Tratados sobre Juan · Agustín de Hipona

Juan 5: comentario de Agustín de Hipona (Tratados sobre Juan)

Tratado 17

1. No debería causar asombro que Dios haya hecho un milagro; lo asombroso sería que lo hubiera hecho un hombre. Más bien debemos alegrarnos, antes que asombrarnos, de que nuestro Señor y Salvador Jesucristo se haya hecho hombre, más que de que haya obrado obras divinas entre los hombres. Importa más a nuestra salvación para qué se hizo hombre que lo que hizo entre los hombres; importa más que haya sanado las faltas de las almas que el que haya sanado las dolencias de los cuerpos mortales. Pero como el alma no conocía a Aquel por quien había de ser sanada, y tenía ojos en la carne con que ver las obras corporales, pero aún no tenía sanos los ojos del corazón para reconocerle como Dios oculto en la carne, hizo lo que el alma podía ver, para sanar aquello con lo cual no podía ver.

Entró en un lugar donde yacía una gran multitud de enfermos: ciegos, cojos, paralíticos; y siendo el médico de las almas y de los cuerpos, y habiendo venido a sanar todas las almas de los que habían de creer, de entre aquellos enfermos escogió a uno para sanarlo, significando con ello la unidad. Si al hacer esto lo consideramos con una mente común, con el mero entendimiento y juicio humanos, en cuanto al poder no fue gran cosa lo que hizo; y en cuanto a la bondad hizo demasiado poco. Yacían allí tantos, y sin embargo solo uno fue sanado, siendo que con una palabra pudo haberlos levantado a todos. ¿Qué hemos de entender, entonces, sino que el poder y la bondad obraban lo que las almas pudieran entender, por sus obras, para su salvación eterna, más que lo que los cuerpos pudieran ganar en salud temporal? Porque la verdadera salud de los cuerpos, la que se espera del Señor, será al fin, en la resurrección de los muertos. Lo que entonces viva no volverá a morir; lo que sea sanado no volverá a enfermar; lo que sea saciado no volverá a tener hambre ni sed; lo que sea renovado no envejecerá. Pero en este tiempo, en cambio, los ojos de los ciegos que fueron abiertos por aquellos actos de nuestro Señor y Salvador Jesucristo se cerraron de nuevo en la muerte; y los miembros de los paralíticos que recobraron fuerza se aflojaron otra vez en la muerte; y todo lo que fue sanado por un tiempo en miembros mortales vino a parar en nada al final; pero el alma que creyó pasó a la vida eterna. Así, al alma que había de creer, cuyos pecados había venido a perdonar, y para sanar cuyas dolencias se había humillado, le dio una prueba significativa con la curación de este paralítico. Del profundo misterio de este hecho y de esta prueba, hasta donde el Señor se digne concedérnoslo, mientras vosotros estáis atentos y ayudáis nuestra debilidad con la oración, hablaré según tenga capacidad. Y lo que yo no pueda hacer, os lo suplirá Aquel con cuya ayuda hago lo que puedo.

2. De este estanque, rodeado de cinco pórticos, en los cuales yacía una gran multitud de enfermos, recuerdo que he tratado muy a menudo; y la mayoría de vosotros recordaréis conmigo lo que voy a decir, más que conocerlo por primera vez. Pero de ningún modo es inútil volver sobre lo ya sabido, para que los que no lo saben sean instruidos y los que lo saben sean afirmados. Por tanto, como son cosas ya conocidas, hay que tocarlas brevemente, no inculcarlas con detenimiento. Ese estanque y esa agua me parecen haber significado al pueblo judío. Que bajo el nombre de aguas se significan pueblos, nos lo indica claramente el Apocalipsis de Juan, donde, después de habérsele mostrado muchas aguas y de haber preguntado qué eran, se le respondió que eran pueblos. Aquella agua, pues —es decir, aquel pueblo—, estaba encerrada por los cinco libros de Moisés, como por cinco pórticos. Pero esos libros sacaban a la luz a los enfermos, no los sanaban. Porque la ley convencía de culpa a los pecadores, no los absolvía. Así, la letra, sin la gracia, hacía culpables a los hombres, a quienes la gracia libraba cuando confesaban. Porque esto es lo que dice el apóstol: «Porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley». ¿Para qué, entonces, fue dada la ley? Continúa diciendo: «Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes». ¿Qué más claro? ¿No nos han explicado estas palabras tanto los cinco pórticos como la multitud de enfermos? Los cinco pórticos son la ley. ¿Por qué los cinco pórticos no sanaban a los enfermos? Porque «si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley». ¿Por qué, entonces, los pórticos contenían a los que no sanaban? Porque «la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes».

3. ¿Qué se hizo, entonces, para que los que no podían ser sanados en los pórticos fuesen sanados en aquella agua después de ser agitada? Porque de repente se veía el agua agitada, y no se veía aquello por lo cual era agitada. Puedes creer que esto solía hacerse por virtud angélica, pero no sin que encerrara algún misterio. Después de agitada el agua, el que podía se arrojaba dentro, y solo ese era sanado; todo el que entraba después de aquel, entraba en vano. ¿Qué significa esto, sino que vino uno, Cristo, al pueblo judío, y haciendo grandes cosas, enseñando cosas provechosas, agitó a los pecadores, agitó el agua con su presencia y la impulsó hacia su propia muerte? Pero estaba oculto el que agitaba. Porque si le hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de la gloria. Por eso, descender al agua agitada significa creer en la muerte del Señor. Allí solo uno fue sanado, significando la unidad: el que venía después no era sanado, porque quien esté fuera de la unidad no puede ser sanado.

4. Veamos ahora qué quiso significar en el caso de aquel a quien él mismo, guardando el misterio de la unidad, como dije antes, se dignó sanar de entre tantos enfermos. Halló en el número de los años de este hombre, por así decirlo, el número de la enfermedad: «Había estado treinta y ocho años enfermo». Cómo este número se refiere más a la debilidad que a la salud, ha de exponerse con algo más de cuidado. Quiero que estéis atentos; el Señor nos ayudará para que yo hable como conviene y vosotros oigáis lo bastante. El número cuarenta se nos recomienda como consagrado por una especie de perfección. Esto, supongo, os es bien conocido, amadísimos. Las Santas Escrituras lo atestiguan muy a menudo. El ayuno fue consagrado por este número, como bien sabéis. Pues Moisés ayunó cuarenta días, y Elías otros tantos; y nuestro Señor y Salvador Jesucristo cumplió él mismo este número de ayuno. Por Moisés se significa la ley; por Elías, los profetas; por el Señor, el evangelio. Por eso aparecieron estos tres en aquel monte, donde se mostró a sus discípulos en el resplandor de su rostro y de su vestido. Pues apareció en medio, entre Moisés y Elías, como el evangelio tenía el testimonio de la ley y de los profetas. Ya sea, pues, en la ley, ya en los profetas, ya en el evangelio, el número cuarenta se nos recomienda en el caso del ayuno. Ahora bien, el ayuno, en su sentido amplio y general, es abstenerse de las iniquidades y de los placeres ilícitos del mundo, y este es el ayuno perfecto: «Que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente». ¿Qué galardón une el apóstol a este ayuno? Continúa diciendo: «Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo». En este mundo, pues, celebramos, por así decirlo, los cuarenta días de abstinencia, cuando vivimos rectamente y nos abstenemos de iniquidades y de placeres ilícitos. Pero como esta abstinencia no será sin recompensa, aguardamos «la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo». En esa esperanza, cuando haya llegado la realidad de la esperanza, recibiremos nuestro salario, un denario. Pues este es el salario dado a los obreros que trabajan en la viña, como presumo que recordáis; porque no hemos de repetirlo todo, como si hablásemos a personas del todo ignorantes e inexpertas. Se da, pues, un denario, que toma su nombre del número diez, y este, unido a los cuarenta, hace cincuenta; de ahí que antes de la Pascua guardemos la Cuaresma con trabajo, pero después de la Pascua guardemos la Quincuagésima con gozo, como quienes han recibido su salario. Así, a esto, como al saludable trabajo de una buena obra, que corresponde al número cuarenta, se añade el denario del reposo y de la felicidad, para que se haga el número cincuenta.

5. El Señor Jesús mismo mostró esto también con mucha más claridad, cuando convivió en la tierra con sus discípulos durante cuarenta días después de su resurrección; y habiendo subido al cielo el día cuadragésimo, al cabo de diez días envió el salario, el Espíritu Santo. Estas cosas se hicieron en señales, y por una especie de señales se anticiparon las realidades mismas. Con signos significativos somos alimentados, para poder llegar a las realidades permanentes. Somos obreros, y trabajamos todavía en la viña: cuando acabe el día y termine la obra, se pagará el salario. Pero ¿qué obrero podrá resistir hasta recibir el salario si no se le alimenta mientras trabaja? Tú mismo no darás a tu obrero solo el salario; ¿no le darás también con qué reparar sus fuerzas en el trabajo? Ciertamente alimentas a aquel a quien has de dar el salario. De la misma manera hace también el Señor: en esos signos significativos de las Escrituras nos alimenta mientras trabajamos. Porque si se nos quitara aquel gozo de entender los santos misterios, desfalleceríamos en el trabajo, y no habría quien llegara a la recompensa.

6. ¿Cómo, pues, se perfecciona la obra en el número cuarenta? La razón, tal vez, es que la ley fue dada en diez preceptos y había de predicarse por todo el mundo; y este mundo entero, hemos de notar, consta de cuatro partes, oriente y occidente, sur y norte, de donde el número diez, multiplicado por cuatro, da cuarenta. O quizá porque la ley se cumple por el evangelio, que tiene cuatro libros: pues en el evangelio se dice: «No he venido para abrogar la ley, sino para cumplirla». Sea, pues, por esta razón o por aquella, o por alguna otra más probable que está oculta para nosotros, pero no para hombres más doctos, lo cierto es que en el número cuarenta se significa una cierta perfección en las buenas obras, las cuales se practican sobre todo mediante una especie de abstinencia de los deseos ilícitos del mundo, es decir, mediante el ayuno en sentido general.

Oíd también al apóstol cuando dice: «El amor es el cumplimiento de la ley». ¿De dónde viene el amor? De la gracia de Dios, del Espíritu Santo. Porque no podríamos tenerlo de nosotros mismos, como si lo produjéramos para nosotros. Es don de Dios, y gran don es: porque, dice, «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado». Por eso el amor completa la ley, y con toda verdad se dice: «El amor es la perfección de la ley». Indaguemos acerca de este amor, de qué manera nos lo recomienda el Señor. Recordad lo que dejé asentado: quiero explicar el número treinta y ocho de los años de aquel paralítico, por qué ese número treinta y ocho es más de debilidad que de salud. Ahora bien, como decía, el amor cumple la ley. El número cuarenta pertenece a la perfección de la ley en todas las obras; pero en el amor se nos confían dos preceptos. Tened ante los ojos, os ruego, y fijad en la memoria lo que digo; no seáis menospreciadores de la palabra, para que vuestra alma no se haga camino pisoteado, donde la semilla echada no puede brotar, «y vienen las aves del cielo y se la comen». Recibidla y guardadla en vuestros corazones. Los preceptos del amor que el Señor nos ha dado son dos: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente»; y: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas». Con razón echó la viuda «dos blancas», toda su sustancia, en las ofrendas de Dios; con razón tomó el mesonero «dos» denarios para el hombre herido por los ladrones, para su curación; con razón pasó Jesús dos días con los samaritanos, para afirmarlos en el amor. Así, aunque por este número dos se significa en general algo bueno, de manera muy especial se nos presenta por él el amor en su doble carácter. Si, pues, el número cuarenta posee la perfección de la ley, y la ley solo se cumple en los dos preceptos gemelos del amor, ¿por qué te maravillas de que estuviera débil y enfermo el que le faltaban dos para cuarenta?

7. Veamos, pues, ahora el sagrado misterio por el cual este paralítico es sanado por el Señor. Vino el Señor mismo, el Maestro del amor, lleno de amor, «acortando», como de él se había predicho, «la palabra sobre la tierra», y mostró que la ley y los profetas dependen de dos preceptos de amor. De estos dependían Moisés con su número cuarenta, y de estos Elías con el suyo; y el Señor trajo este número en su testimonio. Este paralítico es sanado por el Señor en persona; pero antes de sanarlo, ¿qué le dice? «¿Quieres ser sano?» El hombre respondió que no tenía quién lo metiera en el estanque. En verdad necesitaba un «hombre» para su curación, pero un «hombre» que fuera también Dios. «Porque hay un solo Dios, y un solo Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre». Vino, pues, el Hombre que se necesitaba: ¿por qué habría de retrasarse la curación? «Levántate —dice—, toma tu lecho y anda». Dijo tres cosas: «Levántate», «Toma tu lecho» y «Anda». Pero aquel «Levántate» no era un mandato de hacer una obra, sino la operación de la curación. Y el hombre, ya sano, recibió dos mandatos: «Toma tu lecho» y «Anda». Os pregunto: ¿por qué no bastaba decir «Anda»? O, al menos, ¿por qué no bastaba decir «Levántate»? Porque, una vez levantado sano, el hombre no se habría quedado en el lugar. ¿No se habría levantado precisamente para irse? Mi parecer es que Aquel que halló al hombre falto de dos cosas le dio estos dos preceptos: pues al ordenarle hacer dos cosas, es como si llenara lo que le faltaba.

8. ¿Cómo, pues, hallamos indicados los dos preceptos del amor en estos dos mandatos del Señor? «Toma tu lecho —dice— y anda». Cuáles son los dos preceptos, hermanos míos, recordadlo conmigo. Porque deben seros del todo familiares, y no solo venir a vuestra mente cuando nosotros los recitamos, sino que nunca debieran borrarse de vuestros corazones. Sea siempre vuestro pensamiento supremo que debéis amar a Dios y al prójimo: «a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente; y al prójimo como a ti mismo». Esto debe ser siempre ponderado, meditado, retenido, practicado y cumplido. El amor de Dios es primero en el orden del gozar; pero en el orden del obrar, es primero el amor del prójimo. Porque Aquel que te mandó este amor en dos preceptos no te encargó amar primero al prójimo y después a Dios, sino primero a Dios, después al prójimo. Tú, sin embargo, como todavía no ves a Dios, merecerás verle amando al prójimo; amando al prójimo purificas tu ojo para ver a Dios, como dice claramente Juan: «El que no ama a su hermano, a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios, a quien no ve?». Mira, se te dice: «Ama a Dios». Si me dices: «Muéstramelo, para que le ame», ¿qué he de responderte sino lo que dice el mismo Juan: «Nadie ha visto jamás a Dios»? Y para que no te creas del todo ajeno a ver a Dios, dice: «Dios es amor; y el que permanece en el amor permanece en Dios». Ama, pues, a tu prójimo; mira la fuente de tu amor al prójimo; allí verás, como puedas, a Dios. Comienza, pues, a amar a tu prójimo. «Parte tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes recoge en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano». Y al hacer esto, ¿qué obtendrás en consecuencia? «Entonces nacerá tu luz como el alba». Tu luz es tu Dios, un «alba» para ti, porque vendrá a ti después de la noche de este mundo: pues él ni sale ni se pone, porque permanece siempre. Será un alba para ti a tu regreso, él que se puso para ti cuando te apartaste de él. Por tanto, en ese «Toma tu lecho», me parece que quiso decir: Ama a tu prójimo.

9. Pero por qué el amor al prójimo se presenta mediante el tomar el lecho, está aún cerrado y, según supongo, necesita ser explicado; a no ser que tal vez nos ofenda que el prójimo sea indicado por medio de un lecho, una cosa torpe y sin sentido. No se enoje mi prójimo si se nos presenta por una cosa sin alma y sin sentimiento. El Señor mismo, nuestro Salvador Jesucristo, es llamado la piedra angular, para edificar en sí mismo a los dos. Se le llama también roca, de la cual manó agua: «Y la roca era Cristo». ¿Qué tiene de extraño, entonces, que, si Cristo es llamado roca, el prójimo sea llamado madera? Pero no una madera cualquiera; como tampoco aquella era una roca cualquiera, sino aquella de la cual manó agua para los sedientos; ni una piedra cualquiera, sino una piedra angular, que unía en sí dos paredes que venían de lados distintos. Así tampoco debes tomar a tu prójimo por una madera cualquiera, sino por un lecho. ¿Qué hay, pues, en un lecho? ¿Qué, sino que el paralítico era llevado en él, pero, ya sano, lleva el lecho? ¿Qué dice el apóstol? «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo». Ahora bien, la ley de Cristo es el amor, y el amor no se cumple si no sobrellevamos las cargas unos de otros. «Soportándoos unos a otros en amor —dice—, procurando guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz». Cuando eras débil, tu prójimo te llevó; ya estás sano: lleva a tu prójimo. Así llenarás, oh hombre, lo que te faltaba. «Toma tu lecho», pues. Pero cuando lo hayas tomado, no te quedes en el lugar; «anda». Amando a tu prójimo, cuidando de tu prójimo, realizas tu marcha. ¿Adónde va tu camino sino al Señor Dios, a quien debemos amar con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente? Porque aún no hemos llegado al Señor, pero tenemos con nosotros a nuestro prójimo. Llévale, pues, mientras caminas, para que llegues a Aquel con quien deseas permanecer. Por tanto, «toma tu lecho y anda».

10. El hombre lo hizo, y los judíos se escandalizaron. Porque veían a un hombre llevando su lecho en día de reposo, y no reprocharon al Señor el haberlo sanado en sábado, pues él habría podido responderles que si alguno de ellos tuviera una bestia caída en un pozo, ciertamente la sacaría en día de reposo y salvaría su bestia; y así, ahora no le objetaron que un hombre fuera sanado en sábado, sino que el hombre llevaba su lecho. Pero si la curación no debía diferirse, ¿había también que mandar una obra? «No te es lícito —dicen— hacer lo que haces: llevar tu lecho». Y él, en su defensa, puso delante de sus censores al autor de su curación, diciendo: «El que me sanó, él mismo me dijo: Toma tu lecho y anda». ¿No había de recibir órdenes de aquel de quien recibí la salud? Y dijeron: «¿Quién es el que te dijo: Toma tu lecho y anda?».

11. «Pero el que había sido sanado no sabía quién era» el que le había dicho esto. «Porque Jesús», cuando hubo hecho esto y le hubo dado esta orden, «se apartó de él entre la multitud». Mirad cómo se cumple también esto. Llevamos a nuestro prójimo y caminamos hacia Dios; pero a Aquel hacia quien caminamos no le vemos todavía: por eso también aquel hombre no conocía aún a Jesús. El misterio que aquí se nos da a entender es que creemos en Aquel a quien aún no vemos; y para que no sea visto, se aparta entre la multitud. Es difícil ver a Cristo en una multitud: nuestra mente necesita cierta soledad; es por una cierta soledad de contemplación como Dios es visto. La multitud tiene ruido; este ver requiere secreto. «Toma tu lecho» —siendo tú mismo llevado, lleva a tu prójimo—; «y anda», para que llegues a la meta. No busques a Cristo en la multitud: no es como uno de la multitud; él sobrepasa a toda multitud. Aquel gran pez subió primero del mar, y se sienta en el cielo intercediendo por nosotros: como gran sumo sacerdote entró solo en lo interior del velo; la multitud queda fuera. Tú anda, llevando a tu prójimo, si has aprendido a llevar, tú que solías ser llevado. En fin, aun ahora todavía no conoces a Jesús, todavía no ves a Jesús: ¿qué sigue después? Puesto que aquel hombre no dejó de tomar su lecho y andar, «Jesús le halló después en el templo». No vio a Jesús en la multitud, le vio en el templo. El Señor Jesús, ciertamente, le vio tanto en la multitud como en el templo; pero el paralítico no conoce a Jesús en la multitud, y le conoce en el templo. El hombre llegó, pues, al Señor: le vio en el templo, le vio en un lugar consagrado, le vio en un lugar santo. ¿Y qué le dice el Señor? «Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga algo peor».

12. El hombre, pues, después de ver a Jesús y de reconocerle como el autor de su curación, no fue perezoso en predicar a Aquel a quien había visto: «Se fue, y dio aviso a los judíos de que Jesús era el que le había sanado». Les llevó la noticia, y ellos se enfurecieron contra él; él predicó su propia salvación, ellos no buscaron la suya.

13. Los judíos perseguían al Señor Jesús porque hacía estas cosas en día de reposo. Oigamos ahora la respuesta que el Señor dio a los judíos. Os he dicho cómo suele responder acerca de la curación de los hombres en sábado: que ellos no solían descuidar en sábado a su ganado, ni sacándolo ni dándole de comer. ¿Qué responde acerca de llevar el lecho? Una obra corporal manifiesta se hizo ante los ojos de los judíos; no una curación del cuerpo, sino una obra corporal, que no parecía tan necesaria como la curación. Declare, pues, el Señor abiertamente que el sacramento del sábado, el signo mismo de guardar un día, fue dado a los judíos por un tiempo, pero que el cumplimiento del sacramento había llegado en él. «Mi Padre hasta ahora trabaja —dice—, y yo trabajo». Suscitó entre ellos una gran conmoción: el agua es agitada por la venida del Señor, pero el que la agita no es visto. Con todo, un gran enfermo ha de ser sanado por el agua agitada: el mundo entero, por la muerte del Señor.

14. Veamos, pues, la respuesta dada por la Verdad: «Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo». ¿Es falso, entonces, lo que dijo la Escritura, que «Dios reposó de todas sus obras el día séptimo»? ¿Y habla el Señor Jesús contra esta Escritura administrada por Moisés, cuando él mismo dice a los judíos: «Si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él»? Ved, pues, si Moisés no quiso que fuera significativo de algo el que «Dios reposó el día séptimo». Porque Dios no se había fatigado al hacer la obra de su creación, ni necesitaba reposo como un hombre. ¿Cómo pudo fatigarse quien hizo por una palabra? Y, sin embargo, es verdad que «Dios reposó de sus obras el día séptimo»; y también es verdad lo que dice Jesús: «Mi Padre hasta ahora trabaja». Pero ¿quién puede desplegarlo con palabras, un hombre ante hombres, un débil ante débiles, un ignorante ante los que buscan aprender; y si acaso entiende algo, incapaz de sacarlo a luz y desplegarlo ante hombres que quizá con dificultad lo reciben, si es que lo recibido puede en algún modo desplegarse? ¿Quién, digo, hermanos míos, puede desplegar con palabras cómo Dios obra reposando y reposa obrando? Os ruego que dejéis este asunto para más adelante, mientras avanzáis en el camino; pues este ver requiere el templo de Dios, requiere el lugar santo. Llevad a vuestro prójimo, y andad. Lo veréis en aquel lugar donde no necesitaréis las palabras de los hombres.

15. Quizá podemos decir con más propiedad que en las palabras «Dios reposó el día séptimo» él significó, con un gran misterio, al Señor y Salvador nuestro Jesucristo mismo, que habló y dijo: «Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo». Porque el Señor Jesús es, por supuesto, Dios. Pues es el Verbo de Dios, y habéis oído que «en el principio era el Verbo»; y no una palabra cualquiera, sino que «el Verbo era Dios, y todas las cosas por él fueron hechas». Quizá fue significado como quien había de reposar el día séptimo de todas sus obras. Porque leed el Evangelio, y ved cuán grandes obras hizo Jesús. Obró nuestra salvación en la cruz, para que se cumpliera en él todo lo predicho por los profetas. Fue coronado de espinas; colgó del madero; dijo: «Tengo sed»; recibió vinagre en una esponja, para que se cumpliera lo que se dijo: «Y en mi sed me dieron a beber vinagre». Y cuando todas sus obras fueron cumplidas, el sexto día de la semana, inclinó la cabeza y entregó el espíritu, y en el día de reposo reposó en el sepulcro de todas sus obras. Por eso es como si dijera a los judíos: «¿Por qué esperáis que yo no obre en sábado? El día de reposo fue instituido para vosotros como señal de mí. Vosotros observáis las obras de Dios: yo estaba allí cuando fueron hechas, por mí fueron todas hechas; yo las conozco. “Mi Padre hasta ahora trabaja”. El Padre hizo la luz, pero habló para que hubiera luz; si habló, fue por su Verbo como la hizo: yo era, soy su Verbo; por mí fue hecho el mundo en aquellas obras, por mí es regido el mundo en estas obras. Mi Padre obró cuando hizo el mundo, y hasta ahora obra mientras rige el mundo: por tanto, por mí hizo cuando hizo, y por mí rige mientras rige». Esto dijo, pero ¿a quiénes? A hombres sordos, ciegos, cojos, paralíticos, que no reconocían al médico y, como si en un frenesí hubieran perdido el juicio, querían matarle.

16. Además, ¿qué dijo el evangelista a continuación? «Por esto los judíos procuraban con más empeño matarle, porque no solo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre»; no de cualquier modo, sino ¿cómo? «Haciéndose igual a Dios». Porque todos decimos a Dios: «Padre nuestro que estás en los cielos»; leemos también que los judíos dijeron: «Tú eres nuestro Padre». Por tanto, no se airaron por esto, porque dijera que Dios era su Padre, sino porque lo dijo de una manera muy distinta de la de los hombres. Ved que los judíos entienden lo que los arrianos no entienden. Los arrianos, en efecto, dicen que el Hijo no es igual al Padre, y por eso la herejía fue expulsada de la Iglesia. Mirad, los más ciegos, los mismos matadores de Cristo, entendieron aún las palabras de Cristo. No entendieron que él era el Cristo, ni entendieron que era el Hijo de Dios; pero entendieron, con todo, que en estas palabras se les anunciaba un Hijo de Dios tal que sería igual a Dios. Quién era, no lo sabían; con todo, reconocían que se declaraba a uno tal, en cuanto «decía que Dios era su Padre, haciéndose igual a Dios». ¿No era, pues, igual a Dios? Él no se hizo igual, sino que el Padre lo engendró igual. Si él se hiciera igual, caería por robo. Porque aquel que quiso hacerse igual a Dios, no siéndolo, cayó, y de ángel se hizo diablo, y dio al hombre aquella copa de soberbia por la cual él mismo fue derribado. Pues este caído dijo al hombre, envidiando su posición: «Gustad, y seréis como dioses»; es decir, apoderaos por usurpación de lo que no se os ha hecho, pues yo también he sido derribado por robo. No presentó esto como suyo, pero a esto persuadió. Cristo, en cambio, fue engendrado igual al Padre, no hecho; engendrado de la sustancia del Padre. De ahí que el apóstol lo declare así: «El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse». ¿Qué significa «no estimó como cosa a que aferrarse»? No usurpó la igualdad con Dios, sino que estaba en aquella igualdad en que fue engendrado. ¿Y cómo íbamos a llegar nosotros al Dios igual? «Se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo». Pero se despojó no perdiendo lo que era, sino tomando lo que no era. Los judíos, despreciando esta forma de siervo, no podían entender al Señor Cristo igual al Padre, aunque no dudaban en lo más mínimo de que él lo afirmaba de sí mismo, y por eso se enfurecían; y sin embargo él aún los soportaba y buscaba su curación mientras se enfurecían contra él.

Tratados 18, 19, 20 y 23

Tratado 18 · Juan 5:19

1. Juan el evangelista, entre sus compañeros y colegas los demás evangelistas, recibió del Señor (sobre cuyo pecho se recostó en la cena, significando con ello que bebía secretos más profundos de su corazón más íntimo) este don especial y propio: proclamar acerca del Hijo de Dios cosas que quizá despiertan las mentes atentas de los pequeños, pero no pueden saciarlas, pues todavía no son capaces de recibirlas; mientras que a las mentes de crecimiento algo mayor, que llegan a cierta edad de madurez interior, les da en estas palabras algo con que ejercitarse y alimentarse a la vez. Lo oísteis cuando se leyó, y recordáis cómo surgió este discurso. Pues ayer se leyó que «por eso los judíos procuraban matar a Jesús, porque no solo quebrantaba el sábado, sino que también decía que Dios era su Padre, haciéndose igual a Dios». Lo que desagradó a los judíos agradó al Padre. Esto, sin duda, agrada también a los que honran al Hijo como honran al Padre; pues si no les agrada, ellos no serán agradables. Porque Dios no será mayor porque a ti te agrade, pero tú serás menor si te desagrada. Ahora bien, frente a esta calumnia suya, que procedía de la ignorancia o de la malicia, el Señor no dice en absoluto lo que ellos pudieran entender, sino aquello con lo que fueran agitados y turbados y, al turbarse, buscaran quizá al Médico. Y dijo lo que había de quedar escrito, para que después lo leyéramos también nosotros. Ya hemos visto lo que sucedió en el corazón de los judíos cuando oyeron estas palabras; considerad más a fondo lo que sucede en nosotros mismos cuando las oímos. Pues las herejías y ciertas doctrinas de perversidad, que enredan las almas y las precipitan al abismo, no han brotado sino cuando las buenas Escrituras no se entienden bien, y lo que en ellas no se entiende bien se afirma con temeridad y osadía. Y así, amadísimos, debemos oír con mucha cautela aquello para cuyo entendimiento somos todavía pequeños, y hacerlo con corazón piadoso y con temblor, como está escrito, guardando esta regla de sanidad: que nos alegremos, como con alimento, en lo que hemos podido entender, conforme a la fe de que estamos imbuidos; y que lo que todavía no hemos podido entender lo dejemos a un lado sin dudar, y aplacemos su entendimiento por un tiempo; es decir, que aun sin saber todavía qué es, no dudemos en lo más mínimo de que es bueno y verdadero. Y en cuanto a mí, hermanos, considerad quién soy yo, que me atrevo a hablaros, y qué he emprendido: pues he tomado sobre mí tratar de cosas divinas, siendo hombre; de cosas espirituales, siendo carnal; de cosas eternas, siendo mortal. Lejos de mí, amadísimos, la vana presunción, si mi conversación ha de ser sana en la casa de Dios, «que es la Iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad». Según mi medida tomo lo que os presento: donde se abre, veo con vosotros; donde está cerrado, llamo con vosotros.

2. Los judíos, pues, se conmovieron e indignaron: con razón, ciertamente, porque un hombre osaba hacerse igual a Dios; pero sin razón en esto, que en el hombre no entendían a Dios. Veían la carne, y a Dios no lo conocían; observaban la morada, e ignoraban al morador. Aquella carne era un templo, y dentro moraba Dios. No fue la carne lo que Jesús hizo igual al Padre, no fue la forma de siervo lo que comparó con el Señor; no lo que llegó a ser por nosotros, sino lo que era cuando nos hizo. Pues quién es Cristo (hablo a católicos) lo sabéis, porque habéis creído rectamente: no solo Verbo, ni solo carne, sino que el Verbo se hizo carne para habitar entre nosotros. Os recito de nuevo, acerca del Verbo, lo que sabéis: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios»: aquí está la igualdad con el Padre. Pero «el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros». Mayor que esta carne es el Padre. Así el Padre es a la vez igual y mayor: igual al Verbo, mayor que la carne; igual a aquel por quien nos hizo, mayor que aquel que fue hecho por nosotros. Con esta sana regla católica, que debéis conocer especialmente, que vosotros, que la conocéis, mantenéis firme, de la cual vuestra fe no debe resbalar en ningún caso, y que ningún argumento de hombres ha de arrancar de vuestro corazón, midamos las cosas que entendemos; y las que quizá no entendemos, dejémoslas para ser medidas después por esta regla, cuando seamos capaces de hacerlo. Lo conocemos, pues, como igual al Padre, como Hijo de Dios, porque lo conocemos en el principio como Dios Verbo. ¿Por qué, entonces, los judíos procuraban matarlo? «Porque no solo quebrantaba el sábado, sino que también decía que Dios era su Padre, haciéndose igual a Dios»: veían la carne, no veían al Verbo. Hable, pues, contra ellos el Verbo por medio de la carne; hable el morador por medio de su morada, para que quien pueda sepa quién es el que habita dentro.

3. ¿Qué les dice, pues? «Respondió entonces Jesús, y les dijo», indignado porque se hacía igual a Dios: «De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre». Lo que los judíos respondieron a estas palabras no está escrito, y quizá no dijeron nada. Pero ciertos hombres que quieren ser tenidos por cristianos no callan, sino que de estas palabras conciben de algún modo ciertas opiniones contrarias a nosotros, que no han de despreciarse, tanto por ellos como por nosotros. Los herejes arrianos, en efecto, mientras sostienen que el Hijo, que tomó carne, es menor que el Padre, no por la carne, sino antes de tomar carne, y que no es de la misma sustancia que el Padre, toman de estas palabras un pretexto de tergiversación y nos replican: «Veis que el Señor Jesús, al observar que los judíos se indignaban porque se hacía igual a Dios Padre, añadió palabras como estas para mostrar que no era igual a Dios. Pues los judíos», dicen, «se irritaron contra Cristo porque se hacía igual a Dios; y Cristo, queriendo curarlos de esta impresión y mostrarles que el Hijo no es igual al Padre, es decir, a Dios, dice esto, como si dijera: ¿Por qué os enojáis? ¿Por qué os indignáis? Yo no soy igual a Dios, puesto que "no puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre". Ahora bien», dicen, «el que "no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre", es sin duda menor, no igual».

4. Que el hereje nos oiga, sobre esta regla torcida y depravada de su propio corazón, no aún reprendiéndolo, sino todavía como inquiriendo, y que nos explique lo que piensa. Pues supongo que tú, seas quien seas (pues podemos considerarlo aquí presente en persona), sostienes con nosotros que «en el principio era el Verbo». Lo sostengo, dice. ¿Y que «el Verbo era con Dios»? Esto también, dice, lo sostengo. Sigue, pues, y sostén la afirmación más fuerte que viene después: que «el Verbo era Dios». Hasta esto, dice, lo sostengo; pero, con todo, este es el Dios mayor; aquel, el Dios menor. Esto huele ya de algún modo a pagano: yo creía que hablaba con un cristiano. Si hay un Dios mayor y un Dios menor, adoramos a dos dioses, no a un solo Dios. ¿Por qué?, dice; ¿no afirmas tú también dos dioses, iguales el uno al otro? Esto no lo afirmo: pues entiendo esta igualdad como implicando también un amor indiviso; y si amor indiviso, entonces perfecta unidad. Porque si el amor que Dios puso en los hombres hace de muchos corazones de hombres un solo corazón, y hace de muchas almas de hombres una sola alma, como está escrito de los que creyeron y se amaron unos a otros, en los Hechos de los Apóstoles: «Tenían una sola alma y un solo corazón hacia Dios»; si, pues, mi alma y tu alma llegan a ser una sola alma, cuando pensamos lo mismo y nos amamos mutuamente, ¡cuánto más han de ser Dios Padre y Dios Hijo un solo Dios en la fuente del amor!

5. Pero a estas palabras, por las que tu corazón se turba, inclina tu pensamiento y reflexiona conmigo sobre lo que investigábamos acerca del Verbo. Ya sostenemos que «el Verbo era Dios». Añado a esto otra cosa: que, habiendo dicho «Este era en el principio con Dios», el evangelista añadió enseguida: «Todas las cosas por él fueron hechas». Ahora te apremiaré con preguntas, ahora te moveré contra ti mismo, y te demandaré contra ti mismo: tan solo guarda en la memoria, acerca del Verbo, que «el Verbo era Dios, y todas las cosas por él fueron hechas». Oye ahora las palabras que te movieron a afirmar que el Hijo es menor, por cuanto dijo: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre». Justamente así, dice. Explícame esto un poco: así piensas tú, supongo: que el Padre hace ciertas cosas, y el Hijo observa cómo las hace el Padre, para poder hacer él también las cosas que ve hacer al Padre. Has puesto, por así decir, dos artesanos: el Padre y el Hijo, justo como maestro y aprendiz, como suelen los padres artesanos enseñar su oficio a sus hijos. Mira, desciendo a tu sentido carnal: por un momento pienso como tú piensas; veamos si esta concepción nuestra concuerda con lo que acabamos de decir y de sostener ambos acerca del Verbo: que «el Verbo era Dios» y que «todas las cosas por él fueron hechas». Supongamos, pues, al Padre como un artesano que hace ciertas obras, y al Hijo como un aprendiz que «no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre»: observa atentamente, por así decir, las manos del Padre, para que, según lo ve formar algo, así forme él algo semejante con sus propias obras. Pero si aquí el Padre hace todas las cosas que hace, y quiere que el Hijo le preste atención y haga también él lo mismo, ¿por quién hace el Padre? ¡Vamos! Ahora es el momento de que te mantengas en tu opinión anterior, que recitaste conmigo y sostuviste conmigo: que «en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios, y todas las cosas por él fueron hechas». Pero tú, después de sostener conmigo que todas las cosas fueron hechas por el Verbo, vuelves a imaginar, con tu ingenio carnal y tu fantasía pueril, a Dios haciendo algo y al Verbo prestando atención, para que, cuando Dios haya hecho, el Verbo haga también lo semejante. Ahora bien, ¿qué hace Dios sin el Verbo? Porque si hace algo, entonces no todas las cosas fueron hechas por el Verbo; has abandonado la posición que sostenías. Pero si todas las cosas fueron hechas por el Verbo, corrige lo que entendiste mal. El Padre hizo, y hizo solo por el Verbo: ¿de qué manera presta atención el Verbo para ver al Padre haciendo, sin el Verbo, lo que el Verbo pueda hacer de modo semejante? Todo lo que el Padre ha hecho, lo hizo por el Verbo; de otro modo sería falso que «todas las cosas por él fueron hechas». Pero es verdad que «todas las cosas por él fueron hechas». ¿Quizá esto no te pareció suficiente? Pues bien: «y sin él nada fue hecho».

6. Apártate, pues, de esta sabiduría de la carne, e inquiramos de qué manera se dice: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre». Inquiramos, si somos dignos de comprenderlo. Pues confieso que es algo grande y del todo difícil: ver al Padre obrando por el Hijo; no el Padre y el Hijo haciendo cada uno sus obras particulares, sino el Padre haciendo toda obra, cualquiera que sea, por el Hijo; de modo que ninguna obra se hace por el Padre sin el Hijo, ni por el Hijo sin el Padre, porque «todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada fue hecho». Establecidas estas verdades firmísimamente en el fundamento de la fe, ¿cuál es ahora la naturaleza de este «ver»? Tú buscas, supongo, conocer al Hijo haciendo: busca primero conocer al Hijo viendo. Pues ¿qué dice, en efecto? «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre». Fíjate en lo que dijo: «sino lo que ve hacer al Padre». Primero viene el ver, después el hacer: ve para hacer. Y tú, ¿por qué buscas ahora conocer cómo hace, cuando todavía no entiendes cómo ve? ¿Por qué corres a lo que viene después, dejando lo que viene primero? Él se declara viendo y haciendo, no haciendo y viendo; porque «no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre». ¿Quieres que te explique cómo hace? Explícame tú cómo ve. Si no puedes explicar esto, tampoco yo aquello. Si todavía no eres capaz de entender esto, tampoco yo de entender aquello. Por eso busquemos cada uno, llamemos cada uno, para que cada uno merezca recibir. ¿Por qué, como si fueras sabio, reprendes injustamente a mí, que soy ignorante? Yo en cuanto al hacer, tú en cuanto al ver, siendo ambos ignorantes, preguntemos al Maestro, no disputemos puerilmente en su escuela. Sin embargo, ya hemos aprendido juntos que «todas las cosas por él fueron hechas». Es, pues, manifiesto que no es una clase distinta de obras la que hace el Padre, para que el Hijo, viéndolas, haga otras semejantes; sino que las mismas hace el Padre por el Hijo, porque todas las cosas fueron hechas por el Verbo. Ahora bien, en cuanto a cómo hace Dios, ¿quién lo sabe? ¿Cómo hizo, no diré el mundo, sino tu propio ojo, en cuyo apego carnal comparas las cosas visibles con las invisibles? Pues tú te figuras de Dios cosas como las que sueles ver con estos ojos. Pero si Dios pudiera verse con estos ojos, no habría dicho: «Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios». Así pues, tienes un ojo del cuerpo para ver a un artífice, pero aún no tienes el ojo del corazón para ver a Dios: de ahí que lo que sueles ver en un artífice quisieras trasladarlo a Dios. Deja las cosas terrenas en la tierra; pon tu corazón en lo alto.

7. ¿Qué, pues, amados? ¿Vamos a explicar lo que hemos preguntado: cómo ve el Verbo, cómo es visto el Padre por el Verbo, qué es el ver del Verbo? No soy tan audaz ni tan temerario como para prometer explicar esto, ni por mí ni por vosotros: por mucho que estime vuestra medida, conozco, con todo, la mía. Por tanto, si os parece, para no demorarlo más, recorramos el pasaje y veamos cómo los corazones carnales se turban por las palabras del Señor; turbados a este fin, para que no se queden en lo que sostienen. Que se les arranque esto, como se arranca a los niños algún juguete con que se divierten para su daño, a fin de que, como personas de mayor crecimiento, se les planten cosas más provechosas y puedan progresar, en lugar de arrastrarse por la tierra. Levántate, busca, suspira, anhela con deseo y llama a lo que está cerrado. Pero si todavía no deseamos, si todavía no buscamos con ahínco, si todavía no suspiramos, no haremos sino arrojar perlas a todos indistintamente, o hallar nosotros perlas sin importar de qué clase. Por eso, amados, quisiera mover en vuestro corazón un ardiente deseo. El buen carácter conduce al recto entendimiento: la clase de vida conduce a otra clase de vida. Una clase de vida es terrena, otra es celestial: hay una vida de bestias, otra de hombres y otra de ángeles. La vida de las bestias se excita con placeres terrenos, busca solo placeres terrenos y se arrastra tras ellos con deseo desmedido; la vida de los ángeles es solo celestial; la vida de los hombres está en medio entre la de los ángeles y la de las bestias. Si el hombre vive según la carne, está al nivel de las bestias; si vive según el Espíritu, se une a la compañía de los ángeles. Cuando vivas según el Espíritu, examina, aun en la vida angélica, si eres pequeño o crecido. Pues si todavía eres un pequeño, los ángeles te dicen: «Crece: nosotros nos alimentamos de pan; tú te nutres de leche, con la leche de la fe, para que llegues al alimento sólido de la visión». Pero si todavía hay anhelo de placeres inmundos, si los pensamientos son aún de engaño, si no se evitan las mentiras, si a las mentiras se amontonan los perjurios, ¿se atreverá un corazón tan sucio a decir: «Explícame cómo ve el Verbo»; aunque yo pueda hacerlo, aunque yo mismo ya vea? Y además, aunque yo no sea quizá de tal carácter, estoy sin embargo lejos de esta visión; ¡cuánto más abrumado de deseos terrenos estará aquel a quien no arrebata todavía este deseo de lo alto! Hay una gran diferencia entre aborrecer y desear; y también entre desear y gozar. Si vives como viven las bestias, aborreces; los ángeles tienen pleno gozo. Si, por el contrario, no vives como la bestia, ya no aborreces: algo deseas y no recibes; has comenzado, por el mismo deseo, la vida de los ángeles. Que crezca en ti y se perfeccione en ti; y que lo recibas, no de mí, sino de aquel que me hizo a mí y a ti.

8. Con todo, el Señor tampoco nos ha dejado al azar, pues al decir: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre», quiso que entendiéramos que el Padre no hace unas obras que el Hijo pueda ver y el Hijo otras obras después de haber visto hacer al Padre, sino que tanto el Padre como el Hijo hacen las mismas obras. Pues continúa diciendo: «Porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente». No es que, después de que el Padre ha hecho las obras, el Hijo haga otras igualmente; sino que «todo lo que él hace, esto también lo hace el Hijo igualmente». Si el Hijo hace esas cosas que hace el Padre, entonces el Padre hace por el Hijo; si el Padre hace por el Hijo lo que hace, entonces el Padre no hace unas y el Hijo otras, sino que las obras del Padre y del Hijo son las mismas obras. ¿Y cómo hace también el Hijo las mismas? Tanto «las mismas» como «igualmente». Por si pensaras que son las mismas, pero de modo diferente, dice: «las mismas», y «igualmente». ¿Y cómo podrían ser las mismas y no hacerse igualmente? Tomad un ejemplo, que supongo que no es demasiado grande para vosotros: cuando escribimos letras, estas se forman primero en nuestro corazón y luego en nuestra mano. Ciertamente: ¿por qué, si no, habéis asentido todos, sino porque percibisteis que es así? Es como he dicho, nos es manifiesto a todos. Las letras se hacen primero por nuestro corazón, luego por nuestro cuerpo; la mano sirve, el corazón manda; tanto el corazón como la mano hacen las mismas letras. ¿Piensas que el corazón hace unas letras y la mano otras? La mano hace, en efecto, las mismas, pero no igualmente: nuestro corazón las forma de modo inteligible, pero nuestra mano de modo visible. Ved cómo se hacen las mismas cosas, pero no igualmente. Por eso no le bastó al Señor decir: «Todo lo que el Padre hace, esto también lo hace el Hijo»; tuvo que añadir: «igualmente». Porque ¿y si lo entendieras así: lo que hace tu corazón, esto también lo hace tu mano, pero de manera diferente? Aquí, en cambio, añadió: «Esto también lo hace el Hijo igualmente». Si hace las mismas y las hace igualmente, entonces despierta; que el judío quede aplastado, que el cristiano crea, que el hereje sea convencido: el Hijo es igual al Padre.

9. «Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él mismo hace». Aquí está ese «muestra». «Muestra», por así decir, ¿a quién? Sin duda, a uno que ve. Volvemos a lo que no podemos explicar: cómo ve el Verbo. Mirad, el hombre fue hecho por el Verbo; pero el hombre tiene ojos, oídos, manos, diversos miembros en el cuerpo: puede por los ojos ver, por los oídos oír, por las manos obrar; los miembros son diversos, sus oficios diversos. Un miembro no puede hacer el oficio de otro; sin embargo, por razón de la unidad del cuerpo, el ojo ve por sí mismo y por el oído, y el oído oye por sí mismo y por el ojo. ¿Hemos de suponer que algo semejante vale en el Verbo, siendo todas las cosas por él, y habiendo dicho la Escritura en el salmo: «Entended, necios del pueblo; y vosotros, insensatos, ¿cuándo seréis sabios? El que plantó el oído, ¿no oirá? El que formó el ojo, ¿no verá?». Por tanto, si el Verbo es el que formó el ojo, pues todas las cosas son por el Verbo; si el Verbo es el que plantó el oído, pues todas las cosas son por el Verbo, no podemos decir que el Verbo no oye, que el Verbo no ve; no sea que el salmo nos reprenda y diga: «Insensatos, ¿cuándo seréis sabios?». Por tanto, si el Verbo oye y ve, si el Hijo oye y ve, ¿hemos de buscar todavía en él ojos y oídos en lugares separados? ¿Oye por una parte, ve por otra, y su oído no puede hacer lo que hace su ojo, ni su ojo lo que puede su oído? ¿O no es todo vista, todo oído? Quizá sí; más aún, no quizá, sino verdaderamente sí; si bien ese ver suyo y ese oír suyo es de un modo muy otro que en nosotros. Ver y oír existen juntos en el Verbo: ver y oír no son cosas diversas en él; sino que oír es ver, y ver es oír.

10. Y nosotros, que vemos de una manera y oímos de otra, ¿cómo sabemos esto? Volvemos quizá a nosotros mismos, si no somos los transgresores a quienes se dice: «Volved, transgresores, al corazón». Volved al corazón: ¿por qué salir de vosotros mismos y perecer de vosotros mismos? ¿Por qué andar los caminos de la soledad? Os extraviáis vagando: volved. ¿A dónde? Al Señor. Pronto está hecho: vuelve primero a tu propio corazón; has andado errante, desterrado de ti mismo; no te conoces a ti mismo, ¡y preguntas por quién fuiste hecho! Vuelve, vuelve a tu corazón, apártate del cuerpo: tu cuerpo es tu lugar de morada; tu corazón percibe incluso por tu cuerpo. Pero tu cuerpo no es lo que es tu corazón; deja incluso tu cuerpo, vuelve a tu corazón. En tu cuerpo hallaste ojos en un lugar, oídos en otro: ¿hallas esto en tu corazón? ¿O no tienes oídos en tu corazón? Si no, ¿de qué dijo el Señor: «El que tiene oídos para oír, oiga»? ¿O no tienes ojos en tu corazón? Si no, ¿de qué dice el apóstol: «alumbrando los ojos de vuestro entendimiento»? Vuelve a tu corazón; mira allí lo que quizá puedas percibir de Dios, porque en él está la imagen de Dios. En el hombre interior habita Cristo, en el hombre interior eres renovado conforme a la imagen de Dios; en su propia imagen reconoce a su Autor. Mira cómo todos los sentidos del cuerpo llevan al corazón interior la noticia de lo que han percibido fuera; mira cuántos ministros tiene el único que manda dentro, y lo que puede por sí mismo aun sin esos ministros. Los ojos informan al corazón de las cosas negras y blancas; los oídos informan al mismo corazón de los sonidos agradables y ásperos; al mismo corazón anuncian las narices los olores suaves y los hedores; al mismo corazón anuncia el gusto las cosas amargas y dulces; al mismo corazón anuncia el tacto las cosas suaves y ásperas; y el corazón se declara a sí mismo las cosas justas e injustas. Tu corazón ve y oye y juzga todas las demás cosas percibidas por los sentidos; y, a lo que los sentidos no alcanzan, discierne las cosas justas e injustas, las malas y las buenas. Muéstrame los ojos, los oídos, las narices de tu corazón. Diversas son las cosas que se refieren a tu corazón, y sin embargo no hay allí miembros diversos. En tu carne oyes en un lugar, ves en otro; en tu corazón, donde ves, allí oyes. Si esta es la imagen, ¡cuánto más poderosamente aquel de quien es la imagen! Por tanto, el Hijo oye y ve; el Hijo es el oír mismo y el ver: oír es para él lo mismo que «ser»; y ver es para él lo mismo que «ser». Para ti ver no es lo mismo que ser; pues si pierdes la vista, puedes ser; y si pierdes el oído, puedes ser.

11. ¿Pensamos que hemos llamado? ¿Se ha levantado dentro de nosotros algo por lo cual podamos siquiera conjeturar ligeramente de dónde puede venirnos la luz? Es mi opinión, hermanos, que cuando hablamos de estas cosas y meditamos en ellas, nos estamos ejercitando. Y cuando nos ejercitamos, y somos como inclinados de nuevo por nuestro propio peso hacia nuestros pensamientos habituales, somos como las personas de ojos débiles cuando se las saca a ver la luz, si acaso antes no veían nada en absoluto, y empiezan en cierto modo a recobrar la vista por el cuidado asiduo de los médicos. Y cuando el médico quiere probar el progreso de la curación, trata de mostrarles algo que querían ver, pero no podían mientras estaban ciegos; y estando ya la vista algo recobrada, se los saca a la luz; y al verla, son rechazados en cierto modo por el mismo resplandor; y responden al médico, que les señala el objeto: Hace un momento lo vi, pero ahora no puedo. ¿Qué hace entonces el médico? Los vuelve a sus hábitos de antes y aplica el colirio para alimentar el anhelo de ver lo que solo se vio por un momento, de modo que, por el mismo anhelo, los cure más completamente; y si se aplican algunos colirios que escuecen para recobrar la salud, que el paciente lo soporte con valor, y, inflamado de amor por la luz, se diga a sí mismo: ¿Cuándo será que con ojos fuertes vea lo que con ojos enfermos y débiles no pude? Insta al médico y le ruega que lo sane. Por tanto, hermanos, si algo semejante ha ocurrido quizá en vuestros corazones, si de algún modo habéis levantado vuestro corazón para ver el Verbo, y, rechazados por su luz, habéis caído de nuevo en vuestros hábitos acostumbrados, rogad al Médico que aplique colirios fuertes, los preceptos de la justicia. Hay algo que puedes ver, pero no aquello con que puedes ver. Antes no me creías que hay algo que puedes ver: ahora, como guiado por la razón, has sido llevado a ello; te has acercado, has esforzado tus ojos para verlo, has palpitado y has retrocedido. Sabes con certeza que hay lo que puedes ver, pero que todavía no eres apto para verlo. Sé, pues, sanado. ¿Cuáles son los colirios? No mientas, no jures en falso, no cometas adulterio, no robes, no defraudes. Pero estás acostumbrado a esto, y te cuesta cierto dolor apartarte de los viejos hábitos: esto es lo que muerde, pero sana. Pues te lo digo con franqueza, por temor de mí mismo y de ti: si renuncias a la curación y desprecias hacerte apto para gozar de esta luz, por la debilidad de tus ojos amarás las tinieblas; y por amar las tinieblas, permanecerás en las tinieblas; y por permanecer en las tinieblas, serás echado incluso a las tinieblas de afuera: allí será el llanto y el crujir de dientes. Si el amor a la luz nada ha logrado en ti, que el temor del dolor logre algo.

12. Creo que he hablado bastante, y sin embargo no he concluido la lectura del Evangelio: si sigo adelante para declarar lo que queda, os cargaré, y temo que incluso lo que se ha extraído se pierda; por eso, que esto os baste ahora, amados. Somos deudores, no ahora, sino siempre mientras vivamos; porque vivimos para vosotros. Con todo, vosotros, con vuestra buena conducta, consolad esta vida nuestra, tan débil, trabajosa y llena de peligros en este mundo; no nos afligáis ni nos desgastéis con vuestras malas costumbres. Pues si, ofendidos por vuestra mala vida, huimos de vosotros y nos separamos de vosotros, y ya no venimos a vosotros, ¿no os quejaréis y diréis: Si estábamos enfermos, podíais cuidarnos; y si estábamos débiles, podíais visitarnos? Mirad, nos preocupamos por vosotros; mirad, os visitamos; pero que no nos suceda lo que habéis oído del apóstol: «Temo haber trabajado en vano por vosotros».

Tratado 19 · Juan 5:19-30

1. En el sermón anterior, en la medida en que el tema nos movió y hasta donde alcanzó nuestra pobreza de entendimiento, hablamos a propósito de las palabras del Evangelio donde está escrito: «El Hijo nada puede hacer por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre». Preguntamos qué es para el Hijo —es decir, para el Verbo, pues el Hijo es el Verbo— «ver»; y, puesto que todas las cosas fueron hechas por el Verbo, cómo ha de entenderse que el Hijo primero ve al Padre hacer, y que solo entonces hace también él lo que ha visto hacer, siendo así que el Padre no ha hecho nada sino por el Hijo. Pues «todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho». Sin embargo, no os hemos presentado nada plenamente explicado, y ello porque nosotros mismos no hemos entendido nada con tanta claridad. En efecto, a veces falla la palabra incluso donde el entendimiento se abre paso; ¡cuánto más desfallece la palabra cuando el entendimiento no tiene nada cabal! Ahora, pues, como el Señor nos conceda, recorramos brevemente el pasaje y cumplamos aun hoy la tarea debida. Si por casualidad queda algo de tiempo o de fuerzas, volveremos a considerar (en cuanto nos sea posible a nosotros y con vosotros) qué es para el Verbo «ver» y «que se le muestre». Porque lo que aquí se dice es tal que, si se entiende al modo humano, carnalmente, el alma llena de vanas fantasías no hace sino forjarnos ciertas imágenes del Padre y del Hijo, como de dos hombres, uno que muestra y otro que ve, uno que habla y otro que oye; y todo eso son ídolos del corazón. Y si ahora los ídolos han sido por fin derribados de sus propios templos, ¡cuánto más deben ser derribados de los corazones cristianos!

2. «El Hijo —dice— no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre». Esto es verdad; retenedlo, pero sin dejar escapar al mismo tiempo lo que habéis recibido al comienzo del Evangelio: que «en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios», y en especial que «todas las cosas por él fueron hechas». Unid lo que ahora habéis oído a aquella enseñanza, y que ambas concuerden en vuestros corazones. Así, «el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre» es verdad de tal modo que lo que el Padre hace, lo hace solo por el Hijo, porque el Hijo es su Verbo; y también es verdad que «en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios», y que «todas las cosas por él fueron hechas». Pues todo lo que el Padre hace, el Hijo lo hace igualmente; no otras cosas, sino estas mismas, y no de otra manera, sino de la misma.

3. «Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace». A lo que dijo antes, «sino lo que ve hacer al Padre», parece pertenecer también esto: «Le muestra todas las cosas que él hace». Pero si el Padre muestra lo que hace, y el Hijo no puede hacer sino lo que el Padre le ha mostrado, y si el Padre no puede mostrar sino lo que ha hecho, resultará que el Padre no hace todas las cosas por medio del Hijo; y si, por el contrario, sostenemos firme e inconmovible que el Padre lo hace todo por el Hijo, entonces muestra al Hijo antes de hacer. Porque si el Padre muestra al Hijo después de haber hecho, para que el Hijo haga las cosas mostradas, que al ser mostradas ya estaban hechas, sin duda hay algo que el Padre hace sin el Hijo. Pero el Padre no hace nada sin el Hijo, porque el Hijo de Dios es la Palabra de Dios, y todas las cosas fueron hechas por él. Queda, pues, que tal vez lo que el Padre está por hacer, lo muestra como cosa por hacer, para que sea hecha por el Hijo. Porque si el Hijo hace las cosas que el Padre muestra como ya hechas, ciertamente no es por el Hijo como el Padre ha hecho las cosas que así muestra. Pues no podrían mostrarse al Hijo si no estuviesen antes hechas, y el Hijo no podría hacerlas si no se le mostrasen antes; luego fueron hechas sin el Hijo. Pero es cosa verdadera: «Todas las cosas por él fueron hechas»; por tanto, se mostraron antes de ser hechas. Pero esto, dijimos, debía aplazarse y retomarse después de recorrer brevemente el pasaje, si, como dijimos, nos quedaba alguna parte de tiempo y de fuerzas para reconsiderar las cuestiones diferidas.

4. Atended ahora a una cuestión más amplia y más difícil. «Y mayores obras que estas le mostrará —dice—, para que vosotros os maravilléis». «Mayores que estas». ¿Mayores que cuáles? La respuesta se ofrece fácilmente: que las curaciones de enfermedades corporales que acabáis de oír. Pues toda la ocasión de este discurso surgió a propósito del hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo y fue sanado por la palabra de Cristo; y con respecto a esta curación pudo decir el Señor: «Mayores obras que estas le mostrará, para que vosotros os maravilléis». Porque las hay mayores, y el Padre se las mostrará al Hijo. No dice «le ha mostrado», como de algo pasado, sino «le mostrará», de algo futuro; o sea, que está por mostrar. De nuevo surge una cuestión difícil: ¿por qué, entonces, hay algo en el Padre que todavía no ha sido mostrado al Hijo? ¿Hay algo en el Padre que aún estaba oculto al Hijo cuando pronunció estas palabras? Pues ciertamente, si es «le mostrará», es decir, «está por mostrar», entonces todavía no ha mostrado; y está por mostrar al Hijo al mismo tiempo que a estos hombres, ya que sigue: «para que vosotros os maravilléis». Y es cosa difícil de ver cómo el Padre eterno muestra algo, por así decirlo en el tiempo, al Hijo coeterno, que conoce todas las cosas que están en el Padre.

5. Pero ¿cuáles son esas mayores obras? Quizá esto sea fácil de entender. «Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida —dice—, así también el Hijo a los que quiere da vida». Levantar a los muertos, pues, son obras mayores que sanar a los enfermos. Pero «como el Padre levanta a los muertos y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida». ¿Entonces el Padre a unos, y el Hijo a otros? Pero todas las cosas son por él; luego el Hijo vivifica a los mismos que el Padre, puesto que el Hijo no hace otras cosas ni de otra manera, sino «estas mismas» y «de igual manera». Así claramente ha de entenderse y así ha de sostenerse. Pero guardad en la memoria que «el Hijo a los que quiere da vida». Aquí también reconoced no solo el poder del Hijo, sino también su voluntad. Tanto el Hijo da vida a los que quiere, como el Padre da vida a los que quiere; el Hijo, a los mismos que el Padre; y por tanto el poder del Padre y del Hijo es el mismo, y también la voluntad es la misma. ¿Qué sigue entonces? «Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre». Esto lo añadió como dando razón de la frase anterior. Se nos presenta una gran cuestión; ponedle vuestra más seria atención. El Hijo da vida a los que quiere, el Padre da vida a los que quiere; el Hijo levanta a los muertos, así como el Padre levanta a los muertos. Y sin embargo, «el Padre a nadie juzga». Si los muertos han de ser levantados en el juicio, ¿cómo puede decirse que el Padre levanta a los muertos, si no juzga a nadie, puesto que «todo el juicio dio al Hijo»? Pero en aquel juicio los muertos son levantados: unos resucitan para vida, otros para castigo. Si el Hijo hace todo esto y el Padre no, por cuanto «a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo», parecerá contrario a lo que se ha dicho, a saber: «Como el Padre levanta a los muertos y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida». Por consiguiente, el Padre y el Hijo levantan juntos; si levantan juntos, dan vida juntos; luego juzgan juntos. ¿Cómo, entonces, es verdad aquello: «Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo»? Entre tanto, que las cuestiones ahora propuestas ocupen vuestras mentes; el Señor hará que, resueltas, os deleiten. Porque así es, hermanos: toda cuestión que no mueve la mente a reflexionar no deleita cuando se explica. Que el Señor mismo, pues, nos acompañe, por si acaso se digna revelarse algo en estas cosas que él envuelve. Porque envuelve su luz con una nube; y es difícil volar como el águila por encima de toda la bruma oscura que cubre la tierra entera, y contemplar la luz serenísima en las palabras del Señor. Por si acaso disipa nuestras tinieblas con el calor de sus rayos y se digna revelarse algo en lo que sigue, dejemos estas cuestiones para después y miremos lo que viene a continuación.

6. «El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió». Esto es verdad y es claro. Puesto que «todo el juicio dio al Hijo», como dijo antes, «para que todos honren al Hijo como honran al Padre», ¿qué pasa si hay quienes honran al Padre y no honran al Hijo? No puede ser, dice: «El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió». Nadie puede, pues, decir: «Yo honraba al Padre, porque no conocía al Hijo». Si todavía no honrabas al Hijo, tampoco honrabas al Padre. Pues ¿qué es honrar al Padre, sino honrarlo en cuanto que tiene un Hijo? Una cosa es cuando se te enseña a honrar a Dios en cuanto que es Dios, y otra cuando se te enseña a honrarlo en cuanto que es Padre. Cuando se te enseña a honrarlo en cuanto que es Dios, se te lleva a pensar en él como el Creador, el Omnipotente, el Espíritu supremo, eterno, invisible, inmutable; pero cuando se te enseña a honrarlo en cuanto que es Padre, es lo mismo que honrar al Hijo; porque no puede decirse Padre si no hay Hijo, como tampoco Hijo si no hay Padre. Pero no vaya a ser que honres al Padre como mayor, y al Hijo como menor —y me digas: «Yo honro al Padre, pues sé que tiene un Hijo; no me equivoco en el nombre de Padre, pues no entiendo Padre sin Hijo, y sin embargo al Hijo lo honro como menor»—, el Hijo mismo te corrige y te llama de nuevo, diciendo: «para que todos honren al Hijo», no en grado inferior, sino «como honran al Padre». Por tanto, «el que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió». «Yo —dices— quiero dar mayor honra al Padre, menor al Hijo». En eso mismo quitas honra al Padre, en que das menos al Hijo. Porque, pensando así, necesariamente te parecerá que el Padre o no quiso o no pudo engendrar un Hijo igual a sí mismo: si no quiso, le faltó la voluntad; si no pudo, le faltó la capacidad. ¿No ves, pues, que, pensando así, en lo mismo en que querrías dar mayor honra al Padre, en eso mismo lo ofendes? Por tanto, honra al Hijo como honras al Padre, si quieres honrar al Padre y al Hijo.

7. «De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado» —no está pasando ahora, sino que ya ha pasado— «de muerte a vida». Y fijaos en esto: «El que oye mi palabra, y» —no dice «cree en mí», sino— «cree al que me envió». Que oiga la palabra del Hijo, para que crea al Padre. ¿Por qué oye tu palabra, y cree a otro? Cuando oímos la palabra de alguien, ¿no es a quien pronuncia la palabra a quien creemos? ¿No es a quien habla a quien prestamos nuestra fe? ¿Qué quiso decir, entonces, con «el que oye mi palabra, y cree al que me envió», sino esto, porque «su palabra está en mí»? ¿Y qué es «oye mi palabra», sino «me oye a mí»? Así también «cree al que me envió», porque, creyéndole a él, cree su palabra; pero a su vez, creyendo su palabra, me cree a mí, porque yo soy la Palabra del Padre. Hay, pues, paz en las Escrituras, y todo está debidamente dispuesto y de ningún modo en conflicto. Echa, entonces, la contienda lejos de tu corazón; entiende la armonía de las Escrituras. ¿Piensas que la Verdad dirá cosas contrarias a sí misma?

8. «El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida». Recordáis lo que establecimos antes, que «como el Padre levanta a los muertos y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida». Ya comienza a revelarse; y mirad que ahora mismo los muertos resucitan. Porque «el que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna, y no vendrá a condenación». Demostrad que ha resucitado. «Mas ha pasado —dice— de muerte a vida». El que ha pasado de muerte a vida, sin duda alguna ha resucitado. Pues no podría pasar de muerte a vida si no estuviera antes en la muerte y no en la vida; pero cuando haya pasado, estará en la vida y no en la muerte. Estaba, pues, muerto, y ha revivido; se había perdido, pero ha sido hallado. Por tanto, una resurrección tiene lugar ahora, y los hombres pasan de una muerte a una vida: de la muerte de la incredulidad a la vida de la fe; de la muerte de la mentira a la vida de la verdad; de la muerte de la iniquidad a la vida de la justicia. Hay, pues, una resurrección de los muertos.

9. ¡Que él mismo nos la abra más plenamente y amanezca sobre nosotros como ya empieza a hacerlo! «De cierto, de cierto os digo: La hora viene, y ahora es». Esperábamos una resurrección de los muertos al fin, pues así lo hemos creído; más aún, no solo la esperábamos, sino que manifiestamente estamos obligados a esperarla: porque no es falso lo que creemos cuando creemos que los muertos resucitarán al fin. Cuando el Señor Jesús, pues, quiso darnos a conocer una resurrección de los muertos antes de la resurrección de los muertos —no como la de Lázaro, o la del hijo de la viuda, o la de la hija del principal de la sinagoga, que fueron levantados para morir otra vez (pues en su caso hubo una resurrección de los muertos antes de la resurrección de los muertos)—, sino como dice aquí: «tiene —dice— vida eterna, y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida». ¿A qué vida? A la vida eterna. No, pues, como el cuerpo de Lázaro: porque este pasó de la muerte del sepulcro a la vida de los hombres, pero no a la vida eterna, ya que había de morir otra vez; mientras que los muertos que han de resucitar al fin del mundo pasarán a la vida eterna. Cuando nuestro Señor Jesucristo, pues, nuestro Maestro celestial, el Verbo del Padre y la Verdad, quiso representarnos una resurrección de los muertos para vida eterna antes de la resurrección de los muertos para vida eterna, dice: «La hora viene». Sin duda tú, imbuido de la fe en la resurrección de la carne, esperabas la hora del fin del mundo; y para que no la esperes aquí, añadió: «y ahora es». No dice, pues, «La hora viene» de aquella última hora en que «con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, el Señor mismo descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán primero; luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor». Esa hora vendrá, pero no es ahora. Pero considerad qué hora es esta: «La hora viene, y ahora es». ¿Qué sucede en esa hora? ¿Qué, sino una resurrección de los muertos? ¿Y de qué clase de resurrección? De tal que los que resucitan viven para siempre. Esto será también en la última hora.

10. ¿Qué, entonces? ¿Cómo entendemos estas dos resurrecciones? ¿Entendemos acaso que los que resucitan ahora no resucitarán entonces, que la resurrección de unos es ahora y la de otros entonces? No es así. Porque hemos resucitado en esta resurrección, si hemos creído rectamente; y nosotros mismos, que ya hemos resucitado, esperamos otra resurrección al fin. Es más, tanto ahora hemos resucitado para vida eterna, si perseveramos en la misma fe, como entonces resucitaremos también para vida eterna, cuando seamos hechos iguales a los ángeles. Pero que él mismo distinga y abra lo que nos hemos atrevido a decir: cómo ocurre que haya una resurrección antes de una resurrección, no de personas distintas sino de las mismas, y no como la de Lázaro, sino para vida eterna. Él lo abrirá con claridad. Oíd al Maestro, mientras amanece sobre nosotros y se desliza como nuestro Sol en nuestros corazones; no como el que los ojos de la carne desean mirar, sino aquel para quien los ojos del corazón anhelan fervientemente ser abiertos. A él, pues, prestemos oído: «De cierto, de cierto os digo: La hora viene, y ahora es, cuando los muertos» —veis que se afirma una resurrección— «oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan vivirán». ¿Por qué ha añadido «los que la oigan vivirán»? ¿Acaso podrían oír si no vivieran? Habría bastado, entonces, decir: «La hora viene, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios». Entenderíamos inmediatamente que viven, ya que no podrían oír si no vivieran. No, dice: no porque viven oyen, sino que oyendo vuelven a la vida: «Oirán, y los que oigan vivirán». ¿Qué es, entonces, «oirán», sino «obedecerán»? Porque, en cuanto al oír con el oído, no todos los que oyen vivirán. Muchos, en efecto, oyen y no creen; oyendo y no creyendo, no obedecen; no obedeciendo, no viven. Y así, aquí, los que «oirán» son los que «obedecerán». Los que obedecen, pues, vivirán: que estén seguros y ciertos de ello: vivirán. Se nos predica a Cristo, la Palabra de Dios; el Hijo de Dios, por quien todas las cosas fueron hechas, que, por la dispensación, tomó ciertamente carne, nació de una virgen, fue niño en la carne, joven en la carne, padeció en la carne, murió en la carne, resucitó en la carne, ascendió en la carne, prometiendo una resurrección a la carne, prometiendo una resurrección a la mente: a la mente antes que a la carne, a la carne después de la mente. El que oye y obedece, vivirá; el que oye y no obedece, es decir, oye y desprecia, oye y no cree, no vivirá. ¿Por qué no vivirá? Porque no oye. ¿Qué es «no oye»? No obedece. Así, pues, «los que oigan vivirán».

11. Volved ahora vuestro pensamiento a lo que dijimos que debía aplazarse, para que, si es posible, se abra ya. Acerca de esta misma resurrección añadió enseguida: «Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo». ¿Qué significa aquello de «El Padre tiene vida en sí mismo»? No tiene vida en otra parte sino en sí mismo. Su vivir, en efecto, está en él, no viene de otra parte ni es derivado de otro. No toma prestada la vida, por así decirlo, ni se hace partícipe de la vida, de una vida que no es lo que él mismo es; sino que «tiene vida en sí mismo», de modo que la vida misma es para él su mismo ser. Si podré aún, en alguna pequeña medida, hablar más a partir de esto, proponiendo ejemplos para instruir vuestro entendimiento, dependerá de la ayuda de Dios y de la piedad de vuestra atención. Dios vive, y el alma también vive; pero la vida de Dios es inmutable, la vida del alma es mudable. En Dios no hay aumento ni disminución; sino que él es siempre el mismo en sí mismo, es siempre como es: no de una manera ahora y de otra después, ni de otra antes. Pero la vida del alma es sumamente variada: vivió necia, vive sabia; vivió injusta, vive justa; ahora recuerda, ahora olvida; ahora aprende, ahora no puede aprender; ahora pierde lo que había aprendido, ahora recobra lo que había perdido. La vida del alma es mudable. Y cuando el alma vive en la injusticia, esa es su muerte; cuando de nuevo se hace justa, se hace partícipe de otra vida, que no es lo que ella misma es, por cuanto, levantándose a Dios y adhiriéndose a Dios, de él es justificada. Porque está dicho: «Al que cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia». Abandonando a Dios, se hace injusta; acercándose a él, se hace justa. ¿No te parece como algo frío que, acercado al fuego, se calienta, y apartado del fuego, se enfría? ¿Algo oscuro que, acercado a la luz, se ilumina, y apartado de la luz, se oscurece? Algo así es el alma: Dios no es nada semejante. Más aún, el hombre puede decir que ahora tiene luz en los ojos. Que digan, pues, tus ojos, si pueden, como con voz propia: «Tenemos luz en nosotros mismos». Yo respondo: No decís correctamente que tenéis luz en vosotros mismos: tenéis luz, pero en los cielos; tenéis luz, pero en la luna, en las lámparas, si acaso es de noche, no en vosotros mismos: porque, cerrados, perdéis lo que percibís abiertos. No tenéis luz en vosotros mismos; conservad la luz, si podéis, cuando se ha puesto el sol: es de noche, gozad de la luz de la noche; conservad la luz cuando se retira la lámpara; pero como permanecéis en tinieblas cuando se retira la lámpara, no tenéis luz en vosotros mismos. En consecuencia, tener luz en uno mismo es no necesitar la luz de otro. Mirad, pues, quien entienda en qué muestra que el Hijo es igual al Padre cuando dice: «Como el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado también al Hijo el tener vida en sí mismo»; de modo que la única diferencia entre el Padre y el Hijo sea que el Padre tiene vida en sí mismo, sin que nadie se la diera, mientras que el Hijo tiene vida en sí mismo, que el Padre le dio.

12. Pero aquí también surge una nube que hay que disipar. No desmayemos, esforcémonos con empeño. Aquí hay pastos de la mente; no los desdeñemos, para que vivamos. Mira, dices, tú mismo confiesas que el Padre ha dado vida al Hijo, para que tenga vida en sí mismo, así como el Padre tiene vida en sí mismo; que, sin que le falte al Padre, no le falte al Hijo; que como el Padre es vida, así el Hijo sea vida; y que ambos unidos sean una sola vida, no dos vidas; porque Dios es uno, no dos dioses; y esto mismo es ser vida. ¿Cómo, entonces, se dice que el Padre ha dado vida al Hijo? No como si el Hijo hubiera estado antes sin vida y recibiera vida del Padre para vivir; porque si fuera así, no tendría vida en sí mismo. Mira, yo hablaba del alma. El alma existe; aunque no sea sabia, aunque no sea justa, aunque no sea piadosa, es alma. Una cosa es ser alma, y otra ser sabia, ser justa, ser piadosa. Hay, pues, algo en lo cual todavía no es sabia, todavía no es justa, todavía no es piadosa. Sin embargo, no por eso es nada, no por eso es no-vida; porque se muestra viva por ciertos actos suyos, aunque no se muestre sabia, piadosa o justa. Pues si no viviera, no movería el cuerpo, no mandaría a los pies andar, a las manos trabajar, a los ojos mirar, a los oídos oír; no abriría la boca para hablar, ni movería la lengua para distinguir las palabras. Así, pues, por estas operaciones se muestra que tiene vida y que es algo mejor que el cuerpo. Pero ¿se muestra por estas operaciones sabia, piadosa o justa? ¿No andan, trabajan, ven, oyen, hablan también los necios, los malvados, los injustos? Pero cuando el alma se levanta a algo que ella misma no es, que está por encima de ella y de lo cual procede su ser, entonces recibe sabiduría, justicia, santidad; y mientras estuvo sin ello, estaba muerta y no tenía la vida por la cual ella misma había de vivir, sino solo aquella por la cual el cuerpo era vivificado. Pues una cosa es lo que hay en el alma por lo cual el cuerpo es vivificado, y otra aquello por lo cual el alma misma es vivificada. Mejor, ciertamente, que el cuerpo es el alma, pero mejor que el alma misma es Dios. El alma, aun si es necia, impía, injusta, es la vida del cuerpo. Pero como su propia vida es Dios, así como proporciona al cuerpo vigor, belleza, actividad, las funciones de los miembros, mientras existe en el cuerpo, de igual modo, mientras Dios, su vida, está en el alma, le proporciona sabiduría, piedad, justicia, caridad. Por consiguiente, lo que el alma proporciona al cuerpo y lo que Dios proporciona al alma son de distinta clase: el alma vivifica y es vivificada. Vivifica estando muerta, aun si ella misma no es vivificada. Pero cuando llega la palabra y se derrama en los oyentes, y ellos no solo oyen, sino que se hacen obedientes, el alma se levanta de su muerte a su vida —es decir, de la injusticia, de la necedad, de la impiedad, a su Dios, que es para ella sabiduría, justicia, luz—. Que se levante hacia él y sea iluminada por él. «Acercaos —dice— a él». ¿Y qué tendremos? «Y seréis iluminados». Si, pues, acercándoos sois iluminados, y alejándoos os oscurecéis, vuestra luz no estaba en vosotros mismos, sino en vuestro Dios. Acercaos a él para que resucitéis; si os alejáis de él, moriréis. Si acercándoos a él vivís, y alejándoos de él morís, vuestra vida no estaba en vosotros mismos. Porque la misma es vuestra vida que vuestra luz. «Porque contigo está el manantial de la vida; en tu luz veremos la luz».

13. No como el alma, que es una cosa antes de ser iluminada y llega a ser mejor cuando es iluminada, por participación de algo mejor; no así, digo, fue el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, algo distinto antes de recibir la vida, de modo que tuviera vida por participación; sino que tiene vida en sí mismo y es, por consiguiente, él mismo la vida misma. ¿Qué es, entonces, lo que dice: «ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo»? Lo diría brevemente: engendró al Hijo. Porque no es que existiera sin vida y recibiera vida, sino que es vida por ser engendrado. El Padre es vida sin ser engendrado; el Hijo es vida siendo engendrado. El Padre no procede de ningún padre; el Hijo procede de Dios Padre. El Padre, en su ser, no procede de nadie, pero en cuanto que es Padre, lo es por causa del Hijo. Pero también el Hijo, en cuanto que es Hijo, lo es por causa del Padre: en su ser, procede del Padre. Esto dijo, pues: «ha dado vida al Hijo, para que la tenga en sí mismo». Como si dijera: «El Padre, que es vida en sí mismo, engendró al Hijo, para que fuera vida en sí mismo». En efecto, quiere que este dedit («ha dado») se entienda como lo mismo que genuit («ha engendrado»). Es como si dijéramos a una persona: «Dios te ha dado el ser». ¿A quién? Si a alguien que ya existía, entonces no le dio el ser, porque el que podía recibir existía antes de que se le diera. Cuando, por tanto, oyes que se dice: «Te dio el ser», tú no existías para recibir, sino que recibiste para que fueras, viniendo a la existencia. El constructor dio a esta casa que fuera. Pero ¿qué le dio? Le dio ser casa. ¿A qué se lo dio? A esta casa. ¿Le dio qué? Ser casa. ¿Cómo pudo dar a una casa que fuera casa? Porque si la casa existía, ¿a qué dio el ser casa, si la casa ya existía? ¿Qué significa, entonces, «le dio ser casa»? Significa que hizo que fuera casa. Pues bien, ¿qué dio al Hijo? Le dio ser el Hijo, lo engendró para ser vida; es decir, «le dio tener vida en sí mismo», para que fuera la vida que no necesita vida, a fin de que no se entienda que tiene la vida por participación. Porque si tuviera la vida por participación, podría, perdiéndola, quedar sin vida. No tomes, ni pienses, ni creas que esto sea posible respecto del Hijo. Por eso el Padre permanece como la vida, el Hijo permanece como la vida: el Padre, vida en sí mismo, no por el Hijo; el Hijo, vida en sí mismo, pero por el Padre. Engendrado del Padre, para que viviera en sí mismo; pero el Padre, no engendrado, vida en sí mismo. Ni engendró al Hijo menor que él para hacerse igual por crecimiento. Pues ciertamente aquel por quien, siendo perfecto, fueron creados los tiempos no fue ayudado por el tiempo hacia su propia perfección. Antes de todo tiempo es coeterno con el Padre. Porque el Padre nunca ha estado sin el Hijo; sino que el Padre es eterno, luego también el Hijo es coeterno. Alma, ¿qué es de ti? Estabas muerta, perdiste la vida; oye, pues, al Padre por medio del Hijo. Levántate, toma para ti la vida, a fin de que en aquel que tiene vida en sí mismo recibas la vida que no está en ti. El que te da vida, pues, es el Padre y el Hijo; y la primera resurrección se cumple cuando te levantas para participar de la vida que tú misma no eres, y por la participación eres hecha viviente. Levántate de tu muerte a tu vida, que es tu Dios, y pasa de la muerte a la vida eterna. Porque el Padre tiene vida eterna en sí mismo; y si no hubiera engendrado un Hijo que tuviera vida en sí mismo, no podría ser que, como el Padre levanta a los muertos y les da vida, así también el Hijo diera vida a los que quiere.

14. ¿Y qué de la resurrección del cuerpo? Porque estos que oyen y viven, ¿de dónde viven sino de oír? Pues «el amigo del Esposo está y le oye, y se goza grandemente de la voz del Esposo»: no de su propia voz; es decir, oyen y viven por participación, no por llegar a ser lo que no eran; y todos los que oyen viven, porque todos los que obedecen viven. Dinos también algo, Señor, acerca de la resurrección de la carne; porque ha habido quienes la han negado, afirmando que la única resurrección es la que se obra por la fe. De esa resurrección acaba de hablar el Señor, y ha inflamado nuestro deseo, porque «los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán». No dice que algunos de los que oyen vivirán y otros morirán, sino que «todos los que oyen vivirán», porque todos los que obedecen vivirán. Mirad, vemos una resurrección del alma; no soltemos por ello nuestra fe en la resurrección de la carne. Y si tú, Señor Jesús, no nos declaras esto, ¿a quién opondremos a los que afirman lo contrario? Pues en verdad todas las sectas que se han propuesto injertar alguna religión en los hombres han admitido esta resurrección de las almas; de otro modo se les podría decir: Si el alma no resucita, ¿para qué me hablas? ¿Qué pretendes hacer en mí? Si no haces mejor al que es peor, ¿para qué hablas? Si no haces justo al injusto, ¿para qué hablas? Pero si haces justo al injusto, piadoso al impío, sabio al necio, confiesas que mi alma resucita, si me someto a ti y creo. Así pues, todos los que han fundado alguna secta, aun de falsa religión, mientras querían ser creídos, no podían sino admitir esta resurrección de las almas: todos han coincidido en esto; pero muchos han negado la resurrección de la carne y han afirmado que la resurrección ya había tenido lugar en la fe. A estos resiste el apóstol, diciendo: «De los cuales son Himeneo y Fileto, que se desviaron de la verdad, diciendo que la resurrección ya se efectuó, y trastornan la fe de algunos». Decían que la resurrección ya había tenido lugar, pero de tal modo que no había que esperar otra; y reprendían a los que aguardaban una resurrección de la carne, como si la resurrección prometida ya se hubiera cumplido en el acto de creer, es decir, en el alma. El apóstol los censura. ¿Por qué los censura? ¿No afirmaban lo que el Señor acaba de decir: «La hora viene, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán»? Pero Jesús te dice: hasta aquí hablo de la vida de las almas; todavía no hablo de la vida de los cuerpos; hablo, sí, de la vida de aquello que es la vida de los cuerpos, esto es, de la vida de las almas, en la cual existe la vida de los cuerpos. Porque sé que hay cuerpos que yacen en los sepulcros; sé también que vuestros cuerpos yacerán en los sepulcros. No hablo de esa resurrección, sino de esta; en esta, resucitad, no sea que resucitéis para el castigo en aquella. Pero para que sepáis que hablo también de aquella, ¿qué añado? «Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo». Esta vida que es el Padre, que es el Hijo, ¿a qué pertenece? ¿Al alma o al cuerpo? No es el cuerpo, ciertamente, el que percibe esa vida de la sabiduría, sino la mente racional. Pues no toda alma es capaz de comprender la sabiduría. Un animal irracional tiene, en efecto, un alma, pero el alma del animal no puede comprender la sabiduría. Es, pues, el alma humana la que puede percibir esta vida que el Padre tiene en sí mismo y ha dado al Hijo el tener en sí mismo; porque esa es «la luz verdadera que alumbra», no a toda alma, sino «a todo hombre que viene a este mundo». Por tanto, cuando hablo a la mente misma, que oiga, es decir, que obedezca y viva.

15. Por eso, Señor, no calles acerca de la resurrección de la carne; no sea que los hombres no la crean y nosotros sigamos siendo razonadores y no predicadores. Pero «como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo». Que los que oyen entiendan; que crean para entender; que obedezcan para vivir. Y para que no supongan que la resurrección se acaba aquí, oigan esto además: «y le dio autoridad de hacer juicio». ¿Quién se la dio? El Padre. ¿A quién? Al Hijo; es decir, a quien dio el tener vida en sí mismo, a ese mismo ha dado autoridad de hacer juicio. «Por cuanto es el Hijo del Hombre». Porque este es el Cristo, a la vez Hijo de Dios e Hijo del Hombre. «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios». ¡Mirad cómo le ha dado el tener vida en sí mismo! Pero porque «el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros», fue hecho hombre de la Virgen María, es el Hijo del Hombre. ¿Qué ha recibido, pues, como Hijo del Hombre? Autoridad de hacer juicio. ¿Qué juicio? El del fin del mundo. Entonces habrá también una resurrección, pero una resurrección de cuerpos. Así pues, Dios resucita las almas por Cristo, el Hijo de Dios; los cuerpos los resucita por el mismo Cristo, el Hijo del Hombre. «Le dio autoridad». No tendría esta autoridad si no la recibiera, y sería un hombre sin autoridad. Pero el mismo que es Hijo de Dios es también Hijo del Hombre. Porque, por adherirse a la unidad de persona, el Hijo del Hombre con el Hijo de Dios se hace una sola persona, y el Hijo de Dios es la misma persona que el Hijo del Hombre. Pero hay que distinguir cuál es su carácter propio y por qué. El Hijo del Hombre tiene alma y cuerpo. El Hijo de Dios, que es el Verbo de Dios, tiene al hombre, como el alma tiene al cuerpo. Y así como el alma que tiene cuerpo no hace dos personas, sino un solo hombre, así el Verbo que tiene al hombre no hace dos personas, sino un solo Cristo. ¿Qué es el hombre? Un alma racional que tiene un cuerpo. ¿Qué es Cristo? El Verbo de Dios que tiene al hombre. Veo de qué cosas hablo, quién soy yo que hablo y a quién hablo.

16. Oíd ahora acerca de la resurrección de los cuerpos, no a mí, sino al Señor, que va a hablar, por causa de los que han resucitado con una resurrección de la muerte, adhiriéndose a la vida. ¿A qué vida? A una vida que no conoce la muerte. ¿Por qué no conoce la muerte? Porque no conoce la mutabilidad. ¿Por qué no conoce la mutabilidad? Porque es vida en sí misma. «Y le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre». ¿Qué juicio, de qué clase de juicio se trata? «No os maravilléis de esto» que he dicho —le dio autoridad de hacer juicio—, «porque viene la hora». No añade «y ahora es»: por tanto, quiere darnos a conocer cierta hora al fin del mundo. Ahora es la hora en que los muertos resucitan; será la hora, al fin del mundo, en que los muertos resucitan: pero resucitan ahora en el alma, entonces en la carne; resucitan ahora en el alma por la Palabra de Dios, el Hijo de Dios; entonces en la carne por el Verbo de Dios hecho carne, el Hijo del Hombre. Pues no será el Padre mismo el que vendrá a juzgar, aunque el Padre no se aparta del Hijo. ¿Cómo es, entonces, que el Padre mismo no vendrá? En que no será visto en el juicio. «Mirarán al que traspasaron». Aquella forma que estuvo ante el juez, será Juez: juzgará aquella forma que fue juzgada; fue juzgada injustamente, juzgará con justicia. Vendrá la forma de siervo, y esa misma se hará visible. Porque ¿cómo podría hacerse visible la forma de Dios a justos e injustos? Si el juicio hubiera de ser solo entre los justos, la forma de Dios podría aparecer como a los justos. Pero como el juicio es de justos e injustos, y a los malos no les es permitido ver a Dios —pues «bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios»—, aparecerá un Juez tal que pueda ser visto por aquellos a quienes va a coronar y por aquellos a quienes va a condenar. Por eso se verá la forma de siervo, la forma de Dios quedará oculta. El Hijo de Dios estará oculto en el siervo, y el Hijo del Hombre se manifestará, porque a él «le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre». Y porque solo él aparecerá en la forma de siervo, y no el Padre, que no ha tomado la forma de siervo, por eso dice más arriba: «El Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo». Con razón, pues, se había diferido, para que el que proponía fuera él mismo el intérprete. Porque antes estaba oculto; ahora, según pienso, ya está claro que «le dio autoridad de hacer juicio», que «el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo»: porque el juicio será por aquella forma que el Padre no tiene. ¿Y de qué clase de juicio se trata? «No os maravilléis de esto, porque viene la hora»: no la que ahora es, para que resuciten las almas, sino la que ha de ser, para que resuciten los cuerpos.

17. Que lo declare más claramente, para que el hereje que niega la resurrección del cuerpo no encuentre pretexto para una objeción sofística, aunque el sentido ya brilla con claridad. Cuando antes dijo: «Viene la hora», añadió: «y ahora es»; pero ahora, al decir «Viene la hora», no ha añadido «y ahora es». Que él, no obstante, con la verdad manifiesta, rompa todas las asas, todos los lazos y clavijas del ataque sofístico, todas las redes de las objeciones capciosas. «No os maravilléis de esto: porque viene la hora, cuando todos los que están en los sepulcros». ¿Qué más evidente? ¿Qué más claro? Los cuerpos están en los sepulcros; las almas no están en los sepulcros, ni las de los justos ni las de los injustos. El alma del justo estaba en el seno de Abraham; el alma del injusto estaba en el infierno, atormentada: ni la una ni la otra estaba en el sepulcro. Cuando antes dice: «Viene la hora, y ahora es», os ruego que pongáis mucha atención. Sabéis, hermanos, que el pan del vientre lo conseguimos con trabajo; ¡con cuánto mayor trabajo el pan de la mente! Vosotros estáis de pie y oís con fatiga, pero nosotros estamos de pie y hablamos con mayor fatiga. Si nos fatigamos por vosotros, debéis fatigaros con nosotros por vosotros mismos. Antes, pues, cuando dijo: «Viene la hora», y añadió: «y ahora es», ¿qué agregó? «Cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán». No dijo: «Todos los muertos oirán, y los que oigan vivirán»; porque quería que se entendiera a los injustos. ¿Y acaso todos los injustos obedecen al evangelio? El apóstol dice abiertamente: «Mas no todos obedecieron al evangelio». Pero los que oigan vivirán, porque todos los que obedezcan al evangelio pasarán a la vida eterna por la fe: pero no todos obedecen; y esto es ahora. Pero ciertamente, al fin, «todos los que están en los sepulcros», tanto los justos como los injustos, «oirán su voz, y saldrán». ¿Cómo es que no quiso decir: «y vivirán»? Todos, en efecto, saldrán, pero no todos vivirán. Pues en lo que dijo antes: «Y los que la oigan vivirán», quiso dar a entender que en ese mismo oír y obedecer hay una vida eterna y bienaventurada, que no tendrán todos los que saldrán de los sepulcros. Aquí, pues, tanto en la mención de los sepulcros como en la expresión «saldrán» de los sepulcros, entendemos abiertamente una resurrección de los cuerpos.

18. «Todos oirán su voz, y saldrán». ¿Y dónde está el juicio, si todos oirán y todos saldrán? Es como si todo fuera confusión; no veo distinción alguna. Ciertamente tú has recibido autoridad de juzgar, porque eres el Hijo del Hombre: mira, estarás presente en el juicio; los cuerpos resucitarán; pero dinos algo del juicio mismo, es decir, de la separación de los malos y los buenos. Oíd, pues, esto además: «Los que hicieron lo bueno, a resurrección de vida; los que hicieron lo malo, a resurrección de juicio». Cuando antes habló de una resurrección de las almas y de los espíritus, ¿hizo alguna distinción? No, porque todos «los que oigan vivirán»; porque oyendo, es decir, obedeciendo, vivirán. Pero ciertamente no todos irán a la vida eterna al resucitar y salir de los sepulcros, sino solo los que han obrado bien; y los que han obrado mal, a juicio. Porque aquí ha puesto el juicio por castigo. Habrá también una separación, no como la que hay ahora. Porque ahora estamos separados, no por el lugar, sino por el carácter, los afectos, los deseos, la fe, la esperanza, la caridad. Ahora vivimos juntos con los injustos, aunque la vida de todos no es la misma: en secreto somos distinguidos, en secreto somos separados; como el grano en la era, no como el grano en el granero. En la era, el grano está a la vez separado y mezclado: separado, porque está apartado de la paja; mezclado, porque aún no ha sido aventado. Entonces habrá una separación manifiesta; una distinción de vida como la hay de carácter; así como hay separación en la sabiduría, la habrá también en los cuerpos. Los que han obrado bien irán a vivir con los ángeles de Dios; los que han obrado mal, a ser atormentados con el diablo y sus ángeles. Y la forma de siervo pasará. Porque para esto se había manifestado, para hacer juicio. Después del juicio se irá de aquí, llevará consigo el cuerpo del cual es la cabeza, y entregará el reino a Dios. Entonces se verá abiertamente aquella forma de Dios que no podían ver los malos, a cuya vista debía mostrarse la forma de siervo. Dice también en otro lugar de esta manera: «Estos irán al fuego eterno» (hablando de algunos que estarán a la izquierda), «y los justos a la vida eterna»; de la cual vida dice en otro lugar: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien has enviado». Entonces se manifestará allí «el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse». Entonces se manifestará a sí mismo, como ha prometido manifestarse a los que le aman. Porque «el que me ama —dice— guarda mis mandamientos; y el que me ama, será amado de mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él». Estaba presente en persona con aquellos a quienes hablaba: pero ellos veían la forma de siervo, no veían la forma de Dios. Eran conducidos sobre su propia bestia a su posada para ser sanados; pero una vez sanados, verán, porque, dice, «me manifestaré a él». ¿Cómo se muestra igual al Padre? Cuando dice a Felipe: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre».

19. «No puedo yo hacer nada por mí mismo: según oigo, juzgo; y mi juicio es justo». De otro modo le habríamos podido decir: «Tú juzgarás, y el Padre no juzgará, pues “todo el juicio dio al Hijo”; por tanto, no juzgarás conforme al Padre». Por eso añadió: «No puedo yo hacer nada por mí mismo: según oigo, juzgo; y mi juicio es justo; porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió». Sin duda el Hijo da vida a los que quiere. No busca su propia voluntad, sino la voluntad del que le envió. No mi voluntad propia; no la mía, no la del Hijo del Hombre; no la mía para resistir a Dios. Pues los hombres hacen su propia voluntad, no la de Dios, cuando hacen lo que les place y no lo que Dios manda; pero cuando hacen lo que les place de modo que siguen la voluntad de Dios, no hacen su propia voluntad, aunque hagan lo que les place hacer. Haz de buena gana lo que se te manda, y así harás lo que quieres y, a la vez, no harás tu propia voluntad, sino la del que manda.

20. ¿Qué, entonces? «Según oigo, juzgo». El Hijo «oye», y el Padre le «muestra», y el Hijo ve al Padre obrar. Pero habíamos diferido estos asuntos, para tratarlos, en la medida de nuestras fuerzas, con algo más de claridad y plenitud, si nos quedaban tiempo y fuerzas después de terminar la lectura del pasaje. Si digo que aún puedo hablar más, quizá vosotros no podéis seguir oyendo. O quizá, en vuestro afán de oír, decís: «Podemos». Mejor, entonces, que yo confiese mi debilidad, que, estando ya fatigado, no puedo hablar más tiempo, a que, estando vosotros ya saciados, siga yo vertiendo en vosotros lo que no podéis digerir bien. En cuanto a esta promesa que aplacé hasta hoy, si hubiera oportunidad, tenedme por deudor vuestro, con la ayuda del Señor, hasta mañana.

Tratado 20 · Juan 5:19

1. Las palabras de nuestro Señor Jesucristo, en especial las que recoge el evangelista Juan —que no sin motivo se recostó en el pecho del Señor, para beber los secretos de aquella sabiduría más alta y, evangelizando, devolver lo que amando había bebido—, son tan secretas y profundas de entender que perturban a todos los de corazón perverso y ejercitan a todos los de corazón recto. Por eso, amadísimos, prestad atención a estas pocas palabras que se han leído. Veamos si de algún modo podemos, por don y ayuda de aquel que ha querido que se nos recitaran sus palabras, que entonces fueron oídas y puestas por escrito para que ahora se leyeran, qué quiere decir en lo que ahora habéis oído: «De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente».

2. Ahora necesitáis que se os recuerde de dónde surgió este discurso, por lo que precede a este pasaje, donde el Señor había curado a cierto hombre de entre los que yacían en los cinco pórticos de aquel estanque de Salomón, y a quien había dicho: «Toma tu lecho, y vete a tu casa». Pero esto lo había hecho en sábado; y por eso los judíos, turbados, lo acusaban falsamente de destructor y transgresor de la ley. Él entonces les dijo: «Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo». Pues ellos, entendiendo carnalmente la observancia del sábado, se figuraban que Dios, por así decir, había dormido hasta el día de hoy después del trabajo de fabricar el mundo; y que por eso había santificado aquel día, desde el cual comenzó a descansar como de un trabajo. Ahora bien, a nuestros padres de antiguo se les ordenó un sacramento del sábado, que nosotros los cristianos observamos espiritualmente, absteniéndonos de toda obra servil, es decir, de todo pecado (pues el Señor dice: «Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado»), y teniendo reposo en el corazón, esto es, tranquilidad espiritual. Y aunque en esta vida nos esforzamos por alcanzar este reposo, no lo alcanzaremos perfecto hasta que hayamos salido de esta vida. Pero la razón por la que se dice que Dios descansó es que no hizo ninguna criatura después de acabado todo. Además, la Escritura lo llamó reposo para advertirnos que después de las buenas obras descansaremos. Pues así está escrito en el Génesis: «Y vio Dios todo lo que había hecho, y era bueno en gran manera; y reposó Dios en el día séptimo», para que tú, hombre, considerando que de Dios mismo se dice que descansó después de las buenas obras, no esperes reposo para ti hasta después de haber hecho buenas obras; y así como Dios, después de haber hecho al hombre a su imagen y semejanza, y de haber acabado en él todas sus obras muy buenas, descansó el día séptimo, así tampoco esperes tú reposo, a menos que vuelvas a aquella semejanza en que fuiste hecho, semejanza que perdiste pecando. Porque, en realidad, no se puede decir que Dios se haya fatigado, él que «dijo, y fue hecho». ¿Quién, después de tanta facilidad en la obra, desea descansar como después de un trabajo? Si hubiera mandado y alguien le hubiera resistido, si hubiera mandado y no se hubiera hecho, y se hubiera fatigado para que se hiciera, entonces con razón se diría que descansó después del trabajo. Pero cuando en ese mismo libro del Génesis leemos: «Dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz»; «dijo Dios: Haya firmamento», y se hizo el firmamento, y todo lo demás fue hecho al instante a su palabra; lo cual atestigua también el salmo, diciendo: «Él dijo, y fueron hechos; él mandó, y fueron creados», ¿cómo podía necesitar reposo después de hecho el mundo, como para disfrutar del ocio tras el trabajo, él que al mandar nunca se fatigó? Por consiguiente, estas expresiones son místicas, y están puestas de este modo para que esperemos reposo después de esta vida, con tal que hayamos hecho buenas obras. Así pues, el Señor, reprimiendo el descaro y refutando el error de los judíos, y mostrándoles que no pensaban rectamente de Dios, les dice, cuando se escandalizaban de que sanara a los hombres en sábado: «Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo»: no supongáis, pues, que mi Padre descansó de tal modo en el sábado que desde entonces no obra; sino que, así como ahora obra, también yo obro. Pero como el Padre sin fatiga, así también el Hijo sin fatiga. Dios «dijo, y fueron hechas»; Cristo dijo al paralítico: «Toma tu lecho, y vete a tu casa», y se hizo.

3. Pero la fe católica sostiene que las obras del Padre y del Hijo no son separables. Esto es lo que quiero, si es posible, deciros, amadísimos; pero conforme a aquellas palabras del Señor: «El que sea capaz de recibir esto, que lo reciba». Y el que no sea capaz de recibirlo, que no me lo achaque a mí, sino a su propia torpeza; y que se vuelva a aquel que abre el corazón, para que derrame en él lo que da gratuitamente. Y por último, si alguno no ha entendido, porque yo no lo he expuesto como debía exponerlo, que excuse la debilidad del hombre e implore la bondad divina. Pues tenemos dentro un Maestro, Cristo. Lo que no podáis recibir por vuestro oído y mi boca, volveos en vuestro corazón a aquel que a mí me enseña qué decir y a vosotros os reparte en la medida que se digna. El que sabe qué dar y a quién darlo, ayudará al que busca y abrirá al que llama. Y si acaso no da, que nadie se tenga por abandonado. Puede ser que demore dar algo, pero a nadie deja con hambre. Si de hecho no da a la hora, está ejercitando al que busca, no desprecia al que suplica. Mirad, pues, y atended a lo que quiero decir, aunque no llegue a decirlo. La fe católica, confirmada por el Espíritu de Dios en sus santos, tiene esto contra toda perversidad herética: que las obras del Padre y del Hijo son inseparables. ¿Qué es lo que he dicho? Como el Padre y el Hijo son inseparables, así también son inseparables las obras del Padre y del Hijo. ¿Cómo son inseparables el Padre y el Hijo, si él mismo dijo: «Yo y el Padre uno somos»? Porque el Padre y el Hijo no son dos dioses, sino un solo Dios, el Verbo y aquel de quien es el Verbo, Uno y Único, Padre e Hijo unidos por la caridad, un solo Dios, y el Espíritu de la Caridad también uno, de modo que Padre, Hijo y Espíritu Santo constituyen la Trinidad. Por tanto, no solo del Padre y del Hijo, sino también del Espíritu Santo: como hay igualdad e inseparabilidad de las personas, así también las obras son inseparables. Os diré más claramente aún qué significa «las obras son inseparables». La fe católica no dice que Dios Padre hizo una cosa y el Hijo hizo otra; sino que lo que hizo el Padre, eso mismo hizo el Hijo, eso mismo hizo el Espíritu Santo. Porque todas las cosas fueron hechas por el Verbo; cuando «dijo, y fueron hechas», por el Verbo fueron hechas, por Cristo fueron hechas. Pues «en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios: todas las cosas por él fueron hechas». Si todas las cosas fueron hechas por él, «dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz»; en el Verbo la hizo, por el Verbo la hizo.

4. Ved, pues, que hemos oído ya el evangelio donde respondió a los judíos, que se indignaban de que «no solo quebrantaba el sábado, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios». Pues así está escrito en el párrafo anterior. Cuando, por tanto, el Hijo de Dios, la Verdad, respondió a su indignación errada, dice: «De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre»; como si dijera: «¿Por qué os escandalizáis de que haya dicho que Dios es mi Padre y que me hago igual a Dios? Soy igual de este modo: que él me engendró; soy igual de este modo: que él no procede de mí, sino yo de él». Porque esto está implícito en estas palabras: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre». Es decir, todo lo que el Hijo tiene que hacer, el poder hacerlo lo tiene del Padre. ¿Por qué del Padre tiene el hacerlo? Porque del Padre tiene el ser Hijo. ¿Por qué tiene del Padre el ser Hijo? Porque del Padre tiene el poder, del Padre el ser. Pues para el Hijo, poder y ser son una y la misma cosa. No es así en el hombre. Elevad vuestros corazones, por todos los medios, desde la comparación con la debilidad humana, que queda muy por debajo; y si alguno de nosotros llegara acaso hasta el secreto y, aturdido por el resplandor como de una gran luz, discerniera algo y no permaneciera del todo ignorante, no imagine por ello que entiende el todo, no sea que se ensoberbezca y pierda el conocimiento que ha adquirido. En el hombre, ser y poder son cosas distintas. Pues a veces el hombre es, y sin embargo no puede lo que quiere; otras veces, en cambio, el hombre es de tal modo que puede lo que quiere; por tanto, su ser y su poder son cosas distintas. Porque si en el hombre el esse y el posse fueran lo mismo, podría cuando quisiera. Pero en Dios no es así, que su sustancia, el ser, sea una cosa, y su potencia, el poder, otra; sino que todo lo que es suyo, y todo lo que él es, es consustancial con él, porque es Dios: no es que de una manera sea y de otra pueda; tiene a la vez el esse y el posse, porque tiene a la vez el querer y el hacer. Como, pues, el poder del Hijo es del Padre, por eso también la sustancia del Hijo es del Padre; y como la sustancia del Hijo es del Padre, por eso el poder del Hijo es del Padre. En el Hijo, poder y sustancia no son distintos: el poder es lo mismo que la sustancia; la sustancia, el ser; el poder, el poder. Por tanto, porque el Hijo es del Padre, dijo: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo». Porque no es Hijo por sí mismo, por eso no puede por sí mismo.

5. Parece haberse hecho a sí mismo, por así decir, menor, cuando dijo: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre». Aquí la vanidad herética levanta el cuello; la de aquellos, en efecto, que dicen que el Hijo es menor que el Padre, de menor autoridad, de menor majestad, de menor poder, sin entender el misterio de las palabras de Cristo. Pero atended, amadísimos, y ved cómo quedan confundidos en su entendimiento carnal por las palabras de Cristo. Y es lo que dije poco antes: que la palabra de Dios perturba a todos los corazones perversos, así como ejercita los corazones piadosos, en especial la que habla el evangelista Juan. Pues son palabras profundas las que él dice, no palabras al azar ni fáciles de entender. Así, si un hereje llega a oír estas palabras, se levanta enseguida y nos dice: «Mirad, el Hijo es menor que el Padre; oíd las palabras del Hijo, que dice: “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre”». Espera; como está escrito: «Sé manso para oír la palabra, para que entiendas». Pues bien, supongamos que yo, que afirmo que el poder y la majestad del Padre y del Hijo son iguales, me desconcertara al oír estas palabras: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre». Pues bien, desconcertado yo por estas palabras, te preguntaré a ti, que te parece haberlas entendido al instante. Sabemos por el evangelio que el Hijo anduvo sobre el mar; ¿cuándo vio al Padre andar sobre el mar? Ahora sí se desconcierta. Deja, pues, tu interpretación de las palabras, y examinémoslas juntos. ¿Qué hacemos entonces? Hemos oído las palabras del Señor: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre». El Hijo anduvo sobre el mar; el Padre nunca anduvo sobre el mar. Y, sin embargo, ciertamente «no puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre».

6. Vuelve, pues, conmigo a lo que decía, por si hay que entenderlo de modo que ambos salgamos de la cuestión. Porque veo cómo yo, conforme a la fe católica, puedo salir sin tropezar ni vacilar; mientras que tú, encerrado por todas partes, buscas una salida. Mira por qué camino has entrado. Quizá no has entendido esto que dije: Mira por qué camino has entrado; oye al mismo que dice: «Yo soy la puerta». No sin causa, pues, buscas cómo salir; y solo encuentras esto: que no entraste por la puerta, sino que caíste por encima del muro. Levántate, pues, de tu caída como puedas, y entra por la puerta, para que entres sin tropezar y salgas sin extraviarte. Ven por Cristo, sin sacar de tu propio corazón lo que hayas de decir; sino lo que él muestra, eso di. Mira cómo la fe católica sale de esta cuestión. El Hijo anduvo sobre el mar, asentó los pies de carne sobre las olas: la carne andaba y la divinidad dirigía. Pero cuando la carne andaba y la divinidad dirigía, ¿estaba ausente el Padre? Si ausente, ¿cómo dice el mismo Hijo: «el Padre que mora en mí, él hace las obras»? Si el Padre, morando en el Hijo, hace él mismo sus obras, entonces aquel andar sobre el mar lo hizo el Padre, y por medio del Hijo. Por consiguiente, aquel andar es una obra inseparable del Padre y del Hijo. Veo a ambos obrando en él. Ni el Padre abandonó al Hijo, ni el Hijo dejó al Padre. Así, todo lo que el Hijo hace, no lo hace sin el Padre; porque todo lo que el Padre hace, no lo hace sin el Hijo.

7. Hemos salido de esta cuestión. Notad que con razón decimos que las obras del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo son inseparables. Pero según lo entiendes tú, mira, Dios hizo la luz, y el Hijo vio al Padre hacer la luz, según tu entendimiento carnal, tú que quieres que sea menor porque dijo: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre». Dios Padre hizo la luz; ¿qué otra luz hizo el Hijo? Dios Padre hizo el firmamento, el cielo entre aguas y aguas; y el Hijo lo vio, según tu entendimiento torpe y lento. Pues bien, ya que el Hijo vio al Padre hacer el firmamento, y también dijo: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre», muéstrame entonces el otro firmamento hecho por el Hijo. ¿Has perdido el cimiento? Pero los que están «edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo», son puestos en estado de paz en Cristo; y no contienden ni vagan en la herejía. Entendemos, por tanto, que la luz fue hecha por Dios Padre, pero por medio del Hijo; que el firmamento fue hecho por Dios Padre, pero por medio del Hijo. Porque «todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho». Echa fuera tu entendimiento, que no debería llamarse entendimiento, sino claramente necedad. Dios Padre hizo el mundo; ¿qué otro mundo hizo el Hijo? Muéstrame el mundo del Hijo. ¿De quién es este mundo en que estamos? Dinos, ¿por quién fue hecho? Si dices: «Por el Hijo, no por el Padre», te has apartado del Padre; si dices: «Por el Padre, no por el Hijo», el evangelio te responde así: «Y el mundo por medio de él fue hecho; pero el mundo no le conoció». Reconoce, pues, a aquel por quien fue hecho el mundo, y no estés entre los que no conocieron al que hizo el mundo.

8. Por eso las obras del Padre y del Hijo son inseparables. Además, esto de «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo» significaría lo mismo que si dijera: «El Hijo no es por sí mismo». Porque si es Hijo, fue engendrado; si fue engendrado, procede de aquel de quien es engendrado. Con todo, el Padre lo engendró igual a sí mismo. Nada le faltaba al que engendró; el que engendró a un coeterno no necesitó tiempo para engendrar; el que produjo el Verbo de sí mismo no necesitó madre por quien engendrar; el Padre al engendrar no precedió al Hijo en edad, de modo que engendrara un Hijo más joven que él. Pero quizá alguien diga que Dios, después de muchos siglos, engendró un Hijo en su vejez. Así como el Padre no tiene edad, así el Hijo no tiene crecimiento; ni el uno ha envejecido ni el otro ha aumentado, sino que el igual engendró al igual, el eterno engendró al eterno. ¿Cómo, dice alguno, el eterno ha engendrado al eterno? Como una llama temporal genera una luz temporal. La llama que genera es coetánea de la luz que genera: la llama generadora no precede en el tiempo a la luz generada; sino que desde el momento en que empieza la llama, desde ese momento empieza la luz. Muéstrame una llama sin luz, y te mostraré a Dios Padre sin Hijo. Por consiguiente, «no puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre» significa que para el Hijo ver y ser engendrado del Padre es una misma cosa. Su ver y su sustancia no son distintos; ni son distintos su poder y su sustancia. Todo lo que es, lo es del Padre; todo lo que puede, lo puede del Padre; porque lo que puede y lo que es, es una sola cosa, y todo del Padre.

9. Además, continúa con sus propias palabras y perturba a los que entienden mal el asunto, para volver al recto entendimiento a los que yerran. Después de haber dicho: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre»; para que no se introduzca por casualidad una comprensión carnal del asunto que desvíe la mente, y alguien se imagine como dos artesanos, uno maestro y otro aprendiz, que observa atentamente al maestro mientras hace, digamos, un arca, de modo que, así como el maestro hizo el arca, el aprendiz hiciera otra arca según la apariencia que contempló mientras el maestro trabajaba; para que, digo, la mente carnal no se forje alguna noción doble semejante en el caso de la unidad divina, prosigue y dice: «Porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente». No dice que el Padre hace unas cosas y el Hijo otras semejantes, sino las mismas igualmente. Pues no dice: Todo lo que el Padre hace, el Hijo hace otras semejantes; sino que dice: «Todo lo que el Padre hace, esas mismas cosas también el Hijo las hace igualmente». Lo que hace el Padre, eso hace también el Hijo: el Padre hizo el mundo, el Hijo hizo el mundo, el Espíritu Santo hizo el mundo. Si fueran tres dioses, serían tres mundos; si es un solo Dios, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, un solo mundo fue hecho por el Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu Santo. En consecuencia, el Hijo hace las cosas que también hace el Padre, y no las hace de modo distinto; hace estas mismas, y las hace igualmente.

10. Después de haber dicho «estas hace», ¿por qué añadió «igualmente hace»? Para que no surja en la mente otra comprensión torcida o error. Ves, por ejemplo, la obra de un hombre: en el hombre hay mente y cuerpo; la mente gobierna el cuerpo, pero hay una gran diferencia entre cuerpo y mente: el cuerpo es visible, la mente es invisible; hay una gran diferencia entre el poder y la virtud de la mente y los de cualquier clase de cuerpo, aunque sea un cuerpo celeste. Sin embargo, la mente gobierna su propio cuerpo, y el cuerpo obra; y lo que la mente parece hacer, eso lo hace también el cuerpo. Así el cuerpo parece hacer esto mismo que hace la mente, pero no «igualmente». ¿Cómo hace lo mismo, pero no igualmente? La mente forma una palabra en sí misma; manda a la lengua, y la lengua produce la palabra que la mente formó: la mente la hizo, y la lengua la hizo; el señor del cuerpo la hizo, y el siervo la hizo; pero para que el siervo la hiciera, recibió de su señor qué hacer, e hizo mientras el señor mandaba. Lo mismo fue hecho por ambos, pero ¿fue igualmente? ¿Cómo no igualmente?, dirá alguien. Mira: la palabra que formó mi mente permanece en mí; la que hizo mi lengua pasó por el aire herido y ya no es. Cuando has dicho una palabra en tu mente y la has proferido con tu lengua, vuelve a tu mente y verás que la palabra que has hecho está todavía allí. ¿Ha permanecido en tu lengua, como ha permanecido en tu mente? Lo que fue proferido por la lengua, la lengua lo hizo sonando, la mente lo hizo pensando; pero lo que la lengua profirió ha pasado, lo que la mente pensó permanece. Por tanto, el cuerpo hizo lo que hizo la mente, pero no igualmente. Pues la mente hizo lo que la mente puede retener, pero la lengua hizo lo que suena e hiere el oído a través del aire. ¿Persigues las sílabas y haces que permanezcan? Pues bien, no de esa manera el Padre y el Hijo; sino «estas mismas hace», e «igualmente hace». Si Dios hizo el cielo que permanece, este cielo que permanece lo hizo el Hijo. Si Dios Padre hizo al hombre mortal, ese mismo hombre mortal lo hizo el Hijo. Todas las cosas que el Padre hizo y que perduran, esas cosas que perduran hizo también el Hijo, porque igualmente las hizo; y todas las cosas que el Padre hizo temporales, esas mismas cosas temporales hizo también el Hijo, porque no solo hizo las mismas, sino que también las hizo igualmente. Porque el Padre hizo por el Hijo, ya que por el Verbo hizo el Padre todas las cosas.

11. Busca una separación en el Padre y el Hijo, no la encuentras; no, ni aunque hayas subido alto; no, ni aunque hayas llegado a algo por encima de tu mente. Pues si andas dando vueltas entre las cosas que tu mente errante se fabrica, conversas con tus propias imaginaciones, no con el Verbo de Dios; tus propias imaginaciones te engañan. Sube también más allá del cuerpo, y entiende la mente; sube también más allá de la mente, y entiende a Dios. No llegas a Dios si no has pasado más allá de la mente; ¡cuánto menos llegas a Dios si te has quedado en la carne! Los que piensan en la carne, ¡cuán lejos están de entender qué es Dios!, pues no estarían allí ni aunque conocieran la mente. El hombre se aleja mucho de Dios cuando sus pensamientos son de la carne; y hay una gran diferencia entre carne y mente, pero mayor entre mente y Dios. Si te ocupas de la mente, estás en el medio: si diriges tu atención hacia abajo, allí está el cuerpo; si hacia arriba, allí está Dios. Levántate del cuerpo, pasa más allá aun de ti mismo. Porque observa lo que dijo el salmo, y se te advierte cómo hay que pensar en Dios: «Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche, mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios?». Como pueden decir los paganos: «Mirad nuestros dioses, ¿dónde está vuestro Dios?». Ellos, en efecto, nos muestran lo que se ve; nosotros adoramos lo que no se ve. ¿Y a quién podemos mostrarlo? ¿A un hombre que no tiene vista con que ver? Porque, en todo caso, si ellos ven a sus dioses con los ojos, nosotros también tenemos otros ojos con los que ver a nuestro Dios: pues «bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios». Por eso, después de decir que estaba turbado, cuando se le decía todos los días: «¿Dónde está tu Dios?», «de estas cosas me acuerdo —dice—, porque se me dice todos los días: ¿Dónde está tu Dios?». Y como queriendo asir a su Dios, «de estas cosas —dice— me acuerdo, y derramo sobre mí mi alma». Por tanto, para llegar hasta mi Dios, de quien se me decía: «¿Dónde está tu Dios?, derramé mi alma», no sobre mi carne, sino «sobre mí»; me trascendí a mí mismo para llegar hasta él: porque está sobre mí el que me hizo; nadie llega a él sino el que pasa más allá de sí mismo.

12. Considera el cuerpo: es mortal, terreno, débil, corruptible; déjalo. Sí, quizá dices, pero el cuerpo es temporal. Piensa entonces en otros cuerpos, los celestes; son mayores, mejores, más magníficos. Míralos, además, con atención. Giran de oriente a occidente, no se detienen; se ven con los ojos, no solo por el hombre, sino aun por la bestia del campo. Pasa más allá de ellos también. ¿Y cómo, dices, pasar más allá de los cuerpos celestes, si yo camino sobre la tierra? No pasas más allá de ellos en la carne, sino en la mente. Déjalos también: por más que brillen, son cuerpos; por más que resplandezcan desde el cielo, son cuerpos. Ven, ahora que quizá piensas que no tienes adónde ir después de haber considerado todo esto. ¿Y adónde he de ir, dices, más allá de los cuerpos celestes; y qué he de pasar más allá con la mente? ¿Has considerado todo esto? Sí, dices. ¿Con qué lo has considerado? Que aparezca en persona el que considera. El que considera todo esto, el que discierne, distingue y de alguna manera lo pesa en la balanza de la sabiduría, es en verdad la mente. Sin duda, pues, es mejor la mente con la que has contemplado todas estas cosas que estas cosas que has contemplado. Esta mente, pues, es un espíritu, no un cuerpo. Pasa más allá de ella también. Y para que veas hasta dónde has de pasar, compara esa mente misma, en primer lugar, con la carne. ¡Dios no quiera que te dignes compararla así! Compárala con el resplandor del sol, de la luna y de las estrellas; el resplandor de la mente es mayor. Observa, primero, la rapidez de la mente; mira si el destello de la mente que piensa no es más impetuoso que el brillo del sol resplandeciente. Con la mente ves salir el sol. ¡Qué lento es su movimiento comparado con tu mente! Lo que el sol va a hacer, tú puedes pensarlo en un instante. Va a venir de oriente a occidente; mañana sale de otra parte. Donde tu pensamiento ha hecho esto, el sol todavía se rezaga, y tú has recorrido todo el camino. Gran cosa es, por tanto, la mente. Pero ¿cómo digo es? Pasa más allá de ella también. Porque la mente, aunque es mejor que toda clase de cuerpo, es ella misma mudable. Ahora sabe, ahora no sabe; ahora olvida, ahora recuerda; ahora quiere, ahora no quiere; ahora yerra, ahora acierta. Pasa, pues, más allá de toda mutabilidad; no solo más allá de todo lo que se ve, sino también más allá de todo lo que cambia. Porque has pasado más allá de la carne que se ve; más allá del cielo, el sol, la luna y las estrellas, que se ven. Pasa también más allá de todo lo que cambia. Pues cuando terminaste con las cosas que se ven y llegaste a tu mente, allí encontraste la mutabilidad de tu mente. ¿Es Dios acaso mudable? Pasa entonces más allá aun de tu mente. Derrama tu alma «sobre ti», para llegar hasta Dios, de quien se te dice: «¿Dónde está tu Dios?».

13. No imagines que has de hacer algo más allá de la capacidad de un hombre. El evangelista Juan mismo lo hizo. Se elevó por encima de la carne, por encima de la tierra que pisaba, por encima de los mares que contemplaba, por encima del aire en que vuelan las aves, por encima del sol, de la luna, de las estrellas, por encima de todos los espíritus invisibles, por encima de su propia mente, por la razón misma de su alma racional. Elevándose por encima de todo esto, derramando su alma sobre sí, ¿adónde llegó? ¿Qué vio? «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios». Si, por tanto, no ves separación en la luz, ¿por qué buscas separación en la obra? Mira a Dios, mira a su Verbo inherente al que habla, de modo que el que habla no habla por sílabas, sino que este su hablar es un resplandecer en el brillo de la sabiduría. ¿Qué se dice de la Sabiduría misma? «Es el resplandor de la luz eterna». Observa el resplandor del sol. El sol está en el cielo y extiende su brillo sobre todas las tierras y sobre todos los mares, y es simplemente una luz corporal.

Si en verdad puedes separar el brillo del sol, entonces separa el Verbo del Padre. Hablo del sol. Una pequeña y delgada llama de lámpara, que puede apagarse con un soplo, extiende su luz sobre todo lo que tiene cerca: ves extenderse la luz generada por la llama; ves su emisión, pero no una separación. Entended, pues, amadísimos hermanos, que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están inseparablemente unidos en sí mismos; que esta Trinidad es un solo Dios; que todas las obras del único Dios son obras del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Todo lo demás que sigue, y que se refiere al discurso de nuestro Señor Jesucristo, puesto que mañana se os debe también un discurso, estad presentes para oírlo.

Tratado 23 · Juan 5:19-40

1. En cierto lugar del Evangelio, el Señor dice que el oyente prudente de su palabra debe ser semejante a un hombre que, queriendo edificar una casa, cava hondo hasta llegar al fundamento firme sobre la roca, y allí asegura lo que construye contra la violencia de la inundación, de modo que, cuando llegue la inundación, sea más bien rechazada por la solidez de la construcción que arruine aquella casa con la fuerza de su empuje. Consideremos que la Escritura de Dios es como el campo donde queremos edificar algo. No seamos perezosos ni nos contentemos con la superficie; cavemos hondo hasta llegar a la roca: «Y la roca era Cristo».

2. El pasaje que se ha leído hoy nos ha hablado del testimonio del Señor: que no tiene por necesario el testimonio de los hombres, sino que tiene un testimonio mayor que el de los hombres; y nos ha dicho cuál es este testimonio: «Las obras», dice, «que yo hago dan testimonio de mí». Luego añadió: «Y el Padre que me envió ha dado testimonio de mí». Las obras mismas que hace dice que las ha recibido del Padre. Las obras, pues, dan testimonio; el Padre da testimonio. ¿No dio Juan ningún testimonio? Lo dio claramente, pero como una lámpara; no para satisfacer a los amigos, sino para confundir a los enemigos, pues mucho antes se había predicho en la persona del Padre: «He preparado lámpara a mi Ungido; a sus enemigos vestiré de confusión, mas sobre él florecerá mi santificación». Supón que te hubieras quedado a oscuras de noche: fijaste tu atención en la lámpara, admiraste la lámpara y te alegraste con su luz. Pero esa lámpara dice que hay un sol, en el cual debes alegrarte; y aunque arde en la noche, te manda que estés atento al día. Por tanto, no es que el testimonio de aquel hombre no fuera necesario. Pues ¿para qué fue enviado, si no se le necesitaba? Al contrario: para que el hombre no se detuviera en la lámpara y pensara que la luz de la lámpara le bastaba, el Señor ni dice que esa lámpara fuera superflua, ni dice que debas quedarte en la lámpara. La Escritura de Dios pronuncia otro testimonio: allí, sin duda, Dios ha dado testimonio de su Hijo, y en esa Escritura los judíos habían puesto su esperanza, es decir, en la ley de Dios dada por Moisés su siervo. «Escudriñad las Escrituras», dice, «en las cuales pensáis que tenéis la vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida». ¿Por qué pensáis que en la Escritura tenéis la vida eterna? Preguntadle a ella misma de quién da testimonio, y entended qué es la vida eterna. Y como por causa de Moisés estaban dispuestos a rechazar a Cristo, como adversario de las ordenanzas y preceptos de Moisés, los convence a esos mismos como con otra lámpara.

3. Pues, en verdad, todos los hombres son lámparas, ya que pueden ser encendidos y apagados. Más aún, cuando las lámparas son sabias, brillan y arden con el Espíritu; pero también, si ardieron y se apagan, hasta apestan. Los siervos de Dios permanecen como buenas lámparas por el aceite de su misericordia, no por su propia fuerza. La gracia gratuita de Dios es, en verdad, el aceite de las lámparas. «He trabajado más que todos ellos», dice cierta lámpara; y para no parecer que ardía por su propia fuerza, añadió: «Pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo». Toda profecía, pues, antes de la venida del Señor, es una lámpara. De esta lámpara dice el apóstol Pedro: «Tenemos más segura la palabra profética, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una lámpara que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones». Así, los profetas son lámparas, y toda la profecía una gran lámpara. ¿Y los apóstoles? ¿No son también lámparas? Lo son, claramente. Solo él no es lámpara. Pues él no es encendido ni apagado, porque «como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo». Los apóstoles, digo, son también lámparas; y dan gracias porque fueron encendidos con la luz de la verdad, y arden con el espíritu de la caridad, y están provistos del aceite de la gracia de Dios. Si no fueran lámparas, el Señor no les diría: «Vosotros sois la luz del mundo». Porque después de decir: «Vosotros sois la luz del mundo», les muestra que no deben pensar que son una luz como aquella de la cual se dice: «Aquella era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo». Pero esto se dijo del Señor cuando se le distinguía de Juan (el Bautista). De Juan el Bautista, en efecto, se había dicho: «No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz». Y no vayas a decir: ¿cómo no era la luz aquel de quien Cristo dice que «era una lámpara»? Respondo: en comparación con la otra luz, no era luz. Porque «aquella era la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo». Por eso, cuando dijo también a los discípulos: «Vosotros sois la luz del mundo», para que no imaginaran que se les atribuía algo que debía entenderse solo de Cristo, y así las lámparas fueran apagadas por el viento de la soberbia, después de decir: «Vosotros sois la luz del mundo», añadió enseguida: «Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa». Pero ¿y si no llamó a los apóstoles la luz, sino los que encienden la luz, que habían de poner sobre un candelero? Oye que los llamó a ellos mismos la luz. «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres», dice, «para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen», no a vosotros, sino «a vuestro Padre que está en los cielos».

4. Por tanto, tanto Moisés dio testimonio de Cristo, como Juan dio testimonio de Cristo, y todos los demás profetas y apóstoles dieron testimonio de Cristo. Antes de todos estos testimonios pone el testimonio de sus propias obras. Porque también por medio de esos hombres era Dios, y no otro, quien daba testimonio de su Hijo. Pero además Dios da testimonio de su Hijo de otra manera. Dios revela a su Hijo por medio del Hijo mismo, se revela a sí mismo por medio del Hijo. Si alguien logra llegar hasta él, no necesitará lámparas; y cavando de veras hondo, llevará su edificio hasta la roca.

5. La lectura de hoy, hermanos, es fácil; pero a causa de lo que se debía ayer (pues sé lo que he diferido, no negado, y el Señor se ha dignado permitirme hablaros también hoy), recordad lo que debéis reclamar, por si acaso, conservando la piedad y la humildad saludable, podemos en alguna medida extendernos, no contra Dios, sino hacia él, y elevar nuestra alma, derramándola por encima de nosotros, como el salmista, a quien se le decía: «¿Dónde está tu Dios?». «En estas cosas», dice, «meditaba, y derramé sobre mí mi alma». Elevemos, pues, nuestra alma a Dios, no contra Dios; porque también se dice: «A ti, oh Señor, levanté mi alma». Y elevémosla con su propia ayuda, porque es pesada. ¿Y por qué es pesada? Porque el cuerpo, que es corruptible, agobia el alma, y la morada terrenal oprime la mente que medita en muchas cosas. Probemos, pues, si podemos apartar nuestra mente de muchas cosas para concentrarla en una sola y elevarla a una sola (lo cual, en efecto, no podemos hacer, como he dicho, si no nos ayuda aquel que quiere que nuestras almas sean elevadas hacia él). Y así podamos comprender en alguna medida cómo el Verbo de Dios, el unigénito del Padre, coeterno e igual al Padre, no hace nada sino lo que ve hacer al Padre, y sin embargo el Padre mismo no hace nada sino por medio del Hijo, que lo ve hacer. Porque el Señor Jesús, según me parece, queriendo dar a conocer aquí algo grande a los que atienden, y derramarlo en los que son capaces de recibirlo, y estimular, por otra parte, a los incapaces a la diligencia, para que, no entendiendo todavía, se hagan capaces viviendo rectamente, nos ha dado a entender que el alma humana y la mente racional que hay en el hombre, no en la bestia, no se fortalece, ni se ilumina, ni se hace feliz de ningún otro modo que por la misma sustancia de Dios; que el alma misma recibe algo del cuerpo y a la vez lo mantiene sujeto a sí, pues los sentidos del cuerpo pueden ser calmados y deleitados por cosas corporales, y que a causa de esta especie de compañía del alma y del cuerpo en esta vida, y de este mutuo abrazo suyo, el alma se deleita cuando los sentidos corporales son calmados y se entristece cuando son ofendidos; y que, sin embargo, la felicidad con que el alma misma es hecha feliz no puede alcanzarse sino por la participación de aquella vida siempre viviente e inmutable, de aquella sustancia eterna, que es Dios: que así como el alma, que es inferior a Dios, hace vivir al cuerpo, que le es inferior, así solo lo que es superior al alma puede hacer vivir felizmente a esa misma alma. Porque el alma es más alta que el cuerpo, y más alto que el alma es Dios. Ella concede algo a su inferior, mientras que a ella algo le es concedido por el superior. Que sirva a su Señor, para que no sea pisoteada por su propio siervo. Esta, hermanos, es la religión cristiana, que se predica por todo el mundo, mientras sus enemigos se llenan de espanto; los cuales, donde son vencidos, murmuran, y donde prevalecen se ensañan ferozmente contra ella. Esta es la religión cristiana: que se adore a un solo Dios, no a muchos dioses, porque solo un Dios puede hacer feliz al alma. Se hace feliz por la participación de Dios. No por la participación de un alma santa se hace feliz el alma débil, ni por la participación de un ángel se hace feliz el alma santa; sino que, si el alma débil busca ser feliz, busque aquello por lo cual es hecha feliz el alma santa. Pues tú eres hecho feliz, no por un ángel, sino que tanto el ángel como tú lo sois de la misma fuente.

6. Establecido esto de antemano y firmemente —que el alma racional solo es hecha feliz por Dios, que el cuerpo solo es vivificado por el alma, y que el alma es algo intermedio entre Dios y el cuerpo—, dirigid vuestros pensamientos y recordad conmigo, no el pasaje que se leyó hoy, del cual hemos dicho bastante, sino el de ayer, que hemos estado dando vueltas y manejando estos tres días, y cavando, según nuestras fuerzas, hasta llegar a la roca. El Verbo Cristo, Cristo el Verbo de Dios con Dios, Cristo el Verbo y el Verbo Dios, Cristo, Dios y Verbo, un solo Dios. Hacia esto avanza, oh alma, despreciando, o incluso trascendiendo todo lo demás; hacia esto avanza. No hay nada más poderoso que esta criatura que se llama la mente racional, nada más sublime: lo que está por encima de ella no es sino el Creador. Pero decía yo que Cristo es el Verbo, y Cristo es el Verbo de Dios, y Cristo el Verbo es Dios; pero Cristo no es solo el Verbo, puesto que «el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros»: por tanto, Cristo es a la vez Verbo y carne. Porque «siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse». ¿Y qué de nosotros en nuestra bajeza, que, débiles y arrastrándonos por el suelo, no podíamos llegar hasta Dios: habíamos de ser abandonados? Dios nos libre. «Se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo»; no, pues, perdiendo la forma de Dios. Se hizo hombre el que era Dios, tomando lo que no era, no perdiendo lo que era: así Dios se hizo hombre. Ahí tienes algo para tu debilidad, algo para tu perfección. Que Cristo te levante por lo que es hombre, te conduzca por lo que es Dios-hombre y te guíe hasta lo que es Dios. Y toda la predicación y dispensación por Cristo es esta, hermanos, y no hay otra: que las almas resuciten, y que también los cuerpos resuciten. Porque cada uno de los dos estaba muerto: el cuerpo por la debilidad, el alma por la iniquidad. Como cada uno estaba muerto, cada uno puede resucitar. ¿Cada uno? El alma y el cuerpo. ¿Por quién, pues, puede resucitar el alma sino por Cristo Dios? ¿Por quién el cuerpo, sino por el hombre Cristo? Pues hubo también en Cristo un alma humana, un alma entera; no solo la parte irracional del alma, sino también la racional, que se llama mente. Porque ha habido ciertos herejes, que han sido expulsados de la Iglesia, que imaginaban que el cuerpo de Cristo no tenía en sí una mente racional, sino, por así decirlo, la vida animal de una bestia; ya que, sin la mente racional, la vida es solo vida animal. Pero, puesto que fueron expulsados, y expulsados por la verdad, acepta tú al Cristo total: Verbo, mente racional y carne. Este es el Cristo total. Que tu alma resucite de la iniquidad por aquello que es Dios, y tu cuerpo de la corrupción por aquello que es hombre. Oíd aquí, amadísimos, cuál es, según me parece, la gran profundidad de este pasaje; y ved cómo Cristo habla aquí en el sentido de que la única razón por la que vino es que las almas tengan una resurrección de la iniquidad, y los cuerpos de la corrupción. Ya he dicho por qué son resucitadas nuestras almas: por la misma sustancia de Dios; por qué son resucitados nuestros cuerpos: por la dispensación humana de nuestro Señor Jesucristo.

7. «De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente». Sí: el cielo, la tierra, el mar; las cosas que hay en el cielo, en la tierra y en el mar; lo visible y lo invisible, los animales de la tierra, las plantas de los campos, las criaturas que nadan en las aguas, que vuelan en el aire, que brillan en el cielo; además de todas ellas, ángeles, virtudes, tronos, dominaciones, principados, potestades; «todo fue hecho por él». ¿Hizo Dios todas estas cosas y, una vez hechas, se las mostró al Hijo para que él hiciera también otro mundo lleno de todas ellas? Ciertamente no. Pero, al contrario, ¿qué dice? «Porque todo lo que hizo», esto, no otras cosas, sino «esto también lo hace el Hijo», no de otro modo, «sino igualmente». «Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace». El Padre muestra al Hijo que las almas han de resucitar, pues las almas son resucitadas por el Padre y el Hijo; y las almas no pueden vivir si Dios no es su vida. Si, pues, las almas no pueden vivir a menos que Dios sea su vida, así como ellas mismas son la vida de los cuerpos, lo que el Padre muestra al Hijo, es decir, lo que hace, lo hace por medio del Hijo. Porque no muestra al Hijo haciendo, sino que, mostrando, hace por medio del Hijo. Pues el Hijo ve al Padre mostrar antes de que se haga cosa alguna; y de la muestra del Padre y de la visión del Hijo se hace lo que es hecho por el Padre por medio del Hijo. Así resucitan las almas, si pueden ver esa conjunción de unidad: el Padre mostrando, el Hijo viendo, y la criatura hecha por la muestra del Padre y la visión del Hijo; y esa cosa hecha por la muestra del Padre y la visión del Hijo, que no es ni el Padre ni el Hijo, sino inferior al Padre y al Hijo, sea lo que sea lo que es hecho por el Padre por medio del Hijo. ¿Quién ve esto?

8. He aquí que de nuevo nos abajamos a las nociones carnales y descendemos hasta vosotros, si es que alguna vez habíamos ascendido algo desde vosotros. Quieres mostrar algo a tu hijo, para que haga lo que tú haces; vas a hacer algo, y así a mostrar la cosa. Por tanto, lo que vas a hacer, para mostrárselo a tu hijo, no lo haces ciertamente por medio de tu hijo; sino que tú solo haces esa cosa que, una vez hecha, él pueda ver, y hacer otra semejante de igual manera. Aquí no ocurre así; ¿por qué te quedas en tu propia semejanza y borras la semejanza de Dios que hay en ti? Allí el caso es totalmente distinto. Busca un caso en que muestres a tu hijo lo que haces antes de hacerlo, de modo que, después de habérselo mostrado, lo hagas por medio del hijo. Quizá se te ocurra ahora algo así: He aquí, dices, pienso hacer una casa y quiero que la construya mi hijo; antes de construirla yo mismo, indico a mi hijo lo que pienso hacer: él lo hace, y yo también por medio de aquel a quien indiqué mi deseo. Te has alejado, es cierto, de la semejanza anterior, pero todavía yaces en una gran desemejanza. Pues he aquí que, antes de poder hacer la casa, informas a tu hijo y le indicas lo que piensas hacer, para que, por tu muestra antes de hacer, él haga lo que has mostrado, y así tú hagas por medio de él; pero hablarás palabras a tu hijo, tendrán que pasar palabras entre tú y él; entre el que muestra y el que ve, entre el que habla y el que oye, vuela un sonido articulado, que no es lo que tú eres ni lo que él es. Ese sonido, en efecto, que sale de tu boca y, por el choque del aire, toca el oído de tu hijo y, llenando el sentido del oído, lleva tu pensamiento a su corazón; ese sonido, digo, no es ni tú ni tu hijo. Se da una señal de tu mente a la mente de tu hijo, pero esa señal no es ni tu mente ni la de tu hijo, sino otra cosa. ¿Pensamos que así ha hablado el Padre al Hijo? ¿Hubo palabras entre el Padre y el Verbo? ¿Entonces cómo? O, si el Padre quisiera decir algo al Hijo mediante una palabra, siendo el Hijo mismo el Verbo del Padre, ¿hablaría mediante una palabra al Verbo? O, siendo el Hijo la gran Palabra, ¿tuvieron que pasar palabras menores entre el Padre y el Hijo? ¿Fue así que cierto sonido, como una criatura temporal y fugaz, tuvo que salir de la boca del Padre y herir el oído del Hijo? ¿Tiene Dios cuerpo, para que esto proceda, por así decirlo, de sus labios? ¿Y tiene el Verbo oídos corporales, en los que pueda entrar el sonido? Deja a un lado todas las nociones de formas corporales, mira la simplicidad, si tienes un corazón sencillo. Pero ¿cómo tendrás un corazón sencillo? Si no te enredas con el mundo, sino que te desenredas del mundo. Porque desenredándote tendrás un corazón sencillo. Y mira, si puedes, lo que digo; o si no puedes, cree lo que no ves. Hablas a tu hijo; hablas mediante una palabra: ni tú ni tu hijo sois la palabra que suena.

9. Tengo, dices, otro método de mostrar; pues mi hijo está tan bien instruido que oye sin que yo hable, sino que le muestro con un gesto lo que ha de hacer. Mira: muéstrale con un gesto lo que quieras; con todo, ciertamente la mente guarda dentro de sí lo que quiere mostrar. ¿Con qué das ese gesto? Con el cuerpo, es decir, con los labios, la mirada, las cejas, los ojos, las manos. Todo esto no es lo que es tu mente: también esto son medios; algo se entendió por estas señales, que no son lo que es tu mente ni lo que es la mente de tu hijo; pero todo esto que haces con el cuerpo es inferior a tu mente y a la mente de tu hijo; y tu hijo no puede conocer tu mente si no le das señales por medio del cuerpo. ¿Qué digo, pues? Que aquí no ocurre así; allí todo es simplicidad. El Padre muestra al Hijo lo que está haciendo, y mostrando engendra al Hijo. Veo lo que he dicho; pero como veo también a quién se lo he dicho, ojalá se forme en vosotros algún día tal inteligencia que lo alcance. Si no podéis ahora comprender lo que Dios es, comprended al menos lo que Dios no es: habréis avanzado mucho si pensáis que Dios no es algo distinto de lo que es. Dios no es un cuerpo, ni la tierra, ni el cielo, ni la luna, ni el sol, ni las estrellas: no es ninguna de estas cosas corporales. Porque si no son las cosas celestes, ¡cuánto menos las terrenas! Deja de lado todo cuerpo. Oye además otra cosa: Dios no es un espíritu mudable. Pues confieso —y hay que confesarlo, porque lo dice el Evangelio—: «Dios es Espíritu». Pero pasa más allá de todo espíritu mudable, más allá de todo espíritu que ahora sabe, ahora no sabe; que ahora recuerda, ahora olvida; que quiere lo que antes no quería, que no quiere lo que antes quería; que sufre ahora estas mutaciones o puede sufrirlas: pasa más allá de todos estos. No hallas en Dios mudanza alguna, ni nada que haya sido de un modo antes y sea de otro ahora. Porque donde hallas alternancia, allí ha ocurrido una especie de muerte: pues que una cosa no sea lo que era, es una muerte. Se dice que el alma es inmortal; así es, en efecto, porque vive siempre y hay en ella cierta vida continua, pero con todo una vida mudable. Según la mudanza de esta vida, puede decirse que es mortal; porque si vivía sabiamente y luego se hace necia, muere para peor; si vivía neciamente y se hace sabia, muere para mejor. Pues la Escritura nos enseña que hay una muerte para peor y que hay una muerte para mejor. En todo caso, habían muerto para peor aquellos de quienes se dice: «Deja que los muertos entierren a sus muertos»; y: «Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo»; y en este pasaje que tenemos delante: «Cuando los muertos oigan, y los que oigan vivirán». Para peor habían muerto; por eso vuelven a la vida. Al volver a la vida mueren para mejor, porque al volver a la vida no serán lo que eran; pero que sea lo que no era, es muerte. ¿Pero quizá no se llama muerte si es para mejor? El apóstol la ha llamado muerte: «Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos?». Y otra vez: «Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios». Quiere que muramos para que vivamos, porque hemos vivido para morir. Por tanto, todo lo que muere, tanto de mejor a peor como de peor a mejor, no es Dios; porque ni la suma bondad puede pasar a algo mejor, ni la verdadera eternidad a algo peor. Pues la verdadera eternidad es donde no hay nada de tiempo. Pero ¿había ahora esto, ahora aquello? En cuanto se admite el tiempo, no es eterno. Porque, para que sepáis que Dios no es así como lo es el alma —ciertamente el alma es inmortal—, ¿qué dice, sin embargo, el apóstol de Dios: «Quien solo tiene inmortalidad», sino que dice abiertamente esto: que solo él tiene la inmutabilidad, porque solo él tiene la verdadera eternidad? Por tanto, allí no hay mudanza alguna.

10. Reconoce en ti algo que quiero decir dentro, en ti mismo; no dentro como en tu cuerpo, pues en cierto sentido se puede decir «en ti mismo». Porque hay en ti salud, tu edad sea la que sea, pero esto en cuanto al cuerpo. En ti está tu mano y tu pie; pero una cosa hay en ti, dentro; otra en ti como en tu vestido. Pero deja fuera tu vestido y a ti mismo, desciende a ti mismo, ve a tu aposento secreto, tu mente, y allí mira, si puedes, lo que quiero decir. Porque si estás lejos de ti mismo, ¿cómo podrás acercarte a Dios? Yo hablaba de Dios y creías que lo entenderías. Hablo del alma, hablo de ti mismo: entiende esto, ahí te pondré a prueba. Pues no voy muy lejos a buscar ejemplos cuando quiero darte alguna semejanza con tu Dios tomada de tu propia mente; porque ciertamente no en el cuerpo, sino en esa misma mente, fue hecho el hombre a imagen de Dios. Busquemos a Dios en su propia semejanza; reconozcamos al Creador en su propia imagen. Allí dentro, si podemos, hallemos esto de lo que hablamos: cómo el Padre muestra al Hijo, y cómo el Hijo ve lo que el Padre muestra, antes de que el Padre haga cosa alguna por medio del Hijo. Pero cuando haya hablado y hayas entendido, no debes pensar que aquello de lo que se habla sea algo exactamente como nuestro ejemplo, para que guardes en ello la piedad que quiero que guardes, y a guardar la cual te exhorto con empeño: es decir, que si no puedes comprender lo que Dios es, no pienses que sea poca cosa para ti saber lo que no es.

11. He aquí que en tu mente veo dos cosas: tu memoria y tu pensamiento, que es como la facultad de ver y la visión de tu alma. Ves algo, lo percibes con los ojos y lo confías al cuidado de la memoria. Allí dentro está lo que has confiado a tu memoria, guardado en secreto como en un almacén, como en un tesoro, como en una especie de cámara secreta y gabinete interior. Piensas en otra cosa, tu atención está en otra parte; lo que viste está en tu memoria, pero no es visto por ti, porque tu pensamiento está puesto en otra cosa. Lo pruebo al instante. Hablo a vosotros que lo conocéis; menciono por su nombre Cartago; todos los que la conocen han visto al instante Cartago dentro de la mente. ¿Hay tantas Cartagos como mentes tenéis vosotros? Todos la habéis visto por medio de este nombre, por medio de estas sílabas que conocéis, que salen de mi boca: vuestros oídos fueron tocados; el sentido del alma fue tocado por medio del cuerpo, y la mente, apartándose de otro objeto hacia esta palabra, vio Cartago. ¿Fue hecha Cartago allí y entonces? Ya estaba allí, pero latente en la memoria. ¿Por qué latente allí? Porque tu mente estaba ocupada en otro asunto; pero cuando tu pensamiento se volvió a lo que estaba en la memoria, de allí tomó forma y se hizo una especie de visión de la mente. Antes no había visión, sino memoria; la visión se hizo por la vuelta del pensamiento a la memoria. Tu memoria, pues, mostró Cartago a tu pensamiento; y lo que estaba en ella antes de que dirigieras tu mente a la memoria, lo presentó a la atención de tu pensamiento cuando este se volvió hacia ella. He aquí que la memoria efectúa una muestra y en el pensamiento se produce una visión; y no pasaron palabras entre ellos, no se dio ninguna señal del cuerpo: ni hiciste un gesto, ni escribiste, ni emitiste un sonido; y sin embargo el pensamiento vio lo que la memoria mostró. Pero tanto lo que mostró como aquello a lo que mostró son de la misma sustancia. Mas, para que tu memoria tuviera Cartago en sí, la imagen fue introducida por los ojos, pues viste lo que almacenaste en tu memoria. Así has visto el árbol que recuerdas; así el monte, el río; así el rostro de un amigo, de un enemigo, del padre, de la madre, del hermano, de la hermana, del hijo, del vecino; así las letras escritas en un libro, el libro mismo; así esta iglesia: todas estas cosas las viste y las confiaste a tu memoria una vez vistas; y las guardaste allí, por así decirlo, para poder verlas a voluntad pensando, aun cuando estuvieran ausentes de estos ojos del cuerpo. Viste Cartago cuando estabas en Cartago; tu alma recibió la imagen por los ojos; esta imagen fue guardada en tu memoria; y tú, la persona que estuvo presente en Cartago, conservaste dentro de ti algo que pudieras ver contigo mismo, aun cuando ya no estuvieras allí. Todas estas cosas las recibiste de fuera. Lo que el Padre muestra al Hijo no lo recibe de fuera: todo sucede dentro, porque no habría criatura alguna fuera si el Padre no la hubiera hecho por medio del Hijo. Toda criatura fue hecha por Dios; antes de ser hecha no existía. No fue, pues, vista después de hecha y retenida en la memoria para que el Padre la mostrara al Hijo, como la memoria podría mostrarla al pensamiento; sino que, al contrario, el Padre la mostró para que fuera hecha, el Hijo la vio para que fuera hecha; y el Padre la hizo mostrándola, porque la hizo por medio del Hijo que veía. Y por eso no debemos extrañarnos de que se diga: «Sino lo que ve hacer al Padre», y no mostrar. Porque con esto se da a entender que, en el Padre, hacer y mostrar es lo mismo; para que de ahí entendamos que hace todas las cosas por medio del Hijo que ve. Ni esa muestra ni esa visión son temporales. Puesto que todos los tiempos fueron hechos por el Hijo, ciertamente no pudieron serle mostrados en un momento del tiempo para ser hechos. Pero la muestra del Padre engendra la visión del Hijo, exactamente del mismo modo que el Padre engendra al Hijo. Pues la muestra produce la visión, no la visión la muestra. Y si pudiéramos considerar este asunto con más pureza y perfección, quizá hallaríamos que el Padre no es una cosa y su muestra otra, ni el Hijo una cosa y su visión otra. Pero si apenas hemos comprendido esto —si apenas hemos podido explicar cómo la memoria presenta al pensamiento lo que ha recibido de fuera—, ¡cuánto menos podemos captar o explicar cómo Dios Padre muestra al Hijo lo que no tiene de otra parte, o lo que no es otro que él mismo! Somos solo pequeños: os digo lo que Dios no es, no os muestro lo que Dios es. ¿Qué haremos, pues, para comprender lo que es? ¿Podéis hacerlo por mí o mediante mí? Esto lo digo a los pequeños, tanto a vosotros como a mí mismo; hay quien nos puede: acabamos de cantar, acabamos de oír: «Echa sobre el Señor tu carga, y él te sustentará». La razón por la que no puedes, oh hombre, es que eres pequeño; siendo pequeño, debes ser alimentado; siendo alimentado, llegarás a ser adulto; y lo que como pequeño no pudiste, lo verás cuando seas adulto; pero para que seas alimentado, «echa sobre el Señor tu carga, y él te sustentará».

12. Recorramos, pues, brevemente lo que queda, y ved cómo el Señor nos da a conocer las cosas que he estado recomendando aquí a vuestra atención. «El Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace». Él mismo resucita las almas, pero por medio del Hijo, para que las almas resucitadas gocen de la sustancia de Dios, es decir, del Padre y del Hijo. «Y mayores obras que estas le mostrará». ¿Mayores que cuáles? Que las curaciones de los cuerpos. De esto ya hemos tratado y no debemos detenernos ahora en ello. Mayor es la resurrección del cuerpo para la eternidad que esta curación del cuerpo, obrada en aquel impedido, para durar solo un tiempo. «Y mayores obras que estas le mostrará, de modo que vosotros os maravilléis». «Mostrará», como si el acto fuera temporal, por tanto como a un hombre hecho en el tiempo, ya que Dios el Verbo no es hecho, él por quien todos los tiempos fueron hechos. Pero Cristo fue hecho hombre en el tiempo. Sabemos bajo qué consulado dio a luz la virgen María a Cristo, concebido del Espíritu Santo. Por eso aquel por quien, como Dios, los tiempos fueron hechos, fue hecho hombre en el tiempo. De ahí que, igual que en el tiempo, «le mostrará mayores obras», es decir, la resurrección de los cuerpos, «de modo que vosotros os maravilléis» de la resurrección de los cuerpos obrada por el Hijo.

13. Vuelve entonces a aquella resurrección de las almas: «Porque como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida»; pero esto según el Espíritu. El Padre da vida, el Hijo da vida; el Padre a los que quiere, el Hijo a los que quiere; pero el Padre da vida igual que el Hijo, porque todas las cosas fueron hechas por él. «Porque como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida». Esto se dice de la resurrección de las almas; pero ¿y de la resurrección de los cuerpos? Vuelve y dice: «Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio lo ha dado al Hijo». La resurrección de las almas se efectúa por la sustancia eterna e inmutable del Padre y del Hijo. Pero la resurrección de los cuerpos se efectúa por la dispensación de la humanidad del Hijo, dispensación que es temporal, no coeterna con el Padre. Por eso, cuando mencionó el juicio, en el cual habría una resurrección de los cuerpos, dice: «Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio lo ha dado al Hijo»; pero acerca de la resurrección de las almas dice: «Como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida». Eso, pues, el Padre y el Hijo juntamente. Pero esto acerca de la resurrección de los cuerpos: «El Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio lo ha dado al Hijo; para que todos honren al Hijo, como honran al Padre». Esto se refiere a la resurrección de las almas. «Para que todos honren al Hijo». ¿Cómo? «Como honran al Padre». Porque el Hijo obra la resurrección de las almas del mismo modo que el Padre; el Hijo da vida igual que el Padre. Por tanto, en la resurrección de las almas, «honren todos al Hijo como honran al Padre». Pero ¿y la honra por causa de la resurrección del cuerpo? «El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió». No dijo como, sino honra y no honra. Porque al hombre Cristo se le honra, pero no como a Dios Padre. ¿Por qué? Porque, con respecto a esto, dijo: «El Padre mayor es que yo». ¿Y cuándo es honrado el Hijo como es honrado el Padre? Cuando «en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios; todas las cosas por él fueron hechas». Y por eso, en esta segunda honra, ¿qué dice? «El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió». El Hijo no fue enviado sino porque fue hecho hombre.

14. «De cierto, de cierto os digo». De nuevo vuelve a la resurrección de las almas, para que por la repetición continua captemos su sentido; porque no podíamos seguir su discurso, que avanzaba apresurado como sobre alas. Mirad, la Palabra de Dios se detiene con nosotros; mirad, habita, por así decirlo, con nuestras flaquezas. Vuelve otra vez a mencionar la resurrección de las almas. «De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna»; pero la tiene como del Padre. «Porque el que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna» del Padre, por creer al Padre que envió al Hijo. «Y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida». Pero del Padre, a quien cree, es vivificado. ¿Qué, no das vida tú? Mira que el Hijo también «a los que quiere da vida». «De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán». Aquí no dijo: creerán al que me envió, y por eso vivirán; sino que, por oír la voz del Hijo de Dios, «los que oigan», es decir, los que obedezcan al Hijo de Dios, «vivirán». Por tanto, vivirán por el Padre, cuando crean al Padre; y vivirán por el Hijo, cuando oigan la voz del Hijo de Dios. ¿Por qué vivirán tanto por el Padre como por el Hijo? «Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo».

15. Ha terminado de hablar de la resurrección de las almas; queda hablar más claramente de la resurrección de los cuerpos. «Y también le dio autoridad de hacer juicio»: no solo de resucitar las almas por la fe y la sabiduría, sino también de hacer juicio. ¿Pero por qué esto? «Por cuanto es el Hijo del Hombre». Por tanto, el Padre hace algo por medio del Hijo del Hombre que no hace desde su propia sustancia, a la cual el Hijo es igual: por ejemplo, que nazca, sea crucificado, muera y resucite; pues nada de esto le sucede al Padre. Del mismo modo también el resucitar los cuerpos. Porque la resurrección de las almas a la vida la efectúa el Padre desde su propia sustancia, por la sustancia del Hijo, en la cual el Hijo le es igual; porque las almas se hacen partícipes de aquella luz inmutable, pero no los cuerpos; mas la resurrección de los cuerpos la efectúa el Padre por medio del Hijo del Hombre. Pues «le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre»; conforme a lo que dijo antes: «Porque el Padre a nadie juzga». Y para mostrar que decía esto de la resurrección de los cuerpos, prosigue: «No os maravilléis de esto, porque viene la hora»: no y ahora es, sino «viene la hora, en la cual todos los que están en los sepulcros (esto ya lo habéis oído suficientemente explicado ayer) oirán su voz, y saldrán». ¿Adónde? Al juicio: «Los que hicieron lo bueno, a resurrección de vida; y los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación». ¿Y haces tú esto solo, si el Padre ha dado todo el juicio al Hijo y a nadie juzga? Yo, dice, lo hago. ¿Pero cómo lo haces? «No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, juzgo; y mi juicio es justo». Cuando trataba de la resurrección de las almas, no dijo: oigo, sino: veo. Pues oigo se refiere al mandato del Padre que ordena. Por tanto, ahora como hombre, como aquel de quien el Padre es mayor; desde la forma de siervo, no desde la forma de Dios: «Según oigo, juzgo; y mi juicio es justo». ¿De dónde es justo el juicio del hombre? Hermanos míos, notad bien: «Porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió».

Tratado 21

1. Ayer, en la medida en que el Señor se dignó concedérnoslo, tratamos con la capacidad que pudimos, y discernimos según nuestra capacidad, cómo las obras del Padre y del Hijo son inseparables; y cómo el Padre no hace unas cosas y el Hijo otras, sino que el Padre hace todas las cosas por medio del Hijo, como por su Verbo, de quien está escrito: «Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho». Veamos hoy las palabras que siguen. Y pidamos misericordia al mismo Señor, y esperemos que, si lo juzga conveniente, entendamos lo que es verdadero; pero si no pudiéramos lograrlo, que no vayamos a lo que es falso. Porque es mejor no saber que errar; pero saber es mejor que no saber. Por tanto, ante todo, debemos esforzarnos por saber. Si podemos, gracias a Dios; pero si entretanto no podemos llegar a la verdad, no vayamos a la falsedad. Pues debemos considerar bien lo que somos y de qué estamos tratando. Somos hombres que llevan carne, que caminan en esta vida; y aunque ya hemos vuelto a nacer de la simiente de la Palabra de Dios, estamos, sin embargo, renovados en Cristo de tal manera que todavía no nos hemos librado por completo de Adán. Porque en verdad nuestra parte mortal y corruptible, que apesadumbra el alma, se muestra y manifiestamente es de Adán; pero lo que en nosotros es espiritual y levanta el alma es don de Dios y de su misericordia, que envió a su Hijo unigénito para compartir con nosotros nuestra muerte y conducirnos a su propia inmortalidad. Al Hijo lo tenemos por Maestro, para que no pequemos; y por defensor, si hemos pecado y hemos confesado y nos hemos convertido; intercesor por nosotros, si hemos deseado algún bien de Dios; y dador de él con el Padre, porque Padre e Hijo son un solo Dios. Pero decía estas cosas como hombre a hombres: Dios oculto, el hombre manifiesto, para hacer dioses a los que son hombres manifiestos; y el Hijo de Dios hecho Hijo del Hombre, para hacer hijos de Dios a los hijos de los hombres. Con qué arte de su sabiduría lo hace, lo percibimos en sus propias palabras. Pues como pequeño habla a los pequeños, pero él mismo pequeño de tal modo que es también grande, y nosotros pequeños, pero grandes en él. Habla, en efecto, como quien acaricia y alimenta a niños de pecho que crecen amando.

2. Había dicho: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre». Nosotros, sin embargo, lo entendimos no como que el Padre hace algo por separado y que el Hijo, cuando lo ve, hace él también algo semejante, después de ver la obra de su Padre; sino que, cuando dijo: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre», lo entendimos en el sentido de que el Hijo es enteramente del Padre: que toda su sustancia y todo su poder son del Padre que lo engendró. Pero hace un momento, cuando había dicho que hace igualmente las cosas que hace el Padre, para que no entendiéramos que el Padre hace unas y el Hijo otras, sino que el Hijo con igual poder hace las mismas cosas que hace el Padre, mientras el Padre las hace por medio del Hijo, continuó y dijo lo que hemos oído leer hoy: «Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace». De nuevo se turba el pensamiento mortal. El Padre muestra al Hijo lo que él mismo hace; por tanto, dice alguien, el Padre obra por separado, para que el Hijo pueda ver lo que hace. De nuevo se presentan al pensamiento humano, por así decir, dos artífices, como, por ejemplo, un carpintero que enseña a su hijo su propio oficio y le muestra todo lo que hace, para que el hijo también pueda hacerlo. «Le muestra —dice— todas las cosas que él mismo hace». ¿Es así, pues, que mientras él hace, el Hijo no hace, para poder ver al Padre hacer? Y, sin embargo, ciertamente «todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho». De aquí vemos cómo el Padre muestra al Hijo lo que hace, puesto que el Padre no hace nada sino lo que hace por medio del Hijo. ¿Qué ha hecho el Padre? Hizo el mundo. ¿Le ha mostrado al Hijo el mundo ya hecho de tal modo que el Hijo hiciera también algo semejante? Entonces veamos el mundo que hizo el Hijo. Sin embargo, tanto «todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho», como también «el mundo por él fue hecho». Si el mundo fue hecho por él, y todas las cosas fueron hechas por él, y el Padre nada hace sino por el Hijo, ¿dónde muestra el Padre al Hijo lo que hace, sino en el Hijo mismo, por medio del cual lo hace? ¿En qué lugar puede mostrarse al Hijo la obra del Padre, como si el Padre estuviera haciendo y sentado fuera, y el Hijo mirando atentamente la mano del Padre cómo trabaja? ¿Dónde está aquella Trinidad inseparable? ¿Dónde el Verbo, de quien se dice que él mismo es «poder de Dios y sabiduría de Dios»? ¿Dónde lo que dice la Escritura de la misma sabiduría: «Porque es el resplandor de la luz eterna»? ¿Dónde lo que de ella se dijo también: «Alcanza de fin a fin poderosamente, y ordena todas las cosas con suavidad»? Todo lo que el Padre hace, lo hace por medio del Hijo: por su sabiduría y su poder lo hace; no muestra al Hijo desde fuera lo que pueda ver, sino que en el Hijo mismo le muestra lo que hace.

3. ¿Qué ve el Padre, o más bien, qué ve el Hijo en el Padre, para hacerlo él también? Quizá yo pueda decirlo, pero mostradme al hombre que pueda comprenderlo; o quizá pueda pensarlo y no decirlo; o quizá no pueda ni siquiera pensarlo. Porque aquella divinidad nos excede, como Dios excede a los hombres, como el inmortal excede al mortal, como lo eterno excede a lo temporal. ¡Que nos inspire y nos dote, y de aquella fuente de vida se digne rociar y destilar algo sobre nuestra sed, para que no nos agostemos en este desierto! Digámosle: Señor, a quien hemos aprendido a decir Padre. Nos atrevemos a decirlo, porque él mismo lo quiso; con tal que vivamos de modo que no nos diga: «Si yo soy padre, ¿dónde está mi honra? Y si soy señor, ¿dónde está mi temor?». Digámosle, pues: «Padre nuestro». ¿A quién decimos «Padre nuestro»? Al Padre de Cristo. El que dice, pues, «Padre nuestro» al Padre de Cristo, ¿qué otra cosa dice a Cristo sino «Hermano nuestro»? Sin embargo, no es nuestro Padre de la misma manera que es Padre de Cristo; pues Cristo nunca nos unió a sí de modo que no hiciera distinción entre él y nosotros. Porque él es el Hijo igual al Padre, el Hijo eterno con el Padre y coeterno con el Padre; nosotros, en cambio, nos hicimos hijos por medio del Hijo, adoptados por medio del Unigénito. Por eso nunca se oyó de la boca de nuestro Señor Jesucristo, hablando a sus discípulos, que dijera del Dios supremo, su Padre: «Padre nuestro»; sino que decía o «Mi Padre» o «Vuestro Padre». Pero no decía «Padre nuestro»; tanto es así que en cierto lugar usó estas dos expresiones: «Subo a mi Dios —dice— y a vuestro Dios». ¿Por qué no dijo «nuestro Dios»? Y además dijo: «A mi Padre y a vuestro Padre»; no dijo «Padre nuestro». Une de tal modo que distingue, distingue de tal modo que no separa. Quiere que nosotros seamos uno en él, pero que el Padre y él sean uno.

4. Por mucho que entendamos, y por mucho que veamos, no veremos como ve el Hijo, aun cuando seamos hechos iguales a los ángeles. Porque somos algo aun cuando no vemos; pero ¿qué somos cuando no vemos, sino personas que no ven? Y para ver nos volvemos a aquel a quien podemos ver, y se forma en nosotros un ver que antes no había, aunque ya existíamos. Pues un hombre es cuando no ve; y el mismo, cuando ve, se llama hombre que ve. Para él, pues, ver no es lo mismo que ser hombre; porque si lo fuera, no sería hombre cuando no ve. Pero como es hombre cuando no ve, y busca ver lo que no ve, es uno que busca y que se vuelve para ver; y cuando se ha vuelto bien y ha visto, se hace hombre que ve, el que antes era hombre que no veía. En consecuencia, ver es para él algo que viene y se va; le viene cuando se vuelve hacia la luz, y lo deja cuando se aparta. ¿Es así en el Hijo? Lejos de nosotros pensarlo. Nunca fue así que fuera Hijo sin ver y después se le hiciera ver; sino que ver al Padre es para él lo mismo que ser Hijo. Porque nosotros, al apartarnos hacia el pecado, perdemos la iluminación; y al volvernos a Dios la recibimos. Pues una cosa es la luz con que somos iluminados; otra, nosotros que somos iluminados. Pero la luz misma, con la que somos iluminados, ni se aparta de sí misma ni pierde su claridad, porque existe como luz. El Padre, pues, muestra al Hijo lo que hace, de tal modo que el Hijo ve todas las cosas en el Padre, y es todas las cosas en el Padre. Porque viendo fue engendrado; y siendo engendrado, ve. No que alguna vez no fuera engendrado y después fuera engendrado; ni que alguna vez no viera y después viera. Sino que en lo que consiste su ver, en eso mismo consiste su ser, en eso mismo su ser engendrado, en eso mismo su permanecer, en eso mismo su no cambiar, en eso mismo su permanecer sin principio y sin fin. No entendamos, pues, carnalmente que el Padre está sentado y hace una obra y se la muestra al Hijo; y que el Hijo ve la obra que hace el Padre, y hace otra obra en otro lugar, o de otros materiales. Porque «todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho». El Hijo es el Verbo del Padre. El Padre no dijo nada que no dijera en el Hijo. Pues al decir en el Hijo lo que iba a hacer por medio del Hijo, engendró al Hijo por medio del cual hizo todas las cosas.

5. «Y mayores obras que estas le mostrará, de modo que vosotros os maravilléis». Aquí de nuevo nos vemos en apuros. ¿Y quién hay que pueda investigar dignamente un secreto tan grande? Pero ahora, puesto que se ha dignado hablarnos, él mismo lo abre. Porque no diría lo que no quisiera que entendiéramos; y puesto que se ha dignado hablar, sin duda ha despertado la atención: ¿acaso abandona a alguno de los que ha movido a oír con atención? Hemos dicho que no es en sentido temporal como el Hijo conoce; que el conocimiento del Hijo no es una cosa y el Hijo mismo otra; ni una cosa su ver y otra él mismo; sino que el ver mismo es el Hijo, y el conocimiento, así como la sabiduría del Padre, es el Hijo; y que esa sabiduría y ese ver es eterno y coeterno con aquel de quien procede; que no es algo que varíe con el tiempo, ni algo producido que no existía, ni algo que se desvanece habiendo existido. ¿Qué hace, pues, el tiempo en este caso, para que diga: «Mayores obras que estas le mostrará»? «Mostrará», es decir, «va a mostrar». Ha mostrado es una cosa distinta de mostrará: ha mostrado lo decimos de un acto pasado; mostrará, de un acto futuro. ¿Qué haremos aquí, entonces, hermanos? Mirad, aquel a quien habíamos declarado coeterno con el Padre, en quien nada varía con el tiempo, en quien no hay movimiento a través de espacios, ni de momentos ni de lugares, de quien habíamos declarado que permanece siempre con el Padre viendo, viendo al Padre, y existiendo por el ver; él, digo, mencionándonos aquí de nuevo los tiempos, dice: «Mayores obras que estas le mostrará». ¿Va entonces a mostrar al Hijo algo que el Hijo no conoce todavía? ¿Qué hacemos, pues, con ello? ¿Cómo lo entendemos? Mirad, nuestro Señor Jesucristo estaba arriba, está abajo. ¿Cuándo estaba arriba? Cuando dijo: «Todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente». ¿De dónde sabemos que ahora está abajo? De aquí: «Mayores obras que estas le mostrará». Oh Señor Jesucristo, Salvador nuestro, Verbo de Dios, por quien todas las cosas fueron hechas, ¿qué va a mostrarte el Padre que tú todavía no conozcas? ¿Qué del Padre te está oculto? ¿Qué en el Padre te está oculto a ti, a quien el Padre no está oculto? ¿Qué obras mayores va a mostrarte? ¿O mayores que cuáles obras son las que va a mostrarte? Pues cuando dijo: «Mayores que estas», debemos entender primero las obras de las que son mayores.

6. Recordemos de nuevo de dónde partió este discurso. Fue cuando fue sanado aquel hombre que llevaba treinta y ocho años en su enfermedad, y Jesús le mandó, ya sano, que tomara su lecho y se fuera a su casa. Por esta causa, en efecto, se enfurecieron los judíos con quienes hablaba. Habló con palabras, y en cuanto al sentido guardó silencio; insinuó en cierta medida el sentido a los que entendían, y lo ocultó a los que estaban airados. Por esta causa, digo, los judíos, enfurecidos porque el Señor hizo esto en sábado, dieron ocasión a este discurso. No oigamos, pues, estas cosas como si hubiéramos olvidado lo que se dijo antes, sino volvamos la vista a aquel paralítico que languidecía hacía treinta y ocho años y fue sanado de repente, mientras los judíos se maravillaban y se enfurecían. Buscaban tinieblas en el sábado más que luz en el milagro. Hablando, pues, a estos, mientras se indignan, dice: «Mayores obras que estas le mostrará». «Mayores que estas»: ¿que cuáles? Lo que habéis visto, que un hombre cuya enfermedad había durado treinta y ocho años fue sanado; mayores que estas va a mostrar el Padre al Hijo. ¿Cuáles son las obras mayores? Continúa diciendo: «Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida». Claramente estas son mayores. Mucho mayor es que un muerto resucite que el que un enfermo se recobre: estas son mayores. Pero ¿cuándo va el Padre a mostrárselas al Hijo? ¿Acaso el Hijo no las conoce? Y el que hablaba, ¿no sabía resucitar a los muertos? ¿Tenía todavía que aprender a volver a la vida a los muertos —él, digo, por quien todas las cosas fueron hechas? El que hizo que viviéramos cuando no existíamos, ¿tenía todavía que aprender cómo podíamos ser vueltos a la vida? ¿Qué significan, pues, sus palabras?

7. Pero ahora se condesciende con nosotros, y el que poco antes hablaba como Dios, comienza ahora a hablar como hombre. Con todo, el mismo es hombre que es Dios, porque Dios se hizo hombre; pero se hizo lo que no era, sin perder lo que era. El hombre fue, pues, añadido al Dios, para que fuera hombre el que era Dios, pero no para que ya en adelante fuera hombre y no fuera Dios. Oigámoslo, pues, también como a nuestro hermano a quien oímos como a nuestro Hacedor. Nuestro Hacedor, porque es el Verbo en el principio; nuestro Hermano, porque nació de la Virgen María: Hacedor, antes de Abraham, antes de Adán, antes de la tierra, antes del cielo, antes de todas las cosas corporales y espirituales; pero Hermano, de la simiente de Abraham, de la tribu de Judá, de la virgen israelita. Si, pues, conocemos como Dios y hombre al que nos habla, entendamos las palabras de Dios y de hombre; porque a veces nos dice cosas que convienen a la majestad, a veces cosas que convienen a la humildad. Pues el mismo que fue hecho bajo es alto, para hacer altos a nosotros, que somos bajos. ¿Qué dice, entonces? «El Padre me mostrará mayores que estas, para que vosotros os maravilléis». A nosotros, pues, va a mostrar, no a él. Y puesto que es a nosotros a quienes el Padre ha de mostrar, por eso dijo: «para que vosotros os maravilléis». Ha explicado, en efecto, lo que quiso decir con «El Padre me mostrará». ¿Por qué no dijo: El Padre os mostrará, sino: Mostrará al Hijo? Porque también nosotros somos miembros del Hijo; y así como lo que nosotros, los miembros, aprendemos, él mismo en cierto modo lo aprende en sus miembros. ¿Cómo aprende en nosotros? Como sufre en nosotros. ¿De dónde podemos probar que sufre en nosotros? De aquella voz del cielo: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». ¿No es él mismo el que se sentará como Juez al fin del mundo, y, poniendo a los justos a la derecha y a los malos a la izquierda, dirá: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino; porque tuve hambre, y me disteis de comer»? Y cuando respondan: «Señor, ¿cuándo te vimos con hambre?», les dirá: «En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis». Preguntémosle ahora, y digámosle: Señor, ¿cuándo serás discípulo, siendo que tú enseñas todas las cosas? Enseguida, en efecto, nos responde en nuestra fe: Cuando uno de los más pequeños míos aprende, yo aprendo.

8. Alegrémonos, pues, y demos gracias de que no solo hemos sido hechos cristianos, sino Cristo. ¿Entendéis, hermanos, y comprendéis la gracia de Dios sobre nosotros? Maravillaos, alegraos, hemos sido hechos Cristo. Porque si él es la cabeza, nosotros somos los miembros: el hombre entero es él y nosotros. Esto es lo que dice el apóstol Pablo: «Para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina». Pero antes había dicho: «Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo». La plenitud de Cristo es, pues, la cabeza y los miembros. Cabeza y miembros, ¿qué es eso? Cristo y la Iglesia. Nos arrogaríamos esto con soberbia, en efecto, si él mismo no se hubiera dignado prometerlo, él que dice por medio del mismo apóstol: «Pero vosotros sois cuerpo de Cristo, y miembros».

9. Siempre, pues, que el Padre muestra a los miembros de Cristo, muestra a Cristo. Sucede un milagro grande, pero real. Se muestra a Cristo lo que Cristo conocía, y se le muestra a Cristo por medio de Cristo. Cosa maravillosa y grande es, pero así lo dice la Escritura. ¿Contradeciremos las declaraciones divinas? ¿No las entenderemos más bien, y por su propio don daremos gracias al que nos lo concedió gratuitamente? ¿Qué es esto que dije, «se muestra a Cristo por medio de Cristo»? Se muestra a los miembros por medio de la cabeza. Mira esto en ti mismo. Supón que con los ojos cerrados fueras a tomar algo: tu mano no sabe adónde ir; y sin embargo tu mano es, de todos modos, miembro tuyo, pues no está separada de tu cuerpo. Abre los ojos: ahora la mano ve adónde puede ir; mientras la cabeza mostraba, el miembro seguía. Si, pues, pudiera encontrarse en ti mismo algo tal, que tu cuerpo mostrara a tu cuerpo y que por medio de tu cuerpo se mostrara algo a tu cuerpo, no te maravilles de que se diga que se muestra a Cristo por medio de Cristo. Porque la cabeza muestra para que los miembros vean, y la cabeza enseña para que los miembros aprendan; y, sin embargo, un solo hombre, cabeza y miembros. No quiso separarse, sino que se dignó unirse a nosotros. Lejos estaba de nosotros, sí, muy lejos. ¿Qué hay tan apartado como la criatura y el Creador? ¿Qué tan apartado como Dios y el hombre? ¿Qué tan lejos como la justicia y la iniquidad? ¿Qué tan lejos como la eternidad y la mortalidad? Mirad, tan lejos de nosotros estaba el Verbo en el principio, Dios con Dios, por quien todas las cosas fueron hechas. ¿Cómo, pues, se hizo cercano, para ser lo que nosotros somos, y nosotros en él? «El Verbo fue hecho carne, y habitó en (entre) nosotros».

10. Esto, pues, va a mostrarnos; esto mostró a sus discípulos, que lo vieron en la carne. ¿Qué es esto? «Como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida». ¿Es que el Padre a unos y el Hijo a otros? Ciertamente todas las cosas fueron hechas por él. ¿Qué decimos, hermanos míos? Cristo resucitó a Lázaro; ¿a qué muerto resucitó el Padre, para que Cristo viera cómo resucitar a Lázaro? Cuando Cristo resucitó a Lázaro, ¿no lo resucitó el Padre? ¿O fue obra del Hijo solo, sin el Padre? Leed el pasaje mismo y ved que invoca al Padre para que Lázaro resucite. Como hombre, invoca al Padre; como Dios, obra con el Padre. Por eso también Lázaro, que resucitó, fue resucitado tanto por el Padre como por el Hijo, en el don y la gracia del Espíritu Santo; y aquella obra admirable la realizó la Trinidad. No entendamos, pues, esto: «Como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida», de modo que supongamos que unos son resucitados y vivificados por el Padre, otros por el Hijo; sino que el Hijo resucita y vivifica a los mismos que el Padre resucita y vivifica; porque «todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho». Y para mostrar que tiene, aunque dado por el Padre, igual poder, por eso dice: «Así también el Hijo a los que quiere da vida», para mostrar en ello su voluntad; y para que nadie dijera: «El Padre resucita a los muertos por el Hijo, pero el Padre como poderoso y que tiene poder, el Hijo como por poder ajeno, como un siervo que hace algo, como un ángel», indicó su poder cuando dice: «Así también el Hijo a los que quiere da vida». No es que el Padre quiera otra cosa que el Hijo; sino que, como el Padre y el Hijo tienen una sola sustancia, así también una sola voluntad.

11. ¿Y quiénes son estos muertos a quienes el Padre y el Hijo dan vida? ¿Son los mismos de quienes hemos hablado —Lázaro, o el hijo de aquella viuda, o la hija del principal de la sinagoga? Porque sabemos que estos fueron resucitados por Cristo el Señor. Es otra cosa la que quiere significarnos, a saber, la resurrección de los muertos, que todos esperamos; no la resurrección que algunos tuvieron, para que los demás creyeran. Porque Lázaro resucitó para morir de nuevo; nosotros resucitaremos para vivir para siempre. ¿Es el Padre el que realiza tal resurrección, o el Hijo? No, en verdad, el Padre en el Hijo. Por consiguiente el Hijo, y el Padre en el Hijo. ¿De dónde probamos que habla de esta resurrección? Cuando había dicho: «Como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida». Para que no entendiéramos aquí aquella resurrección que realiza como milagro, no para la vida eterna, prosiguió diciendo: «Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo». ¿Qué es esto? Hablaba de la resurrección de los muertos, que «como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida»; e inmediatamente después añadió como razón, acerca del juicio, diciendo: «porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo». ¿Por qué dijo esto, sino para indicar que había hablado de aquella resurrección de los muertos que tendrá lugar en el juicio?

12. «Porque —dice— el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo». Poco antes pensábamos que el Padre hace algo que el Hijo no hace, cuando dijo: «El Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace»; como si el Padre estuviera haciendo y el Hijo viendo. De este modo se iba insinuando en nuestra mente una idea carnal, como si el Padre hiciera lo que el Hijo no hacía, y el Hijo mirara mientras el Padre mostraba lo que hacía. Luego, así como el Padre hacía lo que el Hijo no hacía, ahora vemos al Hijo haciendo lo que el Padre no hace. ¡Cómo nos hace volvernos y mantiene ocupada nuestra mente! Nos lleva de acá para allá, no nos permite quedarnos en un solo lugar de la carne, para que, cambiándonos, nos ejercite; ejercitándonos, nos purifique; purificándonos, nos haga capaces de recibir, y nos llene una vez hechos capaces. ¿Qué tienen que ver estas palabras con nosotros? ¿Qué decía? ¿Qué dice? Poco antes dijo que el Padre muestra al Hijo todo lo que hace. Yo veía, por así decir, al Padre haciendo y al Hijo esperando para ver; y ahora de nuevo veo al Hijo haciendo y al Padre ocioso: «Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo». Cuando, pues, el Hijo vaya a juzgar, ¿estará ocioso el Padre y no juzgará? ¿Qué es esto? ¿Qué debo entender? ¿Qué dices, Señor? Tú eres Dios Verbo, yo soy un hombre. ¿Dices que «el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo»? Leo en otro lugar que dices: «Yo no juzgo a nadie; hay quien busca y juzga». ¿De quién dices: «Hay quien busca y juzga», sino del Padre? Él hace inquisición de tus agravios y juzga por ellos. ¿Cómo se ha de entender aquí que «el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo»? Preguntemos a Pedro; oigámosle hablar en su carta: «Cristo padeció por nosotros —dice—, dejándonos ejemplo para que sigamos sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente». ¿Cómo es verdad que «el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo»? Estamos aquí perplejos, y perplejos esforcémonos, para que esforzándonos seamos purificados. Procuremos, como mejor podamos, por su propio don, penetrar los hondos secretos de estas palabras. Puede ser que obremos temerariamente, al querer discutir y escudriñar las palabras de Dios. Pero ¿para qué fueron dichas, sino para ser conocidas? ¿Para qué resonaron, sino para ser oídas? ¿Para qué fueron oídas, sino para ser entendidas? Que él nos fortalezca mucho, pues, y nos conceda algo en la medida que juzgue digna; y si no penetramos todavía hasta la fuente, bebamos del arroyo. Mirad, el mismo Juan ha fluido hasta nosotros como un arroyo, nos ha traído la palabra de lo alto. La hizo bajar y, en cierto modo, la allanó, para que no temamos al Excelso, sino que nos acerquemos al que es humilde.

13. Sin duda hay un sentido, verdadero y fuerte, si de algún modo podemos alcanzarlo, en el cual «el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo». Porque esto se dice porque ninguno aparecerá a los hombres en el juicio sino el Hijo. El Padre estará oculto, el Hijo será manifiesto. ¿En qué se manifestará el Hijo? En la forma en que ascendió. Pues en la forma de Dios estuvo oculto con el Padre; en la forma de siervo, manifiesto a los hombres. No «el Padre juzga a nadie, sino que todo el juicio dio al Hijo»: solo el juicio manifiesto, en el cual juicio manifiesto juzgará el Hijo, puesto que él mismo aparecerá a los que han de ser juzgados. La Escritura nos muestra con más claridad que es el Hijo el que aparecerá. A los cuarenta días de su resurrección ascendió al cielo, mirándolo sus discípulos; y oyen la voz angélica: «Varones galileos —dice—, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo». ¿De qué manera le vieron ir? En la carne que tocaron, que palparon, cuyas heridas comprobaron incluso tocándolas; en aquel cuerpo con el que entró y salió con ellos durante cuarenta días, manifestándose a ellos en verdad, no en falsedad; no un fantasma, ni sombra, ni espectro, sino, como él mismo dijo, sin engañarles: «Palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo». Ese cuerpo es ahora ciertamente digno de una morada celestial, no sujeto a la muerte ni mudable por el paso de los siglos. No es que, así como había crecido hasta esa edad desde la infancia, así desde la edad viril decline hacia la vejez: permanece como ascendió, para venir a aquellos a quienes quiso que se predicara su palabra antes de venir. Así vendrá en forma humana, y esta forma la verán los malos; la verán los de la derecha y la verán los que sean separados a la izquierda: como está escrito: «Mirarán al que traspasaron». Si mirarán al que traspasaron, mirarán ese mismo cuerpo que atravesaron con la lanza; porque la lanza no traspasa al Verbo. Este cuerpo, pues, podrán mirar los malos, que pudieron herir. A Dios oculto en el cuerpo no lo verán: después del juicio será visto por los que estarán a la derecha. Esto es, pues, lo que quiere decir cuando dice: «El Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo»: que el Hijo vendrá al juicio manifiesto, visible a los hombres en cuerpo humano; diciendo a los de la derecha: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino»; y a los de la izquierda: «Apartaos al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles».

14. Mirad, aquella forma de hombre será vista por los piadosos y por los malos, por los justos y los injustos, por los creyentes y los incrédulos, por los que se gozan y por los que se lamentan, por los que confiaron y por los que quedan confundidos: mirad, vista será. Cuando aquella forma haya aparecido en el juicio, y el juicio haya terminado, en lo cual se dice que el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, por la razón de que el Hijo aparecerá en el juicio en aquella forma que tomó de nosotros, ¿qué habrá después de esto? ¿Cuándo se verá la forma de Dios, que todos los fieles tienen sed de ver? ¿Cuándo se verá aquel Verbo que era en el principio, Dios con Dios, por quien todas las cosas fueron hechas? ¿Cuándo se verá aquella forma de Dios, de la que dice el apóstol: «Siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse»? Porque grande es esa forma, en la cual, además, se reconoce la condición del Padre y del Hijo; inefable, incomprensible, sobre todo para los pequeños. ¿Cuándo se verá esta forma? Mirad, a la derecha están los justos, a la izquierda los injustos; todos ven por igual al hombre, ven al Hijo del Hombre, ven al que fue traspasado, ven al que fue crucificado: ven al que fue hecho bajo, al que nació de la Virgen, ven al Cordero de la tribu de Judá. Pero ¿cuándo verán al Verbo, Dios con Dios? Será el mismo también entonces, pero aparecerá la forma de siervo. La forma de siervo será mostrada a los siervos: la forma de Dios se reservará para los hijos. Por eso, que los siervos sean hechos hijos: que los que están a la derecha vayan a la herencia eterna prometida desde antiguo, que los mártires, aunque no veían, creyeron, y por la promesa de la cual derramaron su sangre sin vacilar; que vayan allá y vean allí. ¿Cuándo irán allá? Que lo diga el Señor mismo: «E irán estos al fuego eterno, y los justos a la vida eterna».

15. Mirad, ha nombrado la vida eterna. ¿Nos ha dicho que allí veremos y conoceremos al Padre y al Hijo? ¿Y si viviéramos para siempre, pero no viéramos a ese Padre y a ese Hijo? Oíd, en otro lugar, donde ha nombrado la vida eterna y ha expresado qué es la vida eterna: «No temas; no te engaño; no sin causa he prometido a los que me aman, diciendo: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él”». Respondamos al Señor y digamos: ¿Qué cosa tan grande es esta, Señor Dios nuestro? ¿Qué cosa tan grande es? ¿Te mostrarás a nosotros? ¿Qué, entonces, no te mostraste también a los judíos? ¿No te vieron los que te crucificaron? Pero te mostrarás en el juicio, cuando estemos a tu derecha; ¿no te verán también los que estarán a tu izquierda? ¿Qué es eso de que te mostrarás a nosotros? ¿Acaso no te vemos ahora cuando estás hablando? Responde: Me mostraré en la forma de Dios; ahora veis la forma de siervo. No te engañaré, oh fiel; cree que verás. Amas, y sin embargo no ves: ¿no te llevará el amor mismo a ver? Ama, persevera en amar; no defraudaré tu amor —dice—, yo que he purificado tu corazón. Pues ¿para qué he purificado tu corazón, sino para que Dios sea visto por ti? Porque «bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios». «Pero esto —dice el siervo, como disputando con el Señor— no lo expresaste cuando dijiste: “Los justos irán a la vida eterna”; no dijiste: Irán a verme en la forma de Dios, y a ver al Padre, con quien soy igual». Observa lo que dijo en otro lugar: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien has enviado».

16. Y enseguida, pues, después del juicio mencionado, todo el cual el Padre, que a nadie juzga, ha dado al Hijo, ¿qué habrá? ¿Qué sigue? «Para que todos honren al Hijo como honran al Padre». Los judíos honran al Padre, desprecian al Hijo. Porque el Hijo fue visto como siervo, el Padre era honrado como Dios. Pero el Hijo aparecerá igual al Padre, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. Esto lo tenemos, pues, ahora en la fe. No diga el judío: «Yo honro al Padre; ¿qué tengo yo que ver con el Hijo?». Respóndasele: «El que no honra al Hijo, no honra al Padre. Mientes por todos lados; blasfemas contra el Hijo y haces agravio al Padre. Pues el Padre envió al Hijo, y tú desprecias al que el Padre envió. ¿Cómo puedes honrar al que envía, tú que blasfemas del enviado?».

17. Mirad, dice alguno, el Hijo ha sido enviado; y el Padre es mayor, porque envió. Apártate de la carne; el hombre viejo sugiere vejez en el tiempo. Que lo antiguo, lo perpetuo, lo eterno aparte tu entendimiento, a ti que eres nuevo, del tiempo hacia esto. ¿Es menor el Hijo porque se dice que fue enviado? Oigo hablar de un envío, no de una separación. Pero, dice él, entre los hombres vemos que el que envía es mayor que el enviado. Sea así; pero las cosas humanas engañan al hombre; las divinas lo purifican. No mires las cosas humanas, en las cuales el que envía aparece mayor y el enviado menor; con todo, las cosas humanas mismas dan testimonio contra ti. Así, por ejemplo, si un hombre quiere pedir a una mujer por esposa y, no pudiendo hacerlo en persona, envía a un amigo a pedirla por él. Y hay muchos casos en que el menor elige al mayor para ser enviado. ¿Por qué, entonces, ibas ahora a poner una objeción capciosa, porque el uno ha enviado y el otro es enviado? El sol envía un rayo, pero no lo separa; la luna envía su resplandor, pero no lo separa; una lámpara esparce luz, pero no la separa: veo allí una emisión, no una separación. Pues si buscas ejemplos de las cosas humanas, oh vanidad herética, aunque, como he dicho, aun las cosas humanas en algunos casos te refutan y te convencen de error, considera cuán distinto es en las cosas humanas, de las que quieres sacar ejemplos para las divinas. El hombre que envía queda atrás, mientras que solo el enviado va adelante. ¿Acaso el que envía va con el que envía? Y, sin embargo, el Padre, que envió al Hijo, no se ha apartado del Hijo. Oye al Señor mismo, que dice: «He aquí la hora viene, y ha venido ya, en que seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo; mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo». ¿Cómo lo ha enviado aquel con quien vino? ¿Cómo lo ha enviado aquel de quien no se ha apartado? En otro lugar dijo: «El Padre que mora en mí, él hace las obras». Mirad, el Padre está en él, obra en él. El Padre que envía no se ha apartado del Hijo enviado, porque el enviado y el que envía son uno.

Tratado 22

1. Tras los discursos pronunciados ayer y anteayer, sigue la lectura del evangelio de hoy, que debemos procurar exponer por su orden, no ciertamente en proporción a su importancia, sino según nuestra capacidad: tanto porque vosotros recibís, no según la abundancia de la fuente que brota, sino según vuestra capacidad moderada; como porque también nosotros hablamos a vuestros oídos, no tanto cuanto la fuente da, sino cuanto podemos recibir lo transmitimos a vuestras mentes, obrando el asunto mismo más fructuosamente en vuestros corazones que nosotros en vuestros oídos. Porque se trata de un asunto grande, y no por grandes maestros, sino más bien por muy pequeños; pero el que, siendo grande, se hizo pequeño por nosotros, nos da esperanza y confianza. Pues si no fuéramos animados por él e invitados a entenderle; si nos hubiera abandonado como despreciables, ya que no podíamos participar de su divinidad, y no hubiera participado de nuestra mortalidad ni hubiera venido a nosotros para hablarnos su evangelio; si no hubiera querido participar con nosotros de lo que en nosotros es abyecto y pequeñísimo, entonces podríamos pensar que el que tomó sobre sí nuestra pequeñez no había querido otorgarnos su propia grandeza. Esto lo he dicho para que nadie nos reproche como demasiado atrevidos al tratar estos asuntos, ni desespere de sí mismo de poder entender, por don de Dios, lo que el Hijo de Dios se ha dignado decirle. Por tanto, lo que se ha dignado decirnos, debemos creer que quiso que lo entendiéramos. Y si no entendemos, él, si se lo pedimos, da entendimiento, él que dio su Palabra sin que se la pidiéramos.

2. Mirad cuáles son estos secretos de sus palabras; considerad bien. «De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna». Ciertamente todos aspiramos a la vida eterna; y él dice: «El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna». ¿Querría entonces que oyéramos su palabra y, sin embargo, no querría que la entendiéramos? Pues si en oír y creer está la vida eterna, mucho más en entender. Pero la acción de la piedad es la fe, el fruto de la fe el entendimiento, para que lleguemos a la vida eterna, cuando no se nos leerá el evangelio; sino que, retiradas todas las páginas de lectura y la voz del lector y del predicador, aquel que en este tiempo nos ha dispensado el evangelio se aparecerá él mismo a todos los suyos, presentes ya con él con el corazón purificado y en un cuerpo inmortal que nunca más morirá, purificándolos e iluminándolos, viviendo ya y viendo cómo «en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios». Consideremos, pues, en este momento quiénes somos, y reflexionemos a quién oímos. Cristo es Dios, y está hablando con los hombres. Si quiere que le comprendan, que los haga capaces; si quiere que le vean, que les abra los ojos. No sin causa, sin embargo, nos habla, sino porque es verdad lo que nos promete.

3. «El que oye mis palabras —dice— y cree al que me envió, tiene vida eterna, y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida». ¿Dónde, cuándo pasamos de la muerte a la vida, para no venir a juicio? En esta vida hay un paso de la muerte a la vida; en esta vida, que todavía no es vida, hay un pasar de aquí, de la muerte a la vida. ¿Qué es ese pasar? «El que oye mis palabras —dijo— y cree al que me envió». Observando esto, crees y pasas. ¿Y pasa un hombre estando de pie? Evidentemente; pues en el cuerpo está de pie, en la mente pasa. ¿Dónde estaba, de dónde debía pasar, y adónde pasa? Pasa de la muerte a la vida. Mira a un hombre de pie en quien puede suceder todo lo que aquí se dice. Está de pie, oye, quizá no había creído, por el oír cree: poco antes no creía, ahora cree; ha hecho un paso, por así decir, de la región de la incredulidad a la región de la fe, por un movimiento del corazón, no del cuerpo, por un movimiento hacia lo mejor; pues los que de nuevo abandonan la fe se mueven hacia lo peor. Mirad, en esta vida, que, como he dicho, aún no es vida, hay un paso de la muerte a la vida, de modo que no haya venida a juicio. ¿Pero por qué dije que todavía no es vida? Si esta fuera vida, el Señor no habría dicho a cierto hombre: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». Pues no le dice: Si quieres entrar en la vida eterna; no añadió eterna, sino que dijo solo vida. Por tanto, esta vida no ha de llamarse vida, porque no es una vida verdadera. ¿Qué es la vida verdadera sino la que es vida eterna? Oye al apóstol que habla a Timoteo cuando dice: «A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan su esperanza en las riquezas, que son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos; que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos». ¿Por qué dice esto? Oye lo que sigue: «Atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida verdadera». Si deben atesorar para sí buen fundamento para lo por venir, para echar mano de la vida verdadera, ciertamente esta en que estaban es una vida falsa. Pues ¿por qué desearías echar mano de la verdadera, si ya tienes la verdadera? ¿Se ha de echar mano de lo verdadero? Hay entonces que apartarse de lo falso. ¿Y por qué camino ha de ser la salida? ¿Hacia dónde? Oye, cree; y haces el paso de la muerte a la vida, y no vienes a juicio.

4. ¿Qué es esto de «y no vienes a juicio»? ¿Y quién será mejor que el apóstol Pablo, que dice: «Es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo»? Pablo dice: «Es necesario que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo»; ¿y tú osas prometerte que no vendrás a juicio? Lejos de mí, dices, que me atreva a prometerme esto. Pero creo al que lo promete. El Salvador habla, la Verdad promete, él mismo me dijo: «El que oye mis palabras, y cree al que me envió, tiene vida eterna, y hace el paso de la muerte a la vida, y no vendrá a juicio». Yo, pues, he oído las palabras de mi Señor y he creído; así, siendo incrédulo, me hice creyente; como él me advirtió, pasé de la muerte a la vida, no vengo a juicio; no por mi presunción, sino por su promesa. ¿Habla acaso Pablo contra Cristo, el siervo contra su Señor, el discípulo contra su Maestro, el hombre contra Dios; de modo que, diciendo el Señor: «El que oye y cree pasa de la muerte a la vida», el apóstol diga: «Es necesario que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo»? De otro modo, si no viene a juicio el que comparece ante el tribunal, no sé cómo entenderlo.

5. El Señor nuestro Dios, entonces, lo revela, y por sus Escrituras nos recuerda cómo puede entenderse cuando se habla de juicio. Os exhorto, pues, a prestar atención. A veces juicio significa castigo, a veces significa discernimiento. Según ese modo de hablar en que juicio significa discernimiento, «es necesario que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que» cada uno «reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo». Porque eso mismo es un discernimiento: dar cosas buenas a los buenos, cosas malas a los malos. Pues si juicio hubiera de tomarse siempre en mal sentido, el salmo no diría: «Júzgame, oh Dios». Quizá alguien se sorprende al oír a alguien decir: «Júzgame, oh Dios». Porque el hombre suele decir: «Perdóname, oh Dios»; «Perdóname la vida, oh Dios». ¿Quién es el que dice: «Júzgame, oh Dios»? A veces en el salmo este mismo verso se pone aun en la pausa, para que lo entone el lector y lo responda el pueblo. ¿No impresionará acaso tanto el corazón de algún hombre que tema cantar y decir a Dios: «Júzgame, oh Dios»? Y, sin embargo, el pueblo lo canta con confianza, y no se imagina que desea algo malo en lo que ha aprendido de la palabra divina; aunque no lo entienda bien, cree que lo que canta es algo bueno. Y con todo, el salmo mismo no ha dejado al hombre sin una luz sobre su sentido. Pues, siguiendo adelante, muestra en las palabras que siguen de qué clase de juicio hablaba; que no es de condenación, sino de discernimiento. Porque dice: «Júzgame, oh Dios». ¿Qué significa «Júzgame, oh Dios, y discierne mi causa de una gente impía»? Según este juicio de discernimiento, entonces, «es necesario que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo». Pero, otra vez, según el juicio de condenación: «El que oye mis palabras —dice— y cree al que me envió, tiene vida eterna, y no vendrá a juicio, mas hace el paso de la muerte a la vida». ¿Qué es «no vendrá a juicio»? No vendrá a condenación. Probemos por las Escrituras que juicio se pone donde se entiende castigo; aunque en este mismo pasaje, un poco más adelante, oiréis el mismo término juicio puesto para nada más que para condenación y castigo. Y el apóstol dice en cierto lugar, escribiendo a los que abusaban del cuerpo (lo que saben los fieles entre vosotros), y porque abusaban de él fueron castigados con el azote del Señor. Pues les dice: «Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen». Muchos, pues, murieron incluso. Y prosiguió: «Si nos examináramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados por el Señor» (es decir, si nos reprendiéramos a nosotros mismos, no seríamos reprendidos por el Señor); «mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo». Hay, pues, quienes son juzgados aquí con castigo, para ser perdonados allá; hay quienes son perdonados aquí, para ser atormentados allá más abundantemente; y hay aquellos a quienes los castigos mismos se les aplican sin el azote del castigo, si no son corregidos por el azote de Dios; para que, ya que aquí han despreciado al Padre que azota, sientan allá al Juez que castiga. Hay, pues, un juicio en el cual Dios, es decir, el Hijo de Dios, enviará al fin al diablo y a sus ángeles, y con él a todos los incrédulos y los impíos. A este juicio no vendrá el que, creyendo ahora, pasa de la muerte a la vida.

6. Porque, para que no pienses que creyendo no has de morir según la carne, o para que, entendiéndolo carnalmente, no te digas: «Mi Señor me ha dicho: El que oye mis palabras y cree al que me envió, ha pasado de muerte a vida: yo, pues, he creído, no he de morir»; ten por seguro que pagarás esa pena, la muerte, que debes por el castigo de Adán. Porque aquel en quien todos estábamos entonces recibió esta sentencia: «Ciertamente morirás»; y la sentencia divina no puede ser anulada. Pero después de haber pagado la muerte del hombre viejo, serás recibido en la vida eterna del hombre nuevo, y pasarás de la muerte a la vida. Mientras tanto, haz ahora el tránsito de la vida. ¿Cuál es tu vida? La fe: «El justo por la fe vivirá». ¿Y los incrédulos? Están muertos. Entre tales muertos estaba, en el cuerpo, aquel de quien el Señor dice: «Deja que los muertos entierren a sus muertos». Así pues, aun en esta vida hay muertos y hay vivos; todos viven en cierto sentido. ¿Quiénes son los muertos? Los que no han creído. ¿Quiénes los vivos? Los que han creído. ¿Qué se dice a los muertos por el apóstol? «Despiértate, tú que duermes». Pero, dice el objetor, dijo dormir, no morir. Oye lo que sigue: «Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos». Y como si el que duerme dijera: ¿Adónde iré?, «y te alumbrará Cristo». Habiéndote iluminado Cristo, creyendo ya, inmediatamente haces el paso de la muerte a la vida: permanece en aquello a lo que has pasado, y no vendrás a juicio.

7. Él mismo lo explica ya y continúa: «De cierto, de cierto os digo». No fuera que, porque dijo «ha pasado de muerte a vida», lo entendiéramos de la futura resurrección; y queriendo mostrar que el que cree ha pasado, y que pasar de la muerte a la vida es pasar de la incredulidad a la fe, de la injusticia a la justicia, de la soberbia a la humildad, del odio a la caridad, dice ahora: «De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es». ¿Qué más evidente? «Y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán». Ya hemos hablado de estos muertos. ¿Qué pensamos, hermanos míos? ¿No hay muertos en esta multitud que me oye? Los que creen y obran conforme a la verdadera fe viven, y no están muertos. Pero los que o no creen, o creen como creen los demonios, temblando, y viven perversamente, confesando al Hijo de Dios y sin caridad, han de ser considerados más bien muertos. Esta hora, sin embargo, sigue pasando todavía. Porque la hora de que habló el Señor no será una hora de las doce horas de un día. Desde el tiempo en que habló hasta el presente, y hasta el fin del mundo, esa misma hora única está pasando; de la cual hora dice Juan en su carta: «Hijitos, ya es el último tiempo». Por tanto, ahora es. El que está vivo, que viva; el que estaba muerto, que viva; que oiga la voz del Hijo de Dios el que yacía muerto; que se levante y viva. El Señor clamó ante el sepulcro de Lázaro, y el que llevaba cuatro días muerto se levantó. El que hedía en el sepulcro salió al aire. Fue sepultado, se puso una piedra sobre él: la voz del Salvador rompió la dureza de la piedra; ¡y tu corazón es tan duro que aquella Voz divina todavía no lo quebranta! Levántate en tu corazón; sal de tu sepulcro. Porque yacías muerto en tu corazón como en un sepulcro, y oprimido por el peso de la mala costumbre como por una piedra. Levántate y sal. ¿Qué es Levántate y sal? Cree y confiesa. Porque el que ha creído se ha levantado; el que confiesa ha salido. ¿Por qué dijimos que el que confiesa ha salido? Porque estaba oculto antes de confesar; pero cuando confiesa, sale de las tinieblas a la luz. Y después de que ha confesado, ¿qué se dice a los siervos? ¿Qué se dijo junto al cadáver de Lázaro? «Desatadle, y dejadle ir». ¿Cómo? Como se dijo a sus siervos los apóstoles: «Todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo».

8. «Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan vivirán». ¿De qué fuente vivirán? De la vida. ¿De qué vida? De Cristo. ¿Cómo probamos que la fuente es Cristo, la vida? «Yo soy —dice— el camino, y la verdad, y la vida». ¿Quieres caminar? «Yo soy el camino». ¿Quieres no ser engañado? «Yo soy la verdad». ¿Quieres no morir? «Yo soy la vida». Esto te dice tu Salvador: No hay adónde puedas ir sino a mí; no hay por dónde puedas ir sino por mí. Esta hora, pues, está transcurriendo ahora, este acto se está realizando claramente y no cesa en absoluto. Hombres que estaban muertos se levantan; pasan a la vida; a la voz del Hijo de Dios viven; de él viven, mientras perseveran en la fe en él. Porque el Hijo tiene vida, de donde tiene que los que creen vivirán.

9. ¿Y cómo la tiene? Como la tiene el Padre. Oye a él mismo, que dice: «Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo». Hermanos, hablaré como pueda. Pues estas son esas palabras que perplejizan al entendimiento endeble. ¿Por qué ha añadido «en sí mismo»? Bastaría decir: «Porque como el Padre tiene vida, así también ha dado al Hijo el tener vida». Añadió «en sí mismo»: pues el Padre «tiene vida en sí mismo», y el Hijo tiene vida en sí mismo. Quiso que entendiéramos algo en lo que dice, «en sí mismo». Y aquí un asunto secreto está encerrado en esta palabra; que se llame, para que se abra. Oh Señor, ¿qué es esto que has dicho? ¿Por qué has añadido «en sí mismo»? ¿Acaso Pablo, el apóstol, a quien hiciste vivir, no tenía vida? La tenía, dijo. En cuanto a los hombres que estaban muertos para ser vivificados y a tu palabra pasar a la vida creyendo; cuando hayan pasado, ¿no tendrán vida en ti? Tendrán vida; pues dije también poco antes: «El que oye mis palabras, y cree al que me envió, tiene vida eterna». Por tanto, los que creen en ti tienen vida; y tú no has dicho «en sí mismos». Pero cuando hablas del Padre, «como el Padre tiene vida en sí mismo»; de nuevo, cuando hablas de ti, dijiste: «Así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo». Como él la tiene, así dio que la tuviera. ¿Dónde la tiene? «En sí mismo». ¿Dónde dio que la tuviera? «En sí mismo». ¿Dónde tiene Pablo la vida? No en sí mismo, sino en Cristo. ¿Dónde la tienes tú, creyente? No en ti mismo, sino en Cristo. Veamos si el apóstol dice esto: «Y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí». Nuestra vida, como nuestra, es decir, de nuestra voluntad personal, será solo mala, pecadora, injusta; pero la vida que es buena en nosotros viene de Dios, no de nosotros mismos; nos la da Dios, no nosotros mismos. Pero Cristo tiene vida en sí mismo, como la tiene el Padre, porque es el Verbo de Dios. En él no sucede que viva ahora mal, ahora bien; pero el hombre vive ahora mal, ahora bien. El que vivía mal estaba en su propia vida; el que vive bien ha pasado a la vida de Cristo. Has sido hecho partícipe de la vida; no eras lo que has recibido, sino uno que recibió: pero no es así con el Hijo de Dios, como si al principio estuviera sin vida y luego recibiera la vida. Porque si así recibiera la vida, no la tendría en sí mismo. Pues ¿qué es estar en sí mismo? Que él mismo sea la vida misma.

10. Quizá pueda declarar ese asunto aún más claramente. Se enciende una vela: esa vela, por ejemplo, en cuanto a la llamita que brilla allí, ese fuego tiene luz en sí mismo; pero tus ojos, que estaban ociosos y no veían nada, en ausencia de la vela, ahora tienen también luz, pero no en sí mismos. Además, si se apartan de la vela, se oscurecen; si se vuelven hacia ella, se iluminan. Pero ciertamente ese fuego brilla mientras existe: si le quitaras la luz, lo extinguirías al mismo tiempo; porque sin la luz no puede subsistir. Pero Cristo es luz inextinguible y coeterna con el Padre, siempre brillante, siempre resplandeciente, siempre ardiente: pues si no estuviera ardiendo, ¿diría el salmo: «Ni hay quien se esconda de su calor»? Pero tú estabas frío en tu pecado; te vuelves para entrar en calor; si te apartas, te enfriarás. En tu pecado estabas oscuro; te vuelves para ser iluminado; si te apartas, te oscurecerás. Por tanto, como en ti mismo eras tinieblas, cuando seas iluminado serás luz, aunque en la luz. Pues dice el apóstol: «En otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor». Cuando dijo «mas ahora sois luz», añadió «en el Señor». Por tanto, en ti mismo tinieblas, «luz en el Señor». ¿En qué sentido «luz»? Porque por participación de aquella luz eres luz. Pero si te apartas de la luz por la que eres iluminado, vuelves a tus tinieblas. No así Cristo, no así el Verbo de Dios. ¿Pero cómo no? «Como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo»; de modo que vive, no por participación, sino inmutablemente, y es enteramente él mismo la vida. «Así también ha dado al Hijo el tener vida». Como él la tiene, así ha dado. ¿Cuál es la diferencia? Porque el uno dio, el otro recibió. ¿Existía ya cuando recibió? ¿Hemos de entender que Cristo existió alguna vez sin luz, siendo él mismo la sabiduría del Padre, de la cual se dice: «Es el resplandor de la luz eterna»? Por tanto, lo que se dice, «dio al Hijo», es como si se dijera «engendró al Hijo»; porque engendrando dio. Como le dio el ser, así le dio el ser vida, así también le dio el ser vida en sí mismo. ¿Qué es ser vida en sí mismo? No necesitar vida de otra parte, sino ser él mismo la plenitud de la vida, de la cual otros, creyendo, tuvieran vida mientras vivían. «Le ha dado», pues, «el tener vida en sí mismo». ¿Se la ha dado como a quién? Como a su propio Verbo, como a aquel que «en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios».

11. Después, porque se hizo hombre, ¿qué le dio? «Y le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre». En cuanto es Hijo de Dios: «Como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo»; en cuanto es Hijo del Hombre: «Le dio autoridad de hacer juicio». Esto es lo que os expliqué ayer, amadísimos: que en el juicio se verá al hombre, pero no se verá a Dios; pero después del juicio, Dios será visto por los que hayan prevalecido en el juicio, mas por los malos no será visto. Puesto que, por tanto, el hombre será visto en el juicio en aquella forma en que vendrá así como ascendió, por eso había dicho antes: «El Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo». Lo mismo repite también en este lugar, cuando dice: «Y le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre». Como si dijeras: «le ha dado autoridad de hacer juicio». ¿En qué sentido? ¿Cuando no tenía esa autoridad de hacer juicio? Puesto que «en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios»; puesto que «todas las cosas por él fueron hechas», ¿no tenía ya autoridad de hacer juicio? Sí, pero según esto, digo, «le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre»: según esto, recibió autoridad de juzgar «por cuanto es el Hijo del Hombre». Pues en cuanto es Hijo de Dios, siempre tuvo esta autoridad. El que fue crucificado, recibió; el que estuvo en la muerte, está en la vida: el Verbo de Dios nunca estuvo en la muerte, sino que siempre está en la vida.

12. Ahora, pues, en cuanto a una resurrección, quizá alguno de nosotros decía: Mirad, hemos resucitado; el que oye a Cristo, y cree, y ha pasado de la muerte a la vida, tampoco vendrá a juicio. Viene la hora, y ahora es, en que el que oiga la voz del Hijo de Dios vivirá: estaba muerto, ha oído; mirad, se levanta. ¿Qué es esto que se dice, que habrá después una resurrección? Perdónate a ti mismo, no te apresures a dictar sentencia, no sea que corras tras ella. Hay, ciertamente, esta resurrección que se produce ahora; los incrédulos estaban muertos, los injustos estaban muertos; los justos viven, pasan de la muerte de la incredulidad a la vida de la fe. Pero no creas por ello que no habrá después una resurrección del cuerpo; cree que habrá también una resurrección del cuerpo. Porque oye lo que sigue después de la declaración de esta resurrección que es por la fe, para que nadie piense que esta es la única resurrección, o caiga en aquella desesperación y error de los hombres que pervirtieron los pensamientos de otros, «diciendo que la resurrección ya se efectuó», de los cuales dice el apóstol: «y trastornan la fe de algunos». Pues creo que les decían palabras como estas: «Mirad, cuando el Señor dice: Y el que cree en mí ha pasado de muerte a vida»; la resurrección ya ha tenido lugar en los hombres que creen, que antes eran incrédulos: ¿cómo puede entenderse una segunda resurrección?». Gracias a nuestro Señor Dios, que sostiene a los vacilantes, dirige a los perplejos, confirma a los que dudan. Oye lo que sigue, ahora que no tienes de qué hacerte a ti mismo la oscuridad de la muerte. Si has creído, cree todo. ¿Qué todo, dices, he de creer? Oye lo que dice: «No os maravilléis de esto», a saber, de que dio al Hijo autoridad de hacer juicio. Hablo, dice, del fin del mundo. ¿Cómo del fin? «No os maravilléis de esto; porque viene la hora». Aquí no ha dicho: «y ahora es». Con respecto a aquella resurrección de la fe, ¿qué dijo? «Viene la hora, y ahora es». Con respecto a aquella resurrección que da a entender que habrá de cuerpos muertos, dijo: «Viene la hora»; no ha dicho: «y ahora es», porque ha de venir al fin del mundo.

13. ¿Y de dónde, dices, me pruebas que habló de la resurrección misma? Si oyes con paciencia, enseguida te lo probarás a ti mismo. Sigamos, pues: «No os maravilléis de esto; porque viene la hora, cuando todos los que están en los sepulcros». ¿Qué más evidente que esta resurrección? Poco antes no había dicho: «los que están en los sepulcros», sino: «Los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan vivirán». No ha dicho: unos vivirán, otros serán condenados; porque todos los que creen vivirán. Pero ¿qué dice acerca de los sepulcros? «Todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y saldrán». No dijo: «oirán y vivirán». Porque si han vivido perversamente y yacían en los sepulcros, resucitarán a la muerte, no a la vida. Veamos, pues, quiénes saldrán. Aunque poco antes los muertos, oyendo y creyendo, vivieron, allí no se hizo distinción: no se dijo: Los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y cuando hayan oído, unos vivirán y otros serán condenados; sino: «todos los que oigan vivirán»: porque los que creen vivirán, los que tienen caridad vivirán, y ninguno de ellos morirá. Pero acerca de los sepulcros: «Oirán su voz, y saldrán: los que hicieron lo bueno, a resurrección de vida; los que hicieron lo malo, a resurrección de juicio». Este es el juicio, aquel castigo del cual había dicho poco antes: «El que cree en mí ha pasado de muerte a vida», y no vendrá a juicio.

14. «No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, juzgo, y mi juicio es justo». Si según oyes juzgas, ¿de quién oyes? Si del Padre, ciertamente «el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo». ¿Cuándo declaras tú, siendo en cierto modo el heraldo del Padre, lo que oyes? Hablo lo que oigo, porque lo que el Padre es, yo lo soy: pues, en efecto, hablar es mi oficio; porque soy el Verbo del Padre. Esto te dice Cristo. Ahora bien, en cuanto a lo tuyo. ¿Qué es «según oigo, juzgo», sino «según soy»? Porque ¿de qué manera oye Cristo? Indaguemos, hermanos, os lo ruego. ¿Oye Cristo del Padre? ¿Cómo le habla el Padre? Sin duda, si le habla, usa palabras con él; pues todo el que dice algo a alguien lo dice por una palabra. ¿Cómo habla el Padre al Hijo, siendo el Hijo la Palabra del Padre? Todo lo que el Padre nos dice, lo dice por su Verbo: el Verbo del Padre es el Hijo; ¿por qué otra palabra, entonces, habla al Verbo mismo? Dios es uno, tiene un solo Verbo, contiene todas las cosas en un solo Verbo. ¿Qué significa, entonces, «según oigo, juzgo»? Así como soy del Padre, así juzgo. Por tanto, «mi juicio es justo». Si nada haces por ti mismo, oh Señor Jesús, como piensan los hombres carnales; si nada haces por ti mismo, ¿cómo dijiste poco antes: «Así también el Hijo a los que quiere da vida»? Ahora dices: De mí mismo nada hago. Pero ¿qué declara el Hijo sino que es del Padre? El que es del Padre no es de sí mismo. Si el Hijo fuera de sí mismo, no sería Hijo: es del Padre. Que el Padre sea, no es del Hijo; que el Hijo sea, es del Padre. Igual al Padre; pero, con todo, Hijo del Padre, no Padre del Hijo.

15. «Porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió». ¡El Hijo Unigénito dice: «No busco mi voluntad», y sin embargo los hombres desean hacer su propia voluntad! ¡A tal grado se humilla el que es igual al Padre, y a tal grado se ensalza el que yace en lo más profundo y no puede levantarse a menos que se le tienda una mano! Hagamos, pues, la voluntad del Padre, la voluntad del Hijo, la voluntad del Espíritu Santo; porque de esta Trinidad hay una sola voluntad, un solo poder, una sola majestad. Sin embargo, por eso dice el Hijo: «No he venido para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió»; porque Cristo no es de sí mismo, sino del Padre. Pero lo que tuvo para poder aparecer como hombre, lo asumió de la criatura que él mismo formó.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea.