Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios Redentor en Cristo, que se manifestó primero a los padres bajo la Ley, y después a nosotros en el Evangelio
La Ley no fue dada para retener en sí misma al pueblo antiguo, sino para mantener viva su esperanza de salvación en Jesucristo hasta que él viniera
De todo lo que hemos expuesto es muy fácil concluir que la Ley no fue dada, unos cuatrocientos años después de la muerte de Abraham, para apartar de Cristo al pueblo elegido, sino más bien para mantener sus ánimos en suspenso hasta que él viniera, para encender en ellos un ardiente deseo de su venida y para sostenerlos en esa esperanza, a fin de que no desmayaran con la larga espera. Por Ley no entiendo solamente los diez mandamientos, que nos prescriben la regla para vivir piadosa y santamente, sino la forma de religión tal como Dios la publicó por medio de Moisés. Porque Moisés no fue dado como legislador para abolir la bendición prometida a la descendencia de Abraham; al contrario, vemos que a cada paso recuerda a los judíos aquel pacto gratuito hecho con sus padres, del cual ellos eran herederos, como si hubiera sido enviado para renovarlo. Esto se vio con toda claridad en las ceremonias. Porque ¿qué podía haber más vano y más frívolo que ofrecer los hombres el hedor de la grasa del ganado para reconciliarse así con Dios? ¿O que buscar refugio en una aspersión o rociamiento de agua o de sangre para lavar las impurezas del alma? En suma, si todo el culto y la manera de servir a Dios mandados en la Ley se consideran en sí mismos, como si no contuvieran sombras ni figuras a las que correspondiera la verdad, ciertamente no parecerían más que una farsa. Por eso, no sin razón, tanto en el discurso de Esteban como en la Epístola a los Hebreos se considera con gran atención aquel pasaje en que Dios mandó a Moisés hacer el tabernáculo y todo lo que le pertenecía conforme al modelo que se le había mostrado en el monte (Hch 7:44; He 8:5; Éx 25:40). Porque si no hubiera habido un fin espiritual al que se dirigieran todas estas cosas, los judíos no habrían perdido en ellas menos trabajo y esfuerzo que los gentiles en sus desvaríos. Los hombres profanos, que nunca se ocupan de veras de la religión ni de la piedad, no pueden oír hablar sin fastidio de tantos ritos y ceremonias; y no solo se asombran de que Dios haya querido cargar al pueblo judío con tal multitud de ceremonias, sino que incluso las desprecian y se burlan de ellas como si fueran juegos de niños. Esto se debe a que no consideran su fin; y si las figuras de la Ley se separan de su fin, no pueden sino ser tenidas por vanas e inútiles. Pero aquel modelo que hemos mencionado muestra que Dios no ordenó los sacrificios para que quienes le servían se ocuparan en ejercicios terrenos, sino más bien para elevar más alto su entendimiento. Esto se ve claramente por su naturaleza: como él es espíritu, tampoco se complace en otro servicio ni culto que el espiritual. Lo confirman muchísimas sentencias de los profetas, que acusan a los judíos de necedad por pensar que Dios hiciera caso alguno de los sacrificios por sí mismos. ¿Acaso pretendían con ello quitar algo a la Ley? De ninguna manera. Más bien, como verdaderos intérpretes de ella, quisieron así encaminar por el camino verdadero y recto al pueblo judío, del cual muchísimos se habían apartado y andaban extraviados. De lo dicho debemos concluir que, puesto que la gracia de Dios fue ofrecida a los judíos, la Ley no estuvo desprovista de Cristo. Porque Moisés les propuso como fin de su adopción que fueran para Dios un reino de sacerdotes (Éx 19:6); y esto no podían alcanzarlo si no mediaba otra reconciliación mayor y mucho más excelente que la sangre de animales. Porque ¿qué podía ser menos razonable que los hijos de Adán, que por contagio hereditario nacen todos esclavos del pecado, fueran elevados a una dignidad real y hechos así partícipes de la gloria de Dios, si tan gran bien no les viniera de otra parte? ¿Cómo podría tampoco permanecer entre ellos el título y el derecho del sacerdocio, siendo abominables ante Dios por la inmundicia de sus pecados, si no hubieran sido consagrados en su oficio por la santidad de su Cabeza? Por eso san Pedro adapta admirablemente estas palabras de Moisés, enseñando que la plenitud de gracia que los judíos habían gustado en el tiempo de la Ley se ha manifestado en Cristo: «Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio» (1 P 2:9). Porque esta adaptación de las palabras apunta a que aquellos a quienes Jesucristo se manifestó por el evangelio alcanzaron mucho más que sus padres, pues todos ellos han sido revestidos y adornados de honra sacerdotal y real, para que, confiados en su Mediador, se atrevan libremente a presentarse ante la presencia de Dios.
Aquí se debe notar de paso que el reino que se levantó en la casa de David es parte de la Ley y está comprendido bajo el ministerio que fue confiado a Moisés. De donde se sigue que Cristo fue puesto ante los ojos del pueblo judío, como en dos espejos, tanto en todos los descendientes de Leví como en los de David. Porque, como dije hace poco, ellos no podían ser ante Dios reyes ni sacerdotes, pues eran esclavos del pecado y de la muerte, y estaban manchados por su propia corrupción. De aquí se ve claramente cuán verdadero es lo que dice san Pablo: que los judíos fueron retenidos como bajo la disciplina de un maestro de escuela hasta que viniera la descendencia a causa de la cual se había hecho la promesa (Gá 3:24). Porque, como Jesucristo todavía no se había manifestado de cerca, eran semejantes a niños, cuya rudeza y poca capacidad no pueden aún comprender del todo los misterios de las cosas celestiales. Ya hemos dicho de qué manera fueron conducidos como de la mano a Cristo por medio de las ceremonias; y podemos entenderlo todavía mucho mejor por muchos testimonios de la Escritura. Porque, aunque era necesario que ofrecieran cada día nuevos sacrificios para reconciliarse con Dios, sin embargo Isaías promete que todos los pecados serían expiados con un solo y único sacrificio (Is 53); y lo mismo confirma Daniel (Dn 9). Los sacerdotes elegidos de la tribu de Leví entraban en el santuario; pero en una ocasión se dice que Dios había escogido a uno solo y que había confirmado con solemne juramento que sería sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec (Sal 110:4). Se usaba entonces la unción con aceite visible; pero Daniel, según lo había visto en su visión, dice que habrá otra. Y para no alargarnos, el autor de la Epístola a los Hebreos muestra extensa y claramente, desde el capítulo cuarto hasta el undécimo, que las ceremonias no valen nada ni sirven de nada hasta que hayamos venido a Cristo. En cuanto a los diez mandamientos, recordemos bien lo que dice san Pablo: que «el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree» (Ro 10:4). Y lo que dice en otro lugar: que Jesucristo es el espíritu o alma que da vida a la letra, que por sí misma es mortal (2 Co 3:6). Porque en el primer pasaje quiere decir que en vano se nos enseña con preceptos qué es la justicia hasta que Jesucristo nos la da, tanto por imputación gratuita como por el Espíritu de regeneración. Por eso, con toda razón, llama a Jesucristo cumplimiento o fin de la Ley: porque de nada nos serviría saber lo que Dios exige de nosotros si Cristo no socorriera a los que estaban fatigados y oprimidos por un yugo y una carga insoportables. En otro lugar dice que la Ley fue añadida a causa de las transgresiones (Gá 3:19), es decir, para humillar a los hombres convenciéndolos de su condenación. Pero como esta es la única preparación para venir a Cristo, todo lo que dice con palabras diversas concuerda muy bien. Sin embargo, como disputaba con falsos maestros que enseñaban que los hombres alcanzaban la justicia por las obras de la Ley, para refutar su error se vio obligado algunas veces a tomar la palabra «ley» en sentido preciso y estricto, como si solo mandara vivir bien; aunque, cuando se habla de todo lo que la Ley contiene, no se debe separar de ella el pacto de la adopción gratuita.
Conviene entender en pocas palabras de qué manera, una vez instruidos por la ley moral, quedamos tanto más inexcusables, y esto para movernos a pedir perdón. Si es verdad que la Ley nos muestra la justicia perfecta, se sigue también que la observancia completa de la Ley es justicia perfecta delante de Dios, por la cual el hombre sería tenido y reputado por justo ante el tribunal de Dios. Por eso Moisés, después de promulgar la Ley, no duda en poner por testigos al cielo y a la tierra de que había puesto delante del pueblo de Israel la vida y la muerte, el bien y el mal (Dt 30:19). Y no podemos negar que la perfecta obediencia a la Ley sea recompensada con la vida eterna, como el Señor lo ha prometido. Pero, por otra parte, debemos considerar también si nuestra obediencia es tal que con justo título podamos concebir alguna confianza de recompensa. Porque ¿de qué nos serviría saber que el premio de la vida eterna consiste en guardar la Ley, si no sabemos también que por este camino podemos alcanzar la vida eterna? Pero en esto se muestra la debilidad de la Ley. Porque, como en ninguno de nosotros se halla una manera de guardar perfectamente la Ley, quedamos excluidos de las promesas de la vida eterna y venimos a caer en maldición perpetua. No digo lo que de hecho sucede, sino lo que necesariamente tiene que suceder. Porque, como la doctrina de la Ley excede con mucho la capacidad de los hombres, bien podemos mirar de lejos las promesas que se nos hacen, pero no podemos recibir de ellas ningún provecho. Solo nos queda, pues, que por el bien que prometen reconozcamos mejor nuestra miseria, en cuanto se nos quita toda esperanza de salvación y no vemos otra cosa que muerte. Por otra parte, se nos ponen delante de los ojos las horrendas amenazas que se nos hacen, las cuales no alcanzan solo a algunos de nosotros, sino a todos en general, sin que escape ninguno. Digo que nos atrapan y nos acosan con un rigor inexorable, de tal manera que vemos en la Ley una muerte segurísima.
Así pues, si consideramos solamente la Ley, no podremos hacer otra cosa que desmayar, quedar confundidos y desesperar, pues por ella todos somos condenados y malditos, y apartados de la bienaventuranza que promete a quienes la guarden. Alguien me dirá entonces: ¿Cómo? ¿Así se burla Dios de nosotros? Porque ¿qué le falta para ser una burla mostrarle al hombre una esperanza, invitarlo y exhortarlo a ella, afirmar que está preparada para nosotros y que, mientras tanto, no haya camino ni medio para llegar a ella? A esto respondo que, aunque las promesas de la Ley, en cuanto son condicionales, dependen de la perfecta obediencia a la Ley (que no se hallará en ningún hombre), sin embargo no son dadas en vano. Porque, una vez que hemos entendido que no nos sirven de nada ni tienen eficacia alguna a menos que Dios, por su bondad gratuita, nos acepte sin tomar en cuenta nuestras obras, y que nosotros abracemos por la fe esa bondad que él nos presenta en su evangelio, estas mismas promesas no dejan de ser eficaces, aun con la condición que se les pone. Porque entonces el Señor nos concede todas las cosas tan gratuitamente que su generosidad llega hasta el punto de no desechar nuestra obediencia imperfecta y a medias, sino que, perdonándonos lo que falta, la acepta como buena y completa; y, por consiguiente, nos hace partícipes del fruto de las promesas de la Ley como si hubiéramos cumplido enteramente la condición. Pero como esta materia se tratará mucho más ampliamente cuando hablemos de la justificación por la fe, no diré más de ella por ahora.
Lo que dijimos, que es imposible guardar la Ley, habrá que explicarlo y confirmarlo en pocas palabras. Porque comúnmente se tiene esto por una opinión muy absurda, hasta el punto de que san Jerónimo no duda en condenarla como herética. No me ocupo de qué razón movió a san Jerónimo; procuremos nosotros saber cuál es la verdad. No voy a extenderme aquí sobre las muchas clases de posibilidad que hay. Llamo imposible a lo que, por ordenación y decreto de Dios, nunca ha sido ni será jamás. Si consideramos desde el principio mismo del mundo, digo que no ha habido ningún santo que, viviendo en la prisión de este cuerpo mortal, haya tenido un amor tan perfecto que haya amado a Dios con todo su corazón, con todo su entendimiento, con toda su alma y con todas sus fuerzas; y digo también que no ha habido ninguno que no haya sido tocado por la concupiscencia. ¿Quién dirá que esto no es verdad? Sé muy bien qué clase de santos se ha imaginado la vana superstición: de una pureza y santidad tan grandes que apenas los mismos ángeles del cielo podrían compararse con ellos. Pero se los han imaginado contra la autoridad de la Escritura, que enseña otra cosa, y contra la misma experiencia. Digo también que nunca habrá en el futuro nadie que llegue a ser verdaderamente perfecto hasta que sea librado del peso de este cuerpo mortal. Para probarlo hay muchísimos y clarísimos testimonios de la Escritura. Salomón decía en la dedicación del templo: «No hay hombre que no peque» (1 R 8:46). David dice: «No se justificará delante de ti ningún ser humano» (Sal 143:2). Lo mismo afirma Job en muchísimos lugares. Pero san Pablo lo dice más claramente que todos: «el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne» (Gá 5:17); y no usa otra razón para probar que todos los que están bajo la Ley son malditos, sino que está escrito: «Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas» (Gá 3:10; Dt 27:26). Con esto da a entender, o mejor dicho, da por cosa resuelta, que no hay nadie que pueda permanecer en ellas. Y todo lo que ya está dicho en la Escritura debemos tenerlo por perpetuo y necesario, algo que no puede suceder de otra manera. Con la misma sutileza molestaban los pelagianos a san Agustín. Decían que se hacía una afrenta a Dios si mandaba más de lo que los fieles pueden hacer con su gracia. San Agustín, para librarse de esta calumnia, decía que el Señor podría, si quisiera, hacer que el hombre mortal tuviera una perfección angélica, pero que nunca lo había hecho ni lo haría jamás, porque así lo había afirmado en la Escritura (Sobre la naturaleza y la gracia). Tampoco yo lo niego; pero añado que no hay por qué disputar sobre el poder de Dios en contra de su verdad. Y por eso digo que no hay lugar para cavilar si alguien afirma que es imposible que sucedan aquellas cosas que la Escritura dice que no sucederán. Pero si la disputa y controversia es por la palabra, el Señor, cuando los discípulos le preguntaron quién podría ser salvo, responde: «Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible» (Mt 19:25-26). San Agustín muestra con razones firmísimas que nunca, en esta carne corruptible, pagaremos a Dios el amor perfecto y legítimo que le debemos (Sobre el espíritu y la letra, al final, y a menudo en otros lugares). El amor, dice, procede del conocimiento de tal manera que nadie puede amar perfectamente a Dios sin haber conocido antes enteramente su bondad. Mientras peregrinamos en el mundo, no lo vemos sino oscuramente, como en un espejo; se sigue, pues, que el amor con que lo amamos es imperfecto. Tengamos, por tanto, por cosa segurísima que es imposible que, viviendo en esta carne, cumplamos la Ley, si consideramos la debilidad de nuestra naturaleza, como lo probaremos en otro lugar con testimonios de san Pablo (Ro 8:3).
Pero para que toda esta materia se entienda mejor, resumamos el oficio y el uso de la ley que llaman moral. Según entiendo, contiene estas tres partes. La primera es que, al proponer la justicia de Dios —es decir, la única justicia que agrada a Dios—, advierte a cada uno de la injusticia que hay en él, se la hace constar, lo convence y, en fin, lo condena. Porque es necesario que el hombre, ciego y embriagado por el amor de sí mismo, se vea obligado de este modo a conocer y confesar su debilidad y su impureza; pues si su vanidad no queda claramente convencida y señalada con el dedo, se hincha de una insensata confianza en sus fuerzas, y es imposible llevarlo a entender y sentir cuán pocas y débiles son, mientras las pondera y las pesa según su fantasía. Pero en cuanto empieza a compararlas con la dificultad de la Ley, ya tiene con qué abatir su arrogancia. Porque, por grande que haya sido la opinión que tenía de ellas, enseguida siente cuánto le pesan bajo esa carga tan grave, que lo hace jadear, tambalearse, vacilar y finalmente desfallecer del todo. Así instruido por la doctrina de la Ley, el hombre se despoja de la arrogancia que antes lo cegaba. Asimismo es necesario que el hombre sea curado de la segunda enfermedad que dijimos que padece, que es la soberbia. Mientras se le deja aferrado a su propio parecer, en lugar de la verdadera justicia se imagina una pura hipocresía, y, contento con ella, se ensoberbece contra la gracia de Dios con el pretexto de no sé qué justicias inventadas por él mismo. Pero cuando se ve obligado a examinar su vida en la balanza de la Ley de Dios, dejando a un lado la fantasía de falsa justicia que se había forjado, ve que está muy lejos de la verdadera santidad y, por el contrario, que está cargado de infinitos vicios de los que antes parecía estar libre. Porque las concupiscencias están tan ocultas y entretejidas que engañan fácilmente al hombre y hacen que no las vea. Y no sin razón dice el Apóstol que no había conocido la codicia hasta que la Ley le dijo: «No codiciarás» (Ro 7:7). Porque si la Ley no la descubre y la saca de sus escondrijos, destruirá en secreto al desdichado hombre sin que él sienta nada.
Así pues, la Ley es como un espejo en el que contemplamos primero nuestra debilidad, luego la iniquidad que procede de ella y, finalmente, la maldición que procede de ambas, del mismo modo que vemos en un espejo las manchas de nuestro rostro. Porque quien no tiene capacidad para vivir justamente necesariamente está hundido en el lodo del pecado, y tras el pecado viene enseguida la maldición. Por eso, cuanto más nos convence la Ley de que hemos cometido grandes faltas, tanto más muestra que somos dignos de pena y castigo. A esto se refiere lo que dice el Apóstol: que «por medio de la ley es el conocimiento del pecado» (Ro 3:20). Porque en este pasaje el Apóstol señala solamente el primer oficio de la Ley, que se ve en los pecadores aún no regenerados. Al mismo propósito van las sentencias siguientes: que «la ley se introdujo para que el pecado abundase» (Ro 5:20), y que por eso era ministerio de muerte, que produce ira y mata (2 Co 3:7; Ro 4:15). Porque sin duda la maldad crece tanto más cuanto más claramente es punzada la conciencia por el sentimiento del pecado, ya que a la transgresión se añaden la rebelión y la contumacia contra el Legislador. Solo queda, pues, que la Ley arme la ira de Dios para que destruya al pecador, porque por sí misma no puede hacer otra cosa que acusar, condenar y destruir. Y, como escribe san Agustín, si falta el Espíritu de gracia, la Ley no sirve más que para acusarnos y matarnos (Sobre la corrección y la gracia). Y al decir esto no se hace ninguna injuria a la Ley ni se menoscaba en nada su dignidad. Ciertamente, si nuestra voluntad estuviera del todo fundada y regulada en obedecer a la Ley, sin duda su solo conocimiento bastaría para nuestra salvación; pero como nuestra naturaleza carnal y corrompida lucha a muerte con la Ley espiritual de Dios y no se deja corregir en nada por su disciplina, resulta que la Ley, que fue dada para salvación si encontrara oyentes idóneos, se convierte en ocasión de muerte y de pecado (véase Ambrosio, Sobre Jacob y la vida bienaventurada, cap. 6). Pues como todos quedamos convencidos de ser sus transgresores, cuanto más claramente muestra la justicia de Dios, tanto más descubre, por contraste, nuestra iniquidad; y cuanto más nos asegura el premio de vida y salvación preparado para los que obran justicia, tanto más confirma la destrucción preparada para los impíos. Tan lejos estamos, pues, de hacer injuria a la Ley con estos calificativos, que no sabríamos cómo engrandecer mejor la bondad de Dios. Porque de aquí se ve claramente que es nuestra iniquidad y maldad lo que nos impide alcanzar y gozar la bienaventuranza que se nos propone en la Ley. Por eso tenemos un motivo mucho mayor para saborear la gracia de Dios, que nos socorre sin ninguna ayuda de la Ley; y asimismo debemos amar más la misericordia de Dios, por la cual se nos comunica esta gracia y por la cual aprendemos que su Majestad nunca se cansa de hacernos bien y de acumular cada día beneficios sobre beneficios.
En cuanto a que nuestra iniquidad y condenación quedan firmadas y selladas por el testimonio de la Ley, esto no se hace (si es que aprovechamos bien en ella) para que, desesperados, lo echemos todo por tierra y, perdido del todo el ánimo y el valor, nos arrojemos a un precipicio. Es verdad que los réprobos desfallecen de este modo, pero eso les sucede por la obstinación de su ánimo. Los hijos de Dios, en cambio, deben sacar de esta enseñanza otro fin. El Apóstol afirma que todos somos condenados por el juicio de la Ley «para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios» (Ro 3:19). Sin embargo, el mismo dice en otro lugar que Dios encerró a todos en desobediencia, no para destruirlos ni para dejar que todos se perdieran, sino para tener misericordia de todos (Ro 11:32). Es decir, para que, desechando la vana opinión que tenían de sus fuerzas, entiendan que no viven ni subsisten sino por la sola mano y el poder de Dios; para que, desnudos y vacíos de toda otra confianza, se acojan a su misericordia, descansen en ella por completo, se amparen enteramente bajo sus alas y la tomen a ella sola por su justicia y sus méritos. Esta misericordia se ofrece en Jesucristo a todos los que la desean, la buscan y la esperan con verdadera fe. Porque en los mandamientos de la Ley Dios no se muestra remunerador sino de la justicia perfecta, de la cual todos carecemos; al contrario, se muestra juez severo de los pecados. Pero en Cristo su rostro resplandece lleno de gracia y dulzura hacia nosotros, aunque somos pecadores miserables e indignos.
En cuanto a la enseñanza que debemos sacar de la Ley para implorar el favor divino, san Agustín habla de ello en diversos lugares, como cuando escribe a Hilario: «La Ley manda para que nosotros, esforzándonos por hacer lo que manda y no pudiendo por nuestra flaqueza, aprendamos a implorar el favor de la gracia de Dios» (Carta 89). Asimismo, escribiendo a Asellio: «La utilidad de la Ley es convencer al hombre de su debilidad y obligarlo a buscar la medicina de la gracia que está en Jesucristo» (Carta 200). Asimismo, escribiendo a Inocencio de Roma: «La Ley manda; la gracia da fuerzas para obrar bien» (Carta 95). Asimismo, a Valentín: «Dios manda lo que no podemos hacer, para que sepamos qué debemos pedirle» (Sobre la corrección y la gracia). Asimismo: «La Ley fue dada para haceros culpables; para que, siendo culpables, temierais; y temiendo, pidierais perdón y no presumierais de vuestras fuerzas» (Sobre el Salmo 118). Asimismo: «La Ley fue dada para esto: para hacernos pequeños de grandes, a fin de mostrar que por nosotros mismos no tenemos fuerzas para vivir justamente, y para que, necesitados, indignos y pobres, nos acogiéramos a la gracia». Después se vuelve a hablar con Dios: «Hazlo así, Señor; hazlo así, Señor misericordioso: manda lo que no podemos cumplir; o mejor dicho, manda lo que no podemos cumplir sin tu gracia, para que, cuando los hombres no puedan cumplirlo por sus fuerzas, toda boca se cierre y nadie se tenga por grande: que todos sean pequeños y todo el mundo sea hallado culpable delante de Dios» (Sermón 27). Pero soy necio al amontonar tantos testimonios de san Agustín sobre esta materia, pues él mismo escribió un libro particular sobre ella, que tituló Sobre el espíritu y la letra. En cuanto a la segunda utilidad, no la explica tan claramente, quizá porque pensaba que dependía de la primera, o porque no estaba tan seguro de ella, o porque le faltaban palabras para expresarla con la distinción y claridad que hubiera querido. Y aunque esta utilidad de la que hemos hablado corresponde propiamente a los hijos de Dios, también alcanza a los réprobos. Porque, aunque ellos no llegan, como los fieles, al punto de ser quebrantados en cuanto a la carne para renovarse y rejuvenecer en el hombre interior, que es el espíritu, sino que desde el primer espanto caen aturdidos en la desesperación, les sirve sin embargo para manifestar la equidad del juicio de Dios el que sus conciencias sean atormentadas de esta manera. Porque ellos, en cuanto pueden, siempre quieren tergiversar contra el juicio de Dios. Pero ahora, aunque el juicio de Dios todavía no se haya manifestado, el testimonio de la Ley y de sus conciencias los abate de tal manera que muestran en sí mismos lo que han merecido.
El segundo oficio de la Ley es que quienes no se preocupan en absoluto de lo bueno y lo justo, ni tienen sentimiento alguno de ello si no es por la fuerza, al oír las terribles amenazas que la Ley contiene, se refrenen al menos por temor al castigo. Y se refrenan no porque su corazón sea movido o tocado interiormente, sino porque detienen las manos en cuanto a la obra exterior, como si se les hubiera puesto un freno, y retienen dentro su maldad, que de otro modo desvergonzadamente echarían fuera. Por eso no son ni mejores ni más justos delante de Dios. Porque, aunque impedidos por el temor o por la vergüenza no se atreven a poner por obra lo que han imaginado ni a sacar a la luz sus desatinados propósitos, no tienen su corazón sujeto al temor y a la obediencia de Dios; al contrario, cuanto más se contienen, tanto más vivamente se encienden, hierven y arden por dentro en sus concupiscencias, dispuestos a cometer cualquier bellaquería y maldad si este horror de la Ley no los detuviera. Y no solo esto, sino que aborrecen a muerte la Ley misma y detestan a Dios por ser su autor, de tal manera que, si pudieran, lo echarían de su trono y le quitarían la autoridad, porque no pueden soportar que mande cosas santas y justas y que castigue a quienes desprecian su Majestad. En unos este sentimiento se muestra más oscuramente, en otros más claramente; pero en todos los que aún no han sido regenerados vive este sentimiento: que no se sujetan a la Ley voluntariamente, sino que son llevados a la fuerza y a empujones, solo por el gran temor que le tienen. Sin embargo, esta justicia forzada y obligada es necesaria para el bien común de los hombres, cuya tranquilidad se procura cuando se pone orden para que no ande todo revuelto y confuso, como sucedería si a cada uno le fuera lícito hacer lo que se le antojara. Y aun a los mismos hijos de Dios no les es inútil ser ejercitados en esta disciplina durante todo el tiempo en que, antes de su llamamiento, no teniendo el Espíritu de santificación, se desbocan con la intemperancia de la carne. Porque mientras, por temor al castigo divino, se contienen y no dan salida a sus desvaríos, aunque de momento aprovechen poco por no tener aún domado el corazón, en cierto modo se acostumbran a llevar el yugo del Señor sujetándose a su justicia, para que cuando sean llamados no sean del todo ignorantes para sujetarse a sus mandamientos como a algo nuevo y nunca oído. Parece que el Apóstol quiso señalar propiamente este oficio de la Ley cuando dice que la ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas, para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros, y para cualquier otra cosa que se oponga a la sana doctrina (1 Ti 1:9-10). Porque con estas palabras muestra que la Ley es un freno para refrenar las concupiscencias de la carne, que de otro modo se desmandarían sin medida alguna.
A unos y a otros se puede aplicar lo que el mismo Apóstol dice en otro lugar: que la Ley fue para los judíos un ayo para llevarlos a Cristo (Gá 3:24). Porque hay dos clases de hombres a quienes la Ley conduce a Cristo con su disciplina. Los primeros son aquellos de quienes ya hemos hablado, que, por estar muy confiados en su propia virtud y justicia, no son aptos para recibir la gracia de Dios si antes no pierden esa opinión. Así, la Ley, poniéndoles delante de los ojos su miseria, los hace humillarse y abatirse, para prepararlos de este modo a desear aquello que pensaban que no les faltaba. Los segundos son los que necesitan un freno que los detenga, para que no suelten las riendas a los ímpetus de su carne hasta olvidarse por completo de vivir conforme a la justicia. Porque dondequiera que el Espíritu de Dios todavía no gobierna, las concupiscencias son a veces tan enormes y desmedidas que hay peligro de que el alma, enredada en ellas, caiga en el olvido y el menosprecio de Dios; y ciertamente así sucedería si el Señor no pusiera este remedio: detener con el freno de su Ley a aquellos en quienes la carne todavía domina. Así, cuando no regenera de un solo golpe a los que ha escogido para la vida eterna, los mantiene por medio de la Ley, hasta el tiempo de su visitación, bajo un temor que no es puro ni perfecto como debe ser en los hijos de Dios; pero este temor les es útil durante ese tiempo para que, conforme a su capacidad, sean conducidos como de la mano a la verdadera piedad. Tenemos de esto tantas experiencias que no hace falta alegar ningún ejemplo. Porque todos los que alguna vez vivieron en la ignorancia de Dios confesarán que les sucedió esto: que el freno de la Ley los mantuvo en cierto temor y respeto de Dios hasta que, regenerados por el Espíritu de Dios, comenzaron a amarlo de veras y de corazón.
El tercer oficio de la Ley, que es el principal y el que pertenece propiamente a su verdadero fin, tiene su lugar entre los fieles, en cuyos corazones ya reina y domina el Espíritu de Dios. Porque, aunque tienen la Ley de Dios escrita y grabada en el corazón por el dedo de Dios —es decir, aunque, guiados por el Espíritu Santo, están dispuestos de tal manera que desean obedecer a Dios—, todavía aprovechan en la Ley de dos maneras. Primero, porque es para ellos un instrumento excelente con el que cada día aprenden mejor y con más certeza cuál es la voluntad del Señor, que tanto desean conocer, y se confirman en su conocimiento. Así como un siervo, aunque ya haya resuelto en su corazón servir bien a su amo y agradarle en todo, necesita sin embargo conocer de cerca y considerar bien sus costumbres y su carácter para conformarse y acomodarse a ellos, así ninguno de nosotros puede eximirse de esta necesidad. Porque nadie ha llegado a ser tan sabio que no pueda, con la instrucción diaria de la Ley, avanzar cada día en un conocimiento más perfecto de la voluntad de Dios. Además, como no solo necesitamos doctrina, sino también exhortación, el siervo de Dios sacará de la Ley también este provecho: que por su meditación frecuente se animará a obedecer a Dios, se afirmará en ello y se apartará de sus faltas. Porque es necesario que los santos se estimulen a sí mismos de esta manera, ya que, aunque según el espíritu tienen cierta prontitud para aplicarse a hacer el bien, siempre están agobiados por el peso de su carne, de tal modo que nunca cumplen enteramente su deber. Para esta carne la Ley es como una vara que la hace trabajar, como a un asno flojo y perezoso que no se mueve sino a palos; y aún más, digo que la Ley será también para el hombre espiritual, que todavía no está libre del peso de la carne, un aguijón continuo que no lo dejará estar ocioso ni dormirse. Sin duda David contemplaba este oficio cuando ensalzaba la Ley del Señor con títulos tan ilustres: «La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; […] los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; el precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos», etc. (Sal 19:7-8). Asimismo: «Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino» (Sal 119:105), e infinitos otros testimonios que hay en todo este salmo. Y esto no contradice los testimonios del Apóstol que hemos citado, en los cuales no muestra el oficio ni la utilidad de la Ley para el hombre regenerado, sino lo que la Ley por sí misma puede aportar al hombre. En estos pasajes, en cambio, el profeta cuenta con cuánto provecho el Señor, por la lectura de su Ley, enseña a aquellos a quienes inspira interiormente la prontitud para obedecer. Y no menciona solamente los mandamientos, sino que añade la promesa de la gracia, que en lo que toca a los fieles no debe separarse de ellos, y que hace dulce lo que es amargo. Porque ¿qué habría menos amable que la Ley, si solo nos exigiera nuestro deber y, amenazándonos, inquietara nuestras almas con temor y las angustiara con espanto? Sobre todo, David muestra que en la Ley conoció al Mediador, sin el cual no hay alegría ni gozo alguno.
Algunos ignorantes, que no saben hacer esta distinción, desechan temerariamente a Moisés en general y sin excepción alguna, y arrinconan las dos tablas de la Ley. La causa es que piensan que no conviene a los cristianos profesar una doctrina que contiene en sí un ministerio de muerte. Esta opinión profana debe estar muy lejos de nosotros. Porque Moisés declaró admirablemente que la Ley, aunque en el hombre pecador no puede causar sino muerte, en el regenerado produce un fruto y una utilidad muy diferentes. Pues, estando ya a punto de morir, hizo esta solemne declaración ante el pueblo: «Aplicad vuestro corazón a todas las palabras que yo os testifico hoy, para que las mandéis a vuestros hijos, a fin de que cuiden de cumplir todas las palabras de esta ley. Porque no os es cosa vana; es vuestra vida» (Dt 32:46-47). Y si nadie puede negar que en la Ley se propone un modelo perfectísimo de justicia, o hay que decir que no debemos tener ninguna regla para vivir bien y justamente, o que debemos tener por regla la Ley de Dios. Porque no hay muchas reglas para vivir bien, sino una sola, que es perpetua e inmutable. Por eso, lo que dice David, que el justo medita de día y de noche en la ley del Señor (Sal 1:2), no se debe atribuir a un tiempo o época determinados, sino que corresponde a todos los tiempos y edades hasta el fin del mundo. Y no debemos asustarnos por esto ni rehuir someternos a ella porque exija una santidad mucho más perfecta que la que podemos tener mientras estamos encarcelados en la prisión de este cuerpo. Porque, cuando estamos en gracia con Dios, la Ley no ejerce su rigor apremiándonos cuanto podría, de modo que no la cumplamos sino haciendo todo lo que nos manda; más bien, exhortándonos a la perfección a la que nos invita, nos muestra la meta y el término que nos conviene y que debemos buscar durante toda nuestra vida si queremos cumplir nuestro deber; y si no volvemos atrás en este intento y propósito, es suficiente. Porque toda esta vida no es sino una carrera, y cuando lleguemos al final de ella, el Señor nos concederá la gracia de alcanzar la meta que ahora buscamos y hacia la cual se dirigen todos nuestros esfuerzos, aunque todavía estamos bien lejos de ella.
Así pues, la Ley sirve para exhortar a los fieles, no para enredar sus conciencias con la maldición, sino para despertarlos de su pereza incitándolos una y otra vez, y para aguijonear su imperfección. Muchísimos, queriendo explicar esta libertad respecto de la maldición de la Ley, dicen que la Ley ha sido abrogada y ya no rige para los fieles (sigo hablando de la ley moral); no porque deje en adelante de mandarles lo que es justo, sino solo porque ya no es para ellos lo que antes era, es decir, que no los condena ni los destruye turbando y confundiendo sus conciencias. Y ciertamente san Pablo muestra con toda claridad esta abrogación de la Ley. Y que el Señor también la enseñó se ve en que no habría refutado la opinión de que él iba a destruir y disipar la Ley si los judíos no la hubieran concebido. Y como esta opinión no pudo surgir sin algún pretexto o apariencia, es verosímil que naciera de una falsa interpretación de la doctrina de Cristo, como casi todos los errores suelen tomar ocasión de la verdad. Pero para no caer nosotros en el mismo inconveniente, será necesario distinguir con diligencia lo que en la Ley está abrogado y lo que todavía permanece en vigor. Cuando el Señor afirma que no vino para abolir la Ley, sino para cumplirla, y que no pasará una jota hasta que el cielo y la tierra dejen de existir sin que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley (Mt 5:17-18), Cristo muestra con estas palabras muy claramente que por su venida no ha disminuido en nada la reverencia y la obediencia que se deben a la Ley. Y con muy buena razón, pues vino para poner remedio a sus transgresiones. Así pues, Cristo no menoscaba en nada la doctrina de la Ley, que, enseñándonos, amonestando, reprendiendo y corrigiendo, nos prepara y nos forma para toda buena obra.
En cuanto a lo que dice san Pablo acerca de la maldición, está claro que no se refiere al oficio de instruir, sino solo a la fuerza que la Ley tiene para atar las conciencias. Porque la Ley no solo enseña, sino que exige estrictamente y con autoridad lo que manda. Si no se hace lo que manda, y aún más, si se falta en cualquier cosa de lo que manda, al instante pronuncia aquella horrible sentencia de maldición. Por eso dice el Apóstol que todos los que están bajo la Ley son malditos, porque está escrito: «Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas» (Gá 3:10; Dt 27:26). Y dice que están bajo la Ley todos los que no fundan su justicia en el perdón de los pecados, por el cual quedamos libres del rigor de la Ley. Enseña, pues, que debemos ser librados de las cadenas de la Ley si no queremos perecer miserablemente en ellas. ¿Pero de qué cadenas? De aquella exigencia dura y rigurosa que en nada cede, sino que todo lo lleva con el máximo rigor y no deja ninguna falta sin castigo. Para librarnos, pues, de esta maldición, Cristo se hizo maldición por nosotros, porque está escrito: «Maldito todo el que es colgado en un madero» (Gá 3:13; Dt 21:23). En el capítulo siguiente dice el Apóstol que Cristo estuvo sujeto a la Ley para redimir a los que estaban bajo la Ley (Gá 4:4-5), pero en el mismo sentido. Porque enseguida añade: «a fin de que recibiésemos la adopción de hijos». ¿Qué quiere decir esto? Que no estuviéramos siempre oprimidos por una esclavitud que tuviera atrapadas nuestras conciencias con el horror de la muerte. Sin embargo, en medio de todo esto queda siempre firme que la autoridad de la Ley no se menoscaba en nada, y que debemos recibirla siempre con la misma honra y reverencia.
Otra es la razón en cuanto a las ceremonias, que no fueron abrogadas en cuanto a su efecto, sino solo en cuanto a su uso. Y que Jesucristo las haya hecho cesar con su venida no quita nada a su santidad, sino que más bien la engrandece y ensalza. Porque así como antiguamente no habrían servido más que como una farsa si en ellas no se hubiera mostrado la virtud y la eficacia de la muerte y resurrección de Jesucristo, de la misma manera, si no hubieran cesado, hoy no podríamos entender el fin para el que fueron instituidas. Por eso san Pablo, para probar que observarlas no solo es superfluo sino incluso dañino, dice que eran sombras, y que el cuerpo es de Cristo (Col 2:17). Vemos, pues, que en su abrogación resplandece mucho mejor la verdad que si todavía representaran de lejos, y como tras un velo, a Jesucristo, que ya se ha mostrado públicamente. Y he aquí por qué, en el momento de la muerte de Jesucristo, el velo del templo se rasgó en dos (Mt 27:51): porque ya había salido a la luz la imagen viva y perfecta de los bienes celestiales, que solo había sido esbozada con oscuras sombras o trazos, como dice el autor de la Epístola a los Hebreos (He 10:1). A esto se refiere lo que dice Cristo: que la Ley y los Profetas fueron hasta Juan, y que desde entonces comenzó a anunciarse el reino de Dios (Lc 16:16). No porque los padres del Antiguo Testamento hayan sido privados de la predicación que contiene la esperanza de salvación y de vida eterna, sino porque solo vieron de lejos y como en sombras lo que nosotros hoy vemos con nuestros propios ojos. San Juan el Bautista da la razón por la que fue necesario que la Iglesia comenzara por tales rudimentos para subir más alto: «Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo» (Jn 1:17). Porque, aunque en los sacrificios antiguos se prometía una verdadera remisión de los pecados, y el arca del pacto era una prenda del amor paternal de Dios, todo esto no habría sido más que una sombra si no estuviera fundado en la gracia de Jesucristo, el único en quien se halla una firmeza sólida y eterna. Tengamos, pues, por cierto que, aunque las ceremonias y los ritos de la Ley hayan cesado, por su fin y propósito se puede conocer mucho mejor cuán grande fue su utilidad antes de la venida de Cristo, quien, al hacerlas cesar, ratificó con su muerte su virtud y eficacia.
Algo más de dificultad tiene la razón que señala san Pablo: «Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz», etc. (Col 2:13-14). Porque parece que quiere extender mucho más la abrogación de la Ley, de tal modo que ya no tengamos nada que ver con sus decretos y ordenanzas. Los que entienden esto simplemente de la ley moral se equivocan; y sin embargo lo interpretan en el sentido de que ha sido abrogada más en cuanto a su inexorable severidad que en cuanto a su doctrina. Otros, considerando con más detenimiento las palabras de san Pablo, ven que esto se refiere propiamente a la ley ceremonial, y muestran que san Pablo usa muchas veces la palabra «decreto» en este sentido. Porque en la Epístola a los Efesios dice así: «Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, […] aboliendo en su carne la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre» (Ef 2:14-15). No hay duda de que en este pasaje se trata de las ceremonias, porque dice que esta ley era una pared que separaba y apartaba a los judíos de los gentiles. Por eso reconozco que quienes sostienen esta segunda opinión reprenden con razón la de los primeros. Pero aun así me parece que no explican bien lo que quiere decir el Apóstol. Porque no puedo aprobar que confundan estos dos pasajes, como si uno quisiera decir lo mismo que el otro. En cuanto al pasaje de la Epístola a los Efesios, esto es lo que quiere decir: queriendo el Apóstol asegurarles que habían sido admitidos e incorporados a la comunidad del pueblo de Israel, les dice que el impedimento que antes los dividía ya había sido quitado; y este eran las ceremonias. Porque los ritos de las abluciones y de los sacrificios con que los judíos eran consagrados al Señor los distinguían de los gentiles. Pero en la Epístola a los Colosenses, ¿quién no ve que el Apóstol toca un misterio mucho más alto? En este pasaje se trata de las observancias mosaicas, a las que los falsos apóstoles querían obligar al pueblo cristiano. Pero así como en la Epístola a los Gálatas, disputando sobre esta misma materia, la toma desde mucho más arriba y en cierto modo la comienza desde su principio y origen, así hace ahora en este pasaje. Porque si en las ceremonias no se considera otra cosa que la necesidad de abrogarlas, ¿con qué propósito las llama el Apóstol un acta, y un acta que nos era contraria? Y además, ¿para qué era necesario poner casi toda la suma de nuestra salvación en que fuera abrogada? Por eso se ve claramente que aquí debemos considerar algo distinto de lo exterior de las ceremonias. Y confío en haber hallado el verdadero sentido, si se me concede que es verdad lo que san Agustín escribe en cierto lugar con toda verdad, o mejor dicho, lo que sacó de palabras clarísimas del Apóstol: que en las ceremonias judías había más confesión de pecados que expiación de ellos (He 7:9; 10). Porque ¿qué otra cosa hacían con sus sacrificios sino confesar que eran dignos de muerte, puesto que ponían en su lugar a un pobre animal para que muriera? ¿Qué hacían con sus purificaciones sino testificar que eran impuros? De esta manera renovaban el acta de su pecado e impureza; pero en esta declaración no había pago alguno. Por esta razón dice el Apóstol que la remisión de los pecados que permanecían en el tiempo del Antiguo Testamento se cumplió por la muerte de Jesucristo (He 9:15). Con razón, pues, llama el Apóstol a las ceremonias actas contrarias a quienes las practicaban, pues con ellas testificaban y daban a entender su condenación e impureza. Y no contradice esto que los padres del Antiguo Testamento hayan sido partícipes con nosotros de la misma gracia, porque la alcanzaron por Cristo, no por las ceremonias, que el Apóstol en aquel pasaje distingue de Cristo, en cuanto que entonces, después de revelado el evangelio, oscurecían su gloria. Sabemos, pues, que las ceremonias, consideradas en sí mismas, son llamadas con elegancia y muy a propósito actas contrarias a la salvación de los hombres, porque eran como documentos auténticos que obligaban a las conciencias a confesar sus faltas. Por eso, como los falsos apóstoles todavía querían obligar a los cristianos a guardarlas, no sin razón san Pablo, considerando lo que significaban según su origen primero, advirtió a los colosenses del peligro en que caerían si se dejaban sujetar de esa manera. Porque con ello perdían el beneficio de Cristo, ya que él, por una expiación eterna, abrogó todas estas observancias diarias, que solo servían para señalar los pecados, pero que no tenían ningún valor para expiarlos.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.