Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

Los medios externos o ayudas de que Dios se sirve para llamarnos a la comunión de Jesucristo, su Hijo, y mantenernos en ella

La misa papista es un sacrilegio por el cual la Cena de Jesucristo no solo ha sido profanada, sino totalmente destruida

Con estas invenciones y otras semejantes, Satanás se ha esforzado por extender y derramar sus tinieblas sobre la santa Cena del Señor, para corromperla, depravarla y oscurecerla, o al menos para que su pureza e integridad no fueran conocidas ni conservadas en la Iglesia. Pero el colmo de esta abominación llegó cuando levantó una señal con la que esta sacrosanta Cena no solo ha sido oscurecida y pervertida, sino que, totalmente deshecha y borrada, se desvanece y cae de la memoria de los hombres; es decir, cuando cegó a casi todo el mundo con este pestilentísimo error: que se creyera que la misa es un sacrificio y una ofrenda para alcanzar el perdón de los pecados. No me importa en qué sentido los doctores escolásticos entendieron esto al principio, ni cómo lo enseñaron; hablo de los que se expresaron con algo más de moderación que sus sucesores. Por eso dejo de lado todas sus soluciones, ya que no son más que sutilezas frívolas que solo sirven para oscurecer la verdad de la Cena. Sepan los lectores que mi propósito es combatir esta maldita opinión con la que el Anticristo de Roma y sus partidarios han embriagado al mundo, haciéndole creer que la misa es una obra meritoria, tanto para el sacerdote que ofrece a Jesucristo como para todos los que asisten y están presentes cuando el sacerdote hace esta ofrenda, y que es una víctima de satisfacción para tener a Dios propicio y favorable. Esta opinión no solo ha sido recibida por el pueblo en general, sino que la misma acción que realizan está ordenada de tal manera que es una especie de expiación para satisfacer a Dios por los pecados, tanto de los vivos como de los muertos. Y ciertamente las palabras que usan suenan así, y la práctica diaria muestra que así es. Sé muy bien cuánto se ha arraigado esta pestilente opinión; sé bajo qué gran apariencia y pretexto de bien se esconde; sé cuánto se cubre con el nombre de Jesucristo; sé que hay muchísimos que piensan que toda la suma de la fe está comprendida bajo el solo nombre de la misa. Pero cuando se haya probado claramente por la palabra de Dios que esta misa, por muy adornada y maquillada que esté, quita en gran manera el honor a Jesucristo, oprime y sepulta su cruz, echa al olvido su muerte, nos quita el fruto que de ella nos venía, y destruye y disipa el sacramento en el que se nos dejaba la memoria de la muerte del Señor, ¿habrá raíces tan profundas que esta hacha poderosísima, es decir, la palabra de Dios, no corte y eche por tierra? ¿Habrá alguna cubierta tan hermosa que, bajo ella, el mal escondido no sea descubierto y puesto a la vista por medio de esta luz?

Demostremos, pues, lo que propusimos en primer lugar: que en la misa se comete una gran blasfemia y se hace una grandísima deshonra a Jesucristo. Porque el Padre lo ordenó y consagró como sacerdote y pontífice, no por un tiempo limitado, como lo fueron los que eran ordenados en el Antiguo Testamento, cuyo sacerdocio no podía ser inmortal porque su vida era mortal, por lo cual era necesario que tuvieran sucesores que ocuparan su lugar después de ellos (Heb 5:5; 7:17, 21; 10:21). Pero a Jesucristo, que es inmortal, no hubo que ponerle ningún vicario que lo sustituyera. Él, pues, ha sido designado por el Padre sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec, a fin de que ejerciera un oficio sacerdotal que durara y permaneciera para siempre (Sal 110:4). Este misterio fue figurado mucho tiempo antes en Melquisedec, de quien, después de que la Escritura lo presenta una vez como sacerdote del Dios viviente, nunca más se hace mención, como si hubiera vivido siempre sin tener fin (Gn 14:18). Por esta semejanza Jesucristo ha sido llamado sacerdote según el orden de Melquisedec. Ahora bien, todos los que ofrecen sacrificios cada día necesitan sacerdotes para hacer sus ofrendas, y estos sustituyen a Jesucristo como sucesores y vicarios suyos. Con esta sustitución no solo despojan a Jesucristo de su dignidad y honor, y le quitan su prerrogativa de ser sacerdote eterno, sino que se esfuerzan por echarlo de la diestra de su Padre, donde no puede estar sentado como inmortal sin permanecer a la vez como sacerdote eterno para interceder por nosotros. Que no se excusen, pues, diciendo que sus sacerdotes o sacrificadores no lo sustituyen como vicarios de un Cristo ya muerto, sino que solo son auxiliares en cuanto al sacerdocio eterno, el cual no deja por eso de permanecer siempre en su estado y perfección. Porque las palabras del apóstol los atrapan de tal manera que no pueden escapar como piensan. Dice el apóstol que muchos fueron hechos sacerdotes, porque la muerte les impedía permanecer para siempre (Heb 7:23). Jesucristo, pues, a quien la muerte no puede impedir, es único y no necesita compañeros. Y como nuestros adversarios son muy desvergonzados, se atreven a armarse y defenderse con el ejemplo de Melquisedec para sostener su impiedad: porque se dice de él que ofreció pan y vino, concluyen que esto fue una figura de su misa. ¡Como si la semejanza entre él y Jesucristo consistiera en la ofrenda del pan y del vino! Esto es tan frío y tan frívolo que no merece respuesta alguna. Melquisedec dio pan y vino a Abraham y a sus acompañantes porque necesitaban reponer fuerzas, como gente cansada que volvía fatigada de la batalla. Moisés alaba la humanidad y la generosidad de este santo rey. Estos se inventan aquí, a tontas y a locas, un misterio donde no se menciona nada semejante. Pero además colorean su error con otro pretexto: dicen que en el texto sigue inmediatamente que era sacerdote del Dios Altísimo. A esto respondo que son bien necios al atribuir al pan y al vino lo que el apóstol atribuye a la bendición, queriendo decir con ello que Melquisedec, como sacerdote de Dios, bendijo a Abraham. Por eso el mismo apóstol (que es el mejor intérprete que podemos tener) muestra la dignidad de Melquisedec en que, para bendecir a Abraham, tenía que ser superior a él (Heb 7:7). Y si la ofrenda de Melquisedec hubiera sido figura del sacrificio de la misa, ¿habría olvidado el apóstol una cosa tan alta, tan grave y tan preciosa, cuando trata en detalle cosas de mucha menor importancia? Pero por más que parloteen, nunca podrán deshacer la razón que da el apóstol: que el derecho y el honor del sacerdocio ya no pertenece a los hombres mortales, puesto que ha sido trasladado a Cristo, que es inmortal y es el único y eterno sacerdote.

La segunda propiedad de la misa, dijimos, es que oprime y sepulta la cruz y la pasión de Jesucristo. Esto es certísimo: en cuanto se levanta un altar, cae por tierra la cruz de Jesucristo. Porque si él se ofreció a sí mismo en la cruz como sacrificio para santificarnos para siempre y ganarnos una redención eterna, sin duda la virtud y la eficacia de este sacrificio duran eternamente, sin que nunca hayan de tener fin (Heb 9:12). De otro modo no haríamos más caso de él que de los toros y becerros que se sacrificaban bajo la ley; y está probado que aquellos sacrificios legales no tenían ningún efecto ni virtud, puesto que se repetían muchísimas veces. Por eso hay que confesar una de dos cosas: o que el sacrificio que Jesucristo ofreció en la cruz no fue completo y perfecto, porque le faltaba la virtud de purificar y santificar para siempre, o que Jesucristo ofreció un solo sacrificio una vez para siempre. Esto es lo que dice el apóstol: que este gran sacerdote o pontífice, Cristo, se presentó una sola vez en la consumación de los siglos, por el sacrificio de sí mismo, para quitar de en medio, destruir y borrar el pecado. Y también: que la voluntad de Dios ha sido santificarnos mediante la ofrenda de Jesucristo hecha una vez para siempre. Y también: que con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. Y a continuación dice una sentencia admirable: que, puesto que el perdón de los pecados se nos ha ganado una vez, no queda ya ninguna otra ofrenda (Heb 9:26; 10:10, 14, 18). Esto mismo dio a entender Jesucristo con la última palabra que pronunció al entregar el espíritu, cuando dijo: «Consumado es» (Jn 19:30). Solemos guardar como mandamientos de Dios las últimas palabras de los moribundos. Jesucristo, al morir, nos da testimonio de que con este único sacrificio suyo se perfeccionó y cumplió todo lo que era necesario para nuestra salvación. ¿Nos será lícito, entonces, añadir continuamente otros infinitos sacrificios, como si el de Jesucristo fuera imperfecto, cuando él nos ha mostrado tan claramente la perfección de su sacrificio? Si la sacrosanta palabra de Dios no solo afirma, sino que proclama y declara a gritos que este sacrificio se ofreció una vez, y que su virtud y eficacia son eternas, ¿no lo acusan de imperfecto e ineficaz los que reclaman otro sacrificio? Y la misa, que se ha establecido precisamente para que cada día se hagan cien mil sacrificios, ¿qué pretende sino que la pasión de Jesucristo, con la que se ofreció a sí mismo al Padre como único sacrificio, quede sepultada y arrinconada? ¿Quién, a menos que esté completamente ciego, no ve que esto ha sido una estratagema y astucia de Satanás para resistir y combatir la verdad de Dios, tan manifiesta y tan clara? No ignoro los engaños con que este padre de mentira suele encubrir su astucia, queriendo persuadir de que no se trata de muchos sacrificios diversos, sino de uno solo, el mismo, repetido muchas veces. Pero esas humaredas de sus tinieblas se disipan fácilmente. Porque el apóstol, en toda su argumentación, no sostiene solo que no hay otros sacrificios, sino que este único ha sido ofrecido una sola vez y que no se debe repetir. Los más sutiles tienen todavía otro escondite más secreto: dicen que no se trata de repetir el sacrificio, sino solo de aplicarlo. Pero también esta sofistería se refuta sin gran dificultad: porque Jesucristo no se ofreció una vez para que su sacrificio fuera ratificado cada día con nuevas ofrendas, sino para que su fruto se nos comunicara por la predicación del evangelio y por el uso de la Cena. Por eso san Pablo, después de decir que Jesucristo, nuestra Pascua, fue sacrificado, nos manda comer de él (1 Co 5:7). Este es, pues, el medio por el que se nos aplica el sacrificio de la cruz de nuestro Señor Jesucristo: cuando él se nos comunica y nosotros lo recibimos con verdadera fe.

Pero vale la pena oír el fundamento con que estos sacrificadores de misas sostienen sus sacrificios de misa. Se apoyan en la profecía de Malaquías, en la que nuestro Señor anuncia que en todo el mundo se ofrecerá a su nombre incienso y ofrenda limpia (Mal 1:11). ¡Como si fuera algo nuevo e inusual en los profetas que, al hablar del llamamiento de los gentiles, designen el culto espiritual de Dios, al que los exhortan, con las ceremonias de la ley, para mostrar de manera más familiar a los hombres de su tiempo que los gentiles serían introducidos en la verdadera participación de la alianza de Dios! De hecho, en general acostumbran a pintar las cosas que se cumplieron en el evangelio con las figuras de su propio tiempo. Esto se entenderá mucho más fácilmente con ejemplos. En lugar de decir que todos los pueblos se convertirán a Dios, dicen que subirán a Jerusalén; en lugar de decir que los pueblos del mediodía y del oriente adorarán a Dios, dicen que le ofrecerán como presente las riquezas de sus tierras; para mostrar el grande y abundante conocimiento que se daría a los fieles en el reino de Cristo, dicen que las hijas profetizarán, los jóvenes verán visiones y los ancianos soñarán sueños (Jl 2:28). Lo que alegan, pues, es semejante a otra profecía de Isaías, donde anuncia que en Asiria, Egipto y Judea se levantarán tres altares (Is 19:21, 23-24). En primer lugar, pregunto a los papistas si esto se ha cumplido en la religión cristiana. En segundo lugar, que me respondan dónde están esos altares y cuándo se hicieron. Además, quisiera saber si piensan que estos dos reinos que el profeta une a Judea tendrían cada uno su templo, tal como era el de Jerusalén. Si consideran también esto, se verán obligados a confesar, como es la verdad, que el profeta describe la verdad del culto espiritual bajo las sombras y figuras de su tiempo. Esta es, pues, la solución que damos. Y como los ejemplos de esta manera de hablar son bastante frecuentes, no me extenderé en citarlos. Aunque estos pobres hombres se engañan muchísimo también en esto: en que no reconocen otro sacrificio que el de su misa, cuando los fieles verdaderamente ofrecen hoy sacrificio a Dios y le presentan una ofrenda pura, de la cual trataré enseguida.

Tratemos ahora del tercer efecto de la misa, donde se dirá de qué manera quita y arranca de la memoria de los hombres la verdadera y única muerte de Cristo. Así como entre los hombres la confirmación de un testamento depende de la muerte del testador, del mismo modo nuestro Señor confirmó con su muerte su testamento, con el cual nos aseguró el perdón de nuestros pecados y la justicia eterna. Los que se atreven a cambiar, quitar o innovar algo en este testamento niegan la muerte de Jesucristo y la tienen en nada. ¿Y qué otra cosa es la misa sino otro testamento, muy diferente del de Jesucristo? ¿No promete cada misa un nuevo perdón de pecados y una nueva adquisición de justicia, de tal modo que hay tantos testamentos como misas? Que venga, pues, otra vez Jesucristo y confirme este nuevo testamento muriendo de nuevo; o, mejor dicho, que muriendo infinitas veces confirme los infinitos testamentos de las misas. ¿No dije, pues, la verdad al principio, cuando afirmé que la única y verdadera muerte de Cristo queda borrada y deshecha por las misas? Además, ¿no pretende directamente la misa que Jesucristo sea otra vez (si fuera posible) crucificado y muerto? Porque, como dice el apóstol, donde hay testamento es necesario que intervenga la muerte del testador (Heb 9:16). La misa pretende ser un nuevo testamento de Jesucristo; requiere, pues, su muerte. Además, es necesario que la víctima que se ofrece muera y sea sacrificada. Si Jesucristo es sacrificado en cada misa, es necesario que a cada momento sea cruelmente muerto y sacrificado en mil lugares. Este argumento no es mío, sino del apóstol, que dice así: si Jesucristo hubiera tenido necesidad de ofrecerse a sí mismo muchas veces, le habría sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo. Sé bien lo que suelen responder a esto, y cómo nos acusan de calumniadores. Dicen que les atribuimos algo que jamás les pasó por la mente, ni podría pasarles. Pero nosotros sabemos muy bien que ni la muerte ni la vida de Jesucristo están en sus manos. No me ocupo de si pretenden deliberadamente matar a Cristo; mi propósito es solo mostrar qué absurdo tan grande se sigue de su maldita y horrenda doctrina, y lo muestro por boca del mismo apóstol. Griten y repliquen cuanto quieran que este sacrificio es sin sangre o, como ellos dicen, incruento; yo les negaré que los sacrificios cambien de condición y naturaleza al capricho de los hombres. Porque, si así fuera, la sacrosanta e inviolable institución de Dios caería por tierra. De donde se sigue que permanece firme este principio y máxima del apóstol: que sin derramamiento de sangre no hay perdón en los sacrificios (Heb 9:22).

Veamos el cuarto efecto de la misa: nos quita y arrebata el fruto que debía venirnos de la muerte de Cristo, y lo hace al no dejarnos conocerlo ni considerarlo. Porque ¿quién pensará que ha sido redimido por la muerte de Cristo cuando vea una nueva redención en la misa? ¿Quién creerá que sus pecados le son perdonados cuando vea un nuevo perdón? Y no escapa el que diga que en la misa no alcanzamos el perdón de los pecados por otro medio que en cuanto ya fue adquirido por la muerte de Cristo. Porque ese no dice más que quien dijera que fuimos rescatados por Jesucristo con la condición de rescatarnos nosotros mismos. Esta doctrina ha sido sembrada por los ministros de Satanás, y hoy la sostienen a gritos, a sangre y fuego. Esta doctrina suya enseña que, cuando ofrecemos a Jesucristo al Padre en la misa, por la obra de esta ofrenda alcanzamos el perdón de los pecados y somos hechos partícipes de la pasión de Jesucristo. ¿Qué le queda entonces a la pasión de Cristo, sino ser un ejemplo de redención por el cual aprendamos a ser nuestros propios redentores? El mismo Cristo, queriendo asegurarnos en la Cena que nuestros pecados son perdonados, no manda a sus discípulos que se aferren a aquella acción, sino que los remite al sacrificio de su muerte, dando a entender que la Cena es un memorial para que aprendamos que el sacrificio satisfactorio con que Dios había de ser aplacado solo debía ofrecerse una vez. Porque no basta saber que Jesucristo es el único sacrificio que nos reconcilia con Dios; es necesario añadir enseguida que no ha habido más que una sola ofrenda e inmolación, para que nuestra fe se aferre a su cruz.

Pasemos ahora al último fruto y beneficio que recibimos de la misa: que por ella se nos quita, se pierde y se borra la sacrosanta Cena, en la que el Señor nos dejó grabada e impresa la memoria de su pasión. Porque la Cena es un don de Dios que debíamos recibir con acción de gracias; en cambio, ellos imaginan que el sacrificio de la misa es un pago que se hace a Dios y que él recibe de nosotros como satisfacción. Tanta diferencia como hay entre dar y recibir, la hay entre el sacramento de la Cena y el sacrificio. Y ciertamente es una ingratitud miserable del hombre que, cuando debería reconocer la generosidad de la gran bondad de Dios y darle gracias por ella, piense que Dios es su deudor. El sacramento nos prometía que por la muerte de Cristo éramos restituidos a la vida, y no una sola vez, sino que éramos vivificados continuamente y para siempre, porque allí se cumplió todo lo que era necesario para nuestra salvación. El sacrificio de la misa canta una canción muy distinta: que es necesario que Jesucristo sea sacrificado cada día para que nos sirva de algo. La Cena debía celebrarse y distribuirse en la asamblea pública de la Iglesia, para instruirnos en la comunión por la que todos juntos somos unidos a Cristo. El sacrificio de la misa rompe y deshace esta comunión. Porque, una vez arraigado el error de que es necesario que haya sacerdotes que sacrifiquen por el pueblo, como si la Cena estuviera reservada para ellos, ya no se ha dado a la Iglesia de los fieles, como lo mandaba el Señor. Y se abrió la puerta a las misas privadas o particulares, que representan más bien una especie de excomunión que la comunión instituida por el Señor, puesto que el sacerdote de la misa, queriendo tragarse él solo su sacrificio, se separa de toda la congregación de los fieles. Y para que nadie se engañe, llamo misas privadas a todas aquellas en que no hay participación alguna de los fieles en la Cena del Señor, por grande que sea la multitud que las oiga y asista a ellas.

En cuanto al nombre de misa, nunca he podido determinar de dónde viene; solo me parece verosímil que se haya tomado de las ofrendas que se hacían en la Cena. Por esta razón los doctores antiguos lo usan casi siempre en plural. Pero, dejando aparte esta cuestión del nombre, digo que las misas privadas son contrarias a la institución de Jesucristo y que, por tanto, son una profanación de la santa Cena. Porque ¿qué nos ha mandado el Señor? Nos ha mandado tomar el pan y repartirlo entre nosotros. ¿Y qué manera de observar este mandamiento nos enseña san Pablo? Que el partir el pan es la comunión del cuerpo de Cristo (1 Co 10:16). Cuando, pues, un hombre se lo come todo él solo, sin dar parte a los demás, ¿qué tiene eso que ver con la ordenanza de Cristo? Pero dicen que el sacerdote hace esto en nombre de toda la Iglesia. Yo les pregunto: ¿con qué autoridad? ¿No es burlarse abiertamente de Dios que un hombre haga a solas lo que debería hacerse en común, en la compañía de los fieles? Pero como las palabras de Jesucristo y de san Pablo son bastante claras, podemos concluir brevemente que dondequiera que el pan no se parte para ser distribuido entre los fieles, no hay Cena en absoluto, sino una falsa y perversa ficción que la imita. Y una ficción tan falsa es corrupción, y la corrupción de un misterio tan grande no puede darse sin impiedad. La conclusión, pues, es que en las misas privadas hay un abuso maldito y abominable. Además, como cuando uno se aparta del camino recto un vicio siempre arrastra a otro, una vez introducida la costumbre de ofrecer sin comulgar, poco a poco comenzaron a cantar y rezar infinidad de misas por todos los rincones de los templos. Así han dividido al pueblo, unos por aquí y otros por allá, cuando debería estar todo reunido en un lugar para reconocer y recibir el sacramento de su unión. Que nieguen ahora los papistas, si pueden, que es idolatría mostrar el pan en sus misas para que el pueblo lo adore como a Cristo. Porque en vano se jactan de las promesas que hablan de la presencia de Cristo, las cuales, como quiera que se entiendan, no se dieron para que hombres impuros y profanos, sin Dios y sin conciencia, cada vez que se les antoje, cambien y conviertan el pan en el cuerpo de Jesucristo y lo hagan servir a su capricho, sino para que los fieles, conforme al mandamiento de su Maestro Jesucristo, lo compartan verdaderamente en la Cena.

Y ciertamente la Iglesia antigua nunca conoció semejante perversidad. Porque, por mucho que los más desvergonzados de nuestros adversarios se amparen en los doctores antiguos, abusando falsamente de sus palabras, es claro como el sol de mediodía que lo que ellos hacen es todo lo contrario de lo que practicaban los antiguos, como ya lo hemos mostrado y como se podrá ver aún más claramente leyendo los libros de los doctores antiguos. Pero antes de terminar esta materia, pregunto a nuestros doctores de la misa: sabiendo que obedecer a Dios es mucho mejor que ofrecerle sacrificios (1 S 15:22), ¿cómo creen que esta manera de sacrificar es aceptable a Dios, cuando no tienen ningún mandamiento de ella y ven que no hay una sílaba en la Escritura que la apruebe? Además, cuando oyen al apóstol decir que nadie toma para sí el nombre y la dignidad del sacerdocio, sino el que es llamado, como Aarón, y que ni siquiera Cristo se lo arrogó, sino que obedeció al llamamiento del Padre (Heb 5:4), o tienen que mostrar que Dios es el autor e instituidor de su sacerdocio, o confesar que su orden y estado no son de Dios, puesto que, sin ser llamados, se han introducido temerariamente por sí mismos. Pero no podrán mostrar una sola letra en la Escritura que favorezca su sacerdocio. ¿Por qué, entonces, no se desvanecerán unos sacrificios que no pueden ofrecerse sin sacerdote?

Si alguien cita fragmentos de sentencias de los antiguos y, basándose en su autoridad, insiste en que el sacrificio que se hace en la Cena debe entenderse de manera muy distinta de como nosotros lo entendemos, le respondo brevemente: si se trata de aprobar la fantasía que los papistas han imaginado sobre el sacrificio de la misa, digo que los antiguos jamás sostuvieron tal error. Es verdad que usan la palabra «sacrificio», pero enseguida aclaran que no entienden otra cosa que la memoria de aquel verdadero y único sacrificio que Cristo, nuestro único sacerdote (como ellos suelen llamarlo), ofreció en la cruz. «Los hebreos —dice san Agustín—, en los sacrificios de animales que ofrecían a Dios, celebraban la profecía del sacrificio futuro que Cristo ofreció; los cristianos celebran ahora, con la santa ofrenda y comunión del cuerpo de Jesucristo, la memoria del sacrificio ya realizado» (Agustín, Contra Fausto, libro 20, cap. 18). Esto se trata más extensamente en el libro titulado De la fe, a Pedro, que comúnmente se atribuye a san Agustín, cuyas palabras son estas: «Ten por certísimo, y no dudes de ningún modo, que el Hijo de Dios, hecho hombre por nosotros, se ofreció a Dios su Padre en sacrificio de olor fragante; a él, junto con el Padre y el Espíritu Santo, se sacrificaban animales en el tiempo del Antiguo Testamento; y a él ahora, junto con el Padre y el Espíritu Santo (con quienes tiene una misma divinidad), la santa Iglesia no cesa de ofrecerle en todo el mundo el sacrificio del pan y del vino. Porque en aquellos sacrificios carnales había una figura de la carne de Jesucristo, que él había de ofrecer por nuestros pecados, y de su sangre, que había de derramar para el perdón de nuestros pecados. Pero en este sacrificio que nosotros usamos hay acción de gracias y conmemoración de la carne de Cristo, que él ofreció por nosotros, y de su sangre, que derramó por nosotros». De ahí que el mismo san Agustín llame muchísimas veces a la Cena sacrificio de alabanza (Agustín, Carta 120, a Honorato). Y a cada paso se hallará en sus libros que la Cena se llama sacrificio solo porque es conmemoración, imagen y testimonio de aquel singular, verdadero y único sacrificio por el cual Jesucristo nos ha redimido (Agustín, Contra el adversario de la ley, en muchos lugares). Hay además otro pasaje muy notable en el libro cuarto de Sobre la Trinidad, donde, después de haber tratado del único sacrificio, concluye que en él hay cuatro cosas que considerar: a quién se ofrece, quién lo ofrece, qué se ofrece y por quién se ofrece (Agustín, Sobre la Trinidad, libro 4, cap. 24). El mismo único y verdadero Mediador, que nos reconcilia con Dios mediante el sacrificio de paz, permanece uno con aquel a quien lo ofreció; hizo uno en sí mismo a aquellos por quienes lo ofrecía; y él mismo es el que ofreció y lo que ofreció. En el mismo sentido habla san Crisóstomo. En cuanto al sacerdocio de Cristo, los padres antiguos lo tuvieron en tanta estima que san Agustín afirma que sería voz del Anticristo hacer del obispo un intercesor o mediador entre Dios y los hombres (Agustín, Contra la carta de Parmeniano, libro 2, cap. 28).

Por nuestra parte, no negamos que el sacrificio de Jesucristo se nos muestre allí de tal manera que casi podamos contemplarlo con nuestros propios ojos en su cruz, así como el apóstol dice que Jesucristo había sido crucificado entre los gálatas cuando se les anunció su muerte por la predicación del evangelio (Gá 3:1). Pero como veo que los mismos antiguos desviaron esta memoria hacia un fin distinto del que convenía, que era la institución del Señor (ya que su Cena representaba no sé qué espectáculo de un sacrificio repetido, o al menos renovado), no hay nada más seguro ni más cierto para los fieles que aferrarse a la pura y sencilla institución del Señor, cuya Cena se llama, para que solo su autoridad sea la regla en ella. Es verdad que, puesto que veo que pensaron de este misterio de manera piadosa y ortodoxa, y que nunca tuvieron la intención de restar lo más mínimo al único sacrificio de Jesucristo, no debo condenarlos por impiedad. Pero, con todo, no creo que se les pueda excusar de haber faltado en algo en cuanto a la forma exterior. Porque siguieron la manera judía de sacrificar mucho más de lo que permitía la institución de Jesucristo. En esto, pues, deben ser reprendidos: en que se conformaron demasiado al Antiguo Testamento y, no contentándose con la simple institución de Cristo, se inclinaron demasiado a las sombras de la ley.

Hay una gran semejanza entre los sacrificios mosaicos y el sacramento de la eucaristía, en que aquellos representaron al pueblo judío la virtud y la eficacia de la muerte de Cristo del mismo modo que hoy se nos da a nosotros en la Cena; pero la manera de representarlo ha sido muy diferente. En el Antiguo Testamento se mandaba a los sacerdotes levíticos figurar lo que Jesucristo había de cumplir: tomaban la víctima, que ocupaba el lugar de Cristo, y había un altar sobre el que se inmolaba el sacrificio. En suma, todo se hacía de tal modo que se veía con los ojos una especie de sacrificio para alcanzar el perdón de los pecados. Pero después que Jesucristo cumplió la verdad de todas estas cosas, el Padre celestial nos ha dado otro orden: nos presenta el fruto del sacrificio que su Hijo le ofreció. Nos ha dado, pues, una mesa para comer en ella, y no un altar para sacrificar sobre él. No ha consagrado sacerdotes para que le ofrezcan sacrificios, sino que ha ordenado ministros que distribuyan al pueblo el alimento sagrado. Y como el misterio es muy alto y maravilloso, debe tratarse con tanta mayor reverencia y veneración. Por eso no hay nada más seguro que renunciar al atrevimiento humano y asegurarnos del todo en lo que la Sagrada Escritura nos enseña. Y ciertamente, si consideramos que esta es la Cena del Señor y no de los hombres, no hay nada que deba apartarnos o distraernos de su voluntad: ni la autoridad de los hombres, ni la antigüedad, ni ninguna otra apariencia o pretexto. Por eso el apóstol, queriendo de veras restituir la Cena a su perfección y a su ser entre los corintios, entre quienes había sido corrompida por algunos vicios, tomó el mejor y más corto camino: volverla a su primera institución, de la cual enseña que debe tomarse la regla perpetua (1 Co 11:20).

Y para que ningún pendenciero tenga ocasión de oponérsenos a causa de las palabras «sacrificio» y «sacerdote», diré brevemente lo que entiendo en toda esta materia por esas palabras. No veo qué razón pueden tener los que extienden el nombre de sacrificio a todas las ceremonias y prácticas pertenecientes al culto divino. Porque vemos, por el uso constante de la Escritura, que el nombre de sacrificio se toma por lo que los griegos llaman unas veces thysía, otras prosphorá y otras teleté, que en general significa todo lo que se ofrece a Dios. Por eso será necesario hacer aquí una distinción, pero una distinción que se deduzca y derive de los sacrificios de la ley mosaica, bajo cuya sombra el Señor quiso representar a su pueblo toda la verdad de los sacrificios espirituales. Y aunque haya habido muchas clases de sacrificios, todos ellos pueden reducirse a dos tipos. Porque o bien la ofrenda se hacía por el pecado, como una satisfacción por la cual se rescataba la culpa delante de Dios, o bien se hacía como señal de culto divino y como testimonio del honor que se le tributaba. Bajo este segundo tipo se comprendían tres clases de sacrificios. Porque, ya se pidiera favor y gracia a modo de súplica, ya se le alabara por sus beneficios, ya simplemente se ejercitaran en renovar la memoria de su alianza, todo ello servía para dar testimonio de la reverencia que se debe a su nombre. Por eso hay que atribuir a este tipo lo que en la ley se llamaba holocausto, libación, ofrenda, primicias y sacrificios de paz. Por esta causa dividiremos los sacrificios en dos clases: de una diremos que está dedicada al honor y la reverencia de Dios, por la cual los fieles lo reconocen como autor y principio de quien les viene todo su bien, y por eso le dan gracias como se le deben dar. Esta clase de sacrificio se llama eucarístico. La otra se llama sacrificio propiciatorio o de expiación. Sacrificio de expiación es el que se hace para aplacar la ira de Dios y satisfacer su justicia, y así purificar y limpiar los pecados, a fin de que el pecador, limpio de sus manchas y pecados y restituido a la pureza de la justicia, vuelva a la gracia de Dios. Los sacrificios que se ofrecían en la ley por la purificación de los pecados recibían este nombre, no porque fueran suficientes para deshacer la iniquidad o reconciliar a los hombres con Dios, sino porque figuraban el verdadero sacrificio que finalmente Cristo hizo en realidad (Éx 29:36); y solo él, y ningún otro, lo ofreció, porque la virtud y la eficacia de este único sacrificio que hizo Cristo es eterna. Así lo atestiguó él mismo con su propia boca cuando dijo que todo estaba consumado y cumplido (Jn 19:30); es decir, que todo lo que era necesario para reconciliarnos en la gracia del Padre y para alcanzar el perdón de los pecados, la justicia y la salvación quedó acabado y cumplido con la única ofrenda que hizo Jesucristo; y de tal manera no faltó nada, que ningún otro sacrificio pudiera tener lugar después.

Concluimos, por tanto, que es una afrenta insoportable y una blasfemia monstruosa contra Jesucristo y contra el sacrificio que hizo por nosotros al morir en la cruz, que alguien repita una ofrenda pensando alcanzar por ella el perdón de los pecados, reconciliarse con Dios y obtener justicia. ¿Y qué otra cosa se hace en la misa, sino hacernos partícipes de la muerte y la pasión de Cristo por el mérito de un nuevo sacrificio? Y para llevar adelante su furia, les pareció poco decir que su sacrificio se hacía en común y en general por toda la Iglesia, si no añadían que podían aplicarlo a su gusto a este o a aquel en particular; o, mejor dicho, vendérselo a quien mejor se lo pagara en dinero contante. Y como no podían subir el precio de su mercancía hasta llegar a la tasa de Judas, para imitar el ejemplo de su maestro han conservado al menos la semejanza del número. Judas vendió a Cristo por treinta monedas de plata; estos lo venden, según la moneda de Francia, por treinta monedas de cobre (y, según la moneda de España, por treinta y cuatro maravedíes). Pero Judas lo vendió una sola vez; estos lo venden todas las veces que encuentran quien lo compre. En este sentido niego que los sacerdotes del papa sean verdaderamente sacerdotes, porque con esta ofrenda suya no interceden ante Dios por el pueblo ni aplacan su ira limpiando los pecados. Porque solo Jesucristo es el sacerdote y pontífice del Nuevo Testamento, en quien se han transferido todos los sacerdocios y en quien todos concluyen y tienen su fin. Y aunque la Escritura no mencionara en absoluto el sacerdocio eterno de Cristo, como Dios, al abolir el sacerdocio que había ordenado en tiempo de la ley, no instituyó ningún otro nuevo, el argumento del apóstol es firmísimo: nadie se atribuye a sí mismo este honor, sino el que es llamado por Dios (Heb 5:4). ¿Con qué atrevimiento, pues, estos sacrílegos osan llamarse sacerdotes del Dios viviente, jactándose de ser carniceros y verdugos de Cristo?

Hay un pasaje admirable de Platón, en el segundo libro de la República, donde muestra que esta perversa opinión reinaba entre los paganos. Dice que los usureros, los fornicarios, los perjuros y los estafadores, después de haber cometido muchísimas crueldades, rapiñas, engaños, extorsiones y otros grandes males, pensaban haber arreglado muy bien sus cuentas con sus dioses si, después de todas estas bellaquerías, fundaban algunos aniversarios o cosas semejantes para cubrir y deshacer todo el mal que habían hecho. Así se burlaba este filósofo de la locura de su tiempo: que los hombres pensaran pagar a los dioses con esta moneda, como tapándoles los ojos para que no vieran sus bellaquerías, y se tomaran por lo demás tanta más licencia para pecar. Con ello parece señalar con el dedo la práctica que hoy se tiene de la misa en el mundo. Todos saben que engañar al prójimo es algo detestable; todos confiesan que son crímenes enormes atormentar a las viudas, robar a los huérfanos, afligir a los pobres, apropiarse de los bienes ajenos por medios ilícitos, juntar y acaparar de aquí y de allá, con perjurios y fraudes, todo lo que se puede, y usurpar con violencia y tiranía lo que no es nuestro. ¿Cómo es, entonces, que tanta infinidad de gente se atreve a hacer todo esto como si no temiera castigo alguno? Ciertamente, si lo consideramos bien, no sacan tanto atrevimiento de ninguna otra parte sino de que confían en satisfacer a Dios con el sacrificio de la misa, como si con él le pagaran todo lo que le deben, o al menos como si fuera el medio para ajustar cuentas con él. Platón, siguiendo su propósito, se burla de esta grosera necedad: que los hombres piensen librarse con tales purificaciones de las penas que (de no hacerlas) tendrían que padecer en los infiernos. ¿Y con qué fin, les ruego, se fundan los aniversarios, los treintanarios y la mayor parte de las misas, sino para que todos los que durante toda su vida han sido crueles, tiranos, ladrones, salteadores o entregados a toda clase de vicios y abominaciones, rescatados como con este precio, escapen del fuego del purgatorio?

Bajo la otra clase de sacrificios, que se llama de acción de gracias, se comprenden todas las obras de caridad. Cuando las hacemos con nuestro prójimo, en cierto modo las hacemos con Dios, que de este modo es honrado en sus miembros. Se comprenden también nuestras oraciones, alabanzas, acciones de gracias y todo lo que hacemos para servir y honrar a Dios. Todos estos sacrificios dependen de aquel gran sacrificio por el cual somos consagrados y dedicados, en cuerpo y alma, como templos santos a Dios. Porque no basta que nuestras acciones externas se empleen en el servicio de Dios, sino que es necesario que primero nosotros mismos, con todas nuestras obras, le seamos dedicados, a fin de que todo lo que hay en nosotros sirva a su gloria y ensalce su grandeza. Esta clase de sacrificio no tiene que ver con aplacar la ira de Dios, ni con alcanzar el perdón de los pecados, ni con merecer o adquirir justicia, sino solo con engrandecer y glorificar a Dios. Porque de ningún modo puede agradarle si no procede de quienes, habiendo alcanzado el perdón de los pecados, ya están reconciliados con él y justificados por otro medio. Asimismo, esta clase de sacrificio es tan necesaria a la Iglesia que no puede faltar en ella; y por tanto será eterna, mientras dure el pueblo de Dios, como lo dice el profeta. Porque así debe entenderse el pasaje de Malaquías: «Desde donde el sol nace hasta donde se pone, es grande mi nombre entre las naciones; y en todo lugar se ofrecerá a mi nombre incienso y ofrenda limpia, porque grande es mi nombre entre las naciones, dice Jehová» (Mal 1:11). Tan lejos estamos de quitarle esto. Así, san Pablo nos manda presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es nuestro culto racional (Ro 12:1). En ese lugar habló con mucha propiedad al añadir que este es el culto racional que rendimos a Dios. Porque se refería a una forma espiritual de honrar y servir a Dios, que opone tácitamente a los sacrificios carnales de la ley mosaica. Así, las limosnas y otras buenas obras se llaman sacrificios que agradan a Dios (Heb 13:16). Así, la generosidad con que los filipenses socorrieron la necesidad de san Pablo se llama sacrificio de olor fragante (Fil 4:18), y todas las buenas obras de los fieles se llaman sacrificios espirituales.

¿Pero para qué me extiendo más en esto, si esta manera de hablar es tan frecuente en la Escritura? Aun cuando el pueblo de Dios estaba bajo la enseñanza infantil de la ley, los profetas declaraban con suficiente claridad que los sacrificios externos contenían una sustancia y una verdad que permanecen hoy en la Iglesia cristiana. Por eso David pedía que su oración subiera delante del Señor como incienso (Sal 141:2). Y Oseas llama a la acción de gracias becerros de los labios (Os 14:2), como David en otro lugar la llama sacrificios de alabanza (Sal 51:19); y el apóstol, imitándolo, manda ofrecer a Dios sacrificio de alabanza, que él explica como el fruto de labios que confiesan su nombre (Heb 13:15). No puede ser de ningún modo que esta clase de sacrificio falte en la Cena de nuestro Señor, en la cual, cuando anunciamos y recordamos la muerte del Señor y damos gracias, no hacemos otra cosa que ofrecer sacrificio de alabanza. Por este oficio de sacrificar, todos los cristianos somos llamados real sacerdocio (1 P 2:9), porque por medio de Jesucristo ofrecemos a Dios sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de labios que alaban su nombre, como lo hemos oído del apóstol. Porque no podríamos presentarnos con nuestros dones y ofrendas delante de Dios sin intercesor. Este intercesor es Jesucristo, que intercede por nosotros, y por medio de él nos ofrecemos al Padre a nosotros mismos y todo lo que es nuestro. Él es nuestro pontífice, que, habiendo entrado en el santuario del cielo, nos abre la puerta y nos da acceso; él es nuestro altar, sobre el cual ponemos nuestras ofrendas; en él nos atrevemos a todo aquello a lo que nos atrevemos. En suma, él es quien nos ha hecho reyes y sacerdotes delante del Padre (Ap 1:6).

¿Qué queda, pues, sino que los ciegos vean, los sordos oigan y aun los niños entiendan esta abominación de la misa? Presentada en vasos de oro, es decir, bajo el nombre de palabra de Dios, ha embriagado y entontecido de tal manera a todos los reyes y pueblos de la tierra, desde el mayor hasta el menor, que, vueltos más bestias que las mismas bestias, han puesto este abismo mortífero como principio y fin de su salvación. Ciertamente Satanás jamás inventó un ingenio ni una máquina más poderosa para combatir y derribar el reino de Jesucristo. Esta es otra Helena, por la cual los enemigos de la verdad combaten hoy con tanta crueldad, con tanto furor y rabia. Y ciertamente es una Helena con la que cometen una fornicación espiritual, la más execrable de todas las fornicaciones. No toco aquí, ni siquiera con el dedo meñique, los sucios y groseros abusos con los que podrían alegar que la pureza de su sagrada misa ha sido profanada y corrompida: es decir, qué feos negocios hacen, qué ganancias tan ilícitas y deshonestas obtienen esos sacerdotes con su comercio de misas, y con qué grandes robos y latrocinios satisfacen su avaricia. Solo muestro, y esto en pocas y sencillas palabras, cuál es la misma santidad santísima de la misa, por la cual ha merecido desde hace tanto tiempo ser tan estimada y tenida en tan gran veneración. Porque se necesitaría un libro mucho mayor que este para engrandecer y ennoblecer debidamente tan grandes misterios, conforme a su dignidad. Y no quiero mezclar aquí tan viles suciedades, que están a la vista de todos, para que cada uno entienda que la misa, aun tomada en su perfección más refinada, y por la que podría ser más estimada, no es desde sus cimientos y su raíz hasta la cumbre otra cosa que un cúmulo de toda clase de impiedad, blasfemia, idolatría y sacrilegio, aun sin considerar más sus accesorios y consecuencias.

Los lectores pueden ver aquí, en un breve resumen, todo lo que me parece necesario saber sobre estos dos sacramentos, cuyo uso ha sido dado a la Iglesia cristiana desde el principio del Nuevo Testamento hasta el fin del mundo: a saber, que el bautismo sea para nosotros como una entrada en la Iglesia y una primera profesión de fe, y que la Cena sea como un alimento continuo con que Jesucristo alimenta y sustenta espiritualmente a sus fieles. Por eso, así como no hay más que un Dios, una fe, un Cristo y una Iglesia, que es su cuerpo, así también el bautismo es uno solo y no puede repetirse. Pero la Cena se distribuye muchísimas veces, para que los que ya han sido admitidos e injertados una vez en la Iglesia entiendan que son continuamente mantenidos y sustentados por Jesucristo. Fuera de estos dos sacramentos, así como no hay ningún otro instituido por Dios, tampoco la Iglesia cristiana debe admitir ningún otro. Porque no corresponde a la dignidad ni a la autoridad de los hombres ordenar ni instituir nuevos sacramentos. Esto lo entenderemos muy fácilmente si recordamos lo que ya hemos tratado con bastante claridad: que los sacramentos son instituidos por Dios para enseñarnos alguna de sus promesas y darnos testimonio de su buena voluntad hacia nosotros. Consideremos además que Dios no ha tenido ningún consejero que pueda prometernos algo de su buena voluntad, ni certificarnos y asegurarnos del afecto que nos tiene, ni decirnos qué quiere darnos o qué quiere negarnos (Is 40:13; Ro 11:34). De esto se sigue que nadie puede ordenar ni instituir ninguna señal que sea testimonio de alguna voluntad o promesa de Dios. Solo él, dando una señal, puede dar testimonio de sí mismo ante nosotros. Lo diré más brevemente, y quizá más toscamente, pero con más claridad: nunca puede haber sacramento sin promesa de salvación. Todos los hombres juntos no pueden prometernos por sí mismos nada que toque a nuestra salvación. No pueden, pues, ordenar ni instituir por sí mismos ningún sacramento.

Conténtese, pues, la Iglesia cristiana con estos dos sacramentos, y no solo no admita al presente un tercero, ni lo apruebe ni lo reconozca, sino que ni siquiera lo desee ni lo espere jamás hasta la consumación del mundo. Porque si a los judíos se les dieron, además de los ordinarios que tenían, otros diversos sacramentos según los tiempos y las circunstancias (como el maná, el agua que salía de la roca, la serpiente de bronce y otros semejantes), fue para que esta diversidad los advirtiera de no detenerse en tales figuras, cuyo estado no era firme ni duradero, sino de esperar de Dios algo mejor, que permaneciera sin cambio y sin fin (Éx 16:13; 17:6; 1 Co 10:3; Nm 21:8; Jn 3:14). Nuestra situación es muy distinta, pues a nosotros se nos ha revelado y manifestado Jesucristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento (Col 2:3), con tanta abundancia y plenitud que esperar o pedir algún nuevo aumento de estos tesoros sería verdaderamente tentar a Dios, irritarlo y provocarlo contra nosotros. Solo debemos tener hambre de Jesucristo, buscarlo, esperarlo, aprenderlo y retenerlo, hasta que venga aquel gran día en que el Señor manifestará plenamente la gloria de su reino y se nos mostrará para que lo veamos abiertamente tal como es (1 Jn 3:2). Y por esta causa las Escrituras llaman al tiempo en que ahora estamos el último tiempo, los postreros días y los últimos tiempos, para que nadie se engañe con alguna vana esperanza de una nueva doctrina o revelación (1 Jn 2:18; 1 P 1:20). Porque el Señor, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por su Hijo amado (Heb 1:2), el único que puede manifestarnos al Padre, y que de hecho lo ha manifestado en la medida en que nos convenía, dándosenos como un espejo en el que lo miremos y contemplemos (Lc 10:22; 1 Co 13:12). Y así como se ha quitado a los hombres la facultad de hacer u ordenar nuevos sacramentos en la Iglesia de Dios, así también deberíamos desear que en estos mismos que Dios ha ordenado los hombres mezclaran lo menos posible de invenciones humanas. Porque así como el vino se echa a perder con el agua, y toda la masa se agria con la levadura, del mismo modo la pureza de los misterios de Dios se echa a perder cuando los hombres le añaden algo de su propia cosecha. Y, sin embargo, vemos cuánto han degenerado de su pureza y perfección originales los sacramentos tal como hoy se practican. Dondequiera vemos en los sacramentos más pompas, más ceremonias y más gestos y monerías de lo necesario, y mientras tanto no se tiene en cuenta ni se menciona la palabra de Dios, sin la cual los mismos sacramentos no son sacramentos; y las ceremonias que Dios mismo ordenó (entre tantas como los hombres han inventado) no se pueden ver, sino que quedan arrinconadas y sepultadas. ¿Qué se puede ver en el bautismo (como ya nos hemos quejado) de lo único que debería verse y mostrarse, es decir, el bautismo mismo? La Cena quedó totalmente sepultada cuando fue transformada y convertida en misa; salvo que una vez al año da cierta muestra de sí, pero a medias, hecha pedazos, partida, dividida y toda deforme.

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.