Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

Los medios externos o ayudas de que Dios se sirve para llamarnos a la comunión de Jesucristo, su Hijo, y mantenernos en ella

Otras cinco ceremonias que falsamente han sido llamadas sacramentos: se muestra que no lo son

La discusión anterior sobre los sacramentos podría bastar a todas las personas sobrias y dóciles para no ir más allá por curiosidad ni admitir, sin palabra de Dios, otros sacramentos fuera de los dos que saben que fueron instituidos por el Señor. Pero como la opinión de los siete sacramentos se ha introducido y es tan común entre los hombres, y tan tratada en las escuelas, en las disputas, en los púlpitos y en los sermones, que ha echado raíces muy grandes y viejas en el corazón de todos en general, y todavía sigue fija y arraigada, me ha parecido conveniente tratar en particular de los otros cinco que comúnmente se cuentan con los verdaderos sacramentos instituidos por el Señor, y, después de descubrir toda su falsedad y engaño, mostrar a los sencillos qué son y cómo hasta ahora han sido tenidos por sacramentos sin razón alguna. En primer lugar, declaro a todos los piadosos que no entro en esta disputa por el nombre —si se han de llamar sacramentos o no—, ni por deseo de contradecir y oponerme, sino que, como el abuso del nombre trae consigo malas consecuencias, me veo obligado a rechazarlo para que así se conozca la verdad. Sé muy bien que los cristianos no deben ser supersticiosos en cuanto a las palabras cuando el sentido es bueno y sano. Confieso que no se deben levantar debates y contiendas por una palabra, aunque se use mal, con tal que la doctrina quede en su ser, sólida y firme. Pero con este nombre de sacramento la situación es muy distinta. Porque los que dicen que son siete definen a los siete con esta definición: que son señales visibles de la gracia invisible de Dios; dicen que son vasos del Espíritu Santo, instrumentos y medios para alcanzar la justicia, y causas del perdón de los pecados. Y aun el Maestro de las Sentencias dice que los sacramentos del Antiguo Testamento fueron llamados impropiamente sacramentos, porque no daban lo que significaban y figuraban. ¿Es tolerable que las señales que el Señor consagró con su propia boca y adornó con promesas tan admirables no sean tenidas por sacramentos, y que mientras tanto se dé este honor y este título a ceremonias que los hombres se han inventado por su cuenta? Por eso es necesario, o que los papistas hagan otra definición, o que se guarden de usurpar indebidamente esta palabra, que después sea causa de muchas opiniones falsas y perversas. La extremaunción, dicen ellos, es sacramento; y por tanto es figura y causa de la gracia invisible. Y si de ningún modo se debe admitir lo que concluyen a partir del nombre, hay que prevenir el inconveniente en el nombre mismo y oponerse a tiempo a lo que es causa del error. Asimismo, cuando quieren probar que la extremaunción es sacramento, dan esta razón: que consiste en la señal exterior y en la palabra de Dios. Si nosotros no encontramos ni mandamiento ni promesa sobre esto, ¿qué otra cosa podemos hacer sino oponernos?

Se ve ahora claramente que nuestra disputa no es por una palabra, sino por la cosa misma; y se ve también que nuestra disputa no es superflua, puesto que la cosa es de tanta importancia y peso. Por eso conviene que mantengamos lo que ya hemos probado con una razón inexpugnable: que nadie sino solo Dios tiene autoridad y poder para instituir sacramentos. Porque el sacramento debe asegurar, aquietar y consolar las conciencias de los fieles con una promesa certísima de Dios, y ellas jamás podrán recibir esta seguridad de mano de ningún hombre, sea quien sea. El sacramento debe ser para nosotros un testimonio de la buena voluntad de Dios hacia nosotros, de la cual ningún hombre, ni siquiera un ángel, puede ser testigo, porque nadie ha sido consejero de Dios (Is 40:13; Ro 11:34); solo él nos da testimonio por su palabra de lo que hay en él. El sacramento es un sello con el que se sella el testamento y la promesa de Dios. Y no puede ser sellado con cosas corporales y elementos de este mundo si no han sido destinados y señalados para ello por el poder divino. Así pues, el hombre no puede instituir un sacramento, porque no corresponde al poder humano hacer que misterios tan grandes de Dios queden encerrados bajo cosas tan viles. Es necesario que preceda la palabra de Dios para que el sacramento sea sacramento, como muy bien lo dijo san Agustín (Agustín, Homilías sobre Juan, 80). Además, si no queremos caer en grandes inconvenientes, es necesario distinguir entre los sacramentos y otras ceremonias. Los apóstoles oraron de rodillas: ¿haremos de esto un sacramento (Hch 9:40; 20:36)? Los antiguos miraban hacia el oriente para orar: ¿será para ellos un sacramento mirar hacia el oriente? San Pablo quiere que en todo lugar los hombres levanten manos limpias (1 Ti 2:8), y también se dice que los santos alzaban las manos al orar: ¿será un sacramento alzar las manos? Por este camino, todos los gestos y ademanes que usaron los santos serían sacramentos. Aunque de todo esto no haría caso si no se siguieran los graves inconvenientes que he dicho.

Si quieren convencernos con la autoridad de la Iglesia antigua, les respondo que se escudan en un falso pretexto. Porque el número de siete sacramentos no se hallará en ninguno de los doctores de la Iglesia, ni siquiera se puede averiguar cuándo comenzó. Reconozco que los doctores usaron la palabra «sacramento» con libertad y para toda clase de cosas, pero con ese nombre designaban indistintamente todas las ceremonias y ritos externos pertenecientes a la religión cristiana. Pero cuando hablan de las señales que deben ser para nosotros testimonios de la gracia de Dios, se contentan con estas dos: el bautismo y la eucaristía. Y para que no parezca que los cito falsamente, pondré aquí algunos testimonios de san Agustín que muestran que es verdad lo que digo. Dirigiéndose a Januario, dice así: «Quiero que sepas que nuestro Señor Jesús, como él mismo lo dijo en el evangelio, nos ha sometido a un yugo muy suave y a una carga ligera. Por eso ordenó en la Iglesia cristiana sacramentos muy pocos en número, muy fáciles de guardar y muy excelentes en su significado, con los cuales unió la comunidad del nuevo pueblo: como el bautismo, consagrado en el nombre de la Trinidad, y la comunión del cuerpo y la sangre del Señor, y cualquier otra cosa que se mande en la Escritura canónica» (Agustín, Carta 118). Y en el libro De la doctrina cristiana: «Después de la resurrección de nuestro Señor tenemos muy pocas señales, que él y sus apóstoles nos han dado, y las que tenemos son fáciles de guardar, grandes y excelentes en su significado: como el bautismo y la celebración del cuerpo y la sangre del Señor» (Agustín, De la doctrina cristiana, libro 3, cap. 9). ¿Por qué no menciona aquí este número de siete, en el que los papistas encuentran un misterio tan grande? ¿Es verosímil que hubiera dejado de nombrarlo si hubiera sido instituido en la Iglesia, siendo, como es bien sabido, un hombre muy atento a los números, y a veces más de lo necesario? Y al nombrar el bautismo y la Cena, calla los demás. ¿No quiere dar a entender con esto que estas dos señales tienen cierta preeminencia y una dignidad singular, y que todas las demás ceremonias deben quedar por debajo de ellas? Por eso digo que los papistas no solo tienen en contra la palabra de Dios en cuanto al número de siete sacramentos, sino que también la Iglesia antigua les es contraria, por mucho que finjan y se jacten de que está de acuerdo con ellos. Pero pasemos a tratar de estas ceremonias que ellos llaman sacramentos.

Antiguamente se tenía esta práctica y costumbre: cuando los hijos de los cristianos llegaban a la edad del discernimiento, los presentaban al obispo para que hicieran confesión de su fe, igual que la hacían los paganos que se convertían a la religión cristiana cuando eran bautizados. Porque cuando una persona adulta quería ser bautizada, la instruían durante algún tiempo hasta que pudiera hacer confesión de su fe delante del obispo y de todo el pueblo. Así también, a los que habían sido bautizados de niños, como no habían hecho esta confesión en su bautismo, al llegar a la edad del discernimiento los presentaban otra vez al obispo para que los examinara conforme al catecismo que entonces se usaba. Y para que este acto tuviera más autoridad y se hiciera con más solemnidad, usaban la ceremonia de la imposición de manos. Una vez que el joven había hecho así su confesión y esta había sido aprobada, lo despedían con una solemne bendición. Los antiguos mencionan muchísimas veces esta costumbre. Así León, obispo de Roma, cuando dice: «Si alguien se convierte de alguna herejía, que no sea bautizado de nuevo, sino que se le dé, por la imposición de manos del obispo, la virtud del Espíritu Santo, que antes le faltaba» (León, Carta 39). Nuestros adversarios gritarán aquí que esta ceremonia debe llamarse sacramento, puesto que en ella se da el Espíritu Santo. Pero el mismo León explica en otro lugar lo que entiende por estas palabras: que el que ha sido bautizado por los herejes no sea rebautizado, sino que, invocado el Espíritu Santo, sea confirmado con la imposición de manos, pidiendo a Dios que le dé su Espíritu, porque ese tal solo había recibido la forma del bautismo sin la santificación (León, Carta 77). También san Jerónimo menciona esto en su obra contra los luciferianos. Y aunque se equivoca al llamarla una práctica apostólica, estaba muy lejos de los desvaríos que hoy sostienen los papistas. Y aun él mismo corrige lo que había dicho, añadiendo que esta bendición se permitía solo a los obispos, más para honrar el sacerdocio que por necesidad de la ley. Por mi parte, estimo mucho esta imposición de manos cuando se hace sencillamente como oración, y me gustaría mucho que hoy se usara en su pureza y sin superstición.

Los que vinieron después trastornaron y sepultaron esta antigua costumbre, y en su lugar levantaron no sé qué confirmación que ellos mismos forjaron e inventaron, e hicieron que se tuviera por sacramento de Dios. Y para engañar al mundo imaginaron que la virtud de este sacramento suyo es dar el Espíritu Santo para aumento de la gracia, cuando en el bautismo se había dado para la inocencia; y fortalecer para la batalla a los que en el bautismo fueron regenerados para la vida. Esta confirmación se hace con una unción y con esta fórmula: «Yo te marco con la señal de la santa cruz y te confirmo con el crisma de la salvación, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Todo esto es hermoso y agradable; pero ¿dónde está la palabra de Dios que prometa aquí la presencia del Espíritu Santo? No pueden mostrar ninguna. ¿Cómo pueden demostrarnos que su crisma es vaso del Espíritu Santo? Vemos el aceite, que es un líquido grueso y espeso, y no vemos otra cosa. «Únase la palabra al elemento —dice san Agustín— y se hará sacramento». Que nos muestren, pues, esa palabra, si quieren que veamos en el aceite algo más que aceite. Si se reconocieran (como deberían) ministros de los sacramentos, no habría gran diferencia entre nosotros. La primera condición del ministro es no emprender nada sin tener mandamiento. Vamos, pues: que muestren algún mandamiento que les ordene hacer esto, y no diré una palabra más. Si no tienen mandamiento, no pueden excusarse de haber cometido un gran sacrilegio. Con esta misma razón preguntaba el Señor a los fariseos si el bautismo de Juan era del cielo o de los hombres (Mt 21:25). Si hubieran respondido «de los hombres», Cristo habría concluido que ese bautismo humano era vano y frívolo; si hubieran dicho «del cielo», se habrían visto obligados a recibir la doctrina de Juan. Por eso, por temor a hacer una gran injuria a Juan, no se atrevían a confesar que su bautismo fuera de los hombres. Del mismo modo, si la confirmación es de los hombres, es cosa resuelta que es vana y frívola. Y si quieren persuadirnos de que es del cielo, que lo prueben.

Se defienden con el ejemplo de los apóstoles, de quienes creen que no hicieron nada a la ligera. Esto es verdad, y no los reprenderíamos si pudieran mostrar que son imitadores de los apóstoles. ¿Pero qué hicieron los apóstoles? San Lucas cuenta en los Hechos que los apóstoles que estaban en Jerusalén, al saber que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan, quienes, al llegar, oraron por los samaritanos para que recibieran el Espíritu Santo, que aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús (Hch 8:15). Dice que, después de la oración, los apóstoles les impusieron las manos, y que por esta imposición los samaritanos recibieron el Espíritu Santo. El mismo san Lucas menciona algunas veces esta imposición de manos. Entiendo lo que hicieron los apóstoles: ejercieron fielmente su oficio y ministerio. El Señor quiso que las gracias visibles y admirables de su Santo Espíritu, que en aquellos días derramaba sobre su pueblo, fueran administradas por sus apóstoles y distribuidas mediante esta imposición de manos. No sueño en esta imposición de manos ningún misterio más alto; pienso que la usaban para dar a entender con esta ceremonia que encomendaban a Dios y le ofrecían a aquel sobre quien ponían las manos. Si este ministerio que entonces se ejercía entre los apóstoles siguiera ejerciéndose hoy en la Iglesia, también habría que conservar la imposición de manos. Pero, puesto que ya no se da tal gracia, ¿para qué sirve la imposición de manos? Ciertamente el Espíritu Santo sigue asistiendo todavía al pueblo de Dios, y sin su guía la Iglesia de ningún modo puede subsistir. Porque tenemos la promesa, que jamás nos faltará, por la cual Cristo llama a sí a todos los que tienen sed, para que beban de las aguas vivas (Jn 7:37). Pero esos milagros de poder y esas operaciones manifiestas que se distribuían por la imposición de manos han cesado, y solo debían durar un tiempo. Porque convenía que la nueva predicación del evangelio y el nuevo reino de Cristo fueran ensalzados y engrandecidos con milagros como nunca se habían visto ni oído. Y cuando el Señor los hizo cesar, no por eso dejó ni desamparó a su Iglesia, sino que mostró que la magnificencia de su reino y la dignidad de su palabra ya se habían manifestado de manera suficientemente notable. ¿En qué, pues, siguen estos farsantes a los apóstoles? Tendrían que hacer, con su imposición de manos, que el poder del Espíritu Santo se mostrara al instante de manera evidente. No hacen nada semejante. ¿Con qué propósito, entonces, alegan a su favor la imposición de manos, que nosotros reconocemos que usaron los apóstoles, pero con un propósito y un fin muy distintos?

Este argumento es tan frívolo como si alguien dijera que el soplo con que Jesucristo sopló sobre sus discípulos es un sacramento por el cual se da el Espíritu Santo (Jn 20:22). Pero cuando el Señor hizo esto una vez, no quiso que nosotros lo hiciéramos. Del mismo modo, los apóstoles usaban la imposición de manos durante el tiempo en que al Señor le plugo distribuir por su oración las gracias del Espíritu Santo, no para que los que vinieran después de ellos imitaran esta señal sin fruto alguno, como lo hacen estos monos. Además, aun cuando mostraran que en su imposición de manos imitan a los apóstoles (en la que no los imitan en nada, sino como los monos remedan lo que hacen los hombres), ¿de dónde sacan el aceite que llaman «de salvación»? ¿Quién les ha enseñado a buscar la salvación en el aceite y a atribuirle poder de fortalecer espiritualmente? ¿Acaso san Pablo, que tanto nos aparta de los elementos de este mundo y que nada condena tanto como detenerse en tales observancias (Gá 4:9; Col 2:20)? Por el contrario, yo declaro con atrevimiento, y no por mí mismo sino de parte de Dios, que todos los que llaman al aceite «aceite de salvación» renuncian a la salvación que hay en Cristo, rechazan a Cristo y no tienen parte alguna en el reino de Dios. Porque el aceite es para el vientre y el vientre para el aceite, y a ambos los destruirá el Señor. Es decir, todos estos elementos débiles que perecen con el uso no pertenecen al reino de Dios, que es espiritual y no tendrá fin. Alguno podrá decirme aquí: «¿Y entonces? ¿Queréis medir con esta medida el agua con que somos bautizados? ¿Y el pan y el vino bajo los cuales se nos presentan el cuerpo y la sangre del Señor en la Cena?». A esto respondo que en los sacramentos que Dios ha ordenado hay que considerar dos cosas: la sustancia de la cosa corporal que se nos presenta, y la forma que la palabra de Dios les imprime, en la cual consiste toda su virtud. Por tanto, en cuanto el pan, el vino y el agua, que son lo que en los sacramentos se presenta a nuestros ojos, conservan su sustancia natural, se aplica lo que dice san Pablo: «Las viandas para el vientre, y el vientre para las viandas; pero tanto al uno como a las otras destruirá Dios» (1 Co 6:13), porque tales sustancias pasan y se desvanecen con la apariencia de este mundo. Pero en cuanto estas cosas son santificadas por la palabra de Dios para ser sacramentos, no nos detienen en la carne, sino que nos enseñan verdadera y espiritualmente.

Con todo, examinemos más de cerca cuántos monstruos alimenta este aceite grasiento. Estos engrasadores dicen que el Espíritu Santo se da en el bautismo para la inocencia y en la confirmación para aumento de la gracia; dicen que en el bautismo somos regenerados para vivir y en la confirmación somos armados para combatir. Y han perdido la vergüenza hasta tal punto que niegan que el bautismo sea perfecto sin la confirmación. ¡Oh perversidad maldita! ¿No somos sepultados con Cristo por el bautismo, para ser partícipes de su resurrección por su muerte (Ro 6:4)? Y san Pablo explica que esta participación en la muerte y la vida de Jesucristo es la mortificación de nuestra carne y la vivificación del Espíritu, porque nuestro viejo hombre es crucificado para que andemos en vida nueva. ¿Es posible armar mejor al cristiano para combatir contra el diablo? Y si se atreven a despreciar y pisotear la palabra de Dios, que al menos tuvieran algún respeto y vergüenza ante la Iglesia, de la cual quieren ser tenidos por hijos obedientes. No podría pronunciarse sentencia más severa contra esta falsa doctrina que sostienen que la que se decretó antiguamente en el concilio de Milevi, en tiempo de san Agustín: que sea anatema quien diga que el bautismo se da solo para el perdón de los pecados y no para ayuda de la gracia del Espíritu Santo. En cuanto a lo que dice san Lucas en el pasaje ya citado, que los samaritanos habían sido bautizados en el nombre de Jesús y aún no habían recibido el Espíritu Santo (Hch 8:16), no niega absolutamente que hubieran recibido algún don del Espíritu Santo, puesto que creían de corazón en Jesucristo y lo confesaban con la boca; sino que quiere decir que no habían recibido el don del Espíritu por el cual se recibían los poderes manifiestos y las gracias visibles. Por eso se dice que los apóstoles recibieron el Espíritu el día de Pentecostés, aunque mucho tiempo antes se les había dicho: «No sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros» (Hch 2:4; Mt 10:20). Todos vosotros, los que sois de Dios, ved aquí la maliciosa y pestilente astucia de Satanás. Lo que verdaderamente se había dado al bautismo, hace que se dé y se atribuya a su confirmación, para apartarnos astutamente del bautismo. ¿Quién dudará ahora de que esta doctrina suya es de Satanás, pues corta del bautismo las promesas que se le dieron y las aplica y pone en otra parte? Se ve también sobre qué fundamento se apoya esta notable unción suya. La palabra de Dios dice que todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo con sus dones (Gá 3:27). La palabra de estos engrasadores dice que en el bautismo no hemos recibido ninguna promesa que nos arme para el combate contra el diablo (Decreto, «De la consagración», distinción 5, cap. Spiritus sanctus). La primera voz es la de la verdad; es necesario, pues, que esta otra sea la voz de la mentira. Por eso puedo definir esta confirmación mucho mejor de lo que ellos la han definido hasta ahora: es una verdadera afrenta al bautismo, que oscurece y deshace su uso; o bien, una falsa promesa del diablo para apartarnos de la verdad de Dios; o, si os agrada más, un aceite ensuciado con la mentira del diablo para engañar a los sencillos e ignorantes.

Además, estos engrasadores añaden que todos los fieles deben recibir el Espíritu Santo por la imposición de manos después del bautismo, para ser verdaderos cristianos, porque nadie es enteramente cristiano si no ha sido ungido con el crisma episcopal. Estas son sus propias palabras (Decreto, «De la consagración», distinción 5, cap. 1; concilio de Orleans, cap. Ut jejuni, en «De la consagración», distinción 5). Yo, por cierto, pensaba que todo lo que pertenece a la religión cristiana estaba comprendido y manifestado en las Escrituras; pero ahora, según veo, hay que buscar la verdadera regla de la religión en otra parte y no en la Sagrada Escritura. La sabiduría de Dios, la verdad celestial y toda la doctrina de Cristo solo comienzan, pues, a hacer cristianos, y el aceite los acaba y perfecciona. Esta doctrina condena a los apóstoles y a tantos mártires, de quienes es certísimo que nunca fueron engrasados con este aceite. Porque este santo crisma suyo, con el que se perfeccionaría su cristiandad, o mejor dicho, con el que serían hechos cristianos no siéndolo antes, no se usaba en su tiempo. Pero aunque yo callara, ellos mismos se refutan bastante. Porque ¿a cuántos engrasan después del bautismo? A uno de cada cien. ¿Por qué, entonces, toleran en su compañía a tantos medio cristianos, siendo tan fácil remediar esta imperfección? ¿Por qué permiten con tanta negligencia que sus súbditos dejen de lado lo que no puede dejarse sin gran ofensa de Dios? ¿Por qué no insisten más en algo tan necesario y sin lo cual (como ellos mismos dicen) no se puede alcanzar la salvación, a menos que lo impida una muerte repentina? Ciertamente, al permitir tan fácilmente que se deje, confiesan tácitamente que no es de tanta importancia como ellos la han hecho.

Por último, su decreto establece que esta sagrada unción debe tenerse en mucha mayor reverencia y veneración que el mismo bautismo. Y la razón que dan es que solo la administran las manos de los altos prelados, mientras que el bautismo lo da cualquier sacerdote (Decreto, cap. De his vero, en la misma distinción). ¿Qué se puede decir aquí, sino que están completamente locos, pues aman tanto sus invenciones que se atreven a despreciar en comparación con ellas las santas instituciones de Dios? ¡Oh lengua maldita y sacrílega! ¿Te atreves a oponer al sacramento de Cristo la grasa infectada con el hedor de tu aliento y encantada con ciertos murmullos de tu boca? ¿Te atreves a compararla con el agua santificada por la palabra de Dios? Pero esto ha sido poco para tu atrevimiento, pues has ido más lejos y la has preferido. Ved aquí los decretos de la Santa Sede Apostólica. Ved aquí sus oráculos. Algunos de ellos, sin embargo, han querido moderar esta furia, que les parecía excesiva, y dicen que el aceite de la confirmación debe tenerse en mucha mayor reverencia que el bautismo, no porque dé mayor virtud ni provecho, sino porque lo administran personas mucho más dignas y porque se aplica en la parte más excelente del cuerpo, que es la frente; o porque produce mayor aumento de virtudes, aunque el bautismo valga más para el perdón de los pecados (Pedro Lombardo, Sentencias, libro 4, distinción 7, cap. 2). ¿No se muestran donatistas en su primera razón, al medir la virtud del sacramento por la dignidad del que lo administra? Pero concedámosles que la confirmación se llame más digna por la dignidad de las manos episcopales. Si alguien les preguntara quién ha otorgado tal prerrogativa a los obispos, ¿qué razón podrán dar sino sus sueños? Solo los apóstoles, dicen, usaron esta autoridad, cuando ellos solos y no otros dieron el Espíritu Santo. Pero les pregunto: ¿son los obispos los únicos apóstoles? Y más aún: ¿son de verdad apóstoles? Admitamos también esto. ¿Por qué, con la misma razón, no pretenden probar que solo los obispos deben tocar el sacramento de la sangre en la Cena del Señor, que ellos no dan a los laicos porque, según dicen, nuestro Señor lo distribuyó solo a sus apóstoles? Si solo a los apóstoles, ¿por qué no concluyen de aquí que solo a los obispos? Pero en aquel caso hacen de los apóstoles simples sacerdotes, y en este, según sopla el viento, los hacen obispos. Por último, Ananías no era apóstol, y sin embargo fue enviado a san Pablo para devolverle la vista, bautizarlo y llenarlo del Espíritu Santo (Hch 9:17). Y añadiré esto para colmo: si este oficio fuera por derecho divino propio de los obispos, ¿por qué lo han concedido a los simples sacerdotes, como se lee en cierta carta de Gregorio (Decreto, distinción 95, cap. Pervenit)?

¡Y qué frívola, insensata y desvariada es su segunda razón! ¿Llaman a la confirmación más digna que el bautismo que Dios ordenó porque en ella solo se unge la frente, y en el bautismo el resto de la cabeza? ¡Como si el bautismo fuera de aceite y no de agua! Pongo aquí por testigos a todos los que temen a Dios: ¿no pretenden y se esfuerzan estos malditos por infectar la pureza de los sacramentos con su falsa doctrina? Ya he dicho que apenas, como a través de unos destellos, se puede ver en los sacramentos lo que es de Dios, porque la multitud de las invenciones humanas es muy grande. Si alguno no me creyó entonces, que crea ahora a sus maestros. Ved aquí cómo, despreciada y desechada el agua (que es la señal de Dios), solo estiman mucho en el bautismo el aceite. Nosotros, por el contrario, decimos que en el bautismo la frente se moja con agua, y en comparación con ella no estimamos en nada todo su aceite, por añejo y hediondo que lo queráis, ni en el bautismo ni en la confirmación. Y si alguno dice que el aceite es mucho más caro, es muy fácil responderle que su venta es engaño, maldad y latrocinio. En su tercera razón muestran su impiedad, al enseñar que en la confirmación se da un aumento de virtud mucho mayor que en el bautismo. Los apóstoles administraron las gracias visibles del Espíritu Santo con la imposición de sus manos. ¿En qué se muestra que la grasa de estos engañadores sea de provecho? Pero no hagamos caso de tales moderadores, que por encubrir una blasfemia cometen muchas. Este es un nudo que no se puede desatar, y es mucho mejor cortarlo que esforzarse tanto por deshacerlo.

Y viéndose desprovistos de toda palabra de Dios y de toda razón plausible, alegan, como acostumbran siempre, que esta práctica es muy antigua y que ha sido confirmada y aprobada por el consentimiento de tantos años y siglos. Aunque esto fuera verdad, no habrían conseguido nada. El sacramento no es de la tierra, sino del cielo; no es de los hombres, sino solo de Dios. Que prueben que Dios es el autor de su confirmación, si quieren que la tengamos por sacramento. Pero ¿para qué alegan la antigüedad, cuando los antiguos nunca nombraron más que dos sacramentos? Si hubiera que buscar en los hombres la seguridad de nuestra fe, tendríamos una fortaleza inexpugnable, pues los antiguos no tuvieron por sacramentos lo que estos llaman falsamente sacramentos. Los antiguos mencionan la imposición de manos, pero ¿cuándo la llaman sacramento? San Agustín escribe abiertamente que no es otra cosa que oración (Agustín, Sobre el bautismo, contra los donatistas, libro 3, cap. 16). Y que no me traigan aquí sus frívolas distinciones, diciendo que lo que dice san Agustín no debe entenderse de la imposición de manos confirmatoria, sino de la curativa o reconciliatoria. Cualquiera puede leer su libro; y si aplico sus palabras a un sentido distinto del de san Agustín, que todos me escupan en la cara. Habla allí de los cismáticos que se reconciliaban con la Iglesia; muestra que no debían ser rebautizados, sino que bastaba imponerles las manos para que Dios les diera su Espíritu por el vínculo de la paz. Y como podía parecer contrario a la equidad y a la razón repetir la imposición de manos y no el bautismo, añade que hay una gran diferencia, porque la imposición de manos no es más que una oración que se hace sobre la persona. Que este es el verdadero sentido se ve en otro lugar donde dice: «Se imponen las manos a los herejes que vuelven a la Iglesia para unirlos en la caridad, que es el principal don de Dios, y sin la cual ninguna santificación puede ser saludable para el hombre» (Agustín, Sobre el bautismo, libro 5, cap. 23).

¡Ojalá conserváramos la costumbre que, como he dicho, tenían los antiguos antes de que apareciera en el mundo esta ficción de sacramento! No una confirmación como la que estos imaginan, que ni siquiera puede nombrarse sin hacer gran injuria al bautismo, sino una instrucción cristiana en la que los niños, o los que ya hubieran pasado esa edad, dieran cuenta de su fe públicamente en presencia de la Iglesia. Sería una costumbre y un método de enseñanza muy buenos que hubiera un formulario o catecismo dedicado propiamente a esto, que contuviera y explicara de manera sencilla todos los puntos principales de nuestra religión, en los cuales toda la Iglesia universal debería estar de acuerdo sin diferencia alguna; y que el niño, a los diez años más o menos, se presentara a la Iglesia para hacer confesión de su fe; que se le preguntara sobre cada punto y respondiera; que, si ignoraba algo o no lo entendía bien, se le instruyera; de modo que confesara en presencia de la Iglesia la fe verdadera, pura y única con la que todo el pueblo cristiano honra a Dios de común acuerdo. Ciertamente, si se introdujera y practicara esta disciplina, se corregiría la pereza y negligencia de algunos padres y madres, porque entonces no podrían dejar de instruir a sus hijos sin gran vergüenza, cosa que ahora no les importa mucho. Habría mayor acuerdo en la fe entre los cristianos, y no habría tanta ignorancia ni tanta rudeza en muchísimos. Algunos no se dejarían arrastrar tan fácilmente por nuevas doctrinas. En suma, cada uno tendría un método seguro de doctrina cristiana.

En segundo lugar ponen la penitencia, de la cual hablan de manera tan confusa y desordenada que las conciencias no pueden sacar de su doctrina ninguna firmeza ni certeza. Ya hemos expuesto extensamente, primero, lo que la Escritura nos enseña sobre la penitencia, y después lo que ellos enseñan sobre esta materia. Ahora solo trataremos brevemente de cuán débil razón, o mejor dicho, ninguna, han tenido para hacerla sacramento. Con todo, diré primero en resumen cuál fue la costumbre antigua con cuyo pretexto los papistas introdujeron su loca fantasía. En la penitencia pública, los antiguos guardaban esta costumbre: cuando el penitente había cumplido lo que se le había impuesto, era reconciliado con la Iglesia por la imposición de manos. Y esto les servía de señal de absolución, tanto para consolar al pecador arrepentido como para advertir al pueblo que debía olvidarse la memoria de la ofensa que este penitente había cometido, y así recibirlo como hermano. A esto san Cipriano lo llama muchísimas veces «dar la paz» (Cipriano, Cartas, libro 1, carta 2). Y para que este acto fuera más solemne y más estimado por el pueblo, se ordenó que siempre se hiciera con la autoridad del obispo. De ahí vino aquel decreto del segundo concilio de Cartago, que prohíbe al presbítero reconciliar públicamente al penitente en la misa, y el otro decreto del concilio de Orange: «Los que parten de este mundo durante el tiempo de su penitencia pueden ser admitidos a la comunión sin la imposición de manos reconciliatoria; pero si se recuperan de su enfermedad, que permanezcan en el orden de los penitentes y, cumplido su tiempo, reciban del obispo la imposición de manos reconciliatoria». Y en el tercer concilio de Cartago: «Que el presbítero no reconcilie a ningún penitente sin la autoridad del obispo» (cap. 31). Todas estas disposiciones tenían este propósito: que no decayera la severidad que querían que se guardara. Así, como podía haber presbíteros demasiado indulgentes, se mandó que el obispo conociera de la causa, pues era de suponer que sería más circunspecto en el examen. Aunque san Cipriano afirma en otro lugar que no era solo el obispo quien imponía las manos a los penitentes, sino todo el clero junto con él (Cipriano, Cartas, libro 3, carta 14). Después, con el tiempo, esta costumbre se pervirtió hasta tal punto que se usó esta ceremonia en absoluciones privadas, es decir, fuera de la penitencia pública. De ahí vino la distinción que hace Graciano, el compilador de los decretos, entre reconciliación pública y privada. Por mi parte, reconozco que la costumbre de la que habla san Cipriano es muy santa y útil para la Iglesia, y quisiera que hoy se practicara. En cuanto a la otra, aunque no la condeno del todo, no creo que sea tan necesaria. Sea como sea, vemos que la imposición de manos en la penitencia es una ceremonia inventada por los hombres y no ordenada por Dios, y que por eso debe contarse entre las cosas indiferentes, o entre las ceremonias que no tienen tanta autoridad ni merecen tanta estima como los sacramentos que Dios ha ordenado con su palabra.

Pero los teólogos papistas, que tienen la buena costumbre de corromper y depravar todo con sus graciosas glosas, se atormentan mucho por encontrar aquí un sacramento. Y no es de extrañar que se esfuercen, porque buscan, como dicen, cinco pies al gato, cuando no tiene más que cuatro: buscan lo que nunca encontrarán. Al final, no pudiendo más, como gente fuera de sí, lo dejan todo revuelto, en suspenso, incierto y confuso con opiniones diversas. Dicen, pues, que la penitencia exterior es sacramento; y que, si es así, hay que tenerla por señal de la penitencia interior, es decir, de la contrición del corazón, que por esta razón será la sustancia del sacramento; o que ambas juntas son sacramento, no dos, sino uno completo. Dicen que la exterior es solamente sacramento, que la interior es sacramento y sustancia a la vez, y que el perdón de los pecados es solo sustancia del sacramento, pero no sacramento (Pedro Lombardo, Sentencias, libro 4, distinción 22, cap. 2). Para responder a todo esto, que quienes recuerden la definición de sacramento que ya dimos comparen y cotejen con ella esto que nuestros adversarios llaman sacramento, y verán que no concuerda en nada, puesto que no es una ceremonia externa ordenada por el Señor para confirmar nuestra fe. Si replican a esto que mi definición no es una ley a la que estén obligados a obedecer, que oigan a san Agustín, a quien aparentan ante el mundo tener grandísima reverencia y veneración. «Los sacramentos —dice san Agustín— se instituyeron visibles por causa de los carnales, para que por los escalones de los sacramentos sean llevados de las cosas que se ven con los ojos a las que se comprenden con el entendimiento» (Agustín, Cuestiones sobre el Antiguo Testamento, libro 3). ¿Qué ven ellos, o qué pueden mostrar a otros, que tenga que ver con esto en lo que llaman sacramento de la penitencia? En otro lugar dice san Agustín: «Se llama sacramento porque en él se ve una cosa y se entiende otra. Lo que se ve tiene forma corporal; lo que se entiende tiene fruto espiritual» (Agustín, sermón Sobre el bautismo de los niños). Estas cosas no convienen de ningún modo al sacramento de la penitencia tal como ellos lo imaginan, en el que no hay ninguna forma corporal que represente el fruto espiritual.

Y para atraparlos en sus propias astucias, les pregunto: si aquí hubiera algún sacramento, ¿no sería más plausible decir que el sacramento es la absolución del sacerdote, y no la penitencia interior o exterior? Porque muy fácilmente podría decirse que la absolución es una ceremonia ordenada para confirmar nuestra fe en cuanto al perdón de los pecados, y que tiene la promesa de las llaves (como ellos las llaman): «Todo lo que atéis o desatéis en la tierra será atado o desatado en los cielos». Pero alguien podría objetar que muchísimos son absueltos por los sacerdotes sin que tal absolución les sirva de nada, siendo así que, según su propia doctrina, los sacramentos de la nueva ley deben efectuar lo que figuran. La respuesta está a mano: así como en la Cena del Señor hay dos maneras de comer, una sacramental, común indistintamente a buenos y malos, y otra propia especialmente de los buenos, así también podrían imaginar que la absolución se recibe de dos maneras. Aunque, con todo, nunca he podido llegar a entender qué quieren decir cuando afirman que los sacramentos de la nueva ley tienen tal eficacia, cosa que, cuán contraria sea a la palabra de Dios, ya lo mostramos cuando tratamos a propósito esta materia. Aquí solo quiero mostrar que este escrúpulo no les impide llamar sacramento a la absolución del sacerdote, porque podrán responder con san Agustín que la santificación se da algunas veces sin sacramento visible, y que el sacramento visible se da algunas veces sin la santificación interior (Agustín, Cuestiones sobre el Antiguo Testamento, libro 3; Sobre el bautismo de los párvulos). Y también, que los sacramentos solo en los elegidos efectúan lo que figuran. Y también, que unos se revisten de Cristo hasta recibir el sacramento, y otros hasta la santificación; lo primero sucede indistintamente a buenos y malos, lo segundo solo a los buenos (Agustín, Sobre el bautismo, contra los donatistas, libro 5). Ciertamente se han engañado muy neciamente y no vieron nada a pleno día, pues han estado en tanta perplejidad y dificultad siendo la cosa tan clara y tan fácil de entender.

Pero, con todo, para que no se hinchen ni se ensoberbezcan, pongan su sacramento donde quieran: yo niego que sea sacramento. La primera razón es que no tiene ninguna promesa de Dios, que es la única sustancia y el fundamento del sacramento. La segunda razón es que cualquier ceremonia que aquí se proponga es pura invención humana, y ya hemos probado que las ceremonias de los sacramentos no deben ordenarlas los hombres, sino Dios. Es, pues, mentira y engaño todo lo que han inventado y hecho creer sobre el sacramento de la penitencia. Además, han adornado este sacramento falsificado con títulos admirables, diciendo que es la segunda tabla después del naufragio: porque si alguien ha manchado con el pecado la vestidura de la inocencia que había recibido en el bautismo, puede lavarla con la penitencia; y para confirmarlo dicen que estas son palabras de san Jerónimo (Pedro Lombardo, Sentencias, libro 4, distinción 14, cap. 1; Decreto, «De la penitencia», distinción 1, cap. 2). Sean de quien queráis, son impías si se entienden como ellos las entienden. ¡Como si el bautismo quedara deshecho por el pecado, y como si los pecadores no debieran más bien traerlo a la memoria cada vez que buscan el perdón de los pecados, para consolarse con este recuerdo, animarse y confirmar su fe en que alcanzarán el perdón de sus pecados, que les fue prometido en el bautismo! Lo que san Jerónimo enseñó de manera algo tosca, diciendo que el bautismo, del que han caído todos los que merecen ser excomulgados de la Iglesia, se repara por la penitencia, estos falsarios lo tuercen para confirmar su impiedad. Así pues, el bautismo se llamará con toda propiedad sacramento de la penitencia, puesto que fue dado para consuelo y aliento de los que se esfuerzan por arrepentirse. Y para que nadie piense que esto es invención mía y sueño de mi cabeza, se ve claramente que, además de ser muy conforme a la Escritura, fue una doctrina muy usada antiguamente en la Iglesia. Porque en el libro De la fe, a Pedro, que comúnmente se atribuye a san Agustín, se lo llama sacramento de la fe y de la penitencia (citado en el Decreto, causa 15, cuestión 1, cap. Firmissime). ¿Y para qué recurrimos a cosas inciertas, como si pudiera buscarse algo más claro y más seguro que lo que cuenta el evangelista: que Juan predicó el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados (Mr 1:4; Lc 3:3)?

El tercer sacramento falsificado es la extremaunción, que solo administra el sacerdote, y esto únicamente en el trance de la muerte. Consiste en aceite consagrado por el obispo y en esta fórmula: «Por esta unción y por su santa misericordia, Dios te perdone todo lo que has pecado con la vista, el oído, el olfato, el tacto y el gusto». Imaginan que este sacramento suyo tiene dos virtudes: el perdón de los pecados y el alivio de la enfermedad corporal, si conviene; y si no conviene, sirve para la salvación del alma. Dicen que su institución está en Santiago, cuando dice: «¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados» (Stg 5:14-15). Esta unción es del mismo tipo que la imposición de manos de la que hemos hablado: no es más que una representación de farsantes, con la que quieren remedar hipócritamente a los apóstoles, sin razón alguna y sin ningún provecho. Cuenta san Marcos que los apóstoles, la primera vez que fueron enviados, resucitaron muertos (conforme a lo que el Señor les había mandado), expulsaron demonios, limpiaron leprosos y sanaron enfermos; y añade que, cuando sanaban a los enfermos, usaban y aplicaban aceite: «Ungían con aceite a muchos enfermos, y los sanaban» (Mr 6:13). A esto se refería Santiago cuando mandó llamar a los ancianos para que ungieran al enfermo. Quien considere la gran libertad con que el Señor y sus apóstoles actuaron en estas cosas exteriores juzgará fácilmente que bajo tales ceremonias no había ningún misterio más alto ni más oculto. El Señor, queriendo dar vista al ciego, hizo lodo con tierra y saliva (Jn 9:6). A otros los sanó tocándolos, a otros con la palabra (Mt 9:29; Lc 18:42). Del mismo modo, los apóstoles curaron a unos con la sola palabra, a otros tocándolos, a otros ungiéndolos (Hch 3:6; 5:16; 19:12). Pero me dirán que los apóstoles no usaron esta unción a la ligera, como tampoco las demás cosas. Lo reconozco. Sin embargo, no la usaron para que fuera instrumento y medio de la curación, sino solo como una señal con la que el pueblo rudo y sencillo aprendiera de dónde procedía tal poder, para que no atribuyeran la gloria a los apóstoles. Es cosa muy común y habitual en la Escritura entender por aceite el Espíritu Santo y sus dones (Sal 45:7). Pero aquella gracia de sanar enfermos ya ha cesado, como también los demás milagros, que el Señor quiso que duraran un tiempo para hacer admirable para siempre la predicación del evangelio, que entonces era nueva. Por tanto, aunque les concedamos que la unción fue sacramento de aquellos poderes que entonces se administraban por manos de los apóstoles, nada de eso nos toca ahora a nosotros, puesto que no se nos ha dado la administración de esos poderes.

¿Y con qué mayor razón hacen de esta unción un sacramento, más que de todas las demás señales y símbolos que se mencionan en la Escritura? ¿Por qué no designan algún estanque de Siloé en el que se bañen los enfermos en ciertas épocas del año (Jn 9:7)? Eso, dicen, sería en vano. Ciertamente, no más en vano que su unción. ¿Por qué no se tienden sobre los muertos, ya que san Pablo resucitó a un joven muerto tendiéndose sobre él (Hch 20:10)? ¿Por qué no hacen un sacramento de lodo, hecho de tierra y saliva? Todos los demás ejemplos, responden, fueron especiales; pero este de la unción fue mandado por Santiago. Es verdad; pero Santiago hablaba para el tiempo en que la Iglesia gozaba de la bendición de la que ya hemos hablado. Es cierto que quieren hacer creer que su unción todavía tiene la misma fuerza, pero nosotros experimentamos lo contrario. Que nadie se extrañe, pues, de que hayan engañado con tanto atrevimiento a las almas, que veían tan necias y ciegas por haberlas despojado de la palabra de Dios, que es la vida y la luz de las almas, cuando no se avergüenzan de querer burlar los sentidos del cuerpo, que viven y sienten. Se hacen, pues, dignos de burla cuando se jactan de tener el don de sanidad. Ciertamente nuestro Señor asiste a los suyos en todo tiempo y los socorre en sus enfermedades cuando es necesario, ni más ni menos que en tiempos pasados; pero no muestra estos poderes a la vista de todos ni hace los milagros que obraba por manos de los apóstoles. La razón es que aquel don era temporal, y también que en parte se perdió por la ingratitud de los hombres.

Por eso, así como los apóstoles no sin motivo representaban con el aceite la gracia que se les había dado, para dar a conocer que era el poder del Espíritu Santo y no el suyo, así también, por el contrario, estos hacen una grandísima injuria al Espíritu Santo al decir que un aceite rancio, hediondo e inútil es su poder. Es exactamente como si alguien dijera que cualquier aceite es el poder del Espíritu Santo porque la Escritura lo llama con ese nombre, o que cualquier paloma es el Espíritu Santo porque él apareció en forma de paloma (Mt 3:16; Jn 1:32). Pero allá ellos. En cuanto a nosotros, por ahora nos basta tener por certísimo que su unción no es sacramento, pues no es una ceremonia que Dios haya instituido ni tiene promesa alguna de él. Porque cuando exigimos estas dos cosas en el sacramento —que sea una ceremonia ordenada por Dios y que tenga una promesa unida—, exigimos al mismo tiempo que esta ceremonia sea para nosotros y que la promesa nos pertenezca. Por eso nadie sostiene ahora que la circuncisión sea sacramento de la Iglesia cristiana, aunque fue una ceremonia ordenada por Dios y tenía una promesa unida, puesto que no se nos mandó a nosotros ni la promesa se nos hizo a nosotros. Y que la promesa que ellos dicen que hay en su unción no tiene que ver con nosotros, ya lo hemos enseñado claramente, y ellos mismos lo dan a entender con la experiencia. La ceremonia no debía tomarse sino de quienes tenían el don de dar salud, y no de estos verdugos, que más bien pueden matar que dar vida.

Y aunque se les concediera que lo que dice Santiago sobre la unción conviene a nuestro tiempo (de lo cual están muy lejos), no habrían conseguido tanto como para aprobar y confirmar la unción con que nos han embadurnado hasta ahora. Santiago quiere que se unja a todos los enfermos (Stg 5:14); pero estos engrasan con su aceite no a los enfermos, sino a los cuerpos que ya están medio muertos, cuando el alma ya está por salir, o, como ellos dicen, en el extremo. Si tienen en su sacramento un remedio y una medicina eficaz para suavizar el rigor de la enfermedad o para dar algún consuelo al alma, son demasiado crueles al no aplicarlo nunca a tiempo. Santiago entiende que los ancianos de la iglesia ungían al enfermo; estos no admiten otro engrasador que el sacerdote. Porque lo que dicen, que en Santiago los ancianos significan sacerdotes que sean pastores ordinarios, y que el plural se puso por mayor honra, es muy frívolo: ¡como si en aquellos tiempos hubiera habido tal multitud de sacerdotes que pudieran llevar su vasija de aceite en grandes procesiones! Cuando Santiago manda sencillamente ungir a los enfermos, no entiendo otra unción que la de aceite común, y en lo que cuenta san Marcos no se menciona ningún otro aceite. Estos no tienen en cuenta ningún aceite si no lo ha consagrado el obispo, es decir, si no lo ha calentado con su aliento, lo ha encantado murmurando entre dientes y lo ha saludado (o le ha dado los buenos días) de rodillas nueve veces, diciendo tres veces: «Yo te saludo, santo aceite», tres veces: «Yo te saludo, santo crisma», y otras tres veces: «Yo te saludo, santo bálsamo». Tal es su solemnidad. ¿De quién han tomado semejantes conjuros? Santiago dice que, cuando el enfermo haya sido ungido con aceite y hayan orado por él, si está en pecados, los pecados le serán perdonados, en el sentido de que, absuelto delante de Dios, también será aliviado de su pena. No quiere decir Santiago que los pecados se le perdonen al enfermo por el engrasamiento, sino que las oraciones de los fieles con que el hermano afligido ha sido encomendado a Dios no serán vanas. Estos enseñan con toda falsedad que por su sagrada unción, que no es más que una abominación, se perdonan los pecados. Ved aquí el provecho que habrán sacado cuando se les haya dejado abusar a su antojo de la autoridad de Santiago. Y para no esforzarnos en vano en refutar sus mentiras, consideremos solo lo que dicen sus propias historias: cuentan que Inocencio, papa de Roma, que vivió en tiempos de san Agustín, dispuso que no solo los sacerdotes, sino también todos los cristianos, ungieran a sus enfermos (Sigeberto, Crónica). ¿Cómo conciliarán esto con lo que nos quieren hacer creer?

En cuarto lugar ponen el sacramento del orden, que es tan fértil y fecundo que produce de sí siete pequeños sacramentos. Y ciertamente es cosa de risa: dicen que los sacramentos son siete, y cuando llegan a nombrarlos uno por uno, cuentan trece. Y no pueden excusarse diciendo que los siete sacramentos de órdenes son uno solo, porque todos se encaminan al único orden sacerdotal y son como escalones para subir a él. Porque, dado que en cada uno hay ceremonias diversas, y además dicen que hay gracias diversas, nadie dudará de que, según su doctrina, son siete sacramentos de órdenes. ¿Y para qué discutir más como si fuera cosa dudosa y oscura, cuando ellos dicen clara y distintamente que son siete? En primer lugar tocaremos de pasada cuántos inconvenientes y absurdos hay en esta opinión suya de tener sus órdenes por sacramentos. Después veremos si la ceremonia que usan las iglesias en la elección de los ministros debe llamarse sacramento. Ponen, pues, siete órdenes o grados eclesiásticos, a los que dan el nombre de sacramento, que son los siguientes: ostiarios, lectores, exorcistas, acólitos, subdiáconos, diáconos y sacerdotes (Pedro Lombardo, Sentencias, libro 4, distinción 24, cap. 9). Y son siete, dicen, a causa de la gracia séptuple del Espíritu Santo, de la cual deben estar llenos los que son promovidos a estos órdenes, aunque en su promoción se les aumenta y se les da con mucha mayor abundancia. En primer lugar, el número mismo lo inventan con una falsa glosa e interpretación de la Escritura, porque a su juicio han leído en Isaías siete virtudes del Espíritu Santo, cuando en verdad el profeta no nombra más que seis en el pasaje que citan, y no quiso enumerar allí todas las gracias del Espíritu Santo. Porque en otros lugares la Escritura lo llama también Espíritu de vida, de santificación y de adopción de los hijos de Dios, así como en ese pasaje de Isaías lo llama Espíritu de sabiduría, de inteligencia, de consejo, de poder, de conocimiento y de temor del Señor (Is 11:2; Ez 1:20; Ro 1:4; 8:15). Con todo, otros más sutiles no se contentan con siete órdenes, sino que hacen nueve, a imitación, dicen, de la Iglesia triunfante. Y ni siquiera entre ellos pueden ponerse de acuerdo, porque unos hacen de la primera tonsura (que llaman «de corona») el primer orden y del episcopado el último; otros, excluyendo la tonsura, cuentan como orden el arzobispado (esta opinión es de Hugo; la otra, de Guillermo de París). San Isidoro los distingue de otra manera, porque pone como órdenes distintos a los salmistas y a los lectores, destinando a los primeros a cantar y a los segundos a leer la Escritura para enseñanza del pueblo. Esta distinción se guarda en los cánones (Isidoro, libro 7; citado en el Decreto, cap. Cleros, distinción 21, y distinción 23, caps. Lector y Ostiarius). En tanta diversidad, ¿qué seguiremos o qué dejaremos? ¿Diremos que hay siete órdenes? Así lo enseña su Maestro de las Sentencias; pero los doctores muy iluminados determinan otra cosa. Además, estos mismos iluminados no concuerdan entre sí. Y por otra parte, los sagrados cánones muestran otro camino. He aquí el acuerdo que hay entre los hombres cuando discuten de cosas divinas sin la palabra de Dios.

Pero esto sobrepasa toda locura: que en cada uno de sus órdenes hacen a Cristo su colega. Dicen primero que ejerció el oficio de ostiario cuando echó del templo a los que compraban y vendían, y que muestra ser ostiario cuando dice: «Yo soy la puerta» (Jn 2:15; 10:7). Ejerció el oficio de lector cuando leyó en medio de la sinagoga el libro de Isaías (Lc 4:17). Ejerció el oficio de exorcista cuando, tocando con su saliva los oídos y la lengua del sordomudo, le hizo oír y hablar (Mr 7:33). Que fue acólito se ve por estas palabras: «El que me sigue no andará en tinieblas» (Jn 8:12). Ejerció el oficio de subdiácono cuando, ceñido con una toalla, lavó los pies a sus apóstoles (Jn 13:4). Ejerció el oficio de diácono cuando distribuyó su cuerpo y su sangre a los apóstoles en la Cena (Mt 26:26). Ejerció el oficio de sacerdote cuando se ofreció a sí mismo en sacrificio al Padre en la cruz (Mt 27:50; Ef 5:2). Ciertamente estas cosas no se pueden oír sin reír; tanto, que me asombra que hayan podido escribirse sin risa, al menos si quienes las escribían eran hombres. Pero sobre todo merece considerarse la sutileza con que especulan sobre el nombre de acólito, interpretándolo como «ceroferario», nombre, según creo, mágico, y ciertamente desconocido en todas las lenguas y naciones. Porque «acólito» en griego significa el que sigue o acompaña a otro, mientras que «ceroferario» es el que lleva un cirio. Aunque, si quisiera detenerme a refutar a propósito estas locuras, yo también merecería que se rieran de mí, por ser tan vanas y tan frívolas.

Con todo, para que no puedan engañar a nadie, ni siquiera a las mujeres, será necesario descubrir sus mentiras y engaños. Ordenan con gran pompa y solemnidad a sus lectores, salmistas, ostiarios y acólitos para que desempeñen los oficios en que ocupan y emplean a los niños o a los que llaman laicos. Porque ¿quién enciende casi siempre los cirios o las velas, quién les sirve el agua y el vino, sino algún muchacho o algún pobre laico que se gana la vida con ello? ¿No son estos mismos los que cantan, los que abren y cierran las iglesias? Porque ¿quién ha visto jamás en sus templos a un acólito o a un ostiario que desempeñara su oficio? Al contrario, el que desde su niñez hacía de acólito, en cuanto es ordenado acólito deja de ser aquello cuyo nombre comenzó a llevar. De modo que parece que quieren deliberadamente librarse del oficio propio de su cargo en cuanto reciben el título y el nombre del cargo. He aquí para qué es necesario que sean ordenados con tales sacramentos y que reciban el Espíritu Santo: para no hacer nada. Si replican que esto procede de la perversidad de nuestros tiempos, en que dejan y descuidan su deber, tendrán que confesar al mismo tiempo que hoy no hay en la Iglesia ningún fruto ni servicio de sus sagrados órdenes, que tanto estiman y reverencian, y que toda su Iglesia está llena de maldición, puesto que dejan que los laicos, que son profanos, y los niños manejen los cirios y las vinajeras, que nadie debería tocar si no hubiera sido ordenado acólito, y encargan el canto en la iglesia a niños, cuando solo deberían hacerlo quienes tuvieran la boca consagrada para ello. En cuanto a los exorcistas, ¿con qué fin los ordenan? Entiendo que los judíos tenían sus exorcistas, pero se llamaban exorcistas por los exorcismos que practicaban (Hch 19:13). Pero ¿quién ha oído jamás que estos exorcistas falsificados hayan dado alguna muestra de su profesión? Fingen que se les da poder para imponer las manos a los furiosos, a los infieles y a los endemoniados; pero no pueden convencer a los demonios de que tienen tal poder, no solo porque los demonios no les obedecen cuando les mandan algo, sino porque son los demonios quienes los mandan a ellos. Porque apenas se hallará uno de cada diez que no esté gobernado por algún espíritu maligno. Por tanto, todo lo que desvarían sobre sus órdenes inferiores, ya cuenten cinco, ya seis, ha sido inventado con mentira e ignorancia. Ya hablamos antes de los acólitos, ostiarios y lectores antiguos cuando tratamos del orden de la Iglesia. Ahora mi propósito es solo refutar esta nueva opinión que inventa siete sacramentos en los órdenes eclesiásticos, de la cual no se hallará ni una sola palabra en los doctores antiguos, sino solo en estos ineptos teólogos escolásticos y en los canonistas.

Veamos ahora las ceremonias que usan en sus órdenes. En primer lugar, a todos los que reciben en su sinagoga los inician haciéndolos clérigos. La señal que les hacen es raparles la parte superior de la cabeza, orden que llaman «corona» (Decreto, cap. Duo sunt, causa 12, cuestión 1), porque la corona significa la dignidad y majestad real, ya que los clérigos deben ser reyes que se gobiernen a sí mismos y a los demás, conforme a lo que dice san Pedro: «Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1 P 2:9). Pero ciertamente cometen un sacrilegio al usurpar y atribuirse solo a sí mismos el título que conviene y ha sido dado a toda la Iglesia. Porque san Pedro habla a todos los fieles, y ellos se aplican solo a sí mismos lo que dice san Pedro. ¡Como si solo a los tonsurados o rapados se hubiera dicho «Sed santos»; como si solo ellos, y no otros, hubieran sido comprados con la sangre de Jesucristo; como si solo ellos fueran hechos por Cristo reino y sacerdotes para Dios! Dan también otras razones: se descubre la parte superior de la cabeza para mostrar que su mente debe contemplar sin ningún impedimento la gloria de Dios cara a cara; o para mostrar que deben quitarse los vicios de la boca y de los ojos; o para significar que han dejado y renunciado a los bienes temporales, y que el círculo de cabello que queda figura y significa el resto de bienes que retienen para el sustento de su vida (Pedro Lombardo, Sentencias, libro 4, distinción 24, cap. Duo sunt). Todo esto en figura, porque para ellos el velo del templo todavía no se ha rasgado. Y así, persuadiéndose de que han cumplido muy bien con su deber y oficio al haber figurado tales cosas con su corona, no hacen nada de lo figurado (Pedro Lombardo, Sentencias, libro 4, distinción 24, cap. 1). ¿Hasta cuándo nos engañarán con sus ilusiones y mentiras? Los clérigos, habiéndose cortado unos pocos cabellos, muestran que han dejado la abundancia de las cosas temporales y que, libres de todo impedimento, contemplan la gloria de Dios; que han mortificado las concupiscencias de sus ojos y de sus oídos; y no hay estado alguno entre los hombres más dado a la rapacidad, la ignorancia y la lujuria que su estamento eclesiástico. ¿Por qué no muestran más bien santidad verdadera, en lugar de representar su figura con señales falsas, fingidas y mentirosas?

Además, cuando dicen que su corona clerical tiene su origen en los nazareos, ¿qué otra cosa alegan sino que sus misterios tuvieron su principio en las ceremonias judías, o mejor dicho, que son puro judaísmo? Cuando añaden que Priscila, Aquila y el mismo san Pablo, habiendo hecho voto, se raparon para ser purificados (Hch 18:18), muestran su gran necedad. Porque en ninguna parte de la Escritura se lee que Priscila hiciera esto; de los otros dos se dice de uno, y no se sabe con certeza de cuál, porque la tonsura de que habla san Lucas puede referirse tanto a Pablo como a Aquila. Y para no concederles lo que piden, que tomaron el ejemplo de san Pablo, los sencillos e ignorantes deben notar que san Pablo jamás se rapó la cabeza por santificación alguna, sino para acomodarse a la debilidad de los hermanos. Suelo llamar a tales votos votos de caridad, es decir, hechos no por religión ni con la idea de prestar con ellos un servicio a Dios, sino solo para sobrellevar la rudeza de los débiles, como él mismo dice que se hizo judío con los judíos, etc. (1 Co 9:20). Así pues, lo hizo una sola vez y por poco tiempo, para acomodarse a los judíos. Pero estos, al querer imitar sin provecho alguno las purificaciones de los nazareos (Nm 6:18), ¿qué otra cosa hacen sino levantar un nuevo judaísmo? Con semejante conciencia está compuesta la epístola decretal que prohíbe a los clérigos, conforme al apóstol, dejarse crecer el cabello, y les manda raparlo en redondo en forma de esfera (Decreto, cap. Prohibente, distinción 25): ¡como si el apóstol, al enseñar lo que conviene a todo hombre, se hubiera preocupado mucho de la tonsura redonda de sus clérigos (1 Co 11:4)! Consideren por esto los lectores qué tales serán los demás órdenes, a los que se entra con semejante paso.

Por lo que dice san Agustín se ve claramente cuál fue el origen y principio de la tonsura clerical (Agustín, Sobre el trabajo de los monjes, al final; también en las Retractaciones). Como en aquellos tiempos nadie se dejaba crecer el cabello sino los afeminados, que presumían de delicados, pareció que no sería buen ejemplo permitirlo a los clérigos. Se ordenó, pues, que todos los clérigos se cortaran el pelo o se raparan la cabeza, para no dar ninguna sospecha ni apariencia de ser delicados o afeminados. Y el cortarse el pelo era tan común que algunos monjes, para mostrarse más notablemente más santos que los demás y tener alguna señal con que distinguirse de ellos, se dejaban crecer el cabello. Ved aquí cómo la tonsura no era algo especial ni propio de los clérigos, sino común a casi todos. Después, cuando el mundo dio la vuelta y la gente comenzó de nuevo a dejarse crecer el cabello como antes, y se convirtieron a la religión cristiana muchísimas naciones que siempre habían acostumbrado a llevar el cabello largo, como Francia, Alemania e Inglaterra, es verosímil que los clérigos se hicieran rapar la cabeza para no mostrar apego a la cabellera, como hemos dicho. Pero después que la Iglesia se corrompió y todas las buenas ordenanzas antiguas se pervirtieron o se convirtieron en superstición, y como no veían razón alguna en esta tonsura clerical (como en verdad no la había, sino una loca imitación de sus predecesores, sin saber por qué), inventaron este maravilloso misterio que hoy nos alegan con tanto atrevimiento para aprobar su sacramento (Pedro Lombardo, Sentencias, libro 4, distinción 24, cap. 8). Los ostiarios reciben en su consagración las llaves del templo, en señal de que han de guardarlo. A los lectores les dan la Biblia; a los exorcistas, un formulario de exorcismos o registro de conjuros para conjurar a los endemoniados, etc. A los acólitos, las vinajeras y los cirios. He aquí las notables ceremonias que contienen tan grandes misterios y que tienen tanta virtud, si es verdad lo que dicen, que no solo son señales y marcas, sino también causas de la gracia invisible de Dios. Porque esto es lo que pretenden, conforme a su definición, cuando quieren que las tengamos por sacramentos. Y para concluir brevemente, digo que va contra toda razón lo que han hecho los teólogos sofistas y los canonistas, a saber, hacer sacramentos de todos sus órdenes llamados menores, siendo así que, por su propia confesión, en tiempos de la Iglesia primitiva nunca se supo qué eran, y se inventaron mucho tiempo después. Y puesto que los sacramentos contienen promesas de Dios, no deben instituirlos ni ángeles ni hombres, sino solo aquel a quien corresponde hacer la promesa.

Quedan los tres órdenes que ellos llaman mayores, de los cuales el subdiaconado, según dicen, fue incluido en esta lista después de que comenzó a aparecer esta multitud de órdenes menores. Y como les parece que estos tres órdenes tienen confirmación en la palabra de Dios, los llaman órdenes sagradas. Pero habrá que ver cuán perversamente abusan de la Escritura para probar su intención. Comenzaremos, pues, por el orden del presbiterado o sacerdocio. Porque entienden lo mismo con estas dos palabras, y llaman sacerdotes o presbíteros a aquellos cuyo oficio es, dicen, ofrecer en el altar el sacrificio del cuerpo y la sangre de Jesucristo, decir las oraciones y bendecir los dones de Dios. Por eso, cuando los ordenan, les dan el cáliz, la patena y la hostia, en señal de que tienen poder para ofrecer a Dios sacrificios de reconciliación; y les ungen las manos para darles a entender que tienen poder para consagrar. Después hablaremos de las ceremonias; ahora trato de la cosa misma. Digo que están tan lejos de tener testimonio en la palabra de Dios de ninguna de estas cosas, que no podrían corromper más vilmente el orden que Dios estableció. En primer lugar, debe tenerse por cierto lo que ya dijimos en el capítulo anterior, al tratar de la misa papista: que todos los que se hacen sacerdotes para ofrecer sacrificio de reconciliación hacen una gran injuria a Cristo. Él es quien fue ordenado por el Padre y consagrado con juramento para ser sacerdote según el orden de Melquisedec, sin fin y sin sucesor (Sal 110:4). Él es quien ofreció una vez la víctima de purificación y de reconciliación eterna, y quien ahora, habiendo entrado en el santuario del cielo, intercede por nosotros (Heb 5:6; 7:3). En él todos somos sacerdotes, pero solo para ofrecer a Dios alabanzas y acciones de gracias, y sobre todo para ofrecernos a nosotros mismos y, en suma, todo lo que es nuestro. Pero aplacar a Dios y limpiar los pecados con su sacrificio ha sido una prerrogativa especial de Jesucristo. Si estos usurpan tal autoridad, ¿qué queda sino que su sacerdocio sea un sacrilegio detestable? Ciertamente es grandísima su desvergüenza al atreverse a adornarlo con el título de sacramento. En cuanto a la imposición de manos que se hace para introducir en su estado a los verdaderos presbíteros y ministros de la Iglesia, la tengo por sacramento. Porque, en primer lugar, es una ceremonia tomada de la Sagrada Escritura; y además no es vana ni superflua, sino que es una señal y marca fiel (como lo atestigua san Pablo) de la gracia espiritual de Dios (1 Ti 4:14). Y si no la he nombrado junto con los otros dos, la razón es que no es ordinaria ni común a todos los fieles, sino un oficio particular de algunos. Por lo demás, cuando atribuyo este honor al ministerio que Cristo ha ordenado, no deben gloriarse de ello los sacerdotes papistas. Porque aquellos de quienes hablamos son ordenados por boca de Jesucristo para administrar el evangelio y los sacramentos, y no para ser carniceros que ofrecen víctimas y sacrificios cada día. El mandamiento que se les ha dado es predicar el evangelio y apacentar el rebaño de Cristo, no sacrificar; la promesa que se les hace es que recibirán las gracias del Espíritu Santo, no para hacer expiación por los pecados, sino para gobernar debidamente la Iglesia (Mt 28:19; Mr 16:15; Jn 21:15).

Las ceremonias corresponden muy bien a la cosa. Nuestro Señor, al enviar a sus apóstoles a predicar el evangelio, sopla sobre ellos (Jn 20:22). Con esta señal representa el poder de su Santo Espíritu, que ponía sobre ellos. Estos señores han conservado este soplo y, como si vomitaran de su garganta al Espíritu Santo, murmuran entre dientes sobre sus sacerdotes cuando los ordenan, diciendo: «Recibid el Espíritu Santo». Hasta tal punto se empeñan en no dejar pasar nada sin imitarlo perversamente, no digo como mimos y farsantes, que tienen algún arte y manera en sus gestos y ademanes, sino como monos, que sin ningún discernimiento quieren hacer todo lo que ven. «Nosotros —dicen— imitamos el ejemplo del Señor». Pero el Señor hizo muchísimas cosas que no quiso que nosotros hiciéramos. Dijo a sus discípulos: «Recibid el Espíritu Santo». Dijo a Lázaro: «¡Lázaro, ven fuera!». Dijo al paralítico: «Levántate y anda» (Jn 20:22; 11:43; Mt 9:5; Jn 5:8). ¿Por qué no dicen ellos lo mismo a todos los muertos y paralíticos? Él mostró una obra de su poder divino cuando, soplando sobre sus apóstoles, los llenó de la gracia del Espíritu Santo. Si ellos se esfuerzan por hacer otro tanto, se enfrentan a Dios y casi lo desafían al combate. Pero están muy lejos del efecto, y con sus monerías no hacen otra cosa que burlarse de Cristo. Es verdad que son tan desvergonzados que se atreven a decir que dan el Espíritu Santo. Pero cuánta verdad dicen lo muestra la experiencia, por la cual vemos claramente que todos los que son consagrados sacerdotes, de caballos se vuelven asnos, y de necios, rabiosos. Pero no discuto sobre esto. Solo repruebo esta loca ceremonia, que no debería imitarse, y que el Señor usó como señal especial del milagro que hacía. Tan lejos está de servirles de algo la excusa de la imitación.

Además, ¿de quién han tomado la unción? Responden que de los hijos de Aarón, de quienes desciende su orden sacerdotal (Pedro Lombardo, Sentencias, libro 4, distinción 24, cap. 8; y en los cánones, distinción 21, cap. 1). Así, prefieren defenderse con ejemplos mal aplicados antes que confesar que lo que hacen temerariamente es invención suya. En cambio, no consideran que, al sostener que son sucesores de los hijos de Aarón, hacen injuria al sacerdocio de Cristo, que era lo único que figuraban los sacerdotes levíticos; y por eso todos aquellos sacerdocios se cumplieron y tuvieron su fin en el de Jesucristo, y así cesaron, como ya hemos dicho antes y como lo atestigua la Epístola a los Hebreos sin necesidad de glosa ni interpretación. Y si tanto se deleitan en las ceremonias mosaicas, ¿por qué no sacrifican bueyes, becerros y corderos? Todavía conservan gran parte del tabernáculo y de toda la religión judía; solo les falta sacrificar bueyes y becerros. ¿Quién no ve que esta práctica de la unción es mucho más peligrosa y perniciosa que la circuncisión, sobre todo cuando va unida a la superstición y a la opinión farisaica del mérito de la obra? Los judíos ponían en la circuncisión la confianza de su justicia; estos ponen en la unción las gracias espirituales. Por tanto, no pueden hacerse imitadores de los levitas sin ser apóstatas de Jesucristo y sin renunciar al oficio pastoral.

He aquí, si os place, su santo óleo, que imprime, dicen, un carácter indeleble que no puede borrarse. ¡Como si el aceite no pudiera quitarse con polvo y sal, o lavándolo bien con jabón! Pero, dicen, es un carácter espiritual. ¿Qué parentesco tiene el aceite con el alma? Han olvidado lo que ellos mismos citan de san Agustín: que si se separa la palabra del agua, no quedará más que agua, pues por la palabra se hace sacramento (Decreto, causa 1, cuestión 1, cap. Detrahe). ¿Qué palabra mostrarán en su untamiento? ¿Será el mandamiento dado a Moisés de ungir a los hijos de Aarón (Éx 30:30)? Pero junto con eso se le mandó hacer todas aquellas vestiduras sacerdotales —la túnica, el efod, la mitra y la corona de santidad— con que se había de vestir Aarón, y las túnicas, cinturones y tiaras que debían usar sus hijos. Se le mandó también matar un becerro, quemar su grasa, despedazar los carneros y quemarlos, consagrar las orejas y las vestiduras de Aarón y de sus hijos con la sangre de uno de los carneros, y otras innumerables ceremonias; y me asombra que estos señores las hayan dejado, tomando solo la unción. Y si tanto les gusta ser rociados, ¿por qué con aceite y no con sangre? Ciertamente han inventado algo muy ingenioso: hacer una religión aparte, compuesta de cristianismo, judaísmo y paganismo, como remendada con muchos remiendos. Así pues, su unción apesta, porque no le echan sal, es decir, la sal de la palabra de Dios. Queda la imposición de manos, que reconozco que puede llamarse sacramento cuando se usa como conviene, en una verdadera promoción de ministros legítimos; pero niego que tenga lugar en esta farsa que representan cuando ordenan a sus sacerdotes. Porque no tienen ningún mandamiento para ello, ni consideran el fin al que apunta la promesa. Si quieren, pues, que se les permita la señal, es necesario que la ajusten a la verdad para la que fue instituida y ordenada.

En cuanto al orden de los diáconos, bien nos pondríamos de acuerdo con ellos si este oficio se restituyera a su ser y perfección, tal como lo tuvo en la Iglesia primitiva en tiempos de los apóstoles. Pero los diáconos que forja esta buena gente, ¿qué tienen que ver con aquellos? No hablo de las personas, para que no se quejen de que les hacemos injuria juzgando su doctrina por los vicios de los hombres; sino que sostengo que actúan contra toda razón cuando toman por diáconos, según nos venden en su doctrina, con testimonio de la Escritura, a quienes ejercerían el oficio de los que fueron ordenados en la Iglesia primitiva. Dicen que el oficio de sus diáconos es asistir a los sacerdotes y servirles en todo lo necesario para la administración de los sacramentos: el bautismo, el crisma, poner el vino en el cáliz y el pan en la patena, preparar el altar, llevar la cruz, leer al pueblo el evangelio y la epístola. ¿Hay en todo esto una sola palabra del verdadero oficio de los diáconos? Oigamos ahora cómo los ordenan. El obispo solo impone la mano sobre el diácono que ordena, le pone la estola sobre el hombro izquierdo para que entienda que ha tomado sobre sí el yugo ligero de Dios, para someter al temor de Dios todo lo que pertenece al lado izquierdo; le da un texto del evangelio para que entienda que es pregonero del evangelio. ¿Qué tiene que ver todo esto con los diáconos? Hacen exactamente como si alguien, queriendo ordenar apóstoles, les encargara incensar, arreglar las imágenes, encender las velas, barrer los templos, cazar ratones y echar a los perros de la iglesia. ¿Quién soportaría que tal clase de gente se llamara apóstoles y se comparara con los apóstoles de Cristo? Así pues, que en adelante no mientan llamando diáconos a los que ordenan solo para representar sus farsas. Y además, con el mismo nombre declaran bastante cuál es su oficio, porque los llaman levitas, remontando su origen y principio a los hijos de Leví; lo cual les admitiría si al mismo tiempo confesaran lo que es verdad: que, renunciando a Jesucristo, se vuelven a las ceremonias levíticas y a las sombras de la ley mosaica.

En cuanto a los subdiáconos, ¿qué necesidad habrá de hablar de ellos? Porque, aunque antiguamente tenían a su cargo a los pobres, ahora les dan no sé qué oficio muy frívolo y vano: llevar al altar el cáliz, la patena y las vinajeras, servir el agua para que el sacerdote se lave las manos, y otras cosas semejantes. Porque lo que dicen de recibir las ofrendas se refiere a cosas que ellos se tragan y devoran. La ceremonia que usan al ordenarlos concuerda muy bien con esto: el obispo les pone en las manos el cáliz y la patena, el arcediano les da la vinajera con agua, y otras burlas semejantes. Y quieren que creamos que el Espíritu Santo está encerrado en estos desvaríos; pero ¿a quién que tenga alguna piedad podrán persuadirlo? Para concluir en una palabra, diremos de estos lo mismo que de los demás, pues no será necesario repetir en detalle lo que ya hemos tratado. Esto bastará a los modestos y dóciles (para quienes he compuesto este libro): que no hay en absoluto sacramento sino donde hay y se ve una ceremonia unida a una promesa, o mejor dicho, donde la promesa resplandece en la ceremonia. En lo que tratamos no se ve ni una palabra de promesa alguna; en vano, pues, se busca la ceremonia para confirmar la promesa. Además, ninguna de las ceremonias que usan aquí la ha ordenado Dios. Se sigue, pues, que no hay sacramento alguno.

El último sacramento que cuentan es el matrimonio, que, así como todos reconocen que fue instituido por Dios, así también nadie entendió que fuera sacramento hasta el tiempo del papa Gregorio. ¿Y qué hombre sensato habría imaginado tal cosa? La ordenanza de Dios es buena y santa; también lo son los oficios de labradores, albañiles, zapateros y barberos, y sin embargo no son sacramentos. Porque para ser sacramento no basta que sea obra de Dios, sino que es necesario que sea una ceremonia externa ordenada por Dios para confirmar alguna promesa. Y que no hay nada semejante en el matrimonio, lo juzgarán hasta los niños. Pero dicen que es señal de una cosa sagrada, es decir, de la unión espiritual entre Cristo y su Iglesia. Si por la palabra «señal» entienden una marca o señal que Dios nos ha dado para sostener nuestra fe, están muy lejos del blanco. Si entienden simplemente por señal lo que se propone como comparación, mostraré con qué sutileza argumentan. San Pablo dice: «Una estrella es diferente de otra en gloria; así también es la resurrección de los muertos» (1 Co 15:41-42). He aquí un sacramento. Cristo dice: «El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza». He aquí otro. Y también: «El reino de los cielos es semejante a la levadura» (Mt 13:31, 33). He aquí un tercer sacramento. Isaías dice: «Como pastor apacentará su rebaño» (Is 40:11). He aquí el cuarto. Y en otro lugar: «Jehová saldrá como gigante» (Is 42:13). He aquí el quinto. ¿Y cuándo acabarán los sacramentos? No habría nada que, según esta razón, no fuera sacramento. Cuantas comparaciones y parábolas hay en la Escritura, tantos sacramentos habría. Y hasta el robo sería sacramento, porque está escrito: «El día del Señor vendrá así como ladrón» (1 Ts 5:2). ¿Quién podría soportar a estos sofistas que desvarían tan locamente? Reconozco que cada vez que vemos una vid es muy bueno recordar lo que dice el Señor: «Yo soy la vid, vosotros los pámpanos, y mi Padre es el labrador» (Jn 15:1, 5). Y cuando vemos a un pastor, es muy bueno acordarnos de lo que dice Cristo: «Yo soy el buen pastor; mis ovejas oyen mi voz» (Jn 10:11). Pero si alguien quisiera hacer sacramentos de todas estas comparaciones, habría que mandarlo al médico para que le curara la melancolía y la locura.

Con todo, alegan las palabras de san Pablo en las que, según dicen, el matrimonio se llama sacramento: «El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este sacramento; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia» (Ef 5:28-32). Pero tratar así la Escritura es mezclar el cielo con la tierra. San Pablo, queriendo mostrar a los maridos el amor singular que deben tener a sus mujeres, les propone a Cristo como ejemplo. Porque así como él derramó todos los tesoros de su amor sobre la Iglesia, a la que se había unido, así también es necesario que cada uno ame a su mujer y la sustente en este amor. Sigue después: «El que ama a su mujer, a sí mismo se ama, como Cristo amó a la iglesia». Y para explicar cómo Cristo amó a la Iglesia como a sí mismo, o mejor dicho, cómo se hizo una misma cosa con su esposa la Iglesia, le aplica lo que Moisés cuenta que dijo Adán; porque cuando el Señor trajo a Eva delante de Adán, que sabía que había sido formada de su costilla, dijo: «Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gn 2:23). San Pablo afirma que todo esto se ha cumplido en Cristo y en nosotros cuando nos llama miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos, o mejor dicho, una misma carne con él. Al final concluye con una exclamación, diciendo: «Grande es este misterio». Y para que nadie se engañara con la ambigüedad, dice expresamente que no habla de la unión carnal del marido y la mujer, sino del matrimonio espiritual de Cristo y de su Iglesia. Y ciertamente es un misterio muy grande que Cristo haya permitido y soportado que se le quitara una costilla de la cual fuéramos formados; es decir, que siendo él fuerte, quiso hacerse débil para fortalecernos con su fuerza, para que ya no vivamos nosotros, sino que él viva en nosotros (Gá 2:20).

Los ha engañado la palabra «sacramento» que figura en la Vulgata. ¿Pero era justo que toda la Iglesia pagara por su ignorancia? San Pablo había dicho «misterio», que significa secreto; y aunque el traductor podía traducir «secreto», o dejar la palabra griega «misterio», que era bastante usada entre los latinos, prefirió traducir «sacramento», pero no en otro sentido que el que san Pablo había dado en griego al decir «misterio». ¡Que griten ahora contra el conocimiento de las lenguas, por cuya ignorancia se engañan en algo tan claro y tan manifiesto! ¿Pero por qué insisten tanto aquí en la palabra «sacramento», y cuando les parece la pasan por alto sin hacerle caso? Porque el traductor la usó también en la primera Epístola a Timoteo, y muchísimas veces en esta misma Epístola a los Efesios, y no con otro significado que el de misterio (1 Ti 3:9; Ef 1:9). Y aunque se les perdone esta falta, al menos sería bueno que los mentirosos tuvieran memoria para no contradecirse después. Pero ahora, después de haber adornado el matrimonio con el título de sacramento, lo llaman luego suciedad, polución e inmundicia carnal: ¿qué inconstancia y ligereza es esta (Pedro Lombardo, Sentencias, libro 4, distinción 17, cap. 4; Decreto, causa 27, cuestión 2, cap. Cum societas; glosa al cap. Lex divina)? ¡Qué absurdo es prohibir el matrimonio a los sacerdotes! Si dicen que no se les prohíbe el sacramento, sino el placer del acto o la cópula carnal, no escaparán con esto. Porque enseñan que la cópula carnal es sacramento, y que en ella se figura la unión que tenemos con Cristo en conformidad de naturaleza, puesto que el marido y la mujer no se hacen una sola carne sino en la cópula carnal (Decreto, en el mismo lugar). Aunque algunos de ellos han hallado aquí dos sacramentos: uno de Dios y el alma, en el esposo y la esposa; y otro de Cristo y la Iglesia, en el marido y la mujer (Pedro Lombardo, Sentencias, libro 4, distinción 33, cap. 2; Decreto, causa 32, cuestión 2, cap. Quicquid). Sea como sea, la cópula carnal es sacramento, y no es lícito apartar de él a ningún cristiano. A menos que quieran decir que los sacramentos de los cristianos concuerdan tan mal entre sí que de ningún modo pueden hallarse juntos. Hay todavía otro inconveniente en su doctrina. Afirman que en el sacramento se da la gracia del Espíritu Santo y confiesan que la cópula carnal es sacramento; y sin embargo niegan que el Espíritu Santo esté jamás presente en ella.

Y para no engañar a la Iglesia en una sola cosa, ¡qué infinidad de errores, mentiras, engaños y bellaquerías han añadido a este error! De tal modo que podría decirse que, al hacer del matrimonio un sacramento, no han hecho más que buscarse un escondite para toda clase de abominaciones. Porque, una vez ganado este punto, se apropian enseguida del juicio de las causas matrimoniales, por ser cosa sagrada que no deben tocar los jueces que no son eclesiásticos. Además, han dictado leyes para afianzar su tiranía, pero tales que en parte son impías contra Dios y en parte injustas contra los hombres, como estas: que los matrimonios de jóvenes que aún están bajo la tutela de sus padres, contraídos sin el consentimiento de ellos, sean válidos e irrevocables; que los parientes no puedan casarse hasta el séptimo grado (porque su cuarto grado, según el verdadero sentido del derecho, es el séptimo), y que los matrimonios contraídos dentro de esos grados no valgan ni se mantengan. Se inventan también grados a su antojo, contra las leyes de todas las naciones y contra la ordenanza del mismo Moisés (Lv 18:6). Que no sea lícito a un hombre que haya repudiado a su mujer por adulterio tomar otra. Que los parientes espirituales, como los padrinos y las madrinas, no puedan casarse. Que nadie se case desde la Septuagésima hasta la octava de Pascua florida, ni tres semanas antes de la fiesta de san Juan Bautista (en lugar de las cuales toman ahora la de Pentecostés y las dos anteriores), ni desde el Adviento hasta la Epifanía; y otras infinitas semejantes, que sería muy largo enumerar. En suma, será bueno que salgamos de su fango, en el que ya hace mucho tiempo que estamos atascados más de lo que quisiéramos. Con todo, creo haber hecho algún bien y servicio a la Iglesia al quitar en parte la piel de león a estos asnos.

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.