Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

Los medios externos o ayudas de que Dios se sirve para llamarnos a la comunión de Jesucristo, su Hijo, y mantenernos en ella

Del bautismo

El bautismo es una marca de nuestra condición de cristianos y una señal por la que somos recibidos en la comunión de la Iglesia, para que, injertados en Cristo, seamos contados entre los hijos de Dios. Y Dios nos lo ha dado, en primer lugar, para que sirva a nuestra fe en él y, en segundo lugar, para que sirva de confesión delante de los hombres. Trataremos por orden la razón de lo uno y de lo otro. El bautismo aporta tres cosas a nuestra fe, que trataremos una por una. Lo primero es que el Señor nos lo propone como símbolo y prueba de nuestra purificación; o, para expresar mejor lo que quiero decir, como una especie de carta sellada con la que nos confirma que todos nuestros pecados están de tal manera perdonados, deshechos, olvidados y borrados que jamás comparecerán ante su vista, ni serán recordados, ni se nos imputarán. Porque él quiere que todos los que crean sean bautizados para alcanzar el perdón de los pecados. Por tanto, los que piensan que el bautismo no es más que una señal o insignia con la que profesamos nuestra religión delante de los hombres, como los soldados llevan las insignias de su capitán en muestra de su profesión, no consideran lo principal que hay en el bautismo. Y es que debemos recibirlo con esta promesa: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo» (Mr 16:16).

En este mismo sentido se ha de entender lo que escribe san Pablo: que la Iglesia es santificada por Cristo, su esposo, y purificada «en el lavamiento del agua por la palabra» (Ef 5:26). Y en otro lugar: que «por su misericordia» somos salvos «por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo» (Tit 3:5). Y lo que dice san Pedro: que el bautismo nos salva (1 P 3:21). Porque no quiere decir que nuestro lavamiento y salvación se realicen por el agua, ni que el agua tenga en sí el poder de purificar, regenerar y renovar, ni que aquí se reciba la causa de la salvación, sino solo que en este sacramento se recibe el conocimiento y la certeza de tales dones; lo cual se ve con bastante claridad en las mismas palabras. Porque san Pablo junta la palabra de vida y el bautismo de agua, como si dijera que por el evangelio se nos anuncia nuestro lavamiento y santificación, y que ese mismo anuncio se nos sella por el bautismo. Y san Pedro añade enseguida que este bautismo no consiste en quitar las inmundicias de la carne, sino en la buena conciencia delante de Dios, que procede de la fe. Más aún, el bautismo no nos promete ninguna otra purificación que la que se hace por el derramamiento de la sangre de Cristo, la cual se representa con el agua por la semejanza que tiene con ella en limpiar y lavar. ¿Quién dirá, pues, que somos lavados por esta agua, que atestigua con toda certeza que la sangre de Cristo es nuestro verdadero y único lavamiento? De modo que de ninguna otra cosa se puede sacar un argumento mejor ni más fuerte para refutar la fantasía de los que lo atribuyen todo a la virtud del agua que del significado mismo del bautismo, que nos aparta del elemento visible, de lo que vemos con nuestros ojos corporales, tanto como de todos los demás medios, para llevar nuestras almas solo a Cristo.

Tampoco debemos pensar que el bautismo sirve solo para lo pasado, de tal manera que para las nuevas faltas que cometamos después de ser bautizados tengamos que buscar en no sé qué otros sacramentos nuevos remedios y formas de expiación, como si el bautismo ya no tuviera fuerza ni virtud. Este error hizo que algunos, en la antigüedad, no quisieran bautizarse hasta estar a punto de morir, pensando alcanzar así el perdón de todos los pecados que habían cometido en su vida. Contra este desvarío escribieron muchísimas veces los obispos antiguos. Lo que hay que sostener en esto es que, en cualquier momento en que seamos bautizados, somos lavados y purificados una vez para toda la vida. Por tanto, siempre que hayamos caído, debemos renovar el recuerdo del bautismo y armar con él el alma, para que esté cierta y segura del perdón de sus pecados. Porque, aunque por haberse administrado una sola vez parezca que ya ha pasado, no ha perdido su virtud por los pecados que hemos cometido después. Porque en él se nos ofrece la pureza de Cristo, que permanece siempre la misma; no hay mancha que pueda mancharla, sino que ella quita y deshace todas nuestras suciedades. Pero no por eso debemos tomarnos licencia para pecar en adelante (y ciertamente aquí no se nos da ocasión alguna para tal atrevimiento), sino que esta doctrina se da solo para que los que han pecado y gimen cansados y oprimidos bajo el peso del pecado tengan con qué levantarse y consolarse, para no caer en la confusión ni en la desesperación. Por eso dice san Pablo que Cristo ha sido hecho propiciación para el perdón de los pecados pasados (Ro 3:25). Con esto no niega que en él haya un perdón perpetuo y continuo de los pecados hasta la muerte, sino que quiere decir que Cristo fue dado por el Padre solo para los pobres pecadores que, heridos por el cauterio de la conciencia, suspiran por el médico. A estos se les ofrece la misericordia de Dios. Pero los que hacen de la impunidad ocasión y licencia para pecar no hacen otra cosa que provocar contra sí mismos la ira y el juicio de Dios.

Sé muy bien que la opinión común es otra: que después del bautismo alcanzamos el perdón por el beneficio y la virtud de la penitencia y de las llaves, mientras que en la primera regeneración lo obtenemos solo por el bautismo. Pero los que imaginan esto se engañan al no considerar que el poder de las llaves de que hablan depende del bautismo de tal manera que no se puede separar de él en modo alguno. El pecador obtiene el perdón de sus pecados por el ministerio de la Iglesia, es decir, no sin la predicación del evangelio. ¿Y qué dice esta predicación? Que somos limpiados de nuestros pecados por la sangre de Cristo. ¿Y cuál es la señal y el testimonio de esta limpieza sino el bautismo? Vemos, pues, que aquella absolución se refiere al bautismo. Y este error nos engendró aquel imaginario sacramento de la penitencia, del que ya he dicho algo y diré lo que falta en su momento y lugar. Y no hay por qué extrañarse de que hombres que, conforme a su tosco ingenio, se aferran demasiado a las cosas exteriores hayan mostrado también en esto su defecto: que, no contentos con la pura institución de Dios, introdujeran nuevos remedios inventados por ellos mismos. ¡Como si el bautismo mismo no fuera sacramento de penitencia! Y si esta penitencia se nos pide durante toda nuestra vida, la virtud del bautismo debe extenderse también por el mismo tiempo. Por tanto, no hay duda de que todos los piadosos, a lo largo de toda su vida, siempre que la conciencia de sus pecados los atormente, pueden con confianza renovar el recuerdo de su bautismo, para confirmarse así en la confianza de aquel único y perpetuo lavamiento que tenemos en la sangre de Cristo.

Nos trae también otro provecho: nos muestra nuestra mortificación en Cristo y nuestra nueva vida en él. Porque, como dice san Pablo, «somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo», «a fin de que... así también nosotros andemos en vida nueva» (Ro 6:3-4). Con estas palabras no solo nos exhorta a imitarlo (como si dijera que el bautismo nos advierte que, a ejemplo de la muerte de Cristo, muramos a nuestros malos deseos y, a ejemplo de su resurrección, nos levantemos para vivir en justicia), sino que va mucho más lejos: que Cristo, por el bautismo, nos ha hecho partícipes de su muerte, para que seamos injertados en ella. Y así como el injerto toma su sustancia y alimento de la raíz en que está injertado, así también los que reciben el bautismo con la fe con que deben recibirlo sienten verdaderamente la virtud y eficacia de la muerte de Cristo en la mortificación de su carne, y a la vez la de su resurrección en la vivificación del Espíritu. De aquí toma ocasión para exhortarnos a que, si somos cristianos, estemos muertos al pecado y vivamos para la justicia. El mismo argumento usa en otro lugar: dice que hemos sido circuncidados y nos hemos despojado del viejo hombre desde que fuimos sepultados con Cristo por el bautismo (Col 2:11-12). Y en este mismo sentido, en el pasaje que ya hemos citado, lo llamó «lavamiento de la regeneración y... renovación» (Tit 3:5). Así, primero se nos promete el perdón gratuito de los pecados y la imputación de la justicia, y después se nos promete la gracia del Espíritu Santo, que nos transforme en vida nueva.

Finalmente, nuestra fe recibe del bautismo este provecho: que nos atestigua con certeza que no solo estamos injertados en la muerte y en la vida de Cristo, sino que estamos unidos a Cristo de tal manera que somos partícipes de todos sus bienes. Porque para esto él dedicó y santificó el bautismo en su propio cuerpo: para que fuera común a él y a nosotros, como un vínculo firmísimo de la unión y comunión que tuvo a bien establecer con nosotros (Mt 3:13); de tal manera que san Pablo prueba por ello que somos hijos de Dios, por habernos revestido de Cristo en el bautismo (Gá 3:26-27). Así vemos que el cumplimiento del bautismo está en Cristo, al que por eso llamamos objeto del bautismo. Por tanto, no hay por qué extrañarse cuando leemos que los apóstoles bautizaron en su nombre, aunque se les había mandado bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Hch 8:16; 19:5). Porque todos los dones de Dios que se ofrecen en el bautismo se hallan solo en Cristo. Y, sin embargo, es imposible bautizar en el nombre de Cristo sin invocar al mismo tiempo el nombre del Padre y del Espíritu Santo. Porque la razón por la que somos limpiados por su sangre es que el Padre misericordioso, queriendo recibirnos en su gracia por su incomparable clemencia, puso de por medio a este Mediador que nos reconciliara con él. Y alcanzamos por su muerte y resurrección la regeneración en tanto que, santificados por su Espíritu, somos revestidos de una naturaleza nueva y espiritual (Mt 28:19). Por tanto, alcanzamos en el Padre la causa, tanto de nuestra purificación como de nuestra regeneración; en el Hijo, la materia; y en el Espíritu Santo, el efecto; lo cual vemos en cierto modo de manera distinta. Así bautizó primero san Juan, y después los apóstoles, con el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados, entendiendo por la palabra «arrepentimiento» esa regeneración, y por el perdón de los pecados, el lavamiento (Mt 3:6, 11; Lc 3:16; Jn 3:23; 4:1; Hch 2:38, 41).

Por eso se tiene por certísimo que el ministerio de san Juan fue en todo idéntico al que después se encomendó a los apóstoles. Porque las diversas manos que administran el bautismo no hacen que sea un bautismo distinto; la misma doctrina muestra que es un mismo bautismo. San Juan y los apóstoles coincidieron en una misma doctrina. Él y ellos bautizaron para arrepentimiento, él y ellos bautizaron para perdón de pecados, él y ellos bautizaron en el nombre de Cristo, de quien venían el arrepentimiento y el perdón de los pecados. San Juan dijo que Cristo era «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1:29), con lo cual lo presenta como sacrificio acepto al Padre, propiciador de justicia y autor de salvación. ¿Qué podían añadir los apóstoles a esta confesión? Por tanto, que no inquiete a nadie que los antiguos hayan distinguido entre un bautismo y otro; no debemos estimar su opinión hasta el punto de que haga tambalear la certeza de la Escritura. Porque ¿quién hará más caso a Crisóstomo, que niega que el perdón de los pecados estuviera incluido en el bautismo de san Juan (Homilías sobre Mateo, 14), que a san Lucas, que afirma lo contrario: que san Juan predicó «el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados» (Lc 3:3)? Tampoco se debe admitir la sutileza de san Agustín de que los pecados fueron perdonados por el bautismo de san Juan en esperanza, pero por el de Cristo en realidad (Sobre el bautismo, contra los donatistas, libro 5, cap. 10). Porque, puesto que el evangelista atestigua claramente que san Juan prometió en su bautismo el perdón de los pecados, ¿qué necesidad hay de rebajar esta alabanza? Y si alguien busca en la palabra de Dios alguna diferencia entre un bautismo y otro, no hallará otra sino que san Juan bautizaba en el que había de venir, y los apóstoles en el que ya había venido (Lc 3:16; Hch 19:4).

Que las gracias del Espíritu Santo se hayan manifestado con mucha mayor plenitud después de la resurrección de Cristo no sirve para probar que los bautismos fueran distintos. Porque el bautismo que administraban los apóstoles cuando Cristo aún vivía en este mundo se llamaba bautismo de Cristo, y sin embargo no tenía más dones del Espíritu que el bautismo de san Juan. Ni siquiera los samaritanos, después de la ascensión, recibieron más dones del Espíritu que los que comúnmente habían recibido los demás fieles, aunque habían sido bautizados en el nombre de Jesús, hasta que se les enviaron Pedro y Juan para que les impusieran las manos (Hch 8:14-17). Pienso que lo único que engañó a los antiguos, que tenían el bautismo de san Juan solo por una preparación para el otro bautismo, fue que leían que san Pablo volvió a bautizar a los que ya habían sido bautizados con el bautismo de Juan (Hch 19:3-5). Pero cuánto se engañaron en esto se muestra con toda claridad en otro lugar, en su sitio propio. ¿Qué quiere decir, entonces, lo que dijo san Juan: que él ciertamente bautizaba en agua, pero que vendría Cristo, que bautizaría en Espíritu Santo y fuego (Mt 3:11)? Esta duda se resuelve brevemente. Porque no quiso distinguir entre un bautismo y otro, sino que comparó su persona con la de Cristo: dijo de sí que era ministro del agua, pero que Cristo daba el Espíritu Santo, el cual manifestaría este poder con un milagro visible el día en que enviara el Espíritu Santo a sus apóstoles en forma de lenguas de fuego (Hch 2:3). ¿De qué más pudieron jactarse los apóstoles? ¿Y de qué más pueden jactarse los que hoy bautizan? Porque ellos solo son ministros de la señal exterior, y Cristo es el autor de la gracia interior, como enseñan a cada paso los mismos antiguos, y principalmente san Agustín, que se defiende con esto contra los donatistas: que, sea quien sea el que bautiza, el que preside es Cristo.

Esto que hemos dicho de la mortificación y del lavamiento fue prefigurado en el pueblo de Israel, del que, por esta misma razón, dice el apóstol que fue bautizado en la nube y en el mar (1 Co 10:2). La mortificación fue figurada cuando el Señor, librándolos de la mano del faraón y de la cruel servidumbre, les abrió camino por el mar Rojo y ahogó al faraón mismo y a sus enemigos los egipcios, que los perseguían y estaban ya a punto de caer sobre ellos (Éx 14:21, 26). Porque del mismo modo nos promete en el bautismo, y con la señal nos muestra, que con su poder y fuerza nos ha sacado y librado del cautiverio de Egipto, es decir, de la servidumbre del pecado; que ha ahogado a nuestro faraón, que es el diablo, aunque este no deja de ejercitarnos y fatigarnos. Pero así como aquel egipcio no fue arrojado al fondo del mar, sino que quedó tendido en la orilla y aún espantaba a los israelitas con su terrible aspecto, pero no podía hacerles daño, así también este egipcio nuestro todavía nos amenaza, blande las armas, se hace sentir, pero no puede vencer. La nube fue la señal del lavamiento (Nm 9:15-16). Porque, así como el Señor los cubrió entonces con la nube y los refrescó para que no desfallecieran y se consumieran con el excesivo calor del sol, así también reconocemos que en el bautismo somos cubiertos y amparados con la sangre de Cristo, para que el rigor de Dios, que es verdaderamente un fuego intolerable, no caiga sobre nosotros. Y aunque este misterio fue entonces oscuro y entendido por muy pocos, como no hay otro camino para alcanzar la salvación sino por estas dos gracias, Dios no quiso privar de la señal de una y otra a los antiguos patriarcas, a quienes había hecho sus herederos.

Ya se ve con toda claridad cuán falso es lo que algunos enseñaron hace mucho tiempo, y en lo que otros persisten: que por el bautismo somos librados y exentos del pecado original y de la corrupción que de Adán se ha extendido a toda su descendencia, y que somos restituidos a la misma justicia y pureza de naturaleza que Adán habría tenido si hubiera permanecido en la integridad en que fue creado. Porque esta clase de maestros nunca ha entendido qué es el pecado original, qué es la justicia original ni qué es la gracia del bautismo. Ya hemos mostrado que el pecado original es una perversidad y corrupción de nuestra naturaleza, que primero nos hace culpables ante la ira de Dios y además produce en nosotros las obras que la Escritura llama obras de la carne (Gá 5:19). Así pues, estas dos cosas se deben considerar por separado: que en todas las partes de nuestro ser y naturaleza estamos manchados y pervertidos, y que solo por esta corrupción estamos justamente condenados y convictos delante de Dios, a quien nada agrada sino la justicia, la inocencia y la pureza. Y que aun los niños traen consigo desde el vientre de su madre su condenación; pues, aunque todavía no hayan producido los frutos de su iniquidad, tienen escondida en sí la semilla. Más aún, toda su naturaleza es una semilla de pecado, por lo cual no puede dejar de ser odiosa y abominable a Dios. Los fieles tienen la seguridad de que por el bautismo esta condenación se les ha quitado y apartado. Puesto que el Señor, como hemos dicho, promete con esta señal que se nos concede un perdón pleno y firme de los pecados, tanto de la culpa que se nos había de imputar como de la pena que por ella habíamos de sufrir, también aprenden la justicia, pero tal como el pueblo de Dios puede alcanzarla en esta vida: solo por imputación, porque el Señor, por su misericordia, los tiene por justos e inocentes.

Lo segundo es que esta perversidad nunca cesa en nosotros, sino que produce continuamente nuevos frutos, es decir, las obras de la carne que ya hemos mencionado, igual que un horno encendido despide sin cesar llamas y chispas, o como un manantial nunca deja de manar agua. Porque la concupiscencia nunca muere ni se apaga del todo en los hombres hasta que, librados por la muerte del cuerpo de muerte, se despojan totalmente de sí mismos. Es verdad que el bautismo nos promete que nuestro faraón está ahogado y nos promete la mortificación del pecado, pero no de tal manera que ya no exista ni nos dé qué hacer, sino solo que no vencerá. Porque, mientras vivimos encerrados en esta cárcel de nuestro cuerpo, los restos del pecado habitarán en nosotros; pero, si retenemos por la fe la promesa que se nos hizo en el bautismo, no se enseñorearán ni reinarán. Que nadie se engañe ni se complazca en su mal cuando oye que el pecado habita siempre en nosotros. No se dice esto para que los hombres, que ya por sí mismos son bastante inclinados a pecar, se duerman tranquilos en sus pecados (como se dice) a pierna suelta, sino solo para que no titubeen ni desmayen los que son tentados y aguijoneados por su carne. Antes bien, consideren que todavía están en camino, y crean que han avanzado mucho cuando sientan que cada día su concupiscencia va disminuyendo, aunque sea un poco, hasta que lleguen adonde van, es decir, a la destrucción final de su carne, que sucederá con la muerte de esta vida mortal. Mientras tanto, no dejen de pelear con valor, de animarse a ganar terreno y de estimularse a alcanzar la victoria completa. Porque esto debe avivar todavía más su empeño: ver que, aun después de haberse esforzado mucho, les queda bastante por hacer. Lo que debemos sostener en esta materia es que somos bautizados para la mortificación de nuestra carne, que comienza en nosotros desde el bautismo, en la que avanzamos cada día y que quedará completa cuando pasemos de esta vida al Señor.

Aquí no decimos otra cosa que lo que dice con toda claridad san Pablo en el capítulo 7 de la carta que escribió a los Romanos. Después de haber tratado de la justicia gratuita, como algunos impíos concluían de ahí que cada uno podía vivir a su gusto y antojo, puesto que no éramos agradables a Dios por los méritos de las obras, añade enseguida que todos los que están revestidos de la justicia de Dios son a la vez regenerados en el espíritu, y que tenemos en el bautismo las arras de esta regeneración. De aquí exhorta a los fieles a no permitir que el pecado se enseñoree de sus miembros. Y como sabía que siempre hay alguna debilidad en los fieles, para que no desmayaran por esta causa, añade enseguida el consuelo de que no están bajo la Ley (Ro 6:14). Y como también podía parecer que los cristianos se enorgullecerían por no estar bajo el yugo de la Ley, trata de en qué consiste aquella abrogación y, a la vez, de cuál es el uso de la Ley, tema que ya había aplazado por segunda vez. La suma es esta: que somos librados del rigor de la Ley para unirnos a Cristo, y que la función de la Ley es que, convencidos de nuestra maldad, confesemos nuestra impotencia y miseria. Además, como aquella corrupción de la naturaleza no se muestra tan fácilmente en un hombre profano que sigue sus apetitos sin ningún temor de Dios, pone el ejemplo de un hombre regenerado, es decir, de sí mismo. Dice, pues, que sostiene una lucha perpetua con los restos de su carne, y que, atado a una miserable servidumbre, se ve impedido de consagrarse y entregarse por completo a la obediencia de la Ley de Dios. Así, se ve obligado a exclamar con gemidos: «¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?» (Ro 7:24). Y si los hijos de Dios están presos en la cárcel mientras viven, es inevitable que estén muy angustiados al pensar en el peligro en que se hallan, si no se les da algún remedio contra este temor. Para esto, pues, añade enseguida el consuelo: «ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Ro 8:1). Con lo cual enseña que aquellos a quienes el Señor recibió una vez en su gracia, los injerta en la comunión de su Cristo y los introduce por el bautismo en la comunión de la Iglesia; y, mientras perseveran en la fe de Cristo, aunque estén cercados por el pecado y lo lleven consigo, son absueltos de la culpa y la condenación. Si esta es la interpretación propia y verdadera de san Pablo, no hay por qué pensar que enseñamos una doctrina nueva.

Además, el bautismo sirve de confesión delante de los hombres. Porque es una marca con la que profesamos públicamente que queremos ser contados en el pueblo de Dios, con la que testificamos que coincidimos con todos los cristianos en el culto de un solo Dios y en una misma religión, y con la que, en fin, afirmamos públicamente nuestra fe, de tal manera que no solo nuestro corazón respire las alabanzas de Dios, sino que también nuestra lengua y todos los miembros de nuestro cuerpo las proclamen por todos los medios posibles. Porque así emplearemos, como conviene, todo lo que hagamos en servir a la gloria de Dios, de la que nada debe quedar vacío, y los demás se animarán con nuestro ejemplo a hacer lo mismo. Esto tenía en cuenta san Pablo cuando preguntaba a los corintios: «¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?» (1 Co 1:13), dando a entender que, al ser bautizados en el nombre de Cristo, se habían consagrado a Cristo, habían jurado en su nombre y le habían empeñado su fe delante de los hombres, de manera que ya no podían confesar a ningún otro sino solo a Jesucristo, si no querían negar lo que habían confesado en el bautismo.

Ahora que hemos mostrado cuál fue la intención del Señor al instituir el bautismo, será fácil juzgar cómo debemos usarlo y recibirlo. Porque, en cuanto el bautismo se da para levantar, alimentar y confirmar nuestra fe, debemos recibirlo como de la mano del mismo que lo instituyó, y estar ciertos y persuadidos de que es él quien nos habla por la señal; que es él quien purifica, limpia y borra el recuerdo de los pecados; que es él quien nos hace partícipes de su muerte, quien quita a Satanás su reino y su dominio, quien quebranta las fuerzas de nuestra concupiscencia; más aún, quien se hace uno con nosotros, para que, revestidos de él, seamos tenidos y reputados por hijos de Dios. Y debemos estar persuadidos de que obra esto interiormente en nuestras almas tan verdaderamente como vemos con certeza que nuestro cuerpo es lavado, sumergido y rodeado de agua por fuera. Porque esta analogía o semejanza es la regla certísima de los sacramentos: que veamos en las cosas corporales las espirituales, exactamente como si las viéramos con nuestros ojos, puesto que el Señor ha tenido a bien representárnoslas con estas figuras. No que tales gracias estén atadas ni encerradas en el sacramento, para dársenos por su virtud, sino solo que con esta señal el Señor nos atestigua su buena voluntad, es decir, que quiere concedernos todas estas cosas. Y no entretiene nuestros ojos con el mero espectáculo, sino que nos guía a la realidad que se nos ofrece verdaderamente, que él representa y que a la vez cumple eficazmente.

Un ejemplo notable de esto es el centurión Cornelio, que, habiendo recibido ya el perdón de los pecados y las gracias visibles del Espíritu Santo, fue sin embargo bautizado después; no para buscar en el bautismo un perdón de los pecados más completo, sino para obtener de las arras y la prenda un ejercicio más seguro y un aumento de la fe (Hch 10:48). Alguien podrá objetar: «¿Por qué, entonces, decía Ananías a Pablo que lavara sus pecados por el bautismo, si los pecados no se perdonan por la virtud del bautismo mismo?» (Hch 22:16). Respondo que se dice que recibimos, obtenemos y alcanzamos lo que el Señor nos ofrece y da en cuanto al sentimiento de nuestra fe, ya sea que entonces lo atestigüe por primera vez, ya sea que, habiéndolo atestiguado antes, lo confirme más plenamente. Así pues, Ananías quiso decir esto: «Para que estés seguro, Pablo, de que tus pecados te son perdonados, bautízate. Porque el Señor promete en el bautismo el perdón de los pecados: recíbelo y quédate tranquilo». Con todo, no es mi intención rebajar la virtud del bautismo diciendo que la realidad significada y la verdad no van unidas al bautismo, en cuanto Dios obra por medios externos. Lo que digo es que de este sacramento, igual que de los demás, no recibimos nada sino en la medida en que lo recibimos por la fe. Si no hay fe, el sacramento servirá de testimonio de nuestra ingratitud, que nos condenará ante el tribunal de Dios por haber sido incrédulos a la promesa que se nos hizo en el sacramento. Y en cuanto es señal y testimonio de nuestra confesión, debemos testificar con él que nuestra confianza está en la misericordia de Dios y nuestra pureza en el perdón de los pecados que hemos alcanzado por Jesucristo, y que entramos en la Iglesia de Dios para vivir unánimes y concordes con todos los fieles, con un mismo sentir en la fe y en el amor. Esto último quiso decir san Pablo cuando dice que todos nosotros fuimos bautizados en un mismo Espíritu para ser un solo cuerpo (1 Co 12:13).

Y si es verdad lo que decimos, que el sacramento no se debe estimar como recibido de la mano de quien nos lo administra, sino como recibido de la mano de Dios mismo, que sin duda es quien nos lo da, se puede deducir de aquí que al sacramento no se le quita ni se le añade nada por la dignidad de quien lo administra. Y así como entre los hombres, cuando se envía una carta, importa muy poco quién la haya traído, con tal que se reconozcan la letra y la firma, así también debe bastarnos reconocer la mano y la firma de nuestro Señor en sus sacramentos, sea quien sea el portador. Con esto se refuta muy bien el error de los donatistas, que medían la virtud y el valor del sacramento por la dignidad del ministro. Así son hoy los anabaptistas, que niegan que hayamos sido bien bautizados porque nos bautizaron impíos e idólatras bajo el reino del papa, y por eso nos quieren obligar con furia a rebautizarnos. Contra sus desvaríos nos servirá de razón firmísima considerar que no fuimos bautizados en el nombre de ningún hombre mortal, sino en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28:19), y que, por tanto, el bautismo no es del hombre, sino de Dios, sea quien sea el que lo administre. Por muy ignorantes y despreciadores de Dios y de la piedad que fueran los que nos bautizaron, no nos bautizaron en la comunión de su ignorancia ni de su sacrilegio, sino en la fe de Jesucristo, porque no invocaron su propio nombre, sino el de Dios, ni nos bautizaron en ningún otro nombre. Y si el bautismo era de Dios, contenía sin duda la promesa del perdón de los pecados, de la mortificación de la carne, de la vivificación espiritual y de la participación en Cristo. Así, a los judíos no les perjudicó que los circuncidaran sacerdotes impíos y apóstatas, ni por eso la señal de Dios fue dada en vano, de modo que hubiera que repetirla; les bastó volver a su verdadero origen. Lo que objetan, que el bautismo debe celebrarse en la asamblea de los fieles, no hace que lo que es defectuoso en parte corrompa toda la virtud del bautismo. Porque, cuando mostramos lo que conviene observar para que el bautismo sea puro, limpio y libre de toda suciedad, no deshacemos la institución de Dios, aunque los idólatras la corrompan. Porque la circuncisión, aunque en tiempos pasados estuvo corrompida con muchas supersticiones, no dejó por eso de ser tenida por símbolo y señal de la gracia. Ni Josías ni Ezequías, cuando reunieron a todos los de Israel que se habían apartado de Dios, los hicieron circuncidar de nuevo.

En cuanto a lo que nos preguntan —qué fe tuvimos durante los años que siguieron a nuestro bautismo—, para concluir de ahí que el bautismo es vano, puesto que solo es santificado por la palabra de la promesa recibida con fe, a esta pregunta respondemos que ciertamente fuimos ciegos e incrédulos durante mucho tiempo y no aceptamos la promesa que se nos hizo en el bautismo; pero que esa misma promesa, por haberla hecho Dios, permaneció siempre constante, firme y verdadera (Ro 3:3-4). Porque, aunque todos los hombres sean mentirosos y desleales, Dios no deja de ser veraz; y aunque todos estén perdidos, Cristo sigue siendo la salvación. Confesamos, pues, que durante aquel tiempo el bautismo no nos sirvió de nada, puesto que la promesa que en él se nos hacía, sin la cual el bautismo no sirve de nada, estaba arrinconada y no le hacíamos caso. Pero ahora que, por la misericordia de Dios, empezamos a volver en nosotros, condenamos nuestra ceguera y dureza de corazón por haber sido durante tanto tiempo ingratos a su tan gran bondad. Sin embargo, no creemos que la promesa se haya desvanecido; al contrario, razonamos así: Dios promete por el bautismo el perdón de los pecados, y, puesto que lo ha prometido, sin duda lo cumplirá con todos los que crean. Esta promesa se nos ofreció en el bautismo; abracémosla, pues, con fe. Es verdad que por nuestra incredulidad ha estado sepultada mucho tiempo; recibámosla, pues, ahora por la fe. Por eso, cuando el Señor invita y exhorta al pueblo judío al arrepentimiento, no les manda circuncidarse de nuevo, aunque, como hemos dicho, circuncidados por manos de impíos y sacrílegos, habían vivido algún tiempo en esa misma impiedad; solo insiste en que se conviertan de corazón. Porque, aunque ellos habían violado el pacto, la señal del pacto permanecía firme e inviolable para siempre por institución divina. Así, eran recibidos de nuevo en el pacto que Dios había hecho una vez con ellos en la circuncisión, con la sola condición de arrepentirse, aunque, habiéndola recibido de manos de un sacerdote sacrílego, la habían falsificado en lo que de ellos dependía y habían deshecho su virtud y eficacia.

Pero les parece que no hay respuesta a lo que alegan: que san Pablo volvió a bautizar a los que ya habían sido bautizados con el bautismo de san Juan (Hch 19:3-5). Porque, si según nuestra confesión el bautismo de san Juan fue en todo idéntico al nuestro que hoy usamos, entonces, así como ellos, mal enseñados antes, fueron rebautizados en esa fe cuando entendieron bien lo que debían creer, así también no se ha de hacer caso de ningún bautismo administrado sin la verdadera doctrina, y debemos bautizarnos de nuevo en la verdadera religión, en la que ahora, y no antes, hemos sido instruidos. A algunos les parece que quien los había bautizado era algún mal imitador de san Juan, que los había bautizado más bien en vanas supersticiones que en la verdad. Y creen tener un buen indicio para decirlo, al ver que los bautizados confiesan no haber oído nunca hablar del Espíritu Santo, ignorancia en la que san Juan jamás habría dejado partir a sus discípulos. Pero no es verosímil que los judíos, aun sin haber sido bautizados nunca, no tuvieran ninguna noticia del Espíritu Santo, del que se hace mención tan honrosa en tantos lugares de la Escritura. Por tanto, lo que responden, que no saben si hay Espíritu, se debe entender como si dijeran que aún no habían oído que las gracias del Espíritu, por las que san Pablo les preguntaba, se dieran a los discípulos de Cristo. Lo que yo concedo es que habían sido bautizados con el verdadero bautismo de san Juan, que era el mismo que el de Cristo; pero niego que fueran rebautizados. ¿Qué quieren decir, entonces, las palabras «fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús»? Algunos lo interpretan diciendo que san Pablo solo los instruyó en la verdadera doctrina; pero yo prefiero entenderlo más sencillamente: que habla del bautismo del Espíritu Santo, es decir, que las gracias visibles del Espíritu les fueron dadas por la imposición de manos, a las que no es cosa nueva designar con el nombre de bautismo. Así, en el día de Pentecostés se dice que los apóstoles recordaron las palabras del Señor sobre el bautismo de fuego y del Espíritu (Hch 1:5). Y san Pedro cuenta que esas mismas palabras le vinieron a la memoria cuando vio aquellas gracias derramadas sobre Cornelio y su familia (Hch 11:16). Y no contradice esto lo que sigue: «habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo». Porque san Lucas no cuenta dos cosas distintas, sino que prosigue su narración a la manera de los hebreos, que acostumbran a presentar primero el resumen y después contar el hecho con detalle. Cualquiera puede verlo por el contexto mismo de las palabras, que dice: «Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo». En esta segunda frase se declara qué clase de bautismo fue aquel. Y si la ignorancia vicia el primer bautismo de tal modo que haya que corregirlo con otro, los primeros que tendrían que haber sido rebautizados serían los apóstoles, que en tres años enteros después de ser bautizados apenas habían probado un poco de sana doctrina. ¿Y qué ríos bastarían para lavar de nuevo en nosotros tantas ignorancias como, por la misericordia del Señor, se corrigen en nosotros cada día?

La virtud, dignidad, utilidad y fin de este misterio quedan, si no me engaño, suficientemente explicados. En cuanto a la señal exterior, ¡ojalá la institución misma de Cristo hubiera tenido todo el peso necesario para reprimir el atrevimiento de los hombres! Porque, como si bautizar con agua conforme a la institución de Cristo fuera cosa de poco valor y de ninguna estima, se inventaron una bendición, o mejor dicho un conjuro, que contaminó la verdadera consagración del agua; añadieron después el cirio y el crisma; les pareció que el soplo para conjurar al diablo abría la puerta al bautismo. Y aunque no ignoro cuán antiguo es el origen de todas estas mezcolanzas, con todo, es muy justo y muy lícito que yo y todos los piadosos despreciemos todo lo que los hombres se han atrevido a añadir a lo que Cristo instituyó. Y como Satanás vio que sus engaños habían sido recibidos desde el principio de la predicación del evangelio con tanta facilidad y tan sin contradicción por la necia credulidad del mundo, se atrevió a pasar a cosas más groseras. De aquí vinieron la saliva, la sal y otros desatinos semejantes que se han usado públicamente en el bautismo con gran licencia, para gran menoscabo y deshonra del bautismo. Aprendamos por estas experiencias que no hay nada más santo, mejor ni más seguro que contentarnos con la autoridad de Jesucristo solo. ¡Cuánto mejor sería, pues, dejando a un lado estas pompas y aparatos teatrales que ciegan los ojos de los sencillos y embotan sus sentidos, que, cuando alguien haya de ser bautizado, se le presente en la asamblea de los fieles y, con toda la Iglesia como testigo, se le ofrezca a Dios con oración; que se recite la confesión de fe en que ha de ser instruido, se expongan y expliquen las promesas contenidas en el bautismo, sea bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y finalmente se le despida con oración y acción de gracias! Así no se omitiría nada de lo que pertenece al bautismo, y aquella única ceremonia que Dios ordenó resplandecería con claridad, sin quedar oscurecida por ninguna inmundicia añadida. Por lo demás, importa poco si el que ha de ser bautizado debe sumergirse del todo en el agua, si esto ha de hacerse tres veces o una, o si basta con derramar el agua sobre él; esto se debe dejar a la discreción de la Iglesia, según la diversidad de las regiones. Porque la señal se representa de cualquiera de estas maneras. Aunque la palabra misma «bautizar» significa sumergir, y consta que la Iglesia primitiva usó el rito de la inmersión.

Es necesario también advertir aquí que está muy mal que una persona particular se atreva a administrar el bautismo o la Cena. Porque la administración de uno y otro sacramento es parte del ministerio público. Que esto es así se ve claramente, porque Jesucristo no mandó bautizar a mujeres ni a particulares, sino que encomendó este oficio a los que había designado apóstoles; y cuando mandó a sus discípulos que, al celebrar la Cena, hicieran lo que él había hecho, sin duda quiso enseñarles que, imitando su ejemplo, uno de ellos distribuyera el sacramento a los demás. En cuanto a la costumbre que se introdujo hace ya mucho tiempo, casi desde el principio de la Iglesia, de que, a falta de ministro, un particular pudiera bautizar a un niño en peligro de muerte, esta costumbre no se funda en ninguna razón. Y los mismos antiguos que la seguían o la toleraban no estaban seguros de si hacían bien o mal. Porque san Agustín habla de ello con duda y no puede resolver si se hace sin pecado. Dice así: «Y si un laico, obligado por la necesidad, bautiza, no sé si alguien podrá decir piadosamente que tal bautismo deba repetirse; porque, si se hace...», etc. (Contra la carta de Parmeniano, libro 2, cap. 13). En cuanto a las mujeres, en el Concilio de Cartago, celebrado en tiempos del mismo san Agustín, se ordenó que no bautizaran en ningún caso, bajo pena de excomunión (cap. 100). Objetan que, si un niño muriera sin bautismo, no participaría de la gracia de la regeneración. Les respondo que no hay por qué temer. Porque Dios mismo dice que adopta a nuestros hijos y los tiene por suyos antes de que nazcan, cuando dice que será nuestro Dios y el de nuestra descendencia después de nosotros. En esta palabra consiste y está comprendida la salvación de nuestra descendencia; y se haría gran injuria a Dios si se negara que su promesa basta para llevar a cabo lo que contiene. Muy pocos han advertido cuánto daño ha hecho aquel dogma mal entendido de que el bautismo es necesario y sin él no puede salvarse nadie. Y he aquí por qué no lo advierten y lo dejan pasar. Porque, si se admite que nadie que no haya sido bautizado puede salvarse, nuestra condición sería mucho peor que la del pueblo judío, pues la gracia de Dios se estrecharía ahora más que en tiempos de la Ley; y así se creería que Cristo vino, no a cumplir las promesas, sino a deshacerlas, pues la promesa de salvación tenía toda su fuerza y virtud antes del octavo día, antes del cual nadie podía ser circuncidado, y ahora no tendría virtud ni valor sin la ayuda de la señal.

Qué costumbre se tuvo en la Iglesia antes de que naciera san Agustín se ve claramente en muchos de los antiguos padres. En primer lugar, en Tertuliano, cuando dice que no se permite a la mujer hablar en la iglesia, ni enseñar, ni bautizar, ni ofrecer, para que no usurpe el oficio de ningún varón, y mucho menos el del sacerdote (Contra los herejes, libro 1). Tenemos también a Epifanio, testigo muy digno de crédito, que reprocha a Marción que diera licencia a las mujeres para bautizar. Sé bien lo que responden a esto: que hay gran diferencia entre el uso común y ordinario y lo que se hace forzado por la necesidad. Pero, puesto que Epifanio dice que es una burla dar licencia a las mujeres para bautizar, sin hacer ninguna excepción, está claro que condena este abuso de tal manera que no hay pretexto que lo pueda excusar. Asimismo, al decir en el libro 3 que ni siquiera a la Virgen María se le permitió bautizar, no hay por qué restringir su afirmación.

El ejemplo de Séfora se alega aquí muy fuera de lugar. Dicen que el ángel de Dios se aplacó después de que ella, tomando una piedra, circuncidó a su hijo (Éx 4:25), y de ahí concluyen, mal, que Dios aprobó lo que ella hizo. Porque, por la misma razón, habría que decir que agradó a Dios el culto que los asirios establecieron en Samaria, puesto que ya no fueron molestados por las fieras. Pero hay otras muchas y firmes razones para probar que es un gran desatino poner como ejemplo para imitar lo que hizo una mujer fuera de sí. Si dijera que fue un hecho particular y extraordinario que no se debe imitar; o que no hay un mandamiento expreso que ordenara a los sacerdotes circuncidar; o que no vale la misma razón para el bautismo que para la circuncisión, quizá esto bastaría para tapar la boca a los que quieren dar licencia a las mujeres para bautizar. Porque las palabras de Jesucristo son claras: «Id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos» (Mt 28:19). Y puesto que no designa para bautizar a otros ministros que a los mismos que nombró para predicar el evangelio, y puesto que el apóstol atestigua que «nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón» (He 5:4), cualquiera que bautiza sin tener una vocación legítima hace muy mal al entrometerse en la vocación de otro. San Pablo dice claramente que todo lo que se emprende sin la certeza de la fe, aunque sea en cosas de poca importancia como comer y beber, es pecado (Ro 14:23). Por tanto, mucho más peca una mujer cuando bautiza, pues quebranta abiertamente el orden que Cristo estableció en su Iglesia. Porque sabemos bien cuán grave pecado es separar lo que Dios ha unido. Pero dejo pasar todo esto; solo quiero advertir a los lectores que nada estuvo más lejos del pensamiento de Séfora que prestar con ello un servicio a Dios. Viendo a su hijo en peligro de muerte, se enfada y murmura, arroja con ira el prepucio al suelo, y riñe con su marido de tal manera que se enoja con Dios. En suma, todo lo que hace procede de una furia desordenada, pues se enoja y habla contra Dios y contra su marido porque se ve obligada a derramar la sangre de su hijo. Además, aunque se hubiera comportado bien en todo lo demás, su temeridad al atreverse a circuncidar a su hijo en presencia de su marido, un profeta de Dios tan excelente que no hubo otro como él en Israel, es inexcusable. Si a ella no le fue lícito hacerlo, ¿qué sería hoy que las mujeres bautizaran estando presente el obispo? Por lo demás, todas estas cuestiones se resolverán con mucha facilidad si se quita del entendimiento humano la fantasía de que los niños que salen de este mundo sin bautismo no tienen parte en el paraíso. Y, como ya hemos dicho, se hace gran injuria y agravio a la verdad y al pacto de Dios si no descansamos en él, como si no fuera suficiente por sí mismo para salvarnos, siendo así que su efecto no depende del bautismo ni de ningún otro añadido. El bautismo se añade después como un sello, no para dar fuerza a la promesa, como si fuera débil, sino solo para ratificarla en nosotros, para que la tengamos por tanto más cierta. De donde se sigue que los hijos de los fieles no son bautizados para que empiecen entonces a ser hijos de Dios, como si antes fueran extraños a la Iglesia, sino para que con esta señal solemne se declare que son recibidos en la Iglesia como miembros que ya eran de ella. Por tanto, si el bautismo no se omite por desprecio ni por descuido, no hay nada que temer. Así pues, lo mejor es honrar lo que Dios ha ordenado, es decir, no recibir los sacramentos de otra mano que de la de aquellos a quienes Dios encomendó su administración. Y cuando no podamos recibirlos de este modo, no pensemos que la gracia del Espíritu Santo está tan atada a los sacramentos que no la recibamos por la fe en la palabra del Señor.

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.