Tratados sobre Juan · Agustín de Hipona
Juan 8: comentario de Agustín de Hipona (Tratados sobre Juan)
Tratado 33
1. Recordáis, amadísimos míos, que en el último discurso, con ocasión del pasaje del Evangelio que se leyó, os hablamos del Espíritu Santo. Cuando el Señor hubo invitado a los que creen en él a este beber, hablando entre quienes meditaban apresarle y procuraban matarle, y no podían, porque no era su voluntad; pues bien, cuando hubo dicho estas cosas, surgió una disensión en la multitud acerca de él; unos pensaban que era el mismo Cristo, otros decían que el Cristo no saldría de Galilea. Pero los que habían sido enviados a prenderle volvieron limpios del crimen y llenos de admiración. Pues dieron incluso testimonio de su doctrina divina, cuando aquellos por quienes habían sido enviados les preguntaron: «¿Por qué no le habéis traído?». Respondieron que jamás habían oído hablar a hombre alguno como él: «Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre». Pero así hablaba él porque era Dios y hombre. Los fariseos, en cambio, rechazando su testimonio, les dijeron: «¿También vosotros habéis sido engañados?». Vemos, en efecto, que también a vosotros os han encantado sus discursos. «¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos? Pero esta multitud que no sabe la ley, maldita es». Los que no sabían la ley creyeron en quien había enviado la ley; y aquellos hombres que enseñaban la ley lo despreciaron, para que se cumpliera lo que el mismo Señor había dicho: «Yo he venido para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados». Porque los fariseos, maestros de la ley, fueron cegados, y el pueblo que no conocía la ley, y sin embargo creyó en el autor de la ley, fue iluminado.
2. «Nicodemo», sin embargo, «el que vino a Jesús de noche, que era uno de ellos» —no porque él mismo fuera incrédulo, sino tímido; pues por eso vino de noche a la luz, porque quería ser iluminado y temía ser conocido—; Nicodemo, digo, respondió a los judíos: «¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no lo oye y sabe lo que ha hecho?». Porque ellos querían perversamente condenar antes de examinar. Nicodemo sabía, o más bien creía, que si tan solo quisieran darle un oído paciente, quizá se volverían como los que fueron enviados a prenderle; pero prefirió creerlo. Ellos respondieron, desde el prejuicio de su corazón, lo que habían respondido a aquellos alguaciles: «¿Eres tú también galileo?». Es decir, seducido, por así decir, por el galileo. Porque se decía que el Señor era galileo, ya que sus padres eran de la ciudad de Nazaret. He dicho «sus padres» en lo que toca a María, no en cuanto a la simiente de varón; pues en la tierra buscó solo una madre, ya tenía un Padre en lo alto. Porque su nacimiento era maravilloso por ambos lados: divino, sin madre; humano, sin padre. ¿Qué dijeron, pues, a Nicodemo aquellos pretendidos doctores de la ley? «Escudriña, y ve que de Galilea nunca se ha levantado profeta». Y sin embargo, de allí se levantó el Señor de los profetas. «Cada uno se fue a su casa», dice el evangelista.
3. «Y Jesús se fue al monte»; es decir, al monte «de los Olivos» —al monte fructífero, al monte del ungüento, al monte del crisma—. Porque ¿dónde, en efecto, sino en el monte de los Olivos convenía que enseñara el Cristo? Pues el nombre de Cristo viene de crisma; χρῖσμα, en griego, se llama en latín unctio, una unción. Y nos ha ungido por esto, porque nos ha hecho luchadores contra el diablo. «Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba». Y no fue apresado, porque aún no se dignaba padecer.
4. Y ahora observad en qué fue tentada por sus enemigos la mansedumbre del Señor. «Y los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el mismo acto de adulterio. Y en la ley Moisés nos mandó apedrear a las tales. Tú, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para poder acusarle». ¿Acusarle de qué? ¿Habían descubierto en él alguna mala acción, o se decía que aquella mujer hubiera tenido algo que ver con él de algún modo? ¿Qué significa, pues, «tentándole, para poder acusarle»? Entendemos, hermanos, que una admirable mansedumbre resplandecía sobremanera en el Señor. Observaban que era muy manso, muy benigno; pues de él se había predicho de antemano: «Ciñe tu espada sobre el muslo, oh Poderosísimo; con tu gloria y tu majestad avanza, marcha prósperamente y reina, por causa de la verdad, de la mansedumbre y de la justicia». Así, como maestro, traía la verdad; como libertador, traía la mansedumbre; como protector, traía la justicia. Que había de reinar por causa de estas cosas lo había predicho el profeta por el Espíritu Santo. Cuando hablaba, se reconocía su verdad; cuando no se irritaba contra sus enemigos, se alababa su mansedumbre. Mientras, pues, en lo tocante a estas dos —su verdad y su mansedumbre— sus enemigos se atormentaban de malicia y envidia, en lo tocante a la tercera —la justicia— le tendieron un tropiezo. ¿De qué manera? Porque la ley había mandado apedrear a los adúlteros, y desde luego la ley no podía mandar lo que fuera injusto: si alguien dijera algo distinto de lo que la ley había mandado, sería descubierto como injusto. Por eso se dijeron entre sí: «Se le tiene por veraz, parece ser benigno; hay que buscar una acusación contra él en lo tocante a la justicia. Traigámosle una mujer sorprendida en adulterio; digámosle lo que se ordena en la ley sobre tales casos: si aprueba que sea apedreada, no mostrará su benignidad; si consiente en dejarla ir, no guardará la justicia. Pero, dicen, para no perder la fama de benignidad, por la cual se ha hecho amable al pueblo, sin duda dirá que se la debe dejar ir. De ahí hallamos ocasión de acusarle, y lo acusamos de ser transgresor de la ley, diciéndole: Eres enemigo de la ley; respondes contra Moisés, más aún, contra aquel que dio la ley por medio de Moisés; eres digno de muerte: también tú has de ser apedreado con esta mujer». Con estas palabras y estos pensamientos quizá pudieran inflamar la envidia contra él, urgir la acusación y hacer que se reclamara con ardor su condena. Pero ¿esto contra quién? Era la perversidad contra la rectitud, la falsedad contra la verdad, el corazón corrompido contra el corazón recto, la necedad contra la sabiduría. ¿Cuándo prepararon tales hombres lazos en los que no metieran primero sus propias cabezas? He aquí que el Señor, al responderles, guardará la justicia y no se apartará de la mansedumbre. No fue apresado aquel para quien se tendió el lazo, sino más bien fueron apresados los que lo tendieron, porque no creían en aquel que podía sacarlos de la red.
5. ¿Qué respuesta dio, pues, el Señor Jesús? ¿Cómo respondió la Verdad? ¿Cómo respondió la Sabiduría? ¿Cómo respondió aquella Justicia contra la cual estaba preparada una falsa acusación? No dijo: Que no sea apedreada, para no parecer que hablaba contra la ley. Pero Dios nos libre de que dijera: Que sea apedreada; porque él no vino a perder lo que había hallado, sino a buscar lo que se había perdido. ¿Qué respondió, pues? ¡Mirad cuán lleno está de justicia, cuán lleno de mansedumbre y de verdad! «El que de vosotros esté sin pecado», dice, «sea el primero en arrojar la piedra contra ella». ¡Oh respuesta de la Sabiduría! ¡Cómo los envió a sí mismos! Porque estando fuera para acusar y censurar, a sí mismos no se examinaban por dentro: veían a la adúltera, no miraban dentro de sí. Transgresores de la ley, querían que se cumpliera la ley, y esto acusando a la ligera; no cumpliéndola de verdad, como si condenaran los adulterios con castidad. Habéis oído, oh judíos, habéis oído, oh fariseos, habéis oído, oh maestros de la ley, al guardián de la ley, pero aún no lo habéis entendido como Legislador. ¿Qué otra cosa os significa cuando escribe con el dedo en tierra? Porque la ley fue escrita con el dedo de Dios, pero escrita en piedra a causa de los duros de corazón. El Señor escribía ahora en la tierra, porque buscaba fruto. Habéis oído, pues: Que se cumpla la ley, que sea apedreada la adúltera. Pero ¿es castigándola a ella como la ley ha de ser cumplida por los que deberían ser castigados? Considérese cada uno de vosotros a sí mismo, entre en sí mismo, suba al tribunal de su propia mente, preséntese ante el estrado de su propia conciencia, oblíguese a confesar. Porque sabe lo que es: pues «nadie conoce las cosas del hombre sino el espíritu del hombre que está en él». Cada uno, mirando con atención dentro de sí, se halla pecador. Sí, ciertamente. Por tanto, o dejad ir a esta mujer, o recibid junto con ella la pena de la ley. Si hubiera dicho: Que no sea apedreada la adúltera, se habría demostrado que era injusto; si hubiera dicho: Que sea apedreada, no habría parecido benigno; dijo lo que le convenía decir, a él, benigno y justo: «El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra contra ella». Esta es la voz de la Justicia: Que sea castigada ella, la pecadora, pero no por pecadores; que se cumpla la ley, pero no por los transgresores de la ley. Esta es ciertamente la voz de la justicia: con la cual justicia aquellos hombres, traspasados como por un dardo, mirando dentro de sí y hallándose culpables, «uno tras otro, todos se fueron». Quedaron solos los dos: la miserable y la Misericordia. Pero el Señor, habiéndolos herido con aquel dardo de justicia, no se dignó atender a su caída, sino que, apartando de ellos su mirada, «otra vez escribía con el dedo en tierra».
6. Pero cuando aquella mujer quedó sola y todos ellos habían salido, alzó los ojos hacia la mujer. Hemos oído la voz de la justicia; oigamos también la voz de la clemencia. Pues supongo que aquella mujer quedó más aterrada cuando oyó decir al Señor: «El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra contra ella». Pero ellos, volviendo su pensamiento a sí mismos, y habiendo confesado de sí mismos con esa misma retirada, habían dejado a la mujer con su gran pecado a aquel que estaba sin pecado. Y porque había oído esto: «El que esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra contra ella», esperaba ser castigada por aquel en quien no se podía hallar pecado. Pero él, que había hecho retroceder a sus adversarios con la lengua de la justicia, alzando hacia ella los ojos de la clemencia, le preguntó: «¿Ninguno te condenó?». Ella respondió: «Ninguno, Señor». Y él dijo: «Ni yo te condeno»; tú, quizá, temías ser condenada por aquel por quien, porque en mí no has hallado pecado, «ni yo te condeno». ¿Qué es esto, Señor? ¿Favoreces, pues, los pecados? No, evidentemente. Observa lo que sigue: «Vete, y no peques más». Por tanto, el Señor condenó también, pero condenó los pecados, no al hombre. Porque si fuera patrono del pecado, diría: Ni yo te condeno; vete, vive como quieras; está segura de mi liberación; por mucho que peques, te libraré de todo castigo, aun del infierno y de los verdugos del mundo infernal. No dijo esto.
7. Que se guarden, pues, los que aman su mansedumbre en el Señor, y que teman su verdad. Porque «dulce y recto es el Señor». Tú lo amas en cuanto es dulce; témelo en cuanto es recto. Como manso, dijo: «Callé»; pero como justo, dijo: «¿Callaré siempre?». «Misericordioso y clemente es el Señor». Así es, ciertamente. Añade aún: «Lento para la ira»; añade aún: «Y grande en misericordia»; pero teme lo que viene al final: «Y veraz». Porque a los que ahora soporta como pecadores, los juzgará como despreciadores. «¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento? Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras». El Señor es benigno, el Señor es paciente, el Señor es clemente; pero el Señor es también justo, el Señor es también veraz. Te concede espacio para corregirte; pero tú amas más la tardanza del juicio que la enmienda de tus caminos. ¿Has sido malo ayer? Sé hoy bueno. ¿Has seguido hoy en tu maldad? Cámbiate al menos mañana. Siempre estás esperando, y de la misericordia de Dios te haces promesas desmesuradas. Como si aquel que te ha prometido el perdón por el arrepentimiento te prometiera también una vida más larga. ¿Cómo sabes lo que traerá el mañana? Con razón dices en tu corazón: Cuando haya corregido mis caminos, Dios quitará todos mis pecados. No podemos negar que Dios ha prometido el perdón a los que han enmendado sus caminos y se han convertido. Pues en cualquier profeta que me leas que Dios ha prometido perdón al que se enmienda, no me lees que Dios te haya prometido una vida larga.
8. De ambas cosas, pues, corren peligro los hombres: tanto de esperar como de desesperar, de cosas contrarias, de afectos contrarios. ¿Quién se engaña esperando? El que dice: Dios es bueno, Dios es misericordioso, que haga yo lo que quiera, lo que me guste; que dé rienda suelta a mis pasiones, que satisfaga los deseos de mi alma. ¿Por qué esto? Porque Dios es misericordioso, Dios es bueno, Dios es benigno. Estos corren peligro por la esperanza. Y corren peligro por la desesperación aquellos que, habiendo caído en pecados graves, imaginando que ya no pueden ser perdonados mediante el arrepentimiento, y creyendo que sin duda están condenados a la condenación, se dicen a sí mismos: Ya estamos destinados a ser condenados, ¿por qué no hacer lo que queramos, con el ánimo de los gladiadores destinados a la espada? Esta es la razón de que los desesperados sean peligrosos: pues, no teniendo ya nada que temer, han de ser sumamente temidos. A estos los mata la desesperación; a aquellos, la esperanza. La mente es sacudida de un lado a otro entre la esperanza y la desesperación. Has de temer que la esperanza te mate; y que, esperando mucho de la misericordia, caigas en el juicio; y de nuevo has de temer que te mate la desesperación, y que, pensando que los graves pecados que has cometido no te pueden ser perdonados, no te arrepientas e incurras en la sentencia de la Sabiduría, que dice: «Yo también me reiré de vuestra perdición». ¿Cómo trata, pues, el Señor a los que están en peligro por ambos males? A los que están en peligro por la esperanza les dice: «No tardes en convertirte al Señor, ni lo dejes de día en día; porque de repente vendrá su ira, y en el tiempo de la venganza te destruirá por completo». ¿Y a los que están en peligro por la desesperación, qué les dice? «En cualquier día que el impío se convierta, olvidaré todas sus iniquidades». Así, por causa de los que están en peligro por la desesperación, nos ha ofrecido un refugio de perdón; y por causa de los que están en peligro por la esperanza y son engañados por las dilaciones, ha hecho incierto el día de la muerte. No sabes cuándo puede llegar tu último día. ¿Eres ingrato porque tienes hoy, en que puedes ser mejorado? Así, pues, dijo a la mujer: «Ni yo te condeno»; pero, asegurada ya en cuanto al pasado, guárdate del futuro. «Ni yo te condeno»: he borrado lo que has hecho; guarda lo que te he mandado, para que halles lo que he prometido.
Tratado 34
1. Lo que acabamos de oír y de recibir con atención mientras se leía el santo Evangelio, no dudo de que todos nosotros nos hemos esforzado también por entenderlo, y de que cada uno, según su medida, ha captado lo que pudo de un asunto tan grande como el que se ha leído; y mientras se reparte el pan de la palabra, nadie puede quejarse de no haber probado nada. Pero tampoco dudo de que apenas haya alguno que lo haya entendido todo. Sin embargo, aunque haya alguno que entienda suficientemente las palabras de nuestro Señor Jesucristo que se acaban de leer del Evangelio, que soporte nuestro ministerio, mientras nosotros, si es posible con su ayuda, tratando de ellas, hacemos que todos o muchos entiendan lo que unos pocos se alegran de haber entendido por sí mismos.
2. Creo que lo que dice el Señor: «Yo soy la luz del mundo», es claro para los que tienen ojos con los cuales se hacen partícipes de esta luz; pero los que no tienen ojos sino solo en la carne, se asombran de lo que dice el Señor Jesucristo: «Yo soy la luz del mundo». Y quizá no falte alguno que se diga a sí mismo: ¿Será acaso el Señor Cristo ese sol que con su salida y su puesta produce el día? Pues no han faltado herejes que lo pensaron. Los maniqueos han supuesto que el Señor Cristo es ese sol que es visible a los ojos carnales, expuesto y público para ser visto, no solo por los hombres, sino por las bestias. Pero la recta fe de la Iglesia católica rechaza tal ficción y percibe que es doctrina diabólica: no solo la reconoce como tal creyendo, sino que, en el caso de aquellos a quienes puede, lo demuestra incluso con razonamientos. Rechacemos, pues, esta clase de error, que la santa Iglesia ha anatematizado desde el principio. No supongamos que el Señor Jesucristo es este sol que vemos salir por oriente y ponerse por occidente; a cuyo curso sucede la noche, cuyos rayos oscurece una nube, que se desplaza de un lugar a otro con un movimiento fijo: el Señor Cristo no es una cosa como esta. El Señor Cristo no es el sol que fue hecho, sino aquel por quien fue hecho el sol. Porque «todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho».
3. Hay, pues, una Luz que hizo esta luz del sol: amemos esta Luz, anhelemos entenderla, tengamos sed de ella; para que, con ella misma por guía, lleguemos por fin a ella, y vivamos en ella de modo que nunca muramos. Esta es en verdad aquella Luz de la que la profecía, adelantándose hace tiempo, cantó así en el salmo: «Oh Señor, a hombres y a bestias salvarás; ¡cuán multiplicada es tu misericordia, oh Dios!». Estas son las palabras del santo salmo: notad lo que el antiguo discurso de los santos hombres de Dios adelantó acerca de tal luz. «A hombres», dice, «y a bestias salvarás, oh Señor; ¡cuán multiplicada es tu misericordia, oh Dios!». Pues siendo tú Dios y teniendo misericordia múltiple, la misma multiplicidad de tu misericordia alcanza no solo a los hombres, a quienes creaste a tu imagen, sino aun a las bestias, que hiciste sujetas a los hombres. Porque el que da salvación al hombre, el mismo da salvación también a la bestia. No te avergüences de pensar esto del Señor tu Dios: antes bien, créelo y confía en ello, y mira que no pienses otra cosa. El que te salva a ti, el mismo salva a tu caballo y a tu oveja; para llegar a lo más pequeño, también a tu gallina: «La salvación es del Señor», y Dios salva a estos. Te inquietas, preguntas. Me pregunto por qué dudas. ¿Desdeñará salvar el que se dignó crear? Del Señor es el salvar a los ángeles, a los hombres y a las bestias: «La salvación es del Señor». Así como ningún hombre existe por sí mismo, así ningún hombre se salva por sí mismo. Con toda verdad y con toda razón dice, pues, el salmo: «Oh Señor, a hombres y a bestias salvarás». ¿Por qué? «¡Cuán multiplicada es tu misericordia, oh Dios!». Porque tú eres Dios, tú has creado, tú salvas: diste el ser, das el estar sano.
4. Puesto que, por tanto, multiplicada la misericordia de Dios, hombres y bestias son salvados por él, ¿no tienen los hombres algo más que Dios como Creador les otorga y que no otorga a las bestias? ¿No hay distinción entre el ser vivo hecho a imagen de Dios y el ser vivo hecho sujeto a la imagen de Dios? Claro que la hay: además de esa salvación que tenemos en común con los animales mudos, hay algo que Dios nos otorga a nosotros, pero no a ellos. ¿Qué es? Sigue en el mismo salmo: «Pero los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas». Teniendo ya una salvación en común con sus ganados, «los hijos de los hombres esperan bajo la sombra de tus alas». Tienen, en efecto, una salvación en la realidad, otra en la esperanza. Esta salvación que existe al presente es común a hombres y ganados; pero hay otra que los hombres esperan, y que reciben los que la esperan, no la reciben los que desesperan de ella. Porque dice: «Los hijos de los hombres esperan bajo la sombra de tus alas». Y los que esperan con perseverancia son protegidos por ti, para que el diablo no los derribe de su esperanza: «Bajo la sombra de tus alas esperarán». Si han de esperar, ¿qué han de esperar sino lo que los ganados no tendrán? «Serán completamente saciados de la grosura de tu casa, y los abrevarás del torrente de tus delicias». ¿Qué clase de vino es aquel con el que es loable embriagarse? ¿Qué clase de vino es el que no turba la mente, sino que la dirige? ¿Qué clase de vino es el que hace perpetuamente sensatos, y no hace insensatos al beberlo? «Serán completamente saciados». ¿Cómo? «De la grosura de tu casa, y los abrevarás del torrente de tus delicias». ¿Por qué así? «Porque contigo está el manantial de la vida». El manantial mismo de la vida anduvo sobre la tierra, el mismo que dijo: «Si alguno tiene sed, venga a mí». ¡He aquí el manantial! Pero comenzamos a hablar de la luz, y a tratar la cuestión planteada desde el Evangelio acerca de la luz. Pues leemos cómo dijo el Señor: «Yo soy la luz del mundo». De ahí surgió una cuestión, no fuera que alguien, entendiendo esto carnalmente, imaginara que esta luz significa el sol: de allí llegamos al salmo, y al considerarlo hallamos entre tanto que el Señor es el manantial de la vida. Bebe y vive. «Contigo», dice, «está el manantial de la vida»; por tanto, «bajo la sombra de tus alas esperan los hijos de los hombres», buscando saciarse de este manantial. Pero estábamos hablando de la Luz. Sigue, pues; porque el profeta, habiendo dicho: «Contigo está el manantial de la vida», pasó a añadir: «En tu luz veremos la luz» —Dios de Dios, Luz de Luz—. Por esta Luz fue hecha la luz del sol; y la Luz que hizo el sol, bajo el cual nos hizo también a nosotros, fue hecha bajo el sol por causa nuestra. Aquella Luz que hizo el sol fue hecha, digo, bajo el sol por causa nuestra. No desprecies la nube de la carne; con esa nube está cubierta, no para ser oscurecida, sino para ser moderada.
5. Aquella Luz que no falla, la Luz de la sabiduría, hablando por la nube de la carne, dice a los hombres: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». ¡Cómo te ha apartado de los ojos de la carne y te ha vuelto a los ojos del corazón! Pues no basta decir: «El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá luz»; añadió además: «de la vida»; como allí se dijo: «Porque contigo está el manantial de la vida». Ved así, hermanos míos, cómo concuerdan las palabras del Señor con la verdad de aquel salmo: allí la luz se pone junto al manantial de la vida, y por el Señor se dice «luz de la vida». Pero para el uso corporal, luz y manantial son cosas distintas: nuestras bocas buscan un manantial, nuestros ojos la luz; cuando tenemos sed buscamos un manantial, cuando estamos en tinieblas buscamos luz; y si por casualidad tenemos sed de noche, encendemos una luz para llegar a un manantial. No así en Dios: luz y manantial son lo mismo: el que brilla para ti para que veas, el mismo fluye para ti para que bebas.
6. Veis, pues, hermanos míos, veis, si veis por dentro, qué clase de luz es esta de la que dice el Señor: «El que me sigue no andará en tinieblas». Sigue al sol, y veamos si no andarás en tinieblas. Mira, al salir viene hacia ti; sigue su curso hacia el occidente. Quizá tu viaje es hacia el oriente: a menos que vayas en dirección contraria a la que él recorre, te extraviarás sin duda siguiéndole, y en lugar de oriente llegarás a occidente. Si lo sigues por tierra, te desviarás; si el marinero lo sigue por mar, se desviará. Finalmente, supón que te parece que debes seguir al sol, y que tú también viajas hacia el occidente, a donde él también viaja; veamos si, después de su ocaso, no andarás en tinieblas. Mira cómo, aunque tú no quieras abandonarlo, él te abandonará, para acabar el día por la necesidad de su servicio. Pero nuestro Señor Jesucristo, aun cuando no se manifestaba a todos a través de la nube de su carne, sostenía a la vez todas las cosas con el poder de su sabiduría. Tu Dios está entero en todas partes: si tú no te apartas de él, él nunca se apartará de ti.
7. Así, pues, «el que me sigue», dice, «no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». Lo que ha prometido lo puso en una palabra de tiempo futuro; pues no dice tiene, sino «tendrá la luz de la vida». Y sin embargo no dice: el que me seguirá, sino: el que me sigue. Lo que es nuestro deber hacer lo puso en tiempo presente; pero lo que ha prometido a los que lo hacen lo indicó con una palabra de tiempo futuro. «El que sigue, tendrá». El que sigue ahora, tendrá después: el que sigue ahora por la fe, tendrá después por la vista. Porque, «entre tanto que estamos en el cuerpo», dice el apóstol, «estamos ausentes del Señor; porque por fe andamos, no por vista». ¿Cuándo andaremos por vista? Cuando tengamos la luz de la vida, cuando hayamos llegado a aquella visión, cuando haya pasado esta noche. De aquel día, en efecto, que ha de amanecer, se dice: «Por la mañana estaré junto a ti, y te contemplaré». ¿Qué significa «por la mañana»? Cuando haya terminado la noche de este mundo, cuando hayan terminado los terrores de las tentaciones, cuando sea vencido aquel león que ronda rugiendo en la noche, buscando a quién devorar. «Por la mañana estaré junto a ti, y te contemplaré». Ahora bien, ¿qué pensamos, hermanos, que es nuestro deber para el tiempo presente, sino lo que se dice de nuevo en el salmo: «Todas las noches inundo de llanto mi lecho, riego mi cama con mis lágrimas»? Todas las noches, dice, lloraré; arderé de deseo por la luz. El Señor ve mi deseo: pues otro salmo le dice: «Señor, delante de ti están todos mis deseos, y mi gemido no te es oculto». ¿Deseas oro? Puedes ser visto; pues, al buscar oro, serás manifiesto a los hombres. ¿Deseas trigo? Se lo pides al que lo tiene; y a quien además informas, al procurar alcanzar lo que deseas. ¿Deseas a Dios? ¿Quién ve, sino Dios? ¿A quién, pues, buscas a Dios, como buscas pan, agua, oro, plata, trigo? ¿A quién buscas a Dios, sino a Dios? Se le busca a él mismo, que se ha prometido a sí mismo. Extienda el alma su deseo y, con seno más capaz, busque comprender lo que «ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre». Desearlo podemos, anhelarlo podemos, jadear tras ello podemos; pero concebirlo dignamente, desplegarlo dignamente en palabras, no podemos.
8. Por eso, hermanos míos, puesto que el Señor dice brevemente: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida»; en estas palabras ha mandado una cosa, ha prometido otra; hagamos lo que ha mandado, para no exigir con rostro desvergonzado lo que ha prometido; no sea que nos diga en su juicio: ¿Has hecho lo que te mandé, para que esperes lo que prometí? ¿Qué has mandado, pues, Señor Dios nuestro? Te dice: Que me sigas. ¿Has pedido consejo de vida? ¿De qué vida, sino de aquella de la que se dice: «Contigo está el manantial de la vida»? Cierto hombre oyó que se le decía: «Ve, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme». No siguió, sino que se fue triste; buscó al «Maestro bueno», fue a él como a un maestro, y despreció su enseñanza; se fue triste, atado y sujeto por sus codicias; se fue triste, con una gran carga de avaricia sobre los hombros. Se fatigaba y se afanaba; y sin embargo pensó que aquel que quería librarlo de su carga no debía ser seguido, sino abandonado. Pero después de que el Señor, por el evangelio, ha gritado: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar; llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón», ¡cuántos, al oír el evangelio, han hecho lo que aquel rico, oyéndolo de su propia boca, no hizo! Hagámoslo, pues, ahora, sigamos al Señor; soltemos las ataduras que nos impiden seguirle. ¿Y quién es suficiente para soltar tales ataduras, si no le ayuda aquel a quien se dice: «Tú has roto mis ataduras»? De quien dice otro salmo: «El Señor liberta a los cautivos; el Señor levanta a los quebrantados y oprimidos».
9. ¿Y qué siguen los que han sido soltados y levantados, sino la Luz de la cual oyen: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas»? Porque el Señor da luz a los ciegos. Por eso nosotros, hermanos, teniendo el colirio de la fe, estamos ya iluminados. Pues su saliva se mezcló entonces con la tierra, con la cual fueron ungidos los ojos del que había nacido ciego. También nosotros hemos nacido ciegos de Adán, y necesitamos que él nos ilumine. Mezcló saliva con barro: «El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros». Mezcló saliva con tierra; por eso se había predicho: «La verdad brotó de la tierra»; y él mismo dijo: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida». Cuando veamos cara a cara, tendremos el pleno gozo de la verdad; porque también esto se nos promete. Pues ¿quién se atrevería a esperar lo que Dios no se hubiera dignado ni prometer ni dar? Veremos cara a cara. Dice el apóstol: «Ahora conozco en parte, ahora vemos por espejo, oscuramente; pero entonces, cara a cara». Y el apóstol Juan dice en su carta: «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es». Gran promesa es esta; si amas, sigue. Amo, dices, pero ¿por qué camino he de seguir? Si el Señor tu Dios te hubiera dicho: «Yo soy la verdad y la vida», deseando la verdad y anhelando la vida, podrías preguntar con razón por el camino por el cual llegar a ellas, y decirte a ti mismo: Gran cosa es la verdad, gran cosa es la vida, ¡si hubiera solo un medio por el cual mi alma pudiera llegar a ellas! ¿Preguntas por qué camino? Óyelo decir primero: «Yo soy el camino». Antes de decir a dónde, anticipó por qué camino: «Yo soy», dice, «el camino». ¿El camino a dónde? «Y la verdad y la vida». Primero te dijo el camino para llegar; luego, a dónde llegar. Yo soy el camino, yo soy la verdad, yo soy la vida. Permaneciendo con el Padre, la verdad y la vida; revistiéndose de carne, se hizo el camino. No se te dice: Esfuérzate en hallar un camino para llegar a la verdad y a la vida; esto no se te dice. Perezoso, levántate: el camino mismo ha venido a ti y te ha despertado de tu sueño; si es que te ha despertado, levántate y anda. Quizá intentas andar y no puedes, porque te duelen los pies. ¿Cómo es que te duelen los pies? ¿Han corrido por lugares ásperos a mandato de la avaricia? Pero la Palabra de Dios ha sanado incluso a los cojos. Mira, dices, tengo los pies sanos, pero el camino mismo no lo veo. También ha iluminado a los ciegos.
10. Todo esto por la fe, mientras estamos ausentes del Señor, habitando en el cuerpo; pero cuando hayamos recorrido el camino y hayamos llegado a la patria misma, ¿qué será más gozoso que nosotros? ¿Qué será más bienaventurado que nosotros? Porque nada habrá más en paz que nosotros; pues no habrá allí rebelión contra hombre alguno. Pero ahora, hermanos, nos es difícil estar sin contienda. Hemos sido llamados, en efecto, a la concordia, se nos manda tener paz entre nosotros; a esto hemos de dedicar nuestro empeño y esforzarnos con todas nuestras fuerzas, para llegar por fin a la paz más perfecta; pero al presente estamos en contienda, muy a menudo con aquellos cuyo bien buscamos. Hay uno que se extravía, quieres llevarlo al camino; se resiste, luchas con él: el pagano te resiste, disputas contra los errores de los ídolos y de los demonios; un hereje te resiste, disputas contra otras doctrinas de demonios; un mal católico no quiere vivir rectamente, reprendes aun a tu hermano en el seno de la Iglesia; habita contigo en la casa y busca los senderos de la perdición; te inflamas de ardiente pasión por enderezarlo, para poder rendir al Señor buena cuenta de ambas cosas acerca de él. ¡Cuántas necesidades de contienda hay por todas partes! Muy a menudo uno se ve vencido por el cansancio y se dice a sí mismo: «¿Qué tengo yo que ver con soportar a los contradictores, con soportar a los que pagan mal por bien? Quiero beneficiarlos, ellos quieren perecer; gasto mi vida en contiendas; no tengo paz; además, me hago enemigos de aquellos a quienes debería tener por amigos, si tuvieran en cuenta la buena voluntad del que busca su bien: ¿a mí qué me importa soportar esto? Volvamos a mí mismo, me reservaré para mí, invocaré a mi Dios». Vuelve, sí, a ti mismo: allí hallas contienda. Si has comenzado a seguir a Dios, allí hallas contienda. ¿Qué contienda, dices, hallo? «La carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne». Mira, estás tú mismo, estás solo, estás contigo mismo; mira, no soportas a otra persona, y sin embargo ves otra ley en tus miembros que se rebela contra la ley de tu mente y te lleva cautivo a la ley del pecado que está en tus miembros. Clama, pues, y clama a Dios, para que te dé paz de la contienda interior: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? La gracia de Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo». Porque, «el que me sigue», dice, «no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». Acabada toda contienda, seguirá la inmortalidad; porque «el postrer enemigo que será destruido es la muerte». ¿Y qué paz será esta? «Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad». Para que lleguemos a ello (pues entonces será en realidad), sigamos ahora en esperanza a aquel que dijo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida».
Tratado 35
1. Los que estuvisteis presentes ayer, recordad que estuvimos largo rato disertando sobre las palabras de nuestro Señor Jesucristo, donde dice: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». Y si quisiéramos seguir disertando sobre esa luz, aún podríamos hablar mucho tiempo, pues nos sería imposible exponer la materia en pocas palabras. Sigamos, pues, hermanos míos, a Cristo, la luz del mundo, para no andar en tinieblas. Hay que temer las tinieblas, no las de los ojos, sino las de las costumbres; y si fueran las de los ojos, no serían las de los ojos de fuera, sino las de los de dentro, con los que discernimos, no entre lo blanco y lo negro, sino entre lo justo y lo injusto.
2. Cuando nuestro Señor Jesucristo hubo dicho estas cosas, los judíos respondieron: «Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es verdadero». Antes de que viniera nuestro Señor Jesucristo, Él encendió y envió delante de sí muchas lámparas proféticas. Entre ellas estaba también Juan el Bautista, a quien la gran Luz misma, que es el Señor Cristo, dio un testimonio como no se dio a ningún otro hombre; pues dijo: «Entre los nacidos de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista». Y sin embargo este hombre, del cual no hubo mayor entre los nacidos de mujer, dijo del Señor Jesucristo: «Yo a la verdad os bautizo en agua; pero el que viene es más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar el calzado». Mirad cómo la lámpara se somete al Día. El Señor mismo da testimonio de que Juan era en efecto una lámpara: «Él era —dice— antorcha que ardía y alumbraba; y vosotros quisisteis regocijaros por un tiempo en su luz». Pero cuando los judíos dijeron al Señor: «Dinos con qué autoridad haces estas cosas», Él, sabiendo que tenían a Juan el Bautista por un gran hombre, y que aquel mismo a quien tenían por grande había dado testimonio ante ellos acerca del Señor, les respondió: «Yo también os haré una pregunta; decidme: el bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres?». Confundidos, discurrieron entre sí que, si decían: «De los hombres», podían ser apedreados por el pueblo, que creía que Juan era profeta; y si decían: «Del cielo», Él podía responderles: «Aquel de quien confesáis que fue profeta venido del cielo dio testimonio de mí, y habéis oído de él con qué autoridad hago estas cosas». Vieron, pues, que dijeran lo que dijeran de estas dos cosas caerían en el lazo, y dijeron: «No sabemos». Y el Señor les respondió: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas». Es decir: «No os digo lo que sé, porque no queréis confesar lo que sabéis». Con toda justicia, ciertamente, fueron rechazados y se marcharon confundidos; y se cumplió lo que Dios Padre dice por el profeta en el salmo: «He preparado lámpara a mi Cristo» (la lámpara era Juan); «a sus enemigos vestiré de confusión».
3. El Señor Jesucristo tenía, pues, el testimonio de los profetas enviados delante de Él, de los heraldos que preceden al juez; tenía el testimonio de Juan; pero el testimonio mayor era el que Él mismo daba de sí. Mas aquellos hombres, con sus ojos débiles, buscaban lámparas, porque no podían soportar el día; pues ese mismo apóstol Juan, cuyo Evangelio tenemos en las manos, dice al comienzo de su Evangelio acerca de Juan el Bautista: «Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz. Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo». Si a «todo hombre», entonces también alumbra a Juan. De ahí que el mismo Juan diga: «De su plenitud tomamos todos». Discernid, pues, estas cosas, para que vuestras mentes progresen en la fe de Cristo, para que no seáis siempre niños que buscan los pechos y rehúyen el alimento sólido. Debéis ser nutridos y destetados por nuestra santa madre la Iglesia de Cristo, y llegar al alimento más sólido con la mente, no con el vientre. Discernid, pues, esto: que una cosa es la luz que ilumina, y otra la que es iluminada. Pues también a nuestros ojos se les llama luces; y todo hombre jura así, tocándose los ojos, por esas luces suyas: «Así vivan mis luces». Es un juramento corriente. Que esas luces, si luces son, se abran y te alumbren en tu aposento cerrado, cuando allí no hay luz; ciertamente no pueden. Por tanto, así como estas que tenemos en el rostro y llamamos luces, aun sanas y abiertas, necesitan la ayuda de la luz de fuera —y si ésta se retira o no entra, aunque estén sanas y abiertas, no ven—, así también nuestra mente, que es el ojo del alma, si no es irradiada por la luz de la verdad y maravillosamente alumbrada por Aquel que ilumina y no es iluminado, no podrá llegar ni a la sabiduría ni a la justicia. Pues vivir con justicia es para nosotros el camino mismo. Pero ¿cómo no tropezará en el camino aquel sobre quien no brilla la luz? Y por eso, en tal camino necesitamos ver, en tal camino es gran cosa ver. Ahora bien, Tobías tenía cerrados los ojos de su rostro, y el hijo daba la mano al padre; y sin embargo el padre, con su instrucción, mostraba el camino al hijo.
4. Respondieron, pues, los judíos: «Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es verdadero». Veamos qué oyen; oigamos también nosotros, pero no como ellos: ellos despreciando, nosotros creyendo; ellos queriendo matar a Cristo, nosotros deseando vivir por Cristo. Que esta diferencia distinga nuestros oídos y nuestras mentes de los suyos, y oigamos lo que el Señor responde a los judíos. «Respondió Jesús y les dijo: Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero; porque sé de dónde he venido y adónde voy». La luz muestra las demás cosas y se muestra también a sí misma. Enciendes, por ejemplo, una lámpara para buscar tu capa, y la lámpara encendida te da luz para encontrar tu capa; ¿enciendes la lámpara para verla a ella misma mientras arde? Una lámpara encendida es capaz a la vez de poner a la vista las demás cosas que la oscuridad cubría y de mostrarse también a tus ojos. Así también el Señor Cristo distinguió entre sus fieles y sus enemigos judíos, como entre la luz y las tinieblas: entre aquellos a quienes iluminó con el rayo de la fe, y aquellos sobre cuyos ojos cerrados derramó su luz. Así también el sol brilla sobre el rostro del que ve y del ciego; ambos, de pie y de cara al sol, son alumbrados en la carne, pero no ambos son iluminados en la vista. El uno ve, el otro no ve: el sol está presente para ambos, pero uno está ausente del sol presente. Así también la Sabiduría de Dios, el Verbo de Dios, el Señor Jesucristo, está presente en todas partes, porque la verdad está en todas partes, la sabiduría está en todas partes. Un hombre en oriente entiende la justicia, otro en occidente entiende la justicia; ¿es distinta la justicia que entiende el uno de la que entiende el otro? En el cuerpo están muy lejos, y sin embargo tienen los ojos de su mente puestos en un mismo objeto. La justicia que yo, aquí situado, veo, si es justicia, es la misma que ve también el justo que está separado de mí en la carne por muchos días de camino, y está unido a mí en la luz de esa justicia. Así pues, la luz da testimonio de sí misma; abre los ojos sanos y es su propio testigo, para ser conocida como luz. Pero ¿qué de los incrédulos? ¿No está presente para ellos? Está presente también para ellos, pero no tienen ojos del corazón con que verla. Oíd la sentencia tomada del mismo Evangelio acerca de ellos: «La luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron». De ahí que el Señor diga, y diga con verdad: «Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero; porque sé de dónde he venido y adónde voy». Quiso que entendiéramos aquí al Padre: el Hijo daba gloria al Padre. Él mismo, el igual, glorifica a Aquel por quien fue enviado. ¡Cuánto más debe el hombre glorificar a Aquel por quien fue creado!
5. «Sé de dónde he venido y adónde voy». El que os habla en persona tiene lo que no ha dejado, y sin embargo vino; pues al venir no se apartó de allí, ni nos ha abandonado al volver allá. ¿Por qué os maravilláis? Es Dios: esto no lo puede hacer el hombre; no lo puede hacer ni siquiera el sol. Cuando se va al occidente deja el oriente, y hasta que vuelve al oriente, cuando va a salir, no está en el oriente; pero nuestro Señor Jesucristo viene y está allí, vuelve y está aquí. Oíd al mismo evangelista hablando en otro lugar, y, si puedes, entiéndelo; si no, créelo: «A Dios —dice— nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, Él le ha dado a conocer». No dijo estaba en el seno del Padre, como si al venir hubiera abandonado el seno del Padre. Aquí hablaba, y sin embargo declaró que estaba allí; y cuando estaba a punto de partir de aquí, ¿qué dijo? «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».
6. El testimonio de la luz es, pues, verdadero, ya se manifieste a sí misma o a las demás cosas; porque sin luz no puedes ver la luz, y sin luz no puedes ver ninguna otra cosa que no sea luz. Si la luz es capaz de mostrar otras cosas que no son luces, ¿no será capaz de mostrarse a sí misma? ¿No se descubre a sí misma aquella sin la cual las demás cosas no pueden manifestarse? Un profeta dijo una verdad; pero ¿de dónde la tuvo, sino de que la sacó de la fuente de la verdad? Juan dijo una verdad; pero de dónde la dijo, pregúntaselo a él mismo: «De su plenitud —dice— tomamos todos». Por tanto, nuestro Señor Jesucristo es digno de dar testimonio de sí mismo. Pero en todo caso, hermanos míos, nosotros, que estamos en la noche de este mundo, oigamos también la profecía con ferviente atención: pues nuestro Señor quiso venir con humildad a nuestra debilidad y a la profunda oscuridad nocturna de nuestros corazones: vino como hombre para ser despreciado y para ser honrado, vino para ser negado y para ser confesado; para ser despreciado y negado por los judíos, para ser honrado y confesado por nosotros; para ser juzgado y para juzgar; para ser juzgado injustamente, para juzgar con justicia. Vino tal, que convenía que tuviera una lámpara que diera testimonio de Él. Pues ¿qué necesidad había de que Juan, como lámpara, diera testimonio del día, si nuestra debilidad hubiera podido mirar el día mismo? Pero no podíamos mirarlo: Él se hizo débil por los débiles; con la flaqueza sanó la flaqueza; con la carne mortal quitó la muerte de la carne; de su propio cuerpo hizo un colirio para nuestros ojos. Puesto que, por tanto, el Señor ha venido, y puesto que estamos todavía en la noche del mundo, nos conviene oír también las profecías.
7. Pues es por la profecía como convencemos a los paganos que contradicen. ¿Quién es Cristo?, dice el pagano. Le respondemos: Aquel a quien anunciaron los profetas. ¿Qué profetas?, pregunta. Citamos a Isaías, Daniel, Jeremías y otros santos profetas; le decimos que vinieron mucho antes de Cristo, con cuánto tiempo precedieron a su venida. Respondemos, pues, así: Antes de Él vinieron profetas, y anunciaron su venida. Uno de ellos replica: ¿Qué profetas? Le citamos los que se nos leen cada día. Y dice: ¿Quiénes son esos profetas? Respondemos: Los que anunciaron también las cosas que vemos cumplirse. Y él insiste: Vosotros mismos los habéis forjado; habéis visto que esas cosas se cumplían y las habéis escrito en los libros que os plugo, como si su venida hubiera sido predicha. Aquí, frente a los enemigos paganos, se ofrece el testimonio de otros enemigos. Presentamos los libros escritos por los judíos, y respondemos: Sin duda tanto vosotros como ellos sois enemigos de nuestra fe. Por eso están dispersos entre las naciones, para que convenzamos a una clase de enemigos por medio de otra. Que los judíos presenten el libro de Isaías, y veamos si no es allí donde leemos: «Como cordero fue llevado al matadero, y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. En su humillación no se le hizo justicia; por su llaga fuimos nosotros curados: todos nosotros nos descarriamos como ovejas, y Él fue entregado por nuestros pecados». He aquí una lámpara. Que se presente otra, que se abra el salmo, y de allí citemos también el sufrimiento predicho de Cristo: «Horadaron mis manos y mis pies, contaron todos mis huesos; mas ellos me miran y me observan, repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes. Mi alabanza será de ti; en la gran congregación te confesaré. Se acordarán todos los confines de la tierra, y se convertirán al Señor; todas las familias de las naciones adorarán delante de Él; porque del Señor es el reino, y Él se enseñoreará de las naciones». Que se avergüence un enemigo, pues es otro enemigo quien me da el libro. Pero he aquí que, con el libro presentado por el uno, he vencido al otro; y que no se quede libre el mismo que me presentó el libro; que presente aquello con lo que también él mismo sea vencido. Leo otro profeta, y encuentro al Señor hablando a los judíos: «No tengo complacencia en vosotros, dice el Señor, ni aceptaré ofrenda de vuestra mano; porque desde el nacimiento del sol hasta su ocaso, se ofrece a mi nombre un sacrificio puro». Tú, judío, no llegas a un sacrificio puro; yo te pruebo impuro.
8. Mirad, hasta las lámparas dan testimonio del día, a causa de nuestra debilidad, pues no podemos soportar ni mirar el resplandor del día. En comparación con los incrédulos, nosotros los cristianos somos ya ahora luz; como dice el apóstol: «Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor: andad como hijos de luz»; y dice en otro lugar: «La noche está avanzada, y se acerca el día: desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz; andemos como de día, honestamente». Pero que incluso el día en que ahora estamos es todavía noche, en comparación con la luz a la que hemos de llegar, escuchad al apóstol Pedro: dice que vino al Señor Cristo una voz de la magnífica gloria: «Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia. Y nosotros —dijo— oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con Él en el monte santo». Mas como nosotros no estuvimos allí, y por tanto no oímos esta voz del cielo, el mismo Pedro nos dice: «Tenemos también la palabra profética más segura». No habéis oído la voz venida del cielo, pero tenéis la palabra profética más segura. Pues el Señor Jesucristo, previendo que habría ciertos hombres malvados que calumniarían sus milagros atribuyéndolos a artes mágicas, envió profetas delante de sí. Porque, suponiendo que fuera un mago, y que por artes mágicas hiciera que se le adorase después de su muerte, ¿fue acaso mago antes de nacer? Oye a los profetas, hombre muerto que crías los gusanos de la calumnia, oye a los profetas: leo, escucha a los que vinieron antes del Señor. «Tenemos —dice el apóstol Pedro— la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones».
9. Cuando, pues, venga nuestro Señor Jesucristo y, como dice también el apóstol Pablo, aclare lo oculto de las tinieblas y manifieste los designios de los corazones, entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios; en presencia de tal día no harán falta lámparas: entonces no se nos leerá ningún profeta, no se abrirá ningún libro de un apóstol; no necesitaremos el testimonio de Juan, no necesitaremos el Evangelio mismo. Por consiguiente, todas las Escrituras serán quitadas de en medio —las cuales, en la noche de este mundo, fueron como lámparas encendidas para nosotros a fin de que no permaneciéramos en tinieblas—; cuando todas ellas sean quitadas, para que no brillen como si las necesitáramos, y los hombres de Dios, por quienes se nos dieron, contemplen ellos mismos, junto con nosotros, aquella luz verdadera y clara. Pues bien, ¿qué veremos una vez quitadas estas ayudas? ¿De qué se alimentará nuestra mente? ¿Con qué se deleitará nuestra mirada? ¿De dónde nacerá ese gozo que ojo no vio, ni oído oyó, ni subió en corazón de hombre? ¿Qué veremos? Os ruego, amad conmigo, corred conmigo creyendo; anhelemos nuestra patria de arriba, suspiremos por nuestra patria de arriba, sintamos que somos aquí extranjeros. ¿Qué veremos entonces? Que nos lo diga ahora el Evangelio: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios». Llegarás a la fuente de la cual ya te ha rociado un poco de rocío: verás aquella misma luz, de la cual se envió un rayo oblicuamente y por muchos rodeos a tu corazón oscuro, en su pureza, para ver y soportar la cual eres purificado. El mismo Juan dice, y esto lo cité ayer: «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser; pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es». Siento que vuestros afectos se elevan conmigo a las cosas de arriba; pero el cuerpo, que es corruptible, agrava el alma, y la morada terrenal oprime la mente que medita muchas cosas. Voy a dejar este libro, y vosotros también os vais a marchar, cada uno a su casa. Nos ha sido bueno estar en la luz común, bueno alegrarnos en ella, bueno regocijarnos en ella; pero cuando nos separemos unos de otros, no nos apartemos de Él.
Tratado 36
1. Entre los cuatro Evangelios, o más bien en los cuatro libros del único Evangelio, el apóstol san Juan, comparado no sin razón por su inteligencia espiritual con el águila, elevó su predicación más alto y mucho más sublimemente que los otros tres; y con esa elevación quiere que también nuestros corazones se levanten. Pues los otros tres evangelistas anduvieron con el Señor en la tierra como con un hombre; de su divinidad han dicho poco; pero este evangelista, como si desdeñara andar en la tierra, así como al comienzo mismo de su discurso nos tronó, se remontó no solo por encima de la tierra y de toda la extensión del aire y del cielo, sino aun por encima de todo el ejército de los ángeles y de todo el orden de las potestades invisibles, y llegó hasta Aquel por quien fueron hechas todas las cosas, diciendo: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho». Con tan gran sublimidad de su comienzo concuerda todo el resto de su predicación; y ha hablado de la divinidad del Señor como ningún otro ha hablado. Lo que había bebido, eso mismo lo dio. Pues no sin razón se registra de él en este mismo Evangelio que en la cena estaba recostado en el pecho del Señor. De aquel pecho bebió, pues, en secreto; pero lo que bebió en secreto lo dio abiertamente, para que llegara a todas las naciones no solo la encarnación del Hijo de Dios, su pasión y su resurrección, sino también lo que era antes de su encarnación: el Hijo unigénito del Padre, el Verbo del Padre, coeterno con Aquel que lo engendró, igual a Aquel por quien fue enviado; y sin embargo, en ese mismo envío, hecho menor, para que el Padre fuera mayor.
2. Todo lo que hayáis oído, pues, dicho de modo humilde acerca del Señor Jesucristo, referidlo a aquella economía por la que tomó carne; pero todo lo que oigáis o leáis en el Evangelio acerca de Él que sea sublime y esté muy por encima de toda criatura, y divino, e igual y coeterno con el Padre, tened por cierto que lo que leéis pertenece a la forma de Dios, no a la forma de siervo. Pues si mantenéis esta regla, los que podéis entenderla (porque no todos podéis entenderla, pero todos estáis obligados a confiar en ella) —si mantenéis, digo, esta regla, como hombres que andan en la luz, combatiréis sin temor las calumnias de las tinieblas herejes. Pues no han faltado quienes, al leer el Evangelio, siguieron solo los testimonios que se refieren a la humildad de Cristo, y han sido sordos a los que han declarado su divinidad; sordos, para estar llenos de palabras malas. Hubo también algunos que, atendiendo solo a los que hablan de la excelencia del Señor, aunque han leído su misericordia al hacerse hombre por nosotros, no han creído esos testimonios, sino que los han tenido por falsos e inventados por los hombres, sosteniendo que nuestro Señor Jesucristo era solo Dios, no también hombre. Unos de esta manera, otros de aquella: ambos en el error. Pero la fe católica, tomando de ambos las verdades que cada uno sostiene y predicando la verdad que cada uno cree, ha entendido que Cristo es Dios y ha creído también que es hombre: pues lo uno y lo otro está escrito y lo uno y lo otro es verdad. Si afirmaras que Cristo es solo Dios, negarías la medicina con que fuiste sanado; si afirmaras que Cristo es solo hombre, negarías el poder con que fuiste creado. Mantén, pues, ambas cosas. Alma fiel y corazón católico, mantén ambas, cree ambas, confiesa fielmente ambas. Cristo es Dios y también hombre. ¿Cómo es Cristo Dios? Igual al Padre, uno con el Padre. ¿Cómo es Cristo hombre? Nacido de una virgen, tomando sobre sí la mortalidad del hombre, pero no tomando la iniquidad.
3. Estos judíos, pues, veían al hombre; no percibían ni creían que fuera Dios: y ya habéis oído cómo, entre todo lo demás, le dijeron: «Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es verdadero». Habéis oído también lo que respondió, como se os leyó ayer y lo tratamos según nuestra capacidad. Hoy se han leído estas palabras suyas: «Vosotros juzgáis según la carne». Por eso, dice, me decís: «Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es verdadero»: porque juzgáis según la carne, porque no percibís a Dios; veis al hombre, y al perseguir al hombre ofendéis a Dios oculto en Él. «Vosotros», pues, «juzgáis según la carne». Porque doy testimonio de mí mismo, os parezco arrogante. Pues todo hombre, cuando quiere dar testimonio elogioso de sí mismo, parece arrogante y soberbio. De ahí que esté escrito: «Alábete el extraño, y no tu boca», alábete la boca de tu prójimo. Pero esto se dijo al hombre. Porque somos débiles, y hablamos a los débiles. Podemos decir la verdad, pero también podemos mentir; aunque estamos obligados a decir la verdad, está en nuestro poder mentir cuando queramos. Mas lejos de nosotros pensar que las tinieblas de la mentira puedan hallarse en el esplendor de la luz divina. Habló como la luz, habló como la verdad; pero la luz resplandecía en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron: por eso juzgaban según la carne. «Vosotros —dice— juzgáis según la carne».
4. «Yo no juzgo a nadie». ¿Acaso el Señor Jesucristo no juzga a nadie? ¿No es el mismo de quien confesamos que resucitó al tercer día, subió al cielo, allí está sentado a la diestra del Padre, y de allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos? ¿No es esta nuestra fe, de la cual dice el apóstol: «Con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación»? Cuando, pues, confesamos estas cosas, ¿contradecimos al Señor? Decimos que vendrá como juez de vivos y muertos, mientras Él mismo dice: «Yo no juzgo a nadie». Esta cuestión puede resolverse de dos maneras: o entendiendo esta expresión, «yo no juzgo a nadie», como: no juzgo a nadie ahora; de acuerdo con lo que dice en otro lugar: «No he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo»; no negando aquí su juicio, sino aplazándolo. O bien, que al decir: «Vosotros juzgáis según la carne», añadió: «Yo no juzgo a nadie», de modo que entiendas que «según la carne» completa el sentido. Que no quede, pues, en nuestro corazón ningún escrúpulo de duda contra la fe que mantenemos y proclamamos acerca de Cristo como juez. Cristo ha venido, pero primero a salvar, después a juzgar: a condenar al castigo a los que no quisieron ser salvos; a llevar a la vida a los que, creyendo, no rechazaron la salvación. Por tanto, la primera dispensación de nuestro Señor Jesucristo es medicinal, no judicial; pues si hubiera venido primero a juzgar, no habría hallado a nadie a quien conceder los premios de la justicia. Porque, pues, vio que todos eran pecadores, y que nadie estaba exento de la muerte del pecado, primero había que implorar su misericordia, y después se había de ejecutar su juicio; pues de Él había cantado el salmo: «Misericordia y juicio cantaré; a ti cantaré yo, oh Señor». Ahora bien, no dice «juicio y misericordia», pues si el juicio fuera primero, no habría misericordia; sino primero misericordia, después juicio. ¿Cuál es la misericordia primera? El Creador del hombre se dignó hacerse hombre; fue hecho lo que había hecho, para que no pereciera la criatura que había hecho. ¿Qué se puede añadir a esta misericordia? Y sin embargo, añadió. No le bastó hacerse hombre; añadió a esto que fue rechazado por los hombres; no le bastó ser rechazado, fue deshonrado; no le bastó ser deshonrado, fue muerto; pero ni aun esto le bastó: fue con la muerte de cruz. Pues cuando el apóstol nos encarecía su obediencia hasta la muerte, no le bastó decir: «Se hizo obediente hasta la muerte»; porque no fue hasta una muerte cualquiera: añadió, «y muerte de cruz». Entre todos los géneros de muerte, no había nada peor que esa muerte. En fin, aquello en que uno es atormentado con los más intensos dolores se llama cruciatus, que toma su nombre de crux, la cruz. Pues los crucificados, colgados del madero, clavados en la madera, morían de una muerte lenta y prolongada. Ser crucificado no era solo ser muerto; pues la víctima vivía largo tiempo en la cruz, no porque se eligiera una vida más larga, sino porque la muerte misma se alargaba para que el dolor no acabara demasiado pronto. Quiso morir por nosotros, y aun esto es poco decir; se dignó ser crucificado, se hizo obediente hasta la muerte de cruz. Aquel que iba a quitar toda muerte escogió el género de muerte más bajo y peor: mató a la muerte con la peor de las muertes. Para los judíos, que no entendían, fue ciertamente la peor de las muertes, pero fue escogida por el Señor. Pues esa misma cruz había de ser su señal; esa misma cruz, como un trofeo sobre el diablo vencido, había de ponerla en la frente de los creyentes, de modo que el apóstol dijo: «Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo». Nada había entonces más intolerable en la carne, nada hay ahora más glorioso en la frente. ¿Qué reserva a su fiel, cuando ha puesto tal honor en el instrumento de su propio tormento? Ya la cruz no se usa entre los romanos en el castigo de los criminales, pues donde la cruz del Señor llegó a ser honrada, se pensó que hasta un culpable sería honrado si fuera crucificado. Por eso, Aquel que vino por esta causa no juzgó a nadie: sufrió también a los impíos. Sufrió un juicio injusto, para poder ejecutar un juicio justo. Pero fue por su misericordia por lo que soportó el juicio injusto. En fin, se humilló hasta llegar a la cruz; más aún, dejó a un lado su poder, pero publicó su misericordia. ¿En qué dejó a un lado su poder? En que no quiso bajar de la cruz, aunque tenía poder para resucitar del sepulcro. ¿En qué publicó su misericordia? En que, colgado de la cruz, dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Ya sea, pues, que dijera: «Yo no juzgo a nadie» porque había venido no a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo; ya sea que, como he mencionado, habiendo dicho: «Vosotros juzgáis según la carne», añadió: «Yo no juzgo a nadie», para que entendamos que Cristo no juzga según la carne, como fue juzgado por los hombres.
5. Pero para que sepáis que Cristo es juez también ahora, oíd lo que sigue: «Y si yo juzgo, mi juicio es verdadero». Mira, lo tienes como juez, pero reconócelo como tu Salvador, para no sentir al juez. Mas ¿por qué ha dicho que su juicio es verdadero? «Porque —dice— no soy yo solo, sino yo y el Padre que me envió». Os he dicho, hermanos, que este santo evangelista Juan se eleva sumamente alto: con dificultad se le comprende. Pero conviene recordaros, amadísimos, el misterio más profundo de este vuelo. Tanto en el profeta Ezequiel como en el Apocalipsis de este mismo Juan, cuyo Evangelio es éste, se menciona un ser viviente cuádruple, que tiene cuatro rostros característicos: el de hombre, el de buey, el de león y el de águila. Los que antes de nosotros han tratado los misterios de la Santa Escritura han entendido, en su mayoría, por este ser viviente, o más bien por estos cuatro seres vivientes, a los cuatro evangelistas. Han entendido el león como puesto por el rey, porque parece ser, en cierto modo, el rey de las fieras por su fuerza y su terrible valor. Este carácter se asigna a Mateo, porque en las generaciones del Señor siguió la línea real, mostrando cómo el Señor, por la línea real, era de la descendencia de David. Pero Lucas, porque comienza con el sacerdocio de Zacarías, mencionando al padre de Juan el Bautista, es designado por el buey; pues el buey era una víctima importante en el sacrificio de los sacerdotes. A Marcos se le asigna con razón el hombre Cristo, porque ni ha dicho nada de la autoridad real, ni comenzó con la función sacerdotal, sino que solo partió del hombre Cristo. Todos estos se han apartado poco de las cosas de la tierra, es decir, de las cosas que nuestro Señor Jesucristo hizo en la tierra; de su divinidad han dicho muy poco, como hombres que andaban con Él en la tierra. Queda el águila; este es Juan, el predicador de verdades sublimes y contemplador con mirada firme de la luz interior y eterna. Se dice, en efecto, que los aguiluchos son probados por sus padres de esta manera: el aguilucho es suspendido de las garras del padre y expuesto de inmediato a los rayos del sol; si mira fijamente al sol, se le reconoce como cría legítima; si su ojo vacila, se le deja caer como cría bastarda. Considerad, pues, cuán sublimes son las cosas que debe decir aquel que es comparado al águila; y sin embargo, hasta nosotros, que nos arrastramos por la tierra, débiles y casi sin cuenta entre los hombres, nos atrevemos a tratar y exponer estas cosas; e imaginamos que podemos o comprenderlas al meditarlas, o ser comprendidos al hablar de ellas.
6. ¿Por qué he dicho esto? Pues quizá después de estas palabras alguien podría decirme con justicia: Deja entonces el libro. ¿Por qué tomas en la mano lo que excede tu medida? ¿Por qué le confías tu lengua? A esto respondo: Abundan muchos herejes; y Dios ha permitido que abunden para esto: para que no seamos alimentados siempre con leche y permanezcamos en una infancia sin juicio. Pues como no han entendido cómo se nos propone para ser aceptada la divinidad de Cristo, han concluido según su voluntad; y por no discernir rectamente, han traído cuestiones muy molestas a los creyentes católicos; y los corazones de los creyentes empezaron a turbarse y a vacilar. Entonces se hizo de inmediato una necesidad para los hombres espirituales, que no solo habían leído en el Evangelio algo acerca de la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, sino que también lo habían entendido, sacar las armas de Cristo contra las armas del diablo, y con todas sus fuerzas luchar en combate abierto por la divinidad de Cristo contra los maestros falsos y engañosos, no fuera que, mientras ellos callaban, otros perecieran. Pues todos los que han pensado que nuestro Señor Jesucristo es de otra sustancia que el Padre, o que no hay más que Cristo, de modo que el mismo es Padre, Hijo y Espíritu Santo; todos los que han preferido pensar que era solo hombre, no Dios hecho hombre, o Dios de tal manera que fuera mudable en su divinidad, o Dios de tal manera que no fuera hombre; estos han naufragado en la fe, y han sido arrojados del puerto de la Iglesia, no fuera que con su inquietud hicieran naufragar las naves de su compañía. Lo cual obligó a que también nosotros, aunque los últimos y por lo que a nosotros toca del todo indignos, pero por su misericordia puestos en alguna cuenta entre sus administradores, os hablásemos de lo que, o bien lo entendáis y os alegréis conmigo, o bien, si todavía no podéis entenderlo, creyéndolo permanezcáis seguros en el puerto.
7. Hablaré, pues; que lo entienda el que pueda, y el que no pueda entender, que crea; pero hablaré de lo que dice el Señor: «Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie», ya ahora, ya según la carne. «Y si yo juzgo, mi juicio es verdadero». ¿Por qué es verdadero tu juicio? «Porque no soy yo solo —dice—, sino yo y el Padre que me envió». ¿Qué es esto, Señor Jesús? Si estuvieras solo, ¿tu juicio sería falso? ¿Y es porque no estás solo, sino tú y el Padre que te envió, por lo que juzgas con verdad? ¿Cómo responderé? Que responda Él mismo: dice: «Mi juicio es verdadero». ¿Por qué? «Porque no soy yo solo, sino yo y el Padre que me envió». Si está contigo, ¿cómo te ha enviado? ¿Y te ha enviado, y sin embargo está también contigo? ¿Es así que, habiendo sido enviado, no te has apartado de Él? ¿Y viniste a nosotros, y sin embargo permaneciste allí? ¿Cómo ha de creerse esto? ¿Cómo comprenderse? A estas dos preguntas respondo: Dices bien: cómo comprenderlo; cómo creerlo, no lo dices bien. Más bien, por eso es justo creerlo, porque no puede comprenderse de inmediato; pues si fuera cosa que se comprendiera de inmediato, no habría necesidad de creerla, porque se vería. Porque no comprendes, crees; pero creyendo te haces capaz de comprender. Pues si no crees, nunca comprenderás, porque seguirás siendo menos capaz. Que la fe te purifique, pues, para que el entendimiento te llene. «Mi juicio es verdadero —dice— porque no soy yo solo, sino yo y el Padre que me envió». Por tanto, Señor Dios nuestro, Jesucristo, tu envío es tu encarnación. Así lo veo, así lo entiendo; en fin, así lo creo, por si sonara a arrogancia decir: así lo entiendo. Sin duda el Señor Jesucristo está aun aquí; mejor dicho, estaba aquí en cuanto a su carne, está aquí ahora en cuanto a su divinidad: estaba con el Padre y no había dejado al Padre. Por eso, en cuanto se dice que fue enviado y que vino a nosotros, se nos expone su encarnación, pues el Padre no tomó carne.
8. Porque hay ciertos herejes llamados sabelianos, que se llaman también patripasianos, que afirman que fue el Padre mismo quien había padecido. No afirmes tú así, católico; pues si quieres ser patripasiano, no estarás en tu juicio. Entiende, pues, que la encarnación del Hijo se llama el envío del Hijo; y no creas que el Padre se encarnó, pero tampoco creas que se apartó del Hijo encarnado. El Hijo llevó carne, el Padre estaba con el Hijo. Si el Padre estaba en el cielo, el Hijo en la tierra, ¿cómo estaba el Padre con el Hijo? Porque tanto el Padre como el Hijo estaban en todas partes: pues Dios no está en el cielo de tal manera que no esté en la tierra. Oye al que quería huir del juicio de Dios y no halló camino por donde huir: «¿Adónde me iré de tu Espíritu? ¿Y adónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú». La pregunta era sobre la tierra; oye lo que sigue: «Si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás». Si se dice, pues, que está presente aun en el infierno, ¿qué queda en el universo donde no esté presente? Pues la voz de Dios con el profeta es: «¿No lleno yo el cielo y la tierra?». Está, pues, en todas partes Aquel a quien ningún lugar encierra. No te apartes tú de Él, y estará contigo. Si quieres llegar a Él, no seas lento en amar; porque no corres con los pies, sino con los afectos. Llegas permaneciendo en un lugar, si crees y amas. Por eso está en todas partes; y si en todas partes, ¿cómo no estará también con el Hijo? ¿Es así que no está con el Hijo, mientras que, si crees, está aun contigo?
9. ¿Cómo, pues, es verdadero su juicio, sino porque el Hijo es verdadero? Por esto dijo: «Y si yo juzgo, mi juicio es verdadero; porque no soy yo solo, sino yo y el Padre que me envió». Como si dijera: «Mi juicio es verdadero» porque soy el Hijo de Dios. ¿Cómo pruebas que eres el Hijo de Dios? «Porque no soy yo solo, sino yo y el Padre que me envió». Avergüénzate, sabeliano; oyes Hijo, oyes Padre. El Padre es Padre, el Hijo es Hijo. No dijo: Yo soy el Padre, y yo mismo soy el Hijo; sino que dice: «No soy yo solo». ¿Por qué no estás solo? Porque el Padre está conmigo. «Yo soy, y el Padre que me envió»; oyes: «Yo soy, y el que me envió». Para que no pierdas de vista la persona, distingue las personas. Distingue con el entendimiento, no separes con la incredulidad; no sea que, huyendo por así decir de Caribdis, te lances contra Escila. Pues el torbellino de la impiedad de los sabelianos te estaba tragando, al decir que el Padre es el mismo que es Hijo: acabas de aprender: «No soy yo solo, sino yo y el Padre que me envió». Reconoces que el Padre es Padre y que el Hijo es Hijo; lo reconoces bien: pero no digas que el Padre es mayor y el Hijo menor; no digas: el Padre es oro, el Hijo plata. Hay una sola sustancia, una sola divinidad, una sola coeternidad, perfecta igualdad, ninguna desemejanza. Pues si solo crees que Cristo es otro, no la misma persona que es el Padre, pero imaginas que en cuanto a su naturaleza es algo diferente del Padre, has escapado ciertamente de Caribdis, pero has naufragado en los escollos de Escila. Lleva el rumbo medio, evita ambos lados peligrosos. El Padre es Padre, el Hijo es Hijo. Dices ahora: el Padre es Padre, el Hijo es Hijo: has escapado felizmente del peligro del remolino que absorbe; ¿por qué querrías ir al otro lado para decir: el Padre es esto, el Hijo aquello? El Hijo es otra persona que el Padre, esto lo dices bien; pero que sea distinto en naturaleza, no lo dices bien. Ciertamente el Hijo es otra persona, porque no es el mismo que es Padre, y el Padre es otra persona, porque no es el mismo que es Hijo; sin embargo, no son distintos en naturaleza, sino que el mismo y único es Padre e Hijo. ¿Qué significa el mismo y único? Dios es uno. Has oído: «Porque no soy yo solo, sino yo y el Padre que me envió»; oye cómo puedes creer en Padre e Hijo; oye al Hijo mismo: «Yo y el Padre uno somos». No dijo: Yo soy el Padre; ni: Yo y el Padre es una persona; sino que, cuando dice: «Yo y el Padre uno somos», oye ambas cosas, tanto el uno, unum, como el somos, sumus, y serás librado a la vez de Caribdis y de Escila. En estas dos palabras, al decir uno, te libra de Arrio; al decir somos, te libra de Sabelio. Si uno, luego no diverso; si somos, luego tanto Padre como Hijo. Pues no diría somos de una sola persona; pero, por otra parte, no diría uno de cosas diversas. Por eso la razón por la que dice: «Mi juicio es verdadero» es, para que lo oigas brevemente, que soy el Hijo de Dios. Pero quiero que creas que soy el Hijo de Dios de tal manera que entiendas que el Padre está conmigo: no soy Hijo de tal manera que lo haya dejado; no estoy aquí de tal manera que no esté con Él; ni Él está allí de tal manera que no esté conmigo: he tomado la forma de siervo, y sin embargo no he perdido la forma de Dios; por eso dice: «No soy yo solo, sino yo y el Padre que me envió».
10. Había hablado del juicio; va a hablar del testimonio. «En vuestra ley —dice— está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero. Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mí». Les expuso la ley también a ellos, si no hubieran sido ingratos. Porque es una gran cuestión, hermanos míos, y a mí ciertamente me parece que fue ordenado en un misterio, lo que dijo Dios: «Por boca de dos o de tres testigos se decidirá todo asunto». ¿Se busca la verdad por dos testigos? Claro que sí; tal es la costumbre de los hombres: pero aun así puede ser que incluso dos testigos mientan. La casta Susana fue acosada por dos falsos testigos: ¿no eran falsos por ser dos? ¿Hablamos de dos o de tres? Todo un pueblo mintió contra Cristo. Si, pues, un pueblo, formado por una gran multitud de hombres, resultó ser falso testigo, ¿cómo ha de entenderse que «por boca de dos o de tres testigos se decidirá todo asunto», sino que de esta manera se nos propone misteriosamente la Trinidad, en la cual hay perpetua estabilidad de la verdad? ¿Quieres tener una buena causa? Ten dos o tres testigos: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En fin, cuando Susana, la mujer casta y esposa fiel, fue acosada por dos falsos testigos, la Trinidad la sostuvo en su conciencia y en secreto: esa Trinidad levantó de lo secreto a un testigo, Daniel, y convenció a los dos. Por tanto, puesto que está escrito en vuestra ley que el testimonio de dos hombres es verdadero, recibid nuestro testimonio, para no sentir nuestro juicio. «Porque yo —dice— no juzgo a nadie; pero doy testimonio de mí mismo»: aplazo el juicio, no aplazo el testimonio.
11. Escojamos nosotros, hermanos, a Dios como nuestro juez, a Dios como nuestro testigo, contra las lenguas de los hombres, contra las débiles sospechas de los mortales. Pues el que es juez no desdeña ser testigo, ni sube en honor cuando llega a ser juez; puesto que el que es testigo será también Él mismo el juez. ¿De qué manera es testigo? Porque no pide a otro que le informe de quién eres. ¿De qué manera es juez? Porque tiene el poder de matar y de dar vida, de condenar y de absolver, de arrojar al infierno y de levantar al cielo, de unir al diablo y de coronar con los ángeles. Puesto que tiene este poder, es juez. Ahora bien, como no necesita otro testigo para conocerte, y como el que te ha de juzgar después te está viendo ahora, no hay medio por el cual puedas engañarle cuando empiece a juzgar. Pues no hay manera de proveerte de falsos testigos que puedan burlar a ese juez cuando empiece a juzgarte. Esto es lo que Dios te dice: Cuando despreciabas, yo lo veía; y cuando no creías, no anulé mi sentencia. La retrasé, no la quité. No quisiste oír lo que te mandé, sentirás lo que anuncié. Pero si oyes lo que mandé, no sentirás los males que anuncié, sino que gozarás de los bienes que prometí.
12. Que a nadie le sorprenda en modo alguno que diga: «Mi juicio es verdadero; porque no soy yo solo, sino yo y el Padre que me envió», habiendo dicho en otro lugar: «El Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio lo dio al Hijo». Ya hemos disertado sobre estas mismas palabras del evangelista, y os recordamos ahora que esto no se dijo porque el Padre no vaya a estar con el Hijo cuando venga a juzgar, sino porque el Hijo solo aparecerá a buenos y malos en el juicio, en aquella forma en que padeció, y resucitó, y subió al cielo. Pues en aquel momento, mientras le veían subir, sonó la voz angélica en los oídos de sus discípulos: «Así vendrá como le habéis visto ir al cielo»; es decir, en la forma de hombre en que fue juzgado, juzgará, para que se cumpla también aquella palabra profética: «Mirarán a quien traspasaron». Pero cuando los justos vayan a la vida eterna, le veremos tal como es; eso no será el juicio de vivos y muertos, sino solo el galardón de los vivos.
13. Del mismo modo, que no os sorprenda que diga: «En vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero», y que alguien suponga por eso que esta no era también la ley de Dios, porque no se dice: En la ley de Dios: sepa que, cuando se dice así, En vuestra ley, es como si dijera: «En la ley que os fue dada»; dada ¿por quién, sino por Dios? Así como decimos: «Nuestro pan cotidiano»; y sin embargo decimos: «Dánoslo hoy».
Tratado 37
1. Lo que en el santo Evangelio se dice brevemente no debe exponerse brevemente, para que se entienda lo que se lee. Las palabras del Señor son pocas, pero grandes; han de valorarse no por el número, sino por el peso: no han de despreciarse por ser pocas, sino buscarse por ser grandes. Los que estuvisteis presentes ayer habéis oído, mientras disertábamos según nuestra capacidad sobre lo que dijo el Señor: «Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie. Y si yo juzgo, mi juicio es verdadero; porque no soy yo solo, sino yo y el Padre que me envió. Y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero. Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mí». Ayer, como he dicho, sobre estas palabras se pronunció un discurso para vuestros oídos y vuestras mentes. Cuando el Señor hubo dicho estas palabras, los que oyeron: «Vosotros juzgáis según la carne», mostraron la verdad de lo que habían oído. Pues respondieron al Señor, que hablaba de Dios su Padre, y le dijeron: «¿Dónde está tu Padre?». Entendieron carnalmente al Padre de Cristo, porque juzgaban las palabras de Cristo según la carne. Pero el que hablaba era abiertamente carne, pero secretamente Verbo: hombre visible, Dios oculto. Veían el vestido y despreciaban al que lo llevaba: despreciaban porque no sabían; no sabían, porque no veían; no veían, porque estaban ciegos; estaban ciegos, porque no creían.
2. Veamos, pues, qué respuesta dio el Señor a esto. «¿Dónde —dicen— está tu Padre?». Pues te hemos oído decir: «No soy yo solo, sino yo y el Padre que me envió»: te vemos solo, no vemos contigo a tu Padre; ¿cómo dices que no estás solo, sino que estás con tu Padre? Muéstranos entonces que tu Padre está contigo. Y el Señor les respondió: ¿Me conocéis vosotros, para que yo os muestre al Padre? Esto es lo que sigue; esto es lo que respondió con sus propias palabras, cuya exposición ya hemos adelantado. Pues ved lo que dijo: «Ni a mí me conocéis, ni a mi Padre; si a mí me conocierais, quizá también a mi Padre conoceríais». Decís, pues: «¿Dónde está tu Padre?». Como si ya me conocierais; como si lo que veis fuera todo lo que soy. Por tanto, porque no me conocéis a mí, no os muestro a mi Padre. Suponéis, en efecto, que soy un hombre; por eso buscáis a un hombre por padre mío, porque «juzgáis según la carne». Pero como, según lo que veis, soy una cosa, y otra según lo que no veis, y como yo, oculto para vosotros, hablo de mi Padre como oculto, es necesario que primero me conozcáis a mí, y entonces conoceréis también a mi Padre.
3. «Porque si me conocierais, quizá también a mi Padre conoceríais». El que lo sabe todo no está en duda cuando dice quizá, sino que reprende. Ved ahora cómo esta misma palabra quizá, que parece ser palabra de duda, puede decirse con tono de reproche. Sí, es palabra que expresa duda cuando la usa el hombre, pues el hombre duda porque no sabe; pero cuando una palabra de duda la dice Dios, de quien ciertamente nada se oculta, es la incredulidad lo que se reprende con esa duda, y no la divinidad la que expresa una mera opinión. Pues los hombres a veces expresan duda en tono de reproche sobre cosas que tienen por ciertas; es decir, usan una palabra de duda, mientras en su corazón no dudan: como dirías a tu siervo, si estuvieras airado con él: «Me desprecias; pero considera que quizá yo soy tu señor». De ahí que también el apóstol, hablando a algunos que lo despreciaban, dice: «Y pienso que también yo tengo el Espíritu de Dios». Cuando dice: «Pienso», parece dudar; pero reprende, no duda. Y en otro lugar el mismo Señor Jesucristo, reprendiendo la futura incredulidad de los hombres, dice: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?».
4. Ya entendéis ahora, según creo, cómo se usa aquí la palabra quizá, por si algún pesador de palabras y balancero de sílabas, como para mostrar su conocimiento del latín, censura una palabra que dijo el Verbo de Dios; y culpando al Verbo de Dios, no quede elocuente, sino mudo. Pues ¿quién hay que hable como habla el Verbo que en el principio era con Dios? No consideres estas palabras como las usamos nosotros, ni quieras medir por ellas aquel Verbo que es Dios. Oyes, sí, «el Verbo», y lo desprecias; oye a Dios y témelo: «En el principio era el Verbo». Tú te refieres al uso de tu conversación, y dices dentro de ti: ¿Qué es una palabra? ¿Qué cosa poderosa es una palabra? Suena y pasa; después de golpear el aire, hiere el oído y ya no es. Oye más: «El Verbo era con Dios»; permanecía, no pasó sonando. Quizá aún lo desprecias: «El Verbo era Dios». En ti mismo, hombre, una palabra en tu corazón es distinta del sonido; pero la palabra que está contigo, para pasar a mí, necesita el sonido como una especie de vehículo. Toma para sí el sonido, lo monta como vehículo, recorre el aire, llega a mí y sin embargo no te deja. Pero el sonido, para llegar a mí, te dejó y no se quedó conmigo. ¿Acaso la palabra que estaba en tu corazón pasó también con el sonido que pasaba? Dijiste tu pensamiento; y para que el pensamiento que estaba oculto contigo llegara a mí, hiciste sonar sílabas; el sonido de las sílabas llevó tu pensamiento a mi oído; por mi oído tu pensamiento descendió a mi corazón, el sonido intermedio se esfumó: pero aquella palabra que tomó para sí el sonido estaba contigo antes de que la hicieras sonar, y está conmigo, porque la hiciste sonar, sin dejarte a ti. Considera esto, tú, fino pesador de sonidos, quienquiera que seas. Desprecias el Verbo de Dios, tú que no comprendes la palabra del hombre.
5. Así pues, Aquel por quien fueron hechas todas las cosas lo sabe todo, y sin embargo reprende con la duda: «Si me conocierais, quizá también a mi Padre conoceríais». Reprende a los incrédulos. A los discípulos les dijo una sentencia semejante, pero no hay en ella palabra de duda, porque no había motivo para reprender la incredulidad. Pues esto: «Si me conocierais, quizá también a mi Padre conoceríais», que dijo a los judíos, lo dijo también a los discípulos, cuando Felipe le pidió, o más bien le exigió, diciendo: «Señor, muéstranos el Padre, y nos basta»: como si dijera: Ya te conocemos nosotros mismos; te has manifestado a nosotros; te hemos visto; te has dignado elegirnos; te hemos seguido, hemos visto tus maravillas, oído tus palabras de salvación, hemos tomado sobre nosotros tus preceptos, esperamos en tus promesas: te has dignado concedernos mucho con tu sola presencia; pero aun así, mientras te conocemos a ti y no conocemos aún al Padre, nos inflama el deseo de ver a Aquel a quien no conocemos todavía; y así, porque te conocemos a ti, pero no es bastante hasta que conozcamos al Padre, muéstranos al Padre y nos basta. Y el Señor, para que entendieran que no conocían lo que pensaban que ya conocían, dijo: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». ¿Tiene esta sentencia alguna palabra de duda? ¿Dijo: El que me ha visto a mí, quizá ha visto al Padre? ¿Por qué no? Porque quien le escuchaba era un creyente, no un perseguidor de la fe: por eso el Señor no reprendió, sino que enseñó. «El que me ha visto a mí, ha visto también al Padre»: y aquí, «Si me conocierais, conoceríais también a mi Padre»; quitemos la palabra que indica la incredulidad de los oyentes, y es la misma sentencia.
6. Ayer lo recomendamos a vuestra consideración, amadísimos, y dijimos que las sentencias del evangelista Juan, en las que nos narra lo que aprendió del Señor, no habrían necesitado ser discutidas, si ello fuera posible, de no haber sido las invenciones de los herejes lo que nos obligó. Ayer, pues, os indicamos brevemente, amadísimos, que hay herejes que se llaman patripasianos, o sabelianos por su fundador: éstos dicen que el mismo es el Padre que es el Hijo; los nombres distintos, pero la persona una. Cuando quiere, dicen, es Padre; cuando quiere, es Hijo: pero sigue siendo uno. Hay también otros herejes que se llaman arrianos. Estos confiesan, en efecto, que nuestro Señor Jesucristo es el Hijo unigénito del Padre; uno, Padre del Hijo; otro, Hijo del Padre; que el que es Padre no es Hijo, ni el que es Hijo es Padre; confiesan que el Hijo fue engendrado, pero niegan su igualdad. Nosotros, es decir, la fe católica, procedente de la doctrina de los apóstoles plantada en nosotros, recibida por una línea de sucesión, para ser transmitida sana a la posteridad, la fe católica, digo, ha mantenido la verdad entre ambos partidos, es decir, entre ambos errores. En el error de los sabelianos, es solo uno; el Padre y el Hijo son la misma persona: en el error de los arrianos, el Padre y el Hijo son en efecto personas distintas; pero el Hijo no solo es otra persona, sino de otra naturaleza. Tú, en medio de estos dos, ¿qué dices? Has excluido al sabeliano, excluye también al arriano. El Padre es Padre, el Hijo es Hijo; otra persona, no otro en naturaleza; porque «Yo y el Padre uno somos», lo cual, en lo que pude, presioné ayer en vuestros pensamientos. Cuando oiga esa palabra, somos, que se vaya confundido el sabeliano; cuando oiga la palabra uno, que se vaya confundido el arriano. Que el católico gobierne la barca de su fe entre ambos, pues en ambos debe guardarse del naufragio. Di, pues, lo que dice el Evangelio: «Yo y el Padre uno somos». No distintos en naturaleza, porque uno; no una sola persona, porque somos.
7. Poco antes había dicho: «Mi juicio es verdadero; porque no soy yo solo, sino yo y el Padre que me envió»: como si dijera: La razón por la que mi juicio es verdadero es que soy el Hijo de Dios, que digo la verdad, que soy la verdad misma. Aquellos hombres, entendiéndole carnalmente, dijeron: «¿Dónde está tu Padre?». Oye ahora, arriano: «Ni a mí me conocéis, ni a mi Padre»; porque «si a mí me conocierais, también a mi Padre conoceríais». ¿Qué significa esto, sino «Yo y el Padre uno somos»? Cuando ves a una persona semejante a otra —atended, amadísimos, es una observación común; que no os parezca difícil lo que veis que es costumbre—, cuando, digo, ves a una persona parecida a otra, y conoces a la persona a la que se parece, dices con asombro: «¡Qué parecida es ésta a aquélla!». No dirías ésta si no hubiera dos. Aquí uno que no conoce a la persona a la que dices que se parece la otra observa: «¿Tanto se le parece?». Y tú le respondes: ¿Qué, no conoces a aquella persona? Dice: «No, no la conozco». Enseguida tú, para darle a conocer la persona que no conoce por medio de la persona que tiene delante, respondes diciendo: Habiendo visto a éste, has visto al otro. Ciertamente no afirmaste con esto que son una sola persona, o que no son dos; sino que respondiste así por el parecido: «Si conoces al uno, conoces al otro; pues se parecen mucho, y no hay diferencia alguna entre ellos». Por eso dice también el Señor: «Si me conocierais, conoceríais también a mi Padre»; no porque el Hijo sea el Padre, sino semejante al Padre. Que se avergüence el arriano. Gracias sean dadas al Señor de que hasta el arriano está apartado del error sabeliano y no es patripasiano: no afirma que el Padre tomó carne y vino a los hombres, que el Padre padeció, resucitó y de algún modo subió hasta sí mismo; esto no lo afirma; reconoce conmigo que el Padre es Padre y el Hijo es Hijo. Pero, hermano, has escapado de aquel naufragio, ¿por qué ir al otro? El Padre es Padre, el Hijo es Hijo; ¿por qué afirmas que el Hijo es desemejante, que es distinto, de otra sustancia? Si fuera desemejante, ¿diría a sus discípulos: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre»? ¿Diría a los judíos: «Si me conocierais, conoceríais también a mi Padre»? ¿Cómo sería esto verdad, si no fuera también verdad aquello otro: «Yo y el Padre uno somos»?
8. «Estas palabras habló Jesús en el lugar del tesoro, enseñando en el templo»: gran audacia, sin temor. Pues no podía padecer si no quería, ya que no habría nacido si no hubiera querido. ¿Qué sigue entonces? «Y nadie le prendió, porque aún no había llegado su hora». Algunos, de nuevo, cuando oyen esto, creen que el Señor Cristo estaba sujeto al hado, y dicen: ¡Mirad, Cristo está sujeto por el hado! ¡Oh, si tu corazón no fuera fatuo, no creerías en el hado! Si el hado (fatum), como algunos lo entienden, deriva de fando, es decir, de hablar, ¿cómo puede el Verbo de Dios estar sujeto por el hado, siendo así que todas las cosas que son hechas están en el Verbo mismo? Pues Dios no ha ordenado nada que no supiera de antemano; lo que fue hecho estaba en su Verbo. El mundo fue hecho; y fue hecho y estaba allí. ¿Cómo fue hecho y estaba allí? Porque la casa que levanta el constructor estaba antes en su arte; y allí, mejor casa, sin vejez, sin ruina: sin embargo, para mostrar su arte, hace una casa; y así, en cierto modo, una casa sale de una casa; y si la casa cayera, el arte permanece. Así estaban todas las cosas que son hechas en el Verbo de Dios; porque Dios hizo todas las cosas con sabiduría, y todo lo que hizo le era conocido: pues no aprendió porque hizo, sino que hizo porque sabía. A nosotros nos son conocidas porque han sido hechas: a Él, si no le hubieran sido conocidas, no las habría hecho. Por tanto, el Verbo fue primero. ¿Y qué había antes del Verbo? Nada en absoluto. Pues si hubiera algo antes de Él, no se habría dicho: «En el principio era el Verbo», sino: En el principio fue hecho el Verbo. En fin, ¿qué dice Moisés acerca del mundo? «En el principio creó Dios los cielos y la tierra». Hizo lo que no era: bien, si hizo lo que no era, ¿qué había antes? «En el principio era el Verbo». ¿Y de dónde vinieron el cielo y la tierra? «Todas las cosas por Él fueron hechas». ¿Pones entonces a Cristo bajo el hado? ¿Dónde están los hados? En el cielo, dices, en el orden y los cambios de los astros. ¿Cómo, pues, puede el hado regir a Aquel por quien fueron hechos los cielos y los astros, cuando tu propia voluntad, si piensas rectamente, trasciende incluso los astros? ¿O es que, porque sabes que la carne de Cristo estaba bajo el cielo, piensas por eso que el poder de Cristo fue puesto bajo los cielos?
9. Oye, necio: «Aún no había llegado su hora»; no la hora en que sería forzado a morir, sino aquella en que se dignaría ser entregado a la muerte. Pues Él mismo sabía cuándo había de morir: consideraba todo lo que se había predicho de Él, y esperaba que se cumpliera todo lo que estaba predicho que sería antes de su pasión; para que, cumplido todo, viniera entonces su pasión en el orden establecido, no por necesidad del hado. En fin, oye para que lo compruebes. Entre lo demás que se profetizó de Él, está también escrito: «Me pusieron hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre». Cómo sucedió esto, lo sabemos por el Evangelio. Primero le dieron hiel; la recibió, la probó y la escupió. Después, estando colgado en la cruz, para que se cumpliera todo lo predicho, dijo: «Tengo sed». Tomaron una esponja empapada en vinagre, la ataron a una caña y se la acercaron a la boca; la recibió y dijo: «Consumado es». ¿Qué significaba esto? Todas las cosas que fueron profetizadas antes de mi muerte están cumplidas, ¿qué hago entonces aquí por más tiempo? En una palabra, cuando dijo: «Consumado es», «inclinó la cabeza y entregó el espíritu». ¿Expiraron los ladrones, que estaban clavados junto a Él, cuando quisieron? Estaban sujetos por las ataduras de la carne, pues no eran los creadores de la carne; fijados con clavos, fueron atormentados mucho tiempo, porque no tenían señorío sobre su debilidad. El Señor, en cambio, cuando quiso, tomó carne en el seno de una virgen; salió a los hombres cuando quiso; vivió entre los hombres todo el tiempo que quiso; y cuando quiso dejó la carne. Esto es propio del poder, no de la necesidad. Esperó, pues, esta hora; no la hora fatal, sino la hora conveniente y voluntaria; para que se cumpliera primero todo lo que convenía que se cumpliera antes de su muerte. ¿Cómo habría podido estar bajo necesidad del hado, cuando dijo en otro lugar: «Tengo poder para poner mi vida, y tengo poder para volverla a tomar: nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo y la vuelvo a tomar»? Mostró este poder cuando los judíos lo buscaban. «¿A quién buscáis?», dice. «A Jesús», dijeron. Y respondió: «Yo soy». Al oír esta voz, «retrocedieron y cayeron a tierra».
10. Dice alguno: Si tenía este poder, ¿por qué, cuando los judíos lo insultaban en la cruz y decían: «Si es el Hijo de Dios, baje de la cruz», no bajó, para mostrarles su poder bajando? Porque nos enseñaba paciencia, por eso aplazó la demostración de su poder. Pues si hubiera bajado, movido por así decir por sus palabras, se habría pensado que había sido vencido por el aguijón de sus insultos. No bajó; allí quedó fijo, para partir cuando quisiera. Pues ¿qué gran cosa era para Él bajar de la cruz, cuando podía resucitar del sepulcro? Entendamos, pues, los que tenemos esto a nuestro servicio, que el poder de nuestro Señor Jesucristo, entonces oculto, se manifestará en el juicio, del cual se dice: «Vendrá nuestro Dios manifiesto, y no callará». ¿Por qué se dice: «vendrá manifiesto»? Porque Él, nuestro Dios —es decir, Cristo—, vino oculto, vendrá manifiesto. «Y no callará»: ¿por qué este «no callará»? Porque al principio sí guardó silencio. ¿Cuándo? Cuando fue juzgado; para que se cumpliera también esto que había anunciado el profeta: «Como cordero fue llevado al matadero, y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca». No habría padecido si no hubiera querido padecer; si no hubiera padecido, no se habría derramado aquella sangre; si no se hubiera derramado aquella sangre, el mundo no sería redimido. Demos, pues, gracias al poder de su divinidad y a la compasión de su flaqueza; tanto por el poder oculto que los judíos no reconocieron, por lo cual se les dice ahora: «Ni a mí me conocéis, ni a mi Padre», como por la carne asumida, que los judíos no reconocieron, y sin embargo conocían su linaje: por lo cual les dijo en otro lugar: «A mí me conocéis, y sabéis de dónde soy». Conozcamos ambas cosas en Cristo: aquello en que es igual al Padre y aquello en que el Padre es mayor que Él. Aquello es el Verbo, esto es la carne; aquello es Dios, esto es hombre; pero Cristo es uno, Dios y hombre.
Tratado 38
1. La lectura del santo Evangelio que precedió a la de hoy había concluido así: que «el Señor habló, enseñando en el lugar del tesoro», lo que le agradó y lo que habéis oído; «y nadie le prendió, porque aún no había llegado su hora». Por eso, el día del Señor tomamos como tema de nuestro discurso lo que Él mismo tuvo a bien darnos. Indicamos a vuestra caridad por qué se dijo: «Aún no había llegado su hora», para que ningún impío tuviera la desfachatez de sospechar que Cristo estaba sometido a alguna necesidad fatal. Pues aún no había llegado la hora en que, por disposición suya, conforme a lo que se había predicho de Él, no sería obligado a morir contra su voluntad, sino que estaría dispuesto a ser sacrificado.
2. Pero de su pasión misma, que no consistía en ninguna necesidad a la que estuviera sometido, sino en su propio poder, todo lo que dijo en su discurso a los judíos fue: «Yo me voy». Porque para Cristo la muerte del Señor era su marcha al lugar de donde había venido, y del cual nunca se había apartado. «Yo me voy —dijo— y me buscaréis», no por anhelo de mí, sino por odio. Pues después de su retirada de la vista de los hombres, fue buscado tanto por los que le odiaban como por los que le amaban; por los primeros con espíritu de persecución, por los segundos con el deseo de tenerle. En los Salmos dice el Señor mismo por medio del profeta: «Me ha faltado refugio, y no hay quien busque mi vida»; y dice de nuevo en otro lugar de los Salmos: «Sean avergonzados y confundidos los que buscan mi vida». Reprochó a los primeros que no buscaran, condenó a los segundos porque buscaban. Pues está mal no buscar la vida de Cristo, es decir, del modo en que la buscaron los discípulos; y está mal buscar la vida de Cristo, es decir, del modo en que la buscaron los judíos: porque aquellos la buscaban para poseerla, éstos para destruirla. Por tanto, puesto que éstos la buscaban así, de mala manera, con corazón perverso, ¿qué añadió a continuación? «Me buscaréis, y —para que no supongáis que me buscaréis para bien— en vuestro pecado moriréis». Esto es lo que resulta de buscar mal a Cristo: morir en el propio pecado; esto, de odiar a Aquel por quien solo podía hallarse la salvación. Pues mientras los hombres cuya esperanza está en Dios no deben devolver mal ni siquiera por mal, éstos devolvían mal por bien. El Señor les anunció, pues, de antemano, y en su presciencia pronunció la sentencia, que morirían en su pecado. Y luego añade: «Adonde yo voy, vosotros no podéis venir». Lo mismo dijo a los discípulos en otro lugar; y sin embargo no les dijo a ellos: «En vuestro pecado moriréis». ¿Y qué les dijo? Lo mismo que a éstos: «Adonde yo voy, vosotros no podéis venir». No les quitó la esperanza, sino que les anunció una demora. Pues en el momento en que el Señor dijo esto a los discípulos, no podían venir adonde Él iba, pero habían de venir después; mas éstos nunca, a quienes en su presciencia dijo: «En vuestro pecado moriréis».
3. Pero al oír estas palabras, como suele suceder a los que tienen pensamientos carnales, que juzgan según la carne y oyen y entienden todo de manera carnal, dijeron: «¿Acaso se matará a sí mismo, que dice: Adonde yo voy, vosotros no podéis venir?». ¡Palabras necias y rebosantes de estupidez! Pues ¿por qué no podrían ir adonde Él habría ido si se hubiera matado? ¿Acaso no habían ellos mismos de morir? ¿Qué quiere decir, entonces: «¿Acaso se matará a sí mismo, que dice: Adonde yo voy, vosotros no podéis venir?». Si hablaba de la muerte del hombre, ¿qué hombre hay que no muera? Por tanto, con «adonde yo voy» no quiso decir el ir a la muerte, sino adonde Él mismo iba después de la muerte. Tal fue, pues, su respuesta, porque no entendieron.
4. ¿Y qué dijo el Señor a los que sabían a tierra? «Y les dijo: Vosotros sois de abajo». Por eso sabéis a tierra, porque lamés el polvo como las serpientes. ¡Coméis tierra! ¿Qué significa? Os alimentáis de cosas terrenas, os deleitáis en cosas terrenas, bostezáis tras cosas terrenas, no tenéis corazón para lo de arriba. «Vosotros sois de abajo; yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo; yo no soy de este mundo». Pues ¿cómo podría ser del mundo Aquel por quien fue hecho el mundo? Todos los que son del mundo vienen después del mundo, porque el mundo fue primero; y así el hombre es del mundo. Pero Cristo fue primero, y luego el mundo; y puesto que Cristo existía antes del mundo, antes de Cristo no había nada: porque «en el principio era el Verbo; todas las cosas por Él fueron hechas». Él, por tanto, era de lo que está arriba. Pero ¿de qué que esté arriba? ¿Del aire? ¡Lejos de nosotros pensarlo! Allí baten sus alas las aves. ¿Del cielo que vemos? Otra vez digo: ¡Lejos de nosotros! Allí giran las estrellas, el sol y la luna. ¿De los ángeles? Tampoco esto ha de entenderse: por Aquel que hizo todas las cosas fueron hechos también los ángeles. ¿De qué, pues, que esté arriba es Cristo? Del Padre mismo. No hay nada por encima de aquel Dios que engendró al Verbo igual a sí mismo, coeterno consigo mismo, unigénito, sin tiempo, para que por Él se pusieran los cimientos mismos del tiempo. Entiende, pues, a Cristo como de arriba, de modo que en tu pensamiento pases más allá de todo lo que ha sido hecho: toda la creación junta, todo cuerpo material, todo espíritu creado, todo lo que de algún modo está sujeto a cambio; elévate por encima de todo, como se elevó Juan, para llegar a esto: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios».
5. Por eso dijo: «Yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo; yo no soy de este mundo. Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados». Nos ha explicado, hermanos, lo que quería que se entendiera con «vosotros sois de este mundo». Dijo en efecto «Vosotros sois de este mundo» porque eran pecadores, porque eran injustos, porque eran incrédulos, porque sabían a lo terrenal. Pues ¿qué pensáis de los santos apóstoles? ¿Qué diferencia había entre los judíos y los apóstoles? Tanta como entre las tinieblas y la luz, como entre la fe y la incredulidad, como entre la piedad y la impiedad, como entre la esperanza y la desesperación, como entre el amor y la avaricia: ciertamente la diferencia era grande. Entonces, ¿porque había tal diferencia, los apóstoles no eran del mundo? Si tus pensamientos se vuelven al modo de su nacimiento y a su origen, puesto que todos ellos descendían de Adán, eran de este mundo. Pero ¿qué les dijo el Señor mismo? «Yo os elegí del mundo». Los que eran del mundo, pues, dejaron de ser del mundo y comenzaron a pertenecer a Aquel por quien fue hecho el mundo. Pero éstos siguieron siendo del mundo, a quienes se dijo: «Moriréis en vuestros pecados».
6. Que nadie diga, pues, hermanos: Yo no soy de este mundo. Quienquiera que seas como hombre, eres de este mundo; pero el que hizo el mundo vino a ti y te libró de este mundo. Si el mundo te deleita, quieres ser siempre inmundo (immundus); pero si este mundo ya no te deleita, ya eres limpio (mundus). Y si, por alguna flaqueza, el mundo todavía te deleita, que habite en ti Aquel que limpia (mundat), y tú también serás limpio. Pero si una vez eres limpio, no continuarás en el mundo; ni oirás lo que oyeron los judíos: «Moriréis en vuestros pecados». Pues todos nacemos con pecado; todos hemos añadido al vivir a aquello con que nacimos, y nos hemos hecho más del mundo que cuando nacimos de nuestros padres. ¿Y dónde estaríamos si no hubiera venido Aquel que estaba totalmente libre de pecado, para expiar todo pecado? Y así, porque los judíos no creyeron en Él, oyeron con razón la sentencia: «Moriréis en vuestros pecados»; pues de ninguna manera podíais, nacidos con pecado, estar sin pecado; y sin embargo, dijo, si creéis en mí, aunque sigue siendo verdad que nacisteis con pecado, no moriréis en vuestro pecado. Toda la miseria de los judíos consistía, pues, justamente en esto: no en tener pecado, sino en morir en sus pecados. De esto debe procurar escapar todo cristiano; por esto recurrimos al bautismo; por esto se angustian y buscan auxilio aquellos cuya vida corre peligro por enfermedad o por cualquier otra causa; por esto también el niño de pecho es llevado por su madre con manos piadosas a la iglesia, para que no salga al mundo sin bautismo y muera en el pecado en que nació. ¡Muy desdichada, ciertamente, la condición y miserable la suerte de estos hombres, que oyeron de aquellos labios veraces: «¡Moriréis en vuestros pecados!».
7. Pero explica de dónde les había de venir esto: «Porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis». Creo, hermanos, que entre la multitud que escuchaba al Señor había también quienes habían de creer todavía. Pero contra todos, por así decir, había salido aquella sentencia severísima: «En vuestro pecado moriréis»; y con ella se había quitado la esperanza incluso a los que todavía habían de creer: los otros fueron excitados a furor, éstos al temor; más aún, más que al temor, fueron llevados ya a la desesperación. Pero Él reavivó su esperanza; pues añadió: «Si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis». Por tanto, si creéis que yo soy, no moriréis en vuestros pecados. Se restauró la esperanza a los abatidos, se despertó a los dormidos, sus corazones recibieron un nuevo despertar; y después de esto muchísimos creyeron, como atestigua el mismo Evangelio más adelante. Porque allí había miembros de Cristo que aún no se habían unido al cuerpo de Cristo; y entre aquel pueblo por el cual fue crucificado, por el cual fue colgado de un madero, por el cual fue escarnecido colgado, por el cual fue herido con la lanza, por el cual le dieron a beber hiel y vinagre, estaban los miembros de Cristo, por los cuales dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». ¿Y qué no se le perdonará a un convertido, si se perdona el derramamiento de la sangre de Cristo? ¿Qué homicida ha de desesperar, si fue devuelto a la esperanza aquel por quien fue muerto incluso Cristo? Después de esto muchos creyeron; se les presentó como don la sangre de Cristo, para que la bebieran para su salvación, en vez de ser tenidos por culpables de haberla derramado. ¿Quién puede desesperar? Y si el ladrón fue salvado en la cruz —homicida poco antes, poco después acusado, convicto, condenado, colgado, librado—, no te maravilles. El lugar de su convicción fue el de su condenación; y el de su conversión fue también el de su liberación. Entre este pueblo, pues, a quien hablaba el Señor, había quienes aún habían de morir en su pecado: había también quienes aún habían de creer en Aquel que hablaba y hallar liberación de todo su pecado.
8. Pero mirad esto que dice Cristo el Señor: «Si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis». ¿Qué es esto: «Si no creéis que yo soy»? ¿«Yo soy» qué? No se añade nada; y como no añadió nada, dejó mucho que inferir. Pues se esperaba que dijera lo que era, y sin embargo no lo dijo. ¿Qué se esperaba que dijera? Quizá: «Si no creéis que yo soy» el Cristo; «si no creéis que yo soy» el Hijo de Dios; «si no creéis que yo soy» el Verbo del Padre; «si no creéis que yo soy» el fundador del mundo; «si no creéis que yo soy» el formador y reformador, el creador y recreador, el hacedor y rehacedor del hombre; «si no creéis que yo soy» esto, «moriréis en vuestros pecados». Mucho se encierra en que solo diga «Yo soy»; pues así también había dicho Dios a Moisés: «Yo soy el que soy». ¿Quién puede expresar adecuadamente lo que significa ese «soy»? Dios, por medio de su ángel, envió a su siervo Moisés para librar a su pueblo de Egipto (habéis leído y sabéis lo que ahora oís; pero os lo recuerdo); lo envió temblando, excusándose, pero obediente. Y excusándose así, dijo a Dios, a quien entendía que hablaba en la persona del ángel: Si el pueblo me dice: ¿Y quién es el Dios que te ha enviado?, ¿qué les diré? Y el Señor le respondió: «Yo soy el que soy»; y añadió: «Así dirás a los hijos de Israel: El que es me ha enviado a vosotros». Tampoco allí dice: Yo soy Dios; ni: Yo soy el artífice del mundo; ni: Yo soy el creador de todas las cosas; ni: Yo soy el que multiplica al pueblo mismo que ha de ser librado; sino solo esto: «Yo soy el que soy»; y: «Así dirás a los hijos de Israel: El que es». No añadió: Que es vuestro Dios, que es el Dios de vuestros padres; sino que dijo solo esto: «El que es me ha enviado a vosotros». Quizá era demasiado incluso para el mismo Moisés, como es demasiado también para nosotros, y mucho más para nosotros, entender el sentido de tales palabras: «Yo soy el que soy»; y: «El que es me ha enviado a vosotros». Y suponiendo que Moisés lo comprendiera, ¿cuándo lo comprenderían aquellos a quienes era enviado? El Señor dejó, por tanto, a un lado lo que el hombre no podía comprender, y añadió lo que podía; pues dijo además: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». Esto lo puedes comprender; pero «Yo soy el que soy», ¿qué mente puede comprenderlo?
9. ¿Y qué de nosotros? ¿Nos atreveremos a decir algo sobre tales palabras, «Yo soy el que soy»; o más bien sobre esto, que habéis oído que dice el Señor: «Si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis»? ¿Me atreveré yo, con estas mis débiles fuerzas, que apenas existen, a discutir el sentido de lo que ha dicho Cristo el Señor: «Si no creéis que yo soy»? Me atreveré a preguntar al Señor mismo. Escuchadme como a uno que pregunta más que discute, que indaga más que presume, que aprende más que enseña, y no dejéis de preguntar también vosotros conmigo o por mí. El Señor mismo, que está en todas partes, está también cerca. Que oiga el sentimiento que me impulsa a preguntar, y conceda el fruto del entendimiento. Pues ¿con qué palabras, aun suponiendo que comprenda algo, puedo transmitir a vuestros corazones lo que comprendo? ¿Qué voz es adecuada? ¿Qué elocuencia suficiente? ¿Qué poderes de inteligencia? ¿Qué facultad de expresión?
10. Hablaré, pues, a nuestro Señor Jesucristo; hablaré, y que se digne oírme. Creo que está presente, estoy plenamente seguro de ello; pues Él mismo ha dicho: «He aquí, yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo». Señor Dios nuestro, ¿qué es eso que dijiste: «Si no creéis que yo soy»? Pues ¿qué hay que no pertenezca a las cosas que tú has hecho? ¿No pertenece el cielo? ¿No la tierra? ¿No todo lo que hay en la tierra y en el cielo? ¿No el hombre mismo a quien hablas? ¿No el ángel a quien envías? Si todas estas son cosas hechas por ti, ¿qué es esa existencia que te has reservado como algo exclusivamente tuyo, que no has dado a ningún otro, para que tú solo fueras tal? Porque ¿cómo oigo «Yo soy el que soy», como si no hubiera otros? ¿Y cómo oigo «Si no creéis que yo soy»? Pues ¿no existían los que le oían? Sí, aunque eran pecadores, eran hombres. ¿Qué puedo hacer entonces? Qué sea esa existencia, que lo diga a mi corazón, que lo diga, que lo declare dentro; que el hombre interior oiga, que la mente capte esta verdadera existencia; pues tal existencia es siempre inmutable en su carácter. Porque una cosa, cualquier cosa (he empezado por así decir a discutir y he dejado de indagar. Quizá quiero decir lo que he oído. Que Él conceda amplitud a mi oído y al vuestro mientras hablo); porque cualquier cosa, sea cual sea en fin su excelencia, si es mudable, no existe verdaderamente; pues no hay verdadera existencia donde tiene también lugar la inexistencia. Pues todo lo que puede cambiar, en cuanto cambiado, no es lo que era: si ya no es lo que era, ha tenido lugar en ello una especie de muerte; algo que estaba allí ha sido eliminado y ya no existe. Se ha extinguido el negro en los cabellos plateados del patriarca, la hermosura en el cuerpo del anciano encorvado y agobiado de cuidados, el vigor en el cuerpo del enfermizo, la postura de pie en el cuerpo del que anda, el andar en el cuerpo del que está de pie, el andar y el estar de pie en el cuerpo del que yace, el habla en la lengua del que calla; todo lo que cambia, y es lo que no era, veo allí una especie de vida en lo que es, y de muerte en lo que era. En fin, cuando decimos de un difunto: ¿Dónde está esa persona?, se nos responde: Fue. ¡Oh Verdad, tú eres [sola] la que verdaderamente eres! Pues en todas nuestras acciones y movimientos, sí, en toda actividad de la criatura, hallo dos tiempos, el pasado y el futuro. Busco el presente, nada se detiene: lo que he dicho ya no está presente; lo que voy a decir no ha llegado aún; lo que he hecho ya no está presente; lo que voy a hacer no ha llegado aún; la vida que he vivido ya no está presente; la vida que me queda por vivir no ha llegado aún. Pasado y futuro hallo en todo movimiento de la criatura: en la verdad, que permanece, no hallo pasado ni futuro, sino solo el presente, y ése inmutable, que no tiene lugar en la criatura. Criba las mutaciones de las cosas, hallarás fue y será: piensa en Dios, hallarás el es, donde fue y será no pueden existir. Para ser tú mismo así, elévate más allá de los límites del tiempo. Pero ¿quién puede trascender las fuerzas de su ser? Que nos eleve allá Aquel que dijo al Padre: «Quiero que donde yo estoy, ellos también estén conmigo». Y así, al hacer esta promesa, de que no moriríamos en nuestros pecados, el Señor Jesucristo, pienso, no dijo otra cosa con estas palabras: «Si no creéis que yo soy»; sí, con estas palabras pienso que no quiso decir otra cosa sino ésta: «Si no creéis que yo soy» Dios, «en vuestros pecados moriréis». Pues bien, gracias sean dadas a Dios porque dijo: «Si no creéis», y no dijo: Si no comprendéis. Pues ¿quién puede comprender esto? ¿O acaso, puesto que me he atrevido a hablar y vosotros habéis parecido entender, habéis comprendido de veras algo de un asunto tan inefable? Si no lo comprendes, pues, la fe te libra. Por eso también el Señor no dijo: Si no comprendéis que yo soy; sino que dijo lo que ellos podían alcanzar: «Si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis».
11. Y sabiendo a tierra como siempre, y oyendo y respondiendo siempre según la carne, ¿qué le dijeron? «¿Tú quién eres?». Porque cuando dijiste: «Si no creéis que yo soy», no nos dijiste lo que eras. ¿Quién eres, para que creamos? Respondió: «El principio». Aquí está la existencia que [siempre] es. El principio no puede cambiar: el principio permanece en sí mismo y es el origen de todo; es decir, el principio, a quien se ha dicho: «Pero tú eres el mismo, y tus años no acabarán». «El principio —dijo—, pues así también os hablo». Creedme [el] principio, para que no muráis en vuestros pecados. Pues como si al decir: «¿Tú quién eres?» no hubieran dicho otra cosa sino ésta: ¿Qué hemos de creer que eres?, respondió: «El principio»; es decir: Creedme [el] «principio». Porque en la expresión griega discernimos lo que no podemos en la latina. Pues en griego la palabra «principio» (principium, ἀρχή) es de género femenino, así como entre nosotros «ley» (lex) es de género femenino, mientras que entre ellos es masculino (νόμος); o como «sabiduría» (sapientia, σοφία) es de género femenino en ambas lenguas. Es costumbre del habla, por tanto, en las diversas lenguas, variar el género de las palabras, porque en las cosas mismas no hay lugar para la distinción de sexo. Pues la sabiduría no es realmente mujer, ya que Cristo es la Sabiduría de Dios, y a Cristo se le da el género masculino, a la sabiduría el femenino. Cuando, pues, los judíos dijeron: «¿Tú quién eres?», Él, que sabía que había allí algunos que todavía habían de creer, y que por eso había dicho: ¿Tú quién eres?, para que así llegaran a saber lo que debían creer acerca de Él, respondió: «El principio»: no como si dijera: Yo soy el principio, sino como si dijera: Creedme [el] principio. Lo cual, como dije, es del todo evidente en la lengua griega, donde principio (ἀρχή) es de género femenino. Como si hubiera querido decir que Él era la Verdad, y a su pregunta: «¿Tú quién eres?», hubiera respondido Veritatem [la Verdad, en acusativo]; cuando a las palabras «¿Tú quién eres?» evidentemente debía haber respondido Veritas [la Verdad]; es decir: Yo soy la Verdad. Pero su respuesta tenía un sentido más profundo, cuando vio que habían hecho la pregunta «¿Tú quién eres?» de tal manera que significaba: Habiendo oído de ti: «Si no creéis que yo soy», ¿qué hemos de creer que eres? A esto respondió: «El principio»: como si dijera: Creedme el principio. Y añadió: «pues [como tal] también os hablo»; es decir, habiéndome humillado por vosotros, he condescendido a tales palabras. Pues si el principio, tal como es en sí mismo, hubiera permanecido así con el Padre, sin recibir la forma de siervo y hablar como hombre con los hombres, ¿cómo habrían podido creer en Él, si sus corazones débiles no habrían podido oír inteligentemente al Verbo sin alguna voz que hablara a sus sentidos? Por tanto, dijo, creedme el principio; porque, para que creáis, yo no solo soy, sino que también os hablo. Pero sobre este asunto tengo aún mucho que deciros; plazca, pues, a vuestra caridad que reservemos lo que queda y, con su gracioso auxilio, lo expongamos mañana.
Tratado 39
1. Las palabras de nuestro Señor Jesucristo que dirigió a los judíos, regulando su discurso de modo que los ciegos no veían y se abrían los ojos de los creyentes, son las que hoy se han leído del santo Evangelio: «Entonces le dijeron: ¿Tú quién eres?». Porque el Señor había dicho antes: «Si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis». A esto replicaron, pues: «¿Tú quién eres?», como buscando saber en quién debían creer para no morir en su pecado. Él respondió a los que le preguntaban: «¿Tú quién eres?», diciendo: «El principio, porque también os hablo». Si el Señor se ha llamado a sí mismo el principio, puede preguntarse si también el Padre es el principio. Porque si el Hijo, que tiene un Padre, es el principio, ¡cuánto más fácilmente ha de entenderse como principio a Dios Padre, que tiene ciertamente un Hijo de quien es Padre, pero no tiene a nadie de quien proceda Él mismo! Pues el Hijo es Hijo del Padre, y el Padre ciertamente es Padre del Hijo; pero al Hijo se le llama Dios de Dios, al Hijo se le llama Luz de Luz; al Padre se le llama Luz, pero no de Luz; al Padre se le llama Dios, pero no de Dios. Si, pues, Dios de Dios, Luz de Luz, es el principio, ¡cuánto más fácilmente podemos entender como tal a aquella Luz de la que [viene] la Luz, y a aquel Dios de quien es Dios! Parece, por tanto, absurdo, amadísimos, llamar al Hijo el principio y no llamar también al Padre el principio.
2. Pero ¿qué haremos? ¿Hay, entonces, dos principios? Guardémonos de decirlo. ¿Y entonces? Si tanto el Padre es el principio como el Hijo es el principio, ¿cómo no hay dos principios? Del mismo modo que llamamos Dios al Padre y Dios al Hijo, y sin embargo no decimos que haya dos Dioses; y sin embargo el que es el Padre no es el Hijo, el que es el Hijo no es el Padre; y el Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo, no es ni el Padre ni el Hijo. Así, pues, aunque, como han aprendido los oídos católicos en el seno de la madre Iglesia, ni el que es el Padre es el Hijo, ni el que es el Hijo es el Padre, ni el Espíritu Santo, del Padre y del Hijo, es el Hijo o el Padre, no decimos, con todo, que haya tres Dioses; si bien, si se nos pregunta por cada uno por separado, habremos de confesar de aquel por quien se nos pregunte que es Dios.
3. Pero todo esto parece absurdo a quienes rebajan las cosas conocidas al nivel de las poco conocidas, las visibles al de las invisibles, y comparan la criatura con el Creador. Pues a veces los incrédulos nos preguntan y dicen: Al que llamáis Padre, ¿lo llamáis Dios? Respondemos: Dios. Al que llamáis Hijo, ¿lo llamáis Dios? Respondemos: Dios. Al que llamáis Espíritu Santo, ¿lo llamáis Dios? Respondemos: Dios. Entonces, dicen, ¿son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tres Dioses? Respondemos: No. Se confunden, porque no están iluminados; tienen cerrado el corazón, porque les falta la llave de la fe. Recibamos, pues, hermanos, por una fe anterior que sanea el ojo de nuestro corazón, sin oscuridad lo que entendemos, y lo que no entendemos creámoslo sin vacilar; no abandonemos el cimiento de la fe para alcanzar la cumbre de la perfección. El Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios; y sin embargo no es el Padre el que es el Hijo, ni el Hijo el que es el Padre, y el Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo, no es ni el Padre ni el Hijo. La Trinidad es un solo Dios. La Trinidad es una sola eternidad, un solo poder, una sola majestad; tres, [pero no tres] Dioses. No me responda el maldiciente: «¿Tres qué, entonces? Porque —añade— si son tres, tienes que decir tres qué». Respondo: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. «Mira —dice—, has nombrado tres; pero expresa qué son los tres». No, cuéntalos tú mismo; porque yo cuento tres cuando digo: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pues el Padre es Dios con respecto a sí mismo, pero es Padre con respecto al Hijo; el Hijo es Dios con respecto a sí mismo, pero es Hijo con respecto al Padre.
4. Lo que digo podéis deducirlo de comparaciones cotidianas. Así ocurre entre un hombre y otro, si uno es padre y el otro su hijo. Es hombre con respecto a sí mismo, pero padre con respecto a su hijo; y el hijo es hombre con respecto a sí mismo, pero hijo con respecto a su padre. Pues «padre» es un nombre que se da en relación, y lo mismo «hijo»; pero estos son dos hombres. Y ciertamente Dios Padre es Padre en sentido relativo, es decir, en relación con el Hijo; y Dios Hijo es Hijo en sentido relativo, es decir, en relación con el Padre; pero no son dos Dioses como aquellos son dos hombres. ¿Por qué no es así aquí? Porque aquello pertenece a un orden y esto a otro; pues esto es divino. Hay aquí algo inefable que no se puede explicar con palabras: que haya número y no lo haya. Pues mira si no aparece una especie de número: Padre, Hijo y Espíritu Santo, la Trinidad. Si son tres, ¿tres qué? Aquí el número falla. Y así Dios ni se mantiene aparte del número ni es abarcado por el número. Porque son tres, hay una especie de número. Si preguntas tres qué, el número cesa. De ahí que se diga: «Grande es el Señor nuestro, y mucho su poder; y su entendimiento no tiene número». Cuando has empezado a reflexionar, empiezas a contar; cuando has contado, no puedes decir qué has contado. El Padre es Padre, el Hijo es Hijo, el Espíritu Santo es el Espíritu Santo. ¿Qué son estos tres, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo? ¿No son tres Dioses? No. ¿No son tres Omnipotentes? No. ¿No son tres Creadores del mundo? No. ¿Es, pues, omnipotente el Padre? Manifiestamente omnipotente. ¿Y no es omnipotente el Hijo? Claramente el Hijo también es omnipotente. ¿Y no es omnipotente el Espíritu Santo? También Él es omnipotente. ¿Hay, entonces, tres Omnipotentes? No; un solo Omnipotente. Solo en su relación mutua sugieren número, no en su existencia esencial. Pues aunque Dios Padre es, con respecto a sí mismo, Dios junto con el Hijo y el Espíritu Santo, no hay tres Dioses; y aunque con respecto a sí mismo es omnipotente, lo mismo que el Hijo y el Espíritu Santo, no hay tres omnipotentes; porque en verdad Él es Padre no con respecto a sí mismo, sino al Hijo; ni lo es el Hijo con respecto a sí mismo, sino al Padre; ni lo es el Espíritu con respecto a sí mismo, en cuanto se le llama Espíritu del Padre y del Hijo. No tengo nombre que dar a los tres sino el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, un solo Dios, un solo Omnipotente. Y así, un solo principio.
5. Toma una ilustración de las santas Escrituras, con la cual puedas comprender en alguna medida lo que digo. Después que nuestro Señor Jesucristo resucitó y quiso subir al cielo, al cabo de diez días envió desde allí al Espíritu Santo, de quien fueron llenos los que estaban presentes en aquel único aposento, y comenzaron a hablar en las lenguas de todas las naciones. Los asesinos del Señor, aterrados por el milagro, fueron compungidos de corazón y se dolieron; doliéndose, se cambiaron; y cambiados, creyeron. Fueron añadidas al cuerpo del Señor, es decir, al número de los creyentes, tres mil personas. Y así también, por la obra de otro milagro, se añadieron otros cinco mil. Se formó una comunidad considerable, en la cual todos, recibiendo el Espíritu Santo, por quien se encendió el amor espiritual, fueron fundidos en uno por su mismo amor y fervor de espíritu, y comenzaron, en la unidad misma de la comunión, a vender todo lo que tenían y a poner el precio a los pies de los apóstoles, para que se repartiera a cada uno según tenía necesidad. Y la Escritura dice de ellos que «era de un corazón y un alma hacia Dios». Prestad atención, pues, hermanos, y de aquí reconoced el misterio de la Trinidad, cómo es que decimos: Está el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo, y sin embargo hay un solo Dios. ¡Mirad! Eran tantos miles, y sin embargo había un solo corazón; eran tantos miles, y una sola alma. ¿Pero dónde? En Dios. ¿Cuánto más, entonces, Dios mismo? ¿Me equivoco acaso en la palabra cuando llamo a dos hombres dos almas, o a tres hombres tres almas, o a muchos hombres muchas almas? Hablo, sin duda, con propiedad. Que se acerquen a Dios, y una sola alma pertenece a todos. Si, acercándose a Dios, muchas almas por el amor se hacen una sola alma, y muchos corazones un solo corazón, ¿qué diremos de la fuente misma del amor en el Padre y el Hijo? ¿No es aún más así que la Trinidad es un solo Dios? Porque de allí, de aquel Espíritu Santo, nos viene el amor, como dice el apóstol: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado». Si, pues, el amor de Dios, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado, hace de muchas almas una sola alma y de muchos corazones un solo corazón, ¡cuánto más son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo un solo Dios, una sola luz y un solo principio!
6. Oigamos, pues, al Principio que nos habla: «Muchas cosas tengo —dijo— que decir de vosotros y juzgar». Recordáis que dijo: «Yo no juzgo a nadie». Mirad, ahora dice: «Muchas cosas tengo que decir de vosotros y juzgar». Pero «yo no juzgo» es una cosa; «tengo que juzgar» es otra; pues había venido a salvar al mundo, no a juzgar al mundo. Al decir: «Muchas cosas tengo que decir de vosotros y juzgar», habla del juicio futuro. Pues por eso subió, para venir a juzgar a vivos y muertos. Nadie juzgará más justamente que quien fue juzgado injustamente. «Muchas cosas —dijo— tengo que decir de vosotros y juzgar; pero el que me envió es verdadero». Mirad cómo el Hijo, su igual, da gloria al Padre. Pues nos da ejemplo, y dice como en nuestros corazones: Oh creyente, si oyes mi evangelio, el Señor tu Dios te dice: cuando yo, en el principio Dios el Verbo con Dios, igual al Padre, coeterno con el que me engendró, doy gloria a aquel de quien soy Hijo, ¿cómo puedes tú ensoberbecerte ante aquel de quien eres siervo?
7. «Muchas cosas —dijo— tengo que decir de vosotros y juzgar; pero el que me envió es verdadero»; como si dijera: Por eso juzgo la verdad, porque, como Hijo del Verdadero, yo soy la verdad. El Padre verdadero, el Hijo la verdad: ¿a cuál tenemos por mayor? Reflexionemos, si podemos, cuál es mayor, el Verdadero o la Verdad. Tomemos otros ejemplos. ¿Es más amplio un hombre piadoso o la piedad? Sin duda la piedad misma; pues lo piadoso deriva de la piedad, no la piedad de lo piadoso. Porque la piedad puede seguir existiendo, aunque el que era piadoso se haya hecho impío. Él ha perdido su piedad, pero no ha quitado nada a la piedad misma. ¿Qué decir también de lo hermoso y de la hermosura? La hermosura es más que lo hermoso; pues la hermosura da existencia a lo hermoso, no lo hermoso a la hermosura. Y así de lo casto y la castidad. La castidad es claramente algo más que lo casto. Porque si la castidad no existiera, nadie tendría motivo para ser casto; pero aunque uno se niegue a ser casto, la castidad permanece entera. Si, pues, el término piedad implica más que el término piadoso, la hermosura más que hermoso, la castidad más que casto, ¿diremos que la Verdad es más que el Verdadero? Si lo decimos, empezaremos a decir que el Hijo es mayor que el Padre. Porque el Señor mismo dice muy claramente: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida». Por tanto, si el Hijo es la verdad, ¿qué es el Padre sino lo que la Verdad misma dice: «El que me envió es verdadero»? El Hijo es la verdad, el Padre verdadero. Pregunto cuál es mayor, pero encuentro igualdad. Porque el Padre verdadero es verdadero no porque contuviera una parte de aquella verdad, sino porque la engendró entera.
8. Veo que debo hablar con más claridad. Y, para no deteneros mucho, trataré hoy solo este punto. Cuando haya terminado lo que, con la ayuda de Dios, quiero decir, mi discurso concluirá. He dicho esto, pues, para captar vuestra atención. Toda alma, por ser una cosa, es mudable; y aunque criatura grande, criatura al fin; aunque superior al cuerpo, hecha. Toda alma, pues, por ser cambiable —es decir, a veces cree, a veces no cree; en un tiempo quiere, en otro rehúsa; en un tiempo es adúltera, en otro casta; ahora buena, luego mala—, es mudable. Pero Dios es lo que es, y por eso ha conservado como nombre propio suyo: «Yo soy el que soy». Tal es también el Hijo, cuando dice: «Si no creéis que yo soy»; y a esto se refiere también: «¿Tú quién eres? El Principio» (v. 25). Dios, por tanto, es inmutable; el alma, mudable. Cuando el alma recibe de Dios los elementos de su bondad, se hace buena por participación, así como por participación ve tu ojo. Pues no ve cuando se le retira la luz, mientras que, mientras participa de la luz, ve. Como, entonces, el alma se hace buena por participación, si ella cambia y se hace mala, la bondad que la hizo buena permanece. Pues hay una bondad de la que participó cuando era buena; y cuando se ha vuelto al mal, esa bondad continúa entera. Si el alma cae y se hace mala, no hay disminución de la bondad; si vuelve y se hace buena, esa bondad no se acrecienta. Tu ojo participa de esta luz, y ves. ¿Se cierra? Entonces no has disminuido la luz. ¿Se abre? No has aumentado la luz. Por esta ilustración, hermanos, entended que si el alma es piadosa, hay piedad en Dios de la que el alma participa; si el alma es casta, hay castidad en Dios de la que participa; si es buena, hay bondad en Dios de la que participa; si es verdadera, hay verdad en Dios de la que el alma participa. Y si el alma no participa de ella, todo hombre es falso; y si todo hombre puede ser falso, ningún hombre es verdadero por sí mismo. Pero el Padre verdadero es verdadero por sí mismo, pues engendró la Verdad. Una cosa es decir: Aquel hombre es verdadero, porque ha acogido la verdad; otra: Dios es verdadero, porque engendró la Verdad. Ved, pues, cómo Dios es verdadero, no por participar de la Verdad, sino por engendrarla. Veo que me habéis entendido, y me alegro. Que esto os baste por hoy. Lo demás, según Él nos lo dé, lo expondremos cuando el Señor quiera.
Tratado 40
1. Del santo Evangelio según Juan, que veis en nuestras manos, vuestra caridad ha oído ya mucho, y sobre él hemos discurrido, por la gracia de Dios, según nuestra capacidad, recalcando a vuestra atención que este evangelista ha elegido hablar especialmente de la divinidad del Señor, en la cual es igual al Padre y Hijo único de Dios; y por eso se le ha comparado con el águila, porque ninguna otra ave se entiende que emprenda un vuelo más alto. Así pues, a lo que sigue por orden, según el Señor nos capacite para tratarlo, escuchad con toda atención.
2. Os hemos hablado sobre el pasaje anterior, sugiriendo cómo puede entenderse al Padre como Verdadero y al Hijo como la Verdad. Pero cuando el Señor Jesús dijo: «El que me envió es verdadero», los judíos no entendieron que les hablaba del Padre. Y les dijo, como acabáis de oír en la lectura: «Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo esto». ¿Qué significa esto? Porque parece que solo dijo que sabrían quién era después de su pasión. Sin duda, por tanto, veía que algunos de los presentes, a quienes Él mismo conocía, a quienes con los demás santos suyos había escogido Él mismo en su presciencia antes de la fundación del mundo, creerían después de su pasión. Estos son precisamente aquellos a quienes recomendamos continuamente y proponemos con mucha insistencia a vuestra imitación. Pues al enviarse el Espíritu Santo después de la pasión, resurrección y ascensión del Señor, cuando se hacían milagros en el nombre de aquel a quien, como a un muerto, habían despreciado los judíos perseguidores, fueron compungidos de corazón; y los que en su furor lo mataron se cambiaron y creyeron; y los que en su furor derramaron su sangre, ahora en espíritu de fe la bebieron; a saber, aquellos tres mil y aquellos cinco mil judíos que ahora veía allí, cuando dijo: «Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy [él]». Era como si dijera: Dejo para más tarde vuestro reconocimiento hasta que haya completado mi pasión: a su debido orden sabréis quién soy. No porque todos los que lo oían hubieran de creer solo entonces, es decir, después de la pasión del Señor; pues poco después se dice: «Hablando él estas cosas, muchos creyeron en él»; y el Hijo del Hombre aún no había sido levantado. Pero el levantamiento de que habla es el de su pasión, no el de su glorificación; el de la cruz, no el del cielo; pues también allí fue exaltado cuando colgaba del madero. Pero aquella exaltación fue su humillación; porque entonces se hizo obediente hasta la muerte de cruz. Esto debía cumplirse por las manos de quienes después creerían, y a quienes dice: «Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy [él]». ¿Y por qué así, sino para que nadie desesperara, por culpable que fuera su conciencia, al ver perdonado su homicidio a aquellos que habían matado a Cristo?
3. El Señor, pues, reconociendo a tales en aquella multitud, dijo: «Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy [él]». Ya sabéis lo que significa «Yo soy»; y no debemos repetirlo continuamente, no sea que un tema tan grande engendre fastidio. Recordad aquello de «Yo soy el que soy» y «El que es me ha enviado», y reconoceréis el sentido de las palabras: «Entonces conoceréis que yo soy». Pero también el Padre es, y el Espíritu Santo es. A la misma palabra «es» pertenece toda la Trinidad. Pero como el Señor habló como Hijo, para que, al decir: «Entonces conoceréis que yo soy», no hubiera ocasión de entrada para el error de los sabelianos, es decir, de los patripasianos —error que os he encargado no sostener, sino evitar—, el error, digo, de los que han dicho: El Padre y el Hijo son uno y el mismo; dos nombres, pero una sola realidad; para guardarlos de ese error, cuando el Señor dijo: «Entonces conoceréis que yo soy», para que no se le entendiera a Él mismo como el Padre, añadió enseguida: «Y nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó mi Padre, así hablo esto». Ya el sabeliano empezaba a alegrarse por haber encontrado un fundamento para su error; pero apenas se mostró como a la sombra, quedó confundido por la luz de la frase siguiente. Pensabas que era el Padre, porque dijo: «Yo soy». Oye ahora que es el Hijo: «Y nada hago por mí mismo». ¿Qué significa «nada hago por mí mismo»? De mí mismo no soy. Pues el Hijo es Dios, del Padre; pero el Padre es Dios, y no del Hijo. El Hijo es Dios de Dios, y el Padre es Dios, pero no de Dios. El Hijo es luz de luz; y el Padre es luz, pero no de luz. El Hijo es, pero hay [uno] de quien es; y el Padre es, pero no hay nadie de quien sea.
4. No dejéis, pues, hermanos míos, que sus palabras siguientes: «Según me enseñó el Padre, así hablo esto», den ocasión a que se deslice en vuestras mentes algún pensamiento carnal. Porque la debilidad humana no puede pensar sino como está acostumbrada a obrar y a oír. No pongáis, pues, ante vuestros ojos como a dos hombres, uno el padre, el otro el hijo, y al padre hablando al hijo; como puede hacerlo cualquiera de vosotros cuando decís algo a vuestro hijo, advirtiéndole e instruyéndole sobre cómo hablar, para que grabe en su memoria lo que le habéis dicho y, hecho esto, lo exprese en palabras, lo enuncie claramente y lleve a los oídos de otros lo que él ha captado con los suyos. No penséis así, no sea que fabriquéis ídolos en vuestro corazón. La figura humana, los contornos de los miembros humanos, la forma de la carne humana, los sentidos externos, la estatura y los movimientos del cuerpo, las funciones de la lengua, las distinciones de los sonidos: no penséis que existan tales cosas en aquella Trinidad, sino en cuanto pertenecen a la forma de siervo que tomó el Hijo unigénito, cuando el Verbo se hizo carne para habitar entre nosotros. De eso no te prohíbo, debilidad humana, que pienses según tu conocimiento; antes bien, te lo exijo. Si la fe que hay en ti es verdadera, piensa así de Cristo; pero así de Cristo nacido de la Virgen María, no de Dios Padre. Fue niño, creció como hombre, anduvo como hombre, tuvo hambre, tuvo sed como hombre, durmió como hombre; por último padeció como hombre, colgó del madero, fue muerto y sepultado como hombre. En la misma forma resucitó; en la misma, ante los ojos de sus discípulos, subió al cielo; en la misma vendrá aún a juicio. Porque labios de ángeles lo han declarado en el Evangelio: «Así vendrá como le habéis visto ir al cielo». Cuando pienses, pues, en la forma de siervo en Cristo, piensa en una semejanza humana, si tienes fe; pero cuando pienses: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios», fuera de tu corazón toda forma humana. Destierra de tus pensamientos todo lo limitado por confines corporales, contenido en una medida de lugar o extendido en una masa, por grande que sea su tamaño. Perezca por completo de tu corazón tal ficción. Piensa, si puedes, en la belleza de la sabiduría; imagínate la belleza de la justicia. ¿Tiene forma? ¿Tamaño? ¿Color? No tiene nada de eso, y sin embargo es; pues si no fuera, ni sería amada, ni digna de alabanza, ni estimada en nuestro corazón y en nuestra vida como objeto de honor y afecto. Pero aquí los hombres se hacen sabios; ¿y de dónde lo serían, si la sabiduría no existiera? Y además, oh hombre, si no puedes ver tu propia sabiduría con los ojos de la carne, ni pensarla con las mismas imágenes mentales con que piensas las cosas corporales, ¿te atreverás a imponer la forma de un cuerpo humano a la sabiduría de Dios?
5. ¿Qué diremos, pues, hermanos? ¿Cómo habló el Padre al Hijo, si el Hijo dice: «Según me enseñó el Padre, así hablo esto»? ¿Le habló? Cuando el Padre enseñó al Hijo, ¿usó palabras, como hacéis vosotros cuando enseñáis a vuestro hijo? ¡Cómo podría usar palabras con el Verbo! ¿Qué palabras, numerosas, podrían usarse con la única Palabra? ¿Acercó el Verbo del Padre sus oídos a la boca del Padre? Tales cosas son carnales: desterradlas de vuestros corazones. Pues digo esto: si habéis entendido mis palabras, yo ciertamente he hablado y mis palabras han sonado, y por su sonido han llegado a vuestros oídos, y por el sentido del oído han llevado su significado a vuestra mente, si es que habéis entendido. Supongamos que alguien de lengua latina ha oído, pero solo ha oído sin entender, lo que he dicho. En cuanto al ruido que salía de mi boca, el que no ha entendido ha participado en él igual que vosotros. Ha oído ese sonido; las mismas sílabas han golpeado sus oídos, pero no han producido efecto en su mente. ¿Por qué? Porque no ha entendido. Pero si vosotros habéis entendido, ¿de dónde viene vuestro entendimiento? Mis palabras han sonado en el oído: ¿he encendido alguna luz en el corazón? Sin duda, si lo que he dicho es verdad, y esta verdad no solo la habéis oído sino también entendido, allí se han producido dos cosas (distinguidlas): el oír y la inteligencia. El oír lo ha producido yo, pero ¿quién el entender? Yo he hablado al oído para que oyerais; ¿quién ha hablado a vuestro corazón para el entendimiento? Sin duda alguien ha dicho también algo a vuestro corazón, para que no solo el ruido de las palabras golpeara vuestro oído, sino que también algo de la verdad descendiera a vuestro corazón. Alguien ha hablado también a vuestro corazón, pero no lo veis. Si habéis entendido, hermanos, también se ha hablado a vuestro corazón. La inteligencia es don de Dios. Y si habéis entendido, ¿quién ha hablado así en vuestro corazón sino aquel a quien dice el Salmo: «Dame entendimiento, y aprenderé tus mandamientos»? Por ejemplo, ha hablado el obispo. ¿Qué ha dicho?, pregunta alguien. Vosotros repetís lo que ha dicho y añadís: Ha dicho la verdad. Entonces otro, que no ha entendido, dice: ¿Qué ha dicho, o qué es lo que alabáis? Ambos me han oído; yo he hablado a ambos; pero a uno de ellos Dios le ha hablado. Si se pueden comparar las cosas pequeñas con las grandes (pues ¿qué somos nosotros ante Él?), algo, no sé qué, de incorpóreo y espiritual obra Dios en nosotros, que no es sonido que golpee el oído, ni color que perciban los ojos, ni olor que entre por las narices, ni sabor que juzgue la boca, ni algo duro o blando que sienta el tacto; y sin embargo es algo que se siente fácilmente y es imposible de explicar. Si, pues, como decía, Dios habla en nuestros corazones sin sonido, ¿cómo habla a su Hijo? Así, pues, hermanos, pensad así cuanto podáis, si, como he dicho, podemos en alguna medida comparar las cosas pequeñas con las grandes: pensad así. De modo incorpóreo habló el Padre al Hijo, porque de modo incorpóreo engendró el Padre al Hijo. Ni lo enseñó como si lo hubiera engendrado sin saber; sino que haberle enseñado es lo mismo que haberle engendrado lleno de conocimiento; y esto, «El Padre me enseñó», es lo mismo que: El Padre me engendró ya sabiendo. Porque si, como pocos entienden, la naturaleza de la Verdad es simple, para el Hijo ser es lo mismo que saber. De aquel, pues, tiene el conocimiento de quien tiene el ser. No que de Él recibiera primero el ser y después el conocimiento; sino que, así como al engendrar le dio el ser, así al engendrar le dio el saber; pues, como se dijo, para la naturaleza simple de la Verdad ser no es una cosa y saber otra, sino una y la misma.
6. Así, pues, habló a los judíos, y añadió: «Y el que me envió está conmigo». Ya lo había dicho también antes, pero este punto importante se lo recuerda constantemente: «Me envió» y «está conmigo». Si, pues, oh Señor, está contigo, no es tanto que el uno haya sido enviado por el otro, sino que ambos habéis venido. Y sin embargo, estando ambos juntos, uno fue enviado, el otro fue el que envió; porque la encarnación es un envío, y la encarnación misma pertenece solo al Hijo y no al Padre. El Padre, por tanto, envió al Hijo, pero no se apartó del Hijo. Pues no es que el Padre estuviera ausente del lugar adonde envió al Hijo. Porque ¿dónde no está el Hacedor de todas las cosas? ¿Dónde no está el que dijo: «Yo lleno el cielo y la tierra»? Pero ¿acaso el Padre está en todas partes y el Hijo no? Escucha al evangelista: «En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho». Por tanto, dijo: «El que me envió», por cuyo poder como Padre estoy encarnado, «está conmigo, no me ha dejado». ¿Por qué no me ha dejado? «No me ha dejado solo —dice—, porque yo hago siempre lo que a él le agrada». Esa igualdad existe siempre; no desde un cierto comienzo y en adelante, sino sin comienzo, sin fin. Porque la generación divina no tiene comienzo en el tiempo, ya que el tiempo mismo fue creado por el Unigénito.
7. «Hablando él estas palabras, muchos creyeron en él». ¡Ojalá que, mientras yo también hablo, muchos que antes pensaban de otro modo entendieran y creyeran en Él! Pues quizá haya algunos arrianos en esta numerosa asamblea. No me atrevo a sospechar que haya sabelianos, que dicen que el Padre mismo es uno con el Hijo, ya que esa herejía es demasiado antigua y se ha ido vaciando poco a poco. Pero la de los arrianos parece tener todavía algún movimiento, como el de un cadáver en putrefacción o, a lo sumo, como el de un hombre en las últimas; y de ella algunos necesitan aún ser librados, así como de aquella otra fueron librados muchos. Esta provincia, ciertamente, no solía tenerlos; pero desde la llegada de muchos extranjeros, algunos de estos han hallado también el camino hasta nuestra vecindad. Ved, pues, que mientras el Señor decía estas palabras, muchos judíos creyeron en Él. ¡Pueda yo ver también que, mientras hablo, creen los arrianos, no en mí, sino conmigo!
8. «Decía entonces el Señor a los judíos que habían creído en Él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra». «Permaneced», digo, porque ya estáis iniciados y habéis empezado a estar allí. «Si permaneciereis», es decir, en la fe que ya está comenzada en vosotros que creéis, ¿a qué llegaréis? Ved la naturaleza del comienzo y adónde conduce. Habéis amado el cimiento; atended a la cumbre, y desde esta condición baja buscad aquella otra elevación. Porque la fe tiene humildad, pero el conocimiento, la inmortalidad y la eternidad no poseen bajeza, sino altura; es decir, elevación, plena suficiencia, estabilidad eterna, plena libertad de asalto hostil, de temor de fallar. Lo que tiene su comienzo en la fe es grande, pero se desprecia. También en un edificio el cimiento suele tenerse en poco entre los inexpertos. Se hace una gran zanja y se echan piedras de cualquier manera y por todas partes. No se ve allí adorno ni belleza; así como tampoco en la raíz de un árbol hay apariencia de belleza. Y sin embargo todo lo que te deleita en el árbol ha brotado de la raíz. Miras la raíz y no sientes deleite; miras el árbol y lo admiras. ¡Necio! Lo que admiras ha crecido de lo que no te deleitaba. La fe de los creyentes parece cosa de poco valor: no tienes balanza para pesarla. Oye, pues, a qué llega, y ve su grandeza, como dice el Señor mismo en otro lugar: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza». ¿Qué hay de menos cuenta que eso, y sin embargo qué hay penetrado de mayor energía? ¿Qué más diminuto, y sin embargo qué más ardientemente expansivo? Y así «vosotros» también, dice, «si permaneciereis en mi palabra», en la que habéis creído, ¿a qué seréis llevados? «Seréis verdaderamente mis discípulos». ¿Y de qué nos aprovecha eso? «Y conoceréis la verdad».
9. ¿Qué promete, hermanos, a los creyentes? «Y conoceréis la verdad». ¿Por qué así? ¿No habían llegado a ese conocimiento cuando el Señor hablaba? Si no, ¿cómo creyeron? Creyeron, no porque supieran, sino para llegar a saber. Pues creemos para conocer, no conocemos para creer. Porque lo que aún conoceremos, ni ojo lo vio, ni oído lo oyó, ni subió al corazón del hombre. ¿Pues qué es la fe sino creer lo que no ves? La fe, entonces, es creer lo que no ves; la verdad, ver lo que has creído, como Él mismo dice en cierto lugar. El Señor, pues, anduvo en la tierra, primero que nada, para crear la fe. Fue hombre, se hizo en condición humilde. Fue visto por todos, pero no por todos fue conocido. Por muchos fue rechazado, por la multitud fue muerto, por pocos fue llorado; y aun por los que lo lloraron, su verdadero ser seguía sin ser reconocido. Todo esto es como el comienzo de los lineamientos y de la futura edificación de la fe. Como dice el Señor en cierto lugar, refiriéndose a ello: «El que me ama, mis mandamientos guarda; y el que me ama será amado de mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él». Ciertamente veían ya a la persona a quien escuchaban; y sin embargo a ellos, si lo amaban, les da como promesa que lo verían. Así también aquí: «Conoceréis la verdad». ¿Cómo? ¿No es la verdad lo que Tú has estado hablando? Es la verdad, pero hasta ahora solo se cree, no se contempla. Si permanecéis en lo que se cree, llegaréis a lo que se ve. Por eso el mismo Juan, el santo evangelista, dice en su carta: «Amados, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que hemos de ser». Ya lo somos, y algo seremos. ¿Qué más seremos de lo que somos? Escucha: «Aún no se ha manifestado lo que hemos de ser: [pero] sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él». ¿Cómo? «Porque le veremos tal como él es». Gran promesa, pero recompensa de la fe. Buscas la recompensa; que preceda entonces la obra. Si crees, pide la recompensa de la fe; pero si no crees, ¿con qué cara puedes buscar la recompensa de la fe? «Si» pues «permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos», para que contempléis la verdad misma tal como es, no mediante palabras sonoras, sino en luz deslumbrante, con la cual nos saciará, como leemos en el salmo: «Sellada está sobre nosotros la luz de tu rostro». Somos moneda de Dios: nos hemos extraviado como moneda del tesoro. La imagen que estaba estampada en nosotros se ha borrado con nuestro extravío. Él ha venido a rehacerla, pues Él fue quien nos formó al principio; y Él mismo pide su moneda, como el César la suya. Por eso dice: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios»: al César su moneda, a Dios vosotros mismos. Y entonces se reproducirá en nosotros la verdad.
10. ¿Qué diré a vuestra caridad? ¡Ojalá nuestros corazones aspiraran en alguna medida a aquella gloria inefable! ¡Ojalá pasáramos nuestra peregrinación entre suspiros, y no amáramos el mundo, y avanzáramos continuamente con ánimo piadoso hacia el que nos ha llamado! El anhelo es el seno mismo del corazón. Llegaremos, si con todas nuestras fuerzas damos cabida a nuestro anhelo. Tal es, en favor nuestro, el objeto de las divinas Escrituras, de la reunión del pueblo, de la celebración de los sacramentos, del santo bautismo, del canto de alabanzas a Dios y de esta misma exposición nuestra: que este anhelo no solo sea implantado y germine, sino que se ensanche hasta tal medida de capacidad que sea apto para recibir lo que ojo no vio, ni oído oyó, ni subió al corazón del hombre. Pero amad conmigo. El que ama a Dios no está muy enamorado del dinero. Y yo apenas he tocado esta flaqueza, sin atreverme a decir: No ama en absoluto el dinero, sino: No ama mucho el dinero; como si el dinero hubiera de ser amado, aunque no en gran medida. ¡Oh, si amáramos a Dios dignamente, no tendríamos amor alguno al dinero! El dinero será, pues, tu medio de peregrinación, no el aguijón de la codicia; algo para usar por necesidad, no para gozarse en él como deleite. Ama a Dios, si ha obrado en ti algo de lo que oyes y alabas. Usa el mundo: no dejes que el mundo te tenga cautivo. Estás de paso en el camino que has emprendido; has venido para partir de nuevo, no para quedarte. Estás de paso en tu camino, y esta vida no es sino una posada del camino. Usa el dinero como el viajero usa en una posada la mesa, la copa, el jarro y el lecho, con el propósito no de quedarse, sino de dejarlos atrás. Si así queréis ser, los que podéis estimular vuestros corazones y oírme; si así queréis ser, alcanzaréis sus promesas. No es demasiado para vuestras fuerzas, porque poderosa es la mano del que os ha llamado. Él os ha llamado. Invocadlo, decidle: Tú nos has llamado, te invocamos; mira, te hemos oído llamarnos, óyenos invocarte: llévanos adonde has prometido; perfecciona lo que has comenzado; no abandones tus propios dones; no dejes tu propio campo; que tus tiernos renuevos sean aún recogidos en tu granero. Abundan las tentaciones en el mundo, pero mayor es el que hizo el mundo. Abundan las tentaciones, pero no desfallece aquel cuya esperanza descansa en Aquel en quien no hay deficiencia.
11. Os he exhortado a esto, hermanos, con tales palabras, porque la libertad de que habla nuestro Señor Jesucristo no pertenece a este tiempo presente. Mirad lo que añadió: «Seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». ¿Qué significa eso: «os hará libres»? Os hará hombres libres. En fin, los judíos carnales y de mente carnal —no los que habían creído, sino los de la multitud que no creían— pensaron que se les hacía una injuria porque les dijo: «La verdad os hará libres». Se indignaron de ser designados como esclavos. Y esclavos ciertamente eran; y Él les explica qué esclavitud es, y cuál es aquella libertad futura que Él mismo promete. Pero de esta libertad y de aquella esclavitud sería demasiado largo hablar hoy.
Tratado 41
1. De lo que sigue a la lección anterior y que hoy se nos ha leído públicamente del santo Evangelio, aplacé entonces el hablar, porque ya había dicho mucho, y de aquella libertad a la que nos llama la gracia del Salvador era necesario tratar sin prisa ni descuido. De ello, con la ayuda del Señor, nos proponemos hablaros hoy. Porque aquellos a quienes hablaba el Señor Jesucristo eran judíos, en gran parte enemigos suyos, ciertamente, pero también en cierta medida ya hechos, y otros por hacerse, amigos suyos; pues veía allí a algunos que, como ya hemos dicho, habían de creer aún después de su pasión. Mirando a estos, había dicho: «Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy [él]». Estaban allí también los que, cuando así habló, creyeron enseguida. A ellos les dijo lo que hemos oído hoy: «Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos». Permaneciendo lo seréis; pues como ahora sois creyentes, permaneciendo así seréis contempladores. De ahí sigue: «Y conoceréis la verdad». La verdad es inmutable. La verdad es el pan que restaura nuestras mentes y no se acaba; cambia al que come y no se convierte él mismo en el que come. La verdad misma es el Verbo de Dios, Dios con Dios, el Hijo unigénito. Esta Verdad se revistió de carne por nosotros, para nacer de la virgen María y cumplirse la profecía: «La verdad brotó de la tierra». Esta Verdad, pues, cuando hablaba a los judíos, estaba oculta en la carne. Pero estaba oculta no para ser negada, sino para ser diferida [en su manifestación]; diferida para padecer en la carne; y padecer en la carne para que la carne fuera redimida del pecado. Y así nuestro Señor Jesucristo, plenamente a la vista en cuanto a la flaqueza de la carne, pero oculto en cuanto a la majestad de la divinidad, dijo a los que habían creído en Él, cuando así habló: «Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos». Porque el que persevere hasta el fin, este será salvo. «Y conoceréis la verdad», que ahora está oculta para vosotros y os habla. «Y la verdad os libertará». Esta palabra, liberabit [libertará], la ha tomado el Señor de libertas [libertad]. Pues liberat [libra] no es propiamente otra cosa que liberum facit [hace libre]. Como salvat [salva] no es otra cosa que salvum facit [hace salvo]; como sana no es otra cosa que hace sano; enriquece, que hace rico; así liberat [libra] no es otra cosa que liberum facit [hace libre]. Esto es más claro en la palabra griega. Pues en el uso latino solemos decir que un hombre es librado (liberari) no con respecto a la libertad, sino solo a la salud, como se dice que uno es librado de alguna enfermedad. Así se dice comúnmente, pero no con propiedad. Pero el Señor usó esta palabra de tal modo al decir: «Y la verdad os libertará (liberabit)», que en lengua griega nadie podría dudar de que hablaba de libertad.
2. En suma, los judíos también lo entendieron así y «le respondieron»; no los que ya habían creído, sino los de aquella multitud que aún no eran creyentes. «Le respondieron: Linaje de Abraham somos, y jamás servimos a nadie; ¿cómo dices tú: Seréis libres?». Pero el Señor no había dicho: «Seréis libres», sino: «La verdad os hará libres». Aquella palabra, sin embargo, porque, como he dicho, en el griego es claramente así, ellos la entendieron como apuntando solo a la libertad, y se engrieron como linaje de Abraham, y dijeron: «Linaje de Abraham somos, y jamás servimos a nadie; ¿cómo dices tú: Seréis libres?». ¡Oh odre hinchado! Eso no es magnanimidad, sino hinchazón de viento. Pues aun en cuanto a la libertad en esta vida, ¿cómo era verdad aquello cuando dijisteis: «Jamás servimos a nadie»? ¿No fue vendido José? ¿No fueron llevados cautivos los santos profetas? Y además, ¿no sirvió esa misma nación, cuando hacía ladrillos en Egipto, a duros capataces, no solo en oro y plata, sino también en barro? Si jamás servisteis a nadie, pueblo ingrato, ¿por qué Dios os recuerda continuamente que os libró de la casa de servidumbre? ¿O queréis decir, quizá, que vuestros padres estuvieron en servidumbre, pero vosotros, que habláis, jamás servisteis a nadie? ¿Cómo, entonces, pagabais ahora tributo a los romanos, de lo cual hicisteis también un lazo para la Verdad misma, como para atraparlo, cuando dijisteis: «¿Es lícito dar tributo al César?», a fin de que, si decía: Es lícito, pudierais echarle mano como a mal dispuesto hacia la libertad del linaje de Abraham; y si decía: No es lícito, pudierais calumniarlo ante los reyes de la tierra como quien prohíbe pagar tributo a tales? Con razón fuisteis vencidos al presentar la moneda y obligados a concurrir vosotros mismos a vuestra captura. Pues allí se os dijo: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios», después de vuestra propia respuesta de que la moneda llevaba la imagen del César. Pues así como el César busca su imagen en la moneda, así Dios busca la suya en el hombre. Así, pues, respondió a los judíos. Me conmueve, hermanos, el orgullo hueco de los hombres, porque aun de esa misma libertad suya, que entendían carnalmente, mintieron al decir: «Jamás servimos a nadie».
3. Pero a la respuesta del Señor mismo prestemos mejor y más seria atención, no sea que también nosotros seamos hallados siervos. Pues «Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado». Es siervo —¡ojalá lo fuera de un hombre, y no del pecado! ¿Quién no temblará ante tales palabras? Que el Señor nuestro Dios nos conceda, a vosotros y a mí, que hable en términos convenientes de esta libertad que se ha de buscar y de aquella servidumbre que se ha de evitar. «Amén, amén [de cierto, de cierto] os digo». Habla la Verdad: ¿y en qué sentido reclama el Señor nuestro Dios como suyo el decir: «Amén, amén, os digo»? Es grave su encargo al anunciarlo así. De algún modo, si es lícito decirlo, su forma de jurar es: «Amén, amén, os digo». Amén, en cierto modo, puede interpretarse: [Es] verdad [de cierto]; y sin embargo no se interpreta, aunque pudo decirse: Lo que es verdad os digo. Ni el traductor griego ni el latino se han atrevido a hacerlo; pues esta palabra Amén no es griega ni latina, sino hebrea. Así ha quedado sin interpretación, para tener honra como cubierta de algo oculto; no para ser desechada, sino para que no cayera en descrédito como cosa desnuda a la vista. Y sin embargo no una vez, sino dos veces la pronuncia el Señor: «Amén, amén, os digo». Y aprended ahora, por la duplicación misma, cuánto se implicaba en el encargo que tenemos delante.
4. ¿Cuál es, pues, el encargo que se da? De cierto, de cierto os digo, dice la Verdad, quien ciertamente, aunque no hubiera dicho: De cierto digo, no podría mentir de ningún modo. Sin embargo, [con ello] imprime, inculca su encargo, despierta en cierto modo a los dormidos, los hace atentos y no quiere ser despreciado. ¿Qué dice? «De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado». ¡Miserable esclavitud! Los hombres, con frecuencia, cuando sufren bajo amos malvados, piden que se los venda, no buscando estar sin amo, sino en todo caso cambiarlo. ¿Qué puede hacer el esclavo del pecado? ¿A quién puede dirigir su petición? ¿A quién acudir para reparación? ¿De quién exigir ser vendido? Y además, a veces el esclavo de un hombre, agotado por las órdenes de un amo despiadado, halla descanso en la fuga. ¿Adónde puede huir el esclavo del pecado? A sí mismo se lleva dondequiera que huya. La mala conciencia no huye de sí misma; no tiene adónde ir; se sigue a sí misma. Es más, no puede apartarse de sí mismo, porque el pecado que comete está dentro. Cometió el pecado para obtener algún placer corporal. El placer pasa; el pecado permanece. Lo que deleitaba se ha ido; el aguijón ha quedado. ¡Mala servidumbre! A veces los hombres huyen a la Iglesia, y por lo general se lo permitimos, sin instruir como están: hombres que quieren librarse de su amo, pero no quieren librarse de sus pecados. Pero a veces también se refugian en la Iglesia los sometidos a un yugo ilícito y malvado; pues, aunque nacidos libres, se les retiene en servidumbre: y se apela al obispo. Y si no se esfuerza con todo empeño en salvar de la opresión la libertad de nacimiento, se le tiene por despiadado. Huyamos todos a Cristo, y apelemos contra el pecado a Dios como libertador. Procuremos que nos vendan, para ser redimidos con su sangre. Porque dice el Señor: «De balde fuisteis vendidos, y sin dinero seréis rescatados». Sin precio, es decir, vuestro; por causa mía. Así dice el Señor; pues Él mismo ha pagado el precio, no en dinero, sino con su propia sangre. De otro modo habríamos seguido siendo siervos y, además, indigentes.
5. De esta servidumbre, pues, solo el Señor nos libra. El que no la tenía es quien nos libra de ella; pues solo Él vino sin pecado en la carne. Porque los pequeñuelos que veis llevados en brazos de sus madres no pueden todavía andar, y ya están en cadenas; pues han recibido de Adán aquello de lo que Cristo los desata. A ellos también, cuando son bautizados, pertenece aquella gracia que promete el Señor; pues solo puede librar del pecado el que vino sin pecado y fue hecho sacrificio por el pecado. Porque oísteis cuando se leía al apóstol: «Somos embajadores —dice— en nombre de Cristo, como si Dios os exhortara por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo» —es decir, como si Cristo os rogara, ¿y qué?— «que os reconciliéis con Dios». Si el apóstol nos exhorta y ruega que nos reconciliemos con Dios, entonces éramos enemigos de Dios. Pues nadie se reconcilia sino desde un estado de enemistad. Y nos hemos hecho enemigos no por naturaleza, sino por el pecado. De la misma fuente somos siervos del pecado y somos enemigos de Dios. Dios no tiene enemigos en estado de libertad. Han de ser esclavos; y esclavos seguirán siendo a menos que los libre aquel a quien quisieron, por sus pecados, ser enemigos. Por tanto, dice: «Os rogamos en nombre de Cristo que os reconciliéis con Dios». Pero ¿cómo nos reconciliamos, sino por la remoción de lo que se interpone entre nosotros y Él? Pues dice por el profeta: «No se ha endurecido su oído para no oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios». Y así, pues, no nos reconciliamos a menos que se quite lo que está en medio y se ponga otra cosa en su lugar. Porque hay un medio que separa y, por otra parte, hay un Mediador que reconcilia. El medio que separa es el pecado; el Mediador que reconcilia es el Señor Jesucristo: «Porque hay un solo Dios, y un solo Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre». Para quitar, pues, el muro de separación, que es el pecado, ha venido ese Mediador, y el sacerdote mismo se ha hecho sacrificio. Y porque fue hecho sacrificio por el pecado, ofreciéndose en holocausto en la cruz de su pasión, el apóstol, después de decir: «Os rogamos en nombre de Cristo que os reconciliéis con Dios» —como si hubiéramos dicho: ¿Cómo podremos reconciliarnos?—, prosigue diciendo: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él». «Al que» —dice— a Cristo mismo, nuestro Dios, «no conoció pecado». Pues vino en la carne, es decir, en semejanza de carne de pecado, pero no en carne de pecado, porque no tuvo pecado alguno; y por eso fue verdadero sacrificio por el pecado, porque Él mismo no tenía pecado.
6. Pero quizá, por alguna percepción mía particular, he dicho que el pecado es un sacrificio por el pecado. Que los que lo han leído tengan libertad para reconocerlo; que los que no lo han leído no se resistan; que no se resistan, digo, a leer, para que sean veraces al juzgar. Porque cuando Dios dio mandamiento sobre la ofrenda de sacrificios por el pecado, sacrificios en los cuales no había expiación de pecados, sino la sombra de lo que había de venir, esos mismos sacrificios, esas mismas ofrendas, esas mismas víctimas, esos mismos animales que se presentaban para ser inmolados por los pecados, y en cuya sangre se prefiguraba aquella [verdadera] sangre, son llamados por la ley pecados; y hasta tal punto que en ciertos pasajes está escrito en estos términos que los sacerdotes, al ir a sacrificar, habían de poner las manos sobre la cabeza del pecado, es decir, sobre la cabeza de la víctima que iba a ser sacrificada por el pecado. Tal pecado, pues, es decir, tal sacrificio por el pecado, fue hecho nuestro Señor Jesucristo, «que no conoció pecado».
7. Con mérito eficaz libra de esta servidumbre del pecado el que dice en los salmos: «Soy como un hombre sin ayuda, libre entre los muertos». Porque solo Él fue libre, porque no tenía pecado. Pues Él mismo dice en el Evangelio: «Viene el príncipe de este mundo», refiriéndose al diablo que iba a venir en las personas de los judíos perseguidores; «mirad —dice— que viene, y nada hallará en mí». No como halló alguna medida de pecado en aquellos a quienes también mató como a justos; en mí nada hallará. Y como si se le preguntara: Si nada hallará en ti, ¿por qué te matará?, añadió: «Pero para que todos sepan que hago la voluntad de mi Padre, levantaos, vamos de aquí». No pago, dice, la pena de muerte como una necesidad de mi pecaminosidad; sino que en la muerte que muero hago la voluntad de mi Padre. Y en esto lo estoy haciendo más bien que sufriéndolo; porque, si yo no quisiera, no habría tenido el sufrimiento que soportar. Lo tenéis diciendo en otro lugar: «Tengo poder para poner mi vida, y tengo poder para volverla a tomar». Aquí está, sin duda, uno «libre entre los muertos».
8. Puesto que, entonces, todo el que hace pecado es esclavo del pecado, escuchad cuál es nuestra esperanza de libertad. «Y el esclavo —dice— no queda en la casa para siempre». La Iglesia es la casa, el esclavo es el pecador. Muchos pecadores entran en la Iglesia. Por eso no ha dicho: «El esclavo» no está en la casa, sino «no queda en la casa para siempre». Si, pues, allí no habrá esclavo, ¿quién estará allí? Porque «cuando» —como habla la Escritura— «el rey justo se siente en el trono, ¿quién se gloriará de tener limpio el corazón? ¿O quién se gloriará de estar limpio de su pecado?». Nos ha alarmado mucho, hermanos míos, al decir: «El esclavo no queda en la casa para siempre». Pero añade además: «Mas el Hijo queda para siempre». ¿Estará, entonces, Cristo solo en su casa? ¿No permanecerá pueblo alguno a su lado? ¿De quién será cabeza, si no ha de haber cuerpo? ¿O es el Hijo todo esto, tanto la cabeza como el cuerpo? Pues no sin causa ha inspirado tanto temor como esperanza: temor, para que no amáramos el pecado; y esperanza, para que no desconfiáramos de la remisión del pecado. «Todo aquel —dice— que hace pecado, esclavo es del pecado. Y el esclavo no queda en la casa para siempre». ¿Qué esperanza tenemos, entonces, los que no estamos sin pecado? Escucha tu esperanza: «El Hijo queda para siempre. Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres». Nuestra esperanza es esta, hermanos: ser hechos libres por el Libre; y que, al hacernos libres, nos haga siervos suyos. Pues éramos siervos de la concupiscencia; pero, hechos libres, somos hechos siervos del amor. Esto también dice el apóstol: «Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros». No diga, pues, el cristiano: Soy libre; he sido llamado a libertad: era esclavo, pero he sido redimido, y por mi misma redención he sido hecho libre, haré lo que quiera: nadie puede frustrar mi voluntad, si soy libre. Pero si cometes pecado con tal voluntad, eres esclavo del pecado. No abuses, pues, de tu libertad para tener libertad de pecar, sino úsala con el fin de no pecar. Porque solo si tu voluntad es piadosa, será libre. Serás libre si sigues siendo siervo: libre del pecado, siervo de la justicia; como dice el apóstol: «Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia. Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna». Esforcémonos por lo segundo y vayamos haciendo lo otro.
9. El primer grado de la libertad es estar libre de crímenes. Prestad atención, hermanos míos, prestad atención, para que de ninguna manera extravíe vuestro entendimiento acerca de la naturaleza de esa libertad en el presente y de lo que será. Examina a cualquiera de la más alta integridad en esta vida, y por digno que sea ya del nombre de justo, no está sin pecado. Escucha al santo Juan mismo, autor del Evangelio que tenemos delante, cuando dice en su carta: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros». Solo pudo decir esto aquel que era «libre entre los muertos»: solo de Él pudo decirse, que no conoció pecado. Solo de Él pudo decirse, pues también Él «fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado». Solo Él pudo decir: «Viene el príncipe de este mundo, y nada hallará en mí». Examina a cualquier otro que se tenga por justo, y no está en todo sin pecado; ni siquiera como fue Job, de quien el Señor dio tal testimonio que el diablo se llenó de envidia y pidió que fuera tentado, y fue él mismo vencido en la tentación, para que Job fuera probado. Y fue probado por esta razón, no porque Dios ignorara que ciertamente llevaría la corona del vencedor, sino para que fuera conocido como objeto de imitación para otros. ¿Y qué dice el mismo Job? «Porque ¿quién está limpio? Ni siquiera el niño cuya vida es de un día sobre la tierra». Pero es evidente que a muchos se les llama justos sin oposición, porque el término se entiende como libres de crimen; pues en los asuntos humanos no hay motivo justo de queja contra los que están libres de conducta criminal. Pero el crimen es pecado grave, que merece en sumo grado ser denunciado y condenado. No, sin embargo, que Dios condene ciertos pecados y justifique y alabe ciertos otros. No aprueba ninguno. Los aborrece todos. Como el médico aborrece la dolencia del enfermo y trabaja con sus medidas curativas para que la dolencia sea quitada y el enfermo aliviado, así Dios obra por su gracia en nosotros para que el pecado sea consumido y el hombre hecho libre. Pero ¿cuándo, diréis, se consume? Si disminuye, ¿por qué no se consume? Aquello va disminuyendo en la vida de los que avanzan, que se consume en la vida de los que han alcanzado la perfección.
10. El primer grado de la libertad, pues, es estar libre de crímenes [conducta pecaminosa]. Y así el apóstol Pablo, cuando determinó la ordenación de ancianos o de diáconos, o de quien hubiera de ser ordenado para el gobierno de la Iglesia, no dice: Si alguno está sin pecado; porque si lo hubiera dicho, todos serían rechazados como no aptos, ninguno sería ordenado; sino que dice: «Si alguno es irreprensible» [lit. sin crimen], como: homicidio, adulterio, cualquier impureza de fornicación, hurto, fraude, sacrilegio y otros de esa clase. Cuando un hombre ha empezado a estar libre de esto (y todo hombre cristiano debe estarlo), empieza a levantar la cabeza hacia la libertad; pero esa es libertad comenzada, no completada. ¿Por qué —dirá alguien— no es libertad completada? Porque «veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente»; «porque lo que quiero —dice—, no lo hago; sino lo que aborrezco, eso hago». «La carne —dice— desea contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; para que no hagáis lo que quisierais». En parte libertad, en parte servidumbre: aún no entera, aún no pura, aún no plena libertad, porque aún no es eternidad. Pues todavía tenemos en parte flaqueza, en parte hemos alcanzado la libertad. Todo lo que fue nuestro pecado, fue borrado antes en el bautismo. Pero ¿porque toda nuestra iniquidad ha sido borrada ha quedado sin flaqueza? Si no hubiera quedado, viviríamos aquí sin pecado. Pero ¿quién se atrevería a decirlo, sino el soberbio, el indigno de la misericordia del Libertador, el que quiere engañarse a sí mismo y está privado de la verdad? Por eso, del hecho de que queda alguna flaqueza, me atrevo a decir que, en la medida en que servimos a Dios, somos libres; en la medida en que servimos a la ley del pecado, seguimos en servidumbre. De ahí dice el apóstol lo que empezamos a decir: «Me deleito en la ley de Dios según el hombre interior». Aquí, pues, es donde somos libres, donde nos deleitamos en la ley de Dios; porque la libertad tiene gozo. Pues mientras sea por temor que haces lo recto, Dios no es deleite para ti. Halla tu deleite en Él, y eres libre. No temas el castigo, sino ama la justicia. ¿No puedes aún amar la justicia? Teme incluso el castigo, para que llegues al amor de la justicia.
11. En la medida, pues, dicha arriba, se sentía ya libre, y por eso dijo: «Me deleito en la ley de Dios según el hombre interior». Me deleito en la ley, me deleito en sus exigencias, me deleito en la justicia misma. «Pero veo otra ley en mis miembros» —esta flaqueza que permanece— «que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros». Por este lado siente su cautiverio, donde la justicia no ha sido perfeccionada; pues donde se deleita en la ley de Dios, no es cautivo sino amigo de la ley; y por tanto libre, porque amigo. ¿Qué se ha de hacer, entonces, con lo que así permanece? ¿Qué, sino mirar a Aquel que ha dicho: «Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres»? En verdad también el que así habló miraba a Él: «¡Miserable de mí! —dice—, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro». Por tanto, «si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres». Y entonces concluyó así: «Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado». Yo mismo, dice; pues no somos dos contrarios entre sí, de orígenes distintos; sino que «con la mente yo mismo sirvo a la ley de Dios, y con la carne a la ley del pecado», mientras el desfallecimiento lucha contra la salvación.
12. Pero si con la carne sirves a la ley del pecado, haz lo que dice el mismo apóstol: «No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; ni presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad». No dice: Que no exista; sino: «No reine». Mientras haya de estar el pecado en tus miembros, que al menos se le quite su poder de reinar, que no se obedezcan sus exigencias. ¿Se levanta la ira? No entregues tu lengua a la ira para maldecir; no entregues tu mano o tu pie a la ira para golpear. Esa ira irracional no se levantaría si no hubiera pecado en los miembros. Pero quítale su poder de dominio; que no tenga armas con que luchar contra ti. Entonces también aprenderá a no levantarse, cuando empiece a sentir la falta de armas. «No presentéis vuestros miembros como instrumentos de iniquidad al pecado», o seréis del todo cautivos, y no habrá lugar para decir: «Con la mente sirvo a la ley de Dios». Porque si la mente conserva la posesión de las armas, los miembros no son despertados al servicio del pecado furioso. Que el gobernante interior conserve la posesión de la ciudadela, porque allí está bajo un gobernante mayor y tiene segura la ayuda. Que refrene la ira; que contenga el mal deseo. Hay dentro algo que necesita freno, que necesita contención, que necesita mantenerse bajo mando. ¿Y qué quería aquel justo, que con la mente servía a la ley de Dios, sino que hubiera una liberación completa de aquello que necesitaba freno? Y a esto debe aspirar todo el que apunta a la perfección: que la concupiscencia misma, al no recibir ya la obediencia de los miembros, vaya disminuyendo cada día en el peregrino que avanza. «El querer el bien está en mí —dice—, pero no el hacerlo». ¿Ha dicho acaso: El hacer el bien no está en mí? Si lo hubiera dicho, faltaría la esperanza. No dice: El hacer no está en mí, sino: «El perfeccionar no está en mí». Pues ¿qué es el perfeccionamiento del bien sino la eliminación y el fin del mal? ¿Y qué es la eliminación del mal sino lo que dice la ley: «No codiciarás»? No codiciar en absoluto es el perfeccionamiento del bien, porque es la eliminación del mal. Esto dijo: «El perfeccionar lo bueno no está en mí», porque su obrar no podía llegar a librarlo de la concupiscencia. Solo se afanaba por refrenar la concupiscencia, por negarle el consentimiento y por no entregar sus miembros a su servicio. «El perfeccionar —dice— lo bueno no está en mí». No puedo cumplir el mandamiento «No codiciarás». ¿Qué se necesita, entonces? Cumplir esto: «No vayas tras tus concupiscencias». Haz esto entretanto, mientras haya concupiscencias ilícitas presentes en tu carne: «No vayas tras tus concupiscencias». Permanece en el servicio de Dios, en la libertad de Cristo. Con la mente sirve a la ley de tu Dios. No te entregues a tus concupiscencias. Siguiéndolas, les añades fuerza. Dándoles fuerza, ¿cómo puedes vencer, cuando con tus propias fuerzas alimentas enemigos contra ti?
13. ¿Cuál es, pues, aquella libertad plena y perfecta en el Señor Jesús, que dijo: «Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres»; y cuándo será libertad plena y perfecta? Cuando ya no haya enemistades; cuando «el postrer enemigo que será destruido sea la muerte». «Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu lucha?». ¿Qué es esto: «¿Dónde está, oh muerte, tu lucha?»? «La carne desea contra el espíritu, y el espíritu contra la carne», pero solo cuando la carne de pecado estaba en vigor. «¿Dónde está [ahora], oh muerte, tu lucha?». Ahora viviremos, ya no moriremos, en Aquel que murió por nosotros y resucitó: «para que los que viven —dice—, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos». Pidamos, como los heridos, por el médico; seamos llevados a la posada para ser curados. Porque es Él quien promete la salud, quien se compadeció del hombre dejado medio muerto en el camino por los ladrones. Derramó aceite y vino, curó las heridas, lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a la posada, lo encomendó al cuidado del posadero. ¿A qué posadero? Quizá a aquel que dijo: «Somos embajadores en nombre de Cristo». Dio también dos denarios para pagar la curación del herido. Y quizá son estos los dos mandamientos de los que dependen toda la ley y los profetas. Por tanto, hermanos, también la Iglesia, en la cual entretanto es curado el herido, es la posada del viajero; pero por encima de la Iglesia misma está la heredad del dueño.
Tratado 42
1. Nuestro Señor, en forma de siervo, y sin embargo no siervo, sino aun en forma de siervo el Señor (pues aquella forma de carne era ciertamente de siervo; pero aunque estuvo «en semejanza de carne de pecado», no fue carne de pecado), prometió libertad a los que creían en Él. Pero los judíos, como si se gloriaran orgullosamente de su propia libertad, rehusaron con indignación ser hechos libres, siendo esclavos del pecado. Y por eso decían que eran libres, porque eran linaje de Abraham. ¿Qué respuesta, pues, les dio el Señor a esto? La hemos oído en la lectura de hoy. «Sé —dijo— que sois descendientes de Abraham; pero procuráis matarme, porque mi palabra no halla cabida en vosotros». Os reconozco, dice; «sois descendientes de Abraham, pero procuráis matarme». Reconozco el origen carnal, no el corazón creyente. «Sois descendientes de Abraham», pero según la carne. Por eso dice: «Procuráis matarme, porque mi palabra no halla cabida en vosotros». Si mi palabra fuera recibida, prendería; si vosotros fuerais atrapados, quedaríais encerrados como peces en las mallas de la fe. ¿Qué significa, pues, eso de «no halla cabida en vosotros»? No prende en vuestro corazón, porque no es recibida por vuestro corazón. Pues así es la palabra de Dios, y así debe ser para los creyentes, como el anzuelo para el pez: prende cuando es tomada. No se hace daño a los que son atrapados, pues son atrapados para salvación y no para destrucción. De ahí que el Señor diga a sus discípulos: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres». Pero estos no eran tales; y sin embargo eran descendientes de Abraham: hijos de un hombre de Dios, injustos ellos mismos. Pues heredaron el linaje carnal, pero se habían degenerado, al no imitar la fe de aquel de quien eran hijos.
2. Habéis oído, en efecto, al Señor decir: «Sé que sois descendientes de Abraham». Oíd lo que dice después: «Yo hablo lo que he visto cerca del Padre mío; y vosotros hacéis lo que habéis visto cerca de vuestro padre». Ya había dicho: «Sé que sois descendientes de Abraham». ¿Qué es, entonces, lo que hacen? Lo que Él les dijo: «Procuráis matarme». Esto nunca lo vieron junto a Abraham. Pero el Señor quiere que se entienda a Dios Padre cuando dice: «Yo hablo lo que he visto cerca del Padre mío». He visto la verdad: hablo la verdad, porque soy la Verdad. Pues si el Señor habla la verdad que ha visto junto al Padre, se ha visto a sí mismo, se habla a sí mismo; porque Él mismo es la Verdad del Padre, que vio junto al Padre. Pues Él es el Verbo, el Verbo que estaba con Dios. El mal, pues, que hacen estos hombres, y que el Señor reprende y censura, ¿dónde lo han visto? Junto a su padre. Cuando lleguemos a oír en lo que sigue la declaración aún más clara de quién es su padre, entonces entenderemos qué clase de cosas vieron junto a tal padre; pues todavía no nombra a su padre. Poco antes se refirió a Abraham, pero en cuanto a su origen carnal, no a la semejanza de vida. Va a hablar de aquel otro padre suyo, que ni los engendró ni los creó para que fueran hombres. Pero aun así eran hijos suyos en cuanto malos, no en cuanto hombres; en lo que lo imitaban, y no como creados por él.
3. «Respondieron y le dijeron: Nuestro padre es Abraham»; como diciendo: ¿Qué tienes que decir contra Abraham? O: Atrévete, si puedes, a hallar falta en Abraham. No que el Señor no se atreviera a hallar falta en Abraham; pero Abraham no era alguien en quien el Señor hallara falta, sino más bien a quien aprobaba. Pero estos hombres parecían desafiarlo a decir algún mal de Abraham, y así tener alguna ocasión para hacer lo que se proponían. «Nuestro padre es Abraham».
4. Oigamos cómo les respondió el Señor, alabando a Abraham para condenación de ellos. «Jesús les dijo: Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais. Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios; no hizo esto Abraham». Ved: él fue alabado, ellos condenados. Abraham no fue homicida. No digo, da a entender, que yo soy el Señor de Abraham; aunque si lo dijera, diría la verdad. Pues dijo en otro lugar: «Antes que Abraham fuese, yo soy» (v. 58); y entonces buscaron apedrearlo. No dijo eso. Sino que entretanto, tal como me veis, tal como me miráis, tal como solo pensáis de mí, soy un hombre. ¿Por qué, entonces, queréis matar a un hombre que os dice lo que ha oído de Dios, sino porque no sois hijos de Abraham? Y sin embargo dijo antes: «Sé que sois descendientes de Abraham». No niega su origen, sino que condena sus obras. Su carne venía de él, pero no su vida.
5. Pero nosotros, amadísimos, ¿procedemos de la raza de Abraham, o fue Abraham en algún sentido nuestro padre según la carne? La carne de los judíos tiene su origen en la carne de él, no así la carne de los cristianos. Hemos venido de otras naciones, y sin embargo, imitándolo, nos hemos hecho hijos de Abraham. Escuchad al apóstol: «A Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice —añade— : Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa». Nosotros, pues, nos hemos hecho simiente de Abraham por la gracia de Dios. No fue de la carne de Abraham de donde Dios hizo coherederos con él. Desheredó a los primeros, adoptó a los segundos; y de aquel olivo cuya raíz está en los patriarcas, cortó las ramas naturales soberbias e injertó el acebuche humilde. Y así, cuando los judíos vinieron a Juan para ser bautizados, estalló contra ellos y les dijo: «¡Generación de víboras!». Muchísimo se jactaban, ciertamente, de la altura de su origen, pero él los llamó generación de víboras: ni siquiera de seres humanos, sino de víboras. Veía la forma de hombres, pero descubrió el veneno. Y sin embargo habían venido para ser cambiados, porque al menos para ser bautizados; y les dijo: «¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento. Y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras». Si no dais frutos dignos de arrepentimiento, no os lisonjeéis con tal linaje. Dios puede condenaros sin defraudar a Abraham de hijos. Pues tiene modo de levantar hijos a Abraham. Los que imiten su fe serán hechos hijos suyos. «Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras». Tales somos nosotros. En nuestros padres éramos piedras, cuando adorábamos piedras como nuestro dios. De tales piedras ha creado Dios una familia a Abraham.
6. ¿Por qué, entonces, se enaltece esta jactancia vacía y vana? Dejen de jactarse de ser hijos de Abraham. Han oído lo que debían haber oído: «Si sois hijos de Abraham», demostradlo con vuestras obras, no con palabras. «Procuráis matarme, a mí, un hombre»; no digo, entretanto, el Hijo de Dios; no digo Dios; no digo el Verbo, porque el Verbo no muere. Digo solo esto que veis; pues solo lo que veis podéis matar, y al que no veis podéis ofenderlo. «Esto», pues, «no lo hizo Abraham». «Vosotros hacéis las obras de vuestro padre». Y todavía no dice quién es ese padre suyo.
7. ¿Y qué respuesta le dieron ahora? Pues empezaban en cierto modo a darse cuenta de que el Señor no hablaba de generación carnal, sino de su manera de vivir. Y como es costumbre de las Escrituras que ellos leían llamar, en sentido espiritual, fornicación al hecho de que el alma se prostituya, por así decirlo, sometiéndose a muchos dioses falsos, dieron esta réplica: «Entonces le dijeron: Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es Dios». Abraham ha perdido ya su importancia. Pues fueron rechazados, como debían, por la boca que decía la verdad; porque tal era Abraham, cuyas obras no imitaban, y sin embargo se gloriaban de su linaje. Y cambiaron su respuesta diciendo, creo yo, entre sí: Cada vez que nombramos a Abraham, nos sigue diciendo: ¿Por qué no imitáis a aquel de cuyo linaje os gloriáis? A un hombre tal, tan santo, justo y sin dolo, no podemos imitarlo. Llamemos a Dios nuestro Padre, y veamos qué nos dirá.
8. ¿Ha encontrado, pues, la falsedad algo que decir, y no habrá de hallar la verdad su réplica conveniente? Oigamos lo que dicen; oigamos lo que oyen. «Un padre tenemos —dicen—, que es Dios. Jesús entonces les dijo: Si vuestro padre fuese Dios, [sin duda] me amaríais; porque yo de Dios he salido y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió». Llamáis Padre a Dios; reconocedme, entonces, al menos como hermano. Al mismo tiempo dio un estímulo a los corazones de los inteligentes, tocando lo que acostumbra decir: «No he venido de mí mismo: él me envió. De Dios he salido y he venido». Recordad lo que solemos decir: De Él vino; y de quien vino, con Él vino. El envío de Cristo, por tanto, es su encarnación. Pero en cuanto a la salida del Verbo de Dios, es una procesión eterna. El tiempo no retiene a Aquel por quien el tiempo fue creado. Que nadie diga en su corazón: Antes de que el Verbo fuera, ¿cómo existía Dios? Nunca digas: Antes de que el Verbo de Dios fuera. Dios nunca estuvo sin el Verbo, porque el Verbo es permanente, no pasajero; Dios, no un sonido; por quien fueron hechos el cielo y la tierra, y que no pasó con las cosas que fueron hechas sobre la tierra. De Él, pues, salió como Dios, el igual, el Hijo único, el Verbo del Padre; y vino a nosotros, porque el Verbo se hizo carne para habitar entre nosotros. Su venida indica su humanidad; su permanencia, su divinidad. Su divinidad es aquello hacia lo cual, su humanidad aquello por lo cual, progresamos. Si no se hubiera hecho aquello por lo cual pudiéramos avanzar, nunca llegaríamos a Aquel que permanece para siempre.
9. «¿Por qué —dice— no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra». Y así no podían entender, porque no podían escuchar. ¿Y por qué no podían escuchar, sino precisamente porque rehusaban ser corregidos creyendo? ¿Y por qué así? «Vosotros sois de vuestro padre el diablo». ¿Hasta cuándo seguiréis hablando de un padre? ¿Cuántas veces cambiaréis de padres: a veces Abraham, a veces Dios? Oíd del Hijo de Dios de quién sois hijos: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo».
10. Aquí, pues, debemos guardarnos de la herejía de los maniqueos, que afirma que hay cierto principio del mal y cierta familia de las tinieblas con sus príncipes, que tuvo la osadía de combatir contra Dios; pero que Dios, para no dejar que su reino fuera sometido por la familia hostil, envió contra ellos, por así decirlo, a su propia descendencia, príncipes de su propio [reino de] luz; y así sometió a aquella raza de la que el diablo deriva su origen. De allí también, dicen, deriva su origen nuestra carne, y por eso piensan que el Señor dijo: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo», porque eran malos, por así decirlo, por naturaleza, derivando su origen de la familia opuesta de las tinieblas. Así yerran, así se ciegan sus ojos, así se hacen a sí mismos familia de las tinieblas, creyendo una falsedad contra Aquel que los creó. Porque toda naturaleza es buena; pero la naturaleza del hombre ha sido corrompida por una mala voluntad. Lo que Dios hizo no puede ser malo, si el hombre no fuera [causa de] mal para sí mismo. Pero ciertamente el Creador es Creador, y la criatura criatura [cosa creada]. La criatura no puede ponerse al nivel del Creador. Distingue entre el que hizo y lo que hizo. El banco no puede ponerse al nivel del artesano, ni la columna al de su constructor; y sin embargo el artesano, aunque hizo el banco, no creó él mismo la madera. Pero el Señor nuestro Dios, en su omnipotencia y por el Verbo, hizo lo que hizo. No tenía materiales con que hacer todo lo que hizo, y sin embargo lo hizo. Porque fueron hechas porque Él quiso, fueron hechas porque Él lo dijo; pero las cosas hechas no pueden compararse con el Hacedor. Si buscas un término propio de comparación, vuelve tu mente al Hijo unigénito. ¿Cómo, entonces, eran los judíos hijos del diablo? Por imitación, no por nacimiento. Escucha el lenguaje habitual de las santas Escrituras. El profeta dice a esos mismos judíos: «Tu padre fue amorreo, y tu madre hetea». Los amorreos no eran una nación que diera origen a los judíos. Los heteos mismos eran también de una nación del todo distinta de la raza de los judíos. Pero porque los amorreos y los heteos eran impíos y los judíos imitaban sus impiedades, se hallaron padres, no de quienes nacieron, sino en cuya condenación participarían, porque seguían sus costumbres. Pero quizá preguntes: ¿De dónde viene el diablo mismo? Ciertamente de la misma fuente que los demás ángeles. Pero los demás ángeles permanecieron en su obediencia. Él, por desobediencia y soberbia, cayó como ángel y se hizo diablo.
11. Pero oíd ahora lo que dice el Señor: «Vosotros —dijo— sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer». Así es como sois hijos suyos: porque tales son vuestros deseos, no porque hayáis nacido de él. ¿Cuáles son sus deseos? «Este ha sido homicida desde el principio». Esto es lo que explica: «los deseos de vuestro padre queréis hacer». «Procuráis matarme, a mí, hombre que os he hablado la verdad». También él tuvo mala voluntad al hombre y mató al hombre. Pues el diablo, en su mala voluntad al hombre, tomando la apariencia de serpiente, habló a la mujer, y por medio de la mujer infundió su veneno en el hombre. Murieron por escuchar al diablo, al cual no habrían escuchado si hubieran escuchado al Señor; porque el hombre, teniendo su lugar entre el que creó y el que había caído, debía haber obedecido al Creador, no al engañador. Por eso «ha sido homicida desde el principio». Mirad, hermanos, la clase de homicidio. Al diablo se le llama homicida no porque vaya armado de espada o ceñido de acero. Vino al hombre, sembró sus sugestiones malas y lo mató. No pienses, pues, que no eres homicida cuando persuades a tu hermano al mal. Si persuades a tu hermano al mal, lo matas. Y para que sepas que lo matas, escucha el salmo: «Hijos de los hombres, cuyos dientes son lanzas y saetas, y su lengua cuchillo agudo». Vosotros, pues, «queréis hacer los deseos de vuestro padre»; y así corréis como locos tras la carne, porque no podéis ir tras el espíritu. «Ha sido homicida desde el principio»; al menos en el caso del primero de los hombres. Desde el momento mismo en que pudo cometerse homicidio, él fue homicida. Solo desde que el hombre fue hecho pudo cometerse el homicidio. Pues no se podía matar al hombre si antes no se había hecho al hombre. Por eso, «él ha sido homicida desde el principio». ¿Y de dónde homicida? «Y no se ha mantenido [permaneció] en la verdad». Estaba, pues, en la verdad, y cayó por no mantenerse en ella. ¿Y por qué «no se mantuvo en la verdad»? «Porque no hay verdad en él»; no como en Cristo. De tal modo está la verdad [en Él], que Cristo mismo es la Verdad. Si, pues, se hubiera mantenido en la verdad, se habría mantenido en Cristo; pero «no permaneció en la verdad, porque no hay verdad en él».
12. «Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira». ¿Qué es esto? Habéis oído las palabras del Evangelio; las habéis recibido con atención. Aquí, ahora, las repito para que entendáis con claridad el objeto de vuestros pensamientos. El Señor dijo del diablo aquellas cosas que el Señor debía decir del diablo. Que «ha sido homicida desde el principio» es verdad, pues mató al primer hombre; «y no ha permanecido en la verdad», pues cayó de la verdad. «Cuando habla mentira», a saber, el diablo mismo, «de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de ella [de él]». Por estas palabras algunos han pensado que el diablo tiene un padre, y han preguntado quién fue el padre del diablo. En verdad este detestable error de los maniqueos ha hallado hasta el presente medios para engañar a los sencillos. Pues acostumbran decir: Supongamos que el diablo era un ángel, y cayó; y con él comenzó el pecado, como decís; pero ¿quién fue su padre? Nosotros, por el contrario, respondemos: ¿Quién de nosotros ha dicho jamás que el diablo tuviera padre? Y ellos, por su parte, replican: El Señor lo dice, y el Evangelio lo declara, hablando del diablo: «Ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de él».
13. Oíd y entended. No te enviaré lejos [por el sentido]; entiéndelo por las palabras mismas. El Señor llamó al diablo padre de la mentira. ¿Qué es esto? Oíd qué es; solo repasad las palabras mismas y entended. No todo el que dice una mentira es el padre de su mentira. Porque si has recibido una mentira de otro y la has proferido, tú ciertamente has mentido al proferirla; pero no eres el padre de esa mentira, porque la has recibido de otro. Pero el diablo fue mentiroso por sí mismo. Engendró su propia falsedad; no la oyó de nadie. Así como Dios Padre engendró a la Verdad como su Hijo, así el diablo, caído, engendró la falsedad como su hijo. Oyendo esto, recordad ahora y reflexionad sobre las palabras del Señor. Mentes católicas, considerad lo que habéis oído; atended a lo que dice. «Él» —¿quién? El diablo— «ha sido homicida desde el principio». Lo admitimos: mató a Adán. «Y no ha permanecido en la verdad». Lo admitimos, pues cayó de la verdad. «Porque no hay verdad en él». Cierto: al caer de la verdad ha perdido su posesión. «Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de ella». Es a la vez mentiroso y padre de mentiras. Pues tú, quizá, eres mentiroso porque profieres una mentira; pero no eres su padre. Porque si has recibido del diablo lo que dices y has creído al diablo, eres mentiroso, pero no el padre de la mentira. Pero él, porque no recibió de otra parte la mentira con la cual, en forma de serpiente, mató al hombre como con veneno, es el padre de las mentiras así como Dios es Padre de la verdad. Apartaos, pues, del padre de las mentiras: daos prisa hacia el Padre de la verdad; abrazad la verdad, para que entréis en la libertad.
14. Aquellos judíos, pues, hablaban lo que veían junto a su padre. ¿Y qué era eso sino falsedad? Pero el Señor veía junto a su Padre lo que había de hablar; ¿y qué era eso sino Él mismo? ¿Qué, sino el Verbo del Padre? ¿Qué, sino la verdad del Padre, eterna ella misma y coeterna con el Padre? Él, pues, «ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando habla mentira, de suyo habla, porque es mentiroso», y no solo mentiroso, sino también «padre de ella»; es decir, de la misma mentira que habla es el padre, pues él mismo engendró su mentira. «Y porque yo digo la verdad, no me creéis. ¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?», como yo os redarguyo a vosotros y a vuestro padre. «Si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis?», sino precisamente porque sois hijos del diablo.
15. «El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios». Aquí, de nuevo, no debéis pensar en su naturaleza como hombres, sino en su depravación. De este modo son de Dios, y sin embargo no de Dios. Por naturaleza son de Dios; por depravación no son de Dios. Prestad atención, os ruego. En el evangelio tenéis el remedio contra los errores venenosos e impíos de los herejes. Porque también de estas palabras suelen decir los maniqueos: Mirad, aquí hay dos naturalezas, una buena y otra mala; lo dice el Señor. ¿Qué dice el Señor? «Por esto no me oís, porque no sois de Dios». Esto es lo que dice el Señor. ¿Qué dices tú a eso?, replica él. Oíd lo que digo. Son a la vez de Dios y no de Dios. Por naturaleza son de Dios; por depravación no son de Dios; pues la naturaleza buena que es de Dios pecó voluntariamente al creer las palabras persuasivas del diablo, y fue corrompida; y así busca un médico, porque ya no está sana. Eso es lo que digo. Pero tú piensas que es imposible que sean de Dios y sin embargo no de Dios. Oye por qué no es imposible. Son de Dios y sin embargo no de Dios, del mismo modo que son hijos de Abraham y sin embargo no hijos de Abraham. Ahí lo tenéis. No es como tú dices. Escuchad al Señor mismo; es Él quien les dijo: «Sé que sois descendientes de Abraham». ¿Podía haber alguna mentira en el Señor? Ciertamente no. ¿Es verdad, entonces, lo que dijo el Señor? Es verdad. ¿Es verdad, entonces, que eran hijos de Abraham? Es verdad. Pero escuchadle a Él mismo negándolo. El que dijo: «Sois descendientes de Abraham», Él mismo negó que fueran hijos de Abraham. «Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais. Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios; no hizo esto Abraham. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre», es decir, del diablo. ¿Cómo, entonces, eran a la vez hijos de Abraham y sin embargo no hijos suyos? Ambos estados mostró en ellos. Eran hijos de Abraham por su origen carnal, y no hijos suyos en el pecado de seguir la persuasión del diablo. Así también, aplícalo a nuestro Señor y Dios: que eran a la vez de Él y no de Él. ¿Cómo eran de Él? Porque Él fue quien creó al hombre del que nacieron. ¿Cómo eran de Él? Porque Él es el Artífice de la naturaleza, Él mismo Creador de la carne y del espíritu. ¿Cómo, entonces, no eran de Él? Porque se habían hecho a sí mismos depravados. Ya no eran de Él, porque, imitando al diablo, se habían hecho hijos del diablo.
16. Por eso vino el Señor Dios al hombre como pecador. Has oído los dos nombres, hombre y pecador. Como hombre, es de Dios; como pecador, no es de Dios. Distíngase el mal moral en el hombre de su naturaleza. Reconózcase esa naturaleza, para alabanza del Creador; reconózcase el mal, para que se llame al médico para su cura. Cuando, pues, el Señor dijo: «El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios», no distinguió el valor de naturalezas distintas, ni halló, fuera de su alma y cuerpo, ninguna naturaleza en los hombres que no hubiera sido viciada por el pecado; sino que, previendo a los que aún habían de creer, a estos los llamó de Dios, porque habían de nacer de nuevo de Dios por la adopción de la regeneración. A estos se aplican las palabras: «El que es de Dios, las palabras de Dios oye». Pero lo que sigue: «Por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios», se dijo a los que no solo estaban corrompidos por el pecado (pues este mal era común a todos), sino también previstos como los que no creerían con la fe que sola podía librarlos de la esclavitud del pecado. Por eso previó que aquellos a quienes así hablaba continuarían en lo que habían derivado del diablo, es decir, en sus pecados, y morirían en la impiedad en que se parecían a él; y no llegarían a la regeneración en la cual serían hijos de Dios, es decir, nacidos del Dios por quien fueron creados como hombres. De acuerdo con este propósito predestinador habló el Señor; y no porque hubiera hallado entre ellos a algún hombre que o bien por regeneración fuera ya de Dios, o bien por naturaleza hubiera dejado de ser de Dios.
Tratado 43
1. En la lección del santo Evangelio que se ha leído hoy, aprendemos del poder la paciencia. Pues ¿qué somos nosotros como siervos del Señor, como pecadores ante el Justo, como criaturas ante el Creador? Con todo, así como en lo que somos malos lo somos por nosotros mismos, así en todo aquello en que somos buenos lo somos por él y mediante él. Y nada busca el hombre tanto como el poder. Tiene gran poder en el Señor Cristo; pero imite primero su paciencia, para llegar al poder. ¿Quién de nosotros escucharía con paciencia si se le dijera: «Tienes demonio»? Así se le dijo a aquel que no solo llevaba a los hombres a la salvación, sino que sometía además los demonios a su autoridad.
2. Porque cuando los judíos dijeron: «¿No decimos bien nosotros que eres samaritano, y que tienes demonio?», de estas dos acusaciones lanzadas contra él negó la una, pero no la otra. Pues respondió y dijo: «Yo no tengo demonio». No dijo: No soy samaritano; y sin embargo las dos acusaciones se habían hecho. Aunque no devolvió maldición por maldición, ni respondió con injuria a la injuria, era conveniente que negara una acusación y no negara la otra. Y no sin motivo, hermanos. Pues «samaritano» significa guardián. Él sabía que era nuestro guardián. Porque «no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel»; y: «Si Jehová no guarda la ciudad, en vano vela el que la guarda». Él, pues, es nuestro Guardián, él que es nuestro Creador. Porque si le correspondía redimirnos, ¿no le correspondería conservarnos? En fin, para que conozcáis más plenamente la razón oculta por la que no debió negar que era samaritano, recordad aquella conocida parábola en que cierto hombre descendía de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de ladrones, que lo hirieron gravemente y lo dejaron medio muerto en el camino. Pasó un sacerdote y no le prestó atención. Llegó un levita, y también él siguió de largo. Llegó cierto samaritano: aquel que es nuestro Guardián. Él se acercó al herido. Él ejerció misericordia e hizo el oficio de prójimo con quien no tenía por extraño. A esto, pues, solo respondió que no tenía demonio, pero no que no fuera samaritano.
3. Y luego, tras tal insulto, esto fue todo lo que dijo de su propia gloria: «Antes honro a mi Padre —dijo—, y vosotros me deshonráis». Es decir: yo no me honro a mí mismo, para que no me tengáis por arrogante. Tengo a Uno a quien honrar; y si me reconocierais, así como yo honro al Padre, así también me honraríais a mí. Yo hago lo que debo; vosotros no hacéis lo que debéis.
4. «Y yo —dijo— no busco mi gloria; hay quien la busca, y juzga». ¿A quién quiere que se entienda sino al Padre? ¿Cómo dice, entonces, en otro lugar: «El Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio lo ha dado al Hijo», mientras que aquí dice: «Yo no busco mi gloria; hay quien la busca, y juzga»? Si, pues, el Padre juzga, ¿cómo es que a nadie juzga, sino que todo el juicio lo ha dado al Hijo?
5. Para resolver este punto, atended. Puede resolverse [citando] un modo de hablar semejante. Tienes escrito: «Dios no tienta a nadie»; y de nuevo tienes escrito: «Jehová vuestro Dios os prueba, para saber si le amáis». Justamente el punto en disputa, ya veis. Pues ¿cómo es que Dios no tienta a nadie, y cómo es que Jehová vuestro Dios os tienta, para saber si le amáis? También está escrito: «En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor»; y en otro lugar está escrito: «El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre». Aquí también está el punto en disputa. Pues ¿cómo echa fuera el perfecto amor el temor, si el temor de Jehová, que es limpio, permanece para siempre?
6. Hemos de entender, entonces, que hay dos clases de tentación: una que engaña; otra que prueba. En cuanto a la que engaña, Dios no tienta a nadie; en cuanto a la que prueba, Jehová vuestro Dios os tienta para saber si le amáis. Pero aquí también surge otra cuestión: cómo tienta para saber aquel a quien, antes de la tentación, nada puede estar oculto. No es que Dios lo ignore; sino que se dice para saber, es decir, para haceros saber a vosotros. Tales modos de hablar se encuentran tanto en nuestra conversación ordinaria como en los autores elocuentes. Diré una palabra sobre nuestro modo corriente de hablar. Hablamos de una zanja ciega, no porque haya perdido los ojos, sino porque, al estar oculta, nos hace ciegos para su existencia. Se habla de «altramuces amargos», es decir, «ásperos»; no porque ellos mismos sean amargos, sino porque causan amargura a quienes los prueban. Y así también hay expresiones de este tipo en la Escritura. Quienes se toman el trabajo de alcanzar el conocimiento de tales puntos no tienen dificultad en resolverlos. Y así, «Jehová vuestro Dios os tienta para saber». ¿Qué es esto de «para saber»? Para hacer que sepáis «si le amáis». Job era desconocido para sí mismo, pero no era desconocido para Dios. Introdujo al tentador en [Job], y lo condujo al conocimiento de sí mismo.
7. ¿Qué hay, entonces, de los dos temores? Hay un temor servil y hay un temor limpio [casto]: hay el temor de sufrir castigo, y hay otro temor, el de perder la justicia. Ese temor de sufrir castigo es servil. ¿Qué tiene de grande temer el castigo? Lo teme el más vil de los esclavos y el más cruel de los ladrones. No es gran cosa temer el castigo, pero grande es amar la justicia. ¿No tiene temor, entonces, el que ama la justicia? Ciertamente lo tiene; no de incurrir en castigo, sino de perder la justicia. Hermanos míos, convenceos de ello, y sacad la conclusión de aquello que amáis. Alguno de vosotros es aficionado al dinero. ¿Podría yo encontrar, pensáis, a alguien que no lo sea? Pues bien, de esto mismo que ama puede entender lo que quiero decir. Teme la pérdida: ¿por qué? Porque ama el dinero. En la misma medida en que ama el dinero, teme perderlo. Pues bien, se encuentra a alguien que es amante de la justicia, que en su corazón teme mucho más perderla, que teme más verse despojado de su justicia que tú de tu dinero. Este es el temor que es limpio, este [el temor] que permanece para siempre. No es este el que el amor suprime o echa fuera, sino que más bien lo abraza, lo guarda consigo y lo posee como compañero. Porque vamos al Señor para verlo cara a cara. Y allí es este temor puro el que nos guarda; pues tal temor no perturba, sino que da seguridad. La mujer adúltera teme la llegada de su marido, y la casta teme la partida de su marido.
8. Por tanto, así como, según una clase de tentación, «Dios no tienta a nadie», pero según otra, «Jehová vuestro Dios os tienta»; y según una clase de temor, «en el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor», pero según otra, «el temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre»; así también, en este pasaje, según una clase de juicio, «el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio lo ha dado al Hijo»; y según otra, «Yo —dijo— no busco mi gloria; hay quien la busca, y juzga».
9. Este punto puede resolverse también por la palabra misma. En el Evangelio tienes hablado de un juicio penal: «El que no cree ya ha sido juzgado»; y en otro lugar: «Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y saldrán; los que hicieron lo bueno, a resurrección de vida; y los que hicieron lo malo, a resurrección de juicio». Veis cómo ha puesto juicio por condenación y castigo. Y sin embargo, si juicio hubiera de tomarse siempre por condenación, ¿habríamos oído jamás en el salmo: «Júzgame, oh Dios»? En el primer lugar, juicio se usa en el sentido de infligir pena; aquí se usa en el sentido de discernimiento. ¿Cómo así? Precisamente porque lo explica el que dice: «Júzgame, oh Dios». Pues lee y mira lo que sigue. ¿Qué es este «Júzgame, oh Dios» sino justamente lo que añade: «y discierne mi causa contra gente impía»? Porque entonces se dijo: «Júzgame, oh Dios, y discierne [los verdaderos méritos de] mi causa contra gente impía», de igual modo dijo ahora el Señor Cristo: «Yo no busco mi gloria; hay quien la busca, y juzga». ¿Cómo es que hay «quien la busca, y juzga»? Está el Padre, que discierne y distingue entre mi gloria y la vuestra. Porque vosotros os gloriáis en el espíritu de este siglo presente. No así yo, que digo al Padre: «Padre, glorifícame tú con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese». ¿Qué es «aquella gloria»? Una del todo distinta de la hinchazón humana. Así juzga el Padre. Y así «juzgar» es «discernir». ¿Y qué discierne? La gloria de su Hijo de la gloria de los meros hombres; pues para esto se dice: «Te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros». Porque no por haberse hecho hombre ha de compararse ahora con nosotros. Nosotros, como hombres, somos pecadores; él es sin pecado; nosotros, como hombres, heredamos de Adán la muerte y la culpa; él recibió de la Virgen carne mortal, pero ninguna iniquidad. En fin, ni nacemos porque lo queramos, ni vivimos mientras lo queramos, ni morimos de la manera que queremos; pero él, antes de nacer, eligió de quién había de nacer; en su nacimiento hizo que los magos lo adoraran; creció como niño, y se mostró Dios por sus milagros, y superó al hombre en su debilidad. Por último, eligió también el modo de su muerte, es decir, ser colgado de la cruz, y fijar la cruz misma en la frente de los creyentes, para que el cristiano pueda decir: «Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo». En la misma cruz, cuando quiso, hizo que su cuerpo fuera bajado, y partió; en el mismo sepulcro, el tiempo que le plugo, yació; y, cuando le plugo, se levantó como de un lecho. Así, pues, hermanos, en cuanto a su misma forma de siervo (pues ¿quién puede hablar de aquella otra forma como se debe hablar: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios»?), en cuanto, digo, a su misma forma de siervo, grande es la diferencia entre la gloria de Cristo y la gloria de los demás hombres. De esa gloria habló, cuando los endemoniados le oyeron decir: «Yo no busco mi gloria; hay quien la busca, y juzga».
10. Pero ¿qué dices tú, oh Señor, de ti mismo? «De cierto, de cierto os digo: El que guarda mi palabra, nunca verá muerte». Vosotros decís: «Tienes demonio». Yo os llamo a la vida: guardad mi palabra y no moriréis. Oyeron: «Nunca verá muerte el que guarda mi palabra», y se airaron, porque ya estaban muertos en aquella muerte de la que podrían haber escapado. «Entonces los judíos le dijeron: Ahora conocemos que tienes demonio. Abraham murió, y los profetas; y tú dices: El que guarda mi palabra, nunca gustará la muerte». Mirad cómo habla la Escritura: «No verá», es decir, «gustará la muerte». «Verá la muerte, gustará la muerte». ¿Quién ve? ¿Quién gusta? ¿Qué ojos tiene un hombre para ver cuando muere? Cuando la muerte, al llegar, cierra esos mismos ojos para que no vean nada, ¿cómo se dice «no verá la muerte»? ¿Con qué paladar, además, y con qué mandíbulas puede gustarse la muerte, para descubrir su sabor? Cuando quita todo sentido, ¿qué quedará en el paladar? Pero aquí «verá» y «gustará» se usan para lo que en realidad ocurre: la conocerá por experiencia.
11. Así habló el Señor (apenas basta decirlo), como quien moría a hombres que morían; pues «de Jehová el Señor es el librar de la muerte», como dice el salmo. Viendo, pues, que hablaba tanto a quienes estaban destinados a morir como siendo él mismo destinado a la muerte, ¿qué significan sus palabras: «El que guarda mi palabra nunca verá muerte», sino que el Señor veía otra muerte, de la cual había venido a librarnos: la segunda muerte, la muerte eterna, la muerte del infierno, la muerte de la condenación con el diablo y sus ángeles? Esta es la verdadera muerte; porque aquella otra es solo un traslado. ¿Qué es aquella otra muerte? El abandono del cuerpo, el dejar una carga pesada; con tal de que no se lleve otra carga que arrastre al hombre de cabeza al infierno. De aquella verdadera muerte dijo, pues, el Señor: «El que guarda mi palabra nunca verá muerte».
12. No nos espante aquella otra muerte, sino temamos esta. Pero, lo que es muy grave, muchos, por un temor perverso de aquella otra, han caído en esta. A algunos se les ha dicho: Adorad ídolos; porque si no lo hacéis, se os dará muerte; o, como dijo Nabucodonosor: Si no lo hacéis, seréis echados en el horno de fuego ardiente. Muchos temieron y adoraron. Rehuyendo la muerte, murieron. Por temor a la muerte que no puede evitarse, cayeron en la que habrían podido evitar felizmente, si no hubieran tenido, desdichadamente, miedo de lo inevitable. Como hombre, naciste: estás destinado a morir. ¿Adónde irás para escapar de la muerte? ¿Qué harás para evitarla? Para que tu Señor te consolara en tu necesaria sujeción a la muerte, se dignó morir por su propia voluntad. Cuando ves a Cristo yaciendo muerto, ¿te resistes a morir? Morir tienes, pues; no tienes medio de escapar. Sea hoy, sea mañana; ha de ser: la deuda debe pagarse. ¿Qué gana, entonces, el hombre con temer, huir, esconderse para no ser descubierto por su enemigo? ¿Obtiene exención de la muerte? No, sino morir un poco más tarde. No obtiene seguridad contra su deuda, sino que pide una prórroga. Aplázalo cuanto quieras, lo aplazado llegará al fin. Temamos aquella muerte que temieron los tres hombres cuando dijeron al rey: «Nuestro Dios puede librarnos incluso de ese fuego; y si no», etc. Allí había temor de esa muerte con que el Señor amenaza ahora, cuando dijeron: Pero aunque no quiera librarnos abiertamente, puede coronarnos con la victoria en secreto. De ahí que también el Señor, cuando estaba a punto de instituir mártires y de hacerse él mismo cabeza de los mártires, dijo: «No temáis a los que matan el cuerpo, y después nada más pueden hacer». ¿Cómo «nada más pueden hacer»? ¿Y si, tras haber matado a uno, arrojaran su cuerpo para que lo despedazaran las fieras y lo desgarraran las aves? La crueldad parece tener todavía algo que hacer. Pero ¿a quién se le hace? Él ya partió. El cuerpo está allí, pero sin sentir. La morada yace en tierra, el morador se ha ido. Y así, «después nada más pueden hacer»; porque nada pueden hacer a lo que no tiene sentido. «Temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno». Esta es la muerte de que habló cuando dijo: «El que guarda mi palabra nunca verá muerte». Guardemos, pues, hermanos, su palabra en la fe, como quienes han de llegar todavía a la visión, cuando la libertad que recibimos haya alcanzado su plenitud.
13. Pero aquellos hombres, indignados, y sin embargo muertos, y predestinados a la muerte eterna, respondieron con insultos y dijeron: «Ahora conocemos que tienes demonio. Abraham murió, y los profetas». Pero ni Abraham ni los profetas estaban muertos en aquella muerte que el Señor quería que se entendiera. Pues estos estaban muertos, y sin embargo viven; aquellos otros estaban vivos, y sin embargo habían muerto. Porque, respondiendo en cierto lugar a los saduceos, cuando suscitaron la cuestión de la resurrección, el mismo Señor habla así: «Pero respecto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que Dios os dijo desde la zarza: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos». Si, pues, viven, esforcémonos por vivir de modo que después de la muerte podamos vivir con ellos. «¿Quién te haces a ti mismo?», añaden, tú que dices: «No verá muerte jamás el que guarda mi palabra», cuando sabes que tanto Abraham murió como los profetas.
14. «Respondió Jesús: Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria no es nada; mi Padre es quien me glorifica». Dijo esto a causa de que ellos dijeron: «¿Quién te haces a ti mismo?». Pues refiere su gloria al Padre, de quien procede que sea Dios. Por esta expresión los arrianos suelen también denigrar nuestra fe, y dicen: Mirad, el Padre es mayor; pues en todo caso glorifica al Hijo. Hereje, ¿no has leído que el Hijo mismo dice también que él glorifica a su Padre? Si tanto el Padre glorifica al Hijo como el Hijo glorifica al Padre, deja tu obstinación, reconoce la igualdad, corrige tu perversidad.
15. «Mi Padre es el que me glorifica —dijo, pues—, el que vosotros decís que es vuestro Dios; y no le conocéis». Mirad, hermanos míos, cómo muestra que el mismo Dios es el Padre de Cristo, el que fue anunciado también a los judíos. Lo digo por esta razón: que ahora de nuevo hay ciertos herejes que dicen que el Dios revelado en el Antiguo Testamento no es el Padre de Cristo, sino no sé qué príncipe de los ángeles malos. Hay maniqueos que lo dicen; hay marcionitas que lo dicen. Hay también, quizá, otros herejes, a quienes o no es necesario mencionar, o no puedo recordar ahora a todos; pero no han faltado quienes dijeran esto. Atended, pues, para que tengáis algo que afirmar también contra tales. Cristo el Señor llama Padre suyo a aquel a quien ellos llamaban su Dios, y no conocían; pues si hubieran conocido [a ese Dios] mismo, habrían recibido a su Hijo. «Pero yo —dijo— le conozco». A quienes juzgaban según la carne podría haberles parecido, por tales palabras, que se atribuía algo, porque dijo: «Yo le conozco». Pero ved lo que sigue: «Y si dijere que no le conozco, sería mentiroso como vosotros». No se guarde, pues, tanto de la arrogancia que se abandone la verdad. «Pero yo le conozco, y guardo su palabra». Hablaba como Hijo la palabra del Padre; y él mismo era el Verbo del Padre, que hablaba a los hombres.
16. «Vuestro padre Abraham se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó». La descendencia de Abraham, el Creador de Abraham, da gran testimonio de Abraham. «Abraham se gozó —dice— de que había de ver mi día». No temió, sino que «se gozó de verlo». Porque en él estaba el amor que echa fuera el temor. No dice: se gozó porque vio; sino: «se gozó de que había de ver». Creyendo, en todo caso, se gozó en la esperanza de ver con el entendimiento. «Y lo vio». ¿Y qué más podía decir el Señor Jesucristo, o qué más debió haber dicho? «Y lo vio —dice—, y se gozó». ¿Quién puede desplegar este gozo, hermanos míos? Si se gozaron aquellos cuyos ojos corporales abrió el Señor, ¿cuál fue el gozo de aquel que vio con los ojos de su alma la luz inefable, el Verbo permanente, el resplandor que deslumbra las mentes de los piadosos, la Sabiduría que no falla, Dios que permanece con el Padre, y que en algún tiempo vino en carne y sin embargo no se apartó del seno del Padre? Todo esto lo vio Abraham. Porque al decir «mi día» puede ser incierto de qué hablaba; si del día del Señor en el tiempo, cuando había de venir en la carne, o de aquel día del Señor que no conoce alba y no conoce ocaso. Pero yo, por mi parte, no dudo de que el padre Abraham lo supo todo. ¿Y dónde lo hallaré? ¿No debe bastarnos el testimonio de nuestro Señor Jesucristo? Supongamos que no podemos hallarlo, pues quizá es difícil decir en qué sentido es claro que Abraham «se gozó de ver el día» de Cristo, «y lo vio, y se gozó». Y aunque no lo hallemos, ¿puede haber mentido la Verdad? Creamos a la Verdad, y no abriguemos duda sobre los merecidos premios de Abraham. Escuchad, sin embargo, un pasaje que se me ocurre entretanto. Cuando el padre Abraham envió a su siervo a buscar esposa para su hijo Isaac, lo ató con este juramento, a cumplir fielmente lo que se le mandaba, y a saber también por sí mismo qué hacer. Porque era grande el asunto que se traía entre manos, al buscarse matrimonio para la descendencia de Abraham. Pero para que el siervo comprendiera lo que Abraham sabía, que no deseaba una descendencia según la carne, ni se refería a nada carnal tocante a su linaje, dijo al siervo que enviaba: «Pon ahora tu mano debajo de mi muslo, y te haré jurar por el Dios de los cielos». ¿Qué relación tiene el Dios de los cielos con el muslo de Abraham? Ya entendéis el misterio: por muslo se significa el linaje. ¿Y qué era aquel jurar sino significar que del linaje de Abraham vendría en carne el Dios de los cielos? Los necios censuran a Abraham porque dijo: Pon tu mano debajo de mi muslo. Quienes censuran la carne de Cristo censuran la conducta de Abraham. Pero nosotros, hermanos, si reconocemos la carne de Cristo como digna de veneración, no despreciemos aquel muslo, sino recibámoslo como dicho proféticamente. Porque profeta fue también Abraham. ¿Profeta de quién? De su propia descendencia y de su Señor. A su propia descendencia señaló al decir: «Pon tu mano debajo de mi muslo». A su Señor señaló al añadir: «y te haré jurar por el Dios de los cielos».
17. Los judíos, airados, respondieron: «Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?». Y el Señor: «De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese hecho, yo soy». Pesad las palabras y alcanzad el conocimiento del misterio. «Antes que Abraham fuese hecho». Entended que «fue hecho» se refiere a la formación humana; pero «soy», a la esencia divina. «Fue hecho», porque Abraham era una criatura. No dijo: Antes que Abraham fuese, yo era; sino: «Antes que Abraham fuese hecho», que no fue hecho sino por mí, «yo soy». Ni dijo esto: Antes que Abraham fuese hecho, yo fui hecho; porque «en el principio creó Dios los cielos y la tierra»; y «en el principio era el Verbo». «Antes que Abraham fuese hecho, yo soy». Reconoced al Creador, distinguid la criatura. El que habló fue hecho descendiente de Abraham; y para que Abraham fuese hecho, él mismo existía antes de Abraham.
18. Por eso, como si fuera el más abierto de todos los insultos lanzados contra Abraham, se encendieron a una mayor amargura. Sin duda les pareció que Cristo el Señor había proferido blasfemia al decir: «Antes que Abraham fuese hecho, yo soy». «Tomaron entonces piedras para arrojárselas». ¿A qué podía recurrir una dureza tan grande sino a lo que se le asemeja? «Pero Jesús» [obra] como hombre, como quien está en forma de siervo, como humilde, como quien iba a padecer, a morir, a redimirnos con su sangre; no como el que es, no como el Verbo en el principio, y el Verbo con Dios. Porque cuando tomaron piedras para arrojárselas, ¿qué cosa grande habría sido que la tierra, abriéndose, los hubiera tragado al instante, y que hubieran hallado a los habitantes del infierno en lugar de piedras? No habría sido gran cosa para Dios; pero mejor era que se recomendara la paciencia que se ejerciera el poder. Por eso «se escondió» de ellos, para no ser apedreado. Como hombre, huyó de las piedras; pero ¡ay de aquellos de cuyos corazones de piedra ha huido Dios!
Traducción del inglés hecha con IA para Berea.