Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
Los medios externos o ayudas de que Dios se sirve para llamarnos a la comunión de Jesucristo, su Hijo, y mantenernos en ella
De los sacramentos
Otra ayuda para la fe, unida a la predicación del evangelio, la tenemos en los sacramentos, y nos importa mucho tener acerca de ellos una doctrina cierta por la que sepamos con qué fin fueron instituidos y qué uso se debe hacer de ellos. En primer lugar, debemos saber qué es un sacramento. Y me parece que su definición sencilla y propia es decir que es una señal exterior con la que el Señor sella en nuestras conciencias las promesas de su buena voluntad hacia nosotros, para sostener la debilidad de nuestra fe, y con la que nosotros, por nuestra parte, testificamos nuestra piedad y religión hacia él, tanto delante de él como delante de los ángeles y de los hombres. También se puede definir más brevemente diciendo que es un testimonio de la gracia de Dios hacia nosotros, confirmado con una señal exterior, con el testimonio correspondiente de nuestra religión hacia él. Tomad la que queráis de estas dos: ninguna difiere, en cuanto al sentido, de la definición que da san Agustín cuando dice que el sacramento es la señal visible de una cosa sagrada, o cuando dice que es la forma visible de una gracia invisible; pero yo he procurado explicar la cosa con más claridad. Porque, como en aquella brevedad hay cierta oscuridad en la que tropiezan muchos que no son doctos, he querido explicarla con más palabras, para que no quedara lugar a dudas.
La razón por la que los antiguos usaron esta palabra en este sentido es clara. Porque siempre que el antiguo traductor quiso verter del griego al latín la palabra «misterio», sobre todo cuando se trataba de cosas divinas, tradujo «sacramento». Así, en la carta a los Efesios dijo: «dándonos a conocer el sacramento de su voluntad»; y también: «si es que habéis oído de la administración de la gracia de Dios que me fue dada para con vosotros; que por revelación me fue declarado el sacramento» (Ef 1:9; 3:2-3). Y a los Colosenses: «el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de este sacramento», etc. (Col 1:26-27). Asimismo, a Timoteo: «grande es el sacramento de la piedad: Dios fue manifestado en carne» (1 Ti 3:16). No quiso traducir «arcano» o «secreto», para no parecer que decía algo menos elevado de lo que requería la grandeza de las cosas de que trataba. Así, puso «sacramento» por «arcano» o «secreto», pero de una cosa sagrada. Con este significado se halla muchas veces esta palabra en los doctores de la Iglesia. Y es bien sabido que lo que los griegos llaman misterios, los latinos lo llaman sacramentos; esta sinonimia zanja todo debate. Y de aquí vino que se aplicara a las señales que representaban de manera notable cosas elevadas y espirituales. Lo cual nota también san Agustín en cierto lugar: «Sería largo —dice— discutir sobre la diversidad de las señales, que, cuando se refieren a cosas divinas, se llaman sacramentos» (Cartas, 5, a Marcelino).
Por la definición que hemos dado entendemos que nunca hay sacramento sin que le preceda una promesa, sino que se le añade como un apéndice con el fin de confirmar y sellar la promesa, y hacérnosla más firme y, en cierto modo, válida, según Dios ve que es necesario, primero por nuestra ignorancia y torpeza, y después por nuestra debilidad. Sin embargo, hablando con propiedad, no lo hace tanto para confirmar su sacrosanta palabra como para confirmarnos a nosotros en la fe en ella. Porque la verdad de Dios es por sí misma bastante sólida, firme y cierta, y no puede recibir de ninguna parte mayor confirmación que de sí misma. Pero, como nuestra fe es pequeña y débil, si no se la apuntala por todas partes y se la sostiene por todos los medios, enseguida duda, titubea, vacila y desfallece. Y el Señor misericordioso se acomoda de tal manera a nuestra capacidad, conforme a su inmensa indulgencia, que, siendo nosotros criaturas que siempre andamos arrastrándonos por el suelo y pegados a la carne, que no pensamos nada espiritual ni aun podemos concebirlo, no desdeña atraernos a sí con estos elementos terrenos y ponernos delante, en la carne misma, un espejo de los bienes espirituales. Porque, si fuéramos incorpóreos, como dice san Crisóstomo, nos presentaría estas cosas desnudas e incorpóreas (Homilía 60, al pueblo). Pero, como tenemos el alma encerrada en el cuerpo, nos da ahora las cosas espirituales bajo cosas visibles. No porque tal sea la naturaleza de las cosas que se nos dan en los sacramentos, sino porque Dios las ha designado para que signifiquen esto.
Y esto es lo que comúnmente se dice: que el sacramento consiste en la palabra y en la señal externa. Porque por «palabra» no debemos entender una palabra que, murmurada sin sentido ni fe, tenga por su solo sonido, como un conjuro mágico, el poder de consagrar el elemento, sino una palabra que, predicada, nos haga entender lo que significa la señal visible. Así pues, lo que comúnmente se ha hecho bajo la tiranía del papado no está libre de una gran profanación de los misterios. Porque pensaron que bastaba que el sacerdote murmurara o dijera entre dientes una fórmula de consagración, mientras el pueblo miraba atónito sin entender lo que se hacía. Más aún, procuraron a propósito que el pueblo no sacara de ello ninguna enseñanza, pues lo pronunciaban todo en latín ante gente ignorante que no lo entendía. Después, con el tiempo, la superstición llegó a tal punto que creyeron que la consagración no se podía hacer debidamente si no se decía en voz baja y entre dientes, de modo que pocos la oyeran. Pero de muy distinta manera habla san Agustín de la palabra sacramental: «Júntese —dice— la palabra al elemento, y se hará sacramento. Porque ¿de dónde le viene al agua tanto poder que toque el cuerpo y lave el alma, sino por obra de la palabra? No porque se dice, sino porque se cree. Porque en la palabra misma una cosa es el sonido, que pasa, y otra la virtud, que permanece. “Esta es la palabra de fe que predicamos”, dice el apóstol (Ro 10:8). Por eso se dice en los Hechos de los Apóstoles: “purificando por la fe sus corazones” (Hch 15:9). Y el apóstol san Pedro dice así: “El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia)” (1 P 3:21). Esta es la palabra de fe que predicamos, por la cual sin duda alguna el bautismo es consagrado para que pueda limpiar» (Homilías sobre Juan, 13). ¿No veis cómo requiere la predicación, de la que nace la fe? Y no hace falta que gastemos mucho tiempo en probarlo, pues está bien claro lo que hizo Cristo, lo que nos mandó hacer, lo que siguieron los apóstoles y lo que guardó la Iglesia primitiva. Y es aún más notorio que, desde el principio del mundo, siempre que Dios dio alguna señal a los santos patriarcas, la unió inseparablemente a la doctrina, sin la cual nuestros sentidos quedarían atónitos ante la sola apariencia. Así pues, cuando oímos mencionar la palabra sacramental, entendamos la promesa que, predicada en voz alta por el ministro, lleve de la mano al pueblo adonde apunta la señal y nos encamina.
Y no hay que escuchar a ciertos hombres que procuran oponerse a esto con un dilema más agudo que sólido. «O sabemos —dicen— que la palabra de Dios que precede al sacramento es la verdadera voluntad de Dios, o no. Si lo sabemos, no aprendemos nada nuevo del sacramento que viene después. Si no lo sabemos, tampoco nos lo enseñará el sacramento, cuya fuerza consiste toda en la palabra». A estos respondo brevemente que los sellos que se cuelgan de los documentos y de las escrituras públicas no valen nada por sí solos, pues se pondrían en vano si en el pergamino no hubiera nada escrito; y sin embargo no dejan por eso de confirmar y sellar lo que está escrito cuando se ponen en los documentos. Y no pueden jactarse de que hayamos inventado ahora esta comparación, pues la usa san Pablo al llamar a la circuncisión sfragís, palabra griega que significa «sello», en el pasaje donde se propone probar expresamente que la circuncisión no le fue dada a Abraham para justicia, sino como sello del pacto de la fe por la cual ya había sido justificado (Ro 4:11). ¿Y por qué ha de ofenderse alguien si enseñamos que la promesa es sellada con los sacramentos, cuando por las mismas promesas es evidente que una se confirma con otra? Porque cuanto más clara es la promesa, tanto más apta es para confirmar la fe. Y los sacramentos traen promesas clarísimas, y tienen de particular, frente a la palabra, que nos representan las promesas al vivo, como pintadas en un cuadro. Ni debe inquietarnos lo que se suele objetar sobre la diferencia entre los sacramentos y los sellos de las cartas oficiales: que, como unos y otros consisten en elementos carnales de este mundo, los sacramentos no pueden ser suficientes ni adecuados para confirmar las promesas divinas, que son espirituales y eternas, como lo son aquellos otros sellos que se ponen para sellar los edictos de los príncipes, que tratan de cosas transitorias y caducas. Porque el hombre piadoso y fiel, cuando ve delante de sus ojos los sacramentos, no se detiene en lo que ve con los ojos de la carne, sino que con una consideración piadosa se eleva a contemplar los sublimes misterios que están encerrados en los sacramentos, según la correspondencia de la figura carnal con la realidad espiritual.
Y ya que el Señor llama a sus promesas pactos o alianzas, y a los sacramentos señales y testimonios de los pactos (Gn 6:18; 9:9; 17:2), se puede tomar muy bien la comparación de los mismos pactos y alianzas que hacen los hombres. Los antiguos acostumbraban matar una cerda para confirmar sus pactos. ¿De qué serviría la cerda muerta si no hubiera palabras de por medio, o mejor dicho, si no precedieran palabras que establecieran el pacto? Porque muchas veces se matan cerdas sin ningún misterio. ¿De qué serviría darse la mano, si muchas veces los hombres se dan la mano como enemigos para hacer daño? Pero cuando preceden las palabras, con tales señales se ratifican las condiciones de los pactos, aunque hayan sido establecidas, ordenadas y decretadas antes con palabras. Los sacramentos son, pues, unos ejercicios que nos hacen mucho más cierta la fe en la palabra de Dios. Y como nosotros somos carnales, se nos dan en cosas carnales, para enseñarnos así conforme a nuestra torpe capacidad y llevarnos de la mano como a niños. Por eso san Agustín llama al sacramento palabra visible, porque representa las promesas de Dios como pintadas en un cuadro y nos las pone delante de los ojos de manera admirable y viva (Homilías sobre Juan, 89; Contra Fausto, libro 19). Se pueden traer otras comparaciones con las que se expliquen los sacramentos más claramente, como si los llamáramos columnas de nuestra fe. Porque así como un edificio se sostiene y descansa sobre su fundamento, pero estará mucho más seguro si se le ponen columnas debajo, así también la fe descansa sobre la palabra de Dios como sobre su fundamento; pero cuando se le añaden los sacramentos, se apoya en ellos aún más firmemente, como sobre unas columnas. O si los llamamos espejos en que podemos contemplar las riquezas de la gracia de Dios que su majestad nos reparte. Porque en ellos, como ya hemos dicho, se nos manifiesta, en la medida en que nuestra torpeza lo puede conocer, y nos testifica mucho más claramente que en la palabra, su buena voluntad y el amor que nos tiene.
Y no argumentan bien cuando pretenden probar que los sacramentos no son testimonios de la gracia de Dios porque también se dan a los impíos, que sin embargo no sienten por ello a Dios más propicio, sino que más bien se buscan, al recibirlos, una condenación mucho mayor. Porque, por la misma razón, tampoco el evangelio sería testimonio de la gracia de Dios, ya que muchos lo oyen y lo desprecian; ni aun el mismo Cristo, a quien muchísimos vieron y conocieron, y de ellos muy pocos lo recibieron. Lo mismo se puede ver en las cartas oficiales: aunque la mayor parte de la gente común entiende que aquel sello auténtico lo ha puesto el príncipe para sellar su voluntad, sin embargo, unos se burlan de él y no hacen caso; otros lo desprecian como cosa que no les concierne; otros lo detestan. De manera que, vista la condición tan igual y semejante de ambas cosas, me debe agradar mucho la comparación que ya he propuesto. Así pues, tenemos por certísimo que el Señor nos ofrece su misericordia y la prenda de su gracia tanto en su sagrada palabra como en sus sacramentos. Pero solo la reciben quienes reciben con fe cierta la palabra y los sacramentos, del mismo modo que Cristo es ofrecido por el Padre y propuesto a todos para salvación, y sin embargo no todos lo conocen ni lo reciben. Queriendo dar a entender esto, dijo san Agustín que la eficacia de la palabra se muestra en el sacramento, no porque se dice, sino porque se cree. Por eso san Pablo, hablando a los fieles, trata de los sacramentos de tal manera que incluye en ellos la comunión con Cristo, como cuando dice: «todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos» (Gá 3:27); y también: todos los que hemos sido bautizados en Cristo somos un cuerpo y un espíritu (1 Co 12:12-13). Pero cuando habla del abuso de los sacramentos, no les atribuye más que el valor de unas figuras vanas y frías. Con esto da a entender que, por más que los impíos y los hipócritas ahoguen, oscurezcan o impidan con su perversidad el efecto de la gracia divina en los sacramentos, eso no impedirá que ellos, siempre que a Dios le plazca, den verdadero testimonio de la comunión con Cristo, y que el mismo Espíritu de Dios dé y presente lo mismo que prometen. Concluimos, pues, que los sacramentos se llaman con verdad testimonios de la gracia de Dios, y que son como sellos de la buena voluntad que Dios nos tiene, los cuales, al sellarla en nosotros, sostienen, alimentan, confirman y aumentan nuestra fe. Las razones que algunos suelen objetar contra esto son muy frívolas y sin fuerza alguna. Dicen que nuestra fe, si es buena, no puede hacerse mejor, porque solo es fe la que descansa firmemente, sin temor ni duda alguna, en la misericordia de Dios. A estos les sería mucho mejor pedir con los apóstoles que el Señor les aumente la fe (Lc 17:5), que jactarse de una perfección de fe que ningún hijo de hombre ha alcanzado ni alcanzará mientras viva en esta vida. Que me respondan cómo piensan que era la fe de aquel que decía: «Creo; ayuda mi incredulidad» (Mr 9:24). Porque aquella fe incipiente, tal como era, era buena, y, quitada la incredulidad, podía hacerse mejor. Pero no hay argumento con que se les pueda convencer mejor que con su propia conciencia. Porque si confiesan que son pecadores (lo cual, quieran o no, no pueden negar), es necesario que lo atribuyan a la imperfección de su fe.
«Pero Felipe —dicen— respondió al eunuco que podía ser bautizado si creía de todo corazón (Hch 8:37). ¿Qué lugar tiene aquí la confirmación del bautismo, cuando la fe llena todo el corazón?». Yo les pregunto, además, si no sienten que la mayor parte de su corazón está vacía de fe, y si no reconocen que cada día reciben nuevos aumentos de fe. Se jactaba aquel otro de que envejecía aprendiendo. Bien miserables cristianos seríamos, pues, si envejeciéramos sin progresar en nada, siendo así que nuestra fe debe crecer en todas las etapas de la vida hasta llegar a la estatura de un varón perfecto (Ef 4:13). Así, en este pasaje, creer de todo corazón no es creer perfectamente en Cristo, sino solo abrazarlo con el alma y el entendimiento; no es estar saciado de él, sino tener de él hambre y sed con ardiente afecto y suspirar por él. Es costumbre de la Escritura decir que se hace de todo corazón lo que se hace sinceramente y de corazón. Por ejemplo: «Con todo mi corazón te he buscado»; «Te alabaré con todo mi corazón», y otros pasajes semejantes (Sal 119:10; 111:1; 138:1). Como, por el contrario, cuando reprende a los astutos y engañadores, suele echarles en cara que hablan «con doblez de corazón» (Sal 12:2). Insisten todavía diciendo que, si la fe se aumenta por los sacramentos, en vano se ha dado el Espíritu Santo, cuya virtud y obra es comenzar, sostener y perfeccionar la fe. A estos les concedo que la fe es obra propia y exclusiva del Espíritu Santo, por cuya iluminación conocemos a Dios y los tesoros de su generosidad, y sin cuya luz nuestro entendimiento sería tan ciego que no podría ver nada, y tan torpe que no podría entender nada espiritual. Pero donde ellos exaltan un solo beneficio, nosotros consideramos tres. Porque, en primer lugar, el Señor nos enseña e instruye con su palabra; en segundo lugar, nos confirma con los sacramentos; y por último, ilumina nuestro entendimiento con la luz de su Santo Espíritu y abre a la palabra y a los sacramentos la puerta para que entren en nuestro corazón; de lo contrario, solo tocarían los oídos y se presentarían ante nuestros ojos, pero no moverían el corazón.
Por tanto, quisiera advertir al lector de que, si atribuyo a los sacramentos la función de confirmar y aumentar la fe, no es porque piense que tienen perpetuamente unida a ellos no sé qué virtud oculta con la que puedan por sí mismos promover y confirmar la fe, sino porque Dios los ordenó con este fin: que sirvan para confirmar y aumentar la fe. Por lo demás, cumplirán bien su función cuando se añada aquel maestro interior, el Espíritu, por cuyo solo poder son penetrados nuestros corazones y movidos nuestros afectos, y se abre a los sacramentos la puerta para que entren en nuestras almas. Si él falta, los sacramentos no pueden hacer en nuestras almas más de lo que hace la claridad del sol en los ojos de un ciego, o la voz que suena en los oídos de un sordo. Así, la distinción que hago entre el Espíritu y los sacramentos es esta: el poder de obrar está y reside en el Espíritu, y los sacramentos solo sirven de instrumentos que, si el Espíritu no los mueve, son vanos e inútiles, pero, si el Espíritu obra interiormente y muestra su fuerza y poder, son eficacísimos. Ahora está claro de qué manera, según esta doctrina, el alma piadosa es confirmada en la fe por los sacramentos: del mismo modo que los ojos ven con la claridad del sol y los oídos oyen con el sonido de la voz; pues ni los ojos podrían ver nada, por mucha luz que tuvieran delante, si no tuvieran una capacidad de ver que por sí misma se iluminara, y en vano se darían voces a los oídos, por fuertes que fueran, si por sí mismos no fueran aptos y no tuvieran la capacidad de oír. Y si es verdad, como debemos tenerlo por muy comprobado, que lo que hace la facultad de la vista en nuestros ojos para que vean la luz y lo que hace la facultad del oído en nuestros oídos para que oigan, eso mismo es en nuestros corazones la obra del Espíritu Santo para concebir, sostener, mantener y alimentar la fe, se siguen igualmente dos cosas: que los sacramentos no sirven de nada sin el poder del Espíritu Santo, y que nada impide que confirmen y aumenten la fe en los corazones que aquel maestro ya ha enseñado. La única diferencia es que la facultad de oír y de ver es natural a los oídos y a los ojos, mientras que Cristo produce este efecto en nuestros corazones por una gracia especial, fuera de todo orden natural.
Con esto se resuelven las objeciones que atormentan a algunos: que si atribuimos a las criaturas el aumento o la confirmación de la fe, se hace gran injuria al Espíritu de Dios, a quien solo deberíamos reconocer como su autor. Porque, al decir lo que decimos, no le quitamos la alabanza que se le debe por confirmar y aumentar la fe; antes bien, decimos que eso mismo, aumentar y confirmar la fe, no es otra cosa que preparar con su luz interior nuestro entendimiento para que reciba la confirmación que se le propone en los sacramentos. Y si todavía no me he explicado bien, se verá claramente con esta comparación. Si alguien pretende persuadir a otro con palabras para que haga tal o cual cosa, pensará por todos los medios posibles todas las razones con que pueda ganarlo y casi obligarlo a seguir su consejo. Pero todo su trabajo es nulo y vano si el aconsejado, por su parte, no tiene un ingenio agudo y penetrante con el que pueda juzgar cuánto valen las razones; si no es, además, de natural dócil e inclinado a escuchar lo que se le dice; y, en fin, si no se ha formado tal opinión y confianza en la prudencia y lealtad de quien lo aconseja que esto le sirva de preparación para hacer lo que se le aconseja. Porque hay muchas cabezas endurecidas y obstinadas a las que no podréis doblegar ni torcer con ninguna razón; y cuando la confianza es escasa y la autoridad poca, poco se gana aun con los dóciles. Por el contrario, si se dan las cosas que he dicho, ellas harán ciertamente que aquel a quien aconsejáis siga vuestro consejo, del que de otro modo se habría burlado. Esta misma obra hace en nosotros el Espíritu. Porque, para que la palabra no hiera en vano los oídos y los sacramentos no se presenten en vano a los ojos, muestra que es Dios quien habla en ellos, ablanda la dureza de nuestro corazón y lo prepara para que preste a la palabra del Señor la obediencia que se le debe. En fin, traslada aquellas palabras y sacramentos externos de los oídos al alma. Así pues, tanto la palabra como los sacramentos confirman nuestra fe cuando nos ponen delante de los ojos la buena voluntad que nos tiene el Padre celestial, en cuyo conocimiento consiste toda la firmeza de nuestra fe y con el que aumenta su fuerza; y el Espíritu la confirma cuando, grabando esta confirmación en nuestras almas, la hace eficaz. Y mientras tanto nada impide al Padre de las luces iluminar los ojos corporales con los rayos del sol, ni, por la misma razón, iluminar nuestro entendimiento con los sacramentos, como con un resplandor intermedio.
El Señor enseñó que la palabra externa tiene esta propiedad cuando en la parábola la llamó semilla (Mt 13:4; Lc 8:15). Porque, así como la semilla, si cae en tierra sin cultivar ni labrar, no hará otra cosa que perderse, pero si cae en tierra bien cultivada y labrada dará su fruto con gran abundancia, así también la palabra de Dios, si cae en una cerviz dura, será estéril, como si hubiera caído en la arena; pero si cae en un alma cultivada por la mano del Espíritu celestial, será muy fructífera. Y si la semilla y la palabra funcionan del mismo modo, como decimos, y el trigo nace de la semilla, crece y llega a madurar, ¿por qué no diremos también que la fe tiene su principio, su aumento y su perfección por la palabra? San Pablo explica muy bien una y otra cosa en muchos lugares. Porque, cuando quiere recordar a los corintios con cuánta eficacia se sirvió Dios de su trabajo, se gloría de tener el ministerio del Espíritu, como si el poder del Espíritu Santo estuviera unido con un nudo indisoluble a la predicación del apóstol para iluminar y mover por dentro los corazones y los entendimientos (1 Co 2:4). Pero cuando quiere advertir cuánto vale por sí la palabra de Dios predicada por un hombre, compara a los ministros con los labradores, que, después de haber puesto su trabajo y esfuerzo en cultivar la tierra, no tienen más que hacer. ¿Y de qué serviría cultivar, sembrar y regar si Dios no diera desde el cielo su poder? Concluye, pues, que «ni el que planta es algo, ni el que riega», sino que todo se debe atribuir a Dios, que es el único que da el crecimiento (1 Co 3:6-7). Así, los apóstoles muestran en su predicación el poder del Espíritu en cuanto Dios usa los medios que él ha ordenado para manifestar su gracia espiritual. Pero, con todo, debemos distinguir y entender qué vale el hombre por sí mismo y qué es propio de Dios.
Los sacramentos confirman de tal manera la fe que, a veces, cuando el Señor quiere quitar la confianza en lo que había prometido en los sacramentos, quita los sacramentos mismos. Cuando despoja y priva a Adán del don de la inmortalidad, dice: «que no tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre» (Gn 3:22). ¿Qué significa esto? ¿Podía aquel fruto devolver a Adán la incorrupción de la que ya había caído? Ciertamente no. Pero es como si dijera: «Para que no tenga una vana confianza si se le deja la señal de mi promesa, quítesele aquello que puede darle alguna esperanza de inmortalidad». Por esta razón, cuando el apóstol exhorta a los efesios a recordar que habían sido ajenos a los pactos, alejados de la ciudadanía de Israel, sin Dios y sin Cristo, dice que no habían participado de la circuncisión (Ef 2:11-12). Con lo cual da a entender que quedaban excluidos de la promesa misma los que no habían recibido la señal de la promesa. A la otra objeción, que se da a las criaturas la gloria de Dios y que cuanto poder se les atribuye a ellas tanto se le quita a Dios, se puede responder fácilmente que no ponemos ningún poder en las criaturas. Solo decimos que Dios usa los medios e instrumentos que sabe necesarios, para que todas las cosas sirvan a su gloria, pues él es el Señor y Juez de todas las criaturas. Por tanto, así como por medio del pan y de los demás alimentos sustenta nuestros cuerpos, como por medio del sol ilumina el mundo, como por medio del fuego calienta —y sin embargo ni el pan, ni el sol, ni el fuego son nada sino en cuanto él nos dispensa sus bendiciones por medio de estos instrumentos—, de la misma manera sustenta espiritualmente nuestra fe por medio de los sacramentos, cuya única función es ponernos delante de los ojos sus promesas, y aun ser para nosotros prendas de ellas. Y así como es nuestro deber no poner ninguna confianza en las demás criaturas que Dios, por su generosidad y bondad, quiso que usáramos y por cuyo medio y servicio nos da lo que necesitamos, ni estimarlas ni alabarlas como si fueran la causa de nuestro bien, así tampoco debemos poner nuestra confianza en los sacramentos ni quitarle la gloria a Dios para dársela a ellos, sino que, dejando todas las cosas a un lado, nuestra fe y nuestra confesión deben elevarse y dirigirse a aquel que es el autor de los sacramentos y de todos los demás bienes.
El argumento que algunos sacan del nombre «sacramento» no es sólido. «Esta palabra, sacramento —dicen—, aunque en los autores clásicos tiene muchos significados, solo tiene uno que convenga a las señales: aquel con que designa el juramento solemne que hace el soldado a su capitán cuando se alista bajo su bandera. Porque, así como los reclutas, con aquel juramento militar, prometen obedecer al capitán y declaran que son soldados, así con nuestras señales profesamos a Cristo como nuestro capitán y testificamos que peleamos bajo su bandera». Añaden también comparaciones para explicarse mejor: así como la toga distinguía a los romanos de los griegos, que usaban capa; y así como en Roma los órdenes se distinguían por ciertas insignias —los senadores se distinguían de los caballeros por vestir de púrpura y llevar calzado con una media luna, y los caballeros de la plebe por llevar anillo—, así nosotros llevamos nuestras insignias, que nos distinguen de los profanos. Pero por lo que hemos dicho está claro que los antiguos que dieron el nombre de sacramentos a las señales no tuvieron en cuenta en absoluto el sentido en que los latinos tomaban esta palabra, sino que inventaron este nuevo significado para su uso, con el fin de designar sencillamente las señales sagradas. Y si queremos afinar más, parece que aplicaron esta palabra a ese sentido por la misma razón y semejanza por la que hicieron que la palabra «fe» se tomara en el sentido en que ahora se toma. Porque, aunque la fe sea la veracidad con que se debe cumplir lo que se promete, dijeron sin embargo que fe es la certeza o firme persuasión que se tiene de esa misma verdad. Del mismo modo, aunque sacramento sea el juramento por el que el soldado se compromete y obliga con su capitán, ellos lo tomaron para significar la señal que usa el capitán cuando recibe a los soldados bajo su bandera y a su sueldo. Porque el Señor promete por sus sacramentos que será nuestro Dios y que nosotros seremos su pueblo. Pero dejemos a un lado tales sutilezas, pues me parece que he probado con razones bastante claras y evidentes que no pretendieron otra cosa que indicar que estas señales eran de cosas santas y espirituales. Admitimos las comparaciones que traen de las insignias externas y de los uniformes de la gente de guerra; pero no permitimos que lo que en los sacramentos es lo último lo conviertan en lo primero y lo único. Porque lo primero es que los sacramentos sirvan a nuestra fe, y lo último, que testifiquen ante los hombres nuestra profesión. Aquellas comparaciones suyas valen para esta segunda función. Quede, pues, en pie lo primero, porque de otro modo los sacramentos, como ya hemos visto, no valdrían nada si no sirvieran para ayudar a nuestra fe y no fueran apéndices o complementos de la doctrina, ordenados para este mismo uso y fin.
Advirtamos además que, así como estos debilitan la fuerza y la virtud de los sacramentos y suprimen del todo su uso, hay otros que, al contrario, ponen en los sacramentos no sé qué virtudes ocultas que en ningún lugar de la Escritura leemos que Dios les haya dado. Con este error se engaña peligrosamente a los sencillos e ignorantes, enseñándoles a buscar los dones de Dios donde jamás podrán hallarlos, y así poco a poco se apartan de Dios, de tal manera que, en lugar de abrazar la verdad, abrazan la pura vanidad y la mentira. Porque las escuelas de los sofistas enseñaron a una voz y de común acuerdo que los sacramentos de la nueva ley (que son los que hoy se usan en la Iglesia cristiana) justifican y confieren la gracia, con tal que no pongamos el obstáculo del pecado mortal. No se puede decir cuán dañina y pestilente es esta doctrina, y lo es tanto más cuanto más años y siglos ha sido aceptada en gran parte del mundo, con gran daño para la Iglesia. Ciertamente es del todo diabólica, porque, al prometer justicia fuera de la fe, precipita a las almas en la ruina total. Además, al hacer de los sacramentos la causa de la justicia, ata con esta superstición a la tierra las pobres almas de los hombres, que por sí mismas ya están bastante inclinadas a ello, para que descansen en el espectáculo de una cosa corporal más que en Dios mismo. ¡Ojalá no conociéramos estas dos cosas con tanta certeza! Tan lejos está de hacer falta probarlas con grandes argumentos. ¿Y qué es el sacramento tomado sin fe sino la ruina segurísima de la Iglesia? Porque, como no debemos esperar de él nada fuera de la promesa, y la promesa no amenaza menos con la ira a los incrédulos de lo que ofrece la gracia a los fieles, se engaña quien piensa que por los sacramentos se le da algo más que lo que, ofrecido en la palabra de Dios, se recibe con verdadera fe. De lo cual se concluye lo otro: que la confianza de la salvación no depende de recibir el sacramento, como si en ello consistiera nuestra justificación; la cual, consistiendo solo en Cristo, sabemos que se nos comunica tanto por la predicación del evangelio como por el sello de los sacramentos, y que puede darse sin esto último. Porque es muy cierto lo que escribe san Agustín: que la santificación invisible puede darse sin la señal visible y, por el contrario, la señal visible sin la verdadera santificación (Cuestiones sobre el Antiguo Testamento, libro 3). Porque los hombres, como él mismo dice en otro lugar, se revisten de Cristo unas veces hasta participar del sacramento, y otras hasta la santificación de la vida (Sobre el bautismo, contra los donatistas, libro 5, cap. 24). Lo primero puede ser común a buenos y malos; lo segundo es propio de los buenos y piadosos.
De aquí procede aquella distinción, bien entendida, que el mismo san Agustín repite tantas veces, entre el sacramento y la realidad del sacramento. Porque no quiere decir solo que la figura y la verdad están contenidas allí, sino que no están unidas de tal manera que no se puedan separar, y que, aun en la unión misma, conviene distinguir siempre la realidad significada de la señal, para no atribuir a la una lo que es de la otra. Habla de la separación cuando dice que los sacramentos solo en los elegidos producen lo que representan (Sobre el bautismo de los párvulos). Asimismo, cuando escribe así de los judíos: «Siendo los sacramentos comunes a todos, la gracia, que es la virtud de los sacramentos, no era común. Así también ahora el lavamiento de la regeneración es común a todos, pero la gracia misma por la que los miembros de Cristo son regenerados con su Cabeza no es común a todos» (Sobre el Salmo 78). Y en otro lugar, hablando de la Cena del Señor: «También nosotros recibimos hoy un alimento visible; pero una cosa es el sacramento y otra la virtud del sacramento. ¿Por qué muchos reciben del altar y mueren, y mueren al recibir? Porque aun el bocado del Señor fue veneno para Judas; no porque recibiera algo malo, sino porque, siendo malo, recibió mal lo que era bueno». Y un poco después: «El sacramento de esta realidad, es decir, de la unión del cuerpo y la sangre de Cristo, se prepara en la mesa del Señor en algunos lugares cada día y en otros con algunos días de intervalo, y se toma de ella lo que para unos es vida y para otros muerte. Pero la realidad misma de la que es sacramento es para todos vida y para ninguno muerte, quienquiera que la reciba». Y un poco antes había dicho: «No morirá el que haya comido; pero es el que pertenece a la virtud del sacramento y no al sacramento visible; el que come por dentro y no por fuera; el que come con el corazón, no el que mastica con los dientes» (Homilías sobre Juan, 26). Veis aquí que en todos estos pasajes el sacramento queda separado de su verdad por la indignidad de quien lo toma, de tal modo que no queda más que una figura vana e inútil. Y para que no toméis la señal sola, sin su verdad, sino la realidad significada junto con la señal que la significa, es necesario que recibáis con fe la palabra que allí está incluida. Así, cuanto más aprovechéis en la comunión con Cristo por medio del sacramento, tanto más provecho recibiréis de ellos.
Si esto, por haberse dicho brevemente, resulta algo oscuro, lo explicaré con más extensión. Digo que Cristo es la materia de todos los sacramentos o, si preferís, su sustancia, pues en él tienen toda su firmeza y fuera de él no prometen nada. Por eso es tanto menos tolerable el error de Pedro Lombardo, que expresamente los hace causas de la justicia y de la salvación, de las que son partes (Sentencias, libro 4, dist. 1). Por tanto, dejando a un lado todas las causas que inventa el ingenio humano, conviene que nos detengamos en esta sola. Así pues, en la medida en que nos ayudan a alimentar, confirmar y aumentar en nosotros el verdadero conocimiento de Cristo y a poseerlo más plenamente, en esa medida tienen eficacia en nosotros. Y esto sucede cuando recibimos con verdadera fe lo que allí se nos ofrece. «Entonces —me diréis—, ¿los impíos hacen con su ingratitud que la ordenanza divina sea vana e inútil?». Respondo que lo que he dicho no se debe entender como si la virtud y la verdad del sacramento dependieran de la condición o del arbitrio de quien lo recibe. Porque lo que Dios instituyó permanece firme y conserva su naturaleza y propiedad por mucho que los hombres cambien. Pero, como una cosa es ofrecer y otra recibir, nada impide que la señal consagrada por la palabra del Señor sea realmente lo que se dice que es y conserve su virtud, y que, sin embargo, el hombre impío y malo no reciba de ella ningún provecho. San Agustín trata muy bien este asunto en pocas palabras: «Si lo recibes carnalmente —dice—, no deja por eso de ser espiritual; pero para ti no lo es» (Homilías sobre Juan, 26). Y así como san Agustín mostró en los pasajes ya citados que el sacramento no tiene importancia si no está unido a su verdad, así también advierte en otro lugar que, aun en la unión misma, es necesario distinguir, para que no nos detengamos demasiado en la señal externa. «Así como seguir la letra y tomar las señales por las cosas —dice— es propio de una bajeza servil, así también es propio de un error inconstante interpretar las señales de manera inútil» (Sobre la doctrina cristiana, libro 3, cap. 9). Señala dos vicios de los que debemos guardarnos. El primero es recibir las señales como si se nos hubieran dado en vano y, rebajando con nuestra falsa interpretación sus significados ocultos, hacer que no nos aprovechen nada. El otro vicio es, no elevando nuestro entendimiento más allá de la señal visible, atribuir a la señal la alabanza de los favores que solo Cristo nos hace; y él lo hace por el Espíritu Santo, que nos hace partícipes de Cristo mismo, y esto por medio de las señales externas, las cuales, si nos invitan a Cristo, cuando se tuercen hacia otra cosa pierden indignamente todo su provecho.
Téngase, pues, por certísimo que la función de los sacramentos no es otra que la de la palabra de Dios: presentarnos y ponernos delante de los ojos a Cristo, y en él los tesoros de la gracia celestial, que de nada nos sirven ni aprovechan si no los recibimos con fe. Es como si echarais vino, aceite u otro líquido cualquiera: aunque lo echarais en abundancia, se derramaría y perdería si el vaso no tuviera la boca abierta; y si el vaso estuviera agujereado, nunca se llenaría, sino que siempre quedaría vacío. También debemos guardarnos de que lo que los antiguos dijeron, con algo más de grandilocuencia de la debida, para ensalzar la dignidad de los sacramentos, nos lleve a otro error como el que tratamos: pensar que hay cierta virtud oculta anexa y unida a los sacramentos, de modo que ellos por sí mismos nos den las gracias del Espíritu Santo, como se bebe el vino que está en la copa; siendo así que Dios solo les ha dado esta virtud y los ha instituido para esto: para testificar y confirmar en nosotros la buena voluntad que nos tiene. Y no van más allá, a menos que se añada el Espíritu Santo, que abra nuestro entendimiento y nuestro corazón y nos haga capaces de este testimonio; en lo cual se muestran también con toda claridad diversas y distintas gracias de Dios. Porque los sacramentos, como ya hemos notado, nos sirven de parte de Dios de lo mismo que, de parte de los hombres, los mensajeros que nos traen buenas y alegres noticias, o como las arras en los contratos que hacemos: no dan la gracia por sí mismos, sino que la anuncian y la muestran y, como arras y señales que son, confirman lo que el Señor nos ha dado por su divina generosidad. El Espíritu Santo (a quien los sacramentos no dan a todos indistintamente, sino que el Señor da particularmente a los suyos) es quien trae consigo las gracias de Dios; él es quien da lugar en nosotros a los sacramentos y quien hace que den fruto. Y aunque no negamos que Dios mismo asiste a su institución con la virtud presente de su Santo Espíritu, afirmamos sin embargo que, para que la administración de los sacramentos que él ordenó no sea infructuosa y vana, es necesario concebir y considerar aparte la gracia interior del Espíritu, como cosa distinta del ministerio externo. Así, Dios cumple verdaderamente todo lo que promete y representa en sus señales, y las señales no carecen de su efecto, para que se confirme que su autor es veraz y fiel. Lo único que se pregunta aquí es si Dios obra con su propia virtud intrínseca, como dicen, o si cede su lugar a los símbolos o señales exteriores. Lo que decimos es que Dios usa los instrumentos y medios que quiere, pero que con ello su obra principal no pierde nada. Cuando decimos esto de los sacramentos, se ensalza muy bien su dignidad, se muestra claramente su uso, se proclama suficientemente su utilidad y se guarda en todo una justa medida, de manera que ni se les atribuye lo que no les corresponde ni, por el contrario, se les quita lo que les corresponde. Al mismo tiempo se deshace aquella ficción de que la causa de nuestra justificación y la virtud del Espíritu Santo están encerradas en los elementos o sacramentos como en unos vasos, y se declara con toda claridad aquella virtud principal que otros han pasado por alto sin mencionarla. Hay que notar aquí también que lo que el ministro representa y significa con la acción externa, Dios lo cumple interiormente, para que no se atribuya al hombre mortal lo que Dios reserva solo para sí. Esto también lo advierte prudentemente san Agustín cuando dice: «¿Cómo santifica Moisés y cómo Dios? Moisés no santifica en lugar de Dios, sino solo con señales visibles, conforme a su ministerio; Dios, en cambio, con su gracia invisible por el Espíritu Santo, en lo cual está todo el fruto de los sacramentos visibles. Porque sin esta santificación de la gracia invisible, ¿de qué sirven estos sacramentos visibles?» (Cuestiones sobre el Antiguo Testamento, libro 3, cap. 84).
El nombre de sacramento, tal como lo hemos tratado hasta ahora conforme a su definición, significa y abarca en general todas las señales que Dios ha dado jamás a los hombres para asegurarlos y certificarlos de la verdad de sus promesas. Y quiso que estas señales se mostraran unas veces en cosas naturales y otras veces las mostró en milagros. Ejemplos de lo primero: cuando dio a Adán y a Eva el árbol de la vida como arras y señal de la inmortalidad, para que estuvieran seguros de ella mientras comieran de su fruto (Gn 2:17; 3:3); y cuando estableció el arco iris para Noé y sus descendientes como señal y recuerdo de que en adelante no destruiría la tierra con un diluvio (Gn 9:13). Adán y Noé tuvieron estas cosas por sacramentos. No porque el árbol les diera la inmortalidad, que no podía darse a sí mismo, ni porque el arco pudiera retener las aguas (pues no es otra cosa que un reflejo de los rayos del sol en las nubes de enfrente), sino porque tenían una marca que la palabra de Dios les había grabado para que fueran documentos y sellos de sus pactos. Y ciertamente antes el árbol era un árbol y el arco un arco; pero cuando la palabra de Dios los marcó, se les dio una forma nueva, para que empezaran a ser lo que antes no eran. Y para que nadie piense que esto se dice en vano, el mismo arco sigue siendo hoy para nosotros testimonio de aquel pacto que Dios hizo con Noé; siempre que lo miramos, leemos en él esta promesa de Dios: que la tierra jamás será destruida por un diluvio. Por tanto, si algún filosofastro, para burlarse de la sencillez de nuestra fe, porfía en que aquella diversidad de colores se produce naturalmente por el reflejo de los rayos en la nube de enfrente, concedámoslo, pero podemos burlarnos de su necedad, pues no reconoce a Dios como Señor y gobernador de la naturaleza, que usa a su voluntad todos los elementos para que sirvan a su gloria. Y si él hubiera impreso estas señales en el sol, las estrellas, la tierra y las piedras, todas estas cosas serían para nosotros sacramentos. Porque ¿por qué la plata en bruto y la acuñada no tienen el mismo precio y valor, siendo el mismo metal? Ciertamente porque la plata en bruto no tiene más que lo que tiene por naturaleza; pero, cuando se acuña con el sello público, es moneda y adquiere un valor nuevo. ¿Y no podrá Dios sellar sus criaturas con su palabra, para que se conviertan en sacramentos cosas que antes no eran más que elementos? Ejemplos del segundo tipo fueron: cuando Dios mostró a Abraham la llama en el horno humeante (Gn 15:17); cuando hizo caer el rocío sobre el vellón quedando seca la tierra y, al contrario, el rocío sobre la tierra quedando seco el vellón, para prometer la victoria a Gedeón (Jue 6:37); cuando hizo retroceder diez grados la sombra del reloj para prometer la salud a Ezequías (2 R 20:9; Is 38:7). Cuando se hacían estas cosas para confirmar y fortalecer la debilidad de su fe, también eran para ellos sacramentos.
Pero lo que ahora interesa a nuestro propósito es tratar en particular de los sacramentos que Dios quiso que fueran ordinarios en su Iglesia, para mantener a sus siervos en una misma fe y en una misma confesión de fe. Porque, por usar las palabras de san Agustín, los hombres no pueden unirse en ningún nombre de religión, verdadera o falsa, si no se juntan mediante algunas señales o sacramentos visibles (Contra Fausto el maniqueo, libro 19, cap. 11). Así pues, viendo el buen Padre esta necesidad, ordenó desde el principio ciertos ejercicios de piedad para sus siervos, que Satanás, aplicándolos después a cultos impíos y supersticiosos, ha depravado y corrompido de muchas maneras. De aquí vinieron todas las formas de culto que usaron los paganos en su idolatría; las cuales, aunque estaban llenas de error y superstición, eran también muestra y testimonio de que los hombres no podían en modo alguno prescindir de semejantes señales externas en la profesión de la religión. Pero como no estaban fundadas en la palabra de Dios ni se referían a aquella verdad que debe presidir todas las señales, no merecen contarse cuando se mencionan los sagrados símbolos y señales que Dios ha ordenado y que no se han apartado de su fundamento, para que sean ayudas de la verdadera piedad. Y no consisten en simples señales, como eran el arco y el árbol, sino en ceremonias; o, si os parece mejor, las señales que aquí se dan son ceremonias. Y, como ya hemos dicho, así como estos sagrados símbolos han sido ordenados por el Señor para ser testimonios de su gracia y salvación, así también son, por nuestra parte, señales de profesión con las que nos sometemos públicamente al Señor, empeñándole nuestra fe. Por eso san Crisóstomo los llama muy bien pactos con los que Dios se alía con nosotros y nosotros nos obligamos a servirle con pureza y santidad; porque aquí se hace una estipulación y promesa mutua de una parte a otra entre Dios y nosotros. Porque, así como el Señor promete aquí que borrará y deshará la culpa que hayamos cometido y la pena que por ella habíamos de sufrir, y nos reconcilia consigo en su Hijo unigénito, así también nosotros, por nuestra parte, nos obligamos con él por esta profesión a servirle con piedad e inocencia; de tal modo que podemos decir con razón que tales sacramentos son ceremonias con las que Dios quiere ejercitar a su pueblo, primero para alimentar, despertar y confirmar interiormente la fe, y en segundo lugar para profesar y testificar ante los hombres nuestra religión.
Estos sacramentos han sido diversos según la diversidad de los tiempos, conforme a la dispensación con que el Señor ha tenido a bien manifestarse a los hombres de una u otra manera. Porque ordenó la circuncisión a Abraham y a su descendencia (Gn 17:10), a la cual se añadieron las purificaciones, los sacrificios y otros ritos en la Ley dada a Moisés (en Levítico). Estos fueron los sacramentos de los judíos hasta la venida de Cristo; con esta venida, abrogados los sacramentos mosaicos, se instituyeron dos sacramentos, el bautismo y la santa Cena, que la Iglesia cristiana usa ahora (Mt 28:19; 26:26). Hablo de los sacramentos que fueron ordenados para uso de toda la Iglesia. Porque la imposición de manos con la que los ministros de la Iglesia son puestos en su oficio eclesiástico, aunque no me opongo a que se llame sacramento, tampoco la cuento entre los sacramentos ordinarios. De los demás que comúnmente se llaman sacramentos veremos luego si deben llamarse así o no. Por lo demás, también los sacramentos mosaicos apuntaban al mismo blanco al que apuntan ahora los nuestros: encaminaban a los hombres a Cristo y los llevaban como de la mano; o, mejor dicho, lo representaban como en imágenes y lo daban a conocer. Porque, como ya hemos mostrado, los sacramentos son sellos con los que se sellan las promesas de Dios, y es certísimo que ninguna promesa de Dios ha sido ofrecida a los hombres sino en Cristo (2 Co 1:20); por tanto, para que los sacramentos nos propongan alguna promesa de Dios, es necesario que nos muestren a Cristo. A esto se refiere aquel modelo celestial del tabernáculo y del culto legal que se le mostró a Moisés en el monte. Solo hay una diferencia: que los sacramentos mosaicos representaban a Cristo prometido, cuando aún se le esperaba, y los nuestros testifican que ya ha venido.
Estas cosas quedarán mucho más claras cuando se explique cada una en particular. La circuncisión fue para los judíos un símbolo que les advertía que todo lo que procede de la simiente del hombre, es decir, toda la naturaleza humana, está corrompido y necesita ser cortado. Además, fue una enseñanza y un recordatorio para confirmarlos en la promesa hecha a Abraham acerca de la simiente bendita en la que serían benditas todas las naciones de la tierra, y de la cual también ellos debían esperar su bendición (Gn 22:18). Y aquella simiente bendita, como nos enseña san Pablo, era Cristo, en quien solo confiaban recobrar todo lo que habían perdido en Adán (Gá 3:16). Por tanto, la circuncisión era para ellos lo mismo que, según san Pablo, fue para Abraham: sello de la justicia de la fe (Ro 4:11); un sello con el que se confirmaban con más firmeza en que su fe, con la que esperaban aquella simiente bendita, les era imputada por Dios como justicia. Pero en otro lugar, con mejor ocasión, trataremos más extensamente la comparación entre la circuncisión y el bautismo. Los lavamientos y purificaciones les ponían delante de los ojos su inmundicia, suciedad y contaminación, de las que estaban manchados por naturaleza; pero prometían otro lavamiento con el que se limpiarían y lavarían todas sus suciedades (He 9:1, 14). Este lavamiento era Cristo, con cuya sangre, limpios y lavados, presentamos ante la mirada divina su pureza, para que cubra todas nuestras suciedades (1 Jn 1:7; Ap 1:5). Los sacrificios los acusaban de su iniquidad y a la vez les enseñaban que era necesaria alguna satisfacción con la que satisfacer el juicio de Dios. Así pues, debía haber un sumo sacerdote, mediador entre Dios y los hombres, que satisficiera a Dios derramando sangre y ofreciendo un sacrificio que bastara para alcanzar el perdón de los pecados. Este sumo sacerdote fue Cristo: él derramó su propia sangre y se ofreció en sacrificio (He 4:14; 5:5; 9:11). Porque, obedeciendo al Padre, se ofreció a la muerte, y con esta obediencia deshizo la desobediencia del hombre, que había provocado la ira de Dios (Fil 2:8; Ro 5:19).
En cuanto a nuestros sacramentos, nos presentan a Cristo con tanta mayor claridad cuanto más de cerca se ha manifestado él a los hombres desde que el Padre nos lo dio tal como había sido prometido. Porque el bautismo nos testifica que somos limpiados y lavados, y la Cena, que somos redimidos. En el agua se significa el lavamiento; en la sangre, la satisfacción. Estas dos cosas se hallan en Cristo, que, como dice san Juan, «vino mediante agua y sangre», es decir, para limpiar y redimir (1 Jn 5:6). De lo cual también el Espíritu de Dios es testigo; más aún, «tres son los que dan testimonio»: el agua, la sangre y el Espíritu. En el agua y la sangre tenemos el testimonio de la purificación y de la redención, y el Espíritu, que es el testigo principal, nos da certeza de ello, sin que debamos dudar. Este sublime misterio se nos mostró de manera admirable en la cruz de Cristo, cuando salieron de su sacratísimo costado agua y sangre (Jn 19:34), a la que san Agustín, por esta razón, llamó con toda justicia fuente de nuestros sacramentos (Homilías sobre Juan, 120, y a menudo en otros lugares). De ellos, con todo, hemos de hablar un poco más extensamente. Y no hay duda de que, si comparamos un tiempo con otro, la gracia del Espíritu Santo se muestra mucho más plenamente en nuestros sacramentos. Porque esto conviene a la gloria del reino de Cristo, como lo deducimos de muchísimos pasajes de la Escritura, y principalmente del capítulo 7 de san Juan. En este sentido debemos entender lo que dice san Pablo: que bajo la Ley hubo sombras, pero el cuerpo es de Cristo (Col 2:17). Y no es la intención del apóstol vaciar de su efecto y virtud los testimonios de gracia con que Dios quiso mostrarse veraz a los patriarcas en tiempos pasados, no de otro modo que hoy se nos muestra en el bautismo y en la santa Cena; su intención fue engrandecer, por comparación, lo que se nos había dado a nosotros, para que nadie se extrañara de que las ceremonias hubieran sido abrogadas con la venida de Cristo.
Debe rechazarse del todo el dogma escolástico (para señalarlo de paso) que pone tanta diferencia entre los sacramentos de la ley antigua y los de la nueva, como si los de la antigua no sirvieran más que para representar y figurar la gracia de Dios, y los de la nueva la mostraran y la dieran presente. Porque san Pablo no habla con más grandeza de los unos que de los otros cuando enseña que los padres del Antiguo Testamento comieron con nosotros el mismo alimento espiritual, y declara que ese alimento era Cristo (1 Co 10:3). ¿Quién se atreverá a declarar vana aquella señal que daba a los judíos la verdadera comunión con Cristo? El punto en cuestión que allí trata el apóstol nos da claramente la razón. Porque, para que nadie, confiado en un conocimiento frío de Cristo, en un vano título de cristiano y en unas señales exteriores, se atreva a despreciar el juicio de Dios, el apóstol pone delante de los ojos los ejemplos de la severidad con que Dios castigó a los judíos, para que sepamos que con los mismos castigos con que castigó al pueblo judío nos castigará a nosotros si seguimos sus pasos cometiendo los vicios que ellos cometieron. Así pues, para que la comparación fuera adecuada, era necesario mostrar que entre nosotros y ellos no hay ninguna desigualdad en estos bienes, de los que nos prohíbe jactarnos falsamente. Por eso, en primer lugar, nos iguala y equipara en los sacramentos, y no nos deja ni la más mínima prerrogativa que pueda darnos alguna esperanza de escapar sin castigo. Ni debemos atribuir a nuestro bautismo más de lo que él atribuye en otro lugar a la circuncisión, cuando la llama sello de la justicia de la fe (Ro 4:11). Así pues, todo lo que hoy se nos ofrece a nosotros en los sacramentos lo recibían antiguamente los judíos en los suyos: a Cristo con sus riquezas espirituales. La misma virtud que tienen nuestros sacramentos la experimentaban los judíos en los suyos: les servían de sellos de la buena voluntad que Dios les tenía para esperanza de la vida eterna. Si hubieran entendido bien la carta a los Hebreos, no se habrían engañado tanto. Como leían en esta carta que los pecados no eran limpiados por las ceremonias legales y que las sombras antiguas no servían para alcanzar la justicia (He 10:1), agarrándose solo a esto —que la Ley por sí misma de nada sirvió a los que la guardaron—, sin tener en cuenta la comparación que allí se hace, pensaron que las figuras eran sin más vanas y vacías de verdad. Pero la intención del apóstol es mostrar que la ley ceremonial no sirve de nada hasta que los hombres llegan a Cristo, de quien solo depende toda su virtud y eficacia.
Pero me objetarán lo que dice san Pablo de la circuncisión: que por sí misma no tiene valor delante de Dios, que no sirve de nada y que es vana (Ro 2:25). Porque tales palabras parecen rebajarla y ponerla muy por debajo del bautismo. Ciertamente no es así, porque lo mismo se podría decir con toda razón del bautismo; y de hecho lo dice primero san Pablo cuando afirma que Dios no hace caso del lavamiento exterior con que entramos en la religión cristiana si el alma no es lavada interiormente y persevera en esta limpieza hasta el fin (1 Co 10:5); y también lo testifica san Pedro cuando dice que la verdad del bautismo no consiste en el lavamiento externo, sino en el buen testimonio de la conciencia (1 P 3:21). «Pero parece también que en otro lugar desprecia por completo la circuncisión hecha a mano, cuando la compara con la circuncisión espiritual de Cristo» (Col 2:11). Respondo que ni siquiera así rebaja en nada su dignidad. Porque san Pablo discute en ese lugar contra los que querían mantener la circuncisión como algo necesario, cuando ya estaba abrogada. Advierte, pues, a los fieles que, dejando las sombras antiguas, se aferren a la verdad. «Estos maestros —dice el apóstol— insisten en que vuestros cuerpos sean circuncidados; pero vosotros estáis circuncidados espiritualmente en alma y cuerpo. Tenéis, pues, el cumplimiento de la realidad, que es mucho más excelente que la sombra». Alguien podría objetar que no por tener ya la realidad se debe despreciar la figura, puesto que los patriarcas tuvieron aquel despojarse del viejo hombre del que hablaba el apóstol, y sin embargo en ellos la circuncisión exterior no fue vana ni superflua. El apóstol resuelve esta objeción cuando añade enseguida que los colosenses habían sido sepultados con Cristo en el bautismo. Con lo cual da a entender que el bautismo es hoy para los cristianos lo mismo que era la circuncisión para los antiguos, y que, por tanto, no se podía imponer la circuncisión a los cristianos sin hacer injuria al bautismo.
Pero no es tan fácil resolver lo que sigue, que cité hace poco: que todas las ceremonias judías fueron sombra de lo por venir, pero el cuerpo es de Cristo. Y lo más difícil de todo es lo que se trata en muchos capítulos de la carta a los Hebreos: que la sangre de los animales no llegaba a las conciencias; que la Ley tenía la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas; que los que guardaban la Ley no alcanzaban perfección alguna por las ceremonias mosaicas, y otras cosas semejantes. Repito en respuesta lo que ya he dicho: que san Pablo no llama sombras a las ceremonias porque no tuvieran en sí nada sólido, sino porque su cumplimiento quedaba en cierto modo en suspenso hasta la venida de Cristo. Además, digo que esto se debe entender no de la eficacia, sino del modo de significar. Porque, hasta que Cristo se manifestó en carne, todas las señales lo representaban como ausente, aunque él mostraba interiormente a sus fieles su presencia y su poder. Pero hay que observar sobre todo que san Pablo no habla en todos estos pasajes de manera absoluta, sino teniendo en cuenta a aquellos contra quienes discutía. Porque discutía contra los falsos apóstoles, que querían poner la piedad solo en las ceremonias, sin tener en cuenta a Cristo; para refutarlos bastaba tratar solo de lo que valen las ceremonias por sí mismas. Al mismo blanco apuntó el autor de la carta a los Hebreos. Recordemos, pues, que aquí se discute de las ceremonias tomadas no en su significado propio y verdadero, sino torcidas por una interpretación falsa y mala; no se trata aquí de su uso legítimo, sino de su abuso y superstición. ¿Qué tiene de extraño, pues, que a las ceremonias separadas de Cristo se les quite toda virtud? Porque todas las señales se reducen a nada cuando se les quita la realidad que señalan y representan. Así, Cristo, al tratar con gente que pensaba que el maná no había sido más que un alimento para el cuerpo, acomoda su discurso a su tosca opinión y dice que él da un alimento mucho mejor, que alimenta las almas en la esperanza de la inmortalidad (Jn 6:27). Y si queréis una solución más clara, todo se resume en esto. Primero, que todo aquel aparato que hubo en la ley mosaica es vano e ineficaz si no se dirige a Cristo. Segundo, que tuvo a Cristo de tal manera por fin que, al manifestarse Cristo en carne, tuvo su cumplimiento. Por último, que convino que con la venida de Cristo todo fuera abrogado, exactamente como la sombra se desvanece con la clara luz del sol. Pero por ahora no diré más, porque quiero dejar este tema para el lugar en que, al tratar del bautismo, lo compare con la circuncisión.
Puede ser que a estos pobres sofistas los hayan engañado las grandes alabanzas de los sacramentos que se leen en los antiguos acerca de nuestras señales y símbolos, como lo que dice san Agustín: «Los sacramentos de la ley antigua solo prometían al Salvador; pero nuestros sacramentos dan la salvación» (Prólogo a la exposición del Salmo 73; Cuestiones sobre Números, cap. 33). Sin advertir que estas expresiones son hiperbólicas, también ellos proclamaron sus dogmas hiperbólicos, pero en un sentido muy distinto del de los antiguos; porque san Agustín no quiso decir allí otra cosa que lo mismo que dijo en otro lugar: que los sacramentos de la ley mosaica anunciaron de antemano a Cristo, y los nuestros lo anuncian presente. Y contra Fausto: que aquellos fueron promesas de cosas que se habían de cumplir, y los nuestros son señales de cosas ya cumplidas (Contra Fausto, libro 19, cap. 14). Como si dijera: aquellos lo representaban cuando aún se le esperaba; los nuestros lo presentan como ya dado. Y habla aquí del modo de significar, como lo da a entender en otro lugar: «La Ley y los Profetas —dice— tenían sus sacramentos que anunciaban de antemano lo que había de venir; pero los sacramentos de nuestro tiempo testifican que ya ha venido lo que aquellos significaban que había de venir» (Contra las cartas de Petiliano, libro 2, cap. 37). Que tenían la misma realidad y eficacia lo declara en muchísimos lugares, como cuando dice: «Los sacramentos de los judíos fueron diversos en las señales, pero iguales en la realidad significada; diversos en la apariencia visible, iguales en la virtud espiritual» (Homilías sobre Juan, 26). Y también: «La misma fe en señales diversas; como en señales diversas, así en palabras diversas, porque las palabras cambian de sonido según la diversidad de los tiempos, y ciertamente las palabras no son otra cosa que señales. Los padres bebían la misma bebida espiritual, porque la corporal no era la misma. Ved, pues, cómo, permaneciendo la fe, cambiaron las señales: allí la roca era Cristo; para nosotros, Cristo es lo que se presenta en el altar. Y ellos bebieron como gran sacramento el agua que manaba de la roca; lo que bebemos nosotros, lo saben los fieles. Si miráis la apariencia visible, es otra cosa; si miráis lo que significa, bebieron la misma bebida espiritual» (Homilías sobre Juan, 45). Y en otro lugar: «En el misterio, el alimento es el mismo, y su bebida es la misma que la nuestra; pero lo mismo en significado, no en apariencia; porque el mismo que a ellos se les representó en la roca, a nosotros se nos ha manifestado en la carne» (Sobre el Salmo 77; Contra Fausto, libro 19, cap. 13). Aunque también concedemos que aun en esto hay alguna diferencia. Porque unos y otros sacramentos testifican que se nos ofrecen la buena voluntad paternal de Dios en Cristo y las gracias del Espíritu Santo; pero los nuestros la presentan de manera mucho más ilustre y abundante. En unos y otros se nos da Cristo, pero en los nuestros de manera más completa y plena, es decir, en la medida en que lo permite aquella diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento de la que ya he hablado. Y esto es lo que entendió el mismo san Agustín (a quien he citado muchísimas veces como el mejor y más fiel testigo de todos los antiguos) cuando dice: «Revelado Cristo, se instituyeron sacramentos mucho menos numerosos, mucho más excelentes en significado y mucho más eficaces en virtud» (Sobre la doctrina cristiana, libro 3; Carta a Jenaro). Conviene también advertir a los lectores de que todo lo que los sofistas han desvariado sobre el opus operatum («la obra obrada») no solo es falso, sino que contradice la naturaleza de los sacramentos, que Dios instituyó para que los fieles, vacíos y necesitados de todo bien, no trajeran consigo otra cosa que su pobreza. De donde se sigue que los fieles, al recibir los sacramentos, no hacen nada por lo que merezcan alabanza, y que en esta misma acción, que respecto de ellos es verdaderamente pasiva, no se les puede atribuir ninguna obra.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.