Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
Los medios externos o ayudas de que Dios se sirve para llamarnos a la comunión de Jesucristo, su Hijo, y mantenernos en ella
De los votos, con los que cada uno se enredó temeraria y miserablemente en el papado
Es cosa digna de llorarse que la Iglesia, cuya libertad fue comprada con el precio inestimable de la sangre de Jesucristo, haya sido oprimida con tan cruel tiranía y casi sepultada bajo una multitud infinita de tradiciones. Pero, al mismo tiempo, la locura de cada uno en particular muestra que Dios no ha permitido sin justísima causa tanta licencia a Satanás y a sus ministros. Porque no les bastó, despreciando el mandamiento de Dios, llevar todas las cargas que los falsos doctores les impusieron, sino que además cada uno se procuraba las suyas, de tal manera que, cavándose fosas, se enterraron más profundamente. Esto sucedió cuando cada uno, a porfía con los demás (como se dice), se inventó votos con los que se ataba con una obligación mayor y más estrecha, además de los vínculos y lazos comunes. Así pues, ya que hemos enseñado que el culto divino ha sido profanado por el atrevimiento de quienes, con el título de pastores, se adueñaron de la Iglesia, enredando las pobres almas con sus leyes inicuas, no estará fuera de propósito tratar aquí de un mal emparentado con aquel, para que se vea que el mundo, siguiendo su perversa inclinación, siempre ha rechazado con cuantos impedimentos ha podido los medios y ayudas con los que debía ser conducido a Dios. Y para que se vea mejor el gran mal que los votos han causado, recuerden los lectores los principios que ya hemos establecido. En primer lugar, hemos enseñado que todo lo que se puede desear para vivir una vida santa y piadosa está comprendido en la Ley. Enseñamos también que el Señor, para apartarnos mejor de inventar obras nuevas, encerró toda la alabanza de la justicia en la simple obediencia a su voluntad. Si esto es verdad, es fácil concluir que todos los cultos ficticios que nos inventamos para merecer delante de Dios no le son aceptos en modo alguno, por mucho que a nosotros nos agraden. Y ciertamente el Señor mismo, en muchos pasajes de la Escritura, no solo los rechaza, sino que los abomina profundamente. De aquí nace la duda de en qué estima se deben tener los votos que se hacen fuera de la palabra expresa de Dios, si los cristianos pueden hacerlos con buena conciencia y hasta qué punto los obligan. Porque lo que entre los hombres se llama promesa, respecto de Dios se llama voto. A los hombres les prometemos cosas que pensamos que les serán gratas, o cosas que les debemos por nuestro oficio y deber. Por tanto, mucho mayor cuidado se debe tener en los votos que se hacen a Dios, con quien se debe tratar con toda seriedad. En esto la superstición ha reinado muchísimo: todo lo que a los hombres se les venía a la fantasía o a la boca, enseguida, sin juicio ni consideración alguna, lo votaban y prometían a Dios. De aquí nacieron aquellas locuras, o mejor dicho, aquellas monstruosas abominaciones que los paganos votaban, con las que se burlaban desvergonzadamente de sus dioses. ¡Ojalá los cristianos no hubieran imitado este atrevimiento de los paganos! Ciertamente no convenía; pero vemos que durante muchos siglos no hubo cosa más común que esta impiedad: que el pueblo, despreciando la Ley de Dios, con un juicio insensato deseara con ansia hacer voto de todo lo que en sueños le agradaba. No quiero exagerar ni contar en detalle cuán gravemente y de cuántas maneras se ha pecado en esto; pero me ha parecido decirlo de paso, para que se vea mejor que, cuando tratamos de los votos, no tratamos de algo superfluo.
Si no queremos equivocarnos al juzgar qué votos son legítimos y cuáles no, debemos considerar tres cosas: a quién se hace el voto, quiénes somos nosotros los que votamos y con qué intención votamos. Lo primero es que consideremos que tratamos con Dios, a quien agrada tanto nuestra obediencia que declara malditos todos los cultos voluntarios (es decir, los que nos inventamos por nuestra cuenta sin mandamiento alguno de Dios), por muy notables y excelentes que parezcan a los ojos de los hombres (Col 2:23). Si Dios abomina todos esos cultos voluntarios, se sigue que ningún culto le puede ser grato y acepto sino el que su palabra aprueba. No nos tomemos, pues, tanta licencia que nos atrevamos a votar a Dios aquello de lo que no tenemos ningún testimonio de si le agrada o no. Porque lo que enseña san Pablo, que «todo lo que no proviene de fe, es pecado», aunque es una sentencia general que se extiende a todas las acciones, tiene su lugar principalmente cuando dirigís vuestro pensamiento directamente a Dios. Más aún: si en cualquier cosa mínima (como allí trata san Pablo de la diferencia de alimentos) faltamos y erramos cuando no brilla la certeza de la fe, por no estar iluminados por la palabra de Dios, ¡cuánta mayor modestia se debe tener cuando emprendemos una cosa de gran importancia! (Ro 14:23). Porque no hay nada que debamos tratar con más seriedad que nuestro deber en lo tocante a la religión. Sea, pues, esta la primera advertencia sobre los votos: que jamás votemos nada sin que primero nuestra conciencia esté segura de que no emprende nada temerariamente. Y estará libre de todo peligro de temeridad cuando tenga a Dios delante de sí, que por así decirlo le dicte por su palabra qué es lo bueno que debe hacer y qué es lo malo que debe evitar.
Lo segundo que dijimos que había que considerar aquí implica que midamos nuestras fuerzas y consideremos nuestra vocación, para no despreciar el beneficio de la libertad que Dios nos ha dado. Porque quien vota lo que no está en su mano, o lo que es contrario a su vocación, es temerario; y quien desprecia la generosidad de Dios, por la que ha sido constituido señor de todas las cosas, es ingrato. Al hablar así no entiendo que haya cosa alguna puesta de tal modo en nuestra mano que, confiados en nuestra propia virtud, podamos prometerla a Dios. Porque con mucha razón se decretó en el Concilio de Orange que nada podemos prometer a Dios como conviene, sino lo que hemos recibido de su mano, pues todo lo que le ofrecemos son dones suyos (Concilio de Orange, cap. 11). Pero como por su generosidad unas cosas nos son otorgadas y otras por su equidad nos son negadas, mire cada uno la medida de la gracia que se le ha dado, como dice san Pablo (Ro 12:3; 1 Co 12:11). No pretendo, pues, aquí otra cosa sino que los votos se deben moderar conforme a la medida que el Señor os ha fijado por su generosidad, para que, si pasáis más allá de lo que él permite, no os precipitéis arrogándoos más de lo que conviene. Un ejemplo de esto: cuando aquellos asesinos de los que habla san Lucas hicieron voto de no probar nada antes de matar a Pablo, aunque su propósito no hubiera sido abominable, su temeridad seguiría siendo intolerable, porque sometían la vida y la muerte de un hombre a su voluntad y poder (Hch 23:12). Así Jefté fue castigado por su locura cuando, con un fervor temerario, hizo un voto inconsiderado (Jue 11:30). En este género, el celibato ocupa el primer lugar por su atrevimiento insensato. Porque clérigos, frailes y monjas, olvidados de su debilidad, confían en que podrán guardar su celibato. Pero ¿por qué oráculo se les ha enseñado que guardarán castidad todos los días de su vida, para que hagan voto de castidad? Oyen lo que dice el Señor sobre la condición universal de los hombres: «No es bueno que el hombre esté solo» (Gn 2:18). Entienden —¡y ojalá no lo sintieran!— que el pecado que habita en nosotros no carece de crueles aguijones. ¿Con qué atrevimiento se atreven a rechazar para toda la vida aquella vocación general, siendo así que el don de la continencia se da la mayoría de las veces por un tiempo, según lo requiere la ocasión? No esperen que Dios les ayude en tal obstinación; más bien recuerden lo que está escrito: «No tentaréis a Jehová vuestro Dios» (Dt 6:16). Y esto es tentar a Dios: porfiar contra la naturaleza que él nos ha dado y despreciar los dones que nos ofrece, como si no los necesitáramos. Y no solo hacen esto, sino que además se atreven a llamar impureza al matrimonio, que Dios no consideró indigno de su majestad instituir, que declaró honroso en todos, que Cristo nuestro Señor santificó con su presencia y que tuvo a bien honrar con su primer milagro (He 13:4; Jn 2:2, 9). Y todo esto solo para ensalzar hasta las nubes su celibato, sea el que sea. Como si su propia vida no mostrara que una cosa es el celibato y otra la virginidad, a la que desvergonzadamente llaman angélica. En esto hacen, ciertamente, una gran injuria a los ángeles, con los que comparan a amancebados, adúlteros y aun a gente mucho peor y más abominable. Y ciertamente no hacen falta grandes pruebas, pues los hallamos con las manos en la masa (como se dice). Porque vemos claramente con qué castigos tan horrendos castiga Dios continuamente semejante arrogancia y semejante desprecio de sus dones, nacido de la confianza en uno mismo. Los pecados más ocultos no los nombro por vergüenza: ya es demasiado lo que de ellos se sabe. Está fuera de toda controversia que no se debe votar nada que nos impida cumplir nuestro deber en nuestra vocación: como si un padre de familia votara abandonar a su mujer y a sus hijos y tomar otro modo de vida, o si quien es apto para ser magistrado, al ser elegido, votara vivir una vida privada. Lo que hemos dicho de que no debemos despreciar nuestra libertad tiene alguna dificultad si no se explica. Por tanto, oíd en pocas palabras: puesto que el Señor nos ha hecho señores de todas las cosas y nos las ha sometido para que las usemos según nuestra conveniencia, no hay por qué esperar que haremos un servicio a Dios sometiéndonos a cosas exteriores que deben servirnos de ayuda. Digo esto porque algunos buscan ser alabados como humildes si se enredan en muchas observancias de las que Dios, no sin causa, quiso que fuéramos libres y no tuviéramos nada que ver con ellas. Por tanto, si queremos escapar de este peligro, tengamos siempre presente que de ningún modo debemos apartarnos del orden que el Señor ha establecido en su Iglesia cristiana.
Pasemos al tercer punto: que importa mucho la intención con que se vota, si queremos que Dios apruebe nuestro voto. Porque, como Dios mira el corazón y no la apariencia externa, sucede que una misma cosa, según cambie la intención con que se hace, unas veces le agrada y otras le desagrada profundamente. Si hacéis voto de no beber vino como si en ello hubiera alguna santidad, sois supersticiosos; si lo hacéis por otro fin que no sea malo, nadie os lo puede condenar. Hay cuatro fines, según alcanzo a entender, por los que se pueden hacer muy bien nuestros votos; de ellos, para enseñarlo con orden, refiero dos al tiempo pasado y los otros dos al futuro. Al tiempo pasado se refieren los votos con que testificamos o nuestra gratitud a Dios por los beneficios que de él hemos recibido, o bien, para que Dios aparte su ira, nos imponemos a nosotros mismos alguna pena y castigo por los pecados que hemos cometido. Llamemos a los primeros, si queréis, ejercicios de acción de gracias, y a los otros, de penitencia. Un ejemplo de los primeros lo tenemos en los diezmos que Jacob prometió con voto si el Señor lo hacía volver del destierro a su tierra en prosperidad (Gn 28:20). Asimismo, en los antiguos sacrificios de paz que los reyes y capitanes piadosos prometían con voto cuando iban a una guerra justa, si Dios les daba la victoria, o cuando se veían afligidos por alguna gran calamidad, si Dios los libraba de ella. Así se deben entender todos los pasajes de los salmos en que se habla de votos. Podemos hacer también hoy tales votos siempre que Dios nos haya librado de alguna calamidad, de alguna grave enfermedad o de cualquier otro peligro (Sal 22:25; 56:12; 116:14, 18). Porque no es contrario al deber de un hombre piadoso consagrar en tal ocasión a Dios una ofrenda votiva, como señal solemne de reconocimiento, para no parecer ingrato a la generosidad de Dios. Cómo son los segundos lo explicaremos con un solo ejemplo familiar. Si alguno ha caído por glotonería en algún pecado grave, no hará mal si durante cierto tiempo se priva de todo manjar delicado para castigar su intemperancia, y hace voto de ello para obligarse más estrictamente. Con todo, no establezco una ley perpetua para los que pequen de este modo, sino que les muestro lo que pueden hacer si piensan que tal voto les será útil. Así pues, declaro lícito un voto así, dejando a la vez libre a cada uno para hacerlo o no.
De los votos que se refieren al futuro, unos tienen por fin, como ya hemos dicho, hacernos más precavidos; otros, estimularnos, como con aguijones, a cumplir nuestro deber. Alguien se ve tan propenso e inclinado a cierto tipo de vicio que no puede manejarse en una cosa, en sí misma no mala, sin caer enseguida en pecado; este no hará mal si hace voto de no usar esa cosa durante cierto tiempo, y así no la usa. Por ejemplo, si alguien comprende que tal o cual clase de vestido le es peligrosa, y sin embargo, vencido por su deseo, la apetece mucho, ¿qué puede hacer mejor que ponerse un freno, es decir, la obligación de abstenerse, y librarse así de toda duda? Del mismo modo, si alguien es olvidadizo o perezoso en los deberes necesarios de la piedad, ¿por qué no ha de despertar su memoria y sacudir la pereza haciendo un voto? Reconozco que en uno y otro caso hay una especie de pedagogía; pero, precisamente por ser ayudas para la debilidad, las usan con provecho los rudos e imperfectos. Por tanto, digo que son legítimos los votos que se hacen con alguno de estos fines, principalmente en cosas exteriores, con tal que Dios los apruebe, que convengan con nuestra vocación y que estén limitados por la medida de la gracia que Dios nos ha dado.
Ahora no será difícil concluir qué debemos pensar de los votos en general. Hay un voto común a todos los fieles, que, hecho en el bautismo, confirmamos y, por así decirlo, ratificamos con el catecismo y al recibir la Cena. Porque los sacramentos son como unos contratos escritos en que el Señor nos da su misericordia, y por ella la vida eterna, y nosotros, por nuestra parte, le prometemos obediencia. Y esta es la forma o suma de este voto: que, renunciando a Satanás, nos sometemos a Dios para obedecer sus santos mandamientos y no obedecer a los malos deseos de nuestra carne. No se debe dudar en modo alguno de que este voto, que tiene el testimonio de la Escritura y se requiere de todos los hijos de Dios, es santo y bueno. Y no lo impide el hecho de que nadie cumpla en esta vida la perfecta obediencia a la Ley que Dios exige de nosotros. Porque, como en el pacto de la gracia está incluida una estipulación por la que Dios nos pide que le sirvamos, bajo la cual se contienen el perdón de los pecados y el Espíritu de santificación, la promesa que allí hacemos va unida a la petición de perdón y de socorro. Al juzgar los votos particulares es necesario recordar aquellas tres reglas que hemos establecido, por las cuales podremos juzgar con seguridad cómo es cualquier voto. Y no penséis que alabo los votos que digo ser santos de tal manera que quiera que sean cotidianos. Porque, aunque no me atrevo a prescribir su número ni su tiempo, quien siga mi consejo no hará votos sino sobrios y temporales. Porque si votáis a cada paso sin más consideración, toda la religión se despreciará por la familiaridad y caeréis fácilmente en superstición; y si os obligáis con algún voto perpetuo, o lo cumpliréis con gran molestia y disgusto, o, cansados por su larga duración, os atreveréis alguna vez a quebrantarlo.
Ahora se ve claramente cuánta superstición ha reinado en esto en el mundo desde hace muchos años. Uno hacía voto de no beber vino, como si abstenerse del vino fuera por sí mismo un culto agradable a Dios; otro se obligaba a ayunar; otro, a no comer carne durante tantos días. En estas cosas pensaban, engañados por una falsa opinión, que había una religiosidad especial, más que en otras. Se votaban también otras cosas todavía más pueriles, aunque los que las votaban no eran niños. Porque se tenía por gran sabiduría hacer voto de peregrinar y visitar los lugares santos, y a veces hacían voto de hacer ese camino y peregrinación a pie, o medio desnudos, para merecer más con el cansancio. Si estas cosas y otras semejantes (en las que el mundo se ocupó con un fervor tan increíble) se examinan conforme a las reglas que ya hemos establecido, no solo se hallará que son vanas y pueriles, sino que están llenas de manifiesta impiedad. Porque, juzgue la carne como quiera, no hay nada que Dios abomine más que los cultos ficticios. A esto se añaden aquellas opiniones perniciosas y dañinas: que los hipócritas, después de hacer tales niñerías, creen haber alcanzado una justicia nada común ni corriente; ponen la suma de la piedad en observancias externas, y desprecian a todos los demás que ven menos escrupulosos en esas cosas.
No hace falta enumerar cada forma en particular. Pero, como los votos monásticos son tenidos en mucha mayor veneración porque parecen aprobados por el juicio público de la Iglesia, hablaremos brevemente de ellos. En primer lugar, para que nadie defienda el monacato tal como es hoy diciendo que existe desde hace tantísimos años, debemos notar que antiguamente hubo en los monasterios una manera de vivir muy diferente. Los que querían ejercitarse en una vida muy austera y de gran paciencia se iban a los monasterios. Porque en ellos se practicaba una disciplina como la que se usaba entre los lacedemonios en tiempos de las leyes de Licurgo, y aun mucho más austera. Dormían en el suelo, su bebida era agua, su pan hierbas y raíces, sus principales regalos eran aceite y garbanzos; se abstenían de toda delicadeza en la comida y el vestido. Estas cosas parecerían exageradas si no las atestiguaran testigos de vista que las experimentaron: Gregorio Nacianceno, Basilio y Crisóstomo. Con tales comienzos se preparaban para oficios mayores. Porque los monasterios fueron semilleros del orden eclesiástico, como lo atestiguan con bastante claridad los que hemos nombrado (pues todos los que se habían formado en los monasterios salían de allí para ser obispos), y lo atestiguan también otros varones grandes y excelentes que vivieron en aquel tiempo. También san Agustín muestra que en su tiempo era muy común que los monasterios proveyeran de clérigos a la Iglesia, pues habla así a los monjes de la isla de Capraria: «Os exhortamos, hermanos, en el Señor, a que guardéis vuestro propósito y perseveréis hasta el fin; y a que, si nuestra madre la Iglesia necesita vuestro servicio, no aceptéis el cargo con ávida ambición ni lo rechacéis con torpe pereza, sino que obedezcáis a Dios con corazón humilde. Y no antepongáis vuestro descanso a las necesidades de la Iglesia; porque si, cuando ella está de parto, ningún hombre bueno quisiera asistirla y servirla, no hallaríais cómo haber nacido» (Cartas, 81). Aquí habla san Agustín del ministerio por el que los fieles renacen espiritualmente. Asimismo, escribiendo a Aurelio, dice: «A ellos se les da ocasión de caer, y al orden eclesiástico se le hace grandísima injuria, si los que han abandonado los monasterios son elegidos para la milicia eclesiástica, puesto que de entre los que permanecen en los monasterios no solemos tomar para clérigos sino a los más probados y de mejor vida. A no ser que, así como el vulgo dice: “El mal tamborilero hace buen músico”, también se burlen de nosotros diciendo: “El mal monje hace buen clérigo”» (Cartas, 76). «Mucho debemos entristecernos si levantamos a los monjes a tan peligrosa soberbia y pensamos que los clérigos merecen tal afrenta, siendo así que a veces un buen monje apenas llega a ser un buen clérigo, si tiene suficiente continencia, pero le falta la doctrina necesaria». Por estos pasajes se ve que los hombres piadosos solían prepararse con la disciplina monástica para gobernar la Iglesia, a fin de ejercer tan gran cargo más capacitados y mejor instruidos. No que todos alcanzaran ese cargo ni que lo pretendieran, pues los monjes eran en su mayoría hombres sencillos e iletrados; pero a los que eran aptos los sacaban de los monasterios y les confiaban el cuidado de las almas.
Con todo, el mismo san Agustín nos pinta la forma y manera del antiguo monacato principalmente en dos lugares: en el libro Sobre las costumbres de la Iglesia católica, donde opone la santidad de los monjes cristianos a las calumnias de los maniqueos, y en otro libro que tituló Sobre el trabajo de los monjes, donde habla contra ciertos monjes que habían degenerado y comenzado a corromper su instituto. Recogeré aquí la suma de lo que allí trata, usando sus mismas palabras en cuanto pueda: «Despreciando los placeres de este mundo —dice—, viven juntos en comunidad una vida castísima y santísima; pasan el tiempo en oraciones, lecturas y conversaciones; no están hinchados de soberbia, no son turbulentos por obstinación ni lívidos de envidia. Nadie posee nada propio; nadie es una carga para otro (Sobre las costumbres de la Iglesia católica, cap. 31). Trabajando con sus manos ganan aquello con que puede sustentarse el cuerpo sin que el alma se vea impedida de estar con Dios. Entregan lo que han trabajado a los que llaman decanos, y estos decanos, disponiendo todas las cosas con gran solicitud, rinden cuentas a uno al que llaman padre. Y estos padres no solo son santísimos de vida, sino también excelentísimos en la doctrina divina y admirables en todo; sin soberbia alguna aconsejan a los que llaman hijos, mandando con gran autoridad, y los otros obedecen de muy buena gana. Al final del día se reúnen, viniendo cada uno de su celda, y hasta entonces están en ayunas; se reúnen para oír a aquel padre. Y con cada uno de los padres se reúnen por lo menos tres mil personas» (habla principalmente de Egipto y de Oriente). «Luego reponen su cuerpo cuanto basta para sustentarse y conservar la salud; cada uno refrena su deseo para no tomar más de lo necesario, aun de aquellos alimentos tan sobrios y humildes. Así no solo se abstienen de carne y de vino para domar sus deseos, sino también de aquellas cosas que excitan con tanta más fuerza el apetito del vientre y del paladar cuanto más limpias les parecen a otros; con este nombre suele defenderse, de manera ridícula y vergonzosa, el torpe deseo de manjares exquisitos, porque no es carne. Y todo lo que sobra del sustento necesario (y sobra muchísimo, por el trabajo de sus manos y la sobriedad de su mesa) se distribuye a los necesitados con tanto más cuidado cuanto que no lo ganaron para sí los que lo distribuyen. Porque de ningún modo se preocupan por tener abundancia de estas cosas; al contrario, procuran por todos los medios que lo que ha sobrado no se quede entre ellos». Después, habiendo descrito la austeridad que había visto tanto en Milán como en otras partes, dice estas palabras: «Mientras tanto, a nadie se le obliga a hacer lo que no puede; a nadie se le manda lo que rehúsa, ni es condenado por los demás por confesar que no es tan fuerte como para hacer lo que hacen los otros (ibíd., cap. 33). Porque recuerdan cuánto se nos encomienda la caridad; recuerdan que “todas las cosas son puras para los puros”, etc. (Tit 1:15). Así, todo su empeño se dirige, no a rechazar clases de alimentos como contaminados e impuros, sino a domar su deseo y a mantener la caridad entre los hermanos. Recuerdan que “las viandas para el vientre, y el vientre para las viandas”, etc. (1 Co 6:13). Con todo, muchos fuertes se abstienen por causa de los débiles. Muchos no tienen motivo para hacerlo, pero lo hacen porque les agrada sustentarse con un alimento humilde y nada costoso. Así, los mismos que se abstienen estando sanos, si su salud lo exige, lo toman sin ningún temor cuando están enfermos. Muchos no beben vino, y sin embargo no piensan que el vino los contamine; porque con gran humanidad hacen que se dé a los que no están bien de salud y a los que sin él no podrían conservar la salud del cuerpo, y amonestan fraternalmente a los que neciamente lo rechazan a que no se vuelvan, por una vana superstición, más débiles en lugar de más santos. Así ejercitan con diligencia la piedad, y saben que el ejercicio corporal es para poco. Se guarda sobre todo la caridad: a ella acomodan su comida, sus palabras, sus costumbres y sus semblantes; todos concurren y se unen en la caridad; violarla se tiene por una gran abominación, como si se violara a Dios; si alguien se le resiste, lo echan fuera y no lo tratan; si alguien la ofende, no le permiten quedarse entre ellos ni un día». Como este santo varón parece haber pintado en estas palabras, como en un cuadro, cómo era antiguamente el monacato, no he tenido reparo en incluirlas aquí, aunque son algo extensas; la razón fue que veía que sería aún más largo si lo recogía de diversos autores, por muy brevemente que procurara hacerlo.
No es mi intención tratar aquí todo este asunto, sino solo mostrar de paso qué clase de comunidades de monjes tuvo la Iglesia en tiempos pasados y, además, cómo era entonces la profesión monástica, para que los lectores sensatos, haciendo la comparación, puedan juzgar cuán desvergonzados son los que alegan la antigüedad para sostener el monacato que hoy existe en el mundo. San Agustín, al pintarnos el monacato santo y legítimo, quiere que no se exija con rigor nada de lo que la palabra de Dios nos deja libre (Sobre el trabajo de los monjes). Y ahora, por el contrario, no hay nada que se exija con más rigor. Porque tienen por abominación inexpiable que alguien se aparte lo más mínimo de lo prescrito en el color o la forma del hábito, en la clase de comida o en otras ceremonias frívolas e insípidas. San Agustín sostiene firmemente que no es lícito a los monjes vivir ociosos a costa ajena, y niega que en su tiempo hubiera algún monasterio bien ordenado que lo hiciera. Nuestros frailes ponen su principal santidad en el ocio. Porque, si les quitáis el ocio, ¿dónde quedará aquella su vida contemplativa, por la que se jactan de aventajar a todos los demás hombres y de acercarse mucho a los ángeles? En fin, san Agustín pide un monacato que no sea otra cosa que un ejercicio y una ayuda para los deberes de la caridad, que se encarga a todos los cristianos. Y cuando él reduce a la caridad la suma y, en verdad, casi toda su regla, ¿pensamos que alaba una conspiración de unos pocos hombres que, conjurados entre sí, se apartan de todo el cuerpo de la Iglesia? Al contrario, quiere que con su ejemplo vayan delante de todos para conservar la unidad de la Iglesia. En uno y otro aspecto, el monacato actual es tan diferente que apenas podríais hallar cosa más distinta, por no decir contraria. Porque nuestros frailes, no contentos con la piedad, a cuyo solo ejercicio manda Cristo que los suyos estén perpetuamente atentos, se imaginan no sé qué nueva piedad, con cuya meditación serían mucho más perfectos que todos los demás.
Si niegan esto, quisiera que me dijeran por qué llaman «vida de perfección» solo a su orden y no dan este título a ninguna otra vocación instituida por Dios. No ignoro su solución sofística: que no se llama así porque contenga en sí la perfección, sino porque es, de todas las vocaciones que hay, la mejor para alcanzarla. Cuando quieren venderse al pueblo, cuando quieren tender lazos a la juventud imprudente e ignorante, cuando quieren encarecer sus privilegios, cuando quieren elevar su dignidad a costa de los demás, se jactan de estar en estado de perfección. Cuando se les estrecha tanto que no pueden sostener esta vana arrogancia, se acogen a este refugio: que todavía no han alcanzado la perfección, pero que están en un estado que los encamina a ella más que a todos los demás hombres. Mientras tanto, en el pueblo sigue en pie aquella admiración, como si solo la vida monástica fuera angélica, perfecta y limpia de todo vicio. Con este pretexto llenan sus casas y hacen un gran negocio. Y aquella glosa o matización suya queda sepultada en unos pocos libros. ¿Quién no ve que esto es un engaño intolerable? Pero tratemos con ellos como si no atribuyeran a su profesión más que llamarla estado para alcanzar la perfección. Ciertamente, al darle este nombre la distinguen con una marca especial de todos los demás géneros de vida. ¿Y quién soportará que se traslade tanto honor a un género de vida que la Escritura jamás aprobó, ni con una sola palabra, y que todas las demás vocaciones instituidas por Dios, que no solo fueron ordenadas por su sacrosanta boca, sino adornadas con notables alabanzas, sean tenidas por indignas de ese título? ¿Y cuánta injuria, os pregunto, se hace a Dios cuando no sé qué invención humana se prefiere a todos los géneros de vida que él ha ordenado y ha aprobado con su testimonio?
Vamos, digan que es pura calumnia lo que he dicho: que no se contentan con la regla que Dios ha prescrito. Aunque yo callara, ellos mismos se acusan de sobra, pues enseñan abiertamente que se echan encima más carga de la que Cristo impuso a los suyos, porque prometen guardar los consejos evangélicos —amar a los enemigos, no desear venganza, no jurar, etc.—, a los que los cristianos en general no estarían obligados (Mt 5:44). ¿Qué antigüedad nos mostrarán en esto? Ninguno de los antiguos imaginó tal cosa; todos a una voz declaran que Cristo no pronunció ni una palabra a la que no debamos obedecer necesariamente, y nombran expresamente estas mismas cosas que estos buenos intérpretes dicen falsamente que Cristo solo aconsejó, y enseñan sin ninguna duda que Cristo las mandó. Pero, como ya mostramos antes que este es un error pestilentísimo, bastará ahora haber señalado brevemente que el monacato, tal como es hoy, está fundado sobre una opinión que todos los piadosos deben detestar con grandísima razón: que los papistas se imaginan que el monacato es una regla de vida mucho más perfecta que la común que Dios dio a toda su Iglesia universal. Todo lo que se edifica sobre este fundamento no puede ser sino abominable.
Pero todavía presentan otro argumento, que consideran firmísimo, para probar su perfección. Porque el Señor dijo al joven que le preguntaba por la perfección de la justicia: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres» (Mt 19:21). No discuto aún si ellos lo hacen o no; supongamos por ahora que lo hacen. Se jactan de haber sido hechos perfectos por dejarlo todo. Si en esto consiste la perfección suprema, ¿qué quiere decir lo que enseña san Pablo: que el que ha repartido entre los pobres todo lo que tenía, si no tiene amor, nada es? (1 Co 13:3). ¿Qué clase de perfección es esta, que sin amor se reduce a nada junto con el hombre en quien está? Aquí tienen que responder que es una gran cosa, pero no la única obra de perfección. Pero san Pablo se opone también a esta respuesta, pues no duda en afirmar que el amor, sin tal renuncia, es el vínculo de la perfección (Col 3:14). Si es cierto que entre el Maestro y el discípulo no hay contradicción, y uno de ellos niega claramente que la perfección del hombre consista en renunciar a todo lo que posee, y además afirma que existe sin eso, debemos ver cómo se ha de entender lo que dice Cristo: «Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes». El sentido de estas palabras no será oscuro si consideramos (cosa que siempre debemos considerar en todos los discursos de Cristo) a quién iban dirigidas (Lc 10:25). El joven pregunta con qué obras entrará en la vida eterna. Cristo, como el joven le preguntaba por las obras, lo remite a la Ley, y con toda razón. Porque la Ley, considerada en sí misma, es el camino de la vida eterna, y no es ineficaz ni impotente para darnos la salvación sino por causa de nuestra iniquidad. Con esta respuesta declaró Cristo que no enseñaba otra manera de gobernar nuestra vida que la que antiguamente se había dado en la Ley del Señor. Así atestiguaba que la Ley de Dios es doctrina de perfecta justicia, y al mismo tiempo salía al paso de las calumnias, para que no pareciera que con una nueva regla de vida incitaba al pueblo a desechar la Ley. El joven, que ciertamente no tenía mala intención, pero estaba hinchado de vana confianza, responde que desde niño había guardado todos los mandamientos de la Ley. Es certísimo que estaba muy lejos del punto al que se jactaba de haber llegado. Y si hubiera sido verdad aquello de lo que se gloriaba, no le habría faltado nada para la perfección suprema. Porque antes hemos mostrado que la Ley contiene en sí la justicia perfecta; y esto se ve también en que la observancia de la Ley se llama el camino de la salvación eterna. Así pues, para enseñar a este joven cuánto había avanzado en esta justicia, que con tanto atrevimiento había respondido haber cumplido, era necesario mostrarle su propia falta. Y como tenía muchas riquezas, tenía en ellas su corazón. Por eso, como no sentía esta llaga secreta, Cristo lo hiere con la lanceta: «Anda —dice—, vende lo que tienes». Si hubiera sido tan diligente cumplidor de la Ley como pensaba, al oír esta palabra no se habría ido triste. Porque quien ama a Dios con todo su corazón no solo tiene por estiércol todo lo que es contrario a su amor, sino que lo abomina como cosa pestilente. Así, que Cristo mandara a este rico avaro dejar todo lo que poseía es exactamente como si mandara al ambicioso renunciar a todos los honores, al regalado a todos los placeres, al lujurioso a todos los instrumentos de su lujuria. Así deben ser llamadas a reconocer su mal propio y particular las conciencias que no sienten las amonestaciones generales. Por tanto, los nuestros, que alegan este pasaje para ensalzar la vida monástica, se engañan mucho tomando un caso particular por doctrina general, como si Cristo pusiera la perfección del hombre en renunciar a lo que tiene, siendo así que Cristo no quiso decir en esto otra cosa que llevar a aquel joven, tan contento y satisfecho de sí mismo, a sentir su propia llaga, para que entendiera cuán lejos estaba todavía de la perfecta obediencia a la Ley que falsamente se atribuía. Reconozco que algunos de los Padres entendieron mal este pasaje, y que de ahí nació el gusto por la pobreza voluntaria, por la que se tenía por bienaventurados a los que, renunciando a todas las cosas terrenas, se ofrecían desnudos a Cristo. Pero confío en que todos los buenos y no amigos de disputas quedarán satisfechos con esta interpretación mía, de tal modo que no dudarán de cuál es la intención de Cristo.
Sin embargo, nada estuvo más lejos del pensamiento de los Padres que establecer una perfección como la que después han fabricado los sofistas encapuchados, para hacer así dos cristianismos. Porque aún no había salido al mundo aquella doctrina sacrílega que compara la profesión monástica con el bautismo, y aun afirma abiertamente que es una forma de segundo bautismo. ¿Quién duda de que los Padres habrían detestado con todo su corazón semejante blasfemia? Y lo último que san Agustín dice que tenían los monjes, que se acomodaban totalmente a la caridad, ¿hace falta gastar muchas palabras para mostrar cuán lejos está de ello esta nueva profesión? La cosa misma lo dice: todos los que se hacen frailes se separan de la Iglesia. ¿Por qué no? ¿No se separan de la legítima compañía de los fieles al buscarse un ministerio propio y una administración particular de los sacramentos? ¿Qué es romper la comunión de la Iglesia, si esto no lo es? Y (para proseguir la comparación que empecé y concluirla de una vez) ¿en qué se parecen estos frailes a los antiguos monjes? Los monjes, aunque vivían separados de las demás gentes, no tenían una iglesia aparte; participaban de los sacramentos junto con los demás, asistían a las asambleas solemnes y en ellas se contaban como parte del pueblo. Estos, levantándose un altar propio, ¿qué otra cosa han hecho sino romper el vínculo de la unidad? Porque se han excomulgado a sí mismos de todo el cuerpo universal de la Iglesia y han despreciado el ministerio ordinario con el que el Señor quiso que se mantuvieran la paz y el amor entre los suyos. Por tanto, digo que cuantos monasterios hay hoy son otros tantos conventículos de cismáticos que, perturbando el orden de la Iglesia, se han separado de la legítima compañía de los fieles. Y para que esta separación no quede oculta, se han puesto diversos nombres de facciones. Y no se han avergonzado de gloriarse de aquello que san Pablo detesta tanto que no encuentra palabras para exagerarlo. A no ser que pensemos que los corintios dividieron a Cristo cuando uno se enorgullecía y gloriaba de un maestro y otro de otro (1 Co 1:12; 3:4), y que ahora se hace sin ninguna injuria a Cristo lo que oímos: que en lugar de llamarse cristianos, unos se llaman benedictinos, otros franciscanos, otros dominicos; y se llaman así de tal manera que, cuando pretenden distinguirse del común de los cristianos, adoptan con gran altivez estos títulos como profesión de religión.
Estas diferencias que hasta ahora he señalado entre los monjes de antaño y los frailes de hoy no están en las costumbres, sino en la profesión misma. Además, recuerden los lectores que he hablado más del instituto de los frailes que de los frailes, y que no he señalado los vicios que se hallan en este o en aquel, sino los vicios que van unidos a su instituto y manera de vivir y no se pueden separar de ellos. ¿Y qué falta hace explicar en detalle cuán grande es la diferencia en las costumbres? Consta que no hay clase de hombres más corrompida por toda suerte de vicios; en ninguna parte reinan más las facciones, los odios, las revueltas, los partidismos y las ambiciones. En pocos monasterios se vive honestamente, si se puede llamar honestidad a reprimir el apetito carnal lo justo para no caer en infamia pública; aun así, apenas hallaréis un monasterio de cada diez que no sea un burdel antes que un santuario de castidad. ¿Y qué frugalidad guardan en la comida? No de otra manera se ceban los cerdos en sus pocilgas. Pero, para que no se quejen de que los trato con demasiada dureza, no sigo adelante. Aunque, en las pocas cosas que he tocado, cualquiera que tenga experiencia de ello reconocerá que no he dicho nada que no sea verdad. San Agustín, en una época en que, según su testimonio, los monjes vivían con tanta castidad, se queja sin embargo de que muchos de ellos eran vagabundos que con malas artes y engaños sacaban el dinero a los más sencillos; que, llevando de un lugar a otro las reliquias de los mártires, ganaban mucho dinero; y aun que, en lugar de reliquias de mártires, mostraban huesos de cualquier muerto; y que con sus grandes bellaquerías afrentaban a su orden monacal (Sobre el trabajo de los monjes, al final). Y así como dice con gozo que no ha visto hombres mejores que los que han progresado en los monasterios, así también se lamenta de no haber visto hombres peores que los que se han echado a perder en ellos. ¿Qué diría hoy si viera casi todos los monasterios rebosar y casi reventar de tantos y tan desesperados vicios? No digo sino lo que todos saben muy bien. Pero este reproche no se aplica a todos sin excepción alguna. Porque, así como la regla y la disciplina de vida nunca estuvieron tan bien ordenadas en los monasterios que no hubiera algunos zánganos muy distintos de los demás, tampoco digo que los frailes hayan degenerado hoy de aquella santa antigüedad hasta el punto de no tener entre ellos a algunos buenos. Pero estos, pocos y dispersos, quedan escondidos en aquella gran multitud de malos e impíos, que no solo los desprecian, sino que los injurian desvergonzadamente, y aun a veces los tratan con crueldad, pensando (conforme al proverbio de los milesios) que ningún hombre bueno debe tener lugar entre ellos.
Con esta comparación entre el monacato antiguo y el instituto de los frailes de hoy, confío en haber logrado lo que quería: mostrar que nuestros encapuchados alegan falsamente el ejemplo de la Iglesia primitiva para defender su profesión, puesto que se diferencian de aquellos no menos que los monos de los hombres. Mientras tanto, no disimulo que aun en aquella antigua forma de monacato que alaba san Agustín hubo algo que no me satisface del todo. Concedo que no fueron supersticiosos en los ejercicios exteriores de su rigurosísima disciplina; pero digo que no carecieron de una afectación excesiva y de una imitación equivocada. Fue algo notable desprenderse de sus bienes y quedar libres de toda preocupación terrena; pero Dios estima mucho más el cuidado de gobernar piadosamente la propia familia, cuando el buen padre de familia, libre y suelto de toda avaricia, ambición y demás deseos de la carne, tiene delante de los ojos servir a Dios en una vocación determinada. Es algo notable filosofar a solas, apartado de toda compañía humana; pero no es propio de la mansedumbre cristiana huir al desierto y a la soledad como por odio al género humano, abandonando al mismo tiempo los deberes que Dios mandó ante todo. Y aunque les concedamos que no hubo ningún otro mal en aquella profesión, ciertamente no fue un mal pequeño que introdujera en la Iglesia un ejemplo inútil y peligroso.
Veamos ahora qué clase de votos son aquellos con los que los frailes entran hoy en esta su ilustre orden. En primer lugar, como su intención es instituir un culto nuevo y ficticio para merecer más delante de Dios, concluyo, por lo dicho antes, que todo lo que votan es abominación delante de Dios. Además, como se inventan un nuevo género de vida a su antojo, sin tener en cuenta ninguna vocación de Dios y sin que Dios lo apruebe, digo que este atrevimiento es temerario y, por tanto, ilícito, porque su conciencia no tiene nada en que apoyarse delante de Dios, y «todo lo que no proviene de fe, es pecado» (Ro 14:23). Además, puesto que se obligan a muchos cultos perversos e impíos que el monacato contiene hoy, digo que no se consagran ni dedican a Dios, sino al diablo. Porque, si le fue lícito al profeta decir que los israelitas sacrificaban sus hijos a los demonios y no a Dios, solo por haber corrompido el verdadero culto divino con ceremonias profanas (Dt 32:17; Sal 106:37), ¿por qué no sería lícito decir lo mismo de los frailes, que junto con la capucha se ponen el lazo de mil supersticiones? ¿Y qué clase de votos hacen? Prometen a Dios virginidad perpetua, como si antes hubieran pactado con Dios que los librara de la necesidad de casarse. No sirve excusarse diciendo que hacen este voto confiados en la gracia de Dios; porque, puesto que él dice que este don no se da a todos, no tenemos por qué presumir que se nos dará un don que se da a pocos (Mt 19:11). Los que lo tienen, úsenlo; y si alguna vez sienten que su carne los inquieta, acudan al socorro de aquel con cuyo solo poder pueden resistir. Si esto no les basta, no desprecien el remedio que Dios les ofrece. Porque los que no tienen el don de la continencia son llamados al matrimonio por una palabra certísima. Llamo continencia no a aquella con la que solo el cuerpo se guarda limpio de fornicación, sino a aquella con la que el alma conserva una castidad pura. Porque san Pablo no solo manda que seamos limpios por fuera, sino también que no nos quememos por dentro (1 Co 7:9). Dicen que desde el principio fue costumbre que los que querían dedicarse al Señor hicieran voto de castidad. Reconozco que antiguamente se hizo así; pero no concedo que aquella época estuviera tan libre de todo vicio que se deba tener por regla todo lo que entonces se practicaba. Y poco a poco se impuso aquella severidad inexorable según la cual, después de hecho el voto de castidad, no había lugar a arrepentirse. Esto consta por san Cipriano, cuando dice: «Si las vírgenes se consagraron fielmente a Cristo, perseveren honesta y castamente sin fingimiento alguno; y así, fuertes y perseverantes, esperen el premio de la virginidad. Pero si no quieren o no pueden perseverar, mejor es que se casen que caer en el fuego por sus placeres» (Cartas, 11). ¡Con qué injurias no ultrajarían hoy a cualquiera que quisiera moderar con tal equidad el voto de continencia! Así pues, se han apartado mucho de aquella antigua costumbre, pues no solo no admiten ninguna moderación ni perdonan a quien se vea incapaz de cumplir lo que prometió, sino que declaran sin vergüenza alguna que peca mucho más gravemente quien remedia la intemperancia de su carne tomando mujer que quien contamina su cuerpo y su alma con la prostitución.
Pero aun así porfían y quieren demostrar que este tipo de voto se practicaba en tiempo de los apóstoles, porque san Pablo dice que las viudas que, una vez admitidas al ministerio público, se casaban, abandonaban su primera fe (1 Ti 5:12). Pero yo no niego que las viudas que se habían ofrecido a sí mismas y su servicio a la Iglesia se obligaban al mismo tiempo a no casarse jamás; no porque pusieran en ello alguna religiosidad, como se hizo después, sino porque no podían desempeñar bien aquel oficio si no eran dueñas de sí y libres del yugo del matrimonio. Y si, después de dar su palabra, querían casarse, ¿qué otra cosa era eso sino rechazar la vocación de Dios? No hay, pues, por qué asombrarse de que el apóstol diga que tales mujeres, con esos deseos, se rebelan contra Cristo. Y después, para mayor énfasis, añade que tan lejos están de cumplir lo que prometieron a la Iglesia que violan y quebrantan la primera fe que habían dado en el bautismo, en la cual se incluye que cada uno viva en su vocación. A no ser que queramos entender que tales mujeres, como si hubieran perdido la vergüenza y no les importara ya la honestidad, se habían entregado a toda lascivia y desenfreno, y que con su vida libre y disoluta en nada se mostraban menos que cristianas; sentido que me agrada mucho. Respondemos, pues, que las viudas que entonces eran admitidas al ministerio o servicio público se imponían una ley de celibato perpetuo; si después se casaban, entendemos fácilmente que sucedía lo que dice san Pablo: que, perdida la vergüenza, se volvían más insolentes de lo que convenía a mujeres cristianas; y que así no solo pecaban violando la palabra dada a la Iglesia, sino que no se comportaban como mujeres piadosas. Pero, en primer lugar, niego que profesaran el celibato por otra causa que porque el matrimonio no era compatible con la vocación y el oficio que habían asumido; y no se obligaban al celibato sino en la medida en que lo exigía la necesidad de su vocación. En segundo lugar, niego que estuvieran ligadas de tal manera que no les fuera, aun entonces, mucho mejor casarse que abrasarse con el aguijón de la carne o caer en alguna impureza y miseria. En tercer lugar, digo que san Pablo prescribe una edad que por lo general está fuera de este peligro, sobre todo porque manda que solo se admita a este oficio a las que, contentas con un solo matrimonio, hubieran dado ya muestra de su continencia. Y nosotros no desaprobamos el voto de celibato por otra razón sino porque neciamente se lo tiene por un culto que se rinde a Dios, y porque lo hacen temerariamente los que no tienen el don de la continencia.
¿Y qué tenía que ver este pasaje de san Pablo para aplicarlo a las monjas? Porque las diaconisas no eran elegidas para halagar y lisonjear a Dios con sus cantos y con su rezar entre dientes sin entender lo que rezaban, y pasar ociosas el resto del tiempo, sino para cumplir su deber con los pobres en su ministerio público y emplearse con todo su empeño y diligencia en las obras de caridad. No hacían voto de celibato como si abstenerse del matrimonio fuera un servicio a Dios, sino solo para estar más libres y desembarazadas para desempeñar su oficio. En fin, no hacían voto de castidad al comienzo de su juventud o en la flor de la edad, para aprender después, con larga experiencia, a qué gran precipicio se habían lanzado; sino que, cuando parecía que ya habían pasado todo peligro, entonces y no antes hacían un voto no menos seguro que santo. Pero, sin insistir en las dos primeras cosas, digo que fue una gran maldad admitir a hacer voto de castidad a mujeres que aún no habían cumplido sesenta años, puesto que el apóstol solo admitía a las de sesenta años y manda que las más jóvenes se casen y tengan hijos. Por tanto, de ningún modo se puede excusar aquella relajación, primero a doce años, luego a veinte y después a treinta, que han hecho. Y mucho menos es tolerable que pobres muchachas, antes de que por su edad puedan conocerse a sí mismas o tener alguna experiencia de sí, se metan en aquellos lazos malditos, a lo que no solo son inducidas con engaño, sino obligadas por la fuerza y con amenazas. No me detendré en refutar los otros dos votos. Solo digo esto: que, además de estar envueltos en muchas supersticiones (tal como se hacen hoy), parece que se hacen con el propósito de que quienes los hacen se burlen de Dios y de los hombres. Pero, para no parecer que exageramos maliciosamente cada detalle, nos contentaremos con la refutación general que ya hemos dado.
Creo haber explicado suficientemente qué votos son legítimos y aceptables a Dios. Pero, como a veces las conciencias ignorantes y tímidas, aun cuando les desagrada el voto y lo condenan, dudan si están obligadas a guardarlo, y esto las atormenta mucho —porque temen violar la palabra que dieron a Dios y, por otro lado, temen pecar mucho más guardando su voto—, será necesario socorrerlas aquí para que puedan desenredarse de esta dificultad. Y para quitar de una vez todo escrúpulo, digo que todos los votos que no son legítimos ni están bien hechos, así como no valen nada delante de Dios, así también debemos tenerlos por nulos y sin ningún valor. Porque si en los contratos humanos solo obligan las promesas en que aquel con quien tratamos quiere obligarnos, es muy absurdo obligarnos a cumplir lo que Dios de ningún modo nos pide; sobre todo porque nuestras obras no son buenas por ningún otro camino sino cuando agradan a Dios y tenemos el testimonio de la conciencia de que le agradan. Porque esto queda firme: «todo lo que no proviene de fe, es pecado» (Ro 14:23). Con lo cual quiere decir san Pablo que lo que se hace con duda es malo por eso mismo, porque la fe, por la que estamos seguros de que tales obras agradan a Dios, es la raíz de todas las buenas obras. Por tanto, si el cristiano no debe emprender nada sino con esta certeza, ¿por qué no han de dejar, una vez desengañados, lo que comenzaron temerariamente y por ignorancia? Y como tales son los votos hechos sin consideración, no solo no obligan, sino que necesariamente deben ser anulados y tenidos por no hechos. Más aún, digo que Dios no solo no los tiene en nada, sino que, al contrario, los abomina, como ya hemos mostrado. Es superfluo tratar más extensamente de una cosa no necesaria. Esta sola razón me parece suficiente para tranquilizar y librar de todo escrúpulo a las conciencias piadosas: que Dios rechaza todas las obras que no manan y proceden de una fuente limpia y no se dirigen a un fin legítimo, y las rechaza de tal manera que no nos prohíbe menos continuar en ellas que comenzarlas. De aquí se concluye que los votos hechos con ignorancia y superstición ni Dios los estima ni los hombres los deben cumplir.
Además, quien conozca esta solución tendrá con qué defender contra las calumnias de los malvados a los que salen de los monasterios y se dedican a algún género de vida honesto. Los acusan gravemente de quebrantar la fe y de perjurio, por haber roto el vínculo, que comúnmente se cree indisoluble, con que estaban obligados a Dios y a la Iglesia. Pero yo digo que no había vínculo alguno donde Dios anula y deshace lo que el hombre confirma. Además, aun suponiendo que hubieran estado obligados cuando estaban enredados en la ignorancia de Dios y en el error, digo que ahora son libres por la gracia de Cristo, una vez iluminados con el conocimiento de la verdad. Porque si la cruz de Cristo tiene tanto poder que nos libra de la maldición de la Ley a la que estábamos sujetos (Gá 3:13), ¿cuánto más nos librará de vínculos ajenos, que no son sino redes engañosas de Satanás? Así pues, no hay duda de que Jesucristo libra de todos los lazos en que se habían metido por superstición a todos aquellos a quienes ha iluminado con la luz de su evangelio. Aunque tampoco les falta otra defensa, si no eran aptos para el celibato. Porque si el voto imposible es una perdición cierta del alma, que Dios quiere que se salve y no que se pierda, se sigue que no se debe permanecer en él. Y ya hemos mostrado cuán imposible es el voto de continencia para quienes no la tienen por un don particular de Dios; y la experiencia misma lo dice sin que yo diga palabra. Porque no se ignora cuánta inmundicia hay en casi todos los monasterios. Y si algunos parecen más honestos y recatados que otros, no por eso son castos, pues solo reprimen dentro de sí el mal de la incontinencia y hacen que no salga fuera. Porque así castiga Dios con horrendos ejemplos el atrevimiento de los hombres cuando, olvidando su debilidad, pretenden, contra su naturaleza, lo que se les ha negado, y, despreciando los remedios que Dios les ha puesto en las manos, piensan vencer con su terquedad y obstinación la enfermedad de su incontinencia. Porque ¿qué otra cosa diremos que es terquedad, cuando alguien, advertido de que tiene necesidad de casarse y de que Dios le ha dado esto como remedio, no solo lo desprecia, sino que se obliga con juramento a despreciarlo?
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.