma: Dios escogió solo a David, sin tener en cuenta a los demás, para que permaneciera en su favor y su gracia, como se dice en otro lugar: «Dejó, por tanto, el tabernáculo de Silo… Desechó la tienda de José, y no escogió la tribu de Efraín, sino que escogió la tribu de Judá, el monte de Sion, al cual amó… Eligió a David su siervo… para que apacentase a Jacob su pueblo, y a Israel su heredad» (Sal 78:60, 67-71). En fin, Dios quiso conservar su Iglesia de tal manera que su integridad y su salvación dependieran de esta cabeza. Por eso exclama David: «Jehová es la fortaleza de su pueblo, y el refugio salvador de su ungido» (Sal 28:8). Y enseguida hace esta oración: «Salva a tu pueblo, y bendice a tu heredad» (Sal 28:9), dando a entender con estas palabras que el estado y el bien de la Iglesia están ligados con un nudo indisoluble al reino de Jesucristo. Conforme a esto dice en otro salmo: «Salva, Jehová; que el Rey nos oiga en el día que lo invoquemos» (Sal 20:9). Con estas palabras muestra claramente que los fieles no recurrían al favor de Dios con otra confianza sino la de estar cubiertos por la protección y el amparo del Rey. Lo mismo se deduce de otro salmo: «Oh Jehová, sálvanos ahora… Bendito el que viene en el nombre de Jehová» (Sal 118:25-26). Por lo cual se ve claramente que los fieles son dirigidos a Jesucristo para que tengan esperanza de ser salvos por la mano de Dios. A este propósito viene la otra oración en la que toda la Iglesia implora la misericordia de Dios: «Sea tu mano sobre el varón de tu diestra, sobre el hijo de hombre que para ti afirmaste» (Sal 80:17). Porque, aunque el autor de este salmo lamenta la dispersión del pueblo, pide su restauración solo por medio de la cabeza. Y cuando Jeremías, después de que el pueblo fue llevado cautivo a tierras extrañas, la tierra saqueada y todo, según parecía, destruido, llora y gime la dispersión de la Iglesia, menciona sobre todo la desolación del reino, porque con ella la esperanza de los fieles quedaba como arrebatada: «El aliento de nuestras vidas, el ungido de Jehová, de quien habíamos dicho: A su sombra tendremos vida entre las naciones, fue apresado» por nuestros pecados (Lm 4:20). Ya se ve claramente por aquí que Dios no puede ser propicio ni favorable a los hombres sin un Mediador, y que Cristo fue siempre propuesto a los padres del Antiguo Testamento para que pusieran en él su confianza.
Pero cuando se promete algún consuelo en las aflicciones, y sobre todo cuando se habla de la liberación de la Iglesia, el estandarte de la confianza y de la esperanza se planta en Jesucristo mismo. «Saliste para socorrer a tu pueblo, para socorrer a tu ungido», dice Habacuc (Hab 3:13). Y siempre que los profetas mencionan la restauración de la Iglesia, remiten al pueblo a la promesa hecha a David de la perpetuidad del reino. Y no hay por qué asombrarse, porque de otro modo el pacto en el que se apoyaban no tendría ningún valor ni firmeza. A este propósito viene aquella admirable respuesta de Isaías: al ver que el incrédulo rey Acaz rechazaba lo que le había anunciado —que Jerusalén se libraría del asedio y que Dios quería enviarle socorro sin demora—, saltando, por así decirlo, de un tema a otro, viene a parar en el Mesías: «He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo» (Is 7:14). Con ello da a entender indirectamente que, aunque el rey y el pueblo rechazaran por su maldad la promesa que Dios les hacía, como si a sabiendas y deliberadamente se esforzaran por anular la verdad de Dios, el pacto no dejaría de ser firme, sino que el Redentor vendría a su tiempo. Por eso todos los profetas tuvieron gran cuidado, para asegurar al pueblo que Dios le era propicio y favorable, de ponerle siempre delante de los ojos y traerle a la memoria aquel reino de David, del que dependían la redención y la salvación perpetua. Como cuando dice Isaías: «Haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David. He aquí que yo lo di por testigo a los pueblos» (Is 55:3-4). Y esto, ciertamente, porque los fieles, viendo que las cosas iban de mal en peor, no podían tener por ningún otro medio una buena esperanza de que Dios les sería favorable y usaría de misericordia con ellos, sino poniendo por medio a aquel testigo. Del mismo modo Jeremías, para dar ánimo a los que estaban desesperados, dice: «He aquí que vienen días… en que levantaré a David renuevo justo… En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado» (Jer 23:5-6). También Ezequiel: «Y levantaré sobre ellas a un pastor, y él las apacentará; a mi siervo David… Yo Jehová les seré por Dios, y mi siervo David príncipe en medio de ellos… Y estableceré con ellos pacto de paz» (Ez 34:23-25). Y en otro lugar, después de tratar de una restauración increíble: «Mi siervo David será rey sobre ellos, y todos ellos tendrán un solo pastor… Y haré con ellos pacto de paz, pacto perpetuo será con ellos» (Ez 37:24, 26). Entresaco estos pocos testimonios de una infinidad que hay, porque solo quiero advertir a los lectores que la esperanza de todos los fieles nunca estuvo puesta en otra cosa que en Jesucristo. Todos los demás profetas dicen lo mismo. Así dice Oseas: «Y se congregarán los hijos de Judá y de Israel, y nombrarán un solo jefe» (Os 1:11). Y lo da a entender mucho más claramente después: «Después volverán los hijos de Israel, y buscarán a Jehová su Dios, y a David su rey» (Os 3:5). Asimismo Miqueas, hablando del regreso del pueblo, lo dice muy claro: «Y su rey pasará delante de ellos, y a la cabeza de ellos Jehová» (Mi 2:13). Del mismo modo Amós, queriendo prometer la renovación del pueblo, dice: «En aquel día yo levantaré el tabernáculo caído de David, y cerraré sus portillos y levantaré sus ruinas» (Am 9:11); es decir, porque el único remedio y esperanza de salvación era volver a levantar la gloria y la majestad real en la casa de David, lo cual se cumplió en Cristo. Por eso Zacarías, como el tiempo en que vivía estaba más cerca del tiempo en que Cristo había de manifestarse, exclama con mucha más claridad: «Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador» (Zac 9:9). Lo cual concuerda con lo que ya citamos del salmo: «Jehová es el refugio salvador de su ungido; oh Jehová, sálvanos», donde la salvación de la cabeza se extiende a todo el cuerpo.
Dios quiso que los judíos tuvieran entre sí tales profecías para que se acostumbraran a poner y fijar los ojos en Jesucristo cada vez que pidieran ser librados del cautiverio en que estaban. Y, ciertamente, aunque habían degenerado de un modo vergonzoso, nunca pudieron olvidar el recuerdo de este principio universal: que Dios, como lo había prometido a David, sería quien por mano de su Cristo libraría a su Iglesia, y que de este modo el pacto gratuito con que Dios había adoptado a sus elegidos sería estable y firme. De ahí que, cuando Jesucristo entró en Jerusalén poco antes de su muerte, sonara como cosa común en boca de los niños este canto: «¡Hosanna al Hijo de David!» (Mt 21:9). Porque se ve claramente que lo habían tomado de lo que comúnmente se decía y afirmaba entre el pueblo, y que lo cantaban a cada paso: es decir, que tenían como única prenda de la misericordia de Dios la venida del Redentor. Por eso Cristo manda a sus discípulos que crean en él para creer en Dios clara y perfectamente: «Creéis en Dios, creed también en mí» (Jn 14:1). Porque, aunque, hablando con propiedad, la fe va subiendo de Cristo al Padre, quiere decir que, aunque se apoye en Dios, se desvanece poco a poco si él no interviene para mantenerla en entera firmeza; porque, de otro modo, la majestad de Dios está demasiado alta para que puedan alcanzarla los hombres mortales, que andan arrastrándose sobre la tierra como gusanillos. Por eso admito lo que comúnmente se dice, que Dios es el objeto de la fe —es decir, la meta a la que ella se dirige—, pero de tal modo que pienso que hay que añadirle alguna corrección. Porque no en vano Cristo es llamado imagen del Dios invisible (Col 1:15): con este título se nos advierte que, si Dios no se nos presenta por medio de Jesucristo, no podemos conocerlo para nuestra salvación. Y aunque entre los judíos los escribas habían oscurecido con falsas glosas e interpretaciones lo que los profetas habían dicho del Redentor, Cristo lo tomó como cosa establecida y creída comúnmente por todos: que no había ningún otro remedio para la calamidad en que estaban los judíos, ni otro medio para liberar a la Iglesia, sino solo este: que viniera el Redentor prometido. El pueblo no entendió como debía lo que enseña San Pablo: que el fin de la ley es Cristo (Ro 10:4). Pero cuán verdadero y cierto es esto se ve claramente por la misma ley y por los profetas. No discuto todavía de la fe, porque en otra parte habrá lugar mucho más adecuado. Solo tengan ahora los lectores por cierto esto: puesto que el primer grado de la piedad es conocer que Dios es nuestro Padre para defendernos, gobernarnos y sustentarnos hasta que nos reúna en la posesión eterna de su reino, se sigue claramente lo que dijimos poco antes: que es imposible tener verdadero conocimiento de Dios sin Cristo, y que por eso desde el principio del mundo fue propuesto a todos los elegidos para que pusieran en él los ojos y descansara en él su confianza. En este sentido dice Ireneo que el Padre, que es infinito en sí mismo, se ha hecho finito en el Hijo, porque se acomodó a nuestra pequeñez para no abrumar nuestro entendimiento con la inmensidad de su gloria. Los fanáticos, sin considerar esto, tuercen esta sentencia, que es muy útil, para confirmar su desvarío infernal, como si en Cristo solo se derivara una parte de la divinidad de toda la perfección del Padre; siendo así que Ireneo no quiere decir otra cosa sino que Dios es comprendido en Cristo, y no en ninguna otra cosa. Porque siempre fue verdad esta sentencia de San Juan: «Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre» (1 Jn 2:23). Porque, aunque antiguamente muchos se gloriaron de adorar al Dios supremo, creador del cielo y de la tierra, como no tenían ningún Mediador, les fue imposible gustar de verdad la misericordia de Dios y convencerse así de que Dios era su Padre. Y como no tenían la cabeza, es decir, a Cristo, el conocimiento que tuvieron de Dios fue vano y no les aprovechó nada; de lo cual se siguió también que, cayendo en enormes y horrendas supersticiones, pusieran al descubierto su ignorancia. Como hoy los turcos, que, aunque se jacten a boca llena de que el Dios que adoran es el que creó el cielo y la tierra, adoran sin embargo un ídolo en lugar de Dios, puesto que rechazan a Jesucristo.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.