Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

Los medios externos o ayudas de que Dios se sirve para llamarnos a la comunión de Jesucristo, su Hijo, y mantenernos en ella

El bautismo de los niños concuerda plenamente con la institución de Jesucristo y con la naturaleza de la señal

Ciertos espíritus fantasiosos han levantado en nuestro tiempo grandes disputas en la Iglesia a causa de esta práctica que tenemos de bautizar a los niños, y todavía no cesan, como si Dios no lo hubiera ordenado, sino que los hombres lo hubieran inventado ahora de nuevo, o a lo sumo algunos años después de los apóstoles. Por eso me parece muy conveniente confirmar sobre este punto las conciencias de los débiles y refutar las falsas objeciones que tales engañadores pueden plantear para trastornar la verdad de Dios en el corazón de los sencillos, que no están tan ejercitados en responder a semejantes astucias y sutilezas. Porque usan un argumento bastante convincente a primera vista: que no desean otra cosa sino que la palabra de Dios se guarde pura y se mantenga tal como es, sin añadirle ni quitarle nada, como hicieron, según ellos, los que al principio inventaron el bautismo de los niños, que lo emprendieron sin tener mandamiento alguno. Les concederíamos que esta razón es suficiente, si pudieran probar lo que pretenden: que ese bautismo es invención de hombres y no ordenanza de Dios. Pero cuando hayamos mostrado claramente, por el contrario, que falsamente y con gran injusticia inventan esta calumnia, llamando tradición humana a esta institución tan bien fundada sobre la palabra de Dios, ¿qué otra cosa queda sino que este pretexto que alegan en vano se deshaga y se convierta en humo? Averigüemos, pues, cuándo comenzaron a ser bautizados los niños. Porque si esto fue invención de hombres, confieso que hay que dejarlo y tomar la verdadera regla de lo que el Señor ha ordenado, pues los sacramentos penderían de un hilo si no estuvieran fundados sobre la pura palabra de Dios. Pero si hallamos que los niños son bautizados por la autoridad de Dios, guardémonos bien de hacerle la injuria de reprobar lo que él ha ordenado.

En primer lugar, es una doctrina en la que todos los piadosos están bien afirmados que la recta consideración de las señales o sacramentos que el Señor ha dejado y ordenado en su Iglesia no consiste solo en lo exterior ni en la ceremonia que se ve, sino que consiste y depende principalmente de las promesas y de los misterios espirituales que el Señor ha querido representar mediante esas ceremonias. Por tanto, quien quiera saber el valor del bautismo y con qué fin fue ordenado no debe aferrarse solo al agua ni a lo que se hace exteriormente, sino que debe elevar sus pensamientos a las promesas de Dios que se nos hacen en el bautismo, y a las realidades internas y espirituales que en él se nos presentan. Si tenemos esto, tenemos verdaderamente la sustancia y la verdad del bautismo; y de aquí llegaremos a comprender con qué fin se ordenó la aspersión del agua que se hace en el bautismo y para qué nos sirve. Por el contrario, si sin tener en cuenta esto fijamos el entendimiento solo y enteramente en lo que se hace exteriormente, jamás entenderemos su virtud, ni cuán importante es el bautismo, ni qué significa el agua, ni para qué sirve. No trataremos esto con muchas palabras, puesto que es algo tan claro y tan frecuente en la Escritura que no hay cristiano que pueda dudarlo ni ignorarlo. Resta, pues, que busquemos en las promesas hechas en el bautismo cuál es la sustancia y la naturaleza propias del bautismo. La Escritura nos enseña que en el bautismo se nos representa, en primer lugar, el perdón y la purificación de los pecados que alcanzamos por el derramamiento de la sangre de Cristo; y después, la mortificación de nuestra carne, que conseguimos participando de su muerte para resucitar en novedad de vida, es decir, en inocencia, santidad y pureza. De esto comprendemos, primero, que la señal visible y material no es sino una representación de cosas más altas y más excelentes, y que para comprenderlas debemos acudir a la palabra de Dios, en la que consiste toda la virtud de la señal. Por ella vemos que las cosas significadas y representadas son la purificación de nuestros pecados y la mortificación de nuestra carne, para que seamos hechos partícipes de la regeneración espiritual que debe haber en todos los hijos de Dios. Muestra también que todas estas cosas se efectúan en Cristo, que es el fundamento. He aquí, en resumen, la explicación del bautismo, a la que puede referirse todo lo que dice la Escritura, excepto un punto que aún no hemos tocado: que nos sirve también como una señal y marca por la cual confesamos delante de los hombres que el Señor es nuestro Dios, y quedamos registrados e inscritos en el número de su pueblo.

Y como el pueblo de Dios, antes de que se instituyera el bautismo, tenía la circuncisión en el lugar y con el rango que ahora tiene para nosotros el bautismo, será necesario ver aquí la diferencia y la semejanza que hay entre estas dos señales; de ahí se verá lo que puede deducirse de una señal para la otra. Cuando el Señor ordena la circuncisión a Abraham, usa este preámbulo: que él quiere ser su Dios y el Dios de su descendencia, declarándose todopoderoso y suficiente, en quien está toda la abundancia y plenitud de todos los bienes, para que Abraham entienda que todo su bien está en él (Gn 17:10). En estas palabras se contiene la promesa de la vida eterna, como lo declara Jesucristo al sacar de ellas un argumento: que su Padre se llama Dios de Abraham, para convencer a los saduceos acerca de la inmortalidad y la resurrección de los fieles. Porque «Dios no es Dios de muertos, sino de vivos» (Mt 22:32; Lc 20:38), dice Cristo. Por eso san Pablo, hablando a los efesios y mostrándoles de qué confusión y ruina los había sacado Dios, concluye que, por no haber sido admitidos en el pacto de la circuncisión, estaban sin Cristo, ajenos a las promesas, sin Dios y sin esperanza; y todas estas cosas las comprendía en sí el pacto de la circuncisión. La primera entrada que tenemos para acercarnos a Dios y entrar en la vida eterna es el perdón de los pecados. De donde se sigue que esta promesa corresponde a la del bautismo en cuanto a la purificación y el lavamiento. Después de esto, el Señor manda a Abraham que ande delante de él en integridad e inocencia de corazón, lo cual no es otra cosa que mortificación para resucitar en novedad de vida. Y Moisés, para quitar toda duda sobre si la circuncisión es o no señal y figura de la mortificación, lo declara con mucha más amplitud en el capítulo 10 del Deuteronomio, cuando exhorta al pueblo de Israel a circuncidar su corazón al Señor, puesto que era el pueblo que el Señor había escogido entre todas las naciones de la tierra (Dt 10:16; 30:6). Así como Dios, cuando adopta la descendencia de Abraham por pueblo suyo, les manda circuncidarse, así también Moisés declara que deben circuncidarse en el corazón, como queriendo mostrar cuál es la verdad de esta circuncisión carnal. Asimismo, para que nadie pensara que podía alcanzar esta mortificación por sus propias fuerzas y virtud, Moisés enseña que esta mortificación es obra de la gracia de Dios. Todas estas cosas se repiten tanto en los profetas que no hace falta gastar tiempo en probarlas. Concluimos, pues, de esto que los padres tuvieron en la circuncisión la misma promesa espiritual que nosotros tenemos ahora en el bautismo, la cual les significaba el perdón de sus pecados y la mortificación de su carne para vivir en justicia. Además (como ya hemos enseñado), Cristo, así como es el fundamento del bautismo, en el cual residen ambas cosas, lo es también de la circuncisión. Porque él es el que fue prometido a Abraham, y en él la bendición de todas las naciones de la tierra; como si el Señor dijera que toda la tierra, siendo en sí maldita, recibirá la bendición por él. Y para confirmar esto se les da la circuncisión como un sello.

Ahora bien, es fácil juzgar qué semejanza y qué diferencia hay entre estas dos señales, la circuncisión y el bautismo. La promesa, en la cual dijimos que consiste la virtud de las señales, es la misma en ambas: la de la misericordia de Dios, el perdón de los pecados y la vida eterna. Además, la cosa significada es siempre la misma: nuestra purificación y mortificación. El fundamento sobre el que descansa el cumplimiento de estas cosas es el mismo en ambas. Se sigue, pues, que no hay ninguna diferencia entre el bautismo y la circuncisión en cuanto al misterio interno, en el cual consiste toda la sustancia de los sacramentos, como ya hemos mostrado. Toda la diferencia está en las ceremonias exteriores, que es lo menos importante en los sacramentos, puesto que lo principal depende de la palabra y de la cosa significada y representada. Por lo cual podemos concluir que todo lo que pertenece a la circuncisión pertenece también al bautismo, excepto la ceremonia externa y visible. A esta comparación nos conduce la regla que establece san Pablo: que toda la Escritura debe medirse y pesarse conforme a la analogía y proporción de la fe, la cual tiene siempre en cuenta las promesas (Ro 12:3, 6). Y ciertamente la verdad en esto se puede tocar con la mano. Porque así como la circuncisión fue para los judíos una señal y marca de que Dios los recibía por su pueblo y de que ellos lo tenían por su Dios, y de este modo era para ellos como una primera entrada externa en la Iglesia de Dios, así también por el bautismo somos recibidos primeramente en la Iglesia del Señor para ser tenidos por pueblo suyo, y declaramos que queremos tenerlo por nuestro Dios. De esto se ve claramente que el bautismo sucedió a la circuncisión.

Si alguno pregunta ahora, pues, si el bautismo debe darse a los niños —y ciertamente les pertenece conforme al orden que Dios ha establecido—, ¿quién será tan desatinado y tan necio que, para resolver la cuestión, quiera fijarse solo en el agua visible y no considere el misterio espiritual? Si lo tenemos en cuenta, no habrá ninguna duda de que el bautismo se da a los niños con muy justa causa. Porque al ordenar antiguamente la circuncisión para los niños, el Señor mostró claramente que los hacía partícipes de todo lo que en ella se les representaba. De otro modo habría que decir que aquella institución no había sido sino mentira, falsedad y engaño, lo cual es horrendo aun solo de oírlo. Porque el Señor dice expresamente que la circuncisión que se da al niño le servirá para confirmar el pacto que ya hemos mencionado. Si, pues, el pacto permanece siempre el mismo, es certísimo que los hijos de los cristianos no participan de él menos que los niños de los judíos en el Antiguo Testamento. Y si participan de la cosa significada, ¿por qué no se les dará la señal? Si tienen la verdad, ¿por qué serán apartados de la figura? Aunque la señal externa del sacramento está tan unida y emparejada con la palabra que no se puede separar de ella. Y si se trata de distinguir entre la señal visible y la palabra, ¿cuál de las dos cosas se estimará más? Ciertamente, puesto que la señal sirve a la palabra, se ve bien que le es inferior; y puesto que la palabra del bautismo corresponde a los niños, ¿por qué les quitaremos la señal, que depende de la palabra? Aunque no hubiera otra razón que esta, ella sola bastaría para tapar la boca a todos los que opinan lo contrario. Lo que objetan, que había un día señalado para la circuncisión, no es más que una evasiva. Es verdad que el Señor no nos ha obligado a ciertos días, como obligó a los judíos; pero, dejándonos en esto libertad, nos ha declarado, con todo, que los niños deben ser recibidos solemnemente en su pacto. ¿Qué más queremos?

Sin embargo, la Escritura nos da un conocimiento todavía mucho mayor de la verdad. Porque es certísimo que el pacto que el Señor hizo una vez con Abraham, diciendo que sería su Dios y el de su descendencia, corresponde hoy a los cristianos no menos que correspondió antiguamente al pueblo de Israel; y esta palabra se dice hoy a los cristianos no menos que se dijo antiguamente a los padres del Antiguo Testamento. De otro modo se seguiría que la venida de Jesucristo ha disminuido y empeorado la gracia y la misericordia del Padre, lo cual sería una blasfemia execrable decirlo o pensarlo. Y ciertamente, así como los hijos de los judíos fueron llamados linaje santo por ser herederos de este pacto, y estaban separados de los hijos de los infieles e idólatras, del mismo modo los hijos de los cristianos se llaman santos por la misma razón, aunque solo hayan nacido de padre o madre creyente, y se distinguen de los demás por el testimonio del apóstol (1 Co 7:14). Y así es: el Señor, después de haber hecho este pacto con Abraham, quiere que sea sellado en los niños con el sacramento visible y exterior (Gn 17:12). ¿Qué excusa tendremos, pues, para no testificarlo y sellarlo hoy, lo mismo que entonces? Y no pueden responder que el Señor no ha ordenado ningún otro sacramento para testificar este pacto sino el de la circuncisión, que ya está abrogada; porque muy fácilmente se puede responder que el Señor les ordenó en aquel tiempo la circuncisión para confirmar su pacto, y que, aunque la circuncisión está abrogada, sigue en pie la razón de confirmar el pacto, puesto que nos corresponde tanto a nosotros como a los judíos. Por tanto, debemos considerar siempre con diligencia en qué coincidimos con ellos y en qué nos diferenciamos. Coincidimos en el pacto y en la causa de confirmarlo; nos diferenciamos solo en la manera: ellos tienen la circuncisión como confirmación, y nosotros tenemos en su lugar el bautismo. De otro modo, la venida de Cristo habría hecho que la misericordia de Dios se nos manifestara menos a nosotros que a los judíos, si se nos quitara el testimonio que ellos tenían para sus hijos. Si esto no se puede decir sin hacer una gran ofensa a Cristo, por quien la infinita bondad del Padre se nos ha manifestado y comunicado mucho más amplia y abundantemente, y más que nunca, hay que conceder que esta gracia divina no debe ahora ocultarse más, ni ilustrarse con un testimonio menor que el que tenía bajo las oscuras sombras de la ley.

Por eso el Señor Jesús, para mostrar que había venido más bien para aumentar y multiplicar las gracias de su Padre que para disminuirlas, recibe con bondad y abraza a los niños que le presentaban, y reprende a sus apóstoles, que intentaban impedirlo, porque procuraban apartar de él —que es el único por quien se tiene entrada en el cielo— a aquellos a quienes pertenecía el reino de los cielos (Mt 19:13). «Pero ¿qué semejanza tiene con el bautismo esto que hizo el Señor al abrazar a los niños?», dirá alguno. «Porque no se dice que los haya bautizado, sino solo que los recibió, los abrazó y oró por ellos. Por tanto», dicen, «si queremos seguir este ejemplo del Señor, habrá que orar por los niños y no bautizarlos, puesto que él no los bautizó». Pero consideremos nosotros mejor que ellos lo que hizo Jesucristo. No debemos dejar pasar a la ligera, sin más consideración, que el Señor manda que le presenten los niños, añadiendo enseguida la razón: «porque de los tales es el reino de los cielos». Y además muestra luego con hechos su voluntad, abrazándolos y orando por ellos al Padre. Si es razonable traer los niños a Cristo, ¿por qué no será razonable también recibirlos al bautismo, que es la señal exterior con que Jesucristo nos declara la comunión y la compañía que tenemos con él? Si el reino de los cielos les pertenece, ¿por qué se les negará la señal por la cual se nos abre como una entrada en la Iglesia, para que, una vez dentro, seamos declarados herederos del reino de Dios? ¿No seríamos bien malvados si echáramos fuera a los que el Señor llama a sí, si les quitáramos lo que él les da, si les cerráramos la puerta que él les abre? Y si se trata de separar del bautismo lo que Jesucristo hizo, ¿qué se debe estimar más: que Cristo los haya recibido, les haya impuesto las manos en señal de santificación y haya orado por ellos, mostrando con ello que son suyos, o que nosotros testifiquemos con el bautismo que pertenecen a su pacto? Las sutilezas que alegan para escapar de este pasaje de la Escritura son bien frívolas. Porque querer probar que aquellos niños ya eran grandes, porque Cristo dice «dejadlos venir a mí», contradice manifiestamente lo que dice el evangelista, que los llama niños pequeños de pecho, pues eso significan las palabras que aquí usa. De modo que la palabra «venir» significa aquí simplemente «acercarse». He aquí cómo los que se han endurecido contra la verdad buscan en cada sílaba ocasión de tergiversar. Y no es más sólido lo que objetan: que Cristo no dice «el reino de los cielos pertenece a los niños», sino «el reino de los cielos pertenece a los que son como los niños». Porque si fuera así, ¿qué fuerza tendría la razón que da Cristo de que los que son niños en edad se le deben acercar? Cuando dice: «Dejad a los niños venir a mí», no hay duda de que se refiere a los niños en edad. Y para mostrar que es razonable hacerlo así, añade: «porque de los tales es el reino de los cielos». Y si es necesario incluir a los niños, se ve claramente que la palabra «tales» quiere decir que el reino de los cielos pertenece a los niños y a los que son semejantes a ellos.

No hay, pues, nadie que no vea que el bautismo de los niños no ha sido inventado temerariamente por los hombres, puesto que se confirma tan claramente por la Escritura. Y no tiene ningún valor la objeción que algunos hacen, de que no se puede mostrar en ningún lugar de la Escritura que los apóstoles hayan bautizado ni siquiera a un niño. Porque, aunque confesamos que no hay un pasaje expreso que lo diga, no por eso debemos decir que no fueron bautizados, ya que nunca se excluye a los niños cuando se menciona que alguna familia fue bautizada (Hch 16:15, 32). Si esta razón valiera, podríamos concluir de aquí que las mujeres no deben ser admitidas a la Cena del Señor, puesto que no hay pasaje de la Escritura que diga que comulgaran en tiempo de los apóstoles. Pero en esto seguimos, como conviene, la regla de la fe, considerando solamente si la institución de la Cena les corresponde y si conforme a la intención del Señor se les debe dar; y lo mismo hacemos con el bautismo. Porque, cuando consideramos el fin para el que fue instituido el bautismo, hallamos que no pertenece menos a los niños que a los adultos. Así que no pueden ser privados de él sin que se cometa un manifiesto fraude contra la intención de quien ordenó el bautismo. En cuanto a lo que siembran entre el pueblo sencillo, que durante muchísimos años después de la resurrección de Cristo nunca se supo qué era bautizar niños, en esto mienten con toda falsedad. Porque no hay doctor tan antiguo que no testifique que este bautismo se practicaba ya en tiempo de los apóstoles.

Resta ahora mostrar qué provecho sacan los fieles de esta costumbre de bautizar a sus hijos, y qué provecho reciben los niños cuando son bautizados, para que nadie la desprecie como cosa inútil y vana. Aunque si a alguno se le antoja burlarse del bautismo con este pretexto, por la misma razón se burla del mandamiento de la circuncisión que Dios dio. Porque ¿qué pueden decir contra el bautismo que no se pueda decir contra la circuncisión? Así castiga Dios la arrogancia de quienes condenan enseguida todo lo que no pueden comprender con el sentido carnal. Pero Dios nos ha armado con mejores armas para reprimir su necia locura. Porque esta santa institución suya, con la que sentimos que nuestra fe recibe la ayuda de un gran consuelo, no merece ser llamada superflua. La señal de Dios que se comunica a los niños confirma al padre creyente la promesa, como si la sellara con un sello, y ratifica la promesa que el Señor ha hecho a los suyos de que será su Dios y el de su descendencia hasta mil generaciones. En ello se testifica, en primer lugar, la bondad de Dios, para engrandecer y exaltar su nombre. En segundo lugar, sirve para consolar al creyente y darle mayor ánimo para entregarse por completo a Dios, al ver que este buen Dios no solo tiene cuidado de él, sino también de sus hijos y de su descendencia. Y no se debe decir que la promesa bastaría para asegurarnos de la salvación de nuestros hijos. Porque a Dios le ha parecido otra cosa: conociendo la flaqueza de nuestra fe, ha querido sobrellevarla en esto. Por tanto, todos los que descansan con firme confianza en esta promesa de que Dios quiere hacer misericordia a su descendencia tienen el deber de presentar a sus hijos para que reciban la señal de la misericordia, y de consolarse y fortalecerse con ello, al ver con sus ojos el pacto del Señor sellado en el cuerpo de sus hijos. El provecho que recibe el niño es que la Iglesia cristiana, al reconocerlo como miembro de su cuerpo, lo estima mucho más; y él, cuando llegue a la edad adulta, tiene un motivo para inclinarse a servir más a Dios, que se le declaró su Padre antes de que tuviera entendimiento para comprenderlo, recibiéndolo en el número de los suyos desde el vientre de su madre. Finalmente, debemos temer siempre esta amenaza: que si despreciamos marcar a nuestros hijos con la señal del pacto, el Señor nos castigará por ello, porque al despreciarla renunciamos al beneficio y a la merced que él nos ofrece (Gn 17:14).

Pasemos ahora a las razones y argumentos con que el espíritu maligno procura engañar a muchos, con el pretexto de que quieren fundarse en la palabra de Dios, y consideremos qué fuerza tienen las astucias de Satanás con que pretende invalidar esta santa ordenanza del Señor, que siempre ha sido recibida en la Iglesia, como era justo. Aquellos a quienes el diablo incita a contradecir en esta materia la palabra de Dios, viéndose muy acorralados y convencidos por la semejanza que hemos establecido entre la circuncisión y el bautismo, se esfuerzan por mostrar una gran diferencia entre estas dos señales, de modo que no coincidan en nada. En primer lugar, dicen que la cosa figurada no es la misma; en segundo lugar, que el pacto es diferente; en tercer lugar, que el nombre de «hijos» se debe entender de maneras distintas. Para probar lo primero alegan que la circuncisión fue figura de la mortificación y no del bautismo, lo cual les concedemos de muy buena gana, porque juega a nuestro favor. Y ciertamente, para probar bien nuestro propósito no usamos otras palabras que estas: que la circuncisión y el bautismo representan igualmente la mortificación. De ello concluimos que el bautismo ha sucedido en lugar de la circuncisión, puesto que el bautismo significa para los cristianos lo mismo que la circuncisión significaba para los judíos. En cuanto a lo segundo que dicen, muestran cuán trastornado tienen el entendimiento, destrozando y corrompiendo la Escritura con gran temeridad, y no en un solo lugar, sino en toda ella. Porque presentan a los judíos como un pueblo carnal y brutal, más semejante a bestias que a hombres, con quien Dios no habría hecho otro pacto sino para esta vida temporal, ni les habría hecho otra promesa que la de bienes presentes y corruptibles. Si esto fuera así, ¿qué quedaría sino tener al pueblo judío por una piara de cerdos que el Señor quiso engordar en la pocilga para dejarlos después perecer para siempre? Porque cada vez que les citamos la circuncisión y las promesas que les fueron hechas, responden al instante que la circuncisión fue una señal literal y sus promesas, carnales.

Ciertamente, si la circuncisión fue una señal literal, también lo es el bautismo, pues san Pablo no hace más espiritual a uno que a la otra cuando dice que en Cristo fuimos circuncidados con una circuncisión no hecha a mano, al despojarnos del cuerpo del pecado que habitaba en nuestra carne, y la llama circuncisión de Cristo (Col 2:11). Después, para explicarlo, añade que por el bautismo fuimos sepultados juntamente con Cristo. ¿Qué quiere decir con estas palabras sino que el cumplimiento y la verdad del bautismo son a la vez el cumplimiento y la verdad de la circuncisión, puesto que ambos figuran una misma cosa? Porque pretende mostrar que el bautismo es para los cristianos lo mismo que la circuncisión era para los judíos. Y como ya hemos mostrado con toda claridad que las promesas de ambas señales y los misterios que en ellas se representan concuerdan entre sí, no me detendré más en ello por ahora. Solo advertiré a los fieles que, sin que yo les diga nada, consideren en sí mismos si se debe tener por terrena y literal una señal que no contiene nada que no sea espiritual y celestial. Sin embargo, como ellos alegan algunos pasajes de la Escritura para dar alguna apariencia a su mentira y engañar así a los sencillos, resolveremos en pocas palabras todas las objeciones que pueden plantear a este propósito. Es certísimo que las principales promesas que el Señor hizo a su pueblo en el Antiguo Testamento, en las cuales se contenía el pacto que hizo con ellos, eran espirituales y se referían a la vida eterna; y así las entendieron los padres, como espirituales, para concebir en sí mismos la esperanza de la gloria venidera y ser arrebatados hacia ella con todo su afecto. Con todo, no negamos que les testificara su buena voluntad con otras promesas carnales y terrenas, y aun para confirmar con ellas las promesas espirituales; como vemos que, después de haber prometido Dios a Abraham la bienaventuranza inmortal, le añade la promesa de la tierra de Canaán para declararle su gracia y su favor para con él (Gn 15:1, 18). Así se deben entender todas las promesas terrenas que hizo al pueblo judío: la promesa espiritual va siempre delante como fundamento y principio, y todo lo demás se refiere a ella. Lo he tratado aquí brevemente porque ya lo traté por extenso en el tratado del Antiguo y el Nuevo Testamento.

La diferencia que ellos establecen entre los hijos del Antiguo Testamento y los del Nuevo es esta: que los hijos de Abraham eran entonces su descendencia según la carne, pero ahora se llaman hijos de Abraham los que lo imitan en la fe; y que, por eso, aquella infancia según la carne, que por la circuncisión se injertaba en el pacto, figuraba a los hijos espirituales del Nuevo Testamento, que son regenerados por la palabra de Dios para gozar de la inmortalidad. En estas palabras vemos una pequeñísima chispa de verdad; pero en esto se equivocan gravemente estos espíritus ligeros, que, sin reflexión alguna, arrebatan lo primero que les viene a la mano y, cuando deberían ir más adelante y cotejar entre sí muchas cosas, se aferran obstinadamente a una sola palabra. De ahí que no puedan sino andar muchas veces a tientas; y la causa es que no tienen fundamento sólido en nada. Confesamos, desde luego, que la descendencia carnal de Abraham ocupó por un tiempo el lugar de los hijos espirituales, que son incorporados a él por la fe. Porque nosotros somos llamados sus hijos, aunque según la carne no tengamos con él parentesco alguno (Gá 4:28; Ro 4:12). Pero si entienden, como ciertamente lo muestran, que la bendición espiritual nunca fue prometida a la descendencia carnal de Abraham, se engañan muchísimo. Por tanto, tienen que apuntar a un blanco mucho mejor, que es el que nos señala la Escritura. El Señor promete, pues, a Abraham que en su simiente serán bendecidas todas las naciones de la tierra, y junto con esto promete que será su Dios y el de su descendencia. Todos los que por la fe reciben a Cristo, autor de esta bendición, son herederos de esta promesa, y por eso se llaman hijos de Abraham.

Y aunque, después de la resurrección de Jesucristo, el reino de Dios ha ensanchado sus fronteras para que todos los pueblos y naciones tengan entrada en él sin distinción, a fin de que, como él mismo dice, los fieles sean reunidos de todas las partes del mundo y se sienten en la gloria celestial con Abraham, Isaac y Jacob (Mt 8:11), sin embargo, durante todo el tiempo anterior nuestro Señor tuvo esta gracia como encerrada de ordinario entre los judíos, a quienes llamaba su reino, su pueblo especial y su propia heredad (Éx 19:5). Para declarar esta merced, el Señor les dio la circuncisión, que les servía de señal con la que se declaraba su Dios, recibiéndolos bajo su protección y amparo para guiarlos a la vida eterna. Porque cuando Dios nos toma bajo su amparo para guardarnos, ¿qué nos puede faltar? Por eso san Pablo, queriendo mostrar que los gentiles son hijos de Abraham igual que los judíos, dice así: Abraham fue justificado por la fe antes de ser circuncidado; después recibió la circuncisión como sello de su justicia, para que fuera padre de todos los creyentes no circuncidados, y también padre de los creyentes circuncidados, no de los que se glorían solo en la circuncisión, sino de los que siguen la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de ser circuncidado (Ro 4:10). ¿No vemos cómo iguala en dignidad a unos y a otros? Porque Abraham fue, durante todo el tiempo que Dios había dispuesto, padre de los fieles circuncidados; y cuando se derribó la pared (como dice el apóstol) para abrir la puerta a los que estaban fuera, para que entraran en el reino de Dios, fue hecho padre de ellos, aunque no estuvieran circuncidados, porque el bautismo les servía de circuncisión (Ef 2:14). Y lo que el apóstol niega expresamente —que Abraham fuera padre de los que no tenían otra cosa que la circuncisión— lo dijo a propósito para abatir la vana confianza de algunos judíos que, sin tener en cuenta la piedad, hacían gran caso de las meras ceremonias. Lo mismo podría decirse del bautismo, para refutar el error de quienes no buscan en el bautismo otra cosa que el agua.

Pero ¿qué quiere decir el apóstol en otro lugar, cuando enseña que los verdaderos hijos de Abraham no son los que son sus hijos según la carne, sino los que lo son según la promesa (Ro 9:7)? Ciertamente quiere concluir de aquí que el parentesco con Abraham según la carne no sirve de nada. Pero debemos considerar muy bien lo que trata el apóstol en este lugar. Porque, teniendo que mostrar a los judíos que la gracia de Dios no está ligada a la descendencia carnal de Abraham, y que este parentesco carnal no vale nada por sí mismo, para confirmarlo les presenta en el capítulo noveno a Ismael y a Esaú, que, aunque eran descendientes de Abraham según la carne, fueron desechados como extraños, y la bendición recayó en Isaac y en Jacob. De ello se sigue lo que él concluye: que la salvación depende de la misericordia de Dios, que él tiene de quien le place, y que por tanto los judíos no tienen de qué gloriarse por ser de la Iglesia de Dios si no guardan la condición del pacto, es decir, si no obedecen su palabra. Pero, después de haber abatido bien la vana confianza de los judíos, sabiendo por otra parte que el pacto que Dios había hecho con Abraham y con su descendencia no era vano, sino que conservaba siempre su valor y estima, declara en el capítulo 11 que no se debe despreciar esta descendencia de Abraham según la carne, y que los judíos son los verdaderos y primeros herederos del evangelio, a menos que por su ingratitud sean desheredados como indignos; pero de tal manera que la gracia celestial nunca se ha apartado del todo de esta nación. Por esta causa el apóstol los llama santos, aunque sean contumaces y rebeldes. Tanta es la honra que les atribuye a causa de la santa estirpe de la que procedían. En cuanto a nosotros, dice que, si nos comparamos con ellos, no somos más que hijos póstumos o abortivos de Abraham, y aun esto por adopción y no por naturaleza, como si un renuevo cortado de un árbol fuera injertado en el tronco de otro. Por tanto, para que no perdieran su privilegio, fue necesario que el evangelio se les anunciara primero a ellos, antes que a ninguna otra nación. Porque ellos son los primogénitos y herederos principales en la casa de Dios. Por eso fue necesario hacerles esta honra, hasta que ellos mismos la rechazaron y con su ingratitud hicieron que se ofreciera a los gentiles. Y por más rebeldes que se muestren contra el evangelio, no por eso debemos despreciarlos, esperando que la bondad del Señor está todavía sobre ellos a causa de la promesa. Porque san Pablo testifica que esta nunca se apartará, al decir que «irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios» (Ro 11:29).

He aquí cuánta importancia tiene la promesa hecha a la descendencia de Abraham. Por tanto, aunque en esto solo la elección decide para distinguir a los herederos del reino celestial de los que no lo son, con todo, ha sido la buena voluntad de nuestro buen Dios poner particularmente sus ojos misericordiosos sobre el linaje de Abraham, y testificar esta misericordia suya y sellarla con la circuncisión. Y lo mismo vale para los cristianos. Porque así como san Pablo afirma en cierto lugar que los judíos son santificados por ser del linaje que son, así también dice en otro que los hijos de los cristianos son ahora santificados por sus padres (1 Co 7:14); por tanto, deben ser distinguidos de los demás, que todavía permanecen en su impureza. Por eso se puede juzgar fácilmente que es falsísimo lo que estos pretenden concluir: que los niños que antiguamente se circuncidaban figuraban solamente la infancia espiritual que procede de la regeneración por la palabra de Dios. Porque el apóstol no argumenta con tanta sutileza cuando escribe que Jesucristo fue siervo de la circuncisión para cumplir las promesas hechas a los padres (Ro 15:8). Como si dijera: puesto que el pacto hecho con Abraham pertenece también a su descendencia, Jesucristo vino a llamar a esta nación a la salvación, a fin de cumplir la verdad de su Padre. He aquí cómo san Pablo entiende que la promesa debe cumplirse siempre al pie de la letra, tal como suenan las palabras, en la descendencia según la carne, aun después de la resurrección de Cristo. Lo mismo dice san Pedro en los Hechos, capítulo segundo: anuncia a los judíos que la promesa les pertenece a ellos y a sus descendientes (Hch 2:39). Y en el capítulo tercero los llama hijos del pacto, es decir, herederos, teniendo siempre en cuenta la promesa. Esto confirma lo que dice san Pablo, que ya hemos citado, porque presenta la circuncisión con que se circuncidaba a los niños como testimonio de la comunión espiritual que tienen con Cristo (Ef 2:11). Y si fuera como estos dicen, ¿qué responderán a la promesa que el Señor hace a sus fieles en su ley, donde promete que hará misericordia a sus descendientes hasta mil generaciones? ¿Se refugiarán aquí en alegorías? Su respuesta sería muy vana. ¿O dirán que esta promesa ya está abrogada? Pero eso sería destruir la ley de Dios, que más bien es confirmada por Cristo en cuanto sirve para nuestro bien y salvación. Tengamos, pues, por cierto que el Señor es tan bueno y tan generoso con los suyos que no solo los tiene a ellos por pueblo suyo, sino también a sus descendientes por causa de ellos.

Las otras diferencias que procuran establecer entre la circuncisión y el bautismo son vanas y ridículas, y se contradicen unas a otras. Porque, después de haber afirmado que el bautismo pertenece al primer día del combate cristiano, que es espiritual, y la circuncisión al octavo, cuando la mortificación ya está enteramente hecha, dicen luego que la circuncisión figura la mortificación del pecado, y el bautismo la sepultura después de que hemos muerto. Ciertamente, ni un loco se contradiría tan a las claras. Porque de lo primero que dicen se seguiría que el bautismo debería preceder en el tiempo a la circuncisión; y de lo segundo se seguiría lo contrario, que debería seguirla. Y no debemos maravillarnos de tales contradicciones, porque el espíritu humano, cuando se entrega a inventar fábulas e imaginaciones semejantes a sueños, cae necesariamente en semejantes desvaríos. Decimos, pues, que la primera diferencia no es más que un desatino. Si les gustaba hacer una alegoría del octavo día, no debieron hacerla como la han hecho. Mucho mejor les habría sido explicarlo como lo explicaron los antiguos: que era para mostrar que la renovación de vida depende de la resurrección de Cristo, que tuvo lugar el octavo día, o que esta circuncisión del corazón debe ser perpetua, mientras dure esta vida. Aunque parece que el Señor, al diferir la circuncisión hasta el octavo día, tuvo en cuenta la tierna edad de los niños, porque la herida habría sido más peligrosa en los recién nacidos. Y queriendo su Majestad que su pacto quedara impreso en sus cuerpos, es muy verosímil que haya puesto este plazo a fin de que estuvieran lo bastante fuertes para no correr peligro con la herida. La segunda diferencia que establecen no es más sólida, porque es una gran burla decir que por el bautismo somos sepultados después de la mortificación, ya que más bien somos sepultados para ser mortificados y para meditar desde entonces esta mortificación, como lo enseña la Escritura (Ro 6:4). Finalmente alegan que, si tomamos la circuncisión como fundamento del bautismo, no deberíamos bautizar a las niñas, puesto que solo se circuncidaba a los varones. Pero si consideraran bien el sentido de la circuncisión, no dirían esto. Porque, dado que el Señor mostraba con esta señal la santificación de la descendencia de Israel, es certísimo que servía tanto para las mujeres como para los varones; pero esta señal no se les aplicaba a ellas porque su sexo no lo permitía. Así que el Señor, al ordenar que se circuncidara a los varones, incluyó en ellos a las mujeres, que, no pudiendo recibir la circuncisión en su propio cuerpo, participaban en cierto modo de la circuncisión de los varones. Así pues, dejando a un lado todas estas locas fantasías, como merecen, mantengámonos firmes en la semejanza que hay entre el bautismo y la circuncisión en cuanto al misterio interior, las promesas, el uso y la eficacia.

Además, les parece que tienen una razón más que suficiente para que los niños no sean bautizados cuando dicen que, por falta de edad, todavía no tienen entendimiento para comprender el misterio que allí se representa, que es la regeneración espiritual, de la cual los niños no son capaces. Concluyen, pues, de aquí que hay que dejarlos como hijos de Adán hasta que lleguen a una edad en que sean capaces de esta regeneración. Pero la verdad de Dios es del todo contraria a esto. Porque si hay que dejarlos como hijos de Adán, los dejaríamos en la muerte, ya que en Adán no hay más que muerte. Cristo, por el contrario, manda que se los traigan. ¿Por qué? Porque él es la vida. Quiere, pues, hacerlos sus compañeros para darles vida. Pero estos luchan contra su voluntad diciendo que se queden en la muerte. Porque si alegan que los niños no se pierden por ser hijos de Adán, este error queda bien refutado por el testimonio de la Escritura. Pues, al decir que todos mueren en Adán, se sigue que no hay ninguna esperanza de vida sino solo en Cristo (1 Co 15:22). Para ser herederos de la vida, pues, es necesario tener parte en Cristo. Asimismo se dice en otro lugar que todos somos por naturaleza hijos de ira, concebidos en pecado, el cual siempre trae consigo condenación (Ef 2:3; Sal 51:5); es necesario que nos despojemos de nuestra naturaleza para poder entrar en el reino de Dios. ¿Y qué se puede decir más claro que esto: que «la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios» (1 Co 15:50)? Es necesario, pues, que se deshaga todo lo que hay de nuestro en nosotros, para que seamos hechos herederos de Dios; lo cual nunca sucederá sin ser regenerados. Finalmente, la palabra del Señor tiene que permanecer necesariamente verdadera: él dice que es la vida. Es necesario, pues, que seamos injertados en él para ser libres de la servidumbre de la muerte (Jn 11:25; 14:6). «¿Y de qué manera», dicen, «son regenerados los niños, que no conocen el bien ni el mal?». A esto respondemos que, aunque la obra de Dios nos sea oculta e incomprensible, no por eso deja de realizarse. Y es bien sabido que el Señor regenera a los niños que quiere salvar, pues es certísimo que salva a algunos. Porque, si nacen en corrupción, es necesario que sean purificados y limpiados de ella antes de entrar en el reino celestial, en el cual no entra ninguna cosa impura (Ap 21:27). Si los niños nacen pecadores, como lo testifican David y Pablo, es necesario o que estén bajo el desagrado y la ira de Dios, o que sean justificados para ser agradables a Dios (Sal 51:5; Ef 2:3). ¿Y para qué buscar más, cuando el mismo Juez celestial nos dice que para entrar en su reino es necesario nacer de nuevo (Jn 3:3)? Y para tapar la boca a todos los murmuradores, dio un ejemplo notable en san Juan Bautista, al santificarlo en el vientre de su madre, mostrando con ello lo que podría hacer en los demás (Lc 1:15). Y de nada les vale la sutileza con que piensan escapar, al decir que Dios hizo esto una sola vez y que de ello no se sigue que lo haga así con los demás niños. Porque no razonamos de esa manera; solamente pretendemos mostrar que quieren limitar muy injustamente, respecto de los niños, la virtud y el poder de Dios, que él ya manifestó una vez. El otro refugio en que se amparan no es más firme. Alegan que es una manera de hablar de la Sagrada Escritura decir «desde el vientre de la madre» por «desde la juventud». Pero se puede ver muy bien que el ángel, cuando dijo estas palabras a Zacarías, no quiso decir lo que ellos dicen, sino que el niño sería lleno del Espíritu Santo antes de nacer. No intentemos, pues, imponer leyes al Señor; dejémosle santificar a los que él tenga a bien, como santificó a san Juan, puesto que su mano y su poder no se han acortado.

Y ciertamente esta es la causa por la que Jesucristo fue santificado desde su niñez: para que todas las edades, sin distinción, fueran santificadas en él, como le plazca. Porque así como, para deshacer la culpa de desobediencia que se había cometido en nuestra carne, se revistió de esta misma carne, para dar en ella, por causa nuestra y en nuestro nombre, una obediencia cumplida y perfecta, así también fue concebido por el Espíritu Santo para que, lleno por completo de esta santidad en su carne, la transmitiera a nosotros. Y si tenemos en Jesucristo un modelo perfectísimo de todas las gracias y mercedes que Dios hace a los suyos, en esto nos servirá de ejemplo de que la mano de Dios no se ha acortado para con los niños más que para con los adultos. Sea como sea, tengamos por cierto que el Señor no saca de esta vida a ninguno de sus elegidos sin haberlo santificado y regenerado antes con su Espíritu. Objetan contra esto que el Espíritu Santo no conoce en la Sagrada Escritura ninguna otra regeneración que la que se produce por simiente incorruptible, es decir, por la palabra de Dios. Nosotros les respondemos que entienden muy mal lo que dice san Pedro, el cual, en lo que ellos alegan, se refiere solamente a los fieles que habían sido instruidos con la palabra de Dios (1 P 1:23). Para ellos, decimos, la palabra de Dios es la sola y única simiente de la regeneración espiritual; pero negamos que de esto se siga que los niños no puedan ser regenerados por la virtud y el poder de Dios, oculto y admirable para nosotros, pero fácil y ordinario para él. Además, no sería muy seguro afirmar que el Señor no pueda manifestarse de ningún modo a los niños.

«¿Cómo sucederá esto», dicen, «puesto que la fe, como dice san Pablo, viene por el oír, y los niños no tienen discernimiento del bien ni del mal?». Pero no consideran que san Pablo habla aquí solamente de la manera ordinaria que el Señor usa para dar la fe a los suyos; no que no pueda usar otra, como de hecho la usa con muchos, a quienes, sin hacerles oír jamás la palabra, ha tocado interiormente para llamarlos a su conocimiento. Y como les parece que esto repugna a la naturaleza de los niños, que, como dice Moisés, todavía no tienen discernimiento del bien ni del mal (Dt 1:39), yo les pregunto: ¿por qué quieren limitar el poder de Dios, como si no supiera hacer con los niños lo que hace perfectamente en ellos poco después? Porque si la plenitud de la vida consiste en conocer perfectamente a Dios, y el Señor salva a algunos que mueren siendo niños, es certísimo que Dios se les ha manifestado plenamente. Y, puesto que tendrán este conocimiento perfectamente en la vida venidera, ¿por qué no podrán tener, mientras viven aquí, algún gusto o sentir alguna chispa de él, sobre todo porque no decimos que Dios les quite la ignorancia antes de sacarlos de la prisión del cuerpo? No es que quiera afirmar temerariamente que los niños tienen una fe como la que nosotros experimentamos, o un conocimiento de fe semejante (lo cual prefiero dejar en suspenso); pero digo esto para mostrar la temeridad y la presunción de estos, que, siguiendo su loca fantasía, afirman y niegan todo lo que se les antoja, sin considerar qué razón tienen para hacerlo.

Y para acorralarnos más, dicen que el bautismo es sacramento de arrepentimiento y de fe (como nos lo enseña la Escritura). Y como los niños no son capaces ni de arrepentimiento ni de fe, debemos guardarnos de hacer vano y ridículo lo que el bautismo significa al recibirlos a él. Pero estos argumentos combaten más contra lo que Dios ha ordenado que contra nosotros. Porque en muchísimos lugares de la Escritura vemos con toda claridad que la circuncisión fue señal de arrepentimiento, y principalmente en el capítulo 4 de Jeremías (Jer 4:4); y san Pablo la llama sacramento de la justicia de la fe (Ro 4:11). Pregunten, pues, a Dios por qué hacía que se aplicara a los niños. Porque la misma razón vale para el bautismo que para la circuncisión. Si la circuncisión no se dio sin razón a los niños, tampoco se les dará ahora sin razón el bautismo. Si se refugian en sus acostumbrados subterfugios, que los niños figuraban a los que son verdaderamente niños en espíritu y en regeneración, ya se les ha cerrado esa puerta. Lo que decimos, pues, es esto: puesto que el Señor quiso que la circuncisión (aunque era sacramento de fe y de arrepentimiento) se comunicara a los niños, no hay ningún inconveniente en que se les comunique el bautismo. A menos que estos calumniadores quieran acusar a Dios por haberlo ordenado y mandado así. Pero la verdad, la sabiduría y la justicia de Dios resplandecen en todas sus obras para confundir la locura, la mentira y la maldad. Porque, aunque los niños no comprendían lo que significaba la circuncisión, no dejaban de ser circuncidados en su carne para la mortificación interna de su naturaleza corrompida, que después, ya crecidos, habían de meditar. En suma, esta objeción suya se resuelve en una palabra: son bautizados para el arrepentimiento y la fe venideros, de los cuales, aunque no se vea ninguna apariencia cuando son bautizados, la simiente de uno y otra está plantada y sembrada por una virtud oculta del Espíritu Santo. Con esta respuesta se contesta a todos los pasajes relativos a la significación del bautismo que ellos tuercen contra nosotros; como el elogio que le hace san Pablo al llamarlo lavamiento de la regeneración y de la renovación (Tit 3:5). De ello concluyen que el bautismo no debe darse sino a quien es capaz de ser regenerado y renovado. Nosotros les replicaremos que la circuncisión es señal de regeneración y de renovación; luego no debía darse sino a los que eran capaces de la regeneración que significaba. Si esto fuera verdad, la ordenanza de Dios de circuncidar a los niños sería frívola e irrazonable. Por tanto (como ya hemos advertido), todas las razones que se aducen contra la circuncisión no perjudican en nada al bautismo. Y no pueden escapar diciendo que lo que el Señor ha ordenado debe darse por hecho y tenerse por firme, bueno y santo, sin más averiguación, y que esta reverencia no se debe a las cosas que él no ha ordenado expresamente. Porque fácilmente los atraparemos con nuestra respuesta: o Dios ordenó con justicia que se circuncidara a los niños, o no. Si su Majestad lo ordenó bien, de manera que nada se puede decir en contra, tampoco habrá ningún mal en bautizar a los niños.

Así que la mancha de absurdo que procuran echarnos la deshacemos de esta manera: los niños que reciben la señal de la regeneración y la renovación, si mueren antes de llegar a la edad de discernimiento para entenderlo, y son del número de los elegidos del Señor, son regenerados y renovados por su Espíritu del modo que a él le place, conforme a su virtud y poder, ocultos e incomprensibles para nosotros. Si llegan a una edad en que pueden ser instruidos y enseñados en la doctrina del bautismo, entenderán que en toda su vida no deben hacer otra cosa que meditar esta regeneración, cuya marca llevan en sí mismos desde su niñez. Así se debe entender también lo que enseña san Pablo, que por el bautismo somos sepultados con Cristo (Ro 6:4; Col 2:12). Porque, al decir esto, no quiere decir que estas cosas deban preceder al bautismo; solo enseña cuál es la doctrina del bautismo, que se puede mostrar y aprender tanto después de haber recibido el bautismo como antes. Del mismo modo, Moisés y los profetas muestran al pueblo de Israel lo que significaba la circuncisión, aunque habían sido circuncidados en su niñez. Por tanto, si quieren concluir que todo lo que se representa en el bautismo debe precederlo, se engañan muchísimo, puesto que estas cosas fueron escritas a personas que ya habían sido bautizadas. Lo mismo quiere decir san Pablo cuando escribe a los gálatas que, cuando fueron bautizados, se revistieron de Cristo (Gá 3:27). ¿Y para qué fue esto? Para que después vivieran en Cristo, cosa que aún no habían hecho. Y aunque los adultos no deben recibir la señal sin entender primero lo que significa, la misma razón no vale para los niños pequeños, como diremos luego. Y lo que dice san Pedro va en este mismo sentido, cuando dice (y en este pasaje insisten mucho): «El bautismo que corresponde a esto [el arca de Noé] ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo» (1 P 3:21). «Si la verdad del bautismo», dicen, «es el buen testimonio de la conciencia delante de Dios, cuando esto falta en el bautismo, ¿qué será sino una cosa vana y sin importancia? Por tanto, si los niños no pueden tener esta buena conciencia, su bautismo no es más que vanidad». Pero en esto se engañan siempre: en querer que la verdad, que es lo significado, preceda necesariamente y sin excepción alguna a la señal. Y este error ya lo hemos refutado suficientemente. Porque la verdad de la circuncisión consistía también en el testimonio de la buena conciencia; y si esto hubiera tenido que preceder necesariamente, Dios nunca habría mandado circuncidar a los niños. Pero el mismo Señor, al enseñarnos que esta es la sustancia de la circuncisión y al mandar al mismo tiempo que se circuncide a los niños, nos muestra con bastante claridad que, en cuanto a estos puntos, se les dio en vista del futuro. Por tanto, la verdad presente que debemos considerar en el bautismo de los niños es que el bautismo es un testimonio de su salvación que sella y confirma el pacto que Dios ha hecho con ellos. Lo demás de la significación de este sacramento lo alcanzarán después, cuando al Señor le plazca.

Creo que no hay nadie que no vea claramente que todas estas razones suyas no son más que tergiversaciones de la Escritura. Las demás que suelen aducir las trataremos brevemente. Dicen que el bautismo es un testimonio del perdón de nuestros pecados; se lo concedemos, y decimos que por esa misma razón pertenece a los niños. Porque, siendo pecadores, como lo son, necesitan el perdón y la remisión de sus pecados. Y puesto que el Señor testifica que quiere tener misericordia de esta tierna edad, ¿por qué les negaremos la señal, que es de mucha menos importancia que la cosa de la que es señal? Por tanto, hacemos contra ellos el mismo argumento que ellos hacían contra nosotros, y decimos: el bautismo es señal del perdón de los pecados; los niños tienen el perdón de los pecados; luego la señal, que acompaña a la cosa, se les comunica con toda justicia. Alegan lo que dice san Pablo, que el Señor purificó a su Iglesia en el lavamiento del agua por la palabra de vida (Ef 5:26). Pero esto va contra ellos, porque de lo que dice el apóstol sacamos este razonamiento: si nuestro Señor quiere que la purificación que hace en su Iglesia sea testificada y confirmada con la señal del bautismo, y los niños son de la Iglesia, puesto que son contados en el pueblo de Dios y pertenecen al reino de los cielos, se sigue que deben recibir el testimonio de su purificación como los demás miembros de la Iglesia. Porque san Pablo, sin exceptuar a nadie, abarca en general a toda la Iglesia cuando dice que nuestro Señor la purificó con el lavamiento del agua. Lo mismo podemos concluir de lo que alegan, que por el bautismo somos incorporados a Cristo (1 Co 12:13). Porque si los niños pertenecen al cuerpo de Cristo, como está claro por lo que hemos dicho, se sigue que es justo que sean bautizados, para no quedar separados de su cuerpo. He aquí con qué ímpetu y con cuánta fuerza pelean contra nosotros, acumulando pasajes de la Escritura sin entenderlos.

Después de todo esto, quieren probarlo por lo que se hacía en tiempo de los apóstoles, cuando nadie era bautizado antes de profesar su fe y su arrepentimiento. Porque san Pedro, dicen, cuando le preguntaron los que querían convertirse al Señor qué debían hacer, les respondió que se arrepintieran y que cada uno se bautizara para perdón de sus pecados (Hch 2:37-38). Asimismo, cuando el eunuco pregunta a Felipe si podía ser bautizado, este le responde: sí, con tal que crea de todo corazón (Hch 8:37). De esto concluyen que el bautismo no está ordenado sino para los que tienen fe y arrepentimiento, y que quien no los tenga no debe ser bautizado. Ciertamente, si esta razón vale, por el primer pasaje alegado se verá que bastaría el arrepentimiento solo, pues no se menciona en él la fe; y por el segundo, que bastaría la fe sola, pues no se exige arrepentimiento. Me dirán que un pasaje ayuda al otro, y que por eso hay que juntarlos para entenderlos bien. Del mismo modo decimos también nosotros que, para concordarlo todo bien, conviene juntar todos los demás pasajes que pueden ayudarnos a resolver esta dificultad, puesto que el verdadero sentido de la Escritura depende muchísimas veces de las circunstancias. Vemos que estas personas que preguntan qué deben hacer para salvarse tienen edad y entendimiento. De ellas decimos que no deben ser bautizadas sin que antes testifiquen su fe y su arrepentimiento, en la medida en que esto puede darse entre hombres. Pero los niños nacidos de padres cristianos no se han de contar entre estos. Y que esto es así, y que no lo inventamos de nuestra cabeza, se ve porque tenemos pasajes de la Escritura que confirman esta diferencia. Vemos que, si antiguamente alguien se unía al pueblo de Dios para servirle, era necesario que, antes de ser circuncidado, fuera enseñado en la ley de Dios e instruido en el pacto que Dios había hecho con su pueblo; y esto porque no era judío de nación, a la cual pertenecía el pacto que se confirmaba con el sacramento de la circuncisión.

Tampoco el Señor, cuando trató con Abraham, comienza diciéndole que se circuncide sin saber por qué había de circuncidarse, sino que le da a entender el pacto que quiere hacer con él, el cual se confirmaba con la circuncisión (Gn 15:1); y después que Abraham creyó a la promesa, entonces ordena el sacramento. ¿Por qué, pues, Abraham no recibe la señal sino después de haber creído, y su hijo Isaac la recibe antes de poder entender lo que se hacía (Gn 17:12)? Porque el hombre que ya tiene edad de discernimiento y que todavía no ha participado del pacto del Señor debe saber primero qué es, para participar de él. El niño que ese hombre ha engendrado, siendo heredero del pacto por sucesión conforme a la promesa hecha al padre, es capaz de la señal con justísimo título, sin entender lo que la señal significa. O, para decirlo más breve y claramente: puesto que el hijo del creyente participa del pacto de Dios sin entenderlo, no se le debe negar la señal, sino que es capaz de ella sin necesidad de entenderla. Esta es la razón por la que nuestro Señor dice que los hijos nacidos de padres israelitas son hijos suyos, como si él los hubiera engendrado; porque sin duda alguna se tiene por padre de todos los hijos de aquellos a quienes ha prometido ser su Dios y el de su descendencia (Ez 16:20; 23:37). Pero el que es incrédulo y nacido de padres incrédulos no se cuenta en el pacto hasta que se une a Dios por la fe. Así que no es de extrañar que no se le dé la señal, que, si se le diera, sería en vano. Conforme a esto, dice san Pablo que los gentiles, en el tiempo de su idolatría, estaban sin pacto ni alianza (Ef 2:11-12). Me parece que toda esta materia quedará bien clara resumiéndola así: los adultos que quieren convertirse al Señor no deben ser recibidos al bautismo antes de tener fe y arrepentimiento, que son los únicos que pueden abrirles la puerta para entrar en el pacto. Pero los niños que son hijos de cristianos, a quienes pertenece el pacto por herencia en virtud de la promesa, son aptos, por esta sola causa, para ser admitidos al bautismo. Lo mismo se debe decir de los que confesaban sus faltas y pecados para que san Juan los bautizara (Mt 3:6). Este ejemplo se debe guardar hoy. Porque si viniera un turco o un judío, no debemos darle el bautismo antes de haberlo instruido y de que haya hecho una confesión que satisfaga a la Iglesia.

Además, alegan las palabras de Jesucristo que refiere san Juan: que el que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios (Jn 3:5). «He aquí», dicen, «cómo nuestro Señor llama al bautismo regeneración. Si es así que los niños no son capaces de la regeneración, ¿cómo serán aptos para recibir el bautismo, que no puede darse sin la regeneración?». En primer lugar, se engañan al pensar que este pasaje se refiere al bautismo porque en él se menciona el agua. Porque, después de que Jesucristo declaró a Nicodemo la corrupción de nuestra naturaleza y le dijo que es necesario que nazcamos de nuevo, como Nicodemo se imaginaba un segundo nacimiento corporal, Cristo le muestra la manera en que Dios nos regenera, a saber, por el agua y el Espíritu; como si dijera: por el Espíritu, que, limpiando y regando las almas, hace el oficio del agua. Así que yo tomo sencillamente «agua y Espíritu» por el Espíritu, que es agua. Y no es esta una manera nueva de hablar, sino que concuerda con la que se encuentra en san Mateo, donde san Juan Bautista dice: «El que viene tras mí [...] os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mt 3:11). Así pues, como bautizar en Espíritu Santo y fuego es dar el Espíritu Santo, que tiene la naturaleza y la propiedad del fuego para regenerar a los fieles, así también nacer del agua y del Espíritu no quiere decir otra cosa que recibir la virtud del Espíritu Santo, que hace en el alma lo mismo que el agua hace en el cuerpo. Bien sé que otros interpretan este pasaje de otra manera; pero no dudo de que este es su sentido propio y natural, puesto que la intención de Cristo no es otra que advertirnos que debemos despojarnos de nuestra propia naturaleza si queremos entrar en el reino de Dios. Aunque, si yo quisiera sutilizar como ellos, bien tendría qué replicarles: que, aun concediéndoles todo lo que piden, se seguiría que el bautismo precede a la fe y al arrepentimiento, puesto que en las palabras de Cristo el bautismo se nombra antes que el Espíritu. No hay duda de que en este lugar se habla de los dones espirituales; y si estos dones siguen al bautismo, ya tengo lo que pretendo, que es lo que quiero. Pero, dejando a un lado todas las sutilezas, contentémonos con la sencilla interpretación que he dado: que nadie puede entrar en el reino de Dios hasta que sea regenerado con agua viva, es decir, con el Espíritu.

De aquí se prueba también el error de quienes condenan a muerte eterna a todos los que no han sido bautizados. Supongamos, conforme a la opinión de estos, que el bautismo no debe darse sino a los adultos. ¿Qué dirán de un muchacho que, debidamente instruido en la religión cristiana, muriera antes de poder ser bautizado? Nuestro Señor dice que todo el que cree en el Hijo tiene vida eterna, y no vendrá a condenación, sino que ha pasado ya de muerte a vida (Jn 5:24). Y no hay ningún lugar en que haya condenado al que no haya sido bautizado. No quiero que esto se entienda como si yo opinara que se puede dejar el bautismo sin temor alguno (afirmo que con ese desprecio se viola el pacto de Dios); tan lejos estoy de querer excusarlo. Solo quiero mostrar que no es tan necesario que no sea excusable no haberlo recibido cuando se ha tenido un impedimento legítimo. En cambio, según la opinión de estos, todos ellos serían condenados sin excepción alguna, aunque tuvieran fe, por la cual poseemos a Cristo. Y además condenan a todos los niños, a quienes no quieren dar el bautismo, que dicen ser necesario para la salvación. Miren ahora cómo podrán concordar con lo que dice Cristo, que de los tales es el reino de los cielos (Mt 19:14). Y aunque les concediéramos todo lo que piden en esto, nada pueden concluir de ahí, a menos que primero deshagan la doctrina de la regeneración de los niños, que ya hemos confirmado con razones claras.

Pero, sobre todo, alegan como fundamento principal de su opinión la primera institución del bautismo, que según ellos se hizo, como cuenta san Mateo en el último capítulo de su evangelio, cuando Cristo dijo: «Id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mt 28:19-20). A esto añaden lo que está escrito en san Marcos: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo» (Mr 16:16). «He aquí», dicen, «cómo nuestro Señor manda enseñar antes que bautizar, con lo que muestra que la fe debe preceder al bautismo». Y, en efecto, el Señor lo mostró bien con su propio ejemplo, pues no fue bautizado hasta los treinta años (Mt 3:13; Lc 3:23). En esto se engañan muchísimo. Porque es un error bien manifiesto decir que el bautismo fue instituido aquí por primera vez, cuando el Señor, desde el principio de su predicación, había mandado a sus apóstoles que lo administraran. No hay, pues, por qué sostengan que la ley y la regla del bautismo deben tomarse de estos dos pasajes que citan, como si en ellos se contuviera su primera institución. Y aunque les pasemos por alto esta falta, ¿qué fuerza tendría su argumento? Ciertamente, a quien quisiera tergiversar no le faltaría aquí por dónde escapárseles. Porque, ya que insisten tanto en el orden de las palabras —por qué se dice en este orden: «Id, predicad y bautizad», y también: «El que creyere y fuere bautizado» (Mr 16:16)—, y de ello concluyen que primero hay que predicar y luego bautizar, y creer antes que ser bautizado, ¿por qué no les replicaremos nosotros que el bautismo debe administrarse antes de enseñar a guardar las cosas que Jesucristo mandó, puesto que está escrito: «Bautizándolos [...], enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado»? Lo mismo ya lo hemos señalado en la otra sentencia de Cristo sobre la regeneración del agua y del Espíritu, que cité hace poco. Porque, si se entiende como ellos quieren, se concluirá de aquí que el bautismo debe ser anterior a la regeneración espiritual, puesto que se nombra primero. Porque el Señor no dice que debemos ser regenerados del Espíritu y del agua, sino del agua y del Espíritu.

Su argumento, del que tanto caso hacían, parece ya bastante débil y flojo; pero no nos quedaremos aquí, sino que daremos una respuesta todavía mucho más firme y sólida en defensa de la verdad. Es esta: que el mandamiento principal que el Señor da aquí a sus apóstoles es que prediquen el evangelio, y a esta predicación añade el ministerio de bautizar como algo que depende de su comisión y encargo. Por tanto, aquí no se habla del bautismo sino en cuanto va unido a la doctrina y a la predicación. Esto se entenderá mejor extendiendo un poco el razonamiento. El Señor envía, pues, a sus apóstoles a instruir en la doctrina de la salvación a los hombres, sean de la nación que sean. ¿Y a qué clase de hombres? Es certísimo que no se refiere sino a los que son capaces de recibir la doctrina. Luego añade que estos, después de haber sido enseñados, sean bautizados, y les agrega esta promesa: que los que creyeren y fueren bautizados serán salvos. ¿Se hace en todo este razonamiento alguna mención de los niños? ¿Qué clase de argumento es, pues, este que usan? Los adultos deben ser instruidos y creer antes de ser bautizados; luego el bautismo no corresponde a los niños. Por mucho que se atormenten, no podrán sacar de este pasaje sino que el evangelio se debe predicar a los que son capaces de oírlo, y esto antes de bautizarlos, porque solo de estos se trata aquí. Saquen de aquí, si pueden, un impedimento para estorbar que los niños sean bautizados.

Y para que cada uno pueda ver y tocar con la mano sus engaños, mostraré con una comparación en qué se fundan. Cuando san Pablo dice que el que no trabaja, que tampoco coma (2 Ts 3:10), si alguien quisiera concluir de ello que los niños, puesto que no trabajan, no deben comer, ¿no merecería que todo el mundo se burlara de él? ¿Por qué? Porque lo que se dice de una parte quiere entenderlo de todos en general. Lo mismo hacen estos, porque lo que se ha dicho de los adultos lo aplican a los niños, haciendo una regla general para grandes y pequeños. En cuanto al ejemplo de Cristo, no les ayuda en nada. «Jesucristo», dicen, «no fue bautizado antes de los treinta años» (Lc 3:23). Es verdad; pero la respuesta es clara: porque entonces quería comenzar su predicación y fundar con ella el bautismo, que Juan ya había comenzado a administrar. Queriendo, pues, el Señor instituir el bautismo con su doctrina, para dar más autoridad a esta institución suya, santificó el bautismo con su propio cuerpo, y esto en el tiempo que sabía propio y conveniente para ello, es decir, cuando iba a ejercer el encargo de predicar que se le había dado. En suma, no sacarán otra cosa sino que el bautismo tiene su origen en la predicación del evangelio. Y si les parece bien fijar el plazo de los treinta años, ¿por qué no lo guardan ellos mismos, sino que bautizan a todos los que les parece que ya han aprovechado bastante? Y aun Servet, uno de sus maestros, que insistía obstinadamente en esta edad de treinta años, había comenzado ya a los veintiún años a jactarse de ser profeta. ¡Como si se pudiera tolerar que un hombre se jacte y se gloríe de ser doctor de la Iglesia antes de ser miembro de ella!

Nos objetan que, por la misma razón, la Cena debería administrarse a los niños, a la cual no queremos admitirlos. ¡Como si la Escritura no señalara expresamente y con toda claridad la diferencia! Confieso que antiguamente se hizo esto en la Iglesia, como se ve en algunos autores eclesiásticos, y particularmente en san Cipriano y en san Agustín; pero esta costumbre se abolió justamente y con gran razón. Porque, si consideramos la naturaleza y la propiedad del bautismo, hallaremos que el bautismo es la primera entrada que tenemos para ser reconocidos como miembros de la Iglesia y ser contados en el número del pueblo de Dios. Por tanto, el bautismo es la señal de nuestra regeneración y de nuestro nacimiento espiritual, por el cual somos hechos hijos de Dios. En cambio, la Cena fue ordenada para los que, habiendo pasado ya su primera infancia, son capaces de alimento sólido. Esta diferencia la testifica con toda claridad la palabra del Señor: porque para el bautismo no hace ninguna distinción de edad, pero para la Cena sí, pues no permite que se dé sino a los que pueden discernir el cuerpo del Señor, examinarse y probarse a sí mismos, anunciar la muerte del Señor y entender cuán grande es su virtud. ¿Qué queremos más claro que esto? «Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa» (1 Co 11:28). Es necesario, pues, que preceda la prueba o examen, que los niños no pueden hacer. Y también: «El que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí» (1 Co 11:29). Si no pueden participar dignamente de la Cena sino los que se prueban a sí mismos, los que saben reconocer bien la santidad del cuerpo del Señor, ¿por qué daríamos a nuestros niños veneno en lugar de pan de vida? ¿Qué quiere decir este mandamiento del Señor: «Haced esto en memoria de mí»? ¿Qué quiere decir lo otro que el apóstol concluye de aquí: «Todas las veces que comiereis este pan [...], la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga»? ¿Qué memoria, os ruego, podemos pedir a los niños de algo que nunca han entendido? ¿Cómo podrán anunciar la muerte del Señor, si todavía no saben hablar? Nada de esto se requiere ni se prescribe en el bautismo. Por tanto, la diferencia entre estas dos señales es muy grande; y esta misma diferencia se tuvo en el Antiguo Testamento en las señales semejantes y correspondientes a estas. Porque la circuncisión, que es certísimo que corresponde a nuestro bautismo, se daba a los niños; pero el cordero pascual, en cuyo lugar tenemos la Cena, no era para todos sin distinción, sino solo para los que, teniendo edad, podían preguntar qué significaba aquello. Si estos tuvieran un poquito de entendimiento, no dejarían de entender algo tan claro y manifiesto.

Aunque me pesa hacer un catálogo de tantos desvaríos, que podrán fastidiar al lector, como Servet, uno de los principales capitanes de los anabaptistas, ha pretendido presentar razones fortísimas contra el bautismo de los niños, será bueno refutarlas brevemente. Pretende que las señales que Cristo ha dado, siendo perfectas, requieren que aquellos a quienes se dan sean perfectos o capaces de perfección. La solución es fácil: en vano se restringe a un momento y a un punto del tiempo la perfección del bautismo, que se extiende y prolonga hasta la muerte. Y aún digo más: se muestra bien necio al exigir perfección en el hombre el primer día en que es bautizado, cuando el bautismo nos invita a ella durante toda nuestra vida, ganando terreno cada día. Objeta que los sacramentos de Jesucristo fueron instituidos como memorial, para que cada uno recuerde que ha sido sepultado con Cristo. Respondo que lo que él inventó de su cabeza no necesita respuesta. Y, lo que es más, se ve claramente por las palabras de san Pablo que lo que él quiere atribuir al bautismo es propio de la Cena, a saber, que cada uno se examine, cosa que no se dice del bautismo. De donde concluimos que los niños, que todavía no pueden examinarse a sí mismos, son bautizados con justicia. A su tercer argumento —que todos los que no creen en el Hijo de Dios están en la muerte y la ira de Dios está sobre ellos (Jn 3:36), y que por esta causa los niños, que no pueden creer, están en condenación— respondo que Cristo no habla aquí de la culpa general de la que son culpables todos los hijos de Adán, sino que solo amenaza a todos los que desprecian el evangelio, que con soberbia y contumacia desprecian la gracia que por el evangelio se les ofrece y presenta. Y esto no tiene que ver con los niños. Además, le opongo una razón contraria: todo lo que Cristo bendice queda libre de la maldición de Adán y de la ira de Dios; y como sabemos que bendijo a los niños, se sigue que están libres de la muerte. Además, cita falsamente algo que no se lee en ningún lugar de la Escritura: «Todo el que es nacido del Espíritu oye la voz del Espíritu». Aunque le concediéramos que está escrito, no podrá concluir de ello otra cosa sino que los fieles son movidos a seguir a Dios según el Espíritu obra en ellos; y ciertamente es una gran falta aplicar a todos en general lo que se ha dicho de algunos en particular. Su cuarta objeción es que, como primero viene lo animal o natural, hay que esperar el tiempo conveniente para el bautismo, que es espiritual (1 Co 15:46). Y aunque confieso que todos los descendientes de Adán, engendrados según la carne, traen consigo su condenación desde el vientre de su madre, niego que esto impida que Dios lo remedie cuando le plazca. Porque Servet nunca mostrará que haya un plazo fijo de años en que deba comenzar la renovación espiritual. San Pablo testifica que, aunque los hijos de los fieles están por naturaleza en la misma perdición que los demás, son santificados por una gracia sobrenatural (1 Co 7:14). Presenta después una alegoría: que David, al subir a la fortaleza del Señor, no llevó consigo ni ciegos ni cojos, sino valientes soldados (2 S 5:8). ¿Y qué sería si yo le opusiera la parábola en que Dios invita al banquete celestial a ciegos y cojos (Lc 14:21)? ¿Qué responderá Servet? Le pregunto también si los cojos y mancos habían servido antes a David en la guerra, de donde se seguiría que eran de la Iglesia. Pero es superfluo insistir más en esto, puesto que no es más que una falsedad que él ha inventado. Sigue otra alegoría: que los apóstoles fueron pescadores de hombres y no de niños (Mt 4:19). Pero yo le pregunto: ¿qué quiere decir Cristo cuando dice que en la red del evangelio se recoge toda clase de peces (Mt 13:47)? Pero, como no me gusta jugar con alegorías, le respondo que, cuando se mandó a los apóstoles que predicaran, no se les prohibió bautizar a los niños. Aunque quisiera saber de él por qué excluye a los niños, puesto que la palabra griega que usa el evangelista significa toda criatura humana. Alega después, en su séptimo argumento, que las cosas espirituales se deben acomodar a las espirituales, y que los niños, no siendo espirituales, no son aptos para recibir el bautismo. Pero, en primer lugar, se ve claramente cuán perversamente tuerce el pasaje de san Pablo (1 Co 2:13). Allí se trata de la doctrina; y como los corintios se deleitaban muchísimo en sus ingenios y sutilezas, san Pablo les reprocha su negligencia, pues todavía necesitaban aprender los primeros rudimentos de la religión cristiana. ¿Quién concluirá de aquí que no deben ser bautizados los niños, a quienes, engendrados según la carne, Dios consagra y dedica a sí mismo por una adopción gratuita? A lo que objeta, que si son hombres nuevos, como decimos, deben ser alimentados con alimento espiritual, la respuesta es fácil: son admitidos a la comunión de Cristo por el bautismo, y esta marca de su adopción basta hasta que crezcan y puedan alimentarse con alimento sólido; por tanto, hay que esperar el tiempo del examen, que Dios exige expresamente en la Cena. Objeta luego que Cristo llama a todos a su sagrada Cena. Pero está bien claro que Cristo no admite a su Cena sino a los que ya están preparados para celebrar la memoria de su muerte. De donde se sigue que los niños, a quienes él tuvo a bien abrazar, no dejan de ser de la Iglesia, aunque permanezcan en su grado inferior hasta que crezcan. A lo que objeta, que es cosa monstruosa que un hombre, una vez nacido, no coma, respondo que las almas se alimentan de otra manera que con el pan visible de la Cena, y que por tanto Jesucristo no deja de ser el pan con que se sustentan los niños, aunque no reciban la señal visible; pero que con el bautismo sucede algo muy distinto, porque solo por él se les abre la puerta para entrar en la Iglesia. Objeta también que un buen mayordomo reparte a su familia el alimento a su tiempo (Mt 24:45). Lo admito de muy buena gana; pero ¿con qué autoridad y con qué título fijará él el tiempo propio del bautismo, para probar que para los niños no hay tiempo oportuno de recibirlo? Alega también el mandamiento que Jesucristo da a sus apóstoles de apresurarse a la siega cuando los campos están blancos (Jn 4:35). Con esto Cristo no quiere decir otra cosa sino que los apóstoles, al ver el fruto de su trabajo, se dispongan a enseñar con gran alegría. ¿Quién concluirá de aquí que no hay otro tiempo conveniente y propio para el bautismo sino el de la siega? Su undécimo argumento es que en la Iglesia primitiva todos los cristianos se llamaban discípulos (Hch 11:26), y que por eso los niños no pueden entrar en este número. Pero ya hemos visto cuán neciamente argumenta, haciendo general lo que se ha dicho en particular. San Lucas llama discípulos a los que ya habían sido enseñados y profesaban la religión cristiana, como en tiempo de la ley los judíos se llamaban discípulos de Moisés; pero nadie concluirá con razón de aquí que los niños eran extraños, cuando Dios había testificado que eran de su casa y los tuvo por tales. Alega también que todos los cristianos son hermanos, y que, como no damos la Cena a los niños, no los tenemos por hermanos. Pero yo vuelvo a mi principio: que no son herederos del reino de los cielos sino los que son miembros de Cristo, y que el abrazo con que Cristo honró a los niños fue una verdadera marca de su adopción, por la cual los unió con los mayores. Y que por un tiempo no sean admitidos a la Cena no impide que sean del cuerpo de la Iglesia. Porque el ladrón que se convirtió en la cruz no dejó de ser hermano de todos los piadosos, aunque nunca hubiera recibido la Cena. Añade después que nadie es nuestro hermano sino por el Espíritu de adopción, que solo se da por el oír de la fe. Respondo que siempre canta la misma canción, aplicando sin propósito a los niños lo que solo se dice de los adultos. San Pablo enseña allí que Dios usa comúnmente esta manera de llamar a sus elegidos a la fe: les suscita buenos maestros, por cuyo ministerio y diligencia les tiende la mano. ¿Y quién se atreverá a imponerle la ley de no incorporar a los niños en Jesucristo por otra vía secreta? Lo que objeta, que Cornelio fue bautizado después de haber recibido el Espíritu Santo (Hch 10:44), es un gran desvarío, pues quiere hacer una regla general de un ejemplo particular. Esto se ve por el eunuco y por los samaritanos, con quienes Dios siguió otro orden distinto, queriendo que fueran bautizados antes de que se les diera el Espíritu Santo (Hch 8:27). Su decimoquinta razón es bien necia: dice que por la regeneración somos hechos dioses, y que son dioses aquellos a quienes se ha anunciado la palabra de Dios, lo cual no conviene a los niños. Atribuir divinidad a los fieles es uno de sus desvaríos, que no trataré por ahora (Jn 10:35). Pero obra con gran desvergüenza al traer tan por los cabellos el pasaje del salmo, torciéndolo a un sentido muy distinto. Cristo dice que el profeta llama dioses a los reyes y magistrados porque Dios los ha puesto en tal estado y dignidad. Este sutil doctor aplica a la doctrina del evangelio lo que, por un mandato especial de gobernar, se atribuye a cierta clase de hombres, para excluir y echar de la Iglesia a los niños. Objeta también que los niños no deben ser tenidos por hombres nuevos, puesto que no son engendrados por la palabra. Pero yo repito ahora lo que he dicho tantas veces: que la doctrina del evangelio es la simiente incorruptible para regenerar a los que son capaces de recibirla; pero que, en cuanto a los que por falta de edad no son capaces de ser enseñados, Dios tiene sus vías y medios para regenerarlos. Vuelve después a sus alegorías: que en la ley no se ofrecían en sacrificio ni la oveja ni la cabra recién nacidas. Si es lícito acomodar así las figuras a nuestra fantasía, podría replicarle que todos los primogénitos eran consagrados a Dios en cuanto salían del vientre de la madre (Éx 13:2); y también, que se mandaba expresamente ofrecer un cordero de un año (Éx 12:5). De donde se sigue que, para consagrar los niños a Dios, no debemos esperar a que lleguen a la edad adulta, sino que se le deben dedicar y ofrecer desde su nacimiento. Insiste también en que nadie puede venir a Cristo sino el que haya sido preparado por Juan el Bautista. ¡Como si el oficio de Juan no hubiera sido por un tiempo determinado! Pero, aunque no respondiera esto, digo que esa preparación no tuvo lugar en los niños que Cristo abrazó y bendijo. Por tanto, no hagamos caso de ella ni de su falso principio. Finalmente, alega en su defensa a Mercurio Trismegisto y a las sibilas, que dicen que los lavamientos sagrados solo convienen a los adultos. He aquí en qué estima y reverencia tiene el bautismo de Cristo, que quiere regular conforme a los ritos profanos de los paganos, de modo que no se administre sino como lo haya ordenado Trismegisto. Pero para nosotros debe tener mayor estima la autoridad de Dios, a quien plugo consagrarse y dedicarse a sí mismo los niños, santificándolos con una marca solemne cuya virtud todavía no entienden. Y no creemos que sea lícito tomar de las expiaciones de los gentiles nada que cambie o altere en nuestro bautismo la ley inviolable y eterna de Dios que él estableció en la circuncisión. Como conclusión, argumenta así: si es lícito bautizar a los niños que no tienen entendimiento, también será válido el bautismo que dan los niños cuando juegan. En cuanto a esto, que discuta con Dios, que ordenó que la circuncisión se diera tanto a los niños sin entendimiento como a los mayores. Y, puesto que tal ha sido el mandamiento de Dios, miserable será quien, con tal pretexto, quiera trastornar la santa e inviolable institución que Dios ha ordenado. Pero no hay por qué maravillarse de que tales espíritus réprobos, como arrebatados por el frenesí, vomiten absurdos tan enormes para sostener sus errores, pues Dios castiga con toda justicia su soberbia y su contumacia con semejante desvarío. Ciertamente pienso haber mostrado con suficiente evidencia cuán débiles han sido las razones con que Servet ha querido ayudar a sus compañeros los anabaptistas.

Creo que lo que hemos dicho bastará para mostrar cuán sin causa y sin razón alguna turban la Iglesia del Señor los que suscitan cuestiones y contiendas sobre el bautismo de los niños. Por tanto, será bueno considerar qué pretende Satanás con esta astucia suya. Ciertamente pretende quitarnos aquel singular fruto de confianza y de gozo espiritual que el Señor ha querido darnos en su promesa, y oscurecer otro tanto la gloria de su nombre. Porque ¡cuán dulce es para los piadosos asegurarse, no solo por la palabra, sino aun con sus propios ojos, de que han alcanzado tanta gracia y favor delante del Padre de las misericordias, que no solo tiene cuidado de ellos, sino también, por amor de ellos, de toda su descendencia! De aquí podemos considerar cómo Dios se comporta con nosotros como un buen padre de familia, que después de nuestra muerte no deja de cuidar de nosotros, sino que atiende y provee a nuestros hijos. ¿No deberíamos, al considerar esto, saltar de gozo a ejemplo de David, dando gracias a Dios para que con esta muestra de su bondad su nombre sea santificado (Sal 48:11)? He aquí por qué Satanás se esfuerza tanto por privar a nuestros hijos del beneficio del bautismo: lo hace para que, borrado de delante de nuestros ojos este testimonio que el Señor ordenó para confirmarnos las gracias que quiere hacerles, vayamos olvidando poco a poco, junto con él, la promesa que nos ha hecho para ellos. De ello no solo nacería una ingratitud muy impía contra la misericordia de Dios, sino también la negligencia en instruir a nuestros hijos en el temor de Dios, en la disciplina de la ley y en el conocimiento del evangelio. Porque no es pequeño estímulo para movernos a criarlos en verdadera piedad y en obediencia a Dios entender que desde su nacimiento el Señor los ha recibido en su pueblo, haciéndolos miembros de su Iglesia. Por tanto, no rechazando una liberalidad tan grande del Señor, presentémosle con confianza a nuestros hijos, a quienes por su promesa ha dado entrada en la compañía de aquellos que ha hecho sus familiares y domésticos, que es la Iglesia cristiana.

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.