Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

Los medios externos o ayudas de que Dios se sirve para llamarnos a la comunión de Jesucristo, su Hijo, y mantenernos en ella

La santa Cena de Jesucristo y el provecho que nos trae

Después de que Dios nos ha recibido una vez en su familia, y no solo para servirse de nosotros como de criados, sino para contarnos entre sus hijos, a fin de hacer todo lo que corresponde a un buen padre de familia que cuida de sus hijos y descendientes, enseguida se ocupa de sustentarnos y mantenernos durante toda nuestra vida. Y no contento con esto, quiso asegurarnos de esta perpetua generosidad suya para con nosotros dándonos una prenda de ella. Con este fin instituyó, por mano de su Hijo unigénito, otro sacramento: un banquete espiritual en el que Jesucristo da testimonio de que él es el pan de vida, con el que nuestras almas son mantenidas y sustentadas para aquella bienaventurada inmortalidad (Jn 6:51). Es muy necesario entender este misterio tan grande, que por ser tan alto requiere una explicación especial. Satanás, por el contrario, para privar a la Iglesia de este tesoro tan inestimable, hace ya mucho tiempo que lo ha oscurecido: primero con neblinas, después con tinieblas; además ha provocado contiendas y debates para quitar a los hombres el gusto por él, y también en nuestros tiempos se ha servido de estas mismas armas y artificios. Por eso me tomaré el trabajo de explicar primero lo que en esto se debe sostener, conforme a la capacidad de la gente sencilla y sin letras; y después aclararé las dificultades con que Satanás ha procurado enredar a todo el mundo. En cuanto a lo primero, las señales son el pan y el vino, que nos representan el alimento espiritual que recibimos del cuerpo y la sangre de Cristo. Porque así como en el bautismo Dios, regenerándonos, nos injerta en la comunión de su Iglesia y nos hace suyos por adopción, así también hemos dicho que aquí cumple el oficio de un padre de familia previsor, dándonos continuamente el alimento con que nos sustenta y conserva en aquella vida en la que nos engendró por su palabra. Ahora bien, el único alimento de nuestras almas es Cristo; por eso nuestro Padre celestial nos invita a ir a él, para que, sustentados con su pasto, cobremos día tras día mayor vigor, hasta que lleguemos a aquella inmortalidad celestial. Y como este misterio de la comunión con Jesucristo es por naturaleza incomprensible, nos muestra su figura e imagen en señales visibles muy adecuadas a nuestra pobre capacidad; más aún, como si nos diera arras y prenda, nos lo hace tan cierto como si lo viéramos con los ojos. Porque esta semejanza tan familiar hace entender aun a los más torpes que nuestras almas son alimentadas por Cristo, ni más ni menos que el pan y el vino materiales sustentan nuestros cuerpos. Vemos, pues, con qué fin fue instituido este sacramento: para asegurarnos de que el cuerpo del Señor fue sacrificado una vez por nosotros de tal manera que ahora lo recibimos, y que, al recibirlo, sentimos en nosotros la eficacia de aquel único sacrificio. Y asimismo, que su sangre fue derramada por nosotros de tal manera que es para nosotros una bebida perpetua. Esto es lo que dicen las palabras de la promesa que allí se añade: «Tomad, esto es mi cuerpo que por vosotros es entregado» (Mt 26:26; Mr 14:22; Lc 22:19; 1 Co 11:24). Se nos manda, pues, tomar y comer el cuerpo que una vez fue ofrecido por nuestra salvación, para que, viéndonos partícipes de él, tengamos la plena confianza de que la virtud de este sacrificio se mostrará en nosotros. Por eso llama a la copa el pacto en su sangre: porque en cierto modo renueva el pacto que hizo una vez con su sangre, o mejor dicho, lo continúa en lo que toca a la confirmación de nuestra fe, cada vez que nos da a beber su preciosa sangre.

Nuestras almas pueden sacar de este sacramento un gran fruto de confianza y dulzura: tenemos en él el testimonio de que Jesucristo está de tal manera incorporado en nosotros, y nosotros en él, que todo lo que es suyo lo podemos llamar nuestro, y todo lo que es nuestro podemos decir que es suyo. Por eso nos atrevemos con toda seguridad a prometernos la vida eterna y a afirmar que el reino de los cielos, en el que él ha entrado, no puede dejar de ser nuestro, como no puede dejar de ser de Jesucristo; y asimismo, que no podemos ser condenados por nuestros pecados, pues él nos ha absuelto de ellos tomándolos sobre sí y queriendo que le fueran imputados como si él los hubiera cometido. Este es el admirable intercambio que, por su pura e infinita bondad, ha querido hacer con nosotros: recibiendo en sí toda nuestra pobreza, nos ha traspasado todas sus riquezas; tomando sobre sí nuestra debilidad, nos ha hecho fuertes con su virtud y su poder; tomando nuestra mortalidad, nos ha dado su inmortalidad; cargando con el fardo de todos nuestros pecados, que nos tenían agobiados, nos ha dado su justicia para que nos apoyemos en ella; descendiendo a la tierra, nos ha abierto el camino para subir al cielo; haciéndose hijo del hombre, nos ha hecho a nosotros hijos de Dios.

Todas estas cosas nos las ha prometido Dios tan cumplidamente en este sacramento que debemos estar ciertos y seguros de que verdaderamente se nos presentan, ni más ni menos que si Cristo estuviera presente y lo viéramos con nuestros propios ojos y lo tocáramos con las manos. Porque esta palabra suya no puede fallar ni mentir: «Tomad, comed y bebed: esto es mi cuerpo, que por vosotros es entregado; esto es mi sangre, que por la remisión de los pecados es derramada». Al mandar que lo tomen, da a entender que es nuestro; al mandar que lo coman y lo beban, muestra que se hace una misma sustancia con nosotros. Cuando dice: «Esto es mi cuerpo, que por vosotros es entregado; esto es mi sangre, que por vosotros es derramada», nos declara y enseña que no son tanto suyos como nuestros, pues los tomó y los entregó no para su propio provecho, sino por amor a nosotros y para nuestro bien. Y debemos advertir con cuidado que la principal virtud y fuerza del sacramento, y casi toda, consiste en estas palabras: «que por vosotros es entregado», «que por vosotros es derramada». Porque de otro modo de poco nos serviría que ahora se nos distribuyeran el cuerpo y la sangre del Señor, si no hubieran sido entregados ya una vez para nuestra redención y salvación. Por eso se nos representan bajo el pan y el vino, para que aprendamos que no solo son nuestros, sino que son para nosotros vida y alimento espiritual. Esto es lo que ya hemos señalado: que por las cosas materiales que se nos presentan en los sacramentos debemos ser conducidos, conforme a cierta proporción y semejanza, a las cosas espirituales. Así, cuando vemos que se nos presenta el pan como señal y sacramento del cuerpo de Cristo, debemos recordar enseguida esta semejanza: que así como el pan mantiene, sustenta y conserva el cuerpo, del mismo modo el cuerpo de Jesucristo es el único alimento que sustenta y vivifica el alma. Cuando vemos que se nos da el vino como señal y sacramento de la sangre, debemos considerar para qué sirve el vino al cuerpo y qué bien le hace, para entender que la sangre de Cristo hace lo mismo en nosotros espiritualmente. Las virtudes del vino son estas: fortalece, conforta, reanima y alegra. Porque si consideramos bien de qué nos ha servido que el cuerpo sacrosanto de Cristo haya sido entregado y que su preciosa sangre haya sido derramada por nosotros, veremos con toda claridad que lo que se atribuye al pan y al vino les conviene muy bien, según la mencionada analogía y semejanza, con respecto a nosotros cuando los recibimos.

Lo principal del sacramento, por tanto, no es darnos el cuerpo de Jesucristo sin más, simplemente, sino sellar y confirmar la promesa en la que Jesucristo nos dice que su carne es verdaderamente comida y su sangre bebida, con las cuales somos sustentados para vida eterna, y nos asegura que él es el pan de vida, del cual todo el que coma vivirá para siempre. Y para hacerlo, es decir, para sellar esa promesa, el sacramento nos remite a la cruz de Jesucristo, donde esta promesa fue plenamente verificada y enteramente cumplida. Porque no recibimos a Jesucristo para nuestro provecho sino en cuanto fue crucificado, cuando captamos con viveza la virtud de su muerte. Si él se llama pan de vida, no es a causa del sacramento (como muchos lo han entendido erróneamente), sino porque el Padre nos lo dio como tal. Y se muestra tal cuando, haciéndose partícipe de nuestra mortalidad humana, nos hizo partícipes de su inmortalidad divina; cuando, ofreciéndose en sacrificio, cargó sobre sus hombros toda nuestra maldición para colmarnos de su bendición; cuando con su muerte se tragó y devoró a la muerte; cuando en su resurrección resucitó en gloria e incorrupción nuestra carne corruptible, de la que se había revestido.

Falta que todo esto se nos aplique. Se nos aplica cuando el Señor Jesús se nos ofrece con todos los bienes que tiene y nosotros lo recibimos con verdadera fe: primero por el evangelio, pero de un modo mucho más admirable en la Cena. Así pues, no es el sacramento el que hace que Jesucristo comience a ser para nosotros pan de vida; sino que, al traernos a la memoria que él se hizo tal una vez para que seamos continuamente alimentados, nos hace sentir el gusto y el sabor de este pan, para que tomemos sustento. Porque nos asegura que todo lo que Jesucristo hizo y padeció es para darnos vida. Además, nos asegura que esta vivificación es perpetua, y que por ella somos mantenidos, sustentados y conservados en vida sin fin alguno. Porque así como Cristo no sería para nosotros pan de vida si no hubiera nacido, muerto y resucitado una vez por nosotros, así también es necesario que la virtud de estas cosas sea permanente e inmortal, para que recibamos su fruto. Esto lo declara muy bien en san Juan cuando dice: «El pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo» (Jn 6:51). Ahí muestra sin duda alguna que su cuerpo sería pan que da vida espiritual a nuestras almas, puesto que había de entregarlo a la muerte por nuestra salvación. Porque lo dio una vez como pan cuando lo entregó para ser crucificado por la redención del mundo; lo da cada día cuando se ofrece y se presenta por la palabra del evangelio, para que participemos de él en cuanto fue crucificado por nosotros; y en consecuencia sella esa participación con el misterio de su santa Cena, cuando cumple interiormente lo que exteriormente se significa. Aquí, pues, debemos guardarnos de dos vicios. El primero es que, rebajando demasiado las señales, las separemos de los misterios a los que en cierto modo están unidas, y así oscurezcamos su eficacia y su valor. El otro vicio es que, engrandeciéndolas demasiado, oscurezcamos la virtud interior. No hay nadie, salvo quien carezca de toda religión, que no confiese que Jesucristo es el pan de vida con el que los fieles son sustentados para vida eterna; pero no todos están de acuerdo sobre la manera en que se realiza esta participación. Porque hay algunos que definen en una palabra que comer la carne de Cristo y beber su sangre no es otra cosa que creer en él. Pero a mí me parece que el mismo Cristo quiso decir algo mucho más alto y sublime en aquel notable sermón en el que nos encarga comer su carne: que somos vivificados por la verdadera participación que nos da en sí mismo. Esta se expresa con las palabras «comer» y «beber», para que nadie pensara que consiste en el simple conocimiento. Porque así como es comer el pan, y no mirarlo, lo que sustenta el cuerpo, así también es necesario que el alma participe verdaderamente de Cristo para ser mantenida en la vida eterna. Al mismo tiempo, confesamos que esta manducación no se realiza sino por la fe, pues no puede imaginarse de otro modo. Pero la diferencia entre nosotros y quienes explican esta manducación de la manera que he dicho es que ellos piensan que comer no es otra cosa que creer. Yo digo que, creyendo, comemos la carne de Cristo, y que esta manducación es un fruto y efecto de la fe. O, para decirlo más claramente: ellos entienden que la manducación es la fe misma, y yo digo que procede de la fe. En las palabras hay muy poca diferencia, pero en el fondo es muy grande. Porque, aunque el apóstol enseña que Jesucristo habita en nuestros corazones por la fe (Ef 3:17), nadie interpretará que esa habitación es la fe misma; todos entienden que quiso darnos a entender un beneficio y efecto singular de la fe, en cuanto por ella los fieles obtienen que Cristo habite en ellos. De la misma manera, al llamarse el Señor pan de vida, no solo quiso indicar que nuestra salvación consiste en la fe en su muerte y resurrección, sino que, por la verdadera comunión que tenemos con él, su vida pasa a nosotros y se hace nuestra, así como el pan, cuando se toma como alimento, da vigor y fuerza al cuerpo (Jn 6:51).

Tampoco san Agustín, a quien ellos traen como defensor, escribió que creyendo comemos en otro sentido que para dar a entender que esta manducación se hace por la fe y no con la boca, lo cual yo no niego. Pero a esto añado que por la fe abrazamos a Cristo, no como alguien que se nos muestra de lejos, sino que se une a nosotros y se hace uno con nosotros, de tal manera que él es nuestra cabeza y nosotros sus miembros. No condeno del todo aquella manera de hablar; pero digo que no es una interpretación sana ni completa si con ella quieren definir qué es comer la carne de Cristo. Bien veo que san Agustín usa muy a menudo esa manera de hablar, como cuando dice en el libro tercero de La doctrina cristiana: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre, no tendréis vida en vosotros»; esto es una figura, con la que manda que participemos de la pasión del Señor y que grabemos bien en la memoria que su carne fue crucificada y herida por nosotros. Y también cuando dice que las tres mil personas que se convirtieron por la predicación de san Pedro bebieron, creyendo, la sangre de Cristo que habían derramado cruelmente (Agustín, Tratados sobre el Evangelio de Juan 31 y 40, y en otros lugares; Hch 2:41). Pero en muchísimos otros lugares engrandece el alcance de esta comunión que tenemos con Jesucristo por la fe: dice que nuestras almas no son menos alimentadas con su carne que nuestros cuerpos con el pan que comemos. Y esto es lo que quiso decir Crisóstomo cuando afirma que Cristo no solo nos hace su cuerpo por la fe, sino realmente (Crisóstomo, Homilía 60). No entiende que este bien venga de otra parte que de la fe; solo quiere excluir que, al decir «por la fe», se entienda que participamos de él por pura imaginación. Dejo de lado a quienes tienen la Cena por una especie de señal con la que profesamos nuestra religión cristiana delante de los hombres, porque me parece que ya refuté suficientemente este error cuando traté de los sacramentos en general. Por ahora bastará advertir a los lectores que, si la copa se llama el pacto en la sangre de Cristo, tiene que haber una promesa que sirva para confirmar la fe (Lc 22:20). De ello se sigue que no usamos bien de la Cena si no ponemos los ojos en Dios y no abrazamos lo que él nos ofrece.

Tampoco me satisfacen quienes, después de confesar que tenemos cierta comunión con el cuerpo de Cristo, cuando quieren explicarla nos hacen partícipes solamente de su Espíritu, dejando de lado toda mención de la carne y de la sangre, como si se hubieran dicho en vano estas cosas: que su carne es verdaderamente comida y su sangre verdaderamente bebida; que no tienen vida sino quienes hayan comido esta carne y bebido esta sangre, y otras sentencias semejantes. Por tanto, puesto que es evidente que la comunión de la que aquí se trata va más allá de lo que ellos dicen, explicaré brevemente hasta dónde se extiende, antes de hablar del exceso contrario. Porque tendré que sostener una disputa más larga con ciertos doctores hiperbólicos o exagerados que, inventándose según su tosco ingenio una manera absurda de comer y beber el cuerpo y la sangre de Cristo, despojan a Jesucristo de su cuerpo y lo convierten en un fantasma. Pero si es que un misterio tan grande puede explicarse con palabras —y veo que ni siquiera puedo comprenderlo con mi entendimiento, lo cual confieso de muy buen grado—, que nadie mida su grandeza por mis palabras, que son tan pobres que no pueden llegar tan alto. Por eso exhorto a los lectores a que no encierren su mente dentro de límites tan estrechos, sino que se esfuercen por subir mucho más alto de lo que yo puedo llevarlos. Porque yo mismo, cada vez que trato esta materia, después de esforzarme por decir todo lo que se puede decir, me parece que he dicho muy poco: tanta es su majestad y excelencia, que no puedo alcanzarla. Y aunque el entendimiento pueda pensar y considerar más de lo que la lengua puede declarar y decir, también el entendimiento se queda corto y no puede ir más allá: tan alto es este misterio. Por tanto, no me queda otra cosa que admirar y adorar este misterio, que ni el entendimiento puede comprender pensando ni la lengua declarar hablando. Con todo, expondré aquí el resumen de mi doctrina, que, así como no dudo que es verdadera, espero también que los hombres sinceros y temerosos de Dios la aprobarán.

En primer lugar, la Escritura nos enseña que Jesucristo ha sido desde el principio aquella Palabra vivificante del Padre, fuente de vida y origen del que todas las cosas han recibido siempre su ser. Por eso san Juan unas veces lo llama Palabra de vida y otras dice que en él estaba la vida (Jn 1:4; 1 Jn 1:1), queriendo decir que siempre ha derramado su virtud y su fuerza sobre todas las criaturas para darles vida, vigor y ser. Sin embargo, añade enseguida que la vida se manifestó cuando el Hijo de Dios, habiendo tomado nuestra carne y habiéndose hecho hombre, se hizo visible y palpable. Porque, aunque antes derramaba su virtud sobre las criaturas, el ser humano, apartado de Dios por el pecado, había perdido la comunión de la vida y estaba rodeado de muerte por todas partes; por eso necesitaba ser recibido de nuevo en la comunión de esta Palabra para recobrar alguna esperanza de inmortalidad. Porque ¿qué confianza podría tener alguien que oye que la Palabra de Dios tiene en sí toda la plenitud de la vida, si mientras tanto está apartado de ella y no ve en sí ni a su alrededor otra cosa que muerte? Pero desde que aquella fuente de vida comenzó a habitar en nuestra carne, ya no está escondida ni lejos de nosotros, sino que se da y se presenta abiertamente para que gocemos de ella. Así es como Jesucristo nos ha acercado el beneficio de la vida, del cual él es fuente y origen. Asimismo, ha hecho vivificante la carne que tomó y de la que se revistió, para que, participando de ella, seamos sustentados para la inmortalidad. «Yo soy el pan de vida que descendió del cielo», dice Cristo. Y también: «El pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo» (Jn 6:48, 51). Con estas palabras enseña que no solo es vida en cuanto Palabra eterna de Dios que descendió del cielo a nosotros, sino que, al descender, derramó también esa virtud suya en la carne que tomó, para que la comunión de la vida pudiera llegar hasta nosotros. De aquí se siguen estas sentencias: que su carne es verdaderamente comida y su sangre es verdaderamente bebida, alimentos con los que los fieles son sustentados para vida eterna. Así pues, los creyentes tienen en esto un grandísimo consuelo: que ahora encuentran la vida en su propia carne. Porque de esta manera no solo llegan a esa vida con gran facilidad, sino que ella misma les sale al encuentro por su propia voluntad y se les presenta. Con solo abrirle la puerta del corazón para recibirla, la alcanzarán.

Y aunque la carne de Cristo no tenga en sí misma tanta virtud como para vivificarnos —pues en su primer estado y condición estuvo sujeta a la muerte, y ahora que es inmortal recibe su fuerza y su vida de otra parte—, con todo, se la llama con toda razón vivificante, porque está llena de vida y la derrama sobre nosotros. En este sentido se debe entender lo que dice Cristo, y así lo interpreta san Cirilo: «Como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo» (Jn 5:26). Porque en este lugar no habla de las propiedades que ha tenido eternamente en su divinidad desde antes del principio, sino de aquellas con las que fue dotado en la carne en la que se nos ha manifestado. Muestra, por tanto, que la plenitud de la vida habita también en su misma humanidad, de tal manera que todo el que participe de su carne y de su sangre gozará también de la participación de esta vida. Esto lo podremos explicar mucho mejor con un ejemplo familiar. El agua de una fuente basta para que bebamos de ella, para regar y para otros usos a los que la destinamos; y sin embargo la fuente no tiene esa abundancia por sí misma, sino que le viene del manantial, que mana continuamente para llenarla y para que nunca se seque. Del mismo modo, la carne de Cristo es como una fuente que jamás se agota, en cuanto recibe la vida que brota y mana de la divinidad y, desde su carne, pasa a nosotros. ¿Quién no ve, entonces, que la comunión con la carne y la sangre de Jesucristo es necesaria para todos los que aspiran a la vida celestial? A esto apuntan todas estas sentencias del apóstol: que la Iglesia es el cuerpo de Cristo y su plenitud; que él es la cabeza, de la cual todo el cuerpo, bien concertado y unido, crece por medio de sus ligamentos y coyunturas (Ef 1:22-23; 4:15-16); y también, que nuestros cuerpos son miembros de Cristo (1 Co 6:15). Estas cosas de ningún modo pueden cumplirse si él no se une enteramente a nosotros, en cuerpo y en espíritu. Pero el apóstol declaró aún más claramente esta unión y compañía por la que estamos unidos a su carne, cuando dijo que somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos (Ef 5:30). Y finalmente, para mostrar que esto supera todo entendimiento y no puede explicarse con palabras, concluye su razonamiento con una exclamación: «Grande es este misterio». Así que sería una gran locura no reconocer ninguna comunión entre la carne y la sangre de Cristo y los fieles, cuando san Pablo dice que es tan grande que prefiere admirarla antes que explicarla.

En resumen, nuestras almas no son menos alimentadas con la carne y la sangre de Cristo que la vida del cuerpo con el pan y el vino. Porque de otro modo la semejanza de la señal no sería adecuada, si nuestras almas no encontraran en Jesucristo con qué saciarse. Y eso de ningún modo podría ser si Cristo no se uniera verdaderamente a nosotros y se hiciera uno con nosotros, y no nos mantuviera y sustentara con el alimento de su carne y la bebida de su sangre. Y aunque parezca increíble que la carne de Cristo, estando tan apartada de nosotros por tan gran distancia, llegue hasta nosotros para hacerse nuestro alimento, pensemos cuánto supera y sobrepasa la virtud secreta del Espíritu a nuestro entendimiento, y qué cosa tan vana y necia es querer medir su inmensidad con nuestra medida. Lo que nuestro entendimiento no puede comprender, apréndalo la fe: que el Espíritu une verdaderamente las cosas que están muy apartadas. Y Jesucristo nos atestigua y sella en la Cena esta participación de su carne y de su sangre, por la cual hace fluir y pasar a nosotros su vida, ni más ni menos que si penetrara en nuestros huesos y en nuestra médula. No nos presenta una señal vana y sin virtud, sino que nos muestra en ella la eficacia de su Espíritu, con la que cumple lo que promete. Y ciertamente ofrece y da a todos los que se sientan a este banquete espiritual la cosa que en él se significa, aunque solo los fieles la reciban con fruto, pues reciben tan gran generosidad del Señor con verdadera fe y con gran gratitud. Por eso dijo el apóstol que el pan que partimos es la comunión del cuerpo de Cristo, y que la copa que consagramos con palabra y oración es la comunión de su sangre (1 Co 10:16). Y que nadie replique que es una manera de hablar figurada, en la que se da a la señal el nombre de la cosa significada. Confieso que partir el pan es una señal y no la cosa misma; pero de ahí podemos concluir que, puesto que se nos da la señal, también se nos da realmente la sustancia, es decir, lo significado por la señal. Porque nadie, a menos que quiera llamar engañador a Dios, se atreverá jamás a decir que el Señor presenta una señal vacía. Por tanto, si el Señor representa verdaderamente con el partimiento del pan la participación de su cuerpo, no hay por qué dudar de que la da y la presenta verdaderamente. Esta es la regla que todos los creyentes deben tener: que cada vez que ven las señales que el Señor ha instituido, estén persuadidos y tengan por certísimo que la realidad de la cosa significada está presente. Porque ¿con qué fin te pondría el Señor en la mano la señal de su cuerpo, sino para asegurarte de que verdaderamente participas de él? Y si es verdad que se nos da la señal visible para sellar la donación de la cosa invisible, tengamos por cierto que, al recibir la señal del cuerpo, recibimos también el cuerpo mismo.

Digo, pues (y esto es lo que siempre se ha sostenido en la Iglesia, y lo que hoy enseñan todos los que aman la buena doctrina), que la santa Cena consta de dos cosas: las señales visibles que se nos dan en ella, acomodándose a nuestra débil capacidad, y la verdad espiritual que en las señales se nos representa y a la vez se nos da. Cuando quiero mostrar de manera sencilla cuál es esta verdad, digo que en los sacramentos hay que considerar tres cosas, además de la señal exterior, de la que ahora no trato: la significación; en segundo lugar, la materia o sustancia que depende de ella; y en tercer lugar, la virtud que procede de ambas. La significación consiste en las promesas, que en cierto modo están impresas en la señal. Llamo materia y sustancia a Cristo con su muerte y resurrección. Por virtud o efecto entiendo la redención, la justicia, la santificación, la vida eterna y todos los demás beneficios y mercedes que Cristo nos otorga. Y aunque todas estas cosas se reciben por la fe, de ningún modo admito el sofisma de que, cuando recibimos a Jesucristo por la fe, lo recibimos solo con el pensamiento y la imaginación. Porque las promesas nos lo ofrecen, no para que lo contemplemos entreteniéndonos con una simple y vana contemplación, sino para hacernos gozar verdaderamente de su comunión. Y en verdad no veo cómo puede alguien confiar en que tiene su redención y su justicia en la cruz de Jesucristo, y la vida en su muerte, si primero no tiene verdadera comunión con él. Porque esos bienes jamás se nos comunicarían si primero Cristo no se hiciera nuestro. Digo, pues, que en la santa Cena Jesucristo se nos da verdaderamente bajo las señales del pan y del vino, y que verdaderamente se nos da su cuerpo y su sangre, en los cuales cumplió toda justicia con su obediencia para obtenernos la salvación. Y digo que esto se hace, en primer lugar, para que él y nosotros lleguemos a ser un solo cuerpo; y en segundo lugar, para que, hechos partícipes de su sustancia, sintamos también su virtud en la comunicación de todos sus bienes.

Ahora es necesario hablar de las mezclas hiperbólicas, es decir, de los grandes excesos que la superstición ha introducido. Porque Satanás ha usado aquí de grandísima astucia y engaño para apartar del cielo el entendimiento humano y hacerlo quedarse aquí abajo, haciendo creer a los hombres que Jesucristo está encerrado y adherido al elemento del pan. En primer lugar, guardémonos de imaginar en este sacramento una presencia de Cristo como la que se han inventado los sofistas del papa: como si el cuerpo de Cristo descendiera sobre la mesa y estuviera colocado en ella localmente para que las manos lo tocaran, los dientes lo masticaran y la garganta lo tragara. Esta es, en efecto, la fórmula de retractación que el papa Nicolás dictó a Berengario para que diera testimonio de su arrepentimiento. Las palabras de Nicolás son tan enormes y monstruosas que el glosador del derecho canónico se ve obligado a decir que, si los lectores no son muy advertidos y prudentes, podrían hacerlos caer en una herejía mucho peor que la de Berengario (Decreto, De consecratione, distinción 2, cap. Ego Berengarius). El Maestro de las Sentencias, aunque se esfuerza mucho por excusar tal absurdo, se inclina más bien a la opinión contraria. Porque así como no dudamos de que el cuerpo de Cristo tiene su medida y dimensión, como lo requiere la naturaleza de un cuerpo humano, y de que está contenido en el cielo, donde fue recibido una vez, hasta que venga a juzgar, así también pensamos que es cosa absurda y fuera de toda razón rebajarlo para ponerlo bajo unos elementos corruptibles, o imaginar que este cuerpo está presente en todo lugar. Y ciertamente eso no es necesario para gozar de la participación en él, puesto que el Señor nos concede por su Espíritu este beneficio: que seamos una misma cosa con él en cuerpo, espíritu y alma. Así pues, el vínculo de esta unión es el Espíritu de Cristo, con cuyo lazo estamos unidos; y él es como un canal por el que todo lo que Cristo mismo es y tiene fluye hacia nosotros. Porque si vemos con los ojos que el sol, al alumbrar toda la tierra, envía con sus rayos en cierto modo su sustancia para engendrar, mantener y hacer crecer los frutos de la tierra, ¿por qué el resplandor y la irradiación del Espíritu de Cristo habría de ser menos eficaz para traernos la comunión de su carne y de su sangre? (Crisóstomo, Sermón sobre el Espíritu Santo). Por eso la Escritura, cuando habla de la participación que tenemos con Cristo, atribuye y remite toda su virtud al Espíritu. De entre muchos lugares de la Escritura bastará uno de san Pablo en la carta a los Romanos, donde declara que Cristo no habita en nosotros sino por su Espíritu (Ro 8:9-11). Con ello, sin embargo, no suprime la comunión de la carne y la sangre de la que ahora tratamos, sino que enseña que el mismo Espíritu es el medio por el cual poseemos a Cristo por entero y lo tenemos residiendo y habitando en nosotros.

Los teólogos escolásticos, horrorizados ante una impiedad tan bárbara, hablan con un poco más de moderación, o con palabras más veladas; y lo hacen sin otro motivo que escaparse con más sutileza. Conceden que Jesucristo no está encerrado en el pan y en el vino localmente ni de manera corporal; pero se inventan un modo nuevo que ni ellos mismos entienden ni pueden dar a entender a los demás, y que en suma se reduce a esto: que se busque a Cristo bajo la especie (como ellos la llaman) del pan. ¿Cómo es eso? Cuando dicen que la sustancia del pan se convierte en Cristo, ¿acaso no lo atan a la blancura, que según ellos permanece? Pero dicen que está contenido en la especie del pan de tal manera que sigue estando en el cielo, y a esta forma de presencia la llaman «de hábito». Sin embargo, por más palabras que inventen para encubrir su mentira y darle alguna apariencia, siempre llegan a lo mismo: que lo que era pan se convierte en Cristo por la consagración, de tal modo que Cristo queda oculto bajo aquella apariencia de pan. Y no se avergüenzan de decirlo públicamente. Porque estas son las palabras mismas del Maestro de las Sentencias: «El cuerpo de Cristo, que en sí es invisible, se encubre y oculta después de la consagración bajo la especie (o apariencia) de pan» (Pedro Lombardo, Sentencias, libro 4, distinción 12). Así pues, la figura de aquel pan no es más que una máscara que impide ver el cuerpo. Y no hace falta buscar muchas conjeturas para entender las astucias y engaños con que han querido engañar con estas palabras, pues la cosa misma lo atestigua. Bien se ve la gran superstición que desde hace mucho tiempo han tenido no solo el vulgo y la gente común, sino también los principales, y que todavía hoy se ve en las iglesias papistas. Tienen muy poca cuenta de la verdadera fe (la única por la que llegamos a la comunión con Cristo y nos unimos a él), y con tal de tener la presencia carnal que se han imaginado, creen tenerlo suficientemente presente. En suma, vemos que con esta sutileza suya han llegado a que el pan ocupe el lugar mismo de Dios.

De aquí ha salido aquella fantástica transubstanciación suya, por la que los papistas combaten hoy con mucha más saña que por todos los demás artículos de su fe. Los primeros inventores de esta opinión de la presencia local no pudieron explicarse de qué manera el cuerpo de Jesucristo estaría mezclado con la sustancia del pan sin que se les presentaran muchos absurdos. Así que la necesidad misma los obligó a acogerse a este miserable refugio: que el pan se convierte en el cuerpo de Jesucristo; no que, hablando con propiedad, el pan se haga cuerpo de Jesucristo, sino que Jesucristo, para ocultarse bajo la especie del pan, deshace o aniquila la sustancia del pan. Y es cosa de maravillarse que hayan llegado a tanta ignorancia, o mejor dicho a tanto estupor, que no solo se hayan atrevido a contradecir a toda la Escritura, sino también a lo que siempre sostuvo la Iglesia antigua de común acuerdo, y todo para defender semejante monstruo. Reconozco que algunos de los antiguos usaron la palabra «conversión», no para suprimir la sustancia de las señales externas, sino para enseñar que el pan consagrado a este misterio es distinto del pan común y muy diferente de lo que era antes. Pero todos ellos afirman claramente que la santa Cena consta principalmente de dos cosas, una terrena y otra celestial, y no tienen ningún reparo en decir que el pan y el vino son la cosa terrena. Por más que charlen cuanto quieran, es bien sabido que en esta materia están en abierta contradicción con los Padres antiguos, a quienes muy a menudo se atreven a oponer incluso a la autoridad misma de la palabra de Dios. Porque esta invención no tiene muchos años. Es certísimo que no solo nunca se conoció en aquellos buenos tiempos en que florecía la doctrina pura, sino ni siquiera cuando ya comenzaba a decaer. No hay ninguno de los Padres que no confiese abierta y expresamente que el pan y el vino son las señales sagradas del cuerpo y de la sangre de Cristo, aunque, como ya hemos dicho, a veces les dan diversos títulos para engrandecer la dignidad de este misterio. Porque cuando dicen que en la consagración se produce una conversión secreta, de modo que ya hay allí otra cosa que pan y vino, no quieren decir (como ya he dicho) que el pan y el vino desaparezcan, sino que debemos tenerlos en otra estima que los demás alimentos comunes, que solo sirven para llenar el vientre, puesto que en este pan y en este vino se nos da el alimento y la bebida espiritual del alma. Esto no lo negamos. «Pero si hay conversión —dicen nuestros adversarios—, es necesario que una cosa se haga de otra». Si entienden que se hace algo que antes no era, lo admito. Pero si quieren aplicarlo a esa imaginación y desvarío suyo, que me respondan qué cambio piensan que se produce en el bautismo. Porque los Padres dicen también que allí hay una conversión admirable, pues del elemento corruptible se hace un lavamiento espiritual del alma; y sin embargo nadie me negará que el agua sigue siendo en su sustancia agua. Replican que no hay para el bautismo una declaración como la de la Cena: «Esto es mi cuerpo». Como si ahora se tratara de estas palabras, de las que trataremos más adelante. Ahora solo se trata de la palabra «conversión», que debe significar lo mismo en el bautismo que en la Cena. Que se vayan, pues, con esas trampas de sílabas, con las que no hacen otra cosa que mostrar su necedad. Además, la significación no podría ajustarse de ningún otro modo si la verdad figurada no tuviera su imagen viva en la señal externa. Jesucristo quiso mostrar de manera visible que su carne es alimento. Si no hubiera presentado más que una vana apariencia de pan sin ninguna sustancia, ¿dónde estaría la semejanza que debe llevarnos de las cosas visibles al bien invisible que se nos presenta? Porque, si les creemos, no podremos concluir otra cosa sino que somos alimentados con una vana apariencia de la carne de Cristo. Así como, si en el bautismo no hubiera más que una apariencia de agua que engañara nuestros ojos, no nos serviría de testimonio seguro y prenda de nuestro lavamiento; y, lo que es peor, un espectáculo tan vano nos daría gran ocasión de vacilar. En suma, la naturaleza de los sacramentos quedaría trastornada si la señal terrena no correspondiera a la cosa celestial para significar bien lo que se debe entender. Y así la verdad de este misterio quedaría pisoteada si no hubiera verdadero pan que representara el verdadero cuerpo de Cristo. Lo repito una vez más: puesto que la Cena no es otra cosa que una confirmación manifiesta de la promesa hecha en san Juan, capítulo 6, de que Cristo es el pan de vida que descendió del cielo, es necesario que haya un pan material y visible que figure y represente el pan espiritual, a menos que queramos que se pierda sin provecho alguno el medio que Dios nos ha dado para socorrer nuestra debilidad (Jn 6:51). Asimismo, ¿cómo concluiría san Pablo que nosotros, que participamos juntos de un mismo pan, somos hechos un solo pan y un solo cuerpo, si no hubiera más que un fantasma de pan y no su propia sustancia y realidad? (1 Co 10:17).

Y ciertamente jamás se habrían dejado engañar tan torpemente por las astucias y engaños de Satanás si no hubieran estado ya hechizados por este error: que el cuerpo de Jesucristo, encerrado bajo el pan, se tomaba con la boca para enviarlo al estómago. La causa de una fantasía tan grosera ha sido que la palabra «consagración» era para ellos como un encantamiento o conjuro de arte mágica. No han entendido este principio: que el pan no es sacramento sino con respecto a los hombres a quienes se dirige la palabra; así como el agua del bautismo no cambia en sí misma, sino que, cuando se le aplica la promesa, comienza a ser para nosotros lo que antes no era. Esto se aclarará mucho mejor con el ejemplo de otro sacramento semejante. El agua que brotaba de la roca en el desierto servía a los judíos como señal y marca de lo mismo que hoy nos figura el vino en la Cena; porque san Pablo enseña que ellos bebieron la misma bebida espiritual (Éx 17:6; 1 Co 10:4). Y sin embargo esa misma agua servía para abrevar a las bestias y al ganado. De donde fácilmente se deduce que, cuando los elementos terrenos se aplican al uso espiritual de la fe, no se produce en ellos ninguna conversión, sino solo con respecto a los hombres, en cuanto son para ellos sellos de las promesas de Dios. Además, puesto que el propósito de Dios es (como tantas veces he repetido) elevarnos hacia sí por medios que él sabe que nos convienen, contra este propósito de Dios obran quienes, llamándonos a Cristo, quieren que lo busquemos encerrado invisiblemente en el pan. Entre ellos no se trata de subir a Cristo, por estar separado de nosotros por una distancia tan inmensa. Por eso han intentado corregir, con un remedio mucho más pernicioso, lo que la naturaleza les había negado: que, quedándonos en la tierra, no tengamos ninguna necesidad de acercarnos a Cristo de manera celestial. Esta es la necesidad que los empujó a transfigurar el cuerpo de Jesucristo. Ciertamente, en tiempos de san Bernardo, aunque ya se usaba un lenguaje más duro y tosco, nunca se oyó la palabra «transubstanciación»; y antes de él la manera común de hablar de todos era que el cuerpo y la sangre de Cristo están unidos al pan y al vino en la Cena. Les parece que tienen buenos refugios para escapar del texto de la Escritura que se les cita, donde expresamente las dos partes del sacramento se llaman pan y vino. Porque replican que la vara de Moisés, ya convertida en serpiente, aunque tenía el nombre de serpiente, conserva sin embargo su primer nombre y se llama vara (Éx 4:3; 7:10). De ahí concluyen que no hay ningún inconveniente en que el pan, aunque haya sido cambiado en otra sustancia, conserve su nombre y se llame pan porque a los ojos parece pan. Pero ¿qué semejanza encuentran entre el milagro de Moisés, que es bien conocido, y su ilusión diabólica, de la que no hay ojo viviente que pueda dar testimonio? Los hechiceros hacían sus encantamientos para engañar a los egipcios y persuadirlos de que tenían poder divino para transformar las criaturas. Moisés se les opone y, poniendo al descubierto sus engaños, muestra que el poder invencible de Dios está de su lado y no del de ellos; y así su vara sola se traga y consume todas las demás (Éx 7:12). Pero como la conversión de la vara se hizo a la vista de todos, no tiene nada que ver con esta, como ya hemos dicho. Además, poco después la vara volvió a ser lo que era antes. Por otra parte, no se sabe con certeza si aquella conversión repentina fue realmente de sustancia. Hay que notar también que Moisés opuso su vara a las de los hechiceros, y por eso le dejó su nombre natural, para que no pareciera que admitía la conversión de aquellos engañadores, que no era tal, puesto que habían hecho parecer una cosa por otra y así engañaban con sus encantamientos los ojos de los que miraban. ¿Y qué tienen que ver con esto sentencias como «el pan que partimos es la comunión del cuerpo de Cristo», o «todas las veces que comiereis este pan, la muerte del Señor anunciáis», o «perseveraban en el partimiento del pan», y otras semejantes? (1 Co 10:16; 11:26; Hch 2:42). Es certísimo que los hechiceros con sus encantamientos no hacían más que engañar los ojos. En el caso de Moisés la duda es mucho mayor: a Dios no le fue más difícil hacer por su mano de una vara una serpiente, y al revés, de una serpiente una vara, que vestir a los ángeles de cuerpos de carne y quitárselos después. Si el misterio de la Cena tuviera algo que ver con esto o se le pareciera en algo, esta buena gente tendría algún pretexto para su solución. Pero como no es así, tengamos por cosa resuelta que no habría ninguna razón ni fundamento para representarnos en la Cena que la carne de Jesucristo es verdaderamente alimento para nosotros, si la verdadera sustancia de la señal externa no correspondiera a ello. Y como un error trae otro, han traído tan desatinadamente por los pelos un pasaje de Jeremías para probar su transubstanciación que me da vergüenza citarlo. Se queja el profeta de que le han echado leña en su pan, queriendo decir con ello que sus enemigos le han quitado cruelmente el gusto de lo que come (Jer 11:19). Del mismo modo, David se lamenta con una imagen semejante de que le han corrompido el pan con hiel y le han avinagrado la bebida (Sal 69:21). Estos sutiles doctores lo explican alegóricamente como si significara que el cuerpo de Jesucristo fue colgado en el madero. Podrán alegar que algunos de los Padres lo interpretaron así. A lo cual respondo que hay que perdonarles esa ignorancia y cubrirla, sin añadir la desvergüenza de tomarlos como defensores contra el sentido propio y natural del profeta.

Otros, viendo que no se puede suprimir la correspondencia que hay entre la señal o figura y lo figurado sin que la verdad del misterio se venga abajo, reconocen que el pan de la Cena es verdaderamente sustancia del elemento terreno y corruptible y que no sufre en sí ningún cambio; pero dicen que el cuerpo de Cristo está encerrado en él. Si dijeran claramente que, cuando se nos presenta el pan en la Cena, se nos da también verdaderamente el cuerpo, puesto que la verdad no puede separarse de su señal, no los contradiría mucho. Pero como, al encerrar el cuerpo en el pan, imaginan que el cuerpo está en todo lugar, lo cual es totalmente contrario a su naturaleza, y al añadir «bajo el pan» lo encierran como si estuviera allí escondido, es necesario poner al descubierto sus astucias. No es que quiera tratar ahora a fondo esta materia; solo quiero echar los cimientos de la discusión que seguirá a su tiempo. Quieren que el cuerpo de Jesucristo sea invisible e infinito para que pueda estar oculto bajo el pan, porque piensan que de ningún modo pueden recibirlo si él no desciende al pan; y no comprenden el modo de descender por el que nos eleva hacia sí. Es verdad que alegan diversos pretextos y apariencias; pero, cuando lo han dicho todo, se ve que insisten en la presencia local de Cristo. ¿Y de dónde viene esto, sino de que no pueden concebir ninguna otra participación del cuerpo y la sangre de Jesucristo que tenerlo aquí abajo y tocarlo y manejarlo a su antojo?

Y para mantener obstinadamente el error que una vez concibieron, algunos de ellos no dudan en jactarse de que el cuerpo de Cristo nunca ha tenido otra dimensión ni medida que la extensión del cielo y de la tierra, a lo largo y a lo ancho. En cuanto a que naciera del vientre de su madre como un niño pequeño, que creciera, que fuera crucificado y puesto en el sepulcro, dicen que todo eso sucedió por una especie de dispensación, para cumplir en apariencia lo que convenía a nuestra salvación. En cuanto a que apareciera después de resucitado, que subiera al cielo y que después de su ascensión fuera visto por san Esteban y por san Pablo, dicen que todo eso sucedió por la misma dispensación, para mostrarse visiblemente a los hombres como supremo Rey del cielo (Hch 1:3, 9; 7:55; 9:3). ¿Y qué es esto, os pregunto, sino hacer volver a Marción del infierno? Porque nadie dudará de que el cuerpo de Jesucristo sería un cuerpo imaginario, un fantasma, si fuera tal como ellos lo hacen. Otros escapan con un poco más de sutileza diciendo que este cuerpo que se da en el sacramento es glorioso e inmortal, y que por tanto no hay ningún inconveniente en que esté en diversos lugares, o en ninguno, y en que no tenga forma alguna en el sacramento. Pero les pregunto: ¿qué cuerpo dio Jesucristo a sus discípulos la noche antes de padecer? ¿No dan a entender las mismas palabras que pronuncia que era aquel que poco después había de ser entregado? Replican que ya había mostrado su gloria a los tres discípulos en el monte (Mt 17:2). Es verdad; pero digo que eso fue solo para darles un anticipo de su inmortalidad, y aun por breve tiempo. Y ni siquiera allí encontrarán un cuerpo doble, sino uno solo: el que Cristo tenía, adornado de una gloria nueva, que enseguida volvió a su estado natural acostumbrado. Pero cuando distribuyó su cuerpo en la última Cena, se acercaba la hora en que había de ser herido y abatido por Dios, desfigurado como un leproso, sin apariencia ni hermosura alguna (Is 53:2-4). Tan lejos estaba de querer mostrar entonces la gloria de su resurrección. Además, ¡qué puerta se abriría a la herejía de Marción si el cuerpo de Jesucristo se viera en un lugar mortal y pasible, y en otro inmortal y glorioso! Y si se admite la opinión de estos, lo mismo sucede cada día, porque se ven obligados a confesar que el cuerpo de Jesucristo, que según ellos está encerrado invisiblemente bajo la especie del pan, es sin embargo visible en sí mismo. Y a pesar de todo esto, quienes dicen desvaríos tan monstruosos no solo no se avergüenzan de su desvergüenza, sino que nos injurian terriblemente porque no compartimos su opinión.

Además, si alguien quiere atar el cuerpo y la sangre de Cristo al pan y al vino, será inevitable separar lo uno de lo otro. Porque así como el pan se da separado de la copa, así también el cuerpo, unido al pan, tendrá que estar dividido de la sangre encerrada en la copa. Puesto que afirman que el cuerpo está en el pan y la sangre en la copa, y que el pan y el vino están separados, cada uno en su lugar, por más sutilezas que usen no pueden escapar de que la sangre quede separada del cuerpo. Y lo que suelen responder, que por «concomitancia», como ellos la llaman, la sangre está en el cuerpo y el cuerpo en la sangre, es cosa bien frívola, puesto que el Señor separó los símbolos o señales en que están encerrados. En cambio, si levantamos los ojos y el entendimiento al cielo y somos transportados a buscar a Cristo en la gloria de su reino, así como las señales nos conducen a él entero, así también bajo la señal del pan seremos alimentados propiamente con su cuerpo, y bajo la señal del vino seremos abrevados con su sangre, y de este modo tendremos plena participación de él. Porque, aunque ha apartado su carne de nuestra presencia y ha subido corporalmente al cielo, está sentado a la diestra del Padre; es decir, reina en el poder, la majestad y la gloria del Padre. Este reino no está limitado por ningún espacio ni tiene término ni medida: Jesucristo muestra su virtud y su poder dondequiera que le place, en el cielo y en la tierra; está presente en todo lugar con su poder y su virtud; está siempre con los suyos, les infunde vida, vive en ellos, los sostiene y fortalece, les da fuerza y vigor, ni más ni menos que si estuviera corporalmente presente con ellos. En suma, los alimenta con su cuerpo, cuya participación les concede por la virtud de su Espíritu, que penetra en ellos. Esta es, pues, la manera en que se reciben en el sacramento el cuerpo y la sangre de Cristo.

Conviene, pues, que afirmemos en la Cena una presencia de Jesucristo que ni lo ate al pan ni lo encierre dentro del pan; que, en fin, no lo ponga aquí abajo, en estos elementos corruptibles (todo lo cual rebaja muchísimo su gloria celestial); y que tampoco le quite su medida haciendo de él un cuerpo infinito para ponerlo en diversos lugares, o para hacer creer que su cuerpo está en todas partes, en el cielo y en la tierra. Porque todo esto contradice la verdad de su naturaleza humana. Mantengamos, pues, firmemente estas dos salvedades. La primera, que no permitamos que se menoscabe en nada la gloria celestial de nuestro Señor Jesucristo, lo cual sucede cuando con la imaginación lo bajamos aquí abajo o lo atamos a las criaturas terrenas. La segunda, que no permitamos que se atribuya a su cuerpo nada que contradiga su naturaleza humana, lo cual sucede cuando se dice que es infinito o se lo pone en diversos lugares. Quitados estos dos inconvenientes, admito de muy buena gana todo lo que pueda servir para explicar bien la verdadera comunión que Jesucristo nos da en la Cena con su cuerpo y su sangre; y cuando digo «explicar», quiero decir de tal manera que se entienda que no los recibimos solo con la imaginación, sino que verdaderamente los recibimos como alimento de vida eterna. No hay ninguna razón para que esta doctrina sea tan odiada y aborrecida en el mundo, ni para que se le niegue tan injustamente amparo y defensa, sino que Satanás ha hechizado el entendimiento de muchos con un encantamiento horrible. Ciertamente, lo que nosotros enseñamos concuerda en todo con la Sagrada Escritura, y no contiene ninguna oscuridad, absurdo ni confusión, ni es contrario a la verdadera piedad y a la regla de la fe. En fin, no contiene nada de lo que alguien pueda escandalizarse u ofenderse; sino que una luz tan clara y una verdad tan manifiesta fue indignamente oprimida durante algunos años, cuando reinaban en la Iglesia la barbarie y la sofistería. Con todo, puesto que Satanás todavía hoy se esfuerza por oscurecerla con todas las calumnias e injurias posibles, por medio de espíritus inquietos y revoltosos, y pone en ello todas sus fuerzas, conviene que también nosotros empleemos toda nuestra diligencia en defenderla.

Antes de seguir adelante, conviene examinar la institución de Jesucristo, sobre todo porque nuestros adversarios tienen siempre en la boca la objeción de que no estamos de acuerdo con las palabras de Jesucristo. Para librarnos, pues, de la acusación que nos hacen (aunque falsamente), lo mejor será comenzar por la interpretación de las palabras. Tres evangelistas y san Pablo cuentan que Jesucristo tomó el pan, lo partió y, después de dar gracias, lo dio a sus discípulos diciendo: «Tomad, comed; esto es mi cuerpo, que por vosotros es entregado (o partido)». En cuanto a la copa, san Mateo y san Marcos dicen así: «Esta copa es la sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados» (Mt 26:26-28; Mr 14:22-24; Lc 22:17-19). San Pablo y san Lucas cambian un poco las palabras y dicen: «Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre» (1 Co 11:24-25). Los defensores de la transubstanciación piensan que el pronombre demostrativo «esto» se refiere a la especie del pan, puesto que la consagración no se produce sino por el conjunto de las palabras, y (según ellos) no hay ninguna sustancia visible que se pueda señalar. Pero si los detiene el respeto y la reverencia por las palabras, puesto que Jesucristo declara que lo que ponía en las manos de sus discípulos era su cuerpo, ellos se apartan muchísimo de esto al glosar que lo que era pan es ahora cuerpo. Digo también que Jesucristo afirma que lo que había tomado en sus manos para dar a sus discípulos es su cuerpo; y lo que había tomado era pan. ¿Quién no ve, entonces, que se trata del mismo pan que mostraba? Así que no hay nada más irrazonable que aplicar a una vana apariencia y a un fantasma lo que expresamente se dice del pan. Quienes interpretan «ser» como «transustanciar», como si se dijera: «Esto se convierte en mi cuerpo», usan una sutileza todavía más forzada y rebuscada. Por tanto, ni unos ni otros tienen ningún pretexto para decir que se aferran a las palabras de Jesucristo y se fundan en ellas. Porque nunca se ha oído en ninguna lengua que el verbo sustantivo «es» se tome por «convertirse en otra cosa». En cuanto a quienes confiesan que el pan permanece y, sin embargo, entienden que es el cuerpo de Jesucristo, caen en una gran contradicción consigo mismos. Los que hablan con más moderación, aunque insisten mucho en la letra, diciendo que, conforme a las palabras de Jesucristo «Esto es mi cuerpo», el pan debe tenerse por su cuerpo, después aflojan y explican las palabras como si quisieran decir que el cuerpo de Jesucristo está con el pan, en el pan y bajo el pan. Sobre la opinión de estos ya he dicho algo, y diré más. Ahora solo trato de las palabras de Jesucristo, que según dicen los obligan a no admitir que el pan se llame cuerpo por ser señal del cuerpo. Pero si de ningún modo quieren admitir una figura, ¿por qué se apartan de la simple declaración de Cristo y siguen maneras de hablar muy diferentes? Porque son cosas muy distintas que el pan sea el cuerpo y que el cuerpo esté con el pan. Pero como ven que es imposible sostener esta simple proposición: «El pan es verdaderamente el cuerpo de Jesucristo», han procurado escapar con aquellas maneras de hablar, como por ciertos rodeos. Otros, más atrevidos, no dudan en afirmar que, hablando con propiedad, el pan es el cuerpo, con lo cual se muestran verdaderamente literalistas. Si se les replica que de este modo el pan es Cristo y es Dios, lo negarán, porque eso no está expreso en las palabras de Cristo. Pero de nada les servirá negarlo, puesto que todos están de acuerdo en que Jesucristo entero se nos presenta en la Cena. Y es una blasfemia intolerable decir que un elemento caduco y corruptible es Jesucristo sin ninguna figura. Les pregunto si estas dos proposiciones valen lo mismo: «Jesucristo es el Hijo de Dios» y «el pan es el cuerpo de Jesucristo». Si dicen que son distintas, como por más que les pese tendrán que conceder, que me respondan de dónde les viene esa diferencia. Creo que no sabrán decirme otra cosa sino que el pan se llama cuerpo a la manera de los sacramentos. De lo cual se sigue que las palabras de Jesucristo no están sujetas a la regla general y que no deben examinarse conforme a la gramática. Pregunto también a estos fantasiosos, que no soportan que se interpreten las palabras de Jesucristo, si cuando san Lucas y san Pablo dicen que la copa es el nuevo pacto en la sangre, eso no quiere decir lo mismo que se había dicho en la primera parte, que el pan es el cuerpo (Lc 22:20; 1 Co 11:25). Ciertamente deberían ser tan escrupulosos con una parte como con la otra. Y como la brevedad causa oscuridad, lo que se dice con más extensión aclara mejor el sentido. Por eso, cuando discutan sobre la sombra de una palabra, que el pan es el cuerpo de Jesucristo, les citaré la interpretación de san Pablo y de san Lucas como una declaración más amplia: que el pan es el pacto, o la ratificación de que el cuerpo de Jesucristo se nos da. ¿Dónde encontrarán una interpretación mejor ni más segura? Y con todo, no pretendo disminuir en nada la participación que ya he confesado que tenemos con el cuerpo de Jesucristo; solo pretendo deshacer esa imaginación suya por la que combaten con tanta furia sobre las palabras. Yo entiendo, siguiendo lo que san Pablo y san Lucas atestiguan, que el pan es el cuerpo de Jesucristo porque es el pacto en el cuerpo. Si no aceptan esto, no se enfrentan conmigo, sino con el Espíritu de Dios, por más que protesten que tienen tal reverencia por las palabras de Jesucristo que de ningún modo se atreven a admitir una figura en lo que él dijo claramente. Ese pretexto no les basta para rechazar con tanto orgullo todas las razones que alegamos en contra. Mientras tanto, debemos notar en qué consiste este pacto en el cuerpo y la sangre de Jesucristo. Porque de muy poco nos serviría que el pacto de gracia hubiera sido ratificado y confirmado por el sacrificio de su muerte si no estuviera unida inmediatamente a él esta comunión por la que somos hechos una misma cosa con él.

Solo queda, pues, reconocer que, por la afinidad que existe entre la figura y lo figurado, el nombre de «cuerpo» se atribuye al pan, no simplemente como suenan las palabras, sino por una semejanza muy apropiada. No introduciré aquí figuras ni parábolas nuevas, para que no me reprochen que busco refugios y maneras de escapar apartándome del texto. Digo que esta es una manera de hablar muy usada en la Escritura cuando se trata de sacramentos. Porque no se puede entender de otro modo sino por metonimia lo que está escrito: que la circuncisión es el pacto de Dios, que el cordero es la salida de Egipto, que los sacrificios de la ley son expiaciones por los pecados, y finalmente, que la roca de la que brotó el agua en el desierto era Jesucristo (Éx 17:6). Y no solo se da a la cosa inferior el nombre de la más excelente, sino también, al contrario, el nombre de la cosa visible se atribuye a la cosa significada: como cuando se dice que Dios se apareció a Moisés en la zarza, cuando el arca del pacto se llama Dios y rostro de Dios, y cuando la paloma se llama Espíritu Santo (Éx 3:2; Sal 84:7; 42:2; Mt 3:16). Porque, aunque la señal difiere en sustancia de la verdad que figura —pues es corporal, visible y terrena, y lo figurado es espiritual e invisible—, como no solo figura la cosa a la que está destinada, como si fuera una simple representación teatral, sino que verdadera y realmente la da y la presenta, ¿por qué no ha de convenirle el nombre? Porque si las señales inventadas por los hombres, que son más bien imágenes de cosas ausentes que marcas de cosas presentes, y en las que muchísimas veces no hay más que una vana representación, toman sin embargo el nombre de las cosas que significan, con mucha más razón las que Dios ha instituido pueden tomar el nombre de las cosas que atestiguan sin engaño alguno y cuya verdad traen consigo para comunicárnosla. En suma, tanta es la semejanza y el parentesco entre lo uno y lo otro, que no debe parecer extraño este traslado de nombres. Dejen, pues, nuestros adversarios de hacerse los graciosos neciamente llamándonos «tropistas» (o figurativos), puesto que explicamos, conforme al uso de la Escritura, la manera de hablar propia de los sacramentos. Porque, como los sacramentos tienen gran semejanza entre sí, coinciden sobre todo en esta aplicación de los nombres. Así pues, como el apóstol enseña que la roca de la que brotaba la bebida espiritual para los israelitas era Cristo, en cuanto era una señal bajo la cual estaba verdaderamente, aunque no a la vista, aquella bebida espiritual (1 Co 10:4), del mismo modo el pan se llama hoy cuerpo de Cristo, en cuanto es un símbolo y señal bajo la cual nuestro Señor nos ofrece la verdadera manducación de su cuerpo. Y para que nadie considere nuevo lo que digo y por eso lo condene, sepa que san Agustín no lo entendió ni lo dijo de otra manera: «Si los sacramentos —dice— no tuvieran cierta semejanza con las cosas de las que son sacramentos, ya no serían sacramentos. Por esta semejanza toman muy a menudo el nombre de las cosas que figuran. Por tanto, así como el sacramento del cuerpo de Cristo es en cierto modo el cuerpo de Cristo, y el sacramento de la sangre de Cristo es la sangre de Cristo, así también el sacramento de la fe es fe» (Agustín, Carta 23, a Bonifacio). Hay en sus obras muchísimas sentencias en este sentido, que sería excesivo recoger y poner aquí, pues basta el pasaje que hemos citado. Solo advertiré a los lectores que este santo varón repite lo mismo en la carta que escribió a Evodio. Lo que los adversarios responden a esto con sus sofismas es bien frívolo: dicen que, cuando san Agustín habla así de los sacramentos, no menciona la Cena. Porque, si esto fuera así, no valdría el argumento del género a la especie, o del todo a la parte. Ciertamente, a menos que quieran hablar contra toda razón, no se puede decir que algo es común a los sacramentos sin que convenga también a la Cena. Además, el mismo doctor resuelve con toda claridad esta cuestión en otro lugar, cuando dice que Jesucristo no tuvo reparo en decir «mi cuerpo» cuando daba la señal de su cuerpo (Agustín, Contra Adimanto, maniqueo, cap. 12). Y en otro lugar: «Admirable fue la paciencia de Jesucristo al admitir a Judas al banquete en el que instituyó y dio a sus discípulos la figura de su cuerpo y de su sangre» (Agustín, Comentario al Salmo 3).

Pero si algún terco y fantasioso, cerrando los ojos a todo, quiere insistir solo en las palabras «Esto es mi cuerpo», como si el verbo sustantivo «es» separara la Cena de todos los demás sacramentos, la solución es muy fácil. Dicen que el verbo sustantivo tiene tanta fuerza que no admite tropo ni figura. Aunque les concediera esto, les replicaría que el apóstol san Pablo usa el verbo sustantivo cuando dice: «El pan que partimos es la comunión del cuerpo de Cristo» (1 Co 10:16); y la comunión es cosa distinta del cuerpo de Cristo. Más aún, en la Escritura se usa este verbo sustantivo casi siempre que se habla de sacramentos, como cuando se dice: «Esto será por pacto conmigo», o: «Este cordero será para vosotros la Pascua, o salida» (Gn 17:13; Éx 12:11, 43). Y para abreviar: cuando san Pablo dice que la roca era Cristo, ¿por qué el verbo sustantivo ha de tener aquí menos virtud y fuerza que en las palabras de la Cena? (1 Co 10:4). Que me respondan qué significaba el verbo «era» cuando san Juan dice que el Espíritu Santo aún no era, porque Jesucristo aún no había sido glorificado (Jn 7:39). Porque, si siguen aferrados a su regla, la esencia del Espíritu Santo no sería eterna, puesto que tendría su principio en la ascensión de Jesucristo. Que me respondan también cómo entienden el pasaje de san Pablo que dice que el bautismo es «el lavamiento de la regeneración y de la renovación» (Tit 3:5), cuando consta que a muchísimos no les aprovecha el bautismo. Pero no hay nada más apropiado para refutarlos que lo que el mismo san Pablo dice en otro lugar: que la Iglesia es Jesucristo. Porque, después de haber traído la comparación del cuerpo humano, añade: «así también Cristo» (1 Co 12:12). Con estas palabras no se refiere al Hijo unigénito de Dios en sí mismo, sino en sus miembros. Con lo que he dicho me parece haber logrado que los hombres de buen juicio y sin pasión detesten las calumnias de nuestros adversarios cuando dicen que desmentimos a Jesucristo y no damos ningún crédito a sus palabras; nosotros las tenemos en mucha mayor reverencia y veneración que ellos y las consideramos con mucho más respeto. Y su propia y tan confiada seguridad muestra que no les importa mucho lo que Cristo haya querido o entendido, con tal de que les sirva de escudo para cubrir su obstinación; así como la diligencia que ponemos en buscar el verdadero sentido atestigua muy bien cuánto estimamos la autoridad de nuestro maestro Cristo. Nos reprochan maliciosamente que la razón humana nos impide creer lo que Jesucristo pronunció con su propia boca. Pero ya he mostrado, y lo mostraré todavía con más claridad, la gran injusticia que nos hacen al acusarnos de esto. Así pues, nada nos impedirá creer a Cristo y dar crédito a lo que diga en el momento en que lo diga. La única cuestión ahora es si es pecado indagar cuál es el sentido verdadero y propio de sus palabras.

Estos buenos maestros, para mostrarse muy letrados, prohíben apartarse lo más mínimo de la letra. Yo, por el contrario, les replico: cuando la Escritura llama a Dios «varón de guerra», como esta manera de hablar sería muy dura y áspera si se entendiera así al pie de la letra, no dudo en entenderla como metáfora y como una comparación tomada de los hombres. Y ciertamente los herejes a quienes antiguamente llamaron antropomorfitas no tenían otro pretexto para molestar y turbar a la Iglesia sino que, entendiendo al pie de la letra estas palabras: «los ojos del Señor ven», «ha llegado a sus oídos», «su mano está extendida», «la tierra es el estrado de sus pies», acusaban a gritos a los santos doctores de quitar a Dios el cuerpo que la Sagrada Escritura le atribuía. Si se admitiera esta manera de interpretar la Escritura literalmente y sin figura, ¿qué confusión y qué desvaríos habría en la religión cristiana? Porque no hay monstruosidad tan absurda que los herejes no puedan sacar de la Escritura si se les permite establecer, con el pretexto de una palabra mal entendida, lo que se les antoje. Lo que alegan nuestros adversarios, que no es verosímil que Jesucristo, queriendo dar un consuelo singular a sus discípulos en sus pruebas, les hablara oscuramente y como por enigmas, ciertamente juega a nuestro favor. Porque si los discípulos no hubieran entendido que el pan se llamaba cuerpo en sentido figurado, en cuanto era arras y señal del cuerpo, se habrían turbado mucho ante algo tan prodigioso. San Juan cuenta que los discípulos, casi en ese mismo momento, dudaban y ponían reparos a cada palabra (Jn 14:5, 8; 16:17). Ellos, que discuten cómo irá Cristo al Padre y encuentran gran dificultad en entender cómo se marchará de este mundo; ellos, que no entienden nada de lo que se les dice del Padre celestial hasta que lo vean, ¿cómo iban a creer con tanta facilidad algo contrario a toda razón humana, a saber, que Jesucristo, que estaba sentado a la mesa y a quien veían con sus propios ojos, estuviera al mismo tiempo encerrado invisiblemente en el pan? Por tanto, puesto que asienten sin replicar nada a lo que se les había dicho y comen el pan sin poner reparos, de ello se ve que entendían las palabras de Jesucristo como ahora las entendemos nosotros; porque sabían muy bien que era cosa muy común y usual en materia de sacramentos dar a la señal el nombre de aquello de lo que es señal. Así pues, fueron para los discípulos un consuelo certísimo y sólido, como lo son para nosotros, y no algo oscuro, enrevesado ni enigmático. Y no hay ninguna otra razón por la que nuestra interpretación no les convenza, sino que el diablo los ha cegado con sus encantamientos, de modo que llaman tinieblas y enigmas a una interpretación tan clara y tan llana. Además, si quisiéramos insistir estrictamente en las palabras, sería muy impropio que Jesucristo hablara de una manera del pan y de otra del vino. Al pan lo llama su cuerpo y al vino su sangre: o esto será una repetición confusa, o será una división que separa lo uno de lo otro. Más aún, con la misma verdad se podrá decir de la copa, o del vino que está en la copa, «esto es mi cuerpo», que del pan mismo; y por la misma razón se podrá decir también que el pan es sangre. Si responden que hay que considerar con qué fin y para qué uso fueron instituidos los sacramentos, confieso que es así. Pero entretanto no podrán evitar que su error arrastre consigo esta consecuencia: que el pan es sangre y el vino es cuerpo. Además, no sé cómo entienden que, concediendo que el pan y el cuerpo son cosas distintas, afirman sin embargo que el pan es propiamente y sin ninguna figura el cuerpo de Cristo. Es como si alguien dijera que la ropa es cosa distinta del hombre y que, sin embargo, se llama y es propiamente hombre. Mientras tanto, como si su victoria consistiera en la obstinación y en las injurias, gritan que, al buscar la verdadera interpretación de las palabras de Jesucristo, lo acusamos de mentiroso. Ahora los lectores podrán juzgar con toda facilidad cuán gran injusticia nos hacen estos señores que tanto quieren aparentar que se aferran a la letra, haciendo creer al pueblo sencillo e ignorante que menoscabamos la autoridad de las palabras de Jesucristo, cuando ellos las pervierten y confunden con tanta furia como fidelidad ponemos nosotros en interpretarlas como conviene, según ya he mostrado.

Pero esta falsedad y mentira no se puede poner bien en evidencia sin refutar otra calumnia. Nuestros adversarios nos acusan de guiarnos de tal manera por la razón humana que medimos el poder de Dios según lo que esa razón nos dicta, y no le atribuimos más de lo que ella nos enseña y muestra. De tan impías calumnias apelo a la doctrina que he enseñado, que atestigua con suficiente claridad que no he medido ni pesado este misterio con la medida de la razón humana, ni lo he sometido al curso de la naturaleza. ¿Hemos aprendido acaso, os pregunto, de la filosofía natural que Jesucristo alimenta desde el cielo nuestras almas con su carne, así como los cuerpos se sustentan con pan y vino? ¿De dónde le viene a la carne esta virtud y fuerza de vivificar las almas? Cualquiera dirá que esto no sucede de manera natural. Tampoco la razón humana admitirá que la carne de Cristo penetre en nosotros de tal manera que se haga nuestro alimento. En fin, todo el que haya probado nuestra doctrina quedará arrebatado de admiración ante el poder secreto de Dios. Pero estos buenos celadores se fabrican un milagro sin el cual no pueden entender que Dios pueda hacer algo. Pido otra vez a los lectores que examinen con cuidado y sopesen bien nuestra doctrina, y vean si depende de la razón humana o si, con las alas de la fe, se eleva por encima de todo el mundo y vuela hasta el cielo. Decimos que Jesucristo desciende a nosotros tanto por la señal exterior y visible como por su Espíritu, para vivificar verdaderamente nuestras almas con la sustancia de su carne y de su sangre. Quienes no entienden que esto no puede hacerse sin muchos milagros son muy torpes e insensatos, puesto que no hay nada más contrario a la razón humana que decir que las almas toman su vida espiritual y celestial de la carne, que tuvo su principio y origen en la tierra y estuvo sujeta a la muerte. No hay nada más increíble que decir que cosas tan distantes entre sí como el cielo y la tierra no solo se unan, sino que se traben y se adhieran de tal manera que nuestras almas reciban alimento de la carne de Cristo sin que ella descienda del cielo. Dejen, pues, estos fantasiosos de acusarnos así, procurando con esta calumnia que todos nos odien, como si maliciosamente pusiéramos límites a la inmensa omnipotencia de Dios. Porque o desvarían demasiado o mienten con mucha malicia. Aquí no se trata de lo que Dios haya podido hacer, sino de lo que haya querido. Nosotros afirmamos que se ha hecho lo que a él le ha placido. Y le plugo que Jesucristo fuera hecho semejante a sus hermanos en todo, excepto en el pecado (He 4:15). ¿Cómo es nuestra carne? ¿No es finita, no tiene su medida determinada, no está en un lugar, no se toca, no se ve? «¿Y por qué —dicen ellos— no hará Dios que una misma carne esté al mismo tiempo en muchos y diversos lugares, que no esté atada a un lugar y que no tenga forma ni medida alguna?». ¡Insensato! ¿Qué le pides al poder de Dios: que haga que la carne sea a la vez y en el mismo instante carne y no carne? Es como si le pidieras que hiciera que la luz fuera a la vez luz y tinieblas. Pero él quiere que la luz sea luz y las tinieblas tinieblas; quiere que la carne sea carne. Es verdad que puede, cuando le plazca, convertir las tinieblas en luz y la luz en tinieblas. Pero cuando pides que la luz y las tinieblas no se distingan, ¿qué haces sino trastornar el orden y el curso de la sabiduría divina? Es necesario que la carne sea carne y que el espíritu sea espíritu, cada uno en el estado y condición en que Dios lo creó. Y esta es la condición y el estado de la carne: que esté en un lugar determinado y lo ocupe, con su propia medida y forma. Con esta condición tomó Jesucristo carne al hacerse hombre; y a esa carne, como dice san Agustín, le dio incorrupción y gloria, pero no le quitó lo que le era natural ni su verdadero ser (Agustín, Carta a Dárdano). Porque el testimonio de la Escritura es claro y manifiesto: subió al cielo, de donde ha de volver a descender del mismo modo en que lo vieron subir.

Replican que tienen la Palabra, en la que se ha manifestado la voluntad de Dios. Así sería, si se les permitiera desterrar de la Iglesia el don de interpretación, por medio del cual la Palabra se entiende como debe. Reconozco que alegan la Escritura en apoyo de su opinión, pero del mismo modo que la alegaban los antropomorfitas para hacer a Dios corpóreo, o como Marción y Maniqueo, que hacían el cuerpo de Jesucristo celestial o imaginario. Porque ellos alegaban estos pasajes de la Escritura: «El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo» (1 Co 15:47). Y también: «Cristo se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Fil 2:7). Pero estos jactanciosos, como los prestidigitadores con sus juegos de manos, no creen que haya poder de Dios si no se trastorna todo el orden de la naturaleza con el monstruo que se han imaginado en su cabeza. Eso es más bien poner límites a Dios y señalarle fronteras para obligarlo a someterse a nuestras fantasías. Porque ¿qué palabra de Dios les ha enseñado que el cuerpo de Jesucristo está visible en el cielo y que, al mismo tiempo, está encerrado invisiblemente en la tierra bajo una infinidad de pedacitos y migajas de pan? Dirán que la necesidad lo exige así para que el cuerpo de Jesucristo se dé en la Cena. Ciertamente es así, porque, como les ha placido sacar de las palabras de Jesucristo una manera carnal de comer su cuerpo, dejándose llevar por su fantasía se han visto obligados a usar esta sutileza, muy contraria a toda la Escritura divina. Y tan lejos estamos de menoscabar de algún modo el poder de Dios que no hay nada que lo ensalce y engrandezca más que lo que nosotros enseñamos. Pero como no dejan de acusarnos de defraudar a Dios de su honra cuando rechazamos lo que el sentido común difícilmente puede creer, aunque Jesucristo lo haya prometido con su propia boca, respondo por mi parte, como respondí hace poco, que en lo que toca a los misterios de la fe no pedimos consejo al sentido común, sino que con toda docilidad y espíritu de mansedumbre (como nos exhorta Santiago) recibimos todo lo que el Espíritu de Dios ha revelado en su Escritura (Stg 1:21). Pero, al mismo tiempo, no dejamos de observar una útil moderación para no caer en el error tan pernicioso en que han caído nuestros adversarios. Porque ellos, al oír las palabras de Jesucristo «esto es mi cuerpo», se imaginan un milagro muy contrario a la intención de Jesucristo. De ahí les nacen muchísimos y enormes absurdos, en los que se han metido por su loca temeridad; y para escapar de ellos se refugian en el abismo de la omnipotencia de Dios, para apagar de este modo la luz de la verdad. Y de ahí les viene aquella arrogancia y aquel desdén con que dicen que no quieren saber de qué manera el cuerpo de Jesucristo está encerrado bajo el pan, porque se contentan y quedan satisfechos con estas palabras: «Esto es mi cuerpo». Nosotros, en cambio, procuramos por nuestra parte conocer el verdadero sentido de este pasaje, como el de los demás. Y con este fin ponemos toda nuestra diligencia, y lo hacemos con toda obediencia y sumisión; no nos apoderamos temerariamente y sin reflexión de lo primero que se presenta a nuestro entendimiento, sino que, después de haberlo meditado y considerado todo bien, admitimos el sentido que el Espíritu Santo nos dicta y enseña. Y, fundados en él, no hacemos caso de todo lo que la sabiduría del mundo nos pueda oponer; cautivamos nuestro entendimiento y lo humillamos para que no se levante ni murmure contra la voluntad de Dios. De aquí nos ha venido la interpretación que damos de las palabras de Cristo, que todos los que conocen medianamente la Sagrada Escritura saben y ven que es común y general a todos los sacramentos. Así, siguiendo el ejemplo de la santa Virgen, no creemos que esté prohibido preguntar, en una cosa difícil, cómo puede hacerse (Lc 1:34).

Pero como no habrá nada más adecuado para confirmar la fe de los hijos de Dios que mostrarles que la doctrina que hemos expuesto está tomada puramente de la Escritura y se funda en su autoridad, aclararé brevemente esta materia. No es Aristóteles, sino el Espíritu Santo, quien enseña que el cuerpo de Jesucristo, después de haber resucitado de entre los muertos, conserva su medida y dimensión, y que fue recibido en el cielo, donde estará hasta que venga a juzgar a los vivos y a los muertos. No ignoro que nuestros adversarios se burlan de todos los pasajes que alegamos para confirmarlo. Cada vez que Jesucristo dice que se marchará de este mundo y se irá, replican que esa partida no es otra cosa que un cambio de su estado mortal. Pero si esto se hubiera de entender como ellos dicen, Jesucristo no habría puesto en su lugar al Espíritu Santo para suplir la falta de su ausencia, puesto que el Espíritu no le sucede; como tampoco Jesucristo volvió a descender de su gloria celestial para tomar de nuevo la condición y el estado mortal (Jn 14:12, 28). Ciertamente, la venida del Espíritu Santo a este mundo y la ascensión de Jesucristo son cosas distintas; por tanto, es imposible que él habite en nosotros según la carne del mismo modo en que envía su Espíritu. Además, dice claramente que no estará siempre con sus discípulos en el mundo (Mt 26:11). Les parece que escapan de este pasaje diciendo que Jesucristo solo quiso decir que no siempre sería pobre y miserable, ni tendría siempre necesidad de ser socorrido en esta vida; pero las circunstancias del pasaje los contradicen, porque allí no se trata de pobreza ni de necesidad, ni de otras miserias de esta vida temporal, sino de honrarlo. A los discípulos no les agradó la unción con que la mujer lo había ungido, porque les parecía un gasto superfluo e inútil, e incluso una pompa y un despilfarro excesivos y, por tanto, reprobables. Así que habrían preferido que el valor del perfume se hubiera repartido entre los pobres, en lugar de malgastarlo, como les parecía. Jesucristo dice que no estará siempre presente para recibir semejante servicio. Y san Agustín no explica este pasaje de otra manera; sus palabras, que pondré aquí, son muy claras: «Cuando Jesucristo decía: "No siempre me tendréis con vosotros", hablaba de la presencia de su cuerpo (Agustín, Tratados sobre el Evangelio de Juan 50). Porque según su majestad, según su providencia, según su gracia invisible, se cumplió lo que había prometido en otra parte: "Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt 28:20). Pero según la carne que él, siendo la Palabra, había tomado; según que nació de la Virgen, que fue apresado por los judíos, crucificado, bajado de la cruz, amortajado, puesto en el sepulcro y resucitado, se cumplió esta sentencia: "No siempre me tendréis con vosotros". ¿Por qué? Porque según el cuerpo conversó cuarenta días con sus discípulos y, mientras ellos lo seguían con la vista pero no iban tras él, subió al cielo. No está aquí, porque allí está sentado a la diestra del Padre. Y sin embargo está aquí, en cuanto no se ha retirado de nosotros según la presencia de su majestad». Y también: «Siempre tenemos a Cristo entre nosotros según la presencia de su majestad; según la presencia de su carne dijo: "No siempre me tendréis". Porque la Iglesia lo tuvo presente según el cuerpo durante unos pocos días; ahora lo tiene por la fe, pero no lo ve con los ojos». Vemos que este santo doctor sitúa la presencia de Jesucristo entre nosotros en tres cosas: en su majestad, en su providencia y en su gracia inefable; y bajo esta gracia incluyo yo esta admirable comunión de su cuerpo y de su sangre, con tal que entendamos que se realiza por la virtud del Espíritu Santo, y no por aquella imaginaria inclusión del cuerpo bajo el elemento o señal. Porque el mismo Señor dio testimonio de sí mismo de que tenía carne y huesos que podían ser palpados, tocados y vistos. Y «irse» y «subir» no significan fingir y aparentar que se va y que sube, sino que verdaderamente se fue y subió, como suenan las palabras. Pero ¿podrá alguien preguntar si hay que asignar a Cristo alguna región del cielo? A esta pregunta respondo con san Agustín que es una cuestión demasiado curiosa y superflua: creemos que está en el cielo, y basta (Agustín, Sobre la fe y el símbolo, cap. 6).

¿Y qué significa la palabra «ascensión», tantas veces repetida? ¿No significa que Jesucristo se trasladó de un lugar a otro? Ellos lo niegan, porque por su altura (según lo interpretan) no se entiende otra cosa que la majestad de su imperio. Pero les pregunto otra vez: ¿de qué manera subió? ¿No se elevó a la vista de sus discípulos? ¿No cuentan claramente los evangelistas que entró en el cielo? (Hch 1:9; Mr 16:19; Lc 24:51). Estos fantasiosos, para mostrarse sofistas muy agudos, dicen que una nube que se interpuso lo ocultó e hizo que no pudieran verlo, para que los fieles no lo buscaran ya visible aquí abajo. Como si, en tal caso, no hubiera debido desaparecer en un instante, si quería hacernos creer en su presencia invisible, o la nube no hubiera debido envolverlo antes de que diera un paso. Pero cuando es elevado en el aire y después, interponiéndose una nube entre él y sus discípulos, muestra que ya no debemos buscarlo en la tierra, concluimos de aquí con seguridad que tiene su morada en el cielo, como también lo atestigua san Pablo, que nos manda esperarlo desde allí (Fil 3:20). Por eso los ángeles advierten a los discípulos que en vano miran hacia arriba, porque aquel Jesús que había sido tomado al cielo así vendrá, como lo vieron subir (Hch 1:11). También aquí nuestros adversarios, queriendo escabullirse, usan un subterfugio que a ellos les parece muy ingenioso: que entonces vendrá de manera visible, porque no se marchó del mundo de tal modo que no se quede invisible aquí abajo entre los suyos. Como si los ángeles trataran en este lugar de que Jesucristo tenía dos modos de presencia, y su intención no fuera quitar toda duda sobre la ascensión de Cristo y hacer a los discípulos testigos oculares. Como si dijeran: «Cristo, al ser recibido en el cielo ante vuestros propios ojos, ha tomado posesión del reino celestial; lo que queda es que lo esperéis con paciencia hasta que vuelva a juzgar al mundo, porque no ha entrado ahora en el cielo para ocuparlo él solo, sino para reunir consigo a vosotros y a todos los fieles».

Y como esta buena gente no se avergüenza de alegar, para confirmar su falsa doctrina, a los Padres antiguos, y sobre todo a san Agustín, como si estuvieran de su parte, mostraré brevemente con cuánta infidelidad han procedido en esto. Y puesto que algunos hombres piadosos y doctos han confirmado suficientemente, con testimonios de los antiguos doctores, que la doctrina que enseñamos es verdadera, no reuniré aquí esos testimonios: quien quiera verlos, que lea los libros que han escrito sobre este tema. Tampoco citaré de san Agustín todo lo que podría servir a este propósito; me contentaré con mostrar brevemente que san Agustín está enteramente de nuestra parte. En cuanto a lo que nuestros adversarios, para quitárnoslo, pretenden mostrar —que en las obras de san Agustín se encuentra muy a menudo la sentencia de que en la Cena se nos dispensan la carne y la sangre de Cristo, es decir, el sacrificio ofrecido una vez en la cruz—, es un vano pretexto y encubrimiento, puesto que él también llama a las señales sacramentos del cuerpo y de la sangre (Agustín, Carta 23, a Bonifacio). Por lo demás, no hace falta gastar muchas palabras en averiguar en qué sentido usa y toma este santo doctor las palabras «carne» y «sangre», puesto que él mismo se explica cuando dice: «Los sacramentos toman el nombre de las cosas que significan por la semejanza que tienen con ellas; y por eso el sacramento del cuerpo es en cierto modo el cuerpo». Con esto concuerda aquel otro pasaje muy conocido del mismo san Agustín: «No dudó el Señor en decir: "Esto es mi cuerpo", cuando daba la señal de su cuerpo» (Agustín, Contra Adimanto, maniqueo, cap. 12). Replican que san Agustín dice expresamente que el cuerpo de Cristo cae en tierra y que entra en la boca; ciertamente, en el mismo sentido en que afirma que se consume, porque pone ambas cosas juntas (Agustín, Sobre la Trinidad, libro 3, cap. 10). Y no contradice esto lo que dice, que acabado el misterio el pan se consume, porque poco antes había dicho: «Puesto que este misterio es conocido y manifiesto y es administrado por los hombres, puede ser estimado y honrado como cosa santa, pero no como milagro». Con esto concuerda otro pasaje que nuestros adversarios retuercen cuanto pueden en su favor: que Jesucristo, al distribuir el pan de la Cena a sus discípulos, se llevó en cierto modo en sus propias manos. Porque, al usar el adverbio de semejanza quodammodo, «en cierto modo», muestra con bastante claridad que el cuerpo de Jesucristo no estaba realmente encerrado bajo el pan. Y esto no debe parecer extraño, puesto que en otro lugar sostiene abiertamente que, si se quita a los cuerpos su medida y el espacio que ocupan, no estarán en ningún lugar y, por tanto, no existirán (Agustín, Comentario al Salmo 33). Su sofisma es bien débil: dicen que allí no trata de la Cena, en la que Dios muestra una virtud especial. Porque la cuestión se había planteado expresamente sobre el cuerpo de Jesucristo, y este santo doctor, respondiendo deliberadamente a ella, dice que Cristo dio inmortalidad a su cuerpo, pero no le quitó su naturaleza (Agustín, Carta a Dárdano). Por eso dice: «Según el cuerpo, Jesucristo no está en todas partes. Porque debemos guardarnos de afirmar la divinidad del Mediador hecho hombre de tal manera que destruyamos la verdad de su cuerpo. Pues no se sigue que, porque Dios está en todo lugar, todo lo que hay en Dios esté en todo lugar como Dios». Y enseguida da la razón: «Porque una sola persona es Dios y hombre, y ambas cosas juntas son un solo Cristo. En cuanto es Dios, está en todo lugar; en cuanto es hombre, está en el cielo». ¡Y qué descuido habría sido no exceptuar el misterio de la Cena, cosa de tanta importancia, si hubiera habido en ella algo contrario a la materia que trataba! Y lo que es más de notar: si se lee con atención lo que sigue a continuación, se verá con toda claridad que bajo aquella doctrina general se incluía también la Cena. Porque dice que el Hijo unigénito de Dios, que es a la vez hombre, está en todo lugar, y verdaderamente todo entero, como Dios; que está en su templo (es decir, en su Iglesia) como Dios que habita en ella; y que está en algún lugar del cielo porque tiene la medida de un verdadero cuerpo. Vemos que, para unir a Cristo con su Iglesia, no saca su cuerpo del cielo, lo cual ciertamente habría tenido que hacer si el cuerpo de Cristo no fuera verdaderamente nuestro alimento sino estando encerrado bajo el pan. Y el mismo, en otro lugar, queriendo explicar de qué manera poseen aquí los fieles a Jesucristo, dice: «Lo tenemos por la señal de la cruz, por el sacramento del bautismo y por la comida y la bebida del altar» (Agustín, Tratados sobre el Evangelio de Juan 50). No discuto aquí si hizo bien en equiparar una loca superstición con las verdaderas señales de la presencia de Jesucristo; solo digo que, al comparar la presencia de la carne con la señal de la cruz, muestra suficientemente que no imagina dos cuerpos en Jesucristo, para ocultarlo por una parte en el pan y dejarlo por otra visible en el cielo. Si alguien pide una explicación más amplia, enseguida añade que siempre tenemos a Jesucristo según la presencia de su majestad, y no según la presencia de su carne, puesto que según esta presencia se dijo: «A mí no siempre me tendréis» (Mt 26:11). Nuestros adversarios replican que él pone estas palabras: «Según su gracia inefable e invisible se cumple lo que dice, que estará con nosotros hasta el fin del mundo» (Mt 28:20). Pero esto no les favorece en nada, porque esto forma parte de aquella majestad que él opone al cuerpo, presentando como cosas distintas la carne y la virtud o gracia. Así como en otro lugar contrapone estas dos cosas: que Jesucristo dejó a sus discípulos en cuanto a la presencia corporal, para estar entre ellos con la presencia espiritual. Donde se ve que distingue expresamente la esencia de la carne de la virtud del Espíritu, que nos une y junta con Cristo aunque estemos separados de él por una gran distancia. Muy a menudo usa esta misma manera de hablar, como cuando dice: «Cristo vendrá en presencia corporal a juzgar a vivos y muertos, conforme a la regla de la fe y la sana doctrina. Porque en presencia espiritual está siempre con su Iglesia». Así pues, esta sentencia se dice de los fieles, a quienes él había comenzado a guardar estando presente con ellos según el cuerpo, y a quienes había de dejar, retirándoles su presencia corporal, para guardarlos con su presencia espiritual. Es un sofisma muy necio entender «corporal» por «visible», puesto que opone el cuerpo a la virtud divina; y al añadir que los guarda juntamente con el Padre, muestra claramente que derrama sobre nosotros su gracia desde el cielo por su Santo Espíritu.

Y como confían tanto en este escondite de la presencia invisible, veamos cómo se ocultan en él. En primer lugar, no aportarán ni una sílaba de la Sagrada Escritura con la que prueben que Cristo es invisible; pero dan por cosa muy averiguada lo que nadie con un poco de entendimiento les concederá: que el cuerpo de Cristo no puede darse en la Cena de ninguna otra manera que cubierto con la máscara del pan. Pero esto es precisamente lo que está en discusión entre nosotros y ellos; tan lejos está de que debamos tenerlo por máxima infalible. Y cuando hablan de este modo, se ven obligados a hacer dos cuerpos de Jesucristo: porque, según ellos, es visible en el cielo, y en la Cena es invisible por cierta dispensación especial. Cuán bien encaja esto se puede ver fácilmente por muchos pasajes de la Escritura, y en particular por lo que dice san Pedro, cuyas palabras son estas: «Es necesario que el cielo reciba (o contenga) a Cristo hasta que vuelva» (Hch 3:21). Estos enseñan que Jesucristo está en todo lugar, pero sin forma. Dicen que está muy mal someter la naturaleza de un cuerpo glorioso a las leyes comunes de la naturaleza. Esta respuesta arrastra consigo el desvarío de Servet, que con toda justicia abominan y detestan todos los que temen a Dios: que el cuerpo de Cristo, después de su ascensión, fue absorbido por la divinidad. No digo que ellos sean de esta opinión. Pero si entre las dotes de un cuerpo glorificado se cuenta llenarlo todo de modo invisible, es evidente que se le quita la sustancia corporal y que no quedará ninguna diferencia entre la divinidad y la humanidad. Además, si el cuerpo de Cristo es tan variable y de maneras tan diversas que en un lugar es visible y en otro invisible, ¿dónde quedará su naturaleza de cuerpo, que consiste en sus dimensiones? ¿Dónde quedará su unidad, el ser uno solo? Tertuliano habla mucho mejor cuando enseña que Jesucristo tiene un cuerpo verdadero y natural, puesto que en el misterio de la Cena se nos da su figura como prenda y garantía de la vida espiritual; porque la figura sería falsa si lo que representa no fuera verdadero. Y ciertamente Cristo decía de su cuerpo glorioso: «Mirad y palpad, porque un espíritu no tiene carne ni huesos» (Lc 24:39). Así, por la misma boca de Cristo se prueba la verdad de su carne: que se puede palpar y ver. Quitadle esto, y dejará de ser carne. Ellos se refugian siempre en su escondite de la dispensación, que se han fabricado. Pero nuestro deber es recibir de tal manera lo que Jesucristo pronunció sin reservas, que tengamos por cosa averiguada y certísima lo que quiso afirmar, sin hacer ninguna excepción. Él prueba que no es un fantasma, como pensaban sus discípulos, porque es visible en su carne. Quítese al cuerpo lo que le es propio según su naturaleza, y entonces habrá que dar una nueva definición de cuerpo. Además, por más vueltas que le den, la dispensación que se han soñado no tiene cabida en lo que dice san Pablo: «Esperamos del cielo al Salvador, el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya» (Fil 3:20-21). Porque no hemos de esperar esa semejanza en las cualidades que ellos imaginan en Cristo, es decir, que cada uno tenga un cuerpo invisible e infinito. Y no se hallará en el mundo hombre tan necio que se deje persuadir de tan gran absurdo. Así que dejen de atribuir al cuerpo glorioso de Jesucristo la propiedad de estar en el mismo instante en diversos lugares y de no estar contenido en ningún espacio. En suma, o nieguen abiertamente la resurrección de la carne, o concedan que Cristo, revestido de la gloria celestial, no se despojó de la carne, él que en nuestra carne ha de hacernos partícipes y compañeros de esa misma gloria, puesto que la resurrección ha de sernos común con él. Porque ¿qué enseña toda la Escritura con más claridad que este artículo: que así como Jesucristo se revistió de nuestra carne al nacer de la Virgen María y padeció en ella para borrar nuestros pecados, así también volvió a tomar esa misma carne al resucitar y la subió al cielo? Porque esta es la esperanza que tenemos de nuestra resurrección y de nuestra subida al cielo: que Cristo resucitó y subió, y (como dice Tertuliano) que se llevó consigo al cielo las arras de nuestra resurrección. ¡Y qué débil y frágil sería esta esperanza si esta carne nuestra, que Jesucristo tomó de nosotros, no hubiera resucitado y entrado en el cielo! Ahora bien, lo propio de la verdad de un cuerpo es estar contenido en un espacio determinado, tener sus dimensiones y su forma. Por tanto, que no siga adelante este desvarío que ata al pan tanto a Cristo como el entendimiento de los hombres. Porque ¿de qué sirve aquella presencia oculta bajo el pan, sino para que quienes desean tener a Cristo junto a sí se detengan en la señal exterior? Pero el Señor Jesús quiso apartar de la tierra no solo nuestros ojos, sino todos nuestros sentidos, cuando prohibió a las mujeres que habían ido al sepulcro que lo tocaran, porque aún no había subido al Padre (Jn 20:17). Cuando veía que María venía con piadoso afecto y gran reverencia a besarle los pies, ¿por qué no lo aprueba, sino que le prohíbe tocarlo hasta que entre en el cielo? No hay otra razón sino que no quiere que se lo busque en otra parte que allí. En cuanto a lo que replican, que después fue visto por san Esteban, la solución es clara: para ello no fue necesario que Cristo cambiara de lugar, pues pudo dar a los ojos de su siervo una vista capaz de penetrar los cielos (Hch 7:55). Lo mismo diremos de san Pablo (Hch 9:4). Lo que objetan, que Cristo salió del sepulcro cerrado y que entró donde estaban sus discípulos con las puertas cerradas, no les sirve de nada para sostener su error (Mt 28:6; Jn 20:19). Porque así como el agua le sirvió a Cristo como si fuera una calle empedrada cuando caminó sobre el lago, así tampoco deben encontrar extraño que la dureza de la piedra se ablandara para dejarlo pasar (Mt 14:25). Aunque parece más probable que la piedra, por orden suya, se apartó y, una vez que él hubo pasado, volvió a su lugar. Y entrar con las puertas cerradas no quiere decir lo mismo que atravesar la materia sólida, sino que por virtud divina se abrieron, de modo que de manera milagrosa se encontró en medio de sus discípulos aunque las puertas estaban cerradas. Lo que citan de san Lucas, que Cristo desapareció de repente de la vista de los discípulos con quienes había ido a Emaús, no les favorece a ellos, sino a nosotros (Lc 24:31). Porque, para que no lo vieran, no se hizo invisible, sino que simplemente desapareció. Así como, según atestigua el mismo san Lucas, cuando caminó con ellos no tomó otro rostro para no ser reconocido, sino que retuvo y embotó sus ojos (Lc 24:16). Pero estos no solo transforman a Cristo para que resida en la tierra, sino que lo imaginan distinto de sí mismo, de una manera en la tierra y de otra en el cielo. En suma, según su desatino, aunque no digan abiertamente que la carne de Jesucristo es espíritu, lo enseñan con rodeos. Y no contentos con esto, le atribuyen cualidades diversas y totalmente contrarias. De donde se sigue necesariamente que hay dos Cristos.

Pero aunque les concedamos lo que charlan sobre la presencia invisible, no habrán probado con ello la inmensidad, sin la cual en vano intentarán encerrar a Cristo bajo el pan. Jamás harán creer que Cristo está encerrado bajo el pan de la Cena hasta que hayan probado que el cuerpo de Cristo está en el mismo instante en todo lugar, sin ninguna circunscripción de lugar. Esta necesidad los ha obligado a introducir la monstruosa opinión de la ubicuidad, o del cuerpo infinito. Y ya hemos mostrado con testimonios firmes y claros de la Sagrada Escritura que el cuerpo de Cristo está circunscrito y contenido en un espacio, ni más ni menos que los demás cuerpos, como lo requiere la medida de un cuerpo humano. Asimismo, que con su subida al cielo mostró claramente que no está en todos los lugares, sino que, cuando pasa a otro lugar, deja el primero en el que estaba. Y la promesa que alegan: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo», no se ha de entender del cuerpo (Mt 28:20). Porque si así fuera, sería necesario que Jesucristo habitara en nosotros corporalmente fuera del uso de la Cena, puesto que en este pasaje se habla de una unión perpetua. Así que no tienen ninguna razón para combatir con tanta furia por incluir y encerrar a Jesucristo bajo el pan, puesto que ellos mismos confiesan que también lo tenemos fuera de la Cena. Además, por el contexto se ve claramente que Jesucristo no habla aquí de su carne, sino que promete a sus discípulos un socorro invencible con el que los defenderá y sostendrá contra todos los asaltos de Satanás y del mundo. Porque, al darles un encargo muy difícil y trabajoso, para que no pongan reparos en aceptarlo, o para que, una vez aceptado, no desfallezcan, los asegura y fortalece con la confianza de su presencia. Como si les dijera: «Mi socorro y mi asistencia, que es invencible, jamás os faltará». Si no se les antojara confundirlo todo, ¿no deberían distinguir qué clase de presencia era esta? Ciertamente prefieren poner de manifiesto su necedad, con gran vergüenza, antes que apartarse un poquito de su error. No hablo de los papistas, cuya opinión es más tolerable, o al menos tiene alguna apariencia; pero hay ciertos hombres tan arrebatados por el ardor de la contienda y la discusión que no se avergüenzan de decir que, a causa de la unión de las dos naturalezas, dondequiera que está la divinidad de Cristo está también su carne, que no puede separarse de ella. Como si aquella unión hubiera producido, a partir de las dos naturalezas, una tercera que no fuera ni Dios ni hombre. Así lo imaginaron Eutiques y, después de él, Servet. Pero de la Escritura se concluye claramente que la única persona de Cristo consta de dos naturalezas de tal manera que cada una conserva íntegramente sus propiedades. Nuestros adversarios no se atreverán a decir que Eutiques fue condenado injustamente. Pero es de maravillar que no adviertan la causa de su condenación: que, suprimiendo la diferencia entre las dos naturalezas e insistiendo en la unidad de la persona de Cristo, hacía de Dios hombre y del hombre Dios. ¡Y qué locura tan grande es preferir mezclar y confundir el cielo con la tierra antes que abandonar esta fantasía de querer sacar el cuerpo de Cristo del santuario celestial! En cuanto a los testimonios de la Escritura que alegan en su defensa: «Nadie subió al cielo, sino el Hijo del hombre, que está en el cielo» (Jn 3:13), y también: «El Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer» (Jn 1:18), con ello muestran su necedad al despreciar la comunicación de idiomas o propiedades, que no sin gran motivo inventaron los Padres antiguos. Ciertamente, cuando se dice que el Señor de gloria fue crucificado, san Pablo no entiende que padeciera algo en cuanto a su divinidad, sino que Cristo, el mismo que padecía en su carne humillado y despreciado, era Dios y Señor de gloria (1 Co 2:8). Del mismo modo, el Hijo del hombre estaba en el cielo, porque el mismo Cristo que según la carne vivió aquí abajo todo el tiempo de su vida mortal no dejaba entretanto de residir en el cielo como Dios. Por la misma razón se dice en el mismo lugar que descendió del cielo según su divinidad; no porque su divinidad bajara del cielo para encerrarse en el cuerpo como en una mazmorra, sino porque, aunque lo llenaba todo, habitaba corporalmente, es decir, naturalmente, y de un modo inefable, en la humanidad de Cristo. Hay una distinción muy común entre los teólogos escolásticos que no me avergonzaré de citar: que aunque Cristo entero está en todo lugar, no todo lo que hay en él está en todo lugar. Y ojalá los escolásticos hubieran considerado y sopesado bien lo que esto quiere decir; si lo hubieran hecho, su imaginación de la presencia carnal de Cristo en la Cena se habría venido abajo. Así pues, nuestro Mediador, estando entero en todo lugar, está siempre con los suyos, y en la Cena se les presenta de un modo particular; pero de tal manera que está presente entero, aunque no trae consigo todo lo que hay en él, puesto que, como ya hemos dicho, en cuanto a la carne es necesario que el cielo lo contenga hasta que aparezca para juzgar.

Por lo demás, se engañan muchísimo quienes no aprenden ni conciben ninguna presencia de la carne de Cristo en la Cena si no está atada al pan. Porque, al hacerlo, excluyen la operación secreta del Espíritu, que nos une con Cristo. Les parece que Cristo no está presente con nosotros si no desciende a nosotros; como si, al elevarnos hacia sí, no nos hiciera gozar igualmente de su presencia. Por tanto, nuestra controversia y diferencia es solo sobre el modo: porque ellos ponen a Cristo en el pan, y nosotros decimos que no conviene sacar a Cristo de su lugar en el cielo. Juzguen los lectores quién de nosotros acierta más, con tal que no tenga cabida la calumnia de que quitamos a Cristo de la Cena si no lo cubrimos con el pan. Porque, siendo este misterio celestial, no es necesario que Jesucristo sea traído aquí abajo para estar unido a nosotros.

Por lo demás, si alguien me pregunta cómo sucede esto, no me avergonzaré de confesar que es un secreto tan alto que no puedo comprenderlo con mi entendimiento ni explicarlo con palabras. Y, para decirlo más claramente, más lo experimento que lo entiendo. Por eso, para no alargar la discusión, adoro y abrazo la promesa de Jesucristo, en la que uno puede descansar con toda seguridad. Él declara que su carne es el alimento de mi alma y su sangre mi bebida. Yo le ofrezco mi alma para que la sustente y mantenga con tal alimento. Me manda que en su santa Cena tome su cuerpo y su sangre bajo las señales del pan y del vino; me manda que lo coma y lo beba. Por mi parte, no dudo, sino que creo que él verdaderamente me lo da y que yo lo recibo. Solo rechazo los absurdos y las locuras fantasiosas que o son indignas de tan gran majestad o son contrarias a la verdad de su naturaleza humana, pues son también contrarias a la palabra de Dios, que nos enseña que Jesucristo, recibido en la gloria celestial, no debe buscarse ya aquí abajo, y atribuye a su humanidad todo lo que es propio del hombre (Lc 24:26). Y esto no debe parecer increíble. Porque así como todo el reino de Jesucristo es espiritual, así también todo lo que hace con su Iglesia no debe examinarse conforme al orden natural de este mundo; o, para usar las mismas palabras de san Agustín: «Este misterio, como los demás, es administrado por hombres, pero de un modo divino; se administra en la tierra, pero de un modo celestial». Tal es, digo, la presencia del cuerpo que el sacramento requiere; y decimos que se muestra aquí con tanta virtud y eficacia que no solo da a nuestras almas una confianza indudable en la vida eterna, sino que también nos da certeza y seguridad de la inmortalidad de nuestra carne, que ya comienza a ser vivificada por la carne inmortal de Cristo, la cual en cierto modo le comunica su inmortalidad (Ireneo, Contra las herejías, libro 4, cap. 34). Quienes van más allá con sus maneras de hablar excesivas e hiperbólicas no hacen otra cosa que oscurecer la verdad, que de por sí es sencilla y clara. Si todavía hay alguien que no esté satisfecho, quisiera que considerara conmigo que ahora tratamos de un sacramento, en el que todo debe referirse a la fe. Y nosotros no alimentamos la fe menos con esta participación del cuerpo que hemos expuesto que quienes piensan hacer bajar a Cristo del cielo. Entretanto, confieso abiertamente que rechazo la mezcla que quieren hacer de la carne de Jesucristo con nuestras almas, como si se filtrara por un alambique; porque debe bastarnos que Jesucristo infunda vida en nuestras almas desde la sustancia de su carne, y que su carne destile su vida en nosotros, aunque no entre en nosotros. Además, la analogía o regla de la fe, a la que san Pablo manda ajustar toda interpretación de la Escritura, nos favorece mucho en este punto (Ro 12:3, 6). Por el contrario, todos los que contradicen una verdad tan manifiesta, que vean a qué regla o medida de fe se aferran. Porque no es de Dios el que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne (1 Jn 4:2-3; 2 Jn 7). Estos, aunque lo disimulen o no lo adviertan, lo despojan de su carne.

Lo mismo hay que entender de la comunión, que según ellos no existe si no tragan la carne de Cristo bajo el pan. Pero se hace una gran injuria al Espíritu Santo si no se cree que la comunión del cuerpo y la sangre de Cristo se realiza por su virtud incomprensible. Además, si la virtud de este misterio, tal como nosotros la enseñamos y como se enseñó antiguamente en la Iglesia, hubiera sido considerada como debía durante estos cuatrocientos años, habría sobrado con qué quedar satisfechos y contentos, y se habría cerrado la puerta a desatinos tan enormes y descabellados, de los que han nacido tan horribles disensiones, con las que la Iglesia ha sido bastante atormentada, tanto en nuestros tiempos como en los pasados. El mal está en que hombres demasiado curiosos quieren un modo de presencia excesivo, del que la Escritura jamás hizo mención. Y lo que es peor, se afanan muchísimo por sostener el desvarío que se han inventado loca y temerariamente, y no pueden soportar, como si se perdiera toda la religión, que Jesucristo no esté encerrado en el pan. Lo primero y principal que se debería considerar es esto: cómo el cuerpo de Jesucristo, en cuanto fue dado una vez en sacrificio por nosotros, se hace nuestro, y cómo somos hechos partícipes de la sangre que él derramó; porque esto es poseer a Cristo crucificado entero para gozar de sus bienes. Pero ahora estos curiosos, dejando de lado estas cosas de tanta importancia, e incluso despreciándolas y casi sepultándolas, no encuentran placer sino en enredarse en esta cuestión: cómo está oculto el cuerpo de Jesucristo bajo el pan o bajo la especie del pan. Es falsísimo lo que alegan con jactancia contra nosotros, que todo lo que enseñamos sobre la manducación espiritual es contrario a la manducación verdadera y real, como ellos la llaman. Porque nosotros solo atendemos al modo, que entre ellos es carnal, pues encierran a Cristo en el pan, mientras que nuestro modo de manducación es espiritual, porque la virtud secreta del Espíritu Santo es el vínculo de nuestra unión con Cristo. No es más verdadera la otra objeción que hacen: que solo tocamos de pasada el fruto y el efecto que los fieles reciben de comer la carne de Cristo. Porque ya hemos dicho que Cristo es la materia o sustancia de la Cena, y que de ahí procede el efecto: que somos absueltos de nuestros pecados por el sacrificio de su muerte, que somos lavados con su sangre y que por su resurrección somos levantados a la esperanza de la vida celestial. Pero la loca imaginación con que el Maestro de las Sentencias los ha abrevado les ha pervertido el entendimiento. Porque estas son sus palabras textuales: «El sacramento sin la cosa son las especies del pan y del vino; el sacramento y la cosa son la carne y la sangre de Cristo; la cosa sin el sacramento es su carne mística» (Pedro Lombardo, Sentencias, libro 4, distinción 8). Y un poco más abajo: «La cosa significada y contenida es la propia carne de Cristo; la significada y no contenida es su cuerpo místico». En cuanto a que distingue entre la carne y la virtud que tiene de alimentar, estoy de acuerdo con él; pero lo que fantasea, que la carne es el sacramento en cuanto está encerrada bajo el pan, es un error intolerable. Y de ahí ha venido que hayan interpretado falsamente la expresión «manducación sacramental»: piensan que los hombres más malvados, aunque sean del todo extraños y ajenos a Cristo, no dejan por eso de comer el cuerpo de Cristo. Pero la carne de Jesucristo, en el misterio de la Cena, no es cosa menos espiritual que nuestra salvación eterna. De donde concluyo que todos los que están vacíos del Espíritu de Cristo no pueden comer la carne de Cristo más de lo que pueden beber un vino que no tiene ningún gusto ni sabor. Ciertamente, Jesucristo queda vilmente despedazado cuando se imaginan que tiene un cuerpo muerto y sin vigor que se da sin ninguna consideración a los incrédulos. Y sus palabras se oponen a ello: «El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él», dice Cristo (Jn 6:56). Replican que aquí no se trata de la manducación sacramental. Se lo concedo, con tal que no canten siempre la misma canción: que se puede comer la carne de Cristo sin recibir ningún fruto. Mucho me gustaría saber de ellos cuánto tiempo la guardan en el estómago después de haberla tragado. Creo que a duras penas sabrán salir de esta cuestión. Objetan que la verdad de las promesas de Dios no puede ser menoscabada, y mucho menos fallar, por la ingratitud de los hombres. Lo confieso, y digo además que la verdad de este misterio permanece siempre intacta, por más que los impíos se esfuercen cuanto pueden por menoscabarla y destruirla. Pero una cosa es que la carne de Jesucristo se nos ofrezca y otra muy distinta que la recibamos. Jesucristo da a todos en general esta comida y bebida espiritual; pero unos la comen y la beben con gran apetito y gusto, y a otros, como a gente sin paladar, les produce hastío. ¿Hará el rechazo de estos que la comida y la bebida pierdan su naturaleza? Dirán que esta comparación les favorece: que la carne de Jesucristo, aunque los incrédulos no le encuentren gusto ni sabor, no deja por eso de ser carne. Pero yo niego que esta carne pueda comerse sin el gusto de la fe; o, para hablar como san Agustín, niego que los hombres puedan sacar del sacramento más de lo que pueden recoger con el vaso de la fe, porque la fe es el vaso propio. Por eso no se quita ni se menoscaba nada al sacramento, sino que su verdad, su virtud y su eficacia permanecen, aunque los impíos, después de haber participado exteriormente de él, se queden vacíos y sin ningún provecho. Si nuestros adversarios replican que de este modo se deroga la palabra de Jesucristo «Esto es mi cuerpo», si los impíos no reciben otra cosa que pan corruptible, la solución es muy fácil: Dios no quiere que se le tenga por veraz en que los impíos reciban lo que él les da, sino en la constancia de su bondad, pues está dispuesto, por indignos que sean, a hacerlos partícipes de aquello que ellos rechazan y que él les ofrece con tanta generosidad. Esta es la integridad y perfección del sacramento, que el mundo entero no puede violar: que la carne y la sangre de Cristo se dan y se presentan tan verdaderamente a los impíos como a los elegidos de Dios y fieles. Con tal que sepamos que, así como la lluvia que cae sobre una piedra dura se escurre por un lado y por otro sin encontrar ninguna entrada en la piedra, del mismo modo los impíos rechazan con su impiedad la gracia de Dios para que no entre en ellos. Además, no es más verosímil que Jesucristo sea recibido sin fe que decir que una semilla puede germinar en el fuego. En cuanto a lo que preguntan, cómo pudo Jesucristo venir para condenación de muchos si no es porque lo reciben indignamente, es un sofisma muy débil. Porque en ninguna parte de la Escritura leemos que los hombres se acarreen la perdición recibiendo indignamente a Jesucristo, sino más bien rechazándolo. Y no les sirve de ayuda la parábola en la que Jesucristo dice que parte de la semilla nace entre espinos y después se ahoga y se echa a perder (Mt 13:7). Porque allí trata el Señor del valor de la fe temporal, que nuestros adversarios no creen necesaria para comer la carne de Jesucristo y beber su sangre, puesto que en esto hacen a Judas compañero igual de san Pedro. Más aún, su opinión errónea queda muy bien refutada en esta misma parábola, cuando se dice que una parte de la semilla cayó junto al camino y otra en pedregales, y que ni una ni otra echó raíz (Mt 13:4-5). De donde se sigue que la incredulidad es el impedimento y obstáculo por el que Jesucristo no es recibido por los incrédulos que no tienen fe. Quien desee que la santa Cena haga progresar nuestra salvación no encontrará nada más adecuado que guiar y conducir a los fieles a la fuente de vida, que es Jesucristo, para que saquen agua de él. Su dignidad queda sobradamente ensalzada cuando sostenemos y creemos que es una ayuda para incorporarnos a Jesucristo o, si ya estamos incorporados, para afirmarnos cada vez más, hasta que él nos una perfectamente consigo en la vida celestial. Cuando objetan que, si los incrédulos no participaran del cuerpo y la sangre de Cristo, san Pablo no los declararía culpables, respondo que no son condenados por haberlos comido y bebido, sino solo por haber profanado el misterio, pisoteando las arras y la prenda de la sacrosanta unión que tenemos con Jesucristo, que merecía ser honrada con toda reverencia (1 Co 11:29).

Y puesto que san Agustín es uno de los principales entre los antiguos doctores que sostuvieron este artículo —que nada se quita a los sacramentos por la infidelidad o la malicia de los hombres, y que la gracia que figuran no se menoscaba—, conviene probar claramente con sus propias palabras que quienes quieren arrojar el cuerpo de Jesucristo a los perros para que lo coman abusan muy malamente del testimonio de este santo doctor. La manducación sacramental, si hemos de creerles, consiste en que los impíos reciben el cuerpo y la sangre de Cristo sin la virtud de su Espíritu y sin el efecto de su gracia. San Agustín, por el contrario, examinando con prudencia estas palabras: «El que coma mi carne y beba mi sangre no morirá jamás», les da esta explicación: «Ciertamente, la virtud del sacramento, no solo el sacramento visible; y esto por dentro, no por fuera: el que lo come con el corazón, no con los dientes» (Agustín, Tratados sobre el Evangelio de Juan 26; Jn 6:50). De donde concluye que el sacramento de la unión que tenemos con el cuerpo y la sangre de Jesucristo se ofrece en la Cena a unos para vida y a otros para condenación; pero la cosa significada no puede darse de ningún modo sino para vida a todos los que participan de ella. Si nuestros adversarios quieren sostener con sofismas que la expresión «cosa significada» no se toma ni se entiende del cuerpo, sino de la gracia del Espíritu, que no siempre va unida a él, este subterfugio se les quita con las palabras «visible» e «invisible». Porque, a pesar suyo y siguiendo su propio desvarío, tendrán que confesar que el cuerpo de Jesucristo no puede quedar comprendido bajo la palabra «visible». De donde se sigue que los impíos no participan más que de la señal externa. Y para quitar mejor toda dificultad, san Agustín, después de decir que este pan requiere el apetito y el gusto del hombre interior, añade que Moisés, Aarón, Finees y muchos otros que comieron el maná agradaron a Dios. ¿Y por qué? «Porque tomaban espiritualmente el alimento visible, lo deseaban espiritualmente, lo gustaban espiritualmente, para ser saciados espiritualmente. Porque también nosotros recibimos hoy el alimento visible; pero una cosa es el sacramento y otra la virtud del sacramento». Y un poco más abajo: «Por tanto, el que no permanece en Cristo, y aquel en quien Cristo no permanece, no come espiritualmente su carne ni bebe su sangre, aunque carnal y visiblemente triture con los dientes la señal del cuerpo y de la sangre». Otra vez oímos aquí que la señal visible se opone a la manducación espiritual, con lo que se refuta el error de que el cuerpo de Jesucristo, siendo invisible, se come real y efectivamente aunque no sea espiritualmente. Oímos también que no deja nada a los impíos y profanos, sino que solo reciben la señal visible. De ahí vino a decir aquella notable sentencia suya: que los demás discípulos comieron el pan que era el Señor, pero Judas comió el pan del Señor (Agustín, Tratados sobre el Evangelio de Juan 59). Con lo cual excluye claramente a los incrédulos de la participación del cuerpo y de la sangre. Y lo que dice en otro lugar va en el mismo sentido: «¿Por qué te maravillas de que se diera a Judas el pan de Cristo, por el que quedó sujeto al diablo, cuando ves, por el contrario, que a san Pablo se le dio un ángel del diablo por el que fue perfeccionado en Cristo?» (Agustín, Tratados sobre el Evangelio de Juan 62; 2 Co 12:7). Y en otro lugar dice: «Es verdad que el pan de la Cena no dejó de ser el cuerpo de Jesucristo para quienes lo comían indignamente para su condenación, y que no dejaron de recibirlo por haberlo recibido mal» (Agustín, Sobre el bautismo, contra los donatistas, libro 5; 1 Co 11:29). Pero en otro lugar declara cuál fue su intención. Porque, al explicar por extenso de qué manera los malvados y disolutos que profesan con la boca la religión cristiana y la niegan con su vida comen el cuerpo de Jesucristo, y disputando además contra algunos que pensaban que recibían no solo el sacramento, sino también la cosa, es decir, el cuerpo, dice: «No hay que pensar que estos comen el cuerpo de Cristo, puesto que no deben ser contados entre los miembros de Cristo. Porque, aun dejando otras muchas razones, no pueden ser a la vez miembros de Cristo y miembros de una ramera. Además, al decir el Señor: "El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él" (Jn 6:56), muestra qué es comer su cuerpo verdaderamente, y no solo sacramentalmente. Porque esto es permanecer en Cristo, para que él permanezca en nosotros. Como si dijera: el que no permanece en mí, y aquel en quien yo no permanezco, no piense ni se jacte de que come mi carne y bebe mi sangre». Sopesen bien los lectores esta oposición entre comer sacramentalmente y comer verdaderamente; si lo hacen, no les quedará ninguna duda. Esto lo confirma todavía con más claridad cuando dice: «No preparéis la garganta, sino el corazón, porque para esto se nos da la Cena» (Agustín, La ciudad de Dios, libro 21, cap. 25). «Así, nosotros creemos en Jesucristo, y así lo recibimos por la fe; cuando lo recibimos, sabemos bien lo que pensamos: recibimos un pedacito de pan y somos saciados en el corazón. No es, pues, lo que se ve lo que sacia, sino lo que se cree». También en este lugar, como en el otro ya citado, restringe a la señal visible lo que reciben los impíos, y declara que Jesucristo no puede ser recibido de otra manera que por la fe. Lo mismo dice en otro lugar: que todos, buenos y malos, participan de las señales; y excluye a los malos de la verdadera manducación de la carne de Cristo (Agustín, Contra Fausto, libro 13, cap. 16). Cosa que no haría si fuera de la loca opinión que nuestros adversarios le atribuyen. En otro lugar, tratando de la manducación y de su fruto, concluye así: «El cuerpo y la sangre de Cristo son vida para cada uno si lo que se toma visiblemente se come y se bebe espiritualmente» (Agustín, Sermón 2 sobre las palabras del Apóstol). Por tanto, quienes quieren hacer a los incrédulos partícipes del cuerpo y la sangre de Cristo, si quieren estar de acuerdo con san Agustín, que nos muestren el cuerpo de Jesucristo visible, puesto que él dice que toda la verdad del sacramento es espiritual. Es muy fácil deducir de sus palabras que comer sacramentalmente no quiere decir otra cosa que el comer visible y externo de la señal, cuando la incredulidad cierra la puerta a la sustancia y a la verdad. Y ciertamente, si se pudiera comer verdaderamente el cuerpo de Cristo sin comerlo espiritualmente, ¿qué querría decir lo que el mismo san Agustín dice en otro lugar?: «No habéis de comer este cuerpo que veis, ni beber la sangre que derramarán los que me han de crucificar. Os he dejado un sacramento que, entendido espiritualmente, os dará vida» (Agustín, Comentario al Salmo 98). Ciertamente no quiso negar que el cuerpo que se da en la Cena es el mismo que Cristo ofreció en sacrificio, sino que señaló el modo de la manducación: que este cuerpo de Cristo, aunque está en la gloria celestial, nos infunde vida por la virtud y eficacia secretas del Espíritu Santo. Reconozco que este santo doctor dice muy a menudo que los infieles comen el cuerpo de Cristo; pero él mismo se explica diciendo que esto sucede sacramentalmente, y después declara que la manducación espiritual se da cuando nuestros bocados no consumen la gracia de Dios (Agustín, Tratados sobre el Evangelio de Juan 27). Y para que los adversarios no digan que quiero vencer amontonando muchos pasajes, me gustaría mucho saber cómo podrán desembarazarse de lo que dice el mismo san Agustín: que los sacramentos solo en los elegidos realizan lo que figuran. Ciertamente no pueden negar que el pan de la Cena figura el cuerpo de Cristo. De donde se sigue que los impíos no lo reciben. Y que Cirilo pensaba así lo atestiguan estas palabras suyas: «Así como, si alguien echa cera derretida sobre otra cera, mezcla la una con la otra, así también es necesario que todo el que recibe el cuerpo y la sangre de Cristo se haga una cosa con él, para que él se encuentre en Cristo y Cristo en él» (Cirilo, Comentario a Juan, sobre el cap. 6). Creo haber probado y aclarado suficientemente que quienes solo reciben el cuerpo de Jesucristo sacramentalmente están muy lejos de comer verdadera y realmente su cuerpo, porque la esencia del cuerpo no puede separarse de su virtud; y que no por eso se menoscaba la fidelidad de las promesas de Dios, pues él no deja de hacer llover del cielo aunque las piedras y peñascos no reciban dentro de sí ninguna gota.

El conocimiento y la comprensión de estas cosas nos apartarán fácilmente de la adoración carnal que algunos, con perversa temeridad, han introducido en el sacramento. La causa ha sido que razonaban así: si está el cuerpo, se sigue necesariamente que junto con el cuerpo están también el alma y la divinidad, que ya nunca pueden separarse de él; luego hay que adorar aquí a Cristo. En primer lugar, si se les negara esta deducción suya, que llaman concomitancia, ¿qué harían? Porque, por más que dijeran que sería un gran absurdo separar el alma y la divinidad del cuerpo, ¿quién que tenga sano entendimiento y juicio se convencerá de que el cuerpo de Cristo es Cristo? Además, les parece que lo concluyen muy bien con sus silogismos y argumentos. Pero, puesto que Jesucristo habla por separado de su cuerpo y de su sangre, sin especificar el modo de su presencia, ¿qué concluirán de una cosa dudosa? Ciertamente, si sus conciencias fueran atormentadas por alguna fuerte tentación, con sus silogismos quedarían muy fácilmente aturdidos y confundidos al ver que no tenían de su parte ninguna palabra de Dios, la única con la que nuestras almas se mantienen en pie cuando han de rendir cuentas, y sin la cual caen al instante por tierra y perecen; al ver que la doctrina y el ejemplo de los apóstoles los contradicen, y al encontrarse ellos mismos autores e inventores de sus fantasías. A tales asaltos se añadirán otros muchos aguijones de la conciencia. ¿Qué? ¿Sería cosa de poca importancia adorar a Dios de esta manera, sin que nada se nos haya mandado? ¿Debía hacerse tan desconsideradamente algo para lo que no tienen ninguna palabra de Dios, cuando se trataba del culto divino y de su gloria? Pero si los inventores de tales argumentos hubieran sometido todos sus pensamientos a la palabra de Dios con la humildad y la sumisión debidas, sin duda habrían escuchado lo que él dice: «Tomad, comed, bebed», y habrían obedecido este mandamiento, en el que manda que el sacramento sea tomado, no adorado. Por tanto, quienes lo toman sin adorarlo, como el Señor lo mandó, están seguros y ciertos de no apartarse del mandamiento de Dios. Esta certeza es el mejor consuelo que podemos tener cuando emprendemos algo. Tienen el ejemplo de los apóstoles, de quienes nunca leemos que adoraran el sacramento de rodillas, sino que, sentados como estaban antes, lo tomaron y comieron. Tienen la costumbre de la Iglesia apostólica, que, como cuenta san Lucas, perseveraba no en la adoración, sino en el partimiento del pan (Hch 2:42). Tienen la doctrina apostólica, con la que san Pablo instruye a la Iglesia de los corintios, después de declararles que había recibido del Señor lo que les enseñaba (1 Co 11:23).

Todo esto tiene por fin que los cristianos adviertan bien cuán gran peligro hay en andar dando bandazos con nuestras fantasías, sin ninguna palabra de Dios, en cosas tan altas y de tanta importancia. Y lo que hemos tratado hasta aquí debe quitarnos en esta materia todo escrúpulo y duda. Porque para que las almas piadosas reciban a Cristo en este sacramento como conviene, es necesario que se eleven al cielo. Y si el oficio de este sacramento es ayudar al entendimiento humano, que de por sí es débil, a elevarse para alcanzar la altura de estos misterios espirituales, quienes se detienen en la señal externa se alejan muchísimo del verdadero camino para buscar a Cristo. ¿Quién negará, entonces, que es un culto sumamente supersticioso que los hombres se arrodillen delante del pan para adorar allí a Cristo? No hay duda de que el Concilio de Nicea quiso poner remedio de antemano a semejante inconveniente, prohibiendo a los cristianos fijar humildemente su entendimiento en las señales visibles. Y no hay otra razón por la que antiguamente se ordenó en la Iglesia que el diácono exhortara al pueblo en voz alta y clara, antes de la consagración, a que cada uno levantara su corazón a lo alto. Y la misma Escritura, además de habernos narrado con cuidado la ascensión de nuestro Señor, cada vez que habla de él nos exhorta a levantar el corazón a lo alto y a buscarlo en el cielo, sentado a la diestra del Padre, para apartarnos de todo pensamiento carnal (Col 3:1-2). Siguiendo, pues, esta regla, más bien se le debía adorar espiritualmente en la gloria celestial que inventar este género de adoración tan peligroso, lleno de una idea carnal y grosera de Dios. Por tanto, quienes inventaron la adoración del sacramento no solo la soñaron por su cuenta, sin ninguna autoridad de la Escritura —pues en ella no hay ninguna mención de esto, cosa que no se habría omitido si fuera grata a Dios—, sino que, contradiciéndolos claramente la Escritura, se han forjado un Dios nuevo, abandonando al Dios eterno. ¿Y qué es idolatría, si esto no lo es: adorar los dones en lugar de quien los da? En esto han cometido un doble pecado: han quitado la honra a Dios para dársela a la criatura, y también han deshonrado a Dios al profanar su don y beneficio, haciendo de su santo sacramento un ídolo abominable. Nosotros, por el contrario, para no caer en el mismo hoyo, fijemos por completo nuestros oídos, ojos, corazones, pensamientos y lenguas en la sagrada doctrina de Dios. Porque ella es la escuela del Espíritu Santo, que es muy buen maestro, y en ella se aprovecha de tal manera que no es necesario aprender de ningún otro, y hay que ignorar de muy buena gana todo lo que no se enseña en esta escuela.

Y como la superstición, una vez que ha traspasado sus límites, no sabe poner fin a su maldad, han ido todavía más lejos. Se han imaginado ritos y ceremonias muy ajenos a la institución de la Cena, solo para honrar la señal como a Dios. Cuando se lo mostramos, dicen que es a Jesucristo a quien tributan esta honra. En primer lugar, si esto se hiciera en la Cena, todavía les diría que la verdadera adoración no se debe dirigir a la señal, sino a Jesucristo, que está en el cielo. Y puesto que lo hacen fuera de la Cena, ¿qué pretextos pueden tener para decir que honran a Jesucristo dentro del pan, si no tienen ninguna promesa sobre esto? Consagran su hostia para llevarla en procesión, para exhibirla con gran pompa y mostrarla al pueblo para que la adore y la invoque. Les pregunto: ¿en virtud de qué piensan que esta hostia está debidamente consagrada? Dirán que en virtud de aquellas palabras: «Esto es mi cuerpo». Yo les replicaré, con muy justa razón, que junto con estas palabras dijo el Señor: «Tomad y comed». Porque, como la promesa va unida al mandamiento, digo que está de tal manera incluida en él que, si se los separa, la promesa no es nada. Esto se entenderá mucho mejor con un ejemplo semejante. El Señor nos mandó invocarlo, y enseguida añadió la promesa: «Te libraré» (Sal 50:15). Si alguien, invocando a san Pedro o a san Pablo, se jactara de esta promesa, ¿no dirían los demás que no sabía lo que decía? ¿Y qué hacen, pues, quienes, dejando de lado el mandamiento de Dios de comer, se aferran a la promesa «Esto es mi cuerpo», que sin el mandamiento es vana, para abusar de ella con nuevos ritos muy ajenos a la institución de Cristo? Recordemos, pues, que esta promesa se hizo a quienes hacen y guardan lo que Cristo manda allí; y, por el contrario, entendamos que quienes aplican el sacramento a otro uso no tienen para hacerlo ninguna palabra de Dios. Ya hemos tratado de cómo este sacramento de la santa Cena sirve a nuestra fe delante de Dios. Y puesto que nuestro Señor no solo nos trae a la memoria una tan grande generosidad de su bondad, sino que nos la pone, por así decir, en las manos (como ya hemos explicado) y nos invita a reconocerla, al mismo tiempo nos exhorta a no ser ingratos ante tan gran generosidad como la que usa con nosotros, sino a ensalzarla con grandes alabanzas y celebrarla con gran acción de gracias. Por eso, cuando entregó a sus apóstoles la institución de este sacramento, les mandó que lo hicieran así en memoria de él (Lc 22:19). Lo cual san Pablo interpreta como «anunciar la muerte del Señor» (1 Co 11:26). Es decir, que confesemos públicamente y todos juntos, como con una sola boca, que toda la confianza de nuestra vida y salvación está puesta en la muerte del Señor, para que con nuestra confesión lo glorifiquemos y con nuestro ejemplo exhortemos a los demás a glorificarlo y bendecirlo. También aquí vemos con qué fin fue instituido este sacramento: para ejercitarnos en la memoria de la muerte de Cristo. Porque el mandato de anunciar la muerte del Señor hasta que venga a juzgar no quiere decir otra cosa sino que declaremos con la confesión de la boca lo que nuestra fe ha comprendido en el sacramento: que la muerte de Cristo es nuestra vida. Este es el segundo uso de este sacramento, que corresponde a la confesión externa.

En tercer lugar, el Señor quiso que la Cena nos sirviera de exhortación, y de tal clase que ninguna otra puede incitarnos e inflamarnos con mayor fuerza a la pureza y santidad de vida, a la caridad, la paz y la unión. Porque el Señor nos comunica aquí su cuerpo de tal manera que se hace enteramente una misma cosa con nosotros, y nosotros con él. Y como no tiene más que un cuerpo, del que nos hace a todos partícipes, se sigue necesariamente que por esta participación también todos nosotros somos hechos un solo cuerpo. Esta unidad del cuerpo la representa el pan que se nos da en el sacramento: así como está hecho de muchos granos, mezclados entre sí de tal modo que de ninguna manera se pueden distinguir ni diferenciar unos de otros, del mismo modo conviene que estemos tan unidos y entretejidos unos con otros, en unión y concordia de voluntad, que no haya entre nosotros ninguna diferencia ni división. Esto prefiero darlo a entender con las mismas palabras de san Pablo: «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan» (1 Co 10:16-17). Gran provecho sacaríamos de este sacramento si tuviéramos grabado y fijo en el corazón este pensamiento: que no es posible que alguno de nuestros hermanos sea injuriado, despreciado, rechazado, herido u ofendido de cualquier otro modo sin que al mismo tiempo injuriemos, despreciemos y hiramos a Cristo con nuestras injurias; que no podemos estar en desacuerdo y discordia con nuestro hermano sin estar al mismo tiempo en discordia con Cristo; que no podemos amar a Cristo sin amarlo a la vez en los hermanos; que el mismo cuidado que tenemos de nuestro cuerpo lo debemos tener de nuestros hermanos; que, así como ninguna parte de nuestro cuerpo siente dolor sin que todas las demás lo sientan enseguida, así tampoco debemos consentir que nuestro hermano sea afligido por mal alguno sin que nosotros sintamos ese mismo mal por compasión. Por estas razones, y no sin motivo, san Agustín llama tantas veces a este sacramento «vínculo de caridad». Porque ¿qué estímulo o aguijón puede ser más agudo y punzante para incitarnos a tener caridad mutua entre nosotros que ver cómo Jesucristo, al darse a sí mismo a nosotros, no solo nos invita y nos muestra con su ejemplo a entregarnos y darnos unos por otros, sino que, al hacerse común a todos, nos hace a todos una misma cosa en él?

De aquí se ve muy bien lo que ya he dicho antes: que la verdadera administración de los sacramentos no se da sin la palabra. Porque todo el provecho que recibimos de la Cena requiere que la palabra esté presente: ya sea que hayamos de ser confirmados en la fe, o ejercitados en la confesión de nuestra religión cristiana, o exhortados a vivir santa y piadosamente, es necesario que la palabra vaya por delante. Así que es cosa muy absurda y desordenada convertir la Cena en una acción muda, sin anunciar la palabra de Dios, como se hace bajo la tiranía del papado. Porque los papistas quieren que toda la virtud y fuerza de la consagración dependa de la intención del sacerdote, como si esto no concerniera al pueblo, a quien convenía que se le explicara este misterio. Y de aquí nació este error: no consideraban que las promesas con que se hace la consagración no se dirigen a las señales, sino a quienes las reciben. Pero Jesucristo no habla al pan mandándole que se convierta en su cuerpo, sino que manda a sus discípulos que coman, prometiéndoles la comunión de su cuerpo y de su sangre. Y san Pablo no enseña otro orden que este: que, junto con la distribución del pan y de la copa, se anuncien las promesas a los fieles. Y ciertamente así es. Porque no debemos imaginarnos aquí un encantamiento o conjuro de nigromantes, como si bastara con haber murmurado las palabras sobre las criaturas insensibles, sino que debemos entender que la Palabra por la que se consagran los sacramentos es una predicación viva, que edifica a quienes la oyen, que entra y penetra en su entendimiento, que se imprime en su corazón y que muestra su virtud haciendo y cumpliendo lo que promete. De aquí se ve también claramente que es cosa vana y sin ningún provecho reservar el sacramento para darlo a los enfermos fuera del culto ordinario. Porque o lo recibirán sin que se les recite la institución de Cristo, o el ministro, junto con la señal, les explicará el verdadero sentido del misterio. Si no se les explica, es abusar del sacramento, lo cual es un gran pecado. Si se les recitan las promesas y se les explica el misterio para que quienes van a comulgar lo reciban con fruto y provecho, no hay por qué dudar de que esta es la verdadera consagración. ¿Para qué servirá entonces la otra, de la que los enfermos no reciben ninguna virtud? Pero me dirán quienes lo hacen así que siguen el ejemplo de la Iglesia antigua. Lo reconozco. Pero en cosa de tan gran importancia no hay nada mejor ni más seguro que seguir la pura verdad, puesto que apartarse de ella no puede hacerse sin gran peligro.

Además, así como vemos que este sagrado pan de la Cena del Señor es un alimento espiritual, dulce, sabroso y saludable para los verdaderos siervos de Dios, que al gustarlo sienten que Jesucristo es su vida, que los mueve a dar gracias y que es para ellos una exhortación a amarse unos a otros, así también se convierte en veneno mortal para todos aquellos a quienes no alimenta ni fortalece en la fe, ni eleva a la acción de gracias y a la caridad mutua. Porque, así como el alimento corporal, cuando encuentra el estómago lleno de malos humores, se corrompe y hace más daño que provecho, así también este alimento espiritual, si cae en un alma cargada de malicia y perversidad, la arroja y la precipita a una ruina y desgracia mayores; no por culpa suya, sino porque para los corrompidos e incrédulos nada es puro, aunque haya sido santificado por la bendición del Señor (Tit 1:15). Porque, como dice san Pablo, los que comen y beben indignamente son culpados del cuerpo y de la sangre del Señor, y comen y beben juicio para sí, sin discernir el cuerpo del Señor (1 Co 11:27, 29). Porque esa clase de gente, que se lanza como cerdos a recibir la Cena sin ninguna chispa de fe, sin ningún deseo ni afecto de caridad, no discierne el cuerpo del Señor. En cuanto no creen que aquel cuerpo es su vida, lo afrentan con cuantas injurias pueden, despojándolo de toda su dignidad; y, en fin, al recibirlo de este modo, lo profanan y contaminan. Y en cuanto, estando en discordia con sus hermanos y enemistados con ellos, se atreven a mezclar la sagrada señal del cuerpo de Cristo con sus disputas y discordias, no depende de ellos que el cuerpo de Jesucristo no quede despedazado miembro por miembro. Por tanto, no sin razón son culpables del cuerpo y la sangre de Cristo, que han manchado tan afrentosamente con su horrible impiedad. Así pues, reciben condenación con esta manducación indigna. Porque, aunque no tengan ninguna fe en Cristo, al recibir el sacramento profesan que no tienen salvación en ninguna otra parte sino en él, y renuncian a toda otra confianza. Por eso ellos mismos se acusan, dan testimonio contra sí mismos y firman su propia condenación. Además, estando divididos y separados de sus hermanos (es decir, de los miembros de Cristo) por el odio y la malevolencia, no tienen ninguna parte en Cristo; y, sin embargo, declaran que la única salvación es participar de Cristo y estar unidos a él. Por esta razón manda san Pablo que cada uno se examine a sí mismo antes de comer de este pan y beber de la copa (1 Co 11:28). Con esto, según lo entiendo, quiso que cada uno entrara dentro de sí y considerara si con confianza de corazón reconoce a Jesucristo como su Redentor y si lo confiesa con la boca; además, si aspira a imitar a Cristo en inocencia y santidad de vida; si, a ejemplo de Cristo, está dispuesto a darse a sí mismo a sus hermanos y a compartir con aquellos con quienes ve que Jesucristo se comparte; si, así como Cristo lo tiene a él por miembro suyo, tiene él del mismo modo a todos sus hermanos por miembros suyos; si desea confortarlos, ampararlos y ayudarlos como a miembros propios. No es que estos deberes de la fe y la caridad puedan ser perfectos en esta vida presente, sino que debemos esforzarnos y animarnos a desear cumplirlos, para que nuestra poca fe aumente y se fortalezca cada día más, y nuestra caridad, todavía imperfecta, se afiance.

Por lo general, queriendo preparar a los hombres para la dignidad que se requiere para recibir este sacramento, han atormentado cruelmente a las pobres conciencias, y sin embargo no les han enseñado nada que viniera al caso. Dijeron que comían dignamente quienes estaban en estado de gracia; y por estado de gracia entendían estar limpios y puros de todo pecado. Con esta doctrina excluían de la participación en la Cena a todos los hombres que han vivido o viven sobre la tierra. Porque, si se trata de encontrar esa dignidad en nosotros, estamos perdidos: no nos queda más que la desesperación y una ruina mortal. Porque, por más que trabajemos y empleemos nuestras fuerzas, no conseguiremos otra cosa sino ser más indignos que nunca precisamente cuando nos hayamos esforzado todo lo posible. Para remediar este mal se han inventado una nueva manera de adquirir dignidad: que, después de examinar bien nuestra conciencia, purifiquemos nuestra indignidad con la contrición, la confesión y la satisfacción. Ya hemos dicho qué clase de purificación es esta, en el lugar más apropiado para ello. En lo que toca a la materia que tratamos, digo que estos remedios y consuelos son muy débiles y de ninguna importancia para consolar a las conciencias turbadas, abatidas, afligidas y espantadas por el horror de su pecado. Porque si el Señor prohíbe expresamente que nadie sea admitido a su Cena sino el justo e inocente, no hace falta poca seguridad para que uno esté seguro de tener la justicia e inocencia que oye que Dios exige. ¿Y de dónde se nos confirmará la seguridad de que han cumplido con Dios quienes han hecho lo que estaba en su mano? Y aunque así fuera, ¿cuándo habrá hombre que se atreva a decir que ha hecho todo lo que estaba en su mano? Así, al no haber seguridad cierta de nuestra dignidad, la puerta quedará siempre cerrada por aquella horrible prohibición que declara que quienes comen y beben indignamente el sacramento comen y beben su propia condenación.

Ahora es fácil juzgar qué clase de doctrina reina en el papado y de quién ha salido: con una cruel severidad, priva y despoja a los pobres pecadores, que ya están como muertos, de todo el consuelo de este sacramento, en el que se les ofrecían todos los regalos del evangelio. Ciertamente, el diablo no ha podido encontrar un atajo más corto para destruir a los hombres que entontecerlos de este modo, para que no encontraran gusto ni sabor alguno en el alimento con que el Padre celestial quería sustentarlos. Así pues, para no despeñarnos nosotros también, recordemos que este santo banquete es medicina para los enfermos, consuelo para los pecadores, limosna para los pobres, y que no serviría de nada a los sanos, justos y ricos, si fuera posible encontrar hombres así. Porque, puesto que Jesucristo se nos da como alimento en este banquete, entendemos que sin él nos marchitaríamos, nos consumiríamos y desfalleceríamos, ni más ni menos que el hambre consume las fuerzas del cuerpo. Además, puesto que se nos da para vida, entendemos que sin él estamos verdaderamente muertos en nosotros mismos. Por tanto, la única y la mejor dignidad que podemos presentar a Dios es esta: ofrecerle nuestra vileza, bajeza e indignidad, para que él, movido a misericordia, nos haga dignos de sí; confundirnos en nosotros mismos para ser consolados en él; humillarnos en nosotros mismos para ser ensalzados por él; acusarnos a nosotros mismos para ser justificados en él; morir en nosotros mismos para ser vivificados en él. Además, que deseemos y procuremos la unión, la concordia y la amistad que se nos mandan en la Cena. Y así como él nos hace a todos ser una sola cosa en él, deseemos que haya en todos nosotros una misma voluntad y una misma alma, un mismo corazón y una misma lengua. Si hubiéramos pensado y considerado bien todas estas cosas, jamás nos vencerían —aunque nos turbaran— pensamientos como este: cómo podremos nosotros, desprovistos y desnudos de todo bien, manchados y ensuciados con tantas inmundicias de pecados y medio muertos, comer dignamente el cuerpo del Señor. Pensaríamos más bien que venimos pobres al verdadero y misericordioso dador de limosnas, enfermos al médico, pecadores al autor de la justicia y, en fin, muertos a quien da la vida. Y entenderíamos que toda la dignidad que él nos pide consiste, primera y principalmente, en la fe, que lo atribuye todo a Cristo y se remite enteramente a él, sin atribuirnos nada a nosotros; y, en segundo lugar, en la caridad, que basta con que la presentemos a Dios aunque sea imperfecta, para que él la mejore y perfeccione, puesto que no es posible ofrecérsela perfecta. Hay otros que, aunque coinciden con nosotros en que la dignidad consiste en la fe y la caridad, se han equivocado muchísimo en la medida de esta dignidad, al exigir una perfección de fe a la que no se pueda añadir nada, y una caridad como la que nuestro Señor Jesucristo nos tuvo. Pero precisamente por eso apartan y alejan a todos los hombres de acercarse a recibir esta santa Cena, ni más ni menos que los otros de quienes ya hemos hablado. Porque si su opinión se impusiera, nadie la recibiría sino indignamente, puesto que todos, sin excepción posible, quedarían culpados y convictos de su propia imperfección. Y ciertamente ha sido una gran ignorancia, por no llamarla estupidez, exigir para recibir este sacramento una perfección tal que lo haga vano y superfluo. Porque este sacramento no fue instituido para los perfectos, sino para los débiles y flacos, para despertar, estimular, incitar y ejercitar tanto su fe como su caridad, y para corregir las faltas de una y otra.

En cuanto al rito y ceremonia externos —que los fieles tomen el pan en la mano o no lo tomen; que lo repartan entre sí o que cada uno coma lo que se le ha dado; que devuelvan la copa al ministro o que la pasen al que está a su lado; que el pan sea con levadura o sin ella; que el vino sea tinto o blanco—, importa muy poco. Porque son cosas indiferentes, y quedan a la libertad y discreción de la Iglesia. Aunque es certísimo que la manera y costumbre de la Iglesia primitiva era que todos lo tomaran en la mano; y Jesucristo dijo: «Repartidlo entre vosotros» (Lc 22:17). Por las historias se ve que antes del tiempo de Alejandro, obispo de Roma, se usaba en la Cena pan con levadura, tal como el que se comía de ordinario. El dicho Alejandro fue el primero que usó pan sin levadura. No veo ninguna razón por la que lo hiciera, sino para atraer con un espectáculo nuevo la admiración del pueblo más que para instruirlo en la verdadera religión. Conjuro a todos los que tienen algún sentimiento, por pequeño que sea, de verdadero afecto a que vean con toda evidencia cuánto más claramente se muestra la gloria de Dios en esta manera de administrar los sacramentos, y cuánto mayor gusto y consuelo espiritual reciben de ella los fieles, que de aquellas vanas y teatrales locuras y niñerías, que no sirven más que para entontecer y engañar al pobre pueblo que las contempla embelesado y boquiabierto. A esto lo llaman mantener al pueblo en la religión y el temor de Dios, cuando el pueblo, entontecido y enloquecido por la superstición, es llevado de acá para allá, o mejor dicho, arrastrado adonde ellos quieren. Si hay alguien que quiera defender estas invenciones por su antigüedad, ciertamente no ignoro cuán antiguo es el uso del crisma y del soplo en el bautismo, ni ignoro tampoco cuán poco tiempo después de los apóstoles la Cena del Señor fue manchada con invenciones humanas. Pero esa es la temeridad de la confianza humana, que no puede contenerse sin jugar y retozar siempre con los misterios divinos. Nosotros, por el contrario, recordemos que Dios estima tanto la obediencia a su palabra que quiere que por ella juzguemos a los mismos ángeles y al mundo entero. Así pues, dejando de lado tanta infinidad de ceremonias y pompas, la santa Cena podría administrarse con mucho decoro si se ofreciera a la Iglesia muy a menudo, y por lo menos una vez por semana, de esta manera: primero, que se comenzara con las oraciones públicas; hecho esto, que hubiera sermón; y que entonces el ministro, con el pan y el vino sobre la mesa, recitara la institución de la Cena; a continuación, que declarara las promesas que se nos han hecho en ella; al mismo tiempo, que excluyera de la comunión a todos aquellos a quienes el Señor excluye de ella con su prohibición; después, que se orara para que, con la misma generosidad con que Dios nos ha dado este santo alimento, tenga a bien enseñarnos e instruirnos para que lo recibamos con fe y con ánimo agradecido, y para que por su misericordia nos haga dignos de tal banquete, ya que por nosotros mismos no lo somos. Y que, mientras se cantaran salmos o se leyera algún pasaje de la Sagrada Escritura, los fieles participaran de estos santos alimentos en el orden debido, partiendo y distribuyendo los ministros el pan y dando la copa a los que comulgan. Y que, acabada la Cena, se hiciera una exhortación para animarlos a la verdadera fe, a una firme confesión de fe, a la caridad y a las costumbres que deben tener los cristianos. Finalmente, que se dieran gracias y se cantaran alabanzas a Dios. Y terminado todo esto, que la congregación fuera despedida en paz.

Lo que hemos tratado hasta ahora sobre este sacramento muestra suficientemente que no fue instituido para recibirlo una vez al año, y eso por puro cumplimiento, como ahora se hace comúnmente, sino para que los cristianos lo usaran con frecuencia, a fin de traer muy a menudo a la memoria la pasión de Jesucristo; para que con esa memoria su fe fuera sustentada y confirmada, y se exhortaran a sí mismos a alabar a Dios y a engrandecer su bondad; para que, en fin, se fomentara y mantuviera entre ellos una caridad recíproca, y se dieran testimonio de ella unos a otros, viendo su vínculo en la unidad del cuerpo de Jesucristo. Porque cada vez que participamos de la señal del cuerpo del Señor, nos obligamos unos a otros, como por un documento firmado, a cumplir todos los deberes de la caridad, para que ninguno de nosotros haga nada que dañe a su hermano ni deje de hacer nada con que pueda ayudarlo y socorrerlo, cada vez que la necesidad lo requiera y tenga posibilidad de hacerlo. San Lucas cuenta en los Hechos que la costumbre de la Iglesia apostólica era como hemos dicho, cuando dice que los fieles perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión (es decir, en dar limosna), en el partimiento del pan y en las oraciones (Hch 2:42). Esto debía guardarse enteramente: que nunca se reuniera la congregación sin la palabra, ni sin limosna, ni sin participación en la Cena, ni sin oración. Por lo que escribió san Pablo puede conjeturarse también que se observaba este mismo orden en la Iglesia de los corintios, y es bien sabido que siguió observándose mucho tiempo después. Porque de aquí procedieron aquellos antiguos cánones atribuidos a Anacleto y a Calixto, en los que se manda que todos comulguen después de hecha la consagración, bajo pena de excomunión. Asimismo, lo que se dice en los cánones llamados de los apóstoles: que todos los que no se queden hasta el final y no reciban el sacramento deben ser corregidos como perturbadores de la Iglesia (Cánones apostólicos, canon 10). Siguiendo esto, se determinó en el Concilio de Antioquía que quienes entran en la iglesia, oyen el sermón y no reciben la Cena deben ser excomulgados hasta que se corrijan de este vicio (Concilio de Antioquía, canon 2). Esta disposición, aunque fue mitigada en el primer Concilio de Toledo, fue confirmada allí en lo sustancial. Porque en él se manda que quienes se sepa que no han comulgado después de oír el sermón sean amonestados, y que, si no se someten a la amonestación, sean expulsados de la Iglesia.

Es muy fácil ver que con estos estatutos y disposiciones los Padres antiguos quisieron mantener el uso frecuente de la Cena tal como lo habían instituido los apóstoles, porque veían que era provechoso para los fieles y que, sin embargo, por negligencia se iba abandonando poco a poco. San Agustín da testimonio de lo que se acostumbraba en su tiempo: «Este sacramento de la unión que tenemos con el cuerpo del Señor se celebra en algunas iglesias todos los días, en otras en ciertos días; y unos lo toman para salvación y otros para su condenación» (Agustín, Tratados sobre el Evangelio de Juan 26, sobre el cap. 6). Y en la primera carta que escribió a Januario dice: «En algunas iglesias no pasa un día sin que se reciba el sacramento del cuerpo y la sangre del Señor; en otras no se recibe más que el sábado y el domingo; en otras, solo el domingo». Pero como (según hemos dicho) el pueblo descuidaba su deber, los Padres antiguos reprendían con mucha severidad esta negligencia, para dar a entender que no la aprobaban. Tenemos un ejemplo en san Crisóstomo, sobre la carta a los Efesios, donde dice: «Al que deshonraba el banquete no se le dijo: "¿Por qué te has sentado?", sino: "¿Por qué has entrado?"» (Crisóstomo, Homilía 26, sobre el cap. 1 de Efesios; Mt 22:12). «Así pues, el que está aquí presente y no participa del sacramento es un atrevido y un descarado. Os pregunto: si alguien fuera invitado a un banquete, se lavara, se sentara, se dispusiera a comer y después no probara nada, ¿no haría una gran afrenta al banquete y al que lo había invitado? Tú asistes aquí entre los que se preparan con oración para recibir el sacramento, y en cuanto no te retiras, confiesas ser uno de ellos; y al final no participas con ellos: ¿no te habría sido mejor no haberte presentado entre ellos? Me dirás que eres indigno; te respondo que tampoco eres digno de orar, pues la oración es una preparación para recibir este santo misterio».

También san Agustín y san Ambrosio condenan con dureza este vicio, que en su tiempo ya había entrado en las iglesias orientales: que el pueblo asistía solo para ver celebrar la Cena y no para comulgar. Y ciertamente la costumbre que manda comulgar una vez al año es una invención certísima del diablo, sea quien sea quien la haya introducido. Dicen que Ceferino, obispo de Roma, fue el autor de este decreto, y no puedo creer que en su tiempo fuera como el que hoy tenemos. En cuanto a Ceferino, es posible que con ese decreto suyo no proveyera mal a su Iglesia, según los tiempos de entonces. Porque no hay duda de que en aquellos tiempos la santa Cena se ofrecía a todos los fieles cada vez que se reunían en su congregación, y que buena parte de ellos comulgaba; pero como casi nunca sucedía que todos comulgaran juntos a la vez, y como, por otra parte, era necesario que, estando mezclados entre infieles e idólatras, dieran testimonio de su fe con alguna señal exterior, este santo hombre, Ceferino, instituyó por razones de orden y disciplina este día, en el que todo el pueblo cristiano de Roma hiciera profesión de su fe participando de la Cena de nuestro Señor. Por lo demás, no dejaban por ello de comulgar muchísimas veces. Pero la institución de Ceferino, que por otra parte era buena, la torcieron muy mal quienes vinieron después, al hacer ley de que se comulgara una vez al año. Por esta ley ha sucedido que casi todos, una vez que han comulgado, como si hubieran cumplido muy bien con su deber, se echan a dormir todo el resto del año. Pero deberían hacerlo de muy otra manera. La Cena del Señor debería ofrecerse a la congregación de los cristianos por lo menos una vez por semana; deberían explicarse las promesas que en ella nos alimentan y sustentan espiritualmente. Nadie debería ser obligado a tomarla, pero todos deberían ser exhortados, y los negligentes deberían ser reprendidos y corregidos. Entonces todos se reunirían juntos, como hambrientos, para saciarse de tal alimento. No sin razón, pues, me he quejado desde el principio de que esta costumbre, que nos señala un día del año y nos hace perezosos y dormidos todo el resto del año, fue introducida por astucia de Satanás. Es verdad que ya en tiempos de san Crisóstomo este abuso comenzó a generalizarse, pero se ve bien cuánto lo reprueba (Crisóstomo, en el lugar citado). Porque se queja amargamente de que el pueblo no recibía el sacramento en todo el resto del año, aunque estuviera dispuesto, y de que incluso en Pascua lo recibían sin prepararse. Y sobre esto clama: «¡Oh costumbre maldita! ¡Oh presunción! En vano estamos cada día delante del altar, pues no hay nadie que participe de lo que ofrecemos».

De la misma invención ha procedido también la otra disposición que ha quitado a la mayor parte del pueblo cristiano la mitad de la Cena, es decir, la señal de la sangre, que ha sido prohibida a los laicos y profanos para reservarla y apropiarla a no sé qué número de tonsurados y ungidos. Porque así, con estos títulos y nombres, llaman a la heredad del Señor. El edicto y mandato del Dios eterno es que todos beban; el hombre se atreve a anularlo y abrogarlo, haciendo una ley nueva y contraria que manda que no beban todos. Y estos legisladores, para que no parezca que combaten contra Dios sin razón, alegan los inconvenientes que podrían seguirse si se diera a todos esta santa copa, como si eso no lo hubiera previsto y considerado la sabiduría eterna de Dios. Además, se imaginan con sutileza que una sola, que llaman especie, basta por las dos. Porque, dicen, si allí está el cuerpo, allí está también Cristo entero, que ya no puede ser apartado ni separado de su cuerpo; por tanto, el cuerpo contiene la sangre por concomitancia. He aquí el acuerdo que hay entre nuestro sentido y Dios, en cuanto, soltándole las riendas por poco que sea, comienza a relinchar y a dar coces. El Señor, mostrando el pan, dice que es su cuerpo; y mostrando la copa, la llama su sangre. La osadía y la sabiduría humana dicen y replican lo contrario: que el pan es sangre y el vino es cuerpo; como si nuestro Señor hubiera hecho diferencia entre su cuerpo y su sangre, con palabras y con señales, sin causa ni propósito alguno; y como si jamás se hubiera oído llamar Dios y hombre al cuerpo de Jesucristo o a su sangre. Ciertamente, si hubiera querido designar toda su persona, habría dicho: «Esto soy yo» (como suele decir en la Escritura), y no: «Esto es mi cuerpo», «Esto es mi sangre». Pero, queriendo ayudar a la debilidad de nuestra fe, separó la copa del pan, para mostrar que él solo nos basta como comida y como bebida. Ahora, en cambio, quitando una de estas partes, no encontraremos más que la mitad de nuestro sustento. Por tanto, aunque fuera verdad lo que ellos pretenden, que la sangre está con el pan por concomitancia (como la llaman) y el cuerpo está también en la copa, con todo defraudan a las almas fieles de la confirmación de la fe que Jesucristo les dio como cosa necesaria. Así pues, dejando a un lado sus argucias y sutilezas, tengamos mucho cuidado de que no nos quiten el provecho que nos viene de la doble prenda que Jesucristo nos ha dejado.

Sé muy bien que los ministros de Satanás, acostumbrados como están a burlarse de la Escritura, se burlan de esto, y que en primer lugar objetan con sofismas que de un hecho simple y particular no se debe sacar una regla general que obligue a la Iglesia a guardarla perpetuamente. Pero mienten cuando dicen que se trata de un simple hecho. Porque Jesucristo no solo dio la copa a sus apóstoles, sino que les mandó hacerlo así en adelante. Porque estas palabras implican un mandato y una disposición expresos: «Bebed de ella todos». Y san Pablo no lo cuenta solo como algo que sucedió así, sino como una disposición y un mandato seguros. Su segundo subterfugio es que Jesucristo admitió a la participación de su Cena solo a sus apóstoles, a quienes ya había ordenado y consagrado en el orden de los sacrificadores, que ellos llaman orden sacerdotal. Pero quisiera que me respondieran a cinco preguntas, de las que de ningún modo pueden escapar sin quedar fácilmente atrapados en sus mentiras y convictos. En primer lugar, les pregunto: ¿por qué revelación se les ha revelado esta solución suya, tan apartada de la palabra de Dios? La Escritura cuenta que doce personas se sentaron con Jesucristo, pero no oscurece la dignidad de Jesucristo hasta el punto de llamarlos sacrificadores, de lo cual hablaremos después a su tiempo. Y aunque entonces hubiera dado el sacramento a doce, les manda que lo hagan así, es decir, que lo distribuyan de la misma manera entre ellos. La segunda pregunta es: ¿por qué en la mejor época que ha tenido la Iglesia, desde el tiempo de los apóstoles hasta mil años después, todos, sin excepción de persona alguna, participaban de ambas partes del sacramento? ¿Ignoraba la Iglesia primitiva a quiénes había admitido Jesucristo a su Cena? Sería una gran desvergüenza andar aquí con rodeos y buscando excusas para no responder a la cuestión. Ahí están las historias eclesiásticas y los libros de los Padres antiguos, que dan testimonios evidentísimos de ello. «Nuestro cuerpo —dice Tertuliano— es alimentado con la carne y la sangre de Jesucristo, para que el alma sea sustentada por Dios» (Tertuliano, Sobre la resurrección de la carne). Y san Ambrosio dice al emperador Teodosio: «¿Cómo tomarás con tus manos ensangrentadas el cuerpo del Señor? ¿Cómo te atreverás a beber su sangre?» (según refiere Teodoreto, Historia eclesiástica, libro 3, cap. 18). San Jerónimo: «Los sacerdotes que consagran el pan de la Cena y distribuyen al pueblo la sangre del Señor» (Jerónimo, Comentario a Malaquías, cap. 2). San Crisóstomo: «No estamos como en la ley antigua, donde el sacerdote se comía su porción y el pueblo el resto; aquí se da a todos un mismo cuerpo y una misma copa, y todo lo que hay en la eucaristía es común al sacerdote y al pueblo» (Crisóstomo, Homilía 18 sobre 2 Corintios, cap. 8). San Agustín está lleno de dichos semejantes, que confirman muy bien lo que decimos (Agustín, Hypognosticon, libro 5, en el tomo 7; Contra las cartas de Petiliano, libro 2, cap. 23).

Pero ¿para qué gasto tantas palabras en probar una cosa tan evidente y manifiesta? Léanse todos los doctores, tanto griegos como latinos: no hay ninguno que no hable de esto. Esta costumbre no se perdió mientras quedó en la Iglesia una sola gota de integridad. Y el mismo san Gregorio, a quien con justo título podemos llamar el último obispo de Roma, muestra que esta costumbre se guardaba todavía en su tiempo, cuando dice: «Habéis aprendido cuál es la sangre del Cordero, y no oyendo, sino bebiendo. Su sangre se derrama en la boca de los fieles». Y aun cuatrocientos años después de san Gregorio, cuando ya todo se iba perdiendo, duró esta costumbre. Y no se tenía como una simple costumbre, sino como una ley inviolable. Porque todavía se mantenía firme la reverencia por la institución divina, y no se dudaba de que era un sacrilegio separar lo que el Señor había unido. Porque Gelasio, que fue obispo de Roma, habla así: «Hemos sabido que algunos, habiendo tomado solo el cuerpo del Señor, se abstienen de la copa. Puesto que pecan de superstición, deben ser obligados a recibir el sacramento entero o a abstenerse de todo él. Porque la división de este misterio no puede hacerse sin gran sacrilegio» (citado en el Decreto, De consecratione, distinción 2, cap. Comperimus). También se tenían en cuenta entonces las razones que alega san Cipriano, que en verdad bastan para persuadir a todo corazón cristiano: «¿Cómo —dice san Cipriano— exhortaremos al pueblo a derramar su sangre por la confesión de Cristo, si le negamos la sangre de Cristo cuando tiene que combatir? ¿O cómo lo haremos capaz de beber la copa del martirio si antes no lo admitimos a beber la copa del Señor?» (Cipriano, Sobre los caídos, sermón 5). En cuanto a la glosa de los canonistas, que lo que dice Gelasio se entiende de los sacerdotes, es cosa tan vana y tan pueril que no hace falta refutarla.

La tercera pregunta es: ¿por qué Jesucristo dice simplemente del pan que lo comieran, y de la copa dice que beban de ella todos? Y así lo hicieron. Como si el Señor hubiera querido prevenir y remediar expresamente esta malicia diabólica. La cuarta es: si nuestro Señor, como ellos pretenden, solo consideró dignos de su Cena a los sacrificadores, ¿qué hombre habría sido jamás tan atrevido como para llamar a participar de ella a otros, excluidos por el Señor, sin un mandato expreso de aquel que es el único que puede darlo? Asimismo, ¿con qué atrevimiento se atreven ellos hoy a distribuir al pueblo la señal del cuerpo de Jesucristo, si no tienen mandato ni ejemplo de nuestro Señor? La quinta pregunta es si san Pablo mintió cuando dijo a los corintios que había recibido del Señor lo que les había enseñado (1 Co 11:23). Porque después declara que esta enseñanza consistía en que todos, sin hacer ninguna diferencia, participaran de ambas partes de la Cena. Y si san Pablo había aprendido del Señor que todos fueran admitidos sin diferencia, que miren quienes rechazan a casi todo el pueblo de Dios de quién lo han aprendido, puesto que ya no pueden alegar como maestro a Dios, en quien no hay «sí» y «no», es decir, que no cambia ni hay en él contradicción alguna (2 Co 1:19). Y aun así, encubren y disfrazan tales abominaciones con el título y el nombre de la Iglesia, y con este pretexto las defienden; como si fueran Iglesia estos anticristos que con tanta facilidad pisotean, disipan y destruyen la doctrina y las disposiciones de Jesucristo; o como si la Iglesia apostólica, en la que floreció toda la virtud y la fuerza de la religión cristiana, no hubiera sido Iglesia.

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.