Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
Los medios externos o ayudas de que Dios se sirve para llamarnos a la comunión de Jesucristo, su Hijo, y mantenernos en ella
La disciplina eclesiástica, cuyo uso principal consiste en las censuras y la excomunión
La disciplina eclesiástica, cuyo tratamiento hemos aplazado hasta este lugar, se tratará en pocas palabras, para que podamos pasar a lo que resta. Depende en su mayor parte de la potestad de las llaves y de la jurisdicción espiritual. Para que se entienda mejor, dividamos la Iglesia en dos órdenes principales: el clero y el pueblo. Llamo clérigos, según el nombre común, a quienes sirven a la Iglesia en algún ministerio público. Hablaremos primero de la disciplina común, a la que todos deben estar sujetos; después vendremos al clero, que además de aquella común tiene otra propia. Pero como algunos, por odio a la disciplina, aborrecen hasta su nombre, entiendan esto: si ninguna sociedad, ni siquiera una casa, por pequeña que sea la familia que haya en ella, puede mantenerse en buen estado sin disciplina, la disciplina es mucho más necesaria en la Iglesia, cuyo estado debe estar muy bien ordenado. Por tanto, así como la doctrina salvadora de Cristo es el alma de la Iglesia, la disciplina es sus nervios, por los cuales los miembros del cuerpo de la Iglesia se mantienen cada uno en su lugar. Por eso, todos los que desean que no haya disciplina, o impiden que se establezca y restituya, ya lo hagan deliberadamente, ya por irreflexión, ciertamente procuran la ruina total de la Iglesia. Porque ¿qué sucederá si a cada uno le es lícito hacer lo que se le antoje? Eso sucedería si con la predicación de la palabra no fueran unidas las amonestaciones privadas, las correcciones y otras ayudas semejantes que sostienen la doctrina y no la dejan estar ociosa. Así pues, la disciplina es como un freno con que se contiene y doma a los que cocean contra la doctrina de Cristo; o como un aguijón con que se estimula a los que tienen poca voluntad; y a veces como un castigo paternal con que se castiga con clemencia, y conforme a la mansedumbre del Espíritu de Cristo, a los que han caído gravemente. Puesto que ya vemos ciertos comienzos de una gran calamidad en la Iglesia, porque no se tiene ningún cuidado de contener al pueblo para que no se desmande, la misma necesidad clama que es preciso poner remedio. Y este es el único remedio que Cristo mandó y que siempre se usó entre los piadosos.
El primer fundamento de la disciplina es que tengan lugar las amonestaciones privadas; es decir, que si alguno no cumple su deber de buena gana, o se conduce mal, o no vive honestamente, o ha hecho algo digno de reprensión, se deje amonestar, y que cada uno, cuando el caso lo requiera, advierta a su hermano. Y que velen en esto los pastores y ancianos, cuyo oficio no es solo predicar al pueblo, sino también amonestar y exhortar de casa en casa cuando la doctrina expuesta en general no ha aprovechado lo suficiente, como lo enseña san Pablo cuando dice que había enseñado públicamente y por las casas, y declara que está limpio de la sangre de todos, porque no había cesado de amonestar a cada uno con lágrimas de noche y de día (Hch 20:20, 26, 31). Porque la doctrina tendrá su fuerza y autoridad cuando el ministro no solo declare a todos juntos lo que deben a Cristo, sino que tenga también derecho y autoridad para exigirlo a quienes vea poco obedientes a la doctrina o negligentes. Si alguno rechaza con obstinación estas amonestaciones, o muestra despreciarlas perseverando en su mala vida, Cristo manda que, después de haber sido amonestado por segunda vez delante de testigos, sea citado ante el tribunal de la Iglesia, que es el consistorio de los ancianos, para que, si respeta a la Iglesia, se someta y obedezca (Mt 18:15-17). Y si ni aun así se doblega, sino que persevera en su maldad, manda entonces que, como despreciador de la Iglesia, sea expulsado de la comunidad de los fieles.
Pero como allí habla solo de faltas secretas, haremos esta distinción: unos pecados son secretos y otros públicos y manifiestos a todos. De los primeros dice Cristo a cada uno en particular: «Repréndele estando tú y él solos» (Mt 18:15). De los manifiestos dice san Pablo a Timoteo: «A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos, para que los demás también teman» (1 Ti 5:20). Porque Cristo había dicho antes: «Si tu hermano peca contra ti»; y esta expresión, si uno no quiere ser pendenciero, no puede entenderse de otro modo que «sabiéndolo tú, de manera que nadie más lo sepa». Y lo que el apóstol manda a Timoteo, que reprenda en público a los que pecan en público, él mismo lo hizo con san Pedro (Gá 2:14). Porque, como este había pecado con escándalo público, no lo amonestó en privado, sino en público, delante de la congregación. Así pues, se guardará muy buen orden si en la corrección de los pecados ocultos procedemos según los grados que Cristo estableció, y en los manifiestos acudimos enseguida a la corrección solemne de la Iglesia, si el escándalo es público.
Haremos también otra distinción: unos pecados son faltas y otros son crímenes o vicios horrendos. Para corregir estos últimos no basta amonestar y reprender, sino que hay que usar un remedio mucho más severo, como lo muestra san Pablo, que no solo reprende de palabra al corintio incestuoso, sino que lo excomulga en cuanto supo con certeza el crimen que había cometido (1 Co 5:4-5). Ahora comenzamos a ver mejor cómo la jurisdicción espiritual de la Iglesia, que castiga los pecados conforme a la palabra de Dios, es un excelente remedio para la salud, fundamento del orden y vínculo de unidad. Así, cuando la Iglesia expulsa de su comunidad a los adúlteros manifiestos, fornicarios, ladrones, salteadores, sediciosos, perjuros, falsos testigos y otros semejantes, y también a los contumaces (que, amonestados como conviene incluso de faltas más leves, se burlan de Dios y de su juicio), no se arroga nada contra la razón ni la equidad, sino que usa de la jurisdicción que el Señor le ha dado. Y para que nadie desprecie el juicio de la Iglesia ni tenga en poco ser condenado por sentencia de los fieles, el Señor ha testificado que eso no es otra cosa que la proclamación de su propia sentencia, y que lo que ellos hagan en la tierra queda ratificado en el cielo. Porque tienen la palabra del Señor con que condenar a los perversos, y tienen la palabra con que recibir en gracia a los arrepentidos (Mt 16:19; 18:18; Jn 20:23). Así pues, quienes piensan que las iglesias pueden subsistir mucho tiempo sin este vínculo de la disciplina se engañan gravemente, a no ser que podamos prescindir impunemente de una ayuda que el Señor nos proveyó como necesaria. Y cuánta necesidad tenemos de ella se verá mejor por el mucho uso que se hace de ella.
Tres son los fines que la Iglesia tiene en cuenta en estas correcciones y en la excomunión. El primero es que quienes llevan una vida impía y escandalosa no sean contados, con afrenta de Dios, en el número de los cristianos, como si su santa Iglesia fuera una conjura de hombres impíos y malhechores. Porque, siendo ella el cuerpo de Cristo, no puede mancharse con semejantes miembros podridos y hediondos sin que alguna afrenta alcance a la cabeza (Col 1:24). Para que no suceda en la Iglesia nada de donde venga oprobio a su santo nombre, deben ser expulsados de su familia todos aquellos cuya inmundicia redundaría en infamia del nombre cristiano. Aquí hay que tener en cuenta también la Cena del Señor, para que no sea profanada dándola indistintamente a todos. Porque es una grandísima verdad que el encargado de distribuir la Cena que admite a ella a sabiendas y voluntariamente a un indigno, a quien por derecho podía excluir, es tan culpable de sacrilegio como si hubiera echado el cuerpo del Señor a los perros. Por eso san Crisóstomo reprende con gran dureza a los sacerdotes que, por temor al poder de los grandes, no se atreven a rechazar a nadie (Homilías sobre Mateo, 83). «La sangre —dice Crisóstomo— será demandada de vuestras manos (Ez 3:18; 33:8). Si teméis al hombre, él se burlará de vosotros; pero si teméis a Dios, los mismos hombres os respetarán. No temamos las insignias imperiales, ni la púrpura, ni las diademas: nosotros tenemos aquí un poder mayor. Yo, ciertamente, antes entregaría mi cuerpo a la muerte y dejaría que se derramara mi sangre que hacerme partícipe de tal profanación». Por tanto, hay que tener gran cuidado y cautela al distribuir este sacratísimo misterio, para que no sea profanado; y esto de ningún modo puede lograrse sino por la jurisdicción de la Iglesia. El segundo fin es que los buenos no se corrompan, como suele suceder, por el trato continuo con los malos. Porque, tal es nuestra inclinación a apartarnos del bien, nada hay más fácil que desviarnos del recto camino de la buena vida con malos ejemplos. El apóstol señaló este uso cuando mandó a los corintios expulsar de su comunidad al incestuoso: «¿No sabéis —dice— que un poco de levadura leuda toda la masa?». Y veía en esto un peligro tan grande que mandaba no tener ningún trato con tal persona: «No os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis» (1 Co 5:6, 11). El tercero es que ellos, confundidos por la vergüenza de su inmundicia, comiencen a arrepentirse. Así les aprovecha que su maldad haya sido castigada, para que, al sentir el castigo, despierten quienes se habrían vuelto más obstinados si se les hubiera tolerado el pecado. Esto es lo que entiende el apóstol cuando dice: «Si alguno no obedece a lo que decimos por medio de esta carta, a ese señaladlo, y no os juntéis con él, para que se avergüence» (2 Ts 3:14). Y también en otro lugar, cuando dice que entregó al corintio a Satanás «a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús» (1 Co 5:5), quiere decir, según lo entiendo, que lo había entregado a una condenación temporal para que fuera salvo para siempre. Y dice que lo entregó a Satanás porque fuera de la Iglesia está el diablo, como en la Iglesia está Cristo (Agustín, Sermones sobre las palabras del apóstol, 68). En cuanto a que algunos refieran esto a cierto tormento de la carne, me parece cosa muy incierta.
Expuestos estos fines, queda por ver de qué manera ejerce la Iglesia esta parte de la disciplina que consiste en la jurisdicción. En primer lugar, mantengamos la distinción que ya hemos establecido: unos pecados son públicos y otros secretos. Públicos son los que se han cometido, no delante de uno o dos testigos, sino abiertamente y con escándalo de toda la Iglesia. Llamo ocultos, no a los que los hombres ignoran por completo, como son los pecados de los hipócritas (porque con tales pecados la Iglesia no tiene nada que ver), sino a los intermedios, que no carecen de testigos y, sin embargo, no son públicos. La primera clase de pecados no requiere los grados que Cristo establece, sino que la Iglesia, cuando ocurre tal cosa, debe cumplir su oficio citando al pecador y corrigiéndolo según el delito. En la segunda no se suele llegar a la Iglesia, conforme a la regla de Cristo, hasta que al pecado se añade la obstinación. Cuando se trate del pecado, téngase en cuenta la otra distinción entre crímenes y faltas. Porque en las faltas leves no se debe usar tanta severidad, sino que basta una reprensión de palabra, y esta suave y paternal, que no exaspere al pecador ni lo abrume, sino que más bien lo haga volver en sí, de manera que se alegre de haber sido corregido más de lo que se entristezca. Los pecados graves, en cambio, conviene castigarlos con mayor severidad y rigor. Porque no basta que quien ha escandalizado gravemente a la Iglesia con el mal ejemplo de su crimen sea castigado solo de palabra, sino que también debe ser privado de la Cena por algún tiempo, hasta que dé muestras de su arrepentimiento. Porque san Pablo no castiga al corintio solo de palabra, sino que lo expulsa de la Iglesia, y reprende a los corintios por haberlo tolerado tanto tiempo (1 Co 5:2-5). Este orden guardó la Iglesia antigua y buena cuando florecía el modo legítimo de gobierno. Porque, si alguno cometía algún pecado enorme del que nacía escándalo, se le mandaba primero que se abstuviera de la comunión de la santa Cena, y luego que se humillara delante de Dios y diera testimonio de su arrepentimiento delante de la Iglesia. Y había ciertos ritos solemnes que solían imponerse a los culpables como señales de su arrepentimiento. Cuando se había conducido de tal modo que había satisfecho a la Iglesia, se le recibía en su amistad con la imposición de las manos; y a esta recepción san Cipriano la llama muchísimas veces «la paz». Él mismo describe brevemente este rito: «Hacen penitencia durante un tiempo; después vienen a la confesión de su falta, y por la imposición de las manos del obispo y del presbiterio reciben el derecho a volver a la comunión» (Cartas, libro 1, carta 2; libro 3, carta 14, y del mismo libro, carta 26). Aunque el obispo presidía la reconciliación con su presbiterio de tal manera que se requería además el consentimiento del pueblo, como él lo muestra en otro lugar.
Y nadie estaba exento de esta disciplina, hasta el punto de que también los príncipes se sometían a ella junto con los plebeyos. Y con gran razón, pues se sabía con certeza que era de Cristo, a quien es justo que se sometan todos los cetros y coronas de los reyes. Así el emperador Teodosio, privado de la comunión por san Ambrosio a causa de la matanza que había ordenado en Tesalónica, se despojó de todos los ornamentos imperiales que llevaba, lloró públicamente en la Iglesia el pecado que había cometido por engaño de otros y pidió perdón con gemidos y lágrimas (Ambrosio, libro 1, carta 3, y Oración fúnebre por Teodosio). Tampoco los grandes reyes deben tener por afrenta postrarse humildemente en tierra delante de Cristo, Rey de reyes, ni debe desagradarles ser juzgados por la Iglesia. Porque, como en sus cortes casi no oyen otra cosa que puras adulaciones, les es más que necesario ser corregidos por el Señor por boca de los sacerdotes. Y más bien deben desear que los sacerdotes no los perdonen, para que Dios los perdone. No digo aquí quién ha de ejercer esta jurisdicción, porque ya lo he dicho antes. Solo añado que la manera legítima de proceder en la excomunión, la que muestra san Pablo, es que no la lleven a cabo los ancianos solos y aparte, sino con conocimiento y aprobación de la Iglesia; es decir, de tal modo que la multitud no dirija lo que se hace, sino que observe como testigo lo que se hace, para que los ancianos no hagan nada por capricho. Y todo el desarrollo del acto, además de la invocación del nombre de Dios, debe mostrar una gravedad que represente la presencia de Cristo, de manera que no quepa duda de que él preside en aquel juicio suyo.
No debe pasarse por alto que la Iglesia debe tener una severidad tal que vaya unida al espíritu de mansedumbre. Porque siempre hay que procurar, como lo manda el apóstol, que el corregido no sea consumido de demasiada tristeza (2 Co 2:7); porque así el remedio se convertiría en ruina. Pero del fin se tomará mucho mejor la regla de moderación que se debe guardar. Porque lo que se pretende con la excomunión es que el pecador se arrepienta, que se quiten de en medio los malos ejemplos para que el nombre de Cristo no sea blasfemado, y que otros no sean incitados a hacer lo mismo. Si consideramos estas cosas, fácilmente podremos juzgar hasta dónde debe extenderse nuestra severidad y dónde debe terminar. Por tanto, cuando el pecador da muestras de arrepentimiento ante la Iglesia y con este testimonio deshace, en cuanto está de su parte, el escándalo, no debe ser afligido más; y si lo es, el rigor ya ha pasado de sus límites. En esto no puede excusarse de ningún modo la excesiva severidad de los antiguos, que se apartaba por completo de lo que el Señor prescribió y era sumamente peligrosa. Porque, al imponer al pecador una penitencia solemne y la privación de la santa Cena, ya por siete años, ya por cuatro, ya por tres, y a veces por toda la vida, ¿qué podía seguirse sino una gran hipocresía o una desesperación enorme? Asimismo, que ninguno que recayera fuera admitido a una segunda penitencia, sino que quedara expulsado de la Iglesia hasta el fin de su vida, no era útil ni conforme a razón. Así pues, cualquiera que lo considere con sano juicio hallará que en esto fallaron. Aunque en esta materia condeno más la costumbre pública y común que acuso a todos los que la siguieron, pues es seguro que a algunos de ellos les desagradaba, pero la toleraban porque no podían enmendarla. San Cipriano, ciertamente, testifica cuán contra su voluntad había sido tan riguroso: «Nuestra paciencia, facilidad y bondad está pronta y dispuesta para los que vienen. Deseo que todos vuelvan a la Iglesia; deseo que todos nuestros compañeros se recojan dentro del campamento de Cristo y de Dios Padre. Todo lo perdono, muchas cosas las disimulo; con el deseo y el anhelo que tengo de recoger a los hermanos, ni siquiera examino a fondo lo que es contra Dios; casi peco perdonando las faltas más de lo que convendría; abrazo con amor pronto y pleno a los que vuelven arrepentidos confesando su pecado con humilde y sencilla satisfacción» (Carta a Cornelio, libro 1, carta 3). Crisóstomo fue algo más duro, y sin embargo habla así: «Si Dios es tan misericordioso, ¿por qué su sacerdote quiere parecer riguroso?». Además, bien sabemos con cuánta indulgencia trató san Agustín a los donatistas, pues no tuvo inconveniente en recibir en su dignidad de obispos a quienes habían sido cismáticos, y esto en cuanto se arrepintieron. Pero como había prevalecido la opinión contraria, se vieron obligados a abandonar su parecer y seguir a los demás.
Y así como toda la Iglesia debe tener esta mansedumbre, corrigiendo a los pecadores con clemencia y no con el máximo rigor, sino más bien confirmando el amor hacia ellos, según el precepto de san Pablo (2 Co 2:8), del mismo modo cada uno en particular debe mostrarse por su parte clemente y humano. No nos corresponde, pues, borrar del número de los elegidos a los que son expulsados de la Iglesia, ni desesperar de su salvación como si ya estuvieran perdidos y condenados. Es verdad que podemos tenerlos por extraños a la Iglesia, y por tanto a Cristo; pero solo mientras dura la separación. Y aunque aun entonces muestren más desvergüenza que mansedumbre, dejémoslos al juicio de Dios, esperando de ellos para el futuro algo mejor de lo que ahora vemos, y no dejemos por eso de orar a Dios por ellos. En una palabra, no condenemos a muerte a la persona, que está en la mano y la voluntad de solo Dios, sino juzguemos solamente, por la palabra de Dios, cuáles son las obras de cada uno. Cuando seguimos esta regla, nos atenemos a la sentencia y al juicio de Dios más que al nuestro. No nos arroguemos más licencia para juzgar, si no queremos limitar el poder de Dios y poner ley a su misericordia, pues él, siempre que quiere, cambia a los peores en los mejores, injerta a los ajenos y cuenta en la Iglesia a los extraños. Y esto lo hace el Señor para burlar la opinión de los hombres y rebatir su temeridad, que, si no se refrena, se atreve a arrogarse más autoridad para juzgar de la que le corresponde.
Porque cuando Cristo promete que será atado en el cielo lo que los suyos hayan atado en la tierra (Mt 18:18), limitó la autoridad de atar a la censura de la Iglesia, por la cual los excomulgados no son arrojados a una ruina y condenación perpetuas, sino que, al oír que su vida y costumbres son condenadas, quedan también advertidos de su propia condenación si no se arrepienten. Porque esta es la diferencia entre el anatema y la excomunión: el anatema, sin dejar ninguna esperanza de perdón, consagra y destina al hombre a la muerte eterna; la excomunión, en cambio, más bien castiga y corrige las costumbres. Y aunque también castiga al hombre, lo castiga de tal modo que, advirtiéndole de la condenación que le espera, lo llama a la salvación. Si lo consigue, la reconciliación y la restitución a la comunión están dispuestas. El anatema se usa muy pocas veces, o casi nunca. Por tanto, aunque la disciplina eclesiástica prohíba el trato familiar y la amistad estrecha con los excomulgados, debemos procurar por todos los medios posibles que, convertidos a una vida mejor, vuelvan a la comunidad y a la unidad de la Iglesia, como enseña el mismo apóstol: «Mas no lo tengáis por enemigo, sino amonestadle como a hermano» (2 Ts 3:15). Si no se guarda esta humanidad tanto en particular como en general, se corre el peligro de que nuestra disciplina se convierta enseguida en una carnicería.
Esto se requiere también, sobre todo, para la moderación de la disciplina, como sostiene san Agustín contra los donatistas: que los particulares, si ven que el consistorio de los ancianos no es tan diligente en corregir los vicios, no se aparten por eso enseguida de la Iglesia; y que tampoco los pastores, si no pueden enmendar como desean todo lo que ven que necesita enmienda, abandonen por eso el ministerio o perturben a toda la Iglesia con una aspereza desacostumbrada. Porque es muy verdadero lo que escribe: «Cualquiera que corrige reprendiendo lo que puede, o lo que no puede corregir lo deja pasar salvando el vínculo de la paz, o lo que no puede dejar pasar salvando el vínculo de la paz lo desaprueba con equidad y lo soporta con firmeza, ese —dice— está libre y exento de la maldición» (Contra Parmeniano, libro 2, cap. 1). Da la razón en otro lugar: «Porque toda razón y modo piadoso de disciplina eclesiástica debe mirar siempre a la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz, que el apóstol nos manda guardar soportándonos unos a otros; y si no se observa esto, la medicina del castigo empieza a ser no solo superflua, sino perniciosa, y por tanto deja de ser medicina» (libro 3, cap. 1). «Quien considera esto con diligencia —dice— ni desprecia la severidad de la disciplina por conservar la unidad, ni rompe el vínculo de la comunión con un castigo excesivo» (cap. 2). Reconoce que no solo los pastores deben procurar por su parte que no haya ningún vicio en la Iglesia, sino que también debe procurarlo cada uno en particular (cap. 1); y no oculta que quien descuida amonestar, reprender y corregir a los malos, aunque no los favorezca ni peque con ellos, es culpable delante del Señor; y que, si es persona que tiene autoridad para privarlos del uso de los sacramentos y no lo hace, ya no peca con pecado ajeno, sino con el suyo propio. Solo quiere que esto se haga con prudencia, que también el Señor requiere, para que al arrancar la cizaña no se dañe el trigo (Mt 13:29). De aquí concluye con san Cipriano: «Castigue, pues, el hombre con misericordia lo que pueda; y lo que no pueda, súfralo con paciencia, y gima y llore por ello con amor».
San Agustín dice esto a causa de la austera severidad de los donatistas, que, viendo que los obispos reprendían los vicios de palabra pero no los castigaban con la excomunión (porque pensaban que por ese camino no lograrían nada), hablaban descaradamente contra los obispos como contra traidores de la disciplina, y con un cisma impío se apartaban de la comunión de Cristo (cap. 1). Como lo hacen hoy los anabaptistas, que no reconocen como Iglesia de Cristo sino aquella que a simple vista muestre una perfección angélica, y so pretexto de celo destruyen todo lo que está edificado. «Tales personas —dice san Agustín—, no por odio a los pecados ajenos, sino por afán de sus contiendas, pretenden atraer a todo el pobre pueblo enredado en la jactancia de su nombre, o al menos dividirlo; hinchados de soberbia, locos de obstinación, insidiosos en sus calumnias, turbulentos en sus alborotos, para que no se vea claramente que no hay en ellos luz de verdad, se cubren con la sombra de una rigurosa severidad; y lo que la Escritura les manda hacer para corregir los vicios de los hermanos con un cuidado moderado, conservando la sinceridad del amor y el vínculo de la paz, lo usurpan para cometer sacrilegio y cisma y para dar ocasión de división en la Iglesia. Así Satanás se disfraza como ángel de luz (2 Co 11:14) cuando, con la apariencia de una justa severidad, persuade a una severa crueldad, sin desear otra cosa que corromper y deshacer el vínculo de la paz y la unidad; mientras este se mantiene firme, todas las fuerzas de Satanás quedan sin fuerza y no pueden dañar, todos sus lazos y asechanzas se deshacen y sus planes de destrucción se desvanecen».
Después de haber dicho todo esto, san Agustín recomienda particularmente que, si un pueblo entero está infectado de un vicio como de una enfermedad contagiosa, se modere la severidad con misericordia. «Porque los planes de separación —dice— son vanos, perniciosos y sacrílegos, por ser impíos y soberbios, y perturban más a los buenos que están débiles de lo que corrigen a los malos osados». Y lo que allí manda a otros, él mismo lo cumplió fielmente. Porque, escribiendo a Aurelio, obispo de Cartago, se queja de que la embriaguez, tan severamente condenada en la Escritura, era muy común en África y quedaba sin castigo, y lo exhorta a reunir un concilio en África para poner remedio (Carta 64). Luego añade: «Estas cosas, a mi parecer, no se quitan con aspereza, ni con dureza, ni de modo imperioso, sino enseñando más que mandando, exhortando más que amenazando. Porque así hay que tratar con la multitud cuando peca; la severidad debe ejercerse cuando pecan pocos». Y, sin embargo, no quiere decir que los obispos deban por eso disimular y callar porque no pueden castigar severamente los vicios públicos, como lo declara después (Contra Parmeniano, libro 3, cap. 2). Pero quiere que la corrección se modere de tal manera que, en cuanto sea posible, produzca la salud del cuerpo y no su destrucción. Y por eso concluye diciendo: «Por lo cual, aquel precepto del apóstol de separar a los malos (1 Co 5:7) de ningún modo debe despreciarse cuando puede cumplirse sin peligro de violar la paz, porque no quiso que se hiciera de otro modo; y también debe guardarse esto: que, soportándonos unos a otros, procuremos conservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Ef 4:2-3).
La otra parte de la disciplina, que propiamente no está comprendida en la potestad de las llaves, consiste en que los pastores, según la necesidad de los tiempos, exhorten al pueblo a ayunos, a oraciones solemnes o a otros ejercicios de humildad, arrepentimiento y fe; cuyo tiempo, modo y forma no están escritos en la palabra de Dios, sino que se dejan al juicio de la Iglesia. La observancia de esta parte, así como es provechosa, se usó también siempre en la Iglesia antigua desde el tiempo mismo de los apóstoles. Aunque ni siquiera los apóstoles fueron sus primeros autores, sino que tomaron el modelo y la forma de la ley y los profetas. Porque vemos allí que, cada vez que ocurría algún asunto grave, se convocaba al pueblo, se ordenaban oraciones y se mandaba ayunar. Siguieron, pues, los apóstoles lo que no era nuevo para el pueblo de Dios, y veían que sería útil. Lo mismo vale para los demás ejercicios con que el pueblo puede ser incitado a cumplir su deber o mantenido en su oficio y obediencia. De esto tenemos ejemplos a cada paso en las historias sagradas, que no es necesario contar aquí. Sea, pues, esta la conclusión: siempre que surge alguna controversia sobre la religión que deba resolverse por un sínodo o por el juicio eclesiástico, siempre que hay que elegir a algún ministro, y siempre que se trata algún asunto difícil y de gran importancia, y asimismo cuando se manifiestan juicios de la ira del Señor, como la peste, la guerra o el hambre, se ha hecho esto (y fue una institución muy saludable en todos los tiempos): los pastores exhortaban entonces al pueblo a celebrar ayunos públicos y oraciones extraordinarias. Si alguno no admite los testimonios que para confirmarlo pueden traerse del Antiguo Testamento, como si no convinieran a la Iglesia cristiana, le responderemos que los apóstoles hicieron lo mismo. En cuanto a las oraciones, apenas creo que haya quien lo dude. Digamos, pues, algo del ayuno. Porque muchísimos, por no entender su provecho, piensan que no es muy necesario, y otros lo rechazan por completo como cosa superflua; y si su uso no se entiende bien, fácilmente degenera en superstición.
El ayuno santo y legítimo se practica con tres fines. Porque ayunamos, o para domar y sujetar la carne, para que no se desboque; o para estar mejor dispuestos para orar y meditar en cosas santas; o para dar testimonio de nuestra humillación delante de Dios cuando queremos confesar nuestra culpa ante su Majestad. El primer fin no siempre tiene lugar en el ayuno público, porque no todos los cuerpos tienen la misma constitución ni el mismo estado de salud; por eso conviene más al ayuno particular de cada uno. El segundo conviene a ambos, porque toda la Iglesia necesita esa preparación para orar tanto como cada fiel en particular. Lo mismo sucede con el tercero. Porque a veces Dios afligirá a una nación con guerra, peste u otra calamidad; ante un azote tan general, es necesario que todo el pueblo se declare culpable y confiese su pecado. Y si la mano del Señor hiere a algún particular, que haga lo mismo, él solo o con su familia. Esto consiste principalmente en el afecto del corazón. Porque cuando el corazón está tocado como debe, apenas puede contenerse sin prorrumpir en alguna muestra exterior, sobre todo cuando de ello se saca alguna edificación común: para que, confesando públicamente su pecado, todos juntos den gloria a Dios por su justicia y se exhorten unos a otros con su ejemplo.
De aquí viene que el ayuno, como señal de humillación, se use con más frecuencia en común y en público que por particulares, aunque sea común a unos y otros, como ya hemos dicho. En lo que toca, pues, a la disciplina de la que ahora hablamos, siempre que tengamos que suplicar a Dios por algo importante convendría proclamar ayuno junto con oración. Así, los de Antioquía, al imponer las manos a Pablo y a Bernabé, ayunan y oran para encomendar mejor a Dios su ministerio, que era tan importante. Así también ambos acostumbraron después orar y ayunar cuando ordenaban ministros en las iglesias (Hch 13:3; 14:23). En esta clase de ayuno no buscaban otra cosa que estar más despiertos y dispuestos para orar. Ciertamente sabemos por experiencia que, cuando el vientre está lleno, la mente no está tan elevada a Dios que pueda orarle de veras con afecto ardiente y perseverar en la oración. Así debemos entender lo que cuenta san Lucas de Ana, que servía al Señor con ayunos y oraciones (Lc 2:37). Porque no pone el culto divino en el ayuno, sino que da a entender que aquella santa mujer se ejercitaba de este modo para orar continuamente. Tal fue el ayuno de Nehemías cuando oraba a Dios con gran fervor por la liberación de su pueblo (Neh 1:4). Por esta razón dice san Pablo que los fieles hacen muy bien en abstenerse del lecho conyugal por algún tiempo para ocuparse más libremente en la oración y el ayuno (1 Co 7:5). En ese pasaje, al unir el ayuno a la oración como una ayuda, advierte que el ayuno no tiene ninguna importancia sino en cuanto se refiere a este fin. Además, al mandar allí a los casados que se cumplan mutuamente el deber conyugal (1 Co 7:3), está claro que no habla de las oraciones ordinarias y cotidianas, sino de oraciones que requieren mucha más atención.
Asimismo, si la peste, el hambre o la guerra comienzan a extenderse, o si alguna calamidad parece amenazar a una región y a un pueblo, es también deber de los pastores exhortar a la congregación a ayunar, para que pidan humildemente a Dios que aparte su ira. Porque, cuando hace aparecer el peligro, anuncia que se prepara y en cierto modo se arma para castigar. Así como antiguamente los acusados solían humillarse con la barba crecida, el cabello despeinado y vestidos de luto para mover así al juez a misericordia, así nosotros, cuando somos acusados ante el tribunal divino, debemos pedirle con humilde aspecto que aparte su ira. Esto conviene tanto para su gloria y para la edificación pública como para nosotros mismos, pues nos es útil y saludable. Y que esto se usaba en el pueblo de Israel se ve fácilmente por las palabras del profeta Joel, porque cuando manda tocar la trompeta, convocar la asamblea, proclamar ayuno, y lo demás que sigue (Jl 2:15), habla de cosas recibidas por costumbre común. Un poco antes había dicho que se hacía investigación de las maldades del pueblo, que el día del juicio estaba cerca, y había citado a los culpables para que comparecieran en juicio; luego clama que se apresuren al cilicio, a la ceniza, al llanto y al ayuno, es decir, que se postren también delante del Señor con muestras exteriores. La ceniza y el cilicio quizá convenían más a aquel tiempo; pero la convocatoria del pueblo, el llanto, el ayuno y todo lo semejante, no hay duda de que convienen también a nuestros tiempos siempre que la situación de nuestros asuntos lo requiera. Porque, siendo un santo ejercicio tanto para humillar a los hombres como para que confiesen su humildad, ¿por qué habríamos de usarlo menos que los antiguos en una necesidad semejante? Leemos que no solo la iglesia de Israel, instruida y enseñada por la palabra de Dios, ayunó en señal de tristeza (1 S 7:6; 31:13; 2 S 1:12), sino también los ninivitas, que no habían oído ninguna doctrina, salvo un único sermón de Jonás (Jon 3:5). ¿Qué razón hay, pues, para que no hagamos nosotros lo mismo? Pero me dirán que es una ceremonia externa que, junto con las demás, tuvo su fin en Cristo. Digo, por el contrario, que también hoy es una muy buena ayuda para los fieles, como siempre lo fue, y una provechosa advertencia para despertarse a sí mismos y no provocar más y más a Dios con su excesiva seguridad y pereza cuando son castigados con sus azotes. Por eso Cristo, cuando excusa a sus apóstoles de que no ayunen, no dice que el ayuno esté abolido, sino que el ayuno es para tiempos de calamidad, y lo une al llanto y la tristeza: «Vendrán días cuando el esposo les será quitado» (Mt 9:15; Lc 5:34-35).
Y para que no nos equivoquemos con el nombre, digamos qué es el ayuno. Porque por ayuno no entendemos simplemente la abstinencia y privación de alimento, sino algo más. La vida de los piadosos debe estar templada con sobriedad y frugalidad de tal modo que durante toda su vida muestre, en cuanto sea posible, una especie de ayuno. Pero hay además otro ayuno temporal, cuando nos quitamos algo de la comida ordinaria, o cuando durante un día o cierto tiempo nos imponemos una abstinencia de alimento más estricta y severa que la habitual. Este consiste en tres cosas: el tiempo, la calidad del alimento y la cantidad. Digo el tiempo, para que realicemos aquellas acciones para las cuales se instituyó el ayuno; por ejemplo, si alguno ayuna con motivo de una oración solemne, que vaya a ella en ayunas. La calidad consiste en que, cuando ayunemos, no usemos manjares delicados, sino que nos contentemos con alimentos comunes y baratos, y no excitemos el gusto con exquisiteces. La cantidad consiste en que comamos más sobria y ligeramente de lo que solemos, solo por necesidad y no por deleite.
Pero siempre hay que tener mucho cuidado de que no se introduzca poco a poco alguna superstición, como ya ha sucedido antes con gran daño para la Iglesia. Porque sería mucho mejor que nunca se ayunara que guardar el ayuno con diligencia y a la vez corromperlo con opiniones falsas y perniciosas, en las que el mundo cae poco a poco si los pastores no lo previenen y ponen remedio con gran diligencia y prudencia. Lo primero que deben hacer los pastores es insistir siempre en lo que enseña Joel: «Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos» (Jl 2:13). Es decir, que adviertan al pueblo que Dios no estima en mucho el ayuno si no va acompañado de un afecto interior del corazón, un verdadero descontento del pecado y de sí mismo, una verdadera humillación y un verdadero dolor nacido del temor de Dios. Más aún, que adviertan que el ayuno no es útil por ninguna otra razón sino porque se une a estas cosas como una ayuda inferior. Porque nada aborrece Dios tanto como que los hombres, poniéndose delante de los ojos ciertas señales y una apariencia exterior en lugar de la inocencia del corazón, procuren engañarse a sí mismos. Por eso Isaías habla con tanta severidad contra esta hipocresía (Is 58:5): porque los judíos pensaban que con solo ayunar habían satisfecho a Dios, aunque en el corazón abrigaran impiedad y pensamientos impíos: «¿Es tal el ayuno que yo escogí?», y lo que sigue. Así pues, el ayuno de los hipócritas no solo es una fatiga inútil y superflua, sino también una enorme abominación. El segundo mal, estrechamente emparentado con este y del que debemos guardarnos mucho, es tener el ayuno por obra meritoria o por una especie de culto divino. Porque, siendo el ayuno una cosa indiferente en sí misma, que solo debe estimarse por los fines a que debe mirar, es una superstición perniciosísima confundirlo con las obras mandadas por Dios, que son necesarias por sí mismas sin ninguna otra consideración. Tal fue en tiempos pasados el desvarío de los maniqueos; y san Agustín, al refutarlos, enseña con bastante claridad que el ayuno no debe estimarse sino por los fines que hemos dicho, y que Dios no lo aprueba si no se refiere a alguno de ellos (Sobre las costumbres de los maniqueos, libro 2, cap. 13; Contra Fausto, libro 30). El tercer error, no tan impío pero con todo peligroso, es exigirlo con gran severidad y rigor como cosa muy importante, y ensalzarlo con alabanzas tan excesivas que los hombres piensen haber hecho algo grande cuando han ayunado. En esto no me atrevo a excusar del todo a los antiguos de haber sembrado ciertas semillas de superstición y de haber dado alguna ocasión a la tiranía que surgió después. Es verdad que a veces se hallan en ellos dichos sanos y prudentes sobre el ayuno; pero muchas otras veces veréis alabanzas excesivas del ayuno, que lo colocan entre las virtudes principales.
Y ya entonces había crecido por todas partes la superstición de la observancia de la Cuaresma, porque el vulgo pensaba que con ella prestaba un gran servicio a Dios, y los pastores la recomendaban como una santa imitación de Cristo (Mt 4:2); siendo evidente que Cristo no ayunó para dar ejemplo a los demás, sino para confirmar, al comenzar así la predicación del evangelio, que no era una doctrina humana, sino verdaderamente descendida del cielo. Y ciertamente es asombroso que una imaginación tan grosera, que se refuta con tantas y tan claras razones, haya podido entrar en hombres de tan gran juicio. ¿Por qué Cristo no ayunó muchas veces (como debería haberlo hecho si hubiera querido establecer la ley de que ayunáramos cada año), sino una sola vez, cuando se preparaba para predicar el evangelio? Y no ayuna como suelen ayunar los hombres, como debería haberlo hecho si hubiera querido incitar a los hombres a imitarlo; más bien ofrece un ejemplo que arrebata a los hombres a admirar lo que había hecho antes que moverlos a imitarlo. En fin, la razón de este ayuno no es otra que la del ayuno de Moisés cuando recibió la ley de la mano de Dios (Éx 24:18; 34:28). Porque, habiendo mostrado Dios aquel milagro en Moisés para confirmar la autoridad de la ley, no debía omitirse en Cristo, para que no pareciera que el evangelio quedaba por debajo de la ley. Y ciertamente, desde aquel tiempo a nadie se le ocurrió establecer en el pueblo de Israel semejante forma de ayuno con el pretexto de imitar a Moisés. Y ninguno de los santos profetas ni de los padres ayunó con tal ayuno, aunque tenían ánimo y celo de sobra para todos los ejercicios piadosos. Porque lo que se cuenta de Elías, que pasó cuarenta días sin comer ni beber (1 R 19:8), no tenía otro propósito que hacer saber al pueblo que Elías había sido levantado como defensor de la ley, de la que casi todo Israel se había apartado. Así pues, fue una imitación falsa y llena de superstición organizar el ayuno con el título y el pretexto de imitar a Cristo. Aunque entonces había gran diversidad en la manera de ayunar, como cuenta Casiodoro en el libro noveno de su Historia: «Los romanos —dice— no tenían más que tres semanas, en las que ayunaban continuamente, excepto el domingo y el sábado. Los de Eslavonia y los griegos tenían seis semanas; otros, siete; pero su ayuno no era continuo, sino a intervalos». Y no diferían menos en los alimentos: unos no se sustentaban sino de pan y agua; otros añadían legumbres; otros no dejaban de comer pescado y aves; otros no hacían ninguna diferencia en la comida. De esta diferencia hace mención también san Agustín en la segunda carta que escribió a Jenaro.
Después vinieron tiempos mucho peores, y al deseo desordenado del vulgo se unieron, en parte, la ignorancia y rudeza de los obispos y, en parte, el afán de dominar y el rigor tiránico. Se hicieron leyes impías que atan las conciencias con nudos insoportables. Se prohibió comer carne, como si contaminara al hombre. Se añadieron opiniones sacrílegas unas sobre otras, hasta llegar al abismo de todos los errores. Y, para no omitir ninguna maldad, comenzaron a burlarse de Dios con el vanísimo pretexto de la abstinencia. Porque buscan la alabanza del ayuno en exquisitísimos manjares: entonces no hay regalos que basten; nunca hay mayor abundancia, variedad y delicadeza de platos. Con un aparato tan espléndido piensan servir a Dios como deben. No digo que los que quieren ser tenidos por santísimos nunca se hartan tanto como entonces. En suma, su culto supremo consiste en no comer carne y tener toda abundancia de manjares y regalos, con tal que no haya carne. Además, tienen por suprema impiedad, que apenas puede expiarse con la muerte, que alguien pruebe un poco de tocino o de carne rancia con un poco de pan moreno. San Jerónimo cuenta que ya en su tiempo había algunos que se burlaban de Dios con tales niñerías: por no comer aceite, se hacían traer de todas partes manjares delicadísimos; y, más aún, para hacer violencia a la naturaleza, no bebían agua, sino que se hacían preparar bebidas suaves y preciosas, que no bebían en copa, sino en una concha (Carta a Nepociano. Así hacen ahora leche de almendras para no tomar leche en Cuaresma). Este vicio reinaba entonces entre pocos; pero hoy es común entre todos los ricos: no ayunan con otro fin que el de banquetear con más lujo y esplendor. Pero no quiero gastar muchas palabras en algo tan claro y manifiesto. Solo digo esto: que los papistas, tanto en sus ayunos como en todas las demás partes de su disciplina, no tienen nada bueno, sincero, bien compuesto ni ordenado de lo que puedan enorgullecerse, como si hubiera entre ellos algo digno de alabanza.
Sigue la segunda parte de la disciplina, que pertenece particularmente a los eclesiásticos. Consiste en los cánones que los obispos hicieron antiguamente para sí mismos y para su clero: que ningún eclesiástico se diera a la caza, ni al juego de dados, ni a los banquetes; que no fueran usureros; que no ejercieran el comercio; que no asistieran a bailes lascivos ni a otras cosas semejantes. Establecían también las penas con que se aseguraba la autoridad de los cánones, para que nadie los quebrantara impunemente. Con este fin se encomendaba a cada obispo el gobierno de su clero, para que lo dirigiera conforme a los cánones y lo mantuviera en su deber. Con este fin se instituyeron las visitas anuales y los sínodos, para amonestar a quien fuera negligente en su oficio y castigar según el delito a quien pecara. También los obispos tenían cada año sus sínodos provinciales, y antiguamente dos veces al año, en los que eran juzgados si hacían algo impropio de su oficio. Porque, si algún obispo era más severo o duro con su clero de lo que convenía, se apelaba al sínodo, aunque solo fuera uno el que se quejara. El castigo era muy severo: el culpable era depuesto de su oficio y privado de la comunión por cierto tiempo. Y como esto se guardaba siempre, nunca solían clausurar un sínodo sin fijar el lugar y la fecha del siguiente. Porque convocar el concilio general correspondía solo al emperador, como lo atestiguan todas las convocatorias antiguas. Mientras reinó esta severidad, los eclesiásticos no exigían al pueblo más de lo que ellos mismos hacían con el ejemplo y las obras; y aun eran más rigurosos consigo mismos que con el pueblo. Y ciertamente así conviene: que el pueblo sea gobernado con una disciplina más suave y, por así decirlo, más libre, y que los eclesiásticos ejerzan entre sí las censuras con más severidad y sean mucho menos indulgentes consigo que con los demás. Cómo se ha deshecho todo esto no hace falta contarlo, pues hoy no puede imaginarse nada más desenfrenado ni más disoluto que el estamento eclesiástico; y es tanta su desvergüenza que ya todo el mundo clama contra ellos. Y para que no parezca que toda la antigüedad está sepultada entre ellos, confieso que engañan los ojos de los sencillos con ciertas sombras; pero tales que no tienen más que ver con las costumbres antiguas que la imitación de los monos con lo que los hombres hacen con razón y juicio. Es digno de memoria perpetua el pasaje de Jenofonte en que cuenta que los persas, cuando habían degenerado vergonzosamente de las instituciones de sus mayores y, abandonado su austero modo de vivir, se habían entregado a los regalos y deleites, para encubrir esta vergüenza guardaban con gran diligencia los ritos antiguos (Ciropedia, libro 8). Porque, como en tiempo de Ciro había tanta sobriedad y templanza que no tenían necesidad de sonarse la nariz, y hacerlo se tenía por gran vergüenza y afrenta, los sucesores guardaron como cosa religiosa que nadie se sonara la nariz; pero se les permitía sorber los mocos y retener dentro aquellos hediondos humores engendrados por la glotonería, hasta que se pudrieran. Así, por mandato antiguo era abominable poner vasos en la mesa, pero era tolerable hartarse de vino hasta el punto de tener que sacarlos borrachos de la mesa. Se había mandado que comieran una sola vez al día; estos buenos sucesores no lo abolieron, pero de tal modo que prolongaban su comilona desde el mediodía hasta la medianoche. Observaban muy bien lo de caminar en ayunas durante el día, porque la ley lo mandaba; pero les era libre, y así lo hacían, caminar solo dos horas para no cansarse. Siempre que los papistas se jacten de sus reglas degeneradas para mostrar que imitan a los santos padres, este ejemplo bastará para convencerlos de su ridícula imitación, que ningún pintor podría retratar más al vivo.
En una sola cosa fueron excesivamente rigurosos e inexorables: en no permitir que los sacerdotes se casaran. No hace falta decir con cuánta licencia e impunidad se han dado a la prostitución y, confiados en su sucio celibato, se han encallecido en toda clase de vilezas. Esta prohibición muestra claramente cuán pestilentes son todas las tradiciones, pues no solo privó a la Iglesia de pastores buenos e idóneos, sino que trajo consigo una infinidad de abominaciones y precipitó a muchas almas al abismo de la desesperación. Ciertamente, haber prohibido el matrimonio a los sacerdotes fue una tiranía impía, no solo contra la palabra de Dios, sino contra toda equidad. En primer lugar, no hay ninguna razón que permita a los hombres prohibir lo que el Señor dejó libre. Además, es tan claro que el Señor dispuso expresamente en su santa palabra que esta libertad nunca se perdiera, que no hace falta gastar muchas palabras en ello. No menciono que san Pablo quiere en muchos lugares que el obispo sea marido de una sola mujer (1 Ti 3:2; Tit 1:6). Pero ¿qué podía decirse con más fuerza que lo que dice: que el Espíritu Santo anunció que en los últimos tiempos habría hombres impíos que prohibirían casarse, a quienes no solo llama engañadores, sino demonios (1 Ti 4:1-3)? Esta es, pues, una profecía y un oráculo sacrosanto del Espíritu Santo, con el que quiso desde el principio prevenir a su Iglesia contra los peligros, diciendo que prohibir el matrimonio es doctrina de demonios. Pero ellos creen haberse escapado muy bien diciendo que esta sentencia del apóstol se refiere a los montanistas, tacianos y encratitas y a otros herejes antiguos. «Solo aquellos —dicen los romanistas— condenaron el matrimonio; nosotros ni por pensamiento lo condenamos, sino que solo lo prohibimos a los eclesiásticos, a quienes pensamos que no les conviene estar casados». Como si, aunque esta profecía se haya cumplido primero en aquellos, no se cumpliera también en estos; o como si esta pueril astucia suya mereciera ser escuchada: niegan que prohíban el matrimonio porque no lo prohíben a todos. Es exactamente como si un tirano porfiara que una ley no es inicua porque no va contra toda la ciudad, sino solo contra una parte.
Objetan que los sacerdotes deben distinguirse del pueblo por alguna señal. Como si el Señor no hubiera provisto con qué adornos deben sobresalir los sacerdotes. De este modo acusan al apóstol de haber perturbado el orden y confundido el decoro eclesiástico, pues, al trazar el retrato perfecto de un buen obispo, se atrevió a poner el matrimonio entre las demás cualidades que exige al obispo. Bien sé cómo lo interpretan: que no debe ser elegido obispo quien haya tomado una segunda mujer. Concedo también que esta interpretación no es nueva; pero por el mismo contexto se ve claramente que es falsa, porque enseguida prescribe cómo deben ser las mujeres de los obispos y de los diáconos. Así pues, san Pablo cuenta el matrimonio entre las principales virtudes del obispo; estos enseñan que el matrimonio es un vicio intolerable en los eclesiásticos. Y, como si fuera poco, no contentos con vituperarlo así en general, van más allá y llaman al matrimonio inmundicia y contaminación de la carne. Con estas mismas palabras lo llama el papa Siricio escribiendo a los obispos de España, según lo citan los romanistas en sus cánones (Siricio a los obispos de España). Piense cada uno para sí de qué botica han salido tales cosas. Cristo honra tanto el matrimonio que quiere que sea imagen de su sagrada unión con la Iglesia. ¿Qué podía decirse más honroso para engrandecer la dignidad del matrimonio? ¿Con qué cara, entonces, llamarán inmundo y contaminado aquello en que resplandece la semejanza espiritual de la gracia de Cristo?
Y aunque su prohibición es tan manifiestamente contraria a la palabra de Dios, encuentran en la santa Escritura con qué defenderse. Convino, dicen, que los sacerdotes levíticos, cada vez que les tocaba su turno de servir en el templo, se apartaran de sus mujeres, para tratar las cosas sagradas puros y limpios. Siendo, pues, nuestros sacramentos mucho más excelentes y cotidianos, sería muy indecoroso e impropio que los administraran hombres casados. Como si el ministerio evangélico y el sacerdocio levítico fueran un mismo oficio. Pero, al contrario, los sacerdotes levíticos representaban la persona de Cristo, que, como mediador entre Dios y los hombres, había de reconciliarnos con el Padre. Y como, siendo pecadores, no podían ser figura perfecta de su santidad, se les mandó que, cuando hubieran de acercarse al santuario, se purificaran más de lo que era costumbre entre los hombres, para figurar así a Cristo con ciertas sombras y figuras. La razón era que entonces figuraban propiamente a Cristo, porque se presentaban en el tabernáculo, figura del tribunal divino, como pacificadores para reconciliar al pueblo con Dios. Y como los pastores eclesiásticos no representan hoy esta persona, en vano se comparan con ellos. Por eso el apóstol declara libremente, sin ninguna excepción: «Honroso sea en todos el matrimonio… pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios» (He 13:4). Y los mismos apóstoles confirmaron con su ejemplo que el matrimonio no es indigno de nadie, por santo que sea su oficio. Porque san Pablo testifica que los apóstoles no solo conservaron a sus mujeres, sino que las llevaban consigo de un lugar a otro (1 Co 9:5).
Además, fue una gran desvergüenza vender esta apariencia de castidad como cosa necesaria, con gran afrenta de la Iglesia antigua, que, si abundó en admirable doctrina divina, fue todavía mucho mayor en santidad. Porque, si no hacen caso de los apóstoles (como a veces no lo hacen), ¿qué harán, os pregunto, con todos los padres antiguos, que, como es certísimo, no solo permitieron el matrimonio a los obispos, sino que incluso lo aprobaron? Como si ellos hubieran consentido una sucia profanación de las cosas sagradas, al no celebrar los misterios divinos como debían por estar casados. Es verdad que en el Concilio de Nicea se trató de prohibir el matrimonio, como nunca faltan supersticiosos que siempre inventan algo nuevo para hacerse estimar. Pero ¿qué se determinó? Ciertamente, se concluyó con el parecer de Pafnucio, que declaró que dormir con la propia mujer es castidad (Historia tripartita, libro 2, cap. 14). Así pues, el santo matrimonio se mantuvo entre ellos, sin que les fuera de afrenta ni se creyera que con él se manchaba en modo alguno el ministerio.
Vinieron después tiempos en que el celibato supersticioso fue muy estimado y admirado. De ahí vienen aquellas continuas alabanzas de la virginidad, tan celebradas que el vulgo apenas pensaba que hubiera virtud que pudiera comparársele. Y aunque no condenaban el matrimonio como cosa impía, menoscababan de tal modo su dignidad y oscurecían su santidad que parecía que no eran lo bastante fuertes para aspirar a la perfección quienes no se abstenían de él. De ahí salieron aquellos cánones que prohibieron primero que los sacerdotes se casaran, y luego que nadie fuera ordenado sacerdote sino soltero, o quien no tuviera trato con su mujer y se separara de ella. Confieso que estas cosas, como parecían dar cierta reverencia al sacerdocio, fueron recibidas antiguamente con gran aplauso. Pero, si los adversarios me objetan la antigüedad, les respondo en primer lugar que esta libertad de que los obispos se casaran duró en la Iglesia en tiempo de los apóstoles y aun mucho tiempo después. Digo que los apóstoles la usaron sin ninguna dificultad, y también los demás pastores de gran autoridad que les sucedieron. Digo que debemos estimar, y con razón, el ejemplo de la Iglesia primitiva mucho más que para pensar que nos es ilícito o indecoroso lo que entonces se estimaba y usaba. Digo también que aquella época que, por su excesiva afición a la virginidad, comenzó a ser enemiga del matrimonio, no impuso a los sacerdotes la ley del celibato como cosa necesaria en sí misma, sino porque prefería a los solteros sobre los casados. Por último, digo que no la exigieron de tal modo que obligaran por necesidad y por fuerza a la continencia a quienes no tenían el don de continencia. Que esto es así se ve claramente por los cánones antiguos, que establecieron castigos severísimos contra los clérigos incontinentes y fornicarios, pero respecto de los que se casaban solo ordenaron que no ejercieran su oficio.
Por tanto, cada vez que los defensores de esta nueva tiranía busquen el pretexto de la antigüedad para defender su celibato, habrá que replicarles que restituyan aquella antigua castidad en sus sacerdotes; que remuevan y depongan a los adúlteros y amancebados; que no permitan entregarse con toda libertad a toda clase de lujuria a quienes no consienten que usen de la honesta y casta unión matrimonial; que renueven aquella antigua disciplina, muerta entre ellos, con que se refrene toda clase de inmundicias; que libren a la Iglesia de esta vergonzosísima inmundicia que la desfigura desde hace tanto tiempo. Cuando hayan concedido esto, se les advertirá también que no vendan como necesaria una cosa que, siendo libre en sí misma, depende de la utilidad de la Iglesia. Y no digo esto porque piense que se deban admitir con alguna condición aquellos cánones que imponen el yugo del celibato a los eclesiásticos, sino para que los más advertidos entiendan con qué cara infaman nuestros adversarios el santo matrimonio de los sacerdotes con el pretexto de la antigüedad. En cuanto a los padres antiguos cuyos libros aún se conservan, cuando hablaban según lo que sentían (excepto Jerónimo), no dijeron tanto mal contra la honestidad del matrimonio. Nos contentaremos con un elogio de Crisóstomo, que, habiendo sido un gran defensor y admirador de la virginidad, no podrá ser tenido por excesivo en alabar el matrimonio. Estas son sus palabras: «El primer grado de castidad es la virginidad sincera; el segundo, el matrimonio fiel. Por tanto, el casto amor del matrimonio es una segunda especie de virginidad» (Sermón sobre la invención de la cruz).
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.